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Reflexiones sobre la Dicha y la Vida

Fragmento del texto Ciudadela
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Ciudadela

ANTOINE DE SAINT-EXUPERY

LXXIX

Vino el que contradijo a mi padre:


-La dicha de los hombres... -decía.
Mi padre le cortó la palabra:
-No pronuncies ese vocablo en mi casa. Me gustan las palabras que llevan en sí su peso de
entrañas; pero arrojo las cáscaras vacías.
-Sin embargo dijo el otro, si tú, jefe de un imperio, no te preocupas el primero por la dicha de los
hombres...
-No me preocupo -respondió mi padre de correr tras el viento para hacer provisiones, porque si
lo mantengo inmóvil, el viento deja de ser.
-Yo-dijo el otro, si fuera jefe de un imperio, desearía que los hombres fueran dichosos...
¡Ah! dijo mi padre. Ahora te comprendo mejor. Esa palabra no es un punto hueco. He conocido,
en efecto, hombres desdichados y hombres felices. He conocido también hombres gordos o
flacos, enfermos o sanos, vivos o muertos. Y yo también deseo que los hombres sean dichosos,
lo mismo que los deseo vivos antes que muertos. Aunque es muy necesario que las generaciones
pasen.
Estamos, pues, de acuerdo exclamó el otro.
-No -dijo mi padre.
Meditó; después:
-Porque cuando hablas de la dicha, o bien hablas de un estado del hombre que es ser feliz como
lo es estar sano y no tengo acción sobre este fervor de los sentidos, o bien hablas de un objeto
alcanzable que puedo desear conquistar. ¿Y dónde está?
"Tal hombre es feliz en la paz, tal otro es dichoso en la guerra, tal desea la soledad donde se
exalta, tal otro necesita para exaltarse el bullicio de la fiesta, tal pide sus alegrías a las
meditaciones de la ciencia, que es respuesta a las preguntas formuladas, el otro halla su alegría
en Dios en quien ninguna pregunta tiene ya sentido.

"Si quisiera parafrasear la dicha, te diría quizá que es para el forjador forjar, para el marino
navegar, para el rico enriquecerse, y de este modo no habría dicho nada que te hubiera enseñado
algo nuevo. Y por otra parte, la dicha a veces sería para el rico navegar, para el forjador
enriquecerse y para el marino no hacer nada. Así, te escapa ese fantasma sin entrañas que
vanamente pretendes asir.

"Si quieres comprender la palabra, es preciso escucharla como recompensa y no como fin, porque
entonces no tiene significado. Parejamente, sé que una cosa es bella, pero rehuso la
belleza como un fin. ¿Has escuchado decir al escultor: "De esta piedra desprenderé la belleza"?
Los escultores de pacotilla son víctimas de un lirismo vacío. Al otro, al verdadero, lo escucharás
decir: "Busco extraer de la piedra algo que se parezca a lo que pesa en mí. No sé librarlo de otra
manera que tallándolo." Y, ya sea rostro transformado en yo grave y viejo, o que muestre una

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máscara deforme, o que sea juventud dormida, si el escultor es grande, dirás lo mismo que la
obra es bella. Porque tampoco la belleza es un fin, sino una recompensa.
"Y cuando te he dicho antes que la felicidad sería para el rico enriquecerse, te he mentido. Porque
si se trata del fuego de alegría que coronará alguna conquista, serán sus esfuerzos y su pena los
que se verán recompensados. Y si la vida que se despliega delante de él aparece por un instante
embriagadora, es con el título que llena de alegría el paisaje entrevisto desde lo alto de las
montañas cuando es construcción de tus esfuerzos.

"Y si yo te digo que la dicha para el ladrón es permanecer al acecho bajo las estrellas, es que
recompensaba la parte que podría salvarse de él. Porque ha aceptado el frío, la inseguridad y la
soledad. El oro que combate, te lo he dicho, lo combate como una muda repentina en arcángel,
porque, pesado y vulnerable, se imagina que está aligerado con alas invisibles quien se va, en la
ciudad densa, con el oro apretado contra el corazón.

"En el silencio de mi amor me he detenido mucho en observar a aquellos de mi pueblo que


parecen dichosos. Y he concluído siempre que la dicha les venía como la belleza a la estatua, por
no haber sido buscada y me ha parecido siempre que era signo de su perfección y de la calidad
de su corazón. Y solamente a aquella que pueda decirte: "Me siento tan dichosa!", abre tu casa
para toda la vida; porque, la dicha que le asoma al rostro es signo de su calidad, puesto que es de
un corazón recompensado.

"No me pidas pues a mí, jefe de un imperio, conquistar la dicha para mi pueblo. No me pidas a
mí, escultor, correr tras la belleza: me sentaría no sabiendo dónde correr. La belleza se convierte
así en la dicha. Pídeme solamente que les construya un alma donde tal fuego pueda arder.

LXXX

Me acordé de lo que mi padre me había dicho en otra ocasión: para construir el naranjo me sirvo
del abono y del estiércol y de los golpes de azada en la tierra y corto también otras ramas. Y así
se alza un árbol capaz de florecer. Y yo, el jardinero, me vuelvo a la tierra sin preocuparme de las
flores ni de la dicha; porque antes que árbol florido, es preciso que sea un árbol, y antes que
hombre feliz, es preciso que sea un hombre.

El otro interrogó aún:


-Si los hombres no corren hacia la dicha, ¿hacia qué corren?
¡Ah! -dijo mi padre. Te lo mostraré más adelante.
"Pero observaré antes que al comprobar que la alegría a menudo corona el esfuerzo y la victoria,
me has hecho concluir, como un lógico estúpido, que los hombres luchaban con vistas a la dicha.
A lo que responderé que por ser la muerte el coronamiento de la vida, el único deseo de los
hombres es la muerte. Y empleamos palabras que son medusas sin vértebras. Yo te digo que hay
hombres felices que sacrifican su dicha para partir a la guerra.

-Es que hallan en el cumplimiento de su deber una forma más alta de la dicha...
-Rehuso hablar contigo si no llenas tus palabras con un significado que pueda ser confirmado o
desmentido. No sabría luchar contra la jalea que cambia de forma. Porque si la dicha es ya

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sorpresa del primer amor, ya vómito de la muerte cuando una bala en el vientre te vuelve el pozo
inaccesible, ¿cómo quieres que confronte tus afirmaciones con la vida? Nada has afirmado sino
que los hombres buscan lo que buscan y corren tras lo que corren. No corres riesgo de verte
contradicho nada me une a tus verdades invulnerables.

"Hablas como quien hace juegos malabares. Y si renuncias a continuar tu cháchara, si renuncias
a explicar por el gusto de la dicha la partida de los hombres para la guerra, pero te obstinas, sin
embargo, en afirmar que la dicha explica todo lo referente al comportamiento del hombre, te
oigo, por adelantado, pretender que las partidas para la guerra se explican por movimientos de
locura. Pero allí todavía exijo que no te comprometas, aclarándome primero las palabras que
empleas.
Pues si llamas loco al que, por ejemplo, echa espumarajos, o marcha exclusivamente sobre la
cabeza, al observar los soldados que van a la guerra sobre sus dos pies, no me conformaría.

"Pero sucede que no tienes un lenguaje capaz de decirmehacia qué se esfuerzan los hombres. Ni
eso hacia lo cual me obligo a conducirlos. Y empleas vasos demasiado magros, tales como la
locura o la dicha, con la esperanza vana de encerrar en ellos la vida. A la manera de ese niño que,
usando de una pala y de un balde, pretendía desplazar la montaña.
-Entonces, instrúyeme deseó el otro.

LXXXI

Si te determinas, no por un movimiento de tu espíritu o de tu corazón, sino por motivos


enunciables y enteramente contenidos en el enunciado, entonces yo te reniego.
Es que tus palabras no son signo de otra cosa, a la manera del nombre de tu esposa que significa
pero que no contiene nada. No puedes razonar sobre un nombre porque su importancia está en
otra parte. Y no te viene al espíritu decirme: "Su nombre enseña que es bella..."

¿Cómo pretendes, pues, que un razonamiento acerca de la vida se baste a sí mismo? Y si hay otra
cosa por encima como caución, podría suceder que tal caución se hiciera más pesada con un
razonamiento menos brillante. Y poco me importa comparar entre sí las fórmulas afortunadas.
La vida es lo que es.
Te rechazaré si el lenguaje por el cual me comunicas tus razones de obrar no es poema que me
acarree tu nota profunda, si no cubre nada informulable pretendes cargarme con él.
Te rechazaré si cambias tu comportamiento, no por un rostro que aparece y funda tu nuevo amor,
sino por un débil temblor del aire que no acarrea más que lógica estéril sin y peso.
Porque no se muere por el signo, sino por la caución del signo. La cual impone, si quieres
expresarla, o comenzar a expresarla, el peso de los libros de todas las bibliotecas de la tierra. Pues
no puedo, enunciarte lo que he apresado tan simplemente durante mi captura. Porque es preciso
que hayas andado tú mismo para recibir en su pleno significado la montaña de mi poema,
¿cuántas palabras, durante cuántos años, precisaría emplear si quisiera transportar la montaña a
ti, que no has abandonado nunca el mar?
Y la fuente, si no has tenido nunca sed y jamás apretaste las manos una contra otra, ofreciéndolas
para recibir. Por bien que cante las fuentes: ¿dónde están la experiencia que pongo en marcha y
los músculos que despertarán tus recuerdos?

3
Sé bien que no se trataba de hablarte primero de las fuentes. Sino de Dios. Pero para que mi
lenguaje muerda y puede realizarse y llegar a ser operación, es preciso te añada algo. Por esto, si
deseo enseñarte a Dios, te enviaré primero a escalar las montañas a fin que, cima de estrellas,
tenga para ti su plena tentación. Te enviaré a morir de sed en los desiertos a fin que las fuentes
puedan encantarte. Después te enviaré seis meses a romper piedras hasta que el sol del mediodía
te postre. Después de lo cual te diría: "Aquel a quien ha vaciado el sol de mediodía, está en el
secreto de la noche que llega pues, habiendo escalado la cima de estrellas, se abreva en el silencio
de las fuentes divinas."
Y creerás en Dios.
Y no podrás negármelo puesto que simplemente será, como existe la melancolía en el rostro que
he esculpido. Porque no hay lenguaje o acto, sino dos aspectos del mismo Dios. Y por ello llamo
plegaria a la labor, y labor a la meditación.

LXXXII

Y me sobrevino la gran serenidad de la permanencia.


Porque nada puedes esperar si las cosas no duran más que tú. Y me recuerdo de esa población
que honraba a sus muertos. Y la piedra sepulcral de cada familia, uno después de otro, recibía a
los muertos. Y ellas eran las que establecían esta permanencia.
-¿Sois felices? -pregunté.
-Y como no serlo, sabiendo dónde iremos a dormir...

LXXXIII

Y me sobrevino una laxitud extrema. Y me pareció simple decirme que Dios me había
abandonado. Porque me faltaba la piedra angular y nada resonaba en mí. Se había callado la voz
que habla en el silencio. Y luego de escalar la torre más alta meditaba: "¿Por qué esas estrellas?"
Y midiendo con la mirada mis dominios, me preguntaba: "¿Por qué estos dominios?"
Estaba perdido como un extranjero en una multitud heterogénea que no habla su lengua.
Derrotado y solo. Era semejante a una casa deshabitada. Y exactamente lo que me faltaba era la
piedra angular, porque nada de mí servía ya. Y sin embargo, soy el mismo, me decía yo,
espectador del mismo espectáculo; pero ahogado ahora en la diversidad inútil. Del mismo modo,
Ia basílica mejor construída es sólo suma de piedras si nadie hay para considerarla en su conjunto,
ni para gustar el silencio, ni para declarar su significado en la meditación de su corazón.

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