Este es un extracto de «Dos noches y un día», novela editada por Third Kind y disponible a la venta a través de Amazon y Payhip

en sus versiones epub y pdf. A continuación os presentamos la introducción y el primer capítulo de la novela, si os gusta y queréis apoyar nuestro proyecto, en nuestro blog encontraréis los enlaces de compra de todos los formatos disponibles, solo tenéis que visitarnos y elegir. ¡Muchas gracias! http://estudio-tk.blogspot.com.es/p/tienda.html

Dos noches y un día

Agradecimientos

Este relato, aun siendo pequeño, ha sido posible gracias al apoyo, esfuerzo e inestimable ayuda de viejos y nuevos amigos. Vaya pues mi gratitud a todos ellos, y especialmente: A Myriam, como siempre, por cazar gazapos cuando yo ya estoy frita y ayudarme a desentrañar cada escena y cada personaje hasta que me quedo satisfecha. A Aeren, por confirmarme que iba por el buen camino, por sus ánimos, su emoción y por sus impagables sugerencias. Neill no sería el mismo sin ella. A Bea y Marién. Esta historia nació para vosotras. Espero que os guste y haya valido la pena la espera.

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Hendelie

©

ird Kind, 2013

Diseño de la portada: Neith Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin la autorización expresa de la autora.

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Dos noches y un día

I troducción

…Y cuando tú suspiras entre besos escucho a la blanca Belleza también suspirando…
He remembers forgotten beauty; William Butler Yeats (1865-1939)

ventanas. No es que las cortinas no estuvieran a la moda. Tampoco el estilo arquitectónico le desagradaba, simplemente estaban mal colocadas para su gusto. ¿A quién demonios se le había ocurrido poner dos ventanas juntas en un patético rincón de la alcoba? Era asimétrico y además no tenía sentido ninguno. Sopesó las posibilidades. Puede que el arquitecto estuviera borracho mientras diseñaba el edificio… aunque bien pensado era más probable que aquel cuarto hubiera sido antaño dos dependencias adyacentes. «Claro. Las ventanas debían ser de un pequeño cuarto para juegos o algo similar. Tiraron la pared para hacer más grande este cuarto». Intentó mirar hacia arriba para comprobar si quedaba la marca de un tabique derribado en el techo, pero en cuanto elevó el rostro un ápice, recibió un fuerte pellizco que le obligó a volver la vista hacia abajo otra vez. —¿Qué haces? —le espetó una voz. Alzó las cejas al encontrarse con la mirada irritada del irlandés. Éste se hallaba arrodillado ante él, de frente y desnudo. Sujetaba con ambas manos su sexo, erguido, de piel tensa y enrojecida, brillante de saliva, y respiraba con algo de dificultad a causa de la aplicación que estaba poniendo en su trabajo. Trabajo que había interrumpido para increparle. —Mirando al techo —respondió Alain con sencillez. Al parecer no era lo que el joven esperaba, porque le soltó repentinamente, se puso en pie hecho una furia y escupió sobre sus pies descalzos. Alain se quedó perplejo—. ¿Me acabas de escupir? —Lárgate de aquí antes de que tengas que lamentar algo más que eso. Neill se alejó a zancadas, dándole la espalda. Estaban a oscuras en el interior de la lujosa habitación: alfombras de seda, papel de pared a la última, candelabros apagados en los rincones, pipas de agua, cojines de brocado, cuadros, tapices, flores frescas, libros en los estantes y una enorme cama con dosel. La luz de los faroles entraba desde el exterior y 4

Si algo no terminaba de gustarle a Alain D’Averc de aquella habitación eran las

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arrancaba destellos color rojo sangre al cabello del irlandés, una mata rebelde y ensortijada que casi rozaba sus fornidos hombros. Alain no perdió la compostura. Se cruzó de brazos, aún con los pantalones bajados y la camisa desabrochada mientras veía a su amante ocasional arrancar el batín del perchero y ponérselo a tirones. —He pagado por un servicio completo contigo. Si me echas ahora reclamaré el dinero de vuelta y haré partícipe a Monsieur Lefebvre de tu comportamiento. —Has pagado por un servicio completo, pero no incluye la humillación. —Neill agitaba el dedo hacia él mientras le hablaba, sin alzar la voz pero en un tono furioso, con aquel fuerte acento extranjero—. Si vas a ponerte a mirar al techo o a hacerte el interesante, te largas con Germain o con ese idiota de la capa. A ellos les van esas cosas. —No te estoy humillando, mon dieu. Solo estaba… ah, qué delicado eres, mick1. Tampoco se inmutó ante el almohadazo que recibió en plena cara. Con una leve risa, se miró la entrepierna. La erección estaba empezando a decaer. —No me llames mick. —¿Paddy2? Vamos, paddy… El terco pelirrojo se cerró la bata, atando el cinturón con un fuerte nudo. —Fuck you. —A eso he venido. Alain le agarró del brazo y él se lo sacudió, mirándole con rabia. Ah, esos ojos azules. Forcejearon durante un rato. También le gustaba su forma de enfrentarle; aquellos no eran como los forcejeos fingidos de otros jóvenes de pago que intentaban dar la impresión de no querer lo que en realidad estaban deseando. Neill le empujaba de verdad. La rabia destellaba en su mirada cuando se sacudía sus manos de encima o le tiraba del pelo, como en ese momento. —Largo de aquí, bastard —volvió a increparle. Alain se quitó su presa de los cabellos y le aferró de las muñecas, llevándole una mano a la espalda y retorciéndosela con una hábil llave que dejó al pelirrojo de espaldas a él. No era nada sencillo meter en cintura al maldito irlandés. 1
Nombre peyorativo que se usaba para nombrar a los inmigrantes irlandeses católicos o a sus descendientes durante finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Solo entre amigos y compatriotas el término podía utilizarse de manera humorística o jocosa.

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Al igual que “mick”, la palabra “paddy” era utilizada comúnmente para referirse a ciudadanos inmigrantes o descendientes de irlandeses. Los dos términos siguen en uso hoy en día.

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—Si salgo por esa puerta juro que te arruinaré la vida. —¡Pues hazlo! Esta vez, Neill sí que alzó la voz. Alain apretó los dientes. Ah, cómo le encendía. Se mordió la lengua. Se la mordió durante largos segundos de silencio. Después le dio la vuelta y le arrancó el batín a tirones. Solo encontró resistencia al principio, cuando cubrió su boca con la suya e intentó meter la lengua entre sus labios, firmemente cerrados. Pero en algún momento, los brazos de Neill también le rodearon con ardor, un abrazo masculino, fiero, y como un soldado que quiere morir matando fue él quien le invadió con un beso apasionado. Cuando cayeron sobre la cama, peleando por tomar posiciones en aquel particular enfrentamiento, el prometedor poeta Alain D’Averc ya no pensaba en las ventanas ni en ninguna otra cosa. Una vez por semana acudía a aquél establecimiento para, durante unas horas, olvidarse absolutamente de todo. Y si por algo se caracterizaba el joven literato era por la gran facilidad que tenía para invertir montones de dinero en eso: en olvidar durante la noche todos los rigores y sufrimientos de sus días. No iba a permitir que tal dispendio fuera en vano.

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La Apuest
-No hay ciudad como París en esta época del año. La belleza de sus calles, la

explosión de colores, aromas y sabores que inundan el aire, las flores fragantes de finales de estío, el azul del cielo… los jardines, nuestros maravillosos jardines, por supuesto. Y la luz. Cuando el sol se refleja sobre las aguas del Sena a mediodía, todo el que lo ve se convierte en poeta. Así que, al fin y al cabo, lo mío no tiene tanto mérito. Un coro de risas cálidas saludó el comentario del escritor. —Oh, no sea tan modesto —dijo la anciana Madame Legrand. Después tomó un sorbo de su taza y todo el mundo la imitó—. Mis ventanas dan al Sena y le aseguro que no he sido capaz de componer un triste soneto en toda mi vida. —Disculpe mi atrevimiento, pero no es preciso escribir para ser poeta, madame — replicó Alain, dejando su taza en el platillo—. Puede ser poesía el modo de abanicarse, la forma de caminar, o simplemente, de sentir. Seguro que usted ha inspirado más de una rima a sus admiradores. —Adulador —rió la dama, golpeándole amistosamente en el brazo con su abanico. Alain estuvo a punto de echarse a reír al ver a la vieja sonrojarse. Siguió dándole coba durante un rato y después se excusó para salir a fumar a un balcón acristalado, donde pudo relajarse durante unos minutos. No había perdido la encantadora sonrisa desde que había entrado por la puerta. No se sentía incómodo luciéndola, pero las miradas insistentes de algunas damas (especialmente de algunas damas casadas) estaban empezando a ponerle nervioso. Sus maridos también estaban allí y no quería desairarles, así que salir al balcón era una buena excusa para dejar de acaparar atenciones y no herir los egos de tanto distinguido caballero. Él era un animal social y el salón de la Legrand había sido su punto de partida en el largo camino del éxito. Mantener buenas relaciones con los que frecuentaban aquella casa de buena posición era parte de su trabajo, y en aquellos momentos las necesitaba más que nunca. Su último libro de poemas había sido calificado de insolente, subversivo y amoral, entre otras lindezas. El rudo tratamiento de la crítica había disparado las ventas pero Alain era consciente del peligroso cable sobre el que caminaba. Aunque no era mal funambulista, no pensaba saltar sin red. No era conveniente ponerse en contra a la gente bien de París, y el futuro era incierto. 7

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Al fin y al cabo, la carrera como poeta de Alain D’Averc apenas estaba despegando y ningún joven amante de la buena vida como lo era él estaría dispuesto a renunciar a ella mientras pudiera evitarlo. Y es que D’Averc no encajaba con la imagen de esos artistas melancólicos, taciturnos, hoscos y solitarios, que bebían a solas y lloraban con frecuencia. Alain tenía veintinueve años y un físico cautivador: Ojos rasgados color gris verdoso, cabello negro y espeso, que llevaba recogido en la nuca con un lazo flojo el cual dejaba escapar varios mechones que le enmarcaban el rostro, y los rasgos aristocráticos y altivos heredados de su madre, una dama de cierto prestigio en su Dijon natal. La sonrisa perfecta y encantadora, los hoyuelos en las mejillas y la hendidura vertical apenas visible en la barbilla cuadrada completaban la imagen del yerno perfecto. Y lo habría sido de no ser porque D’Averc no tenía la menor intención de casarse. —Tarde o temprano tendrás que hacerlo —le recordaba siempre su amigo, Fabien LaFontaine—. Tu padre ya está bastante disgustado por el estilo de vida y la profesión que has elegido. Si te casas, o al menos te comprometes, tal vez recapacite. Y Alain sabía que su amigo tenía razón. Su padre, monsieur D’Averc, cansado de los devaneos de su único hijo, le había amenazado por carta con suspender la renta de treinta mil francos anuales que le proporcionaba para sus gastos y la vida en París. Cuando el joven se fue a la capital, recién cumplida la mayoría de edad, su padre había soñado con verle convertido en contable o empresario, no con que se pasara el tiempo haciendo versos y cancioncillas y correteando por los salones y los cabarets. Pero aun así, las razones de LaFontaine no eran suficientes. —No está bien engañar a un padre, Fabien. Yo soy como soy, y esta es mi vida. —Te arruinarás. —Viviré de la poesía. No necesito a mi padre para nada. —Pero bien que has estado gastando su dinero hasta ahora. —Y lo seguiré haciendo mientras me dure. Tampoco necesitamos rosas, pero eso no quiere decir que no vayamos a detenernos a aspirar su fragancia. A Fabien aquellas respuestas le sacaban de quicio, aunque para ser justos, también él había estado viviendo del dinero de monsieur D’Averc. Y de la poesía de Alain. Fabien LaFontaine era un año menor que él y escribía críticas de arte en periódicos y revistas. Cuando Alain publicó su primer libro, un diminuto panfleto de veinticinco páginas llamado Amaneceres, le llovieron los insultos. Le tildaban de empalagoso e infantil, de tener un estilo sensiblero y una temática demasiado fantasiosa y optimista. En cambio, LaFontaine le hizo una reseña rebosante de halagos y encumbrándole como la nueva esperanza de la poesía francesa. “Un golpe de aire fresco que pone enfermos a quienes necesitan recordarnos constantemente lo amarga que es la vida”, escribió en una gaceta literaria. Días 8

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después, cuando se conocieron en un salón, entablaron conversación y descubrieron que se caían bien. Y como suele suceder entre dos personas que se caen bien, terminaron la noche borrachos, arrojando piedras al río, con la ropa mal puesta y turbando la serenidad de las calles mientras se juraban amistad eterna. Desde entonces, LaFontaine había sido la sombra de Alain y dado que el sueldo de un crítico en ciernes no podía cubrir el coste de las demenciales juergas que el poeta necesitaba correrse para no perder la inspiración, solía ser él quien invitaba. Pero Alain nunca había sido mirado con el dinero —tal vez porque no era suyo y desconocía lo que costaba ganarlo— por lo que sufragaba los gastos de su camarada de buen grado y nunca escatimaba en lujos para los dos. LaFontaine, en su papel de ocasional voz de la conciencia, intentaba corregir sus vicios sin éxito, entre otras cosas porque los compartían casi todos. Pero su mayor reto estaba a la vuelta de la esquina. El canto de los gorriones, la nueva obra de Alain, una profunda crítica social que hablaba con la voz de los marginales y los más desfavorecidos era, a ojos de LaFontaine, tan buena como peligrosa. Intentaba moderar el aspecto revolucionario de la obra en sus críticas, pero aun así, se había armado un cierto revuelo. Y por eso estaban allí aquella tarde. Cuando Fabien le encontró en el balcón, Alain aún no se había liado el cigarrillo. Le saludó con una sonrisa. —¿Te diviertes? Fabien se encogió de hombros. Su levita era espantosamente seria, de un color marrón y anodino que desentonaba junto al brillante traje de terciopelo verde oscuro de Alain. —La vieja sabe cómo mantener entretenido el estómago de sus invitados —admitió con desgana, sacando una pitillera de plata y ofreciéndole tabaco ya preparado. Fabien, como todos los críticos, siempre hablaba con desgana, salvo cuando había bebido—. Por lo demás, nada nuevo. Alain tomó un cigarrillo y lo encendió, frotando un fósforo contra la balaustrada de piedra. Luego le dio fuego a su amigo. En el exterior, el sol comenzaba a descender por el firmamento. Nada enturbiaba las maravillosas vistas desde la casa de Madame Legrand: los rosetones de la catedral de Notre Dame parecían joyas preciosas engastadas en la piedra, resplandeciendo a la luz de la tarde, y las gárgolas observaban con atención a los viandantes y los coches de caballos. —Ella no tardará en despedirnos a todos —comentó Alain, aspirando el humo y soltándolo en una voluta delicada—, ya sabes que no soporta las recepciones largas. ¿Qué haremos cuando salgamos de aquí? Podemos ir al teatro. —Tengo una idea mejor. Alain le miró con curiosidad. —Bueno, no te hagas el misterioso. ¿De qué se trata?

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—He tenido un ingreso económico inesperado —declaró Fabien. Era así como llamaba a la paga que le daba su madre de cuando en cuando—. Había pensado en invitarte a cenar y después hacer una visita a Monsieur Lefebvre. El poeta sonrió ampliamente. —Justo anoche estuve en su casa. Pero estaré encantado de repetir. —¿Dos días seguidos? ¿Te dejaron con ganas esos muchachos? —En absoluto. —Rió por lo bajo—. No me fui insatisfecho, pero hay ciertas cosas que uno estaría haciendo todo el tiempo y sin cansarse, ¿no te parece? —Me sorprende, la verdad. Tú eres de los que se cansan enseguida de las cosas. —No me canso enseguida… de la casa de Monsieur Lefebvre no me canso nunca. —No debí enseñarte ese lugar. Ahora me siento culpable de que la renta de tu señor padre acabe en los bolsillos de esos bribones habilidosos. —Ah, pero me lo enseñaste. Ya es tarde para arrepentirse. Y aunque me llames frívolo, prefiero que acaben ahí a que se lleven mi dinero las niñeras, o los sastres. —No es tu dinero. Y también se lo llevan los sastres. El poeta se arregló el cuello de la levita y le miró con ademán altivo y burlón. —Pero ¿a que hacen bien su trabajo? Fabien se echó a reír. Su risa era lenta y algo insidiosa, nada que ver con las francas carcajadas de su compañero de aventuras. —No tienes remedio, Alain.

Como el poeta había previsto, Madame Legrand no tardó demasiado en dolerse de una repentina migraña y los invitados salieron a la tarde parisina, uno tras otro, recogiendo sombrillas, sombreros, bastones y chales. Los dos amigos tomaron un coche hacia el centro de la ciudad y cenaron en un restaurante del centro, echando miradas a la enorme Torre Eiffel. A Alain le gustaba, aunque LaFontaine la consideraba monstruosa. Habían pedido champagne y rosado espumoso, crema fría de calabacín, ensalada de canónigos y carne de cerdo mechada con salsa de manzana, acompañado por una excelente tabla de quesos y 10

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pan de semillas tostado con salsa de mostaza y pepinillos. Ambos comían con apetito, conversando a media voz sobre sus impresiones acerca de los asistentes a la recepción. Los dos amigos criticaron a sus anchas a los presuntos caballeros y autodenominadas damas y después continuaron con el panorama político, con la nobleza y con los demás comensales del restaurante. Fue LaFontaine quien tuvo que frenar a su apasionado amigo, pese a que él mismo tenía un gusto muy acuciado hacia la crítica indiscriminada de las personas, hubiera o no motivo para ello. —Cálmate, camarada. Veo que te exaltas. ¿Hay alguien libre de pecado, según tu criterio? —Claro que sí. La gente normal —afirmó Alain con seguridad, engullendo un trago de champagne—. La gente normal es quien debería ser crítica en realidad, no tú, ni yo, ni nadie más. LaFontaine no recibió ese comentario con especial ilusión. —¿A qué te refieres con normal? —Los trabajadores. Los pequeños comerciantes. Los empleados de los muelles, las camareras. —Ya, ya, y los limpiachimeneas, y los mineros del carbón y las criadas, ¿no? —Efectivamente. —Mon dieu, no me extraña que hayas levantado ampollas con tu canto de los gorriones. Ese tipo de ideas no están bien vistas y no te depararán nada bueno. —No seas retrógrado —le espetó Alain—. No es tiempo de oscuridad, ¿no lo entiendes? Esta es la belle époque. Las ideas florecen y somos libres de exponerlas. Los hombres y mujeres dan lo mejor de sí mismos. ¿Has oído hablar del socialismo? ¿No has escuchado lo que dicen los nuevos políticos? El derecho al voto nos… —Basta, me estás quitando el apetito. Alain se echó a reír. Le brillaban los ojos. —Ay, mi querido y limitado amigo, a veces creo que no entiendes nada. LaFontaine cambió de tema tajantemente, sintiendo cómo se le amargaba la deliciosa comida en el paladar. No soportaba el paternalismo del poeta ni sus ínfulas de intelectual. —¿A quién estuviste viendo ayer? A Alain se le iluminaron los ojos y esbozó una sonrisa traviesa. No se tomó a mal 11

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el giro de la conversación. Realmente, tenía tan buen carácter que rara vez se tomaba algo a mal. —Estuve con el pelirrojo. —¿Otra vez? Alain se encogió de hombros, dando cuenta de un panecillo con especial delicia. —¿Ves como no me canso rápido de las cosas? —¿Qué tiene de especial para que vayas siempre con ese? —preguntó LaFontaine, suspicaz—. ¿Tan bueno es? —No tiene nada de especial. —Algo tendrá. ¿Lo hace bien con la boca? El poeta torció el gesto. No le gustaban aquellos comentarios tan directos. No tenía nada en contra sobre conversar acerca de sexualidad, pero había formas y formas de hacerlo. Una era agradable y estética, la otra, chabacana y de mal gusto, era la que esgrimía LaFontaine. —Lo hace bien con todo —respondió, resignado. —Tendré que probarlo. —No te lo recomiendo. No te gustaría. —¿Y puede saberse por qué? —Ayer me escupió a los pies. La semana pasada volví a casa con un ojo morado y algunos buenos golpes. Alain rió. Recordarlo le resultaba muy divertido, pero LaFontaine había puesto cara de extrañeza y no parecía hacerle ninguna gracia. Y sin embargo, continuó preguntando. —¿De qué estás hablando? ¿Pero qué cosas raras hacéis vosotros dos? «Mira que es morboso». Apreciaba a Fabien, pero a veces le daba un poco de repelús, como en aquel momento. —Ya te dije que no te gustaría. Bebe mucho y dice tacos, es rudo y no tiene el menor sentido del humor. —Hizo una pausa para pinchar un canónigo con el tenedor—. Y en realidad, no es que lo haga muy bien. —Antes has dicho que sí. 12

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—Ya pero… no sé, no quería decir que técnicamente fuera bueno. Me refiero a que me gusta. —Sonrió más ampliamente—. Me gusta mucho. —Ya…pues espero que no te guste demasiado y te metas en problemas. —Claro que no. Estamos hablando de prostitución, mon ami. No tienes nada que temer, no necesitaremos un abogado. LaFontaine se sirvió algo más de vino, riendo ante el comentario. —No pensaba en eso, pero me tranquiliza escucharlo de todos modos. ¿Y con quién vas a ir hoy? —No lo sé. Aún me quedan algunos por probar y ya empieza a hacerse tarde, no creo que me de tiempo a estar con todos esta noche. El crítico lanzó una carcajada llena de sarcasmo. Cuando reía de aquel modo, su rostro enrojecía y abría las aletas de la nariz. Junto con el pelo rizado como el brócoli y sus rasgos flácidos y regordetes, aquel color rosado de piel le hacía parecer un cochinillo. Claro que Alain se guardaba muy mucho de informarle al respecto. —Seguro. Creo que tienes tus virtudes amatorias en demasiada alta estima. —Oh, no. Las tengo en la estima exacta, ni más ni menos. —Alzó la ceja—. ¿Crees que no podría estar con los siete? LaFontaine se lo pensó. —Bueno, supongo que sí, pero eso no garantiza la calidad. Haciendo las cosas de cualquier manera… —No estoy hablando de hacer las cosas de cualquier manera, sino de plena y absoluta satisfacción y calidad. —Ya. Te veo muy seguro de ti mismo. —Lo estoy. —¿Apostarías sobre ello? —Depende de la apuesta. —Pongamos… ¿diez mil francos? Alain se echó a reír. —¿Diez mil francos? Estás loco. 13

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—Con esa cif ra ya no estás tan seguro, ¿eh? —Sigo estándolo, pero sé perfectamente que no tienes ese dinero. Y además… hum… ¿en qué consistiría la apuesta exactamente? —Acostarte con todos en una sola noche. Y conseguir una prenda de ellos, algo que evidenciara que realmente ha sido plena y absoluta satisfacción… y calidad. —Son chicos de alterne. No dan prendas a sus amantes, tienen muy claro cual es su trabajo. —Exactamente. Y ahí está el reto. Alain entrecerró los ojos. Y LaFontaine supo que se lo estaba pensando. Reprimió una sonrisa triunfal. —Para conseguir una prenda de ellos necesitaré trabajar con mi carisma y seducción de manera especial, no es cuestión únicamente de sexo, querido amigo. Requeriría más tiempo… pero creo que en tres noches podría hacerlo. —En tres noches también podría hacerlo yo. Que sean dos. —Dos noches y un día. Se miraron, valorando hasta qué punto hablaba en serio el otro. —¿Es una apuesta formal? —preguntó el crítico. —Es una apuesta formal. Mis diez mil francos contra tu vale por diez mil francos. LaFontaine se rió por lo bajo. —De acuerdo. —Ambos se estrecharon las manos—. Ahora será mejor que pidamos un buen postre. Necesitarás energías.

Sin embargo, y aunque era su intención en un principio solventar el asunto la misma noche, cuando llegaron a la casa de Monsieur Lefebvre se dieron cuenta de que tendrían que posponer la apuesta. Lefebvre era un caballero alto y distinguido, con el cabello castaño algo escaso en la coronilla, cosa que compensaba con un espeso bigote rizado en las puntas. Cuando explicaron al caballero sus intenciones, Monsieur Lefebvre se tomó unos minutos para meditar si aquello le parecía correcto y permisible. Tras decidir 14

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que, mientras le fueran abonados todos los servicios, la apuesta podía tener lugar en su establecimiento, puso las condiciones. —Nada de escándalos y no permitiré que importunen de ningún modo a los trabajadores. —Lefebvre llamaba trabajadores a los prostitutos, en un intento de dignificar tanto la profesión de ellos como su propio papel de patrón—. No nos gustan las actitudes extrañas, aquí somos muy conservadores. Se retorció una punta del bigote y Alain tuvo que esforzarse en reprimir la risa. —Claro, no me cabe duda. —Y por supuesto, espero que eso de las prendas no sea una estrategia para desprestigiar nuestro local. Exigiré que me sean entregadas a mí después de que el caballero las obtenga. Si es que lo logra. Una vez todos quedaron conformes, el dueño del establecimiento les preguntó cuándo querrían que tuviera lugar el evento. Cuando los jóvenes le explicaron que habían pensado empezar hoy, Lefebvre declaró que era imposible: Era sábado y la mayoría de sus «trabajadores» tenían ya compromisos en su agenda, por lo que tras la decepción inicial tuvieron que fijar una fecha diferente. Tras consultar las reservas ya confirmadas para la semana siguiente, pudieron establecer finalmente los días que tendría lugar la apuesta. —Dado que han de ser dos noches ininterrumpidas y el día que queda entre ambas, lo mejor sería el martes y el miércoles —propuso LaFontaine. —No hay citas todavía para esos días. Alquilar todo el burdel iba a ser un gasto astronómico, pero Alain parecía dispuesto a hacerse cargo de ello. Y Monsieur Lefebvre se comportó como un hombre elegante y les hizo una rebaja, dado que iban a contratar a todos sus trabajadores durante dos noches y un día. Incluso propuso a Alain que pagaran a plazos la cuantiosa suma, cosa que el poeta rechazó insistentemente hasta que escuchó el montante total. Entonces, incluso al vigoroso y alegre poeta le palideció el semblante y vaciló un momento. —Hum… creo que no podré disponer de tanto dinero al contado para un solo pago. Si acepta un contrato entre caballeros me comprometeré a abonar la suma de manera fraccionada, a razón de los intereses que usted considere oportunos. Durante un largo rato estuvieron acordando los términos del contrato que se llevaría a cabo, salpicado de corteses declinaciones e insistente amabilidad, hasta que finalmente, Alain aceptó que el buen señor no le impondría ningún interés si pagaba la cantidad en cuatro plazos durante los siguientes cuatro meses. En caso de prolongarse la deuda, se añadiría un tres por ciento de interés a cada plazo. Llegados al consenso, redactaron el documento con sus estilográficas y ambos firmaron, bajo la mirada testimonial de LaFontaine, que se congratulaba de haber sido excluido de los términos del contrato. Al fin y al cabo, él no iba a acostarse con nadie. 15

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—Es un placer hacer negocios con usted, monsieur —dijo Lefebvre, estrechando la mano del poeta una vez tuvo cada uno una copia exacta del contrato en su poder—. Les espero entonces el próximo martes. —Aquí estaremos. Pero no nos despidamos todavía, caballero. Ya que estamos aquí, ¿Están ocupados todos sus trabajadores? LaFontaine consultó de nuevo el libro de registros, subiéndose un poco las gafas redondas. —Germain L’Angélique, Rouge y Neill Clancy están libres ahora mismo, mis señores. Si alguno es de su agrado… —Estupendo —sonrió Alain, sin disimular su satisfacción—. Iré a ver a monsieur Clancy, si le parece bien. —Sacó la cartera de un bolsillo interior de la levita y comenzó a extraer billetes, entregando al patrón la suma de dos servicios. Éste ni siquiera la contó, allí todo se llevaba a cabo con estilo y distinción, y contar dinero delante de los clientes era de exagerado mal gusto—. Puede que esté echándome de menos. —Posiblemente así sea, buen señor. Ya sabéis cual es su habitación. ¿Y vos, estimado joven? LaFontaine entregó también una suma más modesta y pidió una cita con Rouge. —Nunca lo he probado —comentó. Los ojos empezaban a brillarle—. ¿Tiene usted alguna recomendación que darme? El patrón se colocó de nuevo los anteojos y se mesó los bigotes, pensativo. —Creo que Rouge le podrá dar las recomendaciones necesarias él mismo. Dejarse llevar, ese creo que es el mejor consejo que le puedo ofrecer. LaFontaine alzó las cejas y Alain le miró con una sonrisa pícara. Después, ambos se dirigieron hacia las escaleras que comunicaban el espacioso salón con la primera planta. —Ya me contarás qué tal te va con ese tal Rouge. Si es interesante, tal vez me anime la próxima vez. —Lo sea o no, tendrás que estar con él la semana que viene. —Cierto —rió Alain— ¡Razón de más! Se despidieron en el pasillo, que se bifurcaba en dos direcciones. LaFontaine tomó el corredor de la derecha, rumbo a las estancias de su anfitrión y Alain hizo otro tanto por el corredor de la izquierda. El poeta se arregló la levita y el cabello y llamó a la puerta con los nudillos, 16

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componiendo su sonrisa más seductora. Cuando la hoja de madera se abrió, no pudo disimular la sorpresa. Ante él había un hombre alto, más alto que él, vestido con un traje de chaqueta con chaleco a juego, en colores rojo carmesí y burdeos. El cuello almidonado estaba abotonado hasta arriba y cubierto por una corbata de seda sujeta por un alfiler con una gruesa piedra roja, redonda y pulida. El chaleco estaba adornado con bordados de hilo brillante que imitaban pájaros y formas vegetales, y el conjunto lo completaban unos elegantes zapatos de ante escarlata con hebillas, un par de guantes blancos y un antifaz de plumas amarillo claro con toques de polvo de oro. La larga cabellera, espesa y muy suavemente ondulada, resplandecía con tonos entre el rubio oscuro y el castaño claro y se rizaba sobre sus hombros, colgando el resto a la espalda en una trenza poco apretada. Sus rasgos eran atractivos y muy aristocráticos, con una nariz recta y fina y un rostro alargado, de conde o de príncipe. Detrás del antifaz, un par de ojos verdes contemplaban a Alain con la misma expresión de asombro. —Mis disculpas, monsieur —dijo el poeta, haciéndose a un lado para dejar pasar a quien él identificó como un caballero de la nobleza o algo así. El tipo dudó un momento pero después le devolvió el saludo, inclinando la cabeza, y caminó hacia el pasillo, envuelto en gracia y donaire y con la altivez propia de los de su clase. «Buenas noches», fue todo cuanto dijo. Alain le observó marchar, un poco confuso. Lefebvre le había dicho que Neill Clancy estaba libre, ¿por qué había un hombre en su habitación? Tal vez Lefebvre se había equivocado. Se volvió de nuevo hacia la puerta, justo cuando las pisadas del irlandés retumbaban sobre las baldosas y éste agarraba el picaporte, iracundo. «Para variar», pensó Alain. Consiguió interponer el pie y detener el movimiento antes de que le cerrara la puerta en las narices. —¿Así estamos hoy? Y eso que aún no he entrado. —¿Qué demonios haces tú aquí? Neill estaba lívido y sus ojos azules destellaban con una rabia que Alain no le había visto antes. Cierto que en sus encuentros siempre había un componente de hostilidad, pero nunca antes le había encontrado tan fuera de sí, con la respiración acelerada y las venas marcándosele en el cuello y la frente. En su mirada había un matiz nuevo, de ira ciega y álgida que a Alain le asustó. Pero en vez de marcharse y decirle a Lefebvre que había cambiado de idea, adelantó la mano con cautela para ponérsela en el hombro al irlandés. —¿Te encuentras bien? Neill le miró la mano y luego le miró a él, como si no se pudiera creer tal atrevimiento. En vez de echarle de allí con cajas destempladas, le tiró de las solapas y le metió dentro de la habitación, cerrando a su espalda de un portazo. Alain se colocó la levita, perplejo ante semejante ímpetu. —No es de tu maldita incumbencia. ¿Cuánto tiempo has pagado? 17

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—No he pagado por tiempo. He pagado dos servicios. —Es igual. Si te doy el dinero, ¿te irás? ¿Y no le dirás nada a Lefebvre? Alain parpadeó, sin salir de su asombro. Parecía evidente que aquel no era el mejor momento para el joven paddy. Se preguntó si tenía un mal día o su estado de ánimo tenía que ver con el cliente anterior, el noble de la máscara. Quizá lo sensato sería aceptar y no buscarse problemas, ni tampoco a él. Neill había sacado una caja de debajo de la cama y arrojaba billetes sobre las sábanas sin ningún cuidado. Mientras decidía qué hacer, Alain se fijó en que la colcha estaba extendida y el lecho, sin usar. En cuanto a Neill Clancy, se encontraba completamente vestido, con los zapatos, el pantalón, los tirantes y una de esas camisas de lino barato que se empeñaba en usar. «Aquí pasa algo raro». —Supongo que esos son tus ahorros. —Sí —respondió Neill, volviéndose a mirarle con desdén por encima del hombro—. ¿Algún problema? —No, no. Ninguno. Pero guárdalos, mon ami. No hace falta. Haremos una cosa, me quedaré aquí un rato y hablaremos. Neill se irguió y se dio la vuelta, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo. Llevaba el cuello de la camisa abierto y se le marcaban los músculos debajo. Se enrolló las mangas en los codos con parsimonia, mirándole con desconfianza. Alain pensó que tal vez pretendía pegarle una paliza. Podía ser divertido, aunque esperaba que no le hiciera mucho daño. Neill era muy fuerte, pero su fuerza no tenía precisión ni equilibrio, mientras que el joven D’Averc, que había recibido clases de esgrima, equitación y combate cuerpo a cuerpo resultaba bastante más competitivo en una pelea, como ya había demostrado en varios forcejeos más o menos intensos con el irlandés. No obstante, Neill no hizo amago de ir a golpearle. —No veo de qué podríamos hablar tú y yo. Y tampoco creo que quiera. No estoy de humor. —Tú nunca estás de humor para nada, pero eso es algo que siempre terminamos arreglando. Venga, dame una oportunidad. —¿Qué pretendes? El joven pelirrojo seguía mirándole con desconfianza, aunque la ira destructiva parecía disiparse poco a poco en su mirada, sustituida por un poso de angustia que se esforzaba en ocultar tras su desdén. O eso le pareció a Alain, quien se esforzaba en ser observador y analizar a fondo a las personas. Era una de las actividades que más le fascinaban, si la persona lo merecía, desde luego. Se movió de la puerta, donde aún seguía plantado y señaló una silla de estilo Chippendale que había junto a una mesita. —¿Puedo sentarme? 18

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Neill asintió tras pensarlo unos segundos. Alain, sintiendo que había ganado la mitad del camino, tomó asiento y echó un vistazo a los libros que tenía el joven sobre la mesa. Le dio un vuelco el corazón al ver, encima de todos los demás, un ejemplar de El canto de los gorriones. Lo cogió y miró a Neill. —¡Esto sí que es una sorpresa! —admitió, sonriendo—. Me siento halagado. —Pues no te sientas tan halagado. Me parece una mierda. Alain rió, dejando el libro en su lugar y sacándose los guantes. —No es la primera vez que me lo dicen, pero sí con esas palabras. Te parece insolente, subversivo y amoral, ¿no? Infantil, demasiado optimista… —Tus rimas no son más subversivas que el grito de un crío que se cree Robin Hood. En cuanto a la insolencia, solo un imbécil estirado que no ha entrado en su vida a una taberna del puerto consideraría insolente esa basura. Tu poesía no es más que una farsa. —¿Cómo que una farsa? ¿Con qué derecho dices eso tú, acaso sabes leer? — respondió, más irritado de lo que hubiera querido mostrarse. —Sé leer perfectamente, en tres idiomas. ¿Con qué derecho escribes tú sobre los trabajadores, los mendigos y los enfermos? ¿Alguna vez has trabajado? ¿Alguna vez has tenido que mendigar? ¿Te ha faltado un médico en cuanto has temblado con una sola tos? Alain frunció el ceño. Se le subieron los colores súbitamente y un fuego intenso prendió rápidamente en su pecho, el del orgullo herido. Había soportado bien las críticas que le tachaban de peligroso o de insolente, pues como poeta también quería remover los cimientos de la sociedad y defender las injusticias. Pero lo que estaba diciendo ahora ese ignorante irlandés… —Puede que no sea uno de ellos, pero les veo todos los días —espetó, echándose hacia delante en la silla, beligerante—. Y me importa su situación, por eso la denuncio en mi obra. —No la denuncias, la utilizas para jugar al chico rebelde. Te crees Oscar Wilde y solo eres un niño de papá que se gasta la renta anual en cosas tan justicieras como emborracharse con champán caro o tíos que le chupen la polla. Y en eso es en lo único que os parecéis, porque todo el talento que a él le sobra, te falta a ti. El poeta no pudo evitar abrir la boca. Luego pareció quedarse sin aire y miró alrededor, buscando alguna botella de la que echar un trago. De pronto se sentía desorientado. Alain D’Averc admiraba a Oscar Wilde por encima de todas las cosas. Aquel mismo año, hacía pocos días, había acudido como un loco a comprar la primera edición de El retrato de Dorian Gray a un librero de Montmartre que había recibido solamente tres ejemplares. Leía todos sus ensayos y prestaba especial atención a lo que se decía sobre él en los salones, anhelando que llegara el día en que pudiera conocerle en persona o asistir a alguna de 19

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sus conferencias. Las palabras de Neill le habían afectado más de lo que él mismo podía entender, hiriéndole en el centro mismo de su autoestima. Si eso se lo hubiera dicho un crítico, a Alain no le hubiera importado lo más mínimo, pero Neill era una persona común, una de esas personas a las que Alain creía poner voz con su literatura. ¿Realmente eran basura sus poemas? ¿Realmente? Alzó la mirada. Neill estaba tan tranquilo, mirándole con los brazos cruzados. —¿Tan malos son? La voz le salió un poco ahogada. Luego cogió el libro y lo abrió casi con desprecio, escogiendo uno al azar. «¿Por qué tengo la sensación de que tiene razón?», se preguntaba, mientras buscaba entre las rimas como si pudiera encontrar un error evidente y claro en ellas. Neill tardó un poco en responder. Cuando lo hizo, las palabras le salieron a regañadientes. —Todos no —admitió. —¿Cuáles te gustan? —A ver, déjame. El irlandés se acercó y Alain le tendió el libro. Neill tenía las manos grandes, callosas. Hasta aquel día, el poeta nunca se había preguntado cuáles habrían sido sus ocupaciones antes de llegar al prostíbulo, a pesar de que había recorrido sus cicatrices con los dedos y con la lengua y había sentido la aspereza de sus yemas sobre la piel. Pasaba las páginas deprisa, leyendo por encima y sin que aquel ejercicio pareciera revestir la menor dificultad para él. «Pues sí, sabe leer, y con fluidez». Se detuvo en una de las hojas centrales y comenzó a recitar en un francés muy correcto, con cierta sonoridad exótica debido a su marcado acento extranjero, pero con una declamación verdaderamente deliciosa. —Alzado ya el telón del firmamento que el gris amanecer en día torna, sobre el suave rocío evanescente, despiertan las alondras. Bajo el dorado sol… Alain escuchaba en silencio, contemplando con nuevos ojos la figura del joven irlandés. Sus ojos azules siempre tenían un fondo de fiereza soterrada pero en aquellos momentos parecían dulcificados, graves. «Seguro que es católico», pensó absurdamente. Muchas veces había escuchado sus poemas leídos en boca de otros: en conferencias, en presentaciones, en reuniones sociales. Los había escuchado recitar por actores profesionales así como por jóvenes promesas de la literatura, por críticos y por damas de corsé apretado y respiración dificultosa, que le miraban y le dedicaban suspiros y caídas de ojos mientras recitaban. Pero nunca como entonces. Neill, que tenía una mano en el bolsillo y sujetaba el libro con la otra a media altura, no sobreactuaba ni imprimía teatralidad alguna a su oratoria. «Es perfecto», pensó entonces, con una súbita oleada de esteticismo y afecto. Cuando Neill terminó, cerró el libro casi de golpe y se lo devolvió. Siguió un largo silencio que Alain rompió al cabo de unos minutos.

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—¿Por qué te gusta ese y no los demás? —Este suena a verdad —respondió Neill. —No lo entiendo. No sé por qué parecen falsos los demás pero desde luego, si es así, he fracasado. Neill se encogió de hombros. —Supongo que para la gente de tu clase están bien. De todos modos, este libro no lo has escrito para que lo lean los mineros o los carboneros, ¿no? Alain soltó una risita amarga, acomodándose en la silla con cierto aire indolente. —No, lo cierto es que no está hecho para ellos. Pero ha llegado a tus manos y has descubierto el fraude. —Algunos están bien. Tampoco te pongas dramático —replicó Neill. De nuevo parecía molesto—. Cuando hablas acerca de ríos, de paisajes o de cosas hermosas suena bien. Por eso tengo tus libros, no por toda esa porquería paternalista. Alain volvió a reírse, esta vez más fuerte y con buen humor. —Vaya, gracias. —Sí. De nada. —Así que te gustó Amaneceres. Neill volvió a pintar una expresión gruñona en su semblante y se fue a sentarse en el borde de la cama, abriendo las piernas y apoyando los codos en las rodillas. —No está mal del todo. He leído cosas peores. —Ya. Alain reprimió la sonrisa. Bueno, ser un fraude en cuanto a rebeldía ideológica no era lo peor que le podía ocurrir a uno. Sacó la cajita de plata donde guardaba el tabaco y empezó a liarse un cigarrillo. Mientras vertía la hoja seca y pulverizada en el papel, percibió la mirada de Neill y se la devolvió, acompañada de una encantadora sonrisa. —¿Quieres uno? El irlandés vaciló un instante. Parecía haberse cohibido con su sonrisa, y de nuevo frunció el ceño. —No. Ya hemos hablado un rato. Ahora deberías irte. 21

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Alain torció el gesto con decepción. —¿Tú crees que hemos hablado lo suficiente como para cubrir el precio de dos servicios, mon ami? Ni siquiera hemos hablado de ti. —No soy tu amigo. Y no dijiste que quisieras hablar de mí. —Bueno, pues quiero. ¿Cuál es tu nombre, por ejemplo? Se llevó el cigarrillo a los labios y lo encendió con un fósforo que rascó en el fondo de la silla Chippendale. Su gesto pareció escandalizar un poco al irlandés. —¿Qué? ¿Qué tontería es esa? Sabes perfectamente cual es mi nombre. Neill. Neill Clancy. —¿Quieres decir que no es un nombre falso? —¿Para qué iba a ponerme un nombre falso? —Para que nadie pudiera relacionarte con las actividades que realizas en esta casa —replicó Alain, encogiéndose de hombros. Neill le miró con aire desafiante. —Vivo en esta casa. Y aunque tuviera un nombre falso, seguiría siendo quien soy y haciendo lo que hago, así que… al demonio. Alain sonrió. —Me gusta la respuesta. —Lió otro cigarrillo y se lo lanzó por los aires. Neill lo atrapó al vuelo con dos dedos—. ¿Y dónde aprendiste a leer? —En la Iglesia. —Eres católico —afirmó. —Soy irlandés. Eso debería darte alguna pista. —Ya lo suponía. El poeta se levantó de la silla y se acercó a la cama con prudencia, hasta sentarse a su lado con el fósforo encendido aún en la mano. Neill le siguió con la mirada, suspicaz. Por un momento, Alain tuvo la sensación de que le echaría a patadas, pero Neill no hizo nada extraño, le hizo sitio y dejó que se sentara. —No esperaba menos de una mente superior como la tuya. ¿Alguna pregunta más? 22

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—Sin ninguna duda. Tengo varias aún en el tintero. —Le encendió el cigarrillo con lo que quedaba del largo fósforo y Neill dio una calada. Al hacerlo, alzó la mirada. Ambos se contemplaron un instante. Desde tan cerca, sus ojos azules eran aun más asombrosos, o al menos a Alain le parecían algo digno de admirar—. ¿Eres de Dublín? —De Blarney. —Aspiró el humo y la brasa brilló en rojo incandescente—. Está al sur, cerca de Cork. —¿Es una aldea? —Es un pueblecito. Es un pueblo, pero no es miserable. Quiero decir que se mantiene bien. Hay mucha turba en el condado. Y hay molinos, y granjas de ovejas… tenemos un castillo. El castillo de Blarney. Y muchos buenos hombres y mujeres. La gente sobrevive holgadamente, no somos unos muertos de hambre como algunos piensan — añadió, alzando el mentón orgullosamente. «Lo que significa que seguro que lo son», pensó Alain. Pero no dijo nada. Al fin y al cabo, su pueblo natal también era una aldeúcha de muertos de hambre. Pero así eran las cosas. —Ya veo. ¿Y cómo has acabado aquí? —Problemas políticos. —Abrió la boca, como si fuera a extenderse sobre ello, pero pareció cambiar de idea. Volvió a fruncir el ceño—. Esto empieza a no ser de tu incumbencia. Alain asintió. Fumaron en silencio durante un rato y luego el poeta se removió un poco para quitarse la levita. Neill le miró de soslayo. Estaban tirando la ceniza al suelo, pero a ninguno parecía importarle. El poeta se ladeó un poco para pasarle los dedos entre los rizos rojos, aquellos mechones ensortijados y rebeldes que parecían atrapar la luz y devolver destellos escarlata incluso en la oscuridad más absoluta. No estaban a oscuras en ese momento, había dos quinqués encendidos en la habitación y un candelabro anticuado con gruesos cirios. Neill volvió el rostro con un gesto desdeñoso, pero no le empujó ni le apartó. —Tienes unos ojos increíbles —murmuró Alain. Neill se apartó y le fulminó con la mirada. —Déjate de mierdas conmigo, sir. No las necesitas. Para eso pagáis los hombres que venís aquí, ¿no? Para poder tener sexo sin esfuerzo. —Te lo estoy diciendo en serio. No son mierdas, como tú las llamas. Y, ¿crees que si me gustara el sexo sin esfuerzo vendría contigo, mon ami? Alain volvió a intentarlo, acercó los dedos a su pelo y enredó uno en un bucle desordenado. 23

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—Fuck you. No sé por qué vienes conmigo y no me importa lo más mínimo — escupió Neill, volviendo a apartar el rostro y hundiendo la mirada azul en el suelo, con los dientes apretados de rabia y frustración—. Te dije que te fueras. Pero no te irás sin hacerlo, ¿no? Pues venga, acabemos de una vez y lárgat… Alain le cerró la boca con un beso apasionado. Estaba harto de escucharle, no quería oír cómo terminaba la frase y no soportaba verle tan angustiado. Neill siempre estaba enfadado o angustiado menos cuando estaban en la cama, teniendo sexo. Entonces también él parecía olvidarse de todo, y aunque Alain nunca había tomado muy en cuenta los sentimientos y expresiones de los chicos de aquella casa, con Neill era diferente. Él era distinto a todos los demás. Él era auténtico. El irlandés respondió al beso con la misma terquedad de siempre, cerrando la boca y mordiéndole los labios después. Le empujó por los hombros con tanta brusquedad que habría conseguido apartarle si Alain no hubiera soltado el cigarro para rodearle el cuello con el brazo. Le atrajo hacia sí mientras él empujaba y cuando Neill abrió la boca al fin, escurrió la lengua en su interior. Sabía agridulce, a cerveza y a jalea, pero también a sal y a miel. Sus labios eran suaves y su aliento estaba muy caliente. Se diluyó en su saliva, acariciando con la lengua las remotas oquedades de aquella boca tibia y acogedora y cuando se enredó en su lengua lo hizo despacio, invitador. Neill dejó de empujarle entonces. Cerró los dedos en su camisa, respirando afanosamente, y gimió con frustración antes de responder al beso con gestos más rudos e impetuosos que los del poeta. Alain hundió las manos en su cabello y el irlandés hizo otro tanto, tirando hacia sí. El beso se volvió más profundo, más intenso y sus respiraciones se descompasaron. Alain mordió los jugosos labios y ladeó el rostro para ahondar más en su boca. Neill se ajustó a sus movimientos y cuando las manos del poeta le bajaron los tirantes del pantalón, él le desabotonó la camisa con gestos apremiantes. —Así que quieres que termine de una vez y que me largue —resolló Alain, cuando sus labios se separaron fortuitamente para despojarse de las camisas, sacarse los zapatos y desatarse los pantalones—. Entonces no te haré esperar. —No haces más que hablar —replicó Neill, arrojando su camisa al suelo, con el pecho hinchándose y deshinchándose a causa del dificultoso aliento. —Y tú no haces más que quejarte. Alain se quitó los pantalones a toda velocidad y saltó sobre él, encaramándose a sus rodillas y arrancándole un beso de los labios con un hambre irrefrenable. Neill le agarró de los hombros y respondió con la misma disposición. Se devoraban como si estuvieran luchando, tratando de imponerse el uno al otro, hasta que los dedos de Alain se deslizaron sobre el pecho de Neill y le pellizcaron con fuerza. Le escuchó gemir y sintió como sus gestos se volvían más torpes y blandos a medida que sus dedos retorcían el rosado botón, que iba adquiriendo un tono rojizo oscuro y se erizaba, contrastando con la piel del irlandés, clara pero ligeramente bronceada como la de los marineros. Disfrutó de su boca un poco más y después deslizó los labios bajo la curva de la mandíbula, regando de besos el cuello tenso y ascendiendo hasta la oreja, donde tiró del lóbulo con los dientes. 24

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—¿Ya no tienes nada que objetar? —le provocó, abriendo las manos sobre su esternón y empujándole con suavidad sobre la cama. —Shut up —escupió el irlandés. Su cuerpo parecía una estatua moldeada en barro a la luz de las lámparas y los candelabros, una escultura de músculos marcados y pelo ensortijado. Aquel hombre podía haber sido minero o luchador, a juzgar por la envergadura de sus hombros, la ancha espalda y sus fuertes y amplios pectorales. Alain tenía un cuerpo trabajado, pero en su caso se lo debía al ejercicio físico y a la hípica, las proporciones de Neill recordaban a algo más primitivo, a las entrañas de la tierra, al viento y a la sal del mar. «Tan vivo, tan carnal…voy a hacer que desees que no acabe nunca», pensó, embriagado de pasión. Se inclinó sobre él, recorriendo aquella espectacular anatomía con los dedos y con los labios, atento a cada una de sus reacciones. Los tendones y los músculos ondulaban al tensarse y destensarse, el sonido de su respiración entrecortada era una delicia. Deslizó la lengua por sus hombros, mordiendo la carne, y después descendió hasta las clavículas. Los pezones duros se levantaban entre sus dedos cuando los pellizcaba y los retorcía, arrancando gemidos ahogados de los labios de Neill, que tenía los dedos cerrados en su pelo. Cuando sustituyó sus manos por sus labios, lamiendo las erguidas puntas de su pecho, el irlandés se encogió y gruñó, apretando los dientes y echando la cabeza hacia atrás. Una de sus manos se desprendió de su pelo y se escurrió por su cuerpo. Alain dio un respingo al sentir cómo los dedos se cerraban en su sexo. —Mierda, deja de hacer eso —jadeó Neill—. Se supone que I am the whore... —Me encanta cuando hablas en tu idioma —resolló Alain. El pelirrojo había comenzado a mover los dedos con un ritmo vivo y algo rudo que al principio le resultaba casi molesto, pero también le excitaba enormemente. —Ese no es… mi idioma… Alain volvió a meterle la lengua en la boca y durante un largo rato solo hubo jadeos, gemidos apagados, caricias íntimas y el sudor que despertaba, la ondulación de los cuerpos que se precipitaban en busca de las manos, el roce de las manos que acudían al encuentro de los cuerpos. El sonido húmedo y percutido de los besos al romperse y reanudarse. Descendió a lo largo de su cuerpo, hundió la lengua en su ombligo, retozó sobre su vientre, plano y surcado por las líneas de fuerza de los músculos y cerró los labios alrededor de su sexo. El irlandés se arqueó y cerró los ojos, tirándole del pelo. —Dijiste que no me harías esperar —se quejó, jadeando. Alain succionó más profundamente, por toda respuesta. El gemido desvaído de Neill resonó en la habitación. Le acogió en su boca y le liberó, una y otra vez, empapándole de saliva, hasta que estuvo duro y dispuesto, casi al límite. Después volvió a reptar sobre 25

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su cuerpo, desandando el camino y cubriéndole de besos y suaves mordiscos. Cuando llegó de nuevo a sus labios hundió los dedos en su cabello y le besó concienzudamente, estrechando las caderas contra las suyas y empujando su erección contra la de su amante. Al separar de nuevo el rostro, le miró a los ojos. —Tendrás que disculparme, pero no estoy dispuesto a tomar de un solo bocado lo que merece noches y días de adoración. Neill resopló y compuso una mueca de hastío. —Enough of that shit… no te hagas el francés conmigo… con todos esos halagos empalagosos y superficiales… no hace falta, demonios. Ya te lo he dicho. Alain notó una oleada amarga extendérsele por dentro, pero fue una sensación leve que quedó oculta bajo el deseo palpitante que le anegaba. —Como quieras. Le separó las rodillas y se hundió en su interior. Cerró los ojos, estremeciéndose con la sensación voluptuosa, el calor y la presión enloquecedores que le recibían. Neill le aferró, rodeándole con los brazos duros y fuertes. Durante un momento se ajustaron, removiéndose sobre las sábanas, encajando poco a poco hasta que se adaptaron el uno al otro. Cuando volvió a abrir los ojos se encontró con el rostro desafiante del irlandés. Los ojos le brillaban bajo la luz del candelabro y la lámpara de petróleo; el resplandor rojizo los hacía parecer violetas en vez de azules. Y en ellos había un universo. Volvió a besarle y comenzó a moverse en su interior, entrando y saliendo con un ritmo contenido. Podía sentir el cuerpo de Neill encendiéndose debajo del suyo. Los dedos rudos del irlandés se crisparon en su espalda, le rodeó con una pierna y le empujó con el talón en el trasero. Las respiraciones se aceleraron y el sudor despertó como rocío primaveral. Alain dejó de percibir el tiempo, la presencia de su amante se convirtió en todo. Estaba atento a cada uno de sus jadeos, a la tensión de sus músculos, a la contención con la que apretaba los dientes para no permitir que le escuchara. Arqueó la espalda y le penetró con más fuerza, un mordisco de placer le relampagueó hasta la columna vertebral. Y Neill ahogó un gemido delicioso, grave, y sus poros se erizaron. Se alzó sobre el codo para mirarle de nuevo. Había dejado caer los párpados y fruncía el ceño, sufriente, mordiéndose el labio. Para Alain aquellos estímulos eran fuego en las venas, verle de aquel modo y sentir cómo se fundía con su contacto le excitaba aún más. Volvió a empujar con energía e imprimió un ritmo más profundo e intenso a sus embestidas. —Oh, Tighearna3… Tighearna… Neill le arañó los hombros, se agitó sobre el colchón y empezó a levantar las caderas en cada envite para ir a su encuentro. Se le quebró la garganta y su respiración se convirtió en una procesión de jadeos concatenados. El sexo erguido y tenso estaba atrapado entre 3
Señor…». «Tighearna» es la forma gaélica de Señor. Neill está invocando a Dios en su idioma natal, diciendo «Oh,

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su cuerpo y el de Alain, palpitando. —Eres increíble —susurró el poeta, sin poder contener el tono embriagado de sus palabras. Deslizó una mano entre ambos para atrapar su virilidad entre los dedos: estaba duro y caliente, la sangre bombeaba con fuerza debajo de la piel. Comenzó a acariciarle provocativamente, sin prisas, mientras se enterraba en él con abandono. El cabello oscuro se le descolgaba junto al rostro de su amante, orlándole como un cortinaje, y sobre la almohada, los mechones rojizos y retorcidos parecían enredarse con su propio pelo. Era hermoso. Todo en él lo era. Quizá era eso lo que tanto le gustaba de Neill, la autenticidad, la naturalidad de su belleza. Le contempló, subyugado, mientras la pasión les arrebataba. Le contempló cuando el clímax comenzó a acecharle y tuvo que agarrarse a él con más fuerza, le vio apartar la mirada azul, quizá avergonzado al saberse fuera de control. Le contempló cuando la primera sacudida le hizo arquear la espalda y echar la cabeza hacia atrás; la melena ensortijada se abrió como un sol sobre los almohadones y sus labios se separaron, exhalando un gemido profundo y sonoro, vibrante, henchido de sensualidad. Le siguieron muchos más. Los músculos del irlandés se crisparon, su cuerpo comenzó a estrellarse contra el suyo cuando le recibía. Hubiera deseado seguir mirándole, verle elevarse hasta las estrellas y caer después, pero él mismo tuvo que cerrar los ojos cuando su propio orgasmo le privó de la razón. Se agitaron sobre las sábanas durante algunos minutos, gimiendo con el tono grave y liberador de la masculinidad. El aroma alcalino, almizclado y hormonal lo inundó todo, cubriendo la habitación con un perfume espeso. Finalmente, el irlandés se relajó, volviendo la cabeza hacia un lado y estremeciéndose solo de vez en cuando con algún que otro espasmo. Alain se dejó caer sobre su cuerpo, apoyando parte del peso en los codos y recuperó lentamente el aliento, respirando sobre su piel. —Eres increíble —repitió, a media voz. Neill suspiró con resignación. Le cubrió los labios con los dedos. — Bí ‘ do thost4. El poeta se movió con cuidado para salir de su interior y se tumbó a su lado, boca abajo, dejándose acunar por ese estado de embriaguez que caía sobre los cuerpos y las almas después del sexo. Neill se quedó junto a él, con una mano sobre el pecho y el rostro vuelto hacia el otro lado. «Ojalá me estuviera mirando», pensó Alain. Nunca había sido capaz de comprender la extraña química que actuaba entre los dos. Hacía poco más de un mes desde la primera vez que habían estado juntos. Cuando LaFontaine había mostrado a Alain aquella casa, él, que apenas tenía experiencia con los hombres, se había decantado en un principio por los muchachos más femeninos y con aspecto andrógino, como L’Angélique, o los pícaros como Sweet Pie, un chico americano que conocía suficientes trucos como para mantenerle entretenido durante semanas. Y así fue. Si acabó yendo a parar a la alcoba de Neill fue porque, en una de esas noches 4 En gaélico, «cállate». 27

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imprevisibles de champagne y caviar, decidió pasar por el prostíbulo a divertirse un rato antes de que amaneciera. Sus dos favoritos estaban ocupados, así que decidió probar algo diferente. Lefebvre le indicó que había llegado un chico nuevo. «Procede de un burdel de la parte baja de la ciudad, monsieur», le advirtió. «Aún no está acostumbrado a esto y tiene mucho que aprender. No creo que sea de su estilo». Ante la insistencia de Alain, el patrón no tuvo más remedio que advertirle que Neill era peligroso y que, además, esa noche estaba totalmente bebido. Alain consideró esto una estimulante novedad. Se puso tan pesado que Lefebvre le permitió disponer de él. Aquel primer encuentro fue brusco y desafortunado. Efectivamente, Neill estaba totalmente borracho y malhumorado. Al verle entrar, le insultó y le pegó un puñetazo muy poco acertado por la falta de control, que fue a estrellarse contra la puerta. Luego, Alain le ordenó que se la chupara de inmediato, con lo que la puerta recibió otro golpe. Finalmente, tras intercambiar improperios, decidieron de mutuo acuerdo ponerse manos a la obra y terminar con aquel espectáculo absurdo, pero ambos estaban demasiado bebidos y ambos fueron inútiles totalmente. Se quedaron dormidos, a medio desvestir, con el sexo colgando fuera de los pantalones y roncando como el par de borrachos que eran. A la mañana siguiente, al despertar, Neill se sentía humillado y empezó a comportarse como el diablo en persona. Insultó la virilidad de Alain y le echó la culpa de todo. Alain le devolvió la ofensa, argumentando que él lo único que tenía que haber hecho era ofrecerse y dejarse penetrar, y que ni siquiera de eso fue capaz. Neill le llamó cerdo francés pervertido y Alain se burló de su ropa, su pronunciación y su origen. Y así sentaron las bases de su relación. Pocos minutos después, los dos estaban revolcándose en la cama y Neill le insultaba mientras jadeaba y le pedía más. Alain jamás le decía el menor improperio cuando se encontraban en medio del sexo, pero le callaba a besos cuando él lo hacía y obedecía con gusto a sus demandas si Neill le exigía que fuera más duro, o que lo hiciera más rápido, o más profundo, o le tumbaba en la cama para ponerse encima y empalarse sobre él. Entonces se le quedaba mirando como si fuera una visión sobrenatural. Cuando Neill se metía en faena lo hacía por completo, a pesar de sus maneras bruscas, los insultos y demás rudezas. Era pura pasión desatada. Sus expresiones eran auténticas y sus reacciones, arrolladoras. Alain habría accedido incluso si le hubiera pedido intercambiar los papeles, cosa que nunca había ocurrido. Pero lo hubiera hecho, lo haría si él se lo pidiera. No le importaría tenerle dentro, pese a que no se imaginaba en aquella situación con nadie más. Alain no entendía por qué. Era incapaz de analizarlo, pero podría hacer cualquier cosa con Neill y estaba seguro de que la disfrutaría. —¿Qué te ha estado molestando, Neill? —preguntó, en un murmullo casi tímido. El irlandés no respondió. Al cabo de unos segundos, se levantó y se dirigió a un biombo que había en un rincón. Detrás había una jofaina y varias toallas; Alain escuchó el chapoteo del agua. —No es nada. ¿Has pagado dos servicios completos? —Sí. —Pues no pienso volver a hacerlo hasta dentro de unas horas. Tengo sueño. 28

Hendelie
—Claro. Como quieras. Alain se cubrió con la ropa de cama, levantando una ceja. Se suponía que él era el cliente y que Neill estaba a su servicio. Se preguntó si era así de exigente y rudo con todos sus clientes. «No deben durarle mucho si es así», se dijo. Alargó la mano hacia la mesilla para apagar el quinqué. Las dos ventanas, aquellas cuya disposición le desagradaba tanto, estaban cerradas. El verano ya empezaba a declinar y las noches empezaban a ser frescas, pero una de las cortinas se encontraba entreabierta y se podía ver el resplandor de los faroles dorados y las siluetas de los tejados, el cielo oscuro cuajado de estrellas y un trozo de luna llena. Estaba mirándola cuando Neill salió de detrás del biombo. Llevaba una toalla atada a la cintura, otra colgando del hombro y una palangana de agua jabonosa en las manos. Algunas gotas brillaban sobre la piel de su pecho y se había peinado hacia atrás el cabello mojado. —Aparta esto —ordenó el joven, señalando los edredones y subiéndose de rodillas a la cama—. Voy a limpiarte. Alain abrió mucho los ojos. Luego retiró las sábanas y se incorporó a medias. Neill dejó la palangana sobre una de las mesillas y se sentó sobre sus muslos. Metió la mano en el agua, sacó un trapo y lo escurrió. Después lo deslizó sobre los hombros del poeta, frotándolos con una suavidad inusitada. Los ojos azules seguían sus propios movimientos bajo un ceño levemente fruncido, pensativo, o quizá nostálgico. Alain no supo definirlo. Tampoco fue capaz de evitar que le sobrecogiera de algún modo su actitud. Aquellos gestos y el modo en que el irlandés evitaba su mirada le conmovieron. Durante los siguientes veinte minutos, Neill estuvo deslizando el trapo húmedo entre los músculos de su torso, bajo los brazos, por los costados y sobre el sexo apacible, que se despertó sutilmente con sus atenciones. Ninguno de los dos volvió a pronunciar una sola palabra. Cuando Neill terminó, apagó el candelabro, volvió a tirar el trapo en el barreño y se tendió a su lado, boca arriba. Alain le observó unos minutos, con la espalda apoyada en el cabecero. La luz de la luna y de los faroles penetraba por el ventanal de cortinas entreabiertas. Al cabo de un rato, les arropó a ambos y se acercó a él para abrazarle bajo las sábanas, aun a riesgo de recibir insultos o algún golpe. No obstante, Neill no dijo nada ni rehuyó su gesto. —Despiértame cuando quieras —le dijo, pasando los dedos entre el pelo rojo una sola vez y apartándolos después. Neill frunció el ceño, tragó saliva y asintió. Después, ambos se quedaron dormidos.

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