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33 y 1/tercio vi

33 y 1/tercio vi

–¡Enanos–de–por–aquí, desconfiad de la llanura!


Lo había dicho apenas, cuando el remo del hombre de proa cayó
silbando sobre la cabeza parlante que volvió a hundirse: burbujas
gaseosas afloraron desde el fondo a la superficie, y el hombre de la
caña lanzó nunca supe si una risa o un graznido. Pero la cabeza
volvió a emerger briosamente, aunque lejos ya de nuestro alcance:
escupió una gran bocanada de agua negra, sacudió en el aire sus
pelos mojados y se restregó los ojos con dos manoplas chorreantes
de légamo.
–¡Desconfiad de la llanura! –insistió–. La llanura es la horizontal
igualitaria, la que odia los santos desniveles, la que intenta rebajarlo
todo, atraerlo, convertirlo todo a su plano terrible. La llanura es un
rencor que debe ser superado. ¡Enanos–de–por–aquí, oídme y
desechad vuestra malicia! La vertical no es el desprecio de la llanura:
es la llanura misma que se pone de pie.
El orador acuático luchaba por mantenerse a flote y esquivar las
maniobras del hombre de la caña, el cual, sudando como un fruto
venenoso, hacía lo indecible por acercársele.
–¡Ay del que no desoye la soñolienta voz de la llanura! –siguió
diciendo el orador–. Mediocridad vergonzante y conformidad
vergonzante, he ahí su destino; luego una complacencia idiota en la
vergonzante mediocridad, y al fin un orgulloso rencor hacia lo que
tiende a las alturas. Porque también la horizontal tiene su soberbia: la
soberbia demoníaca de lo bajo. “Esto es un insulto”, dijo el ratón al
considerar la envergadura del elefante. ¡Así habla un enano–de–por–
aquí! Yo prefiero la megalomanía de la rana que, por igualarse al
buey, se infló hasta reventar. Y no es que la explosión de la rana me
suma en un éxtasis metafísico: el acto de reventar me parece una
desmesura de la rana y un agravio inferido a la inocencia del buey;
pero hay cierta magnitud heroica en el envidioso gesto de la rana,
una tensión a lo grande que, a pesar de su ridiculez, merece un
elogio de las Musas. Un enano–de–por–aquí exigiría que el buey se
redujese al tamaño de la rana. ¡Es el espíritu de la llanura y el encono
de lo horizontal!

Adán Buenosayres
Leopoldo Marechal
33 y 1/tercio vi
equipo de redacción: raúl flores iriarte / jorge enrique lage /
elena v. molina
fotografías de portada: lia
diseño de portada: lien carrazana lau

back up: lizabel mónica / jorge alberto aguiar / daniel díaz


mantilla
…en diseño: damián flores iriarte / kmilo valdés fortes / lien
carrazana / idania del río

selección de poesía: lizabel mónica


traducción de textos de blaylock, coupland, y antología black ice: raúl flores
iriarte

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33 y 1/tercio vi
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33 y 1/tercio vi
vistas
(no oídas)

el hijo bobo
paul auster al recoger el premio príncipe de asturias
take 9 (yordanka almaguer / stuart hughes / elena v. molina /
tom waits / daniel díaz mantilla / betty sargent /
demis menéndez / michael swanwick / raúl flores iriarte
douglas coupland postal desde el antiguo berlin del este
gottfried benn 10 poemas
manuel vázquez montalbán lo nuevo, lo viejo, lo inevitable
ronald suckenick introducción a black ice
v de black (wiley wiggins / michele albert / bayard johnson /
jeffery deshell / richard grossman
jorge alberto aguiar (jaad) borde
damián tabarovsky vista en miniaturas
james p. blaylock el rosado del neón que se desvanece / la
sombra en el umbral
l. santiago méndez alpízar (chago) efory
adriana normand 8
entrevista a roberto bolaño sobre nocturno de chile
felisberto hernández muebles “el canario” / el cocodrilo / elsa
lien carrazana lau llamar de alaska a hawai o viceversa
giorgio agamben notas sobre la política
ricardo alberto pérez seven
kurt vonnegut de payasadas
entrevista a john lennon you say you want a revolution
33 y 1/tercio vi
el hijo bobo

La idiotez como crimen.


No solo el idiota de la familia, sino el hijo bobo.
Decir sin decir.
Balbucear.
Jugar con la comida,
ya sea pasearse por los rincones,
ya sea ensuciarse
las
manos.

Visto33 y 1/tercio como el hijo bobo de la familia. Sus creadores ahora


tienen otros proyectos.
Dígase The Revolution Evening Post, dígase tension lia, o sinmiedo.
(33 y 1/tercio para pasarle la mano: mira que chulo, si casi se
entiende lo que dice.)

Aquí el tercer album, o el sexto, dependiendo de cómo se quiera


contar.
Si se quiere contar del todo
(en números romanos: tercero como iii, chillido del puerco cuando es
acuchillado. Sexto como vi, del verbo ver en español, o del verbo be
en inglés: ser o estar)

A continuación de El laberinto, dejando atrás un número hecho con


tomas inconclusas, otro de leftovers, y uno hecho a dúo con otro e-
zine.
Tercero, o sexto.
Todo es como se quiera ver.

A pesar de toda la proliferación de nuevas revistas digitales, 33 y


1/tercio continúa.
Por el momento.
Balbucea.
Casi se entiende lo que dice.
O no.
No solo el idiota de la familia, sino el hijo bobo
que
siempre
quisimos
tener.
replay
33 y 1/tercio vi
paul auster
(new jersey, 1947)

al recoger el premio príncipe de Asturias (fragmento)

No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no


tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso
estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde
los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en
especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos
imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos
mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida:
encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora,
día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de
palabras con objeto de dar vida a lo que no existe, salvo en la propia
imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así?
La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente:
porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa.
Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso
humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el
arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo
real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista
práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño
hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el
cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga
sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que
una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente
mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más
comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados.
Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y
dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y
quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que
más?
En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos,
el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué
tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone
que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y
simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el
valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una
obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que
pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres
humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo.
Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y
disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín.
Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr
algo que es total y absolutamente inútil.
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La narrativa, sin embargo, se halla en una esfera un tanto diferente
de las demás artes. Su medio es el lenguaje, y el lenguaje es algo que
compartimos con los demás, común a todos nosotros. En cuanto
aprendemos a hablar, empezamos a sentir avidez por los relatos. Los
que seamos capaces de rememorar nuestra infancia recordaremos el
ansia con que saboreábamos el cuento que nos contaban en la cama,
el momento en que nuestro padre, o nuestra madre, se sentaba en la
penumbra junto a nosotros con un libro y nos leía un cuento de hadas.
Los que somos padres no tendremos dificultad en evocar la
embelesada atención en los ojos de nuestros hijos cuando les leíamos
un cuento. ¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los
cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen
decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y
encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos
llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta a
través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito con sus
propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el que está
perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de los relatos:
pueden transportarnos a las profundidades del infierno, pero en
realidad son inofensivos.
Nos hacemos mayores, pero no cambiamos. Nos volvemos más
refinados, pero en el fondo seguimos siendo como cuando éramos
pequeños, criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra
historia, y la siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países
del mundo occidental, se han publicado numerosos artículos que
lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que
hemos entrado en lo que algunos llaman la "era post-literaria". Puede
que sea cierto, pero de todos modos no ha disminuido por eso la
universal avidez por el relato. Al fin y al cabo, la novela no es el único
venero de historias. El cine, la televisión y hasta los comics producen
obras de ficción en cantidades industriales, y el público continúa
tragándoselas con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de
historias que tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el
comer, y sea cual sea la forma en que se presenten "en la página
impresa o en la pantalla de televisión", resultaría imposible imaginar
la vida sin ellas.
(…)

replay
33 y 1/tercio vi
take 9

el bien (yordanka almaguer


Mi boca tiene sabor a perro muerto. No puedo asegurar si es desde
siempre o desde hace solo una semana. No sé si es solo cuando
mastico el aire y la saliva me recuerda las piernas abiertas de un
perro inerte. Los perros no ladran cuando no están vivos; por eso es
inservible este mal sabor. No puedo ladrar, gruñir, morder. Solo
levanto un pie, luego el otro (la rodilla cruje) para subir las escaleras.
El cuerpo me pide volver atrás, encerrarme en mi cuarto, clausurar
las ventanas, la puerta, para no escuchar los sonidos de afuera, no
salir. Patear el radio. Taponear mis oídos para siempre. Pero debo
continuar subiendo las escaleras, tocando las puertas, entregando
estos papelitos ridículos. Pido una firma para que mi jefa crea que
hice el trabajo. Trato de no mirar la cara de asco de la muchacha
cuando abro mi boca. Hueles a perro muerto, piensa, y apenas mira el
papelito mal redactado en el que se le ruega que se presente en el
Banco a pagar su deuda. (La casa, el televisor). El perro muerto que
se oculta en mi boca quisiera estar vivo para morder a la muchacha,
que no ose pensar que es mejor que yo porque no siente en ella mi
olor. Ella y todas las demás huelen a carneros con vientres hinchados.
Sus maridos huelen a corral de cerdos. Pero solo sienten el olor que
llevo yo. El de mi boca. Y quisiera no tener que hablar.
El perro me espera a la entrada del edificio. Obediente. Lo encontré
hace una semana y cuando le pregunté si tenía dueño caminó hacia
atrás escondiendo la cola entre las patas. Le asustó mi olor a muerte.
La cabeza del perro me recuerda los martillos de los aborígenes.
Lo traigo conmigo para entrenarlo.
Cruzamos la calle.
Un niño de ojos azules pasa junto a nosotros. Va pedaleando en su
bicicleta pequeña y con brillo. Es un niño hermoso y solo mira al cielo.
No repara en el perro ni en mí. Quizá más tarde, cuando los niños más
grandes salgan de la escuela, este niño hermoso tenga una turba
detrás reclamando una vuelta en su bicicleta. Pero él, por ahora solo
mira al cielo.
Creo que, con el tiempo, el perro se acostumbrará a mi olor. Estoy
segura de que ya no podré hacer nada por sacar la muerte de mi
boca, por sacar estos deseos de tapiar las ventanas. No escuchar.
Cada día lo entreno. No le doy de comer. Solo agua.
Ahora lo obligo a subir las escaleras y a que se quede quieto mientras
me abren la puerta. El hombre mira al perro cuando yo abro la boca
para decir que vengo del Banco. Ese perro está a punto de morir,
piensa, y chasquea la lengua para que se aleje de su puerta.
–¿Viste? Lo hemos engañado, le digo al perro mientras cruzamos la
calle.
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El niño de la bicicleta azul pedalea con su pensamiento en el cielo. De
su bolsillo se escurre un caramelo. Mi perro ansía comerlo. No se lo
permito, el niño podría usar al perro a su favor.
Esta vez el perro me mira con odio. Sé que odia mis ademanes, las
órdenes que lo obligan a ejercitar su mandíbula. Odia mi voz. Mi
aliento le recuerda su propia muerte. Quizá odie al niño que algún día
conocerá lo que está debajo del cielo.
Yo no odio. Solo tengo este hedor insoportable y los deseos de no
escuchar, no moverme. No hablar.
Llegamos a un rincón apartado, preludio de un basurero. Dejo libre el
cuello de mi perro y me tiendo en el suelo. Es hora de que te
alimentes.
Él obedece con rabia y júbilo.
No reconozco esos sentimientos, solo sus mordidas y el olor de su
saliva y mi sangre.
Ya no tengo que hablar.

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a su manera (stuart hughes


Supongo que debe de quererme, a su manera, porque me cuida. Soy
una inválida y él pacientemente me alimenta. Cuando babeo, él me
limpia el mentón con una cuchara, sin chistar.
Supongo que debe de quererme, a su extraña manera, porque
cuidadosamente me carga y me tiende sobre la cama. Entonces
gentilmente entreabre mis muñones inferiores y tiernamente me
penetra.
Supongo que debe de quererme, a su rara manera, de otra forma, me
habría cortado la cabeza cuando me cortó los brazos y me quitó las
piernas.

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abuela, yo te quiero (elena v. molina


La abuela dormitaba en un catre, ahí mismo a la entrada del cuartico.
La sala, mesa para comer y cocina de luz brillante pegada a la pared.
Del otro lado, una cortina plástica de flores rojas separaba el inodoro
del lavamanos con cubo debajo para recoger el aguachurria. La vieja
dormía cada día más esquelética, más diminuta, encogiéndose debajo
de la piel cuarteada.
Cuando Marisol salió del baño, vio a Hortensia desnuda frente al
espejo. Esta quiso otra vez ser su amiga. Es decir, deseó poseer su
cuerpo lamido y gustoso. Mari sentía incómodo que Hortensia la
empujara de sí cuando acababa. Tenía que sentarse en el piso frío a
esperar que el mundo se enfocara de nuevo, y solo al percibir el moco
verdoso en su mano iba al baño otra vez, a lavarse.
Mari miró a través del espejo a su abuela. Miró la piel escamosa de su
abuela, la piel lisa de sus dieciocho años y recordó la carota de
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Fulgencio y la piel amarillenta y dura de los puercos, con su capa
blanca de grasa sobre la carne jugosa. Se pellizcó, piel lisa pero poca
carne. Luego miró las tetazas de Hortensia y recordó que cuando era
niña no salían juntas.
En aquel entonces vivía la madre de Mari, la mulata más caliente de
la calle Luz, decían los hombres. La madre siempre en la calle,
siempre en el mercado de Ejido, siempre llevando arroz y frijoles y
carne de puerco. Y al regresar besándose con Hortensia que la tocaba
toda, arrancándole el bloomer sin quitarle el vestido, tirándola en la
camita de Mari, que terminaba durmiendo en el catre apestoso de la
abuela.
Pero ayer Hortensia miró a Mari, se apretó las tetazas y sacó la
lengua: Niña, tendrás que besarme mientras Fulgencio nos toca como
terneras y nos va degollando…
Y Mari se despertó sudando a las cuatro de la mañana, atormentada
por sueños con camiones que llegan al mercado, negros de fango y
atestados de frutas, vegetales y carne. Allí hombres sin camisa,
velludos, malhablados y toscos, descargan mercancía, acomodándola
en maltrechas carretillas. Mari miraba las cabezas de puercos
colgadas de pinchos, las grandes orejas, hocicos como trompas, y los
ojos saltones por el miedo. Entre ellas está Fulgencio el guajiro, con
su carota cuarteada por surcos de boniato, con la encía rota y los
dientes ennegrecidos, tiene una barriga enorme con tripas llenas de
carne de puerco. Deshaciéndose en sudor, Mari mira la panza de los
cerdos con las tripas llenas de sancocho. Después les mira más abajo,
al bulto entre las patas. Un bulto es grande. Y cuando Fulgencio se da
cuenta, coge entre sus manos llenas de sangre aquellos bultos, y le
pregunta a ella si quiere comerlos.
Vieja, le había dicho Hortensia a la abuela, hay que ser realistas. Mari
ya es una mujer, y hay que comer y comprar medicinas, y la vieja
protestando porque no había ni luz brillante para encender la cocina,
le dijo, un saco de arroz y malanga y un pernil de puerco, bien
grande, para todo el mes. Por menos que eso, nada, ¿oíste? Mi nieta
tiene que ser como mi hija. Baratas, las putas del puerto. La vieja
mientras hablaba blandía un cuchillo.
La abuela termina de roncar, después de un berrido seco. Ambas
oyen que algo gotea, como un grifo abierto de repente, pero saben
que no es agua sino la vieja orinándose. Hortensia dice, vamos, y Mari
besa la frente de su abuela antes de irse. Fulgencio ya debe estar
esperando.

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los años locos de frank (tom waits


Bueno, te diré: Frank se asentó en el valle y allí colgó sus años locos
en un clavó que puso a través de la frente de su esposa.
Frank vendía muebles usados de oficina allá por el camino de San
Fernando y tomó un préstamo de treinta mil dólares al quince
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porciento de descuento y una hipoteca también en un sitio pequeño
con un par de dormitorios.
Su esposa era un montón gastado de chatarra sin gasolina pero, no
obstante, hacía buenos bloody marys y mantenía cerrada su boca casi
todo el tiempo.
Tenían un pequeño chihuahua llamado Carlos con una de esas
enfermedades raras en la piel. También estaba totalmente ciego.
Tenían una cocinita bastante moderna y un horno autolimpiable.
Frank conducía un pequeño Sedan y todos eran felices.
Una noche de esas cuando iba de regreso a casa desde el trabajo se
detuvo en la licorería, compró un par de Johnny Walkers y se los
bebió en el trayecto a una gasolinera; allí compró un galón de
gasolina y se lo llevó en una lata, fue hasta su casa y la empapó de
combustible por todas partes.
Después la incendió y se echó a reír desde el otro extremo de la calle
mientras la veía arder, un brillante Halloween de naranja y rojo; puso
la radio en los 40 Principales, condujo hasta la carretera de Hollywood
y se fue al norte.
Frank nunca pudo soportar a ese maldito perro.

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una visita al zoológico (daniel díaz mantilla


Esta es la historia del leopardo que saltó la cerca y escapó del
zoológico. Es una historia breve, como suponen. Pasaron las imágenes
en la tele: inquieto felino acorralado en la avenida, rugido de terror,
una detonación, un cuerpo que vacila y cae, close–up a los ojos poco
antes de cerrarse. Otras noticias más dramáticas siguieron –guerras,
escándalos, gente infeliz–, pero me quedé pensando en el leopardo.
Esa noche soñé que visitaba el zoológico, me detenía ante su jaula y
leía en la placa explicativa algo sobre las costumbres de la Panthera
pardus. El animal me miraba sin mucho interés desde la distancia,
como negando con su actitud lo que sobre él había leído. No sé que
extraño impulso me llevó a buscar en el reverso de la placa, decía
algo también sobre nuestras costumbres, algo absurdo en verdad,
pero entonces me pareció coherente.

●●●

cremar en sacramento (betty sargent


Él dijo que simplemente podía perder el control y comenzar a salir con
Benjy mientras se lo está tirando.
Fred dijo que justo había dejado a su hija en la escuela y estaba en
camino a casa cuando lo cogieron. Ella no quería enseñarle todo el
culo, pero Howard quería verlo. Howard estuvo todo un minuto
hablando sobre como un montón de los graffittis en los subterráneos
de New York eran hechos por europeos que venían hasta acá solo
para hacerlos. Howard dijo que había estado comprando estiletes
para regalar este año y él cree de veras que serían buenos regalos.
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Fred dice que pensó de verdad en decirle que se jodiera y se fue
caminando. Howard empezó entonces a hacerle cosquillas a Jamie.
Él dijo que temía salirse de eso en el último minuto si no podía perder
peso.
Ella mandó a una amiga para firmar un contrato para quedarse más
tiempo pero entonces le dieron un cheque del tipo que ponía su
nombre “Ivy Sil Ver Stein” y le robaron y se llevaron su auto.
Él también le preguntó cuanto tiempo iba a estar esta semana.
Robin sugirió que Howard trajera algún video de Howard TV en que
saliera promocionando SIRIUS. George Takei dijo que Ivy es
extraordinaria. Howard tuvo que romper con ella después de aquello.
Han ofrecido incontables veces mandar chicas para la gira
norteamericana destinadas a las tropas estacionadas en Iraq pero
siempre les decían que no.
Howard dijo que él y Beth estaban conduciendo y a Beth le llegó un
mensaje de Dana.
Gary dijo que a él le preocupaba Ivy. Ella comenzó a quejarse.
Artie le dijo “Jódete, perra” Ella empezó a divagar sobre como las
drogas pueden volver gay a la gente y el George verdadero se le rió
en la cara mientras los clips de audio de George también se reían.
Howard dijo que Artie podía ser el jodedor y Benjy podía ser la chica,
o el fondo. Gary dijo que Ivy le había dicho que estaba en guerra con
otras siete personas.
Fred dijo que no tenía ni idea de que show era y tampoco tenía idea
de a quién le estaba hablando
Entonces vino Scott el Ingeniero y dijo que encontraba raro que Fred
solo tuviera e–mails positivos sobre su persona en el show.
Dijo que había pasado por la mansión después de volar con L.
Y era Sal llamándola para que detuviera sus divagaciones. Fred dijo
que pensaba que a Benjy le gustaba que la cogieran por atrás y por
eso él estaba haciéndolo. Howard lo interrumpió y le dijo que Patricia
estaba en el teléfono hablando de suicidarse mientras George
hablaba de su carrera. Robin dijo que estaba metido en la versión
inglesa de “Soy una Celebridad, sáquenme de aquí” y parecía ser un
hombre muy masculino. Artie dijo que su amigo había regresado y le
había contado esa historia. Gary le preguntó a Ivy que estaba
haciendo para mantenerse en esos días. Le pidieron que hiciera algo
como jugar Assketball y quizás saltar desnudo un poco.
Ella mandó a una amiga para firmar un contrato para quedarse más
tiempo pero entonces le dieron un cheque del tipo que ponía su
nombre “Ivy Sil Ver Stein” y le robaron y se llevaron su auto. Artie dijo
que solo estaba bromeando porque nunca creyó que el ajedrez fuera
un juego para gays.
Eso es lo que lo mató, según un montón de gente. Dijo que unos
cuantos tipos fueron hasta la parte de atrás para ver que estaba
pasando en la cueva.
A George eso no parece importarle.

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33 y 1/tercio vi
minorías (demis menéndez
Aquella soleada mañana del mes de febrero, el Mandatario había
muerto de una larga y penosa enfermedad a la temprana edad de
ochenta años. Y a pesar del luto nacional convocado por la angustia y
el ímpetu, muchos no participaron en sus honras fúnebres.
Las fuerzas militares se habían replegado a sus cuarteles por causa
de la sombra del no-líder. Como quien no quiere las cosas, la policía
había tomado posesión de las calles con la tranquila naturalidad de
los días gloriosos del vasto mandato.
La gente, mejor dicho, el pueblo estaba quieto. Adormecido.
Aletargado en ese transcurrir de amaneceres unos tras otros. Comían
en mesas de a cuatro. Y a veces, invitaban amigos para hacer de la
cena, un discreto festín de recuerdos. Un café y algo de música bien
bajito a causa del luto nacional.
Al mes exacto, casi todos habían olvidado el muerto. Y el luto
nacional.
Dos bandos bien definidos se habían lanzado a los medios en busca
de adeptos y fanáticos. En mejor caso, se decía sin escrúpulos, de los
segundos.
Los Rojos, personas muy cercanas al olvidado Mandatario, se habían
dado a la relectura, análisis y memorización del Manifiesto.
Imprimieron millones de copias e hicieron repartirlas a cada
ciudadano. Incluso a aquellos que no había participado de las honras
fúnebres.
Los Verdes, jóvenes de clase alta y baja clase, se decidieron a
desenterrar las raíces aborígenes. Estudiaron el sánscrito. Se
arriesgaron al peligro de las espirales. Bautizaron sus mítines con la
Biblia, el Corán y el Kamasutra. Sedujeron a los suyos con auténticas
orgías en plazas públicas y estadios.
Nada, sin embargo, me resultó atractivo.
Me retiré a casa y puse la mente en blanco. La página y las paredes
me ayudaron. No tuve recuerdos, ni ansías. No presencié el hambre,
ni participé del sueño. Hice silencio.

●●●

Jane Carter de Marte (michael swanwick


¡Imagina tener a Dejah Thoris, princesa de Helio, de tatarabuela! Su
semblanza, tallada en mármol, senos como globos y todo, por todas
partes en aquella ciudad de fábula. No es de extrañarse que Jane
Carter se convirtiera en una punk.
Despertó de un sueño etílico una mañana para hallar a un ogro verde
de cuatro brazos golpeándose la frente contra el suelo frente a ella.
Sus arreos harapientos lo identificaban como miembro de la Guardia
Imperial.
"¡Los Hombres Bestia han invadido la capital!" gimió. "Debes liberar a
nuestra gente, oh princesa."
"¿Por qué yo?" preguntó ella turbiamente. "¿Por qué no alguien a
quien realmente le importe?"
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Pero la sangre dirá. Lo próximo que supo, los fieles restos del Viejo
régimen la habían investido con la tanga y los cubresenos de su
tatarabuela, y estaba peleando en los parapetos, espada en una
mano y pistola de rayos en la otra.
Tenía tanta resaca que nunca pensó en su seguridad personal.
"¿Que coño te pasa, es que nunca has visto piercings faciales antes?"
le dijo a un guerrero sorprendido mientras lo volaba en pedazos. "¡Se
llama Mohawk!" le gritó a otro, y lo atravesó.
Los ciudadanos, demasiado alejados como para oler su aliento, fueron
inspirados y tomaron las armas.
Los Hombre Bestia no tuvieron oportunidad.
Así fue como Jane Carter terminó, contra su voluntad, en el trono
Imperial, con hombres casi desnudos a uno y otro lado de ella,
haciendo pucheros y acariciando sus muslos. Unos mil sirvientes se
apresuraban para hacer realidad sus deseos. Era respetada,
reverenciada, adorada. Se erigieron estatuas en su honor.
A ella no se le escapó la ironía de esto.

●●●

balas (raúl flores iriarte


A todos nos ha golpeado alguna vez bala de salva. Muchos no
parecen advertirlo, pero así es. Apostados escuadrones enteros en
cimas de edificios poco altos, casa de vivienda, comercio y vaquería,
armados con fusiles de repetición y mirilla telescópica. Disparan al
tuntún, a ver que pasa. Por suerte, bala de salva.
No en balde anda el pueblo a paso rápido, cabeza gacha. No vaya a
ser que disparen por error sobre uno, a ojo de buen cubero, o por
diversión.
Las viejas van con revólver y pistola automática a la bodega. Le
disparan al bodeguero en la cabeza si son mal atendidas. Solo pólvora
seca, pero a tres pies de distancia pica como bofetada. A nadie le
gusta ser abofeteado, creo yo.
Las cobradoras de multas ya no multan. Te disparan. Por una falta
grave, pueden llevarte hasta el pelotón de fusilamiento instaurado
para tales fines.
Tanta explosión de pólvora puede cegar. Esta es una secuela a ser
tomada en cuenta. Se han disparado astronómicamente las ventas de
espejuelos oscuros. Las chicas van por ahí como estrellas de cine. A
nadie le gusta quedarse ciego, creo yo.
(Vigilar y castigar de Foucault constituye un discreto best-seller en los
marcos de esta ciudad. No obstante, a pocos aquí les gusta leer. No
parecen advertirlo, pero así es.)
Si te llevan al pelotón de fusilamiento puedes pasarlo mal. Todo el
proceso es filmado y después televisado. Para edificación de futuros
infractores, para cosmovisión de los no-ajusticiados. Puedes quedar
ciego frente a cámara de televisión, frente a todo el país. A la gente
parece gustarle el asunto. Las chicas de espejuelos oscuros, como
33 y 1/tercio vi
estrellita de cine. Los fusiles pum pum pum y flores de fuego salen del
extremo de los cañones. Los fusilamientos se hacen en la noche, por
eso se ven de esa manera. De día no se vería flor de fuego.
(Las viejas les disparan a los bodegueros a cualquier hora; pólvora
como bofetada en el rostro.)
A los presos comunes les disparan con balas trazadoras. Brilla más y
da lustre, dice la Academia. Estos fusilamientos también son
televisados y no es flor de fuego saliendo de los cañones de las
armas, sino pequeño sendero de luz.
No se ve caer a los presos. Los amarrarán a postes, creo yo.
Por eso Foucault en el bolsillo y espejuelos oscuros para lo que pueda
suceder. Paso rápido, cabeza gacha. Las balas de salva están llegando
a su fin, corre el rumor por ahí. No se sabe que vendrá después.
Nadie quiere ser golpeado por bala trazadora, creo yo.

replay
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douglas coupland
(alemania occidental, 1961. vive en vancouver, canadá)

postal desde el antiguo berlín del este (circus


envy)

Berlín, lunes, 3 de octubre, 1994: cinco años después de transcurrida


la Cosa del Muro. Comprar es un chiste, el consume no ha florecido.
Cinco años más tarde, el mercado es aburrimiento. Y el paisaje del
Muro –una vez sobrecogedoramente trágico y melancólico– es ahora
sobrecogedoramente irónico y frenético y realmente triste. Pero ¿para
quién esto es noticia?
Un concierto gratis de Elton John está programado para la Puerta de
Brandenburgo el tres de octubre. Los Gypsy Kings, Paul Young y los
Leningrad Cowboys también estarán allá. La avenida Karl Marx está
salpicada de posters de Barry Manilow y del candidato liberal Rudolf
Scharping. Posters silenciosos de Helmut Kohl presentan a un radiante
Kohl como Santa–Claus–sin–barba rodeado por jóvenes sonrientes. Un
artista local ha puesto pegatinas de UNITED COLORS OF BENNETON
sobre los posters de Kohl, y no hay sentido de incongruencia o
ninguna aparente alteración de sentidos.
La tarde del sábado antes del tres de octubre, yo estaba en una
MusicCity en el Alexanderplatz, un antiguo escenario donde isótopos
del Modernismo Socialista compiten por el título de Miss Discordia,
donde esculturas de plaza de casi indescriptible monotonía lo hacen a
uno ansiar la mágica frivolidad de un Richard Serra o un Donald Judd.
Le pregunté amablemente a un dependiente, "Hola, ¿tienen el disco
nuevo de R.E.M.?" y fui rechazado con un "Nein" aburrido y
desdeñoso. Okayyyyyy. Mientras tanto, frente a este dependiente
había todo un bulto del antes mencionado disco de R.E.M. Monster.
Así que le dije al caballero, "Hmmm. Bueno, en ese caso me llevaré
uno de estos." Con un gesto que mezclaba desprecio, disgusto y
patronización, el album fue lanzado al mostrador, el dependiente
cruzándose de brazos en un gesto de desafío indiferente y
desentendido. Le di mi tarjeta VISA, solo para ser premiado con un
marchito "¿VISA? Nein." Le di dinero en efectivo y el disco Monster y
lo más malo en bolsas de plástico fueron lanzados a mi cara. Allá en
la ex–RDA, el concepto de venta es aún, cinco años después, algo que
podría necesitar el toquecito justo de Manejo Total de Calidad. Cuando
le menciono este incidente a amigos de Berlin Occidental, abren
mucho los ojos y dicen "RDA." Como un adjetivo describiendo el
servicio, "RDA" combina las Fawlty Towers con el Estalinismo.
Una milla al oeste, en la esquina de Unter den Linden comienza la
reconstrucción del Friedrichstrasse –un vecindario muerto de lujo
transformado una vez más en vecindario renovado de lujo para un
33 y 1/tercio vi
nuevo régimen: seis manzanas reconstruidas con billones de marcos
no declarados. Letreros de EIN LUXURY HOTEL; el arquitecto
superestrella francés Jean Nouvel ha diseñado una nueva galería
Lafayette, casi completada y llena en el fondo con franjas de
caléndula, azul celeste y tejido púrpura. En un continente que parece
dudar de la creación de nuevos horizontes, las delgadas formas de
palitos chinos de las grúas de construcción sobre el Friedrichstrasse
se transforman en el horizonte de lo que habrá en esta década, al
menos. Es un paisaje de arquitectura post–nacional que contrasta
vividamente con lo que solía llenar antes el vecindario. Por las calles
retumban los sonidos de podadoras de cesped Trabants y Wartburgs
compite con los Toyota Supras coloreados de aqua South Beach.
En este epicentro de ironía, ocurren colisiones de consumidores
calibrados por la Habana en tiempo–tecnología a cada tres pasos. A lo
largo de la cercana Unter den Linden, miembros ex–Stasi conduciendo
taxis ensamblados en Corea miran nostálgicamente la discoteca ex–
Stasi que es ahora un T.G.I. Fridays y un Radisson Hotel Plaza. Uno
puede imaginarse a los serios ejecutivos occidentales del Radisson
reformando el hotel y hallando polvorientas cámaras soviéticas Beta
de grabación tras los espejos polvorientos de las habitaciones. El
cercano Palast der Republik, parecido a un intento fallido de concurso
para diseño de biblioteca LBJ y donde Erich Honnecker persiguió sus
reinos privados, está en cuarentena por contaminación de asbesto y
se le llama localmente "der Asbesthaus." El recién construido paisaje
del Friedrichstrasse es pornografía infraestructural. Tuberías de agua
al nivel del suelo puntúan el paisaje como el Ratón Loco en la escena
local de la diversión; charcos de resina de silicona gotean en el suelo
prusiano arenoso como mil implantes de senos caídos de la parte
trasera de una rastra. Una escuela de entrenamiento para
computadoras Apple pasa por alto a los obreros vestidos de overoles
naranjas y azules que sueldan barras de hierro mientras envuelven
arquitectura muerta socialista con velos de redes verdes como
bufandas alrededor del cuello de Grace Kelly. Excavadoras Furukawa
levantan montones de terreno de variada molaridad histórica. Hay
bultos de cilindros de gas y rollos de cable; en Franzozischestrasse,
alambres negros de telecomunicaciones se retuercen bajo tus pies
mientras se meten bajo tierra. Montones de ladrillos Kalksandstein
lisos como Crisco, como esculturas de Joseph Beuys, descansan junto
a basureros en forma de hexágonos llenos de cabillas oxidadas y
muertas y cemento arenoso, lleno de asbesto del bloque Socialista.
Componentes modulares preensamblados son levantados por los
aires por grúas con nombres como Liebherr. El reciente pavimento
negro se mancha con salpicones de cal. Hay inodoros portables Dixi y
olores aleatorios de aguas residuales. Martillos neumáticos penetran
la arquitectura estatal; espuma de poliuretano se asoma desde abajo
de los tablones de madera sobre la autopista.
De regreso al hotel, como cualquier entusiasta de la buena música de
pop, escuché varia docena de veces mi nuevo disco mientras leía las
notas del folleto, en este caso un minilibro especial de 48 páginas. Mi
33 y 1/tercio vi
canción favorita en la cinta es una llamada Circus envy, un rugiente
número, con sentimiento–de–agente–secreto describiendo los celos –
un monstruo cuyo símbolo es un oso descabezado que aparece en la
carátula del minilibro. La canción que le da título contiene la línea
Aquí viene ese horrible sentimiento otra vez, que resuena en mí
durante el resto de mi estancia, reforzada por la imagen del osito que
constituye el emblema cívico de la ciudad de Berlin.
Los ciudadanos del antiguo Berlin Oriental han tenido que hacer el
salto desde 1945 a 1995. Nunca tuvieron década de los 60s, 70s, 80s
o aún 90s. Quieren lo que el Occidente tiene, y creen que, día a día,
se van uniendo con paso seguro al Occidente lenta y rencorosamente.
Ropa de mezclilla lavada por el ácido es vista como símbolo de ir muy
lejos, muy rápido, y ha sido desterrada de este paisaje, esperando sin
dudas su retorno en cosa de diez minutos o algo así. Pero no hay
lenguaje en el Este para darle sentido al Interhotel GmbH en la
Friedrichstrasse, los minibars, las actitudes de los no fumadores,
vegetales pequeños o políticas al estilo de los estudios de cine. La
gente del Este creen que están penetrando en el Oeste, pero están
penetrando realmente en la era de la transnacional. Es un error
confundir las fuerzas amorales del transnacionalismo con el Oeste. La
transferencia instantánea de capital de un nodo a otro no es
exactamente de lo que se trata el Oeste.
Los Ossis, los ex–Orientales, te saludan, a un Wessi (Occidental), casi
invariablemente con "Hola, estoy confundido." Los Ossis reconocen su
propia crisis, pero explícales a ellos que el Occidente está en crisis
también –una crisis más sublime porque el Occidente ha visto ya un
mundo de deseo basado puramente en el consumo– y conocen el
vacío que yace en el fondo.
Los Ossis quieren los que tienen los Wessis –eso es obvio. Pero intenta
decirles a los Ossis que lo que ahora creen desear es algo sin sentido,
y te acusarán de tratar de negarles el saqueo del consumo solo por
rencor. Intenta decirle a la gente que no pueden tener lo que piensan
que quieren realmente –no funcionará. Una gran pregunta política
actualmente frente a Alemania, si no a todo Occidente, es ¿Que es lo
que podemos desear ahora que los objetos, las cosas, nos han
fallado? La maquinaria para sostener, para nutrir nuevos modelos de
deseo: ese es el nuevo asunto. Incluso los alemanes del Este
expresan temor acerca de la construcción por los chinos de un carro
para la gente –un suceso actual que, como ningún otro, señala la
insostenibilidad del sueño del consumo.
¿Camina el fantasma del post–reconstruccionista de la Segunda
Guerra Mundial Konrad Adenauer por este paisaje del Friedrichstrasse
–un paisaje más reminiscente de Orange County que de Federico el
Grande? ¿Se ha transformado el osito emblemático de Berlin en el oso
de la República de California? No, Konrad Adenauer no caminaría por
aquí. Un fantasma expectante tendría que ser el fantasma de alguien
transnacional, alguien aún indefinido –una Bestia cuya estética sea
una de absoluta función y solo absoluta función. Una criatura del
Fachadismo, de transferencias instantáneas transglobales de moneda
33 y 1/tercio vi
–una criatura que sea hostil a la cultura y que nos dé entrada en los
reinos del surrealismo sin proveer ningún subconsciente implícito. Un
oso descabezado de celo que vaga a través de la puerta de
Brandenburgo, sin saber lo que quiere, solo que quiere más.
Aquí viene ese horrible sentimiento otra vez.

replay
33 y 1/tercio vi
gottfried benn
(branderburgo, 1886 – 1956)

chopin
No muy fecundo en la charla,
las opiniones no eran su fuerte,
las opiniones dan rodeos;
mientras Delacroix desarrollaba teorías,
él se inquietaba, por su parte
no podía fundamentar los Nocturnos.

Amante débil;
sombras en Nohant,
donde los hijos de George Sand
no aceptaban sus consejos
pedagógicos.

Enfermo de pecho de aquel modo,


con hemorragias y cicatrización
que no termina;
muerte silenciosa,
al contrario de una
con paroxismos de dolor
o descargas de escopeta:
arrimaron a la puerta el piano de cola (Erard)
y Delphine Potocka
en la última hora cantó para él
una canción de violetas.

Con tres pianos de cola viajó a Inglaterra:


Pleyel, Erad, Broadwood,
por 20 guineas tocaba por las noches
un cuarto de hora
en casa de Rothschild, Wellington, en Strafford House
y ante innumerables jarreteras;
oscurecido de cansancio y proximidad de muerte
volvía a casa
en la Square d´Orleans.

Entonces quema sus bocetos


y manuscritos,
nada de restos, fragmentos, notas,
de esas traidoras miradas interiores,
y dijo al final:
"mis intentos se han consumido según la medida
que me ha sido posible alcanzar."
33 y 1/tercio vi
Cada dedo debía tocar
con la fuerza de su respectiva constitución,
el cuarto es el más débil
(sólo siamés del dedo corazón)
Cuando empezó, su posición era
mi, fa sostenido, sol sostenido, si, do.

Quien alguna vez escuchó de su mano


determinados preludios,
fuese en casas de campo o
en las montañas o a través
de puertas abiertas en una terraza
por ejemplo de un sanatorio,
difícilmente lo olvidará.

Jamás una ópera compuesta,


ninguna sinfonía,
solamente esas trágicas progresiones
venidas de la convicción artística
y con una mano pequeña.

●●●

san petersburgo – mitad de siglo


"Todo aquel que ayuda a otro
es Getsemaní,
todo aquel que consuela a otro
es boca de Cristo",
Canta la catedral del santo Isaac,
el monasterio de Alexander Nevski,
las iglesias de los santos Pedro y Pablo
en la que descansan los emperadores,
también las restantes ciento noventa y dos capillas
griegas, ocho católico-romanas,
una anglicana, tres armenias,
letonas, suecas, estonias,
finlandesas.

Bendiciones con agua


del Neva azul y transparente
en el día de los reyes magos.
Agua muy saludable, expulsa los cuerpos extraños;
Trae los hermosos tesoros
para el cuarto de madreperla,
para el cuarto de ámbar
de Zarskoje Selo
en las montañas de Duderhoff,
33 y 1/tercio vi
trae el mármol siberiano azul celeste
para las escalinatas.
Salvas de artillería
cuando se deshiela,
¡hijo de los lagos
Onega y Ladoga!

Concierto de mañana en la sala de Engelhardt,


madame Stepanov,
que recreó "La vida para el zar" de Glinka,
grita de modo antinatural,
el barítono Worojev ya decae.
En una columna,
con dientes blancos salientes,
labios africanos,
sin cejas,
Alexander Serguei (Puschkin).

Junto a él el barón Brambeus,


cuya "gran recepción en casa de Satán"
es considerada el colmo de la perfección.
el violoncelista: Davidoff.
Y luego los bajos rusos: ultraprofundos,
duplicando
en la octava los bajos normales,
el contrabajo puro y lleno
de veinte gargantas
ultraprofundas.

¡A las islas!
De nombre Kretowsky – lugar de placer,
palabra de placer–,
baskires, rusos de barba, galgos samoyedos
¡actividad de sensualidad y voluptuosidad!
Primera parte:
"Desde el gorila hasta la destrucción de dios",
Segunda parte:
"De la destrucción de dios hasta la transformación
del hombre físico"–
¡Aguardiente!
El final de las cosas,
un trago de coñac
¡ultraprofundo!

Raskolnikov
(totalmente en apuros con su visión del mundo)
entra en el Kabak,
bar vulgar,
mesas pegajosas,
acordeón,
33 y 1/tercio vi
bebedor permanente,
bolsas bajo los ojos,
uno le solicita
"una conversación razonable", restos de paja en el pelo.
(Asesino de otros:
Dorian Gray, Londres,
olor de saúco,
lluvia de oro color miel
en la casa –sueño de parque–
contempla un rubí de Ceilán para Lady B.,
alquila una orquesta de Gamelán.)

Raskolnikov,
muy tenso,
es despertado por Sonia "con la cara amarilla"
(Prostituta. Su padre
afronta la cosa "al contrario, de modo tolerante"),
ella dice:
"¡Levántate! ¡Ven ahora mismo!
Detente en el cruce de caminos,
besa la tierra, la que ensuciaste,
y ante la que has pecado,
inclínate luego hacia el mundo,
di a todos en voz alta:
Yo soy el asesino–,
¿quieres?
¿Vienes conmigo?"–
y él fue con ella.

Todo aquel que consuela a otro


es boca de Cristo–

●●●

pequeño aster
El cadáver del conductor
de un camión de cerveza
fue alzado sobre la camilla.
Alguien le había colocado entre los dientes
una pequeña flor
oscura–clara–lila.
Cuando le saqué el paladar y la lengua
desde el pecho
con un largo cuchillo
debajo de la piel
he debido rozarla
porque la flor se deslizó
33 y 1/tercio vi
hacia el cerebro vecino.
La guardé en el tórax
entre el aserrín
cuando lo cosían.
¡Bebe hasta la saciedad en tu florero!
¡Descansa en paz,
pequeño aster!

●●●

curetaje
Ahora yace con las piernas abiertas
en el anillo de hierro
en la misma posición
que cuando copulaba.

La cabeza esparcida, fugaz,


al igual que si dijera:
dame, dame, trago tu miedo
hasta mi abismo.

El cuerpo aún fuerte


resiste al éter,
se arroja:
después de nosotros, el diluvio
y el final
solo tú, solo tú...

Ceden las paredes,


mesas, sillas
llenas de ser, enfermas
de hemorragia,
amasijos sedientos
de caídas cercanas.

●●●

turin
"Camino sobre suelas rotas",
escribió ese gran genio del mundo
en su última carta–, entonces
lo llevan a Jena–; psiquiátrico.

No puedo comprarme libros


33 y 1/tercio vi
me siento en las librerías:
notas–, luego buscar recortes:–
así son los días de Turin.

Mientras la noble podredumbre de Europa


chupaba en Pau, Bayreuth y Epsom,
él abrazaba dos caballos de tiro,
hasta que su hospedero lo llevó a casa.

●●●

en parte
en casa de mis padres no había ningún Gainsborough
y nadie tocaba a Chopin
una vida intelectual francamente prosaica
mi padre estuvo una vez en el teatro
a principios de siglo
la "Haubenlerche" de Wildenbruch
de eso vivíamos
era todo.

Hace tiempo que todo terminó


corazones grises, cabellos grises
el jardín en territorio polaco
las tumbas en parte, sólo en parte
pero todas eslavas,
línea Oder-Neisse
sin importancia para el interior de ataúdes
que los niños recuerdan
y los esposos a ratos también
en parte, sólo en parte
luego prosiguen su camino
sela,
fin del salmo.

Todavía hoy, en la noche de una gran ciudad


terrazas de café,
estrellas de verano,
de la mesa vecina
calidad hotelera de Frankfurt
comparaciones,
si los anhelos de las señoras insatisfechas
tuviesen peso
cada uno pesaría trescientos kilos.

Pero ¡un fluido!


Noche ardiente
33 y 1/tercio vi
como en un catálogo de viaje y
ladies que emergen de los cuadros:
beauties increíbles
piernas largas, altas cascadas
no está permitido pensar sobre
su entrega.

Las parejas no pueden competir


no llegan, pelotas en la cesta,
él fuma, ella le da vueltas a sus anillos,
por lo demás, digno de reflexión
relación del matrimonio y la creación masculina,
parálisis o acción frenética.

¡Preguntas, preguntas!
Recuerdos en una noche de verano
vislumbrados, esbozados,
en la casa de mis padres no había ningún Gainsborough
todo hundido
sólo en parte, lo total
sela,
fin del salmo.

●●●

madre
Te llevo como una herida
que no se cierra sobre mi frente.
No siempre duele, y el corazón
no se derrama mortalmente por ella.
Sólo algunas veces, de pronto, estoy ciego y siento
sangre en la boca.

●●●

construcción de la frase
Todos tienen cielo, amor y muerte.
Pero no nos ocuparemos de esas cosas,
la cultura se ha encargado de ello.
Lo nuevo es preguntarse por la construcción de la frase,
y esto es lo urgente:
¿Por qué nos expresamos?

¿Por qué rimamos o dibujamos una joven


directamente o como reflejo
33 y 1/tercio vi
o rayamos sobre un pedazo de papel
infinidad de plantas, copas de árboles, muros,
estos últimos
como gusanos con cabezas de tortuga
arrastrándose inquietantemente bajos
y de cierta manera?

Imponentemente incontestable.
No es cuestión de honorarios.
Muchos se mueren de hambre con ello. No.
Es un impulso de la mano,
teledirigido, una capa cerebral,
quizás un mesías retrasado, animal totémico,
priapismo formal a pesar del contenido
que luego olvidaremos.
Pero hoy la construcción de la frase
es lo primario.

"Los pocos que supieron comprender" –Goethe–


¿qué cosa?
Supongo: la construcción de la frase.

●●●

poemas estáticos
Ajena al desarrollo
es la profundidad del sabio,
hijos y nietos
no le inquietan,
no le penetran.

Representar corrientes,
acción,
viajar y llegar
es el signo de un mundo
que no ve claro.
Ante mi ventana,
–dice el sabio–
hay un valle,
en él se juntan las sombras,
dos chopos bordean un camino,
tú sabes– hacia dónde.

Perspectivismo
es otra palabra para su estática:
dibujar líneas,
seguirlas
33 y 1/tercio vi
según la ley del zarcillo–,
zarcillos chisporrotean–,
también arrojar bandadas, cuervos,
al rojo invernal de cielos matutinos,

luego dejar caer–,

tú sabes– para quién.

●●●

amenaza
Para que sepas:
vivo días animales.
Soy una hora de agua.
En las tardes descansa mi párpado como bosque y cielo.
Mi amor solo conoce pocas palabras:
es tan bello estar cerca de tu sangre.

replay
33 y 1/tercio vi
manuel vázquez montalbán
(barcelona, 1939 – 2003)

lo nuevo, lo viejo, lo inevitable

Cuando en 1925 Alexander Rodchenko visita la Feria de Paris


dispuesto a deslumbrarse ante el muestrario de la vanguardia
europea, comprueba orgulloso y asombrado que son los jóvenes
creadores soviéticos los que aportan las propuestas más audaces
frente al “conservadurismo” formal de las vanguardias burguesas. Él,
pintor, fotógrafo experimental, diseñador de interiores y exteriores,
presenta en la Feria de Paris nada menos que un “club obrero” y la
apuesta especulativa de los jóvenes creadores soviéticos va dirigida a
“un nuevo destinatario social”, eufemismo que significa la
desaparición del cliente burgués y su sustitución por el proletariado
como nueva mirada complementaria de la mirada indagadora del
artista. Tanto Rodchenko como la plana mayor de formalistas y
constructivistas asumen la lógica interna de la evolución de las artes
y consideran que el proceso de investigación lingüística sólo puede
activarlo cualitativamente ese nuevo destinatario social y visual que
no tiene la retina malformada por la apropiación de la obra como
mercancía y objeto de propiedad estética personal. El burgués filisteo
aparecía como el falso gozador maleado por las fijaciones de su
gusto. En cambio, se concebía como libre y virgen la retina de un
proletariado no resabiado, vanguardia de la Historia que
necesariamente se convertía en vanguardia estética.
Del trío de artistas que contempla ahora la exposición del Reina Sofía
de Madrid, Alexander Rodchenko es el más representativo de la
poética revolucionaria soviética, que vivió una intensa década de
creatividad entre 1918 y 1930. Una imagen obligada para cualquier
memoria culta es la que recoge en un mismo espacio a Shostakovich,
entonces jovencísimo músico, Maiakovski, Meyerhold y Rodchenko.
Nada menos que cuatro renovadores fundamentales de la música, la
escritura, el teatro y las artes plásticas unidos por esa búsqueda del
nuevo destinatario social, supremo avalador de lo nuevo frente a lo
viejo, que por el camino toparían con un intermediario no previsto que
decidiría la batalla entre lo nuevo y lo viejo imponiendo lo inevitable.
Casi toda la vanguardia soviética de los años veinte procede de
familias burguesas ilustradas, y han tenido acceso al patrimonio
cultural contemporáneo, bien mediante la cultura escrita, bien
mediante viajes que les han puesto en contacto con los centros de la
vanguardia europea. Otras veces ha sido las visitas a salones de
mecenas riquísimos como Tetriakov, Morozov y Shukin, los dos
últimos inversores en pintura contemporánea que tras la revolución,
de buen o mal grado, cedieron sus depósitos de obras de arte a los
33 y 1/tercio vi
museos oficiales. Lo cierto es que al producirse la revolución estos
artistas se identifican con ella y proponen desde una nueva
arquitectura a un nuevo monumentalismo público y la aplicación de
las artes a la producción y las formas de vida. Tatlin, Meyerhold,
Malevich, Maiakovski, la Popova, la Stepanova, Rodchenko, el
Lissitzky, Vesnin, Gabo y tantos otros se avinieron a hacer arte
aplicado conectado con las necesidades revolucionarias sin perder
sus propios códigos lingüísticos. Maiakovski escribirá poesía
publicitaria y carteles, o prestaría su verbo a poesía, teatro,
alocuciones de agitación conectadas con las masas. El concepto de
arte aplicado de los artistas soviéticos va más allá de prestarse a
diseñar decorados teatrales o ilustraciones librescas, y tanto
Rodchenko como la Popova o la Stepanova diseñaron vestuario de
trabajo, estampados para telas, trajes para happenings callejeros que
se convertían en propuestas de nuevas formas de vida, porque para
ellos no bastaba con cambiar la Historia si no se cambiaba la vida.
Conectar la creación con lo cotidiano, sometida a las necesidades de
ese nuevo destinatario social, es lo que lleva a Rodchenko a proponer
su mono de trabajo, a El Lissitzky a diseñar tribunas públicas para
oradores que rompen la liturgia del púlpito. Todos intervienen en la
organización y el diseño de cabalgatas y cualquier tipo de
manifestación conmemorativa o lúdica, porque la calle es el nuevo
escenario, la realidad el vehículo total de la expresividad, y
Maiakovski ha ordenado: “A la calle los futuristas, los tambores y los
poetas”. “Los pintores y los poetas –proclamaba Volodia Maiakovski
en el Orden del día del Ejército de las Artes– cogerán sin tardar los
botes de pintura y mediante los pinceles de su arte iluminarán,
cubrirán con dibujos las caderas, las frentes, los pechos de las
ciudades, las estaciones y los siempre fugitivos rebaños de vagones”
y Kandinsky solicitaba en 1919 la construcción del Monumento
Universal a la Utopía: “Que este edificio se distinga por su ligereza y
su movilidad. Su capacidad de cobijar no solamente a los que hoy
viven en él, aunque sólo sea en los sueños, sino también a lo que
hará nacer el primer sueño de mañana”.
Estos creadores pasaron de la obra singular, que respetaron incluso
como una convención más de su código, a la producción seriada de
estampados de tejidos. Utilizaron toda clase de soportes y
experimentaron cualquier vehículo de protesta artística, como
tratando de huir de los límites físicos condicionadotes de la
mercancía: libro, sala de exposición, cuadro. Y en su afán de denuncia
de lo viejo, Lila Brik, la amante constante de Maiakovski, se viste con
un tenue vestido de gasa, sin ropa interior, pero, eso sí, no prescinde
un cursi sombrerito de salón de té. Si revisamos el sino de la relación
obra–revolución de los constructivistas, se aprecia un impulso creador
osado y confiado en la complicidad política de Lunacharski o Trotski,
buenos catadores de arte y literatura, impulso que permanecería
hasta bien entrada la década de los veinte. Luego se presiente el final
infeliz ante la reacción conservadora en nombre del utilitarismo y los
grandes creadores de la política o la estética, o emigran o tratan de
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librar batallas posibilistas contra el mediocre orden que
paulatinamente va estableciendo la nueva promoción dirigente, una
mesocracia revolucionaria hecha a imagen y semejanza del
todopoderoso secretario general, de organización y de las
nacionalidades, José Stalin. Una victoria que dio ánimos a los jóvenes
creadores fue la elección del arquitecto Meilnekov para que diseñara
el pabellón soviético en la Feria de Paris de 1925; punto culminante
de la edad de oro de la creatividad revolucionaria, y una derrota que
auguraba males futuros, fue la imposibilidad de construir el
Monumento a la III Internacional, ideado por Tatlin y juzgado
escandalosamente innecesario en tiempos de necesidades más
urgentes, mientras ya empezaba a prosperar una nefasta
monumentalidad que llenaba de supuesto contenido revolucionario el
continente formal del neoclasicismo zarista.
La Popova murió de escarlatina en 1924 y se libró de presenciar el
desastre. La Stepanova y Rodchenko, quien después de haber incidido
poderosamente en la evolución de las artes contemporáneas, con un
prestigio extraordinario fuera de la URSS, acabaría sobreviviendo a
base de pequeñas obras menores de propaganda, para morir en
1956, prácticamente olvidado. Tatlin no se resignó a desaparecer tan
discretamente, y el genial urdidor de utopías construibles se atrevió a
desafiar la imaginación burocrática en 1932, cuando empezaba su
ascensión irresistible, proponiendo el Letatlin, una máquina voladora.
Tatlin era el soñador tolerado, y en 1941 se presentó con el proyecto
de su gigantesco decorado: un camuflaje de la ciudad de Moscú para
despistar a los nazis alemanes, que avanzaban hacia la capital
soviética. Los creadores constructivistas, futuristas y formalistas que
quisieron seguir en activo tuvieron que volver a la pequeña pieza
singular que no iba a llegar al destinatario social porque se interponía
el gusto del Estado, decretando que sólo el realismo socialista era el
código que debía ser favorecido mediante encargos. Un pintor de
grandes superficies como Filinov escondió sus creaciones durante
décadas, se murió de hambre durante el asedio a Leningrado, al que
contribuyó la División Azul española, y sus pinturas no volvieron a ser
expuestas hasta el “deshielo”. En cuanto a los grandes del
constructivismo, sus piezas fueron permitidas en los museos como
testimonios de un intento de vanguardia desconectado de la pintura
necesaria, épica e historicista, rigurosamente realista, que les
sustituyó. Lo que tenían el constructivismo, el cubismo y el futurismo
de eslabones entre el pasado y el futuro de las artes se convirtió en la
URSS una cadena cortada. Buena parte del proyectismo
arquitectónico, escultórico, monumentalista en general, de los años
veinte, considerado como el más avanzado del mundo por la crítica
vanguardista europea, quedó en eso, en proyectos, mientras los
tribunales estéticos concedían el premio de proyección de un
Monumento a los soviets a un pisapapeles gigantesco ideado por
Yorfan y rechazaban proyectos que llegaban avalados por la punta de
lanza de la modernidad revolucionaria. Hay que añadir que el tribunal
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concesionario lo presidía un político con tanto criterio artístico como
Molotov.
De la foto de Shostakovich, Meyerhold, Maiakovski y Rodchenko
puede extraerse un balance postrimero estremecedor. Maiakovski se
suicidó porque no podía soportar el “odioso sentido común”, entre
otras causas más emotivas, como el reproche de los “escritores
proletarios” a sus ínfulas formalistas, Rodchenko acabó entre
subalternidades, a Shostakovich, Pravda le criticó su obra Lady
Macbeth de Mzensk, porque no la podía silbar un obrero mientras se
afeitaba, en cuanto a Meyerhold, acusado de formalismo, su teatro
fue disuelto en 1938 y murió alrededor de 1942 en circunstancias de
internamiento no excesivamente aclaradas pero clarísimas.

replay
33 y 1/tercio vi
ronald sukenick
(Brooklyn, 1932 – 2004)

introducción a black ice

Cuando primero empecé a ocuparme de la revista Black Ice algunos


años atrás, decidí invocar un criterio de diversión para aceptar
manuscritos: publicaría todo lo que no pudiera comprender, cosas
que nunca hubiera visto antes. Pero ¿qué hay sobre la calidad?,
pueden preguntar. Bueno, medio que decidí que la calidad se cuidara
sola –porque ¿como decidir sobre la calidad de algo que no
entiendes? –¿O algo para lo cual no hay comparación? La calidad es
un juicio después del hecho –después del hecho de haber clasificado,
procesado y digerido una pieza –cuán aburrido– comparado con la
experiencia especulativa de vagar, maravillarse, hallar algo
misterioso que provoque tu imaginación. Cierto, no son criterios
adecuados para aquellos atraídos por la satisfacción de una buena
historia de detectives, pero puede ser atractivo para los lectores
interesados en las sorpresas de lo desconocido.
Los criterios son medidas usualmente asociadas con calidad o
excelencia. Pero ¿qué hay con los criterios que miden el parecido con
la experiencia real, la experiencia de moverse a través del mundo con
todas sus contingencias, desconocimientos y cogniciones
fragmentarias? –¿Qué hay con los criterios que no miden la
experiencia sino que introducen más experiencia, que introducen vías
para llegar a la experiencia, o incluso formas de lidiar con ella? Quizás
es tiempo de recuperar la patética falacia –en el terreno de que el
aburrimiento es mejor representado en el arte aburrido, pero no por
mucho– y aburrido en el sentido en el que Proust es aburrido, o
Wordsworth en el Preludio– y la excitación debería ser llevada a cabo
por el arte excitante, esto es, por la excitación en un nivel paralelo a
la experiencia. En otras palabras, los criterios deberían medir la
calidad de la experiencia ofrecida, ya sea si la experiencia es
experiencia de arte o, digamos, social.
Pero hay diferencias en la calidad, después de todo, y necesitamos
referenciarlas de alguna manera.
Tales diferencias son hechas en el Cielo –o lo que conocemos del
Cielo, que es el reino de lo extremo– donde, entre otras cosas
superlativas– residen el Conocimiento, la Pericia y la Experiencia –que
emiten autoridad y la autoridad es persuasiva, nos persuade de que
vale la pena prestarle atención –porque se ocupa de una misión de
descubrimiento, una misión en la que puede fallar, pero en la cual
está mejor equipada para desechar lo viejo de lo nuevo, y lo
interesante de lo meramente nuevo.
33 y 1/tercio vi
En esta misión hay muchos errores para cometer, errores que solo
pueden ser corregidos mediante el éxito, y misiones más exactas. Es
esta misión arriesgada en la creía sería divertido meterme con la
revista Black Ice –para mejor y para peor. Afortunadamente, el
coeditor Mark Amerika y otros editores de éxito han probado ser
exploradores.
Cuando Black Ice se hizo electrónica, una nueva consideración se hizo
aparente: este es un medio en el que todo es nuevo, en el que incluso
el trabajo más tradicional es nuevo porque está enmarcado de otra
manera. Escribir para la pantalla no es lo mismo a escribir para la
página –hay una cualidad maleable y plástica en la pantalla que
evidencia la continuidad de la escritura con las bellas artes,
empezando por la caligrafía. Todo tipo de posibilidades surgen, desde
la letra que puede moverse por la página y el dibujo que puede
ligarse con la escritura, hasta usar movimiento y sonido de varias
maneras –por ejemplo, le estoy dictando esto a mi programa de
reconocimiento de voz, el cual tiene su impacto en términos de estilo.
Así que una de las variables en las elecciones para esta colección es
la explotación de las posibilidades del medio. El aspecto
multidimensional de la computadora es fascinante –despliega un
posible rango entre el haiku hasta la opera de salón. Prepárense –todo
tipo de híbridos están por salir al mundo.

replay
33 y 1/tercio vi
v de black

pingüino de diamante (wiley wiggins


Había una vez un pingüino anaconda de diamante que dijo “Se
llevaban los prisioneros en los barcos en filas indias”. Este Diamante
estaba oxidado por el desuso, y se hallaba perdido en el bolsillo del
abrigo de una adolescente, junto a una carta de amor de un chico
retardado que se sienta en el pasillo C, bajo el ojo vigilante de un
gran tigre de Bengala. Cuando juegan, ella le pone el ojo negro y
espesas secreciones mucosas le corren por la cara, pero
secretamente se comunican de la misma manera que las flores se
hacen el amor: en el viento y en las delgadas alas de los insectos.
Disponen planes en atrevidas fotografías que reproducen,
emborronadas y contrastadas en geométricos diseños negros que
poco tienen que ver con las imágenes originales. Estirar pequeña
columna y dormitar todo el día bajo el sol como un gato. Las uñas de
metal verde del robot–mamá despiertan a las larvas a las nueve a.m.
con ojos de reloj digital y las crías comienzan a alimentarse, todavía
en lo oscuro, dado que aún no tienen ojos, y la robot–mamá ve por
infrarrojo. Las marcas de calor de las larvas muestran su género y
edad mientras engullen proteínas regurgitadas con suaves
mandíbulas translúcidas. Le maldijeron la espalda al chico retardado
en el juego de halar la cuerda y ahora su piel se pudre a una edad tan
temprana, se ve tan atrayente con su casco de seguridad… los
secretos de la cocina mexicana tan a mano. Un hombre con
pantalones de hierro tan rectos como tuberías PVC recorta nombres
de rollos de listas. Es una isla de dignidad en una colmena de niños
retardados, podridos, y larvas.
El hombre poseía dieciséis pollos a la hora de llegada (en este país,
eso es una fortuna). Un país de maravillas de pollos. Una fiesta de
pollos en verdad. Ahora solo tiene ocho pollos. Los niños tienen la
culpa. Se llevan sus pollos y los devoran vivos en los baños públicos,
dibujan graffitis en las paredes con sangre de pollo. Pandillas de
chicos merodeadores, en frenesí de droga, empapados en sangre de
pollo, bailando break, o lo que sea que hagan.
Se envían señales secretas por rayos de patrón emitidos por iris,
parece un rayo iridisado de luz helada, pero brilla solo por un instante
como relámpago, tan agudo como hilo.
El amor es real, pero nadie se lo merece, es el mensaje especial en
los titulares de las 6 p.m. y el café se enfría en el comedor. Lupita, la
que sirve el almuerzo, observa civilizaciones formarse en la superficie
del líquido negro.
Se forma una gran guerra. Los Reyes del este envían emisarios de
guerra al suroeste, donde los clanes de los hombres–bestia recogen el
calor del hierro allá abajo en sus pozos de calor telemétricos. Chispas
de luz danzan en la superficie del café mientras el mundo se enfría y
33 y 1/tercio vi
muere como molde poniéndose blanco y muerto en el tiempo de un
ojo divino. Lupita se aburre y enciende un cigarrillo. El hombre
regresará pronto por su sopa. ¡Pollo, pollo, pollo!
Abrazable como un oso de peluche relleno de amables vidrios rotos.
“Lo llamo crujiente.” Niños sin dientes se arrastran a través de los
falsos techos y chupan los gases fluorescentes de las fuentes de luz.
No me preguntes como lo hacen, hombre, soy un “idiota”. Las uñas
penetran la cáscara pegajosa de una naranja y varias piezas de ropa
interior giran gritando en la portezuela de una maltrecha secadora
verdegris. Lápiz labial punk–rock en una maestra de primaria de
mediana edad. Como para vomitar. Grabadoras sobresalen de los
muros en tallos de coral, para los padres que vienen a votar, dejadas
sin cintas para los niños como en una escena de crimen. La mujer
más hermosa que jamás haya vivido compra una barra de caramelo y
se saca los mocos, revisando después el dedo para ver de que color
es. Los niños se arrastran a través de los conductos de aire y hacen
pactos secretos en los espacios entre paredes. Vete a saber, estoy
cansado de ser sicoanalizado por chicas de dieciséis años que creen
que Tori Amos es una especie de artista visionaria.
El Transformer–Hitler–Jesus–Camión de Basura; he ahí un artista
visionario. No solamente voy a patear tu aparato de televisión,
también voy a poseerlo brutalmente mientras aún esté conectado.
Brillo variable en rosarios oscuros y patas de araña en aviones a
propulsión con combustibles de yogurt de frambuesa que nunca
volarán. Pilotos de la fuerza aérea piden velocidad en sus cabinas y
lloran porque nunca verán otro episodio de Tres es compañía. No te
preocupes, nunca lo volveré a dejar colgando otra vez. De ahora en
adelante, soy un grano seco. Un segmento olvidado de piel
descolorida.
Un ojo mira a través de las persianas a través de la calle. Un camión
arrastra una nube de polvo tras de sí, brillante caótico movimiento
browniano materializando la luz del sol. Haz que llueva, por favor, haz
que llueva. Haré un poco de esa estúpida danza de la lluvia en el
jardín y todos los vecinos me mirarán y haré ruidos raros indios, solo
para traer precipitación, coño. ¿Huh? Quiero un derrame torrencial a
plena luz del día, el sol aún brillando imposiblemente, y un millón de
pequeños y delicados arcoiris claramente definidos, ya no borrosos,
sino completamente tangibles y de repente un poco siniestros. Las
flores se marchitan y llueve insecticida, el cielo es como diarrea.
Llueve simple cola caliente. Llueven curitas coaguladas y pegajosas.
Hace calor. Afuera es como la entrepierna de una prostituta de
ochenta años en México en agosto. Se forma un falso techo de
madera fragmentada sobre el mundo. El Family Channel y el Disney
repentinamente promueven el suicidio. El presidente sale en
televisión para decir “coño, estamos jodidos”, y enciende una pipa de
crack mientras la Primera Dama mata a golpes a la primera hija con
un palo de golf. La población mundial de abejas regresa de Alaska,
pero ahora están hechas de algún metal rojo y pueden hablar en
todos los idiomas del mundo.
33 y 1/tercio vi
“Humanos”, dicen.
“Vamos a comenzar a matarlos ahora.”
Y así lo hacen. Los niños y los pacientes mentales escapados forman
tribus bárbaras de guerreros–sacerdotes, usando pedazos de equipos
deportivos y cortinas. Matan y devoran todo lo que ven y se ocultan
de las abejas durante el día. El hombre con los pantalones como
columnas de hierro se cuelga en la lavandería junto a los panties
girantes de Lupita. Los tres pollos que quedan van al nido, y pronto
todos estarán pintando huevos de Pascua. Eso mantendrá ocupados a
los niños. En lo que a mí respecta, aún estoy aquí. No estoy seguro
quién soy o que estoy haciendo exactamente, pero estoy seguro de
que todo debe estar en orden. Si algo andara mal, sería notado y
arreglado por el pertinente pingüino de diamante.

●●●

espectáculo de arte (michelle albert


Viajo a lo largo del país visitando amigos y cuando llego a tu pueblo,
me invitas a quedarme en tu casa. Nos pasamos la tarde tomando
vino y hablando. Estamos mareados y contentos a la hora que
decidimos despedirnos. Voy al baño y cuando salgo estás parado en
el umbral. Sonrío. Buenas noches, digo. Buenas noches, dices tú. Pero
ninguno de los dos nos movemos y la distancia entre nosotros parece
tonta. Creo que no hay razón para esta situación embarazosa.
Así que digo Okay una vez más. Buenas noches. Y sonrío y me acerco
a ti y nos abrazamos. Un abrazo tentativo, pero entonces nos
apretamos el uno al otro un poco más fuerte.
Me divertí esta noche, dices tú. Conversamos boberías, nos hacemos
bromas. Mi cara está enterrada en tu cuello y mis ojos están cerrados.
Corro mis manos por tu espalda. Haces lo mismo y me abrazas más
fuerte y puedo sentir que estás dispuesto.
Estábamos tratando de fingir que era un abrazo platónico de buenas
noches pero no podemos más, y tú gimes, agarras mis hombros y me
empujas contra la pared. Aprietas mis manos y besas mi cara, mi
cuello. Echo atrás mi cabeza y tiemblo. Susurro Hazme el amor.
Me subes la blusa más allá de los senos, los aprietas, los besas, los
muerdes. Me quitas el short y me dejas los panties por los tobillos.
Libero una pierna y tú corres tus manos por mis muslos, abriendo mis
piernas mientras tanto. Entonces te incrustas en mi. Duro. Mis brazos
en tu espalda, clavo mis uñas en tu piel, muerdo tu hombro.
Te lanzas más profundo en mi, te incrustas como si estuvieras
tratando de clavarme a la pared. Y me siento a mi misma
hundiéndome en el recubrimiento, siento la pared deshaciéndose
detrás de mi. Con cada sacudida me hundo más y más profundo.
Y ahí es donde me encuentra tu novia al día siguiente: empotrada en
la pared, con las piernas abiertas, el short y los panties colgando de
33 y 1/tercio vi
un tobillo, mi blusa empujada hasta la barbilla. Sobresalgo de la pared
como un horrible grabado erótico a relieve.
¿Qué crees?, le preguntas a ella.
Un poco extremo. Aunque luce muy vivo, dice ella, y pasa sus manos
por mi cara, vientre, senos. Me gusta. No es tu gusto usual.
Lo traje para ti. Le sonríes. Pensaba en ti cuando lo colgué aquí
anoche.

●●●

¿cuándo me infectó? (bayard jonson


me habrá infectado con su fluido de amor y saliva caliente y sangre
lunar moribunda, con el corte en su labio, con su mordida juguetona,
el tatuaje de su uña a través de mi espalda, su hemorragia de
muerte, con las lágrimas que lamí de sus ojos, la leche derramándose
de sus tetas, el sudor cubriéndole las costillas, la flema en su
garganta, su mucosa de río, el almidón que ella cultiva, su diente con
absceso, su herida de chancro, su uña enterrada, el borde su vaso y
saliva en el tenedor, su tos constante, con la sangre de sus rodillas y
caderas y espina dorsal, cuando me arranca la lengua, en nuestro
accidente sangriento de automóvil, rescatado por asaltadores,
revivido por CPR, sangrando en mi boca, con el fluido meningal
derramándose de sus orejas y nariz, con su tuétano infectado, con el
transplante de su pequeño corazón enfermo, compartiendo la misma
guitarra y tocando hasta que nos sangraran los dedos, jugando a los
hermanos carnales, teniendo el mismo tubo de pasta dental,
compartiendo un cepillo con sus encías sangrientas, mojando papitas
fritas en la misma salsa, mordiendo demasiado profundo en la misma
carne, prestándome sus jeringuillas, con su saliva en el auricular del
teléfono, con su pus, cuando su ropa interior me corta la piel, con las
secreciones de los folículos de sus cabellos arrancados, con el aliento
húmedo y tibio que chupo de sus pulmones, cuando uso su hilo dental
viejo que recojo de la basura, cuando vuelvo a usar sus suturas,
compartiendo los binoculares, con sus lesiones, su diarrea, usando el
cepillo de pelo equivocado, cubierto por vidrios rotos, a través del
teléfono, cuando le damos a la misma tecla, cuando el preservativo
implosiona, cuando nos cortamos con el filo de la tarjeta VISA

●●●

peter (jeffery deshell


Merezco un descanso hoy, así que levántate y vete (McDonald, por
1987). Con estas palabras, las primeras palabras que llegan a su
conciencia “cantadas” mentalmente para él en una representación
bastante acertada de la melodía, Peter salió de la cama y fue hasta el
baño para orinar. Tenía un día completo planeado. Miró al reloj de
33 y 1/tercio vi
pared Leningrad Cowboy ($149.95, Sharper Image Bel Air o Big Ben’s
en Fashion Island): ya eran las nueve y media. Hora de salir.
Terminó de orinar, descargó y se miró en el espejo sobre el
lavamanos. No estaba mal, pero la barba tendría que irse. Haría que
Wanda lo hiciera; a ella le gustaba hacer ese tipo de cosas,
probablemente usaría algo liviano (esa cosa cara de abalorios
transparentes (Kritzia $2700), o ese camisón de seda Bill Blass
($900)), mientras rasuraría su cara con la navaja, cantando Puccini o
alguna de esas basuras –no, no era basura– cuidado con poner mentol
Edge en esa corona de pistachos. Ella seguramente querría grabarlo
en video, o tal vez incluso hacerlo en el Club Stick, hacer un
fenómeno (su palabra) de eso. Trataría de convencerla para que lo
afeitara desnuda, en el baño de ella, sus pezones rozando los
hombros de él, como la versión restringida de ese comercial Schick,
ese donde, de alguna manera, la chica tiene en el estómago una
franja de crema de afeitar… o esa película, ¿cuál era? ¿con Travolta?
Fenómeno, por supuesto (vaya coincidencia) ¿No era aquella en la
que él hacía de ángel? No, esa era alguna otra. De todas formas, ella
le daría la vuelta lentamente, se pararía tras él, su cabeza contra su
vientre, su matorral restregándose contra su hombro, mientras suave
y cuidadosamente, le quitaría su (decididamente pequeña) barba. Y
después que ella lo afeitara a él, quizás él la afeitaría a ella, eso sería
lo justo (quizás podrían filmarlo en video).
Sostenía el pene, pequeño Pete (pequeñito Pete), en su mano y se
estaba endureciendo. Pete y repete. No había tiempo para
masturbarse ahora (¿Cuándo regresaría Wanda?), tenía que hacer
algo de trabajo (un reporte sobre jazz ácido) antes de encontrarse con
Kay para almorzar. Era su ritual, su rutina, cada día de la semana
(cuando ambos estaban en la ciudad) desde la escuela preparatoria.
Él y Kay almorzarían en Marinetti´s (Tony Curtis era el dueño, padre
de la vaca Jaime (a pesar de que ella estuvo medio buena en Trading
places)), precisamente a la una de la tarde, en una mesa cerca del
fondo (no cerca de la cocina, ciertamente) y con la pasta (primavera
($17.95) o alfredo ($14.95)) y una copa de vino (casi siempre Pauillac
Pichon Lalande ($12.95) o a veces St. Julien Gloria ($6.95) (Kay)) y
ravioli de pato ($15.95) o cabello de ángel con pesto ($10.95) y una o
dos cervezas Sierra Nevada ($4.95 [Peter]), discutirían partes de sus
vidas (asuntos de propiedades de viviendas, [ella], y la escuela y
entonces, más tarde, proyectos de trabajo y arreglos de compromisos
(matrimonio, él) y planearían dos o tres veces sus viajes anuales (él
había liberado a Pete hacía un tiempo para que volviera a su tamaño
normal). Habían dos asuntos que nunca eran mencionados: los padres
de él y los novios de ella (Pete los odiaba a todos (uno o dos de los
cuales incluso estaban cinco años en el rango de edad de Pete)). Kay
siempre pagaba. If you live through this hmm hmm hmm I will die for
you (Hole, Mother May I Music, BMI 1994); era hora de irse; ducharse
(Zest y Paul Mitchell $4.99 (no estaba caliente como Gabriella Reece,
¿o era para la Nike?)), cepillarse los dientes (Rembrandt 6 oz $7.99),
vestirse, revisar el e–mail (más tarde se afeitaría) y ver como andaba
33 y 1/tercio vi
el mundo (virtual). Con suerte se quedaría en casa hasta la hora de
almorzar y no saldría a la calle o a la oficina hasta las dos y media
más o menos, aunque le hubiera gustado comer algo y había un
Bucks en camino al trabajo.
Después de terminar en el baño, volvió al dormitorio para ponerse su
ropa interior de algodón verde Fall into the Gap ($8.95), jean shorts
grises ($12.95 en venta), cinturón de cuero negro de Hard–On Leather
($49.95), pulóver negro de Ministry (Jesus built my hot rod (tal vez un
regalo de alguien –¿Freddie?– o alguna basura promocional de la
oficina)) sin medias y Puma Trainspotters en blanco y negro ($59.95
(Eh mate ‘airs me fickin ‘eroin Shute yer fickin gob)). Mientras se
ataba los cordones le echó una mirada ausente al montón de ropa
sucia (Tina ($14 la hora) estaba de vacaciones (tendría que salir o
hacerse su propia comida)), y advirtió una forma geométrica regular
entre el suave caos de la ropa sucia: el control remoto de su equipo
(Sony CVC3000, regalo de cumpleaños de Wanda o, más
precisamente, del padrastro de Wanda (probablemente habría
costado cerca de $599)). ¡Lo había estado buscando hacía días! Un
presagio, tal vez, de un día verdaderamente increíble. Lo levantó y lo
apuntó a la caja de la esquina. ¿Qué tienen las ondas radiales para
ofrecer?
¡KROQ apesta! Escúchenos de todas formas. Él sonrió. Le encantaba
ese comercial y lo repitió en alta voz: ¡KROQ apesta! Escúchenos de
todas formas. Pensó en ir a su cocina (sin leche) o a la de Kay (la
cocina en la casa principal ($300,000 en 1980, probablemente 1.5
millones ahora)), pero después se lo pensó mejor, no quería hallar a
(¿quién era esta semana?) Pavo, descansando en el jacuzzi (Hola,
Pavo, ¿quiay? ¿Qué? ¿Cómo te va? Bien… pausa incómoda ¿Y a ti?
Bien… otra pausa incómoda ¿quieres tomar algo? Quien necesita esa
mierda. I’m a loser baby, so why don’t you kill me (maldito Beck)).
Mientras pudiera evitar líos, podía saltarse la comida, buscar algo
mientras iba a almorzar o, si tenía que ir a la oficina, recoger un latte
doble en Bucks. Apagó el radio y fue al cuarto grande (el estudio)
donde estaban sus juguetes: su teclado Yamaha de seis años PSR 320
($499), su televisor de 32 pulgadas (tenía que haber comprado el de
35, maldición) Sony XBR tv ($1499 (gracias, padrastro de Wanda)),
Sony SVHS 528A ($599 de costo) y Mitsubishi 3568 ($499) caseteras
de cintas de video con un mezclador de video Panasonic 14A ($400),
un Nintendo 64 ($199 en venta) con distintos cartuchos (FIFA Football,
Super Super Mario Brothers, Sim City Deluxe y Total Recall, todo en
$59.99), su Yamaha (RV901 $399) y JBL Home Theater System
(SCS120 $1299), una cámara de video Sony 8 mm con monitor LCD a
colores (CCD–TRV22 $700), un poco usado Powerbook (Mac todo el
tiempo) 1400cs (36 megas ram 750 megas disco duro [$2699] que
estaba realmente cogiendo polvo mientras Tina estaba ausente), y su
nena, una minitorre de 240MHz, 64MB, 4 GB with a 12X CD–ROM
Powerbase ($2699) con drive interno Jaz ($499), display Sony 17sfII
($799 en rebaja), bocinas para computadoras 3–way Cambridge
Soundworks MicroWorks ($349), una impresora HP DeskJet 870Cse
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($499), y un Fax/Modem Global Village 112 bps nuevecito (en
préstamo de la oficina costando cerca de $400 por MacMall, suponía).
Más software diverso. Okey, Scully, hora de irse, porque la verdad
está allá afuera.

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de el libro de lázaro (richard grossman


ir abajo y en la alacena habían drogas y me di un disparo y eso me
satisfizo aunque no como ningún tipo de liberación sino con un sabor
en la boca a aceite de pescado y paprika de un restaurant húngaro
barato y me puse de manos y rodillas y me arrastré hasta la puerta y
terminé arrodillado frente a una mujer desnuda de cuerpo voluptuoso
que sostenía un termómetro y quería metérmelo por el recto y yo
tenía miedo de que si ella lo hacía yo me vendría y yo quería hacerlo
de veras y necesitaba una inyección de nuevo inmediatamente para
volver a arreglarme y especialmente mi hígado y la aguja estaba en
mi brazo y sentí ese pequeño dolor que señala un fin a la miseria y
me encontré en una cena que tenía lugar en el escenario de un teatro
con favores y gente haciendo ruido y llenando bandejas de
hamburguesas dobles y me daba cuenta de la presencia de un
público grande y sentí un deseo espontáneo de satisfacerlos y
entretenerlos y vino un camarero con champagne y murmuró algo en
mi oído mientras al otro lado de la mesa había una pareja de ancianos
y el hombre usaba una chaqueta de doble pecho con un emblema de
yates en el bolsillo y había diamantes en cada uno de los dientes
superiores de la anciana y tenía una tiara en su peinado y el hombre
tenía un sombrero amarillo de remar con una cinta plástica negra y
parecían hablar desaprobatoriamente de mi ya que hacían muecas y
yo abandoné la mesa y caminé hasta las alas del teatro donde varias
sogas sostenían un andamio que colgaba sobre el escenario y cogí
una de las sogas y la desaté y la soga me lastimó la mano mientras
se deslizaba por el aire y hubo como un chillido muy alto y el andamio
se inclinó y cayó en un extremo de la mesa del banquete y varias
sillas se cayeron y la anciana corría por el escenario con una herida
en la frente y la tiara se le había caído pero el público se había
quedado en silencio y el hombre con el sombrero de remar vino y dijo
que algo tenía que hacerse pero yo no pude entender por que se
quejaba él y fui por uno de los pasillos hasta la salida y estaba a unos
pocos pasos de las puertas giratorias cuando el público corrió por los
túneles de los balcones superiores y los pasillos excavados en el
interior del edificio y se empujaban unos a otros y empujaban carritos
de compras y parecían estar buscando cosas para comprar bajo las
luces de neón de la tienda del teatro cuya propuesta principal era el
gran descuento del almacén de juguetes y había una sección en la
tienda donde se impartían lecciones de catecismo y una hilera de
patos de madera estaban en un estante junto a la clase y uno de los
patos empezó a hablar y tenía una boca con bisagras como la boca de
una marioneta y había otra sección de la tienda que tenía serruchos
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de mesa y taladros y el hombre del sombrero de remar estaba
ocupado taladrando un agujero en un pedazo de madera que resultó
ser uno de los patos de madera y el metal chirriaba en el culo del
pato y al pato no parecía importarle mientras su boca se movía en las
bisagras y cuac cuac tan rápido que parecía una máquina
funcionando y la sangre corría como un río fuera del culo del pato
aunque el río tenía trozos de grasa amarilla flotando en él y la grasa
cayó al suelo del almacén en pilas suaves y comenzó a derretirse
lentamente en la sangre que cubría el suelo y el hombre con el
sombrero de remar se subió las mangas y tenía cicatrices en sus
brazos que no eran precisamente pistas aunque se movían junto a
sus venas y eran más como postillas cruzadas con cabellos como los
cabellos en antebrazos de mujeres y sus músculos rocosos subían y
bajaban entre sus muñecas y hombros y se fue y usaba un delantal y
yo pensé por un instante que era Gepetto del cuento de Pinocho y
que estábamos en ese tipo de situación de taller y comencé a
retroceder porque el pato estaba en el suelo y atacaba mis tobillos
mientras se revolcaba en su grasa y sangre y yo me ponía aprensivo
y tenía pánico porque creía que el pato era venenoso y contenía
veneno de araña viuda negra y me habían dicho hacía tiempo que
había una cura para ese veneno pero que tenías que buscar un árbol
y yo comencé a creer que podría haber un departamento en el
almacén que se especializara en el tipo de árbol que aliviaría el dolor
de la picada de una araña viuda negra y paseé por las avenidas de
juguetes mientras mantenía mis ojos pegados en el pato que conocía
su propio sendero de ataque porque el pato sabía donde yo iba y
había planeado una estrategia y tenía un mapa en su cerebro que
contenía todos los aspectos del almacén y habían flechas en su mapa
que iban en ángulos rectos por la tienda y en determinado punto la
punta de la flecha del sendero de los patos harían intersección con
mis pies mientras se movían por los pasillos del almacén y me
envenenarían antes de que pudiera tener acceso al árbol que
necesitaba pero estaba de suerte había una librería al otro lado de la
calle y entré para buscar revistas porque quería aprender como
escapar de la mordida de la araña viuda negra y un número de
periódicos de fisiculturismo con fotografías de mujeres con físicos
esculturales que apretaban bolsas y hacían muecas y lucían
ridículamente felices de estar levantando pesas y hombres que las
sostenían como prima ballerinas pero no se habían afeitado y no
estaban presentables en los estantes y una de las revistas se llamaba
dumbbells in hiding y otra se llamaba preciosos momentos y estaba
yo parado en la proa de un bote que me traía de regreso de un país
lejano y tenía una vaga idea de que iba en la dirección equivocada y
cantaba para mi interior pero no podía darme cuenta de lo que estaba
cantando y no me daba cuenta de lo que salía de mi boca o incluso de
lo que trataba de cantar aunque me daba cuenta que cantaba algo
pero no había manera de darme cuenta que tipo de canto estaba yo
haciendo mientras las olas envolvían los costados de mi bote que me
llevaba en dos direcciones a la vez y estaba mirando a un dispositivo
que descansaba contra una cosa que tenía una palanca sobresaliendo
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de arriba y temibles mandíbulas hechas de bronce y pensé que era
equipo de oficina o usado para cortar ropa pero comenzó a moverse
como se movía el pato y la palanca se movió hacia adelante y atrás y
las varias partes de la máquina se dispusieron de forma tal que
recordaba algunos aspectos de conducta de un ánade aunque me di
cuenta de que no podía envenenarme porque estaba totalmente
vacía y fabricada de metal y de aire marino y eso me hizo
tranquilizarme hasta que sentí un dolor agudo en mi costado y me di
cuenta que de alguna manera la máquina podía saltar en el aire y
atacarme en cualquier parte blanda y vulnerable de mi cuerpo y
comerse mi ojo por ejemplo o morderme los huevos o arrancarme uno
de mis dedos y supe que mientras esa máquina estuviera ahí yo no
tendría donde esconderme

replay
33 y 1/tercio vi
jorge alberto aguiar –jaad–
(la habana, 1966)

borde (libro en proceso ´07

primer poema de borde

1
todo lo que necesitas
y quieres dinero
fuete diario

2
de ciudad a campo
(te lías en místicas
fabricas ecología) ¿pero
cómo evadir la realidad?
humano-cebolleta
en sacos de producción

3
pincha
corta
punza
zarpa
mete baza
cuerpo en paila

charcutería civil
políticas del desplazamiento

lo demás vallas
vallas hermosas
fatigosa publicidad

●●●

segundo poema de borde


lindes inciviles duras
finanzas

cualquiera de nosotros cuenta


pesos
33 y 1/tercio vi
por el hueco del ojo
ve accesorias

vidrieras de vía
pública ansiedad
privada de cavar por boca
cualquier deseo de consumo o libertad

nosotros somos
nadie aglomerados en tensas
multitudes

recorrer perímetros para morir


acuchillados

no puñales
duras finanzas vida
al borde
33 y 1/tercio vi
●●●

sexto poema de borde


33 y 1/tercio vi

I
no había resuello
buscar pesos
chistar dedos en
finanzas domésticas

mete carne al molinillo


de la necesidad
ve con cuidado
son barrios donde los obreros
del crimen
trabajan fino
saben lo suyo

bordea el puerto
bordea los elevados de la ciudad
bordea tu vida

II
magulló sus 15 años
contra los muros
del Archivo Nacional
contra el paredón de la memoria
sangre y semen
dos pisos más arriba
entre folios
un historiador contaba el vicio
de no sé qué época
cuando impune matones
bordeaban la ley

III
villorro de país para
el miedo
callejuelas que no llegan
a opacos ministerios
al borde de
bordes que
nos cortan

IV
la subimos a un jeep
militar
gemía aun (o lloraba)

V
escritura
terrosa
33 y 1/tercio vi
filtra el pus
tira el cuaderno de apuntes
cualquier biografía o crónica
vida a destajos
mete carne al molinillo
de la realidad

VI
cuando llegamos al hospital
había muerto

replay
33 y 1/tercio vi
damián tabarovsky
(buenos aires, 1967)

vista en miniaturas

¿Usted plantea que la literatura está en crisis?


La literatura está en crisis porque la cultura es la crisis. No es que
está en crisis porque pasa algo exterior a ella. La literatura, como a
mí me interesa, pone en cuestión otros discursos, entonces hace de
las crisis su pasatiempo favorito. Todo escritor contemporáneo tiene
la sensación de que es el último escritor, todos viven en esa
vanagloria porque la literatura es un arte casi epigonal. Lo que a mí
me importa de la literatura es encontrar contenidos políticos en
discursos que aparecen como políticamente neutros. Pero hay otra
dimensión de la crisis, la sociológica, que es de la que más se habla,
pero que no me interesa: por qué los libros no venden, qué hay que
hacer para que la literatura vuelva a atrapar a los lectores. Durante el
menemismo, la literatura argentina empezó a ocuparse de que las
novelas y los cuentos cautiven al lector, que los finales sean
efectivos, que los personajes sean verosímiles o las tramas
interesantes. Son todas cuestiones secundarias que apuntan a que la
literatura se vuelva eficiente. Así como hubo un discurso de lo
eficiente respecto de las privatizaciones o del delivery a domicilio, la
literatura fue porosa a esos temas y se convirtió en una literatura
eficiente.

¿En su concepción el problema residiría en que la literatura y


el arte nunca buscan la eficiencia?
Sí, yo los concibo como diletantes, ineficientes. El escritor o el
intelectual son figuras sospechosas porque son diletantes,
ineficientes, torpes. Me interesa la inmadurez literaria, como escritor
quiero poner a la ineficiencia en el centro de la literatura. Aquellos
escritores con quienes comparto la crítica política ideológica al
menemismo y a la época son los que llevan la crisis al corazón de su
literatura, porque cuando General Motors hace marketing, está mal,
pero cuando ellos lo hacen desde una editorial es porque
simplemente un libro se acerca al lector. Acá hay una línea de
continuidad que es interesante desmontar. Esa influencia del
marketing llegó a los textos, por eso se convirtieron en complacientes
y lo que se valora es eso: que los cuentos tengan introducción,
desarrollo y conclusión, que no se experimente, que no se innove.

¿Qué sucede con las vanguardias artísticas en ese contexto?


33 y 1/tercio vi
El problema es que la literatura suspende cualquier discusión con las
vanguardias, que aunque han entrado en crisis hace mucho tiempo,
podrían ser un horizonte donde vale la pena sentarse a discutir. Pero
la literatura argentina de los noventa dio por clausurada esa discusión
casi festivamente: ¡qué bueno que se terminó esa neurosis, ahora
podemos dedicarnos a tener lectores! Pero fracasaron los textos y el
mercado. Todavía vale la pena seguir polemizando sobre literatura,
pero buena parte de mi generación no reabre estas preguntas que
suponen clausuradas.

¿Por qué?
Creo que toman como un éxito el fracaso de las vanguardias, que
ponían en cuestión la relación entre la vida cotidiana y la literatura, la
literatura entendida como una experiencia de la otredad, de la
ruptura y de la disolución. Algunos lo viven con pesar o son
nostálgicos de la vanguardia, otros lo vivimos con perplejidad en una
tensión entre añorar eso que pudo haber pasado y saber que eso no
va a volver más. Pero hay un largo grupo, el corazón de mi
generación, que lo vive con alegría porque sabe que puede dedicarse
a hacer una literatura que no cuestione nada, que sea falsamente
ingenua y que se convierta en un producto más en el mercado como
tantos otros. El escritor es narcisista, megalómano e improductivo,
valores que yo defiendo. Un escritor como yo, que no gana plata, que
no vende demasiado y que no va a pasar a la posteridad, qué puede
tener que no sea un poco de narcisismo: esa es mi valija portátil.
(extracto de entrevista hecha por Silvina Friera para Página/12)

●●●

sobre una frase de kafka (fragmento)


“Leopardos irrumpen en el templo y beben hasta vaciar los cántaros
del sacrificio. La escena se repite una y otra vez hasta que puede
predecirse con antelación. Entonces se la incluye como parte de la
ceremonia”. Es interesante esta frase de Kafka, porque plantea uno
de los temas menos investigados de su obra: la repetición como gesto
vanguardista. Como es sabido, el autor favorito de Kafka era Flaubert
y el de Flaubert, Sade. Esa genealogía, también poco analizada, nos
informa sobre buena parte de los principios literarios de la
modernidad. Si se lee con atención las principales novelas de Sade se
verá que, en el fondo, el esquema de la repetición guía la narración.
Sin exagerar, puede decirse que su obra se reduce a una única gran
escena (una chica a los que se le enseña los placeres del sexo)
repetida una y otra vez hasta el cansancio. Incluso La filosofía en el
tocador, si se le saca su excursus político (el manifiesto
ultrarevolucionario “Franceses, un esfuerzo más, si quieren ser
33 y 1/tercio vi
republicanos”) responde a ese modelo. En Flaubert es aún más
evidente. ¿Cómo está estructurado Bouvard y Pécuchet? Ellos
aprenden un saber (la agrimensura, etc.), intentan aplicarlo a su vida
cotidiana, fracasan en el intento, le echan la culpa al libro y no a sí
mismos, prueban con otro saber, vuelven a fracasar y así hasta el
final. Hasta el final inconcluso. Se dirá: inconcluso porque Flaubert
murió sin llegar a terminar la novela. Error: ocurre que cuando una
narración procede bajo el modelo de la repetición, no puede haber
desenlace posible. Simplemente, en un punto dado, de manera
arbitraria, en la repetición número 27, el autor decide terminar el
libro. Y en ese gesto, el autor termina con buena parte de los lugares
comunes de la literatura moderna; termina con la trivialidad de que
debe haber tramas ascendentes, tramas arquitecturales, personajes
bien construidos, discursos argumentados, diálogos estructurados,
obras completas. Por supuesto que la palabra “termina” es una
ilusión: ese tipo de literatura reaparece una y otra vez como el
retorno de los muertos vivos, como la repetición que no repite nada.
Reaparece como reaparece la alergia en primavera: como el efecto no
deseado de una época maravillosa: la época en que aún existía la
literatura.

●●●

la expectativa
Y si uno no hace nada, ¿qué puede hacer?: pensar y esperar, pensar y
esperar. Y la espera se puede convertir en un territorio inhóspito,
áspero, desasosegante. Y pensar volverse un martirio o una cárcel, y
dejar de pensar, un deseo imposible. A Jonathan, el protagonista de
esta historia, la vida se le ha convertido en mera expectativa. En los
años de la bonanza económica llegó a sentirse un triunfador: coche
nuevo, apartamento nuevo, zapatos de marca, pero cuando la crisis
económica convirtió a la Argentina en un páramo laboral, todo se
viene abajo: adiós al auto, adiós al pisito en barrio respetable, adiós al
consumo de marcas. Sólo pensar y pensar, pasear por las calles de su
barrio de siempre, la pizzería de siempre, el paisaje de siempre. El
inicio y el final de una aventura amorosa tan delirante como su propia
existencia y que sólo sirve para hacer más evidente el engaño estéril
de la vida. Y un último esfuerzo: viajar a esa Europa prometida donde
ninguna promesa se cumple. Alguien escribió que “el estilo es una
expectativa defraudada” y si así fuera esta novela sería la mejor
metáfora sobre cómo puede ser una novela cuando ya nada puede
pasar. Tiene algo de kafkiano tanta libertad inútil.

●●●
33 y 1/tercio vi

una destrucción sin ruinas


Alguna vez Umberto Eco dijo que se podía conocer una sociedad por
sus concursos televisivos. Tal vez sea cierto. O tal vez sea una de esas
frases que parecen profundas pero que encierran una perfecta
banalidad: quien haya estado en la URSS unos meses antes de su
desintegración podía ver infinidad de concursos sin deducir de ellos lo
que estaba por ocurrir. El asunto da que pensar: quizás los concursos
sirvan para comprender el mundo pero no para hacer profecías.
Como sea, el ensayista francés Gérard Wajcman propone en El objeto
del siglo –magnífico libro escrito en 1998 y publicado recientemente
en castellano– un concurso de lo más interesante: "¿Y si a la hora de
soplar las velas de este siglo centenario se abriera un concurso para
designar el Objeto del siglo XX?". La pregunta parece caprichosa,
arbitraria y, porqué no, igualmente banal; pero Wajcman se las
ingenia para jugar con ella, estirar el suspenso y finalmente escribir
un ensayo contundente sobre el estatuto de la imagen
contemporánea.
¿Cuál es la respuesta? ¿Cuál es el Objeto del siglo?
No tan rápido, vayamos por partes. Primero Wajcman da una serie de
opciones: un cohete, la minifalda, la botella de plástico, un átomo, un
comprimido de penicilina, una línea de cocaína, el Empire State y
otros tantos por el estilo. Error. Para el autor no son objetos, son
simplemente "artículos de celebración y propaganda". Avanza
entonces sobre una reflexión del filósofo Jean–Christophe Bailly: las
ruinas. El siglo XX, el siglo de la demolición de todo tipo. Pero
rápidamente Wajcman se percata de que la ruina como imagen
aparece a lo largo de toda la historia, no hay allí nada propio del siglo
XX. ¿Y entonces? Entonces todo lo contrario: "el siglo XX es el siglo
que inventó la destrucción sin ruina". La solución final nazi es la
prueba de esa paradoja. El extermino de los judíos: la búsqueda del
crimen perfecto. "No el que queda impune, sino aquel que nadie
sabrá jamás que tuvo lugar". Allí residió la utopía nazi, en no dejar
rastros, huellas, testigos. "La esencia de la solución final era volver a
los judíos, y volverse ella misma, invisibles". De las cámaras de gas
funcionando no hay fotos, no hay sobrevivientes. El acontecimiento se
reconstruye a partir de testimonios, relatos, indicios. Llenando un
vacío, dando sentido a una ausencia, merodeando alrededor de una
falta. Aquí Wacjman es deudor de ensayos como La diferencia, de
Lyotard, o Paroles Suffoquées, de Sarah Kofman, textos que se
preguntan sobre el momento en que las víctimas se encuentran en la
terrible condición de tener que probar su condición de víctima. El
testimonio siempre es un diálogo con lo que no está.
Se va delineando algo de lo que propone Wajcman: el siglo XX fue el
siglo que presentó a la imagen como ausencia, como falta, como
agujero negro. Como lo sublime abstracto. Revelemos ahora una
parte de la respuesta. Wajcman no elige como ganador de su
33 y 1/tercio vi
concurso a un solo objeto, sino a tres. Este es uno: Shoah, el
documental de Claude Lanzmann sobre el extermino. La película está
armada a base de testimonios, de relatos de sobrevivientes, de
testigos (el guardia de la estación donde pasaba el tren cargado de
judíos, el peluquero, etcétera). No muestra los campos de
concentración, no se ven fotos desgarradoras. No tiene imágenes. Sin
embargo, a partir de esa ausencia, Lanzmann logra hacer presente el
extermino como nadie antes. Logra mostrar los hechos como nunca
antes. Shoah, escribe Wajcman, "es una obra de arte sobre esta cosa
sin mirada".
Por supuesto que antes de Shoah hubo otros objetos, otras obras que
hicieron presente la ausencia, que la mostraron, que expusieron su
falta. El primero de todos: La rueda de bicicleta, de Marcel Duchamp,
de 1913. La obra es muy conocida, es simplemente una rueda de
bicicleta sobre un taburete. ¿Qué dice Wajcman de los ready–made?
"El ready–made consiste en introducir vacío en el objeto". Los ready–
made son objetos "sin". Una rueda de bicicleta sin neumático. "Una
pala para nieve sin nieve, un escurrebotellas sin botellas". ¿El objeto
de la obra de arte? "Mostrar eso que no se puede ver".
Ubicar a Lanzmann como heredero de Duchamp es algo más que un
golpe de ingenio. Abre la posibilidad de pensar el efecto–Duchamp
como algo más profundo y radical que su herencia declarada (el pop,
la abstracción de los 70), de pensar a Duchamp como el padre de una
epistemología de la sustracción que marcó el siglo: la sustracción de
las imágenes. Podría decirse que allí donde hay sospecha de las
imágenes (en Shoah, en Barnett Newman, en Rothko, pero también
en la literatura del nouveau roman y en la música serial) entonces
hay el efecto–Duchamp.
Finalmente, el tercer objeto: Cuadrado negro sobre fondo blanco, de
Malevitch. 1915, el comienzo de la abstracción. Esto escribe Malevitch
sobre su obra: "Lo que expuse no era un simple cuadrado vacío, sino
más bien la experiencia de la ausencia de objeto".
Wajcman elige esos tres objetos, pero bien podrían ser otros.
Cualquier otro que remita a la experiencia vanguardista de la crítica a
la representación. Cualquier objeto que se presente como ausencia.
Como si la versión más radical del arte moderno se hubiera dedicado
a cambiarle el sentido a la clásica expresión policial: "¡Circulando,
circulando que no hay nada para ver!".

●●●

duchamp y los efectos de la paradoja (fragmento)


Apollinaire escribió una vez que la misión de Duchamp era unir el arte
con el pueblo. Poco tiempo después Duchamp envió una carta a
33 y 1/tercio vi
Picabia en la que trató de dejar claro el asunto: “Apollinaire se volvió
loco”.
Sucede que gran parte del secreto del éxito de Duchamp reside en
haber usado a su favor un rasgo que en general es pernicioso para el
arte: la inteligencia. Como es sabido, la inteligencia no es buena
consejera para el arte –son memorables las páginas de Proust contra
los lectores inteligentes– pero en cambio sí lo es para los ingenieros,
dentistas, analistas de sistemas, diseñadores gráficos, criadores de
caballos, cocineros e incluso hasta para algunos intelectuales. Vaya
situación, Duchamp era artista e inteligente. ¿Cómo superar el
escollo?
Para desatar ese nudo, Duchamp dedicó una energía prodigiosa, un
entusiasmo perdurable, una conducta prusiana, un misticismo
religioso; en síntesis, dedicó su vida entera al cumplimiento puntilloso
de una ley, la ley madre que guía su obra: la ley del menor esfuerzo.
Al fin y al cabo, qué más fácil, más rápido, más económico, que
designar una rueda de bicicleta como obra de arte. Su truco consiste
en haberlo hecho por primera vez (el truco del arte consiste en
hacerlo siempre por primera vez). Con ese gesto, entre perezoso y
radical, Duchamp renuncia a la inteligencia y nos induce a ver el
mundo de otro modo. Picasso decía que el arte era 5% de inspiración
y 95% de transpiración. Pues bien, para Duchamp el arte era 5% de
inspiración y 95% de relajación.
El descubrimiento de la ley del menor esfuerzo tenía para Duchamp
valor de novedad absoluta. Para él, de manera opuesta al
surrealismo, la novedad no surge de la invención de un nuevo método
(la escritura automática), o de la apropiación delirante de nuevas
teorías (los sueños), sino que es el producto de una transformación
lingüística, de un cambio en el empleo del tiempo, de una revolución
cognitiva. Cómodo y vago, encontró el camino más corto para
revolucionar el arte. Descubrió que ya no se trataba de crear obra
nuevas (¿sentiría Duchamp el agobio de experimentar que ya todo
había sido creado?), sino de modificar radicalmente el contexto de
apreciación estética. Descubrió que lo nuevo es ante todo una nueva
forma de ver y comprender. A diferencia del artista de vanguardia
tradicional, que crea lo nuevo y luego se declara incomprendido,
Duchamp cambió primero los cánones de comprensión, y luego se
declaró como lo nuevo.
(...)
Es curioso, pero si extraemos fielmente las consecuencias del uso de
la ley del menor esfuerzo, aplicadas al contexto del arte y la literatura
actual, llegamos a una conclusión paradójica: quizás lo propio de la
vanguardia hoy, ya no sea la creación de una novedad entendida
como la primera vez; sino que es vanguardista quien escribe por
primera vez lo ya escrito, quien hace por primera vez lo ya hecho,
quien crea por primera vez lo ya creado. Quien logra extraer de la
paradoja un efecto radical: un historicismo paradójico o un
vanguardismo historicista.
33 y 1/tercio vi
Bajo el designio de la paradoja, el aprendizaje tiene más que ver con
el olvido que con el recuerdo, la creación más con la desmemoria que
con la conciencia, y la ética –la gran coartada de la memoria– más
con el cambio que con la preservación.
La llamada crisis del arte, esa sensación que comparten buena parte
de los críticos y artistas, de que la posibilidad de creación se ha
encogido hasta su casi desaparición (para algunos, como acusa el
crítico conservador Georges Steiner, debido a Duchamp) encuentra
una posibilidad de superación gracias al cambio de sentido de la
propia noción de novedad y ruptura. Se trata, otra vez, de
transformar el contexto realizando el menor esfuerzo posible (cuando
para dedicarse a la literatura hay que hacer un gran esfuerzo,
significa que ganó el contexto).
Hay que inventar una literatura y un arte que cree novedad, ya no
como lo hacían los vanguardistas de principios del siglo XX, es decir
como una ruptura que borra las huellas del pasado; sino como la
introducción de paradojas en los discursos existentes, en el discurso
del presente. Una política literaria de vanguardia podría ser ésta:
encontrar paradojas allí donde no se ven, introducirlas allí donde no
están.

●●●

paradojas del filósofo (fragmento)


(…) El vanguardista es un desmemoriado, no tiene recuerdos;
aprende, olvida y vuelve a aprender, aprende muchas veces lo mismo
que ya había aprendido, pero para él siempre es nuevo, siempre es
distinto. La creación es creación de un mundo, primero la ruptura y
después la cara de asombro al ver que una y otra vez escribe lo
mismo, escribe lo que ya había sido escrito antes por él mismo o por
otro. La filosofía de Deleuze está atravesada por esa sensación de
descubrimiento permanente. Proust y los signos es el libro donde más
a fondo trata el tema: La unidad de En busca del tiempo perdido no
consiste en la memoria, en el recuerdo, incluso involuntario... se trata
no de una exposición de la memoria involuntaria, sino de una
narración de aprendizaje. La filosofía de Deleuze es una filosofía de la
paradoja. El aprendizaje tiene más que ver con el olvido que con el
recuerdo, la creación más con la desmemoria que con la conciencia.
La escritura vanguardista en Deleuze incluye, entonces, esta
paradoja: lo propio de la vanguardia ya no es la creación de una
novedad entendida como la primera vez sino que es vanguardista el
que escribe por primera vez lo ya escrito, quien hace por primera vez
lo ya hecho, quien crea por primera vez lo ya creado como si fuera la
primera vez. Un artista vanguardista en el sentido paradójico
deleuziano es Marcel Duchamp. ¿Qué otra cosa hizo Duchamp con los
33 y 1/tercio vi
ready–made sino hacer por primera vez lo que ya estaba hecho y de
ese modo reinventar otra vez todo? Otro ejemplo: Borges en Pierre
Menard, autor del Quijote; aquí, como es conocido, se trata de escribir
por vez primera lo que ya había sido escrito. La definición de
literatura de Deleuze como la invención de una lengua dentro de la
lengua va en esa dirección. El problema de la crisis de la vanguardia,
es decir la sensación que comparten buena parte de los filósofos,
críticos y artistas de que la posibilidad de creación novedosa y en
ruptura con lo establecido se ha encogido hasta su casi desaparición
encuentra una posibilidad de relectura optimista en el cambio de
sentido de la propia noción de novedad y de ruptura. Siguiendo esta
línea, la novedad ya no debería ser entendida como lo hacían las
vanguardias históricas de principio de siglo, es decir como una
ruptura que borra las huellas del pasado, sino como la introducción de
paradojas en los discursos existentes. Una política deleuziana de
vanguardia podría ser ésta: encontrar paradojas allí donde no se ven,
introducirlas allí donde no están. (…)

replay
33 y 1/tercio vi
james p. blaylock
(long beach, 1950)

el rosado del neón que se desvanece


Ha habido un montón de tiempo oscuro aquí últimamente, aunque no
estoy del todo seguro si es realmente tiempo oscuro o solo la
ausencia de una u otra cosa. Algunas veces sospecho lo último, pero
está oscuro. Las nubes allá arriba tan densas como para ser invisibles.
Solo un gris deslucido y una columna de niebla flotando sobre la
bahía, de vez en cuando penetrando en tierra firme.
Había musgo o quizás hongos en mis zapatos otra vez esta mañana.
Parecía ser una vellosidad húmeda, verdegrís, pero se desvaneció
como polvo. Esto significa, supongo, que los colores se están
desvaneciendo, es algo que llevaba un tiempo sospechando. Lejos, al
norte después de la torre, está lo que parece ser, es de hecho, un
mercado. Un arabesco de letras, desaparecidas en parte, brilla en
resplandeciente neón rosado como flamenco mitológico que relumbra
a través de los días grises, un imposible pájaro de pantano que puede
estar todo el día parado sobre una sola pata. El letrero en sí mismo es
tonto pero lanza ese brillo rosáceo sobre las delgados pilotes de la
torre –depósito de agua, dicen, erigido en un par de tardes, tres
grandes pilotes con un cono encima, y ha estado ahí desde entonces,
casi siempre con dientes de león y fucsias floreciendo en la base.
Y agazapada más allá, media oculta tras una cerca una vez roja pero
ahora gris y oscura y cayéndose a pedazos día a día, está una esfera
elongada de metal, como un sapo entre malas hierbas. Ventanitas con
jirones de cortinas y pulcras hileras de remaches en la piel de acero la
hacen parecer terrestre. Pero un símbolo raro –una ráfaga de viento
bajo letras alienígenas en cursiva que deletrean las palabras
“conducto de aire” con terrible claridad– la hacen parecer
completamente otra cosa. Las implicaciones me asustaron al principio
–asustarían a cualquiera– y me extrañó que ninguno de los que
pasaban por la acera se asustara de la misma manera.
De hecho, hubo un tiempo (no mucho tiempo; soy un tipo listo) en
que la cosa de las malezas solo parecía una casa para remolcar de
esas que, cuando las atas a la parte trasera de un automóvil, lo
seguiría por la carretera. Pero la cosa apareció una tarde navegando
como una burbuja –la vi pasando por la boca del callejón en Calle
Segunda– con nada que pareciera un automóvil atado a ninguno de
los extremos. Condescenderé a jurarlo. Un remolino de niebla de la
bahía permanecía en la vía, como si la cosa misma fuera un
contenedor goteante de brumas de algún vasto mar solitario.
Y hablando del tiempo, se me ocurre, cuando recuerdo mi juventud,
de que acoplar el brillo del sol y la niñez en nuestras mentes no es,
como nos dicen los sicólogos, una confusión simbólica de objetos e
ideas sobre objetos en nuestro subconsciente. Es la realidad en sí
33 y 1/tercio vi
misma. El tiempo era más pronunciado entonces; lluvia o no, no traía
esta mediocridad gris con él.
He leído y oído, y no me sorprende en nada, que los armadillos han
regresado. Después de eones de lento arrastrarse hacia el norte
desde las planicies de Suramérica, a través de las selvas y pantanos y
desiertos de México, mientras mamuts llenos de lana y osos de las
cavernas chocaban en los chaparrales y aún, siglos más tarde,
mientras tribus aztecas y toltecas vivían en temor de los abominables
agujeros llenos de ranas y esqueletos bajo el agua de las lluvias,
venían los armadillos. En marcha durante veinte millones de años y
culminando en inimaginables pares de zapatos y gorras con ridículas
escamas y colas. Todo eso se ha revertido en un instante. Arriba y
abajo en los llanos de Oklahoma, dicen los científicos, los armadillos
se detienen y escuchan y olisquean el aire y dan la vuelta. En marcha
hacia el sur ahora, una vez más.
Pero, como digo, no me sorprende para nada. Leí acerca de eso en un
diario sobre descubrimientos científicos y encajó, encajó bien, como
un par de zapatos. Mis propios zapatos –imitación de cocodrilo– no
podían ser divisados esta mañana por el musgo en su superficie.
Parecían anfibios. De todas formas, no había llegado más allá del
primer párrafo –los armadillos apenas habían concebido su plan de
avance hacia el norte, hacia la civilización, después de eones– cuando
tocaron a la puerta.
Era mi vecino, Monroe. Parecía no tener quijada. Nunca había tenido
mucho allá abajo y ahora era menos que un mentón, más bien una
hilera de dientes que su labio inferior no podía ocultar del todo.
Monroe parecía estar desapareciendo. Se consumía. Sus ojos se
habían recogido en su cabeza en búsqueda, sin lugar a dudas, de un
mentón. Pero su nariz se había estirado, como la de un armadillo, y
sus orejas colgaban en pliegues como las de un princesa africana
llena de aretes. Y se había encogido varias pulgadas. La columna,
dicen, a pesar de estar hecha de hueso que debería de durar el
mismo tiempo como todo lo demás, es la primera en irse. Monroe se
estaba convirtiendo en un enano. Estaba claro, y no sin conexión,
sospecho, con la cosa esferoide y brillante de las malezas. Cosa que
Monroe acostumbraba remolcar en un automóvil, un Hudson increíble
de ridícula hechura con nombre de insecto y grandes globos negros
en lugar de neumáticos. Pero durante los años en los que el automóvil
se había ido deshaciendo en pedazos (más o menos como su dueño)
la pequeña nave espacial había esperado en la maleza y se le había
juntado, con el tiempo, lo que parecía ser al principio un depósito de
agua levantado en dos días con grandes pilotes como zancos,
articulados en las rodillas.
Monroe, enano sin culpa de eso, en franela gris o lo que parecía,
superficialmente, franela gris, siempre había pasado de largo,
mañana tras mañana, sus ojos hacia adentro como su mandíbula, su
nariz y orejas sucumbiendo a la fuerza de gravedad, estirándose
como pico y banderas, hacia el suelo. Iba rumbo norte por la acera
hasta el mercado. Era su costumbre. Así fue Monroe durante años de
33 y 1/tercio vi
encogerse hasta esa mañana en la que yo, habiendo casi empezado
con los armadillos, oí un toque en la puerta. Era agudo, pero lejano,
por lo que presté atención con temor. Era el toque de un esqueleto;
nudillos duros, pero sin músculos en los brazos para esgrimir. Justo el
tipo de clack clack clack que hacen los sonajeros de bambú en las
brisas apagadas por nieblas de mañanas grises.
Pero el clack clack clack volvió a aparecer, y yo dejé mis armadillos y
entorné un poco la puerta, deseoso, como es fácilmente
comprensible, de dejar afuera la niebla y el olor a algas y alquitrán.
Pero eso también fue inútil y las nieblas se arrastraron hasta mis
zapatos los cuales yo había, justamente esa misma mañana, limpiado
con un periódico.
Allí estaba Monroe, entornando los ojos, sin reconocerme. Sin
reconocer tan siquiera la misma acera bajo sus pies. A través de la
calle la casa de Monroe estaba envuelta en niebla, niebla que se
retorcía alrededor de la esfera en las malezas, dentro y fuera de las
ventanas, haciendo revolotear los jirones de cortinas harapientas,
cortinas fósiles, en el aire. Monroe no podía hablar. Monroe no podía
ver lo bastante como para reconocerme. Y si lo hubiera podido hacer
(verme) no me habría conocido de todas formas. Monroe, según
parecía, estaba perdido. Perdido justo a media cuadra de su hogar y a
media cuadra del mercado.
“Monroe”, dije, pensando en alertarlo de alguna manera reveladora.
“¿Qué?”, miró alrededor.
Monroe estaba perdido. Estaba confundido. Parpadeó muy
suavemente como un camaleón, como si pensara de veras un poco
en el problema. Hizo una pausa, como se dice. Entonces se movió en
un pequeño semicírculo, una lenta y dolorosa retirada y, con mi dedo
como indicador, se tambaleó al sur hacia su hogar, el mercado (todo
pensamiento de mercados) abandonado.
Eso fue hace un tiempo atrás, y desde entonces no ha habido Monroe
alguno. Su casa permanece perpetuamente envuelta en niebla, y
estoy seguro que, desde el punto de vista de la ventana de Monroe,
mi propia casa parecería igual. Monroe aún está allá, muerto,
probablemente, como un clavo. Y dentro de veinte años, después que
el último de los armadillos se haya ido de Texas, Monroe todavía
seguirá muerto en esa casa gris, un montoncito de polvo y cabellos,
encogido más allá del tiempo y la razón, pero no más muerto que lo
que está ahora.
La relación exacta entre la esfera en las malezas, el depósito de agua,
y la niebla de algas marinas que envolvió la casa de Monroe, sin
mencionar a Monroe en persona, es desconcertante. Admito que
durante un tiempo sospeché de la misma naturaleza de los depósitos
de agua, que yo creía eran tanques de almacenamiento. Pero ahora,
en mi investigación, descubro que tienen que ver con igualar esto y
aquello, que son esenciales. Gran parte de nuestros mecanismos son
esenciales. La esfera de Monroe es esencial, de alguna forma.
33 y 1/tercio vi
Pero el depósito al otro lado del camino es solo un cono plateado
sobre pilotes. Podría albergar a un ejército de alienígenas tan
fácilmente como a cien mil galones de agua y a nadie, me temo, le
importaría. No está sujeto a nada. No hay tuberías o mangueras.
Dirás que he leído demasiado a Wells y le temo a los Trípodes. Y
puede que así sea. Puedes decir lo que quieras. Yo sé lo que sé.
Mencioné haber visto el conducto de aire en la boca del callejón en
Calle Segunda no muy lejos, de hecho, del hotel Vance. Y estarán
ahora de acuerdo con que no pudo haber sido Monroe el que la puso
en movimiento.
Pero justo ayer tarde me puse a leer en la librería. Era tarde, muy
tarde, y había una buena niebla viniendo del océano. Las cortinas de
las ventanas son de encaje, triste encaje me temo, que se ha ido
destiñendo con los años de blanco a gris. Un hilo rosado de neón
brillaba en el vano y la noche afuera era fría y tenue y un sonido
profundo de resonante bajo venía como un susurro desde la bahía;
una sirena de niebla, espero. Cabeceé allá frente al fuego eléctrico,
algo llamado La historia de nuestra Tierra abierto en mi mano,
cuando oí ese débil pero agudo tap tap sonando. Ese toque de
esqueleto desde alguna parte de la noche. Los ruidos nocturnos
hacen a uno asustarse más violentamente, supongo, que esos
mismos ruidos en medio de la luz del día. Mi libro cayó al suelo y yo
me levanté, pensando en horrores al principio, y después en Monroe.
Pero rápido me di cuenta que estaba entre las sombras de los libreros
en el segundo piso y que el toque (allá sonaba de nuevo) era en la
ventana. Pensé “¿Podría Monroe…?” Pero no; Monroe era un enano.
Monroe se había marchado. Y yo miré a través del aire tenue de la
noche embebido en niebla. En el rosado del neón brilló por el más
breve de los momentos un arco de plata, la doblada articulación de
un pilote cojeando momentáneamente, golpeando una vez más
contra el cristal de la ventana, desapareciendo entonces en la niebla,
lejos hacia el mar.
Giré los ojos hacia la casa de Monroe. La pequeña esfera de conducto
de aire brillaba a la luz de la luna o tal vez a través del neón filtrado
por la niebla, el cual se había abierto paso misteriosamente a través
de las densas brumas. Y la bruma volvió a arremolinarse, haciendo
oscurecer el campo de fucsia y diente de león, haciendo
desvanecerse los postes de tendido telefónico. El conducto de aire
vibró y, me pareció así entonces, se levantó de su nido y siguió al
depósito hacia la bahía.
Suena (lo sé) demasiado a locura. Pero ¿y qué? ¿Qué me importa la
locura? Lo que me pareció insidioso fue el hecho de que, a la mañana
siguiente bajo el sol tenue del otoño costero, ambas habían retornado
y se hallaban plácidas como garzas sobre sus respectivas malezas.
Y lo cierto sobre mecanismos es que, mientras nos movemos desde la
era de la tecnología jurásica hacia algún fin último, implacablemente
como armadillos (y todos, un día, seremos probablemente
transformados en ridículos sombreros o pelotas escamadas de
croquet), todos nuestros artilugios se simplifican y se agrisan y sus
33 y 1/tercio vi
funciones se hacen incomprensibles. Se primitivizan y bestializan y se
prehistorizan al modo de una espiral. ¿Cómo habrá sido cuando toda
la tierra era océano? ¿Cuándo solo había monstruos? Imagínate otro
profesor Hardwigg flotando en grises mares paleozoicos donde, diez
metros bajo la superficie, ballenas increíbles y bestias anfibias se
despedazan para desaparecer después en las bocas de cavernas
primordiales. Cefalópodos en cavidades y trilobitas y caracoles
marinos tan grandes como el conducto de aire de Monroe
arrastrándose lentos por tenues corales entre tallos gomosos y
hojuelas de algas marinas. Imagínate a flote sobre una balsa de
madera en tiempos prehistóricos un millón de años antes de que el
primero de los armadillos decidiera vagar al norte fuera de las selvas
mayas hacia el sol y los espacios abiertos.
La misma atmósfera gris, créeme, nacida otra vez de algas y mar,
viene noche tras noche, arrastrada por la luna como mareas. Y entre
las fucsias y los dientes de león, yacen bestias acurrucadas en
espera, vagando de noche entre las brumas. Y cada mañana un
molde gris cubre mis zapatos y germina de las paredes junto con, sin
lugar a dudas, semillas cargadas de pequeños trilobitas y nautilos.
Mi ropa, al igual que mis zapatos, se ha transformado en fieltro gris,
justo como la de Monroe. Todo esto no es locura. Los armadillos han
retrocedido, para gran asombro de la ciencia y así, me temo, ha
hecho todo lo demás. Y el conducto de aire, el depósito, y el rosado
del neón que se desvanece, ¿qué se traen entre manos? Eso es lo que
está poco claro. Que vienen y van en la noche a lo largo de las
avenidas cubiertas de niebla, bajo la pálida luz de la luna, es una
certeza. Pero yo no soy un tipo impaciente. Si la cosa tocó una vez
sobre el cristal de la ventana, ya volverá a tocar.

●●●

la sombra en el umbral
Fue meses después de haber desmantelado mi acuario que oí un
crujido en la oscuridad, el chirrido de lo que sonaba como pasos en el
portal de mi casa. Me sacó de un letargo literario construido en parte
con tres horas de Julio Verne, en parte con la casual familiaridad de
una botella de whiskey de malta. En el resplandor amarillo de la
lámpara del portal, a través de los pequeños paneles de la mitad
superior de la puerta de roble, vi solo una sombra, tal vez un rostro,
vuelto a medias. Su perfil oscuro se perdía en la confusión de
sombras de un marpacífico sin podar.
El portal en si mismo era una isla rectangular de luz retenida, cortada
por las sombras colgantes de matas en tiestos y por la oscuridad
rectilínea de un par de sillas desteñidas por el tiempo. Alrededor de
esto había un tumulto de malezas. Más allá estaba la calle y el débil
brillo de lámparas como globos, todo bañado por la luz pálida de la
luna que solo servía para oscurecer ese muro de malezas, así que el
33 y 1/tercio vi
portal con su luz amarilla y el follaje parecía un mundo autocontenido
de encanto en vías de desaparición.
No podría decir con certeza, mientras estaba sentado allá mirando
con repentino, inexplicable temor al susto que este tardío visitante
me había dado, si los apéndices llenos de hojas que sobresalían a sus
costados eran brazos o algún extraño revoltijo de miembros y aletas.
Con la luz débil a sus espaldas él era una sombra de pez sumergida
en el aura ámbar del portal, algo que había salido arrastrándose
goteante de algún lejano mar devónico.
En interés de la objetividad, volveré a decir que había estado leyendo
a Julio Verne. Y es muy razonable que una mezcla del libro, las
sombras, las ascuas resplandeciendo en la chimenea, la hora tardía, y
una mórbida sospecha de que nada salvo los líos viajan en los
suburbios después de oscurecer, se hayan combinado para traer a la
existencia esta sombra problemática que no era sino, de hecho, solo
el chirrido de una rama del marpacífico contra la ventana. Pero se
puede entender que no me moría por abrir la puerta.
Dejé el libro a un lado en silencio, imágenes del interior del Nautilus
divagando por mi conciencia y sumergiéndose, y recuerdo haber
pensado en lo apropiado de la escena en la novela: los paneles de
cristal envueltos en cobre más allá de los cuales flotaban sábanas
transparentes de agua iluminadas por la luz del sol; las perezosas
ondulaciones de anguilas y peces, de lampreas y salamandras
japonesas y nubes plateadas y azules de bancos de macarela.
Deslizándome en las sombras más allá del sofá, me apreté contra la
pared y me arrastré por el estudio en sombras desde donde podría
divisar a través de una ventana casi toda la superficie del portal.
Mi acuario, como ya dije, había sido desmantelado hacía unos meses,
seis, creo; el agua sifoneada ventana afuera sobre un cantero de
flores, las malezas acuáticas colapsadas en un bulto empapado, los
peces sorprendidos de hallarse atrapados en un cubo de tres galones.
Estos últimos se los cedí a una tienda cercana de peces tropicales; el
acuario vacío con su gravilla y terrones de piedra petrificada lo
guardé debajo de un banco en el cobertizo tras la mata de aguacate.
Fue un triste funeral, al fin y al cabo, como amontonar fragmentos de
mi adolescencia para guardarlos en un cajón. A veces tengo la
sensación de que el hecho de abrir ese cajón los restauraría por
completo, de que la recreación de los años idos podría ser efectuada
con el acto de traer una manguera y llenar los tanques con agua
clara, arracimar la gravilla alrededor de rocas amontonadas para
formar oscuras cavernas, cuyas entradas estarían sumidas en
sombras por los zarcillos de las malezas acuáticas a través de los
cuales brillarían rayos mojados de luz reflejada. Pero el visitante en el
portal esa noche me disuadió.
Tres tiendas de acuarios están perfectamente en mis recuerdos
durante el día y se confunden e intercambian en las noches,
intercambiando peces y fachadas, todas ellas vivas con el susurro y el
burbujeo de las bombas y filtros y el olor húmedo y polvoriento de los
tanques de peces, gota a gota agua tropical en suelos de concreto.
33 y 1/tercio vi
Una la descubrí en bicicleta a los trece años. Era una casa de cartón
tabla en un camino que bordeaba la carretera, los gases de escape de
incontables camiones y automóviles habían llenado la pintura blanca
y desconchada de negro churre. Dentro había docenas de tanques de
diez galones, pobremente iluminados, medio evaporada el agua
contenida en ellos. No había mucho para recomendar el sitio, incluso
para un chico de trece años, aparte de una puerta trasera –la cual
solía ser puerta de cocina, supongo– que conducía a lo largo de un
sendero de gravilla hacia lo que una vez había sido un garaje. Treinta
años más tarde aún puedo recordar el día exacto que lo descubrí,
quiero decir el sendero de gravilla, fácilmente un año después de mi
primer viaje en bicicleta a la tienda. Vagaba por allá dentro,
meneando mi cabeza por las condiciones de los acuarios,
menospreciando a los guppies y goldfish y tetras que nadaban
indolentes más allá de sus desperdigados compañeros muertos. Mi
padre esperaba en un Studebaker afuera en la curva, tamborileando
con sus dedos sobre el asiento de pasajeros. Un letrero escrito a lápiz
atrajo mi vista, anunciaba otra habitación para peces “afuera”. Y allá
salí caminando por aquel sendero de gravilla, metiéndome en la
oscura parte trasera del garaje, solo iluminado por bulbos
incandescentes en los reflectores de los acuarios. Cerré tras de mi la
puerta por la sola razón de no dejar entrar la luz del sol. Bancos de
acuarios se alineaban en tres paredes, todos ellos de un profundo
negro verdoso, el agua adentro alumbrada contra un fondo de elodea
y planta espada del Amazonas y las ramas ondulantes, filigranadas,
de ambulia y sagitarias. Se oía el débil reventar de diminutas
burbujas que danzaban hacia la superficie desde tubos de aire
atrapados bajo piedras musgosas. En el fondo arenoso de un acuario
yacían media docena de coloridas rayas de agua dulce del Amazonas,
casi indistinguibles sus colas venenosas de la gravilla en que
descansaban. La mitad de un puñado de cíclidas cabezas de búfalo
revoloteaba en el refugio de un montón arqueado de piedra de
cascada, bajo el cual estaba enrollada la larga cola de serpiente de un
pez de junco.
El acuario me parecía extraordinariamente profundo, un truco, tal vez,
de reflejo y luz y la inteligente disposición de rocas y plantas
acuáticas. Pero daba a sugerir, solo por un instante, que el agua
oscura adentro era de algún modo tan vasta como el fondo del mar o
una especie de antecámara para la madera flotante y el fondo de
guijarros de un río tropical. Otros acuarios estaban junto a este. Los
gobies me miraban desde madrigueras en la arena. Un enorme
compressiceps, achatado como un plato, parpadeaba desde atrás de
un manojo de hierba criptocorine. Peces-hoja flotaban entre el encaje
marrón de la vegetación podrida, y un par de animales del tamaño de
pelotas de golf, ojos rojos parpadeantes, pequeñas aletas pectorales
girando como propelas de submarino, observaban sospechosamente
debajo de un reborde de piedra negra. Había algo totalmente extraño
acerca de esa habitación llena de peces, existiendo en manufacturada
luz ámbar, a mil millas desplazada de la grava polvorienta del patio
33 y 1/tercio vi
de afuera, del tráfico rugiente en la carretera a menos de sesenta
pies de distancia. Estuve mirando, olvidado del tiempo, hasta que una
puerta se abrió en una inundación de luz del sol y mi padre se asomó.
En la súbita iluminación la atmósfera rara del local pareció decaer,
disiparse, y me recuerda ahora lo que debe sucederle a un claro de
bosque en el momento en que sale el sol y rompe el húmedo manto
de tristeza convocado cada noche a la luz de la luna por las raíces y el
estiércol y la tierra en el suelo.
Un tanque pálido fue iluminado brevemente por la luz del sol y en él,
agachada tras un montón de piedra oscura, había una criatura casi
oculta con enorme cabeza y ojos, ojos de calamar o spaniel, ojos con
párpados, que parpadeaban lenta y tristemente más allá de las
curiosas decoraciones regadas en su tanque: media docena de
canicas de ágata, un pelotón de pintados soldaditos de plomo, la
estrella de bronce de un sheriff, y una pequeña pala de aluminio
sobresaliendo de un cubo medio lleno de arena y pintado en tintes de
azul celeste y amarillo, una escena de niños jugando en una playa al
atardecer.
Yo tenía la edad y la imaginación suficiente como para ser golpeado
por la incongruencia del contenido de ese acuario. Aunque no estaba
tan bien versado en ictiología como para darme cuenta de los ojos
con párpados de la criatura en el tanque, lo cual daba lo mismo. Ya
estaba dado a tener pesadillas de todas formas. Pasó un año antes de
que pudiera tener ocasión de volver a visitar la tienda al lado de la
carretera, y puedo recordarme yendo en bicicleta por calles mojadas
a través de lloviznas intermitentes, envuelto en un chubasquero
amarillo encapuchado, empapadas las perneras de mi pantalón de las
rodillas para abajo, premiado finalmente con ninguna vista de tienda,
solo un solar yermo lleno de malezas, marrón la base de concreto de
la casa de cartón tabla y el garaje por la acción del agua de lluvia y el
barro.
Aquí era casi medianoche, treinta años más tarde, y algo se agitaba
en mi portal. El viento del oeste movía el follaje, y podía oír los
suspiros de las frondas de las palmas-reina en la curva. Yo estaba en
la sombra, acurrucado contra un librero, mirando más allá de los
libros a la nada. Había agitación entre los arbustos y sombras
oscilantes. Algo –¿qué era?– acechaba allá. Estaba seguro. Se me
erizaron los pelos del cuello. Un estampido bajo y luctuoso de
tormenta fue seguido por un ventoso golpear de gotas de lluvia. El
olor a ozono húmedo de la lluvia en el concreto envolvió la habitación
y me di cuenta asustado que se había abierto una ventana detrás de
mí. Me volví y la cerré, agazapado tras el vano para no ser visto,
pensando sin tener idea de hacerlo en salir afuera bajo la lluvia hasta
las ruinas de la tienda de peces tropicales, buscando en las malezas
algo innombrable y hallando solo astillas de vidrio roto y un castillo de
cerámica de pecera del color de un huevo de Pascua. Apreté el
cerrojo en la ventana y me deslicé hasta el librero, mirando una vez
más en la aparentemente noche vacía donde las ramas del
marpacífico con sus flores rosadas bailaban en el viento y la lluvia.
33 y 1/tercio vi
En San Francisco, en el Barrio Chino, en un callejón de Washington,
yace la segunda de las tres tiendas de acuarios. Yo era un estudiante
en ese momento. Había comido una notable cena en un restaurant
llamado Sam Wo y vagaba por la calle neblinosa al anochecer,
buscando un juego de esas flores de papel comprimido que florecen
cuando las echas en agua, cuando vi un letrero con ideogramas
chinos y un koi filigranado de tres colores. Me deslicé por una
estrecha calleja entre edificios inclinados, el aire neblinoso con
efluvios a ajo y niebla, pollo a la barbacoa y basura desperdigada. A
través de un umbral empañado con olor a arena polvorienta sonaba el
susurro familiar de los acuarios.
La tienda en sí misma era grande y oscura. Habitaciones tenues,
perdidas en sombras, se alejaban bajo la calle, luces de acuarios
brillaban como neblinosas estrellas distantes. Cinco tanques planos
de crianza se agrupaban en mostradores de acero oxidado tras una
hilera de ventanas oscuras frente al callejón. Goldfish exóticos se las
arreglaban para mantenerse a flote, mirando a través de ojos de
burbuja, sus aletas caudales tan monstruosamente crecidas que
parecían arrastrar hacia atrás a las criaturas. Uno de los peces,
recuerdo, era del tamaño y la forma de una toronja, un estupendo
esperpento criado solo por gusto a la curiosidad. Ilógicamente, quizás
por mi encuentro años atrás con aquel cobertizo lleno de peces raros
junto a la carretera, se me ocurrió que las habitaciones más lejanas
contendrían peces aún más curiosos, así que vacilantemente caminé
bajo Washington, supongo, solo para descubrir que existían
habitaciones aún más distantes, que las habitaciones parecían abrirse
unas dentro de otras a través de puertas arqueadas, el estuco viejo
tan descolorido y mohoso por la constante humedad que parecía
como si las aperturas estuvieran excavadas en piedra. Vastos
acuarios llenos de malezas estaban uno junto al otro, y en ellos
nadaban criaturas que habían, semanas atrás, acechado en grutas de
madera flotante en el Amazonas y el Orinoco.
Había algo en el sitio que me recordó la pala y el cubo, la promesa del
misterio pendiente, tal vez el horror. Cada acuario con sus esquinas
en sombras y piedra amontonada y plantas enredadas parecía un
pequeño mundo encerrado, como la tienda en sí misma, totalmente a
la deriva de los callejones ruidosos del Barrio Chino allá arriba,
atravesando como cruces intercaladas el brumoso tapiz de otro
mundo en la extensión montañosa de San Francisco, cada capa
sucesiva llena de maravillas y amenazas. Había algo en mi reacción a
esto parecido a la atracción que sintió el profesor Aronnax al interior
del Nautilus con su biblioteca de bronce y ébano negro y violeta, sus
doce mil libros, sus techos luminosos y órgano de tuberías y envases
de moluscos y estrellas de mar y perlas negras más grandes que
huevos de paloma y muros de cristal a través de los cuales, como
desde dentro de un acuario, uno tenía una vista noche y día de las
profundidades del mar.
Me encontré al final de la segunda recámara con un pequeño hombre
oriental, su rostro perdido en las sombras. No le oí llegar. Sostenía en
33 y 1/tercio vi
su mano una red goteante, lo bastante grande como para capturar un
bajo marino, y usaba botas de goma como si estuviera acostumbrado
a subirse a los acuarios para perseguir peces. Su repentina aparición
me llevó asustado a un peculiar estado mental que se debía, estoy
seguro, a la curiosa idea de que, en la débil luminosidad de perla
dada por la luz del acuario, la mano y el brazo que sostenían la red
tenían escamas. Salí a la calle. Él no había dicho palabra, pero el lento
menear de su cabeza había parecido indicar que no era
completamente bienvenido allí, que era una casa de viviendas en la
cual el paseante casual no podría hallar nada de interés.
Y era nada, años más tarde, lo que encontré en el portal. El viento
hacía volar la lluvia bajo los aleros y contra los vidrios de las
ventanas. El agua corría por ellos haciendo riachuelos, distorsionando
aún más el ondulante follaje en el portal, haciendo imposible
determinar si los lugares oscuros eran meras sombras o algo más que
eso. Volví al sofá y al libro y la chimenea, apilando troncos partidos de
cedro sobre fragmentos consumidos por el fuego, soplando en las
brasas hasta que la madera crepitó y chisporroteó y la luz de las
llamas bailaron en las paredes de la sala. Debían ser entonces las dos
de la mañana, una hora malsana, me parece, pero de alguna manera
aún no tenía deseos de dormir y me senté a hojear el libro,
ociosamente sorbiendo de mi vaso, medio escuchando el raspar y
arañar de cosas en la noche y el retumbo ocasional de la tormenta
lejana.
De todas formas, no lograba despegar mis ojos de la puerta, aunque
fingía continuar leyendo. El resultado era que no lograba
concentrarme en nada, y debí haber dormitado, porque me despertó
el sonido de una maceta de barro haciéndose pedazos en el portal,
víctima posible de una ráfaga lluviosa de viento. Me incorporé,
dejando caer a Julio Verne a la alfombra, un sueño formado a medias
con pilotes de dársenas inclinadas y lagunas de piedra oscura y agua
plácida disolviéndose como niebla en mi cabeza. Una sombra
aparecía tras la puerta. Halé la cadenita de luz y dejé a oscuras la
habitación, pensando en ocultar mis movimientos a la vez de iluminar
aquellos de la cosa en el portal.
Pero casi al tiempo de evaporarse la luz, dejando solo el resplandor
naranja del fuego asentado, volví a prender la luz. Era inútil pensar en
esconderme y lo que fuera que acechaba en el umbral, no tenía
deseos monumentales de enfrentarlo. Así que me senté temblando.
La sombra quedó, como si escuchara y observara, satisfecha de saber
que yo estaba allí.
Había habido otra tienda de peces tropicales, en San Pedro en una
calle del puerto junto a casas de empeño y bares y ventanas
reforzadas. La calle que daba a la bahía estaba construida
mayormente sobre pilotes, y debajo de los edificios decadentes de
madera había restos rotos envueltos en sombras de muelles
abandonados y la marea gris del Pacífico. Las ventanas de la tienda
estaban oscurecidas por el polvo espeso que se había ido depositando
en los cristales rotos con el pasar de los años, y solo había algunas
33 y 1/tercio vi
pocas luces tenues brillando adentro para indicar que el edificio no
estaba abandonado. Un letrero pintado en la puerta decía “Rarezas
Tropicales: Peces y Anfibios” y bajo esto, pegado al interior de la
puerta y casi invisible por el polvo, una amarillenta lista de precios,
anunciando, recuerdo, ranas colombianas cornudas y salamandras
tigre, con precios atrasados de veinte años atrás.
La puerta estaba cerrada. Pero desde adentro, estaba seguro de eso,
llegaba el susurro de los acuarios y el chapoleteo de agua oxigenada
contra un fondo de voces murmurantes. De haber tenido diez años
menos, hubiera golpeado en el cristal, quizás hubiera gritado. Pero mi
interés en acuarios se había desvanecido, y en verdad había llegado
al vecindario para adquirir tickets para un viaje por barco a la Isla
Catalina. Así que me viré para irme, solo vagamente curioso, notando
por primera vez una escalera de madera en ángulo agudo rumbo al
muelle, su puerta descuidadamente entornada. Vacilé frente a ella,
mirando a lo largo de la baranda torcida, y vi colgando de la pared de
madera del local un letrero sencillo y sin palabras, con ideogramas
dibujados y un koi tricolor. Era el shock de un curioso reconocimiento
lo que me empujó a esas escaleras, sonriendo tontamente,
ensayando lo que diría a quien me encontrara en el fondo.
Pero no hallé a nadie, solo el oleaje del agua oscura contra las piedras
y un montón de cangrejos rojos que se dispersaron en las sombras de
las rocas musgosas. Los edificios cercanos creaban una especie de
sótano al aire libre, oscuro y fresco, oloroso a mejillones y ostras. Al
principio la oscuridad adentro era impenetrable, pero al hacer
pantalla sobre mis ojos y entrar en las sombras pude distinguir media
docena de anillos tenues de roca abigarrada, piscinas de anfibios,
imaginé, sus costados envueltos en plantas acuáticas.
“Hola”, llamé tímidamente, supongo, y solo hallé silencio, salvo por el
pequeño oleaje en una de las piscinas. Caminé adelante. No tenía
nada que hacer ahí, pero me había llegado la idea de que tenía que
ver lo que vivía dentro de esas piscinas circulares.
La primera parecía estar vacía de vida, aparte de las grandes hojas de
elodea enredada y una alfombra flotante de anchas hojas de maleza.
Me arrodillé en la piedra mojada e hice a un lado la maleza flotante,
mirando en las profundidades. Algunos pocos fragmentos de luz del
día nublado se filtraron desde arriba, pero la débil iluminación era
insuficiente para alumbrar la piscina. Algo, de todas formas, brilló allá
abajo, como haciendo señas, y me encontré a mi mismo mirando
culpablemente alrededor mientras me enrollaba las mangas. A lo que
sea, pensé mientras metía el brazo hasta el hombro.
Hubo entonces un movimiento bajo el agua, como si la piscina fuera
más profunda de lo que creía y hubiera desequilibrado la soledad de
alguna criatura sumergida. Tanteé entre las plantas y la gravilla, casi
metiendo la oreja en el agua. Allí estaba, sobre un costado. Mis dedos
se cerraron en la mitad de un asa arqueada en tanto que un lento
regaño comenzó a sonar desde el otro extremo de la habitación en
penumbras.
33 y 1/tercio vi
Me paré, preparado para lo que pudiera venir, sosteniendo
imposiblemente en mi mano un conocido cubo de aluminio, sus
costados ahora abollados, su océano azul desportillado casi
sumergiendo a los niños que todavía jugaban, tantos años más tarde,
en la playa de arena. Ante mi estaba un pequeño hombre oriental
mirándome raro, como si recordara a medias mi rostro y le
sorprendiera encontrarme, parecía, en el acto de robar aquel cubito
roto de juguete. Lo dejé caer en la piscina, comencé a hablar,
entonces me viré y me fui. El hombre con que me había encontrado
no usaba botas de goma, y no llevaba ninguna enorme red de pesca
en su mano. En la tenue media luz de aquella extraña gruta oceánica,
su piel, a un rápido vistazo, era algo más que piel. Podría insistir por
amor a la aventura barata en que tenía escamas, agallas, quizás,
manos palmeadas y boca de oreja a oreja. Y podría fácilmente haber
sido de esa manera. Me marché sin mirar atrás, enfocado en la
pintura azul cocodrilo de la endeble escalera, en las tejas del techo
que se divisaba en el lado opuesto de la calle mientras yo subía, con
pasos crujientes. Conduje a casa, recuerdo, apretando al azar los
botones de mi radio, apagándolo y encendiéndolo, consciente de la
incongruencia, de lo superfluo de la música y los noticieros y la
estúpida y ajena cháchara radial.
El incidente hizo arriar mis velas de coleccionista de peces tropicales,
velas que estaban medio arriadas de todas maneras. Y ciertas
imágenes raras, inocentes en otra forma, empezaron a hechizar mis
sueños: imágenes azarosas de rostros pálidos y angulares, de
pintados soldaditos de plomo regados en las malezas, del movimiento
furtivo de los peces en oscuros acuarios, de un letrero de madera
balanceándose una y otra vez bajo la lluvia y el viento.
Detrás de la puerta cerrada solo está la sombra del follaje nocturno,
removiéndose en el viento lluvioso. Así lo diría el sentido común con
voz calmada y aburrida, que he sido confundido por una peligrosa
combinación de suceso y coincidencia. Sería una invitación a la locura
el no hacerle caso a esa voz.
Pero no es una noche para hacer caso a las voces. El viento y la lluvia
dan contra los arbustos oscuros, las sombras se mecen y bailan. A
través de la ventana de cristal no puede ser visto nada más allá de la
luz pálida de la lámpara del portal. De aquí a dos horas saldrá el sol, y
con él vendrá una indiferencia manufacturada para la sugestión de
conexiones, patrones raros tras el aparente azar. El portal, con la
lluvia secándose en charcos, las sillas sólidas y sustanciales, las flores
naranjas y rosadas del marpacífico sonriéndole al día, todo esto solo
estará habitado por el apurado lechero de mandíbula cuadrada con
gorra blanca, y por el tintineo sólido de las botellas en una cesta de
metal galvanizado.
33 y 1/tercio vi

replay
33 y 1/tercio vi
l. santiago méndez alpízar –chago–
(remedios, 1970)

auaca taíno
del libro inédito Efory Atocha (España 2006)

con damián viñuela

Gracias / se me ocurre /
en la diminuta / palabra fea diminuta /
se me ocurre: ovejita deforme /

por el recorrido
la exuberancia y el abolengo

Feliz que seas cuando llegue la hora

El Crack

Bien me adivinas siendo el Sapito

Tu Corazón de Azafrán siempre destiñe / tiñe tu Corazón de Azafrán


las sabanas / la noche de amarillo desteñido por el Azafrán de tu
Corazón /

Déjate de boberías /
cómete el hongo /
está en mi ombligo

Madrid es una larga serpiente de plástico / transparente /


repto con Madriz y veo

Colores seductores / una luz apropiada para ver-te los ojos


y gozar

En esta Posada de La Cava Baja pasaron noches Quevedo / otros


tantos perdedores

Se comía barato

Aquí /
antes de ser Posada /
cagaban y meaban las bestias
cuando eran dejadas por nuestros descubridores

Normal que no entiendas el asombro


33 y 1/tercio vi
Esa cuestión de saberse descubierto

Así /
de pronto /

Normal que no entiendas

La mirada del amo /

la sospecha /
los buenos modales /

la inevitable perspectiva histórica "que relativiza"

Así /
por ejemplo /

Martínez Campos en gigante caballo

a la vista de todos sus fechas /


sus contiendas /
las referencias exactas de la muerte de Yocahu Bagua Maorocoti
a manos de la fe Cristiana

Con lo fácil que era fumar

Con lo fácil que es

Normal que no entiendas el asombro

Mis rasgos atrofiados de Auaca Taino

Nariz de negro

Madrid deja reptar / me desliza /

La historia sigue sus trámites

Las postales llegadas de ultramar /


encuentros aún no acordados /

certifican el vacío

La socorrida / revisada caída del Imperio

●●●
33 y 1/tercio vi
errege
del libro inédito Efory Atocha. (España 2006)

Unas cuantas fanegas de tierra /

una casa / nada de vecinos /

Llevar a Luar a escuchar Cobos /


Los antes sabrosos crudos de Cobo /

Toda esta tristeza te la puedo meter por el culo

Luego me acusarías de maltratador /


de sentarme a ver peleas en la Plaza de Lavapiés /
de no escuchar las horas importantes de tu vida /

Luego / ya sabemos /
me seguirás arrinconando /
para finalmente quemarme en tu desmemoria /

Por poderlo todo / sólo puedes eso /

Unas cuantas fanegas de tierra /


unas otras gallinas / algún pez /

●●●

filantrópico
del libro inédito Efory Atocha (España 2006)

Paso los días dándole de comer a las fieras


Llegaran de dos en dos /

Anchos los lomos /


Así como luengos cansancios que acumulan los
asfixiantes apegos / cariños en guardavela

Yo les dejo la piel /

Les digo dónde

En la cocina las hornillas filetean los índigos

Pongo las manos / reparto de uno en uno los dedos en su punto

Crujientes dedos de mis manos

Paso los días dándole de comer a las fieras


33 y 1/tercio vi

Aun cuando apetecía la paja del asceta


el “intimo” mohín para el reposo /
aun cuando sabemos: lo salvable /si lo fuere/ no llegará a ser nuestro

●●●

resumen de diagnóstico
del libro inédito Punto Negro (La Habana 1994 - 95)

Para Eva. En España.

Ella no cree que sea capaz de matar

De arrancarle las tripas a un tipo


y luego leer este poema

Ella no quiere creer


que soy un hombre bajo
y con pocos escrúpulos

Que he vivido
gracias a Dios y a ese instinto
a esa forma de trampear

Ella dice
que mi salto en el estómago
es una metáfora
y que nada tiene que ver con la mierda

Ella me hace historias


sobre mí

Dice que no tengo otro remedio


y suelta la palabra ternura

Quiero que sepan


que ya no duermo a su lado

Soy demasiado bueno


para una mujer enferma

●●●
33 y 1/tercio vi

s/t
del libro inédito Flash Back (España 1996-97)

señora dulce como una vaca


J. G.

Esta señora que me abre las puertas


/ todas las puertas / me cuenta del estrés
del vomito del niño
de su marido ido hace tres fines de semana

Que espera me sienta cómodo


/ a la vista de sus tetas caídas /

Ésta señora
Que tuvo la dulzura de una vaca
y las cambió por un tipo bienmefolla

tres paquetes de Fortuna

/ Gorda y ceniza por agobio /

le da igual de donde sea


de qué pueblo o ciudad

/ de qué monte me han sacado /

Me abre las puertas / todas las puertas /


confía en que la escuche
porque son otros sus problemas

●●●

y a dónde van (La Vida Indiferente)


del libro inédito Efory Atocha (España 2006)

Para el Yoyi

Todos los Camellos se van /


y a dónde van *

La gente sin nada camina por los costados


la gente que está encandela

Asfalto /
divisa de augustas estafas para personas de heladerías /
33 y 1/tercio vi
maromazos

Agosto es el mes más cruel /


lo otro era cuestión de carácter

Con esas nalgas podríamos /


atado a la desmoralización no llegaría muy lejos

- pero podríamos -

Miro las diferencias /


los escaparates de los grandes almacenes

- tal como me enseñó el Marxismo–Leninismo –

ensayo a creerme

- como soy -

el Hombre Nuevo

Habrá - también - que asumir para lo bueno /


las diferencias /
- digo -

Los muchachos /
- que saben lo que hay -
pretenden los vean jugando a Football /
paseando por las calles del centro

-haciendo media-

Estoy empatando /
una gran zancada
un rayazo ocioso
la maldita costumbre de diferenciar lo que no es vida
- extenderla -

La vida indiferenciada /
entre Méndez Álvaro & O'Relly

- tus piernas y Caraháte -

Mira que siempre digo/


pero al final
- tentación de prolongar la fábula -

Organizarla

Si fuese una rata de mar vomitaría menos / Una simple


33 y 1/tercio vi
rata de camarote /

Todo este asfalto /


los maniquíes
las negritas de a 15 euros /

- la vida lejos como siempre -

Las de silicona
y yo
en el légamo /
que diría otro /

Coches soplándonos los pedos de los que abren – cierran -


bocas

Los augustos estafadores

Prefiero los poemas de Jaad / Rústicos /


Feroces
A destiempo
Los prefiero cuando son poemas-viajes
Recorridos visibles /
callejones del que fuera Barrio Chino de la Ciudad de la Habana

Las tardes siempre llegan a la misma hora

Da igual el año /
los reporteros de las Cadenas de TV
el Equipo que entretenga a la hora en punto en que caen las bombas
sobre
el valle de La Bekaa /

Las tardes llegan del mismo modo


con iguales privaciones

Agosto es el mes más cruel /


- por evidencia -

lo otro era poesía /


- abrilquevienemayo -

Cómo no bailar sobre la falsa muerte del déspota /


sobre la muerte misma

Cómo no me-arme en su memoria

No espero angelitos para que abran puertas

- nada más allá de los viajes del Corte Inglés -


33 y 1/tercio vi

las payasadas de Jodorowsky

Para el año que viene procuraré sembrar árboles en las


habitaciones de luz grande

- reflejos del pasado -

En noches de invierno / las castañas /

- que saben a boniato -

Las mismas Castañas del 1935

- el olor a chiringuito -
…fuego quemado

Todo esto con el calor que hace /


mientras se desbordan las piscinas

- los Donkey Donuts -


se rematan los flamantes Bikinis de la temporada

replay
33 y 1/tercio vi
adriana normand
(berlín, 1976. vive en cuba)

función simbólica
Un profesor de psicología, de rabiosa formación pavloviana, soñó una
vez que se había convertido en perro.
Y, en efecto, ocurrió.
Mostraba, al despertar, todos los atributos de la perridad: frío hocico,
peludas orejas, afilados colmillos, etc.
Sin embargo, este cambio, tan importante en la vida del profesor, no
significó gran cosa para los demás.
Su mujer, que siempre lo había tratado como a un perro, permaneció
insensible.
Los alumnos, acostumbrados como estaban a considerarlo el perro
del Director, constataron por fin la literalidad del hecho.
Mientras que los vecinos no se dieron por enterados: –A un perro,
decían, no se le mira la cara–.
Preso en su perridad, el profesor no podía convertirse nuevamente en
humano.
Ni soñando.
Y es que, como dijera en tantas oportunidades, si de de algo estaba
realmente seguro era de que los perros carecen de función simbólica.

●●●

guam
Es la isla de Guam el reino de los cerdos. Tras los pórticos de las casas
se ocultan, ojinegros, para espiar a los caminantes que transitan sus
calles. Sin embargo, son imposibles de ver. Se esconden. Se vuelven
invisibles. Sabe el visitante de Guam que su población está
compuesta por cerdos, los imagina con manchas blancas y negras tal
como los describen los libros, casi siente su respiración, mas no
puede verlos. Sólo cuando emprende viaje y ya en el mar regresa a
contemplar esta tierra una última vez, alcanza distinguir las
mencionadas manchas, miles de ellas, que terminan haciendo
parecer a la isla un gigantesco y único cerdo ojinegro.

●●●

souvenir
Vimos subir a la torre a varios. Querían admirar la vista desde aquel
punto, el más alto de la fortaleza, les atraía la campana de bronce,
como dormida. Algunos la hacían sonar con gran esfuerzo, sólo una
33 y 1/tercio vi
vez para dejarla. Una pareja llegó después. La mujer llevaba un
sombrerito de paja, el hombre una camarita. Ella miró dentro de la
campana y luego la ciudad desde los cuatro flancos de la torre sin
dejar de señalar a un lugar y a otro mientras sonreía a su amigo. El la
detuvo un momento, le dijo algo al oído. Ella rió nerviosa y quedó
seria, los ojos apagados, la boca entreabierta. Entonces la dejó sola y
ella caminó hacia el foso y se asomó. Un crucero hizo su entrada en la
bahía, bufando. Cuando volvimos la mirada a la torre estaba otra vez
vacía.

●●●

suceso
El dueño de una platería de la calle San Rafael encontró esta mañana
a un chino con un cuchillo de mesa clavado en el gaznate. La policía
del barrio se ocupa en instruir la debida averiguación en vista de
resolver el enigma, ya que se desconoce cómo logró penetrar en el
establecimiento.

●●●

causa 007
Tres campesinos comparecieron ante el Tribunal Superior acusados de
haber soltado una vaca para que un tren les pasara por encima. A la
pregunta del Fiscal sobre los motivos que movieron al hecho,
explicaron que el único propósito que los guió fue el ansia de carne
acumulada durante años. Semejante respuesta, que arrancó
carcajadas a la audiencia y hasta la sonrisa entre dientes de algún
funcionario, fue desestimada por el juez, quien calificó el argumento
de ficticio e inapropiado y dictó sentencia acorde con la causa 007:
sacrificio indirecto de ganado vacuno por impacto de tren.

●●●

epidemia
Dos campesinos aparecieron colgados el mismo día, en el mismo
cobertizo. Al anotarse dos muertes en menos de veinticuatro horas,
las autoridades de M. decidieron iniciar una investigación. De acuerdo
con un informe preliminar, el primero no había logrado responder a
una adivinanza del segundo y éste, a su vez, había elaborado un
acertijo sin respuesta por lo que burlaba las reglas del juego. El
campesino número uno eligió el cobertizo ajeno, expresa el informe,
movido por sentimientos de venganza, mientras culpa y horror
motivaron al número dos a colgarse en el suyo: el rostro vuelto hacia
la talanquera y no hacia el tanque de agua. Por su parte la
adivinanza, una vez recogida, le fue entregada a un equipo de
lingüistas (de formación chomskyana) que ahora trata de
33 y 1/tercio vi
desentrañarla. Es importante determinar el así llamado efecto ilógico,
a fin de poder evitar una posible reacción en cadena.

●●●
33 y 1/tercio vi

érase un escritor a una nariz pegado


33 y 1/tercio vi
Al escritor J.A. se le cayó la nariz mientras leía uno de sus poemas
favoritos a un público de adolescentes. La reacción inicial fue de una
estrepitosa risa, pues sus fanáticos sabían que él acostumbraba a
organizar sorpresas en sus lecturas. Hasta ese momento nadie se
había percatado que J.A. sangraba a chorros por aquel lugar donde
había estado su nariz. Sólo cuando sus gritos fueron más grandes que
el alboroto de los adolescentes estos vieron que, en verdad, al
escritor se le había caído la nariz en plena lectura.
La mayoría escapó con rapidez temiendo la posibilidad de contagio,
otros quedaron paralizados y unos pocos tuvieron la idea de llevarlo a
un hospital.
Transitaron de una sala en otra sin que J.A. fuera atendido. Había
demasiadas urgencias y ningún médico estaba dispuesto a auxiliar a
un escritor que pierde su nariz mientras lee un poema. A esto se le
añade que el mutilado enseñaba lloroso su miembro caído mientras
la gente huía asqueada. Cuando una nariz se desprende de su dueño
por voluntad propia lo mejor es mantenerse alejado.
Finalmente encontraron una consulta de cirugía estética donde fue
atendido. El doctor examinó con detenimiento la nariz desprendida
del escritor y el hoyo que había quedado en su cara. Dictaminó que
había pasado mucho tiempo para reponerla a su lugar pero, en
cambio, podía implantarle la de otro artista, ya fallecido, que se
conservaba para un caso como éste. J.A. asintió algo consolado y la
operación fue efectuada.
Al verse en el espejo el recién operado constató que si bien aquella
nariz no era la suya le venía muy bien y preguntó al médico el
nombre de su anterior dueño. Al saberlo su alegría fue infinita, la
pieza había pertenecido a Jorge Negrete, cantante al que el escritor
debía su nombre.
Desde entonces J.A. cuida con esmero su nariz y comienza siempre
sus lecturas entonando una ranchera mexicana.

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33 y 1/tercio vi
jugada de engaño
Aquel párpado que no podía elevar bien le temblaba tanto que me
daba más miedo que el revólver que el otro empuñaba. No se trata
de valentía, pero estaba casi seguro que no tenían balas, menos para
aquel viejo revólver que sin ninguna elegancia se animaron a sacar
mientras repetían:
–Díganos quién fue, usted lo sabe, sólo a eso ha venido a La Habana.
Yo no sabía de que hablaban, mi viaje había sido motivado por el
interés de aquella institución de publicar mi libro, que había
presentado la otra tarde luego de un par de conferencias sobre
literatura argentina y ficción, decía Renzi ante su taza de café negro.
No dejaba de parecerme divertido ver a esos dos estrafalarios, los
mismos que tras una trifulca habían sido expulsados por un
funcionario de la Casa el día anterior, ahora delante mío, del otro lado
del cañón, aunque desesperados, más que yo mismo, casi
implorantes y sin atinar apenas a ordenarme que abriera la boca para
meter en ella una píldora que me llegó hasta la mismísima
campanilla y no me quedó otra opción que tragar.
Desperté en un cuarto sucio y maloliente en el que no se podían dar
tres pasos, con las paredes descascaradas y llenas de humedad,
desde donde los escuchaba discutir. Entonces hizo su entrada el del
párpado escoltado por el otro que no paraba de repetir: cachimba y
telégrafo, como un papagayo y quien al parecer había abandonado
su papel de tipo duro y prescindía del revólver.
–Me dicen Tonino –dijo el primero más calmado– él es Richard –y
señala al otro– somos los editores de la revista Víspera(s), la única
publicación marginal que existe en el país. Tiene que hablar, no es
que no creamos que su visita también sea para presentar su libro; a
propósito, que buen titulo La prolijidad de lo real, casi tan bueno
como En busca del tiempo perdido o Museo de la novela de la Eterna
–me explica– pero sabemos el otro asunto y estamos involucrados.
Sólo queremos que nos ayude –todo eso mientras frotaba una mano
con la otra y el segundón detrás diciendo cachimba y telégrafo–,
llevamos varios años en esta investigación, el crédito debe ser
nuestro, necesitamos saber con quién se encontró en La Habana,
tenemos nuestras sospechas, pero no le dejaremos ir hasta
descifrarlo todo.
–Tal vez si fueran más explícitos, no termino de entender.
–Sabemos que Tardewski le habló del tema.
–Hace años que no sé nada de él, puede que haya muerto porque
edad tiene, hablamos mucho una noche en Concordia mientras
esperaba a Maggi, pero no entiendo que relación existe entre ese
polaco y este secuestro.
–No lo tome usted a mal, Renzi, ayer quisimos hablarle pero no nos
dejaron acercarnos siquiera.
–Víspera(s), Víspera(s) –dijo el papagayo.
33 y 1/tercio vi
–Así es –aclaró Tonino– somos muy marginados a causa de nuestra
auténtica publicación, no nos quedó otra salida, queremos que nos
hable acerca de Rudolf Wittgenstein.
Entonces respiré profundo y ahora sí verdaderamente confundido, así
Renzi al encender su habano en un café del puerto.
–El escenario fue el Hotel Telégrafo –cachimba y telégrafo– imagínelo
tan sólo, esta ciudad en los años cuarenta era esplendorosa y llena
de vicios, de haber seguido de esa forma no sería la de ahora, ni
siquiera Buenos Aires amigo, esta ciudad sería New York, entonces
también las camisetas dirían I love Havana en rojo y negro y el
Telégrafo sería algo así como el Chelsea. Se sabe que llegó en
invierno, pero sólo estuvo dos semanas porque la mañana del
decimocuarto día apareció nadando en su sangre. Un periódico de la
época lo describe de esta manera: “Un alemán –error, claro está– un
alemán amaneció muerto en el Hotel Telégrafo. Fue encontrado por la
empleada de limpieza que se disponía a hacer su labor en la
habitación. Apoyada la nuca al borde de la bañadera de cobre, los
brazos dentro del agua teñida de rojo, las venas cortadas a la altura
de las muñecas.” “Suicidio en el Telégrafo” decían los titulares pero
usted y yo sabemos que no pudo haber sido un suicidio.
–La temperatura del trópico es propicia para las muertes voluntarias,
de hecho decenas de europeos se matan en esta latitud, mire usted,
hasta Gauguin.
–No se me venda de ingenuo –todo lo tomaba en serio Tonino con su
párpado a media asta– es verdad que estaba arruinado, puede que
con desesperación, pero no era loco, tampoco Ludwig a pesar de su
mente privilegiada.
–Muchos pueden pensar lo contrario, amigo Tonino, al fin y al cabo
Ludwig Wittgenstein se acerca bastante a lo que llamamos genio, el
único en la historia que produjo dos sistemas filosóficos totalmente
diferentes en el curso de su vida cada uno de los cuales dominó por
lo menos a una generación y generó dos corrientes de pensamiento
con sus protagonistas, sus comentadores y sus discípulos
absolutamente antagónicos, no debió haber sido fácil ser opacado
por un hermano así, ¿no?
–Se equivoca Renzi, Ludwig fue mundialmente famoso, su
pensamiento recorrió el mundo, pero Rudolf Wittgenstein era también
un genio, un genio de la química.
–¿Alquimista?
–Más que eso, otro buscador de la verdad, rastreador de
aminoácidos, conocedor de la naturaleza de cada sustancia.
Todo esto decía con su párpado tembloroso mientras el otro no
paraba de decir cachimba y yo no dejaba de sentirme extrañado,
envuelto en una especie de bruma, la de un mundo hasta ahora
desconocido, relataba Emilio Renzi al acomodar en su cuello la
bufanda para protegerse del fresco de la tarde bonaerense.
33 y 1/tercio vi
–Fue la noche antes cuando se citó con el hombre que debemos
descubrir, la noche antes de que apareciera muerto –dijo Tonino y
añadió–, se sabe que Wittgenstein tenía un boleto de avión de
regreso.
–Lo cual no significa nada, si no se decidía siempre podía volver a
Austria lo que habría sido una decisión insana a causa de la guerra,
pero en fin.
–Sin rodeos Renzi –me dijo esta vez molesto mientras intentaba en
vano elevar su dichoso párpado–, queremos esa información, a quién
vio en La Habana la noche antes de su muerte, quién fue su cita de la
víspera.
–¿Alguien con quién tenía negocios?
–O tendría, Renzi, o quizás tendría, vamos por buen camino.
Entonces lo vi todo claro, paso tras paso, pista tras pista, decía Renzi
con una sonrisa burlona, la mejor historia de mi vida, la ficción
impuesta, suplente de lo real.
–Un genio de la química sólo puede haber tenido negocios con un
magnate de la industria –dije.
–O con un gángster, tal vez con un gángster.
–Cachimba, cachimba –repetía Richard.
–Tardewski siempre decía que a los Wittgenstein los había matado su
genio y sus vicios, al menos fue lo que puso en su dedicatoria, la del
ejemplar de Investigaciones Filosóficas de Ludwig Wittgenstein que
me obsequió aquella noche en Concordia.
–¿Acaso conserva este libro? –preguntó Tonino tal como lo había
previsto.
–Por supuesto, lo llevo siempre conmigo, está en el hotel,
precisamente anoche estaba releyendo aquel capítulo donde...
–Vamos pronto, no podemos perder un minuto más.
Apresuradamente me sacaron del cuartucho y me hicieron pasar por
un largo corredor que daba acceso a otros cuartos parecidos para
desembocar en una escalera con salida a la calle. Allí me subieron a
un auto destartalado y se dirigieron. Al darles el libro vamos de
vuelta al auto, y esta vez me regalaron todo un paseo por La
Habana... ya era de noche y la noche habanera ejercía una especie
de fascinación en ellos.
33 y 1/tercio vi
–Ese es el malecón –decía mi guía que por supuesto era el del
párpado pues el otro además de manejar sólo abría la boca para
decir cachimba cachimba–. Esas mujeres fabulosas son putas, las
más baratas del mundo y presumo que las mejores, al menos eso se
dice, ese es el parque Maceo, esta calle se llama San Lázaro y fue
una importante arteria aunque ya no lo parezca. El paseo del Prado
aún conserva su elegancia, ¿no cree usted? Y helo aquí: el Hotel
Telégrafo, el lugar de los hechos ¿Acaso piensa que alguien pudiera
suicidarse teniendo cerca ese hermoso teatro de aire barroco, el
majestuoso Centro Asturiano que es aquel edificio que ve usted allá o
el imponente Capitolio, incluso más grande que el original y donde un
bello diamante antigua propiedad del último Zar de Rusia, marca el
inicio, el kilómetro cero de una de las obras más importantes hechas
por la República, la carretera central que recorre toda la isla? Esta
ciudad no inclina al suicidio a un europeo, querido amigo, sino a la
gozadera, al vacilón –afirmó Tonino sonriendo un poco.
Esa noche dormí en el cuartucho húmedo mientras aquellos decían
buscar pistas en mi libro. Antes que amaneciera me despertaron
eufóricos, el libro deshecho entre las manos de Tonino y el papagayo
tan contento que no podía siquiera hablar.
–Tardewski le dio el secreto, hemos resuelto el enigma, tantas horas
de trabajo y desvelo..., no estábamos equivocados.
Hablaron de una droga, un derivado del opio –Pavulón, pavulón–
decía ahora el papagayo y de un rico habanero vinculado a los bajos
fondos llamado Julio Lobo. El tal provenía de una familia de
hacendados y había incrementado su fortuna en negocios de
mercado negro y con la mafia habanera. A pesar de eso había sido
Lobo quien había propuesto al Senado una ley que rigiera el control
de drogas y estupefacientes en general, aunque era bien sabida su
relación con el mundo de los vicios y sus consumidores. Dos días
después de la muerte de Rudolf Wittgenstein se divulgó que aquel
señor había sido baleado tres noches atrás en su auto, o sea la noche
antes de la muerte de Rudolf. Tonino repetía:
–Quiso venderle la fórmula de la droga en un precio demasiado alto,
tal vez negociaba con alguien más, probablemente un
norteamericano, se asoció a sus contrarios y sufrió las consecuencias.
Se vieron esa noche, a uno lo balearon y aunque escapó con vida
gastó casi toda su enorme fortuna en dejar su invalidez..., el otro fue
asesinado, asesinado por sospecha o por ambición.
–¿Y la droga, la formula de la droga? –me animé a preguntar.
–Pavulón –me rectificó el papagayo.
–La seguiremos buscando, amigo Renzi, en algún lugar debe estar
esa fórmula, ahora que sabemos que el hombre con que se encontró
Rudolf en La Habana fue Julio Lobo podemos saber lo demás.
Desmentiremos al mundo entero, el hermano del gran filósofo, el
genio de la química Rudolf Wittgenstein no se suicidó en La Habana,
murió a causa de sus vicios como bien definiera Tardewski y nosotros
diremos a todos la verdad.
33 y 1/tercio vi
Todo esto lo decía Tonino como si se encontrara encaramado a un
estrado, agitaba lo que quedaba de mi libro en el aire y dejaba caer
las paginas que el otro recogía y volvía a darle mientras balbuceaba
visiblemente emocionado: –Pavulón, telégrafo, cachimba...

–¿Y les dejaste el libro? O sea, fue asesinado por cuestiones de droga.
–Claro que no, el verdadero Wittgenstein se dio un tiro en un
cuartucho habanero, tal vez en el mismo donde estuve secuestrado.
–Entonces...
–Estaban mal informados, dos tontos mal informados. El que murió en
el Hotel Telégrafo debe haber sido verdaderamente un alemán, vaya
a saber quien. El supuesto libro de Tardewski lo compré yo mismo la
tarde anterior de viajar a La Habana y lo llevaba en mi equipaje pues
pensaba entretenerme releyéndolo en lo que creía serían unas
aburridas noches en el hotel. Lo conseguí en una vieja librería donde
sólo venden primeras ediciones y bueno, podrás imaginar quién hizo
la dedicatoria. Supongo que esos dos sigan haciendo su revista
marginal y continúen buscando la fórmula de la droga, Pavulón, pero
en eso si no me meto, amigo Piglia, pues como dijera el propio
Ludwig Wittgenstein sobre aquello de lo que no se puede hablar hay
que callar.
–¿Y el gángster baleado, el tal Julio Lobo?
–Casualidad, pura casualidad, me dijo Emilio Renzi y pidió otro café.

replay
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roberto bolaño: sobre nocturno de chile

¿Nocturno de Chile es la metáfora de un país infernal?


No lo veo así. Es la metáfora de un país infernal, entre otras cosas.
También es la metáfora de un país joven, de un país que no se sabe
muy bien si es un país o un paisaje.

Es inquietante la perspectiva de esta novela, narrada a partir


de personajes que apoyaron el golpe de Estado, que fueron
mudos testigos del terror o que le dieron clases de marxismo
a la Junta militar. ¿Por qué asume los ropajes del lobo?
La respuesta más cómoda para mí sería decir que por variar un poco.
Después de asumir los ropajes de tantas ovejas, me dan ganas de
ponerme la piel de un lobo. Ahora yo no creo que sean lobos
realmente, ni el narrador ni gran parte de los personajes que
aparecen en la novela, sino más bien náufragos. Hay unos cuantos
lobos. El señor Oido y el señor Odeim son lobos al ciento por ciento y
la Junta Militar chilena para qué te voy a decir. Pero los otros
personajes son más bien seres extraviados, en el sentido que todos
estamos extraviados. Incluso cuando hablamos de lobos yo añadiría
lobitos. Ni siquiera lobos. Porque el matiz está tal vez en que el terror
lo sienten muchos más los lobitos.

En su novela no parece salvarse nadie. No se salva la Iglesia


Católica que está representada en su parte más cruel, no se
salva el narrador –el sacerdote Opus Dei y crítico literario– ni
menos se salvan Pinochet y su entorno. ¿Por qué esa mirada
hacia Chile?
No es hacia Chile. Es hacia estos personajes en concreto y hacia un
momento concreto de mi vida. Seguramente me dejo llevar por la
música de mi propia novela y en esa música no se podía salvar nadie.
Pero, pensándolo bien, creo que sí se salvan algunos. Por ejemplo, el
hijo de esa mujer (María Canales) que es un niño que está
permanentemente asustado. Y también se salvan los campesinos del
primer cuadro de la novela, unos campesinos extrañísimos, que
parecen llegados de otro planeta. Ellos se salvan por su alteridad,
porque escapan a cualquier intento de fijarlos, de historiarlos. El niño
se salva por su inocencia. Hay un sacerdote que para mí se salva y es
el que muere en Burgos. Ese cura es fantástico cuando dice "esto
está muy mal, amiguitos"; "la cosa está muy malita". Este cura tiene
a su pobre halcón muriéndose de hambre. Los dos están muriéndose
de hambre, él y su halcón Rodrigo, e incluso el halcón Rodrigo, que
representa en algún momento el mal instalado en el corazón de la
Iglesia, también me cae muy bien. Porque es el demonio, pero que
arrastra toda su elegancia, su capacidad de seducción. El narrador, en
33 y 1/tercio vi
cambio, el cura Ibacache, no es un personaje seductor y la gente con
la que se reúne más bien cae por el lado de la impotencia sexual.

Pero acepta que es un libro oscuro sobre Chile.


Sí, pero también es un libro claro. Creo que es una novela con mucho
sentido del humor. Al menos cuando la escribía me reía como loco.
Incluso en los momentos más terribles de la novela hay sentido del
humor, del ridículo, entendido a la manera chilena, es decir, ridículo
espantoso.

Y al final, se desata "la tormenta de mierda"...


Porque en esta novela no había más remedio que eso. Es una
metáfora a aquello que decía un poeta, "toda una vida perdida", a la
constatación de que se ha perdido toda una vida. Cuando eso ocurre
y se sigue viviendo, lo que viene a continuación es la tormenta de
mierda, el apocalipsis individual.

Es una constante en su literatura el cruce entre ficción y


realidad, que aquí se da en una serie de personajes que
tienen su doble en la vida cotidiana. ¿Qué papel juega la
referencialidad?
La referencialidad no sirve para nada. Uno de los grandes novelistas
del siglo XX es Marcel Proust y la Recherche está llena de referencias.
Es una novela referencial al ciento por ciento y no tiene la más
mínima importancia que tu sepas hoy quiénes eran los personajes.
Acaso el ser referencial a veces ayuda a exorcisar algunos fantasmas
o a clarificarte, pero sólo a ti mismo. En ocasiones, la referencialidad
se usa como un guante de desafío, en otras ocasiones más que un
guante de desafío es un acto casi suicida. Si yo viviera en Chile,
probablemente nadie me perdonaría esta novela. Porque hay más de
tres o cuatro personas que se sentirían aludidas, que tienen poder y
que no me lo perdonarían jamás. La referencialidad puede ser leída
desde múltiples perspectivas, pero no creo que signifique mucho en
la obra de un escritor. Mucho más importante es que la narración esté
sustentada por una estructura literaria que sea válida, por un
escritura que al menos sea legible y por una capacidad mínima de
vocabulario. Porque la historia de la literatura está empedrada de
obras muy malas escritas en servicio del pueblo, de la monarquía, de
quien sea, y también está empedrada de obras muy malas de estricta
referencialidad.

¿Por qué dice que Nocturno de Chile es una mejor novela que
Los Detectives Salvajes?
Por algo muy sencillo. La novela es un arte imperfecto. Tal vez sea, en
la literatura, el más imperfecto de todos. Y a más páginas escritas las
posibilidades de lucir tus imperfecciones son mayores.

¿Qué hay de su idea de escribir un clásico de mil páginas?


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Cometeré muchísimos errores e imperfecciones. Evidentemente un
libro largo tiene alguna ventaja. En un libro largo un escritor tiene que
demostrar su aguante, su capacidad constante de inventiva, tiene
que tener una respiración ancha y mucha capacidad de fabulación y,
por supuesto, no es lo mismo concebir una casa que un rascacielos.
Muchas veces es más habitable una casa, pero para construir un
rascacielos hay que ser muy bueno, puesto que tienes que hacer
trazados mucho más complicados. Ahora, dónde quiere vivir uno,
generalmente en una casita. Hay un caso paradigmático al respecto.
La novela más habitable de Herman Melville es un relato largo que se
llama Bartleby, el escribiente. Todo el mundo dice maravillas de
Bartleby, dicen que es la obra perfecta, pero se olvidan de que
Melville escribió Moby Dick, la gran obra de este autor. Moby Dick
inaugura una visión, una gran aventura en la novela americana. De
hecho, la novela americana se funda en dos grandes novelas
norteamericanas, que son Moby Dick, de Melville, y Huckleberry Finn,
de Twain. Una transita por el lado más amable de la vida y la otra es
la novela negra por excelencia. Una es paradisíaca y la otra, Moby
Dick, es infernal y, paradójicamente, claustrofóbica, porque aunque el
barco se mueve por todo el mundo, los marinos en el barco sólo se
mueven dentro del barco. Y en ese autor, tan absolutamente
prometéico como es Melville, generalmente la gente se encuentra
mucho más a gusto con su Bartleby.

¿Cree que existe un nuevo boom de la literatura


latinoamericana?
Sí. No pienso que sea un grupo con una ligadura generacional muy
fuerte, porque hay gente nacida en el año 49, como César Aira, y hay
gente nacida en el año 68, como Ignacio Padilla. Son casi veinte años
de diferencia. Ahora, también habían años de diferencia entre Julio
Cortázar y Vargas Llosa. Lo que creo que marca un cambio es que los
autores vuelven a asumir riesgos. No escriben fácil, no hacen la
literatura epigonal, que era lo que se llevaba hasta ahora. Durante
veinte años, desde finales del ´70 hasta principios del ´90, la
literatura que se hacía era como el bagazo del realismo mágico.
Nunca nada original. Nunca nada que asumiera riesgos. La década del
´80, que fue nefasta para Latinoamérica, creó una tipología que no
sólo se expandió en el ámbito literario, sino básicamente en el ámbito
profesional, cuyo lema era ganar dinero, tener éxito, todo con un
rechazo absoluto al fracaso y un acriticismo por encima de todo. Y los
escritores adoptaron más o menos ese modelo como propio. Entonces
aparecen escritores en los que no hay nada. O son malos copistas del
realismo mágico, como la mexicana Laura Esquivel, o son pésimos
escritores entre comillas juveniles, como Alberto Fuguet, o son
escritores que toman temas históricos de una forma nefasta. Hay una
escritura muy mala en Latinoamérica, una escritura que por un lado
abusa del tipismo, del folclorismo, y que se intenta vender al
extranjero como mercadería exótica.
33 y 1/tercio vi

¿Cuáles serían los riesgos que asumen los escritores del


"nuevo boom"?
Los riesgos están en los tratamientos formales que, por ejemplo,
Rodrigo Rey Rosas da a sus cuentos. Los cuentos de Rodrigo Rey
Rosas no los ha escrito nadie en lengua castellana. Antes que él hay
grandes cuentistas, incluso un cuentista genial, que es Borges, pero
los cuentos de Rey Rosas nadie los ha escrito. Son absolutamente
propios. Creo que Rey Rosas es un autor que será estudiado dentro de
cincuenta años. Lo tendrán como un verdadero renovador del relato
corto. Los territorios donde se mueve son territorios que únicamente
le pertenecen a él y a su tradición, a lo que lleva detrás. Porque,
desde luego, él no nace sabiendo escribir. En este sentido, los
experimentos literarios de César Aira vienen directamente de
Gombrowicz y de otro gran escritor argentino que es Lamborgini. Lo
que hace César Aira es algo que tampoco se había hecho.

¿De dónde viene usted?


Creo que vengo de la poesía. No me parezco ni a César Aira, ni a Rey
Rosas, ni a Juan Villoro, ni a Javier Marías, ni a Vila Matas –que es uno
de los buenos. Ninguno de los que te he nombrado es escritor de
poesía. Yo básicamente soy poeta. Empecé como poeta. Casi siempre
he creído, y aún sigo creyéndolo, que escribir prosa es de un mal
gusto bestial. Y lo digo en serio.

¿Por qué?
En algún sentido creo que escribir prosa es volver a las labores de mi
abuelo analfabeto. Es mucho más difícil la poesía. Las escenografías
que te proporciona la poesía son de una pureza y de una desolación
muy grande. Cuando juntas pureza y desolación el escenario se
agranda automáticamente hasta el infinito y lo lógico es que tú
desaparezcas en ese escenario y, sin embargo, no desapareces. Te
haces infinitamente pequeño pero no desapareces.

Usted mismo ha dicho que la mejor poesía del siglo se ha


escrito en prosa...
Lo que probablemente quiere decir que la poesía en sus métricas
habituales y en su soporte clásico ya está muerta.

Acaba de sugerir que si hubiese publicado su última novela en


Chile seguramente no lo perdonarían ¿Qué le pediría a sus
lectores?
Primero, a mis lectores, que son pocos pero fieles, les pediría perdón.
Mis más sentidas y profundas excusas por haber vuelto a reincidir.
Segundo, pediría que se rieran y, tercero, me gustaría que les
satisfaciera, no a todos, pero sí a algunos, la forma de mi novela, que
aparentemente es muy sencilla pero realmente es hipercomplicada.
La novela se divide en dos párrafos, uno que dura ciento cincuenta
páginas y otro que dura una línea. Y, luego, está construida en una
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sucesión de cuadros en donde casi no hay punto de hilación o bien los
puntos de unión entre un cuadro y otro son puramente
experimentales. La novela es la narración del transcurso de una
noche del cura Ibacache, que comienza con la fiebre alta y ésta se va
remitiendo. Los primeros capítulos están narrados desde el delirio
más extremo, desde los 40 grados de fiebre, pero los últimos están
narrados desde los 37.5 y en él último párrafo, cuando empieza la
tormenta de mierda, ya no hay fiebre. Eso lo dediqué a los lectores.
por Melanie Jösch en Primera Línea

replay
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felisberto hernández
(montevideo, 1902 – 1964)

muebles "el canario"


La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había ido
a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido
enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué de vuelta
hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa. Volvía a mi
pieza más bien temprano y un poco malhumorado por lo que me
había ocurrido en el tranvía. Lo tomé en la playa y me tocó sentarme
en un lugar que daba al pasillo. Como todavía hacía mucho calor,
había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi
camisa era de manga corta. Entre las personas que andaban por el
pasillo hubo una que de pronto me dijo:
–Con su permiso, por favor...
Y yo respondí con rapidez:
–Es de usted.
Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté. En ese
instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que aún cuando ese
señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras yo le
contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé
por qué creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir
"es de usted" ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras.
Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:
–Después a mí.
Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el
hombre de la jeringa dijo:
–¡Ah!, lo voy a lastimar... quieto un...
Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que
habían visto mi cara. Después empezó a frotar el brazo de la gorda y
ella miraba operar muy complacida. A pesar de que la jeringa era
grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte.
Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles
"El Canario". Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba
y decidí enterarme al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del
tranvía pensé: "No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que
deje consecuencias visibles si realmente se trata de una
propaganda." Sin embargo, yo no sabía bien de qué se trataba; pero
estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso. De cualquier
manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con
ninguna droga. Antes de dormirme pensé que a lo mejor habrían
querido producir algún estado físico de placer o bienestar. Todavía no
había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito. No
tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de
afuera. Era anormal como una enfermedad nueva; pero también
33 y 1/tercio vi
había un matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y
se hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente y
en seguida apareció algo más concreto: oí sonar en mi cabeza una
voz que decía:
–Hola, hola; transmite difusora "El Canario"... hola, hola, audición
especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones.. . etc.,
etc.
Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin
animarme a encender la luz; había dado un salto y me había quedado
duro en ese lugar; parecía imposible que aquello sonara dentro de mi
cabeza. Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar.
Ahora estaban pasando indicaciones a propósito de los pagos en
cuotas de los muebles "El Canario". Y de pronto dijeron:
–Como primer número se transmitirá el tango...
Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo
con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo
sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza. En seguida me
saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me
aliviaba un poco pero yo tenía como un secreto empecinamiento en
oír y en quejarme de mi desgracia. Me acosté de nuevo y al
agarrarme de los barrotes de la cama volví a oír el tango con más
nitidez.
Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que
atenuaran el que sentía en la cabeza. Pensé comprar un diario,
informarme de la dirección de la radio y preguntar qué habría que
hacer para anular el efecto de la inyección. Pero vino un tranvía y lo
tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las
vías se hallaban en mal estado y el gran ruido me alivió de otro tango
que tocaban ahora; pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi
otro hombre con otra jeringa; le estaba dando inyecciones a unos
niños que iban sentados en asientos transversales. Fui hasta allí y le
pregunté qué había que hacer para anular el efecto de una inyección
que me habían dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:
–¿No le agrada la transmisión?
–Absolutamente.
–Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.
–Horrible –le dije.
Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una
sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían a hablar de los
muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:
–Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas "El
Canario". Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y
pronto.
–¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme
loco!
En ese instante oí anunciar:
–Y ahora transmitiremos una poesía titulada "Mi sillón querido" soneto
compuesto especialmente para los muebles "El Canario".
33 y 1/tercio vi
Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en
secreto y me dijo:
–Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso
porque le veo cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo,
pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.
Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y
dijo:
–Venga el peso–. Y después que se lo di agregó:
–Dése un baño de pies bien caliente.

●●●

el cocodrilo
En una noche de otoño hacía un calor húmedo y yo fui a una ciudad
que me era casi desconocida; la poca luz de las calles estaba
atenuada por la humedad y por algunas hojas de los árboles. Entré a
un café que estaba cerca de una iglesia, me senté a una mesa del
fondo y pensé en mi vida. Yo sabía aislar las horas de felicidad y
encerrarme en ellas; primero robaba con los ojos cualquier cosa
descuidada de la calle o del interior de las casas y después la llevaba
a mi soledad. Gozaba tanto al repasarla, que si la gente hubiera
sabido me hubiera odiado. Tal vez no me quedara mucho tiempo de
felicidad. Antes yo había cruzado por aquellas ciudades dando
conciertos de piano; las horas de dicha habían sido escasas, pues
vivía en la angustia de reunir gente que quisiera aprobar la
realización de un concierto; tenía que coordinarlos, influirlos
mutuamente y tratar de encontrar algún hombre que fuera activo.
Casi siempre eso era como luchar con borrachos lentos y distraídos:
cuando lograba traer a uno el otro se me iba. Además yo tenía que
estudiar y escribirme artículos en los diarios.
Desde hacía algún tiempo yo no tenía esa preocupación: alcancé a
entrar en una gran casa de medias para mujer. Había pensado que las
medias eran más necesarias que los conciertos y que sería más fácil
colocarlas. Un amigo mío le dijo al gerente que yo tenía muchas
relaciones femeninas, porque era concertista de piano y había
recorrido muchas ciudades; entonces podría aprovechar la influencia
de los conciertos para colocar las medias.
El gerente había torcido el gesto; pero aceptó, no solo por la
influencia de mi amigo, sino porque yo había sacado el segundo
premio en las leyendas de propaganda para las medias. Su marca era
"Ilusión". Y mi frase había sido: "¿Quién no acaricia, hoy, una media
Ilusión?". Pero vender medias también me resultaba muy difícil y
esperaba que de un momento a otro me llamaran de la casa central y
me suprimieran el viático. Al principio yo había hecho un gran
esfuerzo. (La venta de medias no tenía nada que ver con mis
conciertos; y yo tenía que entendérmelas nada más que con los
comerciantes). Cuando encontraba antiguos conocidos les decía que
la representación de una gran casa comercial me permitía viajar con
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independencia y no obligar a mis amigos a patrocinar conciertos
cuando no eran oportunos. Jamás habían sido oportunos mis
conciertos. En esta misma ciudad me habían puesto pretextos poco
comunes: el presidente del Club estaba de mal humor porque yo lo
había hecho levantar de la mesa de juego y me dijo que habiendo
muerto una persona que tenía muchos parientes, media ciudad
estaba enlutada. Ahora yo les decía: estaré unos días para ver si
surge naturalmente el deseo de un concierto; pero les producía mala
impresión el hecho de que un concertista vendiera medias. Y en tanto
a colocar medias, todas las mañanas yo me animaba y todas las
noches me desanimaba: era como vestirse y desnudarse. Me costaba
renovar a cada instante cierta fuerza grosera necesaria para insistir
ante comerciantes siempre apurados. Pero ahora me había resignado
a esperar que me echaran y trataba de disfrutar mientras me durara
el viático.
De pronto me di cuenta que había entrado al café un ciego con un
arpa; ya lo había visto por la tarde. Decidí irme antes de perder la
voluntad de disfrutar de la vida; pero al pasar cerca de él volví a verlo
con un sombrero de alas mal dobladas y dando vuelta los ojos hacia
el cielo mientras hacía el esfuerzo de tocar; algunas cuerdas del arpa
estaban añadidas y la madera clara del instrumento y todo el hombre
estaban cubiertos de una mugre que yo nunca había visto. Pensé en
mí y sentí depresión.
Cuando encendí la luz en la pieza de mi hotel, vi mi cama de aquellos
días. Estaba abierta y sus carillas niqueladas me hacían pensar en
una loca joven que se entregaba a cualquiera. Después de acostado
apagué la luz pero no podía dormir. Volví a encenderla y la bombita se
asomó debajo de la pantalla como el globo de un ojo bajo un párpado
oscuro. La apagué en seguida y quise pensar en el negocio de las
medias; pero seguí viendo por un momento, en la oscuridad, la
pantalla de la luz. Se había convertido a un color claro; después su
forma, como si fuera el alma en pena de la pantalla empezó a irse
hacia un lado y a fundirse en lo oscuro. Todo eso ocurrió en el tiempo
que tardaría un secante en absorber la tinta derramada.
Al otro día de mañana, después de vestirme y animarme, fui a ver si
el ferrocarril de la noche me había traído malas noticias. No tuve
carta ni telegrama. Decidí recorrer los negocios de una de las calles
principales. En la punta de esa calle había una tienda. Al entrar me
encontré en una habitación llena de trapos y chucherías hasta el
techo. Busqué rápidamente entre todos los objetos para ver si
encontraba una cara humana. Sólo había un maniquí desnudo, de tela
roja que en vez de cabeza tenía una perilla negra. Golpeé las manos y
en seguida todos los trapos se tragaron el ruido. Detrás del maniquí
apareció una niña como de diez años que me dijo con mal modo:
–¿Qué quiere?
–¿Está el dueño?
–No hay dueño. La que manda es mi mamá.
–¿Ella no está?
–Fue a lo de doña Vicenta y vuelve enseguida.
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Apareció un niño como de tres años. Se agarró de la pollera de su
hermana y se quedaron un rato en fila, el maniquí, la niña y el niño.
Yo dije:
–Voy a esperar.
La niña no contestó nada. Me senté en un cajón y empecé a jugar con
el hermanito. Recordé que tenía un chocolatín de los que había
comprado en el cine y lo saqué del bolsillo. Rápidamente se acercó el
chiquilín y me lo quitó. Entonces yo me puse las manos en la cara y
fingí llorar con sollozos. Tenía tapados los ojos y en la oscuridad que
había en el hueco de mis manos abrí pequeñas rendijas y empecé a
mirar al niño. El me observaba inmóvil y yo cada vez lloraba más
fuerte. Por fin él se decidió a ponerme el chocolatín en una rodilla.
Entonces yo me reí y se lo di. Pero al mismo tiempo me di cuenta que
yo tenía la cara mojada.
Salí de allí antes que viniera la dueña. Al pasar por una joyería me
miré en un espejo y tenía los ojos secos. Después de almorzar estuve
en el café; pero vi al ciego del arpa revolear los ojos hacia arriba y salí
enseguida. Entonces fui a una plaza solitaria de un lugar despoblado
y me senté en un banco que tenía en frente un muro de enredaderas.
Allí pensé en las lágrimas de la mañana. Estaba intrigado por el hecho
de que me hubieran salido; y quise estar solo como si me escondiera
para hacer andar un juguete que sin querer había hecho funcionar
hacía pocas horas. Tenía un poco de vergüenza, ante mí mismo, de
ponerme a llorar sin tener pretexto, aunque fuera en broma, como lo
había tenido en la mañana. Arrugué la nariz y los ojos, con un poco de
timidez para ver si me salían lágrimas; pero después pensé que no
debería buscar el llanto como quien escurre un trapo; tendría que
entregarme al hecho con más sinceridad; entonces me puse las
manos en la cara. Aquella actitud tuvo algo de serio; me conmoví
inesperadamente; sentí como cierta lástima de mí mismo y las
lágrimas empezaron a salir.
Hacía rato que yo estaba llorando cuando vi que de arriba del muro
venían bajando dos piernas de mujer con medias "Ilusión"
semibrillantes. Y en seguida noté una pollera verde que se confundía
en la enredadera. Yo no había oído colocar la escalera. La mujer
estaba en el último escalón y yo me sequé rápidamente las lágrimas;
pero volví a poner la cabeza baja y como si estuviera pensativo.
La mujer se acercó lentamente y se sentó a mi lado. Ella había bajado
dándome la espalda y yo no sabia como era su cara. Por fin me dijo:
–¿Qué le pasa? Yo soy una persona en la que usted puede confiar...
Transcurrieron unos instantes. Yo fruncí el entrecejo como para
esconderme y seguir esperando. Nunca había hecho ese gesto y me
temblaban las cejas. Después hice un movimiento con la mano como
para empezar a hablar y todavía no se me había ocurrido qué podría
decirle. Ella tomó de nuevo la palabra:
–Hable, hable nomás. Yo he tenido hijos y sé que son penas.
Yo ya me había imaginado una cara para aquella mujer y aquella
pollera verde. Pero cuando dijo lo de los hijos y las penas me imaginé
33 y 1/tercio vi
otra. Y al mismo tiempo dije:
–Es necesario que piense un poco.
Ella contestó:
–En estos asuntos, cuando más se piensa es peor.
De pronto sentí caer, cerca de mí un trapo mojado. Pero resultó ser
una gran hoja de plátano cargada de humedad. Al poco rato ella
volvió a preguntar:
–Dígame la verdad: ¿cómo es ella?
Al principio a mí me hizo gracia. Después me vino a la memoria una
novia que yo había tenido. Cuando yo no la quería acompañar a
caminar por la orilla de un arroyo –donde ella se había paseado con el
padre cuando él vivía–esa novia mía lloraba silenciosamente.
Entonces, aunque yo estaba aburrido de ir siempre por el mismo lado
condescendía. Y pensando en esto se me ocurrió decir a la mujer que
ahora tenía al lado:
–Ella era una mujer que lloraba a menudo.
Esta mujer puso sus manos grandes y un poco coloradas encima de la
pollera verde y se rió mientras me decía:
–Ustedes siempre creen en las lágrimas de las mujeres.
Yo pensé en las mías; me sentí un poco desconcertado, me levanté
del banco y le dije:
–Creo que usted está equivocada. Pero igual le agradezco el consuelo.
Y me fui sin mirarla.
Al otro día cuando ya estaba bastante adelantada la mañana, entré a
una de las tiendas más importantes. El dueño extendió mis medias en
el mostrador y las estuvo acariciando con sus dedos cuadrados un
buen rato. Parecía que no oía mis palabras. Tenía las patillas canosas
como si se hubiera dejado en ellas el jabón de afeitar. En esos
instantes entraron varias mujeres; y él, antes de irse me hizo señas
de que no me compraría con uno de aquellos dedos que habían
acariciado las medias. Yo me quedé quieto y pensé en insistir; tal vez
pudiera entrar en conversación con él, más tarde, cuando no hubiera
gente; entonces le hablaría de un yuyo que disuelto en agua le teñiría
las patillas. La gente no se iba y yo tenía una impaciencia
desacostumbrada; hubiera querido salir de aquella tienda, de aquella
ciudad y de aquella vida. Pensé en mi país y en muchas cosas más. Y
de pronto, cuando ya me estaba tranquilizando, tuve una idea: "¿Qué
ocurriría si yo me pusiera a llorar aquí delante de toda esta gente?".
Aquello me pareció muy violento; pero yo tenía deseos desde hacía
algún tiempo, de tantear el mundo con algún hecho
desacostumbrado; además yo debía mostrarme a mí mismo que era
capaz de una gran violencia. Y antes que arrepentirme me senté en
una sillita que estaba recostada al mostrador; y rodeado de gente, me
puse las manos en la cara y empecé a hacer ruido de sollozos. Casi
simultáneamente una mujer soltó un grito y dijo: "Un hombre está
llorando". Y después oí el alboroto y pedazos de conversación: "Nena,
no te acerques..." "Puede haber recibido alguna mala noticia..."
"Recién llegó el tren y la correspondencia no ha tenido tiempo..."
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"Puede haber recibido la noticia por telegrama..." Por entre los dedos
vi una gorda que decía: "Hay que ver como está el mundo... Si a mí
no me vieran mis hijos, yo también lloraría!" Al principio yo estaba
desesperado porque no me salían las lágrimas; y hasta pensé que lo
tomarían como una burla y me llevarían preso. Pero la angustia y la
tremenda fuerza que hice me congestionaron y fueron posibles las
primeras lágrimas. Sentí posarse en mi hombro una mano pesada y al
oír la voz del dueño reconocí los dedos que habían acariciado las
medias. El decía:
–Pero compañero, un hombre tiene que tener más ánimo...
Entonces yo me levanté como por un resorte; saqué las dos manos de
la cara, la tercera que tenía en el hombro y dije con la cara todavía
mojada:
–¡Pero si me va bien! ¡Y tengo mucho ánimo! Lo que pasa es que a
veces me viene esto; es como un recuerdo...
A pesar de la expectativa y del silencio que hicieron para mis
palabras, oí que una mujer decía:
–iAy! Llora por un recuerdo...
Después el dueño anunció:
–Señoras, ya pasó todo.
Yo me sonreía y me limpiaba la cara. En seguida se removió el
montón de gente y apareció una mujer chiquita, con ojos de loca, que
me dijo:
–Yo lo conozco a usted. Me parece que lo vi en otra parte y que usted
estaba agitado.
Pensé que ella me habría visto en un concierto sacudiéndome en un
final de programa; pero me callé la boca. Estalló la conversación de
todas las mujeres y algunas empezaron a irse. Se quedó conmigo la
que me conocía. Y se me acercó otra que me dijo:
–Ya sé que usted vende medias. Casualmente yo y algunas amigas
mías...
Intervino el dueño:
–No se preocupe señora. (Y dirigiéndose a mí): Venga esta tarde.
–Me voy después del almuerzo. ¿Quiere dos docenas?
–No, con media docena...
–La casa no vende por menos de una.
Saqué la libreta de ventas y empecé a llenar la hoja del pedido
escribiendo contra el vidrio de una puerta y sin acercarme al dueño.
Me rodeaban mujeres conversando alto. Yo tenía miedo que el dueño
se arrepintiera. Por fin firmó el pedido y yo salí entre las demás
personas.
Pronto se supo que a mí me venía "aquello" que al principio era como
un recuerdo. Yo lloré en otras tiendas y vendí más medias que de
costumbre. Cuando ya había llorado en varias ciudades mis ventas
eran como las de cualquier otro vendedor.
33 y 1/tercio vi
Una vez me llamaron de la casa central –yo ya había llorado por todo
el norte de aquel país–, esperaba turno para hablar con el gerente y oí
desde la habitación próxima lo que decía otro corredor:
–Yo hago todo lo que puedo: ¡pero no me voy a poner a llorar para
que me compren!...
Y la voz enferma del gerente le respondió:
–Hay que hacer cualquier cosa; y también llorarles.
El corredor interrumpió:
–¡Pero a mi no me salen lágrimas!
Y después de un silencio, el gerente:
–Cómo, ¿y quien le ha dicho...?
–iSí! Hay uno que llora a chorros...
La voz enferma empezó a reírse con esfuerzo y haciendo intervalos
de tos. Después oí chistidos y pasos que se alejaron.
Al rato me llamaron y me hicieron llorar ante el gerente, los jefes de
sección y otros empleados. Al principio, cuando el gerente me hizo
pasar y las cosas se aclararon, él se reía dolorosamente y le salían
lágrimas. Me pidió, con muy buenas maneras, una demostración; y
apenas accedí entraron unos cuantos empleados que estaban detrás
de una puerta. Se hizo mucho alboroto y me pidieron que no llorara
todavía. Detrás de una mampara, oí decir:
–Apúrate, que uno de los corredores va a llorar.
–¿Y por qué?
–¡Yo qué sé!
Yo estaba sentado al lado del gerente, en su gran escritorio; habían
llamado a uno de los dueños, pero él no podía venir. Los muchachos
no se callaban y uno habla gritado: "Que piense en la mamita, así
llora más pronto". Entonces yo le dije al gerente:
–Cuando ellos hagan silencio, lloraré yo.
El, con su voz enferma, los amenazó y después de algunos instantes
de relativo silencio yo miré por una ventana la copa de un árbol –
estábamos en un primer piso– me puse las manos en la cara y traté
de llorar. Tenía cierto disgusto. Siempre que yo había llorado los
demás ignoraban mis sentimientos; pero aquellas personas sabían
que yo lloraría y eso me inhibía. Cuando por fin me salieron lágrimas,
saqué una mano de la cara para tomar el pañuelo y para que me
vieran la cara mojada. Unos se reían y otros se quedaban serios;
entonces yo sacudí la cabeza violentamente y se rieron todos. Pero en
seguida hicieron silencio y empezaron a irse. Yo me secaba las
lágrimas mientras la voz enferma repetía: "Muy bien, muy bien". Tal
vez todos estuvieran desilusionados. Y yo me sentía como una botella
vacía y chorreaba; quería reaccionar, tenía mal humor y ganas de ser
malo. Entonces alcancé al gerente y le dije:
–No quisiera que ninguno de ellos utilizara el mismo procedimiento
para la venta de medias; y desearía que la casa reconociera mi...
iniciativa y que me diera exclusividad por algún tiempo.
–Venga mañana y hablaremos de eso.
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Al otro día el secretario ya había preparado el documento y leía: "La
casa se compromete a no utilizar y a hacer respetar el sistema de
propaganda consistente en llorar..." . Aquí los dos se rieron y el
gerente dijo que aquello estaba mal. Mientras redactaban el
documento, yo fui paseándome hasta un mostrador. Detrás de él
había una muchacha que me habló mirándome y los ojos parecían
pintados por dentro.
–¿Así que usted llora por gusto?
–Es verdad.
–Entonces yo sé más que usted. Usted mismo no sabe que tiene una
pena.
Al principio yo me quedé pensativo; y después le dije:
–Mire: no es que yo sea de los más felices; pero sé arreglarme con mi
desgracia y soy casi dichoso.
Mientras me iba –el gerente me llamaba– alcancé a ver la mirada de
ella: la había puesto encima de mí como si me hubiera dejado una
mano en el hombro.
Cuando reanudé las ventas, yo estaba en una pequeña ciudad. Era un
día triste y yo no tenía ganas de llorar. Hubiera querido estar solo, en
mi pieza, oyendo la lluvia y pensando que el agua me separaba de
todo el mundo. Yo viajaba escondido detrás de una careta con
lágrimas; pero yo tenía la cara cansada.
De pronto sentí que alguien se había acercado preguntándome:
–¿Qué le pasa?
Entonces, yo, como un empleado sorprendido sin trabajar, quise
reanudar mi tarea y poniéndome las manos en la cara empecé a
hacer los sollozos.
Ese año yo lloré hasta diciembre, dejé de llorar en enero y parte de
febrero, y empecé a llorar de nuevo después de carnaval. Aquel
descanso me hizo bien y yo volví a llorar con ganas. Mientras tanto yo
había extrañado el éxito de mis lágrimas y me había nacido como
cierto orgullo de llorar. Eran muchos más los vendedores; pero un
actor que representara algo sin previo aviso y convenciera al público
con llantos...
Aquel nuevo año yo empecé a llorar por el oeste y llegué a una
ciudad donde mis conciertos habían tenido éxito; la segunda vez que
estuve allí, el público me había recibido con una ovación cariñosa y
prolongada; yo agradecía parado junto al piano y no me dejaban
sentar para iniciar el concierto. Seguramente que ahora daría, por lo
menos, una audición. Yo lloré allí, por primera vez, en el hotel más
lujoso; fue a la hora del almuerzo y en un día radiante. Ya había
comido y tomado el café, cuando de codos en la mesa, me cubrí la
cara con las manos. A los pocos instantes se acercaron algunos
amigos que yo había saludado; los dejé parados algún tiempo y
mientras tanto, una pobre vieja –que no sé de dónde había salido– se
sentó a mi mesa y yo la miraba por entre los dedos mojados. Ella
bajaba la cabeza y no decía nada; pero tenía una cara tan triste que
daban ganas de ponerse a llorar...
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El día que yo di mi primer concierto tenía cierta nerviosidad que me
venia del cansancio; estaba en la última hora de la primera parte del
programa y tomé uno de los movimientos con demasiada velocidad;
ya había intentado detenerme; pero me volvía torpe y no tenía
bastante equilibrio ni fuerza para seguir; pero las manos se me
cansaban, perdía nitidez y me di cuenta que no llegaría al final.
Entonces, antes de pensarlo ya había sacado las manos del teclado y
las tenía en la cara: era la primera vez que lloraba en escena.
Al principio hubo murmullos de sorpresa y no sé por qué alguien
intentó aplaudir; pero otros chistaron y yo me levanté. Con una mano
me tapaba los ojos y con la otra tanteaba el piano y trataba de salir
del escenario. Algunas mujeres gritaron porque creyeron que me
caería en la platea; y ya iba a franquear una puerta del decorado,
cuando alguien, desde el paraíso, me gritó:
–¡Cocodriiiiloooo!
Oí risas; pero fui al camarín, me lavé la cara y aparecí en seguida y
con las manos frescas terminé la primera parte. Al final vinieron a
saludarme muchas personas y se comentó lo de "cocodrilo". Yo les
decía:
–A mí me parece que el que me gritó tiene razón: en realidad yo no sé
por qué lloro; me viene el llanto y no lo puedo remediar; a lo mejor
me es tan natural como lo es para el cocodrilo. En fin, yo no sé
tampoco por qué llora el cocodrilo.
Una de las personas que me habían presentado tenía la cabeza
alargada; y como se peinaba dejándose el pelo parado, la cabeza
hacía pensar en un cepillo. Otro de la rueda lo señaló y me dijo:
–Aquí, el amigo, es médico. ¿Qué dice usted, doctor?
Yo me quedé pálido. El me miró con ojos de investigador policial y me
preguntó:
–Dígame una cosa: ¿cuándo llora más usted, de día o de noche?
Yo recordé que nunca lloraba en la noche porque a esa hora no
vendía, y le respondí:
–Lloro únicamente de día.
No recuerdo las otras preguntas. Pero al final me aconsejó:
–No coma carne. Usted tiene una vieja intoxicación.
A los pocos días me dieron una fiesta en el club principal. Alquilé un
frac con chaleco impecable y en el momento de mirarme al espejo
pensaba: "No dirán que este cocodrilo no tiene la barriga blanca.
¡Caramba! Creo que ese animal tiene papada, como la mía. Y es
voraz..."
Al llegar al Club encontré poca gente. Entonces me di cuenta que
había llegado demasiado temprano. Vi a un señor de la comisión y le
dije que deseaba trabajar un poco en el piano. De esa manera
disimularía el madrugón. Cruzamos una cortina verde y me encontré
en una gran sala vacía y preparada para el baile. Frente a la cortina y
al otro extremo de la sala estaba el piano. Me acompañaron hasta allí
el señor de la comisión y el conserje; mientras abrían el piano, el
señor –tenía cejas negras y pelo blanco– me decía que la fiesta
33 y 1/tercio vi
tendría mucho éxito, que el director del liceo –amigo mío– diría un
discurso muy lindo y que él ya lo había oído; trató de recordar
algunas frases, pero después decidió que sería mejor no decirme
nada. Yo puse las manos en el piano y ellos se fueron. Mientras
tocaba pensé: "Esta noche no lloraré... quedaría muy feo... el director
del liceo es capaz de desear que yo llore para demostrar el éxito de
su discurso. Pero yo no lloraré por nada del mundo".
Hacía rato que veía mover la cortina verde; y de pronto salió de entre
sus pliegues una muchacha alta y de cabellera suelta; cerró los ojos
como para ver lejos; me miraba y se dirigía a mí trayendo algo en una
mano; detrás de ella apareció una sirvienta que la alcanzó y le
empezó a hablar de cerca. Yo aproveché para mirarle las piernas y me
di cuenta que tenía puesta una sola media; a cada instante hacía
movimientos que indicaban el fin de la conversación; pero la sirvienta
seguía hablándole y las dos volvían al asunto como una golosina. Yo
seguí tocando el piano y mientras ellas conversaban tuve tiempo de
pensar: "¿Qué querrá con la media?... ¿Le habrá salido mala y
sabiendo que yo soy corredor...? ¡Y tan luego en esta fiesta!".
Por fin vino y me dijo:
–Perdone, señor, quisiera que me firmara una media.
Al principio me reí; y en seguida traté de hablarle como si ya me
hubieran hecho ese pedido otras veces. Empecé a explicarle cómo
era que la media no resistía la pluma; yo ya había solucionado eso
firmando una etiqueta y después la pegaba en la media. Pero
mientras daba estas explicaciones mostraba la experiencia de un
antiguo comerciante que después se hubiera hecho pianista. Ya me
empezaba a invadir la angustia, cuando ella se sentó en la silla del
piano, y al ponerse la media me decía:
–Es una pena que usted me haya resultado tan mentiroso... debía
haberme agradecido la idea.
Yo había puesto los ojos en sus piernas; después los saqué y se me
trabaron las ideas. Se hizo un silencio de disgusto. Ella, con la cabeza
inclinada dejaba caer el pelo; y debajo de aquella cortina rubia, las
manos se movían como si huyeran. Yo seguía callado y ella no
terminaba nunca. Al fin la pierna hizo un movimiento de danza y el
pie, en punta, calzó el zapato en el momento de levantarse, las
manos le recogieron el pelo y ella me hizo un saludo silencioso y se
fue.
Cuando empezó a entrar gente fui al bar. Se me ocurrió pedir whiskey.
El mozo me nombró muchas marcas y como yo no conocía ninguna le
dije:
–Déme de esta última.
Trepé en un banco alto del mostrador y traté de no arrugarme la cola
del frac. En vez de cocodrilo debía parecer un loro negro. Estaba
callado, pensando en la muchacha de la media y me trastornaba el
recuerdo de sus manos apuradas.
Me sentí llevado al salón por el director del liceo. Se suspendió un
momento el baile y él dijo su discurso. Pronunció varías veces las
33 y 1/tercio vi
palabras "avatares" y "menester". Cuando aplaudieron yo levanté los
brazos como un director de orquesta antes de "atacar" y apenas
hicieron silencio dije:
–Ahora que debía llorar no puedo. Tampoco puedo hablar ni quiero
dejar por más tiempo separados los que han de juntarse para bailar. Y
terminé haciendo una cortesía.
Después me di vuelta, abracé al director del liceo y por encima de su
hombro vi la muchacha de la media. Ella me sonrió y levantó su
pollera del lado izquierdo y me mostró el lugar de la media donde
había pegado un pequeño retrato mío recortado de un programa. Yo
me sonreí lleno de alegría pero dije una idiotez que todo el mundo
repitió:
–Muy bien, muy bien, la pierna del corazón.
Sin embargo yo me sentía dichoso y fui al bar. Subí de nuevo a un
banco y el mozo me preguntó:
–¿Whisky Caballo Blanco?
Y yo, con el ademán de un mosquetero sacando la espada:
–Caballo Blanco o Loro Negro.
Al poco rato vino un muchacho con una mano escondida en la
espalda:
–El Pocho me dijo que a usted no le hace mala impresión que le digan
"Cocodrilo".
–Es verdad, me gusta...
Entonces el sacó la mano de la espalda y me mostró una caricatura.
Era un gran cocodrilo muy parecido a mí; tenía una pequeña mano en
la boca, donde los dientes eran un teclado; y de la otra mano le
colgaba una media; con ella se enjugaba las lágrimas.
Cuando los amigos me llevaron a mi hotel yo pensaba en todo lo que
había llorado en aquel país y sentía un placer maligno en haberlos
engañado; me consideraba como un burgués de la angustia. Pero
cuando estuve solo en mi pieza, me ocurrió algo inesperado: primero
me miré en el espejo; tenía la caricatura en la mano y
alternativamente miraba al cocodrilo y a mi cara. De pronto y sin
haberme propuesto imitar al cocodrilo, mi cara, por su cuenta, se
echó a llorar. Yo la miraba como a una hermana de quien ignorara su
desgracia. Tenía arrugas nuevas y por entre ellas corrían las lágrimas.
Apagué la luz y me acosté. Mi cara seguía llorando; las lágrimas
resbalaban por la nariz y caían por la almohada. Y así me dormí.
Cuando me desperté sentí el escozor de las lágrimas que se habían
secado. Quise levantarme y lavarme los ojos; pero tuve miedo que la
cara se pusiera a llorar de nuevo. Me quedé quieto y hacía girar los
ojos en la oscuridad, como aquel ciego que tocaba el arpa.

●●●

elsa
I
33 y 1/tercio vi
Yo no quiero decir cómo es ella. Si digo que es rubia se imaginarán
una mujer rubia, pero no será ella. Ocurrirá como con el nombre: si
digo que se llama Elsa se imaginarán cómo es el nombre Elsa; pero el
nombre Elsa de ella es otro nombre Elsa. Ni siquiera podrían
imaginarse cómo es una peinilla que ella se olvidó en mi casa;
aunque yo dijera que tiene 26 dientes, el color, más aun, aunque
hubieran visto otra igual, no podrían imaginarse cómo es
precisamente, la peinilla que ella se olvidó en mi casa.

II
Yo quiero decir lo que me pasa a mí. ¿Y saben para qué?, pues, para
ver si diciendo lo que me pasa, deja de pasarme. Pero entiéndase
bien; me pasa una cosa mala, horrible: ya lo verán. Sé que por más
bien que yo llegara a decirla, ocurrirá como con la peinilla y lo demás;
no se imaginarán exactamente, cómo es lo malo que me pasa; pero el
interés que yo tengo es ver si deja de pasarme tanto lo malo que se
imaginarán, lo malo que en realidad me pasa.

III
Elsa no es precisamente, una de las tantas muchachas que no me
aman: ella no me amará dentro de poco tiempo, porque ahora ella me
ama. Nos hemos visto muy pocas voces; ella está muy lejos; nuestro
amor se mantiene por correspondencia; pero yo tengo la convicción,
yo afirmo categóricamente, yo creo absolutamente –ya explicaré
ampliamente por qué tengo esta fiebre de afirmar– yo vuelvo a
afirmar que dada la manera de ser de ella, dejará muy pronto de
amarme, porque ella no podrá resistir el amor por correspondencia. Yo
sí, pero ella no.

IV
De lo que ya no existe, se habla con indiferencia o con frialdad; pero
yo hablo con dolor, porque hablo antes de que deje de existir y
sabiendo que dejará de existir: recuérdese cómo lo afirmé.
Cuando espero algo, siento como si alguien –llámese Dios, destino o
como quiera– tratara de demostrarme que la cosa que espero no llega
o no ocurre como yo esperaba. Entonces, cuando yo tengo interés en
que una cosa no ocurra, empiezo a pensar que ocurrirá, para
burlarme de ese alguien si la cosa llega u ocurre, para hacerle ver que
yo la preveía; y él por no dar su brazo a torcer no me da ese gusto y
la cosa ocurre; pero he aquí que al final triunfo yo, porque
precisamente lo que más deseaba era que no ocurriera. También
debo decir que ese alguien suele sorprenderme dejándose burlar, y
que yo triunfe aparentemente y quede derrotado íntimamente: pero
esto ocurre las menos de las veces.
Para ser franco, diré que yo no creo en ese alguien, que a ese alguien
lo creamos, y para crearlo lo suponemos al revés y al derecho. Pero
cuando nos encontramos frente a un gran dolor, volvemos a pensar al
revés y al derecho por si llega a ser cierto que existe. Ahora yo pienso
33 y 1/tercio vi
que a lo mejor existe, y que a lo mejor no da su brazo a torcer, y por
llevarme la contra hace que no ocurra lo de que ella deje de amarme,
puesto que yo afirmo que ocurrirá. Así mismo tengo temor de que ese
alguien se deje vencer y la cosa ocurra como en las menos veces:
pero yo tengo más esperanza del otro modo: al revés que al derecho.
Tendría esperanza aun cuando viera que estoy a punto de que ella no
me ame; pues con más razón tengo esperanza ahora que ella me
ama normalmente.
Bueno, en total quiero dejar constancia de que tengo la convicción, de
que afirmo categóricamente, y que creo absolutamente, que Elsa se
diferencia de las demás muchachas, en que ninguna de las otras me
ama, y que ella dejará muy pronto de amarme.

replay
33 y 1/tercio vi
lien carrazana lau
(la habana, 1980)

llamar de alaska a hawai o viceversa

(...) la soledad es la ecuación de la vida moderna.


La vida moderna.
CD Enemigos íntimos. Fito y Sabina.

Levantan el auricular. Hola... «No responde nadie del otro lado»,


hola... «¿Será Haydee?», diga... «No... escucho su respiración, es
que no quiere hablar, ahhh...» Y el auricular vuelve a su sitio.
RRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNGG
GGGGG
Levantan rápidamente el auricular. Si... «No responde nadie»...diga...
«ohff... ¿qué? ¿Música de Fito...?» Hola... «No contesta nadie… pues
vamos a ver quien aguanta más.»
Tomas el auricular y te lo pones en el oído, marcas y esperas. Nada.
Nada. Un timbre interminable. Esperas y este será el último timbrazo.
Y ahí esta la voz del otro lado con ese matiz estúpido que adquiere el
tono del que recibe llamada: Hola... hola... diga... Un silencio largo
después y cuelgan el teléfono.
Revisar la agenda y encontrar un nuevo teléfono, marcar. El timbre.
Esta vez responden enseguida: Si... diga... y pegas el auricular a Fito
en Enemigos Íntimos... Hola... y el teléfono se queda terriblemente
mudo. El tiempo se eterniza un segundo entre ese que sólo dice hola
y que ahora se ha callado y yo que soy el silencio.
Miro mi mapa contradictorio y sucio, el mapa de mi agenda de
teléfonos, está en la hoja final y Alaska está arriba, Hawai abajo. En el
medio una línea de dos cuadrados que dividen los mapas, un texto
dice en el centro: Alaska y Hawai maps are not to scale.
Mi libreta está llena de teléfonos tachados o inútiles, muchos ni
reconozco su procedencia. Otros si sé muy bien quienes son los
propietarios, pero ya no tienen el menor uso para mí. Los menos, pero
más sentidos, son los que aún memorizo en mi cabeza, al punto de
marcar sus dígitos sin proponérmelo. Como esas palabras que uno
escribe casi sin querer, porque están ahí, frente a uno, en la mente.
Hoy revisé uno a uno mis teléfonos y no encontré más que viejos
conocidos, números que no existen, desvanecidos junto con las
gentes que los poseían. Traté de encontrar unos dígitos que me
alegrasen, pero ninguno me sacó una sonrisa. Eran el pasado, eran
los días de ver llover tomando vino en casa de Leo, o de ir al festival
de cine italiano y tomar sangría con William, llamar a Claudia y vernos
en el teatro, llamar a Peter a la emisora. Ir a la escuela y dejarle un
recado en la contestadora a mi padre. Mi padre – dios que nunca
escuchó el mensaje. Nunca contestó mi llamada.
33 y 1/tercio vi
Y de pronto Claudia no estaba más, no estaba su casa donde fumar y
pintar las paredes, hacer té de menta y jugar al mundo; los que viven
allí ahora borraron nuestros dibujos de las paredes. No estaba el
cuarto de Peter y la posible certeza de no escapar del olvido, ya no
hay posibilidad de corregir mi ortografía con Leo por teléfono, no hay
sangría ni cine italiano. Todos salieron disparados como misiles a un
punto X del mundo. Dijeron adiós como quien dice hasta nunca. No
hay nadie detrás de los teléfonos, todos cogen el auricular y están en
mute.
Busco el mapa de Alaska y Hawai después de pasar de nuevo por la
infinita lista de edificios, amantes, amigas beatas y putas y falsas, por
los cines de inquietantes desconocidos y direcciones ajenas, por los
almanaques que parecen jugar a los ceritos de tantas marcas y rayas.
Por ese número tuyo que aunque lo borre de todas las agendas está
en mi cabeza como un tatuaje, un tatuaje sangrante que te espera sin
sentido al final del malecón. Ese número tuyo al que no podré llamar
nunca más porque tú no estarás detrás del teléfono. Busco el mapa
de Alaska y Hawai después de pasar de nuevo por una ciudad
construida de tachaduras en la guía telefónica, de hojas arrancadas,
de cohetes averiados, de barcos de papel que naufragan en mis
sábanas. Poner la vista al centro, justo al centro, ahí, en... are not to
scale, y elegir. Al menos estaré en el mismo océano pacífico que tú.
Levantar el auricular. Cerrar los ojos, abrir la guía telefónica en
cualquier punto, abrir los ojos, marcar.
RRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNNGG
GGGGG
Si... «No responde nadie»...diga... «¿Será Manuela, será el novio de
Clarita?» Hola... «Ohff... ¿música de Fito...?» Hola... «No contesta
nadie… pues vamos a ver quien aguanta más.»
El auricular descolgado es puesto sobre la mesa mientras se reanuda
la partida de dominó detenida con el timbre. Del otro lado del cable
telefónico, en un punto distante de la ciudad, dentro un cuarto
semioscuro y sobre una cama llena papeles arrugados, ella ha
cerrado los ojos. Un frasco de calmantes cae de una de sus manos.
Con la otra todavía sostiene el auricular y lo mantiene pegado a la
bocina del equipo de música… y al final nunca sé como empezar a
decirte a gritos que necesito más que respirar, que necesito escapar
del purgatorio de sobrevivir…

replay
33 y 1/tercio vi
giorgio agamben
(roma, 1947)

notas sobre la política


re-tomado del blog fogonero emergente

1. La caída del Partido comunista soviético y el dominio sin rebozo del


Estado democrático-capitalista a escala planetaria han suprimido los
dos principales obstáculos ideológicos que impedían el
restablecimiento de una filosofía política a la altura de nuestro
tiempo: el estalinismo, por una parte, y el progresismo y el Estado de
derecho, por otra. El pensamiento se encuentra hoy así por primera
vez frente a su tarea sin ninguna ilusión y sin coartada posible. En
todas partes se está cumpliendo ante nuestros ojos la "gran
transformación" que impulsa uno tras otro a los reinos de la tierra
(repúblicas y monarquías, tiranías y democracias, federaciones y
Estados nacionales) hacia el Estado espectacular integrado (Debord)
y el "capital-parlamentarismo" (Badiou), que constituyen el estadio
extremo de la forma Estado. Y así como la gran transformación de la
primera revolución industrial había destruido las estructuras sociales
y políticas y las categorías del derecho público del Ancien Régime, de
la misma manera los términos soberanía, derecho, nación, pueblo,
democracia y voluntad general cubren ahora una realidad que nada
tiene que ver con lo que estos conceptos designaban antes; y, por
eso, quienes continúan haciendo uso de ellos de una manera acrítica
no saben literalmente de qué están hablando. La opinión pública y el
consenso en nada tienen que ver con la voluntad general, no más en
todo caso de lo que la "policía internacional" que hoy dirige las
guerras tiene que ver con la soberanía del jus publicum
Europeum. La política contemporánea es este experimento
devastador, que desarticula y vacía en todo el planeta instituciones y
creencias, ideologías y religiones, identidad y comunidad, y vuelve
después a proponerlas bajo una forma ya definitivamente afectada de
nulidad.

2. El pensamiento que viene tendrá, pues, que tratar de tomar en


serio el tema hegeliano-kojeviano (y marxiano) del fin de la historia,
así como la reflexión de Heidegger sobre el ingreso en el Ereignis
como fin de la historia del ser. Respecto a este problema, el terreno se
divide hoy entre aquellos que piensan el fin de la historia moderna sin
el fin del Estado (los teóricos poskojevianos o posmodernos del
cumplimiento del proceso histórico de la humanidad en un Estado
universal homogéneo) y los que piensan el fin del Estado sin un
correlativo fin de la historia (los progresistas de varia lección). Ambas
posiciones caen por debajo de su tarea, porque pensar la extinción
33 y 1/tercio vi
del Estado sin el cumplimiento del telos histórico es tan imposible
como pensar un cumplimiento de la historia en el que permaneciese
la forma vacía de la soberanía estatal. Si la primera tesis se muestra
impotente por completo frente a la supervivencia tenaz de la forma
estatal en una transición infinita, la segunda choca con la resistencia
cada vez más viva de instancias históricas (de tipo nacional, religioso
o étnico). Por lo demás, las dos posiciones pueden convivir
perfectamente mediante la multiplicación de las instancias estatales
tradicionales (es decir, de tipo histórico), bajo la égida de un
organismo técnico-jurídico con vocación post-histórica.
Sólo un pensamiento capaz de pensar a la vez el final del Estado y el
final de la historia, y de enfrentarlos entre sí, podrá estar a la altura
de aquella tarea. Es lo que trató de hacer el último Heidegger, si bien
de una manera absolutamente insuficiente, con la idea de un
Ereignis, de un acontecimiento último, en el que lo que es apropiado y
queda sustraído al destino histórico es el propio permanecer-oculto
del principio historificante, la historicidad misma. Si la historia señala
la expropiación de la naturaleza humana en una serie de épocas y de
destinos históricos, el cumplimiento y la apropiación del telos
histórico del que aquí se trata no significa que el proceso histórico de
la humanidad esté ya sencillamente ordenado en una disposición
definitiva (cuya gestión sea posible confiar a un Estado universal
homogéneo), sino que la misma historicidad anárquica que,
permaneciendo presupuesta, ha destinado al hombre como ser
viviente a las diversas épocas y culturas históricas, debe ahora venir
como tal al pensamiento, es decir que el hombre ha de apropiarse
ahora de su mismo ser histórico, de su misma impropiedad. El devenir
propio (naturaleza) de lo impropio (lenguaje) no puede ser
formalizado ni reconocido según la dialéctica de la Anerkennung,
porque es, en la misma medida, un devenir impropio (lenguaje) de lo
propio (naturaleza).
La apropiación de la historicidad no puede por eso tener aún una
forma estatal –al no ser el Estado otra cosa que la presuposición y la
representación del permanecer–oculta de la arjé histórica– sino que
debe dejar libre el terreno a una vida humana y a una política no
estatales y no jurídicas, que todavía siguen estando completamente
por pensar.

3. Los conceptos de soberanía y de poder constituyente, que están en


el centro de nuestra tradición política, deben, en consecuencia, ser
abandonados o, por lo menos, pensados de nuevo, desde el principio.
Uno y otro señalan el punto de indiferencia entre violencia y derecho,
naturaleza y logos, propio e impropio, y, como tales, no designan un
atributo o un órgano del orden jurídico o del Estado, sino su propia
estructura original. Soberanía es la idea de que hay un nexo
indecidible entre violencia y derecho, viviente y lenguaje, y que este
nexo tiene necesariamente la forma paradójica de una decisión sobre
el estado de excepción (Schmitt) o de un bando (Nancy), en que la ley
(el lenguaje) se mantiene en relación con el viviente retirándose de
33 y 1/tercio vi
él, abandonándolo a la propia violencia y a la propia ausencia de
relación. La vida sagrada, es decir, la vida presupuesta y abandonada
por la ley en el estado de excepción, es el mudo portador de la
soberanía, el verdadero sujeto soberano.
De este modo, la soberanía es el guardián que impide que el umbral
indecidible entre violencia y derecho, naturaleza y lenguaje salga a la
luz. Es necesario, empero, mantener fija la mirada precisamente
sobre aquello que la estatua de la Justicia (que, como recuerda
Montesquieu, era cubierta con un velo al proclamarse el estado de
excepción) no debía ver, y, en consecuencia, sobre el hecho de que
(como hoy está claro para todos) el estado de excepción es la regla,
que la nueva vida es inmediatamente portadora del nexo soberano y,
como tal, está hoy abandonada a una violencia que es tanto más
eficaz en la medida en que es anónima y cotidiana.
Si existe hoy una potencia social, ésta debe ir hasta el fondo de su
propia impotencia y, renunciando a cualquier voluntad tanto de
establecer el derecho como de conservarlo, quebrar en todas partes
el nexo entre violencia y derecho, entre viviente y lenguaje, que
constituye la soberanía.

4. Mientras la decadencia del Estado deja sobrevivir por doquier su


envoltura vacía como pura estructura de soberanía y de dominio, la
sociedad en su conjunto está consignada irremediablemente a la
forma de sociedad de consumo y de producción orientada al único
objetivo del bienestar. Los teóricos de la soberanía política como
Schmitt ven en ello el signo más seguro del fin de la política. Y en
verdad las masas planetarias de consumidores (cuando no recaen
simplemente en los viejos ideales étnicos y religiosos) no dejan
atisbar ninguna nueva figura de la polis.
Sin embargo, el problema al que ha de enfrentarse la nueva política
es precisamente éste: ¿es posible una comunidad política que se
oriente exclusivamente al goce pleno de la vida de este mundo? ¿Pero
no es éste precisamente, si bien se mira, el objetivo de la filosofía? Y
cuando surge un pensamiento político moderno, con Marsilio de
Padua, ¿no se define acaso por la recuperación con fines políticos del
concepto averroísta de "vida suficiente" y de "bien vivir"? Aún
Benjamín, en el Fragmento teológico político, no deja lugar a dudas
en cuanto al hecho de que "el orden de lo profano debe orientarse
sobre la idea de felicidad". La definición del concepto de "vida feliz"
(de una manera que no permita su separación de la antología, puesto
que del "ser: no tenemos otra experiencia que vivir") sigue siendo
uno de los objetivos esenciales del pensamiento que viene.
La "vida feliz" sobre la que debe fundarse la filosofía política no puede
por eso ser ni la nuda vida que la soberanía presupone para hacer de
ella el propio sujeto, ni el extrañamiento impenetrable de la ciencia y
de la biopolítica modernas, a las que hoy se trata en vano de
sacralizar, sino, precisamente, una "vida suficiente" y absolutamente
profana, que haya alcanzado la perfección de la propia potencia y de
33 y 1/tercio vi
la propia comunicabilidad, y sobre la cual la soberanía y el derecho no
tengan ya control alguno.

5. El plano de inmanencia sobre el que se constituye la nueva


experiencia política es la extrema expropiación del lenguaje llevada a
efecto por el Estado espectacular. Mientras en el Antiguo Régimen, el
extrañamiento de la esencia comunicativa del hombre se sustanciaba
en un presupuesto que servía de fundamento común (la nación, la
lengua, la religión...), en el Estado contemporáneo es esta misma
comunicatividad, esta misma esencia genérica (es decir, el lenguaje),
lo que se constituye en una esfera autónoma en la propia medida en
que deviene el factor esencial del ciclo productivo. Lo que impide la
comunicación es, pues, la comunicabilidad misma; los hombres están
separados por aquello que les une.
Lo anterior quiere decir también, empero, que, de este modo, lo que
nos sale al paso es nuestra propia naturaleza lingüística invertida.
Ésta es la razón (precisamente lo expropiado es la posibilidad misma
de lo Común) de que la violencia del espectáculo sea tan destructiva;
pero, por lo mismo, éste contiene todavía algo que se asemeja a una
posibilidad positiva y que puede ser utilizada en contra suya. La
época que estamos viviendo es también, por eso, aquella en que por
primera vez se hace posible para los hombres experimentar su propia
esencia lingüística; no de este o aquel contenido de lenguaje, de esta
o aquella proposición verdadera, sino del hecho mismo de que se
hable.

6. La experiencia de que se trata en este caso no tiene ningún


contenido objetivo, no es formulable en proposiciones sobre un
estado de cosas o sobre una situación histórica. Concierne no a un
estado, sino a un acontecimiento de lenguaje; no hace referencia a
esta o a aquella gramática, sino, por así decirlo, al factum loquendi
como tal. Por eso mismo debe ser concebida como un experimento
que tiene que ver con la materia misma o la potencia del
pensamiento (en términos espinozianos, un experimento de potentia
intellectus, sirve de libertate).
Puesto que lo que se ventila en el experimento no es en modo alguno
la comunicación en cuanto destino y fin específico del hombre o como
condición lógico-trascendental de la política (como sucede en las
seudofilosofías de la comunicación), sino la única experiencia material
posible del ser genérico (es decir, experiencia de la "comparecencia"
–Nancy– o, en términos marxianos, del General Intellect, la primera
consecuencia que de ello se deriva es la subversión de la falsa
alternativa entre fines y medios que paraliza toda ética y toda
política. Una finalidad sin medios (el bien o lo bello como fines en sí)
es tan extraña como una medialidad que sólo tiene sentido con
respecto a un fin. Lo que se cuestiona en la experiencia política no es
un fin más alto, sino el propio ser-en-el lenguaje como medialidad
pura, el ser-en-un medio como condición irreductible de los hombres.
Política es la exhibición de una medialidad, el hacer visible un medio
33 y 1/tercio vi
como tal. Es la esfera no de un fin en sí, sino de una medialidad pura
y sin fin como ámbito del actuar y del pensar humanos.

7. La segunda consecuencia del experimentum linguae es que, más


allá de los conceptos de apropiación y de expropiación, lo que
verdaderamente es necesario pensar es más bien la posibilidad y las
modalidades de un uso libre. La práctica y la reflexión políticas se
mueven hoy de forma exclusiva en la dialéctica entre lo propio y lo
impropio, en que o bien lo impropio (como sucede en las democracias
industriales) impone en todas partes su dominio con una irrefrenable
voluntad de falsificación y de consumo, o bien, como sucede en los
Estados integristas y totalitarios, lo propio pretende excluir de sí toda
impropiedad. Si, en vez de eso, llamamos común (o, como prefieren
otros, igual) a un punto de indiferencia entre lo propio y lo impropio,
es decir, a algo que nunca es aprehensible en términos de una
apropiación o de una expropiación, sino sólo como uso, el problema
político esencial pasa a ser entonces: "¿cómo se usa un común?"
(Heidegger tenía quizá en mientes algo de este tipo cuando
formulaba su concepto supremo no como una apropiación ni como
una expropiación, sino como apropiación de una expropiación.)
Sólo si consiguen articular el lugar, los modos y el sentido de esta
experiencia del acontecimiento de lenguaje como uso libre de lo
comían y como esfera de los medios puros, podrán las nuevas
categorías del pensamiento político –sean estas comunidad
inocupada, comparecencia, igualdad, fidelidad, intelectualidad de
masa, pueblo por venir, singularidad cualquiera– dar expresión a la
materia política que tenemos ante nosotros.
33 y 1/tercio vi

replay
33 y 1/tercio vi
ricardo alberto pérez
(la habana, 1963)

seven

Me ha dado por decir


que el Cilindro
tiene boca.
después un caos.
esa voz inventada
ahora
participa
troza los espacios.
de la otra parte
el ojo sabe
(fueron saliendo
las astillas);
cono hacia fuera
pone a secar
la frase.
ya el cilindro
me huye
tragando todo
lo que puede.

●●●

Xing Dan Wen


de su ojo redondo
pone un grano de arroz
en mi mano,
en mi boca
su vientre,
una luz transversa
su feto,
percute en mi pecho
Xing Dan Wen
ha llegado a mi cama
con las lluvias de mayo.

●●●
33 y 1/tercio vi
con el hueso golpea
Con el hueso golpea
en la lámina de vidrio
en la lámina de luz
y la ahueca
del hueso
la tierra parte
hasta la médula
de la médula
al hueso la tierra
funda figuras
carne
se tensa
o se adensa
la historia de un cuerpo
desde el julepe
y es el hueso
ton – ton
ton – ton de la boca al habla
tan parca
cuando no ha llegado a percibir
la percusión del hueso
el hueso
golpeando
o galopando
tan próximo al afecto

●●●

Uña se dispara,
en su ciclo
el labio
desmonta
imágenes
(trozos exactos)
la mano es rasa
a mi deseo.
en un gesto
cabe el agua
los gestos del otro
que lo funda,
uña se dispara,
cuerpo almacena transgresiones.

●●●
33 y 1/tercio vi
pierna rota
Memoria,
es sonido de una pierna rota
(objetos desfasados)
en fase
de música
¿y es persona pierna rota?
un estado de ánimo,
la duración de los eventos
como olores,
ella escobilla irónica,
roza
cuanto nos pertenece,
cuanto nos es ajeno
rodilla
roda – pie
rombo
que llevo encrucijado
en el oído.
¡Cántame
araña de mi vida!
quiero oír
la fibra
de ti misma,
escuchar el desencanto
de tu goma
o el raspar de las chancletas
en la alfombra.

●●●

el cuadro donde estaba el perro


El cuadro donde estaba
el perro
no está más.
Ha quedado una marca
en la pared.

El perro
que estaba
en el cuadro que se ha ido.
ha regresado,
manso,
y reposa.

●●●
33 y 1/tercio vi

trencito rural (basado en ideas de Heitor Villalobos y Egberto


Gismonti)
Hierba, Hierba, Hierba,
a veces manchas pronunciadas
de aceite
leves
un sombrero, dos, cuatro.
la mano
arañiza
teje, percute
resuelve, descansa.
leche,
hierba, hierba
Sabes?, calzo de freno es puro hierro:
compacto.
También
muela
que trincando
en un puente de ritmo
nos dice:
“esa tímida
ha comprado un creyón
para inventarse una boca.”
Sobre raíles
vamos cuerpos
nutridos por la luz
del bamboleo, entre polines
estamos, pitagóricos
pactando con desconocidos;
y al mirar
hacia afuera:
las gallinas vigorosas
en los patios.

replay
33 y 1/tercio vi
kurt vonnegut
(indianápolis, 1922)

de payasadas (fragmento)

Nunca llegó a mencionar el artilugio electrónico que le permitió volver


a unir su mente con la de su hermana y recrear el genio que habían
sido en la niñez.
El artilugio, llamado “El Trujamán” por los pocos que lo conocían,
consistía en un trozo de cañería de arcilla, aparentemente muy
normal, que medía dos metros de largo y veinte centímetros de
diámetro. Estaba colocado tal cual sobre una caja de acero que
contenía los controles de un enorme acelerador de partículas. Este
acelerador era una pista magnética de carreras, en forma de tubo,
para entidades subatómicas, que serpenteaba sobre los campos de
maíz en las afueras de la ciudad.
Así es.
Y en cierto modo el Trujamán era un fantasma, ya que el acelerador
de partículas hacía ya mucho tiempo que había dejado de funcionar
por falta de electricidad y por falta de entusiastas de todo lo que era
capaz de hacer.
Francis Hierro–7 Trujamán, el encargado de la limpieza, colocó el trozo
de cañería sobre la caja y también dejó allí un momento el cubo que
contenía su almuerzo. De pronto oyó unas voces que provenían de la
cañería.

Fue a buscar al doctor Félix Bauxita–13 von Peterswald, el científico a


quien había pertenecido el aparato. Pero la cañería no volvió a hablar.
Sin embargo, el doctor von Peterswald, con su deseo de creer en el
ignorante señor Trujamán, demostró que era un gran científico.
—El cubo —dijo finalmente—, ¿dónde está el cubo?
Trujamán lo tenía en la mano.
El doctor von Peterswald le pidió que lo colocara exactamente como
lo había hecho antes.
La cañería rápidamente se puso a hablar.

Los que hablaban se identificaron como personas pertenecientes a la


otra vida. En segundo plano, se escuchaba un coro de gente que
conversaba y se quejaba del tedio, de los pequeños desaires que
sufría, de dolencias sin importancia, etc.
Como anotara el doctor von Peterswald en su diario secreto: “Se
parecía mucho a lo que uno escucharía al otro lado del teléfono en un
lluvioso día de otoño, desde un criadero de pavos mal llevado”.
33 y 1/tercio vi
Hi ho.

Cuando el doctor Swain habló con su hermana Eliza a través del


Trujamán, se hallaba en compañía de Wilma Pachysandra–17 von
Peterswald, la viuda del doctor von Peterswald, y David Narciso–11
von Peterswald, su hijo de quince años, hermano del doctor Swain y
víctima del mal de Tourette.

El pobre David sufrió un ataque justo en el momento en que el doctor


Swain comenzaba a hablar con Eliza a través del Gran Abismo.
David trató de ahogar el involuntario torrente de obscenidades, pero
sólo consiguió subir el tono de voz en una octava.
—Mierda... esputo... escroto... cloaca... ano... membrana mucosa...
cerumen... orines...

El doctor Swain perdió el control y, alto y anciano como era, se subió


involuntariamente sobre la caja. Se inclinó sobre la cañería para estar
más cerca de su hermana. Dejó que su cabeza colgara hacia abajo
frente al extremo de la cañería y sin darse cuenta tiró al suelo el cubo
clave, interrumpiendo así la comunicación.
—No se oye nada —dijo el doctor.
—Perineo... fornicación... mierda... glande... monte de Venus...
placenta —decía el muchacho.

La viuda del doctor von Peterswald era la única persona sensata que
se encontraba a ese lado de la cañería, de modo que fue ella la que
volvió a colocar el cubo en el lugar correspondiente. Tuvo que
encajarlo en forma más bien brutal entre la cañería y la rodilla del
presidente. Y de pronto se vio atrapada en una posición grotesca,
apoyada sobre la cubierta de la caja, con una mano extendida y los
pies a unos pocos centímetros del suelo. Junto con el cubo, el
presidente le había cogido firmemente la mano.
—Diga, diga —decía el presidente, con la cabeza colgando.

Desde el otro lado llegó un torrente de palabras ininteligibles,


graznidos y cloqueos.
Alguien estornudó.
—Defecar... semen... testículos... —decía el muchacho.

Antes de que Eliza pudiese volver a hablar, la gente que la rodeaba


sintió que el pobre David era un espíritu hermano, tan indignado por
la condición humana en el Universo como ellos. De manera que lo
animaron a seguir y aportaron nuevas obscenidades.
—Así me gusta, muchacho —le decían.
Y lo duplicaban todo.
—¡Doble pene! ¡Doble clítoris! —decían—. ¡Doble mierda!
33 y 1/tercio vi
Etcétera.
Era un verdadero manicomio.

De todos modos, el doctor Swain y su hermana consiguieron unirse, y


lo hicieron con tan convulsiva intimidad que él se habría metido
dentro de la cañería si hubiese podido.
Así ocurrieron las cosas, y lo que Eliza quería pedirle era que
falleciera lo antes posible para que pudiesen juntar las cabezas.
Deseaba encontrar la manera de mejorar ese lugar tan poco
satisfactorio que llamaban “paraíso”.

—¿Te torturan? —preguntó él.


—No —replicó Eliza—, me muero de aburrimiento. El que organizó
esto, quienquiera que sea, no sabía nada de los seres humanos. Por
favor, hermano Wilbur, ten en cuenta que esto es la Eternidad. ¡Esto
es para siempre! ¡Donde tú estás ahora no es nada en términos de
tiempo! ¡Es un chiste! Vuélate la tapa de los sesos tan pronto como
puedas.
Y cosas por el estilo.

El doctor Swain le refirió los problemas que habían tenido los vivos a
causa de algunas enfermedades incurables. Los dos estudiaron la
cuestión pensando como un solo ser y resolvieron el misterio como si
hubiera sido cosa de niños.
La explicación era la siguiente: los gérmenes infecciosos de la
influenza eran marcianos cuya invasión al parecer había sido
rechazada por los anticuerpos de los organismos de los
sobrevivientes, ya que por el momento había desaparecido la
epidemia.
La Muerte Verde, por otra parte, era causada por unos chinos
microscópicos, bien intencionados y amantes de la paz. Pero a pesar
de todo, resultaban invariablemente mortales para los seres humanos
de tamaño normal que los inhalaban o ingerían.
Etcétera.

El doctor Swain le preguntó a su hermana qué tipo de instrumento de


comunicación se utilizaba al otro lado, si acaso Eliza también estaba
en cuclillas sobre un trozo de cañería.
Eliza le explicó que no había ningún aparato sino sólo una sensación.
—¿Qué sensación? —preguntó.
—Tendrías que estar muerto para comprenderlo —replicó.
—Inténtalo de todas maneras.
—Es como estar muerto.
—Una sensación de muerte —dijo él, tanteando, tratando de
comprender.
—Sí, algo frío y húmedo.
33 y 1/tercio vi
—Ah.
—Sí pero también es como estar rodeada de un enjambre de abejas
invisibles. Tu voz me llega desde las abejas.
Hi ho.

Cuando el doctor Swain hubo terminado esta penosa experiencia, sólo


le quedaban once tabletas de tri–benzo–conductil, médicamente
elaborado en principio no como una droga para presidentes, por
supuesto, sino para combatir los efectos del mal de Tourette. Y las
once píldoras esparcidas sobre la palma de su enorme mano,
inevitablemente le parecieron las últimas partículas del reloj de arena
de su vida.

El doctor Swain permanecía al sol junto al edificio del laboratorio que


albergaba el Trujamán. Con él estaban la viuda y su hijo. La viuda
tenía el cubo, así que era la única que podía hacer funcionar el
aparato.
La gravedad era ligera. El doctor Swain tenía una erección. Lo mismo
le ocurría al muchacho y al capitán Bernard Narciso–11 O'Hare, que se
hallaba junto al helicóptero.
Es posible que los tejidos eréctiles del cuerpo de la viuda también se
hubiesen hinchado.
—¿Sabe qué parecía cuando estaba encima de esa caja, señor
presidente? —dijo el muchacho. Se veía claramente la repulsión que
le producía sucumbir a los efectos de su enfermedad.
—No —dijo el doctor Swain.
—El mandril más grande del mundo tratando de fornicarse una pelota
de fútbol —soltó el muchacho.
Para evitar los insultos de ese calibre, el doctor Swain le dio lo que le
quedaba de su provisión de tri–benzo–conductil.

Las consecuencias de su renuncia al tri–benzo–conductil fueron


espectaculares. El doctor Swain tuvo que ser amarrado a una cama
en casa de la viuda durante seis días y seis noches.
En algún momento de todo eso, le hizo el amor a la viuda y le dio un
hijo que más tarde se convertiría en el padre de Melody Oropéndola–2
von Peterswald.
Sí, y en algún momento de todo eso, la viuda le transmitió lo que
había aprendido de los chinos: que habían llegado a manipular con
éxito el Universo combinando mentes compatibles.

Hizo que el piloto lo trasladara a Manhattan, la Isla de la Muerte. Se


proponía morir allí para unirse con su hermana en la otra vida
mediante la ingestión e inhalación de comunistas chinos invisibles.
El capitán O'Hare, que personalmente no deseaba morir, hizo
descender al presidente mediante un cable y un arnés y lo depositó
en la terraza del Empire State.
33 y 1/tercio vi
El presidente pasó el resto del día allí arriba disfrutando de la vista. Y
luego, respirando profundamente cada dos o tres escalones, con la
esperanza de inhalar chinos comunistas, bajó por las escaleras.
Anochecía cuando llegó abajo.

En el vestíbulo había esqueletos humanos en podridos nidos de


harapos. El hollín de los antiguos fuegos dibujaba en las paredes la
piel de una cebra.
En uno de los muros había una pintura de Jesucristo Secuestrado.
Por primera vez, el doctor Swain oyó el escalofriante revoloteo de los
murciélagos que abandonaban el metro por la noche.
Ya se consideraba un hombre muerto, un hermano de los esqueletos.
Pero seis miembros de la familia de los Melocotones, que habían
observado su llegada en helicóptero, salieron de pronto de sus
escondites. Estaban armados con cuchillos y lanzas.

Cuando descubrieron quién era la persona a la que habían capturado,


se mostraron encantados. Era un tesoro para ellos; no porque se
tratase del presidente, sino porque había asistido a la Facultad de
Medicina.
—¡Un médico! —dijo uno—. Ahora sí que no nos falta nada.
Eso fue lo que ocurrió, y no quisieron saber nada de su deseo de
morir. Lo obligaron a tragar un pequeño trapezoide de lo que parecía
ser una especie de mantequilla de cacahuete sin sabor. En realidad
eran tripas de pescado hervidas y deshidratadas, que contenían el
antídoto para la Muerte Verde.
Hi ho.

Fue llevado inmediatamente al distrito financiero donde Hiroshi


Melocotón–20 Yamashiro, el jefe de la familia, yacía mortalmente
enfermo.

El hombre parecía tener pulmonía. El doctor Swain sólo pudo hacer


por él lo que habría hecho un médico de hace un siglo, es decir que
mantuviera el cuerpo abrigado y la frente fresca. Y esperar. O le
bajaba la fiebre o se moría.

Le bajó la fiebre.
Como premio, los Melocotones reunieron sus más preciosas
posesiones en el vestíbulo de la Bolsa de Nueva York para ofrecerlas
al doctor Swain. Había una radio reloj, un saxo alto, un juego
completo de artículos de tocador, una pequeña torre Eiffel con un
termómetro en el interior, etc.
De todos esos trastos y sólo para mostrarse cortés, el doctor Swain
eligió una palmatoria de bronce.
Y así se originó la leyenda de que enloquecía por las palmatorias.
33 y 1/tercio vi
No le gustaba la vida en común con los Melocotones, que le exigía
entre otras cosas sacudir la cabeza perpetuamente en todas
direcciones en busca de Jesucristo Secuestrado.
Así que limpió el vestíbulo del Empire State y se estableció allí. Los
Melocotones le proporcionaban comida.
Y pasó el tiempo.

En algún momento de todo eso, llegó Vera Ardilla–5 Zappa y los


Melocotones le administraron el antídoto. Esperaban que llegaría a
ser la enfermera del doctor Swain.
Y de hecho lo fue durante un tiempo, pero pronto comenzó su granja
modelo.

Y mucho tiempo después llegó la pequeña Melody, embarazada, y


empujando sus patéticas pertenencias en un cochecito de niño. Entre
sus posesiones se encontraba una palmatoria Dresden. Incluso en el
reino de Michigan se sabía que el rey de Nueva York estaba loco por
las palmatorias.
En la palmatoria de Melody se veía el coqueteo de un noble con una
pastora a los pies de un árbol envuelto por una exuberante vid.
La palmatoria de Melody se rompió durante la última fiesta de
cumpleaños del anciano. Wanda Ardilla–5 Rivera, una esclava
borracha, la volcó de un puntapié.

Cuando Melody se presentó ante el Empire State y el doctor Swain


salió a preguntarle quién era y qué quería, ella se arrodilló ante él, y
extendió sus pequeñas manos para presentarle la palmatoria.
—Hola, abuelo —dijo.
Él vaciló un momento, pero luego la ayudó a levantarse.
—Entra —dijo—, entra, entra.

En esa época el rey de Nueva York no sabía que había engendrado un


hijo después de abandonar el tri–benzo–conductil en Urbana. Supuso
que Melody era una solicitante y admiradora más. Tampoco, durante
este primer encuentro, soñó ni por un momento que tenía
descendientes en alguna parte. Nunca había tenido muchos deseos
de reproducirse.
De modo que cuando Melody le proporcionó tímidos pero
convincentes argumentos de que ella era en realidad un pariente
consanguíneo, tuvo una sensación como si, según explicó más tarde a
Vera Ardilla–5 Zappa, “se le hubiese abierto una enorme vía de agua
y que a través de esa repentina grieta hubiese penetrado una niña
embarazada y hambrienta, aferrada a una palmatoria de Dresden”.
Hi ho.

La historia de Melody era la siguiente:


33 y 1/tercio vi
Su padre, hijo ilegítimo del doctor Swain y la viuda de Urbana, era uno
de los pocos sobrevivientes de la llamada “Matanza de Urbana”. Se
vio en seguida obligado a prestar servicio como tambor en el ejército
del duque de Illinois, perpetrador de la carnicería.
El muchacho engendró a Melody a los catorce años. Su madre era una
lavandera de cuarenta años que se había unido al ejército. Melody
recibió el nombre de Oropéndola–2 para asegurarse de que fuese
tratada con la máxima clemencia en caso de que fuera capturada por
las fuerzas de Stewart Oropéndola–2 Mott, rey de Michigan y principal
enemigo del duque.
De hecho, fue capturada a los seis años, después de la batalla de
Iowa, en la que su padre y su madre perdieron la vida.
Hi ho.

En ese entonces la decadencia del rey de Michigan había llegado a tal


extremo que mantenía un harén de muchachas capturadas que
tenían el mismo apellido intermedio que él, el cual, por supuesto, era
Oropéndola–2. La pequeña Melody fue enviada a ese triste zoológico.
Pero a medida que sus penosas experiencias se hacían más
repugnantes, aumentaba la fuerza interior que obtenía del recuerdo
de las últimas palabras de su padre, que fueron las siguientes:
—Eres una princesa, la nieta del rey de las Palmatorias, del rey de
Nueva York.
Hi ho.

Luego, una noche, robó la palmatoria de Dresden de la tienda del


dormido rey. Se arrastró por debajo del costado de la tienda y salió al
mundo exterior, iluminado por la luna.

Así comenzó su increíble viaje hacia el Este, siempre al Este, en busca


de su legendario abuelo. Su palacio era uno de los edificios más altos
del mundo.
Se encontraría con parientes en todas partes, si no Oropéndolas por
lo menos pájaros y seres vivientes de alguna especie.
La alimentaban y le señalaban el camino.
Uno le dio un impermeable, otro un jersey y una brújula magnética,
otro un cochecito de niño, otro le dio un reloj despertador.
Otro le dio una aguja e hilo, y también un dedal de oro.
Otro la llevó en un bote al otro lado del río Harlem, a la Isla de la
Muerte, con riesgo de su propia vida.
Etcétera.

replay
33 y 1/tercio vi
33 y 1/tercio vi
tariq ali / robin blackburn / john lennon

you say you want a revolution: todo el poder para el


pueblo
(entrevista a john lennon en 1971)

T. A.: Tu último disco y tus recientes declaraciones,


especialmente las entrevistas en la revista Rolling Stone,
sugieren que tus puntos de vista se radicalizan cada vez más
y se vuelven más políticos. ¿En qué momento dirías que
comenzó a ocurrir?
J. L.: Siempre he tenido conciencia política, sabes, y he estado contra
el status quo. Es bastante básico, cuando has aprendido desde chico,
como yo, a odiar y a temer a la policía como tu enemigo natural y a
despreciar al ejército como algo que se lleva a todos y los abandona
muertos en alguna parte. Es simplemente un asunto básico de la
clase trabajadora, sabes, aunque comienza a desteñirse cuando vas
envejeciendo, tienes una familia y te traga el sistema.
En mi caso nunca he dejado de ser una persona política, aunque la
religión tendía a eclipsarlo en mis días de ácido, allá por el ´65 o el
´66. Y esa religión fue el resultado directo de toda esa porquería de la
superestrella: la religión fue una válvula de escape para mi represión.
Pensé: "Bueno, hay algo más allá de la vida, ¿no es cierto? Seguro
que no puede ser esto."
Pero de cierto modo siempre fui político, sabes. En los dos libros que
escribí, aunque los hice en una especie de jerga joyceana, hay
muchos palos a la religión y hay un drama sobre un trabajador y un
capitalista. He estado satirizando al sistema desde mi infancia. Solía
escribir revistas en la escuela y las distribuía. Tenía mucha conciencia
de clase, solían decir que era un resentido, porque sabía lo que me
había sucedido y sabía de la represión de clase que nos afectaba –
era un maldito hecho, pero en el huracán del mundo de los Beatles,
se quedó afuera, cada vez me apartaba más de la realidad, durante
un cierto tiempo.

T. A.: ¿Cuál piensas que fue el motivo para el éxito de tu tipo


de música?
J. L.: Bueno, en esa época se pensaba que los trabajadores se habían
impuesto, pero me doy cuenta en retrospectiva de que es el mismo
trato engañoso como el que les dieron a los negros, fue sólo que
permitieron que los negros fueran corredores, boxeadores o artistas.
Es la alternativa que te permiten –ahora la salida es ser estrella pop,
que es en realidad lo que digo en el álbum en Working class hero.
33 y 1/tercio vi
Como dije en Rolling Stone, los que tienen el poder son los mismos, el
sistema de clases no cambió ni una pizca.
Desde luego, hay mucha gente que anda por ahí ahora con pelo largo
y algunos chicos a la moda de clase media andan en ropas hermosas.
Pero nada cambió con la excepción de que todos nos vestimos un
poco mejor y dejamos que los mismos hijos de puta dirijan todo.

T. A.: ¿Cuándo comenzaste a salirte del papel que se te


impuso como Beatle?
J. L.: Incluso durante el apogeo de los Beatles, traté de oponerme,
igual que George. Fuimos unas pocas veces a USA y Epstein siempre
trató de llenarnos de palabras vacías sobre Vietnam. Así llegó el
momento en el que George y yo dijimos: “Escucha, cuando pregunten
la próxima vez, vamos a decir que no nos gusta esa guerra". Fue la
primera oportunidad en la que saqué a relucir un poco la bandera.
Pero tienes que recordar que siempre me sentí reprimido. Estábamos
todos tan presionados que apenas había alguna oportunidad de
expresarnos, especialmente cuando trabajábamos a ese ritmo,
viajando continuamente y mantenidos todo el tiempo en un capullo
de mitos y sueños. Es bastante duro cuando eres César y todos dicen
lo maravilloso que eres y te dan todos los bienes y las muchachas; es
bastante duro escapar de eso, decir: “Bueno, no quiero ser rey, quiero
ser real”. Así que el segundo acto político que hice fue decir “Los
Beatles son más grandes que Jesucristo”. Eso realmente hizo estallar
la escena. Casi me fusilan por eso en USA. Fue un trauma inmenso
para todos los chicos que nos seguían. Hasta entonces se mantuvo
esa política tácita de no responder a preguntas delicadas, aunque yo
siempre leía los periódicos, sabes, las secciones de política.
La conciencia continua de lo que estaba sucediendo me hacía sentir
avergonzado de no decir nada. Estallé porque ya no podía seguir
jugando el juego, simplemente ya era demasiado. Desde luego, USA
aumentó la presión, especialmente porque la guerra ocurría allí. De
cierto, modo resultamos ser un caballo de Troya. Los Fab Four
llegamos directamente a la cumbre y entonces cantamos sobre
drogas y sexo y entonces me metí en más y más cosas pesadas, y ahí
fue cuando comenzaron a abandonarnos.

T. A.: ¿De cierto modo, pensabas en política, incluso cuando


parecías estar hablando mal de la revolución?
J. L.: Ah, seguro. Revolution. Hubo dos versiones de esa canción, pero
la izquierda del underground sólo escogió la que decía no cuenten
conmigo. La versión original que apareció en el LP decía también
cuenten conmigo; puse las dos cosas porque no estaba seguro. Hubo
una tercera versión que fue sólo abstracta, música concreta, una
especie de bucles y cosas así, gente gritando. Pensé que estaba
pintando con sonidos un cuadro de la revolución; pero cometí un
error, sabes. El error fue que era contrarrevolucionario.
33 y 1/tercio vi
En la versión publicada como single decía cuando hables de
destrucción no cuentes conmigo. No quería que me mataran.
Realmente no sabía mucho de los maoístas, pero sólo sabía que
parecían ser tan pocos y a pesar de ello se pintaban de verde y se
paraban frente a la policía esperando que los detuvieran. Sólo pensé
que era poco sutil, sabes. Pensé que los revolucionarios comunistas
originales se coordinaban un poco mejor y que no andaban gritando
al respecto.
Es lo que sentía; realmente formulaba una pregunta. Siendo de clase
trabajadora, siempre me interesaron Rusia y China y todo lo que se
relacionaba con la clase trabajadora, aunque estaba metido en el
juego capitalista. En una época estuve tan metido en la mierda
religiosa que andaba por ahí llamándome comunista cristiano, pero
como dice Janov, la religión es la locura legalizada. La terapia alejó
todo eso y me hizo sentir mi propio dolor.

R. B.: Bueno, en todo caso, la política y la cultura están


vinculadas, ¿no es cierto? Quiero decir, los trabajadores son
reprimidos por la cultura, no por los fusiles, en la actualidad.
J. L.: ... están dopados...

R. B.: Y la cultura que los está dopando, el artista puede


hacerlo o romperlo.
J. L.: Es lo que estoy tratando de hacer con mis álbumes y en estas
entrevistas. Lo que estoy tratando de hacer es influenciar a todos los
que puedo: A todos los que siguen soñando, y sólo provocar un gran
signo de interrogación en sus mentes. Ya pasó el sueño ácido, es lo
que trato de decirles.

R. B.: Incluso en el pasado, sabes, la gente usaba canciones


de los Beatles y les cambiaba las palabras. Yellow submarine,
por ejemplo, tuvo una serie de versiones. Una que cantaban
los huelguistas comenzaba We all live on bread and
margarine (Todos vivimos de pan y margarina); en la LSE
(Escuela de Economía de Londres) teníamos una versión que
comenzaba con We all live in a Red LSE (Todos vivimos en una
LSE roja).
J. L.: Eso me gusta. Y me alegré cuando las multitudes del fútbol
cantaban en los primeros días All together now; ésa fue otra. Y
también me gustó cuando el movimiento en USA usó Give peace a
chance (Da una oportunidad a la paz), porque en realidad lo que quise
hacer al escribirla fue eso. Esperaba que en lugar de cantar We shall
overcome (Venceremos) de 1800 o algo así, tendrían algo
contemporáneo. Sentí una obligación incluso de escribir una canción
que la gente cantaría en la taberna o en una manifestación. Por eso
quisiera escribir ahora canciones para la revolución.

R. B.: Sólo tenemos unas pocas canciones revolucionarias y


33 y 1/tercio vi
fueron compuestas en el Siglo XIX. ¿Encuentras algo en
nuestras tradiciones musicales que podría utilizarse para
canciones revolucionarias?
J. L.: Cuando comencé, el propio rock and roll fue la revolución básica
para la gente de mi edad y situación. Necesitábamos algo fuerte y
claro para irrumpir a través de toda la falta de sentimiento y la
represión que nos habían caído encima como niños. Al comienzo nos
sentíamos un poco conscientes de ser nortemericanos de imitación.
Pero nos lanzamos a la música y encontramos que era mitad country
blanco y western y mitad rhythm and blues negro. La mayor parte de
las canciones provenían de Europa y de África y ahora vuelven a
nosotros. Muchas de las mejores canciones de Dylan vinieron de
Escocia, Irlanda o Inglaterra. Fue una especie de intercambio cultural.
Aunque debo decir que para mí las canciones más interesantes fueron
las negras, porque eran más simples. Como que te sacuden el culo, lo
cual realmente fue una innovación. Y luego existían las canciones del
campo que expresaban sobre todo el dolor que sufrían. No podían
expresarse intelectualmente, así que tenían que decir en unas pocas
palabras lo que les estaba ocurriendo. Y luego estaban los blues de la
ciudad y gran parte trataba de sexo y peleas.
Mucho de esto fue autoexpresión, pero sólo en los últimos años se
han expresado por completo con Black Power, como Edwin Starr
cuando hace discos sobre la guerra. Antes de eso, muchos cantantes
negros todavía trabajaban bajo ese problema de Dios: a menudo era
cosa de que Dios nos salvará. Pero todo el tiempo los negros cantaron
directa e inmediatamente sobre su dolor y también sobre sexo, lo que
hizo que me gustara.

R. B.: Dices que la música de country and western derivó del


folk europeo. ¿No trata a veces de temas bastante horribles,
como perder y ser derrotado?
J. L.: Cuando niños, todos nos oponíamos al folk porque era tan de
clase media. Era cosa de estudiantes universitarios con grandes
pañuelos y medio litro de cerveza en la mano, cantando folk en lo que
llamamos voces la–di–da –Trabajé en una mina en New–castle y toda
esa porquería. Hay muy pocos auténticos cantantes de folk, sabes,
aunque me gustaba un poco Dominic Behan, y hay algún material
bueno que se escucha en Liverpool.
Pero ocasionalmente escuchas discos muy viejos en la radio o en la
televisión de verdaderos trabajadores en Irlanda u otra parte que
cantan esas canciones y el poder que tienen es fantástico.
Pero la mayor parte de la música folk es de gente con voces
resonantes que tratan de mantener vivo algo viejo y muerto. Es todo
un poco aburrido, como el ballet: un asunto para minorías, mantenido
por un grupo minoritario.
En la actualidad la canción folk es el rock and roll. Aunque sucede que
surgió de USA, no es realmente importante que así sea a fin de
33 y 1/tercio vi
cuentas, porque escribimos nuestra propia música, y eso lo cambió
todo.

R. B.: Tu álbum, Yoko, parece fusionar la música moderna de


vanguardia, con rock. Me gustaría contarte una idea que se
me ocurrió al escucharla. Integras sonidos de todos los días,
como un tren, en un modelo musical. Esto parece exigir una
medida estética de la vida de todos los días, una insistencia
en que el arte no debe ser aprisionado en museos y galerías,
¿no es cierto?
Yoko Ono: Exactamente: quiero incitar a la gente a perder su opresión
dándoles algo con que trabajar, un fundamento. No deberían temer la
creación propia; por eso hago las cosas muy abiertas, con cosas para
que la gente las haga, como en mi libro Grapefruit.
Porque hay básicamente dos tipos de personas en el mundo: las que
tienen confianza porque saben que tienen la capacidad de crear, y
luego las personas que han sido desmoralizadas , que no tienen
confianza en sí mismas, porque les han dicho que no tienen
capacidad creativa, sino que deben cumplir órdenes. Las instituciones
dominantes quieren tener gente que no tome responsabilidades y que
no se respete.

R.B.: Supongo que el control obrero se refiere a eso.


J. L.: ¿No trataron de hacer algo así en Yugoslavia?; se han liberado de
los rusos. Me gustaría ir allá y ver cómo funciona.

T.A.: Bueno, así es; trataron de romper con el modelo


estalinista. Pero en lugar de permitir un control obrero
desenvuelto, agregaron una fuerte dosis de burocracia
política. Tendía a asfixiar la iniciativa de los trabajadores, y
también regularon todo el sistema mediante un mecanismo
de mercado que causó nuevas desigualdades entre una región
y otra.
J. L.: Parece que todas las revoluciones terminan en un culto a la
personalidad; incluso los chinos parecen necesitar una figura paterna.
Supongo que esto también ocurre en Cuba, con Che y Fidel. En el
comunismo de estilo occidental tendríamos que crear una imagen
casi imaginaria de los propios trabajadores para que la vean como la
figura paterna.

T. A.: Es el punto crucial. Hay que instilar a la clase


trabajadora un sentimiento de confianza en sí misma. No se
puede hacer sólo mediante la propaganda –los trabajadores
deben actuar: apoderarse de sus propias fábricas y decir a los
capitalistas que se vayan al diablo. Es lo que comenzó a
suceder en mayo de 1968 en Francia. los trabajadores
comenzaron a sentir su propia fuerza.
J. L.: Pero el Partido Comunista no estuvo a la altura, ¿verdad?
33 y 1/tercio vi

R. B.: No, no estuvo. Con 10 millones de trabajadores en


huelga, podrían haber dirigido una de esas inmensas
manifestaciones que ocurrieron en el centro de París a una
ocupación masiva de todos los edificios e instalaciones
gubernamentales, reemplazando a de Gaulle por una nueva
institución de poder popular como la Comuna o los soviets
originales, que podrían haber iniciado una autentica
revolución, pero el Partido Comunista Francés tuvo miedo.
Prefirieron manejarse por arriba en lugar de alentar a los
trabajadores a tomar la iniciativa ellos mismos.
J. L.: Formidable, pero hay un problema al respecto, sabes. Todas las
revoluciones han ocurrido cuando un Fidel o Marx o Lenin o quien sea,
que eran intelectuales, pudieron comunicarse con los trabajadores.
Juntaron un buen grupo de gente y los trabajadores parecieron
comprender que vivían en un estado reprimido. No han despertado
todavía en este país, siguen creyendo que los coches y los televisores
son la respuesta. Hay que sacar a esos estudiantes izquierdistas a
que hablen con los trabajadores, hay que involucrar a los chicos de
las escuelas con The Red Mole.

R. B.: Ahora tratas de nadar contra la corriente de la sociedad


burguesa, lo que es mucho más difícil.
J. L.: Sí, poseen todos los periódicos y controlan toda la distribución y
la promoción. Cuando llegamos sólo Decca, Philips y EMI podían
realmente producirte un disco. Tenías que pasar por toda la
burocracia para llegar al estudio de grabación. Te encontrabas en una
posición tan humilde, no tenías más de 12 horas para hacer todo un
álbum, que es lo que hicimos en los primeros tiempos.
Incluso ahora es lo mismo; si eres un artista desconocido, tienes
suerte si consigues una hora en un estudio; es una jerarquía y si no
tienes éxitos, no te graban de nuevo. Y controlan la distribución.
Tratamos de cambiar eso con Apple, pero terminaron por derrotarnos.
Todavía lo controlan todo. EMI liquidó nuestro álbum "Two Virgins"
porque no les gustó. En el último disco censuraron las letras de las
canciones impresas en la funda del disco. Una porquería ridícula e
hipócrita. Tienen que dejarme cantar pero no se atreven a permitir
que lo leas. Demencial.

R. B.: Aunque ahora llegas a menos gente, tal vez el efecto


puede ser más concentrado.
J. L.: Sí, creo que puede ser verdad. Al principio, la gente de clase
trabajadora reaccionó contra nuestra franqueza sobre el sexo. Le
tenían miedo a la desnudez, están representados de ese modo, al
igual que otros.
Tal vez pensaron “Paul es un muchacho bueno, no provoca líos”.
También cuando Yoko y yo nos casamos, recibimos terribles cartas
racistas; sabes, advirtiéndome de que me iba a degollar. Llegaron
sobre todo de gente del ejército que vive en Aldershot. Oficiales.
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Ahora los trabajadores se muestran más amistosos hacia nosotros, tal
vez las cosas están cambiando. Me parece que los estudiantes están
ahora suficientemente despiertos a medias para tratar y despertar a
sus hermanos trabajadores. Si no transmites tu propia conciencia,
ésta vuelve a cerrarse. De ahí la necesidad básica de que los
estudiantes se mezclen con los trabajadores y los convenzan de que
no están hablando mamarrachadas. Y desde luego es difícil saber lo
que piensan realmente los trabajadores porque en todo caso la
prensa capitalista siempre se limita a citar a portavoces como Vic
Feather1.
Así que la única posibilidad es hablarles directamente, sobre todo a
los trabajadores jóvenes. Tenemos que comenzar con ellos porque
saben que están En contra. Por eso hablo de la escuela en el álbum.
Quisiera incitar a la gente a romper el marco, a ser desobediente en
la escuela, a sacarles la lengua, a insultar permanentemente a la
autoridad.
Mientras más realidad enfrentamos, más nos damos cuenta de que la
irrealidad es el programa principal del día. Mientras más reales nos
volvemos, mientras más abuso recibimos, más nos radicalizamos de
cierto modo, como que nos colocan en un rincón. Pero sería mejor si
fuéramos más.

Y. O.: No debemos ser tradicionales en la manera como nos


comunicamos con la gente – especialmente con los círculos
dominantes. Tenemos que sorprender a la gente diciendo cosas
nuevas de un modo totalmente nuevo. La comunicación de esa
especie puede tener un poder fantástico mientras no hagas sólo lo
que esperan.

R. B.: La comunicación es vital para edificar un movimiento,


pero a fin de cuentas es impotente, a menos que pueda
desarrollar fuerza popular.
Y. O.: Me entristezco mucho cuando pienso en Vietnam, donde parece
no haber otra alternativa que la violencia. Esta violencia se perpetúa
durante siglos. En nuestra época, en la que la comunicación es tan
rápida, debemos crear una tradición diferente, tradiciones se crean
todos los días.
Cinco años en la actualidad son como 100 años anteriormente.
Vivimos en una sociedad que no tiene historia. No existen
precedentes para este tipo de sociedad, así que podemos romper los
viejos modelos.

T. A.: Ninguna clase dominante en toda la historia ha


renunciado voluntariamente al poder y no creo que eso
cambie.
Y. O.: Pero la violencia no es sólo algo conceptual, sabes. Vi un
programa sobre ese muchacho que había vuelto de Vietnam; había
1
Secretario General de la Unión de Sindicatos Británicos de 1969 a 1973
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perdido toda la parte inferior de su cuerpo, de la cintura abajo. No era
más que un trozo de carne, y dijo “Bueno, supongo que fue una
buena experiencia.”

J. L.: No quería encarar la verdad, no quería pensar que todo había


sido inútil.

Y. O.: Pero piensa en la violencia, podría ocurrirle a tus hijos.

R. B.: Pero Yoko, la gente que lucha contra la opresión se ve


atacada por los que tienen un interés creado en que nada
cambie, los que quieren proteger su poder y su riqueza. Mira
a la gente en Bogside y Falls Road en Irlanda del Norte;
fueron implacablemente atacados por la policía especial
porque comenzaron a manifestarse por sus derechos. Una
noche en agosto de 1969, siete personas murieron y a miles
las expulsaron de sus hogares. ¿No tenían derecho a
defenderse?
Y. O.: Por eso hay que tratar de encarar esos problemas antes de que
ocurra una situación semejante.

J. L.: Sí, pero ¿qué haces cuando ocurre, qué haces?

R. B.: La violencia popular contra sus opresores es siempre


justificada. No se puede ser evitar.
Y. O.: Pero de cierto modo la nueva música mostró que las cosas
pueden verse transformadas por nuevos canales de comunicación.

J. L.: Sí, pero como dije, nada ha cambiado realmente.

Y. O.: Bueno, algo cambió y para bien. Todo lo que digo es que tal vez
podamos hacer una revolución sin violencia.

J. L.: Pero no puedes tomar el poder sin una lucha.

T. A.: Ése es el aspecto crucial.


J. L.: Porque, cuando se llega al meollo de la cuestión, no dejarán que
el pueblo tenga poder alguno, concederán todos los derechos para
actuar y bailar para ellos, pero no un poder real.

Y. O.: Es que, incluso después de la revolución, si la gente no tiene


ninguna confianza en sí misma, se enfrentará a nuevos problemas.

J. L.: Después de la revolución tienes el problema de lograr que las


cosas sigan adelante, de concertar todos los diferentes puntos de
vista. Es muy natural que los revolucionarios tengan diferentes
soluciones, que se dividan en diferentes grupos y luego se reformen,
eso es la dialéctica, ¿no es cierto? Pero al miso tiempo tienen que
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unirse contra el enemigo, solidificar un nuevo orden. No sé cuál es la
respuesta; obviamente Mao tiene conciencia del problema y mantiene
las cosas en marcha.

R. B.: El peligro es que una vez que se ha creado un estado


revolucionario, tiende a formarse una nueva burocracia
conservadora a su alrededor. Este peligro tiende a aumentar
si el imperialismo aísla a la revolución y hay escasez material.
J. L.: Una vez que el nuevo poder llega al mando tiene que establecer
un nuevo status quo sólo para mantener en funcionamiento las
fábricas y los trenes en circulación.

R. B.: Sí, pero una burocracia represiva no dirige


necesariamente las fábricas o los trenes mejor de lo que lo
harían los trabajadores bajo un sistema de democracia
revolucionaria.
J. L.: Sí, pero todos tenemos instintos burgueses en nuestro interior,
todos nos cansamos y sentimos la necesidad de descansar un poco.
¿Cómo mantienes todo en funcionamiento y el fervor revolucionario
después de lograr lo que te habías propuesto? Por supuesto, Mao los
ha mantenido en China, pero ¿qué pasará cuando muera Mao?
También utiliza un culto a la personalidad. Tal vez sea necesario;
como dije, todos parecen necesitar una figura paterna.
Pero he estado leyendo Khrushchev Recuerda. Sé que es un tipo
especial, pero parece pensar que fue malo que se convirtiera a un
individuo en una religión; que no parece formar parte de la idea
comunista básica. Pero la gente es la gente, ésa es la dificultad. Si
tomáramos el poder en Gran Bretaña, tendríamos la tarea de
limpiarla de burguesía y de mantener a la gente en un estado mental
revolucionario.

R. B.: ...En Gran Bretaña, a menos que podamos crear un


nuevo poder popular –y quiero decir básicamente un poder de
los trabajadores – controlado por las masas y que responda
ante las masas, no podríamos hacer la revolución para
comenzar. Sólo un poder de los trabajadores que esté
profundamente arraigado podría destruir el estado burgués.
Y. O.: Por eso las cosas serán distintas cuando la generación joven se
haga cargo.

J. L.: Creo que no sería tan difícil que la juventud se ponga realmente
en movimiento. Tendrías que darle rienda suelta para atacar los
ayuntamientos o para destruir a las autoridades escolares, como los
estudiantes que rompen la represión en las universidades. Ya está
sucediendo, aunque la gente tiene que unirse más. Y las mujeres
también son muy importantes, no podemos tener una revolución que
no involucre y libere a las mujeres. La manera como te enseñan la
superioridad masculina es tan sutil.
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Me costó bastante tiempo darme cuenta de que mi masculinidad
estaba limitando ciertas áreas para Yoko. Es una liberacionista al rojo
vivo y me mostró rápidamente los errores que cometía, aunque a mí
me parecía que me portaba normalmente. Por eso siempre me
interesa saber cómo trata a las mujeres la gente que afirma que es
radical.

R. B.: Siempre ha habido por lo menos tanto chauvinismo


macho en la izquierda como en cualquier otra parte; aunque
el ascenso de la liberación de la mujer está ayudando a
eliminarlo.
J. L.: Es ridículo. Cómo puedes hablar de poder para el pueblo a
menos que te des cuenta de que el pueblo se compone de ambos
sexos.

Y. O.: No puedes amar a alguien a menos que estés en una posición


de igualdad. Muchas mujeres tienen que agarrarse de hombres por
temor o inseguridad, y eso no es amor. Básicamente es el motivo por
el cual las mujeres odian a los hombres.
Así que si tienes una esclava en tu casa, ¿cómo puedes querer hacer
una revolución afuera? El problema para las mujeres es que si
tratamos de ser libres, nos aislamos naturalmente, porque tantas
mujeres están dispuestas a ser esclavas, y los hombres generalmente
las prefieren. Así que siempre tienes que arriesgarte: “¿Voy a perder a
mi hombre?”. Es muy triste.

R. B.: Por cierto, todos vivimos en un país imperialista que


explota al Tercer Mundo, e incluso nuestra cultura participa.
Hubo un tiempo en el que la música de los Beatles era
publicitada por la Voz de América.
J. L.: Los rusos proclamaban que éramos robots capitalistas, y
supongo que lo éramos.

R. B.: Fue bastante estúpido por su parte que no se dieran


cuenta de que era algo diferente. Yo trabajaba en Cuba
cuando apareció Sergeant Pepper y es cuando comenzaron
por primera vez a tocar música de rock en la radio.
J. L.: Bueno, esperemos que vean que rock and roll no es lo mismo
que Coca-Cola. A medida que vamos más allá del sueño, debería ser
más fácil; por eso hago declaraciones más fuertes en la actualidad y
trato de librarme de la imagen del quinceañero. Quiero llegar a la
gente apropiada, y quiero hacer que lo que tengo que decir sea muy
simple y directo.

T. A.: ¿Cómo piensas que podemos destruir el sistema


capitalista aquí en Gran Bretaña, John?
J. L.: Pienso que sólo si logramos que los trabajadores sean
conscientes de la posición realmente infeliz en la que se encuentran,
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destruyendo el sueño que los rodea. Creen que viven en un país
maravilloso, con libertad de expresión. Tienen coches y televisiones, y
no quieren pensar en que pueda haber algo más en la vida. Están
dispuestos a que los mandamases los dirijan, a ver que a sus hijos los
arruinan en la escuela. Sueñan el sueño de un ser ajeno, no es el de
ellos mismos. Deberían darse cuenta de que los negros y los
irlandeses son acosados y reprimidos y que ellos mismos vendrán
después.
En cuanto comiencen a darse cuenta de todo eso, podremos
comenzar realmente a hacer algo. Los trabajadores pueden comenzar
a hacerse cargo. Como dijera Marx: “A cada cual según su necesidad”.
Pienso que funcionaría bien en este país. Pero también tendríamos
que infiltrar al ejército, porque están bien entrenados para matarnos a
todos.
Tenemos que comenzar todo esto desde el hecho de que nosotros
mismos somos los oprimidos. Pienso que es falso, frívolo, dar a otros
cuando tu propia necesidad es grande. La idea no es reconfortar a la
gente, no es hacer que se sienta mejor, sino que se sienta peor, que
se le muestren constantemente las degradaciones y humillaciones
que sufre para conseguir lo que llaman un salario vital.

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