José Manuel Garrido
José Manuel Garrido
Rico en contrastes, estudió la carrera de biología, el motivo: estudiar una carrera que no
se impartiese en Murcia para poder ir a Madrid, capital de España y del teatro español.
Curiosamente, ha compaginado su papel como gestor cultural con el de docente de
biología durante toda su trayectoria profesional. Allí dio sus primeros pasos como
director y gestor cultural, fundando la Compañía de Teatro Universitario de Madrid
contando con el apoyo del rectorado de la Complutense y siendo su primer director.
Esto ocurrió durante los años 60, período de ambiente contestatario en el ámbito
universitario, y en el teatro universitario no se operó una excepción. José Manuel
colaboró en esa tendencia. Trabajó con José Luis Alonso, uno de los grandes directores
del momento.
Teniendo en cuenta el contexto de transición que estaba viviendo España, cabe tener en
cuenta que esta transición también se estaba produciendo en el ámbito cultural, después
de 30 años de dirigismo cultural, por fin el país, las regiones y las localidades podían
desarrollar su cultura libremente. Y Garrido formó parte y se formó en este proceso, del
que él destaca el papel crucial de los ayuntamientos en este renacer cultural que estaba
experimentado el país. A su formación también contribuyó el hecho de que, siendo
Murcia una región uniprovincial, ostentaba el puesto de concejal de cultura, diputado de
cultura y consejero de cultura; gestionando él todo el presupuesto que estaba destinado a
cultura en la Región de Murcia.
Con el primer gobierno de Felipe González, se le propone a José Manuel Garrido
formar parte del ministerio de Cultura y Deporte al frente del sector teatral y musical,
siendo ministro Javier Solana.
Garrido recabó información (intentó entrevistarse con el 100% del sector) acerca de la
opinión general que había en el sector y a partir de ahí diseñó un programa de política
cultural con el que revitalizar enormemente el mundo del teatro y la música. Nace la
Compañía Nacional de Teatro Clásico, se reforma el Festival de Almagro, nace la Joven
Orquesta Nacional, el Centro de Difusión de la Música Contemporánea y el festival de
Alicante; y, habiendo asegurado la estancia, se garantizó el progreso con el Centro
Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas. Es decir, consistió en la reforma y creación
de un aparato unitario de instituciones que garantizase el normal proceso y progreso del
teatro y la música en España.
Consiguió reactivar el Teatro Real como teatro de ópera, género polémico en la España
del momento por ser exclusivo de la aristocracia y por hacer competencia a la zarzuela,
género nacional que se asemeja a la ópera. Las consecuencias que se dieron de esta
reconversión fueron muy grandes. Dada la gran inversión que se hace en el Teatro Real,
se intenta encontrar un equilibrio territorial, el cual se consiguió con el Plan de
Auditorios de España. El carácter docente y educativo que adquirió el Teatro Real forzó
al Ministerio de Educación a crear un conservatorio (Escuela Superior de Música Reina
Sofía), además de una escuela de arte dramático, ambas instituciones asociadas al
propio Teatro Real.
Dentro del ámbito del teatro en España, había una corriente de opinión que lamentaba el
hecho de que, en el país, a diferencia de en otros de Europa, no existiese una compañía
propia y representativa de las obras teatrales clásicas nacionales. A raíz de esta
corriente, José Manuel Garrido pone en marcha la Compañía Nacional de Teatro
Clásico bajo la dirección de Adolfo Marsillach. Esta iniciativa es probablemente la que
más impacto ha tenido con el paso del tiempo. Se trata de una institución que busca el
equilibrio entre fidelidad al patrimonio del teatro español y una interpretación que, sin
dejar de ser fidedigna, contase con una nota de innovación que la dotase de versatilidad,
entre otras cosas, porque las obras clásicas debían adaptarse a los medios con los que
cuenta este arte hoy en día, que son más bien pocos.
Una tendencia clara que siempre tuvo Garrido es la de, junto con las instituciones de
promoción de las artes escénicas y las compañías de producción artística, creaba
también un escaparate donde estas pudiesen exhibir los resultados de su trabajo. Es
decir, velaba por la permanencia de lo que estaba creando, abriendo una puerta al
desarrollo de cada una de estas instituciones. Un claro ejemplo de esto es el de la
Compañía Nacional de Teatro Clásico, que tuvo como escaparate el Festival de
Almagro, que también ha perdurado su impacto hasta hoy. Resulta llamativo lo sencilla
y sutil que puede ser a veces la política cultural, y es que el éxito del que goza el
Festival de Almagro desde los años 80 se debe a un mero cambio de fecha (de
septiembre a julio). A pesar de que todo parecía apuntar al emplazamiento en un pueblo
de Ciudad Real, verdaderamente afectado por el éxodo rural que se produjo en la
segunda mitad del siglo XX; el verdadero problema era que tenía lugar en septiembre,
coincidiendo con el comienzo del curso y del año laboral, así como por el frío que ya
empieza hacer en la Mancha por estas fechas. Era cuestión, simplemente, de saber
enfrentarse a tradiciones que no respondían a ninguna función.
Un aspecto que José Manuel Garrido consideró especialmente difícil fue el de definir
una línea de progreso para las artes escénicas. Es decir, desde el gobierno se quiso
establecer un motor de evolución de las tendencias, lo complicado fue establecer el
punto al que se quería tender en esta evolución. Con este propósito, Garrido consideró
necesario consultar a los mejores del gremio, más allá de sus preferencias artísticas e
ideológicas, para trabajar en conjunto con un propósito común, método que el murciano
considerará indispensable durante toda su carrera.
Tras este período más intenso dedicado a la gestión y a la política cultural, José Manuel
siguió dedicándose a la política en este sentido como Vocal del Consejo Estatal de Artes
Escénicas y de la Música. Además, ha colaborado hasta el día de hoy con iniciativas
privadas, entre las que cabe destacar el Museo Universidad de Navarra, cuando colaboró
con el arquitecto navarro Rafael Moneo en la supervisión de la construcción del teatro
con el que cuenta hoy en día esta institución.
Pero, lo que sin duda resulta más interesante de la vida de José Manuel Garrido, es el
impacto que tuvo en lo que se ha llamado “el renacer del teatro español en Madrid”, que
he procurado resumir en las líneas anteriores a la par que daba algunas pinceladas sobre
su forma característica de abordar la política cultural.
Teniendo en cuenta el gran impacto que este político cultural murciano tuvo en la
historia de España, he recurrido al fondo archivístico que donó al Archivo de la
Universidad de Navarra para ilustrar hasta que punto influyó en el sector del teatro
durante los años 80. Para ilustrar este impacto he utilizado una serie de artículos del
diario ABC (el Sábado cultural) que muestran este Renacimiento de la dramaturgia en
la capital española.
En un delicioso artículo escrito en enero de 1985, Joaquín Calvo-Sotelo cuenta una
anécdota que ilustra de un modo maravilloso lo que es el teatro, a pesar de que haya
habido tiempos y personas que no lo hayan tratado debidamente. Cuenta que contaba
Vittorio Gassman, celebre actor y director de teatro y cine, que en una ocasión se
encontraba buscando una actriz para el personaje de abuela en la obra de teatro «La ruta
del tabaco». En estas estaba, cuando encontraron en una residencia de ancianos a una
señora mayor que nunca había ido al teatro, la llevaron a una representación y, al
concluir, le preguntaron que le había parecido. «Respondió con estas memorables
palabras: “El momento más hermoso fue aquel en que se encendieron las luces y la
gente hablaba y se iba a tomar café. Luego, en cambio -les dice-, veníais vosotros a
molestar desde allí, hablabais de vuestras cosas y los demás teníamos que estar callados.
Esos momentos resultaban un poco aburridos.”» (Calvo-Sotelo, 1985).
La sencilla opinión de esta anciana captó lo mejor y lo peor del teatro, entiéndolo como
«escuela y espejo de toda sociedad viva»1. Lo mejor puede ser la continuidad real que
supone una obra respecto a la sociedad que representa, mientras que lo peor es la
indiferencia y la frivolidad frente a esta realidad que tiene que ser mirada con respeto e
interés. Y es que el auge más reciente que ha experimentado el teatro no sucede en unas
circunstancias cualquiera, sino en un contexto propicio que, asimilado
convenientemente por personas competentes, se convirtió en el escenario de una meta-
obra de teatro protagonizada, entre otros, por José Manuel Garrido.
Este renacer del teatro acontece a mediados de los años 80, fundamentalmente en
Madrid, pero llegando a diversos rincones del panorama nacional. Sucede tras la llegada
al gobierno del Partido Socialista por primera vez en 1982, momento en el cual la
sociedad se encuentra en un proceso de cambio en muchos aspectos.
En un mundo en el que cada vez las cosas van más rápido, paradójicamente, es más fácil
distinguir los cambios en el momento en el que se producen, también porque cada vez
se dan de forma más violenta. No me refiero tanto a los cambios políticos, que son más
evidentes y controlables, si no los cambios de mentalidad de una sociedad, que muchas
veces son consecuencia de cambios políticos. La transición española a la democracia
fue uno de estos momentos en los que es fácil percibir un cambio de mentalidad, por así
1
Definición dada por autor no especificado en la sección de opinión (p. 11) del periódico ABC del 15-02-
1986, Campaña de apoyo al teatro.
decirlo, en directo. En este sentido, es muy interesante acudir a las secciones de opinión
de los periódicos, donde muchas veces se expresa de forma clara la mentalidad de la
sociedad desde distintos puntos de vista.
Es el caso de un artículo que, precisamente, hace un análisis del contexto social desde el
punto de vista del teatro. Señala que el auge del teatro llega, oportunamente, en un
momento de «excesiva, aunque comprensible, politización de la vida» (Auge del Teatro,
1985). Es decir, los españoles eran conscientes de que se estaba operando un cambio al
que se tenían que adaptar, cuanto antes mejor. Pero, además, la transición a la
democracia provocó un enorme protagonismo de la clase política en muchos ámbitos
del día a día, que podían eclipsar a los medios tradicionales de ocio y entretenimiento.
En estos años también se está sufriendo una dura crisis económica, que merma el ánimo
de un pueblo que había disfrutado durante décadas de una salubridad económica
inigualable. Si bien intensa, la crisis fue lo suficientemente breve como para no acabar
con las esperanzas de una sociedad que estaba experimentando una «rápida maduración
tras el cambio democrático» (El teatro en alza, 1987). Y es precisamente esta potencial
madurez la que necesitaba un teatro que comienza a acusar de manera crítica la
enfermedad de los costes de Baumol2.
Esta «enfermedad financiera» lo que provoca en una sociedad que cada vez le da menos
importancia a la cultura es la condena al déficit. Cada vez se llenan menos salas, menos
gente se quiere dedicar al teatro, más caras son las producciones, más difícil conseguir
financiación… Existen dos vías de solución al respecto: la financiación del gobierno y
la promoción de la cultura a través de la publicidad y la educación. Y es ahí donde entra
2
La enfermedad de los costes de Baumol afecta a aquellas empresas con escaso desarrollo tecnológico,
teniendo en cuenta que este desarrollo multiplicaría la productividad. En el caso del teatro, el factor humano
es insustituible, y la población aumenta, mientras que la demanda de teatro desciende.
José Manuel Garrido que, a parte de llevar a cabo las dos vías mencionadas de manera
magistral, abrió una tercera: la alianza con la iniciativa privada. Para conseguir esto en
el contexto en el que se encontraba el teatro, Garrido tuvo que diseñar un proyecto
realista y convincente que motivase la inversión en un sector que, prácticamente, estaba
condenado al déficit crónico. En palabras del propio José Manuel: «lo público es la cosa
de todos, es por eso que reivindico la ayuda privada. No tiene sentido que se distingan
los modos de financiación cuando, tanto lo público como lo privado, queremos pagar las
mismas obras de teatro» (Garrido, 2021).
Garrido se convierte en responsable de las artes escénicas y la música en 1982, bajo las
órdenes del ministro socialista Javier Solana que, como afirmó el propio Garrido: «me
consintió hacer lo que quisiera» (Garrido, 2021). Desde que se puso al frente de las artes
escénicas, el político murciano estuvo dos años y medio diseñando un plan de
promoción de la cultura en su sector de dimensiones ciclópeas. Las consecuencias
concretas de este plan son fácilmente constatables y las he resumido de forma escueta al
principio, pero en lo que resta de ensayo me gustaría centrarme en el fenómeno que
supuso Garrido por su política cultural y el impacto que tuvo en la opinión pública.
La política cultural que desarrolló José Manuel Garrido desde 1985 hasta ya entrados
los 90 no destacó únicamente por sus resultados, sino también por la forma en la que se
llevó a cabo, que probablemente fue lo que más impactó a la opinión pública. En primer
lugar, cabe destacar la conciencia de la necesidad de cambio radical, no era cuestión de
tomar medidas para promocionar el teatro, sino de construir uno nuevo empleando los
cimientos milenarios. Esta conciencia no obedece solo a su visión estratégica, sino al
conocimiento y amor profundos que sentía por el teatro, y que le planteaban un objetivo
ilusionante.
Tanto fue así, que el diario ABC periódicamente durante dos años dedicó artículos que
subrayaban el crecimiento exponencial del género teatral, además de «aplaudir» la
gestión de José Manuel Garrido ad hominem. Resulta muy gráfico analizar tres titulares
que emplean en distintos artículos: «Ebullición del teatro» (01-1985), «Auge del teatro»
(06-1985) y «El teatro en alza» (02-1987). El primer artículo responde a los meses
siguientes tras el lanzamiento del proyecto de Garrido, y ya destaca que el teatro está
experimentando un paulatino crecimiento que no puede sino dar esperanzas. Y, mientras
en el primer artículo consideraban que «es pronto para echar las campanas al vuelo»,
cinco meses después se produjo el paso de la «ebullición» al «auge», donde se atribuye
(ad hominem) a Garrido «un espíritu liberal que este periódico no puede menos de
aplaudir» (Auge del Teatro, 1985). Podría considerarse que esta mejoría es una ilusión
pasajera, como ocurre muchas veces con las medidas que toma un gobierno, pero resulta
que un año y medio después de estos dos artículos el diario ABC considera que «el
teatro (sigue) en alza», y así será durante cinco años más, por lo menos.
3
La cita del párrafo anterior es muy ilustrativa a este respecto: «(Administración) impregnada de un espíritu
liberal que este periódico no puede menos de aplaudir» (Auge del Teatro, 1985).
características tan liberales que disuena del contexto de gobierno en que se produce»
(La dirección general del teatro, 1985).
Puede ser que la política cultural sea el único espacio que le quede a la política
partidista en el que se puede hacer política de verdad. Política es establecer fines
comunes y los medios para alcanzarlos. ¿Por qué es más fácil hacer política en el ámbito
cultural? Porque, mientras la nación se sustenta sobre valores inconcretos carentes de
universalidad, la cultura se sustenta sobre personas que quieren preservar lo bello, lo del
día a día, lo común, lo propio.
Bibliografía
Auge del Teatro. (8 de Junio de 1985). ABC, pág. 23.
Calvo-Sotelo, J. (26 de Enero de 1985). Ir al teatro. ABC, pág. 42.
El teatro en alza. (21 de Febrero de 1987). ABC, pág. 36.
Garrido, J. M. (2021). "Figuras" Entrevista a José Manuel Garrido. CDAEM. INAEM.
(C. d. Música, Entrevistador)
La dirección general del teatro. (26 de Enero de 1985). ABC, pág. 32.
Nieva, F. (21 de Febrero de 1987). Por un teatro joven. ABC, pág. 12.
Vivir el teatro. (21 de Febrero de 1986). ABC, pág. 1.