El pescador y su mujer
por Los hermanos Grimm
Había una vez un pescador que vivía junto con su esposa, llamada Isabel,
en una destartalada choza cerca del mar.
Una mañana, estaba sentado en la ribera, con la vista dirigida hacia la
cristalina agua, cuando de repente vio el anzuelo hundirse hasta lo más
profundo y al sacarlo tenía en su punta un gran pez azul que dijo:
—Por favor déjame ir, no soy un pez sino un príncipe encantado.
Regrésame al agua y déjame vivir.
—Puedes irte —contestó el pescador—. Igual, no me apetece comer un
pez que puede hablar.
Al final de su jornada, el pescador regresó a su choza y le contó a su
esposa lo que había sucedido con el gran pez azul.
—¡Qué ingenuo eres! —dijo la esposa—. Ese pez es mágico, debes ir y
pedirle que te conceda un deseo. Vuelve al mar y pídele que convierta esta
destartalada choza en una encantadora cabaña.
El pescador no quería importunar al pez azul, pero fue tanta la insistencia
de su esposa que terminó regresando al mar y dijo:
—Gran pez azul, pequeño amigo, escucha con atención lo que te digo; mi
pobre Isabel grita y se enfurece, es preciso darle lo que se merece.
El pez nadó hasta la superficie y preguntó:
—¿Qué pide tu esposa?
—Ella quiere una encantadora cabaña —respondió el pescador.
—Vuelve a casa —dijo el pez—, ella ya tiene su cabaña.
El pescador volvió a casa. Pero ya no era una humilde choza, sino una
encantadora cabaña. Su esposa estaba en la entrada. Adentro encontró
una sala, cocina, comedor y una habitación. Detrás había un patio
pequeño con gallinas y patos y una huerta con legumbres y frutas.
—¡Maravilloso! —dijo el pescador—. Viviremos aquí por siempre y
seremos muy felices.
La esposa estaba muy feliz, pero solo por una semana.
—Esta cabaña está muy pequeña, vuelve al mar y pídele al gran pez azul
que me dé un palacio.
El pescador nuevamente fue al mar y con voz afligida dijo:
—Gran pez azul, pequeño amigo, escucha con atención lo que te digo; mi
pobre Isabel grita y se enfurece, es preciso darle lo que se merece.
El pez nadó hasta la superficie y preguntó:
—¿Qué pide tu esposa?
—Ella quiere un palacio —respondió el pescador.
—Vuelve a casa —dijo el pez—, ella ya tiene su palacio.
Cuando el pescador regresó, apenas podía creer lo que veía. La
encantadora cabaña había sido reemplazada por un gran palacio de
piedra. Un sirviente desenrolló un puente levadizo para permitirle el
ingreso. El pescador cruzó el puente e ingresó al palacio, ahí encontró dos
sirvientes barriendo el piso de mármol. Las paredes estaban cubiertas con
hermosos tapices y lámparas de fino cristal colgaban del techo. Su esposa
estaba de pie en el centro de un gran salón, al lado de una mesa llena de
los más exquisitos platos.
—¡Qué lugar tan hermoso! —dijo el pescador—. Viviremos aquí por
siempre y seremos muy felices.
La esposa estaba muy feliz, pero solo hasta el día siguiente.
Cuando salió el sol, la esposa despertó al pescador y le dijo:
—Levántate y asómate por la ventana. Quiero reinar sobre todos esos
territorios que tienes a la vista. Ve donde el gran pez azul y pídele que yo
sea la reina.
—¡Cielos! —gritó el pescador—. No puedo pedirle eso.
Sin embargo, así lo hizo:
—Gran pez azul, pequeño amigo, escucha con atención lo que te digo, mi
pobre Isabel grita y se enfurece, es preciso darle lo que se merece.
El pez nadó hasta la superficie y preguntó:
—¿Qué pide tu esposa?
—Ella quiere ser reina —respondió el pescador.
—Vuelve a casa —dijo el pez—, ella ya es la reina.
Así que el pescador regresó y al llegar al palacio, este era mucho más
grande, con una gran torre y magníficos adornos, tenía un centinela
cuidando la puerta y un gran número de soldados tocando tambores y
trompetas. Y cuando entró, vio que todo era de mármol y oro puro, con
cobertores de terciopelo y grandes baúles de joyas.
Entonces se abrieron las puertas del salón y allí estaba toda la corte en su
total esplendor y su esposa sentada sobre un gran trono de oro y
diamantes, con una gran corona de oro en su cabeza y un cetro de oro
puro en sus manos. A ambos lados de la mujer, se encontraban sus criadas
en espera de órdenes formando una fila.
—Ya eres reina —le dijo el pescador a su esposa—. ¿Qué más puedes
desear?
—Ya lo veré —respondió ella.
A la mañana siguiente, la esposa del pescador vio el resplandor del
amanecer a través de la ventana y el sol subiendo sobre las montañas.
—Despiértate ya —le dijo al pescador—. Ve donde el gran pez azul y dile
que yo debo tener el poder para ordenarle al sol y a la luna cuándo salir.
¡Hazlo de inmediato!
El pescador regresó al mar en medio de una desaforada tormenta y gritó:
—Gran pez azul, pequeño amigo, escucha con atención lo que te digo, mi
pobre Isabel grita y se enfurece, es preciso darle lo que se merece.
El pez nadó hasta la superficie y preguntó:
—¿Qué pide tu esposa?
—Ella quiere tener el poder para ordenarle al sol y a la luna cuándo salir —
respondió el pescador.
—Vuelve a casa —dijo el pez.
Así lo hizo el pescador. Allí encontró a su esposa sentada en la vieja y
destartalada choza.
Y que se sepa, ahí viven todavía.