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DESASTRES NATURALES >
Los desastres naturales
se ensañan con el
México más pobre
El abandono institucional, la
informalidad, la precariedad o la
falta de planificación urbana y
gestión del riesgo son algunas de
las razones que se esconden detrás
de los fallecidos y afectados por los
fenómenos extremos de los
últimos meses
Trabajos de rescate en el barrio humilde de Tlalnepantla
que sufrió el derrumbe del cerro del Chiquihuite, en agosto
pasado.
ANDREA MURCIA (CUARTOSCURO)
ALEJANDRO SANTOS CID
México - 11 OCT 2021 - 04:21 CEST
Los desastres naturales que han
golpeado México en los últimos meses
se han ensañado especialmente con
su población más pobre. Hay algo en
común en el perfil de los fallecidos y
afectados, en el espacio que habitan
en el mundo, tanto en el plano
geográfico como en el social. Expertos
entrevistados por EL PAÍS señalan la
falta de planificación urbanística y de
prevención del riesgo, la informalidad
de los asentamientos y la pobreza que
reina en ellos como algunos de los
principales motivos de estas
tragedias. Todas las fuentes
consultadas coinciden en señalar que
los desastres, en realidad, no tienen
nada de naturales: se trata de
fenómenos determinados por factores
sociales, económicos y políticos. Es
decir, 100% humanos. Es decir:
prevenibles.
Las graves inundaciones que sufrió
Tula de Allende (Hidalgo) a principios
de septiembre desplazaron a 10.000
personas y dejaron 17 decesos: todos
ellos, pacientes en un hospital del
Instituto Mexicano del Seguro Social,
una institución pública, a menudo
saturada, donde acuden enfermos que
no pueden costearse el acceso a la
sanidad privada. En Tlalnepantla,
Estado de México, un
derrumbamiento en el cerro
Chiquihuite mató a cuatro vecinos y
obligó a evacuar 126 casas, en un
barrio donde muchas de las viviendas
se habían construido informalmente,
sin la supervisión adecuada,
ganándole poco a poco metros a la
montaña en una zona proclive a los
aludes y con una superficie poco
estable. Además, sus habitantes
habían denunciado en numerosas
ocasiones su situación, pero nadie les
escuchó. “Cayeron piedras esta misma
semana y no hicieron nada”,
protestaba una residente a este diario.
El huracán Grace provocó 11 muertos
y 62 municipios quedaron afectados
tras su paso por los Estados de
Veracruz y Puebla, en comunidades
predominantemente campesinas que
se dedicaban a la ganadería y la
agricultura. Ecatepec (Estado de
México) ni siquiera padeció un
huracán, solo unas lluvias más fuertes
de lo habitual, pero el terreno —con
una urbanización que abarca el 98%
de su superficie, de acuerdo con
expertos consultados— no pudo
resistirlo. Se produjeron riadas y
deslaves que se llevaron la vida de dos
personas. Otras 100.000 se vieron
damnificadas, de una manera u otra.
Solo en México, de 1970 a 2019 se han
registrado 6.655 muertes en 202
desastres diferentes, según un
informe de la Organización
Meteorológica Mundial. De acuerdo
con una clasificación de esta agencia
especializada de las Naciones Unidas,
en los países considerados “en
desarrollo” (pobres) y los
“desarrollados” (ricos) de
Norteamérica, Centroamérica y el
Caribe, el número de desastres se ha
repartido a partes iguales. Sin
embargo, el 76% de los de
fallecimientos se han producido en los
países “en desarrollo”. Un estudio de
USAID, la agencia de desarrollo
internacional y acción humanitaria de
Estados Unidos, encontró que en
Latinoamérica una de cada seis
personas —106 millones de 600
millones— viven en condiciones
precarias en asentamientos
informales.
Vicente Andrés Sandoval Henríquez,
investigador en la Unidad de Estudio
de Desastres de la Universidad Libre
de Berlín, explica desde la capital
alemana durante un intercambio de
correos que “los eventos naturales
extremos”, como terremotos,
erupciones volcánicas o inundaciones,
son los fenómenos que accionan el
gatillo de los desastres, pero no sus
causas de fondo. El problema, dice, se
produce cuando un desastre se
encuentra con una sociedad poco
preparada y vulnerable. Sandoval, que
también es editor en la Revista de
Estudios Latinoamericanos sobre
Reducción del Riesgo de Desastres, lo
ejemplifica así: “Los terremotos no
matan. Los que matan son los
edificios que colapsan por su baja
calidad, porque están mal construidos
o localizados en un área no apta para
la edificación”.
—Los desastres naturales, ¿afectan
más a comunidades pobres?
—Absolutamente. Si mira todas las
estadísticas sobre desastres
encontrarás que los que más mueren
y sufren sus efectos son las personas
más pobres. Los grupos sociales más
marginados, como los migrantes. Esto
sucede porque estas personas viven
en condiciones más inseguras, en
zonas sin planificación, sus viviendas
no cuentan con el diseño apropiado.
Además, hay otros factores
preocupantes. Un estudio global del
Banco Mundial encontró que en los
desastres la mortalidad en las mujeres
es superior a la de los hombres. Se
puede exacerbar la desigualdad de
género, están más expuestas a
crímenes, tienen más dificultad para
acceder a ayudas económicas...
Una mujer es auxiliada por miembros de la Secretaría de
Marina para dejar su domicilio en Tula tras las
inundaciones.
MÓNICA GONZÁLEZ
Analiese Richard, profesora de la
Universidad Autónoma Metropolitana
que ha investigado ciclos de
inundación y sequía en el valle de
Tulancingo (Hidalgo), considera que
“el no planear la expansión de las
ciudades es una muestra de la
indiferencia hacia personas pobres y
migrantes, pero también una pérdida
de oportunidades para implementar
estrategias de prevención y de
recuperación de desastres a largo
plazo”. Además, añade otro matiz: los
denominados como desastres “lentos”
—degradación de suelos, cambio
climático o deforestación— afectan
especialmente a poblaciones rurales,
“ya de por sí marginadas, porque
reducen la capacidad de sustento de
sus territorios, y esto los arroja a la
merced del crimen organizado”.
Óscar Adán Castillo, investigador en
la Universidad Intercultural del
Estado de Hidalgo, y Felipe de Alba,
director general del Centro de
Estudios Sociales y de Opinión
Pública, han observado las
consecuencias de los desastres,
especialmente inundaciones, en las
metrópolis mexicanas. De Alba
expone que “hay una construcción
sociológica del desastre que sí afecta
especialmente a los pobres, un perfil
sociológico del afectado”. En el caso
de la ciudad, este fenómeno tiene que
ver con cómo se ha producido el
desarrollo urbano desde la primera
mitad del siglo XX, a través de la
segregación del espacio con la llegada
de grandes flujos de población rural a
las ciudades. “Los pobres no tienen
dinero para vivir en el centro por
altos costes del suelo, y tienden a
poblar la periferia” sintetiza Castillo,
“ahí nace un proceso de invasión,
ocupación e irregularidad, del que el
Estado se mantuvo desapegado,
dando lugar a una serie de
condiciones de vulnerabilidad”.
Prevención o asistencialismo
Uno de los problemas principales es la
falta de prevención ante el desastre.
Solo se atiende a los fenómenos
extremos a posteriori, cuando ya ha
sucedido una tragedia. “Los medios
comunican la consecuencia, no el
riesgo”, expone Castillo. “Se ha
incorporado el discurso de la
resiliencia en las políticas públicas,
pero en términos operativos solo se
responde ante el desastre a través de
prácticas asistencialistas que
favorecen la formación de clientelas
políticas. En ese sentido, hay un
usufructo político del desastre”,
continúa el académico. “Y los pobres
de Ecatepec o Tula no quieren saber
de resiliencia, han aprendido toda la
vida a vivir de la precariedad”,
sentencia. “Es una idea también
racista esa de que el pobre aguanta”,
añade de Alba. Ambos consideran
que el abandono institucional no es
algo exclusivo de un partido o
gobierno, sino que forma parte de un
proceso social y político que viene de
muchos años atrás y afecta en muchos
planos y niveles.
Como ellos opina Irasema Alcántara-
Ayala, parte del departamento de
geografía física de la Universidad
Nacional Autónoma de México y
experta en investigación integral del
riesgo de desastres. En un artículo de
2019, Desastres en México: mapas y
apuntes sobre una historia inconclusa,
Alcántara-Ayala señalaba que algunos
factores de riesgo en la Ciudad de
México tienen su raíz en la conquista
española [1521], cuando “se rompió el
equilibrio con la ‘generosa tierra’ por
la desecación de los lagos de la gran
Tenochtitlán”. “La prevalencia de
visiones centradas en la respuesta a la
emergencia, en lugar de un enfoque
de manejo integral del riesgo de
desastre, es todavía común en
diversas partes del mundo y México
no es la excepción”, continúa el texto.
Conseguir desarrollar una estrategia
de prevención de desastres es algo
complejo, aunque constituye un
objetivo hacia el que caminar, señala
Sandoval Henríquez. “Los desastres
han acompañado siempre a la
humanidad, no podemos evitarlos al
100%, pero tenemos la
responsabilidad como sociedad de
estar preparados, invertir en
infraestructuras, sistemas de alerta
temprana, concienciar sobre los
riesgos… Todas estas cosas pueden
hacer una gran diferencia”. El
problema principal, según este
investigador, es que las decisiones
relacionadas con la prevención están
sometidas a los aspectos económicos.
Además, el cambio climático ha hecho
saltar por los aires los esquemas
previos. “El desarrollo que nos llevó al
cambio climático, el modelo
capitalista y extractivista, genera más
riesgos de lo que los reduce. Hay una
teoría que defiende que a muchos
gobiernos les interesa seguir
llamando a los desastres ‘naturales’,
para no responsabilizarse de las
causas de fondo”, añade.
Las sociedades antiguas culpaban a
los dioses por los desastres. Ahora, se
culpa a la naturaleza. “Pero ya es hora
de que pasemos a responsabilizarnos
de dónde y cómo construimos esos
riesgos”, concluye el académico.
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país
SOBRE LA FIRMA
Alejandro Santos Cid
Reportero en El País México desde
2021. Es licenciado en Antropología
Social y Cultural por la Universidad
Autónoma de Madrid y máster por la
Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS.
Cubre la actualidad mexicana con
especial interés por temas migratorios,
derechos humanos, violencia política y
cultura.
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