TELEVISIÓN VER O NO VER ¿SERÁ ESTE EL DILEMA?

Fernando Mariño

Nacimiento turbulento.
“La televisión no podrá mantenerse mucho tiempo en el mercado, la
gente pronto se cansara de pasar la tarde mirando un cajón”
Darryl F. Zanuck - Productor de cine norteamericano

Desde su nacimiento la televisión ha tenido que luchar contra el rechazo de ciertos sectores que la han visto como una gran amenaza. Ya entonces intuían el enorme poder que ella podía alcanzar, debido a lo cual intentaron, con lamentables resultados para ellos, someterla y controlarla, pero hasta ahora y sin lugar a dudas, la televisión se yergue victoriosa sobre esas elites ilustradas, quienes pasmadas han visto para su despecho, cómo en su corta historia ha logrado influir en la vida de los habitantes de este planeta infinitamente más de lo que ellas estarían dispuestas a tolerar. 1

Así pues, el siglo XX puede anotarse a la cuenta de la televisión como una contundente victoria sobre el racionalismo y la palabra escrita, pero surge de inmediato la gran interrogante: ¿ Qué hizo ella para merecer un trato tan deleznable como el que ha recibido de esos sectores ? Parte de la respuesta tiene que ver con la soberbia con que esta elite la consideró, ya que además de miedo, desarrollaron contra ella un enfermizo menosprecio. Esta situación generó como consecuencia una gravísima deficiencia en los estudios sobre la materia, los cuales se caracterizaron por una miopía conceptual que impidió el profundo y muy serio análisis que este fundamental instrumento del proceso civilizatorio de nuestros días amerita. Otro enfoque apunta en la dirección del resentimiento que pueden haber desarrollado estos sectores ilustrados en virtud del desplazamiento del que fueron objeto, circunstancia en donde la televisión jugó un papel determinante como el referente principal en todos los procesos evolutivos de las sociedades, esto para bien o para mal, pues el punto no es lo buena o mala que ella sea, el punto es que nos guste o no, es un factor insoslayable de nuestros tiempos y que la humanidad hoy por hoy, no puede explicarse sin la perspectiva de la televisión, y ya no solo desde la visión exclusivista de las mencionadas elites, que se resistían a aceptar el cambio de paradigmas que se gestó gracias a la irrupción de este medio en el escenario de las sociedades. Vale la pena destacar el agobiante condicionamiento político-ideológico en los estudios relativos al ámbito comunicacional marcado por la influencia de la Escuela de Frankfurt (corriente de pensamiento neomarxista conformada por filósofos, psicólogos, economistas etc. vinculados al Instituto de Investigación Social de la universidad de Frankfurt, Alemania, fundado en la década 2

de los años veinte del siglo pasado), cuya visión marxista y psicoanalítica, no logró superar el sofocante sesgo ideológico característico de esta tendencia filosófico-política, lo cual hacia improbable cualquier visión desprejuiciada o hasta equilibrada del tema. De manera que esta era la plataforma intelectual predominante desde la que se partía para acometer el estudio del fenómeno Televisión, pero el sectarismo de los correligionarios de la Escuela de Frankfurt era tal, que execraron cualquier otro punto de vista llegando a los extremos de la descalificación de todas aquellas visiones divergentes, lo cual, como es lógico suponer, hizo imposible la muy necesaria reflexión y aproximación a este novedoso referente cultural. Sobre este aspecto es mucho lo que se ha dicho y escrito, pero no podemos dejar de referirnos a uno de sus rasgos más notorios y es el que tiene que ver con el carácter absolutamente discriminatorio con que esta suerte de fundamentalismo recibió al recién estrenado derecho de las masas de acceder, de la mano de la televisión, a todas y cada una de las expresiones de la cultura que hasta entonces le fueron negadas, y a su vez reinterpretarlas en función de sus particulares coordenadas y referencias civilizatorias. Tuvieron incluso la insolencia de desarrollar un muy peyorativo concepto, conocido como “cultura de masas”, epistemologicamente hablando, de rango inferior, quien lo diría, al de “alta cultura”, colocando así la discusión en el plano de las clases sociales, dando entonces la impresión de que la única cultura aceptable y legítima sería la de las clases altas y por tanto una posesión de una elite privilegiada. Al respecto vale mencionar la anécdota del poeta francés Stéphan Mallarme, quien dijo que le parecía inaceptable que el pueblo habiendo aprendido a leer pretendiera opinar sobre poesía. Poco tolerante monsieur Mallarmé. 3

Otro aspecto digno de resaltar de esta visión ideologizada, es el indignante menosprecio por el ser humano y sus capacidades intelectuales, pues lo colocan casi en el nivel de retrasados mentales, sin ninguna capacidad crítica o de discernimiento, cuando lo conciben como un ente absolutamente pasivo e hipnotizado ante el aparato de televisión, recibiendo los mensajes diseñados de manera maquiavélica, que le llegan desde la pantalla, ante los cuales responde como una especie de zombie o como el perro del experimento de Pavlov, con una nula capacidad de cuestionamiento. Toda una campaña bien orquestada, que no es más que la evidencia de una gran confabulación que persigue satanizar a la televisión e inculparla por las severas deficiencias del sistema educativo-cultural. Actúan entonces de la manera más alevosa, demostrando además un absoluto desprecio por este medio y lo que denominan “cultura de masas”, a la que consideran inferior, vulgar, vacía, poco refinada, con una pobre capacidad para producir lo que ellos llaman “arte serio”, basándose para esto en una maraña de especulaciones y conjeturas que antes que demostrar sus tesis tendenciosas, lo que logran es demostrar la carga de prejuicios que los impulsa. Vale la pena preguntarse sobre cuáles serían los oscuros intereses que podrían tener estos personajes para preferir una televisión apagada, qué ven en ella que no les interesa que se vea, ¿ no estarán intentando despachar el asunto con la tan secular como simplista solución de matar al mensajero ?, actitud a la par de cínica, increíblemente irresponsable por parte de quienes han vilipendiado a través de la historia a este medio de comunicación y encontraron en el, un perfecto chivo expiatorio al que deben sacrificar para lavar sus culpas, envileciéndolo y acusándolo de las peores infamias.

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“La virulencia hacia la televisión, sólo es comparable a la pobreza de los argumentos y de los trabajos que deberían apoyarlos, al observar tanta furia y menosprecio desencadenados, esperaríamos argumentos irrebatibles y datos científicos indiscutibles, pero nada, un desierto conceptual” (1) Seguidamente remata: “No existe ninguna prueba de la nocividad de la televisión” (2) En tal sentido resultan muy pertinentes las palabras del escritor y poeta Leonardo Padrón: “¿ No aterra que nosotros olímpicamente y por pura castidad intelectual nos hayamos puesto al margen de un proceso cultural tan abrumador ?, ¿ No deberíamos sentirnos un poco culpables de haber volteado la vista hacia otro lado de la calle y conformarnos solo con proferir frases de nausea y desden a los hacedores de televisión ?, ¿ No sería más honesto tratar de influir en el proceso de dignificarlo, de involucrarnos en la confección de formulas químicas del entretenimiento masivo ? Si decimos que aliena y pervierte, y si buena parte de la televisión es escritura, entonces ¿ Por qué no estamos ahí y hacemos algo ?” (3)
1: François Mariet, Déjenlos Ver La Televisión, Ediciones Urano,España 1993, Pág. 14. 2: Ibídem 3: Ali E. Rondón, Marcelino Bisbal (coordinador) Televisión Pan Nuestro de Cada Día, Alfadil Ediciones, Venezuela 2005, Pág. 199

Ahora bien, lo peor de todo, y es otro aspecto por lo demás protuberante, es que lo hacen sin poder demostrar por medio de estudios concluyentes, que eso que ellos plantean tiene fundamento, pues los cimientos sobre los que se apoya la histórica y despiadada descalificación de la televisión, son de una fragilidad argumental tan sorprendente como preocupante. François Mariet comenta al respecto:

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¿ Por qué este ensañamiento inmisericorde contra la televisión ? la pregunta sigue sin respuesta. Un medio al que, dicho sea de paso, no se han ocupado en conocer ni entender y algunos casos ni ver, como el del connotado intelectual austríaco Karl Popper, furibundo enemigo de la televisión, quien dedicó buena parte de su tiempo a fustigarla. Pues bien, el señor Popper declaró en cierta ocasión que en su casa no había entrado ni entraría jamás un aparato de televisión, actitud tan extravagante como la de aquel personaje de Woody Allen que se consideraba una artista frustrada, ya que debió renunciar a la mayor ambición de su vida que era ser una gran violinista, cuando descubrió que ello implicaba tomar clases de violín. Así de ligera ha llegado a ser la crítica contra la televisión, lo cual desde luego implica inadmisibles niveles de irresponsabilidad ante un asunto de tanta importancia, y que toca tan de cerca la vida de la mayor parte de los habitantes del planeta, aspecto que en sí mismo, impone la máxima disquisición a estos sedicentes expertos autoerigidos en representantes de un colectivo indefenso y a merced de una malévola máquina trituradora de cerebros y que, quién lo diría, saben mejor que nosotros mismos lo que nos conviene. He allí otra faceta resaltante, los promotores de esta emboscada se toman un poder que nadie les otorgó, pero resulta que por medio de estrafalarios recursos retóricos terminaron convertidos en los adalides de la cultura y de la moralidad, las cuales están amenazadas, según ellos, por ese instrumento diabólico.

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