Mejor me callo
Olga Drenen
Le contesté que no podía creerle lo que me contaba, que se dejara de hablar tonteras. Pero
él siguió y siguió con el cuento ese del fantasma.
Ahora que todo el mundo está desesperado, no me atrevo a decirles lo que sé. ¿Qué van a
pensar? Mejor me callo.
Él, Ricardo, que era mi amigo, venía todas las tardes a buscarme para andar en bicicleta.
Casi siempre, los niños de la calle cuando nos veían, nos decían estupideces.
-¡Estás muy linda!
-¡Ídola!
Algunos hasta se tiraban arriba nuestro. Yo ni movía la cabeza; pero él, ¡pobrecito!, se
ponía todo colorado.
Venía todas las tardes hasta que un día, no vino. Me dejó esperando. Estuve mucho rato con
la bicicleta y nada. No apareció.
Bueno, lo reconozco, sí, me dio un poco de rabia, aunque, cuando volví a verlo, tan alto,
con esa sonrisa tan linda que tenía, se me pasó todo. Le brillaban los ojos cuando me
saludaba.
-Ayer te esperé… (le dije).
-¡No sabes lo que me pasó! (me contestó él).
Y me contó que en la esquina de su casa había llegado a vivir una niña y que él, Ricardo,
había estado ayudando a bajar las cosas del camión.
-¡No sabes la que te perdiste! (me dijo), después me dieron muchos dulces.
Y allí mismo, me regaló unos chocolates diciendo que los había guardado para dármelos.
Estaba tan contento que me invitó a ir hasta su casa porque yo no la conocía.
Un rato después, pasamos por una casa de puerta verde.
-¡Mira! Mi papá pintó la muralla (me dijo) y aquí es donde se cambió la niña nueva.
Justo ahí, apareció ella. De pelo castaño, un poco gordita, cuando nos vio, lo saludó muy
contenta. ¿La verdad? No me gustó nada. Tenía un moño rojo en la cabeza y se movía
como un pájaro medio raro. No me gustó, así que cuando pasamos a su casa, le di vuelta la
cara.
Lo mejor de esa tarde fue que los dos nos divertimos mucho. Aunque no todos los días
amanecen con sol.
Pasaron tres tardes, tres. Estoy segura. Las conté. A la cuarta, apareció, serio, como nunca.
Yo también me puse seria cuando lo saludé. No es normal andar dejando que a una la dejen
plantada a cada rato.
Él me hizo una seña para que lo acompañara, entonces, lo seguí mientras pensaba en la niña
nueva… ¡me daba una rabia!.
A los dos minutos, empezaron los alborotos.
-¡Chau, preciosa! ¿No quieres que te llevemos en la bicicleta?
Esa vez, Ricardo ni los miró ni nada. Caminaba con las manos en los bolsillos y la cabeza
mirando abajo, ¿en qué estaría pensando?
-Tengo miedo (dijo de repente).
Le pregunté de qué, pero él no me contestó. Se rió, un poquito triste sin dejar de caminar y
se fue.
Ahora, pienso que si en lugar de quedarme callada, hubiera hablado, tal vez, no andarían
todos así como andan, desesperados y yo no tendría que esconder lo que sé. Después, pasó
mucho tiempo y no nos vimos. Hasta que un día me lo encontré en la panadería de la
esquina. Casi no lo reconocí. Tenía ojos como escondidos, la ropa se le caía de lo grande
que le quedaba.
Le pregunte si estaba enfermo. Él se puso un poco mal, le empezó a temblar la boca y se
tapó la cara con las manos. Ahí, sí que me olvidé del enojo y me senté al lado suyo hasta
que se tranquilizó un poco.
-Me persigue un fantasma (me dijo), yo le solté la risa en la cara. Estaba segura de que me
había encontrado cara de idiota.
-Me persigue un fantasma, te digo (me repitió).
Como insistía, le pedí que me acompañara a mi casa y que me contara allá. Él empezó a
hablar.
-Apenas me quedo solo, se aparece. ¿Puedes creer qué horrible?
Ahora, no me acuerdo muy bien de todo lo que me contó, pero fueron cosas raras, muy
raras. Entre otras cosas, dijo que veía unos pies con zapatos negros que flotaban en el aire y
que escuchaba una voz que lo llamaba y le decía que se lo iba a llevar.
-¿No habrás estado soñando? (le pregunté al final).
Él no sé si me escuchó porque se quedó callado, pensando… me dio pena.
Tan lindo que era y tan triste que se veía…
-Los huesos le crujen cuando se mueve. ¡Te lo juro!
Mientras hablaba, ponía unos ojos que hacían que me acordara a los de la gente esa que sale
en los billetes.
-Nadie lo sabe, solamente tú.
Solamente yo. Y se fue y no volvió.
Ahora que todos dicen que me pasa esto o esto otro y que el médico de aquí o los remedios
de allá, sigo acordándome de él y de la tonta del moño rojo. La verdad es que con tanta
historia, pensaba en él desde que me levantaba hasta que me dormía.
También pensaba en ella… ¡mejor!, ¡total! a mí no me importaba. No tenía que
importarme.
Y si estaba en problemas, ¡que se las arreglara solo!, o que lo ayudara ella, ¿no era tan
buena? Y después de todo, cuando me lo encontrara, también a él le iba a dar vuelta la cara.
Lo más seguro era que andaba inventando tonteras para que yo me olvidara de él. Pero
igual, después, me acordaba del “¡Ayúdame!” que me había dicho y me daba una cosa rara.
Ahora, pienso que si, por lo menos, hubiera hablado en ese momento, si hubiese llamado a
alguien de mi casa para que conversara con él, tal vez, las cosas podrían ser distintas. Claro
que igual, ¿cómo ayudar a un niño que en lo único que pensaba era en fantasmas?
Esa tarde, después de que me contó que se lo quería llevar un fantasma, se fue con esa cara
transparente como agua y la ropa que le colgaba de lo grande que le quedaba.
Y no volví a verlo… eso significa, que no lo vi más. ¡QUE NO LO VI MÁS!, ¡QUE NO
LO VI MÁS!.
Esperé y esperé. Lo extrañé y lo extrañé. Hasta que no aguanté más y fui a buscarlo.
Cuando toqué el timbre de la casa verde, me temblaban las piernas. Abrió una señora y le
pregunté por mi amigo.
-¿Qué Ricardo?
Me quedé fría, según ella, allí no vivía ningún Ricardo.
Ningún Ricardo. Ningún Ricardo ni en la vereda de enfrente, ni en la otra, ni en la cuadra.
Ningún Ricardo. Así que empecé a preguntar por él a los niños de la calle.
-¡Ay, tonta!, ¿qué Ricardo?
¿Cómo que qué Ricardo? El Ricardo, ¡mi amigo!.
Ahora, que todo el mundo me mira desesperado, sé que si hablo, va a ser para peor. Mejor
me callo, y apenas pueda, voy a ir a buscarlo a la casa de la niña nueva, ella seguro que
sabe.
Pero, ahora, no voy a decir nada porque si no, van a empezar otra vez con la historia esa de
que en esa esquina tampoco vive nadie, que es un terreno abandonado.
Van a decirme que la termine con Ricardo y con la niña del moño, que no existen. Mejor no
digo nada. Mejor no digo lo de los zapatos negros que veo flotando en el aire, ni de los
huesos que crujen. Mejor, no les digo que de noche, alguien que tiene la voz de Ricardo me
llama y me llama.
Mejor no digo nada. Sí, mejor, me callo…
Manos
Elsa Bornemann
Manos, de Elsa Bornemann
Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia "de miedo"
cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano.
Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o
Junín o Santa Lucía... No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal
acontecimiento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo
que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña
sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos.
— ¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a
esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo
cuento otra vez a cambio de tu promesa...
Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de
que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde
cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que
sospecho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y
otra vez.
Y una y otra vez la conté yo misma —años después— a mis propios "sobrinhijos" así como —
ahora— me dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o
mi hijo y me pidieras:
—¡Dale, tía; dale, mami, un cuento "de miedo"!
Y bien. Aquí va:
Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas.
No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios
de las clases. Unas veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas.
De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la
familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad.
¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al
anochecer...
Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de
las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque
la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de
zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.
Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de
buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de "tap"1. Las chicas lo sabían y por
eso le habían insistido para que bailara con ellas.
— ¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la
abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada.
La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y
no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la
anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se
ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la
función casera de zapateo americano.
Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los
árboles.
Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones.
La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que
Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de "tap" y la abuela se
quedara exhausta y muy acalorada.
Pronto, todos se retiraron a sus cuartos.
Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la
función.
Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada
oportunidad que pasaban en esa casa.
Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el
parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque
no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo
todo). En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y
separadas por sólidas mesas de luz.
En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la
derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana.
En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía protegida por sus
amigas.
Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Terminaba
de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía:
—La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del
pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que
no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.
¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas
como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después
de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se
agregó el miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que —finalmente— había decidido
desmelenarse sobre la noche.
Truenos y rayos que conmovían el corazón.
Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas.
El viento, volcándose como pocas veces antes.
— ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.
Las otras dos también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud.
Martina trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador.
Camila hizo lo mismo.
La cama de Oriana fue —entonces— la más iluminada de las tres ya que —al estar en el medio de
las otras— recibía la luz directa de dos veladores.
—No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo
ella también con sus propios argumentos.
—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila.
Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas
— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes.
Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las
jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con
tornarse inacabable.
Las luces se apagaron de golpe.
— ¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —
y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas.
Sólo encontró las manos de sus amigas, haciendo lo propio.
— ¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.
— ¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.
Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en el cielo y nada allí —en la casa—
donde tanto se la necesitaba en esos momentos...
Oriana se echó a llorar, desconsolada.
— ¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y
velas! ¡O una linterna!
—"¡Hay que!" "¡Hay que!" ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—.
Yo, ¡ni loca!
— ¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo
también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos,
¿recuerdan?
Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.
—Buaaaah... ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas...
Sean buenitas... Buaaah...
Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y
se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una hermana mayor.
—Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila... Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa
para no tener más miedo, ¿sí? — ¿Q--ué..? —balbuceó Oriana.
—¿Qué cosa? —Camila también se mostró interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el
temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación:
—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera,
hasta darnos las manos.
Enseguida, lo hicieron.
Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y
abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.
— ¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.
—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados...
—En cambio, nosotras... —completó Martina— sólo con una mano...
Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus
miedos.
Al rato, todas dormían.
Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.
Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en
cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo
estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la
abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden.
¡Qué alegría!
—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el
desayuno en la cama, para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían
pasado. —No tan valientes, señora... Al menos, yo no... —susurró Oriana, algo avergonzada por
su comportamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos... Tras
esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse
demasiado.
Entonces, las tres amiguitas les contaron:
—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora...
—Estirarnos los brazos así, como ahora...
—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora...
¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no
se libraron ni los padres ni la abuela.
Resulta que por más que se esforzaron —estirando los brazos a más no poder— sus manos
infantiles no llegaban a rozarse siquiera.
¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las
chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos!
Sin embargo, las tres habían —realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras,
no bien llevaron a la acción la propuesta de Martina.
— ¿Las manos de quién??? —exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus
propios sentimientos de horror.
— ¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de
ambas manos!
Manos.
Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al
encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí.
Manos humanas.
Manos espectrales.
(Acaso ——a veces, de tanto en tanto— los fantasmas también tengan miedo... y nos necesiten...)
LA MANO
Guy Maupassant
Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el
misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París.
Nadie entendía nada del asunto.
El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, discutía las
distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión.
Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con los ojos clavados en
la boca afeitada del magistrado, de donde salían las graves palabras. Se estremecían, vibraban,
crispadas por su miedo curioso, por la ansiosa e insaciable necesidad de espanto que atormentaba
su alma; las torturaba como el hambre.
Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante un silencio: -Es horrible. Esto roza lo
sobrenatural. Nunca se sabrá nada.
El magistrado se dio la vuelta hacia ella: -Sí, señora es probable que no se sepa nunca nada. En
cuanto a la palabra sobrenatural que acaba de emplear, no tiene nada que ver con esto. Estamos
ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, tan bien envuelto en
misterio que no podemos despejarle de las circunstancias impenetrables que lo rodean.
Pero yo, antaño, tuve que encargarme de un suceso donde verdaderamente parecía que había
algo fantástico. Por lo demás, tuvimos que abandonarlo, por falta de medios para esclarecerlo.
Varias mujeres dijeron a la vez, tan de prisa que sus voces no fueron sino una: -¡Oh! Cuéntenoslo.
El señor Bermutier sonrió gravemente, como debe sonreír un juez de instrucción. Prosiguió: -Al
menos, no vayan a creer que he podido, incluso un instante, suponer que había algo sobrehumano
en esta aventura. No creo sino en las causas naturales. Pero sería mucho más adecuado si en vez
de emplear la palabra sobrenatural para expresar lo que no conocemos, utilizáramos simplemente
la palabra inexplicable. De todos modos, en el suceso que voy a contarles, fueron sobre todo las
circunstancias circundantes, las circunstancias preparatorias las que me turbaron. En fin, éstos son
los hechos:
«Entonces era juez de instrucción en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca que se extiende al borde
de un maravilloso golfo rodeado por todas partes por altas montañas.
«Los sucesos de los que me ocupaba eran sobre todo los de vendettas. Los hay soberbios,
dramáticos al extremo, feroces, heroicos. En ellos encontramos los temas de venganza más bellos
con que se pueda soñar, los odios seculares, apaciguados un momento, nunca apagados, las
astucias abominables, los asesinatos convertidos en matanzas y casi en acciones gloriosas. Desde
hacía dos años no oía hablar más que del precio de la sangre, del terrible prejuicio corso que obliga
a vengar cualquier injuria en la propia carne de la persona que la ha hecho, de sus descendientes y
de sus allegados. Había visto degollar a ancianos, a niños, a primos; tenía la cabeza llena de
aquellas historias.
«Ahora bien, me enteré un día de que un inglés acababa de alquilar para varios años un pequeño
chalet en el fondo del golfo. Había traído con él a un criado francés, a quien había contratado al
pasar por Marsella.
«Pronto todo el mundo se interesó por aquel singular personaje, que vivía solo en su casa y que no
salía sino para cazar y pescar. No hablaba con nadie, no iba nunca a la ciudad, y cada mañana se
entrenaba durante una o dos horas en disparar con la pistola y la carabina.
«Se crearon leyendas entorno a él. Se pretendió que era un alto personaje que huía de su patria
por motivos políticos; luego se afirmó que se escondía tras haber cometido un espantoso crimen.
Incluso se citaban circunstancias particularmente horribles.
«Quise, en mi calidad de juez de instrucción, tener algunas informaciones sobre aquel hombre;
pero me fue imposible enterarme de nada. Se hacía llamar sir John Rowell.
«Me contenté pues con vigilarle de cerca; pero, en realidad, no me señalaban nada sospechoso
respecto a él.
«Sin embargo, al seguir, aumentar y generalizarse los rumores acerca de él, decidí intentar ver por
mí mismo al extranjero, y me puse a cazar con regularidad en los alrededores de su dominio.
«Esperé durante mucho tiempo una oportunidad. Se presentó finalmente en forma de una perdiz
a la que disparé y maté delante de las narices del inglés. Mi perro me la trajo; pero, cogiendo en
seguida la caza, fui a excusarme por mi inconveniencia y a rogar a sir John Rowell que aceptara el
pájaro muerto.
«Era un hombre grande con el pelo rojo, la barba roja, muy alto, muy ancho, una especie de
Hércules plácido y cortés. No tenía nada de la rigidez llamada británica, y me dio las gracias
vivamente por mi delicadeza en un francés con un acento de más allá de la Mancha. Al cabo de un
mes habíamos charlado unas cinco o seis veces.
«Finalmente una noche, cuando pasaba por su puerta, le vi en el jardín, fumando su pipa, a
horcajadas sobre una silla. Le saludé y me invitó a entrar para tomar una cerveza. No fue necesario
que me lo repitiera.
«Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa; habló con elogios de Francia, de Córcega, y
declaró que le gustaba mucho esta país, y este costa.
«Entonces, con grandes precauciones y como si fuera resultado de un interés muy vivo, le hice
unas preguntas sobre su vida y sus proyectos. Contestó sin apuros y me contó que había viajado
mucho por Africa, las Indias y América. Añadió riéndose: -Tuve mochas avanturas, ¡oh! yes.
«Luego volví a hablar de caza y me dio los detalles más curiosos sobre la caza del hipopótamo, del
tigre, del elefante e incluso la del gorila.
«Dije: -Todos esos animales son temibles.
«Sonrió: -¡Oh, no! El más malo es el hombre.
«Se echó a reír abiertamente, con una risa franca de inglés gordo y contento: -He cazado mocho al
hombre también.
«Después habló de armas y me invitó a entrar en su casa para enseñarme escopetas con
diferentes sistemas.
«Su salón estaba tapizado de negro, de seda negra bordada con oro. Grandes flores amarillas
corrían sobre la tela oscura, brillaban como el fuego. Dijo: -Eso ser un tela japonesa.
«Pero, en el centro del panel más amplio, una cosa extraña atrajo mi mirada. Sobre un cuadrado
de terciopelo rojo se destacaba un objeto rojo. Me acerqué: era una mano, una mano de hombre.
No una mano de esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra reseca, con uñas amarillas, los
músculos al descubierto y rastros de sangre vieja, sangre semejante a roña, sobre los huesos
cortados de un golpe, como de un hachazo, hacia la mitad del antebrazo.
«Alrededor de la muñeca una enorme cadena de hierro, remachada, soldada a aquel miembro
desaseado, la sujetaba a la pared con una argolla bastante fuerte como para llevar atado a un
elefante.
«Pregunté: -¿Qué es esto?
«El inglés contestó tranquilamente: -Era mejor enemigo de mí. Era de América. Ello había sido
cortado con el sable y arrancado la piel con una piedra cortante, y secado al sol durante ocho días.
¡Aoh, muy buena para mí, ésta.
«Toqué aquel despojo humano que debía de haber pertenecido a un coloso. Los dedos,
desmesuradamente largos, estaban atados por enormes tendones que sujetaban tiras de piel a
trozos. Era horroroso ver esa mano, despellejada de esa manera; recordaba inevitablemente
alguna venganza de salvaje.
«Dije: -Ese hombre debía de ser muy fuerte.
«El inglés dijo con dulzura: -Aoh yes; pero fui más fuerte que él. Yo había puesto esa cadena para
sujetarle.
«Creí que bromeaba. Dije: -Ahora esta cadena es completamente inútil, la mano no se va a
escapar.
«Sir John Rowell prosiguió con tono grave: -Ella siempre quería irse. Esa cadena era necesario.
«Con una ojeada rápida, escudriñé su rostro, preguntándome: "¿Estará loco o será un bromista
pesado?"
«Pero el rostro permanecía impenetrable, tranquilo y benévolo. Cambié de tema de conversación
y admiré las escopetas.
«Noté sin embargo que había tres revólveres cargados encima de unos muebles, como si aquel
hombre viviera con el temor constante de un ataque.
«Volví varias veces a su casa. Después dejé de visitarle. La gente se había acostumbrado a su
presencia; ya no interesaba a nadie.
«Transcurrió un año entero; una mañana, hacia finales de noviembre, mi criado me despertó
anunciándome que Sir John Rowell había sido asesinado durante la noche.
«Media hora más tarde entraba en casa del inglés con el comisario jefe y el capitán de la
gendarmería. El criado, enloquecido y desesperado, lloraba delante de la puerta. Primero
sospeché de ese hombre, pero era inocente.
«Nunca pudimos encontrar al culpable.
«Cuando entré en el salón de Sir John, al primer vistazo distinguí el cadáver extendido boca arriba,
en el centro del cuarto.
«El chaleco estaba desgarrado, colgaba una manga arrancada, todo indicaba que había tenido
lugar una lucha terrible.
«¡E1 inglés había muerto estrangulado! Su rostro negro e hinchado, pavoroso, parecía expresar
un espanto abominable; llevaba algo entre sus dientes apretados; y su cuello, perforado con cinco
agujeros que parecían haber sido hechos con puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.
«Un médico se unió a nosotros. Examinó durante mucho tiempo las huellas de dedos en la carne y
dijo estas extrañas palabras: -Parece que le ha estrangulado un esqueleto.
«Un escalofrío me recorrió la espalda y eché una mirada hacia la pared, en el lugar donde otrora
había visto la horrible mano despellejada. Ya no estaba allí. La cadena, quebrada, colgaba.
«Entonces me incliné hacia el muerto y encontré en su boca crispada uno de los dedos de la
desaparecida mano, cortada o más bien serrada por los dientes justo en la segunda falange.
«Luego se procedió a las comprobaciones. No se descubrió nada. Ninguna puerta había sido
forzada, ni ninguna ventana, ni ningún mueble. Los dos perros de guardia no se habían
despertado.
«Ésta es, en pocas palabras, la declaración del criado:
«Desde hacía un mes su amo parecía estar agitado. Había recibido muchas cartas, que había
quemado a medida que iban llegando.
«A menudo, preso de una ira que parecía demencia, cogiendo una fusta, había golpeado con furor
aquella mano reseca, lacrada en la pared, y que había desaparecido, no se sabe cómo, en la misma
hora del crimen.
«Se acostaba muy tarde y se encerraba cuidadosamente. Siempre tenía armas al alcance de la
mano. A menudo, por la noche, hablaba en voz alta, como si discutiera con alguien.
«Aquella noche daba la casualidad de que no había hecho ningún ruido, y hasta que no fue a abrir
las ventanas el criado no había encontrado a sir John asesinado. No sospechaba de nadie.
«Comuniqué lo que sabía del muerto a los magistrados y a los funcionarios de la fuerza pública, y
se llevó a cabo en toda la isla una investigación minuciosa. No se descubrió nada.
«Ahora bien, tres meses después del crimen, una noche, tuve una pesadilla horrorosa. Me pareció
que veía la mano, la horrible mano, correr como un escorpión o como una araña a lo largo de mis
cortinas y de mis paredes. Tres veces me desperté, tres veces me volví a dormir, tres veces volví a
ver el odioso despojo galopando alrededor de mi habitación y moviendo los dedos como si fueran
patas.
«Al día siguiente me la trajeron; la habían encontrado en el cementerio, sobre la tumba de sir
John Rowell; le habían enterrado allí, ya que no habían podido descubrir a su familia. Faltaba el
índice.
«Ésta es, señoras, mi historia. No sé nada más.
Las mujeres, enloquecidas, estaban pálidas, temblaban. Una de ellas exclamó: -¡Pero esto no es
un desenlace, ni una explicación! No vamos a poder dormir si no nos dice lo que según usted
ocurrió.
El magistrado sonrió con severidad: -¡Oh! Señoras, sin duda alguna, voy a estropear sus terribles
sueños. Pienso simplemente que el propietario legítimo de la mano no había muerto, que vino a
buscarla con la que le quedaba. Pero no he podido saber cómo lo hizo. Este caso es una especie de
vendetta.
Una de las mujeres murmuró: -No, no debe de ser así.
Y el juez de instrucción, sin dejar de sonreír, concluyó: -Ya les había dicho que mi explicación no
les gustaría.