La Paz de Dios
La Paz de Dios
Confiemos en Dios, disfrutemos de la paz que Él le puede dar a sus hijos, esa
paz significa tranquilidad, confianza. No desmayemos ante las malas noticias
ni ante los problemas. El salmo 112 habla de lo feliz que es una persona que
guarda la palabra de Dios. Salmo 112:1 Salmo 112:7 No será afectado por
malas noticias.
Ocho verdades bíblicas sobre la paz de Dios
Salvador Gomez Dickson (ver sitio)
La Paz de Dios
Dios es el ser más seguro del universo. No sólo por la seguridad objetiva que posee—nada le
puede vencer o destruir. No tiene que poner cerrojos ni sacar seguro médico. Él también
experimenta la mayor seguridad subjetiva que se pueda experimentar. No tiene sustos ni
espantos, ningún temor al futuro, disfruta de satisfacción plena y de contentamiento y gozo
perpetuos. Vive en el disfrute total de la paz—el ser más seguro del universo.
El tema del que quiero hablarles es el tema de la paz. Y aunque quiero hablar de la “paz de
Dios”, en realidad quiero hablar de la “paz de Dios en nosotros.” La paz de Dios debe venir a ser
la paz de Dios en nosotros.
Todos quieren vivir en paz: disfrutar de una vida libre de conflictos y problemas. ¿Qué evoca la
palabra “paz” para ti? ¿Bienestar? ¿Satisfacción? ¿libertad de perturbaciones y preocupaciones?
¿prosperidad? ¿tranquilidad? ¿salud? ¿cero conflictos? ¿descanso? Todas estas cosas están
incluidas en el uso que generalmente se ha dado al término. De hecho, cuando estudiamos el AT
podemos observar la importancia que el término tenía para las personas. El Shalom de Dios era
algo muy anhelado y esperado. Estaba incluido en el saludo tradicional entre las personas.
Todavía al día de hoy judíos y musulmanes usan la expresión “la paz sea contigo.”
“Y habitará el juicio en el desierto, y en el campo fértil morará la justicia. Y el efecto de la
justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará
en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo.” (Isaías 32:16–18, RVR60
)
La manera en que quiero desarrollar esta meditación es haciendo varias declaraciones con
respecto al tema derivadas de las Escrituras.
1. Dios se describe a sí mismo como un Dios de paz.
· “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y
cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Tes. 5:23,
RVR60 )
· “Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro
Señor Jesucristo sea con vosotros.” (Rom. 16:20, RVR60 )
· “Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos,”
(1 Cor. 14:33, RVR60 )
· “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz
estará con vosotros.” (Fil. 4:9, RVR60 )
· “Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera. El Señor sea con todos
vosotros.” (2 Tes. 3:16, RVR60 )
· “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de
las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su
voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la
gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (Hebreos 13:20–21, RVR60 )
· “Y el Dios de paz sea con todos vosotros. Amén.” (Rom. 15:33, RVR60 )
Estamos más acostumbrados a escuchar que “Dios es amor”. Pero como pueden observar, la
Biblia enfatiza que nuestro Dios es paz. Es un Dios de paz, caracterizado por la paz. El mismo
experimenta paz. Es la fuente de la paz.
2. Nuestro Mesías es identificado como “Príncipe de paz.”
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará
su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” (Isaías 9:6,
RVR60 )
Hay varias profecías que hacen referencia al reino de paz que Cristo traerá. En su primera
venida hizo la obra que nos concede la paz con Dios, que nos garantiza la experiencia de la paz
interior y de conciencia. En su segunda venida nos proveerá de la paz circunstancial aun. Por fin
habrá verdadera paz, reposo y descanso, seguridad y salud, plenitud de gozo y alegría.
Sólo Él en su venida será el autor de la paz mundial. Es ilusorio esperarla antes.
Obviamente, esta designación de nuestro Salvador nos impone la obligación de ser nosotros
también entes de paz: propiciadores tanto de la paz relacional como de la paz personal.
3. El mensaje con que Dios nos alcanzó y que debemos predicar es un “evangelio de
paz.”
· “Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de
Jesucristo; éste es Señor de todos.” (Hechos 10:36, RVR60 )
· “Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que
estaban cerca;” (Ef. 2:17, RVR60 )
· “Y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.” (Ef. 6:15, RVR60 )
· “¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies
de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Rom. 10:15, RVR60 )
“Nos encargó el mensaje de la reconciliación” (2 Cor. 5:19 ).
4. Dios es la fuente de nuestra paz.
“Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera. El Señor sea con todos vosotros.”
(2 Tes. 3:16, RVR60 )
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha
confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los
siglos.” (Isaías 26:3–4, RVR60 )
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda
oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,
guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” (Fil. 4:6–7, RVR60 )
5. La obra de Cristo garantiza nuestra paz con Dios y nuestra paz personal.
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo;” (Rom. 5:1, RVR60 )
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra
paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isaías 53:5, RVR60 )
La Biblia dice que no hay paz para los impíos (Is. 57:21 ). Éramos enemigos de Dios,
dirigiéndonos a una condenación eterna. Pero Cristo nos rescató, nos redimió. Nos trajo a una
nueva relación con Dios.
“Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de
separación,” (Ef. 2:14, RVR60 )
La obra de Cristo nos abrió las puertas, para que aún nosotros los gentiles seamos hoy
recipientes de las misericordias del Señor. Al recordar la muerte del Señor hacemos bien en
recordar que por medio de su muerte hoy tenemos paz con Dios y hemos sido aceptados en su
presencia. Aquellos que estaban lejos fueron hechos cercanos.
Hoy gozamos de paz de conciencia por su sangre derramada.
“Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a
los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual
mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras
conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:13–14, RVR60 ) [Ver
10:22]
Pero Cristo también es la fuente de nuestra paz interior.
“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero
confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33, RVR60 )
¿En quién está nuestra paz? “Para que en mí tengáis paz.” Nuestra paz con Dios está anclada en
Cristo.
6. La obra del Espíritu en el creyente es propiciadora de la paz relacional.
Dios hace las paces con nosotros y convierte a sus hijos en embajadores de paz.
Los seguidores del Príncipe de paz son hechos pacificadores.
· “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5:9,
RVR60 )
· “Pedid por la paz de Jerusalén; Sean prosperados los que te aman. Sea la paz dentro de tus
muros, Y el descanso dentro de tus palacios. Por amor de mis hermanos y mis compañeros Diré
yo: La paz sea contigo.” (Salmo 122:6–8, RVR60 )
· “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.” (Rom.
12:18, RVR60 )
· “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu
Santo. Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres. Así
que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación.” (Rom. 14:17–19, RVR60
)
· “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que
fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los
otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz;” (Ef. 4:1–3,
RVR60 )
· “Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los
que de corazón limpio invocan al Señor.” (2 Tim. 2:22, RVR60 )
· “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la
sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de
misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra
en paz para aquellos que hacen la paz.” (Sant. 3:16–18, RVR60 )
El fruto del Espíritu es… paz (Gál. 5:22 ).
7. La vida de fe es conducente a la paz interior.
Nuestras preocupaciones y temores revelan nuestra desconfianza en Dios.
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha
confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los
siglos.” (Isaías 26:3–4, RVR60 )
Esta es una paz verdadera, completa. Dios hace algo aquí: Él es quien guarda en completa paz.
Pero hay algo que hacemos: perseverar en Él con nuestros pensamientos. Debemos confiar en
Él, tener fe. A veces creemos más en nuestros problemas que en Dios. Debemos confiar en él
perpetuamente porque en Él está la fortaleza de los siglos.
“Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza
por el poder del Espíritu Santo.” (Rom. 15:13, RVR60 )
8. La paz de Dios es diferente a la del mundo.
No la doy como el mundo la da.
· “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro
corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27, RVR60 )
Observen que Cristo no estaba prometiendo a sus discípulos que iban a estar libres de
problemas. Lo que los apóstoles experimentaron luego de la ascensión del Señor fue todo lo
contrario. Tuvieron que confrontar muchas aflicciones y dificultades, persecuciones y
tribulaciones, pero tenían la paz de Cristo en sus corazones.
Sobrepasa todo entendimiento.
· “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda
oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,
guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” (Fil. 4:6–7, RVR60 )
Sobrepasa todo entendimiento porque el creyente puede tener paz en condiciones en las que las
personas sin Cristo se vuelven locas y se desesperan. La paz del creyente no es normal; es algo
celestial. Es la paz de Cristo. La paz de Cristo es real en medio de los problemas.
Conclusión:
a) Da gracias a Dios por su paz: paz con Él, paz interior, paz con otros. Da gracias a Dios
por Cristo, porque sin su obra la paz sería imposible, porque no hay paz para los impíos.
b) Pide a Dios que te haga pacificador.
c) Pide a Dios que aumente tu confianza y fe en Él. Pídele que guarde tu corazón en
completa paz.
Y la paz de Dios… - Predicacion
En más de una ocasión les he dicho que uno de los beneficios más gloriosos que los cristianos
obtenemos es la paz. Esto es algo que muchos no logran entender, y la razón principal por esto es
porque cuando se habla de la paz, las personas tienden a pensar acerca de este tema desde un
punto de vista mundano. En otras palabras, las personas piensan que para tener paz hay que
tener control sobre las cosas, o la habilidad de manipular situaciones para que todo sea
beneficioso. Y es por eso que existen tantos que buscan obtener paz en su vida a través de
posesiones materiales, el dinero, las posiciones sociales, y tantas otras cosas que piensan que les
traerá paz y estabilidad.
Los gobiernos buscan la paz a través de poseer armas poderosas, grandes ejércitos, equipos de
destrucción masivas, y todas las demás maquinarias de guerra que existen. También buscan
controlar la población estableciendo leyes y estatutos que restringen, y hasta en ocasiones nos
niegan, los derechos humanos que Dios nos ha entregado. Pero la realidad de todo es que la paz
que tantos anhelan nunca podrá ser hallada en ninguna de estas cosas.
Pero, si la paz no puede ser encontrada en ninguna de estas cosas, ¿cómo y dónde la podemos
encontrar? Este será el tema de nuestro estudio bíblico en el día de hoy. Continuemos ahora con
la predicación para descubrir cómo y dónde podemos obtener la paz que tantos necesitamos.
Filipenses 4:6-7 - Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de
Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. 7Y la paz de Dios, que sobrepasa todo
entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Cuando buscamos la definición de la palabra paz en el diccionario [1], encontramos que esta
pequeña palabra es usada en mayor parte para describir la “relación mutua de quienes no están en
guerra”; sin embargo, también encontramos que es usada para describir: “virtud que pone en el
ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y las pasiones”; y en esta porción de la
definición es en la que basaremos nuestro estudio bíblico de hoy. Digo que basaremos la
predicación de hoy en esta porción de la definición porque la palabra clave de la definición según el
diccionario es “ánimo”, y esta palabra se define como: “alma o espíritu en cuanto es principio de la
actividad humana.” ¿Por qué les he dicho todo esto?
Les he dicho todo esto porque deseo claramente establecer que la paz de la que estaremos
tratando en esta predicación es la paz espiritual. ¿Por qué es la paz espiritual de tanta
importancia? La razón es fácil, sin la paz espiritual las personas nunca lograran obtener ningún
otro tipo de paz. Así que manteniendo lo que les he mencionado en mente continuemos ahora con
nuestra predicación.
Lo primero que encontramos aquí es que se nos dice: “…Por nada estéis afanosos, sino sean
conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias…”
En realidad este pequeño versículo responde parte de nuestra pegunta inicial. Examinemos estos
dos puntos con más detalle para que me entiendan bien.
Ahora pregunto, ¿cuál fue una de las causas principales de la Segunda Guerra Mundial? Según
los historiadores, una de las causas principales fue cuando Alemania invadió y reconquisto los
territorios que había perdido al firmar el Tratado de Versalles en el 1919, el cual le dio final a la
Primera Guerra Mundial. Aunque en los años después de la ratificación, el Tratado de Versalles
fue revisado y modificado varias veces, sobre todo en favor de Alemania. Y a pesar de que
numerosas concesiones fueron hechas a Alemania antes de que Adolf Hitler asumiera el poder, en
1938 los artículos de liquidación territoriales permanecían en efecto [3]. Y es por eso que los
historiadores atribuyen como una de las causas del inicio de la Segunda Guerra Mundial, al hecho
de que Alemania había violado las condiciones del tratado cuando reconquisto el territorio que
había perdido al firmar el Tratado de Versalles.
Pero aunque todo esto que les he citado es correcto desde un punto de vista histórico, les puedo
afirmar que lo que causo la Segunda Guerra Mundial no fue algo tan simple como la violación de
un tratado, sino que fue la ambición desordenada de un hombre, (inspirada y respaldada por el
diablo), de controlar el mundo entero. Y si meditamos en estos eventos por un instante, creo que
todos llegaremos a la conclusión de que casi todas, sino todas las guerras y conflictos armados
han sido causadas por la ambición desordenada de los gobiernos de controlarlo todo. Y les puedo
decir que el gobierno que tenemos en este país en la actualidad, lenta y cautelosamente está
tratando de controlar y manipular todo aspecto de nuestra vida, pasando leyes y enmiendas que
restringen nuestros derechos constitucionales, y los derechos que Dios nos ha entregado. Pero
bueno, no quiero profundizar en este tema en el día de hoy, esto será otro tema para otro día; así
que hasta aquí con los gobiernos y la clase de historia. Pero, ¿qué de la familia y nuestra vida
personal?
Algo que he repetido, y continuare repitiendo por el resto de mi vida es que la oración es
imprescindible en la vida cristiana. Pero desdichadamente, la oración es lo primero que con
frecuencia dejamos de hacer. Esto es algo que sucede porque nos afanamos tanto con el diario
vivir y nuestras necesidades cotidianas, que se nos olvida por completo lo que encontramos en
Romanos 8:6 cuando leemos: “…Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del
Espíritu es vida y paz…”
Ahora bien, con esto no les estoy diciendo ni implicando que nos desocupemos por completo de
nuestro sustento, y nuestras necesidades cotidianas. Decirles esto sería algo completamente
irresponsable. Yo no les estoy diciendo ni implicando que nos quedemos sentados en nuestra
casa a esperar que Dios nos traiga los víveres, pague nuestra renta, nos compre la ropa y calzado
y demás. Como les dije, decir o implicar esto sería algo completamente irresponsable. Claro está
en que como cabeza de familia, todos debemos buscar darle a nuestra familia lo mejor que esté a
nuestro alcance, pero lo que no podemos permitir es que nuestra vida espiritual, y nuestra relación
con Dios sufra debido a esto.
Así que lo que si les estoy diciendo es que como verdaderos cristianos lo que primeramente
debemos, y tenemos que buscar es la presencia de Dios en nuestra vida, y todo lo demás Dios nos
lo entregara. Esto es algo que el Señor nos dice claramente en Mateo 6:32-33 cuando leemos: “…
Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis
necesidad de todas estas cosas. 33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y
todas estas cosas os serán añadidas….” Dile a la persona que tienes a tu lado: busca de Dios.
Continuemos ahora con nuestro estudio bíblico para descubrir la respuesta a la segunda parte de
nuestra pregunta inicial.
En Juan 14:27 encontramos que el Señor nos dice: “…La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la
doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo…” Y quiero que nos
fijemos muy bien en que aquí el Señor nos dice: “…yo no os la doy como el mundo la da…” ¿Por
qué quiero que nos fijemos en este detalle? Deseo que nos fijemos en este detalle porque la paz
que el mundo ofrece es el concepto de la ausencia de conflictos, pero la realidad de todo es que
como cristianos fieles, los conflictos y tribulaciones no desaparecerán de nuestra vida.
Como les he dicho en otras ocasiones, si los problemas y dificultades desaparecieran de la vida de
una persona con solamente aceptar a Cristo, todos en el mundo fueran cristianos, ya que tanto
creyentes como no creyentes desean vivir sin dificultades y problemas. Pero lo que el cristiano
tiene que el resto del mundo no, es la promesa de Dios que nos dice que a pesar de lo que
podamos atravesar, cuando confiamos en Cristo, Él nos entrega la victoria. Fíjense bien como lo
dice el Señor en Juan 16:33 cuando leemos: “…Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis
paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo….” Dile a la persona
que tienes a tu lado: Cristo venció por ti.
Hermanos, y esta es la: “…paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento…” Esta es la paz
espiritual que Dios le entrega a todo cristiano fiel. La paz que Dios nos entrega no es que no
tengamos preocupación alguna, no es que no tengamos problemas, o que no tengamos que pasar
tribulaciones. La paz que Dios nos entrega no es la ausencia de conflictos, pero cuando confiamos
en Dios y Sus promesas, dentro de esas situaciones siempre encontraremos la paz de Dios [4].
Para concluir. Ahora debemos preguntarnos, ¿por qué existen tantos cristianos que no logran
alcanzar la paz que Dios nos entrega? La razón principal por la que tantos no alcanzan la paz que
Dios nos entrega es porque muchos no entienden el significado de la palabra paz.
Nunca nos olvidemos que como cristianos fieles nosotros no podemos ver las cosas desde un
punto de vista mundano, sino que tenemos que mirar las cosas desde un punto de vista espiritual.
Así que recordemos que la paz no es la ausencia de conflictos, la paz es nuestra absoluta
confianza en Dios.
¿Te sientes hoy atribulado y cansado de batallar? ¿Te sientes hoy preocupado y angustiado por
las situaciones que te rodean? Entonces escucha hoy que el Señor te dice: “…Venid a mí todos
los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar…” (Mateo 11:28).
Deja de preocuparte y afanarte con las cosas de este mundo; deja de angustiarte por las cosas que
te rodean; deja de buscar la paz en las riquezas y los bienes materiales, y busca de Dios.
Recuerda que: “Mejor es un bocado seco, y en paz, Que casa de contiendas llena de
provisiones…” (Proverbios 17:1).
ES el feliz privilegio de cada verdadero creyente en Cristo el gozar de paz con Dios. Esto no
significa que cada creyente goce de ella, pero sí que es posible para cada uno de nosotros poseer
una paz sólida y firme con Dios por lo que respecta a nuestros pecados. ¿No es este pensamiento
suficiente para hacer que nuestros corazones ardan con fervor para poseer y gozar de esta gran
bendición? Que el Señor nos ayude en nuestra consideración de esta cuestión.
A veces oímos acerca de «paz verdadera» y «paz falsa». ¿Qué significan estos términos?
Es de temer que una gran cantidad de personas en esta ciudad están pasando sus vidas en
una falsa paz, esto es, una paz que surge de la indiferencia. Habitan en el paraíso de los
insensatos, y viven sin pensar en sus almas y descuidados de su terrible peligro. Adormecidos con
el opio del diablo, pasan sus días en medio de un sopor, absortos en sus negocios, sus deberes,
sus placeres, sus amigos, sus cuitas y sus pecados.
La verdadera paz, la paz divina, la paz con Dios, es algo muy diferente. Es el resultado no de la
ignorancia o de la indiferencia, sino de saber que uno está fuera de peligro. Aquel que tiene paz
con Dios ha afrontado su propia condición en presencia de Dios. Ha contemplado la enormidad de
sus pecados y se ha reconocido como un rebelde culpable y merecedor del infierno. Ha creído las
gratas nuevas acerca de Cristo que murió por los pecadores, y que resucitó de los muertos para su
justificación.
Si le preguntáis donde están sus pecados, puede contestar: «Han desaparecido. Todos fueron
echados sobre Cristo, y Él hizo expiación por ellos con Su sangre. Hoy Él está en la gloria. Aquel
que llevó mis pecados sobre Sí mismo ya no los lleva más. ¡Ha quedado libre de la carga que llevó
en el Calvario, y por cuanto Él está libre, yo también estoy libre!»
¿Puedes tú hablar de esta manera? Este es el lenguaje de aquel que tiene la paz verdadera.
Creo que sí. El otro día yo estaba visitando a un hombre pobre que, por accidente, había perdido
su posición. Había quedado hundido en la miseria, y apenas si sabía de dónde vendría la siguiente
comida. Pero su confianza en la bondad de Dios se había mantenido firme. «No me siento
inquieto», me dijo: «Dejo mis problemas en manos de Dios. Él me ayudará.» Este hombre podía,
de esta manera, tener paz acerca de sus cuitas y necesidades.
Pero al continuar conversando, quedó claro el hecho de que en cambio no tenía paz tocante a sus
pecados y a su estado delante de Dios. Aunque reconocía la bondad de Dios, lamentaba su propia
falta de bondad, y a veces temía que nunca llegaría al cielo. No comprendía que su aceptación por
parte de Dios no dependía del estado de su corazón, por importante que esto sea en su lugar, sino
de la obra que Cristo llevó a cabo. De aquí que desconociese la verdadera paz con Dios. Respecto
a sus problemas y cuitas, podía sentirse calmado y en paz, esperando que Dios le ayudaría; pero
por lo que se refería a sus pecados y a su estado ante Dios, estaba lleno de ansiedad.
El caso de este hombre no es en absoluto infrecuente. Hay muchos que pueden pasar en paz por
las tormentas de la vida, con la conciencia en sus corazones de la bondad de Dios, pero que nunca
han llegado a aprender el secreto de lapaz con Dios, por medio de la muerte y de la resurrección
de Cristo.
No. El hecho es que no se dice mucho en la Biblia respecto a la «certidumbre de salvación», por la
simple razón de que en los tiempos de los apóstoles, cuando se predicaba el evangelio en su
sencillez y sin mixturas, aquellos que lo recibían y que creían en Cristo eran salvos, y,
naturalmente, lo sabían. Pero en nuestros tiempos se da un estado de cosas muy diferente. Debido
a la forma distorsionada en la que con frecuencia se presenta el evangelio, mezclado con la ley y
con principios judaicos, existen miles que en cierta medida confían en Cristo y edifican todas sus
esperanzas sobre Su preciosa sangre, pero que no pueden hablar con certidumbre de su
salvación. De ahí la necesidad en la actualidad de apremiar la certidumbre, y de exponer como se
obtiene, sencillamente aceptando lo que Dios ha dicho. Tomemos, por ejemplo, el bien conocido
versículo de Hechos 13:39: «En Él es justificado todo aquel que cree». ¡Qué arma tan eficaz es
este pasaje para poner en fuga toda duda y todo temor!
Pero la paz con Dios va más allá de mantener a raya las dudas y los temores mediante la ayuda de
algún precioso pasaje de las Escrituras. Es el resultado de conocer lo que ha sido realizado
mediante la muerte y resurrección de Cristo para el creyente. Mediante aquella obra han sido
quitados todos nuestros pecados; hemos sido justificados de toda acusación. En otras palabras, ha
quedado eliminado el elemento perturbador, y la bendita consecuencia es la paz con Dios.
Permitidme que dé una ilustración para mayor claridad. Hace algunos meses yo vivía en una casa
rodeada de pastos en los que había mucho ganado. El camino desde la casa al pueblo vecino
pasaba por estos pastos. No había otra forma de llegar allí.
Una tarde estaba yo dirigiéndome a pie al pueblo con una señora que tenía mucho miedo a las
vacas. Cuando vio que nuestro camino pasaba directamente a través de una manada de estos
animales, se puso muy nerviosa, y quería volverse atrás. Hice todo lo que pude para tranquilizarla.
Le dije que había pasado por este camino muchísimas veces, y que nunca había visto la menor
señal de ferocidad en las vacas; que eran totalmente inofensivas, y que sería más probable que las
vacas huyeran de ella que no que la acometieran. Al final mi amiga se tranquilizó y emprendió la
marcha, no sin alguna inquietud al principio, pero con una creciente confianza. Ella creyó mi
palabra cuando le aseguré que no había ningún peligro, y sus temores se desvanecieron
totalmente cuando vio que realmente no había ninguna causa para alarmarse. De esta manera
obtuvo la certidumbre.
Al volver del pueblo, más tarde, encontramos que todas las vacas habían sido conducidas a otra
sección de la finca. No quedaba una sola pezuña, ningún cuerno a la vista.
El rostro de mi acompañante se iluminó con una sonrisa, y exclamó: «¡Oh, las vacas han
desaparecido!»
«Sí,» contesté, «pero usted ahora no tendría miedo de pasar por su lado, verdad?»
«No,» dijo la señora; «Sé que no me harían daño y que mis temores son insensatos y sin
razón, pero de todos modos me alegra que hayan desaparecido».
Ahora bien, creo que esto ilustra la diferencia entre la certidumbre de la salvación y la paz.
Tranquilizados y con la seguridad que nos da la propia Palabra de Dios, podemos seguir nuestro
camino sabiendo que los temores son infundados y sin razón. Pero cuando vemos que todo
aquello que temíamos ha desaparecido, que nuestros pecados han sido quitados, que el juicio que
merecíamos ha sido soportado, y que las demandas de la justicia divina han quedado plenamente
satisfechas—entonces es que tenemos una verdadera paz. La fuente de nuestro temor ha quedado
eliminada. Y esto es precisamente lo que Cristo ha cumplido por nosotros.
Hay multitudes que carecen de paz porque son creyentes incrédulos. Cuando el Señor Jesús
alcanzó a los dos caminantes en el camino de Emaús, se encontró con que ellos, aunque eran
verdaderos discípulos, estaban llenos de incredulidad. «¡Oh insensatos,» les dijo, «y tardos de
corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!»
El hombre que habla así es evidentemente un creyente en David. Sus esperanzas de liberación
descansan en la capacidad de David para vencer a Goliat.
Pero finalmente, cuando los clamores de triunfo reverberan en el aire, y David vuelve al
campamento con la cabeza del gigante en sus manos, aquel mismo hombre está sentado en su
tienda con una mirada de ansiedad en su rostro. ¿Por qué no comparte el gozo y no se une al
cántico de gratitud? Porque no conoce el significado de estas aclamaciones. No se ha dado cuenta
de que el gigante ha muerto. En el momento en que comprenda no solo que David es un libertador
digno de confianza, sino que realmente ha cumplido la obra de liberación, y que el enemigo ha
desaparecido, la paz y el gozo serán su parte.
Es así que muchos permanecen privados del goce de la paz. Tienen fe en Cristo como Libertador
digno de confianza, pero no comprenden el pleno resultado de la obra que ha cumplido. Quizá
nunca les ha sido expuesto. Tan pronto como lleguen a comprenderlo, el bendito resultado será la
paz.
¿Puede llegar a ser demasiado tarde para que el pecador comience a hacer la paz con Dios?
En cada caso es demasiado tarde—diecinueve siglos demasiado tarde. De hecho, es una total
imposibilidad absoluta que un pecador arregle su situación con Dios. Pero no debe desesperar por
ello, porque Cristo ha realizado la obra necesaria, y la paz se debe conseguir, no con que el
pecador haga nada, sino pasando a gozar de los resultados de la obra de Cristo.
Cristo ha hecho la paz, una vez por todas, mediante la sangre de Su cruz (Col. 1:20). Él ha echado
los seguros fundamentos de nuestra bendición. No tenemos parte ni suerte en la realización de tal
obra.
Para obtener la «paz con Dios», entonces, que el pecador deje de tratar de hacerla él, y que se
apropie, por la fe en Cristo, de los resultados de Su muerte y resurrección. Nunca es demasiado
tarde para esto, mientras haya vida.
En el Salmo 119:165 leemos: «Mucha paz tienen los que aman tu ley». ¿Qué significa esto?
No es exactamente la «paz con Dios» lo que se menciona aquí. La «ley» en este pasaje es algo
mucho más amplio que los Diez Mandamientos. Se trata de la revelación de los caminos de Dios
(hasta allí donde consideró oportuno en darlos a conocer en aquellos días), e indicaba el camino
de la sabiduría, justicia y paz para el hombre. Aquellos cuyos corazones estaban influidos por ella
gozaban de la bendición inseparable del conocimiento de Dios y de Sus caminos, por parcial que
fuese necesariamente aquel conocimiento.
En nuestros días, el claro de estrellas de los tiempos del Antiguo Testamento ha dado lugar a la
gloriosa luz de mediodía de la plena revelación de Dios. Dios se ha dado a conocer, y ha dado Su
Santo Espíritu para que guíe nuestros corazones en las líneas de Su revelación. Si nos sujetamos
a este bendito Espíritu Santo, y le dejamos que Él dirija nuestros corazones en lo que Dios ha
revelado para nuestra bendición, nuestra segura porción será una gran paz, así como era la
porción de los santos, en tiempos de David, que amaban las cosas de Dios.
Y por ello leemos, en Romanos 8:6, que «el ocuparse del Espíritu es vida y PAZ».
Pero esta paz no se debe confundir con la paz de Romanos 5:1, que es el resultado de ser
justificados. En este caso se trata de una paz que es lo contrario a aquel estado de morbosa
insatisfacción con el yo que con frecuencia es resultado de ensimismarnos con nuestra propia
frialdad y pecaminosidad.
Si nos volvemos a Romanos 4:25, y relacionamos este pasaje con el primer versículo del siguiente
capítulo, tendremos una respuesta en las mismas palabras de la Escritura. «Jesús, Señor
nuestro,» leemos, «fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra
justificación. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo.»
La paz con Dios sigue inmediatamente del hecho de que somos justificados, y esto depende, como
hemos visto, de la muerte y resurrección de Cristo. De esta manera han quedado satisfechas las
demandas de la justicia divina, y por consiguiente la paz es nuestra.
¿Cuál es la diferencia entre la «paz con Dios» y la «paz de Dios» de la que leemos en
Filipenses 4:7?
La «paz con Dios» tiene que ver con nuestros pecados y con nuestro estado de culpa ante Él, y es
el resultado de lo que Él nos da a conocer.
La «paz de Dios» tiene que ver con las circunstancias de la vida, con las dificultades y las pruebas,
y es el resultado de presentar nuestras peticiones ante Él.
La ansiedad es algo que debilita el brillo de muchas vidas cristianas. El creyente tiene la paz con
Dios respecto a sus pecados, pero para poder pasar por este mundo de pruebas y dolor, tiene que
cultivar el hábito de presentar todo a Dios en oración.
El resultado será que su corazón y su mente serán guardados en paz. La propia paz de Dios, que
sobrepasa a todo entendimiento, reinará en él. Entonces aceptará cada circunstancia como
ordenada por Aquel que hace que todo coopere para nuestro bien, y en lugar de angustiarnos y de
murmurar, gozará de una serena confianza y paz.
¿Qué significaba el Señor Jesús al decir que dejaba Su paz con Sus discípulos en Juan
14:27?
El concepto es muy parecido al que acabamos de exponer. Pero las pruebas y las aflicciones de la
vida son comunes a todos—las padecen tanto los inconversos como los hijos de Dios, aunque solo
los últimos tienen la «paz de Dios» para guardar sus corazones en medio de todo ello.
Pero hay ciertas cosas con las que solo los cristianos tienen que enfrentarse, como la persecución
por causa de Cristo y el padecer pérdida por fidelidad a Él. Estas cosas, el resultado del rechazo
contra Cristo aquí y de Su ausencia, fueron previstas por Él, y Él advirtió «a los Suyos», a los que
dejaba atrás, de que debían esperar sufrir oposición, injurias, persecuciones y calumnias. Pero en
medio de todo lo que deberían sufrir por causa de Su nombre, gustarían de la dulzura de la paz
celestial, Su propia paz. Si la tierra iba a ser un lugar de rechazo y dolor para ellos, se les iba a
preparar un lugar en las «muchas moradas» arriba. Si les iba a dejar un legado de sufrimiento, esto
iría acompañado de un precioso legado de paz. Se trata de una paz que el mundo nunca podrá
dar, de una paz que el mundo nunca podrá arrebatar.
1. La paz con Dios, que tiene que ver con nuestros pecados y estado de culpa, el resultado de
haber sido justificados debido a la muerte y resurrección de Cristo (Ro. 5:1).
2. La paz interior, en contraste con una morbosa insatisfacción con uno mismo, el resultado de
«ocuparse del Espíritu» (Ro. 8:6). Se trata de una paz que depende no tanto de nuestra fe en
Cristo como de nuestra cotidiana ocupación con Cristo, por el Espíritu Santo.
3. La paz de Dios, que guarda los corazones y las mentes de los que echan sus ansiedades sobre
Él en medio de las cotidianas cargas y perplejidades de la vida (Fil. 4:7).
4. La paz de Cristo, la preciosa porción de aquellos que son dejados aquí para representarle en Su
ausencia, y que a menudo tienen que soportar el vituperio y la persecución por causa de Su
nombre.
Muchos cristianos han visto que la paz de Dios los ha ayudado aun en las
situaciones más difíciles. Ese fue el caso de Nadine, quien sufrió un
aborto. Ella nos cuenta: “Me resulta muy difícil expresar mis
sentimientos y siempre trato de dar la impresión de que todo está bien.
Pero tengo que admitir que perder a mi bebé fue un golpe terrible. Casi
todos los días le abría mi corazón a Jehová suplicándole ayuda. Y he
visto la respuesta a mis oraciones, pues cuando creía que ya no podría
soportarlo más, entonces me invadía una gran paz que me hacía sentir
segura y tranquila”.
El versículo 5 concluye diciendo: “El Señor está cerca”. Tal vez parezca
que dicha declaración está fuera de contexto, pero no es así. Por un
lado, nos da la seguridad de que está muy cerca el día en que Dios
elimine este mundo malvado y establezca su Reino en la Tierra. Y por
otro, nos anima al garantizarnos que, aun hoy, él está cerca de todos los
que lo buscan (Hechos 17:27; Santiago 4:8). Saber esto nos ayudará a
seguir el consejo de Pablo de regocijarnos y ser razonables. Además, tal
como recomienda el versículo 6, no nos inquietaremos demasiado
ni por los problemas que tenemos ahora ni por el futuro.
Al leer los versículos 6 y 7, nos damos cuenta de que la paz de Dios es
el resultado directo de la oración. Para algunos, la oración es
simplemente una forma de meditación que les infunde tranquilidad. Sin
embargo, la Biblia explica que, en realidad, es el medio que tenemos
para comunicarnos con Dios. Esta es una comunicación real, tan
estrecha como la que tiene un niño con su padre, a quien le cuenta sus
penas y alegrías. ¡Qué tranquilizador es saber que ‘en todo podemos dar
a conocer nuestras peticiones a Dios’! Así es, podemos expresarle a
Jehová todo lo que llevamos dentro.
El versículo 8, a su vez, nos anima a concentrarnos en pensamientos
positivos. Pero no basta con eso: como indica el versículo 9, también
tenemos que poner en práctica los buenos consejos que da la Biblia.
De este modo, disfrutaremos de la tranquilidad de tener una buena
conciencia, pues como dice el refrán: La mejor almohada es la
conciencia sana.
En efecto, todos podemos sentir paz interior, pues Jehová se la da a
quienes lo buscan y siguen su guía. Claro está, antes hay que conocerlo,
y eso solo se consigue examinando su Palabra, la Biblia. Y aunque
seguir sus normas no siempre es fácil, el esfuerzo bien vale la pena.
Si así lo hacemos, “el Dios de la paz estará con [nosotros]” (Filipenses
4:9).
[Comentario de la página 10]
“La paz de Dios [...] guardará sus corazones.” (FILIPENSES 4:7)
[Comentario de la página 12]



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