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ELOY ALFARO

Y

Sus Victimarios
(Apuntes para la historia Ecuatoriana)

Por

José Peralta
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P R E F A C I O
Una de las finalidades fundamentales de la Fundación Internacional Eloy Alfaro comienza a ser satisfecha mediante la edición, bajo sus auspicios, de la obra que escribió el Doctor José Peralta acerca de negocios públicos de la República del Ecuador en cuyos avatares participó intensa y heroicamente el Viejo Luchador. Estas páginas están llamadas a hacer luz en torno a los esfuerzos transformativos concebidos, propugnados y dirigidos por el General Alfaro. He aquí, en la difusión de la gran labor intelectual del Doctor Peralta, una vía eficaz para expandir el conocimiento de los ideales y empeños por los cuales se movió y llegó al sacrificio extremo el ilustre caudillo liberal del Ecuador. La obra literaria del Doctor Peralta que ahora ve la luz pública está avalorada por la altísima calidad del insigne autor en lo político y lo moral. La FIEA se honra divulgando bellas y trascendentales páginas que hablan de un proceso histórico inseparable del destino de América. El Doctor Peralta fue colaborador del General Eloy Alfaro en horas cruciales para la República del Ecuador. Su palabra, llena de saber y pulcritud, es fiel expresión de verdades de la mayor importancia para todos los hombres libres del Hemisferio Occidental.

Fundación internacional Eloy Alfaro Emeterio S. Santovenia Presidente

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P R O L O G O No debe escribirse la Historia en el calor de las pasiones desbordadas, en cuyo torbellino suele extraviarse el criterio más sereno y recto. El historiador ha de revestirse del augusto carácter de juez, inaccesible a las sugestiones de la amistad o el odio, superior a todos los intereses de partido y sordo a los rumores de las muchedumbres; y por lo mismo, debe estudiar detenidamente el pro y el contra en toda cuestión, examinar los documentos de acusación y defensa, para la credibilidad de los testigos, analizar con severidad y calma las revelaciones mismas del tiempo, para poder aceptar únicamente lo verdadero. El historiador habla a la posteridad; y su voz no ha de dejarse oír sino en defensa de la justicia, y narrando hechos estrictamente ciertos: quien falta a este sagrado deber, prevarica y se hace reo de traición y engaño a la humanidad. Por esto es que la historia es obra propia de las generaciones posteriores a la que presenció los hechos narrados: cuando las pasiones se han apagado, cuando la grita de los partidos contendiente se ha perdido, cuando la antorcha de la muerte ilumina aun las mayores tenebrosidades de la vida de los grandes actores en los dramas humanos, sólo entonces habla claramente la verdad y se deja ver desnuda, como el arte griego la representaba. He aquí por que me limito a escribir estos ligeras apuntes sobre la horrorosa tragedia del 28 de Enero de 1912; valiéndome únicamente de los datos oficiales hasta hoy publicados, y de aseveraciones de testigos que no han podido ser contradichos de manera alguna por los defensores de los asesinos. Después vendrán otras pruebas que sabrá valorizar debidamente el historiador, para pronunciar el definitivo fallo; porque abrigo la convicción de que el tiempo pondrá muy pronto en claro la tenebrosa maquinación de Enero, y denunciará a todos los criminales y sus fautores, determinando el grado de responsabilidad de cada uno. Nada queda secreto en la vida de los hombres y de los pueblos; y, más o menos tarde, la inexorable justicia — que no es sino la manifestación de la conciencia humana, la encarnación de la moral pública — cae sobre el culpado y lo presenta a la maldición universal, atado a la picota de la ignominia, para escarmiento de malvados y saludable horror de las generaciones venideras. Téngase, pues, éstas apuntaciones como folios del gran proceso histórico sobre la victimación alevosa y bárbara de uno de los ecuatorianos más ilustres; proceso que — no porque demore su tramitación — dejará de terminar con una sentencia condenatoria, de los que fueron capaces de infamar a la República con crimen tan monstruoso y salvaje. J. PERALTA Lima 1918
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Les massacres de prisonniers, qui ont eu lieu a diverses époques de notre histoire, et qui ont été quelquefois attribués a une explosión de la furcur populaire, ont été, en réalité, voulus, preparés par des meneurs politiques. Les massacres de Septembre ont été premedites, proposés dans plusieurs sections, voulus par Danton, acceptés par Robes – Pierre……. LOUIS PROAL, "La Criminalité Politique".

CAPITULO

I

ANTECEDENTES
Caamaño fue la causa de la caída del Presidente Cordero, hombre probo y de mérito, pero, sencillo y sin versación alguna en los negocios públicos, sin carácter ni energías cívicas; hombre que, por su propio bien y el de la patria, no debió salir de sus literarias ocupaciones. El vergonzoso alquilamiento de la Bandera Nacional para el traspaso de una nave chilena a un imperio beligerante, agotó la paciencia de los ecuatorianos, y el partido conservador se vino a tierra, bajo la enorme carga de sus iniquidades. Las revoluciones no las hacen jamás los hombres, sino los acontecimientos: son la consecuencia ineludible de antecedentes, que nunca quedan estériles. Los caudillos, por prestigiosos que sean, cuando esos antecedentes no existen, apenas promueven motines de cuartel, convulsiones de la plebe, transformaciones de conveniencia personal; y, por tanto, efímeras, y siempre seguidas de formidables reacciones, que se traducen en ruina y devastación para los países. Pero esas revoluciones que cambian la faz do los pueblos, que destruyen el edificio antiguo y lo reconstruyen con materiales y sobre planos modernos y sapientes, que redimen y salvan a las naciones, son fruto exclusivo de premisas históricas y sociales, de elementos de transformación lentamente acumulados por los mismos gobiernos que, en su caducidad, caminan a la ruina, de tropelía en tropelía, de crimen en crimen, como arrastrados al abismo por la fatalidad. A esta clase de revoluciones, redentoras pertenece la del 5 de Junio de 1895; fecha gloriosa que constituye, el punto inicial de la organización del régimen liberal en el Ecuador. El partido conservador se había hecho insoportable, y cayó tal vez para no levantarse jamás; pues sus constantes tentativas de reacción si sangrientas, le han resultado siempre estériles. Y aunque volviera a escalar el poder, se vería en la precisión de entrar en transacciones con la civilización y el progreso; y no sería ya, por el mismo caso, el bando obscurantista y sanguinario, intolerante y opresor, fanático y monacal que creó y organizó García Moreno.
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La revolución de Junio destruyó el sistema garciano, hizo saborear al pueblo las dulzuras de la libertad, acostumbrólo a ser soberano de sus destinos; y ya no es posible que vuelva a sus antiguos hierros, que reconozca otra vez a sus derrumbados tiranos. El Partido Liberal ascendió al poder por la fuerza de los acontecimientos y la voluntad de las mayorías. Nada pudieron contra este impulso irresistible, ni el furor de las turbas fanáticas, ni la guerrera actividad de la clerecía, ni los esfuerzos sobrehumanos de los caudillos conservadores que no retrocedieron ante ningún medio de sostener sus granjerías, por más que tuviesen que pasar por sobre la moral y por sobre la honra de la patria. Eloy Alfaro fue llamado a dirigir la obra de la regeneración ecuatoriana; pero ésta era una labor propia de titanes y de muy largo tiempo, porque el monaquismo y la servidumbre se habían encarnado, por decirlo así, en las masas populares, y no era fácil obrar rápidamente en la conciencia de una generación encariñada con la esclavitud e idólatra de las doctrinas monásticas. Por otra parte, inexperto el partido liberal en los diversos y complicados ramos de la administración, hubo de tropezar no pocas veces; y cometió errores que justamente anotará la historia. Sin embargo, el gobierno presidido por Alfaro, emprendió resueltamente el camino de las reformas; y, con el fusil al brazo en medio del humo de los combates, continuó adelante, venciendo todos los obstáculos que se oponían a su paso. Yo mismo he trazado a grandes rasgos, las reformas realizadas por el General Alfaro, en un opúsculo que publiqué en 1911, con el título “El Régimen conservador y el Régimen liberal juzgados por sus obras” y aquí no haré mención sino de las más trascendentales, de las que le han dado nueva existencia al pueblo ecuatoriano. El clericalismo era el cáncer de la sociedad y lo había envenenado todo: gobierno, leyes, justicia, ciencias, escuelas, talleres, familia, conciencia individual y conciencia pública, todo estaba modelado, desfigurado, contrahecho por el espíritu monacal. La República del SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS estaba regida por una teocracia absurda, asfixiante, que se salía aún del marco que, según el Conde de Maistre, debe contener a un Estado Católico ultramontano; y nada, absolutamente nada, habría podido echar de menos el más exigente de los obispos de la Edad Media, en este feudo de la Santa Sed. El Presidente de la Nación no era sino a manera de vicario del romano pontífice: la soberanía ecuatoriana, no existía en realidad; y hasta las leyes del Estado quedaban sin valar ni efecto, si contradecían en algo a los cánones y a las doctrinas de la Iglesia. El Ecuador no era una nación, digámoslo así, sino una mera cofradía, dirigida por señores espirituales y despóticos; una autocracia mística, que no reconocía más ley fundamental que el Syllubus, ni más regla de gobierno que la arbitraria voluntad del amo. La santa, alianza del altar y del trono, para mantener sumisos a los pueblos prestándose mutuo apoyo las dos tiranías, la temporal y la eclesiástica; esa alianza nefanda que ha retardado el perfeccionamiento humano por decenas de siglos, mantúvose inalterable y estrecha por largos años en la República del Sagrado Corazón; y produjo todos los amargos frutos que siempre ha dado de sí, en todos los países dominados por ella.
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De consiguiente, debía comenzar por la extirpación de aquel cáncer; y el gobierno liberal, ataco con decisión y energía la enfermedad mortal que aquejaba a la República. Emancipó la conciencia de los ecuatorianos, estableciendo la libertad de cultos, la libertad de imprenta y la libertad de palabra; suspendió el Concordato y desconoció la supremacía del Syllabus sobre las leyes de la nación; derogó las contribuciones eclesiásticas y los decretos cuasi canónicos que hacían del Ecuador un feudo papal; secularizó la enseñanza y abrió las puertas a la libre importación de libros para la difusión de la ciencia moderna; privó al sacerdocio de su despótico poder y avasalladora injerencia en los negocios públicos; prohibió la inmigración de comunidades religiosas y despojó de las prelacías a los sacerdotes extranjeros que tiranizaban a los del país; declaró bienes nacionales a los llamados de manos muertas, adjudicándolos a la beneficencia pública; estableció el matrimonio civil y el divorcio; dictó leyes protectoras en favor de la raza india y del proletario; limitó, en fin, hasta donde se pudo, la intromisión monástica en el manejo de los asuntos del Estado, vedando que los ministros del altar desempeñasen cargos oficiales. Sin embargo, como verdadero liberal, Alfaro era tolerante y conciliador; no entró jamás en su mente el violentar la conciencia ultramontana; y, salvas las reformas indispensables y de vital importancia para la República, manifestóse dispuesto a toda concesión razonable y justa en favor del bando político que enfáticamente se daba, el nombre de católico. Pero toda tentativa de conciliación, todo proyecto de modus vivendi, todo llamamiento a la concordia y a la paz, escollaron en el fanatismo y terquedad del clero y sus adeptos. La Cancillería pontificia misma mostróse por demás inmoderada: la diplomacia eclesiástica — que cede siempre ante el poderoso— se agiganta y torna intransigente con los débiles; y por impotentes y desvalidos nos tenía el Papa a los que en el Ecuador militábamos bajo la bandera liberal. Olvidaba e1 sabio Pontífice que los pueblos modernos perecen, antes que ir a Canosa; y el partido radical ecuatoriano prefirió la lucha sangrienta a la humillación delante de la clerecía, al vergonzoso retroceso en el terreno de sus nobles y trascendentales conquistas. Fracasada toda manera de avenimiento justo, Alfaro avanzó, impertérrito en la senda de las reformas; y, de etapa en etapa, llegó a la separación absoluta de la Iglesia y el Estado. El furor del clericalismo no reconoció diques; y dosbordóse a la manera de un torrente de lava ígnea que incendió toda la República. Los obispos anatematizaron todas las mencionadas reformas, calificándolas de impías y heréticas, de atentados monstruosos contra la religión y la Divinidad misma; y en Cartas pastorales y exhortaciones al pueblo, señalaban al Presidente y a sus Ministros, a los Legisladores y demás liberales, como forajidos que se debía combatir sin tregua, en defensa de la heredad del Señor. Los predicadores proclamaron la guerra santa; y algunos de ellos llegaron a sostener sin ambages la santidad del asesinato de los herejes, comparable a las hazañas de esos santos homicidas que libertaron al pueblo de Israel, inspirados por el mismo Jehová.
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Hasta las monjas contribuyeron con sus caudales para la guerra fratricida; y se colocaron públicamente en los mercados de los pueblos colombianos fronterizos, vasos sagrados, candeleros de plata, capas de oro, casullas, etc., a fin de acumular fondos para el enganche de los soldados de la fe, a los que iba a reclutar el fanatismo al otro lado del Carchi, entre esas como hordas hambreadas que la frailería de Pasto no cesó de lanzar sobre el Ecuador, por más de cinco años. El obispo de Portoviejo llegó al extremo de olvidar su misión de paz, y empuñó la tizona, homicida, dando ejemplo a los cruzados que guiaba, aun en el incendio de poblaciones indefensas; y el, obispo Moreno, de Pasto, y los capuchinos expulsados del Ecuador, encargáronse - de organizar y disciplinar a los sanfedistas, que por tantas veces sucumbieron bajo las _armas del ejército liberal, en campos que han adquirido siniestro renombre por los torrentes de sangre derramada. Cada templo era un antro de conspiración; cada fraile, un reclutador infatigable de cruzados; cada pulpito, una tribuna al servicio de esa demagogia eclesiástica, de esa antropofagia mística e implacable; cada congregante, un atizador del incendio, un espía habilísimo; cada párroco, un cuestor activo de contribuciones piadosas y destinadas a dar pábulo a ese insano frenesí de sangre. Jamás ha despertado el fanatismo con mayor fiereza en nuestro desventurado país, ni cometido tan enormes iniquidades como en aquellos luctuosos tiempos: la historia de lucha tan impía y sangrienta sobrepuja en horror y en crímenes, aun a las escenas de canibalismo de las guerras coloniales. Y no había un solo devoto que no soplase en la hoguera, así como transformado en verdadero energúmeno, en ser ajeno del todo a los más sagrados sentimientos de humanidad: hasta hubo mujeres que, despojándose de su natural dulzura y mansedumbre; trocáronse en furias, al extremo de rematar sin compasión, y en honra y gloria de Dios, a los indefensos liberales heridos, que hallaban en los campos de batalla. La hueste católica no proclamaba otro derecho ni otra regla de conducta, que la brutalidad de Breno: ser vencido valía tanto como ser destinado al martirio. Fue una guerra tenaz y prolongada; guerra cuyo sustento era el odio más feroz e insaciable, ese odio que sólo nace y se alberga en el corazón de la frailería y de sus secuaces. Vencida la cruzada en todas partes, vióse el clericalismo reducido a la impotencia militar; pero no cejó en su aborrecimiento de muerte al Reformador, ni en sus maquinaciones contra la libertad ecuatoriana. Las victorias mismas de las armas radicales encruelecieron y envenenaron el rencor del bando ultramontano; y Alfaro y sus principales colaboradores fueron condenados a la difamación y a la muerte, como ateos y tiranos. La doctrina jesuítica sobre la legitimidad del tiranicidio, se puso en boga; y fue públicamente enseñada en las aulas, propalada en los pulpitos, y hasta inculcada en los confesionarios. Así, muy Juego, para la ciega intolerancia del vulgo, dar la muerte al General Alfaro y a sus compañeros de labor, llegó a equipararse a un acto de sublime heroísmo, a una como manifestación de virtud y santo celo por la fe de Cristo. Partirles el corazón de una puñalada, era agradar a Dios y conquistar el cielo.
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Y hubo muchas conjuraciones abortadas, muchos brazos levantados para herir, y que no dieron el golpe sólo por circunstancias ajenas a la voluntad del asesino. Dada la ceguedad y violencia de las pasiones del conservadorismo fanático, era lógico e inevitable semejante actitud contra el demoledor de la tiranía hierática, que por tan largos años había pesado sobre la República. Cada golpe de piqueta del egregio Caudillo abría una brecha en los más caros intereses de la clase dominadora de la nación, cada trozo del viejo edificio que se venía a tierra, arrastraba consigo los privilegios, los honores y granjerías de nuestros amos: ¿podrían estos perdonarle al invasor de sus dominios, al audaz extirpador de su poderío, al implacable adversario de la teocrática opresión, que esa como casta de señores, ejercía sobre los embrutecidos pueblos? Porque ya lo he dicho, en ningún hispano-americano se han mantenido más firmes e intangibles los prejuicios medievales, como en el Ecuador: nada han podido contra ellos ni las glorias y esplendores de la guerra magna con España, ni los luengos años de vida independiente que ya contamos, ni los adelantos del mundo moderno, ni los esfuerzos gigantescos de los patriotas ecuatorianos que, de tiempo en tiempo, han alzado bandera por la civilización y caído algunos en tan santa brega, como mártires por redimirnos. Cuando Alfaro se puso al frente de la generación ecuatoriana, toda la andamiada colonial hallábase todavía en píe: el pueblo esclavizado, sumido en la miseria y en la más crasa ignorancia, arrastrándose a los pies de una como aristocracia de sacristía, que se alimentaba, apoyada en divinos derechos, con los sudores y la sangre de las fanatizadas muchedumbres; la sociedad dividida, por lo mismo, en siervos y señores, en explotados y explotantes, en privilegiados y en irredimibles ilotas. El clero y los monjes, los devotos y los hipócritas, componían la clase predestinada a la absoluta dominación: el usufructo del rebaño les pertenecía por ley de Dios: para ellos, exclusivamente, no sólo los vellones, sino las carnes y la grasa de las humanas reses, sobre las que mantenían extendida, con descaro y de la manera más irritante, la sangrienta y enrojecida garra. El gobierno, en todos los ramos de la administración, propiedad suya; y, de consiguiente, el pueblo inteligente y trabajador, pero desheredado, jamás halló francas las puertas de la vida pública, ni pudo servir a la patria de otro modo que corrompiéndose en los cuarteles, muriendo sin motivo ni gloria en los campos de fratricidas contiendas, a donde lo arrastraba muy frecuentemente la ambición torpe y menguada de sus tiranos. Los Congresos no eran sino cónclaves eclesiásticos únicamente los obispos, los clérigos, los católicos probados, los jesuitas de sotana corta, podían representar los derechos del pueblo y darnos leyes; a sólo les estaba encomendado manejar la República y encauzar su marcha hacia el porvenir. De igual manera, los municipios, patrimonio de aquella sagrada casta, contra la cual no era lícito levantar ni la mirada, menos la voz para reprocharle semejante tiranía. El sillón presidencial, las poltronas del gabinete, las gobernaciones de provincia, las jefaturas de catón, hasta las tendencias parroquiales, eran peculio exclusivo, no de los méritos y el patriotismo, sino del linaje de Rodin y de Tartufo.

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¿Quién fue jamás vocal de las cortes de justicia, ni alcalde cantonal, ni acusador público, ni tesorero, ni alguacil, ni siquiera portero de una oficina de gobierno, sin certificado auténtico de ortodoxia, sin ir cargado de camándulas, y reliquia, sin ser miembro de una congregación religiosa, en fin, sin pertenecer de algún modo a la clase privilegiada y ultramontana? Hasta los militares, para mantenerse en servicio y tener piltrafa, habían de ostentar escapulario y rosario, a vueltas con los entorchados; y reconocer y sostener con la espada el derecho divino de los usufructuarios del Ecuador. En cuanto a los colegios y universidades, liceos y escuelas, nada hay que decir: el loyolismo se había encargado de perpetuar la dominación conservadora, mediante la formación hábil y prodigiosa de sucesivas generaciones de parias, de multitudes abyectas y sin vista, de tina sociedad sui géneris, supersticiosa y fanática, adecuada para base y defensa del omnímodo poder sacerdotal. ¿Qué inteligencia modernamente nutrida había de irradiar en esos tenebrosos albergues de murciélago? Tan absurda era la doctrina que recibíamos en los colegios, que después — cuando hemos podido adquirir conocimientos en las ciencias modernas —, hace apoderado de nuestra alma verdadera indignación contra los maestros traidores que, por obedecer una consigna criminal, malgastaron nuestros mejores años en extraviarnos la mente y atrofiarnos el cerebro con una enseñanza propia de la Edad Media. Las rentas públicas, los empleos y los honores, todas las funciones administrativas de la nación, eran, pues, mina explotada únicamente por los llamados católicos; y, como si dijéramos de adehala, quedábanles aún otros muchos filones sociales que les rendían pingües e inagotables ganancias. Los legados píos, los fideicomisos cuantiosos y secretos, los albaceazgos bien remunerados, los depósitos considerables, las sindicaturas eclesiásticas, la presidencia o tesorería de las congregaciones, etc., constituían los extras de sus ingresos; y para lograrlos, no tenían sino que asistir a misa mayor, puestos los brazos en cruz, besar humildemente la tierra en presencia de las turbas crédulas, aporrearse el pecho en las funciones de iglesia, ahitarse de agua bendita, exhibirse en las procesiones con el estandarte y cubiertos de cintajos y medallas piadosas, distinguirse, en fin, por el odio más frenético a todo lo que signifique libertad, civilización y progreso. En este ideal reino de Jesucristo pelechaban todos los de la clase privilegiada: los seglares no se limitaban al monopolio do la administración nacional y municipal, sino que iban a la parte con los eclesiásticos en las exacciones propiamente religiosas. Arrendaban los diezmos y las primicias; y con el título de asentistas de tan sagradas contribuciones, extorsionaban a los agricultores de la manera más inhumana y bárbara, tanto que los nombres de diezmero y primiciero, suenan todavía con espanto a los oídos de los infelices campesinos. La mayor parte de los curas párrocos saqueaban a sus feligreses, en nombre de los impíos y ultrajantes derechos parroquiales: ni el dolor de la viuda, ni el llanto de los huérfanos, ni la miseria ostensible de aquel hogar enlutado, suavizaban el corazón de esos desapiadados pastores: la contribución sobre la muerte no se condenaba jamás, aunque hubiera de venderse a un hijo del difunto para pagarla.

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La aza india era la peor librada en ese engullir constante de los ogros de sacristía: las fiestas inventadas por el clero, hacían indispensable el concertaje para satisfacer la superstición y el fanatismo de los desgraciados descendientes de Atahualpa; superstición que los sacerdotes fomentaban con habilidad suma para explotarlos a más y mejor y a sus anchas. Y los terratenientes católicos — que se perecían por aumentar el número de sus esclavos— apresurábanse a pagar el precio de aquella esclavitud inicua, a fin de que el cura no tardara en percibir él fruto de sus sacrilegios inventos. De esta manera, la superstición cedía en beneficio del bando dominante; el sacerdote rellanaba la hucha y el tartufo gamonal adquiría, a vil precio, nuevos y nuevos siervos; y se perpetuaba así el sistema de esclavitud colonial, en nombre de la iglesia y por el ministerio de sus sagrados ministros. El concierto pasaba a la categoría de cosa: su amo le reducía a la miseria, le arrebataba hasta la mujer y los hijos, le flagelaba sin conmiseración, lo empleaba en las faenas más penosas, teníale casi siempre medio desnudo y atormentado por el hambre, lo consideraba inferior a las mismas bestias, y no le daba por libre ni después de muerto; puesto que las obligaciones del desventurado siervo pasaban, como herencia fatal, a sus inocentes hijos. Pero el esclavo había cumplido la imposición del cura: pagó el culto dé san.......cualquiera, llevó un guión de hojalata por una hora escasa en la procesión de su pueblecillo, se emborrachó estrepitosamente en su categoría de prioste; y a trueque de este acto de religiosidad y catolicismo aceptó la más horrorosa esclavitud para el resto de su vida, y aun para su desgraciada descendencia . . . . ! El artesano tampoco trabajaba exclusivamente para su familia: la reservada alcancía iba rellenándose con, sus sudores, en forma de pequeñas monedas; y ese oculto caudal arrebatado a sus hijos, era para la fiesta del Corpus Christi, de la Virgen del Carmen, de San Tadeo u otro bienaventurado, de las almas del purgatorio, etc.; es decir, para el clero, exactor insaciable y sin entrañas. El Ecuador era una colmena: los zánganos en todas partes, son zánganos, pero en la República del Sagrado Corazón de Jesús, vestían cogulla y aún iban de capa de coro, bien repletos con el sudor del pueblo, y todavía bendecidos y aclamados por sus víctimas .... Al faro tomó de su cuenta limpiar esta tierra do langostas tonsuradas y sanguijuelas místicas: e hirió por fuerza todos los intereses del clero explotador y fanático, todas las ambiciones y granjerías de los Tartufos y Rodines que nos chupaban hasta la medula de los huesos, todos los privilegios y exclusivismos de esta como casta sagrada, que alegaba el derecho divino de gobernarnos y, por lo mismo, se concitó el odio implacable, el rencor frenético, 1a venganza más negra y furibunda de lodos los explotadores de la necia credulidad de los ecuatorianos. ¿Qué raro que el partido clerical le hubiese movido guerra perenne y conspirado contra su vida muchas veces? ¿Qué admirable que la clase desposeída hubiera resuelto llevar hasta los últimos términos la venganza contra su vencedor y despojante, contra el que había derruido el viejo edificio social y reducido a la nada, el intangible poder del clericalismo? Y no se nos arguya que hay muchos sacerdotes apostólicos y conservadores honorables y virtuosos, incapaces de estás pasiones de caníbal, refractarios a los salvajes desbordamientos del rencor, condenadores inflexibles de todo crimen atroz y de
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todo atentado contra la humanidad: por fortuna, y para honra de nuestra especie, es muy cierto que hay tan laudables y numerosas excepciones; pero ella; no bastan para, exculpar al partido y salvarlo de las tremendas responsabilidades que le abruman. Un genial escritor colombiano decía que los conservadores proceden al contrarío de los toros, que en manada son mansos, y embisten separados: los conservadores en junta, la cornada que dan es de muerte. Y Juan de Dios Restrepo tiene razón: en realidad de verdad, hay conservadores que individualmente rechazarían con horror toda participación en un crimen; pero la colectividad está desposeída de conciencia; es cruel y vengativa, sanguinaria e implacable. El sistema político conservador es el más inhumano y bárbaro. La doctrina clerical es la que consagra el fanatismo, glorifica el patíbulo y prescribe la hoguera para defender sus dogmas absurdos y terrales intereses. Y la colectividad conservadora es la encarnación de esa doctrina de impiedad, de ese sistema de terror y exterminio inexorables; y se muestra, por lo mismo, fríamente cruel, con la impasibilidad de la cuchilla del verdugo, con la intransigencia de toda doctrina revelada por la divinidad, con el inflexible rigor y violencia ciega de todo sistema de tiranía que se ve amenazado en su existencia. La terquedad y la barbarie del conservadorismo ecuatoriano han sido funesta herencia del despotismo colonial: como los conquistadores de América, hacen dimanar sus prerrogativas y poderío, de la voluntad del cielo; y establecen íntima relación, unión perfecta, solidaridad perpetua entre los intereses religiosos y sus propias desenfrenadas concupiscencias, entre la fe de Cristo y la tiranía clerical, entre la causa de Dios y las detestables acciones de los ministros del altar. Antes perecer que ceder, es su divisa; y todo el que vuelve por la verdad, todo el que se declara contra la superstición y el fanatismo, todo el que invoca la libertad del espíritu y la autonomía de la conciencia, todo el que se esfuerza en sacudir el yugo hierático, es para el conservadurismo un ateo execrable, un criminal digno de muerte espantosa y ejemplo rizadora, un precito irremisiblemente destinado al fuego eterno. Anatema contra el escritor que se atreve a difundir las claridades de la ciencia; anatema contra el político que se duele de los males de la República y arrima el hombro a la redención del esclavizado pueblo; anatema al reformador social y emancipador de la conciencia de las multitudes; anatema y persecución sin misericordia, odio inextinguible y eterna venganza para los impíos que — invocando los fueros de la humanidad— osan extender la sacrílega mano a ese feudalismo político religioso fundado por la alianza del sacerdote y los tiranos! Y el conservadurismo ni olvida, ni transige, ni perdona: tan extremados sus prejuicios y arraigadas sus ambiciones, que se revuelve furibundo hasta contra sus propios ídolos, si éstos llegan a dar alguna muestra de acatamiento a los derechos de la humanidad. Pío IX fue mal mirado por la secta cuando puso la planta en la senda de las reformas; y no se reconcilió con ella, sino mediante el brusco retroceso al sistema de Gregorio VII, a los métodos de intolerancia y anatema, al tradicional procedimiento de los sacerdotes enemigos de la libertad y el progreso, y la programación del Syllabus, lápida funeraria del espíritu humano. El mismo Fernando VII —tipo del tirano fementido y cruel— fue reputado como monstruo de impiedad por el clericalismo, únicamente porque, a más no poder,
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consintió en el restablecimiento de la Constitución de 1813; y los católicos mexicanos justificaron con ello su rebelión contra él muy amado soberano por la gracia de Dios, y lo sustituyeron con Iturbide que les ofreció dar en tierra con toda idea de Constitución y democracia. En el Ecuador, Flores Jijón y Cordero se concitaron el odio y el furor de los clericales, únicamente por su moderación y respeto a la libertad de imprenta: tolerar la discusión libre, la propaganda de doctrinas modernas, la difusión de conocimientos filosóficos y políticos, fue el gran crimen, la imperdonable traición de aquellos magistrados, a los ojos de la clerecía, para quien no hay autoridad humana, buena y santa sin el hacha y el látigo de García Moreno, egregio fundador de la República del Sagrado Corazón de Jesús. Nadie se admire, pues, de los odios que el General Alfaro y sus colaboradores despertaron entre las turbas fanatizadas por los usufructuarios de la nación, ni de los horrores cometido o impulsos de aquella sed de venganza y exterminio que constituía el tormento y la fuerza de los adversarios del liberalismo. Alfaro hirió a la hidra sagrada en el corazón, la encadenó, le arrebató su presa, la incapacitó para continuar en su tarea devastadora y sangrienta; y, natural y lógico, que el reptil herido mordiese la mano que lo estrangulaba, y que su inmunda progenie se lanzara furibunda contra el libertador de los dos millones de víctimas destinadas a servir de alimento a tan venenosa y voraz nidada. Y Alfaro se sacrificó a sabiendas de lo que le aguardaba: la historia le advertía el fin y término de todos los reformadores de la sociedad, de todos los apóstoles y libertadores de los pueblos: pero, arrebatado por un grandioso ideal, lanzóse a la arena con la fe y el ardor propios de los mártires. ¿Alegan que Alfaro tuvo defectos? ¿Y quién es perfecto en el linaje humano? Pero la misión de este Varón extraordinario no la puede negar nadie, pues lleva el sello de lo providencial y grandioso. Las almas grandes —dice La Rochefoucauld— no son aquellas que tienen menos pasiones y más virtudes que las comunes, sino las que abrigan más vastos designios. ¿Y quién puede poner en duda la magnitud y brillantez, la trascendencia y bondad de las empresas de Eloy Alfaro? Redimir a un pueblo, romper sus cadenas y restituirle a la vida, aniquilar una raza de tiranos y tornar imposible la resurrección de la tiranía hierática, desgarrar el velo de la noche, y hacer que los rayos del sol inunden la mente de las muchedumbres, luchar heroicamente hasta conseguirlo, llevar una vida de sacrificio, de entereza y tesón, sin ejemplo entre nosotros, y caer al final de la jornada como mártir, ¿no es haberse conquistado la Inmortalidad? Fue vencida la teocracia; pero la doctrina que los jesuitas depositaron en el corazón de los fanáticos, como simiente venenosa en tierra fecunda, se conservó allí pronta a germinar con el primer rocío de sangre, al primer calor de las contiendas civiles, al primer hálito de una tempestad política. Esos gérmenes de crimen, sembrados por los ministros de los dioses en el alma de pueblos esclavizados y rudos, jamás han quedado sin brotar vigorosos y desarrollarse al llegar la ocasión favorable; y el clericalismo ecuatoriano puede también ufanarse de
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que sus disociadoras e inmorales doctrinas alcanzaron fatalmente a producir hechos de tal negrura, que serán una mancha indeleble en la historia ecuatoriana. El fanatismo religioso había resuelto sacrificar al Reformador; pero hasta que llegara la tan deseada noche de San Bartolomé, dióse a la inicua labor de sepultar, bajo de olas y olas de cieno, la buena fama de los liberales y de su ilustre Caudillo. La prensa clerical vomitó sin descanso toda clase de improperios y calumnias contra los principales sostenedores del liberalismo; y a semejante corriente de inmundicias, denominaban los frailes y los clérigos, defensa de la religión y de la iglesia…! No hubo falta oculta de las familias, ni pecado olvidado entre las cenizas de los sepulcros, ni defecto individual ignorado, que no lo abultasen y ennegreciesen los apologistas del catolicismo, divulgándolos a son de trompetas, con escándalo y procacidad verdaderamente criminales, y como lícito medio de sostener la doctrina de Jesús, es decir, la caridad, la mansedumbre, el perdón, el amor aun a los enemigos; bases de diamante de la religión que nos legó el Mártir del Calvario…! Y los conventos de frailes y de monjas erogaban fuertes sumas para costear tan inmundos libelos: y los curas párrocos y los congregantes tenían obligación de suscribirse a las denigrantes y calumniadoras publicaciones contra los liberales; y los devotos andaban a caza de materiales para la difamación, tomo espías expertos y activos; y los prelados mismos aprobaban el uso de armas tan protervas y ruines contra los regeneradores del país. Hasta González Suárez, cuando Secretario del Arzobispado, sostuvo con insistencia y demasiado calor la doctrina inmoral y anticristiana, de que es lícito desacreditar cuanto se pueda a los enemigos de la religión, a fin de hacerlos odiosos y evitar así que el pueblo siga las perniciosas lecciones de esos propagadores del error . . . Y hubo Seminario conciliar que se convirtió en fragua de Pasquino: los anónimos más inmundos y pornográficos, las diatribas más obscenas y repugnantes, eran obra de sacerdotes infames y cobardes, que asesinaban la honra del prójimo en medio de las tinieblas y a mansalva; de sacerdotes que traicionaban su misión santa, pues lejos de cultivar evangélicamente el corazón de los levitas cuencanos, los depravaban y degradaban, transformándolos en miserables aclumniantes y viles instrumentos de pasiones rastreras ¿Cómo habían de ascender limpios y puros los escalones del altar, esos jóvenes amaestrados en la difamación y el odio, envenenados por la venganza y el furor religioso, familiarizados con las pinturas más lúbricamente sugestivas, y con un vocabulario propio sólo de los más abyectos prostíbulos? El canónigo Alvarado, en un arrebato de ira contra sus colegas, denunció que en el Seminario de Cuenca se imprimían tan abominables libelos ... Y la clase devota, las beatas y las milagreras, aun las inexpertas doncellas que se dejan arrastrar por la pasión religiosa, los jovenzuelos reclinados por los fanatizadores para los círculos piadosos y católicos, atosigábanse el alma con la diaria lectura de aquellas obscenidades; y lo hacían con la conciencia tranquila, más todavía, en la creencia firme de que cumplían un deber religioso y agradaban de semejante manera a la Divinidad…! El pueblo ignorante y crédulo aceptaba por completo las imposturas más inverosímiles, como artículos de fe; y concibió un odio desenfrenado y feroz contra las
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víctimas de la clerical calumnia, contra todos los ciudadanos revestidos de autoridad y señalados por el sacerdote como fautores de impiedad y ateísmo. Acostumbróse la multitud a no ver en los gobernantes y liberales sino execrables seres, traídos y llevados por los libelistas católicos, que impunemente los cubrían de baldón y acusaban de enemigos de Dios y de la sociedad. El respeto a la autoridad, a la persona y buen nombre de los demás, a la moral que en sus severas prescripciones no reconoce diferencias de fe ni diversidad de partidos, ese santo respeto a las bases fundamentales de la sociedad bien organizada, fue minado, destruido, proscrito por el conservadurismo; y el desquiciamiento social que lamentamos —y que tantos males ha causado y causará todavía a la República— es fruto exclusivo de esa nefanda labor de la clerecía. Y ni siquiera los obispos podían disculparse de esta campaña desleal y nefaria: puesto que ellos mismos varias veces han reivindicado la parte principalísima que les tocaba en los frutos de la prensa que llamaban católica. Llenas están sus Cartas pastorales exhortaciones a los fíeles, de esta clase de confesiones; pero bastará citar el testimonio del arzobispo González Suárez, calificado generalmente en el rebaño católico, como virtuoso, sabio e incorruptible guardián de la fe. Celosísimo el señor González Suárez de que la prensa católica no se desviase de la senda que el episcopado le ha trazado en el Ecuador, le dirigió la siguiente Caria al Redactor de la “Hoja Dominica”. “Arzobispado de Quito —señor José Mulet.— Cura Párroco de San Marcos. En la Ciudad. Venerable señor: Con grande cuidado y vigilancia? observo la labor de la prensa católica periódica en esta Capital, porque estoy convencido de que un periódico bueno hace muchísimo bien a sus lectores, así como un periódico malo causa males gravísimos. Más, ¿quién es el que ha de calificar de católico a un periódico? ¿Será acaso el mismo redactor del periódico? ¿Serán tal vez los suscriptores? ¿Quién será…? Bien lo sabe usted., señor Cura; el único que tiene Autoridad para calificar como católico a un periódico, es el Prelado diocesano, es el Obispo. Todo periodista que se sujeta dócilmente a la enseñanza del Prelado, que acata sus indicaciones, que respeta su Autoridad, es periodista católico. Si un seglar debe proceder así, ¿cómo deberá proceder un sacerdote? ---------------------------------------------------------------------------------------------------------Un grave error ha cundido en esta Capital: ese error consiste en asegurar que los periódicos políticos católicos en los asuntos de política, no están sujetos ni a la Autoridad ni a la enseñanza del Prelado. Este error lo condenó y lo reprobó ya el Papa León décimo tercio: este error está basado en la teoría herética de los modernistas sobre el origen y la organización de la Iglesia, y en su doctrina cismática de las dos conciencias, la conciencia del creyente, y la conciencia del ciudadano: este error es más funesto, que la opinión liberal de la absoluta libertad de conciencia. Ningún seglar, ningún eclesiástico, por docto que sea, tiene derecho para fallar magistralmente sobre la catolicidad o heterodoxia de un periódico: ese derecho es propio y exclusivo del Prelado diocesano. Lo único que pueden hacer los seglares y los
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sacerdotes es opinar, con más o menos fundamento, con mayor o menor conocimiento de causa, con imparcialidad o con apasionamientos… Espero que usted en esta ocasión, como en las anteriores, obedecerá ejemplarmente las disposiciones de su Prelado. Dios Nuestro Señor guarde a usted. FEDERICO Arzobispo de Quito

Quito, 27 de Enero de 1914”. No es mi ánimo refutar la monstruosa doctrina que la carta del pastor quítense contiene: la esclavitud absoluta del pensamiento, aun en materias políticas; el anonadamiento completo de la conciencia pública, ante la omnipotencia y arbitraria voluntad de los prelados; la renuncia suicida a la propia razón, para no regirse sino por el ajeno criterio, constituirían el colmo de la degradación humana, el despotismo más trascendental y vergonzoso que el sacerdocio pudiera ejercer sobre los pueblos católicos. No quiero ocuparme en una confutación de las absurdas doctrinas del Señor González Suárez que, indudablemente, se creía aún en la Edad Media, en esa era de tinieblas en que la familia humana gemía impotente y ciega bajo la sandalia de los monjes, generalmente feroces y bárbaros; pero la citada carta contiene las siguientes categóricas afirmaciones, las que —por falsas y anticristianas que sean— ponen de relieve la eficaz acción hierática, en la campaña sin cuartel, emprendida por el conservadorismo contra la honra y la vida de los regeneradores de la República: Primera. — Los obispos, por lo menos, el jefe de la iglesia ecuatoriana, observa y vigilan con gran cuidado la obra de la prensa católica: Segunda.— Los obispos son los únicos que pueden calificar la catolicidad o la heterodoxia de las producciones de la prensa; y por lo mismo, tienen la obligación — inherente a su carácter de pastores vigilantes de la grey— de censurar y reprobar las que no coinciden en todo con la enseñanza episcopal: Tercera. — Esta vigilancia y tutela se extienden, hasta los escritos meramente políticos; puesto que, según lo declarado por León XIII, es herejía emanciparse de la autoridad eclesiástica y separarse del dictamen del obispo en las labores políticas de los católicos: Y Cuarta. — Todos los escritos ortodoxos tienen el deber estricto de consultar con su prelado sobre la ortodoxia, moralidad y conveniencia religiosa y social de sus escritos; y han de ajustar toda publicación a lo que el pastor les enseñe e Indique, como fieles y sumisas ovejas, so pena de que se las tenga por extrañas al redil. ¿Y no es esto, exactamente, lo contenido en los párrafos que he copiado de la carta al Cura Mulet? Luego las publicaciones que hacia la prensa católica del Ecuador, y que no eran censuradas ni reprobadas por la autoridad eclesiástica, debían repujarse como buenas y santas, conformes con la doctrina episcopal, y dignas del aplauso y veneración de los fieles. De lo contrario, tendríamos que deducir que no era cierto que el pastor vigilaba y observaba con sumo cuidado las labores de la prensa católica; y que
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por falta de esa vigilancia escrupulosa; habían los escritores católicos caído en el error y enseñándolo a los pueblos. O deduciríamos —lo que sería peor todavía — que el metropolitano, a pesar de palpar los errores de la buena prensa, ya en política, ya en moral y religión, no había querido condenarlos y proscribirlos, convirtiéndose así, voluntaria y deliberadamente, en cómplice de los sembradores de cizaña en el campo de Cristo, con gravísimo daño de las almas encomendadas al cuidado de los pastores. ¿Cuál de estos dos extremos habría escogido el arzobispo González Suárez? El mismo aseguraba que no podía faltar a sus deberes sacrosantos de guardián celoso e incorruptible de la fe y las costumbres, y que no se daba punto de reposo en observar y vigilar la prensa católica, a fin de corregirla y reprimirla cada y cuando cayese en el menor renuncio. De consiguiente, todos los periódicos católicos —que jamás han sido contradichos ni reprobados por la autoridad eclesiástica desde 1895— han contenido la pura doctrina del episcopado ecuatoriano, la moral que nuestros pastores profesan y enseñan, los principios de justicia y sociología que los infalibles maestros del pueblo recomiendan; en una palabra, han coincidido exactamente con las advertencias, las lecciones y deseos de los conductores de la conciencia católica. De otro modo, la voz autorizada de González Suárez, por lo menos, se habría levantado severa y solemne para condenar la inmoralidad y el error donde se hubieran presentado, sin consideración a nada ni a nadie, con la entereza y la energía propias de verdadero representante de Jesucristo. De consiguiente, si no hubo ni una voz de reprobación contra aquellas inmundas pasquinadas, por fuerza hemos de deducir que “El Ecuatoriano”, “Fray Gerundio”, “La Patria”, “La voz del Sur”, “La Corona de María”, “El Diablo”, “El Eco del Azuay”, “La Prensa”, “La República”, etc.; todo ese diluvio de hojas anónimas y volanderas, salidas muchas veces de los mismos talleres tipográficos de las Curias eclesiásticas, fueron para el sacerdocio y las fanatizadas turbas, obras verdaderamente apologéticas, dignas de la edad de oro del cristianismo, que se iban a la par con los escritos de los Padres de la Iglesia, varones santos que jamás insultaron ni a los cesares sus verdugos; hemos de deducir que se engañaba al pueblo, presentándole esas nefandas publicaciones como piadosas y óptimas, sustentadoras de la fe, de intachable moralidad y basadas en el Evangelio y en las doctrinas de la iglesia; como publicaciones en todo de acuerdo con las virtudes cristianas más fundamentales, con e1 amor y la caridad aun a los enemigos, el perdón incondicional de las injurias y la resignación a las imperfecciones y flaquezas del prójimo, la humanidad y la obediencia ante todos los que han recibido potestad de lo alto, la mansedumbre y el apego a la paz y la concordia entre hermanos, que forman el seductor y brillante lema de la religión de Cristo. Pero, lo repetiré, todos los periódicos católicos que he citado, no fueron otra cosa que órganos de calumnia y difamación: los escritores de esas hojas – tan elogiadas por el clero y tan leídas por la grey católica— no tenían más tarea que arrastrar por el fango la buena fama, no sólo de los hombres públicos del liberalismo, sino aun de familias enteras, de mujeres inocentes y virtuosas, de muertos que dormían hacía largos años el tranquilo sueño del sepulcro; y esto únicamente por el canallesco afán de cubrir
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de baldón e ignominia al competidor político, de tornarlo aborrecible y digno de desprecio ante las impresionables multitudes, por dar cumplimiento a la doctrina del mismo Gonzales Suárez sobre lo conveniente y lícito de abrumar cuanto se pueda con el descrédito a los enemigos de la religión . . . Esas hojas inicuas y asquerosas, propias sólo para leídas en una velada de burdel y entre padres de mancebía, destilaban, hiel y veneno corrosivo y emponzoñaban hasta la mano que las tocaba; esas hojas fueron de tal naturaleza, que desacreditaron por completo la prensa ecuatoriana, al extremo de que los cultos periodistas de las naciones vecinas, se negaran al canje da sus producciones literarias. Esos periódicos católicos predicaron sin tregua ni descanso la revolución y el exterminio, la guerra de asesinato y degüello inmisericorde, el aniquilamiento del liberalismo por medio del hierro y del fuego, en fin, la lucha religiosa o salvaje, que viene a ser lo mismo. Clemente Ponce sostenía la necesidad de pasear el patíbulo del Carchi al Macará, lavando con sangre de liberales el suelo de la República… Nada más anticristiano ni más condenable que aquellas publicaciones con las que el fanatismo ecuatoriano pretendió defender la dominación ultramontana y clerical; porque pisotean la caridad y la justicia, porque combaten la tolerancia y la mansedumbre evangélicas, porque proscriben el perdón y la misericordia para el enemigo, porque divinizan el odio y la venganza, por que inculcan la rebelión y la discordia, porque santifican el homicidio y la crueldad en nombre de la religión, porque legitiman la mentira y el fraude, porque aconsejan la calumnia y la deshonra contra el adversario como armas nobles y propias para el sostenimiento de la fe y la iglesia cristiana. ¿Qué no?— Ahí están todavía esos libelos nauseabundos, Que los lean los defensores del episcopado, en la página en que se abran, indistintamente, y se convenzan de que escribo sin salirme una sola línea de la verdad. ¿Por qué no reprobaron semejantes publicaciones, si —como dice González Suárez— estaban los pastores obligados o vigilar cuidadosamente y con santo interés la obra de la prensa católica, aun en su parte política? Si esos apasionados defensores de la clerecía nos contestaran que los obispos no habían leído esas hojas sediciosas, inmorales y anticristianas, resultaría que los prelados de aquellos tiempos, fueron falsos pastores, guardianes infieles, perezosos e inútiles, que no cumplieron la santa misión que Cristo les confiaba. Y si, habiéndolas leído, no levantaron La voz para condenarlas, habría que concluir por fuerza, que las aprobaron, por lo menos con un silencio culpable, con tolerancia traidora, sin parar mientes en que esa propaganda de sedición e inmoralidad, de asesinato y exterminio, de odio y rencor, de mentira y calumnia, de desbordamiento de las peores pasiones populares, había de producir terribles desventuras para sus ovejas. Cómplices, si no autores, de este como aniquilamiento de la moral privada y pública, de esta destrucción del principio de autoridad, de este verdadero envenenamiento social, no podrían llamarse ministros de Jesucristo. Santificado el derecho de rebelión contra las autoridades constituidas, afilado y bendecido de nuevo el puñal de Ravaillac, legitimadas la calumnia y la difamación contra los llamados herejes e impíos, de ninguna manera podían subsistir ni el orden
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social, ni la moral cristiana; y todas las atrocidades que el país ha presenciado con estupor y vergüenza, son ineludible consecuencia de la tenebrosa labor del tradicionalismo. Los que, como el poeta Crespo Toral, acusan al régimen democrático de ser causante de dichos crímenes, por haber soltado a la fiera, es decir, por haber reconocido la libertad del pueblo, manifiestan, refinada mala fe, o desconocimiento absoluto de la historia de las naciones libres. La libertad no corrompe, no encruelece, no hace retroceder a la barbarie, no degrada a los pueblos ni los transforma en hordas de caníbales: la doctrina liberal y democrática ha dado la vuelta al mundo derramando prosperidad y bienes en todas partes, difundiendo la luz y redimiendo a la humanidad. Jamás ha llegado la depravación humana a mayores excesos que en la Edad Media; y entonces no se conocían las doctrinas liberales, la misma palabra libertad era reputada como blasfemia, y los que osaban pronunciarla, eran bien presto consumidos en la hoguera. Arnaldo de Brescia, Giordano Bruno, Juan de Huss y otros muchos eminentes pensadores, víctimas ilustres de la Inquisición, son testigos de ello. La espantosa corrupción de aquellos tiempos, en que la obscenidad más bestial se albergaba en los conventos, tanto como en los castillos señoriales, en las cabañas de los campesinos, y aun en la suntuosa morada de los llamados Vicarios de Cristo; esa crueldad sistemática, resorte usual de la religión y la política, que solucionaba toda dificultad con el puñal y el veneno, que tenía el brasero y tormenta como los mas firmes sostenes de la sociedad civil y de la iglesia; esa preponderancia absurda de la fuerza sobre él espíritu, que retardó por siglos la evolución humana; esa como barbarie sagrada que hoy tanto nos horroriza; esos cúlmenes monstruosos que forman el Inri ignominioso de nuestro linaje, nacieron de las doctrinas monásticas, fueron fruto; de la lajación y el mal ejemplo del sacerdocio, se incubaron al calor de las concupiscencias eclesiásticas y en las sombrías naves del templo. La libertad no corrompe: estaba proscrita en la Edad Media, maldecida y condenada por el altar y el trono; y el asesinato y el exterminio, traición y la alevosía, él pillaje y el incendio, el perjurio y el engaño, el sacrilegio y la hipocresía, la brutalidad y la violencia, el verdugo y la tortura, componían la regla y norma de los gobiernos, el medio sapiente y piadoso con que dirigían la grey aún los sucesores de San Pedro. En esos tiempos de absoluta dominación monástica, se corrompió todo, religión, política, jurisprudencia, formas judiciales, prácticas piadosas, fe pública, moral social y moral privada, el cetro y el báculo; todo, todo se arrastró por el fango y se puso al servicio de las peores pasiones; todo, todo se vendió y se compró en público mercado, así como por tarifa, sin exceptuar la gracia divina y la conciencia de los que se decían santos.... En los tiempos de García Moreno y Caamaño época en que florecía el catolicismo ecuatoriano, sin contradicción alguna tampoco se conoció la libertad en nuestra desventurada República; las doctrinas liberales hallábanse excomulgadas y proscritas, al igual que en la Edad Media. Y, sin embargo de conservarse muy bien atada la fiera, la corrupción invadió aún las alturas más culminantes: el asesinato político ensangrentó todas las comarcas; la prisión y el destierro inmotivados llevaron la
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orfandad y la miseria a muchos hogares; el despojo y la depredación empobrecieron a innumerables familias; el espionaje y la delación fueron instituciones administrativas; la arbitrariedad y la injusticia se erigieron en única ley; el peculado y el agio vaciaron impunemente las arcas fiscales; el libertinaje se hermanó con la hipocresía; la codicia de los devotos dominadores del pueblo corrió ciega tras del lucro y no perdonó ni la bandera de la patria; el derecho de sufragio se convirtió en burla trágica y motivo de asesinatos a mansalva; la Constitución misma —como lo confiesa el Padre Berthe, panegirista da García Moreno— no pasó de ser un pedazo de papel que lícitamente se podía hacer trizas cada y cuando a los gobernantes así les convenía ... ¿Cómo ha podido olvidar el señor Crespo Toral estas cosas de ayer y de antes de ayer, cuando aun viven testigos presenciales de aquellos luctuosos y criminales acontecimientos? Atribuir a la difusión del liberalismo todos los atentados cometidos en la República; aseverar que los actos canibalescos que últimamente nos han llenado de vergüenza, son fruto de las libertades concedidas al pueblo, es irse contra el testimonio de la historia, romper con el buen sentido y hollar los más elementales principios de lógica. Con toda exactitud y justicia podríase repetir al poeta Crespo Toral y a sus correligionarios, el vibrante apostrofe de Edgar Quinet al conservadurismo francés: “Cuando, en la antigua Francia, estaba encarnada la violencia en las costumbres y la ley; cuando prevalecían los privilegios y las desigualdades sociales, las servidumbres de los hombres y la tierra; abreviemos, cuando formaba el fondo mismo de la vida civil, todo lo que reprueba Cristo, ¿decís que el reino era cristiano?... Y después, al contrario, cuando la fraternidad y la igualdad prescritas por la ley, tienden cada vez más, a traducirse en hechos: cuando se ha reconocido que el espíritu es más fuerte que la espada y el verdugo; cuando la esclavitud y la servidumbre han desaparecido y se trabaja por abolir las castas; cuando la libertad individual ha sido consagrada y convertídose en derecho de toda alma inmortal, es decir, cuando el pensamiento cristiano, aunque débilmente todavía, penetra poco a poco en las instituciones, y viene a ser como la sustancia y el alimento del derecho moderno, ¿afirmáis que la nación es atea? ¿Qué entendéis, pues, por religión y cuál es vuestro Cristo? ...” Esos atavismos de barbarie, latentes basta en los pueblos más cultos; esa como antropofagia larvada de las multitudes, despiertan y se vigorizan comúnmente bajo el ala del fanatismo y al calor de los odios de secta. Los horrores del Santo Oficio, la mística ferocidad del sacerdocio medieval, el degüello de poblaciones enteras en nombre de Dios y su Cristo, las devastadoras cruzadas para imponer la fe romana con el hierro y la tea, son prueba concluyente de lo que digo; puesto que semejantes atrocidades no contuvieron por causa la libertad de los pueblos, sino que, por lo contrario, iban encaminadas a mantener la esclavitud y degradación del espíritu humano. Y el Fundador del liberalismo ecuatoriano no mereció de manera alguna que se acumularan sobre su cabeza esas montañas de odio que, a la postre, produjeron el más vergonzoso crimen de nuestra historia. Alfaro fue varón digno de los mejores tiempos de la democracia; y sus virtudes, así públicas como privadas, serán reconocidas seguramente por la posteridad, cuando
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los rencores se extingan, cuando el aullido de las hienas deje de profanar el silencio del cementerio. Alma noble y generosa, sus ideales fueron siempre elevados y grandiosos: jamás tuvieron entrada en su pecho las pasiones ruines y rastreras que brotan en los corazones depravados y en los caracteres vulgares. Lejos de él, muy lejos, la venganza y el odio, la envidia y la doblez, la crueldad y la ira insensata: leal, generoso, verídico, tolerante y magnánimo hasta con sus peores adversarios, sus palabras favoritas eran: Perdón y Olvido. Los prisioneros de guerra, sagrados para él: la amnistía irrestricta y general seguía inmediatamente a toda victoria de las armas radicales, era el complemento indispensable de la gloria del vencedor. Muchas veces estrechó la mano de sus enemigos vencidos, encomió su valor, los sentó a su mesa y volvió a vencerlos con la amabilidad y la misericordia. Socorría de preferencia a los heridos del bando contrario; y juzgaba como deber ineludible vestir, alimentar y poner en libertad inmediata a los que había tomado con las armas en la mano, en flagrante crimen contra su gobierno. García Moreno los habría fusilado sin compasión, como lo hizo con los prisioneros de Jambelí; Caamaño se habría ensañado en atormentarlos, en hacerlos saborear todas las amarguras de la derrota y de la muerte, como a los vencidos en Loja y en Manabí: Alfaro los perdonaba y colmaba de atenciones y garantías... Apenas acallado el fragor de una sangrienta batalla, librada en los alrededores y en las calles mismas de la ciudad, Cuenca respiraba libremente: el generoso vencedor había perdonado sin excepción a los rebeldes, entre los que se contaban muchos conjurados para asesinarle. Tenía verdadero corazón de Madre, como decía Juan Montalvo: su mayor complacencia era perdonar con espontaneidad y cierto apresuramiento a sus más encarnizados enemigos, y esto cuando podía infligirles un severo y merecido castigo con sólo entregarlos a la acción de las leyes y de los tribunales. Sus más desalmados detractores gozaron siempre de la impunidad más completa: los dardos de la maledicencia embotábanse, en su pecho sin dejar huellas, como si diesen sobre un broquel de diamantes. Nunca quería que sus amigos se ocuparan seriamente en refutar las diarias calumnias de que era víctima: el sentimiento de la propia conciencia decía basta para la tranquilidad de un hombre honrado; y no son los difamadores los quo pueden quitarme mi propia estima y la de los demás. Diríase que buscó con ansia, durante toda su vida, la más pequeña ocasión para manifestar a los que le movían guerra, y guerra sin cuartel, lo inagotable de su magnanimidad y nobleza. Alfaro poseía inteligencia clara, juicio recto, conocimientos prácticos variados; y su admirable tacto social, su potencia vidual en política, su carácter de acero y tesón administrativo, hacían de él un hombre superior en todo concepto. Alma inconmovible, ponía frente serena a todas las dificultades; y casi siempre las vencía. Fecundo en recursos políticos, cuando se le creía perdido, dejábase ver sobre la ola tempestuosa y dominando la tormenta. Audaz en sus empresas, jamás retrocedía en lo que había resuelto, por invencibles que pareciesen los obstáculos: la construcción
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del ferrocarril a Quito, es una de las pruebas más elocuentes de la constancia y fuerza de esa voluntad fundida en los viejos moldes de la Roma republicana. Nadie lo dominaba por muy amigo que fuese: consultaba a sus colaboradores, y muchas veces aceptaba observaciones; pero generalmente hacía prevalecer su propia opinión, cuidando sí de no herir en lo mínimo la de los demás. Solía escribir los documentos públicos de su incumbencia, en pequeñas cuartillas y a lápiz; luego entregaba lo escrito a uno de sus amigos para que, después de la revisión conveniente, lo mandase poner en limpio o en castellano, como él decía riendo. Muchas veces le pedí que pusiera en orden sus memorias y manuscritos, los que individualmente debían contener datos importantísimos para la historia, más aunque me lo ofreció reiteradamente, no conseguí que se ocupara en esa labor de utilidad nacional. Versado en la Gramática, complacíase en sus momentos de buen humor en tomarles puntos a ciertos periodistas de fama en las filas de la oposición; y se reía de esas celebridades que la opinión del vulgo improvisa. Esta era la única venganza que se tomaba de los que tan sin descanso lo denigraban por la imprenta. Jovial y lleno de chiste en el trato íntimo, de agradable y chispeante conversación en los salones, era demasiado serio en los negocios públicos: el hombre de Estado difería completamente del caballero particular. Soldado de valor indómito y dotes militares nada comunes, era el primero en colocarse en la zona peligrosa; y su ejemplo infundía denuedo en los más pusilánimes. Su táctica lo hacía invencible en los campos de batalla; y con un puñado de valientes desbarató todas las invasiones que por cinco años organizó el conservadorismo en territorio extranjero, aplastó la reacción ultramontana cada vez que levantó cabeza auxiliada por el fanatismo colombiano y peruano; y cuando sobrevino el conflicto con nuestros vecinos del Sur impuso respeto y contuvo a los ejércitos que iban a lanzarse ya sobre el Ecuador en Abril y Marzo de 1910. La épica jornada de Jaramijo basta para pintar al héroe; aunque no existieran otros muchos campos de batalla que atestiguasen el valor proverbial y la pericia militar del General Alfaro. Nadie como él amó a su patria, con apasionamiento verdadero, desinteresado, inextinguible: su sueño de oro su aspiración constante, su anhelo más ardoroso, eran llevar la República a un grado tal de prosperidad y grandeza, que tuviese puesto muy visible entre sus hermanas de América. Y nada emprendió que no estuviera estrechamente ligado con este fin primordial de toda su vida política, de toda su larga existencia de lucha, de sacrificios y dolores que la Historia relatará más tarde, como ejemplo de abnegación y patriotismo. Ilustrar las masas populares, propagar la ciencia moderna en las esferas superiores de la intelectualidad ecuatoriana, desarrollar la riqueza pública y el comercio, dar vida a todas las industrias, atraer la inmigración y poblar nuestros extensos territorios, cruzar de ferrocarriles las feracísimas regiones de la República, proteger el trabajo y garantizar la seguridad del taller, buscar término ventajoso a nuestras diferencias de límites con las naciones vecinas, en fin, levantar el Ecuador de la

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postración en que le habían dejado tantos años de opresión clerical y oscurantista, componían el programa patriótico de Alfaro. Bien conocía que la vida de un hombre no era suficiente para realizar tan grandiosa tarea; pero entró de lleno a la colocación de las piedras angulares del edificio, seguro de que sus sucesores habían de continuar el mismo camino hasta coronar el engrandecimiento de la patria. Probo y desinteresado, ha muerto con las manos vacías: la pobreza de su familia es la refutación más elocuente a las calumnias que sus enemigos le han lanzado, respecto al manejo de las rentas públicas. Alfaro no conoció la afición al dinero: dadivoso hasta la prodigalidad, compasivo y filántropo, distribuía buena parte de sus escasas rentas entre los necesitados. Alfaro no ahorraba, porque tenía siempre las manos abiertas para socorrer toda clase de desgracias; y un día me dijo riéndose: Vea usted mi fondo de reserva... y me alargó un papel: era una póliza de seguros sobre la vida por el valor de diez dólares apenas. Y hubo ocasión en que, sin que lo supiese, sus amigos evitaron que esa misma cédula caducase por descuido en el pago de los dividendos respectivos. Calumnia, villana calumnia, propalar que Alfaro dispuso de las arcas fiscales: jamás el robín manchó la noble diestra del Regenerador ecuatoriano. Alfaro tenía una fe tan inquebrantable en su misión patriótica, qué no dudó consagrar su existencia a la realización de esos nobilísimos ideales. Más de treinta años luchó con todo género de obstáculos y dificultados: vímosle recorrer la América Latina en busca de protección y apoyo para derrocar a nuestros tiranos; vímosle sufrir tremendas derrotas y alzarse de nuevo tremolando siempre la bandera roja, como imperecedero emblema del porvenir ecuatoriano vímosle sumido en oscuros calabozos, cargado de grillos, amenazado de muerte inminente a manos del verdugo, perseguido sin tregua, proscrito y errante, pero sin desmayar ni desalentarse nunca. Los desastres mismos reanimaban el entusiasmo patriótico de aquel hombre extraordinario; y al día siguiente de un descalabro militar, ya se hallaba organizando una nueva y más formidable campaña contra los opresores del país. Dinero, elementos de guerra, ejercito, todo lo improvisaba, todo lo sacaba de la nada. Cuando nuestros déspotas creían tenerlo en la mano y se disponían a sacrificarlo con seguridad y saña, se les escapaba con la mayor facilidad y aparecía donde menos lo habían pensado, con nuevas fuerzas y apercibido ya para el combate. Su fe lo sostenía e impulsaba hacía adelante; creía con firmeza inconmovible que la Providencia le había confiado la ardua misión de regenerar la República; y, seguro de cumplirla, no retrocedió jamás ante ningún peligro ni sacrificio. Así llegó al poder: los pueblos lo llamaron para que estableciera la verdadera democracia; y Alfaro vio en este llamamiento la confirmación de su creencia; y se robustecieron en él ese ardor y tenacidad en la ejecución de los deberes que desde su juventud se había impuesto para con la patria. Abnegación y fe de apóstol, fortaleza y valor de mártir, constancia y fervor de propagandista, todo esto se hallaba en el alma de Alfaro, formando un conjunto de energías incontrastables, de impulsos irresistibles que lo arrastraban rápidamente al logro de sus caras y grandiosas ambiciones. Sí, ambición, excesiva ambición tuvo
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Alfaro; pero ambición noble, ambición santa, ambición de redimir, su patria y conquistarse la corona del martirio; porque no debe olvidarse que jamás decreció su íntima convicción dé que lo asesinarían en pago de sus grandes servicios a la República. Sabía muy bien que el fanatismo religioso no perdona a los que lo atacan; sabía muy bien que la, venganza da la frailería es implacable e inmortal, que persigue a sus víctimas por todas partes, aun al otro lado del sepulcro: sabía muy bien que había puñales bendecidos contra los que osaban romper el yugo sagrado de la hierocracia; sabía muy bien que él único galardón de los benefactores de los pueblos eran la cicuta de la cruz; y, a pesar de este convencimiento, Alfaro se resignó al sacrificio, inmolase voluntariamente y de antemano por la libertad y engrandecimiento de los ecuatorianos. “Me asesinarán —repetía con frecuencia y con la mayor serenidad y calma— pero mi sangre ahogará a mis asesinos y consolidará el liberalismo en el Ecuador…" Este era Alfaro: ¿Puede comparársele, como lo hace Crespo Toral, con Sila y con Mario? En su vida privada, Alfaro fue intachable: su hogar, semillero de virtudes; su familia, dechado de moderación y buenas costumbres. Amigo consecuente y leal, jamás consentía que se hablara mal ni se pusiera en duda la hombría de bien de las personas que estimaba. Sin embargo, reprendía severamente cualquiera falta grave de los suyos; y varias veces retiró su amistad a sujetos de consideración, por hechos que no se compadecían con la inquebrantable moralidad del egregio anciano. Era intransigente con la embriaguez y la mentira; y calificaba el libertinaje como lepras en el libertino —solía decir— hay tela para toda clase de ruindades y delitos. Alfaro fue una personalidad tan notable y ameritada, que ni sus más grandes enemigos han podido desfigurar por completo su retrato. Aun Crespo Toral —que con colores tan negros y rol cargados ha querido pintar la administración alfarista — se ha visto forzado a consignar en “La Unión Literaria”, las siguientes palmarias confesiones: “El General Alfaro fue patriota indudablemente… por que amó mucho a su patria y se habría sacrificado mil veces por ella. Se distinguió por el valor, un valor sin un solo espasmo de flojedad, un valor permanente y reflexivo. Tampoco como gobernante se mantuvo en la vulgaridad, como decían sus adversarios o rivales. Astuto y reservado — cualidades éstas de su origen indígena— supo hasta dónde podía valerse de los demás. . . El, mejor que Mores, mejor que García Moreno, logró dominar al Ecuador hasta creerse invencible.... A tener menos años y más elementos, habría tratado la reconstitución de Colombia la antigua. . . En el Exterior, el General Alfaro nos garantizaba el respeto de las demás naciones: en la última crítica emergencia con él Perú, su valor y prestigio nos redimieron de muchos males. Además, como jefe de familia se distinguió como modelo: en su casa, a pesar de ser la de un proscrito eterno pretendiente, hubo siempre régimen y honorabilidad. Su corazón se abría casi siempre a la misericordia: no extremó la venganza, practicó la limosna y olvidó las injurias”. Se nota, se palpa, por decirlo así, la repugnancia con que el ultramontano escritor deja caer estas confesiones, sólo a trueque de presentarse como imparcial y justo en sus apreciaciones históricas; pero no ha podido ahogar del todo su inquina contra el derrocador del clericalismo, y ha salpicado sus maquiavélicos elogios con
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frases hirientes, con epítetos que vapulan, con falsedades que no se compaginan con lo confesado y ponen en relieve la mala fe del confesante. Pero el hecho mismo de que los adalides del conservadorismo —acaso por un resto de acatamiento a la verdad — se vean incapacitados para negarle todo mérito al hombre que los despajó del poder y sus granjerías, es prueba irrecusable de la gran valía del Caudillo radical: no es, de consiguiente, el tiranuelo vengativo y sanguinario, el malhechor adocenado, el soldado vicioso y detestable que los libelistas católicos de menor talla han pintado, desde hace muchos años, con los tintes más sombríos para extraviar el criterio de las muchedumbres y descontar así el salario que recibían de la clerecía. Y tal es el poder de la verdad, que en el bando placista mismo —tan ciego en su furor como el bando católico no han podido ocultarla por completo, ni los más empeñados en denigrar al General Alfaro. Manuel J. Calle — el eterno difamador del caudillo radical y defensor decidido de todos los crímenes de Plaza— se ha visto precisado a confesar las inmortales obras del Mártir del 28 de Enero de 1912, si bien menoscabando los méritos del prócer con imputaciones deslayadas y temerarias. He aquí lo que ese calumniador consuetudinario dice en "EL GRITO DEL PUEBLO ECUATORIANO", diario que se ha distinguido en Guayaquil por su procacidad y furia contra Alfaro y sus colaboradores: léanse las frases que copio de la edición del 27 de Abril de 1915, y véase cómo esos mismos encarnizados enemigos del alfarismo, no embargante su odio sistemático, han tenido que rendir parias a la justicia y a la verdad: El conservatismo reacciona por dentro. Es un hecho que podemos comprobar sin gran dificultad. “Y en este afán de retroceso, los liberales nos hemos olvidado de cuanto hemos podido alcanzar durante la' tempestuosa dominación de nuestro partido. Nos comimos a Alfaro en las más estupenda y bárbara de las bacanales; pero no nos es lícito engañar a la Historia, ocultando o negando el hecho trascendental de que ese Alfaro, tirano y déspota desde luego, por una malvada desviación de acontecimientos que malograron la revolución de Junio, puso el dedo en todos los registros sociales, aunque sin resolver ninguna cuestión, por falta de tiempo y de tranquilidad, y que a él, inspirado por un pensamiento liberal y generoso, se le deben la innegable transformación del alma ecuatoriana y la variación de las corrientes de vida de esta sociedad, cuyas convulsiones son más efecto de sobra de nerviosidad y energía, que de postración y abatimiento. “En lo sustancial, se echo tajo al peligroso problema de la libertad de conciencia, desarmando al clero y desahuciando el Concordato; se devolvió el individuo al Estado, sacándole del poder de la Iglesia, con el Registro y el Matrimonio civil; la instrucción laica, la secularización de los cementerios, la abolición de los derechos parroquiales y, más que todo, con la irrestricta garantía a cuantas son las manifestaciones del pensamiento —ciencias, letras, artes, etc.—; y al arrojar al cura de los empeños de la vida civil, no le echamos a Dios, como dicen los 44 interesados, sino que suprimimos un elemento extraño y disociador, que no puede ser otra cosa que rémora y talanquera a la natural expresión de la actividad humana.

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Y en lo que mira al progreso social, ¿cuándo mayor empuje, desde que la República es República? Bastaría citar el ferrocarril trasandino y la fundación y establecimiento de muchísimos centros de trabajo, cooperación, adelantó, civilización, en fin. Se ha hecho y se ha rehecho; y nada pueden decir los gobiernos sucesivos en orden a planes o programas de mejoras nacionales o locales —,1a higienización de los centros mayores de población, inclusive—, cuya raíz no esté en la acción Alfarista… Caminos, beneficencia, explotación de minas, descuaje de bosques, colonización al Oriente, redención de la Deuda inglesa… ¡todos!... Ah, si no hubiese sido por la revolución conservadora que convirtió en jefe de bandidos y azote de sus compatriotas a un hombre tan bien inspirado… Hoy le odiamos todavía mucho a Alfaro, porque aún nos duelen las heridas que nos infirió, en una defensa desesperada, cuyas urgencias le desataron como una fiera dañina; pero hay que dejar pasar el tiempo, y que una generación menos iracunda y resentida le juzgue en virtud de autos. Naturalmente, esta obra de recomposición, si así cabe de recomposición, si así cabe decirse, se llevó adelante de una manera improvisada y como de trueno, al través de la lucha y de grandes derramamientos de sangre y solemnes, horrendas injusticias. Pero si consumábamos una revolución, yo preguntaré no sólo qué revolución es justa, sino cuál es siquiera consecuente consigo misma; y que esa fue una verdadera revolución aunque sea consabida, tempestad en un vaso de agua, ello se lo está diciendo. Y en cuanto a nuestra obra de liberales, ella está ahí, todavía en estado de amoldamiento y de tornar forma; mejor dicho, como un fuego latente que no espera sino la pericia de ingenieros de primera orden, para convertirle, en un proceso científico, en calor, luz, fuerza, movimiento… ¡vida! Se ha puesto la semilla y palpita el germen: ¿qué importa que la mano que la depositó y el sudor de sangre y el riego de lágrimas que la ha fecundado? . . . Esa luz que se desprende de los sepulcros, como dice un escritor, disipa siempre las nieblas de la calumnia; y principia a iluminar ya la huesa de Eloy Alfaro, tan desapiadadamente profanada por los chacales de sacristía, por esos fanáticos que, como en la Edad Media, no creen honrar a su Dios sino quemando los huesos y aventando las cenizas de los que se atrevieron a combatir los errores y supersticiones de la multitud adredemente extraviada por el sacerdocio. La Verdad y la Justicia, aunque lentamente, van ya demoliendo prejuicios y abriéndose campo por entre los odios y venganzas que consumaron el sacrificio del Mártir de la libertad ecuatoriana; y que todavía turban sacrílegamente su eterno sueño Comienza ya a imponerse la necesidad de reconocer los méritos y virtudes del gran perseguido del clericalismo; y estas mismas tardías confesiones hacen resaltar más la negrura y la infamia de los detractores que han esmerado su empeño en cubrir de oprobio la memoria de uno de los más ilustres varones de la República. La clerecía, con sus maldiciones y anatemas pérfidos, sembró el odio más profundo y mortal contra Alfaro; y le señaló a la venganza de los fanáticos, como víctima cuya inmolación exigía el cielo para aplacar sus iras y apiadarse del pueblo fiel y devoto; como víctima cuya sangre era indispensable para limpiar las manchas de la herejía que afeaban el suelo bendito de la República del Sagrado Corazón de Jesús ....
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Los apologistas de la religión mojaron su pluma en fango venenoso; y, durante quince años, no cesaron de calumniar, denostar, vituperar, de manera criminal y nunca vista, al hombre que nos trajo libertad y progreso. Y esas corrientes de veneno corrosivos; que inundaron a la continua conciencia de las muchedumbres, la ulceraron y gangrenaron a la postre; El fanatismo religioso sobrepasó todo límite; el respeto a la autoridad desapareció por completo; la animosidad: contra el fundador y sostenedor del liberalismo, rayo en el delirio; y, en concepto de las turbas, no hubo ya malhechor más odioso y execrable que el egregio Vencedor del clericalismo. El bando conservador preparó la mina bajo los pies de Alfaro; los obispos y la frailería la bendijeron, y elevaron a la Divinidad para que el golpe homicida no marrase: faltaba la chispa, y ésta saltó al soplo de otras pasiones desbordadas y brutales, como vamos a verlo.

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CAPITULO II OTROS ANTECEDENTES DEL CRIMEN El valor de Alfaro rayaba en temeridad; y esto mismo le perjudicaba grandemente, porque producía en su ánimo tan ciega confianza, que llegaba a descuidar y hasta despreciar las medidas de precaución y prudencia, juzgándolas como innecesarias y nimias. Cuando le decíamos que era mejor prevenir una revuelta que tener que sofocarla y castigarla, y que mirase con tiempo por la seguridad del Estado, invariablemente nos contestaba: “Dejémoslos obrar; que los conspiradores se lancen al campo para tomarlos con las armas en la mano y vencerlos”. Creía que la paz no podía quedar suficientemente garantizada, sino con la victoria; que una revolución no podía ser aplastada sino por medio de las armas. Error fatal que produjo el golpe de cuarteles del 11 de Agosto de 1911; cuando pudo haberse conjurado la tempestad sin otros procedimientos que la baja de los militares que meditaban tan inicua traición. Pero, leal y caballero, imaginábase que ninguno de sus soldados era capaz de felonía; y su fe en el Ejército era tan grande, que horas antes de la mencionada traición, rechazaba indignado todo aviso relativo a la defección de las fuerzas acantonadas en Guayaquil y la Capital. Jamás quiso poner atención en las ambiciones de sus Tenientes; jamás pensó en la posibilidad de que lo rodearan traidores; jamás sospechó que la pasión política engendrara crímenes tan negros, como el de los felones que almorzaron a su mesa, el día mismo en que iban a venderlo. Esta confianza suma causó su ruina, y ha puesto al borde del abismo al Partido Regenerador: como César desechó las denuncias de la conspiración, y cayó a los golpes aleves de los que más había favorecido. Pero la traición necesitaba un pretexto que por lo menos, la explicase; la felonía deseaba cubrirse con las apariencias de patriotismo y justicia, para paliar su negrura; la ingratitud buscaba un medio de romper ese lazo sagrado que une al favorecido con el benefactor; y los desleales creyeron haber hallado todo esto en un grave error de su amigo, protector y caudillo. Este error capital y de consecuencias funestas para si mismo y para el país, lo cometió Alfaro por dos veces, en la designación de sus sucesores. Lo vimos vacilar mucho tiempo ante este grave problema político, en ambas ocasiones que tuvo que resolverlo; pues conocía que del acierto en la resolución, dependía la vida o muerte del radicalismo ecuatoriano. El temor de que no se continuara con eficacia la obra de redención, comenzada el 5 de Junio de 1895: de que se imprimiera otro rumbo a la política regeneradora, llegándose tal vez a traicionar de alguna manera a la causa del pueblo, lo atormentaba atrozmente y sostenía sus vacilaciones. El empeño de Alfaro en dar cima a la regeneración de la República, no se compaginaba con un candidato que no estuviera, como si dijéramos, encadenado al radicalismo; mancomunado en ideas y en propósitos con el Caudillo que había dado los primeros pasos en la liberación del país. Y este candidato destinado a continuar la grandiosa labor de la redención nacional, en concepto de Aliare, había de reunir cualidades eminentes, sin las que no
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juzgaba fácil ni posible cumplir el gigantesco programa de la Regeneración. He aquí lo que lo obligaba y compelía a intervenir ineludiblemente en la elección del nuevo Jefe del Poder Ejecutivo: lo que hacía que meditase y vacilase por largo tiempo en la designación del ciudadano digno de ser favorecido con el apoyo oficial. Temblaba ante el malogramiento de sus fatigas y sacrificios de treinta años, en pro de la libertad de su patria; y, en su fervor cívico, calificaba como traición al liberalismo, el confiar la suerte del Partido y de la Nación, al azar de un Comicio, sin directa injerencia del gobierno. Y véaselo que es la condición humana: ese mismo interés de escoger lo mejor y más beneficioso para el pueblo, esas mismas largas y penosas vacilaciones, lo extraviaron lamentablemente en ambas ocasiones en que Alfaro se ocupó en solucionar tan ardua como trascendental cuestión. Ciertamente, si alguna vez pudiera ser disculpada la intromisión del gobierno en los Comicios; así como limitando el libre sufragio, sería en el caso en que Alfaro y el país se encontraban en aquel entonces; porque, aún no consolidado el liberalismo, combatidas sin tregua y a iodo trance las reformas realizadas, empeñado, el bando clerical en reconquistar su poder en la primera oportunidad, parecía justo y conveniente cerrarle los caminos a la reacción teocrática, aún para cimentar ese mismo derecho electoral, piedra fundamental de la democracia. Sin embargo, aferrarse en ello fue el mayor de los errores del Caudillo liberal; error del que se aprovecharon, sus enemigos para perderlo. Al final de su primera administración, rechazó la candidatura del General Manuel Antonio Franco, al que pretendían alzar al poder supremo, los extremistas; los liberales exaltados, que se habían colocado a la vanguardia de la reforma, y la casi totalidad del Ejército. Estuve presente cuando Alfaro desahució a Franco de la manera más categórica y terminante. Hallábamosnos los tres en el escritorio particular del Presidente; y después da una larga discusión, díjole el General Franco al Caudillo liberal: — ¿Es decir, que no apoya Ud. mi candidatura? , — No puedo hacerlo — contestó Alfaro—: antes que amigo de Ud., soy jefe de un partido que hay que robustecer y conservar en el poder; y soy magistrado de una República que ha menester paz y libertad para reponerse de los pasados quebrantos, y progresar. Las intransigencias del bando que Ud. se ha formado, producirían infatigablemente reacciones terribles en el partido de clerical; y su gobierno, Manuel Antonio, sería una como orgía de sangre, en que desaparecería el liberalismo, a lo sumo, dentro de tres meses. En mis Memorias Políticas he referido con mayor extensión esta escena; la que, aún cuando luego se hiso pública, no fue conocida en todos sus graves detalles, sin embargo de haber sido origen de la tirantez de la situación que siguió a la penosa conferencia a que me refiero. Franco salió de la casa presidencial sumamente ofendido; y quedaron rotas las hostilidades entre el franquismo y el gobierno, sin que el candidato extremista juzgara necesario ni siquiera disimular su actitud rebelde. La conspiración militar surgió descarada y poderosa, bajo la bandera radical extrema; y a no ser por el gran prestigio

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de Alfaro, y la extraordinaria energía que desplegó en aquel entonces, la República se habría anegado de sangre. La víspera del pronunciamiento militar en Ibarra encabezado por el Jefe de la “División del Norte”, Coronel Emilio María Terán, uno de los militares jóvenes favorecidos por Alfaro dio éste el paso más atrevido y enérgico que podía darse en tan escabrosa situación. Destituyó por telégrafo al Coronel Terán y a buen número de jefes y oficiales franquistas, ordenándoles que se presentaran al Ministro de Guerra, en el término de la distancia. Era de presumir que esta medida hiciera estallar el incendio; y en esta creencia, tenía Alfaro preparados los elementos necesarios para apagarlo. Pero los militares destituidos de manera tan violenta, se desalentaron y sometieron; y este ejemplo de extraordinario vigor, así como otros golpes oportunamente dados al franquismo en Quito, Guayaquil y Cuenca, refrenaron por completo las tendencias del Ejército en favor del General Franco. No obstante, la clase militar había conseguido imponerse de tal manera, que algunos jefes tuvieron la audacia de declarar solemnemente que no aceptarían ninguna candidatura civil, por digna que fuera; puesto que necesitaban que ascendiese a la Presidencia, un General que mirase por el Ejército y defendiese sus prerrogativas contra los prejuicios y pretensiones del civilismo. El bando militar alzó la cabeza, juzgándose invulnerable, y amenazó imponer su voluntad a la República. Mientras tanto, el partido conservador se horrorizaba ante el posible triunfo del bando franquista, que encarnaba todas las impaciencias del más avanzado radicalismo; facción intransigente y clerófoba, que combatía encarnizadamente al General Alfaro y sus colaboradores, acusándolos de moderación y tolerancia con los vencidos, y por sus tentativas de avenimiento para la pacificación del país, abrumado por tantos años de guerra tenaz y sangrienta. La gran mayoría liberal que repetidas veces se había visto precisada a protestar enérgicamente contra los malaventurados arranques de clerofobia y tiranía del General Franco se oponía también con todas sus fuerzas a una candidatura que significaba el triunfo de la anarquía militar, el entronizamiento del sable, el predominio de la fuerza bruta y la abolición de esas mismas libertades que había proclamado la Revolución de Junio, como el mayor de los triunfos de la democracia ecuatoriana. Había llegado una época como de cansancio para el Partido Regenerador; y los hombres de Estado del nuevo Régimen procuraban reconciliar a los ciudadanos, cegar los abismos que el furor partidarista había abierto entre las facciones, excogitar los medios más eficaces para restablecer la concordia y la paz en la familia ecuatoriana. Y, precisamente, en esta hora que se creía propicia a la consolidación del orden, surgieron las graves dificultades y rompimientos que he detallado; de modo que el gobierno se vio colocado nuevamente al bordé de mi precipicio insondable. Había nada menos que optar entre el apoyo a la candidatura de Franco, o la revuelta indefectible, en el momento mismo en que Alfaro dejase el poder. Y esta disyuntiva no podía ser más pavorosa; porque la elección de Franco era la dominación militar despótica y absorbente, la retrogradación del país a los tiempos de Juan José Flores, en que la arbitrariedad del sable pasaba por sobre toda ley y todo derecho; y la revolución militar que se prometía alzar al mismo caudillo añadía a los anteriores males,
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la efusión de sangre, el dispendio de los caudales públicos, el atraso y la miseria del pueblo, en fin, la demagogia militar que es la peor de las formas demagógicas. La perspectiva era por demás aterradora; pero Alfaro se mantuvo firme y se aferró a sus primeras ideas, como verdadero republicano. “Tengo que mirar aún por la seguridad y garantías de los conservadores, no sólo de mis partidarios decía: soy jefe de la nación, y estoy obligado a dejarle un gobernante que la haga feliz. Por otra parte, soy enemigo de los gobiernos militares; y debemos buscar un candidato civil que piense y obre como nosotros. En Lizardo García no hay que fijarse, porque no reúne las condiciones necesarias para gobernar al Ecuador”. Buenas, óptimas las ideas del Presidente Alfaro; laudable, por demás laudable, su propósito de combatir con toda entereza a la facción demagógica, oponiéndole una candidatura civil prestigiosa, apoyada por la mayoría liberal. Más, todo ello no era suficiente para dejar favorablemente resueltas las dificultades; ya que cualquier candidato civil triunfante, habría caído a causa de la rebelión del Ejército, el día mismo que Alfaro hubiera tomado la vuelta de su casa. El germen revolucionario se desarrollaba y tomaba forma espantable, a ojos vistas, en el seno de todos los cuerpos del Ejército; y el temor disciplinario, acaso solamente el habitual respeto a su antiguo Jefe, contenían todavía al soldado; pero el instante en que Alfaro descendiese a la simple condición de ciudadano, desaparecería aquella débil valla, y la conflagración había de extenderse rápidamente por todos los ámbitos de la República. "Franco perderá al Partido y a la Nación" repetía Alfaro con mucha frecuencia; y esta fue su idea dominante y fija en aquellos días de vacilación y borrasca. Nadie podía prever el desenlace de situación tan lóbrega; y nos desesperábamos con el indefinido aplazamiento de una resolución que conjurase la tormenta que se cernía sobre el país y sobre nuestras propias cabezas, Alfaro permanecía vacilante, silencioso y grave: muchas veces parecía que ni escuchaba nuestros razonamientos, como abstraído en hondas y penosas meditaciones. Aterrados ante un porvenir siniestro, algunos propusiéronle que se hiciese reelegir; consejo que rechazó con severidad, expresando que jamás cometería ese crimen que lo pondría al nivel del General Ignacio de Veintemilla. Siempre firme en su pensamiento de establecer un gobierno civil, propuso a varios de sus amigos que aceptaran la candidatura; pero se negaron todos, pues veían que la aceptación en semejantes circunstancias, constituía un sacrificio estéril, siendo la clase militar enteramente contraria al sistema civilista. Nadie dudaba de que Franco se levantaría en armas para apoderarse del Capitolio; y, por lo mismo, era casi imposible que Alfaro diese con un ciudadano tan abnegado que, por salvar un principio, prestase su nombre para una elección sin efecto práctico alguno; elección que, por lo contrario, haría recrudecer la guerra civil, multiplicando y prolongando sus horrores. La ansiedad aumentaba hora por hora; el desasosiego se hizo general en el país; el clamor de los bandos políticos ensordecía; y, sin embargo, Alfaro continuaba en sus vacilaciones, como fluctuando entre planes diametralmente opuestos, siempre tétrico y mudo como una esfinge. ¿A dónde íbamos a parar? Nadie lo sabía ni siquiera podía conjeturarlo. Hallábamonos ya en víspera de la elección presidencial; y los trabajos preparatorios se dividían únicamente entre los dos candidatos que Alfaro rechazaba, y
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que la oposición sostenía como bandera de guerra sin cuartel al Alfarismo. El justificado temor al General Franco y acaso también la falta de principios definitivos y fines en el señor García hicieron que la gran masa tradicionalista plegara a su candidatura; de modo que el servadorismo tornó a la brecha bajo la bandera de la ley y seguro de triunfar, aprovechándose de la división honda que reinaba en el partido de la Regeneración. En tan difíciles circunstancias, Abelardo Moncayo, Juan Benigno Vela y yo, creímos haber hallado una solución favorable; al bien, sacrificando el propósito de establecer por entonces el régimen civil. Proclamar una candidatura militar que llenase las aspiraciones del Ejército y lo volviese a la senda del deber y la subordinación, al mismo tiempo que diese estabilidad al liberalismo y garantías a todos los ciudadanos, nos pareció lo mejor que podía hacerse en beneficio de la República, en aquellos momentos de confusión y suprema angustia. El General Leónidas Biaza Gutiérrez era un hombre nuevo en la política, sin compromisos y sin odiosidades; y juzgamos que sería el más a propósito para servir de lazo de unión entre los liberales, y aun para aquietar las alarmas del partido conservador. Había mostrado moderación y acatamiento a las libertades públicas; preciábase de discípulo de Montalvo y Alfaro, y hasta pretendía contarse entre los propagadores de la doctrina liberal; gozaba de algún prestigio en el Ejército; y había sido protegido desde su primera juventud por el Caudillo radical y su familia Motivos eran éstos más que suficientes para persuadirnos de que la candidatura del General Plaza sería bien mirada por el Presidente y los suyos; y aceptada también por la mayoría de ciudadanos opuestos a la postulación de Franco y a la de Lizardo García. Pero nos equivocamos de medio a medio: Alfaro la rechazó con manifiesto enfado; y jamás se llegó a conseguir que el pueblo la acogiese, como tan ligeramente nos habíamos imaginado. “No conocen Uds. a Placita nos dijo el Presidente, en tono severo: no tiene ese hombre principios ni bandera; y es muy capaz de traicionar a los liberales, como ya lo hizo en Centroamérica. Falaz, ingrato y felón, nadie puede tener confianza en él. Yo lo conozco bien, y por eso lo rechazo”. Nada tuvimos que replicar. Sin embargo, nuestra labor llegó a traslucirse; y bien pronto fue apoyada por casi todos los amigos del General Alfaro, los que ansiaban salir de la situación peligrosísima en que el problema electoral los había colocado Organizáronse Juntas de adictos a Plaza, proclamándolo candidato de transacción; pero el Presidente se resistía con tenacidad a toda insinuación, manifestándonos algunas veces con cierta acritud que nos hallábamos laborando la ruina de la patria… Las exigencias de la Plaza Mayor como Alfaro solía llamar al círculo de sus íntimos amigos subieron de punto; y a la postre hubo de ceder a tanta porfía, como se cede a una necesidad dolorosa e inevitable. Debo confesar paladinamente que fui el más empeñado en la candidatura de Plaza; y que, por tanto, me corresponde gran parte de la responsabilidad en este grave error político; pero alegaré en mi defensa que procedí así, arrastrado por el deseo

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patriótico de evitar la guerra civil y las desgracias que todos auguraban, en caso de que Franco llegara a ocupar el solio presidencial. Lanzóse la candidatura del General Plaza; y los ecuatorianos, como si hubieran previsto los futuros acontecimientos, la miraron con glacial indiferencia. El favor oficial la hizo triunfar en todas las provincias; pero el más pavoroso vacío circundaba al Presidente electo, el que tuvo que retirarse a Manabí, avergonzado de su derrota moral, Y allí, en su transitorio retiro, comenzó a levantarse el antifaz. Alfaro recibía insistentes y fidedignos informes de la falsía e ingratitud con que ya estaba procediendo su protegido. En efecto, viéndose aislado y sin ninguna opinión en su favor, Plaza resolvió conquistarse una muy extraña popularidad, mediante pactos secretos con los mayores enemigos de los mismos que le habían ceñido la banda tricolor; pactos cuya cláusula principal consistía en la formal promesa de sacrificar a sus propios amigos, de alejar de los negocios públicos al General Alfaro y a su círculo, reemplazándolos con los más encarnizados adversarios de lo que por entonces se llamaba Alfarismo, y que no era sino el núcleo de los ecuatorianos que sostenían los genuinos principios políticos que proclamó la gloriosa Revolución de Junio. Propúsose también negociar con el partido conservador; pero éste, más avisado que las facciones liberales, no le prestó oídos y se mantuvo en una prudente reserva. No sucedió lo mismo con Franco y García: ellos habíanle escuchado con entusiasmo y héchole concebir esperanzas de seguro y eficaz apoyo, siempre que continuase por el camino de traición que tenía emprendido. Empero, el General Franco no procedía de buena fe en esta siniestra negociación; puesto que, al mismo tiempo que atendía a los negociadores de Plaza, seguía maquinando la revuelta en los cuarteles. El juego estaba empeñado; y los aspirantes al poder supremo procuraban engañarse recíprocamente y sin reparos. Todo lo sabía el General Alfaro; y nos reprochaba con amargura el haberle inducido a cometer un error tan grande, que no era posible medir la profundidad del abismo en que había de precipitarnos. Era ya tarde, por desgracia; y cuando se trató de buscar un remedio, los pareceres resultaron sumamente divididos, en el seno de la denominada Plaza Mayor. Los más prudentes opinaban que debía trabajarse asiduamente para atraer al General Plaza al sentimiento del deber y colocarlo de nuevo en el buen camino, sin dar a sospechar siquiera que eran conocidos sus proyectos de traición y felonía. Acaso los de este grupo juzgábamos al General Plaza con demasiado optimismo o superlativa candorosidad; mas, partíamos de que el rompimiento con el Presidente electo, no produciría otro resultado que ofrecerles una bandera a los bandos de oposición, que cederles una incontrastable fuerza, la de la constitucionalidad; lo cual, en concepto nuestro, valía tanto como abdicar el poder y rendirse a discreción. El Dr. Vela y yo nos empeñamos en sostener este dictamen, hasta que se nos tachó de parciales, por cuanto Leónidas Plaza afectaba cultivar muy estrecha amistad con nosotros. Pero yo había llegado a conocer la índole verdadera de este hombre, y ya no me engañaban sus zalamerías y fingimientos: lo único que me obligaba a sostener las
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medidas de prudencia que en el Gabinete había expuesto, era una poderosa razón de Estado, la conveniencia de no romper ese hilo que, aunque demasiado tenue, nos unía aún y podía conducirnos a la consolidación de la paz. Otro grupo estaba por la dictadura. Alegaba que la salvación del partido y el mantenimiento del orden requerían imperiosamente un golpe de Estado; pero el Presidente volvió a repetir que de ninguna manera podían esperar de él, un tan enorme atentado; y que prefería correr cualquier riesgo, por grande y terrible que fuese, antes que manchar de tal guisa su buen nombre. Alfaro cortó de golpe la discusión, manifestándonos que había adoptado ya su plan político, el que nos daría a conocer muy luego; pero que nos advertía que dicho plan se llevaría a cabo de modo indefectible. Entretanto, habíanle llegado al General Plaza los rumores de lo que en el Gobierno pasaba; y, sin duda temeroso de que sus enemigos explotasen tan quebradiza situación, hallándose él ausente; o de que un prolongarlo alejamiento de la Capital confirmase las sospechas nacidas de su ambigua conducta, regresó rápidamente a Guayaquil; y desde dicha ciudad dirigió telegramas y cartas que tendían a disipar las nubes negras, que flotaban ya sobro sus manejos políticos. Alfaro indudablemente de acuerdo con su plan político llamóle a Quito, sin ocultarle nada de lo que acerca de su conducta corría; e invitándole a desmentir aquellas deshonrosas especies. Plaza contestó que iría a la Capital acto continuo, para confundir victoriosamente a sus calumniadores. Y repitió todas sus protestas de adhesión y amor que tantas veces había hecho, antes de ser, elegido ora al Caudillo radical, ora a la causa de la Regeneración de la República. Pero, lejos del cumplir lo prometido, detúvose en el tránsito con varios pretextos; y por donde quiera que pasaba, iba dejando rastro de su ya descarado proceder. Alfaro perdió con la paciencia, todo tino político; y le asestó un golpe tan descomunal, que lo habría exterminado, si la situación no hubiera sido extraordinaria y violenta. Ignoro si el Presidente conferenció con alguno de sus amigos sobre el paso decisivo que iba a dar: muchas veces he procurado inquirir algo al respecto, pero sin resultados satisfactorios. Lo cierto es que una mañana me llamó aparte y me entregó unas cuartillas escritas de su mano y a lápiz, como acostumbraba hacerlo; y pidióme que las leyera en voz alta. Leílas, y quedé asombrado de lo que el General había escrito. ¿Esto significa le dije que Ud. ha resuelto quemar sus naves? Haga Ud. poner en limpio ese telegrama me contestó; eludiendo manifiestamente responder a mi pregunta. Hícele algunas reflexiones; mas, permaneció silencio. Volvimos al gabinete presidencial; y, esperando todavía hacer un nuevo esfuerzo, para que modificase, por lo menos, tan extrema resolución, no me di prisa en cumplir lo que me había encargado. Sin duda comprendió mi propósito, y me exigió que despachara cuanto antes la comunicación que tenía entre manos. Acérqueme, pues, al Secretario privado y le dicté aquel famoso telegrama histórico, que tanta polvareda produjo entonces, y, que es el mayor bofetón que ha podido recibir un Presidente electo, en presencia de una nación entera. Ese telegrama, suscrito por un Magistrado caballeroso y leal, reprochando toda la negrura de la
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conducta de su favorecido ingrato y traidor, constituye una marca de oprobio para el General Plaza; y bastaría esta sola página de su historia, para darle aquella siniestra y temida inmortalidad de los desleales. Este era el plan político que Alfaro nos había ofrecido revelar a su tiempo: enrostrarle a Plaza su doblez, con inusitada acritud y de manera ruidosa, a fin de que fuera conocida por los ecuatorianos y los extranjeros; y pedirle, en consecuencia, la renuncia del cargo supremo para el que se le había hecho elegir. Ese telegrama era un brote de la justa indignación producida en el alma noble de Alfaro, por la pérfida conducta de Plaza; pero un paso tan decisivo significaba el rompimiento estrepitoso que temíamos y habíamos querido evitar en días anteriores; era quemar las naves, como le dije al Presidente; era hacer imposible todo avenimiento en pro de la armonía y unión de los liberales; todavía más, era dar una bandera a la oposición y lanzarla a la lucha. Como era de esperarse, dado el carácter de Plaza, contesto negando los cargos y ofreciendo, con la más increíble sumisión, renunciar la Presidencia, en cuanto llegase a la Capital, Y se presentó en Quito rodeado de una atmósfera que lo asfixiaba: Alfaro se negó a verlo, y se dio el raro y triste caso de que un Presidente electo fuese recibido sólo por una docena escasa de liberales; y éstos mismos, no porque lo estimaron, sino porque todavía pensaban en tentar una reconciliación política que evitara disturbios y desgracias a la República. Plaza pasó por todas las humillaciones , posibles, para hacerse perdonar de Alfaro; fue al extremo de escribir una carta bochornosa, en la que ofrecía nada menos que ser a manera de pupilo del ex-Presidente, y no dar paso sin consultarle. Ningún Magistrado, en ningún tiempo, en ningún país, ha comprado el poder con tantas bajezas: la banda tricolor que ciñó Plaza, fue por él mismo arrastrada en el polvo, sin rubor alguno. Demasiado extremado era el sometimiento de Plaza, para que fuese sincero; y pocos fueron los engañados con tan refinada hipocresía. Alfaro y sus principales amigos vieron con claridad lo que sucedería; y no halagaron ni por un instante, la esperanza de que Plaza cumpliera sus promesas de última hora. Astuto y falso, el disimulo le servía de escudo y resorte político, y tras cada sonrisa ocultaba una mueca de odio; tras de cada palabra halagüeña, una amenaza; vengativo implacable, escondía sus rencores hasta poder herir al enemigo a mansalva y sobre seguro. El fondo de esta tortuosa política, de la que Plaza ha formado escuela, es un maquiavelismo burdo, sin los refinamientos de la diplomacia florentina, sin esas formas atractivas de los fundadores del sistema, sin las sutilezas de ingenio, en que prevalecían los discípulos de Maquiavelo. La política placista consistía simplemente en el engaño inverecundo, en la trapacería ruin, en la mentira ignominiosa y pudiera decirse que se tendía con ella, a extinguir la moral pública, y fundar una especié de utilitarismo monstruoso, cuya doctrina podía compendiarse en este criminal principio: Es lícito faltar a todo deber humano, para obtener el poder y conservarse en él, contra la voluntad de los pueblos. En esos días de tanta agitación y zozobras, tuve oportunidad de estudiar el verdadero carácter del General Plaza, y de conocer y pesar sus máximas políticas; por lo
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que, convencido de los graves peligros del liberalismo, y de la patria misma, díjele al señor Alfaro, en presencia de dos o tres de mis colegas en el Gabinete: La perdición del Partido es indudable: estamos colocados entre Scila y Caribdis. Creo que ha llegado el caso de escoger entre la dictadura o la renuncia de nuestros más caros ideales. La dictadura que yo he combatido, cuando hubo quienes se la propusieron a Ud., al principio de esta situación indudablemente puede calificarse de suicidio; pero, por lo menos, hay algunas probabilidades de salvación para el liberalismo. Alfaro me oyó, silencioso y grave. Después contestóme: “¡Imposible! No nací para imitar a Veintemilla...” Siguióse un prolongado silencio, qué interrumpí con estas palabras: "No hay sino que revestir con el decoro posible al poder que cae". Y expuse la manera cómo, en mi concepto, debía trasmitirse, el mando; rodeando aquel acto de toda la dignidad propia de la caída de un hombre tan eminente como él Caudillo del radicalismo ecuatoriano. Plaza tomó posesión del mando supremo en medio del aplauso frenético de los enemigos del liberalismo y del ex Presidente; los que, desde los famosos telegramas de Alfaro, habían rodeado al nuevo magistrado, aclamándolo y reconociéndolo así como a su jefe. Todos los odios y venganzas contra Alfaro, como lo habíamos previsto, se transformaron en palancas para la, elevación del nuevo Presidente; y éste, embriagado con esa popularidad ficticia, no guardó ya miramiento alguno con sus protectores, y dio rienda suelta a todos sus resentimientos y venganzas. Aplaudió y premió todo ultraje a los caídos; organizó él mismo una asonada de la plebe contra Moncayo y contra mí, que tanto le habíamos defendido ante Alfaro; pagó a los más infames libelistas para que insultaran y calumniaran sin cesar al General Alfaro y a sus amigos más connotados; hizo multiplicar acusaciones tremendas e inverosímiles, por la prensa y en los Congresos, contra los que lo habían hecho Presidente de la República; en una palabra, persiguió y oprimió ruinmente, canallescamente, torpemente, a los ciudadanos que de algún modo habían actuado en la administración anterior y favorecídolo. Con Alfaro, en especial, manifestó una saña sin ejemplo, un odio feroz, una venganza insaciable y bestial: lo ultrajó y vejó de todas manera; pero el noble Viejo se mantuvo sobre el pedestal de sus indiscutibles méritos, mirando desde arriba, con olímpico desprecio, la insensata furia de su enemigo. Las Memorias del General Alfaro, sobre la elección y gobierno de; Plaza obra que, editaba en Nueva York, ha sido reproducida en algunos diarios de Guayaquil me han relevado del trabajo de historiar detalladamente los sucesos de aquel período, de nuestra vida política; limitándome, en consecuencia, a referir circunstancias que no han sido consignadas en dichas Memorias, y a pintar ligeramente lo que aconteció en aquellos tiempos. Todos los pormenores de aquel grande error; todos los incidentes desdorosos de la conducta del pretendiente; toda la influencia de las Juntas de Notables para vencer la resistencia de Alfaro a la aceptación del Candidato que, en mala hora, propusimos Moncayo, Vela y yo; todas las peripecias de aquella época de intrigas; todas las
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desconfianzas recíprocas; todos los manejos desleales y maquinaciones tenebrosas del nuevo Presidente, están ahí, en las Memorias del viejo General. Poseo el manuscrito original de esa obra; porque su autor, después de distribuir varias copias a sus amigos, me hizo la distinción de confiarme las cuartillas que él mismo había llenado con su mano. Escrito sencillo, pero sobremanera verídico; ajeno a las galas de la retórica, pero contundente y de una exactitud pasmosa, Las Memorias mencionadas destacan por completo la figura de Plaza sobre el negro fondo de su política y de sus pasiones; y no podría yo agregar ni una sola pincelada a retrato tan acabado, hecho por la mano de una de los varones más eximios de la República. Los defensores del General Plaza han llegado hasta el más repugnante cinismo, no sólo confesando, sino aplaudiendo la felonía y la ingratitud con que procedió aquél, contra los que cometieron el error de elevarlo al poder supremo. La inmoralidad de la prensa asalariada por Plaza, no tiene ejemplo ni precedente en ningún país del mundo; pues, en todas partes, donde dominan los perversos, la tarea de los que les venden su pluma, es ocultar disculpar, desvirtuar las malas acciones de los tiranos, pero jamás proclamarlas en voz alta y transformarlas en timbres de gloria. Los escritores placistas no tienen criterio moral ni claridad alguna en la conciencia: todo es bueno y laudable en el amo, por más que éste haya merecido la execración universal con sus maldades cotidianas. La felonía y la traición, habilidad política; la ingratitud y la doblez, entereza de carácter; el engaño y la mentira, resortes de administración sapiente; la violación de las leyes y de la Constitución, audacias del genio para salvar las situaciones difíciles; la crueldad, la barbarie y el cainismo, manifestaciones de superioridad de espíritu, arranques de estadista que, a trueque de sostener su bandera, no se detiene ni ante los fueros más santos de la humanidad…! Si Plaza hubiera vivido en la época del gentilismo, habría merecido la apoteosis; y sus crímenes, convertidos en virtudes por los eunucos de palacio, lo habrían colocado entre los dioses, al lado del imbécil Claudillo y del implacable Nerón. “El Guante”, diario del General Plaza, decía el 25 de Noviembre de 1913, con motivo de una falsa noticia, relativa a mi persona: “Eso del ofrecimiento de la Cartera de Relaciones a Peralta, sería un colmo; pero ese colmo llevaría en las entrañas la traición del General Plaza a su propio partido…” “Hay toda clase de antecedentes en este asunto. Y bastaría con recordar que el señor Plaza debió su primera presidencia absolutamente a la gestión del doctor Peralta, quien se impuso a las veleidades de don Eloy Alfaro que, la víspera no más, designara candidato a don Emilio Estrada…” “Y el señor Plaza fue el hombre de Peralta, desde mucho antes, desde cuando aquél lo llamaba Maestro al segundo...” “Luego vino un enfriamiento, y en cierta ocasión le oímos confidencialmente al General Plaza, ya Presidente, que estimaba al señor Peralta tan de veras, que su anhelo consistía en que descansase de sus fatigas ministeriales que le agotaron durante cuatro años enteros. Un destierro a lo ruso: esto es, una orden implícita de que el ex-Canciller se retirase a sus propiedades de Yunguilla, con el ojo policial al margen”.
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No hay necesidad de comentarios: Plaza me llamaba “maestro”, me debía la Presidencia en lo absoluto, y decía a sus confidentes que me había desterrado a lo ruso, y sometido a la vigilancia de policial!.. M. Calle el Redactor de “El Guante” completaba a Biaza: sólo que sé le olvidó hacer constar que fui yo quien se separó de Plaza, declarando por escrito que no aceptaría ningún empleo público en el gobierno de mi pretendido discípulo; y que, por lo mismo, es de todo punto falso aquello del destierro ruso, aunque tal haya sido la intención del ingrato perseguidor de sus benefactores. Y tanto fue así, que devolví el nombramiento de Plenipotenciario, que me extendiera para la negociación de un modus vivendi con el Delegado Monseñor Bavona. Para vengarse de Alfaro, Plaza juzgaba muy poco el destierro, los vejámenes sin cuento, los dicterios y calumnias de cada día: esa alma tenebrosa ansiaba la ocasión de poder asesinar a mansalva al hombre que lo había sacado de la nada; y llegó a revelar su pensamiento homicida en documentos que han sido impresos, sin contradicción alguna de su parte. Roberto Andrade publicó ciertas cartas a Lizardo García, en las que el proditorio anhelo está expreso y patente, sin ambages ni disimulo, como medida de política sagaz y justa, como legítimo ejercicio de un derecho del gobernante para conservarse en el poder, Alfaro me comunicó por ese mismo tiempo, que el Coronel Manuel Andrade había recibido la orden de fusilarlo sin forma ni figura de juicio, y en el acto que en Guayaquil se suscitase el menor tumulto político; de manera que la vida del Fundador del Liberalismo ecuatoriano estuvo pendiente, por muchos meses, de la voluntad de un jefe de batallón, y de cualquier incidente que alarmare a las autoridades del Guayas. Manuel Calle el defensor y panegirista de todos los crímenes de Plaza dice en El Grito del Pueblo Ecuatoriano, 15 de Enero de 1915: “Ah, ¿es que no saben que se habla también de la candidatura del señor Antonio Gil, el Intendente desleal que, por confraternidad masónica, dejó escapar a don Eloy Alfaro de la ciudad de Guayaquil, para que consumase la trastada de la revolución de Enero de 1906, que tantas desventuras había de traer a la Patria; cuando, desde los últimos meses del gobierno del General Plaza, tenía la orden confidencial, dada por dicho Plaza, de fusilar o ahorcar al Viejo, si éste hacía finta de escaparse? Porque yo me sé que, entonces a lo menos, el señor Plaza le tenía ganas al Anciano Luchador, hasta el punto de desear que le hiciese una revolución para salir de él. Después… no sé". He ahí un testimonio de parte interesada y, por lo mismo, irrecusable: Plaza había resuelto asesinar a su benefactor desde 1904....” Terminó el gobierno del General Plaza; y nos impuso, como sucesor, a su antiguo rival político, al señor Lizardo García. El odio al General Alfaro, había hecho que estos dos hombres se echasen mutuamente los brazos, olvidando la guerra cruel que se hicieran durante la última elección; de manera que bien puede decirse que García llegó a ser la rueda principal del mecanismo placista. Sin embargo, debo añadir con imparcialidad y justicia, que Lizardo García no era depravado ni traidor, por más que su animosidad y venganza contra el Caudillo radical, hayan llegado al punto más subido. Comerciante honorable y hábil, habíase
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levantado con el propio esfuerzo y a impulsos de la laboriosidad y de la hombría de bien; tanto que podía gloriarse de haber creado su posición social y política sin el concurso de nadie. Más, cerebro débil, se mareó con los triunfos obtenidos: dio entero crédito a la adulación, y convencióse de que era gran hacendista, gran administrador, gran hombre de Estado. Este envanecimiento lo perdió; porque, astutamente explotado por el General Plaza, vióse el honrado mercader envuelto en las mallas de aquella inmoral política, de tal modo, que le fue muy difícil evitar que lo arrebatara, la corriente, y su acrisolada probidad estuvo a punto de sucumbir por falta de carácter. Había hecho un viaje a Londres, como agente financiero del gobierno de Plaza; y allá trató de llevar a cabo la operación aquella, sobre bonos, que tantos disgustos le produjo, y en la cual escapó de naufragar su bien sentada honradez. El General Alfaro y yo, acusados temerariamente por Ministros de Plaza de haber favorecido a la Compañía del Ferrocarril trasandino con perjuicio de la Nación, vímonos obligados a defendernos ante nuestros conciudadanos. Alfaro denunció el embrollo cometido en Londres con los Bonos; y yo publiqué una serie de escritos sobre el mismo asunto; escritos que el malogrado periodista don Luciano Coral reprodujo en un pequeño libro, con el título de “Porrazos a porrillo”. Sublevóse la opinión contra el círculo financista que dominaba la República; y todos los pueblos volvieron la vista al anciano Caudillo, pidiéndole que los redimiera de aquella nueva calamidad. García no estaba sostenido sino por el placismo; facción compuesta, como ya lo hemos visto, por todos los enemigos más encarnizados de Alfaro. El General Franco había allegado su mesnada a dicha facción; García, la suya propia; y aun los conservadores, a última hora esperando obtener una evolución favorable a su causa, merced a la debilidad y falta de doctrina del Presidente mostráronsele propicios y dispuestos a sostenerlo. No obstante esta alianza de todos los elementos de oposición al sistema político liberal radical, llamado Alfarismo, el señor García nadaba sin rumbo, en el vació; y se vino a tierra al primer soplo de la opinión pública, sin que le valieran sus alardes de honorabilidad y fuerza. La Campaña de veinte, días cambió la faz del país; y el bando placista, derrotado en todo terreno, limitóse a mantener la agitación y avivar más y más el odio contra el vencedor en el Chasqui. El pueblo de Guayaquil había arrojado del suelo ecuatoriano al General Plaza, con rechiflas, y a sombrerazos; el General Franco había entregado las armas a un cura párroco, y dispersado la brillante División de su mando; el Ministro de Guerra que mandaba personalmente las fuerzas del gobierno corrió en los primeros momentos del choque, y le llevó a García, antes que nadie, ,la noticia del desastre: el régimen financista no tenía cimiento alguno, y al primer sacudimiento fue reducido a escombros. Alfaro no tuvo sino que presentarse en la palestra, para que todo cediese a su valor y prestigio. El placismo pudo convencerse de su impotencia e impopularidad; pero todos los elementos vencidos en el Chasqui, permanecieron unidos por el odio al Viejo Luchador,
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como ellos mismos apellidaban al General Alfaro. Hicieron de la prensa un taller de difamación, uno como lupanar de da política; y los libelos placistas competían en procacidad con las más inmundas producciones de la prensa clerical. Dos odios mortales, dos rencores inextinguibles, dos venganzas insaciables, se mancomunaron, se fundieron, por decirlo así, en una sola lama de incendio, para devorar y convertir en cenizas el partido Alfarista y a su Caudillo. El Gobierno Regenerador reanudé sus patrióticas labores: con la empereza y el ahincó que le, eran propios; pero se vio combatido sin tregua por la facción demagógica de Plaza, y por el clericalismo, tradicional y eterno adversario de la regeneración del país. Bajo banderas diversas militaban, al parecer; y, sin embargo, combinaban sus ataques, ambas falanges enemigas, pues existía una coalición de jacto contra el odiado alfarísmo. Y hubo vez en que formaron en las mismas filas, y empuñaron juntos las armas para derrocar al Gobierno constitucional. Gonzalo Córdova amigo, compadre y favorecido de Alfaro había llegado a ser Ministro del General Plaza, e instrumento de sus venganzas; por lo cual se constituyó en procurador político de dicho General, así como en portaestandarte de esa facción que se decía la única radical extremista e inconciliable con los ultramontanos. Y, a pesar de este exagerado rojismo, se levantó en armas con los conservadores de Cuenca, a los que capitaneaba el Coronel don Antonio Vega; y asistió a una ceremonia sacrílega, aunque risible, en el santuario de la Virgen del Rocío, en la parroquia de Biblián. Los clérigos partícipes en la revuelta, deseosos de enardecer el fanatismo, idearon la farsa de que la santa imagen entregara los fusiles bendecidos en una misa solemne, a los defensores de la fe, que fueron a sucumbir en la rota de Ayancay. El nuevo cruzado aplaudió tan impía comedia. De esta laya de rojos se componía el placismo: tránsfugas de todos los partidos, y por el mismo caso, sin ideas fijas ni credo determinado. Alfaro, en su segunda administración, llevó a término reformas trascendentales y avanzadísimas, que no es del caso rememorar aquí; y subió de punto, como era natural, la animadversión del clericalismo contra el incansable Reformador. Basta registrar la colección de publicaciones de la prensa conservadora de aquella época, para ver que destilan únicamente veneno y sangre; que toda la tarea de los defensores del tradicionalismo, se reducía a matar los sentimientos de humanidad en el corazón de las ignorantes y fanatizadas turbas, como si se las preparase para un gran crimen; a borrar todo respeto, toda consideración a los depositarios del poder público, como si se los destinara a ser pisoteados aun por la hez de la plebe; a infundir en el alma de todos los ciudadanos una profunda y salvaje aversión al General Alfaro y a sus colaboradores, como si desde entonces se preparase las escenas canibalescas de Enero de 1912. Y la facción placista aliada de hecho del clericalismo en está faena de perversión y sangre aventajaba en esfuerzos para conseguir tan prodictorios fines, a los mismos secuaces del terrorismo ultramontano. No olvidemos la existencia de estas dos fuerzas de oposición, mortal y sanguinaria; de estas dos fuerzas que obraban conjuntamente, acaso sin haberlo pactado de modo expreso; de estas dos fuerzas que eran el ariete formidable contra el Alfarismo,

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ariete movido por el odio común de las dos facciones que juzgaban indispensable la muerte del Caudillo radical, para la consecución de sus respectivas aspiraciones. El desaparecimiento de Alfaro y de su partido, era ansiado por el tradicionalismo católico, que ya había declarado lícito eliminar al tirano; y por el placismo anarquizador, para quien la mejor y más fácil solución política es el puñal del asesino. Ambos bandos habían predicado, más o menos envelada mente, la conveniencia del tiranicidio; ambos invocaban la salvación pública, como justificante de su doctrina disociadora; ambos habían puesto, más de una vez, los medios para llevar a la práctica sus negros designios; en fin, la muerte de Alfaro no podía satisfacer sino a estos dos odios coexistentes, ni aprovechar más que a las concupiscencias de los placistas, y, al fanatismo y ambiciones de los conservadores. Si he tenido que escribir estos dos capítulos, sobre los antecedentes de la tragedia, ha sido porque, sin ellos, habría sido difícil dar con la clave verdadera de tan funestos acontecimientos; habría sido extraviarse voluntariamente en la senda de la Historia, al prescindir del móvil de los sucesos, único hilo conductor que puede llevarnos hacia la verdad. ¿Quiénes odiaban y buscaban la muerte de Alfaro? ¿A quiénes aprovechaba la eliminación criminal del ilustre Caudillo? ¿Quiénes habían preparado el terreno para la comisión del crimen? ¿Quiénes lo habían justificado de antemano, como para pervertir las ideas morales del pueblo? ¿Quiénes habían procurado asesinar ya otras veces al Jefe de la Regeneración ecuatoriana? No se puede dar un solo paso en la investigación do los verdaderos responsables de los asesinatos de Enero, sin hallar previamente una respuesta satisfactoria y comprobada, a cada una de las anteriores preguntas; y esto es lo que se ha hecho en los dos capítulos precedentes, que van a servir de base a mi ulterior trabajo de investigación concienzuda y justiciera.

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CAPITULO III REVOLUCIÓN DEL 11 DE AGOSTO Hubo un momento de tregua aparente en la lucha de los partidos, con motivo del conflicto con el Perú; pero, en realidad, no cesó la tenebrosa labor de zapa emprendida por el conservadorismo y la demagogia placista. Todos los hombres públicos hacían alarde de amor a la Patria, y ofrecían su apoyo incondicional al Gobierno, a fin de salvar la honra y la integridad de la Nación y todos los ecuatorianos, como un solo hombre, corrieron a las armas, deseosos de sacrificarse por el suelo sagrado en que habían nacido. Toda la República se transformó en un solo campamento; y no escasearon las fervientes adhesiones de algunos círculos de oposición, al mismo Gobierno que combatían, al mismo Caudillo que anhelaban hacer desaparecer. Para honra del Ecuador, debo decir que las manifestaciones patrióticas de la casi totalidad de los ciudadanos, eran sinceras; más, había, indudablemente, muchos zapadores de la, revolución; que se aprovechaban del entusiasmo popular, para seguir minando el orden constitucional. Y este trabajo infame, esta tarea antipatriótica, se, dejaba ver claramente y a pesar de la máscara con que creían ocultarse: las aviesas intenciones, los pérfidos propósitos, las miras de traición, transparentábanse y se destacaban en medio de las alharacas patrióticas de aquellos malos ciudadanos. Plaza había manifestado solemnemente, sin que ninguno de sus partidarios le hubiera contradicho, su opinión de que no debía disputarse por una cuarta más o menos de territorio; y que las extensas y ricas comarcas amazónicas que componen el Ecuador del porvenir no merecían que se guerrease por conservarlas. Y, consecuente con tan antipatrióticas ideas, no trepidó en resucitar el antiguo Tratado de Arbitraje Espinosa Bonifaz, desventajosísimo para la Nación; y nos arrastró fatalmente a un Tribunal, en el que habían de naufragar nuestros derechos, a causa de múltiples circunstancias. Miguel Valverde, Canciller de Plaza, no era conocedor do las leyes y prácticas internacionales; y mucho menos, del grave y complicado litigio con nuestros vecinos del Sur; de modo que no le fue difícil al hábil y poco escrupuloso Plenipotenciario peruano, don Mariano Cornejo, envolverlo en las redes de su diplomacia florentina Hízole las más halagadoras promesas, y hasta acopló la línea divisoria que exigía transaccionalmente el Ecuador; acuerdo que reducía la labor del Arbitro, a la simple aprobación del deslinde ya practicado de manera privada y directa, por las partes litigantes. Valverde le prestó entero crédito a Cornejo, y dio por zanjadas las dificultades que habían dividido a las dos naciones, durante una centuria; pero, por su completa inexperiencia en esta clase de negociaciones, no se cuidó de hacer constar aquellos acuerdos, por lo menos, en una de esas notas que dicen verbales; ya que no, en acta solemne de la conferencia y sus conclusiones. Falta de conocimientos diplomáticos y sobra de infantil credulidad hicieron que nuestro negociador cayese en el lazo; y se firmó el Protocolo Valverde Cornejo, que vino a ser el primer funesto fruto de la criminal teoría del Jefe del Estado, acerca de la indiferencia con que debía mirarse la defensa del territorio amazónico. El Perú si bien, por medios reñidos con la lealtad y
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la buena fe obtuvo un pleno y fácil triunfo; pues, cuando llegó el caso de hacer valer los acuerdos con Cornejo, éste los negó en lo absoluto, y la discusión judicial se extendió a la totalidad de nuestros derechos a la soberanía en el Amazonas. El Protocolo Valverde Cornejo entrañaba tan visibles peligros para la República, que fue acerbamente censurado por muchos escritores independientes y patriotas; y también yo publiqué un pequeño opúsculo, con el título de “¿Ineptitud o Traición?”; en el que demostré los graves errores del Canciller y el abismo a donde nos conducía torpemente el Gobierno. Y se; diría que Plaza y sus Ministros obraban a sabiendas del desastre que nos sobrevendría; porque se procuró echar la carga y sus responsabilidades sobre el partido conservador exclusivamente, nombrando sólo a ciudadanos de dicho bando, para la defensa del añejo pleito, ante el Rey de España. Cuentan que se loaba de su habilidad el Presidente, hablando .con sus íntimos ¿amigos; a los que aseguraba que cualquiera eventualidad desgraciada en el litigio, en nada afectaría a su gobierno ni a los liberales, pues los conservadores serían, los que soportasen, las consecuencias de la pérdida de la región oriental, si tal acontecía. Y no fue esto únicamente lo que indignó al patriotismo en aquel entonces; y demostró con toda evidencia, que para el General Plaza y los suyos, nada significaban la dignidad nacional ni lo sagrado del suelo patrio. Corrió sangre ecuatoriana en Torres Causana y en Angoteros; los peruanos avanzaron por sobre de los cadáveres de los defensores dé nuestra, bandera, y ocuparon zonas orientales jamás disputadas al Ecuador; nuestras armas habían sido humilladas en el Oriente; y el placismo, no sólo presencio con los brazos cruzados y la lengua muda estos sucesos, sino que a raíz de tan alarmadoras noticias, Plaza, sus Ministros y otros altos funcionarios públicos, se divertían y bailaban en la Legación peruana…! ¿Cómo pudieron esos malos ciudadanos saborear un champaña mezclado con la sangré de sus compatriotas? Repito que ni una voz se alzó dentro del placismo contra la doctrina de su Caudillo; ninguno de los adherentes a ese partido, se indignó con los hechos que someramente he citado: al contrario, Plaza y sus Ministros aspiraron el incienso perenne de la adulación más servil; fueron encomiados y aplaudidos todo sus actos por la prensa palaciega; recibieron solemnes votos de confianza de los Congresos, siempre compuestos en su mayoría de gente venal y abyecta; les aturdieron a la continua las loas y vítores de dos aspirantes a un mendrugo del presupuesto; y llegaron a persuadirse de que eran los únicos y verdaderos patriotas quienes calumniaba el Alfarismo por venganza política. Y, sin embargo, esos mismos placistas, para quienes carecía de importancia la integridad del territorio patrio; que debían mirar con indiferencia cualquier frontera, por más que se fijara en los más altos contrafuertes de los Andes; que habían aceptado con sumisión de esclavos la política internacional dé su Jefe; esos misinos malos ecuatorianos, digo, cuando surgió él conflicto con el Perú en 1910, mostráronse adversarios de toda concesión transaccional con nuestros contendores; exigieron que se sostuviera con toda inflexibilidad el máximo derecho dé la Nación, sin permitir que se menoscabase ni un solo palmo de terreno; y tomaron por lema de su bando, y por palabra de orden en sus incendiarios escritos, la célebre frase que, en aquellos
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tempestuosos días, se tenía por expresión del más ardiente patriotismo: “Tumbéz Marañón o la Guerra”. ¿Cual el secreto de un cambio tan radical y completo? La facción placiste creyó sobreponerse de esta manera al Gobierno, en el ánimo de las enardecidas multitudes; obstar todo, avenimiento con el Perú, y hacer inevitable la guerra, de la qué pretendía aprovecharse para derrocar al General Alfaro. Se equivocó el placismo en esta maniobra, y le salió completamente fallida; porque Alfaro antes de que la facción enemiga pronunciaba la, referida palabra de orden había declarado a la Cancillería peruana que, habiendo llegado la contienda á tales extremos, sostendría el derecho estricto del Ecuador; y que, en pasó de que el laudo arbitral, menoscabase este derecho, no se sometería a dicho fallo. Y esta patriótica resolución la comunicó a los defensores de la República en Madrid, a fin, de que ciñeran sus gestiones a los propósitos del Gobierno. Ciertamente, poco antes de qué la tirantez viniese a su último término, el General Alfaro había propuesto un arreglo directo, sobre bases equitativas y decorosas para ambos países hermanos; o que, por lo menos, se cambiara de arbitro, sometiendo nuestra disputa a una de las, potencias latinoamericanas, designada mediante un protocolo adicional. Alfaro hizo esta proposición en momentos angustiosos para el patriotismo, cuando se sabía ya que la política de Plaza y Valverde había producido los frutos que temíamos; cuando se llegó a descubrir en Madrid el tenor, dé la sentencia arbitral, cuyo proyecto, aprobado por las respectivas Comisiones, ya se tenía, escrito; es decir, cuando se juzgaba perdido sin remisión nuestro territorio oriental. El grito de guerra, lanzado en, ambas Repúblicas, a raíz de los acontecimientos de los primeros días dé Abril de 1910, interrumpió aquellas negociaciones; y sé nubló por completo el horizonte, al extremo de creerse inevitable una nueva guerra en el Pacífico. La facción de Plaza conocía, como todo el país, las proposiciones hechas por Alfaro el Perú, y la demanda extrema, sostenida por dicho bando, dé la línea divisora que señala el Protocolo Mosquera Pedemonte, no tenía otro que sentar los cimientos de una terrible acusación contra el gobierno cuyos propósitos de transacción habían de ser necesariamente calificados, en aquellos momentos de justa exaltación, como contrario á la dignidad y derechos de la República. Los mismos que afirmaban que no debía lucharse por, un palmo más o menos de territorio, esperaban ahora qué él Gobierno se propusiera otorgar alguna concesión a nuestros vecinos, par acusarlo de traición a la Patria y sublevar las multitudes contra el Caudillo radical. Lo que buscaban con el pretexto de defensa nacional, no era, pues, sino un asidero, una oportunidad para la revuelta: hacer inevitable el choque armado entre los dos países o tener ocasión de explotar a más y mejor el sentimiento patriótico del pueblo contra el Régimen que se proponían derrocar. Desapareció el peligro de la guerra; y la facción placista disparóse contra Alfaro, apellidándola traidor, embustero, etc., afirmando que “había engañado al pueblo, burlado al patriotismo ecuatoriano, dejado, en fin, pasar la ocasión de reconquistar todo él territorio oriental por medio de las armas”,

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Algunos escritores conservadores les hicieron coro a los placistas, y aun les sobrepasaron en tan temerarias acusaciones, y afirmaron que la masonería peruana habíale compelido al General Alfaro, a mantener una actitud tolerante y pacífica! La paz era, por lo visto, un fracaso para los proditorios planes de los bandos de oposición; y ante el malogro dé sus ambiciones, desahogaron todo su furor y despecho con denuestos soeces e inverosímiles y torpes acusaciones. Son tan grandes los males dé la guerra, que todos los pueblos civilizados bendicen la mano que los liberta de esa horrible calamidad, y mucho más, si esto se consigue sin mengua del decoro de la Nación, como sucedió con nosotros; pero, las facciones antialfaristas se encolerizaron por el restablecimiento de la tranquilidad pública, y calumniaron y maldijeron de todos modos al Magistrado que, con su entereza y prestigio, detuvo la invasión extranjera, que hollaba ya nuestras fronteras. Los más desaforados Oposicionistas sé habían apresurado a organizar y armar batallones y escuadrones, con los elementos más hostiles al Gobierno, y bajo el pretexto de defender el territorio nacional. Elegíanse los Jefes y Oficiales de esos Cuerpos de ejército improvisados, entre los más pertinaces revolucionarios contra el Régimen radical; y cualquier intervención del Gobierno en este importante asunto, cualquier reparo relativo a la idoneidad, de los elegidos, se denunciaba como traba maliciosamente puesta al entusiasmo popular, como rémora al patriotismo de los ciudadanos. Alfaro veía muy bien a donde iban; y, no obstante, los dejaba florar: tan seguros se creían del triunfo, que ya no consideraron necesario ocultar por más tiempo su antipatriótica resolución. Uno de, esos batallones que después se ha hecho célebre en los anales del crimen recibía y juraba solemnemente su bandera en la Plaza de la Independencia; y con tal ocasión, tomó la palabra un Capitán Julio Moreno, en presencia de una enorme muchedumbre de pueblo de los altos funcionarios del Estado, y con mano audaz rasgó el velo del misterio. Cubrió de ofensas a los encargados del poder, elogió el patriotismo de los bandos de oposición, declaró, en fin, que no era posible triunfar sobre las armas peruanas, sin otro orden de cosas en el interior, sin otros caudillos que condujeran a las huestes ecuatorianas, al campo de la reivindicación y de la gloria. La prensa placista y la prensa conservadora pusiéronle por las nubes al heroico joven que había puesto la mano en la llaga y el Ministro de Guerra y Marina, fiel a la política de tolerancia y mesura adoptada por el Gobierno, no tuvo ni una palabra de represión para el atrevido que de tal manera había pisoteado la disciplina militar. Más tarde ese batallón se distinguió en las matanzas de Enero, como lo veremos más delante. Los partidos de oposición, indisolublemente unidos por e odio común el General Alfaro, no cesaban de profundizar la mina y amontonar explosivos; y, si la guerra con el Perú hubiera estallado, habríamos dado el escándalo de destrozarnos, disputándonos el poder, en presencia misma del enemigo. Con tan inveterados rencores, con miras tan nefarias, con ambiciones tan sin freno, no era posible formar ese todo homogéneo, esa masa compacta y poderosa que se debe, oponer a las invasiones extranjeras. ¿Qué moral militar, qué disciplina, que
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subordinación, en esos grupos de facciosos, organizados y capitaneados por enemigos del orden público? Cierto, evidente que la gran mayoría de los ecuatorianos era ajena a este infame complot; pero, la división existía, la levadura de revuelta hallábase en, pleno fermento, la discordia se preparaba a darle un fácil triunfo al enemigo exterior: la Patria caminaba, empujada por las malas pasiones, a un desastre Indefectible. Alfaro conjuró la tormenta con firmeza y tino admirables: más todavía, consiguió dar en tierra con el Tratado de Arbitraje, que era el dogal puesto al cuello de la Patria. La inhibición del Rey de España fue obra exclusiva de la entereza del Gobierno: El Ministro de Estado español dice terminantemente, en su última comunicación oficial a la Cancillería ecuatoriana, que Su Soberano había resuelto excusarse de ejercer el cargo de Arbitro, en vista de la Segunda Serie de Documentos Diplomáticos, publicada en Quito. Muchos tenían por paso peligrosísimo, el solicitar la inhibición del Real Arbitro, en cualquier forma que se hiciera; y el mismo Ministro Vázquez rehusó cumplir las órdenes que, al respecto, le impartió el Gobierno por dos o tres veces. Alfaro se mantuvo impertérrito en este medio, peligroso pero seguro, de salvar la situación; y a su carácter inquebrantable se debe el que ya no pese sobre la República aquella amenaza de muerte, que decíamos Tratado Espinosa Bonifaz. Debo advertir que en el partido conservador hubo ciudadanos de verdadero patriotismo que, dando de mano a todo interés de bandería, se consagraron a trabajar por la salvación de la República, con ahínco y constancia que recogerá y recomendará la Historia. Como Canciller que fui en aquella época, puedo afirmar que hallé toda clase de apoyo en los miembros de da Junta Patriótica, sin excepción de colores políticos; y que esta distinguida Corporación estuvo animada por el más ferviente y sincero amor a la Patria. ¡Lástima que tan nobles y virtuosos sentimientos no hayan sido los de todo el partido; y que una parte del conservadorismo haya dado preferencia a los intereses de bandería sobre los grandes y trascendentales de la República! Justo en mis apreciaciones, no puedo ocultar que hay ultramontanos notables, de manifiestas virtudes cívicas y ardiente patriotismo; y siento que tan beneméritos ciudadanos hubiesen aceptado la solidaridad con un bando político ya anacrónico, cuyas doctrinas y actos han merecido y merecerán la execración de todas las generaciones ecuatorianas. Apenas desaparecido el peligro de la lucha con el Perú, volvió a ocupar la atención de los bandos políticos, el gravísimo problema: de la sucesión presidencial; y otra vez tornó el General Alfaro a sus desastrosas vacilaciones, como cuando se trató de la elección de Plaza Firmemente resuelto a establecer el régimen civil, se opuso a la candidatura de su sobrino el General Flavio E. Alfaro; al , que, además, no tenía por hombre capaz de gobernar atinadamente a la Nación. El candidato rechazado, era militar valeroso y de prestigio, dotado de inteligencia nada vulgar, aunque sin cultivo, y radical avanzado; pero, habiendo servido como Ministro de Guerra al General Plaza, no inspiraba confianza al Viejo Luchador. Los adversarios del militarismo apoyaban calurosamente la opinión del tío contra el
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sobrino; y así se produjo una nueva división en la división radical, división que, como luego veremos, llegó a ser funesta para el alfarismo. El Presidente ofreció la candidatura a dos o tres de sus amigos íntimos, manifestándoles cuan importante era para la Nación, alejar del poder a los militares; pero ninguno de los que recibieron tan halagüeña proposición, quiso aceptarla, porque veían inminente una sublevación del Ejército en favor de Flavio Alfaro. Este General desempeñaba ahora, poco más o menos, el mismo papel que había desempeñado Franco, a la terminación del primer período administrativo del Caudillo radical. La misma terquedad y obstinación de parte de éste; las mismas intrigas y maquinaciones de parte del flavismo: la historia, como se ha dicho con exactitud y justicia, resulta siempre la repetición de los hechos, en épocas y con hombres diversos. La actitud resuelta de los partidarios de Flavio, la negativa de los principales amigos del Presidente, a prestar su nombre para la contienda electoral, la conspiración constante de placistas y conservadores cumplieron sobremanera la situación, la entenebrecieron y tornaron amenazante. Oíase, por decirlo así, el retumbar del trueno, como si la tempestad estuviese muy cercana; y, ante un peligro que nada tenía de ilusorio, dividiéronse los pareceres en el seno del Gobierno, según de ordinario acontece en caso semejantes. Pero, la opinión que tomaba incremento por instantes, era la de obligarle al anciano General a tomar sobre sus hombres el peso de la dictadura; es decir, a empuñar la espada y desafiar el furor de todas las banderías y la opinión general de la República. Octavio Díaz, Ministro interino de Gobierno, patrocinaba proyecto tan aventurado como impolítico: los Vocales de la Corte Suprema, señores Montalvo y Albán Mestanza, el Presidente de la Cámara de Diputados, y, en genera1, todos los Jefes Superiores del Ejército, seguían la misma corriente; desde luego, sin más anhelo que el de refrenar la guerra civil que se tenía por segura, lo mismo que en los tiempos de Manuel Antonio Fraileo. Casi, todo el Gabinete estuvo en contra de esta opinión, la que combatí con mi habitual franqueza delante del mismo Alfaro y tuve la satisfacción de que éste apoyara resueltamente mis razones, y declarara que jamás aceptaría una proposición que lo infamaría para siempre. Ya lo he dicho, Alfaro era ambicioso, pero únicamente de gloria: ambición noble que lo elevaba por sobre toda aspiración vulgar y pequeña, y le hacía mirar con horror todo paso que de algún modo pudiera menoscabar su buen nombre. Su afán permanente, su obsesión única, era conquistarse un puesto brillante en la Historia ecuatoriana; y el único, temor que cabía en su pecho, era perder el aprecio de las futuras generaciones, empañar sus glorias y borrar sus, merecimientos a última hora. Alfaro cuidaba de su reputación histórica con un escrúpulo rayano en nimiedad: por nada de este mundo habría imitado a Ignacio de Veintemilla, como nos decía, siempre que de dictadura se trataba. Conocedor de que la grita de sus enemigos no perduraría ni encontraría eco en la Historia, miraba con desdén los libelos infamatorios que a diario lo herían en lo más vivo. Habría preferido mil muertes, antes que cometer una acción desdorosa, un crimen

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que lo cubriese de baldón, que lo borrase de la nómina de los buenos y eminentes ciudadanos de la República. No: Alfaro jamás pensó en la dictadura, ni remotamente: me lo dijo, de amigo a amigo, con insistencia, como si quisiera desvanecer en mí, cualquier sospecha, que hubiese podido concebir al respecto. Condenó con severidad las gestiones secretas de los partidarios de aquella medida extrema; y les prohibió volver a tratar de ella, ni privadamente, so pena de su enojo, Y como para quitarles toda esperanza, publicó su célebre Circular, en la que prometía sostener la Constitución hasta última hora y entregar el mando al elegido por los pueblos, el 31 del próximo Agosto. Como si todavía no bastase una declaración tan explícita y solemne, aseguró lo mismo, ante el Congreso Nacional, en dos Mensajes consecutivos, cuando los bandos de oposición insistían en calumniarlo y poner en duda la sinceridad de sus declaraciones. Alfaro era verídico y gran respetador de su palabra; y en esta ocasión, no sólo estas prendas y su proverbial honradez garantizaban sus ofertas; sino también, su misma ancianidad la enfermedad incurable de que adolecía, el cansancio de los negocios, la amargura de las decepciones políticas; todo lo cual formaba una barrera insuperable para que pudiese pensar en asumir una dictadura. Pero, como no pasó desapercibida la silenciosa campaña de los partidarios de la reelección, los oposicionistas apoderáronse de esta arma, la afilaron, envenenaron y esgrimieron contra el Caudillo de la Regeneración, con furia verdaderamente insana, con una perseverancia digna de mejor causa era la máquina de guerra, la catapulta formidable destinada a Derrocar al coloso. Siempre los coligados de facto, placistas y conservadores, unidos, mancomunados, confundidos en el ataque al adversario común; y usando de toda clase dé armas, por viles por inmorales qué fuesen, con tal de conseguir arrasar la fortaleza enemiga. He ahí el cuadro de la contienda en los últimos días del gobierno de Alfaro; y es de lamentar que la ola de odio, que la inundación de cieno, no hubiesen perdonado ni las alturas; puesto que hasta la Junta Patriótica, dando al olvido sus nobles y gloriosas ejecutorias, puso la mano en esas armas que manchan, que ulceran, que estigmatizan para siempre a las que las usan. Manifiesto de aquella Junta. Presidida por el Jefe de 1a iglesia ecuatoriana, llamando a los pueblos a la guerra civil, con pretexto de una dictadura maliciosamente supuesta, fue una proclama Incendiaria, el preludio de las desventuras y de los crímenes que han caído sobre la Patria. ¡Cuánto ciega la pasión política! ¡A que abismos arrastran las venganzas de partido y los odios del fanatismo y la intolerancia! Pasados los años, cuando el equilibrio moral se restablezca, ¿podrá creerse que un ministro del Altísimo, que un sacerdote del mansísimo Jesús, que un pastor de la Iglesia ecuatoriana fuese capaz de suscribir ese llamamiento a la discordia entre sus ovejas?... Mientras se desarrollaban las sucesivas peripecias de este espantable drama, Alfaro hizo un viaje rápido a Guayaquil; y, persistiendo en su idea de iniciar el civilismo, reunió una Junta de Notables, a la que consultó sobre la persona que debía ser propuesta a los electores, como candidato radical a la Presidencia.

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Estaban divididos los notables; pero la mayoría favoreció al señor Emilio Estrada, antiguo liberal y de honrados precedentes; y parece que el General Alfaro contrajo el compromiso serió de apoyar la candidatura de este su amigo personal. Sin embargo, según los papeles públicos de eses tiempo, nada quedó definitivamente resuelto; pues era indispensable obtener la aceptación de los liberales de la Capital y más provincias de la República, antes de dar por designado el candidato. Alfaro tomó la vuelta de Quito; y nos anunció, en seguida, su deseo de oír el parecer de sus amigos sobre la candidatura del señor Estrada. Los más de ellos rehuyeron concurrir a la Junta provocada al efecto; tanto que ésta se compuso apenas de siete personas que, por varias razones, no pudieron también negarse. El Señor Ignacio Fernández Salvador tomó la palabra y propuso como candidatos a los señores Luis Adriano Dillon, Francisco Martínez Aguirre y al que esto escribe. Apresuréme a manifestarle que me había excusado ya antes; y que de ninguna manera me era posible retirar aquella excusa. Los señores Dillon y Martínez Aguirre retiraron también sus nombres del debate, fundándose en que así mismo se habían negado a insinuaciones semejantes de parte de sus amigos. Entonces habló el Ministro Díaz y propuso al señor Estrada, exponiendo claramente qué dicho señor contaba con las simpatías del General Alfaro. Nadie hizo objeciones, en presencia de declaración tan concluyente; y dióse por adoptado la candidatura oficial de don Emilio, a quien también yo tenía por muy digno de la primera magistratura. Tristes, por demás tristes resultaron los preliminares de ésta elevación; tanto que yo mismo me asombré al ver que el. Señor Estrada, a quien tenía por persona de mérito, no contaba sino con el apoyo del presidente y de muy pocos amigos más. La noticia de que estaba elegido el candidato, se propagó rápidamente por la Capital, y fue recibida en todos los círculos sociales y políticos con una frialdad insultante, cuando no con sarcasmos y risotadas, con pullas y chanzonetas de la peor especie. Tratóse de publicar la exhibición, autorizándola con algunas firmas respetables y conocidas: negáronse casi todos a suscribir aquel Manifiesto; algunas, indignados, como Carlos Freile Zaldumbide que calificaba de salvaje al candidato; otros, con diversos subterfugios, a cual más ridículos e insostenibles. Fue menester echar mano de un anciano valetudinario, pero honorable, para que firmase primero la exhibición; y el nombre del señor Pedro Morales fue lo más visible, podemos decirlo, de esa como recomendación de la candidatura oficial a los electores. En las demás provincias aconteció igual cosa; excepto en Guayaquil, donde fue patrocinada dicho candidatura por algunas personas notables del alto comercio. Sin embargo, la impopularidad del señor Estrada era completa: nadie tomaba su candidatura en serio, y la oposición propalaba que era un ardid de Alfaro para alzarse con la dictadura. La postulación de Flavio Alfaro tomó gran vuelo, como no tuviera competidor; y se complicó y oscureció más y mascada día la delicada situación de la República. El Ministro Octavio Díaz que sin duda abrigaba secretos proyectos se adueñó de Estrada; monopolizó, digámoslo así, el trabajo electoral, excluyendo de la manera más impolítica y ofensiva a los pocos amigos que el Candidato tenía en el Gobierno.
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Prescindió de las autoridades de provincia y de todo elemento liberal; y formó comités y juntas electorales con los enemigos más acérrimos de esas autoridades que despreciaba y ofendía, y aun del mismo Presidente y de los más altos funcionarios del Estado. Por este modo, el Ministro de lo Interior y Policía de un gobierno radical, convirtió en estradistas a los que más se habían distinguido en la incesante guerra al radicalismo, como si preparara y favoreciera una evolución contra Alfaro y su partido. Conducta tan desleal, no se le ocultó a nadie; y fuéronse separando los liberales que apoyaban a Estrada, a quien se acusaba de no desautorizar la traidora labor de dicho Ministro. El General Alfaro le había extendido la mano a Díaz, cuando colgaba la sotana que éste vestía era odiado por sus antiguos correligionarios, como desertor del templo; y no bien visto por los liberales, que no olvidaban los insultos y calumnias que les había dirigido, en un periódico clerical denominado El Pensamiento Católico. Comenzó su vida política, por Secretario de la Gobernación del Azuay; luego fue elegido Diputado, mediante el apoyo oficial; más tarde, las recomendaciones de su protector vencieron todas las resistencias y lo elevaron a Vocal de la Corte Suprema; y por último, el General Alfaro se engañó hasta confiarle interinamente una Cartera. Colocado a tal altura, olvidóse de que todo se lo debía al generoso Caudillo radical; olvidóse de que era satélite, y pretendió campar como planeta. Hombre de Inteligencia aventajada; hábil en la intriga; diestro en ese disimulo que forma hábito en los seminarios y en los conventos; ávido de notoriedad y preponderancia, fue anudando y desanudando cabos, hasta formarse un pequeño círculo propio y hostil a los que lo habían levantado de la nada. Su tendencia irresistible de tornar al redil conservador, manifestábase de continuo en sus actos; y terminó por arrojar todo disfraz en la elección de sus adeptos, reclutados sólo entre las filas enemigas del liberalismo. Cuando, valiéndose del alto cargo que investía, hubo formado grandes centros electorales que lo apoyaban, rompió francamente las hostilidades aun contra sus colegas; sembró la división en el Gabinete; divorció a unas autoridades de otras; difundió desconfianza contra los más fieles alfaristas; y en todas partes suscitó desatadas oposiciones contra sus antiguos amigos. Los agentes que había buscado, servíanle a maravilla; y muy en breve se dejó sentir un profundo malestar en el seno mismo del Gobierno. Y no paró en esto; pues se supo que aplicaba todas sus fuerzas y astucia a consumar la separación entre el General Alfaro y Emilio Estrada; alimentando los recelos de éste, ora pintándole como resuelta la aceptación de la dictadura, ora como seguro el apoyo del gobierno a la revolución flavista. Con destreza suma alentaba todas las suspicacias, robustecía todas las desconfianzas, ahondaba todas las divisiones, y era, en fin, un minador experto y tenaz del régimen establecido, amparándose bajo el ala misma del poder supremo. Indignóse Alfaro con tan pérfido procedimiento; su paciencia y bondad llegaron a su último límite, y exigió que Díaz le presentara inmediatamente su dimisión. Extirpó con mano firmé ese cáncer político; pero creóse un enemigo implacable, que, de escalón en escalón, descendió hasta el más bajo nivel, arrastrado por la venganza. Sobre Díaz pesa gran parte de la terrible responsabilidad de los canibalescos crímenes del 28 de Enero de 1912, que tatito han deshonrado al Ecuador; porque, según los testimonios y documentos de aquella época de sangre, fue la mente en que primero germinó, al calor
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de la venganza, la idea de eliminar al Caudillo radical y a sus principales colaboradores, aprovechándose de la tempestad política desatada por entonces; el primero que habló de la conveniencia de hacer con los Alfaros a quienes tanto había ofendido, lo que el populacho de Lima con los Gutiérrez , a fin de que no tornasen al poder sus antiguos protectores; el primero que aconsejó la unión con el partido conservador, para combatir la reacción radical; unión que produjo la tragedia del 5 de Marzo siguiente, la cuál aumento el descredito nacional en; los pueblos civilizados. Y para difundir estas criminales ideas en las turbas, para despertar la fiera humana, fundó un diario que destilaba sangre, al que por cruel ironía llamo La Constitución; hoja que dejó muy atrás al Padre Duchesne y al Amigo del Pueblo, voceros del Terror, en 1793; y que no era sino un llamamiento salvaje al degüello y a la antropofagia. El ex -Ministro Federico Intriago ha declarado con juramento, que ese diario ultrajador de la humanidad y la civilización, dependía exclusivamente de su colega Díaz; y La Constitución fue la turbina que removió las más bajas pasiones de la muchedumbre, el soplo que avivó la llama del incendio, la cuchilla que cercenó la cabeza del Fundador del liberalismo ecuatoriano. Pero no anticipemos la narración dé los sucesos: ya verán los lectores el desarrollo de la horripilante tragedia da los capítulos posteriores; y podrán pesar las prueba y deducir el grado de responsabilidad de cada uno de los principales actores, en aquellas escenas dignas sólo de la barbarie primitiva. Estrada me dijo que varias veces le había escrito a Díaz, reprendiéndole por sus manejos políticos; que no participaba de manera alguna de esas ideas de escisión en el partid; en fin, que el Ex – Ministro de Gobierno era una atolondrado que le cansaba escribiéndole necedades y invitándole manuscritos difamatorios para que los hiciera publicar en Guayaquil. Pudo haberme hablado con verdad el señor Estrada; pero, el hecho es que el diario estradista, Unión, sostenía y propagaba la misma política de Octavio Díaz. Aquella hoja oficial del Candidato declaró deslavadamente que Estrada no tenía ningún compromiso político con Alfaro, que no existía ni debía existir ningún lazo de unión entre el estradismo y el alfarismo; y todos los días contenía acusaciones y dicterios contra el Caudillo radical y sus partidarios. Un hijo de Estrada era el Director de aquélla publicación impolítica que, por su marcada intemperancia, mereció que el pueblo la bautizase con el nombre de La Desunión. ¿Cómo suponer que el Candidato oficial no intervenía en esta labor separatista, o qué era impotente para reprimirla? Todo hace creer qué Estrada se trazó, desde el principio, una línea de conducta, diametralmente opuesta a la que Alfaro Creía que su amigo había de tomar; y que Días no había obrado por propia inspiración, ni por su cuenta y riesgo, sino más bien obedeciendo la consigna de la nueva facción que se levantaba. Y esta creencia se robustece más, si se pone la atención en que, al andar de poco, y a pesar de la desfavorable opinión manifestada por Estrada sobre la aleve política de Díaz, éste llegó a ser él asesor indispensable para el nuevo Presidente. Yo tenía al señor Estrada en el mejor concepto, como persona de probidad y principios liberales definidos y firmes; más, la ambigüedad de sus procedimientos, lo
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tortuoso de sus últimos pasos, me hicieron ver claramente que Alfaro se hallaba en una situación igual, o tal vez peor, a la que le había creado la candidatura de Plaza. Con todo, como ya no era tiempo de enmendar un error, sin peligro de desquiciar la República, sostuve que el Gobierno debía, por todos los medios posibles, destruir esos gérmenes de división, aplastar toda intriga y continuar apoyando la candidatura oficial. Por desgracia, pocos eran en el Gobierno los que veían claro y sin apasionamientos; y los pareceres divergentes se multiplicaban a diario. La oposición simulaba afiliarse al estradismo; y en muchas ciudades se oyeron los gritos de ¡Viva Estrada! ¡Muera Alfaro! Ya no quedaba duda: volvían los oposicionistas a la misma táctica que emplearon en los tiempos de Plaza; y no esperaban sino que surgiera el menor rompimiento, entre protector y protegido, para apoderarse de éste y transformarlo en bandera de guerra. Firmemente persuadidos de esto, algunos miembros del Gobierno no cesaron de insinuarle al General Alfaro la necesidad imprescindible de mantener la más estrecha unión con don Emilio Estrada, por más que no fuese satisfactoria su conducta. Yo mismo escribí de acuerdo con el Ministro don Rafael Aguilar, qué había sucedido a Díaz, un largo Memorándum político; en el que demostraba esta necesidad, si no queríamos ver desaparecer las conquistas del liberalismo, en el torbellino de la guerra civil. Este Memorándum fue tomado por los revolucionarios del 11 de Agosto, entre los papeles del General Alfaro; y, según me ha referida persona fidedigna llego a manas de Estrada. Alfaro parecía convencido de su nuevo error en la elección de Candidato; pero, naturalmente, no quería confesarlo ni a las personas que le eran más allegados. Aferrábase a la creencia de que su protegido, siempre leal y honrado, era incapaz de imitar a Plaza; y les repelía estas, palabras a todos los que se quejaban de Estrada, o manifestaban, temores por el porvenir. Tomó resueltamente su partido; y agotó toda la influencia del poder, para que triunfase la candidatura oficial en los comicios. Estrada se dio por satisfecho, o aparentó estarlo, con la lealtad del Presidente; y los seudo – estradistas se replegaron mohínos a sus campamentos respectivos, creyendo que había fallado por entonces su estrategia. Otra vez el vacío más pavoroso circundó al señor Estrada; tanto que en su viaje a Quito, a raíz del triunfo electoral, fue recibido, como sí dijéramos, a pedradas y silbidos de la muchedumbre; y apenas fue saludado por una que otra persona de viso. Alfaro sintió que se le caían las alas del alma, ante tanta impopularidad; y por la primera ocasión le oí confesar que era imposible el gobierno de su amigo, pues no contaba con las simpatías del Ejército ni del partido civil. Mientras tanto, el flavismo, derrotado en las elecciones, empuñaba francamente el estandarte de la rebelión; y aumentaba sus filas con los mejores elementos del radicalismo combatiente. Casi todos los liberales juzgaban que en Flavio Alfaro se encarnaba su propia salvación y la de los principios e instituciones que había implantado el Caudillo de la Regeneración ecuatoriana; y el entusiasmo cundió por todas partes, y subió a tal punto, que Estrada se creyó perdido sin remedio.
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Vi muchas cartas y telegramas del Presidente electo, en que daba por hecha la revolución flavista; y exigía del Gobierno que, para prevenirla, tomase medidas extremas contra el Jefe de la revuelta y sus principales partidarios. Alfaro procuró tranquilizarlo, dándole todo género de seguridades; más, como no procedió contra su sobrino, hízose sospechoso para Don Emilio, cuyas inquietudes y desconfianzas resurgieron más vigorosas y tenaces que antes. La intriga política, que se mantenía en acecho, volvió a entrar en acción: Díaz, no se daba punto de reposo en su tarea de alarmar a su nuevo Jefe; y procuraba divorciarlo en lo absoluto del Magistrado que tan lamentablemente había reincidido en sus equivocaciones electorales. Todo el grupo de intrigantes seguía la misma corriente e iba profundizando sin término los abismen de separación, necesarios para el derrocamiento del partido radical; aspiración suprema de los coligados contra Alfaro. La actitud del mismo Presidente electo había dejado de ser embozada: a la sazón rodeábanlo en Guayaquil los adversarios más declarados del régimen regenerador; y los escritores que componían la tarifa evolucionista, no se detuvieron ante ningún obstáculo, para sacar triunfantes sus propósitos. Lóbrego, siniestro se presentaba el horizonte; y nadie dudaba de la proximidad de convulsiones políticas que terminarían en catástrofe sangrienta. Cada uno discurría según sus prejuicios, sus temores o esperanzas; quienes opinaban por la inmediata revolución de Flavio Alfaro: Quienes volvían a las andadas e insistían en la dictadura del Viejo luchador; quienes, finalmente, sugerían ya la nulidad de las elecciones, y la convocación a nuevos comicios que elevaran al poder a un hombre más firme, leal y mejor dispuesto. Ni Alfaro, ni los pocos hombres de Estado que lo rodeaban, suscribieron a ninguna de estas extremas opiniones: la revolución flavista no era otra cosa que la destrucción del dique, el desbordamiento, la inundación, la guerra civil desastrosa y sin cuartel: la dictadura, como ya lo había dicho yo antes, equivalía al suicidio del liberalismo en masa: y las nuevas elecciones, podían conducirnos a la misma sima, a los mismos desastres que con tanto empeño habíamos querido evitar. El error era ya irremediable: y, en mi concepto, la única clave salvadora consistía en conservar la unión con Estrada, en no darles un caudillo a las facciones de oposición, en no permitir que se apoderasen de la fuerza incontrastable de la constitucionalidad. Aumentóse la confusión con el mal estado de la salud del General Alfaro: una nueva crisis de su terrible enfermedad lo puso a dos dedos de la muerte; y tuvo que trasladarse rápidamente a la ciudad de Guayaquil. Fui en campaña del ilustre enfermo, pues, me dirigía a Venezuela, a cumplir una misión diplomática, y tuve la oportunidad de provocar explicaciones entre Alfaro y Estrada, de disipar temores recíprocos y acercarlos, de ponerlos enteramente de acuerdo; trabajo en que fui secundado eficientemente por algunos patriotas que no aspiraban sino a la paz y prosperidad de la república. Telegrafié a mis amigos, escribíles antes de partir, felicitándome de que había visto disiparse un tanto la oscuridad; y que auguraba días más serenos para la Nación y el partido, si todos continuaban trabajando por impedir la disgregación liberal.
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Me engañaba: La enfermedad del anciano Presidente llegó a ser tan grave, que se tuvo por inminente su muerte; y esta noticia fatal desencadeno la tempestad y precipitó el desenlace del drama. Flavio Alfaro voló a Guayaquil, so pretexto de ver a su moribundo tío; pero, en realidad, con el objeto de revistar las fuerzas flavistas y colocarse e el puesto en que convenía que estuviese al fallecimiento del Viejo Luchador. Los intrigantes persuadiédonle a Estrada de que todo aquel movimiento político adverso a su elevación debía a sabias combinaciones del ambicioso enfermo. Al mismo tiempo, no faltaron undidores de desventuras que presentasen a los ojos del General Alfaro, como monstruosamente traidora la actitud del Magistrado electo, de quien decían que se estaba maquinando la ruina, no solo de su protector y amigo, sino de todo el partido alfarista. Los Placistas y los conservadores atezaban el fuego y aumentaban más la tenebrosidad de la situación: coligados de hecho contra Alfaro, no habían tenido hasta entonces una bandera que justificara la revuelta, y la buscaban con afán; no les había sido dado proclamar ninguna causa que interesara a las mayorías, y ahora la forjaban, por decirlo así, con actividad y maestría admirables. El rompimiento entre Alfaro y Estrada, era el fin al que dirigían todos sus esfuerzos; y lo consiguieron para desgracia de la República y escándalo de las naciones extranjeras. La primera noticia de este triunfo de la coalición la recibí en Caracas: el Ministro Dillon me dirigió un cablegrama cifrado, anunciándome lo que pasaba en esos momentos. Cuando regresé a Guayaquil, el 5 de Agosto de 1911, ya la obra estaba consumada, y no sólo vi, sino palpé la revolución que iba a estallar de un día para otro. Estrada había ido otra vez a la Capital, llamado por el General Alfaro; y, después de una conferencia destemplada, en la que se le pidió que renunciara a la presidencia, para convocar a nuevas elecciones transformóse en jefe de la oposición, como había sucedido ya con Plaza, y como lo teníamos previsto algunos miembros del Gobierno. El regreso de Estrada a la costa fue una ovación continua, una procesión triunfal, una manifestación atronadora de la proximidad de la guerra civil. La conspiración menospreció todo disimulo, como inútil; y en nuestra Metrópoli comercial se tramaba la revuelta en los lugares más públicos y a cara descubierta. Montero mismo, el montubio que tantas muestras de adhesión le había dado al General Alfaro; el soldado que todo lo debía a su Jefe y amigo, hallábase estrechamente unido con Estrada; y, cuando llegó el momento, no trepidó en mancharse con la traición más negra, como luego veremos. ¿Qué hacía, mientras tanto, el General Alfaro en la Capital? Había reunido un Congreso Extraordinario, sin duda, con el fin exclusivo de pulsar la, opinión de las Cámaras, a las que manifestó su firme resolución de separarse del poder en el momento mismo en que terminase su período Constitucional; puesto que, como siempre, sería el primero en dar ejemplo de respeto a las sagradas instituciones de la República. Los periodistas afectaron no dar crédito a esta solemne declaración; y continuaron agitando al país, con las especies más burdas, relativas a proyectos de dictadura, de apoyo incondicional a la revolución flavista, de transformación del Congreso en Asamblea Nacional, etc. La oposición había enarbolado la Constitución,
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como enseña de guerra, aprovechándose de la serie de errores cometidos por el Gobierno; y engañado el pueblo, creyó cumplir su deber corriendo a engrosar las filas de la revolución. La Legislatura estaba dividida y subdividida; la mayoría de las Cámaras era flavista, y disimulaba mal su inquina contra el Viejo Caudillo; las minorías eran eloicistas, estradistas y hasta conservadoras; pero el número de componentes de estas pequeñas agrupaciones de ningún modo podía pesar sensiblemente en los actos legislativos. Y Alfaro tuvo una prueba elocuente de ello, con el rechazo de la moción que sus amigos tuvieron la imprudencia de presentar, para que se le nombrara General en Jefe del Ejército; medida inconstitucional, pero que, en esos momentos de ofuscación, se creyó necesaria como una salvaguardia del liberalismo. Ninguno fundó su voto negativo en razón jurídica alguna; lo único que tuvieron presente los legisladores adveraos a dicha moción, fue el interés egoísta de faccionarios; la conveniencia de no crear una especie de tutela militar sobre el ciudadano que llegase a subir al solio Flavistas, estradistas y conservadores, esto es casi la totalidad de la Cámara, en que se presentó tan impolítico proyecto, uniéronse para combatirlo y dar con él en tierra. Esta solemne negativa constituía, por sí misma, el peor de los presagios; puesto que dejaba en claro que el Ejecutivo no podía contar con la cooperación de la Legislatura. La tierra estaba temblando bajo de los pies de Alfaro; pero el indomable valor de éste, su fe ciega en su buena estrella, afirmábanlo todavía en un optimismo inexplicable en aquella situación. Ya no esperaba nada de Estrada, nada del Congreso, nada de la mayor parte de sus amigos qué se habían, afiliado al flavismo; y, sin embargo, ese carácter de acero no se doblegó un instante, ni participó de los justos temores que abrumaban aun a los más impertérritos, de sus allegados. Manteníase firme en la convicción de que conjurarla la tempestad; y excogitaba únicamente el medio de llevar al poder a un ciudadano que no traicionase al partido ni cambiase de rumbo a la política liberal. Indicábasele, con insistencia y valor, que este medio no era otro que favorecer las pretensiones de su sobrino; indicación que desatendió por completo, persistiendo en la utilidad de establecer un régimen civil. Al fin, aceptó el plan de la mayoría legislativa: declarar la nulidad de la elección de Estrada, convocar inmediatamente a nuevas elecciones, previa designación de un candidato, hecha por una asamblea de representantes de las diversas agrupaciones liberales; y la separación del anciano Caudillo, encargándole el poder a su amigo de confianza, don Carlos Freile Zaldumbide. Ciertamente, si la atmósfera no hubiera estado tan caldeada, si los ánimos no hubieran llegado aun al paroxismo del furor partidista, si no hubieran estado conmovidas todas las bases del edificio constitucional y rotos todos los lazos de unión entre liberales y las medidas mencionadas, si bien peligrosas, habrían podido producir efectos satisfactorios. Más, dada la concurrencia de ese cúmulo de circunstancias desfavorables para la paz, el plan de los legisladores resultaba simplemente perjudicial y

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absurdo: era un haz de combustible arrojado al incendio, un nuevo explosivo agregado a la mina. En efecto, los flavistas que constituían la mayoría en las Cámaras, y que debían votar por la nulidad de la elección de Estrada estaban secretamente resueltos a no aceptar otro candidato que no fuese el suyo; y, de consiguiente, la combinación que Alfaro creía, salvadora estribaba en una nueva felonía. Llegué a la Capital el 6 de Agosto, ya muy entrada la noche, y me informó de todos estos sucesos y planes, el señor Luis Adriano Dillon, pintándome la situación como desesperada. Al día siguiente me apresuré a conferenciar con el General Alfaro; y no le oculté nada de lo que había visto y oído en Guayaquil y en el tránsito a Quito, ni aún la futura traición de Montero y de otros personajes políticos a los que habíamos tenido por leales. Hallé al Presidente llenó de energía, sin ilusiones, pero resuelto: algo había menguado su habitual optimismo; no obstante, no cejaba en su convicción de que dominaría la espantosa crisis por la que atravesaba la Nación. Manifestóseme incrédulo, respecto a las noticias que le di sobre la próxima revolución: “No les crea Ud. me dijo; son calumnias, Montero y los amigos que Ud. me ha nombrado, son fieles, muy fíeles”. Insistí, citándole nuevos datos concordantes, fidedignos: Alfaro persistió en su terca incredulidad. De seguida, me refirió todo lo que ya sabía, relativamente a los planes políticos de última hora. Convine en que, habiendo venido a tal punto la ruptura con Estrada, no era posible ni tentar un avenimiento, puesto que sólo el proponerlo, sería un nuevo error, y más qué todo, faltar a la dignidad del Gobierno. La repulsa de la reconciliación, sería una derrota más infamante que una caída bajo la presión de las armas revolucionarias; y era seguro que Estrada eludiría toda componenda, rodeado como estaba por una popularidad que, aunque ficticia lo había convertido en ídolo de los bandos de oposición. Permitime dudar del buen éxito del plan adoptado; y le propuse que excogitara, oyendo el parecer de sus amigos, si lo creía conveniente, una solución más pronta, eficaz y enérgica. Interrumpióme el General, diciéndome que todo estaba arreglado, y concluyó por encargarme que me entendiera al respecto, con el Presidente del Senado que debía sucederle en el mando. Salí de la casa presidencial completamente desesperanzado; tanto que, cuando acudieron a mí algunos copartidarios y amigos, pidiéndome que emplease toda mí influencia para evitar la catástrofe que nos amagaba, contésteles que la juzgaba inevitable. El Coronel Pedro Concha me enseñó una como acta de compromiso para declarar la nulidad de la elección de Estrada; acta suscrita por la mayoría de los miembros de la legislatura. “No se fíe Ud. de esas firmas le dije; que muchas veces he visto en los Congresos, votar a los firmantes contra los mismos proyectos que habían suscrito”. El Coronel Concha rióse irónicamente de mi escepticismo; pero, a los pocos días, fue testigo del cumplimiento de mi vaticinio. El Dr. Carlos Freile Zaldumbide pertenecía a esa clase de nobles adinerados y de antigua familia, pero de inteligencia basta y estéril, de carácter apocado e irresoluto, que
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han menester andadores para conducirse aun en sus negocios particulares. El susodicho caballero era uno de los de más escaso cacumen y más exiguos conocimientos que he tratado. Apenas podía expresarse con claridad en los asuntos ordinarios, que en los de alguna importancia, no daba puntada. Pusilánime y asustadizo, andaba siempre temblando ante peligros imaginarios; y su debilidad y temblor subían de punto, si llegaba a columbrar la posibilidad de la pérdida de una parte de sus bienes, por mínima que fuese. Gritó, a más no poder aun en el seno del Congreso, contra el apoyó que generosamente nos ofrecieron los colombianos en la época de nuestro conflicto con el Perú; y adujo como causa de su desesperación que los auxiliares referidos podían comerse las vacas que él tenía en una hacienda situada cerca de la frontera. He ahí los puntos que calzaba el patriotismo del señor Freile Zaldumbide. Jamás tenía idea fija; jamás convicción arraigada; jamás resolución invariable; su carácter era de arcilla blanda, su corazón de cera derretida, su pensamiento cambiaba con el viento que soplaba. Pero, a pesar de todos estos defectos conocidos, teníamoslo por honrado y leal. El General Alfaro lo había sacado a luz y hécholo pasar por todos los escalones ascendentes de la política: Gobernador, Presidente del Senado, miembro de varias Legislaturas, Plenipotenciario ad-hoc, Vicepresidente de la República, todo había sido con la protección decidida del Caudillo radical. No se explicaban los políticos la razón de este favor extraordinario; pero creían que la magnitud de los beneficios que había recibido, garantizarían firmemente su fidelidad. Freile Zaldumbide era como miembro de la familia Alfaro: el primer invitado, él; el preferido en todo, él; el sabedor de todos los secretos de Estado, él; el confidente de todos los planes políticos, él; de modo que era justificable de todo en todo, la absoluta confianza que el General había puesto en aquella creatura suya, para dar fin y remate a la elección de un nuevo Presidente. A él fui, enviado por el Viejo Luchador; y le expuse, llanamente y sin ambages, lo que había proyectado, el Gobierno. Oyóme con gravedad cómica el referido personaje; y me contestó que todo lo sabia; que no había duda en que se declararían nulas las elecciones; que se alegraba hasta cierto punto de la caída de Estrada, que era un tal por cual; pero que no permitía, por nada de este mundo, que Alfaro interviniera en la política del país, a partir del 31 de Agosto. Le repliqué, recordándole la necesidad que él tenía de una espada para dominar la guerra civil que se desencadenaba ya sobre la República; y que, aunque no fuese sino por esta causa, no debía abrigar el pensamiento de alejar de los negocios públicos al Caudillo radical. Me respondió que contaba ya con la espada del General Manuel Antonio Franco; y que era tiempo de sacudirse del alfarismo, por tales y cuales razones. E incontinente, desatóse en una retahíla de apreciaciones ofensivas contra su protector y amigo, las mismas que repetían a diario los periódicos de oposición.

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Me llené de asombro al oír que el más favorecido por Alfaro se expresase en tales términos, y abrigase tan aviesos sentimientos; y salí casi sin despedirme de aquel ingrato y felón. Freile Zaldumbide, aprovechándose de que me hallaba proscrito en París, había osado desfigurar esta conferencia, y aun negar que Hubiese atacado malamente al señor Estrada. Cosa naturalísima en su carácter: temió que lo que yo había afirmado a los periodistas de Panamá, sobre este punto, lo enemistase con el nuevo Magistrado; y optó por la negativa, contando con que yo no podría llegar a saberlo en Europa. Guárdeme de amargarle más el alma a mi anciano amigo, refiriéndole la ingratitud y felonía de Freile Zaldumbide; y me limité a manifestarle cuál era él ánimo del Presidente del Senado. Alfaro lo, adivinó todo; y me dijo con tono marcadamente irónico; “¿Es decir, que ese… (aquí un epíteto demasiado fuerte) también nos vende?” Guardé silencio y me despedí. Por la noche fue a visitarme el General Flavio E. Alfaro, y me refirió que Freile Zaldumbide le había citado a las dos de la tarde de aquel mismo día, para una conferencia política; y que, habiendo asistido a ella, el dicho Presidente del Senado se había producido en frases tan injuriosas contra el Viejo Luchador, que tuvo que salirse en el acto, dejando ver claramente su enojo contra el dueño de casa que así lo recibía. Por lo visto, Freile Zaldumbide, inhábil para jugar los complicados y difíciles juegos, de la política, dejaba ver la carta y se vendía a cada jugada; pero, por desgracia, ya no estaba el Gobierno en la posibilidad de utilizar estas torpes indiscreciones. Llegó el 10 de Agosto, en medio del choque más tempestuoso de las pasiones políticas; y sin que, valga la verdad, hubiese tomado el General Alfaro ninguna de esas medidas vigorosas y decisivas que solía tomar en los supremos momentos de peligro. Diríase que estaba resignado ante lo irremediable; y que las noticias de la revolución, que de todas partes le venían a cada instante, eran impotentes para alterar la actitud estoica y digna que había asumido como si se preparara a caer en el sitio, a usanza de los grandes romanos de la antigüedad. Reunióse el Congreso ordinario, bajo los peores auspicios; y el último Mensaje Presidencial transparentaba el alma acongojada, pero firmemente republicana y democrática, del Caudillo radical. Su protesta contra los proyectos que se le atribuían de quebrantar la Constitución, merecerá el acatamiento de la Historia; y constituirá el mentís más elocuente a los pretextos de revolución en favor de Estrada. El 11 por la mañana, una señora distinguida me revelo todo el plan revolucionario que había de efectuarse en aquel día, especificando aun los detalles del golpe. En el acto, trasmití dicha revelación al General Alfaro; pero lo halle como impasible, como si la conspiración no se refiriese a él, “También he recibido varios avisos que confirman la noticia que Ud. me trae me dijo fríamente: el Ejército, por más que lo calumnien, permanecerá leal”; y se dispuso a volver al gabinete presidencial, de donde nos habíamos apartado para hablar a solas. “¿Y ha tomado Ud. alguna medida de precaución?”, le repliqué, deteniéndole. “Ud. sabe me dijo, que toda medida de precaución revela miedo; y yo jamás he temido a mis enemigos. Tranquilícese: no se atreverán".

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Incomprensible ceguedad ante peligro tan inminente, o valor llevado a la temeridad más extrema; ahogué mi honda tristeza, guardé silencio y Salí. Di aviso a todos mis amigos de lo que iba a suceder; y regresé a casa del General, para acompañarlo al Despacho. Ya no estaba allí la multitud que lo rodeaba en iguales circunstancias, disputándose la honra de formar una como escolta del Presidente. Dos Ministros de Estado, Aguilar y Martínez Aguirre; dos Vocales de la Corte Suprema, Montalvo y Albán Mestanza; dos Edecanes y yo, únicamente formábamos la comitiva: Alfaro iba conmigo, los otros venían detrás, ¿Quién le hubiera dicho al anciano Magistrado que salía de su domicilio para no volver? Hícele notar en la esquina de Veintemilla, los diversos grupos que obstruían la calle, y cuya actitud hostil no se ocultaba. “Algo hay, me dijo; pero no se atreverán”. Seguimos adelante, y al ver que la gente, apiñada en la galería exterior de Palacio, no lo saludaba, me repitió las mismas anteriores palabras. Llegamos, al fin; y al subir la escalera, repitióme por tercera vez las palabras que he referido. La guardia, formada delante del Despacho presidencial, hizo los honores de ordenanza, y Alfaro entró a su gabinete, dando muestras de excesiva fatiga. No había tomado aún asiento, cuando sonó un tiro en la “Artillería Bolívar”; y luego, otro y otros, generalizándose el fuego. “Es la revolución que estalla", exclamé; y salí apresuradamente, a ver lo que sucedía en el Palacio mismo, donde también había disparos. El Coronel Luis Felipe Andrade y el Comandante Hidalgo Albornoz corrieron con el mismo objeto: era la guardia de Palacio que abandonaba su puesto, disparando tiros al aire. Los Jefes mencionados continuaron hasta la galería exterior, proponiéndose acudir a sus cuarteles; pero cayeron gravemente heridos por los rebeldes, en las puertas mismas, del Palacio. El tumulto fue espantoso: todos los empleados de los Ministerios y de las oficinas inferiores, varios Senadores y Diputados que se hallaban ya en las Cámaras; la multitud que forma siempre la barra del Congreso; hasta muchas personas que ocasionalmente se encontraban en Palacio, corrían, se atropellaban, gritaban, encerradas en aquel recinto que juzgaban iba a ser teatro de matanza y exterminio, dentro de breves instantes. Los más serenos habían conseguido cerrar las puertas y correr los cerrojos; y mientras tanto, las tropas sublevadas acribillaban a balazos las ventanas del Palacio, el pueblo saqueaba los almacenes de guerra, y el incendio revolucionario cundía por toda la ciudad. Todo este cambio de escena fue obra de un momento, y cuando volví al Gabinete encontré al General Alfaro que se disponía a salir, con su revólver en la mano. “¿A la Artillería! ¡Todos a la Artillería!” gritó, como si estuviera al frente de una fuerza respetable. Impetuoso, lleno de ardor y coraje, despreciaba el peligro, corría a una muerte segura; puesto que no podían seguirle al sacrificio sino la media docena de amigos presentes, y los dos jóvenes Alfaros, que habían acudido a morir con su padre. Costó trabajo convencer al general, de lo estéril de su arrojo; y, cuando mira en derredor suyo, como contando los amigos que le quedaban, dejóse caer en el sillón y
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cerró los ojos. ¿Cuánto, cuánto debió padecer aquel león encadenado, al conocer la impotencia en que estaba para despedazar a sus enemigos! ¡Tanta perfidia con un soldado tan noble y generoso! ... “Era necesario verlo para creerlo'” murmuró con voz apagada; pero se rehízo acto continuo, y volvió la serenidad a su semblante, la calma más inalterable a su espíritu de temple romano. Aceptó la situación con grandeza y heroísmo de mártir. Parece que no abrigaba ni la más remota esperanza de salvar la vida; y cuando viendo que algunos proyectiles penetraban en el gabinete le indiqué la conveniencia de trasladarnos al Ministerio de Instrucción Publica, situado en la parte interior del Palacio, encogióse de hombros y me dijo sonriendo ligeramente: “Da lo mismo que nos maten aquí que allá”. Los señores Aguilar y Albán Mestanza, Montalvo y Martínez Aguirre, insistieron en la urgencia de la traslación; y Alfaro tuvo la complacencia de seguirnos al salón que le habíamos indicado. Apenas llegamos al Ministerio de Instrucción, presentáronse algunos comisionados de la Junta revolucionaria que actuaba ya en la Municipalidad: eran el coronel Juan Francisco Navarro, un comandante Manuel Moreno que llevó la palabra, don César Mantilla, don Federico Fernández Madrid, y Inés o cuatro personas más, desconocidas. El orador, sin duda, no estaba versado en la vida social ni en la política; pues no supo respetar la desgracia del Caudillo radical y la insultó cobardemente, en momentos en que debía ser inviolable para todo caballero. Principió por afirmar que la revolución le perdonaba la vida al magistrado caído, únicamente por su ancianidad y sus graves achaques: y continuó exponiendo agresivamente los motivos de la revuelta, que podían reducirse a uno solo: oponerse a que ese mismo anciano y valetudinario al que alardeaban no temer se proclamara Dictador. Terminó su arenga ofreciendo garantías personales al ilustre prisionero, siempre que abandonase el Palacio de Gobierno en el acto. Preciso es advertir que los demás comisionados procuraron enmendar la rudeza y descortesía del orador Moreno; y dirigiéronle al General frases de cumplimiento y consideración. Escuchóles Alfaro con gravedad y sin inmutarse; y cuando hubieron concluido, pidiónos que expusiéramos nuestro parecer sobre lo que habíamos escuchado. Tomé la palabra y dije: “Creo que usted debe aceptar las garantías que le ofrecen; porque, traicionado como ha sido por todos, es imposible toda resistencia. Comprendo muy bien que le sea indiferente perder la vida; pero usted se pertenece a su Patria, al partido radical, a su familia, y debe vivir. Sin embargo, me permitiré observar que estos señores, por buena voluntad que tengan, no están revestidos de la autoridad necesaria para hacer cumplir las garantías ofrecidas; y juzgo indispensable que el Cuerpo Diplomático intervenga en esta importante negociación”. Mis colegas y los ministros Albán Mestanza y Montalvo, abundaron en razonamientos que corroboraban los míos; y los comisionados de la Junta revolucionaria aceptaron, sin discrepancia, la justicia de nuestras observaciones. Salieron algunos en busca de decano del Cuerpo Diplomático; y a poco, regresaron con los señores ministros plenipotenciarios de Chile y el Brasil, los que
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colmaron de atenciones al presidente, y le ofrecieron un asilo en cualquiera de las dos legaciones. El General Alfaro prefirió la de Chile, por estar más cercana; estrechó la mano de los pocos y últimos amigos que le habían quedado; y salió acompañado de los referidos Plenipotenciarios y de sus dos hijos, Olmedo y Colón Eloy. Para mí, fue la última despedida: cuando volví del destierro, el gran liberal ya no existía. Así se consumó la revolución del 11 de Agosto: la intriga tenebrosa de placistas y conservadores, la traición y la perfidia; aun de los que habían almorzado con Alfaro en aquella mañana, la corrupción del ejército por medio del oro, la complicidad hasta de los que no se decidieron completamente a venderse, fueron los componentes de esta rapidísima transformación política. Alfaro, que tan, ciega confianza tenía en el ejército, se vio solo, atacado por sus propios soldados, sin un solo batallón que lo defendiera; de consiguiente, no hubo resistencia, no hubo lucha, no hubo vencedores ni vencidos, sino felones y víctimas de la felonía. En momentos de la revolución, no hubo más heridos que el coronel Andrade y el comandante Hidalgo Albornoz, como dejo dicho; pero, estos jefes no eran combatientes; cayeron únicamente a los golpes de la traición que proclamaba cínicamente su imperio. Y ésta iniquidad sin nombre, consumóse a los gritos de ¡Viva la Constitución! ¡Viva Estrada!...

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CAPITULO

IV

LOS TRAIDORES Y LOS REVOLUCIONARIOS El general Alfaro y sus acompañantes estuvieron cien veces a punto de perder la vida en el corto trayecto del Palacio a la Legación chilena: el odio placista y el odio conservador, azuzaban a la muchedumbre, excitaban la sed de sangre de la bestia y mostrábanle la presa inerme y muy fácil de despedazar. Gritos salvajes se levantaban pidiendo la cabeza del gran reformador; varios fusiles, asestados contra el pecho del anciano, fueron separados por la mano de los Ministros extranjeros que lo escoltaban en esta verdadera vía crucis; y, ni por llegado a la Legación, asilo inviolable en todo país culto, cesaron las vociferaciones, los insultos soeces y canallescos, las amenazas aun contra el plenipotenciario chileno. En tanto, la revolución no acertaba a organizarse derechamente: habíase firmado ya un acta en la Municipalidad, desconociendo al Gobierno y nombrando como jefe civil y militar, al senador suplente don Pedro Valdez Macliff; más, llegó en esos momentos a la Junta el doctor Juan Benigno Vela, quien manifestó que no debía interrumpirse la constitucionalidad, aunque se haya derrocado a un gobierno constitucional; y que, según la Carta del Estado, debía encargarse del mando supremo, el señor don Carlos Freile Zaldumbide, vicepresidente de la República. La asamblea revolucionaria desanduvo lo andado, dejó sin efecto el acta y sin jefatura al señor Valdez; y, por último, llamó a su seno al presidente del Senado para ceñirle la banda que la traición y la alevosía acababan de, arrancar del pecho al legítimo magistrado. Freile Zaldumbide que ya estaba en los secretos de la maniobra de Vela y sus cooperadores hizo lo que le habían enseñado: manifestó sorpresa, luego repugnancia de tomar sobre sí una carga tan pesada pero, sin esperar más ruegos ni exigencias, como si la ocasión se le escapara de las manos, apoderóse del mando y organizó en el acto su gobierno. Octavio Díaz, ebrio de triunfo y alhocol, fue llamado al Ministerio de lo Interior y Policía; el general Manuel Antonio Franco, con cuya espada me había dicho Freile Zaldumbide que contaba, fue designado para la Cartera de Guerra y Marina; y en los demás altos puestos colocó a personas nuevas, para decir lo menos, desconocidas en la esfera política y administrativa. Algunos conservadores, cuya impaciencia debió ser indomable, coláronse en destinos públicos de importancia, y aun de menor cuantía; y los principales placistas, como Gonzalo Córdova Manuel R. Balarezo, José María Ayora y, otros, erigiéronse en árbitros de la situación y en tutores del infeliz encargado del Ejecutivo. Arregladas así las cosas públicas, nada de extraño tenían los traspiés y caídas que a la continua iba dando Freile Zaldumbide, desde el fatal momento en que se prestó para maniquí de los que real y verdaderamente gobernaban a la Nación en aquellos aciagos días. Dije ya que el pueblo había saqueado los almacenes militares; y así fue la verdad, porque cualquiera tenía derecho para tomar de los arsenales de par en par abiertos, los fusiles y las municiones qué quisiera. Armadas así las turbas, derramáronse
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por la Capital, juntamente con los soldados del ejército y la policía; y, sin ninguna autoridad que los contuviera, sin ningún respeto a la ley y a la moral, sembraron por todas partes la desolación y el espanto. Principiaron aquellos brutales sostenedores de la Constitución y del señor Estrada, por asaltar los depósitos de licores; y, una vez embriagados, no reconocieron límite para la ferocidad y el crimen. No cesaron, en tres días y en tres noches, de saquear almacenes y joyerías; de asaltar casas particulares y robar, destruyendo, lo que no podían llevarse; de atentar contra el pudor y ofender hasta a la naturaleza; de asesinar a los transeúntes y a los infelices moradores de los extramuros; en fin, de amontonar iniquidades, sobre iniquidades, como si hubiese decidido empeño de infamar a la noble ciudad llamada en otro tiempo, Luz de América. Representáronse las escena más repugnantes y salvajes, como violar a las hijas en presencia del padre atado a un poste; abusar torpemente de una mujer, junto al cadáver del marido asesinado; profanar el cuerpo de una joven, muerta de un balazo; despedazarse y degollarse, entre sí, aquellos mismos ladrones y asesinos, disputándose el botín o la posesión de una mujer. Destruidos los focos eléctricos y todo alumbrado público, las tinieblas más espantosas servían de manto a esta infinidad de crímenes; y el incesante retumbar de los fusiles ahogaba los ayes de las víctimas y los feroces gritos de los victimarios. Jamás ha reinado, el terror tan impune y desenfrenado en Quito, como en aquellos tres nefastos días: suelta la fiera humana, harta de aguardiente y sangre, sintiendo hervir en su seno la levadura de la depravación y el salvajismo, sin ningún domador que la atemorizara, mordía y desgarraba todo lo que hallaba al paso. Más de doscientos cadáveres yacían en las calles, en los almacenes saqueados, en las habitaciones de gente honrada, hasta en las viviendas de las meretrices; y por todas partes no se divisaban sino hordas de caníbales, de furias que blandían las homicidas armas, gritando siempre: ¡Viva la Constitución! ¡Viva Estrada! Navarro y otros comisionados de la Junta revolucionaria, me aseguraron que no había cargos contra mí, y que quedaba en completa libertad. Navarro me echó los brazos, llamándome su amigo querido: y ofrecióse regresar él mismo para conducirme a mi casa con toda seguridad y en su coche. Pero, el que vino a buscarme, fue el nuevo Intendente, un conservador implacable, Federico Fernández Madrid; y me condujo al Panóptico, prisión destinada por Freile Zaldumbide para todos los amigos de Alfaro, de su antiguo protector y jefe. Al llegar a la Penitenciaría, presencié el más horrible espectáculo: un grupo de asesinos se entretenía en cazar a un desventurado preso: corría la víctima, loca de desesperación, por un estrecho pasadizo, escondíase tras las puertas de hierro de los calabozos; pero las balas de los cazadores la perseguían sin descanso, y al fin la hirieron de muerte. Allí fue el lanzar gritos de salvaje alborozo, risotadas de caníbal, aplausos de hambreado antropófago: aquellos monstruos se arrojaron sobre la víctima palpitante, la acribillaron a nuevos balazos, la mutilaron y despedazaron, la desnudaron, la arrastraron… ¡Horror! Fue el ensayo, digámoslo así, para la gran tragedia del 28 de Enero de 1912.

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Consuela, sin embargo, recordar, para honra de la humanidad, y del Ecuador particularmente, que en esa misma hora negra en ese mismo naufragio de la moral y de los humanos sentimientos, hubo algunas personas que pusieron en peligro su vida para salvar la del desgraciado coronel Quirola, preso hacía ya meses, a causa de un crimen común. No sería justo, si no escribiera aquí los nombres de los señores mayor Rafael Puente, doctor Luís Calisto y don César Mantilla, que hicieron todo lo posible por evitar el crimen salvaje que acabo de narrar. La Penitenciaría estaba llena de ciudadanos honorables: Ministros de Estado, Vocales de la Corte Suprema, Jefes y Oficiales que no habían tomado parte en la traición del 11, Diputados y Senadores que no pertenecían al estradismo, empleados inferiores, hasta simples curiosos, habían sido encerrados allí, y confundidos con los malhechores por la atolondrada saña de los nuevos gobernantes. Los presos eran tratados como prisioneros de guerra, sin que hubiera habido combate alguno: incomunicados absolutamente, sujetos a la vigilancia de centinelas de vista, privados de lo más necesario para la vida, amenazados y ultrajados por la soldadesca, no podía ser más lamentable la situación de los alfaristas, injustamente detenidos. La Junta Patriótica y el Cuerpo Diplomático solicitaron mi libertad, en términos muy honrosos para mí; pero no accedió el Ejecutivo, alegando fútiles y especiosos pretextos. Díaz no; podía perdonarme los muchos beneficios que le había hecho; y Freile Zaldumbide expuso, como suprema razón de su negativa, “que era yo inteligente y fecundo en recursos políticos, cualidades que podían hacer de mi un buen consejero para los caídos… Ese desventurado calificaba de crimen la inteligencia; y me tenía como digno del presidio, porque no era un bausán! Al cabo de unos días, obtuvieron mis amigos, como señaladísimo favor, que se me permitiera salir de la República: había llegado el tiempo en que debíamos aceptar el ostracismo como una gran merced; y salí de la Patria, castigado por tener alguna inteligencia... La ciudad había sido presa de todos los horrores, de todos los atentados que puede inspirar la barbarie; y las autoridades, no sólo se cruzaron de brazos en presencia de ese como hundimiento del orden social, sino que no escasearon las alabanzas al pueblo heroico del 11 de Agosto, y llegaron a considerar las iniquidades cometidas, como digna de la corona cívica. Reunióse el Congreso, con legisladores ad-hoc, en lugar de los que estaban presos, de los ciudadanos dignos que expulsaron escandalosamente de las Cámaras, y de los que habían tenido que huir: su primer acto fue dar un voto de aplauso al pueblo quiteño, y mandar que se perpetuasen en una lápida de mármol, las hazañas de la revolución, comparables y aun superiores a las de los Próceres del 10 dé Agosto de 1809, según lo dijeron varios oradores. Cuatro o cinco miembros de aquella Junta demagógica y anarquista, tuvieron valor suficiente para negar su voto a esta vergonzosa apoteosis de la barbarie. Pero el Acuerdo legislativo fue aprobado con grandes aplausos: la muchedumbre, todavía con

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las manos ensangrentadas, estaba orgulloso de sus iniquidades, viéndolas tan solemnemente aprobadas por los poderes públicos. He aquí tan bochornoso Acuerdo: “El Congreso Nacional aplaude y admira al Pueblo de Quito y al Ejercito, que en breves momentos, brillando por la magnanimidad, ha salvado la Constitución y las leyes de la República. Que en la grada principal de esté palacio se coloque una lápida conmemorativa que contenga esta leyenda, etc.” Acto tan bochornoso fue condenado por todos los ciudadanos sensatos y probos, y no se ejecutó; más el constituye un testimonio irrefragable de la solidaridad entre todos los hombres de la revuelta; entre los asesinos y los legisladores; entre los que saquearon y violaron, y los gobernantes… La prensa conservadora y la prensa placista, generadora de aquellos desastres, vieron también que su obra era magnífica: y prodigaron el incienso y la apoteosis a los traidores y a los que se habían apoderado del, mando. Asaz pervertido el sentido moral de aquellos escritores, todo lo hallaron bueno, patriótico, grandioso, si había contribuido al derrocamiento de Alfaro: loable la perfidia, digna de recompensa la traición, justificados los atropellos contra un Gobierno que no había hecho otra cosa que levantar al país de la sima en que yacía. Los únicos, los verdaderos revolucionarios del 11 de Agosto, fueron esas dos facciones coligadas, esos dos rencores que han perseguido a Alfaro hasta más allá de la tumba, el fanatismo ultramontano y el fanatismo demagógico, la venganza clerical y la venganza placista: he ahí la clave del enigma: y la fuente de todos los males que han caído sobre la República. Los historiadores de aquella revolución, lo dicen claramente en sus curiosas narraciones: los héroes, y aun las heroínas, de la conspiración resultan conservadores los unos, y placistas los otros. El odio los aproximaba, la venganza los unía; y entendíanse, obedecían a un plan común, y lo ejecutaban cada uno como le era posible. El comandante Moreno es testigo irrecusable para los coligados: léase la historia que publicó a raíz de los sucesos, y se palpará la verdad de lo que digo. Examínese la colección de periódicos conservadores y placistas, publicados en los días de la revolución y durante el gobierno de Freile Zaldumbide; y se convencerá cualquiera de que las antedichas facciones políticas se hermanaron y ayudaron mutuamente en sus tareas subversivas, en su labor de zapa, en su obra dé seducción del Ejército y perversión del criterio público. Las turbas que se armaron en los cuarteles y cometieron después, juntamente con los soldados ebrios, tantos crímenes, fueron conservadoras; congregantes que se inspiran en los conventos y sacristías; artesanos extraviados que beben agua bendita, hasta que les sea posible apagar con sangre la sed de exterminio que el fanatismo enciende. Los tribunos de esa muchedumbre, placistas conocidos por su frenesí demagógico; y jóvenes ultramontanos, discípulos amados de los jesuitas, esos que llevan el detente en la solapa de la levita. Los que se aprovecharon de la caída de Alfaro, conservadores y placistas: léanse las listas del Presupuesto de aquel tiempo, y se verá quiénes recogieron el fruto de tanta infamia. Estrada se creyó revolucionario, y no fue sino instrumento colocado en manos hábiles; se creyó cabeza de un nuevo partido político, y no fue sino juguete del
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maquiavelismo de las dos facciones contrarias al general Alfaro; creyó que él lo había hecho todo, y no era sino el madero que flotó por un instante sobre la ola revolucionaria, como que la dominaba, y era en realidad dominado por ella. En cambio de estas apariencias que halagaron su vanidad, Estrada cargó con todas las responsabilidades históricas de los acontecimientos. El maquiavelismo susodicho lo colocó en la pendiente resbaladiza; y lo fue empujando, empujando, de escalón en escalón, hasta que no pudiera retroceder; y de un hombre de honrados antecedentes, de prendas muy apreciables, hizo un detestable político, una figura histórica repugnante. He aquí otra gran maldad de los coligados; y, cuando hubieron realizado sus nefarios propósitos, lo abandonaron otra vez en el vacío, y aun rompieron hostilidades contra el ciudadano que tanto habían elogiado. Llegó a serles un estorbo; y cada una de las facciones mencionadas, juzgó llegada la oportunidad de combatirlo para suplantarlo en el poder, como se verá más adelante. Amaneció el día destinado para principiar el escrutinio de los votos depositados por los ciudadanos en los últimos comicios; y nadie hizo la menor objeción a la valides de las elecciones mismos que habían suscrito el compromiso de anularlas, como yo le había dicho al coronel Concha, las aprobaron por aclamación. Estrada fue declarado Presidente Constitucional, no obstante haberse rasgado y destruido la Constitución el 11 de Agosto; y ni un sólo mandatario del pueblo protestó contra este sarcasmo sangriento, contra esta mofa sacrílega a la majestad de la República y a la santidad de las instituciones democráticas. La falacia del doctor Vela, no pasa de triquiñuela de político de aldea; y nadie que entienda de ciencias públicas, puede afirmar que el orden constitucional sobrevivió a la caída de Alfaro. Los mismos periodistas de Plaza lo han sostenido así, burlándose de los repetidos remiendos que los gobiernos que se han sucedido desde el 11 de Agosto, han pretendido echarle a la Constitución destrozada. Hay un documento irrecusable: la opinión del Ministro Fiscal de la Corte Suprema, defensor de los derechos de la Nación amigo político y personal del general Plaza, y que fue ajeno transformación de 1911. Este elevado miembro del Poder Judicial, refutando la demanda de perjuicios propuesta contra el Fisco por el español Manuel Pardo, cuyo almacén de joyas saquearon los amotinados del 11 de Agosto, se expresa en estos términos, después de hacer una descripción elocuente de los horrores perpetrados en aquella fecha: “El llamamiento al señor Valdez era franca y netamente revolucionario. El segundo llamamiento (a Freile Zaldumbide) hijo de la hipocresía y del miedo, también era revolucionario, porque era violatorio de la Constitución, ya que, aprovechando de la traición del Ejército, se impidió que el período con constitucional durase hasta el 31 de Agosto; y porque ge encargó del ejercicio del Poder Ejecutivo el último presidente del Senado, sin que se cumpla ninguna de las condiciones impuestas por los Arts. 74 y 75 de la Carta Fundamental… Si, revolución fue la del 11 de Agosto; y, aunque la hipocresía, se empeñe en bautizarla de otro modo, de seguro que no lo conseguirá, sino sacrificando el valor y el significado de las palabras”.

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No puede ser ni más justa ni más terminante la opinión del Ministro don Emilio Uquillas; y con él opinan todos los publicistas y jurisconsultos notables de la República. El mismo gobierno espurio de Freile Zaldumbide juzgaba que no era constitucional la transformación efectuada; y puso todo empeño en arrancarle su dimisión al general Alfaro, valiéndose de amenazas como si dijéramos con el puñal al pecho. Empero, en la misma nota oficial que el ingrato presidente del Senado le dirigió a su bienhechor, exigiéndole la renuncia, se dejó testimonio no sólo de la fuerza y violencia ejercidas sobre el legítimo Jefe del Ejecutivo, sino también de que ya se le había despojado del poder, el día 11 de Agosto. Admira que Freile Zaldumbide y Díaz hayan confesado, en documentos públicos imperecederos, los crímenes que perpetraban ellos mismos y sus cooperadores, contra la Constitución y el orden establecido: la embriaguez del triunfo los ofuscaba y enloquecía; hasta el punto de que, sintiéndose omnipotentes, retaban a la conciencia pública, y despreciaban de antemano los formidables fallos de la Historia. Véase el siguiente documento, escrito por Díaz y firmado por Freile Zaldumbide: parto de la perversidad victoriosa, no se sabe qué admirar más en él, si la imprudencia o la villanía, si la ingratitud asquerosa o la amenaza cobarde y ruin. “Quito, Agosto 12 de 1911. Señor General Eloy Alfaro. Ciudad. El pueblo quiteño congregado en gran meeting ante la casa del Encargado del Poder Ejecutivo, solicita perentoriamente la dimisión del señor General Eloy Alfaro, del cargo que tuvo de Presidente de la República. En tal virtud, acatando yo esa apremiosa representación popular que amenaza tomar peligrosas proporciones, notifico a Ud. que defiera a ello, con la brevedad posible: pues de otra suerte, me sería quizás imposible impedir que no se respete el derecho de asilo a que ha apelada Ud. en la Legación de Chile. Carlos Freile Zaldumbide. La bolsa o la vida, como los salteadores de encrucijada: si no te desciñes la banda que te otorgó la voluntad del pueblo, mis hordas de malhechores te sacrificarán irremisiblemente, aun hollando la bandera chilena. Esta es la nota que he copiado: su lectura subleva todo corazón generoso y cubrirá de baldón eterno a los que fueron capaces de escribirla. Dejarse imponer por el populacho, siendo dueño de la fuerza pública, y prestarse a cometer una infamia bajo presión tan ignominiosa, es la mayor de las desventuras que puede acontecerle a un gobernante: para Freile Zaldumbide, preferible haber procedido tan inicuamente, por inspiración propia, por maldad: propia, por negrura de alma, que no presionado por la furia de una banda de malhechores. Cuando los hombres de honor, cuando los gobernantes magnánimos y dignos, se ven ante la imposición inmoral de las turbas, mueren, pero no delinquen; agotan el último esfuerzo en favor de la moral y la justicia, pero no se envilecen nunca aceptando complicidades con la insana barbarie de los motines. ¿Para qué le servía el Ejército, si no había de emplearlo en sostener los fueros de la humanidad, por lo menos, ya que todo lo había pisoteado para usurpar el poder? Confesarse impotente para hacer respetar la inviolabilidad de la Legación de Chile, a pesar de llamarse Encargado del Ejecutivo, es decir, jefe de un Estado culto, de una nación organizada, de un pueblo moral y sujeto a leyes, era el colmo de la flaqueza, o de la más refinada hipocresía; y en ambos casos,
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veíase colocado el Ecuador en la más vergonzosa de las situaciones a los ojos del mundo civilizado. Y nótese que Freile Zaldumbide exige del General Alfaro, renuncia del cargo que tuvo, esto es, de su cargo que ya no tenía; y así era la verdad, por lo mismo que habría sido absurdo sostener que, desde las dos de la tarde del 11 de Agosto, había en el Ecuador dos Presidentes constitucionales a la vez. Sólo el Congreso estradista, compuesto de tránsfugas y políticos que diríamos del hampa, sostenía que el arca de la constitucionalidad habíase salvado del sangriento y cenagoso diluvio que aún inundaba la República; sólo esos prevaricadores mandatarios del pueblo sostenían con irritante cinismo, que la Constitución permanecía incólume, que las instituciones democráticas no habían sufrido deterioro. Pero, ni estas absurdas e impudentes afirmaciones, ni la fuerza de los hechos consumados, pudieron cambiar la naturaleza de la transformación operada el 11 de Agosto; y hoy, ninguna duda de que el Gobierno de Freile Zaldumbide, nada tuvo de constitucional; sino que, por lo contrario, fue usurpador e intruso, tiránico y conculcador de la voluntad popular, fuente única de la soberanía. La constitucionalidad no es de quita y pon, según el querer del primer ambicioso que se levanta sobre la sociedad: alterado el orden público, rota la Carta Política de una nación, derrocado un Gobierno legítimo, no se puede volver al camino de la legalidad, sin un acto solemne de soberanía nacional plena que reconstituya al Estado, mediante la restauración del pacto social rompido. El General Franco, no obstante sus habituales demasías, era una garantía sólida para el régimen radical. Hombre de principios definidos e invariables, pecaba más bien por sus arranques de clerofobia, tan poco conformes con el espíritu del verdadero liberalismo. Por otra parte, Franco era todo un carácter, una energía indomable; y por el mismo caso, constituía un factor poderoso para el restablecimiento del orden social, tan hondamente conmovido por la revolución de agosto. Fue él único colaborador que podía ser útil en el nuevo orden de cosas; más, apenas publicado el nombramiento de aquel Ministro de Guerra y Marina, amotináronse algunos congregantes de la Inmaculada y otros fanáticos, y le exigieron a Freile Zaldumbide la inmediata destitución de su único Secretario verdaderamente radical y de importancia reconocida. La turba ultramontana imponía su voluntad al gobierno intruso; y, conociendo los quilates del valor del Encargado del Ejecutivo, su carencia absoluta de carácter y la versatilidad de sus convicciones, resolvió dicha turba ensordecerlo con gritos, intimidarlo con amagos, subyugarlo con algaradas. Y como lo pensaron, lo hicieron aquellos congregantes y devotos: el Presidente del Senado, temblando en presencia de esa chusma sacristanesca, sacrificó a su Ministro y amigo, rompió la espada con la que contaba para su defensa, y la rompió con sus propias temblorosas manos, para satisfacer a la clerecía, temerosa de la inflexibilidad del General Franco! Cualquier acto de vulgar energía habría disuelto el motín ultramontano; cualquiera manifestación de dignidad y carácter en el nuevo gobernante habría mantenido a raya el atrevimiento del monaquismo quiteño; pero Freile Zaldumbide que
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no era ni radical ni hombre que se aseguraba las bragas cedió a la más ridícula de las imposiciones; y el General Franco presentó su forzada dimisión, a las diez y ocho horas de haber sido Ministro. ¿Para qué tenía Ejército y Policía ese Senador que se había apoderado del mando de la República? Conocido el hombre, las facciones lo convirtieron en verdadero maniquí: cuatro gritos delante de sus balcones, bastaban y sobraban para aterrorizarlo y arrancarle cualquiera concesión por perjudicial o punible que fuese. A esta cobardía, llamaba acatamiento a la voluntad popular!... Al primer clamor del populacho, corría al balcón de su casa que había convertido en tribuna de las arengas; y, lívido, cadavérico, convulso, tartamudeaba algunas palabras, ofreciendo siempre otorgar lo que le exigían, aunque fuese la cabeza de sus amigos y protectores. Jamás ha ocupado el solio un hombre semejante a Freile Zaldumbide: hasta llegó, cinco meses más tarde, a llamar nobles y heroicos ciudadanos a un centenar de borrachos y desarrapados que le pedían la muerte del General Alfaro; y dignas matronas, a un grupo de; prostitutas, especie de petroleuses, reunidas para linchar a la inocente esposa de Flavio Alfaro. Cada una de las dos facciones vencedoras, procuraba obtener alguna ventaja, exclusivamente para sí; y ambas mantenían una sorda competencia que las hacía mirarse de reojo, aunque sin romper esa unión de facto, mediante la que habían conseguido surgir y aplastar a su enemigo común. Los conservadores obtuvieron la inmolación del Ministro Franco; y los placistas le impusieron al Gobierno el sucesor de aquel General, en la Cartera de Guerra. Cada uno tiraba para su lado; y el desgraciado Freile Zaldumbide no osaba desagradar a nadie. Si no le exigieron a él mismo la dimisión del mando fue porque las facciones necesitaban todavía un dócil instrumentó para la realización completa de Sus respectivos proyectos; porque les era útil conservar un editor responsable de todos los actos delictuosos y execrables que la revolución, apenas comenzada, había de perpetrar en su desarrollo. El Gabinete se completó, en consecuencia, con el Coronel Juan Francisco Navarro, militar que todo se lo debía al Presidente caído; y que la fatalidad destinaba a ser la rueda principal de una máquina de atentados inauditos y espeluznantes. El General Emilio María Terán había lentamente minado los cuarteles, convirtiéndose en alegre compañero del soldado, en confidente de las mujeres de trapa, en bolsillo abierto para loa sargentos y cabos de la guarnición de Quito, en amigo cariñoso de la mayor parte de los Jefes y Oficiales en servicio. Un marido celoso, el desventurado Coronel Luis Quirola, puso término a la vida del General Terán; y por entonces quedó ahogado el pensamiento de rebelión que fermentaba en el Ejército. Vino la contienda electoral y Flavio Alfaro reanudó, sin saberlo, la obra de zapa emprendida por el finado General Terán; y por estos medios, fue desapareciendo paulatinamente la disciplina militar, y debilitándose, hasta extinguirse, todos esos sentimientos de fidelidad y adhesión al orden constituido, que hacen del soldado un baluarte de la ley y la Constitución.

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Sin la ambición de mando que caracterizó a Flavio Alfaro, no se habría subdividido el partido radical; y sin los tortuosos manejos de los flavistas para burlar la elección de Estrada, tampoco se habría completado la desmoralización de la fuerza pública. Pero, la constante seducción, ejercida por los unos y por os otros sobre el soldado; los halagos y las promesas con que lo asediaban todos los aspirantes al poder; esa continua tentación que lo combatía y arrastraba, pervirtéronle al fin, transformándolo en genízaro y pretoriano. Corrompido el soldado, perdió hasta el respeto y cariño que profesaba a su viejo Jefe, que tantas veces lo había conducido al campo de la gloria; y ya no le inspiraban horror ni la ingratitud ni la traición, pues, muy hábilmente o habían familiarizado con la idea de pasar por, sobre los más sagrados deberes del militar. Dé consiguiente, el Ejército estaba listo para cualquier golpe de mano, para conferir la banda presidencial al que más pagase por ella: el pretorianismo había tomado solemne posesión de la República. El historiador de la revuelta, Comandante Manuel Moreno, refiere con descaro que pasma, los progresos obtenidos por los conspiradores en la corrupción del Ejército; y revela los medios empleados con fin tan criminal; de dónde y cómo salió él dinero para comprar las tropas, y aun los individuos que se encargaron de esta infame negociación. El mismo Estrada se ocupó en dar cima a la relajación y prostitución de la milicia, tal vez sin darse cuenta de que así cubría su nombre de ignominia, y hería de muerte a la democracia; corromper la fuerza armada, transformar en bandolerismo la noble profesión militar, hacer de los defensores de las leyes y de las públicas libertades, un hato de facinerosos, es indudablemente cometer la mayor de las iniquidades, es socavar los cimientos de la sociedad y derruir la República. Cómo documento glorioso, y digno de la historia publicóse el menguado telegrama que sigue; telegrama que reprodujeron todos los papeles periódicos de la revolución, como si se empeñasen en perpetuar un testimonio deshonroso para aquel Magistrado. “Guayaquil, Agosto 13 de 1911. Sr. Víctor Estrada. Quito. Después de los primeros momentos de confusión y de júbilo, con motivo del valiente comportamiento del Ejército de allá, mi primer saludo para esos abnegados soldados, y para el heroico pueblo de Quito, que han sabido ser fieles intérpretes de la opinión nacional. Sírvete ir a visitarlos a aquellos, en mi nombre, y darles un abrazo. Por el tren de hoy, te mando un poco de dinero para que los gratifiques. Creo qué a mediados de está semana estaré contigo para ir personalmente a abrazar a los jefes, oficiales y soldados que han estado por la Constitución y el orden. Saludo especial para Narváez, Piedra, Naranjo, Estrada, Benavides, Polo, Mora, Echeverría, en fin, para todos los heroicos soldados que defienden la Constitución. Visítalos con frecuencia. Tu papá. Emilio Estrada”. El imperio en subasta; y el comprador llama heroicos y abnegados, es decir, virtuosos, y leales en grado eminente, a esos inverecundos y perversos que vendieron a su Jefe, que vendieron la República, a trueque de un escaso puñado de monedas. ¡Qué extravío tan lamentable del criterio moral del señor Estrada! ¡Defensores de la Constitución, los mismos que la habían hecho trizas con la punta de las bayonetas!
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¡Defensores del orden, los mismos que traían aterrada a la Capital, a fuerza de iniquidades sin precedente y sin nombre! ¿Qué idea tendría el señor Estrada del heroísmo y la abnegación, del orden constitucional y de la moral política? Y lo raro es que para gratificar a sus héroes abnegados, a sus salvadores de la Nación, no les discierne la corona cívica, no hace pregonar su nombre en el Capitolio; sino que les remite un poco de dinero, mezquino y denigrante galardón para tan merecimientos!. ¿Qué estabilidad social, qué virtudes republicanas, qué disciplina militar, qué instituciones democráticas con una escuela tal de depravación dirigida por todos los que aspiraban al poder supremo? Caminábase a la disolución, a la ruina, al desastre definitivo: los corruptores de la clase militar habían sembrado vientos de borrasca, y no tardó en venir la tempestad deshecha, la que, ruge todavía sobre nosotros y amenaza durar por mucho tiempo, para desventura de la Patria. Dado el incesante socavamiento de la moral del soldado, no es extraño que casi todos los militares le hayan traicionado villanamente al gran demócrata, al ilustre Alfaro. Si exceptuamos a uno que otro jefe y oficial de la guarnición de Quito; al General Upiano Páez con su División del Centro; al Coronel Benjamín J. Peralta, Jefe de la 4 Zona y los dos batallones de su mando; y, por último, a los parientes del Caudillo, puede decirse que la defección fue general en la República, pues el que no hizo acto de presencia en la felonía, fue por lo menos su cómplice. Montero mismo delinquió vergonzosamente, como dejo dicho. Sin contar con su aquiescencia plena, no se habrían atrevido al golpe del 11 de Agosto. Sí el Jefe militar de Guayaquil, hubiera permanecido firme y leal, Estrada no habría quedádose seguro y al alcance de la mano de un Teniente de Alfaro; puesto que las represalias hubieran sido indefectibles, aunque no fuese sino por la seguridad personal del Caudillo derrocado. El General Montero podía aprisionar al Presidente electo, a los jefes y oficiales sospechosos, a los principales revolucionarios que residían en el Guayas; y, como tenía fuerzas, más que suficientes y todo género de elementos, estaba en sus manos contrarrestar con ventaja él movimiento de Quito. Lejos de esto, entendíase con Estrada y con los trastornadores del orden; no dio señal alguna de moverse en defensa de su benefactor y amigo; y, por lo contrario, puso todo obstáculo a que, otros soldados del Gobierno cumplieran su deber. El general Páez y el Coronel Peralta conferenciaron por telégrafo sobre los graves acontecimientos de la Capital; y acordaron marchar inmediatamente contra los rebeldes, con las Divisiones del Centro y del Sur, que permanecían fieles; y, creyendo que el General Montero era incapaz de traicionar a su jefe y al gobierno constituido, comunicáronle su resolución, pidiéndole refuerzos. Montero les contestó con evasivas y ambigüedades; y por último, reprobó abiertamente la expedición proyectada. Véanse algunos telegramas que lo comprueban: “Telegrama de Guayaquil, 11 de Agosto de 1911. Señor General Páez. Está bueno lo que Ud. me dice; yo no hago más que darle mi opinión, en vista de que no creo prudente el abandono de esa plaza ni de esta. Creo que Fiallo no nos engaña al decir que el General está, bueno en el Ministerio de Instrucción Pública. Ahora, si Ud. tiene datos de otra naturaleza, es otra cosa; pero lleve por norma que el General mismo aconseja
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siempre la serenidad, y la permanencia de Cada uno en su puesto que él nos ha confiado. Esa plaza (la de Riobamba) es de necesidad, y si Ud. la abandona, habrá también quien sabe qué otras cosas. Además, hay que tener precaución con las tropas, ya le dije mi parecer; y se lo repito porque hay que ver lo que el Viejo mismo nos tiene encargado. Su amigo. Pedro J, Montero”. La vacilación en expresarse claramente, lo indeterminado mismo de las insinuaciones, los pretextos fútiles para no socorrer al Caudillo, la vaguedad de los argumentos empleados, están poniendo de relieve la traición que inútilmente pretende ocultarse en el anterior telegrama. Páez insistió en la necesidad dé abrir inmediata campaña contra los revolucionarios de Quito, y Montero se vio obligado a manifestar francamente lo que en su pecho ocultaba, Véase la siguiente reveladora comunicación telegráfica: “Guayaquil, 12 de Agosto de 1911. Sr. General Páez. Riobamba. Sírvase comunicarme su definitiva resolución; en todo. Cuanto al caso ocurrido en Quito, soy el que más lamenta por lo que respecta a don Eloy; pero no derramamiento de sangre. Y tal vez para empeorar la situación. Pedro J. Montero”. No se podía ser más explicito: el hambre de confianza del General Alfaro, la encarnación de la lealtad, como lo llamaba, se negó a prestarle auxilio, a unirse con los jefes de la 2 y 4 Zona, y correr a debelar una revolución inicua, por temor de derramar sangre. En términos parecidos se dirigió al Coronel Peralta; de modo que los referidos jefes leales quedaron plenamente convencidos de que el General Montero militaba también en las filas de la revolución. No doy asenso a la afirmación de que el Jefe militar de Guayaquil recibió una fuerte suma de dinero, como precio de su felonía; porque esta circunstancia no ha sido aún comprobada convincentemente, como se requiere en todo cargo que ha de pasar a la Historia. Pero, no queda la menor duda acerca de la traición del Tigre de Bulubulu, como los soldados apellidaban a Montero: su connivencia con Estrada y los demás cabecillas de la revuelta, era, desde antes palpable para todos, menos para el Viejo Luchador que, juzgando a los hombres por las cualidades que a él mismo le adornaban, creía que su Teniente era incorruptible. “Cualquiera puede traicionarme menos Pedro Montero” me dijo, cuando le referí lo que a mi paso por Guayaquil me habían asegurado respecto de los compromisos de aquel jefe con Estrada y la facción conspiradora. Vencido Alfaro por mi tenaz insistencia, convino en mandar un jefe de toda confianza para que se hiciera cargo de los buques de guerra, cuya tripulación debía aumentarse con una buena parte de las fuerzas de la plaza; quedando así nuestra pequeña flota en posibilidad de mantener el orden en todo el litoral, El jefe designando para llenar está importante comisión, debía partir esa misma noche, en tren expreso; y me extrañó sobremanera verlo a la mañana siguiente, en la casa presidencial, Alfaro notó mi extrañeza, llamóme aparte y me dijo: “He reflexionado que, era ofender a Montero mandar al jefe que habíamos acordado: Pedro es leal, convénzase Ud.; no merece la ofensa que íbamos a irrogarle”. La buena fe, la excesiva confianza perdiéronle al Caudillo, y lo pusieron a merced de sus más desalmados enemigos.
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Montero arrastró a la traición a toda la fuerza de su mando; pues, si por acaso hubo algún jefe u oficial que pensara de otra manera, ninguno se atrevió a contrariar el ejemplo de su superior, manteniéndose firme en la senda del deber. Toda la guarnición del litoral, más o menos deslavadamente, volvióle las espaldas al General Alfaro y secundó con su impasibilidad punible, la perfidia de los soldados del Norte. El Ejército, que tantos beneficios había recibido del Caudillo radical; el Ejército que éste había formado, y cubierto de gloria en tantos campos de batalla; el Ejército, al que mimaba con censurable exceso, y en el que tanto confiaba, ese Ejército lo vendió a vil precio, por unos pocos millares de sucres distribuidos por manos corruptoras. Veintemilla decía que la mujer y el soldado no tienen más patrimonio que el honor; pues bien, perdido ese patrimonio precioso, no se lo recupera jamás; y la traición militar, lo mismo que la prostitución, marcan con estigma indeleble la frente de los que tan ignominiosamente se deshonran. ¿Cómo puede haber Ejército, con jefes, oficiales y soldados, capaces de tan negra perfidia? El Diez de Agosto, fecha magna de la República, y en especial de Quito, todos los batallones que guarnecían esta ciudad, atronaban el espacio con vítores a su anciano y glorioso jefe; el mismo día once, algunos militares de alta graduación cumplimentaban por la mañana, y dos o tres almorzaron en la mesa presidencial; y ésos mismos soldados, esos mismos jefes, pasadas apenas unas horas, rebeláronse contra el Ejecutivo, maniataron, dirélo así, al Viejo Luchador, que era cómo su padre, y lo entregaron a los enemigos del radicalismo para que lo sacrificaran. ¿Merece nombre de Ejército una gavilla de traidores cuya alma pigmea se manifiesta hasta en el bajo precio en que se cotizan? Con justicia han abandonado la carrera de las armas todos los hombres de corazón, todos los que rinden culto al honor, todos los que tienen en más que la vida, el brillo y limpieza de su espada. Para honra del Ecuador, la traición del heroísmo, la fidelidad y gloria de sus soldados, vive y arde en el pecho de millares de ciudadanos, prontos a sacrificarse por la patria, a su primer llamamiento, por más alejados que estén del pretorianismo venal y corrompido. El verdadero Ejército ecuatoriano existe, con todas sus virtudes y patriótico ardimiento: la avenida de cieno es siempre pasajera; y se purificará al fin la atmósfera. La mancha que la traición ha echado sobre la milicia, no es indeleble, no es eterna, de manera alguna para la Institución militar, sino para los individuos que la profanan. ¡Maldición para los que ejercieron ese repugnante proxenetismo que produjo la degradación de los soldados del 11 de Agosto de 1911! ¡Maldición para los que convirtieron en vil mercancía la fidelidad y el honor de los defensores de la Patria! ¡Maldición para los que dieron vida al pretorianismo que cavará la sepultura del Ecuador, como ha cavado la de todas las naciones víctimas de monstruo tan espantoso! En él orden civil, no fue menos general la traición contra Alfaro: ya lo hemos visto casi solo en la hora de la caída, acompañado únicamente de sus dos hijos y de una docena escasa de amigos fieles ¿Qué se hicieron sus otros Ministros, los altos funcionarios que no lo desamparaban nunca, sus aduladores y consejeros, todos los que se habían engrandecido y llenado de honores, mediante la protección del anciano Caudillo? ¿Dónde estaban en
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los momentos del peligro, esos que la víspera no más le dirigían discursos laudatorios y repletos de protestas de adhesión a la causa radical y al primer Magistrado? Sabedores de lo que iba a suceder, los unos se habían ocultado cobardemente y con tiempo; los otros contemporizaban hábilmente con las facciones desde mucho atrás, con el fin de ponerse a flote en la hora de la inundación; y los más, negaron abiertamente al maestro, o hicieron causa común con los que pretendían crucificarlo. La Junta revolucionaría, reunida en la Municipalidad, contaba en su seno a muchos traidores, a muchos que habían recibido beneficios a manos llenas, a muchos que habían surgido de la nada, apoyados por el mismo hombre cuya cabeza pedían a gritos, El mismo Dr. Vela había sido amigo íntimo y panegirista del General Alfaro; mucho tiempo llevó de recibir el pan que gratuitamente le proporcionaba el Caudillo del radicalismo. El Dr. Vela ciego, sordo y lleno de achaques, no podía desempeñar ningún cargo público permanente y ganarse un sueldo: era menester buscar un pretexto para socorrerlo decorosamente, sin humillarlo con una limosna; y Alfaro era diestro en excogitar estos medios del satisfacer su generosidad y practicar el bien sin ostentaciones. Testigo fui de esto; por cuya razón, estaba convencido de que el Ciego de Ambato jamás se pondría en contra de su amigo y bien hechor. Y tanto más persuadido estuve, cuanto que me había formado la idea más ventajosa de las prendas morales de aquel hombre, al que en mi primera juventud admiré con entusiasmo y túvele por varón esclarecido e incorruptible. Ilusiones de la juventud, que casi en todo se engaña: Vela no era el hombre e Plutarco que yo me imaginaba; sino un político de pacotilla, salva, su gran cabeza: ingrato, intrigante y tornadizo como el que más panegirista perpetuo de todos los que podían darle algo, sin perjuicio de convertirse en su detractor más acérrimo, al verlos caídos. Amigo y enemigo del General Plaza, se ha contradicho miserablemente, pintándolo como digno de la apoteosis y de la roca Tarpeya; y no una vez sola, sino varias, según estaba arriba o abajo el mencionado General. Lo mismo con Alfaro; pero la magnanimidad de éste perdonaba todas sus infidelidades, y siempre tenía la mano abierta y extendida para socorrer al desventurado ciego. Sin embargo, ya lo veremos más adelante, entonando alabanzas a los asesinos de protector, y empeñado en que siquiera le salpique la sangre del Fundador del liberalismo ecuatoriano: como Saulo, no pudiendo actuar de verdugo, háse contentado con batir palmas en torno de las hogueras y de las destrozadas víctimas del 28 de Enero. Y podía citar cien, nombres más de hombres públicos que, infames y malagradecidos, transformáronse en implacables perseguidores del Caudillo, cuya inagotable generosidad los colmara de beneficios y honores; y al que adulaban y ensalzaban la víspera no más de la traición de Agosto. Jamás la ingratitud ha tomado formas más repugnantes, más asquerosas, más negras que en aquellos días de inmoralidad desenfrenada y bárbara: hubo jóvenes, a cuyos padres había redimido Alfaro, que le asestaban los fusiles procurando ultimar al mismo que les había dado pan y hogar!... Hugo sujetos que jamás habrían sobrenadado ni en la superficie de la plebe, si Alfaro no les hubiera alzado del polvo con su potente brazo; y esos mismos, inmerecidamente enaltecidos por un error político, eran los que más vociferaban contra el Caudillo radical, el día de la caída; y los más feroces verdugos, el día del martirio.
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Tan nauseabundos engendros de la perfidia, no merecen que la Historia recoja sus nombres; porque ésta no debe perpetuar sino los de los grandes malhechores, para escarmiento de las generaciones futuras. He ahí la razón porque dejo de nombrar decenas y decenas de traidores pequeños, de ingratos insignificantes, de hombres sin más valor político y social, que el recibido de las manos del Magistrado a quien traicionaron. Quédense en el silencio del olvido más profundo, aquellos criminales de menor cuantía; aquellas larvas de la podredumbre social; aquellos reptiles venenosos que bullen en medio de las discordias civiles, y muerden el mismo seno que les ha prestado calor y vida. Más, seré inflexible y severo con los ingratos de nota, con los traidores de alguna valía; y los pintaré con sus propios colores, con mano imparcial y firme, a fin de que reciban el merecido castigo, con las maldiciones de la posteridad. La ingratitud y la inmoralidad política; las tendencias anarquistas más acentuadas y el maquiavelismo más execrable; la traición y la perfidia; los rencores del fanatismo religioso y la venganza insaciable de los placistas; las ambiciones más rastreras y aun el resurgimiento de atavismos de barbarie, fueron los componentes del nuevo orden de cosas, de ese como caos en que flotó, sin rumbos y sin claridad, la desquiciada República, a partir del 11 de Agosto, impelida y manejada por manos torpes y cerebros vacíos. Era menester reorganizar la Nación, reprimir las pasiones desencadenadas, restablecer el equilibrio social y el imperio de la justicia, combatir los arranques de barbarie de las multitudes, empuñar la espada de la ley y dejarla caer sobre todos los que la infringían, en una palabra, volver por la civilización que había sido ultrajada y proscrita en aquellos días de iniquidad; pero, por desdicha, los que se habían adueñado del poder no comprendían siquiera la altitud y grandeza de sus deberes, ni tenían la fuerza ni el prestigio suficientes para señalarle un dique a la onda destrucción para calmar el vendaval que se estaba conmoviendo los cimientos mismos de la sociedad ecuatoriana. Nave sin timón y sin piloto, abandonada a la furia del mar; y de los huracanes, lanzada en medio de escollos formidables y costas inhospitalarias, el Estado ha sufrido daños incalculables; y aún no cede la tormenta, aún persiste el peligro gravísimo de que zozobre y se pierda en las profundidades de la anarquía.

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CAPITULO V
LA CONSTITUCIÓN SARCÁSTICA

Hemos visto como la traidora revuelta se consumó so color de sostener la Carta Fundamental de la República; y cómo un Congreso espurio sancionó esta farsa criminal, declarando legalmente elegido al señor Estrada, y que la constitucionalidad no había sido infringida en lo mínimo, no obstante la transformación política que acababa de efectuarse. De consiguiente, conforme a esta original interpretación de nuestras instituciones fundamentales, resulta que Freile Zaldumbide ejerció el mando supremo constitucionalmente, antes y después del advenimiento de Estrada al poder; y que, revestido de este carácter augusto, se disparó cometer toda clase de atentados. Por tanto, habríase, pues, de aceptar la conclusión de que, en nombre de la Constitución, y sólo para defenderla, el Encargado del Ejecutivo encarceló y persiguió a centenares de ciudadanos, sin otro crimen que haber sido empleados o partidarios fieles de Alfaro. En nombre de la Constitución y sólo para defenderla, desterró a ecuatorianos que no habían hecho sino servir lealmente a su Patria y al Gobierno constituido. En nombre de la Constitución, y sólo para defenderla, pisoteó todas las libertades públicas, holló todos los derechos del ciudadano, hizo burla de todos los principios de la democracia, erigió en sistema de gobierno el fraude, la impostura, la perfidia, el asesinato. Invocando la Constitución, y sólo para salvarla, Freile Zaldumbide la rasgó en mil pedazos arrojándolos con insultante carcajada, al rostro mismo del pueblo soberano. Y no se tome a mucho mi decir; porque ¿cuál de los fueros de la ciudadanía no fue conculcado por ese gobierno sarcásticamente constitucional? La seguridad individual, escarnecida como nunca con el Panóptico, las cárceles, los cuarteles, sin perdonar ni a los Diputados del pueblo, ni a los Vocales de la Corte Suprema de Justicia, ni a los Ministros Secretarios de Estado; Belisario Albán Mestanza y Manuel Montalvo, miembros del Supremo tribunal, presos, incomunicados, confundidos con los malhechores en la Penitenciaría, sin mas ni más, y sólo por la voluntad del Encargado del Ejecutivo; lo mismo Samuel Dávila, Luciano Coral y otros miembros del Congreso; lo mismo Rafael Aguilar y Francisco Martínez Aguirre, últimos Ministros de Alfaro; lo mismo multitud de ciudadanos de todas categorías y condiciones. ¿Cuál el crimen de todas estas víctimas de la tiranía Constitucional de Freile Zaldumbide? Pues, haber sido leales y honrados: su conducta era un reproche elocuente contra los traidores; y, por lo mismo, necesario castigarlos en nombre de la Constitución; invocando sacrílegamente esa Ley fundamental que es el pacto inviolable sobre el que descansa la Nación ecuatoriana. ¿Cuál fuero de la República no violó Freile Zaldumbide llamándose jefe de un gobierno constitucional? La independencia y soberanía del Congreso: Nacional, holladas cínicamente en, la persona de varios Senadores y Diputados: se les encarceló, se íes persiguió, se los expulsó de las Cámaras con pretextos ridículos; y se reintegró el Congreso con miembros allegados, espurios, reclutados entre la muchedumbre

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revolucionaria, sin más título que algunos votos que no les daban ni la calidad de accesitarios. Coral y Dávila, ya citados; Pedro Concha, León Benigno Palacios y otros muchos mandatarios del pueblo, fueron arrojados de sus curules, o tuvieron que huir como criminales y se les reemplazó con sujetos vendidos en cuerpo y alma a la nueva causa. Los conservadores expulsaron en una ocasión a Felicísimo López del seno del Congreso, por liberal y excomulgado; y desde esa época funesta no se había repetido tamaño escándalo: estaba reservado a Freile Zaldumbide el presidir en la comisión de un atentado mayor, cual es perseguir, aprisionar, destituir a los Legisladores, por honrados y por leales. ¿Cuál fuero de la ciudadanía no fue pisoteado durante ese gobierno inicuo? La inviolabilidad de la vida, ahí está comprobada con el asesinato, convalezco del Coronel Luis Quirola; con los doscientos y tantos cadáveres, regados en las calles de Quito, en los días 11, 12 y 13 de agosto; con el tiro alevoso de rifle que cortó la vida del Coronel Belisario Torres; y más tarde, con los festines de antropófagos, ofrecidos en la Plaza de Rocafuerte, en Guayaquil, y en la llanura de los Ejidos de la Capital. Propio de cobardes y de bárbaros solucionar las dificultades políticas con la muerte del adversario; los hombres del gobierno intruso no conocían esa fuerza del alma que se llama valor, sublimidad del corazón que decimos magnanimidad; y para ellos, no había más que cortar, cortar cabezas, y salir de apuros, libertarse de temores. El primero de los Derechos, es el derecho de vivir: sin garantizarlo, ampliamente no es posible que subsista sociedad alguna, en los actuales tiempos; y el gobierno revolucionario, invocando la Constitución y para sostenerla, hizo pie contra esta base primordial de toda asociación humana, que tome por bandera la civilización y la moral, Ese gobierno bárbaro proclamó, con repetidos hechos, que el asesinato político es el mejor y más único medio de regir a los pueblos, y sostenerse en el mando contra el torrente de la voluntad nacional. Y la irrefutable prueba de este aserto está en que no pensó siquiera en castigar a los criminales; tanto que la más absoluta impunidad protegió a los principales asesinos, muchos de los cuales aun tomaban parte en la administración de la República. El clamor público los acusaba, el dedo de la opinión los señalaba inflexible, sus mismas manos manchadas de sangre los delataba; y, sin embargo, ninguno fue despojado de sus empleos; ninguno fue arrojado del Palacio, como profanador del decoro y limpieza con que se debe ejercer el poder nacional; ninguno fue puesto en manos de la Justicia para su condigno castigo. Y no se arguya que el Ministro Díaz ordenó él juzgamiento de los asesinos de enero de 1912; porque esa orden fue parto irritante de la hipocresía oficial, mero ardid infame para engañar a los que alzaron la indignada voz contra atrocidad tan inaudita, hábil medio de dejar en la obscuridad a los verdaderos victimarios, acaso sacrificando algún comparsa en el crimen. Esa orden añadió el escarnio a la iniquidad; profanó las formas judiciales; prostituyó la conciencia de algunos jueces, designados ad-hoc, y que tenían una consigna ineludible; arrastró al perjurio a varios miserables que, en calidad de testigos, declararon por salario lo que importaba que declarasen para oscurecer la verdad y burlar a la justicia, para hacer mofa sangrienta de la vindicta pública. Ahí
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están esos procesos, padrón de eterna ignominia de los que los organizaron, pregonando en cada una de sus páginas la impostura, el perjurio, el más deslavado prevaricato, como tan irrefutablemente lo demostró el Fiscal, doctor Pío Jaramillo Alvarado, ante el tribunal que juzgó al zapatero Montenegro, al que se había escogido para que sobrellevase toda la responsabilidad de aquellos actos de canibalismo. Y ese mismo tribunal compuesto de Jurados tan parciales, tan sin nociones de moral, tan ajenos a la rectitud y a la dignidad de jueces ni siquiera impuso silencio a la franca apología del asesinato, hecha por los defensores de procesado (1). ¿Cuál de los timbres de orgullo del Ecuador no ha sido conculcado por el gobierno de Freile Zaldumbide, en nombre de la Constitución y para mantenerla sin detrimento? La fe pública, respetada aun en las tribus salvajes, llegó a ser juguete despreciable; la superchería villana, la mentira ignominiosa, el quebrantamiento de la palabra más solemnemente empeñada, componían el fondo de la política inaugurada el 11 de Agosto de 191l. Dije ya que el General Páez se propuso debelar la revolución efectuada en Quito; y, en efecto, avanzó con su División sobre la Capital, la que habría caído seguramente en su poder, acaso sin necesidad de combatir. Desmoralizada la guarnición y entregada a la orgía de sangre que he narrado; en la cumbre del poder sólo mal intencionadas nulidades, que eran instrumentos pasivos de las facciones; sin un militar de prestigio y valor que defendiera la plaza, el General Páez la habría sojuzgado con sólo presentarse en ella. Tembló el gobierno intruso, y acudió al Cuerpo Diplomático para que interviniera en algún arreglo pacífico con el Jefe de la 2' Zona Militar, que se encontraba ya en Latacunga. Díaz afirmó a los Diplomáticos extranjeros, que deseaba la paz únicamente para evitar que fueran asesinados los presos políticos, y aun el mismo General Alfaro; puesto que el gobierno no podría hacer respetar ni el asilo de éste, mucho menos la vida de los Alfaristas encerrados en el Panóptico. Alegar motivos tan indecorosos para interesar a los Representes de las Potencias amigas en una negociación de paz; confesares impotente para evitar que se cometiera un gran crimen, era ya una degradación de ese gobierno, que se decía constitucional; porque presentar el peligro de muerte de sus adversarios, como real e inminente; anunciar el degüello de presos inermes, rehuyendo de antemano toda responsabilidad por falta de fuerza y energía para defenderlos de los asesinos; dar por factible la violación de la Legación de Chile, sin acatamiento alguno a los deberes y fueros internacionales, era colocar la República al margen de la civilización, declarar que los ecuatorianos, conducidos por los hombres de la revolución, se hallaban en pleno retroceso a la barbarie.
(1) Los doctores Agustín Cueva y Luís F. Borja acumularon sobre las victimas del 28 de Enero todas las calumnias y ofensas, que los bandos de oposición habían lanzado contra ellas, durante largos años; y, pretendieron justificar dé manera tan extraña, los crímenes de aquel funesto día. El Centro Liberal de Quito y algunos periódicos protestaron justamente contra tan inmoral doctrina jurídica, jamás empleada en los tribunales del Ecuador, ni en los de ninguna nación civilizada y cristiana. 77   

Y Freile Zaldumbide y Díaz hicieron esta vergonzosa e infamante declaración sin vacilaciones, sin escrúpulos, sin atenuantes aceptables; y la repitieron, a presencia de propios y extraños, asegurando que, al presentarse el General Páez en las afueras de la ciudad, serían victimados todos los Alfaristas presos, lo mismo que su caudillo. Y esto mismo se le hizo saber al Jefe invasor, a fin de detener sus pasos ante el seguro sacrificio de sus amigos. Muy natural que las naciones extranjeras duden de tamaña maldad, presupuesta la adelantada civilización ecuatoriana; pero estas inicuas afirmaciones constan aún en los papeles públicos de la época, están confirmadas por documentos oficiales, forman parte del gran proceso histórico contra los verdugos de Alfaro. El Ministro Plenipotenciario del Brasil se prestó a ir a Latacunga, en nombre de sus Colegas, para proponer al General Páez una transacción con Freile Zaldumbide, con el fin de evitar el derramamiento de sangre, a manos de asesinos vulgares e incontenibles. El Ministro Díaz acompañó al señor Barros Moreira, y ambos se avistaron con el Jefe de la 2 Zona, quien puso las siguientes condiciones para la paz: Primera: Que se les conceda la inmediata libertad al Señor General Alfaro y su familia, bajo la garantía del Cuerpo Diplomático, a fin de que puedan libremente salir de la República o conservarse en ella. Segunda: Que se conceda asimismo la libertad a todos presos políticos que se encontraban en el Panóptico, por ser servidores del Gobierno del General Alfaro. Tercera: Que se conceda plena garantía a los Jefes oficiales y tropa que componían la División de la 2 Zona Militar, etc. Extracto estas condiciones principales, del telegrama oficial del Ministro Díaz al Encargado del Ejecutivo, fecha 13 de Agosto; telegrama que está tan mal expresado, que cuesta alguna dificultad comprenderlo, y dar con la relación, de sus partes con el todo. Diríase que Octavio Díaz lo escribió dominado por el miedo; tan incoherentes y oscuras son muchas cláusulas de aquel importante documento. El Encargado del Ejecutivo contestó a su Ministró, con misma fecha, entre otras cosas, lo que silgue: “En contestación a su atento parte, sírvase Ud. manifestar a los señores General Ulpiano Páez y Coroneles Julio Concha y Tomás Reinoso, que la presencia del Sr. Ministro plenipotenciario Barros Moreira y la de Ud. en esa ciudad, obedece únicamente al vivo deseo del gobierno que presido, de evitar, dado e1 nuevo orden de cosas, todo lo que en algo pudiera desafinar la armonía reinante en todo el pueblo ecuatoriano… Deben tener entendido que no es este gobierno el que ha ordenado prisión alguna, sino el pueblo y el Ejército que, rescatados con su propio esfuerzo, quieren naturalmente asegurar su victoria...” He ahí el retrato más acabado de Freile Zaldumbide y de su gobierno; retrato hecho con propia mano, aunque, indudablemente, sin pensar en que pasaría a la Historia. Según la expresa confesión del Encargado del Ejecutivo, no había Constitución ni leyes que garantizasen los derechos de los ciudadanos; la libertad y la vida estaban a merced de la muchedumbre anónima que decretaba la prisión y la muerte; no había autoridad que reprimiera esta anarquía y demagogia desatadas; el mismo Freile era
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impotente para imponerse a las turbas y meterlas en vereda; la moral y la justicia habían caído, mortalmente heridas, en la jornada del ll de Agosto. “Hágales comprender dice Freile Zaldumbide en el mismo telegrama anterior, a su Ministro Díaz que actualmente, y dada la exacerbación del pueblo y de las mismas tropos, la libertad del General Alfaro y de los presos, seria seguramente su muerte… ¿Quién gobernaba, pues, nuestra desventurada República en esos aciagos días de luto y desenfreno? El populacho beodo, la soldadesca manchada de sangre, la anarquía en su faz más horrorosa, según la propia confesión de Freile Zaldumbide; luego su gobierno no representaba el orden ni el derecho; luego no imperaban la Constitución y las leyes protectoras de la propiedad, la libertad y la vida de los asociados. Más todavía: esta confesión pone en evidencia que los hombres del gobierno eran solamente siervos del gran malhechor, colectivo y anónimo, al que el Encargado del Ejecutivo llama tropa y pueblo en suma exacerbación; es decir, frenético y fuera de control, en anarquía extrema, en abierta rebelión contra toda ley, contra toda autoridad, contra todo sentimiento de moralidad y orden; puesto que, sin que nadie pudiera impedirlo, se aprestaba a pisotear la bandera chilena y empaparla en la sangre de un ilustre asilado bajó su inviolable sombra; a invadir los calabozos del presidio y dar muerte cobarde y alevosa a ciudadanos indefensos y honorables. Del telegrama transcrito resulta, pues, que a modo del Cabrón de Judea los sesudo gobernantes no servían sino para cargar sobre sí las iniquidades de la muchedumbre, ¿Podía darse papel más abyecto y degradante? Más les habría valido asumir decidida y altivamente, con esa grandeza siniestra de los tiranos históricos, la responsabilidad de la situación; pero las almas pequeñas son incapaces de mirar sin temblar ni palidecer, cara a cara, sus propios actos, como Dantón, el terrorífico 2 de Septiembre, antes que descender a la vil condición de instrumentos ciegos de la canalla criminal y salvaje. Y nótese que todo este desquiciamiento social, esta dominación vergonzosa del crimen, esta falta absoluta de autoridad y garantías, no contradecían ni desafinaban, como dice Freile Zaldumbide en el telegrama que he copiado, la armonía reinante en todo el pueblo ecuatoriano... Decididamente, el Encargado del Ejecutivo no supo lo que decía, al escribir tan sarcástica frase en la comunicación referida: ¿en qué pensaba ese hombre, cuando calificó de armonía social aquel naufragio de la moral pública y de la moral privada, aquel torbellino de iniquidades, aquel furor de las turbas que disponían a su antojo del poder supremo, aquella anarquía militar omnipotente, aquella carencia de seguridad aún para la vida de los mejores ciudadanos? Pintarnos el cuadro más pavoroso de la demagogia, con todos los horrores y negruras de la barbarie, con el eclipse total de las leyes y de la justicia; y bautizar ese mismo cuadro con el nombre de armonía social, no puede ser obra sino de un insensato, o de un desvergonzado malhechor. Pero, sigamos examinando lo que la fe pública valía para el Encargado del Ejecutivo y sus Ministros. La presencia de Díaz en Latacunga, fue fatal para los patrióticos proyectos del General Páez. La intriga y las promesas, hábilmente deslizadas en el Ejército, enfriaron
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el entusiasmo de los mejores soldados: el Coronel Reinoso se mostró reservado y taciturno: no pudo ocultar desde entonces, el cambio operado en él, y más tarde lo llevó a combatir contra sus amigos, en Huigra Naranjito y Yaguachi. A Reinoso siguiéronle varios oficiales, y la afición por la paz, fue cundiendo en todas las filas de la 2' División. Páez, militar inteligente y de gran experiencia, comprendió al momento su verdadera situación: minada la fidelidad de sus tropas, sin apoyo alguno en las fuerzas del litoral, tomó resueltamente su partido, lamentando el fracaso de su leal resolución; y telegrafió al Coronel Peralta para que detuviera la marcha de los dos Batallones del Sur. Cohibido por este cúmulo de circunstancias adversas, contramarchó después de aceptar las garantías amplías que el gobierno le concedía, con intervención del Cuerpo Diplomático, a él personalmente, y a todos sus subalternos. El gobierno intruso respiró; pero, infame y pérfido, resolvió vengarse del valeroso General que tanto temor le había infundido. Ulpiano Páez era un militar de escuela, de valor temerario, de grandes conocimientos y clara inteligencia. Principió su brillante carrera desde soldado aspirante; y ascendió por escala rigurosa hasta el grado de General, que es el más elevado en la milicia ecuatoriana. Sentó plaza el 30 de Septiembre de 1870; hizo las campañas de los años 1876 - 1882 a 1883, 1895 a 1898 -1899 a 1900 - 1906 a 1907 y 1910; concurrió a las batallas del 10 de Enero de 1883 en Quito, a la de Gatazo y a la de Balsay; tomó parte en los combates de Chambo, de Quero, de Puculpala, de Girón, de Patate, de Lentac, de Taya, de Ayancay, de Car, etc. Sin duda alguna, después del Viejo Luchador, fue el mejor soldado del ejército ecuatoriano; y como tal, desempeñó muchas veces los empleos más difíciles y honrosos. Jefe digno, creyó incompatible su honra con la continuación en el servicio del nuevo gobierno; y pidió inmediatamente su separación, la que le fue concedida sin objeciones de parte de Freile Zaldumbide, que tanto lo había halagado para detenerlo en Latacunga. Páez deseaba volver a su hogar; pero le asaltaban justos temores de la perfidia de los gobernantes; y antes de resolverse a tomar la vuelta de Quito, procuró obtener todas las seguridades posibles para su persona. Dirigióse a los Diplomáticos que habían intervenido y garantizado el Tratado de Latacunga; y recibió muy satisfactorias contestaciones, de las qué copiaré las siguientes: “Quito, 14 de Agosto de 1911. General Páez. Ambato. Conforme a mí leal palabra recibirá Ud. hoy día, del Decano del Cuerpo Diplomático, la contestación a su atento telegrama… Barros Moreira”. “Quito, 14 de Agosto de 1911. General Páez. Ambato. El Sr. Díaz nos ha informado que dejó arregladas con Ud. las condiciones que aseguran la paz y la tranquilidad del Ecuador, que es nuestro más vehemente deseo. El mismo Dr. Díaz nos ha manifestado que el gobierno dará toda clase de garantías a la seguridad personal del General Alfaro, su familia y las otras personas que están detenidas en el Panóptico, etc. Carlos Uribe”. (Plenipotenciario de Colombia, Decano del Cuerpo Diplomático).

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“Quito, 22 de Agosto de 1911. General Páez. Riobamba. Lo saludo afectuosamente y le manifiesto que, no sólo gozará de toda clase de garantías, sino del afecto de sus amigos que lo esperamos. Octavio Díaz, Ministro de lo Interior”. “Quito, 28 de Agosto de 1911. General Páez. Riobamba. No hay inconveniente en que pueda venir Ud. a Quito. Tiene toda garantía. Lo saluda su afmo. Ministro de lo Interior”. ¿Quién, después de recibir las anteriores comunicaciones, no se hubiera creído plenamente garantizado, pues estaba empeñada la fe nacional ante el Cuerpo Diplomático, como prenda de que el gobierno respetaría lo pactado en Latacunga? El Ministro Díaz, sin embargo, engañó miserablemente a los Ministros extranjeras, engañó al país, engañó a Páez, engañó a todos los presos; y continuó la hostilidad más bárbara contra ellos, y preparó una emboscada inicua contra el pundonoroso Jefe de la 2 Zona que regresaba al seno de su familia, confiado en la palabra del nuevo gobierno. El Ministro Barros Moreira debió haber sospechado algo, cuando salió a recibir al General Páez en la Estación del ferrocarril; como para servirle de salvaguardia: hízole sentar en su propio carruaje, mandó levantar la capota y que el cochero llevase los caballos a buen trote. Al pasar por delante del Palacio de la Exposición, los cocheros dieron gritos, manifestando que el Ministro Plenipotenciario del Brasil estaba en aquel carruaje: ¿cuál era el motivo de aquellos gritos, de aquella exasperación de los servidores del Sr. Barros Moreira? Había mucha razón para ello: vieron que un grupo de soldados iban a disparar sus fusiles sobre el coche; y no encontraron mejor manera de contener a los asesinos, que, dándoles aviso de la enormidad del crimen que estaban a punto de cometer. En efecto, los cocheros salvaron a la República de una vergüenza eterna; y salváronle al General Páez la vida, enseñándole prácticamente lo que la fe pública valía para Freile Zaldumbide y Octavio Díaz. El pensamiento de eliminación de los Jefes del Radicalismo, tomaba ya formas tangibles; y podía adivinarse desde entonces lo que sobrevendría cuando Díaz perfeccionase su sistema y contase con colaboradores más expertos y decididos. ¿Qué no fue el gobierno responsable de la criminal tentativa? ¿Y por qué la dejó impune? ¿Por qué no mandó siquiera indagar un hecho tan escandaloso y bárbaro? Eran manifestaciones de la armonía social, tan encomiada por Freile Zaldumbide; y los actos posteriores del gobierno dejaron fuera de toda duda, que el frustrado asesinato de Páez, fue una como medida administrativa y política… El coche partió a escape, seguido de las vociferaciones y amenazas de muerte, que lanzaban los saldados apostados en el trayecto; y la grita continuó delante de la Legación del Brasil, a donde fue conducido el General Páez por su generoso protector. No podían dar crédito los Diplomáticos, extranjeros a lo que sucedía; y su indignación subió de punto, cuando el Ministro Díaz negó terminantemente hasta la existencia del pacto de Latacunga. Barros Moreira, sobretodo, se exasperó hasta lo sumó, en presencia de felonía semejante; y llegó a decir que, si Díaz fuera merecedor, le pediría explicaciones como caballero.
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Después de esta prueba de deslealtad, no se comprende cómo el General Páez pudo confiar en la inviolabilidad de la Capitulación de Duran: el desconocimiento del convenio de Latacunga, marcaba el grado de moralidad del gobierno de Freile Zaldumbide, y debió bastar para abrirles los ojos a todos los hombres de buena fe, a quienes el Ejecutivo había resuelto perder. Nada valieron las reclamaciones ni los reproches: Páez, con la muerte a los ojos, perseguido como un malhechor fuera de la ley, sólo pudo salvarse al amparo de la bandera del Brasil. Al fin, obtuvo la merced de que lo desterraran; que merced era en aquella época, y muy señalada y grande, el trocar la muerte por el ostracismo. El Coronel Peralta pagó también su lealtad con el destierro; Flavio E. Alfaro, rival de Estrada, y antiguo amigo de Freile Zaldumbide, salió del calabozo para emprender camino de la proscripción. El viejo Caudillo y su honorable familia, después de largos días de amargura y martirio, fueron también proscritos, sin miramiento a la ancianidad y achaques del ilustre Fundador de la democracia ecuatoriana. El Ministro Aguilar y yo, desterrados sin causa ni motivo; los Diputados León Benigno Palacios y Samuel Dávila, asimismo condenados al destierro, sin más crimen que su fidelidad al Régimen derrocado. Los demás presos, incluso los vocales de la Corle Suprema, continuaron aherrojados en las celdillas de la Penitenciaría, o en las cárceles de provincia; la persecución contra todos los Alfaristas que no cambiaron de bandera, fue tenaz y tomó un carácter de ferocidad salvaje; la destitución de todos los Jefes y Oficiales que no se mancharon con la traición de Agosto, no tuvo excepciones: así cumplió Freile Zaldumbide los Tratados de Latacunga, en los que empeñó la fe pública, bajo la garantía del Cuerpo Diplomático residente en la Capital. El Gobierno de los veinte días, como se ha dado en llamar a la primera dominación de Freile Zaldumbide y Díaz, fue una ininterrumpida cadena de perfidias y atentados que ultrapasaron los límites de la criminalidad; un enhebrado de errores políticos, de burlas sangrientas al derecho y a la justicia, de ultrajes a la dignidad nacional y al decoro mismo de los que se empeñaban en gobernarnos, de ataques burdos a los fundamentos de la sociedad y a las ideas más elementales de orden. Nunca ha soportado el pueblo ecuatoriano un yugo más ignominioso: la inepcia, la cobardía, la perfidia, el engaño truhanesco, la artería villana, el lazo ruin, el rencor implacable la venganza cruel, el puñal alevoso, formaron los resortes administrativos de aquellos intrusos gobernantes, el arsenal donde escogían sus armas para herir de muerte a sus adversarios. Los unos por su inteligencia; los otros por su valor y dotes militares; aquellos por su popularidad y prestigio; los de más allá por sus virtudes y méritos, todos los ecuatorianos de valía constaban en las listas de proscripción que escribía el Ministro de lo Interior; y aprobaba, a tontas y a ciegas, el Encargado del Ejecutivo. Diríase que este par de hombres aspiraban a establecer una República de imbéciles y canallas, gobernada únicamente por malhechores.

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Así, de tumbo en tumbo, de abismo en abismo, llegó el gobierno de Freile Zaldumbide a sus postrimerías: el 31 de Agosto subió Estrada al solio y dio principio a otro gobierno intruso y de hecho, por más que se apellidaba constitucional. Todos los ciudadanos de bien, todos los que deseaban la paz y la tranquilidad pública, habían esperado con ansia el advenimiento del nuevo magistrado; persuadidos de que mejoraría y se normalizaría la situación, bajo el mando de un ecuatoriano que había gozado de buena fama, como liberal, sensato y probo. Más, no tardó en aplastarlos el mayor de los desengaños: Octavio Díaz, dé quién tan mal hablaba conmigo mismo el señor Estrada, continuó de Ministro de Gobierno, y de asesor del Presidente; de modo que el agua volvía a correr por el mismo cenagoso cauce que Freile Zaldumbide había abierto. Las mismas persecuciones, la misma falta de garantías individuales, la misma profanación de las leyes y de la Carta Fundamental, el mismo enervamiento de la justicia, el mismo desprecio por la opinión, la misma fe púnica en el gobierno, la misma anarquía en las masas populares y en las tropas: todo, todo, como antes. Estrada había sido hombre de bien; pero su honorabilidad se eclipsó con la malhadada candidatura, como ya lo he dicho; y después, indudablemente, sin darse cuenta ni poder detener el pie en el resbaladizo declive, vióse envuelto en manejos nada honrosos. Libertad era; pero su asesor Díaz lo empujaba constantemente a una coalición con los conservadores. Estrada se lo debía todo al General Alfaro; sin embargo, sugestionado por su favorito, persiguió, denigró, aborreció de muerte a su benefactor, y a todos los principales Alfaristas que lo habían levantado a la primera Magistratura. Enemigo acérrimo de Plaza, lo combatió durante la anterior administración de dicho General, al que tenía en el peor de los conceptos; y, no obstante, lo llamó para entregarle la fuerza pública, para confiarse a esa misma espada que antes decía que no era sino la de un adocenado condottieri. Este llamamiento era el suicidio; pero Díaz y Estrada no perseguían otro fin que la ruina del Alfarismo, y, para conseguirlo, nadie más a propósito que el General barbacoano, cuyos rencores no se extinguían nunca, cuya venganza estaba ardiendo siempre, bajo esas mismas fingidas carantoñas, que prodigaba de preferencia a los que tenía designados para el sacrificio. La pasión los cegaba; y no veían, no querían ver, el peligro placista. Vino Plaza, como si dijéramos a tambor batiente y pasando por arcos triunfales; pero sin duda, creyéndose un César para quien todo era llegar, ver y vencer cayó en renuncio, y dejó ver muy pronto las cartas con que jugaba. El Presidente y su asesor retrocedieron bruscamente; y, en lugar de la Cartera de Guerra y Marina, apenas le confiaron la de Hacienda y Crédito Público. Y aun esta concesión no tuvo otro fin que despojarlo de la Presidencia de la Cámara de Diputados; impidiéndole de manera tan diestra, toda aproximación peligrosa a la primera Magistratura.

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Plaza sintió el golpe y vio la mano que se lo había asestado: Díaz se ufanaba de ello, pero no pensó siquiera en que ese paso equivalía a estar inscrito en el libro negro del barbacoano. No se desalentó éste; y, por vía de represalia, le echó la zancadilla al señor Estrada, con aquello de la Compañía Nacional Comercial de Guayaquil, en la que el Presidente era interesado. Díaz volvió el arma contra Plaza; y lo alejó de la administración, transformándolo en forzado Cincinato dedicado a cultivar patatas en la heredad de su esposa. Esta discordia y rompimiento cayeron en surco abonado; y el placismo, contra lo que Díaz y Estrada se prometían, no se abatió ni sepultó en las soledades campestres; sino que, por lo contrario, arrojó la careta y se enfrentó con el gobierno; se reorganizó y vigorizó, terminando por levantar un poder contra el otro poder, poniendo en jaque al pobre don Emilio que desde entonces ya no pudo dormir en paz. Enfermo de gravedad, huraño, insociable, ajeno a las formas de la distinción y la cortesía, muy pronto quedó aislado, únicamente en brazos de su Ministro Díaz. “¿Por qué sigue Díaz en el Ministerio?” se preguntaba Manuel J. Calle, la pluma de oro del General Plaza; y él mismo se contestaba: “Sencillamente porque el Sr. Estrada no tiene con quién sustituirlo”. Y así era la verdad: ningún hombre de mediana posición social o política había quedado junto al Presidente: el vacío lo rodeaba asfixiándolo; su popularidad ficticia se había desvanecido como el humo; el aplauso de las multitudes se había trocado en sepulcral silencio. El placismo que tantos servicios le había prestado durante la revuelta, y que él creía; su partido reíase a carcajadas de la simplicidad del buen señor, y ya no le ocultaba la dañada intención con que interviniera en el triunfo del estradismo. El Jefe del Estado miraba, pues, como enemigos a los placistas y a los Alfaristas: ¿podía contar con los ultramontanos, esos aliados que Díaz tanto le había recomendado, como el más firme apoyo de su gobierno? Véámoslo. El conservadorismo habíase puesto del lado de Estrada, con la misma mala fe que el placismo; y, derrocado el invencible y temido Alfaro, replegóse a su propio campamento, riéndose también irónicamente de la credulidad de don Emilio. Sobrevino el rompimiento de éste con el General Plaza, y los conservadores vieron una coyuntura demasiado favorable para volver a tomar el mando de la República. Caído y perseguido de muerte el Alfarismo radical; el placismo minando a las claras el gobierno de Estrada; la administración de éste, débil, aislada, aborrecida, inepta, con un jefe moribundo y un Gabinete desacreditado; el Ejército en plena anarquía, corrompido, lleno de manchas de sangre y fango, llevando a cuestas la traición del 11 de Agosto y los crímenes subsiguientes; el desbarajuste imperando en todas partes, no podía presentarse al partido conservador una ocasión más oportuna para enseñorearse otra vez de la Nación. El partido clerical miró y examinó la situación; y, hallándola por demás favorable, preparóse y acechó el momento de alzar bandera con probabilidad de buen éxito.

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Los órganos de clericalismo en la prensa, dieron la voz de orden; y por todas partes se constituyeron asociaciones para dar en tierra con el liberalismo agonizante. Los directorios de los círculos conservadores, radicados en las principales provincias, publicaron sendos manifiestos y declaraciones de principios; y se emprendió con la mayor actividad y empeño la reorganización del partido que el fanatismo apellida católico. El rumor de la guerra santa se percibía ya, aunque a distancia; los aprestos para la campaña decisiva, eran manifiestos y constantes; al conservadorismo, como al Sansón de la leyenda, le habían recrecido al fin los cabellos. Estrada y Díaz mirábanle de reojo a Plaza, y no perdían ninguno de sus movimientos; pero no temían sino al Alfarismo, al que habían vencido y derrocado a traición y con felonía. La conciencia les representaba a toda hora, aquellas acciones negras que estaban reclamando a gritos reparación y castigo; y los hombres del poder temblaban azorados a la sola idea de que Alfaro pudiera volver a la Presidencia. Veían y palpaban la actitud de los conservadores; pero, no se recelaban gran cosa de ellos: Díaz por lo contrario, contemplaban con íntima satisfacción ese resurgimiento de sus antiguos cofrades, y continuaban colocándolos en los empleos, públicos más importantes, como si coadyuvara sin ambages a la entronización del clericalismo. Traidor a los alfaristas, traidor a los placistas, sirviendo a un gobierno que se perdía y evaporaba en el vacío, temblando ante el futuro castigo de sus infidelidades, Díaz no podía encontrar otra tabla de salvación, que imitar al hijo pródigo, volviendo a los lares donde dejara colgada la sotana. Y a esa tabla salvadora se aferró con todas sus fuerzas, con la desesperación del náufrago a quien sepultan ya las olas y llama el insondable y negro seno del abismo. Singular destino el de este hombre: el transfugio y la traición eran sus únicas palancas; con ellas había subido, y con ellas pretendía mantenerse en la altura. Mientras se acumulaban así las nubes más tempestuosas en el horizonte, Estrada había desvanecido, una por una, todas las esperanzas concebidas por los que lo tenían por hombre de gobierno. Estrada pudo haber serenado la situación y reconstituido al país, sobre bases sólidas y duraderas; pero, por desgracia, carecía de genio político y aun de fuerza de voluntad; carecía de esas virtudes cívicas que se sobreponen a los odios y resentimientos, para no pensar sino en el engrandecimiento de la patria. Estrada, aconsejado, impelido, dominado por un hombre de siniestras intenciones, no hizo sino cometer errores tras errores, en los tres meses de su tristísimo gobierno. Lejos de propender a la reconciliación y concordia del partido liberal, profundizó la división entre sus diversas agrupaciones: deprimió a los unos en beneficio de los Otros; persiguió y vejó a éstos, para satisfacer los rencores de aquéllos: hízose instrumento de venganza de su círculo, y aun del conservadorismo, cuando debía unir a los dispersos, atraer a los alejados, compactar las filas de ese partido que lo había elevado al poder, y que es el que redime a los pueblos. Cuando le era necesario mostrarse generoso y magnánimo, ya que no agradecido, con los principales Alfaristas, los dejó en el destierro o en las prisiones: la
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………… generaba el olvido de lo pasado, la mano francamente extendida al rival en una palabra, esas prácticas rudimentarias de la buena, política, no eran para el carácter apocado del señor Estrada. Meticuloso, vengativo, de espíritu alicortado, sin nociones de las ciencias gubernativas, ajeno a las iniciativas trascendentales, mostróse inepto para conducir la nave del Estado, ni en tiempos de calma, menos en los de desatada borrasca. Hasta en sus arranques de energía resultaba pequeño: he aquí una carta amenazadora, dirigida por el Presidente a un allegado del General Alfaro: “Guayaquil, Diciembre 17 de 1911. Muy estimadlo amigo: Repetidas noticias del Istmo han avisado que el General Alfaro tomará en Panamá el próximo vapor que sale de allá mañana, con ánimo de dirigirse a esta ciudad. Ud., mejor que nadie, medirá las consecuencias de este viaje; pero tengo el deber de comunicar a Ud. que tengo impartidas instrucciones severas, aunque no crueles; las que en ultimó resultado, llevarán al General a Quito, donde, no estando yo, es peligrosísima la permanencia del General. Su prudencia y talento le aconsejarán en este trance. Su amigó. E. Estrada”. Amenaza infundada, pero reveladora de que ya se tenía convicción de que en Quito sería asesinado con seguridad el Reformador ecuatoriano. Mandarlo a la Capital, era condenarlo a muerte: Estrada lo da por hecho, y no halló conminación más terrible contra su protector y amigo, que la de amenazarlo con aquel viaje mortal. Un político de alto vuelo, un varón de alma grande y nobles sentimientos, en vez de escribir aquella misérrima carta, habría buscado la reconciliación con el Jefe del radicalismo, le hubiera abierto las puertas de la Patria y dádole toda clase de garantías; porque, en realidad de verdad, más conveniente le era desarmar con la benevolencia y la sagacidad política al Viejo Luchador, que ir a provocarlo hasta en el destierro. Estrada procedió en todo contra sus propios intereses, y diversamente de como proceden los hombres de tacto y don de gobierno; si bien es cierto, que gran parte de la responsabilidad de estos errores, les corresponde a sus menguados y estultos consejeros, como dejo dicho. Agravóse la enfermedad de Estrada y aumentó el malestar de la República: el gobierno estaba en manos de Díaz que, abrumado por el temor al partido de Alfaro, extremaba el rigor contra sus antiguos favorecedores, y envenenaba más y más cada día, el rencor y la discordia entre la familia radical. Con Estrada ya ni se contaba para los actos de gobierno; y da lástima ver como, según el mismo Presidente, se había hecho caso omiso de él, en la administración del Estado. Véase el siguiente cablegrama, en el que se pinta la verdadera situación de Estrada, en los últimos días de su vida. “Guayaquil, Diciembre 12 de 1911. Ministro Ecuador. Santiago. Hace dos meses mi salud padece grave perturbación. Sólo sabía proyectos de permutas nada ofensivas para nadie. No recuerdo más Fui traído inconsciente a Guayaquil con pulmonía y violento ataque de uremia. Hoy casi restablecido, pero extremadamente débil, imposible ocuparme nada. Estrada”.

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El Plenipotenciario del Ecuador en Chile había sido removido de su alto cargo; y el Presidente no lo sabía, ni siquiera le habían consultado sobre un acto de semejante trascendencia: ¿qué no sucedería en la administración interna y ordinaria? Estrada confesaba su estado de inconsciencia: esta sola confesión pone de relieve y a plena luz lo que era aquella caricatura de gobierno, durante el que las facciones terminaron el socavamiento de la sociedad. El desventurado Presidente murió de manera súbita; y su muerte fue más funesta para la República, que su elevación al poder. El hombre fatídico de los veinte días, el Presidente del Senado volvió a encargarse del mando supremo; y Díaz asumió nuevamente la asesoría del Ejecutivo, como Ministro de la Interior y factótum de la administración. Su primer acto fue aprisionar y perseguir a los principales alfaristas en toda la República: aconsejados por el terror, Freile Zaldumbide y Díaz encaminaban todos sus pasos a un fin único, y exclusivo: evitar que Alfaro volviera a la Presidencia, ponerse fuera del alcance del merecido castigo, sin reparar en los medios. Mala Consejera es la cobardía; y los meticulosos gobernantes, aborrecidos por el Alfarismo, acosados por los placistas, repudiados por los conservadores, no sabían a dónde volver los ojos, y no daban sino tropezones en su camino. Las coaliciones no duran sino lo que el interés común que las forma; y desapareció la unión de los oposicionistas al régimen radical, tan luego como, cayó Alfaro. Reabriéronse los abismos que dividían al clericalismo, del partido liberal; y al placismo, de la agrupación llamada estradismo; y se recrudeció la lucha entre estos diversos elementos de conflagración. ¿Qué partido sostenía a Freile Zaldumbide en este vaivén espantoso que, al fin y al cabo, había de producir un cataclismo? Nadie, absolutamente nadie: la fidelidad había sido proscrita por el mismo Presidente del senado; la anarquía militar, ensalzada por los poderes públicos; la demagogia, bendecida por los grandes ciudadanos de la oposición: por todas partes no se veía sino combustible amontonado, y la llama del incendio surgiendo ya, a favor de los vientos más tempestuosos. Las angustias de Freile Zaldumbide y de su consejero llegaron al colmo, cuando el General Plaza voló a la Capital, y entró en ella como triunfador como dueño absoluto de la situación. Plaza conocía perfectamente las gentes con quienes se las había; y no le costó trabajo el imponerse y dominarlas como amo. Díaz y Freile Zaldumbide lo aborrecían, pero lo temían más; y ante aquel vergonzoso temor, humillaron la cerviz y acataron la voluntad del más fuerte. Rebelarse contra esta imposición, hacer respetar la dignidad del gobierno y aun la dignidad del hombre, revestirse de energía y seguir derechamente una pauta política determinada, en fin, proceder como gobernantes, no era para el Presidente del Senado y su Ministro. Colocados en círculo de fuego, por decirlo así, aceptaron la ley de manos de Plaza: habríanse decidido por los conservadores, si los hubieran tenido por suficientemente fuertes; pero el Ejército radical de la costa era una barrera invencible para realizar por entonces la traición meditada; y retrocedieron ante un paso prematuro
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que podía serles desastroso. Pero, no desistieron: Soportaron el yugo placista, a más no poder, reservándose sacudirlo a buena hora, y sin correr el menor riesgo. El General Plaza, ladino y maestro en falsías, debió haber comprendido claramente la doblez e hipocresía de Freile Zaldumbide y su Gabinete; y, sin darse por avisado, tomó medidas eficaces para contraminarles sus torcidas intenciones. Exigió, como prenda de esta alianza impuesta, que el Encargado del Ejecutivo patrocinara su candidatura a la presidencia de la República; y la debilidad de aquella sombra de gobierno, avínose a tan grave demanda; y el General Plaza fue proclamado candidito oficial. Sin embargo, el gobierno trabajaba subterráneamente en contra de la candidatura del jefe barbacoano; y éste que lo barruntaba, o acaso lo sabía de cierto miraba como a sus peores adversarios, a los miembros de la camarilla que por fatalidad gobernaba al país; si bien, ostensiblemente y sin perder oportunidad, colmábalos de elogios y caricias, llamándolos prohombres de la Patria. El juego estaba empeñado entre conocidísimos fulleros; pero Plaza les llevaba muchas ventajas a sus contrincantes; pues, por lo menos, sospechaba las cartas con que jugaban, y conocía perfectamente que la estulticia y cobardía del gobierno, habían de impedirle a Freile Zaldumbide salir con bien de la partida pendiente. La lucha, por lo visto, era tenebrosa y sorda; pero no por ello menos activa y encendida: los campeones de ambos bandos habíanse jurado guerra a muerte; más, su odio recíproco disfrazábase con los ropajes de la amistad, y se prodigaban mimos y sonrisas, a toda hora. Tan anormal situación no duró sino pocos días; porque la candidatura oficial de Plaza sublevó el ánimo del General Montero y lanzóle a una aventura que terminó en horripilante tragedia. El valeroso Teniente de Alfaro estaba arrepentido de su deslealtad, y resuelto a borrarla aun a costa de su sangre, como lo dijo al mismo Caudillo traicionado; y creyó ver el principio de su rehabilitación en el rechazo enérgico y digno de una imposición tan contraria a los principios de la Democracia y a la conveniencia nacional. Desconoció el gobierno espurio de Freile Zaldumbide y se proclamó Jefe Supremo de la República. ¿Fue la ambición la que le obligó a darse este paso aventurado y peligroso? De ninguna manera: Montero fue hombre humilde, sencillo, de aspiraciones limitadas: tenía la rara virtud de conocer su verdadera posición, y todos sus pensamientos giraban alrededor de ese centro, como si siguieran una órbita invariable de actividad. Soldado valiente, pero sin pulimento, sabía batirse como el más bravo de los bravos: dejar bien puesto su nombre, llenar de espantó al enemigo, salirse con la victoria a todo trance y merecer el aplauso general, eran la única ambición de Montero. Jamás posó la mirada en la banda presidencial; jamás lo fascinó el mando supremo; y él mismo, en una hora de demasiado solemne, declaró los motivos que lo habían impulsado a efectuar el movimiento del 28 de Diciembre. He aquí un documento histórico que deja fuera de toda duda los verdaderos móviles del General Montero; en el desconocimiento del gobierno de Quito:

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“República del Ecuador. Jefatura Suprema. Guayaquil, 20 de Enero de 1912. Señor General Leónidas Plaza G. Yaguachi. He recibido el oficio que Ud. se ha dignado dirigirme... Las afirmaciones de Ud. me ponen en el caso de expresarle que la imposición de la Candidatura de Ud. para Presidente de la República, con violación del sufragio popular consagrado como garantía en la Constitución del Estado, ha sido la causa determinante del movimiento político del 28 de Diciembre de 1911, que el pueblo y el Ejército me obligaron a aceptar. Si es, como Ud. afirma en el oficio, un alto deber de humanidad y patriotismo el que lo mueve a impedir un nuevo derramamiento de sangre humana, cúmpleles a esos nobles sentimientos de Ud. agotar todos los esfuerzos posibles, postergando toda aspiración personal, para el logro de tan patriótico fin. Sea esta la ocasión de asegurarle que hoy como antes siempre, estoy exento de toda ambición exclusivista; de manera que la Jefatura Suprema que ejerzo, no es ni puede ser un obstáculo para la realización de ese ideal suyo, la paz, que lo es también mío… Pedro J. Montero. El Jefe Supremo del Guayas habló la verdad: la imposición de la candidatura de Plaza, produjo el movimiento de Diciembre. ¿Constituyó este movimiento una traición de Montero a Freile Zaldumbide? ¿Fue una revolución, un ataque contra el orden constituido y la seguridad interior de la República? Creo que no; porque rota la constitucionalidad el 11 de Agosto, todos los gobiernos posteriores fueron revolucionarios y de hecho, inclusive el de Estrada, El orden constitucional cesó con el derrocamiento de Alfaro; y todos los poderes públicos ulteriores, fueron fruto de la fuerza y de la usurpación. La conducta de Montero fue un corolario naturalísimo de los principios demagógicos proclamados en Agosto por la Legislatura y el Ejecutivo: rota la Constitución, desconocido el pacto político, entronizado el poder del más fuerte, acatada la voluntad soberana de las turbas tanto derecho tenía para alzarse con el mando, el Encargado del poder en la Capital como el Jefe Supremo de la costa. Reinaba la anarquía; y los engendros de este monstruo, no podían ser sino calamidades para el país.

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CAPITULO VI

EL VEINTIOCHO DE DICIEMBRE El pronunciamiento del General Montero en Guayaquil no fue sino el primer acto de la tragedia: un encadenamiento fatal de sucesos, que no eran sino consecuencias ineludibles del 11 de Agosto, iban a ensangrentar y cubrir de oprobio a la República. El General Alfaro, proscrito en Panamá y llena el alma de desengaños, aquejado de una enfermedad incurable que le impedía vivir en la altiplanicie andina, había resuelto no terciar ya en las contiendas políticas de su Patria. Cuando pasó por Guayaquil, el arrepentido Montero le propuso que reivindicara el poder; puesto que las fuerzas de la plaza, y todas las de la costa, estaban prontas para echar abajo al gobierno revolucionario de Quito. Alfaro pudo desembarcar en brazos del Ejército y restablecer el orden constitucional en pocos días; pero prefirió el destierro, afirmando que no quería que por él se derramase una sola gota de sangre. Lo mismo expuso con elevación de alma y abnegación patriótica que recogerá la Historia en la contestación a Freile Zaldumbide, cuando le exigió la dimisión del mando; en los telegramas dirigidos al General Ulpiano Páez, recomendándole que desista de su proyecto de atacar a la Capital; en fin, en la comunicación que mantuvo por esos días con el Decano del Cuerpo Diplomático. Alfaro fue verdaderamente grande: en su espíritu no hacían mella los agravios, ni tenían cabida las venganzas ni las ambiciones vulgares. Para él, la Patria era todo; y en sus aras se sacrificó hasta los últimos momentos de la vida. Ni sus enemigos han podido negarlo; y el mismo General Plaza ha hecho escribir las siguientes líneas en sus “Páginas de Verdad”, colección de documentos oficiales compilados por orden suya, y encaminados a justificarlo (página 228). A serias reflexiones se prestan las últimas horas del día 24, del General Eloy Alfaro. Su idea dominante fue la salvación del partido liberal, de una ruina inevitable, llevado por él mismo a extremo tan singular y difícil, en el que se pusieron a dura prueba sus virtudes políticas y morales… Y con vigor de ánimo; pronunció las palabras últimas: “Hágales saber que los prisioneros que tanto temen, irán a Quito” que significan otra batalla final, la última librada por el Viejo Luchador contra sus viejos enemigos. Ahora, importa consignar la conocida y repetida frase del Obispo de Ibarra, Dr. D. Federico González Suárez, hoy Arzobispo de Quito: “Alfaro tiene ribetes de grande hombre”... Esta confesión aunque llena de reticencias, falsedades e invenciones pone de manifiesto el verdadero carácter del Caudillo radical, su pensamiento íntimo aun en la hora suprema, su aceptación heroica del martirio por la salvación del liberalismo, es decir, por la redención del pueblo ecuatoriano. Y esta confesión es tanto más notable, cuanto que ha sido escrita por los mismos sacrificadores del grande hombre; y por tanto, el valor histórico de las frases que he copiado, no puede disminuirse con ninguna objeción contraria. La verdad se impone
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siempre; y muchas veces, como en ésta, brota luminosa de los mismos labios que procuran oscurecerla. Alfaro no creía patriótico recomenzar la guerra civil, en presencia de los problemas vitales, ya internos, ya externos que la Nación debía resolver desde luego; y, con una grandeza de que raros hombres habrían sido capaces en iguales circunstancias, rechazó, como dejo dicho, cuando pasó al destierro por Guayaquil, la tentadora propuesta de Montero. El anciano Caudillo se enterneció, abrazó y perdonó a su amigo infiel; pero le dijo que había que sacrificarle todo a la paz pública; que él no aspiraba ya al poder Supremo, y que se despedía tal vez para siempre de su Patria; en fin, que le recomendaba sostener la causa liberal a todo trance y sin rehuir sacrificio. Montero se sintió abrumado con tanta magnanimidad y alteza de sentimientos: el valiente soldado no pudo contenerse, echóle los brazos al cuello de su Jefe, y prorrumpió en sollozos… Los testigos de esta escena viven aún, si bien pertenecen a los íntimos allegados del General Alfaro; y yo mismo conservo una carta en que este ilustre ecuatoriano me refiere, como un acto ordinario de su vida, y sin darle importancia, aquella heroica negativa de volver al poder. Montero quedó más alfarista que antes; pero, desalentado por la resolución incontrastable de su Jefe, parece que no pensó, por el pronto, en ninguna rebelión contra los que se habían adueñado de la República. Sin embargo, siguió fermentando en los círculos políticos alfaristas, el pensamiento de una reacción, bajo la bandera constitucional; y se puso la mano en vencer las resistencias del Caudillo que, alejado por completo de los negocios políticos, permanecía tranquilo en Panamá. En efecto, varias propuestas fueron a tentarle en su destierro, y aun recibió comisionados de sus partidarios; quienes le aseguraron que todo estaba combinado y listo para la reacción. Alfaro se mantuvo inconmovible; su respuesta fue rotundamente negativa; y aconsejó a todos sus amigos que procurasen contribuir al establecimiento de una paz solida y duradera, necesidad vital para la prosperidad del país. Con fecha 10 de diciembre me escribió a París, comunicándome todo lo anterior, y su carta termina con estas notables palabras: “Necesitamos robustecernos con una larga paz, a fin de poder afrontar a nuestros enemigos del exterior. Dejar la solución del problema para nuestros hijos, no sería patriótico, y, quien sabe, si en la dilación estuviera la pérdida. Escríbales a sus amigos, inculcándoles la misma actitud pacífica. Ningún sacrificio es grande cuando se trata de servir al país”. En otra carta, dirigida por el mismo tiempo a Guayaquil carta que ha publicado el Coronel Olmedo Alfaro en su último libro dice: “Muy mortificado me tiene la amenaza constante de persecución de que son víctimas mis copartidarios. Frecuentemente me han venido propuestas para que me ponga a la cabeza de un nuevo movimiento redentor, y he contestado con negativa redonda, porque no puedo descender al papel de conspirador. Me han tenido en apuros, porque ante un pronunciamiento netamente popular, habría tenido que concurrir al llamamiento; pero afortunadamente, me han dejado tranquilo, siquiera en beneficio de mi salud…”

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Abundaría en citas iguales; per me propongo publicar, más tarde una colección de documentos históricos sobre la vida política de Eloy Alfaro. Es, pues, evidente que el Caudillo radical no inspiró ni aconsejó el movimiento político del 28 de Diciembre: la noticia cablegráfica de aquel pronunciamiento, lo sorprendió sobremanera, ya que jamás pudo imaginarse que el General Montero se hiciera proclamar Jefe Supremo. Flavio Alfaro no había cejado en sus pretensiones a la primera magistratura; y, separado absolutamente de su tío, seguía trabajando en Panamá, por derrocar al gobierno de Estrada. Persuadido de que no hallaría apoyo en el Viejo Luchador, había dejado aun de visitarlo; pero éste no lo perdía de vista, y adquirió el conocimiento pleno de que se preparaba una próxima revuelta en las costas ecuatorianas. En esto aconteció el golpe de Montero; y Alfaro, desde luego, comprendió que el partido liberal se colocaba al bordé de un insondable abismo. Nadie como él, conocía el alma de Flavio, y el ardor de sus ambiciones; y vió claramente que surgiría una sangrienta discordia entre el Jefe Supremo de Guayaquil y el Jefe Supremo de Esmeraldas. La reacción se iniciaba con un cisma indestructible; porque ni Flavio había de renunciar al voto de los esmeraldeños que lo llamaban al mando supremo; ni Montero dimitiría el cargo que le había confiado el pueblo guayaquileño, con aplauso del Ejército. Los dos rivales contemporizaban y prodigábanse cumplimientos: ambos se mostraban propicios a la concordia y a las concesiones más generosas y amplias: diríase que cada uno dé ellos estaba pronto a abdicar en favor del otro; pero el viejo Caudillo, conocedor de sus Tenientes, leía la recóndita intención de los dos Jefes Supremos, y temía un gran desastre para la causa liberal. En, efecto, divididos los liberales en tres fracciones, con cabecillas irreconciliables, íbanse a poner a punto de aniquilarse en provecho del partido conservador que no tendría otro trabajo, para recoger el fruto, que soplar en la hoguera, y aguardar que el edificio liberal se derrumbase en cenizas. Temblando ante la ruina total de los ideales de toda vida, olvidó Alfaro sus propósitos de apartarse de la política, y voló a Guayaquil, en cuanto lo llamó Montero; mas, no para ponerse a la cabeza del movimiento, como lo han dicho sus enemigos, sino para buscar un avenimiento entre los contendores, para evitar que el conservadorismo se adueñase del poder, subiendo por sobre los cadáveres de los liberales. Si él hubiera inspirado la revolución, si hubiera querido volver a la Presidencia, Montero habría hecho proclamar a su Jefe; o, llegado éste a Guayaquil, habríale trasmitido el mando. Alfaro no necesitaba un testaferro político para emprender una campaña en pro de la legalidad y de los intereses del radicalismo; y menos habría echado mano de Montero, al que conocía incapaz de acaudillar tan delicada empresa. Alfaro, el hombre de tacto político admirable, de valor indómito, de franqueza caballeresca, de ningún modo habría procedido como escondiéndose detrás de un subalterno, como hurtando el cuerpo a futuras responsabilidades: tan deslayada conducta no se compaginaría con la brillante historia del Caudillo radical. Menos verosímil sería suponer que el Viejo Luchador fuera a Guayaquil, a servir a Montero en cargos secundarios e incompatibles con su elevada jerarquía política y
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militar; suposición que, por otra parte, caería en tierra con sólo fijarse en que ni siquiera se le ofreció empleo alguno al ex-Presidente. Lo que hubo en realidad, fue que Alfaro midió toda la magnitud del peligro que corría el liberalismo, comprometido en la insensata lucha de tres caudillos sin habilidad ni voluntad para salvarlo; y acudió presuroso a conjurar ese peligro de muerte para la causa popular. Su deseo patriótico, y acaso el equivocado convencimiento de que subsistía su influencia política para con los beligerantes, lo perdieron. Llegó a Guayaquil y palpó la realidad: ni por un momento se hizo ilusión de que Montero podía triunfar; y las cartas detalladas que le dirigió al Coronel Olmedo Alfaro, las órdenes para que ni su familia ni sus amigos proscritos volviesen al Ecuador, manifiestan claramente lo que el Caudillo radical pensaba de la revolución de Diciembre. Se mantuvo alejado de Flavio, que lo miraba con prevención; y de Montero que, aun cuando le colmaba de atenciones, no se mostraba propicio a sus ideas pacifistas. Sin embargo, siempre procurando la seguridad del liberalismo que había implantado en su Patria, propuso una transacción entre los Generales que se disputaban el mando; pero su protesta, si revela alteza de miras y absoluto desinterés personal, hirió en lo vivo, principalmente a su sobrino Flavio y al General Plaza; porque excluir a los militares de la tan codiciada Magistratura en provecho de un candidato civil, no era político ni acertado en aquellos momentos. Ya hemos visto el grande empeño del General Alfaro en establecer el civilismo en la República; empeño loable que le enajeno la voluntad de la clase militar, y que en ésta ocasión le fue también fatal. No se comprende cómo el Viejo Luchador que tan profundamente conocía el alma de los Generales mencionados pudo dar un paso tan en falso; y exasperar las pasiones de los aspirantes a la Presidencia, cerrándoles todo camino para llegar a ella. Su buen corazón lo engañó, su honradez misma lo envolvió en el torbellino, su amor a la Patria lo sacrificó. Véase la propuesta de avenimiento, hecha por el Caudillo liberal, presentándose como mediador, y con el fin de evitad una guerra fratricida y sangrienta, en medio de la que podía desaparecer el liberalismo ecuatoriano: Guayaquil, Enero 5 de 1012. Señor General D. Pedro J. Montero, Jefe Supremo del Guayas. Señor: Convencido de que una guerra fratricida entre libérales no solamente es dañosa para nuestro Partido, Sino también de funestas consecuencias para el país, he creído de mi deber presentarme con el carácter de mediador, en los términos que constan del Manifiesto adjunto. “A la penetración de Ud. no pueden ocultarse los móviles patrióticos que me han impulsado a procurar el advenimiento de una paz que reclama la civilización, no menos que los principios liberales y los intereses de la Nación”. “Para el mejor éxito de mi pacificadora misión, era indispensable disipar hasta la sombra de la sospecha de una ambición personal de mi parte, y con tal motivo insinúo la conveniencia de fijarse en un candidato civil para el ejercicio del poder”. “Punto éste sobre el que llamo la atención de Ud. confiado sabrá estimarlo como la segura prenda de que no me guía otra aspiración que la de la paz general y la buena armonía de cuantos componen el gran partido liberal-radical”.
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“Conozco el patriotismo de Ud., y no dudo que sin vacilación alguna se prestará a coadyuvar a la consecución de la paz sin derramamiento de sangre, con lo cual habrá Ud. alcanzado un nuevo timbre honroso, y la gratitud de los ecuatorianos. “Encarezco, por, tanto, a Ud. que a la brevedad posible se sirva nombrar una comisión compuesta de tres miembros, a efecto de que conferencie con las; que a su vez y en igual forma nombre el Jefe Supremo proclamado en Esmeraldas, General D. Flavio Alfaro, y el gobierno que preside en Quito el doctor Carlos Fraile Zaldumbide. Establecidas las conferencias de paz en el lugar que se estime conveniente, fácil será, no lo dudo, llegar a un avenimiento; que unifique la opinión, asegure la paz, afiance el régimen liberal y asegure garantías para todos los ecuatorianos. “No creo necesario excitar el civismo de Ud., ni extenderme en consideraciones acerca de la conveniencia de cuanto dejo expuesto, y así sólo me resta esperar su aquiescencia. Eloy Alfaro”. Igual comunicación fue pasada al General Flavio E. Alfaro, y al señor Carlos Freile Zaldumbide, que presidía en el Gobierno de Quito, y cuyo candidato era el General Leónidas Plaza G., nombrado ya General en Jefe de las fuerzas que se apellidaban constitucionales. El General Montero mostróse, al fin, dispuesto a la transacción mencionada; pero no así sus competidores, los que rechazaron en lo absoluto las bases de conciliación presentadas por el Viejo Luchador. Sensible es igualar, la conducta de Flavio Alfaro a la de Leónidas Plaza G., en esta trascendental negativa; pero, la Verdad histórica está antes que toda consideración, y tengo que referir los acontecimientos como en realidad sucedieron. Si dichos dos Generales hubieran amado más a su Patria si hubieran querido salvar de todo peligro al partido liberal-radical, si hubieran antepuesto los intereses de la humanidad y la civilización a sus propias aspiraciones, de seguro habrían renunciado abnegadamente a la Presidencia de la República y optado por la paz bienhechora, por la reconciliación y concordia de los ecuatorianos, por la grandeza y prosperidad de la Nación. Empeñarse en armar al hermano contra el hermano, en verter torrentes de sangre y arruinar la República, únicamente por sostener una ambición personal, no puede ser más punible ni más Degradante: los que así proceden, son reos de parricidio y merecen la execración universal. Imitaran los Generales Flavio Alfaro y Leónidas Plaza el noble y patriótico desinterés del Caudillo radical, y no tuviéramos que lamentar las horribles carnicerías y espantosos crímenes que se originaron de la punible terquedad de aquellos generales: pero éstos mostráronse inflexibles en sus proyectos políticos, y prefirieron encomendar a la suerte de las armas la decisión de su contienda, antes que terminarla como buen ciudadanos y patriotas. La intervención pacificadora del General Eloy Alfaro produjo los efectos más contrarios a sus buenas intenciones: los flavistas vieron un enemigo en el pacificador; y los placistas conservadores, creyendo que iba a resurgir el Caudillo radical, volviéronse a unir y mancomunarse para combatirlo, sin reparar en los medios, como había sido de ley y costumbre para aquella criminal coalición.

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Los traidores que componían el Gobierno de Quito, se horripilaron y temblaron ante la perspectiva de una reacción alfarista; y resolvieron entregarse a cualquiera, a los conservadores o a Plaza, con tal de no quedar a merced del Magistrado a quienes habían traicionado el 11 de Agosto. Hubo día en Guayaquil en que Flavio y sus partidarios propusieron amarrar al Viejo Luchador, que proclamaba la necesidad de establecer un régimen civil; y ya tenían todo listo para reembarcarlo a Panamá, como enemigo de la clase militar y, especialmente de las ambiciones de su sobrino Flavio. Si lo hubieran hecho así, habrían salvado al ilustre anciano, y evitándole a la República una vergüenza eterna; pero la intervención de varias personas de valía contuvo al flavismo y obstó que se diera un nuevo escándalo contra el Regenerador ecuatoriano. Tornaron, pues, a fundirse en uno sólo todos los odios partidistas, a confundirse todas las venganzas de facción, todos los fanatismos, y formar una nube preñada de rayos, que flotaba sobre la cabeza del Viejo Caudillo, amenazándolo con muerte indefectible e inminente. Alfaro no inspiró, no aconsejó, no aprobó el pronunciamiento del 28 de Diciembre, como acabamos de verlo; y, no obstante, por un encadenamiento fatal de sucesos, fue la víctima de aquella guerra impía que con tanto afán había querido evitar. Se objeta contra esto, con una carta dirigida por el General Alfaro al Coronel Belisario Torres, Jefe de la División de Vanguardia de las tropas monteristas; carta en la que le daba consejos para que no se dejase sorprender por las fuerzas del General Plaza que amagaban el campamento de Huigra. No comprendo de qué manera pudo esta carta contrariar que puede irrogarse a un hombre de honor, en sus últimos momentos. Al Gobierno le interesaba lavarse las manos; y .Díaz, el asesor de aquellos gobiernos del crimen, ideó arrancarle una mentira al moribundo, para eludir toda futura responsabilidad. Redactó una declaración, según la cual, resultaba que el Gobierno no había podido impedir que uno de los espectadores hiriese alevosamente al declarante; de manera que Freile Zaldumbide y sus Ministros, el jefe de la escolta de los presos, y los soldados que la componían, eran inocentes en aquel infame asesinato. El Gobierno de Freile Zaldumbide habíase ya disculpado del descuartizamiento de Quirola; del asesinato del pueblo de Quito, en los días once, doce y trece de Agosto; de las violaciones, saqueos e iniquidades de que fue víctima la Capital en los mismos días, alegando indecorosamente que no había podido impedir que el pueblo y las tropas cometieran tan nefandos atentados. ¿Qué clase de Gobierno era ese que se cruzaba de brazos y se declaraba impotente para evitar o reprimir crímenes que ultrapasaban los límites de la maldad humana? Pedro el Grande acababa de tomar una ciudad de Polonia, a la cabeza de hordas de salvajes; los que se derramaron por las calles, cometiendo toda clase de infamias, como bestias sin freno y sin domador. ¿Qué hizo el fundador del Imperio ruso, ante la ferocidad de sus osos polares? Llamó a sí a todos sus caballeros y oficiales, y les dijo: “Matad a estos miserables que no respetan al vencido”; y luego, cuando acudió a una Junta de los principales de la ciudad, depositó su espada teñida en sangre sobre la única

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mesa del salón, diciéndoles: “Está ensangrentada, porque he degollado con ella a mis soldados, para defender vuestros hogares”. He ahí, como proceden los hombres de corazón, los que no quieren insultar a la humanidad y cubrir de oprobio, los que no están de acuerdo con los asesinos: el derecho y la justicia, la moral y los fueros humanos, son tan sagrados y grandes, que han de respetarse y hacerse respetar aun en el enemigo, y con mayor razón si está vencido. Pero el Gobierno de Freile Zaldumbide no seguía estos principios ni entendía de magnanimidad y nobleza. Para ese grupo de politicastros, no había otra ley moral que la de Breno: daban campo libre a la fiera, le azuzaban y encolerizaban, le mostraban la presa inerme; y luego alegaban, como defensa única, su flojedad impotente, y algunas veces, la hipócrita y tardía condenación de los atentados cometidos a mansalva. El Marqués de Pizarro vestía luto por sus víctimas, concurría a sus funerales, y aún dicen que en cierta vez lloró sobre una cabeza cortada por su orden; pero no rehuyó jamás la responsabilidad de sus actos y escudóse sólo con las exigencias de la razón de Estado. El Coronel Torres, a pesar de hallarse en agonía, conservaba toda su entereza; y rechazó la infame proposición del Gobierno: la declaración quedó sin firmarse, pero ella constituye una prueba de que Freile Zaldumbide y sus; Ministros buscaban la impunidad. Y la mala fe de estos hombres se pone más en relieve, con el hecho de haber telegrafiado a Guayaquil, contradiciendo abiertamente la noticia de la muerte del Coronel Torres, que un indiscreto corresponsal había comunicado a dicho puerto. La derrota de Huigra desmoralizó al, Ejercito de la Costa y acentuó más: la división entre los Generales Montero y Flavio Alfaro; pues éste aseguraba que, habiendo sido flavistas las fuerzas vencidas en dicho lugar, no podía atribuirse el desastre sino a maquinaciones tenebrosas de su competidor. En vano se procuró engañar la atención pública, en Guayaquil, pintando la derrota como mera retirada; en vano se exageró el número de bajas que había tenido la División del General Andrade: la desmoralización y el desaliento cundieron a la vez que las recriminaciones mutuas, los reproches más absurdos, las sospechas más, inverosímiles, envenenaron la discordia entre las facciones, y lo envolvieron todo en confusión y desorden. Desde ese momento pudo decirse que el monterismo y el flavismo estaban sojuzgados, que la derrota era infalible; y así lo vieron los generales Eloy Alfaro y Ulpiano, Páez, los que redoblaron su afán por inclinar los ánimos a una transacción decorosa. La noticia del triunfo del General Andrade fue recibida con el mayor alborozo por la coalición; la que principió a murmurar de la equívoca actitud del General en Jefe que, mientras Andrade luchaba y se salía con la victoria, entreteníase en jugar a las cartas y ganar sobre el tapete verde, algunos centenares de sucres en Riobamba. La murmuración se transformó en vocerío; y el General Plaza tuvo que dominarse y avanzar sobre el enemigo, sí bien ya el camino estaba allanado con la victoria de Huigra. Las fuerzas de Montero y de Flavio Alfaro, al mando de éste, habíanse replegado a Yaguachi, en donde tomaron campo a propósito para resistir al Ejército de la Sierra; pero, una pequeña columna de observación, compuesta de cuarenta hombres a caballo,
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se situó en la población de Naranjito, a considerable distancia del Cuartel General. Comandaba esta fuerza el Coronel, León Valles Franco, uno de los militares mas aguerridos e instruidos, del partido radical; y tuvo la suerte de batirse y ponerle en calzas prietas al mismísimo General en Jefe del Ejército enemigo. Bajaba éste a la Costa, en un tren, blindado y artillado, con fuerzas numerosas; pero seguro de que no tendría tan presto un pial encuentro, que pusiera a prueba su pericia y valor militar. Valles Franco rompió los fuegos contra el tren indicado; y el General en Jefe contestóle a cañonazos que, dirigidos contra tan pocos adversarios desplegados en guerrilla, fueron tiros completamente perdidos. Sostúvose tan original combate por más de media hora; y la columna de observación se retiró sin haber sufrido ninguna baja. Plaza tuvo algunos muertos y heridos; pero derrotó a Valles Franco, alcanzó su primera victoria, y con razón se hace llamar hasta hoy, Héroe de Naranjito. En Yaguachi, donde la función de armas fue sangrienta, ya no quiso cosechar nuevos laureles; y no entró en fuego, fundado en que el General en Jefe no debe arriesgarse personalmente y comprometer así el éxito de la batalla.... Llegó el día del desenlace de tan estéril como porfiada contienda: Flavio, valeroso y tenaz, hizo una resistencia desesperada con un puñado de soldados leales; pero sus reservas no lo secundaron. Un Batallón abandonó cobardemente el puesto que debía guardar hasta morir; los refuerzos pedidos a Guayaquil, 110 llegaron; el desbande se hizo general, y el Jefe Supremo de Esmeraldas cayó gravemente herido. Sus amigos lo sacaron del campo, cuando ya el enemigo lo rodeaba; y pudo huir a Guayaquil con los restos de su Ejército. La carnicería había sido espantosa: más de mil cadáveres cubrían las inundadas sabanas de Yaguachi, donde se había tenido que combatir con el agua hasta la cintura. Plaza llegó cuando todo había terminado; y permitió que los vencedores saquearan e incendiaran la población, sin perdonar ni el improvisado hospital de sangre… ¿Qué hizo el General en Jefe para oponerse a tanta barbarie, o para castigar a los criminales? Nada: e1 Héroe de Naranjito no tuvo ni una palabra de reprobación para los que redujeron a escombros aquel pueblo floreciente y rico, para los que rodearon de llamas a heridos y moribundos, para los que ultrajaron a mujeres indefensas y asesinaron hasta niños. La noticia del descalabro produjo la mayor consternación en Guayaquil; y los partidarios de los vencedores levantaron cabeza y organizáronse públicamente para dar el golpe de al Gobierno del Litoral. Jamás ha pasado la ciudad del Nueve de Octubre por horas más azarosas ni de mayor confusión, que las que sucedieron a la derrota de Yaguachi: tres partidos se preparaban a librar el último combate en las mismas calles, sin aguardar que llegase el vencedor. Flavio, exasperado por el malogro de sus aspiraciones, y su tremenda derrota, quizá también por sus graves heridas, acusábale a su tío de ser la causa del desastre; y acusábale a Montero de connivencias con el Viejo Luchador. En mala hora para su
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memoria, escribió la carta de 20 de Enero, en la que no brillan esos sentimientos reveladores de alteza de espíritu y nobleza de corazón. “E1 punto primordial de tal conferencia dice el General Flavio Alfaro al General Montero, en aquella malhadada carta la cláusula resultante de tal convenio, fue el pacto en cuya virtud se estipuló que el Sr. General don Eloy Alfaro no tendría injerencia, directa ni indirecta, en nuestros asuntos políticos. Apelo a tu caballerosidad y a tu palabra solemnemente comprometida, para recordarte que el llamamiento último a don Eloy, es una violación manifiesta de todo lo acordado. Y tú comprendes que este procedimiento me autoriza también para dejar insubsistentes, por lo que a mí respecta, el compromiso que hasta hoy me ha ligado… Si tú no vienes, sírvete ver en esta carta mi renuncia irrevocable a toda participación contigo en la actual emergencia”. Esto era el rompimiento impolítico y absurdo en la hora de mayor peligro; era la guerra declarada entre dos cadáveres, al bordo mismo de la sepultura. Cuando la más trivial prudencia aconsejaba unirse más, apoyarse recíprocamente para salir de aquel pantano de sangre, Flavio rompía, airadamente todo lazo con Montero; y lo peor, por contra el anciano Caudillo, que no quería nada para sí, que sólo se había esforzado en excogitar medidas honrosas de avenimiento. Era el colmo de la ceguedad: diríase que tan desacertados políticos estaban condenados a perdición inmediata. Placistas y flavistas aumentaban la confusión y los temores de la ciudad: las fuerzas de la plaza estaban divididas; y de un momento para otro, se temía un nuevo inútil derramamiento de sangre. El general Alfaro vió cumplido su pronóstico sobre el fracaso del movimiento del 28 de Diciembre anterior; y no pensó ya sino en salvar a Guayaquil de los horrores de una contienda armada en su mismo seno: temió que su amada ciudad fuera víctima de vencidos y vencedores; y resolvió hacer por ella, su último sacrificio. Persuadió a Montero de la necesidad de una capitulación; y, secundado por algunas personas notables y por los Cónsules de EE. UU. de Norteamérica y de la Gran Bretaña, apresuró las negociaciones de paz. Y para facilitar y cumplir lo pactado, creyendo aún que ejercía influencias políticas, aceptó él mismo el cargo de General en Jefe, y obligó a Páez que asumiese el de Jefe de Estado Mayor General. ¿Quién podría sostener que el Caudillo radical pensaba en continuar la guerra, en medio del desbandamiento del Ejército del desastre más completo del monterismo? Quien tal dijese, no haría sino probar su mala fe; puesto que ni el General Plaza ha osado dudar de los verdaderos sentimientos patrióticos del Viejo Luchador, según ya lo hemos visto en las “Páginas de Verdad”, libro del que dejo copiados algunos fragmentos al respecto. Alfaro, al tomar sobre sí el mando en Jefe del Ejército del Litoral que ya no existía sino en el nombre no tuvo otra mira que salvar a Guayaquil y al partido liberal: fue el supremo sacrificio, la ofrenda voluntaria de su vida en aras de sus ideales y de su gratitud para con el pueblo guayaquileño. Las escenas que van a sucederse, son de una perfidia tan refinada, de una perversión tan inconcebible, que es menester detenernos un momento, y penetrar, dirélo así, en el corazón mismo de los directores de la coalición antialfarista; a fin de
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sorprender sus secretos pensamientos, y seguir, paso a paso, la génesis de la tragedia que tanta vergüenza y oprobio nos ha traído ante el mundo civilizado. Vamos a penetrar en el antro de la iniquidad; y procurar descubrir los siniestros planes, las proditorias miras, el programa de sangre de los responsables de maldades tan inauditas.

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CAPITULO VII
CRIMINALIDAD Y PREMEDITACIÓN Ya hemos visto en los capítulos anteriores, cómo el odio y la venganza, dirigiéndose a un mismo objeto, habían sido el móvil de la coalición antialfarista; y cómo el Gobierno de Freile Zaldumbide fue la expresión y, a la vez, el instrumentó ciego de aquellas insaciables y funestas pasiones. Los traidores del 11 de Agosto que habían llegado a formar dicho simulacro de gobierno obedecían, además, a un estímulo más vergonzoso y ruin: el miedo del castigo de sus actos con la vuelta de Alfaro al poder; y, completamente subyugados por tan mezquinos y bajos sentimientos, no hallaron medio más eficaz de ponerse a salvo, que la eliminación del Caudillo radical, cuya severa justicia temían. Parece indudable que la sanguinaria idea germinó en el cerebro de Octavio Díaz, como dejo dicho; pero fue acogida y eficazmente secundada por todos los que ansiaban la desaparición de Alfaro. Algunos de los que ejercieron el poder en aquella época Luctuosa, han pretendido disculparse, como más adelante veremos; abrumados por el clamor mundial contra los crímenes de Enero de 1912; pero, a pesar de su acucia y esfuerzos, no han conseguido aún lavarse las manos, y no puede absolverlos la inflexible justicia de la Historia. En las “Páginas de Verdad”, defensa del General Plaza, se lee este comentario, puesto a la transcripción de un párrafo del Diario Oficial de aquella época, en el que los diaristas de Palacio inculcaban el asesinato de Alfaro: “A propósito de las últimas terribles palabras que se han leído, ¿cristalizarán las siguientes; el propósito de la realización de determinada finalidad? Hablóse del peligro conservador, de sus, trabajos, sus hombres y principios; todos temían que llegara, a efectuarse una evolución o revolución conservadora; sólo el doctor Octavio Díaz se manifestó tranquilo y dijo: Tengo muy buenos amigos entre los conservadores; no los temo, aun cuando llegaran al gobierno; peores fueran los liberales alfaristas. Y como enseguida se hablara de la posibilidad de que los Alfaros intentaras volver al Ecuador, prosiguió: Los Alfaros son imposibles; si ellos intentan regresar, los liberales, los radicales y conservadores, nos uniríamos con el gran pueblo para rechazarlos, o incinerarlos, si cayeran prisioneros”… Esto ya lo publicaron “El Tiempo” y otros diarios de Guayaquil; pero, reproducidas las siniestras palabras del Ministro Díaz en la defensa documentada del General Plaza, adquieren un carácter de autenticidad irrefragable. He aquí, pues, enunciado claramente el pensamiento de eliminación que, si fermentaba acaso en todas las cabezas de los coligados contra Alfaro, ninguno se había atrevido, antes que el Ministro de Gobierno, a exponerlo en alta voz, y como medida necesaria para evitar una reacción alfarista. Y ya lo he dicho, para popularizar y difundir este nefario pensamiento, el Gobierno quiteño fundó aquel diario inmoral, intitulado “La Constitución”; hoja infame lo repetiré comparable sólo a las sanguinarias producciones del energúmeno Marat.
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Repetiré que, cuando llegó el tiempo de las disculpas, Federico Intriago afirmó juratoriamente que ese diario dependía modo exclusivo de su colega el Ministro Díaz; pero la verdad es que en él escribían los Subsecretarios de Estado, el Secretario privado de Fraile Zaldumbide, los dos hermanos Viteri Lafronte, etc.; y, de vez en cuando, los mismos Ministros, que manejaban la pluma detrás de sus complacientes subalternos. Tan abrumadora la responsabilidad de estos predicadores del asesinato, que casi todos han pretendido repudiar la paternidad de hoja tan criminal y bárbara, aterrados ante la universal condenación de los efectos que produjo. Díaz, dice en el folleto “Mi defensa”, página 19, lo siguiente: “El Sr. Julio E. Moreno con la hidalguía que lo caracteriza, publicó en el Nº 83 de “la Constitución”, un editorial con el rubro “Periodismo Oficial” en el que decía: Nos parece llegada la hora de que manifestemos al público… que el Dr. Octavio Díaz no ha escrito una línea en nuestro periódico desde su fundación hasta hoy día (23 de Febrero de 1912)”. ¿Por qué esta anticipada defensa? Si Díaz no escribió en “La Constitución” lo que no es cierto autorizó que se imprimiera la hoja maratista, ya que el principal redactor era su propio Secretario. No era éste el único papel sanguinario que el Gobierno de Freile Zaldumbide sustentaba para la propaganda del asesinato. Ahí estaba también “La Prensa”, obra de Gonzalo Córdova, los hermanos Viteri Lafronte, Enrique Escudero y otros placistas de nota. “El Comercio”, propiedad de los Mantillas, y al servició del partido clerical, se mostraba también eliminador a todo trance. Y después de la ocupación de Guayaquil por el General Plaza, “El Grito del Pueblo Ecuatoriano”, “El Guante”, y otras publicaciones ocasionales, pusieron, asimismo, cátedra de barbarie; y exigieron el exterminio de Alfaro y sus partidarios. Tengo a la vista un opúsculo con el título de “A la Nación Ecuatoriana”, tendiente a defender al conservadorismo de su participación en los crímenes de Enero; opúsculo en el que se han compilado las más execrables sugerencias de la masacre, hechas insistentemente por los periódicos de Freile Zaldumbide y Plaza. “La Constitución” reflejaba, o mejor, propagaba sin ambages el pensamiento del Gobierno; y se distribuía gratuitamente en todas las oficinas públicas, en todos los cuarteles militares, en todos los clubs y centros políticos adherentes a la coalición antialfarista. Si tan criminal publicación no hubiera tenido carácter genuinamente oficial, el Gobierno, por inepto y débil que fuese, habría reprimido aquella nefanda predicación del asesinato; habría mandado cerrar esa cátedra de perversión que estaba haciendo retrogradar al pueblo ecuatoriano a los tiempos del troglodismo. Y, lejos de esto, el Gobierno, de Freile Zaldumbide costeaba, aplaudía y distribuía aquel papel corruptor; de consiguiente, aceptaba como suyas propias las ideas de los maratistas que lo escribían, pagados por el Erario. ¿Cómo podrían hoy repudiar las criminales consecuencias de las doctrinas difundidas por dicho diario, los que andan empeñados todavía en defender al Gobierno de Sangre, como se denomina al de Freile Zaldumbide? Véanse ahora las enseñanzas diarias de ese órgano de la prensa oficial, tan preferido y patrocinado por los gobernantes de aquella época negra de nuestra historia. No podré copiar sino muy pocos párrafos de los más sanguinarios y salvajes; puesto que
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para juzgar de toda la labor corruptora de los escritores de Palacio, sería menester reimprimir la colección íntegra del referido diario que los días de terror, se enarboló a manera de bandera de muerte y exterminio de los genuinos radicales. Seré breve en mis citas; más, lo que voy a copiar basta y sobra para que se conozca la política bárbara que desarrollaba el Gobierno. El 10 de Enero, en su N° 45, decía “La Constitución” en medio de un diluvio de dicterios y calumnias contra el General don Eloy Alfaro, estas sangrientas palabras: “Ayer lo decíamos y hoy reiteramos nuestra aseveración categórica: es imposible la vuelta del Alfarismo al Ecuador; y si él viene, será para que el pueblo de Quito haga con esa gente, lo que el pueblo de Lima hizo con los Gutiérrez”… Las mismas palabras y pensamientos del Ministro Díaz; expresados en diversa forma: era la consigna comunicada a los servidores de la coalición, era el pensamiento de muerte que se debía inculcar y grabar en la mente del pueblo, a toda costa, aun destruyendo los fundamentos de la sociedad. El mismo diario, en el Nº 53, dice: “Según los artículos 108 109 del Código Penal Militar, son reos de alta traición todas las personas, y especialmente los militares, que estando en servicio activo, alteren por medio de las armas el orden constitucional de la República; y, en consecuencia, deben ser pasados por las armas, por la espalda, previa formal degradación. Para que el público conozca los que son responsables de este crimen, se da la nómina a continuación”. Sigue la lista de proscripción, a cuya cabeza están los generales Alfaros, Montero y Páez, luego trece Coroneles, treinta y tres Tenientes Coroneles, veinte Sargentos Mayores, etc., de modo que el Ministro Díaz deseaba una inmensa carnicería para quedar libre de sus temores, como si con sangre se pudiera ahogarla voz de la conciencia. Y hablo del Ministro Díaz, en particular, porque su venganza lo ha delatado como autor de estas listas de proscripción: en ellas consta el nombre del Coronel Benjamín J. Peralta, que entonces se hallaba en los Estados Unidos de Norteamérica; pero cuya imagen era una pesadilla para el asesor de Freile Zaldumbide; y lo comprendió en la nómina de las víctimas destinadas al sacrificio, no obstante encontrarse dicho Coronel al otro lado de los mares. Y nótese que estos defensores de la Carta Fundamental del Estado, olvidaron que la vida es inviolable en el Ecuador, y qué está abolida la pena de muerte para toda clase de crímenes, así comunes como políticos; y la contradicción llega al extremo, si se considera que hasta el diario infame en que se publicaban estas listas de futuros ajusticiados por las espaldas, llevaba el título de “La Constitución”... ¿Qué Constitución sostenían y defendían los que se habían apoderado del poder, cuando ni la vida, el primero de todos los derechos del ciudadano, merecía ningún respeto?. Farsa criminal en todo: el engaño y la hipocresía, en maridaje inmundo, produciendo iniquidades; eso era el Gobierno de Freile Zaldumbide. En el Nº 55 del diario oficial, dice el Gobierno, dirigiéndose a los Alfaros y Montero: “!Ah, infames! ¡Sabed que al Ecuador, hoy le basta una hora para exterminaros!....”
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“En el Nº 56, dice: “Es seguro que el Gobierno no olvidará esta advertencia de simple instinto de conservación. En toda sociedad civilizada, a los grandes criminales se les excluye de la convivencia social, y se profesa hasta como axioma de Derecho Penal moderno, la eliminación de los incorregibles”. ¿Se puede predicar más cínicamente el asesinato? los mismos principios de Hebert y Marat: necesitaba el Gobierno de Freile Zaldumbide amontonar cabezas cortadas, para levantar sobre esos cimientos humanos, el alcázar de su poderío. El 24 de Enero, Nº 57, insistía el diario del Gobierno en la necesidad del asesinato, en los términos siguientes: “A esos verdugos que han ocasionado las terribles carnicerías de Huigra, Naranjito y Yaguachi; a esos tigres voraces que no se han saciado con la sangre de cuatro mil ecuatorianos caídos en el campo de batalla, en el cortísimo plazo de ocho días; a esos bandidos que en cualquier nación civilizada hubieran sido pasados por las armas en el mismo instante en que cayeron presos, ¡pasmaos, oh ecuatorianos y rugid de ira!, se les quiere dejar en completa libertad y rodearles de toda clase de garantías, para que vuelvan otra vez a Panamá y organicen una segunda expedición filibustero y encharquen en sangre la tierra ecuatoriana, dentro de dos meses o tal vez mucho antes!.... El Gobierno, que ha sabido vencer, sabrá hacerse obedecer y sacará todo el provecho que debe esperarse de una victoria tan costosa. ¡Oh! Los traidores serán terriblemente castigados, o de hecho dejará de existir todo el mundo”. En la sentencia de muerte pronunciada contra los vencidos: el vae victis, terrible compendio de la moral y del derecho de los bárbaros. Los periódicos placistas seguían el mismo camino de perversidad sanguinaria; y no se daban punto de reposo en sugestionar al pueblo bajo, pintándole como hazaña digna de todo encomió como acto de patriotismo y de virtud, el degüello de prisioneros de Guayaquil, y en especial, del General Eloy Alfaro y del General Montero. “La Prensa” diario de la Capital dirigido por Gonzalo S. Córdova, y escrito por la plana mayor del placismo, Aníbal y Homero Viteri Lafronte, Luis N. Dillón, José María Ayora, Enrique Escudero, etc., rivalizaba con el diario oficial, en sed de sangre y hambre de exterminio. El 11 de Enero, hablando del Caudillo radical, decía: “Está es la víbora que tenemos entre nosotros, oh ecuatorianos, a esta víbora es preciso triturarla…. a la víbora, aplastarla”. El 17 de Enero, se expresaba así: “Para extinguir las revoluciones, es necesario extinguir, por lo menos, a los cabecillas; pedimos, pues, que no se proceda con la generosidad criminal con que hasta ahora se ha procedido con los esbirros del Alfarismo”. “El Grito del Pueblo Ecuatoriano”, diario de Guayaquil, en que escribía Manuel J. Calle decidido defensor del General Plaza y de su facción pedía a grito herido el asesinato de Montero y de los demás prisioneros, sin compasión alguna y a todo trance, como único medio de restablecer el imperio de la libertad y la justicia, y de salvar para siempre a la República. Diríase que aquel diario se había convertido en lúgubre pregón del verdugo, en funesta reclame del patíbulo; y que los que lo escribían, mojaban su pluma en sangre humana mezclada con hiel y veneno.
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El 24 de Enero decía el señor Calle: “Si el General Montero asumió la responsabilidad, él debe salir a hacer la buena a costa de su propia cabeza”. Al día siguiente, cuando ya se preparaba la masacre de Montero, el mismo diario decía: “Nosotros pedimos… para éstos el patíbulo… con la inflexibilidad de lo fatal y la carencia de nervios de los artículos del Código… ante la muerte, un hombre vale como otro cualquiera, y el duque de Elchinguen, príncipe de la Moskowa, no es sino Miguel Ney, y en breve un poco de polvo”… “El Guante”, otro diario placista de Guayaquil, se lamentaba así, de que no, hubieran matado al Viejo Luchador en la revolución de Agosto: “Con qué gusto habríamos visto que el noble gremio de cocheros de la Capital, y los Batallones de aquella guarnición, levantaban una horca más alta que la que levantaron los limeños para los hermanos Gutiérrez en la torre de la Catedral de Lima”. ¿Para qué continuar insertando estos brotes ignominiosos de la perversidad del Gobierno de Freile Zaldumbide y de la facción placista? Esteban de acuerdo en la necesidad del asesinato para afianzarse en el poder usurpado: el Gobierno y el General en Jefe perseguían un mismo fin, y habían adoptado la medida de eliminar a todos los que podían oponerse a sus ambiciones. Los periodistas conservadores, más avisados y circunspectos, hablaban menos y hacían más; y, si es cierto que seguían las mismas aguas, no cayeron en confesiones tan graves, como las que acabo de citar. Sin embargo, el libelo intitulado “Fray Gerundio”, tiene algunas columnas dignas de parangonarse con las de “La Constitución”, “El Guante”, “La Prensa” y “El Grito del Pueblo Ecuatoriano”. El mismo “Ecuatoriano” de Guayaquil, en su edición del 27 de Enero, reconoce la mano de Dios en la prisión de los Generales vencidos; y embozadamente insinúa que ha llegado la hora de su castigo ejemplar. “La hora de rendir cuenta parece por fin haber sonado para ese poderoso núcleo de hombres que, al ….. de más de tres lustros, se constituyeron en dueños y señores del Ecuador… es lo cierto que los prohombres han encontrado obstáculos insuperables para huir despavoridos del Campo horroroso de su actuación, siendo, por tanto, este suceso, obra providencial más que humana ...” Otro diario conservador, “El Comercio”, de Quito, fue uno de los atizadores más activos; y empleó en su faena inmoral, los medios más reprobados por la hombría de bien. Afirmó que el General don Eloy Alfaro, patrocinado por el Presidente de la República de Panamá, había comprado armas, enganchado centenares de filibusteros, negociado empréstitos y aun obtenido naves de guerra; y que con todos esos elementos había regresado a Guayaquil para sostener el movimiento político del 28 de Diciembre. Léase la edición de dicho diario, correspondiente al 22 de Enero de 1912, y se verá hasta dónde pueden llegar la calumnia y la procacidad; extremo que demostró elocuentemente el diario oficial panameño, refutando las falsas aseveraciones de la publicación quiteña. No acabaría, si me fuera preciso reproducir todo lo que se escribió y publicó en los días que precedieron a la carnicería, como para preparar el terreno, enardeciendo el ánimo de los sicarios, y familiarizándolos con el degüello y la barbarie.
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Todos los interesados en mantener la usurpación, o en escalar el poder derrocando a sus momentáneos aliados, pedían sangre, matanza, exterminio; y, como si no bastasen los escritos, echaron mano de los emblemas más sugestivos para las muchedumbres Retratos de Flavio y de Eloy Alfaro, con cadenas, puñales, cuerdas al cuello, leyendas asesinas, etc., se exhibían en las galerías mismas de Palacio en las esquinas más concurridas, alumbrándolos con velas mortuorias. Un fraile dominico, y otros clérigos, ocupáronse en despertar y encolerizar a la fiera humana; y hordas de desarrapados devotos acudieron a la voz de aquéllos misericordiosos pastores. Llegó a ser uno como empeño patriótico y religioso la eliminación del Caudillo radical y de sus principales amigos; de manera que nadie lo ocultaba nadie se avergonzaba de proyectos tan criminales; y hasta el mismo Freile Zaldumbide, a pesar de su miedo cerval, ofrecía satisfacer la sed de sangre que devoraba a su chusma. Las algaradas se sucedían a las algaradas; y en todo motín, la petición favorita, la principal, la única, era la de las cabezas de los prisioneros. Los amotinados tenían una consigna, y nunca fallaron a ella: detrás de esa gentuza, estaban los que la movían, los que la precipitaban; y por tanto, la grita se repetía en el mismo diapasón. Los oradores callejeros prorrumpían, en discursos verdaderamente ruines, pero terribles; y hubo ocasión en que una mujer del pueblo, amaestrada por uno de los principales motores de la plebe, le dirigió la palabra al Presidente del Senado, en términos propios de harpía. Véase cómo relata “La Constitución” el meeting del 18 de Enero: “A las siete de la noche, una multitud inmensa invadió la plaza… a los gritos de ¡Viva la República! ¡Abajo los traidores!... Un orador exigió que se hiciera gran escarmiento con los criminales… y terminó pidiendo que el Jefe del Estado jurase cumplir con ese deseo de la nación; y el Encargado del Ejecutivo contestó estas expresivas palabras: “Mi gobierno es del Pueblo y para el Pueblo. Sus deseos los cumpliré fundamentalmente”. He ahí a Pílalos, pisoteando la humanidad y la justicia, por miedo al populacho, ya que no por perversión del alma. Léase ahora el famoso discurso del terrorista doctor Jácome, digno de figurar en una galería de homicidas natos, de esos en que la afición a la sangre es natural y les causa deleite: Noble, aunque desgraciado pueblo de mi tierra: “En momentos luctuosos de mi patria, sangre moja mi pluma en vez de tinta; y así, en un rompimiento de furia incontenible, se me escapa una maldición que irá, si no a la conciencia, porque no la tienen, a caldear el rostro de los bandidos que han apuntado sus rifles al corazón de nuestros bravos quiteños que, en hora menguada, han tenido que enfrentarse con la traición y el vicio, con la concupiscencia y el crimen… Los negros esclavizados, siquiera de soslayo, ven al patrón, en tono amenazante; y nosotros, los de esta tierra hermosa que ha dado contingente de soldados para festín de gallinazo y bestias bravías de la costa, ¿hemos de consentir en que, ya en Duran nuestros héroes, se humillen con asquerosas contemporizaciones de última hora? Se me anublan los ojos de hondo rencor y furia, y en espasmo inaudito, sangre moja mi pluma
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en vez de tinta… Ayer no más… dieron libertad al tres veces facineroso Eloy Alfaro, y así, mezclada la farsa entre champagne y postres, diplomacia, banquetes y engañifas, nosotros, hato de burros, estamos pagando los platos rotos, etc.” Esta obra maestra de oratoria callejera y burda, fue aplaudida por todos los del complot; y el tribuno recibió felicitaciones y hurras, como si en realidad hubiera dicho algo razonable. El mismo Freile Zaldumbide, desde su improvisada tribuna de las arengas, contestó, como Jefe del Gobierno, a la estupenda alocución del Sr. Jácome, que era la voz del bando terrorista más intransigente. “El Comercio”, Nº 1886, dice al respecto: “Desde uno de los balcones de su casa, el Dr. Carlos Freile Z. pronunció un elocuente discurso, en que expresó que no debía haber impunidad para los caínes que asesinan a sus hermanos, ni para los judas que por dinero venden a su maestro; y que, unidos a nuestros hermanos leales de la costa, aplastaremos a los rebeldes”. Carmen Andrade terminó un violento discurso con estas palabras: “Oídnos, señor, y negaos enérgico a toda clemencia para aquellos que no la han tenido con el pueblo y han sembrado sin piedad el duelo y la orfandad. En vuestras manos están depositados los traidores, y os exigiremos rigurosa cuenta”. Freile Zaldumbide llamó respetables matronas a ese pequeño grupo de meretrices y mujeres de cuartel; y les aseguro que los prisioneros serían conducidos con seguridad a Quito para que reciban el justo castigo, etc. Les leyó los telegramas que había dirigido a Guayaquil, con ese objeto; y les concedió una banda militar para que recorrieran las calles de la ciudad. Aquellas respetables matronas, sin agradecer las finezas del Presidente del Senado, le arrojaron algunas piedras; luego quemaron un retrato de Flavio Alfaro en la Plaza de la Independa; después asaltaron y saquearon la morada de dicho General; y sus hijos y esposa inocentes se salvaron de ser linchadas, por haber huido con oportunidad. Y todo esto se hacía bajo el pabellón nacional, a los senos de una banda de música militar, con beneplácito del Ejecutivo, y sin que la Policía ni la autoridad pública se moviera a contener semejantes atentados. ¿Cómo pudieran defenderse de estos cargos los hombres que en aquella época fatal dirigían los destinos de nuestra infortunada Patria? El Gobierno, el gobierno íntegro, dirigiéndose a la Nación, proclamó como buena política, el sistema de eliminación de los Alfaros: he aquí un fragmento de aquella proclama sanguinaria que ya no pueden recoger ni borrar los que la suscribieron, sin duda, en un momento de ofuscación y ligereza: “Guayaquil reclama nuestra inmediata presencia: la afrenta de que ha sido victima, merece lavarse con sangre. Al miembro corrompido hay que cauterizarlo: es la hora de que se inicie la regeneración de la República, eliminando el elemento desleal y traidor, y dando preponderancia a la lealtad y al patriotismo… Quito, Enero 12 de 1912. El Presidente del Senado en Ejercicio del Poder Ejecutivo, Carlos Freile Z. El Ministro de Gobierno, Octavio Díaz. El Ministro de Relacionas Exteriores, Carlos R. Tobar. El Ministro de Hacienda, J. F. Intriago. El Ministro de Guerra y Marina, J. F. Navarro'”.

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¿Cómo pudieran negar ahora los hombres del Gobierno de Freile Z., su premeditada participación en los espantosos crímenes de Enero? ¿Qué explicación aceptable pudieran dar al documento histórico precedente, que los condena como a reos convictos y confesos? El Comercio” de Quito recibía una subvención del Gobierno, según es fama, desde los Veinte días; y en el Nº 1855, dice: “No ha de ser esta nueva traición a la patria la que de prestigio, ni en el Pueblo ni en el Ejército, a un hombre execrado y aborrecido (refiérese al General Eloy Alfaro). Será por el contrario, un poderoso estímulo para acabar de una vez para siempre, con todos estos elementos nocivos a la República. Tal vez la justicia haya unido a Montero con Alfaro para ejercer sobre ellos sus inexorables vindicaciones”. Estas frases explican más las ideas contenidas en el Manifiesto del Ejecutivo; y su íntima relación, su congruencia, por decirlo así, demuestran una como unidad de factura de todos estos documentos; o que, por lo menos, todos ellos han sido escritos bajo una misma inteligencia y malvada inspiración. La conformidad de pensamientos y, muchas veces, de expresiones, demuestran con toda evidencia que había una muy entendida dirección de la sanguinaria maniobra, la que daba la diaria consigna a los escritores de la coalición; consigna que, naturalmente, no debía discrepar del anhelo oficial, puesto que el único objetivo de ese inmoral diarismo no era otro que apoyar y desarrollar los propósitos del Gobierno. Léanse los periódicos de aquella época, los discursos y proclamas de Freile Zaldumbide, los varios telegramas del mismo funcionario sobre los prisioneros de Guayaquil, las alocuciones y comunicación del General en Jefe, etc., y se palpará que todos estos escritos no son sino meras variantes sobre el mismo tema; y cuyo fondo siempre es pavoroso y siniestro, siempre de color de sangre. ¿Cómo explicar semejante conformidad, sin un pensamiento preconcebido y común, sin un programa de muerte dirélo así adoptado por todos los enemigos del General Alfaro? Y esta unidad de pensamiento y de medios de acción, supone necesariamente una inteligencia ordenadora; una voluntad directriz de la inicua tarea, una mano hábil que distribuía la orden cotidiana y señalaba el puesto de cada uno de los elementos destinados a la perpetración del crimen meditado; en fin, una conciencia sin escrúpulos ni respeto a los más elementales principios de ética, una conciencia de tal manera avezada al mal, que no retrocedía ni ante los sagrados fueros de la especie humana. ¿Era uno solo el motor y ordenador de las atrocidades ejecutadas en Enero de 1912, o eran varios los fautores de esos nefandos crímenes, es decir, un núcleo de malvados que concibió, preparó y perpetró la masacré de los prisioneros de Guayaquil?. Cuando el clamor mundial vino a producir la más viva reacción hasta en el alma de los mismos asesinos, principiaron estos la serie de mutuas recriminaciones, señalándose sin consideración, alguna como responsables de la iniquidad que los pueblos civilizados con tanta indignación condenaban. El General Plaza delató y acusó a Freile Zaldumbide, a Díaz y a sus colegas; y, por fin, al partido conservador con el cual se había puesto de acuerdo el Gobierno, para dar en tierra con el liberalismo.

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El Encargado del Poder Ejecutivo y sus Ministros, en represalia, arrojáronle toda la sangre derramada y la infamia del crimen a la faz del General en Jefe, y fueron empeñosamente secundados en esta labor acusadora por la prensa clerical de toda la República, aun por la que antes había batido palmas y bendecido a la Providencia, cuya justicia decía se ostentaba gloriosa en la muerte de Alfaro y sus tenientes, como se había mostrado en el castigo de todos los perseguidores de la Iglesia…! La alianza de los malhechores jamás puede ser duradera; y se les ha visto siempre romper imprudentemente los efímeros lazos con que los uniera el crimen, y convertirse en adversarios encarnizados, en los más rigurosos y activos fiscales de sus propios actos delictuosos; cada cual impelido ciegamente por el rabioso anhelo de echar toda responsabilidad sobre sus cómplices. Es la psicología de las asociaciones criminales; tanto que la Justicia se aprovecha de continúo de esta eficaz cooperación, en las más complicadas investigaciones, aun al tratarse de los hechos punibles más secretos y misteriosos. Por desgracia, no hay todavía luz suficiente para que podamos medir y pesar con exactitud y certeza los fundamentos y valor de estas recíprocas y furibundas acusaciones, que los partidos antialfaristas y los actores en la sombría política de Enero de 1912, no han cesado de arrojarse al rostro, desde que la conciencia universal condenó airadamente el salvaje asesinato de Alfaro y sus compañeros de martirio. Pero estas mutuas y encarnizadas inculpaciones, prueban con evidencia que la responsabilidad del crimen alcanza a muchos individuos, que actuaron, más o menos directamente, en prepararlo e inculcarlo en el espíritu de las turbas, pintándolo como acto patriótico y justo; o que presidieron a su ejecución y, luego, lo aplaudieron y recomendaron como timbre de gloria para los asesinos. Si, esas acusaciones ponen fuera de duda que la iniquidad cometida, pesa formidablemente sobre determinadas colectividades políticas, unidas en aquel entonces por el odio de muerte al Regenerador ecuatoriano, y conformes en el inicuo propósito de eliminarlo cobardemente por mano de anónimos verdugos; esas acusaciones demuestran que los bandos de oposición al General Alfaro, por esmerado y grande que haya sido su cuidado para evitarlo, se han visto al fin horriblemente manchados con la sangre de los Mártires de Enero… Pero, ¿cuáles fueron los directores técnicos del asesinato, los que constituyeron la fuerza impulsora, la turbina de esa infame política que dió por resultado aquel horripilante amontonamiento de atrocidades que tanto deshonor y vergüenza nos ha traído? Voy a constituirme en eco de la opinión desapasionada, y exhibir en este pequeño libro todos los cargos que se han producido fundadamente hasta hoy, contra los principales actores de la tragedia de Enero. Nada diré que no esté corroborado por la voz general de los ecuatorianos más honorables; nada que no esté sostenido por documentos oficiales, que han hecho valer ya en su defensa los mismos indiciados, dándolos así por irrefutables; nada que no se base en confesiones palmarias, intergiversables y concluyentes, hechas por los políticos que actuaron en el mes sangriento; nada que no se deduzca natural y lógicamente de los escritos con que, después de perpetrado el crimen, se ha intentado rodear de tinieblas a la verdad, con el fin de torcer el criterio, aun de las naciones extranjeras que tan severamente han
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condenado a los asesinos de Alfaro. No se engaña, no puede engañarse a la Historia; y ese mismo afán de ocultar las manos homicidas, ese empeño de desfigurar los hechos, ha venido a ser como las premisas del tremendo fallo que se pronunciará contra los criminales. La locura sanguinaria que se apoderó de1 Gobierno, transformóse contagiosa: la prensa y la tribuna, el pulpito y el ejemplo aun de ciertos ministros del altar, fueron los trasmisores de tan terrible vesania, los agentes de muerte que extendieron el furor homicida a todos los centros de la coalición antialfarista. Y cuando esa nube roja hubo envuelto a las masas coligadas, cuando el ardiente torbellino llegó a cegarlas y las familiarizó con la idea del crimen, cuando se creía aspirar ya el ambiente de uno como matadero humano, hasta los más cautelosos y tímidos abandonaron toda prudencia, y se les vio disputarse estultamente, como una honra imperecedera, cualquiera participación en las inauditas maldades de Enero; delatándose por este modo a la posteridad siquiera en calidad de cómplices, mediante documentos que ya no pueden hacer desaparecer ni cambiar su significado. ¿Cómo pudieran ahora retractar esos actos que los desenmascaran, los acusan y los condenan, sin necesidad de otra prueba? ¿Qué podrían alegar en su descargo, ante el severo y frío tribunal de la Historia? ¿De qué manera podrían eludir la maldición de conciencia universal, que reacciona siempre terrible contra los grandes malhechores? La oscuridad de los bosques de Berruecos, ocultó la mana de los matadores de Sucre; la Historia no ha podido pronunciar su última palabra, por deficiencia de pruebas; y, sin embargo, la América maldice a una voz, los nombres de Flores y de Obando. ¿Qué no sería, si los asesinos del Abel Colombiano se hubiera delatado, clara y terminantemente, como los victimarios del Fundador de la democracia ecuatoriana?... Sigamos, pues, examinando las pruebas de la premeditación del gran crimen. El General Plaza, cuya fuerza es el disimulo, se esmeró en aparentar una actitud benévola y generosa con los vencidos. Su táctica de siempre: obrar por mano ajena; herir mientras abraza y besa a la víctima; condenar a gritos los atentados que, en voz baja, manda ejecutar él mismo: he ahí toda la política, todo el maquiavelismo del General barbacoano. Esa actitud engañosa y pérfida alarmó a muchos de sus propios amigos y cómplices, por más que debían conocer ya en juego desleal de este caudillo: temieron que las víctimas se le escaparan; y ese temor les obligo a quitarse imprudentemente la máscara, y revelar al mundo el infame acuerdo que existía entre los enemigos de Alfaro. Véanse algunos telegramas de protesta contra la magnanimidad del General Plaza. “Quito, 15 de Enero de 1912. General Plaza. Milagro. Después de oír muchas opiniones inclusive las del Gabinete, creo de mí deber comunicarle que toda conmiseración con los traidores, es perjudicial al país, al Gobierno y a Ud…. Rafael Vásconez”. Este joven conservador fue uno de los agentes más activos de Plaza. “Quilo, 18 de Enero de 1912. General Plaza. Yaguachi. Fervientes felicitaciones; pero será incompleto el triunfo, si no aseguramos paz futura, asegurando los cinco

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Generales causantes de los males ocasionados a nuestra Patria. Un estrecho abrazo de su Carlos R. Tobar”. “General Andrade (la misma fecha)... no será completo goce de la República, si se escapan causantes de las desventuras actuales. No omita actividad ni dinero para capturarlos… Carlos R. Tobar”. Estos dos telegramas, como lo hace notar el mismo Plaza en las “Páginas de Verdad”, merecieron grandes elogios del diario oficial; publicación que aseguró que dichos partes telegráficos Contenían la opinión del Gobierno y de todos los ecuatorianos. Esta última parte era a todas luces falsa; pero no podemos dudar de que los demás miembros del Gobierno opinaran de modo que el Ministro Tobar. Según esto, había acuerdo entre el General en Jefe y Freile Zaldumbide y sus Secretarios, para no dejar escapar a los cinco generales, debiendo emplear toda actividad y dinero sin tasa, en Capturarlos. ¿Cuáles eran esas cinco víctimas señaladas de antemano para el sacrificio? Tobar no lo dice; luego, es evidente que Plaza sabía ya, desde atrás, los nombres de los designados para la muerte. Y nótese que a la fecha de tales telegramas, no había más que cuatro Generales en Guayaquil: Eloy Alfaro, Flavio Alfaro, Ulpiano Páez y Pedro J. Montero. ¿Cuál era el General que debía completar el número fatídico, señalado por el Ministro Tobar? Medardo Alfaro anciano paralítico que no se movía sino por manos ajenas había salido proscrito, después del 11 de Agosto; y e1 Gobierno de Freile Zaldumbide no podía ni sospechar que aquel viejo inválido estuviese en camino, como traído por la fatalidad, para compartir la suerte de su ilustre hermano. No era posible, de consiguiente, que se refiriesen los citados telegramas al General Medardo Alfaro; luego, se referían a Manuel Serrano que no había querido tomar participación alguna, ni en el pronunciamiento de Montero ni en la guerra subsiguiente. El General Serrano fue un acaudalado propietario que sirvió a la causa liberal con sus bienes y persona; manifestando siempre sumo patriotismo, valor y pericia militar, lealtad y firmeza con el partido político al que pertenecía. Sencillo en su costumbres, moderado y sin exageradas aspiraciones, afable y generoso, Manuel Serrano fue uno de los mejores liberales; y ni esas odiosidades lugareñas que tantos sinsabores le causaron en su ciudad natal pudieron deslustrar sus merecimientos. Manuel Serrano contribuyó eficazmente a la Revolución del 5 de Junio de 1895, en la que cayó el conservadorismo bajo el peso de sus propios crímenes; y los combates de Máchala, Pasaje y Girón, dirigidos por Serrano, lo recomiendan a la historia como soldado valeroso y diestro, como uno de los principales derrocadores del terrorismo garciano. ¿Sería acaso ésta la causa por la que se había resuelto comprenderlo también en la eliminación de los Jefes del Partido Radical? Cervantes, compilador de los documentos justificativos del General Plaza (“Páginas de Verdad”), afirma que el número fatal lo llenaba Manuel Serrano; de modo que el mentado General a pesar de su absoluta abstención política, había sido

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predestinado para el martirio, por el dedo inflexible de la terrorista coalición que dominaba el interior de la República. ¿Qué motivo existía para esta condena indudablemente, de muerte pronunciada con tanta injusticia y anticipación? Hubo tal vez entre los coligados esas recíprocas concesiones de sangre que se hicieron los septembristas de París, consultando los odios y las venganzas de cada cual? Plaza, como por exceso de condescendencia con sus partidarios y amigos, aumentó el número de víctimas: apresó seis Generales y un Coronel, asimismo inocente; y los remitió al Circo para pasto de las fieras.... Devorábale al Gobierno de Quito una sed abrasadora de sangre, y al pensar que los buques extranjeros podían prestar asilo a los Generales destinados a la muerte, subió de punto su homicida impaciencia; y ordenó que la Cancillería se dirigiese a los Cónsules residentes en Guayaquil, refutando extensamente doctrinas internacionales que nadie sostenía ni trataba sostener en dicho cuerpo, el que sólo representa los intereses del comercio extranjero en nuestro país. Fue la nota cómica en medio del horror de la tragedia; y esa extemporánea disertación jurídica habría sido acogida por una estentórea carcajada, si el soplo helado de la catástrofe no hubiese apagado la risa en todos los labios, si el estrépito con que el Fundador del radicalismo caía, no impidiera las burlas e irónicos ataques que el Gobierno quiteño merecía. El 22 de Enero decíale el Canciller al General Plaza según el telegrama que éste inserta en sus “Páginas de Verdad”: Hase prohibido den asilo en el vapor Yorktown y en el Consulado de los Estados Unidos…” A tanta altura se hallaba nuestra Cancillería, que ya prohibía a los buques y Consulado americano que amparasen, bajo la bandera estrellada, a los desgraciados condenados a morir!... Igual desesperación se había apoderado de casi todos los demás del complot; y cada uno de ellos se esforzaba por apartar a Plaza del camino de su fingida misericordia, de su aparente generosidad. Los que estaban en el secreto de la verdadera maniobra del General en Jefe, como Gonzalo Córdova, persuadían, aconsejaban, compelían a los demás placistas que se dirigieran al caudillo barbacoano, protestando contra su inusitada y perjudicial de clemencia. Querían que brillaran más las virtudes del General en Jefe, y que, si al fin cedía, fuese a la imposición de 1a voluntad popular, a la exigencia unánime de los círculos políticos de la Capital y de las principales provincias… Todo estaba acordado así entre los directores de la infame farsa; y los que no estaban en esta urdiembre secreta, no vacilaron en creer que su jefe, se encontraba, a: punto de faltar a lo pactado, y salvar a los aborrecidos prisioneros. Continuaré copiando esos monstruosos telegramas de protesta contar los sentimientos humanitarios que fingía el héroe de Naranjito. “La Prensa”, publicación oficial del placismo, anunció desde el 3 de Enero, la Verdadera intención del General en Jefe, en los términos siguientes: Se sabe que el General Plaza, avanzar sobre el enemigo con sus valerosas huestes, ha telegrafiado al Gobierno que no dará cuartel a los perjuras y traidores, Montero y Alfaro; y que está resuelto a escarmentarlos con todo el riesgo que merecen sus crímenes”
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No bastó esta promesa para disipar las desconfianzas que el corazón magnánimo del vencedor infundía entre los que solicitaban la inmediata eliminación de los prisioneros; y fue necesario que le aturdieran al General en Jefe con el tumulto y los desaforados gritos de ¡Crucifícalos!, ¡Crucifícalos! como los judíos el pretorio. Julio Moreno, Rafael Vásconez, Luis Robalino Dávila, Alberto Barquea, José María Ayora y Miguel Egüez, fueron los meros que se dirigieron a Plaza, por telegrama de 18 de Enero “Anhelamos todos la sanción y castigo inmediato” le dijeron esos jóvenes, conservadores los unos, liberales los otros; pero unidos por el odio común, y afanosos en contrariar los nobles sentimientos que son tan propios de la juventud. Llegará día en que, cuando las canas blanqueen aquellas cabezas, se arrepentirán firmantes de este cruel telegrama; pero su arrepentimiento será tardío, e impotente para borrar sus nombres de la nómina de los cooperadores al sacrificio de prisioneros indefensos. “Quito, Enero 23 de 1912. General Plaza. Guayaquil. Amigos y compatriotas creemos absolutamente imposible la libertad de Eloy Alfaro y sus cómplices, por ninguna causa, so pena de la ruina de la Patria… Lino Cárdenas, Manuel R. Balarezo, M. E. Escudero, J. R. Alarcón, etc.”: siguen como cincuenta firmas de liberales y conservadores, en promiscuidad absurda, inverosímil, pidiendo que de ninguna manera se evite castigo de los vencidos! Y entré los firmantes, Lino Cárdenas, a quien el Caudillo radical lo elevó a los primeros puestos del Estado! ¡Oh!, ¡santa gratitud, virtud de las almas grandes! ¿dónde, dónde te has refugiado, cuando no te encontramos en ninguna parte? En un telegrama igual, se ve la firma de Juan F. Game, José Cornelio Valencia, y otros doscientos, así liberales como conservadores; pero, no llamaré la atención de mis lectores, sino sobre los dos primeros, amigos y favorecidos del General Alfaro, cuya mano estrecharon hasta la víspera del 11 de Agosto! Juan Benigno Vela, el desleal ciego de Ambato, dirigió también este telegrama al General en Jefe: “Quito, Enero 24…. Bien sabe Ud. amigo mío, que mi política es limpia, limpias las cartas con que juego en ella, hablo sin rodeos ni perífrasis, y mi palabra debe hacer algún peso en el ánimo de Ud.; por esto me tomo la libertad de aconsejarle que deje pasar la justicia de Dios, que remita los presos a Quito que no enajene la voluntad de los pueblos”. Justicia de Dios! ¡Blasfemo! ¿Dios arma la diestra de los asesinos? ¿Dios da suelta al tigre humano para que se sacie con la carne palpitante de victimas inermes, vendidas para el anfiteatro, por los mismos que fueron beneficiados por ellas? ¡Horror! Los Jefes, Oficiales y soldados de la Quinta Brigada de Artillería, organizada con placistas y conservadores, en unión híbrida, dirigiéronle el mismo día esta petición al Encargado del Poder Ejecutivo: Perentoriamente pedimos a Ud., Señor Presidente, que los incalificables Eloy Alfaro, Pedro J. Montero, Flavio Alfaro, Ulpiano Páez y demás principales cómplices, sean pasados por las armas, sus bienes confiscadas en favor de las viudas y huérfanos… y sus nombres borrados del Escalafón Militar”.
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Y los soldados que perentoriamente pedían la perpetración de tantos crímenes, se llamaban defensores de la Constitución que prohíbe la pena de muerte y las confiscaciones, que garantiza la protección de las leyes y el derecho de ser juzgados los ciudadanos por tribunales imparciales ,y competentes! ¡Santo Dios! ¿Qué criterio dominaba en aquellas bandas anárquicas, sin más estímulo que la rabia, sin más moral que el instinto depravado, sin más aspiración que el exterminio del adversario vencido? ¿Qué Constitución defendían? ¿A qué leyes, a qué autoridad estaban sujetos? ¿Qué disciplina, qué moral reconocían esas bandas de forajidos? Hasta las meretrices le enviaron amenazantes telegramas al General en Jefe: aquello fue el clamor inextinguible de hambreados caníbales, pidiendo desesperadamente hartarse con despedazados miembros humanos. ¿Y se dirá que las escenas de horror, del 25 y 28 de Enero, fueron imprevistas, sorpresivas, sobrevenidas de tal modo que le fue imposible al Gobierno el evitarlas? El misino Freile Zaldumbide es decir, los que lo dirigían y hacíanle hablar proclamaba las mismas ideas y gritaba al unísono con las tumbas: he aquí la prueba. “Quito, 22 de Enero de 1912. General Plaza. Guayaquil. En vista de sus partes en que se sirve comunicarme la captura de los señores Eloy Alfaro, Pedro J. Montero y Ulpiano Páez, los señores Ministros y yo hemos acordado que a estos presos se les remita a la Capital... pues la Nación reclama al Gobierno el inmediato castigo de los que sin motivo han ensangrentado la República... Su amigo, Carlos Freile Z. “Quito, 22 de Enero de 1912. General plaza. Guayaquil. Si el Gobierno se ha empeñado en la ocupación militar de Guayaquil, ha sido porqué la Nación clama por la sanción contra los traidores, bien entendido que los cabecillas siempre cuentan con los medios para eludir la acción de la justicia; pero esto no quita que nosotros, por moralidad política y por los intereses de la República, procuremos extirpar de UNA VEZ PARA SIEMPRE el elemento sedicioso… Su amigo, Carlos Freile Z.”. “Quito, Enero 22 de 1912. Dr. Juan Benigno Vela. Ambato. Hombres y mujeres, en, inmenso número, reclaman la venida de los traidores. El Gobierno, por su parte, ha dado las órdenes necesarias para que ésos sean enviados lo más pronto posible. Si queremos paz duradera, es necesario que la Sanción vengo inexorable sobre los criminales. La clemencia del Gobierno, no serviría para ser precursora de otra traición. Su amigo, Carlos Freile Z.” ¿Para qué más pruebas? Y párese la atención en que ese castigo ejemplar inmediato, esa extirpación de una vez y para siempre de los elementos sediciosos; esa sanción exigida por todos los ecuatorianos, de que habla Freile Zaldumbide, no pueden tomarse ni en sentido legal ni en sentido figurado; porque, si hubiera tratado el Jefe del Ejecutivo de Un juzgamiento en forma y de la aplicación de las leyes penales, no habría pedido la remisión de los prisioneros a la Capital, sin rasgar la Constitución que alardeaba defender y sostener. En efecto, la Carta prohíbe distraer a un acusado de sus jueces naturales y someterlo a un tribunal especial; y el Derecho Penal establece que la jurisdicción competente para castigar una Infracción, es la del juez del lugar en que se hubiera perpetrado.
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Según esto, los prisioneros no podían ser juzgados y castigados sino en Guayaquil, y de ninguna manera en Quito: es de suponer que Freile Zaldumbide y sus Ministros conocían, por lo menos, “La Constitución y las leyes, cuyos defensores se habían proclamado; y por lo tanto, quedan fuera de toda objeción las siniestras y proditorias miras con que se empeñaron en conducir a sus enemigos a la Capital. ¿Para qué los llevaban, sabiendo a ciencia cierta que serían degollados por la enfurecida chusma, que el mismo Gobierno había familiarizado con la idea del asesinato? ¿Cómo podrían desvanecer esos hombres un cargo tan tremendo tremendo irrefragable? ¿Cómo podrían sostener que no hubo premeditación y acuerdo para los crímenes de Enero? Para el General Plaza, la mejor solución política es la muerte de quien le estorba; pero, en medio de un motín, de una asonada, por una bala casual, sin que la sangre de la víctima le salpique y de suerte que quede limpio de culpa y pena, y hasta en aptitud de protestar enérgicamente contra el atentado; y, si a mano viene, de castigar él mismo al esbirro que haya tenido poca mañana para perderse en el misterio. Hasta para ultrajar simplemente a sus enemigos, se vale de asonadas; así lo hizo en Quito en los primeros días de su administración anterior, y luego, se lamentó de lo sucedido, visitó a los ultrajados y se propuso castigar a los ultrajadores. No se olvidó de este socorrido y habitual medio de obrar, a su entrada en Guayaquil; y lo insinuó claramente en su Proclama de 23 de Enero, a sus compañeros de armas. “Soldados dice heroicos soldados! La obra está acabada: ahora que se entienda el pueblo con quienes le han hecho daño”… He ahí el llamamiento solemne a la matanza: la carnicería del 25 y del 28 de Enero respondieron a la voz del General en Jefe. Plaza no pudo sostener su aparente actitud magnánima; y, a la postre, tuvo también que arrojar el antifaz, como lo habían hecho sus cómplices; y en los cuatro renglones que voy a copiar, delató la inmensa trama urdida en sigilo y en medio de las tinieblas, allá en los conciliábulos de la coalición antialfarista. Se conoce que los triunfos del General Andrade le habían embriagado por completo al General Plaza; cuando, a pesar de su natural astucia y constante disimulo, cayó en renuncios de tal magnitud, que forman las pruebas incontrovertibles de su responsabilidad. Proporcionó a la prensa comunicaciones que eran su perdición; habló más de lo que le convenía, y se denunció; levantó el velo sin necesidad alguna, y dejó entrever a todos, un mundo espantable de iniquidades. No me explico cómo un hombre tan avezado y diestro, pudo proceder tan deslavadamente, en momentos críticos, cuando no debía dar paso sin tantear el terreno, ni desplegar los labios sin pesar y medir el significado y el alcance de cada palabra. Estuvo de Dios que así procedieran todos los del complot; a fin de que no quedase sepultada, acaso para siempre, la responsabilidad de los asesinos de Alfaro. Momentos de embriagues fatales para Plaza: nadie habría podido acusarlo fundadamente sin las pruebas que él mismo ha proporcionado a los acusadores.

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Después ha querido arrojar los carbonizados restos de las víctimas de Enero, únicamente sobre los hombres del Gobierno y sus aliados los conservadores; pero demasiado tarde, cuando ya las pruebas de su responsabilidad eran conocidas de todos y andaban de mano en mano. Ya hemos visto la imprudente Proclama del General en Jefe, en la que, enveladamente, encarga a la multitud la eliminación de los Generales vencidos: véase ahora el siguiente telegrama revelador, dirigido a su representante en la Capital: “Gonzalo S. Córdova. Quito. Los conservadores dizque están explotando la capitulación de Guayaquil para llevar el agua a su molino. No los dejen en esa labor jesuítica. Hágales saber que los prisioneros, a quienes tanto temieron, están bien seguros y que irán a Quito, tal y como lo ha ordenado el Gobierno. La justicia cumpliré con su deber. Plaza G.” Luego, no era verdad que había desacuerdo entre el Gobierno y el General en Jefe, sobre la remisión de los presos a la Capital: luego no era cierto aquello de benevolencia y magnanimidad con los vencidos. Luego los pomposos telegramas que copiaré más adelante sobre la obligación de garantizar la vida de los Generales enemigos que serían asesinados de seguro en Quito, como lo fue el desgraciado Quirola, etc., constituían una comedia inicua, una ficción detestable, un doblez criminal… La conformidad de propósitos y de medios de obrar, entre Plaza y Freile Zaldumbide, resulta patente: la premeditación del crimen, salta a la vista y no acepta ninguna objeción en contra. Y, por otra parte, el encargo dado a Córdova para que les haga saber a los conservadores, que los prisioneros irían, a Quito bien seguros, demuestra, primeramente, que los placistas se entendían con los ultramontanos; y, segundamente, que era necesario el concurso del fanatismo religioso, al que se debía dar oportuno de que las víctimas llegarían al lugar de la inmolación, tal y como el Gobierno lo había ordenado… ¡Cuántos misterios de maldad no revela el malhadado telegrama arriba inserto! ¡Cuántos lazos aleves, cuántas hipocresías execrables, cuántas mentiras vergonzosas, cuántas tramas criminales, cuántas pasiones salvajes, a través de tan pocos renglones!.. Habría podido escribir muchas y largas páginas sobre la materia de este Capítulo; más, con lo dicho basta para dar por suficientemente comprobada la deliberación con que procedieron los asesinos de Alfaro; y que, por tanto, ese crimen monstruoso no se debió al pueblo, ni fue imprevisto e inevitable, como los mismos malhechores lo han querido hacer creer. Ahora, continuemos el desarrollo del drama, hasta la escena final; siempre guiados por la fría y severa razón que, si inexorable con los perversos, jamás riñe con la verdad ni con la justicia.

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CAPITULO VIII
EL HONOR MILITAR Para comprobar la premeditación de los crímenes de Enero de 1912, he tenido que citar hechos y documentos posteriores a la fecha en que suspendí la narración de los sucesos, en el capitulo VI; y tengo que invitar a mis lectores a retroceder a dicho punto, a fin de la mejor inteligencia y orden de estos apuntes históricos. Vimos ya que las desbandadas tropas del litoral, después de la derrota de Yaguachi, difundieron la consternación y el pánico en la ciudad de Guayaquil; y que, divididas en facciones, y en medio de la mayor confusión y anarquía, eran una amenaza inminente para la Perla del Pacífico. Tres bandos se aprestaban para destruirse con furor verdaderamente insano; y los placistas llegaron a romper las hostilidades contra los monteristas y flavistas, aunque sin resultados favorables en su primera acometida. El General Eloy Alfaro, como ya lo he dicho, no pensó en otra cosa, en aquellos angustiosos momentos, que en la salvación de Guayaquil y del Partido radical. Y, creyendo equivocadamente que podía ejercer aún su influencia en aquellas masas anarquizadas, asumió el mando en Jefe de ese Ejército desmoralizado y nominal; como el piloto que corre al timón, cuando ya la nave se hunde, y hace el último esfuerzo posible para evitar el naufragio, sacrificándose voluntariamente en aras fiel del deber. Pudo abandonar la nave despedazada y zozobrante; pudo huir y salvarse sin dificultad alguna; pero en el alma de Alfaro predominaron siempre la abnegación y la generosidad, y en esta ocasión última, también se sobrepuso el sentimiento del deber al de la propia conservación; y el anciano Caudillo aceptó heroicamente el sacrificio… El hábil político y consumado General vio que todo estaba perdido para su sobrino y para Montero; toda resistencia era inútil; más todavía, mortal para dichos Generales, para la población guayaquileña y para el partido liberal democrático. El único medio de conjurar tantas calamidades, era un tratado de paz; y en esto hizo hincapié el General en Jefe de última hora, habiendo obtenido el concurso y cooperación de le más notables ciudadanos y de algunos Cónsules extranjeros, para la negociación de tan beneficiosa paz, como ya lo dije. Mientras tanto, los vencedores de Yaguachi tenían por imposible tomar a Guayaquil; habían sufrido inmensas bajas; los restos de su fuerza efectiva, habían sido invadidos por las enfermedades, por la desmoralización y el desaliento. Parece que Plaza ignoraba la verdadera situación de Guayaquil; y si hemos de creer al General Andrade y al mismo Plaza no tenían otra perspectiva que volver a subir los Andes, sin terminar la campaña. “Es preciso que se sepa le dice el General Plaza a Gonzalo Córdova, en telegrama de 24 de Enero que el General Montero tenía fuerzas aquí (en Guayaquil) para dar otra batalla tan sangrienta como la de Yaguachi…” “El General Montero tenía fuerzas en Guayaquil, para dar otra batalla tan sangrienta como la de Yaguachi” le dice también al Encargado del Ejecutivo, en la
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misma fecha; y el General Andrade, más sincero y explícito, expone al Gobierno, el mismo 24 de Enero, la verdadera situación de los vencedores, los siguientes términos: “Es evidente de toda evidencia, que sin el compromiso, lo Generales no entregaban la plaza, no disolvían su Ejército, el pueblo se cruzaba de brazos impotente, y nos veíamos nosotros en las condiciones militares más desventajosas que imaginarse pueden para continuar la campaña y obrar sobre Guayaquil con acción inmediata… Esténse Uds. seguros: ese Ejército no resistía una campaña de ocho días más y habría sido indispensable perder el terreno ganado, retrogradar a Alausí y Riobamba para establecer nuestros cuarteles de invierno…” El defensor del General Plaza, en la página 161 de sus “Páginas de Verdad”, confiesa también que el estado del Ejército vencedor, era por demás calamitoso; de modo que la Comisión de Paz no pudo llegar más oportunamente al campamento del General Plaza. Por otra parte, tanto éste como el Gobierno temían que el Caudillo radical se les escapara; y la susodicha Comisión de Paz le ofreció al General en Jefe la ocasión más a propósito para tenderle un lazo al ilustre Regenerador de la República, como luego veremos. Hace muchos siglos que ha desaparecido de los pueblos el absurdo derecho de sacrificar o esclavizar al enemigo vencido; Subsistiendo sólo el vae victis en las comarcas más salvajes, donde todavía no han penetrado la civilización y el respeto a los fueros de la humanidad. Hoy debe hacerse la guerra para sostener el derecho, no para destruirlo; para mantener la justicia, no para ultrajarla; como medio extremo y doloroso de defensa, no como acto de vandalaje y rapiña. Las potencias que declaran la guerra, por justa que sea su causa, están obligadas a sincerar su conducta ante el mundo civilizado, exponiendo los poderosos motivos que les han impedido a echar mano de las armas para reivindicar o sostener sus derechos. La guerra es hoy humanitaria, si es permitido usar esta como paradoja; puesto que han desaparecido de ella todas esas prácticas brutales y bárbaras que caracterizan las luchas de los pueblos primitivos. La Historia demuestra, los pasos lentos, pero progresivos, que la civilización ha dado en este sangriento terreno; y sus conquistas son tales y tan grandes, que actualmente se halla transformado por completo el derecho de la guerra. Ya no debe haber poblaciones devastadas ni ejércitos pasados acuchillo, o reducidos a la esclavitud: las mujeres, los niños, los ancianos, los heridos, ya no se reputan por adversarios; habiendo llegado a ser axioma de derecho, lo que no era antes sino opinión generosa y noble de Bayardo y de los mejores caballeros que se preciaban de no manchar jamás sus armas. La Cruz Roja mitiga los sufrimientos de las víctimas de la guerra moderna; y el vencedor debe detenerse respetuoso, y envainar su espada, ante las tiendas de la caridad. Desde que el soldado cae en el campo, su vida está garantizada; porque no es lícito atacar al enemigo, sino hasta dejarlo fuera de combate. Matar al herido, hoy constituye un crimen monstruoso, condenado por la conciencia universal: sacrificar al vencido, al que se rinde, al que fía en la generosidad
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del vencedor, no tiene nombre y es iniquidad que marca la frente del asesino con estigma eterno oprobio. Y basta la sospecha para que la gente de honor huya de los sindicados de semejante infamia: el Cuerpo Diplomático residente en México rehusó aceptar un banquete ofrecido por el General Huertas, mientras no comprobase su ninguna participación en el asesinato del Presidente Madero, vencido por aquel General tanto horror sienten las naciones modernas por los cobardes que degüellan, fríamente y sin necesidad, al adversario indefenso. Bonaparte, descubriéndose la cabeza ante el desgraciado valor de sus enemigos vencidos, mientras pasaba un largo convoy con heridos y prisioneros, representa la guerra civilizada: el vencedor de Europa, el primer Capitán del siglo pasado, no insultaba no sacrificaba a los guerreros que habían caído en contienda leal defendiendo como buenos su bandera. Y los mismos príncipes humanitarios, la misma jurisprudencia moderna, la misma generosidad, se aplican a la guerra civil que, por más que sea la más terrible de las guerras, se halla inmensamente mitigada en los pueblos cultos. Y el honor militar, conjunto de todas las virtudes del soldado y pedestal de gloria de las naciones que prevalecen por las armas, es la égida que protege al vencido: faltar a la magnanimidad, degrada para siempre; oscurece, destruye ese marcial pundonor que vale más que todas las coronas adquiridas por los vencedores. Tan sagrada es la honra militar, que el conservarla impoluta y brillante, se estima más que la vida: los verdaderos militares, los hijos mimados del heroísmo y la gloria, presumen siempre que no es posible que haya soldado capaz de arrastrar sus insignias por el fango, cometiendo una vileza. Por esto es que los militares prometen, juran proceder bien y decir verdad, por su palabra de honor, sobre el puño de su espada; y los que faltan a tan solemne e inviolable juramento, se reputan indignos de llevar armas, y aun del trato de personas que se estiman. Y conculcar las leyes de la guerra, pisotear los sentimientos humanitarios, faltar a la generosidad e hidalguía, resucitar usos bárbaros y salvajes, convertirse en sacrificador de prisioneros inermes o de heridos que agonizan, no es otra cosa que profanar el uniforme y la milicia, renegar del honor del soldado para confundirse con los más viles malhechores. Este es el criterio que rige en la sociedad moderna; y cada vez que se perpetra un acto de barbarie en la guerra, se levanta un grito universal para condenarlo. Como consecuencia de los principios expuestos, es práctica ofrecer la paz, proponer decorosos avenimientos, conceder capitulaciones generosas, antes de extremar las operaciones bélicas; y facultad que siempre han tenido los Generales para efectuar esta clase de transacciones, ha venido a sancionar y perfeccionarse con el derecho moderno. Hoy día, un General en Jefe, es una personalidad tan elevada, que se le presupone exento de todas esas pasiones menguadas que degradarían y ennegrecerían al más insignificante de los soldados: furor sanguinario, venganza villana, artimañas y mentiras, perfidia y alevosía, no caben en el alma de quien ha de dirigir un Ejército
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por el camino de la gloria. ¿Qué podría esperarse de la fuerza armada, si su General no cultivara ni las virtudes propias de un hombre honrado? El derecho moderno hace del General en Jefe uno como poder militar, independiente en ciertas casos determinados; y el Gobierno que lo coloca a la cabeza de las fuerzas nacionales, por el mero hecho, le concede algunas atribuciones que son inherente e inseparables del cargo conferido. Una de estas facultades es la de pactar capitulaciones con el enemigo, para la rendición de una plaza, etc.; y el General en Jefe no ha menester para esta negociación, ni orden expresa de su Gobierno, ni aprobación ulterior. Aceptar la rendición del enemigo, concediéndole todas las garantías que la guerra moderna acuerda a los vencidos, es privativo del General en Jefe; y se funda en los derechos de la humanidad, en los preceptos de la civilización, en las exigencias mismas de la situación de los beligerantes, y en el honor militar que no admite rompimientos ni retractaciones de lo pactado. Una capitulación para la entrega de una fortaleza, de una plaza sitiada, etc., es irrevocable por su misma naturaleza; puesto que no es posible que la posterior desaprobación de un gobierno deshaga lo que ya se ha ejecutado en virtud del pacto, cuya garantía son la fe pública y el honor militar. El Marqués de Olivart ha condensado el derecho moderno, reuniendo en un solo cuerpo de doctrina, las prácticas de todas las naciones civilizadas y los principios de los más sabios y eminentes juristas; básteme de consiguiente citar a dicho publicista en apoyo de mis afirmaciones, para no abundar citas que harían pesada la lectura de estos Apuntes. “Ya por la urgencia de resolver un asunto que importa a la salvación de muchas vidas, ya porque se encuentra en cierto modo de hecho independiente y abandonada la fuerza armada que se rinde dice Olivart es libre de estipular las condiciones que le convinieren. Por esto puede pedirla el Jefe de la fuerza que se somete, y concederla el Jefe Superior de la enemiga, sin ser sponcio que necesite la ratificación de ninguno de los dos soberanos… Dado el carácter humano de la guerra moderna, es condición tácita de las capitulaciones del presente siglo, aunque lo hayan sido a discreción, el respeto a la vida y a la libertad natural de lo vencidos”. He ahí la doctrina universalmente adoptada en el día, en todos los pueblos que presumen de cultos, aunque en realidad no hayan alcanzado todavía la cúspide de la civilización: sólo las tribus salvajes del centro del África, de algunas islas de la Oceanía y de los bosques amazónicos, desconocen estos humanitarios preceptos y continúan las prácticas sangrientas de la guerra primitiva. Me he visto obligado a esta digresión, por cuanto era indispensable recordar los principios del derecho moderno, para la mejor apreciación de los hechos y de los documentos oficiales de que voy a continuar tratando; y a fin de no repetir a cada paso, las leyes de la guerra que infringieron tan escandalosamente los hombres del Gobierno de Quito y su General en Jefe. El General Plaza tuvo, pues, plena facultad para pactar y conceder la capitulación de Duran; sin necesidad de instrucciones; especiales, ni de ratificación posterior de su Gobierno. Los que han sostenido lo contrario, por la prensa y aun en
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documentos oficiales, no han hecho sino delatarse como instigadores y cómplices del asesinato de los Alfaros, ya que no como principales ejecutores del crimen; puesto que no es posible suponer tan crasa ignorancia del derecho en Tobar, Gonzalo Córdova, Ayora, Borja Pérez, etcétera, que, como veremos luego, sostuvieron con todo empeño la doctrina contraria. Desde luego, el General Plaza procedió con la más refinada perfidia en las negociaciones de paz con los Generales Alfaro y Montero: se indigna y subleva cualquier hombre honrado, al ver cómo engañó a sus víctimas y las atrajo a la red para sacrificarlas. No hay ejemplo en la historia patria, de tan execrable alevosía: el alma de Plaza es un abismo de sombras, a cuyo borde no sería posible asomarse sin sentir el horror y el vértigo que produce lo pavorosamente insondable. Cuando recibió a los Comisionados de Paz, mantenía recónditas sus intenciones de no cumplir lo que se pactase; pero conocedor de la índole feroz del Gobierno de Quito, y contando con hábiles y diestros colaboradores en su tenebrosa trama, ideó y se propuso hacer recaer toda la infamia de acto tan detestable, únicamente en Freile Zaldumbide y sus Ministros. Difícil será que la Historia llegue a poseer la comunicación cambiada al respecto, entre Plaza y sus agentes en la Capital; pero, el hecho es que estos obraron de tal suerte, de manera tan precisa y congruente con los deseos y actos del General en Jefe, que no puede dudarse de que hubo acuerdo y mediaron instrucciones para procedimientos tan uniformes. Ya hemos visto que en este sistema de perfidia y de escamoteo, dirélo así, del verdadero criminal, consiste toda la ciencia política del General Plaza; más, en esta vez, no le ha validó su astucia, y los ecuatorianos han sorprendido con toda claridad y conocido perfectamente la diestra que movió los resortes del crimen. El defensor del General Plaza, en la pág. 145 de su libro “Páginas de Verdad”, dice lo siguiente: “El General en Jefe, el 19 intimó rendición a Montero; el 20 estuvo en Duran, atendió a la Comisión de Paz, e impuso las bases de la capitulación que la firmó el 22 antes del medio día. El 64 horas después de terminada la batalla de sangre, libró otra incruenta tan importante, acaso, o más que la de Yaguachi, que salvó su ejército y dió por resultado la terminación de una campaña que habría sido muy larga en el segundo mes de la estación lluviosa en la Costa”. Y, en efecto, el 21 de Enero comunicó el General en Jefe al Encargado del Ejecutivo, los preliminares de la paz, anunciándole que en aquel día se firmaría el Tratado respectivo. Véase esta detallada, comunicación telegráfica, en la que se insertan todos los artículos de la capitulación proyectada, a la página 139 hasta la 141 de “Páginas de Verdad”; de modo que habiendo sido alegado dicho documento, como defensa del General Plaza, débesele tener por incontrovertible. Y advertiré de una vez, que todos los documentos que cito, son tomados de la colección intitulada “Páginas de Verdad”. La última guerra ecuatoriana, etc., publicada en Quito, en 1912, en la Imprenta y Encuadernación Nacionales; colección, anotada y largamente comentada, que el General Plaza mandó publicar como prueba concluyente de su absoluta inocencia en las iniquidades de Enero. Por la misma razón, ninguno de los documentos de que me valgo,
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puede ser revocado a duda, ni admite objeción de parte de los asesinos o de sus defensores; ya que constituyen una confesión espontánea y clara de la culpabilidad que pesa sobre los sindicados. Hecha esta advertencia necesaria, continuemos la narración. Iba diciendo que el 21 de Enero supo el Gobierno de Quito el proyecto detallado de la capitulación de Duran; y el mismo día, los agentes y cooperadores del General Plaza, le hicieron firmar al infeliz Freile Zaldumbide el siguiente telegrama que, por sí solo, basta para ennegrecer la historia de un hombre público y exhibirlo como cabecilla de bárbaros, como jefe de una tribu de antropófagos: “Quito, 21 de Enero de 1912. Generales Plaza G. y Andrade. Durán. Puesto en consideración de los señores Ministros su atento telegrama en que me comunica su conferencia con los comisionados de Guayaquil, acordamos, después de estudiado atentamente, que proceda a la inmediata ocupación de Guayaquil, por medio de las armas, si fuere necesario; pues sería una vergüenza para Uds. y el Gobierno, el conceder garantías a los traidores que han ensangrentado la República. Esta resolución la hemos tomado, teniendo presente la manifestación que Ud. nos hace de la imposibilidad en que están los traidores de resistir por más tiempo, y que al conceder a los cabecillas la salida de la República, el Gobierno sería responsable de una nueva guerra civil en que esos pertinaces enemigos de la Nación, emprenderían, con seguridad, después de pocos meses. Puede Ud. conceder amnistía a toda la clase de tropa, a condición de que entreguen las armas antes de la ocupación de Guayaquil. Si Ud. cree necesario que se movilice a Durán mayor número de fuerzas, avise inmediatamente para enviarles mil quinientos hombres. Carlos Freile Z.” No hablara de otra manera un hotentote; para Freile Zaldumbide y sus Ministros era una vergüenza conceder garantías a los vencidos que ofrecían deponer las armas; era una vergüenza no tomar Guayaquil, a sangre y fuego, cuando se podía ocupar dicha ciudad de un modo pacífico! Lo que deseaban esos hombres era la matanza, el exterminio, el incendio; y en su anhelo brutal, hacían pie contra toda conquista de la civilización, contra todo derecho acatado por las naciones, contra todo sentimiento de humanidad y de nobleza, No dar cuartel al enemigo, no garantizar la vida y la libertad natural al que se somete y rinde, reputar como vergonzoso el cumplimiento de las leyes de la guerra civilizada y de los sentimientos nobles del corazón, es ciertamente llegar al nivel más bajo del salvajismo: ¿qué exageración hay en los denigrantes calificativos con que los pueblos cultos han designado al Ecuador, después de los acontecimientos de nuestra última guerra civil? Sólo que el Ecuador no tiene más culpa que el haber sido subyugado, encadenado por la fuerza de las bayonetas al mando de un grupo de perversos que han hollado lo más santo, la honra nacional, presentándonos ante el mundo como una banda de caníbales, dignos de ser exterminados para bien y provecho de la humanidad. El telegrama que he copiado, implica la prohibición expresa y absoluta de celebrar capitulaciones con el Gobierno de Guayaquil; lo que equivalía a destituir al General en Jefe, porque, privarle de una atribución inherente y peculiar de su alto cargo, allá se iba con removerlo sin consideración alguna.

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Un militar pundonoroso y altivo, celoso de sus prerrogativas y de la honra de la espada, conocedor del derecho de la guerra y de las prácticas de la civilización, humanitario y magnánimo; un Jefe de estas dotes, habríase separado inmediatamente del mando: la dignidad se lo imponía, el prestigio de la milicia y los deberes para con la humanidad, se lo exigían a veces y con insistencia. ¿Acaso era un degollador infame, un verdugo sin conciencia y sin honra, un asesino asalariado para que se le obligase a desechar proposiciones de paz y tomar a sangre y fuego una plaza floreciente y rica, sin conceder ninguna garantía a los vencidos? Pero, el General Plaza no dimitió el mando ni se indigno contra el Gobierno; sino que trató de satisfacerle, descubriéndole la verdad de su juego aleve. He aquí el verdadero retrato moral del General Plaza, hecho con propia mano, en el siguiente telegrama: “Duran, 22 de Enero de 1912. Señor Presidente. Quito. Si el ataque a Guayaquil nos diera por resultado la captura de los cabecillas, lo habríamos hecho sin pérdida de un minuto, y seguros de triunfar sin grandes dificultades; pero como estamos convencidos de que no será posible capturar a los traidores, porque tienen el vapor “Chile” y los buques nacionales “Libertador Bolívar” y “Cotopaxi” listos para escaparse, con sus familias, las que tienen a bordo, hemos resuelto economizar la preciosa sangre ecuatoriana de nuestros soldados. Por otra pate, sería criminal exponer a Guayaquil a las consecuencias que sufrió Yaguachi, etc.…. L. Plaza G.” De consiguiente, la negociación de paz era un mero lazo que se tendía a los Jefes del Ejército de la Costa, para evitar que se escaparan con sus familias; una red en que debían caer todos los que estaban destinados de antemano para la muerte… ¿Puede darse felonía más repugnante, traición más nauseabunda, emboscada más criminal y espantosa? Burlar la fe pública, engañar con la generosidad, jugar ruinmente con el honor militar, hacer servir las leyes y prácticas de la guerra civilizada para maquinaciones inicuas, es el colmo de la criminalidad y de la perversión. ¡Qué alma tan sombría y llena de abismos, la de quien es capaz de mofarse así de la virtud, de la justicia y la civilización… El 21 de Enero se le comunicó al General en Jefe la orden de tomar Guayaquil por las armas, y de no conceder ninguna garantía a los vencidos; reprobándose anticipadamente el proyecto de Capitulación, discutido y acordado con los Comisionados de Paz. ¿Qué le cumplía a un caballerosa un hombre que apreciara su buen nombre, a un militar leal y esclavo del pundonor de clase? Declarar francamente las órdenes y prohibiciones que recibido de su Gobierno, suspender la negociación y devolver a sus adversarios la libertad de defensores con la espada; ya que Freile Zaldumbide y sus Ministros se rebelaban tan abiertamente contra las reglas de la guerra moderna y los preceptos de la civilización y la humanidad. El General Plaza se fue por el camino opuesto al de la lealtad e hidalguía: ocultó los bárbaros y absurdos telegramas del Gobierno, y seguro ya de la reprobación del pacto que iba a suscribir continuó las negociaciones, es decir, el engaño infame de que
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habían de ser víctimas unos cuantos soldados de buena fe que confiaban ciegamente en el honor militar y en la fuerza e inviolabilidad de los tratados públicos. ¿Cómo había de sospechar siquiera el Viejo Luchador acabada personificación de la lealtad y del honor del soldado que existían seres tan pérfidos, que no se paran ni detienen ante una villanía tan nefanda? ¿Cómo hubieran creído esos honorables ciudadanos y los Cónsules extranjeros que componían la Comisión de Paz, que eran el ludibrio de una felonía sin nombre y sin ejemplo? Los Comisionados procedieron de la manera más limpia y caballerosa, lo mismo que los Jefes de la fuerza de Guayaquil; Ignorantes por completo de que Freile Zaldumbide y su Gabinete, le habían vedado al General en Jefe aceptar la Capitulación ofrecida. Y el 22 de Enero, al medio día, se tendió la red en que habían de caer tantos hombres confiados y honorables; es decir, se firmó en Duran la Capitulación siguiente: “Los señores General don Leónidas Plaza G., General en Jefe del Ejército, y General don Pedro J. Montero, Jefe Supremo del Gobierno Seccional, con el propósito de evitar la continuación de la guerra civil y su consiguiente derramamiento de sangre ecuatoriana, han acordado, bajo su palabra de honor, las siguientes bases de paz, a saber: “1ª El Gobierno Constitucional de la República del Ecuador concederá amplias garantías a las personas civiles y militares que, por cualquier motivo directo o indirecto, hayan tomado parte en el movimiento político de 28 de Diciembre de 1911. Se exceptuarán las personas civiles o militares que hubieren incurrido en responsabilidad penal, por delitos comunes. “2ª Se verificará, previamente, el licenciamiento de las tropas de Guayaquil, proveyéndose por el Gobierno de Quito, inmediatamente después, su traslación al lugar de su procedencia u hogar. Podrán quedar en el Ejército los que voluntariamente quisieran hacerlo así. Al licenciamiento de las tropas de Guayaquil precederá el acuartelamiento armado del Cuerpo de Bomberos, que deberá atender a la seguridad de la población. “3ª El General en Jefe del Ejercito designará el Jefe a quien encomiende provisionalmente la Jefatura Militar de la 3ª Zona. “4ª Habiendo sido nombrado Gobernador de la provincia del Guayas el Sr. D. Carlos B. Rosales, será él quien desempeñará esa Gobernación. “5ª El Sr. General Pedro J. Montero ordenará la cesación de hostilidades en todos los lugares de la República donde hubiera fuerzas en armas bajo su dependencia, y comunicará estas bases de paz Esmeraldas, recomendando su aceptación. “6ª La cesación, de hostilidades comprenderá la entrega de todo elemento bélico existente en Guayaquil; entrega que se efectuará dentro de tres días, y en cuya escrupulosa exactitud intervendrá el muy H. Cuerpo Consular de Guayaquil. El Sr. General Montero ordenará igual entrega en los demás lugares de su jurisdicción. “7ª Después de cumplida la última cláusula, o sea la base 6ª, en cuanto ella se refiere a los elementos bélicos existentes en Guayaquil, el Gobierno Constitucional de Quito ordenará la libertad inmediata de todos los presos políticos, así como también de todos los prisioneros.
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“8ª Los Generales D. Leónidas Plaza G. y D. Pedro J. Montero, hacen constar aquí su agradecimiento a los Cónsules de los Estados Unidos de Norteamérica y de la Gran Bretaña, señores D. Herman Dietrich y D. Alfredo Cartwrigth, respectivamente, por sus buenos oficios en este arreglo decoroso de paz, obligándose a su cumplimiento ante ellos mismos, con quienes los suscriben por cuadruplicado, en el Cantón de Guayaquil, a 22 de Enero de 1912. “L. Plaza G. Pedro J. Montero. Testigos: Herman R. Dietrich, Cónsul General of. the U. S. of A. Alfredo Cartwrigth Cónsul de Su Majestad Británica”. Y para que no se escape ni Flavio Alfaro que, en riña, abierta con su tío y con Montero, no había tomado parte en la Capitulación, Plaza expidió el mismo día 22 de Enero este salvoconducto sarcástico que acusa la más refinada perfidia: “El suscrito General en Jefe del Ejército, expresa su voluntad de comprender en la expansión que ha firmado el día de hoy con el General Pedro J. Montero, al señor General D. Flavio E. Alfaro; de suerte que las garantías personales, comprenden a dicho General, y a quienes por cualquier motivó, directo o indirecto, hayan participado, en el movimiento del 22 de Diciembre del año pasado, que ocurrió en Esmeraldas, etc.… (Firmado): L. Plaza G. Duran, 22 de Enero de 1912”. ¿Qué disculpa cabe en tan negra y atroz felonía? ¿Cómo le sería posible al General Plaza sincerarse de un acto semejante, de haber firmado un Tratado de Paz, abusando de la buena fe de la parte contraria, con la intención deliberada de no cumplirlo, y a sabiendas de que su Gobierno lo había reprobado la víspera, en comunicación oficial y perentoria? Si firmó la referida Capitulación, a pesar de las órdenes del Gobierno, o tuvo el ánimo de proceder como un felón, tendiéndoles una red a sus enemigos; o se propuso elevarse a la altura de la situación, mantener sus inalienables atribuciones y hacer que se cumpliesen los preceptos, del derecho moderno de la guerra, mal que le pesase a Freile Zaldumbide y sus Ministros. No hay medio: cumplir o no cumplir el pacto, forman los términos ineludibles del dilema. El segundo, es la perfidia y la deshonra, el lazo infame y el crimen; y el primer término habría significado la elevación de carácter, la altivez republicana, el honor militar sin mancha, la virtud y la caballerosidad. El General Plaza desde mucho antes había optado por el segundo término, y empeñó su palabra de honor para afianzar un pacto que tenía resuelto quebrantar el misino día; lo que manifiesta el exiguo valor que dicho General da al brillo de sus galones y al lugar que ha de ocupar en la historia patria. Si hubiera tenido en mientes cumplir la Capitulación, no obstante la absurda y bárbara oposición de Freile Z., la habría cumplido, o roto en pedazos su espada, antes que convertirla en cuchilla de verdugo: vencedor de Montero, con un. Ejército que le obedecía ciego, el General en jefe era el arbitro en la República por aquel entonces; y habría bastado que asumiera una actitud enérgica y digna, para que el débil e inepto Gobierno de Quito agachase la cabeza. Si no se cumplió el Tratado, fue porque Plaza no lo quiso; porque había hecho de la Capitulación, una cobarde emboscada; porque su deseo había sido que los Alfaros y Monteros no escapasen de su venganza.
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Más, observador constante de su sistema político, propúsose aparentar contradicción entre el Gobierno y él, sobre el cumplimiento de la convención de Duran; y sus fautores en la Capital, sirviérole a maravilla, pero no tan diestramente que quedase por completo oculta la odiosa trama. Los agentes del General en Jefe manejaron los hilos del complot, de suerte que los miembros del Gobierno llenaran los números del criminal programa, sin dificultad, y creyendo que satisfacían sus propias menguadas pasiones. Por este modo, Plaza se dejó ver muy luego como sostenedor de su palabra; y el Gobierno y la coalición, como empeñados en combatir las convicciones y vencer las resistencias del magnánimo General, a fin de que no tuviese efecto la Capitulación. Sin embargo, Plaza no estuvo en vena de acertar en sus combinaciones maquiavélicas, por esta ocasión; y la misma lucha de farsa que empeñó con el Gobierno, sobre la necesidad de cumplir la Capitulación, se inició después que él mismo la había quebrantado, por propia iniciativa, sin orden alguna de la capital. ¿Cómo se explica una contradicción tan descarada y completa? El General Eloy Alfaro y Montero principiaron a entregar las armas y cumplir el pacto, cuando un grupo de placistas, atacó a guardia de la Gobernación, y fue rechazado. A pesar de esto, el Caudillo radical siguió en su empeño de llenar literalmente las estipulaciones de Duran que le conocerían: sobrevino el tumulto del desembarco de los vencedores, y Alfaro se retiró a una casa particular, sin hacer misterio alguno del lugar donde se hallaba. Lejos de esto, lo comunicó a varias personas; seguro como estaba, de que lo protegían su absoluta inculpabilidad y la fe pública empeñada en un Tratado de Paz. Plaza lo supo también; y los esbirros procedieron a capturar al Viejo Luchador, como si fuera un criminal. Ya lo conducían preso, cuando Montero que estaba oculto en la misma casa se presentó voluntariamente, expresando que quería compartir la suerte de su Jefe, como si hubiera deseado lavar su deslealtad de Agosto con su próximo martirio. La consigna de los esbirros debió haber sido conducir desde luego a los presos al degolladero; puesto que trataron de llevarlos al alojamiento del Batallón “Marañón”, compuesto de conservadores en su mayor parte, los que ansiaban asesinar al derrocador del conservadorismo garciano. Julio Andrade se opuso enérgicamente a ese plan homicida, y condujo en persona al ilustre vencido y a sus compañeros de desgracia, a la Casa de la Gobernación, donde el General en Jefe los retuvo como prisioneros, con manifiesto quebrantamiento del Tratado de Duran, que él misino había colocado bajo la salvaguardia de ¡su palabra de honor! Flores y Mena, se condujeron menos infamantes que Plaza: la fe pública violada, el honor militar hecho girones, las formas caballerescas pisoteadas, los tratados públicos convertidos en escarnio y befa; de la soldadesca: he ahí la última hazaña del vencedor de Naranjito. A las nueve de la noche del mismo 22 de Enero en que se había firmado la Capitulación de Duran, comunicó Plaza a su Gobierno que ya estaba quebrantado aquel pacto solemne, que en todos los países del mundo habría sido sagrado e inviolable; y
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como para motivar deslealtad tan escandalosa, echó mano de la mentira, y principió por afirmar hechos falsos, como el de que el pueblo arrebató las armas a sus verdugos; y no dio tiempo a cumplir las bases de la rendición de Montero…. Posteriormente, él mismo se encargó de contradecir estas especies ya en documentos oficiales, ya en escritos de defensa, como más tarde lo haré notar. Plaza se ha contradicho a cada momento, por lo mismo que sostenía una mala causa y pretendía oscurecer la verdad, cuando ella brillaba esplendente a los ojos de todos los ecuatorianos. Plaza infringió el pactó por propia iniciativa; y no tuvo escrúpulo en consignarlo en un documento público, como el siguiente: “Guayaquil, 22 de Enero de 1912. Depositado a las 9 p.m. Señores Presidente y Ministros. Quito. “--------------------------------------------------------------------------------------------------------En estos momentos me acaban de comunicar que ha sido capturado el General Eloy Alfaro, y he ordenado su prisión en el Batallón “Marañón”, a cargo del Coronel Sierra, recomendando se le guarden las consideraciones debidas a esos desgraciados. También ha caído el General Páez. El pueblo le busca a Montero. Todo está tranquilo… L. Plaza G.” Cinco minutos después, volvió a telegrafiar qué también había caído prisionero el General Montero. Qué cúmulo de falsedades, de contradicciones y de infamias, en tan pocas líneas. Después ha negado Plaza, sobre todo ante el Congreso, que hubiese sido él quien ordenara la prisión de los Generales degollados; sin duda porque olvidó que existían este telegrama y otros que comprueban irrefutablemente lo contrario. Pero, lo más clamoroso e impudente está en que, desde el día 23, después de haber quebrantado la Capitulación, principió Plaza su controversia con el Ejecutivo sobre la necesidad de cumplirla; y vinieron sus pomposas protestas contra la violación de los pactos y sus declaraciones de no haber nacido para verdugo, etc. Proceder tan doble subleva necesariamente a todo corazón bien formado; y cuando pasen los tiempos, cuando lean nuestros descendientes el relato de estos sucesos ignominiosos, apenas podrán dar crédito a nuestros escritos, y acaso tendrán por inverisímil la artera y falaz conducta del General Plaza. Sin embargo, aquí están los documentos que comprueban esa falsía y perfidia de que dudarán las generaciones venideras: ved esas pruebas irrefutables y horrorizaos de tanta maldad. El mismo día 22 trasmitió el General Plaza a su Gobierno, un extenso telegrama con el texto de la Capitulación de Durán: y a juzgar por la contestación que recibió al día siguiente, parece que insinuó ya la conveniencia de respetarla, aunque no se ha publicado esta parte de la comunicación del General en Jefe. Si hubo tal insinuación, la felonía subiría de todo punto; pues resultaría que en el mismo momento en que Plaza rasgaba el pacto en Guayaquil, aconsejaba al Gobierno de Quito que lo acatase.

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He aquí la contestación que los directores de la política le hicieron firmar a Freile Zaldumbide: “Quito, 23 de Enero de 1912. Señor General Plaza. Guayaquil. “El Gobierno, estudiando el telegrama de Ud. sobre la conciencia de cumplir íntegramente las bases de la Capitulación acordada entre Ud. y el General Montero, acordó que se le contestara en los términos siguientes: Que para el Gobierno del Ecuador la Capitulación a que Ud. se refiere, no tiene ni puede tener ninguna fuerza obligatoria; ya que tal Capitulación no esta comprendida entre las atribuciones que le corresponden a Ud. según la Ley; ya porque el Gobierno lejos de aprobar este pacto, lo rechazó; y finalmente, porque de parte de los traidores no se cumplió la condición sine qua non de la entrega de la plaza de Guayaquil, que fue tomada por las armas, por el heroico pueblo Guayaquileño. Si de este orden jurídico de ideas pasamos a considerar el asunto bajo su aspecto político, le manifestamos que los intereses nacionales, la justicia social, el pueblo entero, exigen y piden el castigo de las personas que solo llevadas por su ambición, cometieron los crímenes de traición y rebelión a mano armada contra el orden constituido, etc. Carlos Freile Z.” El Encargado del Ejecutivo podía firmar cualquiera comunicación, por infame y absurda que fuese: falto de sindéresis y de conocimientos, apocado y sin carácter, era incapaz de apreciar debidamente el alcance de las palabras y la exactitud de los conceptos, ni de resistir a lo que su camarilla y la coalición le imponían. De otro modo, habríase dejado cortar la mano, antes de suscribir el anterior telegrama; en el que la barbarie y la crueldad corren parejas con la ignorancia. He subrayado los fundamentos que el Gobierno de Quito adujo para romper el pacto de Duran; porque ellos demuestran elocuentemente la mala fe con que procedían los inspiradores del pobre hombre que ejercía el Ejecutivo; y porque dichos fundamentos fueron arteramente sugeridos por el General Plaza, y más tarde contradichos por él mismo, como lo veremos en breve. Es tan oscura, tan enmarañada la marejada de estos crímenes, que cuesta gran trabajo desenredarla y atar los cabos sueltos para descubrir la verdad; por lo que suplico a los lectores que me perdonen repeticiones enojosas, pero indispensables para la mejor inteligencia y apreciación de los hechos. El General Plaza, seguro ya de haber sugestionado a Freile Zaldumbide y a sus Ministros, los que no retrocederían en la senda comenzada; de que las turbas, agitadas diestramente por la prensa placista, impondrían su voluntad desenfrenada y sanguinaria al débil Gobierno de Quito, asumió una actitud noble y elevada, aparentando poseer todas las virtudes de los grandes capitanes y políticos. Su interés estaba en establecer un contraste entre su gigantesca estatura moral, y la pigmea de los hombres del Gobierno: de su lado, la magnanimidad, la hidalguía, la generosidad, los sentimientos humanitarios, el respeto religioso a la fe empeñada, el honor militar sin tacha; de lado de Freile Zaldumbide, el rencor salvaje, la venganza brutal, el hambre de matanza, la deslealtad y la perfidia. Así, toda la sangre que habla de derramarse indefectiblemente, mancharía sólo a los hombres que gobernaban desde Quito; en tanto que él, Plaza, saldría de esa inundación de crímenes, limpio, esplendoroso, ornado con la corona cívica, como triunfador en los campos de batalla y
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defensor de los vencidos por más que su defensa escollara en la bárbara crueldad del Presidente del Senado. He aquí los propósitos y plan político del general en Jefe; si bien, sus precipitaciones e impaciencias, sus ratos de embriaguez y ofuscación, sus palabras y escritos contradictorios, la indiscreción y ligereza de algunos de sus fautores, han echado a perder y vuelto contraproducente, aquel sistema político tan sabia y criminalmente combinado. El General Plaza creyó seguro el buen éxito de su tortuosa táctica: no vio ningún escollo en su camino; y, sin tomar en cuenta que ya había quebrantado su palabra de honor con la prisión de los Generales que capitularon, dirigió al Gobierno el siguiente telegrama: “Guayaquil, 23 de Enero de 1912. Señores Presidente de la República y Ministros. Quito. “La situación se hace cada momento más difícil. El pueblo está enfurecido y quiere matar a los prisioneros. Yo no puedo aceptar ninguna responsabilidad al respecto, ni por mi buen nombre ni por el honor del Ejército. Los prisioneros creen que llevarlos a Quito, equivale a asesinarlos; y yo creo como ellos. Uds. deben meditar bien esta situación; porque, si se repite un crimen como el de Quirola, la mancha que caería sobre Uds. y el país, sería indeleble. Por otra parte, el juzgamiento debe hacerse aquí. Los Cónsules están indignados y se creen burlados. Pido serenidad al señor Presidente, y que se respete mi firma puesta al pie de la Capitulación… L. Plaza G.” ¿Quién había de respetar su firma, cuando él mismo la había pisoteado momentos después de haberla puesto al pie del Tratado de Duran? El Gobierno lo sabia; sin embargo, le asustó la magnanimidad de su General en Jefe, y temió que los prisioneros escapasen de la muerte. Freile Zaldumbide, en especial, creyó a pie juntillas, todo el contenido del telegrama anterior; y se propuso revestirse de energía, y hacer que el general Plaza obedeciera las órdenes del Gobierno. Los tramoyistas del placismo capitalino, obtenían triunfos diarios; pero ninguno podía igualarse a éste, en el que tenía gran parte la fatuidad del Encargado del Ejecutivo. No se durmieron sobre sus laureles los susodichos tramoyistas, sino que extremaron sus esfuerzos para persuadir a todos los del complot coalicionista, de que Plaza había resuelto hacer la Capitulación, pésele a quien le pesare; y que, por el mismo caso, los odiados prisioneros no serían ya entregados a la furia popular, como la coalición lo exigía. Y de esto dedujeron la necesidad de ejercer una como fuerza mayor en el ánimo del General en Jefe, a fin de vencer su natural generosidad; fuerza mayor que debía revestir la forma de la voluntad popular, manifestada por numerosas peticiones y protesta contra la dicha Capitulación y la actitud noble del vencedor en Naranjito. Todo estaba previsto, todo combinado, todo dirigido con una astucia satánica; y se esperaba fundadamente que tan siniestras maquinaciones serían coronadas por el mejor éxito. El Gobierno insistió enérgicamente en su primera resolución; el Ministro de Guerra y Marina, completamente analfabeto, dirigió también a los Generales Plaza y Andrade un telegrama el día 23 de Enero, citando doctrinas internacionales absurdas e
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impertinentes y ratificando las órdenes del Ejecutivo, sobre remisión de los presos a la Capital; ya que no se había adquirido compromiso de ninguna índole, por no haberse consumado la Capitulación, etc.; y todos los interesados en la masacre acordada, se descolgaron sobre el pretendido sostenedor de la inviolabilidad del Pacto de Duran, con los telegramas sangrientos que he copiado en el Capítulo VII, para manifestar la premeditación del asesinato de Alfaro. Pero añadiré aquí, que esos telegramas escritos por la ferocidad más horrorosa, fueron solicitados, inspirados, y algunos aun escritos, por los amigos del General Plaza. Léanse los siguientes telegramas, y júzguese de la actividad con que procedían los fautores del magnánimo vencedor: “'Quito, Enero 22 de 1912. Señor Gobernador. Latacunga. “Urge dirija telegrama de protesta a Guayaquil, a Generales Plaza y Andrade que quieren dar garantías y poner en libertad a criminales Alfaro, Montero y Páez; a pretexto de cumplir Tratados que no fueron aprobados por el Gobierno. Actitud de Gobierno y pueblo es enérgica y patriota. Rafael Vásconez” “Quito, 23 de Enero de 1912. Doctor Vela. Ambato. “Su voz y de amigos debe dejarse oír en estos momentos en que Generales Plaza y Andrade quieren dar garantía a traidores y criminales Alfaros, Montero y Páez, a pretexto de cumplir; Tratado que jamás aprobó el Gobierno. El pueblo de aquí protesta a grito herido, y el Gobierno secunda con su energía que lo populariza y recomienda a la Historia. Su amigo, Rafael Vásconez”. Como éste, hubo otros que agitaron la opinión en la Capital y en las provincias; y consiguieron que el General en Jefe se viera abrumado con una lluvia de protestas, a cual más enérgicas y sangrientas, contra su pretendida lenidad y mansedumbre. El Gobernador de Riobamba, N. Larrea, en especial, manifestóse sanguinario como ninguno; y, generalmente, procuróse rivalizar en la intemperancia del lenguaje contra los vencidos; en la agresividad cobarde, en la sed de la sangre y el exterminio de los prisioneros. Plaza se colocó, de consiguiente, en una situación ventajosísima para la realización de sus planes políticos: iba a sostener solo y sin apoyo, la inviolabilidad de la Capitulación de Durán, contra el Gobierno, contra el Ejército y contra el pueblo; y la derrota misma que secretamente ansiaba como el mayor triunfo lo llenaría de gloria, en esta lucha de la civilización y barbarie. Todo se le presentaba de color de oro y de rosa; y para llegar al fin y ceñirse la corona, no había sino que insistir en su generosa y noble actitud, manteniendo el contraste que había establecido entre su conducta y la de los hombres del poder. Y así lo hizo, con refinado maquiavelismo, sin duda, en la convicción de que todas las miradas se habían ofuscado, que nadie penetraría jamás en las tenebrosas profundidades de su política. No pensó, ni por un momento, que había de disiparse aquella niebla sangrienta y serenarse la atmósfera; seguramente, olvidó que la mano de la Providencia jamás deja impunes los crímenes, ni descuida el rasgar el velo que los cubre, por más negro y denso que sea.

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Plaza siguió impertérrito su camino; y enderezó a su Gobierno y a sus amigos, telegramas de insistencia, de explicación de sus actos, y de contraprotesta, como vamos a verlo. “Guayaquil, 23 de Enero de 1912. Señor Presidente y Ministros. Quito. “Los señores Cónsules de Inglaterra y de los Estados Unidos de América, reclaman íntegramente el cumplimiento de las bases de la Capitulación acordada a Montero. Creen que sería una cosa vergonzosa para ellos, que los señores Alfaro, Montero y Páez no gozaran den los beneficios de dicha Capitulación, agregando también que ya habían dado cuenta a sus Gobiernos respectivos, del éxito de sus gestiones, para obtener la antedicha Capitulación. El pueblo de Guayaquil está reunido y vigilante, y seguramente hará cuanto pueda para evitar la salida de los prisioneros; por mi parte, creo que debemos cumplir lo pactado, obligando, a esos señores a dar garantía de que no volverán al país durante cuatro años; también esperaríamos para embarcarlos, la entrega de todas las plazas rebeldes y de los elementos bélicos que tienen en ellas. Mediten bien el asunto y resuelvan lo más conveniente para el país y para el honor del Ejército. L. Plaza G.” Con los miembros de los Clubs, como si quisiera irritarlos y reforzar sus sentimientos de hostilidad y barbarie, aparentó mayor decisión por el cumplimiento del Pacto de Duran; mayor horror por los planes homicidas de los coalicionistas y del Gobierno: el siguiente telegrama es una obra maestra de estrategia maquiavélica: “Guayaquil, 23 de Enero de 1912. Señor Lino Cárdenas demás firmantes. Quito. “No comprendo la indignación de los ciudadanos de esa Capital, por el hecho de haber expresado honradamente mi opinión respecto al cumplimiento de una Capitulación que se imponía entonces, PARA TERMINAR ESTÁ GUERRA RÁPIDAMENTE, evitando así que nuestro bravo Ejército fuera diezmado por la fiebre amarilla que grasa en estas comarcas. Como no nací para VERDUGO, mañana mismo declinaré el mando del Ejército, para que venga a reemplazarme quien se atreva a llevar a estos desgraciados Generales a esa Capital, con el propósito de que corran la misma suerte del infortunado Quirola. Llevando los prisioneros a Quito se va a infringir la Constitución que ordena no distraer a los delincuentes de sus jueces naturales… L. Plaza G.” Esta declaración solemne, publicada en la Capital con la rapidez del rayo, exaltó sobremodo los ánimos de los círculos antialfaristas; y surgió la desconfianza en la entereza del General en Jefe, cuya pretendida generosidad se calificaba ya de cobardía. Un grupo de conservadores y placistas, más feroces que todos los demás, dirigióse, no ya al General Plaza, sino a los Jefes Oficiales e individuos de tropa del Batallón “Marañón”; encargándoles la custodia de los prisioneros destinados a la muerte. Este era, pues, el Batallón de confianza para los asesinos: el Batallón que no podía cejar ante ningún extremo, para que lo criminales propósitos de la coalición se cumplieran; siendo de notarse que de esta confianza absoluta participaba también el General Plaza, puesto que, según él mismo lo comunicó al Gobierno, ordenó que el General Alfaro y demás prisioneros fuesen conducidos al Cuartel del “Marañón”, comandado por el Corone Sierra.
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Es muy notable esta conformidad; y ella sola da una idea de la clase de hombres que componían el susodicho Batallón, el que pocos días después, fue el fiel ejecutor de los crímenes premeditados contra el Caudillo radical y sus Tenientes. Ningún documento retrata más a lo vivo la coalición y sus intentos, que el telegrama de que vengo hablando; y voy a copiarlo íntegro, con los nombres de los firmantes, porque importa que se conozca la promiscuidad de la facción anarquista y sanguinaria que consumó las atrocidades del 28 de Enero de 1912. He aquí tan revelador documento: “Quito, 23 de Enero de 1912. Señores Jefes, Oficiales e individuos de tropa del Batallón “Marañón” Guayaquil. “Pueblo confía en que la energía y patriotismo de Ustedes responderán de la seguridad de los traidores Alfaro, Montero, Páez y demás para que sean remitidos a recibir enérgica ejemplar sanción de justicia y honor de la República. Anoche y hoy meetings grandiosos hombres y mujeres, para este fin. Nación entera tiene sus ojos en Ustedes en momentos de grandes reparaciones que no exceptuarán a ningún culpable. Esperamos ansiosamente respuesta favorable; pues así cumplirán Ustedes órdenes expedidas por Gobierno y voluntad del pueblo”. Coronel R. Aguirre; Eudófilo Álvarez, Director de “La Prensa”; Cristóbal Gangotena Jijón; O. Nuquez; Alfredo Flores Caamaño; José G. Venegas; Luis E. Navarro; Alfredo Cadena; Alberto Mosquera; Eliseo Cevallos; Emilio María Terán; Francisco Chiriboga; F. A. Salgado R.; Temistocles Terán; Rafael Barba; José F. Román; Arturo Román; Emiliano Altamirano; Cornelio Campuzano; Alejandro Jaramillo; Rafael Flores; Teniente Coronel Remigio Machuca; Eduardo Mera; Eduardo Demarquet; Carlos Eloy Gangotena; Luis Riofrío; César Pallares; Enrique Jarrín; Julio Arteta; Francisco S. Salazar Gangotena; Víctor Luis Delgado; E. Salazar Gómez; C. Jijón G.; P. A. Villota; Francisco Javier León; J. A. Dueñas; Cristóbal Paz. Trasmítase: Octavio Díaz. Las cuatro quintas partes de los firmantes son clericales terroristas, fanáticos furibundos, algunos, conspiradores incorregibles contra la causa liberal; de manera que, como dejo dicho, este documento constituye una de las pruebas más concluyentes de la coalición placista-conservadora, y de las negras intenciones que abrigaba aquella facción. Y nótese que la firma del Ministro de lo Interior, Octavio Díaz, puesta al pie, so pretexto de autorizar la trasmisión de dicho telegrama, equivale a una verdadera recomendación de su contenido; advirtiendo a los destinatarios, que el mismo Gobierno patrocinaba las miras de los firmantes, que aprobaba y participaba, de todo en todo, de aquellos sentimientos de ferocidad y venganza. No en vano se puso la firma de Díaz en esta comunicación, cuando no se había puesto en ninguna otra de las muchas trasmitidas a Guayaquil en aquellos días, como puede verse en la colección de documentos que ha publicado el mismo General Plaza. El fatídico nombre de los Marañones perdurará en el Ecuador como símbolo del más bestial cainismo, como ejemplo del más grado de barbarie al que pueden descender las escorias de la sociedad. Y coincidencia digna de notarse ese nombre evoca recuerdos

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históricos asaz funestos y horripilantes para algunos pueblos hispano-americanos, pues tiene adquirida una muy triste celebridad en los anales del crimen. Lope de Aguirre llamado El Traidor es una figura siniestra espantable en la historia de la conquista del Perú, y ha dado tema a novelistas y tradicionistas para que tracen cuadros de horror y perversidad que todavía arrancan justas maldiciones a la memoria de tan feroz bandido. Lope de Aguirre el Traidor era la bestia humana: la carne despedazada y palpitante, siempre entre sus garras; la sangre bañándolo sin cesar, como deleitosa lluvia; el vaho de las víctimas inmoladas por su mano, embriagándole a la continua; el asesinato y la destrucción llenando todos sus días y sus noches, constituían la felicidad y la grandeza para esa alma depravada y cruel. Traidor, ingrato, felón, codicioso y cínico, fue la encarnación del mal en sus más detestables formas: todo el que lo protegió, fue por él vendido o asesinado; todo el que le hizo un beneficio, se conquistó su odio y venganza implacables. Gonzalo Pizarro, Pedro de Urzúa, Fernando de Guzmán y otros españoles de pro, sus más grandes valedores, sintieron el diente mortífero de la víbora que en hora desgraciada alimentaron y dieron abrigo; y, uno tras otro, cayeron bajo el golpe aleve de Aguirre el desagradecido. Doscientos y pico de malhechores le obedecían sumisos sin noción alguna de moral ni virtud, habían sido organizados y disciplinados para el pillaje y la matanza, para el incendio y exterminio. Y con su inicuo jefe, recorrieron las más ricas comarcas, sembrándolas de cadáveres y ruinas, como torrente de lava devastadora, como ciclón que abate y descuaja aun las seculares selvas. La huella de Aguirre el Traidor, era un reguero de sangre y cenizas; y podía decirse de él, lo que del caballo de Atila: su planta exterminaba para siempre la vida, donde se posaba, ¡Siniestra coincidencia! Los soldados de Aguirre el Traidor, esos terribles y ciegos obreros del crimen, llamábanse también Marañones, nombre que los enorgullecía y llevaban escrito en su bandera, como insignia de inhumanidad y muerte... ¿Quién hubiera podido predecir entonces que, transcurridos tres siglos, otros grandes criminales habían de imitar a López de Aguirre el Traidor y a su terrorífica banda, y aun tomar el mismo nombre de Marañones, para azotar la ciudad de los Shiris manchándola con atrocidades en todo semejantes a las cometidas en aquellos ya lejanos tiempos de barbarie? ¿Transmigran y se reencarnan acaso las almas de los malvados para castigo y oprobio de los pueblos?... Continuemos el examen de los comprobantes que el General Plaza nos ha puesto a la vista en las “Paginas de Verdad” como irrefragable testimonio de su inocencia; pero que en realidad le son por extremo contrarios y fatales, por lo mismo que constituyen la más clara revelación de las tenebrosas maquinaciones de los coligados para eliminar al Caudillo radical, y lo que es más, el único hilo conductor que hoy día puede guiarnos a través de las tinieblas y laberintos en que ha pretendido esconderse el crimen de Enero. Otros telegramas apremiantes existen en dicha colección siendo el más notable por la crueldad, ajena de un corazón femenino, el de la mujer del Coronel Sierra,

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felicitando a su marido por ser guardián de los prisioneros; y encargándole que los conduzca bien seguros a la Capital para que sufran el condigno castigo… El General Plaza había logrado su objeto: hallábase colocado, frente a frente, a la furia popular; y, merced a sus maquinaciones, habíase empeñado, la lucha entre la tenacidad de la barbarie y la firmeza de la civilización, tocándole a él representar la buena causa en la descomunal contienda. Pero, impaciente por vengarse o falto de tino en los momentos decisivos, no supo mantener la farsa, como le convenía, y desquició con propia mano el edificio tan sabiamente ideado y construido. Ya hemos visto que fue él quien quebrantó el Pacto de Durán; pocas horas después de suscrito, y por propia iniciativa, sin que el Gobierno le ordenara nada todavía, como si se hubiera empeñado en asumir toda la responsabilidad de tan grande perfidia, apresando a Generales que se quedaron en Guayaquil, confiados en la palabra de honor del General en Jefe enemigo, y en la santidad de los Tratados públicos. Hemos visto que, no obstante esta felonía, sostuvo con calor la necesidad de cumplir íntegra y estrictamente todas las bases de la Capitulación que había ya violado: y que para mantener este empeño, se enfrentó con el Gobierno, con el Ejército y con las chusmas conservadoras de Quito, aparentando sentimientos de humanidad y nobleza. Hemos visto que, a pesar de esta actitud resulta en pro de la Capitulación mantenía rigurosamente presos a los Generales que habían sido víctimas de su propia buena fe; y que, sin poder ocultar su deseo de que fueran asesinados cuanto antes, instigó al pueblo, en su Proclama del día 23, para que se entendiera con quienes le habían hecho daño… Hemos visto como consiguió hasta infundir desconfianzas respecto de su propia persona, por exceso de generosidad y misericordia para con los vencidos; y que su proceder enardeció hasta lo sumo las pasiones de la coalición antialfarista. ¿Qué hacía entre tanto este dechado de justicia y magnanimidad, de hidalguía y moderación? ¿Obraba por ventura de acuerdo con las virtudes de que alardeaba, con los principios que tan en alto proclamaba? Todo lo contrario: perseguía sin tregua ni descanso a los Ministros de Montero, a los Jefes y Oficiales que habían servido en el Ejército del litoral; mandaba allanar el domicilio de muchos ciudadanos, en busca de armas o de revolucionarios; apresaba a inocentes como al General Serrano y al Coronel Luciano Coral; procedía, en, una palabra, como el más bárbaro de los vencedores y como si no existiera la Capitulación de Duran, que tanto se afanaba en sostener. La contradicción entre las palabras de Plaza y su conducta era tan monstruosa, tan irritante, que todas las personas de alía principiaron a huir de él, presintiendo grandes crímenes y grandes calamidades para la Patria. Era evidente que el General en Jefe, mientras aparentaba condenar la violación de los pactos, los extravíos de la pasión política, y la crueldad de las turbas, había resuelto dar toda rienda a sus propios rencores y satisfacer terriblemente su personal venganza, impulsando en secreto los mismos excesos que en publicó rechazaba. Luciano Coral luchador infatigable y convencido, en pro de la causa liberal; amigo consecuente y fiel del General Alfaro no había tenido participación en el
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pronunciamiento de Montero ni en la campaña consiguiente: diarista notable, en las columnas de “El Tiempo”, manifestó simpatías por el movimiento de la Costa, operado contra los traidores del 11 de Agosto: éste fue su único delito. En ninguna parte del inundo, que no sea la Cafería, hubiera creído Coral que se hallaba en peligró de ser capturado como prisionero de guerra; y menos, por los vencedores de Yaguachi que se lisonjeaban de defender la Constitución, en la que está garantizada la libertad de imprenta, como una de las mayores libertades del ciudadano. Pero, Coral Había sido el sempiterno fustigador del General Plaza; y su diario, el adversario más terrible de las doctrinas clericales y del bando conservador. De consiguiente, aunque no hubiere combatido, aunque no hubiese ni visitado los cuarteles ni los campamentos, el inflexible escritor público debía morir: la coalición y su jefe no podían desaprovechar la oportunidad de eliminar ese elemento formidable de oposición. Y Coral fue aprehendido, contra toda ley y toda razón, por el piadosísimo y magnánimo General en Jefe; y condenado sin remisión al degüello, en calidad de prisionero de guerra… No nací para verdugo, había dicho el Genera Plaza ese mismo día, en un documento solemne: ¿cómo conciliar tan pomposas y bellas declaraciones, con proceder tan tiránico y cruel, con acciones que deshonrarían para siempre al más insignificante de los soldados?. El General Flavio Alfaro había sido Ministro del General Plaza, su amigo, su confidente: era, además, su compadre, y llevaba en el bolsillo el célebre salvoconducto que ya conocemos, y que se le había concedido para que no se escapase. En Quito le creían gravemente herido y por lo mismo, acaso se consideraba cómo innecesario, o imposible arrastrarlo por entonces al degolladero. ¿Cómo disipar ésta creencia, sin hacer palpables los pérfidos anhelos; de satisfacer añejas venganzas contra el infeliz herido? Plaza es fecundo en medios de obrar; y se acordó de que en Quito tenía una comadre, a la que debía importarle muy mucho saber el verdadero estado de su esposo. Con dirigirle un telegrama, que necesariamente había de pasar por manos de Octavio Díaz, Ministro de Policía y enemigo mortal de Flavio, Plaza obtendría dos resultados: cumplir los deberes de amistad o, indudablemente, sacarle al Gobierno del error en que estaba… Y viniendo en ello, trasmitió el siguiente parte: “Señora Rosario Alarcón de Alfaro, Quito. “Tengo el gusto de comunicarle que mi compadre sigue mejorado. El Cónsul inglés lo vio hoy y trajo encargo de enviar noticias a Ud. Dígnese avisar cómo están Ud. y los niños. Su compadre, L. Plaza G.” La estratagema surtió pleno efecto: Díaz y Freile Zaldumbide abrieron los ojos; y el General en Jefe recibió esta orden, por demás satisfactoria: “Quito, etc. General Plaza. Por el telegrama que Ud. dirigió a la señora de Alfaro, sabemos que el General Flavio esta muy mejor de su herida; yo y les señores Ministros se lo pedimos también, en unión de los demás prisioneros. Carlos Freile Z.

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Véase por qué caminos se vio Flavio incluido entre las víctimas, destinadas al matadero: Plaza no olvida ni perdona, por vetustos que sean sus rencores, ni por estrechos que hayan sido sus vínculos con el hombre aborrecido. El compadre de Plaza, a pesar del salvoconducto consabido, y por sobre la palabra de honor empeñada, fue arrestado en el acto; y; encerrósele en la misma prisión de los demás radicales que habían de ser inmolados por la facción coalicionista. He ahí lo que valen para Plaza, la amistad y el compadrazgo, el honor militar y la fe nacional, la generosidad y la hidalguía: Flavio pudo haber huido, como sus amigos le pedían con insistencia; pero, escudado con el salvoconducto de su compadre, se negó a ponerse fuera de peligro, y su demasiada credulidad lo mató. Medardo Alfaro, como ya lo dije, acudió al lado de su hermano, porque creyó así cumplir un deber; pero no había tomado parte alguna en la campaña, pues hallábase proscrito fuera de la República. Llegó tarde; y, como las intenciones no son punibles, no podía calificársele como beligerante, y arrestársele como prisionero de guerra. Por otra parte, aquel anciano paralítico, no podía ser combatiente: habría sido un estorbó en la campaña, antes que un auxiliar; y, sin embargo, se le desembarcó en brazos, pues no podía moverse; y fue a aumentar el pobre viejo, el número de los condenados a muerte por el implacable vencedor. Juan Borja, el doctor Tama, el doctor Martínez Aguirre, los Coroneles Valles Franco, Carlos Concha, Joaquín Pérez y otros muchos señalados monteristas y flavistas, lograron huir con tiempo; y sólo así escaparon de las garras del General en Jefe que no había nacido para verdugo, que se indignaba contra la ferocidad del Gobierno y los coalicionistas, que protestaba contra la violación de los Tratados públicos, que inculcaba la misericordia y el perdón para los vencidos; y que, no obstante, hacía todo lo contrario, y se había constituido en principal proveedor del matadero humano que preparaban sus amigos en unión nefanda con los más fanáticos clericales. A pesar de todo, sus declamaciones habían despertado desconfianzas contra él, como ya lo hemos visto: era lo que quería; y, siguiendo siempre sus sinuosos planes políticos, él mismo sugirió hábilmente la idea de encargar a otro la ejecución de lo que faltaba para llenar su programa de sangre. “Yo no puedo aceptar ninguna responsabilidad, ni por mi buen nombre ni por el honor del Ejército… Como no nací para verdugo, que venga otro a reemplazarme, otro que se atreva a conducir a estos Generales a la misma suerte que el infortunado Quirola” había dicho en los telegramas del día 23; y estas Declaraciones encerraban en sí, una como orden, más que una mera insinuación, para los iniciados en los secretos de su política. Tan terribles debían ser los sucesos que sobrevendrían dentro de poco, que Plaza necesitaba uno como editor responsable, un testaferro de iniquidades, un biombo tras del cual pudiese obrar sin peligro ni consecuencias desagradables. Los tramoyistas de la Capital comprendieron perfectamente lo imperioso y urgente de esta necesidad; y apresuráronse a cumplir los deseos de su caudillo, en el menor tiempo posible. El defensor, de Plaza dice en la pág. 180 dé “Páginas de verdad”, lo que sigue:

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“El Gabinete celebró sesión desde la mañana hasta después de las doce del día. La noche anterior, era público y notorio que se había acordado el viaje del Ministro de Guerra a Guayaquil; quien, efectivamente, partió a la una y media de la tarde, en tren expreso, acompañado de varios Oficiales. Fueron a despedirle el Encargado del Ejecutivo y sus colegas de Gabinete”. Gonzalo Córdova, personero de Plaza, debió haber tenido gran parte en el precipitado viaje de Navarro; por lo mismo que, continuo, le dirigió la siguiente felicitación: “Enero 23. Felicítoles por marcha de señor Ministro de la Guerra, quien, después de los espléndidos triunfos obtenidos por ustedes noble y valerosamente, deberá hacerse cargo de la situación. Los laureles de ustedes no tienen una sola gota de sangre derramada… Gonzalo S. Córdova”. No ha podido expresarse con mayor claridad el objeto del viaje del Ministro de Guerra, ni el acuerdo habido para enviarlo: Navarro iba a Guayaquil, a ponerse al frente de la situación, y a fin de que no llegasen a mancharse los laureles del General Plaza con la sangre que impunemente había de derramarse… ¿Qué otro significado puede tener la felicitación del doctor Gonzalo Córdova, agente político principal del General en jefe, cerca del Gobierno de Quito? “¿Se quiere más sangre? Que venga otro a derramarla había dicho Plaza a Freile Zaldumbide, en el telegrama del 22 de Enero, cuando principio la tragicomedia de la magnanimidad y el infeliz Navarro fue designado para satisfacer aquel deseoso que era una imposición, aquella necesidad que tenía toda la fuerza de un decreto del destino, por decirlo así. El General en Jefe tenía ya lo que tanto había deseado un editor responsable: ya podía herir a mansalva, sin que una sola gota de sangre de las víctimas, impunemente sacrificadas enrojeciera sus laureles!... Sería admirable una maquinación tan hábil y complicada, si no fuese odiosa y criminal, desde cualquier punto de vista que se la mire. Detengámonos aquí en la narración de los sucesos, para refutar brevemente la defensa del quebrantamiento de la Capitulación de Duran, hecha por el Gobierno de Freile Zaldumbide, el mismo Plaza y por toda la prenda oficial y pagada. Dicha defensa se reduce a los puntos siguientes: 1º No tuvo el General en Jefe facultad para suscribir dicha Capitulación: 2º No llegó a perfeccionarse este Pacto, porque el Gobierno no sólo no lo ratificó, sino que expresamente; lo reprobó: 3º No se consumó el Tratado, porque el, pueblo de Guayaquil arrebato las armas a los traidores, e hizo inútil el cumplimiento del convenio: 4º Los Generales Eloy Alfaro y Montero dejaron de cumplir lo pactado, omisión que dejó libre al General Plaza para obrar como si el Pacto no existiese: y 5º No huyeron los mencionados Generales, según debieron hacerlo. Uso las mismas palabras de los defensores de aquella infamia, porque no quiero sino extractar los, extensos escritos defensa que se han publicado hasta ahora, en variantes numerosas del mismo tema y de los mismos argumentos, como puede verse en los documentos que he copiado, y en la prensa que ha venido abogando sin cesar por tan mala causa.
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Los dos primeros argumentos sólo acusan suma ignorancia del Derecho y de la Historia, en los escritores que los invocan; y no repetiré aquí lo que tengo expuesto sobre el particular, apoyándome en los juristas más eminentes, y en las prácticas de todas las naciones civilizadas. Acordar capitulaciones es facultad propia del General en jefe de un Ejército en campana; atribución que la adquiere en el hecho de aceptar el cargo, y de la que no puede, despojarle el Gobierno. Tampoco han menester las capitulaciones concedidas a los Jefes que se rinden, ratificación alguna para su validez y fuerza; porque la naturaleza misma de esos pactos, la urgencia con que se celebran, y su inmediato cumplimiento por los contratantes, les dan el carácter de irrevocable. ¿Cómo pudiera esperarse la ratificación de capitulaciones referentes a la suspensión de una batalla, a la rendición de una plaza distante del lugar en que actúe el Gobierno, verbigracia; ni cómo pudieran revocarse estos pactos, después de cumplidos, en caso de sobrevenir una reprobación? Semejantes absurdos no pueden ser sostenidos sino por la mala fe o la ignorancia, o por ambas cosas juntas; y los que han fundado la defensa de la ruptura del Pacto de Duran en las mencionadas alegaciones han perjudicado notablemente su causa, lejos de sustentarla. Todos los grandes Generales han acordado capitulaciones con el enemigo; y todos las han cumplido, sin necesidad de ratificación ulterior. Nuestra historia misma, y la de la Gran Colombia de Bolívar, nos ofrecen ejemplos de esta clase y pactos, religiosamente respetados, sin que se haya creído necesaria la aprobación de los Gobiernos. Y si examinamos los anales de los otros pueblos, nos convenceremos de que estaba reservado a Freile Zaldumbide y sus Ministros, el sostener un absurdo contrario al dictamen universal, a las leyes de la guerra de todos los pueblos cultos, a la práctica de nuestros Próceres y Libertadores, en fin, a los mandamientos de la civilización y la humanidad. La Junta de Sevilla, extraviada por el más justo rencor contra Bonaparte, se negó al total cumplimiento de las capitulaciones de Bailen; pero el hidalgo vencedor de Dupono llevaba sangre española y generosa en las venas, era valeroso e idólatra del brillo de su nombre, y habría vuelto su espada contra su propio pecho, antes que permitir que se le deshonrara con el rompimiento de un pacto tan solemne. Castaños mantuvo su palabra; y los Oficiales Generales vencidos, tornaron libremente a Francia, y con los honores de la guerra. El valor honra siempre al valor; y mucho más, si la suerte de las armas no ha correspondido al heroísmo del enemigo: sólo el cobarde se ensaña con el vencido, sólo el salvaje mata al adversario que se le entrega inerme. El triste ejemplo de la Junta de Sevilla no puede servir de antecedente disculpador de la felonía de Duran; porque la enérgica y noble actitud del Duque de Bailen restableció el imperio del Derecho, deja a salvo los fueros de la humanidad, mantuvo en todo su vigor los grandiosos deberes del soldado, defendió las conquistas de la civilización y evito que la gloriosa España sobrellevase la mancha de haber faltado a la cantidad de los pactos que la fe pública garantiza.

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Por otra parte, España sostenía una lucha a muerte con las huestes de Napoleón; y fue en medio de aquellos épicos horrores, de aquel vértigo de sangre y de exterminio, que la Junta Sevillana contrarió los modernos nobles usos de la guerra; de manera que este acto a todas luces censurable no puede tomarse como norma jurídica ni modelo de conducta para los beligerantes que no estén todavía sumidos en la barbarie. Y menos aun, al tratarse de guerras civiles; en las cuales, por hondos que sean los abismos que separan a los combatientes, no dejan de ser todos hermanos, no dejan de ser elementos preciosos e indispensables para el sostenimiento y progreso de la patria, madre común que no puede ver sin dolor el exterminio de sus hijos, sea cual fuere la bandería en que militen. Si Plaza hubiera tenido algo del Duque de Bailen en el alma, habría indudablemente sostenido su palabra y salvado a sus enemigos, sin pararse ante los sacrificios y aun peligros que su generosa acción le ocasionará. El tercer argumento, lo mismo que el cuarto, son absolutamente falsos; y para abreviar la demostración de esta falsedad, basta aducir el testimonio del mismo General Plaza y del General Andrade. Léanse los siguientes documentos: “Guayaquil, 24 de Enero de 1912. Señor Presidente la República. Quito. “--------------------------------------------------------------------------------------------quiero dejar constancia de hechos que debe conocer la Historia; el General Montero tenía fuerzas en Guayaquil para dar otra batalla tan sangrienta como la de Yaguachi; y, sin embargo, no vaciló en aceptar las condiciones que le impuse, y que constan en la Capitulación que se firmó; que la facción flavista obstaculizo los arreglos con fines siniestros contra sus compañeros, y especialmente contra los Generales Eloy Alfaro y Pedro J. Montero, quienes salvaron por el hecho de haber entregado las armas del “Tulcán” a los Bomberos que los defendieron del machete de los esmeraldeños; que los Generales Eloy Alfaro y Pedro J. Montero pudieron escapar el día anterior, y no lo hicieron para evitar que el flavismo se apoderara de la situación, Y PARA CUMPLIR LAS ESTIPULACIONES DE LA CAPITULACIÓN: que momentos después que ocupé la plaza, el General Eloy Alfaro dió aviso al Gobernador, del lugar en que se encontraba, habiendo enviado yo al Batallón “Guardia de Honor” para conducirlo al lugar donde ahora se halla. Todo esto es verídico, etc. L. Plaza G.” Lo mismo le dice a Gonzalo Córdova, en un largo telegrama también del día 24; de modo que no es cierto que el pueblo les haya arrebatado las armas e impedido cumplir las bases de la rendición de Montero, como el General en Jefe lo afirmó en el telegrama de las nueve de la noche del 22, a Freile Zaldumbide y sus Ministros. Si Montero tenía fuerzas para dar una batalla sangrienta, claro que conservaba las armas; si el General Eloy Alfaro y Montero, a pesar de las intrigas y oposición de Flavio, entregaron a los Bomberos los elementos bélicos del “Tulcán”, evidente que cumplieron lo pactado; si, pudiendo huir desde la víspera, se quedaron en la ciudad con el único propósito de cumplir todas las estipulaciones del Convenio, indiscutible que procedieron con la mayor buena fe y honradez, cual cumplía a militares de honor; si, después de ocupada la plaza, el General Eloy Alfaro dio aviso al nuevo Gobernador, del lugar donde se encontraba, no puede dudarse de que el Caudillo radical se creía inculpable y amparado por la fe pública que garantizaba la Capitulación.
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Luego, según el General Plaza, son falsos en lo absoluto el segundo y tercer fundamentos de la defensa de la deslealtad con que se desplazó el Pacto de Durán. Y nótese que el General Plaza confiesa haber dado ejemplo en esa criminal falta de respeto a la palabra de honor militar y a la fe nacional empeñada; puesto que afirma que él mandó un Batallón para conducir al Viejo Luchador al lugar en que se hallaba en la fecha del telegrama, es decir, a la prisión. Las contradicciones lo pierden al General Plaza: sus indiscretas revelaciones, han echado por tierra su plan, y son la base de la sentencia condenatoria que recaerá sobre él siquiera por la voz poderosa de la Historia. El General Andrade explica las cosas mejor; y manifiesta, sin rodeos ni ampulosidades, que el heroísmo del pueblo no paso de una vana intentona; y que, por tanto, no hubo tal arrebatamiento de las armas, ni cosa que lo valga. Léase el siguiente documento, y júzguese de la veracidad del telegrama de las nuevas de la noche del 22, suscrito por el General en Jefe: “Guayaquil, 24 de Enero de 1912. Señores. Presidente y Ministró de Guerra. Quito. “Nuestra entrada en Guayaquil sin disparar un tiro, tuvo como antecedente principal, el compromiso que se firmó la víspera en Duran (no fue la víspera, sino, el mismo día 22; y esta equivocación prueba que el General Andrade fue extraño a esa negociación); y que los Generales prisioneros se disponían a ejecutar, por su parte, de buena fe, según de ello hay pruebas manifiestas. En el incidente del pequeño tiroteo entre el pueblo y el Batallón “Esmeraldas”, que obedecía al General Flavio Alfaro exclusivamente, nada tuvieron que ver dichos Generales Esta es la verdad, y ella debe ser tenida en cuenta por Ud. De otro lado, es evidente de toda evidencia que, sin el compromiso, los Generales no entregaban la plaza, no disolvía el Ejército, el pueblo se cruzaba de brazos impotente, y nos veíamos nosotros en las condiciones militares más desventajosas que imaginarse pueden. “----------------------------------------------------------------------------------------------La civilización actual requiere que el derecho de gentes tenga aplicación en las guerras intestinas; y aun desde este punto de vista el compromiso firmado, en el pleno uso de sus atribuciones, por el Comandante en Jefe del Ejército en Operaciones, debe ser respetado… Servidor. Jefe de Estado Mayor General”. Nada autoriza a poner en duda las afirmaciones categóricas del General Andrade; y menos todavía, si nos fíjanos en que no hace sino explicar, aclarar y confirmar las confesiones del General Plaza. De consiguiente, no se puede ni discutir sobre la verdad de los hechos aseverados por el Jefe de Estado Mayor General, testigo de vista, y abonado en todos conceptos, si por su puesto militar, si por las circunstancias solemnes en que hizo tales declaraciones; si, finalmente, porque se refería a sucesos que había presenciado una ciudad entera. No hubo, pues, desarme de los traidores por mano del pueblo heroico; no hubo falta de cumplimiento del tratado, de parte de los generales Eloy Alfaro y Montero, como se ha dicho y sostenido después con la más insistente imprudencia. Al decir del general Andrade, el tiroteo entre el pueblo y el Batallón “Esmeraldas”, había sido ligero y sin consecuencias; ese mismo pueblo era impotente para abrirle a Plaza las puertas de
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Guayaquil; el vencedor de Naranjito no habría ocupado dicha plaza, sin la capitulación de Durán; los generales capitulados procedieron con la mayor buena fe en todo lo referente a dicho Pacto; el que, según el derecho moderno, debía ser respetado por el Gobierno de Quito. Esta exposición del general Andrade contenía la verdad, y descansada en fundamentos tan inamovibles, que podía haber cambiado la opinión de la Capital; y, sin duda temerosos de este cambio, los hombres del Gobierno y los directores del complot antialfarista ocultaron este convincente telegrama. Fue necesario que el mismo General Andrade reclamara repetidas veces su publicación, después de cometidos los crímenes del 28 de Enero, para que apareciera muy tarde en las columnas del diario oficial, con la advertencia de que ¡no había sido posible imprimir antes aquella comunicación, por haberse traspapelado¡… ¿Qué significa esta ocultación de un documento tan importante, de un documento que habría rasgado el velo del misterio y deshecho la farsa criminal urdida por los malhechores? ¿No es una de las pruebas concluyentes de la responsabilidad, de Freile Zaldumbide y sus Ministros? Y yendo de ocultaciones, Freile Zaldumbide ocultó hasta el asesinato del Coronel Belisario Torres; más aún, negó que se hubiera cometido este crimen, mintiendo desvergonzadamente en comunicación oficial, como el más vil de los esbirros. El General Plaza le preguntó, con fecha 23 de Enero, “si era verdad que los que rindieron las armas en Huigra y fueron llevados a la Capital, habían sido vejados y dos de ellos asesinados, a vista y paciencia del Gobierno”. Este telegrama se lee en la pág. 166 de la colección de documentos justificativos que hizo publicar el General Plaza, con el título de “Páginas de Verdad”; y de la que, como ya lo he advertido, tomo todas las citas de estos Apuntes Históricos. Si la muerte del Coronel Torres hubiera sido casual, o debía a la mano de una mujer, como Díaz lo hizo decir en las columnas de “La Constitución”; si el Gobierno hubiera estado limpio de la sangre de aquel indefenso prisionero, Freile Zaldumbide habría rectificado las noticias que circulaban al respecto en Guayaquil, y a las que se refería el General Plaza; pero también habría afirmado el fallecimiento desgraciado de dicho Coronel. ¿Para qué negar un suceso constante a millares de personas y que a los pocos días debía divulgarse dentro y fuera de la República? ¿Obedecía por ventura la conducta dé Freile Zaldumbide a ese instinto peculiar de todos los criminales que, en el momento de la sorpresa, se escudan inconscientemente con la negativa? El hecho es que el Encargado del Ejecutivo trató de engañarle por completo al General Plaza, según se ve en el siguiente telegrama: “Quito, Enero 24 de 1912. General Plaza. Guayaquil. “Lo ocurrido con los prisioneros de Huigra, es falso. El General Navarro relatará a Ud. los hechos. Carlos Freile Z.” ¡He ahí al hombre en su desnudez moral más completa; y este era quien gobernaba a la infelicísima Nación ecuatoriana!...

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¡EI Coronel Torres estaba ya enterrado; y el Jefe del Gobierno lo daba por vivo, sano y salvo! ¿Y qué debía relatarle el General Navarro al General Plaza, acerca de estos lamentables sucesos? ¿Llevaba acaso el encargo de manifestarle la verdad, que el asesinato era obra administrativa; y advertirle que, en bien de la causa, debía callarse? Difícil es responder categóricamente a tales preguntas; pero la luz de la verdad está filtrándose al través de esta tupida red de maquinaciones inicuas. El último argumento, aducido en defensa de la felonía con que se rompió el Pacto de Duran, pertenece exclusivamente al autor de “Páginas dé Verdad”: es el razonamiento absurdo y desesperado de quien no tiene razones que alegar; y de ningún modo merece una refutación seria. “Los hombres de las dictaduras de la Costa disponían para salir, del vapor mercante “Chile”, de matrícula extranjera y surto en la ría, y de las naves de guerra ecuatoriana “Libertador Bolívar” y “Cotopaxi” dice el susodicho autor de “Páginas de Verdad”; y continúa así: ¿Por qué no se fueron? ¿Quién tenía fuerza bastante a impedirlo? Nadie...” Esto no es razonar, sino asirse a una rama de espinas y esas quebradiza por añadidura: es reconocer el agotamiento de fuerzas y hundirse voluntariamente en las profundidades del abismo. ¿Por qué no se fueron? Sencillamente, porque confiaban en la inviolabilidad de la Capitulación de Durán, garantizada por la palabra de honor militar del General Plaza, Comandante en Jefe del Ejército vencedor; Capitulación que habría sido respetada en todos los: países del mundo, excepción hecha de las tribus salvajes. ¿Por qué no huyeron? Simplemente, porque no pudieron ni imaginarse que habían caído en un lazo infame; que el General en Jefe y su Gobierno habían evitado pérfidamente que se escapasen, engañándolos con un Tratado de Paz que después hollarían con la mayor desvergüenza. ¿Por qué no se fueron? Puramente porque se creían en un país culto y cristiano; en una tierra clásica de virtudes públicas y privadas, donde la honra militar era un ídolo para el Ejército, y la fe pública inviolable, el timbre de más estima para la Nación. ¿Por qué no huyeron? Únicamente, porque, juzgando a los demás por sí mismos, creían imposible que hubiese en el Ecuador, militares felones y cobardes, políticos antropófagos y ruines, verdugos de espada y galones dorados, carniceros que llevasen en el pecho la banda presidencial. Por todo esto, no quisieron huir, no se fueron; y se les arrastró al martirio, en pena de no haber conocido toda la perversidad y la alevosía de sus enemigos, toda la corrupción e inmoralidad de los políticos coalicionistas, toda la degeneración y la barbarie del Ejército y de las turbas malamente llamadas católicas. A esto se reduce el argumento del defensor de Plaza: se les apresó, se les mató, se les arrastró por las calles, se les redujo a cenizas como en los tiempos del Santo Oficio, porque no desconfiaron del General en Jefe, y no huyeron de él, pudiéndolo hacer…

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¿Qué criterio, qué sindéresis, qué conciencia, presidían en los consejos del General Plaza, cuando se insultaba al buen sentido y a 1a sana moral, con semejantes descabelladas defensas? Nada hay, de consiguiente, que pueda disculpar en lo mínimo el escandaloso crimen de haber roto un Pacto público solemne, irrevocable, suscrito en uso de las propias y plenas atribuciones de ambas partes contratantes, y, a mayor abundamiento, colocado bajo la salvaguardia del honor militar, sagrado para todos los caballeros que ejercen la nobilísima profesión de las armas. ¡Este solo quebrantamiento de la Capitulación de Durán, es más que suficiente para establecer la plena responsabilidad del General Playa y del Gobierno, en todas las iniquidades y horrores que dimanaron de aquel acto vergonzoso y repugnante. Y este acto no sólo ha deshonrado a los hombres que lo ejecutaron, sino también al Ejército y a las facciones políticas que los apoyan en la perpetración de semejante infamia; llegando tan fea mancha aun a proyectar sombras sobre la misma dignidad nacional. Hay crímenes de participantes, dirélo así, cuyos efectos se extienden hasta las futuras generaciones; crímenes que infaman a una raza, a un pueblo entero, aunque no hayan sido cometidos sino por sus gobernantes. “¿A qué dioses invocaréis, vosotros, que habéis faltado a la fe pública en todos vuestros tratados? decía un embajador romano al Senado de Cartago; y la fe púnica fue el estigma que sobrellevó aquel pueblo hasta su destrucción completa. Ya no existen sino cenizas de Roma; y todavía damos el nombre de púnico al traidor, al que pisotea su palabra empeñada, al que falta a la fe de los juramentos. ¿Podrían repetirnos las terribles palabras de aquel romano a los cartagineses, después de las horrorosas escenas de Enero, nacidas de la violación de la fe nacional? No; porque ecuatorianos, a una voz hemos protestado contra hecho tan criminal; y no cesaremos de perseguir y señalar a esos hombres de la fe púnica, para que recaiga únicamente sobre ellos la maldición 3a conciencia universal.

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CAPITULO IX PROFANACIÓN DE LAS FORMAS JUDICIALES Si hemos de creer al General Navarro, el Gobierno de Quito por una contradicción digna de anotarse en la historia le había dado instrucciones para que los prisioneros fueran juzgados, no ya en Quito, como lo resolviera antes Freile Zaldumbide, sino en Guayaquil; de donde debían ser trasladados al Panóptico de la Capital, después de que los Tribunales militares hubiesen pronunciado sentencia. ¿Se quería cohonestar el asesinato proyectado, mediante una sentencia condenatoria que disminuyera la negrura y lo clamoroso de ese crimen? ¿Se deseaba aplazar solamente por algunos días la inmolación de los Alfaros? ¿Se quiso sentar un precedente de sangre, en la misma heroica: y noble ciudad del Nueve de Octubre, para desvanecer los escrúpulos y reparos que surgían en la ciudad del Diez de Agosto? O simplemente, ¿se pretendió enmendar el error cometido por el Gobierno, sobre la jurisdicción de los jueces que habían de juzgar a los prisioneros? La crítica histórica no está todavía en posesión de los datos suficientes para contestar de modo categórico a ninguna de estas preguntas; pero, es de afirmar, por los antecedentes de los actores en el drama, que no se trató de una mera rectificación de trámite, sino de llevar a término el pilan de eliminación, valiéndose del más atrevido, pues el General Plaza, según lo dijo en su famoso telegrama, no había nacido para verdugo. No puede sujetarse a duda que la facción placista, al mismo tiempo que ansiaba la victimación de los Alfaros y demás presos, buscaba acuciosa y diestramente la manera de eludir futuras responsabilidades para el General en Jefe y su círculo político; ya hemos visto cómo se resolvió arrojar sobre el Ministro de Guerra y Marina todo el peso de aquella espantosa situación, y de la sangre que impunemente iba a derramarse. El atrevimiento, o mejor, insensatez, del General Navarro era palpable; y fue elegido para instrumento del criminal maquiavelismo que iba desarrollando tan hábilmente la coalición. Es seguro que el agraciado con designación tan horrible, no se diera cuenta de la magnitud de su desventura; y que, antes bien, aceptara como una honra señaladísima, el papel de verdugo oficial. En las postreras honras del día 24, llegó el General Navarro en la ciudad de Guayaquil; y con un apresuramiento digno de mejor causa, asumió el mando militar, titulándose Ministro de Guerra en Comisión. Según esto, había dos Ministros de Guerra y Marina a la vez: el Ministro de Hacienda, Intriago que, en Quito, se había hecho cargo interinamente de aquella Cartera, y el General Navarro que, en Guayaquil continuaba desempañándola. Ambos estaban revestidos de las mismas y plenas atribuciones; ambos las ejercían coetáneamente, y cada uno por su lado ambos representaban una monstruosidad en la vida constitucional de la República. Estos defensores de la Constitución la volvían trizas a cada momento; pero, esto no quitaba que continuase la arambelesca Carta sirviendo de bandera a los enemigos del
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Radicalismo. ¿Cuál era el verdadero Secretario de Estado, en el Despacho de Guerra y Marina? Si debemos atenernos a la Constitución, no hay duda que el señor Intriago, a quien el Encargado del Ejecutivo le encomendó dicho portafolio, durante la ausencia del General Navarro, y por medio del Decreto respectivo que se promulgó con la debida solemnidad. Luego, Navarro era un simple ciudadano en Guayaquil, sin autoridad militar ni política alguna; y esto mismo, lo alegó el desgraciado, ante el Congreso de 1912, defendiéndose de la acusación propuesta por la viuda del General Manuel Serrano. El mismo Calle defensor decidido de los victimarios de Alfaro deseando siempre dejar limpio de tan tremendo cargo al General Plaza, trató de refutar la envelada acusación que Rendón Pérez dirigió contra éste en el “Grito del Pueblo Ecuatoriano”, correspondiente al 3 de Junio de 1914. Y, arrastrado por su empeño, hizo la importante confesión siguiente, en el mismo citado diario, con fecha 7 del referido mes. “En cuanto al hecho mismo de las responsabilidades s cuestión, ya es otra cosa… Así, por ejemplo, aún sostenemos… que el General Navarro era nada en Guayaquil, no tenía representación de Secretario de Estado, ni cosa parecida, por cuanto es absurda ante la ley ecuatoriana la extraordinaria práctica de Ministros en Comisión, y, principalmente porque más podía el caballero mencionado ser Ministro en Guayaquil, cuando en Quito se había encargado del despacho de su oficina, desde el 23 de Enero, el señor don Federico Intriago”. Navarro, por rehuir una posible resolución adversa del Congreso, no vaciló en alegar que la acusación no era procedente, en virtud de no haber desempeñado funciones de Ministro de Estado, en Guayaquil, durante el mes trágico; lo cual lo ponía fuera de la jurisdicción del Poder Legislativo, según la Constitución tan invocada por entonces; Pero los que tal medio de defensa le aconsejaron, o lo hicieron de mala fe, o no comprendieron que lo perdían irremisiblemente; puesto que semejante confesión equivalía a constituirse en acusador del General Plaza y del Gobierno, a la vez que declararse instrumento de los crímenes más execrables que registra nuestra historia. Más le hubiera valido a dicho Ministro de Guerra soportar una condena por el asesinato de Serrano, que optar por tan de degradante y ruin papel en la tragedia; que presentarse a la Historia como usurpador de atribuciones con el fin de cometer una atrocidad salvaje, como suplantador del verdugo, destinado a sacrificar a unos cuantos indefensos presos, y echar sobre la patria una mancha de oprobio. Llegó, como digo, y se apresuró a quitarle la carga al General Plaza, relevándole de todo compromiso en la maldad que iba a ejecutarse desde luego: apenas es verosímil tanta estolidez o tanto desprecio del buen nombre, en un soldado que ha obtenido el grado supremo en la milicia ecuatoriana. Lo primero que hizo, fue tomar bajo su jurisdicción a los presos que guardaba el General Plaza; y éste, sin duda riéndose para sus adentros, pudo comunicarlo a sus amigos, como una nueva que debía llenarlos de satisfacción. Véase, para muestra el siguiente significativo telegrama: “Guayaquil, 25 de Enero de 1912. Señores Vásconez Cepeda y demás amigos. Latacunga. Hoy han sido entregados los prisioneros Generales Eloy, Medardo y Flavio
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Alfaro, Pedro Montero, Manuel Serrano y Ulpiano Páez, al señor Ministro de Guerra, en cumplimiento de las órdenes terminantes del Gobierno. L. Plaza G.” Esto era retirarse de la sangrienta arena, lavarse las manos arreglarse la toga y tomar asiento en las gradas del circo, como mero espectador: otro era ya el encargado de encadenar a las victimas y arrojarlas a las fieras; otro el que debía sobrellevar la responsabilidad de las matanzas que iban a dar comiendo después de algunas horas. Pero, comunicar así detalladamente los nombres de todos los prisioneros que había entregado a Navarro, era también dejar constancia de que él, Plaza, había sido quien aprehendió y guardó presos a los referidos Generales; confesión que no se compadece ni compagina con su negativa absoluta ante el Congreso, de no haber tenido parte en la prisión de los Jefes que capitularon en Duran. Las contradicciones, inevitables cuando no se sostiene la verdad, son la perdición de los delincuentes: basta una sola, en muchas ocasiones, para comprobar un crimen y fundar la condenación del reo. Orgulloso el General Navarro con su oficio de Tigelino, no se dio punto de reposo para llenar cumplidamente sus odiosas y siniestras funciones; y pudo comunicar a sus comitentes, en las primeras horas del día 25, que ya estaba en plena ejecución de las instrucciones que se le habían dado. Léanse los términos en que anuncia tan fausta nueva, lisonjeándose de que nada dejará que desear en el cumplimiento de importante y patriótico cometido: “Guayaquil, 25 de Enero de 1912. Señores Presidente y Ministros de Estado. Quito. De conformidad con lo resuello por el Supremo Gobierno, y ateniéndome a las instrucciones que traje, he ordenado al señor General en Jefe del Ejército que proceda a decretar el juicio militar Contra los altos Jefes del Ejército rebelde. En esta virtud, el General Plaza ha decretado la formación de un Consejo de Guerra, para que, de acuerdo con el Código Militar, proceda a juzgar a los culpables. El Consejo está ya reunido, bajo la presidencia del Coronel Alejandro Sierra, etc. “Es probable que el Consejo termine a media noche, y la sentencia que dicte será cumplida. El juicio ha empezado por el General Montero, por ser éste el mayor responsable de los rebeldes, etc. Ministro de la Guerra, J. F, Navarro”. No creyó Navarro suficiente esta acuciosidad para recomendarse a los del complot antialfarista; y echó mano de la inventiva para aumentar sus méritos; se atribuyó las hazañas del General Plaza, y alegó hechos enteramente falsos. Acabamos de ver que el General en Jefe comunicó a sus amigos que había entregado al Ministro de la Guerra, según órdenes terminantes del Gobierno, a los presos que él guardaba; los que eran los siguientes: Generales Eloy, Medardo y Flavio Alfaro, Pedro J. Montero, Manuel Serrano y Ulpiano Páez. Pues, resulta que Plaza no dijo verdad: Navarro le disputa la gloria de haber capturado a los traidores Medardo y Flavio Alfaro, según lo avisa al Encargado del Ejecutivo, en otro telegrama del día 25; comunicación que termina con estas siniestras palabras: “Con esta media docena de traidores, principiará a limpiarse por la cabeza el escalafón militar”… No es dable revelar más a las claras, la misión criminal que se le había confiado: Navarro, sin intelecto ni habilidad, según lo iremos notando, soltaba a cada paso confesiones semejantes, y dejaba entrever todos los negros proyectos de la coalición.
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El General Navarro, lo repetiré, según los preceptos constitucionales, no tenía autoridad alguna en Guayaquil; pero el General Plaza, no obstante saberlo, se sujetó mansamente al espurio Ministro de Guerra; cuando, si de verdad deseaba ser inocente, debió negarse a obedecerle, o renunciar el cargo, para no cooperar, ni de manera indirecta, a la farsa infame que se estaba poniendo en acción. Al revés de esto, prestóse a convocar un Consejo de Guerra que, dadas las circunstancias y la atmósfera política de esos días, era la mayor de las profanaciones de las formas judiciales, arrastradas por el fango para satisfacer pasiones salvajes. Los tribunales especiales han sido odiosos y tiránicos en todos los países y en todas las edades; y nos horroriza todavía leer cómo se procedía en las comisiones encargadas de juzgar a los reos de Estado en varias naciones. Los que juzgaban y sentenciaban en esos tribunales, de ninguna manera eran jueces, sino ciegos instrumentos de intereses políticos, de odiosidades palaciegas, de rencores fanáticos, de venganzas del soberano. Hoy, a la distancia de centenares de años, examinamos serenamente los fallos que llevaron al cadalso a tantos hombres ilustres e inocentes; y sentimos profunda indignación contra los inicuos que se apellidaron jueces para pisotear tan atrozmente la justicia. Los Consejos de Guerra verbal de García Moreno y de Caamaño eran juntas de esbirros y asesinos, cuya consigna era condenar a todo trance; de manera que el acusado, por el mero hecho de serlo, se tenía ya por difunto. El pueblo denominaba despertadores a los vocales de aquellos Consejos de iniquidad, que no de justicia; y, sin embargo, sus fallos eran inapelables, y se ejecutaban, a pesar de la protesta universal. El Consejo de Guerra verbal es un resto de barbarie que mancha nuestra legislación, que es contrario a todos los principios de la jurisprudencia moderna, que es una vergüenza para el Ecuador que ha dado pasos gigantescos en la senda de la cultura y el adelanto. Esta aberración jurídica ha persistido a despecho del liberalismo reinante, como una tradición despótica, como un recuerdo de pasadas tiranías, como un monumento de históricos asesinatos; y han sido vanos los esfuerzos de los campeones del progreso y la libertad, para hacer desaparecer de nuestros Códigos, esos ignominiosos tribunales de sangre. El Gobierno de Quito se aprovechó de esta circunstancia, para dar colorido legal a las inmolaciones que meditaba; y el General Plaza formó el Consejo de Guerra que había de condenar a los prisioneros, con los vencedores de la víspera, con los peores enemigos de los acusados, con los hombres que poseían la con fianza de la coalición antialfarista. Alejandro Sierra, soldado sin precedentes y vulgar en todo, pero escogido por los del complot para oponerse al cumplimiento de las garantías acordadas en el Pacto de Duran, según hemos visto en el capítulo anterior, fue designado para Presidente de aquel Tribunal ad-hoc: Vocales, los Coroneles Manuel Andrade, Manuel Velasco Polanco, Enrique Valdez, Juan José Gallardo, Rafael Palacios y Secundino R. Velásquez, todos beligerantes, todos enemigos de muerte de los Alfaros, todos manejados por la mano del General, en Jefe. Por un resto de pudor, por una apariencia de respeto a la justicia, por la hipocresía misma con que procedían, debieron ya que no llamar a militares neutrales y
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probos buscar entre los mismos vencedores, a los menos señalados por su aversión contra los presos, y componer con ellos la junta de despenadores, a lo Caamaño. El resultado hubiera sido el misino; pero la farsa judicial no habría tenido el sello de impudencia que la caracteriza y torna más odiosa y repugnante. Hasta los testigos que debían declarar en contra de los procesados, fueron elegidos entre los peores esbirros y enemigos de los prisioneros: diríase que se había hecho estudio especial para conculcar descaradamente todas y cada una de las formas judiciales que son el amparo, hasta de los verdaderos delincuentes, en los países que rinden culto a la civilización. ¿Qué justicia, qué leyes, qué imparcialidad, qué conciencia en un Tribunal semejante?. Rota la Constitución el 11 de Agosto de 1911, todos los gobiernos posteriores fueron de hecho, como ya lo he demostrado; de manera que tan revolucionarios eran los jueces como el acusado que tenían delante; tan alteradores de la paz eran los unos como el otro; tan responsables ante la ley, eran los vencedores como el vencido. ¿Qué orden constitucional había rompido con las armas el General Montero, si dicho orden quedó despedazado el 11 de Agosto? ¿A qué gobierno constitucional había traicionado Montero, si ninguno existía desde la caída de Alfaro? ¿Con qué derecho le juzgaban al Jefe Supremo del Guayas, los cómplices de la dictadura de Quito? El Consejo de Guerra que me ocupa, equiparábase a esos tribunales que improvisan los bandidos de la Calabria, para condenar a uno de sus afiliados, responsable de robo a la compañía... Montero se había alzado en armas para impedir que el Gobierno impusiera la candidatura del General Plaza; y en este concepto, merecía bien de la democracia, por más que el medio escogido para sostener la libertad del sufragio, no haya sido acertado ni plausible. La intención del Jefe Supremo del Guayas, como él mismo lo declaro en la comunicación oficial a Plaza, fue buena, fue republicana y liberal: la Historia la tomará en cuenta disculpará la sangrienta lucha dimanada del pronunciamiento del 28 de Diciembre. Montero se equivocó en los medios, pero se propuso defender la base principal de la democracia el fundamento del pacto social ecuatoriano; y un juez imparcial conocedor de las leyes y esclavo de la justicia, habría principiado indudablemente por examinar y pesar los elementos morales de la infracción sujeta a su fallo; por examinar y pesar la constitucionalidad pretendida del Gobierno de Freile Zaldumbide; por examinar y pesar el derecho que había para enjuiciar a uno de los actores del 11 de Agosto, subsistiendo como subsistía, la situación anormal creada por aquella revolución injustificable. El Consejo de Guerra formado por Plaza, no podía ocuparse en nada de esto: tenía su consigna, y había de cumplirla a satisfacción de sus superiores jerárquicos. Ese Consejo de Guerra fue la burla más sangrienta que pudo hacerse de la justicia; la irrisión más espantosa de las garantías que los pueblos civilizados conceden atados los ciudadanos, aun tratándose de los peores delincuentes. Desde que se instaló, el General Montero se vio como en medio de un circo romano: insultado de todas maneras, ensordecido por la grita de la soldadesca

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disfrazada, saboreó todo generoso de amarguras hasta que llegase la hora señalada para abrir la jaula de las fieras que habían de despedazarlo. “Lo que pasó durante ese simulacro de Consejo, no es para relatado dice el escritor colombiano Manuel J. Andrade, en libro “Páginas de Sangre”, escrito a raíz de los acontecimientos; se hizo apurar hasta las heces el sufrimiento al desgraciado Montero, con burlas, sátiras infames, llegando al extremo de que varios individuos le tiraran del pelo, le empujaran hacia delante, y llevaran a cabo cuanta desvergüenza se les ocurría. Toda esa burla, toda esa saña desplegada contra un enemigo inerme, prisionero, y que estaba en el banquillo de los acusados, era tolerada por Plaza que se presentaba de vez en cuando, a gozarse en la agonía de su víctima, alentando así la avilantez y el atrevimiento del populacho, formado en su mayor parte de soldados del “Marañón” y de la “Artillería Bolívar”, disfrazados de paisanos”. Cito a un extranjero, ventajosamente conocido, porque sus palabras no pueden tacharse de haber sido dictadas por ninguna pasión partidarista; pero, en la misma prensa antialfarista, por ejemplo, en “El Telégrafo” de Guayaquil, se hallan descripciones detalladas y espeluznantes del martirio del General Montero. El batallón “Marañón” y su Jefe, Coronel Sierra, llevaron hasta la exageración el cumplimiento del encargo que los coalicionistas de la Capital les hicieran por telégrafo el día 23; y, no sólo cuidaron de que no se escaparan los prisioneros, sino que fueron los principales actores de la tragedia que tanto indignó al mundo civilizado. Soldados del “Marañón”, vestidos de paisanos, invadieron la Gobernación donde actuaba el Consejo de Guerra; y llenaron las galerías, las escaleras de dicha casa, el espacio destinado a la barra en la sala del tribunal; en unión de soldados de otros cuerpos, así mismo disfrazados y de la chusma placista que animaba e instigaba a los referidos individuos de tropa. Este era el pueblo, preparado de antemano para ejecutar, ordenes secretas; y servir de pretexto para calumniar después a los honrados y valerosos habitadores de la ciudad de Rocafuerte y Olmedo. El pueblo de Guayaquil, siempre heroico, siempre defensor decidido de las libertades públicas, siempre trabajador e independiente, hallase muy adelantado para figurar en un banquete de hotentotes y devorar la carne palpitante de víctimas humanas, pueblo guayaquileño, desde los tiempos de nuestra Independencia, ha ocupado puesto preferente en nuestros ejércitos; y vencedor casi siempre, jamás se ha manchado con ignominiosas crueldades, menos con crímenes que afrentan a la humanidad. El pueblo guayaquileño ha derrocado a varios tiranos, pero su respeto al caído, ha igualado a su heroísmo en los combates: Flores, Veintemilla, Caamaño, descendieron del poder, arrojados por la ira popular; y ninguno de sus cómplices, ninguno de sus agentes, fue sacrificado por el pueblo guayaquileño. El mismo General Plaza, cuando vino a sostener a don Lizardo García, a pesar del odio que Guayaquil le profesaba, no recibió de ese pueblo civilizado y liberal, sino rechiflas y una que otra pedrada al embarcarse de fuga. Sostener que el pueblo de Guayaquil victimó al General Montero, no obstante los esfuerzos de la autoridad pública para evitarlo, es la más infame de las calumnias; más todavía, un crimen de lesa patria, porque se arroja sobre la Nación la responsabilidad de unos pocos facinerosos.
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Hay que descartar al pueblo de Guayaquil de todas las escenas de horror que vamos a contemplar: porque ese pueblo es inocente de la sangre derramada, por más que unos pocos desarrapados y viciosos hubieran hecho causa común con la soldadesca homicida. La turba de soldados disfrazados pedía a gritos, desde muy temprano, la cabeza del procesado; y el General Navarro hubo de contestar a ese pueblo mi géneris que exigía la palabra oficial. Levanto la voz el interpelado General y, a vueltas de algunas tartamudeadas vulgaridades, ofreció, llana y sencillamente, que “Pedro Montero no vería la aurora del siguiente día”. Fue calurosamente aplaudido por la canalla que lo escuchaba; y la historia recogió aquella nefanda promesa, como testimonio fehaciente de la premeditación con que fueron inmolados los prisioneros, como prueba irrefutable de que la eliminación de los caudillos radicales había sido anticipada y definitivamente resuelta por las facciones coligadas. Navarro no era hombre para rodear con sombras impenetrables este abrumador secreto: habilidad ni alcances, acaso también sin conciencia clara de lo que hacía, puso a la vista de todos, los recónditos propósitos de la coalición. La sentencia estaba pronunciada en público, por el seudo Ministro de la Guerra: ¿para qué defensa, para qué presentación de pruebas justificativas, para qué deliberación de los jueces? Desde ese momento, no hubo persona en Guayaquil, que no previese el desenlace; y sólo estaban divididos los pareceres en cuanto a la clase y forma de muerte que se infringiría al desventurado preso. El terror pesaba, como una mole de plomo, sobre la sociedad guayaquileña; y la más congojosa expectación embargaba todos los espíritus, oprimía todos los cerebros y sellaba todos los labios. Sólo reían los sicarios: sólo estaban de fiesta los verdugos. El mismo Montero, desde que supo que Julio Andrade se había negado a defenderlo, conoció claramente su destino: “Voy a morir” les dijo a los que lo rodeaban, y se despidió como si no abrigase la menor esperanza de volverlos a ver. ¿Y por qué se excusó el General Andrade de hacer la defensa de un enemigo vencido, pérfidamente apresado y traído al banquillo de los reos de traición a la Patria? ¿Conocida el de Estado Mayor General los irrevocables proyectos de la coalición, y reputaba inútil toda defensa, estéril toda invocación a la ley y la justicia? ¿Temía tal vez ponerse en pugna con el General en jefe y el Gobierno? ¿O creía tan indefensable la causa de Montero, que había que dejarlo abandonado a su propia suerte? Muy posible es que más tarde aparezcan satisfactorias explicaciones de esta negativa; pero, mientras tanto, la severa e imparcial Historia, así como tiene elogios para las buenas acciones de Andrade, no puede menos de reprocharle el haber matado tal vez la última esperanza del infeliz acusado. Si la excusa nació de prudencia o de temor, resultaría comprometedora; porque hay precauciones y timideces que a la postre vienen a interpretarse como complicidades. Si provino del conocimiento de la indefectible suerte que le aguardaba a Montero, no tendría explicación la permanencia del Jefe de Estado Mayor General en un puesto que no podía continuar desempeñándolo, sin mengua de la honra personal y del brillo de sus galones.

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Desde la ruptura de la Capitulación de Duran, cuya inviolabilidad defendió con tanta brillantez y energía, debió el General Andrade separarse de ese Ejército, en medio del que se había pisoteado el honor militar y la fe nacional, solemnemente empeñada por el Comandante en Jefe: ¿qué tenía que hacer ningún soldado pundonoroso y noble en ese aduar de bárbaros, para quienes la lealtad y la virtud eran objetos sin valor que pulverizaban cada y cuando les convenía? Aunque el éxito no hubiera correspondido a su esfuerzo, el General Andrade pudo defender con fundamentos inamovibles a su cliente: no tenía sino que repetir ante el Consejo de Guerra, lo que ya le había dicho al Gobierno, sobre lo irrevocable y sagrado de la Capitulación del día 22, sobre la buena fe con que procedieron los Generales que se habían rendido, sobre la necesidad imperiosa de respetar las garantías que se les había concedido bajo la salvaguardia de la fe pública. No tenía que decir más en defensa de Montero, como campeón; del derecho moderno y del honor de la milicia ecuatoriana; y la Historia habría grabado en sus mejores páginas, esa lacónica defensa, para gloria del defensor y oprobio de los jueces que no la escucharon. ¿Por qué no quiso hacerlo así? Ninguna respuesta satisface por completó; pero debemos lamentar que Julio Andrade, a pesar de sus talentos y elevadas aspiraciones, no hubiese roto el lazo fatal que lo unía a los hombres del poder, antes, mucho antes, de las iniquidades del 25 y del 28 de Enero. ¿Que lo retenía al lado de políticos tan perversos, inaccesibles hasta a la vergüenza y al remordimiento? ¿Por qué razón se dejó arrastrar por el cenagoso torrente, hasta dar con la vorágine que lo absorbió en la negra noche del 5 de Marzo? Ojalá el tiempo logre dar respuestas que satisfagan a la severa investigación de la Historia, y obtenga la memoria de tan benemérito militar un veredicto definitivo, que lo salve de todo cargo atinente a los lamentables sucesos del Mes de Sangre. Placistas y conservadores, gobierno y ejército, habían mostrado empeño en que se aplicara la pena de muerte a los prisioneros: el Ministro Díaz, en su lista, de proscripción, manifestó la voluntad de que fueran pasados por las armas, por las espaldas. Pero, contra estos deseos, el Consejo de Guerra no se atrevió a pronunciar sentencia de muerte, sino de reclusión mayor y degradación previa. ¿Entraba esta lenidad de los jueces en el programa macabro de aquella noche? ¿O procedieron así, por un resto de acatamiento a la Constitución que prohíbe la pena de muerte, a pesar de haber ya desgarrado tantas veces la Ley fundamental con la punta de los sables? ¿Era acaso aquella lenidad, un recurso dramático para precipitar la catástrofe, cuando menos se imaginaban los espectadores, y aún los comparsas en la tragedia? Tampoco podría responderse categóricamente; más, lo cierto e indudable es que todo iba encaminado a la eliminación resuelta, con o sin el conocimiento y connivencia de los vocales del Consejo de Guerra. Todo es oscuro, todo enigmático, todo artificioso en este teje maneje del crimen; de modo que se hace necesario seguir las pista de los delincuentes, por vericuetos caliginosos, por laberintos y encrucijadas de tinieblas, venciendo obstáculos para sorprender un destello de luz, un átomo de verdad, que vengan a formar el hilo conductor que nos lleve, a fuerza de ímprobo trabajo, al esclarecimiento de los sucesos. Repito que, sin las confesiones de los mismos sindicados, sin las imprudentes confidencias del General Plaza, sin la publicación de documentos que previsoramente
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debieron ocultar los hombres del Gobierno, habría sido casi imposible establecer la responsabilidad de los asesinos de Enero. Eran las nueve de la noche del 25 de Enero de 1912: el Consejo de Guerra acababa de pronunciar su veredicto; y antes de que se concluyera de leer dicha sentencia, estalló la protesta por todos lados, como cosa convenida, como un número de programa que se cumplía. No era la ola que principia a rizarse, y se encrespa luego, y crece, y ya agigantándose hasta igualarse a los más altos montes, para tomar la voz terrible de las tempestades y azotar y conmover los mismos peñascos puestos para detener la furia de los mares. Las borrascas populares Se inician, aumentan y se desarrollan, como las del océano; pero la que tragó al desgraciado Montero, fue una explosión súbita, como el estallido de una mina preparada, y a la que se aplicara la chispa en el momento oportuno. La soldadesca disfrazada arremetió rabiosa y feroz, contra el inerme preso; dando voces de muerte, en el mismo recinto en que actuaba el tribunal, a presencia del General Plaza y de sus principales subalternos. Montero, que jamás había temido la muerte, se irguió en el momento del supremo peligro; y volviéndose a enemigos, díjoles, con arrogancia: “¿Quieren mi vida? Está bien; la daré mañana”… “No mañana: ¡ahora mismo!”, le contestó una voz de entre la turba; y el Teniente Alipio Sotomayor, oficial de guardia en el local del Consejo de Guerra, le disparó un tiro de pistola, que hizo blanco. El Comandante César Guerrero, Ayudante de Campo del General Plaza, disparó también su revólver al mismo tiempo sobre la inerme víctima, la que cayó de bruces; y todavía hubo cobarde que la golpeara con una silla, sin respetar la agonía de aquel desventurado. Herido de muerte el General Montero, se Cebaron en él los asesinos: acribilláronlo a balazos y bayonetazos, levantáronlo en peso y lo arrojaron desde los balcones a la calle. Los que no habían podido dar los primeros golpes a la víctima, desquitáronse profanando su cadáver: lo desnudaron, lo decapitaron, lo mutilaron vergonzosamente; y pasearon la cabeza por las calles, fijada en la punta de una bayoneta; y se arrojaron entre sí en juego macabro y espantoso, los órganos genitales del difunto (1)… El cadáver, informe por las multiplicadas heridas, había sido arrastrado a la plaza de San Francisco; y allí, delante de la estatua del Gran Rocafuerte, habíase formado de antemano la pira para incinerar al temible adversario del General Plaza. Un español, dueño de un hotel, se negó indignado a proporcionar la leña que le exigían para acto tan inhumano; y los verdugos tuvieron que emplear la fuerza para apoderarse del kerosene con que querían dar pábulo a la hoguera... “Entonces lo arrastraron por las calles hasta la plaza de Rocafuerte dice Manuel J. Andrade, en el libro ya citado en donde había preparado una hoguera hecha con cajones vacíos, regados de alquitrán y kerosene… Llegados a la plaza nombrada con el cuerpo del infeliz Montero, se ensañaron con él los soldados que le arrastraron hasta ahí, pues le cortaron la cabeza, le sacaron el corazón, cortáronle igualmente los órganos genitales y algunos dedos de las manos; despojos que condujeron los mismos soldados del batallón “Marañón” hasta Quito, debidamente acondicionados en una solución de sublimado corrosivo”.
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Fue vano el reclamo de la viuda de la víctima para que le devolvieran aquel despedazado cadáver, a fin de sepultarlo con la dignidad humana lo exige: en aquellos días de luto y dolor, los corazones de todos los hombres del poder se habían trocado en mármol, y las puertas de la piedad hallábanse herméticamente cerradas. He aquí el telegrama acusador de la viuda del General Montero a uno de los principales responsables del asesinato su esposo: “Señor Encargado del Poder Ejecutivo. Quito. Señor: Deber sagrado de esposa me obliga dirigirme a Ud., para solicitar la entrega de la cabeza y el corazón de mi esposo señor General Pedro J. Montero, que existen como trofeos en poder del Ejército del señor General Leónidas Plaza Gutiérrez; pues fue cobarde y alevosamente asesinado anoche. Teresa de Montero”. Freile Zaldumbide no contestó: ¿ni qué podía contestar a una acusación de barbarie tan desmedida, de una monstruosidad que en Europa y en la América se ha tenido por inverosímil? El bárbaro Alboín había convertido en copa el cráneo de un enemigo; y bebía en ella, por sus grandes triunfos y la prosperidad de su reino. Pero los tiempos aquellos pasaron para no volver; y apenas puede creerse, que en pleno siglo vigésimo, se levantasen imitadores de Alboín en las quiebras de los Andes, y cortasen también las cabezas de sus adversarios políticos, para conservarlas como trofeos de gloria. La mayor presea para los salvajes de nuestro Orienté, es la cabeza del enemigo, disecada y reducida al tamaño de un puño: el jefe que mayor número de zantzas (2) ostenta en su cabaña, es el guerro de más valor y nombradía. Pero, entre las tribus amazónicas y el pueblo ecuatoriano, media una distancia inmensa, la distancia que va de la civilización a la barbarie: ¿cómo bahía de creerse qué en el Ecuador civilizado y culto, existían militares aficionados a esos adornos macabros que son la Corona más preciada de los héroes del Amazonas. La cabeza y el corazón de Montero, arrebatados por los vencedores, como signo de victoria, como despojo glorioso, nos dan a las tribus salvajes, razas primitivas en las que prevalecen los instintos de la fiera sobre la luz incipiente de la razón humana; y, en este concepto, puede decirse que tienen alguna disculpa los escritores de todo el mundo que nos han zaherido a porfía, desde que se divulgaron las iniquidades de la coalición antialfarista. Desde el primer momento Plaza y Navarro le echaron toda la culpa al pueblo del Nueve de Octubre; por más que ese pueblo generoso y viril haya lanzado un grito de horror, ante crímenes tan espeluznantes, con los que se creía deshonrado, sólo por haber sido cometidos en su presencia.

(1) El que decapitó el cadáver de Montero y luego paseó la cabeza por las calles, como trofeo, fue un matarife de Quito, llamado Antoni Farinango, indio que se ha conquistado fama por su ferocidad contra liberales. (2) Zantzas es el nombre que, los salvajes dan a esas cabezas humanas disecadas.

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Los telegramas de Plaza y Navarro a Freile Zaldumbide y sus Ministros, tienen el carácter de una defensa anticipada, de una disculpa no exigida aún; y entrañan en sí, una como envelada confesión de culpabilidad. Acusar a un pueblo enteró, es decir, a un delincuente anónimo, equivalía a echar sombras impenetrables sobre los verdaderos culpados, y dejar tan monstruoso crimen en la impunidad. Además, no debemos dar al olvido ninguno de los antecedentes del atentado, porque ellos explican la horrible maquinación, y presentan de cuerpo entero a los que prepararon y consumaron aquel asesinato. Plaza, en su Proclama, instigó al pueblo para que se entendiera con los que le habían hecho daño; apresó a los Generales vencidos, no obstante ampararlos una Capitulación inviolable; intrigó diestramente para que viniera otro a derramar, más sangre, pues él no podía aceptar ninguna responsabilidad; permitió, si es que no lo mandó, que soldados disfrazados de paisanos ocuparan la Gobernación, los alrededores y la sala misma del tribunal, dando aullidos de lobos feroces; presenció, con los brazos cruzados, que ante su propia vista y la de los jueces, se inmolara cobardemente al acusado, al que debían, proteger las leyes y la fuerza pública; y, finalmente, con más, de tres mil soldados victoriosos a sus órdenes, miró impasible que una centena de forajidos profanaran el cadáver de su enemigo, infamando de manera horrible a la Nación con un auto execrable de barbarie. Y todo esto, después de haber la prensa placista pedio la cabeza de Montero y la de los demás presos; de haber insinuado dicha prensa la necesidad y conveniencia de eliminar a los jefes radicales de haber formado y publicado un programa de matanza, por decirlo así, que andaba de mano en mano, en los círculos más abyectos de la plebe. El General Navarro, como ya lo hemos visto, no guardó reserva sobre las instrucciones secretas que de la Capital hábil traído; se apresuró en comenzar el ejercicio de sus funciones; secundó todos y cada uno de los actos del General en Jefe; y llego a prometer cínicamente que el General Montero no vería la luz del nuevo día, y cumplió su promesa... Había, pues, sobra de razón para que se apresuraran a disculparse; pero estuvieron torpes en sus disculpas, contraproducentes en sus alegaciones, según los documentos que siguen: “Guayaquil, 25 de Enero de 1912. Señor Presidente y Ministros. Quito. Reunido el Consejo de Guerra, bajo la presidencia del Coronel Sierra, para juzgar al traidor Montero, lo sentenció a degradación y reclusión mayor. Leída la sentencia, el pueblo la desaprobó y se lanzó sobre el desgraciado Montero, y lo ultimó a balazos, arrojando el cadáver por los balcones de la Gobernación a la calle. Este acto de justicia popular, cruel y bárbaro, ha calmado al pueblo. Los demás prisioneros están sin novedad y se cumplirán con ellos las órdenes de ustedes. L. Plaza G.” “Circular. Gobernadores, Jefes de Zona, Delegados Militares. Reunido el Consejo de Guerra para juzgar al traidor Montero, lo sentenció a degradación, expulsión del Ejército, y 16 años de reclusión mayor. Oída que fue la sentencia por el pueblo, forzó las puertas y lo ultimó a balazos. Acto de justicia popular, pero bárbaro y cruel. Después del desgraciado acontecimiento, el pueblo se ha calmado. Los Generales Eloy, Medardo y Flavio Alfaro y el General Páez, están sin novedad. Publique. L. Plaza G.”.
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La lectura de estas piezas causa indignación y asombro al mismo tiempo; porque llamar acto de justicia popular a un asesinato infame, al descuartizamiento sacrílego de un cadáver, a una escena propia de las tribus del África central, es algo tan monstruoso que no puede tener cabida en la mente de un hombre civilizado. Si fue acto de justicia, el pretendido juez, el pueblo, tuvo derecho, según el General Plaza, para aplicar al General Montero, no sólo la pena de muerte, sino también la de descuartizamiento, decapitación, mutilación, arrastre e incineración; es decir, tuvo derecho ese pueblo juez de retrogradar a los orígenes de la sociedad, a la edad de plena barbarie, y darle de puñadas a la civilización, en pleno siglo vigésimo, y a presencia de todas las naciones del mundo moderno que han lanzado en coro la más terrible maldición contra los ecuatorianos. El hombre que reconoce en el pueblo este absurdo derecho de tornar al troglodismo para cometer los peores crímenes, ese hombre, digo, no puede formar parte de la sociedad moderna, en cuya bandera fulguran estos preceptos de la civilización: ¡Ley, Justicia, Humanidad! Y nótese que el General Plaza no alegó ningún acto de la autoridad para contener a ese pueblo de caribes, ningún esfuerzo del Ejército para rechazar la turba de asesinos y salvar a la víctima indefensa: su relato es llano, como de un suceso natural y corriente, si cruel, absolutamente justo. Y la prensa de su devoción, hizo lo mismo: se distinguió por la abundancia de horripilantes pormenores; pero sin una palabra de reprobación: diríase que engalanaba sus columnas con una revista taurina emocionante, nada más. La justicia popular se había cumplido, a contentamiento de los que venían exigiéndola: ¿qué podían hacer, sino elogiarla, aunque fuese de manera tácita o encubierta? En esos mismos días circularon especies comprometedoras para el General Plaza; algunas de las cuales fueron recogidas por la prensa imparcial, y reproducidas en varios escritos relativos a los crímenes de Enero. Una de las más notables, fue referida por el General Julio Andrade; quien citó el nombre de los testigos del hecho, exponiéndolo tan circunstanciadamente, que no es posible dejar de prestarle entero crédito. Este relato se ha publicado ya varias veces; y ni el General Plaza, ni los testigos mencionados, lo han contradicho de manera alguna; de modo que tenemos que aceptarlo como una prueba concluyente de la responsabilidad del General Plaza en la muerte del ex-Jefe Supremo del Guayas. Me refiero a la siguiente narración, fundada en las palabras del Jefe de Estado Mayor General: “Iba el General Andrade a sentarse a la mesa de don Félix González Rubio, quien le había invitado a comer, cuando oyó los primeros tiros; entonces salió, corrió y se encontró con el cadáver del General Montero y los que le arrastraban entre gritos”. “!Esto es infame, es contrario a la civilización¡ gritó indignado. Oyóle don Jorge Chambers Vivero, y le ofreció que contribuiría con cuanto le fuera posible a impedir tal escándalo. Luego después, el General Andrade se encontró con Plaza, y le dijo: “¡Ud. ha autorizado, ha ordenado este crimen! Había que sacrificar al negro; era imposible salvar de otra manera a los Alfaros fue la contestación de plaza (1).
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¿Por qué no ha refutado este General, en tantos años, una acusación tan tremenda? ¿Sigue acaso en la creencia de que la muerte de Montero fue un acto legítimo de justicia popular? ¿O es que estima tan en poco la opinión del pueblo ecuatoriano, que nada le importa el que lo tengamos por inocente o no? ¡La justicia popular!; quiera Dios que no se le antoje a ese pueblo juez pedirle cuentas al señor Plaza de todos sus actos en el gobierno ¡Quiera Dios que no se repitan ni con él, los actos de barbarie que tan mal nos ha colocado en el Concepto de las demás naciones! Parece que el secretario privado del General Ministro de Guerra era más previsivo y diestro que el mismo General Plaza; puesto que las disculpas de aquel revisten formas más abogadiles y amplias, como vamos a verlo. “Guayaquil, 25 de ¿Enero de 1912. Señores Presidente y Ministros de Estado. Quito. A las ocho y media p. m. terminó el Consejo de Guerra sus deliberaciones, sentenciando al General Montero a la pena de dieciséis años de presidio y degradación pública. El pueblo se sublevó contra esta sentencia que defraudaba sus esperanzas de que fuera la pena de muerte. Tres o cuatro mil hombres armados protestaban contra esta resolución del Consejo y, pedían la cabeza del traidor. Hemos agotado nuestros esfuerzos por contener al pueblo. No fue posible. Nos atropellaron. Atropellaron al Consejo, por donde las fuerzas invadieron la Gobernación, donde funcionaba Consejo, y ultimaron al desgraciado jefe rebelde, ensañándose en su despojos que arrastran en estos instantes por fas calles... Hemos expuesto inútilmente nuestras vidas por salvar presos y el señor General Plaza ha agotado heroicos esfuerzos para salvarles la vida. La cólera popular es incontenible y terrible, de manera que en estos mismos momentos, apenado el espíritu por los caracteres odiosos de la tragedia a que acabo de asistir, me preocupo de ver cómo salvo la vida de los otros presos. Luego comunicaré. Saludo a Uds. Ministro de Guerra, J. F. Navarro”. Horas después, repitió las mismas noticias; pero, contradijo en lo principal, las disculpas primeramente alegadas. Ya no fueron los cuatro mil hombres armados los que invadieron la Gobernación y asesinaron a Montero, sino el pueblo agrupado en la barra del tribunal; esto es, dos o tres centenas de asesinos, a lo sumo, por más, espacioso que supongamos el lugar destinado para dicha barra. Confiesa paladinamente que no se hizo ni pudo hacerse nada para contener al furioso pueblo. Además, expresa haber hallado un modo original para salva la vida de los demás presos; es decir, le anuncia al Gobierno que va a continuar el drama, pues está dispuesto a no faltar en un ápice a las instrucciones recibidas. He aquí este importante documento: “'Guayaquil, 25 de Enero de 1912. Señor Presidente y Ministros. Quito. Como anuncié a ustedes, terminó Consejo de Guerra a las siete treinta p. m. y sentenció a Montero a degradación y dieciséis años de penitenciaría; el pueblo agrupado en la barra, protestó de la sentencia por no haber sido condenado a muerte; y con peligro de los Jefes que formaron dicho Consejo, ultimaron al traidor Montero, cuyo cadáver arrojaron por una de las ventanas, donde lo decapitaron. La fuerza armada que custodiaba el
(1) Véase el folleto “El partido conservador, sindica a los asesinos de Alfaro y Compañeros”, pág. 25. 155   

edificio de la Gobernación, donde existe el resto de prisioneros, no pudo contener este horrible hecho, puesto que era imposible hacer uso de las armas contra un pueblo que se creía con derecho por las horribles extorsiones que cometió con él. La excitación popular sigue, y por, ella verán ustedes que es difícil seguir el juzgamiento a los demás traidores, ni los edificios se prestan en este lugar para tener seguridad, y no es posible contener el pueblo a balazos y exponer a esta ciudad a una hecatombe; motivo por el cual he resuelto enviarlos a esa Capital en el tren de hoy o de mañana a primera hora. Por razones expuestas, espero que se dignaron aprobar mi procedimiento. Salúdales. J. F. Navarro” No le era posible al fingido Ministro de la Guerra, confesar más clara y terminantemente su responsabilidad en el asesinato cometido; puesto que establece, en este segundo telegrama, como indisolublemente verdaderos, los hechos siguientes: Primero. Los que cometieron el asesinato fueron individuos del pueblo, agrupados en la barra: y, segundo: no se les pudo contener, haciendo uso de las armas, porque se creían con derecho para matar al jefe rebelde. ¿Qué explicación cabe dar a estas cínicas confesiones, sino la que naturalmente se desprende del contexto de ellas? Según la primera confesión, bastaba para evitar el atentado, tomar medidas de prudencia y proceder con la debida energía; puerto que la barra de un tribunal, por numerosa que se suponga, puede ser despejada sin necesidad, de hacer uso de las armas. Si era verdadero el furor popular, de que habla el General Navarro, la autoridad pública estuvo en el estricto deber de resguardar el tribunal con fuerza armada suficiente; a fin de proteger, no sólo la independencia de los jueces y la recta aplicación acto que pudiera traducirse como defensa del infeliz Montero. De la ley, sino también la persona del acusado. El mismo tribunal tenía derecho, y aun obligación, de pedir que la barra, si tan furiosa se mostraba, fuese despejada en el acto, para evitar cualquier posible atentado. Una barra que se desborda, en presencia de los; jueces y asesina al procesado, manifiesta que no tenía delante ningún obstáculo que vencer, ninguna fuerza pública; que arrollar, ninguna autoridad a quien temer; y que, por lo contrarió, obraba en la seguridad de conseguir la impunidad más completa. Nadie trató siquiera de obstar la perpetración del crimen: ni el General Navarro ha podido aducir concretamente ningún. En el primer telegrama, trasmitido en los momentos mismos en que se profanaba el cadáver de la víctima, afirmó, ciertamente, que el General Plaza y él habían sido atropellados; que habían agotado heroicos esfuerzos aun con peligro de su vida, para contener al pueblo y amparar a los presos;. En fin, que los asaltantes, en número de tres o cuatro mil armados, habían, sido irresistibles en la acometida; y de esta exposición había que deducir lógicamente, que el crimen perpetrado era efecto de fuerza mayor que no pudo ser dominada por la autoridad pública. Era ésta una defensa de, abogado; pero, desgraciadamente, tan hiperbólicas afirmaciones quedaron destruidas con el telegrama posterior; ya que no pueden ser verdaderas a la vez ambas comunicaciones contradictorias.

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De suyo venía a ser falsa, de toda falsedad, la aseveración de que la sala del tribunal había sido atacada por un torrente popular, compuesto de tres o cuatro mil personas armadas; porque no habría podido explicar el Ministro de Guerra de dónde salió de repente aquel ejército formidable, ni en qué almacenes militares pudo proveerse el pueblo de tan crecido número de armas. Y todo esto, sin que lo supieran los encargados de la autoridad, obligados a reprimir aquella colosal asonada, con tanto mayor apresuramiento, cuanto que eran conocidas las criminales intenciones de los amotinados. Tres o cuatro mil hombres no pueden armarse y organizarse a escondidas y en profundo silencio, sin hacerse sentir de la Policía: habrían necesitado mucho tiempo para ello; habrían tenido que ocupar gran espacio de la ciudad; habrían, en fin, producido un gran escándalo que forzosamente hubiera llamado la atención de las autoridades, y hécholas obrar con eficacia para disipar un motín tan peligroso. En la noche funesta del 25 de Enero, no pudo haber en Guayaquil más gente armada que la de los cuarteles; y menos, en el número de tres o cuatro mil hombres, como dice el General Navarro. Hacía ya tres días a la entrada de los vencedores; y la calma, si hemos de crecer a los partes del General en Jefe, se había relativamente restablecido en la ciudad. Es decir, no había pueblo armado, no había facciones en son de guerra: persistía la intranquilidad consiguiente a la lucha que recién había terminado; pero el pueblo había tornado a sus ocupaciones habituales. Guayaquil está tranquilo repetía el General Plaza en sus comunicaciones oficiales: ¿de dónde salieron, pues, aquellos tres o cuatro mil hombres armados, sin que la autoridad se diera cuenta de una irrupción de semejante magnitud?... Falsedad más gigantesca, ni más palmaria, no ha podido producirse jamás, en ningún; documento oficial suscrito por persona de honor; y no Había necesidad de que el General Navarro la desmintiera, aclarando después que sólo se trataba de un poco de pueblo agrupado en la barra del tribunal. En todos los tribunales se estima la contradicción del sindicado, como prueba de su culpabilidad; y las rectificaciones del Ministro de la Guerra no han hecho sino comprometerlo gravemente, denunciándolo ante la opinión y la Historia como fautor principal del asesinato de Montero. Y tan desgraciado estuvo en sus contradicciones, que desmintió hasta en los detalles, hasta en la hora en que había terminado el Consejo de Guerra; puesto que afirmó primeramente, que la sentencia fue pronunciada a las ocho y media de la noche, y después aseguró que a las siete y media: la diferencia de tiempo es corta; pero, demuestra que la verdad no dictaba aquellas comunicaciones oficiales. El General Navarro no tuvo embarazo alguno en declarar terminantemente, como lo dejo apuntado arriba, que no era posible contener al pueblo por medio de las armas, porqué ese grupo de asesinos se creía con derecho para ultimar a Montero y, sin duda, para despedazar y profanar su cadáver. La justicia popular, como dijo el otro, expresada en otra forma: el reconocimiento del derecho de retrogradar al estado antropofagia, llevado a cabo por los

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mismos que debían ser guardianas de la Constitución y las leyes, por los mismos que se vendían por obreros infatigables de la civilización y el progreso!. Apenas podrán imaginarse en los países adelantados, que aquí, en el Ecuador que se precia de cristiano y culto, ha sido reconocido el derecho de una turba vil, para revocar violentamente el fallo de un tribunal que revestía las formas legales, y asesinar con alevosía y crueldad al indefenso acusado, a la vista misma del Ministro de Guerra y Marina y del General en Jefe de los Ejércitos de la República¡. Apenas darán crédito a la afirmación de que dichos altos dignatarios de la milicia ecuatoriana han proclamado y defendido la inicua doctrina de que el pueblo puede hacerse justicia, por su propia mano, sin que a la autoridad pública le sea lícito oponerse a la voluntad de las muchedumbres, por execrable y bárbaro que sea su procedimiento. Apenas se dará crédito que aquí, en el Ecuador civilizado y progresista, cuatro mil soldados de línea han mirado indiferente que un puñado de malvados asesinase y cometiese profanaciones salvajes, porque los forajidos se creían con derecho para vengar imaginarias ofensas, con crímenes espantosos. ¿Cómo ha podido el General Navarro proferir una blasfemia semejante contra la justicia y las leyes, contra la cultura de la nación, contra los fundamentos de la sociedad, contra la civilización del mundo moderno? Nunca se ha concedido, en ninguna edad, en ningún pueblo medianamente adelantado, el absurdo derecho de ejercer la justicia popular, a las chusmas más degradadas y viciosas, como lo quieren los Generales Navarro y Plaza.; y, si tal derecho fuese permisible, no sería posible la sociedad, no sería posible el imperio de las leyes, no era posible la estabilidad de las instituciones, no sería posible la vida misma de los pueblos. Proclamar ese derecho, es entronizar la anarquía, reconocer la omnipotencia de las turbas, convertir el desorden, y el crimen fundamentos sociales; y desandar el camino recorrido por la humanidad en tantos siglos para volver a la cueva del salvaje, cuyas únicas leyes son los bestiales instintos y la violencia. El General Navarro confiesa que no fue posible contener al pueblo con la fuerza armada, sin contrariar el derecho que creía tener ese pueblo para asesinar a Montero; luego es absolutamente falso que hubiesen los dos tramoyistas agotados sus esfuerzos históricos ni puesto en peligro su vida, procurando salvar la del procesado. Si no emplearon la fuerza, si no quisieron ni pudieron emplearla, por respeto a los derechos populares; si, se limitaron a presenciar el ejercicio de la justicia popular de que hablan, ¿en qué consistió el heroísmo, en qué el supremo esfuerzo, en qué el peligro de la vida, alegados para justificarse? ¿Arengaron acaso a la muchedumbre sedienta de sangre, llamándola a sentimientos más humanitarios y justos? ¿Suplicaron por ventura a las fieras, para que depusieran crueldad y respetasen a la víctima indefensa? No lo dicen; pero, si todo su heroísmo y esfuerzos se redujeron a ruegos y peroratas, mal han podido decir que fueron arrollados, y vieron en peligro su vida.

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Más les hubiera valido imponerse con la energía del hombre honrado que se agiganta, en presencia del peligro de un semejante suyo; rechazar la bárbara agresión con la entereza propia de quien está encargado de velar por la seguridad de los ciudadanos; oponer la fuerza a la fuerza, y morir antes de permitir que la justicia y el derecho sucumbiesen bajo la planta asquerosa de los malhechores. Esto les cumplía; y no habiendo obrado así, aunque supusiéramos que estaban del todo ajenos al complot, serían cómplices de aquel asesinato infame. Pero, las pruebas que he aducido, las propias confesiones de los sindicados, el cúmulo de circunstancias que precedieron, rodearon y sucedieron a la comisión del crimen, no dejan duda acerca de que los Genérales Plaza y Navarro fueron los principales fautores del asesinato del General Montero. ¿Estaba incluido este atentado en las instrucciones que el Ministro de Guerra recibió del Gobierno, antes de partir a la Costa? Muchos lo creen así; y la ferocidad, insistentemente manifestada por Freile Zaldumbide y sus Ministros, apoya esta opinión dándole visos de indiscutible verdad. Y algunos escritores se avanzan a explicar las razones que tuvieron los enemigos de Alfaro y Montero para sacrificar primeramente a éste en Guayaquil; facilitando de este modo la degollación de los demás, en la Capital. “El Ecuatoriano”, diario que se desligó completamente del Gobierno marcista, después del asesinato de Julio Andrade, dice en su edición guayaquileña, correspondiente al 4 de Febrero de 1913, lo que sigue: “Sabido es que por motivos sociológicos, cuyo estudio no es de este lugar, Guayaquil da la ley del movimiento nacional en el Ecuador. Reloj en mano puede afirmarse de Guayaquil, lo que Paul Féval decía para comprobar la influencia de París sobre el resto de Francia. Mutatis mutandis, sostenemos nosotros que, si Guayaquil da ciento veinte pulsaciones en un minuto, otras tantas le corresponden puntualmente en Quito, Capital de esta República. Decía Lamartine que cuando Dios quiere universalizar una idea, se la inspira a un francés; pues poco menos sucede en el Ecuador, respecto de ciertos asuntos de opinión en que no median razones fundamentales de discrepancia. La voz de Guayaquil tiene en el interior resonancia de unanimidad irresistible. Y así telegrafiar a Quito, donde los Alfaros eran cordialmente aborrecidos: que la avalancha había sido terrible; que las turbas habían atropellado al Consejo de Guerra; que Montero había sido muerto, decapitado y lanzado por los balcones de la Gobernación, a despecho de la fuerza armada que había sido impotente para impedirlo, equivalía a delinearle a Quito el patrón que debía seguir respecto de los Alfaros. En esos momentos de vértigo y frenesí públicos, no hubo en el Gabinete ecuatoriano un solo hombre que recapacitara un tanto e hiciera notar cuan inconveniente era la publicación de semejante pieza; y el telegrama salió a luz para servir de pábulo a la hoguera que ya había comenzado a arder. El señor Freile Zaldumbide y sus Ministros no tienen siquiera la excusa de que la sanguinosa tempestad aún rugía en el subsuelo, porque para entonces ya había sido victimado el Coronel Belisario Torres; y sobrados indicios había de que el drama alcanzaría los horrorosos reflejos que tuvieron en Lima, las escenas macábricas ocurridas con los Gutiérrez, según lo Pronosticó “La Constitución”, periódico del

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Gobierno que salió verdadero en sus agoreros anuncios, desgraciadamente hartó fundados”. “El Ecuatoriano” no tuvo una frase de acusación contra Freile Zaldumbide y sus Ministros, ni contra Plaza y Navarro, por los crímenes de Enero; pero, rota la coalición, disipada la atmósfera de sangre que embriagaba a los escritores antialfaristas, serenado el ambiente y oída la voz universal de reprobación de tan bárbaros sucesos, se operó una reacción formidable a favor de la moral; y la hombría de bien recobró sus derechos en la conciencia de muchos diaristas enemigos acérrimos del Viejo Luchador. Pasada la tempestad, todos acusaron, todos allegaron pruebas, todos señalaron con el dedo a los criminales: diríase que hubo empeño en lavarse aun de remotas participaciones en la borrasca, y en vindicar a la Patria de las calumnias que la han abrumado, mediante la entrega de los verdaderos y únicos delincuentes, a ese juez incorruptible, el tribunal augusto de la Historia. Y “El Ecuatoriano” emprendió una labor patriótica y de reparación, al publicar sus severas opiniones sobre los acontecimientos de Enero: tardía, muy tardía era la acusación; pero ella vino a reforzarnos, a prestar apoyo a los liberales que trabajábamos por establecer la culpabilidad de los que real y verdaderamente concibieron y consumaron aquellos crímenes. De consiguiente, la opinión general acusa y condena hoy, al Gobierno de Freile Zaldumbide y a los Generales Plaza y Navarro, como a los principales responsables de la muerte del General Pedro J. Montero; sin que les valga alegar que no les, fue posible contener el indomable furor del pueblo. Los verdaderos, los únicos profanadores del cadáver de aquel desventurado Jefe, fueron los soldados del “Marañón” que, disfrazados de paisanos, ocupaban la barra del tribunal, con conocimiento e indudable mandato de sus superiores; soldados que, casi en su totalidad, eran conservadores terroristas, fanáticos furibundos, reclutados a propósito para formar un Cuerpo de Reserva pronto a volver sus armas contra el Gobierno de Alfaro, en la época misma del conflicto con el Perú, como ya lo dije en capítulo anterior. Ese batallón, designado por los coalicionistas para oponerse a las garantías concedidas en la Capitulación de Duran; batallón que merecía la confianza del General Plaza y del General Navarro, ese fue el escogido para derramar sangre sin combate para segar cabezas importantes de manera alevosa, para cubrir de baldón y vergüenza a la República. El General Plaza afirmó en sus telegramas, que el pueblo se había calmado, después de los bárbaros sucesos; y aun añadió por ahí, que ese mismo pueblo estaba avergonzado y arrepentido de sus actos. El General Navarro le desmintió en seguida; pues aseguró al Gobierno que la furia popular seguía en aumento, que era imposible apagar el incendio, que el peligro de que asesinaran a demás presos era inminente; y que se hallaba en la impotencia; de oponerse y dominar la fiereza de las muchedumbres. ¿Cuál de los dos Generales hablaba la verdad? ¿Era tal vez Navarro instrumento y juguete de la pérfida política del General en Jefe, quien intentaba ponerse de todos modos a cubierto de futuras responsabilidades?
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¿O cumplía el Ministro de Guerra instrucciones secretas recibidas en Quito? No me atrevería por ahora a resolver ninguna de estás cuestiones en particular; pero es evidente de toda evidencia, que se procedía con refinada mala fe, y sin otro fin primordial que la eliminación de los Alfaros, por medio de otra oleada popular, semejante a la que acaba de tragarse al infeliz Montero. Todo parecía preparado al efecto; y la misma manera salvarle la vida, encontrada a última hora por el Ministro de Guerra, iba encaminada al desaparecimiento final de los prisioneros. Mandarlos a Quito, había dicho el General Plaza, era condenarlos a la misma suerte del desgraciado Quirola; y ahora después del ejemplo dado en Guayaquil, según lo observa “El Ecuatoriano” en los párrafos que he copiado, ese peligró había subido de punto, al extremo de que la resolución adoptada por Navarro, equivalía a una irrevocable sentencia de muerte.

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CAPITULO

X

SUBTERFUGIOS DEL CRIMEN El Encargado del Poder Ejecutivo, después de haber exigido con tanta insistencia y energía la remisión de los presos a la Capital; después de haber ofrecido a las turbas coalicionistas que los Alfaros y Montero sufrirían un inmediato y ejemplar castigo en Quito, cambió de parecer, como ya se ha visto; y ordenó que los desgraciados presos fuesen juzgados en la ciudad de Guayaquil, y remitidos al Panóptico, después de la condena. El General Plaza que manifestó su oposición al viaje de los Generales vencidos, alegando que equivalía a enviarlos a una muerte segura, como la del infeliz Quirola triunfó; pero llama la atención el hecho de que no hubiesen protestado contra esta resolución del Gobierno, ni los placistas, ni los conservadores, ni el Ejército, ni los Gobernadores de provincia, que hasta la víspera, airados y furiosos, levantaron la voz contra las insinuaciones del General en Jefe, relativas a la conveniencia de conservar a dichos presos en Guayaquil, para preservarlos del asesinato que se tenía por indefectible, si iban a la Capital. Freile Zaldumbide y sus Ministros no inspiraron respeto a nadie, menos, temor; puesto que eran juguete de las facciones y blanco de desacatos cotidianos y escandalosos. Por consiguiente, no puede decirse que la autoridad impuso silencio a los desalmados que pedían la inmolación de los Generales prisioneros, sin aplazamientos y en la misma ciudad de Quito, donde con más ardor y frenesí fermentaban las pasiones de bandería y los furores de secta. La prensa antialfarista habíase desbordado ante la sola idea de que las víctimas no fueran inmediatamente trasladadas al matadero que la coalición tenía ya listo en las faldas del Pichincha; pero, cuando se supo que el Gobierno había resuelto proceder conforme a los deseos del General Plaza, tan acremente censurados, esa prensa digo también guardó silencio, como si se conformara con la evaporación de sus anhelos y el malogro de su incesante trabajo. Inexplicable resulta este cambio radical en la opinión de todos aquéllos frenéticos y sedientos de sangre humana; de modo que la crítica histórica tendrá que deducir que hubo una modificación del programa; un acuerdo previo entre los agitadores de la chusma antialfarista, para alterar el orden de las ejecuciones; y que en la seguridad de que sobrevendría la catástrofe, nadie sembró alarmas por la innovación en las escenas del drama. Y esto está apoyado por todos los documentos que llevo citados, por la actitud de los miembros del Gobierno y del General Navarro, y, sobre todo, por el encargo secreto que el General Plaza le dio a Gonzalo Córdova, el 24 de Enero, para que diese a los conservadores la seguridad de que les entregaría la presa que ansiaban. “Hágales saber que los prisioneros a quienes ellos tanto temieron, están bien seguros, y que irán a Quito tal y como lo ha ordenado el Gobierno: la justicia cumplirá su deber” decía el General en Jefe a su agente político, sin fijarse en que este telegrama había de descorrer el velo y denunciar al público, la doblez con que dicho General se conducía.
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Este encargo, como ya lo he dicho, echaba por tierra todos sus alardes de magnanimidad y clemencia, y revelaba toda la tenebrosidad de su alma; puesto que, al mismo tiempo que sostenía la imperiosa necesidad de retener a los prisioneros en Guayaquil, a fin de que no fuesen asesinados en Quito; al mismo tiempo que declaraba que no había nacido para verdugo, y pedía que enviará el Gobierno a otro que ejecutase la orden de arrastrar a los Jefes vencidos a la misma suerte que el Coronel Quirola, confiaba a su mejor amigo la misión confidencial de desmentir todas aquellas pomposas declaraciones, como para satisfacer al círculo clerical terrorista, que había principiado a concebir sospechas y desconfianzas de su aliado ocasional. No se puede comprender cómo un hombre tan astuto y sagaz, pudo publicar, él mismo, una prueba tan terrible de su responsabilidad; prueba que, al decir del escritor bogotano General Sánchez Núñez, ha sido el grano de arena en que tropezó y se despedazó el carro triunfal del General Plaza. El mencionado telegrama fue trasmitido el día 24, cuando ya el General Navarro se encontraba en camino “para ponerse al frente de la situación y evitar que la sangre, impunemente derramada, manchara los laureles de los vencedores”, según le decía él mismo Gonzalo Córdova al General en Jefe, en telegrama del 23 de Enero, que ya he copiado en un capítulo anterior. Luego, es indiscutible que el General Plaza conocía el pensamiento íntimo de los hombres del Gobierno; que sabía, sin ningún asomo de duda, que no se había renunciado a la horrorosa venganza premeditada contra los Alfaros; que tenía certidumbre de que Navarro, lejos de hacer cumplir las leyes, se limitaría a llenar las instrucciones secretas que había recibido; que tomaba como mera farsa el juzgamiento y creía infalible la condenación de los acusados, y su remisión a la Capital para que fuesen inmolados sin misericordia. Sin que el General en Jefe estuviera convencido de todo esto, su aviso a los conservadores de Quito, no tendría sentido ni habría tenido objeto; y menos, si nos fijamos en la categórica afirmación de dicho General, acerca de que la justicia cumpliría su deber. Sabemos ya en lo que consistía la justicia para Plaza: el asesinato alevoso y cobarde, la profanación sacrílega de los humanos restos, la venganza ejercida hasta con el polvo inerte del enemigo, todo eso es lo que el Comandante en Jefe tenía por justicia popular. La suerte de los Alfaros y de sus compañeros de infortunio, estaba fijada irrevocablemente: el juzgamiento en Guayaquil, no era sino una alteración en el programa de sangre, una mera peripecia del drama; pero que de ninguna manera debía modificar ni cambiar el desenlace. El Gobierno, dióle al General Navarro las siguientes instrucciones, en la mañana del día 25 de Enero: “Aun cuando juzgo excusado recomendarle el cuidado y conservación de los Generales Alfaro, Montero y Páez, con todo, me permito exigirle que tome Ud. todas las precauciones que le aconsejen su prudencia y tino, para que dichos presos no sufran ningún vejamen ni hostilidad del pueblo, menos que se atente contra su vida. Lo que sí creo conveniente insinuarle, es que ordene cuanto antes el juzgamiento militar, a que por las leyes deben ser sometidos; para de esta manera satisfacer a la vindicta pública que reclama, con justicia, el castigó de los culpables. El juzgamiento, conforme
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al Código Militar, debe verificarse en esa ciudad, teatro de las infracciones. Concluido el juicio verbal, remítalos a esta Capital para que cumplan con su condena, empleando escrupulosamente todas las medidas eficaces para garantizar la vida de los condenados. Acúseme recibo de este telegrama Carlos Freile Z.” Pudiera decirse que estas instrucciones debían tener tal vez un sentido doble, un valor entendido entre el Gobierno y Ministro de Guerra que actuaba en Guayaquil; puesto que ninguna de ellas fue cumplida, con manifiesto desprecio de la autoridad suprema de la República. Ya hemos visto cómo se dio cumplimiento a la orden de tomar medidas eficaces para evitar vejámenes y hostilidades, a los prisioneros, y sobre todo, para garantizarles la vida: la soldadesca disfrazada, ultimando a Montero, en presencia misma del tribunal, sin que nadie impidiera el asesinato ni el descuartizamiento del cadáver; esa justicia popular bárbara y cruel, según las expresiones del mismo General Plaza; ese pueblo ad-hoc, agrupado en la barra, al que no fue posible contener con la fuerza armada, porque se creía con derecho para matar al Jefe rebelde, son la prueba palpitante de que Freile Zaldumbide fue por completo desobedecido. Y éste, no sólo lo supo, sino que hizo publicar los telegramas oficiales que le anunciaban aquel total y escandaloso desobedecimiento, como si tuviera empeño en que la República se enterara y conociera que las órdenes del Gobierno eran pisoteadas por sus agentes, o constituían una raerá farsa. Ni una palabra de reprobación para los Generales que tan abiertamente habían infringido aquellas instrucciones: cualquier Gobierno, ante las iniquidades cometidas con Montero, habría exigido la responsabilidad de Navarro y Plaza, los habría destituido inmediatamente, para satisfacer a la humanidad y a la civilización abofeteadas; habría alejado de sí, lejos, muy lejos, a esos agentes que podían tiznar y ensangrentar con su contacto a los altos dignatarios del Estado; pero Freile Zaldumbide y sus Ministros recibieron las funestas nuevas de la tragedia, como cosa natural y ya esperada, las trasmitieron al público en los diarios oficiales, con cierto mal disimulado alborozo, y mantuvieron en los puestos a los responsables del salvajismo que nos coloco en la picota, expuestos a la pública vergüenza. ¿Cómo debe interpretarse la conducta de un Gobierno semejante? ¿Cobardía ante los asesinos o participación directa en el atentado? Aunque quisiéramos favorecer a los hombres del Gobierno, descartando todas las pruebas que obran en su contra, no podríamos salvarlos de complicidad manifiesta; porque esa entidad moral que decimos Gobierno, no puede disculparse con el miedo grave: tiene en sus baños todas las fuerzas de la sociedad, toda la omnipotencia de la ley; y, sí por cobardía no las emplea en evitar un crimen como el del 25 de Enero en Guayaquil se constituye él mismo en reo de la infracción que no tuvo valor para impedir. Criminales por cobardía, o criminales por perversión: el dilema es terrible para el Presidente del Senado y sus Secretario; pero firmemente verdadero e irrefutable. Con posterioridad, y cuando se levantó una acusación universal contra el Gobierno de Quito, viéronse los que componían, obligados a publicar un manifiesto “A la Nación”, en el que afirmaron que el telegrama de instrucciones mencionado, no fue

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recibido a tiempo por el General Juan Francisco Navarro. ¿Se pretendió salvarlo así de la tremenda acusación suspendida sobre su cabeza? Pero, cuando tal afirmaron dichos manifestantes, faltaron con impudencia a la verdad, sin recordar quizá que el mismo Ministro de Guerra había asegurado lo contrario en un documento oficial irrefutable. En efecto, el mismo día 25 de Enero, fecha del telegrama de instrucciones, a la una de la tarde, el General Navarro comunicó al Ejecutivo que estaba cumpliendo las dichas instrucciones del Gobierno, y que ya había ordenado al General en Jefe que organizara el tribunal militar para el juzgamiento de los altos Jefes rebeldes. ¿Cuál la intención con que los miembros del Gobierno y los Generales Navarro y Plaza han asegurado que ciertos telegramas precisamente los más importantes no llegaron con la debida oportunidad a manos de los destinatarios? Pero la falsedad de tal aseveración se destaca y pone de relieve por sí misma, pues no es verosímil que, estando la comunicación franca, no se hubiesen trasmitido de preferencia las órdenes del Gobierno a sus Generales en campaña. Y que las líneas telegráficas estaban francas en los diez últimos días del mes de Enero, se prueba con la misma colección de telegramas que han publicado Plaza y el Gobierno; el primero, en “Páginas de Verdad”, y el segundo, en el manifiesto “A la Nación”. Los referidos telegramas demuestran una comunicación no interrumpida, desde el día 22 hasta el 31 del Enero; de modo que no se podría explicar cómo pudo suceder que no llegasen a manos de Navarro y Plaza, los telegramas del Gobierno, trasmitidos el día 25, siendo así que el Encargado del Ejecutivo recibió los que dichos Generales le dirigieron en la misma fecha. Si la línea estaba interrumpida para los unos, debió también estarlo para los otros: ¿quién detuvo las órdenes del Gobierno para el General Navarro? ¿Y qué hizo el Gobierno para descubrir y castigar al telegrafista que interceptó una comunicación oficial de tal importancia, si es que hubo empleado del Telégrafo que se atreviera a cometer semejante delito? A las mismas reflexiones se presta la afirmación de Plaza de no haber recibido los dos telegramas del 26 de Enero, en lo que el Gobierno ordenó que no se remitiese a Quito a los prisioneros, por el riesgo que corrían de ser asesinados, y que se los guardase a bordo del “Libertador Bolívar”. En aquel día, desde las tres de la mañana, dirigió Navarro varios telegramas al Presidente del Senado; y ninguno de ellos dejó de llegar a su destino puesto que fueron publicados de seguida en el diario oficial ¿Cómo aconteció, que los telegramas de Freile Zaldumbide, trasmitido en la misma fecha y por la misma línea telegráfica, no fueran recibidos con oportunidad por el General en Jefe y el Ministro de la Guerra? ¿Y por qué fatalidad sucedía que únicamente los telegramas favorables a los prisioneros fuesen Interceptados por una mano criminal y asesina? Estas negativas dan margen sobre todo para establecer una prueba elocuente de culpabilidad en contra de Navarro y Plaza y más, si tomamos en cuenta el testimonio del General Julio Andrade, quien aseguró, sin ser desmentido, que había visto los telegramas del 26 en poder del General Plaza, en la mañana del mismo día, y que aún se empeñó en que se cumplieran las órdenes contenidas en dichos partes telegráficos. Las palabras del General Andrade, al respecto, han sido publicadas en

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varios escritos aun durante su vida; y nadie ha osado contradecirlas, menos probar que eran falass. Y Navarro no podría escudarse con la pretendida falta de; instrucciones, ni suponiendo que el telegrama en cuestión hubiese llegado demasiado tarde a sus manos; porque, si hemos de creer al ex-Ministro Carlos Rendón Pérez, va había recibido las mismas órdenes, precisas y detalladas, antes de emprender viaje a Guayaquil. El mencionado ex-Ministro publicó el 3 de Julio de 1914, en “El Grito del Pueblo Ecuatoriano”, una exposición justificativa llevado del deseo de calmar la creciente indignación nacional contra el Gabinete al que en mala hora había pertenecido. En uso del derecho de sincerarse, no vaciló a contradecir, en puntos principales, el célebre Manifiesto que Freile Zaldumbide y sus Ministros habían dirigido a la Nación; y publicó las siguientes importantísimas declaraciones: “Cierto es que al principio se acordó que los Generales Eloy Alfaro, Montero y Páez fuesen llevados a la Capital. “Pero como las noticias que recibía el Poder Ejecutivo, presentaban contradicciones, que impedían la clara visión de los sucesos de la Costa, resolvióse, después, que el General Navarro, Ministro de la Guerra se trasladase a Guayaquil. “Este traía instrucciones precisas. La primera prohibía la Inmediata conducción a la Sierra de dichos Generales, pues, decía textualmente: “El juzgamiento, conforme al Código Militar, debe verificarse en la ciudad de Guayaquil. Concluido el juicio verbal, Remítalos a esta Capital para cumplir su condena, empleando escrupulosamente todas las medidas eficaces para garantizar su vida” “Además, prescribía que se tomasen las precauciones todas que aconsejaban la prudencia y el tino, para que los detenidos no sufrieran ningún vejamen ni hostilidad; indicación que pone de bulto los sentimientos humanitarios de los miembros del Gobierno. “Se señalaba, pues, como condición necesaria para encaminarlos a Quito, la previa sentencia condenatoria. “Y, efectivamente, de conformidad con lo resuelto por el Supremo Gobierno, y ateniéndose a las instrucciones que trajo” (palabras del Ministro de la Guerra), este alto Jefe procedió al; juzgamiento del General Montero. “Acaecida la nefanda muerte del malaventurado militar, del Ministro de la Guerra, motu proprio, despachó los presos a Quito, expresando “que tomaba esa determinación, por hallarse firmemente persuadido de que corrían inminente peligro de morir del mismo modo que Montero; y viéndose en el caso de suspender el enjuiciamiento, los sacaba inmediatamente de la ciudad, y los remitía esa misma noche, custodiados por el Coronel Sierra…” De consiguiente, no es cierto que le hubiesen faltado instrucciones al General Navarro; puesto que, según estas afirmaciones de Rendón Pérez, el telegrama que se dice retardado, no venia a ser sino la ratificación de las órdenes que ya se le habían impartido en Quito. Por otra parte, eso de alegar que no se cumplió con leyes ni con la humanidad, rodeando de garantías a un hombre que se encontraba en el banquillo de los acusados, por no haber recibido oportunamente instrucciones para llenar aquellos ineludibles
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deberes de la autoridad pública, constituye una monstruosidad sin nombre. Según este criterio, Navarro podía presenciar impasible el degüello de todos los guayaquileños, el incendio de nuestra Metrópoli comercial, el saqueo del alto comercio, o cualquiera otra barbaridad, si no había recibido instrucciones oportunas del Gobierno para reprimir a los asesinos, prender a los incendiarios o ahuyentar a los ladrones. ¿Y para qué tenía el carácter de Ministro de Estado, y la fuerza armada a sus órdenes? ¿Y para qué alardeaba de sostenedor de la Constitución y del derecho de los ciudadanos? ¿Y para qué llevaba espada al cinto si no era para defender al débil y amparar al que no podía valerse por sí misino? Quien ha menester instrucciones para ser honrado y justo, leal y caballero, no merece contarse entre los hombres de bien. Decía que la autoridad de Freile Zaldumbide era despreciada por todos, aún por los empleados más subalternos; y que el Ejecutivo se conformaba de tal manera con la desobediencia más clamorosa y punible, que muy bien podía deducirse que existan secretas connivencias entre el que daba la orden y el que la desobedecía. Los Generales Plaza y Navarro, que nada podían hacer sin instrucciones superiores, cuando las recibían, las ocultaban; o las quebrantaban con el mayor descaro, y en la convicción de que el Gobierno no había de dirigirles ni el menor reproche, menos aplicarles la pena que las leyes señalan para el infractor de los mandatos gubernativos. Ni Constitución, ni leyes, ni disciplina militar, ni Gobierno, estaban por sobre la voluntad del seudo Ministro de la Guerra y del General en Jefe en Campaña: hacían lo que querían, sin pararse ni ante las más perentorias órdenes del Ejecutivo; y después de cada transgresión, llovían sobre ellos los aplausos y los elogios, de parte del mismo Jefe del Estado y sus ministros. ¿Cómo explicar la conducta de un Gobierno que impartía órdenes, y luego aplaudía y recompensaba, lejos de castigar, a los que las quebrantaban? La Historia, cuando esté en posesión de los datos más concluyentes señalará el lugar que a Freile Zaldumbide y sus Ministros les corresponda en el rol de los criminales de Enero; pero, vuelvo a repetirlo, no puede ponerse en duda la participación de dichos hombres en las iniquidades que voy severamente relatando. Y la acusadora Exposición de Rendón Pérez apoya y corrobora mis deducciones; puesto que los mismos cargos que el ex-Ministro le dirige a su antiguo colega, resultan pruebas concluyentes, de la culpabilidad del Gobierno, al que acusador y acusado pertenecieron. Ya hemos visto que en el telegrama del 25 de Enero por la mañana, Freile Zaldumbide mandó que los prisioneros fuesen juzgados cuanto antes, en Guayaquil, teatro de las infracciones cometidas; y que, después de ser condenados por el tribunal militar, se los remitiera al Panóptico, dónde debían cumplir la pena impuesta. Hemos visto también que Navarro, de acuerdo con esta resolución y las instrucciones que ya se le habían dado en Quito, mandó que el Comandante en Jefe organizara los tribunales militares respectivos, para el juzgamiento de los mencionados presos; y, el fin y término que tuvo el Consejo de Guerra verbal, al que fue sometido el General Montero. No obstante estas órdenes, y el haber dado comienzo a ponerlas en práctica, el General Navarro resolvió motu proprio, como dice Rendón Pérez contrariarlas, en cuanto a los demás prisioneros, y remitirlos a la Capital, como al principio lo había querido el Gobierno. La desastrosa muerte de la primera víctima, fue el pretexto excogitado para
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tan grave y funesta desobediencia: la falsedad y la hipocresía volvieron a encubrir la maquinación de los coalicionistas contra los Alfaros, cuya eliminación procuraban a todo trance. Y nótese la contradicción absoluta entre los partes del General Plaza y los del Ministro de Guerra, en cuanto a la actitud del pueblo de Guayaquil: el primero, aseguró al Gobierno, a los Gobernadores y Jefes de Zona, que el pueblo se había calmado, y aún, que se manifestaba arrepentido: y el segundo, que continuaba frenético, incontenible, haciendo esfuerzos por asesinar a los demás presos. Y para robustecer estos alarmantes informes, continuó dirigiendo telegramas en la noche del 25 al 26 de Enero, anunciando que el pueblo permanecía en las calles para evitar que se salvara de alguna manera a los presos; que el pueblo presentaba delante de la Gobernación, pidiendo la cabeza de esos desventurados, etc. Todo falso, todo invención criminal el pueblo guayaquileño, presa del mayor estupor, había caído en profunda consternación, después de la tragedia de aquella noche; y fueron vanas todas las medidas adoptadas para que los ciudadanos aprobaran de alguna manera lo sucedido. Guayaquil tiene miles de extranjeros en su seno; y ellos, testigos irrecusables, han podido decir si era verdad lo afirmado por el General Navarro; afirmación contradicha unánimemente, desde los primeros momentos. ¿Por qué el General Navarro no ha confundido a sus acusadores, con el testimonio de los Cónsules extranjeros, de los más honorables comerciantes franceses, alemanes, italianos, etcétera, pidiéndoles que confirmaran sus telegramas de la noche del 25 al 26 de Enero, sobre el furor incontenible del pueblo de Guayaquil? ¿No estriba en la suspensión del juzgamiento de los presos, la tremenda acusación que pesa sobre él, por los asesinatos del 28 de Enero? ¿Por qué no ha destruido ese fundamento, si de verdad podía explicar satisfactoriamente la remisión de los prisioneros a la Capital? Navarro y Plaza se desvivían por poner a salvo la vida de los Alfaros y sus compañeros; y no hallaron medio mejor de llenar sus humanitarios deseos, que mandarlos inmediatamente a Quito; donde, según la propia y reiterada confesión del Comandante en Jefe, correrían, con seguridad, la misma suerte que el desventurado Quirola!... Plaza, y probablemente también Navarro, no habían nacido para verdugos, según lo declaró el primero; y, sin embargo, estas dos encarnaciones de la misericordia, no pudieron excogitar ninguna otra manera de salvar la vida de sus adversarios vencidos, que maniatarlos y empujarlos al degolladero, a ciencia cierta de que perecerían sin remedio!... Verdad que Plaza no asumía responsabilidad alguna en este acto de perfidia, pues había llegado ya el otro, “a ponerse al frente de la situación y evitar que la sangre, impunemente derramada, manchase los laureles del vencedor”; verdad que Plaza le había contradicho a su colega sobre la actitud de Guayaquil, contradicción maliciosa que sería alegada en defensa del Comandante en jefe, cuando retumbase el trueno; verdad que Plaza procedía con refinada astucia, pero de ningún modo ha podido ocultar su colaboración en el drama horrible que ha infamado a la República. Si estaba convencido de que los prisioneros marchaban a la muerte, si no había nacido para verdugo, si no quería más sangre, ¿por qué no se opuso al envío de sus enemigos a la Capital, como se había opuesto cuando el Gobierno los pidió en los días 22 y 23? ¿Acaso había desaparecido el peligro en las treinta y seis horas transcurridas desde su
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última negativa a desempeñar el papel de verdugo? ¿Cómo explicaría el General Plaza este su rápido cambio de convicciones? Y ahora tenía en qué hacer pie para impedir que los Alfaros fuesen sacrificados como Quirola; puesto que el Gobierno penaba que los prisioneros fueran transportados a uno de nuestros buques de guerra, a fin de conservarlos con seguridad y sin peligro. Esta idea la había tenido ya el General Julio Andrade; y según lo refería públicamente, insistió en que se adoptase aquel medio de salvación, en toda la noche de la muerte de Montero. A la mañana siguiente, vio el telegrama de Freile Zaldumbide, relativo a la misma idea salvadora, en manos del General Plaza; y volvió a la carga, instando que se hiciese regresar a los presos; pero estas instancias humanitarias, no fueron atendidas. E1 General Plaza podía repetirle a su colega Navarro, lo que le había dicho al Gobierno, lo que constaba en su Circular de dos o tres horas antes, que el pueblo estaba calmado y arrepentido, y que no había peligro que obligara al viaje fatal de los presos; pero se guardó bien de hacerlo, como si deseara también aquel viaje de muerte. Plaza pudo exigir del Ministro de Guerra Navarro que aguardase orden expresa del Gobierno, como era legal y obvio, para suspender el juzgamiento de los vencidos, y mandarlos a Quito; pero nada de esto se le ocurrió proponer, nada quiso hacer para comprobar que no había nacido con alma de verdugo. Plaza, en caso de topar con la tenacidad invencible de su camarada, debió proceder como soldado de honor: primero morir que mancharse. Debió romper su espada, separarse del mando como lo había ofrecido dos días antes, desconocer la autoridad espuria de Navarro, erigirse en campeón de la justicia y de las leyes, en defensor de la República y de la humanidad. ¿Por qué no procedió así? ¿Por qué contradijo con su conducta, sus bellas y pomposas declaraciones hechas dos días antes? Luego, la crítica histórica ha de deducir, por necesidad, que las hermosas frases del comandante en Jefe, sobre garantía, humanidad, clemencia, respeto a la fe pública, amparo a los vencidos, no pasaron de vanas palabras, de artimañas pérfidas, de maquiavelismo depravado y corruptor. El General Navarro, fiel a la consigna, había adelantado ya la idea de salvar a los prisioneros, enviándolos en el acto a Quilo; y a las doce de la noche del 25, dirigió al Gobierno el siguiente telegrama; “Guayaquil, 25 de Enero de 1912. Señores Presidente y Ministros de Estado. Quito. “E1 fin trágico del General Montero y el peligro inminente que corren los otros Generales presos, me ha colocado en el caso de suspender su enjuiciamiento y sacarlos inmediatamente de esta ciudad, aprovechando la circunstancia de que el pueblo enfurecido ha abandonado la Gobernación y anda por las calles con los despojos del desgraciado General Montero. Si no aprovecho de estos momentos, tengo la firme persuasión de que los demás Generales correrán la misma suerte de aquél, a menos que nos resolviéramos a fusilar al pueblo, cosa que creo que no está en el ánimo del Gobierno, y que seguramente no lo está en el mío. He ordenado, pues, que el PUNDONOROSO Y ENÉRGICO CORONEL SIERRA, llevando a sus órdenes al Batallón “Marañón”, conduzca esta misma noche a los presos a Quito, ateniéndose a las siguientes instrucciones, etc. Ministro de Guerra, J. F. Navarro”.
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Todo el contenido de este documento es falso; excepción, hecha de la confesión relativa a que no estaba en el ánimo, ni del Gobierno, ni de los Generales Navarro y Plaza, oponerse a la inmolación impune y bárbara de sus enemigos indefensos. Oponer la fuerza pública a la criminal agresión de una turba desenfrenada y furiosa, habría sido defender la Constitución y las leyes, la civilización y la humanidad, la honra de la Patria y la del soldado ecuatoriano; en una palabra, cumplir los deberes sagrados e ineludibles que pesan sobre la autoridad. Y nada de esto estaba en el ánimo, ni entraba en la política de un Gobierno nacido del crimen y la traición, de un Gobierno que había escogido por colaboradores a gente sin honor y sin conciencia. Interesa grabar en la Historia la cínica confesión de Navarro; porque equivale a un estigma puesto con propia mano en la frente de aquel Gobierno. Ya he dicho que el Batallón “Marañón” se componía casi totalmente de clericales fanáticos y viciosos; y por esta razón merecía la confianza de los coalicionistas, hasta el punto de ser el único escogido para toda comisión de sangre. A ese Batallón se dirigieron los conservadores de Quito, encomendándole obstar las garantías acordadas en la Capitulación de Duran; a ese Batallón ordenó Plaza que fuesen los Generales presos; a soldados de ese Batallón se los disfrazó de paisanos, para que se agrupasen en la barra del Consejo de Guerra y protestaran contra la sentencia que defraudaba las esperanzas del pueblo, según el decir de Navarro, en su primer telegrama del 25 de Enero; individuos de ese Batallón fueron los que realizaron esas esperanzas, matando, destrozando y quemando al infeliz Montero; y, en fin, a ese mismo Batallón se le encargó conducir a Quito, a las víctimas restantes para libertarias del furor popular en Guayaquil. ¿Por qué esta predilección tan especia1por el Batallón mencionado y por su Jefe, el Coronel Sierra? La respuesta es obvia: los demás Cuerpos del Ejército vencedor estaban formados, ya que no por individuos verdaderamente liberales, por gente que no participaba de esos instintos de fiera, que sólo el fanatismo inspira y atosiga. Todo estaba estudiado: no había un solo cabo suelto en la trama infernal contra los caudillos del radicalismo ecuatoriano: Lupe de Aguirre, el Traidor, no podía bañarse en sangre sin la cooperación de sus Marañones… Mientras tanto, la publicación de los telegramas de Navarro sobre la horrorosa muerte de Montero, había exaltado hasta el delirio la ferocidad de la chusma coalicionista en Quito; pero, al mismo tiempo, llenó de santa indignación a todos los corazones nobles, a todas las almas que no estaban sumidas en la depravación y la barbarie. El mismo Freile Zaldumbide parece que se llenó de terror, en presencia de esa, para él, inesperada reprobación de la gente honrada contra el asesinato de Montero; y se atrevió a rebelarse, siquiera sea por unos momentos, contra la sugestión maléfica que arrastraba por el camino del crimen. Se ha visto ya cuan contradictorios eran todos los actos oficiales de ese hombre infeliz, ciegamente entregado en manos de la coalición: las vacilaciones, la doblez, la debilidad, la perfidia, el rencor, la venganza, la falsía, en amalgama y confusión inverosímiles formando un todo monstruoso, venían a ser la fisonomía moral de aquel Gobierno, cuyo Jefe no se daba cuenta exacta de lo que hacía. Su pusilanimidad y falta absoluta de carácter le hicieron, pues, retroceder espantado, ante
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la realización de los crímenes en que había ya consentido; más, como hay temores que salvan y espantos que apartan de1 abismo, habría podido el Encargado del Ejecutivo volver a la senda de la rectitud, si ese miedo saludable hubiera sido duradero. Léanse estos telegramas y júzguese de Freile Zaldumbide por sus obras: “Quito, 26 de Enero de 1912. Señores General Ministro de Guerra y General en Jefe del Ejército. Guayaquil. “Viene siendo imposible la medida de enviar los prisioneros a esta Capital, porque no se podría ponerles a cubierto de la ira popular, ni a su paso por las poblaciones del tránsito, a su llegada aquí. “Además, debiendo verificarse el juzgamiento de ellos en Guayaquil, sería necesario correr, en su regreso, el mismo peligró que en su venida; complicándose entonces la situación, porque el pueblo presumiría que se trata de eludir el juzgamiento y de poner a los prisioneros a salvo de la sanción legal. “Lo que necesitábamos era que no se pusiese en libertad a los que trastornaron tan hondamente la Nación; y fue porque se pensaba en ello, que se dispuso se los enviase acá; más, las circunstancias han cambiado y veo que lo más conducente al juzgamiento y a la seguridad de ellos, sería mantenerlos presos en el “Libertador Bolívar”, tomando las medidas del Vaso para evitar su fuga, y en espera de que las agitaciones se calmen, y se pueda entonces proceder al juicio, conforme a las leyes. “Repito que su venida no puede verificarse, porque los riesgos son inminentes y el gobierno está en el deber de preverlos y evitarlos. “Por tanto, sírvanse Uds. ordenar que regrese el convoy de los prisioneros, convoy que he mandado detener en Huigra. El Encargado de1 Poder Ejecutivo, Carlos Freile Z.” Quito, 26 de Enero de 1912. Señores General Ministro de Guerra y General Jefe de Operaciones. El funesto ejemplo de lo acaecido allá, con el General Montero, sería, un antecedente que explotarían los pueblos por donde vinieran en tránsito los prisioneros hacia esta Capital; de suerte que ellos no llegarían aquí sino mediante los más severos cuidados y la más estricta diligencia de los encargados de su conducción, cosa que se debería prever con suma prudencia. La ansiedad que promueven estos hechos, debe conducirnos a evitar su repetición; y ojalá que el buen sentido de los elementos prestigiosos y sensatos de esa ciudad devuelva la calma al ánimo del pueblo guayaquileño, en punto de ser quizá preferible resguardar allá, más bien que aquí, a los pioneros. “Al amparo de la ley y bajo la custodia de Uds. deben hallar seguridad personal los demás prisioneros; de suerte que, con el criterio que aconsejan las circunstancias, sírvanse proceder forma que no tengamos nuevos atropellos que lamentar. El encargado del Poder Ejecutivo, Carlos Freile Z.” Se comprende por el tenor de estos documentos, que el alma de Freile Zaldumbide se hallaba abrumada por grandes congojas y temores: una lucha suprema debía haberse librado en ella, entre los restos de ese sentimiento del deber que rara vez se extingue por completo, y las malignas sugestiones de la coalición, los compromisos contraídos, y las concesiones ya hechas en orden a la supresión del Alfarismo. Espíritu sin fuerza y sin luces, debió haberse debatido horriblemente en aquellas horas de
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angustias y zozobras; porque, de seguro, debe ser más dolorosa la agonía de la honradez, y más tremendo el último suspiro de la virtud, que la muerte misma del cuerpo, trance último que tanto nos aterroriza. De aquí nacieron las contradicciones del Encargado del Ejecutivo, ese como ir y venir del camino del bien al camino del mal, esos como arrepentimientos súbitos y reincidencias inmediatas, esa conducta tortuosa, oscura e incomprensible. Navarro y Plaza conocían perfectamente el estado psicológico del infeliz hombre que gobernaba la República; y lo manejaban como se maneja a un niño tímido, alternando la amenaza con el halago, el engaño con la verdad, e imponiéndose siempre a esa voluntad enfermiza y endeble, que a la menor presión se doblegaba por completo. Sus rebeldías, de consiguiente, eran ráfagas pasajeras: las reacciones del bien en aquella conciencia, apenas tenían el brillo instantáneo del relámpago. ¿Cómo eludieron los Generales Plaza y Navarro las órdenes terminantes contenidas en los telegramas anteriores? De la manera más sencilla: acordaron afirmar que no los habían recibido con oportunidad; y después Freile Zaldumbide, no sólo se dió por satisfecho, sino que disculpó la desobediencia con esta misma mentira, en el Manifiesto “A la Nación”. Ya se ha visto cuan falsa era esta disculpa, puesto que los telegramas en referencia, fueron vistos por el General Andrade en manos de Plaza, en la mañana del 26 de Enero; de manera que bien pudieron cumplir las disposiciones del Ejecutivo, mandando que los prisioneros regresaran de Huigra. E1 mismo General Plaza, cuyo atolondramiento le es fatal contradijo abiertamente el pretexto que vengo refutando; ya que, el 27 de Enero, le dijo al Ministro de Guerra Intriago (no se olvide que había dos Ministros de Guerra a la vez), que “el Ministro de Guerra Navarro y él, Plaza habían quedado sorprendidos del telegrama respecto de los prisioneros de guerra, los que habían sido remitidos a Quito en cumplimiento de las reiteradas órdenes del mismo Intriago”. Agrega la noticia de que el Coronel Sierra y el Batallón “Marañón” iban custodiando a los prisioneros, con instrucciones de defenderlos aun con riesgo de su vida. ¿A qué telegrama se refiere Plaza en esta comunicación que puede verse en la pág. 251 de su libro “Páginas de Verdad”? ¿Cuál era la orden, respecto de los prisioneros, que tanta sorpresa les había causado al Comandante en Jefe y al Ministro de Guerra de Guayaquil? indudablemente, aquella que disponía que los presos fuesen conservados en un buque de guerra, a fin de preservarlos de un asesinato seguro en el tránsito, o en la Capital. Y tanto es así, cuanto que Plaza se disculpa de la remisión de dichos presos, con las reiteradas órdenes del mismo Ministro Intriago; y alega, como para paliar la desobediencia, que se habían dado instrucciones al “Marañón” para que, hasta con peligro de la vida, defendiera a los infortunadas prisioneros. Luego, bien pudieron todavía hacer regresar a las víctimas y evitarle a la Nación una vergüenza eterna: no lo hicieron, porque no lo quisieron, porque les interesaba la eliminación de los Alfaros. Y véase la mala memoria del Comandante en Jefe: no recordó, sin duda, que los últimos telegramas del Gobierno fueron dirigidos al Ministro de Guerra Navarro y a él, conjuntamente; y en el mismo parte del 27 al Ministro de Guerra Intriago, se atreve, a quejarse de que “HACIA TRES DÍAS que no recibía respuesta ninguno de sus
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telegramas dirigidos al Presidente y sus Ministros; ni aun recibo del en que les comunicó el trágico fin de Montero…” Esta última parte contradice la primera, en la comunicación oficial del 27; porque, si desde el 25 no había recibido ningún telegrama del Presidente ni de sus Ministros, no hubo orden alguna gubernativa, relativa al viaje de los prisioneros, que llenase de sorpresa a Plaza y Navarro. ¿Cómo se compaginan afirmaciones tan diametralmente opuestas, en una misma comunicación suscrita por el General en Jefe? Sólo en la noche del 25, después del asesinato de Montero, se resolvió salvar a los demás presos, enviándolos a Quito; luego es evidente que el telegrama al que se refería Plaza, fue posterior; luego, faltó impudentemente a la verdad en la, segunda parte de su comunicación del 27. Plaza preparaba la coartada, como dice Manuel de Jesús Andrade; pero, le faltó un abogado a su lado, y su astucia no pudo suplir la falta de habilidad forense. Entre tanto, los prisioneros nada sabían de la suerte que el inhumano vencedor les reservaba. El anciano Caudillo radical y sus compañeros de infortunio, habían escuchado los gritos de muerte de la soldadesca, las detonaciones de las armas de fuego con que ultimaron a Montero, el siniestro vocerío del arrastre del cadáver, los rugidos de la fiera suelta; y esperaban que les llegase también el último momento, resignados, pero firmes. Aquella agonía del espíritu fue larga y espantosa; y los esbirros de sus enemigos, agotaron toda medida para amargar más todavía la situación de aquellos desventurados. No les permitían ni abandonar el asiento que se le había señalado lacada uno, ni cambiar de posición para buscar descanso, ni siquiera satisfacer sus necesidades naturales a solas. Alfaro, valeroso hasta la temeridad, y a la vez lleno de resignación filosófica y cristiana, ni se alarmó ni se inmutó por nada: tranquilo, como Sócrates, hablaba a sus desgraciados amigos, de la próxima muerte que les aguardaba, como de la cosa más natural; y reanimábalos con la confianza de que la Historia los vengaría, de que la conciencia ecuatoriana reaccionaría formidable contra los asesinos, de que la posteridad haría completa g justicia a las víctimas. Páez, Medardo y Flavio Alfaro, Serrano y Coral, escuchábanle silenciosos, pero miraban también con valor el acercamiento de su última hora: ninguno dejo escapar una palabra que pudiera traducirse por debilidad; si bien los dos últimos hablaban, de vez en cuando, de su ninguna participación en la guerra civil, cuyo sangriento epílogo estaban escribiendo los asesinos. Plaza tomaba venganza de Coral y Serrano, confundiéndolos arbitrariamente con los prisioneros de guerra: ninguno de los dos intervino ni indirectamente en la rebelión de Montero contra la dictadura de Quito; pero habían tenido la desgracia de concitarse el encono del General en Jefe, con repetidos actos de rectitud e independencia, actos que el vencedor de Naranjito no podía perdonar jamás. El constante fustigador del General Plaza, el valeroso denunciante de los atentados de su gobierno, debía sufrir el castigo He su fidelidad al Caudillo y a la causa radical; y el odiado periodista fue inmisericordemente remitido al matadero, a plena conciencia de que no lo perdonarían los verdugos. El General Serrano había desechado con injurioso desdén las proposiciones de Plaza y negádose muchas ocasiones a
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secundar su nada clara ni honrada política; y tenía que morir bárbaramente en castigo de su inflexibilidad de carácter y acrisolada conducta privada y pública. ¿Qué delito capital se les imputaba a Coral y al General Serrano? La inocencia de estos dos honorables ciudadanos está reconocida por todos, aun por Calle el incansable defensor de Plaza; luego, necesariamente hemos de concluir que quien, abusando de la fuerza y de las circunstancias, los apresó sin causa y los envió a una segura muerte, es responsable de ella. El citado Calle ha hecho los mayores esfuerzos para limpiarle a su ídolo de toda mancha de sangre, llegando hasta culparle a la Providencia Divina por los inauditos crímenes de 1912: Plaza nada hizo; nada hicieron los marañones; nada las turbas antropófagas: esa horrible bacanal de sangre que llenó de estupor e indignación al mundo, ese desbordamiento espantoso de canibalismo que nos está igualando en el concepto de los pueblos civilizados con las tribus del Amazonas, son meras manifestaciones, de la “Justicia Providencial”, de la que resultan cooperadores y agentes los peores malvados que ha podido abrigar nuestro país!... El 7 de Julio de 1914, en “El Grito del Pueblo Ecuatoriano”, pretendía Calle probar tan blasfematoria tesis; y a vueltas de burdos sofismas, decía: “…Y he ahí, que en la hora del gran desastre, en el krac irremediable de un pasado que se hundía envuelto en sangre, el odio de unos pocos se acuerda de un ciudadano indefenso, que permanecía en su casa, indiferente al movimiento que se efectuaba. La revolución no le tomó en cuenta, creyéndole, acaso, desafecto, tal vez incapaz del desesperado arrojo que la situación exigía; y como el ciudadano era rico o independiente, a la caída don Eloy, en el año anterior, se creyó desligado de todo compromiso político. Era un General pacífico, y se llamaba don Manuel Serrano. Le buscan, le atrapan, le empujan como un criminal, y unen sus responsabilidades históricas a las de Alfaro y los jefes alfaristas. Pero él no tenía esas responsabilidades; sino es que la providencia resolvió castigar en él culpas de otro género, faltas de otra especie y reivindicar su alta justicia para ejemplo de perversos y moralización de tremendos déspotas de campanario… “Y ése odio a que hemos hecho referencia, persigue a Coral, ciudadano también pacífico, que no tomara las armas ni se condujera con vengativa violencia contra sus adversarios y malquerientes, que formaban legión, que eran un pueblo, aprovechando de la tremenda anormalidad de los tiempos. Coral no era sino un periodista, que sacara largamente, constantemente, de dominaciones alfaristas cuanto ellas daban de sí para sus adherentes incondicionales, en grados militares, mandos civiles, honores, impunidad y dinero…” Ni Coral ni Serrano eran revolucionarios, y por el mismo caso, ni combatientes ni prisioneros. ¿Por qué, pues, se los apresó y condenó a muerte? Y no vale decir que el odio público, en forma de legión iracunda, de vengativa muchedumbre, fue el ejecutor de tan cobarde maldad; porqué precisamente para oponerse a los desmanes y atentados de los malhechores, están la autoridad y las leyes, la fuerza pública y aun la de los particulares, en razón de que la sociedad debe protección decidida a todos sus miembros.

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¿Qué hicieron Plaza y Navarro para enmendar ya que no impedir las injusticias de la enfurecida plebe? Mandar a los inocentes presos al martirio, a que corrieran seguramente la suerte del desgraciado Quirola. ¡Y dice el defensor de Plaza que éste es un acto de la Justicia Providencial, infinitamente sabia y recta!... Plaza tenía un grupo de agentes que, a pesar de hallarse en la edad de los nobles sentimientos y de la altivez propia de la juventud, prestábanse a desempeñar el ruin oficio de esbirros. Estos jóvenes, dignos de mejor destino, se llamaban Ayudantes del General en Jefe; y con este carácter allanaban los domicilios de los desafectos al vencedor, y apresaban a los que la venganza de su Jefe destinaba a la muerte. Estos fueron los que prendieron al General Alfaro, a Páez y Montero, apenas entró en Guayaquil el Comandante en Jefe y supo la casa en que se encontraban sus enemigos, muy confiados en la fe de los tratados y la palabra de honor con que él mismo garantizara la Capitulación de Duran… Véase ahora cómo refiere un testigo presencial los pormenores de la captura del General Serrano y Coral: EI 23 del mismo mes (Enero) fue tomado preso el Coronel Coral por el Ayudante de Plaza, Clotario E. Paz; para lo cual allanó una habitación contigua a las oficinas del Cable. En cuanto lo vio Plaza, lo insultó, llamándolo perro de Alfaro, etc.: “Vaya Ud. donde su amo le gritó airadísimo; ha llegado la hora de las liquidaciones, y su cuenta es embrollada y larga…” “El día 25, a las siete de la mañana, se presentó Clotario Paz acompañado de Víctor Manuel Naranjo en casa del General Serrano. Este salió inmediatamente a recibir a los militares que lo buscaban; y Paz le dijo sin preámbulo alguno: Vengo a llevarlo a Ud. por orden del General en Jefe, de quien soy ayudante… “Como Serrano jamás pensó que podían perseguirlo ni capturarlo por una revolución en que ninguna parte había tomado, contestó que debía haber equivocación en la orden que se le comunicaba; pero Paz ratificó sus primeras palabras y Naranjo las corroboró, agregando que él, por consideraciones personales, había evitado que viniese con ellos una escolta. “Serrano marchó con dichos Ayudantes en la seguridad del que se trataría, de alguna ligera explicación con el General Plaza y pidió que lo condujeran al despacho de éste, ya que él había ordenado su prisión. Pero el Comandante en Jefe no estaba en la Gobernación, y Serrano fue llevado ala sala donde se encontraban presos los Generales Alfaros, Páez y Montero, y el Coronel Coral. Transcurrieron las horas y el General Plaza no vino, al medio día mandó a solicitar del gobernador Carlos Benjamín Rosado el permiso de ir a almorzar, ofreciendo volver en el acto para entenderse con el General en jefe. Pero contestó que no podía acceder a lo pedido, en virtud de que el solicitante se hallaba detenido por orden de Plaza, la que no le era facultativo contrariar. “Plaza no asomó al despacho sino a las tres de la tarde, y pasó al salón de los presos, mediando entonces el dialogó siguiente, entre Serrano y su enemigo: General, he sido traído acá por orden de Ud., y lo he aguardado largo para saber la causa de mi detención.

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Estaba Ud. complicado en la revolución que acabo de debelar, y no puede negarlo. Por fortuna está presente el General Montero, Jefe de la revolución de que Ud. habla; y apelo al testimonio de dicho general acerca de mi absoluta abstención en el movimiento político de Diciembre último, y de consiguiente, de mi completa inculpabilidad. “Tomó la palabra el General Montero y dijo: el General Serrano se ha negado constantemente a prestarme apoyo: le he ofrecido varios cargos en el Ejército y no ha querido aceptarlos: no puedo explicarme por qué razón se halla preso con nosotros. “Plaza no tuvo qué replicar y se dirigió silencioso a la puerta del salón; pero Serrano lo detuvo y le dijo: Comprobada mi inocencia, nada tengo que hacer aquí, y voy a salir con Ud. Inmutóse Plaza y contestó con voz colérica y estridente: ¡No, no; Ud. se queda preso hasta nueva orden! Y salió precipitadamente. “--------------------------------------------------------------------------------------------La familia de Serrano y sus amigos hicieron lo posible por obtener que Plaza revocara su determinación injusta: el Gobernador Rosales, el doctor Guerrero, el doctor Francisco. Andrade y otras personas de influencia ante el General en Jefe, tomaron gran interés en conseguir la libertad del detenido; pero todo fue en vano, pues la perdición de aquel honorable ciudadano estaba irremisiblemente decretada! “Montero acababa de ser despedazado cuando se presentó, en la prisión del General Serrano el Sargento Mayor Reinaldo Solano de la Sala y le puso delante un pliego escrito, diciéndole departe de Plaza que lo firmase, si no quería ir a Quito con los demás prisioneros. “Como el General Serrano era un soldado de honor, Plaza había ideado una manera de vengarse de él, todavía más cruel que la muerte; y le propuso que, a cambio de la libertad y la vida, suscribiera ese papel infamante, el que contenía la renuncia del grado de General, declarándose indigno de ocupar tan alta jerarquía en el Ejército... “El preso leyó aquella deshonrosa renuncia y la devolvió a Solano de la Sala, diciéndole: Asegúrele al General Plaza que prefiero morir, antes que degradarme. “Por tres veces se repitió la misma propuesta, y siempre por el mismo Ayudante ya nombrado; y fue rechazada de igual manera, con la dignidad y altivez propias de un viejo soldado que no se atemorizaba con la perspectiva de la muerte. Aun en el momento de embarcarse los presos para Duran, se le requirió a Serrano que firmara su degradación y evitara el viaje fatal; pero la entereza de la víctima no desmayó ni entonces, y optó por el sacrificio, antes que caer en la ignominia”. Tengo a la vista las apuntaciones de las que he copiado las anteriores líneas; y cuyo autor testigo de los acontecimientos que relata con suma sencillez merece entero crédito; tanto más cuanto que su narración está en todo conforme con lo que la misma prensa placista decía en aquellos tiempos, y con lo que otras personas fidedignas han visto y referido al respecto. Además, ni Plaza ni Solano de la Sala han contradicho nunca estos acusadores detalles que los escritores independientes han publicad con la mayor frecuencia durante los años transcurridos desde la terrible noche del 25 de Enero de 1912.

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Mientras tanto, Plaza decía a todos que los presos ya no corrían de su cuenta; y, consecuente con su maquiavélico sistema, hizo muy ostensible el interés que tenía en salvarles la vida. Colocase en las puertas de la prisión, vociferando que nadie pasaría, sino sobre él, para ofender a los prisioneros; pero lo hizo cuando ninguno pretendía entrar ni agredir a los aherrojados Generales; cuando los asesinos celebraban ya su festín en la plaza de Rocafuerte; cuando el pueblo el verdadero pueblo guayaquileño lleno de horror maldecía a ese grupo de criminales que se estaba manchando de la peor manera la libre y gloriosa patria de Olmedo. ¿Y por qué no se colocó también delante de Montero, escudándolo con su cuerpo para salvarlo? ¿No era también un hombre indefenso, al que se debía protección y apoyo contra la turba; de asesinos que lo acometía por sobre la inviolabilidad de los tribunales y las leyes? ¿No era también un General de la República, un prisionero puesto bajo la salvaguardia de la caballerosidad y honor de los vencedores, más todavía que al amparo del poder público? ¿No es acaso ineludible obligación de todo hombre civilizado y virtuoso proteger, aun con peligro de la propia, la vida de sus semejantes, y oponerse a la perpetración de todo atentado contra los fueros de la humanidad y el derecho de los asociados? ¿Por qué no impidió, por lo menos, que se profanase tan bárbaramente el cadáver de su enemigo? ¿Dónde el honor, dónde, la generosidad, dónde siquiera el respeto a los restos humanos; ese respeto tan íntimamente ligado a todas nuestras concepciones trascendentales, a todas nuestras ideas de la grandeza y dignidad de la especie, a todas nuestras creencias así filosóficas como religiosas?

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CAPITULO XI VÍA CRUCIS En, altas horas de la noche, cuándo el Viejo Luchador había obtenido permiso para descansar en un sofá, y arreglado él misino aquel improvisado lecho, comunicáronle la orden de partida, Volvióse a vestir la víctima, sin proferir una palabra, y se puso a disposición de sus verdugos. Lo mismo hicieron los demás presos. Llovía y las calles estaban oscuras y silenciosas: ese pueblo furioso e incontenible que, según lo aseguraba Navarro, estaba pidiendo la cabeza de los Alfaros y amenazando despedazarlos no se, dejaba ver en ninguna parte. Por lo contrario, un silencio trágico, una calma de cementerio, remaban en aquella ciudad consternada. El pavimento estaba resbaladizo; y el ilustre anciano cayó por dos veces en aquel camino dé la muerte. Un vapor fluvial, con sus luces apagadas, esperaba en el muelle, y condujo a Víctimas y victimarios a la Estación de Duran. ¿Dónde los peligros, dónde las turbas frenéticas, dónde el asesinato pendiente sobre la cabeza de los presos? En ninguna parte; y así como llegaron a Duran sin obstáculo alguno, pudieron llegar a bordo del “Libertador Bolívar”, si hubieran estado en manos de hombres de corazón y de honor. Al desembarcar el General Eloy Alfaro en el muelle de Duran en ese muelle que se había hundido en otras veces con el peso del pueblo que lo vitoreaba volvióse, a Sierra y le dijo: “No hay para qué prolongar está escena. Sé que está resuelta nuestra muerte: fusílenos Ud. Aquí” Ni la voz le temblaba, ni el color se le había ido al ilustre Viejo, cuando pronunció estas palabras, con gesto olímpico y entereza de héroe. Sierra bajó los ojos sin contestar y dio la orden de partida. Una vez en marcha el tren, Alfaro reanudó la interrumpida conversación con sus compañeros; y sin afectación, con la naturalidad del amigo que conforta al amigo en el supremo trance, procuraba derramar consuelos sobre aquel grupo de mártires. Un oficial ebrio le faltó al respeto; y él, volviéndose a otro oficial, que reprendía al primero, díjole: “Si ve Ud. a mis hijos, dígales que no se embriaguen jamás; porque ya lo está Ud. viendo, el alcohol transforma en cobardes aun a los que están obligados a mantener el decoro de la espada”. Parece que el recuerdo de sus hijos vino a llenarlo de amargura; pero la ocultó y guardó silencio como por media hora. Al fin levantó la cabeza y se le oyó murmurar: “¡Sea todo por Dios!”. En el corazón de Flavio Alfaro parece que se había extinguido su enemistad con el Caudillo radical; pues hablaba muy alto de la ingratitud y felonía de los vencedores, con ese anciano que tanto lustre había dado a la Patria. De él propio no se ocupaba: sólo se dolía de haber sido una vez más víctima de la perfidia de su compadre Plaza, cuyo salvoconducto estrujaba con desdeñosa sonrisa. Medardo Alfaro, el pobre viejo paralítico, pero de valor indomable, mostrábase ufano de participar de la suerte del ilustré jefe de la familia; y los demás, si naturalmente sombríos, manteníanse animosos y dignos, en su porte, y en sus palabras. Lástima grande que la Historia no haya podido recoger, vocablo por vocablo, la expresión de los últimos pensamientos de los mártires del radicalismo ecuatoriano; pues
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los testigos presenciales de sus postreras horas, sólo han referido en síntesis, lo que aconteció en ellas. Otras víctimas históricas han tenido la suerte de haber contado con alguien interesado en escribir su crónica dolorosa, y trasmitir a la posteridad todos los detalles del sacrificio; pero nuestros próceres radicales, rodeados sólo de verdugos, no tuvieron quien pensara en la Historia y anotara aquellos pormenores. El silencio de la tumba será inviolable; a no ser que más tarde, alguno de los mismos sayones de la coalición, quiera, revelarnos todo lo que sucedió en aquella vía de amargura. Llegó el tren a Huigra, donde se detuvo a las seis de la tarde; y se sirvió la comida a los prisioneros en el propio vagón. El General Eloy Alfaro, según él mismo lo dijo, no había tomado en dos días sino una taza de café, en la mañana del 24; y, sin embargo, no pasó sino unos pocos sorbos de caldo. Mustios y como avergonzados, mirábanle sus verdugos: tanta grandeza de alma, unida a tan grande infortunio, imponían respeto aun a esos fanáticos y bárbaros que tenían sed de sangre del Regenerador ecuatoriano. En Huigra recibió el Coronel Sierra el siguiente telegrama de Quito, fechado el 26 de Enero, a las dos de la tarde: “Señor Coronel Sierra: Se me ha avisado que Ud. viene a ésta, trayendo los Generales presos. Considero sumamente peligroso el viaje a Quito de esos prisioneros; y mientras el Ministro de Guerra imparta las órdenes del caso, para que Ud. regrese a Guayaquil, sírvase Ud. detenerse en Huigra, hasta nueva orden. Carlos Freile Z., Encargado del Poder Ejecutivo”. Sierra contestó “que acababa de llegar con los presos enviados de Guayaquil para ser trasladados a Quito, por orden del Señor Ministro de Guerra”. Freile Zaldumbide insistió en su orden, en los términos siguientes: “Telegrama para Huigra. Quito, 26 de Enero de 1912. Señor Coronel Sierra. Salúdele y aviso recibo de su telegrama en que me comunica su llegada a Huigra. Antes de recibirlo, dirigí a Ud. uno en que dispongo que se detenga en ese lugar, para que contramarche a Guayaquil, en cuanto reciba orden del señor Ministro de Guerra. Así lo exige la necesidad de asegurar a los prisioneros, contra los ataques populares; de manera que regresando ellos podríase mantenerlos, mientras sea oportuno juzgarlos, a bordo del “Libertador Bolívar”, o en donde mas conveniente sea. Entre tanto, tome Ud. las medidas de la más escrupulosa vigilancia, así para evitar la fuga de los prisioneros, pues si tal sucediese tendríamos antes de dos meses nuevas revueltas y matanzas, como para asegurar también la vida de ellos mismos, cosa que se la recomiendo muy especialmente. El Encargado del Poder Ejecutivo, Carlos Freile Z.” Ordenes perentorias, pero vanas: el Coronel Sierra, como lo hacían también sus superiores, desobedeció al Ejecutivo, alegando que las disposiciones de éste estaban en contradicción con la orden imperativa que había recibido del General Navarro. He aquí la prueba de tan grande desobedecimiento: “Huigra, 26 de Enero de 1912, a las 6.30 de la tarde. Señor Encargado del Mando. Recibí su telegrama a las 2 p.m. Su orden para que me estacione aquí y luego regrese a Guayaquil, es absolutamente contradictoria con la que recibí del señor Ministro de Guerra, quien dispuso salida de presos, precisamente para salvarlos. Como yo mismo tengo conocimiento de que si regresara a Guayaquil perecerían, y
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como tropa de mi mando, que es de reserva, está violenta por avanzar a Quito, en bien de los mismos presos me atrevo a manifestar a Ud. que sigo para Alausí, en obedecimiento de aquella orden imperativa del señor Ministro de Guerra. Si debiera contramarchar a Guayaquil, o quedarme aquí, temería por la vida de los presos a causa de la exaltación de la tropa, que vería en ellos el obstáculo para seguir a Quito, Coronel Sierra”. He ahí un Jefe dechado, muy digno de mandar el Batallón que ultimó a Montero. Ante rebelión tan flagrante, cualquier Gobierno habría depuesto a Sierra, mandándole arrestar y sometido un Consejo de Guerra; pero Freile Zaldumbide aprobó con el silencio el quebrantamiento de sus órdenes, sancionó con su cobardía, o su complicidad, el desprecio que un subalterno hacía de la suprema autoridad, y favoreció de esta manera el plan criminal de los coalicionistas. ¿De qué manera se podría sincerar al Encargado del Ejecutivo de no haber hecho respetar sus órdenes y castigado severamente la rebelión de1 Coronel Sierra? ¿No estaba convencido de que cada paso de los prisioneros hacía la Capital, era un paso dado a una muerte indefectible? ¿Por qué, pues, permitió que el Jefe del “Marañón”, obedeciera más la orden de Navarro que la del Ejecutivo, y pasara para Alausí? ¿Hubo convencía con los asesinos, o simplemente complicidad por falta de razón? A cada instante tropezaremos con estas dificultades: Freile Zaldumbide será para la Historia un enigma, porque cambiaba y temblaba al menor soplo de viento; porque no tenía estabilidad ni en el bien ni en el mal; porque llegó a ser como máquina de elaborar crímenes, manejada por expertos malhechores. Sierra, lo he dicho ya, es un soldado sin antecedentes ni notoriedad en la política ecuatoriana. Dícese que formó en una de esas basadas de cruzados, armadas contra el liberalismo con que General Ignacio de Veintemilla inició su Gobierno, después de la revolución del 8 de Septiembre; y que, bajo el estandarte del Santísimo Corazón de Jesús, llegó a Quito con la horda del General Yépez, donde fue hecho prisionero. Desde entonces ingresó a la milicia y sirvió a todos los gobiernos conservadores, hasta que triunfante el General Eloy Alfaro, se pasó al Ejército liberal: guardando, empero, en el secreto de su pecho, todos los principios ultramontanos y los instintos del terrorismo clerical. El ex-Ministro Rendón Pérez, en su exposición justificativa, de 3 de Julio de 1914, coloca en cierta claridad, así la desobediencia de Sierra, como la actitud del Gobierno; y esas alegaciones viniendo de parte tan conocedora de los hechos y del oculto pensamiento de sus colegas y de Freile Zaldumbide pueden favorecer grandemente en la investigación concienzuda que han de emprender los historiadores, cuando quieran relatar los Acontecimientos de aquel año trágico. Rendón Pérez dice así; “Apenas conoció el Encargado del Poder el envío de los presos, telegrafió a Huigra al Coronel Sierra: “Se me ha avisado que Ud. viene a ésta trayendo Generales presos. Considero sumamente peligroso el viaje a Quito, Sírvase detenerse en Huigra, hasta que el Ministro de la Guerra imparta las órdenes del caso para que Ud. regrese a Guayaquil”.

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“Adviértase que el poder Ejecutivo no tenía conocimiento de la nómina de todos los arrestados, pues sólo le habían notificado la detención de los Generales Eloy Alfaro, Montero y Páez. “En Consejo de Ministros circuló el telegrama del Coronel Sierra, el cual decía: “Llevó Generales Eloy, Flavio y Medardo Alfaro; Manuel Serrano y Ulpiano Páez, y Coronel Luciano Coral” ¡Quedamos atónitos!... “-----------------------------------------------------------------------------------------------“El Encargado del Poder manifestó que esos infelices habían sido transportados a la Sierra, para que la responsabilidad recayese en el Gobierno, caso que los matasen, y que él opinaba por su inmediata regresión. “A la unanimidad se emitió el dictamen que el convoy desandase lo andado; y se redactó un segundo telegrama, insistiendo en que el Coronel Sierra se detuviese en Huigra, y se preparase a contramarchar con los presos; a éstos, hasta que fuese oportuno juzgarlos, se les mantendría a bordo del “Libertador Bolívar”, o donde más conveniente fuese. “Sierra contestó: que en vista de la orden anterior, de estacionarse en Huigra para regresar luego a Guayaquil, se atrevía a manifestar que seguía a Alausí, en bien de los mismos presos, y porque eso era lo dispuesto por el Ministro de la Guerra. “Esta contestación, bien que basada en el deseo de que no sufriesen los Generales los arrebatos de la tropa, la cual anhelaba por entrar lo más pronto a Quito, disgustó sobremanera, como era natural, al Gobierno, quien, con tono destemplado, replicó: “Una vez más digo a Ud. que no deben venir los presos a la Capital Estaciónese en Alausí, ya que no lo hizo en Huigra. Van sobre Ud. responsabilidades inmensas”. Y para que tuviese mayor fuerza el Encargado del Poder validó este telegrama con la firma del señor Intriago, Ministro accidental de la Guerra. Temeroso, sin embargo, de que esta segunda prohibición fuese desatendida como la primera, se telegrafió al Coronel Cabrera, Subjefe del Estado Mayor, quien se halaba a la sazón en Riobamba: “Era indispensable le impusiese a Sierra que permaneciera en Alausí, y luego proveyese a su relevo; pero que éste, intertanto, no diese un paso adelante”. Cabrera respondió: “He telegrafiado al Coronel Sierra dándole órdenes terminantes al respecto”. “----------------------------------------------------------------------------------------------“En estas emergencias, el Poder Ejecutivo fue requerido CONMINATORIAMENTE por el telegrama que copio íntegro... “EI Jefe de la expedición, que había rehusado detenerse en Huigra; que tampoco quería permanecer en Alausí, y había por fin pedido su relevo, ahora declaraba en castellano claro: que no se debía persistir en el regreso de los prisioneros, ni con otro batallón, porque su tropa y los habitantes de esas comarcas se oponían a ello; que no respondía de nada, si el Gobierno no cambiaba de resolución, y que si sus indicaciones eran desechadas, perecerían inmediatamente los Generales... “Reunióse el Consejo de Ministros, y reflexionando que si por acaso se realizara la anunciada inmolación, los enemigos se la achacarían al Gobierno, murmurando que a sabiendas, prevenido como se hallaba, se había insistido en que se cumpliese la orden, con el maquiavélico fin de que ocurriese la matanza, convino, pues, que era forzoso acatar ya la decisión de los Coroneles Sierra y Andrade.
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“Entonces, el Poder Ejecutivo les expuso por última vez: “que se había creído indispensable la vuelta de los prisioneros para salvar su vida. No obstante, ya que ellos aseguraban que el regreso los colocaba en mayores riesgos, podían avanzar, pero declinaba en ellos toda responsabilidad”. “He allí los hechos, con pruebas al canto. Quede constancia que no ordenó el Gobierno el envío de los Generales. Por el contrario, exigió con tenacidad y tesón, repetidas veces, su vuelta a Guayaquil. Y sólo, bajo la amenaza de que su afán porque retrocediesen iban a originar el crimen, que se quería evitar, dio, a la fuerza, su consentimiento para que avanzasen, pero rechazando de antemano pacte alguna de lo que pudiera acontecer. He aquí la declaración del citado ex-Ministro: Freile Zaldumbide y su Gabinete fueron ludibrio y juguete vil de la soldadesca y de los jefes que la conducían por el camino de la rebelión y el crimen; el Gobierno ni siquiera sabía la nómina, de las víctimas que Plaza y Navarro enviaban a la muerte; los que ejercían el poder supremo miraban temblando cómo sus agentes pisoteaban y desobedecían sus disposiciones más concretas y perentorias: no sólo Navarro y el General en Jefe hacían burla de esas ordenes, sino que hasta Sierra, simple jefe de batallón, se atrevía a dirigir impunemente telegramas conminatorios al Ejecutivo, notificándole que su chusma armada se uniría al populacho de Alausí y asesinaría a los presos, si se persistía en hacerlos Regresar a la costa o permanecer en el poblacho en que se encontraban!... El Gobierno cedió por miedo; permitió la continuación del viaje de las víctimas al lugar del sacrificio, meramente por cobarde; está acusado por el mundo entero, sólo por vil; porque no tuvo ni valor ni dignidad para hacerse respetar y obedecer por sus subalternos; lleva manchas indelebles de sangre, únicamente porque le faltó corazón para destituir y castigar a los rebeldes soldados que rasgaron las órdenes salvadoras que les impartió.... ¿Qué clase de hombres los que de manera tan vil y degradante se conducían, según nos los pinta un autorizado testigo de los hechos? Y diríase que todavía Navarro, Sierra y demás rebeldes le infunden temor al exMinistro, pues procura atenuar en lo posible lo tremendo de la acusación que les arroja; y esto cuando ya la opinión se ha pronunciado, dentro y fuera de la República, de modo abierto y terrible contra esos malhechores. A pesar de todas estas atenuaciones, la exposición de Rendón Pérez constituye una formidable e indestructible acusación contra Navarro y Plaza; puesto que dicha defensa sienta como hechos rigurosamente verdaderos, los siguientes que, en este proceso histórico, son capitales: Primeramente, el Gobierno, lejos de ordenar la remisión de los presos a Quito, lo prohibió con insistencia; luego los únicos responsables de esa fatal remisión, hecha contra disposiciones terminantes y repetidas, son el General en Jefe y el Ministro de la Guerra en Comisión, que en esos días de horror mandaban sobre todo y sobre todos en la desgraciada ciudad de Guayaquil. Segundamente, ellos fueron los que escogieron el Batallón “Marañón” para encargarle la custodia de los prisioneros; siendo así que esa unidad del ejército vencedor, según el testimonio de Rendón Pérez y el del mismo Sierra que la mandaba (véanse los telegramas de dicho Coronel, dirigidos al Gobierno desde Huigra y Alausí),
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no era sino un hato de malhechores y asesinos, una chusma sin freno ni nociones de moral, ansiosa de echarse, puñal en mano, sobre maniatadas víctimas y sacrificarlas con la mayor cobardía. Ni subordinación ni disciplina, puesto que abiertamente se rebelaban contra las órdenes del Gobierno y el respeto debido a sus jefes; ni pundonor ni sentimientos de honradez, puesto que se encarnizaban con los vencidos y hacían causa común con los infames que pretendían sacrificar a los Alfaros. ¿Eran éstos los valerosos y leales soldados que tanto elogiaban Navarro y Plaza y a los cuales prefirieron para garantizar la seguridad y la vida de los Generales capturados a traición y con alevosía? Y terceramente, fueron Plaza y Navarro quienes eligieron también a Sierra pundonoroso y enérgico Jefe, dice el postizo Ministro de la Guerra en su telegrama al Gobierno para que condujera con seguridad a los prisioneros, sin permitir ni el más pequeño vejamen contra ellos, en los lugares del tránsito ni al llegar a la Capital; y resulta que el citado Coronel, en vez de reprimir a sus subordinados y defender a los presos confiados a su guarda, se unió a los asesinos y púsose en abierta rebelión contra el Gobierno, Amenazándolo con la; masacre de los Alfaro si persistía en hacerse obedecer!... Según Rendón Pérez, Plaza y Navarro lo hicieron todo por Mano de Sierra y los Marañones; y ante semejante acusación la prensa placista se puso en contra del exMinistro acusador, tratando de volver la oración por pasiva, como se dice, y hacer caer toda responsabilidad sobre los hombres del Gobierno de aquella época, de manera exclusiva e Ineludible. Como siempre Calle principal abogado de Plaza se fue por los extremos: y, con tal de conseguir exculparle al vencedor en Naranjito, no trepidó en acusar a todos, aún a la divina Providencia, de las atrocidades del Mes de Sangre, tan celebradas por él mismo, antes que la conciencia pública reaccionara contra asesinos. Véanse las propias palabras del defensor obligado del General Plaza: (“Grito del Pueblo Ecuatoriano”, 7 de Julio de 1914): “El señor don Carlos Rendón Pérez, Ministro que fue en el breve Gobierno de don Emilio Estrada y en el interino de don Carlos Freile Zaldumbide, ha publicado un extenso y documentado artículo, con el objeto de, demostrar la inculpabilidad de los individuos que componían el Gabinete del Presidente últimamente, en la horrorosa masacre del 28 de Enero de 1912. “-----------------------------------------------------------------------------------------------“Así, por ejemplo, aún sostenemos una opinión expresada por quien escribe estas líneas, en el Congreso de 1912, de que el General Naranjo era nada en Guayaquil, no tenía representación de Secretario de Estado, ni cosa parecida, por cuanto es absurda ante, la ley ecuatoriana la extraordinaria práctica de Ministros en Comisión, y, principalmente, porque mal podía el caballero mencionado ser Ministro en Guayaquil, cuando, en Quito se había encargado del despacho de su oficina, desde el 23 de Enero, el señor don Federico Intriago… “Y aquí conviene rectificar una opinión del señor Arzobispo, quien, en tan grave asunto, pecó por omisión, por egoísmo y una calamitosa falta de caridad que dice que en estas atrocidades de acción popular, es difícil, sino imposible, el señalamiento de los directamente responsables y de los ejecutores.... y que así ha sucedido en todas partes!
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¡Pobre criterio para quién escribe historia y es tenido como una lumbrera en el Ecuador, consejero aun de gobiernos herejes y dictatoriales e inspirador de secretos de liberalescas resistencias a las exigencias de la Sede Romana! “Porque, si nos atuviésemos a él, jamás podría la Justicia apurar la investigación de los crímenes colectivos, dado el caso de que tomara ese empeño, y, en el debate político y el juicio de la sociedad escandalizada, permitirían que la calumnia contra los inocentes e inculpables se irguiese airada y venenosa, convenciendo a las muchedumbres, prevenidas siempre, siempre Crédulas, produciendo un daño inmenso como hoy ocurre en la reputación de las personas y, a veces, en la paz de las naciones. “Investigando y rastreando, se llega, indudablemente, a dar con el brazo que hirió, con las manos profanadoras, con el arma misma que sirvió para la verificación del, crimen. Y ese es un dato; porque de referencia en referencia, al reconstituir la escena, se establecen las complicidades. Otra cosa es que las agitaciones de una época menguada en que la inculpación se resuelve en guerra civil, no consienta el sereno ejercicio de la justicia, que el clamor de la política banderiza ponga su odio más arriba de la verdad, y envenene las fuentes de información. “¿Acaso no se sabe, en la Capital de la República. el nombre de quienes primero invadieron las celdas de los presos en el Panóptica, dispararon los primeros tiros y sacaron los cadáveres, aún palpitantes, para entregarlos al canibalismo de la turba anónima que aullaba abajó?... “-----------------------------------------------------------------------------------------------“Una muchedumbre loca de furor, a la que, tal vez, no es extraña la gente colectiva, en gran parte conservadora, que forma el núcleo del Ejército constitucional, victima a Montero, y da el ejemplo a las masas criminales de Quito, de cómo se arrastra, se despedaza, se incinera un cadáver en una plaza pública, frente a un templo católico; Navarro se excedió, al decir del señor Rendan Pérez, y sobre Plaza y contra Plaza al cual pone en la más critica y terrible de las situaciones, envía los prisioneros a Quito, por ventura con el ánimo caritativo de librarles de la saña asesina de las turbas vencedoras y los agitadores de orden civil. Sierra desobedece, se rebela ¡ese Sierra perurgido a la venganza por su propia mujer! falta combustible a una máquina del Ferrocarril, para apurar la marcha en atención al último plan salvador; antes entra a Quito a plena luz, atravesando una muchedumbre compacta, ya preparada al crimen, un grupo inmenso de huérfanos y viudas, de padres y de madres de los que han caído en las últimas jornadas, que claman venganza… Y ese miserable Gobierne que no supo hacerse respetar, y anduvo en cortesías hasta con representaciones de borrachos y prostitutas que le piden sangre; y ese elado cobarde que no se siente conmovido ante desventura de tal modo tremenda, seco de corazón y repleto de egoísmo, y se niega a salvar a los prisioneros, cosa que él únicamente habría podido con la gran autoridad de su carácter episcopal, con el prestigio de su persona, y hasta con la custodia en la mano, revestido de ornamentos; como aquel buen Obispo de Quito que hizo cesar las matanzas en las calles que se sucedieron a la masacre de patriotas y próceres, en el 2 de Agosto de 1810. “Todo concurre a la perdición de aquellos hombres: el odió y la venganza, el interés político y la cobardía… ¡y mueren, Dios Santo, de qué muerte!...
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“Se precipitan pasan a la historia; queda resonando en el mundo la noticia de la inicua barbarie; pero la Providencia sabe que ese borra una época... “¡Oh, Providencia! ¡Cuán justa eres siempre; más, cuan cruel a veces!... Manuel J. Calle”. Pero, en este llover de recíprocas acusaciones, ¿cuál procede con verdad y justicia? ¿Cuál está inocente de la sangre tan inicua y deliberadamente vertida en las canibalescas jornadas de Enero? Llegó el tren a la Estación de Alausí, en plena noche; y, no obstante, allí estaba un grupo de conservadores que insultó y vejó cobardemente a los prisioneros. Fueron estos trasladados a un pequeño hotel, contiguo a la Estación; y a la mañana siguiente, a la casa Municipal, donde permanecieron hasta la una de la tarde, en que volvió el tren a ponerse en marcha. Mientras las victimitas descansaban en el hotel de Cattani, hubo conferencias telegráficas de mera farsa, entre Enrique Escudero y el Mayor chileno Cabrera, de Quito a Riobamba; y entre este Mayor y el Coronel Sierra, con el objeto de excogitar los medios más eficaces de salvar la vida de los prisioneros, amenazada por el furor del pueblo, según las conferencias afirmaban. Esas conferencias se han publicado por la prensa oficial; pero todo en ellas es Confusión y oscuridad, contradicciones y reticencias; de modo que no puede el historiador sacar nada en limpio de aquellas piezas del proceso histórico que nos ocupa. Sin embargo, ya que es preciso hacer mérito de tales piezas, copiaré lo que acerca de ellas dice en su informe Agustín Cabezas, Intendente General de Policía de la Capital: “El señor Coronel Cabrera, de acuerdo en todo… conferenció con el Coronel Sierra, y contestó haciendo saber que había concertado con éste la permanencia de los prisioneros en Alausí, durante el día siguiente; que el Batallón Nº 16, al marido de su primar Jefe, Coronel Villacreses, debía partir para ese lugar, para recibir a los prisioneras y conducirlos nuevamente a Guayaquil; por que se hacía indispensable, para dar cumplimiento a estos acuerdos, el inmediato envío de un convoy a Riobamba. “Portadores de estos arreglos, el señor Escudero y yo nos dirigimos a casa del señor Encargado del poder, a quien no pudimos ver, porque, enfermo como estaba, había hecho cerrar sus puertas y no obtuvimos que las abriera, a pesar de insistentes llamadas… “Cerca de las tres de la mañana del 27... recibí la contestación de Chimbacalle, concebida así…: “Señor Intendente. El despachador de trenes de Huigra acaba de ordenar que salga de Guamote a Riobamba, la máquina 24 con carros vacíos y un coche. Atento S. S. M. Cobos, Jefe de Estación…” “Hasta las tres de la tarde descansé en la seguridad de que habían sido ejecutadas las disposiciones acordadas en la madrugada, cuando fui llamado por el señor Encargado del Poder, quien se sirvió darme a conocer un telegrama del señor Coronel Sierra en el que marcaba el itinerario del viaje de ese día, y señalaba las cuatro de la mañana del día siguiente, domingo 28, como hora de llegada de los prisioneros, a un punto de la vía, dos kilómetros antes de la Estación de Chimbacalle…” (“Páginas de Verdad” páginas 270, 271, 272 y 273).

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¿Qué nueva complicación había trastornado el acuerdo que se refiere el señor Cabezas, y según el cual debían regresar los prisioneros a Guayaquil, custodiados por el Batallón Nº 16? Nada serio, nada invencible: pretextos fútiles, como siempre: falta de carbón para las máquinas, retardo del convoy ofrecido exasperación de la tropa por la tardanza; eso fue lo alegado para dejar sin efecto el último acuerdo. Freile Zaldumbide no supo nada al respecto, no quiso saberlo: aterrado con la voz de su propia conciencia, creyó que la incomunicación con todos y la obscuridad de la alcoba, lo libertarían de ese ojo fulgurante que perseguía a Caín por todas partes. Decía que estaba enfermo; y, según nos lo refiere el señor Cabezas, cerró sus puertas y no quiso abrirlas nadie, por grandes que fueron las llamadas… Un Presidente de la República que en esos momentos de angustia general, de inminencia de grandes crímenes y deshonra consiguiente de la Patria se encierra de esa manera y no da oídos ni a su Jefe General de Policía, ciertamente que no merece ni el dictado de hombre, menos el de autoridad celosa de su buena fama y cumplidora de sus deberes. ¿Qué medida de salvación podía tomar aquel desgraciado que se estaba temblando en su lecho, en el que pensaba huir de los que le impelían al mal, y asilarse contra el espectro acusador de su propia conciencia? ¿O significaba aquel encierro en la hora suprema, el abandonó total y definitivo de los prisioneros, a la muerte desastrosa que la protervia de la coalición les tenía preparada?. Los documentos que voy a insertar, parece que demuestran esto último: a las 9.30 de la mañana del 27 de Enero, había Freile Zaldumbide firmado un telegrama que equivalía a conceder la caía de los infortunados presos, con tanta insistencia pedida por turba antialfarista; y después de esta concesión inicua, muy natural en hombre tan cobarde, que sobreviniera aquel aplanamiento físico y moral que lo tenía postrado. Véase y júzguese. “Quito, Enero 27 de 1912, a las 9.30 a. m. Señores Coroneles Sierra y Andrade. Alausí. A pesar de que el Gobierno ha creído indispensable el regreso de los prisioneros a Guayaquil, tanto porque ese es el lugar de su juzgamiento, cuanto porque es preciso salvar a toda costa su vida, y ya que el regreso les coloca, tal vez, en mayores riesgos, el Gobierno declina en Uds. toda responsabilidad en vista de su ofrecimiento absoluto de que harán la entrega de ellos en el Panóptico, sin novedad. En este concepto pueden avanzar, tomando todas las medidas de prudencia que su ilustración les aconseje. Al avanzar darán Uds. cuenta reservadamente del día y la hora de entrada aquí, a fin de emplear por nuestra parte las providencias que sean posibles para asegurarles la vida, poniéndonos previamente de acuerdo, para lo cual deben hacer alto en un lugar adecuado. Atentos, el Encargado del Poder Ejecutivo, Carlos Freile Z. J. F. Intriago, Ministro de Hacienda, Encargado del Despacho de Guerra”. Esta era la sentencia de muerte de los prisioneros, refrendada por el verdadero Ministro de Guerra; puesto que Navarro no tenía ni podía tener ese carácter, según la Constitución y las leyes. Si comparamos este telegrama en el que se autoriza la Traslación de los presos a la Capital con los anteriores telegramas del mismo Freile Zaldumbide en los qué afirmaba que serian asesinados, si se realizaba el viaje funesto; si se comparan, digo, estos documentos tan diametralmente opuestos, no se puede

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menos que deducir el hecho indiscutible de que el Encargado del Ejecutivo cedió a la porfía sanguinaria de los proterva y les entregó, al fin, la presa que ansiaban. Tener la convicción de que sería imposible salvar a los Alfaros de la furia popular; estar seguro de la impotencia del Gobierno para oponerse a la perpetración de aquel asesinato; sentirse él mismo sin energías ni medios para llenar sus deberes en tan espantosa emergencia; y a pesar de todo esto, autorizar a Sierra que avanzara a Quito con esos tan aborrecidos presos, no puede significar otra cosa que la concesión criminal y cobarde de que vengo hablando. En el telegrama del 26, dirigido a Huigra o Luisa, le decía Freile Zaldumbide al Coronel Sierra, lo que sigue: “Imposible evitar que los prisioneros sean castigados por la ira popular, así en su tránsito por las poblaciones, como a su llegada aquí (a Quito)” ¿Estuvo persuadido de la verdad, cuando escribió esta comunicación y las posteriores, en que se ratificaba lo mismo, hasta última hora? Si lo estuvo, ¿como es que suscribió la orden para que continuaran su viaje esas víctimas que inevitablemente había; de ser sacrificadas por el furor del pueblo? ¿No es esto consentir en el crimen, coadyuvar con eficacia a la perpetración del atentado? Y no vale decir que en ese mismo telegrama de muerte encarga Freile Zaldumbide que se tomen medidas de prudencia, que se proteja la vida de los presos, que se de aviso oportuno de la llegada, para que el Gobierno pueda dictar providencias de seguridad: todas estas frases eran vanas, sin sentido práctico, sin realización posible. El Coronel Sierra no obedecía sino las órdenes imperativas de Navarro, y pisoteaba impunemente las emanadas del Ejecutivo: tenía una consigna secreta, y a ella única mente ceñía sus actos, que no a sus deberes de humanidad para con los presos. Carlos Andrade no tenía autoridad en el convoy: era un simple testigo que Julio Andrade, sin que hasta hoy se sepa el objeto, colocó junto a los prisioneros. El Batallón “Marañón”, teñido ya con la sangre de Montero compuesto de fanáticos odiadores de Alfaro, hallaba demasiado largo el camino aún faltaba para el lugar de la inmolación. ¿Quiénes habían de cumplir esas disposiciones incidentales, relativas a resguardar la vida de los infortunados que indefectiblemente debían morir? Esas frases hipócritas, añadidas a la sentencia de muerte, es decir, a la orden de continuar el viaje a Quito, constituyen el más amargo de los sarcasmos, una ironía sacrílega arrojada a la de los ya agonizantes prisioneros. El Tribunal de la Santa inquisición procedía de la misma manera: sentenciaba al infeliz hereje; y, al entregarlo al verdugo, encargábale que lo trataba con clemencia y conmiseración, pues la Iglesia aborrecía el rigor y el derramamiento de sangre… Y tan cierto es que Freile Zaldumbide y el Ministro Intriago no abrigaban la menor esperanza de salvar a los Alfaros, que, preparando ya una defensa, expresaron en dicho telegrama, que el Gobierno declinaba toda responsabilidad en los Coroneles Sierra y Andrade, los que, en este concepto, podían avanzar a Quito. Es innegable que buscaban responsables para el atentado que preveían, que tenían por seguro y por inevitable; y, en efecto, cuando la voz acusadora se levantó, dentro y fuera del Ecuador pretendió el Gobierno escudarse con todos estos documentos, mansamente preparados para el momento de la necesidad, como más adelante veremos.

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¿Y por qué razón querían el Presidente del Senado y su Ministro, hacer responsable al Coronel Andrade que no tenía mando alguno, ni en el tren que conducía a los presos, ni en el Batallón “Marañón”, ni en las poblaciones del tránsito, ni en la Capital? El Coronel Andrade, lo repito, viajaba con los prisioneros por encargo especial de su hermano Julio, según él decía, y con el fin de prestar algún apoyo, algún servicio a las infortunas víctimas del odio de la coalición. Obró mal, imprudentemente, el Coronel Andrade, cuando condescendió con Sierra y Cabrera, suscribiendo la oferta a que se refiere Freile Zaldumbide, de conducir con seguridad a los presos hasta el Panóptico. Carlos Andrade cayó en uno de esos innumerables lazos que la perversidad y astucia de los coalicionistas habían tendido por todas partes: se hizo tontamente partícipe en la responsabilidad de los sangrientos sucesos que voy narrando. Desde la salida de los presos para Quito, se los consideró perdidas sin remedio; pero su detención en Alausí, había hecho renacer la esperanza de que no llegaría a consumarse el crimen meditado. La noticia de que no regresaban a Guayaquil, sino que titulaban el viaje a la Capital, resonó como una campanada lúgubre, de esas que anuncian el fallecimiento y el entierro de un hombre. Nadie, absolutamente nadie, creía en la posibilidad de libertar a los Alfaros de las garras de las fieras humanas que perseguían; y desde su salida de Alausí, el convoy que los conducía al matadero, era mirado por todos como un convoy fúnebre, en el que iban apiñados y silenciosos unos cuantos agonizantes. Y, no obstante, la protervia coalicionista se mostraba estrepitosas en todo el tránsito: de Alausí fueron despedidos con gritos y ofensas de la turba clerical aglomerada en la estación; en Ambato, lo mismo; siendo admirable que la Patria de Montero se hubiese también manchado con semejante villanía; en Latacunga, la algarada tomó proporciones alarmantes; de modo que ese camino de la agonía, fue una prolongada vía dolorosa. El Mayor Cabrera, chileno al que en el Ecuador se le llama Coronel, y que desempeñaba el cargo de Subjefe de Estado Mayor General, era uno de los más devotos servidores de Plaza; y este extranjero le dirigió a Sierra el siguiente telegrama: “Riobamba, 27 de Enero de 1912. Señor Coronel Sierra. Alausí. En este momento recibo telegrama del Encargad del Poder, diciéndome resuelve avance usted con presos a Quito: recomiéndame acuerdo con Ud., a fin de asegurarles vida y el fácil traslado al Panóptico. A este fin creo que conviene: Salir de Alausí a una hora tal, que pasen por Cajabamba a las seis p.m.; y 2o. Pasar por Ambato a las diez de la noche, por Latacunga a las doce, por Machachi a las dos de la mañana, y llegar a dos kilómetros de Quito a las cuatro de la mañana; y entrar al Panóptico por detrás del Panecillo, etc. Coronel Cabrera, Subjefe de Estado Mayor General”. El Coronel Sierra contestóle en estos términos: “Acepto itinerario. Telegrafío a Quito y avisaré la hora de salida”. Y en efecto, telegrafió al Encargado del Ejecutivo, indicándole las etapas acordadas con Cabrera, para el convoy fúnebre que conducía; y este fue e1 telegrama que Freile Zaldumbide le enseñó al Intendente General de Policía, Agustín Cabezas, y al que se refiere en los fragmentos que he copiado de su Informe. Cabezas era un conservador clerical, pero lo tengo por ajeno a la sangre derramada el 28 de Enero; abonándole la conducta que observó en aquellos días funestos como Jefe de Policía en la Capital. Oigámosle a el mismo, cómo relaciona su
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labor, en el informe que han publicado, tanto e1 General Plaza como el Gobierno, en su afán de defenderse. El informe de Cabezas, si descartamos ese empeño en disminuir la responsabilidad de sus superiores, merece crédito en todo lo que a la acción del Intendente respecta; y voy a servirme de este documento para continuar comprobando la culpabilidad del Gobierno y del Coronel Sierra, en los últimos acontecimientos del día 28. Cabezas dice: “Hasta las siete de la noche parece que el público ignoraba en absoluto el próximo arribo de los prisioneros; pero desde esta hora empezó ya a circular la noticia, que se propagó rápidamente, sobre todo, desde que, según lo supo al día siguiente un muchacho que repartía invitaciones del Comité Patriótico Nacional decía al entregarlas: esta noche llegan los cabecillas. “A las nueve de la noche estaban listos los caballos necesarios, y los jóvenes Ayudantes se hallaban reunidos en la Intendencia, impacientes porque llegara la hora de cumplir la delicada misión que se les había encomendado (la da conducir a los presos al Panóptico, por un camino extraviado y a las cuatro de la mañana). “-----------------------------------------------------------------------------------------------“A las tres y diez a. m. el señor Ministro de lo Interior y Policía se presentó en la Intendencia, acompañado se un subalterno; recibió mis informaciones respecto de la absoluta tranquilidad de la Capital, de no haber gantes sospechosas en la Estación, y de estar todo listo para la recepción de los prisioneros; hícele acompañar por dos Oficiales más y… se adelantó para esperarme en Chimbacalle (la Estación del ferrocarril)… “Cuando llegamos al lugar indicado, encontré formados en el mejor orden y silencio a todos los que formaban la escolta; recibí nuevos avisos absolutamente tranquilizadores respecta de la ciudad, y di las siguientes disposiciones para que fuesen oportunamente ejecutadas… “Entretanto, el Sr. Dr. Díaz se hallaba en la oficina telegráfica de la Estación, desde donde me hacía saber los avisos que recibía de las estaciones del transitó. “A las cuatro y treinta y cinco minutos me hizo avisar que el convoy avanzaba hasta Machachi, y a las cinco y cuarenta minutos, por medio de uno de los Oficiales que le acompañaban, me impartió la orden de retirar la escolta, por cuanto no debía llegar el convoy sino después de las seis de la noche, ya que así lo había ordenado por telégrafo al señor Coronel Sierra. “Con iguales precauciones que a la ida, verificóse el regreso... A las seis de la mañana llegué a la plaza de la Independencia… y allí recibí aviso, de parte del señor Ministro Díaz para no disolver la escolta y permanecer con los caballos ensillados, en espera de nuevas órdenes. “Acérqueme a la oficina telegráfica, donde su había trasladado el señor Ministro, y le puse de manifiesto la dificultad en, que me hallaba de ejecutar esta disposición, dado el caso de que la orden que recibiera anteriormente, había sido perentoria y sin restricción alguna, por lo cual una parte de los caballeros que acompañaban, habíanse retirado a sus casas para descansar... Después de ligera pausa, y en vista de las anteriores y otras razones que yo alegara, el señor Ministro me dijo, más o menos: “Voy a reiterar al Coronel Sierra la orden que le di desde la Estación de Chimbacalle, para
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que permanezca durante el día en Machachi o Tambillo, a fin de que entre a Quito por la noche”. (“Páginas de Verdad”, páginas 273 a 278). La orden del Ministro Díaz estaba concebida en estos términos: “Chimbacalle, Enero 28 de 1912. Señor Coronel Sierra. Tambillo. Suspenda Ud. su viaje hasta mañana por la noche, pues de llegar de día, serían victimados sus prisioneros. Ministro Octavio Díaz”. Sigamos copiando el Informe del intendente Cabezas, para que se entienda mejor la farsa trágica representada por los hombres del Poder, en esos días de luto y vergüenza para la Patria. “No había transcurrido una hora continúa Cabezas cuando recibí nuevos insistentes de parte del Señor Encargado del poder y del Señor Ministro Díaz, para que fuera a la oficina telegráfica, en donde se me necesitada urgentemente…. “Hallábanse en la antedicha oficina el señor Ministro de lo interior, el señor ministro Encargado de la cartera de Guerra, y los telegrafistas señores Egüez y Fiallo, en cuya presencia el señor Dr. Díaz me dijo, poco o menos, lo siguiente: “Es indispensable que usted reorganice la escolta y vaya a recibir a los prisioneros: el Coronel Sierra desobedece mis órdenes y manifiesta que le es imposible contener a sus soldados; dice que los presos corren inminente riesgo de ser ultimados; y que en consecuencia, y a pesar de mis ordenes, avanza hacia Quito…” Todo lo cual fue decididamente corroborado por el señor Ministro Intriago…. Yo no podía por menos que negarme a aceptar las inmensas y terribles responsabilidades que desde luego entreveía; pues no era difícil figurarse las escenas que se desarrollarían desde el momento en que un pueblo, furiosamente excitado, tuviese a su vista el objeto y causa de su encono. Me negué, pues, Con entera franqueza; y protesté de la idea de hacer llegar durante, el día a los prisioneros. “Como los señores Ministros insistiesen en que era ya imposible retroceder, por cuanto el señor Coronel Sierra no daba oídos a las perentorias ordenes que se le habían trasmitido, me vi en el caso de hacerles presente que un militar que desobedecía órdenes superiores, por este mismo hecho se constituía en único responsable de todas las consecuencias que se derivaran de su desobediencia…” (“Páginas de Verdad”, 279 y 280). He aquí cómo se jugaba con la preciosa vida de los principales caudillos del radicalismo ecuatoriano: la mentira y la cobardía, la artimaña y la perfidia, al servicio de salvajes venganzas y criminales ambiciones, los arrastraron al sepulcro. Se formó el itinerario, previa la resolución de no observarlo: no faltarían pretextos baladíes para cohonestar esta punible inobservancia; y se echaría la culpa de ella a tropiezos encontrados en la vía férrea, a falta de combustible para las locomotoras, en fin, a cualquier cosa que pudiera ser un pretexto. Se dieron órdenes al Coronel Sierra, en la seguridad de que no serían obedecidas, como no lo habían sido las anteriores: el Gobierno sabía por propia experiencia que para el Jefe del “Marañón”, la orden imperativa de Navarro, era superior y preferente a toda otra disposición del Ejecutivo; y, no habiendo Freile Zaldumbide y sus Ministro depuesto y castigado a ese Jefe rebelde, en su primera
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desobediencia, autorizáronle para las demás; aceptaron una franca y palpable solidaridad en los crímenes consiguientes. Da verdadera lástima y vergüenza el ver a los Ministros de lo Interior y de Guerra, Intriago y Díaz, quejándose al Intendente Cabezas, de que Sierra les desobedecía; y empeñados en dar gusto al desobediente en lo de hacer llegar a los prisioneros durante el día; lo que era igual a entregarlos en manos de los asesinos. ¿De qué les servía la autoridad a los susodichos Ministros, si no eran capaces siquiera de imponer respeto a un Jefe de Batallón que despreciaba sus mandatos? Es inverosímil que el apocamiento y la flojedad de un Gobierno lleguen a tal extremo; y la crítica histórica no podrá menos que deducir de los actos de Intriago y Díaz, una complicidad en la misma desobediencia de Sierra. Agustín Cabezas hombre de corazón, a pesar de sus ideas clericales protestó contra el proyecto de hacer entrar, a los prisioneros en Quito, a la luz del día, en razón de que esto era sacrificarlos; pero esa honrada protesta cayó en el vacío: los Ministros que la escucharon, sin duda alguna, preferían el espectáculo que Sierra iba a proporcionar al pueblo capitalino. Y hablo así, porque lo que se llama pueblo, el conjunto de los ciudadanos en general, no fue sino espectador del drama, como ya tendré ocasión de comprobarlo más adelante. Cuando las víctimas se acercaban, la ciudad estaba absolutamente tranquila, la Estación desierta, ningún sospechoso rondaba siquiera las inmediaciones del lugar donde había de parar el tren de prisioneros: todo esto lo afirma el Intendenta Cabezas, el Informe que he copiado; luego es falso qué el pueblo, los ciudadanos de Quito, estuvieran aguardando a los Generales vencidos para despedazarlos, y que horas después se hayan transformado en hordas de caníbales. Y la tranquilidad de Quito en la noche del 27 y mañana del 28 de Enero, es tanto más notable, cuanto que, según lo asegura el mismo Cabezas, un sujeto que distribuía invitaciones del “Comité Patriótico Nacional”, notificaba al público, el 27 por la tarde, que en aquella noche llegaban los cabecillas de la revolución a Quito; noticia que se propagó rápidamente en toda la Capital. Si de verdad los ciudadanos quiteños hubieran tenido el ánimo de mancharse con el peor de los crímenes, desde que recibieron aquella noticia se habrían amotinado y corrido a la Estación, o siquiera permanecido en las calles de la ciudad, deseosos de satisfacer los instintos de tigre que el Gobierno ha querido atribuirles, ante el mundo entero, Al contrario de esto, la noticia, si llenó de estupor a todos, como el anuncio de una próxima catástrofe, no produjo los efectos que se habían propuesto los que la propalaron. Porque debe saberse que el susodicho “Comité Patriótico Nacional” era un círculo de coalicionistas exaltados y anarquizadores; las invitaciones que distribuía el 27, eran para recibir al siguiente día a los vencedores en Yaguachi; y la noticia verbal que acompañaba a esas invitaciones tendía a despertar y enfurecer a la fiera humana, cuyo concurso era indispensable para que fuesen completas y espléndidas las fiestas del circo, en el memorable 28 de Enero de 1912. Y los adherentes a dicho Comité no habían perdonado medio para producir ese feroz despertamiento que tan necesario juzgaban, El dormido tigre había ya recibido toda clase de sacudidas: había interrumpido incesantemente su reposo con la grita de la prensa antialfarista y las algaradas de los ebrios y las meretrices, obligado cortejo de los
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hombres de la coalición: sus terribles instintos habían sido diariamente excitados por emblemas de sangre, por provocadoras perspectivas de carnicería, por reiterados ofrecimientos de víctimas despedazadas con que matar el hambre del monstruo que terminó, por desperezarse y ensordecer con sus rugidos aun los centros más civilizados de la República. He insertado en los anteriores capítulos, algunas muestras de tan nefandas provocaciones a la matanza y la barbarie; pero Quiero copiar todavía tres o cuatro párrafos de una carta de Miguel Valverde, el varón virtuoso del placismo, el ciudadano digno de Plutarco, al decir de Manuel J. Calle y otros enemigos de Eloy Alfaro. Esta carta había sido escrita mucho antes, lo que prueba que la idea de asesinar al General Alfaro no arrancó de la revolución de Montero; sino que había germinado desde atrás en el cerebro de la coalición antialfarista. Los despertadores de la fiera humana juzgaron oportuno imprimirla en aquellos momentos de tempestad, sin duda, para evitar que amainara el huracán; y, publicada en los talleres de “La Prensa” diario del General Plaza y escrito por Gonzalo Córdova y la plana mayor del placismo circuló profusamente entre el pueblo de Quito. La mencionada carta dice así: “Señor D. Eduardo Mera. Presente. “Muy estimado y distinguido amigo: “-----------------------------------------------------------------------------------------“Hay medidas dolorosas que se imponen desgraciadamente como remedios únicos para extirpar los que reputamos males graves y llagas cancerosas de las sociedades humanas. Horrible, pero necesaria para la noble causa de la Independencia de Colombia, fue la matanza de prisioneros indefensos en Puerto Cabello, ordenada por la energía libertadora de Bolívar; trágica y terrible pero necesaria, fue la ejecución de los castigos nacionales de Querétaro, decretada por la autonomía, de México y sancionada por el Presidente Juárez; feroz, espantoso, salvaje, pero útil, pero oportuno, pero necesario, fue el linchamiento de los hermanos Gutiérrez, ejecutado por el pueblo de Lima; triste, muy triste, pero indispensable para la vida misma de la nación ecuatoriana, será la ejecución del General Eloy Alfaro. “Que la fiera se defienda y que sus zarpazos hieran de muerte a todo el que la ataque, está bien: este es el derecho de la fiera: pero los sobrevivientes tenemos, no el derecho, sino el deber imperioso de matarla”. “Así, una transacción en estos momentos sería no solamente una cobarde abdicación: equivaldría a un suicidio. Este hombre, ese conspirador audaz, ese rebelde, es más peligroso que una fiera. Suelto, seguirá conspirando; encarcelado, seguirá conspirando; desterrado, continuaría conspirando. Hay que matarlo para seguridad de la República… “ -------------------------------------------------------------------------------------------“Con toda consideración, etc. Miguel Valverde”. He ahí la teoría del asesinó político en su más absoluta desnudez; siendo de notarse la identidad de doctrinas sustentadas, así en la carta transcrita, como en los escritos de la coalición, y aun en ciertos documentos oficiales de la misma época. El terrorismo, armado de puñal, era el enemigo de Alfaro; y con tal de satisfacer sus
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rencores no se rehuían ni el gorro rojo ni la cogulla, sino antes bien se hermanaban y apoyaban en asociación asquerosa y absurda. El destinatario de la carta criminal de Valverde, es un clerical intransigente; y el ex-Ministro de Plaza viene a ser como una caricatura de Robespierre: los extremos se tocaban, pero era en el pensamiento de un crimen… Perdóneseme esta digresión y prosigamos. ¿Por qué no llegó e1 tren a las cuatro de la mañana, como estaba convenido, y cuando la ciudad permanecía en absoluta tranquilidad? Sencillamente, porque en la madrugada no era posible contar con la chusma que la coalición había amaestrado para el recibimiento de los prisioneros; porque era menester para eliminarlos con facilidad, que la población entera, presenciase la entrada de estos desventurados a la Capital; a fin de que esa fuerza de sugestión que obra y se propaga en las multitudes con la rapidez del rayo, produjera la tan anhelada catástrofe, sin ninguna responsabilidad individual. La coalición y el Gobierno que serian el crimen anónimo, el crimen de la muchedumbre a quien ningún tribunal puede juzgar ni condenar; se iban tras de la llanada justicia popular, para valernos de las palabras del General Plaza; de esa justicia que tiene por consejero el furor, y por verdugo la mano gigantesca de las turbas, que no es ni puede ser conocida por la justicia de la ley. Todos autores del crimen, todos cómplices y participantes de la iniquidad; a fin de que no haya acusados ni acusadores: tal era el ideal del complot antialfarista. No era posible que todos hiriesen al Viejo Luchador, que todos se empapasen en su sangre; pero lo arrojarían muerto en medio de la muchedumbre, y todo el que profanase ese cadáver, todo el que profiriese una injuria contra el difunto, todo el que aplaudiese el asesinato, todo el que se colocase tan cerca que le salpicara siquiera una gota de sangre, sería cómplice en el crimen; y hasta los misinos espectadores, esa multitud inconsciente que corre a toda clase de espectáculos, se confundiría con los verdaderos criminales, a lo menos por el momento; y de esta manera se obtendría lo que la coalición ansiaba, el reo desconocido y sin nombre. La muchedumbre era indispensable; y por eso el convoy fúnebre hizo paradas repetidas, y a la postre se detuvo en Tambillo, hasta que el sol se acercara a la mitad de su carrera, hasta que el pueblo capitalino pudiera concurrir siquiera como espectador al festín de los antropófagos. Y el Gobierno consentía en todo, favorecía todas las maniobras de los malhechores, les limpiaba el camino de todo obstáculo, les abandonaba a los infelices presos, a los que estaba obligado a defender con todas sus fuerzas!... ¿Y qué hacían, entretanto, Plaza y Navarro en Guayaquil? Preparaban la coartada, de que había el escritor colombiano Andrade. El Coronel Sierra le dirigió al seudo Ministro de Guerra, el siguiente telegrama, desde Alausí, el 26 de Enero por la noche: “Por orden del Gobierno de Quito, me quedo en este lugar custodiando a los presos que por orden de Ud. conducía para Quito, pero el Gobierno dice que no continúe la marcha porque resuelve que dichos presos regresen para ésa. Le comunico para Conocimiento de Ud.”

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El General Plaza ha publicado este documento en su Colección; pero advirtiendo que no fue recibido en Guayaquil, sino el día 28 a las seis de la tarde. La mentira de siempre: ¿qué razón hubo para que no se trasmitiera este parte, hallándose expedita la línea telegráfica para Guayaquil? ¿Cómo sucedía que llegaban los partes de Guayaquil a Quito, y los de Quito a Guayaquil, pasando por varias estaciones intermedias, y no pudo llegar la comunicación de Sierra, sin estación intermedia alguna? ¿Quién pudo interceptar en la oficina de Alausí, o en la de Guayaquil un despacho que a nadie le interesaba? Falso, falsísimo lo que afirma el General Plaza en sus “Páginas de Verdad”: les convenía negar la recepción de este aviso de Sierra, porque ya habían negado también la de los telegramas de Freile Zaldumbide, sobre la misma materia. Navarro recibió el parte del Jefe del “Marañón”; pero, si le contestó algo, se ha guardado hasta ahora en profundo secreto; siendo lo único palpable, que no revocó la orden imperativa de conducir los presos a la Capital, a pesar de conocer las disposiciones que el Ejecutivo había dado en contrario. Y vuelve a surgir la misma dificultad: ¿había acuerdo secreto entre el que daba la orden y el que la quebrantaba?... El General Plaza sorprendió un telegrama que Julio Andrade le dirigía al Arzobispo; interceptó esa comunicación y apropióse de la idea: era un medio magnífico de probar su inocencia y el interés que por los Alfaros se había tomado, cuando él, un radical clerófobo y sin religión, no había trepidado en pedir misericordia para los prisioneros, al enemigo más acérrimo de sus principios, al mismo Jefe de la Iglesia ecuatoriana. Este era un sacrificio enorme en pro de sus adversarios vencidos, un prodigio de generosidad y nobleza que alegaría a su debido tiempo pará demostrar cuan lejos había estado de querer siquiera la de sus benefactores, mucho menos de maquinarla. Lleno de júbilo con tan brillante idea, escribió el siguiente parte: “Guayaquil, 27 de Enero de 1912. Señor Arzobispo. Quito. “Apelo a sus sentimientos humanitarios y cristianos para que emplee su influencia en favor de los prisioneros de guerra que son conducidos a Quito. Vele Usted por la vida de estos señores, a fin de que la justicia cumpla con su deber. Un acto de sangre y de violencia sería un escándalo ante el mundo que nos exhibiría muy tristemente. Apelo a usted, apelo a la Junta Patriótica, apelo al noble pueblo de Quito, para que todos reunidos cuiden a los prisioneros y contengan la ira popular que es inconsciente. La tragedia de ayer tiene consternada a la ciudad; y hasta el pueblo que la consumó, está arrepentido y avergonzado; déme una respuesta tranquilizadora. L. Plaza G.”. ¿No valía más que todas estas apelaciones, el haber respetado y hecho respetar la Capitulación de Duran? ¿No valía más que esta frase, el haber retenido a los presos en Guayaquil, a bordo del “Libertador Bolívar”? Ya veremos el efecto que produjo esta apelación a la misericordia del Pontífice Ecuatoriano, y a la nobleza del pueblo de Quito, a la influencia de la Junta Patriótica y a la hidalguía de la coalición. Después de este golpe político teatral, Plaza apresuró su salida para Manabí, pues quería hallarse más lejos del lugar de la catástrofe y recibir noticias muy atrasadas

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de ella: como dice Roberto Andrade, Plaza imitaba a Flores, que había ido de Quito a Guayaquil, después de haber ordenado el degüello del 19 de Octubre (1). (1) De todo punto imposible evitar repeticiones que, si indispensablemente necesarias para cimentarla verdad histórica, resaltan enfadosas para los lectores. Pero como el primordial objeto de este libro es dejar fuera de toda objeción, no solamente la exactitud de los hechos narrados, sino también la responsabilidad de los que intervinieron en su ejecución: veóme obligado a volver dos y tres veces sobre el mismo tema; a repetir el examen de los mismos documentos, comparándolos con otros nuevos; a insistir en las mismas, premisas, para deducir más claras e irrefragables consecuencias; a corroborar las concusiones ya sentadas, con más fuertes razonamientos, según avanzamos en la narración de los trágicos sucesos, de Enero. Este libro, de consiguiente, no obedece a la unidad de un plan literario; puesto que, como lo he advertido en el prólogo, es más bien una compilación de datos, que pueden servir a los futuros historiadores de los últimos treinta años de nuestra tristísima vida republicana. Pido, pues, que los lectores disimulen las faltas enunciadas; las que, atendido el fin que me propongo, no los puedo evitar.

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CAPITULO XII INERCIA CRIMINAL La noche fue excesivamente fría; y los prisioneros, sin alimento y sin abrigo, atravesaron las alturas de los Andes, esos dilatados páramos donde los helados vientos, atormentan al viajero aun durante las mejores horas del día. Llegaron a Tambillo ateridos, desfallecientes; y allí se les detuvo, mientras, todo estuviese listo y aprestado para su inmolación en la Capital. Los agitadores recorrían las calles de Quito, propalando las más absurdas nuevas, tendientes a concitar el odio del pueblo contra los presos que llegaban, o por lo menos, a despertar la curiosidad de las muchedumbres para que concurrieran al lugar del sangriento espectáculo. Grupos de clericales hacían un llamamiento a la clase trabajadora, para que también ella acudiese a la manifestación hostil que se preparaba contra los vencidos radicales que tanto mal habían hecho a la Religión, según lo decían. El Ministro de Guerra Intriago ponía en movimiento las tropas de la guarnición, manifestando que lo hacía para defender la vida de los presos. El Ministro de lo Interior y Policía, Octavio Díaz, visitaba el Panóptico por la mañana, como si tuviera algo secreto que preparar en aquel lugar; y luego, recorría en coche las filas de los soldados y de los guardianes del Orden Público, al parecer, Comunicándoles disposiciones a boca chica. Asegúrese que se había permitido que un grupo de asesinos entrase de antemano a la Penitenciaría para llenar su inicua tarea y que la mayor parte de esos malhechores se componía de soldados disfrazados y de conservadores de la peor especie. Esta acusación, nacida de los presidiarios y aun de los mismos militares que montaron la guardia de la penitenciaría durante la tragedia ha sido reproducida por la prensa ecuatoriana y extranjera; y ni Díaz ni el Gobierno la han contradicho de manera alguna, mucho menos refutándola. Poseo un Memorándum escrito por el Teniente Coronel Rafael Urbina, soldado de honradez y lealtad indiscutible; quien, a causa de estas mismas dotes, se hallaba preso en el Panóptico, y pudo apuntar, hora por hora, lo que vio y observó en aquella jornada de sangre. He aquí lo que el Comandante Urbina refiere sobre los preparativos para la inmolación de Alfaro; preparativos que fueron presenciados, así por los detenidos políticos, como por los criminales comunes que el presidio encerraba. “De dos a tres de la mañana del día 28, abrieron nuestras celdillas y nos mandaron levantamos acto continuo. Eran el Comandante Rubén Estrada, Director del Panóptico, y sus subalternos, armados todos de fusiles, los que de ese modo interrumpían nuestro reposo. A la cabeza de los guardianes vi a un criminal llamado N. Núñez, pistola, en mano, el que gozaba de prerrogativas y era como ayudante de Estrada. La presencia de este individuo era mal presagio, porque también lo vimos en la noche del 19, cuando nos levantaron a deshora para confiarnos en lo más alto del edificio, mientras los prisioneros de Huigra eran cruelmente maltratados. Después
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referían los mismos guardianes que Núñez fue el que mató al señor Segundo Perdomo, y que el guardián N. Vaca, el que le dio el balazo al Coronel Belisario Torres. “Desde que se supo la venida de los Generales al Panóptico, los tuvimos por muertos, y lo mismo decían Estrada y los guardianes sin rebozo a los presos. El día anterior fue muy agitado en el presidio. Hablaban los empleados a boca chica y tenían un aire sombrío. Se puso una guardia interior, y redobló la vigilancia. Los criminales comunes nos comunicaron noticias alarmantes, dando por seguro el asesinato de los Generales prisioneros. Así pasó el día 27, angustioso para nosotros, y que no se me borrará de la memoria -----------------------------------------------------------------------------“ “Obedecimos la orden y nos pusimos a disposición de Estrada los presos políticos que ocupábamos la Serie E del presidio, y fuimos trasladados a la Serié A, donde permanecimos en vigilia esperando el fatal momento, del que no nos quedaba duda, por los preparativos que presenciábamos y la actitud hostil de los guardianes… De mañana aumentaron la agitación y el bullicio en el Panóptico. A las once del día volvieron Estrada y los guardianes armados y nos intimaron abandonar nuestros nuevos calabozos sin perdida de tiempo, y nos condujeron al departamento de los criminales. Estrada nos dijo que tenía esta orden y añadió: Confúndanse entre los criminales y sálvese el que pueda, que yo no respondo de la vida de nadie… “El jefe de guardianes N. Vásconez, el subjefe Julio Vaca y el mentado presidiario Núñez se ocuparon en anotar las celdillas ocupábamos. Aquí referiré un detalle. Al Comandante Julio Martínez Acosta lo dejaron aherrojado en su misma celda, con el pretexto de que había pretendido fugar taladrando una garita. Mas el preso hizo constar que tenía depositados en poder del Comandante Estrada la suma de tres mil sucres... “Como todos aguardábamos la muerte, procuramos seguir el consejo de Estrada, y nos disfrazamos como pudimos, confundiéndonos con los criminales, los que también temían el ataque que se anunciaba. Nos agolpamos a la reja de la Bomba, mezclados los unos con los otros; y pudimos ser testigos presenciales de la mayor parte de los acontecimientos. “La guardia interna había sido escogida en el Batallón de Reservas Nº 83, y la comandaba el Capitán Aurelio Yela, haciendo de subalterno el Subteniente Ángel Cárdenas, ambos enemigos del General Alfaro” Estos datos sencillos y confirmados por los varios relatos que de la trágica muerte del General Alfaro se han publicado hasta hoy prueban que nada se improvisó, nada surgió de repente en el sangriento escenario; sino que todo estuvo previsto, todo preparado para el horrendo sacrificio. Juzgaron innecesario asesinar a los detenidos de menor cuantía; y se dio orden de ponerlos en relativa seguridad, entremezclándolos y confundiéndolos con los criminales comunes. Se temió que el Coronel Pedro Concha sobrino político del Ministro de Guerra fuese comprendido en la masacre, y se le puso en libertad la víspera; sin que mediara ninguna petición del agraciado, menos, las formalidades que el Gobierno exigía de los partidarios de Alfaro, en aquel entonces.

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Más adelante veremos que Rubén Estrada procedía ciñéndose a una consigna y plenamente facultado por sus superiores; empero sin sospechar siquiera que su obediencia lo perdería, y que sus días estaban también contados... Continuemos la interrumpida narración. Los agitadores de la plebe habían obtenido su objeto; una chusma de mujerzuelas de mal vivir, de beatas fanatizadas por la frailería, de indios borrachos e inconscientes, de desarrapados viciosos y congregantes terroristas, aullaba ya de furor y se dirigía amenazadora y frenética al encuentro de las víctimas. Una ráfaga violenta soplaba sobre la Capital; y las olas comenzaban a encresparse, y la voz terrible de la tempestad rugía a los pies del Panecillo. Empero, el verdadero pueblo de Quito era mero espectador de los acontecimientos; y en la turba criminal, apenas podía señalar uno que otro individuo con nombre conocido. Un ex fraile de la Merced, el presbítero Benjamín B. Bravo, fue acusado con justicia de haber sido uno de los agitado de la plebe y principal instigador de los crímenes del 28 Enero; y para exculparse, publicó una extensa relación de aquellos trágicos sucesos, como testigo de vista, según él mismo lo afirma. Tan interesado relato está, como era natural, lleno de falsedades encaminadas a dejar limpio el nombré del susodicho Fraile pero contiene confesiones de suma importancia para la Historia y por lo mismo, insertaré en estos capítulos las más pertinentes. Algunos diarios reprodujeron el extenso escrito del sacerdote Bravo; y “El Telégrafo” de Guayaquil comenzó a insertarlo en sus páginas de honor, el 31 de Enero de 1919, con el título de “El XXVIII de Enero de 1912 en la penitenciaria de Quito: relación escrita por un testigo presencial”. Véase lo que el fraile Bravo dice, respecto de la actitud del pueblo quiteño: “Al abocarme a la carrera nombrada ,y pararme en la cuadra inmediata anterior al Panóptico, cuyo edificio, él solo formo la última extensa manzana en que termina la mencionada carrera Rocafuerte, lo primero que se ofreció a mi vista y con lo que topé, fueron soldados armados en traje de campaña, formando sendas alas, a los dos lados y a lo largo de dicha carrera, hasta la puerta del Panóptico, aunque separados unos de otros por distancias de cuatro a cinco metros por costado, y en las aceras, y en los balcones y puertas a la callé y en el centro de ésta, sendos grupos de gentes al parecer pacíficos, que acudido habían llevados por la novedad, y no con animó hostil. Casi en ese mismo instante (al llegar yo a la calle Rocafuerte), pasó por mi delante el automóvil, pero ya desocupado, señal evidente de que ya habían quedado los prisioneros en el Panóptico. Creía yo que el hecho sólo de la prisión dada la alta categoría de los prisioneros, bastaría para calmar la excitación de los ánimos, caso que así los tuvieran; porque vuelvo a afirmar no la revelaban ni la actitud ni los semblantes de los concurrentes), aparte que no otra cosa podía esperarse de un pueblo de natural noble, compasivo, generoso, como lo había demostrado ser en varias ocasiones, aun con los más facinerosos, el ya maleado pueblo quiteño que, poco después dio pruebas de esto último, como luego veremos. Aguardaba por tanto que no tardaría mucho en dispersarse el tumulto, y que muchos, acaso, tornarían a sus casas meditabundos, contristados más bien por lo que estábamos presenciando”.

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He ahí la verdadera actitud del pueblo capitalino, según el testimonio de ese testigo presencial que, para arrojar de si una tremenda acusación, pudo secundar los relatos oficiales, calumniando a la multitud, criminal anónimo, al que no puede alcanzar ni la justicia de la Historia. Y mientras se formaba la borrasca, nadie, absolutamente nadie, acudía a contrarrestarla, a defender la Constitución y las yes, la civilización y la honra de la Patria, los sentimientos cristianos y los fueros mismos de la humanidad, que tan terriblemente amagaba esa gavilla de malhechores, empujada por manos ocultas que querían apoderase de la República por medio del crimen. Un acto de presencia de la Policía, resuelta a evitar el homicidio alevoso e infame que se estaba preparando, habría bastado para disolver aquella chusma adredemente enloquecida y lanzada contra seis inermes prisioneros; pero los guardianes del Orden habían recibido la consigna de cruzarse de brazos, y mirar impasibles los actos del pueblo, por criminales que fuesen. He aquí lo que dice al respecto el defensor de Alejandro Salvador Martínez, acusado de participación en la masacre de Enero (“Una Víctima Expiatoria de los Crímenes del 28 de Enero 1912”; folleto publicado en la Imprenta y Encuadernación de Julio Sáenz R., en Quito): “Y ¿por qué no se ha sindicado a la autoridad de Policía que disponía entonces de una fuerza de 800 hombres; y que cruzándose de brazos, hizo caso omiso de las leyes y reglamentos del orden y la seguridad, tan suficientes como poderosos para prevenir los crímenes, con sólo la dispersión de las turbas que, con anticipación de quince días se organizaban y recorrían las calles y plazas públicas, portando las enseñas y divisas que ostentaban los jiferos o carniceros, cuando van al degüello, al matadero? “¿Por qué esa autoridad no coartó los aprestos de la fiera humana que husmeaba sangre y se disponía a devorar a sus semejantes, ensayando el modo y forma como debía hacerlo; apoyada por chacales oradores que con sus discursos, inspirados y preparados en las alturas, enardecían al populacho y retemplaban su cólera; secundada por la aprobación llena dé hipocresía y enmascarada piedad del Encargado del Mando y sus Ministros; y fomentada por medio de salvajes y pueriles capillas ardientes, arregladas y conservadas durante días y noches en el Palacio de Gobierno, en donde en efigie encadenada y ensangrentada, se velaba con todo el aparato fúnebre a una de las futuras víctimas, el General Flavio E. Alfaro? “Esa indiferencia criminal de la Policía interpretó Justamente el populacho como aprobación de sus actos, y se creyó asistido de la libertad y el derecho; y, en esa virtud, desarrolló sus instintos de fiera. “¡Oh, si la Policía hubiera llenado su deber, con un acto de represión, con el castigo de un promotor, hubiera debelado el peligro que corría la vida de los prisioneros y librado al pueblo de la execración y la vergüenza!” No es un radical quien juzga tan recta como severamente la inercia de la Policía: no; los que así escriben y acusan, son clericales, acaso de los mismos que en los días de sangre pensaban de otro modo y, por lo menos, batían palmas en presencia de la “noble y altiva actitud del heroico pueblo”, como entonces se decía a boca llena; pero que, en vista de la universal reprobación de esa actitud heroica y noble de los asesinos, han

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cambiado de criterio, como debía forzosamente suceder, tratándose de conciencias extraviadas de momento, que no pervertidas ni avezadas al crimen. La fuerza armada, la numerosa guarnición de Quito permaneció también en la más culpable pasividad, durante aquellos largos y ostensibles, preparativos de la tragedia; ¿por qué razón? Una sola manifestación de energía, de parte de la fuerza armada, habría salvado a las víctimas, sin necesidad de derramar una sola gota de sangre de los agresores; pero el Ejército tenía la consigna de contemplar, arma al brazo y en silencio, la inmolación cobarde de los vencidos. ¿Qué resistencia habría podido oponer la susodicha chusma, desarmada y compuesta de mujeres y andrajosos borrachos, si la Policía, o un Batallón de línea, se hubieran propuesto disolverla? ¿Qué necesidad hubiera tenido la autoridad pública de emplear las armas contra tan despreciable algarada? En los grandes centros de población, en las naciones en el pueblo está organizado en asociaciones para la lucha con la autoridad, se suceden colosales motines a motines gigantescos; y, sin embargo, la Policía basta y sobra para contener esos torrentes populares, sin desenvainar la espada. Rara, muy rara vez resultan algunos heridos y contusos: pero la autoridad cumplidora de sus, sagradas obligaciones, no retrocede jamás ante un motinista descalabrado porque lo primero es sostener el prestigio del gobernante y amparar los derechos de los asociados, mediante la represión enérgica y eficaz de los perturbadores del orden público. En Quito pudo y debió hacerse lo mismo que en todos los países civilizados: ¿acaso porque los facinerosos se presentan atropados y en crecido numero, gozan de, inviolabilidad y deben ser respetados por la autoridad pública? ¿De dónde sacaron Freile Zaldumbide y sus ministros la inmoral y disociadora teoría de que los depositarios del poder público no deben oponerse a la voluntad de los forajidos que, invocando el nombre de pueblo, atacan en gavilla los más santos derechos de la sociedad? Con que, si el mejor día se dejan ver por ahí, dos o tres mil malhechores dispuestos a saquear la Capital y degollar a sus notables habitantes, debe el Gobierno mandar que la fuerza pública permita cometer impunemente todos aquellos crímenes, en razón de que ese pueblo merece todo respeto y no puede ser fusilado? Enunciar tan monstruosa teoría, ya era manifestar que se llevaba en el alma un cúmulo de ignorancia y de protervia capaces de producir los más grandes males a la República; y llevar a la práctica esa nefaria doctrina, fue confundirse y mancomunarse con los asesinos, señalarse a la posteridad, como reos de las iniquidades cometidas en aquel día nefasto. La autoridad eclesiástica, si lo hubiera querido, habría suplido la falta de la autoridad política; y ahorrádole al Ecuador, el bochorno de pasar como salvaje, a la vista de las demás naciones. Tal es la influencia clerical en el populacho de Quito, que la presencia del Arzobispo, una palabra de este Prelado, o de cualquier otro fraile notable, como el Padre Riera, el Padre Aguirre, etc.; habrían calmado la tormenta e impedido la deshonra de Patria. Seguramente pudieron los clérigos intervenir en favor de las víctimas y conseguir un triunfo salvándolas; pero, no quisieron hacerlo: los unos estaban interesados en el desaparecimiento de los enemigos de la Iglesia, aunque no lo dijeran
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en voz alta; y los otros, los más políticos, siguieron el consejo que el ciego Vela le diera cinco días antes al General Plaza: dejar el paso libre a la justicia de Dios!... Es decir, el paso libre a la venganza del fanatismo religioso, el paso libre al rencor insaciable de la coalición, el paso libre a los odios de Plaza y su mesnada, el paso libre a los instintos ferales, el paso libre al asesinato y a la antropofagia; que a todas estas malas pasiones y horrores llaman justicia de Dios los blasfemos y los protervos. González Suárez, Arzobispo de Quito, comenzó por Secretario del Arzobispado, en días de tristísima memoria. Había sido jesuita en sus mocedades; y por lo mismo, se habían infiltrado en su alma esos principios inquisitoriales que tanta guerra le han hecho a la humanidad, por siglos y siglos, durante los cuales se ha invocado para todo género de atrocidades, la pura y santa doctrina de Jesucristo. Antes de ceñirse la mitra desbordóse, no pocas veces, en defensa de la secta ultramontana; pero, hombre de gran cabeza e ilustradísimo, adquirió nombradla en las letras ecuatorianas y se diría que a su pesar, como historiador ha prestado inapreciables servicios a la causa de la regeneración, mediante el relato fiel de los inmorales sucesos de la época colonial, en que dominaba el monaquismo. González Suárez era, además, un gran patriota, y lo manifestó muchas veces; más, predominaban en él los prejuicios de secta, y sus más brillantes prendas de ciudadano, se vieron oscurecidas, a lo mejor, por un arranque de pasión religiosa que la vasta ciencia del Prelado no había podido extinguir. Y, por lo mismo que los méritos de este sacerdote le habían dado tanta influencia en el pueblo devoto, su palabra era decisiva: el Manifiesto de la Junta Patriótica que tanto contribuyó a la revolución del 11 de Agosto de 1911 habría pasado desapercibido, como uno de tantos escritos de oposición, si no hubiera estado suscrito, en primer lugar, por el célebre Arzobispo. Repítolo la influencia de González Suárez en el pueblo quiteño, era poderosa, irresistible: ¿por qué no quiso emplearla en favor de los Desgraciados prisioneros, cuya victimación tan anticipadamente se había preparado? En justicia, no se le puede acusar todavía de participación directa en el complot; pero, no es posible defenderlo de haber encerrádose en la más inexplicable inacción, y dejado que se cumpliera el destino del Fundador del liberalismo ecuatoriano, para quien, ciertamente, no debía haber abrigado simpatías, ni mucho menos. González Suárez había sido por largos años, el más denodado campeón del tradicionalismo, la protesta viviente y fogosa contra las doctrinas liberales, el atizador tenaz de las resistencias a toda reforma social; y por el mismo caso Dios sabe si creyó ver el Prelado una represalia de la Providencia, en lo que iba a pasar con el Caudillo radical y sus colaboradores: tan grande es la ceguedad de la pasión religiosa, aún en los corazones mejor formados! González Suárez encerróse en su Palacio mientras descargaba la tormenta. Como Plaza lo supuso, su apelación a la caridad cristiana del Prelado, cayó en el vacío; lo mismo que la sentida súplica de la señora Colombia Alfaro de Huerta, hija del anciano Jefe del Radicalismo ecuatoriano. “En medio de mi desesperación decíale al Arzobispo aquella afligida y virtuosa dama acudo a usted como única áncora de salvación para conservarme la vida de mi idolatrado padre... Espero que usted oirá esta súplica de una hija que, en su impotencia
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de hacer algo en favor de su padre, no tiene otra esperanza más que en el Todopoderoso, y en su representante en la tierra. Perdone, señor, mi abuso en molestarle; y compadézcase de la desgracia”…. ¿Quién no había de ablandarse con esta voz, plañidera y elocuente, salida del corazón de una hija que, abandonada de la justicia de los hombres, acude al Jefe de la Religión, pidiéndole en nombre de Dios, que proteja la vida de un desvalido anciano? Diríase que el alma sacerdotal, es inaccesible a la compasión y la clemencia, cuando las palabras de la hija del General Alfaro no hallaron eco en el pecho de González Suárez: la tradición de la inflexibilidad cruel del Santo Oficio, se perpetuaba indudablemente en la iglesia ecuatoriana. Ambos telegramas suplicatorios le fueron entregados al Prelado con toda oportunidad; y el Intendente Cabezas, desconfiado o previsto, obtuvo constancia de dicha entrega, como lo dice en su Informe, y se ha publicado en “Páginas de Verdad”. Y, no obstante poder tomar medidas eficaces de salvación, contentóse el Prelado con mandar imprimir, a las diez de la mañana del día 28, esta lacónica y fría recomendación a los católicos de Quito; SUPLICA “Ruego y suplico encarecidamente a todos los moradores de esta católica ciudad, que se abstengan de hacer contra los presos demostración ninguna hostil: condúzcanse para con ellos, con sentimientos de caridad cristiana. Lo ruego, lo suplico en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Federico, Arzobispo de Quito”. A las diez de la mañana la tempestad bramaba; y nadie leyó, nadie estaba para leer, la susodicha súplica, de la que se distribuyeron unos pocos ejemplares, como si se hiciera así de ánimo pensado. Y, si alguien llegó a enterarse del contenido de ese diminuto impreso, vio clara la intención que en el papelucho palpitaba; y por tanto, no dio importancia alguna a las heladas palabras del prelado. No, no era esa la manera de contener la ola tempestuosa; no, no era ese el medio de aplacar la furia de la muchedumbre: no, no era ese el debido esfuerzo para salvar la vida de los desgraciados prisioneros: ¿cuándo ni cómo habían de leer, en medio de su furor, los cuatro renglones del Arzobispo, esos soldados disfrazados que ya ocupaban su puesto en el degolladero, esas mujerzuelas que aullaban feroces en espera de las víctimas, esos ebrios y desarrapados provistos de lazos para arrastrar sus cadáveres? Juan Crisóstomo puso en peligro su propia vida, sirviéndole de escudo a Eutropio: habló elocuentemente a las turbas con la cruz en la diestra; suplicó, lloró; y sus lágrimas, brote del ardor de su caridad, apagaron la furia del populacho y salvaron al enemigo de la Iglesia. ¿Por qué no le imitó González Suarez al santo protector de Eutropio? Bastábale al Arzobispo de Quito acompañar a los presos; dejarse ver a las puertas del Panóptico; rechazar a la muchedumbre enfurecida, con el cayado, el arma invencible de los pastores espirituales; hablar a la multitud, suplicar, llorar como Juan Crisóstomo, si era necesario, para salvar a sus hermanas condenados a la muerte; pero nada de esto hizo, nada semejante quiso hacer; ¿era acaso indomable el rencor de la clerecía contra los fundadores del liberalismo en el Ecuador?

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El poeta Remigio Crespo Toral, cuyo apasionado juicio sobre el Alfarismo he refutado en un capítulo anterior, dice lo siguiente, en la misma, edición de “La Unión Literaria”, correspondiente a Marzo de 1913, pág. 103: “El Arzobispo y otros varones piadosos salieron después a pedir con lágrimas a la multitud que volviese a sus moradas, pues ya se temían que se extendiese a otras venganzas la ola de furor. Y la multitud, con una serenidad pasmosa, y como si hubiese pasado algo normal y corriente, volvió a la calma: el mar se había amansado al tocar en las arenas frágiles de la ribera”. Si este relato es cierto, prueba lo que llevo dicho, respecto de la poderosa influencia del Arzobispo y del clero en las turbas fanáticas de Quito: embriagadas de sangre y de ferocidad esas turbas, vieron a su Pastor y súbitamente se amansaron, como el mar al tocar las arenas de la playa, según la poética comparación de Crespo Toral. González Suárez no tuvo que hacer ningún esfuerzo para conseguir esta victoria: se presentó, vio y venció, como el héroe romano; pero sin otras armas que la cruz y las lágrimas, base de la omnipotencia sacerdotal, en casos semejantes. Esto mismo he sostenido yo que pedía haber hecho el Arzobispo González Suárez; pero, lo que hizo después, debió hacerlo antes; y entonces le habría sido todavía más fácil conjurar la tormenta, puesto que la chispa no se habría convertido en incendio. ¿Por qué esperó González Suárez que los Alfaros estuviesen degollados y quemados, para salir con sus varones piadosos, a implorar que el pueblo se retirara a sus moradas? ¿Por qué no se rodeó de esos mismos santos varones, y salió a las nueve de la mañana, cuando apenas principiaba la agitación popular, y suplicó y pidió que se retiraran los alborotadores y los frenéticos? ¿Cómo habría podido explicar el Prelado quiteño lo tardío de su santa labor, cuando el celo apostólico es activo por demás, cuando el interés humanitario se apresura siempre en socorrer al que está en peligro? ¿Cómo calificará la Historia la ambigua y nebulosa conducta del señor González Suarez? Mientras más blanca y pura es la vestimenta de un personaje, con mayor facilidad se mancha; y muchas veces bastan una omisión ligera, la tardanza en el cumplimiento del deber, la indecisión de la voluntad, para amontonar sombras sobre la cabeza más venerable. No han podido los defensores del Arzobispo dar hasta ahora ninguna explicación satisfactoria, respecto de aquella actitud de inercia en esas horas de agitación y tormenta: las acusaciones; más o menos francas, han llovido sobre él; pero no hemos oído ni una sola palabra de descargo. Lejos de esto, el misino González Suárez adujo pruebas irrecusables de su culpabilidad, en las célebres cartas dirigidas al Obispo de Ibarra, doctor Ulpiano Pérez Quiñonez, sobre la tragedia que nos ocupa; cartas de las que haré mérito más adelante, a fin de que los futuros historiadores, acaso con más imparcial criterio, juzguen la nada cristiana conducta de aquel Prelado. En el telegrama que el día 29 le dirigió al General Plaza, afirma que el 28, a las siete de la mañana, recibió la súplica de dicho General; luego, aunque no hubiera atendido a los ruegos de la señora de Huerta, recibidos el 27 a las ocho de la noche, tuvo tiempo más que suficiente para reunir a su clero y a los católicos de más influencia, y
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correr a impedir que se consumara una grande infamia que había de redundar en oprobio de la Patria, No lo hizo, no quiso hacerlo; y esta omisión revela que interesaba a la clerecía dejar que se cumpliera la muerte aciaga, que se le había destinado al Caudillo radical. “No es posible que Ud. pueda ni siquiera imaginar la escena de ayer continúa el Arzobispo diciéndole a Plaza, en el mencionado telegrama: lo menos unas cinco mil personas, a quienes nadie podía contener. La fuerza militar fue arrollada y el Panóptico invadido”. Exageraciones vulgares, falsedades de origen oficial: hemos visto todos los ecuatorianos las fotografías, tomadas por Monteverde, de las diversas escenas de la tragedia; y ese testimonio material e irrefragable, prueba que la chusma homicida la misma de los mítines no fue numerosa; puesto que el verdadero pueblo, por iracundo que se le haya querido suponer, mantúvose como espectador, y sin salir de los lindes del respeto al infortunio y a la muerte. Presto veremos que no hubo arrollamiento al Ejército ni invasión al Panóptico, como el Reverendo Arzobispo le dice a su corresponsal: ese telegrama no le honra al Prelado de manera alguna, puesto que en él se convierte en eco de las disculpas del Gobierno. Ni una palabra de condenación para los mártires; ni una palabra de condenación para verdugos: diríase que su Señoría Ilustrísima se hallaba satisfecha de lo sucedido... Y la conducta que González Suárez observó posteriormente justifica y corrobora esta conclusión; porque, triunfante el General Plaza, el metropolitano llegó a convertirse en su apasionado defensor, en el más firme apoyo y antemural del gobierno más opresor y deshonroso que haya podido tener nuestra desventurada República. Bien quería yo mantener escrupulosamente el orden cronológico en este pequeño libro; pero, si hemos de procurar descifrar la misteriosa y ambigua actitud del Arzobispo en presencia de los terribles acontecimientos del Mes de Sangre, nos es indispensable abarcar con la mirada el conjunto de hechos que más adecuados sean para destacar y fijar la fisonomía moral y política del referido personaje. Y, de consiguiente, véome precisado a interrumpir por un momento la narración emprendida, y hablar de hechos muy posteriores, acaecidos cuando ya el General Plaza había dado cima a sus ambiciones, y escalado el poder supremo por sobre montones de víctimas. Como vamos a verlo mediante irrefragables documentos, González Suárez ha contradicho todo su pasado; y, a la postre, declarádose enemigo de las revoluciones, enemigo de la oposición a los gobiernos por pésimas que sean, enemigo de la prensa sediciosa y anarquizadora, enemigo hasta de la investigación de las atrocidades cometidas en Enero de 1912. González Suárez placista, resulta el reverso de González Suárez antialfarista: forman una antítesis moral y política, son dos polos opuestos en la historia de nuestros últimos veinte años de lágrimas y sangre. ¿Cuál la causa de cambio tan radical y completo? Estudiémosla, siquiera ligeramente, valiéndonos de los documentos que él mismo nos ha puesto a la vista. Subyugada la República por hombres impunemente manchados con sangre, tras de la general protesta verbal y escrita, vino la protesta armada; y estalló la guerra civil en Esmeraldas, Manabí, Los Ríos, etc., y bamboleó por muchos meses el solio del usurpador.
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Carlos Concha y sus heroicos compañeros obtuvieron espléndidos triunfos; y González Suárez, viendo inminente la caída del General Plaza, empuñó el cayado y salió en su defensa, con entusiasmo digno de mejor causa. La Carta que dirigió, a los obispos sufragáneos en 30 de Diciembre de 1913, se vuelve contra González Suárez; porque, si ella contiene la verdadera doctrina apostólica, deja en claro que jamás la ha guardado el susodicho pastor. He aquí esa condenación absoluta de la revolución contra el General Plaza: “CARTA QUE FEDERICO GONZÁLEZ SUAREZ, ARZOBISPO DE QUITO dirige a los Hmos, y Rvmos, señores Obispos sus sufragáneos. “Siempre he juzgado que las revolucionen son un mal gravísimo, y que la guerra civil es el más terrible de los flagelos, con que la Providencia Divina puede castigar a los pueblos; convencido íntimamente de estas verdades, he procurado, en cuanto de mi ha dependido, que se mantenga el orden, que no se perturbe; la tranquilidad pública, y que se conserve la paz, porque la paz es un don del Cielo. Ahora estoy dispuesto a trabajar con mayor empeño todavía por la conservación, de la paz, sin la cual nuestra República se halla muy expuesta a perecer, hundiéndose en un abismo de desgracias irremediables. He de predicar la paz, he de aconsejar la paz, y por la paz me he de sacrificar gustoso, si fuere necesario sacrificarme. En esta resolución me fortalece la seguridad de que he de ser auxiliado y sostenido por mis Venerables sufragáneos, por Vuestras Señorías que han de empeñarse tanto como yo en esta labor en beneficio de la paz, labor civilizadora, muy propia de nosotros, Obispos católicos. “En la política no se ha de prescindir jamás de la moral: cardémosles esta máxima a nuestros compatriotas: inculquemos esta máxima a los católicos… “La paz es fruto de la justicia, la cuál da derechas e impone deberes, así a los magistrados como a los ciudadanos: quien trabaja por la paz, no puede menos de poner de manifiesto su anhelo porque se establezca definitivamente un Gobierno popular, tolerante, nacional, a fin de que, al sostenimiento del orden arrimen el hombro, con mutua y recíproca confianza, el pueblo ecuatoriano y los poderes públicos. Federico, Arzobispo de Quito. Quito, 30 de Diciembre de 1913”. Santa y humanitaria misión la del sacerdote: buscar la paz trabajar por la paz, sacrificarse por la paz; encauzar la política de los pueblos y la acción de los gobiernos por las claras y rectas sendas de la moral; evitar la discordia civil y la efusión de sangre entre hermanos; ahórrale a la patria los horrores de la guerra; y regirla, impulsarla, reanimarla sólo con la caridad y el amor, la religión y la ciencia!... Pero, ¿por qué González Suárez y sus sufragáneos echaron al más profundo olvido esta misión santísima, estas sublimes doctrinas evangélicas, durante el gobierna del General Alfaro? Porque ellos fueron los agitadores de las masas populares desde el memorable 5 de Junio de 1895: porque ellos fueron los que, con el nombre de religión en los labios, no se dieron punto de reposo en recorrer la República con la tea incendiaria, causando los mismos males, y aún peores, que los que fingen lamentar ahora. Para no venir de lejos, tomemos el hilo de la historia únicamente desde el famoso Manifiesto de la Junta Patriótica, en el que tan principalísima parte tuvo el Arzobispo González Suárez; manifiesto en que se proclamó la rebelión contra Alfaro
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como deber ineludible de conciencia; manifiesto que fue el más solemne llamamiento a la guerra civil; manifiesto que la Historia reputará como punto inicial de todas las calamidades que por tantos años han abrumado a la República. Si la revolución es un mal gravísimo, si la religión y la moral condenan las rebeliones contra los poderes constituidos, ¿cómo pudo prevaricar tan escandalosamente el pastor quitense, hasta el extremo de predicar él mismo la discordia, la devastación y la muerte de sus ovejas, por sólo el interés de arrojar del poder a un Magistrado constitucional, a quien, según la doctrina evangélica, debía sumisión y obediencia? Y sobrevino la inicua traición del 11 de Agosto que derrocó aun gobierno legítimo, a un gobierno que constitucionalmente iba a terminar después de pocos días; y la Capital de la República se vio ultrajada de la más horrorosa manera, como plaza conquistada a sangre y fuego por hordas de salvajes. ¿Qué dijo el Arzobispo contra aquellos inauditos horrores? ¿Cuál la razón que le impidió condenar y maldecir ese nefando futuro del celebre Manifiesto de la Junta Patriótica de Quito? ¿Por qué no predicó la paz a las turbas clericales que saqueaban la ciudad, violaban y asesinaban sin freno, aún en los más públicos lugares? ¿Por qué no se sacrificó por la paz en aquellos nefastos días, que el Ecuador ha de recordar siempre con el mayor espanto? Porque, o fue buena o fue mala la revolución de Agosto; fueron buenos o fueron malos los asesinatos, estupros, robos y otras mil atrocidades que el conservadorismo plebeyo y la soldadesca cometieron el 11 de dicho mes, y los dos subsiguientes días: no hay término medio alguno en el dilema, puesto que la moral lleva en sí reglas inalterables para medir y juzgar las acciones humanas. Si González Suárez profesaba realmente la moral cristiana, la moral de la civilización y de la humanidad, de ningún modo pudo tener por buenos, ni por indiferentes, los atentados a que me refiero; luego tuve la obligación de reprobarlos sin consideraciones, con la entereza y la severidad del guardián del rebaño de Cristo, con el valor y la abnegación del mártir; so pena de caer en prevaricato y apostasía, renegando de la santa misión del sacerdote, dejando de llenar los altísimos deberes que la sotana y la mitra imponen, y contradiciendo su propia doctrina, contenida en la Circular a los Obispos. ¿Qué debemos, pues, juzgar del silencio absoluto de González Suarez, en esos días de luto y escarnio, de sangre y de crímenes para la sede metropolitana? Criterio moral extraviado hasta el extremo de calificar como legítimos y conformes a la conciencia cristiana, la traición y la rebeldía; el rompimiento de la Constitución a mano armada y el asesinato de inocentes víctimas; los atentados contra, el pudor, sin perdonar ni la inviolabilidad consagrada por la muerte; el robo y el saqueo, la embriaguez y el desenfreno de las turbas, durante tres largos y mortales días de absoluta suspensión de la autoridad y la justicia, de absoluta profanación de las protectoras leyes y aun de las más fundamentales prerrogativas del linaje humano?.... ¿Connivencia y complicidad con los malhechores que, invocando el derecho de rebelión, se arrojaron a todo género de iniquidades, apoyados de antemano por la impunidad, y acaso por el aplauso de los directores de la revuelta?...

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¿O hay por ventura dos reglas de moral, una para medir la revolución contra el General Plaza, y otra para medir las revoluciones contra los gobiernos que no comulgan con el fanatismo y 1a clerecía?... Dos o tres cirujanos de las fuerzas que Plaza mandó a combatir la revolución de Esmeraldas, transformáronse en soldados en un momento decisivo; y, como consecuencia natural, cayeron sobre el campo con las armas en la mano. Este hecho fue pintado como violación de la Cruz Roja; y lo explotaron diestramente los defensores del General Plaza, contándose el Arzobispo entre los más acuciosos y vehementes. Si acto semejante de barbarie se hubiera realmente cometido en la batalla del “Guayabo”, no habría faltado nuestra protesta; pues profesamos la moral única o inmutable, según la cual, lo malo es malo, aunque el delincuente forme en nuestras propias filas. Pero no hubo tal degüello de los miembros de la ambulancia: los médicos que fallecieron, fueron combatientes, como lo prueban los mismos partes oficiales de los Jefes que comandaban las fuerzas del Gobierno; y por tanto, perdieron su inmunidad desde que empuñaron el fusil para ofender al ejército libera. Sin embargo, artificiosamente se desfiguró la verdad con el fin de desacreditar la revolución y evitar la caída del General Plaza; y el Jefe de la Iglesia ecuatoriana se puso a la vanguardia de esta falange de falsarios, que tomó de su cuenta sostener el más oprobioso y criminal de los despotismos que sobre nosotros, han pesado. Y no le abona, ni su intención de adueñarse de Plaza en aquellos angustiosos momentos, y trocarlo en cabera de un gobierno tolerante y nacional, es decir, conservador, como el mismo prelado lo expresa en la Carta que he copiado; no, el propósito de restaurar el imperio del clericalismo imponiéndose a un magistrado sin ideas ni principios definidos y fijos, no disculpar, no puede disculpar los reprobados medios que González Suarez empleó para conquistarse el aprecio del Presidente. Y mucho menos, si se considera que no ha trepidado en valerse de la autoridad episcopal para engañar a los ecuatorianos y mantenerlos uncidos al yugo de la tiranía, en nombré de Jesucristo y de su Iglesia. Véase, si no, su Carta Pastoral de 1º de Enero de 1914, de la que voy a reproducir aquí los párrafos más notables: “ALOCUCIÓN que Federico González Suárez, Arzobispo de Quito, dirige al Clero así Secular como Regular de la Arquidiócesis, y a todos los ecuatorianos de la República.
Veritas Liberabit vos. La verdad os hará libre. Palabra de N.S. Jesucristo (Evangelio de S. Juan. Cap. VIII, Versículo 32)

“Venerables Hermanos: Amadísimo Hijos: compatriotas. ---------------------------Dios no quiere la guerra, Dios es Dios de paz: la guerra un gran mal, es un mal fecundo en males. ¿Cuál es la causa de la guerra, sino la codicia que no harta nunca con nada; la ambición, que busca honores que no merece; la soberbia, que ciega los ojos de la razón. Estas pasiones se enseñorean del hombre, lo dominan, lo empujan, y lo precipitan al crimen, al crimen, por que la guerra civil es un gran crimen...

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La guerra civil!... ¡Ay! la guerra civil!.... El rubor cubre mi rostro; de vergüenza desmaya mi alma; mi espíritu siente involuntario coraje… coraje… busco, para execrar lo que acaba de suceder en esta guerra civil, expresiones exactas, y en el idioma castellano no las encuentro… ¿Lo llamaré barbarie?... ¿Lo apellidaré salvajismo?... ¿Qué nombre merecerá?... ¿Con qué calificativo deberá estigmatizarse el asesinato de la Cruz Roja, consumado por los revolucionarios de Esmeraldas? ¡Estar vencedores y dar muerte a mansalva!... ¡A quiénes!... ¡Estar de triunfo, y asesinar a médicos abnegados, a jóvenes benéficos, que se ocupaban en recoger heridos, en recoger a los que yacían mutilados en el campo de batalla!... ¿Qué nombre tiene este crimen? ¿Cómo deberá llamarse en e1 lenguaje de todo país civilizado?... Venimos, dicen ufanos, a reivindicar la honra nacional En el lenguaje liberal revolucionario ¿habrían cambiado, de nombre las cosas?... El bárbaro, cierto, tiene fiero el corazón; pero nunca de muerte al que le hace beneficios! El salvaje es vengativo salvaje es traicionero; al salvaje le gusta derramar sangre; pero el salvaje no asesina nunca por odio a gentes pacíficas, el salvaje no hace traición sino cuando es cobarde; el salvaje teme como afrenta, que lo envilece, el ser desagradecido! En el asesinato de la ambulancia, ¿hay siquiera un ligero rasgo de valor? Por lo menos, el del tigre, a quien azuza el hambre?... Para insudo de nosotros los ecuatorianos, ¡declaramos que los victimarios de la Cruz Roja son extranjeros! ..." Dios no quiere la guerra, Dios es Dios de paz… Perfectamente: más, ¿por qué, siendo así, la proclamó el mismo Arzobispo, como sagrada obligación de conciencia, poco antes de la revolución del 11 de Agosto? Si la guerra civil es un gran crimen, si Dios la rechaza, ¿por qué González Suárez no condenó la permanente revuelta armada con que la clerecía y el monaquismo asolaron y ensangrentaron el país, desde 1895 hasta la caída del General Alfaro? ¿Qué razones tuvo para no reprimir al clero y a los frailes que por tantos años predicaron la GUERRA SANTA y el exterminio de los liberales? ¿Por qué no excomulgó a las monjas y eclesiásticos? que contribuían con los bienes de las iglesias, aun con los ornamentos y vasos sagrados, para los gastos de la guerra fratricida que el clericalismo sostuvo contra la regeneración ecuatoriana. Nada se perdonó a trueque de mantener vivo el incendio; y el sacerdocio profanó lo más santo para salirse con la victoria en la sacrílega y criminal contienda. ¿Por qué no levantó la voz contra la diaria profanación del púlpito y del confesonario, donde eclesiásticos impíos trabajaban sin descanso en torcer la conciencia de los creyentes y lanzarlos a la sangrienta lucha, so pretexto de sostener una religión de amor y paz? ¿Por qué calló entonces el celoso sacerdote, y ha levantado la, grita hasta el cielo, en cuanto el pueblo amenazo derrocar el usurpado poder del General Plaza?... Son la causa de las revoluciones la codicia insaciable, la ambición de honores inmerecidos, la soberbia ciega dice el Arzobispo en su mentada Pastoral: concedámoslo. Pero, ¿cómo sucedió entonces que el clero y la frailería se opusieron al servicio de la revolución tan fervorosamente y por tantos años, es decir, al servicio de la codicia y de la soberbia, de la concupiscencia desenfrenada de honores, del fratricidio erigido en sistema del odio y la venganza que son el espíritu de las banderías, de la devastación y los horrores que forman el inseparable cortejo de la guerra civil?
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Inconsecuencias y contradicciones a cada paso; lamentable falta de lógica y de verdad en el que pretende ser el maestro y guía de los ecuatorianos: ¿Par qué?... Y no se arguya que condenó las invasiones de cruzados colombianos, declarando que en el conflicto de la religión y la patria, debíase preferir a ésta. Tal declaración que tantas censuras mereció, de parte de los tradicionalistas fue un brote, del ardiente patriotismo de González Suárez, quien consideró humillada la República con esas invasiones de filibusteros; pero no significó una condenación de la sempiterna guerra contra el Partido Liberal y Alfaro. Quien no procede con rectitud de conciencia y más bien toma los tenebrosos vericuetos del interés partidarista y de secta, por fuerza tropieza y cae; por fuerza pone de manifiesto sus desnudeces, al rodar por la pendiente resbaladiza hasta dar en lo profundo de la sima. Y vienen las líricas lamentaciones por el supuesto atentado contra la Cruz Roja en Esmeraldas. El prelado siente vergüenza y coraje, escalofríos y congojas; el prelado no halla palabras en nuestra riquísima lengua para apellidar un crimen tan espantoso, y se limita a Mamar salvajes y bárbaros, cobardes y traicioneros a los que tal infamia cometieron. Bien dicho; y, ciertamente, merecerían nuestro caluroso aplauso las palabras de González Suárez, si el hecho hubiera sido cierto; si por desgracia, en El Guayabo se hubiera perpetrado tan nefando y cruel asesinato, propio sólo de esas guerras de religión, en las que el fanatismo pisotea las sagradas leyes de la humanidad, en la creencia de que de esa manera honra y desagravia a su Dios. En este cúmulo de contradicciones y caídas, lo que más arzobispal; la humanización de esa alma que antes se mostraba tan indiferente y marmórea en presencia de los más grandes infortunios; ante las escenas más terroríficas y espeluznantes, desarrolladas a su vista misma, que no meramente narradas con e1 exageración partidarista, que amontona sombras sobre sombras llama la atención es el repentino enternecimiento del corazón en el afán de malquistar al enemigo y hacer triunfar la propia causa. ¿Cómo pudieron ablandarse, cual si dijéramos de la noche a la mañana, aquellas entrañas de sílice que no se conmovieron ni un instante con las tragedias de Enero de 1912? ¿Cómo pudieron brotar lágrimas, en un momento oportuno, de esos ojos que no se humedecieron ante horrores propios del canibalismo, de esos ojos que acaso los miraron gozosos, como los profetas y sacerdotes bíblicos miraban el degüello y exterminio de los pueblos vencidos por los campeones de Jehová? ¿Quién golpeó esa roca son la milagrosa vara de Moisés y obtuvo que de ella manasen raudales de compasivo llanto?... El Domingo Rojo de Quito, lo repito, estaba preparado de antemano, a ciencia y paciencia del clero y de su Jerarca; el festín de antropófagos se había anunciado diariamente por la prensa, por grandes cartelones de llamamiento a la barbarie, por emblemas de sangre puestos en los más públicos lugares, por las proclamas y todos los actos del gobierno, por los criminales discursos de los tribunos callejeros, por los aullidos mismos de la fiera humana que adredemente se había suelto y azuzado, en fin,

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hasta por las súplicas y desesperados lamentos de los hijos y deudos de las víctimas destinadas al sacrificio. Avanzaban las horas en medio de la angustiosa expectación de millares de corazones, a los que no había podido torcer la protervia de los asesinos; y González Suárez tenía en las manos el desgarrador telegrama de una hija del General Alfaro, pidiéndole favor y misericordia, como a sacerdote del clementísimo Jesús, como a Jefe de la iglesia ecuatoriana, como a varón excelso que esta ocasión debía dar ejemplo de caridad y amor al prójimo, de abnegación y sacrificio por su grey, de firmeza y valor en defensa de los desgraciados a quienes arrastraban a la muerte las pasiones más brutales y desenfrenadas. Pero la roca no se conmovió: esos ojos episcopales no lloraron en presencia de dolor tan grande, de súplica tan desgarradora y tierna, de catástrofe tan inminente que había de ver una vergüenza eterna para la patria!... Y se alzó el telón, dejando ver la escena con toda la magnitud de sus trágicos horrores… Repetiré aquí las palabras de González Suárez: busco expresiones adecuadas y exactas para denominar esos crímenes, y no las encuentro en la lengua castellana: ¿los apellidaré barbarie? ¿los llamaré salvajismo?.... ¿Con qué calificativo se podría estigmatizar debidamente aquellas iniquidades? ... Y fueron católicos, fueron devotos, fueron fieles de la iglesia metropolitana los que componían esa chusma asquerosa de caníbales: ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones! ¡A la hoguera los liberales! eran los gritos de aquellos profanadores de la humanidad, a la vista misma de su impasible Arzobispo, en medio de una clerecía complacida, en la capital de la República del Sagrado Corazón de Jesús, como el tradicionalismo denomina todavía a nuestra desventurada patria! ... Sí, el sabio y virtuoso prelado miró con glacial indiferencia esas maldades sin nombre en el idioma castellano: el telegrama de la señora Colombia Alfaro debió haberle quemado las manos como carbón encendido; pero no las abrió para dispensar misericordia, ni porque, el amor filial se la pedía con los acentos más tiernos y plañideros. El obispo de las Líricas, lamentaciones por el funesto fin de los cirujanos del Genera1 Plaza, no desplegó siquiera los labios en aquel terrible Domingo Rojo; no profirió ni una maldición contra los asesinos; no derramó ni una lágrima sobre la humanidad pisoteada; no sintió ni vergüenza ni coraje ante el oprobio de la República, vuelta al salvajismo por las atrocidades de un puñado de malhechores; no se acongojó ni sufrió desmayos; no se caló la mitra para condenar el crimen con la autoridad de Cristo y de la Iglesia!... ¿Cómo explicarían los admiradores de González Suárez esa misteriosa pasividad en el Mes de Sangre, ese enigmático silencio en la hora de los caníbales; y sus jeremiadas inconsolables, su furor de profeta judío, sus quemadoras lágrimas, sus desmayos y acongojamientos por la pretendida violación de la Cruz Roja en Esmeraldas?... ¿Qué afinidades tenebrosas pudo haber entre el Arzobispo de las lamentaciones y el Presidente que recogió el fruto de los asesinatos de Enero?

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Puede suceder que venga el tiempo y desgarre, más o menos tarde, las tinieblas ocultadoras de estos misterios, y que la Historia vea la verdad más claramente que nosotros: ¡aguardemos todavía! González Suárez; llegó a condenar hasta los cargos que tan justamente le hacía la prensa al General Plaza: véase lo que dice en su reveladora Carta a los Obispos sufragáneos, fechada en 30 de Diciembre de 1913: “Un católico antes de ejecutar una acción cualquiera en política (lo mismo si es un dicho o un afecto, porque obras, palabras y deseos deben estar regidos por la moral cristiana), lo primero que ha de averiguar es si la acción que va a ejecutar es buena o es mala: en política no le es lícito prescindir de este deber, porque los actos políticos causan responsabilidad muy grave para la eternidad. Por desgracia, en esto no se piensa; sobre esto no se reflexiona. “Esta ligereza, esta inconsideración es muy lamentable: ¡yo la deploro! En la prensa, en los escritores católicos, esta falta de reflexión, este apasionamiento en lo que escriben, son funestos. La prensa liberal, la prensa radical, causa grandes males; pero tal vez los causa mayores, la prensa católica, cuando los redactores de periódicos que se jactan de catolicismo, no se aconsejan con la razón serena y calmada, sino con la pasión política, siempre ciega, siempre descontentadiza, siempre injusta. Con dolor de mi alma he ido notando los brotes de esta pasión en periódicos, que en esta Capital y en otros puntos de la República, hacen profesión de lo que entre nosotros se llama conservadorismo. El pueblo le recata de los periódicos liberales, y lee los periódicos que estima como católicos, y con esa lectura se va imbuyendo en máximas de política que no son sanas. “Buscar argucias, para cohonestar y casi excusar el asesinato de la Cruz Roja; acoger, sin cautela, noticias desdorosas para el Gobierno constituido; hacer hincapié en teorías políticas demasiado generales y deducir de ahí que tan mala es la revolución como el Gobierno constituido; negarle a éste todo derecho para restablecer la tranquilidad pública ¿no es favorecer eficazmente a la revolución? No equivale esto al error tan abominable, de justificar los medios en atención al fin? Y ¿cómo deploraré ese tesón, esa perseverancia con que durante años seguidos, en un cierto periódico de oposición política, se ha estado inculcando al pueblo la animadversión contra el orden constituido, sin dar ni un momento de tregua a la guerra tenaz contra todo cuanto procedía de la autoridad política, aunque fuera bueno y laudable? Quiso la autoridad civil hacer guardar con estrictez el descanso dominical; pues en el expresado periódico se censuró, se condenó esta medida y se abogó por la profanación del día festivo. “Esta perseverancia en predicar al pueblo la desconfianza a las autoridades, sin hablarle nunca más lenguaje que el de la sospecha, el de la recriminación, el del odio, ha causado una división profunda en el pueblo católico de Quito; una porción del pueblo se conserva sinceramente católico y escucha con docilidad, las amonestaciones y las advertencias, del Prelado; otra facción, triste es decirlo, es netamente cismática...” No pudo emplearse mayor calor en la defensa del General Plaza y su gobierno: mientras el tiranuelo persigue, oprime, aprisiona, destierra a ciudadanos útiles e inocentes, a los escritores públicos que no le queman incienso, a los políticos que se humillan; mientras pesa sobre la nación una tiranía implacable y vesánica, el Arzobispo
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se reviste de sus pontificales vestimentas y con la autoridad de Jesucristo, condena, anatematiza aún las quejas de los oprimidos, esos clamores de la prensa que son la a apelación suprema de los pueblos que se ahogan entre los brazos os déspotas... ¿Qué oscuros ligámenes, que nefastas solidaridades pudieron existir entre estos dos personajes que así perseguían y aplastaban la libertad del pensamiento, manifestado por la imprenta? ¿Por qué se oponían ambos a que se procurase rasgar el velo que aun envolvía los crímenes de 1912? ¿Por qué le disgustaba en tan sumo grado al Metropolitano la actitud de los periodistas, de todo color político, contra la oprobiosa dominación del General Plaza, cuya caída hubiera sido el fíat lux que todos anhelábamos para establecer responsabilidades y aplicar castigos? Y es admirable que el Arzobispo hubiera descubierto, como se dice, a última, hora, que tenía la obligación de reprimir aún a la prensa llamada católica; él, que siempre la ha impulsado con la palabra y el ejemplo por el camino de la procacidad y la diatriba, de la rebelión más abierta y perseverante, contra varios gobiernos constituidos y legítimos. ¿No fue “El Ecuatoriano” órgano oficial de los intereses clericales e1 diario que, con aprobación y aplauso del episcopado y clero de la República, sostuvo la más tenaz campaña de calumnias y denuestos, de propaganda revolucionaria y antiliberal, durante las dos administraciones de General Alfaro? ¿No ha sido la prensa clerical la encargada de infamar a los mejores liberales, y aún a sus inocentes familias, sin perdonar ni a los difuntos, y pasando por sobre toda moral y todo respeto? ¿No es el mismo González Suárez quien proclamó la impía doctrina de que es lícito desacreditar cuanto se pueda al enemigo, para hacer, triunfar la buena causa?.... “El Ecuatoriano” atacó rudamente al General Plaza, llamándolo asesino y tirano, procurando sublevar la opinión contra el usurpador gobierno de dicho General: es muy cierto; pero, si labor semejante es mala? si es inmoral y reñida con el espíritu de la Iglesia, ¿por qué motivo el Arzobispo no tuvo ni una palabra de reprobación contra ella, cuando se dirigía al derrocamiento del General Alfaro? Vino el desbordamiento de la prensa en los aciagos días de Diciembre de 1911 y Enero de 1912: Jamás, como entonces, se ha predicado el asesinato y el exterminio con mayor eficacia y descaro; jamás se ha puesto más pública escuela del crimen y la barbarie; jamás los escritores banderizos han olvidado más los principios de humanidad, de civilización y decoro, y empeñándose en salvajizar a los ecuatorianos, si me es permitido usar este vocablo. Léanse aquellas producciones del odio frenético, del fanatismo desalado, de las insanas venganzas de secta; léanse aquellos escritos que aun destilan veneno y sangre, y dígaseme si no era la hora oportuna de que el buen sentido protestara, de que moral evangélica levantara la augusta cabeza contra los avances de la barbarie y la perversidad, de que el sacerdocio dejara oír su voz de amor y mansedumbre, de fraternidad y misericordia, en medio de esa tempestad desencadenada por la acción de la prensa anarquizadora y fanática. ¿Por qué calló y enmudeció el Metropolitano precisamente en los momentos en que se enseñaba al rudo pueblo, la bondad del fratricidio y la justicia del cainismo? ¿Por qué González Suárez no subió entonces a su Sinaí, y nos dictó leyes de paz y civilización, ya que no de cristianismo verdadero y práctico?...
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Si juzgó buena, o por lo menos tolerable, la infame labor de la prensa coalicionista que preparó el Domingo Rojo de Quito, con igual criterio debía juzgar la actitud de los escritores que combatían al General Plaza; y mayormente cuando ninguno de ellos había salido una línea de los justos límites de la defensa de los derechos sociales, menos propasándose a inculcar el asesinato y el arrastre. De consiguiente, cambiar radicalmente de criterio y presentarse de súbito con la oliva y la estola, llamándose fiel discípulo del mansísimo Jesús y apóstol de la paz, cuando nada había en la prensa de oposición que se asemejara siquiera a los horrores de Diciembre de 1911 y Enero de 1912, al invocar una que él mismo había conculcado, o permitido que se conculcara, en daño de Alfaro; pero que le era necesaria después para escudar a un tirano detestable. No pretendo acusar al Arzobispo González Suárez; pero tampoco me es posible hallar satisfactoria explicación a muchos actos del referido prelado, en orden a su intervención en los sucesos que voy examinando. Así, citado como testigo por Cesar Mantilla, en la acusación contra Gonzalo Orellana, por haber este imputádole complicidad en los asesinatos de Enero, afirma juratoriamente el Arzobispo lo que sigue: “Me parece moralmente imposible concretar responsabilidades personales en hechos en que toman parte colectividades numerosas en ciertos momentos críticos que no faltan en la historia de todos los pueblos, aun en los más civilizados...” Con razón afirmó Calle el mismo defensor de Plaza que esto era proclamar la impunidad de los delitos colectivos, En efecto, mal ha podido ocultar el manso pontífice su ánimo de disculpar aquellos crímenes, su vivo anheló de dejarlos en el misterio, como parto monstruoso de una multitud delirante e irresponsable. Pero, en esta clase de atentados, no es principalmente responsable el hierro que parte y desgarra el corazón de la víctima, sino la mano que maneja ese hierro homicida; la mano que arma el brazo y prepara la traidora asechanza; la mano que paga al asesino y lo empuja a la perpetración del crimen; la mano que aplaude y galardona a los delincuentes; la mano que no se extiende, pudiéndolo y debiéndolo, para contener al criminal y evitar eficazmente la catástrofe. En los crímenes históricos, la responsabilidad recae sobre los autores principales de la tragedia, por más que ellos no se hayan dejado ver en la escena; por más que ellos personalmente no hayan hundido el puñal en el pecho de la víctima: ninguno de estos crímenes ha sido ni puede reputarse como anónimo. Ni Gregorio XIII ni Felipe II estaban en Francia, en la noche de San Bartolomé; pero la severa Historia las hace partícipes en el degüello de los hugonotes. Dantón no pisó las cárceles de París; en los sangrientos días de Septiembre; y, sin embargo, la posteridad lo señala con el dedo como asesino. La Historia ni perdona ni disimula: pata ella son responsables, no sólo los que ejecutan el delito, sino también los que lo conciben y maquinan, los instigadores y los que facilitan la ejecución, los que aprueban y aplauden el hecho delictuoso; y los que pudiéndolo, no lo impiden y evitan. ¿Cómo creía el Arzobispo González Suárez que no era posible establecer responsabilidades concretas en los crímenes del 28 de Enero, conociendo el público a los que, de uno u otro modo, mancharon sus manos en la sangre de las víctimas?
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¡Y el sabio prelado no paró la atención en que el mismo ardor de la defensa que, desdichadamente, hubo emprendido, lo estaba vendiendo y delatando a los ojos de la moral y la historia¡… Tan censurable la conducta del Arzobispo, que aun los católicos más fervientes no han podido dejar de protestar contra ella de manera enérgica y franca, llegando algunos a manifestarle al prelado que se había contradicho lamentablemente en puntos de doctrina. Véase, cerno ejemplo de esas protestas, la siguiente caria, cuyo autor se declara admirador y devoto de González Suárez: “Ilustre Monseñor: Quien desde sus más tiernos años aprendió a amaros, a reverenciaros, a recibir de vuestros inspirados labios las primeras nociones del saber humano; quien después, al darse cuenta de vuestra sabiduría, de vuestras esclarecidas virtudes, que os ponen a la altura de las más encumbradas personalidades de un continente entero, os amó siempre y os rindió el tributo de la más profunda y respetuosa admiración; hoy con el corazón lacerado, obedeciendo a imposiciones ineludibles del patriotismo, lleva hasta vuestra altura su voz de hijo amantísimo, pero que se halla en caso do decirle a su padre: Padre mío, os amo, os venero, os admiro; pero, permitidme que os diga, humildemente, que la última amonestación que hacéis al pueblo ecuatoriano, en vuestra Carta a los ilustrísimos hermanos vuestros de nuestro episcopado, sin duda por mi ignorancia, ha venido a herirme en lo íntimo del alma -----------------------------------y siendo así, ¿deberé callar? Pero, se trata de la Patria, y siguiendo vuestras sabias enseñanzas, como respetuoso discípulo vuestro, diré, para que el mundo me escuche, lo que dijisteis no ha muchos años: No callaré, porque la Patria está antes que la Religión Con el carácter de ecuatoriano, voy, pues, a hablaros; puesto que a los ecuatorianos os habéis dirigido. Os sobra razón, llmo, y Rvmo. Señor, y aparecéis como verdadero apóstol de EL que predicó la paz y el amor entre los hombres, cuando decís: “Siempre he juzgado que las revoluciones son un mal gravísimo, y que la guerra civil es el más terrible de los flagelos con que la Providencia Divina puede castigar a los pueblos”. Cierto, Ilmo. Señor. Y creed que haciéndoos la justicia de suponeros sinceramente tales ideas, nuestra sorpresa subió de punto cuando no oímos vuestra palabra pastoral de protesta a raíz de los infames: golpes de pretorianos que se han encadenado, casi sin solución de continuidad en nuestra Patria, durante los últimos tiempos, en que las aguas de la iniquidad marcaron entre nosotros el más alto nivel posible. Cayó a un paso de vuestro palacio, bárbaramente asesinado, un General ilustre, Ministro de la Guerra de un Gobierno que se decía representante de la legalidad, y sobre este crimen se alzó la dictadura del General en Jefe del Ejercitó, manchado ya por negros crímenes; y V. S. L y R. enmudeció, y nosotros atribuimos tal silencio a que vuestro corazón de padre se acogiera a la teoría del mal menor, a la teoría de los hechos consumados, en previsión de mayores males que podrían sobrevenir. Teoría

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es esta muy humanitaria; pero, que tratándose de los altos principios de la verdad, de la justicia y del honor de un pueblo, no se puede aceptar, Monseñor. ¡Y hoy que la prensa altiva de todos los matices políticos vuelve por los fueros de ira pueblo deshonrado, envilecido; que un puñado de patriotas empuña las armas, para salvar al Ecuador de la sima en que agoniza, viene la autorizada palabra de V. S I. y R. a aumentar el caudal ya inmenso de nuestros infortunios nacionales, condenando actitudes tan gentiles! Con vuestra Pastoral, Ilmo., y Rvmo. Señor, habéis puesto al pueblo ecuatoriano en dilema fatal: u os desobedece, en cuyo caso comete gravísima falta, o abandona a la Patria en esta hora suprema, y se hace reo de verdadera abominación. Y el pueblo optará por lo primero, sin que nada podáis oponer a su actitud, porque vos mismo Ilmo. y Rvmo. Señor le habéis enseñado que la Patria es antes que la Religión, y, por consiguiente, también para V. S. I. y R. antes que todo. ¿Olvidáis, acaso, que ese Leónidas Plaza Gutiérrez fue ayer el más implacable perseguidor de esa iglesia de la que, entre nosotros, sois él supremo Jerarca; que fue el más obstinado detentador de sus bienes? Aceptad, Monseñor, los testimonios de mi afecto y veneración profundos y permitid me repita, de V. S. I. y R. muy agradecido discípulo y obediente S. S. q. v. s. m. b. S. Darquea. Lima, a 18 de Enero de 1913”. ¡Oh! si hubiera hablado el Arzobispo en esos días de tempestad y calmado el furor de las olas, como Jesús cuando sus discípulos se hallaban en peligro!... Si hubiera tenido entonces la santa y salvadora idea de condenar y reprimir los desbordes de la prensa coalicionista con la misma energía y perseverancia que desplegó después en defensa del General Plaza!... Porque fue la prensa aliada contra el radicalismo alfarista, la que congregó las nubes de tormenta en el horizonte de la República; fue la prensa aliada la que socavó los cimientos de la moral y extirpó en el corazón de las ignorantes turbas aun los primordiales sentimientos humanitarios; fue la prensa aliada la que inculcó con el mayor tesón en la chusma viciosa y degradada, así como en la soldadesca, la inicua necesidad de eliminar a los prisioneros; fue la prensa aliada la que sostuvo el bárbaro derecho de las muchedumbres de inmolar impunemente a víctimas indefensas, y la doctrina más bárbara aún, de que es lícito ejercer actos canibalescos en nombre de Dios, de la Patria y de la Justicia… Fue esa prensa la que, movida por los maquinadores del crimen, armó el brazo de los asesinos, hizo que profanaran los cadáveres de los occisos y los arrojaran todavía a las hogueras del Ejido ¡Oh! si el Metropolitano hubiera querido hablar entonces, como habló con posteridad contra el desenfreno de la prensa!.. Y no somos únicamente los liberales los que de esta guisa nos quejamos: no, pues también los mismos tradicionalistas acusan y señalan a los escritores de aquella época funesta, como causantes principales de los crímenes que nos afrentaron, exhibiéndonos a manera de tribu de antropófagos, ante los pueblos civilizados de América y Europa.

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Léase la defensa de Alejandro Salvador Martínez conservador acusado de complicidad en el asesinato de Alfaro y se vera cómo piensan hoy los clericales acerca de la prensa coalicionista que tan grandes males produjo en Diciembre de 1911 y enero de 1912. “Instigador es el que induce, incita o provoca a otro a la comisión de un acto dice el católico defensor de dicho acusado; y continúa así: “¿Quién podía entonces, resistir con su poder y hasta vencer a los que en las alturas del Capitolio preparaban y decretaban esa hecatombe? La prensa. “¿Quién podía entonces, desengañar a las masas, sanear su juicio, elevar su pensamiento, arrancarles los entusiasmos funestos, preservarlas de arrebatos irreflexivos, ponerlas en guardia contra los juicios prematuros, hacerlas ver los torcidos propósitos, los designios perversos, la responsabilidad y las consecuencias de un crimen tan execrable? La prensa. Sí, la prensa, porque esa era su misión noble y fecunda; pues la profesión del periodista se compara a la del sacerdote, y su papel, a un apostolado. “Más, lejos de ello, convirtióse en cómplice de las, torpezas del Gobierno y en portavoz, interprete y azuzadora de sus opósitos sanguinarios y macábricos. La prensa instigó al pueblo a la, masacre, encendió la hoguera e incineró a los desgraciados prisioneros. Esa verdad esta palpitante en la conciencia nacional. “Y ¿por qué la Justicia ha olvidado la responsabilidad de la prensa que organizó, dirigió y reguló las actividades particulares, y las agrupó para hacer prevalecer finalidades políticas sobre los caprichos individuales?” He ahí terribles, pero justísimas acusaciones contra la prensa del Mes de Sangre; y cargos formulados, no por un radial, sino por conservadores que miran horrorizados los grandes males que esa prensa desenfrenada y criminal produjo en 1912. Ahora bien, como González Suárez reconocía solemnemente la ineludible obligación de los obispos de supervigilar y reprimir a tiempo aun a la prensa católica; de prohibir y condenar sin temores ni miramientos toda propaganda contra la estabilidad del orden público y las potestades constituidas, contra las leyes y la justicia, contra la moral y la religión, resulta incontrovertible que el Jefe de la iglesia ecuatoriana que presenció impasible y mudo la propagación del espíritu de anarquía y homicidio, por medio de escritos incendiarios y corruptores; que miró impasible y mudo derramamiento de toda base política y social, al impulso de esa perniciosa y execrable prensa; que no salió de su impasibilidad y mudez, ni en presencia de las iniquidades de Enero, faltó por completo a sus deberes sagrados y era, por el mismo caso, un falso pastor, digno de los más graves castigos que la Iglesia reserva para los prevaricadores y apóstatas. En un capítulo anterior, al reproducir un oficio de González Suárez a un eclesiástico, redactor de una publicación religiosa y política, traté ya de este mismo asunto, demostrando que el episcopado ecuatoriano jamás había reprimido la procacidad y desenfreno de la prensa ultramontana y tradicionalista; pero me ha sido forzoso volver a tan enojosa materia, por el deber de poner en mayor evidencia las contradicciones de aquél grande y sabio prelado, a fin de que los futuros historiadores pesen y señalen con mejor criterio, la responsabilidad que le corresponda en los sucesos que voy narrando.
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CAPITULO XIII ¡VAE VICTIS! He dicho que el General Plaza no se engañó al pensar que su apelación a los sentimientos cristianos de González Suárez seria estéril; y que, por tanto, le serviría únicamente de precioso documento justificativo, cuando llegase el caso de hacerlo valer. Tan seguro estaba del desastroso fin de los prisioneros, que no podía ocultar su ansiedad por saber la realización de aquel esperado crimen. Apenas llego a Manta, dirigióle un telegrama al Coronel Balanzátegui, interesándole para que “diese las más terminantes órdenes, a, fin de reparar la línea telegráfica a Guayaquil, pues tenía impaciencia de saber qué suerte habían corrido los señores Alfaros en su viaje a Quito”. Bien lo presumía el Comandante: en jefe; pero anhelaba la confirmación de la catástrofe. Incrédulo y todo, pensaba impíamente que existía una providencia para el mal, una fuerza sobrenatural que favorecía el bandidaje y el crimen; y no trepidó en decirle a su amigo don Miguel Valverde, en un telegrama de Manta, que “el hecho de haber caído prisioneros todos los cabecillas, estaba revelando que una justicia superior iba a destruir el mal, de manera radical y para siempre”. Convenía en esta creencia con los clericales, los que veían también la mano de Dios en la prisión de los principales Jefes del radicalismo; aunque Gonzalo Córdova, en “La Prensa”, edición del 27 de Enero de 1912, decía lo contrario, a saber: que no era la mano de Dios la que se veía en aquélla prisión de Alfaro y sus Tenientes, sino el dedo de Plaza. Y Gonzalo Córdova, Confidente del General en Jefe, debía estar convencido de lo que decía; y más, habiéndolo dicho en el diario oficial y de combate de la facción placista. De esta manera, mientras los clericales terroristas creían tener brillante asunto para agregar una página a la historia de la “Muerte de los Perseguidores”, alabándose de tener por vengador al misino Dios; los placistas no veían en el drama que se estaba desarrollando, sino el efecto de la habilidad política de su caudillo, y un motivo para elevarlo hasta el quinto cielo, Cada facción estaba ya tirando para su lado; pero, esta contienda equivalía en sustancia, a disputarse la gloria de los crímenes cometidos y de los que iban a cometerse. Volvamos a la Estación del ferrocarril, y acompañemos a los prisioneros en el resto de su camino de amargura. Cuando todo estuvo a punto y listo para la perpetración del crimen, el tren llegó a la Estación, a las doce del día, como; si se hubiera escogido la hora más a propósito para que el pueblo pudiera congregarse y ocupar cómodamente los escaños del circo, y no perder ni un detalle del sangriento espectáculo que iba a ofrecerle la coalición. Hay un documento escrito exprofeso para defensa del Gobierno; documento que es un tejido de embustes y escandalosas mentiras, y que, sin embargo, ha dejado fuera de toda duda, la responsabilidad de Freile Zaldumbide y; sus Ministros, de Sierra y las tropas que el mandaba. Este documento fue publicado por primera vez, en el Manifiesto

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del Ejecutivo “A la Nación”, y después, por el General Plaza en su defensa intitulada “Páginas de la Verdad” Comparadas las dos publicaciones, se nota a primera vista que difieren notablemente; y el General Plaza explica esa diferencia, en la Nota de la pág. 268 de su libro, afirmando que el Gobierno, al insertar el referido documento en aquel Manifiesto, lo mutiló, suprimiendo frases esenciales. Ninguno de los miembros del Gobierno, ni los mismos autores del documento aludido, han contradicho ni desvirtuado aquella afirmación; de manera que tenemos que aceptar, como verdad irrefutable, que el Presidente del Senado y sus Secretarios, tuvieron interés en mutilar un documento publicó, para engañar a la Nación, a la que querían explicar su conducta. ¿Qué prueba este hecho criminal, sino que la sinceridad y buena fe no moraban ya entre los gobernantes? El documento a que me refiero, es el parte del Subsecretario del Departamento de Guerra, Comandante Alcides Pesantez, y del Jefe de la 1º Zona, Comandante L. A. Fernández; ambos, visibles y escandalosamente empeñados en exonerar de toda responsabilidad a sus Superiores y al Poder Ejecutivo, como vamos a verlo. “Ante todo dicen los mencionados Jefes creemos de nuestra obligación aclarar un punto, por el cual se quiere hacer recaer en el Gobierno, las responsabilidades de los desgraciados acontecimientos que presenció esta capital. Nos referimos al hecho de que varias personas dicen que debería haberse tomado providencias, para que las tropas que conducían los prisioneros, hubieran llegado durante la noche del 27, cuando la ciudad no tenía conocimiento del arribo del tren que los conducía, etc.” Siguen explicaciones sin peso, y disculpas inaceptables que no es necesario copiar; porque son la repetición de los mismos razonamientos que voy impugnando en estos Apuntes históricos. Pero, si llamaré la atención de los lectores al hecho importantísimo de que el 1º de Febrero de 1912 fecha del Parte Oficial que me ocupa cuando todavía no se secaba la sangre de las víctimas, ya se acusaba al Gobierno por aquellos infames asesinatos. Y la voz acusadora no debía ser aislada y digna de desprecio; puesto que el Gobierno se vio en la necesidad de mandar a sus subalternos que escribieran una defensa concluyente, la que publicaron después mutilándola.... Luego, ni mediante la disciplina militar pudieron obtener que se contrahiciese por completo la verdad de los sucesos; puesto que tuvieron que testar en dicha defensa, algunos pasajes inconvenientes que, a pesar de la adhesión y la obediencia disciplinaria, se les escaparon a los Comandantes Pesantez y Fernández. ¿Y quiénes eran esos acusadores que de tal manera ponían en guardia a Freile Zaldumbide y sus Ministros, cuando todavía el humo denso de las hogueras ofuscaba la vista y entenebrecía los sucesos del día 28? Indudablemente los ciudadanos de la capital; ya que en los cuatro días transcurridos desde el crimen, no podían haber llegado, a oídos del Gobierno las palabras de execración de las demás provincias, menos las del exterior. Por lo contrario, Freile Zaldumbide estaba recibiendo elogios de sus cómplices; y en su estolidez, íbase convenciendo de que había obrado bien, perfectamente bien. El Ciego de Ambato, el amigo y favorecido del General Alfaro, dirigióle, a raíz de la tragedia, los siguientes pérfidos consejos e irónicos encomios:
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“Ambato, 28 de Enero de 1912. Señor Encargada del Poder Ejecutivo. Quito. “Carlos, amigo del alma… ante hechos tan horribles, no es la muchedumbre inconsciente la que puede responder ante a Historia: un poder Superior una mano invisible, sea la fatalidad, sea lo que fuese, ha conducido estos acontecimientos, sin que nosotros podamos explicarnos… Lo principal es que Ud. llame al General Plaza inmediatamente; Plaza al lado del Gobierno, volverá fuerte y terrible en la actualidad… Compadezco a Ud. pero al propio tiempo, lo admiro, le veo grande, muy grande; y me contento de verlo ahora brillando en el cielo de la política; política que, enturbiada por un momento con sucesos terribles, hace, sin embargo, el efecto de engrandecer a los hombres que como Ud. la sostienen con honradez y con elevadísimo carácter… Reciba mis abrazos Juan B. Vela", Cualquier hombre de intelecto común habría tomado estas sarcásticas alabanzas y otras iguales que Freile Zaldumbide recibía en aquellos días como ofensas verdaderas y graves; pero el Encargado del Ejecutivo admitiólas como de buena ley y se envaneció con semejantes triunfos. Nótese de paso, que el doctor Vela habla el lenguaje del General Plaza: como él, afirma que un poder sobrenatural y superior, condujo a los Alfaros a la muerte; y termina aconsejándole a su amado Carlos, que se arroje en brazos de Plaza, quien lo hará fuerte y terrible… ¿Más terrible todavía? ¿Acaso el doctor Vela tenía en mientes entronizar al terror y seguir el degüello de todos los buenos radicales de la República? ¿Quería por ventura que su amado Carlos, con apoyo de su amado Leónidas, (porque también afirmó en un telegrama del 24 de Enero, que siempre lo había amado al General Plaza) no soltase el hacha sangrienta por largo tiempo? Decía que Freile Zaldumbide tomaba como de veras su engrandecimiento político; y que aspiraba, a todo aspirar, el humo grato del incienso que sus cómplices y dominadores le prodigaban sin descanso, Y a pesar de esta embriaguez beatífica en que le sumían a este infeliz hombre, no pudo menos de escuchar las acusaciones de que hablan los Comandantes Pesantez y Fernández; y se aprestó a la defensa, exigiendo informes y declaraciones de sus subalternos, de naturaleza tal, que comprobasen la absoluta inocencia del Gobierno. ¿Quiénes y cuántos eran los acusadores que así desvanecían los sueñas de gloria que le adormecían al Jefe del Estado? Eran, no hay que dudarlo, los ciudadanos sensatos y probos de la Capital, el pueblo quiteño moral y laborioso, la opinión pública que es el eco de la conciencia de las mayorías: eran los espectadores del drama, en cuyo pecho se había alzado muy poderosa la reacción contra los criminales. La chusma de caníbales, las meretrices y desarrapados de los anteriores meetings, amaestrados para la iniquidad cometida, seguramente no le acusarían al Gobierno ni a nadie; la gavilla de asesinos que se había bañado en noble sangre en las celdillas del Panóptico tampoco acusarían a Carlos Freile y sus Ministros, ni podían acusarlos sin señalarse ellos mismos a la espada de la ley. Luego había un pueblo acusador, y un pueblo que no acusaba; éste era un grupo de malhechores que, desde días atrás, había usurpado un nombre que no le correspondía; y aquel, la gran masa de habitantes de una ciudad civilizada y noble.

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Perdóneseme la digresión, motivada por la franca advertencia de los Comandantes Pesantez y Fernández, de que ante todo, tenían que cumplir la obligación de defender al Gobierno, de las acusaciones que ya le dirigían por los sucesos del 28; y en razón de que este mismo espíritu de defensa, a todo trance, ha inspirado la totalidad del Parte Oficial de dichos jefes, más bien abogados que subalternos de los hombres que gobernaban la República. Y llevaron su abogan afán á tal extremo, que procuraron sacrificar únicamente al Coronel Sierra, en aras de la vindicta pública; y complicar en los asesinatos del Panóptico, no sólo al pueblo inocente, sino hasta a los presidiarios comunes que habitan la penitenciaría, como luego veremos. “Los suscritos recibieron orden del señor Ministro de Guerra (Intriago, pues no debe olvidares que Navarro estaba en Guayaquil) conducentes a asegurar la vida de los presos, aun a costa de las nuestras continúan los mencionados Comandantes; y en virtud de ellas se procedió a reforzar la Guardia de la Penitenciaria, con ochenta hombres, al inundo del Capitán Yela. Aun cuando posteriormente se hiso reforzar más la predicha. Guardia, se recibió noticia de ser esta medida innecesaria… ¿Quién les dio a los informantes esta noticia? ¿Y por qué dejaron de cumplir las órdenes recibidas, por solo una noticia, cuyo origen se han guardado bien de manifestar? Si era cierto el furor homicida de todo el pueblo de Quito contra los prisioneros, ¿cómo supusieron que eran suficientes ochenta hombres para servir de dique a ese torrente que dicen incontenible? Prosigamos. “Dispuestas así las cosas, nos trasladamos a la línea férrea, con el objeto de cumplir y hacer que se cumplieran las disposiciones dictadas siguen los autores del Parte. Pensamos que, una vez llegados los prisioneros, debería retroceder el tren con las fuerzas que constituían la escolta, con el objeto de que la población no supiera el momento preciso del arribo; pero, agraciadamente, la actitud de la tropa lo impidió, según el parecer del Jefe que las comandaba: y los sucesos se precipitaron fuera de toda previsión… A las 11 a.m., llegó el tren al sitio determinado, teniendo nosotros un automóvil con seis asientos, debiendo custodiarlo catorce hombres a caballo y ciento sesenta individuos de tropa del Batallón “Quito”, al mando de su Primer Jefe, Comandante Cobos Chacón. Nos proponíamos tomar a los presos de mayor significación en el automóvil, y llevar el resto intercalado entre la tropa. Este plan fue manifestado al Coronel Sierra, pero él se opuso a que fuera realizado, alegando que tenía ordenes terminantes de entregar los prisioneros en el Panóptico; y que, por consiguiente, nadie tenia derecho en ellos, sino únicamente él. En vista de su actitud, pusimos a su disposición la gente… Llegados que fuimos al camino de la Magdalena, propusimos al Coronel Sierra marchar al sur, por frente a la Escuela Militar, vía San Diego; pero él nos dijo que creía pasada la ira popular y que, por consiguiente, podíamos marchar sin dar más vueltas, ahorrando camino”. Por lo visto, el Coronel Sierra obedeciendo las órdenes imperativas consabidas se negó a tomar medida de precaución tendiente a salvar a los prisioneros; y el Jefe de la 1º Zona y el Subsecretario de Guerra y Marina han querido hacerle, como ya lo dije, único responsable de la catástrofe del día 28. Si él hubiera hecho retroceder, el tren, después de entregar a los presos a la escolta que debía conducirlos por caminos
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extraviados a la penitenciaría, el pueblo no se habría dado cuenta de la llegada de las víctimas, sino cuándo estuviesen seguras en el Panóptico; pero Sierra no quiso tomar tan prudente precaución y, por lo mismo, debe ser responsable de los resultados de su desobediencia. Si Sierra hubiera permitido que Pesantez y Fernández recibiesen en el automóvil a los principales prisioneros y los condujeran en secreto a la Penitenciaría, los Alfaros, por lo menos, abrían salvado la vida; pero se negó también a este medio de salvación; desobedeciendo abiertamente a dichos jefes, so pretexto de que debía entregar a todos los presos en el Panóptico, y que sólo él mandaba en ellos. Luego, nadie más que el desobediente debía cargar con la responsabilidad de la victimación de los referidos prisioneros. Si Sierra hubiera aceptado la proposición de Fernández y de Pesantez, de llevar a los presos por el camino de San Diego, habrían llegado a la Penitenciaría sin tropiezo alguno; pero, se negó asimismo, a seguir este prudente parecer, aduciendo que creía pasada la ira popular, e hizo que las víctimas atravesaran la ciudad por entre la enfurecida muchedumbre, como provocándola. En consecuencia, el Coronel Sierra es el único responsable de lo acontecido en aquel día nefasto. Estos son los razonamientos naturalmente, esbozados apenas, y con una timidez rayana en servil que han hecho los autores del Parte que voy examinando, para cimentar su terrible acusación contra Sierra; al mismo tiempo que para colocar fuera de toda objeción, la inocencia de Freile Zaldumbide y sus Ministros. Y, cierto que dichos Jefes han conseguido perder al Coronel Sierra, arrastrarlo al banquillo de los acusados, designarlo cómo a uno de los principales fautores de los crímenes perpetrados en el General Alfaro y sus compañeros de martirio; pero, los acusadores del Jefe del “Marañón”, no pensaron en que acusaban también al Gobierno; más todavía, en que se acusaban a sí mismos. Si Sierra no puede tener disculpa alguna, en cuanto a los cargos que le hacen Fernández y Pesantez, en su Parte, tampoco pueden alegar nada en su defensa, ni el gobierno ni los informantes susodichos; porque, ¿qué cosa es, sino cómplice y amparador de crímenes, un Gobierno que le permite a un subalterno, pisotear las órdenes más perentorias y sagradas, y lanzarse impunemente a las iniquidades más clamorosas y trascendentales? ¿Qué nombre merecen un Subsecretario de Guerra y Marina y un Jefe de Zona que se dejan intimidar por la actitud de un inferior desobediente y rebelde, y poner a su disposición la fuerza pública y la vida de seis prisioneros, como los mismos informantes lo confiesan? ¿No pudieron acaso reducir a prisión a Sierra inmediatamente que se negaba a respetar y cumplir las órdenes emanadas del Ejecutivo, y de sus superiores Jerárquicos? ¿Qué clase de gobierno, que clase de Jefe de Zona, qué clase de Subsecretario de Guerra, cuando le cedían el paso y se dejaban dominar por un Jefe de Batallón, tratándose nada: menos que de honra de la Patria? Ante estos datos históricos que nos han proporcionado los mismos agentes principales del Gobierno, no podemos menos que deducir, o que todos los gbernantes eran unos imbéciles y miserables, cómplices de los asesinos, por cobardía y estulticia; o que, por lo contrario, los más de ellos eran refinados malhechores, que procuraban ocultar la mano que manejaba el puñal, y engañar al criterio público con hábiles artimañas.

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Si el Coronel Sierra tenía una consigna reservada; si contando con la impunidad más absoluta, no trepidó en cumplirla, a pesar de ser tan horrorosa y cruel, sin duda sería un gran criminal; pero también serían criminales los que tales órdenes le dieron; criminales, los que, no solo no le impidieron, sino que le permitieron y ayudaron a cumplir esa consigna Continuemos. “Desde este punto (la Estación) hasta el lugar en que se tocan las carreras de Venezuela y Ambato, no hubo más incidente que palabras ofensivas a los presos, proferidas por tal cual grupo que se había estacionado en las bocacalles, insultos que la misma tropa se encargaba de silenciar…” dicen los señores Jefe de Zona y Subsecretario de Guerra, Lo mismo aseguro, poco más o menos, el Intendente General de Policía, en su Informe: de manera que hay constancia de que los prisioneros recorrieron más de la mitad del camino sin que nadie atentara contra su vida, no obstante haberse aglomerado la población en el transito, como era natural que sucediese. Si ese pueblo agrupado en las calles, era el que ansiaba matar a los Alfaros, según han dicho después los defensores del Gobierno y de Plaza, la ocasión no podía ser más oportuna para llevar a cabo la justicia popular, sin ningún obstáculo. Sierra y el “Marañón”, merecedores de la confianza de los del complot, rodeaban el automóvil en que iban las víctimas; y de ningún modo habrían coartado los deseos justicieros de sus amigos, y mucho meno usado de las armas para impedir la inmolación de aquellos enemigos públicos. Ese torrente incontenible, de que a cada paso hablaban el gobierno y sus defensores, estaba allí, rugidor y tempestuoso, sin ningún dique capaz de oponerse a su desbordamiento: ¿cómo sucedió que no envolviera y ahogara a los tan aborrecidos presos, en el largo trayecto que recorrieron hasta la intersección de la carrera de Venezuela con la carrera de Ambato? ¿Quién los defendía de un balazo, de una puñalada, o de cualquiera otra agresión que manifestase el ánimo de ultimarlos? ¿Por qué esperó ese pueblo furioso que los Alfaros penetrasen al Panóptico fortaleza inexpugnable que habían de asaltar y tomar con el mayor trabajo y corriendo grandes riesgos para matarlos, cuando pudieron hacerlo con toda facilidad, en campo abierto y antes de que fuesen encerrados dentro de murallas que no podían ser batidas sino por artillería? Nada podrían contestar a estas preguntas los que han calumniado al pueblo de Quito; porque no cabe en mente, humana que el asesino aguarde que la víctima esté perfectamente defendida para asestarle el golpe; habiéndola podido herir a mansalva, cuando se encontraba inerme y a merced de su enemigo. No, no fue el pueblo quiteño el preparado para bañarse en la sangre de los Jefes del radicalismo: el grupo de asesinos que, desde antes, había escandalizado y llenado de alarmas a la capital con sus repetidas algaradas, la chusma de beodos y mujeres perdidas que componían los meetings de la coalición, no podían llamarse pueblo; y habían tomado de antemano su puesto, según instrucciones superiores, para cometer el crimen. Los brazos que habían de descargar el golpe alevoso, no estaban en la muchedumbre que contemplaba absorta la llegada de los Generales caídos y humillados: esos brazos al servicio de la pérfida y criminal política imperante, encontrábanse, ya dentro, de los muros de la Penitenciaría. Por esto, nadie agredió a los prisioneros, nadie trató siquiera de

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herirlos, hasta que hubieron llegado a las celdillas del Presidio, lugar designado para la inmolación, sin testigos y sin oposición posible. El Panóptico de Quito fue edificado por García Moreno, más para prisión de Estado, que para morada de malhechores; y es una gran fortaleza de sólida mampostería, de la que es casi imposible toda evasión. Sus altas murallas de piedra y ladrillo, no podrían horadarse sino en muchas horas, con gran trabajo e instrumentos apropiados; ni ser escaladas fácilmente, no contando con escalas a propósito para llegar a coronarlas. Las puertas de cada departamento y las de las celdillas, son de hierro forjado, con fuertes cerrojos y llaves de seguridad; de modo que formarían una barrera indestructible, para quienes intentaran penetrar o salir de la Penitenciaría, valiéndose de la fuerza y contra la voluntad de sus guardianes. Cincuenta hombres, distribuidos en las terrazas del frente, y en las puertas del Panóptico, podrían rechazar con ventajas el ataque de un Ejército enteró; y sería necesario emplear artillería gruesa para abrir brecha en las murallas, o forzar sus férreas y sólidas puertas, en un momento dado y así como por sorpresa. Quien conozca ese como castillo formidable, no podrá menos de mirar como falsedad impudente, la aseveración de que un grupo de pueblo desarmado, en el que prevalecían por su número las mujeres, haya asaltado aquella fortaleza, arrollando la fuerza armada que la rodeaba, y destruyendo todos los obstáculos materiales que hallaba a su paso. Y, sin embargo, en este hecho inverosímil, a todas luces falso, estriba toda la defensa de Freile Zaldumbide y sus Ministros como vamos a verlo. Queda demostrado, con la confesión del Subsecretario de guerra y del Jefe de la 1º Zona, así como con el Informe del Intendente Cabezas, que los prisioneros no sufrieron ninguna agresión de parte del pueblo aglomerado en las calles, hasta cerca de la Penitenciaría: los gritos, las injurias, las pedradas, eran obra de tal cual individuo en las bocacalles; individuos que se habían colocado en aquellos lugares, más para provocar y enfurecer al pueblo, que para ofender a los presos. Esos insultadores de las víctimas cumplían la consigna: estaban amaestrados para acibarar la agonía de los Jefes prisioneros; pero no eran los designados para darles el golpe de gracia. Por fin llegaron al lugar del suplicio. El anciano Caudillo del radicalismo, enfermo del corazón y abrumado por tantos días de padecimientos, cayó de bruces al bajar del automóvil, y no pudo subir la pendiente del atrio de la Penitenciaría: hubo necesidad de trasladarlo en brazos, lo mismo que a su hermano Medardo que estaba paralítico. El pueblo, es decir la multitud de curiosos, habíase quedado como a cien metros de distancia del Panóptico; y muchos grupos principiaron a retroceder hacia la ciudad. El Coronel Sierra regresaba también a caballo, y deteniéndose ante la muchedumbre, levantó la voz y dijo: “He cumplido mi deber, dejando a los prisioneros en el Panóptico; ahora no respondo de lo que hagan ustedes”. Algunas voces aisladas gritaron: ¡viva el General Sierra!; pero no hallaron eco en la multitud, y dejaron conocer claramente aquella extemporánea aclamación se debía a dos o tres soldados del mismo Jefe aclamado. Las palabras de Sierra, eran una invitación al asesinato; pero en aquellos precisos momentos, sonaron ya algunos tiros dentro de la Penitenciaría; y una
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guerrilla de policiales, apostados en la colina que la domina, rompió sus fuegos sobre la cúpula central de aquel edificio, dejándola acribillada a balazos. Esto manifiesta que todo estaba preparado con anticipación para el sacrificio, hasta la farsa de que la Policía tratara de defender el Panóptico, dirigiendo sus proyectiles a donde no había objeto; puesto que ni víctimas ni victimarios habían de haberse en las techumbres de la prisión. Del atrio exterior se llamaba al pueblo con gritos y ademanes; más, ese pueblo tan calumniado, no avanzaba todavía, no quería avanzar, y ya los mártires habían dejado de existir, despedazados a fusilazos, machetazos y puñaladas. No hubo ni escalamientos, ni puertas forzabas y rotas, ni pueblo incontenible en el ataque, ni batallones arrollados, ni esfuerzos para salvar a las víctimas, ni nada de lo que ha dicho el Gobierno para sincerarse de crimen tan nefando. Véase como describe el fraile Bravo aquel formidable asalto a la Penitenciaría, y la defensa opuesta por el Gobierno a las turbas asesinas: “Por la misma susodicha razón, buscaba con la vista, registraba por todos lados a ver si divisaba soldados armados que se parasen a romper las hostilidades; pero, nada de esto; sólo después, como referiré luego, di casualmente con los dos centenales de prevención, echando de menos la presencia de la guardia. Conjeturé todavía que ésta, tal vez creyéndose impotente, se había encastillado en el interior del Panóptico, preparada eso sí para incitar a mansalva a cuantos se atreviesen a penetrar en él; pero, vuelvo a repetir: temores, conjeturas, juicios míos, no habían sido más que ilusiones vanas, como lo comprobaron los, hechos siguientes. “Mientras todas estas ilusiones sucedianse en mi mente, con la rapidísima, instantánea velocidad del pensamiento, la realidad era que, unos cuantos individuos con recios golpes dados a las puertas de la Penitenciaria, con los puños de las manos o con los bastones, pedían que se les franquearan las puertas, que se creía estarían solamente entornadas, aldabadas y aherrojadas, como de costumbre y como lo dispone el reglamento interno; pero como de adentro nadie se diera por notificado, nadie contestaba preguntando siquiera con el consabido ¿quién es?, ¿qué necesita? etc., primero los del atrio y los demás después, “¡Rompan las puertas!, ¡abajo las puertas!” gritaron con tono asaz imperativo; y luego, de aquí, de allá, de todas partes, en crescendo más y más, hasta el fortísimo: “¡Abajo los Alfaros!, ¡abajo los runas! ¡mueran los traidores!, ¡viva el pueblo!, ¡ánimo, valor muchachos!.. ¡adentro!, ¡al Panóptico! Como lo pedían, así lo ejecutaron. “Al momento, preparados como habían estado, unos cuantos individuos, diciéndome comedidamente que dejara la puerta expedita, ladeándome, (cosa que no pude hacer por no hallar donde poner los pies), quienes con gruesos maderos, quienes con piedras; con picos unos, con barras de fierro otros, ahora arremetiendo todos a la vez, ahora relevándose, menudeaban golpe tras golpe contra las puertas a cual más recios y contundentes, sin lograr empero el objeto apetecido: lastimaron los tablones, abrieronse rajas, los agujerearon tal vez; pero las puertas permanecían firmes: era imposible echarlas abajo, dada la prisa con que querían despachar el asunto; fuerza, paciencia y tiempo habrían sido menester para conseguirlo; fuera de que a la natural

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fortaleza y resistencia de las puertas, añadiase que por atrás habían estado más que bien aseguradas con pesadas, inconmovibles, trancas “En el entretanto, volvime hacia mi costado izquierdo, parado como estaba ya en el escalón superior inmediatamente al pie del dintel; y fijándome en los que de más de cerca me rodiaban, entre éstos, tras de mí, en el plano del vestíbulo materialmente oprimido por los circunstantes, calladito se había estado el centinela de prevención; y tan constreñido estaba, que le habría sido imposible manejar el arma, caso de haberlo necesitado. “Inclinándome, pues, hacia éste cuanto me fue posible, le dije casi en secreto al oído: “¡Hola! ¡Con que aquí había estado Ud.! Cuidado con disparar, amigo mío!” ¡Ah, no! me respondió, como sorprendido de mi intempestiva advertencia, y agregó “sí no hay orden tampoco para hacer fuego...” “Allá se frieguen esos… tales” dijo, refiriéndose a los prisioneros. Con tal información, que me fue muy satisfactoria, cesó mi inquietud y disipáronse mis temores respecto a la resistencia que podría oponer la guardia y a las consecuencias que se habrían seguido. Empero, prosigamos... “De entre los varios que se apercibieron de las señas y ademanes do los criminales (aquellos fueron los que ocupaban el vestíbulo), ora sea para sorprenderlos a los prisioneros que decían haberse refugiado en la Dirección; ora para entrarse por allí al Panóptico, o cualquiera otra causa análoga, lo cierto es que hubo un sujeto del pueblo que, asiéndose del fusil del segundo centinela de prevención, que había estado al lado opuesto del primero, y en las mismas condiciones que referí de éste, (es decir, tapado por la muchedumbre, Etc.) y cargándole con una cápsula que junto con el fusil le proporcionó voluntariamente el mismo centinela, se preparaba a romper la cerradura de la puerta de la Dirección; para lo cual acomodaba ya la boca del cañón en el ojo de la llave, sin que nadie de los circunstantes ni lo animara ni lo impidiera: entonces yo, que con atención le había estado observando, bajo del sitio en que estaba, lo más presto que puede, y acercándome al dicho sujeto que se hallaba de espaldas hacia mí, le tome del brazo con la una mano, mientras con la otra le desvié el fusil, diciéndole con tono persuasivo: “¿Qué va a hacer hombre? ¿No reflexiona que aquí dentro pueden haber personas inocentes?... ¿Y si mañana le levantan a usted un sumario por esta imprudencia?” Mi hombre había sido juicioso: cedió al punto, diciéndome: “Cierto, padre; dice Ud. bien”, entregándome instintivamente el fusil, el cual le tomé y se lo devolví al centinela, con esta amistosa recomendación: “Hombre, no afloje usted, el arma a nadie, palabras que me las oyó éste con cierta sonrisa producida por una análoga vergüenza. “A poco rato, nuevamente, otro sujeto que, sin duda alguna, me oyó la recomendación que le hice al centinela, y que, como muchos otros, presenció lo ocurrido con el primer sujeto, aunque más avisado que este, logró convencer al mismo centinela que eran aplaudido sería por los del pueblo, si les franqueaba la entrada al Panóptico por la puerta de la Dirección, en donde además podrían ser aprehendidos los prisioneros, que es lo que deseaba el pueblo, pues parecía imposible allanar la puerta principal de la penitenciaria el pobre recluta armado, bisoño, sencillo como demostraba ser, sea por congraciarse con el pueblo sea porque estuviese en un corazón con este, sea
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más impulsado por el medio al mismo pueblo, que es lo que yo más creo acomodaba el cañón del fusil en el ojo de la llave, eso sí con calma, sin turbarse; pero, también lo contuve como al hombre anterior, no sin observarle persuasivamente de que no era esa su misión en calidad de centinela, sino más bien la de custodiar a los presos y hacer guardar el orden; pero ya que esto era imposible como nos estaba constando, debía cuando menos estarse en actitud pasiva...” He aquí a los únicos defensores de la vida de Alfaro y sus Tenientes: ni guardia, ni esfuerzos inauditos para salvarlos, nada? en fin, de lo que los Comandantes Pesantez y Fernández aseguran haber empleado con tan humanitario propósito, existió de verdad, pues los dos centinelas tenían orden de no hacer fuego, y fraternizaban con los asesinos. Y quien lo relata es un fraile, presencial testigo de los hechos y acusado de instigador del crimen. Continúa el P. Bravo: “Además, considerando que no se dejaría esperar el crítico momento de avistarme con don Eloy Alfaro para decirle algo como sacerdote y como conocido suyo mi atención concentrada la tenía en buscar y repasar según mis cortos alcances las mejores reflexiones que podrían acaso mover su corazón al arrepentimiento; porque abrigaba la esperanza (yo mismo no sé en qué me fundaba) de que caso de que lo encontraran y lograsen sacarlo afuera no lo sacarían muerto; de modo que hasta que lo vi cadáver, con mis propios ojos, nunca podía persuadirme de lo contrario, menos aun de que lo dejaran linchar en mismo seguro edificio a donde lo había traído, junto con los demás prisioneros, dizque para salvarle la vida. ¡Sarcasmo!...” El P. Bravo se queja de que el crimen se hubiera echado encima a los conservadores, y añade: “En el mes de Julio de 1912 (si no me es ingrata la memoria) salió a luz en Quito el número primero de un periodiquillo de filiación placista, cuyo nombre no recuerdo. En éste, pues, con el título de “Avilantez Conservadora”, un anónimo articulista achaca al partido Conservador y al Clero, el torpe asesinato de los prisioneros, aduciendo como pruebas la parte que tomaron en él los doctores Carlos Freile Zaldumbide, Carlos R. Tobar y Octavio Díaz, como Encargado del Poder Ejecutivo el primero, y como Ministros de Estado los segundos, a quienes para el fin que se propone, los llama conservadores. Prosiguiendo en su necio empeño, nombra a varios particulares (atribuyéndoles diversos hechos, que no es de mi incumbencia averiguar si serían o no verdaderos), y algunos eclesiásticos también conservadores, según el articulista entre los cuales figura en primera línea, ni hasta esa fecha oscuro nombre. “Cuál haya sido mi conducta y la parte que me cupo tomar en aquella memorable catástrofe, la sabrá el que leyere la presente Relación, siendo, por otra parte, testigos de ella, los innumerables quiteños que la presenciaron e intervinieron en ella. Empero, séame permitido desmentir la calumniosa imputación que les hace el anónimo articulista, primero al por mil títulos benemérito sacerdote, doctor don Alejandro Mateus, canónigo de la Iglesia Metropolitana de Quito, y después a sus honorables compañeros, doctores Luis F. Sarrade, Maestro de ceremonias de la misma, Luis F. Herrera y Pedro Pablo Espinosa, curas entonces de las parroquias urbanas de S. Blas y Santa Prisca, respectivamente; de quienes, con descarado cinismo, tergiversando
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diabólicamente los hechos, osa afirmar que ellos fueron al Ejido a aventar las cenizas de las víctimas en la noche del 28 de Enero”. Y para confutar tan atroz calumnia según dice, el citado Fraile aduce muchas razones; entre las que se destacan las más francas acusaciones a los hombres que en esa fecha nefasta ejercían el poder nacional. El P. Bravo refiere una conversación tenida, en los mismos instantes trágicos, con la señora Rosario Banda de Torresano, testigo también presencial de la llegada de los prisioneros. La referida señora decíale a su interlocutor lo siguiente: “Al pobre Flavio, mientras tanto, (y también a los demás prisioneros) le acertaron una fuerte pedrada en la cabeza, cosa de hundirle la copa del sombrero manabita que venía puesto, agachada la falda hasta los ojos y embozado la cara con la capa. Pobrecito ¡ay! exclamaba la señora qué lástima me dio, sobre todo cuando lo vi que así (remedando la actitud del General Flavio) a hurtadillas levantaba la cabeza. Creía, sin duda, (como era natural que supusiera) que Rosario, esposa de Flavio, estaría con nosotros en la ventana: no sabía el infeliz que ella también se había escapado de que la mataran, y que estaba refugiada en otra parte, como está hasta ahora, desde el día en que esas tropeñas borrachas allanaron su casa y no le dejaron ni cera en el oído. Apenas oyó el General Eloy Alfaro les descarga de la tropa proseguía la señora se puso en pie el General; y volviéndose hacia los soldados, con voz nerviosa, pero con acento enérgico les dijo: “¿Qué significa esto? ¿Quién les manda hacer fuego?) ¿A qué alarman al pueblo de este modo?” Y dirigiéndose a una de los soldados de la escolta, “¿dónde está el Coronel Sierra?” le preguntó: “Dígale que venga luego, que mande cesar los fuegos”. El Coronel Sierra acudió a la llamada del General, habló con éste, e inmediatamente hizo tocar la corneta y, después de poco, el automóvil emprendió precipitadamente la carrera. Después de un rato de conversación sobre el mismo tema, acordóse la señora de otro incidente que lo refirió, poco más o menos, en estos términos: “Varios soldados de la escolta que seguían atrás del automóvil, regresaron a ver a los del pueblo, los cuales temerosos, sin duda, de algo, se habían quedado parados; entonces aquellos les hicieron señas, invitándoles a que los siguieran, a lo cual no se hicieron de rogar, porque al punto, animándose mutuamente, corrieron hasta darles el alcance y juntarse con los soldados”. Convénzase Padre dijo la señora para concluir que todo estaba bien amasado de antemano; los soldados estaban muy de acuerdo con los del pueblo para sacrificarles a los pobres Generales, Por eso es que no hicieron nada en el Panóptico para defenderlos, como Ud. lo cuenta…” Esto b aquello, la Historia lo dirá”. La alianza placo-conservadora estaba rota, a poco de cometidos los crímenes de Enero; y los ex-aliados comenzaron a lanzarse mutuamente las más furibundas acusaciones… La narración tímida, reticente y ambigua del P. Bravo, si no es suficiente para ponernos en posesión de la verdad plena, es, sin embargo, una importante revelación de los sucesos, en la hora del asesinato, y contradice por entero la falsedades alegada por el Gobierno de Sangre. ¿Qué pasó en el interior de la Penitenciaría, mientras algunos de los asesinos invitaban con instancia a la muchedumbre popular, para que tomase parte en aquel festín de sangre? Veámoslo.
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Llegado el General Eloy Alfaro a la celdilla que le habían preparado, pidió algo en que sentarse, aunque no fuese sino un cajón; y, no habiendo sido atendida su petición, tendióse sobre el desnudo y polvoriento suelo, y arrimó la cabeza contra el muro. En seguida, dirigiéndose a un oficial, le dijo: “Quiero que me acompañe Medardo, o Páez, para que no se me calumnie después de muerto”. El ilustre anciano, creía que los verdugos se contentarían con una sola víctima; y quería un testigo que relatase lo acontecido en sus últimos momentos, que certificase que había caído como los antiguos héroes de Grecia y Roma, envuelto en su dignidad como en mi brillante sudario, y herido por delante, en medio del corazón, donde jamás se había albergado el miedo. Su último pensamiento fue un brote de valor y dignidad; y la suerte quiso que aquel testigo fuese Páez, al que también hizo enmudecer la muerte… Apenas fueron reunidos los dos Generales en el estrecho y desmantelado calabozo, se dejó ver un soldado en la puerta, asestado su fusil al pecho de Alfaro, quien rápidamente se puso de pié, y le gritó: “¿Qué vas a hacer?...” La respuesta fue un tiro mortal que dió con el héroe en tierra, muerto instantáneamente. Páez se indigna, saca un revólver que llevaba oculto en la bota, increpa a los miserables que acababan de cometer tan cobarde parricidio, y le destroza el cráneo a un soldado, que por desgracia no fue el matador, hiere también de muerte a otro; pero recibe una descarga de fusilería, y cae sin vida sobre el cadáver de su Jefe, al que había vengado (1). Entonces se cebaron las hienas: con un pedazo de riel, de esos rieles con que Alfaro había unido la Capital con Guayaquil, le trituraron los huesos y desfiguraron el rostro. ¡Amargas ironías del destino! ¿Quién hubiera podido prever que se retazo de acero, signo del progreso y engrandecimiento de la República, había de emplearse en contra del hombre que tanto se afanó por realizar el mejor de los sueños de los ecuatorianos, el ferrocarril tras andino? Medardo Alfaro y Manuel Serrano murieron también instantáneamente; a Coral le arrancaron la lengua antes de darle el golpe de gracia. La muerte de Flavio fue una verdadera lucha: el león acorralado, se propuso vender bien cara su vida; pero, desgraciadamente, no disponía de los medios necesarios para realizar su heroica resolución. He aquí como describe Manuel de J. Andrade el asesinato de esta última víctima de la coalición: “Colocado Flavio en un ángulo de su celda, a un metro de la puerta, no le tocan los disparos; pasan los proyectiles casi rozándole el cuerpo y van a perforar la pared, y se incrustan en ella, a pocos centímetros del beligerante en artículo de muerte. Un famoso del Escuadrón “Llaneros de Páez”, unidad a la que pertenecen los individuos de más baja extracción moral, los cocheros, arriesga su brazo derecho armado de pistola, y fulmina los cinco tiros; de los que dos hacen impacto en la cabeza del General, y lo desploman a tierra...”

(1) El que mató al General Eloy Alfaro fue el Sargento N. Segura, de la escolta que mandaba el Capitán Yela dentro del Panóptico. Mucho tiempo después Enrique Baquerizo M. lo mandó preso a Quito, pero desapareció del Presidio....

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Véase cómo relata estos terribles sucesos el Comandante Urbina en su Memorándum, del que ya hice mención en uno de los anteriores capítulos. El relato es minucioso y extenso; pero, para mi objeto, básteme copiar unas pocas líneas referentes a lo principal de la escena, tan sustancialmente desfigurada en los documentos oficiales: “A las 12 del día llegaron los prisioneros al Panóptico donde les aguardaba la muerte, precisamente cuando podían figurarse que se habían librado de todo peligro. Los presos fueron conducidos a la Serie E que está destinada a los penados con reclusión mayor, y los hicieron subir al segundo piso. El Subsecretario de Guerra y Estrada subieron con el Eloy Alfaro, y a poco bajaron precipitadamente, sin duda, por la algazara que se levantó en la prevención... los presos aglomerados en las rejas, gritaban: ¡Abajo los asesinos! ¡Viva el General Alfaro! Estrada les impuso silencio, y tendiéndoles el rifle, les dijo: “Nadie me haga alboroto. ¡Al que diga la palabra más, lo mato!” El Subteniente Ángel Cárdenas, subalterno del Capitán Yela en el comando de la guardia interna, fue el primero en romper las puertas de la Secretaría, acompañado de Segundo Salas, Vidal Velasco, Luis Arguello, José Cevallos jefe de la cochera, presidencial, José Villavicencio el negro Segura del Batallón Nº4, Vaca cochero de las señoras Palacios Ángel Viteri, el negro Cortez, el cabo Medina del 83, el cojo Zambrano guardián del presidio, el jefe de guardianes Vásconez, el subjefe Julio Vaca, el presidiario Núñez, un hijo de éste, y varios soldados vestidos de paisanos… Este grupo invadió violentamente la Bomba, rompió por equivocación las rejas de la Serie C, y no encontrando allí a los prisioneros, subió a la Serie E. Abrieron la primera celdilla y Ángel Viteri gritó: “¡Aquí están, aquí están! ¡Ahora nos pagan los millones que han robado vendiendo nuestra patria! “Viteri fue uno de los que dispararon sobre el General Eloy Alfaro, y el General Páez contestó el disparo con su pistola y tendió muerto al asesino. Los demás corrieron llenos de terror, atropellándose y gritando que los presos estaban armados. Por desgracia, acudieron los soldados de la guardia interna y los mismos empleados del Panóptico; y los asesinos se rehicieron con ese refuerzo y volvieron al ataque con descargas cerradas, en medio de una gritería infernal. “En esos momentos, un joven N. Martínez, que tal vez por curiosidad había entrado, apostrofó a grito herido a los del tumulto, en estos términos: ¡”Cobardes, miserables, asesinos, se hacen valientes con hombres indefensos!”… Por milagro salvó la vida, pues lo maltrataron cruelmente y pusieron en un calabozo” He ahí un testimonio de quien vio la masacré, como lo vieron todos los presos del Panóptico: los asesinos estuvieron autorizados y prevenidos para la comisión del horrible crimen; los soldados y oficiales de guardia, los vigilantes del presidio, es decir, los mismos que tenían obligación sagrada de amparar y defender la vida de los prisioneros, fueron los que los victimaron cobarde y bárbaramente, sin que nadie alzara la mano para impedirlo. La relación del Comandante Urbina confirma así la del Bravo, como la opinión de la señora Banda de Torresano. Pero consuela ver que, en el acto mismo de ,1a inmolación inicua, hubiese levantádose una voz de protesta, como para salvar honra del pueblo ecuatoriano: la airada palabra del joven Martínez, fue el primer clamor de la conciencia pública contra
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el crimen y los criminales, la primera manifestación del anatema con que la civilización ha marcado la frente de los asesinos. Todos los que han escrito sobre esta escena, de horror, con ánimo desprevenido e independiente, están acordes con lo que acabo de relatar; pero el Subsecretario de Guerra y el Jefe de la Zona, arrastrados por su deseo de exonerar al Gobierno de la responsabilidad, han inventado sucesos que jamás ocurrieron, que nadie ha visto, que no han podido comprobarse de mará alguna. “Cuando entró el General Eloy Alfaro y se cerró la puerta principal dicen los referidos Jefes el pueblo empezó a retirarse, dejando por un momento despejado el atrio. En el interior del Panóptico, el General Eloy Alfaro pidió un cajón para sentarse, y que le permitieran que lo acompañara en la celda cualquiera de los Generales Páez o Medardo Alfaro. Se estaban cumpliendo estos deseos, cuando los presos comunes prorrumpieron en gritos y amenazas, pidiendo en tumulto, castigo para los políticos. Pero ya el pueblo atacaba las puertas y tuvimos que acudir a defenderlas, procediendo a poner toda clase de apoyos para aumentar su firmeza. De pedazo en pedazo, de astilla en estilla iban cayendo las puertas, y por las roturas penetraba el populacho, no obstante que uno de nosotros trataba de convencerlo de lo feo de su acción. Al fin, cedieron todas las puertas, y entró la enorme poblada, sin que hubiera poder capaz de contenerla . . . El otro de los suscritos hacía cuanto le era posible por contener al pueblo que, instigado por personas bien conocidas por su filiación en las filas conservadoras, trataba de avasallarlo todo. La muchedumbre entraba, al Presidio, al grito de ¡Viva el pueblo católico! ¡Mueran los francmasones!... Circuló el rumor de que los prisioneros se escapaban por la parte posterior del edificio, noticia que, poniendo al pueblo delirante de indignación y venganza, hízole acudir a las murallas posteriores, invadiendo por ellas el interior del presidio. Ni súplicas, ni amenazas, fueron suficientes para contener al pueblo que, rompiendo las líneas formadas por la tropa, penetró también por las ya deshechas puertas”. Según acabamos de verlo, todo esto es un conjunto de mentiras cínicas, de embustes de la peor especie, con los que los señores Jefes de la 1º Zona, y Subsecretario de Guerra no han logrado sino pintarse a sí propios con los colores más negros, sin llenar su misión de abogados del Ejecutivo. ¿Que significa eso de que los Jefes responsables de una situación terrible y borrascosa, se entretenían en convencerle de lo feo de su acción, a un pueblo furioso que se precipitaba como un torrente sobre el Presidio que dichos militares debían custodiar y defender? ¿Qué significa eso de oponer, como único dique a ese torrente avasallador, las suplicas y las meras amenazas? ¿Qué significa eso de haber recibido órdenes de sacrificar la vida en defensa de los prisioneros, según, los mismos Jefes lo aseguran al principio de su Parte Oficial; y luego, no desenvainar, ni por fórmula, la espada que llevaban al cinto, para cumplir tan sagrada consigna? ¿Qué hicieron Pesantez y Fernández para evitar el asesinato de los presos confiados a su guarda? ¡Tratar de convencer al tigre hambriento, de que era muy feo saciar su feo apetito; suplicar a la hiena que no bebiera la sangre derramada; amenazar a la fiera humana, en el momento del frenesí, cuando no podía oír ni atender a otra cosa que a su furor! ¿Y no han tenido vergüenza de confesarlo bajo su firma, esos cobardes?
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Y después las mentiras ignominiosas que dicho Parte contiene, son para enrojecerle las mejillas al más descarado. No hubo puertas caídas, pedazo a pedazo y astilla por astilla: todos los quiteños pudieron ver al día siguiente, intactas las puertas exteriores de la Penitenciaría, intactas las puertas de hierro de los corredores y calabozos, intactos los cerrojos y las cerraduras; y mal puede prevalecer la burda invención de estos dos defensores del Gobierno, sobre el testimonio de una ciudad entera. No hubo escalamientos de las murallas posteriores; porque esos altísimos muros son inescalables, y el pueblo no tenía escalas ni otros medios de subir, como pretenden los informantes. ¿Ni qué necesidad tenían de escalar murallas, si las puertas ya habían caído pedazo a pedazo, si las tropas habían sido arrolladas, si la entrada al Presidio estaba franca? ¿No se fijaron siquiera en que no se compaginaban bien sus diferentes afirmaciones? Más tarde, en una Carta Abierta, el Subsecretario de Guerra confesó que había habido una orden terminante de no matar en ningún caso al pueblo; es decir, de no oponerse al asesinato, de no reprimir la fuerza con la fuerza, de presenciar la inmolación de los Alfaros, impasibles y con e1 arma al brazo. Luego, todo lo aseverado en su Parte Oficial, sobre esfuerzos de la tropa para detener la invasión, resulta falso en lo absoluto; y los militares que mienten de esta guisa en documentos públicos y solemnes, bien merecen que les arranquen las presillas, como a indignos de llevarlas. Apenas transcurridos dos años, el mismo defensor de Plaza M. J. Calle se encargó de darle un solemne mentís al Coronel Pesantez, el 5 de Marzo de 1914, en las columnas de “EL Guante”; diario de Guayaquil que no ha tenido otro programa que denigrar al General Alfaro y a sus partidarios, y defender a todo trance y de todas maneras al General Plaza. Así describe Calle la fortaleza que decimos Panóptico: “El presidio es un enorme edificio de piedra y de ladrillo, situado a un extremo de la Capital, en las faldas mismas del Pichincha. Su posición estratégica le hace poco menos que un castillo roquero de los tiempos medioevales. Se reclina sobre ásperas rocas, casi inaccesibles, que le guardan la parte posterior, y se sube a la portada por una cuesta fatigosa, empedrada con ripió puntiagudo, no de cinco metros de ancho, que se descuelga lateralmente por un despeñadero y se sostiene del otro lado en ruines edificios de barro; para llegar a la puerta, se asciende a un pequeño portal por una rampa empinadísima, que determina una especie de altozano de cuatro o cinco metros de elevación sobre el duro pavimento de la calle. “¡Una verdadera fortaleza! Y ahí estuvo la falta de los que entregaron los Alfaros a discreción de la plebe enfurecida de Quito; que, dada la situación, con un golpe de metralla, bien o mal dirigido, se pudo ahuyentar a los asesinos, y librar al Ecuador de la expectación y responsabilidad de un crimen horrendo. “Adentro, por un zaguán lleno de puertas, rejas y cerrojos pasa a un patio como una; plaza, sobre la cual, en cuadrilátero, se abren los huecos de prisiones, altas y bajas, aseguradas con otras rejas, y las varias dependencias en cuya construcción se ha gastado una montaña de piedra y cien toneladas de hierro y de acero”. Y en la refutación de la defensa de Rendón Pérez, de que hablé ya en uno de los anteriores capítulos, llegó Calle a señalar a dicho Pesantez, como principal y más único
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responsable de la matanza del 28 de Enero: léanse los términos de acusación tan formidable: “En yendo del señalamiento de responsabilidades, bien pudo añadir, a ciencia cierta y por confesión del sindicado, que el gran ejecutor del asesinato en masa fue aquel Comandante Alcides Pesantez, Subsecretario de Guerra y Marina, que desamparó a los presos en el recinto del Panóptico, retirando el batallón que los resguardaba, cuando tan fácil, tan obvio le era ahuyentar a los asesinos con descargas al aire, o con una carga a la culata, en una calle angosta, que parece un desfiladero; y declaró luego, por la imprenta y sobre su firma, que él no estaba dispuesto a dejarse matar en defensa de los Alfaros… ¡Los Alfaros sus protectores!” ¿De qué manera podría defenderse el Coronel Pesantez de las recriminaciones de sus misinos amigos de ayer, de los mismos que lo empujaron al crimen y a la deshonra, y que después pretendieron echar toda responsabilidad exclusivamente sobre sus hombros? La mentira ruin, la trapacería indecorosa, la ficción ridícula, no salvan, sino más bien aumentan la negrura del delito, prueban alma villana y cobarde, alma degradada y avezada a la iniquidad ¿por qué mintió y se acanalló el Coronel Pesantez, cuando existían millares de testigos que podían contradecirlo de manera terminante? Tampoco vale la excusa de que recibió orden de no oponerse a la perpetración del asesínalo; porque un soldado de honor, un hombre de corazón y limpia, conciencia, muere antes que obedecer órdenes inicuas. Y mayormente, dados los deberes de gratitud que él tenia para con el General Alfaro, su segundo padre. En efecto, hubo esa orden de no oponerse ala voluntad del pueblo, de no rechazar la fuerza con la fuerza, de no hacer uso de las armas contra los asesinos: tanto que unos soldados del batallón “Quito” que dispararon unos tiros al aire, delante del Panóptico, fueron reprendidos por su Jefe, quien había recibido también la orden susodicha. En la defensa del General Plaza, pág. 269, se confiesa lo mismo, en los siguientes términos claros y precisos; “En algunos de los telegramas del Ministro de Guerra, se halla expuesto un criterio semejante al que motivó la orden a que se refiere el Subsecretario de Guerra; orden que se hizo obedecer al Batallón “Quito”, en momentos en que iba a repeler el asalto a la Penitenciaría y mantener sus líneas que arrollo después el pueblo. Antes de la llegada de los prisioneros de Huigra a Quito, el público sabía las ideas expresadas por cada Ministro en un Consejo de Gabinete, en orden a las medidas que debían adoptarse a fin de librarlos de las anunciadas venganzas del pueblo. Las medidas fueron: la entrada nocturna y por caminos poco transitados… pero, en ningún caso, disparar contra el pueblo que agrediese, ni emplear otro medio de fuerza que garantizase eficazmente la seguridad individual de los prisioneros de guerra...” Como nadie le ha contradicho al defensor del General Plaza, no puede dudarse de que se impartió aquella orden inicua de favorecer con la inacción de la tropa, el asesinato alevoso de los prisioneros; y tanto más, cuanto que corroboran el pasaje que he copiado de “Páginas de Verdad”, muchos Jefes y Oficiales que recibieron la antedicha consigna, y aun los centinelas a quienes cita el P. Bravo en su relato. Luego
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no es cierto que se trató de impedir la inmolación de los Generales vencidos; porque, si se azuzó al pueblo, si se le enfureció de todas maneras, si se inculco en su mente la idea de ejercer una justicia popular; si se preparó, por otra parte, una gavilla de asesinos, reclutados en las más bajas escalas del vicio y la degradación, y se los colocó de antemano en el lugar del infame sacrificio; si la fuerza pública, preferentemente llamada a salvar a las víctimas, recibió orden expresa y perentoria de dejar obrar con toda libertad a los agresores que se presentaran, es incuestionable que se quiso la victimación de los presos, a su llegada a la Capital. Sólo que se resolvió cometer el crimen por medio de la perfidia más refinada, ocultando el rostro y la mano de los verdaderos asesinos, arrojando toda la responsabilidad sobre la masa del pueblo; y esta maquinación hábil pero execrable, ya lo he dicho, fue obra exclusiva de un grupo de políticos depravados que dirigía la tenebrosa política de aquella época. ¿De dónde emanó esa consigna cruel, que dejaba a los presos sin protección alguna, a merced de una turba vil de malhechores y meretrices? ¿Quién impartió esa orden vergonzosa y criminal que los mismos Jefes suplicantes trasmitieron, desde por la mañana, a todos los Jefes del Ejército y la Policía? Indudablemente, de los hombres del Gobierno; puesto que, si así no hubiera sido, lo habrían manifestado ya al público, los Ministros de Guerra y de Policía, contra diciéndoles al General Plaza, al Subsecretario de Guerra Pesantez, y a todos los Jefes y Oficiales que se defienden, alegando dicha orden. Puede suceder que más tarde, disipado el temor que todavía embarga a los ejecutores de consigna tan atroz, se aclare suficientemente este punto importantísimo; pero la responsabilidad moral, esa responsabilidad que recoge y anota la Historia, queda ya bastante comprobada con lo que dejo expuesto. ¿Que habían hecho los altos dignatarios del Estado en aquellas horas de angustiosa expectación para todos los buenos ciudadanos, para todos los corazones nobles y virtuosos? Los Ministros Intriago y Díaz habían ido por dos veces y en la mañana, a la Penitenciaría; y se les vio departir con Rubén Estrada y con otras personas del presidio, como si les diesen instrucciones reservadas. Estrada volvió a tomar más eficaces precauciones con los presos políticos; y hasta ocultó a dos o tres, sin duda, a los mejor recomendados, en los talleres, advirtiéndoles que no se dejasen ver de nadie. Todo este movimiento dejaba traslucir que el Director del Panóptico preparaba convenientemente el teatro para el drama que tan voz alta se anunciaba: y que, deseando que el estrago no se extendiese a la turbamulta de arrestados políticos, los aislaba en un ángulo del edificio, a donde no había de penetrar más tarde el populacho. Muchos secretos de Estado debió haber poseído el Director Estrada, pero su prematura muerte, acaecida a raíz de la tragedia de Enero, ha sepultado esos importantes secretos en la impenetrable lobreguez del sepulcro... El Comandante Urbina ha escrito lo que sigue, en el Memorándum ya tantas veces citado: “Estrada, muy por la tarde, abrió la Serie en que estábamos detenidos, y se quedó buen rato comentando el funesto acontecimiento. No faltó quien le increpase su
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desidia, y él contestó? “¿Que querían que hiciera, si la guardia fue la primera en romper las puertas, y hasta escaparon de matar a mi mujer con un disparo?” “Pero, Comandante le contestamos si usted nos hubiera permitido contribuir a la seguridad de los presos, como se lo pedimos, nada habría sucedido y no pesará sobre usted una responsabilidad tan grande”. A lo que él nos contestó: “Voy a mostrarles las órdenes terminantes que tengo al respecto”; y nos leyó una nota, en la cual se le ordenaba que, bajo ningún aspecto, ejerza hostilidades contra el pueblo, y que por el contrario, le deje absoluta libertad”. ¿Qué se hizo aquella nota en que el desgraciado Estrada fincaba su futura justificación? ¿Existe en los libros copiadores del Ministerio ese documento que plenamente confirmaría la responsabilidad del Gobierno? Muy fácil es comprender que se habrían apresurado a borrar aun las más ligeras huellas de nota tan reveladora; aprovechándose de esa prematura muerte de Estrada, hasta hoy no muy clara ni satisfactoriamente explicable... Freile Zaldumbide, como ya lo hemos visto, fingióse enfermo desde la víspera, y cerró y tapió sus puertas para todos: concedida la sangre de su benefactor y de sus antiguos amigos, cayó en ese anonadamiento moral propio de los espíritus débiles, y no quiso ver ni hablar a nadie. Para el Ministro de Gobierno y Policía, fue el 28 de Enero; un día de furor y crápula; y se le vio pasear en carruaje oficial, como reanimando y sosteniendo con su presencia la ira salvaje de los asesinos. Hasta tuvo la osadía de concurrir al Ejido, durante la incineración de los cadáveres, según lo atestigua un viajero inglés en un reportaje que publicaron varios periódicos extranjeros. Intriago afirma que se retiró a los cuarteles para revistar las tropas de la guarnición y evitar que saliesen a las calles; cuando precisamente convenía sacarlas para contener con ellas a esas hordas de bárbaros que se entretenían en profanar cadáveres humanos y arrojar así una mancha indeleble sobre la República. Si Octavio Díaz fue uno como Henriot de esta jornada, que mezcló el vino con la sangre de sus víctimas; Federico Intriago desempeñó un papel peor, si cabe, retirando todo obstáculo al populacho que se saciaba con la palpitante carne de los hombres más ilustres del radicalismo ecuatoriano. Carlos Tobar no compareció en la escena, como si hubiera puesto sumo interés en ocultarse mientras cesara la lluvia de sangre; e hizo valer ese ocultamiento como prueba de su inocencia, cuando llegó la hora de las mutuas recriminaciones. ¿Dónde el varón recto en esa caricatura de Gobierno, que fuera capaz de salir por la ley y la justicia; un hombre de bien que tuviera el valor y la abnegación de enfrentarse con los perversos y tomar de su cuenta el amparar y defender a inermes y desvalidos presos, aunque los juzgase por los más grandes criminales?

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CAPITULO XIV LA PROFANACIÓN Los soldados que asesinaron a los prisioneros, cumplieron exactamente la consigna de sus superiores; pero faltaba todavía taparle más repugnante del drama, la que se había reservado para la chusma conservadora y fanática, para las mujeres públicas y los congregantes, a quienes correspondía vengar la causa de Dios y su iglesia…! Consumada la victimación, varios asesinos llamaron desde el atrio de la Penitenciaría, a la muchedumbre adoctrinada para el caso, y que se hallaba todavía a la distancia de cincuenta o cien metros; y a ese llamamiento contestaron prontamente los que sabían que era preciso cebarse en los inanimados cuerpos de los radicales, para cumplir con la santa religión de Jesucristo… La chusma de vengadores de la clerecía, se destacó de la masa del pueblo y. avanzó para ejercer su sacrílega tarea; y en ese momento el Capitán Abril y varios soldados del Batallón “Quito” se aprestaron a repeler con la fuerza aquella invasión de chacales, y aun dispararon algunos tiros al aire, con el fin de intimidar a los invasores. El Comandante Luis Cobos Chacón, Primer Jefe del referido Batallón, reprendió a los subalternos que intentaban cumplir con su deber; recordándoles la orden superior expresa de no hacer uso de las armas contra el pueblo. Adelantáronse sin obstáculo los profanadores susodichos, y penetraron al Presidio por entre las filas de la impasible guardia, como se había previsto. La venganza política había terminado con la muerte de los prisioneros; y principiaba la venganza del fanatismo religioso, esa venganza que no respeta ni los inanimados restos del enemigo. La Iglesia Católica es la única que se venga en los muertos dice un gran filósofo; y la Historia depone en favor de esta tesis, acumulando innumerables pruebas de la ferocidad con que siempre han procedido los llamados defensores de la fe. En los pueblos cultos y adelantados, donde la conciencia es prácticamente libre, donde la ciencia ha destruido las supersticiones y prejuicios teológicos, donde la tolerancia es una realidad, ya casi no respira el fanatismo; y el relató de sus pasadas atrocidades robustece la prevención general contra los embaucadores de las naciones, contra los que se han constituido en verdugos de la humanidad, en nombre del Cristo y de su Iglesia. Pero en los países dominados aún por el monaquismo, en países que son todavía un feudo del Papa, en países desventurados como el Ecuador, que viven la vida tenebrosa de la Edad Media, el fanatismo es omnipotente, incontrastable, absoluto. La vida y la honra, la libertad y la fortuna, todos los derechos y aspiraciones del hombre, los destinos de la Nación y las prerrogativas de la familia, la inteligencia y la voluntad, todo está en manos del clericalismo y sus secuaces; y quien se atreve a rebelarse contra este poder que se dice sagrado, bien puede darse por perdido sin remedio, porque el rencor religioso no olvida ni perdona jamás, porque ese rencor inextinguible, persigue a sus víctimas asta el otro lado del sepulcro, con crueldad que espanta y aterra. El fraile cree que Dios no está suficientemente vengado con la
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inmolación del hereje, del masón, del liberal; sino que, para satisfacer por completo la justicia divina, es menester cortar en trozos el cadáver maldecido, triturarle los huesos, escarnecer el polvo inanimado, destruirlo en la hoguera, y todavía aventar esas cenizas. Ministros del terrible e implacable Jehová, no conocen la misericordia: su misión es maldecir y degollar, destruir el cuerpo y condenar el alma de los que califican como enemigos de Dios. Todo les es permitido para cumplir esta santa misión: la calumnia, el dicterio, el anatema, el asesinato, la pira, todo para satisfacer la divina venganza!... No hay monstruo peor ni más formidable que el fanatismo religioso; y este monstruo habíase aliado con otros monstruos voraces e insaciables, como son los odios políticos y las ambiciones desenfrenadas, para eliminar a los Alfaros, cueste lo que costare. Alfaro había dado golpes terribles de piqueta en el alcázar del fanatismo, hasta abrirle brecha, desmoronado, arruinarlo; y, de consiguiente, debía morir como todos los perseguidores de la Iglesia, para escarmiento de herejes y liberales, para que se viera que el castigo de Dios no falta. Blasfemos y sacrílegos, hacen intervenir a la Divinidad en todos sus propios crímenes; y cuando han herido a su adversario, pretenden engañar, y aun engañarse a sí misinos, afirmando que es el rayo del Cielo el que ha caído, para vengar la causa santa de la Religión. Y los soberanos que el dominico Jacobo Clemente o el jesuita Ravaillac asesinan; y los pensadores y sabios que los fanáticos persiguen y hacen morir en los suplicios más atroces; y las víctimas de todos los crímenes fraguados en la oscuridad del templo, para detener el progreso humano, pasan a aumentar la nómina de los perseguidores de la Iglesia, a quienes la misma mano de Dios ha destrozado!... Pero, no hacen cuenta jamás de los perseguidores del buen sentido, de los perseguidores de la libertad humana, de los perseguidores de la moral y la ciencia que, a pesar de ser católicos y apostólicos romanos, han caído también bajo las garras destrosantes del pueblo, o bajo el puñal del asesino. ¿No será también Dios el vengador de la humanidad ultrajada por los tiranos que dicen campeones de la religión? Para ser lógicos, debieran los clericales hacer también mención de esta especie de perseguidores del humano linaje, real y verdaderamente merecedores de un castigo divino, por sus iniquidades contra los designios mismos de la Providencia, en orden al perfeccionamiento de la raza humana. ¿Por qué han sido asesinados tantos romanos Pontífices viciosos o adversarios de la libertad de los pueblos, siendo como eran los maestros de la fe católica? ¿Por qué han sido asesinados inquisidores celosísimos, como Pedro de Arbúes, siendo los expurgadores y guardianes de la verdadera doctrina? ¿Por qué cayó García Moreno, partida la cabeza a machetazos, siendo el adalid de la Religión y del Papa? Si en la muerte de los unos se conoce la mano de Dios, no hay razón para que no se la vea en la muerte de los otros; o es que la Divinidad dirige únicamente el brazo de los que asesinan a los adversarios de la superstición y el fanatismo; lo que equivaldría a sostener que la Omnipotencia está a disposición de frailes y devotos, como vil instrumento de venganzas. Pero, la creencia de los fanáticos, absurda e inaceptable por cerebros ilustrados, es ésta; y, por tanto, era indispensable que se extremase la justicia

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divina en Alfaro, perseguidor de la Iglesia, como se había extremado la justicia popular en Alfaro, enemigo del General Plaza y del Gobierno de Freile Zaldumbide. El clero ecuatoriano vio en la tragedia de 28 de Enero, la mano de Dios, un nuevo y elocuente ejemplo de la muerte de los perseguidores: la prensa católica ha sostenido, y sostiene hasta ahora, la misma especie, impía y absurda; y el vulgo devoto se dejaría hacer pedazos, antes que renunciar a su creencia de que Jesucristo mismo se vengó de los Alfaros. El ex-Fraile Bravo, al que he citado varias veces, participa de esta fe en la venganza divina; y en su relato - defensa, dice: “La Providencia Divina que así como los exaltó en vida a los Caudillos del Liberalismo Ecuatoriano, colmándolos, con mano larga, de honores y de glorias; poniendo a su disposición innumerables medios con que pudieran hacer el bien y labrar la felicidad propia y la de nuestra desventurada Patria; así mismo permitió que ellos en castigo de su rebelión, fueran acaso los primeros que se atosigaran con el fruto cosechado después de diecisiete años de labor impía, al par que antipatriótica, empleados en descatolizar y desmoralizar al antes sufrido, pacífico, generoso y católico pueblo quiteño. El pueblo de 1912 no fue, no es ahora tampoco lo que había sido hasta 1895… ¿Quién, lo ha maleado? ¿Quién lo ha pervertido? ¿Quiénes lo exasperaron el 11 de Agosto de 1911 y el 28 de Enero dé 1912?... Respondan los Caudillos y próceres del Liberalismo; confiesen los traidores del 28 de Diciembre de 1911; compruébenlo el 25 de Enero en Guayaquil; y en Quito el 28 de Enero de 1912; y consígnelos con caracteres de sangre la Historia de la Patria… “¡Hecho para mí providencial a todas luces!: en los campos de Gatazo, regados de sangre hermana, me cupo en suerte ser testigo del encumbramiento de don Eloy Alfaro al pináculo de la gloria el 15 de Agosto de 1895; el 28 de Enero de 1912, en la Penitenciaría de Quito me tocó, casualmente, verlo descender a plomo, revuelto en su propia sangre, al abismo del desprecio y del escarnio... “¡Qué lección tan patética, para mí, de la vanidad de glorias humanas!... “Confieso, por fin, ingenuamente, que preocupado ante todo por la suerte que le cabría a don Eloy Alfaro, al principio; y después con el espectáculo horripilante de su cadáver a mi vista, ni siquiera volví a acordarme de los demás prisioneros. ¡Desdichados!: ellos habían corrido la misma infelicísima suerte de su Caudillo!... “Veinte minutos, cuando más, habrían permanecido los prisioneros encerrados en el Panóptico… ¡En tan corto espacio de tiempo se había consumado un gran crimen; de lesa civilización de lesa humanidad quizá! ¡No lo niego; confieso ingenuamente que sí... ¡Empero, la Providencia Divina no necesitaba tan poco de tanto, para ostentar el terrible rigor de su Justicia!” Verdaderamente son impíos estos frailes; porque atribuirle a Dios crímenes tan espantosos, allá se va con negar su infinita misericordia y santidad, para convertirlo en inicuo inspirador de más detestables malhechores. Y el P. Bravo se contradice, se muestra ingrato con Eloy Alfaro; puesto que, en otro lugar de su escrito, elogia la religiosidad de aquella noble víctima, y relata que siempre se manifestó propicio y condescendiente con los Frailes, aún a riesgo de ofender a los liberales. He aquí lo que escribe el P. Bravo:

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“Y añadía, palmeándose el corazón con la mano “Hay una providencia divina que ve mi corazón, por esto me río de los hombres… No soy fanático, pero sí creo en la Providencia; y porque ella conoce la rectitud de mis intenciones, por eso me ha salvado siempre y me ha hecho triunfar en todo.” Así se expresaba el General Alfaro en Octubre de 1904... “Vuelvo a repetir, mientras tanto valga la verdad: yo nunca lo creí impío a don Eloy: abundan las pruebas en pro de mi creencia; y por la espontánea confesión que acabo de referir en esta y en la página anterior; y por tantos otros hechos que recuerdo, tenía yo fundamento suficiente para pensar lo que pensé el 28 de Enero, y creerle digno de la absolución sacramental... “...Varias veces durante su primera administración me vi precisado así tal como suena la palabra a hablar con el General Eloy Alfaro, sólo por obedecer a quien podía mandarme como superior y por exigirlo así el deber en que estaba, de velar por los intereses de la Comunidad Merendaría, confiados a mi cuidado (en calidad de Rector que fui del Convento Máximo de Quito desde el año 1897 hasta 1901); los cuales, como no ignora ningún ecuatoriano, principiaron a correr peligro junto con sus legítimos dueños desde la transformación radical verificada por los del Litoral de la República en Junio de 1895. Más, en gracia de la verdad, y ya que se ofrece la ocasión (sobre todo, ahora que para los liberales del día y aún para los mismos que se jactaban antes de ser alfaristas, es un crimen hablar algo en pro del General Eloy Alfaro) séame permitido, digo, declarar que dicha General no se portó nunca hostil con los mercedarios, a lo menos en privado y como apreciador personal de la Comunidad; antes bien, recibiéndonos siempre con afabilidad, despachaba favorablemente y de buen grado los reclamos y quejas con que acudíamos a su despacho; y esto, aún con menoscabo de su reputación de Caudillo del Liberalismo, puesto en tela de juicio, a causa de su recto proceder con nosotros, por los ultra-liberales de entonces a par que serviles aduladores y esbirros del mismo General…” “Por qué entonces el furor y la venganza de Jesucristo contra un anciano protector de los frailes y sumamente religioso? Lógica y justicia, sensatez y buena fe, verdadera religión y moralidad, faltan absolutamente en casi todos los escritos del clero y del bando llamado defensor de la Iglesia. Prosigamos el interrumpido relato. Cambiados los actores, el degüello se trocó en orgía de hotentotes: las furias de burdel y los chacales de sacristía, desnudaron a las víctimas, las mutilaron vergonzosamente, saborearon la carne que palpitaba y la sangre que humeaba todavía, se disputaron y hasta hirieron por las joyas y desgarrados vestidos de los mártires; y por fin, arrastraron los cadáveres por las calles, de Quito, con aplauso de ciertos devotos y devotas, sin que la autoridad hiciese nada para contener semejante Desborde de canibalismo. Dejáronse ver algunos sacerdotes junto a los destrozados cadáveres, palmoteando y riendo con escándalo de la gente civilizada. La turba de arrastradores ensordecía las calles con los gritos de ¡Viva la religión! ¡Mueran los masones!; mientras ostentaban, a manera de estandartes de la barbarie, trozos indecentes de carne, atados en pértigas; mientras se arrojaban entre sí, en juego infernal y sacrílego, los miembros cortados de las víctimas, la inmoralidad hizo lujo de nauseabundos extremos, hasta en la
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colocación de los cadáveres en las piras del Ejido... Corramos un velo sobre hechos que serán nuestra sempiterna vergüenza y que constituyen un crimen de lesa humanidad. El ensañamiento en las víctimas, la mutilación vergonzosa, la incineración, venganza propia y conocida de frailes: el auto de fe del 28 de Enero, por sí mismo está delatando a los criminales, y señalándolos a la justicia de la Historia, única que castiga iniquidades tan espeluznantes. Los hombres del Gobierno asesinaron a los prisioneros; y el fanatismo conservador profanó y quemo los cadáveres, como lo ha hecho siempre con los restos de los reformadores. Pero, ¿quiénes, fueron los que dirigieron la turba canibalesca, los que instigaron al populacho devoto para acción tan inhumana y deshonrosa? No estuve en la República; y voy a ceder la pluma a los extranjeros que presenciaron tantos horrores, y que acusaron ante el mundo civilizado a determinadas personas, sin que ninguna de estas se haya atrevido a contradecir a ésos desapasionados acusadores. Los escritos de esos extranjeros han sido reproducidos en todas partes; y la acusación ha tenido un eco mundial; ¿por qué han guardado silencio los acusados, por qué, no se han defendido porqué ni siquiera han negado hasta ahora los terribles cargos que se les ha hecho por la prensa? Este significativo y absoluto silencio, es una confesión; es el reconocimiento: tácito de que no existen razones ni pruebas que oponer a las afirmaciones de los acusadores. He aquí lo que el escritor colombiano Manuel de Jesús Andrade, dice en sus “Páginas de Sangre”, Capítulo V: “Reemplaza a Sierra el comerciante Gabriel Unda… Luego le acompaña Antonio Cevallos Hidalgo, propietario de la Peluquería Francesa… Asumen la jefatura. Llaman, excitan, animan, encienden a la turba con voces, con el sombrero y con gestos, con ademanes y gritos… ¡Falta Flavio! grita un bandido. Yo conozco la celda grita un chicuelo, un lobezno. Al primero que entra, un pistolazo en la cabeza, un tiro de pistola que le hiere en buena parte; y afuera, afuera el bandidillo Costales... Nadie más se atreve a entrar, ni los comerciantes Salvadores, dueños de “La Violeta” (un almacén) que fueron con un soldado del “Marañón”, los primeros en dispararle a don Eloy, los primeros en ungirle con el óleo del martirio… Entonces si ¡valientes! puñetazos, cuchilladas, culatazos en la cabeza, diversión que tomaron los inmortales Salvadores con la de don Eloy, en la marcha triunfal al campo de Marte... Llevan al General Páez por el Hotel Continental… Baja de su casa Carlos Pérez Quiñones, doctor en Teología y en maldad, e insigne moralista católico; felicita a los cruzados arrastradores; les obsequia con billetes del Banco Pichincha; y les despide a jeta chiquita… En el Ejido llegó al colmo el certamen de barbarie. Un jovenzuelo dignísimo de Emilio María Terán... hizo con los cadáveres que no puede ni concebir la ferocidad humana en su última potencia. ¡Lástima que no llueva fuego del Cielo! ¡Lástima que Dios ya no se aire!... ¿Dormía Dios, arrullado por la orgía en que fueron victimados los seis prisioneros? ¿Fuéle grata la fiesta que tuvo por remate la incineración de los cadáveres? Y todo esto en la sede del Sagrado Corazón de Jesús!.. ¡Viva la Religión! ¡Mueran los Masones! ¡Vivan los conservadores! ¡Mueran los liberales! ¡Viva el Clero! ¡Viva el General Sierra! ¡Mueran los herejes! . . . ¡Qué tarea de matarifes! Un chiquillo o chacalín hacía flamear en asta improvisada, la quijada con la blanca barba del General
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Eloy Alfaro. Espantosos los cadáveres, literalmente cosidos a puñaladas, descuartizados órgano por órgano, chorreados los intestinos... Pero más espantosas esas caras con aspavientos de buitres, de un Cristóbal Gangotena Jijón, de un Bello, de un Gabriel Unda, de un Antonio Cevallos Hidalgo, de un Vidal Velasco, de un zapatero Montenegro, de un Arteta, de un Araujo, de un Carlos Pérez Quiñones, de un Fernando Pérez Quiñones, de unos Salvadores comerciantes… Dios católico, apostólico, quiteño! ¿Hay algo igual en ferocidad consiente, en la Historia de la humanidad?... En la plaza de la Alameda, un Vidal Velasco, pidió las cabezas de los liberales... El Cura de Santa Bárbara, Cura de buena cepa católica, fue uno de los más regocijados, en términos de exponerse a oír reconvenciones de un joven Doctor, en la Botica Alemana del Sr. Teodomiro Andrade. Y hablan los, pérfidos de amor al prójimo y de caridad cristiana!” He tomado de aquí y de allí las líneas anteriores del libro del Sr. Andrade; porque no quiero dar mucha extensión a los Apuntes que me he propuesto escribir. Pero, en lo poco que he copiado, hay nombres propios de personas muy conocidas, las que nada han hecho por conseguir que se las borrara de tan infamante nómina. Todos los nombrados por el escritor colombiano que cito, son conservadores, excepto el hijo del finado General Terán; pero no conservadores como quiera, sino de esos devotos de divisa bendecida, de esos defensores furibundos de la religión que se inspiran en el confesionario y en la sacristía. Es muy digna de notarse la ausencia de los placistas en el auto de fe: los liberales cismáticos mataron a los hombres que les cerraban el paso al poder; y abandonaron sus cadáveres a la furia y encarnizamiento de los chacales católicos. Andrade comete un error, al maldecir a Quito por las iniquidades del 28 de Enero; porque la inmensa mayoría de los habitantes de la Capital, fue inocente en lo absoluto; y miró con horrar, y execró también a la Chusma vil que tan bárbaramente insultaba a la humanidad. Si hubo una señora de la alta sociedad que recompensara a una meretriz, por haber hecho al cadáver del General Alfaro un ultraje inmoral y asqueroso, no se ha de deducir que la clase elevada participaba de tan innobles sentimientos, y que se degradó como la aludida señora. Además, esa señora vástago de tiranos creyó vengar así antiguas rencillas políticas; y el haber el Caudillo radical empeñándose en esclarecer crímenes históricos del fundador de esa familia. Véase una carta de otro extranjero, dirigida el 18 de Febrero de 1912, a los señores Dr. Demetrio Rodríguez V. y Don. Juan Clímaco Rivera, residentes en Popayán; carta que se ha reimpreso varias veces, sin que ni el Gobierno ni sus defensores hayan osado desmentirla. El autor de esta carta incurre en el mismo error que el Sr. Manuel de Jesús Andrade; y me anticipo a oponerle iguales reparos en cuanto a la inocencia del verdadero pueblo de Quito. “Queridos amigos: “He deseado escribirles desde hace varios días... y comunicarles por si lo ignoran, algunos detalles de los sucesos del día 28 de Enero, de que fue teatro esta Capital. “Aquello constituye el crimen más horrendo de la Historia y la vergüenza de una raza entera.

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“A los desgraciados Generales Eloy Alfaro, Flavio E. Alfaro, Ulpiano Páez, Manuel Serrano y al periodista Coral, los trajeron directamente de Guayaquil al sacrificio; pues la prensa de esta localidad se había encargado de atizar el incendio contra ellos, pidiendo que les aplicaran la misma pena que a los Gutiérrez en Lima…! “Los metieron a Quito a las doce del día domingo indicado, cuando todo el mundo estaba desocupado y acudió a la Estación a recibir a los batallones que regresaban de la campaña de la Costa; para lo cual, maliciosamente, se repartieron invitaciones desde la víspera. “La presencia de estos Generales liberales, ante el tumulto inmenso, fue una verdadera provocación cruel y criminal, que hizo que ellos fueran seguidos de ríos de gente ultramontana y enfurecida, de todas las clases sociales de Quito. “En el Panóptico se había colocado, ex profesamente, una Guardia de gente colecticia del Batallón 82, con oficiales dados de baja por don Eloy Alfaro; de modo que la tal Guardia entregó los rifles al populacho fanático, el que encontró a los presos metidos en las celdas, sin una navaja para defenderse... Allí fueron sacrificados de uno en uno, de la manera más cruel y salvaje…! Entre los soldados y los curuchupas (godos del Ecuador) les asestaban balazos y puñaladas y robaban sus equipajes, la ropa que tenían puesta, todo, todo, hasta dejarlos completamente desnudos. El Capitán de la Guardia, dado de baja por don Eloy el año pasado, en unión de unos cocheros conocidos por todo Quito, mató al ex-Presidente, quien al sentir abrir la puerta de la prisión, dijo en voz alta y con mucha entereza: “¿Qué quieren Uds. de mí?” Un tiro de rifle en un ojo fue la respuesta; y tras el tiro, el robo de sus prendas personales y veinte puñaladas en el cuerpo…! ¡A patadas y engarzado en las bayonetas lo Asacaron hasta la calle; en donde lo amarraron del cuello y de los pies para comenzar el desfile patriótico de arrastrarlo desnudo, completamente desnudo, bajo las miradas públicas, y dejando los sesos en los filos de las piedras hasta el día siguiente que los perros y las lluvias se encargaron de destruirlos…! “¡Los Generales Flavio E. Alfaro y Ulpiano Páez reclamaban, en su defensa, la acción del Gobierno, pero su voz se ahogó en el vértigo del crimen…! “El periodista Coral gritaba que él era un escritor público, que su periódico había sido solamente un relator de la guerra; pero vivo aún le echaron una soga al cuello y mil manos criminales le arrastraron por toda la ciudad. “Al General Medardo Alfaro lo asesinaron los soldados y los asaltantes en un estrecho pasadizo; y al General Ulpiano Páez, considerado como el único militar técnico del país, le acribillaron a tiros y a puñaladas en su misma celdilla. “El General Manuel Serrano, persona muy acaudalada, hombre de carácter benévolo, no tomó participación alguna en la revuelta de Montero, pero lo encuadernaron infamemente entre los prisioneros y lo remitieron a Quito con fines malvados hasta la exageración…! ¡Cuando la soldadesca y la turba lo iban a abalear, él gritaba: “¡Soy inocente!” Los disparos son el eco de su voz y cayó entre ese tumulto de bandidos, quienes se daban palos y culatazos en los pasadizos, para repartirse el dinero, el reloj y las ropas de esa víctima verdaderamente sin participación ni culpa política…!
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A don Eloy le cortaron la barba (pera) y empatada en una bayoneta la paseó una mujer por todas partes. Lo mutilaron frente a la casa de Freile Zaldumbide (esquina de S. Agustín) y sus órganos… los tiraban por la calle, como hacen los muchachos con las pelotas de petróleo en las fiestas… Al General Flavio Alfaro fue el último a quien asesinaron; y casi no logran su intento, porque, a pesar de la herida de Yaguachi, se incorporó en la celda con un valor admirable, se colocó tras de la puerta y desviaba los cañones de los fusiles en la suprema angustia. Al fin cayó de dos tiros; pero, como aún no había muerto, lo lanzaron del segundo piso al primero, en donde lo ultimaron descargándole golpes con una enorme barra; y una mujer le rompió el vientre con un puñal, y le vació las tripas… Los cuerpos desnudos fueron arrastrados con sogas por el pueblo, compuesto de toda clase de gentes de esta ciudad, como puede verse en las fotografías que se tomaron de esa orgía vergonzosa. Se señalan damas que arrojaban sogas a la concurrencia para que arrastraran a los cadáveres; los que, conducidos al Ejido fueron quemados sobre piras de leña y petróleo. Ahí, al pie de esas hogueras, se cometieron las profanaciones más aterradoras… A don Eloy lo quemaron en la misma pira con Coral, colocando la cara de este, con el trasero de aquél. Se divertían en descuartizar los cuerpos inanimados, en pincharles los ojos, en cortarles la lengua, en buscar en sus entrañas un solaz indescifrable!... Todo se hizo al grito siniestro de ¡Viva la religión! ¡Mueran los masones! En este día memorable de orgía frailuna, se registran detalles espantosos, que parecen inventados por la fantasía de un genio infernal, pero que son la verdad pura y palpitante de espantoso salvajismo. No me atrevo siquiera a narrarlos, porque causan terror, vergüenza, indignación sin límites al considerar este grado de perversidad humana… Una canilla y un pie de don Eloy los tiene un amigo leal del difunto; porque él pudo arrancarlos a los perros que mataban con ellos el hambre en el llano. El brazo derecho del Viejo guerrero lo compró por un sucre, un extranjero, después que había sido tostado por las llamas: ¡el mismo brazo que manejó una espada que le hace honor a esta Patria, y que firmó leyes y decretos que constituyen la jurisprudencia liberal de un pueblo! “Concluyo esta relación, porque el espíritu se subleva de espanto y de ira, al considerar que existan pueblos así en la tierra; y termino advirtiéndoles que es el Gobierno actual del Ecuador, el único responsable y autor directo de esta matanza sin nombre y sin ejemplo” Innumerables relaciones del drama han corrido impresas, llenando de indignación y horror a las naciones civilizadas del mundo: desacordes algunas en meros detalles, todas están conformes en acusar a Freile Zaldumbide y sus Ministros, a Plaza, Navarro y Sierra, a los soldados del “Marañón” y a los clericales fanáticos de Quito, como directamente responsables de tanta iniquidad. La opinión unánime los designa como criminales: y ha sido vano, completamente vano todo esfuerzo de su
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parte, para procurar defenderse de acusaciones tan tremendas y tan sólidamente fundadas. Los reos dueños de las arcas fiscales y del poder que hace enmudecer a los testigos, han prodigado el oro, han comprado plumas venales, han prostituido la conciencia de los jueces; pero todo les ha salido contraproducente, todo ha servido más bien para afianzar y robustecer la acusación. Los procesos de farsa, en los que a la postre resultan casuales los asesinatos, o en los que no aparecen los victimarios; esos procesos infames son la prueba más elocuente de la culpabilidad de los gobernantes, únicos que han podido transformar el día en noche, haciendo desaparecer toda huella del crimen por medio del cohecho y del perjurio bien remunerados con el dinero de la Nación. Los escritos mismos de los asalariados defensores del Gobierno y de Plaza, no han producido otro efecto que contribuir al mejor esclarecimiento de los sucesos; y se han perdido, como alegatos sin eco, entre el clamor mundial, entre ese coro de maldiciones contra los asesinos del 28 de Enero. Rota la coalición por incompatibilidad de ambiciones, algunos escritores ultramontanos han pretendido negar que el conservadorismo hubiese participado del festín de caníbales el día 28. De ninguna manera les niego el derecho de defender, a su Partillo, y procurar lavarlo de manchas tan ignominiosas; pero un trabajo es estéril: lo negro no se cambia en blanco jamás, por más grande que sea la habilidad de esos controversistas clericales. La tragedia lleva en sí misma el sello monástico de su origen: sólo los frailes, sólo las turbas fanatizadas por ellos, sólo la venganza religiosa, conciben y realizan actos semejantes. Mutilar, descuartizar, profanar, quemar los cadáveres, propio de chacales de iglesia: su garra y su saña, no pueden confundirse nunca con la saña y la garra de otras bestias feroces. Ahí están sus señales en el cadáver de Montero, pues clericales fanáticos, enrolados en el ejército de Plaza, destrozaron al infeliz Jefe Supremo del Guayas. Ahí están esas mismas señales, que no pueden equivocarse, con otras, en los Cadáveres de los Alfaros, Páez, Serrano y Coral: sólo los defensores de la religión se sacian en las entrañas palpitantes de la víctima, descubren las vergüenzas de los difuntos y se complacen en mirar y desgarrar aquello que la decencia y el pudor ocultan siempre; sólo los defensores de la religión han reducido a cenizas a sus adversarios, en la creencia de que el pensamiento se consume también en las llamas de la hoguera. Uno de los argumentos más poderosos de los que ahogan hoy por la inocencia del conservadorismo, estriba en la dignidad del partido católico que, en ningún caso, podía unirse a sus tradicionales enemigos, los liberales. Cuando he leído este razonamiento, no he podido menos que sonreír desdeñosamente; puesto que todos tenemos a la vista la conducta nada delicada de los mejores conservadores, en esto de participar en los despojos del Alfarismo, sin los ascos y repugnancias de que algunos alardean. No pueden unirse a los placistas, por razones de decoro y honradez política? ¿Y cómo sucedió que hubiera tantos católicos, apostólicos y romanos, empleados por el General Plaza; y esto, después de hallarse este hombre acusado por propios y extraños, como uno de los principales responsables de la muerte de Alfaro? ¿Cómo sucedió que hasta los más grandes doctores de la secta, inculcaran descaradamente esta
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unión monstruosa, indigna y oprobiante? ¿Cómo sucedió que hasta ciertos caudillos de la causa santa, se perecieran porque el General Plaza los favoreciese con un empleo público, una misión diplomática, o siquiera un consulado? ¡Ah! dignidad diría yo, parodiando la célebre exclamación de Bruto tú no pasas de ser un nombre vano, en el conservadorismo! Y cuando hablo del conservadorismo, no quiero ni puedo, hablar de todos los conservadores: hay realmente algunos honorables y dignos; y la prueba de que los hay, está en que el poeta Remigio Crespo Toral ha sido censurado por muchos correligionarios suyos, con motivo de haber dicho poeta inculcado por la prensa, la conveniencia de que los católicos rodearan, al gobierne del General Plaza, y lo sostuvieran en el poder, procurando realizar así una evolución política… (1). Incalificable doctrina de tan esclarecido conservador: ¿Por ventura se borran los abismos que dividen los partidos, se igualan y confunden los principios opuestos, se abdican. Las aspiraciones diversas, se olvidan las tradicionales y sangrientas luchas en defensa de distintos ideales, con la mera coparticipación de los beneficios del Presupuesto? ¿Acaso le basta a un Presidente radical y rojo, excomulgado y enemigo de la Iglesia, dar empleos y sueldos a los defensores de la misma fe perseguida, para quedar limpio de toda mancha y tornar a la comunión católica?... No quiero ser yo el refutador del egregio poeta Crespo Toral; y me limitaré a copiar lo que “El Ecuatoriano” de Guayaquil, diario clerical exagerado, dijo en su edición del 15 de Marzo de 1913, contra la doctrina del referido vate: “Si el General Plaza se hubiera sujetado a la republicana; prueba de los comicios, nosotros fuéramos hoy gubernistas…: no fuéramos placistas, porque nosotros en materia de personalismo, sólo aceptamos el del Mártir de la Cruz, bien que a ley de grandes pecadores, nos hallemos fuera hasta de ese yugo que dirige y no esclaviza, Pero, como el señor Presidente actual manchó de sangre ilustre (la del General Julio Andrade) el pedestal de su poder, se nos imagina que la honradez política, la caridad cristiana bien entendida, nos imponen, no solamente el deber de rehuir su alianza, sino el de combatirle siquiera en la modesta: forma permitida por nuestras flacas y aisladas fuerzas. Se dice que, si nos cerramos en la intransigencia, no dejamos el paso franco a la evolución ¿Evolución de qué? ¿Del crimen? Preguntamos nosotros: ¿si ha influido un tantito siquiera en esa preconizada evolución, el que tal cual conservador haya gobernado tal cual provincia durante el régimen liberal; y el que en alguna capital de las mismas, ciertos conservadores hayan dado su voto por el actual Presidente? Nada hemos ganado que sepamos, con ese arbitrio amalgamatorio; y, por el contrario, hemos perdido en carácter… En ciudades cuyo nombre omitimos deliberadamente, varios conservadores formaron parte de las juntas que actuaron para la elección del General Plaza; llenaron las urnas de papeletas apócrifas para sacar triunfante al Caudillo de Marzo. ¿Es esto evolutivo?...”

(1) Véase “la Unión Literaria”, Cuenca, Marzo de 1913, Pág. 114.

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Y nótese que “El Ecuatoriano” confiesa paladinamente la unión de placistas y conservadores; añadiendo que éstos contribuyeron a la elevación del vencedor en Naranjito, ora como Gobernadores, ora como miembros de las Juntas Electorales, ora como falsificadores del voto popular; de manera que esos honrados católicos no habían retrocedido ni ante el crimen para cumplir con su aliado!... Únicamente se duele “El Ecuatoriano” de que estos reprobados manejos no hubiesen influido, ni un tantito, en la deseada evolución; esto es, en la reivindicación del poder Supremo, tras de la que se va el conservadorismo en todas sus combinaciones políticas; porque ese poder es suyo propio, le pertenece por derecho divino, y aun en razón de la superioridad de dicho bando sobre el liberal-radical, según el poeta Crespo T. y sus correligionarios lo sostienen. Y “El Ecuatoriano” agrega la reveladora y valiosa confesión, de que los que escriben ese diario católico, habrían sido gobiernistas, si Plaza no hubiera matado al General Andrade; lo que quiere decir que los crímenes anteriores, la perfidia de Durán, la violación de un pacto solemne y garantizado por la fe publica, el quebrantamiento de la palabra de honor, la profanación de las formas judiciales en el simulacro de proceso contra Montero, el martirio de este desventurado General, la remisión de los demás presos para que fuesen degollados en Quito, los horrores del 28 de Enero, nada significaban para el bando conservador, ni eran un óbice para su unión con uno de los responsables de tan grandes iniquidades. Y recuérdese que el mismo “Ecuatoriano” acuso al General Plaza de todos los crímenes arriba enumerados, en su “Ojeaba histórica”, publicada en las ediciones del 31 de Enero, 2, 3, 4, 6, 7, 8, 10, 11, 12, 12, 13, 15, 17, 20 y 21 de Febrero de 1913; acusación fogosa pero razonada, llena de observaciones justas y apoyada en documentos irrecusables. ¿Cómo han podido lo escritores de ese diario, afirmar, quince, días después de esta acusación formidable, que habrían sido gobiernistas, si Plaza no hubiera hecho asesinar a Julio Andrade? No, no pueden negar los clericales la bárbara y eficaz participación del fanatismo religioso en las atrocidades del 28 de enero; ni la satisfacción, o por lo menos, la punible impasibilidad, con que gran parte de la clerecía y de los mejores católicos, miró la eliminación del Caudillo radical. Aquella sangrienta jornada, cuya ignominia se ha querido arrojar sobre todo el pueblo quiteño, pesa por igual sobre el Gobierno de Freile Zaldumbide, el bando placista y nuestro tradicionalismo monacal; tres factores de aquel Domingo Rojo, que será justamente condenado y maldecido por las futuras generaciones ecuatorianas, como ya lo es por la presente. Inútil toda defensa, par hábil y artera que sea; inútil pretender lavar esas manchas de sangre que han marcado indeleblemente a los bandos líticos y al religioso que actuaron en las terribles escenas del mes trágico. Dije ya que apenas apagadas las hogueras de los mártires de Enero, los mismos victimarios y sus cómplices comenzaron a delatarse ante ese imparcial y severo juez de los crímenes históricos; como, si juzgaran estéril todo esfuerzo para rehuir responsabilidades, por medio del silencio o de la porfiada negativa. Aún que teníamos por más alejados de la aterradora escena, contribuyeron a levantar el velo, que ocultaba a los responsables, como vamos a verlo.
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Voy a insertar casi totalmente la carta que el Arzobispo González Suarez dirigió al Obispo de Ibarra, en 18 de Marzo de 1912; porque juzgo que este documento tiene inmenso valor histórico, ya por la narración misma de los sucesos del 28 de Enero, ya por la importancia del narrador; porque este documento deja fuera de toda duda, por lo menos, la culpable inercia, la falta de claridad y de sentimientos humanitarios aún del alto clero; porque corrobora y justifica mis conceptos relativos a la conducta del Jefe de la Iglesia ecuatoriana, en el Domingo Rojo; y en fin, porque tal Carta constituye una como autoacusación del referido prelado. Esta carta fue publicada por la Curia de la Arquidiócesis, en el “Boletín Eclesiástico”, inmediatamente después de la Muerte de su autor; y dice así: CARTA INTRODUCTORIA “Gobierno Eclesiástico de la Arquidiócesis.- Ilmo. y Rvmo. Sr. Dr. Dn. Ulpiano Pérez Quiñones, Dignísimo Obispo de Ibarra. Ibarra. Ilmo., y Rvmo. Señor: Le envío la relación que V. S. Ilma. desea: ésta será la primera carta, y la otra u otras se las remitiré conforme las fuere escribiendo. Me parece muy necesario que estas cartas se conserven ocultas hasta después de mi muerte, y entonces V. S. Ilma., hará de ellas el uso que su prudencia le sugiriere: no conviene que ahora sean publicadas. Dígnese guardarlas con reserva V. S. Ilma. De V. S. Ilma., y Rvmo., afectísimo e ínfimo siervo de N. S. Jesucristo,  Federico, Arzobispo de Quito. Quito, 22 de Marzo de 1912,

CARTA PRIMERA Ilmo., y Rvmo. Señor: Para satisfacer los justos deseos de V. S. Ilma., y para cumplir la promesa que, de satisfacerlos le tengo hecha, escribo la presente carta, en la cual refiero como pasaron los trágicos sucesos del 28 de Enero. Desde el día anterior, veintisiete, que fue sábado, se esperaba en Quito la llegada de los presos y había gran conmoción popular en contra de ellos; el domingo, por la mañana, circuló la noticia de que ese mismo día en la madrugada, a las dos, habían llegado, en silencio, al Panóptico. “La víspera, a las 9 de la noche, poco más o menos, recibí yo un telegrama, en el que la señora Colombia Alfaro de Huerta me pedía que hiciera lo posible para salvar la vida de su padre. Le confieso a V. S. I. que la lectura de este telegrama me afligió muchísimo, considerando que yo no podía hacer nada para salvar la vida de ninguno de los presos. Por la mañana, cuando salí a la capilla para celebrar la santa Misa, me fue entregado otro telegrama: me lo enviaba el señor Agustín Cabezas, Intendente de

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Policía, y me lo dirigía el señor General Plaza, pidiendo que procurara salvar la vida de los presos. En ese momento eran las 7 de la mañana. “Lleno de tristeza y de inquietud quedé con la lectura; de este telegrama, y a las 8, así que hube terminado la celebración; del Santo Sacrificio, me puse a averiguar dónde estaban los presos y cuál era el aspecto del pueblo: se me aseguró que los presos habían llegado por la madrugada al Panóptico, y que la población se manifestaba disgustada y enfurecida contra el Gobierno. Para descubrir la verdad, le envié un recado al Intendente, suplicándole que me avisara dónde estaban los presos: el Intendente me contestó que los presos no habían llegado todavía, y que llegarían seguramente a las 11 de la mañana. Púseme a reflexionar detenidamente que podría hacer yo en servicio de los presos: ¿salir en persona a la estación del ferrocarril?... ¿Adelantarme yo a la puerta del Panóptico?... El pueblo estaba tan conmovido, tan airado, tan enfurecido, que era imprudente salir: habría sido yo faltado necesariamente por muchedumbre, que en esos casos no da oídos sino a sus pasiones. ¿Sería prudente salir? Se me ocurrió escribir una Súplica al pueblo, para hacerla imprimir e impresa distribuirla inmediatamente. Como era domingo, las imprentas estaban cerradas: la nuestra, la del Clero, no podía servirme, porque el director de ella hacía días que había partido para Guayaquil, y estaba confiada a un oficial, el cual en aquel momento no se sabía donde se hallaba. Por fin, recorridas varias imprentas, se logró que el señor Mantilla, dueño de la de “El Comercio”, se comprometiera a imprimir la Súplica. En efecto, ésta se imprimió, y se tiraron mil ejemplares, los que se distribuyeron, sin pérdida de tiempo: quinientos los hizo repartir el mismo señor Mantilla con sus agentes, y quinientos los distribuimos por nuestra cuenta, Serían las 11 de la mañana, cuando la Súplica fue distribuida en la ciudad, sobre todo en las calles donde se notaba mayor concurso de gente. Los presos llegaron como a las 11 y inedia de la mañana, venían en automóvil, bien escoltados. Tomaron por la calle nueva, que une la carrera de Ambato con Chimbacalle, y caminaba con la mayor velocidad posible; llegaron al Panóptico, se apearon, y, sin detenerse, entraron dentro y cada uno ocupó la celdilla que le estaba señalada. Era el medio día: las 12 en punto. Apenas se tuvo en la ciudad la noticia de que entraban los presos, acudió de todas partes precipitadamente una muchedumbre innumerable, dando gritos terribles, En ese momento me preparaba para salir a la Capilla y administrar la Confirmación, cuando oí que en la calle había gran alboroto: gritaban, ¡al Panóptico!... ¡al Panóptico! Me acerqué disimuladamente a la ventana y observé lo que pasaba… “Como en los días de verano vuelan las hojas secas, cuando sopla el viento con fuerza, así, me pareció la turba de gente, no diré que corría, sino que volaba, arremolinada en torbellino, con dirección a las calles que conducen al Panóptico. Pocos instantes después, alcancé a oír unas cuantas detonaciones seguidas de fusilería: pregunté ¿dónde se hacían esos disiparos? y se me respondió que eran Seguramente de la guardia del Panóptico… En esas circunstancias me acompañaba el señor Pablo Sánchez, mi Prosecretario, a quien V. S. I. conoce: con él tuve el diálogo siguiente: ¿Oyó Ud. las detonaciones?... ¿De- dónde provenían?
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Me parece que fueron en el Panóptico. Sin duda, la guardia ha defendido la entrada: esos disparos han de haber sido hechos para intimidar al pueblo. Pudo ser así; pero también la guardia ha podido ser atropellada por el pueblo; los que están acometiendo son muchísimos: la furia del pueblo es espantosa. Pasaría como una media hora escasa, cuando, de nuevo, se oyó gran alboroto en la plaza: una muchedumbre incontable asomaba por la esquina de la grada larga: como por encanto, en breves instantes, la plaza quedó henchida, repleta, exuberante de gente: habría más de cuatro mil almas… Traían dos cadáveres: el de don Eloy Alfaro y el de Ulpiano Páez; éste desnudo hasta la cintura; aquél del todo en cueros, enteramente en pelota. El cadáver de Páez era arrastrado de espaldas, boca arriba; el de don Eloy, en ese momento, no iba arrastrado por el suelo, sino me que lo llevaban al aire, como columpiándolo: tan apiñada caminaba la muchedumbre, que el cadáver no podía ser arrastrado constantemente (1). “Entre esos miles de gente había hombres de todas edades, mujeres innumerables, chiquillos, chiquillas: algunos tenían fusiles, y no había ni uno solo que no estuviera armado, siquiera con un cuchillo; muchos llevaban banderas de diversos tamaños, grandes y pequeñas. En los gritos se dejaba conocer la disposición de ánimo de las gentes: Por fin, habrá paz, decían. Ya tendremos paz; Ya gozaremos de tranquilidad muerto este facineroso, que no se cansaba de hacer revoluciones. “Yo intenté salir para procurar recoger los dos cadáveres pero los que me acompañaban me instaron que no lo hiciera resistí un momento, mientras acercándome disimuladamente a la ventana, observaba lo que en la calle sucedía; y luego desistí de mi intento, convencido de que mi presencia habría sido inútil para el fin que me proponía, y peligrosa para mi sagrada dignidad: las gentes estaban locas de cólera y frenéticas en su furor.

(1) Parece oportuno consignar aquí una circunstancia que la oímos de los labios del mismo Ilmo. Señor González Suárez. En los momentos en que los cadáveres de los Generales Eloy Alfaro y Ulpiano Páez eran arrastrados por la Plaza de la Independencia, un grupo del pueblo penetró al Palacio Arzobispal y se dirigió decididamente a los departamentos ocupados por el Ilmo., y Rvmo. Señor Arzobispo. Al oír el ruido, salió de su cuarto Monseñor González Suárez, y adelantándose a los del grupo, les preguntó qué querían. A lo que contestaron: Denos S. S. Ilma. el permiso para repicar las campanas de la Catedral, porque; el señor Sacristán Mayor (entonces el Pbro. Sr. José Miguel Meneses), no quiere permitirnos. Y ¿por qué quieren ustedes repicar las campanas de la Catedral, replicó el Ilmo. Señor Arzobispo. Por que, contestaron, debemos alegrarnos de que hayan desaparecido los que tanto perseguían a la Iglesia. La Iglesia no puede aplaudir esta conducta y así Uds. deben retirarse de aquí, y les prevengo que no han de poner un dedo en las campanas de ninguna iglesia, concluyó el Prelado. No hubo, pues, repiques de campanas en las iglesias, como pretendieron algunos exaltados”. (Nota de la Dirección del “Boletín Eclesiástico”).

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Los otros cuatro cadáveres fueron llevados arrastrados al Ejido, por distintas calles: todos estaban en cueros, menos el de Medardo Alfaro, el cual conservó los calzoncillos hasta que llegó al Ejido; a Luciano Coral lo arrastraban boca abajo; los otros iban de espaldas. Los que han visto con sus propios ojos cuanto pasó en El Ejido, me han asegurado que allí habría lo menos veinte mil espectadores o curiosos. “Poco después de las dos de la tarde, vino a verme el Sr. Gobernador de la Provincia, Dr. Arteta García, acompañado del Sr. Dr. Cabeza de Vaca: “El Gobierno, me dijo, ha hecho todo cuanto ha podido para evitar los sucesos que estamos deplorando hoy día; el Gobierno ya no puede hacer más: tememos con mucho fundamento que el pueblo, esta noche acometa las casas de los alfaristas y acabe con ellos: quizá V. S, Ilma., pudiera hacer algo para evitarlo”. Qué podré hacer yo, Sr. Gobernador, le respondí: me parece que el pueblo está ciego de furor: esta mañana publiqué una hojita impresa, y no fue atendida mi súplica. Su voz, sin embargo, Ilmo. Sr. Arzobispo, me repuso el Sr. Arteta, pudiera ser escuchada por el pueblo. Para manifestar cuan sinceramente anhelo por la pacificación de la ciudad, le repuse yo, saldré en persona, recorreré las calles y hablaré a los pobladores para pacificarlos. No iré solo; me acompañarán también el Ilmo., y Rvmo. Sr. Riera varios sacerdotes y algunos religiosos. Despidióse el señor Gobernador; y yo, al instante con mi familiar le envié un recado al Ilmo. Señor Obispo de Portoviejo, pidiéndole que se dignara venir al Palacio: pocos minutos después vino el Ilmo. Señor Obispo; y, sin dificultad ninguna, ofreció acompañarme. Inmediatamente mandé llamar a los Padres Jesuitas, a los Franciscanos, a los Dominicanos y a los Mercedarios, indicando que de cada comunidad vinieran cuatro o siquiera dos religiosos; y para no perder tiempo, salí luego del Palacio acompañado del Ilmo., señor Riera, del señor Canónigo, Carrera, de mi Prosecretario el señor Sánchez y del Pbro. Carlos Cadena, mi familiar: iba también con nosotros un religioso dominicano joven, el P. Lazo, compañero del Ilmo., señor Obispo de Portoviejo. Sería en ese momento las 2 y media de la tarde. En la plaza mayor había mucha, gente: grupos numerosos de hombres, unos paseándose en las veredas y en los portales; otros sentados departiendo en los bancos de piedra; otros de píe formando círculos o corrillos. Tomé la dirección hacia la grada larga de la Catedral, y atravesé despacio la plaza: todos me saludaban con muestras de atención y reverencia. El Ilmo., señor Riera había visto que un grupo numeroso tomando la dirección de la calle del Mesón había bajado hacia la Recoleta, y era de temerse que, engrosándose más, regresara a la ciudad: acordamos, pues, dirigirnos en busca de ese grupo, y, por la calle del Sagrario, llegamos a la esquina de la Compañía; de ahí bajamos rectamente hacia la calle del Comercio, y luego volteamos con dirección a la plaza de Sucre, y por la iglesia entramos en el Convento de Santo Domingo. Los religiosos nos habían dado alcance desde que estuvimos en la calle del Sagrario, de modo que, cuando llegamos los dos Prelados a la plaza de Sucre, íbamos acompañados de un cortejo respetable de religiosos, entre los cuales mencionaré al R. P. Juan Cañarte, Superior de los Jesuitas, al R. P. Fray José María Aguirre, Comisario de los Franciscanos y al R. P. Racines, Prior de los Dominicanos.
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Nuestra marcha fue muy lenta: desde la esquina de la Cruz de la Catedral hasta la iglesia de Santo Domingo nos tardamos casi hora y media: las gentes se apiñaban delante de mí y, de rodillas, pedían la bendición, exigiendo que se les dejara besar la nano; y luego muchos se asociaban a nosotros, agrupándose en torno nuestro, de modo que nuestro cortejo fue creciendo por instantes, y cuando entramos a la plaza de Santo Domingo, el concurso era inmenso y apenas podíamos andar, haciendo que los sacerdotes, con dificultad, nos abrieran camino, apartando a los circunstantes. En el Convento de Santo Domingo me detuve como una hora; y, observando que la ciudad continuaba tranquila, regrese a las 5 de la tarde, en coche, al Palacio. En el trayecto de Santo Domingo hubo gritos repetidos; ¡Viva el señor Arzobispo!, exclamaban. ¡Viva la Religión Católica!... ¡Abajo el Matonismo!... Yo procuraba hacerlos callar y les exhortaba a, retirarse a sus casas: les pedía que se dispersaran y que aconsejaran, en mi nombre, a todos que evitaran en adelante las reuniones peligrosas y los tumultos populares; les rogaba y les suplicaba que se retiraran ya a sus casas; insistí, de propósito, en que persuadieran a los demás que se calmaran, para que la ciudad continuara tranquila. Noté que mis palabras eran escuchadas con respeto y benevolencia: nadie se manifestó desagradado. Se asegura que nuestra salida contribuyó, en efecto, para restablecer la tranquilidad y el orden en la ciudad; dicen que, si no hubiéramos salido, esa misma noche habrían sido atacadas las casas de algunos alfaristas. Una medida tomada por el Gobierno fue eficaz; hizo cerrar todas las cantinas, todas las tabernas, y prohibió la venta de licores. Sin esta medida tan previsiva, los desórdenes habrían continuado. Debemos bendecir a Dios porque todavía, el pueblo conserva respeto a los Prelados y amor a la Religión… Se deseaba a todo trance que yo saliera en persona a la hora en que entraban los presos: ¿para qué?, me preguntará V. S. I. Para atribuirme a mí la actitud hostil del pueblo contra los presos, diciendo que el pueblo se había enfurecido contra ellos azuzado por mí: de ahí ese despecho, que en sus periódicos manifiestan ahora, acusándome por no haber salido. Lo que deseaban era que saliera, para atribuirme a mí la muerte de los presos. Querían también con mí salida tener ocasión para promover un tumulto del pueblo contra mí: entre los que formaban el mitin sangriento del 28 de Enero habían muchos garrotes, y algunos de ellos hasta tiraban de las sogas con que iba amarrado el cadáver del General Eloy Alfaro. EL PUEBLO FUE INSTIGADO EFICAZMENTE CON ANTICIPACIÓN: el domingo el Panóptico fue invadido no sólo por la puerta, sino por los muros laterales y los muros traseros del edificio: encaramándose unos sobre los hombros de los otros, formaron en un momento escalas improvisadas, y así penetraron dentro. Mucho tengo todavía que decirle a V.S. Ilma.; pero, como esta carta está ya muy larga, la concluyo aquí, ofreciéndole escribirle después, otra u otras, su pudiera.

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Con el más entrañable afecto, me suscribo de V. S. Ilma. y Rvmo. afectísimo e íntimo siervo en Nuestro Señor Jesucristo. Federico, Arzobispo de Quito Quito, 18 de marzo de 1912 Examinemos a la ligera tan revelador documento, que la insensatez del clero ha entregado a la publicidad, como para favorecer al esclarecimiento de las responsabilidades del conservadorismo en aquella horrible tragedia, y sentar otros sólidos fundamentos al inapelable fallo de la Historia. González Suárez confiesa que recibió la víspera el telegrama de la señora Colombia Alfaro de Huerta, que los lectores ya conocen; y que se afligió sobremanera “considerando que nada podía hacer para salvar la vida de ninguno de los presos”. Luego sabía que esos desgraciados estaban irremisiblemente perdidos; puesto que, en caso contrario, no habría podido palpar su carencia de fuerzas y medios para contrarrestar el destino fatal de las victimas condenadas al sacrificio. ¿De dónde emanaba aquella inevitable y bárbara sentencia que tanto le afligía al jefe de la Iglesia ecuatoriana? Lógico es deducir que también lo sabía; por lo misino que le era dado pesar y comparar su propia influencia y valía con las de quienes tenían resuelto asesinar a los Alfaros, y por esta comparación conocer su imposibilidad de emprender la lucha para salvarlos de esa muerte irremisible. Ahora bien, ¿cuál era el deber del sacerdote católico, del discípulo fiel de Jesús, del abnegado pastor que ha de defender, aún a costa de la vida misma, no sólo las ovejas del aprisco, sino hasta las extraviadas en los zarzales del mundo? Si eran los gobernantes los que arrastraban al suplicio a sus enemigos vencidos e inermes, González Suárez tenía la obligación sagrada de hacer todo esfuerzo para arrebatar esas víctimas a la muerte, sin perdonar energías, elevándose hasta el heroísmo, empleando la persuasión, hasta la súplica y las lágrimas, como en casos semejantes lo han hecho los santos de verdad, en defensa aun de los más encarnizados persecutores de la Iglesia. “Amad a vuestros enemigos”: he ahí el gran mandamiento, la enseña sublime del cristianismo y, en especial, del sacerdote, del discípulo del misericordiosísimo Jesús. ¿Qué concepto tenía el Arzobispo de Quito de la grandiosa misión del pastor católico, y de la caridad evangélica? Y si el ruego y la energía fallaban si la perversidad de los gobernantes no se ablandaba ni con las lágrimas del pastor, debió González Suárez denunciar el sanguinario complot y hacer un llamamiento a los hombres de bien para que evitaran ésa terrible ofensa a la humanidad, que será eterno baldón para la República ¿Por qué calló, por qué se cruzó de brazos, por qué se declaro impotente en presencia del crimen atroz que iban a cometer Freile Zaldumbide y sus cómplices, si eran éstos los que habían resuelto irremediablemente el asesinato de los prisioneros? ¿Por que no dejó oír, por lo menos, la airada y digna protesta, propia de todo corazón humano y virtuoso, contra aquella iniquidad sin precedente en la historia ecuatoriana? Y si la nefaria resolución de cometer esos actos de canibalismo, era únicamente de las enfurecidas masas populares, la obra de redención le era mucho más fácil al señor Arzobispo; porque lo mismo que hizo a las dos de la tarde de aquel día nefasto, cuando
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ya el crimen se había perpetrado, pudo hacer a las once de la mañana para evitarlo. Acompañado del Obispo Riera, de los canónigos y frailes dominicos, de los jesuitas y franciscanos, etc. nos dice el metropolitano se presentó a las amotinadas turbas; y la tempestad amainó, se disipó así como por milagro. Esas enfurecidas muchedumbres pugnaban por arrodillarse ante él, por obtener su bendición y besarle las manos. Todos esos antropófagos que acababan de ahitarse con la palpitante carne de los mejores ciudadanos gritaban a una voz: ¡Viva el Arzobispo! ¡Viva la Religión! ¡Abajo los masones! y esta colosal ovación le hace exclamar a González Suárez, después de referírnosla ingenuamente: “Debemos bendecir a Dios, porque todavía el pueblo conserva respeto a los Prelados y amor a la Religión”… Y siendo así, ¿por qué razón los obispos y el clero no quisieron amparar con ese respeto a las víctimas del 28 de Enero? ¿Por qué rehusaron convertirse en escudo y antemural de esos desventurados, defendiéndolos de las garras de tan devotos y reverentes asesinos? ¿Por qué no acudieron apresurada y oportunamente en su auxilio, para apagar el furor de las muchedumbres y desviar los golpes de los sicarios? . . . González Suárez ha pretendido exculparse de tan criminal indolencia, alegando el más vil y vergonzoso de los sentimientos del hombre: ¡el miedo! “El pueblo estaba tan conmovido, tan airado, tan enfurecido dice en su Carta que era imprudencia salir: habría sido yo faltado innecesariamente por la muchedumbre, que en esos casos no da oído sino a sus pasiones”… ¿Qué tergiversación cabe en una confesión tan palmaria como degradante? El discípulo abnegado de Jesucristo tuvo miedo de las turbas; el guardián del rebaño tembló y se atemorizó con los aullidos del lobo y abandonó las ovejas entre las zarpas de la fiera; el que debía dar la vida, por sus hermanos, corrió ante el peligro, quebrantó cobardemente su nobilísima consigna y renegó del Evangelio de manera escandalosa y práctica. Cobarde, por confesión propia, se ha imprimido este prelado el estigma de los traidores que abandonan la brecha al enemigo, por salvar unos pocos días más de triste e inútil existencia. ¿Y cómo perdió a las dos de la tarde ese cerval temor, que a las once de la mañana había ahogado en su alma hasta los más santos preceptos y sentimientos de humanidad? ¿Cómo fue que so de temblar ante el furor del pueblo, inmediatamente después de haber sido asesinados los Alfaros, y pudo salir por calles y plazas, recibiendo ovaciones de la misma multitud, que tres horas antes, lo llenaba de espantó? Cobarde y egoísta, pastor infiel, si González Suárez ha dicho la verdad, al hablar de su miedo: olvidó que Jesús dijo: El buen pastor da la vida por sus ovejas. Y si quiso paliar su inacción cuasi estudiada, por medio de una falsedad, tendríamos que convenir en que es responsable de una punible tolerancia en la perpetración de tan horribles crímenes. Y nótese que González Suárez oye las detonaciones de fusil en el Panóptico y no da señal alguna de alarma, como si las hubiese esperado: su dialogo con el Prosecretario Sánchez acusa completa tranquilidad, no obstante prever “que la guardia de la Penitenciaría ha podido ser atropellada por el pueblo…” Puede en ese momento estar perpetrándose un atentado salvaje, de esos que infaman a toda una nación; pero el Arzobispo no tiene, una palabra que revele compasión, un movimiento que manifieste zozobra, un suspiro que denote sentimientos humanos y caritativos en aquel corazón de sacerdote cristiano! Lo que en la Penitenciaría estaba sucediendo, debía suceder
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irremisiblemente: estaba acordado y lo sabía el santo y sapiente pastor, que desde la víspera se declaro impotente para evitar tamaña iniquidad: ¿para qué mostrar dolorosa sorpresa ni cristiana conmiseración? Y lo más raro es que, en vez de esa natural angustia que se apodera del alma en los momentos trágicos, González Suárez se sintiera dominado solamente por una curiosidad malsana y reveladora de los sombríos pensamientos que cruzaban por su cerebro en aquellas horribles circunstancias. El mismo nos pinta su criminal curiosidad de esta manera: “Me acerqué disimuladamente a la ventana y observe lo que pasaba, Como en los días de verano vuelan las hojas secas… así me pareció la turba de gente…” La expectativa del prelado era por demás significativa: aguardaba algo tremendo, pero como ya se ha dicho lo guardaba casi impasible, como se aguarda lo inevitable, y como si nada le fuese en ello! Iba y venía disimuladamente camino de la ventana; hasta que, después de media hora de expectación, dice el Arzobispo que se oyó un gran alboroto en la plaza… “Traían los cadáveres de Eloy Alfaro y Ulpiano Páez agrega el impasible narrador: éste, desnudo hasta la cintura; aquel del todo en cueros, enteramente en pelota”… Parécenos ver al misericordioso discípulo de Jesús, pegado a los vidrios de la ventana arzobispal, y mirando disimuladamente aquella escena de antropófagos, como quien presencia un suceso cualquiera, indiferente, o lo que es más seguro, con la risa que le retozaba en los labios, ante el cadáver del Reformador, arrastrado en pelota, a los gritos de ¡Viva la Religión! ¡Mueran los masones! Y lo vulgar y grosero de las expresiones empleadas por el sabio historiador al describir el arrastre del mutilado cuerpo del Caudillo radical, ese acto de horrorosa profanación de los restos humanos que todos los pueblos civilizados tienen por inviolables; aquellas palabras escarnecedoras y bufonescas, escogidas de propósito para relatar un cuadro horripilante, han dejado en trasparencia completa la satisfacción y contento que todavía, pasados en los meses, rebosaban del corazón del sacerdote que nos ocupa. La misma impasibilidad reveladora, la misma vulgaridad, el misma mal oculta ironía se manifiestan en la descripción que el santo prelado hace de las hogueras del Ejido en su Carta Segunda, al Obispo Pérez Quiñones. Léase y júzguese al señor González Suárez: De los seis cadáveres formaron tres grupos separados a alguna distancia, dos cadáveres en cada grupo. Don Eloy Alfaro y Luciano Coral: don Medardo Alfaro y don Flavio Alfaro; el General Serrano y el General Páez. EL cadáver de don Eloy Alfaro estaba sobre el de Coral: ambos boca abajo. Como el combustible no fue abundante, ningún cadáver, estaba enteramente quemado, sino más bien asado o astado, aunque los habían mojado en kerosene. Alguien, que, sin duda, se había compadecido de la desnudez completa del Cadáver del pobre General don Eloy Alfaro, le había echado encima un paletó viejo para cubrirlo: a las siete de la noche el paleto estaba ardiendo todavía, aunque se habían consumido ya los extremos… Hubo una circunstancia imprevista que contribuyó a dispersar el innumerable concurso de curiosos, que se habían congregado en el Ejido para presenciar la quema de los muertos, y fue la fetidez insoportable que se comenzó a percibir, así que los cuerpos
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fueron invadidos por la acción del fuego; el mal olor dispersó en un instante a los espectadores. “El cadáver de don Medardo era el que se había quemado menos; en las tinieblas de la noche los perros habían acudido y habían comenzado ya a devorarlo”. ¡Horror! Y este cuadro dantesco este espectáculo de ignominia este crimen sin nombre adecuado, no fue suficientemente poderoso para conmover el alma de aquel sacerdote, que no tuvo ni una palabra sola para condenarlo! La Carta Tercera es un enhebrado de inepcias, en las que predomina el deseo de sincerar una conducta indefendible. “A esa hora, pregunto yo dice ¿qué podía hacer para salvar la vida de los presos? ¿Podía convocarse a esa hora la Junta Patriótica Nacional? ¿Era yo acaso el Presidente de esa junta? ¿Tiene acaso la Junta bajo sus órdenes algún Batallón de soldados? ¿Ejerce alguna autoridad sobre los celadores o gendarmes de Policía?... Se ha asegurado, y hasta por la prensa, que el telegrama del señor General Plaza a mí, no fue sencillo sino insidioso.... Dejemos a Dios el juicio de las intenciones de los hombres…” ¡He ahí un discípulo de Jesús que necesitaba fuerza armada y autoridad sobre la Policía para ejercer obras de misericordia y evitar un gran crimen!... González Suárez escribió sus Cartas como defensa póstuma que había de publicarse después de su muerte; y por lo mismo, es demasiado extraño que no se halle en tan solemne documento nada elevado, nada digno, nada de lo que hubiera dicho cualquiera al hablar para la posteridad, para ser escuchado, como si dijéramos, desde el otro lado del sepulcro. ¿Dónde la santa indignación de un corazón bien formado y recto contra aquel desbordamiento de iniquidad y barbarie que ha puesto una marca de ignominia en nuestra limpia y gloriosa historia? ¿Dónde la moral pura y sublime que? debe brillar siempre en los labios del sacerdote, ora como antorcha que guía a los hombres por la senda de la virtud, ora como rayo vengador que fulmina y castiga a los perversos? ¿Dónde la misericordia y la compasión para las desgracias del prójimo, para los grandes dolores de la grey, para la desolación y amargura aun de los que más nos han ofendido con sus palabras y sus obras? ¿Dónde la entereza y el valor del apóstol que anatematiza al asesino y al malhechor sin contemplación alguna, aunque se llame Teodosio y sea dueño del imperio romano, y lo entrega a la merecida execración universal, como infractor de las eternas leyes de amor y justicia que ha promulgado el Creador y reproducido el Evangelio? ¿Dónde la espada divina que los servidores de Dios esgrimen sobre los culpables, señalándolos a la mirada del mundo, coma escarmiento, para que los crímenes no vuelvan a manchar la tierra? ¿Donde una lágrima siquiera sobre las víctimas inmoladas por el furor y la venganza más salvajes, por la cobardía y la vileza más oprobiantes, por, la maquinación de todas las pasiones ruines y rastraras, aunadas para infamar de la peor manera a la República? Cuando debía hablar con la libertad de quien quiere ser oído después de muerto, exento ya de todo mundano temor, fuera del alcance de los opresores de la patria, desde
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las alturas de la verdad eterna y bajo el ala de la justicia infalible, González Suárez se calla; sus reticencias y ambigüedades póstumas son como un homenaje a los asesinos de Alfaro, ya que no una revelación elocuente de la complicidad del referido prelado y su clero en la preparación y ejecución del crimen. Olvidóse el historiador que los ocultadores de una maldad, los que esconden el cuerpo del delito y el nombre del delincuente, se convierten en cómplices por el silencio; y que aquel que no reprueba una iniquidad, debiendo hacerlo, se hace partícipe en ella, a los ojos de la moral universal. Continuemos el examen de la primera carta del Prelado. Apenas el Jefe del Radicalismo ecuatoriano y sus tenientes habían dejado de existir, el ex jesuita González Suárez perdió el miedo y emprendió su paseo triunfal, rodeado de la gozosa Frailería, en medio de los vítores y aplausos de la ensangrentada muchedumbre que se arrastraba de rodillas a los pies de su amado pastor y le besaba las manos, ávida de bendiciones y sonrisas ¡Viva el Arzobispo! ¡Viva la Religión! ¡Abajo los Masones! He ahí la música halagadora que acompañaba al triunfador, según él mismo cuenta en su carta a la posteridad. No puede, pues, dudarse de que la saña y venganza del fanatismo religioso se unieron a la traición y perversidad de los que se habían adueñado de la República, para sacrificar al Viejo Caudillo de la democracia ecuatoriana. Hasta la nota que los editores del “Boletín Eclesiástico” le han puesto a la carta del Arzobispo, prueba plenamente la participación del bando católico en los asesinatos y profanaciones de Enero; puesto que dichos editores refieren que el pueblo acudió al Palacio Arzobispal para pedirle a González Suárez que les permitiera repicar las campanas, porque “debían alegrarse de que hubiesen desaparecido los que tanto perseguían a la Iglesia…” ¡El Arzobispo no les dio las campanas para tan impío festejo: esto habría sido delatarse; y afirman los susodichos editores que su finado prelado, al rechazar la petición de los asesinos, les dijo que la Iglesia no aprobaba esos hechos… Pudo tal vez haberlo dicho; pero este incidente prueba irrefutablemente que el miedo al furor del pueblo que González Suarez alega corno disculpa de su inexplicable indolencia era por completo infundado; puesto que sus ensangrentadas ovejas acudían a él, mansa y humildemente, pidiéndole permiso para regocijarse con repiques de campana por la obra meritoria que llevaban tan a buen término contra los enemigos de la religión del clero”… ¿Qué furor ni qué posible ataque al prelado de parte de esos fanáticos que demandaban el consentimiento de su jefe aun para cometer un nuevo sacrilegio? ¿Qué temor podían inspirar esos desgraciados que se arrastraban por el polvo ante la púrpura episcopal y le lamían las manos al hombre que creían representante de Dios? No: Gonzales Suárez no pudo abrigar temor de las turbas fanáticas de Quito, ni por un Instante: pastor y rebaño se entendían y obraban de tácito acuerdo, si hemos de juzgar por lo que la carta póstuma deja entrever al través de su nebulosidad estudiada. Si los asesinos hubieran tenido otro diverso pensar, si hubiéranse creído en camino opuesto al de su obispo, si se hubieran imaginado que sus actos merecían la reprobación del sacerdocio, no se habrían atrevido a invadir el palacio del Arzobispo, no se habrían jamás puesto ante el indignado ministro de Cristo, que podía arrojarlos, airado
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justamente por la magnitud de la maldad cometida en esos mismos momentos, y mirándolos con las manos tintas en sangre, y llevando como bandera los desgarrados miembros de las víctimas, .tan ferozmente sacrificadas. ¿Era posible que el Arzobispo temiera a esa falange de embrutecidos y devotos caníbales? ¿Era posible que González Suarez desconfiara de la credulidad y ceguera religiosa de esa plebe, a la que el clero le había atrofiado el cerebro y aniquilado la conciencia, por la continuada dominación de varios siglos y mediante la enseñanza de mil absurdos que habían transformado al sacerdote y al Obispo en seres sobrenaturales y divinos, en ministros intangibles e inviolables del Omnipotente? “El Día”, diario de la Capital, comentó las cartas póstumas del Arzobispo, lanzando las más terminantes acusaciones al Gobierno de Freile Zaldumbide; pues había ya comenzado la época de las recíprocas delaciones entre los antiguos aliados contra Alfaro. Véase lo que el referido diario dijo en su edición de 11 de Junio de 1918: La carta, sólo ha traído como nuevo, el conocimiento de los motivos que impulsaron al señor González Suarez a no oponer a las turbas enfurecidas y preparadas de antemano, otra barrera que la “Súplica”, impreso vergonzante que circuló pocas horas antes de los trágicos acontecimientos. En el capítulo de las responsabilidades, nada nueve dice la carta, ni lo dicen los comentarios. Demasiado sabemos, demasiado sabe el Ecuador como se treparó la “masacre” cómo se agudizó la venganza en el cerebro de muchedumbres ignaras, cómo se preparó el crimen cómo José Cevallos, jefe da la cochera presidencial y principia actor en la “masacre”, conversó secretamente con el Ministro de lo interior, doctor Octavio Díaz, momentos antes de lanzarse al Panóptico, “Después de todo, con haber ganado tan poco en la investigación, tal vez habría valido más no remover el avispero con la publicación de la carta. Al señor González Suárez le están haciendo un grave daño con esas publicaciones, autorizadas previamente por él, unas, y otras que se publican simplemente por haber sido escritas por el gran historiador, quizá en momentos de confidencia y abandono”.

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CAPITULO XV DESPUÉS DE LA TRAGEDIA

El General Plaza se consumía e los más ardientes deseos de cerciorarse cuanto antes del desenlace del pavoroso drama; y dirigía telegrama tras telegrama a sus amigos, preguntándoles la suerte que a los Alfaros les había cabido en la Capital. El 31 de Enero telegrafióle de Portoviejo al General Navarro en los siguientes términos: “Dígame algo de los prisioneros que fueron a Quito: estoy impaciente de tener noticias”. Esa impaciencia vehemente lo vendía; le obligaba a cometer imprudencias, inexplicables en hombre tan diestro en el disimulo. Esa incontenible curiosidad reflejaba su pensamiento y ponía al público en la pista del tenebroso secreto, que la coalición antialfarista creía haber sepultado para siempre debajo de las mismas hogueras de el Ejido. En Quito celebró el Gobierno esa horrible matanza con música: las bandas militares acudieron por la noche del 28 a la Plaza de la independencia, e insultaron la consternación pública con las más alegres tocadas como si esas horas de duelo y horros hubieran sido de general regocijo. Una densa nube de sangre cubría la ciudad de los Shiris; la tristeza y el dolor se albergaban en los corazones bien formados; la vergüenza quemaba las mejillas de los ciudadanos honrados y dignos; bandadas de perros lamían aún la sangre de las víctimas o oían sus tostados huesos; y Freile Zaldumbide y sus Ministros se deleitaban con la retreta extraordinaria de las bandas militares reunidas, como si hubieran querido interrumpir adrede aquel solemne y pavoroso silencio que había sucedido a los aullidos de las hienas humanas, o ahogar con torrentes de alegre armonía la voz del remordimiento que acaso se alzaba ya terrible en el fondo de su conciencia. ¿Quién ordenó aquella insultante y sacrílega retreta, en una noche de tanto duelo, de tanta ignominia para la República? ¿Quien fue el protervo que abofeteo los más santos sentimientos el corazón humano, de una manera tan brutal y cínica? El Gobierno; el Ministro de Guerra, Intriago; el Jefe de Zona, Fernández; los Jefes de los Cuerpos a que pertenecían las bandas; todos los responsables de la masacre, que no supieron, o no quisieron, conservar la carreta hasta el último; y propusiéronse festejar despiadada e impunemente las iniquidades cometidas. El ex-Ministro Tobar ofreció publicar un libro sincerándose de las acusaciones que le han dirigido aun escritores extranjeros, pintándolo como a director técnico de la tragedia de Enero, como la única cabeza en el gobierno de Freile Zaldumbide y, por lo mismo, mayormente responsable de lo acontecido. Y, según lo hemos visto, estas acusaciones eran por demás fundadas y concluyentes; si hemos de juzgar de la actuación de Tobar por los documentos oficiales publicados, por su empeño en que no escaparan los Generales amparados por la Capitulación de Duran, etc. El Coronel Olmedo Alfaro abunda en nobles sentimientos, a pesar de la natural y justa indignación contra los asesinos de su ilustre padre; y en 29 de Octubre de 1914,

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escribió a persona muy legada al doctor Tobar, la siguiente carta, que publicaron los periódicos de la época: Distinguida señorita: Debo agradecerle su carta, contraída a informarme de la actuación de su tío, el doctor Carlos R. Tobar, en los trascendentales acontecimientos que tuvieron lugar en el Ecuador, en Enero de 1912. Dada la calidad de la víctima, no es posible abrigar predisposición, odio ni venganza, para con las personas o colectividades, sindicadas como partícipes en la confabulación y desarrollo de esos trágicos sucesos, y es por eso que he leído las declaraciones del doctor Tobar, que considero importantes. En mi concepto, todo hombre honrado que se considera inocente de un crimen que se le atribuye, debe hacer oír su voz sonoramente, con la eficacia que requiere el caso. Esta es la situación del Dr. Tobar; él se encuentra hoy forzado a explicar al pueblo ecuatoriano, su actuación en el Gabinete de Carlos Freile Zaldumbide, durante la preparación de los sucesos; a dar explicaciones de la prensa semioficial, de la literatura oficial colectiva, referente a los hechos, de la propia oficial del señor Tobar, de sus telegramas privados y su actitud indiferente después de los crímenes. En estos casos la responsabilidad refleja proporcionalmente a la jerarquía y talla moral del individuo; y es innegable que la personalidad del Dr. Tobar sobresalía en aquellos días, por sobre la de sus colegas de gobierno y demás consejeros del Dr. Freile Zaldumbide, y del mundo político quiteño, que intervino en esos sucesos. Es por esto que su promesa de demostrar su conducta con datos más concretos, es una esperanza para sus amigos; pues su silencio equivale a aceptar una situación poco envidiable ante las generaciones presentes y venideras. Su respetuoso servidor, Olmedo Alfaro. El ex-Canciller, si estaba inocente, pudo haber derramado torrentes de luz sobre la tenebrosa maquinación de que fueron víctimas los prisioneros de Guayaquil; y tenía imperiosa necesidad de hacerlo, si no quería que la posteridad lo comprendiese entre los asesinos de Alfaro. ¿Por qué no lo hizo? Tuvo tiempo de sobra para hablar alto y claro, y hacer enmudecer a sus acusadores, Fue esperado con ansia el ofrecido libro; pero, en lugar de la deseada vindicación, llegó la noticia del fallecimiento de Tobar. Ante el mutismo del sepulcro, no puedo sino copiar aquí algunos párrafos indudablemente dictados por el mismo Tobar de la carta a que se refiere el Coronel Olmedo Alfaro; la que fue dirigida a su esposa, y fechada en Barcelona, a 28 de Septiembre de 1914, como puede verse en los diarios de aquel año, pues casi todos los publicaron, tomándola de la prensa de Panamá: Amiga queridísima: Hoy te voy a hablar querida mía, de un asunto, cuya realidad es completamente distinta de lo que cree mi amigo, el Coronel don Olmedo, influenciado tal vez por la distancia y la calumnia lanzada contra el que menos lo merece. Quiero recordarte, como digo, que el señor Alfaro está persuadido de muy distinta manera, en lo tocante a la

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muerte de su señor padre (que fue y será una vergüenza verdadera) y al papel que a Carlos R. Tobar, le atribuyen sus enemigos. Me hablaba Carlos con la verdad que acostumbra, que antes más bien sabía que el General Alfaro le apreciaba, y trató siempre de atraerlo a su lado, y que a muy elevados puestos trató de llevarlo más de una vez. ¿Por qué, decía Carlos, debía yo vengarme? ¿Cuál el motivo? En cuanto al General Flavio, dice que eran amigos; que al pasar por Panamá llamado por Estrada, lo invitó a almorzar en unión de su hijito. Coral, dice, le era agradecido y que le escribía a Barcelona con afecto. ¿Por qué, añade, pudo tener interés en sus muertes? Ni siquiera había sonado aún la candidatura de él, dice Carlos, cuando se produjeron los acontecimientos: quince días después de estar el borrador de la primera hoja de presentación de su candidatura en la imprenta de “El Comercio”, sin salir aún a luz, por pedido mío al señor Mantilla. Cuando los horrores de Enero, no había más candidato que el General Plaza. También me contaba que, sabiendo el triunfo de Huigra, se opuso a que el Ministro de Guerra hiciera tocar las bandas de música por las calles, considerando que un triunfo producido por un combate entre hermanos, era más para llorar que para festejarse. Y Navarro contestó que el público no creería en la victoria, sino se hacían las acostumbradas manifestaciones. Yo insistía, dice, en que simplemente se publicase un boletín sobrio (como lo redactó al fin el Dr. Díaz) en que deplorásemos las matanzas en guerra civil. Frase que repetí a los diplomáticos, cuando fueron a felicitar al Gobierno (sie). Me seguía refiriendo lo que sigue: tú, amanté de la justicia te fijarás: los días 25, 26 y 27 de Enero, ni siquiera fui a Palacio con motivo de la sacramentada agonía y muerte del hermano más querido de mi madre, y encargado de mis asuntos, es decir negocios, desde que me ausenté del Ecuador, Alejandro Guardaras. El domingo 28 estuve en el cementerio del Tejar, en el entierro, cuando se oyeron los primeros tiros en el Panóptico. Guillermo Guarderas, muy partidario de los Alfaros, temeroso de que le hiciese daño el populacho, entró conmigo en un coche: y fue llevado por mí a una casa que él me señalo, y al llegar a la mía, supe los tremendos sucesos. Ahora añade: La noche de esa nefasta fecha, me visitaban numerosas personas, para darme el pésame, cuando fui sorprendido de oír música en la plaza principal. Indignadísimo pasé a mi escritorio, contiguo al salón, y telefoneé a Intriago, Ministro de Guerra interino que esa noche era de luto y de vergüenza; y que hiciese cesar las retretas militares. Me contestó Intriago que iba a telefonear a los cuarteles, y debió de hacerlo, porque en breve cesó la música. Cuando Plaza me buscó, para pedirme retirase la candidatura exhibida por mis amigos, le propuse que diéramos un manifiesto firmado por los dos, solicitando cultura en la lucha electoral, tanto más cuanto que el Ecuador acababa de ser teatro de acontecimientos atroces. Lo redacté y lo llevé al General Plaza, quien me dijo que iba a consultar a sus amigos, me lo devolvió firmándole; pero sin las frases duras con que yo calificaba los acontecimientos del 28.
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Tanto crédito merece Elizalde en sus aseveraciones, que habiéndose telegrafiado de Quito (probablemente Cabrera) a Chile, los sucesos de Marzo, atribuyéndolos a mis amigos, Elizalde amplió el telegrama en los diarios, haciéndome responsable de la muerte de mi compañero y amigo el General Andrade. No he leído la publicación de Vargas Vila: según me escribe mi hijo, él creía que el diplomático citado por éste, era un aventurero ofendido conmigo, porque no dejé estafarme cuatro mil francos. Pero el director de la “Revue Americaine” de Bruselas, me escribió que debía ser el mismo Elizalde, quien se había dirigido a él para la publicación de calumnias e insultos contra mí: un pasquín le fue devuelto por intermedio mío, con una fuerte reprimenda del referido Director. Cómo las del diplomático, son todas las imposturas al respecto… y te repito, dada la ausencia del Coronel del lugar de los acontecimientos, bueno es que conozca éste una vez más la verdad, sobre estos tristes sucesos. Añade Garlitos, que una ocasión le dijo al mismísimo señor Elizalde, en Metrópolis, porque esa era siempre su idea: “Que el General Alfaro merecía una estatua, si concluía el ferrocarril a Quito”. Dice Garlitos, que es digno de notarse que, mientras en el Ecuador, teatro de los sucesos, hasta tuve muchos partidarios alfaristas, fueron Elizalde en Chile y Vargas Vila en Europa, quienes resultaron enterados de los horribles acontecimientos realizados en Guayaquil y en Quito en 1912. ¿Se quiere explicarlos? Nada más sencillo que la verdad. Los militares no obedecieron las órdenes de Freile y el desastre se produjo. Esto hija mía, es como si dijéramos pequeña, prueba; pero él puede demostrarla con datos más concretos, su verdadera conducta, en esos horribles días. Me despido, mi querida amiga, hasta pronto, no sin saludos para el Coronel, a quien te pido le enseñes esta carta. “Tu amiga que no te olvida”. ¿Tuvo el ex-Canciller otras más poderosas razones con qué demostrar la limpieza de su actuación en el Gobierno de Sangre? Es muy dudoso que las tuviese; puesto que, de tenerlas, las hubiera alegado en la carta destinada a la esposa del Coronel Alfaro, mejor dicho, a la prensa ecuatoriana. A todas luces, esa carta obra del mismo Tobar, y contiene una clara acusación a su propio gobierno y, en particular, al Ministro Intriago, a quien increpó el salvajismo revelado por las retretas militares en una noche de duelo y vergüenza para la Nación. Asimismo, acusa á los Jefes del Ejército que desobedecieron las órdenes del Ejecutivo y produjeron la catástrofe. Ésa carta refuerza, de consiguiente, los fundamentos de la culpabilidad de Freile Zaldumbide, que cobardemente, ruinmente, inexplicablemente, se conformó con la criminal y reiterada desobediencia de Navarro y Plaza, de Sierra y Cabrera, de la soldadesca imperiosa y rebelde; entregándoles, como para satisfacer y contentar a los mismos que pisoteaban sus órdenes, seis víctimas maniatadas, a las que debía protección y amparo, en su carácter de supremo depositario del poder que la sociedad emplea en sostener los derechos de los asociados y los fueros de la justicia. Tobar afirmaba que el General Plaza testó y borró ciertas frases duras con que el Canciller calificó los horrores del Domingo Rojo, en un manifiesto que ambos debían

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suscribir y publicar, pidiendo cultura en la lucha electoral, que los dos candidatos a la Presidencia de la República Plaza y Tobar iban a empeñar desde luego. ¿Por qué borro Plaza esas frases de condenación que su competir había escrito al hablar de las atrocidades del 28 de enero, en un documento que había de llevar la firma de los dos pretendientes? Si estaba inocente; si veras habíase interesado en que esos tremendos crímenes no se cometieran; si en realidad su alma que, según lo dijo a Fraile Zaldumbide y a sus Ministros, no era de verdugo miraba con justo horror aquel desbordamiento de salvajismo y perversidad; si no tenía ningún compadraje secreto con los inmoladores de Alfaro; si no que antes bien deseaba entregarlos a la pública execración para escarmiento de malhechores y asesinos; si no temía que éstos hicieran revelaciones terribles, en represalia de ese como solemne anatema de la masacré; si, por lo menos, deseaba alejar de sí propio hasta la sospecha de participación en tan grande iniquidad, ¿por qué desaprovecho deliberadamente esa oportunidad de proclamar su inocencia y declararse contra el desenfrenado cainismo de Enero, y los malvados que lo ejercieron, causando el espanto de todas las naciones?... Y Plaza no ha contradicho las gravísimas afirmaciones del ex-Canciller; luego es evidente, incontestable, que el General en Jefe de Freile Zaldumbide no quiso condenar, ni permitió que se condenara, el asesinato de Alfaro. ¿Por qué?... El silencio que Tobar guardó durante su vida, pudiendo y debiendo sincerarse, lo ha dejado sub judice; y la Historia no puede absolverlo sin pruebas justificativas. ¿Cómo explicar sus telegramas a los jefes vencedores en Yaguachi, encareciéndoles la necesidad imperiosa de no dejar escapar a los generales vencidos, a los que era preciso castigar ejemplarmente? ¿Cómo exculparlo de haber puesto su firma en el sanguinario y bárbaro Manifiesto del Gobierno? ¿Cómo disimular su impertinente nota a los Cónsules extranjeros, prohibiéndoles aceptar en sus respectivas naves a los jefes proscritos? ¿Corno perdonarle el haber resuelto que la Capitulación de Durán no era obligatoria? ¿Cómo desligarlo de la solidaridad que pesa sobre todos los miembros del Gobierno de sangre? ¿Cómo explicar su permanencia en un Gabinete de criminales y antropófagos, si él era ajeno y condenaba las atrocidades cometidas? Sin explicaciones satisfactorias de estos capítulos de acusación, de ninguna manera puede el historiador pronunciar sentencia absolutoria en favor de Garios Tobar. La prensa coalicionista de la Capital, relató al día siguiente los horrorosos sucesos del 28, como si se tratara de una representación teatral o de una función de toros: ni una palabra de reprobación para tan inauditos crímenes, ni la más pequeña muestra de compasión para las desventuradas víctimas. La prensa independiente y sensata había desaparecido desde mucho antes, perseguida por los revolucionarios del 11 de agosto; sólo dejaba oír su voz la prensa oficial y coalicionista, interesada en extraviar el criterio público y acallar hasta las tentativas de protesta. Así, los diarios de Quito no dieron importancia alguna a lo sucedido: hablaron sólo de la justicia popular aplicada a los delincuentes; es decir, reconocieron el derecho de asesinato en las turbas, aplaudieron solapadamente la eliminación efectuad, y sentaron de este modo aciagos precedentes para nuestra futura vida política.

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“El Comercio”, diario conservador, terminaba su revista con estas frases: “La índole buena de nuestra pueblo, unida a las precauciones de la Intendencia, ordenando la clausura de las cantinas, influyó decisivamente para que se restableciera el orden en la ciudad y la calma y tranquilidad entre los moradores… pasada la excitación de la ira popular, y dispersadas las multitudes, volvió la población a su natural calma, a la tranquilidad más absoluta, sin que tengamos que deplorar los desbordamientos y desmanes consiguientes, y que eran de temerse de una multitud ebria de coraje y de indignación...” No había, pues, pasado nada en la Capital; nada digno de que lo deplorasen los periódicos ultramontanos: no hubo desbordamiento ni desmanes populares, como lo habían temido los escritores de “El Comercio”; no hubo asesinatos, ni arrastre y profanación de cadáveres, ni festín de chacales; no hubo nada que pudiera infamar a la Patria: según este diario quiteño, las espeluznantes escenas de la víspera, no habían sido sino una horrorosa pesadilla, un engendro de alguna calenturienta y enferma fantasía… ¡Santo Dios!, ¿qué moral, qué criterio de justicia, qué preceptos de religión, siguen y observan semejantes escritores? “La Prensa”, órgano oficial del General Plaza, fue mucho más lejos que los demás papeles de la coalición: elogió a las claras la eliminación de los Alfaros; si bien, atribuyéndole únicamente al pueblo quiteño tan memorable hazaña. Para muestra del lenguaje de Gonzalo Córdova y más escritores de aquel diario, copiaré la siguiente estrofa; al hablar de la cual, decía “El Ecuatoriano” de Guayaquil, que así se nos arrastraba a la barbarie: “Salud, tirano sombrío, En tu desastre me pierdo Hoy que te mueres de frío Sin la piedad de un recuerdo, Bajo los cielos que mudos Contemplaron tus ultrajes, No tienes los homenajes De los, postreros saludos Y en tan negro desamparo, Y en soledad tan inmensa, El alma dice suspensa: Bien muerto está Eloy Al faro!...” Ciertamente, una prensa que así insulta a un enemigo difunto, no sólo deshonra al país en que se escribe; sino que, como decía “El Ecuatoriano”, arrastraba los pueblos a la barbarie. Pero, no era sólo “La Prensa” la que hablaba de esta manera: Miguel Valverde, uno de los asesores del General Plaza, publicó en “El Globo” de Bahía, un largo artículo bajo su firma, justificando y aplaudiendo la matanza de Quito; pintándola como un acto heroico y glorioso de los herederos de los Próceres del Diez de Agosto, los que nos dieron Patria y Libertad!... Y este escrito que en cualquier país civilizado, habría llevado a su autor a la cárcel, por disociador y maestro de inmoralidad fue
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reproducido en todos los periódicos placistas, con hiperbólicos elogios; escandalizando así a la gente moral y culta, y afrontándonos ante las demás naciones que se guían por otros principios y otra justicia. Algunos diarios del Guayas siguieron la corriente de los de la Capital; y casi todos amontonaron inmundicias sobre las víctimas, como si quisiesen disminuir la magnitud de los crímenes perpetrados, y disculpar a los victimarios. No hubo calumnia que no se renovase y agrandase contra los Generales inmolados; no hubo diatriba ni ofensa que no se arrojase, sobre su tumba: la procacidad se cebó en los difuntos, despedazando su honra, haciendo girones de su buen nombre, como los asesinos habían hecho ya con el cuerpo de esos mártires! Tras la puñalada, el dicterio; tras el descuartizamiento, la difamación; tras del arrastre, la calumnia; tras de la hoguera, el anatema: el odio de la coalición persiguió a las víctimas hasta en el fondo helado de la sepultara. Los Alfaros habían cometido tantos crímenes, que debe disculparse a sus matadores: tal era el raciocinio de los escritores públicos coalicionistas; y para comprobar el antecedente, escarbaron entre las yertas cenizas de los muertos, escudriñaron la vida pública y privada de esos mártires, resucitaron todas las contumelias y especies calumniosas que habían servido de arma de partido contra Alfaro, inventaron nuevos cargos, y acumularon tantas acusaciones sobre los Generales asesinados, que no pudieron ocultarse ya la mala fe y la protervia de los susodichos periodistas. Y aunque hubieran dicho la verdad en todo ¿desde cuándo es lícito y plausible asesinar, descuartizar y quemar a los criminales, a quienes únicamente la ley debe castigar? ¿Desde cuándo hemos dejado, de tener justicia, para que así la ejerza tan cruel y bárbaramente una horda execrable de forajidos? ¿Desde cuándo hemos vuelto, a la vida primitiva, para que se encuentre la aplicación del derecho sometida al capricho de cualquiera? Si los Generales vencidos habían cometido tantos crímenes, hallábanse sujetos a la ley penal; y por lo mismo, eran sagrados hasta que la espada de la justicia los hiriese. Sostener siquiera la atenuación del asesinato perpetrado en ellos, porque eran criminales, es conceder carta blanca a la venganza de partido, y aun a la personal; es erigir en juez del vencido, al adversario vencedor; es legitimar toda atrocidad en las luchas civiles; es retrogradar a la edad de piedra, en la que la fuerza bruta era la única ley, la única justicia. Mal sistema de defensa éste de enlodar a la victima, para limpiar al victimario: así proceden solamente los que no tienen razones que hacer valer en favor del defendido. Todos los periódicos coalicionistas contenían frenéticos aplausos, apoteosis verdaderamente insensatas, a Plaza y al Gobierno, a Navarro y aun a Sierra: éstos eran colosos, eran héroes y libertadores, eran padres de la patria, que habían llegado al pináculo de la celebridad y de la gloria. Y sobre todos ellos estaba pobre Freile Zaldumbide, como le decía el ciego Vela, brillando en el cielo de la política, cual astro de primera magnitud!... Y tan puestos estaban estos hombres en su inapelable excelsitud, que llegaron a convencerse de que componían un grupo de genios, de genios extraordinarios; y de que
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la sangre derramaba alevosamente en el Panóptico, era justicia, legítima justicia; el descuartizamiento y la incineración, eran simplemente un castigo, y castigo merecido. La voz acusadora principió a dejarse oír, tremenda como una trompeta del Apocalipsis; pero su terrífico son no pudo todavía impresionar a ese Gobierno de vandalismo y estulticia. Lo principal de Cali le dirigió a Freile Zaldumbide una fulminante protesta por la inicua victimación de Eloy Alfaro; y el Encargado del ejecutivo contestó a esa franca acusación en estos términos: “Todos los pueblos tienen su momento de locura, y la protesta de Uds. en nombre de la humanidad, es protesta contra ella misma, que por sus anhelos de justicia se desborda cuando cree que ésta tarda. Contesto la protesta de ustedes”. Este galimatías es de factura ministerial colectiva: la mano del hábil y competente Gabinete ha dejado en este telegrama, como si dijéramos, la marca de fábrica. Freile Zaldumbide y sus Ministros nada tenían que reprocharse: la humanidad había atacado a la humanidad, es decir, se había suicidado por sus anhelos de justicia, y creyendo que ésta tardaba... Esto era todo lo sucedido; y no había para qué protestar, por tan poco! He allí la mentalidad del Gobierno de Sangre; la única explicación que halló, al tener que dársela a ciudadanos extranjeros. Tan persuadidos estaban los coalicionistas de que los asesinatos de Enero habían sido un acto legítimo de justicia popular, que se prepararon en las provincias a imitar los arrastres de Guayaquil y la Capital; y esto, proclamándolo en voz alta, designando a las víctimas con la debida anticipación. Cuenca es uno como reducto y baluarte del conservadorismo; y allí, dueños los clericales de casi todos los destinos públicos, por obra y gracia del Ministro Díaz, aprestáronse para seguir tan hermoso ejemplo; y formaron listas de proscripción, en las que mistaban familias inofensivas, pero cuyos jefes eran alfaristas. En la Intendencia de Policía, a cargo de un conservador, se aleccionaba ya a una docena de mujeres públicas, para que, como en Capital, ejercieran el oficio de mutiladoras y arrastradoras. El Gobernador era un ebrio consuetudinario, que no se daba cuenta de lo que pasaba; por más que ya en las calles no era dable, transitar libremente; porque a los gritos de ¡Viva Tobar! los clericales amenazaban de muerte a todo liberal. El Coronel Juan José Fierro sorprendió las susodichas listas de proscripción, en el Despacho del Intendente, después de la cuartela de Marzo, de la que hablaré luego. Y a esto debió aludir “El Ecuatoriano” de Guayaquil, en una de sus ediciones de Marzo de 1912; en la que, después de hablar de mi rezagamiento en el regreso a la Patria, cuando era de esperarse que viniera con el General Eloy Alfaro, recomienda irónicamente a los cuencanos, que no me arrastren… “El Ecuatoriano” no quería perdonarme mi labor de cuarenta años contra el fanatismo religioso imperante; y respiró por la herida, sin poder ocultar su pena porque me haya rezagado y libertádome de la hornada de Enero. Y lo mismo que pasaba en Cuenca, si no tan a las claras, sucedía también en las demás poblaciones: la chusma conservadora estaba resuelta a cortar los miembros gangrenados y depurar la sociedad de una vez y para siempre. Y para llevar a buen término tan santo propósito, reconocieron como Caudillo al Canciller de Freile

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Zaldumbide, vínculo de unión y alianza entre el Gobierno y la sacristía. Pero, no adelantemos los sucesos, que luego me tocará hablar de este importante asunto. La aterradora noticia de los crímenes cometidos en Guayaquil y Quilo, pasó nuestras fronteras, atravesó los mares en alas de la electricidad, llenó de indignación y espanto a todos los pueblos civilizados; y cayó sobre el Ecuador la protesta mundial; el anatema de la civilización contra la barbarie, de la humanidad contra el canibalismo reinante acá, en las quiebras y riscos de los Andes. La prensa extranjera, llena de justa indignación, agotó el vocabulario del denuesto contra, un país, en el cual, en pleno siglo vigésimo, levantaba su trono de cráneos humanos la antropofagia más bestial y repugnante. Hubo quienes pidiesen a los gobiernos cultos que cortaron todo comercio y toda relación con los barbaros habitantes de esta pequeña porción de la América ecuatorial, y un diario acreditado de Nueva York insinuó la idea de que, en beneficio de la humanidad, se apoderará de nuestra Republiquilla cualquiera de las Potencias civilizadas, para educarnos y desalvajizarnos ocupándola siquiera por el lapso de cincuenta años!... No son para descritas la vergüenza y la humillación que devoramos los ecuatorianos en el Exterior: llegamos al extremo de no presentarnos en los lugares donde éramos conocidos, para evitarnos el desdén con que se nos miraba. Y tenían disculpa plena los que con tanta severidad nos trataban: ya que el Gobierno y la prensa ecuatoriana, a una voz, habían calumniado al pueblo ecuatoriano, asegurando que él fue el asesino, que él fue el antropófago, a pesar de todas las medidas tomadas por oponerse a sus instintos ferales. Crimen de lesa Patria, semejante atroz calumnia; porque con tal decir, se colgó a la Nación entera en la picota de la infamia. Obra de romanos, el restablecer el buen nombre del pueblo del Ecuador, señalando a los únicos, a los verdaderos criminales: pero, a Dios gracias, se ha conseguido, y hemos vuelto a entrar en el aprecio de las naciones cultas. Pueblo desgraciado, ha gemido bajo el yugo de los perversos, se ha debatido entre sus cadenas, sin fuerza para romperlas; más, el Ecuador no ha sido salvaje, el Ecuador no ha sido antropófago, el Ecuador no ha sido ignominia del linaje humano. Esto lo conocieron pronto todos los pueblos cultos; y nos compadecieron, lejos de maldecirnos como al principio. El Coronel Olmedo Alfaro publicó una recopilación de las principales protestas de la prensa americana y europea contra los asesinatos de Quito: el clamor de la civilización, herida alevosa y cruelmente en el Ecuador, repercutió por todos los ámbitos del mundo. Pero la prensa de Colombia y la del Perú fueron las que más duramente le increparon a Plaza por el asesinato cobarde y bárbaro de sus benefactores. Luis Ulloa, una de las plumas mejor cortadas de la República peruana, discurriendo sobre la difícil situación de su país, después del derrocamiento del Presidente Billinghurst, decía en “La Unión” de Lima, edición del 22 de Marzo, lo que sigue: “¿Que la opinión extranjera y la historia condenará la disolución del falso Congreso? Pero qué saben de historia ni de opinión extranjera los que así hablan. Lean los señores de la Junta de Gobierno todas los diarios de América y Europa, a excepción
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naturalmente de los inspirados por nuestras Legaciones y Consulados, y los del Ecuador, que inspira el gran asesino Plaza: éste sí, aprobaba la finalidad de que el Perú conserve el Congreso espurio es cierto que es gran estimulo el aplauso del inmundo tiranuelo ecuatoriano?” Plaza, su gobierno y prensa asalariada, eran el verbigracia de lo criminal y lo absurdo. Y lo notable es que en el Exterior nadie se recelaba de llamar asesino y tirano al General Plaza Gutiérrez; como si la culpabilidad de este hombre se tuviese por tan palmaria, que estaba fuera de toda discusión en el mundo civilizado. Las amargas palabras de Luis Ulloa si de rechazo abofeteaban al pueblo que toleraba tiranía tan detestable no eran sino el eco de la acusación mundial, la repetición del fallo que la civilización había ya pronunciado contra los victimarios de Alfaro. “La Crónica”, diario también limeño, calificando de acomodaticia la moral de los Estados unidos de Norte América, decía con fecha 26 de Abril de 1914: ¿Se dirá que Huerta merece un castigo, que los Estados Unidos hacen obra de salubridad internacional, que la intervención es altruista? .... Ya “El Mercurio” de Valparaíso quiere cohonestar su yankeísmo de ese modo, así como hace tres años “La Argentina” de Buenos Aires pedía la intervención descaradamente. ¿Qué habrían dicho esos diarios si en 1891 y en 1890 se hubiera pedido para sus respectivos países, en plena guerra civil, aquella misma intervención? Pero, cuando Plaza, el gran Asesino ecuatoriano, hizo estremecer de horror al mundo entero con el descuartizamiento de sus amigos y protectores en Guayaquil y Quito, cuando esa hiena con faz humana infringió a la América civilizada y humanitaria el más sangriento ultraje que jamás se le ha inflingido; cuando degolló, despedazó, profanó e incineró, en las plazas de esas ciudades, a hombres que, a pesar de todo cuanto de ellos se diga, habían sido mandatarios y políticos visibles de una república, ¿dónde estuvo el humanitarismo, dónde la alta misión política, dónde la filantropía, dónde el intervencionismo altruista de los conquistadoras del Norte?... ¿Sólo la sombra del yankeemano Madero pide venganza? La de Alfaro, no?... ¿Por qué… Es que Plaza padece también de yankeemania, es que para ir a Guayaquil y danzar la danza del escalpelo delante del cadáver de Montero, y para mandar encender en Quito las piras donde ardieron los Alfaros, el humanitario Plaza, el altruista Plaza, el filántropo Plaza, salió de Nueva York llevando en su portafolio un contrato yankee para el saneamiento de Guayaquil y otros contratos yankees para empréstitos a tipos leoninos.... Ese el humanitarismo, esa es la filantropía de los interventores la Casa Blanca… El General colombiano Sánchez Núñez testigo presencial de los crímenes de Enero escribió su abrumante libro “Fuego y Sangre”, en el que no se limitó a lanzar su airada acusación contra Plaza y el Gobierno, sino que llegó a herir la dignidad de la nación misma, que a tales malhechores soportaba. Y la pluma ígnea de Vargas Vila, de ése terrible fustigador de los tiranos indoespañoles, exhibió al General Plaza, en “La Muerte del Cóndor”, como el único y verdadero responsable de la muerte de Eloy Alfaro y sus Tenientes. Acusación tan franca y formidable, halló eco en la conciencia mundial; y está todavía resonando, como un llamamiento inaplazable al acusado, ante la justicia de la Historia, que no se ablanda, que jamás se tuerce, que no se engaña nunca.
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¡Cuánta vergüenza y baldón para el pueblo que ha sido gobernado por un hombre sobre quien pesan tan graves acusaciones!... ¿Por qué no se ha lavado el General Plaza de esas manchas, siquiera para evitarle a la República, el oprobio que tantos escritores extranjeros han echado sobre ella? ¿Por qué no ha entregado a la justicia a los asesinos, para que el condigno castigo deje limpia la reputación del pueblo ecuatoriano? ¿Qué podríamos responder ahora a la general observación, de que cada pueblo merece su suerte? Mientras los buenos ecuatorianos trabajaban asiduamente por vindicar el nombre de la Patria calumniada, los escritores de la coalición adoptaron el más estúpido medio de defensa: insistieron en difamar a las víctimas, en presentarles como merecedoras de la suerte desgraciada que les cupo; y luego, alega ron las atrocidades cometidas en otros pueblos, para disculpar y legitimar las del 25 y 28 de Enero en el Ecuador. En la Revolución francesa se degolló, se ultrajó a los cadáveres, se bebió sangre, luego el Ecuador, al ejecutar lo mismo, no ha hecho cosa digna de escándalo y reprobación universal. Los Gutiérrez en Lima fueron matados por el pueblo y colgados de una horca; luego, los ecuatorianos no tenían por qué ser censurados por nadie, menos por la prensa peruana. ¿Cómo pudieron creer que este raciocinio absurdo había de limpiarnos de las horrorosas manchas qué nos había imprimido el canibalismo de Enero? ¿Con qué, porque las tribus del Centro de África degüellan a sus prisioneros y se los comen asados, podemos hacer lo, mismo con los nuestros? ¿Con que, porque en tal casa se ha matado al padre, se ha ultrajado a la madre, se ha violado a la virgen, podemos hacer también lo mismo en la nuestra, sin que nadie pueda echárnoslo en cara? ¿Qué lógica es esta? ¿Qué moral es ésta? ¿Qué defensa es ésta? Si los clericales nos hubieran dicho a los liberales: “No extrañéis nuestra conducta, porque hemos querido guardar la tradición de la secta, y proceder conforme a nuestros usos y costumbres”: menos absurdo, y habríamos podido oírles, aunque indignados, la prueba de que el bando monástico no ha cambiado en un ápice, desde los tiempos del degüello de Beziers, de la noche de San Bartolomé, del Concilio de Constanza, de los autos de fe y otras iniquidades de factura eclesiástica. Pero, recordar y alegar; semejantes barbaridades, para rechazar las acusaciones que la civilización nos dirigía por las masacres de Enero, es el colmo de la estulticia: esos defensores le perjudicaron más al Ecuador, que el Gobierno de Freile Zaldumbide, cuando, oficial y temerariamente, lo calumnió ante el mundo. Sin embargo, la protesta mundial despertó la conciencia de los hombres del poder, y se aterrorizaron de verse bañados en sangre, y señalados por la voz unánime de los pueblos como asesinos y bárbaros. Desde entonces principió la acusación recíproca, la defensa precipitada, el lavarse las manos a competencia; y los que alas habían elogiado la justicia popular, procuraron no quedarse la zaga, en lo de maldecir a los victimarios y condenar el crimen. El entusiasmo de los futuros linchadores de provincia, helóse como al soplo de repentino cierzo; y las manos ya levantadas para herir, se bajaron y escondieron. Todos, todos comenzaron a reprobar el sistema de eliminación, a invocar los derechos de la
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humanidad, los fueros de la civilización, los preceptos de nuestra religión de amor, de mansedumbre, de caridad… ¡Hipócritas y cobardes! Temblaron ante la reprobación mundial; pero, tornarán a sus ¡hábitos e instintos de fiera, en el primer momento en que se les presente ocasión propicia. “E1 Ecuatoriano” de Guayaquil, abrió a poco la campaña contra el sistema bárbaro de eliminar al enemigo para subir al poder; y fue imitado, como luego veremos, por casi todos los órganos de la prensa clerical. La reacción fue completa; y hasta Miguel Valverde, el endiosador de los asesinos de Alfaro, no se atrevió a subir a Quito, como miembro del Senado; y se encerró en un mutismo absoluto. Mientras tanto, los placistas tomaron sobre sí el defender a su Jefe, arrojándoles los muertos, unas veces a los conservadores exclusivamente; otras, a Freile Zaldumbide y sus Ministros. Estos rehuyeron toda responsabilidad; y se la echaron, al principio embozadamente, sobre Plaza, Navarro y Sierra, como ya lo he dicho. Los conservadores tampoco se allanaron a sobrellevar el sambenito; y lanzaron su airada acusación contra el gobierno, contra Plaza, contra Navarro y Sierra, llamándolos autores de los crímenes que tanto habían alarmado al mundo. Y andando los tiempos, Plaza se fue por los extremos contra sus antiguos aliados; y llegó al punto de acusarlos oficialmente y sin embozo ante el poder legislativo. Pero no se fijó en que esa acusación recaía sobre él mismo y sobre los que todavía lo acompañaban en la tarea de oprimir y esquilmar al desventurado Ecuador: esa acusación era la piedra arrojada al propio tejado, y constituyó mi nuevo y formidable argumento con que atacarlo. A este respectó, “El Ecuatoriano” de Guayaquil, en la edición de 9 de Septiembre de 1914, decía: “Un Gobierno así, un Gobierno de los de asta y rejón, como estamos cansados de verlo desde marras, es aquél que, con técnica infernal, preparó y remató el Termidor ecuatoriano de que habla con tan justo encono el escritor Luis Ulloa. Este Gobierno y sus consejeros son responsables, según el General Plaza, de los hechos criminales que el Alfarismo entidad política que parece preocupar mucho al Jefe del Estado y la opinión imparcial del país le han sindicado, a raíz de aquellos acontecimientos. Ya tenemos sujeto de la infracción, ahora que la pena siga a los delincuentes, como la sombra al cuerpo, es todo lo que pide la comunidad en nombre de la ley. ¿Quién ejercía, en consecuencia, el gobierno de este sufrido pueblo durante los aciagos días de la hecatombe de los Generales del Alfarismo? ¿Quiénes eran sus consejeros? El Doctor Carlos Freile Zaldumbide, ese ciudadano sin carácter, el Presidente inamovible de los parlamentos que se sucedieron en la administración de don Eloy Alfaro; el “amigo de adentro” del caudillo liberal, uno que no osó, en la próspera fortuna, resistir a la voluntad poderosa del Jefe acostumbrado al pronto obedecer, ése fue el Gobierno; y los consejeros natos, los que tenían la obligación legal de asistirle con sus luces y prudencia, eran los Ministros Secretarios de Estado y no otras personas, toda vez que, ante la ciencia de la administración, y la Carta política del Estado, no se opínese que un Gobierno pueda asesorarse con otros individuos que con sus Ministros,

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con los que él nombra libremente para los negocios que corresponden al Poder Ejecutivo. Y aquí llegamos al “quid obscurum” de la cuestión, ¿Quiénes fueron esos Ministros que no: supieron impedir el desprestigio del Gobierno que servían, el de sus respectivos nombres y sobre toda consideración, el de la patria que los rentaba para que la hicieran grande y respetada, y no para que la dejaran vilipendiar como a vil ramera de motín? ¿El General Plaza ha calculado el descenso de la piedra que acaba de lanzar en desahogo de una pena que venía atormentando su conciencia? ¿Ignora acaso que entre los consejeros de Freile Zaldumbide se contaba alguno que hoy comparte con él (don Leónidas) las dulzuras del cáliz que se afana por hacer pasar como más ingrato que el apurado en la inmisericordiosa soledad del bosque de los Olivos? No creemos que el General Plaza haya olvidado que su amigo Intriago, aquel a quien postuló para la gerencia suprema del país en hora de terrible prueba, era el Ministro de Curra y Marina, el temido Marte en el efímero Olimpo de la época en que ocurrieron los, arrastres de los caudillos del Alfarismo. Pensar de otra suerte, sería suponer que bajo ese cráneo está pasando una tempestad mortal que ha eclipsado la facultad de la memoria, y con ella la noción de las cosas, lo que sería de temer por las funestas consecuencias que derivarían de tal estado de alma para la República… Pero, quos vult perdere Jupiter demantat… Nosotros, por el momento, a nadie acusamos; hacemos el papel de jurados, que en uso de un derecho incontrovertible, buscamos la convicción de los hechos denunciados, sin que nadie pueda pedirnos cuenta de los medios probatorios que han obrado en nuestra conciencia. Dichosos nos consideraremos si un severo veredicto viene a restablecer el imperio de la justicia en medio de1 caos de la impunidad más clamorosa, como las cintas esplendidas del iris derraman su claridad bienhechora después del horror de la borrasca. Ante esta situación inminente preguntamos al General Leónidas Plaza Gutiérrez: ¿es culpable el Ministro de Hacienda encargado del Despacho de Guerra y Marina, en la administración del doctor Freile Zaldumbide, de los crímenes de asesinato con todas las circunstancias agravantes conocidas, en las personas de los Generales del Alfarismo, hecho que se consumó mientras ese funcionario público integraba el gabinete del referido doctor Freile? Quedamos esperando una absolución categórica, que no se hará esperar mucho tiempo, ya que doctores tiene la ley de manga ancha, que son capaces de sacar pelotas de una alcuza”. En efecto, el Gobierno tan solemnemente acusado, habíase compuesto de los mejores y más acuciosos Agentes del acusador. Intriago y Navarro Ministros de Freile Zaldumbide son responsables del asesinato de los Alfaros, en primera fila, formando parte principalísima de su gobierno, hasta el último momento? ¿Qué clase de moral la del acusador que, después de haberse rodeado de criminales y aprovechándose de sus servicios y delitos atroces los entrega empeñosamente a la acción de la justicia?... Y, luego, ¿el mismo Plaza no perteneció al Gobierno que acusa? ¿No fue su General en Jefe, es decir, su brazo y su fuerza?

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Si el Gobierno aquel se bañó en sangre, si Freile Zaldumbide y sus ministros y consejeros deben responder por la masacre de Enero, ¿por que razón el acusador Plaza continuó sirviendo a ese grupo de asesinos hasta principios del mes de Marzo? ... Un soldado de honor no puede prestar apoyo a miserables y salvajes malhechores, por más que la desventura de un pueblo se haya colocado en el supremo poder; y quien tal hiciera, por el mismo caso se constituiría en cómplice y auxiliador de malvados. Si de verdad el General Plaza estaba ajeno a los degüellos y descuartizamientos de Guayaquil y Quito, ya que no estuvo en su mano impedir esos crímenes con la fuerza de que disponía, cumpliale separarse incontianeti del Ejército y protestar con altivez y nobleza contra esos gobernantes que habían infamado a la Nación con el crimen más espantoso que registra nuestra historia. Un hombre de bien no estrecha la mano ensangrentada del asesino, porque esa sangre mancha indeleblemente cuanto toca: ¿Qué motivos tuvo el General Plaza para hacer causa común con los malhechores, apoyarlos y, en cambio, aceptar sus servicios, sin amparo alguno, sin escrúpulos, sin tomar en cuenta que esos hombres eran reos de atroces iniquidades?... ¿Y cuál es la causa de su tardía acusación contra sus amigos y aliados de ayer? Pero retrocedamos en la narración; porque antes de que se desencadenara ese afán suicida de mutua acusación, ya estaban los cimientos de la alianza antialfarista, por las inconciliables ambiciones de los aliados. El clericalismo se creía con perfecto derecho a la reivindicación del supremo poder, arrebatado por la espada de Alfaro y la proficua labor de los liberales; Freile Zaldumbide y su mesnada aspiraban también a retener indefinidamente la usurpada autoridad, que creían haber consolidado con la sangre vertida en Enero; y, por fin, el placismo se juzgaba con mejores títulos a la dominación de la República. Todos estos contrapuestos intereses, todas estas desenfrenadas concupiscencias, todas estas envenenadas rivalidades, fermentaban todavía en las tinieblas; pero no tardaron en estallar y producir sus más funestos efectos. Con la eliminación de los Generales que sostenían la bandera del radicalismo, creyó Plaza haber sellado su triunfo: atribuyóse las glorias de Huigra y Yaguachi si glorias pueden llamarse esas carnicerías de hermanos sin haber luchado en aquellos trágicos lugares; recogió en todas partes, laureles y coronas que no merecía; se embriagó con el zahumerio que le prodigaban las facciones antialfaristas, las que lo aclamaban como libertador de la República; se adueñó del Ejército, haciéndolo solidario en todos sus actos; y ya no vio en su camino al poder, ningún obstáculo, ninguna piedra en que pudiera chocar su triunfal carrosa. Los muertos no hablan; los brazos carbonizados no manejaban la espada; los corazones arrancados y yertos; ya no palpitan con el fuego del patriotismo: ¿quien quedaba en el Ecuador para alzar bandera y contrarrestar la tiranía del héroe de Naranjito? ¿Por ventura el gobierno de Freile Zaldumbide? Ese gobierno no era sino un retablo de ensangrentados títeres, que el hábil malabarista manejaría a su talante, y según conviniera a sus intereses. Ese gobierno era así como el cabrón de Judea, escogido para instrumento de altas y lucrosas maquinaciones; y había llegado ya el
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momento de entregarlo al anatema de Dios y de los hombres, cargado con todas las iniquidades de la coalición antialfarista. La obra nefanda estaba consumada; y el instrumento gastado, descompuesto, cubierto de orín y de sangre, debíase romper y abandonar, por ya inútil. ¿Podía acaso infundirle temor al victorioso General? Plaza nada temía, de ese fantasma, sumido ya en el mayor desprestigio y carente de toda especie de fuerza para resistirle; y resolvió en sus adentros, desligarse de él, y echar resueltamente por diverso camino. De los radicales a los que despectivamente llamaba los huérfanos tampoco tenía nada que temer: había decapitado, mutilado al radicalismo: y un partido sin jefe, sin brazos, es un cadáver político. El Alfarismo, para reaccionar, y ponerse en aptitud de combatir al tirano, necesitaba mucho tiempo y muchos sacrificios. Los conservadores todavía lo adulaban, y muchos de ellos habían sido sus cómplices; y, aunque el astuto barbacoano no les daba entero crédito, y los miraba siempre de reojo, no les tenía miedo alguno. ¿Quién era capaz de oponerse a su elevación y omnipotencia? Y cuando regresó de Manabí, habló ya como dueño del cacicazgo, como soberano absoluto de esta desventurada tierra: el cambio de su actitud fue completo y notable para todos. Llegó a Quito en hombros de la chusma conservadora, más que de los placistas; y desde Chimbacalle, lugar de la Estación, hizo conocer que el era el amo: despreció la compañía de Freile Zaldumbide sus Ministros; despreció la carroza de gala y el caballo de áureos paramentos, que el Gobierno había preparado para que el triunfador ocupara a su elección; y se arrojó en brazos de la hez del pueblo; recibió besos y caricias de la mugrienta y haraposa muchedumbre, para hacer creer en sus sentimientos profundamente democrático; y a pie, en medio de la turba, ahogándose en el polvo del camino, pero repartiendo sonrisas y saludos a la plebe, dio con su persona en la casa que debía hospedarlo. Los individuos del Gobierno habían concebido desconfianzas de la fidelidad y gratitud de su General en Jefe; pero jamás sospecharon siquiera que así, exabrupto y sin causa, les volviera las espaldas, despreciándolos Con marcada ostentación, ante todo el pueblo capitalino. Avergonzados y mohínos regresaron por diversas calles, los desairados gobernantes; y dedujeron de su triste aventura, que el amo que habían elegido, los arrojaría en breve del Capitolio, sin consideración alguna y a puntillazos. Soberbios y vanidosos, tratáronlo de ingrato, de traidor, de pérfido, en medio de su discusión secreta: se dieron por caídos, tal vez, por arrastrados: por la primera ocasión, se presentó a su vista aterrada, el espectro de la venganza del partido radical, al que ellos habían vendido y decapitado: temblaron ante el porvenir; y se trazaron un plan político para contraminarle a Plaza sus intenciones siniestras y mantenerse en el poder. Esto era capital para ellos; porque, si descendían del mando, la justicia los alcanzaría como a un criminal cualquiera, la venganza del radicalismo los aplastaría como a reptiles, quizá con aplauso del felón General en Jefe. Esta perspectiva era por demás atormentadora para Freile Zaldumbide y sus cómplices: era menester anular a Plaza, birlarle la Presidencia de la República, Sambenitarlo con todos los crímenes de Enero, anonadarlo eliminarlo también, por ingrato y por pérfido. Fue la resolución que
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tomaron; y el hábil intrigante de la Camarilla, Díaz, mostró a sus colegas la única tabla de salvación que se les ofrecía; la estrecha alianza con el partido conservador. Díaz disertó largamente sobre la necesidad de esta unión que daría por resultado un gobierno del justo medio progresista y apoyado por los hombres más eminentes del conservadorismo y de la facción gobiernista, con un jefe liberal moderado que garantizara los intereses y principios de los aliados, por igual. Esta era una teoría especiosa de la traición al liberalismo: era la manera disimulada de entregar la Nación en manos de los clericales terroristas. Díaz había tenido siempre en mira esta evolución política; y desde antes del 11 de Agosto, mantuvo correspondencia tirada con los conservadores, especialmente con los de Cuenca, para realizar su traidor propósito. Y caído Alfaro, comenzó a Colocar en los principales destinos públicos a los conservadores más intransigentes con el régimen liberal; a los mismos que, como Ministro don Eloy, había encargado trabajar por el triunfo de la candidatura de Emilio Estrada, a fin de injertar en la nueva administración, el elemento clerical. Intriago y Navarro, dicho sea en justicia, eran radicales y placistas de tuerca y tornillo; y como tales, nunca concurrieron a estos conciliábulos del círculo íntimo de Freile Zaldumbide; y, si sospechaban lo que pasaba, ignoraron siempre los detalles de la traición meditada. Y tanto mas, cuanto que los traidores acordaron continuar engañándole a Plaza; porque Díaz afirmaba que debía combatírsele al felón con sus propias armas, con la felonía. Adoptadas las teorías del Ministró de lo Interior y Policía, principiaron esas negociaciones secretas y turbias que engendraron los crímenes de Marzo y el rompimiento completo con el General Plaza, como más adelante veremos; pero quiero dejar sentado que Díaz fue el traidor que le arrastró a Fraile Zaldumbide a esa serie de desaciertos que lo arruinaron por completo, en el concepto de todos los partidos y de todos los hombres de bien. Díaz es el principal si no el único responsable de las nuevas calamidades que voy a narrar: su proyecto de sacrificar a todo trance la doctrina liberal en aras del tradicionalismo, fue el de la anarquía y de las desgracias que todavía azotaron, y azotan hasta ahora, al desgraciado Ecuador.

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CAPITULO XVI ALIANZA DESHECHA No se mantuvo tan secreta la hostilidad del Gobierno para con Plaza, que no causara zozobras en la opinión, desde que se inició la contienda electoral. Los rumores más contradictorios e incoherentes, circulaban en todos los centros sociales y políticos, y producían intranquilidad y alarmas en el ánimo de los ciudadanos. Parecía inminente el rompimiento del Gobierno con su General en Jefe; y se hablaba ya, si bien en voz baja, de una nueva guerra civil, no muy lejana, que consumaría la ruina de la Patria. En medio de estas inquietudes y temores, Plaza impuso su candidatura, y la hizo adoptar en todas las poblaciones de la República; aparentemente, sin oposición del Gobierno ni de los demás partidos. Pero el Ministro Díaz había dado comienzo a la labor de zapa acordada; y propuso, por lo bajo, la inconstitucional candidatura de Freile Zaldumbide; quien para ese entonces, había caído ya en el más grande desprestigio en que puede caer un hombre público. Riéronse todos de tan necia y ridícula postulación; y el hábil intrigante Díaz recibió su primer desengaño, el primer fracaso de su teoría salvadora. En vista de esto, púsose de acuerdo con los clericales, los mancomunó a sus proyectos políticos, les entregó ya las prendas más seguras de alianza, e hizo exhibir en una hoja volante, la candidatura del Canciller don Carlos R. Tobar. En seguida, el diario ministerial, adoptó y reprodujo en sus columnas de honor, volandera exhibición; y el señor Tobar resultó de pronto, ungido con el carácter de candidato oficial. Volvía pues a sonreírle la fortuna al bando clerical; y el entusiasmó do los conservadores rayó en delirio, en todas las poblaciones del interior. Los tradicionalistas se reorganizaron en numerosos centros electorales, fundaron periódicos para defender su causa, contaron con un triunfo seguro, y hasta rompieron prematuras hostilidades contra el placismo y los Alfarista caídos. No se oía sino el incesante gritar de ¡Viva Tobar! ¡Abajo Plaza!; y tras los gritos, venían las amenazas, los choques, lo escándalos diarios. No era ya posible ocultar la resolución tomada por el Gobierno; y, al fin, manifestóse francamente enemigo de la candidatura (Plaza. La guerra quedó declarada; y Tobar, al que Plaza había hecho venir y convertídolo en Canciller no tuvo embarazo en ponerse frente a frente de ese amigo tan querido, según repitiera antes a cada paso. Por odio a Plaza, muchos liberales había aceptado la candidatura de Tobar; pero el delirante entusiasmo del tradicionalismo, en pro de dicho candidato, despertó recelos, y principio el retiro de las poco meditadas adhesiones del partido liberal; lo que era comenzar el desmoronamiento del edificio que la traición del Gobierno estaba levantado arteramente contra los verdaderos intereses del pueblo. Tobar lo comprendió así; y trató de restablecer confianza de los liberales, mediante un Manifiesto, en el que se declaró genuino partidario de la doctrina liberal; y ofreció sostener todas las reformas sociales obtenidas en los quince años de dominación del radicalismo. Manifestó tan hipócrita y falaz, no podía engañar a los liberales que ya tenían muy abiertos los ojos; y, por lo contrario, desagrado profundamente aun a los
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conservadores de doctrina y de dignidad: la candidatura Tobar principió a derrumbarse. Sin embargo, la multitud del conservadorismo, que se iba decididamente tras el triunfo de su causa, no vio, no quiso ver aquel comienzo de derrumbamiento, por más que los hombres notables de secta le hubiesen vuelto las espaldas al Canciller. Sobre todo en provincias interioranas, continuó la fiebre tobarista; y por nada del mundo habrían cejado en su empeño los clericales que se llamaban ya dueños de la República. Mas, Tobar y Díaz veían más claro: el retiro del apoyo liberal, la defección de los principales conservadores, la mala voluntad del Ejército entero, reducían el tobarismo a un círculo relativamente pequeño: los empleados inferiores, los cuerpos de Policía y la chusma clerical que todavía cerraba los ojos a la verdadera situación, eran todas las fuerzas efectivas del Gobierno para la acción definitiva que iba a librarse después de pocos días. Y estas mismas fuerzas habían de disminuir progresivamente, hora tras hora, a medida que se desgarrase el velo que iría la maquinación política de una mitad del Gabinete contra la otra mitad; pues no era posible continuar el juego por mucho tiempo, a espaldas de los dos Ministros placitas. Era, pues, urgentísimo e indispensable buscar un refuerzo, un medio eficaz que salvara la candidatura oficial de un inminente naufragio; y Díaz, fecundo en ardides políticos, acordóse de Julio Andrade, único capaz de dividir y atraerse al Ejército, fuerza poderosísima en que se apoyaba el General Plaza. No podía ser más hábil esta maniobra; y se procedió sin pérdida de tiempo a formar una nueva coalición contra el General, en je Jefe. Andrade aspiraba también a la Presidencia; y en esos misinos días pensaban exhibir su candidatura algunos liberales desengañados de Tobar, y varios elementos políticos que habían permanecido ajenos a la desastrosa administración del Gobierno de Sangre. En efecto, la postulación de Andrade hubiera sido apoyada por gran parte del Ejército; pero al descender el nuevo candidato al palenque electoral, complicaba terriblemente la situación, y provocaba una súbita borrasca. Las fuerzas andradistas indudablemente, habríanse equilibrado con las adversas; mas, por ese hecho mismo, la lucha legal había de trocarse en lucha-sangrienta. Tobar y Díaz no pararon mientes en estos graves peligros, pues los dominaba el ciego empeño de dividir y disgregar el placismo, a fin de obtener un fácil y seguro triunfo; y, como lo tenían resuelto, engañaron al General Andrade, ofreciéndole que el Canciller retiraría oportunamente su postulación, para que él constante con el pleito apoyo oficial. Andrade era de inteligencia sobresaliente y bastante versada en política; pero la halagadora perspectiva de lograr sus aspiraciones lo cegó, y cayó en el lazo de la manera más incauta y lamentable. Subdividido así el partido liberal, de hecho quedó el conservadorismo como árbitro de la situación; puesto que, a falta de candidato propio, podía apoyar al postulante que mejores garantías le ofreciera, que más dispuesto se mostrase a sacrificar la causa de la Regeneración ecuatoriana, y tornar a los tiempos de antigua teocracia. El bando clerical asumió de este modo el peí de dirimente en la contienda electoral; y abrió negociaciones con Andrade, a quien prefería sobre Plaza, y aun sobre Tobar, que había perdido terreno en el ánimo de todos los ecuatorianos.
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¿Cuáles fueron las cláusulas de esta absurda alianza? Es posible que el tiempo las revele a la Historia; pero el hecho es que Andrade aceptó el apoyo ofrecido por él alto clero y los principales tradicionalistas. Julio Andrade se olvidó del brillante porvenir a que estaba destinado; no alcanzó a conocer la falaz actitud del conservadorismo y del Gobierno; y apresuróse a prestar su aceptación a una alianza ambigua, turbia y desdorosa, incoada por la pérdida del Gabinete y la mala fe fiel clero. Fue el más grande de los errores que podía cometer un político de las prendas de Andrade; porque, prestar su nombre, tan de ligero, a un Gobierno que lo llamaba únicamente para escudarse con él, en los momentos mismos en que se desplomaba bajo el peso de una montaña de crímenes; y dar crédito al clericalismo, que jamás podía transigir con los principios liberales» era perderse sin remedio, cerrar los ojos y precipitarse al abismo. Y más todavía, cuando tenía a la vista la prueba irrecusable de la doblez de Freile Zaldumbide y sus consejeros; ya que ese mismo aplazamiento de la renuncia de Tobar a su candidatura, era una revelación clarísima de que no se jugaba con limpieza. Si Freile Zaldumbide y sus subalternos habían cambiado de candidato, lo obvio, lo natural y honrado era comenzar por el retiro solemne de la postulación del Canciller, como le habían ofrecido al nuevo aliado: y éste no pensó siquiera en exigir el inmediato cumplimiento de esta promesa, dejándose llevar de una confianza inexplicable en persona avisada, y en esos días en que imperaban la felonía y la traición en todas las escalas políticas. El mismo Tobar debió proceder caballerosamente, si de verdad Julio Andrade era e1 escogido para la futura Presidencia de la República; pero hizo lo contrario: mantuvo su nombre en la discusión eleccionaria, conforme a los acuerdos con Díaz. Entre tanto, la discordia fermentaba y subía de punto: transformándose en armas dé partido, las recíprocas acusaciones sobre los asesinatos de Enero, como ya lo he dicho en capítulos anteriores; y, manifiesto va, manifiesto viene, arrojáronse a la ira las pruebas de la culpabilidad de cada uno de los contendientes; descubrieron torpemente los secretos de la coalición; publicaron documentos reservados y condenatorios; en una palabra, yantaron el telón con mano airada, y le mostraron al asombrado público una gran parte de la verdad. Alarmados algunos placistas y gobiernista con estas monstruosas y comprometedoras revelaciones, propusieron que se reuniera una Junta de transacción entre, los tres candidatos, a fin de poner término a tan anómala situación; pero Plaza se negó: no quería oír nada que significará abnegación y patriotismo, nada que pudiera conducirlo a la renuncia de sus desenfrenadas ambiciones, ni en atención a la necesidad de sellar los labios a sus acusadores, y ponerlo al abrigo del terrible fallo de la Historia. Consumíale a Plaza la concupiscencia de poder y lucro; y hablarle del conveniente y patriótico retiro de su candidatura, equivalía a echarle agraz al ojo, como decimos; a herirlo en lo más vivo y transformarlo en mortal enemigo de quienes tan saludables consejos le dieran. ¿Acuerdos patrióticos, abnegación, desinterés? Ni pensarlo: sus adversarios, sus émulos eran los qué así discurrían y se producían hasta por la prensa; pero él no daba tu brazo a torcer, porque la presidencia era el imán de su

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alma, lo único que había buscado entre la sangre y los 'horrores de Enero, y había de ceñirse la ambicionada banda, a despecho de la maldición universal que lo abrumaba... ¿Cómo aceptar que quedasen estériles las masácresele Guayaquil y Quilo? ¿Para qué había él mismo pisoteado la fe pública su honra militar con el cínico quebrantamiento de las Capitulaciones de Duran? ¿De qué serviría el dilatado e ímprobo trabajo en la urdiembre de crímenes que, si espantaron al mundo, dejáronle abierto el camino que conduce al Capitolio? La negativa a una transacción disgustó a muchos, hasta a Manuel Calle. Plaza no fue consecuente; ni con este escritor muy digno abogado de semejante cliente: y, en un momento en que creyó que ya no le era necesario el asalariado periodista, llamóle borracho, degenerado y otras cosas más en una correspondencia presidencial, dirigida, a "El Telégrafo" de Guayaquil. "Plaza era el corresponsal X del mencionado diario. Aunque no era nuevo ni calumnioso lo que Plaza decía de su defensor, éste sintió los escozores de la bofetada; y se propuso devolver golpe por golpe, aún a riesgo de contradecirse y revelar secretos depositados en él, cuando corrían mejor sus relaciones de amistad. En seguida le contestó a dicho Presidente, exhibiéndolo como corresponsal del mentado diario, en el que Plaza resguardándole con el anónimo solía insultar vil y vulgarmente a sus enemigos; hizo la apología de la embriaguez y habló con elogio de los grandes borrachos que, no embargante su dipsomanía, habíanse conquistado celebridad en la literatura de Francia, Inglaterra y otras naciones; y terminó aconsejando a los jóvenes ecuatorianos que beberán, pero sin dispendios, es decir, bebidas económicas, por ejemplo, anisado con soda ... He ahí pintadlo Calle por su propia mano. Y este, hombre inducido y pagado por el placismo ha insultado y calumniado por veinticinco años a lo mejor y más granado de la República, como si dijéramos, a destajo, a tanto por dicterio, mediante una tarifa de la contumelia y la procacidad más desenfrenada, y cínica. Pues éste mismo ha descorrido algunas puntas del espeso velo que envuelve la política de Plaza; y en “El Grito del Pueblo Ecuatoriano”, edición del 5 de Marzo de 1916, afirmó que dicho General no tuvo otro pensamiento que la presidencia de la República, desde que pisó la ciudad de Guayaquil, merced, a la felonía con que despedazó las Capitulaciones de Durán. Calle dice así: “Aquí cabe un recuerde personal. Al día siguiente de la entrada del referido señor Plaza en la ciudad cíe Guayaquil, después de la función de Yaguachi, el autor de estas líneas fue a verle en el edificio de la Gobernación, por razones de buena amistad y simpatía. Hallóle entre una nube dé gente adicta que con el Vencedor bajaban las escaleras de la casa, y no bien le saludo, fue por él llevado aparte, y recibió esta orden extrañísima: Hay que trabajar inmediatamente el Manifiesto. ¿Qué Manifiesto, General? ¡Hombre! El de la candidatura. ¿Pero qué candid-iattir.it? La mía, pues, a la Presidencia de la República. No se haga el nene. ¿Y qué digo?
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Lo que.-se dice siempre. Horas después le leía el improvisado documento, aislados los dos en un rincón de una de esas oficinas, mientras los Cónsules extranjeros que andaban en el enjuague de 1a capitulación y las garantías, se mordían los puños, de impaciencia, en el cuarto inmediato. Que me llamen al Intendente, Coronel Gallardo; ¡Mi General! Oiga, don Enrique: hágame el favor de ir volando con este documento donde Castillo, el de “El Telégrafo”, y que lo publique para esta misma noche en hojas sueltas. Entusiasta y acucioso era el Intendente: montó a caballo y pico espuelas con dirección a la imprenta, con tan mala ventura ¡ay! que a las puertas de ella cayó su rocín y por poco se quiebra una pierna. El presagio era malo. Felizmente para el señor Gallardo, no le auguró sino quince dolorosos días de lecho forzoso, y en qué circunstancias! Y cabe preguntar: ¿por qué esa precipitación del señor Plaza en un asunto que podía considerar como resuelto en favor suyo? Temía complicaciones en un futuro inmediato, a causa de la debilidad o de la escasa buena fe del Gobierno, y, además, palpitaba a su lado la mala voluntad ya demasiado notoria, del general Julio Andrade. Véase la, clave de los tenebrosos procedimientos del General Plaza: todo se explica y comprende, tomada en cuenta la desmedida ambición que lo dominaba, lo enloquecía y precipitaba un por la pendiente más abominable, mostrándole en el fondo del abismo el logro de sus concupiscencias. Así se explica que no hubiera acogido favorablemente la siguiente carta que algunos de sus más adictos y admiradores le l dirigieron, deseosos de evitar calamidades a la República; y porque palpaban las resistencias, de la voluntad general a las ambiciones de su amigo. He aquí este documento que pone más en relieve el siniestro carácter del General Plaza: Guayaquil, 27 de Diciembre de 1911. Señor General don Leónidas Plaza Gutiérrez. Quito. Señor General: Por singulares circunstancias, bese hoy el país, como en pocas ocasiones, en circunstancias de elegir, con relativa libertad, un Presidente de la República. No es, pues, de sorprenderse que los ecuatorianos todos nos aprestemos a llevar a la primera Magistratura, al ciudadano que juzguemos más digno. Un numeroso grupo, del que forman parte los que ésta suscriben, viene a pediros, señor General, vuestro valioso apoyo, nuestra prestigiosa influencia, a favor de una candidatura civil, en la seguridad de que, con la lealtad de militar y caballero que os caracterizan, no podréis desoírnos. Se trata, señor General, de una bien conocida personalidad, se trata de un ciudadano probo y de vastos conocimientos, se trata del más importante de los colaboradores en vuestra administración, se trata acaso, del más amado de vuestros amigos: del Dr. Alfredo Baquerizo Moreno.

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Militar pundonoroso, os habéis proclamado enemigo del caudillaje; republicano abnegado habéis anatematizado banderías opresoras; caballero generoso, os habéis declarado defensor de las prácticas democráticas. No podéis, pues, sin contradeciros, negar vuestra firma y vuestro apoyo a nuestra patriótica candidatura. Venimos a decir a vuestro reconocido patriotismo: General, nadie mejor que vos, sabe que no conviene al país un Presidente militar; rendid acatamiento a altísimos méritos civiles, y aconsejad a todos vuestros amigos que voten por el eximio ciudadano, Dr. Baquerizo Moreno. Venimos a decir a vuestra hombría de bien: General, vuestra lealtad, vuestro republicanismo, os ponen en la obligación le trabajar por el triunfo de la candidatura del Dr. Baquerizo, y esto quedan esperando de vos, vuestros conciudadanos, vuestros amigos. Es la verdad, General, no podéis negaros a nuestra anhelante petición; tenéis que respetaros a vos mismo y a vuestras declaraciones, tantas veces repelidas. No os pedimos un sacrificio, pues no sois un ambicioso vulgar. Y aún en el caso del sacrificio, si del sacrificio de una vanidad, de una ambición se tratara, ¿qué vale todo ello, si es por la felicidad de la patria, en cuyas aras saben los hombres de corazón que vidas y haciendas han de ser sacrificadas? General, ¡Por el Dr. Baquerizo Moreno! Venga pronto, pues, vuestra respuesta; que los ecuatorianos conozcan, una vez más, vuestro desprendimiento y alteza le miras; que amigos y enemigos vean cómo sois el primero en poner vuestra espada al servicio de la sabiduría y la inteligencia, como paladín de egregios ideales, como mantenedor del orden republicano y dé la paz progresista. Sólo así seréis amado del pueblo, de este pueblo cansado ya de ser mandado por espadas. Vuestros atentos servidores y amigos, I. Robles - Lautaro Azpiauzu - Pedro J. Rubira D. - E. Cueva - Juan Illingworth - Martín Avilés - Gabriel Pino Roca. Plaza desoyó la voz de sus mejores amigos; se mostró ajeno a todo sentimiento desinteresado y noble; inaccesible a esos estímulos del patriotismo, que mueven y enardecen los corazones bien formados; incapaz de esos arranques de abnegación y sacrificio, que tan propios son de las almas superiores, aun en los momentos en que las pasiones se esfuerzan por apartarlas de la senda del deber y la verdadera grandeza. Pero, al encerrarse tan tenazmente en su egoísmo, no midió las consecuencias de su negativa; no pensó en la sanción de la Historia, en ese infierno de los grandes afrentadores de los pueblos; en ese infierno más espantable que teológico, porque en él, están obligados los precitos a presenciar el eterno desfilé de las generaciones humanas, que pasan maldiciéndolos sin piedad, azotándoles el rostro con látigos de fuego, sin que jamás acabe su tormento. Continúenlos la narración. Enardecidos los bandos contendientes hasta el frenesí, ya no escucharon ni los consejos del instinto de conservación; desecharon los múltiples presagios de un próximo desastre; cerraron los ojos para no ver el rayo que serpeaba sobre sus cabezas; y la tormenta los sorprendió cuando menos se pensaba en ella.
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Freire Zaldumbide sospechaba con razón, que Navarro, Ministro de Guerra, y los jefes de la guarnición de Quito, se oponían los proyectos políticos que traía entre manos; y resolvió destituir, por lo menos, a los más sospechosos y hostiles. El General Navarro, como era natural, se negó a dictar la baja de dichos jefes; y Freire Zaldumbide, después de increparle tan grave desobediencia, destituyó imprudentemente a su Ministro de Guerra, y ofreció esa Cartera a Julio Andrade. Testigos oculares de esta escena culminante del drama marcista, la han referido muchas veces por la prensa; y esos relatos manifiestan que todos los actores en la nueva tragedia, amontonaron ciegamente, fatalmente, inconscientemente combustible sobré combustible, sin pensar en que la conflagración consumaría ruina de la Patria. El mismo Freire Zaldumbide, tan tímido y para nada, habiéndose entonado con el apoyo del General Andrade, se atrevió a encararse con su General en Jefe, y mostrar bríos del todo ajenos a la índole medrosa y débil del infeliz Presidente del Senado. Pero, esos mismos extemporáneos arranques de energía que diríamos galvánicos fueron la llama imprudentemente aplicada a la hoguera. En todas las situaciones críticas de la vida, lo único que puede salvar es la energía de carácter, unida a la luz de la inteligencia; pero, esas arrogancias ciegas y efímeras, esas indecisas fanfarronadas que se encienden y apagan como fuego fatuos, que amagan y no hieren, que emprenden carrera suelta y se paran de súbito, cuando es menester dar el salto y salvar el abismo, jugando el todo por el todo; esas arrogancias de los pusilánimes son fatales en política, porque no hacen otra cosa qué despertar, advertir y encolerizar al enemigo, cuando debe sorprendérsele con resolución y rapidez. Los términos medios en los momentos de crisis, pierden sin remedio; y Freire Zaldumbide malgastó su 1 tiempo en estériles amenazas y equilibrios infantiles, hasta arrastrar en su caída a Julio Andrade, que tan decididamente le prestaba apoyo. El General Plaza se había presentado inesperadamente en casa del Encargado del Ejecutivo, en la mañana del 4 de Marzo; Y convenciéndole con acritud e insolencia, por estar maniatando al partido liberal para entregarlo a los conservadores. De la reconvención pasó a la amenaza; y dijóle sin embozo alguno, qué contaba con el Ejército y no permitiría una traición a la causa radical. Freile Zaldumbide sintió escalofríos ante la manifiesta rebelión de su Comandante en Jefe; y llamó incontinenti al General Andrade, de quien había hecho su escudo y su paño de lágrimas. Reconfortóse con la presencia del valeroso General; y acordó con él proceder con mayor firmeza, y evitar toda alteración del orden promovida por los cuarteles. Debían comenzar por destituir al Coronel Sierra, y a los Comandantes Oliva y Salas, jefes que habían desempeñado un papel principal en los horrores de Enero; pero cuya fidelidad al Gobierno era más que dudosa en aquellos instantes. Con este fin había sido llamado el Ministro de Guerra al Despacho presidencial al medio día del 5 de Marzo, y con la mayor urgencia. Navarro recibió la orden terminante de dictar la baja de folios jefes, por convenir así al mejor servicio público; pero se segó a obedecer aquella disposición del Encargado del Ejecutivo, legando que Salas, Oliva y Sierra, no merecían este castigo, y que eran leales servidores del orden constitucional. Freile Zaldumbide reiteró enérgicamente la
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orden referida; y el Ministro de Atierra tornó a negarse a la obediencia; y terminó ofreciendo dirigir el cargo, antes que decretar una baja tan ofensiva para sus predilectos subalternos ya mencionados. El General Navarro procedía, indudablemente, de acuerdo con el General Plaza; porque, cuando más acalorada estaba la discusión entre el Presidente del Senado y su rebelde Ministro, presentose el General Plaza, hosco y sombrío, como quien llegaba sabedor de lo que estaba pasando en el gabinete presidencial, y esticlto a jugarse la última y más peligrosa partida con ese Gobiernono que tan imprudentemente le había entregado la fuerza pública. Acompañábalo el Ministro Intriago, otro de sus confidentes y enemigo de la evolución proyectada por Tobar y Díaz; de modo que, aun la presencia de este Secretario de Estado, cuándo no se esperaba, demuestra el acuerdo entre los conspiradores para sostener aquella actitud del General Navarro. Con una precipitación digna de notarse, exabrupto, podía decirse, el General Plaza manifestó que no se debía desairar a mes tan dignos, como los que quería separar del Ejército el Encargado del Ejecutivo. Plaza estaba nervioso, pálido, hablaba atropelladamente, con mal reprimida cólera, como si tratase con ¡inferiores a quiénes había que reprender. Freile Zaldumbide hallábase también tembloroso, y con voz Insegura le replicó: No deseo, desairarlos, sino colocarlos en otros cargos; porque me han informado que no hay disciplina en Batallones que comandan. Plaza levantó el tono y airadamente exclamó: Yo soy General en Jefe! Freile Zaldumbide tuvo un momento de verdadera energía: su orgullo herido por la insolencia del General Plaza, le prestó palabras dignas de la situación y del elevado puesto que ocupaba. Yo, yo soy el Presidente de la República gritóle con ira lo sé todo; si ustedes desean revolucionar al país, que estalle en el acto esa revolución. Silencio sepulcral sucedió a estas palabras. Encontrábase en el gabinete presidencial, aparte de los Ministros de Estado, los empleados subalternos del Despacho, el General Julio Andrade, y los señores Joaquín Gómez de la Torre y Luís Felipe Carbo. Todos comprendieron la gravedad de aquel choque entre el poder político y el poder militar; y previeron un desenlace fatal para el orden público. El General Andrade habíase mostrado circunspecto y serio durante tau agria discusión; pero, al llegar la exaltación de Plaza al punto de quererse imponer al Jefe del Estado, se puso en pie y le dijo: No es esa la manera de hablar al Presidente de la República. Ud. ha creado esta situación Ud corrompe al Ejército para crear un caudillaje. Si Ud. fuera delicado y digno, habría enunciado su cargo de. General en Jefe, desde que se proclamó su candidatura a la Presidencia de la Nación, como lo he hecho yo, separándome de la Jefatura de Estado Mayor General. Usted no puede darme ninguna lección de dignidad le respondió Plaza, en el paroxismo de la cólera yo renunciaré cuando me dé la gana. No renunciará usted le replicó Andrade; porque necesita mandar en el Ejército para obligarle a gritar: ¡Plaza o bala!" Esa es una fórmula con que el partido liberal expresa su resolución de elevarme al poder en las próximas elecciones, continuó el General Plaza.
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Usted no es liberal ni su facción lo es repuso Julio Andrade, con acento firme y marcadamente provocador. Hay más de cien ciudadanos más dignos que usted, para la Presidencia de la República. ¿Qué le debemos a usted? ¿Dónde están sus ejecutorias? ¿Dónde están sus méritos y sus servicios a la Patria? Quién es usted para imponerse a los ecuatorianos? ¿Quiere usted otra revolución? ¿Quiere usted más sangre? . . ... Aquí está la mía... Mientras yo viva, no será usted Presidente. Plaza se había puesto lívido y no acertaba a encontrar palabras adecuadas para contestarle a su rival. Al fin, como ahogado por la cólera, murmuró: Usted me ha faltado al respeto, en presencia del Encargado del Ejecutivo. Julio Andrade iba a estallar; pero Freile Zaldumbide, cuyas fuerzas morales se habían agotado en esta lucha de provocaciones, llegó a suplicar a los contendientes que se reportaran y continuasen discutiendo serenamente sobre la conveniencia de separar a Sierra, Salas y Oliva de sus cargos militares. Navarro manifestó que prefería presentar la renuncia de a Cartera; y el Presidente del Senado aceptó, llama y sencillamente aquel ofrecimiento. Plaza, Navarro e Intriago salieron del despacha; y los dos rimeros se dirigieron al Ministerio de Guerra, conferenciaron un cuarto de hora y a puerta cerrada, y separáronse, sin que la emoción del General en Jefe hubiera desaparecido aún. Freile Zaldumbide y Andrade habían echado los dados sobre el tapete; pero, como vamos a ver, nada eficaz hicieron para ganar la partida. En lo que menos pensaba Navarro era en mandar su renuncia, como había prometido; y como tardara mucho en venir dicha dimisión, Freile Zaldumbide envió a su Secretario privado a que la exigiese. Dígale a don Carlos, contestó Navarro, que no renuncio, y que me destituya. Era esto, indudablemente, lo que habían resuelto Navarro y Plaza en su breve conferencia: buscaban, por lo visto, un motivo para la rebelión; motivo que debía alegarse como una ofensa a lodo el Ejército. Recibida esta contestación, el Presidente del Senado ofreció la Cartera de Guerra al General Julio Andrade; y habiéndola aceptado éste firmóse el decreto de destitución de Navarro y el de nombramiento de su sucesor. Sentóse en seguida el acta de posesión del nuevo Ministro de Guerra; y cuando iba a firmarla Andrade, se le ocurrió la idea fatal de procurar un avenimiento con el Secretario destituido. Manifestó su opinión a los miembros del Gobierno, y pidió diez minutos para hacer un último esfuerzo en beneficio de la paz. Esta quijotesca generosidad, o vacilación eri el supremo momento, perdióle al General Andrade y perdió al Gabinete: fue una falla inexcusable aquello de hacer que Navarro diera explicaciones de su anterior negativa, y que luego se revocara su desilución. No se comprende cómo julio Andrade pudo incurrir en error tan grave y trascendental; cómo pudo creer que los enemigos a quienes acababa de pisar en público, depondrían su rencor y venganza con sólo este acto de generosidad impolítica. Navarro no entendía de caballerosidades ni diplomacias: soldado rudo, pero que no carecía de astucia vulgar, aceptó la transacción que se le ofrecía; retractóse como pudo de las palabras que había vertido, hilvanó unas cuantas disculpas contradictorias y fútiles acerca de su desobediencia; y se salió con el portafolio en la
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diestra, como arma poderosa, y el rencor y la venganza bulléndole dentro del pecho, como lava de volcán en ignición. Dirigióse directamente donde el General Plaza, a cuya rasa habían acudido ya los principales corifeos de la facción difidente. Mientras tanto, Julio Andrade tomó posesión del Ministerio de Instrucción Pública, al que desde antes había sido llamado; y lleno, lleno de buena fe, rayana en canidorosidád, se imaginó que había conjurado la tormenta que estuvo a punto de estallar. Freile Zaldumbide y los demás Ministros de su confianza, participaron de este optimismo; y se lisonjearon dé que su hábil política los conduciría a la realización de sus proyectos. Con todo, resolvieron visitar en el acto los cuarteles, perorar a las tropas, halagarlas, restablecer en ellas la unión, y afirmar su fidelidad para con el Gobierno. Y así lo hicieron; pero sin conseguir ninguno de los fines que deseaban. Si en lugar de perder el tiempo en estas peroratas y diplomacias, en generosidades de caballeros andantes y en políticas de niños, hubieran apresado esa tarde a Plaza y Navarro; destituido Sierra, Salas y Oliva; seleccionado el personal superior de los batallones de la guarnición, poniendo la espada únicamente en manos de militares adictos y leales, no se habría realizado la cuartelada de Marzo. Pero, en vez de obrar con entereza y actividad, en vez de inutilizar al adversario antes de que pudiera levantar la mano, lo enfurecieron, lo hirieron, le obligaron a tomar las resoluciones más extremas; y luego, creyeron inocentemente que lo placarían y amansarían, dejándole con las mismas armas y los mismos poderosos medios de triunfar y vengarse. Tanta ceguedad debía dar fatales resultados; y no tardaron muchas horas en conocer, por una dolorosa experiencia, cuan peligrosos son los términos medios en política. El rumor del altercado de Andrade y Plaza, se esparció instantáneamente por la Capital; y todos se figuraron que Plaza exigiría de su contendor una satisfacción como caballero. El General en Jefe odiaba cordialmente al vencedor de Huigra y Yaguachi: la envidia más innoble era el fundamento de esta odiosidad; que se transparentaba, a pesar de las formas estudiadamente amigables y cariñosas que usaba Plaza con su rival. Por otra parte, Julio Andrade se había opuesto desde que reunieron en Panamá, dirigiéndose a Guayaquil, a los planes tenebrosos que había concebido el General Plaza contra los Alfaros; oposición que fue más ostensible después de la violación del Pacto de Duran, como ya lo he hecho notar en anteriores capítulos. El General Andrade estuvo persuadido de que Plaza, Navarro y Sierra eran los principales asesinos de Enero: y lo dijo claramente en cartas y de viva voz a sus amigos y familia “La Paz”, periódico que se publicaba en Quito, dio a conocer después de la muerte del General Andrade algunos documentos que comprueban lo anterior; y Roberto Andrade, en su libro “¡Sangre!”, ha hecho revelaciones importantísimas respectó de las opiniones de su hermano Julio sobre la eliminación del Caudillo radical y de sus compañeros de infortunio. Plaza, hábilmente servido por espías, estaba al tanto de lo que Andrade decía de él; y por lo mismo, lo miraba, no sólo como contendor en la elección presidencial, sino también como a un terrible acusador y testigo. Parece que pensó en deshacerse de
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este rival, en la misma batalla de Yaguachi; en la que, si hemos de creer a Roberto Andrade, Julio fue víctima de una tentativa de asesinato por soldados que estaban a la devoción del General en Jefe. Sea de esto lo que fuere, la animadversión de Plaza había libado a su punto culminante cuando ocurrió el altercado que he referido; de modo que aquellas provocaciones de última hora, hicieron desbordar la copa, e inspiraron el nuevo drama de 1912, Si Plaza hubiera procedido eximo debía, habríale llamado a su adversario al terreno del honor, como en la Capital lo esperaban; porque hay ofensas que, a despecho de la civilización, no pueden lavarse sino de esa manera. Sobre todo, entre militares, y no hay medio de zanjar las cuestiones en que va comprometido el ilustre del uniforme, que la espada, leal y caballerosamente desencaminada: así lo comprenden y practican los que la llevan al cinto, siempre y cuando hay necesidad de repeler una ofensa grave. Más, el General Plaza no ha pertenecido nunca, ni pertenece a esta clase militar caballeresca. Plaza, Intriago y Navarro, pusieron toda su acucia en conmover el Ejército y preparar un golpe inmediato de cuartel; y mando todo estaba listo, los mencionados Ministros de Hacienda y Guerra enviáronle a Freile Zaldumbide sus renuncias irrevocables. Julio Andrade vio en este paso, una formal declaración de guerra; y sin perder el ánimo, aceptó la Cartera dimitida por Navarro, y se apercibió a la lucha, la que no se le ocultaba que sería a muerte. El Gobierno creía contar con la fidelidad de los soldados Policía; y se trasladaron a la Intendencia, el Encargado del Ejecutivo, los Ministros Andrade, Tobar y Díaz, muchos empleados subalternos, un grupo de conservadores tobaristas y algunos jóvenes liberales partidarios del nuevo Ministro de Guerra. Cundió la alarma de un extremo al otro de la Capital; y las ruidosas manifestaciones en favor del General Plaza, preparadas y ejecutadas por su facción en las primeras horas de la noche, confirmaron y robustecieron los temores del público. Julio Andrade, denodado y entusiasta, no dudó un punto de la victoria; y se ocupó sin cesar en el plan de combate que debía librar a la mañana siguiente, o tal vez en la misma noche. Pero, Plaza y Navarro lo tenían minado todo; y las operaciones; del Gobierno carecían de base. El Comandante Arquímedes Landázuri, Jefe de Día, recibió órdenes e instrucciones del General Andrade, para trasmitirlas a los jefes de los Batallones leales, y para que él mismo distribuyera esas fuerzas en los lugares y forma que se le indicaron; pero, lejos de cumplir estas instrucciones y órdenes, fue a rebelarlas al General Plaza. Landázuri era ahijado, amigo y protegido de Andrade: esto tenía la más absoluta confianza en aquél; y hasta la hora postrera, cuando le anunciaron que sus batallones no se habían movido, no quiso creer que se le había traicionado. La Policía estaba también corrompida; y cuando menos lo esperaban los gobiernistas, estalló la revuelta en el seno mismo de la Intendencia, donde actuaba el Gobierno en la seguridad de que lo rodeaban soldados leales. No hubo sino un muerto, Julio Andrade: tal debió de ser la consigna; porque los demás fueron amparados y hospedados por el mismo Plaza.
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A la una de la mañana todo había terminado; y el cadáver del General Andrade, vilmente asesinado como los Aliaros, yacía en el Despacho de la Intendencia, atestiguando lo que la criminal política de aquel entonces significaba. Plaza llegó en esos momentos, y dirigiéndose a Freile Zaldumbide, le dijo: “Usted estaba traicionándome en favor de los conservadores. Yo soy caballero y les concedo garantías a todos” Díaz y Barsallo fueron detenidos en la Artillería; Freile Zaldumbide y Pedro Salvador se trasladaron al domicilio de Plaza; y a los demás se les permitió retirarse libremente a sus casas. Así terminó la revolución de Marzo que colocó en tan triste situación a la República; y que fue manantial inagotable de males para el infortunado pueblo, cuya sangre derraman sin escrúpulo los ambiciosos y los protervos. En el primer momento se pensó en la dictadura de Plaza; mías, surgió el obstáculo donde menos se temía, en el General Treviño, Jefe Militar del Guayas. El presunto dictador, dirigióle a Treviño el telegrama siguiente, luego que se hubo consumado el asesinato de Andrade: “La guarnición y el pueblo de Quito sé pronuncia en este momento, desconociendo al Encargado del Poder Ejecutivo y sus Ministros, expresando que lo hacen por cuanto traicionaban al partido, liberal, entregándose con armas al partido conservador. Espero que el Ejército y pueblo de Guayaquil reconozcan que este movimiento, incontenible y exigido por el proceder injustificable del Dr. Carlos Freile Zaldumbide, afianza las instituciones democráticas. A poco rato, le refirió al mencionado Jefe de la 3ª Zona, todos los motivos que había habido para la revolución; todos los esfuerzos que se habían hecho estéril mente para separar al Gobierno del camino de la traición; todas las pruebas de que Freile Zaldumbide y su camarilla iban a entregar aquella noche el poder a los conservadores. Y terminaba su larga relación, con estas palabras que resumen el plan marcista, en su más genuina expresión: “Todos los notables aquí presentes, opinan por una Jefatura Suprema, para dar un corte definitivo, dicen, a todas las intrigas y a todas las zozobras que Ha sufrido la República. Deseamos que Ud. y tos liberales de esta ilustre ciudad nos den su opinión. Recuerde usted que hoy es seis de Marzo. ¡Qué coincidencia! Aniversario del más glorioso movimiento que se ha hecho el Ecuador en pro de la libertad No puede, pues, quedar duda alguna de que el General Plaza hizo la revolución para alzarse con la dictadura. ¡El, tan ardoroso defensor de la constitucionalidad! ¡El autor de tan negra traición; después de haberse derramado la sangre de los Alfaros, injustamente llamados traidores, y para extirpar de raíz las revoluciones, según decían! Y, no obstante, ahí está su pensamiento claramente manifestado al General Treviño; allí está su embozada petición de que las tropas de Guayaquil secundasen el golpe de las de Quito, confirmando la dictadura que deseaba. ¿De qué otra manera más categórica podía solicitar el concurso del Ejército de la Costa? ¿Cómo pudiera hoy día torcerse el sentido de las frases que he copiado?

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Si el General Plaza rio hubiera querido ser Jefe Supremo, abría condenado hasta la tentativa de proclamarlo, como lo hizo varias veces el General Eloy Aliare; le habría dicho a Treviño que él no aceptaba, que no podía aceptar la dictadura que sus amigos le ofrecían; más aún, le habría ordenado que impida cualquier manifestación semejante, en las tropas de su mando; en fin, habría condenado abiertamente aquel nefando proyecto, en presencia misma de sus partidarios de la Capital, con la alteza de iras y la honradez republicana con que lo hacía el Caudillo radical, cuando alguno llegaba a proponerle la reelección. Plaza hizo todo lo contrario: y sufrió una ignominiosa repulsa, de parte del General Treviño, en los términos siguientes: “Comienzo por recordarle que la víspera de salir de esa Capital, cruzamos ideas con Ud., el General Navarro y el Ministro Intriago, relativamente a la situación; y al preguntarme qué temperamento se debía adoptar, caso de que el Dr. Freile Zaldumbide y días trataran de entregarse a los conservadores, por uno u otro camino, les contesté: que no debía romperse el nexo de la constitucionalidad en ningún caso; pero que, si se presenta aquella, situación, se le debía obligar a Freile Zaldumbide a dimitir, y que se encargara del mando supremo el Presidente de Cámara de Diputados . . . Yo, y todos los leales defensores de Constitución, no arrastraremos jamás por el fango de la traición nuestra dignidad militar y personal, ni nuestras insignias militares. Ud. sabe que le estimo en altísimo grado, pero estimo, en mucho más el nombre que debo legarles a mis hijos. Los Jefes de las unidades militares de esta plaza, están presentes; y me encargan decirle que conmigo deploran que los extravíos del Ejecutivo; hayan creado esta situación violenta, con la que no podemos ser solidarios. Buena lección la que recibió Plaza; pero, guárdese Treviño: el barbacoano ni olvida ni perdona; y se aprovechará de la primera oportunidad para castigar, como él sabe, estas demostraciones de hombría de bien que le quemaron el pan, cuando ya estaba a punto de comerlo. Es que la revolución de Marzo se vino tramando desde muy atrás; puesto que dicho General se refiere a conferencias habidas al respecto, con Plaza, Intriago y Navarro, en la Capital. No es cierto, de consiguiente, que hubiese sido un movimiento espantándole la guarnición de Quito, como lo afirmaba el General Plaza, con el fin de no aparecer él como motor de aquella escandalosa y criminal revuelta. Tampoco era cierto que el pueblo hubiera tomado parte alguna en el susodicho movimiento; puesto que ningún ciudadano coadyudó en nada a la cuartelada de Marzo, si exceptuamos un pequeño grupo de exaltados demagogos siempre listos a secundar las fechorías del General Plaza. Por lo contrario, Quito en masa, lo mismo que toda la pública, condenó y execró la conducta aleve y punible del Comandante en Jefe del Ejercito, a quien se le acusó sin discrepancia, desde el Carchi al Macará, de haber mandado matar cobardemente a Julio Andrade para vengarse de los amargos reproches que éste le había dirigido pocas horas antes, y para verse libre de un competidor que le habría cerrado las puertas del Capitolio. No hubo quien no señalase en alta voz las manchas de sangre que el crimen del 5 de. Marzo dejó en las manos de Plaza: aún los que miraron impasibles el asesinato de los
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Alfaros, rompieron entonces su misterioso silencio y protestaron con airado grito contra las nuevas iniquidades del Candidato traidor. ¿Por qué no se defendió Plaza? ¿Por qué no confundió a s acusadores? Hasta el Arzobispo, si bien tímida y embozadamente, se amentó de la trágica muerte de Julio Andrade; y a la voz del Pelado quiteño se unieron los gemidos y protestas del clero, de generalidad de los tradicionalistas y, sobre todo, de la prensa que se llama católica. El conservadorismo fue el que se sintió más cómodamente herido por el asesinato del General Andrade; y ese suelo tan inusitado y ostensible por la muerte de un liberal, esas lágrimas derramadas por los mismos que se regocijaron y aplaudieron las masacres de Guayaquil y Quito, fueron una revelación, nos manifestaron cuanto habían esperado los tradicionalistas del triunfo eleccionario del asesinado General.

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CAPITULO XVII CAMBIO DI FRENTE Plaza retrocedió en sus aspiraciones a la Dictadura, avergonzado y colérico por la oposición de las tropas de Guayaquil; y Gonzalo Córdova, como ya lo había hecho Juan Benigno Vela el 11 de Agosto, aconsejó continuar la irrisoria constitucionalidad que había servido de manto a todas las iniquidades cometidas en aquellos últimos siete nefastos meses. La prensa publicó que José María Ayora le había obligando a Freile Zaldumbide a firmar una dimisión con fecha atrasada en un día, y cuyo fundamento era a todas luces falso; puesto que no le había pasado por la imaginación al Encargado del Ejecutivo el deseo de ausentarse de la República. Se procedió con Freile Zaldumbide, como él mismo había procedido con Eloy Alfaro; y esta renuncia, arrancada por la perfidia y la violencia, será testimonio permanente de que lo único que perseguían los revolucionarios de Marzo era adueñarse de la Nación, sin pararse en los medios, de igual manera que lo habían hecho los defensores de la Constitución en Agosto de 1911, Antes de que amaneciera, ya había otro Jefe del Ejecutivo. Francisco Andrade Marín era un hombre que gozaba fama de honorable; pero, falto de principios definidos y muy débil de carácter, creyéronlo los revolucionarios muy a propósito para secundar sus planes políticos. En efecto, había servido a todos los Gobiernos, conservadores, progresistas y liberales, sin desagradar a ninguno; y el General Alfaro lo había colmado de honores, en atención a su manifiesto apoyo al radicalismo. Era, de consiguiente, fundada la creencia de que hombre tan dúctil se había de prestar a todas las exigencias del bando marcista; esperanza que se realizó con exceso, pues llegó ese Presidente de la Cámara de Diputados, convertido en primer Magistrado de la República por obra de una traición, hasta dirigir un Mensaje al Congreso, justificando los asesinatos del 28 de Enero... La muerte de Julio Andrade fue atribuida por Plaza a los conservadores: “Se atolondraron y dispararon sus pistolas, dando muerte al señor General Andrade” le decía a Treviño, en su telegrama de aquella noche. Esta como defensa anticipada, cuando nadie le pedía explicaciones sobre la muerte de su rival, era un lapsus, un procedimiento comprometedor; y, además, fundábase en una invención burda, inverosímil a todas luces. Ninguno de los paisanos que estuvieron en la Policía, tuvo tiempo para hacer uso de sus armas; puesto que el pronunciamiento de las fuerzas reunidas en aquel cuartel, fue una sorpresa para el Gobierno y sus adictos. Disparar un solo tiro contra los rebeldes, habría sido provocar la Lucha, como si dijéramos en campo cerrado, a muerte; y habríase derramada la sangre a torrentes, de una y de otra parte. Y no hubo lucha alguna, no hubo heridos, no hubo sino un muerto: y esta única víctima fue Julio Andrade, el contendor del General Plaza, el que horas antes lo había humillado en público, a presencia del Gobierno.

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Si el tiro que lo victimó no fue deliberada y diestramente dirigido a su pecho, tendríamos que convenir en que la casualidad se había encargado de vengar á Plaza, de libertarlo de un odiado rival, de dejarlo solo y triunfador en el palenque eleccionario, de romper la única espada que podía oponerse; en, adelante, a la tiranía y ambición del Comandante en Jefe. Esta casualidad extraordinaria habría sido, pues, inteligente y enemiga del bando gobiernista; y habría mezclado la pérdida con la astucia, la crueldad con la alevosía, para servir mejor los intereses del placismo. Por otra parte, los conservadores que había en la Intendencia, en ningún caso habrían disparado sus armas en dirección de los miembros del Gobierno al que se proponían sostener; menos las habrían usado contra el General Andrade, en quien fiaban en ese entonces, por grande que hubiera sido su atolondramiento. Plaza se delató con impostura tan basta, y con su apresuramiento en señalar los responsables de aquella nueva inicua inmolación: y tanto más, cuanto que contradijo casi de seguida esta versión, la misma prensa placistas que, naturalmente, debía haberse inspirado en las fuentes oficiales. En efecto, los principales órganos del placismo atribuyeron después aquella muerte única, a la caída de un armario sobre la victima; pero la opinión pública alzóse iracunda, y pronunció unánime el nombre del verdadero asesino, desde las primeras horas del 6 cíe Marzo. La muerte de Julio Andradé fue la gota de sangre vertida sobre el vaso lleno: derramóse el líquido rojo y encendió la ira popular contra los protervos que iban segando todas las cabezas sobresalientes de la República. El marxismo quiso todavía insistir en sus burdas trapacerías para cambiar la opinión y pasar por inocente en la muerte de Andrade, e hizo que el Encargado del Ejecutivo ratificara esos embustes nada menos que en el Mensaje a las Cámaras Legislativas de 1912; documento solemne con el cual se pensó destruir la convicción pública y salvar de toda responsabilidad a los verdaderos asesinos. Y Andrade Marín no puso, reparo en cubrirse de baldón con esa mentira oficial, y constituirse en conplice del crimen del 5 de Marzo, a trueque de mantenerse en la gracia de los nuevos dueños de la Nación. Hizo todavía más: obtuvo de la justicia una declaración absurda, la que comunicó a los Legisladores, a manera de triunfo conseguido, como si reclamara un merecido encomio por haber puesto en claro la ninguna responsabilidad, de los malhechores a quienes servía. “El Juez primero de Letras de esta”. Otra cosa demuestra el telegrama del General Treviño; y Provincia, abogado de intachable rectitud y probidad dice Andrade Marín, en el Mensaje mencionado después de recibidas más de cien declaraciones de testigos, ha resuelto en estos últimos días que no pesa contra nadie la responsabilidad de la casual y bien deplorada muerte del General Andrade. He ahí una víctima sin victimario, un crimen sin criminal responsable. Julio Andrade cayó herido por una bala, a presencia muchísimos testigos, sin combate alguno, sin choque de bandos opuestos, como consecuencia de un plan preconcebido, con finés políticos determinados; y el probo juez, tan elogiado por Andrade Marín, declara que esa muerte es casual y sin responsables...

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El Dr. Carlos R. Tobar ha publicado un pequeño opúsculo en Barcelona, con el título de “El Mensaje del doctor don Francisco Andrade Marín al Congreso ecuatoriano de 1912”; escrito en el cual, aunque sin salir de esa indecisión y timidez que caracterizan las exposiciones de dicho ex Canciller, acusa terminantemente al General Plaza de la muerte de su rival, y pone de relieve, así la falsedad, de las aseveraciones del Encargado del Poder Ejecutivo, como la bajeza y prostitución política de dicho magistrado. Esta acusación, viniendo de donde viene, reviste suma importancia para el historiador; y no es la única qué sale, como si dijéramos de casa, pues aun ciertos amigos y partidarios del General Plaza no han podido menos que manifestar su adhesión a las convicciones del público, relativamente a la mano que determinó la muerte de Julio Andrade. Véase lo que el mismo Calle decía en “El Girito del Pueblo Ecuatoriano”', edición del 15 de Enero de 1915, así como advirtiendo a los competidores del Candidato oficial, que corrían el riesgo de ser asesinados como Andrade, si persistían en revelarse contra la omnímoda voluntad de Plaza. Por lo que hace a los conservadores, éstos presentan una larga lista: don Rafael María Arízaga, don Carlos Alberto Aguirre, don Lautaro Aspiazu, etc., etc., verdaderas ilustraciones de papel periódico. Pero los conservadores están idos. ¿Se suponen pues que para ellos fabricamos los liberales el derecho de sufragio y la libertad electoral? No les dejamos a gusto con Tobar, no obstante que este caballero protestaba ante el país su impoluto liberalismo; les matamos a Julio Andrade, a pesar de que Andrade era de cepa radical, ¿y les vamos a permitir a un canónigo como Arízaga, o a un Obispo in partibus como " Aguirre? Y que los nuevos candidatos de oposición se tengan " cuidado: hay cien modos de salir de un prójimo que molesta, y armarios caedizos y balas perdidas son los que malogran a los napoleones inéditos… Ciertamente que no cabe mayor cinismo en el incondicional defensor del General Plaza: tan estragada la moral del placismo, que se tenía por legítimo derecho la eliminación de los opositores al arbitrario querer del tirano. Así parece que pensaban algunos placistas cuando sin empacho pregonaban aquel, derecho como arma suprema y poderosa del Gobierno; arma que a todas horas estaba pendiente sobre los más dignos y honorables ciudadanos si no inclinaban el cuello al yugo ignominioso del que los gobernaba. El Comandante Intriago, aquel sustituto de Navarro en el Ministerio de Guerra, que tan ambiguo papel jugó en las tragedias Enero y Marzo de 1912, llegó a poner los ojos en el solio presidencial, que Plaza había rebajado y envilecido tanto, hasta colocarlo al alcance de quienquiera que quisiese ocuparlo. Plaza el mismo Plaza le había ofrecido designarlo por su heredero en el poder; pero se lo prometió cuando necesitaba el concurso de dicho Intriago para llevar a cima su política siniestra; y pasada esta necesidad, se volvió atrás, lo destituyó villanamente, lo acusó como responsable de los asesinatos de Enero, desahució sus pretensiones locas a la primera magistratura, lo persiguió e hizo amenazar de la peor manera. E1 testarudo pretendiente se mantuvo en sus trece, y se trasladó a Quito a laborar por su candidatura, a pesar de la desatada hostilidad de su antiguo jefe y amigo. Tan conocida la tenebrosa política del General Plaza, que todos temían por la
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suerte del audaz Comandante; y alrededor de estos públicos temores, corrieron las noticias más extrañas y contradictorias, con relación al las cuales escribió Calle los siguientes párrafos: Corrió, hace días la noticia de que el candidato señor Intriago había sido puesto en prisión... Tan natural y verosímil nos pareció aquello, que ni un momento dudamos de que así debiera haber sido. ¿Qué se hace con un hombre que molesta? Eliminarlo, es claro: la eliminación es un principio de procedimiento que palpita en el fondo de la política. Solamente que hay diversas clases de eliminación: la temporal y la eterna; la parcial y la completa. Pondremos ejemplos: ¿estorba de modo formidable Julio Andrade? Pues se le ha de dar un, balazo y se le echa un armario encima: el hombre no volverá, porque nadie vuelve de ultratumba: eliminación eterna. O bien: ¿estorba Valles Franco? Se le coge en una trampa y se le despacha a balazos... Importa menos que ello signifique la consumación de crímenes atroces. Es cuenta del Régimen, y de esa manera se va salvando a la Patria y a los sagrados intereses del partido liberal. Ahora, ¿fastidia el conspirador tal o el conspirador cual, que juegan inocentemente a cartas vistas? Pues para eso se hizo precisamente el Panóptico, para los hombres bravos y los corazones patriotas… Eliminación temporal, porque sólo la muerte no tiene remedio, y del presidio se sale a veces a campos floridos de reivindicación y represalia. Y hasta próxima fecha. Y esto se llama método de eliminación completa: especie de dosis de helecho macho contra la permanencia de tenias imposibles… Son los grandes rasgos del proceder eliminatorio. En medio quedan los asesinatos irresponsables, las “razias” de revolucionarios para relleno de la Penitenciaría y de todas las cárceles y Jugares de prisión, las persecuciones, confinamientos y destierros. No; Intriago no ha sido siquiera preso; después de todo, es muy poco hombre en cuanto a sus arrestos y significación política, para que le derriben y le cubran con un armario. Él lo sabe; porque él fue uno de los ministros de la ignominiosa y equívoca jornada del cinco de Marzo, que el faramalla de Plaza, con la inconsciencia truhanesca que le distingue, se atrevió a comparar en un documento público, con… ¡cristianos!.. ¡con el SEIS DE .MARZO DE 1845! He aquí al mismo abogado del General Plaza acusándolo terriblemente; describiendo con rasgos de sangre el sistema polillo de ese hombre funesto que se impuso por el terror y por muchos años a la República; que no se detenía en desatar ninguna dificultad, pues le era más fácil cortar el nudo, aunque se le marcara la frente con el más ignominioso estigma. El tono de ligereza ironía de este escrito, no cambia en manera alguna el fondo de mi formidable acusación, lanzada al público tal vez una hora de margas decepciones, en el deseo de vengar ofensas e ingratitudes de su cliente, o
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acaso bajo el peso de atormentadores remordimientos; porque no lo olvidemos es Calle, el apoyador de los actos de Plaza, quien ha trazado las sangrientas líneas copiadas, y que bastan para pintar la fisonomía moral del defensor y del defendido. Continuemos el examen del asesinato del 5 de Marzo, que dejó abierto y expedito el acceso al Capitolio. peso de este nuevo crimen inclinó la balanza en contra del General Plaza:, lo transformó en objeto de execración pública, en blanco de los ataques de todos los partidos y de todos los hombres de bien. Sin embargo, si hemos de juzgar los efectos de aquella iniquidad, con criterio desapasionado, es fuerza reconocer plenamente que la cuartelada de Marzo evitó la entronización del tradicionalismo en la República. El derrocamiento de Freile Zaldumbide, Díaz y Tobar, fue la ruina de las esperanzas conservadoras; y la prueba está en que los mismos que tanto aplaudieron inicua revolución del 11 de Agosto; los mismos que se regocijaron con los crímenes espantosos de Enero; los mismos que apoyaron la candidatura de Tobar y se creían ya dueños de la Nación; esos mismos clericales de la coalición antialfarista, fueron los mayores acusadores del golpe marcista, los inconsolables gemidores por aquel desastre. Cuando las matanzas de Montero y los Alfaros, no hubo una protesta, no hubo una frase de reprobación para maldades tan inauditas: el silencio del clero, de la junta Patriótica, de los Directorios conservadores, aprobó, digámoslo así, aquellos actos de canibalismo ignominiosos. Pero, acaeció el asesinato de Andrade; vino la caída del gobierno traidor al liberalismo, y las protestas llovieron, el clamor clerical ensordeció la República, la prensa conservadora levantó la voz contra el General Plaza, y no ha cesado en sus maldiciones y gemidos hasta ahora. Si todas estas protestas y vocerío del clericalismo eran únicamente efecto de la indignación contra el crimen, si eran brote exclusivo de la moral y el patriotismo ofendidos, lo mismo debió suceder después del 11 de Agosto y del 25 y 28 de Enero; porque crimen fue la revolución coalicionista contra el gobierno constituido de Alfaro, crímenes espantosos fueron los asesinatos y profanación de los cadáveres de los Generales que capitularon en Durán. ¿Hay acaso diferencia moral entre traición y traición, re felonía y felonía, entre perfidia y perfidia? ¿Qué diferencia hallan los clérigos y los conservadores entre asesinato y asesinato, entre sangre y sangre criminalmente derramadas? ¿Tienen los ultramontanos diversos criterios para juzgar y medir un crimen, según les sea perjudicial o ventajoso? Es evidente que las iras y los plañidos de los conservadores nacieron del malogro y desvanecimiento de sus esperanzas; del naufragio total de sus combinaciones políticas, que no de lo inicuo del proceder de los revolucionarios de Marzo. El bando clerical templa impasible o regocijado, cualquier ofensa a las leyes, moral, a la humanidad misma, si de la transgresión ha de reportar ventajas; pero, se aíra, llora, grita, se muestra implacable, ante el fracaso de sus maquinaciones o el deterioro de sus intereses de secta. Este fue el secreto de su impasibilidad y aún contento, en presencia de los descuartizados cadáveres del 28 de Enero; y de indignación patriótica permanente contra la cuartelada del 5 de Marzo. Lo único verdadero que ha dicho Plaza, durante esta larga época de iniquidades y sangre, es que el Gobierno de Freile Zaldumbide
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trató de traicionar la causa liberal y entregar maniatada la Nación a sus peores enemigos, los sectarios de García Moreno y de Caamaño. No se podría afirmar que Julio Andrade hubiese entrado abierta y deliberadamente en esta conspiración contra la causa del pueblo, contra los principios liberales que, más o menos pronto, han de completar la redención del Ecuador; pero aceptar una candidatura que había de producir por fuerza el mayor fraccionamiento del Partido redentor, y ahondar así, todavía más los abismos que ya separaban a las facciones nacidas de la guerra civil última, allá se iba con cederle la victoria al conservadorismo, unido y fuerte en aquellos momentos, y como nunca resuelto a descargar un golpe de muerte sobre su desangrado y casi moribundo antagonista. Quizás Andrade no haya pensado ni por un momento capitular con el tradicionalismo y llegar hasta el punto de arriesgarse gozosamente la Bandera Roja; pero aceptar el apoyo del clero los conservadores más encarnizados con el partido radical, para derrocar al General Plaza y subir al poder sin tropiezos, equivalía caer voluntariamente en la red, a entregarse mansamente en manos de su poderoso aliado hasta ayer enemigo irreconciliable mortal; a quien le habría debido la magistratura suprema y, por el mismo caso, una gratitud rayana en dependencia, que el mando clerical hubiera sabido explotar a más y mejor en provecho la reacción garciana. ¿Se habría contentado el conservadorismo con la platónica gratitud del General Andrade, con las simples garantías que le hubiese acordado, por amplias y extraordinarias que fueran, cuando el nuevo gobierno hubiera en realidad nacido al calor y amparo de la clerecía? De ningún modo: esta clase de alianzas resultan siempre carísimas, ruinosas; y la ambición de los apoyadores de la candidatura Andrade habría querido nada menos que ir a la parte con su protegido, en la administración de la cosa pública, adueñarse de las fuerzas del Estado, poner, en fin, los cimientos más firmes a la restauración de la teocracia que Alfaro había con tantos sacrificios derrocado. Y donde no, el airado conservadorismo habría vuelto la espada contra el pechó de su des leal o desagradecido aliado; y tornándose a ensangrentar la República.... La idea de traición brotó en el cerebro de Díaz, se robusteció con el apoyo de Tobar y Rendón Pérez; y se transformó en proyecto político, decidido y firme, cuando sus Ministros le hicieron ver a Freile Zaldumbide, que no había otro medio de destruir a Plaza y mantenerse en el poder. Julio Andrade fue buscado como auxiliar poderoso, como militar de indiscutible prestigio, y con el fin de oponerlo al General en Jefe rebelde. La camarilla de Freile Zaldumbide procedió con refinada falsía; y llegó a lisonjearse de haber encontrado un instrumento adecuado para dar cima a sus combinaciones políticas; instrumento que arrojaría lejos cuando ya no lo necesitase. Repito que Julio Andrade cometió el más grande y lamentable error, al inmiscuirse en una política tan turbia y comprometida; ya que unirse tan íntimamente con el Gobierno, en esos momentos y después de todo lo acontecido, era aceptar verdadera solidaridad con los gobernantes, y caer en caso de menos valer, en el concepto de propios y extraños. El General Andrade no vio nada de esto, no investigó los móviles de los miembros del Gobierno, no se cercioró si era buena o mala la ley de aquella política, no examinó los quilates de la adhesión de los conservadores; sino que, con el candor de un niño, o la ceguedad del ambicioso, les dio
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entero crédito a esos urdidores de tramas, inverecundos y falaces; y se entregó en manos de ellos, abandonándose a la corriente. Diríase que, al obrar así, se condenó él mismo a la muerte; porque, si los marcistas no lo hubieran asesinado, habría caído, más o menos tarde, si los golpes del tradicionalismo; si fiel a la causa democrática se hubiera opuesto, después de ascender al solio presidencial, a las pretensiones de sus aliados, y convertidos en obstáculo para que la clerecía se adueñara otra vez de la Nación. Y en caso de apostasía y claudicación de Andrade, hubiéramos tenido también nosotros un Rafael Núñez, y visto cómo la generación ecuatoriana que tanta sangre y sacrificios ha costado, se venía a tierra a los golpes de piqueta dé uno dé nuestros más distinguidos liberales; lo cuál habría sido peor y más funesto para dicho General, que la muerte alevosa que recibió en cuartel de Policía. Un abismo conduce a otro abismo; un error, a otros muchos errores: Julio Andrade se equivocó al colocar el pie en la resbaladiza pendiente; y dado ese primer paso, por un fatal encadenamiento de sucesos, descendió prematuramente al sepulcro, dejando tras de sí muchos enigmas históricos, que acaso no puedan ser descifrados para disipar las nubes que envuelven su memoria, ensombreciéndola sobremanera. Llegaron los comicios; y el General Plaza, sin competidor; y sin obstáculo, triunfó en todas partes. El pueblo se abstuvo de votar; más, sufragarán los soldados y los partícipes del Erario; y fraude electoral multiplicó prodigiosamente los votos. Buena parte de los conservadores, que no pudieron resignarse a continuar alejados del presupuesto nacional, volvieron los ojos a Plaza, después de de la catástrofe del 5 de Marzo; e intervinieron en ésos mudes eleccionarios, en esas falsificaciones de actas, indispensables para elevar a lo sumo el número de sufragantes y manifestar la gran popularidad del elegido. “El Ecuatoriano” de Guayaquil, como ya lo hemos visto, es quien confiesa estos hechos vergonzosos, al impugnar la opinión del señor Crespo Toral sobre la conveniencia de rodear al General Plaza; de manera que había cleriales de rastreras ambiciones, que se iban solamente en busca de un mendrugo, sin reparar en la mano que les extendiera el bocado ¡No les repugnaba el pan, ni manchado con inmundicias y sangre!... A la hora en que estas páginas escribo, todavía es Plaza, jefe de partido; pero este famoso partido ha degenerado en gavilla, compuesta de la hez de nuestros bandos políticos. Conservadores sin dignidad y sin otra aspiración que el sueldo; liberales desacreditados por sus malas fechorías, traidores al genuino radicalismo y sin más medios de subsistencia que la política; antiguos progresistas, desesperados con su larga cesantía, son los únicos partidarios que le han quedado al héroe de Naranjito. Y aún antes, cuando el poder estaba en sus manos, sus empleados de más aviso, sus legisladores, sus periodistas, fueron nulidades absolutas, individuos cotizables a bajo precio, tránsfugas declarados de la causa popular; rara, muy rara la excepción de hombres bien repudiados que, tal vez por debilidad de carácter, por interés de parido, por compromisos de amistad personal, llegaron a tornar parte en la administración placistas. La honradez, la moralidad, el pundonor, mantuviéronse por lo general alejados de ese gobierno que la opinión del país condenaba, y que aun fuera dé la República era mirado con horror.
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Jamás parcialidad política alguna ha inspirado más profundos sentimientos de aversión que el placismo, después de los luctuosos acontecimientos de 1912; y hemos visto que los hombres de ese partido han venido perdiendo terreno en la estimación pública, como si rápidamente descendiesen a su merecido término, la lógica de los hechos es indefectible; y esta severa lógica, que se traduce siempre en sanción inevitable, recibe el nombre de justicia de Dios, para los que en Dios creemos. Quizá tarde el castigo, pero llegará infaliblemente, y por demás terrible. Quizás esos hombres arrastren todavía largos días de impunidad y oprobio; pero al fin el peso de la mano justiciera caerá sobre ellos con el rigor que merecen. Allí están las páginas de la Historia, el peor de los castigos para los grandes criminales: pasar, de generación en generación, odiados y maldecidos por todos los hombres de bien, causando horror y escalofríos a la Humanidad, constituye un suplicio eterno, una tortura dantesca sin liberación posible, una pena que supera infinitamente al golpe de hacha que arranca la vida del cuerpo sobre el patíbulo. ¡Ay! de los que inscriben su nombre, con caracteres sangrientos, en ese como padrón de perdurable ignominia, el cual es impotente hasta la destructora acción de los siglos… Y parece que el placismo ha temido también la suerte de los precitos de la Historia, pues ha querido falsear de todas maneras los ensangrentados anales de Enero y Marzo, y rehuir así el terrible castigo. Ha forjado pruebas justificativas con precipitación vertiginosa; ha pagado plumas venales, y encargándoles que difamasen a las víctimas, que arrojasen su sangre, ora sobre el clericalismo, ora sobre Freile Zaldumbide y sus Ministros, ora sobre el pueblo de Guayaquil y Quito, es decir, sobre la patria misma, cuya limpieza y decoro debían respetar. Todo inútil: la condenación fulgura con letras de fuego en su misma defensa que, al fin y al cabo, resulta acusación irrefutable. En el atolondramiento de la victoria, cuando todo parecía sonreírles, cuando su poder era omnímodo, cuando nadie les inspiraba temor, los hombres del placismo olvidaron toda prudencia, hasta ese instinto peculiar dé los criminales, y se descubrieron insensatamente; publicaron aun documentos que debieron destruir, documentos que contienen confesiones irretractables, documentos que ya no pueden borrar ni retirar del proceso histórico contra los asesinos de Enero y Marzo. El mismo General Plaza ha procedido a tontas y ciegas en ni personales alegaciones, como ya lo hemos visto en los anteriores capítulos: ha negado hechos evidentes, presenciados por numeroso pueblo, por testigos libres de tacha; se ha contradicho a cada paso, y sin que nadie le repreguntase; se ha convertido en acusador aún de sus aliados y servidores; ha tenido cuasi lágrimas para las víctimas caídas a manos del crimen; y de esta confusión de ideas de este amontonamiento caótico de imposturas, de esta aglomeración impudente de acusaciones, de hipocresías, de alardes de nobleza y magnanimidad, ha salido más y más comprometido en los sucesos que quería arrojar lejos de sí. Sus más hábiles defensores como Calle, Nicolás Augusto González, Gonzalo Córdova han seguido el mismo sistema; pero por sendas diversas, poniéndose en oposición no pocas veces, tropezando aquí y tropezando allá, con toda la incoherencia y la vaguedad, la falta de lógica y la mala fe, propia de abogados de una mala causa, de una causa indefensable y perdida. Y uno de estos abogados Calle no se paró ni ante
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el prevaricato; puesto que varias veces, sin que podamos señalar con certidumbre los motivos, traicionó la confianza de su cliente, revelando al público sus secretos, trocándose en verdadero y terrible acusador, como hemos tenido ocasión de notarlo en los escritos insertados en este libro. Ya hablé de la negativa del General Plaza, respecto a que no había partido de él la orden de prisión de los Generales comprendidos en la Capitulación de Duran; negativa contradicha solemnemente por sus propios telegramas, dirigidos al Gobierno, a Gonzalo Córdova, a Lino Cárdenas, al Gobernador de Latacunga, etc. A esta negativa se aferró dicho General, haciendo de ella el escudo de su defensa, cuando la viuda del General Serrano acudió al Congreso, acusando a los asesinos de su marido inocente. Y no le arredró a Plaza ni la convicción de que podía testimoniar lo contrario toda la ciudad de Guayaquil, que había presenciado con asombro, cómo fue él quien por propia iniciativa, quebrantó el Pacto de Duran, mandando a capturar a los Generales vencidos, que habían confiado ciegamente en la palabra de honor empeñada por el General en Jefe vencedor; y los mantuvo presos hasta entregarlos a Navarro para que los enviase a Quito. No le hicieron cejar ni las declaraciones de sus mismos esbirros, que habían recibido y cumplido la orden de prisión de las víctimas destinadas al sacrificio; declaraciones que obtuvo judicialmente un Hijo del General Serrano, para apoyar la acusación propuesta por su señora madre. Ningún hecho más plenamente probado que esta felonía; sin embargo, los legisladores que escogía Plaza para formar sus ingresos, faltos de dignidad y vergüenza, aceptaron tan audaz negativa, como verdad incontrovertible. He aquí un ejemplo del sistema defensivo del placismo; el que, seguro de la aprobación plena de esos Congresos ad-hoc, hacía burla de la opinión pública, escarnecía hasta el buen sentido 1 pueblo, pisoteaba todo principio de moral, y juzgaba temerariamente que de ese modo le era posible falsificar la Historia y engañar a la posteridad. Trabajo estéril, audacia sin consecuencias favorables, triunfos congresistas por demás efímeros y contraproducentes; porque, como dice el General colombiano Sánchez Núñez, en su libro “Fuego y Sangre”, escrito a raíz de los arrastres en Quito, el dedo de Dios está señalando a los asesinos del más ilustre de los ecuatorianos, y exigiendo su castigo. ¿Queréis más pruebas de la culpabilidad del bando placista? Bastaría para condenarlo su constante y tenaz oposición al esclarecimiento de los crímenes de Enero y Marzo: ha corrompido a justicia sin perdonar medios, ha precipitado a muchos desventurados en la prevaricación y la infamia, ha impreso sobre estos tribunales inferiores una marca indeleble de oprobiante servilismo, llevado hasta amparar a los malhechores y ocultar las mismas infracciones que debían castigar inexorables y rectos; y todo esto sería inexplicable si dicho partido hubiera sido ajeno a la comisión de las iniquidades de que tratamos… ¿Por qué poner peño en la impunidad de atroces delitos que afrentan a la misma República, si no tiene ligamentos con el crimen y los criminales? Ahí está la acusación fiscal de Pío Jaramillo Alvarado, ante tribunal de Jurados, que juzgó al zapatero Montenegro, señalando la prevaricación de los jueces que organizaron esos procesos de farsa.

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Gomo si se hiciera una suprema y forzada concesión al general clamor contra los asesinos de Enero, un Congreso de Plaza fingió interesarse en la investigación de aquellas horripilantes iniquidades; y nombró al Senador Napoleón Velásquez para que estudiara los procesos respectivos, y presentara su informe al Congreso venidero, es decir, dentro de un año. Este comisionado especial era el menos adecuado para tan delicado cuanto tardío encargo; ya por su falta de luces y energías, ya porque perteneció a los que pidieron la traslación de los prisioneros a la Capital, donde les aguardaba la muerte. La firma del Senador Velásquez, puesta al pie de un telegrama sangriento, de esos que en aquellos días de horror recibía el General Plaza en Guayaquil, debió haber sido la razón única de aquel nombramiento sarcástico con que el placismo pretendió engañar a los ciudadanos que pedían justicia. Sin embargo, enemistado Velásquez con Plaza, resolvióse a presentar su esperado informe al Congreso de 1913. Apenas puede darse un documento más insulso ni deficiente que éste: vacío ideas y doctrina, falto de elevación y criterio, sin un átomo de energía y decisión, paupérrimo aun en datos procesales, el informe susodicho revela únicamente la pequeñez de alma del comisionado y su hábito de servilismo ante el amo. Voy a buscar dos o tres pasajes, únicos en que hiere de paso la cuestión capital, quiere decir, la falta de imparcialidad de los jueces y la acción de la autoridad política en el enervamiento de la investigación judicial. Se han decretado prisioneros a porrillo, dice Velásquez diligencias de careos; se han presentado coartadas, repreguntas defensas, etc.; después, las consabidas fianzas carcelarias y aceptadas por los jueces dé derecho, según su criterio, se les ha puesto en libertad a los procesados, pues consta de autos que no existe ya ni un solo preso... Por excitación de las Cortes Suprema y Superior del Pichincha, hanles dado cuenta los jueces instructores de la demora y estado del juicio, pero sin eficacia. De modo que sustanciándose todavía la parte sumaria del inicio, alrededor de DOS AÑOS pues las indagatorias de los magnates residentes en el lugar y en Europa, están por receptarse más que a negligencia censurable de las autoridades, debe atribuirse la eternización de la causa a las corruptelas abogadiles... Oh, sí fiscal fuera yo, tal vez no andarían campantes los implicados y señalados con el dedo de la opinión imparcial y revistiera la calidad de juez, la justicia de Astrea estaría coronada y arrastrarían los delincuentes de coturno la cadena del presidiario… Y nada más: da lástima que un Senador de la República hubiera sido tan débil o tan incapaz para elevarse a la altura de la noble misión que se le había confiado: cobarde o desposeído de inteligencia, ello es que sacrificó la causa santa de la Justicia prestó apoyo acaso sin ánimo deliberado a los planas de litación e impunidad de los crímenes de Enero y Marzo. Mientras tanto, uno de los acusados se quejaba de que la justicia cerrara los ojos sobre la culpabilidad de los poderosos y quisiera inmolar únicamente a los pequeños, aun sin pararse ante inocentes: he aquí lo que decía el defensor de Luis Salvador Martínez, en el folleto que ya he citado, y que lleva el título de “Una Víctima Expiatoria:

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Ah, el criterio de nuestros jueces que, tal vez, en busca de aura popular llenan fórmulas rutinarias y escarnecen la justicia universal, la honra y la inocencia. La justicia, en esta ocasión más que en otra, ha prescindido en lo absoluto de inquirir por los medios y fórmulas legales, quienes fueron los que prepararon y dispusieron la muerte y las piras de las víctimas del 28 de Enero. Se ha llenado de acatamiento e indulgencia para los que forman la corté de los intangibles que habitan el inexpugnable castillo del poder, del oro y la sangre privilegiada; y completándose de santa indignación, ha descargado su brazo sobre el débil... Y esta ha sido la acusación unánime contra la justicia, vendida por completo a los interesados en echar sombras impenetrable sobre dichos crímenes y dejar en la impunidad a los asesinos, falseando hasta la historia con, fallos inicuos documentos contratos, alegaciones falaces invenciones calumniosas y trapacerías infames y burdas. ¿Quiénes tan poderosos para torcer de esta manera la conciencia de los jueces, la moral fe los escritores públicos, el testimonio de los que presenciaron la perpetración de las masacres, en fin, para imponer silencio: a las leyes y conceder impunidad absoluta a quienes estaba reclamando el grillete de los presidiarios? Indudablemente, sólo los dueños del poder, los dispensadores de sueldos cuantiosos del Erario, los que disponen a su antojo de la suerte de la nación: esos, únicamente esos han podido llevar por todas partes la corrupción en triunfo y comprar la conciencia de las mayorías en la Legislatura, los tribunales, la prensa; los que han podido pagar el prevaricato a peso de oro, remunerar dispendiosamente el perjurio y la bajeza, adquirir dominio sobre la voluntad aún de personas que, por sus antecedentes, creíamos incapaces de confundirse con los más detestables malhechores. El bando placista puso pública escuela de venalidad y corrupción; y ni siquiera hizo misterio de su labor corruptora, de su acucia y largueza en premiar y proteger a los bribones que le secundaron. El Subteniente Alipio Sotomayor se prestó al acto cobarde de herir de muerte al desventurado General Montero, y en seguida se le concedió un ascenso en el Ejército; contándolo entre sus más mimados servidores, a pesar de las acusaciones del público y aun de los requerimientos de la justicia; porque para honra del llenador hubo un jaez que intentó cumplir sus augustos deberes, mal que les pesara a los dueños de la República. El Juez de Letras del Guayas, doctor Alberto Hidalgo Gamarra, se propuso volver valerosamente por la honra y la independencia del poder judicial, aun a riesgo de dar con su persona el Panóptico, o salir al destierro; y se empeñó en esclarecer y castigar el asesinato de Montero, desplegando en tan peligrosa empresa una energía y actividad dignas de todo encomio. Pero su saludable y no imitado afán escolló en las argucias del poder, empeñado también en el ocultamiento y salvación de los asesinos: ahí estaba el placismo, ojo avizor, para burlar arteramente, o por la fuerza, todo conato de la justicia, en orden a descubrir y penar los responsables de esos inauditos atentados. ¿Qué podía lograr la entereza del Juez Hidalgo Gamarra, teniendo en contra al poder ejecutivo, que empleaba todos sus múltiples y grandes recursos para tomar estéril la acción de los tribunales? Constaba en el proceso que Alipio Sotomayor fue quien disparó sobre el General Montero, hiriéndolo mortalmente: abundaban los testigos de hecho tan infame;
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y, sin embargo, ese oficial asesino había sido agraciado con el grado de Teniente, y continuaba sirviendo para afrenta del Ejército Ecuatoriano en el batallón “Córdoba” acantonado en la ciudad de Ibarra . Importaba la captura del criminal, y el juez ordenó su inmediato arresto. Pero, como preso el mentado Sotomayor podía revelar comprometedores secretos, el placismo puso en juego todo género de resortes para evitar esa prisión, y hasta sé olvido de esa reserva sistemática en sus procedimientos, y obró a toda luz, como si de contrariar las órdenes judiciales dependiera la salvación de su caudillo. Todas las autoridades de la provincia de Imbabura, así civiles como militares, desoyeron la voz del Juez Hidalgo Gamarra y burlaron la orden de prisión expedida contra el asesino Sotomayor, con cinismo equivalente a un público ultraje a la moral y a la civilización. Hidalgo Gamarra acudió al Ministro de Estado en el Despacho de Justicia: pero tampoco fue escuchado ni alcanzó el menor apoyo para cumplir sus deberes; sí bien, estas gestiones dejaron irrefutable constancia del interés oficial en mantener en las tinieblas los asesinatos de Enero, y evitar a todo trance la acción vindicadora de la Justicia. Sotomayor desapareció; pero luego se supo que se hallaba en la ciudad de Loja, en el goce de una licencia concedida por el Ministro de Guerra, precisamente en los días en que la justicia lo reclamaba. Y temiendo que Hidalgo Gamarra insistiera en perseguirlo, se le dio de baja, por no haberse presentado al terminar la licencia. Tornó a perderse el asesino, y hasta se creyó que los secretos que poseía los había, como otros muchos, tragado la sepultura. Pero ascendió al poder Gonzalo Córdova, y uno de sus primeros actos fue llamar al servicio al Teniente Sotomayor, al que destituyó la revuelta