Concepto Territorios Ancestrales Aconc
Concepto Territorios Ancestrales Aconc
No. Rad.105
Elaborado por:
Marta Saade
Daniel Varela
Carlos Andrés Meza
Daniela Barbosa
Para definir la categoría de “territorio ancestral” de las comunidades negras o afrodescendientes que
no cuentan con títulos colectivos de un globo de tierra, El ICANH acoge los postulados enunciados
por la Corte Constitucional de Colombia en el numeral 93 del Auto 005 de 2009, cuando dice que:
“Para estos colombianos [los afrodescendientes de comunidades negras], el territorio tiene una
importancia más profunda que va más allá de un lugar para vivir y sostenerse. El territorio es una
expresión de su memoria colectiva, de su concepción de la libertad. Por eso, hablar de territorio no se
hace referencia sólo a los titulados colectivamente, sino a los ancestralmente habitados por las
comunidades afrodescendientes en Colombia. El territorio es una concepción integral que incluye la
tierra, la comunidad, la naturaleza y las relaciones de interdependencia de los diversos componentes.
Del territorio también hacen parte los usos y costumbres vinculados a su hábitat que las comunidades
afrocolombianas han mantenido por siglos y que se expresan también en los saberes que la gente
tiene y en el conocimiento de los ritmos y los tiempos para hacer las distintas actividades”.
De acuerdo a lo anterior, se puede establecer que, a pesar de que las tierras habitadas por los grupos
afrodescendientes del norte del Cauca aún no son tituladas colectivamente de acuerdo a la
jurisdicción de la Ley 70 de 1993, son “ancestrales” en la medida en que cumplen dos condiciones:
(1) que aquellos grupos han tenido una presencia histórica demostrable en la zona, que se remonta
varios siglo atrás, y que es el fundamento de una memoria colectiva que hoy los cohesiona como
grupo alrededor del valor de la libertad y de la consciencia de saberse descendientes de esclavizados
africanos; y (2) que estos habitantes han desarrollado prácticas económicas, culturales y políticas en
relación con esos territorios, las cuales se fundamentan en saberes específicos sobre el mismo y su
medio ambiente, y se enseñan y transmiten de generación en generación. Se debe aclarar pues, que
el sentido de ancestralidad en este contexto no se asocia con la propiedad legal sobre la tierra, sino
con los modos de tenencia, trabajo y significación que permanecen a través del tiempo.
La historia del poblamiento de la gente negra en la zona se remota hacia el siglo XVII con el
asentamiento de La Toma en 1636. Este proceso ha estado marcado por la búsqueda constante de su
libertad. Desde la Colonia hasta nuestros días, el valor de la libertad ha sido encarnado en
reivindicaciones constantes de acceso a la tierra, ciudadanía plena y autonomía económica y social.
Los conflictos territoriales con hacendados e industriales del agro han constreñido
permanentemente la materialización de dichas reivindicaciones libertarias.
El poblamiento afrodescendiente en el norte del Cauca se dio entonces en cuatro fases (Hurtado,
2001; Taussing, 1979). En primer lugar, éste inicia con la actividad económica principal de la
provincia de Popayán en el siglo XVI: la instalación de haciendas (Japio, La Bolsa, El Hato, La
Arboleda, Matarredonda, San Julián, Pílamo, El Credo, entre otras), trapiches y minas (Gelima,
Honduras, Santa María, Caloto, entre otras) que usan mano de obra esclava como se señaló
anteriormente (Mina, 2011; Colmenares, 1983; De Roux, 1984; Almario, 2013). En esta fase se
llevaron a cabo intentos de fuga y rebelión de algunos esclavos a mediados del siglo XVII que
condujeron al refugio en los montes oscuros de las haciendas (los bosques periféricos) y en las
orillas de ríos aislados donde había poco control territorial de los hacendados. Esto permite la
constitución de palenques en la zona, un tipo de asentamiento que garantizó la permanencia de la
población negra allí como un modo de resistencia frente a la esclavitud.
Durante estas cuatro fases de poblamiento se gestó el proceso de tenencia de la tierra por parte de
las generaciones de pequeños productores agrícolas de cacao, plátano, yuca y café. En este proceso
se consolida un tipo de economía campesina, la cual tiene algunos períodos de inestabilidad
(Taussing, 1979)1. Las actividades agrícolas se complementa con prácticas de minería artesanal
(barequeo o tambeo) en los ríos de esta subregión necesarios para dar respuesta a los momentos de
inestabilidad productiva. Alrededor de esta dinámica económica propia de tipo complementario se
constituye una organización social de los pobladores evidente en el patrón de asentamiento en el
territorio y en los modos de trabajo de la tierra. Por una parte, se constituyen fincas sobre las que se
gesta un saber, un modo de trabajo y, por otra parte, tipos de propiedad colectiva aún presentes en
algunas prácticas y tradición oral de aquellos grupos.
La historia se remonta a finales del siglo XVII, con el surgimiento y auge de las haciendas
esclavistas articuladas a la economía minera de las vertientes de las gobernaciones de Popayán y del
1
De acuerdo con los estudios antropológicos realizados por Caicedo en la zona (2012), en términos
históricos, la zona plana del norte del Cauca presenció desde finales del XIX, y al menos hasta los años 30 del
XX, la transformación de las antiguas haciendas esclavistas en haciendas dedicadas a la producción
agropecuaria que se alternaban con parcelas campesinas de gente negra, mulata y libre, descendiente de los
antiguos esclavos que habitaban las haciendas. Esta población campesina propietaria de pequeñas fincas se
dedicaba al cultivo de café, maíz, tabaco y cacao.
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Chocó. Durante este siglo, los dueños de las minas del Pacífico habitaron ciudades coloniales como
Popayán, Cali, Caloto y Buga. Desde ahí, también administraron haciendas ganaderas y de trapiche,
ubicadas en el valle del río Cauca. Durante la época colonial, estas haciendas proveyeron alimento a
los reales de minas del Pacífico y de la zona montañosa del río Cauca (Colmenares, 1979; 1983;
Barona, 1995). Haciendas y minas eran operadas con mano de obra esclavizada. Sabemos que estos
esclavos fueron traídos a la Gobernación de Popayán desde la Costa de Oro, la Costa de Benín, el
Golfo de Biáfara, y de las regiones bantú, ubicadas en lo que hoy es Congo y Angola, en el
occidente de África (Colmenares, 1980: 14).
El Informe del gobernador de la Provincia de Popayán Diego Antonio Nieto, elaborado en 1779 y
reseñado por Marta Herrera (2009), deja ver que, para entonces, la jurisdicción de Caloto
concentraba 23 haciendas esclavistas, lo que representaba el 68% de las haciendas en toda la
provincia (Herrera, 2009: 175). A finales de la colonia, el territorio de Caloto comprendía a los hoy
municipios de Padilla, Miranda, Corinto, Caloto, Santander de Quilichao, Puerto Tejada, Villa Rica,
Guachené, Suárez y Buenos Aires. El mismo informe de Nieto, destaca la siguiente composición
demográfica de la Jurisdicción de Caloto para ese año: 411 blancos (2,3%), 5.315 indios (31,4%),
6.144 esclavos (36,3%) y 5.067 libres (30%) (entre quienes se encontraban descendientes de
esclavos libertos y automanumitidos, mestizos y mulatos) (Herrera, 2009: 89). Estos datos
confirman la preeminencia del componente afrodescendiente en la región que hoy es conocida
como el norte del Cauca desde el último siglo de la época colonial.
El mapa a mano alzada de la región de Quilichao en 1762, rescatado por Marta Herrera (2009: 184)
en el Archivo General de la Nación (ver anexo 1), permite ver la organización espacial durante la
colonia tardía del territorio que hoy ocupa el Consejo Comunitario de la cuenca del río La
Quebrada. Gracias al mapa sabemos que dicho territorio estuvo dominado por la hacienda esclavista
de Japio, en ese entonces propiedad de los jesuitas, por las haciendas de ganado y trapiche de la
familia Arboleda de Popayán, y por varios reales de minas ubicados en la ladera, propiedad de
blancos payaneses entre los que también se destacaban los Arboleda. Esta familia inició su empresa
esclavista en el valle alto del río Cauca en 1688, cuando compró la Hacienda La Bolsa, a orillas del
río Palo en jurisdicción de lo que hoy es Villa Rica y Puerto Tejada. Luego de eso se hizo a varios
reales de minas en Caloto, a las haciendas Quintero en Villa Rica, Llanogrande en Palmira y
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Quebrada Seca en Corinto. Los Arboleda terminaron de consolidar su poderío en 1777 cuando
compraron a los jesuitas la gran Hacienda de Japio (Mina, 2011: 49). Japio había adquirido las
características de una hacienda de trapiche administrada por la Compañía de Jesús hasta 1767,
cuando los jesuitas fueron expulsados del virreinato de la Nueva Granada. En 1771, Francisco
Antonio Arboleda compró Japio por 70 mil pesos (Llanos 1979). Cabe agregar que esta hacienda es
central en la narrativa fundacional acerca la presencia y la continuidad histórica de la población
afrodescendiente en la región, y está presente en los relatos históricos de las comunidades, las
diversas manifestaciones discursivas de su subjetividad y en sus modos de conocimiento
tradicional. Esto se evidenció en los consejos comunitarios de Yarumito, Centro Caloto Pandao,
Quitacalzón y Bodega Gualí, ubicados en el municipio de Caloto. Algo similar ocurre en los
consejos comunitarios de El Jagual y La Paila, asentados en las tierras del sitio de Santa Ana
(Corinto), que pertenecieron durante la segunda mitad del siglo XVIII a la familia Mosquera,
también asentada en Popayán. Se destacan las haciendas esclavistas García, Los Frisoles y El
Llanito, propiedad de Lorenzo Mosquera (Herrera, 2009: 120; García, 2005: 117). Los Mosquera
consolidaron su emporio con reales de minas en Cerro Teta (Gelima) y la Hacienda Coconuco cerca
de Puracé (Ahumada, 2010; Valencia Llano, 2001)
Al margen de esta geografía hegemónica, erigida por el reconocimiento que el régimen colonial
hizo de haciendas, reales de minas, sitios con capilla y la ciudad de Caloto con iglesia, el mapa
rescatado por Herrera también deja entrever una geografía contra-hegemónica, dominada por el
“pueblo de libres” de Quilichao. Se trataba de una territorialidad propia que los libertos comenzaron
a construir desde entonces, articulada con la producción campesina de alimentos, la venta
clandestina de tabaco y aguardientes, y las relaciones familiares, económicas y sociales que los
libertos que mantenían con los esclavizados en las haciendas y en las minas. Esto lo corrobora
Mateo Mina, 2011) quien afirma que desde las primeras décadas del siglo XVIII, los esclavos huían
de las haciendas hacia las riberas de los ríos Palo y La Paila, y se internaron en los montes y
bosques, cerca de lo que sería después Puerto Tejada, en donde construyeron palenques que estaban
en las tierras de los esclavistas. Quilichao también funcionó como el eje comercial de este sector de
campesinos libres que buscaron vida en las zonas boscosas a orillas de los ríos y los zanjones, por
fuera del control colonial. Los conflictos reseñados por Herrera (2009: 180-199) entre los libertos
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de Quilichao y la familia Arboleda, demuestran no solo la apropiación económica y cultural que la
gente negra hizo de esa región, sino también la lucha que (desde entonces) estos descendientes de
esclavos emprendieron para que las autoridades reconocieran su legítimo ejercicio de territorialidad.
Para 1797 existían en la jurisdicción de Caloto pueblos de libres conformados por vecinos blancos
montañeses y pardos que mantenían relaciones comerciales con los esclavos de las minas en manos
de propietarios ausentistas que residían en Popayán. La historiadora Marta Herrera (2007, 175)
deduce, a partir del número significativo de haciendas, reales de minas, pueblos de libres y de
indios registrados en el informe de 1797, que Caloto estaba atravesando un proceso de gran
dinamismo y heterogeneidad en el ordenamiento espacial y territorial de su población. Esta
contigüidad entre haciendas, reales de minas y pueblos de libres, es el indicador de un conflicto
entre los diferentes estamentos sociales. Las relaciones comerciales entre libres, esclavos y vecinos
de Caloto preocupó a hacendados, mineros y autoridades eclesiásticas, encargados de ejercer el
control a partir de rígidos patrones de diferenciación social conservados mediante la esclavitud
(Herrera 2007, 190).
En las primeras décadas del siglo XIX, las guerras de independencia y el incremento de la
población “enmontada” implicaron la pérdida de mano de obra para las haciendas y minas, lo cual
desestabilizó el sistema esclavista y precipitó la decadencia de las haciendas. La pérdida de control
social, derivada de la guerra y de las necesidades de los ejércitos combatientes, hizo posible que la
libertad jurídica y de hecho de muchos esclavos se propagara en la región (Valencia Llano 2007,
88). Para la década del cuarenta del siglo XIX había una población negra que vivía en las riberas de
los ríos, lejos del dominio de los esclavistas, afincada en sus parcelas en donde sembraban cultivos
de pancoger aún sin ser propietarios con título. Al tiempo que libraban ocupaciones de hecho y
resistencias armadas contra los terratenientes caucanos, apelaban a la legislación vigente o a la
participación en nacientes escenarios institucionales (Díaz 2015). En la medida que las guerras
civiles del siglo XIX llevaron a que los blancos caucanos recurrieran a los negros como fuerza
armada para dirimir sus conflictos por el poder, éstos últimos aprovecharon dichos conflictos para
afirmar sus derechos de propiedad.
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Sin embargo, los hacendados de Caloto figuraron entre los principales financiadores de los ejércitos
independentistas, lo cual explica el que la estructura de propiedad de la tierra haya permanecido
intacta tras la derrota del régimen hispánico. El Registro de treinta haciendas y sus dueños en el
Cantón de Caloto el 19 de enero de 1827, rescatado por Zamira Díaz del Archivo Central del Cauca
(Díaz, 1983: 94), reafirma la propiedad de los Arboleda sobre Japio, La Bolsa, Quintero y otras
haciendas en los sitios de Caloto, Quilichao y Jambaló. De igual forma, en el Curato de Santa Ana
(hoy Corinto y Miranda) la Hacienda García siguió perteneciendo a los Mosquera, mientras que la
Hacienda El Jagual se registra como propiedad de Doña Bárbara Asprilla, quien también era dueña
de El Pílamo en Guachené2. Como hemos descrito, estas familias caucanas y sus haciendas
esclavistas estaban entroncadas en el antiguo régimen hispánico. Su presencia constreñía la
territorialidad libre campesina que algunos afrodescendientes practicaban desde la Colonia y
esperaban consolidar con la República.
La independencia trajo una nueva realidad económica a estos latifundios: desde el inicio de la
República y a lo largo del siglo XIX la economía hacendataria del valle geográfico del río Cauca
entró en un periodo de decadencia. Esta crisis fue causada por el declive de la minería en el Pacífico
tras el agotamiento de los depósitos metalíferos (Escorcia, 1983: 14). Otros elementos de esta
debacle fueron los costos de las campañas independentistas y la manumisión de los esclavos que
lucharon en dichas huestes (Díaz, 1983: 81; 88). La falta de capital impidió que los hacendados
reconstruyeran la grandeza de sus hatos, de sus cañaduzales paneleros y de sus cuadrillas de
esclavizados (Díaz, 1983: 88).
Los años de supremacía liberal entre 1845 y 1876, significaron un periodo de ganancias políticas y
económicas para los afrodescendientes del valle del río Cauca. Durante esos años los sectores
populares negros caucanos entablaron una alianza con las élites del partido liberal alrededor de
principios como: la abolición de la esclavitud y del monopolio estatal sobre el aguardiente y el
tabaco, el castigo a los latifundios improductivos y la solución al problema de escasez de tierra, la
2
Sobre las propiedades de Doña Bárbara Asprilla también ver: Valencia Llano, 2001: 48. En los años
siguientes, los Arboleda se harían a la propiedad de El Pílamo.
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ciudadanía plena con la universalidad del voto masculino3, la progresividad en los impuestos y la
anulación de las leyes contra la vagancia, las cuales mantenían a los libertos aún sujetos a las
haciendas de sus antiguos amos. Las llamadas sociedades democráticas, instauradas en varias
ciudades caucanas, fueron los escenarios donde se gestó esta alianza, la cual fortaleció el modelo de
territorialidad construido por los campesinos libres desde la Colonia y retribuyó con réditos
electorales y militares a las élites liberales que se hicieron al poder en el departamento y en la
nación (Sanders, 2009). En el Cantón de Caloto dicha alianza fue evidente en 1850, cuando el
gobierno liberal ordenó el traslado de la capital cantonal de la ciudad de Caloto al sitio de
Quilichao, el cual había sido fundado en el siglo XVIII por negros libertos y mestizos comerciantes.
En 1851 también se fundó en Quilichao una sociedad democrática que agrupaba a campesinos,
comerciantes y soldados liberales, quienes incidieron directamente en la administración pública
local y lucharon en los ejércitos del gobierno liberal en 1851 y 1854 (Lobato, 1987).
3
Hasta entonces solo tenían derecho al voto los hombres letrados y con propiedad sobre la tierra.
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institución ya estaba en decadencia. Al tiempo, una gran masa de afrodescendientes libres y sin
tierra buscaba alternativas para consolidarse como una fuerza económica y política en la región.
Las haciendas sobrevivieron durante el siglo XIX mediante el arriendo de parcelas a campesinos
libres negros y abasteciendo el restringido mercado regional (Díaz, 1983: 88; Mina, 2011: 67-85).
La estrategia del terraje, forma de conseguir mano de obra barata a cambio de una porción de tierra
que era pagada en especie o trabajo, era muy usual en la segunda mitad del siglo XIX. Los
terratenientes y mineros esclavistas lo emplearon entre las diferentes estrategias orientadas a retener
la mano de obra y mantener la renta de la tierra. La progresiva expansión parcelera de los
campesinos o comuneros y de los terrajeros, también representó un riesgo económico y político
para los terratenientes, por lo que éstos consideraron conveniente la concentración de terrajeros y
comuneros en lugares donde pudieran ser controlados (Almario, 2013). Este tipo de relaciones de
arrendamiento basadas en la propiedad y la tenencia son importantes en el surgimiento del
campesinado negro del valle del río Cauca, una vez que la esclavitud desapareció jurídicamente en
1852.
4
En su relación con el hacendado, el terrazguero recibía una parcela que explotaba con su familia; a cambio, se obligaba
a cumplir una serie de condiciones y obligaciones, incluido un canon de arrendamiento anual (terraje) como pago por la
tierra que ocupaba (Mejía y Moncayo, 1987: 91).
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ya sembraban tabaco de contrabando, hicieron de estos cuatro productos la base de sus pequeñas
fincas, al lado de la producción de alimentos propios como frutales, maíz, frijol, el mismo plátano,
la cría de pequeños animales y la pesca en ciénagas y madres viejas (Friedemann y Arocha, 1986:
208-217; Mina, 2011: 59-110; Vélez et al, 2014: 169-171). Las formas de apropiación colectiva se
sustentaban en “mingas” o trabajos colectivos, en el “cambio de mano” que es el trabajo entre
familias y vecinos (Mina, 2011: 21).
Por otra parte, se establece un patrón de asentamiento veredal de acuerdo con la organización social
de los pobladores de tipo campesino. Este tipo de asentamiento consiste en que “los parientes por
descendencia y matrimonio tienden a agruparse en vecindades separadas, conocidas como veredas,
éstas están socialmente compuestas por ramas familiares de jerarquía cuyas funciones están
dirigidas por un campesino, invariablemente un varón” (Taussing, 1979: 28). Dicho modo de
tenencia de la tierra no necesariamente tiene que ver con la propiedad legal de la misma, sino con la
apropiación del espacio y manejo del territorio por lazos parentales propios de la cultura
afronortecaucana. Es evidente, entonces, la relación directa entre la cultura de estos grupos y el
territorio a través de las relaciones de parentesco ancestral y la constitución de veredas.
Mientras las haciendas decaían, las fincas afrocaucanas prosperaron, muchas veces con la sombra
de no ser los campesinos los dueños formales de la tierra donde labraron su libertad. El crecimiento
poblacional de terrazgueros, la parcelación de las haciendas y la demanda de tierras acarreó
cambios en los órdenes político-administrativos y socio-culturales del territorio que fueron
apoyados por el Estado. En este contexto, terrazgueros, parceleros y comuneros desarrollaron una
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conciencia política en torno a la defensa de sus posesiones que incluía la apertura al mercado de sus
economías de subsistencia, y transacciones y compromisos con grandes propietarios y agentes
legales y políticos (Almario 1994).
El auge de exportaciones durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX también dio
impulso a un nuevo sector de comerciantes que acumularon capital exportando productos agrícolas
e importando todo tipo de mercancías. Entre ellos se destaca Santiago Eder: de origen Leton y
graduado en Estados Unidos, quien se instaló en Buenaventura en 1861 y luego en Palmira en 1864.
Desde ahí inició el negocio de la exportación de tabaco, quina, y café, y de la importación de
insumos agrícolas y mercancías, dominando los mercados campesinos de Palmira y del norte del
Cauca (Dávila, 2012:212-233; Mina, 2011: 126-127). Eder invirtió sus ganancias en la compra de
haciendas decadentes y en remate, donde desarrolló cultivos de café, tabaco, ganadería y caña de
azúcar. En 1927 alcanzó a acumular 15.072 hectáreas en el valle del río Cauca, de las cuales 5.000
correspondían a la hacienda Guengué en Caloto adquirida en 1886, la cual había pertenecido a los
Arboleda, y 2.800 hectáreas correspondían a la hacienda García en Corinto, adquirida en 1920, y la
cual había pertenecido a la familia Mosquera (Rojas, 1983: 68). El sistema de peonaje y
arrendatarios constituyeron la fuerza de trabajo fundamental utilizada por los Eder en sus
propiedades, durante las primeras décadas del siglo XX (Mejía y Moncayo, 1987: 103). También
sorteó un largo conflicto con campesinos que reclamaron un terreno indiviso en Guengué, cuyos
derechos eran defendidos por la Unión Sindical del Cauca. Al final logró expulsarlos del indiviso
que fue ocupado luego por el Ingenio del Cauca (Mina, 2011: 91).
La familia Eder inició la producción de azúcar centrifugada en sus terrenos de Palmira y después de
1959 se expandió a sus propiedades en Miranda, Corinto y Caloto. Esto coincide con la expansión y
consolidación de las plantaciones azucareras en los viejos potreros de las haciendas de todo el valle
del río Cauca (Rojas, 1983). La especialización y consolidación del sector agroindustrial azucarero
en la región después de 1959 implicó un periodo de transición y configuración del gremio (1945-
1959), el cual generó el fraccionamiento del modelo de hacienda, que articulaba sectores de
hacendatarios y afrodescendientes aparceros como mano de obra. Al principio, estos cambios
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generaron conflictos entre los industriales pioneros del azúcar y las élites terratenientes de
ganaderos y comerciantes agrícolas. El éxito del sector azucarero en la expansión de su economía
estuvo en su habilidad para entablar alianzas fructíferas con las instituciones del estado y de zanjar
el conflicto con las viejas élites de hacendados. Así, en 1954 los industriales del azúcar, incluyendo
a la familia Eder, impulsaron la fundación de la CVC como una entidad pública con el propósito de
transformar el paisaje a partir de la regulación del caudal del río Cauca y permitir la ampliación de
la plantación azucarera, presentando esto a la opinión pública como un “objetivo de región”. Al
mismo tiempo, en 1959, crearon Asocaña como entidad gremial del sector azucarero que sella una
alianza entre los propietarios de ingenios y los viejos hacendados, quienes se convirtieron en
proveedores de caña para los primeros y rompieron definitivamente su articulación con el sector
campesino afrodescendiente, propiciando su proletarización. Asocaña, y su centro de investigación
Cenicaña, ha impulsado el desarrollo de nuevas tecnologías que consolidaron la expansión de la
plantación azucarera en el norte del Departamento del Cauca y en el Valle del Cauca.
El proceso de expansión de las plantaciones de caña durante la segunda mitad del siglo XX valorizó
de nuevo las haciendas y generó un renovado ciclo de concentración de la tierra. Entre 1960 y 1966,
en el área de Guachené y Ortigal, en el norte del Cauca, las fincas campesinas de menos de 5
hectáreas pasaron de 1.826 a tan solo 21, y de ocupar 2.388 hectáreas a ocupar 49,6 hectáreas.
Mientras tanto, las fincas mayores a cien hectáreas aumentaron, y en 1966 se calculaban 12.000
hectáreas sembradas de caña (Rojas, 1983: 32)5. Hoy, la industrialización y expansión de los
cultivos de caña generaron el más dramático cambio social y ambiental en la geografía regional,
pasando de ocupar aproximadamente el 12% del área plana del valle del río Cauca en 1950 al 56%
en 2004 (Velásquez y Jiménez, 2004). Según Cenicaña (2011), actualmente 205.000 de las 406.000
hectáreas que ocupa el valle geográfico del río Cauca (Incluyendo norte del Cauca, Valle y sur de
Risaralda) están dedicadas al cultivo de la caña de azúcar con destino a la producción de azúcar y a
la producción dual de azúcar y etanol. Dichas estrategias de despojo territorial se perpetuarían
posteriormente dando lugar a nuevos asentamientos de tipo urbano de pobladores negros, ahora,
proletarios viviendo en pueblos como Villarrica, el cual fue creado en los primeros años de 1930.
5
Las cifras se aproximaron al 70% del área tenida en cuenta por el Censo Nacional agropecuario de 1960 en
Guachené-Ortigal, de acuerdo a la encuesta realizada en 1966.
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(Mina, 2011: 91). Así pues, los cambios en las dinámicas económicas del país y los procesos de
modernización económica de la región condujeron a la transformación determinante del paisaje
nortecaucano por cuenta de la concentración de la tierra y de un desarrollo urbano-rural que
favorece la paupertización de la población negra ahora asentada en centros poblados como mano de
obra asalariada útil y disponible para garantizar la producción necesaria de los mercados de
exportación (Mina, 1975; Aprile Gniset, 1994). Las comunidades afrodescendientes se ven
confinadas a enclaves proletarios, con una territorialidad restringida que no les permite desarrollar
su cultura. Sin embargo, el valor de la libertad, encarnado en reivindicaciones constantes de acceso
a la tierra, ciudadanía plena y autonomía económica y social, sigue orientando su organización
política y su acción colectiva.
Suarez hace parte de los municipios del norte del Cauca que se ubican en la vertiente oriental de la
cordillera occidental. Este municipio colinda al nororiente con el municipio de Buenos Aires, al
suroriente con el municipio de Morales, y al occidente con el municipio de López de Micay.
Además, Suarez está compuesto por los corregimientos de Mindalá, La Toma, Asnazú, Betulia,
Agua Clara, Robles y La Meseta. Aunque desde la colonia hay evidencias de poblamiento negro
dedicado a la agricultura y a la minería artesanal, es solo hasta el siglo XIX que se inicia un proceso
progresivo de colonización campesina de todos los colores, proveniente de la zona plana y de la
vertiente de la cordillera central. Estas migraciones se intensifican gracias a procesos de
modernización como la construcción del ferrocarril de Cali a Popayán en la década de 1920 y la
minería desde principios del siglo XX. Posteriores proyectos de modernización como la
construcción de la represa de la Salvajina y la intensificación de la explotación minera, así como el
conflicto armado, incidirán en la configuración demográfica de esta zona donde actualmente
conviven poblaciones afrodescendientes, indígenas y mestizas.
Suárez es un municipio reciente del norte del Cauca. Hasta 1989 fue un corregimiento del
municipio de Buenos Aires. Este poblado nace de la mano con un proyecto de modernización. La
llegada del ferrocarril que conecta a Cali con Popayán en 1920 lleva a la inauguración de la estación
Suárez, realizada por el presidente de la época Marco Fidel Suárez, y a la fundación del
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corregimiento con el mismo nombre. El lugar de este relato en la memoria de los pobladores nos
permite identificar la eficacia que tienen los proyectos de modernización en la reproducción de
hechos considerados “fundacionales” para la comunidad. La llegada del ferrocarril no sólo
movilizaría a la gente, también los recursos valiosos de la zona y posteriormente los intereses
privados de terceros extranjeros sobre éstos. Es así como los proyectos de infraestructura cobran un
papel relevante para la conformación de una idea de modernización y desarrollo que moldean la
consolidación del asentamiento negro en esta subregión.
La presencia de gente negra en esta región se remonta a los siglos XVI y XVII y se debe
principalmente a la introducción de mano de obra esclavizada por parte de mineros y hacendados
esclavistas. De acuerdo con la investigación etnohistórica realizada por el Concejo Comunitario de
la Toma (Ararat et al. 2013), las primeras referencias sobre la llegada de la gente negra a la
vertiente occidental del río Cauca data de inicios del siglo XVIII. Estas hacen referencia a las
solicitudes hechas por algunos esclavistas mineros a la corona española para establecer entables
mineros de oro de aluvión en quebradas como Mindalá, Marilópez y Damián (ibid, 2013:48), así
como en el río Inguitó que desemboca en el Cauca, al sur de los que hoy constituye Pureto. De
acuerdo con esta investigación, los primeros poblamientos en la vertiente occidental como Mindalá,
San Vicente y Arenal van a dar origen posteriormente al poblamiento de la vertiente oriental (ibid
2013: 51). A mediados del siglo XIX cuando se decreta la abolición de la esclavitud, la gente negra
dedicada a la minería, la ganadería y la agricultura se convierte en aparcera. Los grandes
terratenientes y mineros esclavistas que ya no podían contar con mano de obra esclava, empezaron a
negociar la mano de obra por derechos de usufructo de la tierra. De esta modalidad de terrajería se
fue pasando poco a poco a una economía más campesina cuando la gente pudo tener más fácil
acceso a la tierra, mediante la compra o colonizando baldíos.
Esta zona se ha caracterizado históricamente como zona minera. Desde los primeros asentamientos
de gente negra durante la Colonia, la minería de aluvión ha sido junto con la agricultura una de las
principales actividades de los pobladores de la zona. Tradicionalmente, el mazamorreo en las orillas
del Cauca y sus afluentes se consideraba una manera de complementar la producción familiar
dedicada a la agricultura. De igual manera, aunque en menor proporción, los pobladores locales se
dedicaban a la minería de filón o de socavón. Esta actividad, sin embargo, fue más reciente y, de
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acuerdo con algunos viejos, comenzó con la explotación de las minas de Tamboral, la Turbina y
Paso Bobo en el Cauca, donde se trabajaba con molinos rústicos. Con la construcción del
ferrocarril, en la década del veinte, esta zona del país empezó a articularse a las dinámicas
económicas nacionales e internacionales.
De ese modo, en la década de los treintas arriban compañías extranjeras para extraer oro de los ríos
de esta subregión. En 1936 llega la empresa Asnazú Gold Dredging Limited a explotar las reservas
auríferas del río Cauca. La compañía de origen canadiense ubicó dos dragas entre La Balsa y el
puente del ferrocarril antes de llegar a Suarez, extrayendo aproximadamente 2.400 toneladas de oro
durante los casi treinta años que estuvo en el país. El asentamiento de la multinacional se recuerda
como una época próspera, en que no solo se hizo la carretera que comunica a Suarez con Timba,
también se construyeron muchas edificaciones y se intensificó el comercio gracias a la llegada de
los “ingenieros”. Pero también queda en la memoria cómo en esta época a varios de los campesinos
y habitantes de las riberas del río, que no deseaban vender sus tierras, les eran destruidos los
cultivos de café, cacao, plátano y banano, con manilas templadas y soltadas con fuerza a lo largo del
territorio. Al parecer de esta forma unas cuantas personas lograron apropiarse de al menos 26
kilómetros de tierra. Estos procesos llevaron finalmente a que muchos pobladores locales se
desplazaran a zonas baldías, más altas en la montaña, espacio que albergó a oleadas de migrantes
que comenzaban a resentir la concentración de la propiedad de la tierra en la zona plana.
Por otra parte, la economía dependiente exclusivamente del oro ha generado en últimos diez años
profundos cambios sociales. De un lado, ha incentivado la pauperización de aquella parte de la
población que no tiene acceso a las minas que tradicionalmente se han explotado de manera
familiar, y nuevamente la migración hacia Cali se ha hecho masiva. De otro lado, se han generado
monopolios y se ha incentivado la migración de población foránea hacia las zonas de explotación
minera. Una nueva oleada de colonos nariñenses, caucanos y sobretodo paisas, provenientes de los
distritos mineros del oriente antioqueño, están llegando a las zonas de Honduras y Munchique, y a
las cabeceras municipales de Buenos Aires y Suarez, sumándose a la explotación indiscriminada de
la montaña. La llegada de esta población empieza actualmente a generar otro tipo de conflictos.
Este modelo suponía la división del espacio geográfico entre las zonas de inundación estacionaria
del río Cauca y las zonas aptas para ganadería y cultivos extensivos. Mientras estas últimas zonas
constituían el espacio de la tradicional hacienda caucana de herencia colonial, las zonas de
inundación daban vida no solo a bosques cenagosos, sino a comunidades afrodescendientes que
subsistían de la pesca, la cacería, la agricultura de pan coger y la comercialización de café, cacao,
plátano y tabaco. Si bien estas zonas cenagosas y boscosas fueron despreciadas por los latifundistas
caucanos, el acceso a ellas por parte de los afrodescendientes no siempre estuvo a su disposición.
Las haciendas, que controlaban muchos de dichos pantanos y bosques, regularon el acceso de los
campesinos a ellos, condicionándolo a su vinculación como mano de obra en los hatos ganaderos o
en las plantaciones de las haciendas. Son pocos los casos en los que la finca se desarrolló de manera
libre y autónoma.
La estructura de las fincas tradicionales simula y convive con el bosque típico de la región. Junto al
cacao, y al café y a las distintas variedades de plátano, se entremezclan árboles frutales y
maderables como cachimbo6, písamo, zapote, cedrón, guamo, pomarrosa, árbol del pan, caimo
guayabo, mango, naranjo, corozo, guadua, aguacate, chirimoya y otros. De igual forma, arbustos
que semejaban el sotobosque como bijao, iraca, limoncillo, granadilla, zapayo, rascadera, cilantro y
perejil (Mina, 2011: 189-190). Las hojas que caen de los árboles alimentan el suelo, conservan la
humedad e impiden que las malezas crezcan (Friedemann y Arocha, 1986: 211). En la década de
1970, Taussig estudió la alternancia entre las cosechas de café y cacao a lo largo del año, lo que les
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En la finca tradicional, el cachimbo es un árbol de sombra de las plantaciones de cacao.
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permitía a las familias campesinas un acceso permanente a la comercialización de productos y a
dinero corriente. Estos elementos demuestran saberes ecológicos que hacen parte de la cultura
afrodescendiente del río Cauca y de su conexión con esos territorios ancestrales.
La evidente presencia de fincas tradicionales donde aún se cultiva cacao, café y plátano (productos
tradicionales) por las generaciones de adultos mayores que hacen parte de los Consejos
Comunitarios son un proyecto productivo transmitido de generación en generación. Sobre éste se
gesta la conformación de familias campesinas en la zona. Este conocimiento y trabajo productivo se
basan en la “cambio de mano”, un modo de trabajo colectivo guiado por los vínculos de parentesco
y de género entre las familias (Restrepo, 1988; Caicedo, 2001). Pero además de ser un modelo
productivo tradicional, las fincas se constituyen sobre la base de la relación entre los pobladores y el
entorno. Hay un manejo y saber particular de la ecología, las geoformas, temperaturas y fauna de la
zona geográfica de la subregión del norte del Cauca. Por tanto hay un conocimiento propio de los
afronortecaucanos de su territorio.
Ahora bien, la expansión del cultivo de la caña de azúcar rompió las articulaciones sociales y
ecológicas de los campesinos con su medio ambiente y con las haciendas. La tecnificación del
cultivo implica la contratación de mano de obra permanente que transita por las distintas
plantaciones del valle del río Cauca. Esta modalidad laboral amenaza con romper los vínculos
territoriales y comunitarios de los trabajadores con sus propias veredas y fincas, dando vida a
ciudades dormitorio como Puerto Tejada, Florida y Pradera. Una gran masa de afrodescendientes no
logra vincularse a la industria cañera y engrosan los cinturones de miseria de estas mismas ciudades
y otras como Cali y Santander de Quilichao. A través de nuestras visitas en campo, pudimos
explorar cómo experimentan este proceso de desterritorialización cada una de las comunidades
objeto de este concepto.
Sin embargo, la finca tradicional persiste pese a que la expansión del monocultivo de la caña y la
renovación capitalista de los latifundios las afectó y con ello, a todo el complejo cultural
afrodescendiente de las orillas del río Cauca. La viabilidad ecológica del modelo campesino y la
adaptabilidad pese a las condiciones adversas se evidencia en la persistencia de algunas parcelas
que pretenden recuperar ese viejo modelo de adaptación socio-ecológica que sustentó la vida
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campesina frente a los constreñimientos del medio ambiente y los impuestos por las haciendas
(Arocha, 1995 Vélez et al, 2014). Las fincas tradicionales subsisten con el riesgo de desaparecer, y
con ellas, lo que queda de los saberes ecológicos y sociales que se han transmitido de generación en
generación a lo largo de tres siglos. Por esto, la “finca tradicional” no es solo una memoria del
pasado sino también una apuesta política de los afronortecaucanos, como se refleja en sus proyectos
de buen vivir como la reintroducción del cacao, el café, la caña y los frutales, así como las técnicas
de ancestrales de siembra, la política de soberanía alimentaria en la aplicación diversificada de
cultivos, la inserción dentro de la cadena productiva de productos promisorios y la protección de
nacederos, quebradas y otras fuentes hídricas. A pesar de la reducida propiedad de la tierra, estas
poblaciones comparten un manejo y tenencia de la tierra a través de prácticas políticas, sociales,
económicas y culturales transmitidas de generación en generación. Esto es evidente, a partir de la
historia local de cada consejo que da cuenta de la constitución de fincas tradicionales que conservan
algunos pobladores; los modos de organización social y política a través de Consejos Comunitarios;
la construcción actual de viviendas en veredas y centros poblados; la tradición oral y medicina
tradicional, entre otros.
El Consejo Comunitario de la Cuenca del Río Quebrada fue conformado en 2008 y cuenta con una
constancia de registro en el Municipio de Santander de Quilichao del 6 de enero de 2010. Su
territorio está ubicado en la zona plana al sur de este municipio y a él pertenecen 1.258 familias
(2.958 personas) habitantes rurales de las veredas San Rafael, La Quebrada 1er sector, La Quebrada
2do sector, Palestina y Arrobleda. Este territorio está atravesado por la Quebrada llamada “La
Quebrada”, por los zanjones María Naso y Cochinito, por el río Japio, y por las ciénagas Pozo
Ancho y María Naso.
Tradicionalmente en la región ha hecho presencia el Ingenio del Cauca, el cual arrienda tierras y
brinda asesoría técnica en las propiedades que cultivan caña para la venta. La transición de
ganadería a plantaciones de caña en las grandes propiedades se ha visto acelerada durante las dos
últimas décadas, con la expansión del monocultivo y la creación del Ingenio de Occidente en
inmediaciones del territorio ancestral. Para los habitantes de San Rafael, una de las veredas tutelares
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de este Consejo Comunitario, el cultivo de la caña a gran escala ha implicado el desecamiento de
fuentes importantes de agua como el zanjón María Naso y las lagunas que lo circundaban. Estos
cuerpos no solo eran fuente de agua para el consumo, el riego de las fincas y la recreación de niños
y adultos; también eran fuente de proteína, pues en sus aguas los campesinos encontraban pescados
y tortugas, y en los bosques que los circundaban cazaban armadillo, chucha, guatín, iguaza y
conejo. Los pozos profundos a los cuales accedía la comunidad también han sido afectados, no solo
por el riego de la caña, sino por el uso que de ellos también hacen las avícolas asentadas en estas
veredas. Por esta razón, los aljibes utilizados tradicionalmente por la comunidad, con una
profundidad de aproximadamente 10 metros, hoy no funcionan. Por otro lado, las avícolas
contaminan el ambiente con olores nauseabundos que corren en el aire.
En su historia reciente la comunidad ha buscado formas para defender su estilo de vida tradicional.
Un ejemplo fue cuando en la década de 1970, por medio del Incora y de la ley de reforma agraria
aprobada en 1961, buscaron fortalecer su economía campesina. Así promovieron la creación de la
Empresa Comunitaria La Eugenia, conformada por veinte familias campesinas negras de estas
veredas y de otras vecinas. A esta empresa le fue asignada 150 hectáreas, las cuales debían
permanecer en calidad de común y proindiviso mientras se efectuaban los pagos correspondientes al
Incora. Si bien dichas cuotas fueron pagadas, los campesinos no pudieron pagar los créditos
simultáneos que adquirieron de la Caja Agraria para acceder a insumos y tecnologías de producción
agrícola. Debido al no pago de estas cuotas, los campesinos se vieron obligados a vender sus
parcelas a miembros externos de la comunidad. Los antiguos miembros de dicha cooperativa,
evalúan el fracaso de su empresa comunitaria por el poco apoyo técnico y de inversión que
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recibieron del Incora y de otras entidades. Hoy, la mayor parte de esas 150 hectáreas, están en
manos ajenas a la comunidad y sembradas en caña o con fincas de recreo para la gente de las
ciudades. De igual forma pasó con la expansión de los narcotraficantes en la zona en la década de
1990, quienes compraron tierra ejerciendo mecanismos violentos como las amenazas, los asesinatos
y el bloqueo de caminos veredales y servidumbres.
El Consejo Comunitario denominado “veredas de El Jagual y La María” fue reconocido como tal
por el Municipio de Corinto en la Resolución Número 0766 del 5 de agosto de 2011. Sus
principales asentamientos se ubican al borde de la carretera que de Corinto conduce a Caloto, justo
donde comienzan las estribaciones de la cordillera central. En un censo levantado por la comunidad
en 2014 se destaca la participación de 101 asociados al Consejo Comunitario, habitantes de las
veredas El Jagual y La María. El representante legal de este Consejo, subraya que la mayor parte de
estos asociados tienen vínculos de parentesco entre sí, reconociéndose como miembros de cuatro
principales familias: los Larrahondo, los Lucumí, los Valencia y los Sánchez. Esto no implica que
algunos otros habitantes de estas veredas puedan hacer parte de la organización política
afrodescendiente iniciada con la conformación del Consejo.
Tradicionalmente, estas familias cuentan con títulos familiares que han permanecido en la forma de
común y proindiviso a lo largo de generaciones. Por ejemplo, los 10 hermanos Larrahondo
administran un único terreno que les dejó su padre en la vereda El Jagual, el cual fue comprado en
1938 según la escritura No. 24 del circuito notarial de Corinto ese año. En ese espacio, cada una de
las 10 familias herederas levantó sus viviendas y una finca tradicional. Por medio de estas fincas y
del trabajo en haciendas y en ingenios azucareros, los hijos Larrahondo pudieron levantar sus
propias familias la cual significó el sostenimiento de sus familias. Según Temístocles Larrahondo,
quien tiene cerca de 80 años de edad, él y sus hermanos decidieron “no hacer la sucesión del terreno
de sus padres, por miedo a que uno de ellos quisiera vender”. Así han conservado el terreno que
administran de manera colectiva.
Cuando las haciendas ganaderas y agrícolas decidieron arrendar sus tierras para el cultivo de la
caña, las oportunidades laborales para los habitantes de El Jagual se redujeron, y comenzaron a
depender exclusivamente de sus fincas campesinas. Sin embargo, esto tampoco fue posible por la
escasez de tierras y las afectaciones que genera la quema y la fumigación de la caña a los cultivos
campesinos de pan coger, café y cacao. Periódicamente las avionetas fumigan las extensiones de
caña con un compuesto a base de glifosato el cual promueve la maduración y aumenta la
productividad de la plantación. Sin embargo, las corrientes de aire suelen hacer que el glifosato
corra y llegue también a los sembrados campesinos, afectando principalmente la producción de
cacao y papaya. Estos hechos, más la escases de tierra, obligan a las nuevas generaciones a migrar
para buscar trabajo en ciudades como Cali y Santander de Quilichao.
El Consejo Comunitario de La Paila fue fundado hace cinco años y agrupa a los afrodescendientes
del Corregimiento El Barranco y a los de la cabecera municipal de Corinto. Sus asociados cuentan
que cuando el asentamiento de Corinto fue fundado en 1886, en predios de la Hacienda Los Frisoles
propiedad de la familia Feijó, muchas familias negras ayudaron a hacer el trazado de las calles, por
lo cual se demuestra que su presencia en el sitio tiene más de 200 años. Al igual que los habitantes
de La María y El Jagual, los miembros del Consejo comunitario recuerdan que la caña de azúcar
comenzó a cultivarse en sus territorios en la década de 1970, con la expansión de los ingenios.
También, como en El Jagual, para los miembros de La Paila las plantaciones azucareras son las
responsables de las principales afectaciones a su sistema de fincas tradicionales.
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Si bien, en La Paila aún es posible recorrer fincas tradicionales con cultivos de cacao, plataneras y
frutales, los miembros de este consejo comunitario se quejan de la reducción del espacio para
desarrollar sus fincas: “aquí nuestra propiedad territoriales mínima, los negros estamos acorralados
por la caña a la orilla del río o al borde de la carretera”, además, insisten en que la caña solo les da
trabajo como corteros tres meses al año. Al igual que en El Jagual, las pocas fincas de La Paila se
ven afectadas por aspersión aérea de agroquímicos de la industria cañera. De igual manera dicen
que sus plataneras se ven afectadas por plagas que se reproducen al interior de los cañaduzales,
específicamente un cucarrón que ataca la raíz del plátano. Estos hechos amenazan la subsistencia de
la comunidad, y ha obligado a muchos a vender sus pequeños predios a los ingenios y a las
haciendas, y migrar a las ciudades o concentrarse en el casco urbano.
Para esta comunidad es claro que su problema está asociado con la falta de tierra para cultivar y con
la usurpación por narcotraficantes, colonos, empresas y grupos armados ilegales. En las décadas del
noventa y el 2000, la inserción de los jóvenes en el negocio de los cultivos de uso ilícito y en el
trabajo a destajo como corteros en cooperativas de trabajo asociado ha profundizado la crisis de la
finca tradicional. La mayoría de los habitantes cuenta con una plaza donde cabe su vivienda y un
pequeño patio. Los pocos títulos suelen conservarse como indivisos provenientes de sucesiones
inconclusas. Algunos otros fueron beneficiados por la compra y parcelación que hizo el Incora de la
Hacienda de Pepe Estela en la década del 70, pero al igual que en La Cuenca del río La Quebrada
en Santander de Quilichao, la mayoría de estos parceleros perdió sus tierras a causa del
endeudamiento en el pago de cuotas y la tecnificación de sus terrenos, cuando no se han visto
obligados a arrendar a los ingenios azucareros. Si bien esto último es una alternativa económica
frente a la crisis de las fincas campesinas, ello en nada contribuye a fortalecer la territorialidad y la
cultura de los afrodescendientes de Corinto.
Este consejo está ubicado en las veredas Santa Rosa, San Nicolás, Guasimo, Caicedo, en torno a
una cuenca hidrográfica que es la formada por las quebradas Gualí y El Yarumito. Colinda con el
Resguardo Nasa de Tóez y las fincas La Margarita y Guayabal que fueron compradas en 2008 por
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el ingenio Mayagüez. En el consejo comunitario “Yarumitos” la producción social de la memoria
de la hacienda en la tradición oral toma la forma de una narrativa que recupera los rasgos de
paternalismo y brutalidad de aquellos tiempos:
[…] Mi abuelo me cuenta que en ese tiempo a él lo marcaban con hierros ardientes y lo latigaban
[…] En la hacienda Japio fue difícil borrar las manchas de sangre de los latigazos. De niño nos
contaban eso y yo lo vi con mis propios ojos. Eso solo lo pudieron borrar cuando repellaron otra vez
la pared […] La Licorera del Cauca funcionaba en la hacienda Japio. De ahí era que llevaban el
aguardiente a lomo de mula, hasta Popayán. En la hacienda licorera trabajó mi papá […] (Entrevista
con Rosana Mejía)
La época que Rodrigo Mejía recuerda es la de una hacienda que ya no estaba en poder de la familia
Arboleda, puesto que los últimos dueños de esa familia decidieron venderla a finales del siglo XIX,
tal vez obligados por la transición del trapiche panelero a la fábrica y el incremento de la
productividad del trabajo (Llanos, 1979: 27-28). Japio había pasado a manos de la compañía
formada por Gabriel Garcés, José María Lenis y Carlos Simmonds, (Mina, 2011: 129) y sus dueños
la habían adecuado para la producción y provisión de aguardiente, en tiempo en que la renta de
licores de los departamentos se entregaba mediante remates a particulares. Dice Mejía que los
Garcés Giraldo fueron muy buenos patrones porque:
[…] se dedicaron a montar escuelas con profesores pagos. En el bachillerato seguían ayudándonos
con los muchachos. Los mejores iban a la universidad y los que lograban graduarse, se volvían
administradores de su hacienda […] (Entrevista con Rodrigo Mejía)
La hacienda Japio no siguió la trayectoria de otras haciendas del Valle del Cauca, que terminaron
transformándose en modernos ingenios azucareros. Las fincas ganaderas y agrícolas se mantuvieron
hasta que los ingenios entraron en los terrenos de la hacienda de 940 hectáreas en calidad de
arrendatarios de la tierra. En las veredas del consejo comunitario sobresalen memorias de la
abundancia de productos agrícolas como soya, millo, arroz y maíz, en torno a la hacienda Japio. Las
cosechas eran tiempo de “requisa” en las que los excedentes de productos agrícolas eran
recolectados por mujeres y niños o se dividían “al partir” con la hacienda, en el contexto de
relaciones entre arrendatarios, capataces y dueños. La gente se ayudaba mucho en los tiempos de la
requisa y esto se complementaba con la cría de porcinos y la caza armadillos y zarigüeyas que en
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otra época abundaban en los bosques que han ido desapareciendo a raíz de la expansión de la caña
de azúcar.
[…] Aquí era raro el joven que no sabía ordeñar, vacunar o manear una vaca. Santa Rosa estaba
rodeada de fincas agrícolas. En esas fincas trabajaban las mujeres y los muchachos llegaban de
estudiar y se iban a trabajar en las famosas requisas. Los productos se sacaban a vender a Caloto,
Santander y Puerto Tejada. Eso era el sustento de la gente. Era una economía de toma y dame; de
ayuda entre vecinos y de abundancia. Eso fue antes de que llegaran los ingenios. Muchos se fueron
pero algunos nos quedamos resistiendo al cerco de la caña […] (Entrevista con Rosana Mejía)
La colonización de las zonas de ladera es el resultado colateral de los conflictos sociales y de uso
del suelo asociados a la agroindustria y la ganadería extensiva. Esto supuso mayor diferenciación
socio-espacial sobre la base de la acumulación por despojo en donde la agroindustria acaparó la
zona plana y los pequeños productores fueron relegados a las zonas montañosas. La población que
conforma el consejo “Yarumitos” viene de la zona plana de donde fueron expulsados, al parecer, en
la época de la violencia de los años cincuenta que hizo que muchas familias se subieran a la parte
alta. Para los años cincuenta, la zona plana había incursionado en un proceso de industrialización
horizontal que involucraba simultáneamente varios sectores de la economía, como industrias
procesadoras de caucho y pulpa, químicas y fábricas de alimentos. Hoy los predios de la zona plana
de donde provienen los habitantes del consejo “Yarumitos” es propiedad de la empresa “Química
Básica”.
[…] Esto anteriormente se conoció como “Loma de La Cruz”. No se llamaba Santa Rosa, como
ahora. No había caserío aquí. Solo había una cruz en la parte alta. Los viejos fueron abriendo
caminos de herradura y callejones. Anteriormente la gente vivía en el Llano pero se fue corriendo
para acá porque eso fue quedando en manos de unos terratenientes. Entonces los viejos se vivieron
de la parte plana hasta esta parte alta. Eso lo hicieron por que un porque huían de los terratenientes.
Estoy hablando de los años treinta más o menos […] (Entrevista con Rodrigo Mejía).
“Estas veredas han sido de lucha”, explica Rosana Mejía, líder comunitaria de la vereda Santa Rosa
que se fundó en el año de 1935. En ese mismo año dejó de llamarse la “Loma de la Cruz” y los
habitantes, a punta de mingas con picos y palas, abrieron un ramal que conectó a la vereda con la
carretera Florida- Santander. A través de mingas y actividades comunitarias, también construyeron
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acueductos veredales. Cuenta Rosana que cada domingo, las familias tenían asignadas tareas en la
boca-toma o donde estuviera el corte del trabajo. En Santa Rosa los vecinos recuerdan las mingas
que permitieron la adecuación del acueducto que data del año de 1978, y que a la fecha sigue
siendo el mejor que hay en el municipio de Caloto, pese a poca inversión de las administraciones
locales. Lo mismo puede decirse de la electrificación, que se consiguió mediante la venta
comunitaria en bazares, bingos y bailes. Rosana Mejía afirma que en ese sentido, el espíritu de la
minga aún no se ha perdido, como tampoco se ha perdido la tradición musical, puesto que Santa
Rosa, San Nicolás, Guasimo y Caicedo han sido reconocidas por ser asentamiento de músicos que
animaban jugas y bailes en toda la región del norte del Cauca. Un referente geográfico que da
cuenta de esa historia es la esquina conocida como “La vuelta de Los Músicos”, en donde los
juglares salían a esperar la línea o chiva.
En la década de los años ochenta proliferaron contratos de arrendamiento entre los dueños de la
hacienda Japio, pequeños propietarios e ingenios como o La Cabaña e Incauca, mediante los cuales
se ha expandido el cultivo de caña que literalmente ha cercado las parcelas de quienes se han
resistido a arrendarlas. El acaparamiento y la privatización de las fuentes de agua consumidas por
los ingenios se registran en el formulario diligenciado por la Defensoría del Pueblo, así como
también se corroboró mediante testimonios la proliferación de enfermedades respiratorias, daños a
cultivos, destrucción de árboles frutales, deterioro de viviendas y muerte de animales por la quema
de la caña. Este consejo registro 17 viviendas afectadas por esta razón.
Formado en la vereda Alto del Palo, que colinda con el municipio de Guachené y más
específicamente, con la vereda Pílamo, en la que se encuentra hoy el consejo comunitario de
Pílamo. La vereda El Alto del Palo hace parte de un área que fue de confluencia de cimarrones que
habitaron dispersos los ríos Palo, La Paila y Guengué (Mina, 2011). En la vereda se menciona la
huida de la hacienda Japio como referente fundacional de asentamientos que se hicieron en predios
de la hacienda Pílamo.
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[…] Yo tengo entendido que en Japio, San Jacinto, Quintero y por los lados de Villarrica, los blancos
tenían a muchos negros como esclavos, los ponían a trabajar y hasta les daban látigo. Luego supe por
qué me lo contaron, que los negros se negaban a vivir esa vida de maltrato y miseria y se fueron
volando. Ellos se les escapaba esos blancos porque no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo
resista. Ellos huían y se echaban a perder pal monte y ¿cuál era el monte? Dicen que Puerto Tejada,
Padilla, Guachené, El Silencio, El Llanito, Pilamo y este pedacito de tierra que hoy habitamos […]
eso no era como usted lo ve hoy, eso era todo monte, pero mucho monte […] (Entrevista con
Esperanza Valencia)
El Alto del Palo era un cruce de caminos antes de ser un asentamiento del cual no se sabe la fecha
de fundación. El referente fundacional es la huida de la hacienda Japio y posteriormente el
asentamiento en la vereda Bajo Palo, llamada así por un enorme palo de cachimbo. El testimonio de
Filomena Dinas, que se recoge en la investigación sobre historia local elaborada hace un par de
años por el consejo comunitario, pone en evidencia la experiencia violenta de la ocupación
territorial. Filomena se refiere a destierros, quema de ranchos, a la memoria del líder afrocaucano
Cinecio Mina (que se destacó como vocero de los comuneros, parceleros y terrajeros en su disputa
contra terratenientes) y a los despojos y reasentamientos en medio de la violencia de la época de la
guerra de los mil días y la violencia de los años 50. Ana Julia Abonía -nacida en 1918- habla de una
vereda cafetera que sufrió con la violencia bipartidista que ya se veía cuando llegó de 20 años al
Alto del Palo (1938). “ya había muchas familias viviendo cuando llegué”, dice” “Después los
godos llegaron a quemar casas donde las familias almacenaban el café”. Marina Prieto, por su parte,
se refiere al terreno “El Comunero” que dio origen a la vereda porque las familias “cogieron su
pedacito” de tierra que era de los Jaramillo de Caloto. Es probable que “El Comunero” fuera objeto
de presiones para su desmantelamiento. Aunque no hay una periodización clara, parece ser un
referente de propiedad social colectiva. Sin embargo, un referente más claro aún es la toma de la
hacienda Pílamo en 1984.
Hacia las décadas de 1940 y 1950, las políticas de desarrollo rural basadas en la adecuación de
cultivos de sorgo, maíz y soya sobre la base de préstamos hechos por la Caja Agraria, endeudaron a
los campesinos afronortecaucanos y esto facilitó la expropiación a favor del ingenio La Cabaña.
Años más tarde, en 1984, se da la ocupación de hecho de la hacienda Pílamo por parte de las
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familias afronortecaucanas que habían perdido la tierra. La toma de la hacienda Pílamo es un caso
de tierra comunal afronortecaucana que derivó de la experiencia de la organización campesina en la
región y de las prácticas de ocupación y recuperación de haciendas por parte del movimiento
indígena. Los vecinos colindantes de Pílamo son un referente histórico para la gente del consejo
“Quitacalzón”.
El consejo comunitario Centro Caloto-Pandao está constituido por siete veredas: La Arrobleda
perteneciente al municipio de Santander; La Robleda, crucero de Gualí, Bodega arriba,
pertenecientes al municipio de Caloto; San Jacinto y la Dominga pertenecientes al municipio de
Guachené. El territorio fue una de las fincas más apetecidos por el esclavista Julio Arboleda. El
territorio hacía parte de la hacienda Quintero y la hacienda Japio, propiedad del esclavista Julio
Arboleda. Cuentan los abuelos que Julio Arboleda se trepó a un cerro y dijo: “lo que veo desde este
lazo hasta esta cabuya es mío” y que eso incluía a personas y animales. La cabuya a la que se refería
era el río Palo y el lazo, el río Cauca. Arboleda también era propietario de las haciendas Cupresia,
Venecia y La Sofía.
A la muerte de Julio Arboleda en 1862, un señor Olegario Díaz fue el mayordomo encargado de
canjear plazas de tierra por trabajo en la zona. Arboleda insistió en que los campesinos trabajasen
como jornaleros o pagaran terrajes, pues esta era la forma más eficaz de mantener sus propiedades.
Luis Emilse Chará, representante legal y fundador del consejo comunitario, relata que su bisabuelo
Cornelio Chará nació antes de 1851, por lo que sus padres trabajaron para pagar por la libertad de
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su hijo antes que éste se hiciera mayor de edad. Cornelio fue libre a los doce años y posteriormente
se hizo a un título de propiedad de un terreno que había obtenido en canje por terraje. Tuvo cinco
hijos con Tomasa Castillo, tres hombres y dos mujeres. Una de ellas fue su abuela, Beatriz Chará,
quien se casó con Francisco Sánchez y los dos tuvieron otros cinco hijos con tres hombres y dos
mujeres. Una de ellas fue su madre, Maura Rosa Chará. A la muerte del viejo Cornelio las ramas no
se preocuparon por deslindar legalmente la parte de cada quien. Todos vivieron y trabajaron
amigablemente en un indiviso que mantuvieron en el seno de una familia extendida. Por décadas se
rigieron por la palabra de los mayores y zanjaron las disputas a través del diálogo. Pero aunque la
propiedad era legítima, perdió el valor jurídico por falta de sucesión. Luis Emilse afirma que el caso
de su familia no es aislado y que es bastante frecuente en todo el Norte del Cauca. De hecho, en el
documento “Proceso de Fortalecimiento Territorial a consejos comunitarios y capitanías” elaborado
por el Incoder, el Centro de Estudios Interculturales –CEI y la Pontificia Universidad Javeriana –
Cali en 2013, se menciona que el área de este consejo deriva de un caso de indiviso que se presentó
en predios de la hacienda La Arrobleda, en una zona fronteriza entre los municipios de Santander,
Caloto y Guachené. James Castillo, del consejo vecino de Bodega Gualí, dice que:
[…] Había una comunidad de monjas que eran propietarias de una cantidad de tierras. Ellas
manejaban eso y se lo entregaban a un conjunto de familias con esa figura. En otros casos, la gente
que por ejemplo, tenía parcelas pequeñas se agrupaba y formaba un colectivo grande. Eso lo hacían
titular a nombre de una persona que era el que manejaba todo eso […] (Entrevista con James
Castillo)
Las formas de colectivización aparecen no solo en la memoria de terrenos comuneros (caso del
consejo de Quitacalzón) sino también de indivisos como el cado de la Arrobleda, en la zona entre
Caloto, Guachené y Santander de Quilichao. Caloto-Pandao está ubicado en diferentes veredas que
pertenecen a tres municipios diferentes. En las selvas vírgenes a lo largo del río Palo el río, que en
la historia se conoce como “Monte Oscuro”, los negros libres cultivaban sus propias tierras con
caña, plátano y cacao. Esta zona abarca desde Santa Rita, Alto del Palo y llega hasta Puerto Tejada.
El río Palo era la parte inhóspita, la selva. “Los esclavos se volaban y allá era donde se refugiaban.
En los bosques del río Palo surgió la leyenda de “lujuria”, un bandido de principios del siglo XIX
que salteaba y robaba semillas, herramientas y alimentos de las haciendas. De éste se decía que
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tenía pacto con el diablo y que no lo atravesaban las balas. Pero la historia más conocida es la que
hace honor a su apodo “Lujuria”, que circuló en las cocinas de las casas de los amos. Allí corría el
rumor de que “Lujuria” podía satisfacer sexualmente a siete mujeres a la vez.
Árboles como el cachimbo, el árbol del pan y el mestizo, que hacían parte del bosque original, ya
desaparecieron. En los años cincuenta, sesenta y hasta el setenta, se montaron aserríos de trozas de
cachimbo y con ellas se hacían las cajas para empacar el tomate. Gente de Cali fue la que montó
esos negocios. Puerto Tejada era el sitio en donde los esclavos que se habían metido a “Monte
Oscuro”, salían a intercambiar sus productos. Como no pudieron controlar la actividad comercial en
torno a Puerto Tejada, lo oficializaron en 1912. El gobernador del Cauca lo bautizó como Puerto
Tejada, en honor al general Manuel Tejada Sánchez, quien durante mucho tiempo persiguió a los
forajidos abrigados en “Monte Oscuro”.
El territorio del consejo comunitario tenía una particularidad: en verano era fácil vivir en las orillas
del río Palo y como eran tan fértiles, se facilitaba el cultivo del cacao, el maíz, el tabaco y el
plátano. Pero llegaba el invierno y todo se hacía difícil porque se volvía un pantanero. Entonces la
gente tenía tierras allá que eran “baldías”, y en invierno se devolvían a las tierras que habían
cambiado por terraje o que habían comprado. Por esa razón, los Viáfara tienen tierras aquí y
también en Caponera, que es parte del antiguo Monte Oscuro. Aunque la gente ha perdido mucha
tierra, algo queda de cómo funcionaba toda esa tenencia.
Existían formas de acceso y regulación de bienes comunes que se regían por mecanismos
consuetudinarios. Este era el caso de pequeñas parcelas que todo el mundo usaba sin pedir permiso
porque la comunidad las destinaba al pastoreo de animales que también se compartían.
“Aquí había una yegua que la llamábamos la ‘yegua Mera’ porque siendo de los Mera, todo el
pueblo la ocupaba. Por ejemplo, que voy a Caloto. Pues me voy en la yegua Mera. Allá la cogía otro
y así hasta que los dueños la empezaban a buscar. Lo mismo pasaba con el pilón que se hacía de un
palo de los más finos que hubo aquí, que fue el Mestizo. A uno de pequeño lo mandaban a buscar el
pilón de los Carbonero pero había que ir de casa en casa porque el pilón pasaba de mano en mano y
todos lo ocupaban. Al fin daba uno con él y lo montaba en la carreta. Los dueños no sabían en dónde
estaba y tampoco les preocupaba. En las tardes nos poníamos a quitarle la cascarilla a dos manos,
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cada uno con un mazo de madera que llamamos manilla. Uno decía “manilla”, la descargaba y el otro
la sacaba pero mientras lo hacía, respondía con “Pilón” y la descargaba nuevamente. Los niños
también eran prestados para pilar arroces de otros. Era una manera fácil, divertida y eficaz de hacer
el trabajo. El pilón desapareció más menos hacia el ochenta del siglo pasado, cuando se acabaron las
plantaciones de arroz”. (Entrevista con José Emilse Chará).
Hace cuarenta años, la gente solía ir a requisar en una llanada que comienza en Palomocho y que
termina en Villarrica. A esa llanada le decían “cansa pobre” y estaba sembrada con arroz que era
propiedad de una empresa de tolimenses. Cuando era la época de cortarlo, íbamos detrás de las
máquinas recogiendo las espigas que el tractor no cogía o que habían caído. Requisar era una
diversión que venía de tiempo atrás, cuando los esclavos guardaban para sí una parte de las
abundantes cosechas. La requisa acabó cuando en la década del ochenta, los arrozales se
transformaron en potreros. Esa fue la época en que entró el narcotráfico y que empezaron a verse
extensiones de terrenos con pastos mejorados, cercas costosas y dentro de sus límites de cien
hectáreas, cien novillos o menos pastando.
La violencia partidista fue utilizada por los mestizos para despojar a los negros de la tierra que
rápidamente pasó a manos de foráneos ricos. Cambió de mano en mano hasta que volvió a quedar
concentrada en unos pocos, mientras que la gente de la localidad se quedó viviendo como
jornaleros. Luego vinieron las presiones de los ingenios que jamás delimitaban sus propiedades con
cercas, sino con canales de riego que bajaban el nivel freático de las fincas que colindaban con
ellos. Al bajar el nivel freático en verano, los cultivos de la finca tradicional se venían al suelo
porque no había un sistema de riego. Los nativos controlaban las inundaciones y los periodos secos
pero no manejaban tecnologías de riego artificial.
El gobierno nacional llegó en el año de 1968 con el programa de Desarrollo Rural Integrado (DRI).
La Caja Agraria le prestó a los agricultores y se apoyó en la gente de la comunidad que fue
contratada para ofrecer créditos. La gente malgastaba el recurso, se endeudaba y luego perdía la
tierra. A mediados de la década del setenta llegaron también plagas como la escoba de bruja en el
cacao y la broca en el café arábigo y los acabó. En el año de 1996 llegó la empresa Agropecuaria
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Latinoamericana (también conocida como Incubadora Santander). Compraron una hacienda que se
llamaba Egipto y que tenía unas 560 hectáreas. Ahí comenzó todo el deterioro del ambiente por los
malos olores de los galpones y la contaminación del agua. A falta de planes de gestión social y de
manejo ambiental, el consejo comunitario ha solicitado a la Procuraduría que se investigue el
licenciamiento de la empresa por parte de la Corporación Regional del Cauca.
Para Luis Emilse Chará, los parques industriales llegaron al Norte del Cauca porque había mucha
mano de obra barata que representa un bajo costo para las industrias que los contratan. Este ejército
de desocupados es el que llama la atención de las avícolas, los ingenios y las porcícolas. Si el
Estado reconoce el territorio ancestral afrocolombiano del Norte del Cauca y les apoya
económicamente con la compra de tierras, esto les permitiría participar en un mercado inmobiliario
del que hoy están excluidos, y les solucionaría muchos problemas de desabastecimiento alimentario
con la reactivación de la finca tradicional.
En esa zona se encuentra el humedal “El Ratón” que nace en la vereda Santa Rosa y Llega hasta
municipio de Villarrica. El consejo de Caloto-Pandao propone que el humedal se convierte en un
área de manejo especial. El problema del acaparamiento del agua que se mencionó antes, también
hace parte de las vulneraciones registradas y verificadas en el área de asentamiento de esta
comunidad.
Estos dos consejos comunitarios fueron caracterizados durante la visita que se hizo a los consejos
comunitarios de Quitacalzón, Pandao y Yarumitos, dado que en el municipio existen cinco
organizaciones de consejos comunitarios en procura de medidas de protección territorial. El consejo
comunitario de Bodega-Gualí lleva el nombre de estos dos ríos y su población está asentada en esa
confluencia. La memoria del poblamiento de Bodega Gualí converge con la del os otros consejos
comunitarios, aunque enfatiza en que este poblamiento es el resultado de la deserción de un
pelotón de negros en un punto del camino de herradura hacia Popayán. Estos desertores eran
esclavos que se habían sumado a las filas del ejército libertador de Simón Bolívar en las haciendas
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Japio y La Bolsa, los cuales funcionaron como epicentros del comercio esclavista. El representante
legal del consejo, el señor James Castillo Díaz, menciona que están en proceso de diálogo con el
gobierno nacional para que les titulen colectivamente predios de la hacienda Las Margaritas que
tiene 176 plazas y que no fueron comprados por el ingenio Mayagüez.
[…] Hemos tratado de recuperar nuestra memoria pero no está fácil porque esta como ahogada por
los conflictos del pasado. En Japio hay muchos objetos, muchos elementos que hacen parte de
nuestra historia, objetos que sirven para recordar. Pero los Garcés Giraldo siguen los dueños de la
hacienda y ellos han limitado el acceso a la casa grande. En los noventa dejaron de venir por el tema
del secuestro y terminaron arrendándole la tierra a los ingenios que se han ido quedando con ellas.
Pero hoy estamos hablando con ellos y han manifestado su voluntad de entregar tierras de la
hacienda a las familias negras que fueron sus terrajeras y si el gobierno nos ayuda, podemos crecer
habitacionalmente […] (Entrevista con James Castillo)
En general, todos estos consejos comunitarios son enclaves confinados por los monocultivos de
caña que no tienen para donde crecer. Este es el caso de Santafro, el quinto consejo comunitario,
del cual se sabe poco pero que también figura en Caloto y es vecino de Yarumitos y Bodega-Gualí.
La desaparición de caminos vecinales y vías que permitían la conectividad y el acceso entre las
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veredas y los centros poblados, ha sido uno de los diversos mecanismos de presión para obligar a
los dueños a salir y se ha traducido en confinamiento. El otro de los mecanismos mencionados
también por otros consejos es la destrucción de cultivos de pan coger por la fumigación con
madurantes a base de glifosato. El problema territorial de estos consejos converge con el problema
territorial de los indígenas y de otras colectividades rurales hoy agrupadas bajo la figura de las
zonas de reserva campesina. En el pasado, había cierta articulación entre los sectores desposeídos
que clamaban por una reforma agraria para el Norte del Cauca. Hoy, el reclamo de derechos
diferenciales asociados a la propiedad ha generado fisuras e incluso antagonismos entre estos
sectores, que han sido estimuladas en cierto sentido por las autoridades locales y regionales.
El territorio del consejo comunitario de Las Brisas del Río Palo se ubica en el municipio de
Guachené, al nororiente del departamento del Cauca. Sus límites administrativos son: al norte con el
municipio de Puerto Tejada y el departamento del Valle del Cauca; al occidente con el municipio de
Padilla; al sur con el municipio de Caloto; al oriente con el municipio de Caloto y Padilla). Este
territorio se caracteriza por tener una topografía plana atravesada el río Palo, Paila, El Hato, Guavito
y Güengüé afluentes del río Cauca. Además de ello, el clima oscila entre los 20° y 24°C, con
precipitación promedio de 1650 mm y una altura de 1000 msnm aproximadamente (IGAC, 2009).
Gracias a estas condiciones, la tierra allí es muy fértil y en ella predomina el monocultivo de caña
configurando un paisaje ecológico homogéneo. A pesar de ello, las familias de este Consejo se
dedican a la actividad agrícola que consiste en cultivos tradicionales (es decir, que se han
transmitido de generación en generación) de cacao, café, maíz, yuca, plátano y frutales.
Paralelamente, esta actividad productiva se complementa con la minería artesanal o tradicional de
bareque en los ríos Palo, Paila y Hato.
En la actualidad, el territorio de este Consejo comprende 7 veredas: Juan perdido; San José; Llano
de taula alto; Sabaneto; Zanjón y Campo Alegre; Campo Llanito; El silencio y el casco urbano de
Guachené. En esta zona geográfica, los miembros que hacen parte del consejo comunitario
configuran el territorio con espacios para la producción campesina minifundista, lugares para la
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producción industrial de la caña de azúcar y para la producción diversificada activada por el
parque industrial – zona franca. Si bien el municipio de Guachené fue reconocido como municipio
recientemente, ese territorio ha sido habitado por familias negras desde tiempos de la colonia como
se señaló en la introducción de este documento. Así mismo, el 80% de su población es rural y, a
pesar de las transformaciones económicas de modernización de la región introducidas con las
plantaciones de caña y los impactos que esto genera, este grupo ha permanecido en el territorio.
A través del largo proceso de asentamiento de la población negra en la subregión del norte del
Cauca mencionado brevemente en las páginas anteriores, algunas familias (como los Aponzá,
Viveros, Lucumí, Banguero, Carabalí) se asentaron en las riberas del Río Palo hacia el siglo XVII.
Dicho territorio pertenecía al régimen de haciendas como el de la hacienda Pílamo, Japio, Quintero,
la Quebrada y la Bolsa. A modo de resistencia a la esclavización, varias familias negras huyeron a
los montes oscuros de esta hacienda cerca del río Palo. Allí construyeron palenques, y
posteriormente, con la abolición de la esclavitud, sus ranchos de guadua y fincas en las que
cultivaban productos como maíz, plátano, yuca, fríjol, cacao, tabaco entre otros. También se
practicaba el barequeo o tambeo en aquel río, actividad complementaria propia de la economía
campesina de esta subregión.
En esta zona, particularmente desde los años 40, se da inicio a “un proceso de concentración de la
propiedad de la tierra promovido por la ampliación de los trapiches paneleros, que luego (60-70’s)
se convertirán en grandes ingenios azucareros mediante inversión de capital del naciente
empresariado caleño y extranjero” (Caicedo, Escobar y Gómez, 2012). Las dinámicas económicas
globales introducirían la transformación de trapiches en plantaciones industriales de caña, tal como
el ingenio La Cabaña que se funda en 1944 en Guachené. La concentración de la tierra para esta
actividad y este ingenio no se haría esperar. Las tierras habitadas por familias afrodescendientes
dedicadas al cultivo de cacao y otros productos, así como a la ganadería, serían transformadas en
cultivos de caña. Mientras los precios internacionales del cacao caen y su producción se dificulta a
causa de factores ambientales (plagas) a finales de esta década, se da una compra masiva de tierras a
bajos costos por parte de tal ingenio. Esto luego requiere la adecuación de la tierra para tales
plantaciones cañeras. A partir de esa época se intervienen los ríos con construcción de canales y
jarillones para manejar las inundaciones de esta zona plana del norte del Cauca7.
El proceso de transformación de los usos de la tierra en Guachené se perpetuaría hasta las décadas
posteriores. En los años 60 los nuevos ingenios (La Cabaña y, ahora, Naranjo) expanden sus
plantaciones de caña sobre el territorio. Varias estrategias de despojo son empleadas a fin de
adquirir más tierras para la actividad agro industrial, presentes en la memoria de los pobladores
negros: las inundaciones de las fincas tradicionales provocadas por la intervención de ríos; las
fumigaciones de caña con químicos o “madurantes” que recaen sobre los cultivos de los pobladores
negros; las plagas que afectan la producción de cacao y café, productos principales de la economía
campesina; el endeudamiento económico de los campesinos con la Caja Agraria para la siembra de
cultivos transitorios (1950) y el alquiler de tierras a terceros que las seden para la producción de
7
De acuerdo con Caicedo (2012, es así como se construye el canal (acequia) que va desde el río Palo, en las
brisas de Guachené, hasta el río Hato, en la vereda Pueblo Nuevo- Obando, sitio donde desemboca el río
Paila y que sirve de límite entre Guachené y Padilla. Así pues la década de los años cincuenta y las siguientes
constituyeron un punto de quiebre en el orden social, pues como lo relatan los pobladores, esta adecuación
transformó la vocación agrícola y ganadera de la tierra a favor de lo que ellos mismos han llamado el
“monstruo verde” o “la mancha verde”.
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caña sobre ellas (Caicedo, Escobar y Gómez, 2012). Como consecuencia, las familias de este
Consejo pierden sus tierras, se produce un proceso migratorio a las ciudades (Cali principalmente) y
otros países (como Venezuela); un cambio en las formas de trabajo (de ser campesinos a ser
empleados de ingenios); y se consolida el proceso de urbanización de este territorio.
Así pues, el poblamiento actual de Guachené resulta de esta serie de transformaciones económicas
del uso de la tierra y manejo de ríos introducidas por el modelo de desarrollo que se gesta entre
1930 y 1960 en el país. Como consecuencia, el tipo de asentamiento de población negra que se
produce “brota de antiguas veredas minifundistas, varias aldeas dormitorios proletarias; los
campamentos de mano de obra de la agro-industria azucarera” (Aprile Gniset, 1994: 13). Las
familias de este Consejo Comunitario viven en un pequeño enclave en medio de las plantaciones de
caña o “mancha verde”, como algunos le llaman. También se encuentran en medio de las empresas
ilegales de minería extractiva que se han instalado en el río Palo desde la década de los noventas
con la llegada de agentes y actores externos a la zona. Este último fenómeno se ha incrementado
desde el 2011. En síntesis, la pérdida de tierras ha hecho vulnerable a esta población ante los
intereses mineros y agroindustriales de nuevos actores en la zona, los cuales ejercen un manejo y
control territorial que vulnera los derechos territoriales de los Consejos Comunitarios que dificulta
vivir bajo un modo de vida propio y sostenible.
A pesar de la tendencia de pérdida de la tierra y de los vínculos con el territorio por parte de estos
grupos, como anotan algunos autores8, las transformaciones introducidas por el modelo económico
de desarrollo y sus impactos no niegan la permanencia de la gente negra en el territorio. Dicha
permanencia deja huella en el territorio a través de la arquitectura; la división, repartición y manejo
de cultivos “tradicionales”, así como del saber cultural práctico que se gesta detrás de esto último.
Resulta necesario entender que, en medio de este contexto, la ancestralidad va más allá de ser una
noción estática o inmutable en el tiempo; por el contrario, ésta se recrea de acuerdo al contexto y se
expresa a través de prácticas cotidianas sobre el territorio. En este caso, el territorio del Consejo
Comunitario Las Brisas del Río Palo es ancestral en tanto existen unas prácticas tradicionales de
8
Ver: Caicedo, Escobar y Gómez, 2012.
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economía campesina que incluyen saberes, tecnologías y formas de trabajo colectivo, concepciones
propias sobre los policultivos y las fincas tradicionales y su manejo; saberes tradicionales asociados
a la minería artesanal de aluvión; técnicas de construcción de viviendas, entre otras. Dichas prácticas
se transmiten de generación en generación y perduran visiblemente a pesar de los efectos de los
proyectos de modernización de la región.
Así mismo, estas comunidades, cuya estructura familiar es extensa, tienen prácticas culturales
propias, heredadas y transmitidas de generación en generación que se evidencian en las fiestas,
celebraciones, velorios, músicas y danzas. Un ejemplo de ello es la fiesta del niño Dios que se
celebra en febrero de cada año, en la que las familias de una vereda del territorio organizan un
recorrido con bundes (bailes afrodescendientes) y música de violines caucanos (música tradicional
afronortecaucana reconocida en festivales nacionales como el Petronio Álvarez en Cali) para celebrar
la llegada del niño Dios por medio de una cigüeña (mito). En esta fiesta se resalta la organización
territorial de las familias negras, la cual obedece a los lazos de parentesco propios de este grupo y
cultura.
Hoy día, las familias de este Concejo Comunitario se ven afectadas por varios hechos que amenazan
sus formas de vida. En primer lugar, la minería ilegal sobre el río Palo (el cual atraviesa el territorio
de esta organización) implica un manejo y control de esta fuente hídrica por parte de nuevos actores
que se han instalado en el territorio por la explotación de oro. Este tipo de minería no sólo impide y
dificulta desarrollar la minería artesanal de aluvión que practican estos pobladores, pues los nuevos
actores imponen reglas sobre el río, sino que introduce tecnologías y materiales contaminantes del
agua. De igual forma, la producción agroindustrial de caña que rodea a las familias aún desarrolla
prácticas basadas en quemas y el uso de agroquímicos que producen efectos secundarios. Esto afecta
la producción agrícola de las fincas de los pobladores negros, así como la salud de estos mismos.
De acuerdo al trabajo adelantado por los investigadores locales de este Consejo Comunitario, el
territorio donde se ubica el mismo hace parte del municipio de Padilla, el cual limita con los
municipios de Miranda al norte, Puerto Tejada noroccidente, Villa Rica al occidente, Guachené al
sur-occidente y Corinto al sur. Padilla es de topografía plana con leves ondulaciones y está irrigado
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por el río Paila, el río Negro, río Güengüé y río Hato. Asimismo, está conformado por seis
corregimientos: Cuernavaca, Chamizo, Las Cosechas, Yarumales, Tetillo y La Paila. Al municipio
pertenecen tres Consejos Comunitarios: Severo Mulato, Juan José Nieto y Zona Occidental Unión
Yarú. Este último se ubica entre los corregimientos de Yarumales, Chamizo y Cuernavaca, donde se
localizan cuatro (4) veredas: Los robles – sector carretera (Yarumales); La unión (Yarumales);
Betania (Chamizo); Holanda (Cuernavaca).
Durante el siglo XIX, varias tierras de este municipio pertenecieron a la familia Arboleda y luego a
la familia Eder, dueñas de la hacienda Japio y La Bolsa. Posteriormente este municipio hizo parte
de la hacienda Quintero que se desprendió de las anteriores (Aprile Gniset, 1994). El territorio fue
ocupado por colonos libertos, cimarrones y esclavos negros, donde el mercado ilegal de tabaco
predominaba (Mina, 1975). También existía la presencia de minifundios clandestinos, situados en
las zonas húmedas, selváticas más conocidas como “madres viejas” (cauces viejos de los ríos),
donde predominaban los cultivos de autoconsumo así como cultivos de cacao, plátano, frutales,
crianza de aves de corral y animales porcinos.
La mitad del siglo XX fue la época de colonización más visible de Padilla. Según cuenta don Luis
Edulfo Medina (uno de los adultos mayores), los primeros pobladores de esta zona provenían del
municipio de Caloto, vereda La Dominga, San Jacinto, Ciénaga Honda. Aquellos arriban entre 1913
y 1914 como colonos después de ser desplazados y despojados de sus terrenos por haber participado
en la guerra de los mil días con el ejército liberal (Mina, 2011).
[…] Padilla fue el resultado de la salida de la gente de Caloto. Estaban decididos los negros de
abandonar esos sitios, entonces se vinieron a “tres esquinas” porque vinieron ahí, porque habían
negros que tenían sus tierras y habían trabajado sus tierras entonces tenían latifundios y habían
también generales de la guerra de los mil días que habían subsidiado negros del norte de la manigua
y la gente venían a trabajar ahí porque en ese tiempo se cultivaba mucho el tabaco, el aguardiente de
caña era el viche, pero era de contrabando, el tabaco tenía la ventaja que lo comunicaban al Estado,
sino lo trabajaban de contrabando y daba más resultado trabajarlo de contrabando que trabajarlo con
el régimen estatal […] (Entrevista a Luis E. Medina, 2014).
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El asentamiento de población negra de la posguerra de los mil días fue interceptado por políticas
regionales de control. En este sentido, el municipio de Padilla se forma entonces por “la
colonización negra de tierras planas de propiedad privada y escrituradas; pero interceptada su
acción y desactivada por las autoridades de Popayán, son aquellas que diseñan estas fundaciones
nuevas a principios del siglo XX” (Aprile Gniset, 1994: 13). Hacia 1918 los hacendados payaneses
y los empresarios de Cali, como la familia Eder, dirigen ofensivas para recuperar sus tierras en esta
zona. Un ejemplo que marca la historia local de este Consejo Comunitario es la guerra instaurada
para recuperar las tierras de Güengüé por parte de tal familia. Estas ofensivas no se detendrían ahí
sino que resurgen en los años 50 con invasiones del ejército, registradas en comunicaciones
públicas (Aprile – Gniset, 1994). Este conflicto entre latifundistas y pobladores negros da lugar a la
expedición de una orden de planeación emitida por la gobernación. Según la ordenanza, los dueños
de las tierras se verían obligados a diseñar un modelo de urbanización de una parte del territorio de
Padilla que incluyera a los pobladores negros. Este modelo consistió en un caserío cuadriculado
para los pobladores (Aprile Gniset, 1994: 92).
Para mediados de esa época, varios pobladores de Padilla recuerdan que esa zona estaba
conformada por fincas tradicionales y campos sin trabajar. El cacao y el café son los productos más
representativos que han marcado la historia económica de este territorio desde entonces. Muchas
familias crearon sus fincas y vivieron del intercambio y comercio de estos productos en las
cabeceras municipales y puertos (puerto Mallarino en Cali). Hacia los años 60 las reformas agrarias
introducen acciones de repartición de la tierra que fortalece el asentamiento de las familias negras
en este municipio. La Caja Agraria adquiere tierras de las haciendas, las cuales son donadas
condicionalmente a estas familias. Esto se hace evidente en la historia de poblamiento de la vereda
Cuernavaca de este municipio.
El trabajo de historia local de esta organización afrodescendiente (2014) da cuenta del modo en que
los terrenos del corregimiento de Cuernavaca fueron concedidos por la Caja Agraria mediante un
sorteo a 96 parceleros entre hombres y mujeres. Estos campesinos sembraban arroz, maíz, frijol y
cacao. No obstante, la producción de las cosechas es afectada por factores ambientales (los ríos eran
los principales causantes de las inundaciones, ocasionando pérdida de las cosechas; sequías y la
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químicos que volvían la tierra improductiva). De ese modo los parceleros empezaron a ser
presionados por tal institución con el incremento de impuestos y muchos de ellos deciden entregar
sus tierras a cambio de conservar las dos plazas familiares (medida de propiedad de la tierra). Las
tierras retornadas fueron vendidas a los ingenios azucareros (ingenio La Cabaña en este caso) que se
instalarían con mayor fuerza en el territorio:
[…] el ingenio cabaña inicio con el trapiche ‘El Aradito’, en ese tiempo, me acuerdo yo, era un
trapiche y eso no era ingenio, de trapiche a ingenio fue creciendo. Luego del Aradito fuimos
conociendo el ingenio y todo se volvió fue azúcar […] (Entrevista a Esaú Cosme, 2014).
A partir del siglo XX se configura entonces un modelo económico de apropiación de las tierras
acorde al desarrollo y progreso económico regional agroindustrial. Entre la década de los 50 y 60 se
acrecienta la pérdida de tierras por parte de los pobladores negros a partir de mecanismos modernos
de despojo como el endeudamiento con la Caja Agraria, bandidos contratados, la inundación
intencional de fincas campesinas o “la guerra del agua”, bloqueo de caminos y fumigaciones de
caña que afectan los cultivos tradicionales. Estos hechos presionaron y forjaron la venta de las
fincas de las familias negras y se genera una dinámica movible del asentamiento de este grupo.
Muchas familiar migran a otras ciudades, municipios, veredas y países para luego retornar.
De acuerdo El territorio del este Consejo Comunitario se ubica en el municipio de Villa Rica que se
localiza al sur del valle geográfico del rio Cauca y limita al norte con los municipios de Puerto
Tejada y Guachené, al sur con el municipio de Santander de Quilichao, al occidente con el
municipio de Jamundí y al oriente con el municipio de Caloto. Según datos de la Corporación
Autónoma Regional del Cauca (C.R.C.), este municipio se encuentra a una altura de 982 msnm,
tiene una temperatura promedio de 25 °C. El relieve del municipio es totalmente plano y sus tierras
corresponden al piso térmico cálido. La precipitación media del municipio es de 1.850 mm por año,
con lluvias altas en los meses de octubre, diciembre y marzo y un período seco en los meses de
junio, julio y agosto. Villa Rica es un área poblada por gente negra que vive en una gran parte en
asentamientos de tipo urbano. Dichos asentamientos se encuentran en medio de las extensiones
masivas de cultivos de caña de los ingenios, algunas haciendas de ganado y cultivos comerciales de
soya y maíz y un pequeño y marcado sector de industrias.
Este territorio pertenecía a la hacienda La Bolsa de la familia Arboleda, que subsistió a partir del
trabajo de los esclavizados tal como lo describe De Friedeman en sus investigaciones sobre el
campesinado negro en Villa Rica: “ancestros de los actuales habitantes negros de Villa Rica fueron
traídos de África para sostener la empresa de la colonización española [...]. Los apellidos notables
que han identificado el ancestro africano en Colombia abundan allí: Lucumí, Balanta, Mina,
Viáfara, Carabalí, Cunda, Loboa, Arará son apellidos que se enlazan en sus redes de parentesco”
(1974: 1). Los vínculos parentales actuales obedecen entonces a las líneas del parentesco de los
antepasados esclavizados que trabajaron en las haciendas de esta zona. Dichas redes permiten
rastrear el asentamiento de esta población como evidencia de la ancestralidad del territorio.
El territorio de este consejo comunitario se formó en dos fases de poblamiento negro: una fase de
tipo agrario que abarca un período entre la manumisión de esclavos hasta inicios del siglo XX y
otra de tipo urbano desde los años 30 en adelante. La transformación de un tipo de asentamiento a
otro se dio en varias etapas asociadas a las dinámicas generales de poblamiento negro de la
subregión del norte del Cauca (ver arriba) y los intereses económicos de desarrollo de la región.
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Los conflictos agrarios entre hacendados y campesinos que se intensifican durante la primera mitad
del siglo XX, se presentaron a partir de situaciones como la que expone Aprile-Gniset en este relato
de un comunero negro.
[…] Yo fui terrazguero en la hacienda La Bolsa. El dueño me dio permiso para desmontar un monte
de guadua que había a la orilla de la quebrada. Pero era prohibido sembrar matas raizales como el
café o el cacao. Yo tenía que pagarle el terraje cada año, en dinero. Y cuando había desmontado unas
cinco plazas, a los dos años, él vino un día y me pidió que le devolviera la parcela, que él la
necesitaba. Me tuve que ir […] (Aprile-Gniset, 1994: 95).
La inestabilidad para vivir en este territorio para la población negra se marcaría a partir de la
instalación de la agroindustria cañera que demandaría las tierras para este monocultivo,
reemplazando la producción ancestral de cultivos de cacao, café y maíz. En consecuencia, el
gobierno departamental se ve en la necesidad de responder a las necesidades de esta población ante
la expropiación de sus tierras y formas de vida de campesinos con la concesión de una pequeña
extensión de tierras en los años 30.
La reducción de tierras para la producción campesina de los negros en Villa Rica marca entonces la
historia del territorio de este consejo comunitario. Así mismo la concentración de esta población en
una cuadrícula urbana proletaria da cuenta la conformación de tal territorio (Aprile Gniset, 1994).
Hoy día los integrantes de este consejo enfrentan las necesidades desde hace varias décadas: “el
problema del agua, la situación de la tierras, su concentración tugurial respaldada por acciones
gubernamentales que no pusieron en efecto condiciones mínimas de saneamiento ambiental como el
alcantarillado […]” eficiente, el desempleo y la reducción de las fincas tradicionales como modo de
producción ancestral propia son evidencia de esa crisis.
La vereda de Las Brisas está ubicada en el corregimiento de Betulia del municipio de Suárez, al
norte del departamento del Cauca. Las Brisas tiene una extensión aproximada de seiscientas
cincuenta hectáreas (650), con un clima cálido medio húmedo, una altura de 1.300 – 2.200 msnm,
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precipitaciones entre 2.300 – 3750mm y temperaturas de 15 – 23°C aproximadamente. Esto indica
que se encuentra en una zona de vida de bosque húmedo tropical (bh-ST) y bosque seco tropical
(bs-T), según escala de Holdridge (CRC, 2012). Esta vereda se ubica en la cuenca media del Río
Marilópez, que atraviesa de norte a sur el territorio del Consejo. Dicho río tiene una extensión de
91Km2, con una longitud de 23km, tiene un perímetro de 51.1km, contiene un porcentaje de cause
de 6.3% y una pendiente de cuenca de 58% (CRC, 2012).
La presencia negra en esta subregión montañosa se remonta al siglo XVII con la instalación de
minas y haciendas que usan e intercambiaban mano de obra negra esclavizada. Para entender la
historia de poblamiento del territorio de este Consejo Comunitario se debe tener presente las
dinámicas de poblamiento negro regional del norte del Cauca mencionadas previamente. En medio
de este contexto, y de los procesos históricos específicos que moldean la configuración del
asentamiento negro en Suarez, se pueden resaltar dos fases determinantes del asentamiento negro en
la vereda Las Brisas. Estas fases surgen en el siglo XX y tienen como punto de partida la
intervención del río Cauca y las obras de infraestructura vial. Ambos procesos resultan de las
políticas y dinámicas económicas de modernización que cobran sentido en la región.
Por una parte, el poblamiento afrodescendiente de Las Brisas cobra inicio con la llegada del
ferrocarril de Cali en la década de los años 20. Con este medio de transporte se difunde la bonanza
cafetera nacional a otras regiones del país como la región del Cauca. También atrae la mirada de
pobladores negros de otras zonas del departamento que buscan tierras fértiles donde vivir. Por otra
parte, este poblamiento se forja a partir de la introducción de nuevas tecnología de explotación
aurífera sobre el río Cauca en los años 30. La llegada de la compañía draguera de origen canadiense
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en 1936 promueve una migración interna de pobladores negros. La instalación aquella draga
requiere la adquisición de tierras al costado oriental del río Cauca, donde ya varias familias negras
vivían; también llama la atención de otros pobladores de zonas cercanas que participan de la
bonanza aurífera en ese entonces9. En la memoria de los mayores de las Brisas permanecen los
recuerdos del modo en que varios arribaron a estas tierras:
“[...] prácticamente si volviendo atrás a la historia, esto inició desde que casi que llegó la
compañía Asnazú Gold a Asnazú, que llegó lo que fue ahí llegaron a trabajar gente de San
Joaquín, Paloblanco, Honduras, Munchique a las minas de oro de allí. El negro allí no
tenía tierras para trabajar, trabajó en las minas y después quedo, cuando se terminaron las
minas pues quedaron así a la deriva pues esas lomas por allá ya muy estériles y toda esa
vaina, entonces la gente ya entraron por acá, primero entrar aquí porque mi papá y mi
abuelo tuvieron fue tierras por aquí, aquí en Marilópez […]” (Entrevista. A.M. -
Junio/2014).
En este proceso de poblamiento varios hombres colonizan los montes que atraviesa el río Marilópez
y crean fincas de autoconsumo pues “[anteriormente] esto no más era montaña, monte! porque casi
era que no había tanto habitante. Había cultivitos de café, pero poquito. Había plátano también
poquito. Aquí se entraba a rozar para sembrar maíz, frijoles, casi no había mucho cultivo acá, ahora
sí se prendió el cultivo. Plátano, yuca y de todo en más abundancia” (Entrevista. S. A. – junio
2014). La creación de las fincas implicaba rozar y sembrar productos de autoconsumo como el maíz
y plátano, productos sobre los cuales se constituye una economía de tipo campesino en esta
subregión. Este proceso de asentamiento se intercalaba con prácticas minería artesanal o
mazamorreo en los río cercanos, una práctica que aún se realiza hoy día.
Para los habitantes de las Brisas la creación y el trabajo en sus fincas es el medio en torno al cual se
configura sus modos de vida en el territorio. En este sentido la producción y el cultivo de ciertas
variedades resulta determinante en la historia de consolidación del territorio. Los antepasados de
este grupo de familias les enseñaron a cultivar maíz, plátano y yuca, así:
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Pobladores de Asnazú, Palo blanco, Buenos Aires, Santander de Quilichao.
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“Después del maíz ya ellos [los antepasados] echaron a sembrar colino y a sembrar café,
no así como ahora que ahora el café es tecnificado. Ellos sembraban café, el nombre del
café que ellos sembraban era llamaba arábigo, ese era un café que lo sembraban y podía
durarle 30 y 40 años porque ese café ellos no soquiaban ni nada de eso.” (E. Pedro Ararat,
2014).
La introducción del café marca un hito en la producción de las fincas de estos habitantes, pues las
familias viven del comercio de este producto. Ahora se combina el cultivo de café con plátano, yuca
y árboles frutales de larga presencia en la región que dan sombra al primero. También se intercala
esta actividad con el barequeo en los ríos en tiempos de verano y cuando se debe dejar descansar la
tierra para sembrar nuevamente. Anteriormente esto último se realizaba en mayor medida, pues es
una práctica trasmitida de generación en generación:
“La minería era que buscábamos oro también. Hilábamos con barra haciendo huecos. Y sí,
oro había; ahora es que casi no se encuentra porque se destapó el oro. La venta de gramos de
oro, no pues no se hablaba ni de gramo. En ese entonces no había la palabra décima, ni
gramo. Para minear se usaba la batea, la barra y el palin. Uno se iba a otros ríos por allá,
como el rio Inguitó a buscar oro al Cauca. Salíamos y estábamos por allá unas dos semanas.
Salíamos en verano, en invierno no salíamos” (E. Fidelina Chocó, 2014).
Finalmente, hoy la vida de Las Brisas está amenazada por varios intereses que se disputan el
control territorial y sus recursos: la llegada de foráneos por la venta de la tierra a bajos costos; el
auge de cultivos ilícitos obliga a los campesinos a vender sus tierras y, por tanto, se modifican
las fincas tradiciones como forma de vida colectiva; el conflicto armado, producto del control de
cultivos ilícitos y militarización de la represa Salvajina.
La historia de conformación de este territorio también está asociado a las dinámicas de poblamiento
y de movilidad de las familias afrodescendientes que se asentaron en esta región desde tiempos de
la Colonia por el trabajo en las minas de Gelima, entre otras. En el caso de Bellavista esto es
evidente con las conexiones históricas de poblamiento de la vereda de Santa Lucia, corregimiento
del Palmar del municipio de Santander de Quilichao. La consecuencias de la guerra de los Mil días
condujeron a algunas familias negras a explorar otras zonas para vivir, “[…] hacia el occidente, más
allá del rio Cauca, a dos o tres días de camino habían tierras baldías fértiles y promisorias esperando
brazos fuertes y laboriosos que quisieran hacerlas productivas” (Historia Local. C.C. Bellavista).
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Los fundadores de las tierras baldías de Bellavista, específicamente en la vereda la Esmeralda, son
los Balanta Mina, Mezú, Balanta Díaz y Balanta10 en el año 1904 aproximadamente.
Este grupo de hombres colonizaron los montes rozando y sembrando productos tradicionales con
los cuales dan forma a sus fincas. En palabras de los mayores de Bellavista:
“fue así como se establecieron en el sitio al que ellos llamaron la Esperanza en las tierras
que hoy son de Maura Balanta, le pusieron la Esperanza porque allí fue donde aquel día de
Agosto de 1904 sembraron las primeras matas de plátano dominico que habían traído en
sus equipos desde Santa lucía. También sembraron maíz, frijol y unos cuantos palos de
yuca. Al recorrer el territorio cercano al cambuche de La esperanza encontraron que había
bosques vírgenes de canelo, guacamo, yarumo, palma chonta, y en especial mencionaban
un árbol de pomo rozo que hasta hoy se conserva en pie en la propiedad de los herederos
de Didio Balanta. Había muchos animales de caza como la guagua, el venado, el cusumbe
la pava gurrí y la pava mona, la guacharaca y el paletón. En el rio se pescaba sabaleta,
negros domingochusoy roño. Poco a poco el hacha el trasero y los machetes fueron
abriéndose espacio en esas selvas vírgenes pera darle paso a cultivos como el maíz, la
yuca. El frijol .la arracacha, la arrascadera, la batata, las piñas, el plátano etc.” (Historia
Local. C.C. Bellavista).
El asentamiento de estas familias configuró un saber particular sobre el entorno. Este conocimiento
propio de los habitantes de Bellavista deja huellas evidentes en el territorio. Esto se refleja en la
arquitectura de casas de bareque y el uso de hojas de caña, canales de guadua o astillas para los
techos. También en los caminos de herradura aún de uso que, antes de la construcción de carreteras,
permitía a los habitantes ir al pueblo a vender sus productos y comunicarse con otros centros
poblados. Finalmente, esto se puede evidenciar, de acuerdo con la historia local del Concejo
Comunitario de Bellavista, en una serie de puntos geográficos, lugares y prácticas claves en el
territorio tales como:
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Nótese los apellidos. De acuerdo a los estudios genealógicos de la población negra en Colombia de los
antropólogos Nina de Friedemann y Jaime Arocha (1986), estos apellidos son de descendientes de africanos
traídos al continente. Este parentesco reitera la ancestralidad del territorio.
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1. Titulación de predios: en el año 1937 se dio la primera titulación del predio El Poblado que
hoy es el territorio de Bellavista. Estos terrenos fueron titulados mediante escritura pública
a Carlos Balanta y a José David Balanta (fundadores de la vereda Bellavista) a quienes les
otorgaron escrituras por 200 hectáreas respectivamente. Estas escrituras las otorgó el señor
alcalde de Buenos Aires Aristóbulo Duran, quien se desplazó hasta esta región para efectuar
las mediciones correspondientes y hacer entrega oficial de los títulos de esos baldíos a los
colonos antes mencionados. Es de acotar que a un mismo ciudadano legalmente no se le
podía titular más de 200 hectáreas, copias de dichas escrituras deben reposar en los archivos
dela notaria única de Buenos Aires, Cauca. Esta titulación es particular porque una vez
Carlos y José David Balanta tenían la propiedad legal sobre la tierra, debían darle
posteriormente las respectivas escrituras a los otros colonos.
2. Creación del cementerio: los terrenos donde se encuentra el cementerio de Bellavista fueron
donados por la señora Anastasia Muños y el primer difunto que fue sepultado en dicho
camposanto fue el señor Aniceto Ibarra. Es en este sitio donde el hombre vuelve a su
creador , donde queda por sentado que la tierra nunca le pertenece al hombre, que es el
hombre el que le pertenece a la tierra, porque como lo dicen los sacerdotes en la homilía del
miércoles de ceniza: Acuérdate que polvo eres y en polvo te has de convertir.
3. Fundación de la primera escuela: la escuela Rural mixta Marilopez Bellavista fue fundada
inicialmente en la casa del señor José David Balanta Díaz (uno de los primeros fundadores)
en el año de 1945, a través de un trabajo colectivo que aunó los esfuerzos de las familias
pioneras en colonizar Bellavista. Este proceso generó un arraigo determinante al territorio.
4. Las fiestas patronales: en el año 1947 llegaron los primeros misioneros a la vereda de
Bellavista. Fueros ellos, el padre Jaramillo y el padre Buitrago, quienes consagraron la
vereda a la virgen del Carmen y desde entonces y por mucho tiempo se celebró esta
festividad con visita del cura párroco quien iba inicialmente desde Buenos Aires y
posteriormente desde Suárez a celebrar la misa y a realizar bautizos, matrimonios, y
primeras comuniones. Se recorría el caserío llevando la imagen en procesión y una vez
terminada la celebración religiosa había verbena quema de castillo y fiestas de plaza, las
cuales se alargaban hasta el otro día.
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5. El puente sobre el río Marilopez: en ocasiones llovía tan copiosamente que los caminos se
convertían en lodazales y los ríos crecían tanto que se salían de sus cauces. Esto ocasionaba
que en muchas oportunidades se ahogaban las bestias con las cargas al intentar cruzarlos y
en más de una ocasión estuvieron a punto de perecer los harrieros y los jinetes. Fue
entonces cuando la comunidad adelantó gestiones con caminos vecinales para la
construcción de un puente sobre el rio Marilopez, obra que se culminó en el año 1968 y fue
realizada por el maestro Celimo Rivera. Este puente se conoce como el puente zinc porque
está hecho de madera sostenido por pilastras de cemento y se le coloco un techo de láminas
de zinc para preservar especialmente las tablas de madera del piso. Este puente conecta el
corregimiento de Bellavista con el corregimiento de Robles.
En este orden de ideas es posible afirmar que existe un manejo ancestral del territorio debido a: los
patrones de poblamiento negro en esta subregión (lazos de parentesco por apellidos y geografía); las
formas de asociación y trabajo comunitarias y familiares con cultivos de ciertas especies
tradicionales; la arquitectura de las viviendas; la celebración de fiestas patronales; modos de trabajo
colectivo sobre la tierra y tenencia, entre otros.
En la actualidad, este territorio está amenazado principalmente por el conflicto armado instaurado
en esta subregión. Este conflicto se expresa en: instalación de minas en algunas zonas del territorio;
aumento de actividades de narcotráfico que causan presión sobre usos del territorio; la falta de
atención o abandono del gobierno con programas de trabajo en fincas conduce a la venta forzada de
tierras.
El consejo comunitario de las comunidades negras del corregimiento de Mindalá está constituido
por 9 veredas: san vicente; vista hermosa; mindalá; badeas; pueblo nuevo; tamboral; miravalle;
turbina; maravelez. Este territorio está atravesado por el río Cauca, Marilopito, San Lorenzo y
Piedra Imán.
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Este Consejo fue creado el 01 de octubre del 2003, aunque su territorio ha estado poblado por
familias negras desde tiempos de la Colonia. Los mayores de la comunidad cuentan que desde los
años 1600 fueron traídos como prisioneros de África para ser esclavizados y esta fue una de las
regiones donde se asentaron los ancestros de los habitantes de Mindalá que hoy poblaron este
territorio. Una clara evidencia de esto son los apellidos heredados de generación en generación
como Mina, Chará, Lucumí, Carabalí, Nazarthí, Ararat, Aponzá, Charrupí, Popó, Balanta, Aponzá y
Guazá, hoy familias integrantes de este Consejo Comunitario.
Luego de ello, algunas familias logran comprar tierras en la vereda La Toma a través de los frutos
obtenidos por el trabajo como apareceros y por la venta de oro que algunos extraían del río por
medio del mazamorreo o barequeo (técnicas artesanales de minería). Otras familias acceden a la
propiedad de la tierra por herencia en pocos casos.
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La aparcería surge como un sistema de cambio de mano de obra por precarios derechos de usufructo de la
tierra que emplean los dueños de haciendas y minas para garantizar el uso de mano de obra negra en la
producción a pesar de la abolición de la esclavitud (Ararat, et al. 2013).
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Ya en el siglo XX se consolida el asentamiento negro en esta subregión de montaña con la
economía campesina basada en el cultivo de café, maíz, plátano, yuca, entre otros. Esta economía se
complementa con actividades productivas de minería tradicional en los ríos, el trabajo agrícola en
las fincas y la pesca artesanal que realizan los pobladores negros. A través de estas prácticas se
genera un proceso de organización territorial que da lugar al asentamiento de varias veredas de lo
que se conoce como Suarez. Las guerras civiles del país, como la de 1948, producirían una masiva
migración de familias a estas tierras de alta montaña, tal como lo relata uno de los mayores de este
Consejo Comunitario:
“fue allí que cuando en la muerte de Jorge Eliécer Gaitán empezaron los conservadores a perseguir
liberales y muchos liberales a conservadores dependiendo la zona, hubo desplazamiento de las
ciudades de los pueblos, veredas, de todo el lugar en general unos corrían parra allá otros corrían
para acá, por eso aquí en Suárez hay mucha gente que no es nativa de aquí fueron llegados por la
violencia una violencia estatal es decir esta zona ha sufrido cualquier cantidad de golpes de
tropiezos, no sólo por la parte gubernamental sino por empresas transnacionales que él mismo le ha
permitido el desplazamiento o la explotación de sus habitantes” (Entrevista. S.L.2015).
El territorio del Consejo Comunitario de Mindalá se encuentra amenazado por varios hechos: las
concesiones mineras a empresas multinacionales atraen la mirada de actores e intereses externos
que ponen en riegos el manejo territorial de las familias de Mindalá sobre su territorio (caso La
Turbina y el Tamboral); las dinámicas del conflicto armado se incrementan a partir del año 2011
con la llegada de actores externos y se intensifican en los años posteriores produciendo un constante
desplazamiento de familias.
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En síntesis, los territorios ancestrales de estos tres Consejos Comunitarios del municipio de Suarez
se configuran a partir de las dinámicas de poblamiento negro de carácter regional rural, cuyo pilar
es el asentamiento negro de los descendientes de esclavos que trabajaron en haciendas y minas de la
zona sobre la vertiente occidental del río Cauca. Este poblamiento se produce a partir de oleadas
migratorias y colonización de zonas más altas de monte (sobre todo en el siglo XX) en distintas
fases que obedecen a los cambios en las dinámicas económicas de la región (minería colonial;
terraje; infraestructura vial como el ferrocarril de Cali; producción agrícola comercial cafetera;
construcción de la represa Salvajina). Finalmente, se debe destacar que el asentamiento negro de
esta subregión parte de las relaciones sociales de familias extensas, relaciones y prácticas
económicas y culturales, propias de los pobladores negros que se desprenden y basan en la
interacción y conocimiento sobre el entorno. Estas relaciones están enraizadas en el territorio por lo
que lo reconocen como un territorio heredado de sus ancestros.
4. Conclusiones
Este estudio pudo constatar que los afrodescendientes que habitan los territorios reivindicados por
los consejos comunitarios del norte del Cauca tienen un carácter ancestral que se fundamenta en las
siguientes razones:
(1) Una presencia histórica demostrable en la zona, que se remonta varios siglos atrás, y que es
el fundamento de una memoria colectiva que hoy los cohesiona como grupo alrededor del
valor de la libertad y de la consciencia de saberse descendientes de esclavizados africanos.
(2) Prácticas económicas, culturales y políticas en relación, las cuales se fundamentan en
saberes específicos sobre el territorio y su medio ambiente, y se enseñan y transmiten de
generación en generación.
(3) Una apuesta por el gobierno propio y el buen vivir que se enmarca en una historia d
organización política que se gesta a partir de las experiencias de vida, manejo, uso y
transformaciones de la tierra.
(4) Un modelo de territorialidad ancestral que está siendo amenazado por el conflicto social y
armado, el acaparamiento, la degradación ambiental y la falta de tierras y la disminución de
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la producción agraria para el sustento familiar. Por esta razón, el Estado tiene el deber de
amparar y proteger el derecho fundamental al territorio.
Fuente: Herrera, Marta. 2009. Popayán: la unidad de lo diverso. Territorio, población y poblamiento
en la Provincia de Popayán, siglo XVIII. Bogotá: Universidad de los Andes, CESO. Pg 184
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REFERENCIAS