Fallo Casación Culpa Dolo
Fallo Casación Culpa Dolo
CCAS
CÉDULA DE
NOTIFICACIÓN
22000054282747
22000054282747
TRIBUNAL: CAMARA NACIONAL DE CASACIÓN PENAL EN LO
CRIMINAL Y CORRECCIONAL - MESA DE ENTRADAS, SITO EN
Talcahuano 618, Ciudad Autónoma de Buenos Aires
78566/2016 S N N
N° ORDEN EXPTE. N° ZONA FUERO JUZGADO SECRET. COPIAS PERSONAL OBSERV.
Registro n°600/22
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a los 05 días del mes de
mayo de 2022, se reúne la Sala II de la Cámara Nacional de Casación
en lo Criminal y Correccional de la Capital Federal, integrada por los
jueces Horacio Días, Eugenio Sarrabayrouse, Daniel Morin, Mario
Magariños y Mauro Divito, asistidos por el secretario actuante,
Joaquín Marcet, a los efectos de resolver los recursos de casación
interpuestos por el Ministerio Público Fiscal y por la parte querellante
en la causa n° CCC 78.566/2016/TO3/CNC1, caratulada
“PALERMO, Diego Hernán s/ recurso de casación”, de la que
RESULTA:
I. El 19 de abril de 2018, el Tribunal Oral en lo Criminal y
Correccional n° 13 de la Capital Federal, dio los fundamentos por los
cuales resolvió, en lo que aquí interesa, lo siguiente:
“I) CONDENAR a DIEGO HERNAN PALERMO, de las
demás condiciones personales detalladas en autos, por considerarlo
autor material y responsable penal del delito de homicidio culposo, a
la pena de TRES AÑOS DE PRISIÓN EN SUSPENSO,
inhabilitación especial por el término de OCHO años, y costas (arts.
20, 26, 29, inc. 3°, 45 y 84 del Código Penal)”.
II. Contra dicha resolución, la parte querellante, Oscar Andrés
Echimborde y Daiana Soledad D’Agostino –en representación del
fallecido Jonathan Andrés Echimborde–, presentó un recurso de
casación mediante el patrocinio letrado del Dr. Néstor Fabián
Mohamed.
En su presentación, inicialmente cuestionó la calificación legal
atribuida por el a quo al hecho imputado en tanto consideró que
Palermo obró con dolo. En particular, destacó un cúmulo de
circunstancias por las cuales afirmó que el imputado debió
representarse la posibilidad de que su acción de disparar un arma de
Finalmente, respecto a esta cuestión expuso una serie de citas
doctrinarias y también puso de resalto lo decidido en otras causas en
las cuales existía una similitud jurídica o fáctica con el hecho
imputado a Palermo
Subsidiariamente a ello, denunció que el a quo había incurrido
en un supuesto de arbitrariedad al momento de dictar la pena de tres
años de prisión de ejecución condicional. Ello así, en tanto consideró
que existieron circunstancias agravantes cuya ponderación fue omitida
y otras a las cuales se les otorgó una incidencia menor a la
correspondiente. En consecuencia, solicitó que se aplique una pena de
cinco años de prisión de efectivo cumplimiento y diez años de
inhabilitación; o, supletoriamente un monto punitivo mayor al
impuesto por el tribunal.
Ambos recursos fueron concedidos por el a quo y mantenidos
en esta instancia, de conformidad con lo previsto en el art. 464 del
Código Procesal Penal de la Nación (CPPN).
III. Al reunirse en acuerdo la Sala de Turno de esta Cámara
Nacional de Casación en lo Criminal y Correccional de la Capital
Federal, sus integrantes decidieron otorgarle al recurso el trámite
previsto en el art. 465, CPPN.
IV. En función de la Acordada 27/2020 de la CSJN
(considerandos 12 y 13) y la Acordada 11/2020 de esta Cámara (con
remisión a la Acordada 1/2020), el pasado 12 de noviembre del 2020
se le concedió a las partes el plazo de diez días para la presentación de
un memorial en sustitución de la audiencia de trámite ordinario
establecida en el art. 465, CPPN o, en su defecto, para solicitar la
realización de audiencia por videoconferencia.
A tales efectos, el defensor particular del imputado, Alfredo
Olivan, presentó un escrito de “breves notas” en el cual expuso
argumentos tendientes a fundamentar el rechazo de ambos recursos de
casación.
Por otro lado, para demostrar que Palermo no contempló ese
desenlace, el letrado explicó que su defendido desconocía la zona –en
tanto era ajena a la de su comisaría– y se trasladaba a gran velocidad a
bordo de un auto persiguiendo un objetivo a gran distancia.
Asimismo, detalló que tras el desarrollo de los hechos, el imputado
inmediatamente reconoció ante sus superiores su accionar.
En virtud de las consideraciones expuestas, sostuvo que
correspondía descartar la existencia de un dolo eventual por parte de
Palermo; o, subsidiariamente reconocer la imposibilidad de
determinar ese extremo en los términos del art. 3, del Código Procesal
Penal de la Nación, (CPPN).
En segundo lugar, sobre el monto de pena impuesto por el a
quo, el defensor indicó que los tres años de prisión de ejecución
condicional no se exhibían como un resultado de un razonamiento o
decisión arbitraria. Ello así, en tanto se ponderaron los elementos
contenidos en los arts. 40 y 41, CP. A su vez, mencionó que frente a
las condiciones personales del imputado, la ejecución de una pena de
efectivo cumplimiento no contribuiría a la readaptación social de
Palermo ya que este hecho se trató de un episodio aislado y único en
su vida.
Superada la etapa, las actuaciones quedaron en estado de ser
resueltas.
V. Sobre los aspectos reseñados se arribó a un acuerdo en los
términos que seguidamente se pasan a exponer.
Y CONSIDERANDO:
El juez Horacio L. Días dijo:
I. Inicialmente corresponde señalar que los recursos de casación
interpuestos son formalmente admisibles, toda vez que la sentencia
recurrida es de aquellas definitivas; y en la medida en la que han
planteado la errónea aplicación de la ley sustantiva y la arbitraria
mensuración de las circunstancias atinentes a la graduación de la
ambos recurrentes, observo que, a los efectos de dar un tratamiento
adecuado a los planteos, es preciso efectuar cierta aclaración inicial.
Entiendo que la manera más lógica de abordar los agravios
traídos por las partes impugnantes sobre el hecho imputado es
comenzar por analizar aquellos argumentos destinados a cuestionar la
calificación legal de la conducta imputada. Ello así, en tanto la
acreditación del dolo se trata de un planteo compartido por ambos
recurrentes y cuyo rechazo implicaría la imposibilidad posterior de
aplicar los agravantes solicitados por la parte querellante. En otro
orden de ideas, en caso de sí hacer lugar a una modificación del
encuadre típico, el tratamiento del cuestionamiento al monto punitivo
–incoado exclusivamente por el Ministerio Público Fiscal–, podría
tornarse abstracto.
IV. Agravio relativo a la calificación legal. Existencia de
dolo eventual
1) En primer lugar, ambas partes recurrentes señalaron que la
valoración probatoria nunca fue objeto de discusión en el marco de la
presente causa y que el principal cuestionamiento recaía sobre la
calificación legal asignada al hecho imputado a Palermo.
a) Al momento de expresar sus argumentos, el representante del
Ministerio Público Fiscal denunció que el a quo había incurrido en
una errónea aplicación de la ley sustantiva, lo cual implicó que
incurriera en una fundamentación equívoca y arbitraria.
En particular, mencionó que frente al contexto en el cual
Palermo efectuó el disparo que dio muerte a Echimborde, resultaba
evidente que el imputado se representó que un desenlace de tales
características podría ser resultado de su accionar. A pesar de ello,
indicó que éste prosiguió con su conducta, resultándole indiferente la
posibilidad altísima de acabar con la vida de alguien a su alrededor.
Para poner de resalto los motivos que podrían haber motivado
esa representación mental de Palermo, esa parte enumeró una serie de
diciembre de 2017. Al respecto, indicó que en ese caso los hechos
fueron análogos a los aquí investigados y se acreditó que el imputado
disparó en la vía pública con una Glock en cinco oportunidades con
dirección a dos personas a bordo de una motocicleta mientras se
daban a la fuga –tras sustraerle la mochila–. Al momento de resolver,
el tribunal interviniente determinó que por las condiciones de tiempo
y espacio el autor podría prever que su accionar era capaz de
provocarle la muerte a un tercero
Posteriormente, el recurrente acompañó su postura con citas de
diferentes autores –Sancinetti, Zaffaroni y Donna–.
Frente a ese planteo, solicitó que se anule la sentencia recurrida
y que se reenvíe la causa con el fin de proseguir con el juzgamiento.
b) Sobre este punto la querella encuadró sus planteos en un
mismo sentido e indicó que el a quo había incurrido en una errónea
aplicación del art. 84, CP, toda vez que fácticamente se había probado
el elemento subjetivo que configuraba al dolo eventual por parte de
Palermo.
En particular, destacó –además de las circunstancias ya
reseñadas con respecto al escrito de la Fiscalía– que el imputado no
obró amparado bajo ninguna causa de justificación en tanto no repelió
agresión alguna. También mencionó que Quintero Buendía no realizó
ningún disparo contra los agentes policiales y que tampoco se acreditó
que estuviese portando armas al momento de la fuga.
Por otro lado, mencionó que el tribunal “realiza una
apreciación fantástica e improbable” ya que “se sumerge en la
psiquis del imputado y manifiesta que la representación al momento
de los disparos efectuados”. Al respecto, agregó que cualquier
persona –sin ser necesariamente personal policial– podría
representarse que disparar en las condiciones en las que lo hizo
Palermo podría resultar en la muerte de una persona. En particular,
adicionó a las condiciones ya reseñadas por el otro recurrente que el
de la ley 27.347–. A tales efectos, acreditó la relación de causalidad
entre la acción del disparo y el resultado lesivo de muerte.
En este contexto, sostuvo que Palermo incumplió su deber
objetivo de cuidado en tanto actuó de forma antirreglamentaria,
imprudente y negligente, lo cual creó un riesgo jurídicamente
reprobado que se concretó con la muerte de Jonathan Echimborde. De
esta manera, el a quo determinó la imputación objetiva del imputado.
Luego, detalló que la acción de Palermo violó los deberes a su
cargo contenidos en el “Reglamento General de Armas y Tiros de la
Policía Federal Argentina [R.G.P.F.A. N° 8], en su capítulo X,
titulado «Portación y uso de armas de fuego, Disposiciones vigentes.
Personal policial. Abuso de su función. Régimen penal aplicable.
Recordatoria»”. Ello así, en tanto un caso de fuga no justifica la
utilización de armas excepto que el agresor abra fuego contra los
agentes de policía. En este caso, el tribunal destacó que no logró
acreditarse que Quintero Buendía haya realizado disparos o siquiera
haya portado un arma de fuego.
A continuación, el a quo reseñó el contenido del mencionado
reglamento y determinó que: “las recomendaciones para el uso de
armas de fuego establece en el punto 1 que la policía puede hacer uso
de la fuerza pública para el cumplimiento de su misión. El empleo de
armas de fuego es su máxima expresión”, “en su puntos 9, 10, 11 y 12
sostiene que todas las técnicas y tácticas policiales privilegian el
resguardo de la vida e integridad física de las personas; que el uso de
las armas de fuego es el último recurso disponible para la protección
propia y de terceros ante una agresión ilegítima que las ponga en
peligro; que el conocimiento de tácticas y técnicas policiales no
suponen su dominio y que cada policía conoce sus propias
limitaciones físicas y su destreza en el manejo de armas, por lo que
debe planear sus acciones acorde a esa capacidad” y que “al
referirse al régimen penal aplicable, se establece que el uso del arma
A continuación, abordó la pretensión de las partes acusadoras
de tener por configurado el dolo eventual en el accionar de Palermo e
indicó que no se presentaban las exigencias dogmáticas requeridas
para sostener tal extremo.
Al respecto, mencionó que el dolo eventual se distinguía de la
culpa con representación porque en el primer caso el autor se
representa la posibilidad de realización del resultado como
consecuencia de su violación al deber objetivo de cuidado y le es
indiferente mientras que en el segundo confía en que lo evitará. Para
que se configure el dolo, afirmó que el autor debe reconocer la
realización del tipo penal como una posibilidad no totalmente lejana y
consentirlo.
En el caso concreto, el a quo afirmó que no se logró constatar
que Palermo se haya representado la posibilidad de matar a Jonathan
Echimborde en las circunstancias en las cuales tomó lugar el suceso.
Particularmente, el imputado apuntó al vehículo en el cual se
trasladaba Quintero Buendía y no al fallecido; por lo tanto, el impacto
en el cuerpo de éste último habría sido una consecuencia de no haber
acertado en su objetivo original. Ello así, en tanto la prueba no
demostró que Palermo supiera que Echimborde se hallaba en la calle
Basualdo en la altura catastral 1619, agachado mientras acondicionaba
su camioneta. Al respecto, el a quo mencionó que entre el lugar del
disparo y aquel en el cual se encontraba el damnificado había más de
una cuadra. Asimismo, refirió que el testigo Bassani Suárez se
encontraba próximo a la ubicación de Palermo y dijo que desde ese
lugar no era posible visualizar la posición de Echimborde.
A su vez, el a quo reseñó que tras la detención de Quintero
Buendía, por los canales policiales empezó a circular información
acerca de un herido de bala y que los agentes de seguridad no
conectaron ambos sucesos. Por otro lado, tampoco le atribuyeron
dicho desenlace a los disparos de Palermo.
3) Puesto a dar respuesta a este motivo de agravio de ambas
partes acusadoras, quienes procuran que el resultado muerte
producido sea imputado al dolo eventual del agente; habré de señalar
en primer término que los precedentes judiciales invocados en apoyo
de sus pretensiones no resultan análogos al caso analizado, y por tanto
no pueden ser de aplicación. En efecto, nada más alejado a este caso,
el supuesto en el cual un sujeto activo hinca un cuchillo en una zona
vital de la víctima, donde la representación del resultado muerte del
lesionado aparece como próxima; y del mismo modo, tampoco puede
este caso analogarse a un supuesto donde alguien recientemente
desapoderado de su mochila abre fuego sobre dos sujetos que huyen
de modo zigzagueante a bordo de una motocicleta por una calle cuasi
peatonal de la zona bancaria de la ciudad, y en pleno horario bancario,
con denso tránsito de personas, y en ese contexto impacta uno de sus
disparos en la humanidad de un transeúnte que se desplazaba a corta
distancia del tirador y a su alcance visual.
Al respecto, corresponde efectuar una distinción esencial con
respecto a este último caso. Y es que, los recurrentes no realizaron
alusiones a la presencia de transeúntes al momento de los disparos. Si
bien se esforzaron por mencionar numerosos factores espacio
temporales que podían incidir en la peligrosidad de la acción, todos
ellos fueron encauzados a partir de afirmaciones genéricas cuya
aplicación al caso concreto no fue acreditada en ningún sentido.
De manera tal que la decisión de si en este caso cabe imputar
dolo, no puede lograrse por el peso de la fuente del precedente.
Dicho ello, cabe recordar que la doctrina más moderna enseña
que “existe dolo eventual cuando el autor considera seriamente la
posibilidad de que su comportamiento conduzca a la realización del
resultado y se conforma con ello […]. En el dolo eventual el autor
acepta y se conforma con el riesgo de la realización del tipo,
mientras que en un comportamiento mediante imprudencia
ser incriminado con relación al objeto sobre el cual ha acertado por
equivocación, a lo sumo por imprudencia.
Es que la pena del dolo (sólo) se justifica si el autor ha tomado
una decisión consciente a favor del acontecer típico. Tal decisión
existe ya cuando el riesgo reconocido por él era en sí jurídicamente
reprobado (Cf. Frister, H., al tratar la delimitación del dolo eventual y
la imprudencia, en su Derecho penal, Hammurabi, Bs As., p. 231).
A decir verdad, para que los impugnantes pudiesen tener reales
chances de llevar razón en sus pretensiones, debieron haber probado
no que las calles de la ciudad constituyen espacios públicos de
urbanidad de densa interacción social de la ciudadanía, sino antes bien
que en la concreta arteria en la cual el agente disparó había una
cantidad significativa de personas en ese momento. Sólo así puede
afirmarse objetivamente una decisión verdaderamente consciente del
actuante a favor del concreto acontecer típico. Sólo así el autor asume
el acontecer típico aprobándolo, es decir conformándose con su
producción.
En este mismo sentido se expresan Bockelmann/Volk (Derecho
Penal, Parte General, Grupo Editorial Legales, Lima, 2020, p. 165), al
señalar que: “no hay error en el golpe cuando el agente considera la
posibilidad de que pudiese alcanzar un objeto distinto del pretendido,
y actúa asumiendo el riesgo de que esa posibilidad de concretice”.
Pero si, tal nuestro caso, el sujeto de la imputación al momento
de su comportamiento contrario a derecho no advertía potenciales
víctimas, y puntualmente dada la extensa distancia tampoco era
posible ver al otrora lesionado, y además las partes tampoco han
producido prueba relativa a la concreta presencia de gran cantidad de
transeúntes a quienes la acción emprendida pudiese haber puesto
objetivamente en peligro, no es posible afirmar que el blanco en el
cual acertó el tirador, distinto de su propósito directo, pueda
fundamentar que éste asumió conscientemente el acontecer típico
personal policial, formado y adiestrado para situaciones semejantes
resulta esencial para determinar cuán alejado ha estado de la
prudencia y la diligencia pertinentes. Ninguna norma avalaba su
proceder. Palermo debió asegurarse de que se daban las condiciones
necesarias para utilizar su arma provista y no lo hizo”.
2) Con respecto a esta cuestión traída a estudio por la parte
querellante en su recurso de casación, corresponde señalar que no
resulta procedente el abordaje de las agravantes contenidas en los arts.
41 bis y 80 inc. 9°, ambos CP –respectivamente, utilización de un
arma de fuego y homicidio en abuso de la función o cargo por parte
de un miembro de las fuerzas policiales–.
Ello así, en tanto ambas normas referidas requieren la
existencia de dolo en el accionar del autor, motivo por el cual la
solución brindada respecto al tópico de la calificación legal asignada
al ilícito como delito imprudente obsta a su aplicación.
VI. Agravio planteado por el Ministerio Público Fiscal
respecto a la mensuración de pena
1) Por otro lado, el representante del Ministerio Público Fiscal
expuso un planteo subsidiario para el caso en el cual se decida
confirmar la calificación legal de homicidio imprudente.
En particular, indicó que la mensuración efectuada por el a quo
resultaba arbitraria en tanto se omitió valorar circunstancias
agravantes previstas por la ley y determinados aspectos de incidencia
negativa. Ello así, toda vez que el monto punitivo resultaba escaso.
Tras ello, realizó una transcripción de los extremos ponderados
de manera negativa por el tribunal y destacó que todos ellos exhibían
una gravedad tal que aún al confrontarlos con las circunstancias
atenuantes, motivaban la aplicación de una pena mayor a los tres años
de ejecución condicional. Asimismo, destacó que el a quo no tuvo en
cuenta el riesgo que generó Palermo sobre la vida de diferentes
personas y bienes materiales. A su vez, denunció que tampoco
provenía de una familia estable, formó su propio grupo familiar sólido
como padre de una niña menor; registraba estudios secundarios
completos y desde el inicio de su actividad laboral se desempeñó en la
policía –profesión compartida por su padre–. El a quo también tuvo
en consideración que el imputado actualmente trabajaba realizando
reparaciones de teléfonos, lo cual impactó en la economía familiar.
También valoró que Palermo se mostró arrepentido por lo que
hizo, con angustia sincera, quebrándose en más de una oportunidad,
refiriendo pensamientos suicidas y reconociendo su responsabilidad
por el hecho. A su vez, se lo percibió preocupado por su situación
futura y por las consecuencias del hecho para la familia de
Echimborde. Sobre esto último, se advirtió que cuando el imputado se
dirigió a los querellantes lo hizo con respeto e intentó un acercamiento
hacia la familia. En un mismo orden de ideas, destacó que Palermo
también exhibió dificultad para afrontar las consecuencias –penales y
no penales– de su accionar y manifestó estar buscando alivio en
charlas de la iglesia cristiana.
En ese contexto, el a quo sostuvo que no se percibían elementos
que tornen aconsejable la imposición de una pena de efectivo
cumplimiento. Y que si bien el hecho era grave, Palermo no cometió
delitos con anterioridad ni parecía requerir un tratamiento
penitenciario resocializador. Asimismo, indicó que la inhabilitación
neutralizaría la posibilidad de reiteración de sucesos como el aquí
juzgado.
En virtud de las consideraciones expuestas, el tribunal de juicio
estimó apropiado imponerle al nombrado la pena de tres años de
prisión de ejecución condicional y la inhabilitación especial por el
plazo de ocho años.
3) Sentado lo expuesto, se advierte que el Ministerio Público
Fiscal recurrente cuestionó, esencialmente, que el tribunal de juicio
omitió valorar como elementos agravantes determinadas
1 Sentencia del 22.11.16, Sala II, jueces Morin, Niño y Sarrabayrouse, registro n°
935/16.
2 Sentencia del 1.8.17, Sala II, jueces Morin, Niño y Sarrabayrouse, registro n° 643/17.
3 Sentencia del 11.7.18, Sala II, jueces Días, Sarrabayrouse y Morin, registro n° 817/18.
4 Sentencia del 13.8.19, Sala II, jueces Sarrabayrouse, Morin y Días, registro n° 1067/19.
5 Sentencia del 20.11.20, Sala II, jueces Días, Sarrabayrouse y Morin, registro n°
3210/19.
Puerto, Buenos Aires, 1996, ps. 705 – 708 y 713 – 733; del mismo autor, El recurso del
condenado contra la sentencia de condena ¿una garantía procesal?, en Martín ABREGÚ/
Christian COURTIS (comps.), La aplicación de los tratados sobre derechos humanos por los
tribunales locales, Editores del Puerto/CELS, Buenos Aires, 1997, ps. 407427; Daniel PASTOR,
La nueva imagen de la casación penal, AdHoc, Buenos Aires, 2001, ps. 1135; Fernando DE LA
RÚA, El recurso de casación, Zavalía, Buenos Aires, p. 28 y sigs. En esta evolución deben
destacarse la sentencia de la Corte Suprema en el caso “Giroldi” (causa G.342.XXVI del
7.04.1995) y las decisiones tomadas en el ámbito interamericano por la Corte IDH en el caso
“Herrera Ulloa c / Costa Rica” y la Observación General N° 32 del Comité de Derechos Humanos
de las Naciones Unidas.
7 Fallos: 328:3399.
8 Sentencia del 8.3.16, Sala III, jueces Jantus, Garrigós de Rébori y Sarrabayrouse,
registro n° 158/16.
Suprema (no exenta de vacilaciones), establece la imposibilidad de
reiterar el juicio cuando el imputado no tuvo participación en el vicio
que originó aquella la nulidad9. En este punto, la polémica gira en
torno a cuál es el principio que verdaderamente está conculcado: el ne
bis in ídem, el plazo razonable, el que gobierna las nulidades o un
poco de todos ellos10. En cuanto a la tendencia legislativa, debe
destacarse que el Código Procesal Penal Federal (ley 27.482) prohibió
el juicio de reenvío (cfr. art. 365 del referido texto legal)11.
Además, el recurso del acusador genera todavía una discusión
más amplia: la validez constitucional de la concepción bilateral de los
recursos, en tanto que, para autores como Julio MAIER, el derecho al
recurso del condenado entendido como una garantía (y el consecuente
doble conforme) implica necesariamente la eliminación de la facultad
de los acusadores de recurrir la sentencia absolutoria, para impedir, en
primer término, una violación del ne bis in ídem (equivalente aquí al
double jeopardy del derecho estadounidense) en sentido procesal y no
exclusivamente material; y, en segundo lugar, evitar un regreso al
infinito. En este punto, resulta evidente una tensión entre la
concepción del ne bis in ídem amplia (material y procesal) y otra
limitada a la prohibición de condenar más de una vez por el mismo
9 Este criterio, surge de la disidencia de los jueces Petracchi y Bossert en “Alvarado”
(Fallos: 321:1173), y se desarrolla en “Polak” (Fallos: 321:2826); se advierte una línea distinta en
los precedentes “Turano” (Fallos: 321:3396), “Acosta” (Fallos: 323:929), “Bianchi” (Fallos:
325:1404) y “Verbeke” (Fallos: 326:1149); y es retomada con matices en “Olmos” (Fallos:
329:1447), “Garrafa” (Fallos: 329:4688), “Garófalo” (Fallos: 330:1514), “Gilio” (Fallos:
325:1404), “Sandoval”, (Fallos: 333:1687) “Kang” (Fallos: 330:2265 y sentencia del
27.11.2011).
10 Cfr. Patricia ZIFFER, El derecho al recurso y los límites del juicio de “reenvío”, en
Pedro BERTOLINO / Gustavo BRUZZONE, Estudios en homenaje al Dr. Francisco J. D’Albora,
LexisNexis Abeledo – Perrot, Buenos Aires, 2005, ps. 501 – 519; Edmundo S. HENDLER,
Edmundo S., El ne bis in ídem en la jurisprudencia de la Corte Suprema. En busca de coherencia,
¿juzgamientos múltiples o sólo “uno”?, en Florencia PLAZAS / Luciano HAZAN, Garantías
constitucionales en la investigación penal, Editores del Puerto, Buenos Aires, 2006, ps. 249 – 255;
Daniel PASTOR, ¿Nuevas tareas para el principio ne bis in ídem?, en Gabriel ANITUA / Ignacio
TEDESCO, La cultura penal. Homenaje al Profesor Edmundo S. Hendler, Editores del Puerto,
Buenos Aires, 2009, ps. 497 – 513; Mariano BERTELOTTI, Nulidad, reenvío y “ne bis in ídem”,
en Ángela LEDESMA (dirección), El debido proceso penal, t. 1, Hammurabi, Buenos Aires,
2015, ps. 163 – 182.
11 A diferencia del CPPN ley 27.063, cuya entrada en vigencia suspendió el decreto de
necesidad y urgencia n° 257/2015, y en su art. 317, último párrafo, consagró la posibilidad de
realizar hasta dos juicios como consecuencia del recurso del acusador contra la absolución, es
decir, un bis permitido.
12 Corte IDH, Caso Mohamed vs. Argentina. Excepción Preliminar, Fondo,
Reparaciones y Costas. Sentencia de 23 de noviembre de 2012. Serie C No. 255.
13 Corte IDH, Caso Gorigoitía vs. Argentina. Excepción Preliminar, Fondo,
Reparaciones y Costas. Sentencia de 2 de septiembre de 2019. Serie C No. 382.
14 Fallos: 337:901.
15 CSJN, C. 416. XLVIII., del 5.08.2014.
16 CSJN, causa C.11.XLIX, del 5.08.2014.
17 CSJN, causa 5207/2014/RH1, del 26.12.2019.
18 Sentencia del 2.06.21, Sala de Turno, jueces Bruzzone y Sarrabayrouse.
19 En la misma línea puede citarse el precedente “Colman” de la Suprema Corte de la
provincia de Buenos Aires (causa 117.199 del 22.5.2020).
que provoca ese remedio no tiene la misma extensión que el otorgado
al imputado para revisar la sentencia que lo condena, en tanto se trata
de una garantía instituida a favor de éste (de allí que el CPPF, ley
27.482, establezca que confirmada la absolución, la acusación carezca
de recurso, ver arts. 365). Por lo pronto, esto significa que son válidos
los límites a la facultad de recurrir que se le imponen a la acusación
(establecidos en los arts. 458 y 459, CPPN, reconocidos por la Corte
Suprema en la causa “Arce”20 y mantenidos en los distintos proyectos
de reforma del CPPN); y que también es válido sostener, en virtud de
ese recurso legal reconocido al acusador, la posibilidad de que esta
Cámara revoque la sentencia absolutoria y, según sea el caso, condene
(supuesto clásico de interpretación de la ley) o, incluso, reenvíe
(hipótesis en que la sentencia es de una arbitrariedad tal que implica
su nulidad, en tanto el tribunal que revisa la sentencia no puede
resolver el caso). Así ocurrió, por ejemplo, en los precedentes de esta
Sala “Aisemberg”21, “Ibarra” (ya citado), “Armijo”22, “Favero y
Quirico” (también ya citado) y “Silva”23, entre otros. En alguno de
esos casos, se aplicó el criterio tradicional, limitado a la interpretación
de la ley que, en principio, escapa a la controversia sobre el alcance de
la inmediación.
De esta manera, la doctrina del caso “Casal” no resulta
aplicable al recurso de la parte acusadora y, por este motivo, no hay
una impugnación amplia de la sentencia que absuelve y tampoco el
acusador está eximido de presentar sus agravios de forma concreta,
razonada y fundada. Es que la competencia de esta cámara es revisora
24 Sentencia del 1.12.16, Sala II, jueces Sarrabayrouse, Niño y Morin, registro n°
965/16.
Buendía tuviese más de un tripulante y en ningún momento indicó que
disparaba contra el personal policial (íd.).
e. Palermo evidenció un nivel de nerviosismo en las
comunicaciones que realizó, al punto que la operadora debió
solicitarle claridad en sus dichos. En ningún momento de la grabación
se escuchan disparos (íd.).
f. El suboficial Vittone señaló que no pensó en usar el
arma reglamentaria por miedo a dispararle a otra persona, ya que
desconocía si el sujeto que perseguían estaba armado y no advirtió
una amenaza para utilizarla (fs. 70 de la sentencia que obra en el
Sistema de Gestión Judicial Lex100). En efecto, los policías Vittone y
Dos Santos, quienes también persiguieron a Quintero Buendía,
colisionaron con el automóvil y lograron detenerlo (fs. 55 de la
sentencia que obra en el Sistema de Gestión Judicial Lex100).
4. El tribunal de grado consideró que el accionar de Palermo
fue desproporcionado e injustificado.
Así, para los jueces, ninguna norma avalaba su proceder y su
conducta violó los deberes a su cargo. Palermo actuó con
imprudencia, generando una situación de riesgo para terceros, al
realizar disparos con su arma de fuego de manera inmediata,
arriesgada y precipitadamente. En particular, transgredió el
Reglamento General de Armas y Tiros de la Policía Federal
Argentina.
Además, valoraron que dada su condición profesional de policía
y la actividad específica que desarrollaba en la seccional sabía
perfectamente los riesgos que representaba la utilización de un arma
de fuego en la vía pública, en la posición en que lo hizo desde el
patrullero en movimiento, un día hábil al mediodía. Palermo debió
asegurarse que se daban las condiciones necesarias para utilizar su
arma reglamentaria y no lo hizo.
5. La solución del caso
25 Sentencia del 19.10.15, Sala II, jueces Morin, Bruzzone y Sarrabayrouse, registro n°
567/15.
26 Sentencia del 27.10.15, Sala II, jueces Bruzzone, Sarrabayrouse y Morin, registro n°
595/15.
27 Sentencia del 21.12.15, Sala II, jueces Bruzzone, Sarrabayrouse y Morin, registro n°
793/15.
28 Sentencia del 3.5.16, Sala II, jueces Morin, Niño y Sarrabayrouse, registro n° 330/16.
29 Sentencia del 11.7.18, Sala II, jueces Días, Sarrabayrouse y Morin, registro n° 817/18.
30 Cfr. autor mencionado, Dolus eventualis und bewuβte Fahrlässigkeit, ZStW, 71
(1959), p. 52, citado por RAMÓN RAGUÉS I VALLÈS, El dolo y su prueba en el proceso penal, J. M.
Bosch Editor, Barcelona, p. 25, nota 2.
31 Cfr. en este sentido CLAUS ROXIN, Strafrecht. Allgemeiner Teil, v.I, 3ª ed., Múnich,
1997, § 12 nm. 29.
32 Cfr. HANS WELZEL, Derecho penal alemán, 4ª ed. Castellana, trad. Bustos Ramírez y
Yañez Pérez de la 11ª ed. Alemana de 1969, Editorial Jurídica de Chile, 1993, p. 79.
33 Cfr. ENRIQUE BACIGALUPO, Principios de Derecho penal, 4ª ed., Akal/Iure, Madrid,
1997, pp. 231 y sigs.; las citas han sido tomadas de GABRIEL PÉREZ BARBERÁ, El delito culposo. La
preterintencionaldiad, en Carlos J. Lascano (h), (Director), Derecho penal. Parte general,
Advocatus, Córdoba, 2002, p. 327.
34 Cfr. MANUEL CANCIO MELIÁ, Estudios sobre imputación objetiva’ Editorial AdHoc,
Bs. As., 1998, p. 16; sobre las diversas concepciones del dolo como “conocimiento” y voluntad o
sólo conocimiento, puede consultarse el voto del juez Magariños en autos ‘Ciurana’, CDPJ nº 10
‘C’, pp. 545 570.
35 Cfr. RAMON RAGUÉS I VALLÈS, op. cit., pp. 2829.
36 Cfr. GABRIEL PÉREZ BARBERÁ, El dolo eventual. Hacia el abandono de la idea de dolo
como estado mental, Hammurabi, Buenos Aires, 2011; del mismo autor, Dolo como reproche.
Hacia el abandono de la idea de dolo como estado mental, revista Pensar en Derecho N° 1, pp.
169 211, dirección electrónica http://www.derecho.uba.ar/publicaciones/pensaren
derecho/revista1.php; también puede consultarse la polémica en torno a este trabajo: FERNANDO
CÓRDOBA, Dolo y evitabilidad individual, revista Pensar en Derecho N° 1, 2012, pp. 213 – 226;
ÍÑIGO ORTIZ DE URBINA GIMENO, ¿Dolo como reproche? Observaciones sobre método y axiología en
la propuesta de abandono de la idea de dolo como estado mental, revista Pensar en Derecho N° 2,
pp. 357 – 385; LAURA MANRIQUE, Reproche al “dolo como reproche”, revista Pensar en Derecho
N° 2, pp. 387 – 412; GABRIEL PÉREZ BARBERÁ, Réplicas a Fernando Córdoba e Íñigo Ortiz de
Urbina, revista Pensar en Derecho N° 2, pp. 413–422, publicaciones accesibles en
http://www.derecho.uba.ar/publicaciones/pensarenderecho/revista2.php. Cfr. también MARIO
MAGARIÑOS, El límite entre el dolo y la imprudencia, Ad – Hoc, Buenos Aires, 2010; GUSTAVO
VITALE, Dolo eventual como construcción desigualitaria y fuera de la ley. Un supuesto de culpa
grave, Editores del Puerto, Buenos Aires, 2013.
37 Ver al respecto RAMON RAGUÉS I VALLÈS, La ignorancia deliberada en Derecho penal,
Atelier, Barcelona, 2007; ver también el volumen XIII de la revista Discusiones, dedicado a ese
tema, con contribuciones del mismo RAMON RAGUÉS I VALLÈS, y comentarios y críticas de ALBERTO
PUPPO, MARÍA LAURA MANRIQUE, LUÍS GRECO y BERNARDO FEIJOO SÁNCHEZ; la publicación es de
diciembre de 2013 y es accesible a través de la siguiente dirección electrónica:
https://revistas.uns.edu.ar/disc/issue/view/197.
38 PÉREZ BARBERÁ analiza y critica las posiciones de estos y otros autores en su tesis
doctoral; cfr. El dolo eventual, p. 584 y sigs.
39 El dolo y su determinación en casación. Normativización y ubicación estructural en
una concepción personal del injusto, LexisNexix, Buenos Aires, 2007.
De esta manera, surge otro arduo problema para la doctrina y la
jurisprudencia, pues la naturaleza subjetiva de la voluntad ha
planteado siempre dificultades de prueba que a lo largo de la historia
se han intentado resolver de muy diversas maneras. Tanto en el
Derecho romano como en el germánico, la atribución del dolo al
sujeto surgía de la valoración de datos de naturaleza objetiva. Durante
el largo periodo de vigencia del Derecho común predominó la idea de
que la única prueba válida no sólo ya para determinar el dolo, sino
para la comisión de cualquier hecho delictivo, era la confesión del
acusado: de allí que “la reina de las pruebas” pudiera obtenerse bajo
tormentos. También se apeló a otros criterios normativos de
imputación de resultados, como la fórmula canónica del versare in re
illicita, que imputa al sujeto como queridos todos aquellos resultados
que deriven de una actuación inicial ilícita. Dentro de esta misma
línea puede inscribirse el llamado dolus ex re o dolus in re ipsa,
explicado por FRAMARINO DEI MALATESTA con la idea de que “…el
hombre, que es un ser racional, no obra sin que sus acciones tiendan
hacia un fin, y cuando un medio no corresponde sino a determinado
fin criminoso, el agente no puede haberlo empleado sino para lograr
ese fin…”40.
Las discusiones y los intentos para acreditar el dolo de una
forma fiable e igual en todos los casos continúan hasta la actualidad;
para evitar sentencias contradictorias, algunos autores proponen
volver al sistema de prueba tasada; otros, abogan por la aplicación de
criterios normativos41
Así, en la concepción tradicional, donde se distingue un
elemento cognoscitivo y otro volitivo, puede suceder que se utilicen
de la complejidad de los procesos técnicos, que se convierten en una
especie de tributo al progreso.
Tras una larga evolución, hoy se considera mayoritariamente
que la imprudencia es un problema del tipo. De esta manera, una
conducta puede estar justificada o exculpada en el caso concreto, pero
en el tipo corresponde decidir si es imprudente. Otro aspecto de la
discusión gira en torno a si el disvalor de resultado debe incluirse
también en el tipo o debe considerárselo como una condición objetiva
de punibilidad, pues tanto el finalismo como la teoría de la imputación
objetiva refieren la imprudencia al tipo. En este mismo sentido,
destaca BACIGALUPO que “…la evolución sufrida por la teoría del
delito en su conjunto no es, en realidad, sino una evolución que
partió de una concepción que consideraba el delito doloso como
prototipo de todo delito y que obligaba, por ello, a encontrar el
‘elemento doloso’ en la culpa y terminó en otra concepción que
extendió, en sentido inverso, las estructuras del delito imprudente al
delito doloso…”44.
En cuanto a la evolución histórica del concepto de imprudencia,
podemos señalar dos teorías principales: una psicológica (y en este
sentido naturalista) y otra normativa (establecida en base a
ponderaciones valorativas y jurídicas). Los problemas que la primera
enfrentó para explicar los casos de la llamada “culpa o imprudencia
consciente” condujo a la concepción normativa: lo que determina el
carácter imprudente de una conducta no es un nexo psíquico entre el
autor y el hecho sino la posibilidad de que sea objetivamente
reprochable en función de consideraciones jurídiconormativas
desvinculadas a las particularidades del sujeto, sino que atienden a
aquellas características de la conducta que hacen que en general y
para cualquiera pueda ser tenida como reprochable45.
44 Cfr. autor citado, Derecho penal. Parte General, 2ª ed., Editorial Hammurabi, Buenos
Aires, 1999, p. 342, nm. 659.
45 Cfr. Gabriel PÉREZ BARBERÁ, El tipo culposo. La preterintencionalidad, en Carlos
J. Lascano (h) (director), Derecho Penal. Parte General. Libro de estudio, Advocatus, Córdoba,
2002, pp. 361362. En lo que sigue, se seguirá este trabajo.
dogmática del delito imprudente, tarea que no es sencilla. Se afirma
que la contribución de la dogmática en este aspecto es modesta, pues
precisar el concepto de “violación del deber de cuidado” por medio de
deberes concretos de comportamiento “…sólo es posible realizarlo
por medio de la jurisprudencia…”. HILGENDORF señala que es utópico
establecer un cuidado general independiente del caso concreto, pues
como dice HAFT, el legislador sólo puede expresar una advertencia
general: “…Actúa cuidadosamente. ¡No violes el deber de
cuidado!...”. Dentro de nuestra doctrina, SANCINETTI sostiene la misma
posición: el problema principal del ilícito del delito imprudente es
determinar cuál es la norma específica que rige en cada caso concreto,
esto es, hallar en qué consiste aquello que está prohibido48.
En este orden de ideas, se ha dicho que en cada caso particular
se requiere concretar cuál era el deber de cuidado que incumbía al
autor. Es preciso por lo tanto, definir el deber de cuidado una vez
conocidas concretamente las circunstancias en las que se desarrolló la
acción. La tipicidad de dicha acción se determinará, entonces,
mediante la comparación de la acción realizada con la exigida por el
deber de cuidado en la situación concreta. En este aspecto, por
ejemplo y en referencia al tráfico viario, la ley nacional de tránsito
garantiza cierto “cierre” del delito imprudente, al estipular una serie
de deberes aplicables a quien participa en aquél.
Por otro lado, también se ha dicho que la perspectiva para
establecer la violación del deber de cuidado siempre debe ser ex ante,
es decir, debe evaluarse la concreta situación en la que el imputado se
comportó, con independencia de la gravedad de los resultados
acaecidos; de lo contrario, frente a casos con gran cantidad de
afectados, si se adopta un enfoque ex post se corre el riesgo de que sea
más estricta49.
48 Cfr. Eric HILGENDORF, Strafrechtliche Produzentenhaftung (Responsabilidad penal
de los fabricantes), Dunckler & Humblodt, Berlín, 1991; Marcelo Sancinetti, Teoría del delito y
disvalor de acción, Hammurabi, 1ª reimpresión de la 1ª ed., Buenos Aires, 2000, p. 259.
49 Cfr. Eugenio C. SARRABAYROUSE, Responsabilidad penal por el producto, Ad –
Hoc, Buenos Aires, 2007, p. 582.
50 Sentencia del 2.10.17, Sala II, jueces Morin, Niño y Sarrabayrouse, registro n°
945/17.
51 Sentencia del 15.8.18, Sala II, jueces Morin, Días y Sarrabayrouse, registro n° 950/18.
52 Sentencia del 11.9.18, Sala II, jueces Morin, Días y Sarrabayrouse, registro n°
1105/18.
53 Sentencia del 24.9.18, Sala II, jueces Morin, Días y Sarrabayrouse, registro n°
1185/18.
54 Sentencia del 12.11.18, Sala II, jueces Morin, Días y Sarrabayrouse, registro n°
1437/18.
55 Sentencia del 21.2.19, Sala II, jueces Morin, Días y Sarrabayrouse, registro n° 112/19.
56 Cfr. Gabriel PÉREZ BARBERÁ, op. cit., p. 359.
criterios que, junto al riesgo permitido, el principio de confianza y la
prohibición de regreso, se ubican en el primer nivel de la imputación
objetiva pues su función es contribuir a determinar si se ha creado un
riesgo no permitido.
8. El uso racional de la fuerza por parte del personal
policial
a. Otro aspecto importante para resolver el caso, como señalé
en el precedente “Favero y Quirico” (ya citado), es la regulación del
uso policial de la fuerza. Se trata de un tema especialmente regulado
tanto en el sistema de las Naciones Unidas (soft law), como a nivel
regional.
En el ámbito de las Naciones Unidas se destaca el Código de
Conducta para Funcionarios Encargados de hacer cumplir la Ley,
adoptado por la Asamblea General en su Resolución n° 34/169 de
197957, en el que se ciñe el accionar de las fuerzas de seguridad a
prácticas acordes al respeto de los derechos humanos (art. 2). Según
su art. 3, la fuerza debe emplearse sólo en forma excepcional y nunca
debe ser desproporcionada: “Los funcionarios encargados de hacer
cumplir la ley podrán usar la fuerza sólo cuando sea estrictamente
necesario y en la medida que lo requiera el desempeño de sus
tareas.”.
También corresponde citar aquí los Principios Básicos sobre el
Empleo de la Fuerza y de Armas de Fuego por los Funcionarios
Encargados de Hacer Cumplir la Ley, adoptados por el Octavo
Congreso de las Naciones Unidas sobre Prevención del Delito y
Tratamiento del Delincuente en 1990. En particular, el art. 4, postula
que los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley, en el
desempeño de sus funciones: “utilizarán en la medida de lo posible
57 La resolución que aprueba el instrumento incluye la recomendación de que los
gobiernos consideren favorablemente la posibilidad de utilizarlo en el marco de la legislación o la
práctica nacionales como conjunto de principios que han de observar los funcionarios encargados
de hacer cumplir la ley. En este sentido, nuestro país dispuso en el art. 22 de la ley 24.059 de
Seguridad Interior que: “Los cuerpos policiales y fuerzas de seguridad que integran el sistema de
seguridad interior (…) deberán incorporar a sus reglamentos las recomendaciones del Código de
Ética Profesional establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas.”
58 CIDH, Informe Anual 2015, Capítulo IV.A, “Uso de la Fuerza”, párr. 7.
59 CIDH, Informe Anual 2015, Capítulo IV.A, “Uso de la Fuerza”, párr. 7.
60 CIDH, Informe sobre seguridad ciudadana y derechos humanos, 31 de diciembre de
2009, párr. 116.
61 Corte IDH: Caso Montero Aranguren y otros (Retén de Catia). Excepciones
Preliminares, Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia de 5 de julio de 2006. Serie C Nº 150,
párrs. 6768; y Caso Nadege Dorzema y otros vs. República Dominicana. Fondo Reparaciones y
Costas. Sentencia de 24 de octubre de 2012 Serie C Nº 251, párr. 85
62 Corte IDH: Caso Hermanos Landaeta Mejías y Otros vs. Venezuela. Sentencia de 27
de agosto de 2014. Excepciones Preliminares, Fondos, Reparaciones y Costas. Serie C Nº 281,
párr. 134; Caso Nadege Dorzema y otros. Fondo Reparaciones y Costas. Sentencia de 24 de
octubre de 2012 Serie C Nº 251, párr. 85; y Corte Europea de Derechos Humanos, Caso Kakoulli
v. Turquía, Nº 38595/97. Sentencia de 22 de noviembre de 2005, párr. 108.
63 CIDH, Informe Anual 2015, capítulo IV A, párr. 12; CIDH, Informe sobre seguridad
ciudadana y derechos humanos, 31 de diciembre de 2009, párr. 119
64 CIDH, Informe Anual 2015, capítulo IV A, párr. 12; CIDH, Informe sobre seguridad
ciudadana y derechos humanos, 31 de diciembre de 2009, párr. 119.
65 CIDH, Informe Anual 2015, capítulo IV A, párr. 12; Principios básicos sobre el
empleo de la fuerza, Principio Nº 9.
66 Corte ID. Caso Hermanos Landaeta Mejías y Otros vs. Venezuela. Sentencia de 27 de
agosto de 2014. Excepciones Preliminares, Fondo, Reparaciones y Costas. Serie C Nº 281, párr.
136.
67 CIDH, Informe de Seguridad Ciudadana y Derechos Humanos, 2009, párr. 118;
ONU, OHCHR, Informe del Relator Especial sobre las ejecuciones extrajudiciales, sumarias o
arbitrarias, 1 de abril de 2014, A/HRC/26/36, pár. 58.
68 Consejo de Derechos Humanos, La promoción y protección de los derechos humanos
en el contexto de las manifestaciones pacíficas, A/HRC/25/L.20, de 24 de marzo de 2014, art. 10;
Consejo de Derechos Humanos, La promoción y protección de los derechos humanos en el
contexto de las manifestaciones públicas, A/HRC/RES/25/38 de 11 de abril de 2014, art. 10.
Código de conducta de Naciones Unidas para funcionarios encargados de hacer cumplir la ley y
Comentario Interpretativo (art. 3) Asimismo, los Principios Básicos de Naciones Unidas sobre el
Empleo de la Fuerza y de Armas de Fuego por los Funcionarios Encargados de Hacer Cumplir la
Ley (Principio 9).
69 OHCHR, Informe del Relator Especial sobre las ejecuciones extrajudiciales, sumarias
o arbitrarias, op. cit., Párr. 72 y 73.
70 Cfr. A/72/178, párr. 10.
71 Cfr. CIDH, OEA/Ser.L/V/II. Doc. 57, párr. 32 y ALES, Cecilia (coord.) et. al.,
Regulación y Control del Uso Policial de la Coerción y la Fuerza en Argentina, 1a ed., Buenos
Aires, Ministerio de Seguridad de la Nación, 2011, p. 213.
72 Cfr. CIDH, OEA/Ser.L/V/II. Doc. 57.
73 Cfr. CIDH, OEA/Ser.L/V/II. Doc. 57, párr. 24 y CIDH, Escrito de demanda en el
Caso Walter Bulacio, de fecha 24 de enero de 2001, párrafos 61 y 62. Disponible en
http://www.corteidh.or.cr/expediente_caso.cfm?id_caso=77.
74 Cfr. Corte IDH, Caso Torres Millacura y otros Vs. Argentina. Sentencia de 26 de
agosto de 2011. Serie C No. 229, párr. 69; Caso Velásquez Rodríguez Vs. Honduras. Fondo.
Sentencia de 29 de julio de 1988. Serie C No. 4, párr. 154; Caso Servellón García y otros Vs.
Honduras. Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia de 21 de septiembre de 2006. Serie C No.
152, párr. 86, y Caso Cabrera García y Montiel Flores Vs. México. Excepción Preliminar, Fondo,
Reparaciones y Costas. Sentencia de 26 de noviembre de 2010. Serie C No. 220, párr. 87.
su interacción con las personas a quienes deben proteger, representa
una de las principales amenazas al derecho a libertad personal, el
cual, cuando es vulnerado, genera un riesgo de que se produzca la
vulneración de otros derechos, como la integridad personal y, en
algunos casos, la vida.”75.
En ese marco, para cumplir correctamente sus funciones los
agentes policiales cuentan con una serie de facultades que implican la
posibilidad de usar la coerción y la fuerza en determinados supuestos.
Sin embargo, su uso solo será válido en la medida en que tenga por fin
no solo el cumplimiento de una obligación legal, sino que se ejerza
respetando los derechos de las personas y, en concreto, el derecho a la
vida.
b. En lo que respecta al plano local, el Reglamento General de
Armas y Tiro de la Policía Federal Argentina76, analizado en la
sentencia recurrida, y cuya aplicación al caso no está discutida,
ratifica en términos generales los principios recién mencionados.
Así, establece que “…el uso de las armas exige siempre una causa
suficiente, razonable y demostrable en juicio para justificar el
enfrentamiento con personas armadas, con el mínimo de riesgo
posible para la integridad física de terceros inocentes” (Capítulo X,
punto “B”). En lo que respecta a disparos contra vehículos dispone:
“f.1) No se efectúan disparos contra vehículos en movimiento para
forzar su detención. f.2) Reunidas las condiciones de los puntos B) y
C), se dispara contra el conductor u ocupantes, siempre que no
exista peligro para el público que exceda el propósito de evitar la
fuga” (Capítulo X, punto “F”, el destacado no es del original).
Por otra parte, se estipulan criterios particulares para evaluar la
necesidad del uso de las armas en casos de situación de peligro
inminente, estableciendo que: “a.1.1) Existe aun cuando el agente no
75 Cfr. Corte IDH, Caso Torres Millacura y otros Vs. Argentina., op. cit., párr. 70; Caso
Servellón García y otros Vs. Honduras, supra nota 51, párr. 87.
76 R.G.P.F.A. Nº 8, suplemento de la Orden del Día Interna n° 25 del 06.02.2012.
Aquí resulta fundamental atenernos a los hechos probados. De
este modo, Palermo, en el ejercicio de sus funciones, persiguió a
Quintero Buendía alrededor de 30 o 35 cuadras para detenerlo. Aquél
había intentado un robo, un martes de diciembre de 2016 cerca de las
14 hs. y Palermo, durante esa persecución, fue la única persona que
disparó. En total, efectuó once disparos con su arma reglamentaria.
Siete los realizó en la calle Basualdo. De ellos, ninguno acertó en el
automóvil conducido por Quintero Buendía. Uno impactó en
Echimborde, mientras se hallaba en la puerta de su domicilio y
realizaba reparaciones en su vehículo. A raíz de este impacto,
Echimborde murió.
A ello se suma que, pese la afirmación realizada por la defensa
en sus breves notas vinculada a que las cámaras de seguridad
evidencian que “…el lugar estaba prácticamente desierto...” (cfr. fs.
18 del escrito que obra en el Sistema de Gestión Judicial Lex100), los
testigos Bassani Suárez y Leonel Alejandro Rodríguez, observaron la
persecución y escucharon los ruidos de las detonaciones que además
pasaron cerca de ellos (ver fs. 27/8 y 33 de la sentencia que obra en el
Sistema de Gestión Judicial Lex100). De este modo, Suárez pudo ver
el momento en que Palermo disparó hacia el automóvil conducido por
Quintero Buendía, sin que este último hubiese hecho fuego sobre el
móvil policial; mientras que Rodríguez, quien regresaba de comprar
en el kiosco ubicado al lado de la casa de Echimborde, al cruzar la
calle “…escuchó un zumbido y se fue corriendo…” (ver fs. 33 de la
sentencia que obra en el Sistema de Gestión Judicial Lex100, el
destacado no es del original); también vio cómo caía Echimborde, en
el mismo momento en que un patrullero pasaba por la calle Basualdo.
Por el contrario, no está probado que Quintero Buendía haya
disparado en esa persecución y ni siquiera que tuviera un arma en su
poder o rastros de pólvora en sus manos. Tampoco fueron
secuestradas armas ni vainas servidas en el auto en que huyó.
77 Sentencia del 6.12.19, Sala II, jueces Sarrabayrouse, Morin y Días, registro n°
1855/19.
78 Corte IDH, Caso Hermanos Landaeta Mejías y Otros Vs Venezuela. Sentencia de 27
de agosto de 2014. Excepciones Preliminares, Fondo, Reparaciones y Costas. Serie C Nº 281,
párr. 136.
79 Sentencia del 27.10.15, Sala II, jueces Bruzzone, Sarrabayrouse y Morin, registro n°
595/15.
80 Sentencia del 21.12.15, Sala II, jueces Bruzzone, Sarrabayrouse y Morin, registro n°
793/15.
81 Sentencia del 12.4.17, Sala II, jueces Morin, Niño y Sarrabayrouse, registro n°
250/17.
82 Sentencia del 25.2.16, Sala III, jueces Mahiques, Sarrabayrouse y Jantus, registro n°
123/16.
83 Sentencia del 30.5.17, Sala II, jueces Morin, Niño y Sarrabayrouse, registro n°
415/17.
84 Sentencia del 22.11.17, Sala II, jueces Morin, Niño y Sarrabayrouse, registro n°
1210/17.
85 Sentencia del 14.5.19, Sala II, jueces Sarrabayrouse, Morin y Días, registro n° 556/19.
de homicidio y a las lesiones cometidas mediante el uso de un arma de
fuego.
Por lo expuesto, entiendo que corresponde rechazar este planteo
de la parte querellante.
3. Por otra parte, y en lo que se refiere a la agravante prevista
en el art. 80, inc. 9º, CP, advierto que los hechos de este caso
presentan diferencias significativas con los precedentes “Álvarez”86 y
“Otero”87, en los que fue aplicada.
Aquí, no está en discusión que Palermo cumplió con su deber al
perseguir y tratar de detener a Quintero Buendía. El problema se
centra en determinar si el acusado cometió el homicidio abusando de
su función o cargo.
La agravante del homicidio por el abuso de las funciones de un
miembro integrante de las fuerzas de seguridad, policiales o del
servicio penitenciario (art. 80, inc. 9º, CP) fue introducida por la ley
25.816 del 2003. La regla tiene su origen en los proyectos de ley
elaborados por quienes entonces eran la senadora Beatriz Susana
Halak y el senador Juan Carlos Maqueda. Los fundamentos del
proyecto fueron los datos estadísticos según los cuales, la principal
causa de detención de integrantes o ex integrantes de las fuerzas de
seguridad eran casos de homicidio, destacando que no resultaba
razonable “…condenar por la comisión de un mismo hecho, con igual
dureza a un ciudadano común que a un integrante de las instituciones
de seguridad, ya que el mismo, justamente, ocupa ese lugar para
evitar la comisión de delitos.” 88. De ese modo, “…para preservar la
salud de [las] instituciones, es que [debían] ser castigados más
86 Sentencia del 17.5.16, Sala II, jueces Niño, Morin y Sarrabayrouse, registro n°
369/16.
87 Sentencia del 10.12.20, Sala II, jueces Sarrabayrouse, Morin y Días registro n°
3351/20.
88 Cfr. Cámara de Senadores de la Nación, orden del día N° 1562, 28 de noviembre de
2002, pág. 4.
89 Cfr. Cámara de Senadores de la Nación, orden del día N° 1562, 28 de noviembre de
2002, pág. 4.
90 En este sentido MOLINA, Gonzalo Javier, Manual de Derecho Penal. Parte Especial,
Contexto, 2021, p. 120.
91 De este modo, Gustavo AROCENA entiende que existe en la configuración del delito un
componente subjetivo especial: “un elemento del ánimo”, en la medida en que el sujeto activo
debe matar abusando de su función o cargo, cfr. autor citado, “La ley 25.816 y el hurto, el robo y
el homicidio cometidos por miembros integrantes de la fuerza de seguridad, policiales o del
servicio penitenciario”, en Reformas al Código Penal, B de F, Montevideo, 2005, p. 119.
92 En este sentido también: VILLADA, Jorge L., Delitos contra las personas, La Ley,
Buenos Aires, 2004, p. 58, cfr. VERDE, Claudia en BAIGUN, David; ZAFFARONI, Eugenio Raúl
(directores); Código Penal y normas complementarias, Análisis doctrinal y jurisprudencial;
Editorial Hammurabi, Buenos Aires, 2007, p. 431.
ser un elemento subjetivo del tipo penal.” 93. En sus palabras, abusa
quien “…utiliza el cargo por fuera de la ley, en este caso, se mata,
pero como miembro de la fuerza de seguridad o penitenciaria, pero
en funciones. Sabe el sujeto que debe sujetarse a la ley y, sin
embargo, la viola y mata, amparándose en ella. Allí está lo
despreciable del acto y la justificación de la pena, si se la quiere
buscar. Como cualquier funcionario público que haga la misma
acción. No respeta la ley pero se ampara en ella para violarla. Es la
destrucción de la República.”94.
En definitiva, y más allá de la ubicación dogmática de este
requisito, lo cierto es que la afirmación de un abuso funcional debe ser
analizado rigurosamente en cada caso particular debido a la gravedad
de la pena establecida. En este aspecto, está claro que no todo
homicidio cometido por un funcionario policial, de las fuerzas de
seguridad o penitenciarias será automáticamente uno agravado,
porque de ser así, sería un endurecimiento del castigo carente de
reproche subjetivo alguno que lo acercaría a un Derecho penal de
autor.
Desde otra perspectiva, y de acuerdo con los parámetros
desarrollados acerca del alcance del recurso de la acusación,
considero que la parte querellante no ha aportado argumento alguno ni
ha demostrado qué elementos permiten afirmar que la conducta de
Palermo debe ser considerada un homicidio agravado. En este
aspecto, reitero, la querellante afirma, únicamente, que todo
homicidio cometido por un integrante de las fuerzas de seguridad,
policiales o del servicio penitenciario ingresa automáticamente en el
art. 80, inc. 9º, CP, si no está amparado en una causa de justificación.
Esa afirmación requería razones adicionales, máxime cuando la
fiscalía expresamente excluyó la agravante. Sin embargo, el recurso
93 Cfr. autor citado, Derecho penal. Parte especial, 4ª ed., Rubinzal Culzoni, Santa Fe,
2011, t. 1, p. 136. Al respecto también Claudia VERDE; en BAIGUN, David; ZAFFARONI,
Eugenio Raúl (directores); Código Penal y normas complementarias, Análisis doctrinal y
jurisprudencial; op. cit., p 307.
94 Cfr. DONNA, Edgardo A., Derecho penal. Parte especial, op. cit., p. 137.
cual se parte para aseverar que un resultado puede ser imputado a
título de dolo o culpa.
Durante el último siglo el debate se ha centrado básicamente en
la correcta fijación de la frontera teórica entre ambos títulos de
imputación acudiendo a las figuras denominadas dolo eventual y la
culpa consciente.
Concretamente, en un contexto en el que el dolo se definía en
términos psicológicos como el conocer y querer, el problema se
planteaba en aquellos supuestos en los que el resultado no constituía
el objeto directo de la acción.
Las doctrinas en pugna se ubicaron en dos campos antagónicos,
según que el asiento de la solución se buscara en el elemento
voluntario del dolo o en su elemento intelectual (cognoscitivo)95.
La primera, conocida como “teoría de la voluntad”96, sostiene
que para afirmar la presencia del dolo, además de la representación,
hace falta un querer, que se manifiesta en una cierta actitud interior en
el autor del hecho respecto del resultado.
La forma de determinar si el autor mantenía esa especial
relación emocional con el resultado fue la de acudir a la primera
fórmula de Frank: concurrirá el consentimiento necesario para afirmar
la verificación del dolo eventual cuando la previsión del resultado
como seguro no habría tenido virtualidad para detener al autor, esto
es, no habría obrado como contramotivo para que desistiera de su
accionar.
La segunda, menos relevante a nivel doctrinario, conocida
como “teoría de la representación”97, deja a un lado la perspectiva
apriorística de dolo como voluntad y exige que el autor conozca la
95 Cfr. Sancinetti, Marcelo: Teoría del delito y disvalor de acción, Ed.
Hammurabi, Buenos Aires, 2004, p. 155.
96 Y sus distintas versiones, como la teoría del consentimiento (de
aprobación interna del resultado) o la teoría del sentimiento (de la motivación del
autor), entre otras.
97 También con distintas variantes, como la teoría de la posibilidad, la
teoría de la probabilidad, entre otras.
como posible no va a acaecer y por ello acepta el peligro, mientras
que el autor que actúa con dolo eventual acepta precisamente dicho
peligro, porque en la medida en que no puede conseguir un objetivo
de otra manera, también lo quiere conseguir mediante el método
indeseado”.
Como se puede apreciar a simple vista, ésta es la teoría, que
podría considerarse dominante, que después se reproduce en los
manuales de derecho penal para explicar, con ligeras diferencias, en
qué consistiría el dolo eventual: el autor se representa el resultado y se
conforma con su producción; y su distinción con la culpa consciente,
cuando el autor se representa el resultado y confía en su no
producción.
Ninguno de esos manuales, con los que fuimos formados
generaciones de abogados, tanto en Alemania como en Argentina,
explica de dónde surgía esa distinción y, en definitiva, de qué se
estaba hablando.
Lo primero que se advierte, cuando el intérprete tiene el
panorama completo, es que bajo el manto de una teoría de la voluntad
pretensamente pura se esconde una formulación completamente
diferente.
Si dolo es saber y querer, y resulta que también quiere quien no
quiere pero se conforma con ello, es poco lo que se puede obtener de
una construcción de esa naturaleza para explicar un concepto de la
complejidad que presenta el dolo eventual.
Si, además, la determinación acerca de cuáles son los extremos
para tener por válido que la confianza es suficiente para fundar la
responsabilidad por culpa no se asienta en lo que el autor piensa a
título individual sino en criterios objetivos, se advierte que nada queda
de la definición de dolo como saber y querer.
Para decirlo concretamente: querer en sentido jurídico y
confianza en términos objetivos no aclaran absolutamente nada. Son,
98 En una posición más extrema, se encuentra Gabriel Pérez Barberá,
quien en un trabajo de reciente data postula una nueva definición del dolo, en la
que éste resulta un juicio objetivo de reproche o un juicio de valor fundado en un
estándar general y referido a un hecho, no a un sujeto. En este juicio datos
psíquicos como el conocimiento o la voluntad son sólo indicios de la mayor o
menor capacidad de prever el apartamiento de la regla infringida a ponderar junto
con otros indicios, como pueden ser el peligro creado, sus características o, en
general, cualquier otra circunstancia constitutiva de la acción (cfr. RAGUÉS
VALLES, RAMÓN, en In Dret, De nuevo, el dolo eventual: un enfoque
revolucionario para un tema clásico, p. 6).
encima de ese límite corresponderá a la norma del delito imprudente;
no, aún, a la del delito doloso. Dicho en otros términos: “cuando hay
un peligro no remoto, hay una acción alcanzada por el tipo doloso y
por el imprudente, porque la prohibición que ya quiere alcanzar al
peligro lejano está refiriéndose también, a minori ad maius, a todo
peligro concreto, lo que significa que la prohibición que se halla
detrás del delito imprudente es la norma más amplia, y se refiere ya
también, a fortiori, al hecho doloso. Es decir, todo comportamiento
que llega a ser doloso traspasó el estadio de la imprudencia –y, por
tanto, pasó también por él–”99.
El margen de indeterminación propio de hasta dónde llega el
tipo objetivo del delito doloso es una tarea que queda sujeta a la
interpretación particular de los tipos penales correspondientes y es la
imputación objetiva la que definirá si la conducta está alcanzada por
la norma.
Es preciso aclarar, no obstante, que la utilización de una u otra
teoría no conduce siempre a la misma conclusión.
Para mostrarlo con un clásico ejemplo de manual:
Juan, un tirador inexperto que se encuentra en un safari con su
novia, advierte que ella, que se encuentra a 100 metros de distancia,
está por ser atacada de modo inminente por un puma. Apunta,
entonces, con su fusil y dispara con la esperanza de abatir al animal.
La bala impacta en el corazón de la mujer, que muere en el acto.
Las tres últimas teorías reseñadas arribarían, por caminos
diferentes, a afirmar la presencia de dolo (otro problema, posterior, es
si concurre un estado de necesidad justificante).
La teoría de la voluntad pura, empero, llegaría, aplicando la
fórmula de Frank, a la conclusión de que la imputación correcta lo es
a título de culpa, pues de haber estado seguro el autor de la
producción del resultado, se habría abstenido de actuar.
99 Sancinetti, Marcelo: op. cit., p. 205.
100 Ragués I Valles, Ramón: El dolo y su prueba en el proceso penal, José
María Bosch Editor, Barcelona, 1999, p. 358.
A raíz de esa persecución policial perdió la vida Echimborde,
quien fue alcanzado por uno de esos disparos en la cara anterior de su
hemitórax izquierdo, mientras estaba en la puerta de su domicilio
realizando reparaciones en su vehículo.
Esto ocurrió en un barrio lleno de casas, próximo a un
boulevard, en el que lógicamente podía haber –y las hubo– personas
circulando –nótese que el testigo Rodríguez, vecino de la víctima, dijo
que regresaba de comprar en un quiosco ubicado a una casa de por
medio de la de la víctima fatal, mientras que Bassani Suárez, también
vecino del damnificado, sostuvo que al momento del hecho se
encontraba sentado en un árbol en la esquina de su casa sobre la calle
Basualdo, cuando escuchó cuatro ó cinco disparos a diez o quince
metros de donde se encontraba sentado–.
Desde el punto de vista de la valoración social de las conductas,
en cuyo análisis deben confluir las características del autor (miembro
de las fuerzas de seguridad con doce años de experiencia), la
naturaleza propia de la acción (once disparos de arma de fuego) y el
contexto (efectuados en condiciones poco seguras, desde un
automóvil que se desplaza a alta velocidad + a plena luz del día + en
zona poblada), entiendo que nadie, dentro de nuestro ámbito social,
dudaría en atribuir el conocimiento del autor, toda vez que esa
conducta resulta especialmente apta para producir ese resultado con
respecto a cualquier tercero que circule por la zona.
Dicho con palabras de Ragués I Vallés: “las valoraciones
sociales consideran imposible que un sujeto imputable no haya
conocido, en su situación concreta, que estaba realizando una
conducta concretamente idónea para provocar un determinado
resultado...”101.
No puede pasarse por alto, por otra parte, que el riesgo creado
por Palermo tuvo lugar en un contexto en el que no se acreditó que el
perseguido abriera fuego contra el móvil policial, que tuviera un arma
101 Ragués I Valles, op. cit., P. 487.
102 Roxin, Claus; Derecho Penal, T. I; Civitas; Madrid; 1997; pp. 455/456.
103 Causa nº 42001/2014/TO1/CNC1, reg. nº 330/16, entre muchas otras.
el legislador, tal como se desprende de la exposición de motivos de la
ley que introdujo la agravante104.
Esto demuestra no sólo la compatibilidad de ambas
disposiciones, sino su aplicación imperativa.
En virtud de tales argumentos, cabe concluir que en el caso es
aplicable la disposición agravante del art. 41 bis, CP, al delito de
homicidio enrostrado.
4. Por otra parte, respecto a la pretensión de la querella de que
el caso se subsuma en la figura prevista en el art. 80 inc. 9, CP
observo que, en principio, de acuerdo con el minucioso análisis
efectuado por el colega Sarrabayrouse en torno a las condiciones que
habilitan a los miembros de las fuerzas de seguridad a utilizar sus
armas reglamentarias, nos encontramos ante un supuesto que
parecería adecuarse al presupuesto objetivo que requiere la norma
para su aplicación –esto es, que un integrante de las fuerzas de
seguridad mate a otro abusando de su función o cargo–.
De todos modos, concuerdo en que en este caso particular esta
crítica fue insuficientemente fundada por la querella, pues se limitó a
sostener de forma genérica que todo homicidio cometido por un
integrante de las fuerzas de seguridad ingresa automáticamente en la
figura agravada si no está amparado en una causa de justificación, sin
algún punto de apoyo que la sustente.
En estas condiciones, como el modo en que el agravio fue
presentado por la parte impide ingresar al fondo del asunto,
corresponde declarar su inadmisibilidad.
5. También coincido con el juez que me precede en el orden de
votación respecto a que en virtud del cambio de calificación propuesto
corresponde apartar al a quo para que, tras la realización de una
104 Cfr. Ley nº 25.297, sancionada el 9/8/2000 y publicada el 22/9/2000,
que incorporó como nuevo artículo el 41 bis, CP Su gestación puede ser
consultada en Antecedentes parlamentarios, La Ley 2001A, p. 164 y ss.
las partes–, se fije la nueva pena según la calificación establecida. Por
último, rechazó los restantes agravios deducidos por la parte
querellante. Sin costas.
Y, en tercer lugar, el juez Morin coincidió en hacer lugar
parcialmente a los recursos de las partes y, en consecuencia, casar el
punto I de la sentencia y así modificar la calificación legal allí fijada.
Sin embargo, a diferencia de su colega preopinante, sostuvo que debía
condenarse a Palermo por el delito de homicidio agravado por la
utilización de un arma de fuego (arts. 79 y 41 bis, CP). En virtud de
ello, propuso apartar al a quo y remitir el caso a la instancia para que
tras la celebración de una audiencia entre las partes, otro tribunal fije
la nueva pena según la calificación legal propuesta. Finalmente,
resolvió declarar inadmisible el agravio presentado por la parte
querellante en torno a la aplicación del art. 80 inc. 9; sin costas (arts.
456, incs. 1° y 2º, 470, 471, 530 y 531, CPPN).
La solución discernida por cada uno de los integrantes de la
Sala en función de sus respectivas posiciones en lo que atañe a la
subsunción jurídica, resultó disímil: el juez Días propuso mantener la
calificación legal impugnada –homicidio imprudente–; y los restantes
magistrados decidieron hacer lugar al agravio relativo a la existencia
de dolo por parte del imputado. Sin embargo, el juez Sarrabayrouse
consideró que la figura aplicable sería la de homicidio simple
mientras que el juez Morin se refirió a la de homicidio agravado por la
utilización de un arma de fuego.
En función de ello se procedió a deliberar respecto al modo de
resolver la discordancia.
El juez Horacio Días dijo:
No es nueva la discusión en torno a cuál es el procedimiento a
seguir en supuestos en los que, como aquí ocurre, el órgano
jurisdiccional colegiado no alcanza una mayoría de votos sobre uno o
más puntos a decidir. Convocar un cuarto juez, o proponer un sistema
ya han jugado sus cartas se les añade un decisor respecto del cual no
han tenido la posibilidad de ejercer el derecho a ser oído.
Dicho esto, y sentada ya mi preferencia de sistema de votación,
debo reconocer, que no se desprende de la legislación ritual vigente
una norma que de forma explícita señale que el sistema de votación
por cuestiones es el único que válidamente corresponde seguir en la
redacción de las providencias definitivas. De modo tal que para el rito,
tanto un esquema como el otro son válidos, más allá de cuál me
parezca mejor a mí.
En consecuencia, se sigue de esto que la única posibilidad de
establecer un orden de votación por cuestiones, es que exista inicial
acuerdo en la conveniencia de ello de los tres magistrado que
integran dicho cuerpo colegiado, ya que ante la ausencia de
previsión legal expresa en ese sentido, no es posible obligar a un juez
a seguir un procedimiento que la ley no ha previsto específicamente
con carácter imperativo. La argumentación del colega
Sarrabayrrouse de que eso se encuentra implícito en las reglas de la
deliberación resulta ser una inferencia, una hipótesis interpretativa,
que no sortea el dato objetivo de la ausencia de una previsión
específica por parte del legislador procesal”.
En ese contexto entonces sostuve, atento a la normativa relativa
al funcionamiento de esta Cámara, existe la posibilidad de convocar a
un cuarto juez frente a situaciones como la configurada en autos.
Asimismo, también he afirmado que las reglas existentes en
materia de deliberación y sentencia (cfr. el art. 398 CPPN en función
del último párrafo del art. 468, CPPN) y que resultan ser directamente
aplicables a este tribunal, no establecen de manera inequívoca y
expresa un sistema de votación por cuestiones vencidas.
Por estas razones, en los precedentes mencionados acompañé la
solución del juez Morin de convocar a un cuarto juez; lo cual
considero aplicable también para este caso.
los pedidos formulados por las partes –que en órganos colegiados
debe ser producto de la deliberación– y la exigencia de la Corte
Suprema en diversos precedentes acerca de la necesidad de que exista
una coincidencia sustancial de razones entre los jueces que sentencian
como integrantes de un tribunal colegiado, si bien destaqué que el alto
tribunal no aclaró qué alternativas quedan cuando no se alcanza esa
coincidencia (al respecto, véase lo resuelto por la Corte Suprema en el
caso “Cañete”, sentencia del 7 de diciembre de 2021). De allí que
señalé que, a mi entender, el método de las cuestiones vencidas
aparece como el más adecuado para resolver este tipo de situaciones,
más allá de que también se podrían analizar otras alternativas
mediante reglas de superintendencia para evitar paradojas como la que
105 Sentencia del 10.12.21, Sala II, jueces Morin, Días, Sarrabayrouse, Magariños y
Bruzzone, registro n° 1900/21.
106 Sentencia del 10.12.21, Sala II, jueces Morin, Días, Sarrabayrouse y Jantus, registro
n° 1902/21.
107 Sentencia del 14.5.18, Sala III, jueces Huarte Petite, Magariños, Jantus, Bruzzone y
Sarrabayrouse, registro n° 536/18.
108 Sentencia del 6.8.18, Sala II, jueces Morin, Niño y Sarrabayrouse, registro n°
913/18.
109 Sentencia del 19.11.19, Sala II, jueces Morin, Días, Sarrabayrouse y Jantus, registro
n° 1724/19.
se presentó en ese caso, en el que finalmente votaron cinco jueces de
la cámara.
Luego, en el caso “Retamar”110, agregué las siguientes
reflexiones.
a. De acuerdo con la regulación del recurso de casación
en que interviene esta cámara, el tribunal resuelve luego de una
audiencia, en la cual las partes debaten acerca del recurso; de allí que,
para las reglas de la deliberación y sentencia, el CPPN se remita a las
del juicio oral y público en lo que resulten aplicables (art. 468). Y es
por este motivo que el método para resolver los casos también en esta
instancia es el de las cuestiones. Al respecto, ya señalaba Jorge CLARIÁ
OLMEDO que la deliberación se integraba con dos operaciones: la
discusión y la votación de las diversas cuestiones. Pero una y otra
exigían un paso previo: primero, plantear cuáles eran las cuestiones a
resolver; y segundo, el orden de su decisión. “El problema de la
votación de las cuestiones como tarea integrante de la deliberación,
es asunto que la ley ha debido resolver con relación a los tribunales
colegiados, y en cierta medida no escapa a la preocupación
republicana de algunas constituciones provinciales. Comprende dos
aspectos: la determinación del orden para la emisión de votos; el
método de votación…La votación debe hacerse separadamente con
respecto a cada una de las cuestiones, a medida que vayan siendo
discutidas, y quedarán resueltas por mayoría de votos. No puede
darse paridad (empate). Si en una cuestión no se consigue
unanimidad, el vocal disidente queda vinculado a lo resuelto por la
mayoría en cuanto a la discusión y decisión de las cuestiones
siguientes. En consecuencia, deberá dar por cierto o exacto lo que la
mayoría opinó y decidió, sin tener en cuenta el sentido de sus votos
minoritarios anteriores ni los fundamentos que lo determinaron en
cada una de las votaciones ya agotadas. Esto justifica la necesidad de
110 Sentencia del 20.5.20, Sala II, jueces Sarrabayrouse, Morin, Días y Rimondi,
registro nº 976/20.
111 Cfr. autor citado, Tratado de Derecho procesal penal, t. VI, Rubinzal – Culzoni,
Buenos Aires, 2009, ps. 332 – 333.
“En efecto y frente a situaciones de excepción como la
que se verifica en el sub lite, dada la imposibilidad de convocar a
conjueces al no concurrir ningún supuesto – de recusación,
excusación, vacancia o licencia de alguno de los cinco miembros del
Tribunal que autorice dicha integración (decreto ley citado, art. 22),
esta Corte ha procedido bajo la modalidad indicada de resolver un
caso escindiendo cuestiones (Fallos: 322:1100 y 324:1411), pues no
hay otro modo de proceder legalmente contemplado que permita
superar la situación e atolladero institucional que se verificaría
cuando, como en el caso, participan del acuerdo los cinco miembros
que legalmente integran el Tribunal y la mayoría absoluta integrada
por los mismos jueces no concordare en la decisión de todas las
cuestiones que exigiere la solución del caso…”.
d. Si bien el procedimiento de las cuestiones vencidas en
algún caso extremo (por ejemplo, un juez que considera
inconstitucional una regla y su criterio queda en minoría) puede
generar algún conflicto con su misión institucional, resulta el más
adecuado para propender a una deliberación colectiva virtuosa (al
respecto me remití a la ponencia de Amalia AMAYA, Virtudes,
deliberación colectiva y razonamiento probatario, presentada en el “II
Congreso de la colección Filosofía y Derecho. Congreso Mundial
sobre Razonamiento Probatorio”, organizado por la Cátedra de
Cultura Jurídica de la Universidad de Girona, 6, 7 y 8 de junio de
2018, Girona, España; ver su publicación bajo el título Virtudes,
deliberación colectiva y razonamiento probatorio en el derecho, en
Jordi Ferrer Beltrán / Carmen Vázquez (eds), El razonamiento
probatorio en el proceso judicial. Un encuentro entre diferentes
tradiciones, Marcial Pons, Madrid, 2020, ps. 141 154).
112 Sentencia del 1.9.20, Sala III, jueces Huarte Petite, Jantus, Magariños y
Sarrabayrouse, registro n° 2634/20.
113 Sentencia del 23.9.20, Sala II, jueces Morin, Días, Sarrabayrouse, Jantus y
Magariños, registro n° 2768/20.
114 Sentencia del 3.11.20, Sala III, jueces Magariños, Huarte Petite, Jantus y
Sarrabayrouse, registro n° 3075/20.
115 Sentencia del 2.3.21, Sala III, jueces Magariños, Huarte Petite, Jantus,
Sarrabayrouse y Días, registro n° 241/21.
116 Sentencia del 18.8.21, Sala II, jueces Morin, Días, Sarrabayrouse y Bruzzone,
registro n° 1136/21.
117 Sentencia del 1.9.21, Sala II, jueces Días, Sarrabayrouse, Morin y Bruzzone, registro
n° 1226/21.
el derecho) –al que más arriba hice referencia– que, dicho en pocas
palabras, propone establecer qué virtudes deberían poseer los
individuos que deliberan genuinamente. Se trata de establecer qué
virtudes facilitan la deliberación colectiva, esto es, cuáles son
necesarias para que los colegios de jueces (o jurados) aumenten las
posibilidades de que sus decisiones sean correctas. Además, estas
virtudes tienen una función correctiva y tienen implicaciones con las
políticas públicas, y pueden agruparse según diversas perspectivas.
Desde el punto de vista epistemológico corresponde citar la apertura
de mente, la valentía y honestidad intelectual, y la imparcialidad;
entre las virtudes morales, el civismo (expresado a través del buen
trato), la amabilidad y el respeto mutuo, la cooperación y la
templanza; las virtudes argumentativas, esenciales para alcanzar una
sinergia positiva, en tanto ellas generan un ambiente cómodo que
facilita la deliberación, es decir, la discusión: permiten exponer con
comodidad las opiniones minoritarias, lo que implica escuchar al otro,
estar abierto a modificar la posición propia, y cuestionar lo obvio; y
finalmente, las comunicativas: la sinceridad, la receptividad y la
claridad.
Todas estas virtudes están implicadas entre sí y
fundamentan una concepción de la voluntad unitaria: la multitud sabe
más que los individuos.
En cuanto a las normas de la deliberación, dije que ellas
buscan alcanzar el consenso. Aquí las virtudes tienen el valor práctico
de saber gestionar el desacuerdo. Además, la deliberación tiene un
valor moral y político: son lugares donde se adoptan decisiones
apoyadas en razones.
El ejercicio de estas virtudes facilita el entorno, mediante
el respeto a la opinión minoritaria. También tienen una función
correctora: tratan de evitar las distorsiones deliberativas que conducen
a decisiones peores que las individuales. Los riesgos que busca
Por último, concluí que la convocatoria a un cuarto juez o
jueza tampoco resuelve los casos, porque no resulta posible alcanzar
una mayoría. Si se trata de un colegio de cuatro integrantes, el
número para arribar a esa mayoría es de tres y no de dos. Asimismo,
destaqué que este sistema de ampliar la integración del tribunal para
resolver los casos presenta el inconveniente adicional de que,
paradojalmente, puede conducir finalmente a que toda la cámara sea
llamada a resolver un asunto, cuando ese mecanismo no ha sido
previsto (sobre las distintas paradojas que genera el “método del
cuarto juez”, ver el voto del juez Rimondi en el caso “Retamar” ya
citado, al intervenir en esa calidad).
Por estas razones, debería convocarse a un plenario de
esta cámara para resolver el punto.
El juez Morin dijo:
1. La cuestión acerca de cómo resolver estas divergencias
ya fue examinada en los precedentes “Álvarez”118 y “Retamar”119,
entre otros.
Destaqué allí que también tuve oportunidad de expedirme
acerca de esta temática en un caso en el que dos jueces correccionales
habían trabado una cuestión de competencia negativa en la que ambos
deslindaban la realización de los trámites para la traba de un embargo,
en la causa n° 15462/2015/PL1/CNC1, reg. n° 742/16 de Sala de
Turno.
Allí dejé asentada mi opinión en los siguientes términos:
“1. Como vengo sosteniendo desde el precedente
registrado bajo el número S.T. 374/2015, esta Cámara no es el
órgano competente para dirimir cuestiones de competencia entre
juzgados correccionales, en ningún caso.
118 Sentencia del 19.11.19, Sala II, jueces Morin, Días, Sarrabayrouse y Jantus, registro
n° 1724/19.
119 Sentencia del 20.5.20, Sala II, jueces Sarrabayrouse, Morin, Días y Rimondi,
registro nº 976/20.
previsto. Podría haber distinguido, por caso, entre etapas procesales
y no por materias para asignar el órgano superior competente en la
especie.
Pero ninguna distinción fue hecha y no corresponde
distinguir donde la ley no distingue. En este sentido, cabe recordar
que constituye doctrina inveterada de la CSJN la pauta de
interpretación ubi lex non distinguit non distinguere debemus, según
la cual cabe entender que donde la ley no distingue tampoco debe
hacerlo el juez, regla hermenéutica, esta, que ha sido recientemente
reiterada por el máximo tribunal en autos L. 103.XLVIII, ´La Riojana
´, CSJN, fallo del 30 de septiembre de 2014.
Por lo demás, es preciso atender a insoslayables
cuestiones de índole práctica que se presentan en la coyuntura, que
hacen irracional abarcar una competencia que, como expliqué antes,
no corresponde a este órgano jurisdiccional por ley.
Reiteradamente vengo advirtiendo acerca de que los
recursos humanos asignados a esta Cámara resultan insuficientes
para atender los asuntos cuya competencia sí le fue conferida por la
ley; lo que hace más incomprensible la decisión de sustraer este tipo
de asuntos a la Cámara de Apelaciones del fuero, la que duplica en
este momento la dotación de letrados con los que cuenta la Cámara
de Casación, pero cuya competencia se limita a la resolución de
autos interlocutorios.
No puedo dejar de señalar, en este sentido, que la
escasez del personal asignado a esta Cámara ha sido expresamente
reconocida por el legislador al sancionar el art. 37 de la ley 27.150,
titulado ´Creación de cargos para la Cámara Nacional de Casación
Penal´ y su Anexo II, en el que consta los cargos concretos a los que
se refiere la norma, el que expresamente fue excluido del decreto
257/2015 que suspendió la entrada en vigencia del CPPN sancionado
por ley 27.063.
de ser superada por la mayoría ocasional que conforma la Sala de
Turno de esta Cámara, tal como ha ocurrido en todos los casos en los
que me ha tocado intervenir.
Ello así, pues si bien mis colegas han coincidido a la
hora de deliberar en que es esta Cámara la que debe resolver la
cuestión planteada, han diferido acerca de cuál es el juez
correccional que debe hacerse cargo de la intimación o traba del
embargo.
Las soluciones posibles son dos: se convoca a un cuarto
juez o se utiliza el procedimiento de cuestiones vencidas.
La utilización de la primera de las variantes lleva
consigo la capacidad de hacer aún más visible el descalabro que
genera la interpretación que no comparto.
Habría cuatro jueces de una Cámara de Casación
analizando cual es el juez correccional competente para actuar en
relación a una cuestión tangencial del proceso mientras se acumulan
causas en las que hay que resolver sentencias definitivas, muchas de
ellas con personas detenidas.
La segunda opción también presenta dificultades.
Es conocido el caso de manual en el que, de aplicarse el
sistema de cuestiones vencidas, una persona podría resultar
condenada a pesar de que todos los jueces que deben resolver el caso
entiendan, por diversas razones, que correspondía su absolución.
Ejemplo: sólo el juez A entiende que el hecho no está
probado; por cuestión vencida se pasa a analizar la tipicidad; pero,
en esa etapa del análisis, sólo el juez B entiende que la conducta no
se adecua a un tipo penal; ya en el plano de la antijuridicidad, sólo el
juez C considera que concurre una causa de justificación; y, arribado
el estudio a la culpabilidad, sólo el juez A entiende de aplicación una
causa de inculpabilidad. Resultado: los tres jueces terminan
argumentando sobre la determinación de la pena y el acusado
termina condenado.
120 Cfr. causa “Medina, Alejandro Sebastián y Menacho González, Giselle Evelyn
s/recurso de casación” (nº 500000844/2009/TO1, rta. el 6/8/18, reg. nº 913/18).
121 Cfr. causa “Ruiz, Miguel s/recurso de casación” (nº 34634/2014/TO1, reg. nº
534/18, rta. El 26/02/18; Reg. n° 535/2018, rta. 13/03/18 y Reg. n° 536/2018, rta. 14/05/18).
Básicamente lo que allí se sostiene es que: a) el art. 398
del CPPN establece que a la hora de deliberar el tribunal colegiado
debe resolver por cuestiones y que respecto de cada una de ellas se
decide por mayoría, haciéndose mención de las disidencias
producidas; b) el ejemplo al que hice referencia en mi voto en la Sala
de Turno, esto es, que la persona que debería resultar absuelta termina
condenada, no proviene de “un déficit del sistema de votación por
cuestiones, sino de la forma en que ellas se plantean”. Y en este
sentido, con cita de Maier, propone que lo que no se debe hacer es
votar “según los fundamentos sino sobre los resultados”.
Al respecto, cabe señalar que no existe regla alguna del
Código Procesal Penal que disponga que se debe votar por cuestiones
vencidas, que ello tampoco se desprende de la letra del art. 398 citado
y que, si ésta existiera, difícilmente resultaría compatible con la
norma constitucional que refiere a la independencia e imparcialidad
de los jueces.
En segundo término, no desconozco la tesis expuesta por
Maier ya en su lejana obra La Ordenanza Procesal Alemana en la que
sugería que la forma de decidir era mediante “…la votación única de
la cuestión de cargo…”122, lo que luego se trasladó al art. 321 de su
Proyecto de Código Procesal Penal de la Nación de 1986.
El procedimiento de votación única de la cuestión de
cargo lo que resuelve es el problema de la condena respecto de aquel
imputado al que todos los jueces, por distintas razones, consideran
inocente.
Esa propuesta, empero, lo que produce es el
desplazamiento del problema por uno de igual entidad: si los jueces
llegan a la misma conclusión final, pero por razones diversas, el
resultado será una sentencia que carece de unidad de fundamentos y,
por lo tanto, nula.
122 Maier, Julio; La Ordenanza Procesal Penal Alemana; Depalma, Buenos Aires,
1982, p. 229.
5. Fuera de los excepcionales casos en los que el juzgador
no ve afectada su independencia de criterio o entiende que en el
conflicto de intereses prevalece el poner rápido fin al proceso, la única
solución plausible es acudir a la normativa de rango legal que tiende a
incorporar a más jueces a la decisión.
Al respecto, si bien el juez Sarrabayrouse trajo a colación
el precedente “Establecimiento Las Marías” de la Corte Suprema de
Justicia de la Nación, entiendo que ese precedente no resulta aplicable
al caso por cuanto los supuestos en los que el máximo tribunal debe
acudir a conjueces (art. 22 del Decreto Ley n° 1285/58) difieren de los
procedentes para esta instancia casatoria.
En efecto, el art. 26 del Decreto Ley n° 1285/58 reza
“Las decisiones de las cámaras nacionales de apelaciones o de sus
salas se adoptarán por el voto de la mayoría absoluta de los Jueces
que las integran, siempre que éstos concordaran en la solución del
caso.
Si hubiere desacuerdo, se requerirán los votos
necesarios para obtener mayoría de opiniones. Si se tratara de
sentencias definitivas de unas u otras en procesos ordinarios, se
dictaran por deliberación y voto de los jueces que las suscriben,
previo sorteo de estudio. En las demás causas las sentencias podrán
ser redactadas en forma unipersonal”.
Por su lado, los arts. 109 y 110 del Reglamento para la
Justicia Nacional disponen: “Constitución para el fallo de las causas
109. — En todas las decisiones de las cámaras nacionales de
apelaciones o de sus salas intervendrá la totalidad de los jueces que
las integran. Sin embargo, en caso de vacancia, ausencia u otro
impedimento, del que debe haber en todos los casos constancia
formal en los autos, la decisión podrá ser dictada por el voto de los
restantes, siempre que constituyan la mayoría absoluta de los
miembros de la Cámara o Sala y que concordarán en la solución del
Para ilustrar su razonamiento, los jueces del juicio destacaron la
distinta posición en la que se encontraban el damnificado y el
individuo a quien el imputado perseguía, y señalaron que la conducta
del acusado podría haber sido calificada jurídicamente como tentativa
de homicidio doloso respecto del segundo –quien, claro está, sí se
encontraba en su rango de visión–; sin embargo, consideraron que no
era posible ingresar a ese análisis debido a la falta de una imputación
que lo habilitara.
La querella, al criticar ese aspecto de la decisión en su recurso
de casación, argumenta que las circunstancias del caso, al contrario de
lo afirmado por el tribunal oral, obligaban a concluir que el imputado
se representó como posible la muerte del damnificado. Para esto, de
manera poco clara, luego de señalar que los jueces no tuvieron
debidamente en cuenta que el acusado exhibió con su comportamiento
un “desprecio total por la vida humana”, y que su accionar fue
“disvalioso incomprensible, innecesario, temerario y homicida”, el
recurrente sostiene que, debido a las circunstancias en que el autor
ejecutó su conducta, a las que expresamente se refirió como “disparar
en un barrio poblado a las dos de la tarde en un día de semana […]
en línea recta a la altura de una persona”, y en función de su
condición de agente policial, la conclusión ineludible era que se
representó que “el resultado sería la posible muerte de una persona”.
Por su parte, el representante del Ministerio Público Fiscal
también cuestiona la conclusión del tribunal oral relativa a que el
imputado no se representó como posible la muerte de la víctima. Para
esto, de forma similar a la parte querellante, el impugnante sostiene
que la conclusión expuesta en la sentencia es insostenible si se realiza
una valoración adecuada de las circunstancias concretas en las que el
acusado ejecutó su conducta, y afirma que “haber efectuado once
disparos a bordo de un automotor en medio de una persecución a alta
velocidad en medio de movimientos bruscos, mientras transitaba una
exterioriza en el mundo como quebrantamiento de una norma le puede
ser imputado como su obra, o si, por alguna razón, puede ser
distanciado total o parcialmente de él. Por consiguiente, el dolo debe
ser concebido como una relación de imputación del comportamiento
externamente perturbador a su autor; de ese modo se limita el disvalor
del ilícito a las características del suceso exterior contrario a la norma,
y se respeta así el principio del hecho.
En síntesis, el criterio que debe guiar el análisis de cada caso
puede sintetizarse del siguiente modo: el dolo comprende únicamente
el conocimiento de la realización del tipo objetivo y,
consecuentemente, sólo se excluirá en aquellos supuestos en los
cuales se constate la concurrencia de un error de tipo, debido a que
nadie puede distanciarse volitivamente de aquellas consecuencias que
sabe que su comportamiento habrá de ocasionar.
En el caso del tipo penal de homicidio, cuando el autor se
enfrenta a la decisión de llevar a cabo un determinado
comportamiento y conoce que, como consecuencia de su acción, no
aparece improbable que una persona resulte muerta, actúa con el dolo
que esa figura requiere, sin importar si la consecuencia prevista le
resulta grata, deseable, indiferente o desagradable, pues la norma que
subyace al tipo del artículo 79 del Código Penal exige que el autor
omita todo comportamiento prohibido a partir del cual él conozca que
puede derivarse la muerte de otro.
IV
Pues bien, los términos en que se encuentra planteada la
cuestión reclaman determinar si los recurrentes han logrado
demostrar, mediante una fundamentación adecuada y suficiente, que
el a quo, al efectuar la subsunción típica de la plataforma fáctica que
se tuvo por acreditada en la sentencia, debió concluir que el imputado
obró con conocimiento de la realización de los elementos contenidos
en la figura contemplada en el artículo 79 del Código Penal y, en
tarea hermenéutica ineludible para la aplicación de la ley que resuelve
el caso.
De cualquier modo, cabe señalar, a modo de obiter dictum, la
dificultad de entender, aún con una mirada normativista, que las
circunstancias históricas definidas en el caso permitan enmarcarlo
razonablemente dentro de la constelación de supuestos considerados
bajo aquellas categorías, pues el desconocimiento del autor,
constatado en la sentencia, no aparece pasible de ser caracterizado
como una ignorancia “dirigida” o “deliberada”, sino como un
supuesto de ignorancia “no dirigida” o “difusa” (cfr., por todos,
Jakobs, Günther, “Sobre el tratamiento de los defectos volitivos y de
los defectos cognitivos”, trad. de Carlos Suárez J. González, en
Estudios de Derecho Penal, Civitas, Madrid, 1997, p. 138).
Además, bajo aquel concepto normativo y no exclusivamente
psicológico de dolo (y de error), no se trata tampoco de una
“adscripción” de conocimiento ausente en la cabeza de autor, sino
que, por el contrario, tal como ha explicado Jakobs, frente a quienes
consideran que “el dolo no es un hecho psíquico, sino una
adscripción”, corresponde recordar que “esta adscripción se produce
como consecuencia de «circunstancias externas», «de hechos
objetivamente constatables» y de ahí que presente una vinculación
naturalista” (Jakobs, “Sobre el tratamiento de los defectos volitivos y
de los defectos cognitivos”, cit., p. 139, nota nº 18).
En función de todo lo expuesto, corresponde declarar
inadmisibles los agravios introducidos con relación a este punto, y
confirmar la decisión del tribunal oral de calificar jurídicamente el
hecho probado como homicidio imprudente (artículo 444, segundo
párrafo, del Código Procesal Penal de la Nación).
–VI–
Por otro lado, la parte querellante solicita que la plataforma
fáctica acreditada, además de ser calificada jurídicamente como
reconoció su intervención en el hecho y manifestó estar preocupado
por la situación que atraviesa la familia de la víctima.
Al criticar esa fundamentación, la fiscalía sostiene que el monto
de pena de prisión debió superar los tres años y que, por ese motivo,
la modalidad de la sanción debió ser de efectivo cumplimiento. Para
esto, el recurrente argumenta, por un lado, que aquellas circunstancias
que el tribunal oral tuvo en cuenta como agravantes no reflejaron un
impacto adecuado en el monto punitivo individualizado en la
sentencia y, por el otro, que los magistrados omitieron valorar como
agravantes dos circunstancias relevantes, a saber: el riesgo que la
conducta del imputado generó para la vida de otras personas y para
otros bienes materiales, y el daño que la muerte del damnificado
causó en su esposa, hijos, padres y hermanos.
Asiste razón al impugnante al sostener que el tribunal oral no ha
considerado de modo plausible las pautas normativas de
individualización de la pena aplicables al caso.
Ello es así pues, como puede apreciarse, y bien lo destaca el
representante del Ministerio Público Fiscal, los magistrados de la
instancia anterior omitieron sin fundamento alguno realizar cualquier
tipo de consideración acerca de la incidencia que tenía en el asunto el
daño causado a los familiares de la víctima y, particularmente, el
peligro que el comportamiento delictivo generó para otras personas; a
pesar de que ambas circunstancias, de forma evidente, constituían
pautas de individualización punitiva relevantes al momento de
considerar “la extensión del daño y del peligro causados”, a las cuales
expresamente alude el artículo 41, inciso 1º, del Código Penal.
Por esa razón, corresponde concluir que este tramo de la
decisión recurrida no se atiene a las pautas de fundamentación
exigibles a toda decisión jurisdiccional, lo cual impone su
descalificación como acto jurisdiccional válido y su declaración de su
nulidad (artículo 471 del Código Procesal Penal de la Nación).
que difiere, de manera esencial, del que había planeado, en el que si
dicho resultado (diferente) no ha sido incorporado a la voluntad
realizadora del sujeto activo, sólo puede ser atribuido a su
imprudencia.
Sin embargo, en función de las aristas fácticas reseñadas, creo
que ha de ser diferenciado cuidadosamente de los ejemplos que
suelen emplearse al estudiar el tema del tirador que dispara contra
una persona (u objeto) y acierta sobre otra que está junto a la primera,
en los que la apreciación de que tal resultado obedeció a una
actuación dolosa puede revestir claro está, según las singularidades
del caso mayor solidez, mientras que, como quedó dicho, aquí se
alcanzó a alguien que se hallaba alejado del blanco seleccionado y
fuera de la vista del sujeto activo.
Adviértase que, según el autor antes citado, la imputación a
título de culpa del resultado efectivamente provocado sería factible
incluso en ciertos supuestos de mayor proximidad: “El error en el
golpe o aberratio ictus, conforme a este criterio de concreción del
dolo atendiendo al plan concreto, debe resolverse así: si el sujeto
quería alcanzar cualquier objeto de un conjunto o género y lo
alcanzó, el error es inesencial; si solo quería alcanzar un objeto
determinado y no lo alcanzó, será esencial. Si alguien dispara contra
una multitud, no hay error o es inesencial si alcanza a lesionar a
alguien. Si lo hace contra una persona que se halla junto a otra y el
disparo lesiona a la otra persona, el error será esencial y se
resolverá como tentativa de homicidio (o de lesiones, según el caso)
respecto de la persona a la que no alcanzó, en concurso ideal con
lesiones por negligencia respecto de la que efectivamente fue
lesionada” (íd., pág. 152).
A conclusiones similares parecen conducir las enseñanzas de
Roxin: “Quien incluye en sus cálculos la realización de un tipo
reconocida por él como posible, sin que la misma le disuada de su
plan, se ha decidido conscientemente —aunque sólo sea para el caso
sospechoso, tanto la distancia que lo separaba de la víctima como la
circunstancia de que ésta estuviera fuera de su vista, impiden afirmar
con la certeza que sería necesaria en esta etapa para acceder al
reclamo de los recurrentes que la muerte efectivamente provocada
quedó abarcada por su voluntad realizadora.
En síntesis, en relación con este punto me inclino por rechazar
los recursos de la fiscalía y la querella y confirmar la condena dictada
contra Palermo en orden al delito de homicidio culposo.
4. Como podrá apreciarse, las diferentes soluciones que se han
barajado no dependen del criterio teórico que sigue cada uno de los
jueces en relación con el contenido del dolo, ya que aún bajo
diferentes enfoques estoy coincidiendo aquí con los jueces Días y
Magariños en torno a que los agravios expresados no bastan para
afirmarlo en este caso, mientras que, por su parte, los jueces
Sarrabayrouse y Morin también con matices entre sí han entendido
lo contrario.
Por lo demás, cierto es que, como surgió durante la
deliberación, la imputación debería haber comprendido, además del
resultado que efectivamente se produjo, el tratamiento del otro
aspecto con posible relevancia penal que ofrecía el hecho, vinculado
con la realización intencional de varios disparos contra el sospechoso
que fugaba de la policía. Sin embargo, en este punto considero que los
límites que la ley procesal impone al conocimiento de esta alzada
impiden abordar dicha cuestión (CPPN, art. 445).
5. Habiendo quedado descartada la pretensión principal de los
recurrentes, de que el hecho atribuido en la condena sea encuadrado
como un homicidio doloso, nada corresponde decir en torno a las
distintas agravantes invocadas (arts. 41 bis y 80, inc. 9°, del Código
Penal), cuya aplicación no procede en relación con la figura
imprudente (íd., art. 84).
Ante mí:
Joaquín Marcet
Prosecretario de Cámara