Julio de 2012. Un día en Loja. Por Juan Charro (Juan Antonio Martínez Fernández), pintor y profesor.

María José venía conduciendo y yo ocupaba la plaza del copiloto. No me gusta nada conducir porque me impide ver el paisaje. El paisaje es para mí, fuente de vida. Los años que llevo pintando me han regalado la capacidad de percibir del color, cierta memoria visual y sobre todo una expectación constante ante la belleza de todo lo que me rodea, soy un hombre abierto a mis sentidos. Mi cabeza me lleva a recordar las imágenes que he ido recibiendo por correo electrónico a lo largo del curso: el cuaderno de María, de segundo de primaria, en el que además de sumas, restas y multiplicaciones, hay adjetivos duplicados: “Mi casa es pequeña y luminosa, mi madre es buena y cariñosa, la hormiga es pequeña y trabajadora” y con una caligrafía redondilla exquisita: “Juan Charro, imaginativo, pintor, grande, amable, moreno, decorador, activo...”, ¡yo no soy tan así!, ¿qué esperarán de mi? Los trabajos que he visto que han realizado tienen tanta gracia..., han interpretado algunos de mis cuadros, hasta el retrato de mis hijas, ¿qué me voy a encontrar?... Loja me trae recuerdos de juventud, allí vi nevar por primera vez. Fue un regalo. Recuerdo caer la nieve sobre el techo del autocar, en aquella estrecha carretera. Al abrir las ventanillas empañadas del bus para tocar los copos con las manos, la claridad del aire y la visión del pueblo me cedieron el calor y la vida que expandían las chispeantes ventanas iluminadas y el humo de las chimeneas. No tenía muy claro qué me iba a encontrar. Dejamos el coche bien aparcado y anduvimos preguntando por la sala “El Pósito” hasta dar pronto con ella. Allí nos encontramos con Mari Carmen que enseguida nos puso en situación. Para mi todo era muy extraño. Dentro estaban los dibujos y pinturas de los niños del colegio que se parecían a mis cuadros, no podía acceder a verlos con tranquilidad pues se tenía que celebrar un acto de presentación, en el que yo era parte importante, vamos que estaba como un pez fuera del agua. El acto de presentación fue muy bonito, los niños hacían de presentadores, los ponentes hablaban uno detrás del otro, había un orden preestablecido, el ponente anterior a mi me presentaría, y yo tenía que presentar al alcalde de Loja que continuaba después de terminar yo. Por supuesto que me olvidé, qué desastre. Terminó el acto y me vi rodeado por los chiquillos, querían que les firmara el catálogo de la exposición, y uno a uno se los firmé a todos. Mi mujer pacientemente me acompañó todo el tiempo. Tenía la agradable sensación que tenemos los mayores cuando jugamos con lo niños, de ser un juguete más, como si estuviese repartiendo chucherías y golosinas, como si de mi irradiase la felicidad que allí se respiraba. Fueron dos horas magníficas, en las que no paré de sonreír, de preguntarles a los niños sus nombres: María, Pablo, Daniel, Samuel, Marta..., bajo las felices miradas de las madres que los acompañaban que se quedaban un tanto lejos para mirar la escena. Terminó y nos fuimos a tomar un refrigerio con las maestras del Primer Ciclo del cole del Caminillo. Fue una tarde entrañable, que no olvidaré. Una vez en el hotel me asomé a la terraza, era de noche y hacía mucha calor. Las luces de las casas y las calles se encendieron poco a poco. Loja que era blanca y tierra sobre la ladera de la colina, con sus iglesias y sus alturas, se volvió azul, violeta, y mil candiles amarillos asomaban por las ventanas. Allí pensé en todo lo que había pasado: la incertidumbre, el acto de presentación y mi falta de soltura, y sobre todo los niños y niñas. Este ha sido otro regalo que me ha hecho Loja, tenía el corazón henchido de inocencia y de arte. Por la mañana volvimos a la Sala El Pósito para volver a ver la exposición, y entonces la vi realmente. Uno por uno todos los cuadritos eran sorprendentes, Lo fotografié todo. Aprendí aquel día que la inocencia de un artista es insustituible, aquello que decía Picasso de que llevaba toda la vida intentado dibujar como un niño es una de las verdades más grandes en la expresión artística. Lo

que estas maestras están haciendo con sus alumnos y alumnas es abrirles puertas, acercarles la posibilidad de expresarse artísticamente. Me han escogido a mi porque les gusta lo que pinto, no me cabe duda, pero también porque soy un pintor accesible, que puede venir y compartir con los niños su trabajo, tratarlos de igual a igual. Yo no soy el primero, antes ha habido otros, desde el pionero Evaristo Guerra que se prestó valiente a participar por primera vez, y lo que nos une a todos es esa cercanía. Ahora que las autoridades van erradicando poco a poco todo lo relacionado con lo artístico de la educación para de esta manera obtener ciudadanos moldeados, estos niños de Loja tienen cierta ventaja, porque tienen una formación más completa y plural y quizá puedan disfrutar durante toda su vida de dibujar y pintar, pues saben que es posible, conocen personalmente a los protagonistas que les firmaron el catálogo de aquel año en que estaban en primero o segundo de primaria, y estos son personas de lo más normal, que no tienen nada que ver con los artistas que salen en la televisión, ni verán probablemente sus cuadros en subastas desorbitadas. Si algún día les da por pensar que no saben dibujar, o que no valen para pintar, siempre tendrán el recuerdo de haber compartido una exposición en un Museo, y de haberse sentido un artista en un momento de su vida, como tengo yo el recuerdo de aquella nevada. Conservo en la pared de mi estudio una estampa de los retratos que me hicieron los niños de primero, son los mejores retratos que me han hecho. No me queda más que dar la gracias a las maestras. El pueblo de Loja, los artistas plásticos andaluces y la enseñanza pública tienen suerte de que estén allí haciendo lo que hacen.

Si se pudiera poner un retrato mío que acompañe este texto, creo que este es el que más me gusta.

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