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Paisaje chino

Son las 6:00 en punto de un tranquilo atardecer de verano.


Me siento y escribo:

Hacía tiempo que no visitaba la casa del poeta. Habíamos


tenido una grave diferencia tiempo atrás, y desde entonces
no me sentaba ya en su amplio patio con tamarindos (tan
frío en invierno, sin embargo). En fin, que ya no me
portaba por allí, cuando recibí la noticia (al principio
lejana, como un eco) de que estaba gravemente enfermo.
¿Qué hacía, ir o no ir? El agravio pesaba en mí como una
losa. Pero finalmente decidí ir, pensando que quizá fuera la
última vez que lo viera y no quería que se quedara con ese
rencor, con esa idea fija, como sangre coagulada.
Cuando llegué, la esposa me recibió con una mirada
sombría, de gran abatimiento, pero con cierta alegría
detrás, según me pareció, como cuando alguien nos pasa
una taza de café entre los escombros de un terremoto.
—Hola —dije, tan torpe como siempre—. ¿Dónde
está...?
—Allá dentro —dijo, pasándose un pañuelo por los
ojos, que tenía hinchados como los de una actriz, y señaló
el cuarto en penumbras, con la cama a ras del suelo. (Lo
conocía bien, pues había estado allí dentro muchas veces,

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en los tiempos en que florecía nuestra amistad. Siempre
me perdía primero por otros corredores, pues la casa era un
verdadero laberinto, dividida además en dos alas
asimétricas. Las carcajadas del poeta resonaban en toda la
casa cuando finalmente desembocaba, azorado, en la
pequeña alcoba llena de cuadros.)
Pero ahora el hombre enfermo apenas se movió, si
bien me había reconocido casi enseguida.
—Hola —dije, maldiciéndome interiormente por mi
increíble torpeza. (¿Eso era todo, “hola”? Dios mío.)
Estuvimos un rato callados. Yo sin atreverme a
hablar. Él en un silencio cuya prolongación iba llenando la
alcoba de una vaga pero creciente sensación de misterio y
peligro. Al fin habló:
—¿Sabes? —dijo en un susurro. Tenía cáncer de la
garganta, por lo que su voz sonaba a cristales rotos (como
bien dijo el maestro). Acerqué la oreja.
—¿Qué?
Se oyó un suspiro largo y ronco.
—Ese poema tuyo, brillante y pésimo. Lo veía venir.
Incapaz de descifrar lo que podía significar aquello,
opté por callar.
Otro suspiro, más corto. Y luego, nada. El poeta,
vencido, tenía ahora una mirada plácida. Había dicho lo
suyo, sin duda alguna. Un niño no hubiera parecido tan
feliz bajo la disipación del dolor y de las arrugas.
Gritos, los familiares, etc.
Volví a casa. Por el camino, me encontré con un
vagabundo a quien tampoco veía hacía tiempo, y
estuvimos hablando de nuestras cosas mientras pisábamos

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indiferentes el pedregullo paralelo a las vías del tren. Me
despedí de él al llegar a la entrada del pueblo donde vivo
(allí hay una bifurcación cuya segunda posibilidad nunca
me ha interesado, pero que el vagabundo, al parecer,
conocía) y seguí caminando como siempre, de forma
reconcentrada, sin dejar de pensar en ningún momento en
las cosas extrañas que tiene la vida y en las indescifrables
palabras del poeta.

Al llegar aquí, me he levantado de un salto. ¡He matado a


Jorge!, exclamé. (Jorge es un poeta amigo mío con el que he
tenido una discusión ayer que ha puesto nuestra amistad al borde
de la ruptura). Créanme: tenía la conciencia real de haber
cometido un crimen. Recogí las llaves y lo demás que pude y
salí como un loco para la casa de Jorge. (Caminando, son unos
diez minutos.) Al llegar, cuál no sería mi sorpresa y pavor
cuando veo que en efecto allí se está celebrando un velatorio. La
esposa de Jorge está bañada en lágrimas y a su alrededor están
los amigos y familiares compungidos. Sin que nadie me
detuviera, crucé el umbral como un rayo, aunque fui detenido
casi inmediatamente por la luz de la sala, como cien veces más
brillante de lo habitual y que me deslumbró por completo. Ya
repuesto, me acerqué al ataúd, pero lo que vi me heló la sangre
en las venas: ¡el muerto era yo!
Sin pensar en nada, salí corriendo despavorido y no sé
cómo fui a parar a un bosquecillo de cedros donde soplaba una
ligera brisa. Para mi sorpresa, allí estaba el vagabundo, que sólo
dios sabe de dónde había salido.

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—La literatura —me dijo— es como las partidas de
ajedrez. Toda obra ya ha sido escrita, así como toda partida ya
ha sido jugada.
Intento no pensar en el bosquecillo de cedros. Intento no
pensar en la literatura. Intento no pensar en las palabras del
poeta.
Lo único que sé es que son las 6:00 en punto de un
tranquilo atardecer de verano y que debo sentarme a escribir
como sea. Entonces me siento y escribo:

Hacía tiempo que no visitaba la casa del poeta...

La intuición me dice que debe haber algo antes. Pero la


verdad es que no se me ocurre qué pueda haber antes y además,
dios sabe por qué, no tengo tiempo. Lo único que sé es que estoy
rodeado por todas partes por un paisaje chino —que avanza.

Rogelio Saunders