0% encontró este documento útil (0 votos)
107 vistas37 páginas

IYA Libro1 Naty

El documento narra la llegada del profesor Snape a la casa de los Dursley para recoger a Harry Potter y llevarlo a un destino desconocido mediante un traslador, generando tensión con los Dursley y desconcierto en Harry.

Cargado por

HayvesChun
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
107 vistas37 páginas

IYA Libro1 Naty

El documento narra la llegada del profesor Snape a la casa de los Dursley para recoger a Harry Potter y llevarlo a un destino desconocido mediante un traslador, generando tensión con los Dursley y desconcierto en Harry.

Cargado por

HayvesChun
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

1

ÍNDICE

Cap. 1 – El plan de Dumbledore  3

Cap. 2 – Traspasando sus defensas  12

Cap. 3 – Adaptándose  18

Cap. 4 – Devolviendo el ataque  24

Cap. 5 – Revelaciones  31

2
CAPÍTULO 1 – EL PLAN DE DUMBLEDORE

–Si estás preparado –dijo él.

¿Preparado? No. Horrorizado. Indignado. Por algún motivo, lívido de rabia hacia el
muchacho idiota que me observa estúpidamente desde la cama. Me doy cuenta de
que estoy intentando culparle por todo lo que ha sucedido. Preparado, no,
definitivamente no lo estoy. Pero muevo la cabeza en lo que, espero, sea un gesto de
asentimiento y abandono rápidamente la habitación. Sólo soy vagamente consciente
del chucho mugriento y lleno de pulgas que me enseña los dientes cuando paso a su
lado. Absorto, le doy unas palmaditas en la cabeza y me dirijo hacia las mazmorras,
redactando mentalmente mi testamento y últimas voluntades que, de alguna forma, se
han convertido en un catálogo de pociones raras y mortales, cuando oigo como ladran
mi nombre. Me giro para ver a mi enemigo acérrimo, convertido en hermano de armas,
de pie donde antes estaba la bestia sarnosa. Se me ocurre que acabo de ignorar por
completo a una criatura que podría confundirse fácilmente con un augurio de muerte y
me río.

Sirius Black parece desconcertado. Pero, ¿no lo está siempre?

–Puede que Dumbledore confíe en ti, pero yo no. Si osas aunque sea respirar sobre
Harry, te mataré.

Mi mente se pone en marcha inmediatamente, creando una avalancha de réplicas


mordaces que, de alguna forma, son absorbidas por esa materia seca y esponjosa
dentro de mi boca que una vez, estoy seguro, fue mi lengua. Le hago un gesto
desdeñoso con la mano y busco mi santuario en la mazmorra oscura, fría, húmeda y,
por extraño que parezca, reconfortante. Es aquí donde mi mente vuelve de nuevo a la
vida y algún mecanismo se pone en marcha para poner orden, permitiéndome pensar
con coherencia.

–Si osas aunque sea respirar sobre...

Bien, es evidente que Dumbledore no le ha contado al padrino del chico su plan ¡ah!
tan brillante para protegernos al Chico Superestrella y a mí. Pienso en lo irónico que
será cuando accidentalmente envenene a ese pequeño demonio y
Black accidentalmente me deje el cuerpo como un colador.

Prefiero ignorar esa idea. Si tengo que elegir entre morir a manos de Voldemort o a
manos de Black, elijo a Black. No es lo suficientemente inteligente como para ser
cruel. Cojo un montón de pergaminos y comienzo a castigar a una clase de tercer año
de Gryffindor por existir. Inmediatamente siento como me baña una ola calmante de
general amargura y me pregunto, sólo vagamente, qué clase de monstruo he sido en
mi vida anterior para merecer reencarnarme tan cerca del infierno.

----------------------------------------------------

3
Nada más ver el barrio Muggle recuerdo una de las razones por las que me hice
Mortífago hace tanto tiempo. Siento náuseas y apenas puedo resistirme a sacar mi
varita y lanzar un hechizo de crecimiento a su césped tan perfectamente cortado. Me
apresuro por el sendero de piedra, divirtiéndome al imaginar la cara que pondrían esos
Muggles si alguna vez pudieran ver mi jardín. Llamo tres veces a la puerta de roble.

Asqueroso. Se me revuelve el estómago al ver a ese idiota obeso ante mí, y (Merlín,
ayúdame) casi me río al ver la cara del chico contraerse en una mueca de terror, su
boca estúpidamente abierta en un grito silencioso. Me yergo todo lo que me permite mi
estatura y le torturo con mi mirada más amenazante, normalmente reservada para
Neville Longbottom. Se gira y, andando como un pato, desaparece por una puerta al
final del pasillo. Puedo oírle chillar algo sobre vampiros y empiezo a preguntarme si
estoy en la casa correcta. Ni siquiera la familia de Potter puede tener tan pocas luces.

Veo a una versión mayor del chico gordo que avanza hacia mí, provocando a cada
paso peligrosas vibraciones por toda la habitación y haciendo que los cuadros
tiemblen de miedo. Pero no a mí. Jugueteo con la idea de convertir su bigote en un
bozal e inmediatamente me arrepiento de no haberlo hecho cuando empieza a
farfullar.

–Q-qué, quién...

Reúno la suficiente educación inglesa como para decir:

–Hola. He venido por Harry Potter.

Estoy impresionado por mi propia capacidad para esconder mi completo desprecio.


Observo con asombro cómo algo parecido al temor se apodera de él. Su cara púrpura
palidece y luego pasa por todos los colores del espectro, para acabar finalmente en un
adorable tono violeta azulado. Balbucea algo parecido a “p-p-padrino”, y yo enarco una
ceja. En circunstancias normales convertiría a un hombre en una babosa por
confundirme con Sirius Black. Por supuesto. Me fuerzo a recordar que el Muggle no
puede captar cuán absurda es su metedura de pata.

Aprieto los dientes y digo, –Soy su profesor –y no un ignorante psicópata salvaje–.


Debería haber recibido una lechuza del Director Dumbledore anunciando mi llegada.

Dumbledore me había dicho que la familia Muggle se podría sentir “un poco incómoda”
en mi presencia. ¿Y quién no? Espero malestar allí donde voy. Normalmente me
complace en gran medida provocar tal efecto. El rostro del hombre vuelve a ponerse
púrpura, entonces pasa al carmesí y tiembla con furia. Nadie cómo Dumbledore para
quitar importancia a las cosas.

–¡No voy a consentir ninguna de estas tonterías en mi casa! ¡Aquí no hay ningún
Potter! ¡Largo! ¡Váyase o llamaré a la policía!

Por un momento, el asombro me deja con la mente en blanco. Observo al Muggle,


fríamente impresionado, preguntándome cómo se las ha arreglado para sobrevivir a
tan frecuentes alteraciones emocionales. Estoy bastante seguro de que nunca he
conocido a una persona más desagradable. Avanza con fuertes pisadas hacia la
puerta donde estoy yo e, instintivamente, saco mi varita. Se para en seco, con la cara
otra vez de color ceniza –o puede que lila. Sí, esto me recuerda que ya casi es la
temporada de cosecha de raíces de lila. Puedo oír los fuertes latidos de su corazón
cargado de colesterol... o tal vez no. Se me ocurre que el fuerte latido proviene de

4
debajo de la escalera. Entonces escucho una voz ahogada: –Estoy aquí –y me lleva
un momento darme cuenta de a quién pertenece esa voz.

Paso empujando al aterrorizado Muggle, que parece estar intentando darme una
explicación, llego hasta una puerta y descorro el pestillo. El chico entorna los ojos y
parpadea. Su cara está roja y sudorosa de haber gritado. Puedo ver el momento
exacto en que sus ojos se adaptan a la repentina luz que le ciega, y se centran en mí.
Parpadea de nuevo con incredulidad.

–¿Profesor? ¿Qué está...?

Olvida sus modales, pero yo todavía estoy demasiado aturdido por toda la situación
como para fijarme en eso. En las dos semanas que ha estado fuera de Hogwarts
parece haber perdido un par de kilos. El hombre grueso que refunfuña encogido de
miedo en una esquina me saca de mi reflexión:. –Coge tus cosas, Harry.

Un momento. No es eso lo que yo quería decir. Todavía puedo saborear el nombre en


mis labios. Él también lo ha notado y se le ve... bueno, patidifuso parece la palabra
correcta.

–Ahora, Potter –corrijo, consiguiendo ponerle el rencor suficiente. Afortunadamente


funciona, porque se va corriendo. Espero hasta oír sus pisadas en el segundo piso
antes de volverme hacia el Muggle.

–¿Qué ha hecho? –Por su reacción, cualquiera pensaría que le he amenazado. Logra


decir dos palabras coherentes: reglas y tonterías. Asiento desdeñoso. Conozco de
primera mano la insolencia del chico. Y aunque nunca le he encerrado en el armario
de las escobas, no puedo decir que no lo hubiera intentado si se me hubiera dado la
oportunidad.

–Potter no volverá aquí este verano. El Director estará en contacto–. Intento mantener
un tono neutral, pero el hombre sigue temblando de miedo. Hace que Longbottom
parezca valiente. Noto que observa mi varita con recelo. Comienzo a jugar con ella
para torturarle un poco más. Las inofensivas chispas verdes que lanza podrían ser una
Maldición Imperdonable a juzgar por su reacción ante ellas. Finalmente, Potter llega
con un montón de libros bajo el brazo y una lechuza, y saca su baúl de la alacena,
apiñando los libros en él. Entonces me mira y me sorprendo al ver el miedo en sus
ojos. . He visto un abanico de emociones cruzar esa cara –desde nerviosismo hasta
arrogancia, desde indignación hasta desprecio–, pero el miedo nunca fue una de ellas.
Me cuesta respirar. Lo atribuyo al esta atmósfera Muggle.

Miro mi reloj y veo que nos quedan tres minutos antes de que el Traslador se active
para llevarnos a un “destino desconocido”. Saco el extraño objeto de mi túnica y alzo
la mirada hasta el rostro de Potter, que ha palidecido un poco más.

–¿Qué está haciendo con ese auricular telefónico? –pregunta con recelo.

–Es un Traslador. Tenemos dos minutos y treinta y tres segundos; así que, si se te ha
olvidado algo, te sugiero que vayas a por ello ahora.

–¿A dónde? –pregunta. Sus ojos se entrecierran y miran alternativamente hacia su


baúl y hacia mí.. Me sorprende su reacción hasta que recuerdo a dónde le llevó el
último Traslador. Intento eliminar la impaciencia de mi voz lo suficiente como para
contestar: –No lo sé. ¿No recibiste la carta de Dumbledore?– .Vuelve a mirar hacia su

5
baúl y luego otra vez hacia mí. Sacude la cabeza. ¿Qué está pensando? Se me agota
la paciencia. –No tengo tiempo para ganarme tu confianza, Potter. Haz el favor de
agarrarte a este trasto ridículo, te lo explicaré cuando lleguemos.

Con reticencia, toma el asa de su baúl y me pide que sostenga la jaula de su lechuza.
Una mano temblorosa agarra el otro extremo del Traslador mientras mira a su tío, que
nos ha estado mirando fijamente, como si fuéramos un espectáculo de circo. Potter
parece divertido por esto, pero sus ojos brillan con inquietud.

–Bueno, entonces, adiós –dice, casi inaudible.

Y el Traslador nos lanza violentamente al vacío.

Aterrizamos, uno encima del otro, en un frío suelo de piedra. El Traslador se me cae
de la mano, así como la jaula de la lechuza; cosa que no parece gustarle demasiado.
Soy dolorosamente consciente de mi brazo derecho, atrapado bajo el baúl de Potter, y
placenteramente consciente de un cálido muslo que presiona mi...

–¡Potter, levántate! –ordeno, con demasiada urgencia, creo.

Parece reaccionar de golpe. Su rostro refleja primero comprensión, luego una


paralizante humillación, embarazo y, de nuevo, miedo. Estoy impresionado por el
abanico de emociones que experimenta en tan poco tiempo, y después dolorido
cuando se pone de pie con dificultad. Salgo de debajo de su baúl y me apoyo en éste,
recuperándome de dos dolores contradictorios.

–¿Qué? –pregunto mirándole, y entonces me doy cuenta de que no me está mirando a


mí sino a su baúl. Oh. Su varita. Por supuesto, no la llevaba encima ya que no podía
usarla durante las vacaciones. Por un momento, quedo impresionado por su instinto.
Un instinto que un chico de su edad no debería tener. Un instinto que yo mismo no
desarrollé hasta mucho más tarde. –No te preocupes, Potter, no estoy aquí para
matarte.

No parece convencido. –¿Dónde estamos?

–En el exilio –murmuro, mirando la gran habitación de piedra a mi alrededor. Una


mazmorra, menos mal. Enciendo un fuego en la chimenea para añadir su luz a las de
dos débiles antorchas encendidas en paredes opuestas. La habitación es muy amplia
y está vacía, excepto por dos camas iguales en un extremo, un escritorio en el otro y
dos sillones viejos frente al hogar. Hay una puerta en la pared del fondo, que
silenciosamente ruego conduzca a una salida; pero tengo mis dudas.

–Dumbledore te envió una carta. ¿Por qué no la recibiste?

–He estado encerrado en una alacena, ¿no? –contesta bruscamente. Estoy casi
aliviado de ver de nuevo la insolencia en su expresión.

–Tonterías, chico. Envió la carta el día después de que empezaran las vacaciones.

–Bueno, entonces supongo que no me llegó por poco, ¡porque he estado ahí dentro
desde la noche en que llegué a casa! Algo parecido a la vergüenza aflora a su rostro.
Le miro fijamente preguntándome si debo creerle o no. Intentando no pensar en las

6
ramificaciones que tendría elegir pensar que está diciéndome la verdad, opto por una
réplica prudente.

–Siendo el castigo tan estricto, habría pensado que serías más cuidadoso en cuanto a
romper las normas.

–Ya. Entonces, asegúrese de recordarlo cuando descubra que no he estudiado


durante las vacaciones.

–Vamos, Potter. No esperarás que me crea que estuviste encerrado en un armario dos
semanas por hacer tus deberes –me burlo de él, pero inmediatamente puedo ver que
es cierto por su expresión.

–No espero que crea nada de lo que yo le diga, Profesor. –Hay veneno en su voz y se
me pasa por la mente abofetearle. Con la mano. Estoy sorprendido. Los idiotas como
el padrino del chico recurren a la violencia física como forma de expresión, no magos
como yo. Podemos idear formas más permanentes de venganza.

–Vigila tu tono –le advierto. Me complace verle luchando para sujetar su lengua, pero
tomo nota, mentalmente, de que debo enseñarle inmediatamente al chico cómo
controlar la expresión de sus emociones. Una de las defensas más importantes.

–¿Cuánto tiempo tengo que quedarme aquí?

–Hasta el próximo trimestre. –Casi siento placer al responder, sabiendo cuánto


torturará al chico mi respuesta. Pero entonces recuerdo que yo también tendré que
soportar el tormento y mi placer se ve reemplazado por el dolor sordo del
resentimiento.

–¿¡Con usted!? –No debería sentirme ofendido por su arrebato, ¿o sí? Supongo que
no estaba preparado para un desprecio tan obvio. –Yo creí –balbucea–, eh, bueno...
después de lo que pasó... ya sabe... –. Se me acorta la paciencia otra vez mientras
veo cómo intenta formar una frase coherente. –Creí que volvería usted a trabajar para
Dumbledore... ya sabe, como hizo antes.

–Tardo un momento en captar el significado de sus divagaciones. ¿Un espía? ¿Otra


vez? Ni loco. Estoy a punto de echarme a reír, pero consigo contenerme a tiempo para
responder.

–No, Potter. Puede que esto te sorprenda, pero el Director prefiere que siga vivo. Por
desgracia para los dos, insiste en que tú hagas lo mismo. –Le miro con el ceño
fruncido, retándole a que replique. Y entonces se me ocurre que el chico no tendría
que saber nada de eso.

–¿Cómo averiguaste eso? –Le miro, enfurecido y lleno de sospecha, y el rubor de sus
mejillas me dice que descubrió esa información haciendo algo que no debía.

–Eh, pues… es que… digamos que… me caí en el Pensadero de Dumbledore.

¿Digamos que? Casi me da la risa otra vez. Maldita sea. Ya van dos veces. Siento
algo parecido a la envidia que me encoge el estómago. Me gustaría tanto caerme en el
Pensadero de Dumbledore. Pero igual... no, mejor no.

7
–Mañana comenzarás un entrenamiento en defensa avanzada. Parece que se te va a
recompensar por ser incapaz de evitar meterte en problemas. –La expresión de su
cara me desconcierta. ¿Cómo se atreve a no estar menos que encantado ante esta
oportunidad?

–Pero estoy de vacaciones –protesta.

–Quizás deberías haber pensado en ello antes de...–¿Qué? ¿Haber sobrevivido?


Joder, no puedo culparle por eso, ¿no? Me devano los sesos buscando una palabra,
maldiciéndole mentalmente. Por tercera vez en diez minutos, me he quedado sin
munición. Si a eso añadimos que le he llamado por su nombre de pila, el día ha
resultado un auténtico fracaso. Inspiro profundamente y le repito que el entrenamiento
empezará mañana. Me voy a explorar mi prisión.

----------------------------------------------------

Me despierta una sensación familiar de dolor insoportable y me sujeto el brazo como si


intentara evitar que la piel se me desgarrara. Me quedo sin respiración y aprieto los
dientes con fuerza para no gritar. La marca oscura brilla tras mis párpados cerrados –
un recordatorio de mi única gran cagada. El dolor disminuye, ya sólo un pinchazo
difuso, y jadeo para recuperar el aliento mientras mi propia conciencia se burla de mí:

Bueno, te lo mereces, ¿no? Imbécil de mierda. Cualquiera creería que tu primera pista
para pensar que unirte al Señor Oscuro tal vez no era una buena idea sería el hecho
de que su llamada a las armas es tan condenadamente dolorosa. ¿Ya no eres tan
ambicioso, verdad, Severus?

La burla cesa en cuanto noto el suave y constante ritmo de los sonidos nocturnos que
provienen de la cama de al lado. Por primera vez estoy agradecido de Harry Potter
exista. Me concentro en el sonido tranquilizador de su respiración y me dejo llevar por
el sueño. No sé cuanto tiempo he estado durmiendo cuando me despierto
sobresaltado por un grito ahogado.

Al principio, me pregunto si no lo habré soñado. Pero entonces escucho la respiración


dificultosa de la cama de al lado, seguida de otro grito de dolor. Enciendo la lámpara y
veo a Potter encogido en posición fetal, agarrándose la cabeza. No reacciono, pero me
fascina su rostro retorcido de dolor. Estoy demasiado atónito cómo para sentir pena
por él. Claro que he oído hablar de su cicatriz –¿quién no?–, pero hasta este momento
nunca la había visto en acción. Otra ola de dolor le sobreviene, y grita. Se pone boca
abajo, con las rodillas encogidas bajo el torso, y aprieta la cabeza contra el colchón.
Cruzo la corta distancia entre nuestras camas sin pensar.

–¿Potter? –Mi voz está ronca y revela mi preocupación. Algún tenue aspecto de mi
conciencia me maldice por exhibir tales sentimientos.

–Él... yo... aaaah.

No sé en qué momento he desarrollado algún tipo de instinto de protección, pero mi


mano comienza a acariciar la espalda del chico en lo que sólo puede interpretarse
como un gesto tranquilizador. Me oigo decir –Shhhh –, ignorando una voz familiar

8
dentro de mi cabeza que grita, –¿Qué coño crees que estás haciendo?– . Su camisón
está empapado de sudor y se adhiere a su espalda arqueada. Su respiración es
irregular y siento cómo sus músculos tiemblan mientras intentan relajarse. Mi mano,
que ya estoy convencido de que tiene voluntad propia, comienza a acariciarle la nuca.
Pasados unos minutos, su respiración vuelve a ser normal. Siento que se pone tenso
otra vez, probablemente al darse cuenta de su profesor más odiado le está tocando.
Aparto la mano, casi demasiado deprisa, y me bajo de la cama de un salto. Me siento
totalmente ridículo pero me las arreglo para disimular mi vergüenza antes de que alce
la vista hacia mí.

–¿Ya ha pasado? –digo, aliviado de oír mi voz firme y fría.

Asiente en silencio. Veo algo en sus ojos pero no identifico qué es. En la tenue luz que
ofrece la lámpara, puedo ver un rubor rosado que tiñe sus pálidas mejillas. Se pone de
rodillas en la cama y me mira.

–Era Karkaroff, creo. Quiero decir... tuve un sueño...

Me lleva un momento darme cuenta de qué está hablando y se me revuelve el


estómago. Entonces el viejo ha muerto. Asiento rígidamente para indicar que le he
oído e intento calmar mis propios miedos. Yo soy el siguiente.

–Profesor, yo... –se atraganta de la emoción y sacude la cabeza como si intentara


disipar alguna imagen insistente. –Está buscándole a usted–, dice disculpándose.

No son noticias frescas precisamente, ¿verdad? Asiento de nuevo y me doy cuenta de


que llevo todo el rato sacudiendo la cabeza como un tonto. –Vuélvete a dormir, Potter–
digo, y mi voz se quiebra como la de un chaval de catorce años. Me mira enfadado
pero no me importa gran cosa. Apago la luz y empiezo a preocuparme por tonterías
tales como mi propia mortalidad.

----------------------------------------------------

–Potter, levántate.

Lucho contra el impulso de extender la mano hacia su espalda y tocar la suave y


pálida piel de su hombro. Está demasiado flaco pero, con la suave línea de su músculo
y la imagen de un pezón desnudo, parece un plato mucho más apetitoso que el soso
desayuno que acabo de hacer aparecer. Maldigo al pequeño bribón por osar quitarse
el camisón y provocar esta amargura en mi voz. –Levántate, ya. Tenemos trabajo que
hacer.

Alza la mirada perezosamente y busca sus gafas a ciegas. Sus ojos verdes están
están enrojecidos debido, obviamente, a la falta de descanso durante la noche. Seguro
que yo no tengo mejor aspecto, habiéndome pasado la mayor parte de la noche
escuchando sus lloriqueos. Varias veces tuve que combatir el impulso de reconfortarle.
Me pregunto qué demonios me pasa. Me identifico con el chico, creo. Es demasiado
joven para que le torturen por semejantes sueños. Demasiado joven para ser el
objetivo de la ira de Voldemort.

9
Demasiado joven para que yo le esté mirando de esta manera.

¡Maldita sea! Me giro y camino hacia el escritorio sobre el que se encuentran el té y las
gachas de avena que he hecho aparecer desde Hogwarts. Estoy contento de que haya
funcionado, ya que no hay cocina en el lugar en el que estamos. Solamente esta
habitación y un baño. Por supuesto, yo disfruto de la oscuridad, pero me preocupa la
capacidad de Potter para sobrellevarla. Tiene que ser terriblemente deprimente para
un chico de su edad –de su mentalidad– estar encerrado sin ver el sol. Ya está
demasiado pálido, de hecho. Se me ocurre que podría hechizar el techo para que
reflejase el cielo. Tomo nota mentalmente para buscar el hechizo y me siento a
desayunar.

–¿De dónde ha salido esto? –bosteza mientras estira los brazos por encima de la
cabeza. Al menos ha tenido la decencia volver a ponerse ropa. No respondo y sigo
bebiendo mi té a pequeños sorbos. Se sienta frente a mí y comienza a meterse las
gachas en la boca a grandes cucharadas. Odio ver como comen los niños. Se me
revuelve el estómago y aparto la mirada, esperando a que termine. Comienzo a revisar
mi plan de estudios mentalmente.

–¿Profesor Snape? Me preguntaba... –Le lanzo una mirada de impaciencia, pero sigue
hablando igualmente. –Usted sabe que yo puedo... bueno… mis sueños. ¿Cree usted
que Vol-er..., Quién-Usted-Sabe sueña conmigo también?

No había pensado en ello hasta ahora. Me enferma hacerlo en este momento. No creo
que el Señor Oscuro sueñe, exactamente. Intento imaginármelo durmiendo, y no lo
consigo. Dormir es algo tan humano. Pero, ¿será posible que tenga visiones de
Potter? ¿Que nos esté viendo ahora? ¿Juntos? Dumbledore consiguió romper hace
tiempo el hechizo de localización de la Marca Oscura de mi brazo. ¿Hay algún hechizo
en la cicatriz del chico? Pues sí que nos va a servir de mucho escondernos, si el chico
tiene una conexión con él. Seguramente Dumbledore habrá pensado en ello. ¿No?

No se me ocurre ninguna respuesta a su pregunta. Gruño y bebo mi té, esperando que


eso le haga desistir de preguntar de nuevo. Está enfadado, puedo sentirlo. Le echo
una mirada y veo destellos de rabia en sus ojos.

–No me cree, ¿verdad?

–Acaba de comer, Potter –le digo y me levanto. Decido darme una ducha para evitar
sus preguntas.

Cuando cierro el agua y salgo de la ducha, oigo unas voces apagadas que vienen de
la habitación de al lado. Por un momento, me quedo paralizado por el miedo. Me visto
rápidamente y cruzo la puerta como una flecha. Me relajo al ver al Director, que sonríe
con esa sonrisa exasperante. Lanzo un hechizo para secarme el pelo y me acerco a
los dos.

–Buenos días, Severus.

¡Que te den, Albus!

–Buenas.

–Harry me estaba contando ahora mismo lo de su sueño. –Miro brevemente a Potter,


cuyos ojos miran al suelo. Aprieta la mandíbula.

10
–¿Le has encontrado? –pregunto y me responde asintiendo.

–Justo a las afueras de Hogsmeade. Inquietante. –dice y baja la mirada. Noto que
Potter me esta observando y le doy la espalda. Su mirada me hace sentir incómodo. Y
mi estómago arde con... odio, creo.

–La cicatriz del chico, Albus. ¿Puede Voldemort localizarle a través de ella? –digo en
voz baja, deseando poder hablar con el Director a solas. Dumbledore no me mira a los
ojos. Sabe algo y se lo está callando. Y no me enteraré hasta que él esté preparado
para contármelo.

–Harry está a salvo aquí. Al igual que tú. Mientras que ninguno de los dos conozcáis
vuestro paradero, Voldemort no podrá encontraros. –Sé que está mintiéndome... u
ocultándome algo. Me gustaría volarle en mil pedazos pero me limito a asentir Al
menos, sé que estamos a salvo. Estoy seguro de que el viejo se ha asegurado de ello.

–Albus, ¿podríamos hablar en privado? –intento, haciendo un gesto hacia el baño.


Puedo sentir la mirada de odio del chico atravesándome. Dumbledore me mira y niega
con la cabeza.

–Creo que es mejor que todos hablemos abiertamente, ¿no crees? –Cierro la boca
con fuerza para evitar maldecirlo en voz alta. Hablar abiertamente, claro. Estoy seguro
de que no conozco a nadie con más secretos que el hombre que tengo delante.
Hipócrita. Maldito sea.

–El chico no puede estar metido en esta mazmorra, Albus. Los niños necesitan sol y
aire fresco –digo apretando los dientes. A mi pesar, miro al chico que me observa
boquiabierto. Está desconcertado al descubrir que me preocupo por su bienestar, no
cabe duda. A pesar del número de veces que le he salvado la vida al pequeño
demonio. Dumbledore vuelve a sonreír con expresión divertida. Mi mano se mueve
casi imperceptiblemente hacia mi varita.

–Por supuesto, tienes razón, Severus. Qué considerado por tu parte. Veré qué puedo
conseguir, pero me temo que, por el momento, los dos tendréis que quedaros aquí. Lo
siento, Harry. Severus, me he tomado la libertad de traerte algunas de tus cosas. Me
pasaré de tanto en tanto para comprobar cómo estáis.

Después de una pequeña charla intrascendente con el chico, Dumbledore se va.


Potter se ducha y yo me quedo preguntándome cómo demonios voy a sobrevivir al
verano.

11
CAPÍTULO 2 – TRASPASANDO SUS DEFENSAS

-Estás enfadado, inténtalo otra vez.

-Es una estupidez.

-No obstante, es necesario, Potter.

-¿Por qué?

-Ya lo hemos discutido. Nuestras emociones nos traicionan. Debes aprender a


ocultarlas si es preciso.

Se me ocurre que no recuerdo haberme divertido tanto nunca. Enseñar al chico a


mantener un rostro inexpresivo es más difícil de lo que debería. Pero me permite
satisfacer mi impulso de provocarle bajo el pretexto de enseñarle. Y él se ve forzado a
aguantar este abuso. Por dentro, sonrío con maldad. Por fuera… bueno, también
sonrío con maldad. Cosa que le pone nervioso.

-De acuerdo–dice. Frunce los labios en una fina línea, y le observo mientras hace un
esfuerzo consciente para relajar su cara y adoptar una expresión neutral. Ya llevo tres
semanas observando fijamente esa cara. La he memorizado. Sé exactamente lo que
siente y en qué momento preciso lo siente. Adoro el poder que esto me otorga. Me
encanta provocar todas y cada una de esas emociones. Casi me avergüenzo de lo
mucho que lo disfruto.

–¿Todavía eres virgen?

Sus ojos se agrandan y su rostro, normalmente pálido, enrojece intensamente. Casi


me río. Pero no lo hago. Por supuesto, no necesito adivinar la respuesta. Lo tiene
escrito en la cara. Después de todo, sólo tiene catorce años. ¿O son quince? Creo
recordar que dijo algo sobre su cumpleaños. Pero no es asunto mío. Claro que, a los
catorce, mi propia inocencia no era más que un vago recuerdo… pero no, es mejor no
pensar en eso ahora.

–Estás avergonzado, inténtalo otra vez–. Veo cómo su vergüenza se convierte en ira.
Claramente, estas lecciones no le proporcionan tanto disfrute como a mí. Pero no me
importa. Observo cómo entorna los ojos y su cara se relaja.

–¿Estabas al tanto de que tu padrino es gay?

Vergüenza. Sorpresa. Buscaba indignación, pero da igual. De cualquier forma, ha


fallado.

–Inténtalo otra vez.

–Espere. ¿Es eso cierto? –Le lanzo una mirada severa pero no se arredra. Tiene
curiosidad. Curiosidad. Otro de sus más irritantes atributos. Pensaré más tarde en
alguna forma de eliminarlo.

–Potter, concéntrate –. Obedece a regañadientes.

12
Cada vez es más difícil encontrar cosas que decirle. Está tardando muchísimo tiempo
en aprender a hacer esto. Mejor para mí. He optado por contarle cosas que no debería
saber, y luego contemplo cómo se mueven los engranajes de su débil cerebro
intentando determinar si estoy mintiendo o no. Parece ser capaz de suprimir bastante
bien el impulso de reír. O eso, o no entiende mi sentido del humor, que es lo más
probable. La ira y la vergüenza son sus puntos débiles… y, por supuesto, los más
divertidos de provocar.

–Seguro que tú también eres marica–. Nada. Muy bien. Continúo.

–Weasley y tú parecéis muy íntimos. ¿Le miras mientras se viste?–. Nada. Estoy
impresionado–. ¿Piensas en él cuando estás en la cama? Dime, Potter, ¿en quién
piensas? ¿Qué rostro es el que ves cuando cierras los ojos de noche? ¿Qué imágenes
pasan por tu cerebro infecto de pubertad?–. Me resisto a seguir. Ciertamente, no
debería hablarle así. Esperaba que reaccionase antes. Uno más y paro–. La ducha
que te diste esta mañana fue especialmente larga.

Se sonroja. Casi me sonrojo yo también. Maldición. Me apunto mentalmente enjuagar


la ducha antes de usarla.

–Estás avergonzado.

–Le encanta esto, ¿verdad?

–Estás enfadado.

–Y usted es un sádico–. Por supuesto, tiene razón.

–Este es tu entrenamiento, Potter. Si no te sientes capaz de hacerlo, simplemente le


diré a Dumbledore que el Famoso Harry Potter no necesita su ayuda.

Su cara vuelve a perder toda expresión. –Puede que simplemente no quiera


convertirme en usted –dice. Su tono es frío. Y está diciendo la verdad. Estoy
sorprendido. Y dolido. Pero, ¿por qué debería estarlo?

–Está enfadado –dice, y sonríe. Casi acierta, pienso yo, y entonces le miro frunciendo
el ceño. Se me ocurre que también le vendría bien una pequeña lección sobre cómo
determinar las emociones de otros. Por supuesto, esa lección se la dejo a otro
profesor.

–Muy bonito –digo, sonriéndole con sorna. –Pero me pregunto, ¿en quién pensabas
en la ducha?

Se sonroja otra vez. Y yo sonrío, muy a mi pesar.

----------------------------------------------------

Si me presionaran, tendría que admitir que me da pena que se acabe el verano. Si


bien es cierto que me encanta la asignatura de Pociones, enseñarla raramente me

13
proporciona la misma clase de satisfacción que he obtenido aquí. Ahora casi me
perturba la cara inexpresiva de Potter. Pero, al menos, sé que ha aprendido.

–¿Qué estás mirando, Potter?

–Nada.

Maldito sea. He creado un monstruo. Debo decir que ha llegado a ser muy bueno en
esto. Y, aunque tardó mucho más en aprender esto que en todo lo demás que le he
enseñado este verano, no ha demostrado tanto entusiasmo por perfeccionar ninguna
otra cosa. Lo hace para irritarme. No dejaré que me irrite tan fácilmente. Quiero hacer
algo que traspase sus defensas una vez más. Puñetero. Quiero ver algo en esa cara.
Lo que sea.

Desvío mi atención de mi penosa desesperación y me centro de nuevo en mi


programa de clases de Pociones para el sexto curso. Volveremos a Hogwarts, y me
tocará enseñar a unos críos inútiles este arte hermoso y delicado. Tarea que ahora me
parece incluso más desmoralizante. Pero no creo que el puesto de Defensa contra las
Artes Oscuras sirviera para levantarme la moral este año. No enseñan ningún tipo de
defensa real en el curso. Hacer desaparecer Boggarts no ayudará a ninguno de esos
mocosos a luchar contra Voldemort. Dumbledore hace bien en darle a Harry este
entrenamiento.

Maldita sea. Lo he vuelto a hacer. No sé cómo ha ocurrido esto de dejar de llamarle


Potter en mi cabeza pero, en serio, tengo que parar. Me digo a mí mismo que no es
culpa mía. No es fácil convivir con alguien durante tanto tiempo sin empezar a pensar
en él con familiaridad. Es normal. Estoy con él cada momento del día. Escucho sus
pesadillas por la noche. Le veo en ese estado vulnerable entre el sueño y la vigilia
cuando le despierto cada mañana –mirándome y parpadeando con ojos soñolientos,
su boca reseca arqueándose en una sonrisa perezosa, sus dedos largos y esbeltos
buscando a tientas sus gafas. Oh, Dios.

Salgo bruscamente de mi ensoñación. Debe ser por todo el tiempo que llevo
encerrado en una mazmorra. Es cierto que, de todos modos, paso la mayor parte de
mi tiempo encerrado en mazmorras, pero normalmente estoy solo. Me doy cuenta de
que me está mirando fijamente otra vez. Puedo sentir esos ojos suyos clavándose a
fuego en mi coronilla. Se ha vuelto bastante atrevido últimamente pero, ¿qué voy a
hacer al respecto? ¿Castigarle? Su insolencia se ha triplicado. Y, aunque eso debería
molestarme, lo que más me molesta es que me hace gracia. Si no tuviera catorce años
(¿o tiene ya quince?), y si no fuera Harry “el Puto Salvador” Potter, podría llegar a
confundir nuestros intercambios de palabras con flirteos.

-Deja de mirarme, Potter.

-No lo hago.

-Te estoy viendo.

-Ni siquiera me está mirando.

Le miro ahora. Puedo ver que se está divirtiendo. Le odio.

-Ten cuidado, Potter, podría empezar a pensar que te atraigo-. Se sonroja y, de


repente, siento una breve e intensa sensación de triunfo. Veo algo asomarse a sus

14
ojos. ¿Es… pudor? Ya ha pasado. De nuevo, su rostro es inexpresivo, pero ha vuelto
los ojos a su libro de Historia. Esto me desconcierta. Esperaba de él una reacción
mayor. ¿O la deseaba? Hace semanas que dejamos de discutir en serio. Me atrevería
a decir que se ha vuelto inmune a mis intentos de provocarle. Pero ese era el objetivo,
¿verdad?

-Tenga cuidado, Snape, podría empezar a pensar que le atraigo.

Muy gracioso. Le había estado mirando fijamente. Él sonríe y yo daría cualquier cosa
por poder abofetearle. ¿Desde cuanto han cambiado las tornas aquí? ¿En qué
momento he permitido que este pequeño cretino me afecte?

-Creo que no, Potter-. ¿Es eso lo mejor que se te ocurre? Maldición.

-Oh, vamos, Profesor. Sabe que me desea.

¡Por supuesto que no!

-Puede que te resulte difícil creerlo, pero no todo el mundo se deja hechizar por tu
fama –. Ea, eso debería cerrarle la boca. Normalmente lo hace. Mordaz. Cortante.
Cruel.

-¿En quién piensa usted en la ducha, Profesor?

No. Me. Esperaba. Eso. Pequeño cabroncete. ¿Cuándo se ha vuelto tan jodidamente
avispado? El chico ha pasado demasiado tiempo conmigo. Se le está pegando mi
forma de ser. ¡Deja de mirarle con la boca abierta como un tonto y responde!

-Puedes estar seguro, pequeño, de que si yo pensara en alguien en la ducha, sería en


alguien un poco más desarrollado -Se sorprende. Y ahora se enfada. Perfecto. Le
lanzo una sonrisa arrogante, para asegurarme, y vuelvo a mi trabajo.

----------------------------------------------------

-Potter, nadie debe saber lo que hemos hecho aquí. Si alguien te pregunta dónde has
estado todo el verano, debes decirles que estuviste en Hogwarts. ¿Está claro?

-Pero, ¿por qué?

Maldita sea su curiosidad juvenil. Por una vez me gustaría disfrutar del lujo de decirle
algo sin que me cuestione. Le miro frunciendo el ceño, pero le deja impasible. Se ha
acostumbrado, diría yo.

-Porque se te han enseñado cosas que se supone que no deberías saber. El Director
podría ir a prisión por permitirlo.

Me mira con la boca abierta. Veo algo parecido a un sentimiento de culpa que inunda
su rostro. Un momento insólito en el que deja de pensar en sí mismo. Puedo ver cómo

15
intenta buscar las palabras. Frunce el ceño, estirando esa horrible cicatriz hasta
quedar recta.

-También podría ir usted –dice con tristeza algo excesiva. Ahora recuerdo que no
hemos trabajado la tristeza, pero desecho la idea. Es verdad lo que dice. Pero ir a
prisión es la menor de mis preocupaciones. Debería haber acabado en prisión un buen
número de veces, pero conseguí escapar. Lo cual me recuerda la razón por la que
accedí a hacer esto.

-Por fin te has dado cuenta, ¿verdad?–. Todavía consigo ser mordaz cuando es
necesario. Su cara se vuelve de nuevo inexpresiva, y sé que le he cabreado. A
menudo me pregunto qué imagen utiliza para concentrarse. Nunca se lo he
preguntado.

-¿Por qué lo ha hecho?

-Dumbledore me pidió que lo hiciera-. Me lo pidió, claro. Las peticiones de Dumbledore


nunca son opcionales. Son órdenes disfrazadas muy educadamente para que suenen
como si tuvieras elección. Puedo ver cómo va deduciendo cosas en esa cabecita suya,
y entonces vuelve la mirada hacia mí, con ojos divertidos.

-Creo que quería hacerlo. Probablemente se presentó voluntario-. Me he cansado de


que este crío se burle de mí. Ha olvidado su lugar como alumno mío y no debo
tolerarlo. Si estuviéramos de vuelta en Hogwarts podría deducir veinte puntos sólo por
ese puñetero brillo en sus ojos. Puede que aún ahora lo haga.

-Sí, estaba loco de alegría ante la perspectiva de pasar mis vacaciones haciendo de
niñera-. No le gusta que le recuerden que sólo es un niño. Y con todas las de la ley, es
de sentido común. Pero borro esa idea de mi cabeza. Es mucho mejor tratarle como a
un niño que pensar en él como un hombre joven, creciendo… desarrollándose…
Para ya.

Le tiendo el Traslador y él me da esa irritante lechuza suya. Se sitúa de pie a mi lado y


puedo oler el aroma a lavanda de su poción para el pelo. Levantando la vista, me mira
fijamente, como si intentara analizar mi expresión. Le deseo buena suerte en silencio,
pero igualmente me pongo tenso bajo su mirada. No es que me tenga miedo de que
consiga descifrarla. No lo tengo. Pero me siento incómodo bajo el peso de su mirada.
Así no es como se supone que debería ser esto. Y, tan pronto como el Traslador nos
lleve a Hogwarts, todos nuestros jueguecitos se acabarán. Me pregunto si es
consciente de ello.

-¿Profesor Snape? –pregunta. Su voz suena extraña y bajo la mirada hacia él. Como
respuesta, gruño, ya que no me fío de mi propia voz. Me maldigo a mí mismo por todo
esto y rezo en silencio para ser capaz de volver a mi amargura generalizada una vez
me vea de nuevo en los pasillos, atestados de niñatos, de la escuela.

-Solo quería agradecerle… ya sabe… que me haya ayudado. Ha sido… divertido.

Se supone que debo decir algo después de esto. Algo que le informe de que lo que
hemos hecho no tiene nada que ver con divertirse. Debería estar furioso. Mi lado
profesional comienza a esbozar reproche tras reproche… para luego arrugar esos
pensamientos como si fueran papeles y lanzarlos a través de mi conciencia,
aterrizando éstos justo fuera de la papelera, junto a mi dignidad. Opto por el silencio

16
como la respuesta más apropiada e intento no fijarme en que el chico está sonriendo
otra vez.

17
CAPÍTULO 3 – ADAPTÁNDOSE

El Traslador nos transporta bruscamente y aterrizamos de repente. Mi baúl cae al


suelo pesadamente y yo tropiezo y me caigo hacia delante, contra Snape. Él me frena
suavemente con una mano y me lleva un momento recuperar el uso de mis sentidos.
Cuando mi cerebro deja de dar vueltas dentro de mi cabeza, me doy cuenta de que la
he apoyado sobre el pecho de Snape. No puedo evitar olerle. Este hombre tiene un
olor corporal de lo más alucinante. Fresco y limpio y, sin embargo, como a tierra…

Se me encoge el estómago al darme cuenta de que estoy intentando describir el olor


corporal de Snape y, aún así, me cuesta creer que he estado lo bastante cerca de él
como para olerle. La mano que hay en mi hombro me empuja, separándome, y casi
me sonrojo. Pido a Dios ser capaz de volver a odiar a este hombre antes de ver a Ron.
Ron es mi mejor amigo, por descontado. En batalla contra Voldemort, estaría justo a
mi lado. Pero no estoy seguro de que me perdonase por oler a Snape
(voluntariamente, además) y usar adjetivos como “alucinante” para describir su aroma.

Apartando la vista del hombre que está ante mí, veo que no tengo ni idea de dónde
estamos. Es algún tipo de sala de estar con las paredes cubiertas de librerías y una
chimenea que parece estar encendida únicamente como decoración, ya que la
habitación está helada. Hay una silla antigua delante del hogar, con una mesita de té
junto a ella. La tenue luz proviene de una lámpara encendida en el rincón más alejado.
Me doy cuenta de que debemos estar en sus habitaciones. Pero le pregunto de todas
formas.

–¿Dónde estamos?

–En mis aposentos –dice, y no parece muy contento por ello. No es que alguna vez
parezca contento por nada, pero parece haber distintos grados en su amargura.
Calculo que está en algún punto entre molesto y asqueado. Él me pasa a Hedwig. No
sé qué decirle. Me siento incómodo. Debería hacer algo… o decir algo.

–Ya puedes irte, Potter. El resto de alumnos deberían llegar pronto. Confío en que
incluso tú puedas encontrar la salida de las mazmorras antes de que empiece el
Banquete.

Concéntrate en algo neutral. Sonrío para mis adentros ante la ironía. Se cabrearía
tanto si supiera que me concentro pensando en pociones. Algo que no me importa
nada, ni para bien ni para mal. Me gustaría contarle qué es lo que uso, pero no lo
hago. Cada vez que intenta cabrearme, me imagino mi caldero burbujeando, lleno de
algún potingue maloliente. Me pregunto en qué piensa él. A lo mejor ya no tiene que
concentrarse. Cuestión de costumbre, probablemente. ¿Es capaz de mostrar alguna
otra emoción que no sea repugnancia? Me pregunto cómo era su cara antes de que
perfeccionara su talento para esto.

–¿Me echará de menos? –digo, y sonrío presuntuosamente. Siguiendo con el juego.


En realidad, he llegado a disfrutarlo. Atacarle hasta que me devuelve el ataque. Y
siempre me lo devuelve. Con fuerza. Pero ahora parece acordarse de dónde estamos.
O tal vez estar en Hogwarts le ha recordado quién es. Me siento mucho menos
seguro. Mucho menos… arrogante. Mi sonrisa desaparece bajo su mirada enfurecida.
Bueno, fue divertido mientras duró.

18
–Diez puntos menos para Gryffindor, Potter. Ahora vete.

Rechino los dientes, pero no digo nada. La expresión neutral que he perfeccionado
durante el verano se niega a aparecer justo ahora. Le miro brevemente a los ojos y
veo que hay risa en ellos. Dejo sus aposentos y, después de perderme unas cuantas
veces, encuentro la salida de las mazmorras.

----------------------------------------------------

–¡Harry! ¡Hemos estado preocupadísimos por ti!

Sonrío al ver a Hermione corriendo hacia mí, y casi me da la risa cuando su cara pasa
de alegre a McGonagall en menos de un segundo. Ron se acerca tras ella y tiene
aspecto de querer matarme. Estoy nervioso. Me cosen a preguntas antes de haber
tenido tiempo de inventarme una mentira convincente.

–¿Dónde diablos has estado? ¿Por qué no contestaste a mis lechuzas?

–¿No… –no puedo mentirles a mis amigos. No tan directamente– …las recibí? –Los
labios de Hermione han desaparecido por completo; Ron parece sospechar.

–¡Mamá dijo que estuviste aquí todo el verano!

–Sí estuve… más o menos. Dumbledore, eh… –me encerró en una especie de
mazmorra con Snape, quien me enseñó trucos ilegales de magia oscura mientras yo
flirteaba descaradamente con él. –Estuve escondido. No recibí ninguna carta. Lo
siento–. De repente, me doy cuenta de que he mantenido mi rostro todo el tiempo con
esa expresión neutral que he estado practicando. Intento forzar un gesto arrepentido y
me horrorizo al descubrir que no recuerdo cómo hacerlo. Esa combinación de
movimientos faciales: el ceño fruncido, la mueca apenada, los ojos tristes… es tan
complicado intentarlos todos a la vez. Creo que debo estar ridículo intentando que me
salga bien la expresión, así que paro y vuelvo a poner la cara inexpresiva. Ron y
Hermione parecen… aterrorizados.

–¿Harry? ¿Te encuentras bien? –Hermione no tiene problemas para poner cara de
preocupación, ciertamente. Ron domina la cara de estupefacción como si fuera una
ciencia exacta. Suspiro y sonrío… o espero que, por lo menos, sí esté sonriendo. Me
digo que, probablemente, debería practicar en un espejo en cuanto tenga el baño para
mí solo.

–Por supuesto. Estoy muerto de hambre. La ceremonia de Selección va a empezar


pronto–. Por suerte, dejan de preguntarme y entramos en el Gran Salón. Nos
sentamos y yo miro hacia el lugar donde Snape se sienta normalmente. No está ahí.
No debería sentirme decepcionado, ¿no? Acabo de pasar dos meses encerrado en
una habitación con él. Y no fue agradable. O no debería haberlo sido. Puedo sentir
cómo Ron y Hermione me miran otra vez, y me vuelvo hacia ellos. Ambos se inclinan
hacia mí exactamente al mismo tiempo.

–¿Estuviste escondido? –Susurra Hermione–. ¿Dónde?

19
Me encojo de hombros. –Dumbledore no me lo dijo.

–¿Y qué hiciste? ¿Estabas solo?

–Estuve estudiando todo el verano–. Bueno, no es mentira y Hermione parece


bastante satisfecha con mi respuesta. Ron parece horrorizado y espero que no haya
notado que no he contestado a su segunda pregunta. Si lo ha notado, ya es
demasiado tarde. McGonagall encabeza una fila de nerviosos alumnos de primer año
hacia el estrado. De pronto, siento que el pelo de la nuca se me pone de punta y me
vuelvo para mirar.

Él está ahí. Quiero sonreír.

Pero no lo hago.

----------------------------------------------------

–Potter, ¿cómo llama usted a esto?

–Una poción digestiva, señor. ¿Por qué? ¿Qué le ocurre?

Le miro y parpadeo. La comisura de su boca tiembla, y puedo advertir que está


enfadado. Ron y Hermione nos observan con aprensión. Hermione se está mordiendo
el labio inferior de nuevo. Ron nos mira alternativamente al profesor y a mí,
boquiabierto. Estos intercambios de palabras están ocurriendo demasiado a menudo –
Snape mirándome iracundo desde arriba, insultando mi inteligencia, amenazándome
con castigarme, y yo mirándole desde mi mesa como si estuviéramos hablando del
tiempo. Toda la clase nos observa y hasta Malfoy parece incómodo.

Suena la campana y Snape tensa la mandíbula. –La clase ha terminado. Potter,


quédese donde está.

Empiezo a guardar mis cosas con calma. Él no se ha movido. Puedo sentir sus ojos
furiosos sobre mí y me pongo un poquito nervioso. Probablemente debería intentar
parecer asustado, pero la expresión me sale de forma natural. En el momento en que
entro en esta habitación, en el momento en que le veo, mi cara pierde toda expresión.
Ya no tengo ni que concentrarme. Es casi alarmante.

Una vez que los alumnos han salido, él agita la mano y la puerta se cierra de un
portazo. Me mira fijamente durante largo rato y me tenso imperceptiblemente bajo esa
mirada. –¿A qué estás jugando, Potter? Nunca has sido lo que yo llamaría un
estudiante ideal, pero normalmente podías arreglártelas para acabar mis clases sin ser
un completo fracaso.

Ouch. Estoy pidiendo a gritos este abuso, ¿no es así? –Hice lo que usted dijo. No le
pasa nada a la poción–. Mi voz es serena y firme. Casi me hace reír la forma en que
esto le afecta. Quiere hacerme enfadar. Quiere traspasar mis defensas. Se me ocurre
que sólo soy verdaderamente feliz cuando estamos haciendo esto. Es escalofriante.

20
–Veinte puntos menos para Gryffindor por tu descaro, chico. No tomaré parte en tu
juego, Potter. Si sigues con esto, me veré forzado a ir al Director y hacerle saber que
estás abusando de las lecciones con que te ha premiado. Tal vez esas lecciones no
deberían continuar.

Me entra el pánico y soy consciente de que me he quedado con la boca abierta.


Tenemos previsto empezar de nuevo durante las vacaciones de invierno y eso ha sido
lo único que me ha mantenido cuerdo todo el trimestre. Hasta ahora no me había dado
cuenta de lo mucho que lo he estado deseando. No las lecciones, sino la evasión.
Trato de disculparme, pero las palabras se niegan a salir de mi boca. Le veo sonreír
con superioridad. Se le ve complacido. Capullo.

–¿Qué te ocurre, Potter? ¿Es posible que de verdad estés deseando estar encerrado
en aquella habitación conmigo?

–Qué extraño, ¿eh? –Oh. No pretendía decirlo en voz alta. Parece tan conmocionado
como yo me siento. Mi rostro vuelve a adoptar esa neutralidad, y espero a que diga
algo hiriente.

–Puedes irte –dice, se vuelve y camina hacia su escritorio.

–¿Eso es todo? –Me oigo decir, y entonces me pregunto quién demonios ha tomado el
control de mi boca. Me digo que tengo que callarme, coger mis cosas e irme antes de
quedar totalmente en ridículo. Demasiado tarde. Se da la vuelta. Su mirada es
asesina. Me sorprendo estremeciéndome de forma incontrolable.

–Otros diez puntos menos para Gryffindor. Una palabra más y serán cincuenta. Y si
hemos de tener esta pequeña conversación otra vez, pasarás el resto del trimestre con
el Sr. Filch. Ahora lárgate de una puñetera vez de mi clase.

Recojo mis cosas y me voy enfurecido. Ron y Hermione me están esperando fuera.
Ambos parecen preocupados.

Ron se aclara la garganta y empieza con cautela: –¿Sabes, Harry? Tal vez ayudaría
que, al menos, intentaras parecer intimidado cuanto te echa una de sus miradas. Es
que esa cara que se te pone cuando estás con él es espeluznante.

–No sigas–. Subo a la Sala Común en silencio, dando fuertes pisadas. Los dos me
siguen penosamente.

----------------------------------------------------

Me despierto empapado en un sudor frío. Otra vez. Las pesadillas han vuelto. No las
proféticas y relacionadas con Voldemort –esas, en realidad, nunca se fueron. Se trata
de aquellas en las que el rostro sin vida de Cedric Diggory me mira con los labios
entreabiertos. Muerto de miedo. Conmocionado. Pálido.

No son siempre iguales. Esta noche, él y yo estamos juntos en el campo de juego. Veo
la Snitch flotando sólo unas pulgadas por encima de su cabeza. Tiro de mi Saeta de

21
Fuego y vuelo en dirección contraria, esperando que él me persiga. Cruzo el campo y
miro hacia atrás. No se ha movido, ni tampoco la Snitch. Él flota sobre su escoba,
cerca del suelo, a unas pocas pulgadas de la victoria. Y no se ha dado cuenta. Vuelo
hacia él rápidamente y, cuando extiendo la mano para coger la Snitch, veo su cara.
Paralizada de terror. Sus ojos están huecos. El destello dorado sobre su cabeza no es
una Snitch, sino un Galeón. Voy a cogerlo y me caigo de mi escoba. Me despierto
antes de llegar al suelo.

Siempre que me despierto de una pesadilla, tembloroso y presa del pánico, mi mente
le busca. Afino el oído por un segundo, intentando oír su voz suave y fría diciendo:
“¿Potter?” Eso es todo lo que decía. Pero, de alguna manera, me ayudaba. Saber que
me había estado escuchando. Saber que él lo sabía.

Vale. Así que he perdido la cabeza por completo. Me imagino que él estará en la
mazmorra esta noche, agradeciendo su buena fortuna porque ya no tiene que soportar
que mis patéticos lloriqueos le despierten. Probablemente, ni siquiera piensa en ello en
absoluto. Ni siquiera lo suficiente como para alegrarse de que se haya acabado. Me
maldigo a mí mismo. En serio, tengo que dejar de pensar en ese hombre.

Me tapo la cabeza con la almohada y me vuelvo de costado. Es la octava noche


consecutiva en que no duermo un carajo. Mi anterior racha de insomnio duró dieciséis
días. Así que quizá debería confiar en que voy por la mitad y tendré un agradable
descanso de tres días antes de la siguiente. El problema es que la gente está
empezando a notarlo. McGonagall no deja de preguntarme si quiero ir a hablar con
Pomfrey. Hagrid me ha estado mirando de forma rara. Y, aunque sé que no debería
enfadarme, las medias sonrisas de preocupación de Ron y Hermione me dan ganas
de echarle una maldición a alguien. La gente camina de puntillas a mi alrededor como
si en cualquier momento se me pudiera ir la cabeza. Excepto él. Él no ha cambiado.
Sigue siendo un cabrón.

Esto no funciona.

Abro las cortinas de mi cama con cuidado y me pongo las zapatillas. He dejado de
guardar la capa de mi padre en el baúl por lo frecuentemente que la uso ahora.
Sacándola de debajo del colchón, me envuelvo en ella. Siempre que intento salir
sigilosamente del dormitorio, se me ocurre que, con tanta magia, los magos deberían
ser capaces, por lo menos, de arreglar los tablones del suelo cuando crujen. Pero no
pasa nada. Ya casi me los sé de memoria y me las arreglo para deslizarme fuera de
Gryffindor con sólo unos pocos quejidos de la vieja madera. La Dama Gorda ya ni
siquiera se molesta en parecer confusa cuando su retrato oscila y se abre empujado
por una fuerza invisible. Hace un gesto distraído y se da la vuelta, volviendo a
dormirse.

Me doy cuenta de que tengo envidia de un retrato.

Me gustan mucho mis silenciosos paseos de medianoche. O, más bien, mis paseos de
después de medianoche. Creo que hasta Filch deja de hacer sus rondas después de
cierta hora. No me lo he encontrado desde que empezaron las clases. He tenido unos
pocos encuentros con la Sra. Norris, pero incluso ella ha dejado de bufarle a mi forma
invisible. No es que salga todas las noches. Pero, ciertamente, es mejor que maldecir
en silencio la plácida respiración de mis compañeros de cuarto. Había confiado en
que, una vez que empezara el Quidditch en octubre, estaría lo bastante cansado como
para volver a dormir con normalidad. Pero sólo lo empeora, si es que es posible. No es
que Angelina no haya intentado exprimir hasta la última gota de energía de sus

22
jugadores. Creo que podría ser peor que Wood. Pero el agotamiento no es suficiente.
En vez de quedarme dormido, me quedo tumbado en la cama pensando en el único
partido que perdí.

Hasta ahora, me alegra decirlo, mi problema no ha entorpecido mi ejecución en el


campo. Parece ser el único momento en el que me siento normal. Bueno, ahí y en
clase de Pociones (¡Para ya!). Nuestra victoria frente a Ravenclaw podría haberme
hecho sentirme bastante bien, si no fuera por el hecho de que Cho se niega a mirarme
siquiera. Lo que no benefició en absoluto a su juego. Vamos a jugar contra Hufflepuff
después de las vacaciones de invierno. Pero no quiero pensar en eso todavía.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que nunca antes he estado en esta parte del
colegio. Los retratos roncan pesadamente mientras paso a su lado. Mi corazón late
con emoción y aprensión. El descubrimiento de un nuevo pasillo es estimulante, pero
no puedo evitar sentirme un poco nervioso ante la idea de que el pasillo pueda
desaparecer, llevándome consigo. Tal vez sólo aparece una vez cada cien años o así.
O tal vez cuando nace el heredero de su fundador o…

Vale, estoy siendo ridículo. Pero, en el mundo de los magos, uno nunca sabe.

Puedo ver la puerta de entrada a una habitación al final del corredor. Me aproximo con
precaución. Alargo la mano para tocar el picaporte y siento algo que golpea contra mi
hombro.

Doy un chillido.

Me doy la vuelta y veo a Snape. Mira fijamente a través de mí. Tiene mi mapa en la
mano.

–Quítate esa maldita cosa. Ven conmigo.

23
CAPÍTULO 4 – DEVOLVIENDO EL ATAQUE

Ha vuelto a salir.

Cuando pienso en ello, no puedo explicar por qué he permitido que esto continuara
durante tanto tiempo como lo ha hecho. Debería haberlo detenido al principio. He de
admitir que he sido reacio a enfrentarme al chico después de lo que casi fue un
despliegue emocional en mi clase. Decido ignorar ese recuerdo mientras siento un
escalofrío de horror.

Siguiendo el ejemplo de Black, he concebido mi propio pequeño mapa. Estoy


indignado conmigo mismo por no haberlo pensado antes. Vencido por un Gryffindor.
La historia de mi vida. Al estudiar el mapa, observo un punto marcado como H. Potter,
también conocido como la pesadilla de mi existencia profesional, que vaga sin rumbo,
en círculos. Me mareo sólo de mirarlo y entonces me percato de que un nuevo pasillo
ha aparecido. Entra en él, camina un tramo y entonces se detiene. Decido aprovechar
la oportunidad de atraparle, como debería haber hecho hace meses.

Me desplazo con polvos Flu a la oficina vacía más cercana y sigo el punto por el
pasillo. Compruebo que se dirige hacia una habitación marcada como “No en esta
vida”, y me estremezco sólo de pensar lo que eso podría significar. Me gustaría
sorprenderle, pero si ese punto se acerca más a esa puerta, me veré forzado a
llamarle por su nombre, salvando su miserable pellejo una vez más. Cuando veo que
el punto marcado como “Rey de Slytherin” se sitúa justo detrás de la mencionada
pesadilla, alargo mi mano y la siento chocar contra algo duro, algo... invisible.

Él grita y no puedo evitar sentirme orgulloso de mi sigilo.

Mi satisfacción se reduce en gran manera por el hecho de no puedo ver la expresión


de terror del pequeño demonio, que estoy seguro será capaz de borrar antes de
encararse conmigo. Este ataque sorpresa no ha sido ni con mucho tan agradable
como debería haber sido. Me yergo en toda mi estatura y miro enfurecido a donde
creo que debería estar encogido. Maldita capa. La haría pedacitos si no estuviera
seguro de que Dumbledore haría lo mismo conmigo.

–Quítate esa maldita cosa. Ven conmigo.

Debería haber dejado lo de “Ven conmigo” hasta saber a dónde le voy a llevar.
Dumbledore no hará otra cosa que darle al chico el consabido cachete en la mejilla y
luego me sermoneará por ser demasiado duro con él. Lo de siempre. Pobre pequeño
Harry Potter. Ni siquiera McGonagall tiene el valor suficiente para reprenderle
adecuadamente estos días. Yo también he desistido en gran medida de intentar que le
expulsen, ya que estoy seguro de que me echarían a patadas a mí antes de que
alguien le diera al chico el castigo que se merece. Y además, no puedo sino recordar a
aquellos patéticos deshechos de carne que él llama parientes. Yo no le desearía esa
familia ni a Black.

Bueno, quizás a Black sí.

Se quita la capucha de la cabeza y me espanto ante esta visión. Puedo con fantasmas
casi decapitados. Gryffindors sin cuerpo –eso es espeluznante. Casi suspiro con alivio

24
cuando desliza el resto de la capa. Me mira fijamente y creo ver algo parecido a la
gratitud en sus ojos. No es exactamente lo que yo esperaba.

De acuerdo. ¿A dónde íbamos?

Comienzo a retroceder por el pasillo, esperando tomar una decisión antes de tener
que girar. Él no ha dicho nada. Eso me confunde. Esperaba escuchar un aluvión de
excusas lloviendo de su boca. Decido tenderle una trampa, sabiendo perfectamente
que el chico intentará mentir.

–¿Qué? ¿Aún ignoramos esas cosas que el resto de nosotros llamamos reglas,
Potter? ¿O has olvidado que los estudiantes no tienen permitido caminar por los
pasillos a cualquier hora de la noche?

–Puede castigarme–. Me detengo de repente y me giro para mirarle de frente.

Mejor así, ya que no tenía ni idea de a dónde iba. Frunzo el ceño ante su audacia.
Dándome permiso para castigarle. Claro. Su rostro está plagado de resignación. Me
doy cuenta de que no está preocupado por su inminente castigo, invalidando de ese
modo su objetivo real. Sin mencionar que destruye cualquier pequeño placer que yo
pudiera obtener de este lamentable asunto.

–Quiero una explicación –digo, permitiendo que el enfado aflore en mi voz.

–Tenía una pesadilla–. Fija su mirada en la mía. Recuerdo con un sentimiento de


nostalgia aquella época en la que nunca me miraba directamente si podía evitarlo. Su
franqueza es inesperada y, por un momento, me siento abrumado. Y luego asqueado,
cuando siento ese horrible animal que nació en mi interior durante el verano salir
arrastrándose de un agujero en mis entrañas. Maldita empatía. Maldito Dumbledore.

Y maldito Harry Potter también.

–No recuerdo ninguna cláusula en las normas de esta escuela en la que se estipule
que los sueños feos otorguen a los estudiantes licencia para pasearse por los pasillos
después del toque de queda. Deberías estar en la cama–. Debería llevarle a la cama.

Su cama.

Parpadea y frunce los labios pensativamente–. ¿Por qué está usted todavía
levantado?

Si fuera capaz de dividirme en dos, hubiera golpeado hasta dejar inconsciente a la


parte de mí que casi contesta su pregunta. Cómo si necesitara una excusa para estar
despierto. Soy un adulto. Soy su profesor. Soy...

–¿El “Rey de Slytherin”?

...el único que se supone que puede ver este mapa.

Miro con odio. Odio hacia él. Odio hacia mí mismo. Me sonríe, y decido que eso es
justificación suficiente para el uso de ciertas Maldiciones Imperdonables. Meto el mapa
entre mis ropas y vuelvo a centrarme en el objetivo de este encuentro.

25
–Has salido cada noche esta semana, Potter. Si tus pesadillas son tan frecuentes, te
sugeriría que buscaras ayuda profesional.

Sus ojos se abren y puedo ver como las comisuras de sus labios se mueven
nerviosamente. –Si sabía que he estado saliendo, ¿por qué no me ha castigado
antes?

Maldición.

Vale, si parezco tan estúpido como me siento en estos momentos, es bastante posible
que tenga la misma cara que Longbottom durante un examen.

–En realidad, he estado saliendo casi todas las noches de este trimestre.

No es que no me haya dado cuenta, ¿pero por qué, en el nombre de Merlín, lo está
admitiendo? Es que ni siquiera parpadea. Pequeño mocoso desdeñoso. ¿Cómo se
atreve a contarme la verdad? Me quedo sin saber qué decir y mis piernas comienzan a
moverse de nuevo. Me doy cuenta, con una leve sensación de horror, de que me
están llevando de vuelta a mis habitaciones. El chico me sigue.

----------------------------------------------------

Entramos en mis aposentos y le ordeno que se siente. Esta es la primera vez que la
escasez de muebles de mi salón supone un problema. Parece darse cuenta porque se
sienta en el suelo. Pequeño imbécil presuntuoso. Se está preparando para una charla
íntima. Yo debería permanecer de pie y parecer amenazante desde mi posición pero
me siento en la única silla que hay y convoco la silla de mi escritorio para él. Murmura
un “Gracias”. Me horrorizo. Para mis adentros, por supuesto.

–Habla.

Me mira con aire vacilante y luego baja la vista hacia su capa, que está arrugada en un
montón entre los dos. El reloj da las cuatro y me siento una vez más agradecido por
esos benditos momentos llamados sábados.

–No he podido dormir desde que regresamos –dice y, por primera vez en siglos, se
ruboriza. Estoy consternado al descubrir que me siento ligeramente satisfecho por ello.
Atribuyo esta insensatez a mi propio insomnio, el cual me niego a admitir que esté
conectado con la ausencia de la tranquila respiración del chico arrullándome para
dormirme por la noche. Eso era irritante. No agradable. Entonces, ¿por qué narices he
vuelto a retomar este hilo de pensamiento? Me abofeteo mentalmente.

–¿Por qué? –Mientras consiga limitar mis frases a palabras monosílabas, puedo
convencerme de que estoy enfadado por tener que hacer esto. Estoy. Enfadado.

–No lo sé –se encoge de hombros y levanta la mirada hacia mis ojos. Se le ve...
patético. Sus ojos me miran suplicantes, aunque no estoy seguro de qué es
exactamente lo que están suplicando.

26
–¿Diggory? –Sus ojos se apagan. Entonces, se trata del chico de Hufflepuff. Asiento
con la cabeza–. ¿Quieres una poción?

Lucho para encontrar una manera de volver a meter esas palabras en mi boca.
Pomfrey me desollaría vivo si me oyera. Perdería mi trabajo por administrar pociones a
estudiantes. ¿Qué demonios estoy haciendo? Me pregunto por un momento si puede
percibir mi alivio cuando declina mi oferta.

–Preferiría no dormir.

Busco las palabras para reprenderle, pero no me vienen. Hay algo en su expresión, un
indicio en sus ojos, que le hace aparecer frágil. En un intento de protegerme de otra
demostración de emotividad, no le presiono. Preferiría que no se derrumbase por
ahora.

Por supuesto, no puede continuar como hasta ahora. Que yo sepa, soy el único que
ha observado sus paseos nocturnos. Todos los demás, no obstante, se han dado
cuenta de que el chico ha cambiado. Se ha convertido, una vez más, en el tema de las
reuniones del profesorado. “El Problema con Potter”. Retraimiento. Pérdida del Apetito.
Falta de Atención. Espantoso. La escuela entera se retuerce las manos de
preocupación por él. Aparte de las ojeras constantes bajo sus ojos, yo no he notado un
gran cambio en mi clase. Desde nuestro enfrentamiento, su trabajo ha vuelto a su
habitual mediocridad.

–Bien. No duermas. Pero serás castigado si insistes en saltarte las normas.

Su rostro se tensa y sus ojos brillan con furia. –Así que debería tumbarme en la cama
y esperar a que el rostro de Cedric venga a atormentarme. Ningún castigo es peor que
ese, Profesor–. Escupe las palabras.

¡Diez puntos menos para Gryffindor por tu insolencia!

–Vigila tu tono–. Has caído.

–Lo siento –murmura. No lo siente.

–¿Has hablado con el Director?

Otro destello de ira, y luego vergüenza. Aprieta los dientes. –Me trata como si
estuviera loco. Todo el mundo lo hace–. Baja los ojos de nuevo y comienzo a sentirme
incómodo. Si comienza a llorar, juro que le dejo sin sentido. Suspira y vuelve a alzar la
vista. –Excepto usted, Profesor. Usted no ha cambiado.

¿Es eso una acusación? No, es agradecimiento. No sé cómo tratar con ese
sentimiento en particular. A pesar de todas las veces que he maldecido al chico por
ser un niñato desagradecido, de repente, desearía que siguiera siéndolo. Finjo no
darme cuenta de ello.

–Nadie piensa que estás loco.

–Ron y Hermione sí.

27
–El señor Weasley y la señorita Granger no pueden comprender en absoluto por lo
que has pasado. Tan pronto como dejes de esperar que lo hagan, podrás dejar de
regodearte en tu propia autocompasión.

–¡Dios! ¡No siento lástima por mí mismo! Sólo quiero que me dejen en paz. Quiero
poder caminar libremente por ahí. No creo que sea pedir demasiado.

–Así que las normas deberían cambiarse para el gran Harry Potter porque es especial.
Es eso, ¿no?

–¡BUENO, LO SOY! Nadie de por aquí tiene que enfrentarse a Voldemort de forma
regular.

–No eres muy perceptivo, ¿verdad?

Su ira se transforma en confusión. Mi ira toma el control y continúo. –Puede estar


contento, señor Potter, de encontrarse en el bando correcto en esta guerra. Intente por
un momento distanciarse de esa pequeña representación en la que usted es el
protagonista en el papel de víctima. Imagine cómo puede ser para otros estudiantes
para los que Voldemort es un invitado asiduo a cenar. ¿Sabe lo que les pasa a los
hijos de los Mortífagos cuando el Señor Oscuro decide comprobar la lealtad de sus
súbditos? Podría preguntarle al señor Malfoy cómo ha pasado él sus vacaciones.
Debería estar jodidamente agradecido por no estar entre aquellos elegidos que son lo
suficientemente desafortunados como para ser considerados su próxima generación
de secuaces.

Está impactado y observo cómo reconsidera mis palabras. Casi estoy satisfecho de
haber conseguido que su cerebro se ponga en marcha, hasta que habla de nuevo.

–Ya. Malfoy prácticamente alardea ser un aprendiz de Mortífago.

–El señor Malfoy es un chico orgulloso y arrogante. No muy diferente a usted, señor
Potter. Sería aconsejable que no emitiera juicios sobre personas cuyas circunstancias
desconoce por completo.

–Eso es jodidamente gracioso viniendo de usted –se burla, y yo estoy furioso. Puedo
sentir una vena palpitando en mi sien y me doy cuenta de que este intercambio verbal
tiene que parar antes de que golpee al chico.

–Puede irse, señor Potter.

Aprieta los labios y entrecierra los ojos antes de agacharse para recoger la capa.
Camina rápidamente hacia la puerta.

–Asegúrate de no desviarte de tu camino.

Le observo inspirar profundamente y deseo silenciosamente que se vaya. Decido no


comprobar si regresa a Gryffindor o no. Se vuelve hacia mí y toda su ira ha sido
reemplazada por una expresión de remordimiento. Se me encoge el estómago con
una aprensión inexplicable y contengo la respiración.

–Profesor, yo –se interrumpe a sí mismo y me siento agradecido por ello. Utilizo ese
momento de silencio para recobrar la calma.

28
–Buenas noches, señor Potter.

–¿Vamos a volver allí para las vacaciones de invierno? –gruño y luego asiento
rígidamente. El resentimiento vuelve para atormentarme, y me pregunto si tendré
fuerzas para superar las vacaciones con la cordura intacta. El chico sonríe con
suficiencia y yo enarco una ceja, reconociendo la expresión propia de nuestro juego en
su rostro. Casi me siento aliviado de verla de nuevo, salvo por el hecho de que le
había prohibido usarlo.

–Lo está deseando. Se nota.

–Estoy saltando de alegría –digo, y pongo énfasis en el sarcasmo. Siento cómo me


relajo, agradecido por el regreso a la normalidad. Y entonces me pregunto cuándo
comencé a pensar que este pequeño juego era normal. Maldición. Una sonrisa
genuina aparece en su rostro y me siento horrorizado al tener que contenerme para no
devolvérsela. Aunque odie admitirlo, le prefiero así.

Tan bruscamente como había aparecido, su sonrisa se transforma en una mueca y se


desploma sobre el suelo agarrándose la cabeza con las manos. Mi cabeza da vueltas
debido al súbito cambio de la situación.

–¿Potter?

–No puedo volver al dormitorio, Profesor Snape –susurra entre sus rodillas.

De nuevo, estoy enfadado y asqueado por su histrionismo. Nadie se muestra


vulnerable ante mí. Por una buena razón. Soy mezquino e intimidante. ¿¡Cómo osa el
chico olvidar eso!?

–Ya veo –digo, y me maravillo ante lo calmada que está mi voz. En realidad, no veo
nada de nada. Estoy atónito y enfurecido a la vez por su teatralidad. Se desvela ante
mí como una gran herida abierta que me encantaría frotar profundamente con sal. Y
me siento consternado por no ser capaz de hacerlo. Buen Dios, ¿en qué me he
convertido? Respirando profundamente consigo decir –Entonces, ¿tienes intención de
quedarte ahí toda la noche?

–¿Puedo? –¿Es esperanza lo que oigo en su voz?

–No puedes–. Mi voz denota más pánico del que yo quisiera. Levanta la cabeza, con
una expresión de cachorro hambriento. Me recuerda a su padrino. Tuerzo la boca con
asco.

–Sólo un par de horas. Hasta que acabe el toque de queda. Por favor.

–¿Se te ha ocurrido pensar que yo podría querer irme a dormir en algún momento? –
Noto por su cara que no lo ha pensado. Para ser justos, tampoco se me había ocurrido
a mí.

–No me importa.

No le importa. Qué generoso. ¿Cómo puede alguien dejar de ver algo tan obvio? No
me importa. Bravo por él. A mí sí me importa.

29
–Muy bien–. ¿Qué? –Puedes quedarte–. ¿Qué demonios? ¿Y tu trabajo? ¿Tu
reputación? –Con la condición de que intentes dormir un poco–. ¿Dónde? –Puedes
utilizar mi cama, yo me quedaré en el sofá.

Me doy cuenta de que he añadido la última parte demasiado deprisa. Sonríe.

–Gracias, Profesor–. Otra vez agradecimiento.

Me gustaba más cuando le odiaba... y él me odiaba a mí.

Maldición.

30
CAPÍTULO 5 - REVELACIONES

-Potter, despierta.

Él abre los ojos y bosteza. -¿Qué hora es? -. Busca sus gafas a tientas. Se las
alcanzo.

-Mediodía –digo, tragándome la bilis que me quema la garganta. No puedo recordar la


última vez que dormí hasta más tarde de las siete en punto. Mi cuerpo no podría haber
elegido un momento más inoportuno para romper su rutina. Espero a que la
consciencia se abra paso en sus facciones. Por fin lo hace y él salta de la cama como
un rayo, casi llevándome por delante.

-Oh, mierda –dice, y entonces recuerda dónde está-. Lo siento. Yo… entrenamiento de
Quidditch. Angelina.

Quidditch. Antes de recordarle que es un fin de semana de visita a Hogsmeade, tengo


que contenerme para no lanzarle una maldición por atreverse a pensar en un estúpido
juego a pesar del hecho de que voy a perder mi empleo.

-Espere. Hoy no hay Quidditch -. Suspira pesadamente y se vuelve a tirar sobre mi


cama.

Mi cama. Mi habitación. Mi empleo.

Reprimo un repentino impulso hacia la violencia y murmuro: -Ven conmigo, Potter.


Tenemos que ir a hablar con el Director -. Tengo la boca seca y siento como si mi
cabeza estuviera unida a mi cuerpo por un hilo. Me recuerdo a mí mismo que no
necesito este trabajo y que lo más probable es que fuera más feliz sin él. Me digo que
soy un mago totalmente formado y probablemente capaz de mantenerme con vida sin
la protección de Dumbledore. Trato de calmar la feroz bestia sin nombre que está
clavando sus garras en mis entrañas, recordándome que lo que he hecho ha sido
amable y considerado. He ayudado a un chico desesperado.

Esto último no me está ayudando. Creo que podría vomitar ahora mismo.

-¿Por qué tenemos que ir a ver a Dumbledore?-. Parece asustado y estoy bastante
seguro de que no es porque esté preocupado por mi bienestar.

-Porque tu ausencia se habrá hecho notar. Sospecho que ya han organizado un


equipo de búsqueda-. Y tal vez, si la historia la cuentas tú, puede que sólo me
despidan y no me envíen a prisión bajo el cargo de estupro.

Me mira fijamente por un momento y veo cómo se queda con la boca abierta. –
Profesor, ¿está usted…? Quiero decir, ¿puede meterse en problemas por mí… eh…?

-No, es perfectamente normal que el profesorado de Hogwarts invite a alumnos


menores de edad a pasar la noche en sus aposentos privados. Quizás has notado el
torrente de muchachos de primer curso que sale de las habitaciones de McGonagall
cada mañana-. Hago una pausa para saborear el fuerte rubor de sus mejillas antes de

31
darme la vuelta. Empiezo a andar hacia la puerta, intentando desesperadamente
decidir qué le voy a decir a Dumbledore.

Albus, el chico se engaña a sí mismo pensando que soy un hombro en el qué llorar, y
es enteramente culpa tuya por forzarnos a trabajar juntos, despojándome de ese modo
de mi poder para intimidarle. Ha tenido la osadía de ponerse sentimental en mi
presencia en dos ocasiones diferentes y exijo que sea castigado.

Por alguna razón, no creo que eso funcione. Rezo en silencio pidiendo ser capaz de
encontrar una buena razón para haber permitido al chico dormir en mis habitaciones
antes de llegar a la oficina del Director. Es un largo camino. Puede que tenga suerte.
Ignorando una voz socarrona dentro de mi cabeza que me canta “Te lo dije”, abro la
puerta.

Y casi me muero de un infarto. Maldita sea mi suerte.

-Buenas tardes, Severus. ¿O debería decir “buenos días”?

Puedo sentir cómo la culpa y el pánico deforman mis facciones e, instintivamente,


empiezo a redactar mi testamento. Inmediatamente, siento que mi cara vuelve a su
expresión sobria habitual. Intento no suspirar de alivio.

-Hola, Harry-. Dumbledore me roza al pasar a mi lado y me vuelvo para ver que a
Potter no le ha ido tan bien como a mí. Si yo fuera Dumbledore, me encerraría sin
previo juicio sólo viendo la cara del chico. Observo cómo lucha por encontrar algo que
decir y le maldigo en silencio. Me doy cuenta, con un vago sentimiento de amargura,
de que no ha aprendido nada durante el verano. No sirve absolutamente para nada
que sea capaz de mantener el rostro impasible ante mí si se derrumba en el momento
en que se hace necesario mantener una apariencia calmada.

-Profesor Dumbledore, ha sido culpa mía. El Profesor Snape me encontró en los


pasillos anoche y me trajo aquí para castigarme.

Yo, Severus Snape, estando en plena posesión de mis facultades…

-Él me dijo que podía quedarme si intentaba dormir. Bueno, no pensé que me fuera a
quedar dormido de verdad…

YO, SEVERUS SNAPE, ESTANDO EN PLENA POSESIÓN…

-Pero lo hice. Lo siento. No debimos dormir durante tanto tiempo. No es que


nosotros… juntos, ya sabe, ah…

A la mierda. Mátame ahora.

Decido mantener los ojos cerrados en espera del beso del Dementor. Prefiero no verlo
venir. En conjunto, he llevado una vida plena. He empleado mis mejores esfuerzos en
formar mentes jóvenes –a pesar de lo desmoralizante que ha sido la experiencia. He
sido temido y respetado por miles de idiotas descerebrados, algunos de los cuales han
llegado a convertirse en zánganos estúpidos que ocupan posiciones de poder. He
cometido errores, pero me he redimido a través del autosacrificio y de años de
tormento por el Bien de la Sociedad. Empiezo a esperar con anhelo el largo descanso
que supongo me sobrevendrá una vez que mi alma haya sido absorbida de mi cuerpo

32
sin ceremonia alguna. Me convenzo a mí mismo de que vivir sin alma no puede ser
mucho más doloroso que vivir con ella.

Oigo cómo Dumbledore se aclara la garganta. Y entonces le oigo reír. A carcajadas.


Mis ojos se abren de repente. Veo a Potter cubriéndose la cara con las manos,
Dumbledore a su lado, hipando y tratando de coger aire. Estoy anonadado y, lo
admito, asustado. Este hombre es demasiado viejo para reírse de esa forma. Potter
levanta su cara sonrojada y frunce el ceño con preocupación.

-Disculpadme –dice el Director, por fin. Suspira y su rostro vuelve a adoptar esa
expresión horriblemente suave. –Harry, ten la seguridad de que ni tú ni el Profesor
Snape estáis en apuros –La cara del chico se inunda de alivio. Siento una punzada de
sospecha que me atraviesa el estómago. –Le dije al señor Weasley y a la señorita
Granger que te pusiste enfermo anoche y dormiste en la enfermería. Creo que sería
prudente que nos atuviéramos a esa historia.

Potter asiente estúpidamente. Dumbledore parece satisfecho de sí mismo.


Normalmente lo parece.

-Sospeché que os encontraría a los dos juntos cuando Severus no se presentó al


desayuno. Mis sospechas se confirmaron gracias a cierto mapa que confisqué el año
pasado al señor Crouch. Me sentí aliviado al veros a los dos durmiendo
profundamente. Me atrevería a decir que ninguno de los dos había dormido tan bien
en todo el trimestre -. El chico vuelve los ojos hacia mí y yo, como un tonto, intento leer
la mente de Dumbledore. Trama algo. Puedo verlo en su tono y en ese maldito
destello en sus ojos. De repente, me pregunto en qué clase de peón me he convertido
inadvertidamente. Me muerdo la lengua para contener mi rabia.

-Harry, ahora deberías volver rápidamente a tu dormitorio. Si lo deseas, la profesora


McGonagall te escoltará a Hogsmeade para reunirte con tus amigos.

Potter sonríe y le da las gracias al Director. Su sonrisa se vuelve avergonzada cuando


se vuelve hacia mí. Se sonroja. –Gracias, Profesor-. Baja la mirada y camina
apresuradamente hacia la puerta. Sin mirar atrás. Observo cómo la puerta se cierra
tras él y luego me vuelvo hacia el anciano.

-Lo siento, Albus. No debí haberle dejado quedarse. No volverá a ocurrir.

-Tonterías, Severus. Me agrada que pueda recurrir a ti.

Mierda.

-No estoy capacitado para ser el consejero del chico, Albus. Y, después de ver sus
resultados del trimestre pasado, tengo serias dudas sobre la conveniencia de seguir
fomentando su comportamiento ofreciéndole un trato especial. Si insistes en que el
muchacho continúe entrenándose, sugeriría que lo hiciéramos durante las horas
normales de clase. Soy su profesor, no su amigo. El chico tiene dificultades para
recordarlo-. Mis palabras son inútiles, por supuesto. Este hombre nunca escucha nada
de lo que digo. Al final, haré lo que él quiera porque es Albus Dumbledore, el hombre
más reverenciado en el mundo de los Magos. Y yo soy Severus Snape, su lacayo. No
por primera vez, la ironía me golpea con fuerza. He cambiado un régimen opresivo por
otro. Un esclavo, tanto en el cielo como en el infierno.

33
Él no dice nada durante un largo rato. Odio sus silencios contemplativos. Me deja
sufriendo un rato mientras compone cuidadosamente su negativa a mi petición.

Sólo dime que me vaya a la mierda, y acabemos de una vez.

-Severus, me preguntaba si podrías venir a tomar el té en mi oficina esta tarde.

Me retraigo visiblemente y él finge no notarlo. Si abro la boca, estoy seguro de que


acabaré metido en Azkaban durante mucho tiempo. Me agarro las manos con fuerza
detrás de la espalda para evitar que cojan mi varita. Tengo cuidado de no establecer
contacto visual, no sea que, accidentalmente, vuele a este hombre en mil pedazos
titilantes.

-Sobre las cuatro estaría bien, Severus-. Sonríe y me desea un buen día.

----------------------------------------------------

Salgo del pasadizo que lleva a la oficina de Dumbledore y me apoyo contra una pared
para tranquilizarme. Me ha invitado a tomar el té en numerosas ocasiones. A lo largo
de los años, me he acostumbrado a dejar la oficina de este hombre sintiendo nauseas
y furia. Sin embargo, no estoy acostumbrado a sentirme como si, de repente, el mundo
se hubiera sumido en el caos. Supongo que debería agradecer la novedad.

“Creo que es hora de que conozcas la verdad sobre Harry”.

Podría haberme echado a reír ante esa afirmación de no ser por la gravedad en los
ojos de Dumbledore. La verdad sobre Harry. Se me ocurre que podría ser el título de
algún musical Muggle poco conocido. Me imagino un coro de Gryffindors cantando el
primer número, “El Niño Que Vivió”. Una fila de Weasleys vestidos con
resplandecientes pantalones cortos dorados cruzan bailando el can-can por mi
imaginación. Me estremezco y corto rápidamente esa línea de pensamiento, antes de
que Voldemort entre en escena y empiece su solo, “Este Potter Debe Morir”.

¡Hosanna! ¡Superstar!

Oh, Dios. Me he vuelto loco.

Inspiro profundamente para coger fuerzas y me encamino hacia las mazmorras. Puedo
oír a los alumnos que van llenando el Gran Vestíbulo al volver de su visita a
Hogsmeade. Adopto mi expresión más intimidante y camino con paso decidido.
Normalmente, me complace sobremanera ver cómo los niñatos se encogen
acobardados ante mí, apartándose de un salto de mi camino, aplastándose contra las
paredes para evitarme; pero ahora apenas lo noto. Atisbo un destello de pelo rojo y
acelero el paso. Donde esté Weasley, Potter no puede andar muy lejos. Y no estoy
completamente seguro de cómo me afectaría un enfrentamiento con él justo ahora.

Llego a mis aposentos en tiempo récord y voy directamente a mi dormitorio, donde


tengo intención de pasar el resto de la noche mirando al techo, ausente. Cuando me
voy a tumbar, veo la capa del chico hecha un ovillo al lado de mi almohada. Se me

34
ocurre que volverá a buscarla e intento luchar contra un mal presentimiento. Me
maldigo a mí mismo por tener miedo del mocoso. Hubo un tiempo en que fui capaz de
engañar a uno de los magos oscuros más poderosos de todos los tiempos.
Ciertamente, puedo manejar a un muchacho adolescente con un rostro inexpresivo.

“Lo que voy a contarte, Severus, no puede saberlo el chico”.

Como si hiciera falta que dijera eso. Preferiría cortarme el cuello antes que ser yo
quien se lo dijera. Sería una experiencia mucho más placentera, creo. Aunque admito
que disfruto provocando al muchacho, intento evitar cualquier emoción más profunda
que la rabia adolescente -lo cual me recuerda la razón por la que esa jodida capa está
sobre mi cama. Mi repentina necesidad de ponerme en posición horizontal es
reemplazada por una repentina necesidad de emborracharme como una cuba.

Me siento en el sofá de mi habitación con una botella de brandy y un libro. En realidad


no tengo intención de leer el libro, pero servirá muy bien como lugar donde enfocar la
mirada mientras revivo la última de las conversaciones con Dumbledore que han
cambiado mi vida. El brandy me permitirá luego reírme amargamente ante la
desesperación inherente a esta situación: si Potter muere, Voldemort obtendrá
finalmente la verdadera inmortalidad; si Voldemort muere, Potter también muere. ¡Ja!

No es suficiente brandy. Aún no es gracioso.

“Mi intención es proteger al chico mientras viva, Severus. Cuando llegue el momento,
Harry tendrá que ante sí una elección muy difícil. Me gustaría que estuvieras a su lado
cuando tenga que elegir”.

Hace mucho tiempo que dejé de preguntar “¿Por qué yo?”. Conseguí evitar
preguntarlo en la oficina de Dumbledore. Pero ahora vuelve para atormentarme. Y me
gustaría que alguien me diera una respuesta, joder. Una fina línea, dijo él. Y tan fina.

Me gustaría abrirle una fina línea en el centro de su viejo cráneo. Debí haberme
imaginado cuando me eligió para esta tarea que no lo hacía por mi extenso
conocimiento de las Artes Oscuras. Ahora se me ocurre que el entrenamiento en sí
nunca fue nada más que un “intentemos mantener a Potter ocupado para que no ande
por ahí haciendo que le maten, convirtiendo de esa forma un Señor Oscuro temporal
en un problema permanente”.

Me sirvo un segundo vaso de brandy y me lo bebo de un trago, volviéndolo a llenar


inmediatamente. A la mitad del tercer vaso me asalta un pensamiento repentino: para
salvar la vida de Potter, el mundo mágico debe mantener a Voldemort a salvo del
chico. Harry Potter es el peor enemigo de sí mismo.

Me río amargamente y dejo mi vaso.

Al menos eso no ha cambiado.

----------------------------------------------------

35
No sé cuánto tiempo he estado sentado aquí cuando llaman a la puerta. El tiempo
suficiente para haber estudiado mi conversación con Dumbledore al menos diez mil
veces; dándole vueltas y vueltas de arriba abajo, buscando un resquicio de esperanza.
No lo he encontrado, pero seguro que lo intentaré de nuevo más tarde –así de
optimista me he vuelto de repente. Llaman insistentemente y me acerco a la puerta.
No tengo que preguntarme quién será.

Me saluda con un nervioso “Hola”. Me aparto para dejarle pasar. Cerrando la puerta,
me recuerdo a mí mismo que se supone que tengo que comportarme como si nada
hubiera cambiado. Se supone que tengo que seguir como antes, a pesar de la carga
añadida sobre mi conciencia. Tomo aire profundamente y me vuelvo hacia él.

-¿Otra pesadilla, señor Potter? –mi voz está cargada de amargura. Pero es lo normal.

Niega con la cabeza. –Sólo quería darle las gracias otra vez por dejar que me quedara
aquí anoche. No le vi en el Banquete. No estaba durmiendo, ¿verdad?

Elijo responder con un gruñido que no me comprometa, con la esperanza de retrasar


este intercambio de palabras hasta averiguar qué debo decirle exactamente. Si no
hubiera recibido la mayor impresión de mi vida esta tarde, destruyéndose así todo
rescoldo de mi odio hacia el chico, cabría esperar que le regañase ahora. Debería
decir algo sobre su continuo desprecio por las reglas. Debería decirle que no debe
habituarse a venir a mis aposentos por la noche.

Debería seguir emborrachándome sin remedio e intentar olvidar que el muchacho


haya existido alguna vez.

-Profesor, ¿se encuentra bien? Alza la mirada hacia mí con una expresión confundida
y compruebo mentalmente mis facciones. Me fuerzo a parecer vagamente disgustado
y soy muy consciente de que es una exhibición bastante mediocre.

Atribuyo mi falta de control al brandy.

-Deberías estar en la cama.

El pequeño diablo me sonríe y me deja atónito. –Sabía que diría usted eso. Pedí
permiso al Profesor Dumbledore para visitarle. Así que no estoy rompiendo ninguna
regla. Incluso tengo un pase-. Muestra orgullosamente el pergamino como prueba de
ello y añade: -Es decir, si usted dice que está bien.

Miro fijamente y con aprensión al trozo de papel. El viejo ha ido demasiado lejos esta
vez. He accedido a mantener su secretito. Seguiré con la farsa de entrenar al chico
para mantenerle con vida hasta el momento en que su muerte sea necesaria. Sin
embargo, no dejaré que esto interfiera en mi vida privada sólo porque Dumbledore
está lo bastante chalado como para creer que mi compañía es positiva para el
muchacho.

Esto es una locura. Aparto los ojos del pergamino y le miro enfurecido. Veo cómo la
incertidumbre cubre sus facciones. Abro la boca para decirle que no está bien de
ninguna manera. Quiero decirle que se largue y me deje tranquilo en mi aislamiento.

-Potter –empiezo, y entonces me paro al ver cómo la incertidumbre se transforma en


miedo. Me falla la voz. Maldigo al chico por ser tan puñeteramente delicado y me
maldigo a mí mismo por preocuparme. Suspiro con resignación. –Oh, está bien.

36
Siéntate-. Él convoca la silla de mi escritorio y yo vuelvo a mi habitación a buscar el
brandy. Si voy a ser poco profesional, bien puedo serlo del todo. Le doy un vaso al
muchacho e ignoro la expresión estupefacta de su cara.

Levanto mi vaso en cálido recuerdo del hombre que una vez fui.

Nota: este capítulo contiene alusiones a “Jesucristo Superstar”.

37

También podría gustarte