2. Disfruta del ahora.

Goza de cada momento
Valldoreix, 2 de noviembre del 2012
Querido tío:
A veces querría insonorizarme y ser impermeable
a las noticias que me llegan a través de la prensa,
de la radio y de la televisión. Es tan persistente y
abundante la lluvia de malas noticias que es difícil mantener la alegría de vivir y la esperanza
en el futuro. Lo pintan todo negro. Tengo dos
hijos que aún son pequeños, pero cada vez veo
más difícil su futuro profesional, su ubicación en
el mundo.
También me preocupa mucho el mío. Las humanidades son cada vez más marginales en los planes
de estudio. Solo cuenta aquello que es rentable y
da beneficio. Los profesores de clásicas somos especímenes de otro planeta, figuras anacrónicas que
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hablamos de un mundo definitivamente enterrado,
silenciado, olvidado.
La tecnología lo ocupa todo. Los niños cada vez están más atrapados por todos esos artefactos que salen al mercado; los hemos convertido en pequeños
consumidores compulsivos, en pequeños tecnodependientes que se pasan la vida tecleando y mirando la pantalla. Me siento desanimada. ¿Hay alguien
más que piense como yo?
Como consecuencia de la crisis, muchos jóvenes universitarios han tenido que marcharse lejos de casa a
buscarse la vida. Temo que todos esos esfuerzos sean
en balde. Estudian, hacen másteres y posgrados y, si
son afortunados, consiguen un trabajo precario, que
les da un sueldo precario que no les permite emanciparse. Es frustrante para ellos, pero también para nosotros, especialmente para las madres, que hemos dedicado tantas horas y tantos recursos a su crecimiento.
A veces no puedo evitarlo y mi mente vuela hacia
el futuro, que tiendo a imaginar de color negro.
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Las noticias que nos llegan no dan demasiados argumentos para pintarlo de otro color. Cuando era
pequeña, lo veía todo rosa; ahora, negro. ¿Cómo lo
veré cuando tenga tu edad?
También pienso en mí. Me da miedo envejecer. Me da
miedo ser dependiente. Me da miedo que me tengan
que cuidar. Querría ser eternamente joven, encontrarme espléndida, guapa, como cuando tenía diecisiete
años. Me repito a mí misma que lo único que tengo
es el presente y que tengo que centrarme en el ahora,
en cada momento que vivo. Este ahora, sin embargo,
se me escapa entre los dedos. La mente es difícil de
controlar, vuela hacia el futuro o hacia el pasado y a
veces me encallo en algunas encrucijadas del ayer y
me pregunto si habré tomado el camino acertado.
¿Hice bien casándome? ¿Hice bien en ser madre?
¿Debería haber esperado? La mayoría de mis amigas no se han casado y no lo lamentan. Tienen pareja, pero no hay ningún papel que los una. Algunas han optado por no tener hijos. No quieren privarse de estos años de juventud; tienen un montón
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de sueños por realizar y quieren retrasar la venida
de sus hijos. Otras ya han decidido no tenerlos.
«Tal como está el mundo —dicen— es insensato
tener hijos.»
A veces pienso que me he metido dentro de una
mazmorra y que ahora ya no puedo salir. Desde esa
mazmorra veo pasar la vida, pero no la vivo, porque
dentro de ella todo está determinado desde hace
siglos. Mi tiempo ya no es mío. Mi vida ya no es
mía. El dinero que ganamos ya no es para nosotros.
No me arrepiento de haberme casado, pero pienso
que al elegir esa opción he renunciado a conocer y a
querer a otros hombres.
Siempre he oído decir que no debía renunciar a nada,
pero tanto casarse como tener hijos son formas de
renuncia. Pienso en el futuro y veo mi vida como la
ejecución de un guión ya escrito. A veces querría salir
de la mazmorra y mandarlo todo a freír espárragos,
pero otras me siento tan confortablemente instalada
dentro de ese pequeño mundo que me he construido
que soy la mujer más feliz del universo.
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Tú das mucho valor al ahora. Yo, en cambio, lo convierto en el prólogo del mañana o en el epílogo del
ayer. Enséñame a disfrutar del ahora, a degustar
cada momento, a gozar intensamente de cada pequeño gesto, de cada pequeño movimiento.
Cuando salgo a correr de mañana y los primeros
rayos del sol me acarician la espalda, me siento plena, libre. Cuando me tomo mi taza de té verde con
un buen libro en las manos, siento que estoy en el
cielo. Cuando mi hijo Marc, antes de dormirse, me
dice que soy la mejor madre del mundo, me siento
feliz. Hay momentos, instantes, que me parecen pequeños cielos en la tierra. Cuando los vivo, no quiero nada más, no aspiro a nada más; me parece que
soy la mujer más feliz del mundo. Sin embargo, hay
otros momentos que son oscuros, pesados, largos
como un día sin pan. Querría borrarlos, pero tengo
que tragármelos.
El ahora no siempre es bello ni pleno. Cuando estoy
en correos, haciendo cola, y tengo un montón de
cosas que hacer en una hora, querría estrangular a
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todos los que tengo delante de mí. Cuando estoy en
casa, con mi madre, y me recuerda cómo tienen que
vestirse los niños y cómo tiene que doblarse la ropa
sin que se lo haya preguntado, querría fundirme o,
mejor dicho, fundirla a ella. Cuando en el último
minuto la madre de turno levanta la mano en la reunión de padres del colegio y cuenta las maravillas de
sus hijos con todo tipo de detalles, me dan ganas
de recordarle que lo que les pasa a sus hijos no le
interesa a nadie más que a ella.

de exámenes. Aprovecharé ahora que los chiquillos
duermen y hay un poco de paz en casa. Mi marido se
ha quedado dormido frente al televisor.
Te ruego que me contestes. No hablo de todo esto
con nadie, pero a ti te tengo confianza y me fío de
tus palabras.
Un abrazo,
edith

La vida está hecha de claroscuros. Hay el instante bello, pero también la hora oscura. La mente revolotea
como una mariposa asustada, viaja hacia el pasado
o hacia el futuro. Dicen que los jóvenes tienden a
olvidar el presente, pensando en el futuro. Dicen,
también, que los viejos tienden a olvidar el presente,
pensando en el pasado. Yo querría vivir el presente y
disfrutarlo, pero a veces lo sufro y lo único que me
salva es irme hacia el pasado o hacia el futuro.
De momento, sin embargo, a donde he de irme es
al estudio, porque tengo que corregir un montón
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El Hogar Cálido, 15 de noviembre del 2012
Querida Edith:
El mes de noviembre es el que se me hace más pesado del año. Los días se acortan y el clima otoñal me
pone nostálgico. Las hojas, amarillentas por el paso
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del tiempo, se descuelgan de los árboles, que, poco
a poco, se van quedando con las ramas desnudas.
Parece como si todo se detuviera. Antes me gustaba
pasear por los bosques y recoger setas. Ahora solo
puedo desplazarme por este pequeño jardín, pero
soy afortunado, porque me llega el olor del musgo
de las zonas umbrías de Collserola.
Veo que la cuestión del tiempo te preocupa. A medida que nos hacemos mayores, el tiempo se acelera. Cuando somos pequeños, creemos que tenemos
todo el tiempo del mundo, que no hay límites, que
todo es posible y que la vida se alarga indefinidamente. Pero, a medida que nos hacemos mayores,
nos damos cuenta de que el tiempo es limitado, que
hay que tomar decisiones y gestionarlo de forma
adecuada, porque no es un recurso del que podamos
disponer para siempre.
Tú lo valoras mucho ahora y yo, aún más que tú,
porque, por ley de vida, me queda menos. Entiendo
que cada día es un don, una caja de sorpresas, un
estímulo para disfrutar y para aprender. Es verdad
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que cada día debo hacer unos quehaceres que repito mecánicamente (la pequeña rutina de la higiene
personal, por ejemplo), pero cada día es un universo
de posibilidades y hay que ser receptivo a todo lo
nuevo que sucede. No hay dos días iguales, como no
hay dos personas idénticas.
Nadie sabe cuánto tiempo le queda y cada día que
pasa es un día menos en el mundo. Sin embargo,
queremos hacer tantas cosas, queremos ir a tantos
sitios, queremos realizar tantos proyectos, que el
tiempo deja de ser un cómplice para convertirse en
un rival. La cuestión ya no es disfrutar del tiempo,
sino aprovecharlo, ganarlo, ahorrarlo. Nos hemos
convertido en mercenarios del tiempo. Lo concebimos como un recurso a dividir, fragmentar y repartir.
Todos tenemos tendencia a volar hacia el futuro,
pero deberíamos controlar esa tendencia, porque,
mientras volamos hacia ese lugar imaginario, se nos
escapa el presente, el momento del ahora. El futuro
es incierto para todo el mundo. También para tus
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hijos y para mí. No sé por qué tiendes a verlo oscuro y sombrío, como un lugar inhabitable y lleno de
trampas. Hay luces y sombras, como en el presente
y como en el pasado, como en tu ser y en cada uno
de nosotros.
Nadie sabe lo que nos deparará el futuro. Los pronósticos más afinados han fallado y muchas realidades del presente no las predijo nadie hace diez años.
Ten confianza en la capacidad de tus hijos y no te
atormentes imaginando escenarios infernales. Les
has dado el mejor regalo: poder vivir, existir. Es lo
más grande que les has dado. Comparado con este,
cualquier otro regalo es insignificante.
Ahora estás en el mundo. Piensa que podrías no
estar. Piensa que estarás aquí una temporada que,
por larga que sea, siempre será un abrir y cerrar de
ojos en el transcurso de la historia universal. Mira
a tu alrededor, mira dentro de ti misma y disfruta
de cada pequeño momento del día que empiezas.
Hazte un plan, pero, a la vez, mantente flexible. No
vivas encadenada a programas preestablecidos.
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También tienes tendencia a viajar hacia el pasado.
Yo lo hago especialmente y lamento algunas decisiones que tomé años atrás. A veces pienso que, si
hubiera sido un poco más paciente, aquella relación
con Margarita habría salido bien y quizá ahora no
me encontraría tan solo. Quizá sería abuelo de cinco nietos. ¿Quién sabe?
La recuerdo mucho y no sé qué habrá sido de ella,
pero no sirve de nada lamentarse, castigarse por
aquello que no hiciste, por aquello que no dijiste,
por la cobardía que exhibiste en un momento dado
o por la falta de determinación que sufriste. Estás
donde estás gracias a las decisiones que has tomado.
El pasado es inamovible. Te imaginas cómo sería tu
vida sin tus hijos, sin tu matrimonio. ¿Y cómo serías
tú? No te das cuenta de que los hijos te han dado
forma, te han educado, te han ayudado a ser la mujer
que ahora eres. Tendemos a desear lo que no poseemos, tendemos a idealizar los caminos que no hemos pisado, sin darnos cuenta de que en aquellos
caminos también hay piedras, baches y barro. Siem51

pre nos parece que es mejor lo que no hemos probado, el néctar que no hemos catado, la relación que
no hemos tenido, los hijos que no hemos parido, la
vida que no hemos vivido, lo que hemos dejado por
estrenar en el campo de la estricta posibilidad.
¡Olvídate! Créeme, querida Edith, céntrate en lo
que haces ahora, en lo que vives ahora, en lo que
sientes ahora, en lo que lees ahora. Es lo único que
realmente pasa, lo único que realmente tienes.
Hace tiempo que intento vivir la presencia plena
del ahora. Te preguntarás en qué consiste eso. Mira,
es muy sencillo, pero al mismo tiempo muy difícil:
consiste en estar con los cinco sentidos, en centrarte
plenamente en la actividad que estás haciendo, en
poner toda la mente y todo el corazón en aquello
que tienes entre manos, sin revolotear de un lado
para otro, sin mirar de reojo hacia la izquierda ni
hacia la derecha, sin cotillear en la vida de los demás.
Curiosamente, cuando practicas la atención plena
—la alegre vivencia del ahora— cada actividad que
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haces adquiere más valor, la disfrutas más, le sacas
más partido. Piensa, por ejemplo, en las comidas.
Muchas veces comemos sin darnos cuenta. Engullimos lo que tenemos delante y nos lo tragamos deprisa y corriendo, mientras charlamos, sin masticar
ni paladear. No disfrutamos de los alimentos que
ingerimos. En cambio, cuando como con atención
plena, disfruto de cada sabor, de cada textura. No se
trata de ir muy lento, sino de degustar, saborear y
digerir mejor. Entonces, realmente tengo la impresión de haber comido.
La conversación es uno de los pequeños placeres
que puedo cultivar en mi vejez. Cuando hablo con
alguien, me gusta prestar atención a lo que dice y
sobre todo a cómo lo dice. Si estás plenamente presente y totalmente receptiva a las palabras de alguien que te habla, no se te escapará ningún detalle,
comprenderás cómo está el otro, por qué dice lo que
dice, y eso te permitirá entenderlo mejor y responder con acierto. La mayoría de las veces no conversamos, sino que nos limitamos a vaciar la cabeza,
a soltar lo que tenemos dentro y, cuando lo hemos
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hecho, nos desentendemos del otro. Eso se llama
incontinencia verbal.

Entonces hay que ir a las raíces y confiar en que la
opción tomada haya merecido la pena.

La lectura de una poesía es también una experiencia muy placentera cuando toda la mente está
atenta al verso y a su sentido más profundo. En
definitiva, vivir con presencia plena el ahora es vivir de verdad.

Me noto cansado y, además, siento un ligero dolor de espaldas. El cuerpo de un anciano es una galería
de pequeños sufrimientos, un inventario de dolores.

Escoger es renunciar y por eso nos pesa tanto tener que escoger. La libertad es un don, pero también es una labor, solo quien se entrena en el arte
de renunciar puede llegar a hacer realidad sus sueños. Cuando algo que haces te llena de verdad, no
sientes la renuncia. Yo he renunciado a mucha vida
social para disfrutar de la lectura, pero nunca me
he arrepentido; tú has renunciado a muchas horas
libres a causa de tus hijos, pero, cuando la renuncia
se vive con amor, no pesa, no da reparo.

Ahora reclama descanso y lo he de obedecer. Me voy
a la cama.
Hasta la próxima,
agustín

Sin embargo, siempre hay momentos en los que el
veneno de la duda se instala en el alma y nos preguntamos si la renuncia merece la pena. Es lógico.
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