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El sufragio está vinculado a la democracia, aunque el significado de ésta es mucho más amplio.

Cuando hablamos de democracia aludimos no sólo a una forma de gobierno, sino también a un
estado de la sociedad. Lo social, lo político, lo simbólico, lo institucional se combinan en distintos
pensamientos, que durante siglos las personas han desarrollado para intentar conjugar la libertad
con la igualdad.

Matices y tradiciones

El término “democracia” es complejo. Aunque todos entendemos qué quiere decir, debemos tener
en cuenta que tiene varios matices. A veces lo utilizamos para referirnos a una forma de gobierno ;
otras, indicamos con él una forma de sociedad.

Más allá de referirnos a cosas ligeramente diferentes, cuando empleamos uno u otro sentido
estamos inscribiéndonos en dos tradiciones teóricas diferentes. Es decir, que cada sentido tiene
también su propia historia de pensadores y de acontecimientos, que vamos a analizar en las
próximas páginas.

La democracia como forma de gobierno

La democracia como forma de gobierno fue creada por los antiguos griegos en la polis ateniense, a
partir de las reformas establecidas por el legislador Solón. Éste dividió la ciudad de Atenas en
barrios, a los que llamó demos, y estableció que todos los varones adultos -pobres o ricos- que
formasen parte de un demos podían participar de las asambleas, donde se decidirían las leyes.

De aquí en más, se llamó democrático al gobierno en el que todos tienen el mismo derecho a
participar, afirmando así la igualdad política de los individuos ante las leyes.

Ésta es la democracia que define Aristóteles (aprox. 330 a. C.), el más grande filósofo de la
Antigüedad. Para él, la democracia es el gobierno que no reconoce diferencias entre los individuos
-ni de sangre, ni de clase social, ni de creencia o educación, etc.- para participar del gobierno y
ejercer sus derechos de ciudadanía.

Por eso, desde el punto de vista político, la democracia se define como el gobierno del pueblo o de
la mayoría. También es el gobierno de los hombres libres, entendiendo como tales a todos aquellos
que participan del gobierno. Por extensión, es el gobierno de los iguales, pues es la primera forma
de gobierno en la que el poder político no pertenece a una minoría sino a todos, sin importar sus
diferencias, a través de la alternancia en el ejercicio de los cargos.
La democracia como forma de sociedad

“Democracia” puede significar algo diferente a una forma de gobierno si nos referimos a una
sociedad democrática.

La sociedad democrática, o igualitaria, fue desconocida en la Antigüedad y es un fenómeno


específicamente moderno. El político y ensayista francés Alexis de Tocqueville fue el primero en
usar el adjetivo ”democrático” para denominar no una forma de gobierno sino un estado social, es
decir, un conjunto de relaciones sociales, del que derivan las costumbres, creencias, opiniones, y
las instituciones de un pueblo.

Tocqueville descubrió y expuso, en su obra La Democracia en América (1835-1840), la aparición de


un estado social democrático en las ex colonias americanas (recientemente independizadas con el
nombre de Estados Unidos de América). Este estado suponía una forma de vida fundada en la
igualdad de condiciones y en la creencia en la igualdad natural de los hombres. A su vez,
representaba una gran conmoción para los valores de Europa, ya que sus pueblos sólo habían
conocido hasta entonces lo que Tocqueville llamaba un estado social aristocrático, fundado en una
tradición de costumbres y creencias que afirmaba que entre los hombres existían diferencias
naturales.

Para Tocqueville, democracia es ante todo la forma de sociedad que surge de la pasión igualitaria,
es decir, de la voluntad de los hombres de ser iguales, de tal manera que toda diferencia -de
cualquier orden: político, económico, de ideas, de opiniones, etc.- resulte insoportable, inmoral e
injusta.

En cambio, antes de ser un tipo de gobierno, aristocracia es para Tocqueville aquella forma de
sociedad fundada en la creencia de que los hombres son naturalmente diferentes y que no pueden
ni deben ser iguales. Según este criterio, no existe una desigualdad tan grande que no pueda ser
justificada por la naturaleza de las cosas, al tiempo que se afirma que la igualdad es antinatural,
inmoral y peligrosa.

¿Libertad y/o igualdad?

Algo ha cambiado en la nueva definición sociológica que brinda Tocqueville de la palabra


democracia, respecto de la definición clásica de Aristóteles, que la entendía como una forma de
gobierno libre. Cuando Tocqueville habla de democracia, lo que está diciendo es igualdad, y no -
como proponía Aristóteles- libertad (por lo tanto, cuando dice aristocracia alude a diferencias o a
desigualdad, y no a despotismo).
Al mismo tiempo, Tocqueville dice que igualdad y desigualdad son fenómenos sociales que se
refieren a la forma en que la sociedad condiciona a los individuos e influye en sus relaciones
mutuas, agrupamientos y divisiones. Libertad y despotismo son, en cambio, fenómenos políticos:
tienen que ver con la forma que los individuos con sus acciones imprimen al régimen (leyes e
instituciones) de su vida en común.

En líneas generales, la enseñanza de Tocqueville podría resumirse así: igualdad no equivale


necesariamente a libertad, porque la primera es un fenómeno social y la segunda es un fenómeno
político. Por lo tanto, la democracia, pensada en su aspecto social, no necesariamente va
acompañada de libertad política. Puede incluso dar lugar a formas de despotismo, es decir, a un
despotismo democrático . Entonces, la libertad política no depende de fuerzas irresistibles de
carácter social, sino de la acción consciente y colectiva de los hombres.

Dahl y Lefort: dos respuestas a la democracia actual

Si el diagnóstico de Tocqueville acerca de las relaciones entre igualdad social y libertad política es
correcto, ¿cómo podemos hacer para asegurarnos de que la igualdad de condiciones para millones
de personas coincida a la vez con un efectivo “gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”,
como definió Abraham Lincoln el gobierno democrático?

Para responder a esta pregunta, nos referiremos a dos teorías muy diferentes y, a la vez, muy
originales en su manera de pensar la relación entre la forma democrática de gobierno y las
características democráticas de la sociedad moderna.

Una de estas teorías piensa a la democracia exclusivamente como una forma de gobierno. Se trata
de la muy influyente formulación propuesta por el cientista político estadounidense Robert Dahl.
Afirma que la democracia moderna no puede ser una forma de gobierno en la que todos los
ciudadanos participen directamente en una asamblea para discutir los asuntos públicos, pues sería
imposible formar asambleas de decenas de millones de personas. Por tal motivo, la democracia
moderna sólo puede ser una democracia representativa. Asimismo, el gobierno democrático no
puede ser simplemente un gobierno de la mayoría, como en la Antigüedad, pues en la sociedad
moderna se reconoce que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos, ya sea que ganen o
pierdan las elecciones.

La democracia moderna es soberanía del pueblo, pero también es un estado de derecho (un
gobierno que respeta y protege los derechos de los ciudadanos). A su vez, la democracia moderna
debe tener carácter republicano, es decir, debe evitar la concentración del poder en un hombre, un
grupo o un partido. Para impedir esta posibilidad, existe la división de poderes y la rotación
periódica en los cargos, al tiempo que se fomenta la participación política de los ciudadanos en las
“cosas de todos” (en latín: res publica).

A esta forma mixta de democracia, que combina distintos principios institucionales, Dahl la llamó
poliarquía . Y por ello, en el lenguaje de la ciencia política, a las democracias modernas se las llama
poliarquías. La principal institución que distingue a las poliarquías de cualquier otra forma de
gobierno es la de las elecciones plurales, libres y periódicas.

También podemos pensar la democracia moderna como forma de sociedad. Para el filósofo francés
Claude Lefort, las formas de sociedad se constituyen a partir de un orden simbólico compartido, es
decir, de un conjunto de significados (lo que es bueno o malo; lo justo y lo injusto; lo verdadero y lo
falso, etc.) que surgen a partir del modo en que las personas se relacionan entre sí. Para Lefort, la
democracia es una forma de sociedad en la que la gente se relaciona a partir de la creencia de que
el poder ya no tiene dueño (como se creía en otra forma de sociedad, el Antiguo Régimen, donde
el poder era propiedad del rey). Por esta circunstancia, el poder es un lugar vacío . Lo pueden
ocupar distintas personas o grupos durante algún tiempo, pero nadie lo puede “llenar”, ni se lo
puede apropiar.

Además, la sociedad democrática es la única en la que, como dice Lefort, se han separado las
esferas de la ley, el saber y el poder. Esto significa que es la única sociedad donde ya no creemos
que la verdad (el saber) es un atributo exclusivo de los gobernantes. En la sociedad democrática ya
no hay una única verdad, y toda verdad tendrá que surgir de una discusión.

El poder tampoco es el dueño de la ley ni del derecho. Así, la sociedad democrática es una
sociedad inquieta, llena de interrogantes, abierta a múltiples respuestas y siempre dinámica, en la
que todo está en discusión permanente. La discusión, el conflicto y la división constituyen el modo
en que la sociedad se da permanentemente forma a sí misma, y encuentra su unidad a partir de las
diferencias.

Como acabamos de ver, la democracia es un fenómeno muy complejo, a la vez político y social;
institucional y simbólico; encarnación de la igualdad y expresión de las diferencias y conflictos.
Cada pensamiento se inscribe en una línea teórica diferente pero, a la vez, es un intento más de las
personas de conjugar, de un modo lúcido y armónico, la pasión por la igualdad y el amor por la
libertad.

Bibliografía comentada

Aristóteles, Política, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1951.

Junto con República, de Platón, ésta es la obra más trascendente del pensamiento político de la
Antigüedad. Todavía hoy es indispensable para comprender la naturaleza de los fenómenos
políticos, la relación entre política y sociedad y el significado de la libertad.

Dahl, Robert, La Democracia y sus críticos, Buenos Aires, Paidós, 1991.


El autor expone en esta obra el significado de la democracia, los distintos argumentos a favor y en
contra de esta forma de gobierno, las diferencias entre la democracia antigua y la moderna, y las
dificultades del gobierno democrático en las modernas sociedades de masas.

Tocqueville, Alexis de, La Democracia en América, Madrid, Sarpe, 1984.

Una obra inmortal, publicada entre 1835 y 1840, que por primera vez describe las características
de la sociedad igualitaria moderna, así como los beneficios y los perjuicios de la igualdad, y sus
relaciones con la libertad política. Es a la vez una obra fundacional de la sociología, y la más
encendida defensa del gobierno libre.

Lefort, Claude, La invención democrática, Buenos Aires, Nueva Visión, 1990.

Se trata de una colección de artículos del filósofo francés, datados entre las décadas del 70 y del
80. En ellos se abordan distintas cuestiones que giran en torno del análisis crítico del totalitarismo
y también sobre una original manera de concebir la democracia.

Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Buenos Aires, Alianza, 1992.

Publicada en 1513, es la obra más famosa del padre del pensamiento político moderno. En sus
páginas aconseja a los príncipes cómo conquistar y mantener el poder del Estado. Por esta obra se
ha confundido siempre a Maquiavelo con un defensor de las tiranías cuando en realidad fue un
defensor de la libertad republicana y del gobierno popular.

Notas

Forma de gobierno

La tipología clásica de las formas de gobierno fue elaborada por primera vez por los antiguos
griegos. Aristóteles, en el libro III de Política, explica que las variedades de formas de gobierno se
pueden deducir a partir del conocimiento de quién es el sujeto de la autoridad política (un
hombre, pocos hombres, muchos hombres), y del modo en que este sujeto ejerce el poder de
mando (las dos formas del régimen: libre, cuando el gobierno se orienta al bien común; o
despótica, cuando el gobierno se ejerce a favor del gobernante). Así, surgen las seis formas clásicas
de gobierno, que son: la monarquía, y su variante despótica, la tiranía; la aristocracia, y su forma
corrupta, la oligarquía; y la república, con su forma viciosa, la demagogia. Pero más tarde, en el
libro VI, Aristóteles reduce estas seis formas a dos: el gobierno de los pocos, o aristocracia, y el
gobierno de los muchos, o democracia. Si ambos grupos gobiernan juntos, y participan por igual en
el poder, surge una forma mixta, la república.

Aristóteles

El filósofo griego define de este modo el término “democracia”:

“El principio del gobierno democrático es la libertad. Al oír repetir este axioma, podría creerse que
sólo en ella puede encontrarse la libertad; porque ésta, según se dice, es el fin constante de toda
democracia. El primer carácter de la libertad es la alternancia en el mando y en la obediencia. En la
democracia, el derecho político es la igualdad, no con relación al mérito, sino según el número.
Una vez sentada esta base de derecho, se sigue como consecuencia que la multitud debe ser
necesariamente soberana, y que las decisiones deben ser la ley definitiva, la justicia absoluta;
porque se parte del principio de que todos los ciudadanos deben ser iguales. Y así, en la
democracia, los pobres son soberanos, con exclusión de los ricos, porque son los más, y el
dictamen de la mayoría es ley. Éste es uno de los caracteres distintivos de la libertad, la cual es
para los partidarios de la democracia una condición indispensable del Estado. Su segundo carácter
es la facultad que tiene cada uno de vivir como le agrade, porque, como suele decirse, esto es lo
propio de la libertad, como lo es de la esclavitud el no tener libre albedrío. Tal es el segundo
carácter de la libertad democrática. Resulta de esto que en la democracia el ciudadano no está
obligado a obedecer a cualquiera; o si obedece es a condición de mandar él a su vez; y he aquí
cómo en este sistema se concilia la libertad con la igualdad.”

Aristóteles, Política, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1951.

Igualdad de condiciones

“Entre las cosas nuevas que durante mi estancia en los Estados Unidos llamaron mi atención,
ninguna me sorprendió tanto como la igualdad de condiciones. Sin dificultad descubrí la prodigiosa
influencia que este primer hecho ejerce sobre la marcha de la sociedad, pues da a la opinión
pública una cierta dirección, un determinado giro a las leyes, máximas unevas a los gobernantes y
costumbres peculiares a los gobernados.

Pronto observé que ese mismo hecho extiende su influencia mucho más allá de las costumbres
políticas y de las leyes, y que su predominio sobre la sociedad civil no es menor que el que ejerce
sobre el gobierno, pues crea opiniones, engendra sentimientos, sugiere usos y modifica todo lo
que él no produce.

Así pues, a medida que estudiaba la sociedad americana, percibía cada vez más, en la igualdad de
condiciones, el hecho generador del que parecía derivarse cada hecho particular, hallándolo ante
mí una y otra vez, como un punto de atracción hacia el que convergían todas mis observaciones.

Trasladé entonces mi pensamiento hacia nuestro hemisferio y me pareció percibir en él algo


análogo al espectáculo que me ofrecía el Nuevo Mundo. Vi que la igualdad de condiciones, sin
haber alcanzado como en los Estados Unidos sus límites extremos, se acercaba a ellos cada vez
más, y me pareció que la misma democracia que reinaba sobre las sociedades americanas
avanzaba rápidamente hacia el poder en Europa.

Desde ese momento concebí la idea de este libro.

Una gran revolución democrática se está operando entre nosotros. Todos la ven, mas no todos la
juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva, y tomándola por un
accidente, esperan poder detenerla todavía; mientras que otros la juzgan irresistible, por
parecerles el hecho más ininterrumpido, más antiguo y más permanente que se conoce en la
historia.”
Tocqueville, Alexis de, La Democracia en América, Madrid, Sarpe, 1984.

Despotismo democrático

Al respecto señala Tocqueville:

“Creo que es más fácil establecer un gobierno absoluto y despótico en un pueblo donde las
condiciones sociales son iguales que en otro cualquiera, y opino que si semejante gobierno llegara
a implantarse en tal pueblo, no sólo oprimiría a los hombres, sino que a la larga les despojaría de
los principales atributos de la humanidad.

El despotismo me parece, por tanto, el mayor peligro que amenaza a los tiempos democráticos.
Por encima se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y
de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la
autoridad paterna si, como ella, tuviera como objeto preparar a los hombres para la edad viril;
pero, por el contrario, no persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia; este
poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar. Se esfuerza con
gusto en hacerlos felices, pero en esa tarea quiere ser el único agente y el juez exclusivo; provee
medios a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce
sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias; ¿no podría
librarles por entero a la molestia de pensar y el derecho de pensar y el trabajo de vivir.”

Tocqueville, Alexis de, La Democracia en América, Madrid, Sarpe, 1984

Libertad política

Tocqueville demostró que la libertad política depende de la acción consciente de los hombres,
comparando la democracia americana, en la que las jóvenes repúblicas habían creado formas
libres y representativas de gobierno popular, con el estado social democrático surgido en Francia
desde las sombras del absolutismo, e impuesto de un modo definitivo con la Revolución Francesa.

Según este autor, en Francia, la revolución no alcanzó a crear un gobierno moderado y legal, sino
que primero engendró el terror revolucionario; luego la república naufragó cuando Napoleón se
coronó emperador de los franceses, y finalmente retornó la monarquía borbónica. Los franceses
habían llegado a ser iguales entre sí, dejando atrás el estado social aristocrático, pero nunca
adquirieron la costumbre de asociarse para defender sus derechos frente al gobierno (como sí lo
sabían hacer los norteamericanos). Al haber vivido tantos siglos bajo un gobierno absolutista, no
sabían gobernarse a sí mismos ni ejercer la libertad política. Por eso en Francia la igualdad de
condiciones durante muchas décadas engendró no la libertad, sino un despotismo democrático.
En el Río de la Plata, Domingo Faustino Sarmiento -gran admirador de Tocqueville y encendido
defensor de la libertad política- demostró que en América del Sur la guerra de independencia
también había creado un estado social democrático, pero que, como había ocurrido en Francia con
su pasado absolutista, la tradición hispánica no había educado a los sudamericanos en las
costumbres participativas y pluralistas que requieren las instituciones del gobierno libre. En su libro
Facundo (que en cierto modo pretende ser el equivalente de la obra de Tocqueville en América del
Sur), de 1845, Sarmiento nos muestra que en el Río de la Plata también reina, al igual que en el
Norte, la igualdad de condiciones en las pasiones, las costumbres y las creencias de criollos y
gauchos, pero que, al igual que en Francia, este estado social democrático también se inclina a la
tiranía con apoyo popular (que en el Río de la Plata fue representada por la figura de Rosas), por
carecer de experiencia en el gobierno libre.

Poliarquía

Definición según Dahl

“La poliarquía es un régimen político que se distingue, en el plano más general, por dos amplias
características: la ciudadanía es extendida a una proporción comparativamente alta de adultos, y
entre los derechos de la ciudadanía se incluye el de oponerse a los altos funcionarios del gobierno
y hacerlos abandonar sus cargos mediante el voto. [¿]

Más concretamente [¿] diremos que la poliarquía es un orden político que se singulariza por la
presencia de siete instituciones, todas las cuales deben estar presentes para que sea posible
clasificar a un gobierno como poliárquico.

Funcionarios electos. El control de las decisiones en materia de política pública corresponde, según
lo establece la constitución del país, a funcionarios electos.

Elecciones libres e imparciales. Dichos funcionarios son elegidos mediante el voto en elecciones
limpias, que se llevan a cabo con regularidad y en las cuales rara vez se emplea la coacción.

Sufragio inclusivo. Prácticamente todos los adultos tienen derecho a votar en la elección de los
funcionarios públicos.

Derecho a ocupar cargos públicos. Prácticamente todos los adultos tienen derecho a ocupar cargos
públicos en el gobierno [¿]

Libertad de expresión. Los ciudadanos tienen derecho a expresarse, sin correr peligro de sufrir
castigos severos, en cuestiones políticas definidas con amplitud, incluida la crítica a los
funcionarios públicos, el gobierno, el régimen, el sistema socioeconómico y la ideología
prevaleciente.

Variedad de fuentes de información. Los ciudadanos tienen derecho a procurarse diversas fuentes
de información, que no sólo existen sino que están protegidas por la ley.
Autonomía asociativa. Para propender a la obtención o defensa de sus derechos (incluidos los ya
mencionados), los ciudadanos gozan también del derecho de constituir asociaciones u
organizaciones relativamente independientes, entre ellas partidos políticos y grupos de intereses.

[¿] Los países del mundo pueden ordenarse, en verdad, según el grado en que esté presente en
ellos, en un sentido realista, cada una de estas instituciones. Consecuentemente, éstas pueden
servir como criterio para decidir cuáles son los países gobernados por una poliarquía en la
actualidad o en el pasado.

[¿] las instituciones de la poliarquía son indispensables para la democracia en gran escala, y en
particular para la escala del moderno Estado nacional. Para expresarlo en términos algo diferentes,
todas las instituciones de la poliarquía son necesarias para la instauración más plena posible del
proceso democrático en el gobierno de un país.”

Dahl, Robert, La Democracia y sus críticos, Buenos Aires, Paidós, 1991.

Un lugar vacío

Concepto desarrollado por Lefort

“Tocqueville, lo recuerdo, creyó encontrar en la igualdad de condiciones el principio de la


revolución democrática. Este era, según él, el hecho generador del que se deducían todos los
demás. [¿] Indudablemente, su análisis era mucho más sutil que lo que su tesis capital deja
adivinar. Lo cierto es que, a mis ojos, Tocqueville subestima, si es que no la descuida, una mutación
que es de orden simbólico; [¿] No obstante, es imposible ignorar esa mutación no bien se pregunta
uno en qué se convierte el poder en la sociedad democrática y, primeramente, cuál era su posición
y su figuración (lo uno no va sin lo otro) en la sociedad en que surge, el Antiguo Régimen. En
resumen [¿] recuerdo que el poder monárquico era un poder incorporado en la persona del
príncipe. [¿] Ahora bien, la referencia a este modelo nos permite apreciar en su magnitud el
trastocamiento inaugurado por la democracia [¿] Como he tenido ocasión de señalar
repetidamente, lo que surge es la nueva noción del lugar del poder como lugar vacío. Desde ahora,
quienes ejercen la autoridad política son simples gobernantes y no pueden apropiarse el poder,
incorporarlo. Más aún, este ejercicio está sometido al procedimiento de una renovación periódica.
Esta implica una competencia regulada entre hombres, grupos, y muy pronto partidos,
supuestamente encargados de drenar opiniones en toda la extensión de lo social. Semejante
competencia, dado que sus condiciones deben quedar preservadas de una consulta electoral a
otra, dado que la mayoría saliente debe respetar los derechos de las minorías, significa una
institucionalización del conflicto. [¿] La huella de este acontecimiento puede ser observada en dos
registros. Por un lado, junto con la desincorporación del poder, se opera una desintrincación entre
la esfera del poder, la esfera de la ley y la esfera del conocimiento. [¿] Por otro lado, la formación
de una escena política, escena sobre la cual se ejerce la competencia por el poder, va a la par con
el movimiento que da plena consistencia a la sociedad civil, revelando ser ésta la misma de parte a
parte, a través de sus divisiones.”

Lefort, Claude, “Democracia y advenimiento de un lugar vacío”, en La invención democrática,


Buenos Aires, Nueva Visión, 1990.

Textos: Ernesto Funes

Fotografía: Gentileza Télam

Edición: Cecilia Sagol y Marcelo Gargiulo

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