IYA Libro1 Naty
IYA Libro1 Naty
ÍNDICE
Cap. 3 – Adaptándose 18
Cap. 5 – Revelaciones 31
2
CAPÍTULO 1 – EL PLAN DE DUMBLEDORE
¿Preparado? No. Horrorizado. Indignado. Por algún motivo, lívido de rabia hacia el
muchacho idiota que me observa estúpidamente desde la cama. Me doy cuenta de
que estoy intentando culparle por todo lo que ha sucedido. Preparado, no,
definitivamente no lo estoy. Pero muevo la cabeza en lo que, espero, sea un gesto de
asentimiento y abandono rápidamente la habitación. Sólo soy vagamente consciente
del chucho mugriento y lleno de pulgas que me enseña los dientes cuando paso a su
lado. Absorto, le doy unas palmaditas en la cabeza y me dirijo hacia las mazmorras,
redactando mentalmente mi testamento y últimas voluntades que, de alguna forma, se
han convertido en un catálogo de pociones raras y mortales, cuando oigo como ladran
mi nombre. Me giro para ver a mi enemigo acérrimo, convertido en hermano de armas,
de pie donde antes estaba la bestia sarnosa. Se me ocurre que acabo de ignorar por
completo a una criatura que podría confundirse fácilmente con un augurio de muerte y
me río.
–Puede que Dumbledore confíe en ti, pero yo no. Si osas aunque sea respirar sobre
Harry, te mataré.
Bien, es evidente que Dumbledore no le ha contado al padrino del chico su plan ¡ah!
tan brillante para protegernos al Chico Superestrella y a mí. Pienso en lo irónico que
será cuando accidentalmente envenene a ese pequeño demonio y
Black accidentalmente me deje el cuerpo como un colador.
Prefiero ignorar esa idea. Si tengo que elegir entre morir a manos de Voldemort o a
manos de Black, elijo a Black. No es lo suficientemente inteligente como para ser
cruel. Cojo un montón de pergaminos y comienzo a castigar a una clase de tercer año
de Gryffindor por existir. Inmediatamente siento como me baña una ola calmante de
general amargura y me pregunto, sólo vagamente, qué clase de monstruo he sido en
mi vida anterior para merecer reencarnarme tan cerca del infierno.
----------------------------------------------------
3
Nada más ver el barrio Muggle recuerdo una de las razones por las que me hice
Mortífago hace tanto tiempo. Siento náuseas y apenas puedo resistirme a sacar mi
varita y lanzar un hechizo de crecimiento a su césped tan perfectamente cortado. Me
apresuro por el sendero de piedra, divirtiéndome al imaginar la cara que pondrían esos
Muggles si alguna vez pudieran ver mi jardín. Llamo tres veces a la puerta de roble.
Asqueroso. Se me revuelve el estómago al ver a ese idiota obeso ante mí, y (Merlín,
ayúdame) casi me río al ver la cara del chico contraerse en una mueca de terror, su
boca estúpidamente abierta en un grito silencioso. Me yergo todo lo que me permite mi
estatura y le torturo con mi mirada más amenazante, normalmente reservada para
Neville Longbottom. Se gira y, andando como un pato, desaparece por una puerta al
final del pasillo. Puedo oírle chillar algo sobre vampiros y empiezo a preguntarme si
estoy en la casa correcta. Ni siquiera la familia de Potter puede tener tan pocas luces.
Veo a una versión mayor del chico gordo que avanza hacia mí, provocando a cada
paso peligrosas vibraciones por toda la habitación y haciendo que los cuadros
tiemblen de miedo. Pero no a mí. Jugueteo con la idea de convertir su bigote en un
bozal e inmediatamente me arrepiento de no haberlo hecho cuando empieza a
farfullar.
–Q-qué, quién...
Dumbledore me había dicho que la familia Muggle se podría sentir “un poco incómoda”
en mi presencia. ¿Y quién no? Espero malestar allí donde voy. Normalmente me
complace en gran medida provocar tal efecto. El rostro del hombre vuelve a ponerse
púrpura, entonces pasa al carmesí y tiembla con furia. Nadie cómo Dumbledore para
quitar importancia a las cosas.
–¡No voy a consentir ninguna de estas tonterías en mi casa! ¡Aquí no hay ningún
Potter! ¡Largo! ¡Váyase o llamaré a la policía!
4
debajo de la escalera. Entonces escucho una voz ahogada: –Estoy aquí –y me lleva
un momento darme cuenta de a quién pertenece esa voz.
Paso empujando al aterrorizado Muggle, que parece estar intentando darme una
explicación, llego hasta una puerta y descorro el pestillo. El chico entorna los ojos y
parpadea. Su cara está roja y sudorosa de haber gritado. Puedo ver el momento
exacto en que sus ojos se adaptan a la repentina luz que le ciega, y se centran en mí.
Parpadea de nuevo con incredulidad.
Olvida sus modales, pero yo todavía estoy demasiado aturdido por toda la situación
como para fijarme en eso. En las dos semanas que ha estado fuera de Hogwarts
parece haber perdido un par de kilos. El hombre grueso que refunfuña encogido de
miedo en una esquina me saca de mi reflexión:. –Coge tus cosas, Harry.
–Potter no volverá aquí este verano. El Director estará en contacto–. Intento mantener
un tono neutral, pero el hombre sigue temblando de miedo. Hace que Longbottom
parezca valiente. Noto que observa mi varita con recelo. Comienzo a jugar con ella
para torturarle un poco más. Las inofensivas chispas verdes que lanza podrían ser una
Maldición Imperdonable a juzgar por su reacción ante ellas. Finalmente, Potter llega
con un montón de libros bajo el brazo y una lechuza, y saca su baúl de la alacena,
apiñando los libros en él. Entonces me mira y me sorprendo al ver el miedo en sus
ojos. . He visto un abanico de emociones cruzar esa cara –desde nerviosismo hasta
arrogancia, desde indignación hasta desprecio–, pero el miedo nunca fue una de ellas.
Me cuesta respirar. Lo atribuyo al esta atmósfera Muggle.
Miro mi reloj y veo que nos quedan tres minutos antes de que el Traslador se active
para llevarnos a un “destino desconocido”. Saco el extraño objeto de mi túnica y alzo
la mirada hasta el rostro de Potter, que ha palidecido un poco más.
–¿Qué está haciendo con ese auricular telefónico? –pregunta con recelo.
–Es un Traslador. Tenemos dos minutos y treinta y tres segundos; así que, si se te ha
olvidado algo, te sugiero que vayas a por ello ahora.
5
baúl y luego otra vez hacia mí. Sacude la cabeza. ¿Qué está pensando? Se me agota
la paciencia. –No tengo tiempo para ganarme tu confianza, Potter. Haz el favor de
agarrarte a este trasto ridículo, te lo explicaré cuando lleguemos.
Con reticencia, toma el asa de su baúl y me pide que sostenga la jaula de su lechuza.
Una mano temblorosa agarra el otro extremo del Traslador mientras mira a su tío, que
nos ha estado mirando fijamente, como si fuéramos un espectáculo de circo. Potter
parece divertido por esto, pero sus ojos brillan con inquietud.
Aterrizamos, uno encima del otro, en un frío suelo de piedra. El Traslador se me cae
de la mano, así como la jaula de la lechuza; cosa que no parece gustarle demasiado.
Soy dolorosamente consciente de mi brazo derecho, atrapado bajo el baúl de Potter, y
placenteramente consciente de un cálido muslo que presiona mi...
–He estado encerrado en una alacena, ¿no? –contesta bruscamente. Estoy casi
aliviado de ver de nuevo la insolencia en su expresión.
–Tonterías, chico. Envió la carta el día después de que empezaran las vacaciones.
–Bueno, entonces supongo que no me llegó por poco, ¡porque he estado ahí dentro
desde la noche en que llegué a casa! Algo parecido a la vergüenza aflora a su rostro.
Le miro fijamente preguntándome si debo creerle o no. Intentando no pensar en las
6
ramificaciones que tendría elegir pensar que está diciéndome la verdad, opto por una
réplica prudente.
–Siendo el castigo tan estricto, habría pensado que serías más cuidadoso en cuanto a
romper las normas.
–Vamos, Potter. No esperarás que me crea que estuviste encerrado en un armario dos
semanas por hacer tus deberes –me burlo de él, pero inmediatamente puedo ver que
es cierto por su expresión.
–No espero que crea nada de lo que yo le diga, Profesor. –Hay veneno en su voz y se
me pasa por la mente abofetearle. Con la mano. Estoy sorprendido. Los idiotas como
el padrino del chico recurren a la violencia física como forma de expresión, no magos
como yo. Podemos idear formas más permanentes de venganza.
–Vigila tu tono –le advierto. Me complace verle luchando para sujetar su lengua, pero
tomo nota, mentalmente, de que debo enseñarle inmediatamente al chico cómo
controlar la expresión de sus emociones. Una de las defensas más importantes.
–¿¡Con usted!? –No debería sentirme ofendido por su arrebato, ¿o sí? Supongo que
no estaba preparado para un desprecio tan obvio. –Yo creí –balbucea–, eh, bueno...
después de lo que pasó... ya sabe... –. Se me acorta la paciencia otra vez mientras
veo cómo intenta formar una frase coherente. –Creí que volvería usted a trabajar para
Dumbledore... ya sabe, como hizo antes.
–No, Potter. Puede que esto te sorprenda, pero el Director prefiere que siga vivo. Por
desgracia para los dos, insiste en que tú hagas lo mismo. –Le miro con el ceño
fruncido, retándole a que replique. Y entonces se me ocurre que el chico no tendría
que saber nada de eso.
–¿Cómo averiguaste eso? –Le miro, enfurecido y lleno de sospecha, y el rubor de sus
mejillas me dice que descubrió esa información haciendo algo que no debía.
¿Digamos que? Casi me da la risa otra vez. Maldita sea. Ya van dos veces. Siento
algo parecido a la envidia que me encoge el estómago. Me gustaría tanto caerme en el
Pensadero de Dumbledore. Pero igual... no, mejor no.
7
–Mañana comenzarás un entrenamiento en defensa avanzada. Parece que se te va a
recompensar por ser incapaz de evitar meterte en problemas. –La expresión de su
cara me desconcierta. ¿Cómo se atreve a no estar menos que encantado ante esta
oportunidad?
----------------------------------------------------
Bueno, te lo mereces, ¿no? Imbécil de mierda. Cualquiera creería que tu primera pista
para pensar que unirte al Señor Oscuro tal vez no era una buena idea sería el hecho
de que su llamada a las armas es tan condenadamente dolorosa. ¿Ya no eres tan
ambicioso, verdad, Severus?
La burla cesa en cuanto noto el suave y constante ritmo de los sonidos nocturnos que
provienen de la cama de al lado. Por primera vez estoy agradecido de Harry Potter
exista. Me concentro en el sonido tranquilizador de su respiración y me dejo llevar por
el sueño. No sé cuanto tiempo he estado durmiendo cuando me despierto
sobresaltado por un grito ahogado.
–¿Potter? –Mi voz está ronca y revela mi preocupación. Algún tenue aspecto de mi
conciencia me maldice por exhibir tales sentimientos.
8
dentro de mi cabeza que grita, –¿Qué coño crees que estás haciendo?– . Su camisón
está empapado de sudor y se adhiere a su espalda arqueada. Su respiración es
irregular y siento cómo sus músculos tiemblan mientras intentan relajarse. Mi mano,
que ya estoy convencido de que tiene voluntad propia, comienza a acariciarle la nuca.
Pasados unos minutos, su respiración vuelve a ser normal. Siento que se pone tenso
otra vez, probablemente al darse cuenta de su profesor más odiado le está tocando.
Aparto la mano, casi demasiado deprisa, y me bajo de la cama de un salto. Me siento
totalmente ridículo pero me las arreglo para disimular mi vergüenza antes de que alce
la vista hacia mí.
Asiente en silencio. Veo algo en sus ojos pero no identifico qué es. En la tenue luz que
ofrece la lámpara, puedo ver un rubor rosado que tiñe sus pálidas mejillas. Se pone de
rodillas en la cama y me mira.
----------------------------------------------------
–Potter, levántate.
Alza la mirada perezosamente y busca sus gafas a ciegas. Sus ojos verdes están
están enrojecidos debido, obviamente, a la falta de descanso durante la noche. Seguro
que yo no tengo mejor aspecto, habiéndome pasado la mayor parte de la noche
escuchando sus lloriqueos. Varias veces tuve que combatir el impulso de reconfortarle.
Me pregunto qué demonios me pasa. Me identifico con el chico, creo. Es demasiado
joven para que le torturen por semejantes sueños. Demasiado joven para ser el
objetivo de la ira de Voldemort.
9
Demasiado joven para que yo le esté mirando de esta manera.
¡Maldita sea! Me giro y camino hacia el escritorio sobre el que se encuentran el té y las
gachas de avena que he hecho aparecer desde Hogwarts. Estoy contento de que haya
funcionado, ya que no hay cocina en el lugar en el que estamos. Solamente esta
habitación y un baño. Por supuesto, yo disfruto de la oscuridad, pero me preocupa la
capacidad de Potter para sobrellevarla. Tiene que ser terriblemente deprimente para
un chico de su edad –de su mentalidad– estar encerrado sin ver el sol. Ya está
demasiado pálido, de hecho. Se me ocurre que podría hechizar el techo para que
reflejase el cielo. Tomo nota mentalmente para buscar el hechizo y me siento a
desayunar.
–¿De dónde ha salido esto? –bosteza mientras estira los brazos por encima de la
cabeza. Al menos ha tenido la decencia volver a ponerse ropa. No respondo y sigo
bebiendo mi té a pequeños sorbos. Se sienta frente a mí y comienza a meterse las
gachas en la boca a grandes cucharadas. Odio ver como comen los niños. Se me
revuelve el estómago y aparto la mirada, esperando a que termine. Comienzo a revisar
mi plan de estudios mentalmente.
–¿Profesor Snape? Me preguntaba... –Le lanzo una mirada de impaciencia, pero sigue
hablando igualmente. –Usted sabe que yo puedo... bueno… mis sueños. ¿Cree usted
que Vol-er..., Quién-Usted-Sabe sueña conmigo también?
No había pensado en ello hasta ahora. Me enferma hacerlo en este momento. No creo
que el Señor Oscuro sueñe, exactamente. Intento imaginármelo durmiendo, y no lo
consigo. Dormir es algo tan humano. Pero, ¿será posible que tenga visiones de
Potter? ¿Que nos esté viendo ahora? ¿Juntos? Dumbledore consiguió romper hace
tiempo el hechizo de localización de la Marca Oscura de mi brazo. ¿Hay algún hechizo
en la cicatriz del chico? Pues sí que nos va a servir de mucho escondernos, si el chico
tiene una conexión con él. Seguramente Dumbledore habrá pensado en ello. ¿No?
–Acaba de comer, Potter –le digo y me levanto. Decido darme una ducha para evitar
sus preguntas.
Cuando cierro el agua y salgo de la ducha, oigo unas voces apagadas que vienen de
la habitación de al lado. Por un momento, me quedo paralizado por el miedo. Me visto
rápidamente y cruzo la puerta como una flecha. Me relajo al ver al Director, que sonríe
con esa sonrisa exasperante. Lanzo un hechizo para secarme el pelo y me acerco a
los dos.
–Buenas.
10
–¿Le has encontrado? –pregunto y me responde asintiendo.
–Justo a las afueras de Hogsmeade. Inquietante. –dice y baja la mirada. Noto que
Potter me esta observando y le doy la espalda. Su mirada me hace sentir incómodo. Y
mi estómago arde con... odio, creo.
–La cicatriz del chico, Albus. ¿Puede Voldemort localizarle a través de ella? –digo en
voz baja, deseando poder hablar con el Director a solas. Dumbledore no me mira a los
ojos. Sabe algo y se lo está callando. Y no me enteraré hasta que él esté preparado
para contármelo.
–Harry está a salvo aquí. Al igual que tú. Mientras que ninguno de los dos conozcáis
vuestro paradero, Voldemort no podrá encontraros. –Sé que está mintiéndome... u
ocultándome algo. Me gustaría volarle en mil pedazos pero me limito a asentir Al
menos, sé que estamos a salvo. Estoy seguro de que el viejo se ha asegurado de ello.
–Creo que es mejor que todos hablemos abiertamente, ¿no crees? –Cierro la boca
con fuerza para evitar maldecirlo en voz alta. Hablar abiertamente, claro. Estoy seguro
de que no conozco a nadie con más secretos que el hombre que tengo delante.
Hipócrita. Maldito sea.
–El chico no puede estar metido en esta mazmorra, Albus. Los niños necesitan sol y
aire fresco –digo apretando los dientes. A mi pesar, miro al chico que me observa
boquiabierto. Está desconcertado al descubrir que me preocupo por su bienestar, no
cabe duda. A pesar del número de veces que le he salvado la vida al pequeño
demonio. Dumbledore vuelve a sonreír con expresión divertida. Mi mano se mueve
casi imperceptiblemente hacia mi varita.
–Por supuesto, tienes razón, Severus. Qué considerado por tu parte. Veré qué puedo
conseguir, pero me temo que, por el momento, los dos tendréis que quedaros aquí. Lo
siento, Harry. Severus, me he tomado la libertad de traerte algunas de tus cosas. Me
pasaré de tanto en tanto para comprobar cómo estáis.
11
CAPÍTULO 2 – TRASPASANDO SUS DEFENSAS
-¿Por qué?
-De acuerdo–dice. Frunce los labios en una fina línea, y le observo mientras hace un
esfuerzo consciente para relajar su cara y adoptar una expresión neutral. Ya llevo tres
semanas observando fijamente esa cara. La he memorizado. Sé exactamente lo que
siente y en qué momento preciso lo siente. Adoro el poder que esto me otorga. Me
encanta provocar todas y cada una de esas emociones. Casi me avergüenzo de lo
mucho que lo disfruto.
–Estás avergonzado, inténtalo otra vez–. Veo cómo su vergüenza se convierte en ira.
Claramente, estas lecciones no le proporcionan tanto disfrute como a mí. Pero no me
importa. Observo cómo entorna los ojos y su cara se relaja.
–Espere. ¿Es eso cierto? –Le lanzo una mirada severa pero no se arredra. Tiene
curiosidad. Curiosidad. Otro de sus más irritantes atributos. Pensaré más tarde en
alguna forma de eliminarlo.
12
Cada vez es más difícil encontrar cosas que decirle. Está tardando muchísimo tiempo
en aprender a hacer esto. Mejor para mí. He optado por contarle cosas que no debería
saber, y luego contemplo cómo se mueven los engranajes de su débil cerebro
intentando determinar si estoy mintiendo o no. Parece ser capaz de suprimir bastante
bien el impulso de reír. O eso, o no entiende mi sentido del humor, que es lo más
probable. La ira y la vergüenza son sus puntos débiles… y, por supuesto, los más
divertidos de provocar.
–Weasley y tú parecéis muy íntimos. ¿Le miras mientras se viste?–. Nada. Estoy
impresionado–. ¿Piensas en él cuando estás en la cama? Dime, Potter, ¿en quién
piensas? ¿Qué rostro es el que ves cuando cierras los ojos de noche? ¿Qué imágenes
pasan por tu cerebro infecto de pubertad?–. Me resisto a seguir. Ciertamente, no
debería hablarle así. Esperaba que reaccionase antes. Uno más y paro–. La ducha
que te diste esta mañana fue especialmente larga.
–Estás avergonzado.
–Estás enfadado.
–Está enfadado –dice, y sonríe. Casi acierta, pienso yo, y entonces le miro frunciendo
el ceño. Se me ocurre que también le vendría bien una pequeña lección sobre cómo
determinar las emociones de otros. Por supuesto, esa lección se la dejo a otro
profesor.
–Muy bonito –digo, sonriéndole con sorna. –Pero me pregunto, ¿en quién pensabas
en la ducha?
----------------------------------------------------
13
proporciona la misma clase de satisfacción que he obtenido aquí. Ahora casi me
perturba la cara inexpresiva de Potter. Pero, al menos, sé que ha aprendido.
–Nada.
Maldito sea. He creado un monstruo. Debo decir que ha llegado a ser muy bueno en
esto. Y, aunque tardó mucho más en aprender esto que en todo lo demás que le he
enseñado este verano, no ha demostrado tanto entusiasmo por perfeccionar ninguna
otra cosa. Lo hace para irritarme. No dejaré que me irrite tan fácilmente. Quiero hacer
algo que traspase sus defensas una vez más. Puñetero. Quiero ver algo en esa cara.
Lo que sea.
Salgo bruscamente de mi ensoñación. Debe ser por todo el tiempo que llevo
encerrado en una mazmorra. Es cierto que, de todos modos, paso la mayor parte de
mi tiempo encerrado en mazmorras, pero normalmente estoy solo. Me doy cuenta de
que me está mirando fijamente otra vez. Puedo sentir esos ojos suyos clavándose a
fuego en mi coronilla. Se ha vuelto bastante atrevido últimamente pero, ¿qué voy a
hacer al respecto? ¿Castigarle? Su insolencia se ha triplicado. Y, aunque eso debería
molestarme, lo que más me molesta es que me hace gracia. Si no tuviera catorce años
(¿o tiene ya quince?), y si no fuera Harry “el Puto Salvador” Potter, podría llegar a
confundir nuestros intercambios de palabras con flirteos.
-No lo hago.
14
ojos. ¿Es… pudor? Ya ha pasado. De nuevo, su rostro es inexpresivo, pero ha vuelto
los ojos a su libro de Historia. Esto me desconcierta. Esperaba de él una reacción
mayor. ¿O la deseaba? Hace semanas que dejamos de discutir en serio. Me atrevería
a decir que se ha vuelto inmune a mis intentos de provocarle. Pero ese era el objetivo,
¿verdad?
Muy gracioso. Le había estado mirando fijamente. Él sonríe y yo daría cualquier cosa
por poder abofetearle. ¿Desde cuanto han cambiado las tornas aquí? ¿En qué
momento he permitido que este pequeño cretino me afecte?
-Creo que no, Potter-. ¿Es eso lo mejor que se te ocurre? Maldición.
-Puede que te resulte difícil creerlo, pero no todo el mundo se deja hechizar por tu
fama –. Ea, eso debería cerrarle la boca. Normalmente lo hace. Mordaz. Cortante.
Cruel.
No. Me. Esperaba. Eso. Pequeño cabroncete. ¿Cuándo se ha vuelto tan jodidamente
avispado? El chico ha pasado demasiado tiempo conmigo. Se le está pegando mi
forma de ser. ¡Deja de mirarle con la boca abierta como un tonto y responde!
----------------------------------------------------
-Potter, nadie debe saber lo que hemos hecho aquí. Si alguien te pregunta dónde has
estado todo el verano, debes decirles que estuviste en Hogwarts. ¿Está claro?
Maldita sea su curiosidad juvenil. Por una vez me gustaría disfrutar del lujo de decirle
algo sin que me cuestione. Le miro frunciendo el ceño, pero le deja impasible. Se ha
acostumbrado, diría yo.
-Porque se te han enseñado cosas que se supone que no deberías saber. El Director
podría ir a prisión por permitirlo.
Me mira con la boca abierta. Veo algo parecido a un sentimiento de culpa que inunda
su rostro. Un momento insólito en el que deja de pensar en sí mismo. Puedo ver cómo
15
intenta buscar las palabras. Frunce el ceño, estirando esa horrible cicatriz hasta
quedar recta.
-También podría ir usted –dice con tristeza algo excesiva. Ahora recuerdo que no
hemos trabajado la tristeza, pero desecho la idea. Es verdad lo que dice. Pero ir a
prisión es la menor de mis preocupaciones. Debería haber acabado en prisión un buen
número de veces, pero conseguí escapar. Lo cual me recuerda la razón por la que
accedí a hacer esto.
-Por fin te has dado cuenta, ¿verdad?–. Todavía consigo ser mordaz cuando es
necesario. Su cara se vuelve de nuevo inexpresiva, y sé que le he cabreado. A
menudo me pregunto qué imagen utiliza para concentrarse. Nunca se lo he
preguntado.
-Sí, estaba loco de alegría ante la perspectiva de pasar mis vacaciones haciendo de
niñera-. No le gusta que le recuerden que sólo es un niño. Y con todas las de la ley, es
de sentido común. Pero borro esa idea de mi cabeza. Es mucho mejor tratarle como a
un niño que pensar en él como un hombre joven, creciendo… desarrollándose…
Para ya.
-¿Profesor Snape? –pregunta. Su voz suena extraña y bajo la mirada hacia él. Como
respuesta, gruño, ya que no me fío de mi propia voz. Me maldigo a mí mismo por todo
esto y rezo en silencio para ser capaz de volver a mi amargura generalizada una vez
me vea de nuevo en los pasillos, atestados de niñatos, de la escuela.
Se supone que debo decir algo después de esto. Algo que le informe de que lo que
hemos hecho no tiene nada que ver con divertirse. Debería estar furioso. Mi lado
profesional comienza a esbozar reproche tras reproche… para luego arrugar esos
pensamientos como si fueran papeles y lanzarlos a través de mi conciencia,
aterrizando éstos justo fuera de la papelera, junto a mi dignidad. Opto por el silencio
16
como la respuesta más apropiada e intento no fijarme en que el chico está sonriendo
otra vez.
17
CAPÍTULO 3 – ADAPTÁNDOSE
Apartando la vista del hombre que está ante mí, veo que no tengo ni idea de dónde
estamos. Es algún tipo de sala de estar con las paredes cubiertas de librerías y una
chimenea que parece estar encendida únicamente como decoración, ya que la
habitación está helada. Hay una silla antigua delante del hogar, con una mesita de té
junto a ella. La tenue luz proviene de una lámpara encendida en el rincón más alejado.
Me doy cuenta de que debemos estar en sus habitaciones. Pero le pregunto de todas
formas.
–¿Dónde estamos?
–En mis aposentos –dice, y no parece muy contento por ello. No es que alguna vez
parezca contento por nada, pero parece haber distintos grados en su amargura.
Calculo que está en algún punto entre molesto y asqueado. Él me pasa a Hedwig. No
sé qué decirle. Me siento incómodo. Debería hacer algo… o decir algo.
–Ya puedes irte, Potter. El resto de alumnos deberían llegar pronto. Confío en que
incluso tú puedas encontrar la salida de las mazmorras antes de que empiece el
Banquete.
Concéntrate en algo neutral. Sonrío para mis adentros ante la ironía. Se cabrearía
tanto si supiera que me concentro pensando en pociones. Algo que no me importa
nada, ni para bien ni para mal. Me gustaría contarle qué es lo que uso, pero no lo
hago. Cada vez que intenta cabrearme, me imagino mi caldero burbujeando, lleno de
algún potingue maloliente. Me pregunto en qué piensa él. A lo mejor ya no tiene que
concentrarse. Cuestión de costumbre, probablemente. ¿Es capaz de mostrar alguna
otra emoción que no sea repugnancia? Me pregunto cómo era su cara antes de que
perfeccionara su talento para esto.
18
–Diez puntos menos para Gryffindor, Potter. Ahora vete.
Rechino los dientes, pero no digo nada. La expresión neutral que he perfeccionado
durante el verano se niega a aparecer justo ahora. Le miro brevemente a los ojos y
veo que hay risa en ellos. Dejo sus aposentos y, después de perderme unas cuantas
veces, encuentro la salida de las mazmorras.
----------------------------------------------------
Sonrío al ver a Hermione corriendo hacia mí, y casi me da la risa cuando su cara pasa
de alegre a McGonagall en menos de un segundo. Ron se acerca tras ella y tiene
aspecto de querer matarme. Estoy nervioso. Me cosen a preguntas antes de haber
tenido tiempo de inventarme una mentira convincente.
–¿No… –no puedo mentirles a mis amigos. No tan directamente– …las recibí? –Los
labios de Hermione han desaparecido por completo; Ron parece sospechar.
–Sí estuve… más o menos. Dumbledore, eh… –me encerró en una especie de
mazmorra con Snape, quien me enseñó trucos ilegales de magia oscura mientras yo
flirteaba descaradamente con él. –Estuve escondido. No recibí ninguna carta. Lo
siento–. De repente, me doy cuenta de que he mantenido mi rostro todo el tiempo con
esa expresión neutral que he estado practicando. Intento forzar un gesto arrepentido y
me horrorizo al descubrir que no recuerdo cómo hacerlo. Esa combinación de
movimientos faciales: el ceño fruncido, la mueca apenada, los ojos tristes… es tan
complicado intentarlos todos a la vez. Creo que debo estar ridículo intentando que me
salga bien la expresión, así que paro y vuelvo a poner la cara inexpresiva. Ron y
Hermione parecen… aterrorizados.
–¿Harry? ¿Te encuentras bien? –Hermione no tiene problemas para poner cara de
preocupación, ciertamente. Ron domina la cara de estupefacción como si fuera una
ciencia exacta. Suspiro y sonrío… o espero que, por lo menos, sí esté sonriendo. Me
digo que, probablemente, debería practicar en un espejo en cuanto tenga el baño para
mí solo.
19
Me encojo de hombros. –Dumbledore no me lo dijo.
Pero no lo hago.
----------------------------------------------------
Empiezo a guardar mis cosas con calma. Él no se ha movido. Puedo sentir sus ojos
furiosos sobre mí y me pongo un poquito nervioso. Probablemente debería intentar
parecer asustado, pero la expresión me sale de forma natural. En el momento en que
entro en esta habitación, en el momento en que le veo, mi cara pierde toda expresión.
Ya no tengo ni que concentrarme. Es casi alarmante.
Una vez que los alumnos han salido, él agita la mano y la puerta se cierra de un
portazo. Me mira fijamente durante largo rato y me tenso imperceptiblemente bajo esa
mirada. –¿A qué estás jugando, Potter? Nunca has sido lo que yo llamaría un
estudiante ideal, pero normalmente podías arreglártelas para acabar mis clases sin ser
un completo fracaso.
Ouch. Estoy pidiendo a gritos este abuso, ¿no es así? –Hice lo que usted dijo. No le
pasa nada a la poción–. Mi voz es serena y firme. Casi me hace reír la forma en que
esto le afecta. Quiere hacerme enfadar. Quiere traspasar mis defensas. Se me ocurre
que sólo soy verdaderamente feliz cuando estamos haciendo esto. Es escalofriante.
20
–Veinte puntos menos para Gryffindor por tu descaro, chico. No tomaré parte en tu
juego, Potter. Si sigues con esto, me veré forzado a ir al Director y hacerle saber que
estás abusando de las lecciones con que te ha premiado. Tal vez esas lecciones no
deberían continuar.
–¿Qué te ocurre, Potter? ¿Es posible que de verdad estés deseando estar encerrado
en aquella habitación conmigo?
–Qué extraño, ¿eh? –Oh. No pretendía decirlo en voz alta. Parece tan conmocionado
como yo me siento. Mi rostro vuelve a adoptar esa neutralidad, y espero a que diga
algo hiriente.
–¿Eso es todo? –Me oigo decir, y entonces me pregunto quién demonios ha tomado el
control de mi boca. Me digo que tengo que callarme, coger mis cosas e irme antes de
quedar totalmente en ridículo. Demasiado tarde. Se da la vuelta. Su mirada es
asesina. Me sorprendo estremeciéndome de forma incontrolable.
–Otros diez puntos menos para Gryffindor. Una palabra más y serán cincuenta. Y si
hemos de tener esta pequeña conversación otra vez, pasarás el resto del trimestre con
el Sr. Filch. Ahora lárgate de una puñetera vez de mi clase.
Recojo mis cosas y me voy enfurecido. Ron y Hermione me están esperando fuera.
Ambos parecen preocupados.
Ron se aclara la garganta y empieza con cautela: –¿Sabes, Harry? Tal vez ayudaría
que, al menos, intentaras parecer intimidado cuanto te echa una de sus miradas. Es
que esa cara que se te pone cuando estás con él es espeluznante.
–No sigas–. Subo a la Sala Común en silencio, dando fuertes pisadas. Los dos me
siguen penosamente.
----------------------------------------------------
Me despierto empapado en un sudor frío. Otra vez. Las pesadillas han vuelto. No las
proféticas y relacionadas con Voldemort –esas, en realidad, nunca se fueron. Se trata
de aquellas en las que el rostro sin vida de Cedric Diggory me mira con los labios
entreabiertos. Muerto de miedo. Conmocionado. Pálido.
No son siempre iguales. Esta noche, él y yo estamos juntos en el campo de juego. Veo
la Snitch flotando sólo unas pulgadas por encima de su cabeza. Tiro de mi Saeta de
21
Fuego y vuelo en dirección contraria, esperando que él me persiga. Cruzo el campo y
miro hacia atrás. No se ha movido, ni tampoco la Snitch. Él flota sobre su escoba,
cerca del suelo, a unas pocas pulgadas de la victoria. Y no se ha dado cuenta. Vuelo
hacia él rápidamente y, cuando extiendo la mano para coger la Snitch, veo su cara.
Paralizada de terror. Sus ojos están huecos. El destello dorado sobre su cabeza no es
una Snitch, sino un Galeón. Voy a cogerlo y me caigo de mi escoba. Me despierto
antes de llegar al suelo.
Siempre que me despierto de una pesadilla, tembloroso y presa del pánico, mi mente
le busca. Afino el oído por un segundo, intentando oír su voz suave y fría diciendo:
“¿Potter?” Eso es todo lo que decía. Pero, de alguna manera, me ayudaba. Saber que
me había estado escuchando. Saber que él lo sabía.
Vale. Así que he perdido la cabeza por completo. Me imagino que él estará en la
mazmorra esta noche, agradeciendo su buena fortuna porque ya no tiene que soportar
que mis patéticos lloriqueos le despierten. Probablemente, ni siquiera piensa en ello en
absoluto. Ni siquiera lo suficiente como para alegrarse de que se haya acabado. Me
maldigo a mí mismo. En serio, tengo que dejar de pensar en ese hombre.
Esto no funciona.
Abro las cortinas de mi cama con cuidado y me pongo las zapatillas. He dejado de
guardar la capa de mi padre en el baúl por lo frecuentemente que la uso ahora.
Sacándola de debajo del colchón, me envuelvo en ella. Siempre que intento salir
sigilosamente del dormitorio, se me ocurre que, con tanta magia, los magos deberían
ser capaces, por lo menos, de arreglar los tablones del suelo cuando crujen. Pero no
pasa nada. Ya casi me los sé de memoria y me las arreglo para deslizarme fuera de
Gryffindor con sólo unos pocos quejidos de la vieja madera. La Dama Gorda ya ni
siquiera se molesta en parecer confusa cuando su retrato oscila y se abre empujado
por una fuerza invisible. Hace un gesto distraído y se da la vuelta, volviendo a
dormirse.
Me gustan mucho mis silenciosos paseos de medianoche. O, más bien, mis paseos de
después de medianoche. Creo que hasta Filch deja de hacer sus rondas después de
cierta hora. No me lo he encontrado desde que empezaron las clases. He tenido unos
pocos encuentros con la Sra. Norris, pero incluso ella ha dejado de bufarle a mi forma
invisible. No es que salga todas las noches. Pero, ciertamente, es mejor que maldecir
en silencio la plácida respiración de mis compañeros de cuarto. Había confiado en
que, una vez que empezara el Quidditch en octubre, estaría lo bastante cansado como
para volver a dormir con normalidad. Pero sólo lo empeora, si es que es posible. No es
que Angelina no haya intentado exprimir hasta la última gota de energía de sus
22
jugadores. Creo que podría ser peor que Wood. Pero el agotamiento no es suficiente.
En vez de quedarme dormido, me quedo tumbado en la cama pensando en el único
partido que perdí.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que nunca antes he estado en esta parte del
colegio. Los retratos roncan pesadamente mientras paso a su lado. Mi corazón late
con emoción y aprensión. El descubrimiento de un nuevo pasillo es estimulante, pero
no puedo evitar sentirme un poco nervioso ante la idea de que el pasillo pueda
desaparecer, llevándome consigo. Tal vez sólo aparece una vez cada cien años o así.
O tal vez cuando nace el heredero de su fundador o…
Vale, estoy siendo ridículo. Pero, en el mundo de los magos, uno nunca sabe.
Puedo ver la puerta de entrada a una habitación al final del corredor. Me aproximo con
precaución. Alargo la mano para tocar el picaporte y siento algo que golpea contra mi
hombro.
Doy un chillido.
Me doy la vuelta y veo a Snape. Mira fijamente a través de mí. Tiene mi mapa en la
mano.
23
CAPÍTULO 4 – DEVOLVIENDO EL ATAQUE
Ha vuelto a salir.
Cuando pienso en ello, no puedo explicar por qué he permitido que esto continuara
durante tanto tiempo como lo ha hecho. Debería haberlo detenido al principio. He de
admitir que he sido reacio a enfrentarme al chico después de lo que casi fue un
despliegue emocional en mi clase. Decido ignorar ese recuerdo mientras siento un
escalofrío de horror.
Me desplazo con polvos Flu a la oficina vacía más cercana y sigo el punto por el
pasillo. Compruebo que se dirige hacia una habitación marcada como “No en esta
vida”, y me estremezco sólo de pensar lo que eso podría significar. Me gustaría
sorprenderle, pero si ese punto se acerca más a esa puerta, me veré forzado a
llamarle por su nombre, salvando su miserable pellejo una vez más. Cuando veo que
el punto marcado como “Rey de Slytherin” se sitúa justo detrás de la mencionada
pesadilla, alargo mi mano y la siento chocar contra algo duro, algo... invisible.
Debería haber dejado lo de “Ven conmigo” hasta saber a dónde le voy a llevar.
Dumbledore no hará otra cosa que darle al chico el consabido cachete en la mejilla y
luego me sermoneará por ser demasiado duro con él. Lo de siempre. Pobre pequeño
Harry Potter. Ni siquiera McGonagall tiene el valor suficiente para reprenderle
adecuadamente estos días. Yo también he desistido en gran medida de intentar que le
expulsen, ya que estoy seguro de que me echarían a patadas a mí antes de que
alguien le diera al chico el castigo que se merece. Y además, no puedo sino recordar a
aquellos patéticos deshechos de carne que él llama parientes. Yo no le desearía esa
familia ni a Black.
Se quita la capucha de la cabeza y me espanto ante esta visión. Puedo con fantasmas
casi decapitados. Gryffindors sin cuerpo –eso es espeluznante. Casi suspiro con alivio
24
cuando desliza el resto de la capa. Me mira fijamente y creo ver algo parecido a la
gratitud en sus ojos. No es exactamente lo que yo esperaba.
Comienzo a retroceder por el pasillo, esperando tomar una decisión antes de tener
que girar. Él no ha dicho nada. Eso me confunde. Esperaba escuchar un aluvión de
excusas lloviendo de su boca. Decido tenderle una trampa, sabiendo perfectamente
que el chico intentará mentir.
–¿Qué? ¿Aún ignoramos esas cosas que el resto de nosotros llamamos reglas,
Potter? ¿O has olvidado que los estudiantes no tienen permitido caminar por los
pasillos a cualquier hora de la noche?
Mejor así, ya que no tenía ni idea de a dónde iba. Frunzo el ceño ante su audacia.
Dándome permiso para castigarle. Claro. Su rostro está plagado de resignación. Me
doy cuenta de que no está preocupado por su inminente castigo, invalidando de ese
modo su objetivo real. Sin mencionar que destruye cualquier pequeño placer que yo
pudiera obtener de este lamentable asunto.
–No recuerdo ninguna cláusula en las normas de esta escuela en la que se estipule
que los sueños feos otorguen a los estudiantes licencia para pasearse por los pasillos
después del toque de queda. Deberías estar en la cama–. Debería llevarle a la cama.
Su cama.
Parpadea y frunce los labios pensativamente–. ¿Por qué está usted todavía
levantado?
Miro con odio. Odio hacia él. Odio hacia mí mismo. Me sonríe, y decido que eso es
justificación suficiente para el uso de ciertas Maldiciones Imperdonables. Meto el mapa
entre mis ropas y vuelvo a centrarme en el objetivo de este encuentro.
25
–Has salido cada noche esta semana, Potter. Si tus pesadillas son tan frecuentes, te
sugeriría que buscaras ayuda profesional.
Sus ojos se abren y puedo ver como las comisuras de sus labios se mueven
nerviosamente. –Si sabía que he estado saliendo, ¿por qué no me ha castigado
antes?
Maldición.
Vale, si parezco tan estúpido como me siento en estos momentos, es bastante posible
que tenga la misma cara que Longbottom durante un examen.
–En realidad, he estado saliendo casi todas las noches de este trimestre.
No es que no me haya dado cuenta, ¿pero por qué, en el nombre de Merlín, lo está
admitiendo? Es que ni siquiera parpadea. Pequeño mocoso desdeñoso. ¿Cómo se
atreve a contarme la verdad? Me quedo sin saber qué decir y mis piernas comienzan a
moverse de nuevo. Me doy cuenta, con una leve sensación de horror, de que me
están llevando de vuelta a mis habitaciones. El chico me sigue.
----------------------------------------------------
Entramos en mis aposentos y le ordeno que se siente. Esta es la primera vez que la
escasez de muebles de mi salón supone un problema. Parece darse cuenta porque se
sienta en el suelo. Pequeño imbécil presuntuoso. Se está preparando para una charla
íntima. Yo debería permanecer de pie y parecer amenazante desde mi posición pero
me siento en la única silla que hay y convoco la silla de mi escritorio para él. Murmura
un “Gracias”. Me horrorizo. Para mis adentros, por supuesto.
–Habla.
Me mira con aire vacilante y luego baja la vista hacia su capa, que está arrugada en un
montón entre los dos. El reloj da las cuatro y me siento una vez más agradecido por
esos benditos momentos llamados sábados.
–No he podido dormir desde que regresamos –dice y, por primera vez en siglos, se
ruboriza. Estoy consternado al descubrir que me siento ligeramente satisfecho por ello.
Atribuyo esta insensatez a mi propio insomnio, el cual me niego a admitir que esté
conectado con la ausencia de la tranquila respiración del chico arrullándome para
dormirme por la noche. Eso era irritante. No agradable. Entonces, ¿por qué narices he
vuelto a retomar este hilo de pensamiento? Me abofeteo mentalmente.
–¿Por qué? –Mientras consiga limitar mis frases a palabras monosílabas, puedo
convencerme de que estoy enfadado por tener que hacer esto. Estoy. Enfadado.
–No lo sé –se encoge de hombros y levanta la mirada hacia mis ojos. Se le ve...
patético. Sus ojos me miran suplicantes, aunque no estoy seguro de qué es
exactamente lo que están suplicando.
26
–¿Diggory? –Sus ojos se apagan. Entonces, se trata del chico de Hufflepuff. Asiento
con la cabeza–. ¿Quieres una poción?
Lucho para encontrar una manera de volver a meter esas palabras en mi boca.
Pomfrey me desollaría vivo si me oyera. Perdería mi trabajo por administrar pociones a
estudiantes. ¿Qué demonios estoy haciendo? Me pregunto por un momento si puede
percibir mi alivio cuando declina mi oferta.
–Preferiría no dormir.
Busco las palabras para reprenderle, pero no me vienen. Hay algo en su expresión, un
indicio en sus ojos, que le hace aparecer frágil. En un intento de protegerme de otra
demostración de emotividad, no le presiono. Preferiría que no se derrumbase por
ahora.
Por supuesto, no puede continuar como hasta ahora. Que yo sepa, soy el único que
ha observado sus paseos nocturnos. Todos los demás, no obstante, se han dado
cuenta de que el chico ha cambiado. Se ha convertido, una vez más, en el tema de las
reuniones del profesorado. “El Problema con Potter”. Retraimiento. Pérdida del Apetito.
Falta de Atención. Espantoso. La escuela entera se retuerce las manos de
preocupación por él. Aparte de las ojeras constantes bajo sus ojos, yo no he notado un
gran cambio en mi clase. Desde nuestro enfrentamiento, su trabajo ha vuelto a su
habitual mediocridad.
Su rostro se tensa y sus ojos brillan con furia. –Así que debería tumbarme en la cama
y esperar a que el rostro de Cedric venga a atormentarme. Ningún castigo es peor que
ese, Profesor–. Escupe las palabras.
Otro destello de ira, y luego vergüenza. Aprieta los dientes. –Me trata como si
estuviera loco. Todo el mundo lo hace–. Baja los ojos de nuevo y comienzo a sentirme
incómodo. Si comienza a llorar, juro que le dejo sin sentido. Suspira y vuelve a alzar la
vista. –Excepto usted, Profesor. Usted no ha cambiado.
¿Es eso una acusación? No, es agradecimiento. No sé cómo tratar con ese
sentimiento en particular. A pesar de todas las veces que he maldecido al chico por
ser un niñato desagradecido, de repente, desearía que siguiera siéndolo. Finjo no
darme cuenta de ello.
27
–El señor Weasley y la señorita Granger no pueden comprender en absoluto por lo
que has pasado. Tan pronto como dejes de esperar que lo hagan, podrás dejar de
regodearte en tu propia autocompasión.
–¡Dios! ¡No siento lástima por mí mismo! Sólo quiero que me dejen en paz. Quiero
poder caminar libremente por ahí. No creo que sea pedir demasiado.
–Así que las normas deberían cambiarse para el gran Harry Potter porque es especial.
Es eso, ¿no?
–¡BUENO, LO SOY! Nadie de por aquí tiene que enfrentarse a Voldemort de forma
regular.
Está impactado y observo cómo reconsidera mis palabras. Casi estoy satisfecho de
haber conseguido que su cerebro se ponga en marcha, hasta que habla de nuevo.
–El señor Malfoy es un chico orgulloso y arrogante. No muy diferente a usted, señor
Potter. Sería aconsejable que no emitiera juicios sobre personas cuyas circunstancias
desconoce por completo.
–Eso es jodidamente gracioso viniendo de usted –se burla, y yo estoy furioso. Puedo
sentir una vena palpitando en mi sien y me doy cuenta de que este intercambio verbal
tiene que parar antes de que golpee al chico.
Aprieta los labios y entrecierra los ojos antes de agacharse para recoger la capa.
Camina rápidamente hacia la puerta.
–Profesor, yo –se interrumpe a sí mismo y me siento agradecido por ello. Utilizo ese
momento de silencio para recobrar la calma.
28
–Buenas noches, señor Potter.
–¿Vamos a volver allí para las vacaciones de invierno? –gruño y luego asiento
rígidamente. El resentimiento vuelve para atormentarme, y me pregunto si tendré
fuerzas para superar las vacaciones con la cordura intacta. El chico sonríe con
suficiencia y yo enarco una ceja, reconociendo la expresión propia de nuestro juego en
su rostro. Casi me siento aliviado de verla de nuevo, salvo por el hecho de que le
había prohibido usarlo.
–¿Potter?
–No puedo volver al dormitorio, Profesor Snape –susurra entre sus rodillas.
–Ya veo –digo, y me maravillo ante lo calmada que está mi voz. En realidad, no veo
nada de nada. Estoy atónito y enfurecido a la vez por su teatralidad. Se desvela ante
mí como una gran herida abierta que me encantaría frotar profundamente con sal. Y
me siento consternado por no ser capaz de hacerlo. Buen Dios, ¿en qué me he
convertido? Respirando profundamente consigo decir –Entonces, ¿tienes intención de
quedarte ahí toda la noche?
–No puedes–. Mi voz denota más pánico del que yo quisiera. Levanta la cabeza, con
una expresión de cachorro hambriento. Me recuerda a su padrino. Tuerzo la boca con
asco.
–Sólo un par de horas. Hasta que acabe el toque de queda. Por favor.
–¿Se te ha ocurrido pensar que yo podría querer irme a dormir en algún momento? –
Noto por su cara que no lo ha pensado. Para ser justos, tampoco se me había ocurrido
a mí.
–No me importa.
No le importa. Qué generoso. ¿Cómo puede alguien dejar de ver algo tan obvio? No
me importa. Bravo por él. A mí sí me importa.
29
–Muy bien–. ¿Qué? –Puedes quedarte–. ¿Qué demonios? ¿Y tu trabajo? ¿Tu
reputación? –Con la condición de que intentes dormir un poco–. ¿Dónde? –Puedes
utilizar mi cama, yo me quedaré en el sofá.
Maldición.
30
CAPÍTULO 5 - REVELACIONES
-Potter, despierta.
Él abre los ojos y bosteza. -¿Qué hora es? -. Busca sus gafas a tientas. Se las
alcanzo.
-Oh, mierda –dice, y entonces recuerda dónde está-. Lo siento. Yo… entrenamiento de
Quidditch. Angelina.
Esto último no me está ayudando. Creo que podría vomitar ahora mismo.
-¿Por qué tenemos que ir a ver a Dumbledore?-. Parece asustado y estoy bastante
seguro de que no es porque esté preocupado por mi bienestar.
Me mira fijamente por un momento y veo cómo se queda con la boca abierta. –
Profesor, ¿está usted…? Quiero decir, ¿puede meterse en problemas por mí… eh…?
31
darme la vuelta. Empiezo a andar hacia la puerta, intentando desesperadamente
decidir qué le voy a decir a Dumbledore.
Albus, el chico se engaña a sí mismo pensando que soy un hombro en el qué llorar, y
es enteramente culpa tuya por forzarnos a trabajar juntos, despojándome de ese modo
de mi poder para intimidarle. Ha tenido la osadía de ponerse sentimental en mi
presencia en dos ocasiones diferentes y exijo que sea castigado.
Por alguna razón, no creo que eso funcione. Rezo en silencio pidiendo ser capaz de
encontrar una buena razón para haber permitido al chico dormir en mis habitaciones
antes de llegar a la oficina del Director. Es un largo camino. Puede que tenga suerte.
Ignorando una voz socarrona dentro de mi cabeza que me canta “Te lo dije”, abro la
puerta.
-Hola, Harry-. Dumbledore me roza al pasar a mi lado y me vuelvo para ver que a
Potter no le ha ido tan bien como a mí. Si yo fuera Dumbledore, me encerraría sin
previo juicio sólo viendo la cara del chico. Observo cómo lucha por encontrar algo que
decir y le maldigo en silencio. Me doy cuenta, con un vago sentimiento de amargura,
de que no ha aprendido nada durante el verano. No sirve absolutamente para nada
que sea capaz de mantener el rostro impasible ante mí si se derrumba en el momento
en que se hace necesario mantener una apariencia calmada.
-Él me dijo que podía quedarme si intentaba dormir. Bueno, no pensé que me fuera a
quedar dormido de verdad…
Decido mantener los ojos cerrados en espera del beso del Dementor. Prefiero no verlo
venir. En conjunto, he llevado una vida plena. He empleado mis mejores esfuerzos en
formar mentes jóvenes –a pesar de lo desmoralizante que ha sido la experiencia. He
sido temido y respetado por miles de idiotas descerebrados, algunos de los cuales han
llegado a convertirse en zánganos estúpidos que ocupan posiciones de poder. He
cometido errores, pero me he redimido a través del autosacrificio y de años de
tormento por el Bien de la Sociedad. Empiezo a esperar con anhelo el largo descanso
que supongo me sobrevendrá una vez que mi alma haya sido absorbida de mi cuerpo
32
sin ceremonia alguna. Me convenzo a mí mismo de que vivir sin alma no puede ser
mucho más doloroso que vivir con ella.
-Disculpadme –dice el Director, por fin. Suspira y su rostro vuelve a adoptar esa
expresión horriblemente suave. –Harry, ten la seguridad de que ni tú ni el Profesor
Snape estáis en apuros –La cara del chico se inunda de alivio. Siento una punzada de
sospecha que me atraviesa el estómago. –Le dije al señor Weasley y a la señorita
Granger que te pusiste enfermo anoche y dormiste en la enfermería. Creo que sería
prudente que nos atuviéramos a esa historia.
Mierda.
-No estoy capacitado para ser el consejero del chico, Albus. Y, después de ver sus
resultados del trimestre pasado, tengo serias dudas sobre la conveniencia de seguir
fomentando su comportamiento ofreciéndole un trato especial. Si insistes en que el
muchacho continúe entrenándose, sugeriría que lo hiciéramos durante las horas
normales de clase. Soy su profesor, no su amigo. El chico tiene dificultades para
recordarlo-. Mis palabras son inútiles, por supuesto. Este hombre nunca escucha nada
de lo que digo. Al final, haré lo que él quiera porque es Albus Dumbledore, el hombre
más reverenciado en el mundo de los Magos. Y yo soy Severus Snape, su lacayo. No
por primera vez, la ironía me golpea con fuerza. He cambiado un régimen opresivo por
otro. Un esclavo, tanto en el cielo como en el infierno.
33
Él no dice nada durante un largo rato. Odio sus silencios contemplativos. Me deja
sufriendo un rato mientras compone cuidadosamente su negativa a mi petición.
-Sobre las cuatro estaría bien, Severus-. Sonríe y me desea un buen día.
----------------------------------------------------
Salgo del pasadizo que lleva a la oficina de Dumbledore y me apoyo contra una pared
para tranquilizarme. Me ha invitado a tomar el té en numerosas ocasiones. A lo largo
de los años, me he acostumbrado a dejar la oficina de este hombre sintiendo nauseas
y furia. Sin embargo, no estoy acostumbrado a sentirme como si, de repente, el mundo
se hubiera sumido en el caos. Supongo que debería agradecer la novedad.
Podría haberme echado a reír ante esa afirmación de no ser por la gravedad en los
ojos de Dumbledore. La verdad sobre Harry. Se me ocurre que podría ser el título de
algún musical Muggle poco conocido. Me imagino un coro de Gryffindors cantando el
primer número, “El Niño Que Vivió”. Una fila de Weasleys vestidos con
resplandecientes pantalones cortos dorados cruzan bailando el can-can por mi
imaginación. Me estremezco y corto rápidamente esa línea de pensamiento, antes de
que Voldemort entre en escena y empiece su solo, “Este Potter Debe Morir”.
¡Hosanna! ¡Superstar!
Inspiro profundamente para coger fuerzas y me encamino hacia las mazmorras. Puedo
oír a los alumnos que van llenando el Gran Vestíbulo al volver de su visita a
Hogsmeade. Adopto mi expresión más intimidante y camino con paso decidido.
Normalmente, me complace sobremanera ver cómo los niñatos se encogen
acobardados ante mí, apartándose de un salto de mi camino, aplastándose contra las
paredes para evitarme; pero ahora apenas lo noto. Atisbo un destello de pelo rojo y
acelero el paso. Donde esté Weasley, Potter no puede andar muy lejos. Y no estoy
completamente seguro de cómo me afectaría un enfrentamiento con él justo ahora.
34
ocurre que volverá a buscarla e intento luchar contra un mal presentimiento. Me
maldigo a mí mismo por tener miedo del mocoso. Hubo un tiempo en que fui capaz de
engañar a uno de los magos oscuros más poderosos de todos los tiempos.
Ciertamente, puedo manejar a un muchacho adolescente con un rostro inexpresivo.
Como si hiciera falta que dijera eso. Preferiría cortarme el cuello antes que ser yo
quien se lo dijera. Sería una experiencia mucho más placentera, creo. Aunque admito
que disfruto provocando al muchacho, intento evitar cualquier emoción más profunda
que la rabia adolescente -lo cual me recuerda la razón por la que esa jodida capa está
sobre mi cama. Mi repentina necesidad de ponerme en posición horizontal es
reemplazada por una repentina necesidad de emborracharme como una cuba.
“Mi intención es proteger al chico mientras viva, Severus. Cuando llegue el momento,
Harry tendrá que ante sí una elección muy difícil. Me gustaría que estuvieras a su lado
cuando tenga que elegir”.
Hace mucho tiempo que dejé de preguntar “¿Por qué yo?”. Conseguí evitar
preguntarlo en la oficina de Dumbledore. Pero ahora vuelve para atormentarme. Y me
gustaría que alguien me diera una respuesta, joder. Una fina línea, dijo él. Y tan fina.
Me gustaría abrirle una fina línea en el centro de su viejo cráneo. Debí haberme
imaginado cuando me eligió para esta tarea que no lo hacía por mi extenso
conocimiento de las Artes Oscuras. Ahora se me ocurre que el entrenamiento en sí
nunca fue nada más que un “intentemos mantener a Potter ocupado para que no ande
por ahí haciendo que le maten, convirtiendo de esa forma un Señor Oscuro temporal
en un problema permanente”.
----------------------------------------------------
35
No sé cuánto tiempo he estado sentado aquí cuando llaman a la puerta. El tiempo
suficiente para haber estudiado mi conversación con Dumbledore al menos diez mil
veces; dándole vueltas y vueltas de arriba abajo, buscando un resquicio de esperanza.
No lo he encontrado, pero seguro que lo intentaré de nuevo más tarde –así de
optimista me he vuelto de repente. Llaman insistentemente y me acerco a la puerta.
No tengo que preguntarme quién será.
Me saluda con un nervioso “Hola”. Me aparto para dejarle pasar. Cerrando la puerta,
me recuerdo a mí mismo que se supone que tengo que comportarme como si nada
hubiera cambiado. Se supone que tengo que seguir como antes, a pesar de la carga
añadida sobre mi conciencia. Tomo aire profundamente y me vuelvo hacia él.
-¿Otra pesadilla, señor Potter? –mi voz está cargada de amargura. Pero es lo normal.
Niega con la cabeza. –Sólo quería darle las gracias otra vez por dejar que me quedara
aquí anoche. No le vi en el Banquete. No estaba durmiendo, ¿verdad?
-Profesor, ¿se encuentra bien? Alza la mirada hacia mí con una expresión confundida
y compruebo mentalmente mis facciones. Me fuerzo a parecer vagamente disgustado
y soy muy consciente de que es una exhibición bastante mediocre.
El pequeño diablo me sonríe y me deja atónito. –Sabía que diría usted eso. Pedí
permiso al Profesor Dumbledore para visitarle. Así que no estoy rompiendo ninguna
regla. Incluso tengo un pase-. Muestra orgullosamente el pergamino como prueba de
ello y añade: -Es decir, si usted dice que está bien.
Miro fijamente y con aprensión al trozo de papel. El viejo ha ido demasiado lejos esta
vez. He accedido a mantener su secretito. Seguiré con la farsa de entrenar al chico
para mantenerle con vida hasta el momento en que su muerte sea necesaria. Sin
embargo, no dejaré que esto interfiera en mi vida privada sólo porque Dumbledore
está lo bastante chalado como para creer que mi compañía es positiva para el
muchacho.
Esto es una locura. Aparto los ojos del pergamino y le miro enfurecido. Veo cómo la
incertidumbre cubre sus facciones. Abro la boca para decirle que no está bien de
ninguna manera. Quiero decirle que se largue y me deje tranquilo en mi aislamiento.
36
Siéntate-. Él convoca la silla de mi escritorio y yo vuelvo a mi habitación a buscar el
brandy. Si voy a ser poco profesional, bien puedo serlo del todo. Le doy un vaso al
muchacho e ignoro la expresión estupefacta de su cara.
Levanto mi vaso en cálido recuerdo del hombre que una vez fui.
37