Jonathan no tiene tatuajes

Crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada..

Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil, CCPVJ
Editor: Cristian Alarcón
Julio 2010

Jonathan no tiene tatuajes Crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada. Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil. CCPVJ www.ccpvj.com EDITOR: Cristian Alarcón PERIODISTAS José Luis Sanz Roberto Valencia Daniel Valencia Carlos Salinas Oscar Martínez. FOTOPERIODISTAS Donna DeCessare Toni Arnau Orlando Valenzuela Loanny Picado DISEÑO DE PORTADA Virginia Giannoni FOTO DE PORTADA Toni Arnau MANEJO DE CONTENIDO Eugenia Folgar DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN Delmy Alvarenga. REVISIÓN Y CORRECCIÓN Verónica Reyna Ivonne Menjívar

Queda prohibida, salvo excepción prevista por la ley, la reproducción electrónica, química, mecánica, óptica, de grabación o de fotocopia, distribución, comunicación pública y transformación de cualquier parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta sin la previa autorización escrita de los titulares de la propiedad intelectual y los autores. El análisis y recomendaciones políticas de este documento no reflejan necesariamente las opiniones de CORDAID.

364.36 J76 sv

Jonathan no tiene tatuajes: crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada / José Luis Sanz Rodríguez, Daniel Valencia, Oscar Enrique Martínez, Roberto Valencia López, Carlos José Salinas Maldonado; fot. DeCessare Donna, Orlando Valenzuela, Toni Arnau, Loanny Picado; ed. Cristian Alarcón. --1a. ed.-- San Salvador, El Salv. : Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil, 2010. 221p. : il. fot.; 21 cm ISBN 978-99923-937-0-3 (español) 1. Pandillas - América Central -- Aspectos Sociales. 2. Pandillas-América Central-- Aspectos Políticos. 3. Pandillas-México-Aspectos sociales. 4. Violencia juvenil. 5. Delincuencia juvenil. I. Titulo

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CONTENIDO
Presentación
Jeannette Aguilar

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Introducción
Jóvenes Centroamericanos en la encrucijada. El ejercicio de narrar sus violencias cotidianas Roxana Martel.

Prólogo
La vida leve: Narrativas tejidas con violencia. Rossana Reguillo.

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Nota del Editor
Cristian Alarcón.

37 43 81 115 153 179

El Salvador: El Silencio entra en Sierra Alta
José Luis Sanz.

Guatemala: Jonathan no tiene tatuajes
Roberto Valencia.

Honduras: Una granada en el reino de los pesetas
Daniel Valencia.

Nicaragua: Los Cancheros y los Cholos del Reparto Schick
Carlos Salinas Maldonado.

México: En el camino
Óscar Martínez.

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PRESENTACIÓN

Presentación

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as pandillas juveniles han estado presentes en las sociedades centroamericanas durante los últimos 20 años. Des-

de hace algún tiempo, éstos son considerados importantes actores de la violencia que experimenta la región, particularmente de la que ocurre en los países del llamado triángulo norte de Centroamérica. La visibilidad que caracterizó a las pandillas en años anteriores asociada a su peculiar estética y el uso de simbolismos; a su dinámica violenta y, el discurso oficial dominante sobre estas agrupaciones, particularmente el que ha prevalecido entre los gobiernos del triángulo norte, los ha convertido en el emblema de la violencia, en los protagonistas de la nota roja. Las narrativas sobre las pandillas que se configuraron desde los medios masivos de comunicación, como un componente de las estrategias de manodurismo y cero tolerancia impulsadas en Guatemala, Honduras y El Salvador a inicios y mediados de esta década, contribuyó de forma importante a su mayor criminalización y estigmatización, a su legitimización como actores ilegales y a la deshumanización de aquel que presumiblemente fuera pandillero.

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PRESENTACIÓN

En este contexto, y con la finalidad de contribuir a una comprensión más amplia de las dinámicas que subyacen a las pandillas centroamericanas, que supere las generalizaciones simplistas que han caracterizado el tratamiento periodístico sobre el tema, la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil (CCPVJ), plataforma regional conformada por 16 organizaciones de la sociedad civil centroamericana y comprometida con un abordaje integral y comprehensivo sobre las pandillas, reunió en mayo de 2009, en un taller celebrado en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, de San Salvador, a seis periodistas de medios escritos y a varios miembros de sus organizaciones, para definir una estrategia de aproximación e inmersión a la dinámica de las pandillas, que permitiera construir una lectura de las subjetividades de los jóvenes y sus comunidades, a través de la herramienta de la crónica periodística.

Como resultado de este esfuerzo y luego de varios meses de trabajo y de intensa inmersión en los territorios y en las vidas y subjetividades de los pandilleros, sus familias, en la deplorable institucionalidad carcelaria y en las lógicas que marcan la violencia que aqueja a la juventud centroamericana, estos avezados periodistas bajo la coordinación del cronista Cristian Alarcón han producido 5 fascinantes crónicas que se ponen a disposición del público con esta publicación.

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PRESENTACIÓN

La pretensión de este proyecto fue la de utilizar el periodismo investigativo para coadyuvar a superar la simplificación del fenómeno, poniendo la mirada en la dimensión sociopolítica de la violencia que atraviesa a las pandillas, y con ello dejar en evidencia la contribución que a la misma ofrecen otros factores sociales y políticos, entre ellos, el debilitado entramado institucional que predomina en las sociedades centroamericanas.

De forma particular, dos de las crónicas desnudan el deshumanizante mundo de las prisiones que alberga a miembros de las pandillas y la corrupción que ha perneado históricamente la dis-funcionalidad del sistema penitenciario, haciendo cada vez más distante el punto de retorno a la rehabilitación y reinserción social.

Esperamos que este esfuerzo de periodismo investigativo sobre el mundo de las pandillas y la violencia, considerado pionero en la región, permita plantear nuevos desafíos en torno a la manera de hacer periodismo en Centroamérica, especialmente sobre la forma de narrar las violencias que aquejan a las juventudes de estas frágiles sociedades. A su vez, que el estudio ofrezca un marco de análisis de la violencia, que contribuya a deconstruir las tradicionales conceptualizaciones polares que predominan en la definición de las pandillas y la violencia juvenil y apunte a la urgente necesidad de atender los factores de

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PRESENTACIÓN

orden social e institucional que siguen estando a la base de la existencia y evolución de estas agrupaciones y de las espirales de violencias que caracterizan a nuestros países.

Jeannette Aguilar Directora del Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) San Salvador, febrero 2010

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INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

Jóvenes centroamericanos en la encrucijada. El ejercicio de narrar sus violencias cotidianas
Roxana Martel Profesora Investigadora Departamento de Letras, UCA

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os medios de comunicación nos informan diariamente de algunas de las formas más expresivas y graves de las vio-

lencias en Centroamérica. Sin embargo, la realidad desborda la posibilidad de ir más allá de los reportes judiciales. Estos se convierten en datos fatales y desesperanzadores de un futuro posible. Este libro tiene sus orígenes en esta preocupación compartida y tiene nombres propios.

La Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil (CCPVJ) le propuso a José Luis Sanz1 la realización de un proyecto sobre crónicas periodísticas de violencia y juventud. Para el desarrollo de las crónicas se convocó, además, a los periodistas Daniel Valencia2, Carlos Salinas Maldonado3, Óscar Martínez4, y Roberto Valencia5, quien coordinó y dio seguimiento a todo el proyecto. Gracias al apoyo de la agencia holandesa de cooperación, CORDAID, a través de Rosa Vargas, esta iniciativa pudo concretarse y realizarse entre julio y septiembre de 2009.
1. Periodista español independiente, con una década de residencia permanente en El Salvador 2. Periodista salvadoreño que labora para el periódico digital El Faro. 3. Periodista nicaragüense que labora para el diario La Prensa de Nicaragua. 4. Periodista salvadoreño independiente que realizó el proyecto periodístico “En el camino”, crónicas sobre el fenómeno migratorio publicadas en el periódico digital El Faro. 5. Periodista vasco independiente con ocho años de residencia permanente en El Salvador.

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INTRODUCCIÓN

La propuesta original del proyecto fue el diálogo. Que periodistas y organizaciones de sociedad civil pensaran temas que mostraran la complejidad de las violencias vividas por los jóvenes en la región. A partir de allí, generar un conocimiento más denso y con mayores matices de lo que está pasando en los territorios. El producto de esa discusión son las crónicas que contiene este libro.

El proyecto buscó generar condiciones para un ejercicio periodístico que fuera más allá de contabilizar y ubicar en territorios específicos las violencias. Recuperar el drama, las encrucijadas humanas que viven los jóvenes. Es allí donde inician y terminan los hechos violentos. Tanto a periodistas como a quienes forman parte de las organizaciones les interesaba dar cuenta de las múltiples rupturas y silencios con una violencia que parece expandirse sin retorno.

La idea de ensayar formas distintas de narrar la violencia contó con la complicidad y el apoyo genuino de la antropóloga mexicana Rossana Reguillo6 quien junto con otros colegas en la región hemos venido discutiendo la urgencia de este ejercicio necesario. Gracias a esa red que se va tejiendo a partir de las preocupaciones compartidas, el periodista argentino Cristian Alarcón7 aceptó participar en este proyecto colectivo como
6 Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente, ITESO. 7 Profesor de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y periodista del periódico La Crítica, de Argentina.

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INTRODUCCIÓN

tallerista y editor de las cinco crónicas producidas. Además, se unieron, la fotoperiodista Donna DeCessare8, quien realizó las fotografías de Guatemala, El Salvador y Honduras. Toni Arnau9, aportó su mirada con las fotografías en México. Las fotografías para la crónica de Nicaragua fueron realizadas por Orlando Valenzuela y Loanny Picado10.

En definitiva, este es un proyecto colectivo. El proceso fue, ante todo, de aprendizaje y de replantear certezas sobre los límites y las posibilidades de un ejercicio periodístico necesario ¿Cómo contar los silencios, los miedos que se meten en los cuerpos, las ilusiones de los desahuciados, el futuro de los que no lo ven? Esas fueron algunas de las preguntas que la producción de estas crónicas nos generó a todos los que nos involucramos en el proyecto.

De qué periodismo hablamos: periodismo narrativo. Por qué la crónica.
arrar la violencia es un ejercicio delicado y fundamental en las frágiles democracias centroamericanas. El autori-

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tarismo y la tolerancia a reiteradas violaciones de los derechos humanos parecen ser las respuestas más fáciles a las múltiples formas y consecuencias de una violencia que parece inexplica8 Profesora de la Universidad de Texas. 9 Fotoperiodista miembro de la Asociación Ruido Photo http://www.ruidophoto.com/wordpress/ 10 Fotoperiodistas nicaragüenses.

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INTRODUCCIÓN

ble. Esta situación también pone en crisis las maneras de hacer un periodismo que desde su campo contribuya a fortalecer esas democracias.

El interés desde el principio fue recuperar el relato, es decir, hacer una inmersión en los territorios para escuchar a los protagonistas, caminar con ellos, desde el conocimiento denso de los lugares y los actores. Para ello, se optó por trabajar desde el periodismo narrativo. La aplicación de este enfoque en la investigación buscaba acercarse de manera etnográfica al lado menos visible de la violencia. De esta manera, poner luz con las historias sobre lo que han hecho o dejado de hacer las instituciones responsables y la sociedad en su conjunto.

La herramienta elegida fue la crónica. Este relato capaz de poner en relación una serie de hechos a los que se llega a través del conocimiento profundo de territorios y personajes. La crónica aspira a entender el movimiento, el flujo permanente. Se escapa de los lugares tradicionales y hace visible la multiplicidad. A partir de ello, la crónica busca prefigurar un nuevo orden que tiene como punto de partida el conflicto (Reguillo, 2000).

La crónica es un producto híbrido y marginal. Permite cruzar disciplinas, géneros, voces, escenas, tiempos. Los relatos hablan desde el testimonio, las poéticas, la biografía, las narrativas, etc. Con esa diversidad de recursos es posible acercarse de una

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INTRODUCCIÓN

manera más fina a las múltiples dimensiones de una violencia parece haberse convertido en escenario, actor y parlamento de realidades cada vez más confusas.

En el ejercicio que emprendimos en este proyecto, los cronistas fueron nómadas en los territorios de violencia en los que convivieron. Su reto fue percibir mientras se movían. En ese movimiento fueron capaces de romper el monopolio de la autoridad discursiva, valores y símbolos a los que estamos habituados en el periodismo judicial diario. Los protagonistas no son, solo, las autoridades policiales o institucionales. Desde las crónicas se escucha la voz del joven, las familias, los amigos. Pero no solo la voz, también los silencios, las reservas, los miedos.

Estas crónicas son documentos que analizan la realidad social. Su producción y difusión las convierte en un instrumento de reflexividad. Si bien lo que se presenta en este libro son las crónicas finales, estas han sido producto de un ejercicio de diálogo y construcción reflexiva en el que todos los involucrados hemos sido afectados de alguna manera. “Mientras la información pretende saciar la curiosidad del lector y así tranquilizarle, la crónica intenta despertar su interés e inquietarlo”, decía Martín Caparrós11 al hablar de la crónica. Es, precisamente, ese efecto el que hemos vivido a lo largo de la realización de este proyecto.
11 Feria del Libro de Madrid, junio de 2008.

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INTRODUCCIÓN

Inmersión en los territorios: El diálogo entre periodistas y sociedad civil.
l periodismo narrativo no es posible sin el diálogo con quienes conocen y trabajan en los territorios, es decir,

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con organizaciones de sociedad civil y líderes comunitarios. Es desde ellos que se puede acceder a las comunidades. En esa actitud nómada de los cronistas, el acompañamiento de un guía o lenguaraz12 es vital.

Este diálogo, en la práctica periodística cotidiana se ve limitado, cuando se da, a una relación fuente-periodista muchas veces prejuiciado de ambos lados. Por esta razón, el trabajo de producción de las crónicas se inició con un taller sobre Periodismo y Narración en El Salvador, dirigido por Cristian Alarcón. En él participaron los periodistas involucrados en el proyecto y miembros de organizaciones de sociedad civil13.

En el taller salieron a la luz debates como los límites de las formas actuales de contar la violencia. Cómo sortear un habla incierta, precavida y temerosa llena de desconfianza por quienes viven todos los días en la frontera de la vida y la muerte. Cómo captar las temporalidades múltiples que se instauran en los espacios habitados por los jóvenes y sus mundos que se encuen12 Adjetivo que dio Cristian Alarcón en el taller para caracterizar a las personas que permiten la entrada a los territorios. 13 El taller se realizó entre el 6 y el 8 de junio en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, UCA. Las organizaciones que participaron fueron representantes de las 16 organizaciones de la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil, CCPVJ. Además se invitó a profesores del Departamento de Letras y Comunicaciones de la UCA.

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INTRODUCCIÓN

tran siempre al límite. Cómo salir de la trampa víctima-victimario. Es decir: cómo mostrar la complejidad de los conflictos y los actores que viven en las comunidades, en los espacios públicos, privados e institucionales.

En el taller se llegó a distintos puntos de acuerdo sobre estos dilemas. En primer lugar, la certeza de que solo es posible salirse de las trampas de la simplificación escuchando y haciendo visibles las múltiples voces en los territorios. Sobre todo, ofrecer el estatuto protagónico a los que sistemáticamente han sido excluidos y marginados en las coberturas informativas. En este sentido, el compromiso adquirido fue el de romper con el silencio de personas, situaciones y espacios condenados a la oscuridad.

Un segundo acuerdo, con el que se inició este proceso de producción, fue asumir que la crónica que se hace cargo de las violencias que viven los jóvenes, debe hacerse cargo también de la vulnerabilidad de los sujetos con los que trabaja. Uno de los reclamos de las organizaciones de sociedad civil fue la práctica, desde la nota judicial descontextualizada, de criminalizar sujetos y lugares. Frente a esta tendencia, el compromiso de los cronistas fue abrir la mirada hasta el punto de dejarse afectar por lo que no es posible captar en una primera vista. Narrar las historias con la descripción hecha desde dentro.

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INTRODUCCIÓN

El tercer acuerdo fue establecer una relación franca y honesta con todos los que participarían en el ejercicio de inmersión de los cronistas. Este ejercicio exige una actualización permanente de las relaciones entre el cronista y los sujetos desde los que conoce los territorios. Centroamérica es objeto de interés noticioso internacional. Periodistas, tanto de la región como fuera de ella, llegan y salen de los territorios con distintos materiales informativos. No todos los que se acercan han cumplido los compromisos asumidos con las instituciones, las comunidades y las personas. Esta situación ha generado una doble desconfianza al momento de establecer las relaciones entre los cronistas y los actores sociales. De allí la importancia del tercer acuerdo para la realización de este proyecto

Fueron tres días intensos de debate, desacuerdos y acuerdos que lograron desmontar las desconfianzas mutuas iniciales y asumir el compromiso de realizar los temas acordados para las crónicas. El eje central que domina este libro es la violencia asociada a los jóvenes que tienen alguna relación con las pandillas en la región centroamericana. Si bien esta no es la única condición bajo la cual se reproduce la violencia que viven los jóvenes, sí es cierto que las pandillas han sido los actores en los que se han centrado las políticas de seguridad de los gobiernos. También, en los medios de comunicación, aparecen como los actores más visibles de la violencia. Pese a esto, los relatos dominantes se construyen desde las voces institucionales y con ejercicios de inmersión casi inexistente.

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INTRODUCCIÓN

El interés al que llegamos en la discusión de esos tres días fue captar temáticas que, si bien están vinculadas a las pandillas, no se están contando en los medios tradicionales. Asociado a ello, se definieron cinco temas. Cuatro de ellos ambientados en cada uno de los países de la región (Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua). El quinto tema abordó el fenómeno de la violencia juvenil desde una de sus consecuencias: la migración forzada hacia Estados Unidos y el paso obligado por México.

El ejercicio de investigación de campo y de escritura se hizo en tres meses. Al finalizar, en octubre, se realizó un segundo taller. Coordinados por Cristian Alarcón, los cronistas y el equipo técnico de la CCPVJ realizamos un proceso de lectura y edición colectiva de los textos. Durante estos tres días intensos de lectura, escucha, asombro y un tremendo ejercicio de humildad, quienes participamos en el taller pudimos dialogar y debatir sobre las propuestas narrativas de los cronistas. Además de las crónicas, en ese espacio se compartieron las preguntas, las dificultades y los afectos generados en el terreno que de alguna manera dan sentido a los conflictos desentrañados en los textos.

El itinerario de este libro
espués de un cuidadoso proceso de edición de las crónicas finales hecho por Cristian Alarcón, tenemos las cin-

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co crónicas que conforman este libro. La primera de ellas es la crónica del periodista José Luis Sanz. Esta nos narra los silencios

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INTRODUCCIÓN

y las desconfianzas en uno de los barrios de Mejicanos, municipio del Área Metropolitana de San Salvador. A partir de un doble homicidio, se inicia un recorrido por el mapa imaginario del barrio. En él se descubren las marcas liminares de la vida y la muerte que caminan erráticas determinando reglas, desplazamientos y formas de convivencia asentadas en la sospecha y el miedo. La crónica nos permite también ser testigos del recuerdo épico y la presencia simbólica de las pandillas de finales de la década de 1980 y sus protagonistas.

La segunda crónica nos desplaza al espacio y las relaciones familiares de un pandillero en Guatemala. Roberto Valencia narra la vida cotidiana, las preocupaciones y las ilusiones de una familia instalada en esa zona gris que desde fuera se ve con sospecha, pero desde dentro sortea el día a día de la sobrevivencia. Junto a este retrato familiar vemos puntos en los que las instituciones públicas tocan tangenciales las urgencias y demandas personales. Las instituciones y las vidas humanas van corriendo paralelas, sin lograr ofrecer garantías a quienes desde los márgenes van resolviendo en condiciones precarias.

En Honduras, de la mano de Daniel Valencia, entramos al mundo de los disidentes: los retirados de la vida pandillera. En un mundo con cuentas pendientes, los retirados hacen nuevas alianzas para defenderse, acuerparse y reinventar esa otra vida fuera de las pandillas. El recorrido nos lleva desde dentro ha-

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INTRODUCCIÓN

cia afuera a la vida de los retirados de la Penitenciaría Nacional Marco Aurelio Soto de Tegucigalpa. En este movimiento, vemos cómo las reglas se siguen sorteando en los límites que dictan la fuerza, la corrupción y la lucha por el poder en el contexto penitenciario.

En un contrapunto, nos desplazamos al interior de uno de los barrios populares de Managua, Nicaragua. Carlos Salinas nos muestra cómo las pandillas nicaragüenses se han consolidado de una manera distinta a los otros tres países centroamericanos. En Managua, las pandillas son pequeños grupos de vecinos y amigos asociados a los barrios. Ha habido un fuerte trabajo comunitario que, sin embargo, con el creciente tráfico ilegal de armas enfrentan una amenaza cada vez más visible en los territorios.

Finalmente, Óscar Martínez nos atrapa en una crónica de viaje desarrollada en México, en la que sus protagonistas huyen del miedo, de la impotencia, del “mejor-váyanse” que les sentencia anónima una serie de muertes cercanas. Tres jóvenes se unen a la fuga de centroamericanos expulsados por no ver en su propia región espacio para un futuro posible.

En un diálogo de dos tiempos con el cronista, los jóvenes dan cuenta en un primer tiempo (el actual) de las angustias, temores y la necesidad de creer en el final esperado de su diáspora. En el segundo tiempo (el de su pasado) el relato nos muestra lo difu-

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INTRODUCCIÓN

sos que son los límites entre lo seguro y lo impredecible; entre víctimas y victimarios; entre el azar y las venganzas planificadas.

Temas diversos a los que llegamos desde la voz de los distintos actores y donde los cronistas entraron para recrear los matices de las violencias, ajenos a los que desde fuera solo alcanzamos a ver sus efectos más visibles. La apuesta en estas crónicas ha sido ensayar un corredor de espejos donde como sociedades podamos vernos con más precisión.

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INTRODUCCIÓN

A manera de cierre: Hacia un periodismo más complejo
l finalizar este proyecto y contar con las crónicas que ahora se entregan a los lectores, tenemos la certeza que narrar

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la violencia que viven los jóvenes en Centroamérica implica un compromiso por ir más allá de la nota diaria en la que los reportes policiales cuentan una parte limitada de los conflictos.

En ella se deja de lado una serie de elementos, problemas y actores que entran en juego en las distintas violencias. Desde Centroamérica, esta fue una primera experiencia en la que periodistas y organizaciones encontraron el interés común: salir de las trampas que impone el ritmo acelerado de la nota diaria, para mostrar lo que no se dice de las violencias que se han vuelto cotidianas.

La esperanza es que con una mirada más profunda, más compleja de las violencias, sea mucho más pertinente la manera en que desde las instituciones nos comprometemos a abordar los problemas que las generan. En definitiva, no es la violencia el tema, sino la impunidad, que es una manera de declarar que la desigualdad es para siempre. En palabras de Carlos Monsiváis, “la crónica puede ser un género de la solidaridad -a veces desde la impotencia- que le permite a los lectores enterarse de lo que está pasando sin caer en la desesperanza”14.
14 Feria del Libro de Madrid, junio de 2008.
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INTRODUCCIÓN

La esperanza nace de la certeza que hay responsabilidades claras en las comunidades, en las instituciones públicas, en las organizaciones de sociedad civil, en los medios de comunicación. Hasta ahora ha predominado la gestión individual y aislada de los actores que viven de cerca (con la piel) los conflictos actuales. La tarea es, pues, recuperar el proyecto colectivo. Sí hay un futuro posible y con este texto queremos contribuir a él.

Casselberry, Florida, Enero 2010

Bibliografía
Alarcón, Cristian (2009) Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Buenos Aires: Kapelusz Editora, Norma. Reguillo, Rossana (2000 ) “Textos fronterizos. La crónica, una escritura a la intemperie”. En revista Diálogos de la Comunicación N. 58, FELAFACS, Perú. Monsiváis, Carlos (1996) Los rituales del caos, México: Era.

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PRÓLOGO

PRÓLOGO

La vida leve: Narrativas tejidas con violencia
Rossana Reguillo Profesora-investigadora Departamento de Estudios Socioculturales ITESO

“¿Mentendés?”

pregunta uno de los jóvenes pro-

tagonistas de estas crónicas, cada vez que se desliza por los recuerdos que va deshilvanando frente a su atento interlocutor. Más que estrategia retórica o estribillo inconsciente, la pregunta parece interrogar los propios recuerdos del narrador, como si con cada “¿mentendés?, se acercara un poco más a una mínima auto comprensión de su historia de plomo y sangre; explicarse a sí mismo “ese día”, esas horas, ese momento, esa permanente contingencia, que marcaría, definitivamente, su futuro. Y es que la historia, la biografía de estos jóvenes, envueltos en las violencias cotidianas de sus barrios, sus ciudades, sus países, se juega siempre así: en un día, en un momento, en un cierto encuentro a la vuelta de la esquina, en un rato en que la vida parece transcurrir sin sobresaltos y se baja la guardia. Lo contingente define los trayectos; lo aparentemente anecdótico, lo imprevisible o justamente, lo predecible, sella el destino sin concesiones, ni miramientos. Eso se sabe, lo saben bien los jóvenes que se encuentran atrapados en una espiral de violencia que no cesa. La

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PRÓLOGO

vida es apenas un tramo de suspiros entrecortados que sucede entre los “verdaderos días” que definen, en serio, la propia biografía: huir o atacar; quedarse o migrar; recibir un balazo, gatillar un arma; ser encarcelado o escapar; morir o no morir, eso es lo que cuenta, de esos “verbos” se va tejiendo el relato que se narran y que narran.

El futuro es un lujo que no pueden permitirse, mientras su presente se alarga, se dilata sin ofrecer descanso. El reloj de la urgencia comanda cada acción, cada gesto, cada palabra dicha y no dicha.

Mientras, entre promesas y amenazas de los discursos oficiales y oficiosos, la violencia, la negación de la vida otra y de la propia, el gesto urgente, que más que rebelde y anómalo es una respuesta aprendida en la que se sabe que se juega la vida, se instauran con naturalidad en esa vida cotidiana hecha de interrupciones, de estruendos o silencios.

Este libro tiene una historia compleja, intensa, continental y difícil, pero necesaria. Aunque es Centroamérica la región que se narra en estas desnudas, crudas, violentas pero estupendamente contadas historias, su factura proviene de conversaciones hemisféricas, de complicidades intelectuales y afectivas, de preocupaciones compartidas y de un solo afán: develar para entender, narrar para transformar. Narrar es una manera de ilu-

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PRÓLOGO

minar las zonas ciegas de una sociedad que se niega o tema “ver”, porque mirar es comprender, porque comprender es un acto político sin marcha atrás.

Las crónicas que constituyen este libro, son el producto de muchos afanes, búsquedas, dificultades, conversaciones desveladas, encuentros en San Salvador, Guadalajara, Buenos Aires, Ciudad de México. Y hoy finalmente, gracias al esfuerzo e idea original de Roxana Martel, al compromiso asumido por Adilio Carrillo, al trabajo de taller y de edición de Cristián Alarcón y de manera especial, al intenso trabajo de cinco autores, jóvenes cronistas/periodistas, pensadores de lo contemporáneo y viajeros temerarios y nunca temerosos por los territorios de la violencia, tenemos un libro que cambiará de muchos modos, las maneras de entender las violencias juveniles en la Centroamérica contemporánea, sacudida por diferentes urgencias pero interpelada de las mismas maneras por una globalización capitalista que no da tregua.

Los discursos del poder, paralizados por su incapacidad de ofertar futuros, certezas, condiciones para que numerosos o atrincherados en la certeza militarista o policiaca, siguen apelando a la coartada de que millones de jóvenes en América Latina y el Caribe, puedan optar por hacer de la violencia cotidiana algo prescindible o, dicho menos ambiciosamente, una opción entre otras muchas; sin embargo, este libro muestra de múltiples

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PRÓLOGO

maneras los modos –no arbitrarios- en que “los protagonistas” entienden y definen su mundo, los códigos de vida o muerte, los arreglos cotidianos, el viaje en sentidos diversos, como el que va del paseo nervioso desde la silla de ruedas, la excursión carcelaria o los caminos indómitos de las múltiples fronteras que existen entre el sur y el norte. La violencia no es una opción en estas biografías. Este es un libro que se lee rápido, con avidez, urgentemente, pero es un libro que deja preguntas que no se responden fácilmente.

No hay una secuencia o lógica particular que organice los relatos que el lector tiene en sus manos; no hay, y eso es importante, lecciones morales ni juicios sumarios a los jóvenes “pandilleros” o a la sociedad, ni siquiera se condena de manera abierta a las autoridades o a los “dinosaurios” que hacen de los jóvenes un botín codiciado; no hay en estos textos, la búsqueda infatigable, que parece perseguir a muchos medios y discursos oficiosos, del verdugo perfecto o de la víctima ejemplar.

El valor y la dureza de este libro radican, justamente, en su capacidad para suspender el juicio moral, el veredicto, el afán vengador y justiciero. Se narra la vida de estos jóvenes lanzados al trampolín inagotable de una vida fraguada al borde del abismo, donde una bala, un camino polvoriento, un encuentro, un rumor, constituyen el hilo que sostiene, entrecortadamente, como un hipo inoportuno, el precario tejido que articula la existencia.

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PRÓLOGO

¿Se es joven o viejo a los 21 años?, los fragmentos narrativos que aquí se desgajan, aportan complejas evidencias en torno a nuestra moderna concepción de los años que se acumulan en clave biológica. Nada en estos territorios bravíos parece responder a los criterios “clásicos” de la modernidad. En estas geografías de la violencia, signadas sin abogado de por medio, la “edad” es un criterio irrelevante, una condición casuística, aunque siempre presente. Lo que cuenta es la velocidad en la que se desarrolla y transcurre el camino hacia un cierto “desenlace”; en todas estas crónicas ronda como un pesado espectro la idea de “conclusión”.

Al leer este importante libro, el lector se percatará de un elemento fundamental: el presente y el pasado, adquieren su relevancia en función de los resultados, de los modos en que la trama se articula en un relato “decible”, que encuentra su explicación en un siempre “a posteriori”. Es pues la lógica de los resultados: una invalidez, una muerte, un viaje, un encuentro fortuito pero fundamental, los que se convierten en claves ciertas y específicas para interpretar y dar sentido a esa vida leve que transcurre velozmente. La evidencia es por tanto el ábaco que suma y resta, que produce la ecuación fatal, de la que no se puede huir, de la que no se puede o no se quiere escapar, porque es esta ecuación la que dota de sentido al sobresalto permanente. “Soy pandillero, mi destino es morir o matar”; “soy redundante, mi destino es morir o migrar”, “soy hombre, mi destino es matar

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PRÓLOGO

o someterme”; “soy salvadoreño, guatemalteco, nicaragüense, hondureño, mi destino es morir, matar y asumir mi destino”.

Los destinos posibles, aunque Sony Entertainment o la esposa del Presidente en turno, o los organismos internacionales o locales, se empeñen en producir relatos alternos, son claros: matar o morir; sufrir o hacer sufrir, contentarse siempre con el “día después”, como bono: despertar en la cárcel; amanecer en un bus que nos traslada hacia ningún lado mejor; festejar, aliviados, la muerte y desgracia del enemigo jurado; lamentar en soledad, la pérdida momentánea o eterna de la “jaina”, de la madre, de la clika valedora y pese a todo seguir los ritmos de la vida como si nada pasara.

Este pequeño libro está plagado de guiños, de gestos que en clave histórica y cultural, logran sacar de la lógica punitiva, espectacular y generalmente reductora, los paisajes de la violencia juvenil. Los autores se abstienen de convertir su narrativa en “relato ejemplar”, en “fábula disciplinante”, en páginas “sinceramente consternadas” por el destino de estas vidas al borde del precipicio. Logran, por el contrario, involucrar al lector y articular de una manera poderosa la estética (del relato) con la ética (del narrador) y sin restar dramaticidad, no se deslizan hacia la victimización de los protagonistas. La mano de Cristian Alarcón, su perspectiva clave en los temas de las violencias latinoamericanas, imprime a este libro una velocidad vertiginosa, como la

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PRÓLOGO

vida misma que se narra al ser vivida. Un gesto aquí, otro gesto allá, marcan de maneras sutiles las diferentes bio-narrativas que el lector tiene en sus manos. Un instrumento cartográfico para repensar el mundo.

Las distintas “viñetas”, que se dibujan como paisajes de fondo en estos textos, conectan de maneras múltiples y fascinantes con el acervo cultural compartido: se alude a los contra estereotipos (salir de la cárcel a los 21 años, es ser demasiado viejo); se alude a lo invisible (en la cárcel opera un sistema que establece con claridad quiénes son los “chingones”; hay ojos en los barrios que todo lo observan); se alude a la cultura popular y a una geopolítica precaria (el carro de las noticias, la tiendita, la calle); se habla de las contradicciones irresueltas (el joven campesino que intenta ser un joven urbano); se acuñan frases insignias (“vomitados centroamericanos”); se intenta, vanamente, construir diferencias (por ejemplo, la que se establece entre migrar y escapar). Este no es un libro fácil, “¿mentendés?”, es un libro que viaja a los territorios descarnados y poco metafóricos en los que transcurre el devenir de ciudadanos maltrechos en un mundo que expulsa, que empuja hacia delante, hacia la violencia como lenguaje cotidiano.

Los textos que componen este libro avanzan con paso seguro y al mismo tiempo abierto a la incertidumbre. Oscar Martínez, José Luis Sanz, Roberto Valencia, Carlos Salinas Maldonado y

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Daniel Valencia, no se contentan con la construcción de un relato “aséptico”, se juegan a fondo y en cada página de este intenso libro, se percibe el sudor, la adrenalina andando por los cuerpos, los olores a fritangas y a muerte. Estos cronistas no inventan el idiolecto (esa forma de hablar la vida y la violencia de cada uno de los protagonistas de estas historias), pero son capaces de dar cuenta, claramente, del sociolecto (los usos sociales del lenguaje mediados por la cultura de pertenencia), que por ello, imprime a cada relato un realismo que transita de la ternura a la brutalidad, del apego al odio. Hace ya varios años José Ignacio Henao y Luz Stella Castañeda, profesores e investigadores de la Universidad de Antioquia en Medellín, desarrollaron una pionera y fundamental investigación en torno al lenguaje de los jóvenes de las comunas populares de Medellín. Conocido como “parlache” (que alude en una poderosa simbiosis al habla –parlar-, y al parche, como se denomina en Colombia al grupo de amigos en el barrio), un habla hermética (cerrada para los no iniciados) y un habla hermenéutica (capaz de producir sentido y significados). Del parlache, siempre me han sorprendido dos expresiones: muñeco y parcero. La primera, muñeco, alude a alguien que ha sido asesinado, al cuerpo sin vida de un adversario; la segunda alude al amigo leal, al compañero. El lector, podrá constatar a lo largo de estas crónicas, esta misma tensión (por llamarla de algún modo), entre jóvenes que se debaten entre el cariño y la fidelidad, al hommie, al amigo, al hermano y el desprecio o frialdad frente ante el enemigo.

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PRÓLOGO

Muchos son los temas fundamentales que este libro aporta como pistas esenciales para una mejor comprensión de esas geografías escarpadas y contingentes que son las violencias juveniles. Destaco tres que me parecen claves: el papel de las mujeres en estos escenarios, la presencia de las Iglesias evangélicas y la fuerza del territorio. No me corresponde a mí, en este prólogo una interpretación o análisis detallado de esos elementos, pero no he podido dejar de apuntarlos como caminos hacia una mejor intelección.

Concluyo estas páginas desde Guadalajara, con la noticia, terrible, de la masacre de 14 jóvenes a manos de un comando armado, en Ciudad Juárez, Chihuahua, la ciudad de los feminicidios y la violencia descarnada. No hay claridad en torno al móvil, los jóvenes eran en su mayoría estudiantes de una escuela preparatoria que se encontraban celebrando el triunfo en un partido de fútbol.

A estas muertes, se suman la de otros 28 jóvenes en la misma ciudad. Fueron masacrados en centros de rehabilitación de adictos, en dos eventos ocurridos en un lapso de dos semanas en septiembre de 2009; en el primero fusilaron a 18 y en el segundo a diez. Y la cuenta sigue. Por ello, considero que este libro tiene un doble valor: uno de orden testimonial y otro, imaginativo. Quiero decir con esto, que lo que hacen estos jóvenes cronistas y las historias que relatan, es lanzarnos el desafío de imaginar,

PRÓLOGO

inventar (in venire, hacer venir), los horizontes y escenarios que hagan posible otra narrativa, otro futuro, que hagan inútil la opción por la violencia.

Si, “la literatura está hecha para que la protesta humana sobreviva al naufragio de los destinos individuales”, como dijo Jean Paul Sartre, pienso que el periodismo narrativo, la crónica, están hechos para que el naufragio de los destinos individuales, encuentre su verdadera dimensión humana y nos ayude a arribar a la otra orilla.

Guadalajara, Febrero 2010

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Jóvenes centroamericanos en la encrucijada.
El ejercicio de narrar sus violencias cotidianas

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Los jóvenes de estas historias mueren rápido. Tan rápido que algunos de los cronistas invitados a reportearlas y escribirlas no alcanzaron a publicar antes de que a los jóvenes que entrevistaron los mataran. La muerte se repite en estas historias tanto que hubo que hacer malabares para no nombrarla en cada título, en un intento de negarle protagonismo y dejar que fluyera el vitalismo extremo que se vive en la pandilla, en el barrio, en la cárcel y en la frontera. La muerte acecha, previsible pero silenciosa, como un insecto que se acerca inofensivo con su aguijón listo para ser clavado en un segundo, sin ceremonias previas. Y luego se queda quieta otra vez, en el silencio de los que la sobreviven. Para alcanzar el corazón de las historias en las que la muerte danza escondida es necesario valerse de las armas del periodismo, que no llevan pólvora, que no matan, que dan vida:

Valor para observar y preguntar, acompañar y disentir, desprovistos de prejuicios. Compromiso con la palabra y el lenguaje para no sucumbir ante la tentación del relato lacrimógeno sin dejar de comprender que el melodrama explica la violencia mejor que las estadísticas. Pasión por el otro, por su universo de sentido, por su mirada sobre el mundo que es tan importante como la del cronista. Compasión por el otro, en el sentido de ponerse

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en su lugar e intentar comprender la dimensión del dolor que siente el otro, y del dolor que produce el otro. Persistencia en el intento de traspasar los velos que cubren una historia de violencia. Persistencia al indagar y al indagarse. Persistencia al escribir y volver a escribir. Buen humor.

América Latina en su complejidad creciente necesita de un nuevo periodismo más nuevo que el nuevo periodismo de los maestros que innovaron en el género a partir de la década del sesenta. En las redacciones en las que las historias sobre jóvenes como los que protagonizan este libro aparecen sólo en breves reportes burocráticos habitan miles de periodistas que querrían escribirlas y no logran ni el espacio, ni el tiempo, ni la paga para hacer lo que debería ser su trabajo. En cada país hay nuevos cronistas con la inquietud necesaria para volver a mirar la realidad e intentar cambiarla.

Pero los medios de comunicación y los periódicos en particular están cada vez más lejos de permitir la producción de textos que sirvan para ese fin, sino todo lo contrario. Por eso la alianza entre organizaciones que trabajan metidas en el barro de los problemas que vive la gente y la crónica resulta de una potencialidad política extraordinaria. Hay que agradecer la valentía de la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil, y sobre todo la de quien tuvo la idea de innovar de esta manera, la antropóloga Roxana Martel, porque han abierto

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un surco nuevo, en el que muchos otros, organizaciones y cronistas, podrán atisbar para sembrar lo propio.

En el taller de crónicas que inauguró el proceso en el que construimos estas historias los cinco periodistas recibieron sólo dos libros como material obligatorio de lectura –luego cada uno hizo su propio camino bibliográfico--: Operación Masacre (1957), del escritor argentino Rodolfo Walsh y Los muchachos de la calle, de Pier Paolo Pasolini. En el primero Walsh, asesinado luego por los militares durante al ultima dictadura, reconstruye el fusilamiento de un grupo de militantes peronistas y lo hace no solo valiéndose de las técnicas literarias sino de una comprensión de lo que podríamos llamar coreografía de la violencia. Funda además, nueve años antes que Truman Capote con A sangre fría, la novela de no ficción. En el segundo, la primera novela de Pasolini, publicada en 1955, el escritor mueve sus muchachos por una Roma en ruinas después de la segunda guerra mundial.

Es entre la coreografía de la violencia de Walsh en su afán de buscar justicia ante un hecho violento e injusto, y la coreografía de la violencia de Pasolini cuyos jóvenes romanos están a la deriva en una ciudad perdida, sin futuro y sin certezas, que los cronistas de este libro se sitúan y crecen. En cada uno de ellos la injusticia y la incerteza fueron el motor de sus búsquedas. Por eso han cumplido con todo lo necesario para llegar al corazón de sus relatos. Han sido dueños del necesario valor, se han sacado

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de encima los prejuicios, se han comprometido con el lenguaje, han sido persistentes y sobre todo han tenido un extraordinario humor y vitalidad. Los fotógrafos Donna de Cesare en Honduras, El Salvador y Guatemala; Toni Arnau del grupo Ruido Fotos en la frontera y Orlando Valenzuela y Loanny Picado en Nicaragua, reportearon hombro a hombro con los cronistas cada territorio y lo hicieron a pesar de transitar escenarios de profunda desconfianza y tensión sobre todo con la toma de imágenes.

Oscar Martínez en su odisea en la frontera al lado de tres hermanos que escapan a la muerte; Roberto Valencia en su convivencia y amistad con el fallecido Neck, del Barrio 18; Carlos Salinas, en su incursión al Reparto Schick de Managua donde supo temblar ante el cañón de un mortero hechizo; Daniel Valencia a la hora de poner el cuerpo en la cárcel hondureña para reconstruir la explosión de una granada que mato a ex pandilleros del Barrio 18 y la Mara Salvatrucha; y, José Luis Sanz, subiendo incansable, una y otra vez, a la comuna de Sierra Alta en San Salvador para romper el silencio tras una masacre atribuida a la MS. Todos han sido investigadores y narradores, cronistas de comienzo a fin. Todos han sabido caminar con el paso ambivalente pero respetuoso que exige el territorio encendido por la lógica de una juventud embarcada en la misión de sobrevivir a pesar de la incertidumbre y la inquietud.

Cristian Alarcón, Lima, febrero 2010.

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EDITOR

Cristian Alarcón
La Unión, Chile, 1970

Vive en la Argentina desde 1975. Autor del libro Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Por esa crónica sobre la vida de los pibes chorros  en Buenos Aires recibió el premio Samuel Chavkin a la integridad periodística en América Latina, otorgado por NACLA (North American Congres of Latin America). Durante unos diez años escribió sobre violencias, conflictos y tensiones de las ciudades en Sociedad y Cultura del diario Página/12. Luego continuó sus investigaciones y crónicas en la revista TXT, Gatopardo, Rolling Stone, Soho, y en el diario Crítica de la Argentina, donde hoy escribe. Becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en el taller de Riszard Kapuszinsky; en 2009 fue nombrado maestro del taller de crónica sobre el carnaval de Barranquilla por  la misma FNPI.  Actualmente es el Director Académico del Proyecto de seminarios y talleres para periodistas “Narcotráfico, ciudad y violencia en América Latina” que se realiza entre esa Fundación –presidida por el premio nobel Gabriel García Márquez-- y el Open Society Institute y el coordinador de la primera Red de Periodismo Judicial de America Latina.

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El silencio entra en Sierra Alta
José Luis Sanz

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José Luis Sanz
Valencia, España, 1974.

Desde 1999 vive y hace periodismo en El Salvador. Allí ha sido reportero y editor jefe de las revistas Vértice y Enfoques, ha hecho radio y televisión, y durante cuatro años codirigió el periódico digital Elfaro.net. En 2009 abandonó la jefatura de información de La Prensa Gráfica, el principal periódico impreso del país, porque ya no soportaba estar lejos de la calle. Desde entonces trabaja como periodista freelance, ha dirigido un largometraje documental sobre la llegada de la izquierda al poder en El Salvador y es colaborador habitual de varios medios españoles y de la revista mexicana Proceso. Este es su primer acercamiento al género de la crónica.

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El silencio entra en Sierra Alta
José Luis Sanz
Fotografías por Donna DeCesare

El Pasaje Tres de la Sierra Alta es un callejón
sin salida. Sesenta metros de pendiente mal empedrada se desbarrancan en una vista imponente del
valle con el cerro de Guazapa al fondo: una vista privilegiada que miente como suelen mentir las apariencias. Aquí arriba no hay horizontes. Aquí arriba lo único que se impone es un silencio profundo, enquistado, oculto como los miedos viejos bajo los ruidos y voces cotidianas.
l Pasaje Tres son veinte fachadas descoloridas con puertas metálicas siempre entreabiertas y tejados irregulares. Un

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bloque de dos plantas a medio hacer con dinero que una mujer envía desde Estados Unidos, una antigua sede de Alcohólicos Anónimos que bebe del sonido de los televisores ajenos, los paJONATHAN NO TIENE TATUAJES Crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada.

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Después de la muerte de Noé y Michael hubo como seis meses de toque de queda sin que nadie lo decretara. Ningún niño o joven salía a la calle después de las cinco. Aquí en el Pasaje Tres un año después, las mujeres todavía caminan rápido para encerrarse en casa evitando un encuentro con las Maras. © Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

sos despistados de dos niños que buscan juego en la calle y el aburrimiento de un perro. Son cerca de las tres. Después, como cada tarde, Niña Elena freirá yuca o papas en la calle, frente a la tienda vendelotodo que desde hace años administra en el parqueo de su casa. Los clientes son siempre sus vecinos. Abierto al cielo, con luz de día, la primera vez que estuve en el Pasaje Tres me pareció un lugar familiar, lleno de oxígeno, habitable.

Ahora, cuatro meses después de aquella impresión, me detengo a la entrada del pasaje y sé que justo ahí, donde rueda una bolsa vacía de plástico, en 2005 balearon al joven Esdras y lo dejaron paralítico. Sé que a la izquierda, después de la tienda, está la casa del taxista al que asesinaron el pasado julio en un

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barrio no muy lejano, mientras trabajaba. Y sé que al fondo, a la derecha, está la pequeña casa de dos cuartos en la que vivía José Noé Sánchez Ramírez con sus padres, su hermana, su abuela, su esposa, su hijo. Y un poco más acá, veo la de Michael Douglas Ávalos, el niño al que no le gustaba hacer mandados. Y aquí al inicio, la fachada amarilla y agujereada contra la que los mataron a ambos.

Y unos pasos detrás mío, al otro lado del camino principal, me siento amenazado por las dos pequeñas mesas redondas de piedra donde se apostaron a vigilar el 3 de octubre de 2008 tres de sus asesinos, mientras los otros dos los acribillaban. En el barrio todos creen que los asesinos eran pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS-13).

*

N

oé creía que le habían perdonado la vida, pero no era así. En realidad nunca tuvo la certeza de estar condenado.

Por años supo que tenía razones de peso para temer. Se cuidaba con la serenidad de los que no se esconden porque se creen imbatibles. Caminaba como los guapos descarados que creen que todo depende de la suerte. Andaba con la prudencia de los que conocen las reglas del juego y saben que un as del mejor tahúr puede perder la partida frente a una bala.

—Mire, papá, uno no es que busque la muerte, uno ya tiene el día y la hora –dijo una vez.
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Se negaba a ir al terreno que la familia tiene al final de la calle Progreso porque decía que había tenido problemas con los chicos de allá. Bajito, armado con un par de ojos dormilones y sonrisa carnosa, aun casado Noé se destacaba entre sus amigos enamorando a las chicas con palabras de hombre y siendo el capitán del equipo de fútbol del barrio, pero ni él ni el resto jugaban nunca en la cercana cancha de la colonia Buenos Aires, porque no era suya, era de otros.

El día de la balacera Noé llegó a eso de las cinco y media de la tarde a casa. Yenson Amílcar, su hijo, cumplía cuatro años pero no había habido piñata. Solo la hubo cuando el pequeño cumplió un año y Noé se empeñó en gastar en una celebración por todo lo alto lo que le acababan de pagar por despedirle de otro empleo. Él, que decía que nunca había tenido una fiesta de cumpleaños, cambiaba vidas y quería empezar por la de su hijo.

Esta vez venía de una entrevista de trabajo en la fábrica de aluminio FAVISA y le latía en el pecho una sensación de futuro. A sus 21, después de años de ocupaciones temporales, de estudiar electricidad, de aprender costura con el tesón de los que no se rinden o de acompañar a su padre a vender queso y juegos de sábanas puerta por puerta, iba a tener un sueldo fijo, seguro social, plan de pensiones. En una colonia llena de jóvenes desempleados, esa fábrica era una llave a una nueva vida que empezaba el lunes.

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— Voy a ganar bien, ya no voy a andar de arriba para abajo – dijo a su padre, Don Rigoberto, que regresaba de un mal día de negocio–. ¿No trae un dólar que me dé?

Y con ese dólar se fue a jugar naipes a la calle. El cielo estaba cubierto de nubes. Su abuela Doña Jesús andaba pensando en cubrir con telas los espejos, porque dice que atraen los rayos.

—No salgás –le dijo Lissette, su esposa, mientras contestaba al teléfono–. Andás siempre afuera jugando. Dios no quiere eso. —Ojalá que Dios no me haga entender por las malas, porque eso no lo quiero –respondió con una sonrisa cómplice–. Me voy para afuera. —Te apurás. —Sí, solo voy a jugar un rato.

Pasó llamando a Michael, el hijo de Doña Gladis, de 15 años. Ambos se sentaron en unos pequeños escalones a la entrada del pasaje y abrieron la partida de póquer con apuestas de unos pocos centavos de dólar.

La descarga de disparos sonó en todas las casas de todos los que juran no haber visto nada. Lissette pensó que era el ruido de algún cohete. El resto de vecinos supo que habían matado a alguien. Eran poco más de las seis.

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*
—Hoy han matado a uno de los que se dio gusto con mi hijo –me dijo Don Rigo la tarde en la que nos conocimos, en su casa, a finales de julio.

Ese miércoles, la clínica parroquial había permanecido cerrada desde la mañana y la ruta 2 de buses había trasladado unas cuadras el fin de su trayecto, para evitar problemas. Era el velorio de un pandillero de la MS, Noel, al que alguien de su misma mara había asesinado unas horas antes. Tenía 17 años y él también era un asesino.

—Era el hijo de Érika y tiene una hermana de 14 que acaba de quedar embarazada. Su mamá la prostituía. Me cuenta Toño, el padre Toño, como lo llaman señorialmente los parroquianos. —Era uno de los que mataron a Noé y Michael –tanteo. —Sí, eso dicen.

Pregunto a Toño el apellido de Noel, y mientras rebusca en su memoria suelta las manos por la mesa en busca de su teléfono celular, marca un número de su agenda y espera.

—Hola, ¿Érika? ¿Con quién hablo? ¿No está Érika? Soy el padre Toño. No, no le diga nada, ya la llamaré yo después.

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Toño es un cura joven, de esos incómodos para la jerarquía eclesial porque llaman por su nombre de pila a pandilleros y ladronas y porque marcan al teléfono de la madre de un joven asesino muerto.

Es español aunque a veces disimula sin darse cuenta las zetas al hablar. Lleva diez años en El Salvador y conoce las muertes de los jóvenes de la zona oriental de Mejicanos. También conoce sus vidas. A Noel lo conoció cuando tenía 7 años, porque los asesinos también tuvieron 7 años y en este caso un abuelo bromista. Y conoce a Érika, como la conocen todos en la zona. Porque en cada colonia todo el mundo conoce al que dispara y a su víctima, y la madre de la víctima a menudo conoce a la madre, padre y hermanos del que dispara o acuchilla.

En la Sierra Alta todos conocen a Zenaida, que es sobrina de Don Rigo, que se metió en una pandilla, la Barrio 18, con 14 años, y que a los 16 tuvo que embarazarse porque se lo exigió su clica al completo. Se ha convertido en habitual que algunos pandilleros compartan como juguete sexual a las jainas, las mujeres pandilleras, y que la clica, el grupo que controla un barrio, acuerde cuándo deben dar un hijo. Zenaida huyó de la Sierra Alta, y abortó ese niño que no sabía seguro de quién era.

Los vecinos saben que los hijos de la niña Felícita, Tomás y Alejandro, se hicieron de la MS y ahora están muertos; y que

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la hermana que queda, una adolescente de sonrisa radiante y mirada pícara, a veces acompaña a Felícita a repartir sopa en el céntrico parque Libertad a los mendigos, pagada por un empresario de San Salvador.

—A Noel lo mató otro pandillero, Jovel. Pero él antes, en noviembre del año pasado, había matado a otro, a Josué, “Pintín”, que tenía 14 años –cuenta Toño.

Un redoble de asesinados entre miembros de la misma clica. La MS de la Buenos Aires se autoextermina con la misma soltura con que marca los tiempos en la vida de los barrios y colonias que la rodean.

Hubo una época en el que enormes grafittis de letras góticas señalaban los límites del territorio controlado por cada pandilla. Hoy los miembros de la Salvatrucha y de la 18, las dos pandillas rivales que dominan la violencia juvenil en El Salvador, toda Centroamérica y parte de México, no se tatúan para no ser reconocidos con tanta facilidad por la Policía. Barrios enteros o pequeños municipios se sienten marcados sin necesidad de que sus paredes estén manchadas. Basta el asedio de enterarte cada mañana en primera persona, en la panadería, de lo que el resto del país solo sabe por los noticieros.

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Toño recibe a menudo en su oficina recados anónimos, mensajes en el celular, pedazos de papel o algún croquis que le indican dónde hay otro cadáver:

—Cuando encuentras un muerto, va a haber otro. El fin de semana pasada hubo cuatro en Mejicanos, y la semana que viene va a haber cinco.

Cada crimen es el comienzo de una venganza.

Estamos en su despacho a pocos metros de una iglesia. Abre su laptop y me muestra fotos brutales, obs-cenas en su crudeza a todo color. Fotografías sin un ápice de caridad sacerdotal, como las que tomaría un perito forense. Y me relata aquella búsqueda en diciembre del año pasado, un camino de una hora a través de campos y quebradas, hasta dar con una zona de olor nauseabundo que hizo vomitar a uno de los dos policías que le acompañaban. A mitad de camino, hastiados, se habían querido negar a seguirle hasta allí. El cuerpo de Josué era un espantapájaros consumido y de piel curtida dentro de sus ropas de marca. Su cráneo estaba a sus pies, a menos de un metro, en un riachuelo. Su madre lo había buscado durante 25 días.

Josué, “Pintín”, había salido de la cárcel un mes antes, y dicen que en octubre había participado en el doble asesinato del Pasaje Tres de la Sierra Alta. Toño sabe –toda la comunidad sabe–

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que en un año han muerto cuatro de los cinco pandilleros que supuestamente estuvieron allí. Don Rigo y los jóvenes de la Sierra Alta dicen no tener nada que ver, pero cuando lo oyes por primera vez cuesta no sospechar que alguien esté saldando cuentas. El tiempo te hace cambiar de opinión. Una vez respiras la cadencia con que camina la muerte en este territorio empiezas a aceptar que la velocidad de caída de los cuerpos puede deberse a una simple razón física, porque el mundo de las maras tiene su propia ley de la gravedad.

*

V

estidos de negro, los dos pandilleros dieron el tiro de gracia a Michael primero y a Noé después. Uno de ellos lle-

vaba la cabeza descubierta; el otro, tapada con una capucha. No tenían más de 15 años. Con sus pistolas descargadas apuntaron a las ventanas y puertas que quedaron abiertas. El silencio fue el sí que esperaban. Nadie reconocería nunca haberles visto. Salie-ron corriendo hacia la senda que lleva a la Buenos Aires. Hay quien dice que se metieron en una vigilia. Hay quien insiste en que cuando la Policía llegó y lo supo no quiso ir a buscarlos.

Michael, que había recibido los disparos por la espalda, trató de llegar a su casa. Apenas dio un par de pasos y cayó, con los naipes al alcance de la mano. A Noé lo recogieron aún con vida, derrumbado sobre la pared como una marioneta. Don Rigo pidió con desesperación un carro pero solo encontró un muro de mira-

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das. A pocos metros había un taxi pero el dueño parecía haberse esfumado. El resto de quienes en la colonia tenían vehículo se encerraron. En el otro pasaje, Carlos, “el Garra”, ya emprendía marcha cuando llegaron a pedirle el auto. Hizo bajarse a su familia, cargó lo que quedaba de Noé y voló hacia el Hospital Zacamil. Por el camino, don Rigo iba pidiendo un milagro.

— Señor, Tú me lo diste y si me lo quieres dejar, déjamelo bueno y sano, y si te lo quieres llevar, llévatelo. Lázaro tenía cuatro días de muerto y le diste vida; en tus manos te lo pongo.

En el carro iba también Zulma, una prima de Noé.

Arriba, en la comunidad, se había desatado una lluvia tenaz y Doña Gladis, la madre de Michael, colocó una sombrilla negra sobre el cuerpo de su hijo, para que no se mojara. La Policía había acordonado la zona pero Medicina Legal tardó cerca de tres horas en aparecerse. Para cuando lo hicieron, ya casi todos los vecinos estaban en sus casas.

Cuando Noé llegó al hospital, los enfermeros no quisieron bajarlo del vehículo porque pensaban que ya estaba muerto, pero Zulma le habló entre lágrimas:

—No nos dejés.

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Doña Gladis, madre adoptiva de Michael con la foto que Padre Toño hizo para la misa funeraria de los dos amigos. Michael Douglas Ávalos, 15 años y José Noé Sánchez 19 años fueron asesinados juntos el 3 de Octubre de 2008. © Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

Noé alcanzó a mover un brazo. Murió a los pocos minutos, en una camilla.

*

D

oña Gladis es una mujer pequeña y vivaracha que esconde su energía detrás de un puesto del mercado de

Mejicanos y su dolor tras dos ojos achinados que se ríen todo el tiempo. Diluye la ausencia de Michael en sus dos perros, en días llenos de prisa y preocupaciones rutinarias que ya lo eran hace un año, pero que ahora se levantan como un parapeto para que el día a día le permita no pensar en el día a día. Falta más de un mes y medio para que se cumpla un año exacto del asesinato. Me pregunta si el padre Toño ha dicho algo sobre las estampas

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de cartón impreso que Don Rigo y ella quieren entregar como recuerdo a quienes asistan a la misa de aniversario. Está impaciente por que me marche, pero me muestra un recorte de periódico de dos días después del crimen. En él se dice que los dos jóvenes eran ex pandilleros en rehabilitación.

—No es cierto –dice.

No es cierto que fueran ex pandilleros en rehabilitación, pero sí lo es que Noé estuvo a punto de brincarse cuando estaba en noveno grado. El año anterior lo habían expulsado de la escuela Francia. Allí había conocido a Alexander, el “Araña”, un líder local de la MS, que le agarró cariño pese a que tenían un par de años de diferencia de edad.

Noé era vivo, descarado, inconforme, y buscaba opciones. Compartió horas muertas, tabaco y marihuana con el “Araña” y otros pandilleros. Vaciló con la MS, como tantos otros hacen atraídos por la violencia. El “Araña” le dijo que no se metiera, que era un camino difícil, y él le hizo caso. Al “Araña” lo mataron a finales de 2007.

—Unos primos me lo han dicho. Incluso dicen que sí se había brincado –confirma Zulma, que vive en la casa contigua a la de Don Rigo.

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Brincarse es cruzar la frontera difusa entre el dentro y el fuera de la pandilla. Y a la pandilla no le gustan las fronteras ni los que las frecuentan ni quienes tratan de regresar atrás después de haberlas cruzado. Noé creyó por un tiempo que la MS le había perdonado la vida porque se había calmado y tenía un hijo, pero en los últimos meses comentó a un par de amigos y conocidos su miedo a la ira de la MS. Es difícil, aun así, estar seguro de por qué murieron Noé y Michael.

—Fue la 18.

Moisés es, de los muchos primos de Noé, el que más tiempo pasaba con él. Conoce sus andanzas y malandanzas. Y cuando dice que lo mató la 18 lo hace con la seguridad de los jóvenes que creen haber vivido más que sus mayores. Quince días después del asesinato, se encontró al final del Pasaje Tres con Walter, “el Pelón”, el líder de la MS que sucedió al “Araña”:

—¿Es verdad que mataron a “la Perra”? –preguntó usando el apodo que muchos amigos daban a Noé. —Sí. Y todos dicen que fueron ustedes. —En ningún momento. Yo no di orden ni autorización para que subieran a fregar aquí.

Y Moisés le cree, porque dice que Walter es “el que lleva la palabra, quien decide quién vive y quién muere”. Y porque otros

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vecinos le han dicho que la noche del 3 de octubre estaba entre los verdugos de negro un 18 al que todos conocen. Moisés cree que iban por otros, por dos vecinos que unas semanas antes, durante la noche del festival de la yuca, en las fiestas municipales de Mejicanos, habían acabado a golpes con unos Barrio 18 de la colonia Tazumal, por un empujón mal dado en mitad del baile.

— ¿Les confundieron, entonces? –le pregunto. — Más fue como dejar un mensaje: no los encontramos, pero matamos a estos y volveremos. Y no ha quedado ahí… Por eso los mismos mareros siguen subiendo.

Siempre suben a la Sierra Alta. Pero nunca se quedan, porque aquí los jóvenes presumen de no estar en maras, pero también de ser valientes y de haberse enfrentado con ellas a pedradas y cuchilladas hace años, cuando las maras aún no eran una rueda dentada de matar. Los que hace diez años eran jóvenes en la comunidad, Carlos “el Garra”, “Calín” y algún otro que roza la treintena, tenían tres “chacas” –escopetas hechizas– y baldes con piedras escondidos por si los pandilleros se acercaban. Carlos, que llevó en su carro a Noé al hospital, tiene dos cicatrices de cuchillo y causó otras tantas. Eran tiempos de cierto tú a tú. Mandaba el cuerpo a cuerpo.

De aquella época vienen extraños respetos que hacen que los de la Sierra Alta no puedan bajar a la colonia Montreal o la Bue-

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nos Aires, pero los de allá o los de la Mónico tampoco pueden pasear por los pasajes de la Sierra Alta si no están dispuestos a recibir o dar palos o tiros. En algunos jóvenes de la Sierra Alta hay una inusual fuerza desafiante que podría parecer épica y que no se apaga con muertos.

—Es mejor que no sepas. Mejor no preguntes.

Le dijeron a Elizabeth, que vive en el Pasaje Dos, una vez que preguntó a sus vecinos por qué la rivalidad entre los jóvenes de la Sierra Alta y los pandilleros de la Buenos Aires. Le contaron que el problema es que la MS quiere, siempre ha querido, que los chicos de la Sierra Alta se hagan pandilleros. Le dijeron que amenazan con matar a quien no se les une. Pero no es del todo cierto.

—La mara no recluta –dice Toño. —La mara no presiona. Meterse es voluntario –dice Moisés.

Lo que le ocultan a Elizabeth es que muchos jóvenes de la Sierra Alta fueron años atrás de la Mara Gallo, una de esa pequeñas pandillas como la Mao Mao, como la Mara Chancleta, que nacieron a principios de los 90 para pelear por el control de unas pocas cuadras y acabaron sucumbiendo o siendo absorbidas unos años después por la violencia casi industrial de la MS

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y del Barrio 18. Ahora los mapas de municipios como Mejicanos se dividen entre zonas controladas por una u otra, y zonas en disputa. No hay más. Como un GPS artesanal, el espacio se define respecto a la mara más cercana.

Los de la Gallo ya no son nadie, pero en la Sierra Alta lograron que su colonia no la controlen otras pandillas. Los chicos más jóvenes del barrio ya no son Gallo, pero tienen inyectada cierta dignidad antigua y han heredado una frontera. Unos metros cuadrados que son suyos, al fin y al cabo.

Moisés pensó incluso en meterse en la mara para vengar a su primo, pero no lo hizo. Se fue a vivir a Guatemala una temporada, por precaución, hasta que se cansó de estar lejos y regresó. Ahora, sentado en una cafetería de Mejicanos, recién desayunado, me mira como de refilón y dice que no tiene miedo.

— A mí también me amenazaron, como a Noé, pero ya hace tiempo. Ahora estoy tranquilo. — Pero si te encuentran en la calle... — Ah, sí, al que encuentran en la calle sí lo van a matar.

*

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sdras vive en una casa amplia que hace esquina, en la calle principal de la colonia, a escasos 20 metros del lugar

donde Noé y Michael jugaban cartas aquella noche. Como Noé, también conoció al “Araña”. Fue el “Araña”, con otros dos panJONATHAN NO TIENE TATUAJES Crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada.

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dilleros, quien en dos ocasiones trató de matarlo y lo dejó por muerto tirado en la calle. La primera vez, en septiembre de 2004, estaba en una cantina cercana cuando le atacaron con machetes. Los miró a la cara, pero no estaba ni armado ni sobrio para reaccionar. Solo trató de defenderse del primer golpe, con el brazo derecho, y se lo cercenaron casi a la altura de codo. Se desmayó, pero las cicatrices le sirven para saber qué pasó después. Tiene marcas en el cráneo, la espalda y la mano izquierda. Apenas puede mover tres dedos. Otra cicatriz, horizontal, en la nuca, dice que quisieron decapitarlo.

— Si se acuerda, aparecían muchos sin cabeza esos días.

Esdras, como muchos otros vecinos y buena parte de los cadáveres del barrio en los últimos años, tiene nombre bíblico: Esdras Gamadiel Ribera. Y como otros, fue pandillero. No lo oculta. Fue de la Mao Mao, que agrupaba a los estudiantes de los institutos técnicos en esa época en que las pandillas parecían solo peligrosas bandas de chicos inadaptados, que robaban a algún vecino y solo peleaban entre ellos. Pero ser de la Mao-Mao, con la MS y la 18 en las calles, era un pasaporte a perder sufriendo.

El segundo ataque fue ocho meses después, el sábado 15 de junio de 2005.

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— Lo recuerdo porque iba a ser el día del padre el 17, y había ahorrado unos tres dólares para un regalo. Y me los robaron en el hospital- cuenta.

Había pasado los meses anteriores en Honduras, en casa de una abuela, escondido y recuperándose de las heridas, pero creyó que ya no lo buscaban y quiso volver a la Sierra Alta. Una tarde, como al mes de regresar, salió hacia una tienda cercana y no reparó en que por la calle venían el “Araña”, “Gasper” y “Nico”, los mismos tres de la otra vez. Cuando los vio estaban a solo un par de metros. Esdras respiró hondo y siguió andando. El primer balazo fue por la espalda y se quedó en su columna. Lo dejó paralítico. El segundo le dio en el hombro y se alojó en su pecho, aunque hoy esa bala se menea entre su piel y el músculo, y se desplazó hasta ser un pequeño bulto en su espalda que se mueve cuando lo toco con los dedos.

— Supongo que se les encasquilló el arma, por eso no me remataron- me dice.

En el hospital, la enfermera, se atrevió a bromearle:

— ¿Cuántas veces te vas a morir?

Desde su silla de ruedas, adornada con imágenes de superhéroes, y con el muñón cubierto por un armazón de plástico ata-

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do con correas a su espalda, Esdras ve pasar la rutina del barrio como un vigilante omnisciente y sin nada que perder. Los chicos y sus madres pasan y le saludan desde la calle. Algún camión de reparto le lanza una gaseosa de regalo. Con su enorme mirada preocupada, siempre fruncida, el pelo largo recogido en una cola rizada, y una barba rala de adolescente que le hace parecer más frágil todavía, Esdras despierta en aquel barrio de amenazas un tipo de simpatía que solo merecen los débiles.

— A mí ya ni me toman en cuenta- dice sobre la posibilidad de que la MS quiera terminar a la tercera lo que “el Araña” y los suyos comenzaron.

“No sirvo ni para que me maten”, parece querer decir desde una esquina del patio, bajo una techumbre de lámina colocada solo para darle sombra. Confiesa sin embargo que no se atreve a recorrer los 20 metros que le llevarían hasta la esquina del pasaje tres, o un poco más allá, hasta las mesas de piedra del fondo.

— ¿Hasta allí? No hombre. Con que a mi primo que vive en esta esquina mi tía no le deja ya venir a visitarme, porque le da miedo que ande fuera. Antes venía… — ¿Y cuántos años tiene? — ¿Mi primo? 15.

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Michael y Noé estuvieron jugando naipes cuando los encapuchados llegaron a matarlos. Terminaron con los juegos de naipe por un tiempo. Pero ahora los jóvenes comienzan otra vez a abrir partidas de póquer bajo las lámparas de la calle con apuestas de unos pocos centavos de dólar. Pero hoy siempre hay alguien vigilando en la dirección de Montreal y Buenos Aires. © Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

*

D

espués de la muerte de Noé y Michael hubo como seis meses de toque de queda sin que nadie lo decretara.

Ningún niño o joven salía a la calle después de las cinco. Muchos se fueron a pasar una temporada a casa de algún familiar, lejos. Niña Elena no vendía comida por las tardes. Dejó de haber partidas nocturnas de cartas. Un año después, a un mes del aniversario, el temor ha cedido pero la Sierra Alta solo despierta a ratos.

—Esto está peor. Están subiendo más a menudo; casi todos los días. Es insoportable.

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Al otro lado del teléfono, Elizabeth es más serena que sus palabras.

Días después, en su casa, me cuenta que el viernes 14 robaron el celular a Edgardo, “el Flaco”, que vive en el Pasaje Cuatro, y le amenazaron con matarlo si volvían a verlo. Esa misma noche subió sus cosas al baúl del carro de su hermano y se fue.

El día antes, el jueves 13, la madre de Elizabeth dormía en una hamaca en el patio de su casa y escuchó a eso de las diez de la noche un tropel y voces juveniles.

—¡Aquí pasan, aquí se reúnen esos hijos de la gran puta, aquí suelen estar como a estas horas!

Eran los de la MS de la colonia Montreal, pero esa noche no había nadie. Los jueves, de vez en cuando, un grupo de jóvenes de barrio se reúne en la calle con un monitor de la parroquia, para hablar. Durante el último año han cambiado su rutina y no tienen ni día ni lugar fijo para esas reuniones. Por seguridad. Saben que para la mara cualquier concentración de jóvenes, cualquier grupo organizado, es un adversario. Ni siquiera dejan que los vecinos de la comunidad sepan con antelación dónde y cuándo será la próxima cita. No se fían.

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Hay una vecina que todos dicen que llama por teléfono a los mareros para avisar si los jóvenes están reunidos o dónde están los chicos jugando cartas. Y hay un joven del Pasaje Tres del que se cree que anda de novio con una pandillera de la 18. Y hay otros que se juntan con los de la MS y viven en el Pasaje Ocho. En la colonia ya nadie sabe bien en quién confiar. Cada vecino está solo, y ninguno cree en la Policía.

—Cuando te llamen, espera a la balacera y solo llegas a reconocer a las víctimas. Así no te arriesgas. Si no, no vas a durar mucho en este trabajo.

Dice una vecina que instruyeron a un primo suyo, cuando ingresó en la Policía Nacional Civil. Y confiesa que cuando quiere llamar para poner una denuncia cambia el chip del teléfono para que la Policía no la identifique.

Los vecinos también tienen sus propias instrucciones, impuestas por la mara: “Ver, oír y callar, o vos seguís”. Y para cumplir es mejor ni siquiera mirar cuando alguna tarde pasan jóvenes con una pistola en la mano, y es conveniente que nadie sospeche que hablas de lo que no debes.

Por eso Doña Gladis, la madre de Michael, apenas me habla y teme que los vecinos sepan que soy periodista.

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Don Rigoberto ha llegado al cementerio bien peinado, con una impecable camisa café. Al sentarse sobre la tumba de su hijo José Noé Sánchez se emociona con el dolor profundo que aun un año después no se lo quita. © Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

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D

esde el Hospital Zacamil, Carlos “el Garra” regresó al pasaje pero de inmediato se fue adonde un amigo a lavar

el carro.

—Le tuvimos que meter el taladro al suelo del lado del copiloto para vaciar la sangre que se había encharcado, porque no había de otra manera. Hicimos cuatro agujeros con un taladro y dejamos que se vaciara. Todavía están ahí los agujeros, debajo de la alfombrilla de mi carro.

La noche en que “el Garra” me cuenta esto a pocos metros de la esquina del crimen, Don Rigo, a mi lado, de pie en la

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calle, llora en silencio y mira hacia otro lado. Noé llegó al hospital casi sin sangre en las venas, con la mandíbula y parte de la cara destrozada. Y su padre lo escucha, como si mi necesidad de averiguarlo le obligara a revivirlo.

La vela de Noé y Michael fue multitudinaria. Por la Funeraria López desfiló toda la comunidad, entre el dolor y la ira. A los jóvenes de la Sierra Alta les prohibieron acudir en grupo y lo hicieron en relevos, acompañados de sus familias. Les dijeron que era más seguro. Aun así, fue una noche de miedos. Corría el rumor de que iban buscando a otro más de los muchachos para matarlo.

—Decían que allí mismo andaban los que dispararon a Noé.

Cuenta Lissette con un susurro casi mecánico, o tal vez habituado a arrastrar a velocidad constante el peso incómodo de las palabras. Me ha recibido con frialdad. No está de acuerdo con que se remueva lo sucedido. A su lado, Yenson juega en el suelo y al cabo de un rato se hace el muerto.

Lissette y el niño, aterrados, se fueron de la Sierra Alta a las dos semanas del funeral. Ahora están con la madre de ella cerca de la frontera con Honduras en el departamento de Morazán o en el La Unión, no sé bien, porque temo que ella me miente cuando me dice dónde está viviendo.

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La madre de Noé, Doris, tardó unos meses más en abandonar a su esposo. Lo hizo poco a poco, pasando cada vez más tiempo fuera al principio, llegando tarde por las noches después, hasta que un día ambos se encontraron en la calle y ella aprovechó para decirle que no la esperara despierto, que no iba a regresar. No soportó la soledad de no tener a Noé, el único que la defendía en las disputas familiares. Dejó a Don Rigo engrillado a una casa sin heredero, en la que hace un año vivían siete personas y ahora son solo tres, y de la que Guadalupe, su hija, una figura silenciosa, voluntariamente marginal, una enfermera titulada que busca trabajo y no desafía a su padre, se irá también en cuanto pueda.

Como pretende hacer Zulma.

—Lo que quiero es trabajar y marcharme de este sitio. No por mí, sino porque mis hijos acaban siendo un factor de riesgo – dice.

Tiene dos: uno de diez y otro de doce. Los sacó de la escuela Francia, en la que estudió ella, en la que estudiaron Noé y Michael, y “el Garra” y “Calín” y Noel y “Pintín”. Y la mayoría de los que han estado a uno de los dos lados de un cañón de pistola los últimos años en esta zona. Dice que allí las pandillas están ya hasta en las aulas de cuarto grado.

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—Yo si hubiera tenido la conciencia social que tengo ahora no tendría hijos; me hubiera esterilizado. Y los amo, pero este país no es apto para tener hijos.

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ugo Ramírez tiene nuevo despacho. Hubo cambio de mandos en la Policía hace unas semanas y el subcomisio-

nado Ramírez ha ascendido a subdirector nacional de Seguridad Pública. Dicen de él que es uno de los que mejor conoce a las pandillas en El Salvador, desde sus años de trabajo de campo en Mejicanos.

Me recibe cordial y comenta el último parte policial que ha llegado a su mesa: pandilleros de la MS en un vehículo le arrebataron de los brazos a su hijo a una pandillera de la 18 que esperaba turno en una unidad de salud del barrio Concepción, en el centro de San Salvador. El bebé de 13 meses apareció al día siguiente en un predio baldío de Quezaltepeque, a 20 kilómetros de la capital. Lo habían degollado con una hoja de afeitar. Se hace un silencio y me ofrece café. Dice que un amigo le ha traído un café colombiano que es delicioso.

—Hemos previsto recuperar el sistema de patrullajes porque se puede decir que hemos perdido control en el territorio.

Admite cuando le pregunto por la situación actual del combate a las pandillas en el país. Asegura que las políticas de los anterioJONATHAN NO TIENE TATUAJES Crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada.

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res gobiernos hicieron menos eficiente a la Policía, pero dice que eso va a cambiar. Cree que la Policía ha estado separada de la comunidad, que hay una crisis de confianza y, cuando le pregunto por la muerte de Noé y Michael, busca en sus tablas y no encuentra nada. Ni siquiera los dos cadáveres. Se quita las gafas.

—Que raro… uno en 2003, otro en 2005, en 2006 me aparecen dos… un total de cuatro, pero después no me aparecen más homicidios en esa zona. Habría que revisar.

El subcomisionado se compromete a investigar y lo hace. Un par de semanas después me llamará para confirmarme que la única pesquisa que se hizo sobre el doble asesinato en la Sierra Alta fue una inspección ocular la lluviosa noche del 3 de octubre. Desde entonces, nada. Es uno de los miles de casos que nunca se resolverán en un país que en 2009 promedió 13 homicidios diarios.

—¿Qué papel tienen los vecinos en la lucha contra las pandillas?

Ramírez, con el pelo corto plagado de canas y bigote, casado y sin anillo, levanta la cabeza y mira al techo, no sé bien si esperando que en su cerebro se decante la mejor respuesta o improvisando una para una pregunta que nunca se ha hecho. Un ayudante suyo, Wilfredo Preza, sale al paso.

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—Es que… ¿habrá que llamarlo lucha?

Le veo intenciones de lanzarse a una reflexión sobre la prevención y el abordaje de la violencia desde las teorías del desarrollo humano sostenible. No le da tiempo.

—En la práctica es una guerra, una guerra social, no política – arranca por fin Ramírez, como callando al pupilo–. La Policía nunca ha sido un objetivo para ellos en términos de beligerancia… — ¿Y qué ha sido la gente común? — Mientras no haya más organización de las comunidades, fuerte estructuración, presión social, ellos van a tener un papel intrascendente, de espectadores… de víctimas.

El asesinato de Noé provocó la desintegración de la familia. En una casa donde vivían 7 ahora sólo viven tres. Don Rigo está entrando con las sábanas que no logró vender mientras su mamá de 93 años sale de la cocina para recoger ropa secando en el jardín. La hermana de Noé, Guadalupe no está presente y pronto va a mudarse también dejando a Don Rigo y su mamá solos. © Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

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os compañeros de equipo de Noé y Michael no han venido a la misa del aniversario de su muerte. Dicen que tenían

partido, que no podían faltar. Supongo que alguno de ellos se habrá dicho a sí mismo que es lo que Noé y Michael hubieran querido. No han visto derrumbarse en la última fila de bancos de la Iglesia a Doña Gladis, deshecha en llanto, casi cargada sobre los hombros de su madre y de Elizabeth, ni la han visto reinventarse en risas en cuanto terminó la ceremonia, hablando de su perrita que va a dar a luz, echándome en cara con gestos de madre que hace días que no voy a visitarla.

Don Rigo ha llegado del cementerio bien peinado, con una impecable camisa amarilla, y se ha sentado en un banco de adelante él solo, con la sonrisa de un día de fiesta, nervioso, después de haber llorado lo necesario de rato en rato durante todo el día y anfitrión ahora de la conmemoración del vacío alrededor del que gira su vida.

La iglesia está casi vacía. La madre de Noé no ha llegado, ni ha llamado en todo el día, ni existe ya en esa familia. El pequeño Yenson se ha dormido en brazos de Lissette, sentada en una de las últimas filas. Han hecho un viaje de seis horas para estar aquí pero mañana se van de nuevo.

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—No podemos seguir callados ante estos niveles de impunidad; no podemos mantener la cabeza agachada.

Predica el padre Toño, sin tono de arenga. El único que asiente con evidente convicción es un seminarista aplicado que escucha a pocos metros delante de mí. Tras el “pueden ir en paz”, Don Rigo se acerca hasta donde está Doña Gladis y saluda con simpatía y sin ceremonia, como se saluda a quien se ve todos los días. Ambos comparten la risa ligera, cordial, de quienes acumulan dolor pero no se conceden el lujo de la tristeza.

Un rato después, ya en casa, un Don Rigo más sombrío ve un mal partido de fútbol en la televisión mientras Lissette y Guadalupe callan como única compañía. El niño duerme, su bisabuela también. Pasaje arriba, me despido de Zulma mientras cierra el portón de su casa. Unos días antes me había dicho, con la solvencia de la víctima.

—Cuando llegue a tocar al rico, entonces sí se va a sentir que hay delincuencia en el país. Mientras los pobres se estén matando entre sí no importa: nos van a seguir viendo como nos ven ustedes los periodistas, como un laboratorio. Pero un día sus hijos van a vivir la realidad, como la viven los míos.

También me dijo que estuvo tentada de agarrar un arma para vengar a Noé, pero no lo hizo por falta de valor y de recursos. No

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la detiene ningún principio moral sino la cobardía de los buenos. Supongo que por eso hay tantos jóvenes asesinos en El Salvador: porque sobran desesperados y valientes.

Son más de las siete y media. Ha llamado a los niños para adentro y va a hacer las últimas compras a la tienda de Niña Elena. Allí, siete chicos juegan a las cartas. Una pareja de adolescentes sube la pendiente agarrada de la mano. La puerta de Doña Gladis está cerrada, muda.

En la esquina siguen los ocho agujeros de bala que desde hace un año dan testimonio de la muerte de Noé y Michael. Busco en ellos con el dedo algún contacto mágico con el plomo del proyectil, con quien lo disparó, con sus razones. Y recuerdo lo que dijo otro día Elizabeth.

—No sé por qué no los han tapado. Yo ya lo hubiera hecho.

Tal vez siguen ahí porque nadie se atreve a deshacer lo que hizo la mara, esa deidad de antiguo testamento que se teme y está de alguna manera dentro de todos los de la comunidad. De lejos veo el perfil de Esdras en su silla de ruedas, despierto, junto al muro que da a la calle. Fija su mirada en las mesas de la esquina, como si se le despertaran las heridas; como si a sus 27 años fuera el sentido de lo que le queda de vida ver si una noche más los herederos de sus verdugos están ahí sentados. En esos

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altares de piedra a veces pasan las horas fumando a oscuras, haciendo girar sus pistolas y chasqueándolas, para que los vecinos de las casas cercanas oigan ruido de metal y, aunque no los vean, sepan que están ahí.

***
(El lunes 23 de noviembre de 2009, cerca de las 9 de la mañana, un joven armado llamó a la puerta de la casa de Esdras Gamadiel Ribera, preguntó por él y entró mientras otro le esperaba en un vehículo en marcha. Frente a su sobrino de un año, le dio dos tiros. Carlos “el Garra” volvió a prestar su coche para ir al hospital pero no sirvió de nada: esta vez, lograron matar a Esdras. Durante las semanas siguientes, en la colonia Sierra Alta ha vuelto a reinar el pánico. Varias veces por semana, unos muchachos a los que nadie conoce se acercan por la tarde a caminar por sus pasajes. Aunque no les consta siquiera que sean pandilleros, los vecinos se pasan la voz de alarma y corren a encerrarse en casa).

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Jonathan no tiene tatuajes
Roberto Valencia

GUATEMALA

Roberto Valencia
Vitoria-Gasteiz, País Vasco, 1976.

Licenciado en Periodismo por la Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea. Después de trabajar para Egin, Euskadi Información y Gara se trasladó a vivir a San Salvador, en Centroamérica, donde trabajó como editor en El Diario de Hoy y en La Prensa Gráfica. Con casi una década en América Latina, donde ha complementado su formación, hoy dice que se siente más latinoamericano que europeo. Sus crónicas y reportajes han sido publicados en medios de México, El Salvador, Honduras, Panamá, Colombia, Chile, Uruguay, Argentina, Italia y España. Al momento de la edición de este libro trabaja como periodista freelance y es el corresponsal en El Salvador del diario español El Mundo.

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Jonathan no tiene tatuajes
Roberto Valencia
Fotografías por Donna DeCesare

El cuarto alguna vez fue blanco. Es un cuadrado casi perfecto, tres por tres. La puerta es de
metal, negra y maciza, como si se quisiera esconder
algo valioso. La ventana, alargada y estrecha, con barrotes. Entra poca luz. El moblaje es mínimo, solo una camilla oscura con apoyabrazos y cinturones que permite suponer que aquí hubo muertos.
as únicas tres condenas a muerte por inyección letal que se han ejecutado en América Latina se consumaron en esta

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salita de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón, en Guatemala. Un tal Manuel Martínez fue el primero, el 10 de febrero de 1998. Además de autoridades, periodistas y un pastor evangélico, su agonía fue vista a través de un cristal renegrido por la esposa –con quien había contraído matrimonio unas horas antes– y por los tres hijos de la pareja. Una familia completa reunida en el Módulo de la Muerte para ver morir al padre condenado por un séptuplo homicidio.

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Más de una década después, otra familia se reúne en el mismo lugar. La forman un pandillero llamado Neck –el rostro tatuado, 36 años de condena–, la esposa, la hija y Jonathan, el hijo que quiere ser como su papá. Como Pavón permite a las visitas quedarse el fin de semana, raro es el sábado en el que no duermen los cuatro sobre el mismo colchón en un cuarto contiguo al de la camilla.

Pero hoy es miércoles y Jonathan no ha venido. A esta hora, cuarto para la una, debe de estar preparándose para ir a clases. Estudia quinto grado. Acaba de cumplir 13 años y ya le sombrea el bigotillo. Es un muchacho despierto, de mirada fija y locuaz, con una voz que le ha desarrollado más que el cuerpo. Su profesora dice que es muy bueno dibujando.

—Y vos que sos del Barrio –pregunto a Neck–, ¿no te llegaría que Jonathan también lo fuera? —Preguntáselo a ella –señala con la mirada a su esposa–, a ver qué te dice. —Es un problema que tenemos, porque a Jonathan le llama mucho la atención ser 18, igual que su papá. Incluso se pinta en las piernas el 1 y el 8.

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© Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

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u ficha en la Dirección General del Sistema Penitenciario dice que nació el día 13 de septiembre de 1979. Pero Neck

no siempre fue Neck. Durante 13 años se llamó Erick Gerardo Vallecillo Alarcón, sin más, el menor de tres hermanos, hijo de una alcohólica llamada Blanca Inés y de un padre de cuyo nombre no quiere acordarse.

Neck nació sin tatuajes.

Su primera casa estaba en Guamilito, un céntrico barrio de San Pedro Sula. Después de saber de lo que ha sido capaz, cuesta imaginarse a Neck con camisita celeste y pantaloncitos gris ploJONATHAN NO TIENE TATUAJES Crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada.

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mo, su uniforme en la escuela José Trinidad Cabañas. Cuesta imaginarlo como un niño que sumó y restó, rió, traveseó, beisboleó, soñó. Todo eso duró demasiado poco. En 1992 su madre murió. Su padre se alcoholizó aún más. Lo corrieron de casa. Y se tiró a la calle. Ya solo podía prosperar.

Erick Gerardo cayó en la colonia Francisco Morazán, la Mora. Allí estaba bien parada la pandilla Barrio 18, y no había cumplido los 14 cuando ya caminaba con ellos. Con los meses, afloró la fidelidad hacia los dos números, lo golpearon durante 18 segundos y lo rebautizaron: Neck.

La nueva vida ofrecía ventajas. Se movía dinero y el dinero movía todo lo demás: la comida, el alcohol, las prostitutas, la marihuana, el techo. Y había hermandad. Una vez cayó preso y un par de homeboys (compañeros de la pandilla) lo rescataron. Lo hicieron cuando lo trasladaban a pie hacia unos tribunales. Llegaron, cuadraron a los agentes y los amarraron con sus mismas esposas. Ni siquiera hubo que asesinarlos.

Problemas con la justicia fueron los que lo obligaron a dejar su hogar en San Pedro Sula. Siempre protegido por los dos números, durante dos años estuvo rebotando entre Honduras, El Salvador y Guatemala, donde en el año 2000 lo condenaron a 21 años de prisión por homicidio en grado de tentativa, robo agravado y amenazas. Los minutos se hicieron horas; y las horas, días.

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El odio a muerte entre el Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS-13) suena eterno, pero comenzó a inicios de los noventa. Ambas son de la zona sur del condado de Los Ángeles (Estados Unidos), ambas rinden tributo a la Mafia Mexicana, y ambas llevan con orgullo el número 13 que las identifica como sureñas. En esa guerra fratricida, de hecho, ha habido treguas, como las que aún mantienen en las cárceles estadounidenses; entonces se dice que se corre el Sur. Pero Centroamérica es otra historia. El 15 de agosto de 2005 la Mara Salvatrucha extendió su guerra con el Barrio 18 a los únicos lugares de Centroamérica donde aún se mantenía el pacto de no agresión: los centros penales de Guatemala. Se rompió el Sur, y Neck lo vivió en carne propia en una cárcel llamada El Infiernito.

—Ese día sólo los locos del Barrio fuimos los paganos, ¿mentendés?

A plena luz del día se le acercaron dos y con un cuchillo hechizo le abrieron el cuello y la cabeza una y otra y otra vez. Neck terminó siendo un número más en el balance oficial de 35 muertos y 80 heridos –casi todos dieciocheros– que resultó de ese primer día de guerra abierta.

Se recuperó a tiempo. El 22 de octubre 19 presos se arrastraron por un túnel de 120 metros que cavaron en 10 meses bajo el piso

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de El Infiernito. Fue la fuga más sonada de la última década. Los presos dejaron escrito en la pared un mensaje para ridiculizar al Gobierno guatemalteco. Neck fue uno de esos 19.

El escándalo propició que se elaborara una baraja de cartas con los rostros y se repartiera entre los policías. A Neck lo recapturaron el 7 de noviembre en los suburbios de Ciudad de Guatemala.

—Ese día, ¿mentendés? Estaba así, impaciente por querer salir, y todavía le pregunté a una bicha: ¿no hay juras? No, me dice. Ah, entonces voy a traer el fusil (un AK-47). Yo llevaba 30 tiros, ¿va? para el AK, ¿mentendés? Porque lo tenía a cargo, ¿mentendés? Yo ahora he cambiado bastante, pero era del pensar de que no me iban a agarrar vivo, ¿mentendés? Porque laneta, si yo iba a morir, me iba a llevar a por lo menos tres o cuatro puercos conmigo, ¿mentendés? Pues sí, yo iba para la casa del homeboy, y como a media cuadra me cuadraron dos juras. Que si la hacen bien, si hubiera entrado en la casa, ahí hubieran encontrado no solo el AK, ¿mentendés? Y yo hubiera tenido una gran bronca encima, hasta con el Barrio, ¿mentendés?

De nada sirvió la baraja. A pesar de que estaba más cerca de los 30 que de los 20, la cédula que el Barrio le facilitó y su aire juvenil lograron que durante tres días uno de los más buscados permaneciera detenido pero anónimo en un centro para meno-

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res de edad. Cuando las autoridades al fin se enteraron de que era el Neck, hubo un motín para evitar el traslado. Lo tuvo que sacar el Ejército.

El balance de la fuga fueron 17 días de libertad, una mano huesuda tatuada en el rostro y un XVIII en la frente, 15 años más de condena por evasión y transporte de armas de fuego y una mal disimulada sensación de arrogancia.

Desde entonces está encerrado.

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J

onathan es muy bueno dibujando. Le fascina, dice Silvia Henríquez Orozco, su profesora de quinto grado en la escuela

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pública donde estudia. Por lo demás, se le atragantan casi todas las materias y con frecuencia falta a clases. En julio lo cambiaron de grupo porque fotografió debajo de la falda de una compañera con un teléfono celular.

Los dibujos que hace no son paisajes ni flores ni familias felices ni santaclaus. Le gusta dibujar calaveras, letras y números góticos y una mano huesuda y con largas uñas que tiene el dedo índice extendido y los otros cuatro retorcidos para formar un ocho.

En la escuela de Jonathan no saben que el padrastro es pandillero, que su condena concluye en el año 2036 y que esa mano huesuda que tanto dibuja es un íntimo tributo a Neck y a todo lo que representa.

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B

rigitte De la Hoz nació en 1981 hija de un policía y de Delmi Castro. Su padre es hoy apenas un recuerdo; murió

cuando tenía 3 años. Su madre es poco más que una voz distante y unos dólares remesados; cuando enviudó, huyó hacia Estados Unidos. Sin padre ni madre, Brigitte y su hermana menor se criaron con una tía abuela a la que comenzaron a llamar Mamá Corina.

Su niñez la pasó en La Chácara, una colonia marginal donde el Barrio 18 tenía y tiene presencia, pero su sentimiento hacia los

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dos números se quedó nomás en la simpatía. Sin padres y con un carácter como el suyo, Brigitte se propuso tomar desde muy joven las riendas de su vida, y la consecuencia fue su maternidad precoz: con 15 años ya había parido a Jonathan; con 16, a Susana. Pero ni siquiera esto suavizó su temperamento, sus malas palabras, su propensión a la violencia. Mamá Corina, que es un pedazo de pan, cree que sólo ella la aguanta.

—Sólo yo la aguanto porque ¡ja! la Brigitte tiene un carácter...

La persona con la que se casó en 2007 también la aguanta, a su manera. Pero antes está 2006, un año convulso. Lo inició encarcelada. Había estado presa ya, otras cuatro veces, entradas siempre de menos de siete días. Esta vez fueron casi cuatro meses.

—¿Y por qué, si puedo preguntar? —Porque le volé un pedazo de cabeza a una chava y le corté todo el cuello con un espejo. —¿Y ella murió? —No, gracias a Dios que no.

En marzo recobró la libertad. Pero al poco ella y Jonathan y Evelyn Susana y Mamá Corina tuvieron que dejar La Chácara. El cuñado de Brigitte asesinó a una persona y creyeron que irse era lo mejor. Se trasladaron a Chinautla, en la zona norte de la capital. Recién instalados supo del asesinato del que era su pareja

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hasta entonces. El año terminó sin un nuevo ingreso en la cárcel, esta vez como visitante.

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N

eck y Brigitte se conocieron en el Preventivo para Hombres de la Zona 18 a finales de 2006. Ella llegó vestida de

luto: falda negra, suéter negro. Acababa de morir su pareja. Su estancia en la cárcel obedecía nomás al deseo de acompañar a su hermana menor, que visitaba al padre de sus hijos. Neck y Brigitte cruzaron miradas.

Brigitte lo contará así: —Llegamos al penal a ver a mi cuñado. Y cuando vi que él pasó… a mí sí me gustó desde que lo vi, y donde se dio la vuelta y le vi el tatuaje de la cara. ¡Ihhh…! Pero si es 18, sí ¿va? Y cabal, vi que era 18. Y en la misma me dijo mi hermana: mirá quién está ahí, el chavo de los tatuajes en la cara. ¿Y lo conocés?, le dije ¿Y no es el que salió en la tele, el que se hizo pasar por menor?, me dijo.

Neck lo contará así: —El cuñado de ella la anduvo ofreciendo, que ya estaba soltera, ¿mentendés? Que iba a venir una cuñada a verlo, y al que más miedo tenían en el sector era a mí. Y llegó y dijo hey, que va a venir mi cuñada, va a venir mi cuñada.

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Brigitte se convirtió en la jaina de Neck. Así llaman en la pandilla a la pareja de un pandillero cuando ella no es miembro activo.

Pero cuando está delante de otras personas le dice esposa. Entendido. Porque ella es su esposa.

Neck y Brigitte se casaron el 14 de febrero de 2007 en el mismo penal en que se habían conocido cuatro meses atrás. Los casó un pastor evangélico en un día de visita.

—Ni cuarto nos dieron –dirá él. —Ajá –asentirá ella.

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I

ngresar en Pavón resultó menos complicado que lo que creía. Apenas un cacheo superficial, sin escáneres ni pe-

rros ni aparatos de esos que se alteran cuando sienten el metal cerca. Podría haber entrado con un par de gramos de cocaína en el bolsillo y nadie se habría dado cuenta.

Hoy es un miércoles nublado de julio, día de visita. A este lado de la puerta principal hay pegados a las vallas un centenar de internos que esperan a una madre, a una esposa, a unos hijos. Detrás, a cien metros, están las oficinas administrativas, un edificio estirado y de una sola altura con una torre alta y acristalada a la mitad. Parece un aeropuerto de provincias.

Gustavo Cifuentes –pequeño, compacto, piel clara, pelo negro– saluda a diestra y siniestra. Gustavo es una de esas personas cuya biografía no cabría en un libro. Con 38 años encima, es un pandillero calmado del Barrio 18 al que todos conocen como Mish, su viejo nombre de guerra. Le entregó tanto al Barrio que pudo salirse de la pandilla sin bronca. Es generoso, extrovertido y le gusta bromear cuando está contento. Ahora trabaja para la Asociación para la Prevención del Delito (APREDE) y para el Ministerio de Cultura y Deportes. Desde esas dos trincheras lucha por un imposible: mejorar las condiciones de los conocidos que tiene dentro de los penales y evitar que los de afuera que están a un paso de convertirse en delincuentes lo den.

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Sin Mish habría sido imposible conocer –conocer– a Neck.

Entre el gentío junto a la puerta de entrada reconozco la mano huesuda en el rostro debajo de una cachucha. Me acerco. Tiene cara de marido preocupado.

—Ahora no, carnal, que no quieren dejar entrar a… –su voz se aleja con él, que intenta buscar un mejor lugar para saber qué está pasando.

Afuera del penal, en la fila de entrada para las visitas, se desata un tumulto. Desde adentro comienzan los sueltalaijoeputa, los dejenlapasar. Parece como si se organizara un linchamiento. El detonante resulta ser Brigitte, que ahora grita con lágrimas en los ojos, sin saber contra quién descargar su furia.

Hace unos minutos, cuando bajaba del taxi que la trajo, vio que se llevaban detenida a su hermana menor porque en el registro le habían hallado unas botellas de alcohol. Iracunda, se abalanzó como una leona sobre la agente que la escoltaba y le lanzó un manotazo en el rostro. Tuvieron que detenerla entre tres custodios. Por ese arrebato luego no querían dejarla entrar.

Pero la visita se respeta en Pavón, es sagrada, y desde dentro se ve lo que ocurre en la fila de ingreso; por eso arrancó el tumulto, que sólo se calma cuando permiten el ingreso de Brigitte

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y de todo lo que trae: comida, una mesa playera y unas sillas verdes de plástico.

Cuando más tarde la veo, sigue preocupada por lo de su hermana. Es la primera vez que nos saludamos y que puedo mirarla con detenimiento. No es muy alta y tiene el pelo y los ojos de un negro intenso. Carga unas libras de más, pero las mueve con sensualidad, como una buena bailarina de samba; tiene 28 años y la redondez aún le sienta bien. Ahora viste jeans y unas botas altas con tres dedos de tacón. Va escotada, una o dos tallas menos en el brasier, para que se vea bien su nombre tatuado en su pecho. Para Neck, Brigitte es la mujer más bonita del mundo.

Ha venido sola, sin Jonathan.

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J

uan Francisco Escobar está sentado en una silla fuera del cuarto en el que duerme. Es un tipo enorme, con barba, el

pelo amarrado y largo. Antes de dedicarse al narcotráfico había sido paracaidista, de las fuerzas especiales. Escobar juega con un mapache, su mascota. Lo enrabia, lo agarra con su manota por el cuello y lo agita como si fuera un trapo. Se llama Tuco. Dice que los mapaches son buena compañía, que ayudan a sobrellevar, que los consigue en un plis-plas cuando tiene un comprador.

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—Si querés uno, te lo vendo por 100 quetzales (unos 12 dólares). Los estoy dando por 150 ó 200, pero a ti te haría precio. Dame 100 ahora y te lo tengo para cuando vengás.

Estamos dentro de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón.

La revista Gatopardo publicó un artículo sobre Pavón en marzo de 2007. El llamado de portada era “La prisión donde mandaban los presos”. Así, en pasado. La nota narraba cómo a finales de 2006 más de 3,000 policías y soldados con tanquetas, ametralladoras y helicópteros ejecutaron el Operativo Pavo Real. El Gobierno vendió la idea de que todo regresaría a su cauce, de que Pavón volvería a ser un penal en el que las autoridades autorizan y los presos obedecen. Fue todo un golpe de efecto. Su promotor, el director del Sistema Penitenciario, Alejandro Giammattei, oficializó pocas semanas después su candidatura a la Presidencia. Como consecuencia de la avalancha mediática orquestada que acompañó al operativo, Pavón conserva aún hoy una imagen de que el Gobierno tiene el sartén por el mango. Nada más lejos de la realidad.

Comparada con otras cárceles, Pavón es generosa con sus internos: sus cifras no indican hacinamiento, disponen de una radio interna, de talleres y tierras de cultivo, y se permiten visitas tres días por semana, con posibilidad incluso de que los familiares se

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Granja Modelo de Rehabilitación Pavón. © Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

queden los sábados. Los presos caminan a sus anchas y hay decenas de tiendas de comida, billares, milpas, un auditorio y una cancha de fútbol. También hay una regla no escrita que compromete a asesinos, narcotraficantes y violadores con una máxima: la visita se respeta. El resultado de ese orden, impuesto por los propios internos, es un aparente clima de tranquilidad.

—Hay muchas mujeres que cuando vienen de visita se ponen las joyas al entrar y se las quitan al salir –dice satisfecho Noel de Jesús Beteta, uno de sus internos más famosos.

Pero de esa sensación a que el Estado tenga absoluto control hay un abismo. En los tres días que pude ingresar, además de que me intentaran vender un mapache, presencié consumo de

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marihuana y crack, me invitaron a tomar chicha, y comprobé que disponer de un teléfono celular es tan sencillo como tener un cepillo de dientes.

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E

stá endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no

lo reconocieran cuando se fugó de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.

—¿Y tiene algún significado especial? —Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.

Pienso en que Jonathan debe de dibujar realmente bien, como dice su maestra, si es capaz de replicar esta mano huesuda en sus cuadernos.

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Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.

—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.

Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación es amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí dentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales ($0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.

—…entonces tiré el arma, ¿mentendés? –divaga Neck. —Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.

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—Va. —Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.

Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.

—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando… —¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!

Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.

*

L

os internos lo conocen como el Módulo de Aislados o simplemente el Módulo. Se trata de la estructura que
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el Gobierno de Guatemala construyó en 1997 para aplicar la inyección letal. Además del cuarto cuadrado tres por tres con la única camilla para inyecciones letales de América Latina, se construyeron una serie de salas adicionales: una amplia y acristalada para presenciar la ejecución; otra para que el reo pasara sus últimas horas; otra más como confesionario; otra chiquita para el verdugo… Y como si se avergonzaran, lo edificaron alejado de todo, en una esquina de Pavón, y lo rodearon con un muro gris de siete metros de altura. Entre 1998 y 2000 ejecutaron a tres: Manuel, Luis Amílcar y Tomás. La estructura luego cayó en desuso hasta inicios de 2008, cuando se rehabilitó para volver a recibir a condenados a muerte. Se pintó y se reacondicionó, pero la aplicación de la pena máxima volvió a congelarse. Entonces, alguien tuvo la idea de convertirlo en el lugar de confinamiento para presos problemáticos.

Para ingresar al Módulo hay que llamar a los custodios que están en la entrada del penal, a más de cien metros. Llegan, abren la puerta, se entra, ellos se van y cierran la puerta con llave. Mish es bien recibido aquí porque casi todos son del Barrio 18, como él, y por cosas como esta: cuando ayer vinimos por primera vez, trajimos cuatro gallinas vivas. Despescuezaron de inmediato a dos para el almuerzo.

De los diez que están estos días de julio sólo cuatro pueden salir y moverse por el resto de Pavón. Neck es uno de los privi-

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legiados. Por eso y también por las visitas constantes. Rara es la semana en la que Brigitte no llega al penal tres días. Los hijos, Jonathan y Evelyn Susana, llegan los fines de semana.

—¿Y qué haces con tu familia cuando te visita? —Salimos –dice Neck– y vamos arriba, al campo, jugamos un cacho, hacemos algo de comer… Y nos venimos a dormir ya un poquito tarde, para que no se aburran tanto aquí adentro, ¿mentendés?

Una familia se esfuerza por tener vida al interior de este edificio que el Estado guatemalteco construyó para matar.

*

H

uele a carne frita, suena a carne friéndose. Brigitte cocina en el pasillo. Lo hace sobre una resistencia eléctrica in-

crustada en medio bloque de concreto. Neck continúa hablando, sentado y con los brazos cruzados, en este cuarto del Módulo que hace las veces de vestíbulo. Ya me ha convencido con creces de que los delitos por los que está condenado son una fracción mínima de todo lo que ha hecho en su vida.

—Por decírtelo así, no te pueden comprobar nada, ¿mentendés? ¿Cómo te lo van a comprobar si no te han encontrado en el hecho?

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Brigitte llega con un pequeño plato blanco en su mano, y sobre el plato, una moronga humeante. Por la cara que pone Neck debe de ser uno de sus platos favoritos. Brigitte se sienta a la par de su esposo, le sujeta la mano que no usará para comer, y se la comienza a acariciar. Pregunto si han pensado en tener algún hijo. “En esas vueltas ando”, dice Neck, la boca llena. Si de elegir se trata, prefiere que sea varón, como Jonathan.

De la nada aparece Mish. Se apoya en el vano y se dirige a Neck.

—Llecuneva hocunoras encerracunado, ¿no puecuneden sacunacar a Cocunoco un racunato? —No, no… No. Ahí que se quede, carnal. El vato ahí que se quede, mucha plancha ya.

Mish no insiste. Da media vuelta y desaparece rumbo hacia las celdas. Ante mi gesto de desconcierto, Neck explica que con esas palabrejas le ha pedido que dejen libre un rato a Coco, uno de los internos del Módulo al que los demás han encerrado bajo llave. Los pandilleros operan aquí adentro igual que afuera, con rígidas normas de disciplina interna.

Brigitte, sin ser pandillera activa, también ha entendido todo lo que dijo Mish.

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La jerigonza se la volveré a escuchar en distintas situaciones durante los próximos días. Se trata de un sistema de comunicación entre pandilleros, compartido por dieciocheros y por salvatruchos, que garantiza intimidad en presencia de oídos extraños. Más preocupante que conocer o no lo que dicen, pienso, es el hecho de nunca antes haber tenido referencia alguna sobre este sistema, ni en libros o investigaciones supuestamente especializadas. Me pregunto cuánto se han molestado las sociedades centroamericanas en conocer el fenómeno de las maras.

Parecunece que pocunoco.

*

L

as noches que Brigitte pasa separada de su esposo transcurren en Tierra Nueva I, una colonia en el área metro-

politana de Ciudad de Guatemala. Pertenece al municipio de Chinautla, pero está más volcada hacia Mixco. Ahí vive desde hace tres años junto a sus hijos y a Mamá Corina.

La colonia no tiene mayores secretos. Es una carretera principal asfaltada y decenas de calles polvosas que salen de forma perpendicular y que lo llevan a uno a la escuela, al estadio de fútbol, al mercadito. A ambos lados de cada una de esas arterias, una casa tras otra, de bloque y tejado de lámina la mayoría, sin parques, sin árboles. La escuela de parvularia tiene en su muro

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un gran mural que dice En el alma del niño sembramos las doradas semillas del bien. Pero a pesar de esta siembra, Tierra Nueva I, como casi todo Mixco, es tierra de pandillas. Y Jonathan tiene 13 años.

—¿Y está fuerte el Barrio en Tierra Nueva? –pregunté a Brigitte. —Sí, pero gracias a Dios mis hijos no salen a la calle. De la escuela para la casa; y cuando no, en la casa de su tía pasan.

Mamá Corina tiene 81 años, el pelo blanco como la espuma y lucidez de sobra. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero intentó criar a Brigitte y su hermana, y ahora hace lo propio con Jonathan y su hermana. Mamá Corina desde hace años mira a su alrededor, y en su propia casa se siente como la última de una estirpe.

—Antes no era así. Mi papá jamás –y remarca el jamás– trató mal a mi mamá. Cuando murió, mi mamá me dijo que fue un hombre que nunca le dijo ni babosa.

Ahora se queja de que Brigitte es muy enojada, de que levanta seguido la mano a sus hijos, de que Jonathan pega a su hermana, de que la hermana pega a Jonathan…

Los cuatro viven hacinados en un mesón. Alquilan por 500 quetzales ($60) al mes una pieza sin ventanas de apenas 5 por

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4 metros. El baño es compartido con los vecinos. Algunas celdas del Módulo son más grandes que el cuarto en el que viven.

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—No confío en nadie. He visto a muchos compadres asesinar a sus mismos compadres, ¿mentendés? Por una mujer, por varas, por vicio… Incluso adentro del Barrio ya no confío en nadie, ¿mentendés? Porque hasta tu homeboy… Si vos vas para arriba, ¿mentendés? Existe aquello de… ¡la maldita envidia! ¿Mentendés?

Es lo que me respondió Neck hace un rato, justo antes de sentarnos a almorzar. Le había preguntado si no tiene algún homeboy al que considera un buen amigo.

Su familia es desde hace meses su único apoyo para sobrellevar el encierro. Brigitte ha conseguido una figura paterna para sus hijos, sobre todo para Jonathan. Neck se ha convertido en un referente al que escucha y al que llama papá cuando no tendría por qué hacerlo. Hay sintonía.

Brigitte lo cuenta mientras recoge platos después del almuerzo. Se calla cuando aparece en el Módulo el director del penal, David Barillas, que asumió el cargo hace un par de meses. Tiene 37 años, pero parece mayor, quizá por su evidente sobrepeso. Es moreno y viste informal: camisa de botones, pantalón, tenis. Lo acompaña un joven agente uniformado y de gesto serio del Sistema Penitenciario.
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Neck con sus hijos durante una visita a Pavón. © Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

Mish aprovecha para proponer una idea: que la dirección permita a los internos del Módulo montar una pequeña granja de conejos. Neck y Brigitte tienen su propia propuesta: instalar un puesto de venta de comida arriba, junto al resto de puestos. Brigitte cocina realmente rico, de eso se gana la vida. El director Barillas escucha con aparente atención, asiente y les invita a que envíen las propuestas por escrito, una manera elegante de evadir el tema.

En unas semanas tendré la oportunidad de preguntar al ministro de Cultura y Deportes, Jerónimo Lancerio, si cree en la rehabilitación. Responderá como un político: “Si bien es cierto que el porcentaje de personas que logran una reinserción social

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completa es bajo, todos los reclusos tienen el derecho a la oportunidad de rehabilitarse para retomar su puesto en la sociedad productiva y así mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias”. Retomar su puesto en la sociedad, dice.

Salimos del Módulo con el director Barillas poco antes de las 2 de la tarde. El matrimonio se queda adentro. A ella espero verla mañana en Tierra Nueva I, pero sé que pasará tiempo hasta que vuelva a ver a Neck.

*
Han transcurrido más de seis semanas desde mi última visita al Módulo. Aquí adentro ha habido cambios. La milpa que rodea el edificio está pidiendo ser doblada y junto a la entrada hay una mata de güisquil que florea. Ya no son 10 sino 13, y el aumento ha obligado a ocupar como dormitorio el cuarto cuadrado tres por tres de las inyecciones. A la camilla le han arrancado la parte acolchada para ablandar el suelo sobre el que uno de los nuevos duerme.

En el penal el director ya no es David Barillas.

También encuentro distinto a Neck. La mano huesuda sigue en su sitio, cautivadora siempre, pero él luce demacrado, el pelo más largo y desordenado, los ojos hinchados como sólo los hinchan las lágrimas o el crack. Parece incluso más bajo, más poca cosa.
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Me pide que le describa cómo es Tierra Nueva I. Él no conoce las calles por las que a diario caminan su esposa y sus hijos. Hablamos sobre Jonathan, sobre la visita a su escuela, sobre los dibujos que escandalizan a su profesora. Resuenan las palabras que Brigitte dijo en la visita anterior: él le hace ver a Jonathan todas las consecuencias que trae ser pandillero.

—¿Y qué tipo de consejos le das? –pregunto. —Que no ande con gente que anda tatuada, que no ande con gente que sabe que roba…

Neck baja la mirada, se empequeñece, consciente quizá de que su siguiente frase debería ser: “Que no ande con gente como yo”.

—A él le digo que como persona se tiene que desarrollar, ¿mentendés? Tiene que aprender a hablar y a expresarse. —¿Y qué te gustaría que fuera de mayor?

Neck calla un par de segundos, tres, cuatro. Baja la mirada de nuevo. Al fin responde:

—Médico... o arquitecto.

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Su respuesta suena como si nunca le hubieran preguntado algo parecido, como si nunca antes hubiera pensado que existe un futuro.

*
Epílogo (trágico)
Martes, 26 de enero de 2010, 9:34 p.m. Un correo electrónico llega a mi cuenta desde la cuenta de Mish.

“(…) te contamos una mala noticia en estos dias neck tubo un posible accidente y ayer fallecio me da mucha pena escribirte para darte malas noticias pero creo que lo debes saber ojala te veamos pronto por aca mishell”.

Mishell es la pareja de Mish y la madre de tres de sus hijas. La conocí también durante el reporteo para escribir esta historia. Leer sus palabras sobre Neck entristece. Unas llamadas me servirán para saber más del “posible accidente”. Neck se cayó la semana anterior desde una altura de unos diez metros al interior de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón. Tuvo fracturas en el cráneo y en el rostro, y la pierna se machacó de tal manera que los médicos recomendaron su amputación por el muslo. Estuvo varios días moribundo en un hospital público, no resistió la segunda operación con anestesia general, y el lunes murió. Neck le alcanzó a susurrar a Brigitte que se cayó él solo, que nadie lo empujó, pero en Pavón se oyen otras versiones.

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GUATEMALA | JONATHAN NO TIENE TATUAJES

A Neck lo entierran en la tarde del jueves 28 de enero en un nicho del Cementerio General de la Zona 3 de Ciudad de Guatemala. Sobran los dedos de las manos. No hay hombres suficientes para cargar el ataúd, y las mujeres arriman el hombro. También Jonathan. El nicho está alto y un desbalance en el improvisado cortejo fúnebre hace que la caja se voltee, que se abra la tapa y que a través de un cristal aparezca por última vez el rostro tatuado y magullado de Neck. Brigitte llora y grita casi hasta el colapso. Jonathan llora más y grita más.

—Mi papiiiito, mi papiiiito…

Jonathan aún no tiene tatuajes.

Al poco llega una máquina para poder subir el ataúd. Brigitte llora. Jonathan llora más. Lloran en el entierro de Luis Efraín Sagastume López. Nadie desde San Pedro Sula ha venido, quizá ni se hayan enterado. Tampoco ha venido nadie de la que Neck un día consideró su familia: el Barrio 18.
* Los nombres de algunos personajes y lugares de este relato se han modificado por razones de seguridad.

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HONDURAS

Una granada en el reino de los pesetas
Daniel Valencia

HONDURAS

Daniel Valencia
San Salvador, El Salvador, 1983.

Licenciado en Comunicación Social de la Universidad Centroamericana (UCA). Ganador del premio al periodista del año de la Asociación de Periodistas de El Salvador, 2009. En 2007, el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana le otorgó el premio en derechos humanos por el reportaje “Presidente del ISTA parceló Áreas Naturales para favorecer a familiares y simpatizantes de ARENA”. Por este mismo trabajó recibió mención honorífica en la sexta convocatoria de reportajes sobre corrupción convocada por el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS, Perú). Becario de la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano en el taller de Jean-François Fogel. Con siete años de trayectoria, escribe desde 2002 para el periódico El Faro.net.

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Una granada en el reino de los pesetas
Daniel Valencia
Fotografías por Donna DeCesare

Misterio sale de las sombras de los dormitorios del primer nivel del penal de Támara y se aparece como fantasma silencioso en medio de la puerta. Nos lanza una mirada fría y cruza los brazos. No dice nada. Óscar, el otro guía que nos condujo por la cárcel más grande de Honduras, llega después, alertado por aquellos que tienden ropa fuera, en el patio. Hoy es día de limpieza en el sector de los pesetas.

E

l silencio dentro del penal hace que los segundos respiren en cámara lenta, en sincronía con el escaneo minucioso

hacia los intrusos que esperamos a El Zarco. Por suerte, ellos se

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distraen con la película True Lies en la televisión colgada en la esquina de la pared. Sólo entonces dejan de asfixiarnos con la mirada.

Una hora más tarde, mientras otro reo prepara tortillas, Misterio se enoja porque la fotoperiodista dispara hacia la cocina. Es la primera vez que habla sin hablar con los ojos y a Óscar le toca traducir la queja. “Esperen a que baje el hombre para ver si autoriza las fotos”, dice. Misterio, satisfecho, apoya el cuerpo en la pared y mira hacia el patio. Afuera, tres reos recogen la ropa seca. Son las 10 de la mañana.

El Zarco baja del segundo nivel, vestido con una toalla y pidiendo disculpas por el retraso. Se baña como quien va tarde al trabajo y sube corriendo las gradas. Minutos después regresa vestido, preguntando qué hacemos ahí.

—Queremos saber por qué los atacaron.

El Zarco llama a los otros dos y se sientan todos en círculo, acercando las cabezas al centro, susurrándose secretos al oído. Parecen los líderes conspiradores de una trama política. Si no fuera porque son retirados de pandillas y porque están presos, no habría creído que un tatuado con el Barrio 18, otro de la Mara Salvatrucha (MS-13) y un veterano de la pandilla Sunseri pudieran discutir sin matarse.

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Entonces El Zarco me saca del asombro:

—¡Órale! –dice–. Ya vuelvo.

Sube de nuevo y baja con dos páginas de un periódico en donde se reseña el ataque que sufrieron el 20 de abril de 2009.

—Este es Luis, este es Víctor y este, ¿lo ves? Este de aquí es El Vago. Es el primo de este –dice El Zarco, dándole una palmada en el hombro a Misterio, que esquiva las miradas girando la cabeza, de nuevo, hacia el patio.

© Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

*

E

l Zarco tiene ojos verdes y una cara que parece estar afeitada con la mejor navaja del mundo. La faz la tiene simé-

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tricamente delineada en forma de V; y el pelo, al ras, lo hace ver como uno de esos cantantes de reguetón que salen en la tele. Lleva Nike negras y calcetines cortos del mismo color, un pantalón deportivo azul de lona que esconde las piernas flacas y una camiseta sin mangas blanca que deja ver los brazos engreídos, el músculo redondo y perfecto. Es un adonis color canela al que afuera de la prisión “Marco Aurelio Soto”, en la región de Támara, Honduras, hay una mujer que todavía le rinde culto.

—Mi amor, estoy en el trabajo –dice a quien le habla desde quién sabe dónde esta mañana de martes.

La chica del teléfono como que se desplomó del otro lado de la línea, porque él, compasivo, la levanta de nuevo con un:

—Tranquila, baby, cuando termine te hablo.

El Zarco cojea de la pierna derecha: herida del fútbol, el deporte favorito de los pesetas. Es fácil imaginarlo “rifando el barrio” o conquistando lindas hondureñas en las caribeñas ciudades de Ceiba y Tela de las que tanto me habla. Pero es tarde para sueños. A ese mar que tanto recuerda no lo podrá tocar en los próximos 22 años porque cayó por tráfico ilegal de armas de fuego. Llegó hace ocho a Támara, a 45 minutos de la capital; hace seis se retiró de la pandilla del Barrio 18 y hoy es uno de los líderes, junto a Óscar y Misterio, de un grupo de 46 hombres

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a los que las autoridades, sus enemigos y la prensa llaman los pesetas.

En este sector hay ex pandilleros del Barrio 18, de la Mara Salvatrucha y de los Sunseris, otra de las pequeñas pandillas casi extintas de Honduras. Aquí todos son retirados. Lo sé desde mucho antes de cruzar los muros del penal y me pregunto cómo es que estos tipos que eran enemigos a muerte ahora conviven bajo el mismo techo. Al entrar a este sector –me di cuenta de que viven como si no hubiesen sido enemigos. Se refriegan sus hazañas de cuando eran guerreros del barrio y nada parece molestarlos de esa épica en la memoria.

En Honduras, alejarse de las pandillas es como una doble condena de muerte. Si afuera a los retirados sus ex compañeros los extinguen cuando los encuentran, adentro los retirados tienen tres enemigos: la Mara Salvatrucha, el Barrio 18 y los reos comunes, aquí conocidos como paisas.

Los peseteados, los pesetas, son, a juicio de sus ex colegas, los peores traicioneros del mundo por abandonar al barrio o por robarle o delatarlo. Aquí adentro hay de todo. El término peseta se le habrá ocurrido a algún pandillero activo para decir que uno de sus ex compañeros ya estaba peseteado, es decir, marcado por haber renunciado a la pandilla. Cada uno de estos disidentes tuvo sus motivos para dar un paso al costado. El Zarco

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decidió dar “paz a la guerra, a las pandillas” adentro de la prisión porque dice que le mataron a la familia biológica. “A la familia”, repite.

Aquí El Zarco encontró a otros con los que ha formado una hermandad de retirados, en donde hay más bravos como Misterio –108 años por los homicidios que coleccionó– hasta los que cayeron presos por robo de autos y todavía no han sido condenados. Támara es injusta y de los 2,646 reos que hay hoy, sólo 885 están sentenciados. Luis y Víctor tenían una pena de ocho años cada uno: el primero por robo, y el segundo por violación. El Vago, que también venía por robo, llevaba un año preso y todavía no había recibido condena cuando murió.

Entre los pesetas hay unos que lavan, cocinan, asean, se drogan, juegan fútbol, se tachan los tatuajes, aprenden inglés y administran dos chicleras (venta de golosinas). Hay otros, comandados por El Zarco, que protegen al resto. Los protegen de una guerra que inició hace nueve años y en la que ellos son el flanco débil.

El Zarco me cuenta que los retirados viven como gallos de pelea adentro de una jaula repleta de zorros y le creo. Le creo porque hace cuatro meses, en este patio, le mataron a tres de los suyos y le hirieron a otros 12; porque señala con el índice un hueco de unos 25 centímetros de diámetro en el gris concreto,

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debajo de una portería de futbolito; y porque dibuja en el aire los detalles de la onda expansiva que dejó aquella explosión. Los pesetas, aquí adentro, viven para sobrevivir.

En este mismo lugar, El Vago fumó su último cigarro aquella mañana del 20 de abril. Su suerte estaba echada para otro y él no lo supo nunca. De lo que sí estuvo consciente era de su rango de inferioridad y por eso había aceptado sin reclamos la misión que le habían encomendado: vigilar en dirección sur y parar las orejas como radares para escuchar cualquier movimiento detrás del muro, al norte.

Aquel día también era de limpieza y cerca de El Vago había unos lavando ropa. A su izquierda, un ex 18 de 22 años de nombre Yerson restregaba su camisa contra el suelo con un estropajo. En esa esquina, Óscar vigilaba colgado de un hierro que le servía de plataforma. Y en la otra esquina, cerca de la puerta, Luis y Víctor platicaban con otros retirados.

Entonces El Vago vio rodar aquella bolita de metal –que venía del sur– hacia la meta de futbolito, a su lado. Cuando la pelotita ingresó a la portería, quedaba un segundo para la explosión y fue cuando, resuelto, gritó:

—¡Granada!

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Después del grito, El Vago era un cuerpo tirado en el concreto; el concreto era un pedazo del patio de los pesetas; los pesetas no lograron evitar el ataque.

© Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

*

L

a neblina que todos los días envuelve a Támara con su manto gris no se había disipado del todo aquella mañana

del lunes 20 de abril. A las siete hacía frío. Un frío de muerte. El Zarco pensaba levantarse a las 10, pero se despertó a las 7:01 a. m. porque el “boom” de la explosión desbarató su sueño, haciéndolo brincar como rana hasta la primera planta del edificio, mientras soltaba varios ¡Mierda! en el camino.

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Cuando bajó y miró hacia el patio, sus compañeros eran como zombies aturdidos que se tambaleaban de un lado a otro sin rumbo fijo. Al fondo, cerca de las pilas, Yerson se meneaba como epiléptico y pedía auxilio mientras se tapaba el ojo derecho con ambas manos. Yerson quedó tuerto por culpa de las esquirlas. Óscar, empapado, salía de la pila en donde se refugió después de que El Vago los alertara con su grito. Misterio, sin camisa, también recién levantado, estaba hincado enfrente de El Vago, que boca abajo ya no respondía a nada porque la explosión y las esquirlas le sacaron toda la sangre del cuerpo.

Algunas de esas esquirlas se elevaron y rebotaron cerca de la ventana ubicada en la segunda planta del edificio. Ahí, en la ventana, El Black lleva cuatro meses hipnotizado por la fortaleza gris que se eleva detrás del muro de este sector. Colgado sobre una hamaca a 30 pies del suelo, este ex soldado de la Mara Salvatrucha acata las órdenes de El Zarco: vigilar hacia el sur. En esta guerra de Támara, El Black es un halcón centinela.

Hay un segundo halcón que vigila en dirección contraria, subido en un andamio de madera que truena, como rama seca, al menor movimiento del cuerpo. El Zarco aquí no pide permiso y le basta con decir “hola, buenas” para cuadrar a sus soldados. Al llegar a la esquina, mira a ese del andamio y con un chasquido de los dedos ordena que baje.

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—Tenemos visita. Son periodistas que vienen a ver qué hay. El otro, acostumbrado a la altura, bajó de un salto para cedernos su puesto.

—¿Por qué los atacaron? –pregunto a El Zarco, una vez que nos acomodamos en el andamio. —Porque son paisas, porque nos odian. —¿Por pesetas?

La palabra peseta, me habían dicho, es el peor insulto que se le puede dar a un retirado de pandillas en Honduras. En aquel momento la mencioné para confirmar el dato sin reparar que estaba en un sector en donde hay ex pandilleros que alguna vez robaron, violaron y mataron. Aunque están retirados, ellos mismos me aclararon que de angelitos ni una pluma. Y yo, necio, sin meditarlo –pero ni un segundo–, encendí un fósforo dentro de un cuarto lleno de pólvora a la que por suerte no le cayó ninguna chispa.

Para los reos comunes, para los paisas, los pesetas deben pagar la factura por el maltrato que alguna vez recibieron en la calle de parte de algún pandillero activo. Es como si en ello encontraran una retribución divina. Matan pesetas porque ya no tienen a una pandilla atrás que los defienda. Porque están indefensos y porque los superan en número. En la prisión hay 2,646

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reos, cuando la cárcel se construyó para 2,000. Pandilleros de la MS-13 hay 153. Pandilleros de la 18 hay 145. Pesetas sobreviven 46. Eran más, pero a veces las autoridades inclinan la balanza hacia el lado paisa. Hace un año, movieron a 18 pesetas trasladados del penal de San Pedro Sula hacia sectores paisas, a los módulos de Casa Blanca. Según el director José Vásquez, los movieron porque temían que los pesetas tomaran más fuerza y se convirtieran en lo que tanto temen:

—En una súper pandilla –dice–. De los 18 trasladados, sólo seis sobrevivieron. A los demás los hicieron picadillo en cuestión de minutos. Picadillo, como lo oye. Ha sido uno de los peores errores ese traslado –reconoce Vásquez, antes de que una cuchara llena con agua de sopa ingrese a su boca.

El Zarco dos días antes, mientras estábamos en el andamio de madera, viendo al sur, me había dicho que un peseta en territorio paisa no dura ni 30 segundos.

—¿Y si un paisa es trasladado a este módulo? —Aguanta con vida el mismo tiempo –dijo El Zarco, y El Black transformó su dedo índice en un cuchillo que se deslizó por su garganta.

Aunque lo desean, los dos retirados saben que ese es un escenario un tanto imposible. Lo mismo opina Vásquez:

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—Nunca se ha trasladado un paisa al sector de los peseteados. El director es un moreno de unos dos metros, con brazos rollizos y unas piernas gruesas que llenan un uniforme militar de color azul. Vásquez no llega a los 40 años y ya es director interino de la prisión porque el director anterior tomó unas vacaciones mientras se investiga el incidente de la granada y otra serie de asesinatos registrados a lo largo del año.

Aquí en Támara se mata por venganza y por encargo. Y cuando matan, me dijo El Zarco, lo hacen porque algún preso les “cagó la vara” allá afuera.

—Se las cagó en algún negocio o matando algún familiar.

El martes 4 de agosto, en mi segundo día en el penal, en el sector paisa de Casa Blanca, un interno de nombre Jorge acuchilló a otro de nombre Miguel porque dijo que el segundo asesinó afuera a un primo y a un hermano. Miguel cumplía su noveno día en la prisión.

Afuera de Támara, en la Honduras criminal, todo se sabe. Siempre se ha sabido y por eso a lo largo de su historia han caído cientos de guerreros de los grupos en conflicto. Aquí, desde la década del 90 hasta 2002 el promedio anual de asesinatos fue

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de 11 por año, pero en 2003 y 2004 la cifra ascendió a 21 muertos. Del 2004 a la fecha no ha bajado de 10. Vásquez explica lo que pasa en Támara con la naturalidad resignada que sólo poseen aquellos que saben que la costumbre puede convertirse en cultura. Y aquí la cultura es la plata de la droga o del encargo de homicidios.

—El poder económico que se mueve aquí es muy grande y no tenemos idea nosotros de cuán grande es. Sólo suponemos. Y recuerde que la mayor parte de los seres humanos somos sensibles al dinero… los que se venden lo hacen por necesidad.

Aquí dentro no importa si son pandilleros o no las víctimas. Pero cuando los que cagaron la vara fueron pesetas, hay persecución y aniquilación. En su contra, los paisas incluso se tomaron la molestia de sobornar a un guardia para que permitiera el ingreso de la granada que mató a El Vago, a Luis y a Víctor.

—¿Para los pesetas guerra y muerte? –pregunto a El Zarco. —Siempre, ¿me entiendes? –responde.

“Pe-se-tas”.

La palabra llega separada en sílabas y en cámara lenta a la cabeza de Black, porque sólo entonces despierta del trance y

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Un halcón vigila con la intención de evitar un nuevo ataque. © Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

busca a El Zarco con la mirada. Algo se dicen sin decirse nada en ese segundo porque a Black se le escapa una carcajada. Black, entonces, me da una palmada en el hombro derecho. “Ja, ja, ja. Sí, pe-se-tas”.

El Zarco me pide que bajemos de la plataforma y de la segunda planta del edificio y acato sus órdenes como otro de sus soldados. Entonces nos dirigimos de nuevo a la meta donde estuvo parado El Vago. El Black nos alcanza en las gradas donde de 10 en 10, todos los martes, los retirados se sientan a masticar colores en inglés (“ye-llow”, dicen al unísono) que un gringo creyente de nombre Michael Miller les regala. Las clases de inglés y la eliminación de los tatuajes con rayos láser es lo más cercano

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a la rehabilitación aquí. “Ni nosotros podemos ni el Estado puede dar programas de rehabilitación”, dijo Vásquez. Los tres regresamos al lugar en donde estuvo parado José Leodán García, El Vago, antes de convertirse en un cuerpo bañado por un polvo blanco que sudaba gotas de sangre. Guardamos silencio. Y entonces reaparece Óscar, que se escondió en su cuarto mientras recorríamos el sector, para contar que él se salvó por un golpe de suerte.

*

A

las 6 de la mañana de aquel 20 de abril, Óscar estaba nervioso, intranquilo. Pero aquellos nervios que le susu-

rraban al oído que algo iba a pasar no era ninguna suerte de prestidigitación. No. Óscar sabía –como lo sabían El Zarco y Misterio– que él y sus compañeros serían atacados un día de tantos. Lo que no sabían era la fecha ni la hora exacta. Cerca de la pila adónde se tiró como clavadista después del grito de El Vago, Óscar me confesó:

—Por eso vigilábamos.

Y por eso cuando Luis Omar Flores Lago, de 26 años, llegó con aquella propuesta no dudó en aceptarla. A Luis la cafeína le jugó sucio.

—Quiero café, Óscar. Cambiemos un rato para ir a encargarlo –le dijo.
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Óscar aceptó y se trepó, como gato, en la esquina, al fondo de las pilas. Testigo del intercambio fue El Vago, que también le pidió café a su amigo Luis. Óscar ya nunca más regresaría a su puesto, a la par de la portería, junto a El Vago. Tampoco regresaría Luis, que se quedó esperando las bebidas cerca de la puerta.

La vida de Óscar se definió en cuestión de minutos. Un día después de dejar Támara, en la oficina de la Fiscalía Especial de Derechos Humanos, en Tegucigalpa, el fiscal Juan Carlos Griffin me explicó que en el expediente del caso está la declaración de un testigo protegido que cuenta dos cosas. La primera, que había un blanco de nombre Óscar, que resultó ser el mismo veterano Sunseri de la región de Progreso, con 34 años, dos hijas y un nieto. El mismo al que le fascinan las zapatillas blancas y que fuera de prisión llegó a tener hasta 10 pares, todas de diferentes marcas. Las Adidas son las que más le gustan. Es el mismo Óscar que dejó la pandilla, hace 15 años, después de que un fulano casi le arrancara la cabeza con un machete.

—Por suerte no me pegó con fuerza –dice, señalándose la cicatriz que le nace en el centro de la nuca y le termina en la comisura del labio derecho. Un año después, Óscar cayó preso por pelearse con otro fulano que quería matarlo en un pueblo llamado Chamelecón.

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—¡Los pandilleros deben morir! –me gritaba–, y como no entendía razones y venía con otro fierro le solté un plomazo. Justo en el corazón le cayó. —¿Qué no estabas retirado? –le pregunto. —Es que todavía andaba haciendo algunos robos –contesta.

Óscar dice entre risas que la persecución que le dieron en Chamelecón ha sido la más grande registrada en la historia. Dice que corrió y corrió como correcaminos durante hora y media, dando vueltas por el pueblo, metiéndose en los matorrales, bajando y subiendo lomas para despistar.

—Pero esos coyotes sí eran astutos, y poco a poco me fueron cercando.

Lo cercaron tanto que el tambor del revólver que cargaba lo traicionó y él se quedó indefenso, como conejo acorralado, en una casa abandonada a las afueras del pueblo. La Policía llegó justo antes de que los familiares dolidos de la víctima lo mataran a golpes en el patio. Óscar nunca más temió por su vida hasta que llegó aquella mañana del 20 de abril.

La segunda cosa que contó el testigo de la fiscalía es que entre los pesetas hay un traidor que presuntamente habría informado a los atacantes el orden de vigilancia que había en el patio. Lo hizo minutos antes de que Óscar y Luis cambiaran de puesto.

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—Contrataron a un sicario dentro del territorio de los pesetas. El testigo X dice que el ataque iba dirigido a Óscar –leyó Griffin–. Eso es todo lo que tenemos.

Nunca sabré si Óscar sabía que él era el blanco porque desde que los dejé en Támara hasta la fecha ya no contestó su celular para preguntárselo. Lo que sí me quedó claro es que después de la explosión ya no alcanzó a escuchar los gritos de Luis porque quedó aturdido adentro de la pila en la que se refugió. De oídas él sabe que Luis, antes de morir, gritó:

—¡Ayúdenme compañeros! –mientras caía al suelo, chorreando sangre de las piernas.

Tampoco alcanzó a ver que El Vago se elevó, con las piernas apuntando a la puerta, después de tragarse la mayor parte de la metralla y antes de caer inconsciente. Con la piel color ceniza. Luego, color sangre. Muerto.

Y no pudo ver ni escuchar pedir auxilio a Víctor Manuel Quintanilla, de 27 años, que se sostenía con ambas manos el estómago desecho mientras susurraba:

—Quiero agua. Quiero agua que me muero.

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*

H

ace 10 años, cuando la guerra arrancó, en Támara no había pesetas. Adentro, la guerra se libraba entre los

paisas y los pandilleros de la 18 o de la MS-13, alimento de estas cárceles glotonas que a la fecha no dejan de tragar reos estén o no condenados.

Hace 10 años los retirados de pandillas morían en las calles de Honduras masacrados por sus barrios, engañados por sus conciencias, que les susurraban un “tirate, no pasa nada, tirate”, justo cuando llegaban al borde de un abismo imaginario.

En Honduras, la organización no gubernamental Casa Alianza lleva un conteo anual –producto del monitoreo diario en medios desde 1998 a la fecha– que cuenta de 4,776 jóvenes asesinados en ejecuciones extrajudiciales en los barrios más pobres. Casa Alianza sospecha que en esa lista hay pandilleros asesinados por pandilleros; otros, por escuadrones de limpieza social –que aparecieron en el contexto del plan Cero Tolerancia del ex presidente Ricardo Maduro en 2003–; y otros que no eran pandilleros pero que pagaron el impuesto que se cobra a la marginalidad.

Todas estas cifras se suman a la cuenta de Honduras en esta región, considerada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo como la más violenta del mundo con una tasa

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de homicidios de 33 por cada 100,000 habitantes. Honduras, Guatemala y El Salvador lideran la lista formando un triángulo perfecto.

En este país, a pesar de la ley que decreta la muerte al pandillero disidente, existen algunos a los que se les respeta la retirada gracias a la “clecha” (respeto y conocimiento de las reglas internas) que acumularon durante sus años de servicio. A uno de estos tuve que buscar una semana después de visitar a los pesetas de Támara para tratar de entender por qué todos los odian, por qué los matan, qué hay detrás de las paredes de Támara para que se desate esta guerra. Y lo encontré en San Pedro Sula, la ciudad industrial, la que impulsa la débil economía hondureña.

Jovel Miranda, Scrappy, me recoge un sábado al mediodía en la Gran Terminal de buses de San Pedro, un monstruo de concreto que hasta centro comercial tiene. Ahí me presenta a otros que como él dejaron las pandillas hace muchos años, se tacharon los tatuajes con láser o químicos y consiguieron trabajo con sueldo mínimo gracias al apoyo de la empresa privada y de organizaciones no gubernamentales.

De lejos, al igual que sus compañeros, Scrappy no aparenta haber tenido un pasado con las pandillas. De cerca, la piel abultada y lisa, como plástico, que lleva en las muñecas lo delata.

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Ahí cargaba, orgulloso, dos números 18 antes de borrarlos con ácido.

—Fue el precio que pagué para que me creyeran que me quería retirar –dice.

© Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

Scrappy era un pandillero de la 18 hasta que decidió dejar el barrio en Támara, justo dos semanas después de que arrancaran los conflictos entre los paisas y los pandilleros activos por el control interno de la droga. Eso fue en 2001. Hasta la aparición de los reclusos pandilleros en la segunda mitad de la década de los 90, los paisas más fieros, ligados al narcotráfico y al crimen organizado, eran amos y señores de Támara.

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*

S

crappy tiene 28 años y los ojos como los de El Zarco, pero a diferencia de aquel, ahora luce una barriguita y

sus derrotados brazos perdieron los músculos que alguna vez presumían. Isabel, su mujer, me cuenta que antes tenía hasta tres mujeres al mismo tiempo que le planchaban, cocinaban y satisfacían. Cuesta creerle.

—¡No sabes cuánto me costó! Este baboso cuesta –me dice Isabel, una morena con curvas que sonríe todo el tiempo mientras la acompaño a dejar los pedidos de sopa de res a los clientes de su colonia, repleta de casitas de concreto en donde apenas y caben dos cuartos.

Scrappy no tiene trabajo con sueldo ahora y vive junto a su mujer de la sopa que venden todos los domingos.

En el 2003, Isabel, también ex pandillera, lo conoció en un salón lleno de retirados, en una oficina extraviada del centro de esta polvosa y seca ciudad. En aquel salón, Scrappy, entonces de 23 años, le ponía rostro al sueño que llevó a todos esos pandilleros a estar ahí sentados, aguantando el calor pegajoso de San Pedro Sula. Terminaron creyéndole porque tres años después de salir del barrio seguía vivo. Fue así como nació Generación X, una organización creada y dirigida por ex pandilleros de la 18

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y de la MS-13 que en Honduras busca rehabilitar y reinsertar a retirados de pandillas.

Después de ocho años aún vive consciente de que en la calle, en cualquier vuelta de esquina, se le puede aparecer un salvatrucho o un dieciochero que no entienda razones.

—Lo vivo y lo acepto. Ya perdí el miedo –me confiesa en un cafetín maloliente en la segunda planta de un centro comercial. Allí alguna vez estuvo la oficina de la organización.

—Hoy esta es la oficina –me dice en broma, mientras me muestra su celular.

Como El Zarco, Scrappy se salió de las pandillas dentro de la cárcel. Como él, se salió porque le mataron a un ser querido. Y también se lo mataron en Támara. En el 2001, la 18 en Honduras se dividía entre aquellos que respetaban las viejas costumbres de los pandilleros deportados y aquellos que creían que no tenían nada que obedecer a esos que tiraban los aviones en los aeropuertos, traídos desde Estados Unidos.

Uno de esos pandilleros con clecha de Los Ángeles era El Shadow, que nació de padre y madre pandilleros. El Shadow era moreno, fornido. Sus tatuajes del 1 y el 8 en forma de pescado alucinaron a Scrappy. Se habían conocido en Ceiba, la misma

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ciudad que alguna vez vio caminar a El Zarco, y se reencontraron en Támara. Scrappy acepta que mató, robó, traficó, pero asegura que por el crimen que lo condenaron no tenía culpa.

—Acepté para evitar que otro fuera preso. Eso en la pandilla es un gran sacrificio que se recompensa. Además, en aquel tiempo, en las cárceles para nosotros había una gran escuela.

En Támara El Shadow enseñó a su discípulo que de una baleada (tortilla de maíz rellena de frijoles y carne) “pueden comer todos los homies”, que si uno tiene medias y tenis de marca, el otro debe tenerlas también. El Shadow fue para Scrappy esa figura paterna que nunca había tenido.

—Y lo mataron, lo mataron por pensar de esa forma. Lo mató aquella que yo pensé que era una familia. Ahí me di cuenta de que uno en la pandilla lo puede dar todo, hasta la vida, pero la pandilla puede pagarte no con la misma moneda.

Una mañana de septiembre de 2001 El Shadow se levantó con un dolor en el estómago que le sacaba gritos de desesperación.

—Tráeme agua –pidió a Scrappy.

El Shadow se la empinó y después cayó al suelo, donde comenzó a restregarse.

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Scrappy aún no sabe si el veneno con el que lo mataron iba en el agua o en el vaso con chicha que toda la noche le estuvieron rellenando a El Shadow, mientras departía en una pequeña fiesta organizada en el sector.

—¡Me mataron! –gritó el Shadow antes de ahogarse en su propio vómito.

Murió en los brazos de Scrappy, en una celda del sector de Casa Blanca, en Támara, cuando aún no había pesetas.

*

D

os semanas después de la muerte de El Shadow, Scrappy descubrió a qué sabe el miedo. En cada mirada dentro

del sector de la 18 creía reconocer a su potencial asesino y por eso se convirtió en un ermitaño. A su cuarto llegaban a buscarlo “porque ya no participaba”, me dice, y eso lo afligía. Le preguntaban por su fidelidad al barrio y él temía que le descubrieran esa idea loca que le comía la cabeza. Quería desertar.

Esas dos semanas dio vueltas al asunto e incluso participó en la primera batalla entre paisas y pandilleros sin saber realmente si quería morir por el barrio. En septiembre de 2001, los sectores de las pandillas MS-13 y 18 ya se habían convertido en competidores de los paisas en el contrabando interno de armas y de droga. Al principio, las pandillas le compraban la droga a

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los paisas, usando a los custodios de encomenderos. Más tarde descubrieron que ellos también podían sobornar y tener su propio mercado, ofertando el precio de la droga, robándole una porción del pastel a los paisas.

—En ese momento estuvimos a punto de tener una gran batalla, recuerdo, porque el sector de los paisas quedaba frente al nuestro. Llovían piedras, garrotes… a tirarnos balas íbamos cuando entraron los custodios y a todos los pandilleros nos fueron a meter a las salas de aislamiento –dice Scrappy.

En una de esas salas estaba cuando su padre biológico llegó a ofrecerle un trato.

Joel Miranda es un hombre alto, moreno, con bigote y con una barba canosa. Tiene los ojos del color de los de su hijo y hoy lo transporta en su taxi por la ciudad cuando Scrappy lo necesita. Una noche de lunes, una semana después de mi visita a Támara, Joel me lleva a una colonia pobre en las afueras de San Pedro Sula para conocer a El Negro, un hombre de 25 años, con un 18 que le inicia en el pecho y le termina en el ombligo. El Negro, por las mañanas, trabaja de soldador y por las tardes se disfraza como adolescente de octavo grado porque quiere sacar el bachillerato, ir a la universidad, superarse fuera de las pandillas. El Negro es uno de los últimos jóvenes a los que Scrappy convenció de que dejara el Barrio.

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Conversar con los convertidos por su hijo a Joel le hincha el pecho de orgullo y le hace recordar su drama con Scrappy. De regreso al hotel, se confiesa. Hace 26 años, cuando el niño tenía dos, Joel decidió huir hacia Estados Unidos víctima de un policía que le pedía demasiado dinero por dejarlo comerciar con droga y armas. Allá, en un giro de 180 grados, se convirtió al cristianismo después de pasar toda su juventud metido en el mundo de la droga. Regresó a Honduras por sus hijos cuando el primero tenía 11 y la segunda nueve. Quería rescatar al varón que ya andaba de “fascinante”, como le dicen a los jovencitos que todavía no han sido brincados por las pandillas. Scrappy y su hermana rechazaron a su padre pero éste, terco como mula, insistió. Al pasar los años se consiguió otra familia ajena a Scrappy, quien en ese momento ya daba su vida por el Barrio.

—Una vez me lo balearon y por un milagro un amigo taxista que lo conocía lo encontró tirado en la calle y lo llevó al hospital –dijo Joel, mientras limpiaba el empañado parabrisas.

Después su hijo cayó preso y entonces Joel se propuso visitarlo por última vez. Viajó en bus desde San Pedro hasta la prisión y llegó a la celda de aislamiento en donde metieron a Scrappy después de la primera pelea con los paisas. Scrappy lloró 15 largos minutos antes de responder al ofrecimiento que le llevó su padre.

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—Te puedo sacar de aquí pero sólo si prometes dejar de una vez por todas esta vida. Y esa es tú decisión –le dijo.

Joel, después de soltar esto, se parqueó al lado del camino porque entre la lluvia que afuera caía a cántaros y la que le comenzó a salir de los ojos ya no veía nada. Joel lloró como un niño que se desahoga con su madre.

*

E

l paisa que tiró la granada aquella mañana tenía el brazo de un beisbolista y la precisión de un jugador de billar

porque hizo que se elevara sobre el muro que separa a Diagnóstico del sector de los peseteados, cayera en el centro de la cancha de fútbol y luego rodara hasta la meta, a la par de El Vago.

Desde las ventanas de Diagnóstico se ve todo el patio de los pesetas. Del otro lado comen, viven y duermen algunos de los líderes del crimen organizado y del narcotráfico de Honduras. Allá, debajo del muro, hay un taller en donde apareció el seguro de una granada de fragmentación M67. Un seguro sin huellas que perseguir.

El fiscal Juan Carlos Griffin dice que cuando investigaron quién la lanzó, los paisas de Diagnóstico respondían riéndose como hienas burlonas.

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—Se reían, ¡en serio! –responde Griffin, al repreguntarle por la reacción de los paisas.

En estos cuatro días en Támara sólo he visto a un paisa de Diagnóstico. Este salió, esposado de manos y pies, por la puerta principal justo cuando llegamos a la cárcel. Un custodio sujetaba sus hombros mientras tres oficiales mujeres tomaban sus datos. Tenía bigote espeso, ojeras profundas y una frente y unos pómulos recios, que combinaban perfecto con su cara cuadrada y con sus brazos fuertes como mazos.

Antes de irse observó, uno por uno, con tiempo, sin prisa, a todos los que lo rodeábamos. Si Misterio con su cara tatuada y Óscar con su cara deformada por un corte de machete asfixian con la mirada, este paisa sin tatuajes no se detiene. Estrangula. Acuchilla. Dispara con esos ojos negros.

El paisa se fue y las tres mujeres, vestidas de azul, con gorras en la cabeza y botas estilo militar fueron las primeras en comentar lo que yo ya sabía. Los paisas sobornaron custodios para ingresar la granada en la cárcel. En Támara, la droga, los celulares, las armas, camas, equipos de sonido y televisores siempre entran por la puerta principal.

“Hay quienes aquí se venden”, dice una de ellas antes de catear a un compañero. Luego el proceso se repite con otros 12,

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algo que, aunque es una rutina diaria, igual le causa gracia. “A ver, ¿qué lleva?”, pregunta la misma antes de darle dos palmaditas en las axilas, otras dos en las caderas y dos últimas en las piernas a su compañero. Eso es todo. Los días de visita hacen lo mismo con los familiares de los reos porque tienen prohibido escrutarles los genitales. “Por aquello de los derechos humanos”, dice.

En Támara, la máquina detectora de metales no sirve y los perros que olfatean droga nunca están cerca.

—Yo creo que cuando encontramos a una mujer con una bolsa de marihuana en la vagina es porque llaman nuestra atención para ingresar cargamentos más grandes con más bolsas y más vaginas – comenta otra de las oficiales.

Ella lleva 12 años como custodia. Tiene 40, un sueldo equivalente a 100 dólares mensuales y un deseo por cualquier otra vida mejor que esta. En 1997, un informe oficial ya advertía de que la corrupción en el sistema penitenciario de Honduras tiene orígenes económicos.

El halcón Black, originario de Olancho, con 26 años y una pena de 19 por hurto y robo lo explica de una mejor manera. Él apenas lleva tres años preso y ya ha aprendido la importancia de tener dinero en los bolsillos para sobrevivir acá adentro.

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© Donna DeCesare, 2009. Todos derechos reservados.

—Aquí, yo, él, todos nosotros valemos dinero –me dice más tarde, mientras tres pesetas daban vueltas como disco rayado alrededor de la cancha. Uno movía los brazos como si fuera cantando un rap; otro hablaba por teléfono y el tercero fumaba un puro de marihuana.

—Aquí hay días que te podés volver loco si no tenés comida o droga –añade.

La droga, el dinero y las armas, los alicientes de estos hombres sin libertad, mueven un mercado negro en la prisión en donde los custodios se llevan una parte del botín. Las tres oficiales dicen que no todos son corruptos pero cuesta creerlo. Antes de
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despedirme de ellas, la anciana madre de un reo llega a pedir un favor a la puerta de la cárcel. Quiere que le entreguen a su hijo un dinero para pasar el mes.

—¿Cuánto le trae? –le pregunta una oficial. —600 lempiras. —¿Cuánto va a dejar por la carrera? Le recomiendo que deje algo porque así tiene más certeza de que le llegue a su hijo el dinero.

La anciana Oliva accede entonces con 100 lempiras más después de la recomendación. Luego la oficial se dirige a otro cabo que está adentro del salón y regresa con un papelito en donde se lee “600 para X. 100 de carrera. Espere confirmación”.

Por esta puerta donde se dejan encomiendas ingresó también la granada con la que los paisas atacaron a los pesetas hace cuatro meses. Iba adentro de la vagina de una mujer amante de un paisa. Una mujer desconocida.

Más tarde, en el patio de los pesetas, intento por última vez que Misterio se abra para contarme la vida de El Vago. Lo único que obtengo son unos ojos negros que también pueden inspirar compasión.

—Hay cosas que duele recordar. Mejor déjemelo así.

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Misterio se lamenta de haberle pedido a su primo, un año antes, que se retirara, que se convirtiera en peseta, para que lo trasladaran a este sector. Dejo a Misterio con sus recuerdos y sigo platicando de pesetas con El Zarco y preguntando a Óscar por los tatuajes de la cara que se tachó con ácido. Nos sentamos en una pila de ladrillos en donde dicen que cayó Víctor antes de pedir agua. En uno de los ladrillos todavía hoy hay restos de sangre. Black, el halcón, ha subido minutos antes a encaramarse en su hamaca, a vigilar el edificio contiguo. Desde la ventana me suelta una sonrisa como despedida.

Es entonces cuando, desde el edificio de Diagnóstico, alguien grita:

—¡Pesetas, mierdas!

Desde el hueco de donde proviene el grito, un brazo termina de esconderse por entre los barrotes, como si fuera una serpiente que sólo ha sacado la cabeza para atacar.

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NICARAGUA

Los Cancheros y Los Cholos del Reparto Schick
Carlos Salinas Maldonado

NICARAGUA

Carlos Salinas Maldonado
León, Nicaragua, 1982.

Estudió periodismo en la Universidad Centroamericana, de Managua. Ha colaborado para El Nuevo Diario, en las secciones Económica y Nacionales. Fue editor de Elnuevodiario.com.ni. Trabajó por dos años como redactor de la revista dominical del diario La Prensa. Colabora desde Managua con el diario español El País. En 2008 fue nominado al Premio Nuevo Periodismo, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), por el reportaje “Los olvidados del Casita”, publicado en la revista Domingo de La Prensa. Actualmente trabaja como redactor del semanario Confidencial.

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NICARAGUA

Los Cancheros y Los Cholos del Reparto Schick
Carlos Salinas Maldonado
Fotografías por Orlando Valenzuela y Loanny Picado

Nunca me habían recibido con un lanza granadas. Roberto, un corpulento moreno con la cabeza rapada como militar se asomó al portal de su casa con el tubo verde olivo, no muy largo, que sostenía en su hombro derecho, apuntándolo hacia mí. Yo temblaba en medio de la calle, garabateando con dificultad en la libreta la palabra “mortero” para disimular el miedo.

C

on semejante recibimiento se inició mi visita al Reparto Shick, el barrio más pobre del distrito cinco de Managua,

un barrio que ocupa un lugar privilegiado en las crónicas rojas de los periódicos, donde con mucha frecuencia se coloca la foto de algún muerto a modo de ilustración amarilla del suceso.
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—No tengás miedo, chele—dijo El Flaco, que se acerca a mi lado e intenta convencerme que su amigo no disparará el lanza granadas.

Roberto y El Flaco forman parte de Los Cancheros, una pandilla del Reparto Schick que se llama así en honor a la cancha de baloncesto cercana al sector donde viven.

Roberto escondió el lanza granadas de nuevo en su casa — pequeña, de tablas que hace tiempo pidieron ser jubiladas— y se dirigió hacia el otro lado de la calle, donde El Flaco me decía que no tuviera miedo.

—Es para defendernos si nos atacan— dijo Roberto.

Pero el mortero no sirve, y me di cuenta por el comentario de mi fotógrafo que aquella escena ha sido igual a la de niños jugando a la guerra con pistolas de agua: el arma ya está usada, dice el fotógrafo, es una vieja arma de guerra.

—¿Si los ataca quién?—pregunté. —Los Cholos—respondió El Flaco.

Los Cholos son la pandilla rival de Los Cancheros, que viven separados apenas por unas calles. El Flaco cuenta que pelean una guerra a partir de la muerte de uno de Los Cholos.

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El Flaco tiene 26 años, es delgado como vara de cohete pero de contextura firme, lleva un pañuelo en la cabeza y habla con las manos. Parece un cantante de rap.

Viene entonces el cuento. Dice que José, el hijo de Irene Fuentes, murió asesinado casi frente a su casa. El muerto era de Los Cancheros y había participado supuestamente en el asesinato de un miembro de la pandilla rival, un joven al que llamaban Miguelito.

Miguelito murió en febrero de 2008 cuando regresaba, borracho, de una fiesta.

Irene Fuentes no le creyó a su hijo cuando se le apareció en la puerta de la casa con las manos apretando el estómago.

—Mama, me pegaron— dijo el muchacho. —Dejá de jugar, chavalo—le respondió Irene, creyendo que su hijo menor le hacía una broma. Hasta que José se desmayó frente a ella.

Irene dejó escapar un alarido de dolor.

—¡Ay, mijo!—.

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*

E

ran las 7:30 de la noche del 25 de agosto. Unos minutos antes José jugaba a la pelota con un vecino del Repar-

to Schick, el barrio donde vivía con su madre y hermana. Los dos muchachos, aburridos de darle al balón, decidieron parar. Querían tomar agua. Saciaron la sed. Cuando el compañero de juegos de José entró a guardar los vasos, escuchó un disparo.

El mismo disparo que oyó Irene, a una cuadra de distancia, encerrada en la pequeña sala. Sintió un estremecimiento, pero no salió a ver qué pasaba. El hijo de Irene, de 16 años, murió de un tiro hecho casi a quemarropa. En el barrio dicen que fue una pasada de cuentas.

La casa de Irene es una construcción de tablas viejas pintadas de celeste, láminas de zinc por techo y piso de cemento. Es una sola habitación dividida en el interior por mamparas de madera que forman los dos únicos cuartos, en los que duermen Irene, su madre, su hija y sus nietos. Está ubicada en el Sector Dos del Reparto Schick, el barrio construido como proyecto habitacional durante el Gobierno del presidente René Schick, un político leonés que gobernó el país entre 1963 y 1966, quien donó las tierras donde se afincan los personajes de esta historia.

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Una hilera de casas se reparte un enorme territorio hasta formar el barrio, uno de los 45 del Distrito Cinco, el segundo más grande de Managua.

Según las estadísticas de la Policía Nacional es uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. En 2008 en el Distrito Cinco se registraron 10,995 delitos. Los más graves: 31 muertes violentas y 55 violaciones. La violencia germina en los barrios más pobres, abonada por la pobreza y el desempleo.

La casa de Irene está sobre una calle muy transitada. Desde la puerta entran los sonidos de cláxones, el chirrido de las llantas, las maldiciones de los buseros. Montados en sus viejos buses amarillos desechados de las escuelas de Estados Unidos, los choferes lanzan un “apártense, cabrones” a los muchachos que se cruzan en el camino siguiendo sus balones.

Desde su casa, la melancólica Irene escucha la alegría de los gritos y calla. Es una mujer morena, recia. A la cabellera negra la invaden las canas. Habla con cierto deje cantado, un poco rápido y a veces se le va la voz. De todos modos poco habla ahora. No se escucha el silbido con que termina sus frases. Piensa.

“Tenemos miedo. Los vecinos en las noches han visto a hombres encapuchados que pasan armados. Nadie sabe quiénes

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son. La gente ya no aguanta. Hay vecinos que están vendiendo sus casas”.

—¿Y usted vendería la suya? —No tenemos donde ir. Pero vivimos con miedo. No podemos dormir tranquilas durante las noches.

El miedo se apoderó de Irene desde que mataron a su hijo aquella tarde cuando jugaba como lo hacen hoy los chavalos que elevan cometas, patean pelotas o se reparten barajas en los andenes.

Silencio. Irene vuelve su mirada hacia la calle. El fantasma de su hijo se aparece en la mirada. Aquel día, recuerda, cuatro hombres salieron de la nada y le dispararon al muchacho. Apenas tuvo tiempo de correr hasta su casa. Se desmayó. Murió desangrado minutos después en una sala del Hospital Manolo Morales, ubicado a ocho minutos del reparto.

—¿Su hijo era pandillero?—.

Ella está quieta, las manos juntas sobre el regazo.

—No. Mi hijo no era pandillero.

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© Loanny Picado, 2009.

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E

l Flaco vive a dos cuadras de la cancha que le da el nombre a su pandilla. Aquí operan, como dice la Policía. La cancha

es un cuadro de baloncesto hecho de cemento y rodeado de mallas, con bancas alrededor donde se sientan los muchachos por las tardes a ver jugar, a piropear muchachas o conversar. Nada para alarmarse. Un peligro que nadie advierte. La cancha es una isla rodeada de casas viejas y otras cerradas con barrotes de hierro. La gente vive encarcelada.

El Flaco supo del asesinato del hijo de Irene como todos en el barrio. Al día siguiente la noticia corrió de boca en boca, se coló en las tertulias vespertinas de las vecinas y llegó hasta la cancha, donde se reunieron los jóvenes del barrio, como si de un partido se tratara, a comentar la muerte de José.

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El primer día que llegué al Reparto fui directo a la cancha. Era un día caluroso. Iba acompañado por una amiga que me presentó a Mauricio, uno de los Cancheros que dice haber dejado el grupo. Él fue el contacto para moverse entre esa montaña de violencia descrita en los medios de comunicación.

Historias de crímenes, asesinatos, violaciones y la moneda corriente: ser pobre y tener miedo. Después de determinada hora, los taxistas no quieren entrar. El horario impuesto para salir del turno es usado muchas veces de excusa para evitar el barrio. Uno que me conducía una noche hasta mi casa me dijo que él ni loco se metía allí y soltó su argumento irrefutable: “Me dejan sin el carro”.

A simple vista el Reparto no parece tan violento. Sobre las calles polvosas los niños que sueñan con ser como Messi juegan al fútbol. Al rededor de la cancha los novios agarrados de las manos se dan besos apasionados. Las amas de casas compran verduras en las pulperías y los hombres toman el fresco bajo la sombra de los árboles, porque este calor de Managua la hace parecer un pequeño infierno, un horno de más de 32 grados centígrados.

Mauricio hizo lo suyo. Me presentó a El Flaco, el rapero que además lucía tatuajes en hombros y abdomen (luna y sol, ying y yang) y la voz ronca como si fuese 50 Cent.

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Nos encerramos en la casa de El Chato, que parece un gran cajón de madera, un sauna. No hay ventanas, sólo una puerta de hierro resguardada por dos miembros de la pandilla que asoman la cabeza cada vez que pasa una moto por la calle encharcada. El Chato es un miembro de la pandilla que ha estado dos veces preso en la cárcel La Modelo, la prisión más grande del país donde la mayoría de estos muchachos se encuentran por múltiples causas.

Con el lanza morteros guardado, los muchachos explican que compran armas como compran tomates. Lo hacen para defenderse de sus rivales que llegan a su zona de repente, montados en moto y disparan sin importar a quién le dan.

Afuera, los centinelas vigilan.

—¿Y cómo hacen para conseguir las armas?—.

Y viene la explicación: O roban para comprarlas o se las roban a los vigilantes que ya de viejos no pueden con el ímpetu de la juventud.

¿Cómo quieren su arma? La rueda de muchachos dice que hay de varios tipos, incluso caseras. Algunas se alquilan. Así que hay que imaginar a un grupo, armando, ajustando el arma hechiza,

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antes que estos muchachos la saquen en la penumbra de este cuarto asfixiante. El Flaco la toma con cuidado, como un niño tomaría su juguete más valioso. En el barrio las armas se usan para matar gente como José, el hijo de Irene Fuentes, o “el Cholo” Miguelito.

*

L

a madrugada en que mataron a Miguelito, en febrero de 2008, la Policía golpeó a la puerta de Irene Fuentes. Grita-

ban, exigían que abriera. Los oficiales preguntaron por su hijo, José, que dormía a pierna suelta a su lado.

A la captura repentina siguieron las patadas, golpes en el estómago y empujones. José era sospechoso de la muerte de Miguelito, y esa madrugada fue a parar a la estación de policía acompañando a un grupo de sospechosos.

—¿Por qué lo involucraron en la muerte de Miguelito?—.

Irene levanta la vista. Mira a los ojos.

—Es que no sé, porque mi hijo no estaba en pandillas—repite.

Las pandillas atemorizan a los barrios más pobres de la ciudad, pero este fenómeno es distinto al resto de Centroamérica. Las pandillas aquí son pequeños grupos de vecinos, amigos,

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que se forman al rededor de su cuadra, de la cancha más cercana, que se protegen, que roban para sobrevivir, que consumen drogas y se enfrentan a grupos rivales. De ahí, el tipo de nombres con los que se identifican: Los Cancheros, los de la Rampla, Los Cuarteros, Los Comemuertos, Los Mataperros...

José Soza es un sociólogo de la Universidad Centroamericana en Managua que ha estudiado durante años el fenómeno de las pandillas, compartiendo con grupos juveniles de los barrios más pobres de la ciudad.

Soza explica que el desarrollo de las pandillas en el país se ha visto frenado por tres factores. “Nicaragua guarda vestigios de una estructura de los ochenta que respondía a controles barriales, que servían de cohesión, que permitió que los pandilleros encontraran un bloque en esos controles”, dice. La Policía, agrega, ha desarrollado un papel de cercanía al barrio, sin políticas de mano dura, sino con proyectos de trabajos comunitarios, deportivos. Y la presencia de las iglesias, principalmente evangélicas, es un espacio que vincula a los chavalos de los barrios a un cambio de vida.

—Pero recientemente hay más muertos, más violencia— pregunto. —Las pandillas y sus manifestaciones culturales han desapare-

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© Loanny Picado, 2009.

cido para dar paso a grupos delincuenciales, más relacionados con el narcotráfico—. —¿Ya no se trata sólo de pandillas?—. —Yo ya no hablaría de pandillas— dice Soza.

Las cifras oficiales muestran un aumento de la violencia en Nicaragua. Aquí ocurre un robo cada 21 minutos, se registran once delitos sexuales a diario y en 2007 se produjeron 1,675 muertes violentas. Entre enero y agosto de 2009 se registraron 816 muertes de este tipo. Estas cifras alarman a los nicaragüenses, aunque se alejan de las registradas en el resto de la región. En la vecina Honduras, por ejemplo, se registran 14 muertes violentas al día, más de cinco mil al año.

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Soza dice que tiene miedo. El temor de que grupos organizados hagan uso de los barrios de la ciudad en busca de refugio y que se conviertan en zonas controladas. “Así pasó en Honduras”, explica. Por el momento, afirma, Managua sigue siendo una ciudad segura. Pero sólo por el momento.

En el caluroso Reparto Shick, no siempre las armas han estado en manos de los pandilleros.

En 1994, cuando las pandillas estaban en plena ebullición, se enfrentaban a pedradas. Querían defender su cuadra.

Eran los tiempos en que una pandilla infundía respeto desde el nombre: Los Comemuertos, un grupo de muchachos que hacían de las suyas sobre las lápidas del cementerio cercano al reparto y que ahora, 15 años después, se volvieron un mito pese a desaparecer.

Allá en los noventa el cementerio cobraba vida por las noches, cuando de él salían raros suspiros, palabras dichas despacito, el sonido de labios juntándose en besos, movimientos de cuerpos desesperados como el aleteo de los peces fuera del agua. Gritos de desahogo.

—Allí se hacían orgías— dice Andrés en el porche de su casa, una sólida construcción de cemento que además de ser casa, parece cárcel.
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El cementerio ahora da lástima: Tumbas abandonadas, cruces de colores sobresalen de la maleza que se ha tragado todo, no hay más allí jóvenes retozando después de un rato de placer. Muchas de las inscripciones han desaparecido y la maleza se comió los corazones que las parejas dibujaron. Nada separa el cementerio del barrio. Está ahí, un grupo de tumbas destruidas en medio de un caserío triste, igual de triste que las criptas.

Andrés tiene 31 años y entró a Los Comemuertos a los 13. Es un moreno bajito, tan flaco que se le remarcan los huesos del pecho debajo de la camiseta. Tiene un pequeño tatuaje en el brazo derecho, un águila como la que adorna el escudo de Estados Unidos.

Esta tarde prefiere hablar desde lejos; tiene una infección en el ojo izquierdo. Después de seis años de pandillero se convirtió al protestantismo. Como prueba de su indoblegable decisión saca un libro pequeño de la casa con el que exorciza sus recuerdos del pasado: El Nuevo Testamento.

Consagrado a Dios, recuerda que entre gemidos de placer, fumadas de marihuana e inhalación de pega, había miembros de la pandilla que se daban a la tarea de profanar las tumbas más viejas.

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LOS CANCHEROS Y LOS CHOLOS DEL REPARTO SCHICK | NICARAGUA

Querían ver los cadáveres y robar alguna prenda.

Muchas veces la tarea podía ser monumental y después del trabajo de romper la lápida, revisaban los dientes buscando los que fuesen de oro. Con ese dinero podían seguir consumiendo drogas.

Un día se asomó a una de las tumbas, pero no tuvo suerte: los huesos sólo abrazaban una Biblia.

Del cementerio también salían listos para la guerra. Allí se planificaba la estrategia contra pandillas rivales.

—Antes usábamos morteros. Les metíamos tachuelas, vidrios y hierros para que reventaran más fuerte. Había pistolas, pero

© Orlando Valenzuela, 2009.

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no como ahora que tienen armas hechizas y las consiguen con conectes — explica. La nueva generación de pandilleros tiene entre 17 y 18 años. Los más viejos ya se jubilaron.

—Unos trabajan, tienen esposa e hijos y ya no piensan en esas cosas. Pero la pandilla se mantiene en las cabezas de muchos—. —¿Por qué hacerse pandillero?— —La pandilla hace que te miren las jañas, te sentís respetado, nadie se mete con vos. Es más por vanidad. Al principio te da alegría y cuando te adaptás a esa vida el miedo se te quita.

Andrés sí sintió miedo. Fue en 1996, durante un enfrentamiento con tres pandillas que eran conocidas como La Rampla, Los Churros y Los Brujos. La batalla se dio porque Los Comemuertos entraron a la zona de esas pandillas para usar su nuevo juguete: tenían un arma de guerra, de las que quedaron en el país tras la transición democrática y el desarme de 1990.

—Entre Los Comemuertos nunca hubo jefes. Podía haber líderes, pero nunca jefes. El AK se convirtió en nuestro jefe— recuerda Andrés.

Las pandillas estaban en plena batalla cuando Andrés sintió dolor en la cadera. En el momento no pusó atención, pero luego las piernas comenzaron a fallarle. No podía caminar. El do-

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lor se hizo más intenso, hasta que el muchacho se desmayó. Sus compañeros lo pudieron recoger y llevarlo al hospital. Fue su salvación. “Estaba quieto. Ya no aguantaba. Si no me hubieran llevado, me muero”, dice.

© Orlando Valenzuela, 2009.

Andrés ahora es uno de los jubilados. Tiene tres hijos y una esposa y se mantiene alejado de las pandillas aunque lo tienten con regresar. Trabaja medio tiempo en la Alcaldía y el resto del tiempo en una barbería que ha improvisado en su casa: una máquina para rapar y cortarle el pelo a los chavalos del barrio.

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o debe ser fácil vivir con miedo. Tener que aguantar el horror a que una bala salga de la nada y acabe con todo.

Durante mis visitas al barrio, me encontré con vecinos dispues-

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tos a hablar sobre el miedo que sienten por vivir aquí, pero la mayoría repetía lo mismo: Pese a las riñas, pese a las muertes, no vaya a poner nuestros nombres. No quieren ser uno más.

Detrás de la cancha del Reparto Schick hay una iglesia protestante. Allí están Wilfredo y Silvia, que disponen las sillas de plástico del templo para el culto que iniciará en una hora. Lo hacen con parsimonia, cuidando que las sillas queden en perfecto orden, una detrás de otra, de cara al altar.

Wilfrido y Silvia acceden a platicar. Acomodan tres sillas en una esquina del templo y responden las preguntas en voz baja, como si tuvieran miedo a que alguien más los escuche.

—El problema se está volviendo desesperante, más caótico— dice Wilfredo. —Uno no pude salir confiado a la calle porque están en las esquinas. Ellos caminan con armas hechizas, con cuchillos y a nuestra vista saltan y hacen sus cosas—agrega Silvia.

Wilfrido asiente con la cabeza. Baja más la voz, tanto que cuesta escucharlo.

—En el sector donde vivo salen a toda hora los pandilleros. Los Cholos, que parece que son los más peligrosos, andan en vehículos. Tienen sentenciadas varias casas. La vecindad está desesperada.

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—¿Han puesto denuncias en la Policía? —La Policía a veces ni quiere entrar y a las nueve de la noche no hay gente en las calles.

Silvia toma la palabra, en sus manos parece apretar más fuerte la Biblia.

© Orlando Valenzuela, 2009.

—Se han hecho comités con la Policía para ver qué se puede hacer con los jóvenes, pero hasta la fecha no hay cambios. Los enfrentamientos son diarios, con balaceras. Y sin asco matan a muchachos que no son de su grupo.

Mirlen Méndez es la comisionada encargada de la Estación Cinco de la Policía Nacional en Managua. Ella defiende ese tra-

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bajo con los jóvenes de los barrios que menciona Soza. Méndez dice que la Policía hace lo que pueda para sacar a los chavalos de las pandillas y mantenerlos ocupados, utilizar las energías que tienen de sobra en algo más que asaltar a los desprevenidos.

El trabajo de Mirlen Méndez no es fácil. A su cargo está la seguridad de 45 barrios, donde viven unas 200 mil personas. A su estación llegan todos los días denuncias de robos, pleitos de vecinos, violencia familiar. Y Méndez trata de arreglar todo. Trata. Porque, admite, no es fácil quedar bien con todo mundo.

Pero esta tarde parece que no hay mucho trabajo. En las bancas de cemento de la Estación, un edificio pequeño y relativamente nuevo, un grupo de policías platica con cara de pereza, esperando que termine su turno. La comisionada Mirlen, como la llaman en la estación, dice que la Policía se esfuerza por reducir la violencia, pero se lo impiden los números rojos de un país en el que el 79 por ciento de la población vive con dos dólares al día.

Los jóvenes, explica Méndez, tienen la protección de sus familiares, y cuando algún chavalo es apresado con relación a algún asalto o por peleas, familiares y vecinos llegan a la Policía a exigir que lo liberen.

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—Las familias viven del robo, porque no tienen trabajo. Y si detenés al hijo, vienen diez, quince familiares y vecinos a pedir que lo saquemos, porque todos hacen la misma actividad y se protegen entre ellos- dice la comisionada.

Desempleo es una palabra común para El Flaco. Sin dinero en la bolsa y padre de una nena, cree que trasegar drogas es el negocio más atractivo que se puede encontrar: hay que comprarle a la niña leche, frijoles, arroz, ropa y para eso se necesita plata.

A él le ofrecían 3 mil córdobas (150 dólares) por cargar una libra de marihuana. Aceptó el trato.

Le dieron el paquete, una escopeta y una pistola calibre 38 y se fue acompañado de un chavalo de 17 años, pandillero como él.

En el traslado de la droga El Flaco sintió que lo perseguían. Pensó que eran pandilleros rivales. Sacó el revólver que llevaba escondido en una mochila y disparó dos veces.

Los disparos alertaron a una patrulla escondida, que de la nada apareció frente a El Flaco y su acompañante. Los oficiales de la patrulla y los vestidos de civil los atraparon, les quitaron armas y marihuana y los montaron al vehículo. Los golpearon mientras los interrogaban.

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—Hijueputa, mierda, vas preso para largo—dijo un oficial.

Unos segundos después otro se acercó y le dijo:

—¿Qué onda, chavalo, todo o nada? —Nada—respondió El Flaco. En las pandillas existe también la Omertá (código de la mafia italiana): Un bocón no sobrevive, pero además hay razones sentimentales.

—Es deacachimba andar en turqueaderas—dice circunspecto—: sentir la adrenalina, dar, apuñalar; me encantaba apuñalar. Lo hice varias veces... por un par de zapatos, por una gorra, por un reloj—.

La primera vez que El Flaco apuñaló a alguien fue durante las fiestas de diciembre. Se fue con un grupo de amigos a residencial Santo Domingo, esa zona de gente adinerada de Managua donde una compañía de bebidas enciende un árbol de Navidad gigante y hay música y alegría en esta capital gris. El Flaco estaba bebiendo cuando sintió que alguien lo machucó. Lastimó su orgullo. El Flaco entonces sacó su puñal e inició su carrera de delincuente.

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Oscar Martínez
San Salvador, El Salvador, 1983.

Fue reportero en el diario La Prensa Gráfica y corresponsal en México del semanario digital salvadoreño El Faro. Ha publicado investigaciones y crónicas narcotráfico y migración en los diarios El Tiempo (Colombia) y el Hoy (Estados Unidos) y en las revistas Gatopardo, Día Siete, Proceso, MAN y El País Semanal. En 2008 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, entregado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). Dos de sus crónicas han sido reconocidas con el Premio Internacional de Periodismo La Huella de la Trata (2009) y el segundo lugar en el Premio de Periodismo y Migración (El Salvador, 2009), patrocinados por organismos como Naciones Unidas, Human Right Watch y la Cooperación Española.

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En el camino
Óscar Martínez
Fotografías por Toni Arnau

—Huyo porque tengo miedo de que me maten – dice Auner cabizbajo. Minutos antes me había dicho que migraba porque quería probar suerte. Dijo aquella frase hecha de que buscaba una mejor vida. Es normal, cuando
uno huye, desconfía y entonces miente. Es hasta ahora cuando
estamos solos, apartado de sus hermanos que juegan cartas en el albergue para migrantes, ahora a la par de las vías del tren con un cigarro en los labios él acepta responder las verdades que hacen que su verbo sea escapar, no migrar. —¿Volverías? –pregunto. —No, nunca –sigue con los ojos clavados en la tierra. —¿Renunciás a tu país? —Sí.

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—¿No volverías nunca? —No... Bueno... Sólo si tocan a mi mujer o mi hija. —Y entonces, ¿a qué volverías? —A matarlos. —¿A quiénes? —No sé.

Huye de una muerte sin rostro. Allá atrás, en su mundo, sólo queda un agujero repleto de miedo. Aquí, ahora, sólo queda huir. Esconderse y huir. Ya no es tiempo de reflexiones. De nada vale detenerse a pensar cómo es que él y sus hermanos tienen que ver con aquellos cadáveres. De nada serviría.

Salió de El Salvador hace dos meses y desde entonces camina con sigilo y guía a sus hermanos con paciencia. A los 20 años, dueño de su miedo, Auner, no quiere dar un paso en falso. No quiere caer en manos de la migración, no quiere ser deportado, no quiere que le desanden su camino, porque eso significaría tener que volver empezar. Como él dice: “Para atrás, sólo para tomar impulso”.

Auner se levanta silencioso y pensativo. Camina la vereda polvorienta que termina en el albergue para migrantes de Ixtepec, en el sur mexicano. Se une a El Chele y Pitbull, sus hermanos menores, y hacen rueda allá por los lavaderos a medio construir. Nos envuelve un calor húmedo que casi puede tocarse. Discu-

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© Toni Arnau, 2009.

ten cómo continuarán su huida. La pregunta es una: ¿seguiremos en el tren como polizones o iremos en buses por pueblos indígenas de la sierra esperando que no haya retenes policiales?

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l viaje por la sierra los llevaría a partir lo verde y espeso de la selva oaxaqueña, a transitar lo irregular. Los llevaría

a internarse en un camino poco conocido por los migrantes. Es una ruta alterna utilizada principalmente por coyotes y que llegó a oídos de Auner gracias a que Alejandro Solalinde, el sacerdote que fundó este albergue, entendió que no estaba de más darles una opción extra a los que huyen.

El viaje en tren los obligaría a encaramarse como garrapatas en el lomo del gusano metálico. Aferrarse a las parrillas circuJONATHAN NO TIENE TATUAJES Crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada.

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lares del techo de “la bestia”, como le dicen en este camino. Seguir así durante seis horas, hasta llegar a Medias Aguas en medio de la oscuridad. Tumbarse en el suelo, en las afueras de ese pueblo escondido a esperar que salga otro tren para seguir avanzando. Dormir con un ojo cerrado y el otro medio abierto a la espera de señales para echarse a correr. Medias Aguas es base de Los Zetas, la organización criminal vinculada al narcotráfico. Los Zetas, muchos de ellos, ex militares entrenados por la CIA para la lucha contrainsurgente en Chiapas, integraron desde 2008 a sus actividades el secuestro masivo de migrantes centroamericanos.

La respuesta podría parecer lógica para cualquiera que no conozca las reglas de este camino. Sin embargo, el riesgo que conlleva la sierra tampoco es leve. De cada diez indocumentados centroamericanos seis son asaltados por las mismas autoridades mexicanas. Esa sería una catástrofe para unos muchachos que atesoran los 50 dólares que su padre les envía desde Estados Unidos cada cuatro días. Los atesoran porque con ellos compran las tortillas y los frijoles que comen una vez al día cuando no están en un albergue y se sientan entre matorrales a recuperar aliento para seguir en esta huida.

La decisión es aún más complicada para quienes huyen de la muerte, porque el retorno no significa volver a casa con los hombros abajo y las bolsas vacías. El retorno puede costarles

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la vida, igual que el tren, que a tantos ha despedazado. Las dos opciones pueden terminar en muerte.

Hoy mismo me enteré de que José perdió su cabeza bajo el tren. Era el menor de tres salvadoreños con los que hace dos meses hice un recorrido por los cerros de México, bordeando la carretera para no enfrentar a las autoridades. Un rebane limpio, me contaron. Acero contra acero. Fue allá por Puebla, unos 500 kilómetros arriba de donde ahora estamos. El viaje es intenso. El sueño es leve. El cansancio a veces gana y eso mata.

José cayó en uno de los tambaleos de la bestia, que sin problemas se sacudió a un hombre débil y medio dormido. Me lo contó Marlon, uno de los que viajaba con él. Ellos también huían. En su caso, sí tenían certeza de por qué. Escapaban de las pandillas, que les arruinaron su negocio de pan cuando les impusieron una renta impagable: 55 dólares semanales o la vida. La empresa entera emprendió la retirada. Eduardo, el propietario y panadero; José, el repartidor; y Walter, el ayudante. Uno de ellos ya volvió a El Salvador en una bolsa negra.

Los hermanos Alfaro decidirán esta noche qué hacer. Tienen que decidir con tino porque si no pueden encontrar aquí lo que buscan dejar allá abajo.

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El primer cadáver.
—¡Ey, hijueputa! –escuchó Pitbull en su retaguardia el grito amenazador.

Giró la cabeza y vio un cañón 9 milímetros. Pensó que le apuntaba a él. Directo en la frente. Dio un salto de gato y antes de caer escuchó las dos detonaciones. Los tiros no eran para él. Le atravesaron la cara y la espalda a Juan Carlos Rojas. Unos pedazos de sesos le mancharon a Pitbull la camisa polo que se había puesto para salir a conquistar chicas con su amigo el pandillero al lugar de las maquinitas en el centro de Chalchuapa. Era un día soleado de enero o febrero de 2008.

A Pitbull se le subió a la cabeza esa rabia descontrolada que le nace del estómago. Esa que hace que se le crucen los cables allá arriba. Cuando eso pasa, durante unos cinco minutos, no hay quién lo detenga. Se vuelve un animal. Un pitbull.

Echó un vistazo hacia atrás y, entre el desparrame de materia viscosa, no le quedaron dudas de que su amigo estaba muerto. Pitbull echó a correr con furia, gritando incoherencias. Vio al asesino y a su cómplice. Escapaban. El que disparó relegado. Jadeando. Esa es la presa, pensó Pitbull. Le importó un carajo que tuviera en la mano una 9 milímetros cargada. El hombre, un viejo borracho de unos 50 años, retomaba la huida y se volteaba para apuntarle a Pitbull, y decirle entre exhalaciones:

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—¡Parate que te disparo, pendejo!

No había negociación posible. Entre el estómago y el cerebro de Pitbull, la efervescencia subía. Cuando estaba a tres pasos del borracho, Pitbull brincó hacia adelante, con las manos extendidas como garras. Tumbó al hombre que le arruinó su tarde. Le dio vuelta y no se preocupó del arma que quedó un metro adelante. Dice que se cura más la rabia si es a puño limpio. Así, con los nudillos, empezó a deformarle el rostro.

La policía se había acercado después de tanto barullo. Entre dos agentes atraparon al muchacho que daba cabriolas. Levantaron al borracho del suelo, inconsciente.

Lo primero que hicieron los policías fue sacar conclusiones que en un país como El Salvador pueden parecer obvias: joven en medio de una escena del crimen igual a pandillero. El primer cuestionado por aquel desbarajuste fue el muchacho:

—¿De qué mara sos? –le preguntó un agente. —De ninguna, pendejo –le respondió Pitbull, ya no por la rabia, sino porque así es él. —Sos de la 18 como tu amigo al que mataron, ¿vea? –continuó el policía que ya conocía a Juan Carlos, porque en uno de estos pueblos con título de ciudad, a pesar de haber 73,000 habi-

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tantes, los policías conocen a los pandilleros por su nombre, su mara, su apodo y hasta su función. —¿Que sos sordo, chimado? –le refutó Pitbull al agente que ya estaba a punto de ponerse violento.

De repente, llegó el subinspector que había recogido testimonios de la gente alrededor, y dijo mandón:

—A ver, muchacho, ya me dijeron que actuaste en venganza. Decime, ¿querés venir a la delegación a testificar para que podamos encerrar al asesino? —Va, juega –respondió Pitbull que con sus 17 años (y sus 18 ahora que huye) siempre andaba buscando cómo meterse en alguna aventura que, por peligrosa, le espabilara.

Eso consiguió. Un día sin aburrimiento. Se fue, vestido de policía, a buscar en las colonias del centro de Chalchuapa al cómplice del que mató a su amigo el pandillero. Se internó por las calles adoquinadas que parten de la avenida central de esta ciudad comercial y bulliciosa, repleta de tiendas, almacenes y puestos callejeros. Una gracia para él. Un relato divertido en su mundo.

—Bien vergón andar vacilando en la patrulla. Lástima que ligerito encontramos al viejo chimado ese –diría después Pitbull.

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Pitbull fue al reconocimiento en la delegación y lo dijo claro. En sus caras:

—Esos dos viejos cerotes son los que mataron a Juan Carlos.

Pero esos dos viejos también lo vieron a él. En aquel pueblo para nadie es difícil reconocer a alguien del casco urbano, que vive en el centro, y no en los cantones alejados que rodean el municipio. Saber que Pitbull era el hijo de doña Silvia Yolanda Alvanez Alfaro, la de la tiendita que está enfrente de la pupusería, a la par de la fábrica Conal. Que ese chico de pelo rapado y arete plateado era Jonathan Adonay Alfaro Alvanez. Albañil, agricultor, carpintero, fontanero. Todólogo. Johny. Pitbull.

En bus rumbo a Santiago Ixcuintepec.
—Tenés que tener alguna idea –le insisto a Pitbull en las vías del tren de Ixtepec, mientras tomamos un refresco y fumamos unos cigarrillos.

Después de que Auner me revelara por qué viajaban, y como quien pide a un padre una cita con una de sus hijas, le pedí permiso para hablar con sus hermanos. Auner aceptó.

Uno a uno empiezo a alejarlos del barullo del albergue. Primero a Pitbull. Lo escondo entre los matorrales de las vías, para que se sienta tranquilo y recuerde.

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—No, loco, no sé quiénes putas eran esos viejos. Sólo sé que cuando íbamos para las maquinitas, mi chero me dijo que tenía que recoger algo en la cantina. Salió bien tranquilo. Empezamos a caminar, y ahí fue cuando salieron esos chimados y lo mataron -dice. —¿No creés que sean ellos quienes los están amenazando de muerte? —Ahí sí que no sé. No tengo idea de quiénes putas son.

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© Toni Arnau, 2009.

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ada. Ni una pista. Pitbull huye, pero no sabe. Si fuera un personaje de ficción, seguro la trama lo obligaría a in-

vestigar, a mover sus contactos en el barrio, a ponerle nombre a los dos viejos borrachos. Pero esto es la realidad y Pitbull es
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sólo un joven de 18 años, del país más violento de Latinoamérica, acostumbrado a la muerte que cuando suena sus alarmas poco más importa.

Qué más da si ni los reportes policiales abundan en detalles. Cuando mataron a Juan Carlos -enero o febrero, Johny no lo recuerda a cabalidad- otros nueve jóvenes fueron asesinados en Chalchuapa. Como Juan Carlos, todos tenían entre 18 y 25 años. Pitbull ni siquiera sabe si Juan Carlos era su nombre real.

—Él así decía que se llamaba, pero como era de la pandilla y tenía problemas en otras colonias, yo le escuché otros nombres.

William, José, Miguel, Carlos, Ronal, no identificado, cualquiera de estos podrían ser los nombres reales de Juan Carlos. Todos ellos murieron en Chalchuapa en los meses en los que él cayó. Cualquiera podría ser el registro policial de su cadáver. Aunque alguien quisiera saber la verdad sobre esa muerte, la verdad sería tan esquiva como lo que jamás ocurrió.

Pitbull voltea a ver con lascividad a las muchachas migrantes que salen del albergue. “¡Ricas!”. Huir no siempre es una romería fúnebre. Al menos no para este muchacho. Da una calada a su cigarrillo. Vuelve la calma. Continúa respondiendo preguntas echado en los rieles, con una roca como almohada y la vista fija en el cielo. Parece un paciente de psicoanalista.

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Después del primer cadáver, Pitbull se largó un tiempo de Chalchuapa. Dos viejos borrachos estaban siendo juzgados por homicidio gracias a que él los señaló en la cara. Lo mejor era retirarse un tiempo.

Alcanzó en Tapachula, la ciudad mexicana fronteriza con Guatemala, a su hermano menor, a Josué, El Chele, de 17. Josué llevaba ya más de cinco meses en aquel sitio perfumado de frituras y plomo. Desde que emprendió el viaje a finales de 2007 rumbo a Estados Unidos, Josué seguía esperando mientras reparaba carros y dormía en el taller mecánico de la zona maquilera. Esperaba que su padre, como le había prometido, le llamara diciendo que el coyote que lo guiaría hasta Estados Unidos estaba listo, que el dinero había sido reunido y que la promesa terminaría de cumplirse:

—Nos vamos al norte, hijo, verás cómo allá sí hay chamba, buen jale, buen dinero –había dicho el padre con su español migrante, esa mezcla de acento centroamericano y diccionario chicano. Josué y Pitbull nunca fueron amigos ni enemigos tampoco. Son dos tipos diferentes obligados a compartir historias. Auner seguía en lo suyo, allá en El Salvador, labrando el campo y esperando que su esposa pariera. Ninguno de los tres se comunicaba. Siempre han tenido esa relación de campesinos, que pa-

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recen tener como regla la prohibición de mostrar el cariño con los gestos y las palabras.

El Chele tenía la confianza de los dueños del taller mecánico. Le permitían llevar muchachitas para pasar la tarde con los pantalones abajo. El Chele no se metía con nadie, no hizo ningún amigo en Tapachula. Se engominaba en extremo el pelo rizado a eso de las 5 de la tarde, luego de darse una buena ducha para sacarse el hollín de su piel blanca. Se ponía una camiseta estampada que cubría la de manga larga que llevaba por dentro. Se calzaba sus imitaciones de Converse y se lanzaba a las esquinas de las cafeterías de la plaza central, al céntrico y seudocolonial quiosco blanco, a las paleterías donde los muchachos y las muchachas van a hablarse. “A enamorarse”, dice él. A veces triunfaba y seguía citándose con la muchacha, en alguna banca del parque. Comían un helado, hasta que un día conseguía llevarla al taller y luego se olvidaba de ella y volvía a iniciar la rutina.

Pitbull en cambio iba donde podía. Vivía en casa del compañero de trabajo que le diera posada. Se movía por la zona de Indeco, una colonia de las más peligrosas de este municipio mexicano, zona de fábricas y maquilas. Ahí, gracias al cemento elevado de las industrias, manchado con pintadas de la Mara Salvatrucha, la calle que hace de columna vertebral parece amurallada, una especie de límite entre dos países en conflicto. Pitbull

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trabajó de albañil, de ayudante de mecánico, de carga bultos en el mercado. Todo era provisional. Todo era acostumbrarse a aquel pueblo con aires de ciudad. Un tiempo para hacer amigos y volver a vivir en esa cuerda floja que lo mantiene siempre en el límite de convertirse en cadáver. Esa misma donde caminaba en El Salvador, decidiendo si lo mejor no era ser como sus amigos, meterse a la pandilla, ganarse el miedo con el que se trata a esa familia de desahuciados.

—Yo no es que me quisiera meter a la pandilla, sé que es un pedo andar en eso, pero es que como nos parecíamos... Así, pues, que somos bichos que no estudiaron, que andamos sólo vagando y viendo cómo nos divertimos –define Pitbull sus razones.

En Tapachula divertirse siguió significando lo mismo: caminar en la cuerda floja, que si no hay riesgo de caer tampoco hay entretenimiento.

Se topó con otro de su estirpe, “un chavo ratero”, que le hizo la oferta como quien ofrece un pedazo de pan. Eso bastó para que Pitbull volviera a las andadas: —¿Qué onda, vamos a chingarnos algo por ahí? —Vamos –respondió Jonhy. Robaron a mano limpia carteras y bicicletas a señoras y niños. Afuera de las escuelas, en la clase mediera colonia Lau-

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reles, en las calles que rodean el mercado. Una de esas carteras lo devolvió a El Salvador. La rapiño, corrió, pero a la vuelta de la esquina había una patrulla. Pitbull no quiso dejar la bicicleta en la que huía. En lugar de escapar por callejones siguió por las aceras hasta que otra patrulla más lo alcanzó y lo llevó a la comisaría.

—A ver, pinche marerito, a mi país vienes a hacer tus fechorías. Te vamos a recomendar tres años para que aprendas a no venir a joder.

Ya ni intentó explicar que no era ningún “maroso”, sino sólo un joven de Centroamérica. Lo único que se le pasó por la cabeza en aquel momento fueron los años.

—Tres años... Voy a salir casi de 21... Ya viejo.

En lo otro no reparó. Siempre que un policía lo detenía, le preguntaba lo mismo: ¿de qué mara? Lo que es costumbre, por definición, ya no llama la atención.

La amenaza fue sólo eso. Pitbull se fue a la prisión de menores de Tapachula durante ocho meses. Nadie lo visitó nunca. Ni El Chele ni Auner ni Silvia, su madre.

—Entré como pollo comprado –recuerda tieso y temeroso.

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La recibida no fue calurosa. En su primera ducha le pidieron por las malas sus tenis y su bermuda.

Con el paso de los días aprendió a escuchar. Y lo que escuchó le resultó familiar. Cuando oyó palabras como perrito, chavala, boris, chotas, empezó a sentirse en casa. Era el lenguaje de la pandilla, esta vez de la Mara Salvatrucha. Entonces sí supo que hacer. Se volvió a convertir en el muchacho jodón y temerario que siempre fue. Cuatro días tardó en que su jerga le abriera el acceso al grupo dominante de la prisión: el de los pandilleros centroamericanos.

Ahí, en la banda, estaba el líder, El Travieso, un pandillero guatemalteco de 18 años, preso a los 14, cuando ya llevaba tres homicidios, tatuados como lágrimas negras en su rostro; el Smookie, con sus dos gotas de la muerte y el MS en el labio inferior interno; El Crimen, también guatemalteco, también con dos lágrimas; El Catracho y Jairo, ambos hondureños.

—Todos eran letras (MS), todos de Centroamérica, y éramos los meros chingones de la cárcel. Vendíamos la mota, los cigarros y la coca, y poníamos orden a todos los demás pendejitos.

¿De qué se trata ser joven? Pitbull parece decir: hay que ser temerario. Como Juan Carlos, el que reventó a la par suya en Chalchuapa; como El Travieso, como El Crimen; como sus ami-

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gos de toda la vida: como él mismo, que ahora huye de nuevo. ¿Y para que le sirve ser temerario? Pues, para ganar reputación. ¿Y cuándo ese joven es más reputado? Cuando tiene lágrimas negras en el rostro, cuando siendo niño tiene el currículum de un sicario, cuando dentro de la cárcel él es quien manda y no quien entrega su bermuda ni sus tenis en las duchas.

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—Lo primero que hice ya siendo de los chingones fue recuperar mis cosas y hueviarles las suyas. Ja ja ja. Se cagaron los bichos cuando llegué con la otra raza a ponerles en la madre. Así era la onda ni modo que anduviera con los vergones y no arreglara eso. Así que reventamos a esos cerotes en el baño –recuerda Pitbull en el albergue de migrantes.

Nos acercamos a la mesa a terminar la partida de conquián, el juego de cartas predilecto de los migrantes, con sus dos hermanos. Por un momento, todos se olvidan de aquellos cadáveres que sin saber por qué les marcaron el destino en El Salvador.

Echan algunas risas. Pienso si no es así, con esa confianza convertida en insultos amables, que se expresan el cariño, la alegría de estar juntos en esta huida. Cuando uno de ellos lanza la carta incorrecta en este juego de velocidad y reacción los otros sueltan carcajadas. Balbucean adjetivos. Pendejo, cerote, burro. El que los recibe también ríe. Ríen juntos.

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Auner me aparta por un momento de la mesa. Quiere contarme la decisión que ha tomado:

—Nos vamos en bus por la sierra... Pero... La onda es que... Quiero ver si nos podés echar la mano, porque... Es que no conocemos, ni nada.

Acordamos que en lo que se pueda así será. Viajaremos juntos hasta Oaxaca. Acordamos vernos por la mañana en el parque de Ixtepec. Nos despedimos.

En la mañana, el sol aún no calcina en este pueblo que parece capaz de derretir a un ser humano. Una marcha popular recorre las calles adoquinadas, encabezada por el pick up que hace las veces de vocero del periódico local. La gente de los puestos callejeros de ropa y verduras se asoma a ver a los marchantes, unas 100 personas. Esta vez el carro de las noticias ha prestado sus servicios para denunciar la supuesta violación por parte de ocho policías municipales de una prostituta local. No es de extrañar. Hace dos años estuve aquí mismo haciendo un reportaje sobre cómo la banda de secuestradores de migrantes estaba conformada por municipales y judiciales.

—¡Puta madre! –exclamo– la violaron entre ocho.

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Auner y El Chele bajan la cabeza. Murmuran un “qué paloma” y siguen viendo las revistas del puesto. Pitbull tarda más en responder. Se queda pensativo hasta que lanza su evaluación:

—¿Y no era puta la chimada, pues?

Quién sabe qué es lo que hace que entre tres muchachos hermanos con la misma historia, el mismo barrio y la misma madre, haya uno que sea más padre, Auner; otro un adolescente cualquiera, El Chele; y otro que parece un ex convicto de toda la vida. Unos minutos de más un día en la tienda de la esquina donde se conoció a un amigo, un partido de fútbol, una golpiza en un mal momento por parte del padre. Supongo que es eso, algo tan sutil e impredecible como el descenso de una pluma.

Nos embutimos en el autobús de tercera que viaja repleto de indígenas hacia la sierra. Pocas horas tardamos en descubrir por qué esta ruta es utilizada por los migrantes que llevan algunos pesos para el boleto. La calle es una angostura de pavimento que sube, baja y se curva como un intestino indigestado. Bordea precipicios interminables. Corta cerros de piedra caliza. Es comprensible por qué el Instituto Nacional de Migración no incluye a esta dentro de su ruta de retenes.

Sin mucho espanto para un camino diseñado para aterrar al indocumentado, llegamos a Santiago Ixcuintepec. Es un pequeño

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© Auner, El Chele y Pitbull. Toni Arnau, 2009.

pueblo de indígenas en medio de la bruma, la llovizna y la sierra tupida. Nos arrimamos al portal de la iglesia para descansar las 9 horas que tenemos libres antes de que el otro autobús salga rumbo a la ciudad de Oaxaca capital. Algunos jóvenes nos ven con mala cara y Pitbull vacila si responderles con otra mirada más lasciva o seguir como debería, cabizbajo, asumiendo que huye y que este camino está del todo en su contra. Por suerte, no dice nada.

Tres indígenas se nos acercan con diferencia de minutos. Enjutos, con caras bondadosas y sandalias de caucho. Todos con mentiras. Dicen que nos llevan a sus casas, en un pueblo intermedio. Dicen que ahí dormiremos bien y tendremos un plato de frijoles con tortillas para llenar la panza. Que solo cobran 2,000

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pesos por el grupo. Que el bus que esperamos no saldrá. Son una panda de timadores. El bus sí saldrá y su precio es de 100 pesos por cabeza. Este pueblito, como otros tantos que he visto en este camino, no tardará mucho en convertirse en un nido de rateros. Los migrantes son la presa perfecta. Huyen de las autoridades. Se esconden, quieren ser invisibles. Los muchachos me voltean a ver sin saber qué contestar. Es obvio que la idea no les resulta mala. Avanzar es avanzar de todas formas.

*
Los otros cadáveres.
—Ey, madrecita, aliviánenos con unas sodas –dijeron Los Chocolates a doña Silvia.

Los Chocolates eran dos hermanos pandilleros de Chalchuapa. Ambos de la 18. Pasaban las mañanas y ocasos frente a la tienda de doña Silvia, la madre de los hermanos Alfaro. Pedían un refresco regalado, con ese deje de poder que recubre a los pandilleros en sus zonas. Fumaban marihuana y montaban guardia en su barrio.

Era el 19 de junio de 2008. Un día de lo más normal. Una rutina diaria.

—Otra vez esos muchachos. Que no podrán irse a poner a... –intentó terminar la frase doña Silvia cuando escuchó ocho detoJONATHAN NO TIENE TATUAJES Crónicas de jóvenes centroamericanos en la encrucijada.

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naciones y los alaridos de su hija mayor, que estaba afuera con sus pequeñas.

La madre salió corriendo. Encontró a su hija y sus nietas amontonadas en una esquina pegando gritos. Un taxi aceleraba dando vuelta en U. Los Chocolates, Salvador y Marvin, de 36 y 18 años, yacían desparramados en el suelo. Cara, pecho, piernas, todo había sido partido por el metal.

El taxi había llegado segundos antes, con sus vidrios polarizados hasta arriba. Se estacionó frente a Los Chocolates, que descansaban en el murillo de la tienda. Como quien va a bajar el vidrio para pedir una dirección, el taxi se mantuvo inmóvil. En efecto, los vidrios se bajaron, los de adelante y los de atrás del lado derecho del coche. Salieron cuatro cañones de 9 milímetros. Empezó y terminó la masacre.

Silvia se quedó mirando el taxi en su huida. Petrificada.

Escenas fugaces e incomprensibles. Esa es la materia de la que se componen los campos de la violencia. No son zonas de traqueteos de metralleta ni de hombres y mujeres corriendo constantemente. Son silencios y ocasos que se rompen por esa fugacidad en las banquetas donde los niños juegan, en las esquinas donde los jóvenes conversan, en las tiendas donde las madres despachan.

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Después, como quien despierta a medianoche, todo vuelve a la normalidad. Silvia dijo a las niñas que entraran. Cerró la tienda. Nadie se quedó para ver cómo los forenses levantaban los cadáveres. Nadie se quedó a dar ninguna respuesta.

Pero a Silvia algo le daba vueltas en la cabeza. Ella creció en este país, en zona de pandillas. Ahí crió a sus hijos. En su mente, una cosa, quien sabe cómo, podía derivar en otra. Corazonadas de madre, supongo. Al día siguiente llamó a sus dos hijos, a Auner y a Pitbull, que recién habían llegado deportados de la prisión de menores de Tapachula, y les pidió que se fueran a Tacuba, a chapodar los campos del abuelo. El Chele seguía en la ciudad fronteriza mexicana y nadie le contó que dos cadáveres de pandilleros cayeron en el porche de la tienda de su mamá.

Quién sabe qué le cruzó por la cabeza a Doña Silvia. ¿Sabía algo? Nunca lo averiguaron. Nadie los apuntaba aún, pero su madre presintió algo. Ella dio el pistoletazo de salida: huyan muchachos.

Auner y Pitbull hicieron caso. Se fueron. Chapodaron, pastorearon vacas y afilaron machetes en Tacuba, pero aquello era muy aburrido. Para Pitbull era como volver a ser un joven campesino cuando intentaba por todos los medios ser un joven moderno, jugar a las maquinitas, comprarse camisas polo, conquistar a las

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chicas y ponerse aretes. Para Auner era inviable. Él tenía una mujer y un sueño de mantenerla. Su abuelo le pagaba en frijoles y tarros de arroz con tortillas. Eso no era suficiente.

Por aquellos meses de mediados de 2008, los dos se fueron a Tapachula. Auner durmió una última noche con su mujer. Pitbull probó por primera vez fuera de los barrotes la marihuana con sus amigos de Chalchuapa. Al día siguiente se juntaron y montaron un autobús rumbo a Tapachula.

Allá, en la ciudad de frontera, se dieron la mano, se dijeron adiós y continuaron con esa relación de hermanos campesinos que no se abrazan ni construyen destinos juntos. Hasta que el destino mismo los obliga. Uno albañil, Auner; el otro carga bultos, Pitbull. El Chele, en lo suyo, en sus esquinas de parques, sus chicas, su taller mecánico y su pelo engominado.

Una noche de agosto Auner volvía del trabajo caminando por el parque de Tapachula. Cuando aquel aire caliente le atravesaba el pelo negro y tupido, el tiempo que dejó atrás lo obligó a juntar a sus hermanos. Auner recibió una llamada de su tío en el celular. Aquella tarde, el mayor de los hermanos escuchó la peor noticia de su vida con la sequedad de mensaje de quien sólo recibe una mala noticia. Un problema cotidiano: Auner, hoy nos cortaron el agua; Auner, hoy me rompí una pierna.

—Auner, hoy mataron a tu mamá.

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Doña Silvia Yolanda Alvanez, a sus 44 años, murió de un balazo en el centro de la frente o de un balazo en su sien izquierda. Quien sabe cuál entró primero. Fueron dos muchachos. Uno manejaba la bicicleta, el otro iba parado en los tornillos de las ruedas. Aparcaron frente a la tienda. Ella lavaba trastos en la piedra. Caminaron silenciosos frente al hermano de Silvia, el tío de los muchachos. Se pararon junto a ella. Uno enfrente, el otro al lado. Le volaron la cabeza.

*
La melancolía del que huye.
—¡Ve que hijueputa este! –dice Pitbull levantando la voz con toda la intención de ser escuchado.

El autobús que va de Ixcuintepec a la capital de Oaxaca traquetea más que el anterior. Esto sí es romper la oscuridad. La luz de los faros que se extiende genera dos remolinos de mosquitos y mariposas nocturnas que giran allá adelante cuando salen de la selva que atravesamos. Pitbull cede ante la impotencia y se echa a dormir. Desde hace varias horas está intentando que el motorista quite la monótona música norteña que nos ha impuesto desde que salimos. Pitbull quiere un disco que asoma en el tablero, un disco de reguetón.

El Chele y Auner duermen allá atrás. Previendo que algún policía pudiera subirse decidimos repartirnos en diferentes asientos. La buscada confusión poco hubiera funcionado. Los

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muchachos son casi fluorescentes en el autobús: entre indígenas, tres jóvenes con pantalones flojos y zapatos tenis. Más que viajar, huyen. Eso se nota. Son los tres de sueño ligero. Son los que se despiertan a asomarse por las ventanas cada vez que el bus se detiene. No importa si es para que el motorista orine, salude a algún indígena en un pueblito o suba a otro que espera entre los árboles. Se asoman.

Amanece entre las montañas. La vereda de tierra se convirtió en una carretera de curvas cuando abrimos los ojos. El Chele viajó en silencio. No pronunció palabra y mantuvo la mirada perdida entre los montes. Pitbull, mientras estuvo despierto, fue el mismo muchacho inquieto de siempre: volteó a ver para todos lados, lanzó una que otra broma, insultó al motorista, tarareó tonos que le vinieron a la mente. Auner eligió dormir casi todo el camino, pero ahora que despertó, una mirada triste se le escapa por la ventana. Con el ceño fruncido de quien recuerda, el mayor de los hermanos viaja con gesto de preocupación cuando me siento a su lado.

—¿Qué te pasa, viejo? –pregunto. —Aquí, dándole vueltas a la cabeza. —¿La familia? —La familia. —¿Qué pensás? —Sólo que espero que estén bien... Que las amenazas que

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nos llegaron no fueran para ellos también... Es que como fueron así tan raras... Sin decir para quién iban, pues... Sólo que para la familia.

*

L

a familia, para Auner, son los muchachos que lo acompañan en este autobús, es su hermana mayor que se quedó atrás,

es su mujer y su hija de dos meses. El resto de su familia, su abuelo, sus tíos, sus primos, todos los que se quedaron callados ante la muerte de doña Silvia, le importan un pito.

—A esos que se los lleve la bestia si quiere.

Aquella noche calurosa de Tapachula cuando Auner recibió el llamado de su tío, juntó a sus hermanos para que iniciaran la marcha fúnebre para despedir a su madre.

Ninguno quiso contarme cómo vivió el momento. Sólo me dijeron frases cortas: fue duro, nos ahuevamos, bien pura mierda.

Dos días viajaron como migrantes a la inversa, buscando el sur, alejándose de Estados Unidos, pidiendo aventón, cruzando la frontera de México a Centroamérica por el río que los divide. Llegaron tarde, sólo para ver cómo metían la caja con su madre bajo tierra.

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El Chele llevaba dentro la rabia de un niño asustado. Enojado, pero con más ganas de llorar que de pegar. Pitbull y Auner, sin decirse nada, querían matar. ¿Pero a quién?

Una lápida de silencio cayó sobre el cadáver de su madre. El tío que vio pasar a los sicarios enmudeció: no, no sé nada, no los vi, me quedé paralizado. Fue todo lo que dijo. El abuelo, el patriarca de la familia, desde su Tacuba campesina y con su biblia de pastor evangélico como escudo repetía su monserga: confórmense, déjenla en manos de Dios, así lo quiso él, dejen de preguntar.

Pasaron los meses. Ellos insistiendo y el silencio respondiendo. Las preguntas se fueron atenuando. La rabia se convirtió en tristeza. Las dudas quedaron ahí. ¿Habrá sido una venganza de los borrachos a los que Pitbull encerró? ¿Habrá sido la mara que no quería testigos de la muerte de Los Chocolates?

—Quizá una vieja que es bruja y que odiaba a mi mamá – agrega Pitbull.

En un país como El Salvador, la muerte no tiene una sola cara. No viene de un solo lado. Se presenta a veces en forma de abanico. Sus mensajeros son tantos que cuesta pensar en uno solo. Es como cuando en el mar sientes que algo te picó en el

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pie que enterraste en la arena. ¿Un cangrejo, una medusa, un erizo? ¿Un borracho, un marero, una bruja? Los meses pasaron bajo el calendario del luto. Dos meses de rabia y preguntas. Dos meses de conformismo intermitente. Un mes de tristeza a secas.

Después, los muchachos recogieron lo que sembraron. Aquellas preguntas que hicieron nunca parieron respuestas, pero sí amenazas. La misma semana su tío y su abuelo, desde Tacuba y Chalchuapa, recibieron la misma advertencia que trasladaron a Auner para luego volver a enmudecer.

—Muchacho, alguien los quiere matar, me dijeron que van a matarlos a ustedes tres y a toda la familia.

Nada más.

El verdugo clandestino regresó como siempre lo hizo en la vida de los hermanos Alfaro. Regresó a los meses, cuando el último estallido de violencia se había disuelto en el tiempo. Sin dar explicaciones, sin mostrar la cara. Las únicas decisiones que permite son esperar o huir.

Sintieron la condena de su región, la fuerza con la que su país lanza los escupitajos hacia afuera o el bagazo de 14 cadáveres

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diarios en promedio. Ellos son escupitajo. Hicieron maletas y emprendieron el viaje por sus vidas.

Se unieron a la romería de los vomitados centroamericanos. Se metieron en este flujo de los que escapan. Unos de la pobreza, otros de la imposibilidad de superarse. Muchos, de la muerte. Esa que todo lo cruza y que toca a los jóvenes, viejos, pandilleros y policías.

© Toni Arnau, 2009.

*

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o puedo evitar pensar en otras historias que conocí en este camino. La sorprendente indiferencia con que las

amenazas caen a la par de personajes distintos. Recuerdo el gesto similar de susto con el que la policía hondureña y el pan-

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dillero guatemalteco me contaban lo mismo: tuve que escapar. Y enfatizaban el “tuve”.

El pandillero se llamaba Tirson. Tenía 18 años, 15 de vivir en Los Ángeles con su madre. Desde hacía cinco años pertenecía a la pandilla 18 en su gueto latino. Lo deportaron cuando ya no estaba activo, por un robo que cometió contra una tienda 24 horas.

Lo conocí durante tres días. Fue a medio México, cuando viajábamos en tren hacia Medias Aguas, colgados de las parrillas de aquella bestia nocturna. Una lluvia torrencial caía mientras el gusano rompía los cerros intransitables para otro vehículo. Fumábamos haciendo cuenco con las manos. Él hablaba desbocado haciendo énfasis en una frase que según la interpreté buscaba que yo entendiera que él no tenía opción, que hay gente en el mundo que no tiene dos ni tres sino sólo una alternativa.

El efecto del tren es siempre el mismo. Allá arriba no hay periodistas y migrantes. Hay gente colgada de una máquina que lleva sus vagones vacíos. Allá arriba sólo hay marginación y velocidad. Y todos somos iguales, porque el suelo está al mismo palmo de nuestros pies y porque las sacudidas nos sacuden a todos por igual. Es todo lo que importa.

Tirson volvió deportado a Guatemala, un país que no conocía. Hizo lo que pudo, llamar a su tío paterno a Los Ángeles con la

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única llamada que le dieron las autoridades migratorias de su país. Consiguió una dirección. Hacia allá fue, a buscar a un señor que no conocía. Llegó a un barrio marginal, a la par de un río. Eso me contó. Entró caminando, como cualquiera entraría a cualquier barrio. Le pasó lo que le pasaría a cualquier joven inexperto en Centroamérica, que no sabe que estos no son barrios cualquiera. Una turba de muchachos salió de un callejón. Le cayeron a patadas y le arrancaron la camiseta.

—¡Ajá, un chavala hijueputa! –gritaron hambrientos cuando le vieron el uno y el ocho en su espalda.

Tirson alcanzó a gritar el nombre del señor al que buscaba.

—¡Alfredo Guerrero, Alfredo Guerrero!

La turba se calmó por un segundo. Se voltearon a ver entre sí y lo arrastraron por la colonia como quien arrastra un animal. El cuerpo moreteado de Tirson fue lanzado a los pies de un hombre en el interior de una casa. En una mejilla el hombre tenía una M; en la otra, una S.

—Ajá, chavala de mierda, ¿para qué me buscás? –dijo el hombre.

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—¿Alfredo Guerrero? –repitió Tirson. —Ajá –contestó el hombre. —Soy Tirson, tu hijo, me acaban de deportar. El hombre -así lo recordó en aquel tren Tirson- abrió los ojos hasta más no poder. Después respiró hondo y volvió a tener aquella mirada de rabia.

—Yo no tengo hijos chavala –zanjó su padre.

El hombre, sin embargo, le hizo el único regalo que Tirson recibió de su padre. Reconoció ante su barrio que ese era su hijo. Le entregó como obsequio un hilo de vida.

—No vamos a matar a este culero, pero le vamos a aplicar el destierro. Y si te vuelvo a ver, hijueputa, creéme que yo mismo te voy a matar.

Lo desterraron. Lo dejaron en calzoncillos, con su 18 expuesto, en otra zona de la Mara Salvatrucha, de la que Tirson logró salir embarrándose de lodo y aparentando ser un loco.

A la policía la conocí con meses de diferencia de Tirson. Se llama -o se llamaba, quién sabe si logró llegar a Estados UnidosOlga Isolina Gómez Bargas. Rondaba los 30 años. Su historia también era la de un terreno donde no hay que entrar. Su relato también llevaba tatuadas dos letras. MS.
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La hondureña decidió huir de su país porque una bala iba a atravesarle la cabeza. La bala iba a salir de una pistola 9 milímetros. Una que ella portaba en el cinturón cada día. Olga Isolina era policía.

A su primer marido, también policía, se lo mató la Mara Salvatrucha en un operativo. Una leve descoordinación. Entró cuando los refuerzos aún no llegaban a una zona del barrio El Progreso. Una lluvia de 30 balas le mojó de sangre todo el cuerpo. Ocurrió dos años antes de que Olga me llorara su historia en las vías, cuando escapaba de sí misma.

A su segundo marido, otro policía, se lo mataron un año y medio después que al primero. Ella vivía en una colonia de la Salvatrucha, pero había sabido cómo rebuscarse para que no se enteraran de que era policía. Trabajaba en otras zonas. Regresaba a su casa vestida de civil cada fin de semana. A su marido la cautela le importó un comino. Él entraba al barrio vestido de policía y con la pistola en el cinto.

Un día, por atrás, tres balas en la nuca le explicaron al segundo marido de Olga Isolina que la soberbia y la violencia no se llevan bien. Desde entonces, ella empezó a ver a su pistola de a diario como una salida de aquel huracán.

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—Me mato, mato a mis hijas y a mi perro para no dejar a nadie desamparado –pensó muchas veces acariciando la cacha de su 9 milímetros. Hasta que eligió mejor separarse de su pistola. Salir de la policía e ir a buscar al norte un trabajo donde no hubiera balas con las que suicidarse.

La violencia, como bien sabe Olga Isolina, no solo espanta a punta de cañón. También a insistencia de la tristeza. La violencia, bien lo saben los hermanos Alfaro, ahuyenta incluso cuando no tiene rostro.

*
Adiós, muchachos.
El centro de la ciudad de Oaxaca se muestra colorido y dominical cuando nos bajamos del taxi. Hace unos minutos llegamos a la terminal de buses de tercera, provenientes de la sierra de Oaxaca. Niños rubios pasean de la mano de sus globos a la par de sus padres también rubios y sanos que fotografían a las indígenas que venden artesanías en la plaza.

Auner, Pitbull y El Chele sonríen con recato ante aquello, como si no se lo merecieran. Abren los ojos y tuercen la nuca de un lado a otro. Uno sigue los pasos del otro que a su vez sigue los pasos del anterior. Buscan guía en este pequeño mundo perfecto. Esta plaza de paletas y manzanas acarameladas. Caminan como un

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gusano torpe que no logra coordinar ninguna de sus patas. Parecen el extracto de una película blanco y negro en una de color.

Ya sabemos que aquí nos diremos adiós. Los acompaño en su última negociación. Su padre, desde Estados Unidos, les dictó un número de celular. Les dijo que es un amigo oaxaqueño que conoció en el norte, con quien trabajó. Él les echará una mano.

Se preguntan en qué los ayudará. ¿Es un coyote al que su padre le ha pagado para que los lleve seguros hasta su encuentro? Ojalá, suspiran los tres hermanos. ¿Es sólo un amigo que les dará comida y casa para que descansen antes de continuar su huida? Bueno, algo es algo, repiten.

Les doy el celular para que salgan de la duda. Queda claro que en cuanto a migrar se trata, los tres Alfaro son inexpertos. Escapar es otra cosa, no hay alternativa ni mucha estrategia. Sólo aquella que la prisa permita. En este camino hay lobos y caperucitas. Ellos no se mueven como lobos. Me queda claro cuando ni por un momento se preguntan qué hacer si el amigo de su padre es un coyote. Con uno de esos ases del camino hay que saber qué palabras utilizar, qué negociarle. Son expertos subiendo cuotas, cobrando servicios extras. Si detectan que enfrente tienen a un primerizo le harán perder su virginidad sin compasión.

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La llamada termina. Auner me devuelve el celular con el vacío en los ojos. Es sólo un amigo. Un plato de comida, una cama caliente y algunos consejos. A partir de ahora, seguirán solos en su huida. La noticia les cae como balde de agua fría, porque aunque puedan seguir toman-

© Toni Arnau, 2009.

do algún que otro autobús, los espera el tren. La bestia. Tarde o temprano. Sus asaltantes, cuatro puntos más donde puede haber secuestros y la región norte mexicana, donde más operativos policiales de migración ha habido en el último año.

*

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as tardes en la plaza de Oaxaca te llenan de calma. Hojas secas tapizan el suelo o vuelan por ahí. Ancianos des-

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cansan en bancas forjadas frente a las que la gente pasa saludando con alegría.

En una de esas bancas, en un remanso en la huida, luego de lanzar una mirada humilde y cómplice a El Chele y Pitbull, Auner me hizo su pregunta:

—Disculpá, espero que no te ofenda, pero hay algo que no entendemos. ¿Por qué nos ayudás? ¿Por qué te importa?

Parece sencilla de responder. Porque voy a contar su historia. Pero en el contexto del adiós es un enorme nudo introducido de golpe en la garganta. Sin bisturí. A mano limpia.

Aquella pregunta escondía otras miles. ¿A quién le pueden interesar tres condenados a muerte? ¿Por qué seguir a unos hermanos campesinos que sólo dejaron cadáveres atrás? ¿Qué tienen de raro los cadáveres? ¿Por qué ayudarnos? ¿Por qué, si hasta nuestro propio país nos echó? ¿Qué de importante puede haber en lo que ha sido escupido?

No hubo tiempo de nada más. Un hombre prieto se acercó a la banca. Era el amigo del padre de los hermanos Alfaro. Hizo un gesto rápido con la mano. Nos dimos un fuerte abrazo y vi

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a Auner, Pitbull y El Chele perderse en la plaza, entre niños y juegos. Ellos continúan escapando.

Los días pasan y la comunicación con los muchachos se reduce a intercambio de mensajes de celular. —¿Dónde están? ¿Cómo están? —Bien. Vamos a tomar un bus para DF.

Los días pasan. En Chalchuapa y Tacuba varios jóvenes siguen cayendo como Auner, Pitbull y El Chele estaban condenados a caer. Roberto, Mario, Jorge, Yésica, Jonathan, José, Edwin, todos entre los 15 y los 27 años fueron asesinados en estos meses de agosto y septiembre.

—¿Dónde están? ¿Cómo están? —Aquí vamos. Ya no nos queda de otra, vamos a subirnos al tren.

La comunicación se interrumpe. Mis mensajes se quedan sin respuesta. Hoy, principios de septiembre, hubo un secuestro masivo en Reynosa, frontera norte de México. Al menos 35 migrantes centroamericanos fueron bajados por un comando armado de Los Zetas cuando los indocumentados llegaban a esa ciudad montados como polizones en el tren de carga.

—¿Dónde están? ¿Cómo están?

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COALICIÓN CENTROAMERICANA PARA LA PREVENCIÓN DE LA VIOLENCIA JUVENIL

Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil
La Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil (CCPVJ) es una organización no gubernamental que tiene su sede en el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP), de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, en San Salvador, El Salvador. La CCPVJ está compuesta por 16 organizaciones de la sociedad civil de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, quienes cuentan con reconocida trayectoria dentro del trabajo en prevención de la violencia juvenil. La Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil promueve la formulación de políticas públicas, integrales, intersectoriales e interdisciplinarias para el abordaje de la violencia juvenil y del fenómeno de las pandillas en la región, y contribuye a que el accionar institucional público, de sociedad civil y de cooperación internacional en violencia juvenil y temas relacionados, sea pertinente, coherente y eficaz.

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CORDAID

Memisa-Mensen in Nood-Vastenaktie

CORDAID es una de las más grandes organizaciones internacionales de la cooperación al desarrollo que, junto con más de mil entidades y organizaciones de base, lucha contra la pobreza y la injusticia en más de 40 países de África, Asia, América Latina, Medio Oriente, Europa Central y del Este, y los países bajos. CORDAID fue fundada a fines de 1999 como resultado de la fusión de tres instituciones católicas romanas de desarrollo, Memisa, Mensen in Nood (Caritas Neerlándica) y Bilance (antes Vastenaktie y Cebemo). Se inspira en la doctrina social católica y considera que toda persona tiene derecho a una vida digna sin distinción alguna por razones económicas, de edad, sexo, género, raza, origen, creencias o convicciones políticas. Además, cree en la fortaleza individual de las personas: CORDAID no realiza tareas que pueden ser llevadas a cabo por la misma población local. Cada año, CORDAID invierte alrededor de 150 millones de euros en proyectos ejecutados en países en desarrollo. Estos fondos provienen del gobierno holandés, la Unión Europea y de 450 000 donantes de los Países Bajos que respaldan el trabajo de la organización, a través de Memisa, Mensen in Nood y Vastenaktie. Asimismo cuenta con el apoyo sustancial de organizaciones de base en su lucha contra la pobreza y la injusticia.

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Este libro tiene una historia compleja, intensa, continental y difícil, pero necesaria. Aunque es Centroamérica la región que se narra en estas desnudas, crudas, violentas pero estupendamente contadas historias, su factura proviene de conversaciones hemisféricas, de complicidades intelectuales y afectivas, de preocupaciones compartidas y de un solo afán: develar para entender, narrar para transformar. Narrar es una manera de iluminar las zonas ciegas de una sociedad que se niega o teme “ver”, porque mirar es comprender, porque comprender es una acto político sin marcha atrás. Rossana Reguillo

Oscar Martínez en su odisea en la frontera al lado de tres hermanos que escapan de la muerte; Roberto Valencia en su convivencia y amistad con el fallecido Neck, del Barrio 18; Carlos Salinas, en su incursión al Reparto Schick de Managua donde supo temblar ante el cañón de un mortero hechizo; Daniel Valencia a la hora de poner el cuerpo en la cárcel hondureña para reconstruir la explosión de una granada que mató a ex pandilleros del Barrio 18 y la Mara Salvatrucha; y, José Luis Sanz, subiendo incansable, una y otra vez, a la comuna de Sierra Alta en San Salvador para romper el silencio tras una masacre atribuida a la MS. Todos han sido investigadores y narradores, cronistas de comienzo a fin. Todos han sabido caminar con el paso ambivalente pero respetuoso que exige el territorio encendido por la lógica de una juventud embarcada en la misión de sobrevivir a pesar de la incertidumbre y la inquietud. Cristian Alarcón

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