Año 5 N° 14

Salta, Febrero 2013 - Distribución Gratuita

Comenzamos nuestro quinto año y todavía todo me parece nuevo. Es nuestro ejemplar número 14 y siguen apareciendo cambios. La primera tentativa de cambio se hizo con nuestra tapa y contratapa. En la primera los cambios son más palpables, ya que gracias a Martín Cordoba tenemos una nueva imagen. En la segunda (pero no menos importante) incorporamos en la revista humor gráfico, en esta oportunidad a cargo de Fernando Espinoza. Un nuevo año indica buscar nueva gente, pero sabemos lo difícil que es cuando las cosas se hacen de onda. Por lo pronto ya tenemos un fotógrafo hablado. Desde nuestros inicios pensamos y esperamos perseverar en esta idea: no vender la revista. A pesar de que el factor dinero frena ciertos aspectos editoriales, como la calidad y cantidad de ejemplares impresos. Por ultimo quedan los agradecimientos a todos los que poblaron nuestras páginas, desde el primer año hasta ahora. Esta revista fue y sigue siendo una etapa de aprendizaje, seguro ustedes sabrán entender. Espero haber retribuido lo que me fue dado, y las deudas que seguro quedan quizás sean canceladas en futuros ejemplares de esta revista que se dio por llamar Sonámbula.

Alejandro Chiri

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Criaturas de encaje A las dos y veinte del quince de Abril estábamos todos muertos. La mayor promesa de seguridad y lujo, se hundía irremediablemente luego de haber chocado contra un iceberg. Más de mil quinientos cuerpos descendían al fondo del mar. Los gritos se fueron llenando de sal y la oscuridad cubrió todos los rincones de la esperanza. Desde la muerte no es posible calcular el tiempo, porque la eternidad no tiene medición. Lo único que se puede decir, es que el fondo del mar queda muy lejos, demasiado lejos para recordar. Nuestros cuerpos de brazos extendidos y bocas abiertas, llegaron al fondo lentamente, como el azúcar cuando se hunde en el café. Unos sobre otros, nos fuimos apilando en un sitio nunca visto por la humanidad. Estábamos ahí, con nuestras mejores ropas y joyas, con la última copa aún en los estómagos, con algo de dinero en los bolsillos; estábamos como éramos, sólo que muertos. Como cada noche antes de dormir, me aferro a mi última felicidad; la evoco, la estiro, la cuento al revés, la vuelvo a contar. Así engaño a mi desesperación por mucho tiempo, así harían los otros tal vez. No se puede saber. Sólo se ven los cuerpos inmóviles como esas nubes negras que llevan la tempestad dentro. Mi hermana está en algún lugar, aquí, tragada por la negrura del mar. Tal vez conserva aún su anillo de compromiso, tal vez pensó en su novio al morir. Lo que es seguro es que él desde el afuera, desde el azar de haberse salvado, llora por ella. En esa otra forma de la muerte, que es perder un ser amado, él también trata de reponerse, evocando y engañando a su conciencia. Mientras tanto, nosotros aquí, nos distraemos con suaves criaturas de encaje que se acercan curiosas y tal vez hambrientas. De algún modo estamos en nuestras cunas de la infancia, mirando por horas los juguetes colgantes, suspendidos en un arriba que nunca alcanzamos.

Miriam Díaz

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Black Out Antes de irme noté un punto rojo en la parte superior de la frente, justo en el nacimiento del pelo. Lo toqué y no era un grano, no tenía relieve ni me dolía. Al principio pensé que podía ser una picadura o un rasguño hecho sin querer durante la noche. Aunque me asaltó una gran curiosidad, que no sentía hace mucho, dejé de mirarme. No quería perder tiempo en tonteras a esa hora del día. Mi tren pasa a las ocho y media, si tomo el siguiente llego siete minutos tarde a la oficina. Odio eso. Los clientes te vuelven loco si no llegas puntual, ya te ponen mala cara de entrada. Tampoco me gusta tener reclamos de mi jefe. Nadie tolera esas demoras, ni yo mismo que tengo que salir corriendo y el tren viene llenísimo y bueno, al final la mañana esta arruinada, con las cosas como sueltas, fuera de lugar. Traté de no darle importancia a la marca nueva pero al final todo el día trabajé con el punto zumbándome en la cabeza, dándome vueltas como una mosca molesta. Me pareció que mis compañeros me miraban distinto ese día, más intensamente, como si por fin me registraran. Esa noche de vuelta en casa lo primero que hice fue mirarme al espejo, me saqué la corbata, y lo vi, ahí estaba. Se veía levemente hundido, como si fuera la marca de un pinchazo, le pasé un dedo por encima, me pareció que esa parte de mi frente estaba más blanda y más grande. Después de mirarlo y palparlo largo rato, sin respuesta, me fui a la cama. Dormí mal. En la madrugada tuve la sensación casi imperceptible de que esa zona que había sentido mas blanda en mi cabeza se agrandaba, se expandía hacia los costados, se iba descamando levemente. Sentí que la cabeza se me transformaba en una masa maleable e inconsistente. Me levanté asustado como cuando te dan pesadillas y cuando entré al baño lo vi. El punto se había transformado. Ahora era una pequeña fisura que se expandía hacia atrás, del tamaño de un grano de arroz. No entendía nada, se me había abierto la cabeza. No supe que hacer. Además me tenía que ir a trabajar, una falta injustificada me costaba no sólo el presentismo sino mi propia reputación: asistencia perfecta desde hacia diez años. Y mientras pensaba en como resolver la situación vi que por la fisura algo quería asomar. Con la cara contorsionada miré la hora, eran ocho y veinticinco. No podía demorarme más. Una punta, que parecía de vidrio, embadurnada por una baba transparente se asomaba por la rajadura. Un poco impresionado la tomé, tiré hacia delante y sin mucho esfuerzo saqué un arco iris. Quedé paralizado. El arco iris colgaba de mis dedos y se tambaleaba a la altura de mis ojos. Así, caminé hasta el aparador que estaba justo al lado de la puerta de calle, ahí lo apoye, entre las fotografías grises de mis antepasados. Cuando pude reaccionar me miré la frente. La fisura había desaparecido. No me dolía nada. Había sido sencillo, como si mi cabeza fuera un canal de parto.
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Ya en el tren que me llevaba al trabajo me di cuenta que nada había cambiado, mi raciocinio y mi poder de acción seguían intactos. No me molestaba perderlo, no lo necesitaba, además los arco iris habían sido tan infrecuentes en mi vida, realmente podía seguir viviendo mis días exactamente igual sin el. Nada se modificaba en mí. Así de a poco se me fue llenando el aparador de cosas. La imagen de la primera vacación que hice con mis padres, esa noche que identifique la constelación de Orión en el cielo, el gusto de los besos de Marita, los ravioles caseros de mi abuela. No me pareció importante, tampoco perdía tanto. Seguía llegando puntual al trabajo y mi rendimiento estaba en alza, calculaba costos de un solo vistazo en la planilla, recordaba a la perfección listados de deudores, pagadores, morosos incobrables, y los valores en centavos de intereses, ganancias y excedentes. No tenía errores. Me convertía sin buscarlo en el empleado perfecto, una máquina de calcular viviente. Pero mis compañeros comenzaron a sentirse amenazados y me la hacían difícil, me miraban raro, quizás la cabeza realmente se me estaba deformando. Un día mientras le pedía a Sonia, mi compañera de enfrente, que me sellara la aprobación para el préstamo de la señorita Ortiz, escuche un profundo crack. Sin pedir permiso ni disculpas me encerré en el baño. La rajadura en mi frente comenzó a abrirse, me puse nervioso pensando donde iba a poner lo que largara, como lo iba a esconder. Y vi horrorizado que la rajadura habitual se convertía en un hueco con forma ovalada. Las manos me transpiraban, las piernas se me aflojaron y caí arrodillado en el brillante piso de loza blanca. Vi caer algunas gotas del líquido blanquecino, ligeramente gelatinoso que envolvía las cosas que me sobraban. Los brazos me temblaban irrefrenables, como si tiritaran de frío. Entré en un cilindro oscuro que me achicharró la sien y deje de ver. Crack. Crack. Crack. Ese ruido lo llenaba todo. Tenía que salir, no me gustaba utilizar el baño tanto tiempo y la hendidura avanzaba centímetro a centímetro. Imaginé los números de los turnos parpadeando, los escuche sonar. La grieta alcanzaba todo el largo de mi cabeza, como si un terremoto se hubiera despertado en las entrañas de mi cerebro resquebrajándome el cráneo. Quise arrastrarme fuera del baño pero el cuerpo no me respondía. El chirrido del sillón giratorio entremezclado con la insoportable voz de Sonia me enloquecian mientras el agujero de mi cabeza convulsionaba. Un enjambre amorfo de colores imprecisos comenzó a desbordar por la grieta. Pequeños pedazos de cartílago o nervios o tal vez glándulas me rodaban por el rostro. Prácticamente desvanecido hice otro intento por llegar a la puerta pero no lo logré. Y como resbalando de la cima de un volcán cayeron al piso las sobras. Boqueando como peces fuera del agua se estremecieron recuerdos de abrazos, sueños de futuros ya pasados, visiones de pájaros emigrando, primaveras olvidadas hacía tanto, sonido a mar. Después del brote me despidieron, si hubiera podido controlarlo, lo hubiera hecho en el baño de mi casa, pero paso en la oficina. Como si les estuviera escupiendo en la cara las cosas que me sobraban. Todavía hay cosas que me sobran pero ya no escupo de esa manera desquiciada. Estoy tranquilo, a veces sueño con sellados, impuestos, fechas de vencimiento, hojas troqueladas que se apilan como lenguas y me acarician, me acarician, me acarician. Jimena Pallarols
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Evasión I lo oculto lo prohibido lo pecaminoso yéndose con el deseo y la fragilidad que siempre encuentra II formas de evasión de salvación JUEGUITO…Zuma en la pc verde verde verde azul azul azul ganar vidas pasando stages en ese mundo reducido tan seguro III código tras código el tiempo que pasa no se soporta en este lugar lejano IV evasión aferrarse como hongos a los ideales V evasión el arte por el arte evasión las religiones evasión acomodar color tamaño tipo fecha hora y se cansa de tanto mundo acomodado evasión comprar por comprar VI evasión las propagandas evasión las drogas evasión las drogas dicen las propagandas

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Lía Sosa

Palabras sueltas para el calendario del sin tiempo No soy de las personas que ven el calendario, el calendario te va matando de a poco, soy de las que los tiran, me seduce la idea de vivir sin formas, sin arrugas, sin números que me cubran la ebriedad, el calendario te va matando de a poco. Lunes, martes, miércoles, haceme acordar que tengo que sacar la basura los martes, los martes suenan a anomalía, a rareza punzante, hay un distinto en ellos, ellos género masculino, pero eso está de más, digo los martes viven o más bien me mastican, cual chicle beldent negro. Hoy, hoy el calendario me va matando de a poco, contemplo la espalda. El escafoides, el omoplato, uno solo, miro de a uno, dualidad, ahora no, this moment is de a uno. Los momentos desiertos me hacen pensar que estoy soñando, soñar está bien, soñar con vos esta mejor. Desiertos, soledad, individualidad, caminar por la calle y que siempre te vean solo, desnudo cantando “guanuqueando” porque no se me otra, festejo cada pieza, festejo conocerte y que el tiempo nos deje solos, solo esta vez paridad. El calendario tiene de los humanos la inseguridad de la estructura, el caminito marcado como las hormigas, si cae una gota allí se corta el camino, se vuelven ciegos, se vuelve ciego, se terminó. Con lo lindas que son las hormigas.

Cecilia Toconás

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Avisos inclasificables La vida siempre parece perder algo de brillo cuando llueve sin parar durante mis vacaciones. Pienso en que ostentaré el récord del tiempo más largo en el que varios pares de zapatillas lavadas tardaron en secarse. El cosmos está diseñado para deprimirnos. Pero existe un lugar más acá del arco iris donde el caos se refleja y hasta cobra sentido, tal como se reflejaría un chancho con los ojos llenos de lagañas en un arroyo de aguas prístinas. El arroyo, pobre, debe reproducir el hocico porcino que se le asoma. Este lugar que ordena la realidad es nada menos que… ¡los avisos clasificados! Sí, sí, tal cual. Mi punto es que detrás de cada uno de esos avisos, el Cosmos se enrolla sobre sí mismo mientras las Moiras hilan el entramado del destino que afloran en el papel cargado de tinta de cualquier diario. Ávido de algo que me saque de la monotonía de la lluvia, tomo el diario. En orden de aparición, marco algunos con una lapicera e imagino la historia que encierra cada uno de ellos. Asomo mi hocico y leo: Mavé, mavé…“$ 1.500 Filmadora Full HD, Vendo c/2 baterías.” Bueno, aquí es evidente que un pichón de Spielberg decidió abandonar todo proyecto de convertirse en el primer cineasta salteño en ganar un Oscar y, tal vez, optó por irse de vacaciones a una locación donde llueva menos. Donde incluso haya mejor iluminación, aunque ya no disponga de su cámara para registrar tal prodigio. Resignación, papá. Seguro es escaso el morfi en la entrega de los Oscar y encima te nominan como el peor vestido del año. Otro…“$ 500 VDO silla de ruedas m/b estado (sin uso)” ¿¡WTF!? ¿Para qué tenía una silla de ruedas si no la necesitaba? Acaso, conjeturo, le diagnosticaron una enfermedad que lo paralizaría y, previsor, compró la silla para movilizarse. Pero si no llegó a usarla…le ocurrió un milagro y sanó del todo. O, una vez que tuvo a la silla de ruedas enfrente, decidió que no soportaría vivir postrado en ella y se arrojó de la terraza de un edificio sin siquiera llegar a estrenarla. Misterio. Pero advierto que las posibles historias son infinitas. Oscilan entre el final feliz y la tragedia dependiendo de la interpretación. ¡Oh, hado cruel, hermético y hermenéutico que me impulsas a formular hipótesis indemostrables! Lo que hace el aburrimiento. Sigo…“Se vende katana Marto, Esp. Wakizachimarto.” No será una espada samurái Hatori Hanzo pero podría tratarse de una réplica del arma de algún personaje de animé. Sólo para otakus acérrimos. Otro…“VDO Estadía para 2 días para 2 personas en hotel céntrico de Cafayate.” Acá es claro que una pareja había planeado una escapada pero la peleíta se tornó grave y decidieron terminar, darse un tiempo. Para no perder la plata, quien pagó el viaje y la estadía quiso recuperar el dinero e, intuyo yo, buscar una media naranja con mayor estabilidad emocional. A ver qué más tenemos…“VDO Obras completas de Freud Ed. Losada, 27 tomos encuader. Tapa dura”. ¡Ajá!, al fin el panorama se vuelve más claro. Uno de los miembros de la parejita que se rompió, se avivó que la psicología era una gilada, un engaño a gran escala. Concluyó que no trataría de entender más al sexo opuesto ni a la humanidad y abandonó toda inquietud al respecto.
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Finalmente...“VENDO Vestido de novia confeccionado en razo (SIC) italiano y gaza (SIC) cristal, incluye cola de 3m. y estola.” Lo veía venir. La integrante femenina de la parejita, despechada o aliviada, vaya uno a saber, renunció a su sueño de caminar al altar. Nena, es más difícil encontrar el vestido perfecto que al hombre perfecto. La llamaría para decirle que conserve el ajuar. ¿Por las dudas, no? En resumen, veamos si el todo es más que la suma de sus partes: El ilusionado novio XY, estudiante de la carrera de psicología, se dio cuenta que su novia, la damisela XX era el amor de su vida y luego de un tiempo razonable de noviazgo le propuso matrimonio. XX aceptó ilusionada y XY planeó una mini luna de miel en Cafayate. El enamoramiento cegó a ambos, como suele ocurrir, mientras planeaban la boda, enviaban las invitaciones y escribían la lista de casamiento. XY compró una filmadora para registrar el viaje de luna de miel, quizás de paso, filmar las chanchadas que haría con ella. Pero pronto XY descubrió que su amado tenía mensajes demasiado cariñosos de otra chica en el celular de él. XX juraba que era de una ex novia que no se resignaba a verlo con otra. El caso es que en una de las discusiones mientras viajaban por la ruta, ella lo increpó por la seguidilla de mensajes sospechosos. Histérica, lo acribilló a cachetadas haciendo que XY perdiera el control del vehículo. El auto cayó dando tumbos en un barranco. Él se lesionó la columna pero con rehabilitación podría volver a caminar. Ella salió sin un raspón. Cansado de los celos de ella y de su espantosa ortografía, decidió romper el compromiso. Ella, tomó la espada samurái de los concursos de Cosplay donde XY solía participar disfrazado de personajes de animación japoneses y amenazó con hacerse un Harakiri ante los ojos de él. El hermano de XY intervino a tiempo para evitar que se manchara de sangre el piso del hospital. Sedaron a XX y la internaron en una clínica psiquiátrica una buena temporada. Cuando ella dejó de usar el chaleco que se ajusta por detrás, volvió al departamento que ocuparon y lo halló vacío. XY se había marchado a México. Había vendido todo lo que no pudo llevarse, hasta la famosa silla de ruedas. Supo que XY abandonó su carrera, su proyecto de casarse y que ahora se dedica a pasar inmigrantes ilegales desde el país azteca hacia Estados Unidos. Ella puso un refugio para perros abandonados, o alguna pavada así. Un día, harta de ver el vestido que tan malos recuerdos le traía, lo puso a la venta mediante los clasificados del diario local. Si no ocurrió de este modo, fue algo parecido en mi opinión. Aprovecho este espacio para publicar mi propio aviso: “VDO 6 pares de zapatillas número 40 con algo de olor a humedad. Preguntar por Rafa en la redacción de esta revista. Respondo SMS.”

Rafael Caro
Nota al pie: Los anuncios citados son reales y corresponden a la edición del 19 de enero de 2013 del Nuevo Diario. El diario chiquito de Salta.

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La música equivocada

Tomando de tu suspiro, puedo brincar más allá de mi nariz, mordiendo la tuya. Deletreando sustantivos, pensando en la significancia de mi yo perpetuo, buscando en el fondo del cajón mi diario de adolescente, peleando con el recuerdo de hace horas, queriendo amar, queriendo odiarte, viviendo, despertando, a un paso de lo viejo, que surge como novedad.

Elizabeth Soto

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M e ta n o ia Ind ivid ualid ad sagrad a, así canta el linaje. C ientos d e eras m uriendo con p lacer. D esd e los antiguos a la m ad re-tierra atad a con cercos, coh ib id a, los verd ugos m utilan h um anos. L os h ijos d e A d án h ab lan, y afirm an que el alm a es sólo d e ellos. (E stoy sosteniend o a C risto en el líquid o am niótico d el gran océano-m ilenario) P ero la lagartija es fértil y es sab ia, y d ejo h uevos-sem illas contra la ignorancia y negación. (E l p ájaro d iab lo rond a en b usca d el d esollad o) D aniel infierno, sentado en su m ejor silla observa el coraje civil d el d elincuente, no p id e, p recisam ente, m ás ed ucación, id entificado con el d iab lo p retend e ser m ás fuerte que el p ad re. Jorge R afael (V ) cree en D ios, en el nom b re d el p ad re elevad o a los cielos, religad o a la tierra con h ijos d el p adre d el p ene. E sp era su lugar en el cielo p or sus servicios ofrecid os a la S anta C ruzad a. T reinta m il alm as oprim en su glánd ula pineal, revolotean su p lexo solar. ¡D esp ótico P od er P astoral! L a m ateria es el olvido, la voluntad d e consum ir aterroriza al hom bre, el recuerd o es el conocim iento h um ano, el trueno en la tierra entusiasm a al poeta a ser el cereb ro p lanetario que crea la noosfera. ¡E sto d e b uscar d escalzo p ued e ser la esencia d el no p ensar! P or eso, éch ate en la tierra p ara d evelar el m isterio. E l secreto d e la vid a es no tener m ied o. M artín P alom ino S alom ón

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Muy _Tornasol, tornasol saca tus cuernos al sol. _Así no es la canción. _Creí que jugábamos a inventarlas. _Pero esa ya existe, estás haciendo trampa. La tarde se iba extendiendo, muy naranja al atardecer. El verano recién comenzaba y ya estábamos aburridos. Mi mamá me había dicho que no me juntara con él, no le gustaba su familia. La miraba como solo la podía mirar entonces: entrecerraba los ojos y era como una gran montaña llena de ruleros. Yo, en realidad, hacía lo que quería. Rodrigo vivía en la esquina de mi casa. Su mamá era una señora muy gorda que le gustaba mucho pelear con los vecinos, siempre terminaba llamando a la policía por alguna razón. El resto de los vecinos se la bancaba, no quería tener problemas con esa señora y nadie hacia el mismo llamado, aun sabiendo quien ocasionaba todo el lio. Desde mi casa veía a sus hijos como tomaban cerveza en la vereda o solo estaban ahí. Cuando faltaba algo, decía: Son los López. Rodrigo era chiquito como yo. Yo no le decía nada a mi mamá y esperaba que los vecinos no le contaran. Pasaba por su casa y nos íbamos a andar en bici por todo el barrio, bueno por una parte. Lo bueno de mi barrio, Castañares, era que no necesitábamos cruzar tantas calles para encontrar recovecos para jugar. Era un barrio que se dividía en grupos de casas, separadas por calles, y en los grupos las cuadras se dividían en pasajes, como un gran rompe cabezas. Me encantaba mi barrio y sus casitas con techos con forma de horno de barro. Nos sentíamos dueños de todo, en el momento de juego hasta que de lejos escuchaba los gritos de mi mamá que me avisaba que ya era hora de comer. Pocas veces nos juntábamos con el resto de los chicos, los veíamos de lejos jugar a la guerra y darse pelotazos. Cada vez que jugábamos con ellos, a cualquier juego, nos tocaba hacernos a nosotros, y eso no tiene chiste. Uno de esos aburridos días Rodrigo se encontró en la plaza una de esas trabas para el pelo que estaban de moda, la sacó de su bolsillo con algo de dificultad, era enorme. En nuestras cabezas se volvió un asqueroso insecto (asquerosa ya era). Íbamos y veníamos con nuestro juguete. Cosas así hacíamos, los demás nos miraban raro, creo que no nos entendían, no sé. Y se lo decían a mi mamá. Ella cuando podía (mi papá no la dejaba tanto) hablaba mucho con las vecinas. La de la esquina sabia todo, y claro que le contaba sobre mis rarezas con Rodrigo. Son juegos mamá, no era de nadie esa traba. . Era mi mejor amigo, nos contábamos todo. El me habló de la vez que su papá se fue para “no volver” (marco con los dedos), le dolía. Pero sí volvió, solo que diferente. Tenía miedo, no quería quedarse solo. Los miraba a sus hermanos y los quería abrazar pero ellos ya eran muy grandes y estaban en otra. La espalda apoyada en la pared caliente y rugosa de los departamentos, amarillo gastado, ventanas verdes. Ventilábamos nuestros secretos. A lo lejos, jugaban a la pelota. Me contó también de la vez que Alejandro, el chico de la esquina, lo obligo a vestirse de mujer y la vergüenza que le dio cuando Juan y todos sus hermanos lo vieron. 12

Yo le contaba de mi miedo a la oscuridad, cosa que me daban mucha vergüenza. Y que me ponía muchas medias para dormir en el piso mirando bajo la cama. Nuestras rodillas juntas, como los susurros. De los pasos que escuchaba todas las noches, de cómo cerraba los ojos fuerte para que nadie me agarre. Le conté como con Florencia jugábamos al amor (así le decía ella) hasta que nos descubrieron detrás del ropero. La tarde crece y es rosa, naranja y después muy azul. El tironeo del tetocaavos, noavos, suave algodón azul de su remera, un poco la dureza del jean. Agitados y ya casi pero escucho de nuevo el grito de mi mamá que me avisaba que ya tenía que ir. Después de eso mi mamá empezó a mandarme todos los días a la casa de mi abuela. Alguien debe haber hablado. Me encantaba ir, mis abuelos me daban con muchos gustos (no todos) pero yo sentía mucha soledad. Cuando volvía a la noche, mi mamá no me dejaba salir y las noches estaban para salir. Escuchaba a todos como jugaban a la escondida. Rompí tanto que me dejaron. Ese día jugamos todos en la casi plaza del medio. Nadie quería incluirlo pero Rodrigo terminó jugando. Le tocaba a Juan. Después del canto ritual cuenta hasta 100 y el grito: novaledarlavueltaalamanzana no nos importo, corrimos hasta la esquina para perdernos. Y en el cielo los faroles amarillos, en los pasillos la respiración honda de tanto correr y honda porque nuestros hombros están juntos, y hondo yacasillegamos .Podemos verlos. Agachados, nocturnos nos mirábamos cerquita, cerquita y él me miraba hondo, también, y me dió un beso en el cachete colorado. Vemos que Juan está lejos, entonces corrío pero antes me dice, te toca a vos. Me deja ahí con la oportunidad, lo escucho: pormi y ahí corro con todas mis ganas llego al poste. Y, sí, era mi turno: pormiyportodosmiscompas!!! Ganamos. Festejamos en la cara de Juan que nunca se la quiere hacer. Tanto festejamos que mi mamá sale y me grita: Cecilia, te dije que no jugues con los varones.

Fernanda Salas

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Mal sueño de un lunes kafkiano A pesar de las bebidas del día anterior Hans sabía que la mañana y sus sentidos no estaban tan oscuros como para no ver su propio rostro en el espejo. Pero extrañamente a lo que podemos pensar, Hans no enloqueció solo se mostró un poco sorprendido y pensó en como haría esta vez para afeitarse o incluso para lavarse la cara; no era que le importara tanto su apariencia pero uno tiene ciertos límites que debe respetar. Su abuela, por ejemplo, decía que nunca se es demasiado pobre como para no tener cayote y quesillo en la heladera. Los tiempos cambian y las costumbres mutan así que Hans (que hasta alturas conviene aclarar que era nieto de austriacos) pensó que su abuela seguramente le recriminaría su falta de aseo personal. Se afeito como pudo, considerando que era Lunes y que por cierto el odiaba los lunes, no tanto por el trabajo en sí, sino principalmente porque para Hans se trataba de un día nefasto. Y su falta de reflejo, por cierto le pareció otra situación más, si se quiere la más insólita, que le había ocurrido un día lunes. En el colectivo pensó detenidamente en su situación, esta vez ya más alarmado porque comprobó que también la foto de su carnet había desaparecido, y en consecuencia la maquina lectora lo rechazaba. Estaba seguro de no ser un vampiro: en primer lugar porque no creía en esas cosas; pero fundamentalmente porque estaba allí a plena luz del día, además de que no recordaba haber asistido a ninguna fiesta alocada la noche anterior, tan solo unas cuantas copas de más en la reunión de Domingo con sus compañeros de trabajo, pero nada más. Así que se tranquilizó pensando que las películas y los libros que alguna vez había leído o visto no tenían ninguna razón valedera para mentirle. Al llegar al trabajo, todavía extrañado pero conservando la compostura, se detuvo un momento frente a la lustrosa puerta de vidrio polarizado, ésta tampoco le devolvía ninguna imagen, pero le resulto lo suficientemente inspiradora para que Hans se percatara y murmurase: “cómo es posible que mi identidad dependa de un reflejo”. En verdad tenía una especia de epifanía filosófica y se dio cuenta de que nuestros pequeños objetos nos marcan definitivamente, y que nuestra existencia depende de la natural y regular función que cumplen en nuestra vida diaria. Ciertamente que el espejo “no funcionara” le pareció el mejor ejemplo de la cuestión de la alteridad que tantas veces había estudiado. Sin embargo lo verdaderamente importante es que ahora si estaba asustado porque llego a especular que algún día olvidaría su propio rostro, no recordaría ni siquiera de qué color eran sus propios ojos (eran marrones claros, por cierto); salvo que constantemente se hiciera autorretratos, pero entonces recordó que estaba desapareciendo de las fotos y que para aumentar sus penas tampoco podía dibujar nada, salvo unos monigotes al estilo de la escuela primaria. Presa de la desesperación, Hans pensó en su amigo Víctor seguramente él lo reconocería y además sabia dibujar, que a estas alturas había adquirido un importancia relativa casi tan importante como el dinero. Subió rápidamente las escaleras, atravesó todas las puertas de las distintas oficinas agradecido de que nadie le pidiera su identificación y de vivir en esta parte del mundo, un poco atrasado de la modernidad y de la paranoia preventiva que rodeaba a las grandes ciudades. Al llegar a la oficina de Víctor, se percató de que no tenía su documento y que tampoco sabía exactamente la hora en que entraría a esa oficina, considerando que Víctor tenía la particular costumbre de preguntar la hora antes de realizar cualquier actividad. Pero no tenía otra opción sin importar que no llevara reloj y tampoco tuviera a mano su celular estaba decidido a entrar y entró. Hans solo atinó a decir que no tenía reflejo, cuando su amigo con total tranquilidad lo interrumpió para preguntarle la hora en que había entrado en la oficina y que día había nacido. Hans respondió con bronca y un casi bramido sin poder explicarse como cuernos Víctor podía preguntarle algo así en un momento como este. Pero este ultimo solo respondió que la identidad es cosa de reflejos y que todos cumplimos 40 años a cierta hora. Hans recuperó la cordura.

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Dario Liendro

Flash Y entonces te ves sentado en la plaza solo como viejo solitario aburrido abúlico tautológico sobrante. Sos el ojo que mira una vida que se fue. Una vida que sabés que no fue vida pero porque te surcan las arrugas se supone, se sobrentiende, se espera, que haya sido una llena de los ríos y los mares que te atraviesan. Y entonces las palomas se te acercan y les tiras el pan duro que te sobró porque nadie te acompaña en las comidas y vos seguís comprando pan como si tuvieras hijos y nietos y un perro y tres canarios y cuatro pantuflas gastadas en el fondo del armario. Pero no. Entonces te ves sentado en una plaza y en el fondo el lago y al costado un carrito con algodón de azúcar. Vos sabés que no, tus arrugas no son nada más que la piel que se fue endureciendo porque así es el tiempo. Y entonces lo único que te queda es un recuerdo. Recuerdo chiquito chiquito del que te agarrás, al que estrangulás, al que le chupás la poca vida que le queda hasta que se queda color gris o magenta o sepia como esas fotos de los viejos de antes que se guardaban en un arcón y después se regalaba al familiar más llorón cuando el viejo moría. Vos estás agarrándote de ese recuerdo cuando se acerca la chica y te saca fotos. Flash. Flash. Flash tras flash te retrata en ese banco en esa plaza en esa muerte que se acerca. La chica se ríe. Tiene una sonrisa de nena pero se le nota que hace mucho que la infancia desplegó las alas. Pero igual se ríe y te sigue disparando con los flashes que te acuchillan y te pide historias de esas que se supone vos tenías que haber vivido. Pero ella no sabe que te sobra el pan duro y por eso se lo das a las palomas. Entonces contentísima por las fotos te muestra los resultados. Va pasando las fotos una tras otra, se ríe, te abraza, se cuelga de tu único recuerdo y lo salpica de su juvenil alegría de posadolescente fotógrafa. Te llena la cara de besos y de brillo sabor mora y vos quedas como una mora secada al sol para hacer pan casero. Sentis un calorcito que hace que se te resquebrajen los huesos mancillados por el tiempo. Y entonces la chica se va con su sonrisa y su cámara y deja detrás de sí un reguero de fotos que a ella le dicen muchas cosas. Abrazás tu único recuerdo como la joya que es y volvés a escuchar a tu mamá diciendo que las palomas son como ratas y que traen mala suerte y que traen enfermedades y que tienen bichitos. Vos chiquito pensás que la mala suerte no te afecta porque sos del mismo planeta de súperman. Y entonces un gusano te sube por el talón y vos ni cuenta te das.

Leandro Arce De Piero

Fernando Espinoza

El dibujo de tapa pertenece a Gérald Ligonnet Contacto: Mail: sonambula@hotmail.com.ar Blog: saltasonambula.blogspot.com.ar Facebook: Grupo Sonámbula

Declarada de Interés Cultural Resolución N° 242 - Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta

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