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Rafael García Serrano

EL DOMINGO POR LA TARDE


Relatos

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A Carmen y José María Sánchez-Silva
y también, un poco, a Lady Margarita,
su respetable tía.

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LA INSTANCIA

El Ordenanza Mayor del Gobierno Civil de Gambo estaba tomándose un


cafelito con leche cuando irrumpieron en su jurisdicción dos jovenzuelos:
Pepe Laína, con una barba rubia y adolescente, y Juan Muruzábal, que apenas
si había alcanzado un ligero bigote negro. El Ordenanza Mayor era madrileño
y por eso bebía café con leche a todas horas, y en los ratos libres silbaba o
canturreaba, según el humor y las circunstancias, cuplés de la Fornarina. En
épocas de crisis, cuando el relevo del Gobernador era cosa segura, su lírica
inclinación le llevaba hasta entonar levemente aquello de:

Saca la lengua a los hombres políticos.


Ríete tú, ríete tú
de los proyectos antisicalípticos...

En tiempos de bonanza aquel incansable bebedor de café con leche prefería


cualquier otro cuplé. Se los sabía todos. Los cuplés le parecían el himno de
Madrid, su canción de cuna, el arrorró para senadores y hombres de pelo en
pecho cantado por amas de cría frescas, rozagantes, de buena pechera; y el
café con leche le parecía la bandera de Madrid y la media tostada su
esclarecido estandarte.
El Ordenanza Mayor izó delicadamente el dedo meñique de su mano derecha,
ocupada en sostener el cálido vaso de café con leche, sorbió con parsimonia y
buen tono, y de esta manera demostró a los visitantes dos cosas: que estaba
atareado y que era persona humilde pero fina por todo lo alto.
—Buenas —dijeron los dos jóvenes.
Un azucarado murmullo les respondió.
Juan Muruzábal miró a su amigo animándole a seguir. Pensaba, y no sin razón,
que la barba concede categoría. Así es que Pepe Laína, arrastrado por su
propio sentido de la responsabilidad capilar, dijo:
—¿El señor Gobernador?
—¿Para qué lo requieren?
—Verá, queremos constituir una sociedad...

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—¿Traen instancia?
—Sí.
—A ver, tengan la "bondaz".
(La zeta en lugar de la de a la terminación de ciertas palabras era algo muy dulce, muy
suave, tan suave como la sombra de la acacias, el aroma del cocido, el polvo y el pachulí de
los merenderos. Tan tibio como un baño en café con leche. Si Popea, aquella, la de Roma, se
hubiese bañado en café con leche y no en leche de burras, sería la "señá" Popea, prima de la
Cibeles. El Ordenanza Mayor, en secreto, era lerrouxista, tenía su culturita, y la zeta en
lugar de la de a la terminación de ciertas palabras le sonaba a chotis de organillo, a taconeo
de chavalería, al crujir del aceite cuando se fríe un pollo al ajillo en un merendero del
Manzanares.)
El Ordenanza Mayor dejó la instancia a un lado, abismó sus pensamientos en
el café con leche; igual que si untase echaba barquitos mentales y nutricios al
café con leche, y como volviendo de hondas meditaciones, preguntó:
—Una sociedad, ¿de qué?
—Recreativa.
—Ah, vamos —guiñó el ojo sin perder ni pizca de dignidad—, bailongo y
demás.
—No.
—¿No?
—Al decir recreativa queremos decir que es de juego...
—¿Están ustedes locos?
—Bueno, yo no sé si me explico —dijo Pepe Laína.
—Hay juego en el Círculo, en el Casino, en la Sociedad de Artesanos, timba
en la mayor parte de los cafés, garitos a porrillo...
Receló el Ordenanza Mayor. Se fue a las generales de la ley.
—¿Ustedes dan la talla?
—¿Qué talla dice?
—Pregunto que si son mayores de edad.
—No. Ni yo ni éste somos mayores de edad.
El Ordenanza Mayor sonrió vaga y generosamente. La juventud siempre es
algo hermoso, recental y estúpido. Por otra parte, Mayo también es hermoso,
también es recental, también es estúpido. Mayo andaba dando las boqueadas y
los estudiantes regresaban de Madrid y de Zaragoza, las dos Universidades
preferidas por la gente de Gambo, y los que volvían de Madrid contaban las
fiestas de la mayoría de edad de Alfonso XIII, la garden-party del Campo del
Moro que habían visto por los periódicos y olido junto a los coches, la batalla
de flores en el Retiro, la fiesta de la Ciencia, el Te Deum de San Francisco el
Grande y también aquello de "juro por Dios, sobre los Santos Evangelios,
guardar la Constitución y las leyes. Si así lo hiciere. Dios me lo premie, y si no,
me lo demande". Mayo enloquecía a los jóvenes y a un jovencito lo acababa
de confirmar como Rey. El Ordenanza Mayor silbó mientras devolvía la
instancia a los dos muchachos sin mirarla siquiera.

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La primavera la sangre altera,
les desespera el trola trala tala...

—Pero si la instancia está reintegrada y todo, ¿por qué nos la devuelve?


—Ustedes, y ustedes perdonen, ustedes no tienen categoría, legal, se entiende,
que en otras cosas no me meto porque a nadie me gusta ofender, ni tampoco
es cosa de mi oficio, que yo estoy aquí para orientar y atender a todos los
ciudadanos correctos, hasta a los de teta, valga por decir, si es que los de teta
preguntan o plantean alguna cuestión referente al Gobierno... ¿Ustedes me
entienden?
Ni Pepe Laína ni Juan Muruzábal habían entendido el piopío de aquel pájaro
azul y dorado que bebía café con leche. Juan Muruzábal, que era muy tímido,
dijo, sin embargo, que sí, que estaba claro. Pepe Laína, en cambio, dijo que no,
que no había entendido ni poco ni mucho. El Ordenanza Mayor no se
incomodó por el desacato. Acaso en el fondo de su corazón sintiese una
dolorosa punzada al contemplar la degeneración intelectual de la raza. Todo
iba cuesta abajo a pesar de la fiesta de la Ciencia. Así que lo que hizo fue
hablar más alto, casi como hay que hablar a los extranjeros para que se
percaten de las cosas, como hablaba al ingeniero de la mina, que era francés, y
a la vez sonriendo, como se hace cuando se habla con los tontos de pueblo.
—Calma, calma, jóvenes, verán que todo está muy claro. Ustedes son
menores de edad y por mor de esa circunstancia, que con el tiempo se corrige,
ustedes no pueden legalmente presentar una instancia y estatutos tendentes a
constituir una sociedad recreativa, ni aunque sea de canicas o de chis...
(El Ordenanza Mayor se escuchaba con gratitud. Le complacía escucharse porque se
gustaba mucho hablando, y aun creía gustar a sus contertulios. Según su criterio hablaba
mejor que Rodrigo Soriano, mejor que Blasco Ibáñez, mejor que el viejo Salmerón, un poco
peor que "Lerrú". Sus palabras también podían encender el fuego, ser como palomas, como
rayos y truenos del Sinaí, descubierto, conquistado, colonizado y explotado por don Emilio
Castelar, ante el que se quitaba la tapadera. Sus palabras eran chispeantes y luminosas
como antorchas.)
—... máxime cuando esa sociedad susodicha se fundamenta en el juego, que si
ustedes quieren es un vicio respetable en personas solventes y de garantía,
pero que en muchachos como ustedes no es propio de su condición,
circunstancia y "entidaz". ¿A que me entienden ahora?
—Perfectamente —concedió Pepe Laína,
—¿Lo ven cómo todo está claro?
—Todo, no.
—¿No? ¿Alguna duda? ¿Algo confuso? Si puedo ayudarles...
—Ni éste ni yo firmamos la instancia, eso para empezar. La instancia la firma
mi padre. Vea aquí: "Don José Laína Menéndez, del Comercio de Gambo,
que habita en la calle Mayor, 37, principal, a V. E. respetuosamente, expone..."
—¿Don José Laína, el de "Coloniales Laína"?

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—El mismo. Es mi padre. Nosotros no hacemos más que traer la instancia al
señor Gobernador.
—¿Pero no me van ustedes a hacer creer que don José Laína quiere abrir una
casa de juego?
—Nadie ha dicho tal cosa. Se trata de una Sociedad Recreativa de Juegos de
Sport...
—¿De qué?
—De sport.
—Ya.
—Sport, eso es.
—Por supuesto, por supuesto —admitió el Ordenanza Mayor.
(El Ordenanza Mayor conocía el mus, el giley, el monte, el reloj, el bacarrá, el tute —en el
subastado era, incluso, un especialista de campanillas—, la ruleta, las chapas y el julepe, el
porrazo. El Ordenanza Mayor soñaba con desbancar Montecarlo. A veces levantaba
muertos en garitos de escasa monta prevaliéndose de sus privilegiada situación en la política
provincial, Pero el "espor" no lo conocía. Nunca oyó hablar del "espor" y eso que era
hombre de curiosidades universales y lerrouxista —secreto— por añadidura.)
Pepe Laína se colocó en misionero.
—¿Usted ha pasado alguna vez por el prado que hay cerca de la Estación?
—¿Por San Pedro?
—Justo.
—¿Y quién no?
—¿No nos ha visto jugar?
—¿Al "espor"?
—Digamos que al sport.
—No, y no creo que esté autorizado, señores.
—¿Quiere que le siga leyendo?
—Por mí, lea. Yo seguiré tomando mi cafelito.
—"Respetuosamente expone: Que con objeto de constituir una Sociedad
Recreativa de Juegos de Sport, que se denominará Gambo Foot-Ball Club, le
acompaña bases y estatutos porque ha de regirse, para su oportuna
aprobación. Gracia que espera alcanzar de etcétera, etcétera." ¿Eh, qué tal?
—¿"Fubolclú"? —suspiró el Ordenanza Mayor.
—"Foot", en inglés, quiere decir pie, y "ball", pelota.
El Ordenanza Mayor se alarmó repentinamente. El Cid estaba ya bajo siete
llaves, pero hay casos en que no aguantan los cerrojos.
—¿Usted sabe inglés? —preguntó.
—Sí, algo.
(El Ordenanza Mayor comprendía que se supiese hablar francés, que es el idioma de
Marat, de Robespierre, de Jean Valjean, de los apaches, de Esmeralda, del Conde de
Montecristo, de d'Artagnan y de "Maxim's". Pero el inglés es un idioma peligroso. Además
estaba lo de Gibraltar. El Ordenanza Mayor era un patriota de tomo y lomo y aunque a
veces cantaba "La Marsellesa" con cierto efusivo retintín, no negaba que cuando los niños de
las escuelas entonaban la Marcha Real con la letra de "la Virgen María es nuestra

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protectora...", un escalofrío misterioso sacudía su corazón de veterano de Cuba, año 70, con
los negros cazadores de Valmaseda que mandaba Weyler, y también aquellas porciones de
su organismo dedicadas a la burocracia subalterna, a las cupletistas y al lerruxismo.
Vareaba su corazón la Marcha Real, lo vareaba como a un viejo árbol capaz de entregar
mucho fruto. El francés era una lengua seria, culta, liberal, picante y republicana; pero el
inglés le daba mal tufillo.)
—O sea que usted sostiene que su padre, don José Laína, de "Coloniales
Laína", pretende abrir un círculo recreativo de juego a base de pie y pelota.
—Exactamente.
—Oigan, ¿ustedes no querrán quedarse conmigo?
—Mire usted, conserje...
—Soy el Ordenanza Mayor del Gobierno Civil de Gambo...
—Perdone, no quise molestar. Mire usted, señor Ordenanza Mayor, el
Gobernador ya ha hablado con mi padre. Nosotros nos limitamos a traer la
instancia y a esperar, por si el señor Gobernador quiere preguntarnos algo. En
eso quedaron el Gobernador y mi padre. Y aquí estamos. Si usted pasa la
instancia y luego nos dice si vamos a ser recibidos o no vamos a ser recibidos,
todos tan contentos.
El Ordenanza Mayor se dio cuenta de que los dos pollos iban bien amarrados.
El Ordenanza Mayor sabía bien que un repliegue a tiempo evita una derrota.
—También es verdad —dijo—. Siéntesen.
El Ordenanza Mayor pasó al despacho del Secretario del Gobierno. El
Secretario del Gobierno —Don Laureano Feliú, un arcángel del balduque,
tirano por la mano izquierda, lascivillo a escondidas y apostólico profesional,
viudo, espigado, vejancón y moruno—, estaba tomándose un café con leche;
el café con leche de las once cuarenta y cinco. Bebía café con leche tres veces
entre las nueve y media de la mañana y las dos de la tarde. Después de comer
iba al café para tomar café con leche y volvía a tomar café con leche durante
su jornada laboral vespertina. Hacia las ocho quedaba libre y se pasaba por el
café antes de cenar para tomarse un café con leche. En época de elecciones
tomaba mucho más café con leche, pero entonces lo pagaba el Gobierno Civil
o alguno de los candidatos gubernamentales. Cuando se sentía bien, tomaba
café con leche y cuando se sentía mal, tomaba también café con leche. Al
Secretario del Gobierno Civil de Gambo, pirandón imaginativo y triste, le
gustaba mucho el café con leche.
El Ordenanza Mayor le entregó la instancia.
—Ahí fuera esperan dos jóvenes, uno de los cuales dice ser hijo de don José
Laína, el de los "Coloniales Laína", los cuales jóvenes traen una instancia que
firma el susodicho señor, respective a cierta Sociedad Recreativa de un juego
llamado "espor" y que se talla a pata.
El Secretario del Gobierno se Limitó a decir, "Ah, sí", con lo cual el
Ordenanza Mayor sintió recrecer su admiración hacía aquel hombre
imperturbable que no se conmovía con semejante noticia.
—Don Laureano, ¿qué diablos es ese juego?

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—Es un juego inglés. Allí lo practica mucho la aristocracia.
—¿Muy fuerte?
—¿Cómo? —Don Laureano sonrió—. Ah, ya entiendo. No, no es un juego
en el que haya dinero por medio; no es un juego de azar, si es eso lo que
quieres decir. Es un sport, como tirar la barra o como jugar a la rana o a los
bolos. Algo parecido al frontón, pero sin frontón y con los pies. Hay una
pelota bastante gorda y dos bandos enemigos y unos y otros le dan patadas a
la pelota. Una vez he visto jugar en el prado de San Pedro y también en la
campa de los Ingleses, en Bilbao. Corren mucho, meriendan, beben gaseosa.
—Ya, gaseosa.
El Ordenanza Mayor no se movió. Lo de la gaseosa le había apabullado
definitivamente.
—¿Qué esperas?
—Preguntan esos jóvenes que si el Gobernador quiere verles o no quiere
verles.
—No, no hace falta. El Gobernador está muy ocupado. Diles que vuelvan
mañana; bueno, mañana no, que hay Junta de Beneficencia... Que vuelvan el
jueves que viene y que ya tendrán lista la autorización. Tú diles eso, y luego
será lo que tase un sastre.
Cuando el Ordenanza Mayor se fue, el Secretario del Gobierno se puso a leer
la instancia. Luego pasó al despacho del Gobernador, que, como era liberal,
estaba leyendo una revista francesa cuyas ilustraciones resultaban bastante más
expresivas que su texto. Los Gobernadores conservadores no leían esa clase
de revistas; solamente las miraban.
—Señor Gobernador: ya está aquí la instancia del señor Laína.
—¿La de los chicos de la pelotita?
—La misma.
—Prepare un oficio comunicando que bueno, que pueden pegar todas las
patadas que quieran.
—Señor Gobernador, si usted me lo permite...
—Sé por dónde va, querido Laureano, pero todo está arreglado. El Obispo no
pone inconveniente; el General, tampoco; los conservadores están de
acuerdo porque los hijos de don Manuel, que estudian en Inglaterra, son de la
pandilla de sportmen, los liberales tenemos que apoyar cuanto suponga un
adelanto. Amamos la cultura, aunque sea física. Por cierto, Laureano,
prepáreme unas notas, completitas, eh, sobre el tema del ejercicio físico, la
juventud, el progreso, ya sabe usted, mens sana in corpore sano; pero sin lo mens
sana, que lo tengo muy repetido. Algo de los atenienses, en fin, usted se hace
cargo; de paso métame usted sí puede a San Agustín. San Agustín es muy
apreciado por el elemento conservador y yo no sé de él más que aquello de la
playa. Unas notas bien apañaditas. Me vendrán muy bien para el discurso del
reparto de premios en el Instituto. No se olvide, algo de San Agustín. Cargue
usted la mano en San Agustín y quite atenienses. Es mejor dar de lado a los
atenienses. Con los espartanos me basta y quedo bien con el Ejército y la

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Iglesia. De los atenienses se dicen muchas cosas, habría mucho que hablar de
los atenienses... algo rarillos, ¿usted me comprende?
—Perfectamente, señor Gobernador. Cultura física, Esparta, San Agustín, el
progreso. ¿Quiere citas en latín?
—Pero sin exagerar. Tampoco está bien que los liberales abusemos del latín.
—¿Y de la otra instancia?
—Hombre, aprobada también. Pueden abrir cuando quieran. Usted
comprenderá que yo he cotizado la autorización de ese Gambo Club a cambio
de que los conservadores, que son los amos en la Junta de Damas, hicieran la
vista gorda en el asunto del café de camareras. Por cierto, el catedratiquillo
librepensador, don Orencio, que es de los de las patadas, estaba muy de
acuerdo con la Junta de Damas. ¿Qué le parece a usted, Laureano?
—¿Qué ha de parecerme?
—Hay cosas que no me caben en la cabeza.
El Secretario prefirió considerar la insólita postura de don Orencio desde el
punto de vista filosófico.
—Por Dios, un librepensador oponiéndose a la apertura de un café de
camareras... Es indignante. Sin entrar ni salir en la cuestión, in-dig-nan-te.
—No hay que atribuirlo a las ideas, Laureano. Más bien se debe a ese afán de
ser originales que caracteriza a todos los que han estudiado en Inglaterra. Son
dandys a su manera, tratan de imitar a los ingleses, que ya sabe usted lo cabras
locas que son. —Profundizó en la materia, aclaró conceptos; quería que todo
quedase claro—. Tengo muchísimos amigos librepensadores, algunos de la
infancia, y a todos les encantan los cafés de camareras, pues no faltaba más...
El Gobernador inició discretamente la vuelta a sus tareas, que eran
voluminosas e interesantes. El Secretario apuntaba con solicitud:
—Tenemos esperando a los Alcaldes de Villarica, Larrubia, Lauzuaga...
—Bien, que esperen. Luego los recibo... Ah, dígale al ordenanza que me pase
un café con leche.
—Ahora mismo, señor Gobernador.
(Toda España era un lago de café con leche. La nave del Estado flotaba en café con leche.
Toda España era de bicarbonato y de café con leche. Cortado o sin cortar, mitad y mitad,
España entera sabía a café con leche. A veces el echador servía más negro que blanco y
gobernaban los liberales; a veces el echador servía más blanco que negro y gobernaban los
conservadores. A veces servía mitad y mitad y era que la Patria estaba en peligro y se
formaba un Gabinete de concentración. Por las rías gallegas, por los muelles bilbaínos, por
las playas levantinas, en las riberas del Guadalquivir sevillano, en las minas de los ingleses,
en los solares madrileños, junto a la Bonanova barcelonesa, unos hombres jóvenes con los
pantalones largos embutidos en unas gruesas medias, con una gorrilla en la cabeza,
perseguían un balón a patadas. Algunos de estos hombres comenzaban a usar calzón corto y
la cosa preocupaba hondamente a las autoridades. España era bravia, sus hombres muy
machos, sus mujeres muy hermosas y muy castas y no era cosa de exponerlas a ningún
peligro. En todas las mesillas de España había un vasito de café con leche y bajo todas las
camas un orinal, un tazón de café con leche. El pis de la madrugada era como la diana de

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los bebedores de café con leche. La sangre de España era de café con leche, tenía el color
enfermizo, melancólico y dulzón del café con leche.)
—¿Llamaba usted, don Laureano?
—Sí; éntrele un café con leche al señor Gobernador.
—Como las balas.
—Oiga, ¿se fueron los chicos esos?
—Más contentos que unas pascuas.
(Iban pensando en su equipo. Su equipo vestiría camiseta granate, pantalón blanco y
medias blancas con los colores nacionales en las vueltas. La gorrilla sería de color granate
también. Primero tendrían que jugar entre ellos, luego contra alguna sociedad que surgiese.
Pero ¿sería posible una cosa así? Les gustaba correr, saberse fuertes y ágiles, saltar, buscar el
choque, oir el golpe seco del pie en el balón, oler la yerba mojada cuando caían al suelo, el
fresco aroma de la yerba mojada; les gustaba sudar y calarse con el chirimiri; les gustaba la
abrumadora amistad del sol y creían que al frío había que hablarle cara a cara, sin
bufandas, ni tapabocas, ni aliento de café con leche calentito. España olía a café con leche y
ellos querían que oliese a embrocación, a cuerpo joven y diestro. La bandera de su equipo
sería blanca y roja.)
El Ordenanza Mayor se arregosto en el sillón. Los Alcaldes de Víllarrica,
Larrubía y Lauzuaga compartían la petaca y la espera. El Ordenanza Mayor
estaba cansado. Mayo produce siempre cierta fatiga. Siempre era mayo con los
negros de Valmaseda. Mayo está pero que repleto de pequeñas Fornarinas que
cantan ante los ordenanzas mayores y menores, que menean las tabas y lo de
más arriba de las tabas y lo que queda más arriba que más arriba de las tabas,
que es un gusto. El Ordenanza Mayor cerró los ojos para anegarse en
beatitud. Silbaba:

Yo sé de varias chicas de mi edad


que están rabiando de curiosidad...

Se oía a lo lejos la banda del Hospicio. La banda del Hospicio ensayaba hacia
el mediodía, antes de que en los cuarteles tocasen a rancho. Un soleado
pasodoble quedaba balbuciente entre los pobres chicos de la cabeza rapada y
el mandilón gris. El Ordenanza Mayor estaba contento. Se le había ocurrido
una idea muy particular sobre la Fornarina. Sonrió malicioso.
— ¡Qué "barbaridaz"! —dijo.

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TOROS CERCA
DE LA PLAYA

Todos los que tomaban el sol en la playa junto a mí no hacían otra cosa que
hablar de la corrida; que sí tal, que si cual, que si lo nunca visto, que aquello
era la pura resurrección, que daba gloria el ver cómo se fajaba aquel tío con
los toros, que la edad dorada iba a comenzar; en fin, lo de siempre.
Yo estaba atento a mi libro y como sucede en estos casos no había leído más
allá de diez líneas desde las once y pico de la mañana. El libro era una novela
sobre el tremendo tema del boxeo profesional y entre las diez líneas que leí a
poco de bajar a la playa había dos que eran estupendas: "Un deporte atlético
en un ambiente de dinero, es como una chica de buena familia en un
prostíbulo". Estaba bien. Era una buena frase.
—Oye, pelmazo, deja de leer.
—Apenas he comenzado a leer.
—Bueno, pues déjalo ya.
—No, gracias.
—Lo malo —dijo la mujer de un amigo— es que a ti no se te puede mandar a
que cuides a tus niños en la orilla y entretanto esconderte el libro.
—Eso es lo malo —dije mostrándome cortésmente de acuerdo—, y aún es
peor si consideras que en el caso de tener niños que cuidar probablemente los
cuidaría sin dejar el libro al alcance de vuestras garras.
—Se te mojaría el libro.
—Hay libros que mejoran pasados por agua.
De todas maneras me pidieron opinión sobre la corrida que iba a celebrarse
en la ciudad vecina y me encogí de hombros; en el fondo mi opinión les traía
al fresco porque todos estaban muy encandilados con la idea de ir a verla. Así
es que volví al libro, sólo por un momento.
Pasaba por delante de nuestros toldos la italiana madura, una que llamábamos
"la Bertini", y los de la pandilla casi ni la miraron.
En la playa conocíamos a todo el mundo por vagas alusiones que terminaban
nominalizándose. Había un Exquisito, una Pulida, el Príncipe, la Tentadora, el

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Gañán, el Hermoso, las Hacendosas y también otros y otras, pero de esto es
mejor no hablar. "La Bertini" era una especie de modelo del Tiziano trabajado
por Esther Williams, y a mí me recordaba el olor de un mercado al atardecer y
un cesto de manzanas amarillas. Usaba un microscópico bikini extraído del
"Marc'Aurelio" y una capa de seda negra, no muy larga, que le daba el aspecto
de un alguacilillo en pie sobre la candente arena. Quizás esto se me ocurrió
por la lata que estaban dando mis amigos con la corrida. También tenía "la
Bertini", así vestida, el aire inefable de las partenaires de los equilibristas cuando
hacen monadas en la pista del circo.
Siempre que pasaba la italiana se cortaban las conversaciones, alguien
proponía el aperitivo con la voz incierta, las mujeres opinaban: "Es una vieja
cursi", y todo esto coincidía con las señales horarias del mediodía. Sin
embargo, aquella mañana nadie pió: ni las mujeres ni los hombres. Todos
estaban dándole al asunto taurino, de modo que yo pude mirarla a mi gusto,
contemplarla a mis anchas, sin ninguna vigilancia. Es curioso. Me imaginé que
uno de los personajes de la novela que leía, justamente la mujer de un sujeto
sucio, un gángster de las empresas boxísticas, tenía que ser igual que "la
Bertini"; detonante, madura, puede que más zocata que madura, hermosa y
con tendencia a la podredumbre. O era igual o era ella misma o era una
hermana suya y hasta pensé en seguir a la italiana hasta el bar del camping y
decirle:
—"Eh, oiga, señora, ¿usted no es hermana de Ruby Latka, ya sabe, la mujer de
Nick Latka, el de 'Toro Molina'?".
—Venga, dinos algo...
—Eh...
—¿Por dónde andabas, chico?
Me había caído de una nube. La nube me servía de asiento en el bar del
camping y la hermana de Ruby y yo hablábamos de cosas muy distantes del
boxeo, de los toros y de la playa.
—¿Ese? —dijo mi mujer—; estaría pensando en las avutardas.
—¿De qué he de decir algo?
—De la corrida, hombre; no está bien que te hagas el loco.
—No sé, no sé nada, no me importa la corrida, no me hago el loco, no voy a
los toros desde la muerte de Manolete. Siempre hay un ciclo que se cierra con
la muerte de un hombre. Los toros son una simple supervivencia, los toros
son un espectáculo a extinguir, los toros se acabaron con Manolete...
—He aquí un bonito modelo de viuda inconsolable de Manolete.
—Justo; pertenezco a esa cofradía. También pertenezco a otras. ¿Es el primer
hombre que liquida con su muerte un tiempo, un estilo, una esperanza? ¿No
conoces otros espectáculos fantasmales, acabados o a extinguir? Pasa con
muchas cosas, es evidente...
—Casi preferiría que leyeses.
—Yo también.
—¿Te sacamos entrada o no te sacamos entrada?

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—No, no me saquéis entrada.
—Mira que van las mujeres.
—Bueno, no importa. Mi mujer va con las vuestras y yo os esperaré a todos
tomándome una copa en la terraza del Europa.
—Mejor si nos tomas sitio para la cena en la terraza del Náutico.
—Buena idea. En la terraza del Náutico. Es un sitio que me gusta mucho.
—Te vas a perder un corridón...
—No te inquietes. Lo mejor que puede pasar es que la corrida sea tan buena
como ésa que ahora contabais, y como ésa ya me la sé, pues aquí paz y
después gloria.
Al día siguiente unos amigos alemanes me insistieron mucho: —"Pero,
hombre, no deje usted de ver esa corrida". Un compañero de playa me guiñó
el ojo como diciéndome: —"¿Qué te parece? Hasta los alemanes", pero yo
pensé en mantenerme firme y no ir a los toros, porque en estas cuestiones los
alemanes me merecen muy poco crédito ya que les gusta mucho el vino dulce,
sobre todo el de Málaga, y eso es incompatible con el tono de un buen
aficionado. De las pastelerías y los salones de té pueden salir aficionados al
tenis, a la canasta, al veo veo, al bridge, quizás al mah-jong, puede que al amor,
pero aficionados a los toros ni uno ni medio.
Conforme se acercaba el día de la corrida aumentaban las presiones a mi
alrededor. Era una especie de actitud misionera la que impulsaba a toda
aquella buena gente a hablarme sin cesar de la conveniencia de que no faltase
al festejo del domingo próximo. Comencé a tener miedo. Una noche soñé que
las turbas me quemaban en la bolera, justo sobre el tabladillo de la orquesta,
mientras que cuatro picadores daban guardia al cadalso y en la mesa de las
viudas decían: "Es un hereje, es un mal español, probablemente él fue de los
que fusilaron al Sagrado Corazón y quizás luego se llevó el oro a Rusia". A la
vez se oía el pasodoble de "Gallito". Cuando le conté a mi mujer el sueño, ella
me dijo: —"Ignoraba que los langostinos tuviesen tanta imaginación y tan
ponderada y justa. Ayer te hinchaste de langostinos con alioli a la hora de
cenar, y tienes que ir pensando que ya no eres un niño. Además tampoco
tienes que ponerte tan pesado con el tema de que no te da la gana de ir a los
toros".
Huí de casa sin contestar, me fui al camping a beber un poco y vi que el bar
estaba lleno de carteles de toros y que también habían puesto a la venta
castañuelas y panderetas y que por fin ya le habían traído al encargado la
cabeza disecada de un novillete con la jeta bastante apañada. Además la
italiana debía de estar en la playa. Me tomé tres limonadas bien frías, las dos
últimas generosamente inyectadas de ginebra. Batí las dos playas con cuidado
y método, pero no encontré a "la Bertini", aunque pasé un buen rato
observando el despliegue de la Tentadora en torno al Gañán.
Mi criterio comenzó a tambalearse cuando en la terraza de un hotel que en el
pueblo nos hace las veces del lugar de moda —mesas con sombrilla, snack bar,
microsurcos italianos y americanos, aperitivos en jantzen o pantaloncitos— un

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matrimonio inglés simpatiquísimo me aconsejó, por parte de marido, en un
español decorosamente chapurreado: —"Le aseguro a usted que de todas las
combinaciones posibles este verano la que anuncian para el domingo es la
mejor. Es una verdadera pareja de competencia. De verdad, amigo, no se
pierda esa corrida porque va a ser de bandera".
Dadas las actuales circunstancias el hecho de que unos alemanes y unos
ingleses aconsejen no perderse determinada corrida de toros, debiera bastar
para que uno se precipitase a las taquillas, a la reventa o a la influencia,
dispuesto a no perderse en modo alguno aquel bombón tauromáquico. Pero
mi caso era distinto; quizás por presumir de aficionado antiguo y nostálgico
—ya que la nostalgia es de lo poco hermoso que queda en mi equipaje—, me
encogí de hombros igual que la primera vez que se habló de aquella
combinación y di la callada por respuesta.
Con este motivo tuve que oír algunas inconveniencias de mis amigos y se
armó una zapatiesta regular. Creo que nos perdimos en una discusión estúpida
y que al final ninguno de nosotros defendía sus posiciones iniciales. Nos
habíamos perdido en el barullo dialéctico. Se dijo que la flor y nata de los
tendidos, la espuma de los que saben, la aristocracia de los seguidores, los
mejores coleccionistas de carteles vivos y con historia, eran los extranjeros. Al
parecer, no era indecoroso seguir los consejos de un extranjero en materia
tauromáquica, salvo en el caso de que el extranjero fuese francés, porque los
franceses resultaban ya demasiado castizos para poder aconsejar en torno a los
toros. Recuerdo que le dije a no sé quién: —"Tú qué sabes, si tú la primera
vez que has pisado un tendido fue cuando dio un concierto la banda de las
Fuerzas Americanas". También dije que el mejor crítico taurino era un amigo
mío que se llamaba don Ernesto y solía firmar Ernest Hemingway, pero que
este último nombre sólo era un seudónimo.
Más tarde me encontré por el paseo a un periodista italiano que, por fortuna
para él, está medio loco. Me abordó en las Palmeras con el lenguaje, la
celeridad y la eficacia de los tigres de Mompracén, los que inventó su paisano
Salgan: —"Senti, caro'' —me dijo a bocajarro— "es imprescindible que no te
pierdas la mejor corrida del año... Bueno, ya sé que en la plaza de Madrid
quizás puedan verse mejores, pero tú no vas a verlas, de modo que siamo pari...
Además, esta combinación no la van a ver en Madrid en unos cuantos siglos,
de manera que aprovéchate y así tendrás tema para que te envidien los
aficionados que se quedan con las ganas".
Me estudié el cartel. Puede que la envidia sea el motor que pone en marcha
todas las decisiones humanas, pero creo que a mí no me movió nada. Hasta
entonces había desdeñado el cartel, pero me puse a estudiarlo para no pecar
de intransigente. Los españoles llevamos mucha fama de intransigentes y
cuando en la bolera me dijo un amigo de Zaragoza: —"Lo que a ti te pasa es
que eres un fanático", me dio como pavor de mí mismo. En otra de las
novelas que leía en la playa, ésta de O'Flaherty, no de Budd Schulberg, un
sujeto irlandés le soltaba a otro sujeto irlandés: "Un fanático es igual que mi

20
estómago. Es una tortura para sí mismo y una amenaza para sus vecinos".
Como puede observarse quien sabe vivir ni en la playa pierde el tiempo. Hay
toda una cultura de playa y a la luz del Mediterráneo esa cultura es como una
fruta de la mar; la cultura es una cigala o un salmonete, un pulpito o un mero,
un langostino o un pequeño, desvalido, doloroso mollet, incluso es Venus
surgiendo de las aguas o más modestamente como la italiana madura. "La
Bertini" no estaba ni en la playa, ni en el bar del camping, ni en el del hotel, ni
en la terraza de las Palmeras, ni en el chiringuito del muelle. Bueno, me
estudié el cartel.
Lo componían seis toros, dos toreros renombrados y uno que iba a pasar la
tarde con ellos. En cuanto a los toros, que tienen mucha importancia en este
negocio, la verdad es que no podían enorgullecerse de su ascendencia. Eran
toros de la clase media. De los toreros interesantes, uno era famoso porque sí,
porque fue buen torero unos años antes, porque se había retirado
oportunamente y volvía a tiempo, porque en sus viajes llegó a dominar el arte
de la propaganda tan bien como el de una suelta lidia, porque tuvo
sensacionales aventuras y porque su matrimonio le hacía estar muy cerca del
corazón de los extranjeros. Verle era como hojear el Life, el París-Match, Tempo,
también G. I. y Blanco y Negro, una especie de ensalada cosmopolita con algo
de ajo.
El otro torero interesante parecía un ser entre mágico y misterioso, del que se
espera todo o nada. Decían que en la plaza tenía mucha personalidad y fuera
de ella igual y que además era valiente hasta el escalofrío. Un torero para
fanáticos, pero ya no hay fanáticos, los fanáticos se acabaron hace unas
temporadas y de este modo el todo y el nada también están afeitados. Era
como un viejo grabado de La lidia en un pañuelito de seda con una leyenda
estampada: Souvenir of Spain.
El tercer torero, el que iba de jamón en el emparedado, por así decirlo aunque
la expresión peque de inexacta, era, según referencias, un muchacho discreto,
amable, cumplidor de sus deberes, respetuoso con sus padres y superiores,
simpaticote y bondadoso. A juzgar por las fotografías que había visto era
como uno de esos oficinistas que se vuelven locos en las verbenas y van y se
retratan de luces y el trasero les revienta junto a los bordados jacarandosos y
adoptan un ademán de majeza pero sin que les deje de asomar la enorme
bondad de sus corazones. Se les ve que están diciendo: "Lo que usted diga,
don José". Un buen chico, palabra, lleno de cualidades todas estimables y que
llegan al alma de cualquiera y hasta meten en faena los lagrimales del ser más
endurecido.
No me interesaba el primer torero; lo había visto cuando era torero de verdad
y aun siendo largo y sereno me dejaba frío. No me interesaba el torero
segundo. Toreros como el tercero me los encuentro a cada paso en la calle, en
el metro, en el ascensor. No fui a los toros. No merecía la pena. Esa corrida ya
la había visto otra vez, la había visto muchas veces. Mi escepticismo en tal
materia fue objeto de vituperios constantes, pero yo no cedí.

21
Tuve suerte porque desde la terraza del Europa, donde mataba el tiempo en
espera de irme hacia el Náutico a coger mesa, ni siquiera se oía el clamor de la
plaza. Un camarero viejo llevaba un bisoñé delicioso, los colorines del quiosco
de periódicos eran refrescantes y muy bonitas las postales en "scope". En el
andén del paseo se bailaban sardanas y los pies de los bailarines levantaban un
polvo fino y dorado. En el bar conocían el uso del hielo, sabían exactamente
que el hielo existe y que no hace daño a la tripa. Una larga tarde me quedaba
por delante, pacífica, sencilla, dominical y transparente. Tiré de novelita. Esta
vez de Wassermann, Jakob Wassermann, ya saben. Melusina se titulaba, según
creo recordar. Todavía no la había abierto cuando de la parte del hotel salió
una señora. Me pareció vagamente conocida. Se sentó dos mesas más allá de
la mía. Entonces la miré. Estaba hermosa y bendije al Torquemada que llevo
dentro; bendije también al cartel del año y desde luego a los amigos que se
empeñaron en ir a los toros. Miré a la señora, le hice una inclinación de
cabeza. Sonrió y sonreí. Apuré mi coñac de un trago, me levanté de mi
asiento, me acerqué a la señora y con voz emocionada y respetuosa le dije:
—Eh, oiga, ¿usted no es la hermana de Ruby Latka, ya sabe, la mujer de Nick
Latka?
Etcétera, etcétera, etcétera.

22
EL PALADÍN

Sus amigos le llamaban cariñosamente "el Gorila"; sus enemigos le llamaban


sañudamente "el Gorila"; los periodistas, informativamente, le llamaban "el
Gorila". Pero el camarero del restaurante le llamaba señor Rubí y el maitre, que
se inclinaba con dulzura hacia la banda de la pana, le decía siempre don
Teodosio: —"Don Teodosio, hoy sí que hay unas cocochitas de las que a
usted le vuelven la boca de agua, superiores que son, un milagro de ternura;
don Teodosio, el pollo a la cocotte está insinuante de verdad, déjese tentar,
palabra que merece la pena; don Teodosio, la merlucita rellena es un
hallazgo".
—Comida ligera —ordenó—. Hoy tengo mucho trabajo.
—Me lo figuro, don Teodosio.
Los presidentes de los grandes clubs le llamaban Teo; don Teo los jugadores
que él lanzó a la gloria; tío Teo unas veces y mi pequeño King-Kong, otras, la
rubia sobrina provisional que comía con él. Esencialmente monogámico,
nunca tenía más de una sobrina a su alrededor. Le gustaba ser respetable. Las
sobrinas podían ser rubias o morenas, pelirrojas o castañas, altas y delgadas o
menudas y regordetas, pero siempre eran sobrinas. Pepita había hecho
algunos papelitos en cine y era castaña, de mediana estatura, con aire de gata
mansa y una voz tan íntima y calurosa que los expertos dieron en asegurar que
sus cuerdas vocales se prolongaban hasta el bajo vientre y que las gárgaras las
hacía en el bidé. Aquella misma mañana le había presentado a un grupo de
periodistas:
—"Chicos, ésta es una sobrinilla mía que quiere dedicarse al cine. A ver si
entre todos la ayudamos porque se lo merece. Es una buena chica. Ahora
mismo viene de Buenos Aires, de rodar dos películas, dos papeles menos que
secundarios, pero da muy bien. ¿Qué me dijiste que te hicieron allí? Ah,
presidenta de no sé qué monserga piadosa. Anda, Pepita, saluda a estos
amigos". Pepita emitió su voz cuidadosamente y los periodistas se sintieron
íntimos amigos de la futura estrella. Tenía la voz arrugada y caliente como la
sábana de una larga noche.
Pablo terminó de estudiar la lista. Pablo era ayudante de "el Gorila", su viejo
amigo, su compadre de muchas aventuras y también la única persona que le
llamaba siempre Dosio.

23
—Dosio, ¿por qué no quisiste comer con Santafé?
—Porque tengo demasiado interés en verle para permitirme el lujo de verlo en
seguida. Deja que madure.
—Eres muy listo, querido —elogió Pepita.
—Sí, mi vida, no puedo quejarme. Soy muy listo, lo he sido siempre, desde
chiquito, ¿verdad, tú?
El ayudante aprobó con un gesto de cabeza. Hubiera querido ser más
elocuente pero tenía la boca llena de anchoas.
—¿Te parece que hará raro si pido truchas y luego angulas? —quiso saber
Pepita.
—Me parece que sí, pero es lo mismo. Traga lo que te apetezca. Dime, Pablo,
¿has estado con Lele?
—Casi toda la mañana.
—¿Nervios?
—Los de siempre.
—¿Nada más?
—Bueno, un poco más, pero no mucho. El chico es fino, ya lo sabes, y se da
cuenta de lo que se juega esta tarde. —Ponderó mientras atacaba los
entremeses por la parte de la ensaladilla—. ¡La ficha rojiverde, el traspaso!
—Es fino y guapo —dijo Pepita.
—Sí que es guapo —confirmó "el Gorila"— y también eso cuenta. También
porque es guapo cobraré yo. Gustan los jugadores guapos, ennoblecen la
lucha, son como paladines antiguos. ¿Tú sabes lo que son paladines, Pepita?
—Pues claro que sí. A ver si te crees que yo no voy al cine. Robert Taylor,
Tyrone Power, Edmund Purdom, son paladines. Tyrone Power es un paladín
hasta allá y también Víctor Mature, aunque más de !a Historia Sagrada. Yo los
prefiero de los de después, de los de las cachiporras y los abrelatas y los cascos
y las novias de cucurucho, porque son menos santos y hay más margen. Los
de la Historia Sagrada son demasiado píos para mi temperamento. Me gustaría
ver a Víctor Mature en la corte del rey Arturo. Iba a quitar muchos moños.
Estoy segura de que haría estragos con la facha que tiene.
—Desde luego —cortó Teo con el pavor de haber tocado un tema que
concedía muchas facilidades a Pepita—. Ya hablaremos luego de Víctor
Mature. Te anticipo que a mí me parece un soplagaitas. ¿No te importa volver
ahora al paladín, Lele?
—Ni un poco. El Lele es un buen tipo, pero yo no sé si es un paladín.
—No importa, ya lo sabrás. —Teo miró agudamente a la muchacha—.
Contéstame sinceramente, Pepita. Necesito que me digas la verdad.
Pepita parpadeó. Le brillaron un instante los ojos como cuando salta un
relámpago insólito y lejano en una tarde gris.
—Venga, dime.
—¿Es tan guapo el Lele?
—Sí.
—¿Se merecería una mujer como tú?

24
—Gracias. —Respiró hondo porque no sabía a dónde iba a parar Teo con esa
pregunta—. Supongo que sí, aunque me parece que es muy tímido.
—¿No te ha hecho caso?
—¿Por qué habría de hacérmelo?
—¿Te ha hecho caso o no te ha hecho caso?
—No lo he intentado. Sería feo que lo intentase, ¿no crees?
—Por supuesto, no estaría nada bien que coqueteases con los muchachos de
mi cuadra. Algo de eso dijo alguien hace muchos años, en el paraíso, y fue una
mujer la que decidió que lo que estaba bien era lo que a ella le gustaba hacer.
Pero ahora no se trata de hablar de hechos concretos. Son hipótesis. ¿Sabes
qué es una hipótesis?
—Muy vagamente. Una especie de calumnia, de bulo, algo así.
—No es eso, pero qué más da. Recuérdame, Pablo, que le explique luego a
Pepita lo que es una hipótesis. Ahora vamos al grano. ¿Si le consiguiese al Lele
un buen fichaje, un fichaje de mucho dinero, me dejarías por él? —Observó
que la chica se asustaba y quitó hierro—. Eso es una hipótesis; plantear algo
posible o imposible por el gusto de sacar consecuencias.
—Hombre, creo que eso es algo que no se debe preguntar. ¿Quieres saber si
Lele es guapo? Pues, sinceramente, es hermosísimo, pero nada tiene que ver
una cosa con otra. Tú eres feo como un demonio, te llaman "el Gorila" con
cierta benevolencia...
Don Teodosio Rubí comenzó a reírse. Pepita se animó.
—...pero tú tienes talento, dinero, mucho dinero, influencia y no te falta
encanto. No es adulación, a tu manera tienes encanto. Se pasa bien contigo, se
está confortablemente a tu lado, no hay tiempo para aburrirse cerca de ti. Pero
aunque así no fuera, tampoco es posible suponer que yo te dejase por Lele o
por otro mejor que Lele. Tampoco yo soy tonta, mi querido King-Kong. Si
tuviese alguna debilidad procuraría satisfacerla sin que tú te enterases. Ya ves
si soy clara.
—Una maravilla, eso es lo que eres.
—Quedamos en que yo soy una maravilla y en que el Lele es un bombón. Te
diré, también, que ese chico es muy decente, muy raro, vamos, yo diría que es
muy deportivo, si tú me lo permites.
—¿Lo entiendes, Pablo? Es un jugador extraordinario, es decente, es guapo.
Gustará al gran público, los "hinchas" se volverán locos por él, las mujeres
irán a los campos sólo por verle, los "hinchas" rivales dirán: —"Ya pueden, a
fuerza de dinero compraron a Lele". Y a ese muchacho me lo he inventado
yo. Yo lo cacé en la calle, le di un empleíllo, lo metí en un club discreto para
que se fuera haciendo, le aficioné a jugar, porque antes él jugaba nada más que
por matar el tiempo; le envenené con el deporte, le puse encima de su pobre
alma de oficinista un alma de olímpico, lo vendí a un Primera modesto, lo
alquilé, mejor dicho; ha bastado una temporada para que toda España hable
del Lele, L'Equipe habla de Lele y también la Gazzetta dello Sport. Sus
entrenadores se citan como modelos y los dos que ha tenido son dos ánades

25
medio tontos; sus directivos como avisados, y son unos pobres señores que
presumen de importantes. Y esta tarde venderé al Lele a los rojiverdes y será
el mejor negocio de mi vida.
—¿Y por qué te enfadas tanto para decirlo, Dosio?
—Porque a estas alturas hay algo que no sé sobre el Lele—Miró a Pepita y a
Pablo; disfrutaba con la sorpresa de ambos—. No sé si Lele es cobarde o
valiente. Si me sale valiente he perdido el tiempo. No quieren a los valientes;
los valientes y el buen vino se van en un ay, y no existe quien se gaste los
cuartos en un valiente. El Lele vale, fijaros que lo digo yo, "el Gorila", el
pesimista, sus buenos cinco millones en primer traspaso sensacional. Al
segundo traspaso, con un bonito escándalo por medio, dobla la cifra. Diez
millones, eh, diez millones uno detrás de otro. Pero nadie paga cinco millones
por un objeto frágil, por algo que puede romperse de repente. Los clubs no
coleccionan porcelanas Ming. Bastantes riesgos corren los clubs sin necesidad
de meter sus dineritos en las piernas de un loco. Hasta ahora no he visto en el
Lele más que clase, súper, eso sí, y condiciones fotogénicas. Pero no sé de qué
tiene la sangre y me asusta un poco esa decencia de que hablaba Pepita. No
nos convienen hombres de honor, al menos con demasiado honor; nos
convienen mercenarios. Lo más parecido al fútbol, que es un sustitutivo de la
guerra, es la guerra misma. Pero la guerra galana, la de las condotieros. ¿Tú
sabes, Pepita, quiénes eran los condotieros?
—Eran paladines, pero del cine italiano.
—Exacto, nena. Eran paladines comediantes. Simulaban las guerras, pero las
hacían con una belleza ejemplar, apenas sin sangre. Sus batallas podían
recitarse. Los muertos eran un error, a veces inevitable, pero un error que
provocaba asco y disgusto. A los condotieros y a sus huestes les aplaudían los
reyes, los príncipes, los duques, los condes, los burgueses, los escritores, los
pintores, los artesanos, los campesinos, las doncellas, las dueñas, las celestinas,
las mozas fáciles, los santos predicadores, todo el mundo los aplaudía, y todo
el mundo estaba convencido de que eran unos héroes; pero eran unos
comediantes, y esto solamente lo sabían ellos mismos y los que estaban tan
interesados en el secreto que por nada ni por nadie lo hubieran divulgado.
Fichaban por este príncipe, por aquel Papa, por el rey de más allá; se daban
palmaditas en los vestuarios, combinaban las victorias, echaban una mano al
amigo en desgracia —como aquí cuando un histórico está a punto de bajar a
Segunda—, se turnaban en los campeonatos y en el fondo nada se hacía en la
Historia sin el acuerdo de tres o cuatro de ellos. De los más gordos. Era
precioso y no podía durar.
—¿Por qué, tito?
—Porque siempre hay valientes y los valientes lo talan todo. Los valientes son
la peste. Cuando un valiente de aquellos subió a Primera y llegó a la tierra de
los condotieros con una horda de valientes a su disposición, se acabó lo
bonito. Los valientes matan, pero hay que ver cómo mueren. Mueren a
chorros; son estúpidos, brutales, sinceros, caballos enloquecidos. Por eso yo

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exijo que mis potros sean finos, inteligentes, taimados, simuladores, que sepan
que el juego es el juego y que hay que atenerse a las reglas del honor, pero de
un honor convenido, sin esquinas, sin pinchos, un honor pactado por los
condotieros. Me gusta que guarden sus piernas y sus cabezas, que no las
expongan tontamente, que sean funcionarios, no capitanes. Ahora bien, yo no
niego que los valientes hagan falta en los equipos. ¿Cuántos valientes tengo en
la cuadra?
—Tres; bueno, dos, porque a Claudio lo malvendimos definitivamente.
—Sí, resultaba peligroso. Era valiente y listo. No me sirven ni los muy listos ni
los muy tontos. Mis valientes han de ser cucos para no hacer que corran
riesgos los profesionales de la guerra galana.
Pepita suspiró con melancolía. Puso la mano en el hombro de "el Gorila".
—Me parece que Lele no es valiente.
—¿Cómo lo sabes?
—Deja eso ahora. Es una información preciosa, ¿no? y te garantizo que de
primera mano. No es valiente; yo diría, por lo menos, que de atrevido no tiene
ni esto —afirmó Pepita limitando la uña del pulgar con la del índice.
—¿Seguro?
—Mi palabra.
—Gracias, Pepita. —La consideró como si la viese por vez primera—. Si yo
de repente te dijera: "Mira, piensa en ello, puede darse el caso de que me case
contigo" ¿qué sería esa proposición?
—Una mentira.
—No, una hipótesis.
—Ya decía yo.
—Pero en cambio si te digo que en el caso de que el Lele nos salga de ley te
regalo lo que tú quieras, en ello no hay ni una sombra de hipótesis. Te juro
que te regalo lo que tú quieras. Basta con que hayas acertado al juzgarle. Me
basta con que tu información sea cierta.
Luego apresuraron la comida porque se acercaba la hora de ir al campo y ver
al equipo provinciano de Lele frente a los rojiverdes de la capital.
Alejandro Lecea, más conocido en los círculos deportivos con el sobrenombre
de Lele, estaba tumbado en la cama. Su habitación era lo más escogido de
aquel hotel de segunda, discreto y sobrio, hasta el que llegaba el rumor del
centro como una marea. Había cenado a primera hora y subió a tumbarse en
seguida. Se tragó Marca de arriba a abajo porque a la mañana no le dio tiempo
a leerlo y llevaba por la mitad un caso del detective Poirot. Le divertía Poirot
quizás porque lo veía como a un ser inverosímil, pero sus novelas favoritas
eran las del Oeste. Olfateaba los bosques de abetos en la montaña, los
cañones sonoros y rocosos, los grandes ríos, las praderas de salvia, la sequera
de los desiertos y la fresca humedad de los pastizales. Las novelas del Oeste
olían a pólvora y a pelea. A los periodistas les había caído en gracia la decidida
vocación de Lele hacia este género literario desde que A. V., en Marca,
escribió: "A Lele le gustan las novelas del Oeste y él mismo parece llevar un

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colt del cuarenta y cinco en cada borceguí, y por cierto que los saca con la
misma destreza que Gary Cooper". Lele sonrió al recuerdo de sus disparos, a
la audacia de sus disparos; sacó de la cama primero el pie derecho, luego el
izquierdo, movió los dedos, tensó los músculos de la pierna; canturreaba
alegremente.
Le habían llamado "el Tom Mix nacional", "Búffalo Lele", "el pistolero del
marcador"; "Cronos" lo dibujaba siempre vestido de vaquero y haciéndose
una muesca en el correaje por cada gol y J. V. P. había incluido los pies de
Lele en una lista oficial de las siete maravillas de nuestro tiempo, junto a otros
dos detalles de Gina Lollobrigida, la muñeca de Alex Olmedo y algunas otras
cosas así, como la espalda de Marylin Monroe. Martínez Gandía estaba de
acuerdo con la lista solamente con decir Sofía donde decía Gina. Jaime
Campmany escribió que el Lele era como si don Juan de Austria fuese hijo de
padres españoles nacidos en Baracaldo y algo parientes de Miquelarena.
Esperaba el sueño leyendo, pero estaba nervioso pensando en las crónicas del
día siguiente, y además en que esa noche se decidia su fichaje con los
rojiverdes. Importante desde el punto de vista económico, aunque la parte del
león fuese para don Teo, pero más importante, de veras, mucho más, el dar
un salto hasta el primer club y llevar a él una tremenda entrega, una llana
sinceridad de buen muchacho, de hombre honrado y valeroso. Miró el reloj y
entretanto pensaba: "Ahora estará don Teo con Santafé. También estará
Pepita. Pepita es fenomenal. No he conocido nunca una mujer como Pepita.
Me hizo falta mucho coraje para no verla venir, para hacerme el tonto, pero
me hubiera chafado la temporada. Por otra parte, no quiero suciedades en mi
vida, ni aunque sean tan hermosas como Pepita. Acerté, creo que acerté, me
parece que acerté, estoy seguro de que acerté, así que no hubo que decir ni
media palabra. Y eso que Pepita es lo que hace falta a un hombre. Cómo
estaba en la piscina. Don Teo es un fulano con suerte. ¿De qué hablarán ahora
don Teo y Santafé? Menudo par de lagartos".
Volvió a la novela. El señor Poirot comenzaba a deducir. Precisamente
cuando estaba en lo más interesante sonó el teléfono. Lele hizo un gesto de
fastidio y tomó el auricular.
Don Teo y Santafé no discutían de nada. Don Teo se hallaba de nuevo en el
restaurante con Pepita y con Pablo. Había encargado una cena fuerte porque
ya no tenía trabajo y porque su vieja y vital sabiduría le aconsejaba nutrir y
regar las penas como único sistema capaz de evitar que le molestasen.
Mientras picoteaba los aperitivos iba informando a Pepita y a Pablo de su
fracaso.
—Santafé me recibió muerto de risa.
—¿Muerto de risa? —dijo Pepita como si aplicase gasas a una herida.
—No hay otra manera de decirlo. Congestionado de risa.
"El Gorila" contaba muy bien sus triunfos pero tenía la virtud de aplicar la
misma maestría a sus fracasos. Se echó adelante con el relato.

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(—¿Has visto qué ovación final, qué apoteosis, Teo?
—No es para tanto, pero no ha estado mal. Tienes que entender bien al Lele para
comprender lo de esta tarde.
—Lo he visto todo, lo entiendo todo, lo comprendo todo. Y tú también, Teo, así que no hay
nada que hablar.
—Vamos, vamos, Santafé, no tomes decisiones precipitadas.
—El Lele es un jugador extraordinario, ya lo sé, lo he visto. ¿Es eso lo que me querías
decir?
—No, Santafé, no es eso —dijo, sabiendo que era eso lo que quería decir, pero el tipo
estaba cerrado en banda y era necesario buscarle las vueltas.
Santafé describía las ovaciones al valor del Lele, su constante cruzarse por las buenas con la
defensa más dura de España.
—Nunca me ha parecido el estadio una plaza de toros hasta esta tarde, querido Teo. Se
oían crujir los huesos, salpicaba la sangre; el chico es un legionario, un Cid, tiene más
nobleza que don Quijote. ¿No te lo recuerda? Cuando envejezca, si llega a ese extremo, será
igual que don Quijote.
—Tienes mucha gracia describiendo el asunto, pero exageras.
—Lele va a durar poco. ¿Te acuerdas de la fábula del merengue que fue a tomar el sol a la
puerta de una escuela?
—Prodigiosa fábula, pero no es del caso.
—Lele es una mala inversión. Es mucho dinero para tirarlo sobre una mesa de operaciones,
Teo, y tú lo sabes, aunque intentes colocarme una mercancía agusanada. Lo ovacionaban
como a esos toreros que van a morir, como a una tropa voluntaria que se va a la guerra. Y
lo peor no era eso; lo peor, Teo, ¡cuánto habrás sufrido!, era que al Lele le gustaba. Apenas
si he visto el partido. Al salir me han dicho que nos lo ganaron los del Lele. Me importaba
muy poco el partido. Quería seguir paso a paso al Lele, tuviese o no la pelota. No he
apartado los prismáticos del Lele. Cómo le ardían los ojos cuando arrancaba por el camino
más inesperado, más peligroso. Parecía llevar una bandera en la mano. Cómo se amustiaba
si el juego no marchaba por su lado, que tesón ponía en enfrentarse con lo más sólido y
marrullero de la defensa, en acaparar todos los peligros, qué generosidad ante la mala uva
ajena. Si hay oposiciones a laureados, preséntalo: te las gana. Es una cándida paloma, el tal
Lele, y antes de un año tendrá el menisco como una coliflor, la cabeza en cachos, y yo no
pago millones por un cadáver.)
—Y entonces, Pepita, entonces me dijo algo que me estremeció. Me dijo:
—"Es un paladín, así que colócalo en el cine. Creo que Juanito Orduña vuelve
a producir películas históricas".
—¿No hubo manera de convencerlo?
—En buena postura estaba, como para dejarse convencer. Me volqué, pero
todo fue inútil. Con la saliva que he gastado antes de la cena y después del
partido se podrían pegar los sellos que consume el país durante un año. Creo
que mi elocuencia hubiera arrebatado a las multitudes. "El Lele no abre la
boca, tira con las dos piernas, su cabeza es una catapulta, su cintura engaña al
más vivo". Canté al valor como en una romanza de zarzuela. Le dije que el
chico llevaría pasión, y me contestó que por eso los rojiverdes no pagaban

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ficha, que la pasión ya la ponían los imbéciles del graderío, y que además
aflojaban la bolsa por el derecho a poner su pasión al rojo vivo. Le dije que el
chico creía en el deporte como en un dios, que el chico es de los que miran a
las estrellas, que sería una ráfaga de locura en los campos, la pura maravilla del
coraje, que también es bonito tener un delantero centro muerto ante el gol o
quizás después de haber conseguido el gol.
—¿Y ni por ésas?
—Me preguntó sí se me había subido el "piper" a la cabeza. Entonces cometí
un error. Le dije que ya nos arreglaríamos de precio.
Pablo frunció el ceño con un ademán desaprobatorio.
—Me dijo: "¿Lo ves? A cambio de tu sinceridad correremos la voz de que
pedías demasiado, te lo prometo". Y eso es todo. ¡Ah, no! Aún hay más. El
muy cínico se despidió así: "De todos modos esto no representa más que mi
opinión. Luego veremos qué dice la Junta".
Pepita precisó.
—Lo de mi regalo se queda en hipótesis, ¿verdad?
—Sí, hija, sí; y yo soy el primero en lamentarlo.
—También yo, de veras.
—Me equivoqué, Pepita. Resulta que era un valiente.
—Te equivoqué yo, King-Kong; nadie más que yo tiene la culpa. Resulta que
es un valiente.
—¿Cómo? Un paladín desde el pañuelo de la cabeza hasta los tacos. Será el
rey de las lesiones, el ídolo de los públicos, pero no jugará nunca en un gran
club. Si sobrevive quizás llegue a poner una tabernita o un taller con sus
ahorros. También jugará en el equino nacional y lo matará un turco en el
segundo tiempo. En el equipo nacional hacen falta de vez en cuando
abanderados. El Lele será un abanderado de primer orden. Es un loco a la
antigua usanza, un primo alumbrao, así lo maten.
—No te excites, querido.
—Es verdad. Nada gano con subirme por las paredes.
Pepita apuró el martini. Pidió otro. Lo probó. Después dijo:
—¿No os fijasteis en que esta tarde estaba más guapo que nunca? Estaba
guapo en tres dimensiones, guapísimo. En fin, por un lado resulta bonito que
sea valiente. De los valientes todo puede esperarse. ¿Quién sabe si no
encontrarás alguien que pague por un valiente?
—Ni soñarlo, Pepita; gracias por tu bondad.
Pepita saboreó despacio, despacio, un traguito de su segundo martini.
Después hurgó en el bolso y sacó un duro.
—¿Pedimos la carta? —dijo.
—Bueno.
—Entonces ir eligiendo. Yo vuelvo en seguida.
Apuró el martini. Fue hacia los lavabos. A la derecha estaba la cabina del
teléfono. Marcó un número.
—Hotel Astor, buenas noches...

30
—Habitación dos tres tres, por favor...
—Sí, señorita.
Oyó la llamada del timbre y cuando notó que al otro lado descolgaban el
auricular, cerró la puerta de la cabina.

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LA FURIA SE VA DE VIAJE

Don Luis llegó primero que nadie porque cuando se trataba de comer siempre
tenía prisa.
—¿Está todo listo?
—Todo, don Luis.
—Vamos a verlo.
El camarero sabía que don Luis era prácticamente inabordable cuando
revistaba una mesa, pero aun así se atrevió a preguntar:
—¿Vendrá Pepote?
Don Luis se llevó a la boca una aceituna de manzanilla, gordales, rubianca,
hermosa como una flamenca bajo la ducha. Hizo un gesto desdeñoso para
contestar:
—Vendrá, claro que vendrá; estaría bueno que no viniese...
El camarero puso los ojos aproximadamente en blanco, a un milímetro de la
obscenidad, justo en tal sutil frontera, sin llegar a pisarla. El camarero estaba
casado, tenía tres hijos, era un hombre muy hombre, adulteraba en la
temporada de verano, pero no podía dominar su admiración por Pepote.
Cuando sabía que Pepote iba a ir por la fonda sentía el mismo escalofrío y la
misma bola en el diafragma que cuando le llegaba la carta del jefe de personal
de un hotel de lujo de San Sebastián diciéndole que se contaba con él para la
temporada de verano. Pensó vagamente en que Pepote era casi una bandera,
un pedazo musculoso del honor nacional, algo como un monumento. Quizá,
desde un punto de vista profesional, se sentía ligado a Pepote por los pies. Un
camarero y un futbolista se ganan la vida con los pies. Los pies son aún más
importantes que las manos en el trabajo de un camarero. Los pies han de
resistir la dura jornada, han de hacerle un constante regate al cansancio, a la
inflamación, a la tortura de mantener todo un cuerpo —en el caso presente
más bien voluminoso— en línea de servicio, de la mesa al office, de la mesa a
la caja, de la mesa al guardarropa, siempre en torno al cliente como los
futbolistas andan siempre en torno al balón. El camarero pensó en sus pies
con infinita compasión, le dieron pena sus grandes pies, sus pies que restaban
mucho menos que los de Pepote aunque diariamente hiciesen más ejercicio
que el que pudiera hacer Pepote a lo largo de un partido en que las diese
todas, sin marrar una. El camarero pensó que quizás envidiaba sutilmente a

32
Pepote, pero claro está que en toda admiración se esconden de manera
inevitable unas miguitas de envidia.
Don Luis contemplaba la parada de los entremeses, los rojos pimientos, los
minúsculos y verdes pimientos de Padrón —que son como pequeños
corazones de mano, corazones explosivos, románticos—, la dorada
esplendidez de las aceitunas y las tonalidades de plata de las sardinas y también
la diamantina cebolla y después de escupir delicadamente el hueso y darle una
patada para colarlo debajo de la mesa, hendió un rabanito y se dispuso a gozar
con la carne dura y rosada. Le echó sal con la ternura y la generosidad de una
madre que reboza el trasero de su pequeño con polvos talco. Mientras
masticaba se informó de por qué diablos no habían preparado el caviar.
—¿Caviar? —dijo el camarero volviendo en sí.
—Precisamente, caviar. Pepote quiere caviar. ¿Hay algo malo en que Pepote
quiera caviar? Incluso a mí me gusta el caviar.
—Bueno, nosotros sacamos lo de costumbre.
—Mal hecho. Eso indica poca pesquis. Pepote ahora es internacional. Me
parece a mí que el caviar es lo indicado en estos casos. También el caviar es
internacional, cosmopolita. Además yo quiero caviar.
—Hombre, don Luis, no se ponga usted así, no me amargue el día.
—Hale, pues, prepara caviar. Y suéltame el vino para entretener la espera.
La Fonda de la Estación llevaba fama de muy buena cocina, de honesta y
sosegada cocina; era como una abuela cariñosa que indicase a los viajeros la
conveniencia de permanecer apegados a la casa, de no abandonarla nunca, ni
por negocios, ni por aventuras, ni siquiera por tristes necesidades. Sus perolas
constituían un tratado moral sobre la familia, sus salsas toda una apología de la
vida sedentaria firmemente amparada por la lumbre del fogón, su paella un
poema a la unidad de los esposos, de los padres y los hijos y demás parientes,
y cierta fórmula secreta que transformaba el bacalao en algo misteriosamente
arrebatador equivalía a un discurso en pro de las virtudes patrias y en defensa
de la religión, del hogar, de la propiedad, de todo. Los más viejos de la
comarca recordaban el caso de aquel anarquista que después de una comida en
la Fonda de la Estación había vitoreado a don Antonio Maura y que luego
terminó sus días bajo las banderas de la Unión Patriótica, precisamente de
conserje, y los más jóvenes estaban en condiciones de testimoniar cómo más
de un viajero, seducido por las artes culinarias de la Fonda, abandonaba el tren
en mitad de trayecto y allí que se quedaba dos o tres o más días dispuesto a ser
edificado por vía deleitosa en cuanto a la segura reforma de sus costumbres
nómadas. Hasta había una salsa de muy alta virtud y eficacia probada en casos
de esterilidad, y dos o tres solteras insensatas que la probaron por broma
dieron mucho que hablar unos meses después. Don Luis solía decir que si la
Fonda de la Estación hubiese albergado, en cualquier instante de su histórico
peregrinaje, en busca de empresarios, a don Cristóbal Colón, América no se
hubiese descubierto nunca. Pero, en fin, nadie puede hablar con tanta certeza

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de lo que no pasó y por lo tanto pudo pasar o pudo no pasar. Por otra parte, a
don Luis le gustaba mucho la broma.
El camarero se impacientaba. Don Luis, no; don Luis, con una botella de vino
al lado y el carrito de los entremeses al alcance de la mano podía esperar
cuanto hiciese falta, incluso el entendimiento del mundo occidental, el
bonapartismo comunista o la visita de los marcianos. Con la botella y el
carrito podía esperarlo todo.
—¿Está ahora bien, don Luis?
—Perfecto.
—¿Qué, quiénes vienen?
—Paquito Benedé, "Balonazo" y Pepote, claro.
—¿Cogen el descendente de la una quince?
—Eso es.
Don Luis montó una rebanadita de pan tostado con mantequilla, caviar, una
cucharadita de huevo duro picado y una levísima capa de cebolla. Como una
niebla, no más de cebolla. Se inquietó.
—Oye, tú, ¿vendrá bien de material?
—Usted verá, don Luis, es un tren de lujo.
—Déjate de historias, ya me conozco yo bien los trenes de lujo.
Don Luis no había pasado nunca del andén de la Estación. En la fonda se le
podía ver a diario, en el andén de la estación alguna que otra vez; en un tren,
jamás. No obstante don Luis lo sabía todo respecto a los trenes de lujo, lo cual
no tenía nada de extraño porque también lo sabía todo respecto a la
apicultura, la hacienda pública, el mujerío, las minas de Transvaal, la botánica
aplicada a la industria, la gimnasia sueca, la cirugía del corazón, etcétera;
vamos, don Luis sabía todo de todo. A don Luis sus paisanos le llamaban
"Masquedios", pero solamente cuando él no los oía.
—Los trenes de lujo, de vez en cuando, te traen cada vagón que mete miedo.
Si buscas en la red de equipajes te expones a encontrarte con la chistera de
Campoamor, el corsé de la Patti o el charrasco de don Baldomero. Lo mejor
que puedes hacer es no meter mano en la red de equipajes, te lo digo yo. —Se
dejó caer de nuevo hacia el caviar mientras refunfuñaba—: No me mates, con
los trenes de lujo...
—Este siempre viene correcto. Fíese de mí, que entiendo un rato del rail...
—Me reventaría que el descendente llevara coches cama de baja estofa. ¿Sabes
algo de coches cama?
—Creo que sí. No hay ninguno malo del todo.
—Bastaría una pequeña incomodidad para inquietar a Pepote. Pepote está un
poco quemado por la Liga; échale encima que pasado mañana ha de tomar el
avión y que tres días después tiene el partido. ¿Te haces cargo?
—Como el primero.
—Hay que cuidarlo, ¿me entiendes? Un partido internacional tiene grandes
responsabilidades que por fuerza pesan en el jugador, y si se es primerizo
como Pepote, más.

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—Si está claro, don Luis.
Se veía que el camarero hubiese llamado con gusto al director de la Renfe o
incluso al ministro de Obras Públicas para preguntarle qué material llevaba el
descendente de la una quince y si se había pensado en Pepote al hacer la
composición del convoy en el muelle de origen, y quizás el director de la
Renfe —o incluso el ministro de Obras Públicas— no fue perturbado por un
telefonazo a la hora del aperitivo porque en aquel momento entraron en el
comedor de la fonda Paquito Benedé, "Balonazo" y el propio Pepote, y hasta
los problemas del material ferroviario en su relación con este último perdían
interés ante su simple presencia.
Paquito Benedé era un terrateniente, hijo y nieto de terratenientes y
posiblemente, algún día, él mismo fuese padre de terratenientes, aunque con
toda seguridad serían bastante menos terratenientes que él. Su padre había
acompañado toreros por todas las ferias de España y Paquito acompañaba
futbolistas por todos los campos de España y por algunos del extranjero. Era
un deportista muy amigo de personalizar y en realidad no le importaban los
equipos, sino los jugadores. Le gustaba el flamenco y más lo aflamencado,
"Quintero, León y Quiroga, ése es un músico, no el pesao de Mozart"; se
volvía loco con Lola Flores, "menuda embajadora de España que es Loliya"; y
cuando oía España cañí en Roma, en París, en Liverpool o en Belgrado lloraba
como un chiquillo. También creía que en el extranjero había pocas mujeres
virtuosas, pero que las que lo eran corrían el peligro de dejar de serlo en
cuanto tropezasen con un español. Ponía la bandera nacional, pues, en lugares
inverosímiles y establecía curiosas estadísticas de resistencia con la seriedad de
un historiador al hablar de las campañas de Carlos el Emperador. Le gustaba
mucho Méjico y se consideraba, en general, muy patriota y muy disciplinado,
menos a la hora de hacer la declaración de la renta, porque eso constituía una
intromisión en el sagrario de su libertad, que es lo mismo que atentar contra el
honor y ya se sabe que el honor es patrimonio del alma y también de quién es
el alma.
"Balonazo" era un muchacho modesto, avispado, de cierta cultura y escasa
ambición. Lo que tenía de culto le bastaba para sentir náuseas con frecuencia y
lo que tenía de inteligente para preferir la crónica de fútbol a cualquier otro
menester periodístico, porque con el fútbol, se confesaba a sí mismo, por lo
menos se viaja. Encontraba en el graderío y en la pradera una fuerza alegre,
vigorizante, que valía la pena de sentir cerca. Los trapicheos federativos, las
juntas directivas y las asambleas generales le llenaban de regocijo y era capaz
de soportarlo todo con buen humor menos la tontería de que el fútbol era una
válvula de escape, y una vez estuvo en cama porque le oyó decir esa tontería a
un político que pasaba por ilustre y que le habló de la vieja Roma, del pan y
del circo.
Se sentaron a la mesa alegremente. Un aire mágico convertía la fonda de la
estación en santuario de la raza. Parecían brotar guantes blancos en las manos
de los camareros, gallardetes en las salomónicas y aburridas columnas, hartas

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ya de hojarasca y floripondios, y los silbidos que venían de entrevías eran
como señales marineras de saludo a los jefes. Pepote estaba en sus glorias,
aunque algo nervioso. Atacaron el caviar con un frenesí muy de Amberes.
—El domingo a las tres y media me tendrás aquí, aquí mismo, en mi sitio, sin
moverme, oyendo la radio —decía don Luis con lágrimas en los ojos—. Aquí
estaré, ten confianza.
Sus palabras eran graves y sonaban como las de un coronel que expresase la
decisión de clavar su regimiento sobre el terreno antes que retroceder un solo
paso.
—¿Me trajiste eso? —quiso saber Pepote con aquel sentido práctico que lo
había hecho el mejor realizador de su delantera.
—Andá, por poco se me olvida —bromeó don Luis mientras rebuscaba en los
bolsillos—. Ahí tienes el bellergal y la dramamina. La dramamina la emplearon
los americanos cuando el desembarco de Normandía. Con esto no se marea
nadie. Tú atibórrate bien de pastillas y a dormir como un ángel. No es cosa de
que tus nervios sufran en el avión.
El atleta embuchaba en los bolsillos las drogas contra el mareo. Hablar de
aquel tema le intranquilizaba y a la vez no conseguía dominarse y evitarlo. Le
gustaba presumir los síntomas, las sensaciones, las angustias.
—Si quieres —le dijo "Balonazo"—, yo llevo morfina...
—No es para tomarlo a broma, digo yo, me parece... —intervino acremente
Paquito Benedé que no toleraba faltas de respeto ni a la bandera, ni al orden
constituido, ni a Pepote.
—Ojo, Paquito, no hablo en broma. Yo llevo morfina siempre porque a veces
se me rompe un cochino nervio intercostal. Cuando se me rompe, zas, me
inyecto y a otra cosa. Si Pepote sufre mucho en el avión, yo le puedo dar
morfina.
—¿Vamos en el mismo avión?
—Sí, Pepote; vosotros, los federativos y unos cuantos periodistas, vamos en el
mismo avión. Paquito va en otro que sale casi a un tiempo y que...
—¿No me hará daño el pinchazo?
—Más o menos como otro pinchazo cualquiera, pero en todo caso te puedo
asegurar que compensa.
—¿De veras?
—Por mi santa madre te lo juro que sí.
—¿Qué os parece? ¿Me pongo morfina o no me pongo morfina?
—Quizás no te haga falta. El avión no marea demasiado. En general el avión
se mueve menos que el autobús o que el tranvía.
—Sí, ¿y el miedo? —planteó Pepote.
—¿Miedo tú? Vamos, vamos...
A costa del miedo intervinieron todos. Don Luis, Paquito, el camarero,
"Balonazo", unos señores que cenaban en otra mesa y que sonrieron como si
hubiesen escuchado la más ingeniosa de las frases. Todos veían a Pepote

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colarse entre dos defensas como si fuesen de mantequilla, todos recordaron
aquellas chispas que brotaban en los choques de Pepote con sus rivales.
—Déjate de historias, Paquito —dijo modestamente—. El avión le da miedo
al más pintado. Sobre todo que no hay manera de explicarse cómo flota.
Después que cada mañana te echas el periódico a la cara y no haces más que
leer y leer: avión en llamas en tal sitio, avión estrellado en tal otro, avión que
se da de narices con una montaña, y así sucesivamente. —Resumió—. Un
barco es otra cosa.
—Positivamente. Un barco es otra cosa —informó "Balonazo" en nombre de
la prensa.
—Eh, tú, ¿verdad que tengo razón? —se angustiaba Pepote— un barco es
distinto; puede que también me marease, pero en cambio no tendría tanto
canguelo; un barco es distinto, y el tren, el tren sí que es distinto. Ya lo ves, en
tren hasta duermo, tan campante.
Se hacían pronósticos, se barajaban posibilidades, un brillante elenco de
drogas contra el mareo desfilaba en la conversación. El camarero acercó el
champán. Brindaron los cuatro. Pidió permiso el camarero para brindar él
también, y lo mismo hicieron la cajera y el dueño de la fonda, y asomó un
cocinero y desde todas las mesas levantaban sus copas de vino para brindar
con Pepote. Decían: —"Por el triunfo de España, por Pepote". También
decían: —"Por Pepote, por la furia española". Un señor bajito dijo: —"Ole".
El tren de lujo de la una quince traía buen material. Pepote y Paquito llevaban
dos singles contiguos. "Balonazo" buscó su primera. No tenía sueño. Se asomó
a la ventanilla para ver la despedida. Quería ir un buen rato recibiendo el aire
frío y sucio como a un antiguo amigo. La cajera de la fonda de la estación le
llevó a Pepote un ramo de flores. Probablemente las había recogido de prisa y
corriendo entre los floreros y olerían a sopa, pero era un bonito detalle. El
fotógrafo del periódico disparó su "flash" y la cajera sonreía. El camarero
gritaba: —"Animo, Pepote, que son tuyos". Don Luis permanecía reservado,
solemne, meditabundo. Estaba situado exactamente entre la madre de los
Gracos y Lili Marlén. El empleado que martilleaba los ejes miró hacia el coche
cama: —"Si es Pepote", dijo, y reanudó su trabajo como si se hubiese bañado
en la fuente de la juventud. Un poderoso ramalazo pasaba por los riñones de
todos, de la cajera también, por los riñones de la estación, de la ciudad, de
España entera. "Acaso", pensaba "Balonazo" mientras el tren salía, "yo sea un
imbécil y un exagerado". Vio al pequeño grupo que despedía a Pepote alzar
los brazos, gritar, enardecerse. Don Luis reforzó el repertorio con un pañuelo.
Entonces la cajera también sacó el suyo. El camarero, ya tan pequeñito, daba
patadas a una bolsa de merienda que había arrojado al andén un viajero de
segunda. Se oía un lejano vítor. Sí, gritaban "Viva España".
"Balonazo" tragó saliva y respiró hondo porque sentía crecerle una arcada;
una arcada que le nacía en los pies e iba subiendo, subiendo, y lo peor es que
no desembocaba, sino que trepaba hasta la cabeza y allí lo revolvía todo.
Pensó en la fonda de la estación con ternura. Vio que el camarero, sentado en

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un banco del andén, se acariciaba sus grandes pies cansados. Después el tren
liquidó el arrabal. Había cerca del río el anuncio de un coñac. Era una botella
gigantesca que parecía llena de la luz de la luna.

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FERIA

Miró la muestra del hotel y leyó: "Hotel Jai-Alai"; se ajustó el nudo de la


corbata con un leve tiento y procuró sacar los puños de la camisa por fuera de
las mangas de la chaqueta. El puño izquierdo andaba algo deshilachado, así es
que lo garabateó como pudo. La florista le colocó una azulina en el ojal de la
solapa y Críspulo le largó un duro de níquel. Le gustaban los duros de níquel
porque resucitaban —aunque como de guardarropía— el rumbo antiguo, y
siempre que daba un duro redondo se sentía un poco como los señoritos del
tiempo de Carolina Otero.
—Oiga, guapa, ¿está en el hotel don Tulio Menéndez?
—¿Quién dice?
—Don Tulio Menéndez, el crítico de toros de La Mañana, de Madrid.
—No, no está; aquí no está.
—Vaya por Dios, no han perdido ustedes nada. Pasa que me dijeron que aquí
paraban todos los críticos taurinos de Madrid...
—¿En el Jai-Alai?
—El mismo.
—Aquí no tenemos críticos taurinos. La chica del comptoir era guapa, alta,
morena, muy norteña de tipo. Los ojos le andaban algo dispersos pero era
cuestión de no fijarse demasiado. La nariz de la chica del comptoir era de buen
tamaño, pero a ella le caía graciosa aquella extensa nariz. Fuera estaba
lloviznando; el dichoso sirimiri, que le dicen. Críspulo decidió quedarse a
comer en el hotel Jai-Alai aunque la chica había dicho aquello de "aquí no
tenemos críticos taurinos" igual que si dijese "aquí no tenemos la peste
bubónica", lo cual molestó a Críspulo no porque creyese que la peste
bubónica y los críticos taurinos fuesen absolutamente incompatibles, sino
porque Tulio Menéndez era muy amigo suyo y le había prometido un par de
barreras para el caso de que cayese por aquella feria.
—¿Se puede comer?
—Si usted quiere...
—¡Vaya si quiero! ¿Dónde está el comedor?
—Este de abajo está lleno. Tenga la bondad de subir al de arriba. Coja la
escalera de la derecha y en el primer piso lo verá. No tiene pierde.

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Echó un vistazo al comedor de abajo y no estaba Tulio Menéndez. Arriba
contó veinte mesas libres, tres ocupadas y doce camareras. El comedor estaba
dispuesto para un día de feria y sol y no para un día de feria y aguachirri. Las
camareras revoloteaban en torno de los apoderados de los toreros, que
comían juntos en una mesa redonda, y también en torno a la mesa del caricato
de una compañía de revistas, pero algo menos. Las revistas eran a la salida de
los toros, y los toros, evidente, iban a empezar antes de la revista.
Comió mal y caro, porque para eso era la feria. Críspulo hizo balance. Le
habían llevado unos amigos hasta la ciudad en fiestas. Los amigos tenían ya
entradas para la corrida; él esperaba, según lo convenido, que se las regalase
Tulio Menéndez. Siempre lo hacía. Tulio Menéndez no se hospedaba en el
hotel Jai-Alai, pero indudablemente acudiría a la sobremesa de los apoderados.
Esta esperanza le alivió la parvedad de los entremeses, le hizo soportar tanto
la langosta como el pollo y hasta le permitió sonreír cuando le dijeron que el
café era café.
Los apoderados se incensaban con el humazo de los puros. La chica que le
servía estaba muy bien. No se sabe por qué, pero casi todas las chicas que
sirven comidas en el norte de España son altas y guapas y les sienta la cofia
como una diadema real. El veinticinco por ciento, al menos, son novias de
pelotaris, pero no todo van a ser ventajas. La camarera que servía la mesa de
Críspulo además de alta era simpática, lo cual ya no es tan frecuente en
ninguno de los cuatro puntos cardinales de que dispone España en uso de sus
derechos de soberanía y un poco también por la ayuda americana, que es tan
generosa y se nota tanto en los tendidos de las plazas de toros. La chica estaba
enfurruñada.
—¿Qué le pasa a usted?
—Si yo le dijera...
—Dígamelo, encanto; me gusta que me cuenten sus cosas las muchachas así
como usted. No vacile en confesarse conmigo, soy todo comprensión y
dulzura. Ea, ábrame su corazón.
La camarera le acercó la mayonesa confidencialmente.
—Nada —dijo—, los tíos esos, que han repartido entradas para los toros y yo
me he quedado de non.
Señalaba la mesa de los apoderados. Los apoderados charlaban y reían.
—¿Cómo es posible? —protestó Críspulo.
—Lo que usted oye.
—¿Pero es que están ciegos?
—O que tienen demasiada vista, vaya usted a saber.
—Bien, ¿usted quiere una entrada?
—Quería.
—¿La quiere o no?
La chica meditó un momento. Luego dijo:
—Claro que me apetece una entrada. Vamos, si no está de broma...
—No hay broma.

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—¿Ni retranca?
—¿Por qué habría de haberla?
—Eso, qué se yo.
—Mire, yo tengo dos entradas. Todavía no las tengo, pero es como si las
tuviese. He de recogerlas luego de comer. No sé si esas dos localidades estarán
juntas o separadas, pero serán dos, y de las finas. Me las va a dar el crítico de
La Mañana de Madrid. Si usted no tiene inconveniente, le ofrezco una. Mala
suerte para usted si las entradas son correlativas. Tendrá que estar a mi lado.
—Vamos, no diga eso, señor...
A Críspulo le entró un escalofrío muy singular y fue y le dijo:
—De oírle se me ha puesto la espalda así como fría.
—No se preocupe, señor; eso es del sirimiri, que le habrá calado. Y además,
este veranito...
—Pero, ¿acepta o no acepta?
—¿Lo dice de verdad?
—Y sin segundas, chica. Después de la corrida no tengo más remedio que
tomar el tole y largarme. He de estar a las nueve en San Sebastián.
—¿Le espera su señora?
—¿Le molesta que le diga que soy soltero desde siempre?
—¿Por qué me va a molestar? Ni me molesta ni lo contrario.
—Me gustaría que le molestase. También me gustaría que no le molestase.
—Pues nada...
Y la chica se fue a servir a la mesa del actor. Críspulo estaba como levantado
de cascos. Para Críspulo no había nada semejante a las muchachas que
trabajan de camareras en el norte de España. Hasta el pescado frito, esa
porquería, quedaba prestigiado en sus manos. Hasta el gazpacho parecía algo
nutritivo, confortable, sólido, altamente social, escandinavo. Son chicas de
buena alzada, la pierna larga y firme, la cintura breve, extensa la conversación
y bien puestas de lo demás, y aunque las caras dejen a veces desear una mayor
armonía, una mayor perfección de rasgos, lo de menos es la cara en sí. A
Críspulo la cara le importaba muy poquito.
—Oiga —le dijo a la chica en cuanto le pasó cerca—, oiga, ¿sabe si viene por
aquí don Tulio Menéndez, el crítico de toros de La Mañana?
—Ni idea, señor. —Deseaba ayudar—. ¿Cómo es, más o menos?
Críspulo pensó por vez primera en cómo describir a su amigo Tulio. Es
curioso comprobar que uno no conoce a sus propios amigos. Cerró los ojos
para inventariarlo minuciosamente; quería recordarlo con detalle y sin
embargo comprobó que era incapaz de hacerlo, incapaz de decir: "Pues es así
o asao y tiene un lunar o no lo tiene".
—Corriente. Un señor mayor que yo, algo canoso, muy afeitado, puede que
castaño, o más bien de la cuerda de los morenos; corriente, corriente del todo.
Prefirió indagar por otro lado. Señaló hacia la mesa de los apoderados.
—¿Viene gente a ver a estos señores?

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—Mucha, Ayer vino también una señorita muy piadosa que quiere que los
toreros y los apoderados hagan ejercicios espirituales a fin de temporada. El
dueño del hotel no quería dejarla entrar, porque dice que toda esta gente es
muy supersticiosa, y que eso de los ejercicios, con las meditaciones del
infierno, podría estropear la feria aún más que el tiempo. Pero la señorita se
coló y habló con los toreros.
—Y qué, ¿en qué quedaron? ¿Van a hacer ejercicios?
—Dijeron que sí, pero qué se yo...
—Verdaderamente. ¿Quiere darme la nota?
—En seguida; sí, señor.
La nota era una cuchillada en la cartera de Críspulo, pero el hombre le hizo
frente con sonrisa de poker y aún largó una dignísima propina.
—Gracias, señor.
—De nada, guapa. —Fue a tutearla, pero pensó que compraba la confianza
con la propina y de momento dejó los tratamientos como estaban—. ¿En qué
quedamos? ¿Viene usted a los toros o no viene?
—Sí que voy, ya se lo dije.
—¿Dónde le espero?
—¿Conoce el bar La Marina?
—No, pero lo encontraré. Se me dan bien los bares.
—No tiene dificultad, es aquí mismo; saliendo a mano izquierda, el primero
que se tropieza.
—De acuerdo. ¿A qué hora es la corrida?
—Cinco y media.
—A las cinco te espero en La Marina. ¿Hace?
—Ya lo creo, muchas gracias.
Críspulo se echó a la calle tan lleno de contento que el regocijo le reventaba
por todos los costados. Se le había olvidado preguntar por el nombre de la
camarera, pero eso tendría fácil arreglo. En la calle seguía cayendo un sirimiri
lánguido, insistente, enamorado. La ciudad se agrisaba bajo la lluvia y la
temperatura había descendido. Un gélido y apresurado otoño borraba las
ferias y fiestas de agosto. Críspulo estaba seguro de encontrar a Tulio en algún
café. Primero localizó el de La Marina por aquello de matar dos pájaros de un
tiro. Se atizó un copetín y preguntó:
—Oiga, amigo, ¿usted sabe dónde suelen reunirse los taurinos?
—¿Usted se refiere a la afición?
—Aproximadamente. Me refiero a los críticos de la prensa de Madrid que
están haciendo la feria. La afición ya comprendo que no cabe en un café.
—Aquí, sí; a la afición le basta y le sobra con un café. Si no fuese por los
veraneantes de los alrededores y por los extranjeros... En cuanto a los críticos,
lo siento, pero no puedo informarle; aquí no se reúnen, porque ya se notaría,
digo yo. Si no están en alguno de los cafés y bares de esta calle, es que no han
venido. Solamente en esta calle hay cafés como para una gente culta.
—Pues tantas gracias. Me daré un garbeo.

42
La lluvia batía mansamente los toldos de los cafés. Hacía frío y en las terrazas
no se sentaban más allá de cuatro borrachines. Críspulo exploró el café
Gandarias, el café Sol, el café Stadium, el Bar Kiko, el café Laguna, el bar
Amigot, el bar Maera, el café Euskalduna. Entre el bar Maera y el Amigot
había una tienda de objetos de regalo. Se paró a refitolear el escaparate. Volvió
a hacer cuentas. Le quedaban casi trescientas pesetas. Las entradas no le iban a
costar ni cinco, la vuelta la tenía asegurada con los mismos amigos que le
trajeron a la feria. Con veinte duros podía comprar una baratija a la chica del
hotel, pero, bien pensado, ¿para qué iba a comprarle una baratija a la chica del
Jai-Alai? Si supiese que después de la corrida sus amigos iban a demorar unas
horas el regreso, otra cosa sería. Reprimió en aras de un sentimiento
económico aquel inesperado regocijo despilfarrador producido por la lectura
de las Memorias del Aga Khan. En el escaparate se veía también el anuncio de
una novillada que iba a celebrarse diez días después a beneficio de un asilo.
Los diestros eran Sérbulo Azuaje, Enrique Orive y Abelardo Vergara. La
pareció que Sérbulo era un centurión pompeyano en la frontera cántabra.
Enrique, un comisionista en productos de belleza, y Abelardo, un trovador
sentimental. Apuntó los nombres para cascárselos a Tulio, si es que se le
habían pasado. Seguro que Tulio, con sus cosas, le sacaba punta al cartel. Pero
Tulio no aparecía ni en el Levante, ni en el Pepuchi, ni en el 43.
La lluvia y el frío cobijaban a la ciudad con infinita ternura. El gris celestial
progresaba sin tregua. Una tristeza de consomé cubría la feria. Las calles
tenían el color de panza de sardina. Los vendedores ambulantes pregonaban
con ejemplar desgana el donnicanor, el matasuegras, los globitos, el juguete
moderno para el nene y la nena, los junquillos de ir a los toros. Los tratantes
de ganado trasegaban coñac, y también bebían coñac los señoritos y había
unas coristas en la cafetería Arkansas, pero ni siquiera allí estaba Tulio
Menéndez. Las coristas bebían coñac y una mezcló el coñac con naranjada y le
dijo a un muchacho: —"Esto es una japonesa".
—¡Japonesas para todos! —le ordenó el muchacho a la chica de la cafetería.
Tulio Menéndez solía beber coñac, pero no estaba. A todo esto ya casi iban a
dar las cinco. Entonces Críspulo volvió a la calle. Llovía fuerte, llovía duro,
llovía si Dios tenía qué. Llovía a latigazos. ¿Qué se hizo del sirimiri, qué se
hizo de tanto galán, qué se hizo de las dos barreras, qué fue de Tulio
Menéndez? La lluvia golpeaba en el corazón de Críspulo como una alegre
marcha, casi como Los Voluntarios, la marcha que más le gustaba porque era
con la que salió a la guerra. La lluvia tomaba la ciudad. "Esto no tiene
remedio" —le oyó pronosticar a un indígena—, "esto no tiene remedio
porque va de temporal". El temporal era un amigo viejo. Tulio también, pero
Tulio no estaba. Estaba el temporal, más generoso y oportuno que un crítico
de toros, dispuesto a arreglar el asunto. Se refugió en el Euskalduna, que
quedaba enfrente de La Marina. Un señor le anunciaba a otro:
—Fíjate, seguro que suspenden.
—¿Tú crees?

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Críspulo intervino:
—¿Usted cree que suspenden?
—¿Es usted forastero?
—Pues, sí, señor; y bien que lo siento...
—No lo sienta. Ahora esto parece muy animado, pero tendría que venir
cuando no son fiestas. Se lo dice a usted un nativo.
Le chocó lo de nativo porque no le vio ni aloha, ni sarong, ni nada de lo que
llevan los nativos. Los nativos siempre suenan a Hawai.
—Vaya, vaya, no será para tanto —ofreció Críspulo, y después volvió a la
carga—. ¿De manera que suspenden?
—Claro que sí. Sopla noroeste, y cuando manda el noroeste no hay nada que
hacer. Siga mi consejo y envíe por entradas para el teatro antes de que se
agoten.
—Ya. Es una pena.
—Mire, la verdad, yo no lo siento. Ni esto lo siento. —Cogió una pizca de
aire entre el pulgar y el índice—. Así tendremos otro día de fiestas.
—Pero pierden éste.
—Perdemos la corrida. La fiesta ya la hemos tenido y la seguiremos teniendo.
Con el aplazamiento, aunque se pierda en cartel, ganaremos en fiesta. De eso
entiendo más que usted.
—No lo dudo.
—¿Toma algo?
—Gracias. Me beberé un coñac.
—Tomasito, un coñac para el forastero y a nosotros nos repites.
Críspulo preguntó con indiferencia justificadísima:
—¿Y dónde devuelven el importe de las entradas?
—Mañana lo dirán los periódicos. Con eso de que las corridas son benéficas
aquí armamos mucho lío a la hora de vomitar los cuartos. Lo ponen difícil
para que la gente se aburra, se olvide y se largue. ¿Usted es de los que se
largan?
—Sí, así parece...
El teléfono llamó. Tomasito fue a descolgarlo.
—Déjelas en el hotel y que le giren. En la taquilla tardarán lo suyo, eso si
suspenden.
—¿En qué quedamos?
—Suspenderán a última hora.
—Ya es última hora.
Tomasito se acerco y les dijo:
—Han suspendido. Me han llamado del bar de la plaza para decir que han
suspendido, que el ruedo estaba imposible.
—El caso es que no tengo hotel. He venido a la corrida nada más.
—Pues ya verá lo que es bueno.
—Claro que he comido en el hotel. Precisamente hay una camarerita que es
muy amiga mía...

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—¿Ve usted? Todo se remedia. Ella se encargará.
—¿Me permiten una ronda?
—Ni media; usted es forastero y además va a perder las entradas, porque la
camarerita le soltará dos chocholerías y usted acabará por cederle la pasta.
—No lo creo. Soy muy serio.
—Pero dice ca-ma-re-ri-ta con retintín y estamos en fiestas. Tampoco es mala
solución una camarerita para una tarde de lluvia.
Críspulo no tuvo inconveniente en reconocer un fundamento de verdad en las
apreciaciones del nativo y pensó en que si todavía encontraba a Tulio se le
podía poner limpia y buena la tarde. Bebió de nuevo por la cuenta del nativo
hablador y se dispuso a pasar al café de La Marina.
Un grupo bullicioso se resguardaba bajo los toldos descoloridos del
Euskalduna.
—Eh, Crispu —le gritaron—, ¡qué suerte! Te andábamos buscando.
Eran los amigos del coche, chirriados hasta los huesos. Se notaba que habían
bebido a modo.
—¿Qué hay, chachos?
—Que nos largamos, Crispu. Te andábamos buscando.
El propietario del coche fue más explícito.
—Frío, agua, la corrida suspendida. El decreto en vigor.
—¿Qué decreto?
—El decreto de cierre. ¿Dónde te metes ahora, quieres decírmelo? Ahora nos
podíamos quedar y pasarlo bien, pero el decreto nos arroja a la carretera. Esto
es un funeral. Lo mejor es volver a casa. Allí cada cual se defiende como
puede.
—¿Pero nos vamos ahora?
—Cuanto antes, mejor.
—Oye, el caso es que yo había quedado con una chiquita...
—Ah, bueno, pues quédate. Hay un tren hacia las doce.
—No me hace plan el tren.
—¿Vienes o no?
La bolsa no le llegaba para donjuán.
—Voy, claro que voy.
—Andando.
—Andando, pues.
Miró al café de La Marina. El toldo del café de La Marina tenia rayas blancas y
rayas azules. En el borde de la acera había palmeras y mecedoras. Junto a la
puerta estaba la chica del hotel Jai-Alai. La chica miraba a derecha e izquierda
con visible impaciencia. Era alta, morena y guapa. Dios, ya lo creo que era
guapa. También la del comptoir era alta y morena, pero la camarera tenía la
nariz remangada, una naricilla estupenda, un colosal garbanzo, como para
pasar la tarde al amparo de aquella nariz. Tulio era un mindundi, el temporal
algo realmente canallesco y también un poco favorecedor. El temporal lo
solucionaba todo. Alguien piropeaba a la chica del Jai-Alai y ella se sonreía.

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Críspulo sintió una punzada de celos, pero se la cargó al hígado. Entraron en
el coche.
—Espera —le dijo uno de la pandilla al propietario, que ya había encendido el
motor—, antes de arrancar pon la radio. Se coge mejor.
—¿Qué más da?
Puso la radio. La música llegó muy suave, como un sirimiri; luego fue
creciendo, sin llegar al temporal.
—Hemos tenido suerte. Corazón de violín me encanta.
—A mí también.
La chica del hotel Jai-Alai miraba a la derecha y a la izquierda. Tulio
Menéndez entraba en La Marina. Iba con dos compadres. Críspulo soltó una
palabrota.
—¿Qué pasa?
—Nada, que ahora veo a un tipo al que he estado buscando desde que os dejé.
La chica del hotel Jai-Alai miraba a la izquierda y a la derecha. Tulio, al entrar,
la miró de arriba a abajo. ¿De qué color tenía los ojos la chica del hotel Jai-
Alai? A lo mejor estaba pensando: "Los hombres son unos marranos, dicen
que vienen y no vienen". Eran unos ojos grandes, azules, almendrados, ¿o
quizás grises? Críspulo no se acordaba de qué color eran los ojos de la
camarera del hotel Jai-Alai. Se puso a pensar en ella mientras todos oían
Corazón de violín. Alcanzaron las afueras.
—Bueno, libre —dijo el del volante.
—Ten ojo, tú, que está el suelo muy mal.
—¿Tienes miedo?
—Vete a paseo. Te digo que el suelo no está para bromas. Anda con cuidado.
—Y yo te digo que si tienes miedo...
—Además llevas lo tuyo encima. ¿Cuántas copas te has trincado?
—Bah...
¿Cómo se llamaría la chica del hotel Jai-Alai? Marichu o Arancha o Cecilia o
Josefa. Pensaba mucho en ella. Hubiera sido hermoso ir a los toros con
aquella chica y aspirar su perfume, que seguramente tendría el clásico fondo
de sopa de fideos. Los campos desaparecían bajo la lluvia y era tan densa la
cortina de agua que apenas se veía.
—Vaya verano —dijo uno.
—Sí, vaya verano —dijo otro,
—Es un verano mortal —dijo otro.
—Como invierno no es malo —remató el más chistoso de todos.
Críspulo se callaba.
—¿No dices nada del verano, Crispu?
—No tengo opinión formada.
La radio daba la música de Siete novias para siete hermanos. Críspulo era un
pionero leñador y la chica era una de las siete novias. Le fue quitando ropa
mientras la niebla se la ponía al puerto. ¿Pero de qué color eran los ojos de la
chica?

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—Dentro de un par de horas en Donosti.
—Sí.
Críspulo estaba con la chica del hotel Jai-Alai. Era alta, morena, de pierna
larga, la cintura buena y breve, el pecho entre solemne y cándido, la voz
caliente, la nariz menuda, ancha, tibia y palpitante como un pajarillo. Pero los
ojos, ¿de qué color eran los ojos? ¿Se llamaría Camino o se llamaría Begoña,
Alicia o Miren, Edurne o Carmenchu? Pero los ojos, ¿de qué color aquellos
ojos?
Críspulo no se enteró de que el coche patinaba. El coche salió por el borde
exterior de una curva, y rodó por el cortado. Dio tres vueltas antes de reventar
contra unas rocas. Luego empezó a arder.

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HERMINIO, EL DEL BAR

El campo tenía cuatro bares, uno en cada esquina, y los cuatro bares eran de
Herminio González. A Herminio González le dieron el bar del campo porque
había sido jugador de fútbol. Herminio nunca pasó del equipo reserva y
solamente una vez se alineó con el primer once. Para que esto sucediese
hubieron de producirse, al alimón, dos hechos fundamentales que ningún
buen aficionado había podido olvidar: una racha de lesiones y un ataque de
hígado sufrido colectivamente por el Comité de Competición. De esto hacía
ya muchos años y quizás el único que no se acordaba de ello era el propio
Herminio. El público, en cambio, hablaba del "año de las lesiones y los
castigos" con esa memoria popular para las catástrofes: "la gripe del 17", "la
inundación del año 8" o "las elecciones del 36".
Cuando Herminio estaba en activo como jugador de fútbol, solamente
acudían al campo los jóvenes, algunos curiosos, unas parejas de la Guardia
Civil y los vendedores de naranjas, cacahuetes y caramelos. El campo estaba
todavía sin vallar, muy cerca de la estación del ferrocarril y a veces el humo de
las máquinas que maniobraban aburridamente en la tarde dominical formaba
cortinas de carbonilla ante la portería sur. Las porterías se guardaban en uno
de los almacenes de la estación y los chicos del factor —que era vocal de la
directiva— solían hinchar los balones los días de entrenamiento y los de
partido. Los entrenamientos duraban horas y horas y no los dirigía nadie.
Acudían al campo los jugadores y se estaban dándole a la pelota hasta que el
sol, como un balón que cayese en las próximas huertas, se ocultaba tras de las
matas de habas, las lechugas y las coles. Acudían también los aficionados más
distinguidos de la localidad, se quitaban la chaqueta, el cuello duro, el chaleco
y la corbata, se remangaban ligeramente los pantalones y formaban equipos de
hasta trece y catorce miembros —si la tarde era muy buena llegaban a formar
en cada bando como veinte o veinticinco personas— y allí se estaban las horas
muertas arreándole patadas a la bolita. Todos los jueves y los primeros martes
de cada mes, contemplaban estos entrenamientos los chicos de los colegios.
Los martes solía ser el paseo de émulos, y entonces el público infantil quedaba
reducido a la mitad, porque la otra mitad permanecía en el colegio hincando
los codos. Los chicos corrían detrás de los balones que rebasaban la frontera

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legal y a veces había que reclamarlos con cierto imperio porque se daba el caso
de que se entretenían mucho antes de devolverlos.
Los jugadores vagamente profesionales se distinguían de los que no lo eran en
que se duchaban debajo de uno de los alimentadores de agua de las
locomotoras. De la cantina de la estación traían vino con gaseosa y pan con
chorizo, y de vez en cuando lo mismo los jugadores que los aficionados se
acercaban a una de las porterías a echar un trago y pegar un bocado, lo que no
les impedía entrar al ataque o a la defensa cuando el balón pasaba junto a la
sabrosa muga. Por el próximo paseo se veían parejas de novios, curas,
catedráticos, seminaristas con becas de colores, y familias que daban una
vuelta fuerapuertas, y se oían hacia el castillo cornetas militares; en los
atardeceres de primavera siempre había algún jugador que se quedaba solo
tirando a gol y el balón resonaba casi metálicamente. Ese sonido le recordaba
a Herminio una novia que tuvo y que también solía esperarle en uno de los
bancos del paseo.
Ahora todo era distinto. La estación había desaparecido y el paseo también. El
paseo era una calle y los más viejos recordaban que la fuente de la Luz debía
de encontrarse debajo de la portería del número 14. La fuente de la Luz era un
pequeño manantial que servía a la gente menuda de referencia para jugar al
tesoro. Los tesoros se escondían siempre a tantos pasos a la derecha de la
fuente de la Luz, o a tantos a la izquierda, y en algunos casos se complicaba
también a la sombra que daban los árboles a determinada hora. La fuente de la
Luz yacía bajo tierra y cemento, probablemente igual que Eddie Polo, que
había sido el inspirador del juego del tesoro.
Ahora todo era distinto. Los balones los hinchaba el conserje a máquina; un
entrenador dirigía los entrenamientos desde la banda y también desde el
mismo terreno; los entrenamientos eran a puerta cerrada, con chandal la
mayor parte de las veces; los periodistas exhibían su carnet para poder asistir a
ellos; se hacían piernas, gimnasia y multitud de cosas así; se explicaban las
jugadas como problemas de ingeniería o de táctica militar; se pesaba a los
jugadores antes y después del partido; el club era una gigantesca oficina con
una nómina casi ministerial y en el campo había duchas, agua caliente, una
pequeña piscina, dos tribunas, servicios de damas y de caballeros, altas tapias,
como de fortaleza, y también cuatro bares, uno en cada esquina. El balón, a
veces, sonaba con aquella metálica dureza de otros tiempos, pero a Herminio
no le esperaba su novia, ni había parejas en el antiguo paseo y los verdes
huertos se habían convertido en una colonia de casa baratas que casi
quedaban en el centro mismo de la ciudad.
El primer bar fue un aguaducho y para entonces ya había caballeros maduros
entre los aficionados de la localidad. En los periódicos se hablaba del fútbol
como de un deporte y no como de un suceso más o menos curioso o social, y
el campo estaba muy lejos de la ciudad, cerrado por unos cañizos. Ahora, en
cambio, estaba metido en la ciudad y la directiva siempre especulaba con la
posibilidad de vender aquel terreno para la construcción, ganar muy buenas

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pesetas y llevarse el estadio a las afueras, como a un niño que le hiciese falta
tomar el aire. Cuando el campo se tapió por vez primera, Herminio levantó un
bar cerca de la caseta de los jugadores y otro en el extremo opuesto. Cuando
su antiguo club pagó por primera vez una prima de traspaso, el
acontecimiento coincidió con el tercer bar de Herminio, y cuando las obras de
ampliación del estadio resultaron insuficientes y hubo junta general para tratar
del asunto, Herminio instaló su bar número cuatro.
En todos los proyectos de un nuevo estadio la red de bares figuraba siempre a
nombre de Herminio. Herminio tenía sus empleados, pero él se ocupaba
personalmente de servir, con un par de ayudas, en el bar próximo a la caseta.
Un directivo algo fantástico le llamaba a aquel bar "la caseta solariega". Hacía
ya mucho tiempo que el fútbol había dejado de interesarle a Herminio como
deporte y como espectáculo, y nunca decía: "Aquella tarde que ganamos dos
cero al Madrid", sino que decía: "Aquella tarde en que hice una recaudación de
veinticinco mil doscientas veintisiete pesetas". El marcador era ya una caja
registradora y en el fondo él seguía el campeonato en las cuentas corrientes, en
las facturas y en el movimiento del mostrador. Podía decirse que le interesaba
más El economista que Marca. El invierno era de café y coñac; la primavera de
cerveza, gaseosa y naranjada; el otoño de café y coñac y de cerveza y gaseosa.
La victoria tenía el color del coñac y la derrota también, y el dinero de la
derrota y el de la victoria valían lo mismo en el banco.
Los cuatro bares eran idénticos, circulares y todos tenían un voladizo para
preservar a la clientela de la lluvia y del sol. Herminio dormitaba durante los
partidos y sólo se despertaba como los buenos viajeros nocturnos, esto es, al
llegar a las estaciones, en este caso al gol. Distinguir si el gol era favorable o
desfavorable estaba al alcance de cualquiera, aunque ese cualquiera fuera un
profesor de sicología. Al bar de la caseta llegaban los "hinchas" nerviosos, los
que no podían quedarse en casa ni tampoco contemplar el partido. Se acogían
al bar de la caseta como a una iglesia, y Herminio los veía retorcerse las
manos, hacer muecas y aspavientos, sufrir de un modo espantoso, incluso
pedir tila, aunque la mayoría de ellos siempre pedían coñac, sin que faltasen
los partidarios del chinchón o la cazalla. El coñac, observaba Herminio, era la
panacea universal, un curalotodo superior.
Había supersticiosos que creían que mezclando dos marcas favorecían la
marcha de su equino; otros que dejaban de fumar si el "club de sus amores"
no carburaba bien o atravesaba un bache peligroso; y no faltaban los que, con
disimulo o sin él, se santiguaban cada vez que la delantera propia acosaba la
red enemiga. Cuando el partido terminaba solían acercarse al bar de la caseta
los amigos de los jugadores, los guardias de servicio y también los que querían
pegarle al arbitro. Todos los bares del campo cerraban hacia la mitad del
segundo tiempo, pero el de la caseta, no; el de la caseta se quedaba abierto
hasta más allá del final del partido. De su cafetera salían los cafés para los
jugadores y de su cueva fresca las cervezas y las gaseosas para los chicos
agotados por el esfuerzo, y también para el equipo arbitral, los directivos y los

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oficiales de la policía. Los periodistas echaban allí la espuela y Herminio, con
el conserje, era el último en abandonar el campo.
La tarde dominguera, tan de colorines, le ponía triste. Recordaba que al fútbol
iban ya las señoras y los ancianos, que el fútbol era más viejo que él, y ni
siquiera la abultada cartera en que llevaba las recaudaciones de los cuatro bares
le consolaba del tiempo pasado. Escuchaba la voz metálica de los balones del
atardecer, olía el humo de la estación y volvía a saborear el vino con gaseosa
de los porrones de antaño. ¿Qué habría sido de aquella muchacha? Cada
domingo creía que iba a morir al llegar a casa, pero cada domingo, al llegar a
casa, ponía la radio para escuchar los comentarios deportivos y luego leía un
rato en la colección de El Ruedo, que le gustaba mucho. A veces le lagrimeaba
el ojo izquierdo. Pensaba: "Se me ha metido una carbonilla"; pero él sabía que
no era eso. Sabía que eran las lágrimas de un perro viejo y triste las que le
brotaban del ojo izquierdo, que es el que está más cerca del corazón, y
entonces una tenue melancolía le sonaba como una música hecha de balones
metálicos y solitarios, de voces jóvenes en el paseo de émulos, del chistar de la
gaseosa en los porrones de vino, del agua gruesa y sonora de los
alimentadores. Le sonaba la música de la tardada provincial y arrabalera. La
juventud estaba lejana, fuera de juego, más allá de todas sus posibilidades.
A veces le dolía desde la muñeca al hombro izquierdo, pero eso era del reúma.

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EL DELANTERO CENTRO

La bandada de chiquillos se amorró curiosamente a la verja del jardín. Desde


luego que parecían pájaros absortos, pero no está bien el decirlo. Del pinar
bajaba un viento de entreacto, silvestre, fresco, con la resina divinamente
pulverizada; una verdadera delicia. Repicaba, gangoso y golfo sobre la piedra,
un bote de tomate que alguien confundía en las calles próximas con un balón
de reglamento. El cielo estaba alto y azul.
Los críos miraban al jardín del hotel Escorial con el mismo asombrado
respeto del turista que enfrenta por vez primera la proporcionada magnitud
del Monasterio y la Lonja. Los críos habían enmudecido y seguramente tenían
esa boca abierta de los perros nerviosos que esperan, desde hace rato, la
caricia del amo. Los críos oían la voz de sus héroes, veían a sus héroes beber
naranjada, veían al Viejo Caballero de las Olimpiadas y los Campeonatos, alto,
calvo y paternal, junto a la joven destreza de los que lucharían el domingo por
la tarde. Si Zamora llevase barba negra —pensaban los críos— sería Yáñez el
Portugués, y Eizaguirre era como Kammamuri, y César, dirigiendo el ataque
de los cachorros de Mompracén, era el mismo Tigre de la Malasia, Sandokan
en persona desencadenando la furia sobre el enemigo. Relumbraban los
chandales de entrenamiento como armaduras de antiguos caballeros, y hasta
se escuchaba el piafar de los caballos, pero eso era porque dos lecheros
bajaban por detrás del hotel hacia la Herrería.
Los chicos observaron que un hombre estaba entre ellos, también hocicando
sobre la verja, también con los ojos brillantes. Cualquiera que contemplase la
escena desde las casas fronteras, constataría que el hombre era de mediana
estatura, más bien delgado, y con esa imprecisa edad que no deja adivinarse
por la simple visión del cogote. Llevaba el hombre un traje cuidado, casi
veraniego, y se agarraba con las dos manos a la verja del hotel. Claro que no
pensaba igual que los chiquillos.
El veía a Zamora como a Zamora y a los seleccionados como a seleccionados.
Nada de fantasías. Bastante hermosura tenía el hecho por sí mismo para
encima añadirle retórica, imaginación y todas esas zarandajas. Zamora y los
muchachos de la Selección Nacional: ¿para qué más? Recordaba las tardes de
Bolonia y Florencia, la del Metropolitano frente a Inglaterra, las jornadas de
Amberes y tantas y tantas otras: se rió socarronamente al darse cuenta de que
casi sudaba con el calor de Maracaná. Conocía muy bien la prodigiosa

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peripecia de llevar el balón pegado a la bota y con un solo quiebro de cintura
lanzar a tierra a los dos defensas adversarios y quedarse ante el portero
enemigo con la mente fría y el cuerpo ardiente, con el aliento poderoso de los
graderíos en la nuca y en la frente, en el pecho y la espalda, en los tobillos, en
las ingles, en el empeine de la bota que va a golpear, en las pantorrillas y en los
muslos, en los brazos que se apoyan en el muro del aire para tomar fuerza, en
ese escondido rincón del cerebro que dicta bajito, bajito: "Amaga por la
izquierda, mira hacia la izquierda, indica con la mano hacia la izquierda... y
dispara hacia la izquierda, que ya el portero ha comenzado a orientarse hacia la
derecha".
Zamora hablaba con un periodista y los seleccionados charlaban
apaciblemente; había una partida de naipes y un botones se asomó a la puerta
gritando:
—Señor Basora. ¡Barcelona al aparato!
El seleccionador volvió la vista y se quedó mirando al hombre que estaba en la
calle, rodeado de chiquillos. Frunció el entrecejo como si dijese: "Esta cara me
es conocida y no sé de qué demonios sea". Hubo una pausa y se oyeron
trompetas de gloria, pero todos pensaron que quizás no fuesen tales
trompetas de gloria, sino la sintonía de una nueva emisión cara al público,
porque ya nadie cree en las premoniciones musicales, en los celestiales
cambios de suerte con timbaleros arcangélicos. Zamora se puso a hablar
vertiginosamente. El periodista asentía con gravedad, se diría que con un
heróico entusiasmo. Panizo, que iba a cantar las cuarenta, pegó el oído a la
conversación, dijo algo a sus camaradas y todos volvieron la vista hacia el
hombre que estaba fuera de la verja del jardín del hotel. El hombre creyó que
le sonreían, pero se razonó: "Seguramente está pasando detrás de mí una nena
de esas monísimas que hay". Zamora se levantó de la silla. El periodista, que
no bebía naranjada siguiendo las más viejas tradiciones de su oficio, apuró su
copa con un diestro golpe de muñeca que volcó el coñac, casi como un
cuerpo apretado, sólido, en su garganta, y siguió apresuradamente a Zamora.
El hombre veía la ancha sonrisa de Zamora dirigida hacia él, la ancha sonrisa
del periodista dirigida hacia él, y hasta el chasquido de la lengua en el paladar
del periodista, que así evocaba el coñac, parecía dirigirse a él. Le miraban los
porteros, los defensas, los medios volantes, los extremos, los interiores, los
arietes. Le miraban el masajista y el médico, el botones que llamó a Basora y el
mismo Basora, que acababa de terminar su conferencia con Barcelona, y a
quien Lesmes II soplaba algo al oído. Le miraban los chiquillos, únicos en
saber que las trompetas de la gloria no pueden confundirse con la sintonía de
una casa de fajas y sostenes. Zamora se aproximó a la verja con mucho garbo,
igual que si fuese andaluz y no catalán, igual que si fuese andaluz y al otro lado
estuviese una mocita. Comunicativo, simpático y cordial, lanzó su pregunta:
—Usted perdone, señor, pero, ¿no es usted Santiago López?
—Sí, me llamo Santiago López.

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Zamora marcó una cabriola retórica, dio una palmada y se volvió hacia el
periodista.
—¿No lo dije?
Y como presentándolo, añadió: —"Santiago López". Después se precipitó a
extender sus dos manos, tomar las de Santiago a través de la verja y repetir:
—Santiago, Santiago, toda esta mañana me la he pasado hablando de ti y de
cuando te vi jugar en el equipo de los Escolapios, y luego cuando jugabas en el
once de Farmacia allá por mil novecientos cuarenta y cuatro...
Repentinamente la cara de Zamora, antes abierta y confiada, se ensombreció.
Hizo la pregunta con un tono en el que no acertaba a enmascarar la angustia.
—Por supuesto, Santiago, ¿sigues jugando?
—Pues sí. Hasta hace poco...
Torció el gesto Zamora.
—¿Cuánto es poco?
Santiago sentía crecer la fuerza y la destreza en sus amplios pies de futbolista
aficionado, unos pies que echaba a reñir orgullosamente con los de Puchades.
Algo misterioso había en todo aquel tejemaneje de Zamora, y por si acaso
prefirió disimular:
—Bueno, poco es siempre poco.
—Por favor, Santiago, hablemos como dos hombres...
—Desde que estoy aquí de vacaciones. Un mes o así.
El periodista suspiró ruidosamente.
—Tienes la suerte de un elefante blanco, Ricardito.
Zamora se echó a reír.
—Menos mal —dijo.
Y volviendo de nuevo a cargar su simpatía sobre Santiago, le instó con palabra
entre autoritaria y suplicante:
—Vamos, Santiago, entra. Prácticamente, los muchachos y yo te estábamos
esperando.
Santiago se dirigió hacía la puerta del hotel mientras Zamora y el periodista
hacían el mismo camino por la parte de dentro. Zamora le dio un gran abrazo.
Los chiquillos comentaban entre sí: —"Fíjate, es Santiago López, ¿quién es
Santiago López?, anda, tú, este alilailó que no sabe quién es Santiago López
del Juventud Calasancia, menudo tío es Santiago López". Santiago les oyó,
pero con una modestia que exhalaba el tenue perfume de un prado romántico
cubierto de leves y fragantes violetas, se autodisciplinó: "¡Qué tontería! ¿Por
qué van a decir semejante cosa? En el fondo soy un necio imaginativo".
Los seleccionados se habían puesto en pie. Zamora, que estaba contentísimo,
se dirigió a ellos:
—Chicos, es Santiago López. Ya os hablé esta mañana...
Un acogedor murmullo de bienvenida y de confianza cubrió de rubor las
mejillas de Santiago.
Después las cosas fueron rápidas. Zamora dijo a sus muchachos:
—Bueno, cada cual a lo suyo, que yo voy a hablar con Santiago.

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Pasieguito barajó y Panizo protestaba:
—El caso es que antes yo tenía las cuarenta y ahora con todo este jaleo hemos
mezclado las cartas.
Pero nadie le hizo caso a Panizo. Pasa siempre. Biosca le atajó:
—Da las cartas y no hables tanto.
Un silencio densísimo se cuajó en el jardín del hotel. Piaban los pájaros. Una
turista inglesa se asomó a la ventana. Zamora se fue al grano.
—El caso es que no tengo delantero centro para el domingo.
Santiago se alarmó.
—Pero eso no es posible. —Señaló hacia los jugadores—. Ahí están...
El periodista metió baza.
—Perdona, Ricardo, pero ahora hablo yo. Mire usted, Santiago; ya se le
explicará todo a su debido tiempo, cuando lo tengamos en cantidades
suficientes como para perderlo en cháchara. Acepte, de momento, que España
no tiene delantero centro para el domingo. Métase usted esta idea en la
cabeza, báñese en ella, chapotee en la pura y transparente verdad: España no
tiene delantero centro para el domingo.
—España no tiene delantero centro para el domingo —repitió pausadamente
Santiago—: aceptado.
Zamora llamó al camarero.
—Dos coñacs y una naranjada...
Aclaró a Santiago.
—Porque tú, desde este instante, no debes beber más que naranjada. Sé que te
gusta el alcohol, pero los seleccionados no beben otra cosa que naranjada, y tú
estás seleccionado.
Santiago percibió el tono de mando que aquella voz desplegaba. Quiso resistir
vagamente, dulcemente, como una mecanógrafa a Tyrone Power. Quiso
explicarse, contar su historia, pero Zamora le atajó con dureza. Le brillaba en
los ojos la luz de la gesta italiana.
—No hay otro remedio. Con el permiso de don Sancho, entre Ramírez y
Cabot lo arreglarán todo. Santiago, tú jugarás de delantero centro el domingo.
—Que sea lo que Dios quiera —murmuró Santiago. Pensaba en que era
hermoso callar, sacrificarse y vencer. Después le hablaron de cómo habían
seguido sus triunfos, de cómo era incomprensible para todos el que
continuase jugando en el equipo de Farmacia y luego en el del Casino de su
pueblo y no se lanzase a los grandes clubs profesionales. César se acercó a
saludarle:
—Le deseo mucha suerte, Santiago —dijo.
Notaba cómo los jugadores le trataban de usted, con un respeto infinito.
Santiago le habló a César:
—Mira, de verdad te lo digo, Zarra y tú sois las dos cabezas mejores del
Occidente cristiano. Mucho más importante que Ortega y Zubiri, dónde
vamos a parar, y desde luego con más trascendentales servicios a España.

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Un camarero preguntó que dónde jugaban Ortega y Zubiri, y algunos se
rieron mucho.
—Son medios volantes sin equipo definido —dijo Santiago.
—Más bien medios voladores —remató el periodista.
Santiago acometió problemas técnicos:
—En Maracaná, con perdón, yo hubiera jugado de otra manera.
Le escuchaban como los fieles de una aldea el sermón del cardenal.
Faltaban cuarenta y ocho horas escasas para el partido. Santiago evitó el
reconocimiento médico con un truco muy burdo, pero que tuvo éxito: —"No
perdamos el tiempo en bobadas". Lo entrenaron frenéticamente toda una
mañana. Zamora dijo:
—Está bien, no hace falta más.
Gaínza le enseñó a tirar piedras y a dar todas en el árbol, en la lata, en la taza
de los postes de telégrafos. El cajero de la Federación, Palacios, entró en su
cuarto con un saco de oro y un recibo, pero Santiago lo rechazó diciendo:
—Nada, nada, esto para los equipos modestos.
Después el tiempo volaba como el viejo Gorostiza, como una bala roja y
fulminante buscando la pradera de los grandes goles. El domingo por la
mañana oyeron misa temprano. Luego hubo sesión de masaje. El Escorial
hervía de comentarios y seguramente lo mismo pasaba en toda España. Hasta
el pudridero se interesaba, por vez primera, en un tema tan popular. Antes de
que pudiera darse cuenta Santiago se vio sobre la yerba de Chamartín. Sentía
el gozo de los aplausos, la gloria de las banderas y un cansancio infinito. Trató
de sobreponerse. Les acosaron grandes bandadas de fotógrafos como las aves
guaneras de Chile. Sonaron los himnos y un silencio militar descendía sobre el
campo de la mano de un ángel de fuertes piernas. Después gritaron miles de
hombres y al poner en juego la pelota Santiago hizo la señal de la cruz, pero
aun así no rindió en el primer tiempo.
Durante el descanso —café, azúcar, coñac— Zamora le aconsejó:
—No me extraña que hayas flotado en el primer tiempo. Es un golpe muy
fuerte llegar a internacional como tú has llegado. Pero, ya ves, estoy seguro de
que ahora vas a tener tu momento. Lo verás venir. Hay algo que te lo dice:
éste es, éste y no otro. Hale, ánimo, te necesitamos.
Bajo la torre olímpica el empate a cero le recordaba la boca abierta de los
chiquillos cuando el antiguo meta nacional se acercó a él y le dijo: —"Usted
perdone, señor, pero, ¿no es usted Santiago López?". Entonces vio cómo le
llegaba el balón. La entera línea se lanzaba al ataque. Santiago sintió un
latigazo en los nervios, una enorme debilidad en los pulmones, una súbita
flojera en todos los músculos, pero haciendo de tripas corazón se animó:
"Aunque revientes, Santiago, aunque re-vien-tes". Le cantaban en el pecho las
voces de los oficinistas, de las mecanógrafas, de los obreros, de los grandes
propietarios, de un señor que no había encontrado entrada para los toros, de
los Gobernadores Civiles y Jefes Provinciales del Movimiento, de las señoras y
señoritas perfumadas con "Coty", de las floristas de "Chicote", de los

56
consiliarios eclesiásticos, de los periodistas, de las chicas de familia, de las
chicas de Montesa y Alcántara, de los quinielistas, de los chicos de los colegios
y de los del Frente de Juventudes, de los provincianos, de los banqueros, de
los quintos, de unos artistas blandos de cadera, de los chóferes, de las
chiquitas del Sacré-Coeur, de los estudiantes que habían escamoteado unas
importantes horas a los exámenes por no perderse el partido. Le cantaban en
el pecho todo el público, y la voz de Matías Prats, y también le cantaban las
infinitas salas y cuartos de estar y bares y porterías y sanatorios y cuarteles y
casinos donde en aquel momento se escuchaba:
—Recibe Santiago, muy bien, para la pelota y avanza, avanza en línea recta
desde la mitad de campo hasta la posición teórica del medio volante izquierda
enemigo. Le sale al paso el defensa central, le regatea, muy bien, hay un
titubeo, se hace con la pelota, sigue, sigue sin preocuparse de la defensa
contraria, regatea al dos, gana por pies al cuatro, avanza hacia Santiago el ocho
en una frenética galopada. Santiago está solo, solo, solo ante la puerta y se
dispone a chutar...
(Los corazones en el aire. Los cafés en el aire. Las copas en el aire. Los
viajeros en el aire. Una pareja que trataba de multiplicarse también se quedó
en el aire. Estaban en el aire los patios, las calles, las casas, todo estaba en el
aire.)
Santiago estaba solo, so-lo, SOLO ante la puerta y se disponía a chutar. Oyó el
gran grito de la multitud. En medio del clamor le pareció distinguir un grito:
"Cuidado". Sentía el galope de un adversario a su espalda y a la vez una
misteriosa lentitud se aposentaba en sus pies, en sus manos, en sus pulmones,
en sus nervios. "Mecachis, aunque palme", se dijo. Entonces le entró el ocho
como una centella, como un huracán, con la fuerza de las cataratas del
Niágara. El golpe en los riñones le dejó tambaleante, y luego algo le saltó a la
altura del tobillo, algo con un sonido de hueso: "Plac", hizo la bota contraria
sobre la pierna. Santiago se sobrepuso, fintó y el interior pirata cayó rodando.
Entonces Santiago disparó todo seguido, vio cómo el balón buscaba la red,
vio los ojos enfurecidos y pasmados del portero, se vio en los objetivos de la
legión de fotógrafos que estaban al acecho, vio que el balón brincaba dentro
de las mallas como una trucha rabiosa en un retel y luego se desmayó.
Palomeaban los pañuelos victoriosos, los purísimos moqueros del triunfo. La
chica le decía al chico: "Sigue ya, le pondremos Santiago", y era hermoso
saberlo.
—Despejen, vamos, despejen...
Un guardia municipal empujaba a los chiquillos. La gloria estaba allí, con su
túnica y su pechera como para Santiaguín. La gloria era una nodriza. Santiago
vio cómo Zamora y sus muchachos se retiraban hacia el interior del hotel. El
guardia, tercamente, repetía:
—Venga, venga, fuera de aquí, ya está bien de dar la pelmada. Ya se van a
cenar, moscones...

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Los chiquillos se largaron y gritaban: —"Pasa, pasa", y luego remataban sobre
una imaginaria puerta de oro. Santiago cojeaba al llegar a la terraza del hotel
Miranda.
—¿Qué te pasa? —le preguntó uno de la tertulia.
—Nada —se sorprendió—, nada, ¿por qué?
—Vienes cojeando.
—Ah, sí —se sonrojó al dar la excusa—: es que me torcí un pie en el pinar.
—¿Estuviste en el médico?
—Sí.
—¿Qué te ha dicho?
—Lo del conejo salió bien. Estoy sin cruces. Me quedan todavía unos seis
meses y me ha dicho que si me procuro "Rimifón" verá qué puede hacerse
para ganar tiempo.
—Enhorabuena.
Se acercó un camarero.
—¿Leche, como siempre?
—No —dijo Santiago—, no, hoy no; hoy prefiero naranjada, por favor...
Estaba cansado y le dolía el tobillo.

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LA CASETA

— ¿Cómo vamos de hora?


—Faltan treinta y cinco minutos. Van diez de la segunda parte, ¿entendido?
—¿Seguro? —vaciló Cecilio—. Por mi cronómetro...
—¿A qué viene preguntar entonces?
—Hombre, es que...
—Basta de conversación y atiende al juego, que tienes más nervios que un
filete de a real —liquidó Benito.
Benito era un periodista deportivo muy veterano y además muy gracioso.
Nadie decía tan bien como él esas frases ingeniosas así como la del filete de a
real, o "estás como un flan chino", y también esa de que "el arbitro no es que
esté vendido, es que lo han comprado", "anda, que si a ese linier lo colocan de
guardabarrera se carga el Talgo", y una vez que después de llamar
"enterradores" a los tres respetables miembros del equipo arbitral —uno de
ellos, comerciante en vinos y licores finos; el segundo, representante de una
marca de cafeteras eléctricas y el tercero, protésico dentista— dijo que los
jugadores contrarios "estaban más nerviosos que las terneras de la compañía
de Wagons-Lits", lo repitió por la radio, porque él se preciaba de buen catador
y sabía seleccionar sus hallazgos y ponerlos en el éter, que es donde alcanzan
una mayor popularidad. Benito era la estrella del mejor periódico de la ciudad,
el Píndaro de los once jugadores locales, un Klausewitz de la WM, y como su
tarea resultaba ya muy fatigosa para tanto renombre, había pedido que un
corrector con aficiones literarias se encargase de las casetas. Con este alivio él
podría dedicar más tiempo a los altos conceptos tácticos y estratégicos del
fútbol, a la caza de fulgurantes metáforas, de sólidos improperios, de
arrebatados loores y a la polémica con la prensa representativa de los eternos
rivales, de los rivales de primer año, de todos los rivales.
El corrector era un muchacho tímido del que algunos sospechaban que era
capaz de escribir versos, pero esto no pudo probarlo documentalmente ni
siquiera el otro corrector, que también aspiraba a encargarse de las casetas,
pero sólo por entrar gratis a los partidos y por pintarla un poco en bares, cafés
y peñas. El otro corrector lanzó esta insidia cuando vio aparecer en las
columnas del periódico, sin una sola errata, un poema titulado "Cuatro
violetas tiene mí alma" que había enviado un colaborador espontáneo.

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—Ándese usted con ojo —le dijo a Benito—, porque yo le he visto a ese tío
corrigiendo las "Cuatro violetas" y le digo que las cuidaba mucho más que las
soplagaiteces que suele enviar el hijo del Gerente. A las pruebas me remito: ni
una coma faltaba, nada.
Pero la acusación no prosperó y Cecilio fue encargado de hacer las casetas y
ahora estaba muy nervioso en la tribuna de prensa y a la izquierda de Benito.
Cecilio pasó revista a sus bolsillos. Sus dos manos eran como chuchos
inquietos, como cachorros inocentes que olfatean, tocan y muerden un hueso
viejo y roído. Volvió a tactarse el bolsillo exterior izquierdo de la chaqueta
para comprobar que allí estaba el bloc de notas; se metió la mano izquierda en
el bolsillo interior derecha de la chaqueta y, efectivamente, allí permanecían la
parker, el lápiz estilográfico de punta tricolor y un bolígrafo barato, anuncio
de una marca de medias, pero que funcionaba bastante bien; no se habían ido,
ninguna deserción por esa parte. Hizo una apresurada encuesta en el bolsillo
exterior derecho de la chaqueta y le respondieron a lista un lápiz menudo, un
cacho de papel de teletipo, muy doblado, y otro papel, que rechazó con
sagrada indignación, porque era poco a propósito para un hombre que dentro
de poco tendría que convocar a las musas. El lápiz era apenas un cabito,
corriente, semiblando, y estaba muy mordisqueado de punta a rabo porque lo
había extraído del dietario de su madre, y su madre lo empleaba —claro— a la
hora de hacer la cuenta y solamente a fuerza de estrujar el lápiz entre los
dientes le respondían con toda fidelidad las sumas difíciles y no le fallaba por
arriba del cinco la tabla del nueve, que es de garabatillo.
—¿Quieres estarte quieto?
—Pero, compréndalo, don Benito, es mi debut.
Jugadores de dominó, correlativistas impenitentes, adoradores del chamelo,
ases del tute, asmáticos perdidos, matrimonios que se alejaban del íntimo
bostezo entre la multitud, quinielistas a la espera de resultados, polemistas de
café con leche, peñistas de los casinos, lectores de la Vida de Gaspar Rubio,
escépticos en materia de todas las materias, novios que se achuchaban
ligeramente a cada gol; "has visto qué maravilla, mujer, de tacón, gol de tacón;
ay, hijo, es que los nuestros son un cielo"; y se daban pequeños besos,
furtivos, cándidos y leves besos como pichones distraídos y acostumbrados;
pandillas de muchachas solas que gustaban de oler a embrocación y que se
decían por la bajo: "fíjate que espaldazas las del 8, y qué bonitas piernas las del
11, tan rápidas, tan viriles, tan aventureras, con tanta fuerza, y qué encaje de
boca el del 6, una adoración de encaje", y que encendían un pitillo en el
descanso y a veces cuando el juego estaba azaroso y también si un joven
abogado de mucho porvenir las miraba insistentemente entre jugada y jugada;
muchachos para quienes el fútbol era una América fácil, El Dorado a la vuelta
de casa; oficiales que atendían al campo desde las localidades altas como al
cajón de arena, y que veían en los ataques por las alas y la atracción por el
centro viejas normas de la escuela militar; todos los que permanecían
silenciosos en su hogar, los valientes callados y los cobardes vociferantes; y

60
además el público, el público de cine, de teatro, de frontón, de sala de baile, de
cabaret, de otras instituciones más reservadas; y además los deportistas, que
eran los que siendo chamelistas o tenorios o simple público, llevaban en el ojal
la insignia del club y jadeaban al tomar un tranvía; toda esta masa ululaba, y
ululaba también, en los ratos que su preocupación profesional le dejaba
libre, el propio Cecilio. Benito se ocupaba de instruirle.
—Fíjate, melón; al cuatro, esto es, a Pérez, no dejes de preguntarle si cree o
no en el penalty, ya sabes, una pregunta con mucho picante, porque Pérez es
el rey del penalty, tiene patentado el penalty, se inventó el penalty el muy
cochino. Pérez es un guarro carpetovetónico de la peor especie.
Carpetovetónico quiere decir animal, así es que ya sabes lo que te juegas al
hacer la pregunta, pero, hermano, esa es nuestra profesión, ahí está su
servidumbre, y en la gloria su grandeza. Ya ves tú, no hay manera de que yo
pague un vermú desde aquella final que jugó el Real Unión de Irún; siempre
me convidan... "Venga Benito, uno con gotas aquí; oye 'Taquete', ¿qué quieres
tomar?; vaya palo que le arreas a la Federación, majo, eso hay que mojarlo". A
veces pienso que la gloria es una copa de vino español, una especie de vivir de
gorra entre felicitaciones y palmaditas en la espalda. "Hola, 'Taquete”, ¿qué
dices, 'Taquete'?, ¿qué se cuenta, Benito?, ¿hace un trago, 'Taquete' "? Pero
hay que meterse duro con la gente, purificar nuestro deporte, y ya sabes que
nuestro club es el más puro, el más noble, el que tiene los mejores jugadores
dentro de lo barato. Oye, apunta; al once, a López II, pregúntale si no estaba
fuera de juego al marcar el tercer tanto, si no se ha reído él mismo de ver que
el arbitro no le pitaba la falta, dile que le has visto morirse de risa, que no vale
negar, que con los prismáticos casi has alcanzado a "oír" lo que le decía a su
ariete entre carcajadas. Díselo, lleva fama de hacer muy buenos chistes sobre
los árbitros, pero es muy comedido en sus respuestas. Tú observa de qué va,
sigue la pista de cada jugador enemigo, hazle la pregunta que más le duela, la
que más le incomode y verás lo que es canela y que los días más bonitos de la
semana son los martes, cuando la gente se ha tragado lo que has escrito y
venga de vermús, de copas, de comentarios, de querer sacarte secretos. Eso es
más que la Academia, chico, te lo digo yo, que si hubiese querido...
Cecilio se notaba ligeramente mareado. Para él la gloría equidistaba del éxtasis
y de la estatua, pero en la gloria no creía que hubiera aceitunas rellenas ni tapas
de calamares. Ni Pérez, ni López II, ni el 5, ni el 7, le interesaban demasiado
como interlocutores, pero al tiempo quería hacer carrera en el periodismo y
conseguir un huequecito en la redacción y cuando lo tuviera hecho meter
cuentos y versos, sobre todo versos, y pensaba que las chicas de la ciudad se
diesen con el codo al verlo pasar bajo sus balcones y se dijesen las unas a las
otras: "Ahí va el poeta. Es muy desgraciado, pero qué maravillosas son sus
composiciones sobre la infelicidad, muñeca. Son como boleros de Machín,
que ya es". Y él pasaría abrumado por la pena y por alguna que otra flor
natural y quizás con la fama consiguiese un puesto en la oficina de seguros de
don Toribio, un puesto para las tardes.

61
Benito "Taquete" le dio la alternativa cuando menos la esperaba. En realidad
Cecilio no estaba en la tribuna de prensa, sino en el Olimpo, junto al Dante, a
Gabriel y Galán y al autor de ese poema sobre la Infanta Isabel, "la Chata",
que va a los toros y que un golfo la ve y grita, "la Chata, he visto a la Chata", y
entonces lo sacó de su arrobo Benito, el gran "Taquete", y le dijo:
—¿Ahora no preguntas la hora, tarugo, ahora que tienes que salir zumbando
para la caseta? Ya lo sabes, tú haces la de los forasteros, que así revienten,
porque en los diez minutos que quedan no remontamos la diferencia ni
aunque se nos llenen las botas de cobalto.
Cecilio se levantó mientras Benito le aleccionaba ante la gran prueba.
—No olvides mi consigna: picante, mucho picante. Es lo que hace a los
periodistas americanos, la salsa que escuece, la agresión literaria. Hale, jopa,
que es tarde. Tú cázalo todo, obsérvalo todo, cómo entran, cómo se duchan,
qué dicen; pregunta, zumba como un mosquito, mete el aguijón, búrlate de los
directivos, diles que a cuánto les sale cada golito de su astro, en fin, ingenio,
ingenio; inventiva y picante. Hale, chaval, suerte.
Cecilio bajó la escalerilla. Estaba ya en el paseo de preferencia cuando le
atrapó el vozarrón de Benito.
—¿Has pensado el seudónimo?
Fue a contestar que sí, que iba a firmarse "Olimpio" o quizás "Amadís",
porque él consideraba la caballería andante como el más noble y viril de los
deportes, pero finalmente respondió que no, que aún no lo había pensado,
porque resultaba muy embarazoso explicar a gritos desde el paseo de
preferencia lo de "Olimpio" y "Amadís". Se requería una mayor intimidad.
Enseñó el pase al portero de las casetas y antes de entrar echó un vistazo al
campo y vio que el campo quedaba muy hermoso y que eran bonitas las
banderas y los colores de los dos equipos y que el sol estaba detrás de la
tribuna de socios, asomando un poquito la coronilla, como uno de esos
aficionados que tratan de colarse, y que el sol era muy bueno después de la
lluvia. Pensó: "Así puede comenzar la cosa, hará bien". El pasillo estaba
oscuro y sólo en un rincón lucía vagamente una bombilla azul cubierta de
polvo. Alguien probaba las duchas. "Sale fenómeno la caliente", dijo, y ya no
se oyó nada más. Entraron corriendo los masajistas y Cecilio se apartó para no
molestar y pasaron junto a él los jugadores, sucios de barro, sudorosos, con
una gran fatiga a cuestas. Uno llevaba dentro de la boca un cuarto de limón y
lo escupió de repente y le dio en el brazo a Cecilio, pero la verdad es que no lo
hizo adrede, y aunque Cecilio se daba cuenta de esto le fue entrando una
cólera impotente y sorda y le costó mucho trabajo llamar a la puerta de los
forasteros, de los vencedores.
Llamó varias veces y no le contestaba nadie. "Pues yo ya he hecho lo que tenía
que hacer", pensaba, "y si ellos no me abren yo no tengo por qué entrar; sería
allanamiento de morada. A ellos les interesa más la publicidad que a nadie, de
manera que si quieren que me avisen a casa". Volvió a repicar con los nudillos,
esta vez enérgicamente, y entonces se apercibió de que la puerta estaba

62
abierta. Se oía dentro de la caseta un jaleo ferial, grandes voces, estruendosas
palmadas, el rodar de alguna botella sobre el suelo de cemento. Entró. Había
un agrio olor a humedad, a linimento, a sudores. El vaho de las duchas
insidiaba su cálida niebla en él ambiente y dentro de la niebla se veían
hombres en cueros, señores vestidos de punta en blanco, hombres medio
desnudos, un tipo tendido sobre una mesa mientras que el masajista,
uniformado con un chandal de color rosa fuerte, le daba friegas de la rodilla a
la ingle, y vio una azulina junto a unas botas sucias, una azulina mustia que se
había caído del ojal de un crítico forastero. Le conmovió la azulina. Otro
jugador estaba en el banquillo del rincón, despatarrado, dejando que una
botella de gaseosa se le vaciase a chorro, desde cinco dedos de distancia, sobre
la boca reseca; se le derramaba por la cara, por el cuello, por la barba, con un
siseo ridículo y además con la espumilla blancuzca del agua oxigenada. La cara
del jugador, satisfecha y cansada, le pareció extraordinariamente digna.
Los enviados especiales trataban con mucha confianza a los jugadores. Se veía
que todos eran muy amigos, que ni unos ni otros pagaban el vermú nunca
porque todos eran gloriosos. Hablaban como quien está de vuelta y el ardor
de la partida se había quedado en la pradera, como el papel sucio de una
merienda, como una lata de sardinas desventrada, como un casco de botella de
cerveza roto. Para Cecilio, aparte de la timidez, había otra dificultad, y es que
ya nadie tenía puesta la camiseta y por más que miró a las espaldas desnudas
de los futbolistas no vio que llevasen tatuado el número. "Deberían ir
marcados, igual que los gladiadores", y sacó el lápiz y apuntó la idea y luego
añadió una nota: "Mirar en E. si iban marcados"; aún especificó más para no
confundirse: "los gladiadores". El E. era el Espasa del periódico. No
encontraba al 11, ni al 4, ni a ninguno de los que le indicara Benito. En el
campo los jugadores le habían parecido casi colosos, gentes muy musculadas,
atléticas, de mayor estatura que la normal, y en la caseta se encontraba con una
bandada de chiquillos desnudos, de no excesiva fortaleza, entre desamparados
y golfos, y sólo la calva de uno de ellos ponía cierta seriedad cronológica en el
conjunto. La calva era la bandera de la edad, la dignidad, el saber y el
gobierno. Escuchó las conversaciones de los periodistas forasteros con los
jugadores.
—¿Os quedáis esta noche, Luisito?
—Si, menos mal. ¿Sabes de algo?
—Bueno, ésta es una ciudad que conociéndola se pasa bien. ¿Nos vemos en el
hotel?
—Seguro. Traje una botella de Vat 69.
—Dios te bendiga.
—Podemos ponernos a tono, ¿te parece?
—Hecho. Yo voy ahora para allá y en cuanto me cante la crónica, al avío.
Un directivo le comunicaba al entrenador que la prima era de cinco mil
pesetas y un jugador refunfuñaba al oírlo y el entrenador le decía: —"tampoco
es el Barcelona el equipo al que han ganado, ¿no?"

63
Los de la radio entraban con el magnetofón.
—Oiga —dijo Cecilio—, soy prensa, prensa local. Dígame, ¿qué sintió al
marcar el gol?
—Lo lamento, yo no marqué ninguno.
—Oh, perdone.
—Fue ese grullo de ahí, el que se quita las botas.
—Gracias, señor.
El jugador le miró extrañado y siguió sacándose la raya. Cecilio se fue para el
grullo. Le hubiera gustado más preguntar esto y lo otro a André Maurois, pero
comprendía que por algo se empieza.
—Oiga, enhorabuena...
—Gracias.
—Soy prensa, prensa local, ¿sabe? Hago la caseta forastera y me gustaría saber
para mis lectores qué sensación experimentó al marcar el gol, orgullo, alegría,
qué sentimiento le dominaba más en aquel instante, ¿me entiende? es para una
seccioncilla especial, fuera de lo corriente, vamos, lo que usted sintiese, de lo
que se acordase, por favor, no lo piense, sin pensarlo...
El grullo receló. No le importaba decir las cosas sin pensarlo, porque eso en él
era una vieja costumbre, y quizás el otro jugador se reía porque no ignoraba
que no pensar era lo que mejor se le daba a su compañero.
—No contesto —dijo.
(Por cositas así venían los líos, las amonestaciones, los pitorreos y quién sabe
si la sanción económica, la dichosa multa.)
—Pero, hombre, por favor; mire, si no se trata más que de saber cómo
reaccionó usted en el momento estelar de su propia victoria...
—Nunca contesto. De verdad, nunca contesto. Salude a la afición, un saludo a
la afición, eso sí. —Se esforzó con buena voluntad para decir algo brillante, y
lo dijo—. Me gusta saludar a la afición. Me gusta meter goles. Me gusta
saludar a la afición, a la de aquí, a la de mi club, en general a toda la afición.
Cecilio oía a los demás. Resultado justo, partido bien jugado, quizás poco
margen en el marcador para la diferencia de juego, aunque los contrarios lo
hicieron muy bien, duros, limpios, con ganas, un buen equipo, el público
bueno, algo chillón, pero es natural, eso es natural y a todos nos agrada que
nos animen, no hay nada de traspaso, ni pensar en el fuera de juego, preteriría
terminar mi vida deportiva con esa camiseta, no hubo fuera de juego, qué va a
haber fuera de juego, yo soy un profesional, ahora concluye mi contrato, ya
veré las ofertas, me quedan pocos años y he de aprovecharlos, estoy bien,
saludo a la afición, lo del menisco pasó a la historia por fortuna, buen fútbol
por ambas partes, han tenido suerte con aquel tiro en el larguero, me resentí
de la rotura de fibras, ya veremos qué dice el doctor, arbitraje perfecto, no
diga que orsay, si no se me cruza González, saludo a la afición, etcétera,
etcétera, etcétera.
Cecilio salió de la caseta por la puerta de atrás. Pisoteando en los charcos
esperaba la chiquillería con sus cuadernos de autógrafos. El autobús de los

64
forasteros era amarillo, muy grande, con butacas de avión y el chófer tenía la
radio encendida para escuchar comentarios de la jornada de Liga. En la puerta
de la tasca de enfrente, bajo la desnuda parra, había un corrillo de aficionados
locales que se consolaban de la derrota pegándole tientos a un porrón de vino.
El vino era claro, delicado, transparente. Uno de los balcones de la casa estaba
abierto y asomadas a él con llamativo recato se veían tres chicas muy guapas,
como excitadas aún por lo reciente de la pelea deportiva. Miraban hacia la
puerta de la caseta y una de ellas se colocaba unos claveles sobre el pecho y
otra levantaba los brazos y ponía sus manos tras de su pelo y se lo arreglaba y
hasta miró un momento a Cecilio y éste creyó oír: —"Ahí va el poeta" y
aceleró el paso y fue pisando los calcaños a la multitud en retirada y llegó a la
ciudad derrengado, melancólico. Lleno de una invencible tristeza. Quería
tomarse un coñac porque el campo estaba mojado y porque la atardecida en el
arrabal le había llenado de melancolía y morque era imposible que la chica que
se arreglaba el pelo hubiera dicho "ahí va el poeta".
En el café se encontró con Benito. Benito estaba bebiendo un gin-fizz con un
periodista forastero y un directivo local.
—¿Qué tal te ha ido, quintorro?
No sabía qué responder. Benito pontificaba en la barra mientras que el
camarero, atento a sus menores gestos, le marcaba con fuentes de banderillas
variadas.
—Bien; vamos, para primera vez. Quizás me he aturdido un poco...
—Pásamelo mañana a la mañana porque necesito tener esa caseta para
conjuntar. ¿Ya has pensado en el seudónimo?
—No; tengo algunas ideas, pero sin decidirme por ninguna.
—Eso te falta a ti, decisión, mordiente. Yo pensaré esta noche, algo se me
ocurrirá. Se me dan bien los seudónimos; ya ves el mío, "Taquete", pequeño
taco, taco de bota, taco dialéctico, taco de billar: bocadillo; hay un elemento
nutritivo, otro profesional, otro polémico, bolas y aún más; en fin, ya ves que
tengo, modestia aparte, cierto talento para estas cosas. Yo te lo pensaré.
—Gracias, don Benito.
—¿Quieres tomar algo?
—Gracias. Le dejo con sus amigos.
—¿Qué vas a hacer ahora, hombre de Dios? Quédate con nosotros.
—Me voy al cine.
—No habrá entradas. ¿Tienes entradas?
—Tengo el pase de don Mariano, ¿sabe?
—Bien, bien, como quieras. ¿Qué vas a ver, Destino sangriento?
—No, no; voy a ver La dama de las camelias.
—Pero esa es más vieja que el Racing.
—Sí, quizás más, pero me hace ilusión.
—Allá tú.
—¿Manda algo?

65
—Que te diviertas. Y recuerda para mañana: picante, no te me salgas con
romanticismos.
—Descuide.
Benito se volvió al periodista y al directivo.
—Es buen chico y puede que con un tratamiento especial se consiga algo de
él, pero me temo que sea cierto lo que me han dicho...
—¿Qué, qué?
—Que es poeta.
Lo dijo como quien dice: "que es sifilítico".
—¿Poeta?
—Lo que oyes, el muy cabestro parece que tira un poco a la poesía.
—Se le pasará —opinó el periodista forastero—. Suele darse el caso de que
algunos, al empezar, se sientan inclinados a semejante vicio. Pero luego pasa.
—Dios te oiga. Tengo demasiado trabajo para andar vigilando a un insensato
que puede darte el susto de hacer una alineación así: Zorrilla; Bécquer,
Espronceda, Lorca; Góngora, Lope; Campoamor, Marquina, Ardavín, Nieto,
Villaespesa.
—De todas maneras, yo a Bécquer lo quitaría de la defensa. Mejor de
extremo.
—Sí, mejor de extremo.
El cine estaba dos bocacalles más allá. Enserió el pase. El acomodador le dijo:
—"La siete, el número dos. ¿Es que don Mariano está enfermo?". "No, es que
tenía merienda después del partido". Se sentó a oscuras. Tenía una pareja de
novios delante. Escuchaba a una pareja de novios detrás. A su izquierda había,
también, una pareja de novios, y los obispos de! No-Do bendecían las parejas,
los pantanos, la concentración parcelaria. Había proyectiles estratosféricos y
una inundación en Missouri y una carga de gendarmes en París y una
presentación de credenciales. Luego Margarita y Armando se saludaban muy
ceremoniosamente en la pantalla rayada y húmeda como si la inundación de
Missouri hubiese dejado rastro en ella. Margarita estaba muy hermosa.
Recordó a la chica del balcón, la que se ponía claveles sobre el pecho y
también los íntimos, los dulces brazos de la que se arreglaba el pelo. Cerró los
ojos para recordar mejor aquella pequeña y tibia tiniebla. Margarita y
Armando hablaban; él le decía su amor y ella resistía vagamente. Miraría en la
Hoja del Lunes a ver qué se decía de la caseta forastera. Miraría en la Hoja del
Lunes a ver el comunicado de los médicos sobre la salud de Margarita. Miraría
en la Hoja del Lunes a ver si se publicaba un poema titulado: "A unos brazos
que vi en un balcón". Cerró los ojos de nuevo. Se sentía vencido, tristemente
vencido, dolorosamente vencido, muy alegre de verse vencido, arrullado por la
derrota y el amor, y unas lágrimas se le venían a los ojos, le desbordaban, le
dejaban inexplicable y maravillosamente tranquilo.
Uno de los novios dijo:
—"Te he dicho que me des la mano, cariño".
Margarita estaba en las últimas.

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LA FIESTA CHIQUITA

Desde los tejados, el agua escurría continuamente y se daba de bruces en las


aceras con la refinada constancia de un tormento chino. Sólo la que caía de las
gárgolas señoriales —bocas de león, de ciervo, de monstruos y quimeras— lo
hacía del modo solemne y brutal con que un señor de horca y cuchillo
traduciría al medievo la milenaria manera china.
Don Tomás se arrebujó un poco en las sábanas y luchó con desesperación
tratando de atrapar el sueño y llevarlo al buen camino. Quedó sobre el costado
izquierdo, resoplando, y, a un tiempo, la medrosa luz que se colaba por la
contraventana, mal cerrada, fue a dar en el chaleco del Presidente de la
Cámara de Comercio. Con aquel chaleco don Tomás adquiría su hermosa
prestancia de fuerza viva, y la Cámara de Comercio, por su parte, pastaba
cordialidad en la figura rechoncha y amable de don Tomás. Era una especie de
convenio bipartito que quitaba a la Cámara de Comercio su aspecto de
entelequia inasequible, aburrida y antipática, y barnizaba a don Tomás, a ratos,
con la seriedad de una excelente institución comercial. Las altas partes
contratantes salían ganando.
Cuando la luz iluminaba el segundo botón del chaleco y don Tomás peleaba
con el sueño fugitivo, precisamente acostado sobre el lado izquierdo, eran con
exactitud las ocho en punto por el meridiano de Greenwich. De la calle
llegaban un olor a humedad y un silencio profundo, que partió en dos el carro
del lechero al brincar desconsideradamente sobre el empedrado. Don Tomás,
somnoliento, sintió sed y melancolía. El día anterior había bebido mucho
coñac; nunca decía que no a una botella venerable, y el día anterior había sido
bueno para tratar con gentileza a millares de botellas venerables. El caso es
que así, de momento, don Tomás no podía recordar por qué razón había
copeado tanto.
El carro del lechero quedaba ya lejos y su rodar traía hasta la duermevela de
don Tomás un quedo rumor de lluvia. Tocaban a misa en la iglesia vecina, y
un chiquillo soplaba con toda su alma en un pito verbenero. Se oyó un breve
estampido de cohete. Debió de estallarle el globo en las narices porque el crío
lloraba con desconsuelo. Y entonces don Tomás se bebió de un trago el agua
agonizante que tenía en la copa. Tiró el tarro de bicarbonato y, refunfuñando,
cambió de postura. Triparriba abrió los ojos y miró hacia el techo. Pensó, sin

67
avergonzarse, que miraba a las estrellas. Se podía jurar que eran ya las ocho y
cinco por cualquier meridiano honorable.
Setiembre es el mes que proporciona más fantasía a los hombres que han
remontado los cincuenta, Don Tomás, al cumplirlos, dejó el Hotel de la
Amistad, donde vivían oficiales, estudiantes y algunos solterones
exclusivamente rentistas y joviales, y mudó sus bártulos al Hotel de la Plaza.
Un hotel serio, caro y respetable, con dos palmeras polvorientas en la puerta
principal y un comedor inhóspito y grave donde se hacían las reverencias más
campanudas y extrañas. En el Hotel de la Amistad nunca podía saberse a
ciencia cierta dónde estaban los calcetines y ni una sola vez consiguió el agua
caliente para el baño. En el Hotel de la Plaza imperaba un orden escrupuloso;
pero, en cambio, las doncellas no sonreían al dar los buenos días ni acertaban
a decir aquello que tanto le halagaba:
—Vaya, vaya, don Tomás, que usted buen tuno está hecho...
Tampoco se lo hubieran podido decir porque nunca dio motivos para ello,
pero las camareras del hotel de la Amistad si no encontraban el motivo sabían
provocarlo. Había una que solía ser amiga de los pelotaris y otra que se colocó
en el "Royal" de Zaragoza y también las había que ahorraban para casarse.
Los pasillos del hotel de la Plaza tenían un aire de quirófano, y nadie
medianamente digno podía arriesgar un pellizco por miedo a que le dijesen:
—"Respéteme, señor, ¿no ve que acaban de extirparme una úlcera de
duodeno?". La dueña no sólo no había sido cupletista sino que don Tomás
sospechaba que nunca cantó un cuplé y estaba seguro de que si se ponía a
buscarse la pulga, la encontraría en seguida, sin más historias. Le costó
acostumbrarse, pero en cuanto cambió de hotel cambió de pellejo, de
costumbres y de bebidas. Con la primera botella de agua mineral firmó por
vez primera como Presidente de la Cámara de Comercio. Se aburría don
Tomás, movilizado para la seriedad. Por eso, setiembre, el mes de las avispas
—con su talle de bailarinas—, del mosto y de los días enternecedores, le
volvió un poco tarumba, reintegrándole a la calaverada. Setiembre es como
una viuda joven dos años después y también como un vino ligero y frío que
deja la cabeza lúcida pero ataruga un tanto las tabas y como un gallo maduro y
levantisco y muchas cosas así de bonitas es el cochino y dulce setiembre.
La cosa vino en volandas, demasiado fácil. Todo el mundo barajó sus
ilusiones al aire de don Tomás y ahora don Tomás se esforzaba en encontrar
una disculpa a su fantasía.
—Señores —y rememoraba con irremediable satisfacción lo atentamente que
le escucharon—, no debemos dejar que pasen las fiestas pequeñas sin divertir
a nuestros convecinos y ganar algunos duros. Mi plan es sencillo: una corrida
de toros, unos fuegos artificiales, una compañía de revistas, baile en el Casino,
baile en la plaza y día feriado. Los aldeanos tienen el dinero del vino en el
bolsillo del chaleco. Les compran la cosecha en las mismas cepas. Vamos a
darles la ocasión.

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—Tomasito, acuérdate del equinoccio. Llueve siempre. En veinticinco años
nunca ha dejado de llover con las fiestas pequeñas. Por algo dejaron de
celebrarse.
—Eso fue una racha.
—Eso es el equinoccio.
—El equinoccio, ¿qué le importa a la Cámara de Comercio el equinoccio?
Y de verdad se sentía capaz de domar a la Naturaleza. Se veía con un látigo en
la mano haciendo que el equinoccio saltase por el aro de la plaza de toros.
—Si llueve hacéis las diez de últimas tú y la Cámara de Comercio.
La objeción era razonable para hecha en enero o en julio o inclusive en
agosto, pero era ya el primero de setiembre, y además, don Andrés llevaba
fama de gafe y de enemigo de don Tomás. Por eso no le hicieron caso.
Comenzaron a contratar espadas, vinieron los toros, y el mismo día en que
don Tomás pidió conferencia con Madrid para ponerse al habla con Lucinda
Piñol, un viento de emoción sacudió el hotel de la Plaza y una camarera se
despidió porque algo le decía que su virtud no estaba segura en aquella casa, y
es que don Tomás había rechazado el agua mineral y se servía el vino en la
copa grande. Se encendían los gallardetes del festejo y las gentes hablaban de
don Tomás con entusiasmo y hasta algunos hablaron de ver si se le podía
hacer procurador en Cortes por medio de la Delegación Nacional de
Asociaciones y se cursaron telegramas en este sentido.
—¿Hay noticias del equinoccio? —solía preguntarle don Tomás a don Andrés
en cuanto se lo encontraba por la calle.
Don Andrés miraba el sol y cerraba sus ojillos pitarrosos.
—Todo se andará, Tomasito, todo se andará. Setiembre, entretanto, avanzaba
calmosamente y su sol era tan feliz como el de la primavera y tan dorado
como el del otoño. Un otoño es una primavera vuelta del revés, pero don
Tomás estaba seguro ahora, en mitad de la resaca, de que aquella no era razón
suficiente para esgrimirla como excusa en el pleno de la Cámara de Comercio.
"Señores, el sol de setiembre se nos metió en la cabeza. Un día de fiesta,
arrecaballico de los últimos días del verano y los primeros del otoño, es un día
de primavera. Considerando así las cosas..." No, no; aquello no podía decirse
en el salón de los plenos, al pie del bronce de una señora bastante apetecible
que representaba alguna virtud propia de tenderos, según sospechaba
vagamente don Tomás, que en esta clase de apreciaciones siempre usaba la
medida de la fila doble cero. Y el caso es que se daba cuenta de un amor
tardío e imposible ya. Estaba enamorado del cargo, de las tarjetas del cargo y
de las obligaciones del cargo. Le gustaba visitar al Gobernador, escribir cartas
al Alcalde, proponer algo a la correspondiente sección del Ministerio, fumar el
"Bisonte" del Ministro y recibir a los periodistas un par de veces al año.
Tocó el timbre. Haría lo posible por salvar su idilio. Estudiaría una fórmula de
compensaciones, a costa, si era preciso, de su propia fortuna. Bien podía
permitirse la última fantasía.

69
El día anterior, el equinoccio dio la razón a don Andrés. Seguramente que el
equinoccio se había puesto de acuerdo con aquel insufrible malagorero que
nunca le perdonó dos bofetadas maestras en los claustros del Instituto, por
causa de la hija del conserje, la rubichi, y aprovechando el descanso entre la
clase de Geografía y la de Rudimentos de Derecho. Don Tomás, pues, se
preparaba otra vez a defender su amor. Otra vez y de nuevo frente a don
Andrés. Humanizando su pelea pensó en que luchaba por galantear a la dama
de bronce del salón de plenos.
¡Cómo llovió el día anterior! Desde el amanecer no hizo otra cosa que caer
agua con una cándida y burlona parsimonia que desesperaba a don Tomás.
Los toreros insistieron en dar la corrida. Entonces el equinoccio, mediado el
segundo toro y con la plaza menos que medio vacía, jarreó de lo lindo. En el
baile del Casino todos los que habían apoyado su propuesta le miraban con
malos ojos, como si el agua estuviese diluyendo los billetes que pensaban
ganar. Don Andrés sonreía socarronamente. Igual que la estúpida doncella
que le entraba el desayuno. Y eso que Lucinda Piñol llenó el teatro y que el
baile resultó un éxito. Pero esos éxitos no decían nada en los bolsillos de los
que se arriesgaron por su culpa. Bueno, por culpa del sol de setiembre.
Después vino el coñac. Mucho coñac. Después vino Lucía Piñol. Mucha Lucía
Piñol.
Se vistió calmosamente y bajó al vestíbulo a darle un vistazo a la prensa. A las
diez estaban citados los miembros de la directiva. Allí iba a necesitar de toda
su dialéctica y, con seguridad, de su cuenta corriente. "Yo me hago cargo de
las pérdidas". Exactamente: ésta era la clase de gallardía que apreciaban sus
amigos. Contento de sí mismo, miró en torno. Tras una de las palmeras de la
puerta, que la servidumbre había colocado en el vestíbulo para que no se
mojasen, había una pareja de novios. Eran la niña del coronel y un muchacho
desconocido. Hablaban apresuradamente, y de pronto se quedaban mudos,
mirándose a los ojos con una noble tontería. Primero parecía que ya no tenían
tiempo para decirse todo lo que se querían decir, y luego era como si el tiempo
lo fuesen ellos inventando según sus propias necesidades.
—Ah, si no es por el baile de anoche —dijo él en un período creador— como
quiera te suelto el rollo. Chica, me daba un miedo imponente.
—¿Sí?
—Sí.
—¿De veras?
—¿Por qué iba a decirte otra cosa?
—También es cierto.
—Ya sabes lo que son estas cosas. El amor y todo eso, el decirlo, y mira que
ahora se dice con más naturalidad. Pero antes, que había que atenerse a la
fórmula: te amo... ¿Quién es capaz de decir: te amo?
—¿Había que decir: te amo?
—Como lo oyes. Igual que lo dicen Guillermo Sautier y Luisa Alberca en los
seriales.

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—Sería difícil decir: te amo.
—Figúrate. ¡Te amo!
—Yo también, mi vida. También yo te amo.
Trenzaron los dedos de un modo encantador e inverosímil. Don Tomás sintió
enorme aquel amor que se acabaría en dos semanas; lo sintió eterno y
grandioso. "Yo de lo que me hago cargo es de este amor", pensaba; ahora
pueden fastidiarse la Cámara de Comercio, la señora de bronce —a la que se
le puede hacer un favorcillo—, el equinoccio y don Andrés. Sus cincuenta y
pico se enternecían ante la palmera y los novios. Un licor gentil y amable se
aposentaba en sus venas en lugar de aquella inquietud que le consumía
minutos antes. Salió a la calle y se fue a la florista.
—Envíe estos claveles a la niña del coronel.
Y como la florista se sonriese indebidamente, don Tomás inventó con
prontitud:
—Es una especie de santo laico que celebra. Una broma que nos traemos con
ella. Quiero que vayan sin tarjeta para embromarla a la hora de comer. ¡Ah!, y
estas rosas, con una tarjeta mía, a Lucinda Piñol. Está en el hotel de la
Amistad. De paso, si usted me da un tarjetón, escribiré unas líneas.
Se sentó junto al mostrador. Olía a invernadero, a túnel fragante, a mañana de
bodas, a una chica que pasaba y también al repiqueteo de los tacones de la
florista. Don Tomás mordió la pluma. Don Tomás miró los tacones de la
florista y fue subiendo. Después escribió.
"Señor Secretario de la Cámara de Comercio.
Mi distinguido amigo:
El sol de setiembre se me metió en la cabeza, por lo que doy gracias a Dios.
Un día de fiesta, arrecaballico entre los primeros días del otoño y los últimos
del verano, es un día de primavera, porque, aunque no lo digan los estatutos
de la Cámara ni semejante proposición sea bien vista por el señor Ministro, la
verdad es que el otoño es una primavera vuelta del revés. En consecuencia,
pongo mi cargo a disposición de la junta directiva. Con este motivo felicite
usted a don Andrés y pídale en mi nombre que exprese mis más sinceros
saludos al equinoccio. De paso puede usted piropear, también en mi nombre,
a la estatua esa que hay en la sala de plenos". Y firmó sin vacilación tras de las
usuales fórmulas de cortesía, y aún añadió una postdata: "¡Qué cosa es el
equinoccio! ¿Ha amado usted alguna vez mientras el equinoccio ladra y menea
el rabo fuera y golpea con las patitas en los cristales? Pruebe, querido, y verá lo
que es canela".
—Oigame, señorita. ¿Esa canastilla de camelias está vendida?
—No, don Tomás. ¿A quién se la mando?
—Al Secretario de la Cámara de Comercio, con esta nota.
—Se hará como usted diga.
—¿Qué rosas le gustan?
—¿A mí?
—A usted.

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—Todas las rosas me gustan, pero estas blancas son una delicia.
—Póngame tres docenas y déme una tarjeta, que se las voy a dedicar.
—Huy, don Tomás, qué bromista amaneció el día.
Pero cuando don Tomás le tiró un pellizco comprendió que aquel era el regalo
de un hombre honrado que había amanecido en paz.
En la calle soplaba un airecillo fresco y helénico —concretamente del siglo V
a. J. C—; soplaba, sobre todo, en las esquinas, concediendo pliegues de
victoria a las faldas de las mujeres. Eran como las estatuas de un Fidias
maligno recriado en las tertulias chispeantes del hotel de la Amistad. Don
Tomás vio venir el sol tras del viento y dando un paseo marchó a su antiguo
hotel para preguntar si tenían su habitación disponible. No puede negarse que
don Tomás iba contento.

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EL CAFE DEL LUNES

Los lunes se levantaba tarde, y eso que los domingos se recogía muy pronto,
sobre todo cuando el equipo jugaba en casa. La ducha, la rueda de prensa, la
jeta hosca de la derrota, el sereno júbilo de la acostumbrada victoria, el
manoseo de la "hinchada" o la ausencia de fervorosos —según pintasen las
cosas—, el turno de comentarios fríos, desapasionados y profesionales que
hubiesen escandalizado la beatería de algunos cretinos que enronquecían en la
tribuna, en fin, todo adquiría el aire de un carrusel oficial, ensayado,
monótono y casi triste. Era como la sucia espuma de jabón que quedaba junto
a los desaguaderos. La tarde se volvía pringosa, maloliente y sudada, igual que
su camisola con el número 11, y así lo mejor era tomar el olivo por la puerta
de artistas, cenar ligeramente y en familia y después archivarse en la cama. En
la cama, por regla general, leía novelitas de agentes del F. B. I. y de rubias
espléndidas, muy cinematográficas; alguna vez también leía historias de
ingenieros morenos y modestísimos con una curiosa propensión a llamarse
Albertos y Rodolfos, y aristocráticas rubias, también espléndidas, por cierto,
pero más teatrales que cinematográficas. Las novelitas eran idénticas; en todas
pasaba lo mismo aunque con distinto paisaje, bien fuese de ráfagas de
metralleta en los suburbios o de aperitivos en un club, de cabaret a media luz
o de tómbola benéfica. A la hora de tomar determinadas actitudes se marcaba
una pequeña diferencia, de modo que los del F. B. I. y sus rubias eran más
rápidos que los ingenieros y sus condesas. Esto de apreciar la rapidez en
cualquier aspecto de la vida —como si la vida fuese cuestión de internarse por
el córner— lo consideraba Toné como un detalle muy característico de un
buen extremo izquierda, casi como una deliciosa deformación profesional. En
épocas de grandes anhelos intelectuales se dedicaba a releer El conde de
Montecristo o El Robinsón suizo, los dos únicos libros que había en su casa,
excepción hecha de un tomo encuadernado de Gedeón y otro de La hormiga de
oro, sin contar, claro está, las novelas rosas de su hermana y las policíacas
suyas. A la madre de Toné no le gustaban ni pizca los libros. "Esta es una casa
bien decente y bien cristiana", solía decir en cuanto guipaba a cualquiera de
sus hijos con El conde de Montecristo. También soltaba otra sentencia que le dio
fama de mujer fuerte, ponderada y de buenos gustos: "Para ser buen español
no hace falta leer porquerías". Los dos libros habían sobrevivido a los ímpetus

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honestísimos de la madre de Toné porque eran un recuerdo de su marido, a
quien se los regaló un teniente masón que creía en Dumas como en un profeta
solamente porque había oído en el café que algunas de sus obras estaban en el
Indice.
Los lunes por la mañana ni siquiera un agente del auténtico F. B. I. le hubiera
arrancado a Toné La Hoja de la mano. Su hermana se la entraba a la alcoba
con el desayuno. Toné la abría por las páginas deportivas no sin antes ojear la
primera plana por si en ella iba alguna foto del partido, como a menudo solía
suceder. Los cronistas y críticos deportivos eran oráculos inteligentes o perros
a la espera de un hueso, eso dependía de cómo lo tratasen en sus artículos. A
veces eran unos pobres cegatos que no sabían nada de nada, y por esa zona
barzoneaban cuando en sus trabajos no aparecía el nombre de Toné. Cada
sección era leída una media docena de veces y cuando creía sabérselas bien se
inclinaba a saltar de la cama. Lo bueno de La Hoja del Lunes era que a través de
sus críticos se le anticipaba el juicio de los tres periódicos que alegraban la
mañana del martes. En la ciudad no había periódicos de tarde.
No le gustaba salir a la calle en la mañana del lunes. El trabajo del lunes, por
mala prensa que tenga, por deslavazado que sea, exige mucha atención y
mucha energía y ni en el estribo de los bares más elegantes había demasiada
clientela a la hora del aperitivo. Por eso esperaba hasta la hora del café para
hacer su entrada en la vida pública de la ciudad. Modestamente comprendía
que él era parte integrante de la representación de la ciudad, negociado de
gloria, y se esforzaba en llevar su parte con digno continente. Siempre se le
aceleraba el pulso al abrir la puerta del Sport-Cinema. A la derecha quedaba la
barra, enfrente de la barra una hilera de mesas y divanes, y al fondo un rincón
de tertulia, la cocina, el teléfono, los excusados y una escalerilla que ascendía a
una especie de pequeña platea capaz de contener tres o cuatro mesas, lugar
favorito de los novios y hasta de los incipientes tapadillos. Toné desparramó
un vistazo y se acodó en la barra. "Las banderas" —pensaba—, “vivimos en
pie”.
—Hola, Toné.
—Hola.
Le sirvieron lo de siempre; un café con mucho azúcar, una copa sencilla de
coñac y un gran vaso de sifón.
Se le acercó el primer cliente. Comenzaba la audiencia del lunes.
—Hola, Toné.
—¿Qué hay, García?
—Ahí va el puro.
Toné se acordaba perfectamente de la apuesta, pero de todos modos
preguntó:
—¿El puro?
—¿No te acuerdas? Yo dije que no mojabais antes de los cuarenta minutos y
tú me contestaste que antes del primer cuarto de hora habría venido el primer
tanto. En el descanso del cine, fue, ¿caes ahora?

74
El puro tema una cara hermosísima. Toné lo recordaba todo, una chica que
pasó peinada a lo Audrey Hepburn y que le dijo: "Suerte mañana, Toné", y el
acomodador que le dijo: "A ver si está usted el día que prueben a mi chico", y
las tremendas ganas que él tenía de beber algo fuerte y cómo se acercó al
ambigú y pidió: "Una gaseosa" a la vez que guiñaba el ojo, y entonces el
camarero le sirvió una gaseosa, pero generosamente fortificada con un
chorrotón de ginebra.
—Pues, chico, no me acuerdo, pero me quedo con el puro pase lo que pase.
¿Te importa?
—Por Dios, te acuerdes o no, el hecho es que la apuesta se hizo.
—Perdóname, pero la verdad es que entre el viernes y el sábado me hincho de
tomar apuestas, a cual más disparatadas. La mayor parte de ellas se nos
olvidan a las dos partes. Algunas las recuerdan los de la parte contraria,
generalmente para confesar que perdieron. Yo no recuerdo ninguna. Estoy ya
nervioso cuando las tomo. La gente me las recuerda, la gente como tú. La
gente, sabes, es muy buena conmigo.
—Bueno, eso es justo, ¿no crees?
Toné miró hacía la tertulia, también miró a las mesas del "tranvía" y hacia la
barandilla de la platea. Nadie parecía preocuparse ni poco ni mucho de su
presencia y eso le molestó. Dijo:
—Sí, puede que sea justo, pero es difícil.
—¿Has visto la foto?
Le llevó hasta el rincón de la entrada, donde el mostrador hacía un elegante
garabato. Había allí varias fotos del partido de la tarde anterior y entre ellas
una en la que Toné remataba duro sobre la puerta adversaria. El balón no se
veía y el portero enemigo se desflecaba sobre el suelo casi con el ademán del
galo moribundo. García planteó las cosas descaradamente.
—Vamos a ver, Toné, ¿esta jugada fue el córner del final del primer tiempo, o
no?
Toné desnudó el puro, trenzó el vestido para la operación de encenderlo,
pidió fuego —se lo dio el barman—, comenzó a chupar ansiosamente, expelió
el primer humo, sopló sobre la brasa y luego precisó:
—¿Decías?
—Que si esta jugada fue la que dio origen al córner del final del primer
tiempo.
Un jugador de dominó que tenía cerradas todas las puertas intervino desde la
mesa:
—Vaya un deportista que eres, Toné, fumando purazo.
—No me trago el humo, ni siquiera el de los cigarrillos.
—¿Por qué fumas, pues?
—Es cosa de los nervios.
—Importa poco el tragarse o no tragarse el humo. El humo es malo en sí.
Seca la bocas agota la saliva, ¿no lo sabías? Ningún deportista debería fumar, y
los profesionales, menos que nadie.

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—No me vas a enseñar a ser profesional, eh, no me lo vas a enseñar tú, estaría
bueno...
Pero el jugador de dominó había descargado su hígado y por si fuera poco a
su izquierda le habían abierto un portillo. Volvió a sus tareas.
—Bendito sea ese cuatro, ahora a cuatros, toma cuatros, toma castaña...
Toné le dijo a García:
—Perdona, chico, ese imbécil me ha distraído. ¿En qué estábamos?
—En que sí ésta fue o no fue la jugada que dio origen al último córner del
primer tiempo, en eso estábamos —le respondió García desganadamente.
—Ah, ya.
Toné esperaba las alabanzas de otros días, aquel económico fervor de la
"hinchada" que solía evitarle la molestia de pagar el café y la copa. Pero el
domingo anterior se había empatado. Un equipo puede perder o ganar, pero si
empata es como si no hubiese jugado. El empate ofende porque es un signo
de impotencia. El ya había notado al entrar que todos le escupían el empate,
un empate en casa, un empate cuando jugaban a favor del equipo todos los
socios, todos los oficinistas, todos los funcionarios reumáticos, todos los que
no eran capaces de subir tres pisos sin echar el pulmón en el descansillo
segundo, todas las señoritas que se aturullaban como gallinas al coger el
autobús, todos los caballeros tripacantanos, todos los cojos y los jorobetas de
la ciudad, todos los que ignoraban el aire libre, los cien metros; todas las
autoridades aficionadas. Oh, podía perderse un partido porque entonces la
culpa, de haberla, se cargaba sobre las espaldas del árbitro. Pero empatarse,
no; empatar en casa, de ninguna manera; en casa, con la ciudad como un
medio volante chillón, violento, matasiete, no, eso no. Toné notaba que algo
le estaban reprochando silenciosamente el barman y García y el jugador de
dominó, y también la cocinera que preparaba las cazuelitas y las banderillas y
un señor que salía de los excusados abrochándose apresuradamente y una
pareja de la platea y el limpiabotas. El jugador de dominó, pasada la fiebre del
cuatro, había reanudado su conferencia sobre el humo, la saliva y los
deportistas, y su dialéctica se apoyaba en citas de Jiménez Díaz, Guillermo
Eizaguirre y Eduardo Teus. Bebió el café deprisa y corriendo, porque para
Toné el café, la copa y el puro comenzaban a tener ya, también, el amargo
sabor del empate. Nunca había visto un lunes bajo la luz del empate y
comprendió que hubiese estado más acertado quedándose en casa con Jim y
Dorothy. Jim era una agente del F. B. I. especialista en asuntos atómicos, y
Dorothy una mecanógrafa, medio novia de Jim, muy guapa. Toné se explicó
como pudo:
—Tiré raso y con veneno... te aseguro, además, que el disparo llevaba
dinamita para volar la red, pero metí el pie demasiado y la pelota se fue hacia
las manos del portero en vez de buscar el ángulo. De todas maneras le rebotó
en la manos, se las dobló, y lo mismo que la pelota se largó a corner pudo
haberse ido para adentro. Cuestión de suerte.
—Sí, eso es lo que me pareció al ver la foto.

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Toné recordaba otras tardes en que ante la habitual colección de fotos él se
explicaba con gloriosa monotonía, ya casi con la voz de un ciego de feria,
mientras tenía que repetir constantemente: "No, gracias, no bebo más de una
copa; no, no quiero más café; bueno, una cañita, una cañita me la soplo".
—Me voy —dijo Toné.
—¿Tan pronto? —se sorprendió García.
—Estoy resentido de ayer. Fibras musculares, ¿sabes?, una lata. ¿Qué debo?
—Seis cincuenta.
Buscó siete pesetas en el bolsillo pensando: "Ahora García dirá: "No, hombre,
déjalo", o quizás haga una seña el jugador de dominó, o cualquier otro, como
tantas veces". Estaba decidido a no dejarse invitar, a rechazar la invitación,
pero le interesaba conservar el fuero aun a costa de desdeñar el huevo. Dejó
las siete pesetas sobre el mármol del mostrador. "Adiós", dijo, así, en general,
y se fue a la calle.
"Valiente mandria él, valientes golfos todos. La culpa nos la tenemos nosotros
por ir al fútbol", murmuró devotamente el jugador de dominó, y eso que esta
vez llevaba la partida de calle.
Toné se acomodó en un sillón junto a la camilla del cuarto de estar. Desde allí
veía la calle desapacible, gris, y el color verde suave del luminoso del Sport-
Cinema y también a dos chiquillos que iban hacia la plaza pasándose un bote
vacío. Su hermana le avisó: —"Tienes una conferencia de Madrid, con un tal
señor Carrasco, redactor de Marca. Se puso al teléfono. Carrasco quería su
opinión para una encuesta que estaba haciendo con el título de "A ellos los
verán doscientos mil espectadores cada domingo" y en la que jóvenes y
prometedores astros del fútbol nacional hablaban sobre la necesidad de
construir grandes estadios. Toné se puso muy contento. —"Nadie es profeta
en su tierra", se repetía sabiamente y cuando fue a contestar vio al jugador de
dominó que salía del Sport-Cinema, así es que le dijo a Carrasco: "Tendrán
que pensarlo mucho las directivas porque, a mi entender, la afición está en
baja". Colgó cuando empezaba a saborear el pasmo de Carrasco. Después se
puso a leer: "Los Yanquis se llevaban el partido con tanta sencillez como un
cuatrero se lleva una becerra. Los Gigantes vagaban por el campo. Parecía que
alguien les acabase de contar la historia de David y Goliath. Jim soltó las
manos de Dorothy, se ajustó la sobaquera y mirando hacia la puerta dijo: "Te
veré esta noche". Dorothy comprendió que la caza había comenzado y para
ahuyentar el miedo procuró fijar su atención en lo que ocurría en el estadio.
Tenía miedo por Jim. Estaba muy nerviosa, cambiaba de postura con
frecuencia y los hombres contemplaban su hermosa y desasosegada planta con
franca admiración. Uno de ellos silbó extasiadamente".
Se adormiló en la camilla pensando en Dorothy, tan sola en el estadio de los
Yanquis mientras Jim luchaba por la libertad del mundo.

77
VIEJA GLORIA

El tío del magnetofón dijo que todo estaba a punto, y al oírle: «Por mí, vale»,
Juan Domínguez tragó un poco de saliva. En la máquina de escribir instalada
en su despacho —un ordenado cuchitril desde donde dirigía a un tiempo el
pequeño taller y la tienda— tecleaba desaforadamente uno de sus visitantes.
También el de la máquina dio el parte: «Esto ya está listo», y puso ante las
narices del locutor las notas que había escrito a todo meter.
Juan Domínguez carraspeó levemente y vio cómo algunos chiquillos se
amorraban en las lunas del escaparate grande, porque los críos son los que
mejor olfatean que algo importante va a suceder. A Juan Domínguez no le
habían visitado los periodistas de Madrid desde una final de Copa jugada antes
de la guerra; los periodistas de las provincias limítrofes a la suya, sí, ya iban de
vez en cuando a preguntarle: —«¿Qué diferencia encuentra entre el juego de
ayer y el de hoy?» —«¿Cuál es, a su modo de ver, el mejor jugador de todos
los tiempos?» y —«¿Cuál fue la mayor satisfacción de su vida deportiva?», a lo
que Juan Domínguez respondía dormido: —«Más técnica, menos coraje; más
conjunto, menos individualidad.» —«¡Zamora, Ricardo Zamora,! sin duda», y
«Vestir la camiseta nacional.» Luego compraba el periódico, lo leía
atentamente y al final recortaba la entrevista para pegarla en su álbum de
recuerdos. Su vida estaba allí transformada en una colección de mariposas
secas, algunas ya con las alas rotas o apolilladas, y aquel olor de moho y vejez
era sin duda el olor de su propia vida. Un aroma de vieja beata o quizás el
perfume de un correaje de cuando Annual. Le provocaba cierta melancolía el
hojear el álbum porque al principio los titulares de los periódicos y los
pequeños sueltos de la prensa local hablaban de «una promesa de nuestra
cantera», después los periódicos regionales destacaban ponderativamente al
«impetuoso Domínguez» y de repente toda la prensa de España desplegaba su
encomiástica adjetivación en honor de Domínguez, «as de la furia»; había
recortes de Buenos Aires y de Florencia, de Dublín y de París, de Viena y de
Budapest, de Montevideo y de Lisboa, de Roma y de Hamburgo; luego el
largo silencio de la guerra, la regocijante croniquilla de aquel partido que
jugaron medio en broma sus amigos y compañeros para inaugurar su tienda de
artículos deportivos, y el anuncio a toda plana que hizo insertar en los
periódicos locales y en el que Zamora, Ciriaco, Quincoces, Balarroja, Goiburu,
Rubio, Lazcano, Samitier, Vergara, Miqueo, Oses, Urreaga y otros aparecían

78
firmando autógrafos a los primeros clientes. Fue muy divertido y muy
rediticio. Después, una docena escasa de entrevistas en las que se solicitaba la
opinión del «comerciante Juan Domínguez, vieja gloria del fútbol nacional»
sobre una porción de temas.
Juan Domínguez había oído muchas cosas a lo largo de su carrera: por
ejemplo, «Rienzi» le comparó con el Cid; Jacinto Miquelarena solía llamarle
«cónsul de Baracaldo» y un golfo que colaboraba en un periódico madrileño
fundamentalmente dedicado a la trata de blancas, siempre que tenía que
aludirle hablaba del «seminarista rupestre», del «Macabeo hidrófobo» o del
«futbolista de Altamira», y todo porque al poner el balón en juego, Juan
Domínguez se santiguaba. Un amigo suyo muy carlista esperó un día al
golfante y le santiguó con una estaca, la primera en la frente, la segunda en la
boca, la tercera en el pecho y aun parece que le administró otras cruces de
propina sin detenerse a consultar con los Santos Padres. Desde los graderíos
exaltaban los riñones de Juan Domínguez o le daban una pasadita discreta a su
árbol genealógico, todo dependía de qué lado cayese la balanza, pero en el
fondo nada llegaba a calar en el alma de Juan Domínguez.
—¿Estamos? —preguntó el locutor.
Domínguez hizo una señal de asentimiento, se oyó como el ronroneo de un
gato en el magnetofón, el locutor alzó una mano y el que había estado
escribiendo a máquina manipuló con precisa exactitud la palanca de la
registradora. Sonó el campanillazo, aquel campanillazo que alegraba los sueños
solterones de Juan Domínguez, y el locutor comenzó a hablar con mucha
prisa, como si transmitiese la vertiginosa combinación que precede a un gol de
bandera:
—Esta que acaban de oír, queridos oyentes, es la máquina registradora de la
bonita tienda de artículos deportivos que Juan Domínguez, el impetuoso
delantero centro de tantas tardes gloriosas del fútbol español, posee en
Gambo, la próspera, industriosa y simpática ciudad donde ahora estamos para
transmitir el partido que esta tarde ha de jugar el once local, aquel en que diera
sus primeros pasos Juan Domínguez, contra el Real Madrid, en el que por
cierto diera Juan Domínguez sus últimos y afortunados pasos como jugador
de balompié. En la mañana del domingo, y qué domingo, señores, a la celestial
hora del aperitivo —aperitivos Chaina, no lo olviden, aperitivos Chaina—
hemos venido a charlar con Juan Domínguez en su tienda de artículos
deportivos, esto es, en su propia salsa, para que ustedes puedan escuchar y
deleitarse con sus declaraciones correspondientes a la serie «Las viejas glorias
viven entre nosotros», en emisión diferida y justamente aprovechando el
descanso del partido, por gentileza de los aperitivos Chaina, no lo olviden,
aperitivos Chaina, el aperitivo de los grandes ases del deporte.
El locutor miró hacia el periodista, luego hacia el técnico del magnetofón,
después le cuco un ojo a Domínguez. El periodista hizo un pequeño gesto que
venía a querer decir: «Ni siquiera María Guerrero, la eminente trágica que en
paz descanse, sería capaz de leer tan bien mi prosa.» El del magnetofón, que

79
por razones profesionales y de competencia, era asiduo cliente de las películas
americanas, marcó el gesto de O.K. y Domínguez sonrió con cara de estúpido.
El locutor siguió perorando:
—La tienda de artículos deportivos de Juan Domínguez es amplia y hay en el
centro una gran vitrina magníficamente iluminada en la que lucen las copas y
trofeos ganados por el as de la furia española a lo largo de su pelea por los
campos de fútbol de todo el mundo. La tienda está situada en un lugar
céntrico y acreditado, tan acreditado como los aperitivos Chaina, no lo
olviden, aperitivos Chaina, el aperitivo de los grandes ases del deporte. Juan
Domínguez, algo más grueso que entonces —¿se acuerdan ustedes, los
veteranos?— sigue conservando el mismo aire decidido e impetuoso de sus
jornadas heroicas. No alcanzó de manera plena aquellos días de las porterías al
hombro, pero sí los de «un corner, medio gol», y los saques de esquina solían
subir al marcador transformados en goles por la furia de este hombre que
ahora vende balones y paletas de ping pon, tablas para esquiar, bastones de
montaña y pirauchos. Vamos a ver, Juan Domínguez, ¿querría usted contestar
a unas preguntas hechas en nombre de la afición por aperitivos Chaina, el
aperitivo de los grandes ases del deporte, entre los cuales usted ocupa un
puesto de honor?
—Sí, sí...
—Hable más alto, Juan Domínguez, que el micro no muerde, eh...
Y todos se rieron mucho. El locutor, el periodista, el técnico; y los
radioyentes, por la tarde, también se reirían.
—Sí, hablaré más alto —dijo Juan Domínguez, que también se había reído—,
pero es que no tengo costumbre, ¿sabe?...
—Veamos. Preguntamos a Juan Domínguez: ¿cuándo comenzó a darle a la
pelota?
—Fue en el colegio...
(Juan Domínguez lo veía muy bien; veía el patio del colegio como si en aquel mismo
momento estuviese enviándose él mismo la pelota de goma por medio de un rebote en la pared
de la larga fila de excusados. Sabía qué puerta resistía mejor el golpe y su destreza radicaba
precisamente en eso, en jugar, más que al fútbol, a tocar el xilofón en el patio. Le daba
mucho miedo la brutalidad de sus compañeros, un rebaño de jóvenes bestias, y se desprendía
fácilmente de la pelota, pero por otra parte amaba el juego, el juego le gustaba más que
nada, mucho más que la lista de los reyes godos, que las ecuaciones, que las complicadas
reacciones químicas, que los silogismos y el número de hijos naturales de Lope de Vega, y
como el juego le gustaba mucho más que todo esto, y que andar de aventuras por ahí, y
también más que tirar de la trenza a las niñas del Sagrado Corazón, o que las bellaquerías
detrás de la puerta, enviaba la pelota de manera que volviese de nuevo a él, que ya estaba
lejos, en otro lado, sin que nadie le agobiase, y los colegiales, incluso los de las clases
superiores y los padres celadores y los profesores y hasta el director, que era un vascongado
atlético, decían: «Hay que ver qué "lapa" es Domínguez para desmarcarse»).
—Juan Domínguez dice que fue en el colegio; siga siga, estamos impacientes
por escuchar su relato.

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Juan Domínguez no tenía ni la menor idea de que hubiese hecho una larga
pausa, y sin embargo había sido así. Se quedó mirando hacia la vitrina de los
trofeos y pensaba que las hermosas copas estaban vacías, que nunca habían
contenido vino, si acaso, alguna, el apresurado champán de una vez, y ni
media palabra más. También su propia vida era hermosa por fuera y desolada,
hueca, desierta, fría, metálica y enmohecida por dentro. Hasta zaborras, moho,
un poco de verdín y pelusillas de polvo habría dentro de su vida, igual que
dentro de algunas copas. Estaba hablando sin saber ni siquiera lo que decía,
pero por la sonrisa animadora, condescendiente y superior de los tres de la
radio la cosa no debía de marchar mal.
—...yo no quería estudiar, en vez de estudiar jugaba a un tiempo en tres
equipos, uno el del colegio, otro de mi calle y otro de un pueblo cercano.
Éramos chicos entre los catorce y los dieciséis años. Los equipos se retaban
por medio del periódico: «La Peña Los Leones reta al River de los Jesuitas a
jugar un partido de fútbol en los campos de La Alameda, el próximo domingo
a las once de la mañana. Se ventilarán once reales. Caso de aceptar se ruega
contestación por el mismo periódico.» Luego prosperé; jugaba ya en equipos
que ventilaban once pesetas, u once comidas, a veces once pesetones, once
bocadillos y once litros de vino. Era un mundo muy curioso, absorbente, que
consumía todo mi tiempo. Cuando me quedaba alguna hora libre me iba al
frontón a jugar a pala...
—Bien, bien, bien, están escuchando lo que el as de la furia, nuestro Juan
Domínguez, les cuenta de su infancia y mocedad deportiva por gentileza del
aperitivo Chaina, el aperitivo sin alcohol favorito de los campeones. Y diga,
Juan Domínguez, diga, por favor, ¿cuál fue su primer equipo serio?
—Bueno, todos lo saben...
Sonrió con magnífica modestia para corregirse.
—Perdón, lo sabían. Yo ya soy viejo.
—¿Usted viejo?
—Sí, viejo. Mi primer equipo serio fue el Gambo F.C., el equipo de mi tierra...
(Recordaba mientras iba soltando palabras sin sentido, vanas palabras que nada decían,
que contaban lo de siempre, recordaba que su padre, al principio, se había limitado a
llamarle golfo; luego recordaba cómo le cortó la escuálida asignación dominguera. Del colegio
no se decidían a expulsarle porque era ya una gloria que rentaba popularidad y los chicos
preferían estudiar en el colegio de Domínguez a estudiar en otros colegios que no
manufacturaban tan excelentes delanteros centros. El Instituto hacía mucha competencia a
los colegios y no era cosa de soltar a Domínguez para que se lo llevaran los Padres del
colegio de enfrente. En vista de lo cual los Padres le ayudaron mucho, y gracias a sus
recomendaciones liquidó a trancas y a barrancas el bachillerato. El hueso era un catedrático
que profesaba de librepensador y no quería ni escuchar a los buenos Padres de Gambo —si
se excluye a los agustinos, hacia los que sentía una enorme simpatía desde Martín Lutero—
, pero dio la casualidad de que el catedrático librepensador era vegetariano, algo anarquista y
muy partidario del Gambo F.C., así que aprobó de mogollón gracias a su destreza para
meter goles.

81
Seguía teniendo mucho miedo, seguía soltando la pelota en cuanto podía y muchas veces
tiraba sobre puerta apresuradamente por explicar de modo público una jugada que, debiendo
de apurarse a fuerza de valor, a él le encogía el ombligo y no la continuaba: «Esto es lo
bueno, disparar desde todos los lados, disparar en cualquier postura», decía la gente, y el día
en que un cronista deportivo de la ciudad —muy versado en humanidades porque había sido
seminarista— aplicó a la artillería de Juan Domínguez el dicho unamuniano de «disparar
primero y apuntar después», se consideró plenamente justificado. Además tenía suerte y
marcaba muchos goles.
Cobró gran fama de impávido y le comparaban con los del Amberes y también con Yermo, y
esta fama era muy grata y él la sentía justa y buena durante toda la semana, porque llegaba
a creer que era muy valiente, pero los domingos por la tarde sudaba de pavor. Sin embargo,
la suerte le acompañaba siempre. No quiso ir a la Universidad, su padre fue a echarle de
casa, y sólo por la intervención de la madre y porque los del Gambo le buscaron un empleíllo
y le daban, al principio, cincuenta duros, un mes con otro, pudo continuar en el hogar, pero
su padre apenas si le hablaba. Luego el hombre se fue haciendo a la calamidad aquella, se le
formó callo, y cuando lo vio famoso solía decirle: «Para ser un vago eres un tipo con mucha
suerte.»
El juego es lo que le gustaba a Juan Domínguez, encontraba en la verde pradera la razón
de su existencia, y cuando se cruzaba entre los dos defensas con el pase de la muerte, le
parecía que el cielo era rectangular, cubierto de yerba, marcado con cal y estaba rodeado de
ángeles vociferando que comían castañas asadas, chufas de leche y naranjas redondas y
agrias. Corría más que nadie porque tenía más miedo que nadie, y si un contrario sufría
alguna lesión él iba a ayudarle y se pasaba el tiempo dando golpecitos en la espalda a sus
rivales y les estrechaba la mano y ponía paz en los tumultos, y los periódicos comenzaron a
llamarle «el hidalgo de Gambo» y se fue formando en torno de él una leyenda de
caballerosidad que contribuyó a defender sus espinillas, porque atacar alevosamente a Juan
Domínguez era como darle de puñaladas por la espalda a San Francisco de Asís, como
ponerle la zancadilla a la Beata Imelda o como violar a Caperucita Roja. Su nombre creció
desmesuradamente, los del Gambo le pagaron más, le buscaron un empleo de padre y muy
señor mío, y al mismo tiempo que comenzaron a interesarse por él los clubes gordos, las
gentes más serias de la ciudad le trataban con la misma consideración que a los grandes y le
buscaban ocasiones de negocio y le traían en palmitas y durante muchos años no supo lo que
era echarse mano a la cartera para pagar una comida, un café y aun otras cosas. Pero su
padre le decía: «Eres un vago muy afortunado», y esto le daba pena.)
—Formidable, amigo Juan Domínguez, verdaderamente interesante y
estupendo todo cuanto nos cuenta. Pero el tiempo corre con la misma
rapidez, bueno, querido Domínguez, usted perdone, casi con la misma rapidez
de aquel glorioso delantero centro que mereció el apelativo de «el hidalgo de
Gambo», y nosotros aún queremos hacerle una pregunta clave... ¿Por qué se
retiró usted?
—Hay que saber irse a tiempo. Yo, ya sabe, no era muy viejo al retirarme,
pero estaban los tres años de la guerra... En fin, fueron tres temporadas
prácticamente nulas, había que ordenar la vida...

82
(Era muy fácil contar lo de siempre, aunque hubiese perdido la costumbre era muy fácil
contar lo de siempre; le resultaba sencillísimo mentir. Pero Juan Domínguez sabía muy bien
por qué se había retirado. Ni por un momento se sintió viejo. Se creía nacido para jugar
hasta el fin de sus días y probablemente no andaba lejos de la verdad. La guerra era la que
tenía la culpa de su retirada; la guerra, que trastornó la vida de todos; la guerra que había
enseñado a los hombres peligros infinitamente mayores que los del pase de la muerte o la
lesión de menisco, la guerra que hace innecesarias las palmaditas en la espalda, la guerra
que dejaba anticuado su repertorio, la guerra que metía sinceridad en las relaciones de los
hombres porque bajo su zarpa todos veían tan cerca las verdades definitivas que el juego
quedaba reducido a su más noble dimensión: el puro y personal entretenimiento, la
manifestarían del ocio bien ganado, incluso el recuerdo de los combates en los que arbitraba
la muerte.
Al final de la guerra fue movilizado y entró en fuego muy en las boqueadas de la ofensiva de
Cataluña. La escuadra desplegada en guerrilla le traía a la memoria sus horas de juego,
incluso, a veces, iban tres por delante, los dos extremos y el delantero centro, y los dos
interiores algo más atrás, y en general todos jugaban bien, sin darle demasiada importancia
al asunto, y cuando un jefe se lo llevó a su cuartel general respiró muy a gusto, pero perdió la
ocasión de saber que también los valientes tienen miedo. No, no volvería a jugar porque todo
iba a ser distinto después de aquello, y porque su deporte seguiría interesando a las gentes,
pero de otra manera, sin la renta de antes, porque nadie podría tomar en serio aquellos
simulacros. Cuando quiso dar marcha atrás al apercibirse de que la vida seguía igual que
siempre, ya era tarde, ya había perdido, no los tres años de guerra, sino unos cuantos meses
de la paz. Fue entonces cuando abrió su tienda y notó que toda su vida había sido un
magnífico, un hermoso, un tremendo y patético error.)
—Espléndido, Juan Domínguez. Damos muchas gracias a Juan Domínguez
por sus respuestas interesantísimas en nombre de nuestros queridos
radioescuchas y de manera muy especial en nombre del aperitivo Chaina, el
aperitivo sin alcohol de los buenos deportistas que patrocina esta emisión
diferida perteneciente a la serie de «La viejas glorias viven entre nosotros», que
cada domingo ofrece el aperitivo Chaina, no lo olvide, el aperitivo de los
grandes ases del deporte. Devolvemos el micrófono a Luis Ribera que seguirá
comentando las incidencias del primer tiempo hasta que los jugadores salten
de nuevo al campo. Buenas tardes y que gane el mejor. ¿Y cuál es el mejor? El
mejor es el aperitivo Chaina, el aperitivo sin alcohol, el aperitivo de los
grandes ases del deporte.
Cesó el ronroneo felino del magnetofón.
—¿Todo bien?
—Todo bien.
—Usted, Domínguez, ha estado muy bien. Es poco corriente encontrar
deportistas que contesten con soltura, sobre todo boxeadores. Además ha
dicho lo bueno, lo que se dice siempre, lo que la gente quiere oír.
—¿Verdad?

83
—La furia, la camiseta nacional, el club de sus amores, aquel patio del colegio,
la fidelidad a la afición, todas esas monsergas tan bonitas; el disco, señor, el
buen disco.
—Sí, creo que he dicho lo que la gente quiere oír. Me parece que sí, que he
dicho lo que la gente quiere oír. La gente quiere siempre lo mismo, ¿no les
parece?
—Eso estaba diciendo yo.
Sacó una botella de vino.
—Tomaremos una copa, eh...
—De acuerdo, Domínguez; siempre que no sea de aperitivo Chaina estamos
dispuestos a soplar lo que haga falta. Mire, Domínguez, si quiere vivir muchos
años, hágame caso y no caiga en la tentación de probar esa porquería. El
aperitivo Chaina está a mitad de camino entre los productos Borgia y el aceite
de hígado de bacalao. Es algo infecto —el locutor se dirigió al técnico—.
Anda, pásanos la cinta.
El magnetofón devolvía el campanillazo de la máquina registradora, la inicial
vacilación de su voz: el magnetofón iba repitiendo lo que Juan Domínguez
había dicho, lo que la gente quería oír. La voz de Juan Domínguez le parecía a
Juan Domínguez como la voz de otro Juan Domínguez al que apenas si
conocía. La grabación era perfecta. Mientras escuchaba abrió la botella y sirvió
las copas. Chocaron los cristales. Todos bebieron: el locutor, el que escribió la
careta, el operario del magnetofón. Juan Domínguez también bebió. Miraba
los trofeos de la vitrina y la tristeza le llegaba desde las copas como un licor
amargo y reconfortante. Luego dijo: «si no tienen compromiso, vénganse a
comer conmigo», y los otros aceptaron muy contentos. Pensaba Juan
Domínguez en beber algo más que de ordinario y luego venirse a la tienda, ya
sólo y en llevarse una botella a su despachito y en sacar las copas de la vitrina
y en ir bebiendo en alguna de ellas. Los chiquillos seguían al otro lado del
escaparate, con las narices pegadas a la luna, chatos de curiosidad. Por la tarde,
mientras el Gambo F.C. jugase con el Madrid, Juan Domínguez se
emborracharía.
—Vamos —les dijo—, sé de un sitio que les va a encantar.

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LA MUERTE VIENE DE NOCHE

Aquel verano hizo mucho calor y mis vacaciones no comenzaron hasta


mediados de agosto, de manera que me chupé en Madrid la flor de la canícula.
En verano, por si ustedes no lo saben, el periódico se hace con la mitad del
personal y sin embargo sale cada mañana tan completo y tan campante como
si estuviese segregando sudor y talento toda la plantilla —incluidos los
recomendados, los editorialistas y los que son parientes de los ministros— y
no solamente la mitad de los que cobran que ya, de por sí, no son todos los
que trabajan. De modo que nunca falta un ingenioso que propone dividir el
año en dos cachos con el fin de que los periodistas seamos personas al menos
seis meses de cada doce, ya que únicamente los recomendados, los
editorialistas y los que son parientes de los ministros etcétera, etcétera...
Ya dije que aquel verano hizo mucho calor y aunque las noticias interiores
sufrían el natural estiaje, apenas si lo notábamos porque la presión exterior, en
cambio, suplía con ventaja a las arcaicas serpientes de mar y a los apolillados
monstruos de Loch Ness, cuyas aventuras olían a película vestida por Cornejo.
Entre el calor y los sustos, el tabernero de enfrente se haría de oro a poco que
supiese mantenerse entero ante algunos partidarios del patrón-firma.
Era ya el segundo verano en que desde la ONU escupían sobre España y un
hortera llamado Truman dirigía la orquesta de salivazos con el ademán de un
probador ascendido a cliente. Este insensato, un borracho francés que
respondía al nombre de monsieur Bidault y también al de "mesié Bidón" y
otros cuantos robaperas por el estilo, nos suministraban cada jornada el
material suficiente para salvar el periódico del tedio y permitirnos inyectar
optimismo al desayuno de nuestra clientela con un buen pie de foto, un
editorial desbraguetado o una pequeña sección de controversia.
La controversia estaba muy de moda.
(Un ministro radicalsocialista llegó a una ciudad de la Ribera de Navarra, muy calentita
aún la República de don Niceto, y echó un discurso en el teatro. Fue mucha gente a oírle,
porque allí siempre han sabido apreciar los espectáculos, y aunque a los riberos les gusta
gastarse el dinero alegre y ostentosamente, tampoco les fastidia el divertirse gratis.
El ministro era menudejo, melenudo y rimbombante. Hablaba de la Revolución Francesa
como del Evangelio y parecía haber mamado la oratoria en los pechos de Robespierre o de

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Saint-Just; le agradaba presumir de tolerante, así que cuando un campesino pidió
controversia a gritos desde el gallinero, el tipo contestó:
—Ruego al correligionario, si lo es, o al ciudadano consciente, en el caso de que no
profesemos las mismas ideas, que tenga paciencia. Déjeme acabar a mí la exposición de mi
plan y el desarrollo de mis argumentaciones, y luego habrá controversia si tal es su deseo.
Pasaron ya los ominosos tiempos en que en España no había controversia...
Y tira, tira, tira, empalmó con la Revolución Francesa y habló de ella como si fuera un
acontecimiento tan vivo y actual como el cosechón borracho de aquel año, las últimas corridas
de San Fermín o los alijos de armas por el Baztán.
—¡Controversia! —volvió a reclamar la voz de tas alturas.
El ministro tornó a dar sus razones con un empacho de amabilidad verdaderamente
siniestro, porque cada una de sus sonrisas era como el relámpago de la guillotina y
cualquiera podía ver que enseñaba los dientes como quien deja ver los tricornios de la
Guardia Civil, y luego de solicitar paciencia de nuevo, siguió en la alcoba haciendo la
"couronne de l’amour" con Danton y con Marat. Pero como ni Danton ni Marat son
capaces de conmover la líbido normalísima de los ribereños, otra vez cayó la palabra
"controversia" sobre el escenario igual que un gallinazo basurero sobre una cagarruta. El
ministro tiró a aliñar, pescueceó su pieza y entre cortés e impertinente se dirigió hacia la
cazuela:
—Ea, controversia: ya estamos en ella. Diga, diga el impaciente ciudadano lo que tenga que
decir, dígalo ahora...
Y como hubiera un gran silencio insistió con gesto jaquetón y hasta jacarandoso:
—Vamos, ya hay controversia, ya dialogan los ministros con el pueblo, no como antes...
Vamos, dígalo.
Del gallinero vino una voz hortelana, fematera, ajena a cualquier vacilación:
—¡Hijopuuuta!)
Entre los toros, que conocían el boom gracias al milagro de Manolete, que
toreaba en una plaza personalmente y con esto hacía que se torease en todas
las demás, y la controversia con la piara de políticos internacionales a que me
refiero, a los periodistas se nos ponía nuestro trabajo relativamente fácil.
Por la tarde hubo novillada en las Ventas, novillada en Vista Alegre y una
corrida no sé si en Aranjuez o en Alcalá. Puede que la corrida no fuese ni en
Aranjuez ni en Alcalá, sino en Toledo o en Segovia, pero en todo caso se
celebró en un sitio cercano a Madrid. Era una fiesta entre semana, digo yo si
sería por la Virgen o así, ya no me acuerdo bien, y a la tarde pasé por el
periódico como un bombardero sobre una zona infectada de D. C. A.
El periódico estaba solitario, fresco y silencioso; apenas se oía un lejano rumor
de linotipias. Arreglé los papeles de mi mesa, dejé listas un par de cosillas y me
largué a un cine refrigerado. Después cené en el "Asesino", que se moría a
chorros pensando en que todavía faltaban unos cuantos domingos para
comenzar la temporada de fútbol; luego me tomé un café y una copa en un
bar de la Glorieta y estuve viendo el tejemaneje que se traían con la clientela
las chicas de una cafetería, y cuando llegué de nuevo al periódico serían las
doce y un poco y solamente estaban el jefe de información, el redactor de

86
sucesos —que peleaba con una tortilla de patatas y media botella de vino con
caña—, uno de la mesa de nacional y dos de la de extranjero. Yo me sentía
muy contento porque al día siguiente comenzaban mis vacaciones y porque
mis deberes en el periódico se reducían, aquella noche, a invitar a una copa y a
despedirme.
—:¿Te vas por fin mañana? —me preguntó Perico desde la mesa de nacional
donde daba el pecho a la gran siesta veraniega y al feroz aburrimiento de los
órganos de la alta información.
—Sí. A las doce.
—¿Avión?
—Avión. Tengo mucho miedo a los aviones, pero más a quedarme en Madrid,
así es que tomo el avión.
El jefe de información, a un extremo de cuya mesa me había sentado, agarró
el tubo y después de tocar el timbre gritó: —"¡Cabestro!". Desde el taller se
oyó la voz del regente: —"¡Hermano!", y luego se liaron a discutir por un
original que no aparecía. Noté que entraba alguno de la sección taurina porque
Perico y los dos de la mesa de extranjero enarbolaron sobres azules y hacían
guiños y se frotaban la yema del pulgar con un nervioso movimiento contable
del índice. Me volví y era Ernesto, el sobresaliente de la sección taurina. Venía
fumando un puro y venga a toser, pero eso no le impidió acompañar su corte
de mangas con una sonrisa campechana.
—¿Qué tal la novillada? —pregunté.
—Una porquería.
—¿La de las Ventas?
—Hombre, claro; la de Vista Alegre la dejo para mi "chela".
El "chela", también llamado el mendigo, era el tercero de a bordo de la sección
taurina, el cuarto en el escalafón de deportes, dormidos a la sazón; el segundo
en la escalilla del archivo y el primero en una sala de fiestas que había a la
vuelta de la esquina. Los de la sección taurina, los del toro, constituían un
mundo aparte, lleno de ritos misteriosos que alcanzaban desde el lenguaje al
simple reparto de entradas. Todos le hablaban de usted a don Tadeo, que era
el crítico titular, y todos le llamaban precisamente don Tadeo, nada de Tadeo
a secas, menos el segundo de a bordo que, a veces, le llamaba por su
seudónimo: "Chalequero". A su vez, el "chela" trataba al segundo de a bordo
como un monaguillo trataría a un viejo canónigo. Los tres se limpiaban
mucho los zapatos y tenían corbatas de diversos tonos rojos para los días de
corrida. Los tres usaban abanico de bolsillo y sólo fumaban picadura. Los tres
escupían muy bien, pero ninguno como "Chalequero". "Chalequero" era un
premio Nobel del escupitajo, y podría decirse que expresaba ideas, opiniones e
instintos con la retórica de la saliva proyectada sobre el suelo, contenida en la
boca, absorbida por la garganta, vagamente dispersa en el aire, sólidamente
golpeada contra el suelo polvoriento. Ernesto era el príncipe heredero y don
Tadeo, el Rey. El "chela" quedaba tan lejos de ellos que era casi como una

87
especie de república zarrapastrosa, alpargatera, de esa república que ven
sinceramente los abonados al sarao, la corte y los cócteles de la aristocracia.
—Debe de resultaros muy difícil ordeñar a los novilleros —sospechó,
melancólico perdido, uno de los de la mesa de extranjero.
—¿Por qué no se lo preguntas a tu tía? —replicó sobre la marcha Ernesto.
—No tengo. Tuve una, ya ves, pero se me murió cuando la gripe del
diecisiete. Fue un golpe muy duro, chico.
—¿Ha habido sangre? —quise saber sin que me importara mucho la cosa, más
que nada por evitar que el extranjero y el taurino continuasen su escaramuza a
la sombra de los árboles genealógicos.
—¿No te he dicho que fue una porquería de novillada?
—No ha habido sangre. Murieron los seis novillos. Los tres novilleros, viven;
al menos vivían a las nueve menos cuarto. Después, no sé.
—La fiesta se afemina —dijo Perico, y le lanzó al taurino un telegrama de
Cifra en el que un meticuloso corresponsal contaba cómo había muerto un
espectador de un ataque cardiaco producido por la impresión de ver la cogida
de un diestro.
—¿Qué pasa?
—Cuando yo era joven —dijo Perico— el público, si no había muertos, tiraba
botellas al ruedo hasta que le partía la crisma a un torero. Es difícil darles,
¿sabes?, y no te rías, que no es tan sencillo como parece. Bailan mucho, son
blancos móviles. Claro que la gente podía entrenarse previamente con los
picadores. Así murió Nacional en Soria.
—Aquello fue otra cosa —desdeñó Ernesto—. ¿Dónde ha muerto ese tipo?
—En Calahorra.
—Sería de fuera. Los de Calahorra tienen el corazón a prueba de cogidas.
—¿Quiénes toreaban? —pregunté.
El taurino repasó el telegrama:
—Quinito Lujan, Lope García y Pepe Sánchez.
—Con esos no puede morir nadie de nada. Son tres funcionarios.
—¿A quién le caló?
—A Lope García.
—¿Grave?
—No, un descosido cerca del ano.
—¿Y el toro?
—Murió al contacto. Descanse en paz.
Entonces uno de los ordenanzas me trajo un recorte del archivo. Los de
archivo buceaban mucho en la prensa de provincias —para aumentar el
suministro de noticias y reportajes— y en cuanto veían un artículo mío me lo
recortaban y me lo mandaban. Esta vez era una entrevista. Yo hacía una serie
de entrevistas con toreros mejicanos para una agencia que luego las distribuía
a sus abonados, en su mayoría periódicos del Norte. Me gustaba el mundo del
toro, el género era fácil, conocía a sujetos cabales y un poco lunáticos, y no
pagaba mal la agencia. También me gustaba el acento de los toreros y también

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el hablar con gente que venía de fuera y a la que no había que preguntar:
"¿Qué me dice usted de España?". No me agradaban zalamerías en Barajas, ni
creía que una bandada de estúpidos extranjeros tuviera nada que decir u
opinar sobre mi Patria. Por eso me gustaban los mejicanos, porque aunque no
estuvieran de acuerdo con uno, nunca eran extranjeros, así es que eran hijos
de padre conocido.
Fue muy curioso porque al mismo tiempo que el ordenanza me entregaba el
recorte: —"De parte del archivo", Perico le pasó al taurino un montón de
telegramas y le dijo:
—Ahí tienes tajo. Y con una cogida de esas del estúpido siglo XIX, cuna de
todos nuestros males.
—¿Dónde?
—En Atarbe.
El taurino soltó un taco y en ese mismo instante, sin saber por qué, tuve la
sensación de que el herido no podía ser otro que Edmundo Lecea. Edmundo
Lecea era un novillero mejicano al que había entrevistado cinco semanas
antes, y justo me acababan de pasar desde el archivo un recorte con mi
trabajo. El "chela" me lo había pasado.
—¿Ha sido Edmundo Lecea?
—¿Tú has oído la radio, no?
—No. Mira —le dije, y le enseñé el recorte—. He tenido un palpito. Una cosa
rara. Me dio en el corazón que era él.
—Ha sido Edmundo Lecea, y el asunto parece gordo.
—¿Qué dice el parte?
—Todavía no hay parte. Es la simple noticia. Un cornalón en el pecho. Lo
clavó. Dice que echaba un chorro de sangre.
—Eso puede estar más relacionado con los nervios del corresponsal que con
la pura verdad.
—Sí, pero también puede ser algo muy relacionado con el pecho de Lecea. —
Descolgó el teléfono—. ¿Se despertó ya, Moriles? —le preguntó al
telefonista—. Bueno, pues haga el favor de lavarse los dientes y en seguida,
“plis”, póngame con la agencia, particular y reservado, servicio de absoluta
precedencia.
En eso estábamos cuando entró el redactor jefe, que venía del cine. Se metió
en su pecera, gritó un "buenas noches" que saltó por encima de los cristales,
se quitó la chaqueta, se remangó la camisa y le preguntó al jefe de
información:
—¿Nos ha insultado Truman?
—No, hoy no —precisó el jefe de información, que era un hombre muy
objetivo.
—¿No?
—No hasta ahora.
—Pues ya es tarde.
—Sí que lo es.

89
—Estará ronco —diagnosticó el redactor jefe.
—Estará ocupado despachando con el "Porcelana" —dijo el jefe de
información que era un hombre muy objetivo y muy atento lector del
"N.Y.T.”
—¿Has mirado el confidencial?
—Sí, pero no trae más que comentarios a los insultos de ayer. Son también
insultos, pero de gente de menor categoría, valets, cocheros, lacayos, pinches...
—Bueno, los acólitos a hacer gárgaras. Aquí sólo tratamos bonzos. —Se veía
que el redactor jefe estaba preocupado—. ¿Cómo vamos a hacer el periódico
sin un insulto de ese payaso? Nuestros suscriptores se darán de baja.
—Preparémonos a todo.
El taurino colgó el teléfono después de hablar y se fue para la pecera del
redactor jefe. Me repasé la entrevista con Lecea porque aquel paseíllo me daba
muy mala espina. Lecea era un chico. Tendría veinte años a lo sumo. Me
resultaba raro pensar que los hombres de veinte años que yo conocí cuando
tenía veinte años, eran todos unos hombres maduros, serenos, responsables,
incluso escépticos en algunas importantes materias, y en cambio los que ahora
conocía de veinte años eran unos chiquilicuatros aunque anduviesen con la
muerte en la maleta, como los toreros; todos eran unos moquiliquis y me
parecía que yo era su abuelo. Quizás era a causa de la guerra. Puede que fuese
por la guerra. De todas maneras, Edmundo Lecea era un chavalín de grandes
ojos y nariz muy grande, con dos soplillos debajo de la montera y me pareció
a ratos un criollo, a ratos un gitano de Méjico y a ratos un soldado de
Moctezuma.
Me había contado que el primer Lecea que pasó a las Indias fue el general don
Félix Antonio de Lecea y Zubiri, y que él había estado en Azpeitia dos días
porque quería ver el árbol genealógico y la casa solariega de los Lecea. "El
apellido es originario de Amézqueta o cosa así —no recuerdo bien qué pueblo
vasco me citó, pero me suena mucho Amézqueta", escribí yo, "y he aquí,
dicho sea para jugar, una demostración más de que el toreo a pie tiene su
origen en el Norte, aunque sea el Sur quien le otorgue la gracia, el ángel o el
duende. En principio es una lucha a muerte entre un hombre y una bestia;
después esa lucha se hace arte de adorno. Bien, del espadón septentrional y
dieciochesco del general Lecea y Zubiri ha venido a nacer la espada del torero
Edmundo Lecea, natural de Méjico, de veinte años de edad, algo bachiller,
soltero y, como luego veremos, sin compromiso".
Me contó que su padre era dueño de una red de casas de comidas en el sur de
los Estados Unidos y que tres meses del año los pasaba toda la familia en
Méjico; que él jugaba al "base-ball" y mascaba chicle a todas horas, que
estudiaba en una high school y que aspiraba a ser un eficiente hombre de
negocios hasta que en el curso de unas vacaciones vio torear a tres
desgraciados y entonces comprendió que lo único bueno del base-ball era que
las zapatillas de ese juego le servían para ir de capea sin que en su casa se
alarmasen.

90
Me lo dijo todo en la terraza de una casa nueva, hacia Manuel Becerra, muy
cerca de otra donde había una casa de citas desde cuyas ventanas se veía el
cementerio del Este. Nosotros le llamábamos "Villa Amor" (con vistas a la
muerte.) Desde la terraza de Lecea también se alcanzaba a ver aquel
destartalado patio del Este, silencioso, con un aire irremediable de solar,
Edmundo estaba de espaldas al archivo funerario y en la terraza se veían
muchos tiestos con claveles, albahaca, geranios y también pequeñas rosas, y la
tarde se agrisaba hacia el oscurecer y de algunas chimeneas próximas venía un
humo con olor a caldo, mientras el mozo de espadas nos servía chatos de vino
y algunas tapas picantes a Edmundo, a su apoderado, al fotógrafo y a mí.
Tenía Edmundo esa voz delgada y un poco aguda que suele oírse en los
ruedos cuando el matador ha visto claro al toro desde la salida y se va para él
corriendo con la capa abierta, aún antes de que lo pare el peonaje, y le grita
entre imperativo y suplicante: —"¡Je, toro, toro, toro".
Esa voz es fresca, aguda y delgada, y si el toro hace caso y dobla bien y el
maestro sabe lo que se trae entre manos y entonces le da cinco verónicas y
remata con media bien plantada, esa voz fresca, aguda y delgada es como un
río de montaña al bajar a la llanura y parece ensancharse la voz y hacerse
caliente, grave, fatigada. Los oles de los tendidos tapan esa voz del torero,
pero los que alguna vez la han oído desde el callejón o desde un burladero
—también desde barrera, con un poco de suerte—, saben que es como la voz
del amor en el tramo final, como el río del amor en su desembocadura. Yo he
oído esta voz y por eso me chocó que fuera justamente la empleada por
Edmundo —de voz normalmente delgada y un poco aguda— para contestar a
una de mis preguntas.
La busqué en el recorte.
"—¿De dónde es su novia, Edmundo?
—De ningún sitio, amigo. Nada de mujeres, ni siquiera una novia; nada.
Ahora tengo mi capa, mi muleta, mi espada y todos los toros del mundo
esperándome. Por el momento me basta con eso.
Sonríe y con las manos hace un garabato de disculpa al par que a lo lejos se le
cuadra una nube. Tiene el tono rojizo, pero eso es del atardecer."
Me apresuré a pedir coñac y cerveza para todos mis compañeros. La noche se
estaba meneando más de lo debido y convenía sacrificar ante el redactor Jefe
una prudente cantidad de refrescos o estimulantes más o menos alcohólicos;
de este modo, quizás, en el caso de que la noche se desmelenase por completo
yo tendría alguna oportunidad de quedar al margen de sus apremios laborales.
Paseé por la redacción con el recorte en la mano. Metí prisa al ordenanza y
pronto estuvo de vuelta con todo. No soy hombre que haga ascos a las
mezclas, así es que bebí coñac porque me apetecía y también me trinqué una
cerveza a morro porque hacía mucho calor y yo tenía una gran sed y además el
coñac pedía su bombero. Pero, para no enfriarme, tomé otra copita, ésta ya a
sorbos, con pausa, con regodeo, como un señorín.

91
El redactor jefe pidió que le pusieran con el corresponsal de Atarbe y los
taurinos se engolfaron en el manejo del archivo. Datos sobre el novillerito,
sobre la historia de la plaza de Atarbe, sobre los toreros mejicanos muertos en
España, estadística y cogidas célebres, el mes de agosto y la muerte en la plaza,
los toros de mayo y los toros de agosto en relación con la mortalidad. Se
jugaba a la baja sin que nadie quisiera la muerte de Lecea, ni siquiera el
redactor jefe que, al fin y al cabo, tenía sobre sus espaldas la responsabilidad
de un número aburrido, sosón, sin las pisaditas de Truman, las gabachadas de
Bidault, las beaterías siniestras de Atlee —un mamporrero del soviet— y, en
general, sin los sabrosos regüeldos aliados.
Era una noche infausta, era una noche de verano, era una noche de fiesta y un
hombre joven que quizás se estaba muriendo a ríos, podía salvar el interés del
periódico. Pero el redactor jefe no quería que Lecea se muriese y eso se vio
claro desde el momento en que trazó a toda prisa un plan necrológico
completo. No hay mejor medicina para la salud de cualquier persona ilustre
—y si además de ilustre es un gaznápiro tanto mejor— que la preparación de
sus funerales informativos y literarios. También era muy buena medicina el
que cualquier redactor lo incluyese en su boleto para la quiniela de la muerte
que jugábamos todos los años. Si Truman hubiese estado a punto de palmar, o
Bidault rozase las últimas con el delirium tremens o Atlee respirase sus propias
emanaciones, lo más seguro es que el redactor jefe no hubiese pedido al
archivo ni una línea, ni una foto, ni siquiera hubiese pedido a la agencia o al
corresponsal en Washington, París o Londres, la menor noticia, la mínima
ampliación. Preferiría, como cualquiera de nosotros, no perturbar a la muerte
en su tarea, sin que una preparación necrológica adecuada a su categoría
retardase o molestase los últimos instantes de cualquiera de aquellos genios.
La consigna tácita era dejarlos morir en paz y beber una copa de "Fundador",
a la espera. Incluso si el periódico de enfrente le pisaba la noticia, el redactor
jefe, luego de escribir su carta de dimisión, felicitaría deportivamente al
director del periódico rival. Pero esto eran puras especulaciones, porque ni el
camisero, ni el dipsómano, ni el sacristán laborista estaban agujereados por un
cuerno. Era mi fugaz amigo Edmundo Lecea el que tenía un cornalón en su
cuerpo. Un torerito mejicano era el que se estaba muriendo. Era un chico de
veinte años. Entonces me llamó el redactor jefe.
—Eh, tú, veraneante...
Me fui para la jaula.
—¿Qué quieres?
—¿No entrevistaste a Lecea para esa agencia de pobres en que colaboras?
—Sí —contesté alargándole el recorte.
El redactor jefe se puso a leerlo y el ordenanza le dijo al jefe de información:
—Don Andrés, que avisan de la terraza que si quiere usted ver desnudarse a la
señorita rubia de la Pensión París, que suba de prisa, que ya ha encendido la
luz de la alcoba.

92
El jefe de información se quedó un tanto pensativo. Vacilaba noblemente
entre sus obligaciones y sus devociones. Estaba dispuesto a ser un mártir del
deber, pero quería que se notase a todos los efectos, lo cual no es nunca mala
política. El redactor jefe le miró un instante, paternal, comprensivo, alentador.
Al redactor jefe no le gustaban los mártires, podría decirse que tenía alergia de
mártires. Confortado por aquella mirada enternecedora, el jefe de información
abrió su pecho:
—¿Puedo?
—Date prisa.
—Es sólo un momento. —Se levantó encantado de la vida—. Esta tía de la
Pensión París se desnuda muy rápidamente. Si fuera la otra rubia, la del quinto
derecha, que es, por cierto, rubia de frasco, no me daría tiempo porque es muy
lenta y muy mirada en sus cosas, aunque al verla te parece que corre mucho,
que es un soplo la vida...
—"Que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en la sombra, te
busca y te nombra..." —canturreó el redactor jefe que estaba muy en la edad
del tango y para quien este mundo era un tangazo y el "Morocho" su profeta.
—De nombrar, ni pun, que se levanta la caza...
Dicho lo cual, el jefe de información desapareció camino del ascensor. El
redactor jefe terminó de leer mi entrevista con Edmundo Lecea.
—No te quedó mal —opinó—. ¿Viste de verdad la nube o es un toque
literario?
—Palabra que no lo sé. Seguramente que vi una nube, seguramente que la
nube no era roja, ni rojiza siquiera, pero como estábamos en una terraza de
Manuel Becerra, y Lecea quedaba de espaldas al Este y yo, frente a él, veía el
cementerio casi como un halo en torno a su cabeza. ..
—¿Es que ahora entrevistas a los toreros en "Villa Amor"?
— ¡El cementerio, eso debe ser! Luego, cuando me puse a escribir, esa nube
sobre el cementerio se me hizo roja como la sangre de un toro. La nube ya era
un toro con el lomo rojo, y te diré que cuando visito "Villa Amor" nunca voy
con toreros. No me agradan los toreros en "Villa Amor", aunque confieso que
no me disgustaría alguna rejoneadora.
—"Tiene el tono rojizo" —leyó el redactor jefe—, "pero eso es del atardecer".
O sea que fuese o no en "Villa Amor" la entrevista, se te ocurrió también que
lo del tono rojizo podía entenderse como un presagio de sangre y por eso te
cubriste con lo del atardecer.
—Es curioso —dije—. ¡Cuántas cosas van ocultas en algo que se escribe al
galope y por ganar unos duros!
—Además, tú te cubres siempre porque tienes miedo a pasar por gafe.
—¡Qué bobada!
—¿Sí? Te pasa con los futbolistas, con los boxeadores, con los autores que
estrenan..
—Pues verás; desde que he releído mi entrevista con Lecea, hace un rato, casi
me considero un poco culpable de lo que le sucede. Comprendo que esto

93
obedece a un irritante complejo de escritor. El periodista cuenta lo que ve; el
escritor lo que ve y lo que prevé, y mezcla realidad, fantasía y también oscuros
designios que vienen como desde un pozo. El escritor fabrica el destino de sus
personajes y...
—¿Querrás un poco de agua? ¿Quizás una aspirina?
—Perdona. Volviendo a lo que importa. Lecea era un muchacho...
—Lecea es un muchacho; todavía es, no te desboques.
—Lecea es un muchacho alegre y serio. Quizás yo saqué de quicio las cosas y
con la historia de su antepasado el general y con lo que me dijo de que no
quería saber nada de faldas por el momento, me inventé un Lecea distinto, lo
dramaticé demasiado..
El redactor jefe escarbó en un montón de desperdicios de archivo hasta dar
con una foto de Lecea. La estudió en silencio y luego me la pasó a mí. Era una
plana de La Fiesta, semanario taurino mejicano.
—Es un chico jovial. Se le ve que lo pasa muy bien toreando, que disfruta,
que pagaría por torear. Su trabajo le gusta. Tiene los ojos alegres, llenos de
vida. Fíjate cómo sonríe mientras se lía el toro a la cintura, y a la vez, mira,
comprueba qué alerta está, qué espabilado, qué cuidadoso. Conoce bien su
oficio.
—Así es —dije.
—Pues si se muriera, esta misma foto nos serviría para decir con igual
sinceridad que Lecea estaba entregado a su tarea de un modo dramáticamente
apasionado, y que en sus ojos tristes ya se veía venir a la muerte, que sus ojos
eran los ojos de los que mueren jóvenes, y que él sonreía a la muerte con una
sonrisa de indiferencia. Todo eso y más podríamos decir.
—Así es —dije.
—Bueno, pues agarra tu entrevista, dale la vuelta, cuenta algo de lo que
hablasteis más en confianza y dame dos columnas. Ya sé que has venido sólo
a despedirte y a pagar las copas de cortesía, pero también sé que adoras tu
trabajo, y además, por si esta información es falsa, cualquier cosa que hagas
esta noche irá al parte.
—Me encanta ser citado en el parte.
—Citación ordinaria, no te ilusiones.
—Igual me valen los cincuenta duros.
— ¡Qué confusamente pronuncias treinta!
Me puse a escribir sobre las tres de la mañana. "Chalequero" llamó por
teléfono y el "chela", que también era medio taquígrafo, le cogió la crónica.
"Chalequero" viajaba en el coche de un diestro amigo suyo hacia no sé qué
feria del norte y llamaba desde un parador del camino, donde iban a hacer
noche. Preguntó por Lecea, e incluso el torero, que era un maestro viejo,
creído y de campanillas, aunque algo rajadas, se puso al teléfono, y entonces lo
atendió Ernesto ante la sumisa resignación del "chela".
La edición quedó cerrada a las cuatro. A Lecea le habían administrado los
Santos Óleos a las tres y media. A esa hora había terminado yo un par de

94
folios y me reservaba diez líneas para el final, según como cantase la
madrugada. Pero no pude más y rematé con cinco líneas en las que la
esperanza ardía como una leve y débil candelilla. Quería forzar los
acontecimientos, inclinarlos de mi bando, dominarlos, borrar aquel toro rojo,
la nube roja aquella.
El redactor jefe se sonrió.
—Esas líneas son inútiles. No me valen. Nada me valdrá si Lecea vive. Tienes
muy buen corazón, pero como periodista no pasas de regular. No te importe,
a lo mejor llegas a ser un escritor y entonces te mueres de hambre.
Quizás para retardar tan agobiante final, el redactor jefe organizó una fresca
ensalada a base de contactos subterráneos con un jardín donde la gente
bailaba y bebía. La ensalada era de primera, con escabeche, aceitunas, cebolla
abundante, huevos duros, tomate, pepino y alcaparras menudas, agresivas e
invisibles como una guerrilla. Hacía mucho calor y por las ventanas abiertas
entraba el sofoco del plomo y la pestilente alentada de la fundidora. No
quedábamos a bordo más que el redactor jefe, los dos taurinos y yo. También
quedaba Perico, pero daba igual que se hubiese marchado, porque permanecía
frente a su máquina empeñado en terminar el segundo acto de una comedia
que estaba escribiendo desde la primavera. El jefe de información, con la
venia, se marchó al cerrar. La noche se le había dado muy bien y a última hora
nos anunció que si ligaba nos llamaría desde donde fuese, y que en caso
contrario se retiraría a sus habitaciones en buen orden y completo silencio.
A las cuatro y cuarto comenzó a oírse la rotativa. Para matar el rato nos
metimos en póquer. A las cuatro y treinta y cinco sonó el teléfono y al tiempo
de cogerlo el redactor jefe tiró sus cartas sin verlas siquiera y dijo: —"Paso".
Pasamos todos, yo con dos ases, que me gustan mucho. Llamaba el
corresponsal de Atarbe. El redactor jefe recogió taquigráficamente lo que le
soltaba. Se interrumpió un momento: —"Que paren". Di la orden por
teléfono mientras los dos taurinos bajaban al taller. Me puse a escribir las diez
líneas finales. Dejó de oírse la rotativa. También Perico había parado. El
redactor jefe dio las gracias al corresponsal y se fue a la pecera. Al pasar me
informó: —"Murió a las cuatro veintinueve. No dijo ni pío, el pobre". En
seguida el redactor jefe tradujo sus notas y bajó a talleres. Poco después un
pruebero se llevó mis pobres diez líneas, mis tristes diez líneas.
Me senté cerca de Perico y encendí un pitillo. Cuando sonó el teléfono ya
sabía yo que era el jefe de información el que llamaba.
—¿Cascó? —me dijo.
—A las cuatro veintinueve.
Noté que no le gustaba haber utilizado el verbo cascar, pero que tampoco le
hubiera gustado no utilizarlo, sobre todo si la respuesta hubiese sido negativa.
—Mala pata.
—¿Dónde estás?
—En "Villa Amor", dónde quieres que esté a estas horas. —Hizo una pausa;
le oí decir: —"Sí, chica, sí; ha muerto". Luego continuó inesperadamente—.

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Está amaneciendo. Lo veo la mar de bien desde la misma cima. Ya hay luz.
Una luz blanca.
—Oye...
No tengo idea de lo que quería decirle porque él me ganó por la mano.
Supongo que iría a mostrar mi extrañeza por aquel súbito ataque de precisión
y poesía. Cualquiera sabe.
—Si hubiera aguantado cinco minutos más, se salva. Estoy seguro. La gente
joven se salva con la luz. A mí me pasó.
—A mí también.
(Lo mío fue en el Hospital del Salvador durante la guerra. Era el mes de abril y vi a la
muerte salir de mi habitación al mismo tiempo que amanecía. Lo vi muy bien y nadie puede
desmentirme. Abrió la puerta y se fue. Lo del jefe de información fue más difícil, porque le
ocurrió en Rusia, con la División Azul, y era invierno, pero el tío se agazapó hasta que
hubo algo de luz y le engañó a la muerte. Pero de esto no respondo como de mi historia.)
De nuevo me hablaba el jefe de información.
—La muerte viene de noche, querido, pero ya es de día y yo voy a celebrarlo.
Dicho lo cual colgó.
Me levanté para irme a casa. Quería dormir un poco antes de empezar mis
vacaciones. Eché un vistazo al folio que comenzaba Perico.
"Elisa. — Nunca te imaginarás lo que te quiero, Adolfo. (Se aproxima al
ventanal. Adolfo la sigue.)
Adolfo. — No más que yo, Elisa, y aunque tu padre se oponga a nuestro
amor, yo te juro que arrollaremos todos los obstáculos.
Elisa. — ¡Bien mío!
Adolfo.— ¡Mi adorada! (Van a besarse. La puerta..."
Escupí discretamente, aunque sin la precisión dialéctica y hasta matemática de
los taurinos. En el mundo de Perico, Lecea hubiese pasado hambre pero al
final se hubiera casado con Elisa. Un toro le habría corneado de gravedad, de
extrema gravedad, pero al final se hubiese casado con Elisa porque era un
muchacho bueno y además porque se llamaba Edmundo. Tampoco sé qué
cosa es mejor.
—¡Hasta la vuelta, Perico!
—Que lo pases bien, Enrique.
Al bajar la escalera oí a la rotativa ponerse en marcha. No quise despedirme de
nadie más. Salí a la calle. Apenas había refrescado, pero el aire era limpio y
fino. Eché a andar y en una churrería me tomé una copa de aguardiente.
Después tuve la suerte de encontrar un taxi y en cuanto me metí en él
comencé a dudar si iría o no a casa.

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INDICE

La instancia ............................................................................9
Toros cerca de la playa.......................................................17
El paladín .............................................................................23
La furia se vade viaje ..........................................................32
Feria ......................................................................................39
Herminio, el del bar............................................................48
El delantero centro.............................................................52
La fiesta chiquita .................................................................67
El café del lunes ..................................................................73
Vieja gloria ...........................................................................78
La muerte viene de noche .................................................85

97
98