Índice
Inicio
Libro Uno
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Libro Dos
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Libro Tres
Capítulo VIII
Capítulo IX
Libro Cuatro
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Libro Cinco
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Más Allá de las Palabras
Titulo Original: Fury of Magnus
Autor: Graham McNeill
Traducido: Kaohs1980 y Valncar
Corregido: Kaohs1980 y Valncar
Montaje y Revisión: Valncar
Más allá de las palabras
Todo el trabajo que se ha realizado en este libro, traducción, revisión y
maquetación esta realizado por admiradores de Warhammer con el
obje vo de que más hermanos hispanohablantes disfruten y compartan de
este gran universo.
Este trabajo se proporciona de forma gratuita para uso par cular. Puedes
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viene. Se prohíbe la venta parcial o total de este material.
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registradas y/o propiedad intelectual de Blacklibrary.
Es una época de leyenda.
La galaxia está en llamas. La gloriosa visión del Emperador para la humanidad está en ruinas. Su hijo
predilecto, Horus, se ha alejado de la luz de su padre y ha abrazado el Caos.
Sus ejércitos, los poderosos y temibles Marines Espaciales, están inmersos en una brutal guerra civil.
En otro empo, estos guerreros de ni vos lucharon codo con codo como hermanos, protegiendo la
galaxia y devolviendo la humanidad a la luz del Emperador. Ahora están divididos.
Algunos permanecen leales al Emperador, mientras que otros se han puesto del lado del Señor de la
Guerra. Entre ellos, los líderes de sus miles de legiones son los Primarcas. Seres magní cos y
sobrehumanos, son la culminación de la ciencia gené ca del Emperador. Empujados a la batalla
unos contra otros, la victoria es incierta para cualquiera de los dos bandos.
Los mundos arden. En Isstvan V, Horus asestó un duro golpe y tres legiones leales fueron
prác camente destruidas. Se inició la guerra, un con icto que envolverá a toda la humanidad en el
fuego. La traición y el engaño han usurpado el honor y la nobleza. Los asesinos acechan en cada
sombra. Los ejércitos se están reuniendo. Todos deben elegir un bando o morir.
Horus reúne su armada, Terra misma es el objeto de su ira. Sentado en el Trono Dorado, el
Emperador espera el regreso de su hijo descarriado. Pero su verdadero enemigo es el Caos, una
fuerza primordial que busca esclavizar a la humanidad a sus caprichos.
Los gritos de los inocentes, las súplicas de los justos resuenan ante la cruel risa de los dioses
oscuros. El sufrimiento y la condenación esperan a todos si el Emperador fracasa y la guerra se
pierde.
El nal está aquí. Los cielos se oscurecen, ejércitos colosales se reúnen.
Por el des no del Mundo Trono, por el des no de la humanidad misma...
El asedio a Terra ha comenzado.
DRAMATIS PERSONAE
La XV Legión Los Mil Hijos
MAGNUS EL ROJO, El Rey Carmesí, Primarca de la XV Legión
AHZEK AHRIMAN, bibliotecario jefe
AMON, palafrenero del Primarca
MENKAURA, Adepto de los Corvidae
ATRAHASIS, ayudante de Ahriman
La VI Legión Los Lobos Espaciales
BÖDVAR BJARKI, Sacerdote Rúnico del Tra
SVAFNIR RACKWULF, Hacedor del Tra
OLGYR WIDDOWSYN, portador del escudo
La XVIII Legión Los Salamandras
VULKAN, El Señor de los Dracos, Primarca de la XVIII Legión
ATOK ABIDEMI, Draaksward
BAREK ZYTOS, Draaksward
Igen Gargo, Draaksward
La IV Legión Los Guerreros de Hierro
PERTURABO, El Señor de Hierro, Primarca de la IV Legión
Personajes imperiales
MALCADOR EL SIGILITA, Regente del Imperio
ALIVIA SUREKA, Perpetua
PROMEUS, Wyrd-espectro
La guerra es el padre y el rey de todo. Demuestra que algunos son dioses y otros simplemente
humanos.
-El Filósofo Llorón
El cañón se estrella hacia el este: trueno magní co y terrible. Brillante destello, bordeado por la
noche, una masa emergente explota en tormentas de hierro. Despliegues de fuego otra vez, otra vez.
Con salvaje temor, celebramos el fes val de la muerte.
-Pyotr Nash (Teniente Primero, 77º Europa Max)
La historia trata de decir la verdad a través de la men ra más aceptable.
-Hari Harr, interrogador imperial
LIBRO UNO
SANCTUM IMPERIALIS
UNO
TIEMPO DE LA PRUEBA
El día estaba oscuro con el humo de un mundo en llamas.
El cronómetro de su armadura indicaba que era por la mañana, pero todas
las divisiones del empo carecían prác camente de sen do ahora. El día, la
noche, la mañana, el atardecer... todo se mezclaba en un lapso de luz
parpadeante e infernal que lo pintaba todo con los colores de una hoguera.
El lejano resplandor de la roca fundida iluminaba a los malogrados gigantes
que se cernían sobre el horizonte, y los penachos de fuego procedentes de
la ruptura del lecho rocoso parpadeaban a poca altura del suelo mientras
las nubes hirvientes de ceniza abrasadora otaban sobre las ruinas
destrozadas.
El Tiempo de la Prueba era un acontecimiento de nivel de ex nción en
Nocturne, un empo de fuego y nales durante el cual su luna Promethean
pasaba tan cerca que casi destrozaba el planeta. Las fuerzas gravitacionales
que chocaban entre sí llegaron a las profundidades del lecho de roca de
Nocturne para despertar a las serpientes del mundo enroscadas alrededor
de su corazón fundido. Sacados de su profundo sueño, los dracos rugieron
y se enfurecieron, sacudiendo el mundo con la furia de sus sueños rotos.
Su terrible calor surgió en la lava de mil erupciones volcánicas que eran
capaces de borrar el sol. El movimiento de sus tánicos miembros sacudió
el mundo con terremotos cataclísmicos que remodelaron los con nentes
de Nocturne, y su aliento envió tsunamis hirvientes que destrozaron sus
costas. Y tras su feroz despertar, un terrible invierno cayó sobre la erra
cuando volvieron a su sueño y su furia abrasadora se calmó.
En esos empos, la vida más allá de los muros protegidos de las Ciudades
Santuario de Nocturne se hizo casi imposible. Los campamentos de las
llanuras, los refugios de las montañas y los asentamientos costeros se
vaciaban mientras los habitantes de Nocturne buscaban su frágil seguridad.
Sus puertas se abrían de par en par, y a todo aquel que solicitara refugio se
le ofrecía un lugar dentro.
Atok Abidemi sólo había visto un Tiempo de Prueba antes de ser elegido
para unirse a las las de la XVIII Legión, los Salamandras. Era un niño, de no
más de cuatro años de edad, pero recordaba vívidamente el cielo
enardecido por los relámpagos mientras se desataba la guerra de los
dioses y la ira de las serpientes del mundo. Incluso cuando era un niño,
había visto un signi cado en el juego de las llamas en el cielo, un
signi cado predes nado en cada trueno y choque de furia volcánica.
Huyendo de las tormentas pirotécnicas que se acercaban, sus padres
habían abandonado su vida nómada en el Delta de T'harken y habían
buscado refugio entre los muros de Skarokk, la ciudad de la Espina de los
Dragones. Todo lo que Abidemi había conocido era una vida en las llanuras,
cazando el leo'nid con su padre y su abuelo, así que cuando las puertas de
la Ciudad Santuario se cerraron tras él, Abidemi sin ó la terrible
claustrofobia de estar atrapado en un lugar del que no se podía escapar.
Esa misma sensación volvió a atenazar su corazón.
Sin embargo, esto no era la Espina de los Dragones y él no estaba en
Nocturne.
Esto era Terra.
Pero era un Tiempo de Prueba.
-¡Ponte en pie!
El grito se elevó a lo largo de la pared, casi ahogado por las estridentes
bocinas de Indomitor.
Otra alerta, pero no era para ellos, todavía no.
Abidemi exionó los dedos sobre la empuñadura de Draukoros. Más larga
que una espada sierra estándar, el arma estaba dentada con los colmillos
de ébano del gran draco de Nocturne cuyo nombre llevaba ahora. Antes
había pertenecido a Artellus Numeon, pero con su desaparición en el
Monte Death re, el honor de su uso pasó a Abidemi.
La sombra proyectada por su an guo portador fue larga, y tanto Abidemi
como la espada comprendieron que él sólo era su custodio. La espada
siempre sería de Numeon, y Abidemi tenía la ferviente esperanza de que
algún día la devolvería a su ardiente mundo natal.
Esa esperanza se desvanecía con cada día que pasaba, y mientras el
discordante clamor de la guerra le hacía volver al presente, la tragedia que
envolvía a Terra se hinchaba a su alrededor.
La ceniza blanca caía como la nieve. El cielo ardía con colores ardientes, y
el implacable tambor de la guerra abrochaba el aire con un con nuo
estruendo de explosiones y grandes cañones que nunca se cansaban.
Él y sus dos hermanos Salamandras estaban apostados en la Muralla
Indomitor, el imponente baluarte nororiental del Sanctum Imperialis, el
corazón mismo del Palacio del Emperador. No parecía más que un vasto
acan lado tallado en los huesos de las montañas, de mil doscientos metros
de altura, con un campo de maniobras interior detrás de las murallas
blindadas y reforzadas de su muro exterior, que descendía hasta las afueras
en capas antes de disminuir hasta los bordes arruinados de la llanura
occidental Kataba c.
Sus caras exteriores estaban reforzadas con acero y piedra, y sus antaño
gloriosos bajorrelieves se desprendieron por decreto de Lord Dorn. Su
funcionalidad era brutalmente simple, las torres de tambor recién
levantadas, las torretas y las cajas de armas en ladas conver an la franja
de quince kilómetros de ruinas humeantes más allá en un campo de
exterminio de proporciones casi perfectas.
En cualquier enfrentamiento convencional, sería una barrera casi
inexpugnable, pero la guerra que los traidores habían traído a Terra era
cualquier cosa menos convencional.
Los cuernos de guerra y los gritos salían de la hueste que estaba atacando
la muralla. En los úl mos dos días se habían acercado seis veces a sus
defensores, y seis veces habían sido rechazados. Sus aullidos frustrados
eran los de las bes as, y para los oídos de Abidemi sonaban como una
horda bárbara de una época anterior.
El humo y un hirviente resplandor anaranjado per laban las defensas de
dientes rotos de Indomitor en este sép mo ataque, en el que cincuenta mil
soldados luchaban contra la hueste enloquecida por la sangre. Las
explosiones y los penachos de fuego azul-verdoso ascendían desde la base
de la muralla, muy por debajo. Las explosiones de percusión sacudieron las
paredes, mas cando la roca en mordiscos ardientes con cada impacto.
Las ráfagas de proyec les barrían el parapeto en forma de tormentas de
metralla, los disparos arrancaban tropas del peldaño de ro en tropel y los
gritos de los heridos eran ahogados por los golpes de mar llo de la
ar llería pesada. Los proyec les de fragmentación estallaban en lo alto,
destrozando la carne y la piedra, as llando las paredes. El aire era espeso y
tóxico, con una mezcla de vapores de fyceline, propulsor y promethium.
Las ráfagas de las torretas de los cañones automá cos y de la ar llería
montada en las maltrechas laderas del Hegemon detrás de ellos
respondían al estruendo del otro lado del muro.
Pero poco importaba, la hueste enemiga parecía no tener número.
Esta parte de la muralla fue designada Indomitor Tres.
Tanto un nombre para nosotros como la muralla, pensó Abidemi. Tal vez
si...
Un guantelete ennegrecido le dio una palmada en la guardia del hombro y
una voz con el marcado acento de un habitante de Ciudad Santuario dijo: -
Concéntrate, hermano.
Abidemi asin ó, levantando la cabeza de su contemplación para mirar a su
hermano de batalla.
Barek Zytos era una sólida montaña de piel oscura y maltrecha placa de
guerra que, de alguna manera, había conservado su brillo verde oscuro,
incluso en medio de las constantes caídas de ceniza y los bancos de humo
alquitranado que salían de las ruinas en llamas de la Barbacana Anterior y
la destrozada Muralla Brahmaputra.
Abidemi y Zytos estaban con la fuerza de reserva de Indomitor Tres, diez
mil soldados y doce escuadrones de una veintena de regimientos
diferentes. A estas alturas de la lucha, cientos de regimientos de Terra
habían sido efec vamente aniquilados y sus dispersos supervivientes se
organizaron rápidamente en batallones sin más nombres que los que ellos
mismos se daban.
En honor a los Salamandras que había entre ellos, estos soldados se habían
autodenominado los Propios de Vulkan. Normalmente, tal presunción por
parte de los mortales habría enfadado a Abidemi, pero en este lugar, en
este momento, comprendía el honor que les hacían estos valientes
hombres y mujeres. En otro empo, sus uniformes habían sido diferentes
en cuanto a diseño y color, pero las semanas de lucha en el barro y las
vísceras de Terra los habían conver do a todos en el mismo gris-marrón y
habían pintado sus rostros agotados de ceniza y dolor.
Observaban la lucha en las murallas con una mezcla de rabia y horror,
temerosos de la matanza que se estaba desatando, pero deseosos de
avanzar y expulsar al enemigo de las murallas.
Abidemi comprendía muy bien ese sen miento.
Le atormentaba su alma de guerrero ver morir a sus hermanos soldados
del Imperio, pero la fuerza de él y de sus hermanos era mejor empleada
cuando tenía mayor impacto.
Percibiendo su oscuro estado de ánimo, Zytos señaló con la cabeza el
derramamiento de sangre en la pared.
-Esta es una mala- dijo. -Sí, uno muy mala.
Abidemi gruñó. -¿Ha habido alguna vez un buen asalto?
-Ya sabes lo que quiero decir- dijo Zytos, entrelazando los dedos en el
pomo de la calavera de su poderoso mar llo trueno. La cabeza asesina del
arma se encontraba entre sus pies, grabada con escenas de la forja, y su
mango era un trozo de adaman o in exible. -El hombre que siempre mira
al cielo no ve al draco a sus pies.
-Y el hombre que mira al suelo no ve al dactyl alado- terminó Abidemi.
-Hermano, ¿estás aquí?- preguntó Barek. -¿Realmente aquí? Desde que
Vulkan entró en el Palacio tu mente ha divagado demasiado a menudo
úl mamente.
-Mis disculpas, hermano- dijo Abidemi, sacudiendo la cabeza. -Hemos
sacri cado tanto para traer al Primarca a Terra... Me siento perdido sin su
presencia.
-Está aquí- dijo Zytos. -Cumpliendo su deber con el Emperador. Como
debemos hacerlo nosotros.
-Tienes razón- dijo Abidemi. -Pero esta guerra mina mi alma tanto como
pone a prueba mi cuerpo.
Zytos golpeó con los nudillos el pomo de su mar llo y dijo: -Las
preocupaciones del espíritu deben dejarse de lado hasta que la lucha
haya terminado.
-Te equivocas- dijo Abidemi. -Debemos ganar los dos juntos o lo
perderemos todo.
-Con aré en esto- dijo Zytos, levantando el mar llo del suelo y levantando
su inmenso peso con la misma facilidad con la que un mortal podría
blandir un bastón.
Barek Zytos había sido siempre el más directo de sus hermanos, como era
de esperar de un hombre nacido en la ciudad de los reyes guerreros. Los
dracos grabados en la piel de ónice de su cráneo eran marcas de las bes as
que había cazado en la llanura de Arridian, y sus palabras proporcionaron
un ancla muy necesaria para Abidemi.
-Y aunque es joven, con o en él- con nuó Zytos, señalando con la cabeza
el lugar donde Igen Gargo observaba las murallas desde lo alto de la
torreta de un Shadowsword de color marrón oxidado. Por encima de él, el
incesante aluvión de proyec les y láseres estallaba y estallaba contra el
escudo de aegis: implacables impactos desde la órbita y fuego de fondo
desde baterías distantes. Los patrones arremolinados ondulaban como las
violentas boreales del Tiempo de Prueba.
Los colores le recordaban a Abidemi que estaba mirando el fuego de una
fragua lista para recibir el metal. Se decía que un maestro herrero podía
mirar dentro de un horno y saber el momento exacto de introducir el
hierro en su calor, cuándo girar y cuándo re rarlo con sólo escuchar su
canto.
Zytos los había llevado de vuelta a Terra, pero de los tres, Igen Gargo era el
maestro en leer la canción del fuego.
Gargo escudriñó los combates, listo para señalar cualquier debilidad o
predecir una derrota. El metal bruñido de sus brazos augme cos re ejaba
la luz de las explosiones, y el fuego bailaba en las lentes rojas de su casco
de batalla.
Abidemi siguió su mirada, pero era imposible adivinar dónde se doblaría o
rompería una parte de la línea. El humo de los relámpagos casi ocultaba la
lucha, y el sonido del metal que chocaba y de los disparos era muy
parecido en un punto y en otro. Vastas formas se alzaban, siluetas
hinchadas e instantáneas angulosas de criaturas an naturales que el
enemigo había empujado a sus las.
Zytos levantó su yelmo y lo encajó en su si o con un silbido de aire a
presión.
-Toma- dijo Zytos, dándose la vuelta para recoger un par de Escudos de
Abordaje (breacher shields en el original, nT) maltrechos del suelo detrás suya y le
entrego uno a Abidemi. -No es una nave de Prometheus, pero servirá.
Abidemi asin ó, enfundando a Draukoros y sujetando el escudo con fuerza
a su brazo.
El metal dorado y amarillo era grueso y estaba abollado, y el puño de
ébano de su centro estaba as llado y plateado por cien o más impactos. Le
resultaba an natural llevar un equipo marcado con la heráldica de una
Legión que no era la suya, pero eran empos desesperados y los escudos
aún no les habían fallado.
-Será pronto- dijo Zytos, mirando hacia Gargo.
Abidemi se colocó su propio casco y ac vó los sellos de la gorguera. Incluso
aislado de la atmósfera, el aire sabía a ceniza y a hierro quemado. Su visor
se iluminó con información de obje vos, evaluaciones de daños y avisos de
agotamiento de energía.
-¿Cómo lo sabes?- respondió.
-No puedo leer el fuego tan bien como Gargo, pero puedo leerlo a él- dijo
Zytos.
-¡Ponte de pie!- gritó Gargo.
-Te lo dije- dijo Zytos mientras los vehículos que los rodeaban rugían, los
reactores se encendían y los mecanismos de propulsión chirriaban como
los respiraderos de magma del desierto Pyre. De las rejillas de escape
salían humos azules y los comandantes desplegaban en sus antenas los
banderines de los regimientos muertos.
-Vigila la derecha- ordenó Gargo, señalando con un brazo plateado hacia la
pared.
Abidemi escudriñó los combates.
-¿Qué ve?
-Yo no...
Un estruendo de fallo de escudo fue rápidamente seguido por una
explosión tánica que sacudió la zona de operaciones con la fuerza de un
ataque orbital. Colosales bloques de piedra se elevaron hacia el cielo
cuando algo explotó justo por debajo del nivel de la muralla que Gargo
había indicado. Abidemi no pudo ver qué lo había causado, pero una
porción de cien metros de la muralla simplemente se desvaneció en una
hoja de fuego cegadora. Los ecos de su detonación fueron ensordecedores,
incluso dentro de su casco, y sus sen dos automá cos se atenuaron para
proteger sus ojos contra el brillo incandescente de la explosión.
Parecía que la batalla se detenía para respirar, como si la muerte estuviera
admirando su obra.
Gargo saltó de la torreta de Shadowsword mientras un rugido ululante
barría los restos fundidos de la muralla. Él también levantó un escudo
rompedor y corrió para unirse a sus hermanos en el centro de la línea.
-¿En la brecha?- preguntó Gargo.
-Una vez más- aceptó Zytos.
Levantó su mar llo en alto y alzó la voz más allá del tumulto.
-¡Indomitor! A por ellos.
Con Abidemi, Gargo y Zytos formando la punta de una cuña de carga, las
reservas de los Propios de Vulkan avanzaron hacia el fuego y el humo.
Abidemi vio la forma medio derre da de un campanario de asedio, con
formas monstruosas que surgían de sus puertas de asalto abrochadas:
gigantes migou (son Ogretes na vos del área de Asia Central de Terra, empleados al menos
desde las Guerras de Uni cación para trabajos pesados como la minería y la construcción del
Palacio Imperial en la cordillera del Himalazia nt) con pesados trajes de placas
resistentes al calor y yelmos de hierro con formas de demonios. Cada uno
de ellos era un abhumano corpulento que portaba una pistola de cadena
alimentada por cinturón y con una tolva de munición en forma de tambor
atornillada a su columna vertebral. Rugiendo con odio idiota, se
prepararon y desataron toda la furia de sus armas.
Lenguas de fuego de dos metros salieron de sus bocas. Cientos de hombres
cayeron en la primera descarga de proyec les de alto calibre. El avance de
Indomitor vaciló, pero siguió adelante en la tormenta de fuego y acero.
-¡Al fuego de la batalla!- gritó Gargo.
-Al yunque de la guerra- respondieron Abidemi y Zytos.
Abidemi sin ó docenas de impactos contundentes en su escudo, cada uno
de los cuales golpeaba con la fuerza de un forjador que blande un mazo.
Apretó los dientes, bloqueando el brazo a noventa grados mientras
encajaba su bólter en la muesca de disparo del escudo.
Más ar lleros migou estaban subiendo a las murallas, desatando nuevos
torrentes de fuego en los ancos de los defensores.
Las escaleras de garras y los grifos de pistón mordían la piedra. Una marea
de degenerados se arremolinaba detrás de ellos, luchando por a anzarse
en las murallas. Poco más que una turba aullante que blandía armas
toscamente estampadas y pistolas fabricadas en serie, pero eran tantos.
Muchísimos.
Priorizar. Ejecutar.
-¡Acaben con esos ar lleros!- gritó Abidemi.
Los impactos mar lleantes doblaron las placas curvadas de su escudo, la
potencia de los proyec les hizo que Abidemi sin era que avanzaba hacia
los dientes de una tormenta pirotécnica. Alineó un ro y disparó su bólter,
el duro golpe fue tragado por el trueno de los disparos. Uno de los
ar lleros abhumanos cayó hacia atrás, con el pecho abierto. Volvió a
disparar y otro cayó de rodillas con medio torso desgarrado. Un tercer
migou se desvaneció en una pira de disparos al detonar un reac vo masivo
en su depósito de munición.
El visor de Abidemi señaló a cada uno de los migou por turno. Aprieta el
ga llo: un enemigo muerto.
Un solo disparo. No hay su ciente munición para ningún proyec l
desperdiciado.
Otro obje vo se iluminó, calado por su visor. Otro disparo, otro muerto.
Entonces estaba entre ellos. Se sujetó el bólter al muslo y sacó el
Draukoros de su funda.
-Numeon- rugió, golpeando al enemigo con su escudo y cosechando una
sangrienta cosecha con cada tajo de carnicería de su espada.
Su arma era una extensión de su brazo, y desgarraba la pesada placa y la
pálida carne con cada golpe. Los chillones dientes de la espada mas caban
al migou blindado con toda el hambre de un draco de Nocturne, devorando
acero, carne y hueso con cada rugido.
El enemigo era tan grande como él. Abidemi no podía aplastarlos con su
propia masa. Siguió moviéndose, sin dar empo a los migou para que lo
acorralaran ni a sus enemigos mortales para que lo inmovilizaran con su
número.
Su escudo era una maza, que empujaba hacia delante para hacer espacio.
Respira y golpea. Cortar y cortar.
Cada migou era un enemigo poderoso, pero eran lentos. Golpeó el duro
lo del escudo contra sus caras. Clavó la espada y bajo sus placas, giró, se
re ró. Girar y moverse, hacerlo de nuevo.
La matanza era como una máquina.
La repe ción la hacía ins n va e irre exiva.
Abidemi sin ó la presencia de sus hermanos. Sus gruñidos y juramentos a
través de la voz no tenían palabras, pero los entendía todos. Zytos blandía
su mar llo con una cadencia forjadora, mientras Gargo giraba y se lanzaba
con su lanza, cortando y empalando a los hombres como si fueran peces
retorcidos.
Los hombres y mujeres de los Propios de Vulkan luchaban con ri es,
pistolas y bayonetas; con barras de hierro o cualquier otra cosa que
tuvieran a mano. Los comba entes estaban tan densamente unidos que
era casi imposible dis nguir a los amigos de los enemigos. Los hombres
arañaban a sus enemigos, con dedos ensangrentados que arrancaban las
máscaras y pulgares que se clavaban en los ojos.
Esta no era la guerra de la que habían hablado los rememoradores en los
primeros días de la cruzada.
La guerra, cuando se había producido entonces, había estado llena de
gloria y heroicidades dignas de ser cantadas. No esta frené ca pelea en el
barro del Mundo Trono, buscando una hoja oxidada para abrir una
garganta, o un trozo de mampostería fundida para golpear un cráneo. Ésta
era la verdadera cara de la guerra: una lucha desesperada por la
supervivencia; un horror enloquecido y revuelto en el que sólo sobrevivían
los locos.
Todo lo demás no era más que la men ra de un soldado.
Abidemi arrojó a tres hombres desde las murallas, y sus cuerpos con las
extremidades rotas giraron sobre la muralla para caer doscientos metros
hasta las ruinas de abajo.
Dejó escapar un estremecedor aliento.
Recuerda respirar. Toma oxígeno. Gira y lucha.
Había luchado hasta la misma cresta de la brecha, donde la gran
detonación había roto la muralla. Se reveló todo el horror del paisaje roto
ante Indomitor, y la impactante visión del enemigo fue como sumergirse
en un baño de hielo tras una dura marcha por el desierto Pyre.
Abidemi había escuchado las es maciones del orden de batalla del
enemigo, los números imposibles arrojados por los estrategas de Lord
Dorn. Había visto las vastas sombras proyectadas por las naves de
descenso que borraban el cielo del puerto espacial de la Puerta del León, y
había luchado en esta guerra el empo su ciente para saber cuántos de
sus compañeros imperiales habían renunciado a sus juramentos de lealtad.
Pero cada vez que veía la interminable horda que se alzaba contra ellos, se
le par a el corazón de nuevo.
La fuerza que atacaba a Indomitor se extendía como un mar ondulante
bajo una as xiante capa de smog petroquímico. A los ojos de Abidemi, era
como una hueste de depredadores en manada que acorrala a un leviatán.
Entre ellos se movían criaturas más grandes y aguerridas: horribles
subproductos del Mechanicum caído que caminaban sobre patas de palo y
soltaban violentas ráfagas de odio binárico corrupto, y cosas que podrían
haber estado vivas alguna vez, pero que ahora eran monstruos quiméricos
acorazados transformados por rituales engendrados por la disformidad.
Muy al sur, el aire ondulaba en torno a la inmensa forma de los Titanes
cuando salían de la Barbacana Anterior para golpear las fortalezas que
protegían la Puerta de la Eternidad. Sin prestar atención a las luchas a vida
o muerte que se libraban a sus pies, las máquinas-dioses aullaban su furia
desde los cuernos de guerra que llevaban al hombro, pero incluso esos
sonidos se vieron abrumados por el estruendo de las explosiones y los
disparos.
Una serie de detonaciones sísmicas se estrellaron en la ladera de abajo,
devolviéndole al presente mientras una lluvia mortal de escombros se
aba a sobre él. Más mortales se agolparon en la brecha bajo él. Dispararon
sus armas al aire, ululando como bes as enloquecidas. Enormes tanques
de guerra erizados de púas y ar llería pesada se abalanzaron sobre ellos. A
través del humo que se agitaba, Abidemi creyó ver la heráldica roja y
dorada de los leviatanes que se desplazaban rápidamente.
Demasiado pequeños para ser tanes, Warhounds. ¿Caballeros...?
Sabía que estaba expuesto aquí, iluminado por el humo y las llamas que se
arremolinaban a su alrededor, pero no le importaba. Quería que lo vieran,
que supieran que los guerreros del Emperador no les tenían miedo, que los
traidores pagarían caro cada paso que dieran hacia el interior.
Este era un enemigo impulsado por un odio que Abidemi simplemente no
podía comprender.
Una cadena ondulante de encendidos oreció en el humo de abajo, y las
formas rojo-oro salieron de los bancos de niebla a su paso. Llegaron a ras
de suelo, sin preocuparse de los mortales a los que aplastaban con sus
garras abiertas: tres formas bípedas gigantes con enormes glavies y armas
montadas bajo amplios petos de color carmesí y dorado.
-Morbidia- siseó Abidemi, reconociendo el emblema del olmo con púas en
el estandarte ennegrecido por el fuego que se alzaba sobre la cabina con
cara de calavera del Caballero principal.
Una voz crepitante emi ó una advertencia en el vox de su casco. Gargo.
-¡Se acerca!
Abidemi levantó la vista a empo para ver una salva de misiles Ironstorm
que descendía.
Cerró los ojos.
-El hombre que mira al suelo no ve al dactyl alado...
DOS
SUPERVIVIENTES
El campo de la victoria alada.
Así era como llamaban a este lugar, un vasto campo de maniobras más
an guo que Bhab, un lugar que había estado aquí en los días anteriores a
la Uni cación, antes incluso del propio Palacio.
Alivia Sureka recordaba haber visto las primeras naves estelares que salían
de Terra, desde el terreno que ahora ocupaban las cercanas torres de la
Biblioteca de Clanium, cuando el nombre del campo de maniobras parecía
adecuado.
Había sido un nombre para inspirar grandeza, para soñar con algo más allá
de la roca natal de la humanidad y aprovechar el des no mani esto de la
especie Humana.
Ahora parecía una broma grotesca.
En aquel entonces, cien mil soldados salían de Terra cada día desde aquí.
Cerca de diez veces ese número, llenaba ahora la explanada abierta, pero
no iban a ninguna parte: aquello era ahora un océano viviente de miseria
humana.
Adormecidos por el miedo y las atrocidades diarias, se apiñaban en
campamentos de refugiados improvisados y en chabolas encajadas entre el
Muro Indomitor y los recintos de los Cañones del Hegemon. Y éste, no era
más que uno de los muchos lugares en los que los no comba entes, podían
alojarse.
Muy por encima de las grandes cúpulas de la burocracia imperial, el cielo,
derramaba todo su horror en forma de moratones de luz sobre el escudo.
El aire, se agitaba con los impulsos del choque de las constantes descargas
de ar llería que estallaban contra él.
Algunos de los primeros ocupantes de la plaza, se habían considerado unos
privilegiados por haber tenido acceso a los recintos interiores del Palacio,
pero la inexorable presión de la destrucción sistemá ca del Palacio
Exterior, había obligado a los soberanos de Terra a admi r a todos.
¿Quién fue el que dio la orden de abrir las puertas? se preguntó Alivia para
sí misma.
Alivia dudaba que hubiera sido Dorn.
Tampoco, sospechaba, que hubiera sido Valdor: el Primero de los Diez Mil,
habría rechazado la idea de que tantas almas desconocidas estuvieran tan
cerca del Emperador.
¿El Sigilita, entonces?
El Señor de la Humanidad, tenía la mirada puesta en obje vos más
elevados que la supervivencia de la población de Terra, pero la voz del
Regente de Terra, tenía la autoridad del Emperador.
Así que sí, probablemente habría sido Malcador, lo que sólo demostraba
que se podía conocer a alguien durante una eternidad y seguir
sorprendiéndose.
Alivia escudriñó el mar de rostros que la rodeaban, familias agotadas y
envejecidas por el dolor y cubiertas por una na capa de ceniza que caía
como la nieve. No importaba el dinero, la posición o el poder que tuvieran
en la época anterior a que el Señor de la Guerra invadiese Terra, todos se
parecían ante el temor. Eran los supervivientes de la Puerta del León, la
devastación de Angevin, o de la brecha del Muro del Crepúsculo, el asedio
de Magni can. Habían huido de los campamentos en llamas de la Vía del
Ganges, del derrumbe del Palacio o de la destrucción de Dhwalagiri.
Sucios, asustados y manchados de barro, observaban y rezaban para que la
lucha terminara, pero a la mayoría le importaba poco quién se alzara
triunfante al nal.
El sonido de las oraciones, la desesperación y las lágrimas era un estribillo
constante.
Este es el sonido del n del mundo: el llanto de la gente mientras se acerca
su destrucción.
Alivia trató de mantener a raya su propia angus a, pero había escuchado
su cientes historias de horror para toda su vida: seres queridos muertos,
compañeros gravemente heridos, hijos e hijas luchando en las murallas y,
lo peor de todo, historias de padres a los que su control se les había
escapado y que ahora recorrían frené camente los campos en busca de
sus hijos perdidos.
Alivia recordaba la sensación de alivio que la había invadido a su llegada a
Terra. El viaje desde Molech había sido largo y duro, pero cuando volvió a
respirar el aire férreo del mundo natal, sin ó que había logrado superar la
guerra que les pisaba los talones.
Una fantasía, por supuesto. Era inevitable que Horus Lupercal nalmente
asediara el Palacio de su padre, pero la visión de lo que Rogal Dorn había
forjado le daba esperanzas de que fuera su ciente para detener al
architraidor en su camino. Creía que estarían a salvo en el puerto espacial
de la Puerta del León, ya que el descomunal tamaño del “Starspear”
empequeñecía las montañas en las que se había construido el Palacio. Su
imponente inmensidad estaba repleta de armas, chapada desde la
super cie hasta el espacio en for caciones, y tripulada por las doradas
huestes del mismísimo Lord Dorn.
¿Seguro que una fortaleza tan invencible nunca podría caer?
Pero cayó. El enemigo abrió una brecha en el corazón de la fortaleza y la
par ó a la mitad, desde sus plataformas más altas… hasta sus
profundidades. Los puentes que unían sus pór cos a la Muralla de la
Eternidad, seguían ardiendo y sus torres, ardían más allá de las espesas
nubes negras.
Había oído historias de cosas cubiertas de espinas rojas cazando a través
de esos puentes, de gente arrastrada hacia sombras imposibles. Alivia,
había visto a un hombre y a una mujer corriendo hacia la seguridad de las
puertas del puente, levantados del suelo de repente por manos invisibles y
desgarrados miembro a miembro, mientras los restos de su sangre
vaporizada, calaban los contornos de aquellos frené cos monstruos
armados con pavorosas garras.
Las risas, los habían perseguido desde la Puerta del León, unos maliciosos
bramidos guturales, que no eran lo su cientemente fuertes como para
superar el ensordecedor crescendo de la batalla, pero que de alguna
manera, resonaban dentro de la bóveda de cada cráneo mortal.
Cuando cerraba los ojos, aún podía oír esa risa, zumbando como un insecto
furioso atrapado en un cristal. Hacía días que no dormía, pero el profundo
cansancio, era mejor que la alterna va. Sus sueños, estaban plagados de
visiones oscuras: las pesadillas de las serpientes, una caverna sin luz mucho
más allá del mundo y una puerta a algún interminable y terrible lugar.
Los horrores de la guerra, destrozaron a muchos soldados, incluso a los
que sobrevivieron a la lucha con sus miembros y cuerpos intactos. Las
heridas psíquicas de la batalla y la angus a de ver a los compañeros morir
o sufrir de espantosas heridas, eran su cientes para destrozar incluso la
mente más fuerte, más allá del poder de cualquier medicina para curarla.
Alivia veía esas mismas heridas en los rostros de todos los que se cruzaban
con ella.
Sin importar quién reclamara el trono de Terra, heredaría una población
tan trauma zada como cualquiera de los soldados que habían luchado por
él.
Alivia pasó junto a un grupo de hombres y mujeres arrodillados, cubiertos
de barro y polvo. Con las cabezas inclinadas, rezaban, pronunciando
palabras con la cadencia de un himno. Un hombre que tenía ampollas
químicas que le cubrían la cara y el cuello, pronunciaba palabras escritas a
mano en una gavilla de papeles encuadernados. Levantó la vista a su paso
y ella se estremeció al ver que uno de sus ojos, era una cuenca destrozada
y vacía en una masa fundida de tejido ennegrecido. La blancura del hueso
brillaba a través de su mejilla.
-Reza con nosotros, hermana- le dijo, con las palabras distorsionadas por
sus heridas.
-No- dijo ella dándose la vuelta. -No lo haré.
-Por favor, el Emperador, necesita todo nuestro amor y devoción para
derrotar a este enemigo- le suplicó.
-Si Él necesita mi amor… entonces estamos en más problemas de los que
yo pensaba- resopló Alivia.
Siguió adelante, abriéndose paso entre la mul tud de gente aturdida por el
terror, dirigiéndose hacia la columna de reunión, en el centro de la plaza
mientras el hombre la llamaba.
-¡Solo existe el Emperador y Él, es nuestro escudo y protector!- vociferó el
hombre.
Alivia negó con la cabeza. Desde que puso un pie en Terra no había sen do
nada de la presencia del Emperador. Incluso ella, tuvo que reconocer lo
extraño que era. Incluso en Molech, había una pizca de Su presencia, un
fantasma de Su poder transmi do por esa maldita luz Suya, pero aquí, en
el corazón de Su dominio... nada.
¿Signi caba eso algo? Probablemente no, pero aun así…
-¡Alivia!- la llamó Jeph.
Y ella, levantó la vista para verlo a él y a las niñas, exactamente donde los
había dejado en la base de la columna, con sus escasas posesiones. Volvió
a sorprenderse de lo delgado que estaba. El trabajo en el Espacio Puerto de
Molech, había mantenido a Jeph en forma y le había proporcionado una
fuerza decente en la parte superior del cuerpo, pero los meses de
privaciones a bordo del “Iluminación de Molech”, le habían pasado factura
y además, las pobres pastas de comida que se servían en las endas de
alimentación, eran casi inú les en términos de nutrición.
-¿Qué fue eso?- preguntó él, mirando por encima del hombro de ella.
-Nada…- respondió ella. -Sólo otro de esos malditos grupos de oración.
-¿Recitando el Lec o Divinitatus?
-No lo llames así…- dijo ariscamente. -Es gente desesperada que busca
respuestas donde no las obtendrán. Es solo fe ciega.
-Tal vez, Liv, pero es mejor que la desesperación.
Quiso reprenderle por una creencia tan ingenua, pero sospechó que tenía
razón. Además, a nadie parecían importarle ya esas creencias teístas,
siempre que no fueran demasiado evidentes.
Alivia supuso que, en medio de todo este sufrimiento, en el que cualquier
salvavidas, por muy defectuoso que lo creyera podía ser la diferencia entre
sobrevivir o rendirse, tendría que bastar con la fe. Sólo esperaba que
desapareciera después de que todo esto terminara.
Alivia se inclinó para darle un beso y se inclinó hacia sus hijas.
Miska estaba dormida, acurrucada en una na manta y chupándose el
dedo como cuando era un bebé. El cansancio y el hambre, habían
endurecido sus rasgos (que antes parecían los de un querubín) y su cabeza
afeitada, sólo acentuaba lo demacrada que estaba. A cada paso que daban
hacia el interior del Palacio, Miska hablaba cada vez menos. Día tras día, la
traviesa niña de Alivia, se iba desvaneciendo y sin ó que las lágrimas,
amenazaban con derramarse por sus mejillas.
Se frotó los talones de las palmas de las manos contra los ojos y luego, se
pasó las manos por la piel rala de su propia cabeza. Echaba de menos su
pelo, pero el picor, había sido demasiado irritante. Una plaga de piojos se
había extendido por los campos de refugiados, por lo que había afeitado su
pelo y el de su familia. A Jeph, no le había importado tanto pues de todos
modos, estaba perdiendo pelo en la parte superior, pero las niñas habían
protestado enérgicamente, hasta que Alivia les mostró los huevos que se
retorcían en el cuero cabelludo de cada una.
Vivyen, levantó la vista del libro que llevaba siempre consigo y le dedicó
una sonrisa desvaída.
Al igual que su hermana, ella también sufría, con los rasgos en carne viva
por la ebre que la hacía sudar en las noches frías y congelarse durante los
días, por más que intentaran calentarla.
-¿Los has conseguido?- preguntó febrilmente.
-Lo siento mucho, mi amor…- dijo apenada Alivia. -No pude. No hay nada
que hacer.
La ebre, se había desatado durante la re rada de la Puerta del León y el
aire enrarecido de las montañas, el frío y la falta de alimentos, estaban
haciendo mella en su hija.
Alivia había intentado obtener an bió cos de un hombre con la cara
crispada, que vendía suministros médicos robados, un hombre del que
sospechaba se había quitado el uniforme para esconderse entre la
población civil. No estaba dispuesto a desprenderse de sus píldoras a
cambio de lo que ella le ofrecía y ningún esfuerzo psíquico, lo había
convencido de bajar el precio.
John, siempre había sido el mejor en cuanto a llegar a la mente de otros y
doblegarlos a su voluntad, pero ella no carecía de cierta habilidad en ese
terreno. Sin embargo, desde que llegó a Terra, había descubierto que su
capacidad para someter a una persona a su voluntad había desaparecido.
-No te preocupes, estaré bien- dijo Vivyen, volviendo al libro.
El polvo, casi había oscurecido la imagen de su portada y Alivia, recordó lo
vívida que había sido el día en que se deslizó en la Catedral Odense para
robarla. Las historias que contenía, eran cuentos de hadas pero ese
término, era engañoso. Cada cuento era una parábola que hablaba al
corazón, historias que representaban los vastos y complejos tapices de la
humanidad en todas sus formas gloriosas y terribles. Y como todas las
historias, tenían poder.
Un poder que Alivia no comprendía del todo, pero que le había salvado la
vida y la de su hija más de una vez. Esas historias, habían mantenido viva a
Vivyen como prisionera de un grupo de cul stas a bordo del “Iluminación
de Molech” y le habían ofrecido indicaciones cuando Alivia más lo
necesitaba.
En ese sen do… ¿era tan diferente del Lec o Divinitatus?
-¿Qué historia estás leyendo ahora?- le preguntó Alivia a su hija.
-El ruiseñor.
-Esa es buena…- respondió Alivia mordiéndose el labio.
Vivyen tosió y dijo: -Ojalá nuestro Emperador tuviera un ruiseñor…
-Quizás… sí…- dijo Alivia cuando vio a un hombre con un uniforme negro y
una capa de damasco que se acercaba a ella entre la mul tud de
refugiados.
Ella lo reconoció de inmediato.
Se puso rme ante ella, erguido como una baqueta y con las manos
entrelazadas a la espalda.
-Khalid Hassan…- dijo ella. -Debería haber sabido que ibas a volver.
-¿Alguna vez lo dudaste?- preguntó él, con la voz tan cansada como la de
ella.
El hombre de Malcador, la había llamado al lado de su amo incluso antes
de que ella saliera de la rampa de embarque de la “Iluminación de
Molech”, pero se había ido sin ella. Incluso cuando rechazó la llamada del
Sigilita, Alivia sabía que volvería otra vez.
-Pareces estar cansado…- dijo Alivia.
-Esta guerra nos exige mucho a todos- respondió resignado.
-Oye…- le interrumpió Jeph. -Ella ya te dijo que te perdieras. No irá
con go.
-Es hora de salir del frío, señora Sureka- dijo Hassan ignorándolo.
Alivia miró a sus chicas, cansadas y hambrientas, acas y febriles.
-Ellos vienen conmigo. Todos ellos- le impuso ella, asin endo lentamente.
-Por supuesto. El Sigillita, te ofrece a y a tu familia, un santuario dentro
del Bas ón de Bhab.
-Entonces, está bien- respondió Alivia. -Es hora de que este ruiseñor
vuelva a casa.
***
Las nubes piroclás cas de fuego se extendían de horizonte a horizonte.
El sabor a ceniza y a hierro le inundaba la garganta. El dolor, era como unas
cuchillas de obsidiana que le arrancaban la carne de los huesos, como el
magma procedente del corazón de Nocturne que le llenaba los tuétanos.
No le preocupaba, porque era un Hijo de Vulkan; había nacido para
soportar el dolor.
Abidemi contempló el n de los días, consistente en erupciones volcánicas
y la furia sísmica. Nocturne, se estaba desgarrando mediante espasmos
estremecedores de erupciones catastró cas. El fuego llenó su visión y el
vapor, arrasó sus pulmones, mientras los océanos lejanos se conver an en
vapor. Incluso la imponente y permanente Montaña Fuego de la Muerte, se
dividió por completo en este apocalipsis nal y sus ancos, se rompieron
mientras algo en lo más profundo de su ser, surgía y se desencadenaba con
una furia inmortal.
Abidemi se quedó solo mientras su mundo se deshacía, su imperecedero
lecho de roca se desmoronaba hasta conver rse en cenizas y su corazón
fundido, explotaba mientras los Dracos se alzaban para destruir el reino del
hombre. Láminas abrasadoras de lava, brotaban hacia el cielo desde suras
que se ensanchaban con cada respiración. Nubes hirvientes de humo
sobrecalentado surcaban los cielos, donde chocaban horquillas de rayos, lo
su cientemente potentes, como para destruir navíos de guerra.
No sin ó miedo, pues los Salamandras, no tenían una Mitología
Escatológica, sino una creencia en el eterno círculo de fuego, que hablaba
de que la vida, surgía incluso después de las más terribles catástrofes. Para
las tribus de Nocturne, todo acto de creación digno nacía de la destrucción:
desde la creación de las propias estrellas, hasta la elaboración de una
poderosa espada.
Los acan lados de basalto de la montaña Fuego de la Muerte nalmente se
desmoronaron, explotando en una avalancha cataclísmica de roca y
magma, mientras dos formas colosales nacían de su ardiente aniquilación.
Sombras retorcidas de furia dracónica, se movían dentro de la roca
fundida, inhumanamente vastas y monstruosas. Abidemi jadeó cuando
unas veladuras rojas de lava, cayeron en una lluvia ardiente, que convir ó
la erra en fuego líquido.
Dos Dracos rugían mientras luchaban, bes as tánicas más allá de
cualquier escala de comprensión humana, tan vastas, que la mirada de
Abidemi no podía abarcar la totalidad de su naturaleza cósmica.
Uno de ellos tenía las escamas de color verde intenso y ónice, con garras
de fuego y ojos como carbones al rojo vivo. El otro, brillaba con la luz
apagada del magma que se enfriaba y Abidemi, vio que uno de sus ojos no
era más que una cuenca vacía, como un cráter excavado en la super cie de
una luna.
Se desgarraban el uno al otro con unas mandíbulas capaces de par r
con nentes y se rasgaban la carne acorazada con unas garras capaces de
destrozar montañas. Su sangre, era la fuerza que corría por el planeta y con
cada feroz golpe, el corazón que la a en el centro del mundo, se
ralen zaba y enfriaba, incluso cuando el mundo de arriba estaba en llamas.
El draco carmesí, cerró sus mandíbulas en la garganta de su oponente
verde, desgarrando la piel acorazada y desangrando la sangre de aquel
horno viviente. El Draco herido, clavó sus garras de fuego en el vientre de
su rival, abriendo profundas brechas en su carne. Los cuernos y las colas se
agitaban mientras las poderosas serpientes de los mitos luchaban, pero
Abidemi ya podía ver que la serpiente verde estaba perdiendo.
Su mirada estaba ja en el lejano horizonte y en una con enda entre
semejantes seres, hasta el más mínimo momento de distracción era fatal.
El draco carmesí, arrastró al draco verde y negro al suelo y el planeta, se
sacudió con la fuerza de su impacto.
Abidemi cayó de rodillas y lloró, mientras el draco carmesí rompía y
desgarraba al otro.
Se desesperó al ver al draco verde aba do, sabiendo con cada bra de su
ser, que era vital que no muriera, que se lo debía todo. Agarró a Draukoros
y, mientras desenfundaba la espada de Artellus Numeon, dos guras en
llamas aparecieron a su lado. Una, llevaba una lanza dorada de rayos
enjaulados, la otra un mar llo trueno y él, los conocía como sus hermanos.
Abidemi levantó a Draukoros en alto, con los fuegos de la batalla
re ejándose en sus dientes de ébano.
-¡Padre!- gritó furiosamente Abidemi. -¡Tus hijos de Prometheus están
con go!
Cargó hacia los dracos del mundo que se enfrentaban. Y sus hermanos de
fuego le siguieron. Luego hubo una luz, cegadora, que se clavó en sus ojos
como si fueran brillantes agujas.
***
Su visión del nal de Nocturne se desvaneció, al empo que la terrible
realidad de la situación de Terra, volvía a imponerse. Sin ó el peso de su
cuerpo transhumano compactado dentro de la in exible envoltura de su
armadura.
Le resultaba di cil comprender lo que veía: los dos cristales del yelmo
estaban agrietados y una está ca efervescente se superponía a su vista con
imágenes fantasma que no podía dis nguir.
La sangre le llenaba la boca. Su piel estaba pegajosa.
-¡Barek!- gritó una voz ronca, que sabía que debía reconocer. -¡Lo
tenemos! ¡Está vivo!
Abidemi, escupió una bocanada de polvo y ceniza y parpadeó, para aclarar
sus ojos. Vio la silueta de Igen Gargo recortada contra un patrón cambiante
de colores.
Abidemi, tardó un momento en darse cuenta de que estaba mirando hacia
arriba, a través de varias toneladas de escombros aplastados que le
presionaban y que la aurora sobre su hermano, era la parte inferior del
escudo del Aegis.
La presión que sen a, cambió cuando Gargo lo sacó de los escombros y la
fuerza de sus brazos aumentados, arrancó de su cuerpo inmovilizado losas
rotas de rococemento y acero como si estuviera arrancando placas de yeso
de una pared.
-Saquenme de aquí…- dijo Abidemi, exionando los hombros. La roca
gimió a su alrededor.
-No te muevas, Atok…- le advir ó Gargo. -Ese impacto de cohete, hizo que
la mitad de la maldita muralla cayera sobre .
-Yo... creía que había muerto…- respondió Abidemi.
Barek Zytos apareció junto a Gargo, con su piel de ónix pálida por la ceniza.
-Hace falta más que la mitad de la Indomitor para matar a Atok Abidemi-
declaró ufanamente Zytos.
-No mucho más…- murmuró Gargo por lo bajo.
El brazo de Abidemi se soltó y con el trabajo de sus dos hermanos para
liberarlo, re raron los escombros lo su ciente, como para que pudiera salir
adelante. El verde de su armadura, era gris por el polvo de las rocas; el
metal y la ceramita se encontraba doblada y dañada, pero casi intacta.
Se puso en pie y parpadeó ante la pálida luz. Una espesa niebla cargada de
un sabor extrañamente familiar, envolvía el borde de Indomitor. Ocultaba
el doloroso sonido de los campamentos enemigos más allá de las murallas,
amor guando los cán cos de los perdidos y los condenados y haciendo
que la guerra pareciera lejana.
-¿Morbidia?- dijo Abidemi. -Vi a unos Caballeros...
-Los espadas de la sombra y los Propios de Vulkan, se encargaron de
ellos- aclaró Gargo.
-Ellos… y un Caballero Castellan de la Casa Cadmus- añadió Zytos.
Abidemi asin ó, respirando profundamente y reconociendo por n el
sabor familiar de la niebla circundante. Era ligeramente sulfurosa y tenía el
aroma terroso de la roca profunda y el metal en bruto.
...como el aliento de un dragón herido de escamas verdes...
Abidemi sin ó un puño apretado en sus entrañas. Un terrible temor de que
el enemigo más allá de Indomitor, no era el que debían enfrentar.
-Hermanos…- dijo Abidemi apresuradamente. -Vulkan nos necesita.
TRES
PEQUEÑAS PERTURBACIONES
No debía ser así...
Magnus se paseaba por el interior de su pabellón, una enda de guerra de
techos altos con suelos de alfombras superpuestas, cuyos patrones
formaban una serie de espirales y diseños geométricos entrelazados. La
tela de seda del pabellón palpitaba al compás de los furiosos la dos del
Primarca, y con cada crujido de la tela se colaban zarcillos de nubes de
vapor y el lejano estruendo de las explosiones.
En un rincón del pabellón había un cristal de aspecto enloquecido,
colocado en un marco de madera de castaño lisa. Restaurado a par r de
piezas rotas como dagas de diamante, arrojaba re ejos dentados de los
tres guerreros reunidos en torno a la amplia mesa de mapas del Primarca.
Todos eran Corvidae: Ahriman; Menkaura y Amon. Las armaduras carmesí
brillaban y sus túnicas estampadas no se veían afectadas por el barro y la
ceniza de este mundo.
Todos eran guerreros leales, y cada uno era también un traidor a su
manera.
Sen an la ira que irradiaba Magnus en ondas palpables.
Temen mi venganza, que los culpe por el fracaso en Colossi.
Las paredes del pabellón estaban decoradas con imágenes enmarcadas en
latón de manuscritos que Magnus había recreado de memoria tras la
destrucción de las bibliotecas de Tizca: Los mejores soliloquios de
Shakespire, la úl ma página del Manuscrito Voynich, que se resis a a ser
escrita, y sus coplas favoritas extraídas de las obras de Khut-Nah, Laban y
Eltdown.
Todos los objetos del pabellón vibraban a un ritmo justo por debajo de su
punto de ruptura.
-Colossi debería haber caído- declaró Ahriman, receloso de la furia de su
padre gené co.
-Sí- suspiró Magnus. -Debería haber caído.
-Los Corvidae lo vieron- añadió Amon, acudiendo en ayuda de su
hermano. -Todos vimos el muro en llamas y la gran puerta reducida a
escoria fundida. El propio Ignis declaró que los números eran auspiciosos
y que el resultado era prác camente seguro.
Poco afecto quedaba entre el palafrenero de Magnus y su Bibliotecario
Jefe, por lo que el hecho de que Amon acudiera en ayuda de Ahriman era
una prueba de lo inesperado de este momento. Desde el regreso de
Ahriman con los fragmentos de alma dispersos de Magnus, su estrella
había ascendido entre la Legión, algo que Amon había susurrado
oscuramente en las escrituras profé cas que mantenía en secreto para sus
hermanos.
-La culpa no es sólo tuya- dijo Magnus, luchando por contener su ira. -Yo
también recorrí el eco futuro de la perdición de Colossi. Yo también vi
cómo los guerreros del Rey Pálido se adentraban en el crepúsculo. Creí
que habíamos hecho lo necesario. Y sin embargo, se mantuvo. El Khan y
Valdor se enfrentaron a nosotros hasta un sangriento punto muerto.
El Primarca clavó un dedo rojo en la hoja de papel encerado desenrollada
que se extendía sobre la mesa circular del mapa. Una vasta franja de la
región del Himalazia estaba representada con exquisita belleza y vivos
colores. En su centro estaba el contorno dibujado a mano del Palacio del
Emperador: una vasta aglomeración de enormes estructuras ar ciales
que formaban un con nente urbanizado extendido por las poderosas
cumbres de esta an gua erra. En la carta estaban grabadas fórmulas
retorcidas de incalculable complejidad, desglosadas hasta sus más
profundas verdades por los magi de la Legión.
Magnus dio un golpecito a una representación detallada de la Puerta
Colossi, con sus torres derribadas y sus muros rotos. Las llamas rojas y
doradas de la nta fresca parecían brillar en el papel.
Al contrario que el icono roto y contra todo pronós co, Colossi había
resis do.
Ni Perturabo ni Mortarion estaban al tanto de los designios de Magnus,
pero incluso el recién ascendido Señor de la Peste intuía que el éxito en la
Puerta de Colossi había tenido un mayor signi cado para su hermano, más
allá del evidente valor tác co.
¿Cómo se había mantenido?
Magnus no tenía una respuesta sa sfactoria para eso.
-La caída de Colossi fue el anuncio de la grieta en la guardia del Sanctum
Imperialis- dijo Magnus. -El Ángel Rojo se enfurece en su borde y
Mortarion maldice no poder cruzar su umbral. Mientras permanezca
intacta, la disformidad tomada no puede ir más lejos.
-¿Y usted, mi señor?- dijo Ahriman. -¿También te está vedado el umbral?
-Soy un ser numinoso de luz- dijo Magnus. -Mi cuerpo su l es un tejido de
carne rota y alma as llada, pero aún no está totalmente entregado a los
poderes inmateriales. Si Colossi hubiera caído, sí, podría haber asaltado
el corazón del Palacio, pero mientras esté en pie...
-Debería haber caído- dijo Amon.
-Se vio- dijo Ahriman.
-Se vio- coincidió Menkaura.
Solo entre los tres guerreros Corvidae, mantuvo su rostro inexpresivo,
encerrado en un yelmo plateado sin rasgos… como una armadura arcaica.
Su aura le susurraba acerca de advertencias ocultas, pero a Magnus no le
importaban las pequeñas traiciones, o los planes que había elaborado
desde la caída de Prospero.
El Primarca barrió con su dedo el Palacio mientras la imagen de Colossi se
restablecía en el mapa, sus torres se reconstruían y su puerta se reformaba
a par r de fragmentos fundidos para volver a ser un punto fuerte
endurecido. Hizo girar el dedo en sen do contrario a las agujas del reloj,
moviéndose gradualmente hacia el interior.
-El recinto de Khat Mandau, el bas ón de Bhab, la sala de Leng...
Aquí, se detuvo un momento, antes de con nuar.
-...el Inves ario, la Cúpula de la Iluminación, el Hegemon, la Biblioteca de
Clanium.
Su dedo se detuvo nalmente.
-El Salón del Trono- dijo Magnus. -El obje vo nal del Señor de la Guerra.
Todos oyeron el énfasis que puso en Señor de la Guerra.
-Pero nunca el nuestro- dijo Ahriman.
-Pero nunca el nuestro- con rmó Magnus. -De todos los premios que hay
que tomar en Terra, el más importante para mí es la arcología
subterránea donde se encuentra el úl mo fragmento de mi alma.
Una luz roja en espiral se elevó desde el papel, como una as lla de vidrio
as llada de un todo mayor. Magnus recordó sus primeras exploraciones de
Prospero, y la alta estatua de un gran pájaro abandonada en un sendero en
la cima de un acan lado sobre una ciudad muerta hacía empo.
Su caída y su rotura en fragmentos de cristal mul color le habían revelado
el funcionamiento secreto del Creador Primordial y le habían enseñado la
mecánica de lo que más tarde se conver ría en la Hermandad de los Mil
Hijos.
-Todas las cosas rotas se romperán según su propia forma y propósito-
dijo Magnus. -Mi alma, el Imperio, incluso esta guerra de Horus Lupercal.
Así que, en endan esto, hijos míos, lo que mi padre ene cau vo bajo Su
Palacio no es simplemente parte de mí, es lo mejor de mí.
-No te fallaremos de nuevo- a rmó Amon, llevándose una mano al pecho.
Magnus asin ó, apretando el puño mientras sen a que un temblor
comenzaba en la punta de sus dedos.
Se apartó de sus hijos y dijo: -Amon, Menkaura, vuelvan con sus guerreros
y formen círculos de mandalas alrededor del pabellón. Ahriman, quédate
conmigo. Volaremos el Gran Océano, tú y yo.
-Señor, ¿es eso prudente?- preguntó Ahriman. -Las mareas del Gran
Océano son turbulentas más allá de lo que hemos conocido. Los Nunca
Nacidos surgen y se enfurecen contra el velo. Si se les deja escapar, no les
importa si lo que matan es amigo o enemigo.
-Debemos- dijo Magnus. -Guilliman y el León se acercan cada día, y el
Palacio sigue en pie. Si hay una forma de entrar, sólo yo puedo
encontrarla, no importa lo que piense Perturabo. Ahora hagan lo que les
ordeno.
Amon y Menkaura saludaron y abandonaron el pabellón, y con su par da
Magnus dejó escapar un estremecedor aliento que no era aliento y sin ó la
aceleración de un corazón que no era corazón.
Se aferró al borde de la mesa de mapas mientras un espasmo de dolor lo
atravesaba.
-Señor, ¿qué ocurre?- preguntó Ahriman.
Magnus levantó una mano y dijo: -Mi padre forjó este cuerpo con ciencia
an gua, alquimias olvidadas y un pacto que ni siquiera Él pudo
comprender del todo, pero ya no estoy seguro de en qué me conver
después de que el Rey Lobo destrozara mi alma.
-Eres Magnus el Rojo, el Rey Carmesí- dijo Ahriman.
-Una vez quizás, pero sin la úl ma parte de mi alma soy algo más... y
también algo menos.
Magnus se apartó de la mesa del mapa y se puso delante del espejo roto.
-Diez millones de fragmentos de vidrio y lágrimas...- dijo Magnus.
-¿Señor?
-Lo rompí en Prospero cuando destruí mis aposentos en un ataque de ira.
¿Te acuerdas? Justo después de que volara a Terra con alas creadas en la
disformidad, pensando en adver r a mi padre de la traición del Señor de
la Guerra.
-Lo recuerdo- dijo Ahriman. -Fue el principio del n para nosotros.
Magnus negó con la cabeza. -No, nuestro nal comenzó mucho antes- dijo
con tristeza.
Extendió la mano y pasó un dedo rojo por las grietas del cristal.
-Siempre me burlaba de Angron por su pérdida de control, por su furia
bes al. Lo creía débil, pero cuando vi lo que había hecho, supe que no
era mejor que él. Pensaba tanto en mí mismo, que era infalible, que sabía
más que los demás.
-Entonces, ¿por qué lo guardas, mi señor?- preguntó Ahriman.
-Me gusta pensar que cada fragmento muestra una faceta de mi ser
interior- dijo. -Algunos los conozco muy bien, mientras que otros son
re ejos de rostros desconocidos. Algunos son nobles, otros maravillosos,
otros milagrosos. Y, perdóname, pero muchos son oscuros y terribles.
Su dedo llegó al centro del espejo, donde faltaba un trozo de cristal en
forma de lágrima.
-Pero siempre en el centro de la imagen está este... vacío.
Magnus miró el espejo y su re ejo as llado le devolvió la mirada.
Era alto, incluso entre sus hermanos Primarcas, con las carnes y músculos
rojos.
El pelo rojo le rodeaba la cara como la melena de un león, sujeto por un
yelmo de oro y mar l. Su armadura era de bronce con una coraza con
cuernos, que ondulaba con un brillo prometedor de colores como si
estuviera recién forjada. Sus largos pterugos (se re ere a la pieza decora va que cae
de la cintura de la armadura de los an guos soldados griegos y egipcios, nT) de la más na
piel hervida le llegaban hasta las rodillas, con tachuelas doradas y talladas
con escrituras esotéricas.
Su ojo solitario era un brillo de colores in nitamente variados y sin
nombre, engarzado en una piel del color del cobre fundido. Magnus alargó
la mano para tocar la piel arrugada que cubría el otro ojo.
-Con el más mínimo pensamiento, puedo cambiar mi apariencia y
volverme divino o mundano, bello o monstruoso, pero esto... esto no lo
cambiaré.
Levantó la mano de la cara y abrió los dedos.
El temblor empeoraba.
Si Ahriman lo vio, no dijo nada.
-Acompáñame, hijo mío- dijo Magnus, dirigiéndose al centro del pabellón
y sentándose con las piernas cruzadas sobre las alfombras en la
con uencia de sus espirales entrelazadas. Ahriman se colocó frente a él, y
Magnus ya podía sen r el poder de sus hijos uyendo hacia ellos mientras
formaban círculos de mandalas.
-Tienes razón, Ahzek, es sumamente peligroso volar por el Gran Océano
en este momento- dijo Magnus. -Pero me estoy quedando sin empo.
Miró hacia el cielo mientras el poder uía en él.
-Todos lo estamos.
***
Magnus se levantó de su ser sico con una facilidad negada a sus hijos.
Su carne ya se estaba transformando de material a inmaterial. A diferencia
de Ahriman, no necesitó ninguna enumeración para abrir la cerradura de
las cadenas que ataban el espíritu a la carne. La sensación de liberación era
embriagadora, como soportar una carga invisible en la escalada de una
montaña y desprenderse de ella en la cima para emprender el vuelo.
La erra se desprendió de él mientras su cuerpo su l se liberaba. El de
Ahriman le siguió, un cometa en espiral de fuego mar l. Liberado de su
carne, Magnus era un ser de energía pura, un ser de origen divino sin las
limitaciones de la carne. Ni el hambre ni la sed le preocupaban, ni los
límites del espacio y el empo le limitaban demasiado.
Para un ser como Magnus, todo el empo y el espacio eran suyos para
explorar.
Serán...
Magnus conocía bien los susurros de la disformidad, pero ni siquiera él
podía decir con seguridad si se trataba de alguna tentación de los Nunca
Nacidos o de su propia ambición jactanciosa.
Se elevó, llevado por estruendosas corrientes ascendentes de energía
psíquica.
Normalmente, el vuelo a través del Gran Océano se realizaba en la quietud
y la tranquilidad, pero la guerra bajo ellos estaba despidiendo violentas
tormentas de emociones en el éter. Los huracanes psíquicos se extendían
por todo el mundo, ampli cados por la locura, la ira y el horror que esta
guerra había desatado. Tempestades infernales de furiosa energía psíquica
hacían que el éter de Terra fuera como volar un Stormbird directamente
hacia el Ojo del Terror.
La mayoría de los mortales no sabía nada de esto, pero cada alma viviente
de Terra lo sen a en la oscuridad.
El terror y el dolor constantes de la lucha eran horribles, pero las visiones
que les asaltaban cuando cerraban los ojos eran mucho peores.
Más allá del dosel psíquico que protegía los recintos interiores del Palacio,
Magnus vio un remolino de formas fantasmales: los Nunca Nacidos daban
vueltas como cuervos carroñeros que an cipaban la matanza que se
avecinaba.
Cuernos, garras...
Demasiados ojos y mandíbulas demasiado anchas...
Ape tos insaciables...
Ahriman voló a su lado, su cuerpo de luz un ser puro y perfecto.
-Ardemos con demasiada intensidad, mi señor- dijo, señalando hacia las
estelas de monstruos engendrados por la disformidad que se elevaban
hacia ellos como tormentas de plasma que se elevan desde la corona de
una estrella: depredadores solitarios, enjambres de cazadores en manada y
huestes farfullantes de furia bruta.
Magnus sonrió y dijo: -No atenúo mi brillo por nadie, ni por ningún
hombre y mucho menos por los demonios.
Y con un pensamiento, se armó con su bastón heqa y un khopesh con una
hoja de bronce envuelta en fuego. Ahriman siguió el ejemplo de su padre y,
momentos después, también se vis ó con una armadura y se armó con su
bastón heqa negro como el carbón.
El enjambre se levantó hacia ellos en una marea hirviente de hambre
insensata.
-A por ellos- dijo Magnus.
Juntos, padre e hijo lucharon como uno solo, ardiendo con fuego y furia. La
luz del khopesh de Magnus cortó a los Nunca Nacidos, dispersando sus
esencias como la niebla ante un huracán. Más poderoso que el más terrible
de los demonios, giró y se lanzó entre ellos. Sin ó sus garras sobre él como
garras de hielo, incluso cuando los quemó con los rayos abrasadores de su
ojo y el fuego coruscante de su bastón.
Magnus tejió una red de destrucción a través de los Nunca Nacidos, y su
bastón, su espada y su poder no sólo los mataron, sino que los deshicieron.
Sus gritos eran las mosos, pero a Magnus no le importaba su disolución,
no pensaba más allá de su propio deseo de alcanzar y destruir.
Ahriman igualó su furia, una liberación catár ca para ambos tras el fracaso
en Colossi.
Al nal, salieron triunfantes, guerreros resplandecientes en medio de
trozos de luz enfermiza que se desvanecían al caer. Muy por debajo, los
sueños y pesadillas de los mortales se llenaban de visiones de ángeles
ardientes que destruían a los demonios, y dependiendo de qué lado del
muro lucharan, se elevaban o se hundían en la desesperación.
-Como es arriba, es abajo- dijo Magnus.
-Eso se sin ó bien- admi ó Ahriman.
Con el poder surgiendo entre ellos, maestro y alumno miraron la super cie
de Terra.
Por muy magní co que fuera el mapa del Palacio de Magnus, nada podía
hacer jus cia a la vista que se extendía ante él. Sólo las megacolmenas
bombardeadas de SudMerica se acercaban a la escala del Palacio, e incluso
éstas eran meras chabolas en comparación. Ni las arcologías subterráneas
de las Marianas ni las extensas ciudades depredadoras de la an gua
Kievan-Rus podrían igualar su escala.
-Es magní co- dijo Ahriman, con su forma aún desprendiendo chorros de
su furia de batalla.
-Lo es- dijo Magnus. -En una época anterior, antes de la llegada de las
grandes colmenas de Europa, estas montañas eran los picos más altos del
mundo y estaban cubiertos de nieve. Los autodenominados aventureros
trataban de conquistar sus elevadas alturas, y los buscadores de la
sabiduría esotérica sondeaban los secretos ocultos en la oscuridad bajo
ellas.
-Recuerdo que Lemuel Gaumon me dijo que había viajado aquí en busca
de una cura para la enfermedad de su esposa- dijo Ahriman.
-Es una pena que no encontrara lo que buscaba, pero ese camino le
condujo nalmente a nosotros, así que quizás no fue del todo una misión
estúpida.
-Me pregunto si Bödvar Bjarki lo mató en Nikaea- dijo Ahriman.
-Es más que probable. Menkaura ató un fragmento de mi alma a su
carne. Imagino que un faná co como Bjarki lo cortaría como male carum
tan pronto como par éramos.
Ahriman no contestó, pero las ondas de color que corrían por su aura le
indicaron a Magnus que la idea de la muerte del recordador le preocupaba,
y dejó de lado las preocupaciones por los mortales muertos hace empo
mientras observaba el terreno de abajo.
Las montañas del Himalazia ya no estaban cubiertas de nieve, sino que
eran de color negro y gris, con el corazón excavado por la industria y los
ancos reves dos de acero plateado para preparar el terreno para la
construcción del Palacio. Seguían siendo maravillosos, pero ahora esa
maravilla era brutalista y aún más melancólica por la belleza perdida que
habían poseído.
El Palacio atravesaba an guas fronteras de naciones, llenaba valles
enteros, ocupaba repisas de roca cepilladas donde antes se levantaban
montañas, y se acuclillaba en la super cie de Terra como un parásito en
constante crecimiento. A grandes rasgos, el circuito exterior del Muro de la
Eternidad se parecía al símbolo del in nito, una geometría que Magnus no
podía creer que fuera accidental. Intencional o no, el simbolismo de esa
forma perfecta había sido brutalmente desbaratado por los atacantes que
lo derribaban, piedra a piedra.
Tanto odio y destrucción... ¿Qué quedará cuando se acabe?
-Rogal Dorn ha obrado milagros en las defensas- dijo Ahriman.
-No esperaba menos de mi hermano.
-Es cierto, pero esperaba más del Señor de Guerra y de Perturabo- dijo
Ahriman.
-¿En qué sen do?- dijo Magnus. Ya sabía la respuesta, pero quería ver si
Ahriman había comprendido la realidad de la guerra de Horus Lupercal.
-Toda nuestra estrategia parece estar construida en torno a la idea de
abrirnos paso con la fuerza bruta y el desgaste- dijo Ahriman. -No veo
ninguna delicadeza ni estratagema de anqueo, ni ninguna ar maña para
convencer a los que están dentro de la traición. Ya ha costado mucho
llegar a la super cie de Terra... ¿cuánto más estará dispuesto a pagar el
Señor de la Guerra?
-En endes la verdad, Ahzek. El verdadero enemigo no son los muros del
Palacio, ni siquiera mis hermanos y sus guerreros en su interior- dijo
Magnus. -No, para todos nosotros, el enemigo es el empo. Las legiones
que aún son leales al Emperador están atravesando el vacío para volver al
lado de su amo. Si llegan a Terra antes de que el Emperador caiga,
entonces el día está perdido. Horus lo sabe, y por eso el Palacio debe ser
abierto a toda velocidad. Y si el costo de eso es la sangre de sus legiones
hermanas y sus seguidores mortales, entonces que así sea.
-Siguiendo tal estrategia, el vencido será borrado, y el vencedor poco
mejor- dijo Ahriman. -Quien gane esta guerra estará borracho y
tambaleándose, sus fuerzas reducidas a fantasmas.
-Esta guerra nos ha desangrado, Ahzek, nos ha desangrado mucho- dijo
Magnus, -pero seguimos siendo fuertes. Junto con los guerreros que
envié antes de que los perros de Russ cayeran sobre Prospero, la Legión
cuenta con poco más de nueve mil. Un número insigni cante según la
mayoría de los cálculos, pero un guerrero de la Decimoquinta vale por
diez o más de cualquier otro legionario. A diferencia de Horus, he sido
cuidadoso en la conservación de la sangre de mi Legión para un momento
como este.
-Espera, ¿estás sugiriendo lo que creo que estás sugiriendo?
-¿Qué crees que sugiero?
Los ojos de Ahriman se abrieron de par en par cuando las implicaciones de
las palabras no dichas de Magnus se hundieron.
-Que pretendes derrocar a quien nalmente reclame el trono de Terra y
tomarlo para ...
-¿Quién de mis hermanos es tan remotamente apto como yo para tal
posición?- exigió Magnus. -Horus ya ene tal rango de poderes robados
que arde de adentro hacia afuera y no lo ve. Perturabo podría haber
tenido alguna vez la imaginación para dar ese salto, pero se la han
quitado. Angron o Mortarion son señores sólo de cadáveres y gusanos, y
en cuanto a Konrad y Fulgrim, no son aptos para gobernarse a sí mismos,
y mucho menos a una galaxia.
Pudo ver que su hijo seguía asombrado por la idea, pero eso era de
esperar.
-¿Por eso volamos juntos?- preguntó Ahriman.
-Sé que suena fantás co, incluso traicionero- dijo Magnus. -Pero
considera esto: todos nos hemos cegado tanto con la idea de que Horus
Lupercal llevaría esta guerra hasta su conclusión, que ni siquiera se ha
considerado otra solución o resultado.
-Admito que no lo había contemplado.
-Por eso funcionará, Ahzek. Nadie verá venir el golpe.
-No hay otro que pueda gobernar Terra como tú- dijo Ahriman.
Magnus asin ó, complacido de que su mejor alumno hubiera visto la
verdad.
-Será glorioso- dijo Magnus. -Ahora, ven, volvamos al mundo de carne y
hueso, hay mucho que debemos poner en marcha.
Volaron de nuevo hacia la erra, atravesando turbulentas borrascas
psíquicas hasta que se hicieron visibles los picos individuales de las torres y
las fortalezas, sus cúpulas doradas y sus reductos con contrafuertes
iluminados por el resplandor de los impactos contra los escudos.
Magnus estaba a punto de permi r que el peso de su forma sica atrajera
su espíritu hacia el interior, cuando la voz de Ahriman lo detuvo.
-¡Señor!
Siguió el dedo señalador de Ahriman hacia un segmento de la muralla en la
esquina sureste del Sanctum Imperialis, una sección cercana a la
con uencia de la Muralla Adamant y el Hemisferio Occidental.
Al principio no estaba seguro de lo que veía, una línea retorcida de luz
dorada.
Tenue y casi invisible, pero descarnada frente a la resolución espectral del
Palacio.
Parpadeaba y desaparecía, como la imagen de un relámpago atrapado en
un picter.
-¿Qué es?- preguntó Ahriman.
Magnus estrechó su visión mientras intentaba jarlo en su si o, pero se
retorcía y bailaba ante él, negándose a ser inmovilizado. Extendió sus
sen dos etéricos y retrocedió al percibir el impresionante poder que había
detrás de la luz y se dio cuenta de lo que estaba viendo.
-Padre...- respiró Magnus, sin atreverse a creer que fuera real. -Te sientas
en tu trono, oculto tras tus protectores y escudos. Debería estar ciego a
tu presencia he estado ciego a tu poder desde que te re raste a tu
santuario, pero ahora veo lo que estaba buscando... Te veo...
-Mi señor, ¿es eso...?
-Esa luz es un susurro del poder del Emperador, un soplo de su presencia
que se ltra desde el interior del Palacio.
El aura de Ahriman oreció al comprender el signi cado de aquello.
-La grieta que hemos abierto en la sala de telaethesic- dijo Magnus. -
Nuestra entrada.
CUATRO
EL JUEGO DENTRO DEL JUEGO
Encastrado en su magní co Trono graví co, en un rincón del strategium,
el Señor del Hierro, parecía estar bañado por el fulgor parpadeante de sus
paneles pictográ cos. Sus sombríos rasgos, estaban cubiertos por el pálido
resplandor de las pantallas y su cuero cabelludo, estaba perforado con
cables y tachonado de implantes. Los ojos enmascarados, siempre en
movimiento, captaban las enormes can dades de datos, procesándolos y
coordinándolos con cada parpadeo. Ni siquiera el mayor Adepto del
Sacerdocio Marciano, podría igualar la velocidad de procesamiento
cogni vo de Perturabo en cues ones de guerra.
Todas las pantallas, parpadeaban a medida que las brutales imágenes,
pasaban con demasiada rapidez (lo su cientemente rápido, como para que
el ojo no perfeccionado, pudiera seguirlas): miles de actualizaciones de
diez mil enfrentamientos dis ntos en este frente de guerra y en cientos
más por todo el mundo. Sólo un puñado de seres en toda la historia de la
especie, podrían coordinar la batalla en tantos complejos escenarios de
guerra.
Los dedos de Perturabo (dedos de ar sta, diría Magnus) bailaban sobre
teclados háp cos invisibles y con cada pulsación, enviaba decenas de
órdenes, alteraba múl ples vías de avance, o ajustaba un centenar o más
de andanadas en empo real.
Observarlo, era ser tes go del trabajo de un autén co maestro artesano.
Más que cualquiera de sus hermanos artesanos, Perturabo había sido un
ar sta y un creador. Sí… Vulkan tenía su arte de la forja y Ferrus Manus, su
destreza con la tecnología, pero Perturabo… era un arquitecto de la
belleza, un soñador de cosas inimaginables para los demás.
Magnus, todavía recordaba maravillado el repositorio privado de
Perturabo, con las paredes de sus numerosas salas repletas de planos de
grandes teatros, impresionantes palacios forjados en acero y cristal,
ciudades, de tal magni cencia, que casi se equiparaban a Tizca en su
ambición.
El hecho de que muy pocos de estos proyectos se hubiesen realizado, era
una gran ofensa hacia su genio.
Que su maestría, se empleara ahora simplemente para destruir, era un
desperdicio de potencial que seguía sentando mal a Magnus, aunque
ahora mismo le sirviera para sus propósitos.
Tras ese pensamiento, sus ojos se dirigieron a Rompeforjas, el poderoso
mar llo de guerra, forjado por Fulgrim en la gran forja de Terrawa , del
Monte Narodnya. Inicialmente regalado a Ferrus Manus, había sido
entregado al Señor de la Guerra a su muerte y posteriormente, pasó a
manos de Perturabo. El Señor del Hierro, nalmente, modi có a su gusto el
mar llo, demasiado para disgusto del Fénix.
Unos gigantescos autómatas de combate, se pusieron en marcha para
enfrentarse a Magnus a medida que éste se aproximaba, el famoso Círculo
de Hierro de Perturabo. Sus pieles de metal bruñido, estaban ennegrecidas
por el hollín y llenas de marcas de impactos de proyec les y quemaduras
de láser, después de que una incursión inesperada de unos cazas pesados
Thunderbolt imperiales, consiguiera atravesar las defensas de la Ciudadela
de Hierro. Los cazas, habían lanzado un ataque desesperado y aunque
todos ellos habían sido derribados en el aire, dos de ellos, habían
conseguido ametrallar su posición antes de estrellar sus restos en llamas
contra su puesto de observación.
La cubierta de observación superior, había desaparecido, arrasada por el
ala de una de las derribadas aeronaves, por lo que el penúl mo nivel,
estaba abierto al cielo. La luz de las llamaradas y los potentes impactos, se
extendían sobre los vacilantes restos de los escudos de protección,
mientras las con agraciones petroquímicas quemaban el cielo en velos
estriados.
Los restos de unas retorcidas columnas, danzaban como los restos
destruidos del “Ifrit” en medio de los restos de la Flota Imperial, mientras
que las llamas se diver an en los restos de la Nave de Batalla (Batalla de Signus
Prime, atacada por demonios de Khorne contra la nave de Batalla Ifrit Nueve, nT).
Alrededor de este lugar, las Galerías de la Gloria Dorada (que una vez
albergaron grandes trofeos), eran ríos de oro brillante y sus ruinas
fundidas, eran como los primeros días de un mundo recién nacido.
Los monumentales torrentes de humo, daban al aire un sabor arenoso y
ácido y el constante crepitar de las detonaciones, atraía la mirada desde
cualquier dirección gracias a las brillantes explosiones de fósforo.
-Estoy ocupado, hermano- se oyó decir a Perturabo, an cipándose, antes
de que Magnus pudiera hablar.
Aquella brusquedad no era nada nuevo en el Señor del Hierro, así que
Magnus no se sin ó ofendido. Después de los fracasos de Saturnine y
Colossi, la presión a la que estaba siendo some do Perturabo por parte del
Señor de la Guerra, era inmensa y no hacía más que aumentar.
-No lo dudo, pero desearía que me concedieras un momento de tu
valioso empo- pidió amablemente Magnus.
-Se lo negaría a cualquiera de nuestros otros hermanos- dijo Perturabo,
bajando de su trono, -pero por ser tú, te concederé ese momento.
Magnus se volvió hacia la vista de destrucción que se extendía ante ellos.
-Navegando por los vientos etéreos del Gran Océano, es posible ver las
estructuras de asedio como algo abstracto…- comenzó a explicarle
Magnus a su Hermano. -…como si se tratase de un tablero esculpido en
una exposición, des nado a transmi r a los futuros historiadores, la
magnitud de unos acontecimientos ocurridos hace mucho empo.
Millones de personas están en guerra en Terra, arrastrándose por el
barro, el polvo y en medio de los cadáveres de sus homólogos, mientras
luchan entre ellos a muerte. Individualmente, sus muertes son
irrelevantes. Incluso sumadas no enen sen do, como no lo ene cada
gota de agua en un río de montaña. No obstante, esas gotas, siguen
horadando la montaña.
-¿Así es como quieres que pierda mi empo? ¿Oyendo tus metáforas?-
dijo agriamente Perturabo. -Aprende a frenar tu tendencia a la sobre
actuación, hermano. Tengo pendientes quince asaltos importantes, que
comenzarán en unos momentos.
Quince… auspicioso, pensó para sí mismo Magnus.
-Sólo quería decir, que la guerra, se ve diferente dentro de cada nivel- le
explicó Magnus. -Saturnine me enseñó eso.
-Querrás decir que Dorn, nos enseñó eso…- espetó cruelmente Perturabo.
Magnus no necesitaba una sensibilidad especial para ver cuán profunda
era la herida del Señor de Hierro, por el fracaso de Saturnine. La larga
guerra por la supremacía librada entre Perturabo y Rogal, se había
reducido a esta batalla, a este momento y Dorn (el guerrero más
singularmente falto de imaginación), de alguna manera, había logrado
superarlos a todos.
-Todos lo subes mamos…- repuso pesarosamente Magnus. -Obviamos
deliberadamente que su talento, se dispararía en respuesta a tu
genialidad.
-Ahórrate el bálsamo para mi ego, Magnus. Rogal vio a empo la
debilidad de su defensa… y sabiendo que yo ya la había visto, nos tendió
una trampa. Fue impresionante mente atrevido- re exionó febrilmente
Perturabo. -Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, habría pensado
que mi hermano era incapaz de una estratagema tan asombrosamente
arriesgada. Y dejar que el Muro de la Eternidad desaparezca.
-¿Crees que sacri có el espacio puerto y a todos los que estaban en él por
voluntad propia?- preguntó un asombrado Magnus.
-¡Por supuesto!- bramó Perturabo, mirándole como si fuera un tonto por
no comprender la audacia de la estratagema de su hermano. -¡Era la única
manera de convencerme de que no había visto la debilidad de Saturnine!
Si no lo odiara tanto, lo felicitaría por tan despiadada triquiñuela.
-Si hasta el es rado de Dorn puede sorprendernos…- dijo con gesto
apenado Magnus, -entonces… realmente estamos ante el n de los
empos.
Perturabo se encogió de hombros, mientras las placas de su armadura
chirriaban contra el cableado de su cráneo.
-Nos han superado, eso es lo que pasa. Pero lo único que ganó nuestro
hermano fue un breve paréntesis. Abriré el Palacio, ese resultado es
seguro. La única cues ón es cuánto empo llevará- a rmó Perturabo, con
un despiadado brillo en su mirada.
-Una cues ón importante, dado el paradero desconocido de Roboute y
del León...- apuntó Magnus.
-Soy muy consciente de que el empo corre en nuestra contra. Así que, a
menos que tengas información nueva, o el poder de ralen zar el empo,
déjame volver al trabajo- le dijo duramente Perturabo a Magnus.
Magnus hizo un gesto hacia el trono graví co de Perturabo y dijo: -
Hablando de los nuevos ataques que planeas… ¿uno de ellos será contra
el Hemisferio Occidental?
-Efec vamente…- corroboró Perturabo. -Un asalto de inmovilización.
Lanzaré tropas contra él y así Dorn deberá defenderlo. Mientras están
comprome dos en el Hemisferio Occidental y en una docena de otros
frentes, los verdaderos golpes caerán en otra parte. Y no me preguntes
dónde, no te lo diré.
-¿Es que no con as en mí, Hermano?- preguntó sarcás camente Magnus.
Los ojos del Señor de Hierro se entrecerraron, como si tratara de decidir si
la pregunta era seria.
-Siempre enes planes en mente, Magnus- le reprochó Perturabo. -
Trajiste a tu Legión a Terra, con un obje vo que no está alineado con el
del Señor de la Guerra. No trataré de entender a qué estás jugando en
secreto, pero sé que has mantenido a tus guerreros alejados de todos los
combates importantes, tanteando los muros como si fueras un animal
enjaulado, que prueba los límites de su cau verio.
-Tienes razón…- admi ó Magnus, rodeando el Trono Graví co de
Perturabo y sus parpadeantes pizarras. -Pero en este momento, tus
obje vos, los míos y los de Horus están en perfecta sincronía.
-Entonces, ¿qué es lo que quieres de mí? Y habla claramente por una vez-
lo amenazó Perturabo, visiblemente alterado.
-¿Y si pudieras convencer a Dorn, o a sus consejeros de que el ataque al
Hemisferio Occidental es algo más importante, digamos… colocando a los
Mil Hijos en el orden de batalla como hiciste con el Fénix y la Tercera, en
la Muralla Saturnine?- le sugirió Magnus.
Perturabo volvió a subir a su trono elevador y las pizarras pictóricas
reanudaron su ciclo ultrarrápido de frentes de guerra.
-¿Cuál sería el obje vo? El obje vo, es convencer a los defensores de que
cualquier ataque, podría suponer un golpe mortal. Enfa zar demasiado
uno sobre otro, frustra ese obje vo- le aclaró el Primarca de los Guerreros
de Hierro.
-A menos, que crean que el ataque al Hemisferio Occidental es el
principal… y desvíen fuerzas adicionales a su defensa. Si Dorn debe enviar
refuerzos a todas partes, será débil en todas partes- elucubró el Primarca
de los Mil Hijos.
-No sabes lo que estás pidiéndome. Nuestras fuerzas están
comprome das ahora: desplegadas, abastecidas y ya en movimiento. Tú,
más que la mayoría, deberías entender que los pequeños desequilibrios
en un frente tendrán un efecto mayor en otro- admi ó Perturabo
sacudiendo la cabeza. -Pero si deseas comprometer tus fuerzas en el
asalto al Hemisferio Occidental, lo permi ré. Envíame tu orden de batalla
y lo tendré en cuenta en mis cálculos, pero no complaceré tus
sen mientos ni tu necesidad de resarcirte.
-¿Es por eso que crees que pregunto?- preguntó Magnus irónicamente.
-¿No es así?- quiso saber Perturabo, echándole una mirada de soslayo.
-Tal vez… un poco- admi ó Magnus sonriendo.
***
Dos días después de haber ido a buscarla a los campos de refugiados,
Hassan condujo a Alivia a una vieja galería iluminada por velas, dentro de
una torre de vigilancia en lo alto de las afueras de Hegemon, donde el
fragor de la guerra y el estruendo de los combates en curso, se atenuaban.
Un lugar aislado, que tenía el aspecto de una capilla, envuelta en recuerdos
y viejas oraciones. Alivia sin ó frío, como si algo terrible hubiera sucedido
aquí alguna vez y su recuerdo, se hubiera ltrado entre las ásperas paredes
talladas con bajorrelieves, para nunca ser olvidado. Una larga mesa de
madera, irregularmente manchada de laca, recorría la longitud de la
galería, tallada en una única y enorme plancha de madera oscura.
-Siéntate, por favor…- la invitó Hassan, acercando una silla para ella.
Alivia tomó asiento y apoyó las palmas de las manos en la mesa. La madera
era lisa, el barrido de las vetas era reconfortante mente natural. Hassan
salió por la puerta por la que habían entrado, y ¿fue sólo su imaginación o
vio una mirada de lás ma en sus ojos?
Una docena de asientos rodeaban la mesa, pero sólo la mitad estaban
ocupados: Tres seres de escala mortal y tres de proporciones
Transhumanas.
Malcador, estaba sentado a la cabeza de la mesa, con un aspecto tan frágil,
como el de cualquiera de los ancianos de mejillas hundidas que exhalan
sus úl mos suspiros en los cementerios. La túnica de su cargo, colgaba
suelta sobre su armazón de huesos y aquellos dedos que sostenían su
báculo con forma de águila, le recordaban a Alivia a las an guas imágenes
de una letal Parca, agarrando su guadaña de forma descarnada.
-Hola, Alivia- la saludó Malcador, mientras la fuerza de su voz contradecía
su apariencia.
En realidad, así era Malcador: men ras envueltas en falsedades sobre las
que se asentaban otras men ras.
-Con o en que tu familia esté bien situada ahora- dijo Malcador.
Ella asin ó, pero no respondió. En cambio, estudió a los demás alrededor
de la mesa.
Los tres Astartes, eran claramente de la VI Legión: ejecutores con la piel
cur da por el hielo, con aquellas aceradas barbas trenzadas y su armadura
azul de invierno.
La miraban como una manada de hambrientas bes as, discu endo sin
palabras la mejor manera de despedazarla. De todos los Marines
Espaciales leales que Alivia había conocido, los que menos le gustaban,
eran los Lobos Espaciales.
Los dos acompañantes de Malcador eran desconocidos para ella.
La primera era una mujer con armadura de bronce... o al menos eso
suponía Alivia. Era di cil estar segura. Sus manos enguantadas, golpeaban
inquietas sobre la mesa y ya fuera por la luz de las velas, o por el juego de
sombras en torno a su rostro enmascarado, Alivia no lograba enfocar sus
rasgos, como si sus ojos se negaran a permanecer quietos y siguieran
deslizándose.
Una de las Hermanas sin Alma... recordó instantáneamente Alivia.
Alivia le hizo una pregunta, mientras sus dedos actuaban con len tud,
esforzándose por recordar el lenguaje de la Hermandad Silenciosa.
La mujer pareció sorprendida de que se dirigieran a ella, pero pronto
superó su sorpresa para proporcionarle una respuesta: “Hermana
Vigilante Challis Vedia”.
Frente a Vedia, había un hombre poco llama vo, ves do con las
tradicionales túnicas vaporosas de Afrique. Su piel era oscura pero
cenicienta, y sus ojos, hablaban de un sufrimiento y una culpa, que aún se
cocinaban a fuego lento: emociones peligrosas que podían inclinarse
fácilmente hacia la venganza. Su brazo izquierdo era una prótesis, una obra
de alta tecnología con un brillo negro.
-¿Y usted? ¿Quién es usted?- quiso saber Alivia.
Los ojos del hombre se dirigieron a Malcador, que asin ó con un suave
movimiento de cabeza.
-Mi nombre es Promeus- respondió aquel hombre.
-Pero ese no es el que te dio tu madre, ¿verdad? No empecemos con una
men ra, ¿de acuerdo?- le advir ó Alivia, entrecerrando los ojos.
-Mi nombre de pila, era Lemuel Gaumon. Tomé este nombre, en honor a
un guerrero caído del Emperador…- se confesó el hombre.
Ella vio cómo los Marines Espaciales se irritaron ante ese comentario.
-¿Por qué están ellos aquí?- le preguntó, haciendo un gesto hacia los
Lobos. -Las úl mas no cias recibidas, nos a rman que los guerreros de
Fenris están tratando de llegar a Terra. ¿Han llegado ya?
-Este es la manada de vigilancia de Bödvar Bjarki- le aclaró Promeus.
-Puedo hablar por mí mismo, hechicero del Des no… (wyrd-wraith en el original,
nT)- dijo abruptamente el guerrero (que claramente se veía que era el líder
de la escuadra), un gigante con la cara tatuada y una armadura decorada
con fe ches. Incluso a través de su densa barba, Alivia podía ver el re ejo
de las velas brillando en los bordes de sus colmillos.
Este ser es poderoso… se dijo Alivia a sí misma.
-Soy Bödvar Bjarki del Rout, Sacerdote Rúnico del Tra- se presentó el
guerrero barbudo.
Golpeó con fuerza el hombro del guerrero que tenía a su derecha, un
salvaje de largas extremidades cuyo cráneo era una pesadilla de bronce
chapado y cicatrices producidas por las quemaduras. Uno de sus ojos, era
un augmé co azul, el otro lechoso y descentrado, como si se hubiera
derre do en su cara.
-Este es Svafnir Rackwulf, Hacedor de A icciones del Tra- siguió hablando
Bjarki.
-El mejor lanzador de arpones de los Varangai- se ufanó Rackwulf, con
palabras que sonaban arrastradas y húmedas. -…y asesino de traidores.
A Alivia no le gustó el énfasis que puso en lo de “traidores”, ni la forma en
que apretaba la larga lanza que sostenía: La mitad de su longitud, estaba
cubierta de púas de hueso y a pesar de que tenía el ojo arruinado, Alivia no
dudaba de que fuera tan preciso con ella como antes de su “accidente”. Su
mango negro, parecía absorber la luz y Alivia, sin ó una aversión ins n va
hacia él.
Eso debe de ser un arma nula supuso Alivia.
-Y éste de aquí…- dijo Bjarki, con un ladrido de diversión, -es Olgyr
Widdowsyn, de Balt. Es nuestro Portador del Escudo… y niñera cuando
estamos enfermos.
-Ja…- dijo Widdowsyn, un guerrero corpulento con cara de pendenciero,
enfundado en una armadura que parecía demasiado pequeña para su
volumen de Astartes. -Ajusté un hueso roto y de repente… soy
Apotecario.
Alivia ignoró sus bromas, sabiendo que no eran más que un montaje, una
forma de conseguir que rebajara sus expecta vas sobre su astucia, de
subes marlos. Ya había conocido a los lobos y no volvería a cometer
semejante error.
-Los han llamado manada de vigilancia…- dijo Alivia sorprendida. -¿Y qué
es lo que vigilan?
-El Male carum…- escupió soezmente Bjarki. -Vigilamos la traición al más
alto nivel. Nuestras manadas, eran los leales guardaespaldas de los hijos
del Padre de Todos y si su des no (wyrd en el original, nT) era romper el
juramento, también debíamos servir como sus verdugos.
-¿De verdad? Me imagino lo bien que les pareció eso a los Primarcas- se
rió Alivia.
-Ya te puedes imaginar lo poco que le importa al Rout- espetó Bjarki con
gesto indiferente.
Alivia volvió a mirar hacia la puerta y dijo: -No sé si te has dado cuenta de
la lucha que hay fuera, pero no parece que tus jaurías, hayan hecho un
buen trabajo.
Sus colmillos comenzaron a mostrarse y Alivia, sin ó que el aire de la
habitación se espesaba, con un hedor caliente y animal. Tanto Vedia como
Promeus, recularon ante este acto de desa o, pero Alivia… ya había mirado
antes jamente a los ojos asesinos del Primarca Horus, por lo que su tu llo
a depredador, no le causaba ningún temor.
-¿Y tú, mujer?- dijo Bjarki, inclinándose y apoyando los codos en la mesa,
dirigiendo la pregunta a Malcador tanto como a ella. -¿Quién eres tú?
-¿Yo? Soy Alivia Sureka- contestó Alivia alegremente. -No soy nadie y no
tengo ni la más mínima idea de por qué demonios estoy aquí.
-¡Fenrys Hjolda! Una mujer cuyo hilo del des no, está tejido con más
hilos que las cuerdas que atan las grandes velas del barco de los Dragones
del Abuelo, ¡dice que no es nadie! ¿Quién miente ahora?- volvió a reírse
Bjarki, agitando un dedo acusador. -Su hilo es tan largo, que se ex ende
hacia la oscuridad, como un ancla en el más profundo abismo del océano.
Pero sepa esto, Señora Sureka… me temo que se acerca a su n.
-Si supieras cuántas veces he deseado que eso fuera cierto…- suspiró ella,
volviéndose hacia Malcador.
El anciano, era una sombra de lo que había sido, pero Alivia sabía que no
debía tomarse al pie de la letra todo lo que el anciano mostraba al mundo.
El Sigilita, era la personi cación misma de las palabras del Primer Señor de
la Guerra…
Cuando más fuerte seas, aparenta ser débil, se acordó Alivia.
Pero incluso cuando se le ocurrió ese pensamiento, algo le dijo que tal vez
aquí, al nal, ésta era la verdadera cara de Malcador. A pesar de todo su
glamour, sus engaños y sus estratagemas, esto era lo que realmente era:
un anciano sin nada más que ofrecer.
-¿Qué dices, Sigillita?- ladró Bjarki. -Te trajimos a Promeus y su
conocimiento acerca de la búsqueda del Rey Carmesí. El empo de las
manadas de vigilancia, ha terminado. Libéranos de nuestros juramentos y
danos permiso para unirnos a nuestros hermanos en las murallas.
-Todavía no…- dijo Malcador.
Bjarki apuntó vagamente con un dedo acusador en dirección a Vedia y dijo:
-Entonces, dime por qué nos reunimos en este lugar secreto, con alguien
que me impide ver el camino.
Malcador asin ó y dijo: -Tengo una úl ma tarea que pedirte.
-¡Y ahí está! Siempre hay una tarea más. Nunca termina, hasta que le das
la espalda y te vas- exclamó Alivia golpeando los nudillos sobre la mesa,
mientras negaba con la cabeza.
-Sin embargo, aquí estás, Alivia…- dijo sarcás camente Malcador. -Cada
paso que diste en el camino para alejarte de Terra, te ha traído de vuelta
aquí. Aquí es donde deberías estar. Sabes que Él te necesita, pero yo te
necesito mucho más.
-¿Por qué?- quiso saber Alivia.
-Porque te necesito para salvar al Emperador- dijo rotundamente
Malcador.
Alivia quiso reírse, pero vio que Malcador estaba muy serio.
-Sé que hace empo que no piso Terra, así que puede que las cosas hayan
cambiado, pero... ¿no es ese el trabajo de los Custodes?- inquirió
intrigada Alivia.
-Nunca jamás aceptarían lo que yo voy a pedirte…- dijo sombríamente
Malcador. -De ahí, la presencia de la señora Vedia. Constan n y sus
Custodes, no pueden saber lo que se está planeando… o nos ejecutarían
a todos, incluso a mí.
Los dedos de la Hermana del Silencio, se movieron, mostrando un gesto de
frustración: “Los secretos y las men ras son los que nos han llevado a
este momento”.
Malcador al menos tuvo la decencia de parecer avergonzado.
-Todos debemos llevar nuestras cargas, Hermana, pero sepa que la Suya,
es la mayor de todas…- le confesó Malcador. -Y las palabras que voy a
decir, vienen directamente de Él.
-¿Cómo seremos capaces de salvar al Todopoderoso, si somos tan pocos?-
dijo Bjarki.
Malcador trazó una silueta en forma de ocho, cada vez más pequeña, en el
tablero de la mesa.
-Todos, han visto lo que hay más allá de los muros… y conocen la hueste a
la que nos enfrentamos- dijo Malcador con tono lúgubre. -En el fondo,
todos reconocen la verdad ineludible de que no podemos ganar esta
lucha.
Malcador se cayó un momento, echando un vistazo a los allí presentes,
antes de con nuar.
-Horus, ene un suministro prác camente in nito de tropas y maquinaria
de guerra que puede lanzar contra nosotros, mientras que nuestros
recursos, se agotan cada día. Los números no mienten: no podemos
resis r con las fuerzas que nos quedan. Puede tardar semanas o incluso
meses, pero Terra caerá- nalizó apesadumbrada mente su discurso el
Regente de Terra.
Un pronunciamiento tan derro sta, hecho con tanta rotundidad, les
impactó a todos, incluso a los Astartes.
-Guilliman y el León estarán aquí en cualquier momento- aseguró
vehementemente Promeus. -Eso, es lo que los informes nos dicen. ¿Es eso
una... men ra? ¿Estamos solos...?
-Creemos, que están intentando llegar hasta nosotros, sí, pero no llegarán
a empo para salvarnos. Si las cosas siguen así, cualquier fuerza de
emergencia llegará a Terra sólo para encontrar a Horus como el dueño de
nuestros huesos y cenizas- declaró el Sigilita. Malcador, hizo una pausa y
respiró con desgana. -Pero el des no, ha considerado oportuno
brindarnos una oportunidad, la más mínima, pero una oportunidad al n
y al cabo.
-¿Una oportunidad para qué?- preguntó Alivia, temerosa de la respuesta.
-Para privar al enemigo de una de sus armas más potentes- le con rmó el
Sigilita.
-¿Y cómo lo haremos?- preguntó Alivia.
-Con la redención…- dijo Malcador. -…Y con el perdón.
Antes de que Alivia pudiera preguntar algo más, Promeus soltó un grito de
dolor, inclinándose sobre la mesa y agarrándose el pecho, como si le
estuviera dando un ataque al corazón. Sus rasgos, ya pálidos, se volvieron
cenicientos y sus ojos se abrieron de par en par por el miedo.
-¡Está aquí…!- aulló Promeus. -Puedo sen rlo...
-¿Quién está aquí?- preguntó Alivia preocupada.
-¡Él!- gritó Promeus. -¡Oh, por el Trono, siento las secuelas de su furia
dentro de mí todavía!
La sangre, llenó el ojo izquierdo de Promeus y lágrimas rojas, se
derramaron para correr por su mejilla.
-¿Pero Quién?- preguntó desconcertada Alivia.
-¡El Rey Carmesí!- gritó Promeus. -¡Está aquí!
LIBRO DOS
HEMISFERIO OCCIDENTAL
CINCO
LAS OPORTUNIDADES SE MULTIPLICAN
El asalto al Hemisferio Occidental comenzó con un bombardeo.
En épocas anteriores, habría sido registrado por los historiadores como
algo monumental: el mayor despliegue de cañones pesados de asedio de la
historia; la mayor fuerza explosiva empleada en una batalla; la mayor
concentración de bombardeos jamás vista.
En realidad, fue uno de los duelos de ar llería más discretos de la época.
Los cañones más pesados, montados sobre raíles jos y tripulados por
gigantes con ojos de cristal, lanzaron ojivas de penetración desde
reves dos llenos de humo mientras las baterías de obuses móviles
avanzaban por trincheras zigzagueantes del tamaño de cañones oceánicos
profundos. Cientos de lanzadores múl ples lanzaban mil misiles al cielo
cada segundo.
Enormes bombardas avanzaban detrás de behemoths reptantes equipados
con glacis angulados, lanzando esferas tánicas cargadas de explosivos
volá les de combus ble-aire. Los misiles Phosphex y los proyec les
Napthek abrasaron el suelo hasta conver rlo en cristal y prendieron fuego
a las instalaciones imperiales. Los ujos de disparos abrasadores azotaron
las murallas y los baluartes exteriores con chorros de acero de alta
velocidad y de láser.
El humo y los vapores espesaban el aire, el estruendo de las detonaciones
y los lanzamientos era casi imposible de separar. Los gritos de los
moribundos no se oían mientras la erra se estremecía con la violencia de
sus golpes.
El fuego del contraataque imperial no fue menos feroz.
Con sus cañones a ro, las zonas de muerte marcadas y los ar lleros
puestos al máximo nivel, el fuego de retorno cas gaba a los traidores por
cada metro que avanzaban. Los lanzaminas sembraron el suelo con cargas
de fusión ante aquellas plataformas blindadas que avanzaban y eso, unido
al mortal y preciso fuego de respuesta, convir ó las trincheras en un
in erno de combus ble quemado y carne chamuscada.
Las detonaciones secundarias abrieron las trincheras y las dejaron al
descubierto ante el fuego envolvente. Los cuerpos estaban aplastados
contra ellos, y los muros de carne destrozados ofrecieron escudos de carne
literales para cubrir a los posteriores destacamentos en marcha.
La magistral ubicación de Rogal Dorn de los reductos, des laderos y
puestos de combate no permi a a los atacantes avanzar a cubierto. El
despiadado fuego de pastoreo cortó las las de los traidores que se
agrupaban detrás de las imponentes barreras que protegían la ar llería.
Los avances vacilaron cuando las líneas del frente sufrieron un espasmo de
bajas, y luego siguieron adelante cuando los amos del lá go y los rebuznos
de los cuernos de guerra condujeron a la hueste hacia las murallas.
Los soldados enmascarados que portaban estandartes profanos fueron
segados por los proyec les que estallaban en sus las con el acero al rojo
vivo. Regimientos enteros fueron borrados en un abrir y cerrar de ojos,
matanzas al por mayor ignoradas mientras las tropas siguientes marchaban
sobre los huesos destrozados y la carne desgarrada de sus compañeros.
Cohortes de aullantes Caballeros atravesaron la hueste, saltando entre las
ruinas y desatando torrentes de fuego a cada paso. Detrás de ellos, los
Reavers de la Legio Magna, envueltos en humo, y un Warlord de la Legio
Tempestus, acechaban como depredadores superiores que esperaban a
que se descubriera el blando vientre del enemigo antes de atacar.
Los abhumanos, enloquecidos por el dolor, cargaron contra los reductos
más externos, atravesando zanjas minadas y subiendo por muros casi
ver cales. Eran seres bes ales con pieles marcadas y cuernos rizados
enfundados en latón. Los disparos asesinos los desollaban desde todos los
lados, y sólo un puñado sobrevivía para llegar a las murallas, pero eso era a
menudo su ciente para destrozar a sus defensores.
A medida que cada reducto era abandonado o tomado por asalto, su
retaguardia abierta no daba tregua al enemigo. Los ar lleros que vigilaban
en los búnkeres y cajas de armas reves das desollaron a las bes as con
fuego de corchetes, y cuando estuvieron muertas, nuevos destacamentos
imperiales salieron para tomar su posición en los muros manchados de
sangre.
Los escuadrones de blindados traidores intentaron avanzar a través de las
ruinas humeantes, pero rápidamente quedaron empantanados en el barro.
Las tripulaciones de los vehículos lucharon por liberarlos mientras el fuego
acosador salía de las proyecciones y de las torretas, mientras se hacía uso
de más ar llería. Poco a poco, el espacio entre las dos fuerzas enfrentadas
se redujo, una zona de muerte donde nada podía levantar la cabeza sin ser
cortado.
La carnicería era inhumana, miles de vidas gastadas sin pensar en el precio
de la sangre que se pagaba cada segundo. Asediar un emplazamiento
fuertemente defendido era la más brutal e indiferente de las muchas
encarnaciones de la guerra, y ésta era su manifestación más extrema. La
sangrienta aritmé ca del combate era inquebrantable, y se u lizaban todas
las ventajas que pudiera reunir un defensor para negar, retrasar y destruir
la aproximación del enemigo.
Pero no sería su ciente, nunca podría ser su ciente.
Los cálculos iniciales de Rogal Dorn se habían hecho con proyecciones
es madas del número de enemigos que eran lamentablemente
conservadoras, y suponían puntos de ruptura del valor. Pero todas las
variables de estas ecuaciones quedaron anuladas por una furia feroz que
ningún plani cador imperial podría haber previsto, un nivel de locura
incomprensible.
Llevó a los atacantes hacia los dientes de los cañones imperiales sin pensar
en su supervivencia.
Demostró que tenían más miedo de sus amos que del enemigo.
Pero incluso si el Pretoriano de Terra hubiera aceptado las es maciones
más extravagantes de la capacidad y la determinación de los soldados
enemigos ante una muerte casi segura, había una variable que ni él ni su
personal de mando podrían haber tenido en cuenta.
Los brujos de los Mil Hijos.
***
Se sen a como sus guerras de antaño.
Compañeros trabajando juntos, sus poderes aleados a un propósito. La
élite de los Escarabajos de Ahriman seguía la estela de monstruos de color
arco iris con pelaje enmarañado y cuernos bifurcados que chispeaban con
corposante. Los cul stas Pyrae encendieron los velos colgantes de aire
impregnado de fyceline, y los adeptos Raptora los barrieron hacia adelante
en cor nas ardientes de fuego danzante.
Los Athanaean se adentraron en el éter para retorcer las percepciones de
los hombres y mujeres de la muralla que contemplaban este espectáculo,
convir endo las llamas en fauces aullantes que gritaban horrores únicos
para cada mente.
Tal era el volumen de destrucción, que los transportes más colosalmente
pesados se vieron obligados a liderar el camino. Los leviatanes y el
profanado Capitol Imperialis (vehículo oruga superpesado u lizado a menudo por la
Guardia Imperial, como base de mando móvil para el despliegue y organización de varios
aplastaron lo que semanas de bombardeos de ar llería no
regimientos ,nT)
habían hecho, aba endo los restos tánicos de las ruinas destrozadas por
los proyec les para que los transportes más pequeños los siguieran.
Manteniéndose agachado, Ahriman guio a su grupo a través de las
trincheras de tres metros de profundidad de roca triturada talladas por las
huellas de Khasisatra, un Capitol Imperialis de clase Monolith, mientras se
abría paso hacia los muros del Palacio.
Los cañones de batalla ardían en su parte superior y cada vein siete
minutos se disparaba su macrocañón axial. Cuando lo hacía, todos los
guerreros mortales en un radio de quinientos metros debían apartarse,
taparse los oídos y abrir la boca para evitar que el impulso de choque de
sus disparos les colapsara los pulmones y les hiciera polvo los órganos
internos.
Los disparos de las armas láser se dispararon por encima, mientras el polvo
y los fragmentos de roca caían en la trinchera.
Las sombras se es raron y se hincharon, se retorcían y bailaban alrededor
de los fuegos. El sabor aceitoso de la grasa rancia y la presión rasposa en
sus sen dos etéricos le dijeron a Ahriman que no todas esas sombras eran
naturales.
La crepitante luz dorada que él y Magnus habían visto cuando volaban por
el Gran Océano seguía allí, tan tenue y tan frágil. Ahriman no se atrevía a
detenerse en ella, por miedo a que reconocerla en este reino de lo
mundano alertara a los defensores de su presencia.
Se sen a como un picor que no podía rascar, una presencia que sólo era
percep ble al no buscarla. Pero estaba ahí y aún podía abrirse.
La interminable marea de Nunca Nacidos (Demonios, Neverborn en el original, nT)
también podía sen rla... Samus, Oholoxene, Vhargal, Cor'bax, Ur-nephre, y
muchos más.
Tantos nombres, tantos secretos que sacar de sus mentes inmortales.
Podía sen rlos arañando las paredes de la realidad, frené cos y
enloquecidos por el derramamiento de sangre que envolvía al Mundo
Trono. El velo estaba perforado en miles de lugares, lo que permi a que los
demonios vomitaran sobre la super cie del mundo en impensadas
manadas de garras y colmillos. Pero aquí, tan cerca del escudo teletésico,
seguían sin poder acceder a los recintos interiores del Palacio.
Nada verdaderamente demoniaco podía manifestarse dentro de esa umbra
psíquica.
Pero la presión aumentaba, y pronto el escudo del Emperador se haría
añicos.
-¿Sabes a qué me recuerda esto?- dijo Ahriman, volviéndose para mirar
por encima de su hombro el suelo aplastado detrás de los leviatanes que
avanzaban. Un centenar de legionarios le seguían por la zanja excavada,
junto con cinco mil soldados mortales de color ocre y negro que portaban
gar os y escaleras de mano.
Todos los vehículos gigantescos contaban con un séquito similar.
-No lo se- respondió Atrahasis, su nuevo ayudante. -No soy Athanaean.
Atrahasis era un adepto Raptora un buen representante de todo el
desparpajo de esa Hermandad.
El rojo perlado y el mar l de la armadura del guerrero brillaban, sin que
una sola mota de polvo o humo manchara su bruñida placa. La perfección
de su forma hizo que Ahriman recordara a Hathor Maat, y el rostro de su
an guo hermano pasó por sus ojos.
Apartó de su mente el recuerdo del adepto Pavoni caído.
No, no caído. Sacri cado. Por mi mano, recordó amargamente Ahriman.
-¿Qué te recuerda?- dijo Atrahasis cuando Ahriman no con nuó.
-Ullanor- dijo Ahriman al n. -Cuando las otas geoformadoras arrasaron
un con nente entero por la vanidad de un hombre. Se nos dijo que era
para honrarnos, pero en realidad fue para Él, un bálsamo narcisista para
su ego, el saber que poseía tantos legionarios para poder mandar.
-Fue entonces cuando se alejó de la cruzada- señaló Atrahasis. -Pasó el
mando de sus huestes al Señor de la Guerra.
-Porque el trabajo de la cruzada se había vuelto tedioso para Él- dijo
Ahriman. -Los días de gloria de sus primeras décadas habían pasado hace
mucho empo, todo lo que quedaba era la ru na nal hasta el nal. Por
eso se alejó. La elevación de Horus fue simbólica, nada más. El
Emperador había terminado con nosotros, y sólo buscaba volver a su
úl mo empeño.
Un aullido de sirenas sonó en la parte superior del Khasisatra y una
creciente presión de furia interna se acumuló en lo más profundo de su
casco blindado. Los enormes escudos del motor de guerra crepitaron al
retraerse las aspas del cañón y los obturadores de la explosión
descendieron. Los engranajes de sujeción se cerraron con fuerza junto a
sus imponentes ruedas mientras el macro cañón preparaba para disparar.
+Arrodíllate+ ordenó Ahriman, enviando su orden psíquicamente. +Y
apuntala+
Se echó al suelo mientras el humo y la niebla que envolvían la parte
superior del Hemisferio Occidental se separaban por un instante,
revelando murallas con dientes de sierra que parpadeaban con las
llamaradas y las detonaciones. Sobre ellos estallaron arcos de proyec les,
la mayoría de los cuales detonaron contra la égida o fueron lanzados desde
el aire por las torretas de defensa cercanas a la muralla. Algunos
impactaron y licuaron el parapeto con las llamas, enviando cascadas de
escombros y cuerpos por sus laderas.
Ahriman observó el juego de luces, hermoso a su manera, viendo patrones
y signi cado en sus interacciones. La respiración se le aceleró en la
garganta, el corazón le la a con fuerza, ya que la visión que se agolpaba en
su mente era una que sabía que no estaba viendo con sus ojos.
Ésta era la bendición y la maldición de los Corvidae: ver presagios en todo,
escuchar los ecos del futuro y sen r la emoción de su paso antes de
empo. Una puñalada etérea en el corazón le hizo levantar la vista con
repen na aprensión al escuchar un sonido como el de un relámpago.
Probó el calor volcánico de un alto horno abierto, el grito del metal
torturado, el estruendo de un terremoto. Una presión abrumadora sobre
sus sen dos, como una tormenta que se aproximaba.
+¡Arriba!+ gritó mentalmente. +¡Todos fuera de la trinchera! ¡Vamos!+
Los Mil Hijos que le seguían obedecieron al instante, subiendo con fuerza
por las laderas rocosas de la trinchera o atravesando sus secciones en
ruinas allí donde el suelo lleno de cráteres se superponía a su longitud. Los
soldados mortales que estaban detrás de ellos observaban confundidos,
sin entender lo que estaba ocurriendo.
Ahriman trepó por la pared de la trinchera y saltó por encima de su borde.
Rodó sobre sus rodillas y corrió a través de las ruinas arrasadas del Palacio,
mirando por encima de su hombro justo antes de oír el claro y duro
chasquido de los láseres de defensa montados en la pared.
Como barras de cristal fundido que parpadean durante una trillonésima de
segundo, el fuego concentrado de tres láseres de defensa atravesó el
blindaje frontal del Khasisatra. Sus almacenes cerrados estaban abiertos,
su cañón principal estaba preparado y el Capitol Imperialis era tan
devastadoramente vulnerable como era posible.
Las costuras de sus pesadas placas de blindaje resplandecían con una
iluminación fosforescente. Lanzas de fuego al rojo vivo atravesaron sus
respiraderos, los bloques de visión y las juntas de sus puertos de armas.
Durante un breve instante, el Capitol Imperialis pareció hincharse como si
lo hiciera. Y luego se congeló.
Ahriman se deslizó detrás de un fragmento de piedra, los restos de una
columna acanalada, cuya base dórica se mantuvo milagrosamente intacta
durante el bombardeo. El sonido de la ar llería se desvaneció, el súbito
silencio le chocó después de haber vivido con la interminable cacofonía de
la batalla durante tanto empo.
Sabía que lo que estaba viendo era imposible. Una detonación congelada
en el empo.
Sin ó que la certeza de su visión premonitoria se deshacía en su interior, el
calor, el fuego y la luz de la inevitable explosión que había visto y sen do
como un fantasma en su mente.
+¡Mira!+ gritó Atrahasis, la fuerza contundente de su comunicación hizo
que Ahriman se estremeciera.
Siguió la advertencia de su palafrenero y miró hacia arriba para ver las
nubes negras como el alquitrán sobre Khasisatra retorciéndose como si
fueran agitadas por una mano invisible. Un relámpago constante estalló
desde el epicentro de la oscura vorágine, descendiendo con manos
bifurcadas para envolver el Capitol Imperialis en una red de crepitantes
líneas de poder.
Una luz azul helada atravesó el corazón de la tormenta, primero como un
pinchazo y luego abriendo las nubes como una herida en el cielo. Una
gura emergió de la luz, dorada y carmesí, bea ca y terrible. Demasiado
cruda y hermosa para mirarla directamente.
+Señor...+ suspiró un asombrado Ahriman.
Magnus descendió desde el corazón del remolino de luz y humo, con la piel
ardiendo por la magnitud de sus poderes, y el ojo lleno de luz disforme.
Una mano apuntaba a la pared del Palacio, la otra ardía con la fuente del
rayo.
Cerró el puño cubierto de rayos y levantó el brazo. Y el Khasisatra se
levantó con él.
Las rocas, el barro y el polvo salieron de sus huellas cuando las sesenta y
siete mil toneladas de su masa se elevaron en el aire. Los aullidos y los
vítores surgieron de las ruinas cuando el tánico vehículo se elevó. Unas
cegadoras venas de luz trazaron ansiosos caminos sobre la carne de
Magnus mientras se elevaba hacia el cielo, arrastrando con él el hirviente
volumen del Khasisatra. Motas de ceniza se desprendieron de él.
Una tormenta de luz procedente del Palacio alcanzó a Magnus, y los
ar lleros imperiales comprendieron que acababa de presentarse un
obje vo de valor incalculable. Ráfagas de láser y proyec les estallaron
alrededor del Primarca, pero el terrible campo de fuerza que lo rodeaba
era a prueba de todos los ataques.
Con un rugido, Magnus giró el puño y el enorme vehículo se elevó en el
aire como si fuera lanzado desde una gigantesca catapulta. Ahriman
observó con incredulidad cómo el condenado Khasisatra volaba hacia el
Palacio, todavía envuelto en una red de rayos en el nanosegundo
congelado de su destrucción. Los disparos defensivos brillaron, pero
ninguna de las armas que podían reaccionar con la su ciente rapidez podía
detener algo de una masa tan inconcebiblemente colosal.
Se arqueó hacia la pared en un movimiento agonizantemente lento, y en el
instante en que golpeó la parte superior del Hemisferio Occidental,
Magnus soltó su control sobre el ujo del empo que rodeaba su
inmensidad.
Ahriman se apartó mientras el Capitol Imperialis detonaba con la potencia
de una estrella que explota.
Su reactor y toda la ar llería de nivelación de la ciudad que transportaba
equivalían a la fuerza de una docena de bombas en el campo de batalla, y
el destello abrasador de su detonación disipó momentáneamente la
constante penumbra del asedio. Una fracción de segundo después, el
estruendo de la explosión salió de las paredes, un rugido que fue
ensordecedor, incluso por encima de la ya apocalíp ca batalla.
Los sen dos automá cos de Ahriman lo aislaron del mundo exterior, pero
el sonido dentro de su casco seguía siendo como el mar llo de asedio de
un acorazado golpeando su cráneo. Momentos después, la fuerza de la
onda expansiva lo hizo caer de espaldas.
Un humo hirviente se extendió alrededor de los Mil Hijos en una niebla
letal y sobrecalentada, y Ahriman lo sin ó incluso a través de la ceramita
de su placa de guerra. La erra tembló como si tratara de desalojar a los
insigni cantes mortales que se arrastraban por su super cie, mientras la
sobrepresión se extendía hacia fuera en dinámicas tormentas de vientos
huracanados que arrojaban escombros y piedras sueltas hacia los
campamentos de los traidores.
En su visor aparecieron señales de advertencia: picos letales de radiación
ionizante, pulsos electromagné cos y calor mor fero. Segundos después,
el destello secundario de la explosión iluminó el cielo y arrojó largas y
crudas sombras en un mundo conver do en un blanco brillante e incoloro
por la explosión.
Cuando la luz que quemaba los ojos se desvaneció, Ahriman se giró sobre
su frente para ver una imponente nube en forma de hongo de humo
supercaliente que ascendía y se extendía desde la sección del Hemisferio
Occidental que tenía justo delante.
O, más bien, lo que quedaba de ella.
Toda una sección de la muralla y de sus obras defensivas había
desaparecido, vaporizada por el fuego nuclear de la explosión inicial o
aplastada por la fuerza de la onda expansiva. Como si una inmensa bes a
hubiera bajado del cielo para morder un segmento en forma de V de la
muralla, se acababa de abrir una inmensa brecha inclinada en las defensas
del Palacio.
Atreviéndose por n a abrir sus sen dos etéricos, Ahriman se elevó a
través de sus mantras psíquicos hasta la novena enumeración. El murmullo
del hambre de los Nunca Nacidos se elevó a un interminable y bes al
aullido y brillantes auras se elevaron de todos los seres vivos a su
alrededor. Azules, dorados y verdes feroces de los Mil Hijos, rojos y
naranjas sangrantes de los mortales quemados y cegados que se
tambaleaban en muda agonía detrás de él.
¡Allí! dijo para sí mismo de manera triunfal Ahriman.
La helada luz dorada de la presencia del Emperador era brillante y dorada
en su mente. Se sen a más brillante que antes, como si una grieta casi
invisible se hubiera ensanchado un poco más.
+¡Arriba!+ pulsó Ahriman. +¡Adelante!+
***
Abidemi estaba sentado sobre el estribo derecho del carro de combate
Sicaran Venator mientras pasaba a toda velocidad por delante de la Cúpula
de la Iluminación. El Venator era uno de los tanques más rápidos del
inventario imperial, y Zytos no había tolerado ninguna discusión de su
desconcertada tripulación cuando lo había requisado. El Sanctum
Imperialis tenía unos ochocientos kilómetros de diámetro, y Abidemi sabía
que debían realizar esa travesía con toda la rapidez posible. Gargo lo
estaba presionando mucho, y si el vehículo duraba lo su ciente para llegar
al Hemisferio Occidental, probablemente no volvería a moverse por sus
propios medios.
Zytos se sentó frente a él, encima del cañón opuesto, mientras Igen Gargo
miraba por la esco lla del conductor, escudriñando el terreno por delante.
El aire que rodeaba al Venator sabía a hojalata, el hedor ac nico de su
sobrecargado núcleo impulsor de ionizadores de plasma hacía que el visor
de Abidemi tuviera destellos y chispas de está ca.
Inclinó la cabeza hacia un lado y golpeó la palma de su guantelete contra el
casco. La está ca acabó por desaparecer y miró con gran tristeza el vasto
espacio que abarcaba la Cúpula de la Iluminación.
Aquí se habían producido hechos oscuros; los traidores habían puesto el
pie bajo su sagrado dosel, y habían muerto legionarios hermanos. La
cúpula, de un kilómetro de ancho, estaba ahora torcida, y el agua que
antes manaba de su parte superior había sido desviada de la cuenca
inferior a cisternas endurecidas en las profundidades del lecho de roca del
Palacio. Los tres colosos en cuclillas que sostenían el enorme peso de la
cúpula estaban ennegrecidos por el fuego, con las extremidades
agujereadas por los impactos de los proyec les y la metralla que había
rebotado bajo la égida. La luz que entraba por el amplio ojo de su centro y
los agujeros perforados por los impactos de los proyec les nadaban con
motas de polvo y ceniza atrapadas debajo por vór ces de aire torturado.
-Buen arte en esas estatuas- dijo Zytos, siguiendo la mirada de Abidemi
para estudiar la parte inferior de la cúpula manchada de humo. -Incluso
con las cicatrices y el desequilibrio, siguen cumpliendo con su deber.
-Como todos nosotros- dijo Gargo, y Zytos asin ó con ironía.
Abidemi también vio el simbolismo, y sacó fuerzas de él mientras se giraba
para mirar hacia atrás por donde habían venido. Unas nubes moteadas de
púrpura y rojo se cernían sobre Indomitor, a unos quinientos kilómetros
detrás de ellos, hacia el este. La lucha seguía siendo intensa en su an gua
estación, al igual que en todo el circuito de la Muralla de la Eternidad.
Zytos había encargado a los soldados de los Propios de Vulkan la defensa
de la muralla, y su personal de mando había hecho juramentos solemnes
de dar su vida en su defensa cuando quedara claro que no podrían seguir
luchando junto a los Salamandras. Eran hombres y mujeres sin
regimientos, sin estandartes, pero se habían unido frente al enemigo y
harían honor a su nombre adop vo.
Los caminos que rodeaban la cúpula estaban rotos, demolidos por los
explosivos a juzgar por las cicatrices de las quemaduras y las heridas de
metralla en la roca circundante, así que Gargo tomó una ruta en bucle que
pasaba por las grandiosas ncas de altos muros del Viridarium Nobiles.
Los recintos del Sanctum Imperialis estaban atestados de refugiados:
decenas de miles de personas polvorientas, cansadas y agotadas. Salían de
los campamentos superpoblados que llenaban sus amplias avenidas y
bulevares procesionales, refugiándose de la ceniza que caía suavemente y
de la lluvia cáus ca bajo toldos de lona. Los desposeídos de Terra se
apiñaban contra los muros de los palacios de gobierno y los grandes
templos de la burocracia parecían montones de nieve. Levantaron la vista
cuando pasó el humeante tanque, apartándose de su camino con miedo.
Los vehículos de combate signi caban peligro, independientemente de la
bandera que ondeara en sus más les.
Las carreteras de este lugar no estaban diseñadas para soportar el peso de
los tanques, y a Abidemi se le encogió el corazón mientras cabalgaban por
las calles doradas del Palacio. Los adoquines tallados a mano, cada uno con
la marca de un maestro, fueron arrancados por el paso de las orugas
blindadas y esparcidos a su paso como el clinker de una fragua.
Zytos vio la preocupación de Abidemi y dijo: -Me pregunto si esto fue lo
que sin ó Lord Dorn al despojarse de la belleza del Palacio de su padre y
enfundarlo en feas placas de armadura.
-Sus guerreros a rman que ha prome do reconstruir el palacio, devolver
a cada muro, torre y puerta su an gua gloria- dijo Gargo.
-Puede intentarlo- dijo Zytos, negando con la cabeza, -pero cualquier
artesano digno de ese nombre sabe que una vez que se rompe algo bello,
nunca vuelve a ser lo mismo.
-A veces puede ser mejor- dijo Abidemi. -Los artesanos de Clymene
sos enen la esté ca de que la belleza se deriva a veces de lo imperfecto,
lo impermanente y lo incompleto.
-Lo conozco- dijo Zytos. -Pasé dos años sudando en la forja del maestro
Koren y discu endo contra sus ideas de "nada dura, nada está terminado
y nada es perfecto", pero parece tan adecuado como cualquier loso a
en estos días.
-Tal vez- dijo Abidemi, y rodearon el perímetro de la cúpula y conectaron
con la Vía Marcial que llevaba a la Casa de las Armas. A doscientos
kilómetros al suroeste, se podía ver el acan lado erguido que era el noble
baluarte de Adamant y del Hemisferio Occidental. Un bombardeo estaba
en marcha, el horizonte ardía con los impactos y la bengala de la égida.
-Esta es una mala- dijo Zytos. -Sí, uno malo de hecho.
-Una sección de la muralla bajo asalto se parece mucho a otra desde esta
distancia- dijo Gargo a Abidemi. -¿Estás seguro de que es aquí donde nos
lleva tu visión?
Abidemi estaba a punto de responder cuando el cielo se iluminó con la
furia de una explosión atómica.
A esta distancia de la detonación, la explosión fue un estruendo
quejumbroso de un movimiento profundo dentro de la erra, pero pronto
se convir ó en el rugido gutural de un dragón en celo. Una nube de
tormenta de fuego piroclás co se alzó desde el muro, y Abidemi recordó la
columna de ceniza del Monte Fuego de la Muerte el día en que el Primarca
les fue devuelto.
-Estoy seguro- dijo.
SEIS
LA BRECHA
Todo era fuego, humo y polvo.
El suelo que rodeaba al Hemisferio Occidental, era una pesadilla humeante
de destrucción total. Las nubes de ceniza sobrecalentada se retorcían como
seres vivos sobre la roca fundida y las ruinas en llamas, hambrientas de
devorar cualquier material combus ble que no hubiera sido ya consumido
por la detonación del Khasisatra.
La armadura de Ahriman, resplandecía debido al inmenso calor que se
había producido y sen a que su piel, crepitaba a través de las capas de
ceramita con cada pesado paso que daba. El suelo que había bajo sus pies,
ardería debido a la radiación durante miles de años y las guras
esquelé cas, se derrumbarían bajo sus pisadas. Su cuerpo, se sen a como
si lo estuvieran cocinando lentamente dentro de su armadura, como si los
ríos de sudor que corrían por toda su carne, fueran chorros de grasa que
salían de la chisporroteante carne.
Se agachó para atravesar las violentas corrientes térmicas que surgían en
vór ces aleatorios. Perdió la noción del empo. Cada paso le parecía una
vida, su avance era lento, decidido y sombríamente inevitable.
El chillido de unas voces que salían de las ráfagas radioac vas que
danzaban en las tormentas de fuego que se produjeron en la zona de la
explosión. Algunas de ellas tenían rostros y brazos a medio formar,
criaturas del otro lado del velo que luchaban por entrar en el mundo
material.
La armadura de combate de Ahriman, luchó por dar sen do a la miríada de
datos que estaba recibiendo. El pulso electromagné co de la detonación
hacía que apareciesen enloquecidos picos de está ca a través de su visor y
el calor producido en la de agración, hizo que las capas térmicas de su
armadura, fueran inú les. No podía ver nada más que fantasmas
moviéndose a través de aquel paisaje iluminado en rojo, una visión tan
semejante al mismísimo in erno, como jamás había sido conjurado en
verso, o soñado por luná cos y ar stas.
Sus sen dos mundanos estaban casi cegados, por lo que con ó en sus
otros dones.
Una gura envuelta en un aura ígnea, se acercó a través del humo.
Su aura, le dijo que era Atrahasis, su palafrenero, que avanzaba
tambaleándose a través de la tormenta de ceniza y roca. Los escombros
salían despedidos ante él, siendo apartados de su camino por una especie
de barrera de energía pura.
El vox crepitó, pero lo que fuera que se hubiera dicho, se perdió en medio
del aullido que provocaba la tormenta electromagné ca.
+Comunícate mentalmente+ le indicó Ahriman.
Atrahasis asin ó.
+Ciento setenta y uno de nosotros, permanecemos en este ataque. Los
miles de mortales que iniciaron esta marcha con nosotros, ya están
muertos, o morirán agonizando en cues ón de horas. Sólo quedan los
legionarios+ declaró sombríamente Atharsis.
+Bien…+ dijo Ahriman.
+¿Bien?+ preguntó sorprendido el palafrenero.
+No quedarán tampoco soldados mortales vivos en la muralla…
Aprovecharemos para atacar con fuerza la brecha. Esta es una guerra
entre Astartes ahora+ le explicó Ahriman.
+Como siempre debió ser+ asin ó Atrahasis.
Ahriman concentró sus sen dos y envió un pulso de energía psíquica.
+¡Decimoquinta Legión! Suban a la segunda enumeración. ¡Pavoni!
mi guen la radiación, ¡Raptora! levanten una barrera kiné ca ante
nosotros+ ordenó Ahriman a sus legionarios acompañantes.
Ahriman, se giró en el acto cuando unas brillantes manchas de luz se
prendieron a su alrededor, como su fueran dioses de la batalla envueltos
en un resplandor dorado. Doscientos guerreros de los Mil Hijos le habían
seguido hasta donde estaba el fuego… y sen a la presencia de cientos más.
Los guerreros de Amon a la izquierda, los de Menkaura a la derecha, pero
tan poderosa era la barrera teletésica, que apenas podía percibirlos.
¿Tanto hemos cambiado que eso embota nuestros poderes etéricos al igual
que los de los demonios? se preguntó a sí mismo Ahriman.
Lo único constante en aquella tormenta de fuego de cenizas letales,
destellos estroboscópicos de detonaciones secundarias y humo as xiante,
era el Rey Carmesí. El Primarca, ardía como un hinchado sol rojo en sus
úl mos momentos, bañando las destrozadas ruinas de Terra con una
infernal luz de color rojo sangre.
+Sigan al Primarca+ apremió Ahriman a sus legionarios. +Él es nuestra
estrella. Él nos guía hacia la victoria+
Ahriman se dio la vuelta y avanzó hacia adelante, adentrándose en los
límites de la tormenta, como cualquiera de los soldados de infantería que
alguna vez han marchado a través del barro, la nieve o el calor, con el
obje vo de cruzar los úl mos cien metros para acercarse al enemigo y
destruirlo.
Su ritmo era lento, pero eso ya no importaba. No quedaba nadie vivo en el
muro que se les opusiera.
La barrera psíquica de los Raptora removía el aire, empujando la ceniza y el
humo a su alrededor para revelar aquel vitri cado paisaje en ruinas. Las
for caciones del Hemisferio Occidental, habían sido completamente
arrasadas por la onda expansiva y sólo los restos de los cimientos y los
restos de las barras de refuerzo, indicaban dónde habían estado.
Un grupo de corpulentos Castellax de batalla ciberné cos atravesaban el
humo, pero sus caparazones exteriores, estaban tan quemados que
Ahriman no podía saber a qué bando pertenecían, ni cómo habían llegado
a estar tan lejos de las murallas. Sin ó el dolor de sus psiques torturadas,
conectadas a sus córtex biomecánicos, almas esclavizadas que gritaban en
una locura llena de dolor.
El equipo de reconocimiento que les quedaba medianamente opera vo,
chirrió al detectarlos y las máquinas arreme eron con una furia insensata.
Sus disparos, eran feroces e imprecisos, mientras que los escudos
kiné cos, desviaban los disparos que se acercaban demasiado. De todas
maneras, los hiperagresivos espíritus-máquina que llevaban dentro, tenían
ahora un propósito y por tanto, eran peligrosos.
+Encadenen sus almas+ ordenó secamente Ahriman. +Y traiganlos+
Hilos de fuego brujo alcanzaron a los robots, mientras los Athanaean
introducían su poder en las mentes rotas de los seres ciberné cos. Algunos
estaban demasiado perdidos por la locura. Aquellos escasos y lamentables
seres, fueron destruidos por sus compañeros, en un despiadado
despliegue de aniquilamiento.
Los disparos cesaron y los robots, se sumaron al avance de los Mil Hijos.
Como todas las cosas de mente simple, ansiaban la comodidad de la
obediencia.
No son los Castellax-Achea, pero servirán razonó Ahriman.
Ahriman vio los restos de vehículos blindados entre las llamas: algunos
imperiales, otros de la hueste de Perturabo. La mayoría eran del Ejército
Imperial, algunos de la Legión y otros… que eran las extrañas cosas
híbridas, obra de las fuerzas leales del Mechanicum al Señor de la Guerra.
El fuego consumía las entrañas huecas y los cuerpos negros como la ceniza,
colgaban de las esco llas rotas, mientras unas máquinas con extrañas
extremidades, se retorcían en su agonía.
Los espíritus-máquina atrapados, suplicaban ser liberados, o susurraban
oscuras promesas a cambio del alquiler de su ira. Ahriman sabía que no
debía con ar en cosas tan deterioradas, así que las dejó ardiendo en el
fuego. Unos pocos vehículos solitarios, habían sobrevivido a la explosión
inicial y habían soportado la onda expansiva. Ahora, merodeaban por los
restos, pero eran pocos y andaban por las ruinas como un ciego.
El humo se estaba disipando. Los incendios en el lugar de la explosión, se
estaban desplazando hacia arriba y se propagaban en una amplia zona,
como una nueva capa de alquitrán que cubría el cielo. Era una prueba de la
habilidad de Dorn: que gran parte de la elevada muralla y sus numerosas
torres siguiesen en pie, aunque su reves miento de adaman um, acero y
piedra, hubiese sido eliminado. Sólo quedaba la roca desnuda del muro
original y una parte de ella, era un vacío vitri cado, como un diente
perdido dentro de una encía.
Los escombros humeantes y los cascotes, formaban una rampa preparada
para llegar a la cima de la brecha. La gran escala de la altura de la muralla y
su naturaleza acan lada, todavía la conver an en una barrera formidable,
pero sin sus defensas de anqueo y sus reves mientos, la muralla estaba
(por ahora) completamente abierta.
+Envien primero a los autómatas+ ordenó Ahriman, e inmediatamente los
torpes Castellax, comenzaron a subir la pendiente, con sus miembros de
hierro y sus músculos servoasis dos que los impulsaban hacia arriba más
rápido que cualquier mortal.
Tal vez esto funcione mejor de lo que habíamos esperado se dijo a sí mismo
un sorprendido Ahriman.
+¡Raptora!+ envió mentalmente Ahriman. +¡Discos!+
***
Tras la detonación, los Puños Imperiales bajo el mando del Capitán
Iacono, se desplegaron en el Hemisferio Nueve, dejando en reserva a dos
mil guerreros ves dos de oro para impedir cualquier avance.
Desembarcaron desde Rhinos, Tauroxes y remolques de carga pesada,
formando rápidamente por escuadrones y corriendo hacia las murallas.
Los puntos de reunión detrás de las murallas, eran un estercolero de
cuerpos quemados, escombros y alaridos. Había trozos de rococemento
irradiado esparcidos por todas partes, con las barras de adaman um aún
brillando de color naranja y tan exibles como el alambre. Los equipos de
exploradores con escudo, ya estaban en el lugar rociando los restos con
espuma retardante, para amor guar los niveles de radiación… aunque la
exposición prolongada a la radiación que empapaba la roca del Hemisferio
Nueve, sería letal para los humanos no aumentados durante al menos tres
años.
Bandas dispersas de Ángeles Sangrientos comandadas por el Capitán
Tamaya, añadieron su ayuda al intento de los Puños Imperiales de sellar la
brecha: unos trescientos efec vos de lo más selecto de Baal.
Después de Saturnine, Dorn reevaluó todos los aspectos de su plan de
defensa, sin descartar ningún detalle por mínimo que fuera y ordenó a sus
principales ayudantes, que encontraran fallos en sus prepara vos. Poco se
descubrió de lo que el Pretoriano no hubiera concebido ya, pero nadie
hubiera atribuido ninguna importancia estratégica especial al Hemisferio
Nueve, más allá de lo obvio.
Ahora la no cia de que uno de los hijos caídos del Emperador había
revelado su presencia en el ataque, había cambiado eso, sobre todo
porque se decía que el Primarca era Magnus el Ciclope. Su intelecto era
prodigioso, su mente trabajaba en niveles más allá de la comprensión de
los simples mortales. Si Magnus estaba par cipando en este ataque,
estaba claro que el Hemisferio Nueve tenía una importancia superior a la
que cualquier plani cador imperial hubiera visto.
Miles de Marines Espaciales más, estaban siendo sacados de sus
posiciones a lo largo de la Muralla de la Eternidad para reforzar el
Hemisferio Nueve. La velocidad de la respuesta imperial, fue
deslumbrante. Mover a los soldados desde las posiciones defensivas
preparadas de antemano y redistribuirlos no era una tarea fácil: ya que
requería cientos de órdenes, con rmaciones, apoyo logís co y
coordinación, así como lo que más escaseaba en momentos tan cruciales…
El empo.
Los primeros Puños Imperiales, tardaron setenta y seis minutos en llegar al
Hemisferio Nueve, ochenta y uno los Ángeles Sangrientos. Pero por suerte,
la ferocidad de la explosión, había impedido que los traidores explotaran la
brecha con la rapidez con la que podrían haberlo hecho y los primeros
guerreros de las Legiones Astartes en llegar, no fueron los de la Legión de
Magnus. Tampoco fueron los Puños Imperiales o los Ángeles Sangrientos…
Fueron los Salamandras.
***
El Tiempo de Prueba.
Abidemi se encontraba en la brecha, contemplando una visión de Terra
que ahora mismo, se parecía más a Nocturne en una de sus violentas y
convulsas estaciones. La super cie del Mundo Trono, estaba cubierta de
fuego vivo y furiosas tormentas pirotécnicas, que devoraban cualquier cosa
combus ble hasta donde alcanzaba la vista.
Los vendavales de viento contaminado por la radiación aullaban sobre las
paredes, como si la propia Terra estuviera gritando. Enfrentados a su fuerza
ardiente, Gargo y Zytos amontonaron escombros hasta formar una barrera
improvisada de escombros entrelazados y rococemento destrozado.
No era la Barbacana de Themis, pero serviría por ahora…
-¡Deprisa!- les urgió Abidemi, divisando una brillante silueta a la deriva en
medio de las tormentas que asolaban el campo de batalla… un semidiós
aureolado por la luz de un sol moribundo. -¡El Draco Carmesí se acerca!
Numeon había hablado de cómo Magnus había aparecido ante él en la
Disformidad, durante su viaje para traer a Vulkan de vuelta a Nocturne. Su
hermano perdido, había hablado de un Primarca, poderoso a su manera y
merecedor de respeto, pero también de alguna manera... mermado.
Abidemi no vio nada de eso aquí.
Magnus brillaba como una explosión congelada, como un ser numinoso de
energía radiante, con su cabello ondeando a su alrededor como un
sangriento estallido de rayos, su armadura estaba resplandeciendo por su
brillo. Y su ojo… su ojo estaba ardiendo con la luz de estrellas imposibles.
Un ángel dorado y rojo… mirarlo, era como mirar al mismísimo sol. Su
armadura era atrevida, su porte majestuoso (y cuánto deseaba Abidemi
que las cosas hubieran sido diferentes) haciendo que sin ese aún ese
deseo inconsciente e indeseado de postrarse de rodillas ante un Primarca.
Magnus era maravilloso, sí… pero todos lo sen an: la incredulidad de que
un ser que podía trazar su linaje desde el mismísimo Emperador, estuviera
ahora empeñado en enfrentarse a ellos con un sanguinario propósito.
-Angron y Fulgrim son monstruos…- escupió desdeñosamente Abidemi, -y
su corrupción está a la vista de todos, pero Magnus... Todavía podría
luchar al lado de su padre y no parecer fuera de lugar.
-¿Cuándo ocurrió eso?- preguntó Barek Zytos, observando a la distante
gura de Magnus, mientras se echaba el enorme mar llo al hombro. -
¿Cuándo se alejó de la luz por primera vez?
-Es probable que ni siquiera él mismo lo sepa…- suspiró Abidemi, -porque
nada comienza nunca… nunca hay una sola causa principal para nada,
ningún hecho o momento singular del que surja un acto concreto.
-¿Por qué dices eso?- preguntó Gargo.
-El germen de cualquier resultado, siempre puede remontarse a un
momento anterior y a todos los que lo precedieron. Cuanto más se
remonte el camino, más difusas serán las conexiones… hasta que se
pueda decir que la acción más pequeña, ha sido el origen de cualquier
gran acontecimiento- explicó Abidemi.
-No importa cómo ocurrió…- los interrumpió Zytos. -Lo importante es que
ahora mismo, tenemos un enemigo al frente y ningún aliado a nuestra
espalda.
-Los Ángeles Sangrientos y los Puños Imperiales están en camino...-
apuntó Abidemi. -Sólo tenemos que aguantar un poco de empo.
-Un poco de empo, parece una eternidad cuando se esperan
refuerzos…- se burló Zytos.
-¡Somos Salamandras!- respondió rugiendo Abidemi, mientras una
cohorte de autómatas renqueantes, emergían de entre el fuego y el humo
de la brecha. -La eternidad es nuestra consigna.
Al ver a los Salamandras, los autómatas de batalla aullaron con la rabia de
la está ca de sus augures deformados y sus cráneos de máquinas medio
rotos, se encendieron al tener conciencia de sus obje vos.
-¡Al suelo!- ordenó Gargo, en el mismo momento en que los proyec les
pesados, salían de los humeantes cañones de rotor y los cohetes, se
desprendían de los lanzadores abollados en forma de estelas ardientes.
Los impactos se sin eron como una serie de mar llazos en el suelo, pero el
muro que habían construido hasta la altura de los hombros Gargo y Zytos,
tenía una fuerza que contrastaba con su precipitada construcción. Su
estructura, estaba formada por cascotes y por las piedras entrelazadas de
Terra que tomaban fuerza de su entorno.
Un muro de llamas ondulantes se extendía sobre su cima angulosa, pero el
fuego no era una amenaza para los Salamandras. Habían nacido del fuego
y habían experimentado su beso ardiente todos los días de su vida. Los
pesados proyec les desmenuzaban la piedra, pero los disparos eran
alocados e imprecisos.
-La radiación, está afectando a sus auspex- gritó Zytos por encima de la
barrera.
Más cohetes estallaron en lo alto e hicieron llover fragmentos de acero al
rojo vivo. El sonido en el interior de la armadura de Abidemi, era como el
de un cubo de clavos de herrero volcados sobre una placa de acero.
-¡Da la orden!- aulló Zytos a Gargo.
Gargo apoyó la mano en el suelo y las lentes de su yelmo, se oscurecieron
al comenzar a leer las corrientes de la erra. Incluso a través de aquellos
millones de toneladas de metal y piedra, podía sen r cómo los enemigos
de Terra se acercaban. Unas pesadas pisadas resonaron sobre la piedra y
Abidemi, apretó el agarre de Draukoros.
-¡Están encima de nosotros!- gritó furiosamente Abidemi.
-¡Todavía no!- arreme ó Gargo.
Una ráfaga de sólidos proyec les, rozó el aire por encima de la muralla,
cuando un trío de fuertes explosiones sacudió el Hemisferio Nueve. Las
as llas de piedra azotaron sus armaduras y los trozos de metralla
chisporrotearon desde las rocas en forma de espiral.
-¡Ahora!- aulló Gargo, al empo que los tres Salamandras se levantaron de
su cobertura.
Los autómatas de combate estaban justo encima de ellos, a una distancia
de ocho metros de su pared. Su armadura era metálica o negra… era
imposible saber de qué facción procedían.
Detrás de ellos, el aire brillaba con extrañas y brillantes brumas, a través de
las cuales las formas que revoloteaban, se movían entre los haces de fuego
y los crujidos de las detonaciones secundarias y terciarias.
Zytos, se subió a la barrera de rocas y saltó hacia el autómata de combate
más cercano, un Castellax ennegrecido por el fuego y equipado con un
pesado puño de asalto y un cañón automá co con tambor rota vo.
-¡En el nombre de Vulkan!- aulló Zytos, mientras blandía su mar llo en un
arco asesino.
El gran impacto debido al peso del mar llo, aplastó la sección craneal del
autómata (que ya estaba medio doblada) y lo dejó completamente
destrozado. Sus extremidades, se doblaron y las llamas brotaron de su
gorguera par da, mientras se estrellaba contra el suelo.
Zytos aterrizó, manteniendo el mar llo en movimiento y aplastando las
piernas de la máquina ciberné ca que tenía al lado. La rótula del robot
reventó en fragmentos, haciéndolo caer por la brecha. Los disparos
salieron de sus armas, desgarrando la coraza trasera más ligera de un
tercer autómata y destrozando sus mecanismos internos.
Gargo se lanzó a un lado, cuando un mar llo de asedio se estrelló contra la
pared, rompiendo su barricada en pedazos. Se puso en pie ante el
autómata y lanzó su lanza como un arpón, clavándola en sus entrañas a
través de una destrozada coraza de protección. Hizo girar el mango en
círculos, lo que provocó un grito de dolor de la máquina antes de que
cayera de rodillas, bloqueado en su posición, como un suplicante en un
santuario.
Abidemi dio un cuarto de vuelta a la derecha y ró de Draukoros hacia
atrás, mientras un autómata disparaba una especie de cañón bólter de
asalto quiromán co. El arma disparó proyec les pesados, pero sus miras
estaban mal alineadas y la masa reac va, abrió una brecha de medio
metro en la cresta de la brecha, junto a él.
Saltó hacia delante, balanceándose a un lado cuando la máquina bajó su
otro brazo, uno equipado con un colosal cañón de tambor, que babeaba
una mezcla de aceite humeante. Draukoros cortó los cañones y el arma
explotó mientras los proyec les la atravesaban. La fuerza de la explosión,
hizo que la máquina retrocediera sobre sus talones y Abidemi aprovechó
para estampar su bota en el pecho de la máquina.
La máquina cayó hacia atrás y los mecanismos internos que la mantenían
en pie, quedaron inservibles debido a la explosión y el impacto. Igen
Gargo, vació su bólter en el caparazón dividido de otro Castellax. Los
explosivos masivos estallaron en su interior y un fuego azul, brotó de sus
rejillas de ven lación. Zytos, golpeó con su mar llo el pecho de un robot
arrodillado y lo hizo retroceder por la brecha hacia abajo.
Una ráfaga de proyec les estalló junto a Abidemi y éste se arrojó a un lado,
mientras una espiral de energía azotadora, desgarraba la piedra de la pared
par da. Rodó. El relámpago crepitante lo siguió y Abidemi gruñó, al ver
cómo se abría un abrasador camino a través de la coraza de su armadura.
Sin ó el calor que le abrasaba la armadura. Como si fuera un guante de
hierro, lo lanzó al suelo y gruñó de dolor, cuando las placas de ceramita
ardientes, comenzaron a pegarse a su pecho.
El Castellax lo levantó y vio que la sección de la cabeza se había abierto,
revelando una horrible mezcla de maquinaria bio-orgánica. De su torso,
brotaban llamas y humo y emi a un horrible aullido de dolor, proveniente
de la máquina y de un transmisor que colgaba de su coraza.
El robot se balanceó hacia atrás, mientras las llamas bañaban su caparazón.
Sabiendo que se estaba muriendo, la máquina trató de llevar a cabo su
úl ma victoria.
Abidemi sin ó cómo le crujían los huesos cuando su puño empezó a
aplastarle el pecho.
Descargó a Draukoros contra el hombro del autómata, pero su dolor y el
ángulo del golpe, le restaban fuerza.
Oyó las voces de sus hermanos, gritos de ira y advertencia. Duros estallidos
de fuego de bólter y ráfagas de explosiones que estallaban cerca. Una serie
de detonaciones estruendosas detonaron más abajo en la pendiente de la
brecha, lanzando oleadas ardientes de roca irradiada y polvo tóxico.
Incluso mientras las llamas se difuminaban en su visión, un frío penetrante
le envolvió... la sensación fue tan repen na, como si hubiera caído a través
del agua de un lago helado.
Reconoció vagamente el caracterís co doble estruendo de los patrones de
fuego de la ar llería imperial, un extraño y ululante aullido.
¿Motores de cañoneras?… No, esos aullidos son los de unos seres vivos,
re exionó Abidemi.
El brazo del autómata comenzó a brillar de color blanco, las par culas de
hielo se formaban a gran velocidad. Abidemi, hizo girar a Draukoros en un
úl mo golpe y asestó un hachazo al hombro de la máquina.
El metal se rompió en fragmentos congelados y cayó sobre la cresta de la
brecha. El suelo estaba ahora resbaladizo por la escarcha y húmedo por los
charcos de agua derre da. Una ven sca de agujas heladas, comenzó a
arremolinarse a su alrededor y unos vientos feroces, apagaron los
incendios que envolvían los restos de la muralla.
Formas acechantes, se movían a través de la fría niebla. Encorvadas y
peludas como cazadores, se movían como bes as salvajes, hambrientas y
despiadadas. Cayeron sobre el autómata herido en medio de una ráfaga de
cuchillos: uno de ellos, destripó la máquina con un arpón de enormes
dientes y otro la par ó desde la gorguera hasta el vientre, con un golpe de
hacha en forma de arco.
Un tercer guerrero, con una armadura gris hielo y un manto de gruesas
pieles, bajó su báculo color hueso y la piedra de la muralla, se par ó como
si un terremoto desgarrara los muros de la fortaleza. Una amplia zanja, se
abrió a lo largo de la brecha, con cinco metros de profundidad y llena de
púas de hielo endurecido.
Sa sfecho con su trabajo, se volvió hacia Abidemi.
El rostro del guerrero, estaba agrietado y estriado como el cuero de una
vieja silla de montar, su barba, estaba trenzada con as llas de vidrio y
sigilos tallados. Sus ojos, eran duros como el pedernal, fríos y a lados.
Tenía el rostro de un asesino sonriente, con unos dientes a lados como
colmillos de navaja.
-Soy Bjarki- dijo amablemente el guerrero. -Estos, son Svafnir Rackwulf y
Olgyr Widdowsyn. Y matamos hechiceros…
-¿Qué?¿Cómo?- preguntó un sorprendido Abidemi. -¿Hechiceros?
-A Ellos…- dijo Bjarki, señalando las formas que emergían de la niebla
brillante.
Al momento, comenzó a ver a una hueste de guerreros con armadura roja
de los Mil Hijos, montados en discos de luz brillantes, y dirigidos por una
imponente gura envuelta en un aura de fuego e ira.
-Magnus...- consiguió ar cular un boquiabierto Abidemi.
-Male carum…- gruñó despiadadamente Bjarki.
SIETE
EL LOBO Y EL DRAGÓN
El hecho de contemplar a los hechiceros rojos hizo que un temblor de
emoción recorriera la columna vertebral de Bjarki. Hacía demasiado
empo que no derramaba la sangre de sus enemigos. Aunque sólo
quedara tres hermanos del Rout se enfrentarían a los Hijos de Magnus,
demasiados de sus hermanos habían caído en sus malé cos caminos como
para que alguna vez les temiera.
Ni siquiera los recuerdos de Nikaea o el nuevo e inconstante camino de su
wyrd le inspiraban terror. Desde que Promeus le había dicho que Magnus
regresaría a la roca natal de la humanidad en busca de la úl ma esquirla de
su alma, la sospecha de que Terra sería el lugar de su muerte había crecido
con cada día que pasaba.
Esperaba que su hilo se cortaría nalmente en Fenris, en la batalla, con el
agua helada hasta las rodillas y con el hacha ensangrentada en la mano,
mientras el canto nal de la caza salvaje resonaba en su cráneo. Esa
esperanza se sen a más y más lejana cada día, pero morir a la sombra del
Palacio del Padre de Todo era un lugar tan bueno para encontrar el nal
como cualquier guerrero podría desear.
-Vienen a terminar lo que empezaron en Nikaea- gritó con su báculo
colgado de un fe che en alto. -Se llevaron a nuestros hermanos, cortaron
sus hilos antes de empo. Di sus nombres.
-¡Gierlothnir Helblind!- gritó Svafnir Rackwulf.
-¡Harr Baelgyr!- gritó Olgyr Widdowsyn.
-Hermanos de todos nosotros- respondió Bjarki, volviéndose hacia los tres
hijos de Vulkan. -Pero el Padre de todo nos trae nuevos hermanos.
Díganme sus nombres.
-Soy Atok Abidemi- dijo el primero de los Salamandras, un poderoso
guerrero con una poderosa espada de colmillo al hombro. -Y estos son mis
compañeros Draaksward.
-¿Draaksward?- interrumpió Bjarki.
-Signi ca Dragón de la Espada en la an gua lengua de Nocturne.
-Buen nombre.
-El portador del mar llo es Barek Zytos- con nuó Abidemi. -El lancero,
Igen Gargo.
-Draaksward, ¿eh? Bueno, hoy son hermanos del Rout- dijo Bjarki, dando
una fuerte palmada en el hombro de Abidemi. -¡Son parte de nuestra
manada de vigilancia! ¡Seis contra los cientos! Cantarán canciones de
nuestras gloriosas muertes.
Antes de que el Salamandra pudiera objetar, del bastón de Bjarki surgieron
ondulantes trazos de luz, de un azul frío y un brillo ac nico. La luz se re ejó
en sus ojos cuando el calor abrasador de la brecha descendió bruscamente
y nuevas redes de escarcha dibujaron las rocas fundidas. Se oyeron agudos
crujidos cuando la piedra endurecida se par ó con el repen no descenso
de la temperatura, y el aullido de un vendaval que se aproximaba
descendió desde la boreal de los impactos de los escudos en lo alto.
El mundo que rodeaba a Bjarki se desvaneció, y los contornos de los
guerreros que lo rodeaban se volvieron tenues, casi fantasmales. Su carne,
esa cruda materia que portaba sus verdaderas formas, se atenuaba a su
vista, pero las almas de su interior...
Qué brillantes somos todos. No es de extrañar que no estemos hechos para
durar.
El mundo mortal era un borrón de sombras sin sen do. En cambio, ahora
veía avatares del espíritu a su lado: sus compañeros hijos de Fenris como
ores de fuego frío, los Salamandras abrasando sus formas en el aire.
Serpen nas de llamas negras y calor fundido agitaban el aire a su
alrededor, almas guerreras nacidas en las violentas convulsiones del núcleo
de su mundo natal.
Oyó los ladridos apagados de los disparos de los bólters y sin ó el sabor
bilioso de la magia de la disformidad: una burla del poder que infundía su
carne, una corrupción del vínculo entre el hombre y la erra que pisaban.
Ese pacto era an guo y sagrado, y los poderes que ejercían los hijos del
Cíclope eran una perversión enfermiza de ese vínculo singular.
Bjarki también podía ver al enemigo que se acercaba: llamas brillantes
contra la niebla gris del reino sico, sus espíritus ardiendo con una luz tan
consumidora que se preguntaba cómo no podían ver que los devoraba por
dentro. Un fuego así quemaría lo que les quedaba de humanidad y no les
dejaría más que fantasmas.
El acero chocó con el acero, los disparos azotaron el humo y las
detonaciones arrojaron fuentes de roca y polvo. Nada de eso tocó a Bjarki,
cada fragmento y cada esquirla fueron azotados por el torbellino que se
formó a su alrededor.
La sombría hechicería de los Mil Hijos retorcía la realidad y rompía todas
las leyes naturales, pero los gélidos vientos de fuerza psíquica que se
formaban alrededor de Bjarki mantenían a raya lo peor. Fuegos
abrasadores se doblaban y retorcían ante la furia de su tormenta. Los
temblores arrancados de los rincones más negros del miedo de un
guerrero murieron en los dientes de su hielo espectral. La imprevisibilidad
aullante de la tormenta se burlaba de cualquier intento de adivinar su
futuro camino y las acciones de los guerreros que estaban preparados en
sus bordes a lados.
Vio una forma resplandeciente de brillo de mercurio. Un guerrero que
saltaba desde el aire hacia él. Bjarki atrapó al traidor con una ráfaga de
hielo y lo ró al suelo, interviniendo y clavando la punta ardiente de su
bastón en el pecho del guerrero. De la herida brotaron penachos de luz
violeta mientras Bjarki hacía penetrar el bastón. La magia del hechicero se
marchitó ante su hilo deshilachado, y Bjarki no sin ó ni un momento de
piedad por él.
El pesado y brutal choque de las armaduras resonó débilmente entre la
niebla y el hielo de la tormenta. Esta era la forma de guerra más an gua
conocida por la humanidad: hombres gruñendo que se lanzan unos a otros
en un concurso de fuerza de brazos y piernas, de voluntad y
determinación. No importaba el avance de la tecnología, ni la so s cación
de los enemigos, ni las reglas arcanas del combate, siempre se reducía a
guerreros en combate cuerpo a cuerpo, mirándose a los ojos mientras la
muerte se acercaba.
Un impacto le hizo girar. Masa reac va. Detonó una fracción de segundo
más tarde, un fragmento que cayó rebanando la piel afeitada justo por
encima de su oreja. La sangre caliente le corrió por la mejilla y los labios.
Probó el duro sabor metálico de la misma y sonrió, extendiendo la sangre
sobre sus dientes y mejillas con la palma de la mano como el salvaje que
los Prosperinos creían que era.
El fuego oreció cuando un guerrero fosforescente se alzó ante él. Un
báculo se clavó en su vientre y le hizo arrodillarse. Su enemigo esperaba
que retrocediera, que recuperara los pies y el aliento, pero Bjarki se inclinó.
Se abalanzó hacia delante y blandió su propio báculo, enganchando las
piernas del guerrero que tenía delante.
Su puño se cerró sobre el casco del guerrero aba do y dos cuchillas de
hielo salieron de su palma y atravesaron los cristales de la placa facial del
hechicero. De la boca del guerrero brotó fuego impuro, un espasmo
psíquico de muerte que hizo que Bjarki se sin era impuro al presenciarlo.
Se protegió los ojos mientras un sol recién nacido cobraba vida sobre su
cabeza.
Mirando a través de los dedos separados, vio una forma tánica, roja y
alada, con plumas y bordes dorados. Un recipiente ondulante de carne
divina forjado en un crisol de magia y ciencia. Pasó por mil formas en un
instante: un sabio errante, un avatar alado de la tentación, una vasta rueda
de ojos que giró diez mil veces en un instante, ala sobre ala, millones de
formas proteicas hirvientes que nunca nacerían, y mul tudes más que lo
harían.
Bjarki sin ó que una brizna de horror se deslizaba en su alma.
Magnus el Rojo.
Habían luchado contra avatares del alma del Rey Carmesí en Aghoru y
Nikaea, pero éste era el Primarca restaurado. Antes, poseían armas para
luchar contra Magnus: un recipiente para atar su alma, o un monstruo que
fuera su igual. Ahora no tenían más que su propia habilidad con las armas y
la fuerza de su corazón.
Qué lamentable era eso.
El pensamiento sólo duró una fracción de segundo, pero fue su ciente
para avivar el fuego de la ira de Bjarki. Eran los Hijos de Russ, guerreros del
Rey Lobo. Ningún combate era imposible de ganar para ellos, ningún
enemigo era invencible. El Padre de todo había tenido a bien traerlo a este
lugar, y el hecho de que su propia determinación aqueara a la primera
vista del enemigo hizo que Bjarki se enfureciera.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó un aullido que habría helado la sangre de
todas las criaturas de Fenris. Era el aullido del lobo del mundo, el tejedor
de wyrd, y el la do del universo.
Sin ó la presencia humeante y negra como el hollín de los hijos de
Nocturne y sonrió.
-¿Qué estás haciendo?- dijo Abidemi, sin endo la inminencia de su poder.
-El corazón helado de Fenris está lejos, y su canción es poco más que un
susurro en el viento- dijo Bjarki, con una voz de extraña textura, como si
resonara en el corazón de una cueva. -¿Pero el espíritu del mundo de
Terra...? Es an guo y profundo. El poder que se mueve dentro de su lecho
de roca y uye en las costuras entre su piel de piedra es el más fuerte que
he sen do nunca.
Bjarki extendió su guante ensangrentado.
-¡Toma mi mano, Atok Abidemi, y volaremos como dragones de fuego y
hielo!
El Draaksward le agarró el brazo a la vieja usanza, y Bjarki bajó su bastón
con fuerza.
La roca que había debajo se par ó con la fuerza de otro mundo del
impacto, como si la madera de lobo tallada a mano del bastón hubiera
perforado el corazón mismo del mundo.
Cuánto poder. En verdad, ¿dónde más podría volar el sueño del Padre de
Todo sino aquí...?
Un géiser de poder se derramó sobre Bjarki y Abidemi, canalizado por las
vetas y los espirales de la estructura del báculo y dado forma por los
legados de honor que llevaban los dos guerreros.
Dagas a ladas de hielo y ceniza se arremolinaron a su alrededor, y él hizo
girar su bastón para impulsar la furiosa ambición del poder forjado entre
ellos con mayor intensidad. Los vientos helados que rodeaban a Bjarki
aullaban como si los compañeros con colmillos del mismísimo Rey Lobo lo
atendieran, incluso cuando el calor as xiante de la ceniza le ampollaba la
piel.
Una erupción de luz estalló sobre ellos, formas gemelas que se
entrelazaban, serpen nas y vivas.
Se enroscaron una en torno a la otra mientras se elevaban en el aire,
gritando en este nacimiento como si el mundo mortal les fuera hos l. Una
de ellas estaba reves da de blanco, cegadora en su feroz resplandor: un
lobo encabritado de deslumbrante brillo, tejido a par r de arrebatos y de
las frías leyendas de Fenris. Su gemelo era su opuesto en todos los
sen dos, un tán dracónico de humo negro ardiente, atravesado por venas
ardientes de naranja fundido.
Sus ojos eran carbones humeantes, templados en el corazón de una fragua
y listos para arder, sus dientes y garras eran gar os de ébano. Sus aullidos y
rugidos sacudieron la propia erra mientras se alzaban más allá de
Abidemi y Bjarki, retorciéndose el uno al otro hasta que sus naturalezas
opuestas los obligaron a separarse.
Los avatares gemelos cayeron sobre la luz ardiente de Magnus con alas de
brasa y aullidos de venganza. Las garras de hielo desgarraron al Primarca
mientras las nubes piroclás cas se hinchaban con el aliento de la serpiente.
Ahogó con cenizas ardientes los conductos de ven lación y los respiradores
de los traidores de abajo.
La tormenta de ceniza y fuego arrasó el suelo antes de la brecha, arrojando
escombros y restos irradiados. El vapor sobrecalentado vaporizó la carne
desprotegida y los miembros congelados se hicieron añicos al menor
impacto. Fusionada con las energías del espíritu del mundo de Terra,
ninguna brujería podía traspasar esa barrera, ni dañar a los que estaban
detrás de ella.
-Es hermoso...- susurró Abidemi, su voz llegó a Bjarki a pesar de la
tormenta.
-No lo mires- respondió Bjarki, con la voz quebrada por el esfuerzo de
conjurar energías tan impresionantes. -Tales poderes no soportan la vista
de los mortales.
El dragón de la fragua se enroscó alrededor de Magnus, y Bjarki pudo ver
puntos de luz parpadeantes que surgían de su movimiento. La luz de los
cuerpos su les, que se atenuaba como las cenizas a la deriva de un fuego
moribundo. El lobo solitario, al que nunca le había gustado la correa, rodeó
al Primarca, cerrando sus fauces sobre la luz de Magnus, incluso mientras
arreaba a otros hacia el fuego de la ira del dragón.
El lobo y el dragón disfrutaban de su libertad, deleitándose en el impulso
demasiado mortal de destruir sin conciencia, de causar estragos sin
consecuencias. La luz de Magnus se atenuó, oscurecida por una ven sca de
hielo y nubes hirvientes de humo volcánico. Una lluvia negra, fría y
cáus ca, caía en láminas grasientas, y Bjarki saboreó el metal caliente y la
piedra fundida que ascendían desde las profundidades sin luz de Terra.
Sin ó que la presencia de Magnus disminuía. No en la muerte, eso nunca.
Ningún poder conjurado por simples mortales podría lograr tal hazaña. No
en la muerte, sino en la derrota. Bjarki sin ó la furia del Cíclopes rojo, la
rabia arrogante de una victoria arrebatada. Magnus era fuerte, pero la
certeza de su propia infalibilidad era su mayor debilidad.
Bjarki se hundió de rodillas, saboreando la furia del lobo del mundo incluso
cuando la conexión con él lo devoraba por dentro. Abidemi cayó con él,
incapaz de soltar su agarre, sus brazos se unieron con tanta seguridad
como si estuvieran unidos desde el nacimiento.
Las explosiones pintaron el aire, cientos de detonaciones marchaban por la
brecha. Los duros ecos de los proyec les estallaban a su alrededor en
oleadas cada vez mayores. Vislumbró guras transhumanas de color rojo
sangre y oro vivo.
Los estandartes imperiales eran azotados por los vór ces térmicos.
-Tan... poderoso- dijo. -¿Alguna vez has sen do algo así...?
-Bjarki- gruñó Abidemi. -Está... matándonos... a nosotros. Suéltalo.
Sin ó que Abidemi luchaba por soltar su agarre, la con nua existencia del
dragón consumía al Salamandra con tanta seguridad como el lobo a Bjarki.
Pero él apretó su agarre, uniéndolos e ignorando su propia advertencia
para mirar jamente la lucha en lo alto.
-Debe aguantar...- dijo entre dientes apretados y ensangrentados. -
¡Magnus debe pagar!
-Suéltame- exigió Abidemi, poniéndose en pie, pero Bjarki no pudo
seguirle. Sus miembros no tenían fuerza, estaban desprovistos de médula,
hueso, carne y músculo, no tenían fuerza alguna.
-¡Debes dejarlo ir!- gritó Abidemi. -¡Los guerreros del Ángel y Dorn están
aquí!
-No, hermano...- dijo él. -Todavía no. Debo... terminar esto...
La visión de Bjarki se desvaneció hasta volverse gris, brumosa, mientras el
hilo de su vida se desenredaba. Sin ó que el brillo de una resolución
inquebrantable llenaba a su hermano Astartes.
¿Ya era la hora? Seguramente no tan pronto...
Levantó la vista y vio el destello de una an gua espada alzándose.
La luz del fuego brillaba en los dientes de ébano que rasgaban el aire con
un rugido a la altura del dragón.
Bjarki lo había dado todo para que el lobo del mundo y el dragón de la
forja nacieran.
Lo estaba matando, pero había hecho retroceder al Rey Carmesí.
Bjarki no estaba dispuesto a renunciar a un poder como ese. Y Atok
Abidemi lo sabía.
-Lo siento, hermano- dijo Abidemi.
Draukoros bajó, cortando el brazo de Bjarki justo por debajo del codo.
***
Alivia no sabía dónde estaba.
En la oscuridad bajo el mundo que no debería haberla sorprendido. Los
cimientos del Palacio Imperial eran an guos y profundos, construidos y
reconstruidos mil veces a lo largo de milenios. Ningún cartógrafo pudo
jamás trazar un mapa completo de sus laberín cas profundidades, y
ninguna tecnología había sondeado de forma able sus interminables y
retorcidos pasadizos.
Pero nadie conocía estos caminos secretos mejor que Malcador.
El pasaje por el que condujo a Alivia era incómodamente estrecho, lo
su cientemente ancho como para que ella pudiera seguir los pasos del
Sigilita. Las paredes estaban formadas por brillantes baldosas negras,
repelentemente resbaladizas al tacto y sospechosamente libres de polvo o
grietas. Algo en las dimensiones extrañamente angulares del túnel, junto
con la colocación desplazada de las singulares baldosas y su escala
desproporcionada, hizo que un temblor de inquietud recorriera la columna
vertebral de Alivia. No había dos baldosas iguales, y Alivia sospechaba que
exis a alguna diferencia fundamental entre sus percepciones sensoriales
humanas y las de los constructores del pasadizo.
Con cada rami cación hacia abajo, se sen a cada vez menos segura de
poder navegar de vuelta a la super cie y a la poco llama va puerta en la
base de la torre del tambor por la que habían comenzado este viaje.
Con el pronunciamiento de Promeus de que Magnus estaba atacando el
Hemisferio Occidental, los guerreros del Rout habían salido corriendo.
Justo antes de cerrar la puerta tras de sí, Bjarki le había devuelto la mirada
y ella había pensado por un único y ridículo momento que esperaba que lo
siguiera.
Sí, Alivia tenía cierta destreza con las armas, y sí, había matado a más gente
de la que le importaba recordar, pero no era un soldado. No había estado
en las las desde las conquistas de Boeo a y Euboea, y ésta no era una
guerra en la que la habilidad marcial individual importara, no de manera
signi ca va.
Pero Bjarki sólo había enviado una mirada de advertencia a Malcador y
había dicho: -Vigila a ese, y ten cuidado con tu wyrd, Ama Sureka- antes
de desaparecer con sus hermanos.
Alivia mantuvo la mirada ja en la espalda de Malcador, y se dio cuenta de
que mirar demasiado empo las extrañas baldosas inclinadas le producía
unas leves náuseas. Hacía frío aquí abajo, y agradeció las vendas térmicas
que llevaba bajo su grueso abrigo. El cuaderno de Vivyen se encontraba en
un bolsillo del forro interior; su hija insis ó, al borde de las lágrimas, en
que se lo llevara antes de ir a su encuentro con Malcador en la torre del
tambor. Alivia lo había aceptado con gra tud, sabiendo que tendría poco
empo para leer alguna de las muchas historias que contenía.
Para mantener la cabeza caliente, llevaba una gruesa ushanka con solapas
de piel que le cubría las orejas y se ataba bajo la barbilla. Sobre su ojo
derecho, una insignia de latón representaba un par de lanzas cruzadas
sobre una calavera de plata. Qué regimiento representaba era un misterio,
y Alivia esperaba que no hubiera un soldado en algún lugar de las murallas
con las orejas congeladas gracias a su pequeño robo.
Malcador también llevaba una pesada capa de pieles y un grueso turbante
en la cabeza, aunque ella sospechaba que su concesión al calor era una
afectación. Sin embargo, los dedos que sujetaban el bastón negro de ónice
estaban pálidos y sin sangre, así que quizás sí sen a el frío.
-Todavía no me has dicho adónde vamos- dijo ella.
Su voz resonó de forma extraña, como si las paredes negras y brillantes no
re ejaran el sonido como deberían.
-Y yo tampoco- dijo Malcador. -Hablar de una cosa es jarla en su lugar, y
los caminos que debo recorrer a través del Palacio sólo nos llevarán por
mal camino si se nombra nuestro des no.
-Siempre con los acer jos. Es una de las muchas cosas que odio de .
Malcador miró hacia arriba y alrededor, como si temiera ser escuchado.
-No pretendo engañarte, Alivia, pero sabes tan bien como yo que hay
cosas de las que no se puede hablar con sencillez.
-Estos no son túneles normales, ¿verdad?
-No, no lo son- admi ó Malcador. -A veces, incluso yo debo moverme sin
ser visto a través de la trama y la disformidad del gran diseño de su
arquitecto.
-¿Sabe el Emperador de estos túneles? ¿Los Custodios? Imagino que a
Valdor le interesaría mucho saber que hay caminos secretos a través del
Palacio que ni siquiera él conoce.
-Constan n protege al Emperador a su manera, yo lo protejo a la mía.
-Y supongo que Valdor no aprobaría tu manera. ¿Por qué?
-Los Custodios son leales más allá de lo imaginable- dijo Malcador. -Más
allá de cualquier entendimiento que tú o yo podamos comprender. Está
literalmente codi cado en sus propios genes y en su psique, y aunque esa
férrea devoción es necesaria, a veces es demasiado dogmá ca para
aceptar cualquier opción que pueda poner en peligro a su cargo.
Alivia se detuvo, tan sorprendida como si Malcador la hubiera abofeteado.
-¿Esto, sea lo que sea, pone en peligro al Emperador?
-Puede ser, sí, pero es por su propio diseño y su propia concepción- dijo
Malcador.
-¿Por qué?
-Por la redención.
-¿Redención? ¿De quién?
-Tal vez de todos nosotros- dijo Malcador, dándose la vuelta y alejándose.
Alivia sacudió la cabeza. ¿Ya nada era sencillo? ¿Cuándo habían sido
sencillas las cosas?
-Si no me dices adónde vamos, al menos dime por qué me necesitas- dijo
Alivia. -¿Qué puedo hacer, sólo yo, para que estés dispuesta a escuchar a
John y facilitar el paso de mi familia a Terra? Y luego concederles
santuario dentro de los muros interiores del Palacio. Dime eso, y nada de
acer jos o te juro que te estrangularé ahora mismo.
-Te lo dije, te necesito para salvar al Emperador.
-Supuse que eso era una excusa para Promeus y los Lobos. Dime la
verdadera razón.
-Esa es la verdadera razón- dijo Malcador, haciendo una pausa para
apoyarse en su bastón. -Sé que no con as en mí, Alivia…
Ella se rió con amargura. -Nunca me has dado una razón para con ar en .
En todos los años que te conozco, que lo conozco a Él, puedo contar con
una mano el número de veces que me has dado una respuesta directa.
-Las civilizaciones no son ganadas y mantenidas por hombres que dan
respuestas directas.
-Esa es una visión del mundo deprimente.
Malcador suspiró, como si se hubiera cansado de sus púas.
-La guerra contra Horus ene muchos frentes- dijo. -Se libra en los
grandes reinos estratégicos en los que sobresalen hombres como Rogal
Dorn y sus hermanos, y se libra a través de la vista de un humilde soldado
de las fuerzas de combate, como el joven del decimosexto cuerpo del
Ár co cuya ushanka llevas puesta.
Alivia se quitó el sombrero y miró el escudo del regimiento.
-Y la libran aquellos que caminan en la sombra, que deben cargar con el
peso de decisiones demasiado terribles para que otros las soporten, que
deben tomar decisiones terribles a las que nadie debería enfrentarse.
Aquí hizo una pausa para mirar a Alivia. -Y la llevan a cabo aquellos que
pueden sufrir los muchos daños que conlleva una guerra tan larga.
-¿Por eso estamos aquí John y yo?- preguntó Alivia. -¿Y los demás? ¿Oll?
¿Prytanis? ¿Qué pasa con ellos? ¿Están aquí también?
-Algunos, y ellos también desempeñarán su papel. Algunos de buena
gana, otros no tanto.
-¿Está John aquí? Quiero decir, ¿en el Palacio?
Dudó antes de responder. -Dondequiera que esté John, está donde ene
que estar.
Malcador los condujo hasta una puerta cónica, apenas lo su cientemente
alta o ancha para que cualquiera de ellos pudiera pasar. Alivia tuvo la
sensación de que había un gran espacio más allá y sin ó que un viento frío
le acariciaba la piel de las mejillas, con sabor a sal: como el rocío del
océano en un muelle. No sabía cómo el aire que había respirado en Terra.
Se sen a viejo y muerto.
Se agachó y un momento de vér go se apoderó de ella cuando pasó del
claustrofóbico pasillo a una vasta caverna cuyo techo se elevaba a alturas
cubiertas de nubes, y que caía en un abismo sin profundidad que resonaba
con el sonido de las cascadas.
Alivia se arrodilló y apoyó la palma de la mano en el suelo para
estabilizarse.
Malcador alargó la mano para tocarle el hombro. La fuerza de su agarre era
sorprendente para un hombre de huesos tan delgados y aspecto cansado.
Ella se estremeció de asco. No había tocado su piel, pero su reacción fue
ins n va: la reacción de un primate al ser tocado por cosas que se
retuercen y se arrastran en la oscuridad.
-¿Alivia?
-No vuelvas a tocarme- dijo ella, respirando profundamente.
Asin ó con la cabeza y se volvió hacia su ruta.
-Entonces, sígueme. Y quédate cerca.
Ella se levantó con las piernas inestables y lo siguió hasta una pasarela que
se arqueaba sobre el abismo hasta llegar a una lejana columna de piedra
roja que parecía totalmente ajena a Terra.
Unos peldaños de corte cuadrado descendían en espiral hacia la oscuridad.
-De ni vamente no son túneles normales- dijo Alivia.
-Fueron abandonados antes de que se colocara la primera piedra de la
primera torre en las montañas de arriba- dijo Malcador. -Los
constructores de Leng conocían estos caminos bajos, pero nalmente los
abandonaron. Algunas de las marcas que hay aquí abajo son suyas, pero
hacía empo que habían abandonado este reino antes de que el
Emperador abriera las puertas que las sellaban.
-¿Cómo se navega aquí abajo?- preguntó Alivia. -Tengo la sensación de
que no hay un mapa. Al menos no en un sen do normal.
-Hay mapas con sen do si sabes dónde mirar y cómo leerlos, pero incluso
yo recorro estos caminos con cuidado. Un camino que estuvo abierto una
vez puede estar cerrado otra. O caminos que nunca lo estuvieron ahora
llaman al viajero incauto.
-¿Te has perdido alguna vez aquí abajo?
-Por suerte, no- dijo Malcador. -Pero he visto los huesos de los que sí lo
han hecho.
-Bueno, eso es tranquilizador.
-Ven- dijo Malcador. -Quédate cerca y te mostraré por dónde han
caminado los dioses.
-He visto lugares así- dijo Alivia. -Están llenos de sangre y cuerpos de
mortales.
LIBRO TRES
SALÓN DEL LENGUAJE
OCHO
LAS ALMAS DAMNIFICADAS
La escala de aquella devastación, era casi imposible de procesar.
Observado a través del agrietado y vaporoso cristal blindado de una Storm
Eagle, Promeus dedujo que todo aquel tramo de diecinueve kilómetros del
Hemisferio Occidental, fue el que había soportado la peor parte de este
úl mo asalto.
El fuego ardía a lo largo de la muralla y un humo negro como el hollín
cubría las murallas. Un manto de polvo y sangre atomizada, hacía que cada
aliento supiera a metal. Toda la muralla era una escena de terror, pero fue
en la brecha donde la bomba atómica había detonado hacia donde
Promeus enfocó su mirada.
-Los niveles de radiación, son demasiado altos para aquellos que no son
Astartes- declaró el piloto por el comunicador vox.
Aquel piloto, se llamaba Kandallo y era un estoico guerrero enfundado en
la librea dorada de un Puño Imperial. Le faltaba el brazo derecho y la
mayor parte de la pierna izquierda. Unos cables neuroac vadores atados a
sus muñones, le permi an pilotar el Storm Eagle con una sola mano, hasta
que se le pudieran instalar los disposi vos augmé cos que le permi rían
volver al frente.
El chasquido del contador de radiación de la aeronave, se había
intensi cado tanto, que ahora era un zumbido con nuo que ni siquiera el
ensordecedor rugido de los motores del Storm Eagle podía ocultar del
todo.
-He tomado una gran dosis de medicamentos an rradiación- aseguró
seriamente Promeus, -…y no tengo intención de estar ahí mucho empo.
-Cada minuto que pasas me do en estos niveles de radiación, es un
minuto de más- le advir ó el Puño Imperial.
-Entonces seré rápido- a rmó Promeus.
-Asegúrate de que lo eres…- le recordó el piloto de la Storm Eagle.
Promeus, sabía que acercarse tanto a la zona de una detonación atómica,
era imprudente y peligroso, pero la molesta sensación de que algo iba
terriblemente mal, era como una rata hambrienta que le roía el estómago
incesantemente. No sabía qué demonios estaba mal… solo que había algo
que estaba fuera de lugar… y era algo fundamental.
Kandallo, acercó la cañonera a baja altura desde el noreste,
manteniéndose lo más cerca posible de los tejados destrozados. El espacio
aéreo dentro de la égida estaba estrictamente controlado, y cualquier cosa
en el aire se consideraba un obje vo a menos que se demostrara lo
contrario. Su autorización para volar dentro de los recintos del Palacio
provenía del propio Sigillita (en virtud de la conexión que parecía tener
Promeus con Magnus) pero aun así, la psíquica y apagada conciencia de las
armas tripuladas por los servidores que los seguían en las murallas, era
inconfundible.
Intentó, sin éxito, procesar la escala de la lucha que había tenido lugar
aquí; era imposible de comprender, como casi todos los combates de este
asedio. Los cadáveres, innumerables, adornaban las murallas y las laderas
que había ante ellos, las hileras de carne destrozada estaban tan mu ladas
y descuar zadas que era imposible siquiera adivinar cuántos habían
muerto…
¿Miles? ¿Decenas de miles? Da igual, solo es un día más, una tarde más, en
Terra, re exionó en silencio Promeus.
Cientos de heridos se alejaban a trompicones de las murallas, cubiertos de
sangre y mermados por el traumá co impacto del asalto. A muchos, les
faltaban miembros y no parecían darse cuenta, o los llevaban envueltos en
las chaquetas de sus uniformes. Los desgraciados que estaban cegados por
el ash, se aferraban a las paredes en la oscuridad, o eran ayudados por
sus compañeros sollozantes. El número de muertos aquí era abominable,
pero el número de heridos, era muchísimo mayor.
-Incluso si ganamos, ¿seremos capaces de asumir el coste...?- susurró
pensa vo Promeus.
Su mirada se detuvo en un grupo de Ángeles Sangrientos, que se movían
entre la mul tud de heridos, con el rojo de sus armaduras desgastado por
el fuego y la furia del ataque. Algo en su comportamiento le pareció
inusual a Promeus, pero un banco de humo que se extendía a la deriva,
oscurecía el suelo y cuando volvió a mirar, ya no pudo verlos.
Los restos humanos, se mezclaban con los cuerpos de los astartes y los de
otras criaturas de pelaje enmarañado, pieles escamosas y carne correosa,
pues el ataque no había terminado simplemente con la llegada de las
Legiones IX y VII. Había sido necesaria la ferocidad combinada de los
Ángeles Sangrientos, los Puños Imperiales y las reservas del Ejército
Imperial, me dos en tanques sellados para desalojar a los Mil Hijos y a sus
bes ales aliados de la muralla. Las bes as habían quedado calcinadas por
la radiación, con sus cuerpos devastados, ampollándose y desprendiendo
carne de sus huesos, pero habían luchado con uñas y dientes para
aferrarse a las murallas.
Los Ángeles Sangrientos de Tamaya, defendían los ancos de la brecha
principal y un sólido muro de los Puños Imperiales de Iacono, sostenía y
reconstruía el centro. Una neblina caliente recorría el aire sobre la muralla,
mientras los grupos de protección rellenaban la brecha con hormigón de
fraguado rápido, perforaban el suelo con barras de refuerzo y atornillaban
los generadores refractarios en las partes supervivientes del parapeto.
-En doce horas, los Puños Imperiales conseguirán que este muro vuelva a
ser funcional- a rmó ufanamente Kandallo.
-El empo, es lo único que no tenemos…- se lamentó Promeus, mirando
hacia aquellos crepitantes bancos de niebla más allá de las murallas, que se
asemejaban a tsunamis de fuerza elemental, listos para estrellarse sobre el
Palacio y arrasar a todo y a todos los que estaban en él. -Y no importa lo
que sean capaces de hacer… no será su ciente.
Las sombras, se agitaban y parecían tartamudear en la niebla, dejando
a sbar fugaces visiones de cuernos y garras, dientes y ojos que no parecían
parpadear. En su interior, se escondía una enorme malicia, potente y llena
de odio.
Demasiadas cosas habían ocurrido desde los embriagadores e inocentes
días en que él y Kallista, Camille y Mahavastu, habían compar do cafeína
bajo un toldo y deba do el por qué habían sido asignados como
Rememoradores a la XV Legión. Por aquel entonces, la galaxia tenía
sen do y la idea de que los Mil Hijos siguieran al Señor de la Guerra por el
camino de la traición, era una auten ca absurdez.
Traición… La propia palabra le sabía a rayos en la boca.
Incluso después de todo lo que había visto y hecho, apenas se atrevía a
pronunciarla.
La Storm Eagle, se inclinó sobre su eje e inició una rápida espiral
descendente, guiada por aquel Puño Imperial con una armadura tan
empapada en sangre, que Promeus lo confundió por primera vez con uno
de los guerreros del Ángel de Baal.
Promeus, se desabrochó del asiento graví co cuando la puerta de la
aeronave retrocedió y el aire caliente se introdujo en el interior.
Inmediatamente, su piel sin ó el sarpullido mortal de la radiación y su
ritmo cardíaco, se aceleró al saborear los metales pesados, las toxinas
isotópicas y los humos cáus cos que cubrían el Hemisferio Occidental.
-Recuerda, no permanezcas más empo en este lugar…- advir ó Kandallo.
Promeus asin ó y bajó de la aeronave. Sin ó el calor a través de sus botas,
cada paso era cada vez más pegajoso, a medida que las gruesas suelas de
goma se ablandaban. Miles de guerreros, se movían por todo el espacio
detrás del muro, voluminosos transhumanos con sus pesadas armaduras,
militares enmascarados y docenas de unidades de Ingenieros de
For caciones (Pioneers en el original, nT) trabajando para reparar los daños.
-Este no es lugar para los mortales...- volvió a señalar el Puño Imperial que
había guiado la cañonera hacia abajo.
-Eso me han dicho…- respondió Promeus con una sonrisa torcida.
-Deberías volver a subir a la cañonera y marcharte- le insis ó el Astartes.
Promeus negó con la cabeza.
-Estoy buscando a Bödvar Bjarki, un miembro de la Sexta Legión…-
con nuó diciéndole Promeus.
El Puño Imperial, hizo un gesto con el pulgar en dirección a una serie de
endas de campaña con paredes de plás co instaladas a sotavento de la
muralla. Un puesto de socorro montado a toda prisa.
Promeus empezó a darle las gracias, pero el guerrero ya se estaba
alejando, eliminando cualquier recuerdo de su presencia. Se encogió de
hombros y se apresuró a acercarse al puesto de socorro, aferrando con
fuerza su bolsa de mejunjes, mientras oía fuertes maldiciones en Futharc
que salían desde dentro de la enda. Alrededor de su perímetro, se
acumulaban lagos de agua turbia y en el aire, otaba un humo acre y
an sép co.
Atravesó una cor na de ras de goma, probando el amargo hedor de la
lejía y el cálido sabor metálico de las duchas de descontaminación. El
interior del puesto de socorro, estaba repleto de guerreros Astartes, a los
que se les estaba limpiando el polvo radiac vo de sus vulnerables
ar culaciones y el cableado de sus armaduras. La mayoría eran Ángeles
Sangrientos y Puños Imperiales, por lo que no era di cil dis nguir a Svafnir
Rackwulf y Olgyr Widdowsyn.
Estaban de pie, con los brazos en alto, mientras el personal médico (con
trajes de protección contra sustancias peligrosas) los lavaba con agua
clorada y les fregaba la armadura con cepillos de cerdas duras.
Ambos Astartes, parecían encontrar el proceso muy diver do y se reían de
las atenciones no demasiado suaves del personal médico. Los parches de
metal desnudo, brillaban en los lugares donde los colores de la Legión
habían sido eliminados por la radiación y por el proceso de
descontaminación.
Rackwulf lo vio venir y dijo: -¿También has venido a tomar una ducha
refrescante, Espectro del Des no (wyrd-wraith en el original, nT)?
-Estos hombres con los cepillos, hacen cosquillas…- añadió diver do
Widdowsyn.
-¿Dónde está Bjarki?- preguntó amablemente Promeus.
-Allí…- indicó secamente Rackwulf, escupiendo un puñado de emas hacia
el fondo del puesto de socorro.
Promeus asin ó y se abrió paso entre el personal embozado y los
guerreros con armadura, para nalmente encontrar a Bjarki sentado sobre
un cajón de munición vacío. Un guerrero con una armadura desconocida y
que estaba a espaldas de Promeus, estaba inclinado sobre el Lobo Espacial,
trabajando en algo que no podía ver.
Dos guerreros con armaduras relucientes y empapadas se encontraban
junto a él y tal era el daño causado a sus armaduras, que Promeus tardó
unos segundos en darse cuenta de que eran de la XVIII Legión. Al igual que
Rackwulf y Widdowsyn, gran parte de sus colores habían sido calcinados y
erosionados, dejando su armadura como un mosaico de verde jade y
ceramita cruda.
-¿Salamandras?- comentó en voz alta y los dos guerreros, se volvieron
hacia él.
La hos lidad brillaba en sus ojos y Promeus se detuvo, haciendo gestos con
las manos abiertas.
-¿Promeus?- preguntó medio sorprendido Bjarki sin levantar la vista. -
Puedo olerte, incluso por encima del hedor de los descontaminantes. Tu
sudor, me recuerda a la grasa de Hrosshvalus, pero no deberías estar aquí
si no es para ducharte. Hay mucho fuego radiac vo alrededor. Muy malo
para los mortales, me dicen. También es malo para nosotros, aunque no
tanto como para matarnos…
-¿Lo has visto?- preguntó incómodo Promeus.
-¿Ver a quién?- barruntó el Lobo Espacial.
-¡A Magnus!, ¿A quién más si no? Tú... Espera, ¿qué te pasó en el brazo?-
se corrigió Promeus al darse cuenta.
El Salamandra que estaba de espaldas a Promeus se había sentado
derecho, revelando el trabajo que había estado haciendo para sellar el
muñón, donde una vez estuvo el brazo izquierdo de Bjarki. Una tosca
abrazadera, había sido jada a la armadura de Bjarki alrededor de su codo,
con una tapa de metal trabajado, para cubrir el muñón de su brazo. La
mano de carne y hueso de Promeus, se dirigió a la tersura de porcelana de
su propio augmé co, cuando volvió el recuerdo de Kami Sona y el
agonizante fuego que quemó su extremidad.
-¡Ja! Ahora conozco tu dolor, Rememorador- se jactó Bjarki cuando vio el
gesto.
-¿Qué ha pasado?- quiso saber el Rememorador.
-Poca cosa…Mi nuevo hermano, Atok Abidemi, lo cortó con esa gran
espada bastarda que ene…- resumió Bjarki, señalando con la cabeza al
imponente Salamandra.
Promeus miró la monstruosa espada dentada a la espalda de Abidemi y no
dudó ni un segundo de que podría haber cortado el brazo de Bjarki.
-¿Por qué?- preguntó horrorizado Promeus.
-Porque nos habría matado a los dos si yo no lo hubiera hecho…- resumió
el guerrero al que Bjarki había llamado Abidemi, con una voz que
recordaba al rechinar de bloques de roca ígnea en la garganta de un
volcán.
-Y no se equivoca...- dijo Bjarki, como si el asunto de su brazo perdido no
tuviera importancia. -El poder del Lobo del Mundo, es como una
borrachera de dzira. (dzira: potente bebida alcohólica de Medusa nt). Una vez que se
te mete en la sangre, es di cil resis rse a aferrarse a esa sensación un
poco más… aunque te mate. U licé mi poder y el de Atok, para sacar el
poder oculto de nuestras legiones: un poderoso dragón de fuego y ceniza
de su Legión, un lobo invernal de hielo in nito de mi Legión.
El Sacerdote Rúnico, se quedó unos momentos en silencio…. Recordando.
-Semejante espectáculo Promeus... ¡habrías escrito epopeyas de tan
increíble batalla! Ellos dos, desgarraron al Cíclope Rojo y por el juramento
del Padre de Todos, él derramó sangre. Verlo herido... ah, fue algo bueno,
demasiado bueno. En mi furia, nos habría matado a ambos para ver al
monstruo sangrar un poco más...- se jactó el Lobo Espacial, con un
maligno brillo en sus ojos.
-¿Le has hecho daño? ¿Realmente heriste a Magnus el Rojo?- se
sorprendió un boquiabierto Promeus.
-¡Por el Juramento al Padre de Todos! ¡Sí, lo hicimos!- aseguró con una
sonrisa en sus labios Bjarki.
El guerrero al que Bjarki había llamado Abidemi, lo evaluó con frialdad.
-¿Este es el que has mencionado?- preguntó el Salamandra,
incorporándose para alcanzar su máxima altura. -¿El que albergó el alma
del Rey Carmesí durante un empo?
Las palabras estaban llenas de violencia, como si Abidemi fuera a coger su
temible espada y par r a Promeus en dos.
-Ése es… el mismo- respondió Bjarki, exionando lo que le quedaba de
brazo. -No parece gran cosa, pero hay poder en él. No enes que
preocuparte por su lealtad, nacido del fuego. Su Wyrd y el del Cíclope
Rojo ya no están entrelazados, pero se reconocen mutuamente. Fue
Promeus quien nos advir ó de la presencia del Traidor en el Hemisferio
Occidental.
Abidemi inclinó la cabeza hacia un lado, evaluándolo de nuevo. El corazón
de Promeus, retumbó con fuerza en su pecho cuando el Salamandra
levantó su espada… pero sólo fue para envainarla sobre su hombro.
El guerrero dio un paso hacia Promeus, con sus ojos rojos clavados en él.
-¿Por qué estás aquí?- preguntó hoscamente Abidemi. -Te habrán dicho y
recalcado que esta zona, es letalmente peligrosa para los mortales,
¿verdad? y aun así has venido… ¿Por qué?
Promeus se resis ó a dar un paso atrás ante la gigantesca mole del
Salamandra. La piel de ébano y los ojos ardientes del hombre, eran
completamente inhumanos, pero vio algo que lo tranquilizó.
-Porque algo va mal… No sé qué es, pero nada de este ataque ene
sen do. Durante todo el empo que las fuerzas del Señor de la Guerra
han estado atacando las murallas, no hemos visto nada de Magnus… más
allá del ataque al Barrio de la Gorgona y a la Muralla Colossi- comenzó a
explicarles el Rememorador. -¿Por qué ataca el Hemisferio Occidental?
¿Por qué ahora? ¿Por qué emplear armas para abrir una brecha en las
murallas que le impide u lizar su abrumadora ventaja numérica? ¿Por
qué rendirse tan fácilmente después de una irrupción tan explosiva?
-¿Crees que los Hijos se rindieron fácilmente?- se burló uno de los
Salamandras que estaban detrás de él, un tán con un mar llo
grotescamente grande sostenido sobre sus hombros.
Promeus no se había dado cuenta hasta ahora, pero estaba
completamente acorralado por los Salamandras. A pesar del aval de Bjarki,
no con aban en él. A ojos de los Salamandras, todavía estaba manchado
por el toque del Rey Carmesí.
-Cuéntame qué pasó con Magnus, por favor...- les imploró Promeus a los
allí presentes. -Todos ustedes… Y no dejen nada fuera.
Abidemi comenzó su relato de manera seca y obje va y Promeus, dejó que
sus sen dos psíquicos se desplazaran lentamente hacia el exterior,
atrayendo el recuerdo de lo que el Salamandra había visto y sen do. A
medida que Bjarki añadía su propio relato a la historia, más detalles
tomaban forma en la mente de Promeus.
En su vida anterior, la que precedió a su selección para la orden de los
Rememoradores (incluso antes de los infructuosos años que había pasado
recorriendo el mundo en busca de una cura para su esposa moribunda)
había u lizado su capacidad psíquica para leer las auras de aquellos con los
que hacía negocios, separando la verdad de la men ra y u lizando su
intuición preternatural para hacerse absurdamente rico.
Ahora, incorporaba el recuerdo de estos guerreros en una proyección
mental dentro de su cabeza, reviviendo el horrible con icto en las
murallas. El humo, la sangre, los gritos y las estruendosas ráfagas de
ar llería. Sin ó el calor del nacimiento del dragón y el frío helado del
aliento del lobo.
La impresionante visión de aquel sobrenatural espectáculo, hizo que su
corazón mortal se estremeciese al verlos.
Eran las almas desatadas de las Legiones de Bjarki y Abidemi y sólo un loco,
no retrocedería horrorizado al ver una fuerza destruc va tan pura como
ésta.
…Unimos el poder de los monstruos a nuestro combate…
Se puso rígido al ver cómo los avatares de las dos Legiones, se enroscaban
alrededor de la celes al gura de Magnus, arañando y mordiendo,
rasgando y desgarrando el prís no color dorado de su forma acorazada.
Promeus saboreó la lluvia negra, como el diluvio que había ahogado los
úl mos momentos de Prospero. No había visto jamás esa lluvia, no había
probado su sabor ceniciento y salobre en su vida, pero el fragmento del
alma del Rey Carmesí la había visto y probado, así que el recuerdo, era tan
fuerte como si hubiera estado entre los fuegos de la perdición de Tizca y la
hubiera visto arder.
Vio a Magnus gritar de dolor y comprendió la re cencia de Bjarki a liberar
el poder que hería a su enemigo más odiado. Un destello dorado, un
orecimiento del rojo en el cielo torturado… y todo terminó. Los Hijos
retrocediendo, con su divino maestro desterrado de la vista.
Cuando el relato terminó, Promeus sin ó el calor y el hielo de los avatares
gemelos uir afuera de su cuerpo y se alegró de su par da. Repi ó sus
úl mos momentos en su mente, viendo de nuevo la agonía de Magnus, el
miedo en su único ojo mientras abandonaba el campo de batalla.
Otra vez… Lobo y dragón, mordiendo y arañando.
Otra vez… Un rayo dorado. Un chasquido de aire desplazado. Y una as lla
de oro, un soplo de aire viejo.
Otra vez. Miedo en la mirada de Magnus…
No… Eso es lo que quería que pensara cualquiera que tuviera poco criterio
al respecto… maldita sea…
Promeus se volvió hacia Abidemi.
-¿Lo viste re rarse realmente? ¿A Magnus? ¿Lo viste retroceder con sus
hijos, con la Legión?- comenzó a preguntar insistentemente Promeus.
-Lo hice- a rmó secamente Abidemi.
-¿Estás seguro? ¿Absolutamente seguro?- volvió a preguntar
frené camente Promeus.
-Claro que sí- gruño de mala gana Abidemi. -Mis ojos, son capaces de
atravesar el humo y el fuego mejor que cualquier persona aquí. Lo vi roto
y sangrando. Lo vi cojeando en medio de la niebla tóxica que lo ocultaba.
-¿Lo viste en verdad?- lo apremió Promeus con urgencia. -¡Necesito saber
que lo viste retroceder!
-Yo también lo hice, Fantasma del Des no- le espetó de mala gana Bjarki,
poniéndose de pie y recogiendo su bastón. -¿Por qué necesitas saber con
tanta urgencia si lo vimos huir?
-Porque creo que vieron lo que él quería que vieran…- a rmó un agitado
Promeus, dándose la vuelta y saliendo corriendo del puesto de socorro.
Una espantosa y desgarradora sensación, se desenrollaba en su estómago.
Tal vez fuera un incipiente envenenamiento por radiación, pero no lo creía.
Su mente estaba inundada de imágenes de Magnus inmerso en la tánica
batalla con el lobo y el dragón… Sin previo aviso, Promeus proyectó su
mente hacia el exterior, más allá de los restos de la batalla del Hemisferio
Occidental.
Ahzek Ahriman, le había enseñado cómo llevar su mente más lejos de lo
que jamás había creído posible y Promeus, no pasó por alto la ironía de
que ahora, estaba volviendo esos mismos poderes contra ellos.
Cayó de rodillas al saborear los bordes del odio, el horror y la locura más
allá de los muros. Un pantano de mentes rotas y esclavizadas, un océano
de enfermedad con fragmentos de cristal envenenado alojados en cada
corazón y cada ojo.
En medio de los millones de pinchazos de luciérnagas de vidas mortales y
astartes, ardían soles más grandes, demasiado brillantes para mirarlos. La
esencia de Magnus y sus Hijos... Almas antaño poderosas, ligadas a un
propósito superior y ahora, mancilladas por una fatalidad de su propia
cosecha. Su poder, no era tan grande como para dirigirlas o considerarlas
como algo más que estrellas imposiblemente poderosas de un brillo
maldito.
Sin embargo, incluso entre estas estrellas malditas, una... debería haber
brillado más que todas las demás.
-Mmmm… No estás ahí…- barruntó en tono grave Promeus.
-¿Se puede saber de qué estás hablando?- le preguntó Abidemi de mala
gana.
Promeus se volvió hacia los guerreros de las Salamandras y los Lobos
Espaciales, mirando más allá de ellos hacia el corazón mismo de la
fortaleza del Emperador.
¡Ahora comprendía la fuente de su miedo mordaz!
-Maldita sea… El Rey Carmesí...- logró ar cular un balbuceante Promeus. -
¡Está dentro del Palacio!
***
Se movían entre los defensores como fantasmas… Como animales de
presa en lo profundo de los cotos de caza de los Carnotauros. El aire,
estaba cargado de radiación y miedo.
¿Es este el nal?
¿Quién cuidará de mis hijos cuando me vaya?
El Emperador protege.
No quiero morir...
El Emperador nos ha abandonado.
Tómalo a Él, no a mí.
Los cinco se movían entre la marea humana, dirigiéndose hacia el este de
las ruinas del Hemisferio Occidental. Los impactos de los proyec les
estallaban en lo alto, entre estelas de misiles y detonaciones atmosféricas.
Imitaban el andar plomizo de los heridos, o los trauma zados, que
simplemente se alejaban de las zonas afectadas por los combates.
Como si alguna vez pudiera haber una escapatoria de las matanzas que se
promulgaban cada día se recordaba a sí mismo Magnus.
Magnus echó un vistazo a la armadura de sus hijos Ahriman, Amon,
Menkaura y Atrahasis y todavía podía dis nguir el orgulloso rojo y el pálido
círculo de una serpiente estampado en sus hombreras. Un símbolo, que los
marcaba como vinculados al servicio del Señor de la Guerra.
Pero yo… meditó el Primarca.
Para cualquiera que lo mirara, Magnus estaba ahora envuelto en la
apariencia ilusoria de un guerrero leal de la línea del Frente: un astartes
envuelto en una robusta armadura Mark IV, mostrando una hombrera
desconchada, marcada con la gota de sangre alada de la IX Legión.
Sin ó la incomodidad de sus hijos al ver a su padre gené co como uno de
ellos.
-¿Les molesta verme así?- preguntó amablemente Magnus.
Su voz era calmada, tranquilizadora y segura, pero carente de su habitual
poder de mando.
+Como lo haría cualquiera de sus leales hijos, mi señor+ envió
mentalmente Ahriman.
-Habla en voz alta, Ahzek...- lo advir ó Magnus. -Los cazadores, estarán
atentos a las anomalías psíquicas dentro del Sanctum Imperialis.
-Lo siento, mi señor...- se disculpó Ahriman, -pero me resulta di cil
conciliar la imagen de un enemigo, con el hecho de saber que es mi
Primarca. Incluso los más grandes Magi de los Athanaeans, serían
re centes a la manipulación psíquica a una escala tan colosal como esta.
Miles de enemigos los rodeaban: Astartes leales, Ejército, Mechanicum,
trabajadores civiles y los Migou, pero ninguno de ellos se percataban
realmente de la presencia de los Mil Hijos en medio de ellos. Las mentes
embotadas de los mortales y de sus otrora hermanos, oprimían la
conciencia de Ahriman como un océano contaminado que se levantaba
para tragarse una isla paradisíaca.
-Esta mul tud no se preocupa por nosotros...- les explicó Magnus. -Sólo
piensan en términos del horror que sienten minuto a minuto, su miedo al
dolor y lo que pueden in igir en represalia.
-Tú eres mi Primarca- se confesó Ahriman. -He visto cómo tu poder
cargaba con una ciudad entera a través de la galaxia, pero esto... ¿Cómo
es posible que caminemos sin ser vistos dentro de la madriguera de
nuestros enemigos bajo su escudo Teletésico?
-Mira hacia arriba...- le pidió Magnus. -¿Qué ves?
-Un brillo ondulante de luz petroquímica que se refracta a través del
escudo de la Aégida- repuso Ahriman.
-¿Y que más?- con nuó Magnus, guiando a su Astartes.
-Patrones. Fragmentos que evolucionan caó camente donde el escudo
falla- comenzó a explicar Ahriman, al mismo empo que Magnus, sen a
que su atención se desviaba al seguir aquellas espirales de luz abigarrada
que se dividían sin cesar. -Siento que un signi cado más profundo podría
revelarse si tuviera empo de descifrarlo…
-Cuidado...- le advir ó Magnus. -No abandones la quinta enumeración.
Ahriman volvió a concentrarse en el más voluble de los escalones dorados.
-¿Qué ves, mi señor?- preguntó curioso Menkaura.
-Veo luz…- comenzó a explicarles Magnus. -La luz re ejada, que toca las
re nas de todos los que nos rodean. La maravillosa complejidad de los
mecanismos biológicos del ojo humano, que transforma los fotones en
señales eléctricas, para poder ser interpretadas por el cerebro. En
circunstancias normales, si sus cerebros leyeran correctamente esas
señales, los defensores percibirían nuestras verdaderas formas. Pero
estoy convenciendo a los cerebros de todas estas personas para que
ignoren esas señales. Somos visibles en las formas que yo elijo para que
ellos las perciban.
-Sólo he realizado un engaño tan elaborado a una sola persona…- repuso
sorprendido Amon. -Pero comprometer los sistemas de creencias
neurológicas de tantas psiques a la vez...
-Ayuda el hecho de que estos hombres y mujeres están completamente
agotados- se jactó Magnus. -Sus facultades mentales, se han reducido casi
al nivel de los servidores después de semanas de horror constante. Todo
ello, hace que sea más fácil manipular tantas mentes sin ac var los
guardianes psíquicos del Palacio Interior, aunque uso la palabra "más
fácil" con precaución.
-No todas las mentes de aquí están tan embotadas- apos lló Menkaura,
con su venerable mirada barriendo los rostros de los soldados imperiales.
Magnus asin ó.
-Efec vamente, hay algunos dotados más allá de lo normal, con una
chispa latente que podría haber sido alimentada hasta la grandeza con el
más mínimo cuidado. Por mucho que sus sensibilidades embotadas
permitan escudarnos, me entristece saber que ninguna de esas mentes,
alcanzará jamás ni siquiera una fracción de su verdadero potencial. Eso es
lo que cambiaremos cuando esto termine, cuando podamos reconstruir
el genoma psíquico adecuadamente.
Magnus captó un destello de un recuerdo de Ahriman, rápidamente
reprimido... pero había pocas cosas que sus hijos pudieran pensar y que él
no supiera.
Una nave de combate Storm Eagle maltrecha, con las planchas del casco de
un color ocre apagado...
Hubo un momento fugaz de conexión que le hizo girar la cabeza.
¡Una mente singular dentro…!
-Lemuel Gaumon...- masculló Magnus y sin ó que Ahriman, se estremecía
al mencionar al hombre que había seguido sus pasos desde antes de la
rebelión del Señor de la Guerra. -Yo también sen su presencia. Su carne
contenía un fragmento de mi alma. ¿Cómo podría no hacerlo?
Ahriman dudó antes de responder.
-Me inquieta que esté aquí, mi señor. Pensé que estaría muerto…- se
confesó Ahriman.
-Todos lo creíamos, pero eso no signi ca nada, Ahzek. El mayor con icto
que ha visto la galaxia llega a su clímax y los actores de este drama,
deben reunirse. Desde los actores principales hasta el coro, ¿a qué otro
lugar de este melodrama podría acudir cualquier alma de importancia?-
lo corrigió Magnus negando con la cabeza.
-Casi alcancé a rozar sus pensamientos…- musitó Ahriman, mirando a las
mul tudes de almas imperiales. -Incluso pensar en Lemuel, hace que mi
control aquee.
Magnus comprendió el verdadero origen de los problemas de Ahriman. A
él también le afectaba.
-Los sientes a todos, ¿verdad?- le preguntó Magnus, dejando que sus ojos
vagaran, desenfocados, sobre los condenados defensores del Palacio de su
padre. -Sus mentes… Todos sus pensamientos y temores.
-Efec vamente...- respondió Ahriman. -La nobleza y la miseria… y todo lo
que hay en medio.
-La constatación de la mortalidad, saca lo mejor y lo peor de la
humanidad, hijo mío...- replicó amargamente el Primarca de los Mil Hijos. -
La mujer que acude a las reuniones clandes nas de quien llaman la Santa
y sueña con ser elevada al cielo en sus alas de plata y oro… El hombre
que se acuesta con su o cial al mando con la esperanza de ser des nado
a una parte despejada de la muralla… El hombre que asesinó a su esposa
y se ofreció como voluntario para el Hemisferio Occidental, pensando
erróneamente que su muerte expiará de algún modo el hecho… El chico
que pensó que esta lucha sería una gran aventura, pero que ahora ha
descubierto la verdad de la men ra de la guerra… Tantas mentes, tantos
pensamientos…
A decir verdad, Magnus estaba disfrutando de la pura arrogancia de esta
aventura.
***
Bjarki, había conseguido hacerse con un vehículo para cuando Promeus
consiguió transmi r al Bas ón Bhab la no cia de la intrusión del Rey
Carmesí. Cuando Promeus salió del puesto de socorro, vio que Bjarki se
acercaba en una maltrecha caja de metal montada sobre cuatro orugas con
una torreta montada en la parte delantera, con una especie de cañón
Gatling. Widdowsyn, subió a bordo para manejar el cañón de la parte
superior, mientras los tres Salamandras rodeaban el vehículo con sus ojos
llenos de desdén.
El Sacerdote Rúnico, bajó de la puerta lateral blindada y golpeó la
polvorienta chapa del vehículo con el único puño que le quedaba, llena de
cicatrices de bala.
-¡Mira esto!- se congratuló Bjarki. -El hombre que me dio esto dijo que se
llama… Taurox.
-Es la cosa más fea que he visto nunca...- repuso Promeus con gesto de
asco. -Por el Trono… ¿Es al menos seguro? Parece algo que ha sido
saqueado por los radioexcavadores de Nordafrik, antes de ser saqueado
de nuevo por el Ejército… y que ni siquiera se molestaron en deshacer el
daño.
-Ninguno de nosotros, es nada agradable a la vista…- se burló Bjarki,
sonriendo y levantando su brazo cortado. -Además, Barek Zytos me dice
que un Taurox es una bes a legendaria de su mundo natal. ¡Ja! Eso al
menos es una buena señal, ¿no?
-Un Taurox, es una bes a letalmente peligrosa de la llanura de Arridian-
intervino Zytos, poniendo su mar llo sobre el hombro. -Siempre quise
matar un taurox algún día... pero supongo que ahora no lo haré nunca.
-¿Te lo han dado?- preguntó visiblemente preocupado Promeus,
golpeando con los nudillos la maltrecha chapa. Las escamas de óxido se
desprendieron.
Bjarki se encogió de hombros.
-No lo estaba usando… y los hombres que transportaba… bueno, ahora
están muertos.
-Oh, bueno, eso hace que me sienta mucho mejor acerca de montar en
él...- contestó sarcás camente Promeus.
-Ya sé que no es un Lobo de Trueno (ThunderWolf en el original, nT), pero al
menos es rápido- nalizó el Sacerdote Rúnico con gesto cómico.
Bjarki, clavó su bastón en el suelo y lo apoyó en el casco del Taurox,
mientras Abidemi daba la vuelta hacia la puerta de acceso de la
tripulación. Antes de que el salamandra pudiera subir a bordo, dijo: -Amigo
Atok…
Abidemi se volvió, con su piel oscura cubierta de sudor y sus ojos
encendidos con un nuevo propósito. Bjarki, estaba delante de él mientras
Svafnir Rackwulf, daba vueltas por detrás, como un compañero de manada
que cierra la re rada de una presa. El des gurado cazador, le entregó a
Bjarki su lanza dentada y se cruzó de brazos como un autén co
guardaespaldas gené camente aumentado.
-Llegamos a Terra por caminos muy diferentes...- comenzó a decir Bjarki. -
Como los extremos deshilachados de una larga y an gua cuerda. Pero
ahora el Wyrd, me dice que nuestros hilos se unen, convir éndose en
uno solo.
Bjarki se golpeó la punta de la lanza contra el pecho, donde Promeus vio
que había tallado la forma angular de lo que parecía una rugiente cabeza
dracónica en el peto de su armadura.
-Derramaste la sangre de Fenris para salvar mi vida y eso... nos hace
hermanos- sentenció el Sacerdote Rúnico.
Hizo girar el arpón de Rackwulf, apoyando la cabeza justo encima del
muñón de su brazo dañado, con la punta de la lanza apuntando al corazón
de Abidemi.
-¿Y qué es lo que quieres ahora? ¿Derramar la sangre de los míos?- tronó
el Salamandra.
Bjarki se rió.
-¡No, hermano!, pero estamos unidos. Lobo y Draco… guerreros de hielo
y fuego. Semejante simbolismo, no debe pasar desapercibido. Marcaré tu
placa de guerra como he marcado la mía con el símbolo del Mor fero, el
poderoso dragón de la eterna sed de erra. El fuego es su sangre y el
hielo, su piel escamosa- manifestó con gesto alegre el Sacerdote Rúnico.
El Sacerdote Rúnico hizo avanzar el arpón, pero justo antes de que la punta
tocara el verde intenso de la placa de Abidemi, el Salamandra lo agarró y
sacudió la cabeza.
-Esta armadura, fue forjada a la sombra del Monte del Fuego de la
Muerte, trabajada por el mar llo del propio T'kell- le explicó seriamente
Abidemi. -No puedo permi r que la grabes, Bjarki.
-¿Ni siquiera para celebrar nuestra hermandad?- preguntó con gesto serio
Bjarki.
-Ni siquiera para eso...- a rmó Abidemi. -Sólo los ar ces del culto
Prometeico, pueden trabajar la armadura de un legionario de los
Salamandras.
Bjarki asin ó y simplemente, le devolvió la lanza a Svafnir Rackwulf.
-No ene importancia…- nalizó el Astartes. -Pero ten presente que el
Wyrd, nos ha marcado.
Recogió su bastón y subió a bordo del Taurox.
-Vamos...- los animó Bjarki con una sonrisa. -¡Vamos a machacar a ese
bastardo tuerto!
NUEVE
FUEGO VIVO
Los estrategas de la Aeronáu ca Imperial los clasi caron como
Doom res, pero ése era simplemente un término que englobaba múl ples
patrones de bombarderos readaptados capaces de realizar operaciones en
el vacío y trabajos atmosféricos. El pulso e-mag de la detonación atómica
sobre el Hemisferio Occidental hizo volar diecisiete pilones de vacío
colocados a lo largo del Recinto Khat Mandau y la totalidad de los
reconstruidos en el Barrio Saturnine tras las devastadoras secuelas de los
legionarios del Fénix.
Las cuadrillas de pioneros, los es badores requisados y los es badores
reclutados fueron arrastrados por las cuadrillas de trabajo del Mechanicum
para reconstruir la red de égida y parchear la cobertura que se degradaba
rápidamente. Incluso ahora, semanas después del asedio, el interminable
bombardeo desde la órbita y la baja atmósfera seguía perforando como
lanzas de punta dorada las humeantes naves negras, y lagunas como ésta
eran inaceptables.
Cientos de miles de municiones convencionales estallaban contra el escudo
de la Aégida cada día, y andanadas de macro proyec les de alta velocidad
pintaban los extremos exteriores de la Aégida cada segundo. Ante tal
volumen de fuego, era inevitable que decenas de ellos atravesaran las
brechas para golpear la fortaleza que había debajo.
Distritos y estructuras enteras eran cráteres humeantes por la penetración
de una sola ojiva. Los generadores de vacío portá les, des nados a
proteger los centros de mando y control de las unidades de ar llería
móviles, estaban encadenados alrededor de los circuitos internos del
Sanctum Imperialis para proteger lo mejor posible a la población civil, pero
tales defensas eran medidas provisionales en el mejor de los casos.
La brecha en la cobertura de la Aégida no se notó inmediatamente hasta
que los motores gemelos de un bombardero imperial Marauder, que
regresaba de una salida sobre Annapurna y los reductos destrozados de
Gorgon Bar, nalmente se desprendieron de la superestructura de la
aeronave. Los restos en llamas se arqueaban hacia abajo y los civiles
exhaustos observaban cómo seguían cayendo en lugar de explotar en la
ondulante cúpula de fuerza que había sobre ellos.
Arrastrando humo negro y llamas, se estrelló contra la parte superior de la
más meridional de las Torres Taxonómicas, a seis kilómetros al este de la
cúpula del Hegemon. Las reservas de combus ble del Marauder
prác camente se habían agotado, sus municiones se habían gastado sobre
los campamentos enemigos del segundo circuito del Sector de la Gorgona,
así que cuando la parte superior de la silenciosa torre se estrelló contra el
suelo en una avalancha de acero y piedra retorcidos, sólo murieron los
adeptos que se encontraban en su interior y los refugiados agrupados
alrededor de su base. En términos rela vos, fue un momento insigni cante
para los que estaban dentro de las murallas y fueron tes gos de la
desaparición de la nave de ataque.
Pero para los que observaban más allá de los muros, fue mucho más.
Las conversaciones del enemigo informaron de una posible brecha en la
cobertura de la Aégida y, en cues ón de minutos, el equivalente a seis
escuadrones de aeronaves con alas delta surgieron de búnkeres
subterráneos reforzados o se lanzaron desde portaaviones de baja
atmósfera. Los augures imperiales los vieron casi inmediatamente, ya que
no intentaron ocultar su aproximación ni disimular su obje vo. Las torretas
de defensa cercana y las baterías an aéreas de Adamant y Saturnine
llenaron el cielo con ráfagas de fragmentos y fuego rasante, pero la
interferencia electromagné ca que había, signi caba que estaban
disparando a ciegas.
Los Thunderbolts y Furies que ya estaban en el aire fueron redirigidos casi
instantáneamente, sus protocolos de intercepción perfeccionados tras la
feroz intensidad de la guerra aérea. Incluso ahora, el cielo del Hemisferio
Occidental estaba plagado de polvo cegador, feroces tormentas térmicas
capaces de derre r el plas acero y furiosos tornados lo su cientemente
potentes como para par r en dos las aeronaves más grandes.
El enfrentamiento se libró por medio de instrumentos, ya que el polvo
radiac vo que oscurecía la persistente nube en forma de hongo se burlaba
de cualquier intento de lucha visual. Los pilotos giraron, viraban y se
sumergían en medio de nubes cegadoras que obstruían los puertos y los
conductos de ven lación. Los motores se paraban y las armas fallaban,
obstruidas por el polvo y las interferencias atómicas. Los pilotos que
luchaban demasiado empo morían cuando las bolsas de aire abrasadoras
derre an los cristales de las cúpulas o las ráfagas de radar detonaban las
ojivas de las góndolas de los misiles.
Las explosiones pintaban el cielo con láminas de llamas anaranjadas
mientras las estelas de los proyec les se extendían como frondas de luz
arrastradas por el viento. La eyección de un caza herido era un suicidio,
ningún cuerpo mortal podía sobrevivir a la tormenta de explosiones, a los
combates de aeronaves y a las bolas de fuego abrasadoras.
Sólo tres aeronaves enemigas sobrevivieron para atravesar la brecha de la
Aégida, volando por debajo de las nubes de radiación y con ando en sus
compañeros para mantener ocupados a los interceptores imperiales.
Sólo tres.
Tres bombarderos Doom re clasi cados como Iniquidades.
Totalmente cargados con bombas de racimo y misiles aire- erra melta.
***
Las murallas del Hemisferio Occidental se encontraban a vein cinco
kilómetros detrás de ellos, oscurecidas por los bancos de nubes
anaranjadas que avanzaban en las amplias procesiones que discurrían
entre las estructuras doradas de la grandeza imperial. El polvo colgaba en
espesos velos sobre los miles de refugiados que se apiñaban junto a la
arquitectura de la ambición imperial, cargados de toxinas y veneno que se
instalaban en lo más profundo de la médula.
Magnus había marcado un ritmo brutal, sus apariencias percibidas les
aseguraban un paso sin obstáculos hacia el interior, pero era seguro que su
presencia acabaría siendo descubierta. Este barrio del Palacio Interior aún
no estaba totalmente copado por guerreros o puntos de reunión, pero
cada hora que pasaba llegaban más desde Indomitor y Sanctus.
Los convoyes de vehículos imperiales atravesaban las cenicientas vías que
dividían su ruta interior, levantando nubes de polvo y bloqueando su paso
mientras pasaban a centenares.
Los Mil Hijos se detuvieron cuando un Warhound de la Legio Gryphonicus
se desplazó hacia el sur para apuntalar las asediadas defensas de la Muralla
Europa, sus pasos estruendosos levantaron el polvo de los tejados y su
aullante cuerno de guerra agitó el humo con su poder. La colosal máquina
de guerra cojeaba y babeaba humo por debajo de su poderoso caparazón,
pero caminaba orgullosa y desa ante. Lo acompañaban un Reaver que se
pavoneaba y una manada de Warhounds que se desplazaban, suplicantes
ante su inimaginable poder.
Los Caballeros de la Casa Cadmus marchaban por los ancos, con sus
armaduras chamuscadas hasta el metal desnudo y sus estandartes,
estaban colgados de los más les vox de sus corazas.
Columnas de soldados de una docena de regimientos diferentes seguían su
estela, con los ojos atormentados por semanas de guerra y las mejillas
hundidas por la falta de sueño y la desnutrición.
Tal y como había prome do a Perturabo, su presencia en el Hemisferio
Occidental había impulsado a los defensores imperiales a reforzar la
Muralla De ni va entre Adamant, en el sur, y Bas on Ledge, en el extremo
norte del circuito de Palacio.
Tal vez eso ofreciera oportunidades para atacar en otros lugares, pero a
Magnus le importaba poco el gran juego de la guerra de asedio de su
hermano contra Dorn. El espectacular fracaso de la tác ca en la muralla
Saturnine había hecho que el Señor del Hierro se mostrara cauto y reacio a
extralimitarse, receloso de aceptar consejos de quienes prome an una
victoria rápida. Con la excepción de los monstruos de Angron, la lucha más
allá de las murallas se había relajado un poco. Los Hijos de Horus se lamían
las heridas de tantas y tan graves pérdidas, y los Hijos del Emperador
prác camente se habían re rado del asedio.
Cada retraso o desvío para evitar concentraciones de tropas leales irritaba
a Magnus. El empo era el enemigo y, a pesar de sus poé cas palabras a
Ahriman, la aparición de Lemuel Gaumon en el lugar de su entrada
preocupó profundamente a Magnus.
Lo había hecho pasar como algo inevitable, una coincidencia fortuita, pero
Ahriman estaba demasiado versado en las costumbres de los Corvidae
como para creerlo de verdad. Uno de los principios fundamentales de la
Comunidad era que no exis an las coincidencias, que la danza del universo
se regía por una música invisible que se desarrollaba tras el velo de la
comprensión de la mayoría de los mortales.
Algunos la llamaban la Arquitectura del Des no, otros Akasha. Los
chamanes de la VI Legión la conocían como Wyrd. Los videntes de Jaghatai
hablaban de cabalgar la tormenta sin n.
Para Magnus, era simplemente Thelema, una palabra an gua que
signi caba simplemente "voluntad".
Las enseñanzas de los Corvidae eran un intento de los Prosperinos de
escuchar las notas de esa música invisible y aprender los pasos de su
danza, pero saber que el an guo Prac cus de Ahriman estaba cerca le
recordó a Magnus que ni siquiera él conocía la música tan bien como creía.
Rodeado de guerreros enemigos, el pensamiento no era reconfortante.
Avanzaron a través de los empalagosos bancos de polvo, siguiendo un
camino que Magnus no había recorrido sicamente en más de un siglo y
medio. Aquí estaban las Galerías del Cumplimiento, allí el Cónclave
Heráldico, y brillando en la enfermiza luz boreal de la Aégida, estaban las
distantes torres plateadas del Viridarium Nobiles.
Más adelante estaba la silueta en bloque de la Sala de las Armas, y más allá
de sus bordes duros y marciales, y su diseño agresivo, su des no.
O al menos la primera parte.
El Gran Observatorio se alzaba sobre un promontorio escalonado de roca
oscura, la tánica estructura era una maravilla de la Vieja Tierra incluso en
comparación con los grandes monolitos de sus épocas más lejanas. Sus
paredes escarpadas y esculpidas de mármol de Volakas tenían dos mil
metros de altura y estaban veteadas de amaranto. Los tánicos
contrafuertes volantes, tallados como ángeles alados, la anclaban en el
lecho de la montaña, con sus brazos extendidos levantados
implorantemente hacia el cielo.
La elevada torre que en su día se alzaba en el corazón de la plaza de
Occullum, en el centro de la perdida Tizca, había formado parte de la
estructura del observatorio en épocas pasadas, una de las muchas
columnas dóricas que rodeaban la inconcebible circunferencia de su vasta
cúpula dorada. Se dice que los primeros colonos de la Vieja Tierra la
llevaron consigo por razones que sólo ellos conocen. Tal vez tenían la
intención de recrear su gloria, o tal vez era simplemente un medio de
aferrarse a su orgulloso linaje.
Los an guos versos hablaban de que la gran cúpula brillaba más que el sol,
y quizás lo había hecho alguna vez, pero ahora estaba agrietada y abierta,
el brillo de sus paredes blancas e inmaculadas estaba negro por los daños
del fuego y el humo, y sus angelicales contrafuertes lloraban lágrimas de
sangre.
Unas escaleras de ouslita, de trescientos metros de ancho, subían hacia la
gran entrada, y toda su longitud quedaba oculta por las extensas favelas de
estructuras temporales, endas, toldos y cober zos que albergaban a la
marea viva que se desbordaba desde su interior: refugiados civiles de las
Llanuras Katabá cas, la Ciudad de los Pe cionarios y las dependencias del
Palacio, que ahora no eran más que barro y escombros.
Los árboles, abedules plateados y sicomoros, habían bordeado el gran
bulevar de acceso, pero hacía empo que habían desaparecido, arrancados
de raíz y quemados en hogueras. Magnus condujo a sus hijos entre los
cráteres de su desarraigo, cada ausencia como un diente podrido
arrancado de una encía. Se detuvo al poner el pie en la primera escalera y
un recuerdo se introdujo en su mente como un cuchillo sin lo.
El Emperador mirando a través de las lentes etéricas del observatorio para
mostrar a Magnus los nacimientos secretos de las estrellas y hablando con
asombro de los incomprensibles vacíos entre ellas. Juntos habían trazado el
curso de las futuras cruzadas, y se reían al imaginar las campañas que un
día llegarían a los insondables abismos entre las galaxias.
-No hay nada imposible para quien lo intenta- había dicho su padre
cuando Magnus había hablado de la casi imposibilidad de llegar más allá
de las estrellas del halo. -Nadie que esté vivo lo verá, pero cuando la
humanidad pueda volar como nosotros volamos, pueda ver como
nosotros vemos, entonces el mayor premio de todos estará a su alcance.
-¿Qué premio podría ser mayor que el dominio de la galaxia?- había
preguntado Magnus.
Pero su padre nunca le había dado una respuesta, apartándose para
ocultar su decepción.
Recuerdos de hace siglos y cenizas en su mente, pero Magnus los
recordaba como si fueran de hace unos momentos.
-Las viejas heridas aún están frescas- dijo Magnus.
-¿Señor?
Magnus miró la cúpula rota del observatorio y las franjas de refugiados
agrupadas alrededor de su base. Miles de ojos se volvieron hacia ellos.
-No es poca cosa caminar entre los muros del Sanctum Imperialis- dijo,
subiendo los escalones hacia el observatorio. -No había pensado que me
afectara tanto. Es una tontería, supongo, pero es di cil estar aquí como
intruso después de... tantos recuerdos. Durante mucho empo, Terra fue
el centro de mi existencia, pero ésta ya no es la casa de mi padre.
Magnus los condujo más arriba, con la mirada ja en el arco de triunfo que
conducía al interior. Podía sen r las miradas interrogantes de todos los
refugiados sobre ellos.
¿Por qué subían cinco Ángeles Sangrientos al Gran Observatorio? ¿Por qué
no estaban luchando en las murallas con sus hermanos? La crudeza de los
pensamientos aquí era di cil de bloquear: la desesperación, el terror, el
desconcierto y el comienzo de una aceptación insensible de que esta era
una batalla que no se podía ganar.
Si sólo supiera...
Oyó el nombre del Señor de los Ángeles y de sus hijos gritado como un
talismán ante ellos.
-¡Sanguinius!
-¡El amado del Arcángel!
-¡Ángeles Sangrientos!
-¡Gloria a la Novena!
La gente a su paso se apartó, inclinándose o cayendo de rodillas con las
palmas de las manos juntas, con palabras susurradas brotando de sus
labios en mantras repe vos.
-El Emperador protege...
-¿Qué hacen?- preguntó Atrahasis.
-Rezar- dijo Magnus.
-¿Por qué?
-Porque en empos de dolor, la gente anhela salvadores. Mi padre es tan
poderoso que bien podría ser un dios, y nosotros somos sus hijos,
avatares de un dios y dignos de la misma devoción.
Sin embargo, incluso cuando las palabras salían de sus labios, sabía que
había algo hueco, algo equivocado en ellas, aunque no podía decir con
seguridad qué era.
-Me perturba ver ese comportamiento- dijo Atrahasis.
-¿Por qué?- preguntó Ahriman.
-Es una regresión. Buscar salvadores es abrogar cualquier responsabilidad
de promulgar el cambio. Si hay que hacer algo, hay que hacerlo. Si hay
que actuar, hazlo. No esperes a que nadie lo haga por .
-Hablas como un verdadero Raptora- dijo Menkaura.
-¿No te da asco?- espetó el palafrenero de Ahriman. -Sabemos tanto
ahora: secretos y tecnologías tan avanzadas que parecerían magia a
nuestros antepasados, sabiduría y loso a tan esclarecedoras que es
inexcusable abrazar voluntariamente la ignorancia y la supers ción.
-Alivia tu cólera, Atrahasis- zanjó tajantemente Ahriman.
Atrahasis asin ó, y mantuvo su mirada ja en los escalones mientras
subían.
Finalmente, Magnus entró en la gran explanada que precedía al
observatorio y levantó el cuello para mirar hacia la poderosa cúpula. Una
nube de humo ceniciento oscurecía el circuito de columnas bajo la cúpula,
y sólo el borde de la misma brillaba de forma dorada en lo alto.
-Es magní co- dijo Amon, mientras seguía con la mirada el contorno de la
gran arcada. Reves do de ágata y ónice, cada piedra estaba tallada con
mapas estelares, la mayoría hacia lugares navegables desde Terra, algunos
hacia lugares que seguramente no lo fuesen. -Casi igual a las cámaras
celestes de la Pirámide de Photep.
-Casi- dijo Magnus con una sonrisa.
-Sí, es magní co- coincidió Ahriman, mirando hacia un cielo que estaba
plagado de eyecciones de batalla, borrascas de e-mag y explosiones
atómicas parpadeantes. -Pero, ¿por qué estamos aquí? Con todos los
escombros y bombardeos de la órbita baja, no veremos nada más allá de
la atmósfera en este momento.
-No estamos aquí para mirar hacia arriba- dijo Magnus, -sino para pasar
por debajo.
-¿Qué signi ca eso?- preguntó Amon.
-Hay un lugar oculto aquí donde el pasado y el futuro se han mezclado
desde los empos primordiales- dijo Magnus. -Mi padre lo llamó una vez
la domes cación de una de las anomalías del materium. Un hilo rado en
el tejido del empo, una costra en la piel del espacio. Recorreremos los
caminos bajos que enhebran los espacios liminales bajo sus cimientos.
-¿Este lugar ene nombre?- preguntó Ahriman.
-Lo ene, un nombre que tenía antes de que los primeros hombres
llegaran aquí y levantaran un techo sobre él- dijo Magnus. -Lo llamaban la
Sala de Leng.
El espacio dentro del observatorio era tan colosalmente vasto que
desa aba la noción de que fuera un interior. La cúpula tenía cuatro
kilómetros de diámetro, su parte inferior estaba recubierta de bronce y los
paneles exteriores estaban parcialmente ocultos por una capa de nubes
atrapadas que se retorcían como un torbellino oceánico en los campos
suspensivos. Incluso para Magnus, que había diseñado las exigentes
dimensiones de la Pirámide de Photep, parecía inconcebible que
semejante hazaña de ingeniería pudiera haber sido realizada por los
mortales.
Las detonaciones de proyec les, los impactos de los engrasadores y los
cambios tectónicos provocados por la gran can dad de munición que
aterrizaba en el paisaje circundante habían agrietado partes de la cúpula
en una docena de lugares. Gruesas columnas de luz abigarrada se
extendían para pintar el suelo y las paredes de terrazo como los re ejos de
una cisterna de aguas profundas. Toda la circunferencia de la pared del
observatorio estaba tallada con vívidos frescos que representaban a los
mayores pioneros de la astronomía y sus innumerables logros.
Magnus vio santuarios y estatuas dedicados a Aganice, Zarkov, el Apóstata
Heliocéntrico, Hypa a, el Alquimista de Escania, Zulema, la Madre de los
Cometas, y cientos más: un legado de logros cien cos sin el cual ninguno
de ellos estaría aquí.
El an guo artefacto ocular que el Emperador había forjado para escudriñar
galaxias lejanas se balanceaba en lo alto del centro de la cúpula sobre
cadenas rotas como el cadáver de una enorme man s forjada con plata
hilada, cristal ahumado y oro. El espéculum de obsidiana de su aparato de
lentes curiosamente anguladas se había hecho añicos con el primer
impacto de las armas, y la mayor parte del complejo funcionamiento del
disposi vo colgaba como bucles de tracto intes nal de su carcasa par da.
A Magnus se le rompió el corazón al ver los daños, sabiendo que nunca
había exis do nada parecido, y que nunca volvería a exis r.
Cuando todo esto termine, ¿valdrá la pena el precio pagado?
Sin embargo, a pesar de todas sus maravillas y de los logros cien cos de
los hombres y mujeres celebrados en las paredes, el observatorio era
ahora simplemente un lugar para refugiarse de la guerra.
En su día había sido un lugar de silenciosa maravilla, un punto de
encuentro para los buscadores de la sabiduría y los descubridores de la
verdad, pero se había conver do en una bóveda ruidosa y apestosa.
Decenas de miles de refugiados ocultaban el gran mapa estelar tallado en
el suelo, y las estatuas de aquellos que habían hecho posible el Imperio
miraban hacia un tumultuoso mar de gente asustada a la que no le
importaba nada su legado.
Magnus atravesó el centro de la mul tud, atraído por una estatua y una
alcoba distantes. Al igual que en la escalinata, el peso de la expectación
que se apoderó de él fue profundo.
A pesar de los engaños que había obrado en las mentes de los mortales
apiñados dentro de los muros del Palacio, se preguntó si alguna parte
profunda de sus cerebros aún sabía que estaban en presencia de un dios.
Su imagen estaba oscurecida, pero la psique humana aún podía percibir
que un ser de gran poder caminaba entre ellos.
Vieron a los Ángeles de la Muerte, guerreros forjados por genes del propio
linaje del Emperador, los dioses guerreros inmortales. Pero más que eso,
Magnus sin ó la presencia de una sombra insidiosa en el límite de esa
creencia, y ahora comprendía la extraña oquedad que había sen do en los
escalones.
-Están empezando a temernos- susurró.
-Tienen razón en temernos- respondió Ahriman. -Porque somos
poderosos y terribles, y nuestro poder es algo temible.
-No, esto es diferente- dijo Magnus. -Antes nos contemplaban con
asombro y maravilla, pero no con miedo. Se entendía que el deber de los
fuertes era proteger a los débiles. Siempre ha sido así, desde que se
habló de ello en el Código de Hierro. Ha sido una verdad que los mejores
deben encarnar.
Se detuvo ante una alta estatua de ónice y cuarzo, una gran representación
del gran Kopernik y las primeras páginas impresas de su obra magna. El
camino hacia adelante estaba escondido aquí, una puerta que sólo podían
abrir aquellos que tuvieran el ingenio de encontrarla.
El Emperador se la había mostrado, y sospechaba que Sanguinius también
la conocía. Tal vez el Khan, pues pocos eran los caminos secretos que no
podía encontrar. Malcador y los Custodios seguramente lo sabrían, pero
probablemente ningún otro. Sin ó la presencia cercana de la molesta
puntada en la realidad que le indicaba que la entrada estaba cerca, y
levantó las manos para abrirla con la llave psíquica prescrita.
Magnus miró hacia atrás por encima del hombro mientras la gente más
cercana retrocedía, con los ojos desviados, al igual que la gente de la gran
escalera. Pero ahora veía la verdad secreta en el fondo: un miedo sin
nombre y con metástasis que se aglu naba en los vientres y las mentes de
los mortales.
Ese miedo en las historias que se contaban en Terra se extendería por todo
lo que quedaría del Imperio tras esta guerra, haciéndose más profundo y
oscuro con cada relato.
Nunca volverán a con ar en nosotros.
***
Mientras Magnus y sus hijos cruzaban el umbral del Gran Observatorio,
los tres Doom res de clase Iniquidad tomaban un rumbo desesperado
hacia el noroeste, navegando sólo con la vista y siguiendo el Camino
Dorado que par a de la Puerta De ni va, con el obje vo de alcanzar el
hueco entre la Torre de Widdershin y el Pilar de la Unidad.
Las aeronaves imperiales los persiguieron, acosándolos con misiles
Skystrike aire al aire y disparos de cañón automá co. Los Doom res eran
mucho más lentos, y normalmente habrían sido fácilmente derribados del
cielo como ballenas del vacío revoloteando, pero las borrascas
atmosféricas cercanas y la gran densidad de estructuras que se agolpaban
en el Sanctum Imperialis di cultaban enormemente la precisión de los
obje vos.
El primer fue aba do mientras giraba con fuerza alrededor de la Biblioteca
de Clanium, y una ojiva Skystrike detonó a menos de cinco metros de su ala
de babor. Los restos del bombardero cayeron del cielo y se desvanecieron
en uno de los cañones abisales que rodean al Hegemon antes de explotar.
Un segundo bombardero lanzó casi toda su ar llería sobre el recinto
exterior del Bas ón de Bhab antes de apuntar su masa hacia la Torre Helian
en un ataque suicida contra el anco sureste de la estructura. Los vacíos se
llevaron la peor parte de las explosiones de las bombas, y las torretas
cercanas mar llearon a la propia aeronave, pero ésta tenía demasiada
masa y demasiada velocidad para ser detenida por completo.
El bombardero se estrelló contra la Torre Helian y la par ó en dos.
Los restos se clavaron profundamente como el empuje de una daga antes
de que explotara la úl ma de sus municiones, y la torre se desplomó en su
parte central como un caza destripado. Su parte superior cayó en una
avalancha inexorablemente lenta de piedra desgarrada y cuerpos que se
desplomaban. Dos mil adeptos y personal civil se habían apiñado en
Helian, una estructura que nunca estuvo pensada para soportar semejante
cas go. Ni siquiera la chapa reforzada de Rogal Dorn pudo resis r el
impacto de un misil tan devastador.
Todas las almas de la torre murieron y, lo que era más importante, también
lo hicieron sus equipos.
El fallo de la red vox en cascada dentro de Bhab fue total, lo que provocó
un apagón instantáneo dentro del Sanctum Imperialis. Se perdió toda la
visión estratégica de Exultant y Annapurna, y cesó todo el ujo de
información procedente del corazón militar de Terra. Durante treinta
tensos minutos, los comandantes del Palacio Imperial lucharon solos y
aislados, ciegos, sordos y mudos, hasta que los relés secundarios
permi eron el restablecimiento de los protocolos de mando y control.
La red se acercaba a la tercera aeronave mientras su bombardero buscaba
un obje vo digno de su ar llería. La Puerta de la Eternidad y el corazón
dorado del Palacio estaban demasiado bien protegidos por baterías de
plataformas de cañones móviles, estaciones de misiles y campos de
barrera. Nuevos escuadrones de interceptores se acercaban rápidamente
desde los hangares orientales bajo la Cúpula de la Iluminación.
Sólo se presentó un obje vo, pero antes de que el bombardero pudiera
soltar sus armas, el fuego de los cañones defensivos de la Sala de Armas
destrozó el fuselaje de la aeronave hasta conver rlo en fragmentos
ardientes.
La aeronave se deshizo literalmente en una nube de vapor sobrecalentado
y confe de acero, pero no antes de que un par de municiones en espiral
se soltaran de los soportes de los pilones de su ala de babor.
Descendiendo en arco hacia el Gran Observatorio.
***
Menkaura fue el primero en sen r la cegadora puñalada de la
presciencia.
Cayó de rodillas, con las manos apretadas sobre su yelmo espejado, y una
poderosa exclamación psíquica brotó de su mente.
+El fuego de arriba lo quema todo. Lo quema todo+
El pulso mental era tan poderosamente claro después de la forzada
necesidad de hablar que sonaba como un grito en una habitación vacía.
Cada uno de ellos sin ó el poder de la visión de Menkaura abrasando
dentro de su cráneo. Segundos después, todos lo vieron.
“Un mar de llamas hambrientas, de un verde espectral. Un calor imposible
y un brillo que desgarraba la re na. Inundando el observatorio como las
olas del mar contra los pálidos acan lados. Gritos ahogados, mientras el
aire de los pulmones de los mortales se quema al instante. La carne se
derrite como la nieve ante una llama. Los huesos se resquebrajan y se
parten.”
Magnus miró hacia arriba y vio un par de puntos negros en el cielo, que se
hacían cada vez más grandes a medida que caían. Sabía lo que eran, casi
podía leer los números de serie de sus carcasas, las palabras de
advertencia grabadas en las ojivas y los signos de rencor grabados en sus
carcasas segmentadas por las garras de los Nunca Nacidos.
-Bomba de racimo de phosphex de clase Muspell, po Mark Once- dijo.
Todos sus hijos las vieron, y su visión psíquica de sus efectos se extendió
por todo el observatorio, saltando de mente en mente como un virus
mental. Las cabezas se volvieron hacia el cielo, pero no hubo gritos entre
los refugiados condenados, sólo una aceptación resignada de este des no
nal, como bes as que se arremolinan en el pa o de un matadero. La
capacidad humana para el terror ene un límite antes de ser embotada por
los constantes horrores. Hombres y mujeres se abrazan con fuerza,
sos enen a sus hijos, pero ninguno se levantaba para huir.
¿Qué sen do tendría? La elección era la muerte aquí o la muerte a manos
de alguna otra arma indiferente del enemigo. Una aceptación tan
contundente del des no era un anatema para Magnus, pero la claridad de
pensamiento que le rodeaba era imposible de ignorar. Sí, se trataba de la
muerte, pero al menos sería rápida, no el terror prolongado que reducía las
almas a cenizas por la pérdida constante.
El destello brillante e instantáneo de una explosión era un nal mucho más
limpio.
No, Magnus no aceptaría eso.
El empo para la su leza y el subterfugio en esta empresa había llegado a
su n.
Magnus se volvió hacia la cicatriz invisible en la carne del mundo y la abrió
con un golpe de su bastón heqa que sonó como el desgarro de una vela de
lona. Una luz submarina resplandeciente se derramó desde otro lugar,
evocando fugaces puñaladas de recuerdos, de alegría y exploración
compar das.
Una embriagadora mezcla de emociones surgió de las profundidades de su
conciencia, maravillosa y llena de potencial, pero ahora irremediablemente
contaminada por la melancolía y el conocimiento de que esos empos se
habían perdido para siempre. Un soplo de viento transportó el aroma de
laca pulida, sauce y ores de cerezo desde la extraña sala de arriba.
-No tengo empo para esos recuerdos- dijo Magnus, volviendo a la
realidad del observatorio, mirando hacia las bombas que caían.
-Mi señor, no hay nada que pueda hacer por ellos- gritó Ahriman.
Magnus vio cómo las ojivas se separaban y tres mil bombas de phosphex
eran expulsadas del bote de munición principal en forma de espiral para
extender los impactos.
Cayeron como dardos verdes brillantes.
-Nunca somos tan ingeniosos como cuando queremos matarnos unos a
otros- dijo Magnus.
A cien metros por encima del suelo, las bombas explotaron en una espiral
de luz ondulante, y el observatorio se llenó de nubes de fuego mortal. El
mor fero resplandor envolvió el observatorio, quemando al instante los
murales pintados de las paredes e incinerando a innumerables pioneros
cien cos cuyos nombres nunca volverían a pronunciarse.
La atmósfera de la parte superior de la cúpula se desvaneció con un
estruendo de aire vaporizado.
Ahora los refugiados descubrieron que había terrores que aún podían
tocarlos, y los gritos comenzaron.
Pero con la misma rapidez cesaron y se convir eron en gritos de asombro.
El océano resplandeciente de fuego esmeralda se agitaba en el aire,
agitándose en una boreal de luz mor fera. Se enfureció y aulló, como un
monstruo voraz atrapado y furioso por haberle sido negado su fes n de
carne chamuscada y huesos ennegrecidos. Se deslizó como un ser vivo a
través de una barrera invisible que se mantenía por encima de los
refugiados, un depredador frené co desesperado por alcanzar a su presa.
Debajo de él, Magnus estaba con los brazos en alto, con sus hijos reunidos
a su alrededor.
Su poder psíquico resplandecía mientras tejía fuerzas inhumanamente
poderosas sobre su cabeza. Ya no podía mantener su engaño sico en las
mentes de los que lo contemplaban, y se reveló en toda su gloria: un tán
de oro y carmesí, de melena roja y cuerno de mar l. En el ojo ciclópeo de
Magnus ardía una luz que re ejaba el verde del phosphex. El poder de ese
ojo bebía la luz y la desa aba.
Magnus era el Magister Templi de las Hermandades de Prospero. Las
técnicas de los Raptora le resultaban tan fáciles como respirar a los
mortales, pero el escudo kiné co que sostenía sobre los refugiados era
más grande de lo que incluso los maestros de esa Hermandad podían
conjurar. Y al igual que el funcionamiento interno de los Raptora era de su
dominio, también lo era el de los Pyrae, los tejedores de llamas. Magnus
recordó a Khalophis durante la Batalla de Prospero, entrando en batalla
dentro de la máquina divina Canis Vertex. Todo el fuego del mundo estaba
bajo su mando, pero ni siquiera él se habría atrevido a domar una
con agración tan feroz.
Magnus apretó un puño y lo levantó en el aire.
El cielo de phosphex se atenuó fraccionadamente. Su luz era la de los
muertos, un verde fantasmal tan an natural como letal. Magnus recurrió a
todas sus reservas de poder, pero no llegó a emplear el del Nunca Nacido.
Era suyo, todo lo que tenía que hacer era elegir tomarlo; ese poder
impresionante e imparable conjurado desde las profundidades más
oscuras del inmaterium.
Pero tal poder era competencia de los señores de la oscuridad absoluta; él
no podía tocarlo sin ser expulsado al instante del Palacio.
La protección teletésica estaba preparada para excluir tales energías
an naturales y hasta ahora había impedido que el Ángel Rojo, el Rey Pálido
y el Fénix entraran en el Palacio. Sus formas estaban demasiado
corrompidas, demasiado contaminadas por ese poder, como para que
pudieran entrar plenamente en la umbra de los escudos de Palacio. En su
lugar, Magnus extrajo sólo del pozo de sus propias habilidades: un poder
grande y formidable, pero que no carecía de profundidad.
-Hijos míos- gritó mientras el fuego verde y enfermizo se deslizaba por las
paredes, con zarcillos de llamas que se retorcían como si buscaran un
punto débil en la barrera. -¡La sép ma enumeración, envíenme su poder!
Le rodearon, formando un mándala, y su poder se ver ó en él.
No puede decir cuánto empo permaneció Magnus con los brazos
extendidos para consumir la luz.
-El empo es su enemigo- gritó, sacando fuerzas del desa o. -Niégale el
sustento y se volverá inevitablemente contra sí mismo.
Cada segundo que sus hijos le daban poder y cada segundo que su poder
combinado resis a su fuerza, sacaba fuerza del arma atacante. Al principio,
el aullante fuego verde empezó a atenuarse y, sin combus ble para
mantener su crecimiento, la luz chillona se volvió contra sí misma.
Reacciones químicas de pesadilla ideadas en el laboratorio de un loco
llevaron al phosphex a canibalizar desesperadamente su propia estructura
an natural en un intento frené co de aferrarse a la vida.
Pero contra el inmenso poder de Magnus el Rojo y sus hijos, nunca podría
ser su ciente.
Los úl mos rescoldos del phosphex se desvanecieron a medida que los
enlaces químicos de su corazón se rompieron nalmente. El fuego se apagó
y el calor de su luz asesina se ex nguió nalmente.
Magnus suspiró y soltó el escudo kine co.
El phosphex muerto cayó al suelo del observatorio en una lluvia inofensiva
y viscosa que inmediatamente comenzó a disolverse en charcos de gela na
inerte. Las paredes se llenaron de vítores incrédulos y las chispas de
esperanza volvieron a encenderse en los corazones de los refugiados.
Magnus se arrodilló con una mano extendida sobre el mosaico de piedras
preciosas que rodeaba el observatorio. Sus dedos se posaron en la imagen
que representaba a los ic ocentauros gemelos que sacaban a Venus
Anadyomene del océano.
-Aphros y Bythos Piscium- dijo Magnus.
Recordó que Horus le había mostrado la misma imagen en el texto
astrológico que le había dado su padre. Veinte signos que coincidían con
sus veinte hijos. Magnus había ocultado su diversión por lo primi vo del
libro, pero disfrutaba de la pureza del recuerdo.
Sonrió al ver la imagen en el suelo, la luz ondulante del desgarro que había
hecho en la realidad, haciendo que pareciera que las bes as oceánicas
habían cobrado vida y volvían a llevar a la diosa renovada del océano.
Una mano le tocó el hombro.
-Tenemos que irnos- dijo Ahriman.
Magnus asin ó y se incorporó a su magní ca altura.
Un mar de rostros absorbió la luz de su carne cobriza, la naturaleza
inhumana de su ser, pero no contemplaron al monstruo que les habían
dicho que temieran, simplemente a uno de los hijos del Emperador, un
guerrero que les había salvado la vida.
-Mi señor- presionó Ahriman. -Nuestros enemigos sabrán que estamos
aquí ahora. Tenemos que irnos.
Magnus asin ó, entumecido tras un gasto de poder tan rápido y violento.
-Sí, vete- dijo, medio volviéndose hacia el camino secreto que había
abierto bajo la Sala de Leng.
Amon, Menkaura y Atrahasis lo atravesaron ante los gritos de asombro de
los refugiados, pero Ahriman se quedó.
-¿Por qué?- preguntó.
-¿Por qué qué?
-¿Por qué has salvado a esta gente?
-¿Los habrías dejado morir?
-Probablemente morirán de todos modos cuando Lupercal tome el
Palacio- dijo Ahriman.
-Tal vez, tal vez no. Todo lo que sabía era que no podía permi r que
perecieran en el fuego cuando podía salvarlos. En realidad, hasta que no
volví a entrar en la cúpula, no sabía lo que iba a hacer.
-Tal vez la proximidad al primer fragmento de tu alma te esté afectando
más de lo que cualquiera de nosotros creía posible- aventuró Ahriman.
-Tal vez- dijo Magnus con una sonrisa de esperanza. -Es la primera y mejor
parte de mí.
Con Ahriman a su lado, Magnus puso el pie en los Caminos Bajos.
Magnus salva a los refugiados en el
Observatorio.
LIBRO CUATRO
BAJO EL PALACIO
DIEZ
DEPREDADORES Y PRESAS
La luz procedente del oscuro lago, ondulaba en el techo de estalac tas
de la inmensa caverna, como sombras submarinas. Las vetas de cristal que
enhebraban el techo rocoso, brillaban como estrellas lejanas, muy dis ntas
a la vista actual desde la super cie de Terra. Al principio, Alivia había creído
que Malcador la había llevado a uno de los acuíferos subterráneos del
Palacio, pero cuando vio las villas de piedra pálida al borde del agua, supo
que este lugar tenía otro propósito.
Algo en las villas le pareció extraño, pero no fue hasta que Malcador la
condujo entre ellas a una plaza circular, que se dio cuenta de lo inquietante
que eran. Cada una de ellas, estaba dimensionada para seres mucho más
grandes que los mortales… más grandes incluso que para los guerreros de
las Legiones Astartes. Contó veinte (seguramente, no había coincidencia en
ese número) y el colorido mosaico que formaba la plaza, representaba algo
geométricamente abstracto, como los murales populares entre los nobles
aqueménidas.
-Estas villas se construyeron para los Primarcas, ¿no es así?- preguntó
curiosamente Alivia.
-El Emperador, imaginó que crecerían aquí y aquí, aprenderían las
habilidades que Él necesitaba que poseyeran, antes de que la conquista
de la galaxia comenzara en serio- asin ó Malcador con gesto serio.
-Pero nunca lo hicieron… ¿verdad?- observó ágilmente Sureka.
-No, Ella se encargó de no sucediese así…- señaló el Sigilita con tono de
pesar.
Alivia no necesitó preguntar quién era. El Emperador, era el padre gené co
de los Primarcas, pero sólo Erda, podía considerarse su madre.
Una madre perversa y espinosa, pero aún así...
-¿Se han u lizado alguna vez?- quiso saber la Perpetua.
-No realmente…- le con rmó Malcador. -Al menos, no para el propósito
para el que fueron concebidas.
-Hay miles de almas arriba, que se podrían refugiar aquí abajo- apuntó
rápidamente Alivia.
-Tanto el Khan como el Ángel lo propusieron, pero Valdor, no lo permi ó-
le explicó Malcador.
-Supongo que, dondequiera que estemos, esa distancia es demasiado
cercano a Él, para el gusto de Constan n- ma zó Alivia.
-Eso, entre otras razones- con rmó Malcador.
-Pero ha habido alguien aquí…- masculló Alivia, recorriendo un circuito
alrededor de la plaza y sin endo la presencia de una sombra pasada. -Algo
poderoso… algo frágil… Y además, recientemente.
-Tus habilidades son cada vez más fuertes...- observó seriamente
Malcador. Alivia negó con la cabeza.
-No, no he sen do casi nada desde que llegamos a Terra. Incluso en las
profundidades de Molech, podía sen r la presencia del Emperador, pero
ahora... es como si no estuviera aquí- re exionó para sí misma Alivia.
-Sin duda está aquí… pero como bien he dicho, este asedio, se está
librando en más reinos de los que puedas llegar a imaginar- apuntó
gravemente Malcador. -Lupercal, podría estar ya sentado en el trono si no
fuera porque el Emperador, no estuviera luchando en su propia guerra.
-Entonces, ¿por qué estamos tú y yo aquí?- quiso saber la Perpetua.
-¿Recuerdas cuando hablé del perdón antes de que par éramos?- le
recordó el Sigilita.
-Dijiste que privaría al enemigo de una de sus armas más potentes…-
repi ó Alivia.
-Y así será, pero primero, déjame preguntarte algo…- dejó caer Malcador,
con gesto inquisitorial.
-¿Por qué tengo la sensación de que esto no me va a gustar?- preguntó
Alivia entrecerrando los ojos.
-Sospecho que a ninguno de los dos nos va a gustar. La sinceridad,
siempre es di cil- contestó Malcador, tan críp co como siempre.
-La hones dad, no siempre ha sido mi fuerte… pero pregunta- lo retó
Alivia.
-¿Eres una buena persona, Alivia Sureka? ¿Puedes mirarte en el espejo,
ver más allá de las muchas máscaras que has llevado durante milenios
hasta lo más profundo de tu ser y decir, sin equivocarte, que eres una
buena persona?- soltó directamente Malcador, mirando con dureza a la
Perpetua.
La pregunta, sorprendió a Alivia. No sabía qué esperar, pero seguro que no
era eso… Esperó alguna aclaración, alguna orientación sobre lo que él
podría estar esperando de ella, pero no hubo nada más.
Se acercó a la orilla del lago y miró las aguas negras.
-¿Que si soy buena persona?- repi ó sorprendida Alivia Sureka. -Esa… es
una pregunta muy amplia…
-Realmente, no lo es. Y estás dando largas…- le recriminó Malcador.
-¡Por supuesto que estoy dando largas!- estalló Alivia. -¡He vivido una
vida muy larga y nadie llega a vivir tanto empo sin haber hecho algunas
cosas de las que se pueda avergonzar! He matado a gente… he matado a
mucha gente, he traicionado a amigos y a amantes, he men do, he
engañado...
-Y has robado…-indicó Malcador, mostrando una mínima sonrisa. -Ese
libro de cuentos que llevas en el bolsillo de tu abrigo, el de los viejos
cuentos de hadas, lo robaste de una iglesia…
-A eso iba...- espetó Alivia, agitando el agua con los dedos. -¿Qué quieres
decir con eso? ¿Eres tú una buena persona?
-Desde cualquier punto de vista convencional… no- re exionó Malcador
con semblante serio. -Al igual que tú, he traicionado a los más cercanos a
mí y, aunque hace muchos años que no he quitado una vida, he
autorizado actos por parte de otros que han sido objeto de espantosas
matanzas.
-Entonces, ambos hemos hecho cosas malas…- resumió nalmente Alivia
Sureka.
-Cosas terribles… Cosas que, si se plantearan ante cualquier poder
superior para juzgarlas, nos llevarían a los in ernos más profundos de la
an güedad- le con rmó Malcador.
-No estoy segura de a dónde quieres llegar con esto, pero no creo que me
guste…- apuntó con gesto cetrino la Perpetua.
-Lo que quiero decir, querida Alivia, es que a pesar de todos los actos
terribles que hemos hecho o puesto en marcha, aún estamos dentro de
los muros del Palacio del Emperador- re exionó Malcador.
-Espera, espera… ¿es esta una forma muy larga de decir que me estás
despidiendo?- preguntó Alivia.
Malcador soltó una débil carcajada y dijo: -No, porque si te sirve de algo,
nuestros muchos pecados se come eron en nombre de algo bueno- la
corrigió el Sigilita.
-Un acto malo, aunque lo hagas en nombre de algo bueno, sigue siendo
malo…- reba ó Alivia.
-Eso es cierto...- coincidió Malcador, dirigiendo su mirada hacia el lago
como si esperara que algo surgiera de sus profundidades. -Pero me temo
que no tenemos el lujo del empo, para ahondar en la semán ca de tal
debate tan profundamente como se necesita.
-¿No, de verdad?- se burló Alivia, mirando a su alrededor.
-No, porque tenías razón.
-¿Sobre qué?
-Sobre que alguien poderoso, habitó aquí durante un empo. O al menos
una parte de él.
-¿Quién?
-Hasta hace poco, Magnus.
-¿Magnus? ¿Como? ¿El Rojo? ¿El Primarca?
-Sí… y según mis cálculos, estará aquí muy pronto.
***
El motor del venerable Taurox, había claudicado nalmente en el
recorrido de aproximación superior del cráter escalonado del Inves ario.
Tampoco es que hubiera podido llegar más lejos: la rampa procesional,
estaba bloqueada por los escombros y las Fuentes del Llanto, ya no
derramaban lágrimas.
-¿Estás seguro de que éste es el lugar?- preguntó Bjarki, bajando del
Taurox mientras que el motor agarrotado traqueteaba como el estertor de
su tocayo Nocturneano. -Hasta un Gothii cegado por el wyrd, se daría
cuenta de que ese poder no procede de aquí.
Todos lo habían sen do: la fría puñalada de un monstruoso
acontecimiento psíquico en lo más profundo del Sanctum Imperialis. Sin
embargo, con cada kilómetro que recorrían, todos habían sen do que la
distancia entre ellos y su fuente aumentaba.
-Estoy seguro- aseguró Promeus. -El mensaje de Malcador era claro:
Diríjanse al centro del Inves ario y esperen allí.
-¿Esperar qué, lo qué, a quién?- preguntó Atok Abidemi, desenvainando
su gran espada dentada.
-No me lo ha dicho- zanjó Promeus como toda respuesta.
Los legionarios, tardaron dos horas en descender por las destrozadas
gradas hacia la base del an teatro, donde el gran Titanolito (gigantesco
monumento a los Primarcas, enclaustrado dentro del Inves ario, donde estaban representadas
las estatuas de los 20 Primarcas, nT)
de los hijos del Emperador, había sido
demolido de forma explosiva. Sólo quedaban en pie, dos de los dieciséis
que se habían podido conservar.
Uno de ellos era inconfundible, el estoico e inamovible Dorn, pero fue
necesario ver el XX cubierto de polvo en la base de la estatua de enfrente,
para que Promeus reconociera que se trataba de la otrora encubierta
gura del impenetrable Alpharius.
El suelo del Inves ario, al igual que la amplia rampa que daba acceso a él,
estaba repleto de enormes trozos de polvoriento mármol, tallados en la
gran montaña del Á ca: el lugar de la gran victoria de Milcíades. Los
escombros, podrían haberse confundido con las consecuencias de una
avalancha, de no ser por los enormes trozos de piedra veteada claramente
moldeados por las manos de los mortales.
Promeus, vio el rostro destrozado de una enorme cara (que podría haber
sido perfectamente Guilliman) una mano cerrada burlonamente en un
puño y sobre un zócalo, dos enormes piernas sin tronco, que terminaban a
mitad de la espinilla.
Una espada con empuñadura de ala de halcón, yacía bajo medio casco que
miraba al cielo torturado, pero Promeus, no podía decir a quién había
pertenecido alguna vez. La tristeza, lo conmovió al ver a los hijos del
Emperador caídos y destrozados de aquella manera.
Se volvió para hablar con Bjarki, pero el Sacerdote Rúnico y sus hermanos,
ya se habían alejado, dejando a Promeus solo. Así mismo, los Salamandras
se movían decididamente entre los escombros, hacia un zócalo destrozado
en el lado más alejado del espacio que parecía un an quísimo an teatro.
Al principio, no entendió lo que hacían hasta que vio a qué zócalo se
acercaban. Abidemi, se arrodilló en silenciosa contemplación ante el
pedestal sobre el que había estado la estatua del Padre Gené co de la
Legión XVIII. De Vulkan sólo quedaba un pie calzado, el resto de su cuerpo
yacía destrozado sin remedio en la arena del an teatro.
Bjarki y sus hermanos, se mantuvieron desa antes ante los restos rotos de
Leman Russ, cuyo cuerpo se había cortado en diagonal a la altura de la
cintura. Los pelos de la nuca de Promeus se erizaron, cuando Bjarki echó la
cabeza hacia atrás y soltó un furioso y ululante aullido. Aquel sonido
quejumbroso, aumentó de intensidad cuando Widdowsyn y Rackwulf,
añadieron sus voces y la sublime acús ca del Inves ario llevó hacia el cielo
su aullido quejumbroso de venganza, traspasando incluso el incesante
estruendo de la guerra.
Los ves gios de su an gua vida como Rememorador le instaron a
asegurarse una mejor visión de este ritual, pero si algo había aprendido
durante su empo como “huésped” de la VI Legión, era que su dolor, era
algo profundamente personal. Entrometerse en él sin ser invitado sería…
letalmente imprudente.
En su lugar, se sentó sobre un fragmento de piedra destrozado (esperando
no estar profanando los restos de un Primarca) y esperó. Apoyó la cabeza
en sus manos: una cálida y húmeda, la otra fría y suave.
Le parecía recordar haber oído que los in ltrados, habían destruido las
estatuas del Investuario, pero el sen do tác co de aquello, se le escapaba.
Haber penetrado tan profundamente en el Palacio sólo para causar una
devastación simbólica le parecía algo... mezquino.
¿Quizás había sido un mensaje? ¿O un desa o…?
Supuso que nunca lo sabría… y a pesar de la urgencia del mensaje de
Malcador y del nuevo estruendo de un feroz duelo de ar llería a muchos
kilómetros al norte, en la Úl ma Muralla, Promeus sin ó que los párpados
se le caían y su respiración se hacía más profunda.
El sonido de crujidos de pisadas, lo sacó de su letargo.
-Deberían de derribar ésta…- señaló Svafnir Rackwulf, mirando
directamente a la estatua de Alpharius.
-¿Por qué no lo han hecho ya?- añadió con un gruñido Widdowsyn.
-Es sólo una estatua...- zanjó de ni vamente Atok Abidemi, haciendo que
sus Salamandras volvieran a reunirse con ellos. -Además los traidores, ya
están destruyendo bastante el Palacio sin que los ayudemos. Y se acerca
un momento, en el que se necesitará cada pieza de ar llería en las
murallas. ¿Cómo sería de preocupante que una puerta o una torre
cayera, por la falta de explosivos, gastados en la demolición de éstas
construcciones?
Bjarki se encogió de hombros.
-Los Salamandras y su pico pragma smo…- resumió con una sonrisa
burlona el Lobo Espacial.
-¿Y ahora qué?- preguntó Igen Gargo. -¿Atok? Nos has traído hasta aquí…
¿Ahora hacia dónde?
Abidemi asin ó y se arrodilló junto a Promeus.
-Nos dijiste, que podías seguir el rastro de los Hechiceros Rojos.
Entonces… ¿es aquí donde están?- preguntó amablemente el Marine.
-No...- sentenció Promeus.
-Entonces, ¿por qué mo vo estamos aquí?- preguntó preocupado Barek
Zytos, tanto a Abidemi como a Promeus.
Dejó que sus preguntas lo invadieran, escuchando el tenue sonido de
voces lejanas en el viento, canalizadas a través de las piedras rotas y
llevadas hacia abajo por la con uencia acús ca de las altas gradas del
an teatro. Aislado de los combates en las murallas, el estruendo de la
batalla se atenuaba allí abajo (a pesar del reciente duelo de ar llería) pero
las voces, eran tan claras como si sus altavoces estuvieran junto a él:
“¡Fuego sobre ese puesto de avanzada! ¡Tanques Acechadores en los
escombros!”
“¡La Torre Helican ha caído! Repito, ¡La Torre Helican ha caído!”
“¡Lleven al decimosép mo del Pan-Pací co hasta allí! ¡Mantengan la
puerta a toda costa!”
“¡MATENLOS A TODOS!”
Docenas más de conversaciones se inmiscuyeron en sus pensamientos, los
comentarios extraviados de los guerreros de Terra, resonaban en el
Inves ario y rasguñaban la super cie de su mente. Se frotó las sienes,
sin endo una presión creciente detrás de los ojos y un sabor a estaño en la
boca.
Promeus se levantó, reconociendo la sensación.
La había sen do en Kami Sona, en el instante anterior a que Ahzek
Ahriman y sus hechiceros, hubieran abierto una especie de puerta psíquica
a través de la ruina rojiza del cuerpo de un demente.
Miró alrededor de la arena y su creciente temor, se alivió al ver una luz
dorada y brillante cerca del centro del an teatro. Danzaba como una
imagen que se repe a sin cesar: la de un rayo capturado en un pictógrafo
roto en el instante de su nacimiento.
-¿Ven eso?- preguntó nerviosamente Promeus.
-¿Ver qué?- preguntó Bjarki, con una voz que parecía haber cruzado vastos
abismos para llegar a él.
-¡El rayo!- aseveró ansiosamente Promeus, abriendo un camino entre los
escombros.
Apenas sin ó que le seguían. Su atención, estaba jada únicamente en el
rayo. Le atraía como una polilla a un señuelo, pero era la cosa más
hermosa que había visto nunca. Temblaba ante su vista, como un arañazo
en el cristal de la realidad: demasiado brillante para mirarlo directamente,
demasiado tenue para verlo salvo con el rabillo del ojo.
Era una llamada que le hacía señas, una llamada a la que debía responder
de buen grado.
Bordeó la enorme forma de un pecho destrozado de un Primarca (del que
no sabía quién era) e incluso a través de la densa piedra, la forma
resplandeciente del rayo era visible.
Por n llegó al centro del an teatro y se detuvo ante los restos destrozados
de un brazo levantado, cortado a la altura del hombro. De donde los
explosivos habían arrancado la poderosa extremidad de su cuerpo,
colgaban hilos de barras oxidadas, como si fueran tendones.
Los restos de lo que podría haber sido un manto de piedra, se aferraban al
brazo cortado y por las escamas talladas en él, estaba clara la iden dad de
su an guo propietario.
-…Lord Vulkan…- barruntó Abidemi, con voz grave y llena de ira.
En la parte superior del hombro, estaba el tánico cráneo del Draco de
fuego Kesare, una recreación de la bes a asesinada por el Primarca cuando
era joven y que había sido forjada en su armadura.
El escultor, había hecho maravillas con el mármol y aunque su escala era
monstruosamente exagerada para la estatua, Promeus se estremecía al
pensar en la bes a en vida.
El impacto con el suelo, había separado el cráneo de la armadura de
mármol y yacía como un vasto fósil desenterrado, con las mandíbulas
abiertas. Y ahora por n, Promeus veía la fuente de la luz, un resplandor
dorado que emanaba de sus mandíbulas.
Una grieta en el mundo, abierta por un frágil momento en el empo.
-Un pasaje al Inframundo…- gorjeó Bjarki, con sus sen dos psíquicos
ahora conscientes de la luz.
-No. Esto no es así- lo contradijo Promeus negando con la cabeza.
-Entonces, ¿qué es?- quiso saber el Sacerdote Rúnico.
-¿Qué están viendo los dos?- preguntó un curioso Abidemi, dirigiendo su
mirada hacia las fauces del gran Draco. Sus ojos rojos se entrecerraron y
Promeus descubrió que incluso el rígido Salamandra, percibía que algo
pasaba
-Es un pasaje…- a rmó Promeus, -pero no a tu Inframundo.
-¿De qué están hablando ustedes dos?- espetó Barek Zytos. -No podemos
quedarnos de brazos cruzados mientras el des no del planeta se decide
en otro lugar.
-¿Qué es lo que ves?- le insis ó Abidemi.
Promeus alargó la mano hacia la luz, sosteniendo la imagen del rostro de
Malcador y el mensaje que los había traído aquí. En respuesta, la
iluminación aumentó a su alrededor.
Cayó de rodillas, con las lágrimas cayendo por sus mejillas.
Y, uno a uno, los astartes se arrodillaron en señal de reverencia, mientras el
diseño gené co de su creación respondía ante el resplandor de su creador.
***
El recorrido de los Caminos Bajos, los había puesto a prueba a todos.
Que estos túneles no eran fruto de la geología natural estaba claro. Ningún
movimiento orogénico terrestre (ni todas las energías tectónicas de
compresión del planeta) habían forjado este extraño laberinto bajo el
Palacio.
-El Emperador no construyó estos pasajes…- observó Ahriman.
-No, no lo hizo- respondió Magnus. -Al menos… no lo creo. Puede que los
haya ampliado, pero no fue su creador.
-¿Quién las construyó entonces?- quiso saber Amon, pasando una mano
por las paredes de azulejos que brillaban de forma extraña y dejaban un
tenue brillo bioluminiscente.
-Mi padre, hablaba a menudo de los Hombres de Leng y de sus curiosas
ciencias, que u lizaban para intentar desentrañar el tejido del
Universo…- les aclaró Magnus. -Tal vez, estos túneles sean obra suya.
Atrahasis no había dicho nada desde que salieron de la cúpula del Gran
Observatorio, pero ahora decidió hablar: -Caminar por esos lugares, va en
contra del funcionamiento del mundo…
-Es como pasear entre los bas dores de un decorado de la Theatrica
Imperialis y ver que la realidad que se presenta al mundo, es poco más
que una fachada de yeso barato- añadió Menkaura sonriendo.
Las palabras fueron dichas a la ligera pero Magnus, sin ó su malestar y en
privado, lo compar ó. Para los guerreros de las Hermandades, ver más allá
del velo sin la protección de sus dominios psíquicos era, como mínimo,
desconcertante. Todavía se desconocía el alcance total de la guardia
teletésica del Emperador… y viajar por esos medios arcanos sin todos sus
poderes, era un anatema para ellos.
Magnus extendió la mano, tocando brevemente las mentes de sus hijos
para aliviar su inquietud:
Sin ó el creciente miedo de Ahriman, ante los cambios que se estaban
produciendo en la Legión. Su Bibliotecario Jefe, siempre había temido el
cambio de la carne. No era de extrañar, ya que había perdido a su hermano
gemelo a causa de aquellas incontrolables hiper-mutaciones. El miedo a
que su curso actual los llevara inevitablemente a un des no semejante le
consumía, aunque lo ocultaba bien.
La mente de Menkaura era una fortaleza, pero con las puertas abiertas
para Magnus. La mente del vidente, ardía con pensamientos de traición y
el temor de lo que harían sus hermanos, si descubrieran sus traiciones
pasadas. A Magnus… no le importaban los engaños de Menkaura y sólo
veía un futuro de tormentos interminables y ojos llameantes dentro de un
ojo en llamas.
La pena lo conmovió al recorrer las mentes de Amon y Atrahasis: Vio sus
muertes, pero no pudo encontrarle sen do a ninguna de ellas.
Magnus no profundizó en los pensamientos de sus hijos, pues sabía que
abrir sus corazones, sólo le llevaría a la decepción. Incluso un breve roce
con sus mentes, había revelado todos los celos mezquinos, los
resen mientos y las inseguridades que su linaje y su entrenamiento
pretendían borrar.
Y sin embargo, los seguía queriendo.
Eran sus hijos, e incluso después de todo lo que habían soportado en su
nombre… seguían siendo leales.
Este pensamiento, le consolaba mientras se adentraban en esta extraña
red y una sensación de absoluta clarividencia, comenzó a invadirlo… como
en el momento previo al estallido de una tormenta.
Encerrado entre estos túneles an naturales, Magnus no tenía ni idea de
cuánto empo les llevaría llegar a su des no: un lugar en el que nunca
había puesto el pie, pero que conocía tan ín mamente como si lo hubiera
construido él mismo.
A cada paso que daba, los recuerdos (que no eran recuerdos, sino
experiencias que pertenecían a otro ser) empezaban a invadir su psique:
Otra parte de Él… pero que tampoco era Él.
Comenzó a tener recuerdos de una absoluta paz, mientras caminaba por
las orillas de un lago helado, de sa sfacción al hojear libros que creía
perdidos y el simple placer de las conversaciones con amigos de antaño…
Sen r que había una parte de su propia vida que no había vivido, le
desgarraba el alma, con una profunda sensación de pérdida. Se trataba de
una vida totalmente dis nta a la suya, pero que seguía formando parte de
la que estaba viviendo en ese preciso momento.
Volar por el Gran Océano, había mostrado a Magnus la verdad del
entramado c cio del empo y su naturaleza mul facé ca. Mirar sólo una
costura del ujo en espiral de la entropía y el cambio, era negar al alma la
maravilla de todas lo demás.
Y sin embargo, había una sensación de estar tan perdido en el presente,
que todo lo demás se desvanecía...
Como si respondiera al recuerdo de estos no-recuerdos, el túnel se
ensanchó y el suave resplandor de la imposible luz de las estrellas, iluminó
sus paredes.
-Hemos llegado...- a rmó sa sfecho, sin endo su alivio al poder
abandonar los Caminos Bajos.
Magnus, oyó el sonido del agua helada que se deslizaba sobre una orilla de
arena negra y sin ó la apertura de un espacio de techos altos ante él. Le
invadió una sensación mixta de excitación y temor, pero sofocó su euforia
por reunirse con la úl ma y mejor parte de sí mismo.
Al n y al cabo, estaban en las profundidades de la Fortaleza de su padre.
Cualquier alma viviente que pudieran encontrar más allá, sería un
enemigo.
¿Quién sabía lo que podría esperarles aquí?
El desastre de Saturnine, había demostrado que los defensores del Palacio,
eran más astutos de lo que Lupercal y el Señor del Hierro habían creído
posible.
Por lo que Magnus sabía, toda una Orden de la Hermandad Silenciosa
(junto con una Hueste Escudo de los Custodios de Valdor) podría estar
acechándolos.
No lo creía, pero para aguijonear su orgullo, su mente conjuró la visión del
Primer Capitán de Lupercal, tendido en un lago de su propia sangre tras el
desastroso asalto bajo la Muralla Saturnine. Antes tan orgulloso, pero
ahora conver do en un caparazón reventado por las espadas, Ezequiel
Abaddon estaba despedazado casi sin remedio y su alma, vagaba ahora
perdida y desamparada en un océano de desesperación.
Tantos guerreros orgullosos, tan seguros de su gran victoria… Ahora todos
muertos.
Recordó que había hecho burla de la con anza suprema que tenían en sí
mismos, cuando se marcharon al asalto nal… ¿Era él diferente?
Magnus se adentró en la caverna bajo el Palacio, oliendo el penetrante y
desagradable sabor del lago, el olor de la roca húmeda y el aire helado. El
techo de la caverna brillaba con vetas serpenteantes de luz cristalina, y una
serie de villas de gran tamaño se encontraban a poca distancia de la orilla
del agua.
Las reconoció… aunque nunca había puesto un pie dentro. Su temor a la
Legio Custodes y a las Doncellas Nulas, se evaporó al ver que ningún
ejército emboscado les estaba esperando.
Dis nguió también dos guras, que estaban sentadas en una mesa junto al
lago: un hombre ves do de negro y una mujer que llevaba un chaleco
militar.
La mujer era desconocida para él, pero sin ó los ecos del gran lapso de
empo del que había sido tes go dentro de los laberín cos caminos de su
protegida psique. Si hubiera tenido empo, la suya… habría sido una
mente interesante para explorar.
El hombre de la túnica negra, le resultaba tan familiar como un hermano
(más incluso, porque tenía más cosas en común con él, que lo que lo unía a
sus hermanos, gracias al genio de su padre)
Habían compar do sus mentes, habían volado por los caminos secretos del
Gran Océano y habían aprendido juntos los maravillosos secretos de sus
profundidades.
En otro empo, habían compar do un vínculo más profundo y resonante
que cualquier otro vínculo biológico, pero el empo y los acontecimientos,
les habían obligado a situarse en lados opuestos del gran cisma que ahora
separaba al Imperio.
La mujer, ayudó al hombre a ponerse en pie en cuanto llegaron al exterior,
una labor innecesaria… ya que su apariencia de vulnerabilidad, era tan
ilusoria como la naturaleza del empo en el Gran Océano.
Sin ó su miedo, su temor y su... ¿qué? ¿Esperanza? El hombre de la túnica
negra, sonrió en señal de bienvenida.
-Bienvenido a casa, Magnus...- lo saludó Malcador.
ONCE
EL COMPAÑERO DEL CIEGO
En casa.
La palabra provocó una sacudida de dolor en Magnus.
Para un ser que no se rige por las leyes del reino sico, la palabra carecía
casi de signi cado, o al menos eso creía él hasta que salió de los labios de
Malcador para atravesar su corazón como una echa.
Prospero siempre había sido el hogar de Magnus, desde que fue expulsado
de Terra cuando era joven. Aislado de la roca natal de la especie, ese
mundo distante también era el hogar de una remota secta de eruditos y
videntes cuyas vidas se dedicaban a desarrollar su naciente potencial
psíquico.
Incluso como huérfano a la deriva, sus poderes eran mayores que los de
ellos.
Prospero había sido un sueño, un lugar de alegría y luz, donde había
crecido hasta conver rse en el mejor y más brillante de todos ellos.
Pero ahora lo veía como lo que realmente era: un escondite.
Allí podía crecer y desarrollarse sin miedo a ser eclipsado en la gloria, en
un lugar donde nunca sería eclipsado ni pensaría que sus logros eran
baratos frente a la grandeza de otro.
Una palabra había desbloqueado esa comprensión. Una simple palabra.
Malcador era demasiado astuto como para no saber el efecto que esa
palabra tendría sobre él, y a Magnus le inquietaba darse cuenta de la
facilidad con la que había pasado su guardia y de la profundidad de su
efecto. Incluso ahora, Malcador estaba haciendo sus juegos mentales.
Magnus apartó los pensamientos dolorosos de Prospero y caminó por las
arenas negras.
Como el de Isstvan V.
No había luchado en el explosivo inicio de la guerra de Lupercal, pero la
había vivido a través de la psicometría de otros. Había pisado los campos
empapados de sangre de la Depresión de Urgall de forma más vívida que
incluso los que habían luchado y muerto allí.
-Es el Sigilita- dijo Atrahasis con incredulidad. -Deberíamos matarlo.
-No- dijo Magnus. -No hay que matar sino bajo mi palabra.
Los Mil Hijos se desplegaron ante él, un escalón de cuatro hombres con sus
bólters apuntando infaliblemente a la cabeza de Malcador, aunque el
Sigilita parecía imperturbable por los legionarios enemigos que se movían
para rodearlo. En la mujer, Magnus sólo percibió sorpresa, no el miedo que
podría haber esperado. La mesa entre ella y Malcador estaba dispuesta
con un aguamanil de plata, una bandeja de fruta y una clásica tabla de
regicidas circular. Un juego sencillo con sólo las representaciones de
madera más básicas de las piezas.
Magnus escaneó el tablero en un abrir y cerrar de ojos, repasando las
innumerables permutaciones de futuros movimientos y probables chas.
-Estás a un movimiento de la derrota- dijo.
***
Alivia observó al Primarca de los Mil Hijos acercarse con pasos
orgullosos, sin endo que el corazón le la a con fuerza en el pecho. Había
conocido a cuatro Primarcas en su larga vida: Horus Lupercal, Guilliman,
Corax y uno cuyo nombre había jurado no pronunciar nunca.
Ninguno de ellos la afectó tanto como Magnus.
Contemplar a esos seres, se negaba a llamarlos semidioses o cualquier otra
tontería, era ver el terrible poder de la ciencia y la magia sin que lo
impidiera ninguna noción de é ca o precaución. El nacimiento de los
Primarcas era el poder de crear monstruos.
Sus habilidades la habían asombrado, pero siempre había visto más allá de
su mi cación. Eran poderosos, sí, pero no eran inmortales. No eran
invencibles.
Magnus era algo totalmente dis nto.
Su cuerpo hacía empo que se había rendido a la meta sica de su
creación, ni era totalmente de carne y hueso, ni tampoco algo del
inmaterium. Una neblina ambarina se desprendía de la carne de sus
miembros, como lingotes calentados sacados de un horno, y el rojo de su
pelo era tan vivo que dolía mirarlo. Las placas moldeadas de su armadura
brillaban con re ejos sin origen, y las imágenes fantasmales se deslizaban
por las super cies resbaladizas de su coraza con cuernos.
Alivia sin ó que su mirada in nita la recorría, y la sensación de las terribles
verdades que se escondían tras aquel ojo torvo la hizo sen r un espasmo
de náuseas. Recordaba que se había enfrentado desa antemente a la
mirada de Horus bajo Molech, pero donde el Señor de la Guerra había
encarnado la fuerza bruta, Magnus era un océano de ferocidad ilimitada
contenido por un solitario y tenso dique de humanidad deshilachada.
-Estás a un paso de la derrota- dijo Magnus, e incluso su voz estaba
cargada de la sensación de que, de no ser por su contención, podría
aniquilarla con una sílaba de rencor. -Creo que ella está posicionando a su
Divinitarca para que se convierta en el Compañero del Ciego.
-Eso parece- coincidió Malcador, -pero mi Tetrarca está preparado para
lanzar un Gambito del Traidor.
-Arriesgado- dijo Magnus. -Muy arriesgado.
Malcador sonrió. -Es cierto. Y contra un oponente más despiadado no lo
intentaría. No te ofendas, Alivia.
-No me ofendo- dijo ella, esforzándose por mantener la voz uniforme. -De
todos modos, pre ero las cartas. Es mucho más fácil hacer trampa.
-¿Te llamas Alivia?- dijo Magnus, dirigiendo su atención hacia ella. Ella se
estremeció ante la intensidad de su mirada, pero sólo un poco, sin éndose
como una gacela paralizada ante el león cazador.
Ella asin ó y dijo: -Alivia Sureka. No necesito preguntar quién eres.
-¿Qué extraño des no te lleva a estar jugando al regicidio con el Sigilita
de Terra en las tranquilas orillas de este lago mientras mis hermanos me
asedian desde arriba?
-Me pidió que viniera.
-¿Por qué?
-No tengo ni idea- dijo Alivia. -No es el mejor para dar respuestas directas.
Magnus sonrió. -No, no lo es. De hecho, no lo es.
Malcador se sentó de nuevo en el tablero y clavó su bastón en la arena
como si fuera un asta. Extendió la otra mano, ofreciendo a Magnus el
asiento de enfrente.
-¿Qué te parece si terminamos esta par da?- dijo Malcador.
-Está casi concluida- respondió Magnus.
-Nada es seguro en el úl mo juego.
-Algunas cosas lo son- dijo Magnus, dirigiendo su mirada al asiento de
enfrente de Malcador. Sus dimensiones se es raron con un gemido de
hierro retorcido al hincharse para acomodar sus proporciones inhumanas. -
Además, no quiero volver a jugar con go. Conozco todos tus
movimientos y tác cas, y nuestras par das siempre acaban en tablas.
Malcador se levantó de la mesa y dijo: -Entonces juega Alivia.
Alivia miró de Malcador al tablero y viceversa. Antes de la llegada de
Magnus, ella había estado recibiendo una paliza del Sigilita, y ahora él le
ofrecía su posición superior. La victoria era casi segura desde aquí, pero
contra un Primarca...
-¿Un mortal?- resopló Magnus. -¿Qué sen do tendría?
-Alivia puede sorprenderte, está bastante dotada.
Su arrogancia irritó a Alivia, así que tomó el asiento de Malcador frente a
Magnus.
-Claro, ¿por qué no? ¿Cuántas veces se presenta una oportunidad como
ésta?
Magnus la miró con más detenimiento, sin duda sospechando de los
mo vos de Malcador. Ella no lo culpó; ella sería igual de escép ca.
-Muy bien, te concederé esta úl ma pantomima- dijo Magnus.
Malcador se colocó detrás de Alivia y dijo: -¿Estudiaste la par da que
jugué contra Dume?
-¿Jugaste contra Narthan Dume?- dijo Alivia, es rando el cuello para mirar
a Malcador.
-Una vez, sí, en los embriagadores días antes de que el Panpací co se
convir era en una pesadilla.
Magnus asin ó. -Repe esa par da en mi mente durante meses para
entender cómo había vencido a Dume. Al nal me vi obligado a concluir
que el genio de Dume ya había caído en la locura en el momento en que
hizo ese úl mo gambito desesperado con su Emperatriz. Ahora, jugaré su
juego, pero basta de simbolismos y desvíos, tu sabes por qué estoy aquí.
-Se sugieren varias posibilidades- dijo Malcador.
-¿Cómo por ejemplo?
Alivia extendió la mano para mover una de sus piezas de Ciudadano hacia
adelante, un movimiento intrascendente, una tác ca dilatoria.
-¿Venganza por Prospero?- sugirió.
Magnus deslizó la úl ma fortaleza que le quedaba por el tablero para
contrarrestar al Primarca contrario de Alivia. Otro movimiento de retraso
en una parte irrelevante del tablero. Examinando las piezas, vio que sólo el
movimiento del Eclesiarca y el Tetrarca en la sección del tablero al
contrario tenía alguna importancia.
-¿Estaría yo injus cado en tal mo vo?- preguntó Magnus. -No hice nada
malo, y mi mundo fue arrasado, mis hijos masacrados por los perros de
Russ, y una riqueza de aprendizaje quemada hasta las cenizas.
-Esa no era mi intención- dijo Malcador, y su tristeza era genuina. -
Tampoco era la suya.
-Tu intención no ene sen do- replicó Magnus. -Sigues siendo
responsable. Enviaste a Russ y a los Custodios a mi mundo con las
espadas desnudas. ¿Qué pensabas que harían?
-Tal vez podrías preguntarle a Horus- dijo Malcador. -Sus manos están
manchadas de rojo con la sangre de tus hijos tanto como la mía. Digo eso
para no pasar ninguna responsabilidad, soy dueño de esa decisión, y la
perdición de Prospero es enteramente mi carga para cargar. Yo envié a los
Lobos. Les di sus órdenes, pero no preví cómo su misión podría ser
cooptada por una sola palabra.
Magnus sacudió la cabeza. -Las pequeñas perturbaciones que pasamos
por alto o ignoramos, los pequeños fallos que consideramos
intrascendentes... enen consecuencias de gran alcance. ¿No me lo
enseñaste tú?
-Sí- dijo Malcador con tristeza. -Si hubieras entendido de verdad lo que
signi ca.
Malcador levantó la palma de la mano para evitar la ira de Magnus.
-No te equivoques- dijo el Sigilita. -Te hemos fallado completamente. No
te dijimos todo lo que necesitabas saber. Te dimos las herramientas para
forjar tu propia realidad, pero no te dejamos claro cuál sería el coste de
cruzar ciertas líneas. El fracaso es totalmente nuestro, mío y del
Emperador, no tuyo. Pero eso no cambia nuestra posición actual. Lo que
importa es lo que sucede aquí, en este momento.
-¿Cuál es el obje vo de esta confesión, Malcador? ¿Quieres mi perdón, es
eso? Mi Legión fue casi destruida, y los temibles poderes que incluso
ahora ahuecan a Horus como una enfermedad que se consume, se
reúnen como carroña alrededor de mis hijos. Alrededor de mí.
-Mis palabras no fueron una confesión.
-¿Entonces qué fueron?
Malcador se apoyó fuertemente en su bastón con un suspiro, y Alivia vio el
verdadero corazón del hombre. A pesar de todo, a pesar de todo el poder
que poseía, de todas las grandes estratagemas medidas en milenios,
estaba cansado.
Su larga vida estaba casi al nal y él lo sabía.
-Es un úl mo intento de hablar con el Magnus que conocí antes de esta
época de locura- dijo Malcador. -Siempre fuiste el mejor de nosotros en
muchos aspectos. Tenías una visión que ninguno de tus hermanos llegó a
igualar. Cada uno de ellos encarna la grandeza a su manera, pero ninguno
podía ver tan lejos o conceptualizar las in nitas posibilidades de la
existencia como tú eras capaz de hacerlo. Ni siquiera yo pude imaginar
las cosas que soñaste.
-Y sin embargo, aquí estamos- dijo Magnus. -Enemigos.
Malcador sacudió la cabeza. -Esa arcilla aún está blanda, aún no ene
forma ja, y el calor de este horno aún no ha hecho permanente ninguna
transformación.
Magnus volvió su atención al juego. Alivia hizo lo mismo y se sorprendió al
ver que la con guración del tablero había cambiado. Habían estado
moviendo las piezas ins n vamente, sin ser plenamente conscientes del
acto ni de sus estratagemas de cierre.
El Gambito del Traidor ya no era posible, pero tampoco lo era el Mate del
Ciego, las piezas necesarias estaban dispersas, y las partes del tablero que
Magnus había descartado como irrelevantes ahora asumían una
importancia mucho mayor.
En esta nueva alineación, el Primarca blanco se enfrentaba al Emperador
negro, y todas las demás piezas se habían desvanecido en el fondo, como
los cantantes del coro, fundiéndose en las sombras del telón de las alas,
dejando sólo a los actores principales en el centro de atención.
-El próximo movimiento de la pieza del Primarca decidirá el resultado de
la par da- dijo.
-Tienes razón, está dotada- dijo Magnus. -Y así se revela el úl mo juego.
Alivia contuvo la respiración. -Es tu turno- dijo.
-¿Crees que esto?- dijo Magnus, colocando un dedo sobre la pieza del
Primarca y barriendo su otra mano a su alrededor. -¿Signi ca algo? Ambos
saben que este juego no ene sen do. No es más que un simbolismo
infan l diseñado para alimentar mis procesos de pensamiento, disparar
ciertas conexiones sináp cas dentro de mi psique, y organizar no tan
su lmente las palancas de mi mente para tus propósitos.
-Admito un cierto nivel de teatralidad- dijo Malcador. -Pero su mensaje no
es menos cierto.
-¿Y qué mensaje es ese?
-Que no es demasiado tarde para alterar el curso de la par da- dijo Alivia,
colocando la punta de un dedo en la cabeza de su pieza Emperador. -Que
el próximo movimiento que hagas decidirá si este Emperador cae o
retoma el tablero.
Magnus asin ó con la cabeza y re ró el dedo de la pieza del Emperador. Se
sentó, mirando fríamente a Alivia. Mirando más allá de él, hacia los
guerreros armados a su espalda, Alivia sin ó su impaciencia al ver a su
genio parlamentar con su enemigo jurado como si fuera un viejo amigo.
-Dijiste que había varias posibilidades de que viniera aquí- dijo Magnus,
volviendo bruscamente a un momento anterior de su conversación.
-Lo dije, sí.
-Alivia sugirió que la venganza por Prospero era una de ellas, ¿cuáles son
las otras?
-El trozo de alma que te falta.
Magnus chasqueó los dedos. -Ahí está. Sí, el trozo de alma que me falta,
la úl ma y mejor parte de mí. Cuando Russ me rompió sobre su rodilla,
grité a mis hijos, y juntos nos lanzamos al Gran Océano en busca de
refugio. Me costó todo salvarlos de los Lobos, pero ya había pagado el
mayor precio cuando intenté adver r a mi padre de la traición de Horus.
-Sé lo que te costó eso- dijo Malcador. -Pero, ¿sabes lo que le costó a tu
padre?
-Dime- dijo Magnus con amargura. -¿Qué le costó a él?
-Todo.
-Después de Prospero, mi alma se par ó como el cristal sobre la piedra...-
dijo Magnus.
-Lo sé- dijo Malcador. -Pasé mucho empo conversando con el fragmento
de alma que habitaba aquí. En esos momentos casi podía olvidar el terror
de la guerra que asola los cielos.
-¿Él vivía aquí?
-Lo hizo, en esa villa de allí- dijo Malcador, señalando un edi cio anodino
de piedra pálida con un atrio acristalado y una alta veranda con vistas al
lago.
-Recuerdo...- dijo Magnus, y Alivia recordó a los ancianos cuyas mentes se
deshilachan y olvidan los rostros de sus seres queridos. -Allí leí los ocho
libros de los Discursos Pirrónicos de Aenesidemus.
Malcador asin ó y dijo: -Él y yo hablamos de muchas cosas, pero sobre
todo deba mos muchas veces la naturaleza de su existencia. Se
preguntaba si era el verdadero Magnus, o si alguno de los muchos
fragmentos que sen a a lo largo del espacio y el empo eran en dades
separadas viables. Me dijo que se sen a real, y yo creo que era real, pero
incluso él sabía que era algo desgajado de un todo mayor.
-Él es la mejor parte de mí- dijo Magnus, llevándose la mano al gran
grimorio que tenía en la cintura, y Alivia sin ó una repugnancia enfermiza
por el poder que sen a en él, el inconfundible poder del genocidio
planetario.
Morningstar...
El signi cado del nombre se le escapaba a Alivia, más allá de su aparición
en los an guos textos religiosos, pero intuía que era tanto una terrible
maldición para Magnus como un... ¿arma?
-Y esa mejor parte volverá a ser una conmigo- prome ó Magnus.
-Te equivocas- dijo Malcador. -En que nunca fue la parte buena de , sólo
era una parte de , ni mejor ni peor que cualquier otra. Cada fragmento
roto de se aferraba a un recuerdo de una parte de , pero todos eran
simplemente un microcosmos de la gran alma que siempre fuiste.
Alivia vio la incredulidad en el rostro de Magnus, y también un gran fuego
interior que se estaba formando a medida que la certeza que había traído a
esta caverna se desmoronaba ante las palabras de Malcador.
-No...- dijo. -Sen su bondad, su pureza. Desde el otro lado de los
abismos del espacio, incluso en el Gran Océano, lo sen . Fue arrancada
de mí antes de que Horus envenenara el pozo. Es la mejor parte de mí, no
corrompida por... todo esto.
-Lo siento, Magnus, pero estás equivocado- dijo Malcador. -Y llegas
demasiado tarde. Ya no existe.
Magnus se puso en pie, volcando la mesa y esparciendo el tablero y sus
piezas en el agua. Alivia fue lanzada hacia atrás por la fuerza y la velocidad
del movimiento de Magnus, y lo repen no fue más impactante que el
dolor del borde de la mesa que le golpeó el pecho. Giró en el aire y aterrizó
boca abajo en la arena a diez metros de distancia.
Alivia tosió y escupió la arenilla de su boca. La sangre se mezcló con la
arena y gritó al sen r que las cos llas rotas se movían dentro de su pecho.
Por la sangre espumosa que tenía en los labios, supo que un fragmento de
hueso debía de haberle perforado el tejido blando del pulmón. Tosió un
fajo rojo de líquido engomado y se impulsó dolorosamente hacia un lado a
empo de ver a Magnus con el puño alrededor de la garganta de Malcador.
Sostenía al Sigilita a tres metros del suelo, con su vida al alcance de la
mano.
Los guerreros que Magnus había traído al Palacio se alejaron de él, tan
temerosos de la furia de su amo como Alivia.
-Lo necesito- rugió Magnus. -¿Qué soy sin él? ¿Una bes a no mejor que
Angron? ¿Un esclavo del deseo como Fulgrim? Si él no es diferente a mí,
y yo no soy ni más ni menos que él, entonces todo lo que he hecho es...
-Es parte de lo que ya eres- terminó Alivia, y el guerrero con armadura roja
más cercano dirigió su bólter hacia ella. Se levantó y ahogó un grito de
dolor cuando la respiración se le agitó en la garganta y la aguda puñalada
del hueso le atravesó el corazón.
-No seré como mis hermanos caídos, no lo haré- dijo Magnus. -Dime
dónde encontrar el úl mo fragmento de mi alma o acabaré con go ahora
mismo.
-Se ha ido- jadeó Malcador, forzando las palabras mientras Magnus le
cerraba las vías respiratorias. -Más allá de tu poder.
-¿Qué has hecho?- exigió Magnus.
-Lo que había que hacer...- jadeó Malcador, -para salvar al úl mo hijo de
Prospero.
Las volutas de humo que surgían de la piel del Primarca se hinchaban en la
oscuridad y se arremolinaban a su alrededor como seres vivos. Alivia podía
sen r el calor que irradiaba de él, y sabía que cualquier esperanza que
Malcador tuviera de razonar con Magnus había desaparecido.
Regresó a trompicones hacia las villas, sabiendo que no había esperanza de
evadir ninguna persecución, pero impulsada a escapar por el impulso
animal básico de huir, de sobrevivir. Había sufrido heridas mayores que
esta y había sobrevivido, pero nunca de un ser tan poderoso como
Magnus.
Alivia se arrodilló cuando le faltó la respiración. Sin ó un horrible vacío en
el lado izquierdo de su pecho. Su mano arañó la arena. El dolor la invadió,
pero había conocido cosas peores.
Oyó pasos crujientes detrás de ella y se obligó a ponerse en pie.
La vista se le nubló y tosió otro fajo de emas sanguinolentas.
-Date la vuelta- dijo una voz: dura, cortante y acostumbrada a ser
obedecida.
Casi la obedeció, casi reaccionó a su tono de mando.
-Jodete...- resolló Alivia entre respiraciones torturadas.
Siguió avanzando, el colorido mosaico de la plaza en el centro de las villas
apenas visible entre sus paredes de mármol pálido. Si lograba llegar a ella,
al menos estaría fuera de la vista de Magnus y sus hechiceros. Pero parecía
estar tan lejos, más lejos con cada paso que daba.
Si pudiera...
La masa reac va golpeó a Alivia entre los omóplatos y penetró
profundamente en su cavidad torácica antes de detonar.
Un instante de fuego y dolor, y luego nada.
***
Magnus dejó que la ira brotara de él, un fuego que había ardido en su
interior desde que nadara por primera vez en la existencia, hace tantos
siglos, y mirara al mundo con una conciencia dis nta a la de cualquier otro
en un rostro tan hermoso como aterrador.
Todo lo que había hecho fue al servicio de su padre, y ahora, en este úl mo
momento de redención, en el que su pasado podría haber recibido la
absolución, incluso eso le fue arrebatado.
Lanzó un rugido al techo de la caverna, sacudiendo la roca con el poder de
su ferocidad.
Oyó gritos, un único disparo en masa.
El fuego pareció arder durante una eternidad, aunque a lo sumo habían
sido segundos.
Magnus cayó de rodillas cuando la rabia comenzó a disminuir. Su poder
desatado uyó de nuevo por sus miembros mientras la claridad volvía a su
vista. Olió el olor rancio de la carne quemada y vio el humo que salía del
cobre ardiente de su piel.
El sonido se incrementó, con el estruendo de las formaciones de roca y
cristal que caían desde el techo de la caverna en vastos trozos de piedra
as llada. Desprendidos por el poder elemental de su furia, cayeron como si
se tratara de un carrete que funcionara a media velocidad. Cuando
nalmente golpearon la super cie del agua, las olas oscuras se estrellaron
contra la orilla.
Magnus vio cómo el tablero del regicidio y sus piezas eran arrastrados a las
profundidades del océano subterráneo, con el resultado de esta úl ma
par da indeciso para siempre.
Buscó a la mujer y la vio tendida boca abajo en la arena.
Le faltaba la mayor parte del torso, sólo fragmentos de cos llas as lladas y
una sección fusionada de la columna vertebral que unía la parte superior
del cuerpo con la inferior. La sangre se extendía entre las baldosas
exteriores de la plaza mientras Atrahasis volvía hacia ellos con el humo
saliendo del cañón de su arma.
-Dije que no se matara sin mi palabra- dijo Magnus.
-Ella...- comenzó Atrahasis, pero Magnus no le dio oportunidad de
terminar.
Con un pensamiento, detonó cada átomo del cuerpo del guerrero, dejando
nada más que polvo inerte entre los restos de la armadura que cayeron a la
arena.
Los demás se estremecieron ante la explosiva muerte de Atrahasis,
temiendo que ellos también fueran alcanzados por la ira de su Primarca.
Pero él ya no tenía ira en su interior, sólo dolor, y cerró el ojo, clavado en su
posición como una estatua congelada.
No podría decir cuánto empo permaneció así, pero nalmente una voz
cautelosa penetró en la niebla que envolvía su mente.
-Mi señor.
-Ahzek...
-Mi señor- dijo Ahriman, con mayor con anza y fuerza. -Debemos
re rarnos.
-¿Re rarnos?- dijo Magnus. -No...
-Debemos- repi ó Ahriman. -Lo que buscabas se ha ido, pero hemos dado
un gran golpe a nuestros enemigos. Uno que cambiará el rumbo de la
guerra.
-¿Un gran golpe...?- dijo Magnus. -No en endo...
Y entonces vio.
La Sigilita seguía agarrada en su mano de hierro, pero nunca más jugaría al
regicidio; nunca más se pondría en presencia de semidioses y les hablaría
de igual a igual.
Nunca más...
El cadáver de Malcador era un esqueleto negro de huesos fundidos al calor
y carne asada. Su cráneo descarnado se balanceaba sobre los úl mos
restos de tendones y médula espinal, y la carne de su otrora gran mente
rezumaba del hueso fundido de su cráneo.
-No- gritó Magnus, poniéndose en pie y soltando su agarre.
Los restos esquelé cos del Sigilita cayeron a la orilla del lago, donde el ujo
y re ujo de la nueva marea los retorció y los hizo rodar por la arena. Su alto
bastón de mando no servía ahora de asta de bandera, sino de lápida.
Dos muertes más para añadir a un recuento cada vez mayor.
-Señor- dijo Amon. Ahzek ene razón. -Deberíamos re rarnos antes de
que lleguen los Custodios. Que no estén ya aquí es un milagro. La muerte
del Sigilita se habrá sen do, y los guerreros dorados del Emperador
buscarán vengarlo.
-Esa nunca fue mi intención- susurró Magnus, y sus propias palabras
resonaron en su cráneo, burlándose de él.
Tu intención no ene sen do. Sigues siendo responsable.
-¿Cómo no pudimos ver esto?- se preguntó Menkaura. -Somos los más
grandes videntes de los Corvidae, ¿y ninguno de nosotros vio siquiera
una pizca de este futuro? La muerte de un alma tan importante como la
Regente de Terra, ¿y ninguno de nosotros vio este momento en nuestras
visiones?
-No nos re ramos, vamos al corazón mismo de Terra- dijo Magnus. -Nada
de lo que pasó aquí importa. Vi cada cosa secreta dentro de Malcador,
cada camino y cordón oculto dentro del Palacio. Y sé lo que tengo que
hacer ahora.
-¿Padre?
-Estamos en el corazón del Sanctum Imperialis- dijo Magnus, mientras un
propósito singular se cristalizaba en su interior. -A la vista de lo que
Alpharius no pudo imaginar y de lo que Horus Lupercal no se atreve ni a
soñar.
-¿Qué pretendes, mi señor?- preguntó Ahriman.
-Voy a matar al Emperador.
DOCE
EL SALÓN DE LAS VICTORIAS
Magnus los condujo a la plaza que había en el centro de las villas
abandonadas.
Se detuvo ante el cuerpo de Alivia Sureka y se arrodilló para colocar una
mano sobre los destrozados restos de su chaleco an balas salpicado de
sangre. Todavía bia, yacía en un charco de un color rojo brillante en
expansión, que se extendía desde su reventado torso como alas
ensangrentadas y le recordaba a Magnus a una Valkyria caída.
-No te conocía, pero lamento que este fuera tu nal...- se lamentó en voz
baja ante el cadáver, enjugándose una lágrima roja que salía de su ojo
vidrioso y muerto.
-Atrahasis era Raptora hasta la médula, con un carácter brutal y directo...-
se lamentó a su vez Ahriman. -Sí, es verdad que te desobedeció, pero no
merecía morir así...
-Dije de manera explícita que “no iba a haber matanza alguna, a menos
que yo lo dijera...”- volvió a recordarle Magnus. -¿Desde cuándo mis hijos
escogen y eligen cuáles de mis órdenes deben obedecer y cuáles no?
-Desde nunca… Claro que no, milord, pero...
-Lo vi morir cuando nos acercábamos a esta caverna...- le explicó. -No fui
capaz de encontrarle sen do en ese momento, porque fue una muerte
como la que solo un puñado de seres en esta galaxia podría in igir. Ni
siquiera se me pasó por la cabeza, que su muerte estaría en mis manos...
-¿Y el resto de nosotros?- preguntó ansioso Ahriman. -¿Viste nuestras
muertes?
-No…- le min ó Magnus, levantándose y mostrándose todo lo alto que era.
-No lo hice… y antes de que me condenes por la muerte de tu hombre,
mira y juzga tus propias culpas y pecados. ¿Dónde está Hathor Maat?
¿Acaso él se merecía morir?
Ahriman se estremeció ante la mención del nombre de su hermano
fallecido.
+¿Te creías que podrías restaurar mi alma, sin que yo pudiera hurgar
dentro de la tuya?+ envió Magnus para que solo Ahriman lo oyera. +Sé lo
que hiciste y sé por qué lo hiciste. Aún así, no te condeno, pues es mi
ferviente deseo, que nunca tuvieras que portar esa carga. Cada paso que
hemos dado desde Prospero, ha sido al servicio de los demás y
entregaste a tu hermano por mí. Simplemente crees cuando te digo que
todo lo que he hecho desde entonces, es por el bien de mis hijos+
Ahriman, asin ó con rigidez y con nuó andando, mientras Magnus se
dirigía hacia el centro de la plaza, donde la con uencia de los patrones
abstractos trabajados en el mosaico, nalmente convergía.
Magnus giró lentamente en círculo, tratando de imaginar cuál de las
viviendas estaba des nada a cada uno de sus hermanos. No podía discernir
diferencias entre ellas lo su cientemente grandes como para comprender,
pero algunos de sus parientes, habían pasado empo aquí, eso sí que lo
podía sen r.
¿Cómo habría sido el haber compar do estos espacios con ustedes,
hermanos míos? suspiró el Primarca. ¿Hubiera sido algo glorioso… o
hubiéramos peleado y luchado por las migajas de la atención de nuestro
padre como lo hicimos durante la Gran Cruzada?
Magnus consideró brevemente la posibilidad de explorar la villa en la que
había habitado su alma, pero rechazó la idea.
¿Qué sen do tendría? ¿Revivir la nostalgia de acontecimientos que no
había vivido realmente? ¿Reencontrarse con una vida que nunca había
vivido? se dijo a sí mismo.
No, mejor dejar esa herida intacta. Además, sólo tenían un corto margen
de empo para actuar.
Incluso ahora, los Custodios probablemente estaban en camino, tal vez…
incluso algunos de sus hermanos leales.
Era un misterio para él por qué no estaban ya aquí. El derroche de energía
en el Gran Observatorio, debería haberlos atraído instantáneamente, pero
el hecho de que aún no hubieran descubierto esta intrusión, era una
oportunidad que Magnus no pensaba desperdiciar.
Se puso en cuclillas ante el conjunto de sigilos que rodeaban el gran
emblema de la dualidad cósmica (situado en el centro de la plaza) y pulsó
una secuencia que sólo recordaba gracias a otra persona. Al principio no
ocurrió nada, pero pronto sin eron una vibración a través de las losas y
retrocedieron, mientras una imponente columna de mar l se elevaba
desde el suelo.
Su super cie, era lisa como la porcelana y aparentemente sin suras, pero
instantes después, se abrió una puerta curvada en su costado y un
resplandor azul ar cial salió de su interior. Magnus, entró con con anza
en el ascensor, cuyas proporciones (al igual que las de las villas) se
ajustaban a un ser de su tamaño.
Sus hijos lo acompañaron dentro como una guardia de honor y nada más
cerrarse las puertas, el ascensor inició un suave descenso hacia las
profundidades del planeta, descendiendo lo que parecieron varios
kilómetros en el corazón de Himalazia.
-¿Sabes a dónde lleva esto, Maestro?- quiso saber Menkaura.
Magnus no respondió y con nuaron en tenso silencio hasta que las puertas
se abrieron para revelar un corto corredor que terminaba en un imponente
conjunto de puertas dobles de bronce.
Exquisitamente talladas, cada hoja de las puertas, representaban a un
hombre y una mujer enfrentados: uno de la erra, el otro de la factoría.
-La vida y la muerte…- elucubró Amon, mirando a la mujer.
-La industria y la guerra…- se aventuró Menkaura, re riéndose al hombre.
-Es mucho más que eso, hijos míos…- respondió de manera críp ca
Magnus, señalando los rayos cruzados de la Unidad que colgaban del
cuello del hombre. -Es la encarnación del sueño de mi padre: La
humanidad atada sin cesar a las tareas de procreación y a los trabajos
que se le exigen para poder bañarse en su luz. Él es su dios sol, su Alfa y
Omega, el principio y el n. Del culto al Emperador, proviene toda la
generosidad. Las estrellas que le rodean, somos nosotros, los Primarcas,
los ángeles guerreros que hacen cumplir sus leyes y luchan a sus órdenes.
-“Habitantes de Terra: La unidad es la fuerza, la división es la debilidad”-
se le oyó a Ahriman, traduciendo con pericia la an gua lengua inscrita en la
marquetería que había sobre las puertas.
Las puertas se abrieron con facilidad y más allá, pudieron ver una amplia
galería de varios cientos de metros de largo llena de expositores, como los
que eran habituales en las pirámides de Prospero. Muchos de los armarios
y vitrinas de la galería, se habían derrumbado y su contenido se había
destrozado contra el suelo de baldosas. El agua entraba a través de una
sección rota del techo, que estaba hacia la parte trasera de esta
descarnada galería, arruinando los numerosos cuadros, estatuas, tallas y
tapices que allí se guardaban.
Una de las largas paredes, estaba reves da de altas ventanas lanceoladas,
pero la luz no penetraba por los cristales manchados de aceite y polvo,
salvo por las partes en las que se habían hecho añicos por el impacto de las
ondas de choque. El suelo estaba lleno de fragmentos de cristal y un
persistente sabor a ozono quemado, indicaba que los campos de estasis
habían fallado.
Magnus se angus ó al pensar en lo que se había perdido aquí. Ese pesar,
se desvaneció con otro pensamiento.
-¿Cuánto perdimos en Tizca?- preguntó un pesaroso Primarca,
agachándose para recoger los restos de una tablilla de piedra con escritura
cuneiforme en forma de gajo. El fuego y el humo, habían cubierto sus
super cies con un sedimento que ya había ablandado y oscurecido gran
parte del texto.
-Una can dad incalculable...- respondió Amon con la voz entrecortada. -
Tal can dad, es demasiado numerosa para ser contada.
Magnus entregó la tablilla a Ahriman.
-¿Reconoces esto?
Ahriman giró la tablilla entre sus manos y asin ó.
-Aqueménida. De Arg-e-Bam, una fortaleza en el cruce de la Ruta de la
Seda. Quizá tenga treinta y cinco mil años…
-¿Y esto?- con nuó preguntando Magnus, indicando un elaborado modelo
de un magní co galeón colocado sobre una tarima elevada. El barco,
estaba equipado con velas de no oro y su casco, estaba hecho de cobre y
hierro dorados. Desde la quilla hasta la cofa, medía aproximadamente un
metro de altura.
-¿Un juguete para niños quizás?- sugirió Menkaura.
-Un juguete tal vez, pero no para niños...- lo corrigió Magnus, girando una
llave oculta en la popa del barco. -Más bien, un gran juguete para algún
rico potentado de la Vieja Terra.
En lo alto de la popa de la nave, se sentaba un rey coronado y ante él,
des laban sus súbditos en la cubierta tallada, girando y rindiendo pleitesía
mientras que el muelle principal, giraba en su interior. En el interior de la
nave, un órgano en miniatura tocaba las notas desordenadas de una
melodía olvidada ya hacía mucho empo, mientras los cañones de hierro,
salían con di cultad de las esco llas de madera del casco.
Magnus, sonrió cuando los cañones se replegaron y todas las guras de la
cubierta se inclinaron ante su rey antes de que la energía del muelle se
agotara y la nave se volviera a quedar quieta.
-Es un reloj y una caja de música con la forma de un galeón construido
para hacer la guerra, cuando el control de los océanos, aseguraba el
dominio de una nación. En barcos como estos (las máquinas más grandes
y complejas de su época) los conquistadores, par an hacia alta mar para
descubrir otras culturas al otro lado del planeta. Para comerciar o hacer
la guerra con ellos. A veces ambas cosas...- resumió el Primarca con un
aire de añoranza.
-¿Y lo convir eron en un juguete?- volvió a preguntar Amon. -Parece un
desperdicio.
-Ni mucho menos...- observó Menkaura, inclinándose para examinar al rey
sin rostro y con túnica amarilla en su trono. -Se trata de un objeto
maravillosamente construido, una obra maestra de la destreza del ar ce
y la decoración del ar sta, y muestra un profundo dominio de la
mecánica y la orfebrería.
-¿Qué es este lugar, mi Señor?- preguntó Amon, girándose hacia el
Primarca.
-Seguramente no es di cil de adivinar...- sonrió Magnus de soslayo. -Es un
tes monio de los mayores logros de la humanidad y cada uno de ellos, es
un paso hacia el futuro. Tienen el sello de Malcador, ya que el Sigilita,
siempre reconoció la importancia de preservar el pasado.
Recordó a Kasper Hawser: el ingenuo conservador que había hablado con
tanta pasión sobre la falta de previsión de la humanidad al considerar su
pasado. Aquel hombre, había defendido constantemente la realización de
una auditoría del conocimiento humano y la preservación del legado de la
especie para determinar lo que aún se conocía y lo que se había olvidado.
¿Habría llegado a pisar alguna vez esta galería o habría visto este historial
del progreso humano desde sus orígenes paleolí cos hasta su exploración
de las estrellas? Imposible saberlo y además, Magnus no sabía qué había
sido de él tras la matanza de Prospero.
Teniendo en cuenta lo que le habían hecho a su mente, lo más probable es
que estuviera muerto o loco.
Me pregunto qué habrías hecho tú con todo esto… se dijo para sus
adentros Magnus con tristeza. ¿Y cuántas lágrimas derramarías al verlo
todo perdido?
-¿Mi señor?- preguntó Ahriman, viendo la perturbación en los ojos de su
padre gené co.
Magnus no dijo nada y apartó de su mente todo pensamiento de
arrepen miento y sen mentalismo.
Se adentró en la galería, deteniéndose de vez en cuando para examinar un
objeto de gran belleza o signi cado: una cabeza de hacha de jade, un par
de elefantes kakiemon, placas de circuitos de las carcasas corroídas de los
motores lógicos primi vos que ya no albergaban ningún espíritu máquina,
piezas de ajedrez de mar l talladas en los dientes de grandes criaturas
oceánicas...
Todos ellos encarnaban momentos trascendentales en los que la
humanidad, había pasado de sus primeros y primi vos comienzos a las
elevadas alturas que ocupa en el presente, pero uno en par cular le
pareció fuera de lugar: un reloj de péndulo roto y deslustrado, hecho de
bronce y con una esfera de ébano agrietada.
No era especial, ni siquiera par cularmente atrac vo y ´además, en algún
momento de su existencia, había estado expuesto a un gran calor, pues el
metal se había ablandado y deformado. A pesar de ello, las delicadas
manecillas estaban intactas, modeladas con cariño en oro, con
incrustaciones de nácar. Lo que quedaba de los mecanismos internos del
reloj era visible a través de una pequeña ventanilla manchada de humo
cerca de su base: eran una masa desordenada de engranajes dentados que
nunca podrían girar y péndulos de cobre que nunca volverían a oscilar.
-¿Por qué está esto aquí?- se preguntó Magnus en voz alta.
-Porque marcó un momento singular en la historia de Terra...- dijo una
potente voz desde el nal de la galería. -Y en la mía propia, aunque en ese
momento no lo reconocí como tal...
Magnus se giró, con el bastón de Heqa levantado ante él y una mano sobre
su gran libro. Sus Hijos se colocaron en posición de combate, con los
bólters en alto.
Una gura encapuchada apareció al nal de la galería, envuelta en una
larga capa escarlata.
El hombre era de altura transhumana y bajo su larga capa, llevaba ropas
básicas, similares a las que llevaban prác camente todos los habitantes de
Terra. Un anillo de plata brillaba en su dedo índice derecho, con un símbolo
Nazarlik de protección.
Detrás de él había una sencilla puerta de madera, como la que podría
encontrarse en el an guo salón de un alto cas llo de piedra. Una puerta
totalmente fuera de lugar en esta oscura galería de cristal y acero, que
Magnus sabía que no había estado allí momentos antes.
-Un descendiente de Mikuláš de Kadaň, lo construyó en su famosa casa
de relojes, en lo alto de las montañas heladas de Europa. Ya ha
desaparecido, por supuesto. Sospecho que esa pieza es tal vez la úl ma
de su clase, como muchas de las cosas que alguna vez valoramos...-
con nuó explicando aquella poderosa voz.
-Iden cate, marditoh...- ordenó Magnus.
El hombre se levantó lentamente y se quitó la capucha para revelar un
rostro severo, aunque no an pá co. No tenía nada de especial, pero los
ojos del hombre, no tenían pupilas y brillaban con una luz dorada que
servía para iden carlo como ningún otro nombre.
-La úl ma vez que usé esta apariencia, me hice llamar Revelación- se
presentó aquel personaje.
La luz de Revelación, comenzó a brillar a lo largo de la galería y todas las
desgastadas y rotas reliquias del avance de la humanidad, resplandecieron
como si estuvieran recién salidas de las manos de sus an guos creadores.
La maquinaria muerta cobraba vida, el órgano de la nave de relojería
tocaba su melodía marí ma de forma impecable, y el reloj junto a Magnus
sonaba suavemente mientras sus manecillas se ponían en ver cal.
-¿Sabes por qué estoy aquí?- preguntó Magnus desa ante.
La puerta que había detrás de Revelación se abrió, arrojando un nuevo
resplandor a la galería.
-Lo sé...- tronó Revelación. -Pero primero… vamos a hablar, hijo mío.
LIBRO CINCO
SALÓN DEL TRONO
TRECE
A LA DERIVA
Un cielo profundamente azul llenaba su visión: los cielos de su juventud,
no contaminados por las emisiones petroquímicas y los contaminantes de
los hidrocarburos. Los secretos que encerraban estas sustancias en el
cuerpo de la Tierra eran bien conocidos ya entonces, pero el gran consumo
de estos combus bles a escala mundial, era algo que ocurría desde hacía
milenios.
La vista desde la cima de la montaña era impresionante: valles neblinosos,
bosques profundos y océanos oscuros llenos de in nitos misterios. Pero
siempre se volvía hacia el cielo. Alivia había visto los cielos de muchos
mundos desde entonces, pero ninguno se comparaba con el esplendor de
la Vieja Tierra. Tal vez fuese un poco parco, pero no podía negar la
atracción que su mundo natal ejercía sobre su alma.
Entonces, ¿por qué tanta prisa por dejarlo...?
Aquel pensamiento doloroso, a oró con fuerza en su mente, pero lo alejó.
Alivia no quería dejar este lugar de recuerdos y paz.
Sabía que era un recuerdo de su erra natal, una visión de un empo
anterior a que el mundo le mostrara su verdadero rostro y revelara de
manera brutalmente sangrienta su propia naturaleza secreta. La úl ma vez
que había visto este lugar en sueños, había sido secuestrada por John
Gramma cus para adver rle de lo que pasaría. Recordando ese momento,
su mirada se desplazó desde los cielos in nitos hasta el borde del bosque.
Los árboles se volvieron densos y sólo las sombras de la luz de la luna, que
se acercaban lentamente, eran visibles entre sus troncos llenos de grietas.
Sonrió al ver de nuevo a un poderoso ciervo. Se encontraba en el borde de
los árboles y su magni cencia, no era menos emocionante de ver con la
repe ción. Pero su esplendor, había disminuido esta vez: su piel roja y
dorada estaba remendada de heridas debido a alguna desesperada huida y
sus antaño poderosas astas, estaban rotas y deformadas por alguna
sangrienta batalla. Una vez, fue el amo de esta montaña y lideraba la
salvaje cacería sobre las altas colinas y los lejanos páramos, pero ahora…
estaba re rado y se tomaba este momento para reunir fuerzas.
Alivia contuvo la respiración, no fuera a ser que el más mínimo movimiento
rompiera el hechizo.
El ciervo levantó la cabeza, con las fosas nasales agitándose.
La úl ma vez que había visto al ciervo, éste había salido disparado hacia las
altas cumbres, con una manada de lobos de ojos rojos arreme endo
contra sus pezuñas, pero en este momento, el animal caminaba
lentamente hacia ella.
A cada paso, la silueta del ciervo cambiaba, despojándose de su mortaja de
metáforas y asumiendo la forma en la que ella lo había visto por úl ma
vez: un hombre alto con el rudo atuendo de un trabajador agrícola,
apuesto de una manera enérgica, con una enjuta barba castaña, hombros
anchos y fuertes brazos entrecruzados con cicatrices. Otro disfraz, pero al
menos uno agradable. Pero no importaba la cara que presentara al mundo:
nunca podría ocultar el poder en bruto y la amenaza que había detrás de
sus ojos.
-Cuando me fui de Terra, te dije que no quería volver a verte…- lo
amenazó Alivia.
-Lo sé y deseaba respetarlo, de verdad, pero...
Sus palabras se interrumpieron. No era necesaria ninguna explicación.
-Me quedé vigilando por en Molech, pero no pude detenerlo…
No necesitó preguntar a quién se refería.
-Lo sé… Era una tarea imposible, Alivia. Nadie podría haberlo detenido.
No con el poder que posee actualmente.
-Lo intentamos…- dijo apenada Alivia. -Buenos hombres murieron
tratando de detenerlo.
-Pero tú no…- la cortó el hombre aquel.
-No, yo no…- escupió con amargura. -Yo nunca soy la que muere…
Se sentaron en silencio durante un rato, disfrutando de la vista sobre el
océano. Ella había navegado por los rincones más recónditos de la Tierra
en sus largos años, pero nunca se cansaba de observar y escuchar las olas
sobre una playa de guijarros o chocando contra un acan lado.
-¿Por qué estás aquí?- quiso saber Alivia. -¿No enes cosas más
importantes que hacer? Ya sabes… el des no de la galaxia, defender
Terra, ese po de ideas tan nobles que enes en la cabeza...
El hombre, la miró jamente y asin ó con la cabeza.
-Tengo una can dad insondable de cosas importantes que hacer Alivia y
muchas de ellas, están llegando a su conclusión.
-Y supongo, que el hecho de que estés aquí… signi ca que alguna de ellas
me involucra, ¿no es cierto?
-Así es.
-¿Me va a gustar?- preguntó Alivia sarcás camente.
-No… pero es algo que hay que hacerlo- le con rmó después de pensarlo
por un momento.
-Entonces… ¡al diablo con go!- exclamó airadamente. -Tú no me
mandas… ya no. Me juraste que la tarea de Molech sería la úl ma.
-Se podría argumentar que… fallaste en esa tarea- le recordó el hombre.
-¡Que te jodan, cabronazo!- espetó furiosamente Alivia. -¡Acabas de decir
que nadie podría haber impedido que Horus atravesara ese portal!
Recuerdo que te llevé por esas escaleras y me dijiste que después de eso,
terminaría con go.
-Y lo dije en serio, Alivia- le perjuró él, tratando de tomar su mano. -
Todavía lo pienso… y desearía no tener que pedírtelo. Pero déjame
mostrarte lo que está en juego.
Ella apartó bruscamente su mano y le dijo: -He visto la caída de Molech.
He estado fuera de los muros de su Palacio. Créeme, sé lo que está en
juego. Además… aunque Horus gane, no creo que pueda hacer las cosas
peor que tú.
-Esto no te lo crees de verdad…- la corrigió amablemente. -Sabes
perfectamente lo que hay en la oscuridad. Has oído los susurros de los No
Nacidos y has visto lo que ocurre cuando los hombres ceden a las
tentaciones del Caos. No te lo pediría si hubiera otra manera.
-Eres un monstruo y un embustero, un manipulador y un maldito asesino
genocida- lo acuso enérgicamente Alivia. -Tus ejércitos, masacraron a
miles de millones de personas en nombre de la Unidad y aplastaron a
cualquiera que se opusiera a tu gobierno. Creaste autén cos monstruos a
par r de tu propia carne y los soltaste alegremente por la galaxia… ¿Y te
sorprendes cuando éstos se vuelven contra ?- se quedó en silencio antes
de con nuar, con la mirada perdida. -Todo en nombre de una visión que
sólo tú podías ver. Sabes que Magnus asesinó a Malcador, ¿verdad?
-Lo sen morir. Sen su agonía mientras Magnus acababa con él- le
con rmó asin endo y sus hombros, se desplomaron.
Las lágrimas que derramó, eran tan reales y tan dolorosamente crudas… El
amor y el odio que Alivia le profesaba eran tan poderosos, que le dolía el
corazón. Las lágrimas, brotaron con fuerza de sus ojos, pero las enjugó con
rabia.
-Hay tanta sangre en tus manos… tanta sangre…- hipó tristemente la
Perpetua. -En todas nuestras manos, en realidad. Sólo quiero que se
acabe.
-Entonces ayúdame a poner el punto nal a esto- la animó Él,
ofreciéndole su mano una vez más. -Deja que comparta con go mi Visión.
Lentamente y en contra de su buen juicio, Alivia tomó su mano. Y el
Emperador le mostró todo en un instante.
Alivia echó la cabeza hacia atrás y gritó… Un agónico alarido sin sonido… un
gesto ausente, como el cadáver marchito que vio encerrado en un Trono
Dorado.
***
Al atravesar la discordante puerta de madera Magnus, experimentó un
momentáneo rón de dislocación, como el destello de un teletransporte,
pero más intenso y profundo. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al
sen r el cambio de temperatura. Dondequiera que estuvieran ahora, se
encontraban mucho más profundo bajo erra que antes.
Revelación los estaba esperando, con sus ojos dorados brillando aún más.
-He estado aquí antes…- dijo Magnus mirando alrededor, mientras una
oleada de vergüenza lo invadía.
-¿Recuerdos de tu alma fragmentada, mi señor?- preguntó Ahriman.
-No…- lo contradijo Revelación, dirigiéndose directamente a Ahriman. -Su
parte del alma, no vino aquí como una sombra, ni como un recuerdo
prestado de otro pedazo de sí mismo, sino como Magnus el Rojo, un
orgulloso y leal hijo del Emperador de la Humanidad.
-¿Esto es...?- preguntó de repente Amon.
-El Saló del Trono…- terminó Magnus.
Aunque los Mil Hijos estaban comprome dos con la causa del Señor de la
Guerra y luchaban junto a guerreros que pretendían derribar todos los
edi cios del Imperio, la huella compar da con este lugar, era demasiado
grande para ignorarla. Se cernía sobre ellos de manera agobiante, mientras
Revelación los conducía hacia el interior del Sanctus del Emperador.
La caverna del lago subterráneo era inimaginablemente vasta, pero este
torreón subterráneo, era de una magnitud muchísimo mayor. Estaba
repleto de maquinaria: interminables tramos de tuberías y líneas eléctricas
sibilantes que se enroscaban por el suelo y colgaban de las paredes como
serpientes heridas. Los imponentes bancos de disposi vos de tensión,
estaban equipados con innumerables lectores y medidores, aunque lo que
indicaban era un misterio para Magnus.
El suelo vibraba con el zumbido de la maquinaria enterrada y el golpeteo
de lejanos pistones que se movían sin cesar en los con nes de la caverna.
Las refulgentes exhalaciones de ozono de los gigantescos procesadores de
terraformación, empañaban el aire y los vistosos arcos de energía, saltaban
entre las gigantescas máquinas encargadas de mantener el ujo de
energía.
Miles de operarios manchados de aceite, atendían las máquinas bajo la
atenta mirada de los tecnosacerdotes del Mechanicum, cubiertos con sus
ropajes rojas y negras. Magnus oyó gruñidos binarios de alarma, pero en
lugar de huir ante estos guerreros enemigos, sus quiméricos rostros de
metal y carne, consideraron que los recién llegados eran menos
importantes que la maquinaria que estaban atendiendo.
En el centro geomán co de esta inmensa caverna, se encontraba el
tánico, extraño y terrible disposi vo dorado que había visto en persona,
en visiones y en sueños: Un gigantesco y elevado estrado, de kilómetros de
altura y con incrustaciones de circuitos rúnicos plateados. El
funcionamiento de esta tecnología arcana, que ni siquiera Magnus podía
descifrar, era el responsable de que todas las máquinas, (tanto las de arriba
como las de abajo) estuviesen sujetas a una red de cables y tuberías que
conducían inmensos volúmenes de energía a su corazón mís co.
Sin embargo, no fue esto lo que atrajo la atención de Magnus.
Más allá de esta majestuosa plataforma, se encontraban unas vastas y
ciclópeas puertas doradas, cuyas super cies, se habían curvado y
abombado por unos tánicos impactos y por fuerzas inimaginables. Cada
una de ellas era tan inmensa, que podía permi r que las mayores
máquinas de guerra del Mechanicum marcharan a través de ellas con sus
blindadas cabezas en alto. Ejércitos enteros podían pasar más allá de estos
portales, cuyas dimensiones eran mayores que cualquier cosa que Magnus
hubiera visto en el Palacio Exterior.
Incluso los accesos que cruzaban el Barrio Colossi y el Distrito de la
Gorgona, resultaban insigni cantes a su lado. Ni siquiera la Puerta del León
era igual en escala o grandeza. Sin embargo, ni siquiera estos portales de
escala inhumana atrajeron la atención de Magnus.
Su mirada se jó en el tánico trono hecho de oro y plata, elevado sobre el
nivel más alto de la estructura dorada. Su forma, estaba recubierta de un
mosaico de bronce y pla no, como si su funcionamiento interno hubiera
fallado y se hubiera reparado muchas veces. Sentado sobre esta máquina
desconocida, con la cabeza echada hacia atrás, la mandíbula en tensión y
los ojos fuertemente cerrados, había una gura ves da de pies a cabeza
con una armadura de oro bruñido.
Luces fantasmales Telúricas de color ámbar, bañaban su piel de color
granito en suaves ondas, iluminando su ronca palidez, la tensión de su
mandíbula, la imponente energía que irradiaba de él y resaltaban
ostensiblemente el infernal dolor de su sufrimiento. La magnitud del poder
que uía a través de la máquina y a través de su padre era inimaginable.
-¿Hablo con él o con go?- preguntó midamente el Primarca.
-Somos uno y el mismo, pero dirige tus palabras a mí…- dijo Revelación. -
El daño que provocaste en las puertas doradas de la telaraña, requiere mi
atención principal. Los asaltos de los No Nacidos desde el otro lado son
incesantes y la guerra en la telaraña, es cada vez más feroz.
-¿Yo hice eso?- preguntó Magnus, horrorizado. -¿Cuándo intenté
adver rte de la per dia de Horus?
-Lo hiciste… efec vamente- coincidió Revelación. -La ironía de tu
propósito y su resultado, no pasaron desapercibidos para mí, Magnus,
pero me ha costado tanto mantener a raya a las hordas de los No
Nacidos, que me encuentro incapaz de comprenderlo de verdad. Cientos
de miles de vidas gastadas, luchando contra in nidades de hordas de
obscenidad y corrupción. Sin mi con nua presencia en el Trono Dorado,
Terra sería ahora un mundo demoníaco.
-Yo... no fui capaz de prever lo que provocaría eso…- maulló angus ado
Magnus, agarrando su bastón con tanta fuerza que su madera trenzada y
su núcleo de adaman um, empezaron a resquebrajarse. Las sibilantes
voces de su grimorio (las víc mas de un mundo arrasado llamado
Morningstar), comenzaron a manifestarse, emergiendo de sus caprichosas
páginas en ondulantes manchas de fuego brujo y arrastrándose por sus
brazos, ansiosas y ambiciosas.
-Se te dijo claramente las consecuencias de todo- le echó en cara
Revelación. -Se te instruyó. Se te advir ó, pero tú lo sabías de sobra, tu…
creías que podrías con eso.
-Sólo sabía lo que tú me habías dicho- espetó Magnus, con la luz de
Morningstar recorriendo violentamente la longitud de su bastón.
-Y admi ré mi culpa en ese asunto…- se confesó Revelación. -Tú, naciste
para ver más allá que cualquiera de tus hermanos… pero yo, conozco y
en endo mejor que tú la magnitud oscura, infernal y sempiterna de la
disformidad. Y cuando te dije que había lugares a los que ni siquiera yo
estaba dispuesto a ir y líneas que no estaba dispuesto a cruzar, eso
debería haber sido su ciente para . Debiste respetar mis deseos,
Magnus.
La arrogancia y la presunción en las palabras de Revelación, fueron como
una bofetada en la cara.
-Tu presunción es asombrosa, tu arrogancia… no ene parangón-
masculló Magnus.
Sin ó que su necesidad de violencia, eclipsaba su necesidad de respuestas,
pero se resis ó por el momento. Magnus miró alrededor de la cámara,
incapaz de conciliar su ininterrumpida presencia y la absoluta falta de
protección que rodeaba al Emperador.
-¿Dónde están tus pretorianos?- quiso saber Magnus. -La lucha en las
murallas es desesperada y además, vi a miles de hombres de Constan n
en Colossi, pero el capitán general de la Legio Custodes, nunca
consen ría dejarte totalmente desguarnecido.
-Los aparté de mi presencia, hijo mío- se confesó Revelación. -Incluso
ahora intentan entrar, temiendo que esté tramando algún plan que
pueda poner en peligro mi vida.
-¿Y tú lo estás haciendo?- dijo Magnus, acercándose a Revelación.
-…Es muy probable…- se confesó el sujeto. -Hay una razón por la que tus
pasos te llevaron a los salones de Leng. Esperaba que recordaras el
camino secreto a través del observatorio. Y la Sala de las Victorias, ha
sido durante mucho empo mi propio camino oculto para caminar entre
mi gente sin escolta.
Las implicaciones de las palabras de Revelación golpearon a Magnus como
un mazazo.
-Me dejaste ver la grieta en la cubierta teletésica...- se dio cuenta el
Primarca.
-Lo hice. Nunca habrías llegado hasta mí si no te hubiera convocado-
asin ó Revelación.
-¿Y por qué me convocaste?- le preguntó Magnus. -Debías saber lo que
haría si me presentaba ante .
Revelación se adelantó y puso una mano en el hombro de Magnus. Sus
ojos eran ardientes charcos de oro fundido, sin profundidad y brillantes
como los corazones de las estrellas. Sacudió la cabeza y dijo:
-Esperaba hacerlo, hijo mío, pero no podía conocer la respuesta a ese
misterio hasta que estuvieras aquí, que era lo que hacía que esta tác ca
fuera tan peligrosa, por lo que tenía que ocultársela a Constan n y a
todos los demás, excepto a Malcador.
-¿Peligroso? ¿Como el peligroso ardid de la puerta Saturnine?
Revelación se rió y dijo:
-El plan de Rogal era una certeza comparado con esta jugada.
-Entonces permíteme resolver ese misterio- a rmo Magnus, clavando la
punta de su bastón en el pecho de Revelación.
Un torrente de fuego sobrenatural se derramó a lo largo de su longitud,
deshaciendo el avatar de su padre desde el interior. El hombre que no era
un hombre, empezó a aullar, mientras el más puro fuego de los Pyrae,
consumía su carne generada y las llamas psíquicas, ardían en los planos
mortal e inmaterial. Se extendió a lo largo de los miembros de Revelación,
iluminando su cuerpo y sus brazos extendidos desde el interior, mientras
éste gritaba y se retorcía como una bes a atrapada. La luz se desvaneció, y
cuando desapareció, también lo hizo Revelación.
Sólo el anillo de plata que llevaba el personaje sobrevivió al fuego, cayendo
al suelo de piedra con un n neo musical. Magnus se inclinó para
recuperarlo, removiendo las cenizas de Revelación con la punta de su
bastón, mientras deslizaba el anillo sobre el dedo corazón de su mano
derecha. El ojo es lizado inscrito en su cabeza aplanada, estaba
exquisitamente tallado.
Magnus cerró el puño mientras sus hijos se reunían a su alrededor. Sen a
su confusión, la sensación de estar a la deriva. Ninguno de ellos había visto
este momento, ni siquiera él. No saber nada del futuro, era una perspec va
que no agradaba a ningún guerrero de los Corvidae.
-Lo mataste...- balbuceó boquiabierto Amon.
-Maté a una marioneta, no al dueño- le con rmó Magnus, levantándose y
dirigiéndose hacia la tarima dorada. Cuando puso el pie en el primer
escalón, se volvió hacia sus hijos, que estaban expectantes. -Esta reunión
no es para ustedes- les advir ó. -Formen un mandala, o al menos todo lo
que puedas hacer con sólo tres de ustedes y esperenme.
-Haz lo que deba hacerse, mi señor…- le pidió Ahriman adelantándose.
Magnus asin ó y comenzó a subir hacia la gigantesca gura del Trono
Dorado con singular propósito. Detrás de él, sus hijos formaban un
segmento de mandala en la base de la escalinata, con sus bólters a los
lados mientras aumentaban las enumeraciones marciales. Su paso era
largo e impulsivo, y aunque el trono de esta montaña estaba muy lejos,
sólo tardó unos instantes en llegar a la amplia cima del estrado.
Aunque lo había visto de lejos, estar tan cerca de su padre le causaba un
dolor más profundo de lo que esperaba. Desde Nikaea no habían
compar do el mismo espacio sico, y la hipocresía de aquel día, aún se
retorcía en su corazón como si fuera una metralla demasiado peligrosa de
eliminar.
Más cerca ahora, Magnus podía ver la tensión visible en el rostro de su
padre. Las líneas de tensión del cuello, el resbaladizo brillo del sudor sobre
su frente laureada. Sus ojos permanecían fuertemente cerrados, aunque
seguramente había percibido que Magnus se acercaba con un sen miento
de muerte en su corazón. Pero siguió sentado, ignorando la presencia de su
hijo.
Magnus miró hacia el suelo de la caverna cuando oyó el inconfundible
rugido de los reac vos en masa. Seis guerreros, que avanzaban a toda
velocidad. U lizando la vasta maquinaria como cobertura. Tres de ellos con
armadura de hielo invernal, tres con la más intensa ves menta de jade. La
VI y la XVIII. Lemuel Gaumon los seguía, poniéndose de rodillas detrás de
los motores lógicos, asombrado. Al principio, Magnus pensó que los Lobos
Espaciales eran lentos y torpes, pero rápidamente se dio cuenta de que la
inmensidad de la presencia de su padre, también les afectaba. ¡Una furia
tan grande que superaba su asombro!
La mirada de Magnus se estrechó al darse cuenta de que conocía a los
guerreros de la VI Legión por los ensambles de memoria compar dos de
sus hijos.
-El grupo de vigilantes de Bödvar Bjarki…- masculló para sus adentros. -Y
traes aliados de Nocturne…
Los perros de Russ, habían luchado contra sus hijos en Kami Sona y los
habían seguido a través del Gran Océano para asaltarlos en el corazón del
laberinto cristalino.
No hay casualidades...
Los disparos iban y venían entre los Marines Espaciales. Sus hijos, estaban
superados en número dos a uno, pero incluso sin la totalidad de sus
poderes, no temía por sus vidas. Magnus se abstrajo de la lucha de abajo.
No podía permi rse dudar.
El hecho de quedarse de brazos cruzados frente a un enemigo
sincronizado, aunque fuera por una fracción de segundo, le privaría de su
determinación. Pensó en Prospero, en el conocimiento irremplazable que
se había perdido y en sus muchos hijos que habían muerto allí. En las
men ras y la traición de Nikaea. Pensó en las falsedades que le habían
asegurado que eran verdades, en las promesas rotas y en la esperanza
perdida de un futuro compar do de exploración dentro del Gran Océano.
Miró el rostro de su padre, echando el brazo hacia atrás para lanzar su
bastón, como si de un na vo arponero se tratase, con el lance perfecto en
el ojo de una ballena. La lanza tembló en su empuñadura, formando la hoja
perfecta. Sus nudillos presionaban el blanco del mango humeante. La
punta de la hoja ardía en color naranja, iluminándose hasta alcanzar un
brillo intenso, impregnado de toda la angus a del alma fracturada de
Magnus. Sería un golpe mortal, lo su cientemente poderoso como para
acabar con el reinado de un dios.
Bajó la lanza, su cabeza se hundió en el pecho mientras el arrepen miento
amenazaba con ahogarlo. La rabia y el poder que impregnaban su hoja
asesina de dioses, se apagaron como una vela al amanecer.
-Te amé como a nadie...- lloró amargamente Magnus, mientras agachaba
la cabeza.
Un movimiento borroso le hizo levantar la cabeza, cuando una forma de su
misma estatura, aterrizó con la fuerza de un trueno en la cima de la tarima.
Una onda expansiva estalló en un círculo de fuerza y las llamas, brotaron
de las máquinas cercanas mientras los arcos de energía sobrecargada,
estallaban como géiseres alrededor de la gura. Magnus, se protegió el Ojo
mientras el incandescente calor del aterrizaje agitaba el aire y miró con
incredulidad la forma que emergía de la nube de vapor sobrecalentado que
se disipaba y de la luz que descendía.
Un coloso arrodillado enfundado en una armadura verde, se levantó
lentamente del cráter que su aterrizaje había provocado en el suelo de
metal. Un manto bruñido de escamas de color pardo, se sujetaba sobre un
poderoso cráneo dracónico en el hombro de la mejor coraza de guerra
conocida por el Imperio y unos monstruosos guanteletes, gruñían con
energías azuladas. Su piel era oscura como la obsidiana pulida, y sus ojos,
eran del rojo de una puesta de sol al nal de la batalla. Tenía una mano
cerrada en un puño desa ante y la otra, sostenía un indestruc ble y
poderoso mar llo de guerra, hecho de acero y bronce llamado Urdrakule.
-Así que los rumores eran ciertos…- musitó con incredulidad Magnus. -
Vulkan vive...
CATORCE
EL PRECURSOR DEL CAMBIO
Varios proyec les reac vos, estallaron en el aire ante Ahriman. Los
ins n vos escudos kiné cos, atraparon algunos y la presciencia de los
Corvidae, le permi ó evadir los demás. El fuego de los Pyrae, hicieron
detonar las ojivas y la biomancia de los Pavoni, alteró la composición
química de los núcleos explosivos para hacerlos inertes. Los mandalas tal y
como eran, combinaban su poder, construyendo un pozo de poder al que
cada guerrero podía recurrir en caso de necesidad o apoyo.
-¿¡Quiénes son!?- gritó Amon, en medio del ataque, intentando subir a la
quinta enumeracion. -¿Custodes?
Ahriman, escudriñó el espacio ante ellos: solo podía ver imágenes
borrosas... demasiadas acome das, demasiado empañadas por resoplidos
de máquinas y luces estroboscópicas debido al crepitar eléctrico que los
desangraban. Su bólter, siguió su mirada mientras captaba destellos de
chapas con cicatrices de guerra, azul hielo y verde erra. Saboreó el hedor
húmedo y animal de la piel quemada por la nieve. A cuentas de hueso y
barbas enmarañadas, a brebajes cáus cos y a carne arrancada del hueso.
Un hedor salvaje le llenó las fosas nasales, frío por la magia extraída del
corazón primi vo de un mundo lejano, un mundo en el que la vida era
barata y la sangre era el pago por la sed de erra.
-¡No son los pretorianos!- respondió aullando Ahriman, reconociendo este
poder. -¡Es el bastardo de Bjarki!
-¡¿El lobo de Nikaea?!- preguntó Menkaura, con un deje de pánico en su
tono.
Ahriman se giró a medias para mirarle, percibiendo un ramalazo de miedo
en el aura del vidente. Se desconcentró y un proyec l de bólter desviado,
le alcanzó la protección del hombro. Sin la fuerza su ciente para penetrar
por el impacto, detonó a un metro de su cabeza. La metralla golpeó su
casco. Su visión se empañó de color rojo.
El gutural aullido animal de una jauría de caza, resonó extraordinariamente
en toda la caverna.
¿Pero cuántas gargantas han sido capaces de emi rlo? se preguntó
Ahriman.
Su armadura de combate, registró en un momento dado un repen no y
catastró co descenso de la temperatura ambiente.
-¡Prepárense!- gritó Ahriman, al empo que una tormenta de hielo salió
rugiendo hacia ellos, como un huracán de esquirlas.
Los golpeó, les rajó la piel y les hizo perder la puntería que todos tenían.
Ahriman, levantó un escudo kiné co, aunque demasiado tarde. Un millar
de agujas de hielo se hicieron añicos contra su armadura, rebanaron su piel
expuesta y lo hicieron abandonar las enumeraciones. El ulular de este
gutural y an guo aullido, le arañaba la mente de manera cruda y
descarnada, buscando la sumisión de su presa. Sus miembros comenzaron
a bloquearse por el miedo, pero Ahriman, se libró con presteza de este
contundente ataque a sus sen dos.
-Conozco este poder...- gruñó con desprecio, poniéndose en cuclillas y
disparando a las sombras que se movían en la niebla.
Eran rápidas, endiabladamente rápidas para tratarse de unos guerreros con
armadura pesada. Pero cuando se movían, el sordo ruido de los proyec les
del Marine de los Mil Hijos, les seguía inmediatamente. Amon cayó hacia
atrás, cuando tres disparos le destrozaron el peto de la armadura. El yelmo
plateado de Menkaura, brillaba iluminado por esa luz invernal. Más
proyec les hicieron temblar el aire a su alrededor, haciendo que este se
balanceara hacia atrás. Ahriman, se dio cuenta de que aquellas descargas,
eran demasiado intensas y sostenidas para tratarse de tan sólo tres
guerreros.
-¡No están solos!- aulló Ahriman en medio de aquella tormenta de fuego
bólter, al empo que una amenazante forma surgía de la niebla.
Ahriman rodó y lanzó un par de disparos que alcanzaron a su atacante en la
cadera y el torso. El primero rebotó, el segundo arrancó el emblema de
cuero del escudo del lobo de su peto azul hielo.
Un hacha monstruosa, cuya hoja estaba grabada con runas y crepitaba por
la energía que desprendía, descendió poderosamente y se estrelló contra
el suelo, par endo en dos el piso de roca donde Ahriman había estado
parado una fracción de segundo antes. El ataque fue tan rápido, que la
capacidad de previsión de Ahriman, era prác camente inú l. Le llegó otro
golpe, demasiado veloz como para poder evitarlo. Giró el hombro para
eludir el golpe, pero se vio obligado a recibir el impacto en su hombrera.
La ceramita se par ó y el impacto, lo lanzó hacia atrás. Aterrizó con fuerza
y se levantó sobre una rodilla al empo de poder enfrentarse a la carga
desquiciada de un legionario de los Lobos con pecho de barril y barba
bifurcada. El Lobo Espacial aulló en un estallido de locura, con su mente
perdida en medio del bárbaro salvajismo de su Legión. Ahriman, trató de
descargar un hechizo que provocaba el terror en el cerebro del guerrero,
pero aquella niebla roja que lo envolvía, hacía de protección, avanzando
sin cuidado y sin miedo a la muerte.
-¡Tu male carum es impotente contra mí, asqueroso hechicero!- rugió el
Lobo Espacial, mientras su hacha se dirigía al cuello de Ahriman en un
golpe digno de un verdugo.
Su Presciencia, ya lo había avisado para que se desplazara hacia atrás y
aquel lo asesino, pasó a la anchura de un dedo de su gorguera. Ahriman
se repuso y contraatacó, clavando su bólter en el costado del guerrero.
-Con Poderes o no, perro salvaje…- escupió desdeñosamente el Mil Hijo, -
sigo siendo un Astartes.
Apretó el ga llo y a tan corta distancia, el daño fue espantoso: dos
proyec les atravesaron las capas de ceramita y plas acero hasta llegar al
cuerpo. El primero, rebotó hacia abajo desde la placa de las cos llas,
recorriendo la longitud de la columna vertebral del guerrero antes de
explotar en el centro de su rodilla. El segundo, abrió un túnel a través de su
sección media, antes de salir disparado de su placa dorsal. El regocijo de
Ahriman por las heridas provocadas, duró poco, ya que vio venir el
siguiente golpe de aquel salvaje Berserker un segundo antes de que el
cegador y veloz golpe de revés lo alcanzara. El hacha se estrelló contra su
coraza, hiriéndolo profundamente y estrellándolo contra el suelo.
El daño fue horrible: el escudo óseo de su pecho se hizo añicos, en forma
de un archipiélago de fragmentos de cos llas otantes. Sus pulmones
primarios se colapsaron, destrozados por la contundente onda de choque
del impacto del hacha… Intentó respirar, pero fue incapaz de hacerlo. Su
pulmón secundario se ac vó con un golpe seco, desplegándose en su
pecho con un sonido de succión húmedo. Era sumamente ine caz en el
crisol del combate, diseñado sólo para sobrevivir en entornos poco
oxigenados. La furia de la batalla cuerpo a cuerpo, exigía mucho más de lo
que éste podía ofrecer.
Una columna de fuego Pyrae detrás suyo, iluminó la caverna y una parte
del hielo de la tormenta se convir ó en vapor sobrecalentado. Ahriman
trató de concentrar sus pensamientos, su percepción de Corvidae parecía
ralen zar el paso del empo. Vio a Menkaura luchando contra un cazador
que estaba envuelto en llamas, armado con una lanza dentada mientras
Amon, intercambiaba golpes con el propio Bjarki. Una violenta tormenta
de energía psíquica los rodeaba.
Amon, era uno de los mayores señores hechiceros de los Mil Hijos, pero el
factor de resistencia del escudo teletésico, estaba obstaculizando sus
poderes. No parecía tener ningún efecto sobre el manco Bjarki, que se
deshacía de todos los ataques de Amon como si estuviera enfrentándose a
un neó to… No tenía empo para pensar. El berserker que portaba el
hacha, estaba de nuevo sobre él. Su aliento, era como fuego líquido dentro
de su pecho y su pulmón secundario, se esforzaba hasta el límite de su
resistencia para poder mantenerlo con vida.
Ahriman tuvo una visión de su siguiente bloqueo fallido (apenas un
instante antes de levantar su báculo de ébano) y vio cómo el hacha, lo
hacía a un lado y con nuaba hasta enterrarse en su garganta. Sería un
daño cataclísmico, una herida mortal: “El n de su Wyrd”, como diría el
maldito Bjarki. En lugar de bloquear, se lanzó hacia adelante,
enfrentándose al enloquecido guerrero del hacha. No era su es lo... Ahzek
Ahriman, jamás intercambiaba golpes como un gladiador común y
corriente. Pero ahora, sí lo hacía. Ahora estaba obligado a hacerlo. Era eso,
o aceptar la muerte a manos de su enemigo.
Se estrellaron contra el suelo, demasiado cerca para poder usar las armas,
rodando y arañándose el uno al otro como bárbaros. El Lobo Espacial,
descargó su cabeza hacia delante. Ahriman bajó la suya para enfrentar el
ataque y sus cráneos, chocaron en medio de un feroz mar lleo de huesos.
Ahriman se tambaleó noqueado y su visión, se convir ó en un resonante y
deslumbrante estallido de luz. Su habilidad en este po de peleas, era
insu ciente para hacer frente a la insaciable potencia asesina del Lobo
Espacial.
El Guerrero le rugió en la cara y la saliva manchada de sangre, salpicó el
visor de Ahriman. El Lobo Espacial, descargaba atronadoramente sus
puñetazos sobre el Mil Hijo, golpeando su yelmo una y otra vez, impulsado
por una frené ca furia y un vil salvajismo. Ahriman, retorcía la cabeza para
tratar de disminuir la fuerza de cada golpe, pero era totalmente inú l.
El Lobo Espacial solo deseaba golpear su cráneo hasta conver rlo en una
pulpa sanguinolenta. El metal de su casco se dobló y se hundió. Los
cristales de su visor izquierdo, le rajaron el ojo. El metal deformado, acabó
rompiéndole el hueso de la mejilla. Se agachó, tanteando la pesada cuerda
atada al cinturón del Lobo Espacial.
¿Dónde demonios está...? Los de tu clase, nunca van sin...
Sus dedos, se cerraron en torno a la empuñadura envuelta en cuero de un
ancho cuchillo para destripar. De gran tamaño, exagerado, su hoja dentada
estaba burdamente forjada. Pero sería su ciente. Su casco se par ó por la
violencia de los puñetazos y el gélido toque de la tormenta de hielo, se
introdujo por todo su cuerpo. La sangre, inundó la cuenca de su ojo
izquierdo. Su boca sabía a estaño y el hedor caliente del aliento del Lobo
Espacial, le provocaba arcadas.
Ahriman, arrancó la espada del Lobo Espacial de la presilla de su cinturón.
Un vigoroso puño se arqueó hacia atrás para nalmente impactar en su
cráneo. Aulló como nunca lo había hecho, mientras clavaba la destripadora
hoja en la herida que su bólter había abierto en el anco del Lobo Espacial.
A través de la octava enumeración, sus músculos ardían, mientras clavaba
la espada con furia, a través del escudo óseo de su enemigo. El lo
mellado, desgarró los pulmones y el corazón del Lobo Espacial, pero
Ahriman no se detuvo, moviendo la hoja de lado a lado como una palanca,
para causar tantos estragos como pudiera. El cuchillo acabó clavándose en
la garganta del guerrero, mientras el brazo de Ahriman se hundía hasta el
codo en el cuerpo de su enemigo.
Un torrente de sangre caliente, salió de la boca del Lobo Espacial,
empapando la cara de Ahriman.
Ahriman tuvo arcadas y vomitó, mientras el legionario moribundo, luchaba
por mantenerse con vida. El Lobo Espacial estaba muerto, pero no quería
morir. Con nuaba luchando, golpeando débilmente a Ahriman con sus
úl mas fuerzas, antes de desplomarse sobre él. Con náuseas por la sangre
del bárbaro aquel, Ahriman salió con di cultad de debajo del cadáver del
Lobo Espacial.
Levantó la vista y vio que tres guerreros con armadura verde jade,
iniciaban el largo y arduo ascenso hacia el estrado dorado al que Magnus
había subido para enfrentarse a su padre. Se movían como si se tratara de
una gran e invisible fuerza, la pura potencia del poder psíquico del
Emperador buscaba presionarlos contra el suelo en señal de obediencia.
Intentó levantarse usando sus poderes, pero el dolor era demasiado
intenso, demasiado absorbente.
El mandala estaba roto. Vio a Menkaura de rodillas ante el cazador
envuelto en fuego, mientras su arpón dentado le salía por la boca. El
moribundo Lobo Espacial arrancó el arpón del cuerpo de Menkaura, con
las púas inver das arrastrando espirales de intes nos en un ujo rojo.
Menkaura se agarró el vientre, rando de sus entrañas, como si pudiera
volver a empaquetarlas dentro de su cuerpo destripado. No contento con
esa herida, el cazador giró sobre sus talones y volvió a clavar la lanza en el
pecho de Menkaura.
Cuando el legionario arrancó de nuevo la lanza, Menkaura se desplomó,
formando un océano de sangre que lo rodeaba como un rojo charco.
Momentos después, el cazador cayó de rodillas, mientras que el fuego
psíquico se desvanecía y moría a medida que la vida del Lobo Espacial
llegaba a su n. Cerca de donde yacía Menkaura, Amon estaba de espaldas,
con la cabeza vuelta hacia Ahriman. El lado de su casco, era una ruina
destrozada por la explosión de un proyec l.
Ahriman no podía saber si estaba vivo o muerto.
Buscó su bastón de heqa, que estaba cerca, pero un pie calzado lo golpeó y
lo par ó en dos antes de patear los pedazos. Parpadeando para quitar los
pegajosos hilos de sangre de su ojo, Ahriman miró la cara que había visto
por úl ma vez en Nikaea. La misma nariz de halcón, la hirsuta barba sobre
los rasgos delgados y los ojos sonrientes. Pero esos ojos, no sonreían
ahora.
-Ya te dije que tu Wyrd acabaría mal, puerco hechicero...- gruñó Bjarki,
con una an natural voz.
***
Magnus esperaba ver odio en los ojos de su hermano, pero sólo vio una
gran tristeza. Levantó su bastón una vez más, esperando una furiosa carga,
pero Vulkan no atacó. En cambio, bajó su poderoso mar llo de guerra y lo
colgó de un gancho con garras en su cinturón.
-Hermano…- saludó Vulkan.
Otra sola palabra, directa al corazón. Otra palabra con gran poder, pero
esta vez dicha sin subterfugios, sólo con la estoica hones dad por la que
Vulkan era conocido. En empos pasados, podría haber abrazado a su
hermano en medio de un estruendo de armaduras, haber hecho algún
comentario distante sobre su aburrido pragma smo, o haberle aconsejado
que levantara la mirada del fuego de la forja de vez en cuando. Pero estos
no eran los empos de antaño, eran los nuevos días de guerra y muerte.
¿Qué podía decirle a un hermano que lo consideraba como a un monstruo?
sopesó el cíclope.
-Me acuerdo de algo...- comenzó a decir Magnus, con la voz tan quebrada
y rota como su alma. -Un recuerdo borroso, pero un recuerdo al n y al
cabo… Velé tu cuerpo con uno de tus hijos. No sé su nombre, pero se
aferró a su creencia de que volverías a caminar entre nosotros. Vi una
llama eterna blanca. Una montaña de humo negro y fuego que acababa
con el planeta. No sabía lo que signi caba en ese momento...
-Ese hijo mío, era Artellus Numeon- le expicó Vulkan. -Sólo gracias a su
valor y a su fe, vuelvo a vivir. Y fue gracias a que pudo traerme a casa, a
Nocturne.
-No recuerdo eso, no del todo…- dijo confuso Magnus. -Pero vi tu cadáver,
frío y sin vida. ¿Cómo es que estás vivo?
-La verdad es que no lo sé...- a rmó Vulkan. -Los an guos sacerdotes del
fuego de Nocturne, dirían que los ur-drakes que habitan en mi mundo
natal, me trajeron de vuelta. Dirían que aquellos grandes dragones,
insu aron la llama no vinculada en mi alma y encendieron el fuego en mi
corazón una vez más.
Magnus sonrió al oír las palabras de Vulkan y paseó su mirada por la vasta
caverna.
-Admiro el giro poé co de la frase, pero este, es tu mundo natal. El de
todos nosotros...- le reprochó el Primarca de los Mil Hijos.
-Nuestro padre creó aquí el acero de mi alma y la roca de mi carne, pero
fue Nocturne quien me creó- lo corrigió amablemente Vulkan. -Igual que
Prospero te creó a .
Vulkan se acercó un paso y Magnus se tensó, pero la intención de su
hermano, no era la violencia.
-Esta guerra nos ha quitado mucho a los dos...- disertó Vulkan. -El
Imperio, está dividido por las llamas de la guerra y nada regresa del fuego
sin ninguna modi cación. Sea cual sea el resultado de la lucha, el Imperio
nunca volverá a ser el mismo.
Magnus asin ó.
-No soy un maestro del fuego y la forja como tú, hermano, pero el fuego
fortalece algunas cosas, ¿no es así?
-En manos de un hábil herrero, sí, puede hacerlo- coincidió Vulkan. -Pero
los fuegos que arden por toda Terra, son los de un aprendiz ciego. Nada
bueno saldrá de ello…
Animado por las palabras de Vulkan, el cíclope comenzó a disertar: -La
naturaleza transformadora del fuego, aunque claramente destruc va, es
a menudo un precursor necesario del cambio. ¿Quizás, en el gran
esquema de las cosas, eso sea algo bueno?- Magnus hizo una pausa antes
de proseguir. -El enemigo del progreso es la inmovilidad y todas las cosas,
enen en su naturaleza una tendencia a la complejidad. Esa tendencia ha
llevado al universo desde una simplicidad casi perfecta, hasta el nivel de
magni cencia que vemos a nuestro alrededor.
-Siempre hay un maestro que guía ese cambio…- puntualizó Vulkan con
una sonrisa irónica.
Era bastante raro que Magnus, sin era que el resto de su argumento
meta sico se desvanecía por completo, pero por muy agradable que fuera
estar cara a cara con su hermano, éste sabía que era un visitante no
deseado en el gran santuario de su padre. Estaba muy mermado, pero
Vulkan, a pesar de que aparentemente había muerto, parecía más
poderoso que nunca.
-¿Tienes intención de detenerme?- pregunto dubita vo Magnus.
-Eso depende, hermano- a rmó Vulkan. -¿Todavía enes intención de
arrojar esa lanza tuya?
Magnus miró la lanza y su forma se retorció, pasando de ser un arma de
guerra, a ser el bastón de un maestro de las Hermandades de Prospero.
-Yo... ya no lo sé…- se sinceró. -Cuando seguía a Revelación, era un
propósito claro y singular, pero ahora... He deambulado y he visto
mucho, pero ahora, estoy más perdido que nunca…
De repente, una poderosa voz, atronó en el Salón del Trono,
interrumpiendo la conversación entre hermanos.
“No estás perdido, hijo mío, estás exactamente donde enes que estar.”
Magnus miró a los ojos de su padre mientras éstos, se abrían con el brillo
del fuego dorado. En ese momento, algo pasó.
Tizca… Habían vuelto a Tizca.
Magnus, respiró asombrado mientras contemplaba la Ciudad de la Luz en
todo su esplendor: con destellos de luz solar, que brillaban como estrellas
de mediodía desde el cristal pulido de las grandes pirámides. El cielo tenía
un tono azul uniforme y el aroma de la reciente lluvia de verano, era como
el de la melaza. Las nubes corrían en nas líneas de color púrpura sobre el
horizonte montañoso y el sabor salado que soplaba desde el océano, era
un aroma que pensó que nunca volvería a oler. Se le saltaron las lágrimas y
las dejó uir abundantemente por la dura pérdida de su mundo natal.
-Era tan hermoso…- a rmó apenado, sin endo una presencia
inconfundible detrás de él.
-Lo era…- coincidió su padre. -Recuerdo el día en que pisé por primera vez
Prospero. Habías construido un paraíso allí, hijo mío.
-El único paraíso que existe ahora mismo, es un paraíso perdido- le
espetó Magnus con tristeza. -Ahora sólo existe en mi memoria, porque la
realidad de lo que ha quedado de Tizca, es demasiado dolorosa.
Su padre asin ó.
-Un hombre sabio, dijo una vez que así como la memoria puede ser un
paraíso del que no podemos ser expulsados, también puede ser un
in erno del que no podemos escapar.
Magnus se volvió hacia su padre y lo vio ves do de oro, con una armadura
demasiado brillante. A primera vista, podría confundirse con algo
ceremonial, con cada placa grabada y grabada con tallas barrocas,
tachonada con piedras preciosas pulidas y con cada borde estriado
trabajado con los detalles más intrincados. Pero si se miraba más de cerca,
quedaba claro que esta armadura había visto demasiadas batallas feroces,
había soportado los impactos de muchas armas y estaba manchada con la
sangre de innumerables enemigos.
Brillaba con una luz interior que Magnus recordaba bien de aquel primer
encuentro, cuando se habían abrazado bajo el fuego de la pirámide de la
Comunidad de los Pyrae. El gran dios-máquina Canis Vertex, aún no había
ocupado su lugar en la entrada, pero la llama azul de su parte superior,
proyectaba una luz fría sobre el cristal de sus inclinadas super cies.
-He venido a matarte…- a rmó en tono grave Magnus.
-Lo sé. ¿Sigue siendo esa tu intención?- le preguntó su padre.
-Ya no sé cuál es mi intención- dijo Magnus. -Las variables que están
ahora mismo en juego en la galaxia, desa an cualquier fórmula de la que
yo pueda ser consciente. Incluso los mismísimos Poderes Ruinosos, no
verían un camino en este oscuro bosque.
-Entonces permíteme mostrarte un posible camino- ofreció el Emperador.
Su padre se puso en marcha por una de las calles laterales, en dirección a
la plaza Occullum. Pasaron por un jardín ornamental de árboles
psíquicamente esculpidos en el que los eruditos dirigían grupos de
discusión, las parejas leían juntas en cómodo silencio, y los niños que reían
se pasaban una pelota entre ellos usando sólo el poder de sus mentes.
Magnus escuchó una canción de algún lugar, un ar sta callejero que tocaba
una melodía que los primeros colonos psíquicos que llegaron a Prospero
habían compuesto y que hablaba de su huida de la Vieja Terra:
“Todo eso es mi estudio,
El obje vo que proyecté sobre el planeta.
Y en mi estado creció la extrañeza
Y embelesado me quedé en los estudios secretos.”
La gente de Tizca caminaba a su alrededor, tan limpios y hermosos como
los recordaba, ves dos de muchos colores, con grandes mentes y
naturalezas inquisi vas. Era casi demasiado para poder soportarlo.
-¿Por qué me has traído aquí?- preguntó Magnus.
-No lo hice…- dijo el Emperador. -Lo has hecho tú.
-No me refería a eso. ¿Por qué me has traído para que esté ante ?-
aclaró el Primarca. -Si Malcador no estaba min endo, entonces me
querías aquí, ahora mismo. Delante de .
Su padre asin ó.
-Malcador habló con la verdad. Fue lo úl mo que hizo.
-No quería matarlo…- aclaró Magnus, bajando la cabeza avergonzado.
-Lo sé, pero su muerte era un sacri cio que sabía que se le pediría. Lo
sabía y lo aceptó. Otra muerte en una gran procesión de ellas. Dolorosa a
su manera, ya que él y yo, hemos compar do un viaje más largo de lo
que la mayoría de los hombres o dioses se atreven a contar. Sin embargo,
en el ámbito de lo que enfrenta nuestra especie, su muerte es…
irrelevante.
-Siempre olvido lo frío que puedes llegar a ser- espetó asqueado Magnus.
-No es frialdad, es realidad- aclaró tranquilamente su padre, haciendo un
gesto apaciguador. -Lo que se pueda ganar con su sacri cio, tendrá un
valor mucho mayor que el de una sola vida. Mil vidas seguirían siendo un
precio que valdría la pena pagar por lo que tú y yo podríamos conseguir.
-¿Tú y yo?- se rió Magnus.
-Sí- a rmó vehementemente su padre y la fuerza de esa sílaba, se convir ó
en la primera luz del amanecer.
-No lo en endo…
-Quería que estuvieras aquí antes que yo para que no hubiera errores, ni
malentendidos... y para que los Poderes Ruinosos que se oponen a mí, no
pudieran tergiversar mis palabras o mi intención. Quería que estuvieras
aquí antes que yo para que pudieras mirarme a los ojos y entender la
verdad de lo que ofrezco.
A Magnus se le cortó la respiración. Su padre se volvió hacia él y Magnus,
se encontró con su terrible mirada, sin endo el inhumano poder que
residía en su corazón. Era un poder que podía reducir a un hombre a
átomos en un la do y volver a insu arle aire con una exhalación. Ese poder
había perdurado durante incontables milenios, aumentando con cada siglo
que pasaba y a nando su lo para la época en la que se necesitaba.
-¿Y qué es lo que ofreces?
-La oportunidad de estar a mi lado una vez más- le aclaró su padre. -… El
perdón.
QUINCE
SANGRE DE UR-DRACOS
La luz de Tizca se desprendió de Magnus y ahora volaba.
A la deriva en el Gran Océano, estaba libre de todas las limitaciones sicas,
era un ser de mente y memoria. Era el pensamiento, libre de la forma
requerida y de la función mundana.
Pasó por delante de estrellas binarias, se sumergió en sus corazones
nucleares y se deleitó con la luz secreta de sus núcleos. Vio el nacimiento
de especies desconocidas para la humanidad y la perdición de aquellas
sobre cuyas ruinas y huesos los hombres y las mujeres habían construido.
Tampoco voló solo.
Su padre ardía a su lado, un cometa brillante de poder y fuerza.
Magnus había volado por el Gran Océano desde sus inicios, pero el
Emperador lo conocía desde épocas anteriores de la humanidad. Rodeaban
la gran singularidad en el corazón de la Vía Láctea, y se lanzaban hacia las
estrellas del halo para bañarse en la luz de las galaxias lejanas. Siguieron
los arcos de los cometas migratorios, exploraron las guarderías de las
estrellas recién nacidas y dieron forma a los des nos de los protoplanetas
en enfriamiento.
Magnus volvió a ser un niño, una mente fresca guiada a través del Gran
Océano y protegida de sus depredadores de aguas profundas por su padre.
La luz del Emperador los atraía, pero se reía mientras los destruía o los
volvía unos contra otros.
El empo no tenía sen do aquí, ya que era la infancia y la muerte de la
galaxia, todo en uno.
Su curso regresó en espiral hacia un punto azul pálido en el brazo espiral
occidental de la galaxia. Un mundo insigni cante, un mundo que no se
diferenciaba de decenas de miles de otros como él, pero que poseía un
des no que ningún otro compar ría.
Terra.
Se precipitaron hacia él, cayendo a través de su atmósfera para ver un
mundo que Magnus nunca había conocido, una hermosa extensión de
océanos azules, montañas plateadas, franjas de bosque verde y campos
dorados que se mecían sin cesar.
No era Terra, sino la Vieja Tierra.
Y al igual que habían visto surgir y caer civilizaciones an guas en las
profundidades galác cas, también fueron tes gos del crecimiento y el
colapso de innumerables culturas aquí. La repen na y catastró ca caída de
la an gua Asiria, la rápida expansión y la lenta desintegración de las
ciudades-estado de Grekan y Romanii, la erra de los Prusai, el Gran
Imperio de Albyon, e innumerables más: Tolosa, Dal-Riada, Byzan on,
Tsernagora, Sabaudia.
La letanía de imperios desaparecidos era interminable.
Magnus pensó en aquellos an guos reyes y reinas, sentados en sus tronos
y escuchando historias de civilizaciones arruinadas. Se los imaginó riéndose
de la insensatez de estos reinos muertos, sin imaginarse nunca que un día
pudiera ocurrirles un des no semejante.
Miró el brillo incandescente de su padre.
¿Se enfrentaba ahora a ese mismo momento?
El mundo verde y azul se convir ó en uno de acero y piedra, su atmósfera
antaño clara ardió con nieblas tóxicas y sus océanos contaminados se
alzaron para reclamar la erra. Las guerras de sed de erra crecieron hasta
engullir con nentes enteros, y luego se extendieron cada vez más cuando
la competencia por los recursos llevó a los superbloques globales a
enfrentarse entre sí.
Los espasmos de autodestrucción estallaron y ardieron en la super cie del
planeta, y una y otra vez la población mundial creció hasta alcanzar
proporciones insostenibles antes de retroceder para caminar por el lo de
la navaja de la ex nción.
A través de todo ello, Magnus vio que los patrones se repe an sin cesar,
que los momentos de importancia rimaban a lo largo de la historia de la
humanidad. Los mismos errores, la misma ignorancia deliberada.
La misma arrogancia.
Las expediciones se lanzaron al espacio casi tan pronto como la tecnología
lo permi ó, naves coloniales, terraformadores, peregrinos sagrados, otas
de conquista. Comenzó una migración de siglos hacia las estrellas, una
expansión gloriosamente temeraria hacia las profundidades desconocidas
del espacio o una edad de oro de la exploración, era di cil decirlo con
seguridad.
Parecía que la humanidad había terminado con su otrora mundo azul, que
iba a ser abandonado ahora que estaba todo agotado y no le quedaba
nada que dar.
Pero entonces llegó la Vieja Noche.
Incluso en esta forma fantasma, Magnus sin ó los gritos de todo el
cosmos. Lloró al sen r el dolor y la pérdida como nunca antes. Ni siquiera
tras el arrasamiento de Prospero había derramado tantas lágrimas.
Pero de nuevo, cuando parecía que el empo de la humanidad había
terminado, perduró.
El empo de las naciones cayó, y comenzó la era de las tribus tecno-
bárbaras, un eón salvaje de etnarcas y déspotas, de reyes bárbaros y
sacerdotes sangrientos. Parecía que la humanidad debía ex nguirse a sí
misma cortándose el cuello, pero incluso ahora, Magnus detectó el primer
indicio de una mano que guiaba el des no de la especie en formas tanto
consecuentes como aparentemente menores. Esta mano era tan cuidadosa
y su l que ni siquiera estaba seguro de que estuviera ahí, como un susurro
en una tormenta.
Y de esta época de oscuridad surgió una luz, nalmente revelada.
Llevaba muchos nombres, pero sólo uno que importaba.
Emperador.
Uno a uno, los señores de la guerra del pasado fueron destruidos, y un
nuevo Imperio surgió de las cenizas del an guo. En esta Era de la Unidad
nació el Imperium, el mayor imperio que la galaxia había visto jamás.
Magnus vio cómo se desarrollaban los acontecimientos de la manera que
había estudiado cuando era un jovencito insensible, ya que la historia de la
Tierra, que se desenvolvía rápidamente, nalmente se puso al día con los
acontecimientos que él había vivido. Vio cómo las otas expedicionarias se
lanzaban desde el Campo de la Victoria Alada, dentro del Palacio del
Emperador, un lugar que apenas reconocía, pues su escala era tan pequeña
comparada con lo que ahora se extendía por las montañas.
Una a una, las cunas perdidas de la civilización fueron devueltas al redil, las
ramas olvidadas de la humanidad empalmadas de nuevo en el cuerpo del
Imperio. Su corazón se apretó mientras esperaba el momento en que todo
se torciera, cuando Horus cayera sobre Davin.
Pero nunca llegó.
Las Legiones llegaron a los límites de la galaxia, y Magnus se hinchó de
orgullo cuando Horus Lupercal y sus Hijos de Horus alzaron el estandarte
del rayo del Emperador en el úl mo mundo que había sido puesto en
conformidad.
Esto nunca sucedió, dijo, su mente una con su padre.
+No, pero debería haber sucedido. Estuvo a punto de suceder+
La mente de Magnus volvió a Prospero, y vio el mundo que conocía y
amaba, su gente oreciendo, incluso transmi endo lo que sabían a los
visitantes de todo el Imperio. Su mente rodeó el planeta, viendo nuevas
ciudades y arcologías, maravillas que nunca había conocido, estructuras
que llevaban todo el sello de los maravillosos diseños de Perturabo.
¿Dónde estoy? preguntó, sin encontrarse en la Pirámide de Photep ni en
ninguna de las otras ciudades de cristal y oro.
+Mira hacia Terra+ dijo su padre.
Volvió a la roca natal y allí, en el corazón del mundo, Magnus se encontró
en la gran caverna de las máquinas, sentado en el mismo Trono Dorado en
el que había visto a su padre hacía poco.
El miedo tocó a Magnus cuando recordó haber tenido una visión de esto,
su cuerpo sico devastado y descascarado por el inimaginable coste de
mantener el portal.
He visto esto, dijo. Me matará.
+Mira más de cerca, hijo mío+
Las vastas puertas ante el trono estaban abiertas, y una luz bea ca salía
de lo que había más allá. Esta no era la visión de su des no que se le había
mostrado, ya que aquí su rostro estaba sereno y vacante, simplemente un
recipiente de carne y hueso. Su cuerpo su l estaba totalmente ausente.
Su padre sin ó su confusión.
+Tu espíritu está a mi lado, como ahora. Volamos por el Gran Océano
como exploradores de los con nes de la conciencia. Dueños del empo y
del espacio. Como siempre soñamos+
¿Por qué mostrarme esto? Nunca sucedió, y sólo retuerce más el cuchillo
del arrepen miento.
+El pasado está jado, pero no todos los futuros están perdidos, por muy
rotos que parezcan. Este futuro, o por lo menos una versión de él, todavía
puede pasar+
Es demasiado tarde para eso.
La diversión de su padre lo invadió.
+¿Crees que te mostraría esto si fuera así?+
***
Magnus abrió el ojo, sin endo el peso familiar del espíritu que volvía a
su cuerpo.
Su visión-espacio compar da experimentaba el empo a escala cósmica,
pero sólo había pasado un instante en la caverna bajo el Sanctum
Imperialis. Vulkan estaba al lado del Emperador, la tensión de su postura
delataba la expectación que sen a.
Los ojos de su padre seguían ardiendo en oro, y su úl ma pregunta seguía
pendiente entre ellos.
-¿Cómo?- preguntó Magnus. -¿Cómo puede suceder un futuro así?
-Es algo sencillo- dijo el Emperador, y Magnus vio los temblores de tensión
en su frente, una medida del esfuerzo psíquico que le estaba costando
comunicarse tan directamente. -Jura tu lealtad a mí una vez más. Ocupa el
lugar que te corresponde a mi lado y nuestros poderes combinados
expulsarán a los traidores de Terra. Los destruiremos y daremos paso a
una nueva era de cruzada.
-Creía que siempre habías odiado esa palabra.
-Sí- admi ó su padre, -pero eso era antes. Nuestro primer esfuerzo se
llevó a cabo con esperanza, una aventura para reforzar una cultura
galác ca que la Vieja Noche destrozó, para localizar y reconstruir a
nuestros hijos e hijas perdidos. Esta será una guerra de venganza y de
limpieza, una limpieza de mundos y una condena implacable para todos
nuestros enemigos.
-¿Y quieres que par cipe en ella?
-Sí, hijo mío- dijo el Emperador, y sus ojos brillaron aún más. -Te necesito a
mi lado, porque tu alma sigue siendo tuya y sigue siendo gobernada por
los mejores ángeles de tu naturaleza. Vi lo que hiciste arriba en el Gran
Observatorio. Podrías haber dejado morir a toda esa gente, pero no lo
hiciste. No pudiste. A diferencia de tus hermanos más allá de los muros,
sigues siendo mi hijo. Tu mente siempre fue la más fuerte de todos ellos,
pero el Caos se ha introducido demasiado profundamente en sus
corazones y mentes como para ser eliminado.
-El Ángel Rojo, el Rey Pálido, Horus Lupercal, Lorgar, Curze, Alpharius y el
Fenix, son ahora verdaderos monstruos, pero todavía cuento a Perturabo
como mi hermano, todavía como tu hijo. Es demasiado obs nado para
rebajarse ante poderes que considera inferiores. Su alma está reves da
de hierro frío.
-Y por eso está perdido para nosotros- dijo Vulkan. -Perturabo se ha
comprome do con Horus, y sabes tan bien como yo que su palabra, una
vez dada, es inquebrantable. No se retractará, ni ahora ni nunca. Su
ambición de humillar a Rogal lo consume.
Magnus quería discu r y defender a su hermano más cercano, pero sabía
que Vulkan tenía razón. Derribar la mayor obra de Rogal Dorn era la única
obsesión del Señor del Hierro. Ahora que la oferta del Emperador había
sido expuesta con tanta audacia, Magnus se dio cuenta de que era la pieza
que le faltaba a su alma. Ninguna as lla separada del todo le devolvería,
sólo la creencia en una causa superior y el impulso de pertenecer a algo
más grande que él mismo.
Tener sen do.
Esa era la úl ma pieza que faltaba.
Entonces, ¿por qué dudé?
-Hay un precio, ¿no?- dijo por n. -No importa lo que digan los poetas, el
perdón no es gra s. Siempre ene un precio.
-Así es- coincidió el Emperador. -Y es un precio alto, pero necesario. Tu
mente y tu cuerpo siguen siendo tuyos, pero los guerreros de tu Legión
están condenados. En realidad, fueron condenados en el momento en
que se manifestaron los primeros signos del cambio de carne. Sus
cuerpos llevan la semilla de su propia destrucción, y ningún arte gené co
mío ni de los Selenar puede deshacerla. Puedes volver a mí, pero tu
Legión no puede.
Magnus sin ó que una mano fría le apretaba el corazón, pero su padre aún
no había terminado.
-Pero te construiré una nueva Legión, una poderosa hueste de guerreros
más grande que cualquiera de las que ahora viven. Los planes ya están en
marcha para llevar a cabo su creación. Pronto, comandarás guerreros
como nunca ha visto la galaxia, cuya carne será impecable, cuyos puños
serán de acero y cuyos corazones estarán blindados de adaman um.
-¿Me darías una nueva Legión?
-Sí, y serán el orgullo del nuevo Imperio.
Magnus no dijo nada, imaginando este nuevo futuro fantás co, uno en el
que sus hijos de la Legión estaban libres de la corrupción, libres del miedo
que les perseguía a cada paso. Libres de la oscura sombra que amenazaba
con consumirlos.
Y él al lado de su padre, liderando a estos nuevos guerreros en una nueva
cruzada para reconquistar las estrellas. Esta vez no repe rían los errores
del pasado. Esta vez remodelarían la galaxia como debía ser.
Era todo lo que siempre había querido... Y sin embargo...
-¿Cómo podría luchar a tu lado, sabiendo que he condenado a mis hijos a
la muerte?- dijo. -Miraría a estos nuevos guerreros y vería en ellos los
rostros de mi Legión traicionada. ¿Qué clase de padre sería si los
abandonara? ¿Cómo puedes pedirme esto?
-Es la única manera, Magnus. En verdad, tus hijos ya están muertos.
Dentro de unos pocos años, las mutaciones desenfrenadas alcanzarán
incluso a los más fuertes. De una forma u otra morirán.
-Yo... no puedo abandonarlos, padre- dijo, con las manos cerradas en
puños. -Su des no aún no está decidido. Encontraré una manera de
salvarlos. Debo hacerlo.
-Por favor, hermano- dijo Vulkan, dando un paso hacia él. -Vuelve con
nosotros, te lo ruego.
Magnus se giró al oír el estruendo de las placas de guerra de los
legionarios, y el chasquido de las armas de fuego. Tres guerreros ataviados
con la librea de la Legión Salamandra coronaban la cima de la gran tarima
dorada. Magnus sin ó su alegría al ver a su genio, pero al ver por primera
vez al Emperador, cayeron ins n vamente de rodillas en señal de
adoración, casi superados por su increíble presencia.
Magnus se volvió hacia Vulkan y dijo: -¿Los sacri carías? ¿Traicionarías a
uno de ellos por tu propio deseo?
-No podría- dijo, con un tono profundo cargado de dolor y la mano
derecha deslizándose hacia el mar llo de guerra Urdrakule que llevaba al
cinto.
Magnus sin ó que el extremo de su bastón se transformaba en la punta de
una lanza.
-Entonces, ¿por qué crees que puedo hacerlo?- rugió.
Se movieron al mismo empo.
El brazo de Magnus se re ró para lanzar su bastón hacia el Emperador. Fue
el lanzamiento perfecto, su puntería fue certera y mortal. Toda su furia
estaba ligada a este golpe.
La furia de que su padre le hubiera puesto esta horrible opción.
Furia porque creía que era una oferta que Magnus aceptaría.
Pero sobre todo, era la furia que casi tenía.
***
Abidemi vio volar la lanza ardiente de la mano del Rey Carmesí, un rayo
lanzado por el brazo de un semidiós para matar al rey de los dioses. Apenas
podía moverse, apenas podía pensar. Estar tan cerca del Señor de la
Humanidad casi le privaba de cualquier pensamiento o voluntad
independientes. ¿Cómo podría un hombre, Astartes o mortal, atreverse a
moverse bajo una mirada así?
El mar llo de Vulkan se elevó y lanzó la lanza desde el aire de un solo
golpe. Se alejó girando, pero como un cometa en su órbita de retorno, se
arqueó de nuevo. Magnus se la arrebató en la mano mientras Vulkan
cargaba contra su hermano caído con una mirada que era una espantosa
mezcla de odio y tristeza.
Los dos chocaron con el ensordecedor estruendo de los motores divinos en
guerra.
Abidemi arrastró la cabeza hacia un lado y se encontró con la mirada de
Barek Zytos. Él también estaba inmovilizado por el poder y la
majestuosidad del Emperador.
-¿Qué hacemos?- dijo.
-No lo sé- respondió Abidemi.
Vulkan y Magnus se atacaron mutuamente, uno con golpes estruendosos y
ensordecedores de su mar llo, el otro con tajos desgarradores de una
lanza ardiente. Que se interpusieran entre los Primarcas en guerra sería un
suicidio.
-Esto es lo que has visto, hermano- dijo Igen Gargo, su voz era un susurro
por encima de la cuenta de vox en su oído. -Los dragones en el fuego. Nos
has guiado correctamente.
La mano de Abidemi se cerró sobre la empuñadura de Draukoros,
imaginando los rasgos severos e in exibles de Artellus Numeon. Él habría
sabido qué hacer.
Vulkan estrelló su mar llo contra la cadera de Magnus, aplastando el
hueso y desgarrando el músculo. A cambio, Magnus enterró la punta de su
lanza a través de la protección del hombro de Vulkan. No se detuvo por la
fuerza de la placa, sino que la atravesó limpiamente. La sangre brotó, pero
Vulkan no dio señales de haber sen do la herida.
-Son todos unos men rosos- gritó Magnus. -Prometes el perdón y luego
haces imposible su aceptación.
-Te equivocas, Magnus- replicó Vulkan. -Tu arrogancia te ciega.
-¡No!- rugió Magnus, con las manos envueltas en fuego mientras giraba en
torno a cada golpe de Vulkan.
Abidemi ya había visto a su Primarca en la batalla y sabía que era un
sublime especialista en combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, contra
Magnus, se movía como si estuviera irremediablemente superado. Cada
nta era ignorada, cada golpe mortal era desviado con su lanza, esquivado
o bloqueado fácilmente.
-El hechicero ve cada movimiento de nuestro padre antes de que lo haga-
gritó Gargo.
Abidemi quería levantarse, cargar para luchar al lado de su Primarca, pero
sus músculos no le obedecían. Por ahora, era un mero observador de esta
lucha.
Magnus giró alrededor de Vulkan y le clavó la lanza en la espalda. La punta
ameante perforó su placa dorsal antes de deslizarse. Vulkan dio un cuarto
de vuelta a la izquierda y Magnus golpeó la culata de su bastón contra el
casco de su hermano. El metal se par ó y escupió chispas. Vulkan esquivó
el golpe de vuelta de la espada y levantó a Urdrakule con un golpe de
pistola.
Tomó a Magnus por debajo de la barbilla y le hizo retroceder la cabeza. Su
mejilla implosionó y escupió dientes y sangre demasiado vivos para ser
reales. Vulkan irrumpió en su guardia, golpeando su mar llo contra el
pecho como si demoliera un muro.
El bronce de la coraza de Magnus se dobló, y uno de los cuernos
amarillentos se par ó en el lugar donde se encontraba la armadura. La
sangre lechosa corría por su pecho, y los trozos de cuero y metal salían
despedidos por cada impacto. Magnus sonrió y giró hacia atrás.
Vulkan lo siguió mientras ras de oro y acero se desprendían de las placas
de la cubierta. Magnus los lanzó contra Vulkan, vigas dobladas, chapas de
acero y cables enrollados.
Su mar llo los apartó todos, empujando un huracán de fuerza psíquica.
Magnus se rió, con las manos extendidas a ambos lados mientras
arrancaba los cables de acero del suelo y de las máquinas de la tarima
dorada. Se movieron por el aire, rodeando las muñecas y los tobillos de
Vulkan. Él luchó contra ellos, pero eso sólo los tensó más. Magnus apretó
los puños y las ataduras se tensaron.
Los Salamandras conocían la coraza de Vulkan como la Escama de Draken,
forjada por los maestros herreros de Nocturne en sus salas secretas bajo el
Monte Fuego de la Muerte. Había resis do la furia de Isstvan V y la
violencia de Konrad Curze.
Pero ahora se había roto.
Las llamas salían de Magnus, el calor espectral de sus poderes de brujo. Su
silueta se tambaleaba, como si luchara contra una atracción inexorable del
más allá.
Vulkan se esforzó contra sus ataduras vivas. Las escamas de ceramita y de
acero se desprendieron de su armadura al arrugarse bajo la fuerza de
Magnus. Su piel estaba brillante como el ónice pulido, manchada de sudor
y llena de dolor mientras daba un paso tras otro hacia Magnus.
La lanza de Magnus se alzó en el aire, con la punta demasiado brillante
para mirarla.
-Si tengo que ser condenado con mis hijos, seré totalmente condenado,
hermano.
El Rey Carmesí asin ó y su lanza saltó hacia delante como un merodeador
desatado desde el lanzador de una cubierta de embarque. Atravesó la
coraza de su señor y le atravesó el pecho, el corazón y los pulmones antes
de estallar en su espalda y salir disparado por los aires. Vulkan no gritó ni
se inmutó. Siguió adelante, rando con fuerza del acero que cortaba su
armadura y aplastaba los huesos de su interior. Paso a paso, persis ó.
Abidemi gritó y se puso en pie, sin importar el hechizo que lo había
sujetado al ver a su padre tan mortalmente golpeado. Su levantamiento
liberó también a sus hermanos, e Igen Gargo se levantó a su izquierda, con
Barek Zytos a su derecha un segundo después.
-Libéralo- dijo Abidemi a Gargo.
Draukoros rugió a la vida cuando Abidemi anqueó a su Primarca. Una
ven sca de fragmentos de acero que llovían rodeó a Vulkan. Atravesó la
armadura de Abidemi como las arenas cáus cas de la Marcha Ardiente a
través del Desierto Pyre.
Alcanzó el brazo derecho extendido de Vulkan y balanceó a Draukoros
mientras Gargo daba un hachazo con su lanza de hoja larga. Los negros
dientes mordieron la cuerda de acero de un solo golpe, y el Señor de los
Dracos quedó libre.
Como un frente de tormenta desatado, se lanzó contra Magnus, su mar llo
golpeo la cabeza del señor hechicero. La esquina de su cara asesina golpeó
al Primarca en el hombro, pero fue un golpe tan tánico que se tambaleó y
todo lo que se mantenía en alto por su poder cayó en una lluvia metálica.
La sangre enmascaró su rostro, y su único ojo se iluminó con poder.
El brazo de Vulkan avanzó.
Entonces, como un rayo caído del cielo, la lanza de Magnus cayó. Dirigida
certeramente al cráneo de Vulkan, fue un golpe a traición que acabó con su
leyenda en un instante.
Abidemi lo vio un segundo antes de que golpeara, y su corazón se convir ó
en hielo.
Barek Zytos lo vio incluso antes.
El gigantesco Salamandra se abalanzó sobre su padre, como un toro-draco
en la embes da.
Ni siquiera el propio Vulkan pudo resis r ese feroz impacto. Se balanceó
hacia delante.
Un solo paso, pero la vida y la muerte habían colgado de menos.
La lanza de Magnus atravesó a Zytos, su fuego lo par ó desde la clavícula
hasta la pelvis. La sangre estalló de sus mitades trasquiladas al caer, y
Vulkan gritó al ver que le arrebataban a su hijo.
Rugió y levantó el mar llo que aún tenía Barek en la mano antes de que
cayera al suelo.
-¡No!- gritó Abidemi.
Incluso Magnus parecía conmocionado por la muerte de Zytos.
Vulkan sólo tenía un instante para aprovechar la ventaja, y no lo
desperdició.
Armado dos veces, llovieron mar llazos tras mar llazos sobre el Rey
Carmesí.
El primero le aplastó la protección del hombro, el segundo abrochó la
super cie moldeada de su coraza. El úl mo de sus cuernos rizados se
as lló bajo su golpe inverso.
Vulkan giró hacia abajo y un tercer golpe destrozó la rodilla de Magnus.
Un cuarto golpe le golpeó el costado y le destrozó las cos llas.
Magnus se tambaleó, obligado a retroceder ante la implacable furia.
De los puños de Vulkan estallaban llamas mientras golpeaba a su hermano
en la cara una y otra vez. Le hizo caer de rodillas. La melena carmesí de
Magnus estalló en llamas, y su piel se carbonizó. Los huesos brillaban
blanquecinos mientras su carne se desprendía del cráneo.
Abidemi y Gargo atacaron a Magnus en venganza por Barek Zytos.
Draukoros se levantó y cayó, arrancando trozos de carne radiante de
Magnus, e Igen Gargo clavó su lanza una y otra vez mientras el Primarca
enemigo rugía de agonía. Su gran ojo se llenó de sangre, y lloró lágrimas
escarlatas mientras los Salamandras lo cortaban en pedazos.
Magnus levantó la mano, y Abidemi se la arrancó de la muñeca con un
golpe de Draukoros. Se desprendió mientras Gargo le abría las tripas con
un golpe de torsión.
De la herida brotó una sangre blanca y lechosa que no podía ser sangre.
Salió de una veintena de heridas mortales y llenó la garganta de Magnus.
Vomitó una gota de sangre por la boca y miró a Vulkan a través de sus ojos
llenos de sangre.
-¿Es este el nal?- dijo.
Las palabras fueron arrastradas y húmedas, pronunciadas a través de una
mandíbula y una mejilla rotas, a través de dientes destrozados y una
lengua arrancada. A través de todas las terribles heridas que deberían
haberle matado tres veces.
-No tenía por qué ser así- dijo Vulkan, con autén co pesar en su voz. -
Podrías haber estado con nosotros. Podrías haber vuelto a ser mi
hermano.
Magnus negó con la cabeza.
-El precio era demasiado alto.
-¿Mil hijos?- dijo Vulkan, todavía suplicando a su hermano. -¿Mil hijos ya
condenados por el bien del Imperio?
-Incluso uno era demasiado- dijo Magnus.
El Rey Carmesí sonrió e inclinó la cabeza hacia atrás.
Pero no se trataba de un gesto de rendición, ni de desnudar su garganta
ante un verdugo.
Sus ojos, llenos de sangre, brillaron con una luz de za ro y sus miembros se
encendieron con llamas azules y rosas mientras su cuerpo en ruinas se
elevaba en el aire. Las llamas ondeaban como un par de vastos piñones de
plumas que se extendían detrás de él.
Las numerosas y graves heridas que había sufrido se cerraron en un
instante, y la piel se reformó íntegra y sin manchas. Los huesos se volvieron
a unir, las arterias y las venas cortadas se unieron de nuevo y la carne
inmaterial se reformó por todo su cuerpo.
Los fragmentos de su armadura volaron de nuevo hacia él, adhiriéndose a
su cuerpo en una forma tan perfecta como antes de que comenzara el
combate.
La úl ma as lla del Rey Carmesí que se aferraba al reino material fue
nalmente eliminada, y su cuerpo se entregó voluntariamente a los
maestros infernales en la oscuridad de la disformidad.
Miró a los Salamandras, su ojo palpitaba con la enfermiza luz azul de las
estrellas cancerosas, la luz envenenada de los mundos entregados por
completo a los No Nacidos.
Y con la verdad más profunda de sus poderes nalmente desatada, la
irresis ble atracción de la sala teletésica sacó a Magnus de la mazmorra y
lo desterró del Sanctum Imperialis para siempre.
Sus úl mas palabras quedaron suspendidas en el aire como una maldición.
-Todo es polvo.
***
Muy abajo, el aullido de un lobo solitario resonó en la caverna mientras
los cuerpos de los hechiceros eran arrebatados en una tormenta de llamas
de za ro. Bjarki aulló de dolor y rabia cuando la luz malé ca se desvaneció,
dejándolo solo con los cuerpos de sus dos compañeros de manada.
Aulló por todos los muertos que había perdido, y por todos los que aún
estaban por morir.
Detrás de él, Promeus se acercó. Con cautela, puso una mano en la gélida
protección del hombro de Bjarki.
La lujuria asesina seguía siendo fuerte dentro de él, Bjarki enseñó sus
colmillos.
-Su nombre era Olgyr Widdowsyn, el portador del escudo- dijo Promeus. -
Su nombre era Svafnir Rackwulf, el mejor hacedor de woe de Tra. Sus
hazañas fueron muchas, y tuve el honor de presenciar muchas de ellas.
-Este no es el lugar para dar envión a los guerreros de la Vlka Fenryka-
advir ó Bjarki. -Y no hay nadie aquí para escuchar sus historias.
Promeus miró la luz dorada que les iluminaba desde arriba.
-Sí- dijo. -Sí que lo hay.
DIECISÉIS
NUNCA PERDONES, NUNCA OLVIDES
Se despertó con el mismo grito en los labios.
Las estrellas giraban por encima de ella, brillantes pun tos de luz,
arremolinándose como un lapso de empo del cielo nocturno. Tosió sangre
y trató de incorporarse. Fue más di cil de lo que imaginaba.
Entonces se dio cuenta de que estaba pegada al suelo, tumbada en un
charco de sangre seca.
Su sangre. Casi toda, a juzgar por la extensión del charco.
Como siempre hacía en momentos así, esperó, escuchando. No sabía
cuánto empo había pasado desde la úl ma vez que abrió los ojos. La
oscuridad, el silencio.
¿Era de noche? No, estaba en una caverna muy por debajo de la erra. Oyó
la entrada y salida de la marea, el chapoteo de los objetos que caían en el
agua.
Una caverna subterránea. Magnus el Rojo... Un juego de regicidio.
Malcador...
Alivia se incorporó, haciendo una mueca de dolor entre los omóplatos, la
rantez de la nueva piel, el desconocimiento de los nuevos órganos, los
nuevos huesos.
Alivia consiguió poner las piernas debajo de ella y se puso de pie, con el
equilibrio aún perdido, un poco inestable.
Se situó en el borde de la plaza entre las villas de gran tamaño, pero ahora
había una gruesa torre de mar l en el centro. Todavía insegura de su
equilibrio, rodeó lentamente la torre. Si se trataba del hueco de un
ascensor, no parecía haber ninguna puerta.
Se giró hacia la orilla y volvió a caminar hasta el borde del agua. La mesa y
las sillas donde había jugado al regicidio contra un Primarca estaban
esparcidas y rotas sobre la orilla. Unos pasos profundos la rodearon y vio el
casquillo de latón de un solo proyec l de bólter.
Al agacharse para recogerlo, olió el acre propulsor que contenía.
Los proyec les diseñados para matar a los legionarios hacían un desastre
espantoso en un humano de base.
La pistola bólter era un arma diseñada por un psicópata.
Junto al proyec l, parcialmente enterrado en la arena, estaba la mitad
destrozada del tablero de regicidio y un trío de sus piezas de juego talladas.
Sonrió al ver cuáles eran.
El Primarca, con la parte contorneada de su talla superior par da. A su lado
estaba el Emperador, la pieza que había estado a punto de mover. También
estaba rota. Seguía entera, pero se había perdido el detalle y la su leza de
su elaboración.
Y por úl mo, la Divinitarca blanca, par da en dos.
Alivia abrazó esta úl ma pieza con fuerza, y las lágrimas se derramaron por
sus mejillas.
Miró hacia el agua, buscando alguna señal de Malcador. El polvo y las rocas
seguían cayendo del techo de la caverna, y se preguntó cuánto más haría
falta para que todo el edi cio se derrumbara. Cualquiera que fuera el daño
que Magnus había causado aquí, había roto algo fundamental de su
estructura, y ahora los interminables bombardeos desde arriba estaban
trabajando para terminar su destrucción. Las aguas del mar subterráneo
brillaban con luces hundidas, pero no podía ver ninguna señal de Malcador.
Pero entonces lo vio, su cuerpo descascarillado y amortajado arrastrado
por la orilla hasta las arenas negras. Sus delgados miembros sobresalían
como las ramas ennegrecidas de un viejo árbol alcanzado por un rayo,
nudoso y quemado desde el interior.
Su cabeza sin pelo se balanceaba sobre los hombros, girando hacia ella, y
las cuencas de sus ojos estaban negras y vacías.
Alivia avanzó por la playa hacia el cadáver del Sigilita y se arrodilló junto a
él.
-Malditos seas- dijo. -Malditos sean todos y cada uno de ustedes.
La marea amenazaba con llevarse el cuerpo de nuevo, pero Alivia agarró
los bordes de la túnica de Malcador y lo arrastró un poco más hacia la
arena. No le pesaban los huesos y lo depositó bajo su bastón de mando.
Alivia se arrodilló junto a él mientras el dolor y el horror de la Agudeza del
Emperador la llenaban una vez más. Lloró lágrimas amargas, maldiciendo
ser parte de su perpetuación. Quiso adentrarse en el océano hasta que le
fallaran las fuerzas, hasta que se hundiera en la oscuridad y sus pulmones
se llenaran de agua.
¿Pero qué sen do tendría?
Estaba condenada a volver una y otra vez, a vivir otra evolución de esta
vida.
Alivia trató de apartar las visiones del Emperador, pero siguieron llegando.
Furiosas épocas de guerra, mareas de xenoespecies que causaban una
carnicería incalculable, un régimen vasto y sin alma, todo lo sangriento y
cruel que era posible imaginar.
¿Pero la alterna va?
Un universo de horror, de tortura y enfermedad, de crueldad gratuita y
derramamiento de sangre. Sería interminable, un tormento del que la raza
humana nunca podría escapar, ya que sus promotores no eran enemigos
mortales, ni un imperio psicó co que debía caer inevitablemente. No, ésta
era una época de monstruos inmortales forjados a par r de las psiques
torturadas de las propias personas que sufrían en ella.
Lo que el Emperador le había mostrado no era mucho mejor, un futuro
oscuro que era una pesadilla tan horrible como era posible imaginar, una
época en la que las vidas humanas no tenían sen do, cenizas de hueso
molidas entre los engranajes de la historia.
Pero al menos eran vidas. Incluso en esta sombría realidad, los hombres y
las mujeres seguían amándose, seguían criando a sus hijos lo mejor que
podían, seguían sirviendo a algo más grande que ellos mismos. Seguían
aferrándose unos a otros cuando la oscuridad se cerraba, y soportaban lo
insoportable, porque eso era lo que hacía la gente.
Vivieron, sobrevivieron y persis eron.
Pero, sobre todo, tenían esperanza.
En medio de todos los cataclismos que aún están por venir, todavía hay
rescoldos de luz. Ella había visto un empo en el que los héroes que se
creían perdidos regresaban, cuando esas brasas alzaban el vuelo y
comenzaban una con agración nal que hacía que este espasmo de
rebelión pareciera una guerra de brotes fronterizos. El resultado de esa
guerra futura era desconocido, pero que la humanidad se defendiera era
su ciente.
Alivia rebuscó en el bolsillo de su abrigo ensangrentado y sacó el libro de
relatos que había sido su compañero constante desde que tenía uso de
razón.
A pesar de todas las reprimendas de Alivia, Vivyen había marcado su lugar
al pasar una esquina de la página hacia abajo. Había estado leyendo El
Ruiseñor, y pensar en ella, en Miska y en Jeph hizo que una ola de dolor
atravesara a Alivia y amenazara con romperla allí mismo.
-Mis hermosas niñas- sollozó. -Mi hombre valiente.
Dobló la esquina y hojeó las páginas hasta llegar a la historia que buscaba.
Era una buena historia. Todos lo eran, pero éste siempre había sido uno de
los favoritos de Alivia. No había sabido por qué hasta ahora, y una na
sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
-En el bosque, en lo alto de la escarpada orilla y no lejos de la costa
abierta, había un roble muy viejo- comenzó Alivia. -Tenía apenas
trescientos sesenta y cinco años, pero ese largo empo era para el árbol
lo que el mismo número de días podría ser para nosotros.
Mientras leía, sin ó que el frío que nunca abandonaba sus huesos se
aliviaba y que el cansancio que la acompañaba constantemente
comenzaba a desaparecer. Como si al pronunciar las palabras en voz alta,
ella también sin era la alegría de las e meras, los insectos juguetones que
vivían toda su existencia alrededor del árbol en un solo día maravilloso.
Aunque su empo era corto en comparación, experimentaban las
innumerables alegrías de su vida en momentos fugaces, pero no por ello
menos milagrosos.
Una marea de calor uyó desde ella en una suave susurración,
desprendiéndose de sus huesos y llevándose en el río de sus palabras. Se
sin ó liberadora y reconfortante, como si se sumergiera lentamente en un
baño puri cador.
Alivia habló entonces del viejo roble cuando cayó en su sueño invernal y
soñó un sueño maravilloso.
-Vio a los caballeros de antaño y a las nobles damas cabalgar por el
bosque en sus gallardos corceles, con plumas ondeando en sus
sombreros y con halcones en sus muñecas, mientras el cuerno de caza
sonaba y los perros ladraban. Vio a guerreros hos les, con ves dos de
colores y armaduras relucientes, con lanza y alabarda, montando sus
endas y volviéndolas a desmontar; las hogueras ardían, y los hombres
cantaban y dormían bajo el hospitalario cobijo del árbol. Vio a los
amantes reunirse en tranquila felicidad cerca de él en la luz de la luna, y
tallar las iniciales de sus nombres en la corteza verde grisácea de su
tronco.
El libro se calentó en sus manos, su an gua encuadernación se onduló
como si corrientes invisibles recorrieran la nta y el pegamento y la bra
prensada de sus páginas. Las palabras empezaron a desdibujarse ante ella,
como si se desprendieran del lugar en el que su viejo y astuto autor las
había colocado.
Alivia pensó en todas las innumerables vidas que había vivido, en los
muchos actos de los que se avergonzaba y en el mayor número de los que
se sen a orgullosa. En las culturas an guas, el des no nal de un alma se
juzgaba al entrar en la otra vida: en una balanza contra una pluma, por
alguna deidad omnipotente, por los reyes del in erno o por algún otro
medio esotérico. Una vida era un libro de cuentas de hechos, tanto buenos
como malos, generosos y egoístas, y Alivia sólo esperaba que la suya
estuviera al menos un poco equilibrada a su favor.
Las luces de la caverna se atenuaron y tuvo que acercarse el libro a la cara
para seguir leyendo. En el sueño del viejo roble, veía la alegría y la felicidad
que había experimentado durante su larga existencia, pero seguía
anhelando que todos los que la rodeaban se levantaran y conocieran esa
misma alegría.
Y por eso extendió sus ramas, para transmi r la potencia de su vitalidad a
los que le rodeaban.
Y el viejo árbol, mientras seguía creciendo hacia arriba y hacia adelante,
sen a que sus raíces se desprendían de la erra. -Está bien así; es lo
mejor- dijo el árbol. -Ya no hay grilletes que me retengan. Puedo volar
hasta el punto más alto en la luz y la gloria. Y todos los que amo están
conmigo, tanto los pequeños como los grandes. Todos están aquí.
Hizo una pausa en el relato, parpadeando y tratando de recordar lo que
estaba haciendo. Tenía un libro en las manos, las manos manchadas de
hígado de una anciana, pero las palabras de la página estaban borrosas.
Los ojos de Alivia se cerraron antes de llegar al nal de la historia, donde el
viejo roble nalmente cayó, sus trescientos sesenta y cinco años
terminaron como el único día de la E mera.
Flotó entre el sueño y la vigilia, balanceándose en la orilla hasta que el libro
se le cayó de las manos. El sonido de su caída en la marea alta del océano
la despertó, y sin ó una mano en el codo.
Una voz le habló, con palabras apagadas y dolorosas.
-Ojalá...- dijo la voz, pero la pena la venció antes de que pudiera terminar.
Alivia levantó la vista y vio el rostro de un anciano, de mejillas nas y
cargado de una gran preocupación. Sus ojos eran muy viejos y muy tristes.
Se inclinó hacia él, sin endo los a lados ángulos de su delgado cuerpo bajo
la túnica negra que llevaba. Estaban mojados y fríos, pero él estaba
caliente bajo ellos, y Alivia sin ó que sus brazos la envolvían. La abrazó con
fuerza mientras la visión de dos niñas pequeñas riendo y jugando ante ella
aparecía vívidamente en su mente.
Sonrió al verlas, y las lágrimas llenaron sus ojos cuando le hicieron señas
para que siguiera adelante.
-Todos los que amo están conmigo- susurró. -Tanto los pequeños como
los grandes. Todos... están... aquí...
Alivia Sureka cerró los ojos por úl ma vez.
***
Observaron los campos de fuego que rodeaban el Palacio desde el Muro
de Mercurio. El humo negro y las llamas púrpuras oscurecían las ruinas de
dientes serrados, pero aquí y allá aún se alzaban torres de plata en medio
de la destrucción.
Tormentas abrasadoras sacudían el horizonte, y voces farfullantes otaban
en los ardientes vientos anabá cos que transportaban el hedor de la
fyceline, la sangre y la suciedad desde los campamentos de traidores que
brotaban como llagas en la super cie del mundo.
Junto con los hombres y mujeres supervivientes de los Propios de Vulkan,
Atok Abidemi e Igen Gargo se encontraban a la sombra de las torres de la
muralla destrozada por los proyec les con Bödvar Bjarki, esperando que
cayera el siguiente mar llazo.
Habían pasado tres días desde el enfrentamiento bajo el Sanctum
Imperialis. Tres días soportando la furia incandescente de Constan n
Valdor y sus Custodios, tres días soportando las exigencias de saber cómo
habían penetrado en la parte más segura del Palacio, de cómo habían
evadido las patrullas de sus guerreros de armadura dorada.
No tuvieron ninguna respuesta sa sfactoria que darle, y sólo se les
permi ó volver a ocupar su lugar en las líneas de batalla cuando Malcador
regresó y ordenó su liberación. El Sigilita siempre había llevado una pesada
carga, pero algo había cambiado en su interior, alguna herida profunda del
alma que nunca sanaría, una deuda que nunca podría pagar.
Valdor protestó, insis endo en que se le informara de cualquier laguna en
su defensa, pero Malcador le aseguró que la debilidad explotada por
Magnus el Rojo ya no exis a.
Al nal, la necesidad se impuso.
No se podía tolerar mantener a los astartes fuera de las murallas, ni
siquiera en un número tan insigni cante como el de tres, y se les dieron
órdenes de misión a la Muralla de Mercurio. Malcador les dio los nombres
de otros dos que podrían buscar, compañeros perdidos y guerreros sin
Legión con los que podrían encontrar una causa común.
Vulkan se quedó abajo con el Emperador después de hacer sus juramentos
de no revelar su presencia bajo el Palacio. No habían visto ninguna señal
de Promeus, y su des no permanecería para siempre desconocido para
ellos.
-Tenía la esperanza de devolver esta espada a Nocturne- dijo Abidemi,
agarrando con fuerza la empuñadura de Draukoros cuando empezaron a
moverse formas en el humo tóxico que tenían delante. Sombras
imponentes, de forma monstruosa, que aullaban de locura. -Pero esa es
una esperanza tonta ahora.
Bjarki sólo asin ó. Había hablado poco desde su liberación. El dolor por la
muerte de sus hermanos aún pesaba sobre él, al igual que la huida nal del
hechicero de los Mil Hijos.
-Ahora es tu espada- dijo Igen Gargo. -Artellus Numeon está muerto, y
ahora te corresponde matar en su nombre, para ganarte el derecho a
soportar su ira.
Abidemi asin ó. -Tienes razón- dijo, extendiendo la mano para arrancar
uno de los dientes negros de la hoja de la espada. Los ojos de Gargo se
abrieron de par en par, pero no dijo nada mientras Abidemi se la entregaba
a Bjarki. El lobo espacial tomó el diente de draco con una expresión de
desconcierto.
-Una vez dijiste que estábamos unidos, lobo y draco- dijo Abidemi. -
Querías cortar mi placa de guerra para marcarlo.
-Y me dijiste que sólo los ar ces de tu culto prometeico podían trabajar
la armadura de un legionario Salamandra.
Abidemi miró el paisaje infernal ante el Palacio.
-Dijiste que tu wyrd nos había marcado tanto.
-Así fue- dijo Bjarki.
-Entonces márcanos- dijo Abidemi. -Para Barek Zytos. Para Olgyr
Widdowsyn. Y para Svafnir Rackwulf.
Bjarki asin ó, y con rápidos trazos talló el símbolo angular de una cabeza
de draco rugiente, el Mordedor Temible. Se volvió hacia Gargo y enarcó
una ceja.
Gargo asin ó y Bjarki talló el mismo símbolo en su armadura, justo sobre el
corazón.
Una vez completada la inscripción, Bjarki guardó el diente negro de la
espada en una funda de cuero que llevaba en la cintura y sonrió con
maldad a sus dos nuevos hermanos.
-Ahora estamos marcados como wyrd- dijo. -Y cuando la lucha aquí haya
terminado, cazaremos juntos a los que escaparon de nuestra ira.
Primero tomó la muñeca de Abidemi en el agarre del guerrero, luego la de
Gargo.
Todos se volvieron al oír los pasos que se acercaban.
Dos Marines Espaciales se acercaban, ves dos de plata y con aspecto de
cazadores.
Hombres con un propósito aún sin cumplir.
El primero era un guerrero de aspecto lobuno, de piel cur da y
experimentada por la intemperie, con el pelo bien cortado y la cara llena
de cicatrices. A su espalda llevaba una gran espada asesina y en su cintura
se enfundaba una espada de cadena estándar y un gladius que llevaba una
Ul ma de cobalto as llada en el pomo.
El otro legionario era de piel pálida y patricia, ancho de hombros y con una
gran águila en el pecho de aspecto singular en lugar de las dos habituales.
También él llevaba una enorme espada a la espalda.
-He oído que has hecho un gran servicio a nuestro padre- dijo, con un
acento culto y preciso.
El primer guerrero se adelantó y sus ojos pasaron del Lobo al Draco.
Asin ó con la cabeza, pareciendo que los consideraba dignos.
-Soy Garviel Loken- dijo. -Y el es Nathaniel Garro.
***
No debía ser así...
Magnus se arrodilló ante el espejo enloquecido que antes estaba en un
rincón de su pabellón de guerra. Ahora estaba solo entre las ruinas de lo
que había sido la Torre Pala na. El estruendo de la ar llería lo rodeaba, y
los humos de los propulsores bañaban los restos de la torre en nubes
apestosas. Cosas demoniacas y cacareantes se deslizaban dentro y fuera de
la percepción, pero Magnus ignoraba toda distracción.
Toda su atención estaba jada en el espejo y en los re ejos de cristal roto
que devolvía.
Desde su expulsión de la presencia de su padre, no se había movido de
aquel lugar, tan inmóvil como la estatua que había escalado las montañas
de Prospero para ver en su juventud.
Hacía empo que le frustraba que el espejo estuviese incompleto, símbolo
de su naturaleza fracturada, pero ahora que volvía a estar entero, anhelaba
levantarlo y hacerlo añicos sobre la roca de esta torre golpeada por el rayo.
La transición de debajo del Palacio a las ruinas más allá de las murallas no
había sido suave y casi había acabado con sus hijos, ya heridos de muerte.
Las vidas de Menkaura y Amon habían pendido del más mínimo hilo, y
habían necesitado las artes de sus mayores adeptos Pavoni para salvarse.
Ahriman sólo había necesitado la habilidad de los cirujanos, pero algo en
su hijo predilecto se había roto dentro del Palacio. Magnus aún no podía
saber qué era, pero temía lo que podría signi car para el futuro.
Sus re ejos en el espejo le devolvían la mirada, pero donde antes le
mostraban sus innumerables rostros, los aspectos de su alma en todo su
variado esplendor y horror, ahora sólo mostraban un único rostro, el que
llevaba desde que rechazó la oferta de su padre.
En el centro del espejo, faltaba un trozo de cristal en forma de lágrima,
pero en su lugar había un trozo de cristal de demonio que encajaba en el
hueco, pero que Magnus sabía que estaba hecho de un material hos l a
este mundo y a todo lo que había en él.
Los colores enfermizos se extendían por su super cie como una película de
promethium sobre el agua, y nas hebras de esa luz imposible uían
lentamente por las grietas entre los fragmentos. Las imágenes re ejadas
más cercanas a esta nueva adición ya estaban manchadas por este poder
rastrero, y no pasaría mucho empo antes de que todo el espejo se viera
manchado por la brillante luz disforme.
Extrañamente, este pensamiento no le desagradó.
Una gura entró en su visión periférica, un legionario con la librea de los
Hijos de Horus, con una cresta de plumas sobre el pecho de su placa verde
mar. Magnus sin ó su recelo al acercarse tanto a un Primarca herido, pero
su alma era obediente, maliciosamente leal y brutalmente e caz.
-Mi señor- dijo. -Mi nombre es Kinor Argonis, palafrenero del Señor de la
Guerra.
-Sé quién eres, Argonis- dijo Magnus, apartándose por n del espejo
inmaterial. -¿Qué quieres?
-Traigo no cias del Señor de la Guerra- dijo Argonis. -Te manda llamar.
-¿Y qué quiere mi hermano? ¿Cuál es la intención de su convocatoria?
Argonis hizo una pausa, lo su cientemente sensata como para saber que
una men ra sería peligrosa.
-Un nuevo frente se abre en la guerra, y Lupercal desea saber si estás con
él.
Magnus se levantó en toda su altura, y Argonis dio un paso atrás,
asombrada y no un poco asustada por esta nueva y terrible forma del Rey
Carmesí en su aspecto de guerra.
-Ve hacia él, Argonis- dijo Magnus. -Y dile que estoy con él hasta el nal.
FIN
MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS
Es justo decir, que he escrito bastante sobre Magnus el Rojo.
Tanto Los Mil Hijos como El Rey Carmesí, fueron tomos de gran
importancia y antes de eso, se han publicado varios relatos cortos, un par
de audios y una novela de la época de la Cruzada…. por lo que se puede
suponer que debo tener cierta a nidad con el hijo más infame de
Prospero. He pensado bastante en la razón de ello y creo que es porque…
me gusta Magnus. Me gusta porque me parece, de todos los Primarcas el
más humano de todos, incluso teniendo en cuenta su apariencia.
Magnus, es el po de persona a la que podría ver sentada alrededor de
una mesa imaginaria con mis personas favoritas mientras comemos buena
comida, bebemos rico vino nto y ponemos el mundo en orden. Con la
claridad de los Corvidae, puedo ver una noche en la que todos bebemos
hasta la madrugada y hablamos de historias y de lo que pueden
enseñarnos: mitos, cosmología, religión, historia, psicología, arqueología...
y mucho más.
Porque Magnus, no está aquí para presumir de lo mucho que sabe… sino
para compar r lo que sabe, para transmi r la alegría de ese conocimiento
sin aporrearte con él. Pero no se trata sólo de ser la persona más
inteligente de la sala, sino también de ser la más curiosa, ya que Magnus
está ahí para aprender tanto como para enseñar. Quiere saber lo que tú
sabes, ver cómo se ve el mundo detrás de tus ojos, porque eso le ayuda a
hacerse una idea más completa del universo en su mente.
Y al nal de esa noche imaginaria, cada uno de los invitados a la cena
emprendería el camino a casa, un poco más humilde de lo que era antes,
marchándose como diría Coleridge, "más triste y más sabio...".
Pero eso era Magnus en su mejor momento, antes de que el orden de la
galaxia saltara en pedazos.
Quería que esta historia fuera la culminación del arco argumental iniciado
al nal de Mil Hijos y con nuado en El Rey Carmesí, una historia que lleva a
Magnus al bando del Señor de la Guerra. Uno de los aspectos más
agradables, y necesarios, de escribir historias ambientadas en la Herejía de
Horus y el Asedio de Terra es encontrar formas de añadir capas ocultas
dentro de las historias que todos conocemos y amamos. Las historias de
esos días hablaban de la grandilocuencia de las terribles batallas y de los
extensos relatos de grandes héroes y sus poderosas hazañas. Pero en cada
guerra, en cada batalla, en cada lucha de espadas, hay mil momentos en
los que el des no podría haber dado un giro, un cúmulo de instantes que
nadie sospechaba siquiera que hubieran ocurrido.
Uno de esos momentos fue el sacri cio nal de Alivia Sureka. Escribí por
primera vez a Alivia en Espíritu venga vo, y siempre había tenido en mente
un nal de este po para ella, pero cuando llegó el momento de escribir
esa escena, me encontré totalmente reacio a escribirla. Había llegado a
amar a Alivia a lo largo de su viaje de Molech a Terra, pero cada uno de los
Perpetuos ene un propósito singular en la narra va del Des no, y éste era
el suyo. La echaré de menos.
Y a medida que los acontecimientos nos precipitan hacia el inevitable
enfrentamiento entre Horus y el Emperador, he podido entrelazar otros
hilos de los libros anteriores. Unir el equipo de vigilancia de Bjarki y los
Draakswards de los libros de las Salamandras de Nick Kyme ha sido una
bonita simetría, y ha sido un gran placer llevarlos hasta donde necesitaba
que estuvieran para este libro y las historias posteriores. Esta no será la
úl ma vez que los veáis, os lo aseguro.
Pero el punto de in exión clave de este drama, era la posibilidad de que
uno de los Primarcas traidores volviera con el Emperador. Esa, era la idea
central de este libro, el acontecimiento crucial, el momento álgido que
podría haber cambiado el curso de la galaxia si una sola decisión hubiera
sido tomada de otra manera. Entre los que se unieron a la rebelión del
Señor de la Guerra, sólo Magnus parecía poder volver al redil. ¿Sería
complicado? Sí. ¿Problemá co y probablemente con una feroz resistencia
por parte de sus hermanos leales? Casi con toda seguridad, pero era una
idea deliciosa, un momento que me pareció que tenía el mayor potencial
para in uir en el curso del Asedio nal de Terra si hubiera salido como
hubiéramos deseado.
Poner a Magnus cara a cara con el Emperador, para acabar con el velo de
falsedad que hay entre ellos, era un concepto demasiado jugoso como para
dejarlo pasar. Una de las caracterís cas de los héroes trágicos, es que son
ajenos a sus propios defectos: no ven la ambición, los celos o cualquier
defecto de su carácter que acabe por condenarlos.
Pero aquí, bajo las bóvedas de Terra, Magnus ya no puede negar la verdad:
que su arrogancia y su creencia absoluta de que sabía más que todos, era
una falsedad, una men ra que se decía a sí mismo para jus car todo lo
que había hecho. Y cuando te enfrentas a esas verdades, duele saber que
todas las excusas que te has inventado, no valen nada.
El Rey Carmesí, es un Primarca que cree tener el control de su des no, por
lo que verse obligado a tomar una decisión por las acciones de otros, es un
anatema para él. En todo lo que se ha desarrollado, nunca eligió el camino
de la traición en el que se encontró, lo que -para un Primarca como
Magnus- es lo que más le molesta. Él y su Legión han sido de nidos por lo
que otros les han hecho, y esta historia marcó el punto en el que Magnus
dijo "no más" y eligió su propio camino. Sin duda, no era el que él quería,
no era el que hubiera deseado, pero al nal, viendo cuál sería el coste de la
redención, Magnus hizo lo más honorable y se mantuvo al lado de su
Legión, incluso a costa de su alma.
Al nal, eso fue lo que me encantó de contar esta historia: que Magnus
acabó condenándose al hacer lo correcto al negarse a abandonar a sus
hijos, como debería hacer cualquier padre. ¿Y, sabéis qué…? me gustaría
seguir teniéndolo como invitado a cenar en mi mesa.
Así que encenderé las velas, entonaré las palabras de invocación y pondré
una copa de vino crianza Diemenslandt de Ahriman en la mesa, en espera
de su llegada…
GRAHAM MCNEILL
Los Angeles 2019
Aprovecho este espacio para dar las gracias públicamente por dejarme
trabajar codo con codo en esta novela al Maese Valncar.
Espero que este binomio, sea por mucho más empo. ¡Gracias maese!
Kaohs1980
Aprovechado ha sido mi querido Kaohs que ya esta planeado hacerlo con
Arhiman, siempre será un placer traducir con el equipo y ayudar lo más
que se pueda. El binomio sigue y te agradezco a trabajar conmigo y
lograr que este traducido la mayoría de material de esta Legión, me ha
encantado lograr superar la barrera de la distancia y el empo.
Valncar