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Huye Nathan Huye - Gilstrap John

Huye Nathan Huye - Gilstrap John

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HUYE, NATHAN, HUYE

JOHN GILSTRAP
John Gilstrap concibió su novela Huye, Nathan, huye durante un viaje de negocios. "Conducía un automóvil alquilado de Billings, Montana, a Bozeman. El radio no funcionaba, de modo que para entretenerme recordé una historia que había escrito en la universidad. Cuando terminó el viaje de siete horas, tenía en la mente el esbozo completo de Huye, Nathan, huye." Para escribir la novela de hecho tardó un poco más de tiempo: cuatro meses en total. Si bien Huye, Nathan, huye es la primera novela que John Gilstrap publica, ha venido puliendo sus habilidades como escritor desde el bachillerato, como lo demuestra una breve colección de tres novelas inéditas. Gilstrap vive en Virginia, en una población muy semejante a Brookfield, con su esposa Joy y su hijo Chris, de nueve años. "Tener un hijo me permitió comprender muchas facetas del carácter de Nathan Bailey", comenta el autor, quien también recurrió a sus experiencias como "hermano mayor” de jóvenes desfavorecidos. Gilstrap, dueño de su propia firma de consultores en seguridad y asuntos ambientales, trabaja ya en una nueva novela. En su tiempo libre, es un ávido lector. "Leo todo", dice riendo, "hasta las etiquetas en los tubos de pasta dental." Ahora, con la venta de Huye, Nathan, huye a más de una docena de países, sin duda los lectores de todo el mundo pronto lo leerán a él.

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Vea cómo Nathan escapa de un cruel encierro. Vea cómo un asesino perverso intenta atraparlo antes que los policías. Huye, Nathan, porque tu vida depende de ello.

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Miles de ojos siguieron el cohete que ascendió en espiral cientos de metros y desapareció en la noche antes de estallar en una lluvia refulgente, roja y dorada. Unos segundos después se oyeron las detonaciones. Las personas sentadas en las primeras filas sintieron retumbar el ruido en el pecho y gritaron en señal de aprobación. Warren Michaels sonrió bajo el fulgurante resplandor de los fuegos de artificio. Aquel día se conmemoraba el trigésimo séptimo año consecutivo en que hacía lo mismo el cuatro de julio. Pensaba que las tradiciones eran importantes para poder cimentar una familia feliz. Tendido sobre el capó de su autopatrulla, con su esposa a un lado y sus hijas encaramadas sobre las luces del techo, se sintió genuinamente complacido por primera vez en mucho tiempo. -Y bien, señoritas, ¿se han divertido hoy? -preguntó Warren. -¡Sí! -¡Por supuesto! Monique únicamente gruñó, lo que hizo reír a Warren. Su esposa detestaba el calor, los insectos y, sobre todo, los ruidos intensos. Que tolerara este ritual año tras año sólo demostraba su gran amor por Warren. -Creo que Brian se habría divertido mucho hoy -declaró Kathleen de manera inesperada. -Yo también lo creo, linda -Monique asintió, al tiempo que oprimía la mano de Warren. Warren estrechó a su esposa; sin decir palabra, ella le correspondió con una suave palmada en el muslo. La familia Michaels había estado fuera de casa desde antes de las nueve de la mañana, cuando se iniciaron los festejos con una representación de la firma de la Declaración de Independencia en el umbral del ayuntamiento, seguida por un gran desfile a las diez. El desfile, que duró tres horas y abarcó casi cinco kilómetros, fue auspiciado por el pueblo natal de Warren, Brookfield, Virginia. Y había crecido de modo impresionante con los años, robándole espectadores a su contraparte de la vecina Washington, D.C. Al parecer, a la gente no le importaba sacrificar un poco del relumbrón a cambio de un patriotismo más auténtico. En el espectáculo participaron los departamentos de bomberos de tres estados y no menos de ocho bandas de escuelas. Al final del desfile venía el carnaval, 'unto con la gran comida de todos los ciudadanos al aire libre. En el campo de béisbol se encendían cientos de asadores para carne, y familias, amigos y extraños se mezclaban en un patriótico frenesí culinario. En un instante determinado, los padres no tenían idea de dónde estaban sus hijos, pero eso no importaba; en Brookfield no ocurrían cosas malas. Cuando apenas se habían disparado una docena de fuegos de artificio, el radiolocalizador de Warren vibró en el bolsillo de sus pantalones cortos. Molesto por la interrupción, retiró el brazo de los hombros de su esposa y se puso delante de los ojos el pequeño aparato de cinco centímetros de largo, que él llamaba su "traílla de perro". La luminosa pantalla verde mostraba el número telefónico de su oficina seguido por la clave que indicaba que era urgente. -¿Qué ocurre? -inquirió Monique.

EL TRONIDO ahogado de un mortero distante marcó el inicio del festejo principal.

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-No lo sé todavía. Debe de ser algo grave para que Jed intente localizarme durante los fuegos de artificio. Warren subió de prisa al asiento delantero del vehículo patrulla. Levantó el teléfono celular del cargador en la consola central del vehículo, lo abrió y oprimió un botón especial de marcado. Una ronca voz femenina le contestó al tercer timbrazo. -Policía del condado de Braddock. ¿Tiene alguna urgencia? -Hola, Janice; habla Michaels. ¿Qué sucede? -¡Oh!, teniente -jadeó la operadora-, gracias a Dios que llama. Hubo un asesinato en el Centro de Detención Juvenil. El sargento Hackner pidió que fuera usted allá de inmediato. -Lo siento, Janice; no estoy de turno. -El sargento Hackner fue muy específico, señor. Quiere que usted vaya. -De acuerdo -Warren exhaló un profundo suspiro-, pero alguien tendrá que recogerme. Mi autopatrulla está totalmente bloqueado en el Parque Brookfield debido a los fuegos de artificio. -Sí, señor. ¿Dónde quiere que lo recojan? Warren volvió a suspirar. -Búsquenme en la esquina de Braddock y Horner. Tardaré unos minutos. Tendré que caminar entre la multitud para llegar. -Muy bien, señor. Les diré que lo esperen. Warren colgó el teléfono y bajó del automóvil para avisarle a su familia lo que acababa de oír. HABÍAN PASADO AÑOS desde que Warren Michaels entró por última vez en el Centro de Detención juvenil, conocido en el medio como "El Centro". Era un sitio deprimente. El Centro, al que Warren consideraba un reformatorio, tenía por fuera los tonos color ladrillo que eran el sello arquitectónico distintivo de principios de los ochenta. Árboles y flores adornaban los jardines, cuidados con gran esmero; no había rejas ni alambre de púas. El sitio fácilmente podría confundirse con un edificio médico o incluso con una pequeña escuela. Lo último que parecería era un depósito de chicos violentos. Sin embargo, el interior revelaba a gritos que se trataba de un reformatorio con paredes de bloques de hormigón grises, que alguna vez habían sido blancas, percudidas por el humo de cigarrillo, el tiempo y el maltrato. Al entrar, Warren se colgó la placa dorada en la cintura de los pantalones cortos. De no ser por su rango, se habría sentido incómodo en su atuendo informal: camiseta de algodón, pantalones cortos y tenis sin calcetines. Cruzó la puerta de seguridad interior, escoltado por dos agentes uniformados, bajo los ojos vigilantes de una fotografía de Spencer Tracy en el papel del padre Flanagan. El pie de foto en el cartel rezaba: NO EXISTEN LOS NIÑOS MALOS. Después de recorrer un corto pasillo y a mano derecha, Warren se topó con un enjambre de hombres y mujeres uniformados que iban de un lado a otro muy agitados. El punto de atención era una puerta pequeña con el rótulo UNIDAD DE CRISIS. Warren no lograba ver el interior del cuarto, pero los disparos de flashes fotográficos lo delataban como el escenario del crimen. A la vista del teniente, la muchedumbre se apartó y Warren Michaels entró en el recinto. La escena era repugnante. Un varón blanco, de unos treinta años y que portaba el uniforme de guardia del Centro de Detención juvenil, yacía en el suelo de la diminuta habitación, rodeado de un charco de sangre a medio coagular. En el rincón había un catre tirado. Todas las superficies estaban cubiertas de sangre; había gotas, manchas y salpicaduras hasta lo alto de las paredes. La

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huella ensangrentada de un pie de niño apuntaba hacia la puerta. La mente de Warren recreó el enfrentamiento que había ocurrido ahí. Mientras revisaba el lugar, una voz alegre y familiar retumbó entre la batahola. -Bonito atuendo, teniente -saludó Jed Hackner desde atrás, dando una palmada en el hombro a su jefe. Hackner y Michaels habían sido compañeros en la academia y antes, desde la secundaria. Cada uno consideraba al otro como su mejor amigo. -Gracias. Fui tan ingenuo que creí que sólo porque era mi día libre no tendría que trabajar. -Un sitio del crimen bastante nauseabundo, ¿eh? -señaló el sargento Hackner. -¿Qué ocurrió? Hackner sacó sus notas del bolsillo interior de la chaqueta. -Según lo que hemos averiguado hasta ahora, se trata de Richard W. Harris, de veintiocho años. Había trabajado durante los últimos cuatro años y medio como supervisor de menores. -¿Es lo mismo que guardia? -interrumpió Michaels. -Sí -admitió Jed sonriendo-, pero sólo para los viejos sin tacto político -a sus treinta y siete años, Michaels era ocho meses mayor que Jed Hackner-. Aproximadamente a las siete de la noche -prosiguió Jed-, el señor Harris tuvo algún tipo de altercado con uno de los internos, un tal Nathan Bailey, y envió al chico a la unidad de crisis. -¿La unidad de crisis es algo así como una celda de castigo? -Muy parecido. A partir de ese punto sólo tenemos conjeturas. Pero, en conclusión, creemos que Nathan Bailey mató a Ricky Harris y después escapó. Hasta el momento, Bailey sigue prófugo. -¿Alguna conjetura sobre el móvil? -Supongo que quería largarse de aquí -Hackner se encogió de hombros-. ¿Tú no desearías lo mismo? -Creo que no mataría por ello -Michaels frunció el entrecejo-. ¿Tenemos el arma homicida? -Por supuesto. Está en el cuerpo. Buen ojo, teniente. El mango de madera de un cuchillo asomaba del pecho del occiso, justo abajo de su nombre bordado. Desde el sitio donde Warren veía el cadáver, el arma quedaba oculta. -Perdón, amigo -masculló el teniente. -¿Revisaron la cinta? -Warren señaló la cámara de circuito cerrado en el rincón superior izquierdo del recinto-. Tal vez tengamos una película de todo esto. -Revisamos; sin embargo, no, no hay tal cinta. El sistema de vídeo está descompuesto. -Por supuesto. ¿De dónde salió el cuchillo? -No tenemos idea. -¿Hace cuánto murió? -No sabemos con exactitud. Yo diría que hace unas dos horas. -¡Dos horas! -los ojos de Warren Michaels parecieron taladrar a Hackner-. ¿Cuánto tiempo estuvieron contemplando el cadáver antes de llamarnos?

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-Al parecer llamaron enseguida. Según entiendo, en el turno de la noche trabaja una sola persona. El relevo de Harris lo encontró cuando llegó, a las nueve. Son las nueve con cuarenta. Michaels movió la cabeza, incrédulo. -Entonces el niño nos lleva dos horas de ventaja, ¿no es así? -En efecto -reconoció Hackner-. Pero ya pedimos al viejo Peters que traiga a sus perros, y estamos poniendo bloqueos en puntos estratégicos de los caminos. Conoces toda la rutina. -Bueno -Michaels suspiró-, si no podemos encontrar a un niño, creo que tenemos problemas. Por cierto, ¿qué edad tiene? NATHAN BAILEY, de doce años, trató de hundir su delgada figura bajo la superficie del pajote húmedo que cubría la tierra y se apretujó más contra la pared de ladrillo de la casa. Aunque lo intentara no podía desaparecer por completo. A pesar del bochornoso calor de la noche y la humedad asfixiante no dejaba de temblar. Sus esfuerzos por mezclarse con el entorno sólo agudizaban su percepción de cómo difería de él. Todos los del mundo exterior usaban pantalones cortos y camisetas en la noche veraniega, mientras que él nadaba dentro de un mono anaranjado demasiado grande, con las letras CDJ impresas en la espalda. Nathan no tenía idea de dónde estaba. En cuanto salió del edificio del Centro de Detención Juvenil, echó a correr tan rápido como se lo permitieron los pies descalzos. Al principio, las ramas y las piedras lo lastimaban al pisarlas, pero cuando empezaron los fuegos de artificio, con profusión de explosiones y luces de colores, Nathan no sintió más que miedo. Siguió corriendo sin saber a dónde se dirigía. Lo único que sabía con absoluta certeza era que no volvería a ese lugar. Oyó el estrépito de unas explosiones a su derecha. Si oprimía más el lado izquierdo de la cara contra el pajote y cerraba el ojo derecho, Nathan podía ver por la parte inferior del boj que le servía de escudo contra el mundo. Un grupo de niños encendían petardos en la calle. La mente de Nathan evocó una escena en la que él y su padre hacían lo propio frente a su casa. Mil pensamientos e imágenes inundaron de pronto su mente. La vida no era nada justa. No era justo que su padre se hubiera ido al cielo y lo dejara en el infierno, solo con el tío Mark; que la gente lo tratara a uno como basura cuando no había un adulto cerca que lo ayudara; que todo lo que uno dijera fuera mentira sólo porque era niño; que a veces uno tuviera que matar... Por primera vez fue consciente de la atrocidad que había cometido. Estarían buscándolo. Debía alejarse, pero no tenía a dónde ir. Empezó a temblar otra vez. "Cálmate", se ordenó a si mismo en silencio. "Tienes que calmarte." Sabía que si se dejaba dominar por el pánico haría alguna estupidez, y que su única posibilidad de sobrevivir dependía de que actuara con inteligencia. Necesitaba un plan. Más que eso, tenía que dormir. No recordaba haber estado tan cansado alguna vez. También le hacía falta cobijo, ropa adecuada y comida. Cada una de las casas a su alrededor podía ofrecerle exactamente lo que necesitaba, aunque le estaba vedado el acceso a todas ellas, con tanto rigor, como cualquier muestra de amabilidad y todo rastro de normalidad que alguna vez había tenido la oportunidad de conocer. Un momento. Que las puertas y las ventanas tuvieran llave no significaba que no fuera posible entrar por ellas. Una idea empezó a germinar en su mente.

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Empapado de sudor y rocío, Nathan apretó la barriga contra el pajote y se arrastró sobre los codos por el angosto túnel entre el seto y el costado de la casa hasta lograr una mejor vista de la calle. Era un vecindario agradable, con bonitas casas, todas profusamente iluminadas, y jardines bien cuidados. Pero el vecindario bullía de gente. Y de autos. ¡Cielos!, pasaban montones de autos por la calle. Nathan supuso que irían llenos de personas que volvían a casa después de los fuegos de artificio. Sin embargo, una casa destacaba entre las otras: la que tenía delante, en la otra acera, no se veía iluminada ni bien cuidada. El césped estaba crecido; sólo había una luz encendida en el porche; en la entrada para autos había cerca de una docena de periódicos esparcidos, todos enrollados y sin leer. Nathan supuso que los ocupantes habrían salido de vacaciones. Eso significaba que la casa se encontraba vacía y que él podría refugiarse ahí a salvo, cuando menos esa noche. Pero debía cruzar la calle al descubierto; y, si lo intentaba en ese instante, sin duda lo descubrirían. Debía tener paciencia. Volvió a acomodarse en su túnel para iniciar la espera, obligándose a pensar en cualquier cosa menos en dormir.

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FALTABAN VEINTE minutos para las once, y los periodistas que se habían instalado
frente al Centro de Detención Juvenil exigían información. Los enviados de las estaciones de televisión se mostraban particularmente agresivos y formulaban preguntas a gritos a cualquiera que portara uniforme. De todos los plazos de entrega periodísticos, ninguno es más implacable que el de los noticiarios de las once de la noche. La inmediatez es la carta de triunfo de la televisión sobre sus competidores impresos, y los reporteros de aquélla son capaces de hacer cualquier cosa para incluir la historia más relevante del día en sus noticiarios. Warren Michaels lo sabía, y esperaba poder proporcionarles la información que necesitaban. La placa sobre el escritorio al que estaba sentado Warren decía: HAROLD P. JOHNSTONE, SUPERINTENDENTE. Éste, carcelero a los ojos de Michaels, había invitado a la policía a usar su oficina como centro de operaciones. Hackner estaba sentado al otro lado del escritorio e informaba a su jefe sobre los últimos detalles. Las cosas todavía eran muy vagas. Warren hojeó las dos páginas de notas manuscritas. -Así que el chico es un ladrón de autos, ¿eh? -Así es. -¿Tenía familia Ricky Harris? -Warren volvió la página. -No en esta región. Era de Missouri. -Ya veo. ¿Qué hay de los perros? ¿Cómo va ese asunto? Jed se aclaró la garganta. -Hay un problema con los sabuesos, Warren. Peters tardará al menos un par de horas en llegar aquí con ellos. Al parecer, fue a Washington a festejar el Día de la Independencia. Le

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hablé a su teléfono celular hace unos veinte minutos. embotellamiento.

Está atascado en medio de un

Warren se restregó los ojos con el dorso de las manos, dejó escapar una risita amarga y negó con la cabeza. -Detesto hablar con los buitres de la prensa. Nos veremos como unos palurdos: "¡Sí, señor!" -fingió el acento de un montañés-. "Tenemos el mejor equipo de perros de todo el estado. Sin embargo, ahora que los necesitamos, están de vacaciones en la capital." El rastro del chiquillo se perderá muy pronto, Jed -recuperó su acento habitual, pero alzó la voz-. Además, pronostican lluvia para esta noche. Si llueve daría lo mismo que matáramos a los perros; no servirán de nada. Cuando Warren terminó su perorata, miró fijamente a Jed. -¿Qué quieres que yo haga, Warren? No son mis perros. Por años hemos insistido en que la junta financie un equipo canino, pero no quieren. Esto es lo que ocurre por escatimar los centavos. Warren sonrió, disipado su enojo. -Una maravillosa lección de civismo, sargento Hackner. ¿Puedo citarlo ante las cámaras? -Claro. ¿Por qué no? -repuso Jed, devolviendo la sonrisa-. Al fin, sólo está en juego mi carrera. Warren vio el reloj. Doce minutos para las once. A través de las ventanas, la noche semejaba mediodía debido a la luz de los reflectores de televisión. Michaels se puso de pie. -Vamos, Jed -invitó-. Es hora de alimentar a las aves. A VEINTE KILÓMETROS de Brookfield, en el extremo suroeste del condado de Braddock, Mark Bailey estaba sentado con las piernas cruzadas sobre su viejo sofá tapizado en imitación cuero y bebía lentamente los últimos tragos de una botella de whisky. Deseaba que ese sórdido asunto de Nathan terminara de una vez por todas para seguir adelante con el resto de su vida. Mark Bailey había hecho algo terrible esa noche. A pesar de ello conservó el aplomo cuando el rostro de Harry Caruthers apareció en la televisión para dar los avances del noticiario. "Asesinato en el Centro de Detención Juvenil de Brookfield. Todos los detalles a las once.” Esas dos frases, pronunciadas en menos de diez segundos, le confirmaron a Mark que todo había concluido, que había vuelto a la vida, a pesar de su alma inmortal. Su primer brindis fue por su querido hermano difunto, Steve. El buen Steve. Don perfecto. El santurrón e inmaculado Steve. "Lamento que así tuviera que acabar, hermanito, pero no me dejaste opción alguna." Para Mark Balley, la prioridad siempre había sido sobrevivir. Ya desde niño, tanto los adultos como sus compañeros lo habían declarado astuto, apto para la calle. Eso significaba que era un superviviente. Se había enfrentado a todas las adversidades que la vida le deparó y siguió adelante, pasando por encima de ellas. Incluso, cuando el gobierno depositó al cachorro de Steve delante de su puerta, convirtió ese hecho en una oportunidad. Era como transformar la pala en oro. Cuanto más vivía Mark, mayor era su habilidad para sortear las dificultades. Sólo que el precio también era cada vez más alto. Cuando aparecieron en la pantalla los primeros créditos del noticiario, Mark terminó de beber. Si su cálculo no fallaba, perdería el sentido en cuanto finalizara el reporte sobre el asunto de Nathan.

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Como siempre, Harry Caruthers abrió el programa con el reportaje principal. -Profunda conmoción causó entre la policía el brutal asesinato de uno de los miembros del personal del Centro de Detención Juvenil de Brookfield. Richard W. Harris, de veintiocho años de edad y supervisor de menores, quien fue hallado muerto alrededor de las nueve de la noche. El sospechoso del crimen es un niño de doce años, que escapó de la institución y se encuentra prófugo. Aquí John Ogilsvy, en vivo desde Brookfield, nos tiene la información. ¿Qué detalles puedes darnos, John? Lo primero que pasó por la cabeza de Mark Bailey fue que el whisky le había dañado el cerebro. Lo que le pareció oír era sencillamente inconcebible. Sacudió la cabeza para tratar de aclarar sus ideas, se deslizó hasta el suelo y se acercó al televisor, obligándose a entender cada palabra. La imagen dio paso a la del joven John Ogilsvy, ataviado con una camisa impecable y corbata. La fachada iluminada del Centro de Detención Juvenil servía como telón de fondo. -Buenas noches, Harry. Los detalles aún son escuetos, pero a alguna hora entre las siete y las ocho treinta de esta noche, Ricky Harris, empleado del Centro, recibió varias puñaladas mientras hacía su ronda por las instalaciones. "El cuerpo del señor Richard W. Harris fue descubierto por otro miembro del personal en la celda de un ladrón de autos de doce años de edad llamado Nathan Bailey, originario del condado de Braddock. Lo único que se sabe es que Balley escapó, aunque es de suponer que es el principal sospechoso. Se recomienda a todos los residentes de la zona que aseguren bien sus puertas esta noche... Aquello era increíble. -¡Maldición! -siseó Mark entre los dientes apretados, al tiempo que arrojaba la botella vacía contra el cinescopio, lo que de inmediato hundió la sala en la oscuridad. ¿Cómo pudo suceder? Era tan sencillo. ¿Cómo pudo Ricky arruinarlo todo así? Mark intentó ponerse de pie, pero cayó de lado como un bisonte herido. Se quedó tendido en la misma posición, jadeante, mascullando maldiciones. Su último pensamiento coherente antes de hundirse en el sopor del alcohol fue que el astuto Mark Balley quizá no sobreviviera a ésta después de todo. LOS FAROS DE UN AUTO bañaron de luz el rostro de Nathan, que despertó sobresaltado. Por un momento se sintió desorientado, sin comprender el porqué de la luz intensa, la humedad, el olor a tierra, la sensación de miedo. Las luces del auto lo cegaron al acercarse, solamente para detenerse en la entrada a poca distancia de él. Se oyó el ruido apagado de una puerta automática de cochera que se abría, y luego los faros desaparecieron en su interior. Más ruidos de movimiento. Sonó la puerta de un auto al abrirse y cerrarse. La puerta de la cochera se cerró con el mismo retumbo. Durante todo ese tiempo, Nathan se mantuvo petrificado, esperando que alguien lo arrancara de su escondite con un tirón del cuello de su mono. Cuando los segundos se convirtieron en minutos, se relajó. La calle se veía del todo distinta. Casi todas las casas estaban a oscuras. El vecindario dormía. Había llegado su hora. Impulsándose con los codos, Nathan salió del boj hacia el césped. El espacio hasta las sombras que rodeaban la casa en la acera opuesta parecía ser igual al de la pista de cincuenta metros en la que corría en la escuela. Había cubierto la distancia en siete segundos con ocho décimas... el más rápido de su clase.

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Agazapado, dio la señal de salida para sus adentros: en sus marcas... listos... ¡fuera! Recorrió el jardín delantero en cinco zancadas, llegó a la calle en la sexta y se golpeó con una piedra muy bien oculta en el octavo paso. La piedra lo hizo caer de bruces sobre el césped de la casa de enfrente. En ese instante surgió una explosión de luz en la casa que acababa de abandonar, cuando la puerta de la cochera volvió a subir con estrépito. Nathan pudo ver los pies, las piernas y, al cabo, todo el cuerpo del hombre que vivía ahí. El chico casi sucumbió al pánico. Estaba totalmente al descubierto. Sin más opción, permaneció en la misma postura, inmóvil, Alguna vez su padre le había dicho que, en ocasiones, el mejor sitio para ocultarse es el descampado. Nathan no le quitó la vista de encima al hombre que sacó un cubo de basura hasta la acera. Aquél en ningún momento alzó la mirada hacia la casa de enfrente y no dio muestra de haber visto al niño. En cuanto el sujeto volvió a entrar y la puerta de la cochera se cerró, Nathan echó a correr hacía las sombras de la casa que, como esperaba, sería su hogar por esa noche. Gracias a las lecciones de MacGyver, su héroe favorito de la televisión, Nathan tardó unos diez segundos en abrirse paso al interior. Eligió como punto de entrada la puerta vidriera que había en el nivel principal por la parte de atrás. Después de romper con el codo un solo vidrio cerca de la cerradura, metió el brazo por el agujero e hizo girar tanto el cerrojo como la perilla. La puerta se abrió de golpe y Nathan entró en un recibidor a oscuras, dominado por una chimenea de piedra a la derecha y por un enorme centro de diversión, con toda clase de aparatos electrónicos, a la izquierda. Nathan cerró con suavidad la puerta vidriera y volvió a correr el cerrojo. Aunque los ojos se adaptaron a la oscuridad, avanzó con cuidado. "Esta casa es enorme", pensó. La cocina, con un desayunador, se extendía a su izquierda, después de la zona donde estaba el televisor y los aparatos de sonido. Más allá, fuera de la vista, había una sala, un comedor principal y una biblioteca, todo en la planta baja. La primera escala de Nathan fue en el refrigerador. Se moría de hambre. Tuvo que tirar con fuerza para abrir la puerta. Cuando lo logró, se quedó paralizado. Bajo la tenue luz del refrigerador, por primera vez, se vio las manos con claridad. Estaban sucias, cubiertas de lodo y costras de sangre... la sangre de Ricky. En ese instante se esfumó el hambre y, en su lugar, surgió la necesidad urgente de encontrar un baño. Lo halló en el vestíbulo principal, al otro lado de la escalera. Nathan cerró la puerta y oprimió el interruptor de la pared. Como el baño no tenía ventanas, podía encender la luz sin peligro. La imagen del niño que apareció en el espejo lo asustó: parecía tener sesenta años. Los ojos estaban hundidos en sus órbitas, uno de ellos con una gran hinchazón. El cabello rubio estaba apelmazado y oscuro por la suciedad. Nathan se veía frágil dentro del uniforme de la prisión, tan grande para él que los hombros del mono le quedaban a medio brazo. Aparte la sangre. Estaba todo ensangrentado. Al moverse, pequeñas hojuelas de sangre reseca se desprendían de la ropa como si fueran polvo y caían al suelo. Nathan tiró de las solapas del mono y arrancó el cierre de las costuras. Más que nada en el mundo ansiaba quitarse esa ropa. Se movía con precipitación y torpeza. Una vez libres los hombros, dejó caer el cuello del mono al piso y, con ambos pies, se sacudió las perneras de los pantalones. También se arrancó los calzoncillos y los arrojó encima del montón. Apartó con una mano la cortina del baño mientras con la otra abría la llave. Entró en la ducha, cerró la cortina y permaneció inmóvil bajo el chorro del agua. Encontró una pastilla de jabón y, con lentitud, empezó a retirar de encima la pesadilla.

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Mientras la suciedad corría por su cuerpo y formaba un remolino hacia el sumidero, Nathan trató de sonreír. Una sonrisa hace un poco más feliz hasta al hombre más triste, solía decir su padre. Pero, ¿acaso su padre había sentido alguna vez tanta tristeza? -Te extraño -dijo Nathan en voz alta, y susurró-. Papá, estoy metido en tantos líos. Ayúdame. Tienes que hacerlo. Las emociones que tanto se había esforzado por reprimir brotaron de pronto. Nathan rompió a llorar, primero en silencio; después, cubriéndose los ojos con las manos, prorrumpió en sollozos largos y lastimeros. Afuera, una torrencial lluvia veraniega golpeaba la tierra, llenando los arroyos hasta el borde y borrando para siempre el rastro de un asustado niño de doce años.

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DIME LO QUE sabemos -pidió Warren Michaels, retrepándose en el rechinante sillón
tapizado de vinilo de su escritorio. Era de día, la mañana siguiente al cuatro de julio. Al hojear su libreta, Hackner leyó los fracasos de las últimas doce horas. -Las búsquedas y los bloqueos de caminos no dieron ningún resultado. La lluvia de anoche borró cualquier rastro que hubiéramos podido seguir con los perros. El médico forense, Cooper, está de vacaciones, de modo que se me informó esta mañana que quizá no hagan la autopsia del cuerpo de Ricky Harris sino hasta mañana por la tarde. Por cierto -prosiguió-, nuestro muy estimado fiscal, el honorable J. Daniel Petrelli, consiguió que esta mañana se agotara el maquillaje en las tiendas, porque se hizo entrevistar en todos los programas de la televisión local. Michaels dio un bufido. -¿Y qué tiene que decirle el señor Hollywood a los residentes de nuestra apreciable comunidad? -Levantará cargos contra el chico Bailey como si fuera adulto y lo meterá en la cárcel por el resto de su vida. A instancias del reportero, Petrelli respondió que no descartaría la pena de muerte. -Sí, claro. Encontrará a un juez que mande a un niño de doce años a la silla eléctrica -Michaels no ocultaba su desprecio por Petrelli, que durante los últimos cinco años había dicho que deseaba ser el próximo senador por Virginia. Los únicos casos en que Daniel Petrelli actuaba personalmente como fiscal eran los que cumplían con el doble requisito de atraer la atención y garantizar una victoria. Michaels imaginaba bien lo que Petrelli habría dicho esa mañana. Un tema central en la retórica de su campaña era la pérdida de moralidad entre los jóvenes. A tan sólo cuatro meses de las elecciones, Petrelli no podría haber deseado una mejor plataforma desde donde pontificar. -Supongo que, fiel a su estilo, dispuso todo para que los incompetentes polizontes seamos responsables si algo sale mal. ¿Alguna otra cosa? -Nada bueno. Todos los autos patrulla buscan al chico. Ya contamos con una fotografía mejor para trabajar, tomada de su anuario de quinto año -le entregó una copia a Michaels.

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-No tiene cara de asesino -comentó éste. El chiquillo de la fotografía tenía una sonrisa afable, y la cámara había captado bien los grandes ojos azules y los dientes muy blancos. Rubio y atlético, ese niño no parecía tener ninguna preocupación en el mundo. Contrastaba terriblemente con la fotografía oficial en la cubierta de su expediente del Centro. Michaels dejó escapar un suspiro. -¿Están reunidos los hombres? -preguntó a Jed. -Sí, todos listos, esperando la arenga. Michaels y Hackner se pusieron de pie y cruzaron la habitación hasta la pequeña sala de conferencias, donde se habían reunido los jefes de otras tres divisiones. Michaels se encaminó al frente de la sala y fue al grano. -Todos ustedes saben que anoche hubo un asesinato en el Centro de Detención Juvenil, y que el sospechoso anda suelto en las calles. El asesino es un niño de doce años -mientras Michaels hablaba, Hackner hizo circular copias de la fotografía del anuario-. La prensa está divirtiéndose con este asunto -prosiguió Michaels- con la típica historia estilo David y Goliat: un pequeño burla al cuerpo de policía. Creo que no necesito decirlo. Les recuerdo a todos y cada uno de ustedes que quiero este caso cerrado y a Nathan Bailey encarcelado hoy mismo. Hasta el momento, las búsquedas y los bloqueos de caminos no han dado resultado. El sargento Hackner conseguirá que la policía del estado participe después de nuestra reunión; sin embargo, yo en lo personal preferiría que esto se resolviera mientras todavía es un asunto de la policía local. ¿Está claro? Todos asintieron alrededor de la mesa de juntas. -Correcto. Vayan a motivar a sus hombres para que detengan al chico de una vez por todas. Con esto terminó la reunión. Mientras Michaels recorría los seis metros hasta la puerta, oyó por casualidad que uno de los jefes comentaba: -Parece un chico simpático. Michaels se detuvo en seco y dio media vuelta para encarar al autor del comentario. -Te recuerdo, Bob, que ese chico simpático asesinó a uno de nuestros colegas anoche. Si cumples con tu deber, no tendrá la oportunidad de volver a hacerlo. NATHAN BAILEY DESPERTÓ DESNUDO, pero cobijado por una manta aterciopelada, en el centro de una cama king-size. El Sol se filtraba entre las persianas abiertas en un ángulo en que le lastimaba los ojos, y lo despertó. El reloj digital de la mesita de noche parpadeaba indicando las nueve con cuarenta y ocho. Nathan gruñó y ocultó la cabeza entre dos almohadas. Momentos después, el cuarto se llenó con la voz de un locutor de radio que brotó con estruendo del radio-reloj. Siguió una perorata, a la que Nathan intentó no hacer caso en un esfuerzo por recuperar la paz del sueño. Fue inútil; el chico rodó sobre un costado y manoteó sobre el aparato de radio hasta que el ruido cesó. Otra vez en calma y en la habitación silenciosa, Nathan volvió a ocultar la cabeza entre las almohadas y esperó a que volviera el sueño. Pero el hechizo se había roto. Estaba despierto, y su mente empezaba a llenarse de planes para la escapatoria. El reloj indicaba las diez en punto. Tenía que haber algún buen programa de dibujos animados en la televisión por cable. La noche cuando entró a oscuras en el dormitorio principal, lo primero fue el enorme televisor en el rincón, frente a una cama también gigantesca.

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Nathan encontró el control remoto en la mesa de noche y oprimió el botón de encendido. La enorme pantalla saltó a la vida y Nathan se encontró con una fotografía suya, del tamaño de una mesa, que miraba con aire hosco desde el televisor. Era la foto que le habían tomado cuando lo arrestaron. Después, la imagen dio paso a la grabación de un hombre mayor vestido de traje, de pie frente al edificio del Centro de Detención Juvenil. A Nathan no le gustó el aire despiadado de esos ojos. Un letrero superpuesto a la imagen identificaba al hombre como J. Daniel Petrelli, fiscal de la región norte de Virginia. -No podemos exagerar sobre la gravedad del crimen que estamos investigando -comentaba Petrelli-. Creemos que Nathan Bailey mató al señor Harris, lo perseguiremos y lo encontraremos; sostendremos los cargos en su contra, con todo el rigor que merecen los delitos de los que se le acusa. -¿Qué pasará si lo atrapan? -dijo una voz fuera de cámara. Petrelli siquiera se detuvo a meditar las opciones. -Cuando lo atrapemos, porque vamos a atraparlo, tengo intenciones de enjuiciar a este jovencito como si fuera mayor de edad. Si puede cometer un crimen de adultos, también puede pagar el mismo precio que pagaría un adulto. -No está sugiriendo la pena de muerte, ¿verdad? -preguntó la misma voz. Petrelli soltó una risilla desenfadada. -No nos adelantemos a los hechos. Primero pongamos al jovencito tras las rejas. Ya nos preocuparemos de lo siguiente cuando preparemos el juicio. -La pena de muerte -jadeó Nathan en voz alta-. Eso significa la silla eléctrica -se quedó hipnotizado por lo que veía. La escena cambió, y apareció el conductor del noticiario sentado a un escritorio. -John Ogilsvy ha seguido la investigación policíaca desde sus inicios. John, ¿está la policía a punto de atrapar a Nathan Bailey? -Aún no lo sé, Peter -respondió Ogilsvy-. Durante toda la mañana la policía del condado de Braddock ha sido muy explícita acerca de sus esfuerzos para localizar al chico, pero muy parca en cuanto a los resultados de tales esfuerzos. La imagen volvió a cambiar, esta vez para dar paso a un hombre de aspecto fatigado, con camiseta de algodón azul y roja, de pie frente a un enjambre de micrófonos. La leyenda electrónica lo identificaba como el teniente Warren Michaels, del Departamento de Policía del condado de Braddock. El único sonido que acompañaba las imágenes seguía siendo la voz de John Ogilsvy. -Según el teniente Warren Michaels, detective del caso, pudo haber una demora de hasta dos horas para empezar la búsqueda del prófugo, y cuando al fin se inició, multitud de factores se conjuraron para entorpecer la operación. Estos factores incluyeron desde embotellamientos de tránsito hasta el torrencial aguacero de anoche, situación que obstaculizó el trabajo de los perros de caza que normalmente se emplean para perseguir a los fugitivos... Nathan oprimió el botón de SILENCIO del control remoto, lo que dejó sin voz al reportero. Reconoció que las noticias debían de haberlo asustado y, sin embargo, se sentía orgulloso. Habían pasado más de doce horas, y nadie sabía aún dónde estaba él. Eso significaba que disponía de tiempo para pensar. Ver los dibujos animados perdió de pronto toda importancia. Nathan tenía que conseguir ropa y comida e idear el modo de seguir esquivando a la policía. Por primera vez, empezó a considerar que en verdad podría burlarlos. El problema de los adultos era que siempre pensaban

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como tales. Le parecía gracioso. Los niños nunca habían sido adultos y, no obstante, sabían exactamente lo que pensaban los mayores, mientras que éstos habían sido niños durante años y nunca lograban pensar como ellos. Nathan se preguntó si en esa casa viviría algún niño de su edad. Salió al pasillo de la planta alta, que formaba un amplio semicírculo que se abría a su izquierda. Hacia la derecha había una escalera, dominada por una araña de luz de cuatro brazos. Las puertas de todas las habitaciones estaban cerradas. La primera a la izquierda del dormitorio principal daba al cuarto de una niña, con anaquel tras anaquel de muñecas Barbie y sus accesorios. Nathan siguió adelante. Encontró lo que buscaba detrás de la tercera puerta. La decoración de las paredes incluía varios carteles de Michael Jordan con el uniforme de los Toros de Chicago y dos versiones de las Tortugas Ninja: una en dibujos animados, otra con actores. Antes de vivir con el tío Mark, Nathan tenía el mismo cartel de los dibujos animados en la pared de su dormitorio. Al ver aquello, los recuerdos tristes intentaron colarse en su mente, pero él los rechazó. Aliviado porque el ocupante habitual de la habitación sin duda era un niño más o menos de su edad, Nathan revolvió los cajones de una imponente cómoda de pino, de donde sacó ropa interior, calcetines, una camiseta de los Toros de Chicago y un par de pantalones vaqueros cortos. Todo era dos tallas más grande que la suya, pero le quedaba mejor que el uniforme del Centro. Para conseguir zapatos, Nathan abrió divisiones y entrepaños. Estaban llenos zapatos: los había de todas clases y tallas. viejos tenis Reebok de su talla. La suela principal interés. el clóset, que ocupaba una pared completa y tenía de camisas, pantalones, suéteres, ropa de cama... y Poco después, Nathan había echado mano a un par de estaba casi lisa, pero se veían cómodos, y ése era su

Cuando estuvo totalmente vestido, Nathan regresó al dormitorio principal y se atrevió a mirarse al espejo de cuerpo entero del baño. Un tanto flacucho y pálido, quizá, pero había retornado el niño al que reconocía como él mismo. Sin manchas de sangre. El cabello era rubio otra vez, con un aspecto revuelto y recién lavado que pedía el auxilio de un peine. La hinchazón del ojo había cedido considerablemente. En términos generales, aprobó lo que veía. Nathan sintió crecer su confianza, nacida de una renovada esperanza en sí mismo y en su futuro que no había sentido en casi un año, desde que el tío Mark lo envió a la cárcel. ¡Rayos, otra vez pensando en eso! Tenía que controlarse. Los pensamientos sombríos y los recuerdos tristes sólo lo hacían sentirse asustado y confundido, un lujo que no podía darse. Cuando regresó al dormitorio, caminaba con cierto brío. Éste duró apenas lo suficiente para que reparara en que el radio-reloj había vuelto a encenderse, esta vez con un programa de entrevistas. Nathan tardó cinco segundos en darse cuenta de que la gente del radio hablaba de él. Enseguida oyó lo que decían. DENISE CARPENTER, divorciada y madre de dos gemelas, había sido "La perra" de Radiocharlas 990 durante casi cinco años a causa de una transformación tan accidental que, en cierto modo, el programa parecía predestinado al éxito. Hasta octubre de hacía cuatro años y nueve meses, Denise había sido reportera de tránsito, con treinta segundos al aire cada media hora. El conductor del programa matutino, el jefe Johnny, telefoneó una mañana soleada desde la prisión de Washington, D.C., donde le habían ofrecido convertirlo en huésped distinguido a consecuencia de siete órdenes de aprehensión pendientes, por delitos que iban desde no pagar la manutención de un hijo hasta intento de

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homicidio. Con apenas veinte minutos de anticipación, Denise fue informada de que tendría su gran oportunidad en el radio. Denise era lo bastante lista para reconocer una oportunidad cuando se presentaba. En aquel entonces, sus hijas Laura y Erin tenían sólo cinco años, de modo que luego de pagar guardería y renta, apenas le quedaba suficiente dinero para comprar comida. Una trabajadora social, amiga suya, le había dicho que cumplía los requisitos para solicitar cupones de alimentos, pero ella se rehusó; no estaba dispuesta a darle a Bernie, su ex marido, el gusto de verla recibir limosna. Ella había querido el divorcio y había solicitado la custodia de sus hijas en exclusiva, por lo que permitió a Bernie escabullirse sin aportar la mínima pensión alimenticia, pese a las vehementes objeciones del juez. Las últimas palabras que Bernie le dirigió al salir del tribunal fueron: "Sin mí, te morirás de hambre." En los seis años siguientes, llegó a pensar que esas palabras eran su amuleto de buena suerte. Sin previo aviso y ante una oportunidad de las que surgen una sola vez en la vida, Denise entró en la cabina a paso vivo y llena de confianza. Años después, el ingeniero de ese tiempo y su actual productor, Enrique Zamora, le confesó que había perdido veinte dólares aquel día al apostar que Denise saldría llorando antes de que concluyera el primer espacio comercial. Lejos de llorar, Denise saludó animadamente cuando concluyó el tema musical de introducción. "No soy la voz que esperaban oír esta mañana" fueron sus primeras palabras como conductora de radio. "Esa voz ahora está a la sombra." Durante las siguientes cuatro horas, Denise criticó con severidad la estructura social de Estados Unidos pisando, sin titubeos, terrenos que normalmente se consideraban prohibidos. Dejó sentada su postura en favor del derecho de las mujeres para optar por el aborto si las circunstancias lo hacían necesario, pero sugirió acusar de asesinato a cualquiera que participara en un aborto, incluidos padres y médicos, cuando el procedimiento se empleara tan sólo como método de control natal. Cuando alguien le preguntó cómo justificaba una postura tan contradictoria, respondió: "No tengo que justificar nada ante usted. Sólo estoy diciendo lo que opino. Si le molesta, busque esa perilla que tiene su aparato de radio y hágala girar hasta que mi voz desaparezca." Durante su primer programa, las líneas telefónicas estuvieron saturadas por radioescuchas que intentaban atacar sus posturas. El momento definitorio para Denise llegó cuando una mujer llamada Bárbara, de Arlington, Virginia, telefoneó para decirle: "Sin afán de ofender, Denise, suena usted como una perra en el radio." Denise respondió: "¡Caray, Bárbara! Muchas gracias, porque tienes razón. Pero no soy sólo una perra, soy La perra de Washington, D.C." En una industria en la que una identidad que venda lo es todo, Denise se había anotado un triunfo. A menos de una semana después de iniciada su nueva carrera, ya le habían quintuplicado el salario. Denise representaba todo lo que debe fracasar en el radio: una mujer negra que hablaba abiertamente y sin ambages sobre cualquier tema, desde el racismo hasta la crianza de los niños. En política era más conservadora que liberal, pero no vacilaba en arremeter contra quien se pasara de la raya. Tres semanas después de su primer programa, Radiocharlas 990 ya había ganado seis puntos de audiencia en el reñido horario matutino. Según sus admiradores, Denise ofrecía las opiniones de una persona auténtica. Al decir lo que pensaba, sus palabras tenían el eco de verdad con el que su auditorio podía identificarse. Un mes después de su primer aniversario como conductora de un programa radiofónico, éste ya se vendía para transmisión simultánea en doce mercados. Cuando Nathan la oyó por primera vez, en el dormitorio de una casa desconocida, Denise salía al aire en trescientas veintisiete estaciones en todo el país y ganaba un sueldo millonario.

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En su monólogo de esa mañana Denise había despotricado contra la decadente moralidad de los jóvenes estadounidenses, al citar el caso ocurrido en Washington de un niño de doce años que se había fugado de la prisión después de matar a un guardia. -El fiscal de este caso dice que enjuiciará al niño como adulto, y estoy de acuerdo con él. ¿Cuántas veces oímos historias de matanzas entre pandillas, asesinatos desde autos y muertes en asaltos sólo para enterarnos de que los asesinos son monstruos que no llegan al metro y medio? Yo, en lo personal, estoy harta. Yo, en lo personal, estoy dispuesta a erguirme y decir: hombre o mujer, menor de edad o adulto, si le quitaste la vida intencionalmente a otro ser humano no te quiero como parte de mi sociedad. Te quiero en prisión por el resto de tu vida o hasta que tengas edad suficiente para que te aten en una de esas simpáticas sillas eléctricas que tienen empolvándose en todo el país, de donde pueden mandarte directo al infierno para que te pases la eternidad pensando en lo divertido que es asesinar. Los teléfonos se volvieron locos. Cuando Denise terminó su perorata, todas las luces del conmutador parpadeaban con insistencia. Con la promesa de hablar con los radioescuchas que esperaban al teléfono en cuanto reanudara el programa, hizo una pausa para anuncios comerciales. -La mitad de los que llaman quieren colgar al niño y, sin duda, la otra mitad quiere colgarte a ti -comentó Enrique por los audífonos de Denise. Denise alzó los ojos color de ónix de sus notas para mirar a Enrique a través del cristal. -Oye, Rick -pidió-, deshazte de los que quieren decirme que el niño es inocente, ¿de acuerdo? Enrique asintió e hizo un ademán de triunfo con el pulgar hacia arriba. -Como tú digas, Denise. NATHAN PERMANECIÓ sentado en el borde de la amplia cama durante veinte minutos, escuchando a una larga serie de adultos que lo juzgaban. “¿Cómo pueden decir esas cosas?", pensaba. Ellos no estuvieron ahí. No oyeron las amenazas de Ricky Harris ni sintieron las manos de éste alrededor del cuello. Ellos no sabían, y quizá ni siquiera les importaba, que si él no hubiera matado a Ricky, éste lo habría matado a él. Cuanto más oía el chico, más cuenta se daba de que la verdad se volvía irrelevante. Nadie había oído su versión de los hechos. Sólo sabían lo que la policía y los pelmazos del Centro decían sobre él. Y todo era mentira. Pero él podía cambiar la situación. Sólo tenía que tomar el teléfono y llamar a Denise. Simplemente podía levantar el auricular, contar su versión de lo ocurrido y aclarar las cosas. Una llamada telefónica no haría ningún daño, ¿o sí? Si algo salía mal, siempre podría colgar. El teléfono era inalámbrico y estaba sobre la mesa de noche junto al aparato de radio. Nathan lo tomó y marcó el número de larga distancia sin costo de la estación. De inmediato escuchó la intermitente señal de ocupado. Volvió a marcar el número. Una vez más. Y otra. Seguía ocupado. Al noveno intento oyó ruidos extraños por el auricular, y el teléfono al otro extremo de la línea empezó a llamar. Después de lo que pareció una eternidad, alguien contestó. -Llama usted al número de La perra -dijo la voz-. ¿De qué quiere hablar? -Quiero hablar del asunto de Nathan Bailey. -¿Eres un niño? Denise no habla con niños.

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-Creo que sí querrá hablar conmigo. Yo soy Nathan Bailey. POR CUARENTA Y CINCO minutos Denise había estado tratando el tema de Nathan Bailey cuando la voz excitada de Enrique irrumpió por sus audífonos. -Debes contestar la llamada de la línea seis -le sugirió-. Se trata de un niño que dice ser Nathan Bailey. Creo que está diciendo la verdad. Denise perdió por completo el hilo de las ideas. Si era cierto, estaban a punto de anotarse un gran triunfo. Tras una pausa, recuperó la compostura y cortó la llamada del psiquiatra de Stockdale, Arizona, que tenía en la línea. -Parece que nos llama una celebridad. Nathan Bailey, ¿me escuchas? -Sí, señora -repuso presurosa una voz tímida, pero firme, al otro lado de la línea. La voz ronca del chiquillo rebosaba determinación. Durante años, Denise se había ufanado de su capacidad para reconocer rasgos del carácter con sólo oír la voz de las personas. Ésta era la voz de un niño explorador, de un beisbolista de las Ligas Menores, la voz de alguien honrado. De inmediato empezó a analizar sus conclusiones sobre Nathan desde otra perspectiva. WARREN MICHAELS resentía los efectos de la falta de sueño, y el café que había ingerido para compensarla había formado en el estómago una capa de ácido que podría corroer hasta el vidrio. Sin reparar conscientemente en que había sonado, Warren descolgó el teléfono de su escritorio al primer timbrazo. -Habla el teniente Michaels. -Michaels, habla Petrelli -dijo la otra voz. "Lo que me hacía falta", pensó Warren, -Buenos días, J. Daniel. Te alistas temprano para aparecer ante las cámaras, ¿eh? Presa de intensa agitación, Petrelli pasó por alto el sarcasmo. - Enciende el radio -bufó-. Pon el programa de Radiocharlas novecientos noventa. El chico Bailey está hablando con Denise Carpenter en este preciso instante. Enciéndelo y escucha. Te llamaré cuando terminen.

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EL NERVIOSISMO de Nathan desapareció en cuanto comenzó a hablar con Denise.
Mientras charlaba por el teléfono, paseaba de un lado a otro de la habitación. -¿Ya no existe aquello de que alguien es inocente en tanto no se demuestre que es culpable? -¿Y acaso la vida humana ya no es sagrada? -preguntó Denise a su vez-. ¿No te parece que matar es malo? -Claro que sí. Pero es peor que te maten. Tú no sabes lo que sucedió ahí dentro.

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-¿Tú mataste al guardia? -Sí, pero... -el volumen de voz de Nathan subió debido a la frustración. interrumpió. Denise lo

-No hay pero que valga, Nathan. Deténte. Tú mataste al guardia. ¿Qué más necesito saber? Te fugaste, chico. Eres un fugitivo, un peligro para nuestra sociedad. No te quiero en nuestras calles. Te quiero bajo control, tras las rejas. -En el Centro no hay rejas, sólo puertas de seguridad. -No cambies el tema, Nathan -lo reprendió con severidad Denlse-. ¿Por qué no cuelgas ahora mismo y llamas a la policía? Entrégate. Nathan volvió a sentarse en la cama. -No pienso regresar ahí -afirmó, tajante-. Si regreso volverán a lastimarme. O me matarán. Es lo que Ricky intentaba hacer. ¡No puedo regresar! Se hizo un largo silencio. -Déjame poner esto en claro -puntualizó al fin Denise-. ¿Dices que el guardia estaba tratando de matarte? ¿Que lo mataste en defensa propia? -Sí. Exactamente. Sólo que no los llaman guardias. Los llaman supervisores. Si les dices "guardias" te metes en muchos líos. -Lo último que quisiera es tener líos con los supervisores -a Denise le sorprendió oír que el tono de su propia voz se volvía más cálido. Ese niño tenía algo que se granjeaba la simpatía-. Cuéntanos lo que en verdad pasó anoche. Nathan se retrepó con tres almohadas contra la cabecera de la gran cama y estiró las piernas. -No sé muy bien dónde empezar -titubeó-. Aprendí del modo más duro que nunca me llevaría bien con los demás residentes. Para ellos, divertirse era golpearme y robarme mis cosas y... bueno, hacerme cosas muy malas. Traté de defenderme, pero sólo me fue peor. -¿Por qué no se lo contaste a alguien? -Sí, claro -repuso Nathan, sarcástico-. Lo intenté una vez, el primer día que estuve ahí. Fue un gran error. En fin. Hay un área en el Centro donde todos se reúnen para estudiar o jugar básquetbol o para hablar o lo que sea. Yo estaba tratando de leer cuando Ricky se me acercó y me ordenó que fuera con él. Entendí que me encontraba en problemas, pero no sabía por qué... Durante los siguientes dieciocho minutos, Nathan refirió su versión de lo sucedido ante millones de radioescuchas de costa a costa. Hablaba con claridad y con el tipo de entusiasmo que sólo un niño puede generar. Denise sólo lo interrumpió tres veces para aclarar algún punto, pero por lo demás permaneció muda con la vista fija en su consola de control, reproduciendo en la mente los hechos que Nathan describía. Cuando él terminó, el programa llevaba doce anuncios comerciales de retraso, pero los patrocinadores no se quejarían. Aquello era todo un acontecimiento en el radio. NATHAN EXPLICÓ que hacía mucho había leído todos los libros de la biblioteca del Centro que valía la pena leer. Como aquel día era cuatro de julio, le había parecido apropiado leer de nueva cuenta Mañana de abril, la novela de Howard Fast sobre un niño a quien la Batalla de Lexington le cambia la vida. La sala de recreo era el núcleo de movimiento en el Centro de Detención Juvenil. Servía para las actividades de las horas de vigilia. Un par de puertas reforzadas en un extremo y en otro llevaban a las oficinas administrativas y a la unidad de crisis.

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Hacia las siete de aquella noche, Ricky Harris entró en la sala de recreo, fue directo hacia Nathan y lo levantó de la silla con un brusco tirón de oreja. -Ven conmigo -ordenó con aliento alcohólico. Arrastró a Nathan por la sala hacia una de las puertas-. Quizá una noche en la unidad te enseñará a no pintarrajear las paredes. Nathan se colgó del antebrazo de Ricky con ambas manos y caminó de puntillas para evitar que éste le arrancara la oreja. -¡Suéltame, Ricky! -suplicó-. Yo no hice nada. ¡Te lo juro! Ricky no respondió; pero tiró de la oreja con más fuerza. Se detuvieron ante la puerta que llevaba a la unidad de crisis apenas lo suficiente para que Ricky desenganchara su llavero del cinturón. Cuando el cerrojo giró, el pánico empezó a invadir a Nathan. La unidad de crisis era tan sólo una celda individual, aislada de todas las demás como el sitio donde un residente en crisis podía recuperar la compostura. Pero en realidad era un lugar de castigo, en el que podía negarse la comida, la ropa o hasta la luz. Aunque rara vez se usaba, la unidad gozaba de cierta reputación entre los residentes. Nathan estaba aterrorizado. El cerrojo giró y se abrió la puerta. -¡Ricky, estás lastimándome! -gritó Nathan. -Grita otra vez y averiguarás lo que significa lastimar a alguien. En cuanto cruzaron la puerta, salieron a un pasillo angosto. Ricky soltó la oreja de Nathan y lo atenazó por el brazo. A la vuelta de una esquina se encontraba la puerta marcada con las temibles palabras UNIDAD DE CRISIS. Nathan reanudó el forcejeo, tratando de zafar el brazo de las garras de Ricky, pero sólo consiguió que éste lo tomara de los cabellos para arrojarlo al suelo. Ricky lo siguió hasta el piso y puso la boca junto a la oreja de Nathan. -Escúchame -farfulló, salpicando la mejilla de Nathan con gotas de saliva-. Vas a entrar en ese cuarto de un modo o de otro, aunque tenga que romperte los huesos. ¿Entendiste? Nathan asintió, con la cara contra las baldosas del piso. Intentó mirar a Ricky, pero las lágrimas le nublaron la vista. -Y deja de llorar. El hombre volvió a ponerse de pie, sujetando con fuerza a Nathan por los cabellos. Abrió el cerrojo con una mano y arrastró al niño, entre tirones y empujones, al interior de la celda diminuta. La unidad de crisis era sorprendentemente parecida a la celda de Nathan, sólo que era la mitad de ésta. Había un catre de metal con un colchón delgado a un lado y un retrete y un lavabo al otro. El piso era de hormigón desnudo y estaba helado. -Quítate los zapatos y dámelos -ordenó Ricky-. Y también los calcetines. -Pero aquí hace frío. Ricky le dirigió una mirada furiosa y tendió la mano. Nathan se sentó en el borde del catre y empezó a llorar otra vez. Se odiaba a sí mismo porque no lograba contener las lágrimas. Por más que se esforzaba siempre terminaba llorando delante de aquellos tipos. Se quitó el tenis y el calcetín de un pie, luego del otro, y se lo entregó a Ricky, que salió bruscamente y echó el cerrojo a la puerta. Nathan oyó que se alejaba por el corredor. -¿Qué hice? -gritó a todo pulmón; tanto, que los oídos le zumbaron por el eco de su voz en las paredes de hormigón.

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Tiritando de frío, confuso y desdichado, Nathan encogió las piernas y apoyó la frente sobre las rodillas, obligándose a recuperar la compostura. Sólo diez meses más. Sólo diez meses y saldré de aquí. Ya pasaron ocho meses. En la mitad de ese tiempo cumpliré un año, y con la mitad de eso estaré fuera. Puedo lograrlo. El truco, había descubierto, era hacer que el tiempo pasara lo más rápidamente posible, y éste nunca pasaba con más velocidad que cuando uno dormía. Con las rodillas contra el pecho, Nathan se recostó de lado y trató de ocultar los pies dentro del mono para calentarlos. EL SONIDO de una llave en la cerradura despertó a Nathan con un sobresalto. Aunque la luz estaba encendida dentro de su celda, a través de la mirilla de la puerta, de unos ocho por doce centímetros, pudo distinguir que el corredor afuera estaba oscuro. Durante largo rato, después de que el cerrojo se corrió, no pasó nada. Nathan se incorporó y volvió a encoger las rodillas hacia el pecho. Se dijo que no tenía por qué temer, pero el corazón le palpitaba como un tambor. Empezó a respirar ruidosamente. ¿Debería de levantarse e ir hacia la puerta? ¿Acaso alguien venía entrando? Nathan dio un respingo cuando la puerta se entornó hacia el interior y dejó ver a Ricky de pie en el umbral. Estaba ebrio; Nathan lo notó en su mirada vacía. Era la misma mirada que precedía siempre las golpizas del tío Mark. Ricky sostenía un objeto en la mano derecha, oculta detrás de la espalda. Nathan intuyó que algo iba a pasar. Sin pensarlo y sin cambiar su postura sobre el catre, apoyó el peso en los talones. Supuso que habría una riña y, si bien no era un gran peleador, algo en el rostro de Ricky le indicó que ésta sería la pelea de su vida... y por su vida. Ricky entró en la habitación despacio, con una sonrisa extraña. -Sabes que nunca perteneciste a este lugar -masculló, arrastrando las palabras-. Como sea, tarde o temprano los otros te habrían matado. ¿Tarde o temprano? El cerebro de Nathan pensaba a toda velocidad. ¿Tarde o temprano? Eso significaba que... De una sola zancada, Ricky cubrió la mitad de la distancia que los separaba. -Trataré de que no te duela mucho, niño -ofreció, y la grotesca sonrisa se hizo aún más amplia-. ¿Alguna vez has limpiado un pescado? Nathan vio el cuchillo. Si Ricky hubiese actuado con rapidez, limitándose a asestar el golpe, todo habría terminado en ese momento. Pero prefirió el dramatismo a la eficacia y blandió el cuchillo frente a la cara de Nathan. -¿Qué crees que se sienta? Nathan no titubeó. Apoyando las espaldas contra la pared, lanzó un puntapié y golpeó con el talón en la ingle de Ricky. Este se tambaleó y cayó de rodillas. Nathan trató de saltar por encima de los hombros encorvados del guardia pero, cuando se impulsó, el catre se movió y el chico logró su objetivo a medias. Sus rodillas chocaron con la cabeza de Ricky, y ambos cayeron. Antes de que Nathan pudiera incorporarse, el cuchillo descendió con rapidez sobre él en un arco amplio. Con una mano logró desviar la trayectoria apenas lo suficiente para que el arma no lo alcanzara, y absorbió casi toda la energía del golpe en el codo. Cuando la mano que sostenía el cuchillo retrocedía para tomar impulso, Nathan se arrodilló y se abalanzó para morderla.

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Clavó los dientes con todas sus fuerzas en la mano de Ricky y sintió que la piel se abría. El sabor de la sangre le llenó la boca, pero él no le hizo caso. Ricky aulló como un perro al sentir el dolor. Sacudió el brazo con fuerza, en un intento por zafarse de Nathan, pero los dientes sólo se clavaron más hasta que al fin soltó el cuchillo, que cayó al suelo. Con un movimiento ágil Ricky atrajo a Nathan hacia sí y le asestó un puñetazo en el ojo derecho. El impacto del golpe arrojó a Nathan contra el catre, que se volcó de lado. Durante cinco segundos, Nathan y Ricky se miraron fijamente. Después, al mismo tiempo, vieron el cuchillo en el piso y ambos se lanzaron por él. Nathan se lo había dicho a sí mismo un millón de veces: un niño sobrio siempre será más ágil que un adulto ebrio, y el cuatro de julio no era la excepción. Recogió el arma del piso y giró sobre sus talones, dando una cuchillada al aire con la que tenía la intención de obligar a Ricky a retroceder. Incapaz de reaccionar con suficiente rapidez para esquivarlo, el guardia miró obnubilado cómo el cuchillo se acercaba en un arco horizontal y se clavaba en el abdomen hasta la empuñadura. Nathan se sintió tan sorprendido como parecía el propio Ricky cuando el cuchillo dio en el blanco. Ricky cayó de espaldas sobre el piso de hormigón. -¡Perdón! - balbuceó Nathan, nervioso-. ¡Santo cielo, Ricky! Perdóname. Nathan no sabía qué hacer, pero comprendió que, si no hacía algo, Ricky moriría. Tal vez debía ayudarlo y sacarle el cuchillo. Eso lo haría sentirse mejor. Nathan se acercó al arma, cerró los ojos y la retiró de la herida. En cuanto la hoja salió del cuerpo, Nathan se dio cuenta de que había cometido un error. De manera instintiva, puso las manos sobre la herida para tratar de detener la sangre que manaba sin cesar, pero fue inútil. -Ricky, lo lamento -repitió Nathan una y otra vez. Sintió en el corazón la certeza de que lo había matado. De pronto, Ricky atenazó a Nathan por el cuello con una mano y empezó a estrangularlo. El chiquillo se aferró con ambas manos la muñeca de Ricky para que lo soltara, pero estaba atrapado como un ratón en las garras de un águila. Los ojos de Ricky tenían un brillo asesino. Iba a morir y se llevaría al niño consigo. ¡El cuchillo! ¡Todavía estaba en el suelo! Nathan retiró una mano de la muñeca de Ricky y encontró la hoja junto a la rodilla. Ahora no sería accidental. Nathan reunió toda la fuerza que le quedaba para clavar el cuchillo en el pecho de Ricky. La mano de éste se aflojó y cayó al fin. Con un último estertor, el hombre murió. El pánico invadió a Nathan. La unidad de crisis parecía una casa del terror. Un supervisor estaba muerto, y lo culparían a él. No había pruebas para demostrar que Ricky lo había atacado antes. Podía despedirse de su liberación en diez meses. Ni pensarlo. Matar a un supervisor era uno de los peores crímenes posibles. Descartó la idea de quedarse ahí y enfrentar la situación. Tenía que escapar del Centro de Detención Juvenil. Tenía que correr rápido, irse lejos y de inmediato. Pero necesitaba llaves para salir. Quitó el llavero del cinturón de Ricky y salió a toda prisa de la celda, cerrando la puerta tras de sí. A partir de ese momento, lo demás fue sencillo. Todas las llaves que le hacían falta estaban en el llavero. La última puerta fue la más fácil. Al principio sólo la entreabrió, rogando que no hubiera un policía o supervisor del otro lado. La suerte lo acompañaba. Salió a hurtadillas, cerró

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la puerta por fuera y arrojó las llaves a los arbustos. Frente a él se extendían quince metros de césped que llevaban a una colina y, más allá de ésta, a la libertad. Recorrió la distancia en un suspiro. Nathan se detuvo apenas un momento en la cima de la colina y miró atrás al Centro. Aparentaba ser un sitio acogedor, adornado con flores y arbustos. Pero, en su interior, el Centro de Detención Juvenil era un jardín del odio. Nathan se juró que jamás permitiría que volvieran a encerrarlo entre aquellos muros. -ASÍ QUE me eché a correr -concluyó Nathan. Estaba acostado boca abajo, apoyado en los codos. -¿Y estás bien? -preguntó Denise con genuino interés. -Eso creo. Me duele el ojo y un oído, pero creo que estoy bien. -¿Tienes idea de por qué el supervisor quiso matarte? -por inverosímil que pareciera el relato de Nathan, Denise le creía. -Sí. Creo que estaba loco. Estaba borracho. Así se portan los adultos cuando se emborrachan. -¿Los adultos como quién? -inquirió Denise, percibiendo un nuevo giro en aquella extraordinaria odisea-. ¿Como tu papá? -No -la vehemente respuesta de Nathan la sorprendió-. Papá era un buen hombre. Nunca tomaba ni nada. Era fantástico. -Entonces, ¿alguien más te golpeaba? -No quiero hablar de eso -repuso cortante. -¿Por qué no? Tal vez serviría que la gente entendiera un poco lo que has pasado. -Tonterías. La gente quiere creer que todo el mundo vive como esas familias perfectas de la televisión. Si les digo algo distinto, sólo pensarán que estoy mintiendo. Pueden gritar a sus hijos, insultarlos y pegarles y está bien, mientras los niños no lo digan. Pero si el niño devuelve el golpe o trata de escapar, dicen que es incorregible y lo encierran en la cárcel. -¿Así fue como terminaste en la cárcel, por devolver un golpe? Nathan pensó en todas las peleas en casa del tío Mark. Quizá debía de contárselo todo. Tal vez debía relatar cómo alguna vez llevó una vida normal; cómo su papá lo había criado en una casa agradable, en un vecindario agradable, los dos solos. Quizá debía de contar a todas esas personas que escuchaban en sus acogedoras casas, oficinas y autos que apenas tres días después del funeral de papá, el tío Mark lo encerró en el entresuelo de la sala sólo por divertirse. Sin duda, al auditorio le encantaría oír que sus gritos de auxilio le ganaron la primera tunda con cinturón. Había tantas cosas que contar, pero no lo haría. No había nada que no hubiera contado delante de jueces, abogados y policías. ¡Y vaya recompensa que se había ganado con tales confidencias! -No -contestó Nathan-. No devolví el golpe. Robé un auto. Denise se quedó boquiabierta. -¿Tienes doce años y robaste un auto? -De hecho, tenía once cuando lo robé -su respuesta no ocultaba un dejo de orgullo. -¿Y por eso te enviaron al centro de detención?

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-Sí. Pero llámalo por su verdadero nombre... la cárcel. ¿Era posible que admirara a este chiquillo?, se preguntó Denise. ¿A este asesino? Algo en la franqueza de sus respuestas la conmovía. Era inteligente, sin duda. Y, al parecer, enfrentaba una situación con muchas más aristas de las que ella había considerado. -Y... ¿cómo termina la historia? -quiso saber Denise-. ¿A dónde te escapaste? ¿Dónde estás ahora? Nathan suspiró. -No sería muy listo si te lo dijera -de pronto, jadeó cuando una idea aterradora surgió en su mente-. Oye, ¿pueden rastrear esta llamada? -su voz dejaba traslucir pánico. -No, no -lo tranquilizó Denise-. Ésta es una estación de radio. Mientras esté vigente la Primera Enmienda constitucional, que protege la libre expresión, nadie puede rastrear llamadas. -¿Estás segura? -Por supuesto que sí -aventuró, encogiéndose de hombros-. Entonces, ¿qué piensas hacer? No puedes seguir huyendo. -¿Por qué no? -Porque te atraparán. -Entonces, mi única opción es entregarme. ¿Qué diferencia hay de eso a que me atrapen? -Nathan, temo que te lastimen. -Sí, yo también. Por eso seguiré huyendo. El chico era muy listo. -Estás poniéndome en ridículo, Nathan -lo reprendió Denise en tono afectuoso. -No, eso no es cierto -la consoló él-. Pero ahora ves mi punto de vista, ¿verdad? Mientras estuve en el Centro, hice todo lo que debía hacer, y me lastimaron. Puse la otra mejilla, como me decía papá, y me golpearon todavía más. Se lo dije al supervisor, y trató de matarme. Me defiendo, y la gente que oye tu programa me llama asesino y quiere enviarme a la silla eléctrica. A nadie... -se le quebró la voz y guardó silencio. -…¿Le importa? -surgió Dense. Al principio, Nathan se había sentido muy dueño de sí, pero de pronto lo invadió una honda tristeza. -Sí -murmuró. Denise sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. -Tienes miedo, ¿verdad, cariño? -Debo irme -repuso él, con voz ahogada, y colgó. En el silencio que siguió, Denise se volvió hacia Enrique en busca de consejo, pero él se limitó a mirarla. -¡Vaya! -dijo al cabo Dense-. ¡Qué historia! Nathan, si todavía nos escuchas, te deseamos toda la suerte del mundo, como sea que esto termine. Creo que te la mereces. Me parece que todos necesitamos un par de minutos para recuperar la compostura. Volveremos después de estos mensajes.

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PETRELLI ESTABA en la línea cinco segundos después de terminada la conversación
radiofónica. -El niño miente. Sólo busca la compasión del público -sermoneó a Michaels-. Que lo hayan tratado bien o mal en el Centro no tiene relevancia para el caso. ¡Lo que importa es que escapó de un centro de detención y que mató a un supervisor! Aquella rabieta, como tantas otras que había descargado J. Daniel Petrelli contra Warren Michaels a lo largo de los años, era pura hipocresía. Warren sabía que a Petrelli en realidad le importaba un comino la muerte de cien supervisores. El verdadero problema era que Daniel Petrelli había salido al aire con información incompleta y acusando a un menor de edad de un crimen acreedor de la pena capital incluso antes de que se reunieran las pruebas. En aquel trascendental año de elecciones, el fiscal del condado tenía más posibilidades de aparecer como un sujeto que había abusado de un menor que como un fiel guardián de la ley. Warren sabía que aquellos exabruptos eran tan sólo el primer acto de un drama de poses y manipulaciones. En cuanto a Nathan Bailey, Warren no sabía qué creer. Si bien la historia de Nathan era inverosímil, la forma en que el chiquillo presentaba los hechos era demasiado detallada, demasiado coherente para descartarla como una total mentira. Aunque aceptara la afirmación de Nathan de que había matado a Ricky Harris en defensa propia, aún quedaba el hecho de que había violado la ley al escapar del Centro de Detención Juvenil y seguía prófugo. Como policía, la obligación de Michaels de aprehender al fugitivo no había cambiado. Seguiría registrando la zona de arriba abajo hasta dar con Nathan. EN EL OTRO extremo de la línea telefónica, J. Daniel Petrelli se había edificado un mundo mucho más complicado que aquél en el que vivía Warren Michaels. Además de los meros aspectos de culpabilidad o inocencia, Petrelli debía considerar cómo se reflejaría cada proceso en la prensa, sopesando constantemente el eco político de cada victoria y cada derrota. Aquella mañana, el caso Bailey había parecido muy claro. La gente estaba harta de ser atemorizada por jóvenes sin control, y el asesinato flagrante y premeditado de un agente de la correccional por un prisionero fugitivo era mucho más de lo que el público podía tolerar. Petrelli rara vez había tenido una oportunidad así para asumir un liderazgo decidido. ¿A quién rayos se le hubiera ocurrido que el niño expondría su caso directamente frente a todo el mundo en un programa de radio de difusión nacional? En escasos veinte minutos, Nathan Bailey había puesto a la policía y a los fiscales a la defensiva. Petrelli lo veía con claridad. El chico Bailey era un ladrón de autos, un prófugo del sistema penal y un asesino, y merecía que se le castigara con todo el rigor de la ley. Pero, en ese momento, lo único que el público veía era a un niño pequeño e indefenso perseguido por una legión de policías adultos y perversos. El aspirante a senador enfrentaba una pesadilla en sus relaciones públicas, y hacía responsable a Michaels por ello. Si la policía no hubiera fallado así, el niño estaría en prisión desde antes del amanecer. En cambio, llevaba quince horas prófugo y le había infligido un daño incalculable a una naciente carrera política.

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-ÓYEME BIEN, teniente Michaels. Espero que hayas detenido a Nathan Bailey hoy por la tarde a lo sumo. ¡Y no quiero excusas! -De acuerdo, J. Daniel, ya te oí -repuso Warren en tono mesurado-. Ahora tú vas a escuchar mi punto de vista. No pudiste esperar para abrir la bocota esta mañana y hacer un montón de comentarios absolutamente injustificados delante de la prensa. Yo soy el policía, J. Daniel, y tú eres el altavoz. Si nos hubieras dado tiempo para recabar pruebas antes de sentar tu caso ahora no te verías como un idiota. No sabes cuánto lo lamento -Warren colgó el auricular de golpe. -¿Te sientes mejor? La voz familiar lo sobresaltó. Cuando Warren alzó la vista, descubrió la silueta de Jed Hackner en el umbral. Éste sonrió y se sentó en una de las amplias sillas de respaldo alto frente al escritorio de Michaels, -Anímate, jefe. ¿Hablabas con tu amigo Petrelli? -En efecto. El pánico lo invadió después del debut radiofónico de Nathan Bailey. Supongo que no tendrás ninguna buena noticia para mí -Warren cambió bruscamente de tema. -No sé si es buena o mala, pero sin duda es interesante. En primer lugar, no hemos podido ponernos en contacto con el tío y ex tutor del chico, Mark Bailey. Probamos por teléfono e incluso envié una unidad a buscarlo. Si estaba en casa, no abrió la puerta. -¿Crees que lo ayudó a escapar? -No. En realidad no se quieren mucho. -Cuéntame lo que sabes. Hackner sacó su libreta del bolsillo y empezó a leer. -Obtuve todo esto de los expedientes del Centro. Es una historia bastante triste. Durante sus primeros diez años de vida, a Nathan Bailey lo crió su padre. Su madre murió cuando era sólo un bebé. El padre era un abogado con mucho dinero, pero poca previsión en cuestiones testamentarias. Hace dos años, un tren arrolló su auto y lo mató. Sin disposición alguna sobre quién se haría cargo de Nathan, la custodia recayó en el tío Mark. Al parecer, éste supuso que el niño tendría un fideicomiso de manutención; sin embargo, papito había invertido más de dos millones de dólares en su despacho de abogado, con todos sus bienes como garantía. Al terminar los trámites del legado, no quedó nada. “No hace falta decir que eso desagradó mucho al tío Mark. No tenía modo de pagar la manutención del niño, así que no la pagaba. La gente de asistencia social estuvo en la casa una docena de veces durante el año en que Nathan vivió ahí, en respuesta sobre todo a quejas de los vecinos, pero nunca resolvió nada. Finalmente, hace como un año, Nathan robó el auto del tío, afirmando que era la única forma de alejarse lo suficiente de él. Por supuesto, el tío Mark levantó una denuncia. Afirmó delante del tribunal, y cito textual, que 'un rato en la cárcel no le hace daño a nadie'." -Un tipo agradable -refunfuñó Warren. -No, no lo es -lo corrigió Jed con aire grave-. Mark Bailey hablaba por experiencia, ya que pasó siete años encerrado en Leavenworth por incendiar un club de la policía en Texas. En ocho años de vivir en nuestra hermosa comunidad ha recibido tres infracciones por manejar en estado de ebriedad, dos por alterar el orden público y una por asalto y agresión. También tiene en su haber como un millón de pleitos de cantina. Michaels no daba crédito. -¿Y los de asistencia social sabían todo esto cuando le asignaron la custodia?

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-Eso supongo -repuso Jed y se encogió de hombros-. A decir verdad, no había opción; era el tío Mark o un hogar adoptivo. Michaels movió la cabeza de lado a lado, apartando de su mente por un instante su perspectiva cínica de policía y viendo las cosas con ojos de padre. -Muy duro para un pequeño. ¿Alguna otra cosa que tenga relación con el caso? -Sí -Jed hojeó la libreta-. Resulta que, a fin de cuentas, sí hay una grabación en vídeo. -Creí que la cámara estaba descompuesta. -La de la unidad de crisis no servía; tampoco la del pasillo. Pero pudimos captar al joven Bailey cuando cruzaba por el área de recepción. Además, se grabó el momento en que salía por la puerta trasera. Tengo el vídeo preparado en la sala de conferencias. Ambos hombres se pusieron de pie, y Michaels siguió fuera de la oficina a Hackner. Entraron en la sala de conferencias frente a la oficina de Warren y cerraron la puerta. Al oprimir un botón, la pantalla del televisor parpadeó y bailó mientras la cinta empezaba a correr en la videograbadora. En la borrosa imagen en blanco y negro, característica de las cámaras de seguridad, Michaels observó una habitación vacía que reconoció, de la noche anterior, como el área de recepción. En la esquina superior derecha de la pantalla apareció un niño, descalzo y vestido con un mono que le quedaba muy grande. Se veía asustado, con movimientos a un tiempo rápidos y titubeantes. Su ropa estaba manchada con algo que en la imagen sin color podía haber sido tinta, pero todos sabían que era sangre de la víctima. -Detén la cinta -ordenó Michaels. Un instante después, el niño de la pantalla se detuvo-. En el radio, Bailey dijo que el guardia... el supervisor le quitó los zapatos. ¿Por qué lo hizo? ¿Es parte de la rutina? Hackner negó con la cabeza. -No lo creo. Quizá Harris sólo quería molestar. Hoy por la tarde me reuniré con el superintendente Johnstone, del Centro de Detención Juvenil, para averiguar lo que pueda. Michaels hizo una seña con la cabeza. -Adelante. Corre la cinta otra vez. El niño de la pantalla se dirigía en línea recta a la cámara, mirando sobre un hombro y otro a cada paso. Se sobresaltó visiblemente al descubrir la cámara. Dio media vuelta, al parecer para averiguar si alguien lo seguía. Cuando Nathan se volvió otra vez hacia la cámara, el corazón de Michaels dio un vuelco. Alguna vez había visto esa misma expresión de los ojos de Nathan. -¡Detén la cinta! La orden fue más enérgica ahora. Otra vez, el niño del vídeo quedó congelado. Los ojos reflejaban miedo e incertidumbre. Bajo la sangre y el temor estaba el rostro de un niño que pedía auxilio. Michaels ya había visto ese gesto muchas veces en el rostro de otro niño inseguro e introvertido de doce años, que en el pasado dependió de él por completo, pero que en ese entonces guardaba silencio para siempre. Se sintió mareado de pronto y se dejó caer pesadamente en una silla. Estaba pálido como la cera. -Warren, ¿te sientes bien? -No lo sé, Jed -Warren no despegaba los ojos de la pantalla. Tenía un nudo en la garganta-. Mira su cara, Jed. Míralo. Tiene los ojos de Brian.

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Jed también lo notó. -Lo lamento, Warren -musitó-. Apagaré el vídeo. -¡No, no lo hagas! -protestó Michaels con energía-. No puedo seguir reaccionando así, Jed. Creí que lo había superado. Estoy bien. Veamos el resto. Jed volvió a correr la cinta, mirando de reojo a su jefe. Se veía la salida desde afuera. En el fondo había una puerta. Ésta se abrió lentamente para dejar ver al héroe de aquel pequeño drama televisivo que salió a hurtadillas, echó el cerrojo y corrió fuera del cuadro. Se oyó un breve zumbido y la imagen desapareció. Hackner oprimió el interruptor y apagó el televisor. -Y bien, jefe, ¿qué piensas? -Quisiera no haberla visto -suspiró Michaels-. Esa cinta hará mi trabajo mucho más difícil. ¿Ya la tiene la prensa? -¿Bromeas? Los sabuesos de Petrelli revisaron la cinta mil veces. Tiene la película de un asesino que chorrea sangre. Me atrevo a sugerir que la enviaron a los noticiarios incluso antes de que hiciéramos las copias. -No sé qué opines, Jed, pero lo que yo vi parecía más un cachorro asustado que un asesino. Poniéndose de pie a toda prisa, Michaels guió a su compañero de vuelta a su oficina y al asunto pendiente: atrapar al cachorrito apaleado que hacía a Petrelli sudar la gota gorda. -Una de las cosas que quiero encargarte, Jed, es que revises los registros telefónicos de ese programa de radio. Cada llamada hecha a un número de larga distancia sin costo debe quedar almacenada en una computadora en algún lugar. Quiero que localices la computadora y averigües el número del que procedió la llamada. Lo rastrearemos para recuperar al chico. -Necesitaremos una orden judicial -advirtió Jed-. No tenemos ninguna posibilidad ante una estación de radio. -Haz que te den la información voluntariamente -sugirió. -Jamás morderán el anzuelo, Warren. -Mira, Jed, no tenemos ninguna pista de dónde está el chiquillo, así que no me digas lo que no podemos hacer sin haberlo intentado siquiera, ¿de acuerdo? Quiero a Nathan Bailey detenido hoy mismo. ¿Entendiste? Jed dio medía vuelta y salió sin decir palabra. Cinco minutos más tarde, Michaels también salió, después de avisar a su secretaria que podían localizarlo en su teléfono celular. EL PATRULLERO Harold Thompkins, del Departamento de Policía del condado de Braddock, estaba decidido a hacerse notar. Tras cinco años de turnos variables, cruceros monótonos y trabajo rutinario, estaba listo para jugar al detective y desempeñar una verdadera labor policíaca. Lo que necesitaba era una oportunidad que le permitiera destacar. Necesitaba encontrar una prueba útil o descubrir una pista importante para resolver algún caso trascendental. Cuando el sargento Hackner acudió a él aquella mañana con el encargo de rastrear la ubicación de Nathan Bailey mediante los registros telefónicos, Harry Thompkins comprendió que aquélla era la oportunidad que había estado esperando. Empezó su búsqueda por lo más obvio: una llamada a la compañía telefónica. Después de ser transferido de un burócrata a otro media docena de veces, al fin comunicaron a Harry con el

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vicepresidente de servicios al consumidor, quien le hizo saber que, sin una orden judicial, no podía autorizar la divulgación de registros telefónicos sin permiso del cliente. Harry sabía que las órdenes judiciales tardaban una eternidad. Si la policía esperaba, corría el riesgo de perder a su prisionero. No, Harry decidió acudir a las fuentes. Diría lo que tuviera que decir a los propietarios de esos registros telefónicos, o sea, Denise Carpenter y su equipo, para que le proporcionaran la información. Sólo hacía falta ser persuasivo. Meditó sobre un enfoque altruista y amable, pero lo desechó por blandengue. En cambio, optó por una actitud de poder. Si presionaba lo suficiente a esa gente del radio y usaba el argumento de obstrucción de la justicia, cederían. Después de todo, ¿qué tenían que perder? Ayudar a resolver un caso de asesinato sería la clase de publicidad que les agradaría. Harry Thompkins esperaba al teléfono; lamentaba algunas de las cosas que le había dicho a Enrique Zamora, el productor. En un arrebato, Harry le aseguró a éste que estaba en inminente riesgo de cárcel si no cooperaba. Harry no tenía semejante poder, por supuesto, pero imaginó que eso no importaba. Era sorprendente lo que el público estadounidense ignoraba sobre sus derechos. Mientras esperaba, oyendo un comercial anodino de autos, Harry decidió que si era cuestionado sobre su forma de presentar las cosas, le diría a quien fuera que el productor, sin duda, algo había entendido mal. EN SU LADO de la cabina, Denise bebía una coca de dieta y hablaba con Joanne, una neoyorquina, quien no creía que Nathan hubiera hecho algo malo. De pronto, distrajo a Denise la voz de Enrique por los audífonos, quien le indicaba que hiciera un corte comercial. Ella frunció el entrecejo y señaló su reloj. Enrique pronunció algo ininteligible a través del vidrio y levantó el teléfono. En cuanto empezó el anuncio comercial, Denise le respondió al productor. -¿Qué te sucede? -protestó-. Ya sabes que no recibo llamadas urgentes durante el programa. -Tómalo con calma -la reconvino Enrique-. Tengo en la línea a un polizonte que quiere usar nuestros registros telefónicos para rastrear la llamada de Nathan. Denise ponderó las opciones en un instante. Si se corría la voz de que la policía podía rastrear llamadas a través de un programa de radio, de su programa de radio, se acabaría la discusión abierta. Sin la controversia, Denise sería tan sólo una comentarista más del montón. -Dile que nuestros registros telefónicos están fuera de su alcance -respondió-. En este lugar tomamos muy en serio la Primera Enmienda. -Ya se lo dije, pero amenazó con acusarnos de obstrucción de la justicia si no cooperamos. Denise se sobresaltó al oírlo. -¿Ah, sí? Lo pondremos al aire cuando regresemos del corte comercial. ¿Cómo se llama? -Es el agente Thompkins. El corte en cuestión terminó quince segundos después. A una señal de Enrique, Denise abrió su micrófono. -Bienvenidos una vez más, radioescuchas de todo el país, a este sorprendente programa. El interés derivado de mi charla con Nathan Bailey crece. Tenemos en la línea a un agente de la policía del condado de Braddock, quien amenaza con enviar a mi personal y a mí a la cárcel por esto. Señor Thompkins, está usted al aire.

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Durante un largo momento no hubo ningún sonido al otro extremo de la línea. Al fin, una voz titubeante dijo: -¿Hola? -¿Agente Thompkins? Entiendo que quiere usted mandarme a prisión. ¿Qué ocurre? La voz del otro extremo tartamudeó en forma lamentable. A Denise le pareció divertido. -¿Estoy... estoy saliendo por el radio? -Llamó usted a una estación de radio, agente. Eso por lo general hace que uno salga en el radio. Y, dígame, ¿por qué quiere ponerme a la sombra? -Lo siento, pero creo que debemos comentar esto en privado. De repente la voz de Denise había perdido el tono festivo. -Según me dice mi productor, usted quiere consultar los registros telefónicos de este programa para averiguar de dónde llamó Nathan Bailey esta mañana. ¿Es cierto eso? -Bueno, eh… creo que sí -sonaba deliciosamente evasivo. -Interpretaré eso como un sí. Y ahora le daré una respuesta que no necesita interpretación. Si yo le permitiera el acceso a nuestros registros, el efecto sería inhibir la libre expresión. Y nuestra Constitución protege la libre expresión. También le dijo usted a mi productor que, si no le permitíamos husmear en nuestros registros, nos acusaría de obstrucción de la justicia, ¿no es así? -Quizá pude mencionar que... -Déjeme poner esto en claro, agente Thompkins. Usted va a acusarme de un crimen por ejercer mis derechos constitucionales. O tal vez sólo fanfarroneaba, usando tácticas de intimidación para no tener que seguir los conductos que manda la ley. ¡Cielos! Por algo la llamaban La perra. Sin haber pronunciado una sola oración completa, Thompkins no sólo se había puesto en ridículo a sí mismo sino a todo su departamento ante millones de personas. Hacía un minuto parecía un buen plan. En ese instante podía ver toda su carrera pasar delante de sí. Sin otra salida, colgó de inmediato. Denise oyó el clic y le sonrió a Enrique con disimulo. -Colgó -dijo al micrófono, riendo-. Colgar no es una verdadera respuesta, pero creo que nos deja un mensaje, ¿no les parece?

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Con un metro setenta de estatura y setenta y siete kilos de peso, su aspecto no era intimidante en absoluto. No se parecía en nada al patán bestial que Hollywood presenta como el estereotipo del matón para los ajustes de cuentas. Apuesto, inteligente y dotado de un sentido del humor poco habitual entre los de su gremio, tenía que ganarse a pulso el respeto que su trabajo merecía. Nadie era más leal al señor Slater, nadie más eficiente que él para cumplir sus órdenes; sin embargo, algunos suponían que, debido a su estatura y aspecto, podían mangonearlo. Pocos lo

LYLE POINTER se consideraba a sí mismo un profesional.

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pensaron más de una vez. Arrojado, decidido y sin miedo, Pointer se había ganado el respeto del señor Slater, la única persona que importaba. Y lo había logrado a base de brutalidad pura. Si bien el señor Slater reconocía un trabajo bien hecho, no toleraba los errores. Pointer a menudo oía a su jefe decir que todo hombre merecía una segunda oportunidad, pero que ninguno merecía una tercera. Aquel día, Lyle Pointer agradecía aquello de la segunda oportunidad, porque la necesitaba. Mientras viajaba a gran velocidad por una zona rural de Virginia camino de su reunión, Lyle Pointer apenas podía contener la rabia. Todo aquel asunto de Mark Bailey y su sobrino se había salido tanto de control, que estaba listo para matar. Para empezar, jamás debió prestar oídos al plan de Bailey, mucho menos aceptarlo. ¡Pero era tan simple! Todos los elementos estaban presentes: un trabajo discreto, un hombre fuerte, un niño, una habitación pequeña. ¿Cómo pudieron echarlo a perder así? En unos quince minutos lo sabría. Según indicaba el reloj del tablero, Bailey llevaría casi media hora esperándolo. Era mucho más fácil comunicarse con gente como Bailey después de hacerla esperar un rato. TREINTA MINUTOS antes, Mark Bailey había acomodado cuidadosamente su camioneta Bronco en un estacionamiento alejado en Hillbilly Tavern, un bar solitario a la orilla del camino. Era el único automóvil en todo el lugar, aunque había tres motocicletas Harley Davidson destartaladas frente a la entrada. Poco después del mediodía, aún tenía una resaca tan terrible que no podía moverse y menos todavía conducir. Puso la palanca de velocidades en punto muerto. Por un instante, pensó en poner marcha atrás y salir de Virginia, o del país, si era necesario. Pero descartó esa posibilidad. Lyle Pointer no era la clase de hombre a quien se dice que no. En el fondo, Mark estaba consciente de que con toda seguridad no sobreviviría a aquel capítulo de su vida, aunque se consolaba pensando que en cuanto se entregara el dinero y él hubiera cumplido con su parte del trato, Slater y sus matones harían que el final fuera rápido. Hillbilly Tavern era el tipo de lugar que sólo podía existir en la zona rural de Virginia. Refugio de infinidad de secretos y planes incalificables, era un sitio donde una persona con el valor suficiente para entrar podía discutir cualquier cosa con quien quisiera, con la absoluta certeza de que nada de lo dicho sería repetido. Cuando se acercaba a la puerta principal de la taberna, Mark Bailey reparó en la falta de ventanas. Los vanos estaban cubiertos con tablas, encima de las cuales había un collage de anuncios de neón que seguían encendidos a plena luz del día. Se detuvo antes de entrar. Todavía no era demasiado tarde para huir, se dijo, aunque en el preciso instante en que esas palabras se formaron en su cabeza supo que eran mentira. Había sido demasiado tarde para él desde el momento en que recurrió a Pointer en busca de ayuda. Mark respiró hondo, hizo girar la perilla de la puerta y entró. La transición de un Sol candente a la oscuridad casi total lo cegó durante un momento. Permaneció inmóvil en el umbral, mientras los ojos se adaptaban. -¿Quién eres? -preguntó una voz áspera entre las sombras. -Soy Mark Bailey. Vine a ver a un hombre apellidado Pointer. ¿Han oído de él? -el silencio le indicó que sí. Mark cerró la puerta y caminó pesadamente hasta una mesa en el rincón. Ordenó una cerveza, con la esperanza de que un poco más de alcohol aliviaría su resaca. Sentado con las espaldas contra la pared, Mark paseó la vista por el lugar. Aparte de él y el cantinero había otros tres individuos. Las conversaciones entre los hombres iban de quedo a

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intenso, de triste a animado, pero siempre acentuadas por el modo de arrastrar las palabras, característico de los montañeses. La misión de Mark consistía tan sólo en esperar. CIJANDO LYLE Pointer entró al fin en Hillbilly Tavern, los parroquianos habituales alzaron la vista apenas lo suficiente para volver a desviarla. Pointer se dirigió a la mesa de Mark y se sentó junto a su anfitrión, no delante de él como Mark había esperado. Así se sentaban los novios, no dos hombres en una cita de negocios. Pointer miró largamente a Mark. Al cabo, sentenció: -Rompiste tu promesa -su voz tenía un tono extraño, a la vez apacible y furioso. El efecto era aterrador-. Me prometiste que podrías manejar este asunto, y lo arruinaste todo. La frente de Mark se perló de sudor. Había llegado a la reunión armado con excusas y explicaciones para el fracaso de Ricky, pero repentinamente perdió el valor para decir algo. -Mírame, Bailey -ordenó Pointer en voz baja-. Hablé con el señor Slater hoy por la mañana; estaba molesto. Y, ¿sabes con quién estaba enfadado? -No, n... no lo sé -tartamudeó Mark-. Creo que conmigo. Pointer se inclinó hacia delante, tan cerca que Mark pudo oler su goma de mascar. -No, Bailey, te equivocas -lo riñó, con voz amenazadoramente suave-. No estaba enojado contigo. Estaba enojado conmigo, porque fui lo bastante estúpido para creer que podías idear un plan a prueba de falla para matar a un niño dentro de un cuarto de hormigón. -Escúchame, Pointer. Puedo explicártelo... -balbuceó Mark. -No quiero tus explicaciones -lo interrumpió Pointer-. Es claro que no estuviste ahí. Déjame adivinar. Anoche te perdiste en una botella, ¿verdad? Mark asintió. Pointer respiró hondo y resopló ruidosamente. -¿Así agradeces lo que hago por ti? Salgo en tu defensa, evito que te corten el pescuezo y, a cambio, se te ocurre delegar tu trabajo en un incompetente guardia de la prisión. ¿Acaso te parece justo, Mark? -No -musitó. No dijo lo que ambos sabían. La única razón por la que Lyle Pointer había salido en su defensa era para proteger los doscientos mil dólares que ganaría con el trato, sin conocimiento del indignado señor Slater. -Vaya, Mark; por fin estamos de acuerdo en algo. A mí tampoco me parece justo. Pero, ¿sabes? Volví a cubrirte las espaldas. Le dije al señor Slater que había demasiado dinero en juego para matarte así nada más, sin hacer un último intento. ¿Y sabes qué me respondió? -Pointer tomó la cara de Mark con la mano izquierda y lo hizo volverse de modo que quedaron frente a frente, a pocos centímetros uno de otro-. Me dijo que no le importaba el dinero, que estaban en juego su honor y la dignidad de su nombre, y que lo único que le interesaba era matarte. Pointer soltó la cara de Mark y se retrepó en la silla. -Pero yo lo disuadí -continuó-. Lo convencí de hacer un último intento. De modo que así están las cosas, Mark. Si tu sobrino muere y nosotros recibimos nuestro dinero, tú vivirás. De lo contrario, eres hombre muerto. Mark vio una tenue luz en su horizonte. -Gracias, Pointer. Dame una última oportunidad.

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-¿Acaso crees que estoy loco? Yo me ocuparé de deshacerme del chico. Tú sólo tienes que esperar los papeles de tu abogado. En la prolongada pausa que siguió, Mark comprendió que faltaba algo más, pero optó por esperar en lugar de preguntar. -Hay otra cosa que debemos discutir... en realidad, dos. En primer lugar, ahora eres el socio minoritario de tu herencia. La parte del señor Slater subió a dos millones. Además, yo voy a agregar otros trescientos mil por dejarte vivir. Suma eso a los doscientos mil que ya me debes personalmente, y tu cuenta asciende a un total de dos millones y medio. El resto es tuyo. En la mente de Mark se formó una objeción, pero la guardó. -Puedo vivir con eso -dijo azorado por la broma involuntaria. Pointer rió. -Apuesto a que sí. Eso nos deja tan sólo un último asunto. Con lentitud, Pointer sacó una pistola de algún lugar bajo la vistosa chaqueta de cuero que llevaba puesta, amartilló y colocó el cañón a dos centímetros del ojo derecho de Mark. El matón se puso de pie y empujó la silla hacia atrás con la pierna para tener un poco de espacio a su alrededor. -¿Eres zurdo o diestro? -preguntó. -Eh... soy... diestro -balbuceó Mark en tono plañidero. -Pon la mano derecha sobre la mesa -ordenó Pointer. La mano temblaba violentamente cuando Mark la colocó sobre la mesa. Sollozaba, y las lágrimas le corrían por las mejillas. Pointer sujetó el índice derecho de Mark y apoyó el pulgar con fuerza en la base del dedo, entre la segunda y tercera articulaciones. Después de unos cinco segundos, el índice de Mark se luxó con un suave chasquido. Diez segundos después, el dedo se rompió a la mitad bajo el pulgar de Pointer. Mark se sacudió de pies a cabeza por el dolor, que lo recorrió como una descarga eléctrica hasta el hombro y lo hizo morderse el labio inferior. Cuando Pointer la soltó, Mark retiró la mano lesionada y la acunó en el hueco del codo como a un bebé. Enseguida reparó en que el arma no se había movido. -Lo siento, Mark -señaló Pointer-, pero todavía no terminamos. Vuelve a poner la mano sobre la mesa. La mano ya se había hinchado al doble de su tamaño normal. En esta ocasión, Pointer fue rápido. Sujetó el meñique de Mark en el momento en que éste apoyaba la mano sobre la mesa y se lo retorció con rapidez hacia atrás y a un lado. Mark aulló de dolor y cayó de la silla al piso mugriento. Pointer volvió el martillo de la pistola a su sitio y enfundó. -Ha sido un placer hacer negocios contigo, Bailey. Escribe cuando puedas. Te llamaré en cuanto te necesitemos. Tan tranquilamente como había entrado, Pointer salió del lugar. En la taberna nadie había visto nada. NATHAN SE CHUPÓ de los dedos un resto de salsa de pizza y se dejó caer sobre los mullidos cojines de cuero del sofá de la sala de estar, hondamente complacido. Donde alguna vez hubo una pizza congelada sobre una bandeja de cartón, sólo quedaban migajas.

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Halló el control remoto del centro de diversión, un mueble con toda clase de aparatos electrónicos, y oprimió botones al azar hasta que la descomunal pantalla saltó a la vida. No estaban transmitiendo ningún serial de dibujos animados que le agradara, de modo que se conformó con una repetición de Viaje a las estrellas. Durante el corte de la hora en punto, Nathan volvió a ver su cara en la pantalla, tomada de una imagen de vídeo borrosa que no había visto antes. La fama empezaba a parecerle agradable. No tenía miedo; al menos, ya no como antes. Pero necesitaba un plan. “¿Qué voy a hacer?", se preguntó. Sabía que su prioridad debía ser poner distancia entre él y el Centro; y, si bien no tenía una idea clara de dónde estaba, calculaba que no podía ser a más de dos o tres kilómetros del punto inicial. Eso lo ubicaba en el corazón de la zona de búsqueda. El noticiario matutino había mostrado imágenes de partidas de búsqueda y bloqueos en los caminos, todo por Nathan. El reportero incluso había dicho que no tenían pista alguna de su paradero. Supuso entonces que había logrado huir sin dejar rastro, como decían en las películas de cine. Sólo tenía que idear el siguiente paso. "¡Si tan sólo pudiera conducir!", pensó. ¡Un momento! ¿Por qué no? Conducir la camioneta pick up de su tío Mark fue originalmente la causa del problema. Un año atrás, Nathan había recorrido alrededor de cuarenta kilómetros en la camioneta del tío Mark antes de que un policía lo detuviera, y en pleno día, cuando todo el mundo reparaba en un niño al volante de un auto. Si tan sólo pudiera viajar de noche y evitar las carreteras y avenidas principales que estaban bloqueadas, tal vez podría conducir hasta salir del país. Como el resto de la casa, la cochera era inmensa. El sitio más cercano a la puerta de la cocina se encontraba vacío. Supuso que ahí guardarían el vehículo que la familia usaba. En el espacio del medio había una reluciente lancha de motor, con casco de fibra de vidrio, sobre un remolque. Lo que buscaba estaba en el tercero y último espacio, cubierto con una lona verde olivo. Sin titubeos, Nathan tomó la esquina de la lona y descubrió el auto. -¡Cielos! -exclamó en voz alta. Ante él apareció un flamante “BMW” descapotable, rojo cereza, el auto más fabuloso de toda la calle. Las llaves, con una etiqueta manuscrita que decía "BMW", pendían de un gancho con el rótulo LLAVES, clavado en la pared, un poco a la izquierda de la puerta del conductor. La puerta del auto no tenía seguro, de modo que Nathan subió al asiento delantero. El tapiz de cuero era aún más suave que el del viejo sillón de su padre. El chiquillo, boquiabierto, acarició los asientos y sujetó el volante, guiando el vehículo en su imaginación por las curvas de las autopistas en las que pronto viajaría. Encontró los botones que controlaban la posición del asiento, y deslizó éste hasta que pudo tocar los pedales con los pies. Era un poco incómodo, pero al menos los alcanzaba. Nathan esbozó una amplia sonrisa. Lo lograría. Tenía que lograrlo. Mientras repetía las imágenes en su mente, sintió que su confianza se multiplicaba a cada instante. Hasta el momento, había vencido los obstáculos, y los vencería el resto del tiempo. Lo importante era que ya tenía un plan. DENISE SENTÍA deseos de bailar. En las horas transcurridas desde que salió del aire había recibido incontables llamadas telefónicas y mensajes por fax de personas que expresaban su interés, de una u otra forma, en el programa de aquel día. Eran exactamente las cuatro en punto cuando Enrique entró en su oficina para avisarle que el señor Dorfman la llamaba por teléfono. Ronald Dorfman era el presidente de Omega Broadcasting. La empresa, cuyas oficinas centrales estaban en Nueva York, era la encargada de distribuir el programa radiofónico y también la que pagaba los sueldos de Enrique y de Denise.

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Tres minutos después de que Enrique oprimió el botón de espera, Denise estaba en la línea con el señor Dorfman. -¿Denise? Buenas tardes. Habla Ron Dorfman -su tono era amistoso-. ¿Cómo has estado? -Muy bien, Ron, gracias. Todo indica que el programa va viento en popa. -No me cabe duda -coincidió Dorfman-. En realidad, tuve la oportunidad de escucharte hoy. Por favor no te ofendas, pero mi trabajo no me permite hacerlo muy a menudo. -Por supuesto, lo entiendo -Denise sintió tensión en los hombros. encaminaba a otro asunto. -Me parece que fue un gran tema para el radio -repuso ella sin titubear. -No me refiero a eso. ¿Qué opinas de la situación? -¿Me preguntas si me parece que está diciendo la verdad? Pues mi respuesta es afirmativa. Creo que sí. -¿Y por qué lo crees? Hay muchas personas allá afuera que no están de acuerdo contigo. -Con el debido respeto, Ron, esa gente no ha llamado a nuestra estación. -Yo sé lo que te digo. Hay de personas a personas. Las que ocupan puestos importantes no están de acuerdo contigo. Ahora, por favor, dime por qué crees en la historia de ese jovencito. ¿Cómo se responde a una pregunta así? ¿Cómo resumir un sentimiento, una intuición, de manera que resulte coherente para el director de una empresa de setecientos millones de dólares? Denise tartamudeó un poco al buscar las palabras, pero al fin contestó: -La principal razón por la que le creo es porque tengo hijas más o menos de esa edad, y sé cuando están mintiendo. Su forma de relatar la historia fue totalmente... real. Hubo un profundo suspiro al otro extremo de la línea. Denise percibió que faltaba algo. No tuvo que esperar mucho. -Hace media hora estuvo en mi oficina un policía del estado de Nueva York. Vino a entregarme un citatorio para que comparezca mañana por la tarde en los juzgados del condado de Braddock, dondequiera que esté, a fin de responder a una demanda interpuesta por un tal J. Daniel Petrelli, fiscal de la región norte de Virginia. Al parecer quieren tener acceso a nuestros registros telefónicos. ¿Qué opinas de eso? -Me parece que es una jugarreta muy sucia. Dices que escuchaste el programa de hoy. ¿Oíste mi conversación con el policía? Dorfman dejó escapar una risita. -Sí, la oí. Y, si fuera tú, tendría mucho cuidado de no rebasar los límites de velocidad en los próximos dos años. -Pues creo que dejé muy bien sentada mi postura. -Sin duda. Pero quiero que entiendas lo que está en juego, Denise. Nuestros abogados me informan que tu defensa basada en la Primera Enmienda constitucional es válida sólo si el gobierno está en posición de exigir que entreguemos los registros. Si accedemos de manera voluntaria, el argumento se vuelve debatible. Los abogados opinan que si nos negamos a permitir el acceso a los registros y ganamos en el proceso judicial, llevaríamos sobre nuestras espaldas una enorme responsabilidad civil, y podrían demandarnos si el chico resulta un asesino y comete otro crimen. La conversación se

-Dime qué opinas sobre el asunto del chico que mató al guardia de la prisión.

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"En síntesis, nuestra postura es la siguiente -resumió Dorfman-. Por una parte, estamos ante la obligación de apoyar a la policía en sus esfuerzos por llevar a un asesino confeso ante la justicia. Por la otra, tenemos la obligación ética con nosotros mismos y con la industria de proteger algo que es nuestro, aunque sea sólo en principio. Tú eres quien habló con el chico. Quiero que me digas lo que consideres que debemos hacer." -Ron, quizá te faltó un punto importante -argumento Dense con cautela-. Todo lo que dices suena lógico, pero esto va más allá de una disputa de nuestros derechos contra los de la comunidad. En medio de este asunto hay un niño asustado. En verdad, el pequeño me conmovió. Quisiera tenderle la mano y ayudarlo a salir del embrollo, aunque no puedo. No puedo hacer nada por él. Demonios, Ron, el chico lleva todas las de perder. Es un niño que lucha una batalla perdida, y no me parece justo darles acceso a los registros telefónicos cuando ya tienen todos los naipes en la mano. Ron soltó otra risilla. -Mira, Denise, te diré lo que haremos mañana. Voy a apostar mi trabajo y el tuyo, más una parte sustancial de los bienes de esta compañía, basado en la suposición de que el chiquillo está diciendo la verdad y que no va a cometer más crímenes. Sostendremos ante el tribunal que nuestros registros telefónicos son privados y que, desde luego, no pensamos compartirlos con nadie. Denise se quedó boquiabierta. No era lo que había esperado. Incapaz de decir algo más profundo, tan sólo musitó: -Gracias. -Todavía no me lo agradezcas. Ésta podría ser la decisión más estúpida de mi vida. -Sin duda es una de las más valientes -las palabras brotaron directamente del corazón de ella. Esta vez fue Dorfman el sorprendido. -Vaya, Denise, gracias. Los directores generales no solemos oír esas cosas. Espero que esta noche duermas mejor que yo. Colgó, dejando a Denise con la mirada fija en el teléfono y una sonrisa de oreja a oreja. HAROLD JOHNSTONE, superintendente del Centro de Detención Juvenil, se puso furioso ante la sola idea de que el sargento Hackner pudiera creer semejantes infundios sobre uno de sus empleados más leales y eficaces. -Esta mañana oí lo que dijo ese delincuente y asesino por el radio, y hasta la última palabra es mentira. Ricky Harris tenía una ficha de trabajo impecable. -No estamos difamando a nadie, señor Johnstone -quiso conciliar Hackner-. Sólo hacemos preguntas. -Debería saber que sus preguntas son insultantes -le dijo Johnstone. Era un hombre grueso, que tenía un sobrepaso mínimo de veinticinco kilos. Llevaba siempre abierto el cuello de la camisa, con la corbata tan apretada como la gordura se lo permitía. -Señor Johnstone -explicó Jed-, usted puede sentirse ofendido si quiere, pero su deber es cooperar... a menos que tenga algo que ocultar. -Sargento Hackner -Johnstone se levantó del asiento-, ¿Cómo se atreve a insinuar que yo soy culpable de algún...? Hackner lo interrumpió con un ademán.

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-Tome asiento, señor Johnstone. Lo lamento. Ha sido un día verdaderamente pesado. -¡Y vaya que sí! Un día muy pesado -coincidió Johnstone, que volvió a su silla-. Todo este episodio ha resultado muy inquietante, Nathan Bailey mató a un buen supervisor. Hackner lo miró con los ojos entrecerrados. -¿Sabe? Ese argumento se aleja mucho de lo que hemos llegado a creer. -Después de las mentiras que contó Nathan en el radio, no me extraña -repuso Johnstone, ceñudo. Hackner se retrepó en su lugar. -¿Por qué enviaron a Nathan a la unidad de crisis anoche? -Temo que sólo podemos hacer conjeturas -Johnstone pareció avergonzado-. Supongo que hubo alguna clase de problema de conducta. -¿Notaron los demás chicos tal problema? Johnstone rió socarronamente. -Sargento Hackner, en esta institución usamos una serie de eufemismos en un intento por proyectar nuestra misión como algo menos... menos inquietante de lo que es en realidad. Esto es una prisión. En este sitio, decir problema de conducta se convierte en algo relativo. Yo no pregunto a los internos sobre la conducta de los demás. No puede uno creer en lo que dicen, de modo que pedir su colaboración es un ejercicio vano. -Entonces, según usted su personal siempre tiene la razón aunque no la tenga. -En pocas palabras, sí. -Está usted invitando a la corrupción, Johnstone -protestó Hackner-. Está diciéndome que su personal puede hacer lo que le venga en gana y, siempre que lo oculte bien, usted no se opone. -¡No venga a sermonearme, sargento! -Johnstone golpeó el escritorio con un puño-. Abra los ojos. El sistema ya está corrompido. Hacemos de cuenta que estos jóvenes tienen alguna esperanza cuando no la tienen. Estos niños son animales, y nosotros, los encargados del zoológico. ¿Acaso creo que los internos mienten? Sí, porque mienten. ¿Y acaso acepto como verdad lo que me dice mi personal? Sí, porque tengo que hacerlo. En un sitio así, es la única realidad que vale. Durante largo rato, Hackner lo miró en silencio, con una expresión mezclada de incredulidad y repugnancia. -¿Es un procedimiento habitual quitarle los zapatos a un interno cuando se le envía a la unidad de crisis? -preguntó por confusión, en un cambio de juego. -Yo no diría que es lo común -repuso Johnstone-, pero tampoco es raro. -¿Con qué finalidad? Johnstone habló como si estuviera preparado para esa pregunta. -Cuando los internos llegan aquí, entregan todas sus pertenencias personales. En ese punto se vuelven dependientes del sistema para todo. Nosotros les damos la ropa interior, el uniforme, los objetos de aseo personal, absolutamente todo. Si ellos tienen buen comportamiento, pueden ganar puntos para la adquisición de su propia pastilla de jabón o de una botella de su champú favorito. Así, estas cosas se convierten en símbolos de posición social. Cuando se portan mal y se les envía a la unidad de crisis, no es raro que se prive al interno de algo importante. Hackner esgrimió la siguiente pregunta como si fuera un arma.

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-Sus expedientes indican que Nathan Bailey fue violado con el palo de una escoba en su primera noche en el Centro. ¿Eso formaba parte de su programa? Una furia más allá del odio ardió en los ojos de Johnstone. -Piense lo que quiera de mí y de mi forma de operar el Centro -siseó entre dientes- pero jamás he solapado un solo acto de violencia en la institución. Simplemente vivo en el mundo real. "Dios mío, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar", me parece una buena oración para guiarse. -¿Ah, sí? Pues yo prefiero aquello de No hagas a otros lo que no quieras para ti.

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NATHAN, SENTADO con aire impasible en el sofá de la sala, oprimía con el pulgar los
botones del control remoto para cambiar de un canal a otro sin cesar. Las noticias sobre sí mismo se habían vuelto aburridas. No obstante, se dio cuenta con gran alivio de que cuando menos una de las estaciones había conseguido una mejor fotografía de él, la de su anuario del quinto año. En parte porque lo habían criado bien, como solía decir su padre, pero sobre todo por mero aburrimiento, lavó las sábanas del dormitorio principal. No era correcto irse de un lugar sin haber tendido la cama. También había tenido buen cuidado de haber limpiado todo después de cada episodio de glotonería. Pese a sus intenciones de ser un buen huésped (¿un buen intruso quizá?), no pudo decidirse a hacer nada con el mono del Centro, que seguía donde se lo quitó, en el suelo del baño. Mientras cambiaba distraídamente de canal en canal, volvió a reflexionar sobre los líos en que estaba metido. Iba adquiriendo una nueva perspectiva del problema. De acuerdo. Había matado a un tipo y eso era malo, pero en verdad fue un accidente, y en verdad fue en defensa propia. Aceptaba, sin embargo, que escapar del Centro quizá fue una estupidez. ¿Por qué huyó entonces? Porque estaba asustado y, sobre todo, porque se presentó la ocasión. Lo que en verdad lo asombraba era el ritmo al que crecía su lista de crímenes. Ya había agregado el robo con allanamiento de morada y ahora planeaba hurtar un auto en las próximas horas. Antes de llegar a Canadá calculaba que tendría que allanar al menos otras dos casas y robar un par de autos más. Si lo atrapaban, estaría metido en un lío muy gordo. La única respuesta, entonces, era no dejarse atrapar por ningún motivo. HACÍA MUCHO tiempo que Warren Michaels no veía a Hackner tan alterado. -Cálmate, Jed. El superintendente Johnstone sólo te expresaba su opinión. -¡Su opinión mis narices, Warren! Este tipo es una amenaza para los propios chicos que se supone debe proteger. Warren, ¿no te das cuenta de que... -Jed -lo interrumpió Michaels-. Comprendo que Johnstone es una amenaza para los que están bajo su control, pero en este momento sencillamente no tengo tiempo para preocuparme por el personal del Centro. Y, si me permites agregar, tú tampoco. ¿Qué hay de Ricky Harris? ¿Qué dijo Johnstone de él?

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-Dijo que era un empleado modelo. -Admítelo, Jed -concluyó Michaels-. Seguimos buscando a un asesino. Yo quiero darle al chico el beneficio de la duda tanto como tú, pero las pruebas contra Nathan son abrumadoras. -Insisto, Warren -Jed no quitaba el dedo del renglón-. Aquí hay algo más, algo que hemos pasado por alto. La discusión era estéril. -Te propongo una cosa, Jed. Dividamos el caso en dos partes. La primera parte: debemos poner al niño en custodia. En cuanto lo hayamos detenido, tendremos todo el tiempo del mundo para preparar el caso contra él. Y entonces será el momento de exhibir a Johnstone, y a Ricky Harris también, si resulta pertinente. ¿Te parece justo? -Tendré que aceptarlo. Pero averiguaré más sobre el tal Ricky. Warren sonrió. -Y, ahora que concluimos con lo primero, ¿qué hay sobre la casa del tío? Confío en que la tenemos bajo vigilancia, ¿no es así? -En efecto. No hay rastro ni del tío ni del chico. -¿Crees que se hayan fugado juntos? -Sería posible; pero, tomando en cuenta los antecedentes, me parece poco probable. El tío fue el motivo original para que Nathan escapara, ¿recuerdas? -Entonces, ¿a dónde más pudo ir? -No se me ocurre un solo lugar al que no pueda haber ido este muchacho -respondió Jed, conciso. Warren estuvo de acuerdo. Si se eliminaba al tío de la ecuación, Nathan no tenía a nadie en la vida. Y, por triste que así fuera, eso le abría posibilidades ilimitadas. Sin lealtad hacia nadie, sin tener siquiera la obligación de llamar a alguien para decirle que estaba bien, el mundo entero le pertenecía a este fugitivo de la justicia. Las opciones que el chico tenía sólo estaban limitadas por el alcance de su imaginación y por su astucia. CUANDO EL doctor Tad Baker deslizó las radiografías del paciente en turno en el negatoscopio, frunció el entrecejo y lamentó al instante la decisión de la enfermera de dejar el caso hasta el final. Por lo común, en la escala del departamento de urgencias, los dedos rotos eran una lesión de baja prioridad, pero este hombre era la excepción. La mano blanca y fantasmal que el médico tenía frente a él no estaba sólo rota; estaba gravemente baldada. "El dolor debió de haber sido insoportable", pensó Baker. Con su mejor cara de galeno, el doctor Tad corrió la cortina y saludó por primera vez al ocupante de la cama cuatro. -Buenas tardes, señor Bailey. Soy el doctor Baker. Por lo que veo en su expediente, se lesionó la mano -con amabilidad, tendió una mano hacia su paciente-. ¿Puedo verla? Mark Bailey analizó la cara del médico unos segundos y después le acercó la mano derecha, sostenida con gran cuidado por la izquierda. -Me duele mucho, doc -confesó. -No lo dudo -coincidió Tad-. Vi sus radiografías. Es una lesión bastante compleja. ¿Qué te sucedió?

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-Estaba arreglando los frenos de mi camioneta cuando se zafó el gato -explicó Mark-. Tenía prisa y no puse mucho cuidado. Supongo que es la misma historia que oyen ustedes todos los días. Tad le dirigió una sonrisa reservada, pues se dio cuenta de inmediato de que era mentira. No cabía duda de que las lesiones de Mark Bailey eran el resultado de una causa diferente de la que había referido. En opinión de Tad, alguien le había roto los dedos de manera intencional. -Entonces, ¿los dedos quedaron atrapados bajo alguna de las ruedas? -preguntó mientras exploraba la mano con delicadeza. -Sí, así fue -respondió Mark con el cuerpo tenso y listo para retirar la mano si el médico lo lastimaba. Tad reparó de inmediato en la inquietud y la ansiedad de su paciente y le sonrió amable, dejando con delicadeza la mano de Mark sobre el pecho. -Relájese -lo instó en tono amistoso-. No quiero lastimarlo por ningún motivo. -Es cierto, doc -Mark en efecto se relajó-. No me lastimó en absoluto. Es un contraste agradable. La frase resultaba interesante. -¿Ah, sí? ¿A qué se refiere? -¿A qué me refiero con qué? -Dijo usted que era un contraste agradable porque yo no quería lastimarlo. -¿Eso dije? -Mark se mostró evasivo. -Ajá -Tad fingió concentrarse en el expediente médico-. Alguien lo lastimó, ¿verdad? Mark rió por el comentario. -Nadie más que yo mismo, doc. -Entonces, ¿por qué supone que sólo se rompieron dos dedos en lugar de toda la mano? En medio del dolor que lo aturdía, Mark reconoció de inmediato que su historia no era coherente. "¡Maldición! El médico sospecha algo", pensó. -No tengo idea. Quizá fue cuestión de suerte. Tad escudriñó el rostro de Mark buscando la verdad. -Si no me pareciera descabellado, juraría que alguien le rompió la mano de manera deliberada. ¿Está seguro de que se lesionó la mano porque le cayó encima un gato? -¿Un gato? No, me cayó encima toda la camioneta. ¿verdad? No creerá que estoy mintiéndole,

Tad lo miró a los ojos apenas lo suficiente para transmitir sus verdaderos pensamientos. -Por supuesto que no. Nadie en su sano juicio se atrevería a mentirle a su médico. "Es tu mano y tu vida, amigo", pensó Tad. "Yo ya hice mi parte." Tapó su estilográfica y se la guardó en el bolsillo de la bata. -Descanse un rato, señor Bailey. Lo veré más tarde. ERAN CASI las diez y todo estaba oscuro, tanto adentro como afuera. Nathan le dio los últimos toques a su nota para los Nicholson (había encontrado el nombre de sus anfitriones en

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una revista que la familia recibía por correo) y salió por la cocina a la cochera. No había marcha atrás. Más que nada, necesitaba poner tierra de por medio con el Centro de Detención Juvenil. La respuesta a tal necesidad estaba en la cochera. Ya había ajustado el asiento y el volante, y en la tarde pasó casi una hora memorizando la ubicación de todas las palancas e interruptores del BMW. Actuaba con rapidez. En cuanto se instaló cómodamente en el asiento, se abrochó el cinturón de seguridad y accionó la marcha. Apenas había dado vuelta a la llave cuando el motor ya rugía potente. Buscó en la visera el botón que abría la puerta automática de la cochera y lo oprimió. El movimiento de la puerta trajo consigo una explosión de sonidos y luces, un agudo contraste con la noche, por lo demás tranquila. Nathan habría jurado que todos los vecinos en un radio de dos manzanas estaban telefoneando a la policía para informar sobre el robo del auto de los Nicholson. Cuando la puerta de la cochera terminó de subir, Nathan metió marcha atrás y se volvió en el asiento para bajar el auto por el camino de entrada, largo e inclinado. Se detuvo a la mitad del descenso para cerrar la puerta de la cochera. Después, cuando las ruedas traseras llegaron a la calle, giró el volante al máximo, movió la palanca a la posición de avanzar y pisó suavemente el acelerador. El automóvil arrancó con una sacudida y avanzó hasta el final de la calle. De su paseo en la camioneta del tío Mark recordaba que dirigir el volante no era muy difícil. Lo más complicado era lograr que el auto se desplazara de manera uniforme. Pero ya lo había dominado una vez y tenía confianza en que lo lograría de nuevo. Antes, cuando planeaba su viaje cuidadosamente en un mapa que encontró en la guantera, reconoció que seguía sin saber con exactitud dónde se encontraba. En ese momento enfrentaba su primera decisión crítica: podía ir hacia la izquierda o hacia la derecha. Dio vuelta a la izquierda con la esperanza de encontrar una calle que lo sacara del vecindario. Luego de diez minutos, llegó a la Cannonball Parkway Avenue, nombre que reconoció de los meses pasados en casa del tío Mark. Sabía que Cannonball cruzaba con la Prince William Road, no muy lijos de donde vivía su tío. De ahí podía seguir directo a la autopista sesenta y seis, que lo llevaría hasta la autopista ochenta y uno y, a partir de ésta, hacia el norte rumbo a Canadá. EL BMW RODABA con suavidad, y Nathan se sintió bien al mando del auto. Unos quince minutos después, el panorama que rodeaba la avenida empezó a parecerle familiar. Recordó que unos dos kilómetros adelante estaba el crucero donde había un supermercado 7-Eleven y un McDonald's, que señalaban el camino a casa del tío Mark, Tan sólo respirar el mismo aire de ese lugar le trajo recuerdos que esperaba no tener que enfrentar nunca más. Al acercarse al crucero, el tráfico se volvió más lento y al fin se detuvo. A la distancia, la noche se veía iluminada por las luces intermitentes de vehículos de urgencia. El primer impulso de Nathan fue dar vuelta en U y regresar por donde había venido, pero no había modo de cruzar la división sin despertar toda clase de sospechas. Además, quizá fuera tan sólo un accidente de tránsito. Nadie, se fijaría en él. Quinientos metros más adelante, en medio del embotellamiento, sus peores temores se confirmaron. No había ningún accidente; era un bloqueo. Varios policías de uniforme color café dejaban pasar tres o cuatro autos a la vez y detenían el siguiente para revisarlo con una linterna y hablar con el conductor. -Dios mío -rogó en voz alta-, por favor, no dejes que me detengan.

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Con la esperanza de pasar lo más inadvertido que pudiera, Nathan eligió el carril de la izquierda. Sin mover la cabeza, miró de reojo al conductor que tenía a la derecha. A pesar de la oscuridad de la noche, sus facciones podían distinguirse con claridad. Cabello rubio, bigote, unos veintitrés años de edad. "Si yo puedo verlo, ellos también podrán verme a mí", pensó Nathan. Sintió como el corazón le palpitaba con fuerza y apretó el volante hasta que los dedos se le adormecieron. "Conserva la calma", se dijo en voz alta por enésima vez en el día. Había planeado cuidadosamente aquella noche, aunque no tomó en cuenta la posibilidad de lo que tenía delante. En su carril, veintitrés autos y dos motocicletas lo separaban del bloqueo. Los policías dejaron pasar seis autos sin revisarlos, lo que reducía el número a diecisiete delante de él. Tenía las manos bañadas en sudor, y las piernas le temblaban sin control. "Por favor, Dios mío, te lo suplico", rogó en silencio para no llamar la atención. "Haz que me dejen pasar. No me detengas ahora." Los ojos empezaban a anegársele, pero contuvo el llanto. En el siguiente turno, el policía dejó pasar sólo tres autos antes de revisar el cuarto. Enseguida, dejó pasar cinco. No parecía seguir ningún patrón; detenía ciertos autos al azar. Sólo quedaban ocho vehículos delante de Nathan, y el policía hizo señas para que pasaran tres. La siguiente vez fueron sólo dos. "Ahora soy el tercer auto", pensó, y se sintió al borde del pánico. “¡Ha estado deteniéndolos cada tres!" Para horror de Nathan, el policía hizo detener el siguiente auto. En ese turno, no dejó pasar dos ni tres. Desesperado, el chiquillo intentó planear su escapatoria si lo descubrían. No había policías a bordo de los autos patrulla. Si hacían contacto visual, pisaría el acelerador a fondo y correría el riesgo. Era su única opción. En cuanto el policía terminó de revisar, hizo una seña al conductor para que avanzara... ¡y detuvo al auto que seguía! A la luz verdosa del tablero de instrumentos, Nathan apreció que la pierna derecha le temblaba mientras intentaba mantener una presión uniforme sobre el pedal del freno. Quiso tragar saliva, pero sentía la boca como si hubiera masticado tiza. El policía pareció especialmente interesado en el vehículo que estaba delante de Nathan. Pasó mucho tiempo revisando el asiento trasero con la linterna, luego habló durante largos treinta segundos con el conductor. Nathan no alcanzaba a oír las palabras, aunque la conversación pareció subir de tono. El policía abrió la puerta del conductor y le ordenó que bajara del auto. Con aire sumiso, el conductor se apeó y puso las manos sobre el techo del vehículo. Mientras buscaba a tientas las esposas con una mano, el policía hizo una señal a Nathan para que rodeara el auto y empezara a avanzar. Hicieron contacto visual durante una fracción de segundo, pero si el policía acaso pudo reconocerlo, la posibilidad se esfumó cuando el detenido empezó a forcejear y ambos cayeron por tierra. Nathan observó la riña un momento por el espejo lateral, y casi golpeó el auto de adelante por ver. Nathan tardó tres o cuatro kilómetros en comprender que había logrado escabullirse. Luego del bloqueo, el tránsito se aligeró. Un letrero indicaba que la autopista sesenta y seis estaba a cinco kilómetros. La sensación de orgullo y triunfo lo embriagó. Volvió a vencerlos. Con cada señal de la carretera Nathan se acercaba más a la libertad. Podría volver a empezar y hacer de cuenta que el tío Mark y Ricky y los jueces y la muerte misma jamás habían irrumpido en su vida y puesto fin a su infancia.

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Llevaba las ventanas cerradas, el radio a todo volumen y el aire acondicionado en lo más alto. Era libre, y planeaba seguír así. Cuando una sensación de triunfo desbordante se apoderó de él, golpeó la capota con el puño y gritó a voz en cuello: -¡Sí!

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CUANDO MONIQUE Michaels se dio vuelta en la cama, notó que su esposo no estaba, y
se espabiló de inmediato. El reloj digital de la mesa de noche marcaba las tres con veintiún minutos. Apoyada en un codo, escuchó con atención, pero la casa se hallaba en silencio. Estaba preocupada por Warren. Aquella noche él se comportó de modo sumamente extraño. Habían transcurrido nueve meses desde que su hijo Brian fue asesinado mientras repartía diarios, pero sólo dos desde que Warren empezó a enfrentar la situación. Monique creía que ya habían superado ese dolor atroz, o al menos rogaba que así fuera. Gracias a la psicoterapia, a la que Warren se opuso todo el tiempo, Monique al fin consiguió la libertad para llorar y dolerse abiertamente. Semana tras semana, frente al psicoterapeuta, ella podía dar cauce a su rabia, su dolor y su amargura. Sin embargo, Warren no había derramado una sola lágrima que ella viera. ¡Cuánto lo había odiado por eso! Al final, conforme la psicoterapia se espació de tres sesiones por semana a dos sesiones al mes, la rabia de Monque cedió apenas lo suficiente para permitir que volviera el amor. Y Warren seguía igual: todavía estoico, todavía fuerte, todavía gentil. Pero el dolor persistía como una herida abierta. Monique bajó de la cama, se puso una bata y fue a buscar a su marido. Por lo general, cuando Warren no podía dormir, sencillamente iba a la planta baja y encendía el televisor hasta que el sueño lo vencía, pero esta vez no estaba ahí. -¿Warren? -llamó en voz baja-. ¿Dónde estás? No obtuvo respuesta. De pronto, percibió un movimiento en el porche y vio la puerta delantera entreabierta. -¿Qué te ocurre, cariño? -le preguntó, y salió sin hacer ruido a reunirse con él. Warren estaba despierto, sentado en una de las cómodas mecedoras de madera, con un vaso de whisky en la mano. Vestía camiseta y pantalones deportivos, y tenía los pies descalzos cruzados sobre el barandal. -Hola, nena -la saludó. -Estoy preocupada por ti. ¿Qué sucede? -Monique se sentó en la mecedora contigua. Warren respiró hondo. -Me... eh... creo que me cuesta trabajo mantener este asunto de Nathan Bailey en perspectiva -le contó sobre el vídeo y el parecido momentáneo de Nathan con Brian. -Lo siento mucho, amor -lo consoló Monique-. Sé cuánto lo extrañas. Pero a veces los niños de esa edad se parecen entre sí.

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-Eso supongo -él le dirigió una sonrisa forzada-. Sólo que me resulta más difícil encerrarlo. No sabes la vida que ha tenido. En los últimos dos años lo perdió todo. "Igual que yo", pensó sin decirlo. Se hizo un silencio. Así era como Warren enfrentaba sus problemas. Disimulaba su dolor del mismo modo en que un apostador oculta una mala mano. Mientras nadie pudiera atisbar los naipes, podría fanfarronear para siempre. En el instante en que Jed Hackner entró en la casa con la noticia de lo ocurrido a Brian, Monique vio a su esposo morir por dentro. Brian era la vida de Warren. Idénticos en apariencia y personalidad, compartían un mundo especial, exclusivo de ellos dos, al que las mujeres no tenían acceso. Ese día de octubre en que un adolescente ebrio les arrebató a Brian bajo un montón de fierro y aluminio retorcidos, la personalidad de Warren cambió. Seguía adelante con la rutina cotidiana, pero algo se había perdido irremisiblemente. Jamás volvería a ser el mismo, y ambos estaban conscientes de ello. La mirada de Warren y su postura en la mecedora le recordaron a Monique los días terribles que siguieron a la muerte de Brian. No sabía cuánto más podría acumular Warren dentro de sí antes de derrumbarse. Estaba segura de que iba a suceder algún día, como le había ocurrido a ella una y otra vez en el consultorio del terapeuta. Monique no pensaba forzar el proceso. Sólo rogaba estar a su lado cuando llegara el momento. -No es justo -musitó él después de un largo rato. Juntos como pareja, pero cada uno con sus pensamientos, permanecieron sentados en silencio en el porche durante más de una hora, escuchando el agudo chirrido de un millón de criaturas nocturnas. Bajo la tenue luz de las estrellas y los faroles de la calle, Monique tomó la mano de Warren y observó con disimulo las lágrimas que le asomaron a los ojos y le rodaron por las mejillas sin afeitar. Warren no dijo nada ni se movió para tratar de enjugarlas. Con un nudo en la garganta, Monique se dio cuenta de que amaba más a su marido en ese momento que el día en que él le propuso matrimonio. HACIA LAS cuatro y cuarto de la madrugada, Nathan estaba en algún punto entre Harrisburg y Wilkes-Barre, Pensilvania, y buscaba su próxima parada para descansar. Después de seis horas al volante no había llegado ni con mucho tan lejos como esperaba. El indicador del combustible marcaba casi vacío cuando salió de la autopista y se dirigió hacia lo que parecía una zona residencial. Una vez que dejó atrás el bloqueo, cruzó Virginia y Maryland sin incidente. Su principal problema resultó ser un calambre en la pierna derecha por mantener el pie en punta todo el tiempo para alcanzar el acelerador. Tenía hambre y sed. La rampa de salida de la autopista ochenta y uno lo condujo a otra arteria de cuatro carriles, con múltiples cruceros y semáforos. Estaba en un distrito comercial pobre, bordeado de tiendas de comestibles, ferreterías y restaurantes de comida rápida con las fachadas percudidas. Decidió seguir adelante. Un letrero le informó que, apenas a doce kilómetros de ahí, la nueva urbanización Little Rocky Creek vendía casas solas a precios accesibles. -Iremos a Littie Rocky Creck -le anunció al auto. Era un nuevo núcleo residencial, casi todo aún en construcción. La avenida principal de la urbanización, como era de esperarse, se llamaba Little Rocky Trail. De ella se desprendían diez calles cerradas alrededor de las cuales se situaba la mayor parte de las casas. Nathan empezó su paseo por el vecindario con un recorrido de las calles laterales.

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Todos los vecinos recibían un diario matutino; algunos, asta dos. ¿Cómo reconocería la casa donde estuvieran de vacaciones si había diarios en todas las entradas? "Tranquilo", se dijo. "Ya se te ocurrirá algo." Al fondo de la décima calle cerrada le llamaron la atención tres volantes enrollados que alguien había acomodado en la manija de la puerta de tela de alambre. "Vaya, vaya", pensó. Observó las puertas principales de las casas vecinas y se aseguró de que en ninguna hubiera volantes en la manija. "Nathan, eres un genio", se felicitó a sí mismo. Apagó las luces del auto y, con movimientos tan suaves como pudo, abrió la puerta del conductor, dejó el motor encendido y caminó de puntillas hasta la puerta de la cochera. De pie ante las manijas, pudo atisbar a través de las pequeñas ventanas hacia la oscuridad de la cochera. Como esperaba, había un lugar desocupado. Mejor aún, descubrió otro auto guardado, un Honda. Tomó nota del número de la casa, cuatro mil ciento veinte, volvió al BMW y arrancó. En primer lugar, tenía que deshacerse del automóvil. Recordó haber pasado, poco antes de la entrada a Little Rocky Creek, al lado de una imponente iglesia que sería el lugar ideal. Puso especial atención en los nombres de las calles mientras salía de aquel lugar residencial, con la esperanza de hallar su camino más fácilmente cuando regresara a pie. Su sentido de la distancia lo traicionó. "Poco antes de la entrada" resultó ser casi un kilómetro de distancia. Cuando Nathan entró en el estacionamiento a bordo del BMW y acomodó el auto en el sitio más apartado, el cielo del este empezaba a teñirse de rojo. No tenía idea de que fuera a amanecer tan temprano. A su creciente lista de obstáculos debía agregar el tiempo. Bajó del vehículo, ocultó las llaves bajo el tapete del lado del conductor y cerró la puerta con seguro. Esperaba que, si devolvía las llaves, en realidad no se tratara de un robo. Ante él se erguía la iglesia católica de San Sebastián. Nathan pensó en entrar para charlar con Dios, pero desistió. El tiempo se le agotaba. Además, hasta el momento Dios parecía escucharlo. NATHAN TARDÓ cuarenta y cinco minutos completos en regresar hasta Little Rocky Creek. Conforme la oscuridad se disipó y las sombras se aclararon, empezó a aumentar el tráfico, y el chiquillo se vio obligado a alejarse de la cinta de asfalto e internarse en el bosque, donde el terreno irregular, las alimañas y los zarzales se confabularon para entorpecer su avance. Aún no eran las seis de la mañana, el aire estaba denso por la humedad, y la temperatura era de casi treinta grados centígrados. Tenía la ropa empapada de sudor y el cabello pegado a la frente. Cuando al fin distinguió la desviación hacia Little Rocky Trail, dio vuelta y siguió en línea paralela a la calle nueva. Pronto caminó cerca de los patios traseros de las casas. Era la hora en que mucha gente deja salir a sus perros. Uno de éstos, un pastor alemán, lo vio a través de la cerca y le ladró ferozmente, lo que desencadenó un coro de ladridos en todo el vecindario. Nathan a su vez le ladró al perro. No hay como una barrera de roble de dos metros para sentirse valiente. Los patios traseros parecían extenderse hasta el infinito mientras Nathan avanzaba por el bosque. Finalmente llegó al extremo de las construcciones ya existentes y vio ante sí el sitio donde iban a edificar la nueva zona de urbanización. Justo en ese punto el bosque terminaba y daba lugar a una franja de tierra con excavaciones para los sótanos y montones de material de construcción.

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El número cuatro mil ciento veinte estaba al fondo de una calle cerrada, al otro lado de Little Rocky Trail de donde ahora Nathan se encontraba. Tenía delante otras opciones. Si atravesaba por la zona en construcción era seguro que lo vieran, y su juego terminaría. Otra posibilidad era seguir por el bosque y rodear la brecha en construcción hasta llegar a donde necesitaba. El problema era que no podía calcular la distancia ni cuánto tiempo tardaría en recorrerla. Desde su punto de observación no alcanzaba a ver el extremo más distante del conjunto de edificios. Nathan decidió que era momento de ser temerario. Se irguió, se acomodó el cabello con los dedos y simplemente salió del bosque, con el aire de quien pertenece al mundo igual que todos los demás. TODD BRISCOW arrojó un manojo de servilletas al cesto de la Cocina mientras su esposa, Patty, buscaba el limpiador para alfombras. El hijo de ambos, de seis años, y su perro Labrador, de un año, miraban cariacontecidos desde el otro lado de la habitación. -Peter, ¿cuántas veces te he dicho que no dejes frascos de comida abiertos? -dijo Todd. El perro acababa de zamparse un frasco entero de mermelada de fresa que Peter dejó sobre la barra después de prepararse pan tostado. Y, por supuesto, como al fin habían podido comprar el tapete persa para el que tanto habían ahorrado, ése era el sitio preciso que el perro eligió para vomitar. Todd vio su reloj por enésima vez aquella mañana y le dijo a Patty exactamente las palabras erróneas, no porque lo deseara sino por necesidad. -Patty, tengo que irme ahora. Son casi las seis. La reunión con Reischmann empezará a las ocho, y todavía necesito imprimir algunas gráficas. -Sí, por supuesto, tienes que irte -replicó Patty, molesta-. Hay cosas pendientes en la casa, ¿no? Sus palabras tenían toda la intención de provocar una riña, el pleito perenne centrado en el recurrente argumento de "nunca haces nada, a mí siempre me tocan las labores más odiosas", que era tan verdadero como falso. El empleo de Todd como ejecutivo de cuenta en la compañía telefónica lo obligaba a trabajar casi todas las noches y los fines de semana, pero siempre procuraba darse un poco de tiempo para su familia. -En verdad lo lamento, pero debo irme -declaró. Tomó su portafolios, le lanzó un beso a Patty y se dirigió a la cochera. Cuando sacaba el auto, Todd admiró los resultados de su labor como jardinero el fin de semana anterior. Little Rocky Creek estaba convirtiéndose en un magnífico lugar para vivir. Había muchos niños en el vecindario, nada de crímenes y un intenso espíritu comunitario que unía a todos. ¿Quién es ése? Un niño de doce o trece años cruzaba la calle hacia él. La cara le pareció vagamente conocida, aunque no logró ubicarla en ninguna de las familias de Little Rocky Creek. Era un niño apuesto, alto y delgado, con el cabello rubio despeinado, pero algo en su manera de conducirse hizo pensar a Todd que no tenía buenas intenciones. CUANDO NATHAN vio acercarse el auto, su primer impulso fue echar a correr y ocultarse, pero no tenía tiempo. Nada podía hacer más que tratar de pasar inadvertido. Ni siquiera modificó el paso al cruzar la calle, aunque cambió de rumbo para dirigirse hacia el frente de la urbanización. El Chevy se le acercó desde atrás por la izquierda. Bajó la velocidad casi imperceptiblemente al pasar. Nathan sonrió cortés y saludó con la mano.

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TODD VIO al chico saludar, de modo que respondió a su vez con un ademán. El niño parecía normal, y no intentó huir. Mientras aceleraba hacia el extremo de la calle, los pensamientos de Todd se centraron en la propuesta de Reischmann. Ni siquiera miró atrás. EN CUANTO el Chevy se perdió de vista, Nathan dio vuelta en ángulo recto y se dirigió hacia el bosque. Contuvo su impulso de correr. Al llegar otra vez al amparo de las sombras y la oscuridad, se apoyó contra un árbol y se dejó caer pesadamente a tierra. -¡Qué estupidez! -exclamó en un susurro-. Nunca debí salir al descubierto. ¿Qué haré si ese tipo me reconoció? Un asunto más de qué preocuparse y sobre el cual no tenía control. En las últimas veinticuatro horas, su buena suerte lo había sacado de todos los apuros. Una de tantas veces, la suerte le volvería la espalda y él tendría que encontrar sus propias soluciones. La cabeza le decía que era inútil preocuparse por las cosa que no podía cambiar, pero esas cosas podían hacer que volviera a la cárcel o aun que terminara muerto. Supuso que para eso servían los adultos, para mantener la perspectiva. Por eso mismo se sentía tan solo sin un adulto cerca. Mientras estos pensamientos danzaban en la cabeza, lo invadió el agotamiento. Necesitaba dormir, necesitaba esa visión menos sombría que el reposo trae consigo. Con gran esfuerzo, se puso de pie y emprendió los últimos doscientos metros de aquella interminable noche. Diez minutos después, logró entrar en el cuatro mil ciento veinte a través de una ventana del sótano a nivel del piso. Fue directo al dormitorio principal, se desvistió hasta quedar en calzoncillos y por fin pudo dormir profundamente.

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CUANDO JED HACKNER entró en el estacionamiento del Centro de Detención Juvenil,
Warren lo esperaba. Después de su conversación del día anterior, Jed se sorprendió al recibir una llamada de Warren casi al amanecer para que se reuniera con él ahí a las nueve. Al preguntarle el motivo, su jefe respondió lacónico que quería hablar con algunos internos. -Buenos días, jefe -lo saludó cuando ambos bajaron de sus autos-. ¿Dormiste anoche como esperabas? Las profundas ojeras de Warren contestaban elocuentemente y sin palabras la pregunta. -Johnstone vino a charlar un momento conmigo mientras te esperaba. Está disponiendo todo para nuestra entrevista. -¿Sabe que te acompañaré? -Se lo mencioné, pero no dijo nada sobre su charla de ayer. -Imagínatela. Warren le apuntó con un índice acusador. -Compórtate. Nada de pleitos.

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-Sí, papá -respondió Jed en actitud de burla y aparentando una exagerada inocencia. A petición de Warren, el superintendente Johnstone había organizado una reunión privada con Tyrone Jefferson, mejor conocido como "As", un individuo de quince años detenido en tres ocasiones y cuyo expediente incluía un asesinato desde un auto. As ocupaba la celda contigua a la que había sido de Nathan, y Michaels tenía esperanzas de obtener alguna pista sobre el lugar a donde Nathan podía haber escapado y quién pudo ayudarle. Johnstone los esperaba en su oficina. Tras las formalidades de costumbre, pasaron juntos por el mostrador de seguridad. As estaba sentado a la mesa cuando los policías entraron en el salón de clases, vacío por lo demás, para iniciar la entrevista. Johnstone habló primero. -As, te presento al teniente Michaels y al sargento Hackner. Los dos trabajan en el Departamento de Policía del condado de Braddock. Quieren hacerte algunas preguntas. Tanto Warren como Jed le tendieron la mano, pero As no se movió. Johnstone ocupó una silla en el rincón. -¿Podría disculparnos por favor, señor Johnstone? -preguntó Michaels. Su tono era amistoso, pero todos sabían que no era una petición. Johnstone se quedó paralizado durante un momento , en busca de alguna frase digna para acompañar su salida. Como no se le ocurrió ninguna, se puso de pie y se retiró. La mirada que clavó en Jed dejó en claro que lo consideraba responsable de aquella humillación. As pareció complacido por la incomodidad del superintendente, lo mismo que Jed. Warren giró la silla para apoyar el pecho contra el respaldo y sentarse delante de As. El joven negro sentado al otro lado de la mesa se mostraba hosco e impasible, ataviado con el mono naranja que usaban todos los internos. A los quince años, era mucho más duro de lo que Warren o Jed serían jamás. -Iré directo al grano -empezó Warren-. No te agrado porque soy policía, y a mí no me gustaría que salieras con mis hijas, ¿verdad? Pero ambos tenemos un problema. Nathan Bailey huyó de aquí el otro día, después de haber matado a uno de los guardias. Tu vida en este lugar no será igual mientras no lo encontremos y lo traigamos de vuelta. Todas las pruebas apuntan a un cómplice y, en tanto descubrimos a ese cómplice o descartamos la posibilidad, pasarás la mayor parte de tus días encerrado. De modo que vas a responderme algunas preguntas, ¿de acuerdo? As pasó la mirada de uno a otro. -Oigan, farsantes, ¿quién de los dos es el policía bueno y quién es el malo? Quiero entender bien el reparto antes de que empiece la función. Warren sonrió, pero hizo caso omiso. -Nathan estaba en la celda contigua a la tuya, ¿verdad? As se mantuvo impávido, mirándose las uñas. -¿Sabes quién pudo ayudarle a escapar? Silencio. -¿Alguna idea de dónde fue? No hubo respuesta. -Mira, As, sé que no quieres creer nada de lo que digo; sin embargo sólo busco lo mejor para Nathan. Si no lo traemos de regreso, podría terminar muerto.

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-¿Por qué? ¿Ustedes van a matarlo? -No -respondió Michaels después de que el corazón le dio un vuelco-. Pero hay una multitud de tipos armados allá afuera que lo buscan. Piensan que asesinó a Ricky Harris a sangre fría. El sargento Hackner y yo estamos dispuestos a creer que no fue tan sencillo. Si podemos encontrarlo antes que los demás, existen menos probabilidades de que lo lastimen. -Pero si yo no digo nada, hay todavía menos posibilidades de que lo atrapen -razonó As-. Me parece que era muy importante para él salir de aquí. Espero que lo logre. Michaels escudriñó los ojos del joven durante largo rato, pero no vio nada. Tenía exactamente la misma mirada que había observado en los ojos de innumerables adultos en incontables salas de interrogatorio. As se había entrenado toda su vida para ser el rey del sistema carcelario. Había llegado a la cima de la pirámide en las correccionales, donde permanecería seis años más, hasta su liberación. Si seguía por ese camino, como era de esperarse, duraría quizá un año en las calles. Michaels estaba a punto de ponerse de pie y salir cuando Hackner intervino. -¿Qué hay de Ricky? -inquirió-. ¿Era tan malo como me han dicho? Hubo un destello en el fondo de los ojos de As antes de que los clavara en Jed. Donde antes había habido una estudiada indiferencia apareció un odio descarnado. -Digamos que espero que haya muerto despacio -declaró. -¿Por qué? -se aventuró a preguntar Jed. -Si le han dicho que era malo, no necesita preguntar. -Me parece lógico. Los tres permanecieron en un silencio incómodo durante un instante hasta que Warren rompió la tensión. -Gracias por tu tiempo, As -concluyó, poniéndose de pie-. Has sido muy tolerante. Espero que tu sentencia te sea leve. Jed se levantó con él, y ambos se dirigieron hacia la puerta. -Oigan, polizontes -llamó As cuando la mano de Warren tocó la perilla de la puerta. Ambos se volvieron-. Harris la traía contra Bailey, pero no sé por qué. Me da mucho gusto que Bailey se haya largado. Este lugar iba a terminar con él. -Vaya, gracias -Warren asintió respetuoso hacia el prisionero. -Yo no dije nada. KENDRA Y STEVE Nicholson no se habían dirigido la palabra durante los últimos doscientos kilómetros. Había sido idea de Steve conducir sin una sola escala a su regreso de Disney World. Le pareció que era mejor dar por terminado el viaje, y los consecuentes rezongos de sus hijos, en una sola maratón larguísima en lugar de prolongar el sufrimiento varios días. En algún punto de Carolina del Sur, Kendra llegó a su límite y empezó a cabildear para que pasaran la noche en un hotel. Steve la convenció de seguir unos doscientos kilómetros más. Sin embargo, cuando Norfolk, Virginia, desapareció en el espejo retrovisor, la paciencia de ella se agotó y dejó de hablar. Luego, conforme se acercaba el mediodía y el recuerdo de las terribles horas de oscuridad se esfumaba de la memoria, Steve notó que la tensión cedía un poco. En ese momento, a dos kilómetros de su casa, tuvo la certeza de que su mujer recuperaría su buen talante.

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-¡Allí está! -anunció cuando su hogar apareció ante él. Los niños, Jamie y Amy, vitorearon. fulminante. Por toda respuesta, Kendra le clavó una mirada

Steve enfiló la camioneta Range Rover a la entrada de autos y accionó el control remoto para abrir la puerta de la cochera. En el momento en que la puerta se levantó del suelo notó que algo andaba mal. Pero fue Kendra quien le dio voz a sus pensamientos: -¿Dónde está el auto? -preguntó con voz ahogada. EL PATRULLERO Harry Thompkins miró en la carátula de su reloj digital los últimos sesenta segundos antes de las diez. Sólo cuatro horas más de sufrimiento hasta su cita con el teniente Michaels, momento en el que, con toda seguridad, la carrera en la que tanto se había esforzado por destacar llegaría a un final ignominioso. Su misión, hasta nuevo aviso, consistía en permanecer sentado en un auto común y corriente al lado de la casa de Mark Bailey, en espera de que alguien llegara. Harry cerró los ojos y recitó la ficha descriptiva de Mark Bailey sin mirarla. "Varón blanco, setenta kilos, rubio, ojos azules y bigote. Conduce una Bronco roja de modelo reciente. La matrícula dice WLDMAN, abreviatura de wildman, salvaje. Se le busca para interrogarlo. Por el momento no es sospechoso." Harry abrió los ojos para verificar su evocación y sonrió. Había omitido algunas palabras, pero lo esencial estaba ahí. Y también Mark. O, al menos, la camioneta Bronco roja. Harry la vio enfilarse hacia la entrada y detenerse. Del vehículo se apeó un varón rubio, blanco, de unos setenta kilos, con un vendaje voluminoso en una mano. Harry Thompkins bajó del auto y cruzó la calle a paso rápido. -Disculpe -llamó a voces-. ¡Señor Bailey! Mark dio media vuelta y apretó el paso hacia su puerta. Antes de que subiera los escalones, Harry lo había alcanzado. -Disculpe, señor -lo abordó el policía-. Usted es Mark Bailey, ¿verdad? Mark trató de aparentar fastidio mientras hurgaba en su cerebro qué podía saber el polizonte. -Sí, soy yo. ¿Qué quiere? -Necesito hacerle algunas preguntas. Mark alzó el brazo como en un brindis torpe. -¿Tengo la apariencia de un hombre que pueda correr? Harry percibió de inmediato que Mark ocultaba algo. Quizá se trataba de un niño. -Me pareció que intentaba esquivarme. ¿Podría decirme dónde pasó la noche, señor? -En el hospital -Mark hizo un ligero ademán con la mano lesionada-. Tuve un accidente. El auto me cayó encima cuando estaba arreglándole los frenos. -¿Está usted enterado de que su sobrino escapó del Centro de Detención Juvenil antenoche? -Dije que estuve en el hospital, no en otro planeta. Sí, estoy enterado. ¿Acaso piensa usted que puedo tener a Nathan aquí? Harry arqueó una ceja. -¿Debería de pensarlo? -preguntó.

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-Mire, agente, mi sobrino y yo nos odiamos. Lo mandé ahí, de hecho pedí que lo encarcelaran, para deshacerme de él. Éste es el último lugar a donde Nathan vendría. Mientras conversaban, Harry se acercó a la puerta. -Entonces, no le importará que eche un vistazo, ¿o sí? -La verdad -lo contradigo Mark-, sí me importaría mucho. Pareció que nadie jamás le había contestado eso a Harry. -Pero, ¿cuál es la razón? -quiso saber Thompkins-. Usted no tiene nada que ocultar. -Porque usted no trae una orden judicial y nada me obliga a dejarlo entrar en mi casa. -De acuerdo, señor Bailey -admitió Harry, dando media vuelta para retirarse-. Es usted un hombre que conoce sus derechos. Gracias por su tiempo. Cuando llegaba a la calle, oyó que se abría la puerta. Se volvió y preguntó a voces: -Oiga, señor Bailey. Mark lo miró desde el umbral. -¿Sí? -Dice que el auto le cayó encima de la mano. ¿Dónde ocurrió eso exactamente? -En el extremo del brazo -Mark desapareció en el interior de la casa y cerró la puerta tras de sí. De vuelta en su auto, a solas, Harry meditó sobre la petulancia del último comentario de Mark en el contexto de toda la discusión. Parecía nervioso a más no poder hasta que empezó a hablar sobre Nathan. Entonces se puso arrogante. Cuando surgió de nuevo el tema de la lesión, reapareció el nerviosismo. Harry volvió la cabeza para mirar la casa y la Bronco que estaba detenida frente a ella. "¡Un momento! Aquí sólo hay un vehículo", pensó. "Si se cayó del gato, ¿quién volvió a armarlo para que Bailey se trasladara en él al hospital?" No cabía duda. Mark Bailey era culpable de algo. Fuera lo que fuera, ese algo tenía que ver con su lesión. Harry consultó otra vez el reloj y sintió alivio al descubrir que todavía le quedaban tres horas y media a su carrera. Se le ocurrió que ocuparía parte de ese tiempo en ir al hospital. WARREN MICHAELS fue el primer investigador que llegó a la casa de los Nicholson, inmediatamente atrás de la camioneta de una estación televisiva, con antena parabólica en el techo. Cuando se acercaba a la puerta principal, vio una cara conocida. -Buenas tardes, agente Borsuch -saludó. El policía que vigilaba la puerta se sintió orgulloso de que lo reconocieran. Cedió el paso a Warren y lo escoltó por la entrada hasta el descomunal vestíbulo. -Vaya casa, ¿no le parece? -Lo mismo opino -coincidió Warren-. ¿Y qué los hace pensar que el chico Bailey estuvo aquí? -Quisiera decirle que se debió a un brillante trabajo detectivesco -respondió Borsuch mientras conducía a Michaels por el pasillo principal-, pero en realidad fue muy sencillo -abrió la puerta del baño para que Warren viera la pila de ropa ensangrentada en el sitio donde Nathan la había dejado-. Tomó algo de ropa del hijo de los Nicholson, engulló un montón de su comida y se fue en su BMW.

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-¿Un BMW? -repitió Warren, arqueando las cejas-. El chico tiene buen gusto. -También encontramos esto -añadió Borsuch, y le entregó una hoja rayada de cuaderno. -¿Dejó una nota? -preguntó Warren, incrédulo. -El ladrón más cortés de la historia -comentó Borsuch, asintiendo con la cabeza. Warren leyó la nota y movió la cabeza de lado a lado. -¿Dónde está la familia? -inquirió, mirando a su alrededor. Borsuch señaló el jardín delantero. Warren siguió el ademán. El grupo desordenado que ocupaba la acera se había convertido en una improvisada conferencia de prensa. Desde que Warren llegó al lugar se habían sumado otras dos camionetas de estaciones televisivas. Cuatro personas, dos adultos y dos niños, estaban de pie en la acera, de espaldas a la casa. Tenían delante a la prensa, con los lentes de las cámaras que brillaban al Sol dirigidos hacia ellos, y los micrófonos de jirafa sostenidos sobre las cabezas. -A juzgar por la manera en que la prensa se ha ocupado de este caso -comentó Warren Michaels-, sería bueno para los Nicholson acostumbrarse a salir en televisión. HARRY THOMPKINS detuvo su autopatrulla en uno de los espacios de estacionamiento del hospital reservados para la policía. Tomó el atajo por la entrada de ambulancias, le sonrió amablemente a la enfermera de la recepción y entró en el Departamento de Urgencias. Se detuvo ante el mostrador de traumatología, donde un joven asistente médico llenaba algunos papeles. -Disculpe -interrumpió Harry-. Necesito hablar con el médico que trató ayer a un paciente de nombre Mark Bailey. El joven miró al techo mientras hurgaba en su memoria. -Una lesión de la mano, ¿verdad? Entonces debió de ser el doctor Tad Baker. -¿Tad Baker? -¿Lo conoce? Harry se encogió de hombros. -Todo el mundo conoce al doctor Tad. Los policías les enviamos a ustedes montones de trabajo, ¿o no? Harry se alejó del escritorio. Tad estaba en el extremo más disyante de la sala de urgencias, suturando un herida en la coronilla de un paciente. -Buenas tardes, doctor Tad -saludó Harry al acercarse. Tad alzó la vista y sonrió. -Vaya, vaya. La crema y nata de Braddock. ¿Qué te trae a este valle de lágrimas? -Tengo algunas preguntas para ti. -Muy bien. Sólo déjame terminar de zurcir a este amigo y enseguida te atiendo. Diez minutos y otras tantas puntadas después, Tad finalizó su labor. Condujo a Harry hasta la intimidad de un consultorio vacío. -¿De qué se trata? -preguntó.

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-¿Atendiste ayer a un paciente llamado Mark Bailey? -quiso saber Harry-. Tenía rota una mano. -Harry, ya sabes que no puedo comentar ningún detalle del expediente de los pacientes. -Sólo necesito un poco de ayuda -suplicó Harry de prisa-. ¿Te dijo que se había lastimado cuando el gato se zafó del auto? Este era precisamente el tipo de aprieto legal que Tad se había esmerado en evitar. Bailey era una escoria, y todos los sabían. Debía permanecer una noche en el hospital, pero optó por darse de alta él mismo contra las recomendaciones del médico. Era la conducta típica de quien oculta algo. Y sus lesiones eran las de un hombre con amigos malvados. Pero, por desgracia, le correspondía a Harry atrapar a los tipos malos y meterlos en la cárcel, no a Tad. Escrúpulos aparte, el médico no iba a arriesgarlo todo por ayudar a un amigo. -Lo siento, Harry, no puedo ayudarte. Todas mis conversaciones con los pacientes son confidenciales. -Lo sé, lo sé -admitió Harry. Su voz tenía un dejo de desesperación-. Pero apóyame en ésta. Mi carrera puede estar en juego. Sólo quiero darte algunas de mis opiniones. Si estás de acuerdo, no digas nada. Por otra parte, si no estás de acuerdo, puedes toser. Cuando terminemos, ambos podremos declarar bajo juramento que nunca me diste información alguna. ¿De acuerdo? -Jamás podría acceder a algo así -protestó Tad, aunque los ojos lo desmentían. -Por supuesto que no -reconoció Harry. Hizo una pausa para ordenar sus ideas-. Mark Bailey miente sobre cómo se lesionó. Tad guardó silencio. -Creo que se rompió la mano mientras cometía un crimen y teme que, si investigamos sobre la lesión, lo descubriremos. Un repentino acceso de tos acometió al médico. Harry se quedó pasmado. Toda su teoría se basaba en la suposición de que Mark se había roto los dedos mientras ayudaba a Nathan a escapar. Tal vez había planteado mal su afirmación. Hizo un nuevo intento. -Creo que Mark Bailey se lesionó cuando ayudaba a alguien a escapar de la prisión. Bailey. Con que eso se traía Harry entre manos, pensó Tad. Había oído del chiquillo, Nathan Bailey, en el noticiario la noche anterior, pero nunca asoció los apellidos. Empero, tampoco tenía manera de relacionar las lesiones de Bailey con cualquier actividad ilegal que hubiera cometido; por el contrario, se debían a actividades cometidas en su contra. Volvió a toser. Harry se veía totalmente estupefacto, pero tendría que aclarar su confusión por sí solo. -Se están acumulando los pacientes en la sala de espera, Harry -se disculpó Tad, al tiempo que abría la puerta del consultorio. Dicho lo cual, el médico regresó a sus labores y dejó a Harry a solas con sus dudas.

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LA CASA de Little Rocky Trail cuatro mil ciento veinte no tenía ni siquiera la mitad del
tamaño de la residencia de los Nicholson, pero le brindó a Nathan su primera experiencia con un colchón de agua. Después de despertar cerca de las diez y media y agasajarse con otra prolongada ducha caliente, pasó el resto de la mañana en la sala, donde se tendió en el sofá a ver los dibujos animados y hartarse de frituras empacadas y cerveza de raíz. Las series que le gustaban terminaron al mediodía. Apagó el televisor y decidió explorar. Como supuso que la gente guardaba las cosas buenas en los dormitorios, subió a la habitación principal. Antes de que lo olvidara, debía lavar las sábanas. Eso contribuía mucho a tranquilizar su conciencia respecto al robo con allanamiento. Una ventaja de esa casa respecto a la de los Nicholson era un centro de lavado en la planta alta. Quitó las sábanas de la cama, salió al vestíbulo y las dejó en el piso frente a la lavadora. Se ocuparía de ellas enseguida, pero primero echaría un vistazo. El dormitorio principal estaba decorado con muebles de pino y roble. Aparte de la cama sólo había dos muebles grandes, un tocador y una cómoda de patas altas. Acercó una silla a la cómoda para curiosear en los cajones de arriba. Los dos últimos eran pequeños, dispuestos lado a lado en lo más alto. En ellos encontró unos juguetes fabulosos. El cajón de la izquierda guardaba una cala de balas; en el derecho estaba un enorme revólver azul negro y pesado como un ladrillo. Nathan alcanzó a distinguir la punta de cuatro balas por los orificios del cilindro. Podía jugar con el arma tal como estaba, siempre que no tirara del gatillo. Durante los siguientes veinte minutos, registró las habitaciones como había visto en las series policíacas de la televisión, con el arma sostenida con ambas manos y los brazos extendidos. Una vez que limpió la planta alta de maleantes, de los cuales tuvo que matar al menos media docena a la vez que él mismo recibía una bala en cada hombro, se entretuvo apenas lo suficiente como para meter las sábanas en la lavadora y reanudó la batalla en la planta baja. Reparó en el teléfono en el momento en que empezaba a aburrirse otra vez. Se preguntó de qué estaría hablando Denise ese día. Levantó el auricular y marcó. DENISE CONVERSABA con Quinn, de Milwaukee, sobre los temores de esta última por la seguridad de Nathan cuando le avisaron que la verdadera estrella del programa esperaba en la línea catorce. -Oye, Quinn -la interrumpió Denise-, te tengo una sorpresa en la otra línea -oprimió el botón-. Nathan Bailey, ¿estás ahí? -Sí, señora -respondió la voz. -Y dime, Nathan, ¿has estado oyendo el programa? -preguntó Denise-. celebridad. Eres toda una

-Lo siento. No lo he oído -respondió con tono de auténtica disculpa-. Estuve durmiendo. -No me sorprende, cariño -rió Denise-. Supongo que lavar toda esa ropa agotaría a cualquier niño, ¿no? Nathan sintió que la sangre se le helaba en las venas. -¿Qué? -jadeó. Su tono sonaba gélido. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía...? -¿Tampoco viste la conferencia de prensa? ¿Conferencia de prensa? ¿De qué hablaba? Nathan trató de encontrarle pies y cabeza a aquello, pero le fue imposible. Permaneció mudo.

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-¡Entonces no lo sabes! -exclamó Denise-. Los Nicholson, tus anfitriones de anoche, llegaron a casa esta mañana y descubrieron que faltaban algunas cosas, como un automóvil BMW. También encontraron tu nota. El corazón de Nathan latía a toda prisa. Le temblaban las manos. Las cosas no iban bien. Al menos, no como las había planeado. Nunca creyó que regresaran tan pronto. Eso significaba que sólo le llevaba unas horas de ventaja a la policía. ¿Cuánto tiempo tendría que pasar antes de que localizaran el BMW, en especial si estaban buscándolo? Surgieron mil interrogantes en su mente. Necesitaba enterarse cuanto antes de lo que todos los demás sabían, de modo que la emprendió a preguntas. LYLE POINTER vio la conferencia de prensa en la sala de su casa mientras armaba lenta y metódicamente su revólver Magnum .357, que acababa de limpiar. Los Nicholson parecían recién salidos del serial de televisión Los pioneros. Steve tenía el aspecto de un ex jugador de fútbol americano colegial. Kendra, sin duda, habría sido la animadora que perecía por él. Considerando el trabajo que debía hacer, a Pointer no le gustaba para nada la atención que el chico Bailey estaba recibiendo de todos los medios de comunicación de la zona de Braddock. Cuanta más gente estuviera atenta, tanto más difícil sería liquidar al niño y desaparecer. Sin embargo, había dado otros golpes difíciles en el pasado; en un par de días, el asunto estaría concluido y el señor Slater dejaría de fastidiarlo. Sí, declaraba Kendra, Nathan había irrumpido en su casa a través de la puerta vidriera en la parte de atrás. Salvo por la ropa y el auto, no parecía que hubiera robado nada. Según deducían, Nathan había dormido en la habitación principal, se había duchado en el baño principal y, por increíble que pareciera, había lavado las sábanas y vuelto a hacer la cama antes de irse. A continuación, Kendra leyó la nota: Estimados señores Nicholson e hijos: Lamento haber entrado sin permiso en su casa. Aunque traté de ser cuidadoso, rompí un vidrio de la puerta trasera. Recogí los pedazos y, cuando tenga oportunidad, intentaré pagárselo. Tienen una casa muy bonita y el mejor televisor que yo haya visto. Por favor díganle a su hijo que tuve que tomar algo de su ropa. Díganle que gracias y que lo siento mucho. Encontré ropa sucia y la lavé junto con las sábanas en las que dormí anoche. También tuve que llevarme su otro auto. Ya he conducido y prometo que tendré muchísimo cuidado. No se preocupen. Cuando todo esto acabe pensaré cómo avisarles dónde está. Quizá ya se enteraron de que tengo graves problemas con la policía. Hice algunas cosas malas, pero no todo lo que dicen. Créanme. Por favor, no llamen a la policía sino hasta unos días después de que encuentren esto, o quizá una semana. Les prometo cuidar sus cosas. Su amigo, Nathan Bailey P.D. Perdón por el desorden del baño. Fue algo muy feo.

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EN CUANTO KENDRA terminó de leer, la multitud de periodistas disparó una andanada de preguntas. Ella las contestó lo mejor que pudo hasta que la única interrogante que hizo el periódico local la dejó sin habla. -Nathan les pidió que no llamaran a la policía sino después de un par de días, pero ustedes la llamaron de inmediato. ¿Cómo se sienten por ello? Kendra se sonrojó y miró a Steve en busca de ayuda, aunque él estaba concentrado en el estudio minucioso de una de sus uñas. Pointer soltó una carcajada. -¡Ja! Te callaron, ¿eh? Aún sonreía cuando reanudó su labor. Colocó seis tiros en el arma y puso de nuevo el cilindro en su sitio. Sabía que pronto llegaría su oportunidad. Ya estaba listo. WARREN MICHAELS salió de la casa de los Nicholson a toda prisa para volver a la jefatura. Ya en camino, encendió el radio de su auto a fin de oír Radiocharlas 990. Se preguntaba si Nathan tendría la desfachatez de llamar a Denise por segunda vez. En cuanto la pantalla digital del radio mostró el novecientos noventa, oyó la voz del chico. Notó con extraño placer que un día de libertad había animado mucho a Nathan. El niño contaba alegremente cómo había evadido un bloqueo la noche anterior, aunque tuvo buen cuidado de no dar la ubicación. Un chico listo, pensó Warren. Entre los muchos sentimientos que Warren había analizado con toda minuciosidad la noche anterior en el porche de su casa, había uno que todavía no lograba enfrentar desde una perspectiva lógica. En su fuero interno, Warren deseaba que Nathan lograra escapar. Cualesquiera dudas que hubiese abrigado al respecto se disiparon después de su conversación con As. Aquella charla había confirmado a los ojos de Warren dos verdades innegables. La primera, que el sistema correccional para menores hacía criminales, no los reformaba; y la segunda, que Nathan no era un peligro para la sociedad. Era cierto que había matado, él mismo lo confesó. Pero no era un asesino. DENISE TENÍA en la línea a Frank, de Coronado, California. -¿Frank? Estás al aire con el legendario Nathan Bailey. -Hola, Nathan -saludó Frank-. Ayer nos contaste que tu mamá murió cuando eras un bebé y que te crió tu papá, pero después ya no quisite hablar de él. ¿Qué le sucedió? Nathan respiró hondo. El día anterior, hablar de esas cosas le había parecido mucho más difícil. Esta vez se sentía tranquilo, controlado; sentía que podía comentarlo sin romper en llanto. -Murió en un accidente de tránsito cuando yo tenía diez años -respondió con claridad-. Iba cruzando unas vías de tren que no tenían señales, y el tren lo arrolló. Esa noche, yo estaba en casa de mi mejor amigo, Jacob Protsky. Eran nuestros vecinos. La policía les avisó, y el papá de Jacob me lo dijo. Fue muy triste -recordó que había permanecido con los Protsky durante el funeral hasta que el tío Mark al fin estuvo lo bastante sobrio para ir a recogerlo y llevarlo a su guarida. "No te olvides de llamarnos si necesitas cualquier cosa." Nathan evocaba las palabras que la señora Protsky le había dicho mientras le daba un sincero abrazo.

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A partir de ahí, las imágenes se ensombrecían al recordar cuando la llamó de un teléfono público después de la primera golpiza con cinturón, para suplicarle que lo acogieran. No podía olvidar el tono frío e indiferente de la voz cuando ella le ordenó que dejara de telefonearles. "Ahora tienes una nueva vida, Nathan", había dicho. "Ya no podemos ser parte de ella." -Ayer también insinuaste que te habían maltratado, ¿es cierto? -agregó Frank. -Ya no quiero hablar de eso -respondió Nathan en tono despreocupado. -Estoy de acuerdo -terció Denise, y oprimió el botón para cortar la llamada de California-. Yo tampoco quiero. A veces, la gente no conoce los límites. -Papá era el mejor hombre del mundo -afirmó Nathan. -Estoy segura de eso, cariño -corroboró Denise en tono consolador-. Y estoy segura porque creo que educó a un hijo muy simpático. -Gracias -repuso Nathan, conmovido-; sin embargo, hay mucha gente que no opina lo mismo. -¡Qué van a saber! -y Denise rió. Nathan sonrió y estiró la espalda. -Oye, Denise, si te pregunto algo, ¿prometes responderme sólo con la verdad? ¿Me lo dirás aunque creas que eso podría hacerme sentir mal? -De acuerdo. Nathan respiró hondo. La respuesta a la pregunta que estaba a punto de formular era importante para él, pero no sabía por qué. Hizo a un lado sus dudas y preguntó: -¿Te seguiría simpatizando aunque no hiciera que tus cifras de audiencia aumentaran? Denise meditó un momento antes de contestar. -Nathan, no puedo negar que tus llamadas han sido benéficas para mi programa. Recuerda que, al principio del telefonema de ayer, no creía una sola palabra de lo que dijiste. Pero debo confesar que hay algo en tu voz y en tu personalidad que resulta encantador, y tu situación en realidad me conmueve. Como madre que soy, quisiera ayudarte, igual que muchos radioescuchas. De modo que sí. Puedo decirte sinceramente que me agradarías aunque hicieras que nuestras cifras de audiencia de hecho bajaran. Y, si me conocieras mejor, sabrías que eso significa mucho para mí. La respuesta de Denise hizo sonreír a Nathan, lo hizo sentir una calidez que hacía mucho tiempo no sentía. Habían pasado dos años desde que alguien se había mostrado amable con él, dos años desde la última vez en que alguien le dio una palmada en el hombro o lo abrazó. Durante los primeros diez años de su vida jamás tuvo que preocuparse por ser duro o valiente, y nunca cruzó por su mente la idea de pelear con otros por lo más esencial de la vida. Desde que ese tren lo privó de todo lo que era bueno y amable, la vida de Nathan había sido una pelea continua: primero con el tío Mark, después con los rufianes del Centro y en la actualidad con la policía. Siempre llevaba las de perder; siempre estaba en juego su supervivencia. Añoraba los tiempos en que sus mayores preocupaciones se centraban en si lo elegirían para el equipo de fútbol o si obtendría buenas notas en el examen de ortografía. Nathan se negaba a creer que esos tiempos se hubieran esfumado para siempre. Si se esforzaba y decía la verdad, y si la suerte lo acompañaba, tendría otra oportunidad. Aún había gente dispuesta a escuchar. Y si Denise podía pensar cosas agradables sobre él e incluso creerle, quizá otras personas también podrían. -¿Sigues ahí? -inquirió ella.

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-¿Eh? ¡Ah!, sí. Lo siento -Nathan hizo otra pausa y reunió valor para ejecutar el plan que acababa de concebir-. Sólo pensaba. ¿Estaría bien si le pidiera a los que te oyen que les digan a sus amigos que en verdad no soy un niño malo y que necesito ayuda? Quizá en los noticiarios dejarían de mostrar mi fotografía todo el tiempo, de modo que pudiera empezar de nuevo sin que la gente me reconozca. -A decir verdad, Nathan, creo que es demasiado tarde para eso -respondió Denise con aire genuinamente maternal-. Ya eres noticia, y me parece que seguirás siéndolo hasta que esto se resuelva. Lo que preocupa a todos es tu seguridad, Nathan. Me preocupa pensar en ti al volante de un auto, pensar en que burles bloqueos de caminos y andes solo de noche. Cada minuto que estés prófugo corres un verdadero peligro, amiguito. A veces creo que lo más seguro para ti sería entregarte a las autoridades y permitir que el sistema de justicia te cuidara. -El sistema de justicia me metió en esto -refunfuñó. -A muchas personas les funciona. -A los niños no. A mí no. -Escucha, Nathan... -No puedo regresar, Denise -declaró Nathan, convencido-. No volveré a menos que me atrapen. Tú no sabes cómo es que te metan en una jaula de hormigón. No sabes cómo se siente cuando los demás te golpean hasta que te cierran los ojos -Nathan gritaba-. Maté a Ricky Harris porque estaba tratando de asesinarme. Si regreso, alguien más lo intentará; si me defiendo y gano, dirán que yo soy el asesino. Así funciona el sistema, Denise. Los adultos siempre tienen la razón y los niños no la tienen nunca. ¡No me digas que debo regresar, porque no regresaré! Nathan colgó el teléfono con tal violencia que hizo caer al suelo la lámpara de la mesa de noche. Permaneció de pie en la sala de una casa desconocida, con la respiración agitada y las manos temblorosas. De pronto, estaba sólo y lo rodeaba el silencio... un silencio tan profundo que podía oír los latidos del propio corazón. En medio del silencio reconoció el sabor de su ira y su tristeza. Pero, sobre todo, se sintió infinitamente solo. EL AGENTE de policía Greg Preminger agradeció a la hermana Elizabeth su ayuda y volvió a subir las escaleras hacia el santuario. Greg había asistido toda su vida a la iglesia de San Sebastián, en Jenkins Township, Pensilvania. Su hija ingresaría en el primer año de primaria en el otoño, y quería cerciorarse de que estuviera inscrita en las clases adecuadas de la Confraternidad para la doctrina cristiana, el catecismo católico. Como esta diligencia era de naturaleza personal y Greg todavía estaba de turno, tenía prisa por regresar a su autopatrulla antes de que pudiera perderse alguna llamada telefónica. Al llegar, reparó en un BMW descapotable, rojo cereza, ubicado en un extremo de la parte trasera del estacionamiento. Le pareció curioso que no lo hubiera visto al entrar. Ya en su auto, se acercó a revisar el vehículo. Aquella mañana, al iniciar el turno, nadie había mencionado un BMW robado, pero era un sitio muy sospechoso para dejar un auto tan costoso. Decidió radiar el número de matrícula para verificarlo. EL PATRULLERO Thompkins esperaba en la oficina de Warren Michaels cuando éste llegó, y se puso en pie de un salto al oír que se abría la puerta. -Siéntate -ordenó Warren. Harry se sentó con la espalda erguida. Se veía despavorido, y Warren tuvo que morderse la lengua para no sonreír. En el exterior, no había el menor indicio de una sonrisa, sólo la mirada gélida que tantos agentes de policía habían enfrentado en un momento u otro de sus carreras.

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Era una mirada de enojo y desaprobación. Nadie que hubiera cometido la primera falta sabía si detrás de esa mirada se ocultaba un torrente de ira, porque muy pocos habían visto al teniente Michaels enfadado alguna vez. Él era de los buenos y, si estaba decepcionado de alguien, el departamento en pleno estaba desilusionado de esa persona. Warren se retrepó en su sillón de vinilo, que rechinaba. -¿Y bien, Thompkins? ¿Así que ahora eres nuestra estrella de radio, eh? -preguntó con voz apacible. Harry miró al teniente a los ojos. Estaba dispuesto a enfrentar lo que venía como un hombre. -Sí, señor -repuso sin titubear. Warren se inclinó hacia adelante y, con grandes aspavientos, abrió el expediente de trabajo de Thompkins. -Quizá pienses que voy a gritarte por el ridículo que hiciste ayer en el radio, ¿no es así? Harry asintió. De pronto adquirió la expresión de un escolar en la oficina del director. -Anímate, Thompkins -prosiguió Warren-. Estamos en Estados Unidos, y tienes el derecho absoluto e inalienable de ponerte en ridículo cuantas veces quieras, aunque en la siguiente ocasión te agradecería que lo hicieras solo y dejaras al departamento fuera de tus asuntos -hizo una pausa-. El motivo de esta pequeña charla, agente Thompkins, es que existe un modo correcto y otro incorrecto de obtener pruebas. Tus acciones me indican que estás perfectamente consciente de que el modo correcto casi siempre tarda más. -Sí, señor -masculló Harry. Warren levantó el expediente. -Has tenido una larga serie de éxitos en tu carrera, Harry, y una gran equivocación. Otra más, y no podré volver a cubrirte las espaldas, ¿entiendes? -en ese momento sonó el teléfono de Warren. -Sí, señor -respondió Harry. Cuando el teléfono volvió a sonar, Warren puso la mano sobre el auricular. -La próxima vez que vea tu nombre por escrito, quiero que sea en una mención de honor o en la recomendación del comité para la próxima vacante de detective. ¿Quedó claro? -Sí, señor -Harry esbozó una sonrisa tímida, que Warren le devolvió. El teléfono sonó nuevamente. -Ahora, lárgate de aquí y regresa a tu trabajo. Y no le pidas ningún favor a Petrelli durante un buen tiempo. Harry salió y cerró la puerta. Los demás tenían razón, se dijo. Michaels era de los buenos. WARREN BAJÓ de dos en dos los escalones hacia el estacionamiento, sosteniendo el teléfono celular con el hombro mientras enfundaba el arma. El corazón le palpitaba con rapidez. Pasaron unos cuantos segundos; al tercer timbrazo, Jed contestó. -Residencia de la familia Nicholson. Habla el sargento detective Hackner. -Jed, soy Warren. Encontraron el auto en Jenkins Township, Pensilvania, al norte de Harrisburg. Voy para allá ahora mismo. -¡Magnífico! -exclamó Jed-. Yo cubriré las cosas aquí.

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STEPHANIE BUCKMAN no tenía más asuntos de aspecto importante con qué matar el
tiempo. El reloj en el corredor principal del juzgado indicaba las tres con cuarenta, casi dos horas después de la hora fijada para la audiencia. Petrelli había expedido un citatorio para ver los registros telefónicos privados de Omega Broadcasting. Sin embargo, él no se había presentado, y Stephanie comprendió por experiencia que tal ausencia significaba que ella tendría que arreglárselas con un caso perdido. Caminaba de un lado a otro por el pasillo, furiosa, al tiempo que repasaba en silencio su abultada lista de casos pendientes. Con treinta y tres delitos muy graves y otros numerosos asuntos por atender, su paciencia para luchar contra los molinos de viento de Petrelli se había agotado. Y, encima, sus oponentes de Omega Broadcasting, elegantes y muy bien pagados, permanecían cómodamente sentados en el otro extremo del pasillo y conversaban en voz baja, sin dar muestra alguna de tensión. Al fin, diez minutos antes de las cuatro, les avisaron que el juez Verone estaba listo para empezar. Investido como juez en 1955, Clarence O. Verone parecía lo bastante viejo para haber firmado en persona la primera Constitución. Con sus casi ochenta años, tenía un aspecto cadavérico. Los ojos oscuros y las mejillas hundidas le daban un aire maligno que le había servido muy bien a lo largo de los años para intimidar a muchos huéspedes del tribunal. Cuando subía al estrado, tuvo que hacer una pausa momentánea para permitir que las artríticas rodillas soportaran el gran esfuerzo. Puestos de pie, todos los presentes guardaron silencio, preguntándose en secreto cuánto más podría durar el vejete. En contraste con sus limitaciones físicas, el conocimiento que el juez Verone tenía de las leyes era formidable. Era un feroz defensor de las víctimas y un firme creyente en la individualidad. Que hubieran asignado a Verone la petición de la fiscalía de acceso a los registros telefónicos de Omega Broadcasting sin duda explicaba la conspicua ausencia de Petrelli. Una vez concluidas las formalidades iniciales, el juez Verone se volvió hacia Stephanie. -Señorita Buckman, veo que está sola -reconoció, irritado-. Esperaba ver al señor Petrelli con usted. Stephanie sonrió, incómoda. -A decir verdad, Su Señoría, yo también lo esperaba. Pero estoy lista para proceder sin él. El juez Verone le devolvió la sonrisa fugazmente. -No estoy muy seguro de eso -la contradijo-. He visto su petición y estoy dispuesto a desecharla, a menos que se le ocurra un motivo de peso para violar el derecho a la intimidad de cientos de personas inocentes, de modo que ustedes puedan salir a pescar a un solo radioescucha. Stephanie permaneció de pie mientras ordenaba sus ideas. Abrió su portafolios, sacó sus notas y empezó. -Su Señoría, un criminal convicto y asesino confeso está libre hoy, tras un escape temerario y sangriento del Centro de Detención Juvenil. Tenemos a nuestro alcance el mecanismo para volver a ponerlo bajo custodia. Si nos brindara el acceso a los registros telefónicos de Omega Broadcasting, nos permitiría rastrear a este jovencito y devolverlo a donde debe estar. La fiscalía

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no desea violar el derecho a la intimidad de nadie, Señoría, pero en ocasiones debe prevalecer el bien común. Verone giró la cabeza hacia la defensa. -Señor Morin -se dirigió a un abogado de aspecto distinguido, con un fino traje de Brooks Brothers-, según entiendo, ustedes tienen una visión distinta sobre este asunto, ¿no es así? Morin se puso de pie. -En efecto, Su Señoría, la tenemos -respondió. En una prosa impecable y florida describió el incalculable perjuicio que se infligiría a los derechos que otorgaba la Primera Enmienda a todos los ciudadanos en caso de que se accediera a la petición de la fiscalía. -¿Cuentan ustedes con alguna información que quieran presentarme en este momento que no se haya incluido en su réplica escrita? -inquirió Verone. Morin sonrió afectadamente. -Sí, Su Señoría. Además de todos los argumentos presentados hasta el momento, la defensa considera que el asunto es por completo irrelevante debido a los acontecimientos de esta mañana, en los cuales la información solicitada por la fiscalía se obtuvo a través de otros medios. Stephanie quedó boquiabierta. Desde las nueve de la mañana, no había regresado a su oficina y nadie le mencionó una sola palabra sobre esos "otros medios". ¿Qué clase de juego se traía Petrelli entre manos? -Ilústrenos por favor, seño Morin -indicó el juez. Morin habló sobre el regreso de los Nicholson de vacaciones y acerca de sus hallazgos al llegar a casa. -Con esto se demuestran varios puntos, Señoría -concluyó el abogado Morin-. El primero, que un buen trabajo policiaco no requiere violaciones a los derechos civiles, y el segundo, que la oficina de Petrelli está desperdiciando mucho del valioso tiempo del pueblo y del valioso dinero de mi cliente para así asegurar unos cuantos votos. -Ese último comentario no viene al caso, Su Señoría -objetó Stephanie. -Por el contrario, señorita Buckman, me parece más que pertinente -la increpó Verone-. Creo que todos sabemos muy bien de qué se trata esto. Su jefe va perdiendo en este caso y hará lo que sea para ganar. Señorita Buckman, quiero que regrese a su oficina y le diga al señor Petrelli que la Constitución no contempla ninguna circunstancia en la que puedan suspenderse las garantías individuales para apoyar las aspiraciones políticas de los fiscales. Infórmele que, si intenta otra jugarreta como ésta, lo meteré en la cárcel por desacato. ¿Quedó claro? -Sí, señor -respondió Stephanie. Se veía a sí misma repitiéndole esas palabras a Petrelli. ¡Lo que daría por poder hacerlo y no perder su trabajo! -Petición denegada -el golpe del mazo sonó en la sala como un disparo. EL REVÓLVER hizo a Nathan sentirse más seguro. La presión del arma en la espalda baja le daba la sensación de que las probabilidades eran menos desiguales. Si algún maleante lo elegía como su presa, Nathan estaría preparado. Había decidido llevarse el arma; igual que la ropa que tomó prestada de los Nicholson, la devolvería de alguna manera en cuanto llegara a Canadá. El Honda de la cochera complicaba las cosas. Era de transmisión manual; y, de la vieja camioneta pick up de su abuelo, Nathan recordaba que los cambios de velocidades podían ser complicados. De hecho, el día en que más vio reírse al abuelo en toda su vida fue la primera vez

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que éste lo dejó mover la vieja Ford dando tumbos y sacudidas por el campo. Sólo esperaba recordar cómo. La ropa estaba lavada, y había limpiado la casa. Tenia que escribir otra nota, pero no tardaría mucho. Faltaban tres horas para el anochecer, y debía aguardar. La espera lo volvía loco. El reloj digital de la videograbadora dio las seis, y Nathan oprimió el botón del control remoto para encender el televisor. Se dejó caer en el sofá, pero volvió a ponerse en pie de un salto cuando el revólver que tenía enfundado en la cintura de los pantalones protestó. Lo sacó y se tendió en el sofá, con el arma apoyada sobre el pecho. Descubrió que su caso seguía en los noticiarios. Otra vez mostraban la fotografía borrosa de Nathan con el mono ensangrentado. Después siguió una imagen del BMW antes de que Nathan pudiera oír la voz del locutor. “.. cree que el vehículo que usó Nathan Bailey en el segundo día de su osada escapatoria del Centro de Detención Juvenil en Brookfield, Virginia, ha sido localizado. Según fuentes policíacas, en el estacionamiento de una iglesia en Jenkins Township, Pensilvania, se encontró un BMW deportivo que corresponde a la descripción del vehículo desaparecido de la residencia donde Bailey pasó la noche anterior." Apagó el televisor. No era posible. En unas cuantas horas, los policías habían anulado su ventaja de dos días, y aún le quedaban cientos de kilómetros por recorrer. Buscó desesperado alguna solución, alguna forma de ganarles la delantera. "Piensa", se dijo. "Debe haber una salida. Tiene que haberla." Volvió a sentarse erguido, con los pies descalzos plantados en el suelo. Necesitaba analizar su situación. ¿Qué podía saber la policía? Sabían que estaba en algún lugar de la población, pero no el sitio exacto. Hablarían con la gente, mostrarían su fotografía. ¿Qué daño podía hacerle eso? ¡El tipo del auto! Habían tenido contacto visual. Cuando el sujeto oyera las noticias, lo recordaría. Nathan de pronto se odió a sí mismo por correr riesgos tontos. Era un idiota, un grandísimo imbécil. Volverían a encerrarlo y lo juzgarían por asesinato; lo declararían culpable y, sin duda, lo encarcelarían por el resto de su vida, todo por su propia culpa. Lo invadió una oleada de desesperación tan intensa que lo dejó sin aliento. Pese a sus reflexiones y planes, pese a todas sus oraciones, el asunto se reducía a una cuestión de estupidez y suerte. Enfrentó el hecho de que había sido muy tonto por creer siquiera que podía escapar. Por primera ocasión, vio con total claridad que la esperanza a la que se había aferrado como un ingenuo desde el día en que su padre murió sólo estaba apuntalada por la suerte; no tenía relación alguna con el mundo real. Todo y todos lo habían abandonado. Aun en los días más oscuros, en su alma siempre hubo algunos rayos de Sol aislados. Esta vez, súbitamente, incluso ese mínimo consuelo se había extinguido. Tuvo la sensación de estar en un cuarto oscuro sin puertas. ¡Estaba tan solo! Pronto los policías lo atraparían y lo regresarían a ese lugar cuyo solo nombre le resultaba atroz, y se convertiría en uno de esos animales que lo aterrorizaron durante nueve meses en el Centro, vivo por fuera pero muerto por dentro. Estos sombríos pensamientos lo hicieron bajar la mirada al revólver que sostenía en las manos. Se lo puso delante de los ojos y miró el cilindro. Vistas de cerca, las balas eran grandes. La muerte era una forma de libertad, ¿o no? No más persecuciones, no más soledad, no más golpizas. Podría reunirse con su padre y vivir con los ángeles. Podría conocer a su madre. Sonrió ante la posibilidad de tener delante el rostro que había aprendido a amar en una fotografía. Casi podía sentir la calidez de su abrazo, oler su perfume celestial. Su padre volvería

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a sonreírle, y los tres juntos se alejarían entre las nubes para ser nuevamente una verdadera familia. Los labios comenzaron a temblarle, y una lágrima solitaria le rodó hasta la barbilla cuando amartilló el revólver. Un poco de presión y todo habría terminado para siempre. Sería libre. Sería feliz. Uno... dos... GREG PREMINGER no cabía en sí de orgullo. El hallazgo que hizo del BMW fue un acto del más puro trabajo policiaco y le había ganado un sitio en el noticiario vespertino. Mientras iba de puerta en puerta en busca de testigos, se permitió fantasear en que también encontraría al niño. El problema era la hora. Muchas personas todavía no regresaban a casa de sus trabajos. Por el momento investigaba en Little Rocky Creek, donde sólo en tres de las últimas veintidós casas encontró a algún ocupante, pero ninguno de ellos había visto nada. Una mujer lo sorprendió al decirle que debería avergonzarse por hacerle las cosas todavía más difíciles a "ese pobrecito niño". Si bien la mayoría de sus colegas pensaban que Nathan se habría alejado más del auto, Greg intuía que estaba cerca. Si él hubiera estado en los zapatos del chico, habría querido ocultarse lo más rápido posible, y eso significaba Little Rocky Creek. Greg no se desalentó. Estas cosas implican tiempo. En las casas donde no encontró a nadie, dejó una tarjeta personal y una hoja de información sobre el niño redactada a toda prisa. Confiaba en que, si alguien sabía algo, se lo informaría. Al acercarse al cuatro mil ciento veinte, Greg iba doblando el siguiente volante de la pila con su tarjeta dentro. Llamó a la puerta por mero formalismo; sabía reconocer las casas desocupadas. NATHAN DIO un salto y cayó al suelo al oír el golpe en la puerta. Su primer pensamiento fue que el revólver se había disparado. Empero, un instante más tarde, a través de las delgadas cortinas de la ventana delantera, reconoció la silueta inconfundible de un agente de policía que esperaba frente a la puerta. El policía llevaba un grueso fajo de papeles bajo el brazo, todos ellos con una fotografía de Nathan. -Ya me descubrieron -susurró. Pero el policía no actuaba como si hubiera descubierto algo. Llamó a la puerta por segunda vez y luego atisbó al interior de la sala a oscuras. Nathan habría jurado que se miraron a los ojos. Sin embargo, no hubo reacción alguna. Por segunda ocasión en dos días, había estado frente a frente con el enemigo y no pasó nada. Después de unos quince segundos, el policía deslizó una de las hojas detrás de la puerta de mosquitero, dio media vuelta y se alejó. Durante largo rato, Nathan permaneció inmóvil en el piso. No podría haberse movido aunque lo deseara. Cuando por fin la adrenalina se había disuelto, se puso de rodillas y volvió a sentarse en el sofá, donde se permitió esbozar una muy leve sonrisa. Habían estado a cinco metros de él, y no lo encontraron. Esperaba poder contarlo algún día. Sí, algún día. En medio de la oscuridad de su alma se abrió paso un tenue rayo de Sol. Donde apenas unos minutos antes sólo había habido desaliento y el futuro parecía intolerable, ahora ya había motivo de esperanza. Recordó que su padre alguna vez hizo un comentario acerca de que la esperanza era el bien más valioso que un hombre podía poseer.

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En aquel entonces Nathan no entendió lo que quería decir. En ese momento estaba claro: la esperanza era el sitio donde habitaba el mañana. Los ojos se volvieron otra vez al revólver que tenía entre las manos. Todavía amartillado y listo para disparar, se veía malévolo. Entre las sombras del anochecer, reconoció la vergüenza de lo que había estado a punto de cometer. Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo al recordar cómo el dedo iba contrayéndose sobre el gatillo que apenas podía alcanzar. Nathan dejó caer el arma en la alfombra y, con el dorso de las manos en los ojos, rompió a llorar. A CASI doscientos kilómetros de distancia, Lyle Pointer dio vuelta en su Porsche para tomar la autopista rumbo al norte. Con el uniforme que llevaba puesto en verdad parecía un policía. JED HABÍA SUPUESTO que Ricky vivía solo. No había registro alguno de que tuviera esposa, y nadie del personal del Centro había mencionado nada acerca de una compañera. Sin embargo, cuando pidió la llave para inspeccionar el departamento, el gerente le informó que la novia de Ricky aún estaba ahí y que él no podía permitirle la entrada. Se llamaba Misty. Los departamentos de Brookfield Garden se habían construido a principios de los años sesenta con objeto de satisfacer la creciente demanda de viviendas de bajo costo en el condado. No obstante, en algún momento posterior, los dueños del complejo habían expedido contratos de arrendamiento con subsidios, y se encontraba en la lista negra de los despachadores de la policía: cualquier llamada procedente de esa zona ameritaba dos hombres como mínimo. Misty. Vaya nombre, pensaba Jed al subir por las escaleras hasta el segundo piso. Le recordaba una vieja canción, y se imaginó a la novia de Ricky como una mujercita tonta, de cabello teñido con mechones delgados y acento tejano. Al llamar a la puerta de chapa de madera, sostuvo la placa junto a la cara, donde pudiera verse a través de la mirilla. Estaba a punto de llamar por segunda vez cuan do la puerta se abrió. La suposición de Jed no podía ser más errada. La mujer que tenía delante era como cualquier ama de casa que acabara de enviudar. Joven, de unos veinticinco años, vestía de manera sencilla con un conjunto barato de pantalones cortos, y llevaba el pelo castaño y largo recogido en una cola de caballo. Sostenía una botella de cerveza medio vacía. -¿Es usted Misty? -preguntó Jed. -Mitsy -lo corrigió ella, paseando la mirada de la cara de Jed a la placa-. Ya era hora de que vinieran. Tuve que enterarme de lo de Ricky por la televisión -lo invitó a pasar. Al cruzar el umbral de la puerta, Jed bajó la mirada y manoteo para buscar su libreta. -Bueno, eh... señorita, en honor a la verdad le tengo que decir que no sabíamos que el señor Harris tuviera una... compañera. -¡Lo dice usted como algo tan romántico! -ella se sentó pesadamente y le señaló un desvencijado sillón reclinable-. Por favor, póngase cómodo. -No, gracias. Prefiero estar de pie -repuso Jed-. Mire usted, señorita... -Cahill. Mitsy Cahill. -Señorita Cahill, sé que esto no es agradable, pero, ¿acaso cree usted que...?

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-¡Siéntese! -gritó Mitsy desconsolada y con lágrimas en los ojos-. Siéntese y hable conmigo, ¿quiere? -las lágrimas le rodaron por las mejillas, y ella las enjugó con los dedos. Respiró hondo, recuperó el control y volvió a señalar el sillón-. Por favor -suplicó más tranquila-. Ha sido un día muy solitario y muy pesado. Me agrada tener compañía. Jed se sentó en el viejo sillón. -Señorita Cahill... -Mitsy -lo interrumpió ella intempestivamente y con un dejo de ansiedad-. llámeme Mitsy. Por favor,

-Muy bien, Mitsy -accedió Jed con una sonrisa-. Necesito hacerle algunas preguntas sobre Ricky. -No es sólo una víctima inocente, ¿verdad? Esa pregunta, formulada sin ambages, desconcertó a Jed y lo obligó a levantar la vista de la libreta. -De hecho, eso es lo que estamos investigando. ¿Alguna vez le mencionó a Nathan Bailey? Los ojos de Mitsy volvieron a anegarse cuando se inclinó hacia adelante en su asiento. -¿Sabe? Eso mismo me he preguntado un millón de veces el día de hoy. Quisiera poder decirle que matar a un niño era algo totalmente descabellado para Ricky, pero no puedo. ¡Los odiaba tanto! Jamás le guardaban el respeto que se merecía. Si alguien le hubiera colmado la paciencia... podría pasar cualquier cosa. Contempló un rato la botella de cerveza, pero no bebió. Cuando volvió a mirar a Jed, se veía enojada. -Creo que planeó algo durante mucho tiempo -declaró-. Apenas ahora puedo armar las piezas del rompecabezas. -No entiendo. -Por supuesto que no. ¿Cómo podría entenderlo? Hace dos semanas comencé a notar que faltaban cosas en la casa... cosas de Ricky. Era como si estuviera mudándose del departamento poco a poco. Finalmente, hace como una semana, encontré un boleto de avión escondido en uno de sus zapatos en el clóset. Un viaje sencillo a Argentina pagado en efectivo. ¡Novecientos dólares! No me imagino de dónde sacó tanto dinero. -¿Dónde está ahora el boleto? -quiso saber Jed. -No tengo idea. -¿Cuándo debía salir? Mitsy se encogió de hombros. -Hasta donde pude ver, era un boleto abierto. Jed sintió una frustración desesperada que lo oprimía. Tenía ante sí mucha información nueva, pero no sabía qué hacer con ella. Saltaba a la vista que Ricky Harris no había sido el empleado modelo que el superintendente Johnstone describió. Sin embargo, ¿qué relación tenía el chico Bailey con todo aquello? -Sólo necesito aclarar un último punto -añadió Jed en tono, amable-. Dice que ahora comprende que Ricky planeó algo durante mucho tiempo. ¿Qué cree que planeara exactamente? Mitsy movió la cabeza de un lado a otro.

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-En honor a la verdad, no lo sé. Fuera lo que fuera, creo que era lo bastante grave para obligarlo a dejar el país. Y, por supuesto, a mí -concluyó en un susurro. LA PROPUESTA para Reischmann fue impecable. Todd Briscow estaba prácticamente convencido de que les otorgarían el contrato en un mes aproximadamente. Él y su gerente de ventas pasaron la tarde en el campo de golf, celebrando su inminente victoria. Todd no había pensado ni un instante en el niño que vio aquella mañana sino hasta que oyó las noticias por el radio de su auto camino de casa. ¿Podía ser que el niño que buscaban fuera el mismo que había visto? La edad coincidía más o menos, pero a Todd le costaba trabajo creer que el chico que había visto fuera un asesino. Cuando llamó a su esposa desde el teléfono del auto para comentarle sus sospechas, ella le mencionó que la policía había dejado una foto del chico en la casa. En cuanto Todd viera la fotografía, lo sabría con certeza. Patty le entregó el volante antes de que él pusiera siquiera el portafolios en el piso. El volante mostraba dos fotografías de Nathan. Una parecía tomada de un anuario escolar: un niño sonriente y bien peinado. La otra parecía extraída de un vídeo. Rasgo por rasgo, había poco parecido entre los chiquillos de las dos fotografías, y nada en ellas le recordaba a Todd al niño de aquella mañana, hasta que reparó en los ojos de la fotografía borrosa: los mismos ojos de ciervo acorralado. Y el cabello era igual. -Es él -aseguró Todd-. Debemos llamar a la policía. AL FIN oscureció, y era el momento de que Nathan reanudara su viaje. Le tomó casi una hora de búsqueda frenética encontrar una sola llave de Honda entre un montón de monedas sueltas en el fondo de un cajón de la cómoda. En un arranque de inspiración, Nathan invirtió la última media hora en la calurosa cochera para convertir los dígitos de la matrícula del Honda: transformó los cuatros en unos con un poco de cinta aislante. El Honda arrancó a la primera vuelta de la llave. En pocos minutos ya había salido de la cochera y el automóvil rodaba por la rampa poco inclinada. Su aceleración no era precisamente uniforme, pero tampoco era tan irregular como había temido. El corazón le dio un vuelco al llegar al final de la avenida Little Rocky Trail. Tres autos patrulla que viajaban uno tras otro con las luces azules intermitentes encendidas dieron vuelta para entrar en la urbanización, y se alejaron de prisa por la calle que él acababa de recorrer. Nathan supuso que el tipo de aquella mañana había llamado. -¿ESTÁ SEGURO de que es él? -insistió Greg Preminger. Su tono era brusco y apremiante, y orilló a Todd Briscow a preguntar se si había hecho lo correcto. -¿Cuán seguro quiere que esté? -lo increpó Todd-. Usted dejó una fotografía del chico en nuestra puerta, y estoy diciéndole que el niño que vi se parecía al de la fotografía. La esposa de Todd, su hijo y el perro se habían reunido en torno a la mesa de la cocina para presenciar el interrogatorio. -Repítame qué ropa tenía -pidió Greg. -Ya se lo dije. Llevaba pantalones cortos, de eso estoy seguro, la camiseta de algún equipo deportivo. No recuerdo de cuál. Según los informes procedentes de Virginia, Nathan Bailey se había apoderado, en casa de los Nicholson, de una camiseta de los Toros de Chicago.

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-¿Y a dónde se dirigía la última vez que usted lo vio? -Venía hacia nuestra casa. Estaba cruzando la calle. -¿Podría haber venido de San Sebastián? -quiso saber Greg. -Sí, si hubiera cortado por el bosque -y Todd asintió vehemente con la cabeza. -Creo que eso basta para declarar en forma oficial que usted vio a Nathan -concluyó Greg con una sonrisa. Se volvió hacia los demás policías presentes en la cocina-. Parece que estamos sobre una pista sólida -anunció-. Iremos de casa en casa hasta que demos con él. Greg agradeció a los Briscow su ayuda y salió de la cocina. Al acercarse a la puerta principal, se dio cuenta de que le faltaba la pregunta más importante. -Señor Briscow -empezó a decir, dando media vuelta para dirigirse a la familia otra vez-, ¿sabe si algunos de sus vecinos están de vacaciones esta semana? Todd se sobresaltó. -En realidad todavía no conocemos a mucha gente del vecindario. Tenemos poco tiempo de vivir aquí. Lo siento. -No se preocupe -y Greg se encaminó hacia la puerta. -¡Espere un momento! -exclamó Todd antes de que el policía saliera-. Acabo de recordar que los Grimes, una familia de la otra calle, salieron de vacaciones. A petición de Greg, Todd lo acompañó calle arriba hasta la casa de los Grimes, en el número cuatro mil ciento veinte de Little Rocky Trail. A Greg no le pareció que la casa fuera distinta del resto del vecindario, salvo que recordó que en ésta había sentido el impulso de atisbar por la ventana del frente, porque vio movimiento a través de las cortinas, o más bien le pareció haberlo percibido. Greg desenfundó su arma y ordenó a Todd que esperara en la acera. Todd no sólo accedió sino que volvió a su casa. Greg continuó la búsqueda donde la había interrumpido la vez anterior. Dirigió el haz de su linterna por la ventana del frente. En el resplandor tenue de la luz, nada parecía fuera de sitio. Era sólo una sala a oscuras. Bajó del porche delantero y cruzó el patio lateral. Sin saber con certeza qué buscaba, reparó en que no había ninguna huella en el césped ni vidrios rotos. El patio trasero se veía igual. El único punto imaginable de entrada sería a través de las ventanas de la cocina, que parecían intactas, o por el vidrio de una de las diminutas ventanas del sótano, a nivel del piso. De modo casi inconsciente, admiró la meticulosidad de quien hacía la limpieza: una de las ventanas estaba tan limpia que parecía no tener vidrio. La magnitud de esa idea le puso la carne de gallina. -¡Si seré...! -musitó al darse cuenta de que en efecto faltaba el vidrio. Adoptó la postura de tirador sobre el abdomen e iluminó con la linterna el interior del sótano. En cuanto constató que no había nada vivo ni que se moviera, bajó por el hueco de la ventana. Greg se movía como una araña dentro de la casa. El arma era una extensión del brazo derecho, sostenida en ángulo recto frente a él. Llevaba la culata apoyada en la mano izquierda, con la que también sujetaba una linterna en miniatura para poder alumbrarse el camino. Greg avanzó por el sótano y subió las escaleras como un esgrimista, sin cruzar nunca los pies. Mantenía el equilibrio perfecto para una pelea. Pero en la planta baja no logró encontrar ningún blanco visible.

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Sólo después de concluir una búsqueda minuciosa en la planta alta, Greg descubrió en la mesa de la cocina una nota firmada por Nathan Bailey. Lo bueno era que estaba en la casa correcta; lo malo era que el chico ya se había escabullido. En la nota ofrecía disculpas por haber allanado la casa y explicaba a los dueños que había lavado la ropa sucia. Añadía que estaba muy apenado por robar su auto y que, por cierto, se había hecho de un arma. Greg tomó su radio portátil y oprimió el botón del micrófono.

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Durante los últimos ocho kilómetros, un auto prácticamente se había adherido al parachoques trasero del que conducía Nathan y se rehusaba a alejarse. El niño probó bajar la velocidad para que el tipo lo rebasara, y también aceleró en un intento por perderlo, pero fue inútil. El tipo seguía ahí; las luces altas de su auto, reflejadas en el espejo retrovisor y el lateral, quemaban las retinas de Nathan. Después de ver el desfile de autos patrulla que entraron en el vecindario, Nathan optó por seguir carreteras secundarias. Como tantas otras decisiones que había tomado en los últimos dos días, aquélla pareció empezar bien y descomponerse después. No se había dado cuenta de la sensación de seguridad que le daba pasar de vez en cuando frente a gasolineras y otros sitios ocupados. A la una y media de la mañana no había ninguna luz a la vista ni otros autos, lo que significaba para Nathan que no tendría medios de ayuda cuando aquel tipo del espejo hiciera finalmente lo que estaba planeando. Si embargo, una cosa era segura: había sido muy listo al llevarse el revólver consigo. LAS ÓRDENES de Chad Steadman, asistente del alguacil, eran muy claras: no debía detenerlo sino hasta que las unidades de refuerzo estuvieran en su sitio. Según el último informe de los policías de Pensilvania, Nathan Bailey estaba armado, era peligroso y conducía el Honda que Chad había seguido desde hacía casi veinte kilómetros. Al resplandor de las luces altas del auto, el conductor se veía lo bastante bajo para tratarse de un niño. Y el pegote de la matrícula no habría engañado a nadie. Para matar el tiempo mientras esperaba que se reunieran en él los otros dos patrulleros del condado de Pitcairn que estaban de turno, Chad decidió jugar un rato al gato y al ratón. Se rezagaba alguna distancia y después aceleraba hasta casi golpear el parachoques trasero del Honda. Si el chico emprendía la huida, Steadman tendría motivo para detenerlo. El juego pareció poner un poco nervioso al niño, pero fuera de un ligero zigzagueo, conservó la calma. Steadman vio aparecer la luz de un auto sobre la colina que tenía a sus espaldas, y en el mismo instante se oyó un ruido de estática en el radio. -Coca Siete, en posición con Bravo Quince -dijo una voz a través del receptor. Steadman tomó el micrófono que pendía del tablero y oprimió el botón para transmitir. -Bravo Quince, aquí Coca Siete -respondió para saludar a Jerry Schmidtt, su refuerzo recién llegado-. Hay muchas probabilidades de que sea nuestro chico. -¿Quieres detenerlo ahora mismo?

EN LA OSCURIDAD, el estado de Nueva York era muy parecido a Pensilvania.

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-Negativo. Comando Seis ya viene en camino -advirtió Steadman, dejando sentado en la cinta que grababa todas las conversaciones por radio que estaba listo para hacer su trabajo, aunque su jefe no apareciera por ningún lado. -Bravo Quince, aquí Comando Seis -el transmisor crujió con la voz áspera del sargento Watts, el comandante de turno-. Estoy en la intersección de Halsey con la autopista ciento sesenta y ocho -explicó el jefe-. Lo detendremos aquí. Pondré un bloqueo. Consideren esto como aprehensión de delincuente prófugo. Steadman vivía para las aprehensiones en autopista. Al acercarse al bloqueo, Steadman y Schmidtt encenderían las luces intermitentes y las sirenas y acorralarían al pequeño en un triángulo de vehículos del que no podría escapar. Cubiertos tras de las puertas de sus autos patrullas y armados con escopetas, los tres policías exigirían que el malhechor descendiera del auto y se tirara al suelo, de donde lo levantarían para llevarlo detenido. Si todo marchaba bien, nadie saldría lastimado. No obstante, si el prófugo hacía cualquier movimiento raro, terminaría muerto. NATHAN SE DESCORAZONÓ cuando vio aparecer el segundo par de faros en el espejo retrovisor. "Mantén la calma", se dijo en silencio. "Todavía no te detienen." Frenético, trató de idear una salida. Pronto harían algún movimiento, y quería estar preparado. Tendrían que agarrarlo antes de volver a ponerlo tras las rejas. "Sólo tienes que estar listo para cualquier cosa", pensó. No lo estaba. Más adelante, el bosque a un lado y otro de la carretera dio paso a casas y negocios a oscuras. Fuera lo que fuera, Nathan intuyó que pronto ocurriría algo. Ahí estaba: un bloqueo. Unos cien metros adelante, un autopatrulla se hallaba atravesado en la carretera. Las luces rojas y azules barrían los edificios a su alrededor. En el espejo retrovisor de Nathan, otros dos juegos de luces intermitentes cobraron vida, y lo sobresaltó el aullido electrónico de una sirena. Durante un brevísimo instante, quitó el pie del acelerador, pero enseguida, consciente de que para conservar viva la esperanzas debía seguir en movimiento, pisó el pedal a fondo. Al acercarse al autopatrulla que le obstruía el paso, Nathan no supo a dónde se dirigía; sólo estaba convencido de que, de un modo, u otro, lograría librar el obstáculo. A menos de diez metros de estrellarse contra el autopatrulla, Nathan desvió el Honda hasta la orilla de la cinta asfáltica. El chasis despidió un horrendo chirrido al rozar con el piso. El auto voló un instante y después aterrizó lentamente en el césped sobre las cuatro ruedas. El chiquillo se esforzó para controlar el vehículo, que patinaba en la tierra. Nathan ni siquiera vio la escopeta antes de que disparara. La explosión a su izquierda lo ensordeció por un momento. Dio un alarido cuando nueve perdigones calibre .32 hicieron estallar el vidrio trasero y el poste, rasgaron el asiento y el respaldo del pasajero y se estrellaron en el parabrisas. ¡Los idiotas seguían tratando de matarlo! Aún no recuperaba el control cuando ya estaba de vuelta sobre el pavimento, y el bloqueo se hacía más pequeño a susespaldas. Mientras miraba por el espejo retrovisor, alcanzó a ver el fogonazo de un arma, semejante al flash amarillo de una cámara fotográfica, y después de un instante el espejo voló en pedazos, junto con el resto del parabrisas, en medio de una lluvia de vidrio. Nathan pisó con más fuerza el acelerador. El auto no respondió. -¡No, no! ¡Ahora no! ¡No, Dios mío, te lo suplico!

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El pánico lo invadió. El Honda perdía impulso. El velocímetro marcó cuarenta kilómetros por hora y siguió en descenso. Nathan pisó el freno y el auto se detuvo en plena carretera. "Escaparé a pie si es necesario", decidió. Pero Steadman lo alcanzó antes de que pudiera tocar la manija de la puerta. -¡Enséñame ambas manos! -gritó una voz de adulto atrás de él-. ¡Las manos arriba, o te vuelo la cabeza! Nathan permaneció inmóvil un momento, asimilando el final de su viaje. Levantó las manos despacio, rindiéndose no sólo a la policía sino a su propio destino. Todavía le zumbaban los oídos por el disparo, pero oyó pasos que se acercaban a todo correr desde atrás. Intempestivamente, el cañón de una pistola entró a través de los restos del vidrio lateral y se le clavó en la oreja hasta lastimarlo. -¡Sal del auto! -ordenó alguien. -¡Trae un arma! -gritó otro policía-. ¡Hay un revólver en el asiento del pasajero! Dos pares de manos cayeron sobre Nathan y lo sujetaron por la camiseta y el cabello. Lo sacaron a tirones del vehículo por la ventana lateral rota. -¡Ay! -exclamó Nathan-. ¡Están lastimándome! Haré lo que me ordenen. Sintió que los fragmentos redondeados de vidrio se le clavaban en los brazos, en la barriga y las piernas. Una vez fuera del auto lo lanzaron contra el pavimento con tanta fuerza que quedó sin aire. Una bota sobre la mandíbula le oprimió la cara contra el piso, mientras los otros policías le torcían los brazos atrás de la espalda en un ángulo intolerable para ponerle las esposas. -Por favor, no me lastimen -suplicó Nathan-. Les prometo que haré todo lo que me digan. Con la cadena de las esposas como agarradera, los policías obligaron a Nathan a arrodillarse y luego lo sujetaron de los adoloridos hombros para que se pusiera de pie. Le sangraba la nariz. Un tercer agente se les acercó cuando tenían a Nathan de pie, apoyado contra uno de los autos patrulla. Tenía un aire furioso y perverso, y llevaba un distintivo dorado sobre el bolsillo del pecho. En el otro, tenía una placa también dorada con su nombre: WATTS. El hombre se acercó a un metro del chiquillo. -¿Tú eres Nathan Bailley? -Sí, señor -Nathan asintió con la cabeza. Watts tenía los ojos de un lobo, penetrantes y amenazadores. Se volvió hacia los demás. -Llévense a esta basura de aquí -ordenó. Steadman sujetó a Nathan por los brazos y lo arrojó al asiento trasero del autopatrulla como si se tratara de una bolsa de comida para perros. Durante el viaje de casi veinte kilómetros a la jefatura de policía, Nathan no se movió. Permaneció tendido de lado, con las rodillas encogidas, esperando que volviera la esperanza. LA SUERTE, era muy extraña. Lyle Pointer tenía pensado confundirse entre los policías que rondaban Jenkins Township, haciéndose pasar como un agente del condado de Braddock, Virginia, asignado para seguir los avances del caso en Pensilvania. Habría funcionado. El uniforme y la tarjeta de identificación eran auténticos. Incluso el número de la placa era

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legítimo, pertenecía a un personaje ficticio llamado Terry Robertson, quien supuestamente trabajaba en la jefatura de Bankston. Al menos, ése era el plan. Pero la realidad fue mucho más sencilla. Cuando estaba registrándose en el motel Spear and Musket, el único en Jenkins Township con una habitación disponible que rentaba la noche completa, le llamó la atención un reportaje especial en el televisor de doce pulgadas que tenía el empleado sobre el mostrador. Se preguntó qué podría ser tan importante como para interrumpir a las tres de la mañana las películas que transmitían durante toda la noche. La pantalla mostraba una fotografía de Nathan Bailey con la leyenda DETENIDO. Un satisfecho locutor anunció que la policía había capturado al fugitivo más célebre del país en el condado de Pitcairn, Nueva York. -¡Vaya, vaya! - musitó Pointer para sí. Recordó los mapas: el condado de Pitcairn estaba en la parte sur de Nueva York. Si se daba prisa, podía estar en ese sitio en sólo un par de horas. Sin decir palabra, dio media vuelta y salió del motel. CUANDO LLEGARON a la jefatura de policía, Nathan ya no sangraba por la nariz, y los cortes y magulladuras se habían fundido en un solo dolor que le invadía todo el cuerpo. Las esposas hacía rato le habían adormecido los dedos. Durante el interminable viaje en el autopatrulla, Nathan estuvo a punto de recordarle a su captor, un policía de nombre Steadman, que sólo tenía doce años, y que habían sido necesarios tres hombres para atraparlo. Quería decirle que su papá le había explicado que a los gandules que abusan de los más pequeños se les llama bravucones. Quería decir muchas cosas, pero decidió que el silencio le ganaría mayores recompensas. Steadman bajó del auto en cuanto éste se detuvo de un frenazo. Un instante después, cuando se abrió la puerta trasera, Nathan sintió un soplo del húmedo aire nocturno. Un par de manos lo sujetaron del cuello de la camiseta, del cinturón y lo pusieron de pie. Sabía que el trato rudo era intencional. Querían que suplicara más, pero Nathan ya no les rogaría. Estaba de vuelta en el sistema, y el silencio era lo único que funcionaba. Podían lastimarlo cuanto quisieran, pero no suplicaría ni lloraría. Decidió que resistiría en silencio. Era su fuerza de voluntad contra la de ellos. -Ven conmigo, maleante -ordenó Steadman, que al parecer notó un cambio en el ánimo de su prisionero. La jefatura de policía del condado de Pitcairn era pequeña desde cualquier punto de vista. Consistía sólo en un vestíbulo con un escritorio de guardia, del cual partían dos pasillos. Al final del primero había un pequeño vestidor para uso de los agentes de turno y una habitación que funcionaba como cafetería y sala de reuniones a la vez, donde, seguramente, se realizaban las juntas. Al extremo del otro pasillo había dos celdas para detenidos, que por lo regular estaban desiertas en días hábiles y atestadas de borrachos todos los fines de semana. Steadman condujo a Nathan directamente a una de las celdas. El pasillo tenía una considerable pendiente hacia dos pesadas puertas de madera. El policía introdujo una llave de hierro de estilo anticuado en la cerradura e hizo girar el cerrojo con un fuerte chasquido. La puerta de roble, de ocho centímetros de espesor, se abrió sin hacer ruido y Steadman se hizo a un lado.

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El interior de la celda estaba iluminado a medias por una sola lámpara que pendía del techo de tres metros de alto. Además de las paredes de arenisca roja y el piso de hormigón, los únicos objetos de la celda eran un viejo catre del ejército, de lona y madera, y un sucio retrete. -Bienvenido a su suite, señor Bailey -anunció Steadman con una sonrisa. Nathan intentó erguir los hombros y entrar en la celda con dignidad, pero no lo logró. Tras la máscara de valentía asomaban unos ojos aterrados. -Apóyate contra la pared -ordenó el policía. Sin decir palabra, Nathan obedeció, colocando la mejilla contra los ladrillos rojos y fríos. Steadman le quitó las esposas. -Buenas noches -dijo mientras cerraba la puerta tras de sí-. Que sueñes con los angelitos. Cuando el pesado cerrojo volvió a correrse, el chasquido retumbó en toda la celda húmeda y fría. "De modo que así termina todo", pensó Nathan, "tal como empezó. Otra vez en una jaula por tratar de defenderte". Sintió las lágrimas a punto de brotar, pero las contuvo. "Ya tendrás cincuenta o sesenta años para llorar. No tiene objeto desperdiciar lágrimas en estos momentos." Rayos, hacía frío. Con cuidado tomó de una esquina la frazada de lana del ejército que estaba en el catre, la extendió y la sacudió para buscar bichos. No había ninguno. Se envolvió con la manta y se sentó en el borde del catre, que al instante se desplomó bajo sus escasos treinta y ocho kilos de peso. Alguien había dejado colocada una pata rota como si estuviera íntegra. El golpe contra el piso de hormigón revivió el dolor de sus múltiples lesiones. Esta vez ya no pudo contener las lágrimas. A LAS CUATRO y media de la mañana, el sargento Watts terminó su informe acerca de la captura de Nathan y metió los papeles en un sobre de la policía dirigido al alguacil Murphy. Cuanto más pensaba Watts en la ironía de su suerte, más le irritaba el día que tenía por delante. Él y sus muchachos habían logrado la captura que los citadinos no pudieron; pero a la hora que llegaran los reporteros de la prensa para darle crédito ya estaría fuera de turno y el alguacil sería la estrella de la función. Se sorprendió al oír abrirse la puerta del vestíbulo. Eran raros los visitantes a esa hora. En este caso, se trataba de otro policía con un uniforme que Watts no reconoció. -Buenos días -saludó Pointer animado-. Entiendo que aquí tuvieron un poco de acción ayer por la noche. Watts sonrió, pese al inexplicable recelo que le causaba aquel individuo. -Sí, señor, atrapamos al maleante. ¿En qué puedo servirle? -Me llamo Robertson -mintió Pointer-. Soy policía del condado de Braddock. El chico Bailey es de nuestra jurisdicción. Sólo vine para dar una mano, tal vez llevarlo de vuelta a Virginia después del trámite de extradición -paseó la mirada por el vestíbulo-. Parece una noche muy tranquila. El lugar se ve vacío. Watts se encogió de hombros y bajó los ojos a sus papeles. -En efecto, no hay nadie más que el chico y yo. En cuanto pronunció aquellas palabras, se dio cuenta de su grave error. El problema de Watts era que había trabajado mucho tiempo detrás de un escritorio para poder reaccionar con la suficiente rapidez.

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Cuando vio que el desconocido alzaba el brazo a la altura del hombro, la bala ya iba en camino. ¿QUÉ FUE ESO? Nathan despertó de un sueño poco profundo por un ruido extraño, ¡pum!, como el sonido de un rifle de aire a lo lejos, seguido por el estrépito de muebles derribados y después silencio. No logró identificarlo, aunque sabía que cualquier cosa fuera de lo común en una cárcel implicaba problemas. Era innegable que algo estaba sucediendo. Pudo oír movimiento frente a la puerta y una especie de quejido. ¡Pum! Otra vez. Sólo que ya no pareció un rifle de aire, sino que tuvo más resonancia. Cuando logró entender, sintió que la sangre se le heló en las venas. Esto no podía estar ocurriéndole. Al parecer, la pesadilla todavía no terminaba. El ruido de pasos que se acercaban confirmó sus temores. Quienquiera que fuese este tipo no era un borracho; era un asesino con un silenciador en el arma y tanto interés en ver muerto a Nathan que estaba dispuesto a matar a un policía para lograrlo. -¡Naaathan! -canturreó una voz desde el pasillo. Era el sonido más espeluznante que Nathan hubiera oído. Un arma. ¡Necesitaba un arma! -¡Nathan Baileeey! No te escondas, amiguito -rió Pointer. "Tal vez pueda alzar el catre", pensó Nathan. ¡El catre roto! ¡El maravilloso catre roto! El chiquillo dio dos zancadas hasta el mueble y le arrancó la pata suelta. No era muy grande, pero sí pesada. Quizá podría... Se oyó una llave en la cerradura. Nathan regresó de un salto junto a las bisagras para usar los gruesos paneles de madera como escudo. Vio el arma entrar primero. Apareció rápidamente y rodeó la puerta, como si el intruso supiera el sitio exacto donde el chico se ocultaba. Nathan alzó la pata del catre con ambas manos y la bajó en un arco amplio hasta el arma. Jamás había golpeado con esa fuerza en toda su vida. La pistola cayó al piso, pero no se disparó. Tras un primer golpe, Nathan se preparó para dar el segundo, aunque se contuvo y jadeó audiblemente al ver que su atacante también era policía. -¿Quién es usted? -gritó. Pointer no respondió; sólo se agachó para recoger el arma. Con la velocidad de una serpiente de cascabel, tomó la pistola y giró, preparándose para disparar. Nathan la vio y golpeó con la improvisada cachiporra la nuca de Pointer. El "policía" cayó desmayado. El pánico invadió a Nathan. Se repetía exactamente lo sucedido en el Centro. ¿Por qué había tantos policías que intentaban matarlo? ¿Y por qué se mataban entre sí? Tenía que escapar. Otra vez. Tenía que huir. Otra vez. El vestíbulo estaba desierto, y las puertas abiertas de par en par. Los tenis de Nathan rechinaron al querer aferrarse al piso de linóleo. Ni siquiera redujo el paso cuando llegó a la barrera de protección. Abrió de golpe la puerta delantera de la jefatura de policía y salió a toda prisa hacia la noche. La huida de Nathan del Centro había estado impregnada de miedo y titubeos. Esta noche sólo sentía la necesidad de correr rápido y sin parar. En algún sitio en medio de aquella oscuridad se encontraba su futuro.

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-¡SARGENTO! ¡SANTO DIOS! -la temblorosa voz de Schmidtt era casi un sollozo. La exclamación hizo que Pointer volviera en sí. Un instante después había recuperado la orientación y trazado un plan. Necesitaba atraer al nuevo policía a la celda de algún modo. Era muy fácil. Pointer se quejó en voz alta. No le costó mucho trabajo sonar convincente. Schmidtt llegó en segundos hasta la celda abierta, franqueó el umbral y con el arma sostenida en las dos manos, adoptó la posición de tirador. Su expresión lo decía todo: ¿quién rayos es éste? Pointer estaba sentado contra el muro más distante, con la cabeza caída sobre el pecho. Volvió a quejarse. Schmidtt pasó la vista con nerviosismo por la habitación, en busca del criminal que le había hecho eso a sus colegas. Si abrigó la más leve sospecha respecto al extraño que yacía en el piso, los ojos no la dejaron traslucir. De hecho, la tensión de los hombros se redujo notablemente cuando se acercó a su compañero policía. En cuanto Schmidtt enfundó su arma, Pointer levantó la suya e hizo un solo disparo. La bala arrojó a Schmidtt de espaldas hasta el pasillo. Pointer sostuvo el arma unos cuantos segundos antes de enfundar, hasta cerciorarse de que el policía no se moviera. Le sorprendió cuánta dificultad tuvo para ponerse de pie. El señor Slater no estaría muy complacido; los policías muertos siempre llaman la atención más de lo razonable. Mientras Pointer contemplaba el cadáver uniformado en el corredor, empezó a maquinar un plan. La gente ya creía que Nathan era un asesino. Al ver la prueba física ahí, quizá llegaran otra vez a la misma conclusión. -Has sido un niño malo, Nathan -se burló en voz alta. En el escritorio, se inclinó torpemente sobre el cadáver de Watts para llegar a las grabadoras que registraban las imágenes de las cámaras de seguridad. Oprimió tres botones con el rótulo EJECT y obtuvo otras tantas cintas de vídeo, que se guardó bajo el brazo. Al mirar el reloj le sorprendió descubrir que eran casi las cinco de la mañana. Apretó el paso y salió por la puerta del frente.

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PASÓ MÁS de una hora antes de que Nathan oyera las primeras sirenas, pero cuando
aparecieron, llegaron por montones. Ocasionalmente, desde su escondite en la escalera exterior de un edificio de departamentos, veía los múltiples destellos rojos y azules de las luces giratorias que barrían las paredes sobre la cabeza. En retrospectiva, Nathan se dio cuenta de que había cometido un gran error en su última estrategia de escape. Al salir de la estación de policía jamás se le ocurrió que tendría tanto tiempo para huir. De haberlo sabido, habría corrido mucho más lejos antes de parar y ocultarse. Por lo pronto, calculó que a lo sumo habría recorrido un par de kilómetros desde la prisión. A diferencia del Centro de Detención Juvenil, que estaba ubicado en el campo, la cárcel de este pueblo constituía un anexo del edificio de los tribunales, la estructura más prominente en el centro, dominado por escaparates y callejones. Había pasado frente a la silueta de un monumento alto, parecido a un lápiz gigante, de lo que sin duda era la plaza principal, pero los

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pocos árboles y arbustos que lo rodeaban no le ofrecían ningún cobijo. Cuando corría por el pueblo, todas las ventanas estaban oscuras y no se movía una sola persona ni un vehículo, lo que hizo que se sintiera aún más conspicuo y expuesto. El miedo de ser visto lo orilló a buscar refugio en el hueco de una escalera pintarrajeado con grafitos. A un nivel más bajo que la acera y oculto detrás de cinco cubos de basura galvanizados todavía era invisible desde la calle, pero pronto amanecería y quedaría al descubierto y sin protección. Nathan no sabía qué hacer. Sus opciones de correr a pie o incluso robar un auto ya no eran viables. Y, por supuesto, no podía quedarse donde estaba. Mientras trataba de idear un nuevo plan, la solución apareció en su mente en forma de pregunta: ¿a dónde llevan estos escalones? En la oscuridad de la noche, la escalera había sido tan sólo un agujero negro contra el hormigón blanco. Pero cuando la oscuridad dio paso a tonos grises, Nathan reparó en una puerta que tenía a la izquierda y que sin duda daba a un sótano. En cuanto vio la puerta, reconoció que había descubierto su única opción, pero vaciló antes de moverse. Los sótanos eran lugares donde vivían ratas y cucarachas, sitios siempre oscuros y húmedos. El espectro de las horrendas criaturas que podían habitar en un lugar así, tanto reales como imaginarias, lo hizo estremecerse. Mas, al acercarse otra sirena bajo la luz del alba, Nathan sacó fuerzas de flaqueza y entró en el sótano por la puerta de su izquierda que, por fortuna, estaba abierta. EL TELÉFONO sonó seis veces antes de que Warren, que dormía profundamente, lo oyera. Primero incorporó el ruido a un sueño. Al tercer timbrazo reconoció que ese sonido penetrante era parte del mundo real, pero fueron necesarios dos más para que se diera cuenta de que el mundo real, por el momento, estaba anclado en la oscuridad del motel Spear and Musket. Se acercó el auricular a la cara y masculló: -Michaels. -Hola, Warren. Habla Jed -una voz familiar y alerta lo saludó-. Escucha, anoche atraparon a Nathan Bailey unos asistentes del alguacil local, en el condado de Pitcairn, Nueva York -Jed explicó todo lo que sabía sobre la persecución y el arresto, y terminó con el tiroteo-. La policía del lugar dice que el chico se apoderó de la pistola de uno de ellos y salió de la prisión a balazos. -¿Están muertos los dos policías? -farfulló Warren. -Ni siquiera pudieron defenderse. Warren guardó silencio largo rato. -Yo quería que esto terminara de otra manera -suspiró-. Realmente me tragué la historia del chico. Jed lo entendió. -Creo que todos abogábamos por Nathan. Warren bajó los pies de la cama y vio su reloj de pulso. -Ya que estoy aquí, Jed, iré hasta Pitcairn para ver si podemos ayudar en el arresto de Nathan. Después de colgar, Warren se quedó inmóvil un momento, esforzándose por ordenar sus emociones encontradas y confusas. Reconoció que había perdido la objetividad en el caso. De algún modo mezcló los problemas del chico Bailey con la irreparable muerte de Brian. Emocionalmente le representaba un gran esfuerzo aceptar que el niño podía volver a matar. Brian jamás habría podido matar a un hombre.

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Entonces, ¿cómo podía matarlo Nathan Bailey? Warren sabía que la respuesta era sencilla: eran dos personas distintas. Nathan Bailey era un asesino y un fugitivo peligroso. La misión de Warren era aprehender al chico antes de que matara a alguien más. Ya los tribunales decidirían su destino. Y cayeran los dados como cayeran, Warren viviría en paz con el resultado. Después de todo, no era el padre del pequeño. Y, desde luego, Nathan no era su hijo. DENISE SE sentó en la cama de un salto en el momento en que las palabras del locutor cristalizaron en su cerebro adormilado. -¡No! -musitó. Pero la voz que brotaba de su radio-reloj no dejaba lugar a dudas. "Fuentes policíacas han confirmado oficialmente los reportes de que el llamado criminal favorito de Estados Unidos escapó de su celda en esta apacible población del estado de Nueva York, tras la brutal ejecución de sus dos captores." Denise sintió una especie de golpe en el estómago. ¿Cómo pudo hacerlo? Ella sabía que el chico estaba desesperado; aunque, ¿quién lo habría imaginado? Las palabras de su primera conversación con Nathan retumbaron en su memoria: "No pienso regresar ahí en toda mi vida." ¿Habría querido decir que era capaz de matar con tal de permanecer afuera? Recordó cuán vívidamente había descrito él la muerte de Ricky Harris, en la que Nathan era la verdadera víctima. ¿Era posible que todo fuera una mentira? Denise negó con la cabeza. Aquello no tenía sentido. Podría llamársele intuición femenina o de cualquier otro modo, pero algo en todo esto no cuadraba. Denise trató de imaginarse a Nathan, a quien veía en su mente como un niño más bajo que los chicos de doce años en la vida real, al tiempo que ordenaba a dos fornidos policías que se formaran contra una pared, con las manos en alto, y después los ajusticiaba, serena y metódicamente, como perros. Esta imagen resultaba demasiado absurda, incluso para pasar por cómica. J. DANIEL PETRELLI se enteró de la noticia antes que la mayoría, de boca de un reportero del Washington Post que buscaba obtener una declaración rugosa de un fiscal adormilado. En aquel momento, cuando viajaba a toda velocidad rumbo al norte en un helicóptero, ni siquiera intentaba disimular su alegría ante el nuevo giro de los acontecimientos. Tras hacerlo parecer un idiota durante los últimos dos días, los medios de comunicación al fin iban a reconocer la sabiduría de sus palabras. En un rápido y sorprendente acto de violencia, el niño que por sí solo había puesto en jaque su campaña hacia el senado estaba a punto de presentarlo como el filósofo auténticamente sabio que era; lo que hacía falta para restaurar su imagen senatorial. SAMMY BELL cerró la puerta de la oficina del señor Slater. Permaneció unos instantes de pie, inmóvil, esperando a que se reconociera su presencia. El señor Slater había dirigido el negocio de drogas, protección, usura y prostitución en esa parte de la capital del país por más de cuatro décadas. Durante ese tiempo se había apoyado en Sammy para todo. Si alguien se pasaba de la raya, Sammy, su fiel lugarteniente, lo ponía en orden. Enseguida, el señor Slater alzó la vista de sus papeles y le señaló a Sammy uno de los mullidos asientos para visitantes que había delante del escritorio.

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-Supongo que quieres comentar algo sobre Lyle Pointer otra vez -empezó a decir. Sammy se aclaró la garganta. -Sí. Tenemos que detenerlo, señor Slater. Hoy mató a dos policías. Ya era bastante con el guardia de la prisión. ¡Pero policías! Cuando se corra la voz, todo lo que hemos construido se vendrá abajo. No vale la pena. Debemos sacrificar a Pointer. -¿Y qué hay del dinero? ¿Propones que sencillamente nos olvidemos de él? -Sí -afirmó Sammy-. Nos olvidamos del dinero, tal como usted le dijo a Pointer ayer. Liquidamos a Mark Bailey y desechamos los quinientos mil como mala deuda. -Quinientos mil dólares son mucho dinero, Sammy. -Sí, lo son. Pero no olvidemos quién concibió este plan desquiciado en primer lugar. -Sí, claro. El propio Lyle. -Este asunto de matar a un niño por dinero nos hace parecer animales. Y, además, unos animales torpes e incompetentes. El señor Siater lo hizo callar con un ademán. -Está claro, Sammy. Hay que hacer lo que hay que hacer. Lyle llamará esta mañana. Cuando llame, quiero hablar con él. -Sí, señor. BILLY ALEXANDER era el único niño en la clase de cuarto grado de la señorita Lippincott que prefería la escuela a las vacaciones de verano. En aquélla siempre había algo bueno que comer, amigos con quienes jugar y aire acondicionado. El departamento de Billy, por otra parte, era un verdadero horno. Cuando su mamá estaba en casa, porque trabajaba todo el tiempo, compraba algunos víveres y quizá hasta cocinaba una comida de verdad. Sin embargo, la mayor parte del tiempo el niño debía conformarse con lo que encontraba en las alacenas. Pero lo peor era la soledad. A los diez años, Billy era el chico más joven de su edificio por unos seis años, y el único que no era adicto a la mariguana o al crac. En los dos años que los Alexander habían vivido hasta entonces en los departamentos de Vista Plains, Billy había sido golpeado en cinco ocasiones, y en otras dos estuvo a punto de recibir impactos de bala. Suponía que tarde o temprano acabaría por ser un fracasado como todos los demás; pero, por lo pronto, le gustaba imaginar que las cosas serían diferentes para él. Tenía sus libros y su televisor, y no estaba muerto de hambre ni nada parecido. En ese momento Billy se ocupaba de la labor que detestaba más que otras: bajar la basura al sótano. El sótano de su edificio era un lugar oscuro, húmedo y maloliente donde los vagabundos se refugiaban, se inyectaban o a veces morían. Billy no perdió tiempo. Alzó la tapa del cubo galvanizado y dejó caer las tres bolsas de plástico repletas de basura. Acababa de dar media vuelta para subir las escaleras cuando oyó un ruido. Algunas cajas del rincón se movieron. ¿Qu... quién anda ahí? -preguntó Billy a las espeluznantes sombras-. S... sea quien sea, será mejor que salga. Una tras otra, cajas y bolsas de basura cayeron de la pila que había en el rincón y rodaron por el suelo. Las cajas dejaron ver a un niño blanco, aterrado, que se puso de pie muy despacio. Billy había visto las noticias aquella mañana. Tardó cinco segundos en comprenderlo todo. -Eres Nathan, ¿verdad?

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Nathan asintió en silencio y tragó saliva. -¿Qué haces aquí? Nathan volvió a tragar saliva. -La policía. Todos andan buscándome. -Eso dicen -Billy estudió al otro niño. -¿Cómo sabes quién soy? -preguntó Nathan. -Todo el mundo sabe quién eres. Hasta hoy por la mañana yo creía que eras fantástico. Pero matar a esos policías anoche fue una estupidez. Ahora sí, seguramente te agarrarán. -¡Yo no maté a ningún policía! -protestó Nathan sin reparar en el uso del plural que había hecho Billy-. Otro policía lo mató y luego trató de matarme a mí. -Entonces, ¿quién mató al segundo policía? -¿Cuál segundo policía? -inquirió Nathan, ceñudo. Billy le explicó todo. -¿Y acaso creen que yo hice todo eso? -Nathan se quedó boquiabierto. -¿Qué piensas hacer ahora? -preguntó Billy luego de asentir. -Todavía no lo sé. ¿Qué vas a hacer tú? -No voy a llamar a la policía, si a eso te refieres. Nathan meditó largo rato en su siguiente pregunta antes de atreverse a formularla. -¿Puedo ocultarme en tu casa este día? -Sí, por supuesto -repuso Billy en tono despreocupado-. No hay mucha comida, pero tenemos un televisor, y hay algunos juegos y juguetes. -¿Qué hora es? -Eran como las ocho quince cuando bajé -Billy se encogió de hombros-. ¿Por qué? ¿Tienes una cita? -Necesito llamar a alguien por teléfono alrededor de las diez. CUANDO WARREN llegó a la jefatura de policía del condado de Pitcairn, el lugar estaba atestado de periodistas. Las camionetas de la prensa, con antenas parabólicas sobre el techo, invadían los últimos quinientos metros de la calle principal. Pero la placa de Warren le brindó acceso inmediato al edificio, en medio del enjambre de reporteros y ciudadanos. La primera cara que distinguió fue la de Petrelli, que ya daba audiencia en el vestíbulo. Falto de sueño y con demasiada cafeína en el organismo, Warren sabía muy bien que no estaba preparado para enfrentar a Petrelli en ese preciso momento y trató de pasar inadvertido al cruzar entre la multitud, pero no lo logró. -Teniente Michaels -lo llamó Petrelli con su tono más oficioso-. ¿Puede venir aquí un momento? Warren se detuvo, suspiró y se abrió paso entre un grupo de agentes de policía para detenerse al lado de Petrelli. -Les presento al teniente detective Warren Michaels -anunció J. Daniel Petrelli al grupo-. Salvo por algunos problemas en este caso, el teniente Michaels es uno de los mejores policías que tenemos en todo el condado de Braddock. Le pedí que viniera para colaborar en la captura del peligroso Nathan Bailey.

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Warren le dirigió una mirada fulminante. Nadie le había pedido que hiciera nada. Se hallaba en Pitcairn por su propia voluntad, y no estaba muy seguro de cómo podría reaccionar el jefe cuando se enterara. -Lamento los problemas, J. Daniel -musitó en voz apenas audible para Petrelli-. No todos podemos tener tanto éxito como el que has alcanzado en los últimos días. Experto en fingir sordera, Petrelli hizo caso omiso de aquel comentario. -Todos sabemos lo que está en juego -prosiguió el fiscal-. Ahora pongamos manos a la obra para detener a este animal antes de que pueda lastimar a alguien más. -¿Tenemos luz verde para eliminarlo si es necesario? -inquirió uno de los agentes, de unos veinte años de edad-. Me refiero a que es un niño. No quiero pasar el resto de mi carrera en un tribunal si nos enfrentamos cara a cara y yo gano. El murmullo que corrió por el grupo dio a entender la aprobación a lo sugerido por el joven policía. Petrelli estaba listo para responder. -Desde el principio expresé mi opinión de que debemos tratar a este monstruo como a un adulto. Pero la decisión no depende de mí, agente. Eso deberá indicarlo el alguacil Murphy. Todos los ojos se volvieron hacia un hombre calvo y robusto que estaba separado de Petrelli por Michaels. Murphy apretó la mandíbula y encaró a sus hombres. -Esta madrugada, dos espléndidas familias perdieron a buenos esposos y padres -empezó a decir en voz baja-. Esos hombres eran mis amigos, y colegas de ustedes. En respuesta a su pregunta, agente, sí, tiene luz verde. Si se siente amenazado, elimínelo. -Ahí lo tienen, señores -concluyó Petrelli-. Ésas son sus órdenes. Vayan y traigan de regreso a ese animal. Warren estaba horrorizado. Cuando el grupo de policías se dispersaba y salía a cumplir sus órdenes, Michaels boquiabierto se volvió hacia Murphy y hacia Petrelli. -Petrelli, acabas de emitir una orden de ejecución contra ese niño. ¿Quién te da derecho de formar un piquete de linchamiento? Eres un funcionario judicial. ¡No tienes fuero para autorizar una ejecución! Los ojos de Petrelli ardían con farisaico ira. -Sólo estamos tratando de terminar el trabajo que tú no pudiste concluir, teniente. Si matan al niño será porque se lo merecía. Cuando lo arresten, deberá ser cuidadoso. Eso es todo. Warren reconoció que no tenía objeto hablar con Petrelli. Volvió su atención hacia Murphy. -Alguacil -lo recriminó-, esos hombres consideran que usted acaba de autorizarlos para matar a un niño de doce años. -Mire, teniente -respondió con paciencia-, mis muchachos saben cómo hacer su trabajo. Si pueden atrapar al chico vivo, así será. Si representa una amenaza, terminará frío. Es muy sencillo. -¡No es tan sencillo! -¡Sí, sí lo es! -de pronto, Murphy se dejó llevar por la ira. -No me diga cómo manejar mi jefatura, teniente Michaels. Ese animal mató a dos de mis hombres. Aquí están las fotos -le arrojó a Warren un manojo de fotografías Polaroid-. Si ustedes no hubieran fallado así, yo no habría tenido que consolar a dos viudas esta mañana. Ahora es mi caso, y lo enfrentaré a mi modo.

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Sin decir más, el alguacil dio media vuelta y se dirigió a su oficina, seguido de Petrelli. LO ÚLTIMO QUE Lyle deseaba en el mundo era telefonear al señor Slater. Sin embargo, era un profesional, y uno de los deberes de los profesionales es enfrentar sus propios errores. Lo comunicaron de inmediato. -Oye, Lyle, ¿es cierto lo que dicen las noticias? -inquirió la voz áspera del hombre-. ¿Es cierto que dejaste escapar otra vez al chico Bailey? -Lo siento, señor Slater -explicó Pointer, sorprendido por el temblor de su propia voz-, pero así es. -Cállate, Lyle -ordenó el señor Slater-. Ya no quiero oír tus excusas. Quiero que dejes en paz al niño y regreses acá de inmediato. Necesitamos discutir algunas cosas. Pointer no podía controlar la respiración. -¿Y qué hay de Mark Bailey? ¿No desea que...? -Ya nos encargaremos de él. Por lo pronto ven aquí. Te espero en mi oficina hoy por la tarde, a las cinco. ¿Entendiste, Lyle? -Sí, señor -respondió Pointer con voz ahogada, como si ya estuviera muerto. WARREN SE INSTALÓ en una oficina vacía, donde repasó las fotografías Polaroid por sexta vez. Se habían hecho tres disparos, todos letales. La puntería era asombrosa. ¿Dónde aprende un chiquillo a tirar así? Anotó esa idea en un bloc de papel amarillo. La prueba física circunstancial era innegable, pero Warren no lograba armar todo el cuadro en su mente. ¿Cómo había podido aprender a matar con tal habilidad un niño de doce años que había pasado la mayor parte de sus años Normativos en un suburbio de clase acomodada? Tenía que haber matado primero a Schmidtt. Sino, ¿cómo había obtenido el arma? Warren anotó en su bloc: “¿Traía el arma?" No. El arma que había tomado en casa de los Grimes apareció en el Honda, sin usarse. Podía haber tenido otra; sin embargo, ¿dónde la habría ocultado? El informe decía que lo habían registrado meticulosamente antes de encerrarlo. Así que, de un modo u otro, Nathan había sometido a Schmidtt. Con la puerta de la celda abierta, habría tenido acceso al pasillo. Entonces, ¿por qué Watts no reaccionó? Cuando uno oye disparos pasillo abajo, no se queda sentado. Reacciona. Como mínimo, debió de haber un tiroteo en el pasillo. Pero al sargento Watts lo mataron en su silla. Michaels caminó hasta el escritorio de guardia e hizo algunos rápidos cálculos mentales. El joven policía asignado para mantener la seguridad en la escena le cedió el paso. Warren se colocó detrás del escritorio para reproducir los hechos. -Muy bien -dijo en voz alta-. Estoy sentado aquí, ocupado con el papeleo, y oigo disparos en el pasillo. ¿Qué hago? -Se levanta y va a investigar -respondió el joven. -Correcto. Sí. Es exactamente lo que usted haría -asintió Warren-. Como reacción al ruido, correría por el pasillo con el arma desenfundada, ¿no es verdad? Listo para cualquier tipo de enfrentamiento. -Sí -declaró el agente.

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Warren asintió. Las piezas caían en su sitio. -En efecto. Tal como usted dijo -revisó las fotografías una vez más-. Pero el arma del sargento Watts estaba en la funda. ¿Por qué en la funda? El joven se encogió de hombros. -No tengo la menor idea. -Supongamos que, para empezar, ni siquiera desenfundó. -Eso tampoco tiene sentido -refunfuñó el agente. -No, no lo tiene -asintió Warren, pensativo-. Si un policía oye disparos, desenfunda. A menos que... "Supongamos que alguien le disparó primero a Watts", pensó Warren. Primero el tiro en el pecho y luego, tendido ya en el piso, un disparo a la cabeza. Eso sí era lógico. ¿Y Schmidtt? Tendría que haberle disparado después. Bueno, tal vez no tendría, pero al menos las cosas serían más congruentes. De pronto, la mente se le iluminó. En un solo momento de inspiración, se dio cuenta de que habían analizado toda la prueba en torno a la fuga de Nathan desde la perspectiva errónea. Esos dos policías nunca habían sido el objetivo de quienquiera que los mató. Simplemente se interpusieron en su camino. Warren se estremeció cuando el rompecabezas estuvo en su sitio. Nathan tenía problemas mucho más graves de lo que él mismo había imaginado. -Agente, llame al alguacil Murphy de inmediato -ordenó-. Y dígame dónde hay un teléfono. JED HACKNER casi dejó caer el auricular cuando oyó la teoría de Warren Michaels. -¿Un matón profesional? Warren, ¿estás seguro? -Piénsalo, Jed -lo apremió Michaels-. Si suponemos que alguien pagó para que Nathan fuera asesinado, todo lo demás encaja a la perfección. Este niño no es un asesino; únicamente se está defendiendo. -Con el debido respeto, Warren, ¿no crees que estás exagerando el beneficio de la duda? -Sé que parece como si hubiera perdido la razón, pero piensa. Esto va más allá de los asesinatos. ¿Cómo explicas la descompostura del sistema de vídeo en el Centro, no todo el sistema, sino sólo las partes que habrían mostrado las idas y venidas de Ricky? -Y el boleto de avión -en ese momento, Jed vio claro. -¿Cuál boleto de avión? Jed le contó de su charla con Mitsy. -Creo que no hay duda -afirmó Warren. Su voz desbordaba alegría-. ¿Por qué otro motivo se habría metido Ricky Harris en tantos líos para matar a un niño? Uno no tira su vida por la borda solamente porque le desagrada un interno del Centro de Detención Juvenil. Y, además, todos le desagradaban. Alguien tuvo que pagarle. -Mi duda es la siguiente, ¿quién podría pagar para que mataran a un niño? -inquirió Jed. -No tengo idea -admitió Warren-. Precisamente quiero que lo averigües. Dijiste que indagarías algo más sobre Ricky Harris. Así que investiga sus antecedentes financieros. Trata de identificar a la persona que le pagó.

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-Ya empezamos -Jed frunció el entrecejo-, aunque no hemos conseguido gran cosa. Oye, espera -un sobre amarillo estaba en su bandeja de correspondencia desde la última vez que pasó por su oficina. Tenía el logotipo de un banco, Braddock Bank and Trust-. Tal vez haya algo. Aquí están sus estados de cuenta bancarios. Creo que acaban de llegar. -Muy bien. Empieza por ahí. Consígueme argumentos para demostrar que Nathan es un buen chico, y Ricky, el villano. -De acuerdo, jefe. -Y otra cosa. -¿Sí? -Incluye al patrullero Thompkins en la investigación -pidió Warren-. Después de la semana que ha tenido le caería bien una palmada en el hombro. -En otro tiempo -sonrió Jed-, nadie era tan amable con nosotros, ¿verdad? -Sí, lo sé -rió Warren-. Pero, si me equivoco en este caso, todos cambiaremos de puesto, o incluso de trabajo.

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NATHAN MARCÓ sin cesar durante más de una hora, hasta que al fin pudo comunicarse.
Después de treinta timbrazos, contestó una voz familiar. -Hola, soy yo -saludó el chico sin más rodeos-. Necesito hablar con Denise. Enrique reconoció la voz. -Espera un instante, Nathan. Estoy seguro de que tomará tu llamada en un momento. Los radioescuchas han estado muy duros contigo hoy. -No lo dudo -farfulló el niño-. Sin embargo, yo no maté a los policías, si a eso te refieres. -Me da gusto oírlo. Te comunicaré enseguida. -Nathan Bailey, ¿eres tú? -preguntó Denise. -¡Yo no fui! -gritó Nathan de inmediato con un tono defensivo. Estaba al aire. Denise oyó el pánico en la voz y tuvo que contener las lágrimas. -De acuerdo, cariño. Yo te creo -lo consoló-. Por favor, sólo dinos lo que pasó. Nathan obedeció. HARRY THOMPKINS no podía creer lo que acababa de oír. -¿El teniente me nombró a mí específicamente? -Michaels podía haberlo despedido, y nadie hubiera objetado-. Creo que estoy en deuda con él. Jed le dio una palmada en el hombro al joven agente. -En efecto -reconoció con aire jovial-. Ahora, manos a la obra. El teniente Warren Michaels quiere que demostremos que alguien está pagando para que maten al chico Bailey; que por eso

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Harris trató de asesinarle. Tenemos los estados de cuenta de Ricky, que revelan un depósito de veinte mil dólares hecho hace tres semanas; y, después, el retiro total de los fondos la mañana del día en que murió. Cuando terminemos con ese asunto, quiere que probemos que a los policías de Nueva York no los asesinó Nathan sino un matón profesional. Los dos estamos convencidos de que el verdadero blanco era el niño. -¡Eso es! -exclamó de pronto Harry. -¿Eso es qué? Harry no respondió. Tan sólo descolgó el teléfono y marcó el número de información. -El hospital de Braddock, por favor -pidió después de una breve pausa-. urgencias. Servicio de

TAD BAKER no había vuelto a pensar en el asunto de los Bailey desde que habló con Harry Thompkins la última vez. Cuando oyó que el policía le llamaba por teléfono, tardó un par de minutos en recordar su última conversación. -¿Qué tal, Harry? -saludó afable al tomar el auricular. Harry fue directo al grano. -Tad, ¿recuerdas nuestra charla del otro día? Si estás de acuerdo, no dices nada y... -Sí, la recuerdo -lo interrumpió. -Muy bien, pues tengo otra teoría. ¿Listo? Tad miró a su alrededor. No había nadie que pudiera oírlo. -Eso supongo. Harry respiró profundamente. -Aquí vamos. Creo que alguien le rompió los dedos intencionalmente a Mark Bailey porque deseaba perjudicarlo. Se hizo una pausa. Tad no dijo palabra. -Tal vez un matón profesional. Silencio. -Un millón de gracias, doc -dijo Harry. -Sí, de nada. Jamás volveremos a hacerlo. La línea se cortó y Harry colgó el auricular. -¿De qué se trata todo esto? -quiso saber Jed. -Vamos, sargento -respondió Harry, que ya se dirigía a la puerta-. Se lo explicaré en el auto. Jed lo siguió. -¿Crees que el tío del chiquillo lo hizo? -No. Pero apostaría cien dólares a que él sabe quién fue. DE UN MODO u otro, Lyle Pointer sabía que era hombre muerto. Pero si el señor Slater creía que iba a entregarse como una oveja en el matadero, si pensaba que se olvidaría del niño Bailey y en cambio haría un viaje suicida a las fauces de los perros de presa de Slater, estaba muy equivocado. Lyle tenía un trabajo pendiente, y ese trabajo estaba ahí, en el condado Pitcairn.

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Nathan Bailey le había robado su honor. Un infeliz chiquillo lo había convertido en un hazmerreír. Lyle Pointer sólo estaba seguro de una cosa: el niño no viviría para participar de la broma. El colmo había sido la llamada del mocoso a la radiodifusora esa mañana. Hasta ese momento, matar siempre había sido un negocio. De pronto se convirtió en algo personal. Y estaba dispuesto a disfrutar hasta el último segundo. ¿A dónde va un niño cuando los policías lo obligan a esconderse?, se preguntó. Las dos primera noches, el novato tuvo tiempo para elegir sus escondites. Pero esa madrugada fue distinto, ¿o no? Había tenido que decidir con rapidez. Quizá habría salido del distrito comercial a toda prisa para dirigirse a las afueras. ¿Habría robado otro auto? Era posible, pero las veces anteriores había tenido las llaves. Conectar la marcha directamente era mucho más difícil de lo que la televisión hacía parecer. Pointer estaba dispuesto a apostar que el chiquillo no sabía cómo hacerlo. Eso significaba que seguía a pie. ¿Qué distancia podía recorrer? Pointer se ufanaba de su lógica para tales asuntos, y estaba seguro de que el niño andaba cerca. ¡Si tan sólo pudiera localizarlo con precisión! El teléfono. El radio. Ahí, en algún sitio, estaba el nexo. ¿Qué era lo que había leído en los diarios? Un artículo sobre el testigo de Pensilvania que avistó al niño. Trabajaba para la compañía telefónica, ¿no era así? Sí, así era. El idiota dijo que se había sentido "fatal" porque no había reconocido al chiquillo antes. Pointer empezó a concebir un plan. El testigo... sí, Todd Briscow. Lo tenía delante, en la página del diario. Tal vez haría cualquier cosa para mitigar su culpabilidad, ¿o no? Pointer calculó que serían necesarias cinco llamadas telefónicas para obtener el número que necesitaba. Sólo hizo tres. PARA SU GRAN alivio, Todd descubrió que sus amigos y colegas se mostraron más benévolos hacia él que él mismo. En lugar de criticarlo por no haber actuado antes, lo felicitaron por su disposición para colaborar. De hecho, hacia el mediodía Todd logró comprender cuál había sido su auténtico papel: el elemento crítico que resolvió el caso de Nathan Bailey. Cuando su secretaria le dijo que llamaban de la oficina del fiscal del condado de Braddock, Virginia, casi corrió a su despacho. Cerró la puerta y descolgó. -Habla Todd Briscow. ¿En qué puedo servirle? -preguntó con gran aplomo. A los oídos de Pointer, Todd sonaba como un perro jadeante. -Señor Briscow, habla Larry Vincent, de la oficina del señor Petrelli -mintió-. Quiero decirle, a nombre del señor Petrelli, cuánto agradecemos su colaboración para resolver el problema de Nathan Bailey. -En realidad no fue nada -respondió Todd, efusivo. -No diga eso -lo contradijo Pointer con igual efusividad-. Si no fuera por la ayuda de ciudadanos como usted, jamás podríamos abatir el crimen en la sociedad -durante dos largos minutos, Lyle continuó alabando el sentido cívico de Briscow. Cuanto más decía, más ansioso parecía por oírlo. -Le agradezco mucho su llamada -dijo Todd al fin, para dar por terminada la conversación, que empezó a volverse bochornosa. -¿Sabe? Antes de que colguemos, me preguntaba si podría hacerme un favor. Necesitamos su ayuda por última vez. -Dígame qué necesita y lo haré con gusto. Pointer se lo pidió. Todd no supo qué contestar.

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-Lo siento, señor Vincent, pero no es posible. Está pidiéndome que viole la ley. Usted sabe que... -Vamos, señor Briscow. Creo que no me ha entendido -insistió Pointer, zalamero-. Tenemos que poner a Nathan Bailey bajo custodia otra vez, y usted tiene la clave para hallarlo. Todd sintió que no le quedaba otra salida. Pointer interpretó correctamente su silencio como una respuesta afirmativa. -De acuerdo -reconoció Pointer-. Le daré treinta minutos para obtener la información que necesito. Volveré a llamarlo exactamente en media hora. Y, señor Briscow... -¿Sí? -Le recuerdo que el tiempo es vital en este asunto. MARK BAILEY únicamente quería que terminara el sufrimiento tanto mental como físico. Volver a oír la voz de Nathan en el radio lo puso al borde de la locura. En cuanto Mark vio las noticias por la televisión, comprendió lo que había sucedido. Y aunque se permitió, durante un instante, sentirse reivindicado por el fracaso de un asesino "profesional" para concluir el trabajo que le había pagado a Ricky hacía tanto tiempo, ¿acaso era posible que sólo hubieran pasado tres semanas?, Mark estaba consciente de lo que seguía después de esa noche. Pointer no era de los que asumen la culpa solos. No. Querría compartir la gloria con un amigo. Tras acabarse la enésima botella de whisky, Mark hizo el pacto consigo mismo de que recuperaría la sobriedad lo suficiente para idear algún plan. Si la historia se repetía, volvería a ser coherente en pocas horas. Durante treinta y tres años Mark había tenido que sobrevivir por sus propios medios, oprimido por la sombra de Steve, su hermano perfecto. Un año antes, cuando levantó cargos contra el hijo huérfano de éste, Mark sonrió al imaginar lo que habría pensado Don Perfecto Abogado, exitoso hombre de negocios y presidente de su generación en la universidad, al ver cómo trataban a su hijo exactamente con la misma falta de respeto a la que Mark se había acostumbrado. La mirada del enano miserable lo dijo todo. "¿Por qué a mí?", preguntaban suplicantes los ojos de Nathan. "Porque lo digo yo", dio a entender la desvergonzada sonrisa de Mark. La venganza era placer de dioses. En aquel entonces todo había parecido muy sencillo. ¿Quién hubiera imaginado que iba a complicarse tanto? Nada de esto era su culpa, por supuesto. Si el viejo le hubiera tenido el mismo respeto que al perfecto Steve, Mark jamás habría necesitado dinero fácil. Cuando el viejo le informó que su herencia dependía de que terminara sus estudios en la universidad, Mark no creyó ni por un instante que hablara en serio. Pero lo decía absolutamente en serio, tan en serio como un ataque cardiaco. Cuando el viejo murió, su testamento quedó forjado en hierro, inmutable. Steve tenía todo; Mark, nada. Incluso Nathan recibió una buena porción, pero Mark no. En lugar de compartirla, Steve invirtió la herencia en inmuebles y en su bufete de abogado. Y luego, dos meses después de que el mercado de bienes raíces se desplomó, Steve terminó convertido en papilla en un cruce de ferrocarril. Mark era sagaz y estaba acostumbrado a sobrevivir. Los supervivientes se vuelven hábiles para descubrir las oportunidades que la adversidad encierra. Cuando supo que había un nuevo huérfano en el mundo, naturalmente supuso que habría dinero para su manutención. Y, además, el dinero de su querido viejo. La ironía era en verdad deliciosa. Salvo que no había tal dinero. La fortuna de Steve se había evaporado al desplomarse el mercado, y los fondos de Nathan estaban en un fideicomiso que el niño no podía tocar sino hasta

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los dieciocho años. El chiquillo crecía como la mala hierba y comía sin parar. Todo eso costaba dinero, mucho dinero. Por supuesto, había una póliza de seguro por un cuarto de millón de dólares, pero se acabó muy pronto. El dinero de verdad, según descubrió Mark, estaba en el negocio de la importación. A través de algunos amigos conoció gente que a su vez conocía gente. Si lograba juntar quinientos mil dólares y viajar a Colombia, esos quinientos mil podían convertirse en más de cinco millones. Tendría todo resuelto de por vida. Entonces aparecieron Lyle Pointer y el señor Slater en escena. En las calles, Mark había oído mencionar el "banco" de Slater. Fue necesaria toda su labia para obtener el dinero: un préstamo a treinta días con veinte por ciento de interés. Pero, ¿qué importaban cien mil de los grandes cuando el objetivo eran cinco millones? El veintisiete de mayo, el piloto que había contratado despegó a bordo de un avión alquilado para hacer la compra que convertiría a Mark en un hombre rico. Cuando el avión no regresó, empezaron los problemas para él. Algunos especularon que el piloto se había matado en una repentina tormenta sobre el Golfo de México, pero Mark reconoció la verdad. Comprendió que, en algún lugar, alguien estaba gastando sus cinco millones de dólares sin haber invertido ni un centavo. Treinta días después, en el momento exacto en que Mark había recibido el préstamo, Pointer apareció en su puerta para exigir el pago. Mark pidió sólo un poco de tiempo. Había algunos problemas para distribuir la droga, explicó con gran aplomo, y Pointer se compadeció: le dio un día más. Pero el reloj seguía su marcha. Su plan era retirar el resto del dinero de su seguro, veinte mil dólares, y entregarlos al día siguiente como anticipo. Empero, para el día treinta y uno, Lyle Pointer había descubierto la mentira, y cuando Mark le ofreció los veinte mil, Pointer se rió de él. No, eso no servía, le aseguró. De pronto, el matón perdió todo interés en los motivos por los que Mark no podía pagar su deuda, y sustituyó la discusión por un refinado plan para mostrarle todo un nuevo universo de dolor. La golpiza duró casi media hora antes de que Pointer dijera otra palabra. -¿Sabes, Bailey? -Lyle hablaba retrepado en el sofá de Mark, mientras desenvolvía de manera metódica una gran tira de goma de mascar-, investigué un poco sobre ti. Eres gente de dinero. Tu familia tiene millones, y esperas que el señor Slater crea que no puedes pagar la miserable cantidad de seiscientos mil dólares. Antes de que te rebane el gaznate, ¿puedes explicarme los motivos por los que nos lo habías ocultado? Aunque había pasado un mes desde aquella tarde, Mark aún sentía el dolor. Todavía recordaba la exagerada paciencia del matón mientras escuchaba la historia de cómo excluyeron a Mark de su familia. Cuando terminó, Pointer pareció auténticamente decepcionado al reconocer que no tenía más opción que abrirle la garganta de un tajo. Fue el brillo de la navaja lo que hizo a Mark concebir lo inimaginable. Sí había un modo, susurró jadeante. Mark recordó una cláusula en el testamento de su padre. El viejo había establecido un fideicomiso para sus nietos, y Nathan era el único. Valuado en poco más de tres millones de dólares, el fideicomiso tenía como objeto pagar los estudios universitarios de los nietos y después ayudarles a establecerse. Sin embargo, también había una cláusula de excepción. "En caso de que algún nieto falleciera antes de su decimotercer cumpleaños y antes de concluir un curso de estudios acreditados según se define en el párrafo octavo, el legado se entregará al padre del difunto o, si tal entrega no fuere posible por cualquier motivo, la citada cantidad se distribuirá entre mis descendientes vivos, en partes proporcionales."

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Resultó que Pointer también era un superviviente, con un agudo olfato para cuidar de su propio bolsillo. Menos de un minuto después de enterarse sobre la cláusula de excepción, Pointer ya tenía un plan. Dejaría que Mark viviera un poco más, con el único objetivo de que matara a su sobrino y recibiera el dinero de la herencia. Mientras tanto, Pointer lo protegería de la ira del señor Slater a cambio de doscientos mil dólares. Mark se encargaría de los detalles, pero Pointer le advirtió que esperaba un trabajo limpio. Como reconoció que los detalles pueden ser muy costosos, le devolvió el anticipo de veinte mil dólares. El resto fue asombrosamente sencillo. Mark descubrió a Ricky siguiendo a los guardias que salían del Centro de Detención Juvenil al concluir su turno y se reunían a beber en un bar llamado Woodbine Inn. Los hombres sonaban descontentos y se quejaban sin cesar de todos los aspectos de su trabajo. Entre ellos, el más vociferante era uno joven y flaco de nombre Ricky Harris. En el transcurso de la velada, Mark le invitó a Ricky muchos tragos. Era casi la medianoche cuando le propuso el trato. Según le explicó, Ricky sólo tenía que liquidar al chico y largarse del país. Veinte mil dólares alcanzaban para mucho en algunos lugares del mundo. Quiso la suerte que veinte mil dólares fueran más dinero del que Ricky Harris había visto en su vida; y, cuando descubrió que el blanco era Nathan Bailey, pareció entusiasmado. Así empezó. Y en ese momento, mientras Mark permanecía sentado en el calor sofocante de la casa que pronto ya no sería suya, se maravillaba al recapacitar en lo mal que había salido todo. Unos golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones. Mark se dirigió tambaleante a la puerta y la abrió de golpe. Era un hombre corpulento, de unos sesenta y tres años, que surgió contra el brillante resplandor del Sol. -¿Qué quiere? -preguntó Mark. El hombre entró sin esperar a ser invitado. -Vine a hablar contigo, Mark -respondió-. El señor Slater te manda saludos.

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LO PRIMERO en que Jed reparó cuando él y Harry Thompkins se detuvieron frente a la
descuidada casa de Mark Bailey fue en las cortinas cerradas. Le daban al inmueble un aspecto siniestro y abandonado. -Me pregunto si habrá alguien en casa -pensó en voz alta, dirigiéndose a Harry. Algo no andaba bien. Frente a la entrada había una Ford Bronco, envuelta en el vapor que ascendía del piso a causa del calor. Era cerca del mediodía, y la temperatura ya rondaba los treinta y seis grados centígrados. -Es su vehículo -señaló Harry-. En el mismo sitio que ayer. -Este lugar me da mala espina -musitó Jed-. persianas están cerradas. Parece una casa abandonada. Todas las

-La Bronco sigue en la entrada -señaló Harry-. Tal vez sólo trata de mantener la casa fresca.

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Jed descendió del autopatrulla y subió sin hacer ruido por el patio delantero, ligeramente inclinado, hacia el porche. Harry lo siguió. Éste se sorprendió cuando vio que Jed extrajo su imponente Glock 9 milímetros de la funda que traía oculta bajo la chaqueta deportiva. -¿Qué está pasando? -preguntó sorprendido al tiempo que también desenfundaba. -No lo sé -susurró Jed-. Es un presentimiento. De pie a un lado de las bisagras, protegido en caso de que alguien disparara por el vano de la puerta, Jed llamó con varios golpes fuertes. No hubo respuesta. Harry adoptó una posición similar a la de Jed, al lado del picaporte. -¡Mark Bailey, es la policía! -gritó Jed-. ¡Abra la puerta! Pese al ruido, nada se movió en el interior de la casa. Jed miró el picaporte y lo señaló con la cabeza a Harry, que trató de abrirlo. Como no cedió, Jed abandonó su puesto defensivo y adoptó la postura de tirador, apuntando con la pistola en ambas manos, mientras Harry giraba para estrellar la suela de la bota contra la puerta, poco arriba del picaporte. Como si la hubieran abierto con dinamita, la puerta cedió con un chasquido y rebotó contra la pared. Harry la detuvo con el hombro. Desde su incómodo sitio en el lado izquierdo, Harry podía cubrir el pasillo del frente, que estaba a su derecha. Con tres rápidas zancadas, Jed entró para cubrir el lado izquierdo. -¡Mark Bailey! -volvió a gritar-. ¡Somos policías! Harry permanecía agazapado, listo para entrar en acción; sin embargo, nada se movió. -Revisa esta planta -ordenó Jed-. Yo iré arriba. Se separaron. Jed apenas había llegado a lo alto de la escalera cuando Harry a voces lo llamó desde la sala. -Sargento, lo encontré -anunció Harry, bastante alterado-. Está en la sala... muerto. Jed corrió escaleras abajo. Harry acababa de concluir una revisión frenética de la planta baja cuando Jed entró en la sala. -¿El asesino se fue? -preguntó. Harry asintió con la cabeza. -Sí. El lugar está limpio. El cadáver de Mark Bailey estaba atado con fuerza a una silla, con la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo. Tenía la boca abierta, una caverna grotesca rodeada de manchas carmesí. Jed usó el teléfono de la mesita que estaba junto al sofá para llamar a la unidad de investigación criminal y al médico forense. Mientras esperaba en la línea, inspeccionó el resto de la sala; en particular le llamó la atención el televisor roto. Los diarios de tres días estaban apilados en el sofá, todos abiertos en artículos que hablaban de Nathan. Mientras Jed esperaba con impaciencia que contestaran en la oficina del forense, los ojos se posaron en un montón de papeles, documentos legales, según reconoció por las líneas numeradas y los márgenes amplios. Lo decía claramente la primera página: última voluntad y testamento de alguien llamando William Steven Bailey. Como no tenía nada mejor que hacer, hojeó al descuido las hojas engranadas. Algo en la página catorce del testamento le llamó la atención. A la mitad del segundo párrafo, irguió la espalda y se sentó en el borde del mullido sofá. -¿Qué encontró, sargento? -preguntó Harry, aprovechando la oportunidad para ver algo que no fuera el cuerpo.

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-El móvil -declaró Jed, tajante. -Oficina del forense. Habla Julie -le dijo una voz al oído. Jed le pidió que esperara un momento. -DÉJEME VER SI entendí -resumió el alguacil Murphy, después de escuchar a Warren-. ¿Quiere que pase por alto toda la prueba física que tenemos y coordine los esfuerzos de mis hombres a encontrar a un supuesto matón profesional? Warren escudriñó los rostros del alguacil y de Petrelli, encaramado como una cotorra junto a su colega. Sólo una profunda y arraigada convicción en el sistema de justicia impidió que Warren empezara a golpearlos. "Es inútil", se dijo. "Para estos dos, el trabajo policiaco es sólo cuestión de votos y nada más." Como Warren no contestó, ni dio muestra alguna de pretender contestar, Petrelli rompió el silencio. -Warren, estoy muy preocupado por ti -declaró con exagerada condescendencia y moviendo la cabeza-. Todos sabemos lo dura que fue para ti la muerte de tu hijo el año pasado. Creo que tal vez has perdido la perspectiva en este caso. Quizá deberías retirarte voluntariamente de él. Así, no tendré que pedirle al jefe Sherwood que te excluya de la investigación. Las palabras de Petrelli hirieron a Warren como un mazazo. ¡Zas! Lo peor de todo era que Petrelli tenía razón. Warren no debía seguir adelante con el caso. Había estado consciente de ello desde que vio la imagen congelada del vídeo del Centro. El corazón estaba tan inmiscuido en el asunto como la cabeza; no obstante, había creído que reaccionaría de manera profesional y objetiva cuando fuera necesario. Sin embargo, el punto en discusión no era la objetividad. Si Petrelli desacreditaba a Warren, encargado de la investigación, el fiscal podría recuperarse en parte del daño político que la popularidad de Nathan le había infligido. -¿Qué dices, Warren? -insistió Petrelll-. ¿Por qué no renuncias de una vez? Warren sonrió amablemente. -¿Por qué mejor no te mueres, J. Daniel? Sabía reconocer cuando perdía. También sabía que el jefe Sherwood era el único ser humano en la Tierra que detestaba a Petrelli todavía más que Warren. Las amenazas de Petrelli eran del todo huecas. -Ya fue suficiente -intervino el alguacil Murphy-. Teniente Michaels, creo que esta reunión ya terminó. -Mire, alguacil -Warren se volvió hacia Murphy-, lo único que le pido es prudencia por parte de sus hombres. Están buscando a un asesino llamado Nathan, no a una víctima llamada Nathan. Eso cambia por completo el modo en que piensan arrestarlo. ¡Usted les dio autorización para dispararle, por el amor de Dios! -¿Es necesario que alguien lo acompañe, teniente? -ofreció Murphy. En ese momento sonó el teléfono-. Puedo conseguirle una escolta. A Warren no le quedaba nada por hacer. Cuando daba media vuelta para retirarse, oyó que Murphy contestaba el teléfono y se lo pasaba a Petrelli. -¿De qué rayos hablas? -explotó Petrelli-. ¡Yo no hice semejante cosa!

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Warren se detuvo unos pasos antes de llegar a la puerta para oír subrepticiamente la conversación. Esta vez, el fiscal y futuro senador parecía tan confuso como iracundo. -Entiende, Stephanie -dijo, tras oír un largo rato-, te digo que yo no llamé a nadie. ¿Acaso piensas que quiero suicidarme? El juez Verone me encerraría en un segundo. Warren empezó a atar cabos. "Stephanie" tenía que ser Stephanie Buckman, quien había presentado la ridícula solicitud de Petrelli ante el juez Verone el día anterior. Warren recordó además lo que Jed le había informado momentos antes acerca de la llamada de Nathan de esa mañana a la estación de radio. Cuando vio el panorama completo, el pulso se le aceleró. ¡Alguien trataba de rastrear la llamada de Nathan! Por más que Warren Michaels deseara detectar alguna jugarreta de Petrelli como causa del desacuerdo anterior entre éste y su asistente, sabía que el despreciable gusano dejaría linchar a su propia madre antes que aceptar el desprestigio que le causaría violar una orden judicial. El perseguidor de Nathan preparaba su siguiente movimiento. Warren cruzó la oficina de un salto y le arrebató el teléfono a Daniel Petrelli. -Stephanie, habla Warren Michaels -la saludó de prisa-. Esto es asunto de vida o muerte. Ustedes descubrieron que alguien trató de rastrear la última llamada telefónica que hizo Nathan Balley, ¿no es así? -S... sí -aceptó Stephanie con un tartamudeo. -¿Esa persona logró conseguir el número? -S... sí. Pero, ¿por qué...? -¿Hace cuánto tiempo? -Warren casi gritaba. -No... no lo sé con exactitud. Probablemente hace más de veinte minutos. -Déme el número -exigió. -Teniente... -Mire, Stephanie, necesito ese número. El tipo que lo pidió es el asesino. Por favor, déme el número. -Ya sabe que si usted usa esta información, cualquier prueba será inválida. -No me importa -aseguró Warren-. Lo único que necesito es ese número. Tras una larga vacilación, Stephanie se lo dio. En cuanto terminó de recibirlo Warren colgó de golpe. Sin decir palabra, abandonó la oficina de Murphy al tiempo que marcaba en su teléfono celular. DENISE SE SORPRENDIÓ por el margen en que los radioescuchas de la tarde se inclinaban en favor de Nathan. Después de haber sonado tan alterado aquella mañana, a esas horas Nathan parecía haberse tranquilizado mucho. En general, se reservó los detalles relativos a su captura y escapatoria. Cuando Denise señaló que los guardianes de la ley parecían morir como moscas en presencia de Nathan, el chico no tuvo una respuesta ensayada. Sólo insistió en que era una víctima igual que los demás o, al menos, una víctima en potencia. Y, si los agentes de la policía querían matar a alguien, ¿qué mejor lugar que la prisión? -Disculpe -los interrumpió una voz extraña-, habla la operadora. Debo interrumpirlos porque hay una llamada de urgencia. Adelante, señor. Se oyó un clic y, enseguida, la voz de Warren se incorporó a la conversación.

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-Nathan, habla el teniente Michaels, de la policía del condado de Braddock. -Un momento, teniente -protestó Denise-. En caso de que no se haya enterado, ayer ganamos la demanda. -Sí, señora, ganaron -confirmó Warren-. Tendré mucho gusto en explicarle después; pero, por el momento, Nathan corre un grave peligro. Hijo, tienes que salir ahora mismo de donde estás. El hombre que trató de matarte anoche está a punto de llegar ahí. Nathan palideció. -¿Cómo sé que no es una trampa? -preguntó aturdido. -No lo sabes -repuso Warren-. Sólo debes confiar en mí. Aunque no lo creas, hijo, soy uno de los buenos. Ahora, ¡huye! -¿A dónde? -preguntó el niño con un nudo en el estómago. Warren no había planeado tanto. Sólo se le ocurrió un lugar en el pueblo, y estaba en el corazón del conflicto: el obelisco de la plaza principal. -¿Puede sacarnos del aire un momento? -le pidió a Denise, en tono suplicante y amable. Denise percibió la sinceridad en la voz del policía, el temor. -De acuerdo -accedió-, pero yo seguiré oyendo. -¿Es indispensable? -preguntó Warren. -Sí, a menos que quiera oír el tono de marcar. -¿No podría quitarse los audífonos? Denise dio un suspiro audible al micrófono. -De acuerdo. Tienen treinta segundos para ustedes solos. Enrique la miró como si se hubiera vuelto loca, pero imitó su ejemplo y se quitó los audífonos. En todos sus años de trabajar en la radio, sería el primer medio minuto en que tendría las orejas descubiertas. Sintió un frío extraño. -Adelante, amigos -les indicó Denise-. Su tiempo ya está corriendo. Enrique, vamos a comerciales. MIENTRAS NATHAN ESCUCHABA, sintió que su mundo se volvía muy pequeño, limitado tan sólo a él y a ese policía llamado Warren Michaels. Primero que nada, Nathan se enteró de que había una conspiración para matarlo, y que la policía no estaba implicada en ella. Después, oyó que casi todos los agentes que estaban en la calle creían que él había matado a los policías de la prisión la noche anterior, y que tenían autorización de dispararle si se oponía al arresto. Por último, supo que ese tal teniente Michaels era la única persona en el universo en la que podía confiar, y que lo más importante y sensato que podía hacer era dejar que el propio Michaels lo detuviera. -Por fin la fuga ha terminado, Nathan -concluyó Warren Michaels-. Tienes que confiar en alguien, y yo soy tu única opción. ¿Sabes dónde se encuentra el monumento de Lewis y Clark, en la plaza principal? -¿Se refiere usted a la torre alta y puntiaguda? -preguntó el chico-. Sí, la conozco. -Ve allá y nos encontraremos. Traigo un traje marrón con camisa azul y corbata de rayas. Me reconocerás. Parezco policía. Nathan sonrió.

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-Supongo que usted ya sabe cómo soy yo -aventuró. -Todo el mundo conoce tu cara, amigo. Ahora, ¡corre! Nathan colgó el teléfono y miró a Billy Alexander. -¿Confias en él? -preguntó Billy. Nathan reflexionó un momento antes de responder: -Sí. LAS INSTRUCCIONES de Billy para llegar al obelisco fueron breves, completas y aclararon los borrosos recuerdos que tenía Nathan de su huida la noche anterior. El joven fugitivo se ató los cordones de los tenis a toda prisa y se dirigió a la puerta del departamento. -Gracias, Billy -se despidió-. No tenías que ayudarme. Te lo agradezco. Billy metió la mano en un bolsillo de los pantalones y le entregó un juguete de unos ocho centímetros: la figura de Cyclops, uno de los Hombres X. -Toma. Me da buena suerte. Nathan aceptó el regalo de buen grado y lo guardó en el bolsillo delantero de los maltrechos pantalones cortos. -Gracias -repitió. A un tiempo, ambos reconocieron el sonido de las sirenas que se acercaban-. Debo irme ya -concluyó, y salió por la puerta del departamento. Apenas había dado tres pasos por el corredor cuando oyó unos pies que corrían a sus espaldas. -¡Oye, Nathan! -lo llamó una voz. El cuerpo de Nathan reaccionó a esa voz antes de que su cerebro pudiera identificarla. Se arrojó de bruces sobre la alfombra sucia del pasillo al oír el sordo ¡pum! que ya conocía y le era familiar, y una diminuta lluvia de yeso se desprendió de la pared. Rodó hacia la izquierda, y la segunda bala se estrelló en el lugar que acababa de ocupar en la alfombra. Nathan corrió a gatas hasta un recodo del pasillo y se lanzó en el último metro para cubrirse detrás del muro. El polvo de yeso le hirió los ojos cuando un tiro dirigido a la cabeza se estrelló en la pared. Antes del último disparo, Nathan alcanzó a ver fugazmente a su atacante. Iba vestido con uniforme de policía. Nathan no se detuvo. Rodó otra vez para ponerse de pie y corrió por el segundo pasillo. Sólo quince metros más y estaría en la puerta que daba a las escaleras. Faltaban sólo cinco metros, y al golpeteo de los pies se sumó el retumbar de las pisadas del policía. Cuando oyó que los pasos de Pointer se detenían de pronto, Nathan comprendió que estaba en problemas. Oyó otro disparo ahogado en el mismo instante en que un puño invisible lo golpeaba en el lado derecho del tórax, y un agujero redondo y perfecto apareció en la puerta metálica, a diez centímetros de él. Tambaleante, Nathan franqueó la puerta y voló escaleras abajo, usando el pasamano metálico para saltar de un descanso al siguiente. Cuando llegó abajo, se atrevió a dar un vistazo hacia arriba. Pointer venía dos pisos atrás, pero ganaba terreno con rapidez. Nathan se alejó de las escaleras y atravesó el sótano en dirección a la luz. Impulsado por el miedo, traspasó la puerta de la calle como si no estuviera ahí. Trece pasos adelante, cruzaba la vía hacia el patio de una escuela. Las sirenas estaban muy cerca.

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Justo en el momento en que Lyle Pointer franqueó la escalera exterior y llegó a la acera, el primer autopatrulla apareció por la esquina. Entonces, con un movimiento suave pero muy estudiado, Pointer destornilló el silenciador de la Magnum y la enfundó disimuladamente. Saludó a los policías que llegaban con un amable movimiento de cabeza y cruzó la calle con aire despreocupado hacia la escuela.

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PETRELLI VOLVIÓ a llamar a Stephanie, y en pocos minutos ya habían relacionado el
número telefónico con la dirección. Como el número lo había obtenido originalmente un tercero, Petrelli no estaba desacatando la orden del juez Verone. El arresto sería válido. El alguacil Murphy había despachado a los departamentos de Vista Plains todas las unidades disponibles, unos trece vehículos policíacos, para detener a Nathan Bailey. Y, así como las polillas siguen la luz, los reporteros se dirigieron en pos del ulular de las sirenas. Los que habían estado al pendiente de las comunicaciones policíacas sabían que iban detrás del chico Bailey; los que escuchaban a Denise estaban enterados de que Nathan ya se habría marchado cuando llegaran. Lo que nadie sabía con precisión era hacia dónde se dirigía el chico. Las primeras unidades que llegaron al edificio de departamentos bloquearon todas las salidas. Con éstas bajo control, los policías podían ganar el tiempo necesario para esperar al escuadrón táctico especial del condado de Pitcairn, cuyos elementos llegaron uno por uno, cada quien en su propio vehículo. El oficial Steadman, que era el principal francotirador del grupo, fue uno de los últimos en acudir a la escena. El líder del escuadrón táctico decidió entrar rápidamente y por la fuerza, derribar la puerta y sacar al chiquillo sin negociar. Recordó a sus hombres que la presa tenía antecedentes innegables de haber matado policías. Les ordenó que no corrieran riesgos innecesarios. Si el chiquillo se mostraba agresivo, entonces debían liquidarlo sin miramientos. El grupo de siete integrantes se lanzó escaleras arriba. Una vez que llegaron al sexto piso, se movieron con agilidad y en silencio hasta el departamento seiscientos doce. Tommy Coyle abrió la puerta de un puntapié y entró agazapado hacia la izquierda, mientras Gale Purvis hizo lo propio hacia la derecha. Después de contar hasta dos, el resto del grupo invadió el departamento, listos para disparar. -¡Policía! ¡Que nadie se mueva! Delante de ellos, en la sala, un niño negro, de aproximadamente diez años de edad, estaba tendido en un sofá. El pequeño se incorporó y les sonrió; su actitud era asombrosamente tranquila frente a todas las armas. -¡Hola, amigos! -los saludó Billy, festivo-. Están saliendo en televisión. CUANDO ESTABA SEGURO de que no había nadie alrededor, Nathan corría todo lo que le permitían las piernas, pero donde pensaba que podían verlo, reducía el paso hasta una marcha rápida, con la esperanza de pasar inadvertido. Al menos en dos ocasiones notó que lo reconocían. Podía verlo en los ojos de las personas. Cada vez que miraba sobre el hombro, no veía rastro de Pointer. Nathan se dijo que se había librado del hombre, pero en su fuero interno sabía que se engañaba.

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Todo había cambiado. Ya no estaba evitando que lo capturaran. Solamente importaba el hecho de que la policía trataba de matarlo. Sabían que había matado a Ricky, creían que había asesinado a otros policías y lo buscaban para acabar con él. Incluso el objetivo de Nathan al correr había cambiado. Mantenerse libre se volvió secundario; lo primordial era seguir con vida. Ahí estaba, buscando a un policía que le aseguraba ser digno de confianza, para que él pudiera llevarlo de regreso al Centro, donde todo había empezado. Mientras Nathan corría, evitando a la gente y agazapándose en esquinas y callejones, el sudor lo cubrió de pies a cabeza y le causó un dolor ardiente en las costillas. Cuando creyó que era seguro descansar, se ocultó tras un cubo de basura y se sentó en un viejo cajón de leche. Respiraba agitadamente. Se atrevió a mirarse por primera vez el costado, donde la sangre empezaba a mancharle la ropa. Se quitó la camiseta muy despacio y observó la herida. Se veía horrible: una masa púrpura e hinchada, unos diez centímetros abajo de la axila, alrededor de una tajada en la piel del grueso de un dedo y del largo de una vela de cumpleaños. -¡Cielos! ¡Me dieron! -musitó. No le dolía más que un raspón profundo, pero no logró obligarse a tocarlo. Pensaba que recibir un disparo debía ser una experiencia más aterradora. Sin embargo, en este día no era sino otro dolor, resultante de un ataque más de un adulto más. Consciente de que debía proseguir, Nathan se puso de pie y volvió a ponerse la camiseta de los Toros de Chicago por la cabeza. La prenda estaba sucia, manchada de sangre y desgarrada en una docena de lugares, sin contar el aguiero de bala. -¡Oye, tú! -gritó un hombre desde la puerta trasera de un restaurante. Nathan reaccionó de inmediato y salió a toda carrera del callejón, sin volverse siquiera para ver quién gritaba. -¡Oye, tú eres Nathan Bailey! ¡Deténte! -siguió gritando el hombre-. ¡Detengan a ese niño! ¡Es Nathan Bailey, el que mató a los policías! A media cuadra de distancia Pointer oyó los gritos. Estaba cerca y lo sabía, pero no reconoció cuánto sino hasta que vio al hombre que señalaba frenético a la calle. MÁS O MENOS al mismo tiempo en que el alguacil Murphy recibió el aviso del escuadrón táctico de que el chico había salido de los departamentos de Vista Plains, empezaron a llover en el Centro de Operaciones del condado de Pitcairn llamadas telefónicas de personas que había visto a Nathan. La labor del alguacil Murphy consistía en marcar cada punto en un mapa dentro de la camioneta habilitada como unidad de mando y deducir el modo de adelantársele. Al principio, Murphy supuso que el último sitio al que iría el niño sería de regreso al centro del pueblo donde había cometido sus crímenes. Pero no cabía duda de que era ahí a donde se dirigía. LAS CAMIONETAS de los noticiarios se habían unido a la flota de autos patrulla que intentaba interceptar al niño. Arriba, dos helicópteros que transmitían noticias a estaciones de televisión de Búfalo y Syracuse seguían los acontecimientos desde el aire. En Washington, D.C., un diminuto televisor había sido llevado al estudio de Denise en Radiocharlas 990 para que pudiera atestiguar el curso de los acontecimientos. Denise estaba dispuesta a brindar a su auditorio un recuento minucioso de lo que ocurría en Pitcairn.

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EN CUANTO RECOBRÓ la pista de su presa, Pointer se movió entre la muchedumbre como un torpedo que se dirige al blanco. Caminaba de prisa, pero sin correr, cerrando gradualmente la distancia entre él y Nathan. Los separaban tan sólo unos quince metros y un grupo de personas, de modo que no podía apuntarle y disparar. El niño avanzaba sin precipitación; era claro que ignoraba que Pointer le pisaba los talones. El matón había decidido vengarse simulando un arresto. Esposaría al niño y se lo llevaría "detenido". Ya a solas lo liquidaría cuando no hubiera testigos. Empero, el chiquillo era rápido. Pointer tendría que esperar hasta encontrarse prácticamente encima de él para entrar en acción. Calculó que serían unos tres minutos más, pero los acontecimientos dieron otro giro inesperado. NATHAN SE ACERCABA. Ya alcanzaba a distinguir el obelisco a la distancia. El tipo del restaurante lo había desconcertado con sus alaridos. Si el policía asesino hubiera estado en un radio de cien metros, habría oído al entrometido gritar su nombre. ¿Por qué la gente no podía ocuparse de sus propios asuntos? Alguien sujetó a Nathan desde atrás como una tenaza asfixiante; le sujetó los brazos a los costados y lo levantó en vilo. -Se acabó, niño. ¡Te tengo! Nathan sólo podía ver un par de antebrazos musculosos que le cruzaban el pecho. -¡Suélteme! -gritó Nathan. Pataleó frenético y se retorció en todas direcciones. Cuando los brazos se aflojaron un poco, Nathan empezó a zafarse. Impulsó la cabeza hacia atrás para golpear al hombre en la nariz; éste lo soltó, se tambaleó y por fin se desplomó al suelo. Nathan cayó de pie y se agazapó, preparado para defenderse del siguiente atacante. El hombretón, en el suelo, gemía en voz alta. -¡Que alguien lo detenga! -pidió. -¡Alto ahí, señor Bailey! -dijo una voz desde atrás. El sonido de la voz de Pointer hizo saltar a Nathan como una descarga eléctrica. Giró sobre los talones, y ahí estaba el asesino, aún con el uniforme de policía y apuntando con el arma al pecho de Nathan. Ambos sabían que, a esa distancia, el sujeto no podía fallar el tiro. LOS TRIPULANTES de un autopatrulla reconocieron a Warren al pie del monumento. El plan del alguacil Murphy era sencillo: encontrar a Warren Michaels y mantenerlo vigilado; así, tarde o temprano tendrían a Nathan bajo custodia. Por el modo en que actuaba el teniente, resultaba lógico que hubiera dispuesto encontrarse con el niño. Y, después de que Petrelli relató el asunto del hijo de Michaels, también se explicaba su intenso afán protector. Era obvio que el hombre había perdido la perspectiva. Al menos, ése fue el mensaje que recibió el agente Steadman, conocido en clave como Paco Uno. Sus órdenes eran apostarse en el tercer piso de un edificio de oficinas en contraesquina del monumento de Lewis y Clark. Desde ahí, tendría una visión completa del área que rodeaba al obelisco. Durante los últimos diez minutos, con Steadman ya en su puesto, Michaels no había hecho más que caminar de un lado a otro y ver su reloj constantemente. Mientras Paco Uno lo observaba por la mira telescópica de su rifle Remington, el detective parecía inquieto. Steadman interpretó esa inquietud como prueba de que la otra parte se demoraba.

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Después de tres años como francotirador en el escuadrón táctico, Steadman estaba consciente de que era capaz de enfrentar lo que fuera. La idea de vengar la muerte de sus amigos hacía todo mucho más fácil. Steadman había visto el arma en el asiento del auto del niño y los horrendos agujeros en la cabeza de sus colegas. La edad de Nathan no engañaba al oficial Steadman. Sabía de lo que era capaz una mente criminal como ésa. El arresto se llevaría a cabo pronto y, si el asesino de policías intentaba cualquier acto de violencia, Steadman le volaría los sesos sin miramiento. -¡FUE ÉL, NO YO! -gritó Nathan al tiempo que retrocedía hacia el círculo de curiosos-. Fue él quien mató a los policías. Pointer sintió que se ruborizaba. -Tírate al piso, niño -ordenó, haciendo una seña con el cañón del arma. Nathan trató de colarse entre las personas, pero no lo dejaron. -¡Yo no hice nada! -gritó, implorando ayuda con los ojos-. ¡Por favor, no dejen que me lleve! -nadie se movió para ayudarlo-. ¡Tienen que creerme! Un hombre alto vestido de traje salió de entre la muchedumbre y se colocó a menos de un metro tanto del policía como del chico. Nathan vio su mirada bondadosa. -Me llamo Albert Kassabian -dijo el hombre-. Soy abogado. Creo que puedo resolver este problema. -Yo también -siscó Pointer-. Mi solución es que usted no se entrometa y me deje cumplir con mi trabajo -hablaba sin quitar los ojos del niño. -No reconozco su uniforme, agente -continuó Kassablan, afable-. ¿De dónde viene? Pointer sintió que perdía el control. Decidió llevar la farsa un poco más lejos. -Soy policía del condado de Braddock, Virginia -explicó-, allá se busca a este jovencito por asesinato. -Le diré qué haremos -ofreció Kassabian en tono conciliador-. Dejemos las cosas como están hasta que llegue alguno de nuestros policías y haga el arresto. Nathan reconoció que ésa era la mejor oportunidad que podía tener para huir. Se acuclilló, giró hacia la izquierda y se escurrió entre la muchedumbre. Pointer vio al niño desaparecer ante él y disparó. El tiro le fracturó la rótula a una mujer que estaba atrás del sitio donde había estado Nathan. El matón se volvió hacia Kassabian e hizo varios disparos. El abogado cayó de bruces. Pointer volvió a apuntar el arma y la muchedumbre se dispersó. Las personas se dejaron caer a tierra como si hubieran sido víctimas del tiroteo. En menos de diez segundos, Nathan había ganado unos doce metros. Pointer echó a correr detrás de él. La carrera continuaba. -¡SANTO Dios! -exclamó Denise al micrófono con voz casi ahogada-. El policía acaba de disparar a dos personas. Nathan corre por la calle, tratando de escapar. Entonces el pobrecillo sí decía la verdad. Denise lloraba, algo que jamás había hecho al aire. -Corre, cariño -suplicó-. ¡Rayos! ¿Dónde están los verdaderos policías?

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EN LA CAMIONETA de mando, Petrelli se inclinó sobre el hombro de Murphy para mirar el drama que se desarrollaba en vivo por televisión. Al principio, el alguacil se mostró complacido por el inminente arresto; después, vio el uniforme extraño, observó a dos votantes caer heridos y reconoció de inmediato que Michaels había tenido razón desde el principio. Cayó en la cuenta de que todos sus hombres estaban fuera de posición, listos para tenderle una trampa a Bailey en el monumento de Lewis y Clark. Ordenó a la operadora que todas las unidades se desplazaran hacia el lugar del tiroteo; un minuto después, dio la contraorden cuando se percató de que Nathan encabezaba la persecución hacia la plaza. WARREN CONSIDERO la posibilidad de que la primera detonación proviniera del escape de un auto. Al oír la segunda, comprendió lo que ocurría. Desenfundó su Smith & Wesson de cañón recortado, ocupó dos segundos en colgarse la placa dorada en el bolsillo y echó a correr hacia la acción. DESDE SU SITIO, Steadman no pudo precisar de dónde procedían los disparos, de modo que siguió a Michaels con la mira telescópica, por lo cual tuvo que cambiarse de la ventana del frente a una lateral para seguir su avance. El corazón le dio un vuelco cuando un niño sucio y harapiento, que correspondía a la descripción de Nathan Bailey, apareció en su campo de visión. Un policía uniformado, al que no reconoció, venía apenas unos pasos detrás. Steadman colocó el rifle en posición. NATHAN TRATÓ de acelerar, pero las piernas no le respondieron. Los pasos rápidos que lo perseguían iban acortando la distancia. Esta vez, las personas lo esquivaban para evitar una colisión. Ya no tenía aliento para pedir ayuda. -¡Ese niño es un fugitivo! -lo señaló Pointer-. ¡Deténganlo! Un adolescente corpulento, con jersey de un equipo de fútbol americano, acató la indicación y le cerró el paso a Nathan, deteniéndolo con el brazo izquierdo. Nathan ya no tenía fuerzas para oponerse al adolescente. Cuando sintió que Pointer lo sujetaba por el cuello de la camiseta, se supo perdido. Intentó tirar un puñetazo, pero lo detuvo una potente bofetada. WARREN AMINORÓ la marcha cuando vio que Nathan se abría paso entre la muchedumbre hacia él. Se sintió aliviado de que el niño siguiera con vida, aunque el pavor en los ojos de éste le confirmó que el peligro le pisaba los talones. El joven con el jersey de fútbol americano apareció de la nada y en verdad estropeó las cosas. Antes de que Warren pudiera reaccionar, Pointer ya tenía sujeto a Nathan del cuello con el antebrazo y lo arrastraba consigo. Warren corrió otros diez metros. -¡Policía! -le gritó al impostor-. ¡No se mueva! Pointer reaccionó al instante. Levantó a Nathan en vilo y usó como escudo el cuerpo del chiquillo que se retorcía. -¡Atrás, cerdo, o le vuelo la tapa de los sesos! -gritó Pointer y apuntó con la Magnum a la sien del niño.

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-No voy a ningún lado -declaró Warren-. Suéltelo y vivirá. De lo contrario, está usted muerto -Warren trató de atemorizarlo en posición de tirador, pero sabía que jamás podría dispararle sin herir a Nathan. Nadie dispararía mientras Pointer tuviera al niño como escudo, y éste era su última carta para negociar. EN LA CAMIONETA de mando, Murphy golpeó con el puño. -¡No puedo creerlo! ¡Tengo a un asesino como rehén de un secuestrador disfrazado de policía! Le arrebató el micrófono a la operadora. -Aquí comandante a Paco Uno. ¿Qué posibilidades de éxito tienes en este instante? La distancia había aumentado a cien metros, y la imagen en la mira de Steadman era mitad policía y mitad niño en continuo movimiento. -Pésimas -respondió-. Por cierto, ¿quién es mi objetivo? ¿El policía o el niño? -Parece que el policía es tu objetivo básico -contestó Murphy tras una pausa-, a menos que el niño amenace a alguien. NATHAN NO PODÍA respirar. Con los pies en el aire, no tenía fuerzas en los brazos para sostenerse. Sintió que la cabeza iba a estallarle en mil pedazos. Delante de él, entre la niebla y el dolor, distinguió a un hombre con un arma, vestido con traje marrón, camisa azul y corbata de rayas. Gritaba algo que Nathan no pudo oír. El hombre tenía una mirada amable y triste. Parecía un buen tipo. -PACO UNO a comandante. ¿Tengo luz verde si el blanco se pone a tiro? -Afirmativo, Paco Uno. Steadman sonrió. Al fin había llegado su momento, pero el blanco era difícil. A esa distancia, cualquier suspiro, un movimiento repentino del objetivo, podía convertir un disparo certero en una tragedia. Cargó un tiro de calibre .30, apoyó el cañón en el antepecho de la ventana y se dispuso a esperar su oportunidad. Ésta se presentó. Pointer lo miró directamente. Paco Uno no tuvo tiempo de planear el tiro. Apuntó arriba de la ceja derecha del blanco, a la zona sin reflejos, y tiró del gatillo. El disparo fue perfecto. Ante millones de telespectadores en vivo, Lyle Pointer se desplomó. UN VIOLENTO impacto sacudió grotescamente el cuerpo de Nathan. El niño gritó y cayó a tierra. De pronto, como si alguien hubiera encendido un interruptor en su cerebro, tomó conciencia de un ejército de hombres armados, todos con uniforme de policía, que se acercaban a él. “¡Otra vez no, por favor! No quiero volver a pasar por esto." Recogió el revólver de Pointer de la acera, donde había caído, y lo empuñó con ambas manos. -Aléjense de mí -gritó-. ¡Aléjense o disparo!

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La línea azul se detuvo y se oyó el chasquido de las armas, cuando quince policías adoptaron la posición de tirar, rodilla en tierra. AL OTRO LADO de la plaza, Steadman fijó el cruce de la retícula del Remington en Nathan. -Paco Uno a comandante. Ahora tengo al segundo objetivo en la mira. Solicito instrucciones -dijo por el transmisor. -Espera -fue la respuesta. WARREN SE adelantó a los demás. En forma ostensible, enfundó el arma y tendió las manos donde Nathan pudiera verlas. -Soy yo, Nathan -murmuró con suavidad-; el teniente Michaels. Hablamos por teléfono. Soy tu amigo, Nathan. Los ojos de Nathan estaban desorbitados. Inclinó la cabeza un poco al oír la voz de Warren. -Nathan, ya terminó todo, hijo. Ya sé lo que ocurrió. Sé que nunca quisiste hacerle daño a nadie. Ya acabaron tus problemas, chico, así que baja el arma y vamos a arreglarlo. Nathan ya conocía esas palabras. Había escuchado promesas y compromisos. Había creído en los buenos, en la confianza y la esperanza, pero siempre fueron mentiras. -No. Es una trampa -declaró-. Usted me matará -y amartilló el revólver. -Nathan, escúchame -suplicó Michaels, mirando más allá del amenazador cañón del arma a los ojos del niño que la sostenía. Mírame. Yo no te lastimaría por nada en el mundo, hijo -dio un paso adelante-. Tienes que confiar en alguien, Nathan. Empieza por confiar en mí. Confía en mí. ¿Cuántas veces había oído eso? Confía en el tío Mark. Confía en el juez. Confía en el supervisor. Sin embargo, esta vez tenía que confiar en el policía. Pero los ojos de este policía eran amables. Y el tipo le sonreía. Entonces Nathan recordó su cara en la televisión... era el de la camiseta de tenis. -Seamos amigos -invitó Warren, acercándose un paso más. Ésa fue la clave que cambió todo el panorama. El labio inferior de Nathan empezó a temblar cuando bajó el arma y la dejó caer al pavimento. -No tengo amigos -gimió lastimosamente y cayó de rodillas. Los hombros se le encorvaron y los ojos se le llenaron de lágrimas-. No puedo más -susurró, y sus facciones se transformaron en las de un niño triste que necesitaba un abrazo. Mientras Nathan sollozaba en la acera, Warren lo miró incómodo un momento; después, muy despacio, con la gracia de quien lo ha hecho en incontables ocasiones, se acercó al niño y se sentó a su lado. Cohibido al principio, pero luego con la calidez y la ternura de un padre compadecido, atrajo a Nathan hacia sí y acarició la maraña de cabellos sucios. Nathan percibió un sutil aroma de loción para afeitar y sudor, el aroma de la fuerza. Cerró los ojos y se dejó transportar a épocas más felices y lejanas. -Ya terminó todo, hijo -musitó Warren con voz entrecortado-. Ya nadie podrá lastimarte -estrechó a Nathan y lo meció suavemente-. Todo está bien. Durante largo rato permanecieron juntos, sentados en la acera y llorando como dos criaturas, en televisión nacional.

Huye, Nathan, huye

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A SOLAS en el tranquilo estudio, Denise observaba en silencio, con los dedos apoyados en los labios y el rímel corrido por las mejillas. A través de los audífonos, Enrique dijo algo acerca de estar al aire, pero ella no logró pronunciar palabra. Cuando las cámaras tomaron de cerca a Nathan Bailey y al policía vestido de civil, una sonrisa llorosa floreció tras sus dedos. Al fin todo había terminado. -¡Bravo, Nathan! -exclamó Denise al micrófono, al tiempo que alzaba la coca de dieta hacia el televisor-. Brindo porque otra vez seas un niño.

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