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Francisco Monterde.a

ensayo
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1655 (ea un mismo vol. junto con Guillermo Diaz Plaja, Hts toria de la leratura espafiola)-Salvador ‘Dlaz Miran. Do- Giumentos. Estétioa, 1956-—La lieratura mexicana en la obra de Menéndez y' Pelayo, 1958—La dignidad en Don Quijote. Estudios, 1959 (Prologa de Andsés tenestrosa)—Carlos, No. riega Hope y su obra literarta, 1959. SOBRE LAS FABULAS Y LOS CUENTOS 1 Pocos seran los que actualmente crean en Ia eficacia que puedan tener, desde el punto de vista didactico, las fabulas en verso; aquellas fabulas escritas en otras épocas, para “instruir deleitando” o enseflar divirtiendo. Mas bien pudiera pensarse que los edu- cadores estén convencidos de lo contrario: de que, si las fabulas instruyen, no deleitan, y si enseiian, pocas veces divierten a quien las let En todo caso, ya no depositan en las {ébulas toda la confianza que ponfan en ellas los maestros, en tiempos no muy remotos. Quiz4s opinen, como Cam- poamor, que ese género tiene “algo de radicalmente convencional y falso”, aun sin coincidir con él en lo que afirmé en su Paética, sobre los puedlos en que fan aquéllas, y el motivo: la creencia en la transmigracion dé las almas, Por su parte, los autores de libros para la infan- cia no parecen dispuestos a imitar la obra de Fe- dro, que sirvié de guia a Lessing —quien escribié, como es sabido, acerca de “la gran utilidad de las fabulas en las escuelas”— y que pretendieron pro- longar La Fontaine y otros fabulistas. Se hallan atin presentes los nombres de unos cuan- tos que las escribieron, en castellano, en el siglo xvi Samaniego, Iriarte—; pero gquién recuerda las 404 fébulas de Hartzenbusch? Lo mismo sucede con ak- fumos de los mexicans del siglo pasado: Rosas Mo Feno tuvo mayor popularidad, en ese aspecto, que Fernandez de Lizardi. * ‘ Para quienes aprendian a leer alla por el nove. cientos, las fabulas eran una positiva tortura. Los persegufan en la escuela y en el hogar, a todas ho. ras: despertaban repasindolas, para decirlas de co. rrido, con la leccién de cada dia, y al dormirse aun las repetfan, en suefios. Aparecian’ jmpresas én los libros “para la nifiez"" y, ademas, la obra de los fabulistas servia con fre- cuencia de texto, en la clase de lectura. Los macs. tros de instruccién primaria obligaban a aprender las de memoria; a veces, con ayuda de una regla ancha —sucesora de la palmeta— que las hacia en: trar, a través de las manos, en las cabezas mas duras. Todo, para que en las ceremonias escolares se hi ciera gala del conocimiento adquirido contra la pro: a voluntad. Cuando Ilegaba de visita algin ‘ins ector, los parvulos tenfan que declamar la primera fabula’aprendida: Subié una mona a un nogal, y cogiendo une nucz verde, en Ia cdscara la muerde, Congue le supo muy mal. Si en vez de chico era chica, fa eleccién se decida por los versos sentimentales Sobre una estérit pradera, el didfano azul del cielo ‘eruzaba en rdpido vuelo una nube pasajera. Viéta pasar sna flor que abrasada se morta Esto, en castellano; mas si el escenario era el de una distribucién de premios de colegio francés, para nifias, en el programa no faltaba el nimero de reci- tacién a cargo de la alumna mds aventajada en ese idioma, con la fabula de “La cigarra y la hormiga”: 1a cigalle, ayant chanté tout Pete, se trouve fort dépourmue aan a ie jut venue fas tor seu petit morceau fe mouche ou de vermissean Ete ala erier famine chee fa fourm sa voisine En otras ocasiones, solemnes también, las moles- tias del cuello almidonado, crujiente, de los botines nuevos, se agravaban con Ia detestable iniciacién de aquella fabula que hacia odiosos al autor y a as moscas: Aun panal de rica miet dos mil moscas acudieron que por golosas murieron resas de patas en él EI otro fabulista, al menos, ponia agilidad en el ritmo de sus “fabulas literarias”: Tantas idas y venidas, tantas sueltas y revueltas, quiero, amiga, ue me diga eson de alguna utilidad? Contra semejante insistencia, tenfa que reaccio- narse. Era preciso adoptar una actitud de inconfor- midad y rebeldfa. A fuerza de repetir esas fabulas, 406 se llegaba a perder el sentido de algunos vocablos: se olvidaba —jnaturalmente!— el propésito ejem: plarizador de la moraleja. Y aun la moraleja misma. ePor qué —se preguntaba, después de recibir el castigo el alumno desmemoriado y de castigar a otros con la repeticién de lo aprendido—, por qué habrian de ser los calumniados animales y'las cosas que hablaban en los apélogos, semejantes, en sus. efectos, a los peores condiseipulos? En su empefio de humanizar a aquéllos, el fabu- lista volvia inhumanos —crueles— a los obligados lectores. El resultado era negative: provocaba odio, en vez de inspirar simpatia hacia los seres irracio: nales, hacia los objetos de uso cotidiano. Un ‘buen dia surgi6, inesperada, la conclusién de que todo eso podria ser —y seria— de otro modo; porque la moraleja, tan lejos de la moral a veces, casi nunca legaba a coincidir con la manera de pen: sar del forzado lector de fabulas en verso. Al pasar del pensamiento a Ia accién, légicamente se decidié invertir los razonamientos, para tomar el justo desquite, en defensa de seres y objetos, iner- ‘mes bajo una montafia de falsos testimonios. La imaginacién dio a los personajes de las fabulas nuevos rasgos; modified sus réplicas; actué en fa- vor de ellos, como abogado defensor, y el resultado fue decisive, cambié por completo el fallo. La mo- raleja, caricatura de la mviail, queds aniquilada Surgieron, con los asuntos viejos, fabulas nuevas fabulas sin moraleja, Se tomaron, entonces, otras posiciones, en pro de animales que hasta el dia anterior habfan sido cons- antes victimas de autores cargados de prejuicios © vacios de conocimientos, ignorantes de la historia natural: aquellos que echaron sobre los batracios, por ejemplo, el peso de graves mentiras que los na. turalistas contempordneos se encargan de desmen- 407 tir; pues si hubo un Rostand amigo de Chantecler, el otro Rostand es amigo de los miseros sapos, a los que persiguen consejas vulgares. Aquellos fabulistas no habian leido a Fabre, camarada de minimos se- res; menos ain a Maeterlinck, panegitista de abe- Jas, arafias y termitas, Al cambiar de punto de vista, se tuvo que aplat- dir, resueltamente, la empresa audaz —més digna de ello, por irrealizable— del temerario euervo que quiso ser aguila; pudo verse, en su grotesca desola- cidn, la intima tragedia del burro —excepcionalmen- te dotado para la mtisica— que tocé la flauta ante otros burros impreparados para comprenderle; y disculpar la mania de la urraca, paciente coleccio- nista de zarandajas, ante el utilitarismo de la mona. El defensor se solidariz6 con el prudente pato, en su mal juzgada disputa con la vane serpiente} se puso de parte de Ja cigarra, cantora del estio, fen su didlogo con la avarienta hormiga, y se incl 1n6 hacia el valeroso corcel, en su desintezesada com petencia con la locomotora. Era inevitable esa reaccién; como Io seré tam- bign el hecho de que mafiana, quizds, los lectores wuelvan a coincidir con la actitud de algunos de los antiguos fabulistas. Entre otras razones, porque és- tos hablan hoy directamente a los ojos, con imagenes coloridas, con mtisica y con ruidos. La palabra ya no es sevesutia, pues Ta poesta —no precisamenite el verso— est, con frecuencia, en un rumor, en un murmullo: hasta en el rispido chirviar de una sierra Esopo encuentra ahora nueva expresién; existen versiones de algunas de sus fabulas, renovadas mer ced a los ingeniosos dibujos animados de Walt Dis ney, que humaniza los gestos de las bestias —a me. nos que deshumanice las actitudes de los hombres—. El cine crea seres hibridos, que reconcilian al espec: 408. tador o la espectadora, por medrosa que sea, con los ratones de la ciudad y del campo, amigos del Arci preste de Hita, y hacen que se interese por-el pato, 1 oso y el perrs, en sus aventuras interminables. F4bulas sin moraleja. Con ellas, las figuras anti guas entran en el mundo actual, dotadas de nueva Psicologia y aspecto nuevo. Si el mito se convierte en fébula —antes de que se transforme ésta en cuento, al despojarse de Ia mo- raleja—, las tres etapas del proceso corresponderfan, para la sensibilidad infantil, a las que ofrece la me: tamorfosis mas perceptible entre los insectos: ort ga, crisélida, mariposa. La moraleja —que a veces Tueda en proverbios, desprendida de la fébula— se- ria como el capullo del cual sale aquélla, EI nifio conoce primeramente el cuento, que agi- ta ante él, con vibracién emotiva, sus alas invisibles, a través de los primeros relatos que oye, cuando las notas de las canciones de cuna se vuelven palabras amables. Después, al palpar la realidad, recorre el camino a la inversa: las alas dejan su’ fino polvo en las manos curiosas; los dedos tropiezan con la crisdlida —fabulas en verso— y llegan a encontrar las asperezas de la oruga, en la mitologia —diilogo de France— y en el psicoandlisis, cuando el hombre descubre que el mito revela lo que el cuento oculta, Pero antes de que tal revelacién se consume, la imaginacién infantil persigue Ins alas de vivos colo- res. La teorfa universal de Ios cuentos en que cada pafs ha transmutado los mitos aborigenes —orugas ‘© serpientes— llega al nifio seleccionada por la me- moria y el tacto maternos. Cada madre filtra el re- pertorio comin; desdefia jo turbio, indefinido; se- para las aguas didfanas de aquellas en que hay un sospechoso precipitado, 409 La exploracién cemonta una corrente con fre- cuencia adormecida en remansos, en in que las re Dresentaciones primitivas al paso del tiempo se han Pulido y suavizado. Ella sabe elepi, com tino, lea Piedras! mas finas lucientes, para ponetas ela ance de los dedos temblorosom, de fas manos que juegan, insegures, Aparta los cortantes guijarros distingue la sencllez verdadera, profunds, de In gue tsdlo aparente, ‘Otros relatos no Megan a los ofdos infantles con Ja misma cautela,pasados por tan escrupuloso ta, mz son tos euentos populaes, en los que un altento Drimitivo, contaglado del pavor de los mitos incon Brensibles, asoma a veces con frases de espanto Guentos: de ‘miedo, que estremecen Tos labiog Ind genas de donde brotan, y ponen ‘un calostro, mo. menténeo en la espina dorsal del pequetio que Tos escucha con avides, mientras domina el tensor que le causan. estos son los que abren Ia puerta, con su emocién prohibida —y por ello distitada Seere iamente—, a fas lecturas Ge relatos de aparccidos, ue vendrén més tarde, cuando el nifio se convierts en adolescente. Pero entre unos J otts existe el Intermedio pldcido de los primercs cuentos Tekdos con la imaginacién preparada por los cuentos es cuchados noche. noche, cada ver con mayores de talles; exigidos, con impaciencia, y retocados con la aportacién individual, para cubriy ac npmnas: mens tales: aquellas falas repentinas de la memoria, que Sloyente, implacable, no disculpe. Para la generacién’a quien estas lineas se drigen y.cuya Infancia pretenden evocar —aquela genera Gién que empezb a conocer el mando a fises del Siglo pasado, los cuentos, escuchades © ledos, eran el nico entretenimiento, pues el cincmatogra fo apenas acababa de nacer y nada mnésexistfan las imagenes fijas de a linterna magica, que el recuerdo 410 tune al inconfundible olor de pintura sobre caliente limina de hierro. La imaginacién infantil sélo se alimentaba, entonces, de cuentos que escuchaba pri mero y después leia, confirmando o rectificando, con Ja lectura, la impresién que le habfan producido al ofrlos relatar. Por eso experimentaba —y atin expe- rimenta— gratitud hacia los cuentistas que le entre- garon ese presente de ensuefios; porque los cuentos para nifios casi tinicamente se proponen hacer so- fiar: al escucharlos 0 leerlos, 1a fantasia se olvida de la intencién ejemplarizadora —si existe en ellos—, por el horizonte irreal que abren de pronto. Asf, antes de probar la espesa miel de las novelas romédnticas; de gozar y sufrir, simulténeamente, con l cautivador sobresalto de las escalofriantes narra- ciones de Poe, se saboreaba Ja dulzura de los cuentos infantiles, sin complicaciones sensuales o veladas tendencias. Era el ingenuo paraiso, del cual arroja- ria a otras generaciones una educacién que sélo trataba de anticipar el contacto con Ia oruga, 0 la serpiente ‘Al evocar aquellas primeras lecturas, Ia imagina- cién se detiene ante los humildes cuentos editados por Vanegas Arroyo —para los que Posada grabé ilustraciones de las cuales hoy se ufana la estampe- ria popular—: aquellos cuentos con cubiertas rosa- das, azules, verdes, que alegraban los mostradores de joa catenquillos y los puestos de los mereados; ‘cuentos que brindaban a la chiquilleria un encanto, entre pueril y temeroso, equivalente al que los co- rridos, del mismo editor, ofrecfan a los hombres. del pueblo. ‘Alguna vez, en dia de cumpleafios, el tfo bona- chén, el padrino prédigo, trafan un obsequio: el libro con dorados cortes; el tomo de lujo, con laminas a varias tintas; 1a magnifica edicién francesa, en cu- yas paginas florecfan dibujos y vifietas, en la cual aut Ja mirada atenta, al seguir los vuelos de la pluma, tropezaba con el escollo de palabras incompren, sibles, Mis tarde, por el mismo camino —el de la “dulce Francia’—, Ilegaron los cuentos de Perrault: Cape. rucita, pasmada ante el lobo; Pulgarcito, apenas vi sible; el gato calzado como’ mosquetero; la bella, dormida en su castillo del bosque; el feroz Barba Azul medieval, y la Cenicienta —Cendrillén— sen. tada junto al fuego, haraposa, y en seguida deshum. brante, en el baile regio. Por otro camino, el de Espafia, vinieron los cuen. tistas que Saturnino Calleja divulg6 —antes de que Bartolozzi modernizara el Pinochio—: los hermanos Grimm, ‘con sus figuras exéticas: el gnomo Sin Nombre; Blanca Nieves y su corte de enanos; Han- sel y Gretel, en la casa de caramelo; Ruipunzel, con sus largas trenzas; aquel que jamds sentia miedo, y animales que no’se parecian a los de las fabulas, los seis cabritos, la rana que era un principe en. cantado. Después, el encuentro memorable: Andersen, que con su ternura callada, sugerente, ponia en los ob- Jetos intensa vida y hacia amar a la pastora de por celana; admirar al valiente soldado de plomo; com. padecer a la sirenita abnegada; simpatizar con el modesto cisne, y emocionarse con el suave idilio de Kay y Gerda. A Galland, que expurgé de erotismo Las mil y una noches —para dar trabajo después a Mardrus—, s¢ debja la fortuna de pasear sin malicia por los jardi- 's de Scheherazada envidiar Ia fortune de Aladino y Ja experiencia de Simbad adquirida en sus via ies; enmudecer de asombro ante los tesoros de Alf Babd, y emprender imaginariamente un vuelo en el cabalio con alas —Pegaso mecdnico. Por iltimo, ya en los confines de Ia pubertad, la 412 sed de aventuras se saciaba con las de Gulliver en Liliput y Brobdignac, las de Rip van Winkle y de Robinsén Crusce; mientras las jévenes se asomaban cfindidamente a la hagiografia, a través de la Geno- veva de Schmid, antes de que el cinematégrafo vul garizara las peripecias de Peter Pan y Alicia en el ais de las maravillas Introduecién (fragmento) a Fabulas sin movateja y finales de cuentos, Mérico, 198, pp. XVIEXtT

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