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LA DESTREZA DE PERSONALIZAR.

 ¿Qué es personalización?

Personalizar es un proceso en el que la persona desde su libertad “toma la propia


vida en sus manos”. Desde el punto de vista creyente posibilita la “experiencia
fundante” consistente en fundamentar conscientemente la vida en la propia fe.

Si el proceso pretende responsabilizar a la persona de su integración, de sus


decisiones, de su vida misma, es necesario estar atento a evitar toda generalización y
hacer que el diálogo se centre en ellos. La educación debe centrarse en la persona como
protagonista de su libertad y de su proceso de realización. Personalizar nos permitirá
despertar, favorecer y ayudar a que emerjan las experiencias fundantes en las cuales
cada uno se juega su ser persona.

No es posible la personalización que no tenga en cuenta el conjunto de la


persona, la maduración integral desde lo biosíquico a lo teologal. Cuidar que la persona
avance sin rupturas ni autoengaños, unitaria e integradoramente. Partir del "aquí y
ahora" del joven, tener en cuenta lo que las ciencias humanas nos dicen sobre el
desarrollo del niño, del adolescente y del joven para que pueda vivir la búsqueda de
identidad vocacional en un proceso de maduración psicológica, existencial y espiritual.

 Rasgos que caracterizan la personalización

La autenticidad

Auténtico es el que ha descubierto vivencialmente el riesgo de ser autónomo.


La dinámica de la personalización implica el pasó de la identificación con el rol, a la
actitud de autenticidad. Para ser auténtica la persona tiene que aprender a ser ella
misma, a no responder a instancias externas, a no depender de la seguridad sino a
asumir el riesgo de las propias decisiones y a no autojustificarse sino a vivir el proceso
de ser y crecer.

El discernimiento

Discernir: hacerse consciente de lo que se vive y se quiere vivir, distinguiendo


una cosa de otra, señalando la diferencia que hay entre ellas. Es educar la sensibilidad
para ir reconociendo la vida (la propia, la de los otros, el mundo) como manifestación
del Amor de Dios. Será el talante permanente, que permite hacer consciente el proceso
de cambio interior. Esto es muy difícil hacerlo sin ayuda de un acompañante, aunque
también intervienen el grupo, los acontecimientos, el trabajo o estudios, la Palabra... .

 Principios de la pedagogía de la personalización

* Damos mucha importancia al autoconocimiento, a la capacidad del joven de tomar la


vida en sus manos, a que no dependa de instancias externas.

* Evitamos y hacemos conscientes los mecanismos de defensa: racionalización,


narcisismo...
* Primamos la afectividad porque la persona se hace desde el corazón, en la
experiencia del amor.

* Sostenemos una razón que apoyada en las actitudes del corazón compromete y está
abierta al misterio

* Fomentamos la reflexión para analizar nuestras relaciones interpersonales, a no


depender de las necesidades infantiles de aprobación o gratificación inmediata.

* Animamos a arriesgar para que se ponga en juego la autonomía.

* Sabemos que la personalización culmina en el Amor, en la experiencia del encuentro


con los demás, en el compromiso por los otros, en la entrega de sí.

* Invitamos y proponemos experiencias de pertenencia a un grupo, y otras


experiencias más radicales de esfuerzo y de contacto con el sufrimiento humano,
porque le ayuda a crear su autoimagen, a mejorar en el aprendizaje afectivo y
social, a descubrir la comunión espiritual e iniciarse en el proyecto de vida, a
profundizar en su fe... Lo que cambia a la persona es lo que le hace salir de si.

* Presentamos la Palabra de Dios y ayudamos a leerla encarnándola en su vida,


porque este proceso de personalización no tiene como meta la autoplenitud o la
autonomía cerrada sobre sí, sino el máximo de apertura y disponibilidad al Don de
Dios. La oración acompaña todo el proceso.

 Instancias personales. Puntos que hay que tener en cuenta (y aplicar en el


diálogo del acompañamiento).

Instancias son aquellas dimensiones de la persona que hay que tener en cuenta
para la personalización. Las más importantes son:

 Atender a la comprensión que tiene la persona de sí y la consciencia con la que vive

Cada persona se dice en aquello que dice. Al escuchar, lo importante está en la


comunicación vivencial, en qué idea (autoconcepto), sentimiento (autoestima) y actitud
muestra hacia sí mismo en eso que dice. En ello muestra el nivel de consciencia y
unificación (o dispersión) con el que vive. Y esto es fruto no sólo de su psicología (su
forma de ser) sino también de las condiciones de vida (su actitud ante ellas, estilo de
vida, su proyección social, los conflictos que vive, los valores, las ideas, la imagen de
Dios...) y la experiencia religiosa que atraviesa y configura toda su existencia. Es
importante hacer consciente y ayudar al conocimiento psicológico del inconsciente
hacer luz y clarificar el mundo de las pulsiones, instintos y deseos inconscientes.

 Atender a los movimientos de su afectividad

Los movimientos de la afectividad provocan estados de ánimo, emociones y


sentimientos; todos ellos hay que ir detectándolos y educándolos pacientemente en el
acompañamiento a base de aprender a contactar, identificar y orientar cada uno de ellos
de forma sana. En la relación con Dios también hay movimientos efectivos espirituales
que se rigen por las mismas leyes que el amor humano, por eso habrá que purificar
nuestras imágenes de Él, hasta encontramos con el verdadero Dios que no tiene que ver
con nuestras proyecciones. Supone atender a estos dos aspectos que son las caras de una
misma moneda:

* Interioridad y soledad El proceso implica la capacidad de crear "mundo propio" y,


para ello, el requisito es descubrir la propia riqueza interior: la afectividad, la
reflexión, el estar a gusto con uno mismo, la comunión íntima con el mundo que
nos rodea, la presencia de Dios... Y para ello, poder hacer de la soledad no un
problema sino un ámbito de crecimiento, de vida propia. Siempre que la soledad
no aísle sino posibilite calidad de relación.

* Calidad de relaciones. El proceso compromete la persona entera, y cuando hay


problemas sin resolver, la afectividad aparece inmediatamente. Ser uno mismo en
la relación, expresar sentimientos, saber escuchar, no depender de ser aprobado,
establecer lazos afectivos sin miedo, colaborar con otros, no idealizar, elaborar la
frustración de expectativas, etc.

 Atender a las motivaciones que le alientan

Las motivaciones nos ayudan a descubrir el significado y sentido que cada


persona da a su conducta. Son el conjunto de consideraciones y de fuerzas psíquicas
que contribuyen a formar la intención de una persona en su actuar. En el
acompañamiento buscamos conocer cuál es la motivación dominante en una situación, y
qué otras existen. Detectarlas, identificarlas, atender unas, tranquilizar otras, clarificar
ambas, alimentar las auténticas, ayudar a que vayan jerarquizándose acorde con el
proyecto de vida. Ser consciente de las motivaciones ayuda a clarificar la situación vital,
posibilita una visión de conjunto de la propia vida, se trasciende, entra en lo profundo
de su ser donde se dan las preguntas de sentido y el misterio de Dios. Será conveniente
trabajar la responsabilidad que consiste en asumir la densidad de lo real, no ocultándose
en sueños, en fantasías en forma de deseos idealizados o fantasmas de miedo. Tomar en
serio el cada día de lo que uno lleva entre manos, quizá lo más difícil es la constancia.

 Atender a la experiencia espiritual que se suscita en cada circunstancia y en su


existencia.

Dios se muestra y llega a nosotros en todo acontecimiento, pero para


reconocerlo es necesario la actitud y talante de hacer experiencia cristiana en toda
realidad vivida, buscar a Dios en ello, porque de él nos recibimos y somos. La
experiencia de Dios posibilita sentir que vivimos enraizados en su Amor, y seguimos
sus caminos hasta poder encontrarlo cara a cara. Esta experiencia es esencialmente
relación, encuentro con un Dios misterioso y cercano.

UN MODELO DE PERSONA, UN MODELO DE SOCIEDAD.

 Un modelo de persona: “el ser en relación”

Para la reforma de la sociedad es necesario la reforma de la persona (sólo


cambiando cada persona cambiaremos el mundo), por eso es tan importante tener muy
claro que tipo de persona queremos educar.
Toda la labor de acompañamiento ha de tener por detrás una concepción de la
persona que este clarificada, sólo sí entendemos a la persona como “ser en relación”
capaz de realizarse en cuanto que es capaz de llegar al encuentro con su yo interior y
con el tu de cada otro (con el Tú de Dios); sólo sí entendemos a la persona de manera
integral (con sus distintas “manifestaciones”: cuerpo, mente, sentimientos, Don) y sólo
desde la fe en cada persona como sujeto de amor, de creatividad, de capacidad de
elección, de creencias y valores, capaz crecer y de llegar a ser “sueño de Dios”
podemos entender el acompañamiento personal.

El hombre es un ser social, no se es humano sino es en relación a los otros. No


se puede ser autónomo, ni individual con respecto a los demás ya que los demás
condicionan mi propia realidad (mi ambiente, mi familia, mis amigos, mi pareja... son
parte de lo que yo soy, no son un añadido a mi sino que forman parte de mi ser).

Somos "imagen y semejanza de Dios" (Gn 1, 26) y Dios es en sí mismo, un ser


relacional. Se define bajo un modelo trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el cual
cada persona está en continua relación de Amor con las otras. "Yo soy el que soy" (Ex
3, 14) y "Dios es Amor " (1 Jn 4, 8) son en el fondo la misma afirmación y puesto que
yo soy imagen y semejanza de Dios, yo también soy amor. Lo que verdaderamente me
hace persona es vivir desde el Amor que ya vive en mi y que se entrega por los demás.
Sólo soy cuando amo, el amor es la realidad mas íntima de mi persona y la que me hace
ser para lo que fui soñado por Dios. El modelo o el concepto de persona debe apoyarse
aquí, desde un ser relacional (siempre en relación con los otros) que trasforma todas las
relaciones desde el amor (entregando a los otros el don regalado por Dios). La persona
entendida como unidad de los distintos aspectos que la componen: cuerpo, sentimientos,
mente y "don". Apoyada en esta última dimensión que es la que constituye el núcleo
fundamental ya que la hace entrar en relación con los demás desde el Amor.

Esta visión de la persona es compartida por escuelas filosóficas y


psicopedagógicas (el personalismo de Mounier: “la persona se encuentra al darse
mediante el aprendizaje de la comunidad” (Emmanuel Mounier), la psicología
humanista de Buber, Maslow, Carl Rogers: “Con cada hombre viene al mundo algo
nuevo que todavía no existía, algo inicial y único…Es sobre todo esa cualidad única y
excepcional la que cada uno está llamado a desarrollar y a poner en práctica” (Martín
Buber); por experiencias comunitarias cristianas (las comunidades del Arca de Jean
Vanier y Nouwen: “Cuando descubro que soy amado y aceptado como persona, con mis
fuerzas y mis debilidades, cuando descubro que hay en mí un secreto, un valor único,
entonces puedo abrirme a los demás” (Jean Vanier); y, lo que es de suma importancia
para nosotros, por San José de Calasanz, que en su visión del niño pone de manifiesto
esta confianza absoluta en la acción del Espíritu Santo dentro de cada muchacho:
“buscar la interna inclinación” (San José de Calasanz).

Partimos, pues de un modelo de persona habitado por el Amor y capaz de Amar


desde ese “don” que lleva y es en sí mismo. Una persona “buena” en esencia que está
llamada crecer en el Amor para poder ser.

Este modelo de persona nos lleva obligatoriamente a un modelo de relaciones


interpersonales:
 Un modelo de sociedad: “la fraternidad universal”

Desde este concepto de hombre surge también un nuevo concepto de humanidad


en el que la relación con los demás siempre es de fraternidad. Si somos hijos de un
mismo Padre (Rm 8,16) somos hermanos y como hermanos ha de ser nuestra relación
(Salmo 133, 1). Esta fraternidad implica que el amor tiene que hacerse concreto, hay
que manifestar el amor en cada gesto, en cada palabra, en cada situación, de modo que
el otro se sienta amado por nosotros. El otro ha de tener experiencia del amor de sus
hermanos, en vez de intuiciones de ese amor. Tenemos que aprender a manifestar el
amor que llevamos dentro no como nosotros sabemos sino como el otro es capaz de
recibirlo.

El ser persona, el ser en relación, nos lleva obligatoriamente a la fraternidad:


cuidar todas las relaciones, hacer comunidad, cuidar los encuentros, las palabras, los
detalles, la autenticidad y la calidez en la relación, el servicio, el perdón...Desde este
modelo de relación educamos en todos los valores que aparecen en nuestro ideario:

La relación se basa pues en el Amor. Un Amor por el que se ha de optar frente a


los valores que predominan en el ambiente (tener, valer, poder) y que nos sitúan en el
egoísmo. Un Amor que actúa como una fuerza centrífuga (sale de nosotros hacia fuera)
frente al esquema del egoísmo que actúa como una fuerza centrípeta (acapara hacia
dentro). Un Amor que consiste más en darme (desde lo mejor de mí mismo) que en dar.
Solamente en este entregarse desde el Amor podremos crecer como personas.

 La vida como vocación

Es este ser persona y descubrirse como persona lo que en último término dará
sentido a nuestra vida y nos hará felices y capaces de transformar la sociedad en un
mundo más fraterno. Este crecer en la personalización de lo que soy nos abre un nuevo
campo para concebir nuestra propia realidad y enfocarla desde el servicio que podemos
realizar para ser cada vez más nosotros mismos y construir al tiempo un mundo más
justo y más fraterno.

Desde esta perspectiva la propia vida se convierte en vocación ya que se vive en


respuesta a una llamada que cada uno lleva ya impresa en su propio ser. El compromiso
por construirse como persona y por conocerse como tal desemboca en una respuesta a lo
que soy y el conocimiento de esta “verdad” me hace “libre”. La vida se presenta así
como un camino de descubrimiento personal de las propias posibilidades que surgen
desde los dones que Dios me regala y de cómo puedo transformar el mundo desde mi
propia “belleza interior” siempre que actúo desde lo mejor de mí y me muevo desde el
Amor.

EN LA ESCUELA DE CALASANZ

La escuela concebida por San José de Calasanz pretendía la educación integral


del niño en piedad y letras y es desde esta perspectiva donde nos situamos al tratar el
acompañamiento personal. Hoy en día la prioridad absoluta y a veces única la ejercen
las letras. Sin abandonar la dimensión intelectual y cultural de nuestros procesos, para
el cristiano sigue siendo prioritaria la dimensión espiritual: hay que llevar a los
muchachos a la experiencia de Dios y a asumir ésta en su propia vida y en todo este
camino de conocer y acoger la piedad hacen falta compañeros y “maestros” que nos
acompañen en este descubrimiento.

El acompañamiento es una dimensión inherente del carisma escolapio. El


acompañamiento para Calasanz era indispensable en la escuela, de hecho pide
reiteradamente la existencia en todas las escuelas de un escolapio disponible para
ejercer esta labor. Era entonces una condición necesaria para ejercer nuestro ministerio:
"Entre estos religiosos (en la actualidad también laicos) ha de haber un confesor
(traduciríamos hoy, en relación al tema que nos ocupa, por acompañante) de alumnos.
Con mucho cariño y benevolencia logre que los muchachos se sientan seducidos por
Dios y lo respeten y amen como a su verdadero Padre" (CC 193)
Incluso si dejamos al margen la perspectiva de la fe y el crecimiento en la piedad
que pretende cualquier centro escolapio, creemos que el acompañamiento es necesario
porque ayuda al adolescente y al joven a madurar y le pone en camino para discernir su
vocación; porque es una tarea propia de una educación personalizada, del “uno a uno”;
porque el ser humano es un ser procesual que necesita de un acompañamiento que le
ayude a confrontarse, aclararse y a sacar “lo mejor de sí mismo”.
Los jóvenes y adolescentes a los que nosotros vamos a tener que acompañar se
encuentran inmersos en una sociedad incapaz de ofrecer respuesta a los grandes
interrogantes que darán sentido a sus vidas, de hecho ni siquiera les va a plantear dichos
interrogantes, sino más bien va a sustituirlos con sensaciones inmediatas que
presuntamente les proporcionaran la satisfacción que ansían, pero que en la mayoría de
los casos lo que harán será mantenerles en un estado de adolescencia permanente,
incapaces de tomar decisiones que comprometan sus vidas e incapaces de ejercer la
verdadera libertad porque supuestamente ya son ”libres”, lo que necesitan son testigos
capaces de “vivir en el mundo sin ser del mundo”.
Para que este testimonio les llegue y sea fecundo es imprescindible “abajarse a
ellos” de modo que reciban nuestro mensaje como posible para ellos en su “propio
mundo”, esto implica que los educadores debemos conocer a los jóvenes y adolescentes
y su mundo relacional, debemos estar entre ellos y ser capaces de llegar hasta sus
centros de interés y todo para servirles desde el Amor de modo que nuestra cercanía,
nuestra entrega y nuestro testimonio cuestione sus vidas y dé las pautas para optar por
la Vida.

Este acercamiento, este vivir entre y para ellos supone una “pedagogía del uno a
uno” en la que el gran objetivo será llegar a cada muchacho en particular y buscar los
resultados en “la eterna poesía de lo pequeño y de lo cotidiano” que es donde van a
fraguarse las grandes opciones de la vida, supone por tanto olvidarse de “predicar” para
las grandes masas y saber pararse a escuchar la melodía del corazón de cada muchacho
y el susurro del Espíritu en su vida.

Y es en este ser testigos, en el “abajarse a los muchachos” y en la “pedagogía del


uno a uno” donde el acompañamiento personal entronca con la tradición escolapia para
poder caminar con los chavales hacia el encuentro de su propia persona y de la
“verdad”.
ALGUNAS CUESTIONES PARA AYUDAR A LA
PUESTA EN COMUN
1. ¿Cómo trabajamos la personalización en nuestra labor educativa?
2. Comentar en grupo los “principios de la pedagogía de la
personalización”.
3. ¿Es el modelo de persona propuesto el que pretendemos educar en
nuestros chavales?
4. ¿Educamos en el día a día para una “relación de fraternidad”?
5. ¿Tiene sentido hoy en la Escuela Pía educar para la “piedad”?,
¿por qué?
6. ¿Cómo llevamos a cabo en nuestro quehacer cotidiano la
“pedagogía del uno a uno”?