Culturas y arte precolombinos de Panamá
Prof. Olmedo A. Guzmán R.
Contexto cultural y geográfico
Aproximadamente once milenios transcurrieron desde que, se estima, llegaron los
primeros seres humanos al continente posteriormente conocido como América, hasta el
primer contacto cultural con los europeos (1492).
Enfocándonos en el istmo de Panamá, aunque la función de éste fue de puente
entre las partes norte y sur del continente americano, también es notable la
heterogeneidad ambiental del estrecho territorio bañado por dos océanos disímiles en
características físicas, y configurado por muchos ríos y valles que facilitan las
comunicaciones en dirección perpendicular a la cordillera, pero las dificulta en sentido
longitudinal.
Si bien todas las sociedades humanas hacen ver su singularidad cultural o étnica a
través del idioma, la vestimenta, los adornos, las creencias religiosas y la conducta social,
el engranaje de estos factores es más imprevisible de lo que aparenta siendo
especialmente difícil de reconstruir con datos arqueológicos y etnohistóricos en un área
como el istmo de Panamá, que desconocía los sistemas de escritura antes de 1501.
Aparentemente, en las regiones central y occidental del istmo, existió una
multiplicidad de idiomas o lenguas de acuerdo con cada cacicazgo o grupo indígena
liderado por un cacique (tales como Natá, Chirú, Escoria y Parita), mientras que en la
región oriental existió una sola lengua, la llamada cueva, posiblemente como lengua
franca usada para transacciones comerciales, o bien en realidad se hablaban varios
idiomas emparentados. En esta área, los caciques más importantes fueron Pocorosa,
Comogre, Careta y Ponca.
Áreas culturales
En Panamá, existen tres áreas culturales precolombinas:
1. Gran Chiriquí: abarcaría las provincias de Chiriquí, Bocas del Toro, y las
comarcas Bri-bri, Naso Teribe y Gnobe-Buglé.
2. Gran Coclé: abarca las provincias centrales de Coclé, Veraguas, Herrera y
Los Santos.
3. Gran Darién: comprende las provincias de Colón, Panamá Oeste,
Panamá, Darién, y las comarcas de Guna Yala, Wargandi, Madugandi y
Emberá-Wounaan. También abarcaría las islas del Archipiélago de las
Perlas y otras islas más pequeñas, como Taboga, Chepillo, Taoguilla y
Otoque, en el golfo de Panamá.
Entre 2300 a 1800 años atrás, se diferencian claramente las tradiciones
artísticas e ideológicas que distinguirán estas tres áreas culturales: comparten
clases de utensilios de piedra como cinceles de basalto y “manos” de molar, con
formas bastante uniformes, mientras que las particularidades de cada una son
notables en cuanto a la cerámica, la orfebrería y en la piedra tallada, medios para
transmitir información simbólica e ideológica a través de imágenes geométricas,
zoomorfas, antropomorfas y quizás, incluso, abstractas.
Gran Chiriquí
En el área cultural del Gran Chiriquí se destaca Barriles, cuyo tiempo de
existencia se estima entre los años 300 y 600 dC, y que es considerada una
cultura precolombina de alto valor arqueológico, nacional e internacional.
Se han encontrado una gran variedad de
figuras esculpidas en roca porosa. Entre éstas,
tenemos: estatuas de caciques llevados en andas
por súbditos, metates rodeados de cabezas
humanas, petroglifos o grabados en piedras en el
que sobresale un mapa que muestra el cráter del
Volcán Barú y que se extiende hasta Punta Burica,
así como líneas que identifican los pasados
asentamientos humanos en ambas vertientes de la cordillera.
Los estudios efectuados por especialistas de las universidades Humbold y
Libre, ambas de Berlín, Alemania, y la de Rosario, Argentina, han revelado restos
de viviendas que evidencian que Sitio Barriles fue habitado antes de la era
cristiana y que, las estatuas, por haber sido halladas debajo de la ceniza de la
última erupción del volcán Barú, han de ser anteriores al
600 dC.
En Sitio Pittí (Cerro Punta), se hallaron restos
carbonizados de una vivienda, cubiertos por ceniza
volcánica, datada en aproximadamente hace 1350 años.
Seguramente ésta fue la última erupción del volcán Barú,
que terminó por despoblar el valle e impulsó a los
damnificados a emigrar posiblemente hacia la costa Caribe, en pequeños
caseríos, tales como Cerro Brujo, en Bocas del Toro.
Debido a la ausencia de
evidencias de comunidades
prehispánicas en las llanuras y
estribaciones de Chiriquí, así como
en su golfo, se piensa que la
temprana trayectoria cultural del
Panamá occidental fue distinta a la
región central.
La cerámica hallada en los
diferentes yacimientos de la provincia de Chiriquí nos revela un engobe rojizo
anaranjado, patas cilíndricas en algunas piezas, además de un modelaje como
animales (zoomorfas) o figuras humanas (antropomorfas), así como decoraciones
consistentes en incisiones arregladas en hileras o bandas, o frecuentemente
delineadas por franjas pintadas en rojo y en ocasiones, cerámica gruesa de color
oscuro, también con motivos incisos.
Por su lado, la cerámica estilo Concepción, en Chiriquí, exhibe un buen
control de la simetría y decoraciones plásticas intrincadas, cerámica bastante
desarrollada, que bien puede ser porque hasta la fecha no se han hallado
vestigios anteriores, o quizás porque estas vasijas fueron introducidas desde
culturas cercanas a la cuenca de algunos ríos hoy en territorio costarricense
(3500-2300 años atrás).
En el extremo oriental de la provincia de Chiriquí se localiza Nancito, sitio
arqueológico donde predominan gigantescas rocas de origen posiblemente
volcánico, en las que se aprecian dibujos cuyo significado y datación son aún
objeto de estudio.
Gran Coclé
Es el área cultural más estudiada, y es la que más vestigios nos ha
proporcionado hasta la actualidad. Hoy, podemos afirmar que los primeros
asentamientos humanos temporales pudieron ser en Cerro Mangote, en la
provincia de Herrera (5000 a.C.), a través de piezas de lítica diversa. Al llegar los
españoles a la región (siglo XVI) ya existía una cantidad notable de cacicazgos.
Otros sitios arqueológicos de esta área son: Parque Arqueológico El Caño,
Sarigua, Cerro Guacamaya, Sitio Sierra, Sitio Conte, Cueva de los Ladrones y
Cueva de los Vampiros.
En palabras de la arqueóloga Julia Mayo, se ha estimado que la cerámica
apareció en esta zona alrededor del año 2500 a.C. y es evidente que la cerámica
de esta región cultural evolucionó en sus técnicas de manufactura, tratamiento de
superficie y decoración,
Entre los variados estilos de cerámica podemos mencionar:
1. Monagrillo (2500-1000 a.C.): su cerámica, si bien pudo haber sido
influenciada por conceptos tecnológicos foráneos, representa una
manifestación autóctona cuyo desarrollo fue bastante prolongado, dado que
restos de esta cerámica se han encontrado hasta fechas muy tardías en
algunos abrigos rocosos coclesanos. El desgrasante empleado es vegetal,
la pasta es muy tosca y no presenta pulido, lo que indica que sus
cualidades tecnológicas y estilísticas son muy primitivas. Las formas se
restringen a escudillas y cuencos sin cuello o apéndices tales como asas o
bases y la decoración, cuando aparece, consiste en zonas pintadas con
bandas de color. Además, no parece haber habido en esos momentos un
cuidado especial a la hora de seleccionar la materia prima, dado que las
vasijas se fabricaban a partir de arcillas locales.
2. El Hiato: parece haber un hiato o limbo en el desarrollo de la secuencia
cerámica entre Monagrillo y La Mula, posiblemente producto de la falta de
estudios cerámicos detallados. Perteneciente a este período se ha descrito
un tipo de cerámica pintada con tres colores localizada en el yacimiento La
Mula-Sarigua (provincia de Herrera), (750-300 a.C.). A estos hallazgos
puntuales podemos sumar los ejemplos de algunas vasijas llamadas
Guacamayo, con decoración incisa y base plana, probablemente una
variedad de tipo ritual, coetánea con parte de la tradición Monagrillo.
3. La Mula (200 a.C-250 d.C.): ollas de pasta fina, muy bien cocidas, de boca
estrecha y cuello alto. Los diseños son tricolores, en negro y rojo sobre un
fondo en tonalidades blancas, naranjas o cremas. Entre ellos cabe destacar
los motivos geométricos lineales, tales como trazados radiales o
circunferenciales y composiciones de líneas intermitentes paralelas
circunferenciales, elementos que penden de líneas, triángulos o triángulos
rectángulos de hipotenusa cóncava anexos a líneas y bandas o espacios en
color rojo entre líneas negras o delineadas por ellas.
4. Aristides-Tonosí (250-550): bicolor de líneas negras sobre un fondo rojo o
bien sobre el color natural de la pasta. Los diseños que incorpora este
grupo consisten en elementos geométricos, bandas radiales paralelas,
triángulos con hipotenusas cóncavas, barras con triángulos suspendidos
por la base, reticulados, festones y cheurones. Por primera vez, las figuras
se disponen en bandas circunferenciales, con lo que se obtiene una división
de los campos figurativos en zonas simétricas, fórmula habitual en los
estilos cerámicos posteriores
5. Tonosí (250-500): presenta importantes diferencias a nivel tecnológico,
dado que en ella se detecta una selección minuciosa de las arcillas, un
estudio más detallado de la composición o distribución de diseños, y una
mejor definición en su trazado; es tricolor y podemos dividirlo según sus
combinaciones cromáticas en Tonosí negro y rojo sobre blanco, y Tonosí
blanco y negro sobre rojo. Los motivos típicamente Tonosí aparecen en
negativo y con bordes finamente delineados. Los diseños geométricos
pueden clasificarse según el espacio figurativo que ocupan: los motivos en
banda, que en la mayoría de los casos funcionan como separadores de
espacios, motivos dispuestos en paneles y que suelen usarse como relleno
de fondo, y por último las representaciones esquemáticas de ciertos
elementos vegetales tales como hojas, árboles, o animales. En cuanto a
sus formas, son muy característicos los cuencos dobles y los arcabúes
(vasos de cuerpo cilíndrico con base de pedestal).
6. Cubitá (550-700): estilo descrito por primera vez por el arqueólogo
costarricense Luis Sánchez (1995) a partir de los resultados del análisis de
una serie de muestras cerámicas de Sitio Cerro Juan Díaz (Los Santos).
Los diseños geométricos comunes son, entre otros, las líneas
circunferenciales en los bordes de las escudillas, los motivos con forma de
«S» que aparecen también en el posterior estilo Conte, las espirales y
algunos elementos de relleno como las cruces, reticulados o hiperboloides,
similares a los de estilo Tonosí. Este es un estilo de transición entre dos
conceptos estéticos distintos:
a) El concepto que parte de la tradición cerámica anterior,
basado en la línea, el geometrismo y la simplicidad de los
diseños, y
b) El concepto estético inmediatamente posterior donde imperará
el diseño complejo a base de líneas curvas, la sobrecarga de
elementos decorativos y la aparición de nuevos colores como
el morado.
7. Conte (700-900): polícroma cuya innovación más destacada es la
introducción del color morado y el hecho de que el negro sirve para perfilar
diseños de otros colores, lo cual no ocurre en los estilos anteriores en los
que se pinta en negro o en negativo, con lo que los
diseños son en realidad los fondos claros del engobe. Se
utilizan el negro y el rojo ladrillo sobre fondo claro y en
ocasiones el negro puede delimitar espacios en morado.
En cuanto a la decoración, aparecen combinados motivos
lineales con elementos zoomorfos y antropomorfos. Se
encuentran aves con las alas desplegadas o animales de
perfil con la cola enroscada, cocodrilos, tortugas e incluso artrópodos tales
como garrapatas o escorpiones.
8. Macaracas (900-1100): Las líneas negras que se usan en el estilo Conte
para delinear las figuras, son en este estilo mucho más delicadas y su
trazado es más firme. La decoración es durante este período
predominantemente curvilínea y siguen en uso los motivos «en guirnalda» o
las «YC» típicas de Conte. Otros diseños son utilizados en este estilo por
primera vez, como es el caso de las «espinas de manta-raya», los rombos,
cheurones (cierto hueso de la cola de reptiles y mamíferos) y ajedrezados,
mientras que los labios de las vasijas se decoran con paneles de colores,
diseño conocido como «serpiente de coral».
9. Parita (1100-1300): se produce un cambio radical con respecto a los dos
estilos precedentes, ya que se generaliza el gusto por los motivos
geométricos dispuestos en paneles y además, las figuras zoomorfas se
configuran a partir de la combinación de un conjunto de elementos
geométricos. Ciertos temas como los saurios pierden protagonismo a favor
de otros diseños como el de la figura híbrida raya-tiburón martillo y las
típicas representaciones de vasijas-efigies del ave llamada comúnmente
“cacicón” (Sarcoramphus papa). Los motivos son abstractos y en general
menos angulosos que en el posterior estilo El Hatillo, si bien es cierto que
las formas de las vasijas responden a modelos naturalista (aves, reptiles,
etc.).
10. El Hatillo (1300-1550): es el estilo de cerámica presente en la región
central al momento de la llegada de los españoles; se aprecia un nuevo giro
a nivel de diseño. Éste pasa a ser rectilíneo y esquemático, lo que da a las
figuras un aspecto lineal y angular. A ello hay que sumar el hecho de que la
pintura morada, que había marcado el inicio del cerámico tardío se pierde,
empleándose tan solo los colores: rojo, negro y blanco. Este estilo presenta
tres variedades “El Hatillo”, “Espalá” y “Jobo”, en las que pueden apreciarse
algunos elementos ya vistos en los estilos precedentes con algunas
variaciones, como las «V» y espirales, o los motivos «en guirnalda» tales
como las «L», elipses y triángulos adosados a líneas. En cuanto a las
formas, siguen siendo muy comunes las vasijas zoomorfas y los platos con
pedestal.
La orfebrería del gran Coclé se destacó por su diseño detallado
zoomorfo y antropomorfo: dijes, aretes, collares, brazaletes, pectorales, eran una
señal inequívoca de distinción social, ya sea guerrreros de alto valor, o chamanes
o líderes políticos; también eran parte de ajuares que acompañarían a los difuntos
en su viaje al más allá. Sus diseños abarcan personajes de importancia y animales
fabulsosos representativos de virtudes admiradas por los humanos.
A través de las técnicas de cera perdida, los orfebres desarrollaron todo tipo
de piezas de oro, muchas veces mezclado con algo de cobre para que la
temperatura de ebullición fuera menor y tomara menos tiempo de preparar.
Gran Darién
Como parte de la región cultural de Gran Darién, en la actual provincia de
Panamá Oeste, se han localizado petroglifos, como en el corregimiento de
Cermeño en Capira (izquierda), Bejuco en Chame, y Barrio Colón, en La Chorrera,
cerca del chorro (derecha). Al igual que en el Gran Chiriquí, su significado es
desconocido y solo podemos especular, dado que las culturas precolombinas del
istmo de Panamá no desarrollaron la escritura, ni mucho menos la rueda, por lo
que no nos dejaron alguna otra referencia o evidencia al respecto.
Al Este, cerca del río Bayano y el lago Alajuela
(provincia de Panamá), se han localizado
puntas Clovis, piezas puntiagudas de roca
para cacería, como utensilio doméstico o como
armas.
Los enterramientos hallados hace algunos años en lo que hoy es el
Conjunto Arqueológico de Panamá Viejo (provincia de Panamá) nos han
demostrado que a lo largo de la costa de la
bahía de Panamá existió, como bien nos
narran las crónicas españolas, una o varias
comunidades de pescadores indígenas, en
cuya lengua cueva, Panamá significaría
“pescaderías” o “abundancia de productos
de mar”. Lo cierto es que menos de tres
siglos después, la cultura indígena local fue absorbida por la española, y sus
miembros dejaron de hablar la lengua cueva, que terminó por extinguirse.
Las vasijas polícromas halladas en esta área hacen pensar en una
semejanza con los estilos Cubitá y Conte Temprano del Gran Coclé, que nos
arroja una datación entre 550 y 850 d.C., producto de los constantes intercambios
comerciales y sociales entre las comunidades de la Bahía de Panamá estimulada
por la importania de los adornos de conchas marinas.
En La Chorrera (Panamá Oeste) se han hallado algunos tiestos de vasijas
simples y restos óseos aislados, lo que indica una tenue presencia indígena, en
medio de algunas “sabanas buenas”. Otros lugares con yacimientos arqueológicos
de igual índole son Perequeté (La Chorrera), Chame y Cerro Cabra (Arraiján). Las
piezas están en exhibición en el museo municipal de La Chorrera.
Se han hallado collares de conchas del género Spondylus, muy apreciado
por las comunidades del golfo de Panamá, que revelan un alto grado social de los
difuntos hallados en Panamá Viejo y otros lugares. También tenemos evidencia de
herramientas de piedra, aguijones de mantarrayas y de bagres, usados como
cuchillos o navajas. Recordemos que las culturas prehispánicas del istmo de
Panamá no conocieron el hierro, para hacer armas blancas.
La agricultura en las tres zonas culturales era de subsistencia, y entre los
productos consumidos además del maíz estaban: la yuca (Manihot esculenta), el
sagú (Maranta arundinacea), el ñampí (Dioscorea trifida), el zapallo (Cucurbita
argyrosperma), y camote (Ipomoea batatas).
Había árboles frutales como el pixvae (Bactris gasipaes), jobo (Spondias
spp.), el caimito (Chrysophyllum caimito), la guava (Inga spp.) y la guayaba
(Psidium guajava).
También eran de uso común las totumas (Crescentia cujete), el achiote
(Bixa orellana) para pintura corporal, y el algodón (Gossypium), cabuya (quizás
Furcraea) y el henequén (Agave) para las redes de caza y pesca.
Bibliografía
Cook y Sánchez: Capítulo I: Panamá Prehispánico. Historia General de
Panamá, Comisión general del centenario de la República, agosto de 2004.
Cook y Sánchez: Capítulo II: Panamá Indígena 1501-1550. Historia General de
Panamá, Comisión general del centenario de la República, agosto de 2004.
Patronato Panamá Viejo: Panamá Viejo, de la aldea a la urbe. 2006.
Torres de Araúz, Reina: Arte Precolombino de Panamá. Instituto Nacional de
Cultura, 1972.