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LA LITERATURA CLÁSICA LATINA (ROMANA

)
ANTOLOGÍA DE TEXTOS


CATULO
VIVAMOS, LESBIA MÍA…

Vivamos, Lesbia mía, y amemos,
y de los más serios viejos las voces
en el valor de un as tengamos todas.
Pueden morir y regresar los soles;
muerta una vez la breve luz, nosotros
dormir debemos una noche eterna.
Dame mil besos, y después un ciento;
luego otros mil; luego segundos ciento;
luego otros mil seguidos, después ciento.
Luego, cuando hecho habremos muchos miles,
los turbaremos, porque no sepamos
o no pueda alojar algún malvado
cuando sepa qué tanto había de besos.


LA MUERTE DEL GORRIÓN DE LESBIA

¡El llanto derramad, Gracias Amores;
Lloren los hombres que lo bello admiran!
Que de mi niña el gorrión ha muerto.
El gorrión, de mi Lesbia la delicia,
Y a quien más que a sus ojos adoraba.
Él era todo miel; la conocía
Tan bien, como los hijos a su madre,
Y no huyó del regazo de su niña
Que aquí o allí, saltando por doquiera
A ella sólo sus píos dirigía.
¡Hoy va por el camino tenebroso
De donde nadie regresó con vida!
Y vosotras tinieblas del infierno:
Que devoráis lo bello, sed malditas;
Me arrebatasteis mi gorrión hermoso.
¡Oh mísero gorrión! ¡Crueldad impía!
De llorar ahora túrgidos contemplo
Por tu culpa lo ojos de mi niña.


A SÍ MISMO

Calma, Catulo mísero, tus ansias;
Lo que ves perecer, perdido deja.
¡Cuan bellos días para ti brillaron
Do te lleva la mujer que amaste
Como nadie jamás amada fuera!
Allí ¡Cuántos placeres disfrutarais!
Lo que deseabas tú, quería Lesbia;
¡Cuan bellos días para ti brillaron!
Mas si hoy no quiere ya, tú ya no quieras;
No la sigas si te huye y feliz vive;
Tu dolor inflexible sobrelleva.
¡oh niña! “adiós”, Catulo se resigna,
A ti ya más no rogará, soberbia.
Tú serás la que sufras cuando nadie
Te ruegue ya. ¡Qué vida, oh cruel, te espera!
¿Y quién habrá de visitarte entonces?
¿A quién habrás de parecerle bella?
¿De quién serás? ¿A quién darás tu afecto?
¿A quién besarás tú? ¿Qué labios, Lesbia,
Has de morder con frenesí? Catulo,
Soporta tus pesares con firmeza.

A LESBIA
Cuando uno logra realizar un día
Cuanto deseara y esperara en vano,
Goza el alama de veras
De incomparable encanto;
Por eso nada para mí es tan dulce
Ni es más que el oro para mi alma caro,
Que el ver hoy, lesbia mía,
Que vuelves a mi lado.
¡Vuelves, Lesbia, tú misma cuando menos
Pude esperar tenerte entre mis brazos!
¡Con raya blanca el día
Merece ser marcado!
¿Quién más feliz que yo vivir pudiera?
¿Quién puede más ambicionar, logrando
Cuanto yo estimo ahora
Más que mi vida, grato?

HORACIO

A LEUCONOE

No intentes saber, Leuconoe,
Cuál será el fin que los dioses nos hayan reservado a ti y a mí;
Mira que sería una desgracia;
Ni interrogues los babilónicos números.
¡Cuánto mejor es sufrir lo que viniere!
Suceda lo que suceda,
Ya Júpiter te conceda aún muchos inviernos,
Ya que éste, que ahora fatiga el mar Tirreno entre las rocas,
Indique el último año de tu existencia;
Sé juicioso, filtra tus vinos,
Y mide tus largas esperanzas con el breve espacio de la vida.
Mientras nosotros hablamos,
El tiempo envidioso huye.
Coge ese día y fíjate lo menos posible en el siguiente.


OVIDIO NASÓN

ARTE DE AMAR. REMEDIOS CONTRA EL AMOR. COSMÉTICOS
PARA EL ROSTRO FEMENINO

Si alguien entre nosotros no conoce el arte de amar, que lea este poema y,
adoctrinado por su lectura, ame.
Con arte, a vela o remo, navegan las veloces naves; con arte corren los
ligeros carros; con arte debe ser regido el amor. Automedonte era diestro para
el manejo del carro y las flexibles riendas: Tifis era el piloto en la nave
hemonia; a mí Venus me hizo maestro del tierno amor. Como el Tifis y el
Automedonte del Amor me conocerán a mí.
[Confianza en ti mismo]
Lo primero que debes tener presente es la seguridad de que toda mujer
puede ser conquistada; tú sólo tienes que tender las redes. Antes en primavera
enmudecerán las aves, en verano las cigarras, antes el perro de Ménalo dará su
espalda a la liebre que una mujer con momo cortejada a un hombre se resista,
incluso de ésa que pudieras pensar que no querrá, querrá.

ELEGÍA SEGUNDA
DESCRIPCIÓN DEL TRIUNFO DEL AMOR
¡Oh! ¿Quién sería capaz de decirme por qué me parece tan dura mi cama,
por qué mis cobertores no se mantienen en mi lecho; por qué ha transcurrido
sin sueño para mí, esta larga noche; por qué mis fatigados miembros son presa
de la agitación y del dolor? Porque, si algún amor viniese a invadirme, yo, al
fin, lo notaría. ¿O es que se desliza como un traidor y llega, sin decir nada, a
dañarme por sus crueles artificios? ¡Sí; esto es! Agudas saetas han atravesado
mi corazón; que el cruel Amor opera ahora en país conquistado. ¿Me rendiré,
o bien, con mi resistencia, aumentaré aún esta súbita llama? Cedamos: la carga
se aligera sabiendo llevarla. Yo sé que agitando la antorcha sólo se consigue
aumentar su llama y que ésta se extingue dejándola en reposo. Los bueyes
jóvenes que se resisten al yugo, reciben más golpes que aquellos que se
someten a la coyunda. Por fogoso que sea un caballo se lo doma con el duro
bocado. Tanto menos se le hace sentir el freno cuanto más presto está a volar
al combate. Así el Amor es más intratable y más tirano para los corazones
rebeldes que con aquellos que reconocen su imperio.
¡Pues bien, Cupido: lo confieso; heme aquí prisionero tuyo! No veas en mí
más que un vencido, que tiende las manos hacia el vencedor. Ya no es
menester la guerra. Paz y perdón, es lo único que demando. Por otra parte, no
sería gran honor para ti, vencerme, tu con las armas en la mano y desarmado
yo. Corónate de mirto; engancha las palomas de su madre: Marte, tu suegro, te
prestará el carro que te conviene; y; sobre este carro, entre las aclamaciones
del pueblo, te erigirás triunfador, guiando fácilmente ese tronco de aves. En
pos de ti marcharán cautivos jóvenes, mozos y mozas. Tal será la
magnificencia de tu triunfo. Y yo, tu postrera víctima, formaré en tu séquito,
con mi reciente herida; esclavo sumiso, arrastraré mi nueva cadena. Después
con las manos atadas a la espalda irán el Claro Criterio, el Pudor, y todo
cuanto pueda constituir un obstáculo al éxito de tus armas. Tú lo harás temblar
todo; y extendiendo sus brazos hacia ti, el pueblo entero gritará en alta voz:
“¡Triunfo!” Tú serás escoltado por las caricias, por la Ilusión y por el Furor,
tus inseparables compañeros. Con estos límites es con los que tú sometes a los
hombres y a los dioses; privado de tal socorro, perderías todo tu empaque.
Orgullosa de tu triunfo, tu madre lo aplaudirá desde lo alto del Olimpo y
derramará sobre ti rosas a manos llenas. Tus alas y tus cabellos serán ornados
de pedrería; y, resplandeciente de oro, hará volar las doradas ruedas de tu
carro. Aun entonces –te conozco muy bien- inflamarás miles de corazones;
aun entonces, causarás numerosas heridas a tu paso. El reposo, aun cuando tú
mismo lo desees, no se ha hecho para tus flechas; tu antorcha arde hasta en el
seno de las aguas.
Tal le ocurrió a Baco cuando triunfó en el país por donde corre el Ganges.
Tú eres conducido por aves; él lo fue por tigres. Ya que yo formo parte de tu
divino triunfo, no pierdas los derechos que tu victoria te da sobre mí.
Contempla los éxitos de César, tu pariente; con la misma mano que los ha
vencido, protege él a aquellos de quienes fue vencedor.

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