0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas536 páginas

Homenaje a futuros lectores en Rose Gate

Este documento es la introducción de una novela que contiene 75 capítulos. La autora agradece a varias personas e instituciones que la ayudaron con el proyecto del libro. También agradece a ilustradores, editores, grupos de lectura y lectores que la han apoyado. El libro está dedicado a su hija e incluye personajes basados en su familia y vecinos reales.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas536 páginas

Homenaje a futuros lectores en Rose Gate

Este documento es la introducción de una novela que contiene 75 capítulos. La autora agradece a varias personas e instituciones que la ayudaron con el proyecto del libro. También agradece a ilustradores, editores, grupos de lectura y lectores que la han apoyado. El libro está dedicado a su hija e incluye personajes basados en su familia y vecinos reales.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ROSE GATE

©Octubre 2021
Todos los derechos reservados, incluidos los de
reproducción total o parcial. No se permite la reproducción
total o parcial d este libro, ni su incorporación a un sistema
informático, ni su transmisión, copiado o almacenado,
utilizando cualquier medio o forma, incluyendo gráfico,
electrónico o mecánico, sin la autorización expresa y por
escrito de la autora, excepto en el caso de pequeñas citas
utilizadas en artículos y comentarios escritos acerca del libro.
Esta es una obra de ficción. Nombres, situaciones, lugares
y caracteres son producto de la imaginación de la autora, o son
utilizadas ficticiamente. Cualquier similitud con personas,
establecimientos comerciales, hechos o situaciones es pura
coincidencia.
Diseño de cubierta: Kramer H.
Ilustración: Ana Escoriza Abellán
Corrección: Noni García
Índice
Agradecimientos
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
La Autora
Agradecimientos

Cuando una de mis lectoras me dijo que su hija quería


poder leer un libro mío porque quería reírse como su madre,
supe que debía llevar este proyecto adelante.
Este es mi pequeño homenaje a esos futuros lectores, entre
ellos, mi hija, a quién he hecho protagonista de esta historia
aunque en ella se llame Elle Silva, en lugar de Nicole Dos
Santos.
Mi hijo aparece de secundario, al igual que mi marido, o
mis nuevos vecinos. Aquí tenéis un pedacito de mi propia
historia, mezclada con la cultura popular del lugar al que nos
hemos mudado, un sitio tan mágico y maravilloso que ya se ha
ganado un pedazo de nuestros corazones.
Además he contado con la ayuda inestimable del
Ayuntamiento de Las Gabias, sobre todo Maribel Quesada,
quien se involucró desde el primer momento facilitándome la
documentación necesaria. Y por supuesto, Javier Bravo, el
concejal de cultura, que tantas ganas tiene de hacer proyectos
enriquecedores para este pueblo y llevar la cultura a los más
jóvenes. Ha sido un placer.
En este libro he contado con la inigualable Ana Escoriza,
quien se ha encargado de los dibujos que acompañan este
libro, una pequeña-gran ilustradora que ha compartido
conmigo este proyecto desde los inicios.
A mi manada, mi equipo Gate, quienes me acompañan en
cada aventura por muy loca que parezca: Nani, Esme, Vane,
Irene, Sonia, Marisa, Noni, Gema y Kramer H. Todos y cada
uno de vosotros formais parte de esta historia y de cada locura
que sale de mi cabeza. Sois mi mayor apoyo además de mi
familia y esto sería imposible sin vuestros sabios consejos.
A mi queridísima Tania Espelt, al frente de las LC de
Telegram, que tan buenos momentos nos regalan a todas.
Sabes que te super adoro y que me tienes aquí para lo que
quieras.
A @surfeandoentrelibros, con unas charlas que me
arrancan miles de sonrisas todos los días, nunca cambies
Christian.
A mis inigualables: Noe Frutos, Rocío Pérez, Eva Duarte,
Lola Pascual, Mada, Eva Suarez, Bronte Rochester, Piedi
Lectora, Elysbooks, Patri (@la_biblioteca_de_Pat), Maca
(@macaoremor), Saray (@everlasting_reader), Vero
(@vdevero), Akara Wind, Helen Rytkönen,
@Merypoppins750, Lionela23, lisette, Marta
(@martamadizz), Montse Muñoz, Olivia Pantoja, Rafi
Lechuga, Teresa (@tetebooks), Yolanda Pedraza, Ana Gil
(@somoslibros), Merce1890, Beatriz Ballesteros. Silvia
Mateos, Arancha Eseverri, Paulina Morant, Mireia Roldán,
Maite López, Analí Sangar, Garbiñe Valera, Silvia Mateos,
Ana Planas, Celeste Rubio, Tamara Caballero, Toñi, Tamara.
A todos los grupos de Facebook que me permiten publicitar
mis libros, que ceden sus espacios desinteresadamente para
que los indies tengamos un lugar donde spamear. Muchas
gracias.
A las bookstagramers que leéis mis libros y no dudáis en
reseñarlos para darles visibilidad.
A todos aquellos lectores que siempre dejáis vuestro
nombre bajo el post de Facebook o Instagram:
Lucía Soto, Zaraida Méndez, Laura (mowobooks), Mónica
(elrincondeleyna), eli.p.r, Lucía Moreno, Isabel García, María
Marques, Cati Domenech, @booksbyclau, Nieves Nuria,
@sara_cazadoradelibros, Maria Amparo Lorente Navarro,
Sandra Ruiz, Evelyn Lima, Ana, y cruzando los dedos,
Manuela Molina, Inma Bretones, Lory G, @leerconverynia,
Meghan Salvador Ibáñez, Mina,
Pilisanchezurena.
[Link], Kevin Fuertes, Josep Fibla,
María Victoria Lucena Peña, Gloria Cano, Nieves Muñoz,
María Rubio, Gemma Pastor, @luciaanddogs, Mireia
tintaypluma, Ana Moreno, Desi, Flori, 6lanca, Athene_mc,
Tere Lafuente, Marijopove, Ana Paula Sahagun, Toñy Gómez,
Isabel Guineton, Jennifer Escarez, Teresini, marianitacolon,
Laura @7days7books, Gema Guerrero, Beatriz Maldonado
Perona, Lucía Ruiz, Vanesa Rodríguez, Mariana Colón,
Sylvia, Cris Bea López, Ana M.M., Beatriz Sánchez, Diana
García, Yaizza Jiménez, Edurne Ruiz, Nira (lecturasdenira),
Laura071180, Betsabe, Mery (elrinconcitode_mery),
belloisamary04, Liletty, Menchu, Fimedinai, Sonia p. Rivero,
Isabel Guardia, Cecilia, @irenita19mm, @[Link],
@angela_fp16 Anuska, Valeria, Luz, Alicia Barrios, Mónica
Rodrigues, Martina Figueroa, Nurha Samhan, Stephanie Lara,
Sandra Rodriguez, Luz Anayansi Muñoz. Reme Moreno,
Kathy Pantoja y al Aquelarre de Rose: Jessica Adilene
Rodríguez, Beatriz Gómez Prieto, Gabi Morabito, Cristy
Lozano, Morrigan Aisha, Melissa Arias, Vero López. Eva P.
Valencia, Jessica Adilene Rodríguez, Gabi Morabito, Cristy
Lozano, Morrigan Aisha, Melissa Arias, Vero López, Ainy
Alonso, Ana Torres, Alejandra Vargas Reyes, Beatriz Sánchez,
Alexandra Rueda, Almudena Valera, Cristina Tapia, May Fg,
Andrea Bernardino Muñoz, Flori Gil, Lucia Pastor, Ana María
Pereira Glez, Amelia Sánchez, Amelia Segura, Ana Cecilia
Gutierrez, stylo barrio, Elena Perez, Ana de la Cruz, Ana
Farfan Tejero, Kayla Rasquera Ruiz, Dolors ArtauAna FL y su
página Palabra de pantera, Ana García, Ana Gracía Jiménez,
Ana Guerra, Ana Laura Villalba, Ana María Manzanera, Ana
Maria Padilla, Ana Moraño, Ana Planas, Ana Vanesa María,
Anabel Raya, Ángela Martínez, Ale Osuna, Alicia Barrios,
Amparo Godoy, Amparo Pastor, Ana Cecilia, Ana Cecy, Ana
de la Cruz Peña, Ana Maria Aranda, Ana María Botezatu, Ana
Maria Catalán, Ana María Manzanera, Ana Plana, Anabel
Jiménez, Andy García, Ángela Ruminot, Angustias Martin,
Arancha Álvarez, Arancha Chaparro, Arancha Eseverri,
Ascensión Sánchez, Ángeles Merino Olías, Daniela Mariana
Lungu, Angustias Martin, Asun Ganga, Aurora Reglero,
Beatriz Carceller, Beatriz Maldonado, Beatriz Ortiz, Beatriz
Sierra Ponce, Bertha Alicia Fonseca, Beatriz Sierra, Begoña
Llorens, Berenice Sánchez, Bethany Rose, Brenda González,
Carmen Framil, Carmen Lorente, Carmen Rojas, Carmen
Sánchez, Carola Rivera, Catherine Johanna Uscátegui, Cielo
Blanco, Clara Hernández, Claudia Sánchez, Cristina Martin,
Crusi Sánchez Méndez, Chari Guerrero, Charo Valero,
Carmen Alemany, Carmen Framil, Carmen Pérez, Carmen
Pintos, Carmen Sánchez, Catherinne Johana Uscátegui,
Claudia Cecilia Pedraza, Claudia Meza, Consuelo Ortiz, Crazy
Raider, Cristi PB, Cristina Diez, Chari Horno, Chari Horno
Hens, Chari Llamas, Chon Tornero, D. Marulanda, Daniela
Ibarra, Daniela Mariana Lungu Moagher, Daikis Ramírez,
Dayana Lupu, Deborah Reyes, Delia Arzola, Elena Escobar,
Eli Lidiniz, Elisenda Fuentes, Emirsha Waleska Santillana,
Erika Villegas, Estefanía Soto, Elena Belmonte, Eli Mendoza,
Elisabeth Rodríguez, Eluanny García, Emi Herrera, Enri
Verdú, Estefanía Cr, Estela Rojas, Esther Barreiro, Esther
García, Eva Acosta, Eva Lozano, Eva Montoya, Eva Suarez
Sillero, Fati Reimundez, Fina Vidal, Flor Salazar, Fabiola
Melissa, Flor Buen Aroma, Flor Salazar, Fontcalda Alcoverro,
Gabriela Andrea Solis, Gemma Maria Párraga, Gael Obrayan,
Garbiñe Valera, Gema María Parraga , Gemma Arco, Giséle
Gillanes, Gloria Garvizo, Herenia Lorente Valverde, Inma
Ferreres, Inma Valmaña, Irene Bueno, Irene Ga Go, Isabel
Lee, Isabel Martin Urrea, Itziar Martínez , Inés Costas, Isabel
Lee, Itziar Martínez López, Jenny López, Juana Sánchez
Martínez, Jarroa Torres, Josefina Mayol Salas, Juana Sánchez,
Juana Sánchez Martínez, Juani Egea, Juani Martínez Moreno,
Karito López, Karla CA, Karen Ardila, Kris Martin, Karmen
Campello, Kika DZ, Laura Ortiz Ramos, Linda Méndez, Lola
Aranzueque, Lola Bach, Lola Luque, Lorena de la Fuente,
Lourdes Gómez, Luce Wd Teller, Luci Carrillo, Lucre
Espinoza, Lupe Berzosa, Luz Marina Miguel, Las Cukis, Lau
Ureña, Laura Albarracin, Laura Mendoza, Leyre Picaza, Lidia
Tort, Liliana Freitas, Lola Aranzueque, Lola Guerra, Lola
Gurrea, Lola Muñoz, Lorena Losón, Lorena Velasco, Magda
Santaella, Maggie Chávez, Mai Del Valle, Maite Sánchez, Mar
Pérez, Mari Angeles Montes, María Ángeles Muñoz, María
Dolores Garcia, M Constancia Hinojosa, Maite Bernabé,
Maite Sánchez, Maite Sánchez Moreno, Manuela Guimerá
Pastor, Mar A B Marcela Martínez, Mari Ángeles Montes,
Mari Carmen Agüera, Mari Carmen Lozano, María Camús,
María Carmen Reyes, María Cristina Conde Gómez, María
Cruz Muñoz, María del Mar Cortina, María Elena Justo
Murillo, María Fátima González, María García , María Giraldo
, María González , María González Obregón, Maria José
Estreder , María José Felix Solis , Maria José Gómez Oliva ,
María Victoria Alcobendas , Mariló Bermúdez , Marilo Jurad,
Marimar Pintor, Marisol Calva , Marisol Zaragoza, Marta Cb,
Marta Hernández, Martha Cecilia Mazuera, Maru Rasia, Mary
Andrés, Mary Paz Garrido, Mary Pérez, Mary Rossenia
Arguello Flete, Mary RZ, Massiel Caraballo, May Del Valle,
Mencía Yano, Mercedes Angulo, Mercedes Castilla, Mercedes
Liébana, Milagros Rodríguez, Mireia Loarte Roldán, Miryam
Hurtado, Mº Carmen Fernández Muñiz, Mónica Fernández de
Cañete , Montse Carballar, Mónica Martínez, Montse Elsel,
Montserrat Palomares, Myrna de Jesús, María Eugenia Nuñez,
María Jesús Palma, María Lujan Machado, María Pérez, María
Valencia, Mariangela Padrón, Maribel Diaz, Maribel Martínez
Alcázar, Marilu Mateos, Marisol Barbosa, Marta Gómez,
Mercedes Toledo, Moni Pérez, Monika González, Monika
Tort, Nadine Arzola, Nieves López, Noelia Frutos, Noelia
Gonzalez, Núria Quintanilla, Nuria Relaño, Nat Gm, Nayfel
Quesada, Nelly, Nicole Briones, Nines Rodríguez, Ñequis
Carmen García, Oihane Mas, Opic Feliz, Oana Simona,
Pamela Zurita, Paola Muñoz, Paqui Gómez Cárdenas, Paqui
López Nuñez, Paulina Morant, Pepi Delgado, Peta Zetas, Pilar
Boria, Pilar Sanabria, Pili Doria, Paqui Gómez, Paqui Torres,
Prados Blazquez, Rachel Bere, Raquel Morante, Rebeca
Aymerich, Rebeca Gutiérrez, Rocío Martínez, Rosa Freites,
Ruth Godos, Rebeca Catalá, Rocío Ortiz, Rocío Pérez Rojo ,
Rocío Pzms, Rosa Arias Nuñez , Rosario Esther Torcuato,
Rosi Molina, Rouse Mary Eslo, Roxana-Andreea Stegeran,
Salud Lpz, Sandra Arévalo, Sara Lozano, Sara Sánchez, Sara
Sánchez Irala, Sonia Gallardo, Sylvia Ocaña, Sabrina Edo,
Sandra Solano, Sara Sánchez, Sheila Majlin, Sheila Palomo,
Shirley Solano, Silvia Loureiro, Silvia Gallardo, Sonia Cullen,
Sonia Huanca, Sonia Rodríguez, Sony González, Susan
Marilyn Pérez, Tamara Rivera, Toñi Gonce , Tania Castro
Allo, Tania Iglesias, Toñi Jiménez Ruiz, Verónica Cuadrado,
Valle Torres Julia, Vanesa Campos, Vanessa Barbeito, Vanessa
Díaz , Vilma Damgelo, Virginia Lara, Virginia Medina,
Wilkeylis Ruiz, Yojanni Doroteo, Yvonne Mendoza, Yassnalí
Peña, Yiny Charry, Yohana Tellez, Yolanda Sempere, Yvonne
Pérez, Montse Suarez, Chary Horno, Daikis Ramirez, Victoria
Amez, Noe Saez, Sandra Arizmendi, Ana Vanesa Martin, Rosa
Cortes, Krystyna Lopez, Nelia Avila Castaño, Amalia
Sanchez, Klert Guasch Negrín, Elena Lomeli, Ana Vendrell,
Alejandra Lara Rico, Liliana Marisa Scapino, Sonia Mateos,
Nadia Arano, Setefilla Benitez Rodriguez, Monica Herrera
Godoy, Toñi Aguilar Luna, Raquel Espelt Heras, Flor Guillen,
Luz Gil Villa, Maite Bernabé Pérez, Mari Segura Coca,
Raquel Martínez Ruiz, Maribel Castillo Murcia, Carmen
Nuñez Córdoba, Sonia Ramirez Cortes, Antonia Salcedo,
Ester Trigo Ruiz, Yoli Gil, Fernanda Vergara Perez, Inma
Villares, Narad Asenav, Alicia Olmedo Rodrigo, Elisabet
Masip Barba, Yolanda Quiles Ceada, Mercedes Fernandez,
Ester Prieto Navarro, María Ángeles Caballero Medina, Vicky
Gomez De Garcia, Vanessa Zalazar, Kuki Pontis Sarmiento,
Lola Cayuela Lloret, Merche Silla Villena, Belén Romero
Fuentes, Sandrita Martinez M, Britos Angy Beltrán, Noelia
Mellado Zapata, Cristina Colomar, Elena Escobar Llorente,
Nadine Arzola Almenara, Elizah Encarnacion, Jésica Milla
Roldán, Ana Maria Manzanera, Brenda Cota, Mariló
Bermúdez González, María Cruz Muñoz Pablo, Lidia
Rodriguez Almazan, Maria Cristina Conde Gomez, Meztli
Josz Alcántara, Maria Garabaya Budis, Maria Cristina Conde
Gomez , Osiris Rodriguez Sañudo , Brenda Espinola, Vanessa
Alvarez, Sandra Solano, Gilbierca María, Chanty Garay Soto,
Vane Vega, María Moreno Bautista, Moraima selene valero
López, Dalya Mendaña Benavides, Mercedes Pastrana,
Johanna Opic Feliz, María Santos Enrique, Candela Carmona,
Ana Moraño Dieguez, Marita Salom, Lidia Abrante, Aradia
Maria Curbelo Vega, Gabriela Arroyo, Berenice Sanchez,
Emirsha Waleska Santillana, Luz Marina Miguel Martin,
Montse Suarez, Ana Cecy, Maria Isabel Hernandez Gutierrez,
Sandra Gómez Vanessa Lopez Sarmiento, Melisa Catania,
Chari Martines, Noelia Bazan, Laura Garcia Garcia, Alejandra
Lara Rico, Sakya Lisseth Mendes Abarca , Sandra Arizmendi
Salas , Yolanda Mascarell, Lidia Madueño, Rut Débora PJ,
Giséle Gillanes , Malu Fernandez , Veronica Ramon Romero,
Shirley Solano Padilla , Oscary Lissette, Maria Luisa Gómez
Yepes, Silvia Tapari , Jess GR , Carmen Marin Varela, Rouse
Mary Eslo, Cruella De Vill, Virginia Fernandez Gomez, Paola
Videla, Loles Saura, Bioledy Galeano, Brenda
Espinola,Carmen Cimas Benitez, Vanessa Lopez Sarmiento,
Monica Hernando, Sonia Sanchez Garcia, Judith Gutierrez,
Oliva Garcia Rojo, Mery Martín Pérez, Pili Ramos, Babi PM,
Daniela Ibarra, Cristina Garcia Fernandez, Maribel Macia
Lazaro, Meztli Josz Alcántara, Maria Cristina Conde Gomez,
Bea Franco, Ernesto Manuel Ferrandiz Mantecón. Brenda
Cota, Mary Izan, Andrea Books Butterfly, Luciene Borges,
Mar Llamas, Valenda_entreplumas, Joselin Caro Oregon,
Raisy Gamboa, Anita Valle, [Link], Lectoraenverso_26,
Mari Segura Coca, Rosa Serrano, almu040670.-almusaez,
Tereferbal, Adriana Stip, Mireia Alin, Rosana Sanz, turka120,
Yoly y Tere, LauFreytes, Piedi Fernández, Ana Abellán,
ElenaCM, Eva María DS, Marianela Rojas, Verónica [Link],
Mario Suarez, Lorena Carrasco G, Sandra Lucía Gómez,
Mariam Ruiz Anton, Vanessa López Sarmiento, Melisa
Catania, Chari Martines, Noelia Bazan, Laura Garcia Garcia,
Maria Jose Gomez Oliva, Pepi Ramirez Martinez, Mari Cruz
Sanchez Esteban, Silvia Brils, Ascension Sanchez Pelegrin,
Flor Salazar, Yani Navarta Miranda, Rosa Cortes, M Carmen
Romero Rubio, Gema Maria Párraga de las Morenas, Vicen
Parraga De Las Morenas, Mary Carmen Carrasco, Annie
Pagan Santos, Dayami Damidavidestef, Raquel García Diaz,
Lucia Paun, Mari Mari, Yolanda Benitez Infante, Elena
Belmonte Martinez, Marta Carvalho, Mara Marin, Maria
Santana, Inma Diaz León, Marysol Baldovino Valdez, Fátima
Lores, Fina Vidal Garcia, Moonnew78, Angustias Martín,
Denise Rodríguez, Verónica Ramón, Taty Nufu, Yolanda
Romero, Virginia Fernández, Aradia Maria Curbelo, Verónica
Muñoz, Encarna Prieto, Monika Tort, Nanda Caballero, Klert
Guash, Fontcalda Alcoverro, Ana MªLaso, Cari Mila, Carmen
Estraigas, Sandra Román, Carmen Molina, Ely del Carmen,
Laura García, Isabel Bautista, MªAngeles Blazquez Gil,
Yolanda Fernández, Saray Carbonell, MªCarmen Peinado,
Juani López, Yen Cordoba, Emelymar N Rivas, Daniela
Ibarra, Felisa Ballestero, Beatriz Gómez, Fernanda Vergara,
Dolors Artau, María Palazón, Elena Fuentes, Esther Salvador,
Bárbara Martín, Rocío LG, Sonia Ramos, Patrícia Benítez,
Miriam Adanero, MªTeresa Mata, Eva Corpadi, Raquel
Ocampos, Ana Mª Padilla, Carmen Sánchez, Sonia Sánchez,
Maribel Macía, Annie Pagan, Miriam Villalobos, Josy Sola,
Azu Ruiz, Toño Fuertes, Marisol Barbosa, Fernanda Mercado,
Pili Ramos, MªCarmen Lozano, Melani Estefan Benancio,
Liliana Marisa Scarpino, Laura Mendoza, Yasmina Sierra,
Fabiola Martínez, Mª José Corti Acosta, Verónica Guzman,
Dary Urrea, Jarimsay López, Kiria Bonaga, Mónica Sánchez,
Teresa González, Vanesa Aznar, MªCarmen Romero, Tania
Lillo, Anne Redheart, Soraya Escobedo, Laluna Nada, Mª
Ángeles Garcia, Paqui Gómez, Rita Vila, Mercedes Fernández,
Carmen Cimas, Rosario Esther Torcuato, Mariangeles
Ferrandiz, Ana Martín, Encarni Pascual, Natalia Artero, María
Camús, Geral Sora, Oihane Sanz, Olga Capitán, MªJosé
Aquino, Sonia Arcas, Opic Feliz, Sonia Caballero, Montse
Caballero, María Vidal, Tatiana Rodríguez, Vanessa Santana,
Abril Flores, Helga Gironés,Cristina Puig, María Pérez,
Natalia Zgza, Carolina Pérez, Olga Montoya, Tony Fdez,
Raquel Martínez, Rosana Chans, Yazmin Morales, Patri Pg,
Llanos Martínez, @amamosleer_uy, @theartofbooks8, Eva
Maria Saladrigas, Cristina Domínguez González
(@leyendo_entre_historia), @krmenplata, Mireia Soriano
(@la_estanteria_de_mire), Estíbaliz Molina,
@unlibroesmagia, Vanesa Sariego, Wendy Reales, Ana Belén
Heras, Elisabet Cuesta, Laura Serrano, Ana Julia Valle, Nicole
Bastrate, Valerie Figueroa, Isabel María Vilches, Nila Nielsen,
Olatz Mira, @marta_83_girona, Sonia García, Vanesa Villa,
Ana Locura de lectura, 2mislibrosmisbebes, Isabel Santana,
@deli_grey.anastacia11, Andrea Pavía, Eva M. Pinto, Nuria
Daza, Beatriz Zamora, Carla ML, Cristina P Blanco
(@sintiendosuspaginas), @amatxu_kiss, @yenc_2019,
Gabriela Patricio, Lola Cayuela, Sheila Prieto, Manoli Jodar,
Verónica Torres, Mariadelape @peñadelbros, Yohimely
Méndez, Saray de Sabadell, @littleroger2014,
@mariosuarez1877, @morenaxula40, Lorena Álvarez, Laura
Castro, Madali Sánchez, Ana Piedra, Elena Navarro, Candela
Carmona, Sandra Moreno, Victoria Amez, Angustias Martin,
Mariló Bermúdez, Maria Luisa Gómez, María Abellán, Maite
Sánchez, Mercedes Pastrana, Ines Ruiz, Merche Silla, Lolin
García, Rosa Irene Cue, Yen Córdoba, Yolanda Pedraza,
Estefanías Cr, Ana Mejido, Beatriz Maldonado, Liliana Marisa
Scarpino, Ana Maria Manzanera, Joselin Caro, Yeni
Anguiano, María Ayora, Elsa Martínez, Eugenia Da Silva,
Susana Gutierrez, Maripaz Garrido, Lupe Berzosa, Ángeles
delgado, Cris Fernández Crespo, Marta Olmos, Marisol, Sonia
Torres, Jéssica Garrido, @laurabooksblogger, Cristina León,
Ana Vendrell, M Pulido, Constans, Yeimi Guzman, Lucía
Pastor, Aura Tuy, Elena Bermúdez, Montse Cañellas, Natali
Navarro, Cynthia Cerveaux, Marisa Busta, Beatriz Sánchez,
Fatima (@lecturas de faty), Cristina Leon, Verónica Calvo,
Cristina Molero, @[Link], Mª Isabel Hernández, May
Hernández, @isamvilches, May Siurell, Beatriz Millán,
@Rosariocfe65, Dorina Bala, Marta Lanza, Ana Belén Tomás,
Ana García, Selma, Luisa Alonso, Mónica Agüero, Pau Cruz,
Nayra Bravo, Lore Garnero, Begikat2, Raquel Martínez,
Anabel Morales, Amaia Pascual, Mabel Sposito, Pitu Katu,
Vanessa Ayuso, Elena Cabrerizo, Antonia Vives, Cinthia
Irazaval, Marimar Molinero, Ingrid Fuertes, Yaiza Jimenez,
Ángela García, Jenifer G. S, Marina Toiran, Mónica Prats,
Alba Carrasco, Denise Bailón (@amorliteral), Elena
Martínez, Bárbara Torres, Alexandra álverez, @Silvinadg9,
Silvia Montes, Josefina García, Estela Muñoz, Gloria
Herreros, @Mnsgomezig, @sassenach_pol, Raquelita
@locasdelmundo, Leti Leizagoyen, Soledad Díaz, Frank Jirón,
[Link], @annadriel Anna Martin, Ivelise Rodríguez,
Olga Tutiven, María del Mar, Yolanda Faura, Inma Oller,
Milagros Paricanaza, Belén Pérez, Esther Vidal, Pepi Armario,
Suhail Niochet, Roxana Capote, Ines Ruiz, Rocío Lg, Silvia
Torres, Sandra Pérez, Concha Arroyo, Irene Bueno, Leticia
Rodríguez, Cristina Simón, Alexia Gonzalex, María José
Aquino, Elsa Hernandez, Toñi Gayoso, Yasmina Piñar,
Patricia Puente, Esther Vidal, Yudys de Avila, Belén Pérez,
Melisa Sierra, Cristi Hernando, Maribel Torres, Silvia A
Barrientos, Mary Titos, Kairelys Zamora, Miriam C Camacho,
Ana Guti, Soledad Camacho, Cristina Campos, Oana Simona,
María Isabel Sepúlveda, Beatriz Campos, Mari Loli Criado
Arcrlajo, Monica Montero, Jovir Yol LoGar Yeisy Panyaleón,
Yarisbey Hodelin, Itxaso Bd, Karla Serrano, Gemma Díaz,
Sandra Blanca Rivero, Carolina Quiles, Sandra Rodríguez,
Carmen Cimas, Mey Martín, Mayte Domingo, Nieves León,
Vane de Cuellar, Reyes Gil, Elena Guzmán, Fernanda Cuadra,
Rachel Bere, Vane Ayora, Diosi Sánchez,
@tengolibrospendientes, @divina_lectura_paty, María José
Claus, Claudia Obregón, Yexi Oropeza, Bea Suarez,
@Victorialba67, @lady.books7, valeska m.r., Raquel Attard
@missattard, @lola_lectora, Marisol, @lecturasdefaty, Lola
Toro, Cati Domenech, Chari García, Lisbeth de Cuba,
Vanesha, Cris, Oropeza, Montserrat Castañeda, Alicia Cecilio,
Estrella, Susana Ruiz,Rosa González, Noelia, _saray89_,
Mercè Munch, Maite Pacheco, Cris E, María del Carmen,
Adriana Román, Arantxa_yomisma, inmamp18,
@nerea_y_los_libros, Pris, Martita, Gema Gerrero, Gisela,
Mari Vega, Cristina Pinos,
@josune1981,[Link],caroo_gallardoo, @beccaescribe,
@rosemolinar, Tami, @elicaballol, Maruajose, Paloma Osorio,
Thris, Lorena Royo, @[Link], Mar Llamas, @starin8,
AguedaYohana Téllez, Maria Belén Martínez, @lalylloret,
Mayte Ramírez, Camino Combalina, María Isabel Salazar,
Teresa Hernández, Mari Titis, Paula Hernández, Valeska
Miranda, María Victoria Lucena, Daniela, Cecilia, Karina
García, Olga Lucía Devia, Miryam Hurtado, Susy Gómez
Chinarro, Amaya Gisela, María Barbosa, Sandra Rodriguez,
Montse Domingo y Elia Company, Kristibell73, ros_g.c,
majomartinez_43, CamiKaze��, Mery Martín Pérez y
Vanessa Martin Perez, zirim11, Desirée Mora, Isabel San
Martín, Paky González, Maggie Chávez, Damasa, Jenny
Morató, Camila Montañez, Lodeandru, Sagrario Espada,
Jessica Espinoza, Davinia Mengual, Blanca Nuñez, @
crisbetesponce, Orly Puente, Carmen Pacheco, Yovana Yagüe,
Genuca15, Lidia GM, Lidia Verano, Judith Olivan,
Elenagmailcom, Elena Carranza,Deli, Belloisamary04, Andru,
Silvia Barrera, Begoña Fraga, María Isabel Epalza, María
Escobosa, @cristinaadan4256, Verónica Vélez, Carolina Cieri,
Sandra Salinas, MariCarmen Romero Maroto y Mayte
Gallego, Michelle Llanten, Maria Jose Cortia, Miss_carmens,
Ángela García, Esmeralda Rubio, Encarni Pascual, Rocítri69,
Kenelys Duran, Isabel Guerra, Rocítri69, Encarni Pascual.
A todos los que me leéis y me dais una oportunidad, y a
mis Rose Gate Adictas, que siempre estáis listas para sumaros
a cualquier historia e iniciativa que tomamos.
Introducción

Miré por la ventana del coche cubierta por una fina capa
de polvo, lo que dejaba atrás eran kilómetros, familia y
recuerdos.
A mi lado, mi hermano descansaba con los ojos cerrados y
el cuello torcido. Podría parecer una postura incómoda, pero,
para él, no lo era. Tenía los labios separados colmados de
suspiros de complacencia. Incluso llegaba a despertarme
ternura en aquella pose tan suya. En cuanto abría los ojos, la
calma daba paso a la tormenta y es que, cuando sus pupilas
enfocaban hacia las mías, el cariño daba paso a un arrebato de
magnitudes cósmicas para chincharlo. Juro que intentaba
controlarme, sin embargo, la necesidad de ejercer de acicate
contra mi hermano pequeño era superior a mis fuerzas.
Pulla por aquí, contestación por allá, y ya la teníamos liada
hasta que la histérica de mi madre nos castigaba.
La tenía sentada justo delante de mí, tarareando una
canción antigua que sonaba en la radio, y que yo no habría
escuchado en la vida si ella no hubiera detenido la emisora
justo en aquel tema, que la hacía berrear agitando la cabeza
como si volviera a tener mi edad. De ella era la culpa de que
mi padre, mi hermano y yo hubiéramos recorrido casi
novecientos kilómetros de aventura personal.
Exacto, nos estábamos mudando de una gran urbe, como
era Barcelona, a un pueblo de veinte mil setecientos
habitantes, a diez kilómetros de Granada y con nombre de
jaula. No me mires así, si traducías Las Gabias a mi lengua
materna, el catalán, significaba exactamente eso: Las Jaulas,
que, en parte, era como yo me sentía, presa de las decisiones
de mi familia, pues aunque me hiciera ilusión tener una casa
con piscina, ¿en serio era necesario cruzar medio país para
conseguirla?
No obstante, viendo la cara de ilusión de mi madre, sus
explicaciones de por qué había decidido dar una paga y señal
en el último evento literario al que acudió en Armilla, sin
consultarnos, junto a las fotos de una maravillosa casa
adosada, con pasarela de cristal que separaba su habitación de
la mía, no tuve más remedio que sentir su sueño un poco mío.
Me imaginé bajando por la escalera flotante con la que se
comunicaba bailando al ritmo de todos los tiktoks que había
aprendido durante el confinamiento.
Si algo nos había dejado la Covid, aparte de la sana
costumbre de lavarnos las manos unas cincuenta veces al día,
había sido que, ante la crisis, la harina, la levadura y el papel
de váter se consideraban bienes escasos. Que era tiempo de
aprender a hacer pan y repostería, además de lanzarse de
cabeza a las redes con una incipiente ilusión de convertirse en
el #trend del momento y que tu vídeo se hiciera el más viral
del universo, superando al de la chica moviéndole el cuerpo a
su gallina.
El estado de alarma nos sirvió para tomar muchas
decisiones, en la mayoría de los casos, vitales. Algunos se
divorciaron, cambiaron de trabajo, otros se mudaron, como
nosotros, y decidieron que lo mejor era un cambio de vida
radical.
Mi madre pasó de ser una directiva que gestionaba un
centro deportivo a escritora de romántica en Amazon, puede
que fuera algo que sorprendiera a muchos, a mí no me cogió
de nuevas, pues se había dedicado a aporrear las teclas desde
que mi padre le regaló aquel ordenador de quince pulgadas de
segunda mano en Wallapop.
Las musas se desataron en su cabeza y se pasaba los
mediodías, las noches y cualquier partícula de tiempo
desgastando teclas.
Antes de dar el salto a nuestra nueva vida y entonar la letra
de Qué lástima pero adiós, de Julieta Venegas, pasaron
veinticuatro meses en los que convivimos con la exigencia de
su puesto laboral, los libros y las olas del Coronavirus.
Por aquel entonces, solo la veíamos para comer y para
cenar, y sabíamos que estaba en casa porque de tanto en tanto
alzaba la voz en uno de sus: «Callad, que estoy escribiendo».
Ese fue el #parati más escuchado de nuestra casa, por encima
del Despacito, o cualquier éxito veraniego.
Mi hermano y yo nos mirábamos desafiantes, después del
estallido de ira de mi madre, que auguraba dejarnos sin
aparatos electrónicos hasta el día del juicio final.
Y es que, lo reconozco, llevarme bien con mi hermano era
un lujo que duraba lo mismo que una estrella fugaz o un
eclipse. Cuando lográbamos congeniar, nos jurábamos que
siempre sería así, nos profesábamos un montón de abrazos,
besos y palabras bonitas, envueltos en un manto de amor que
se autodestruía en 3, 2, 1. ¡Boom!
Cuando mi madre veía aquel extraño y efímero fenómeno,
ponía los ojos en blanco, en el fondo era consciente de que
duraría poco. Las madres siempre saben esas cosas, igual que
quién se había comido la onza de chocolate que le faltaba a la
tableta.
Mi padre, por el contrario, nos contemplaba a través del
espejo del coche como si fuéramos su pedacito de cielo en el
mundo. Tampoco voy a mentirte, aquella mirada duraba hasta
que cometíamos alguna trastada o lo incomodábamos a la hora
de la siesta. Entonces, se transformaba en el hijo que nunca
tuvieron Godzilla y King Kong.
Se llama Carlos, era entrenador personal hasta que tuvo una
lesión laboral que le costó su trabajo y por la que le
concedieron una incapacidad. Ahora, el dolor era su
compañero de fatigas, junto con la única afición que lo hacía
desconectar, cantar. Mi padre tiene una voz preciosa, rasgo que
ha heredado mi hermano, además de su pasión por el deporte.
Digamos que la afinación bucal no es una de mis virtudes, yo
prefiero que la música fluya en mí a través del baile.
—Estamos llegando —anunció mi madre con una sonrisa
en los labios.
Yo me hundí más en el asiento y contemplé cómo los
edificios de la gran ciudad se convertían en calles estrechas y
casas achaparradas de tres plantas.
Adiós a mis amigos del instituto, adiós a mis clases de
ballet, contemporáneo, hip-hop y teatro musical. Bienvenida
nueva vida cargada de rostros desconocidos y gente
desconcertante, de acento atropellado que me hacía estrechar
la mirada con algunas palabras.
Me llamo Michelle Silva, aunque todos me llaman Elle,
tengo casi dieciséis años y voy a contarte cómo aquella
mudanza terminó siendo la experiencia más alucinante de toda
mi vida.
Capítulo 1
El Instituto

Primer día de clase. Sentí los nervios convirtiéndose en


una bola apretada en el centro de mi estómago. Era inevitable,
no podía contener la sensación por mucho que lo intentara, y
eso que ya llevaba dos meses aclimatándome al entorno.
Mi casa estaba frente a un parque, ubicada, según los
vecinos, en una de las zonas más tranquilas del pueblo. Había
sido un poco locura nuestra llegada, porque emprendimos el
viaje durante la noche de San Juan y, al día siguiente, a las
doce, firmábamos la compra de la casa.
A las dos en punto, el de la mudanza ya estaba llamando a
la puerta para descargar.
No os creáis que dentro del camión había muebles, no. El
lema de mi madre era «vida nueva, muebles nuevos». En la
caja del vehículo venían ropa, juguetes, libros, ordenadores…
Media vida de mis padres y otra media de la de mi hermano y
mía.
Los muebles irían llegando poco a poco. Mi madre lo había
comprado casi todo por internet, era la reina de encontrar
cualquier tipo de chollo en las redes. Lo único que nos
aguardaba en la casa eran los colchones tirados en el suelo que
llegaron el día anterior por Amazon.
Nos tocó adecuar la casa, montar muebles, comprar
electrodomésticos y adaptarnos al lugar. Eso fue lo más
sencillo. Por fortuna, mi familia siempre fue de naturaleza
abierta. Confieso que los vecinos ayudaron bastante,
estábamos rodeados de familias con niños de edades
semejantes a las nuestras, por lo que no fue complicado que
conectáramos con algunos.
El verano pasó en un suspiro, tuvimos tantas visitas que era
rara la semana en la que estábamos los cuatro a solas. El
parque, la piscina y la intensa vida social de mis padres
hicieron que el verano más caluroso de nuestras vidas también
fuera el más corto.
Septiembre había llegado, y con él mi nuevo instituto. El
IES Montevives, a solo cinco minutos a pie de casa.
Cuando fui a matricularme, recuerdo que pensé que era
gigantesco si lo comparabas con mi instituto de antes, solo la
entrada ya impresionaba. Era lógico, pues albergaba la friolera
de novecientos alumnos con sus correspondientes profesores.
El primer día, la entrada se efectuaría por la parte trasera,
que se ubicaba en el interior de un parque público cubierto de
árboles y bancos de piedra. A través de él, llegaría a un
enorme patio central, adecuado a las dimensiones del centro, y,
una vez allí, nos distribuirían por clases.
Mi madre insistió en acompañarme un trocito, por eso de
no ir sola el primer día, aunque cuando llegó a la acera de en
frente del parque se quedó quieta y me miró expectante.
—El resto del camino ya puedes hacerlo sola —me lanzó
un guiño cómplice.
—¿En serio no quieres entrar conmigo y llevarle una
manzana a mi tutor? —pregunté sarcástica, ella emitió una
risita.
—No seas boba. Ya sé que eres mayor y que lo de hoy ha
sido puntual. Por cierto, estás preciosa, ¿te lo he dicho ya? —
Yo puse los ojos en blanco.
—Sí, lo has hecho, y no estoy preciosa, soy simplemente
yo. —Me encogí de hombros restándole importancia a su
cumplido. A ver, seamos francos, no podía quejarme de mi
físico, pero me avergonzaba un pelín que mi madre cantara
mis alabanzas.
Eché un vistazo a mi vestuario y lo comparé al del resto de
chicas, era inevitable la sensación de querer encajar. Elegir la
ropa que vas a usar el primer día es importante, la moda solía
hablar de quiénes somos, cómo entendemos el mundo y lo que
queremos transmitir a los demás. En mi caso, como el sol
todavía era abrasador, me había decantado por un vaquero
corto y una camiseta ancha que caía justo por encima del
ombligo, en un tono rosa degradado, mi color favorito. Si
hubiera estado un pelín bronceada, habría destacado más, pero
qué iba a hacerle, heredé el color Puleva de mi abuela, el sol
parecía querer evitarme y, si me exponía a él, lo único que
conseguía era que las pecas, que adornaban tanto mis mejillas
como el puente de la nariz, se multiplicaran. Menos mal que
estaban de moda y que la gente llegaba hasta a pintárselas. Me
recogí la melena castaña en una cola alta, tenía el pelo muy
largo y no quería que me incomodara. Así quedaba a la vista
mi mejor rasgo, unos ojos verdes felinos que cambiaban de
color dependiendo de la luz.
—¿Nerviosa? —preguntó mi madre a sabiendas de la
respuesta, pues bajé en reiteradas ocasiones a la cocina porque
no podía dormir.
—Un poco, eso de que no nos dieran la lista del material y
vaya de vacío a mí no me llena.
Ella se echó a reír.
—Elle, si no te han dado lista, será porque hoy os dirán qué
tenéis que llevar. Llamé a secretaría y me dijeron que no
tenían nada. —Arrugué la nariz.
—Ya, pero sabes que hubiera preferido tenerlo todo listo,
no soporto que me falten cosas.
Soy extremadamente organizada y puntual. No me gustan
los imprevistos, prefiero saberlo todo de antemano, crear mis
listas, repasarlas varias veces hasta cerciorarme de que he
comprado lo necesario y empezar el curso sin que me falte
detalle.
Las únicas sorpresas que admito son los regalos, una fiesta
o enterarme de que me llevan de vacaciones a un hotel. Esas sí
que las tolero.
Mi madre volvió a insistir al ver mi cara poco complacida.
—Llevas un estuche cargado hasta los topes, una libreta
con tantas páginas que podrías anotar parte de tu vida y la
agenda por si te encargan alguna tarea. Hoy no necesitas más y
cuando regreses a casa ya iremos a comprar lo que te haga
falta, te lo prometo. ¿Quieres que venga a buscarte?
—No es necesario, me parece que seré capaz de recorrer
tres calles sola —murmuré con autosuficiencia.
—Vale, pero ten cuidado al cruzar, ya has visto que aquí
conducen como locos y el intermitente lo llevan de adorno.
—Mamá, ya no soy una cría —resoplé dando un puntapié a
una piedra con mi zapatilla.
—Lo sé, perdona, a veces se me olvida. ¡Es que has crecido
tan rápido! —dijo con añoranza. Me achuchó hacia uno de los
costados de su cuerpo—. Que pases un gran día, cielo. Te
quiero y me siento muy orgullosa de ti, sé que lo que te he
pedido es mucho al cambiarte de ciudad, pero también ha sido
por vuestro bien, ya lo veréis. —Besó mi mejilla y yo le
devolví la muestra de afecto.
—Seguro que sí, mamá. Yo también te quiero. Anda, ve,
que en un rato tienes que llevar a mi hermano al cole.
Ella asintió y se alejó calle arriba, deshaciendo el camino
que habíamos recorrido juntas. Hoy empezaba a una hora
distinta que mis vecinas, con las que me llevaba uno o dos
años. Por eso había tenido que venir sola. Ninguna era de mi
edad exacta, sino más pequeñas.
Capítulo 2
El accidente

Alcé los ojos y me lagrimearon. El sol era de justicia, y


eso que el reloj marcaba las ocho de la mañana. El sudor se
arremolinaba en mi nuca haciendo que algunos pelillos cortos
se me rizaran. Tuve que echar mano a la botella de agua para
dar un trago y así calmar la sed y los nervios.
Desde que habíamos llegado a Granada, no hacíamos otra
cosa que beber agua. El calor era tan seco que penetraba en ti
de golpe, dándote la sensación de que ibas a evaporarte de un
momento a otro.
Una vez estuve segura de que mi madre ya no estaba, me
fijé en el entorno. Había bastante tránsito, coches, motos,
autobuses escolares y un sinfín de chicos y chicas que ya se
conocían de otros años. La alegría de los reencuentros se
palpaba en la atmósfera, la veías en el modo en que se
abrazaban, en cómo se pisaban las conversaciones los unos a
los otros, con el apetito voraz de los que han pasado el verano
en destinos distintos y se les acumulan las vivencias.
Los contemplé con cierta envidia y añoranza. Así habría
sido para mí si no me hubiera mudado. Ya no volvería a ver a
mi grupo de amigas de Barcelona, aunque mi madre dijera
aquello de «algún día». Ya no haríamos nuestras particulares
bromas en la biblioteca, ni quedaríamos después de clase para
charlar del crush del momento.
Adiós a mi academia de baile, a los festivales, a bañarme
en la piscina con mi primo y a aquellos atardeceres en la playa
para después detenernos en una terraza a comer un helado.
Hoy volvía a comenzar de cero y esperaba que el cambio
fuera tan productivo como auguraban mis padres.
Paseé la vista a un lado y a otro de la carretera, no parecía
venir nadie, el autobús escolar estaba haciendo la maniobra de
aparcamiento, por lo que me atreví a cruzar.
Di dos pasos. Me encontraba en mitad de la calzada cuando
todo se precipitó. Un frenazo brusco, seguido de un pitido
ensordecedor que pertenecía al claxon de un coche, que
acababa de girar a toda pastilla, pisando a fondo para no
comerse al autobús.
Una moto salida de la nada aceleró tratando de adelantar al
coche que se precipitaba irremediablemente hacia mí, y yo lo
veía como si todo aquello no fuera conmigo, sino que se
tratara de un tráiler de la nueva serie de Netflix mientras yo
yacía cómoda en el sofá. Incrédula, contemplé cómo el chico
de la moto se arrojaba en marcha, y se lanzaba contra mi
cuerpo para envolverlo, hacerme rodar con él e impedir que
me atropellaran.
El aire abandonó mis pulmones y solo pude pensar que era
imposible que saliéramos con vida. Arrollada el primer día de
instituto, mis padres nunca se sobrepondrían a eso.
Cerré los ojos con mucha fuerza. Mi corazón arremetía
contra la garganta informándome de que todavía latía. Tenía la
adrenalina tan disparada que no sentí la quemazón del codo al
rasparse contra el asfalto, ni el impacto del muslo derecho en
el que, más tarde, aparecería un gigantesco morado.
Mi cola rozó el neumático del vehículo que acababa de
recuperar el control. Ni siquiera me atrevía a levantar los
párpados. Seguía arrebujada sobre aquel individuo que olía a
bosque.
«Por favor, que no se trate de mi tutor», rogué, pensando
que era lo peor que podría pasarme en ese instante.
Estaba tan en shock que no pude controlar el grito que
brotó de mi garganta y sacudió el tímpano de mi salvador.
Hasta ahora no me di cuenta de que lo había estado
conteniendo. Sus brazos me estrecharon con fuerza y en lo
único que pensé era en que su aroma no se parecía para nada al
artificial de friegasuelos que garantizaba oler a pino.
Eso sí que era oler a naturaleza salvaje, si me atrevía, le
preguntaría la marca de la colonia. Era una mezcla entre hierba
fresca, agua de manantial y madera recién cortada. La
composición resultaba adictiva, incluso aspiré un poco de la
piel que quedaba desprovista de la cazadora.
El conductor del coche salió llevándose las manos a la
cabeza. Oía su voz de fondo, gritando, disculpándose, no
dando crédito a lo que acababa de ocurrir. Y yo solo podía
escuchar a mi corazón revolucionado. Pum pum, pum pum,
pum pum. Seguía viva. El alivio me inundó.
—¿Puedes dejar de gritar? —Una voz ronca, seguida de
una exhalación cálida, que erizó el costado de mi cuello, hizo
que me diera cuenta de que era cierto, que una nota aguda,
sostenida, permanecía saliendo sin fuelle de mi garganta. La
observación hizo que me silenciara.
Dios no me dio el don de la afinación, pero sí unos
pulmones de acero. Ya lo decía mi padre, que de bebé mis
llantos los conocía todo el vecindario.
Levanté la barbilla y me fijé por primera vez en el rostro
del tipo que me había salvado la vida. No era un profe, como
supuse al ver su envergadura, sino un chico atlético, de piel
canela, con unos ojos de color hielo que cortaban el aliento.
Un azul pálido precioso, acompañado por un círculo dorado
que enmarcaba el centro de la pupila. ¡Wow! Mi padre los tenía
azules, pero esos eran sorprendentes.
Cuando llegara a casa, cogería mi cuaderno de dibujo e
intentaría plasmarlos. Otra de las cosas que se me daba bien
era dibujar. Él seguía mirándome sin apartar sus ojos de los
míos.
—¿Eh? —pregunté atolondrada. Si hubiera estado en mi
sano juicio, no me habría quedado tan perpleja.
—Gracias. Es lo mínimo que se le dice a alguien que te
salva de un atropello. —Me hizo ver. Mis mejillas
enrojecieron.
—Perdona, ha sido el susto. Gracias. Dios, debes pensar
que soy tonta. —Mientras mi respiración fluía a trompicones
la suya parecía de lo más relajada.
Seguía encima de su cuerpo y no podía dejar de observarlo.
Nunca había visto una cara que me resultara tan atrayente
como la suya. Tenía los labios generosos y los pómulos
marcados. Sus cejas eran poderosas y no podía definir si su
manera de contemplarme era divertida o molesta. Frunció el
ceño, ahora parecía enfadado.
«Normal, lo estás aplastando y no te has movido ni un
ápice», me dije.
Rompí la conexión visual y me incorporé ayudada por los
brazos del hombre que casi me mata. Ahora sí que oía sus
disculpas. El pobre se había asustado casi tanto como yo.
Hablaba tan deprisa que apenas le entendía. Llegaba tarde al
trabajo, había intentado adelantar al autobús y no se percató de
que yo estaba en mitad de la carretera. Le pilló el ángulo
muerto del coche. Mi padre muchas veces se quejaba también
de eso.
Me fijé en la calzada. Tampoco es que pudiera echarle toda
la culpa, crucé por donde no había paso de peatones con las
prisas por no llegar tarde.
Le aseguré al hombre que estaba bien, que solo fue un
susto y que también había sido mi falta. Mientras nos
deshacíamos en una batalla de «lo siento», vi que mi salvador
ya se había levantado. Estaba poniendo su moto en pie y
evaluando el daño del vehículo fuera de la nube de curiosos
que nos estaban rodeando al conductor y a mí.
Estiré el cuello contemplándolo. A su lado se encontraba
otro chico y una chica que vestían igual que él y llevaban
cascos en los brazos. Debían ser de un club de moteros o algo
así.
Los tres cargaban una chupa de cuero con la imagen de un
lobo en la espalda, ropa oscura, uñas pintadas de igual color de
la chaqueta y el mismo anagrama de esta se veía pintado en los
cascos.
—¿Te llevo al PTS a que te hagan una revisión? —se
ofreció el hombre. El PTS era el hospital de Granada.
—No, estoy bien, de verdad, no… no pasa nada —le
aseguré al hombre, que insistía en, por lo menos, llamar a mis
padres. Me negué en rotundo.
Un atropello el primer día era lo que le faltaba a mi
sobreprotector padre para custodiarme a diario y llevarme de
la mano si hacía falta. Menos mal que ningún vecino lo había
presenciado. Al final, Gerardo, que así se llamaba, insistió en
darme su tarjeta y que lo llamara si me ocurría cualquier cosa.
Volvió a disculparse antes de entrar en su coche y que yo
cruzara para ir directa hacia el chico de la moto.
—¡Oye, pe… perdona! —exclamé, dirigiéndome hacia
ellos. Sus amigos y él me miraron con extrañeza.
La chica era preciosa. Su pelo rubio tenía un tono tan claro
que parecía blanco, ¿sería albina? Los ojos parecían hechos de
plata líquida y me contemplaban con hostilidad. ¿Sería su
novia? El otro chico que iba con ellos tenía la mirada más
negra que había visto nunca. Era igual de moreno que mi
salvador y no me dio la impresión de que despertase en él
mucha simpatía.
Los tres se veían un pelín siniestros, puede que no fueran
moteros, quizá me había confundido y tocaban en una banda
de rock, eso les pegaba más. El chico que me había salvado
tenía una voz muy aterciopelada.
Un mechón se me desprendió de la coleta, lo coloqué
detrás de la oreja y observé de soslayo el codo que me dolía.
Era un buen raspón del que salía un poco de sangre. Ya me
limpiaría más tarde. Quería darle las gracias de un modo
consciente y preocuparme por él.
—¿Estás bien? —pregunté, ignorando las miradas de
«regresa a tu castillo, princesa unicornia» de los otros dos.
—¿Es que la caída te ha afectado a la visión? ¿No lo ves?
—preguntó la rubia con malas pulgas—. Se le ha jodido la
moto y la chaqueta.
—Selene —la cortó él, con tono de advertencia. Ella
resopló cruzándose de brazos y encogiendo los hombros.
—¡¿Qué?! Casi la matan por incauta y, de paso, también te
han fastidiado a ti. —Desvió la mirada plateada hacia mis
ojos, que se helaron ante el impacto—. ¿Es que no sabes que
existen los pasos de peatones para cruzar?
—Estaba lejos y quería llegar de las primeras —me
justifiqué.
—Claro, no vaya a ser que te quiten el sitio en el pupitre…
Pero ¡¿tú de dónde diantres sales?!
—Lo siento —me disculpé, sintiendo que me subían los
colores—. Tienes razón en todo lo que has dicho, no pensé. La
próxima vez cruzaré por allí, aunque tenga que dar más
vueltas… Siento mucho lo ocurrido, de veras. —Giré la
cabeza hacia el chico—. Yo me haré cargo del arreglo de tu
moto, tengo ahorros, mis padres me pagan una asignación
dependiendo de mis notas y nunca gasto nada, los usaré para
eso y para comprarte una chaqueta nueva —comenté sin
respirar. A veces también me costaba callar, estar en silencio
no era una de mis virtudes.
—Solo es una rozadura —dijo él, restándole importancia al
girón—. Le pondré un parche y quedará como nueva. Yo
mismo lo solucionaré, y por la moto no te preocupes, se
encargará el seguro.
—E… En serio —recalqué—. Quiero hacerme cargo, si
hubiera cruzado por donde debía, tu moto y tu chaqueta
estarían intactas. —Él me miró con tanta profundidad que se
me erizó la piel de los brazos.
—Ya te he dicho que no es necesario. No me gusta
repetirme. —El tono suave había ganado unas notas de
hostilidad. Era mejor que no insistiera.
—Vale, como quieras, soy nueva y me llamo Michelle —
me presenté, si esperaba que me diera su nombre, iba lista. No
respondió, solo siguió mirándome de aquel modo tan intenso
que parecía que pudiera leer hasta el día de la semana que me
quitaron los bráquets.
—Él no —respondió Selene en lugar de mi salvador.
Estaba tan ennortada que hasta tuve que pensar lo que había
respondido la rubia. Le ofrecí una sonrisa prudente, aunque no
me hubiera gustado su contestación.
—Ya me imagino que no se llamará como yo, aunque
podría ser, Michelle en algunos países es tanto nombre de
chico como de chica. —Ella bufó.
—Oye, mira, que ya está, que, por muy inclusivo que sea tu
nombre, no nos incordies más. Te das el piro y listo, ya le has
dado las gracias. —Apartó la vista de mí y se dirigió al chico
de los ojos negros—. ¡La Vin! ¿De dónde sale esta?
—De Barcelona —respondí sin poder contenerme. Si no
hubiera tenido los ojos puestos en ella, habría visto que en los
ojos helados se sombreaba una sonrisa. Selene resopló.
—Pues ten más cuidado la próxima vez y olvídanos. —El
otro chico no había abierto la boca. La rubia parecía ser la
líder del grupo, hubiera dicho que era algo más mayor que yo
—. Vamos, no quiero que nos pongan un parte el primer día
por su culpa. —Busqué algo de comprensión en el chico que
me salvó. Pero ya se había colocado el casco, como los otros
tres, y montado en la moto que rugía bajo sus manos. Sin decir
adiós, se largaron dando gas para aparcar.
Saqué el móvil para ojearlo, tenían razón, o me apresuraba
o no llegaba. En dos minutos eran las ocho y eso me suponía
echarme a correr como las locas. Aceleré el paso y puse el
turbo para atravesar las puertas un segundo antes de que se
cerraran.
Capítulo 3
¿Quién es ese chico?

Llegué a casa resoplando.


Menudo primer día, no podía haberme tocado una clase
peor. Tenía hasta ganas de llorar. El sol me estaba asfixiando,
aunque el puñetero instituto, mucho más.
Sabía que la primera frase de mi madre sería un «¿qué tal te
ha ido?». Y que yo no sabría qué contestar, porque tenía el
carné de cazadora de mentiras que les otorgan a todas las
madres cuando nacemos.
Pensé en mi «atropellada» mañana.
Me sentía ridícula en mitad del patio de cemento. Allí, sola,
plantada en mitad de un montón de cabezas que ya se conocían
entre sí y que observaban entre cuchicheos a la chica que casi
había muerto arrollada hacía escasos minutos.
Seguro que alguien había colgado el vídeo en redes, e iba a
convertirme en el hazmerreír de todo el pueblo. Otra de mis
virtudes era ser coleccionista de morados. Siempre llevaba
más de uno a cuestas y es que, por mucho que me fijara,
terminaba con el cuerpo cubierto de golpes. El médico me dijo
una vez que se debían, en parte, a tener la piel atópica. Yo creo
que fui más una duda. Dios no se decidía cuando me creó,
blanca por fuera, morada por dentro, parece una adivinanza,
pero la respuesta soy yo.
Miré al grupo de los «lobos», como los había denominado
por el emblema de su chaqueta, quienes se atrincheraron en el
único lugar donde había algo de sombra. Menuda suerte, los
demás parecían respetar su espacio y nadie invadía su zona de
confort.
Yo, al contrario, estaba ahí, como un pasmarote,
sintiéndome el bicho raro. Por muy abierta que fuera, no era
plan de meterme en medio de uno de esos corrillos que
fluctuaban a mi alrededor como una colonia de medusas,
sedientas de un bañista incauto a quien electrocutar el primer
día.
No quería añadir más leña al fuego, no fuera a salir
ardiendo. Busqué un espacio donde no llamar más la atención
y esperé a que el director nos diera la bienvenida. Nos recordó
las normas básicas de convivencia y los protocolos que se
habían adoptado postcovid. Ya no hacía falta el uso de la
mascarilla, pues estábamos todos inmunizados, pero la higiene
era una medida que se había quedado para evitar otras
enfermedades, así como la ventilación de las aulas.
Al terminar, dio paso a los tutores de cada curso, quienes
saldrían para ir llamando por nombre y apellidos a los alumnos
de las distintas clases. Formaríamos una fila y, cuando
estuviéramos todos los de la lista, el tutor se marcharía con el
grupo dando paso al siguiente profesor.
Esperaba que el ritual de tú en esta clase y tú en la
siguiente no durara demasiado. El calor comenzaba a ser
mareante.
Acaricié el lado de mi cadera, me dolía, y eso que el grueso
del impacto no me lo llevé yo. Alcé con disimulo la mirada
para toparme con aquellos orbes helados, que observaban el
lugar en el que apoyaba la mano. Percibí el sitio exacto donde
la tenía puesta, pues el calor volvió a acentuarse en aquel
punto. Me costó tragar al intentar comprender por qué la piel
me ardía si él ni siquiera estaba tocándome.
La tutora de 1ºA salió a la palestra, desviando su atención.
Soltó los nombres casi sin respirar. Me recordó al presentador
del rosco de Pasapalabra. ¡Madre mía, era una máquina de
deletrear! La mujer, de la edad de mi madre, se presentó bajo
el nombre de María Palacios, vestía unas bermudas color
caqui, una camiseta blanca de manga corta y llevaba un
foulard colgando en los laterales del cuello.
Miré las puntas de mis deportivas blancas y me descubrí
cruzando los dedos de los pies para pedir que me tocara en la
misma clase que al chico de la moto. Menudo absurdo, si ni
siquiera me quiso decir su nombre. «Ridícula, Elle, eres una
ridícula».
Los descrucé de inmediato y reflexioné sobre el motivo que
me había hecho cometer aquella estupidez. Quizá fuera porque
era el único que había hecho algo por mí cuando no me
conocía, porque me gustaba su olor; o, sencillamente, porque
me intrigaba. No lo tenía claro, los chicos nunca me habían
interesado en exceso. Siempre tenía otras prioridades en la
cabeza, supongo que por ello me llamaba más la atención, si
cabía, que volviera a estar cruzando los dedos en el interior de
mis Adidas blancas con bandas holográficas.
Imaginé a mi madre mirándome por un agujerito y
frotándose las manos con cara de pilla. Resoplé con fastidio,
ella y su mente de autora de romántica, siempre insistiendo en
si me gustaba alguien. ¿Por qué se emperraba en que
encontrara a mi media naranja si yo me sentía una fruta
completa? Quizá fuera por curiosidad insana, por revivir lo
que supuso para ella el primer amor o por miedo a que me
quedara soltera y con un puñado de gatos a mis espaldas, que,
oye, tampoco me parecía un plan tan horrible.
Cuando veía que me cerraba en banda, contraatacaba
soltando aquello de: «Ya sabes que ni a tu padre ni a mí nos
importa si te enamoras de un chico o una chica, incluso puedes
ser poliamorosa y tener varios novios o novias mientras todos
estéis de acuerdo y sea consensuado, lo importante es que seas
feliz». Yo resoplaba, ponía los ojos en blanco y hacía lo
posible para cambiar de tema.
Puede que sea demasiado reservada para ciertas parcelas de
mi vida, y esa era una de ellas. Y si no me llamaba la atención
ninguno o ninguna, ¿qué le hacía? ¿Estaba obligada a que me
gustara alguien? ¡Pues no! No necesitaba que uno de esos
chicos con pinta de malote, que parecían encandilar a mis
amigas de Barcelona, me hiciera balbucear. Yo valoraba
mucho más que las personas fueran buenas, inteligentes y
empáticas. Pasaba de los chulitos de barrio o de los guaperas
de manual. Al final, lo que debe pesar es que a quienes elijas
en tu camino te causen más alegrías que tristezas, y si eso no
ocurre, es mejor andar sola rodeada de los que te quieren de
verdad.
Nadie había despertado una insana necesidad de ir
dibujando corazones en las libretas, por lo menos, hasta ahora.
Contuve el aliento al oír un nombre tan distinto como su
poseedor.
—Jared Loup —murmuró María Palacios, provocando que
el chico de la moto levantara la mano y respondiera con un
enérgico «sí». Me sentí del mismo modo que mi gato cuando
oye que se abre la nevera y visualicé a mi corazón
descendiendo por las escaleras. «Jared Loup», saboreé para
mis adentros.
Él chocó el puño contra el de Selene y el del otro chico, del
que tampoco conocía el nombre, y se encaminó directo hacia
1ºA.
Clavé los ojos en su espalda, cautivada por la gracilidad
con la que se movía, parecía flotar mientras los demás se
dedicaban a arrastrar los pies. No había conocido a nadie con
un nombre parecido. Me sonaba a prota de peli americana y no
a estudiante de instituto en un pueblo de Granada. ¿No se
suponía que aquí eran más bien de Alejandros, Antonios o
Danieles? Puede que le hubiera pasado como a mí y que
tuviera una madre de las que se pasan media vida buscando la
originalidad y el significado de los nombres. Me descubrí
entrando en Google para buscarlo.
Jared es un nombre masculino de origen hebreo que deriva
de la palabra ‫( יֶ ֶרד‬Yared) que significa «descendencia o
descendiente», o «el que desciende del cielo». ¿Serían sus
padres de descendencia hebrea? Tampoco conocía a nadie que
lo fuera. Quizá por eso tenía un aspecto tan diferente a los
demás chicos. Debía rondar el metro ochenta y su complexión
era de ir al gimnasio y matarse a hacer pesas. No obstante, no
era de los que lanzaban miraditas para ver si las chicas
colapsaban a su paso.
Escuché unas cuantas risitas procedentes de un grupito
cercano, ellas se daban de codazos y lo contemplaban bajo un
charco de baba, que no era precisamente de caracol, y por una
vez no me extrañaba, si había babeado hasta yo. ¡Qué horror!
Jared era de esos chicos que desprendían una energía
oscura y enigmática, envuelta en una espalda ancha y cubierta
por una chupa de cuero, ¿qué más se podía pedir?
Si mi padre viera la manera en que lo miraba,
desenfundaría su rifle imaginario, mientras mi madre lo
invitaría a casa para convertirlo en muso de alguna de sus
novelas. La visualizaba entonando eso de «este sí que es
guapo, no me digas que no te gusta ni un poquito». Lo malo
era que esta vez mi respuesta me hubiera sorprendido hasta a
mí. Pero ¡en qué diablos estaba pensando! Sería el accidente,
que me había dejado secuelas.
Llegaron a la S y, como era de esperar, lo hicieron sin decir
mi apellido. Cuando la clase se completó, la tutora les pidió
que la siguieran, manteniendo el orden y la distancia de
seguridad. Jared alzó un poco la barbilla y sus ojos impactaron
contra los míos un segundo. Fue suficiente aquella medida de
tiempo para que a mí se me olvidara respirar, pero ¿qué me
ocurría? Igual lo estaba idealizando demasiado.
Observé la estela que dejaba a su paso, como la gran
mayoría de chicas, quienes soñaban con pasear al lado de
aquella férrea determinación y que, en lugar de las manos en
los bolsillos, Jared les tomara una.
Mientras, él era ajeno al desasosiego que despertaba. Daba
la sensación de que le importara un pimiento lo que ocurría a
su alrededor, lo que no quería decir que no estuviera atento a
su entorno, que me lo digan a mí, que me había hecho rodar
sobre su cuerpo.
Las puertas del edificio se lo tragaron y yo seguí sudando
como un pollo mientras los demás grupos se iban
completando.
Capítulo 4
¡Menuda clase!

La desaparición de Jared del patio me sumió en una


especie de letargo. Lo único que esperaba escuchar era mi
nombre que parecía no llegar. 1ºB se llenó sin pena ni gloria.
En el C colocaron a Bastian Loup. Cuando escuché el apellido,
me sorprendí. ¿El chico reservado de mirada color noche era
hermano de Jared? No lo hubiera dicho nunca. Si tenían la
misma edad se debería a que eran mellizos, o hijos de distinta
madre…
Bastian tenía el pelo algo despeinado y una mirada
desafiante, parecía todavía más reservado que Jared, si es que
eso era posible, y no podía negar que también gozaba de un
físico envidiable y un rostro atractivo.
Completaron la clase y siguieron sin llamarme. Uno a uno
se rellenaron los grupos hasta llegar al último, el E, donde
iríamos los que quedábamos y, por lo tanto, a Selene y a mí iba
a tocarnos juntas. Aun así, mantuvieron el protocolo y nos
fueron llamando uno a uno en lugar de decir un «los que
quedan, conmigo».
—Selene Loup —la llamó nuestra tutora, que se había
presentado bajo el nombre de Ana Abellán. Al escuchar el
apellido, me quedé fuera de juego.
¿Cómo? ¿Ella también era su hermana? Si Jared y Bastian
no se parecían, con Selene era ya de chiste. Mi cabeza se puso
a analizar y a sacar conjeturas, como siempre hacía cuando se
me presentaba un desafío que escapaba a mi lógica.
Adoptados, tenían que ser adoptados, no había otra
explicación más coherente que aquella.
Las hipótesis se terminaron al escuchar mi propio nombre.
—¿Michelle Silva?
—¡Yo! —levanté la mano y fui directa hacia el grupo.
Oí una risita femenina y después un silbidito agudo, era la
típica broma fácil al escuchar mi apellido de descendencia
portuguesa.
Cada vez me afectaba menos aquel tipo de burlas. Me
parece que el detonante fue la llegada de mi amiga Érica, en
quinto curso, que se apellidaba Cuesta Mogollón; mi Silva, a
su lado, se quedó a la altura del betún. Por eso nos hicimos
amigas. A mí nunca me gustaron las personas que se mofaban
de otras por cualquier motivo, y Érica, con aquellos apellidos
destinados a complementarse, era el blanco perfecto.
Aunque una vez la conocías, te dabas cuenta de que se
trataba de una chica listísima, además de buena atleta. Por lo
que era lo opuesto a lo que sus apellidos marcaban. Pensé en
ella con añoranza. Debía haber estado a mi lado con los
nervios del primer día, haciendo que nos apretáramos la mano,
cruzando los dedos para que nos tocara juntas, y no a miles de
kilómetros de distancia.
Volví a fijarme en mis nuevos compañeros, muchos me
sacaban dos o tres cabezas. ¿En serio que aquellos chicos y
chicas tenían dieciséis años? Vale que yo solo medía uno
sesenta y cinco, pero es que algunos pasaban el metro ochenta
y tenían más barba que mi padre cuando decidía no afeitarse.
La clase era antigua, los pupitres individuales, aunque
contaba con pizarra digital. El instituto intentaba estar a la
última en medios tecnológicos. Coloqué mi mochila bajo la
silla y me crucé de brazos cabreada, hasta que me di cuenta de
que con esa actitud tampoco es que pudiera conseguir nada.
Saqué la libreta y un boli, por si tenía que apuntar el
material escolar, y dejé el estuche en el cajón. Mi madre
siempre decía que hay dos caminos, dos maneras de
enfrentarse a una misma situación y que solo tú puedes
escoger cómo prefieres hacerlo. Buscando la parte positiva o
encabezonándote con la negativa. Sí, lo sé, a veces dice cosas
interesantes.
Escogí la opción A, de ávida por intentar comprender cómo
iba a afrontar este nuevo curso.
Lo primero que nos pidió la tutora fue que nos
presentáramos, ya debí intuir que 1ºE era sinónimo de
«enterados», porque había unos cuantos pululando en la clase.
Aquella letra iba a convertirse en mi peor pesadilla.
Cada vez que alguien se levantaba, el grupito de los
«cachondos», por llamarlos de algún modo, aprovechaban el
momento para meterse con la persona que se estuviera
presentando. Algunos ni se inmutaban y llegaban a seguirles la
broma. Cuando fue mi turno, y me puse en pie, Selene aportó
su granito de arena a mi presentación.
—Hola, me llamo Michelle Silva, vengo de Barcelona y en
mi antiguo instituto todos me llamaban Elle para abreviar. —
Se oyeron varias risitas y silbidos acompañándome como una
auténtica banda sonora.
—¿Elle no es el nombre de una revista? —cuestionó
Selene con actitud petulante—. Seguro que su verdadero
nombre es Miguela Me La Sopla, y como a la niña no le
molaba, buscó algo más chic como Michelle Silva. ¿A que he
acertado? —se carcajeó, arrastrando a los demás.
Después se puso al silbar de nuevo. Los acólitos de la rubia
no hicieron más que imitarla. ¡Qué rabia que en el mundo
hubiera gente que necesitara apagar la luz de los demás para
absorberla como propia!
—Selene, haz el favor y compórtate, que si repetiste curso
en la ESO se trató por tu actitud. Sé que lo de tu enfermedad
del año pasado fue un punto y aparte, y ahora tienes que verte
de nuevo en primero, pero deberías tomar ejemplo de tu
hermano y este año ponerte las pilas, que capacidad no te falta
—le reprochó la tutora.
Selene apretó el gesto. ¿A qué hermano se referiría?
¿Jared? ¿Bastian?
—No digo nada incierto. Señorita Abellán, ha dado la
callada como respuesta. Además de tener un nombre feo, a la
pobre Miss Barcelona casi la atropellan fuera, es un pelín
patosa aparte de mentirosa.
—¡Eso no es cierto! —protesté enfadada, poniéndome en
pie. Tampoco era de las que se quedaban calladitas si no me
parecía justo—. Ni soy Miss Barcelona, ni me llamo Miguela,
ni mi apellido es Me La Sopla, que, por cierto, podrías haber
sido algo más original y no ir a lo fácil. En lo único que tienes
algo de razón es en que casi me atropellan, pero no por lo que
insinúas. Por suerte, tu hermano no se parece en nada a ti y me
salvó. —Ella me miró con odio.
—Pues yo creo que lo que dice Selene es verdad, tienes
pinta de patosa, mentirosa y llamarte Miguela —replicó una
voz al fondo, partiéndose de la risa.
—¡Basta! —prorrumpió la señorita Abellán—. Estoy harta
de vuestras tonterías. Selene Loup y Antonio Méndez, no me
hagáis poneros un parte el primer día. —Ni siquiera quise
mirar al tonto a las tres que había hablado. Decididamente,
mudarse había sido una mala decisión.
—Es mi opinión, ¿acaso no la va a respetar? Estamos en
democracia, es libertad de expresión.
—La libertad de expresión no se rige por las majaderías y
las sandeces, señor Méndez. Además, la libertad de uno acaba
donde empieza la del otro, haría bien en recordarlo. —Me
senté en la silla con ganas de hundir la cabeza entre los brazos.
Mi tutora parecía desbordada, en mi clase éramos treinta y
cinco, mientras que en las otras había diez alumnos menos, y
se notaba que algunos venían a pasar el rato. ¿Por qué? Si
nadie te obliga a seguir estudiando en bachillerato. Bueno,
quizá algunos padres sí. Pero ¿no se dan cuenta de que eso
perjudica a sus hijos y al resto?
Había unos pocos alumnos que se veían tan desubicados
como yo. Sobre todo, una chica de pelo rizado y ojos
almendrados que se sentaba en el pupitre de mi derecha. Era la
siguiente en presentarse. La tutora le dio pie y ella se levantó
tirando la silla al suelo.
Todos se pusieron a reír ante el estruendo y la pobre se
puso roja como la grana. Me incorporé para ayudarla y entre
las dos levantamos la silla. Me dio un «gracias» apenas
audible, se notaba a la legua que lo estaba pasando tan mal
como yo.
—Me… Me… Me lla… lla… llamooo, Cla… Cla…
Claudia, Su… Su… Su…
—¡Acabáramos! Nos van a dar las uvas esperando a que
digas tu apellido, pero las del año que viene, mejor
abreviamos, te llamamos tartaja y Santas Pascuas. —Ella puso
cara de querer ser fulminada por un rayo y la tutora se
encendió.
—Mira, Antonio, he intentado por todos los medios no
hacer esto porque es el primer día, pero me lo has puesto muy
difícil. Ve al despacho del director y dile que vas a pasar allí la
siguiente hora, a ver si eres tan ocurrente con él.
—¿Y el parte? Ya sabe que los colecciono, no quiero
quedarme sin el suyo. —¡Oh, Dios!, ¿se podía ser más
horrible?
—No te preocupes, que hoy te llevas el primero firmado
con todo mi cariño, y dile a tus padres que quiero una reunión
con ellos.
El chico le ofreció una sonrisa y un guiño, cogió la
mochila, hizo un puño, dio tres golpes en su pecho y apuntó
hacia delante mirando al resto de la clase antes de salir por la
puerta.
—Me las piro, chavales, ya sois uno menos, que os den.
Hubo risitas, vítores y un golpe sobre la mesa seguido de
un bufido de advertencia. Iba a recordar este día para los
restos.
Capítulo 5
Mi nueva amiga

Claudia Suárez terminó su presentación con dificultad,


bajo la amenaza de la señorita Abellán de que si alguien más
se reía, u osaba interrumpirla, saldría de su clase para ir
derechito a hacerle compañía a Méndez.
A la hora del recreo, me uní a Claudia. Era la única persona
con la que sentía que podía llegar a conectar. Ella volvió a
agradecerme el haberla ayudado durante su presentación y, una
vez a solas, algo más tranquila, me explicó que lo del
tartamudeo no le pasaba siempre, solo en las situaciones que le
causaban estrés o nerviosismo, como hablar en público,
empezó a ocurrirle a raíz del fallecimiento de su madre. Era
una chica que prefería escuchar. Vivía en el pueblo de al lado,
que se llamaba Híjar y pertenecía al mismo ayuntamiento que
el mío. Su padre tenía un taller mecánico, por lo que ella
pasaba muchas horas sola en casa.
—No te preocupes, no pasa nada, yo soy de las que hablo
por los codos, así que ya me va bien tener a alguien al lado que
compense. —Ella me sonrió con afabilidad.
Claudia me confesó que su tartamudez la hizo una chica
solitaria, que había supuesto una barrera que le impedía
sociabilizar con normalidad, puesto que siempre generaba
burlas en los demás. Lo diferente tendía a ser aquello que
repudiábamos, solo era miedo a lo desconocido y preferíamos
aislarlo en lugar de aprender o enriquecernos con aquello que
no era igual a la mayoría.
Se lo dije y ella respondió que ojalá hubiera más personas
que pensaran como yo. Que en su anterior centro escolar sufrió
acoso, lo que provocó que sus notas bajaran tanto que llegó a
sentirse tentada a dejarse vencer y arrojarse por una ventana.
Por suerte, la psicóloga a la que acudía, alertada por el
derrotero que tomaron las últimas sesiones, dio la voz de
alarma y lo hizo saltar todo por los aires.
Su padre no se quedó de brazos cruzados y prefirió cambiar
a Claudia de instituto, ya que sus acosadores seguían en el
antiguo, y lo único que recibieron fue una expulsión por unos
días.
Había conservado la esperanza de que aquí no le ocurriera
lo mismo, hoy también era su primer día y, zasca, había caído
junto a mí en el agujero negro de 1ºE.
—Odio a la gente que hace cosas así y que se cree superior
a los demás. Tú mantente a mi lado, juntas somos más fuertes
—prorrumpí, desenvolviendo mi bocadillo para alzarlo a
modo de espada.
—E… Eres un poco teatral, pe… pero me gustas. O…
Ojalá todos fueran co… como tú. —Le ofrecí una sonrisa
sincera.
—Como yo, no sé, con una Elle hay suficiente, aunque no
me gustan nada los abusones y sí el teatro, en Barcelona
recibía clases de teatro musical y danza.
—Se te nota. Ti… Tienes cuerpo de bailarina. Yo tendría
que hacer más deporte. Me… Me paso el día leyendo.
—Ufff, tú encajarías mucho con mi madre. Ella también lee
mucho. ¿Tú no comes?
—Me… Me dejé el desayuno en casa, mi padre trabaja
todo el día y se olvidó de comprar pan. —Partí el bocadillo en
dos.
—Toma, yo con medio voy que ardo, en casa ya desayuné
un bol de leche con cereales.
—No es necesario.
—Anda, come, que mi madre dice que con la barriga vacía
no se rinde igual. Y si lo dice mi madre, es que es cierto.
Jared, Bastian y Selene pasaron por nuestro lado como una
exhalación. El primero volvió la cabeza para mirarme y a mí
se me anudaron las cuerdas vocales.
—¿Conoces a Jared? —preguntó Claudia embobada.
—¿Tú sí? —cuestioné asombrada.
—Todos conocen a los Lobos. Da igual del pueblo que
seas, su fama los precede.
—¿Los Lobos? —pregunté curiosa—. ¿Lo dices por las
chaquetas que llevan y el anagrama? —Ella negó.
—Son MENA.
Había oído hablar de los menores no acompañados, era un
tema de máxima actualidad, muchos los usaban para hacer
política y cada partido tenía su propia opinión al respecto.
—¿En serio? ¿Entonces no son hermanos?
Claudia negó.
—En la casa de acogida donde viven, todos se apellidan
Loup, que es lobo en francés. Llegan a España sin papeles, sin
nombres ni apellidos, de esa manera, nadie sabe dónde los
tienen que devolver. Muchos son enviados a casa del señor
Loup, cuando tiene habitaciones libres. Digamos que les da a
todos su apellido y viven juntos en Sierra Nevada. Es un
hombre un tanto peculiar, nadie sabe muy bien a qué se
dedica, algunos dicen que es un noble francés, otros que
aprovecha sus «obras de caridad» para blanquear dinero
procedente del cultivo de Marihuana… Ya sabes la fama que
está cogiendo Granada en lo referente a las guarderías de
María.
—Ni idea, pero en Cataluña no se quedan atrás.
—El señor Loup no se prodiga demasiado por el pueblo.
Tiene una asistenta guapísima, muchos piensan que están
liados. Parece una modelo rusa, las malas lenguas dicen que la
compró en ese país. Ella es quien se encarga de matricular a
los chicos en los distintos institutos de Granada. Actúan como
si fueran una manada. Donde va uno, va el resto. Quien se
mete con uno se mete con todos, así que es mejor no
enfadarlos. Todos su… suelen bailarles el agua, sobre todo, a
Selene. Los chicos son más reservados. Ella sí que tiene un
hermano de verdad, mellizo, pero va a la universidad, era
alumno de mi anterior instituto, aunque es muy famoso por
aquí. A él hacía referencia la tutora cuando le hablaba a
Selene, es muy listo.
Volví a sentir aquella mirada gélida recorriéndome el
cuerpo. No podía verlo, pero percibía que él sí lo estaba
haciendo, desde un punto que mis ojos no alcanzaban.
—Da un poco de miedito lo que cuentas, suena a secta —
anuncié.
—Sí, mejor alejarse de ellos. Aunque son tan guapos… —
suspiró—. Tienen un grupo musical, Jared es el cantante,
Selene la batería y Bastian toca el bajo junto a Moon, el
hermano de Selene. —Claudia lanzó un suspirito que me dio a
entender que el mellizo le gustaba un pelín, o un muchito,
según se mirara—. Se llaman El último aullido.
—Muy propio —anoté—. Oye, ¿te has dado cuenta de que
llevas rato sin tartamudear? —Su rostro se coloreó.
—Eso es porque me haces sentir cómoda.
—Me alegro, porque tú a mí también.
Cambiamos de tema y hablamos de la clase que nos había
tocado, a Claudia tampoco le gustaba y le daba la misma
sensación que a mí, que no íbamos a avanzar. Hablamos un
poco sobre qué me había llevado a venir a vivir a Granada.
El timbre que finalizaba el rato de recreo nos hizo volver a
las aulas.
Cuando el profesor de Historia cruzó la puerta, supe que
algo raro estaba pasando. Alcé la mano.
—Disculpe, yo soy de ciencias, no puede tocarme Historia.
—Yo… Yo… Yo también —alzó la mano Claudia.
—¿Cómo se llaman? —preguntó el profesor. Le dimos
nuestros nombres y él dijo que lo sentía, pero que estábamos
matriculadas en su clase.
—Es imposible —proteste—. ¡Odio la historia! —El
hombre frunció el ceño.
—Pues no debería, la historia nos ayuda a saber quién
somos y a no cometer los errores del pasado. —Parecía estar
escuchando a mi madre.
—Me parece genial, pero yo escogí ciencias. ¿De qué es
este primero?
—De ciencias sociales, ¡paleta! —exclamó Selene.
Mi madre y yo tuvimos muchísimos problemas para la
inscripción, nos hicieron regresar al centro un montón de
veces porque tenían los sistemas de la Junta de Andalucía
colapsados, ¿y para qué? Para que ahora me matricularan en
un bachillerato que no quería. ¡No podía ser! ¡No podía ser!
Al llegar a casa, mi madre fue quien abrió la puerta y lanzó
la temida pregunta. Mi padre estaba haciendo la comida y mi
hermano se mantenía atrincherado en el sofá mirando una serie
de Netflix.
Antes de responderle a mi madre le dediqué unos mimos a
nuestro gato, que era adoptado, almeriense y tenía el mismo
tiempo que nuestra mudanza. Ronroneó en señal de
bienvenida.
—Hola, Mr. Peanut —lo saludé, pasando mi cara por la
suya.
—Deja al gato y cuéntanos —insistió mi madre expectante.
Y, entonces, fruto de los nervios, de la presión o del
conjunto de sucesos que marcaron aquellas siete horas fuera de
casa, añadiendo el concepto extra sensible a mi lista de
virtudes, rompí a llorar.
Capítulo 6
Lo arreglaremos

Cuando logré calmarme e hilar dos palabras que tuvieran


sentido, conseguí explicar el origen de mi desasosiego. Por lo
menos, el que mis padres merecían saber.
—Vamos, Elle, no te lo tomes tan a pecho, seguro que
podremos solucionarlo.
—¡¿Cómo?! ¡Estoy apuntada a un bachillerato erróneo! Y
hay gente en mi clase que se dedica a coleccionar partes como
si se tratara de «me gustas».
—¿Me gustas? ¿Quién te ha dicho que le gustas? —
preguntó mi hermano desde el sofá—. Elle tiene novio, Elle
tiene novio —canturreó, poniéndome histérica.
—¡Tú cállate, que no te enteras!
—Elle… —dijo mi padre con tono de advertencia desde la
cocina.
La campana extractora zumbaba por encima de nuestras
cabezas, anunciando que había llegado la hora de comer.
—¡Es que siempre se mete donde no lo llaman y yo
termino llevándome la bronca! —justifiqué mi salida de tono.
—Oye, ¿qué te digo siempre sobre cómo gestionar las
cosas? —Mi madre llamó mi atención interponiéndose en mi
campo visual—. Puede que no eligieras bachillerato de
ciencias sociales, pero quizá acabe gustándote —admitió,
bajando el tono una octava.
—¿Gustando? Mamá, ¡que tengo Historia del Mundo
Contemporáneo y Latín! —la interrumpí, descargando la
mochila de mis hombros.
—Las lenguas no se te dan mal… —La atravesé con la
mirada.
—Ya no es solo eso, tendrías que haber visto alguno de
esos chicos, ni siquiera quieren estudiar, y eso que es el primer
día, no quiero ni imaginar cómo será a mitad de curso —
protesté queda—. A mi amiga nueva le ha pasado lo mismo,
además, son una panda de abusones desganados que solo se
divierten metiéndose con los más débiles. Tú siempre dices
que te cuente las cosas para que podamos solucionarlas, que
no me las guarde, y quedarme en esa clase no es una opción
válida para mí. ¡Quiero sacar buenas notas! ¡Quiero estudiar
Ciencias a secas!
Siempre había sido muy aplicada, por lo que, para mí, un
notable era motivo de desdicha. Si estar en esa clase iba a
suponerme echar por tierra el esfuerzo que había empleado los
años anteriores, me sentiría muy desgraciada.
—Vale, vale, está bien, capto el mensaje. Déjame mandarle
un correo a tu tutora por IPASEN, a ver si podemos hacer algo
al respecto y que te cambien al bachillerato que te inscribimos.
IPASEN era el programa de comunicación que había entre
los colegios y los padres. Se podía ver tanto las notas como
hablar con el profesorado, o incluso justificar las faltas de
asistencia.
—Claudia ha dicho que se lo comentaría a su padre, ella se
cambió de instituto porque sufría acoso y lo pasó muy mal. Si
sigue en esta clase, va por el mismo camino, además de que no
le gusten, como a mí, ciertas asignaturas.
—Hija, los abusones están en todas partes, ojalá os
pudiéramos poner una armadura contra ese tipo de cosas. El
acoso nunca se debe tolerar, y Claudia hace muy bien en
exponérselo a su padre.
Mi madre me apretó contra su cuerpo en un abrazo cálido y
besó la parte alta de mi cabeza.
—Lo solucionaremos. Ahora es mejor que comamos, que
han pasado muchas horas desde el desayuno.
—No tengo hambre —suspiré.
—Me da igual que no tengas. Un mal día lo tiene
cualquiera y debes aprender que una barriga vacía no
soluciona las penas, al contrario. Además, papá te ha
preparado tu plato predilecto.
Recibí un empujoncito en la parte baja de la espalda y me
dirigí a la barra. Nuestra cocina comunicaba con el salón.
Había cuatro taburetes cromados de asiento rojo donde
desayunábamos, comíamos o cenábamos, siempre y cuando no
hubiera invitados.
La gran mesa que ocupaba la parte central de la estancia
estaba más de adorno que de otra cosa.
—Venga, cariño, anímate —murmuró mi padre—. Mamá
tiene razón, verás cómo lo arregla, y te he preparado
espaguetis a la carbonara con extra de queso —aclaró, alzando
la cuchara de palo para que viera la salsa espesa.
No tuve más opción que ofrecerle una sonrisa apretada y
dirigirme al baño, que quedaba a la derecha, al lado de la
escalera, para lavarme la cara y las manos.
Dejé la puerta entornada. Escuché cómo mi madre le
advertía a mi hermano que hoy me dejara en paz, que tenía que
comportarse conmigo. Suspiré como si no me cupiera más aire
en los pulmones y me imaginé contándole la mitad del día que
había obviado, aquella en la que casi fui atropellada y salvada
por un chico apellidado lobo en francés.
Sacudí el pensamiento de inmediato, omitir lo ocurrido no
era lo mismo que mentir, ¿verdad? Y si lo era, ya se lo
contaría más adelante, cuando las aguas estuvieran más
calmadas. Total, tampoco me había preguntado directamente
por el atropello, lo que quería decir que Radio Patio, el canal
de WhatsApp que compartían los vecinos, no se había hecho
eco del suceso. Mucho mejor así.
Me sequé con la toalla y aspiré el aroma a suavizante antes
de regresar más calmada.
Terminé de comer y subí a mi cuarto, estaba un poco
cabreada porque era más pequeño que el de mi hermano, y se
suponía que yo era la mayor. Además, pasaba más tiempo en
él que Carlos, por lo que no comprendía por qué tenía que
haberme tocado ese. Que estuviera pintado de rosa no me
parecía motivo suficiente. Les pedí a mis padres mudarme a la
buhardilla, así, por lo menos, tendría más espacio, pero eso
supondría hacer obras y que mi madre se quedara sin su
despacho, uno que, por cierto, no utilizaba. Se bajaba el
portátil y tecleaba desde el sofá porque decía que arriba no se
podía estar. Entonces, ¿qué más les daba? No había quien
entendiera a los adultos.
Cogí el móvil y le mandé un mensaje a Claudia.

Stás? ☺
15:45
Síp ☺
15:45
Se lo has dicho a tu padre?
15:46
No llega hasta las 21:00, y tú?
15:46
Sí, mi madre le ha mandado un mensaje
a la tutora, espero que me cambien
15:46
Yo quiero ir contigo ☹
15:46
Yo también, pero es q no puedo seguir
en esa clase, sé q no rendiría, odio la historia☹
15:47
Me ha quedado claro y al profe también.
Yo tampoco quiero estar ahí… ☹
15:47
Pues llama a tu padre y q le mande
un mensaje a la señorita Abellán, a ver
si así nos ponen juntas. ☺
15:48
Lo intento. Quedamos mañana en la puerta
5 min. antes?
15:48
OK. Nos vemos mañana. No te agobies ☺
15:48
Tú tampoco ☺ xoxoxo
15:48
Xoxoxo
15:49

En cuanto terminé la conversación, me fui directa a Google


y tecleé Jared Loup con el corazón acelerado.
Salía un Jared Loup en Facebook, y aunque no lo hacía
mucho de esa red social, tenía que probar. Como era de
esperar, no me encontré con él, sino con la imagen de un
adorable bebé de Estados Unidos.
Volví hacia atrás. En la siguiente opción, me salía un perfil
de Linkedin. Sabía cuál era porque mi madre la usaba en su
trabajo anterior, una red para profesionales en la que dudaba
que estuviera inscrito, y menos al leer, sin necesidad de entrar,
que se trataba de un tipo de Texas.
¿Todos los Loup eran americanos? Y yo que los hacía
franceses…
Nada. Ningún resultado me ofrecía lo que buscaba. Al
pulsar en imágenes, me salieron un montón de peluches de
lobo. Perfecto, como espía no tenía desperdicio.
Me decanté por probar suerte con los nombres de sus
hermanos, aun a riesgo de que me saliera un sarpullido al
teclear el de Selene.
Nada. Mi gozo en un pozo. «Piensa, Elle, piensa».
Entonces, se me ocurrió probar con el nombre de su grupo
musical. ¿Cómo había dicho Claudia que se llamaban? Ah, sí,
El Último Aullido.
Pulsé las teclas y…
¡Bingo!
Tenían un canal de YouTube con una cantidad nada
despreciable de seguidores, un perfil de TikTok, que se veía
claramente que lo gestionaba la bruja de Selene, con su
postureo de diva de la batería, y uno de Instagram, en el que
me puse a chafardear como una loca.
@El_último_aullido.
En él había varios comentarios, muchos de chicas lanzando
besos y corazones a @J_Loup, @B_Loup y @M_Loup. Los
componentes masculinos. El mellizo de la rubia era muy
parecido a ella, con el pelo lacio, extrablanco y una mirada
fría. No sé cómo a Claudia podía resultarle atractivo, a mí me
daba un poco de grima, parecía un vampiro. Era más pálido
que yo, que ya era decir…
Volví a buscar el rostro de mi salvador, había un vídeo
corto de lo que parecía un videoclip. Le di al play para
escuchar su voz ronca susurrando en mitad del bosque.
Le aullaré a la luna guardiana de las sombras.
Correré libre entre abetos y tierra.
Mi aliento será viento que susurre a las hojas,
tu nombre escrito en piedra.
Al terminar, un destello parpadeó en su pupila. Miraba
directamente a cámara como si pudiera traspasar la pantalla y
decírmelo a mí. Sentí un estremecimiento tan brutal que lancé
el móvil contra el colchón. Era imposible que me cantara a mí,
si ni siquiera nos conocíamos.
¿A qué nombre haría referencia? ¿Al de su novia? Seguro,
un chico como Jared tendría una chica preciosa. ¡Dios, estaba
volviéndome loca! ¿Desde cuándo a mí me importaban esas
cosas?
«Desde que él te ha salvado la vida», respondió una voz
que no identifiqué como mía. Tenía que dejar de pensar en él y
centrarme.
Hoy tenía clase de danza. Sudar y bailar siempre me había
sentado bien. Jared Loup y mi clase infernal no iban a cambiar
eso.
Me levanté de la cama y me puse a preparar mi mochila.
Capítulo 7
Stalker Queen

Ala mañana siguiente, mi madre ya había ejercido su


magia, movió cielo y tierra para que me cambiaran de clase sin
aceptar un no por respuesta.
Habló con mi tutora, le expuso el problema y la señorita
Abellán prometió hacer todo lo posible para hablar con
dirección y solventar mi malestar.
Cuando Claudia y yo llegamos a clase, nuestra tutora nos
comunicó que habría cambios. Que esa misma tarde tendrían
una reunión urgente para reubicarnos, pues había dos clases de
Ciencias y tenían que ver en cuál nos colocaban. Todo
apuntaba a un fallo informático en nuestra matriculación, ya
que habían comprobado los impresos y estaban bien.
Recibiríamos un comunicado, a través de IPASEN, con
nuestra reubicación.
Claudia y yo respiramos un pelín aliviadas. Cruzamos los
dedos para que nos tocara juntas, sobre todo, ella, quien había
encontrado en mí un apoyo inesperado.
Pasamos el día repasando normativas. No podíamos dar
materia, ya que el cambio de clase incluía también el de
profesorado, por lo que fue un segundo día extraño. Faltaron
algunos de los alumnos, en concreto, Antonio Méndez, al que
Claudia y yo bautizamos «el graciosillo», una chica y un par
de chicos sin motivo aparente. Ello hizo más soportable la
mañana.
Quedaba un mes y unos días para mi cumple y ya tendría
los dieciséis. Un año más de instituto y tendría que escoger
carrera. Si algo tenía claro era que quería ir a la universidad,
aunque todavía no sabía por qué decantarme. Mi padre decía
que no me agobiara y mi madre, que solo tenía que elegir
aquello que me hiciera feliz por el momento, que la vida daba
muchas vueltas y que si no, me fijara en ella. Pero es que a mí
me gustaba tenerlo todo planeado y no terminaba de encontrar
eso que me llenara al cien por cien.
Ya respiraba un poco más tranquila. Aunque en primero de
bachillerato se compartían muchas asignaturas con los de
letras, no era lo mismo. Prefería aquellas asignaturas que eran
de razonar en lugar de las de empollar, en eso salía a mi padre.
No obstante, no me libraba de Lengua Castellana, Literatura y
Filosofía. Lo bueno era que sí dejaba atrás la historia, que era
una de las que se me atragantaban, ya era un gran qué. Prefería
centrarme en el hacia dónde íbamos que nadar en las turbias
aguas del pasado.
Inglés no se me daba mal, tendría como segunda lengua el
francés, en lugar de catalán, que esperaba que no me costara
en demasía. Había estado practicando todo el verano con una
app que me descargué para no ir tan a ciegas. Como optativas,
escogí Física y Química, Biología y Geología, Dibujo
Artístico y Patrimonio Cultural y Artístico de Andalucía. Esta
última, capricho de mis padres, que dijeron que tenía que
aprender más sobre mi entorno y que el arte era cultura. No es
que me entusiasmara la idea, pero comprendí que algo de
razón llevaban.
A la hora del recreo, volvimos a colocarnos en el mismo
lugar que el día anterior, tratando de pasar inadvertidas para no
convertirnos en objeto de burla.
Mientras Claudia intentaba ponerme al día sobre algunos
de los chicos y chicas de su pueblo, yo no dejaba de mirar por
si aparecía el que tenía aroma a bosque. El estribillo de su
canción se me grabó a fuego y no había podido dejar de
tararearla, ni siquiera en la clase de ballet.
Una risita me hizo volver la mirada hacia mi interlocutora.
—¿Qué?
—Pareces una jirafa —se carcajeó.
—¿Yo?
—Sí, tú. No sé si has oído algo de lo que te he contado, a
juzgar por tu expresión, diría que no. Suerte que yo era la
callada y tú la charlatana —le ofrecí una sonrisa avergonzada.
Tenía razón, parecíamos haber cambiado las tornas—. ¿Acaso
estás buscando a alguien? —Bajé la mirada. Menuda pillada.
—Qué va.
—Pues si no paras de prolongar tus cervicales, tendrán que
anillarte el cuello, como a esas mujeres africanas, para que no
se te parta.
—Eres una exagerada —refunfuñé, dándome cuenta de que
los lobos acababan de entrar en el patio. Mis ojos se
incrustaron en una figura alta, morena y de proporciones
equilibradas.
—Y tú una mentirosa —resopló al ver cómo mi mirada se
anudaba a la de Jared.
Mis vértebras se encogieron como un acordeón. Mi
salvador parecía tener un radar que le daba mi geolocalización
exacta, porque, nada más salir, sus ojos se dispararon contra
los míos, haciendo del estribillo de Instagram una atadura
perfecta para que no pudiera moverme del sitio.
Él estrechó la mirada y yo creí poder captar su aroma por
encima de los bocadillos y las latas de refresco.
¿Se me habrían agudizado los sentidos? Jared frenó un
poco el paso, llamando la atención de mis compañeros de
instituto, quienes vagaron hasta el objeto que llamaba su
atención, o sea, yo.
—Te está mirando Jared Loup, te mira —insistió Claudia,
tirando del bajo de mi camiseta azul turquesa.
Mi cara, ya de por sí sofocada, se encendió más todavía, y
es que cuando sentía vergüenza, mi piel reaccionaba y
enrojecía cubriendo las pecas con un manto rojo.
—Qué va, no, no es a mí. Debe estar buscando a alguien.
—¿En la pared de tu espalda? No me hagas reír. —Me vi
obligada a apartar la vista, y cuando volví a alzarla, los lobos
ya habían pasado de largo para ubicarse en su rincón del patio.
Intenté excusarme, aunque Claudia era casi tan persistente
como yo e insistía en que se trataba de mí a quien Jared miraba
con tanta atención.
Un par de chicas se acercaron a nosotras. Una lucía una
sonrisa de oreja a oreja, además de un outfit de lo más
llamativo, parecía una modelo juvenil. La otra daba un pelín
de repelús, tenía el pelo rojo, los ojos de un verde más intenso
que los míos y vestía en plan gótica. Parecía salir de la peli de
Los Descendientes, la de los hijos de los villanos Disney.
—¡Hola! —exclamó la morena de pelo negro. Tenía una
melena lustrosa que le llegaba a la cintura, con algunos
mechones en rosa.
—Ho… Hola —contesté, mordiéndome el interior del
carrillo.
—Soy Ana, aunque todos me llaman Nita, voy a 1ºB y tú
eres la nueva, ¿verdad? —Nita obviaba a Claudia, toda su
atención estaba puesta en mí.
—Sí, soy Michelle y, como a ti, todos me llaman Elle. —
Ella emitió una risita.
—Qué graciosa… Se pronuncia como el pronombre
personal masculino de la tercera persona del singular… ¿Él?
—Exacto. Ella es mi amiga Claudia —presenté a mi
compañera, quien no dijo una sola palabra.
Tenía cara de alucinada, aunque yo no sabía muy bien por
qué. Nita apenas le destinó un cabeceo fugaz.
—Ella es Rache, diminutivo de Raquel —presentó a la
pelirroja, que me miraba sin humor.
—Oye, perdona que sea indiscreta, pero… ¿tú eres la chica
misteriosa a la que Jared salvó ayer? —Vaya, Nita no perdía el
tiempo.
—Sí, e… es ella —respondió Claudia por mí.
Desvié la vista y la descubrí mirando a Nita con adoración.
¿Qué me estaba perdiendo?
—¡Oh, qué bien! ¿Y te importaría contestarnos unas
preguntas? Rache, sácale una foto para el blog. —¿Blog?,
¿qué blog? Antes de que pudiera hacer la pregunta, Nita siguió
con sus explicaciones—. Va sobre el insti, aunque lo llevo yo.
Comento todos los sucesos relevantes que son de interés para
los alumnos, ya sabes… Conciertos, fiestas, alumnos
interesantes… —Agitó las cejas.
¿Se refería a que yo era una alumna interesante? No quería
serlo, no quería tener notoriedad.
—Preferiría que… —Antes de terminar la frase, Rache ya
había sacado su móvil y capturado mi cara sonrosada—. No,
no me hagas fotos —culminé.
—Anda, no seas tonta, si esto te va a dar muchísima
popularidad… Además, la cámara te adora —dijo, mirando la
pantalla de Rache asintiendo—. Tienes una cara muy
fotogénica —murmuró Nita.
—Yo no busco popularidad.
—Todas buscamos popularidad. Mejor ser de las guais que
de las denostadas, esas suelen pasarlo mal por aquí. Anda,
mujer, no seas seca. Solo serán cinco minutos, no te cuesta
nada, y te prometo que quedarás contenta con mi trabajo.
Tengo alma de periodista y estoy convencida de que terminaré
de presentadora en la tele. A una siempre le conviene tener
amigas influyentes.
Nita no era el tipo de chica a la que solía acercarme, pero
Claudia murmuró en mi oído que no pasaba nada, que estaba
bien y yo, por no hacerle el feo a mi amiga, terminé aceptando.
Como dijo la morena, solo estuvo cinco minutos, se limitó
a hacer dos o tres preguntas sobre quién era y después pasó
directa al accidente y al modo en que Jared me miró al entrar
en el patio. Desde luego que tenía alma de paparazzi. Intenté
hacerme la loca y decir que no me había percatado de ello, sin
embargo, podía ver que no me creía.
—Bueno, pues ya está. Muchas gracias, Elle, espero que te
guste la entrada al blog cuando se publique. Si quieres
seguirlo, se llama Stalker Queen, solo tienes que darle a me
gusta y suscribirte, te llegará el aviso en cuanto esté subida.
«La reina del acoso», traduje mentalmente. Genial, lo que
me faltaba.
—¡Ciao, chicas, que paséis un buen día! —Nita agitó la
mano y Rache ni siquiera habló, saliendo en pos de su dueña.
—¡OMG! ¡Nita Ferrer y Rache Gómez hablando con
nosotras! —estalló Claudia cuando las chicas se dirigieron a
otro grupito.
Me entraron ganas de responder que la pelirroja solo se
había dedicado a respirar el aire que expulsaban los pulmones
de la morena, pero supuse que ya se había dado cuenta.
—¿Y?
—Pues que es una señal, la suerte nos está cambiando. ¡Vas
a ser la nueva entrada del Stalker Queen! ¡Eso es un
privilegio!
—¡Menuda suerte! —rezongué con la cabeza todavía
dándome vueltas.
—¡Pues claro! ¡Solo entrevistan a las populares! —gritó
como si eso lo cambiara todo. Yo me encogí de hombros—.
Oh, venga ya, tienes que alegrarte. Su blog lo lee todo el
instituto, vas a pasar de ser una desconocida a la chica más
envidiada, a la que el mismísimo Jared Loup salvó de una
muerte asegurada. Ese chico no mueve un dedo por nadie que
no sea de su grupo… ¡Y yo soy tu amiga! —Claudia se
deshizo en palmadas.
—¿Y qué importancia tiene eso?
—Puede que en Barcelona ninguna, pero esto es un pueblo.
Todos nos conocemos y Granada, aunque sea una ciudad,
tampoco es una gran urbe. Nuestra suerte está cambiando, lo
presiento. Quizá hasta termines saliendo con él —la
sugerencia hizo que mi desayuno diera una voltereta.
—Pero ¡qué dices! Eso es una tontería.
—No lo es. Jared nunca había mirado así antes a ninguna
chica de por aquí. Nita se ha dado cuenta, ella es la reina abeja
y las demás las obreras, puede ensalzarte o hundirte con un
chasquido de teclas, e intuyo que, por algún motivo, le has
gustado.
—¿Yo? —Claudia asintió.
—Por eso Rache te miraba así, es su chica. —Lo que me
faltaba, despertar los celos de la gótica.
Deslicé la mirada por el patio. Era cierto que los demás
alumnos nos miraban con curiosidad, incluso los Lobos, en
especial, Jared, que hizo un movimiento como si negara con la
cabeza escuchando a Selene, que parecía bastante indignada.
El timbre sonó indicando que el tiempo de descanso había
concluido. No estaba segura de haber hecho lo correcto. Quizá
no debería haber hablado con ellas, ni haber aceptado la
publicación del dichoso artículo.
Ahora ya estaba hecho, solo me quedaba cruzar los dedos y
esperar que no la hubiera fastidiado.
Capítulo 8
¿Quién es esa chica?

Nuevo día, nueva clase.


Eso fue lo que me dije nada más levantarme. El
comunicado del cambio llegó a las nueve de la noche, donde
se le decía a mi madre que había sido reubicada a primero
ABC. «¿ABC? Pero ¿eso no es un periódico?», le pregunté a
mi progenitora. Ella se limitó a responder que sería alguna
fusión de alumnos de esas tres clases en las que me habrían
incluido a mí. Imposible, eso tenía que tratarse de un error al
teclear. A veces, los mayores tendían a complicarse en los
razonamientos, sacarle punta a lo que no la tenía. Mi madre
añadió que no protestara, que daba igual el nombre de la clase
mientras me pusieran en la que me correspondía. Decidí que
tenía razón, habíamos logrado lo que buscábamos, así que no
iba a replicar por una absurda nomenclatura.
Me había pasado parte de la tarde mordiéndome las uñas,
mientras esperaba el puñetero mensaje. Estaba tan agobiada
que mi madre insistió en que saliera a dar una vuelta con las
vecinas. Abril, la hija de la peluquera; Carla, la que vivía a su
lado; Andrea, y Elena. Las cinco bajamos hasta el Ratoncito a
por unas chuches y un granizado, que nos tomamos sentadas
en un banco en el parque de enfrente.
Con Abril, Carla y Andrea me llevaba un año, mientras que
con Elena me llevaba dos. Todas tenían hermanos, excepto
Andrea, que tenía una hermana más pequeña de la edad del
mío y estudiaba en el cole bilingüe que había en Las Gabias.
Abril tenía un hermano mucho más mayor que ella,
Antonio, que era músico en el ejército. El hermano mayor de
Elena también se llamaba Antonio, e iba a primero de
bachillerato, solo que a él le había tocado 1ºC. Ya te dije que
Las Gabias estaba llena de Antonios y no de Jareds. Elena
tenía otro hermano que iba a clase con Carlos y Fede, ambos
cursaban quinto curso, en Nuestra Señora de las Nieves, al
igual que Rubén, el hermano pequeño de Carla, que iba a una
clase distinta.
Mientras nosotras dábamos una vuelta, ellos solían
quedarse en el parque, jugando al balón con el resto de chicos.
Allí poco importaban las edades, en los tres parques éramos
una piña. Todos cuidaban de todos, por lo menos, así me lo
habían hecho ver los vecinos desde que nos mudamos.
Mis padres hicieron muy buenas migas con los de nuestros
amigos. Quien más y quien menos había pasado por casa a
comer alguna que otra barbacoa, bañarse en la piscina o probar
una de las tartas de mi madre. Ese tipo de cosas no solíamos
hacerlas en Barcelona, allí estábamos mucho más controlados
porque era más peligroso. Habíamos ganado en libertad,
siempre y cuando respetáramos los límites horarios y las
restricciones de distancias que nos imponían mis padres.
A falta de mis amigas de Barcelona, les comenté a las
chicas lo de la entrevista en el blog. No quería que les pillara
por sorpresa, y les rogué que no les contaran a sus padres lo
del atropello, más que nada para que no les llegara a los míos,
quienes seguían en la inopia. Hicimos voto de silencio y todas
coincidieron en que Claudia tenía razón; salir en el Stalker
Queen era todo un privilegio del que podía sentirme orgullosa.
Me distraje un poco, ellas calmaron mi inquietud, hasta que
regresé a casa y me enteré de lo del cambio de clase. Le pedí a
mi padre si podía subir un segundo a mi cuarto antes de cenar,
mi madre ya estaba poniendo las servilletas sobre la barra
cuando me dio la noticia, así que colocar los platos era
cuestión de segundos.
—Sabes que no me gusta que la cena se enfríe —contestó
él en tono neutro—. No tardarás más de media hora,
terminamos y subes.
—Eso, Elle, no te tardarás más de media hora —repitió mi
hermano como un loro. Aquella frase pulsó el interruptor de
mi cerebro que me daba ganas de estrangularlo, aunque si lo
ahogaba, mi padre no me dejaría subir a mandarle un mensaje
a Claudia.
—Mamá… —supliqué, mordiéndome la lengua y gastando
mi mejor puchero. Ella me miró compasiva.
—Venga, pero solo un minuto. —Puse cara de triunfo y salí
corriendo escaleras arriba antes de que se arrepintiera. Oí la
vocecilla de mi hermano protestar y ella salir en mi defensa.
Raro gesto, pues siempre le daba la razón a él en cuanto podía.
Tenía que aprovechar. Mr. Peanut salió a la carrera detrás de
mí, intentando arañar mis tobillos, creyendo que se trataba de
un juego que le encantaba, que consistía en perseguir, ser
perseguido y atacar dando saltos por toda la casa. Era un
cazador nato y era raro el día que no te sorprendía con un
hallazgo tipo lagartija o saltamontes del patio.
—Para —le reñí, entrando en el cuarto sin aliento para
desenchufar el móvil del cargador.
Me lo había dejado en casa porque no tenía batería. Él se
coló antes de que cerrara la puerta y se subió de inmediato al
escritorio para ver si pillaba una de las gomas del pelo, uno de
sus pasatiempos predilectos.
Ni siquiera me inmuté, estaba demasiado agobiada
pensando en la clase que le habría tocado a Claudia. En cuanto
tracé el patrón de desbloqueo, vi que tenía un mensaje de mi
amiga. Lo abrí con dedos temblorosos, mi corazón se saltó dos
o tres pulsaciones al leer el contenido:
«1ºABC, menuda paranoia. ¿Y tú?». Había un símbolo de
dedos cruzados.
Di un grito y abrí la puerta corredera de mi habitación de
par en par.
—¡Le ha tocado el ABC! —chillé entusiasmada,
asomándome por la pasarela de cristal que daba desde la
segunda planta al salón. Ya no me importaba que tuviera tres
letras, el mensaje era idéntico, así que tenía que ser el mismo
error y, por tanto, la misma clase.
La casa era de concepto abierto, para aprovechar la luz, por
lo que las tres plantas se comunicaban a través de las escaleras
y el pasillo acristalado.
—¡Genial! —exclamó mi madre, alzando los pulgares—.
Ahora baja a cenar, que voy a poner los platos.
—¿Puedo mandar un audio corto?
—Extracorto —me advirtió.
Asentí y volví al cuarto para decirle que yo también, que
me alegraba muchísimo y que a partir de mañana estaba
segura de que todo iría mejor, tal y como ella había sugerido
en el recreo. Dejé el móvil en el cargador y recuperé la goma
que el ladrón de mi gato agitaba triunfante entre los dientes.
Cuando salí, el inconfundible aroma a brócoli golpeo mis
fosas nasales.
—¡No fastidies! —me quejé al captar la verdura que más
odiaba del planeta.
—No te quejes —masculló mi padre, poniendo una porción
en el plato—. Ya sabes que lo comemos menos de lo que
deberíamos por ti.
—¡A Abril no le ponen brócoli nunca! —protesté,
arrugando la nariz—. Ya sabéis que me como el resto de
verduras, siempre y cuando las trituréis y hagáis puré, pero
esta… —Puse cara de vómito.
—Podrás dejar de comerla cuando vivas en tu propia casa,
aquí ya sabes que cuando toca, toca. Puedes cortar el filete y
mezclarlo para que sepa mejor.
—¡Claro, y así le estropeo el sabor del filete!
—Elle, no seas quisquillosa, ya sabes que el brócoli
previene el cáncer —apostilló mi hermano con cara de
sabelotodo. Como a él no le importaba comerlo… Si fueran
espinacas, no estaría de tan buen humor.
—Hay personas que comen brócoli y también lo sufren —
contraataqué.
—Pero tienes menos posibilidades, ¿a que sí, mamá? —Ya
estábamos.
—A que sí, mamá, a que sí, mamá —repetí, imitando su
voz.
—Elle, ¿es que siempre tenemos que discutir comiendo? —
La voz de mi padre indicaba que ya era suficiente.
—¡Es que me saca de quicio!
—Pero tu hermano no miente, el brócoli es un potente
anticancerígeno muy saludable, así que a comer, o si no,
mañana lo tendrás en cada una de las comidas —dijo mi madre
con cara de sádica.
No me quedó más remedio que hincar el tenedor en el
pestilente plato y llevarlo a mi boca a regañadientes.
—Una cosa que huele así de mal es imposible que sepa
bien, ¿o acaso la gente se come a las mofetas?
—Seguro que en China, allí se lo comen todo —apostilló
mi hermano.
—Pues que se coman el mío, yo prefiero las patatas fritas
que hace papá.
—Solo que no pueden comerse todos los días, así que a
comer y a callar. —Mi madre dio por zanjada la conversación.
Era mejor que me quedara con la parte buena del día, con
mi cambio de clase y que Claudia seguiría estando conmigo.
Cuando terminé de cenar, les di las buenas noches, me lavé
los dientes y fui directa a mi cuarto. Programé la alarma y me
di cuenta de que tenía un aviso que no había visto nunca. ¿Qué
sería? No pude contenerme y lo abrí.
Capítulo 9
¿Podemos hablar?

Cuando unos dedos firmes y cálidos se aferraron con


fuerza a mi muñeca, supe de inmediato que no se trataba de
ninguna de mis vecinas, quienes, por cierto, habían sustituido
a mi madre para ir al instituto.
Los primeros días de adaptación, los alumnos solían tener
horarios distintos, sobre todo, el primero. Ahora que ya
teníamos todas el mismo, podíamos ir y venir juntas.
Eran las ocho menos diez. A menos cuarto el timbre de mi
casa sonaba y yo me despedía con un «hasta luego» que olía al
café recién hecho de la Nespresso. Nunca he comprendido
cómo esa bebida oscura les puede gustar tanto a mis padres, yo
soy más de batido de chocolate, aunque ellos me dicen que ya
llegará el día en que me guste o lo necesite.
En cinco minutos nos habíamos plantado en la esquina
donde paraba el autobús que traería a Claudia, usuaria del
transporte escolar, pues su padre abría el taller a las ocho y
prefería que viniera en bus en lugar de andando. De Híjar al
instituto había un buen trecho.
—¿Podemos hablar? —La voz masculina e indiscutible de
Jared causó en mí un sobresalto que lanzó mi móvil al suelo.
Me agaché para recogerlo rezando para que la pantalla no se
hubiera astillado más.
El golpe no se lo di yo, sino mi hermano al sentarse en el
sofá; el teléfono se resbaló y cayó con tan mala suerte que se
golpeó en una esquina, fracturando el fino cristal.
No solía sacarlo, porque en el instituto estaba prohibido,
aunque todo el mundo lo llevaba. Lo cogí para releer y
quejarme con las chicas del falso rumor que había arrojado
sobre mí Nita Ferrer.
El silencio enrareció el ambiente, del mismo modo que
hacen las nubes de tormenta en un día soleado. Incluso el
tráfico parecía haber quedado afectado bajo su hipnótica voz.
Mis amigas estaban perplejas, no daban crédito a que el
cantante de El Último Aullido me estuviera agarrando. Un
gesto tan simple, que podía darse a la perfección entre amigos,
no iba a hacer más que acrecentar el rumor implantado que la
pedorra de la reina stalkeadora había hecho estallar sobre
nosotros, como un maldito globo de agua en mitad de una
refriega veraniega.
Jared y yo íbamos a acabar calados hasta los huesos si no
dejaba de acercarse.
—¿Qué quieres? —respondí un pelín molesta.
Lo estaba más conmigo que con él. Al fin y al cabo, yo le
había concedido la entrevista a esa chismosa, que hizo con mis
palabras lo que le había dado la gana.
—En privado —musitó a regañadientes, contemplando a
mis amigas.
Vestía como siempre, íntegramente de negro, con un
vaquero roto, zapatillas Vans oscuras, una camiseta de Nirvana
y su chupa. No sabía cómo no se asaba, parecía más un look de
otoño que de finales de verano. Aunque en Sierra Nevada el
tiempo era más fresco, cuando bajabas a Las Gabias, el calor
te fulminaba.
—Lo que tengas que decirme lo pueden escuchar ellas —
respondí esquiva.
Me atemorizaba que pudiera soltarme alguna fresca fruto
de mi imprudencia por hablar con Nita. Jared volvió a mirarlas
y mis amigas agacharon la cabeza.
—Como quieras, lo decía por ti. —La presión de los dedos
se hizo algo más dura. Si seguía agarrándome con aquella
fuerza inusitada mañana tendría marcas—. ¿Qué es esa bazofia
que ha salido publicada en el blog? Tú y yo no tenemos nada
—escupió cabreado—. ¿Puede saberse qué le dijiste a Nita en
el patio?
El «tú y yo no tenemos nada» me sentó como un tiro. No
porque fuera incierto, sino porque el tono que empleó era
como si no fuera digna de él, ¡si no me conocía!
Además, me apuntaba como única culpable de aquella
basura, y eso tampoco era justo. Vale que yo había hablado
con ella, pero no había sugerido nada de lo que había escrito,
por eso me dolía que creyera que era cosa mía, en lugar de
ella.
—Solo le conté lo que ocurrió, nada más. Supongo que lo
ha adornado a su manera para que le resulte atractivo a sus
lectores, como hacen en la tele. Créeme, yo tampoco tengo
ningún interés en estar contigo. —Jared emitió una risa
socarrona, la típica que sueltan los tíos que se saben guapos y
con la que cualquier chica caería rendida a sus pies, no lo tenía
por uno de esos. Me soltó y sentí de inmediato la falta de su
mano sobre mi piel. Me molestó percibirlo como una pérdida.
¿Qué me pasaba? Alcé la cabeza mosqueada, su sonrisita
seguía dibujada en aquella boca ancha—. ¿De qué te ríes? Es
cierto. —El labio me tembló un poco, ese chico tenía una
energía intimidante.
—¿En serio? —susurró, arqueando una de sus cejas
oscuras.
Se acercó un poco más, a escasos centímetros de mí. La
cabeza me daba vueltas, su proximidad era mareante, porque
no se trataba de una bajada de azúcar, que desayunar había
desayunado.
Volvió a aferrar mi muñeca, esta vez con más cuidado, de
un modo delicado. El pulgar rozaba la parte interior del brazo
en una especie de caricia lenta que reptaba sobre las marcas
que seguro luciría a modo de recordatorio de que sus dedos
habían estado sobre ella.
Mis labios se separaron ante la sorpresa de sentirlo así.
Ningún chico me había tocado antes de una manera tan íntima.
Dejé de respirar, de ver, de oír, solo podía sentir aquella
especie de corriente eléctrica parecida a cuando alguien te
hace cosquillitas en la espalda y se te eriza el cuerpo.
—¿Qué haces? —le pregunté con la boca seca. Ni me había
dado cuenta de que algunos curiosos nos estaban sacando
fotos, inmortalizando la imagen de la pareja del momento, que
daría mucha más fuerza al bulo emitido por la reina
stalkeadora.
—Demostrarte que mientes. —Su cara estaba en el lateral
de la mía, casi podía sentir su boca rozando el lóbulo de mi
oreja para susurrar en él—. Te estoy tomando el pulso, el cual
se ha disparado en cuanto he puesto mi mano sobre tu piel.
También has necesitado abrir la boca porque te faltaba el aire y
tus pupilas se han dilatado volviendo tus ojos casi negros. En
Barcelona no sé cómo le llamaréis, pero, aquí, a eso se le
llama interés.
Regresó a su posición, permitiéndome ver el pellizco que le
daban sus dientes blancos y parejos a una porción de labio
inferior mientras ladeaba una sonrisa. No iba a tolerar que se
saliera con la suya. Eso sí que no.
—Lo que has malinterpretado se llama: tu culo apesta y
casi me desmayo. No he podido respirar por la nariz y he
tenido que hacerlo por la boca, ha sido tan potente que casi me
caigo redonda. Lo que has visto no ha sido fruto de la
atracción, sino del mal olor que emanas —alegué, sugiriendo
que su particular aroma no era mejor que el de un estercolero.
Él frunció el ceño y yo agité el brazo con fuerza para
volver a soltarme. Mis amigas rieron por lo bajito y la mirada
de Jared se volvió turbia. Aunque vi que agachaba un pelín la
barbilla y aspiraba con disimulo. ¿Me habría creído? Me
daban ganas de reír, aunque me contuve manteniendo mi
dignidad a raya.
Al darse cuenta de que mentía, sus ojos ganaron intensidad
al clavarse en los míos.
—No juegues conmigo, Michelle, recuerda que, en el
cuento, el lobo siempre termina comiéndose a Caperucita. Así
que mejor sigue por tu sendero cubierto de flores para ir a casa
de tu abuelita y mantén la boquita cerrada alejada de los
desconocidos con ganas de despedazarte en las redes sociales.
—¿O qué? —lo desafié.
—Te garantizo que no querrás saberlo.
—No me das miedo.
—Pues deberías. Aléjate de mí y de los míos. Te salvé una
vez, pero no volveré a repetirlo. Allá tú si decides rodearte de
quien no debes y caer en sus juegos sucios.
—Yo no te he pedido nada. Me salvaste porque quisiste, te
di las gracias y me ofrecí a pagar los desperfectos. No sé qué
más quieres.
—Guárdate tu dinero, no es eso lo que quiero de ti. —Mi
corazón golpeaba tan fuerte que dolía.
—¿Y qué quieres? —volví a desafiarlo. Él calló por un
segundo y después respondió.
—Que desaparezcas de mi vida.
Fue tan duro que tuve ganas de echarme a llorar de
inmediato. No solía ser una persona que cayera mal, además,
era extremadamente sensible. Odiaba estar en mitad de peleas
o riñas.
Jared se largó antes de que pudiera añadir nada más.
Dejándome con un nudo atenazando mi garganta.
¡Menudo cretino! Tuve ganas de salir tras él, sacudirlo y
decirle que yo no había tenido ninguna intención de ir a ese
maldito pueblo. Que me vi sin opciones y arrastrada a la otra
punta del país, lejos de mis amigos y mi familia por un
capricho de mis padres. Pero, claro, ¿a él qué más le daba?
Solo le importaba su maldita reputación y que lo vincularan a
la patosa chica que casi atropellaron. Pues muy bien, iba a
encargarme de que no nos cruzáramos ni una sola vez. Para
mí, Jared Loup no había sido más que una pesadilla.
Me di la vuelta cabreada. Claudia ya había llegado, ni
siquiera me di cuenta de que el autobús había estacionado.
Todas me miraban con cara de pena y yo noté que me
temblaba el labio.
¡Ah, no, eso sí que no, ni una sola lágrima iba a derramar
por aquel engreído!
—¿Estás bien? —me preguntó mi amiga.
—Lo estaré —respondí, obligándome a controlar mis
emociones—. ¿Vamos?
Las chicas asintieron sin decir nada el resto del camino, o,
por lo menos, yo no lo oí, puede que estuviera demasiado
sumida en mis propios pensamientos y aquel «que
desaparezcas de mi vida».
Apreté los puños cuando cruzamos la puerta del instituto y
el entramado de escaleras metálicas que llevaba a las distintas
aulas se desplegó ante mis ojos.
Iba a olvidarme de ese chico costara lo que costase.
Capítulo 10
ABC

Mi padre dice que cuando el día empieza mal, solo puede


ir a peor y eso era exactamente lo que estaba sucediendo,
porque si ya de por sí el inicio del día fue horrible, la entrada
en el aula nueva fue de «tierra trágame y devuélveme a
Barcelona», pues mi peor pesadilla se materializó en forma de
Jared Loup, Nita Ferrer y Rache Gómez. Pero ¿Nita no iba al
B?
Sí, iba al B, lo que ocurría es que la muy hija de Las
Gabias, tenía un CI muy superior a la media, lo que en el
instituto se llamaba chica de altas capacidades, por lo que,
además de sus optativas de Ciencias Sociales, había cogido
dos extras, una de la rama de Ciencias y otra del bachillerato
de Letras, una locura.
Nita y yo compartiríamos algunas materias, como era el
caso de Patrimonio Cultural y Artístico de Andalucía, que era
la clase que teníamos ahora. ¡Perfecto!
Y, para rematar, Claudia ya se había sentado y el único
pupitre que quedaba libre era el que estaba junto al señor
mirada glaciar. ¡Estupendo!
Pasé cerca de mi amiga frunciendo el ceño.
—Lo siento, estar a su lado me daba miedo —apuntó,
mirando hacia el origen de mis desdichas. Yo hice rodar los
ojos y me senté con toda la dignidad que pude encontrar.
Ni él me miró, ni yo tampoco lo hice. Nita me dedicó una
sonrisa esplendorosa, mostrando la pantalla de su móvil con el
maldito artículo en ella. Estaba sentada en primera fila con su
actitud perfecta de diosa del enredo.
Hubiera ido a cantarle las cuarenta si nuestro tutor no
hubiese aparecido pidiendo que todos ocupáramos nuestros
asientos.
Mi charla con la reina stalkeadora tendría que esperar.
El señor Nuñez, que así se llamaba nuestro nuevo tutor,
comentó para las recién llegadas, es decir, para Claudia y para
mí, que además de tutoría y la clase de ahora, que daba
mientras el otro profe estaba de baja, también impartiría Física
y Química.
Recibí el horario semanal y leí el nombre de los profesores
que darían cada asignatura. A modo de aclaración rápida, nos
comentó que en las optativas nos dividirían en dos grupos
dependiendo de las materias escogidas. Nos avisó que en
Química trabajaríamos por parejas y que quería grupos de
trabajo eficientes, que se ayudaran y rindieran, por lo que lo
primero que hizo, en lugar de impartir la clase que
correspondía, fue pasarnos un test para evaluar nuestros
conocimientos.
Tendríamos los resultados en su clase de mañana, que sería
en el laboratorio. Antes de terminar, nos sugirió que
aprovecháramos la semana para valorar a nuestros
compañeros, pues la semana siguiente, en la hora de tutoría,
escogeríamos delegado.
El resto de la mañana fuimos a piñón. A segunda hora
dimos dibujo artístico, por lo que Nita, Rache y Jared
desaparecieron. Pude respirar tranquila. Antes del patio, tocó
Biología y eso supuso el regreso de mi comedura de olla al
pupitre de al lado.
Traté de concentrarme. Según nos dijo la señorita Abellán,
en aquel instituto todo era evaluable y todo puntuaba, desde la
proactividad, como remarcó nuestro nuevo tutor, a traer las
tareas hechas al día y sin demora o que los trabajos que
entregábamos carecieran de faltas de ortografía y tuvieran una
buena presentación. Eso se me daba estupendamente, tenía una
letra bonita, redonda y clara, además, manejaba bien el
ordenador.
La puntualidad, ayudar a los compañeros y, por supuesto,
las notas de los controles también contaban. Me había creado
un listado con el porcentaje que se le daba a cada uno de los
puntos sobre la nota final. Todo contaba, y si quería coger una
carrera de ciencias, todavía más, ya que la nota de corte solía
ser alta. Cada décima era importante y no pensaba perder
ninguna.
Jared no me miró ni una sola vez durante la clase. Tampoco
era que lo necesitara, o fuera controlando… A ver, que lo tenía
sentado al lado y, quieras que no, una no es ciega. Además,
parecía tener la retina un pelín dispersa. Y no ayudaba esa
puñetera colonia que utilizaba y que no dejaba de llamarme
para indicar que hundiera mi nariz en su cuello y aspirara con
fuerza.
¡Estaba perdiendo el juicio! Yo no hacía ese tipo de cosas,
si ni siquiera había tenido novio, ni había recibido un beso
todavía… Bueno sí, uno sí, pero solo tenía tres años, fue en un
crucero y eso no cuenta. La única prueba que hay de ello es
una foto, incrustada en un Hoffman, que echó mi madre para
inmortalizar el momento.
Tenía la solución perfecta, compraría en el chino un
ambientador de pino y se lo pegaría bajo la mesa, a ver si así
no me distraía.
Durante los últimos cinco minutos de la clase, estuve
dándole vueltas a si intentar hablar con él o no. Me fastidiaba
estar a malas con alguien. Tal vez pudiéramos aclarar las
cosas. ¿Lo intentaba o no? ¿Lo intentaba o no? Mi
deshojamiento mental de opciones no sirvió de mucho, pues
en cuanto sonó el timbre del recreo, él ya había sobrevolado la
mesa con urgencia y estaba en la puerta. ¡Madre mía, qué
rápido era!
Si no tenía que ser es porque no era el momento. Me
agaché para buscar el bocadillo en la mochila y la botella de
agua. En cuanto levanté la cabeza, Nita Ferrer ya estaba
apoyando los codos sobre la mesa con expresión risueña y su
chica custodiando sus espaldas.
—Hola, Elle, ¿te gustó mi entrada? —¿Me estaba tomando
el pelo o solo quería burlarse de mí?
—¿La verdad? —Ella asintió—. Apesta. —Una risita
cristalina escapó de su boca.
—Mujer, qué irritable, con el éxito que está teniendo. Es la
entrada más vista de los últimos tiempos. Incluso más que la
del día en que la crema de Kinder Bueno regresó al
Mercadona.
—¡Te has inventado un bulo! —me quejé—. ¿Cómo
quieres que esté feliz? Bórralo, retráctate y lo olvidaré.
—¡¿Bulo?! ¿Retractarme? Pero ¿de qué demonios hablas?
—inquirió con cara de sorpresa—. No, cariño, no. Una de mis
premisas es no mentir nunca y contrastar la información, por
eso fui a hablar contigo. Me diste tu consentimiento verbal
delante de dos testigos, mi padre es abogado y sé de lo que
hablo, se han ganado juicios sobre ello.
—Me importa un pimiento si tu padre es abogado o el
mismísimo rey del Pollo Loco, te he dicho que lo borres y lo
borras. —Ella se cruzó de brazos y me miró ladina.
—¿Y eso por qué? Si lo primero que he recibido esta
mañana es una foto de Lobomeo agarrándole el brazo a Elieta.
Los wasaps del insti echaban humo. Y los primeros planos de
esas miradas que os echáis vuelan como la pólvora. Negar la
evidencia no te hace ningún bien, querida. Deja que te
pregunte una cosa, ¿iréis juntos al baile de Halloween?
—¡¿Estás loca?! Yo con ese no voy ni a la esquina. —Ella
volvió a reír incrédula.
—Ya… Supongo que ya lo veremos. Te dejo, tengo que ir a
hacer campaña para que me nombren delegada de mi clase.
Nos vemos, Elle.
Me lanzó un beso, guiñó su ojo y Rache me ofreció un
gruñido. Genial, me llevaba de culo con la reina y el bestia.
Jared me odiaba y, según los profes, el nivel de este curso iba a
ser para no poder ni respirar. O comenzaba a centrarme o mi
sueño de chica universitaria podía irse al garete.
Apenas desayuné. Claudia intentó levantarme el ánimo,
pero fue difícil con Selene Loup arrojándome dagas con los
ojos. Oír las risitas y cuchicheos que me envolvían a cada paso
que daba, tampoco eran plato de buen gusto.
Quedaban dos clases para acabar el día y yo solo tenía
ganas de ir a casa, enterrarme en la cama y que el colchón me
engullera para dejarme emparedada entre las capas de
viscolástica.
A última hora, nos tocó clase de Lengua y Literatura. La
profesora nos dijo que fuéramos con ella a la biblioteca del
instituto, tendríamos que escoger uno de los libros que nos
ofrecía de su lista para hacer un trabajo este trimestre.
Leer, genial, una de las cosas que menos gracia me hacía, y
es que con una madre escritora, se me hacía cuesta arriba. Si le
decía que me aburría, su respuesta siempre era la misma:
«Lee, que es bueno para mejorar tu ortografía, vocabulario y
comprensión lectora». Me daban ganas de hacer una fiesta con
solo oírla. «¡Yuhu, qué divertido! Me tomaría un chupito de
vocabulario, mientras me partía la caja con la ortografía e
intercambiaba anécdotas con la comprensión lectora». Pffff,
menudo truño.
Agarré la fotocopia que nos había facilitado la profe e
intenté buscar entre los títulos que más atractivos me parecían,
después, pasé a descartar algunos por la portada, la sinopsis o
el volumen de páginas. Ahora, en serio, ¿quién diseñaba esas
horrendas portadas?, ¿un gato? Si es que no había por dónde
cogerlas, y encima algunos de los libros podrían ser usados
como arma arrojadiza de lo gordos que eran.
No éramos la única clase que se encontraba en la
biblioteca. La de mi queridísima hija de la Luna de Selene
también estaba.
Claudia y yo nos separamos, ella quería ir a buscar Los
pilares de la tierra, o lo que es lo mismo, un enorme
pisapapeles histórico. Pfff, definitivamente, ese no era para mí.
Quería algo ligero, entretenido o que pudiera hacerme ganar
puntos. Volví a observar la lista. Ese, ese era, acababa de
encontrarlo. Uno de los libros predilectos de mi madre, con un
poco de suerte, incluso me echaría una mano con el trabajo.
Agarré mi hallazgo y me di cuenta de que por la ranura
podía vislumbrar a Jared. Parecía alterado. Estaba
cuchicheando con su hermana. ¿Estarían hablando de mí?
Capítulo 11
Terremoto

Tenía que pegarme bien a la ranura si quería captar algo


de la conversación.
Agucé el oído.
—¿Estás seguro? —preguntaba ella.
—Te digo que sí, lo he notado. —Selene se pinzó el puente
de la nariz con fastidio.
—¿Y no puede ser otra cosa? En estos días te veo un pelín
descentrado por culpa de cierta pecosa. —Abrí mucho los
ojos. Fijo que la pecosa era yo. ¿Descentraba a Jared? Mis
tripas se removieron y no eran gases.
—No —respondió contundente—. Soy el líder, ese tipo de
señales no se me escapan y ella no tiene nada que ver. Esta
mañana le ha quedado claro que la quiero al margen. —¿De
qué señales hablaban? ¿Líder? ¿Se referiría al grupo musical o
a una secta satánica?
Me di un golpecito con el libro en la cabeza para
centrarme, menuda memez acababa de pensar. Eran
adolescentes un pelín siniestros, no gurús del mal.
—A mí no me ha parecido que la estés dejando al margen y
sabes que solo puede complicarnos las cosas. No puedes fijarte
en ella, Jared, no debes. —Las aletas de la nariz masculina se
estaban dilatando, los ojos parecían que brillaran con una luz
interior que se reflejaba hacia fuera.
Madre mía, lo de quedarme casi bizca observándolos iba a
dejarme con secuelas en la vista.
Aparté la mirada un segundo para relajarla y observé la
portada del libro que había escogido, esperando que mi ritmo
cardíaco desacelerara ante las palabras de Selene.
El Perfume, de Patrick Süskind, la historia de un asesino
serial con un sentido del olfato hiperdesarrollado. Me fijé en la
chica pelirroja de piel blanca tumbada en la cama y me
sorprendí pasando el dedo por el níveo cuello, por el punto
exacto donde esa mañana había sentido el aliento de Jared. Él
y su olor a bosque, él, él, él…
Intenté regresar a la conversación incapaz de apartar la
sensación de que cualquier cosa que hacía, o pensaba, parecía
arrojarme en su dirección. ¿Le ocurriría lo mismo que a mí y
por eso Selene quería distanciarlo? Recuperé mi posición
pegada a la librería, mirando de hito en hito por si alguien se
daba cuenta de que estaba espiando a los Loup.
Todos parecían ir a lo suyo, así que me centré en ellos.
—Tenemos que reunirnos con los chicos, tal vez convenga
hacer una salida nocturna y cerciorarnos de que no se nos va
de las manos —comentó Selene.
Me había perdido algo importante, estaba segura.
¿Qué se les podía estar yendo de las manos? Los dos
estaban muy serios. Y la reflexión de Selene había dejado
pensativo a Jared.
—Sería lo mejor, después de clase lo hablamos con los
demás; si hay una sola grieta, podría suponer el fin. Saldremos
cuando la luna esté en lo alto, hoy hay cuarto creciente, a
medianoche sería una buena hora. —Jared parecía estar muy
seguro de lo que decía.
¿Estarían hablando en clave o era en serio?
—Me parece bien, nos ha costado mucho hacernos con esta
zona como para perderla ahora. A medianoche, entonces —Él
asintió.
—Sé discreta.
Me llevé la mano derecha a la boca. Quería contener las
millones de preguntas que se formulaban en mi cabeza y no
soltarlas como una caja de bombetas en la noche de San Juan.
Por todos los…
¿Iban a salir de noche? Pero ¡si estábamos a miércoles! ¿Es
que el señor Loup dejaba a los chicos que había adoptado
entrar y salir cuando quisieran? ¿Qué tipo de casa de acogida
permitía a los menores pasar la noche en vela cuando al día
siguiente había clase? Además, se suponía que Selene ya tenía
los dieciocho, ¿por qué seguía viviendo allí con ellos?
Intenté encajar las piezas del rompecabezas. Claudia dijo
que se rumoreaba que el dinero del señor Loup provenía del
narcotráfico. ¿Y si usaba a los chicos para pasar droga? Eso
tendría sentido, hablaban de no perder su zona. A eso le sumas
que no querían que Jared se relacionara conmigo. Las bandas
organizadas eran muy cuidadosas con esos temas. Igual podían
llegar a pensar que él podría contarme algo si nos hacíamos
amigos y destapar su tapadera.
Mi corazón rebotaba como hielo en una coctelera. ¿Y si
había acertado? ¿Y si el señor Loup se estaba aprovechando de
unos pobres MENA para sacar partido de ello? ¿No era mi
responsabilidad colaborar para que salieran de aquel futuro
incierto? Era mi obligación ayudarlos a abandonar ese círculo
vicioso en el que estaban envueltos.
Apreté el libro contra mi pecho al darme cuenta de que mi
descubrimiento me ponía en una tesitura difícil, no obstante,
mis convicciones me hacían querer echarles una mano. Tenía
que demostrarles a los Loup que podía ser su amiga, ganarme
su confianza.
Un libro impactó directo sobre mi cabeza y, entonces, el
suelo comenzó a temblar con violencia.
Chillé de la misma manera que cuando fui a Port Aventura
y me arrojé por una de sus montañas rusas. Una lluvia de
libros comenzaron a caer sobre mi cuerpo.
El temblor me había cogido tan fuera de juego que no sabía
reaccionar.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué bailaba la biblioteca?
¿Sería un castigo divino y la estantería se desmontaba encima
de mí por alcahueta?
No tuve tiempo a pensar nada más porque me vi arrastrada
por una fuerza demoledora que me llevó debajo de una mesa.
Pero ¿qué…?
Y, entonces, lo vi, lo sentí en cada poro de mi piel haciendo
saltar todas las alarmas de que algo no iba bien, más allá de
escuchar una conversación que no debía.
Jared. Siempre él. Me envolvía contra su sólido cuerpo
asegurándose de que estuviera protegida.
Respiré desenfrenada, buscando la seguridad de sus
pupilas, que estaban muy dilatadas. El suelo seguía
sacudiéndose, los alumnos gritaban en busca de refugio bajo el
alarido de la bibliotecaria anunciando un «terremoto».
—¿Te… Terremoto? ¿En serio? —pregunté sin poder
despegarme por el miedo que sentía—. Pero ¿eso no pasa solo
en las noticias?
—Granada es una zona de alta actividad sísmica. ¿No lo
sabías?
—No, y dudo que mis padres lo supieran antes de
mudarnos.
—Tranquila, aquí estás a salvo, no suelen ser muy
peligrosos. No te muevas —murmuró, desprendiéndose de mí.
—Ni se te ocurra soltarme —protesté, volviendo a
arrebujarme contra él.
No es porque fuera Jared, en aquel instante me habría
agarrado hasta a un puercoespín. Estaba muy asustada y
necesitaba su refugio.
—Michelle…
—Me llamo Elle —murmuré—. Michelle solo me llama mi
madre cuando quiere reñirme —le aclaré.
Me daba la impresión de que usaba mi nombre completo a
modo de barrera, que acortarlo le daba una familiaridad que no
quería tener conmigo, por eso se forzaba a utilizarlo.
—Tengo que salir para ver si alguien necesita mi ayuda —
respondió, obviando mi nombre.
—¡¿Qué eres, el puñetero Superman?! Además, ya me
estás ayudando a mí, que te necesito. —Sus labios se curvaron
en una sonrisa indolente.
—De escoger superhéroe, me decanto por Lobezno, y no te
dejaría si no estuviera seguro de que aquí no corres peligro,
pero los demás pueden estar necesitándome.
—¿Y si se me cae el edificio encima?
—No se te caerá —alegó con convicción.
—Y si se abre el suelo y me engulle.
—Tampoco ocurrirá.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—Eso ha sonado como una madre, no como una respuesta
convincente.
—¿Siempre eres tan exasperante y preguntona?
—La mayor parte del tiempo. —Mi respuesta pareció
hacerle gracia.
—Muy bien, necesito que me escuches, Elle.
Que dijera mi diminutivo fue un pequeño triunfo, así que le
debía una concesión.
—Te escucho —musité, contemplando cómo sus labios se
movían despacio.
—Vas a estar bien. No dejaría que te ocurriera nada malo
estando cerca de mí. Aunque haya podido decir lo contrario,
no lo pensaba en serio, solo estaba enfadado. Tengo que
valorar los daños, quizá haya alguien herido o atrapado, puede
haber réplicas y no estaría bien si no hiciera nada al respecto
pudiendo. ¿Lo comprendes? —Asentí. Jared era un héroe
disfrazado de estrella del rock y, aunque estaba envuelto en
asuntos turbios por culpa del señor Loup, tenía un corazón de
oro que se preocupaba por los demás. ¿Cómo no iba a
derretirme eso?—. Bien, pues si lo entiendes, suéltame el
cuello y déjame ir.
—Te acompaño.
—No —negó muy serio—, lo más prudente es que te
quedes aquí debajo o te pongas bajo el marco de una puerta. Si
tengo que estar preocupándome de ti, además de por el resto,
no haré nada. Espera a que yo regrese o a que uno de los
profesores diga que podéis moveros. ¿De acuerdo?
La tierra había dejado de sacudirse, aunque podía
presentirse que el festival solo acababa de empezar. ¿Cómo iba
a negarme cuando me lo pedía de aquella manera tan dulce?
—Vale, pero prométeme que no va a pasarte nada. —Me
salió solo y Jared me premió con una sonrisa franca.
—¿Ahora eres tú la que te preocupas por mí? —Me encogí
de hombros, en su expresión se dibujó algo parecido a la
ternura—. Tranquila, Caperucita, el lobo siempre se salva.
—A no ser que dé con un leñador con una escopeta
cargada. —Él me lanzó un guiño.
—Estamos de suerte, se les han agotado en el instituto.
Por una fracción de segundo, me dio la sensación de que
iba a besarme. No pasó. Se limitó a ofrecerme una última
sonrisa y salir de nuestro escondite. Me agarré temblorosa a la
pata de la mesa, sin comprender muy bien qué había ocurrido.
Apreté los ojos y pedí a quien hubiera abierto la caja de los
terremotos que se detuviera.
Si hubiera creído en Dios, ahora mismo estaría rezando.
Como no era cristiana, siempre me imaginé que el mundo no
era más que una caja de juguetes de un bebé regordete que nos
andaba aporreando.
Solo esperaba que no lo hiciera muy fuerte, o que le
entraran ganas de ir al baño.
Capítulo 12
No me mudo

Me quedé allí esperando como una tonta, tratando de


comprender si había fumado la pipa de la paz, o un puñado de
setas alucinógenas.
Cuando las réplicas remitieron, salí de debajo de la mesa
ante la mirada urgente de la bibliotecaria, que nos instaba a
regresar a clase a por nuestras cosas.
Yo no entendía de terremotos, de hecho, era el primero que
vivía, en Barcelona ese tipo de cosas no ocurrían. La
conclusión que saqué fue que asustan, y mucho.
Bajé las escaleras metálicas con la mochila colgada al
hombro y las piernas amenazando con doblarse. Ni siquiera
sabía cómo había sido capaz de regresar al aula sin
desmayarme, coger todas mis cosas y emprender la salida al
exterior.
En la puerta del instituto me aguardaban mis padres.
Bueno, mis padres y los de mis amigas, además de algunos
vecinos.
Estaba Judit, la madre de Abril, que era la peluquera a la
que acudía mi madre para hacerse las mechas y con la que iba
al gimnasio tres veces en semana. En cuanto vio a su hija, la
apretó con fuerza entre los brazos.
La de Carla, que tenía agarrado a Rubén de la mano, hasta
que la vio salir y la tomó de la cara para asegurarse de que
estaba bien.
El padre de Elena, que alzaba el cuello al igual que Fede
para ver si encontraba a mi amiga y a su hijo mayor.
A la madre de Andrea el terremoto le había pillado en una
reunión y a su padre en el campo, por lo que mi madre recibió
una llamada suya pidiéndole que Andrea se quedara en casa
hasta que llegara.
Incluso el padre de Claudia había cerrado el taller y vino en
busca de mi amiga. Todo el pueblo estaba revolucionado.
En cuanto el radar de mis padres me captó, corrieron a
abrazarme y preguntarme si estaba bien, igual que les había
pasado al resto de mis amigos. Mi hermano se hizo hueco
entre nosotros y buscó desesperado unirse a la muestra de
preocupación y afecto, arrebujándose contra mi cintura.
—S… Sí, asustada pero bien —logré responder una vez se
deshizo el abrazo—. ¿Vosotros sabíais que en Granada había
terremotos?
—¡Si yo llego a saber esto, te juro que no compro la casa!
¡Estoy por hacer las maletas y volver a Barcelona! —exclamó
mi padre agitado.
—¿En serio? —pregunté indecisa.
No sabía si la noticia me alegraba o me asustaba. Si me lo
hubiera dicho antes de empezar el instituto y conocer a cierto
alumno, habría apoyado la decisión sin dudarlo.
—¡Qué va a ser en serio! —protestó mi madre, quien
estaba encantada con su nueva realidad. A ella no había quien
la moviera, por lo menos, de momento.
—Si es que uno tan fuerte no había pasado nunca, Carlos.
Estamos tan alucinados como tú. ¿Verdad que no, Judit? —
comentó la madre de Carla, buscando que la peluquera
constatara el hecho.
—Nunca. El terremoto más fuerte que hubo en Granada fue
el 25 de diciembre de 1884, después no ha habido más que
temblores ligeros.
—Pues menudas Navidades que tuvieron —protestó mi
padre.
—La tierra ha temblado para anunciar la llegada de mi
libro nuevo —se carcajeó mi madre, restándole importancia.
—Pues ya le podría haber dado por llover billetes en lugar
de que retumbe la tierra —apostilló mi padre poco
convencido.
—Anda, venga, que ya ha pasado y están todos bien. —Mi
madre señaló al grupo intentando relajar la tensión de mi
padre.
—¿Y Mr. Peanut? —pregunté por el gato—. ¿Por qué no lo
habéis traído? ¿Y si hay otro terremoto mientras está solo en
casa? El profe nos ha dicho que Granada está situada en una
de las zonas con mayor actividad sísmica de España; el límite
entre la placa tectónica euroasiática y la africana.
—Tu profe es especialista en dar tranquilidad… —
masculló mi madre entre dientes, mirando de soslayo a mi
padre—. No sufras por el gato, ni se ha inmutado. Al
principio, tu padre pensaba que en lugar de un terremoto era
Mr. Peanut, que le había saltado encima mientras estaba
traspuesto escuchando música en el sofá. Cuando ha
comenzado a ver caer Funkos, ha comprendido que se trataba
de otra cosa.
—Yo me he asustado mucho —confesó Carlos—. Se ha
caído toda mi colección de muñecos de Naruto, aparte de los
Funkos de mamá.
—Dicen que ha sido de cuatro con ocho, y el epicentro
estaba en la zona del Baptisterio, por eso se ha notado tanto.
¡Me lo ha mandado mi marido por el móvil! —exclamó Judit,
mostrando la pantalla de su terminal.
Jesús, su marido, era guardia civil y había hecho muy
buenas migas con mi padre. Al pobre le había pillado de
servicio, por lo que no podía estar. Igual que el de Carla, quien
estaba trabajando como director en un colegio de una
población cercana.
—¿El Baptisterio? —pregunté desconcertada.
—¿No sabes que aquí hay un Baptisterio Romano muy
famoso? —cuestionó el padre de Elena, Fede y Antonio.
—No tengo ni idea de lo que es eso.
—¡¿No fastidies que es el que salía en Crónicas
Marcianas?! —prorrumpió mi madre en una mezcla de
escepticismo y entusiasmo.
—El mismo.
—Madre mía, la de veces que llegué a verlo en la tele…
—Entonces, ¿es un lugar de avistamiento de OVNIS? —
inquirí.
A mí, lo de Crónicas Marcianas me sonaba a programa de
extraterrestres.
—¡Qué va! —dijo el padre de Elena riendo—. Era un
programa que hacían antes por las noches, de entretenimiento.
—¡Como El Hormiguero! —interrumpió mi hermano,
agitando la cresta que llevaba teñida de azul.
—Exacto —corroboró el padre de Fede, quien, por cierto,
también se llamaba Antonio, como su hijo mayor. Lo dicho,
era un pueblo de Antonios y no de Jareds. Mi hermano sonrió.
—¿El Vampisterio es donde viven los vampiros? —
prosiguió Carlos—. A mí me gustan mucho los murciélagos.
¿Os acordáis de cuando fuimos paseando a las cuevas y nos
salieron unos cuantos. ¿Podemos ir a visitarlo, mamá? —
Estaba entusiasmado con la idea.
—A ti te gusta cualquier bicho —refunfuñé—, y ha dicho
Baptisterio, no Vampisterio.
La cara de decepción no tardó en llegar.
—Entonces, ¿no hay murciélagos?
—A no ser que se haya colado alguno por sorpresa, no. Si
queréis, vamos a tomar algo a la terraza del Van Gogh y os lo
cuento —se ofreció el padre de Elena.
Fede y Carlos se mostraron entusiasmados ante la idea, y,
para qué mentir, a nosotras también nos apetecía estar un rato
más juntas después de una experiencia como aquella.
Ninguno quería quedarse solo después del susto vivido. Las
penas, en compañía, se llevan mucho mejor.
Le pedimos al camarero si podíamos juntar las mesas en la
terraza, el tiempo era favorable. Estábamos cubiertos por un
toldo y corría la brisa rebajando el calor.
Con los culos encajados en las sillas, permanecimos atentos
a la explicación de Antonio padre, mientras el hijo sacaba su
móvil para charlar con sus amigos. Seguro que él ya había
oído aquella explicación muchas veces.
—El Baptisterio se encuentra en unos terrenos cerca del
colegio al que van Fede, Carlos y Rubén. —Mi hermano abrió
los ojos como platos.
—¿Nuestro cole?
—Eso es, se le llama Baptisterio, aunque en realidad es un
Cristopórtico perteneciente al conjunto arqueológico de la
Villa Romana de Las Gabias, aún sin excavar. Fue encontrado
en 1920, cuando el propietario de las tierras, don Francisco
Rodríguez Serrano, estaba labrando. Al dar con el hallazgo, él
mismo contrató a un puñado de hombres del pueblo para que
lo ayudaran a desenterrarlo.
»Cuando falleció, lo heredaron sus descendientes; tres
hermanos, un hombre y dos mujeres, que se encargaron de
cuidar de él hasta que también murieron. No hace mucho de
eso, si no, todavía podríamos visitarlo.
—¿Y ahora de quién es el Baptisterio? ¿De los hijos? —
preguntó mi padre.
—No, los tres eran solteros y por eso pasó a manos de
Hacienda, quien tenía que determinar si le daba titularidad
autonómica, municipal o estatal. Ahora permanece cerrado,
pero ha venido muchísima gente de todas partes a verlo,
interesándose por él, sobre todo, porque ese lugar es un
misterio. —Bajó el tono de la voz mirando a los más
pequeños.
—¿Un misterio? —A mi hermano casi se le desencajaron
los ojos de las cuencas.
—Eso es. Hay unos escalones en el interior, una escalera de
caracol de diecinueve peldaños en la que se ve que el
Criptopórtico no termina ahí.
—¿Y por qué no siguen bajando para ver qué hay? Yo
bajaría con mi linterna —afirmó mi hermano muy convencido.
—Seguro que sí —dije, pasando la mano por su cresta
puntiaguda. Carlos era mucho más aventurero que yo, pocas
cosas lo asustaban, mientras que en mi caso veía una mariposa
y ya salía corriendo.
—No se puede porque están enterrados. Algunos dicen que
podría haber un túnel que conecta la Alhambra con el
Baptisterio. Otros que puede que los túneles se dirijan al
Montevive, en concreto, a La mina del Santo, otro lugar un
tanto misterioso. La realidad es que nadie sabe a dónde
conducen…
—Wow, es alucinante… —murmuró Carlos fascinado.
—Seguro que en la asignatura de tu hermana de Patrimonio
Cultural y Artístico de Andalucía le explican más. Cuando se
lo cuenten a ella, Elle te lo podrá narrar a ti. —Mi hermano me
contempló con ojos brillantes.
—¿Lo harás, Tati? —Solía emplear aquel término
afectuoso cuando se ponía cariñoso conmigo o quería obtener
algo de mí.
—Solo si te portas bien y dejas de incordiarme en casa.
—Te lo prometo, pero tú entérate bien de muchas cosas
para poder contármelas.
No iba a reconocer delante de todos que a mí la historia
también me había interesado y puesto los vellos de punta,
porque si lo hacía, ya tendría a mi madre dándome la murga.
El camarero se acercó con las tapas y los refrescos que
habíamos pedido. Y es que en Granada pedir una bebida va
asociado a que te pongan un pequeño bocado de lo que hayan
preparado en cocina. Igual que en Barcelona donde, con
suerte, te ponían un platillo de frutos secos extra salados, para
ver si pedías otra bebida.
Los adultos comenzaron a hablar de sus cosas, los peques a
jugar entre ellos y yo me puse a hablar con mis amigas del
susto que nos habíamos dado todas. Obvié la parte de Jared en
la que él y yo estuvimos bajo la mesa de la biblioteca, esa
prefería guardármela para mí, no fuera a salir de nuevo en la
Reina Chismosa.
Capítulo 13
¿Dónde estás, Jared?

Pasé el resto del día sin pena ni gloria.


El ambiente en casa seguía intranquilo y yo necesitaba ir a
buscar material escolar, así que fuimos al centro comercial a
por lo imprescindible.
Nos tomamos unos gofres con helado de merienda y
regresamos a casa por la noche.
El monotema del terremoto se había instalado tanto en mi
familia como en las noticias. Los especialistas salían hablando
de ello y decían que cuando comenzaba la actividad sísmica,
podría ocurrir que vinieran más movimientos de tierra, lo
llamaban enjambre.
—No entiendo cómo con los avances que tenemos no se
pueden prever estas cosas —argumentó mi padre con la vista
puesta en el televisor.
—Hay cosas que siguen siendo imprevisibles, eso no es
malo —respondió mi madre, hurgando en la nevera.
—Malo es que se te caiga el tejado en la cabeza y te pille
durmiendo porque no tenemos los suficientes avances. Vamos,
no fastidies, si en China han conseguido hacer llover cuando
les venga en gana, esto debería estar chupado. —La casa
volvió a temblar, aunque esta vez fue mucho más suave—.
¡Ahora sí que nos mudamos! —estalló mi padre al notar que
las lámparas se balanceaban.
—¡No digas tonterías! Ahora edifican las casas a prueba de
terremotos.
—Me da igual, no voy a dejar que, por un capricho tuyo,
muramos en este sitio.
—¿Capricho mío? —Uy, eso olía a discusión y no tenía
ganas, así que, con sigilo, cogí a Mr. Peanut y subí a mi cuarto.
Igual Jared había colgado alguna foto en su perfil de
Instagram.
Lo tenía privado, por lo que no podía stalkearlo, pero sí
podía mirar el de la página de @el_último_aullido. Me tumbé
en la cama. De telón de fondo se oía la refriega familiar. La
sangre no llegaría al río, por lo que no me preocupaba. Fue
deslizar el dedo para poner el patrón de seguridad y…
¡OMG! ¡No podía creerlo! Otra vez la maldita
«Nitametomentodo» atacando de nuevo. ¿Por qué me había
hecho el centro de su diana, sobre el que lanzar aquellos
malditos dardos envenenados?
Tenía que frenarla de algún modo o me buscaría problemas
con Jared, y no quería eso.
¿Quién le habría hecho llegar esa foto? ¿Sería Rache?
Seguro que sí, no podía tratarse de otra persona. No la vi
hacerla, claro que en ese momento mis ojos estaban ocupados
en él y el susto que me llevé.
Menudo fastidio. ¿Lo habría visto Jared? ¿Cómo se lo
habría tomado? No tenía manera de comunicarme con mi
salvador, a no ser que lo hiciera mandando un mensaje al
grupo. Eso era una tontería, si Selene lo leía primero, seguro
que lo borraría, además de que correría el riesgo de que lo
leyeran todos y no me convenía.
Tal vez, lo más prudente era mandarle una solicitud de
amistad al suyo, que era privado.
¿Qué hacía?
Me quedé mirando por un momento la pantalla…
«El mundo es de los valientes, aunque el cementerio esté
lleno de ellos», me dije suspirando.
Miré el botón de seguir dubitativa. Muy bien, dejaríamos
que el destino se encargara, si en tres segundos recibía una
señal, le daba al botón.
3, 2, 1…
—¡A cenaaar! —gritó mi madre.
Mi dedo cayó por el sobresalto y golpeó la palabra seguir.
El corazón se me encogió en el pecho. ¿Sería esa señal la que
estaba buscando? Si no lo era, tendría que bastar.
Lo único que me quedaba era esperar a ver si Jared
aceptaba o me dejaba más tirada que una colilla. La suerte
estaba echada.
A la mañana siguiente, Jared no apareció por clase, de
hecho, ninguno de los Loup acudió al instituto.
Claudia me dio los buenos días con el entusiasmo de la que
ha leído el último chismorreo y es amiga de la «prota», ni que
fuera un honor salir en el puñetero blog.
Apenas le presté atención, mi cabeza estaba en otra parte.
¿Y si tuvieron problemas en la salida nocturna? ¿Y si les había
pasado algo terrible a Jared y sus hermanos?
Dejé pasar los minutos como granos en un reloj de arena.
Esperé con nerviosismo a que llegara el recreo y saqué el
teléfono conmigo. Quería ver si Jared había aceptado mi
solicitud de amistad.
La decepción empañó mis ojos. Nada, no lo había hecho.
Claudia le dio un trago a su botella de agua.
—Oye, ¿de qué hablabais Jared y tú mientras os
abrazabais? ¿Te pidió para salir o algo? —preguntó curiosa.
Yo alcé la vista de la pantalla sin muchas ganas de responder
—. Ya sabes que yo no diré nada, soy tu amiga y una tumba.
—¿Cómo sabes que hablábamos? —fruncí el ceño.
—Pura lógica. Tú no te callas ni debajo del agua y en la
foto no os estabais besando, digo yo que algo te estaría
diciendo, ¿o te estaba mirando los mocos? —Puse cara de
disgusto.
—No tenía ningún moco.
—Me lo imagino… ¿Entonces? Habla, me tienes en ascuas.
—Solo intentaba calmarme, yo estaba muy nerviosa y él
quería ir a ver si alguien más necesitaba ayuda.
—¡Qué mono! ¡Es tan solidario! ¡Tenéis que salir juntos!
Hacéis tan buena pareja… —suspiró—. Además, así podrías
presentarme a Moon, ya sé que has intuido que me gusta…
¿Nos imaginas saliendo a los cuatro? Tú y yo, en primera fila,
viéndolos tocar y dedicándonos un tema en el concierto,
podríamos ir al cine, incluso a tomar algo… ¡Sería tan guay!
—Pero ¡¿qué dices?! Jared y yo ni siquiera somos
amigos…
—Pues cualquiera lo diría, no para de salvarte ante
cualquier peligro y, que yo sepa, un amigo es aquel que está
cuando más lo necesitas. ¿O no? —Por primera vez, me había
quedado sin argumentos—. ¿Lo ves? Ni siquiera puedes
rebatir eso. —Tenía razón. Y yo necesitaba desahogarme con
alguien, así que murmuré:
—Ayer le mandé una solicitud de amistad por IG, no la ha
aceptado. —Me sentí mejor después de haberlo dicho, no
podía guardármelo todo para mí o estallaría.
—Puede que esté enfermo. Hoy los Loup no han venido a
clase, quizá hayan pillado un virus, o hayan cenado algo que
les sentara mal. Esperemos que no sea Corona…
—No digas sandeces, no tienen la Covid, si fuera así, ya
nos lo habrían dicho a los de la clase.
—Cierto.
—Anoche hubo más terremotos y ellos viven en la
montaña, ¿y si no es un virus, sino una roca desprendida sobre
su casa?
—¡No seas catastrófica!
—Mi padre siempre ha dicho que no quiere una casa en la
ladera de la montaña por si hay desprendimientos.
—Entonces, no me extraña que tengas esas ocurrencias.
—Mmm, y si… —se calló.
—¿Qué? —insistí. Ella agitó la melena y golpeó la palma
izquierda con el puño de la derecha.
—Podríamos llamar a la casa del señor Loup, seguro que
encontramos el teléfono en internet; al tratarse de una casa de
acogida, tiene que ser público.
—¿No es más fácil pedirlo en secretaría?
—No nos lo darán por la Ley de Protección de Datos.
—Es verdad. ¿Y nadie lo tiene?
—No sé, si quieres, cogemos un megáfono y lo
preguntamos en el patio.
—Quita, quita, que seguro que Nita Ferrer saca una noticia
de ello y se inventa algo como que quería pedir su mano. —
Claudia se echó a reír y yo también.
—¿Entonces? —insistió.
—Busquemos ese número —admití, metiéndome en
Google para encontrar la residencia del señor Loup.
Claudia tenía razón, no nos costó dar con él, pero me moría
de la vergüenza. ¿Qué decía si me contestaban al otro lado de
la línea?
—Vamos, llama, que solo faltan tres minutos para que
suene el timbre.
—¿Y qué digo?
—Pues pregunta si se les ha caído una roca encima, o un
meteorito ha impactado contra ellos. Yo qué sé…
Pensé rápido mientras le daba al botón de llamada. Un
tono, dos, tres, cuatro…
Una voz vigorosa respondió al otro lado.
—¿Sí?
—Ho… Hola, ¿es la residencia del señor Loup? —La llamé
por el nombre que constaba en internet.
—Así es, ¿quién llama?
—Em… Soy la secretaria del IES Montevives, llamaba
para preocuparme por Jared, Bastian y Selene. Hoy no han
acudido a clase.
—Lo sé, están enfermos, ya mandé la correspondiente falta
justificada por IPASEN a sus tutores.
—¿En serio? Espero que no sea nada grave. Estamos
teniendo algunos problemas técnicos con el programa.
—Qué extraño, todos los tutores me han respondido. —
Quería que la tierra me tragara.
—Pues entonces debe haberse tratado de un problema de
comunicación entre departamentos, disculpe, señor Loup.
Espero que los muchachos se encuentren bien.
—Sí, no se preocupe, el lunes estarán allí sin falta. ¿Algo
más? Tengo un poco de prisa, estaba saliendo.
—Nada más, que tenga un buen día y disculpe el error.
Colgué justo en el momento que sonaba el timbre.
—¡Salvada por la campana! ¡Lo has hecho genial! ¡¿Se lo
ha tragado todo?!
—Eso espero. Madre mía, qué nervios he pasado.
—Bueno, por lo menos sabemos que están vivos, puede
que sea un virus estomacal, desde que no vamos con
mascarilla, han vuelto junto a los anuncios de Frenadol. —Le
ofrecí una sonrisa cálida—. Anda, vamos, que nos toca
Química, a ver si con un poco de suerte nos han puesto juntas.
Claudia se aferró a mi brazo sin que lograra arrancarme el
desasosiego. Tenía la impresión de que el señor Loup no me
había creído y eso me preocupaba, ¿y si le daba por llamar al
colegio? Tendría que haber buscado una excusa mejor, pero
¡es que no había tenido tiempo de pensar más! En fin, otra
decisión que no sabía dónde iba a llevarme.
Levanté el teléfono para apagarlo, ante mis ojos se había
quedado abierta la pantalla de Instagram con el logo de Jared,
que como no podía ser de otra manera, era un Lobo.
Y, entonces, lo vi, acababa de aceptarme.
Capítulo 14
Tenemos Química

En cuanto salí de clase, lo primero que miré fue si me


había escrito. No paré de darle vueltas, no sé ni cómo pude
contenerme. Bueno, sí lo sé, porque si los profes te pillaban
con un móvil, lo más probable era que te cayera un parte.
No había escrito nada. Tampoco tenía ninguna foto
colgada.
¿Quién tiene un perfil de IG vacío? «Alguien que quiere
ver sin ser visto», me respondí a mí misma. Puede que o no le
interesaran nada las redes sociales y la tuviera solo por el
grupo, o que la utilizara para stalkear a los demás. Pero,
entonces…, ¿por qué me había aceptado? Puede que para ver
mi muro, el cual también era privado, aunque, a diferencia de
él, sí que colgaba cosas. Allí dentro estaba mi vida de antes,
mis amigos, mis platos preferidos, algunos vídeos haciendo la
payasa con mi hermano; recetas de cocina que no me habían
salido del todo mal, festivales de danza, vacaciones, incluso la
celebración de mis notas.
Le había abierto una puerta a mi mundo, mientras yo
seguía sin saber nada del suyo, y eso me incomodaba. No me
gustaban las personas que se ocultaban detrás de una máscara,
me hacían dudar sobre si lo que mostraban era real o producto
de mi imaginación.
Preferí llegar a casa y escribirle después de comer, en la
intimidad de mi cuarto, alejada de ojos curiosos que pudieran
captar mis expresiones.
Observé la pantalla, según la info, se había conectado hacía
una hora. ¿Lo habría hecho para mirar mi muro? Sabía que
había programas espía que te daban ese tipo de información,
aunque prefería no hacer esas cosas.
Allá iba.

Hoy 15:40
Hola, hoy no has venido a clase
Te encuentras bien?
Espero que no te importe que te escriba

Contuve la respiración un par de minutos hasta que su


estado cambió y apareció en línea. Me tranquilizó un poco ver
la palabra escribiendo…
Hola, perdona, no suelo usar mucho IG

Ya, me he fijado, tu muro está un poco vacío


No es que haya querido husmear ni nada,
es que salta a la vista

Sí, bueno… No soy de redes, esa


es Selene

Paró de escribir y me sentí un poco ridícula. Insistí en su


estado de salud.
Stas OK?
Un poco mejor, todos
hemos pillado un virus estomacal

Vaya
Es lo que tiene vivir todos juntos
lo acabas pillando todo…

Sí, a nosotros también nos pasa


Por cierto, tenemos Química juntos.

¿Cómo?
Releí la frase y quise darme de cabezazos; parecía lo que
no era, tenía que aclarárselo.

Me refiero a que nos ha tocado


juntos, en clase, lo siento

¿Qué sientes?
Pues que cuando estoy contigo tiemblo, que se me acelera
el corazón, que te noto aunque no me toques y que tengo
ganas, por primera vez, de saber mucho más de lo que supone
estar con un chico.
Todo eso era lo que quería decirle, aunque no podía, se lo
tomaría fatal y yo me sentiría ridícula.

Que te haya tocado conmigo

Pq? Eres un paquete en Química?


Se te dan mal las valencias?
Por tus notas no lo diría.

Sonreí, mucho, porque sus palabras querían decir que


había estado un buen rato mirando mis fotos hasta llegar a la
de las notas, y eso solo podía significar que, por lo menos,
despertaba su curiosidad.

No se me dan mal
Me refería más a mi compañía
Has leído a la reina stalkeadora?
Volvemos a ser portada… ☹

Nita puede ser un poco irritante, también


persistente cuando se le mete algo entre ceja
y ceja
Pues podría haber sido un pelo enquistado y no nosotros
Je, je, je. Se le pasará.

No estás enfadado conmigo?

Tendría que estarlo?

Lo digo por lo que ha salido publicado


Has hecho tú esa foto? Porque yo
diría que tenías las manos ocupadas…

Mis mejillas se calentaron ante la observación.


Y le dijiste lo que pone ahí?

NO!!!
Pues, entonces, no puedo enfadarme ;)

¿Eso era un guiño? ¿Jared Loup me estaba guiñando un


ojo?

Si me das tu mail, puedo pasarte los


apuntes y los deberes que nos pongan

Tnks, ya me los ha pasado alguien,


pero te agradezco el ofrecimiento
Por cierto, si vuelves a llamar a casa,
procura hacerlo con número oculto si
te haces pasar por la secretaria ;)

Dios, me quería morir, ¿cómo podía saber que se trataba


de mí?

Mi padre tiene la insana costumbre de hablar con el


manos libres puesto. Reconocí tu voz de inmediato.
Tranquila, lo único que comentó mi padre es que deberían
jubilar a la secretaria
Mis hermanos no estaban delante. Pero si le hubiera dado
por llamar al instituto,
te habría pillado de lleno
si hubiera puesto tu número en un buscador de móviles…
Cazada
Concluí asumiendo mi pecado.

Lo siento, creí que se te podía haber caído


una roca encima y aplastado tu casa.
Estaba preocupada

Una roca? En serio?

Una, que no está acostumbrada


a los terremotos y ve demasiadas
pelis de catástrofes en Netflix

Ya veo. Igual deberías pasarte a otro género,


dada tu vívida imaginación

Me apunto tu consejo,
si necesitas lo que sea, aquí estoy
Perdona por todo y mejórate

Gracias de nuevo, Elle


Ha sido un detalle por tu parte
que te preocuparas tanto ☺
Nos vemos el lunes.

Nos vemos ☺
«Ni tan mal», pensé, encerrando mi cara en la almohada
para lanzar un gritito.
La conversación había ido mucho mejor de lo esperado y
tenía ganas de brincar, saltar, bailar…
¡Bailar! Ay, madre, ¡qué tenía clase!
Me incorporé de un salto con las pilas mucho más cargadas
que antes. Sentía que Jared empezaba a abrirme la puerta y yo
era especialista en colarme por cualquier rendija.
Capítulo 15
Entradas

Si el primer día de clase estuve nerviosa, hoy estaba


atacada.
¡De los p… nervios!
El domingo vacié el armario y me pasé más de una hora
escogiendo la ropa, y cuando hoy me la había puesto, no
estaba segura de que fuera el atuendo correcto. ¿A quién
pretendía engañar? Me vistiera como me vistiese seguiría
siendo la misma bajo aquella capa de ropa.
Puede que a las tiktokers les funcionase eso del cambio de
atuendo, ¿cuántos hemos visto esos vídeos de si la chica va
toda mona la ayudan y le hacen caso, mientras que si viste
normal, pasan de ella?
Sin embargo, cada vez que yo me miraba en el espejo, me
pusiera lo que me pusiese, solo me veía a mí. La chica del pelo
castaño, los ojos verdes y una nube de pecas sobre el puente de
la nariz.
Daba igual qué camiseta o pantalón eligiera. La lámina
acristalada me devolvía una y otra vez el mismo reflejo, uno
que no estaba segura de que estuviera a la altura.
¿Por qué me ocurría eso?
Nunca había tenido problemas de seguridad en mí misma,
siempre pensé que a quién no le gustara que no mirase y ahí
radicaba el inconveniente, que, por primera vez, quería gustar
a alguien, por lo menos, un poco.
—Elle, ¡vas a llegar tarde y tus amigas ya están en la
puerta! —vociferó mi madre.
—¡Ya voy! —Me eché un último vistazo.
Camiseta negra, amplia, con las letras Let’s go y una
sudadera en el mismo color, abierta y con capucha, pues por
las mañanas había empezado a refrescar. Mallas oscuras, cola
alta, algo de cacao en los labios, para que no se me cortaran,
pendientes de aguacates y mis inseparables zapatillas blancas.
—¡A la porra! Si no le gustas como eres, es que no merece
la pena. Uno no puede vivir si se pasa el tiempo huyendo de sí
mismo. A ti te ha tocado esa cara y es lo que hay —le dije con
convicción a la chica que me miraba a través del espejo.
Bajé tan rápido las escaleras que casi me caigo al suelo en
los últimos peldaños.
—¡Elle! —dijo en tono de advertencia mi madre—. Ahora
que tienes la dentadura perfecta, no te quedes sin ella.
—Lo siento —respondí, acercándome para darle un beso.
Mi padre y mi hermano estaban en el sofá. Pasé por sus
espaldas despidiéndome—. Os quiero, hasta luego.
—¡Qué vaya bien el día!
—¡Igualmente! —Escuché el «llevas el desayuno en la
mochila» cuando ya había cerrado la puerta.
Nunca había tenido tanta prisa por llegar a clase, ni tantas
ganas, bueno, quizá ganas sí, pero no por algo que englobara
el término «chico».
No había vuelto a hablar con Jared, aunque sí entré en
Instagram y releí un montón de veces nuestra conversación,
además de mirar su estado. Él también se conectó en varias
ocasiones, ¿sería para ver mi muro? Seguro que no, que estaba
haciéndome unas ilusiones que no se correspondían con la
realidad. ¿Para qué iba a bichearlo si yo no le interesaba? ¿Me
estaba obsesionando?
Desde el jueves sonreía como una idiota, tenía escalofríos y
un nudo tensaba mis tripas hasta tal punto que me costaba
comer. Esta misma mañana, no pasé del vaso de leche, y eso
que mi madre me había puesto mis galletas favoritas, unas
Oreo bañadas en chocolate blanco que estaban de OMG.
Mi madre me tocó la frente por si tenía fiebre y llegó a
sugerir que fuéramos al médico si no me sentía bien. Yo
disimulé y le dije que eran los nervios del curso, porque el año
pintaba duro, además de que los terremotos me habían dejado
algo intranquila. Creo que coló, o por lo menos sirvió para que
mi padre y ella se enzarzaran en otra nueva disputa sobre si
había sido buena idea mudarse. La mejor táctica para distraer
al enemigo era buscarle otro de mayor peso.
Una vez estuve en la calle, me arrebujé en la sudadera. El
aire era bastante fresco y las nubes salpicaban un cielo, ya de
por sí, gris. Esperaba que no fuera un augurio de cómo iba a ir
el mío.
Apenas escuché la conversación de mis vecinas hasta que
Abril dijo las palabras mágicas: «Último Aullido».
—¿Qué dices? —me interesé de golpe.
—Vaya, por fin despiertas. Ay, hija, es que estás en la parra.
—Perdona… Me he quedado empanada.
—Ni que lo digas. Decía que los de El Último Aullido van
a dar un pequeño concierto el viernes por la tarde y queremos
ir a verlos. ¿Tú vas a apuntarte? Imagino que sí, ahora que
Jared y tú…
—Jared y yo, nada —la corté—, ya os he dicho por activa y
por pasiva que no os creáis a la reina del chismorreo. Solo
estamos empezando a entendernos y ser un poco amigos, eso
es todo.
—Pues la reina stalkeadora no piensa lo mismo —me
pinchó Andrea—, y nosotras tampoco —aprovechó para
añadir.
Los cuatro pares de ojos me miraban curiosos.
—¿Tú también crees lo mismo? —le pregunté a Elena. Se
limitó a mover la cabeza asintiendo.
—Pues os equivocáis de lleno, las cuatro —les advertí con
toda la convicción que fui capaz de reunir.
—Pues tú dirás lo que quieras, pero Jared está como un
queso, y si yo tuviera la oportunidad, no dudes que saldría con
él.
Carla alzó los ojos soñadora.
—Pues hazlo si tienes ocasión, ya te he dicho que entre
nosotros no hay nada —bufé.
—Está bueno, pero a mí me va más Bastian… —reconoció.
—De eso nada, a Bastian me lo quedo yo —asumió Abril.
—No le quedará más remedio que elegir entre las dos, o
quizá sea yo su elección —añadió Andrea.
—¿En serio que os gusta a las tres? —pregunté alucinada.
—Los Loup nos gustan a todas —Carla chasqueó los dedos
frente a mis ojos—. Son como el icono del insti. Eres tú la
rarita que pareces inmune a sus encantos, aunque yo apostaría
que solo es una fachada y que Jared es tu crush secreto.
Llegamos al punto de encuentro con Claudia, su autobús
acababa de llegar y ella bajaba las escaleras cuando las motos
de los Loup pasaban por delante de nosotras.
Mi cuerpo se sacudió como un sonajero de bebé, y esta vez
no fue culpa del terremoto, sino de la mirada y la sonrisa,
capaz de fundir mil bombillas, que Jared me lanzó desde su
vehículo frente a todas ellas.
—¡Ay, Dios, creo que estoy hiperventilando! —Claudia
agitó las manos contra su cara para abanicarse—. ¿Habéis
visto esa sonrisa? Elle Silva, ¿qué ha sido eso?
Mis cinco amigas estaban de brazos cruzados esperando
una respuesta.
—¡Y yo que sé! Habrá desayunado payasos esta mañana.
—Sí, claro, uno asesino —me azuzó Carla—. No
disimules, que todas lo hemos visto, esa sonrisa no era de
chiste.
—No sé, estará contento de que hoy haya cruzado bien y
no tener que arrojarse de la moto en marcha, o igual ha
recibido una buena noticia. Vete a saber.
—La buena noticia que ha recibido es verte, así que ya le
estás pidiendo seis entradas para el concierto, que el aforo del
local es limitado y las entradas estaban a punto de agotarse —
murmuró Abril.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo ha dicho Elena, las vendían en la escuela de
música a la que va, los Loup tienen allí su lugar de ensayo.
Era cierto, Elena y sus hermanos iban todos a la escuela de
música, ella tocaba el violín.
—¿Y no puedes comprarlos tú? —inquirí, mirando a mi
amiga.
—Sí, pero hemos decidido que así te damos otro motivo
para hablar con Jared… A todas nos gusta para ti —admitió
sonrojada.
—¿Estáis intentando emparejarnos? —pregunté perpleja.
Las cinco cabezas se agitaron llenas de felicidad.
—Fantástico, tener amigas para esto.
—Mejor que salgas con Jared que con el tirapedos. —Puse
cara de disgusto. Había un chico en el instituto que no dejaba
de lanzar gases a todo el mundo, le hacía gracia que los demás
oliéramos su pestilencia.
Después dicen que la vida del estudiante es fácil. Pues yo
estaba deseando ser adulta y solo tener que ir a trabajar, seguro
que era mucho más fácil.
—Sois imposibles. No podemos entretenernos más o nos
pondrán un parte.
—¿Le pedirás las entradas? —insistió Andrea.
—¡Qué remedio! —Era el único modo de sacármelas de
encima. Y, como ellas decían, de tener una excusa más para
acercarme a él.
Capítulo 16
Las Escaleras

Subiendo las escaleras, alguien golpeó mi hombro y me vi


con un montón de papeles desparramados por el suelo.
Se escuchó un «lo siento» alejándose, alejándose junto a mi
buen humor. ¡Perfecto! Ese tipo de cosas eran las que solían
pasarme cuando tenía prisa. Mi tutor, el señor Nuñez, nos
había advertido que entrar después de él se traducía en un «te
quedas fuera de clase», daba igual si te habías caído por las
escaleras, lo importante era llegar cuando él estaba en la
puerta, así que ya podía espabilar.
La secretaria del instituto me había parado un instante para
darme unas copias que mi tutor pidió para la clase. La buena
mujer me preguntó si no me importaba subirlas, ya que yo iba
hacia allí de todos modos.
Como es lógico, acepté. Estaba convencida de que si uno
hace favores, la vida se encarga de devolvértelos, como con
Jared.
Me agaché para recoger aquel despropósito. A Claudia le
había entrado un retortijón que la dejó fuera de juego y tuvo
que salir huyendo hacia el baño. Estaba sola frente a un
festival de papeles que caían por los escalones en cascada y un
montón de pies dispuestos a pisotearlos.
¿Adónde había ido a parar la solidaridad y el
compañerismo en este instituto? «Junto a las ganas de no
querer que te pongan un parte por llegar tarde», me respondí
yo sola.
—No sabes cómo hacer para que te eche una mano, ¿eh?
—La voz divertida de Jared me hizo girar la cabeza.
Allí, tras de mí, con la cara a la altura de mi trasero,
agachado estaba él, luciendo una sonrisa socarrona.
—Sí, mira, has acertado. Llevo aquí toda la mañana
esperando que alguien me golpee el hombro para que todo esto
se desparrame por el suelo y que me eches las dos, porque ya
puestos, con una no hacemos nada —contesté contrariada.
Su sonrisa se amplió y, por suerte, se puso a recoger los
papeles conmigo.
—Veo que estás de buen humor —anotó con retintín.
—Lo estaría si la gente fuera más educada y solidaria.
—No lo dirás por mí, ¿no? —Se detuvo un instante.
—Está claro que no, tú eres la amabilidad personificada —
jugueteé. Él no dejó de sonreírme en todo el rato y yo no
paraba de intentar enfocar la vista para no caerme de bruces.
Cuando hubo terminado, me los ofreció.
—Toma.
—Gracias.
—¿Ha ido bien el finde?
Me fijé que sobre su pómulo derecho había una marca
azulada. Aunque se veía mucho menos que los míos, dado el
tono oscuro de su piel, parecía un moratón.
—Mejor que el tuyo. —Señalé la marca—. ¿Te has metido
en peleas? —Quizá ese fuera el motivo real por el que los
Loup no vinieran a clase, se inmiscuyeron en una reyerta para
mantener su zona de venta de drogas y acabaron malheridos.
Me dio la sensación de que se tensaba un poco, aunque
rápidamente le restó importancia.
—Si lo dices por esto, ha sido algo mucho menos
interesante que tu propuesta. Un accidente doméstico —aclaró
—. Aunque si te preguntan por ahí, prefiero tu versión, me
hace parecer mucho más temerario…
—¿Quieres parecer temerario?
—Ayuda a que te dejen tranquilo.
—No te tenía por alguien que se preocupara de las
apariencias, exceptuando si se trata de nosotros.
—No te ofendas, es que no serías la primera que intenta
acercarse a nosotros para hacerse ver…
—¡Yo no soy así! —me enfurruñé.
—Lo sé, lo siento. Tienes que comprender que apenas nos
conocemos y no ayudó que salieran esas noticias en el blog.
—¿Sigues pensando que busco eso? —cuestioné temerosa
de la respuesta.
—Nah. Pero recuerda, esto es fruto de un combate a
muerte. —Se tocó el pómulo—. Es bueno ese tipo de
publicidad para el cantante de una banda. Todo el mundo
presupone que los rockeros son chicos malos y duros.
—¿Tú lo eres?
—¿Malo? —Asentí. Mi ritmo cardíaco volvía a estar en
pleno concierto de beatbox—. Supongo que eso siempre
dependerá de a quién se lo preguntes, aunque intento no tener
enemigos, solo los habitantes malvados que viven en una
dimensión paralela —respondió jocoso.
—Es bueno saberlo. Oye, hablando de conciertos…
¿Podrías conseguirme seis entradas para el vuestro? Es el
viernes, ¿no? —Jared abrió los ojos como platos.
—¿Seis entradas?
—Mis amigas quieren ir y me han pedido que te las pida, al
parecer, están a nada de agotarse.
—Ya se han agotado. Pero tus amigas son cinco, no seis. —
Sus ojos se estrecharon con sospecha.
Estaba un peldaño más abajo que yo, lo que igualaba
bastante nuestra estatura y me permitía mirarlo sin forzar las
cervicales, directamente a sus alucinantes orbes azules.
Estaba un tanto decepcionada por la noticia, aun así,
respondí con sinceridad.
—La sexta era para mí. No pasa nada, en otra ocasión será.
Me di la vuelta para reemprender el camino a clase, pero su
mano buscó mi muñeca frenando mi ascenso. Mi piel ardió
bajo su agarre. Ya no quedaba nadie en las escaleras.
—Espera. No he dicho que no pueda conseguirlas, y más si
la sexta es para ti.
¿Podía llegar a sentir la densidad del tiempo? ¿El golpeteo
de los segundos incrustándose en cada uno de mis poros?
—Pe… Pero el aforo era limitado…
—Déjalo en mis manos, los de la discográfica siempre nos
guardan algunas por si surge algún compromiso. Además, te
debo una por preocuparte tanto por mi lapidación casera. —El
rubor se extendió por mi rosto y su sonrisa se hizo más amplia.
¡Madre mía! Si serio era una pasada, cuando sonreía era
una locura.
El timbre de inicio de clase sonó, lo que nos hizo apretar a
correr llegando a la puerta justo cuando nuestro tutor iba a
cerrarla. Jared no me había soltado, ni yo había querido que lo
hiciera. Él alzó las cejas.
—La secretaria me pidió que le trajera esto… —Él hizo
una mueca y desvió los ojos hacia el lugar en el que Jared me
mantenía sujeta.
—Adelante, tortolitos… —rezongó—, la próxima no
entráis.
—Sí, profesor Nuñez —respondí. Jared me soltó de
inmediato y yo me mordí el labio inferior antes de darle los
impresos al tutor y que nos dejara entrar.
—Espero que se sienta mejor, Loup.
—Sí, señor, muchas gracias por preocuparse.
Ocupamos nuestros pupitres y dejé la mochila bajo el
asiento. Cubrí la zona que todavía tenía el calor de sus dedos
con los míos y lo miré con disimulo entornando los ojos.
Me gustaba, mucho, muchísimo, casi tanto como el pastel
de queso casero que hacía mi madre o el aroma a lluvia.
Quería a aquel chico en mi vida de un modo inexplicable.
Una vez leí que un sueño no cambiaba nada, pero una
decisión lo cambiaba todo, y yo acababa de decidir que si tenía
que enamorarme, iba a ser de él.
Capítulo 17
Delegada

Acababan de erigirme delegada, ¡delegada!, ¿yo? ¿Cómo


era posible que mi nombre hubiera salido como el más votado
de la clase? ¡Si era la nueva! ¡Si apenas me conocía nadie!
Recibí las felicitaciones de todos mis compañeros, estaba
estupefacta. Claudia se acercó a mí para decirme que era la
chica de moda, que qué esperaba.
—Pues no sé, pero esto no —respondí.
¿En serio que era «la chica de moda»? ¡Si yo no era nadie!
Ella se rio.
—Eres la chica en la que se ha fijado Jared Loup. Ahora
eres el artículo más codiciado de todo el instituto.
En cuanto oí el término, me sentí como un par de guantes o
una bufanda de lujo, de esos que muchos miran, pero que están
al alcance de muy pocos. Yo no era un objeto y menos la
pertenencia de nadie. Era una persona con emociones y
sentimientos.
¿Quién determinaba que por el maldito blog de Nita Ferrer
ahora pasara a ser aquello que todos querían a su lado? La
responsabilidad era del puñetero blog.
Jared pasó por mi mesa y me susurró al oído un
«enhorabuena, delegada» que alzó el vello de mi cuerpo.
Vi a Rache alzar su móvil y moví los labios con un
amenazador «ni se te ocurra». Ella se limitó a mirarme de
aquel modo tan inexpresivo y bajó el teléfono. Ni siquiera
sabía si le dio tiempo a captar el segundo en el que la boca de
Jared casi rozó mi oreja.
Si había ocurrido, pronto lo sabría, no tenía duda de ello.
Mi salvador se apoyó en la parte frontal del pupitre e hizo
un redoble de tambores con sus manos. Un mechón de pelo
oscuro cayó sobre su frente. Me dieron ganas de apartárselo
mientras me ofrecía una mirada burlona cargada de orgullo.
¿Que fuera delegada le hacía sentirse orgulloso? ¿Por qué?
No me habían elegido por mi talento, porque fuera lista o me
preocuparan los temas del instituto.
¡Me habían escogido por él!
Tuve ganas de levantarme y gritar que repitieran las
votaciones, que no me parecía bien, que los criterios por los
que me habían elegido no eran los correctos. Pero me limité a
quedarme sentada, muy quieta, dejando que él saliera por la
puerta, con su espalda ancha ocupando casi todo el marco.
Tocaba desdoblar la clase. Mientras Jared acudía a
Lenguaje y Práctica Musical, a mí me tocaba Dibujo Artístico.
Vi cómo se cruzaba con la plasta de la reina stalkeadora,
quien lo observó risueña. Él pasó de largo sin inmutarse.
Nita Ferrer entró con un vestidito rosa de vuelo, su pelo de
dos colores perfectamente peinado sujeto bajo una diadema
acolchada. Parecía sacada de una peli de los años sesenta, solo
que con el pelo de una muñeca manga.
Giró el cuello hacia la pizarra y observó el resultado de las
votaciones. Lo hizo con deleite, recreándose en aquella
mayoría aplastante. Después, desvió sus ojos negros, que hoy
llevaba engalanados con unas lentillas azules, y se puso a
aplaudir en dirección a mí. Lo que me faltaba.
—Bueno, bueno, bueno… Esto sí que es llegar al
Montevives y triunfar por todo lo alto. Te ligas al chico más
inaccesible del insti, te nombran delegada, ¿qué será lo
próximo? ¿Reina del baile de Halloween?
—Déjame, Nita —dije con voz apretada.
—Uy, detecto cierta hostilidad. No estarás enfadada
conmigo, ¿verdad? Porque no tienes motivo. Todo esto… —
dio una vuelta sobre sí misma— es gracias a mi empujoncito,
ya te dije que te convenía mantenerte cerca. Deberías estarme
agradecida en lugar de parecer que te ha salido un sarpullido.
—¿De verdad piensas eso?
—¿Que deberías sentirte agradecida? Por supuesto.
—Pues no lo estoy.
—¿Y eso por qué? Tú y yo somos amigas.
—¿Amigas? Tú y yo no somos nada —escupí envenenada
—. Las amigas son las que te dicen las cosas a la cara, pero te
defienden a muerte a las espaldas.
—¿Y piensas que yo voy hablando mal de ti? Qué poco me
conoces.
—¡Te pasas el día lanzando bulos sin sentido en tu ridículo
blog! ¡Debes tener una vida muy pobre y aburrida como para
tener que fijarte en la de los demás!
—No tienes ni idea de cómo es mi vida —proclamó,
arrugando la nariz.
Rache se acercó, para abrazarla por la espalda con la
afectuosidad de un cactus. Tomó la barbilla femenina con su
mano derecha y le hizo torcer el cuello a su novia para besarla
sin dejar de mirarme.
Me recordó a un perro que cree que le están meando en su
farola. Muy propio de las celosas.
—Hola, Nita —la saludó Claudia, acercándose como una
mariposa de campo.
—Hola, Clau. Me gusta tu cinta del pelo.
Era blanca, de raso, con motitas en purpurina violeta, a
juego con su camiseta.
—Gr… Gracias, e… e… es de Cl… Cl… Claire’s, lo digo
por si quieres una.
—Pues te sienta muy bien. ¿Verdad que sí, Rache? —Su
novia se limitó a gruñir.
Por el amor de Dios, ¿era humana? Por su actitud, me hacía
pensar en algún tipo de criatura nocturna alterada
genéticamente. Una mezcla entre un vampiro y un bulldog
francés.
Todavía no le había oído el timbre de voz. Seguro que era
tan desagradable que callaba por no ofender.
Le murmuró algo al oído a Nita que no alcancé a escuchar.
Volvió a besarla y se marchó.
—¿Rache no se queda? —preguntó Claudia interesada.
—No, ella va a Lenguaje y Práctica Musical. Tiene una voz
preciosa…
—Debe ser por eso que no habla —observé punzante.
—No le gusta malgastar palabras con quien no las merece.
—Eso había sido un zasca en toda la boca—. Hay silencios
que llenan más que muchas frases, deberías saberlo. —Y ella
aplicarse el cuento, no te fastidia—. Mi chica solo separa los
labios para besarme o decir cosas importantes.
—Pues harías bien en aprender de ella —apostillé
enfadada.
—Entonces, es cierto, estás así por mis artículos.
—¿A ti qué te parece?
—Pero ¡si te he hecho un favor!
—¡Pues deja de hacérmelos! Yo no te he pedido que me
conviertas en el centro de atención. No me gusta que la gente
me conceda privilegios que no merezco.
—¿Te refieres a lo de ser delegada? —Asentí—. Tus
compañeros de clase no son lerdos, aunque algunos puedan
parecerlo. Si no hubieran visto en ti algo más que la chica del
momento, no te habrían votado. —Resoplé—. ¿Piensas que
miento? Acepto que mis artículos te han dado visibilidad, pero
esto lo has hecho tú sola. —Apuntó hacia la pizarra—. Te
guste o no, tienes algo, una energía atrayente, y eso no es por
la reina stalkeadora. No apagues tu luz, Elle, sería un error. Si
te apetece, puedes verme como tu enemiga, pero no lo soy.
Se dio la vuelta y caminó directa hasta su asiento.
Odiaba a Nita Ferrer y, dijera lo que dijese, ella tenía la
culpa.
Ese tipo de cosas no me pasaban antes.
Siempre había querido ser delegada, me había esforzado
muchísimo para que mis compañeros comprendieran que lo
merecía porque me preocupaba por ellos. Sin embargo,
siempre venía alguien menos preparado, pero más popular, que
me arrebataba la opción. A lo máximo que llegué una vez fue
a subdelegada suplente.
Y, ahora, ¿me había convertido yo en ese alguien?
Me gustaba triunfar como a la que más, pero necesitaba
sentirme tan orgullosa del logro como del modo en que lo
había hecho y, en mi fuero íntimo, no era así. No fue justo.
La profesora de Dibujo entró y nos hizo sacar el bloc para
trabajar técnicas a carboncillo. Me gustó desde que la semana
pasada se presentó y vi la pasión que le ponía al trazar su
nombre en lettering, solo con eso ya me había conquistado.
Era mejor aparcar el regusto agridulce de mi victoria y
centrarme en la clase, al fin y al cabo, al instituto se venía a
aprender, no a lamerse las heridas.
Cuando llegué a casa, tenía la necesidad de hablar con
alguien. No pude deshacer el nudo que sofocaba mis cuerdas
vocales, así que, después de comer, cuando mi madre ya
estaba aporreando las teclas, subí al despacho y le pregunté si
podíamos hablar.
—¿Tiene que ser ahora? —cuestionó, deslizando sus gafas
rojas por el puente de la nariz—. Estaba a punto de terminar de
revisar el capítulo para mandárselo a mis ceros.
—Será solo un minuto.
—Está bien. —Le dio a guardar al documento—. Te
quedan cincuenta y nueve segundos —musitó dando la vuelta
a su silla de ordenador—. Cincuenta y ocho, cincuenta y
siete…
—Me han hecho delegada —comenté con la alegría de una
viuda. Bueno, una que quería mucho a su marido. La alegría
que había coronado a sus ojos castaños, exactos a los de mi
hermano, se desvaneció.
—¿No te ha hecho ilusión? Pero si es lo que has querido
siempre…
—Es que no sé si lo merezco. —Ella abrió los ojos como
una lechuza, igualita que Hedwig, la infatigable compañera de
Harry Potter.
—¿Que no sabes si lo mereces? Cariño, nadie lo merece
más que tú. Eres lista, buena persona, odias las injusticias,
siempre te preocupas por los más débiles. Eres fuerte, de
férreas convicciones y razonas cada uno de los motivos que te
llevan a tomar cada una de tus decisiones, aunque seas un
pelín cabezota. Esos chicos no podrían soñar con una persona
mejor en ese puesto.
—Pero ¡es que no me conocen!
—¡Y, aun así, te han votado! Esas cosas se ven, no
necesitan ser compañeros tuyos de toda la vida para intuir tu
valor y saber que no tienes la inteligencia de un jarrón. Y si lo
que te preocupa es eso, deja que te conozcan, usa la casa, ¡haz
una fiesta! Todavía hace bueno y Silvia dice que la semana
que viene vendrá el veranillo del membrillo, ¡aprovechad la
piscina!
—No sé…
—¡Dios! Porque tu padre te persiguió al nacer, si no, ahora
mismo, juraría que te cambiaron. Ojalá a tu edad hubiera
vivido en una casa como esta y mis padres me hubieran dejado
hacer una fiesta.
—No quiero molestar…
—No vais a molestar. Venga, manda un mensaje a todo el
mundo, que se organicen, y si el tiempo acompaña, que
vengan el sábado que viene… ¡Será genial!
—¿Estás segura?
—Si no lo estuviera, no te lo diría.
—¿Y papá? Sabes cuánto odia tener la casa llena de
adolescentes hormonados.
—Eso déjamelo a mí. —Me guiñó el ojo—. Veintitrés años
dan muchas herramientas para poder convencerlo.
—Te quiero, mamá —estallé abrazándola.
—Y yo también, mi vida.
Capítulo 18
¿A qué estás jugando?
Jared

Mi espalda impactó con fuerza contra el muro.


Los ojos plateados de Selene refulgían con vigor. Mi
cuerpo se elevaba un metro por encima del suelo y sus
colmillos se habían desplegado junto a un gruñido gutural.
—¿Puede saberse a qué narices estás jugando, Jared?
Estábamos en la parte de atrás de nuestra casa, donde nadie
podía vernos a no ser que buscara.
—No sé a qué te refieres —farfullé inmóvil.
Si quisiera, ya me habría desembarazado de ella porque,
aunque Selene era una loba Alfa, y, por tanto, mucho más
fuerte que las demás, yo era el Alfa de nuestra manada.
Triplicaba su fuerza y su tamaño cuando me convertía.
Éramos licántropos, o como vulgarmente se nos conocía en
la mitología y las fábulas populares, hombres y mujeres lobo.
De nosotros se decían muchas cosas; que si lo nuestro era
debido a consecuencia de caracteres genéticos heredados,
heridas producidas por otro licántropo, maldiciones, objetos
mágicos…
Lo cierto es que existíamos desde que el mundo era mundo,
bueno, quizá un pelín más tarde, digamos que surgimos al
mismo tiempo que los humanos, aunque nuestra misión dentro
del plano interdimensional en el que habitábamos no era otra
que custodiar «La raya».
Pese a las creencias populares sobre nosotros, no somos
seres atroces, que nos dedicamos a aullarle a la luna y a matar
humanos. Somos los guardianes del equilibrio, y si somos tan
pocos, es porque nos cuesta mucho encontrar nuestro
compañero o compañera de vida, además de que nos dan caza.
No somos inmortales, como relatan en los cuentos. Puede
que seamos un poco más longevos que la media, pues solemos
llegar a los ciento veinte, ciento cincuenta si me apuras, y esos
son casos muy especiales. Nuestro sistema inmunitario es
distinto, tenemos mayor resistencia a las enfermedades
comunes, aunque cuando enfermamos, es difícil sobrevivir,
pues solo nos atacan las más graves. Yo nunca he estado
resfriado o he tenido un virus estomacal.
Nos ocultamos de los humanos porque jamás han llegado a
comprendernos, y si alguna vez hemos salido a la luz, han
querido matarnos o experimentar con nosotros. Así murieron
los padres de Selene y Moon, a manos de un equipo de
científicos rusos cuando fueron capturados en los Cárpatos.
El señor Loup era el encargado de cuidar a los cachorros
huérfanos. La casa en la que vivíamos estaba destinada a ello.
Todos habíamos perdido a nuestros progenitores de algún
modo, y lo que se intentaba allí era que nos sintiéramos
protegidos y amados.
De cara a la galería, éramos MENA, la palabra que más se
ajustaba a nuestra realidad y nos permitía levantar poco
interés. ¿A quién le interesaba un puñado de menores no
acompañados procedentes de otros países? A pocos, para qué
engañarse.
Selene apretaba con más fuerza mi tráquea, estaba en mitad
de la metamorfosis, lo que le hacía tomar grandes bocanadas
de aire. Yo intentaba mantener la calma, no dejar fluir a mi
lobo interior, esperando que ella lograra relajarse.
—Elle Silva —pronunció. Y mi cuerpo rugió de necesidad
por dentro.
Selene podía captarlo, los lobos éramos muy sensibles a las
necesidades y emociones del resto de compañeros de manada,
sobre todo, los Alfa, que nuestra función era la de cuidar del
resto y liderarlos en la batalla.
—Lo he intentado, Selene.
—¡No basta con intentarlo, hay que hacerlo!
Lo ideal era que un licántropo se uniera a otro de su
especie, no porque fuera imprescindible, podíamos estar con
humanos con facilidad. El motivo era la continuidad de la
raza, que no perdiéramos habilidades al mezclarnos con
humanos y procrear. Nuestras destrezas podrían diluirse y
desaparecer, y eso sería el caos, pues nadie podría custodiar
«La raya».
El señor Loup siempre tuvo la esperanza de que entre
Selene y yo surgiera la chispa, pero no ocurrió. Ni por mi
parte, ni por la suya. Intentamos salir un par de veces, forzarlo,
pero no funcionó.
Los licántropos solo pueden enamorarse una vez en la vida,
nuestra parte loba rige la parte reptiliana de nuestro cerebro, la
de los impulsos y necesidades más primitivas. Por eso somos
fieles por naturaleza y no es fácil encontrar a una única
persona entre millones de ellas.
¿Que cómo sabemos si se trata de tu compañero o
compañera de vida? Fácil, por el aroma y la reacción de
protección que se desata en nosotros, mucho más intensa que
la humana.
Justo lo que me ocurrió el día en que Michelle Silva cruzó
aquella carretera sin mirar.
Un intenso aroma a bayas y frutos rojos me picó en la
nariz.
Al principio, creí que se trataba de alguna chica que se
había pasado con el perfume, no sería la primera vez, sin
embargo, mis manos me exigieron dar gas a la moto y correr
como si la vida me fuera en ello. Y, entonces, la vi. Allí, en
mitad del asfalto, con la cara asustada y aquellos ojos del color
del bosque en primavera, tan abiertos. Ni siquiera tuve opción
a dudar, porque mi lobo interior tomó las riendas.
Noté cómo mi corazón bombeaba mucho más rápido, las
células de mi cuerpo se expandían deseosas de transformarse y
reclamar. La adrenalina se disparaba por el torrente sanguíneo
exigiendo a aquella chica de piel nívea y labios carnosos.
No me importó lo que ocurriera, tampoco mi vehículo, solo
sabía que tenía que salvarla o yo mismo moriría.
Cuando un licántropo pierde a su pareja de vida, su alma se
va con ella. Puede seguir viviendo, incluso procrear, pero
nunca volverá a sentir el amor de pareja.
Me arrojé sobre su cuerpo y, en cuanto la toqué, supe que
estaba perdido. En primer lugar, porque constaté que era ella,
la que había estado esperando, de la que fluía aquel perfume
hipnótico. Y, en segundo, porque era humana y yo un Alfa, no
era lo que se esperaba de mí, sobre todo, cuando quedábamos
tan pocos.
Intenté alejarme, ser hosco y mantenerla apartada para
poner orden en mis ideas y sentimientos. Necesitaba hablar
con mis hermanos y con el señor Loup, tomar distancia. Pero
Elle Silva no me lo ponía fácil. No dejaba de estar en apuros y
yo no podía frenar mi necesidad de salvaguardarla.
Encima, a Nita Ferrer le había dado por ponernos en el
punto de mira de todo el mundo, y eso no ayudaba. Los
licántropos éramos bellos y magnéticos por naturaleza,
intentábamos no ser el centro de atención, aunque nos costaba
la vida. Por eso éramos hoscos y asociales, no porque en
realidad fuéramos así. El objetivo era alejar a los humanos de
su afecto.
Fui un poco idiota con Elle, lo reconozco. Aunque me duró
poco, una simple llamada de teléfono haciéndose pasar por la
secretaria y una solicitud de amistad por Instagram, y ya me
tenía comiendo de la palma de su mano.
Miré a la irritada Selene.
—¿Qué pasa con ella? —respondí con otra pregunta.
—¡No puedes! ¡Es peligroso! ¡Y más en la situación en la
que estamos, donde el mundo se puede ir a la mierda si no
tienes la cabeza sobre los hombros en lugar de en otra parte!
Me desembaracé de su agarre y con un requiebro cambié
las tornas. Aplasté el cuerpo de mi amiga contra el mío, con el
muro como telón de fondo para frenarnos.
—Es ella —aseveré convencido de lo que decía.
—¡No! —aulló contrita—. Tú eres mío.
—Sel, sabes tan bien como yo que ni tú sientes nada por
mí, ni yo por ti, más allá de cariño de manada, ya lo
intentamos.
—¡Lo estábamos trabajando! —se quejó.
—Eso no se trabaja. Surge sin control, como el río
procedente del deshielo, como la lluvia en la tormenta. Ahora
lo sé, porque cuando la tengo cerca, sufro.
—¿Y eso es lo que quieres? ¡¿Más sufrimiento?! Sabes que
no es necesario amar para procrear. A su tiempo podemos
tener una familia, colmar esta casa de cachorros fuertes,
futuros Alfas. ¡Es lo que se espera de nosotros!
Lo que decía era cierto, de hecho, era el plan hasta que Elle
apareció. Daba igual que Selene y yo no estuviéramos
enamorados, podíamos querernos y respetarnos, formar una
familia de convivencia y, el día de mañana, fructificar.
Algunos lo habían hecho así, Bastian fue fruto de un
matrimonio de conveniencia.
—Las cosas cambian, Sel.
—No para mí. —Buscó mi boca para besarla y morderla
con intensidad.
No era la primera vez que lo hacíamos, no en público, por
supuesto. Solo buscábamos que algo se despertara entre
nosotros y poder dar la gran noticia que se esperaba. Que
estábamos juntos. La lengua de la loba buscó la mía.
—Para. —La detuve en seco—. Ya lo intentamos sin éxito.
—Ella me miró con rabia.
—No lo suficiente, tenemos que ponerle más empeño.
—No, esto se ha acabado.
Ella me empujó iracunda y yo reculé varios pasos atrás.
Ambos resoplábamos. Las confrontaciones entre miembros de
la manada no eran plato de buen gusto para nadie.
—¡Te estás equivocando! —bramó con intensidad.
—Es mi vida, son mis decisiones.
—¡Tus decisiones nos afectan a todos! ¡Mira lo que ocurrió
el jueves! Tú haciendo el idiota bajo una mesa mientras a
Moon casi le rebanan el cuello. ¡Podría haber muerto por ella!
La observación me dolió, sobre todo, porque era verdad.
No debería haber bajado la guardia. En cuanto percibí el
origen del primer temblor, debí acudir, como hizo el hermano
de Selene, ella misma o Bastian, formaba parte de nuestras
obligaciones. Y, en lugar de eso, busqué a Elle desesperado,
nada más oír su grito y, lo que es peor, tonteé con ella. Casi la
besé.
Mantener el control era difícil cuando estabas al lado de
quien te complementa.
Mis hermanos salieron pitando. Yo perdí unos preciosos
minutos que casi le costaron la vida a mi amigo.
«Los otros», como llamábamos a los habitantes del otro
lado, habían aprovechado una fisura, una grieta producto del
seísmo, que no era otra cosa que multitud de explosivos
ubicados en «La raya». Si lograban emerger, si lograban
confluir, sería el final.
Selene y yo volvimos a mirarnos.
—No quiero estar a malas contigo —confesé agotado.
Mantenerme lejos de Elle estaba siendo un sacrificio, pues
cuando dabas con tu pareja, lo único que pedía el cuerpo era
estar junto a ella.
—Pues asume tu lugar. Los guardianes del Baptisterio han
fallecido y ahora solo quedamos nosotros para salvaguardar el
mundo que conocemos. No podemos desatender nuestras
obligaciones porque tú creas que has encontrado a tu ta misa.
Aquella palabra procedente del griego se usaba para hacer
referencia a lo conocido como «alma gemela», esa que nos
hacía fuertes y débiles al mismo tiempo. Significaba mitad.
—No lo creo, lo sé —repetí con insistencia. Necesitaba que
a Selene le quedara claro quién era Elle para mí.
—¡Pues olvídala! Lo que se nos viene encima no es para
que tu culo se convierta en el receptáculo de las flechas de un
crío en pañales que, con seguridad, cada día amanece meado.
—Cupido no existe.
—Ni lo que crees que sientes por esa chica tampoco.
Déjala en paz, Jared, y céntrate. Te necesitamos, tanto la
manada como la humanidad.
Capítulo 19
Tienes un moco

Observé el rostro concentrado de mi compañero de mesa.


Incluso con la bata blanca estaba rematadamente guapo.
—¿Qué miras? —me preguntó con una sonrisa ladeada que
comenzaba a aflorar con mayor frecuencia.
—No sé si te estás pasando con las cantidades, si lo haces,
el experimento puede resultar un fracaso absoluto. Más que los
de Marron en El Hormiguero.
—¿Quieres hacerlo tú, listilla?
Jared sacudió la probeta y la pipeta.
—Tengo los dedos más pequeños y puedo ser más precisa
vertiendo el contenido en el vaso de precipitados.
—Muy bien, pues ponte los guantes…
Jared ya los llevaba puestos, además de unas gafas que le
protegían los ojos de posibles salpicaduras.
Cogí los míos y me los coloqué bajo su atenta mirada. Por
dentro parecía que llevaran talco para deslizarse mejor.
—Ya está.
—Muy bien, toma.
Me ofreció los elementos que sostenía entre las manos. Fui
a tomarlos con cuidado, aunque no pude evitar que la
superficie enguantada de mis dedos acariciara la suya. Me
contraje por dentro.
—Pe… Perdona.
—No pasa nada —murmuró con suavidad.
Desde ayer, su imagen y sus palabras no habían dejado de
revolotear en mi mente. Y más cuando recibí un mensaje de
Instagram donde me decía que ya tenía las entradas, que
mañana me las llevaría a clase y que me dejaba su número de
móvil por si necesitaba comentarle lo que fuera por
WhatsApp.
¡Tenía su móvil!
Grité, pataleé, reí. Todo contra el cojín, por supuesto, que
no quería alertar a nadie sobre mi estado emocional en plena
ebullición. Me costó dormirme y lo hice escuchando uno de
los últimos temas de El Último Aullido, Luna sin ti.
Y a la noche pediré tu broche
prendido en labios sin carmín.
Sueños vagos de unos dedos
en busca del enredo de mi pelo.
Noches de luna sin ti.
Risas que no llegan,
asientos huérfanos de tu calor,
abrazos que rodean mi cuerpo
y que me hacen extrañar tu olor.
Noches de luna sin ti.
Promesas de un amor eterno
que no llega y me causa temor
condenado a una vida sin conocernos
sin refugio en tu calor.
Noches de luna sin ti.
¿Era un canto de Jared al amor? Lo parecía, me daba la
sensación de que buscaba a alguien, puede que fuera a mí.
Sonreí como una boba ante la idea. Daba igual que no fuera
cierto porque me había ilusionado con ello. ¿Me estaría
pillando demasiado?
Igual sería mejor que frenara un poco, pero… ¿cómo se
hacía eso? Era demasiado novata en los asuntos del corazón.
Le mandé un mensaje a mi mejor amiga de Barcelona,
Érica. Ella salía con un chico desde principios de verano, a lo
mejor podía darme algún consejo para no parecer tan tonta.
Érica me contestó de inmediato, se alegró muchísimo de
que por fin me gustara alguien, me dijo que ya era hora y que
estaba perdiendo la esperanza, además de asegurarme que no
le hubiera extrañado mi llamada para comentarle que había
decidido ofrecerle mi vida a Dios.
—¡Si soy atea, o agnóstica, o como se llame! Solo creo en
lo que puedo ver, mi mente es científica.
—Pues yo de ti empezaría a caminar por el sendero de la
fe. Lo que me estás contando es un milagro. —Me eché a reír
como una loca.
Su único consejo fue que fluyera, que me dejara llevar, que
si él estaba tan interesado como parecía por mi relato, que
surgiría solo.
Podría ser que le hubiera dado a Érica una versión
adulterada de la realidad. Quizá Jared no lo estuviera viviendo
del mismo modo y yo me había montado un serial que ni la
peli de Netflix del otro día.
Ahora no me sale el título, pero… estaba contada por cada
uno de los protas desde pequeños. Iba de dos críos que son
vecinos. Él se muda a la casa de enfrente, y donde la niña veía
corazones, él pensaba en una psicópata que se obsesionaba con
él. Menos mal que al final las cosas se ponían en su lugar y
salían bien. Los niños crecían, se hacían adolescentes y
empezaban los problemas de instituto. A mí me daban ganas
de entrar en la pantalla para decirle a ella que si no se daba
cuenta de que él era un idiota. Y a él, que estaba haciendo el
canelo, que ella era dulce y encantadora, no como la estaba
pintando.
En fin, qué difícil es esto de enamorarse.
Y ahora tenía a Jared ahí, compartiendo mesa y sonrisas
conmigo, y no sabía cómo comportarme o reaccionar.
Puede que si hubiera practicado un poco, como mis amigas
me sugirieron en Barcelona, cuando Eloy Moreno me pidió
salir, otro gallo me hubiera cantado.
Ahora estaba más verde que un pepinillo y no sabía
interpretar las señales, aunque las tuviera delante. ¿Y si me
equivocaba como la niña de la peli?
—¿Cuántas gotas le has echado? —le pregunté a Jared.
—Tú eras la que tenía que llevar la cuenta… ¿En qué
pensabas mientras no me sacabas los ojos de encima? —«En
cómo sería besarte». «En si sabría hacerlo». ¡Pillada! No podía
decirle eso.
Me puse nerviosa, tanto que tiré de recursos propios, de
esos que se usan con tu hermano pequeño cuando te dice que
te has quedado empanada y que ni siquiera sabes qué acabas
de decir hasta que lo sueltas.
—Tenías un moco.
A Jared se le cortó la sonrisa de golpe. Alzó el brazo en
busca del intruso dándome un codazo. Yo apreté la pipeta
sobre el otro recipiente que tenía puesto debajo, sin calcular
que lo vertía todo. Aquello empezó a soltar tanto humo que
eché lo que sostenía al vaso de precipitados, provocando una
densa nube de vapor tóxico que nos hizo salir a todos
corriendo medio ahogados.
Una vez en el pasillo, a salvo, nuestro tutor vino como un
toro hacia nosotros.
—¡Usted y usted! —nos señaló el profesor Nuñez—. Al
aula de castigo, los dos tienen un parte.
—¡¿Un parte?! —exclamé con los ojos llorosos—. ¡No!
¡Lo siento! ¡Ha sido un accidente! Por favor, ¡nunca he tenido
un parte! ¡Mis padres van a matarme!
—¡Pues haberlo pensado mejor antes de volcar todo el
contenido de la pipeta! Ya les expliqué que si no se hacía con
las medidas correctas, era muy tóxico. Puede que sus padres la
maten, pero usted, señorita Silva, casi acaba con todos
nosotros.
Miré hacia el suelo compungida.
—No ha sido culpa suya, yo le he dado un codazo. Ha sido
un accidente, si tiene que castigar a alguien, que sea a mí.
Ay Dios, ¿se podía ser más mono? Yo engañándole con lo
del moco y él protegiéndome. Si es que era una inepta del
amor.
—Claro, como la Covid, un accidente de laboratorio y
pandemia que te crio. Tienen que aprender que los actos tienen
consecuencias. Silva y Loup, al aula de castigo.
Capítulo 20
Sala de castigos

En la vida, en la vida, me habían castigado o había


recibido un parte, y no sabía cómo afrontar la situación. Tenía
muchísimas ganas de llorar, ni siquiera sabía cómo logré
controlarme. Bueno, sí lo sabía, era por Jared.
Me daba vergüenza ponerme a desaguar delante de él.
Porque yo no lloraba, yo me transformaba en catarata cuando
algo me afectaba.
Fuimos derechitos al aula de castigo, en silencio, sin saber
muy bien qué decir hasta que llegamos a la puerta, nos
miramos y ambos dijimos al mismo tiempo «lo siento».
Le arreé un pellizco.
—Di tres marcas de leche —exigí de sopetón. Él me miró
desubicado y mi cara tomo el color del extintor que teníamos
en el pasillo de delante.
—Pero ¿qué…? —Entonces, me di cuenta de que había
actuado como con el moco, por puro reflejo.
—Lo siento, ay, lo siento. —Froté la parte de su piel
enrojecida—. En Barcelona, cuando alguien dice lo mismo a la
vez, se le da un pellizco y se hace esa pregunta, el otro tiene
que responder las tres marcas sin fallar y… —Sus párpados se
abrían cada vez más. Debía parecerle una mema—. ¡Ay,
perdona, perdona! En serio, es que no sé qué me pasa contigo,
me comporto como si fueras mi hermano.
—¿Tu hermano?
—Sí, ya sabes, me refiero a alguien de la familia… Como
antes, con lo del moco… —Él volvió a llevarse la mano a la
nariz.
—Quien debería disculparse soy yo, no sabía que tenía…
—¡No lo tenías! —exclamé abochornada.
—Ah, ¡¿no?!
—No. Es lo que suelo decirle a Carlos cuando me pregunta
por qué estoy empanada.
—Carlos, ¿tu chico?
—¡No, mi hermano pequeño! —¿Lo que vi en su cara era
alivio? Ya dudaba—. Debes pensar que soy una ridícula y
ahora, por mi culpa, estamos aquí, y tú has recibido un castigo
y un parte y…
—Shhh —me silenció, subiendo la mano derecha hasta mi
mejilla para acariciarla. Me callé de inmediato—. No es tan
grave, de hecho, me parece incluso divertido. —¿Me estaba
tomando el pelo? ¿Divertido?—. ¿Sabes que eres la primera
que me gasta una broma en clase?
Sonreí. El oír aquella confesión me hizo sentir especial.
—¿En serio?
—Yo nunca miento. Las demás no se atreven, las asusto
demasiado.
—¿Que las asustas? —Me dieron ganas de reír. Si él
supiera… A las chicas les daba de todo menos miedo.
—Por eso me gusta estar contigo, siempre dices lo que
piensas, sin importarte cómo pueda tomármelo. Tú no me
temes.
—No tienes ni idea… —mascullé, pensando en todo lo que
callaba y no me atrevía a decirle.
—¿De qué?
—De todo lo que pienso.
Su mano había bajado de la cara al brazo, me tenía tomada
por el dedo meñique y, como siempre me ocurría cuando me
sujetaba, no quería que deshiciera el contacto, por pequeño
que fuera.
El azul de sus ojos destelló en los míos y volví a tener esa
sensación, la de que estaba a un tris de besarme, cuando la
puerta en la que me había apoyado, se abrió.
Casi me caigo de bruces. Por fortuna, Jared lo impidió
tirando de aquel pequeño punto de anclaje para así envolverme
en su cuerpo. Su brazo izquierdo me rodeaba los hombros.
¡Menudo calor!
—Pasen, ¿o piensan quedarse todo el día en la puerta?
Ni siquiera me molesté en fijarme en que la puerta tenía
una fina hendidura de cristal por la que se podían ver nuestras
siluetas.
—Sí, di… disculpe —musité, ardiendo por dentro.
Seguro que mi cara tenía el color de una sandía recién
abierta.
—Siéntense. Ahí y ahí —señaló dos pupitres algo
separados.
No estábamos solos en la clase, había otro chico con
aspecto de asesino en serie. Era verlo y pensar que en
cualquier momento podía sacar una recortada y volarnos la
cabeza a todos. Suerte que no vivíamos en Estados Unidos.
Era moreno, tan alto y ancho que parecía desbordarse del
pupitre. Miraba con odio a la profesora, quien tenía toda la
pinta de sustituta, no la había visto antes, también observaba
mal a Jared.
Cuando paseó sus ojos por mi cuerpo, me sentí desnuda,
sobre todo, por su manera lasciva de sonreír.
Escuché un gruñido… ¿O eran mis tripas? Ya dudaba, era
la última clase antes de regresar a casa para comer.
Jared me tenía más apretada que antes y noté su boca
pulsar mi cabeza. ¿Eso había sido un beso? Iba a infartar.
—Hagan el favor y siéntense —insistió la profesora.
Él se separó de mí instalando el vacío en mi piel. No se
alejó sin murmurar en mi dirección un «tranquila, yo te
protejo» que me inundó por dentro. ¿De verdad necesitaba que
me protegiera? Hasta hace unas semanas habría alzado un
puño y dicho que solo me necesitaba a mí misma, pero
después de los altercados de los últimos días, empezaba a creer
que tal vez sí que precisara de alguien. No como una mujer
desvalida, sino como un punto de apoyo en el que tomar aire
para seguir adelante.
No sabía cómo sentirme, era todo tan exagerado, tan
colosal, que ahora comprendía esos musicales en los que, de
repente, la chica se ponía a cantar y a bailar en mitad de un
diálogo.
¡Yo tenía ganas de hacerlo todo el día! ¡Quería convertir mi
vida en un musical! Y eso que entre nosotros todavía no había
pasado nada memorable.
Ocupé mi asiento en silencio, justo delante del matón de
discoteca. No me gustaba prejuzgar, ni que lo hicieran
conmigo, pero ese chico daba auténtico miedito.
Fue sentarme y oír el crujido de su pupitre, seguido de un
«hola, nena, estás muy buena» que me dio una arcada.
—¡Silencio, están castigados, no de ligoteo en mitad de un
botellón de barrio! —La profesora se hizo escuchar por
encima de nuestras cabezas.
Miré de refilón a Jared, quien tenía una expresión
indescifrable, dura, fría como el acero y sus ojos estaban
puestos en el chico de atrás.
Intenté tranquilizarme, nunca había estado en una pelea y
me daba la impresión de que podría desatarse una, odiaba la
violencia en cualquiera de sus formas, y más si se llegaba a los
puños.
El tipo matón se reclinó en la silla y la profesora tomó el
móvil que había sobre su mesa y se puso a deslizar el dedo.
Por la cara que ponía, seguro que estaba en alguna app para
echarse novio o contestando un wasap. No dejaba de sonreír,
sonrojarse y teclear.
Crucé las piernas hacia atrás, en el hueco que me ofrecía la
silla, y noté algo en la pantorrilla. Al principio creí que se
trataba de la pata, hasta que me di cuenta de que no, algo subía
y bajaba por ella. Miré hacia abajo y vi que se trataba de una
zapatilla sucia, perteneciente a mi vecino de atrás.
Ahogué un gritito y de inmediato pasé las piernas hacia
delante. No quería líos.
—Vamos, nena, no seas tímida, he visto cómo me mirabas
antes. Con ese pamplinas que va de tío duro no tienes ni para
empezar…
Su voz llegó hasta mí, del mismo modo que a Jared. Este se
incorporó de golpe y, antes de que el tipo pudiera decir «esta
boca es mía», ya lo tenía frente a su pupitre.
—Pero ¡¿qué pasa aquí?! —exclamó la profesora.
—Este, que no sabe tener los pies alejados, ni la boca
cerrada —escupió Jared.
—Haga el favor de sentarse, señor Loup. Señor Anglada,
ocupe el asiento de la última fila. No quiero ni un solo
altercado más o les meto un segundo parte a ambos y los
mando a casa una semana.
Yo me di la vuelta y cubrí la mano de mi protector con la
mía.
—Jared, por favor… —mascullé. Él buscó mi rostro
preocupado. Lo vi dudar antes de apretar la mirada contra
aquel tipo, si fuera un gatillo, la bala le habría impactado entre
ceja y ceja. Anglada parecía no tener escrúpulos, respeto, ni
nada que perder—. Por favor… —me reiteré.
Jared emitió un sonido grave y le dedicó una última
advertencia a Anglada.
—No vuelvas a rozarla.
Regresó a su sitio a la par que el otro lo ojeaba con
petulancia.
—Anglada, le he dicho que se ponga al fondo —insistió la
profesora de guardia. No era alguien fijo, sino que quien
estuviera en ese momento se encargaba de la sala de castigos.
Un chirrido de silla arrastrada me hizo apretar los dientes.
Anglada se movió con pasos pesados hasta ocupar el lugar
indicado y que la profesora pudiera regresar a sus quehaceres.
Permanecimos en silencio, quince minutos, aguantando la
amalgama de expresiones enamoradizas de la mujer, que no
debía tener más de treinta años. De repente, alzó la vista y nos
dijo en tono de advertencia.
—No se muevan, tengo que hacer una llamada urgente. No
tardaré más de cinco minutos, les quiero en el mismo sitio en
el que los he dejado. ¿Entendido?
Los tres asentimos y ella salió con el terminal en la mano.
No pasaron ni dos segundos que Anglada volvió al ataque,
poniéndose en pie para venir a buscarme.
—¿Por dónde íbamos?
Ni siquiera sentí que me rozara. Jared pasó como una
exhalación y aquella mole de dos por dos quedó empotrada
contra la pizarra digital. Pero no de un modo corriente. Jared
lo tenía sujeto del cuello con una mano y aquel tiarrón, con
pinta de levantador de piedras, no tocaba el suelo. Pero
¿cómo…?
—Suéltame, tío —boqueó, dando manotazos.
—Ni soy tu tío, ni tu primo, ni ningún familiar tuyo. Ya te
he dicho que no la molestaras y no me has hecho ni puñetero
caso.
A Anglada le estaba costando respirar, su tono de piel
comenzaba a cambiar mientras que Jared parecía no inmutarse.
Lo que veía era físicamente imposible, por muy alto, fuerte
y atlético que fuera Jared, ese tío era casi el doble.
—¡Bájame!
—Antes pídele disculpas a la señorita. —Anglada buscó mi
rostro suplicante. Nada quedaba del gallito de corral que había
intentado picotear mis piernas—. ¡Pídeselas! —exigió.
—Lo… Lo siento. —Me levanté de la silla porque no daba
crédito, necesitaba acercarme para cerciorarme de que no se
trataba de un sueño—. ¡Lo… Lo siento! —exclamó, lanzando
un gritito agudo con un exabrupto final.
Puse mis manos en el brazo tensionado que lo sostenía. Al
chico le quedaba poco para desmayarse, y Jared estaba igual
que al principio, ni siquiera sudaba. Debería, al menos, estar
temblándole el brazo por el sobreesfuerzo.
—Por favor, suéltalo —le supliqué—. Creo que ya ha
pillado el mensaje.
—¿Estás segura?
—Sí, por favor.
Del mismo modo en que lo había alzado, lo dejó ir.
El cuerpo cayó a plomo en el suelo. Anglada se llevó las
manos al cuello y se puso a toser como un loco. La maneta de
la puerta giró y Jared me hizo una señal para que corriera a mi
asiento. Lo hice. Él, con un movimiento rápido e
imperceptible, le metió algo en la boca a Anglada y se puso
tras él.
—Pero ¿qué demonios? —preguntó la señorita, abriendo la
puerta perpleja.
Jared comenzó a apretar con fuerza el esternón del chico y
gritó.
—¡Escupe! ¡Vamos, escupe! —Lo que le había metido en
la boca salió disparado. Reconocí el tapón de un boli Bic, de
los de toda la vida, en cuanto lo vi—. Maniobra de Heimlich,
señorita, Anglada, se estaba ahogando.
Casi me eché a reír al ver la cara de estupefacción de la
profe. Tuve la necesidad de colaborar.
—Menos mal que Jared sabía hacerla, casi lo perdemos —
sobreactué. La mujer no sabía dónde meterse, sobre todo,
porque, de ser cierto, habría sido responsabilidad suya. El
timbre sonó y con ello el fin de nuestro día en el instituto.
—Silva, Loup, pueden marcharse. Usted —le dijo a
Anglada—, venga conmigo a la enfermería. Muchas gracias,
señor Loup. Anglada, dele las gracias.
—Gr… Gracias —murmuró ronco, mirando con temor a
Jared. Este asintió y los dos salimos aguantándonos la risa del
aula de castigo.
Capítulo 21
Osteocalcina

Me hubiera gustado preguntarle a Jared cómo había


sujetado a ese tipo de aquel modo, y lo habría hecho de no ser
porque cuando salimos de la sala, Selene y Bastian lo estaban
esperando. La rubia me miraba con tanto recelo que hundí los
ojos en el suelo con miedo de que pudiera soltarme una de sus
frescas.
Jared se despidió con un «hasta mañana» que no me dio
mucha opción a más.
Bueno, así podría preguntárselo a mi padre y no lanzar
falsas acusaciones.
Tenía que pensar cómo lo hacía porque lo de «oye, papá,
¿un chico de clase podría levantar del cuello a un tío que le
dobla el peso con el brazo estirado y sin que le tiemble el
pulso?» lo tenía descartado.
Ya buscaría la manera de que mi padre no me acompañara
al instituto con cara de Jack el Destripador. Además, estaba el
tema de mi parte, no quería morir tan joven…
De camino, ensayé miles de pucheros al mejor estilo gato
de Shrek, no iba a mentirles, no tenía por qué hacerlo.
Esperaba que la verdad, junto a mi cara de desconsuelo, fuera
suficiente para que se apiadaran de mí.
Las malas noticias suelen correr como la pólvora y, en este
caso, no iba a ser distinto. La notificación de mi falta había
llegado vía IPASEN, directa a la app de mi madre. No
obstante, al no haber tenido un maldito punto negativo en toda
mi vida, mis padres creyeron mi versión de los hechos,
sumada a alguna lagrimilla acumulada que hizo mi malestar
más veraz.
La verdad es que me afectaba, eso no era incierto, a nadie
le gusta que le pongan partes, pero el motivo de mi
desconsuelo era que no quería que me castigaran sin ir al
concierto. Nunca había ido a uno y no sabía cómo lo
encajarían mis progenitores.
Mejor dosificar las noticias, hoy ya les había dado esta, la
otra la guardaría para el día siguiente.
Después de comer, mi padre se acomodó en el sofá junto a
mi hermano para ver la serie de Cobra Kai. Me vino que ni
pintado, aproveché una de las escenas para resolver mi duda.
—Oye, papá, ya sé que estas cosas son falsas, pero… ¿ese
chico podría levantar a ese otro contra la pared, agarrándolo
del cuello y con un solo brazo?
—¡Pues claro, Miguel es el mejor! —exclamó mi hermano.
—Aunque sea el mejor, de la manera que dice tu hermana,
es prácticamente imposible. El sujeto que elevara al otro
tendría que estar muy acostumbrado a levantar peso y, aun así,
necesitaría las dos manos y un agarre excelente para que la
persona a quien aguanta no sufra lesiones. El cuello es un
punto muy frágil.
—Lo suponía —respondí—. Gracias, papá.
—De nada, hija.
Si Jared necesitaba casi tener superpoderes para poder
levantar a otro y quedarse tan ancho, entonces, ¿cómo era
posible que lo hubiera hecho?
Necesitaba aclarar las cosas con él, yo era de esas que en
cuanto tenía un runrún en la cabeza no podía dejar de pensar
en ello.
Opté por mandarle un wasap conciliador, ahora que ya
tenía su número. Empezaría por preocuparme por él e
intentaría sacar el tema…

Hola, ¿te han dicho algo de lo del parte?


16:00
No respondió. Me quedé con la vista fija unos minutos y
desistí. No lo hizo hasta una hora después.
Aproveché los sesenta minutos para hacer deberes,
mientras iba vigilando por si obtenía respuesta, y a mi móvil
le daba por no sonar.
Hola, perdona, estaba en el entrenamiento
y no suelo llevarme el tel.
17:02

Tranquilo no pasa nada


17:02

Me han echado la bulla normal, q si tnga más cuidado,


lo típico, blablablá. Ya sbes. Nuestro padre
adoptivo es bastante comprensivo
Y a ti?
17:03
Como es el primero y han visto mi malestar
no me han echado mucha cuenta
17:04

Mejor
17:04

También te escribo porque quería disculparme,


parece que solo te meto en líos
17:05

No te preocupes, los accidentes ocurren☺


17:05

Sí, pero desde que he empezado


el instituto no paran de pasarme
17:06

Estarás en racha, je, je, je


17:06
Pues ya podría ser de buena suerte ☹
17:07

Todo termina pasando.


17:07

Gracias también por lo de Anglada…


Fue increíble, ¿cómo pudiste levantarlo así?
17:08

Silencio. Dudó antes de seguir escribiendo.


Hago pesas, trabajo mucho la fuerza y la potencia
17:08

Aun así… Es prácticamente


imposible q alguien pueda hacer lo q hiciste
17:09

Supongo que tiene que ver


con la osteocalcina.
17:09

¿Te dopas?
17:10

Sabía que había deportistas que tomaban determinadas


sustancias que incrementaban el rendimiento muscular.
¡No! La osteocalcina ayuda a provocar
la respuesta al estrés agudo, funciona
en los primeros minutos después de q se detecta el peligro,
además de la adrenalina, por supuesto.
17:11
Ya… ¿Y eso te convirtió
en superhombre?
17:11
Tampoco fue para tanto
17:12
Sí lo fue y no te creo
17:12
Pues si tú tienes otra explicación…
17:13
No la tenía, si no, se la hubiera dado.
Tengo que dejarte, todavía no he hecho
los deberes y hoy me toca ensayo
17:14
Te has enfadado?
17:14
Lo malo del WhatsApp era que no sabías el tono de las
respuestas.
Deberían inventar algo para eso, no sé… Amarillo, ironía;
rojo, enfado; rosa, amoroso, o algo por el estilo.

No. Solo es que tengo cosas q hacer


nos vemos mañana, Elle.
No te metas en problemas en mi ausencia
17:15
A no ser que mi intuición fallara no parecía mosqueado.
Respiré aliviada.
Lo intentaré. Hasta mañana
17:15

Dejé el teléfono sobre mi mesa de estudio, nada


convencida, tecleé el término osteocalcina y leí sobre los
estudios que había, por si podían revelarme aquello que seguía
oliéndome mal. Eso sí, con el tema de El Último Aullido
sonando de fondo.
Me había propuesto aprenderme sus letras para no ir de
pringada al concierto, quería disfrutarlo al máximo y eso
pasaba por poder desafinar cada canción con mi voz aguda y
bailarla como una loca.
Me rendí con lo del tema de la fuerza sobrehumana de
Jared, si él decía que era por eso, tampoco tenía por qué dudar.
Aunque permanecería atenta, mi olfato desconfiado me decía
que algo se me escapaba.
¿Y si se trataba de las drogas que el señor Loup
comercializaba? ¿Y si habían dado con un potenciador de la
fuerza y los reflejos?
Era otra opción, no todas las drogas servían para lo mismo.
Puede que tuviera la solución más cerca de lo que a simple
vista se veía. Seguiría indagando.
Capítulo 22
El concierto

Llegó el viernes y, por fortuna, el resto de la semana había


sido bastante tranquila.
Fui a hablar con mi tutor para arreglar el desaguisado del
incidente del laboratorio. No quería que aquello pudiera influir
en mi nota final del trimestre. Lo debí coger de buenas porque
lo único que me dijo fue que había aprendido uno de los
principios básicos de la química, que cualquier alteración de la
fórmula, por pequeña que fuera, daba un resultado distinto al
esperado.
Lo mismo ocurría con la repostería, aún recuerdo uno de
los pasteles de mi cumple derrumbándose por un bizcocho
demasiado esponjoso cubierto de un fondant excesivamente
pesado. Resultado: Un unicornio de rostro escurrido. Es lo que
ocurre cuando no se sigue la receta al pie de la letra.
En las noticias habían dicho que la semana que viene
regresaba el calor a Granada, o, como apuntaba la sabiduría
popular, el archiconocido veranillo del membrillo.
Acepté la sugerencia de mi madre de anunciar a bombo y
platillo que el siguiente sábado, tendríamos fiesta en la piscina
de casa. Hice la invitación extensiva a todos mis compañeros
de clase, sus novios, novias o novies y, si venían al insti, sus
hermanos.
Todo el mundo quería venir a «la fiesta de despedida del
verano», como la habían bautizado mis compañeros de clase.
No podía salir mal, me la tenía que currar o se pasarían el resto
del año hablando del fiasco que había supuesto.
Mis vecinas también estaban invitadas, daba igual que no
estuvieran en mi clase, ellas tenían pase VIP y, por supuesto,
Moon, el hermano universitario de Jared. Le dije a mi amigo-
salvador que le hiciera extensiva la invitación. Si no, Claudia
no me lo perdonaría y yo quería verla feliz.
El fin de semana quedé con mis amigas para que me
ayudaran con la organización de la poolparty. El sábado
iríamos al Nevada, el centro comercial, en busca de
decoraciones para dejar preciosa la zona de la piscina.
Mi madre pidió unos troncos inflables por internet con los
que se podían hacer batallas en el agua y también pondríamos
música. La fiesta comenzaría por la tarde y terminaría a las
once, como la Cenicienta canaria, así podríamos aprovechar
las luces cambiantes de la piscina, que eran muy chulas.
Me miré en el espejo joyero. Era el lugar en el que solía
comprobar mi aspecto. Se trataba de un mueble alargado de
aproximadamente un metro. Tenía un doble fondo que
permitía guardar joyas en el interior. En mi caso, una
colección de pendientes que llevaba tiempo coleccionando. Si
quería, podía pasarme tres meses sin repetir par.
Volví a mirarme.
—Al final te desgastas —susurró Abril, apartando la vista
del móvil. Estaba estirada en mi cama con uno de los cojines
entre las piernas. Había venido media hora antes para
ayudarme con la elección de la ropa.
—Es que no sé…
—¡Si te sienta genial! Mis pantalones te dan mucho rollazo
y ese top es chulísimo, Jared no va a poder apartar los ojos de
ti.
Llevaba unos leggins de un tejido elástico que imitaba a la
piel, con una tira de pequeños diamantitos que descendían
desde la cadera hasta el tobillo. Una parte quedaba oculta bajo
la caña de las botas.
El top que había elegido era del mismo color, se sujetaba
en el cuello y tenía unas tiras que se entrecruzaban por encima
de mi abdomen y se anudaban a la espalda.
Me dejé el pelo suelto y Abril insistió en que me pusiera un
poco de rímel incoloro y gloss en los labios. El toque final lo
daba la cazadora de cuero negro que se amoldaba
perfectamente a mi torso y era un préstamo de mi madre.
—¿En serio? ¿No parezco una cucaracha? Me da la
impresión de que en cualquier momento va a salir un tío con
un spray gigantesco y ganas de exterminarme. —Abril se echó
a reír.
—Dudo que alguien quisiera acabar contigo de ese modo.
Lo que me pareces es una chica preciosa que va de concierto.
—Ella se puso en pie, agarró mi frasco de colonia y lo
espolvoreó encima de mi cabeza para que cayera sobre mí
como una nube—. Ahora, sí, lista.
Lo estuviera o no, ya no había más tiempo. El concierto era
en Granada, por lo que teníamos que coger el bus para ir hasta
allí. Mi padre fue el que puso más pegas, y gracias a los padres
de mis amigas, que se apiadaron de mí y ejercieron de
intermediarios, ahora me estaba arreglando. Sobre todo, Jesús,
quien le garantizó a mi padre que una patrulla estaría
pululando por los alrededores, y que si ocurría algo, que no iba
a suceder, sería el primero en saberlo.
Quedamos en el quiosco que había frente a mi casa y
fuimos directas a la parada. Una vez subidas en él, nos
sentamos en la parte de atrás y fuimos tarareando los temas
que nos sabíamos. Al llegar a destino, incluso me pareció que
estaba sobradamente preparada.
Solo tuvimos que caminar tres calles hasta aquel barecito,
especializado en dar a conocer nuevas estrellas emergentes en
el mundo de la música, ubicado en la zona universitaria.
Nos pusimos en la cola, el corazón me iba a mil por hora.
No solo por ver a Jared, sino porque era la primera vez que
hacía algo así. Sonreí para mis adentros.
Había mucha gente joven, muchísima, la mayoría
estudiantes. Carla, Elena y Andrea no paraban de reír,
alentadas por un grupo de chicos que nos sacarían unos tres
años y que no dejaban de lanzarles miraditas descaradas.
Yo no estaba para coqueteos, solo me interesaba una
persona y no estaba allí fuera.
Los porteros, con gesto adusto, se encargaban de que nadie
accediera sin la correspondiente entrada. Una vez se la
ofrecías y comprobaban que pasabas de los catorce, te
estampaban un sello en la mano por si tenías que entrar y salir
del local.
Lo curioso era que, por mucho que te esforzaras, no veías
qué te estampaban.
Cuando fue mi turno, le devolví una mirada extraña al
portero.
—Entre tú y yo. ¿Se trata de algún tipo de tinta invisible
solo apta para ojos de portero? —Él sonrió displicente y, sin
responder con palabras, sacó un puntero láser de luz
ultravioleta. Lo pasó por el lugar donde había aplicado el sello,
et voilà, emergió el símbolo del lobo que llevaban los Loup en
la chaqueta—. ¡Hala, qué chulo! —exclamé sorprendida. Era
tinta que reaccionaba a la luz.
—Ahora ya sabes nuestro secreto, no te chives o tendría
que ir a por ti y rebanarte el cuello —bromeó.
—Jamás se me ocurriría. —Besé mi índice y el dedo
corazón y se los mostré, al más puro estilo Juegos del Hambre.
—Anda, Katniss, pasa, te estábamos esperando. —Ese era
el nombre de la prota de la peli. A mí me entró la risita floja
—. Con la entrada, os incluye una consumición sin alcohol en
la barra, hacen unos cócteles muy ricos, por si tú y tus amigas
os animáis.
—Tomo nota, gracias. —Emulé el silbido del Sinsajo y el
portero se echó a reír.
Era bueno tener amigos en todas partes…
Una vez dentro, paseé la vista por la pintura oscura, en
algunos lugares un pelín desconchada, aunque se disimulaba
con la gran maraña de cuerpos deseosos de concierto. Las
luces rebotaban dando paso a una pista de baile, un escenario
cargado de instrumentos y una barra larga con dos camareras
vestidas de cuero, además de un camarero bastante guapo, en
plan «estoy bueno y lo sabes».
Al fondo, una larga cola apuntaba que allí se encontraban
los servicios, junto a la cabina del DJ que amenizaba a los
impacientes.
Unas mesas altas rodeadas de taburetes se distribuían
alrededor del local, para los que no les iba eso de bailotear.
La gran mayoría preferían estar de pie y muchos ya cogían
sitio frente al escenario.
Un numeroso grupo de chicas, que vestían la misma
camiseta estampada con el emblema de El Último Aullido, ya
estaban incrustadas en el mismo filo.
—Deberíamos ir posicionándonos —apuntó Andrea—.
Igual si nos metemos por ahí, conseguimos llegar delante de
todo.
—¿Tú has visto la cara de esas chicas? Son como un
campo de minas, o de lobas hambrientas —observé—. Si lo
intentamos, seguro que perdemos un brazo.
Elena emitió una risita silenciosa.
—Estoy de acuerdo. No quiero que mi mano acabe siendo
un muñón, una tiene los dientes más afilados que mis uñas.
—Además, tampoco es necesario que nos caiga el sudor del
grupo en los ojos —proseguí, logrando que las chicas pusieran
cara de «pues no»—. Si nos ponemos ahí, ya estará bien.
Quería que Jared me viera, pero, a ser posible, que lo
hiciera conservando todas mis extremidades.
—Guardadnos sitio, Andrea, Elena y yo iremos a buscar las
bebidas. ¿Qué queréis? —cuestionó Carla, que miraba de reojo
al grupo de chicos con el que no dejaban de lanzarse miraditas
en la fila de la entrada.
Claudia y yo optamos por una piña colada sin alcohol y
Abril, por un San Francisco con extra de granadina. Las demás
no tenían idea de lo que iban a pedir, si no fueran a buscar una
bebida, juraría que iban en busca de una cita. Me reí yo sola
ante la ocurrencia.
—Este sitio es muy chulo —observó Claudia, quien cada
vez tartamudeaba menos en presencia de las demás. Se notaba
que había encajado bien en el grupo.
—Sí, es genial.
Nos desplazamos con cuidado de no despertar la alarma
entre las grupies que no dejaban de cotorrear sobre los chicos
de la banda.
—Os lo juro que los vi —dijo una morena, que llevaba
tanto rímel en los ojos que parecía un inmenso grumo.
—¡Es imposible! ¡Si son hermanos! —le respondió una
rubia de pelo oxigenado.
—No son hermanos de verdad, boba. Los únicos con lazos
de sangre son Selene y Moon, los mellizos albinos. El resto
son adoptados —aclaró la morena.
—Entonces, ¿Jared y Selene están liados?
Mis ojos se abrieron como platos. Los de Abril y Claudia
también. La rubia lo preguntaba atemorizada y yo sentí miedo
por la respuesta.
—No sería nada extraño, los dos son guapísimos y viven en
la misma casa. —Quien hablaba era una chica de pelo rizado
con cara de soñadora.
—A ti no te importa porque te gusta Bastian, pero yo he
ido a por Jared desde el principio —se quejó la rubia,
cruzándose de brazos.
—El problema es que, por mucho que te tiñas el pelo, tú
nunca serás Selene —se carcajeó la del rímel—. Y sí, están
muy liados, yo misma los vi comiéndose la boca entre
bambalinas en el último concierto. No lo dicen para no perder
fans, puro marketing.
Abril y Claudia seguían sin apartar la vista de mi cara, que
tenía que ser un poema. Me empezaba a temblar el labio. No
sabía si quedarme o salir corriendo.
¡Qué ingenua! ¡Qué idiota! Con razón Selene me miraba
mal, ¡era su chica! ¡O su rollo! ¡O lo que fuese!
—Elle, ¿estás bien? —Era Claudia quien me cogía la mano
con prudencia.
—S… Sí, ¿por… por qué no debería estarlo? —respondí
con tono fingido. Odiaba ser tan transparente; cuando no me
sentía bien, se me notaba demasiado. Abril y Claudia ponían
cara de lástima, no me gustaba nada que me tuvieran pena.
¿Qué esperaba? Jared no me había dicho en ningún
momento que le gustara, todo era culpa de Nita Ferrer, las
falsas expectativas que había implantado en mi cerebro, a
través de su blog de pacotilla.
Intenté disimular, hacer ver que lo que había escuchado no
me afectaba, aunque no fuera cierto. Jared me gustaba
demasiado como para no sentirme emocionalmente
destrozada.
Carla, Elena y Andrea volvieron con las bebidas, cortesía
de los chicos de la fila, quienes habían pagado la ronda y nos
habían dejado nuestra consumición gratuita intacta. Hacía un
calor sofocante, y sentía que me iba a caer redonda en un
instante. Me ofrecí a llevar las chaquetas al guardarropa, si las
habíamos entrado, era porque pensábamos que tendrían el aire
acondicionado a todo trapo, pero qué va. Además, no me iría
mal salir un poco a la calle para calmarme.
Como era de esperar, todas aceptaron, deseosas de
desprenderse de sus chaquetas, excepto Carla, que no llevaba.
Andrea se ofreció a acompañarme, le dije que no hacía falta,
que prefería que se quedaran guardándome la plaza. Abril y
Claudia no dijeron nada, entendieron que quería estar un rato
conmigo misma. Agradecí que no insistieran.
Una vez dejadas las chaquetas, fui a la entrada, le enseñé al
de seguridad mi sello invisible y él me ofreció una extensión
de mano para que pasara, sin siquiera mirármela.
—¿Te encuentras bien, Catniss?
—Un golpe de calor —le aclaré. Él asintió y me dejó pasar
sin problema.
Tonta, tonta, tonta. Me repetí buscando intimidad en un
callejón lateral adyacente, alejada de la vista de los que
permanecían en la cola con ganas de entrar.
Mis párpados temblaban y sabía lo que significaba, llanto a
la vista. Necesitaba respirar unas cuantas veces si no quería
desbordar, menos mal que opté por la máscara de pestañas
transparente.
Las primeras gotas, redondas, pesadas, calientes, se
deslizaron por mis mejillas. La visión se me volvió borrosa y
algo de agüilla colapsó dentro de mi nariz haciéndome sorber.
Dolía, ardía, me quemaba y el desconsuelo bullía en cada poro
de piel descubierta.
¿Por qué no me lo dijo?, lo habría comprendido. Mientras
me ahogaba en lamentos, oí un rechinar metálico, unos goznes
chirriar y mi cabeza giró hacia el lugar de procedencia del
sonido.
Capítulo 23
Mon amour

Lo primero que vi fue un pelo rubio tan claro que me


recordó al reflejo de la luna sobre el agua. De inmediato, pensé
en Selene y que no podía tener tan mala suerte para que ella
apareciera ahora mismo.
Era lo único que me faltaba, que fuera ella quien me
encontrara en aquel estado de autocompadecimiento absoluto
para regodearse de mí.
Sin embargo, cuando el cuello se curvó hacia atrás, el perfil
que precedió a la melena larga no era el de mi enemiga, sino el
de su mellizo. Lo supe al instante, porque aquella cara de
rasgos etéreos, de ángel caído y mirada escrutadora,
pertenecían a Moon Loup.
Alzó el rostro hacia la luna esquiva, todavía no era hora de
que saliera, e inspiró con fuerza, varias veces, del mismo
modo que haría un animal para captar un rastro. Me dio la
sensación de que estaba olisqueando el ambiente cuando se
detuvo. Giró la cara de golpe y sus ojos se toparon con los
míos. Sin un ápice de extrañeza. Me miró, tranquilo, relajado,
de un modo tan intenso que me dio la impresión de que
hubiera sido capaz de sacarme una radiografía con la moneda
que me tragué con tres años.
En lugar de salir huyendo, me quedé quieta, enjugándome
las últimas lágrimas que pretendía verter aquella tarde. Los
últimos rayos de sol iniciaban su despedida, el verano pronto
daría paso al otoño y, con él, los días serían más cortos.
Caminó con sosiego y una elegancia felina que lo acercó a
mí. Se encendió un cigarrillo, fino, alargado, casi aristocrático.
No era lo que esperabas que fumara una estrella de rock y, sin
embargo, a Moon no le pegaba otra cosa.
—¿Una mala tarde? —preguntó despreocupado.
Dirigiéndose a mí a la vez que desviaba la mirada hacia el
muro de enfrente, otorgándome un poco de espacio para que
terminara de limpiarme la cara.
Sorbí con fuerza, quería engullir la maraña de emociones
que no dejaban que me comportara con normalidad. Me
encogí de hombros a sabiendas que me controlaba por el
rabillo del ojo.
—¿Fumas? —dirigió la cajetilla hacia mí, yo negué—.
Bien que haces. Yo tampoco debería.
—Si no deberías, ¿por qué lo haces?
—Porque si solo hiciéramos lo que debemos, la vida sería
aburrida.
—Hay maneras más divertidas que fumar para pasar el
rato, y menos nocivas.
Tomó el cilindro alargado, dio una bocanada profunda. Lo
expulsó formando diminutas volutas de humo, creando una
neblina con aroma a tabaco sobre nuestras frentes.
—¿Te molesta que fume?
—Mi padre también lo hace —respondí—. Siempre fuera
de casa, dentro lo tiene prohibido. Mi hermano y yo le
insistimos en que lo deje, no comprendemos cómo alguien
puede sentir placer al matarse lentamente.
Las comisuras de sus labios se alzaron.
—¿Y qué os dice?
—Promete que, algún día, lo hará, pero ese día no termina
de llegar nunca. Tú tampoco deberías fumar, si no por ti, por
los que te quieren. No es bueno para tu salud, ni para el
bolsillo, tampoco. —Moon sonrió.
—Es un buen consejo. Y más viniendo de una chica tan
guapa como tú.
—¿Guapa? ¿Yo? —Él me ofreció una sonrisa ladeada.
Se había colocado a dos pasos de mí, a una distancia
prudencial que no me violentaba. Tenía la espalda reclinada
contra la pared descascarillada. La rodilla derecha estaba
alzada y se sostenía gracias al pie, que imitaba el anclaje de la
espalda.
—No me gusta la falsa modestia. Uno no tiene la culpa de
nacer bello, como tampoco la tiene de nacer con un rostro
poco armónico, o un cuerpo no normativo. Somos lo que
somos, y tú eres hermosa por fuera e intuyo que por dentro, no
suelo equivocarme. —Mis mejillas se colorearon.
Era igual de alto que Jared, quizá incluso más, aunque
menos musculado. Parecía sacado de una peli de vampiros, al
igual que su hermana.
Vestía unos vaqueros ajustados en color negro, con rotos a
la altura de las rodillas, zapatillas Vans oscuras, camiseta con
el logo del grupo, con cortes estratégicos que permitían ver su
cuerpo definido.
Sobre los hombros le descansaba un abrigo de piel que
terminaba debajo de las rodillas.
—¿Puedo preguntar qué haces aquí tan sola? No está bien
que una chica como tú esté en un callejón oscuro, te convierte
en una presa fácil.
—Acabas de hacerme sentir como un conejo.
—Más bien como algo apetecible. Hay muchos
indeseables.
—No estoy sola —lo corregí de inmediato, no sabía nada
de ese chico como para sentirme tan relajada y no extremar las
precauciones. Tenía razón, no había hecho bien en salir sola y
meterme en un callejón alejado a la vista de todos—. Mis
amigas me esperan en el bar, necesitaba tomar el aire.
—Ya veo… Entonces, no las hagas esperar más y dile de
mi parte al culpable de tus lágrimas que no las merece, que tú
estás hecha para cosechar sonrisas, no tristeza, y que si no es
capaz de verlo, es mejor que se aleje o yo me encargaré de
hacerlo y no le gustará. —Lanzó la colilla contra el suelo y la
pisó con firmeza. Su advertencia, tan fría como su aspecto,
pero cargada de intenciones, me erizó la piel—. Tengo que
irme. Igual nos vemos pronto…
—Yo diría que te veo en un rato, mis amigas están ahí
dentro, ¿recuerdas? —Su sonrisa se hizo más profunda.
—Exacto. ¿Vas a escucharme?
—A eso he venido. —No iba a sacar a colación el tema de
Jared, no venía a cuento—. Bueno, no solo yo, también mis
amigas.
—Por supuesto. Entonces, tocaré para ti, cada nota de mi
guitarra reverberará para acunar tus sentidos.
—Me siento una privilegiada.
—Lo eres —me guiñó un ojo tan claro que no parecía
natural. ¿Serían lentillas? No daba la impresión—. Vuelve
dentro, ojos verdes, no voy a irme hasta que te vea doblar la
esquina y me asegure de que estás a salvo. Por cierto, soy
Moon.
—Eso ya lo sabía —respondí risueña—. Como se dice en
estos casos, mucha mierda, Moon.
Él me obsequió con una última sonrisa antes de que me
girara por completo.
No me apetecía presentarme, no hoy. Si el mellizo le decía
a Jared que me había visto en el callejón llorando, tendría que
dar ciertas explicaciones que no me podía permitir.
Me alejé de él sintiéndome un poco mejor, como si su
presencia hubiera aliviado mi pesar. Se le veía un buen tipo,
aunque algo estrambótico, ahora comprendía por qué Claudia
estaba pillada por él, tenía ese magnetismo tan Loup que te
hacía querer estar a su lado para ver la vida más intensa.
Una vez de vuelta al interior del bar, me dispuse a disfrutar,
que Jared estuviera con otra no era motivo para amargarme la
tarde y que se la estropeara a las demás. No hacía tanto que
nos conocíamos, se me pasaría la tontería por él, y cuanto
antes le pusiera remedio, mejor.
Por encima de todo, Jared se había abierto un hueco en mi
vida como amigo, estuvo cada vez que lo necesité y eso no
cambiaría porque su «chica misteriosa» fuera Selene.
Mon Amour, de Zzoilo y Aitana retumbaba en el local, las
chicas bailaban y cantaban a grito pelado. Verlas brincando,
riendo y moviendo las caderas enloquecidas hizo que quisiera
parte de su buenrollismo.
Me vi envuelta en un círculo de caras amables que me
empujaban a corear junto a ellas.
Se me paraliza el cuerpo cuando vas a besarme.
Me acuerdo de ti cuando voy a maquillarme.
Cantando en los conciertos te imagino delante.
Siendo el más elegante, siendo el más importante.

Alcé la cabeza por inercia y lo vi, allí, entre las pesadas


cortinas que comunicaban el escenario con la cara B del garito,
mirando sin pudor cómo me desgañitaba alzando la voz. Lo vi
sonreír y mover los labios en la misma sintonía que los míos,
como en un beso cantado a la deriva, conectado por un sinfín
de notas que hacían la canción más nuestra que de nadie.
No importa el idioma, solo quiero catarte.
Mon amour, amore mio, solo quiero comerte.
Cuando te veo, mamá, como un Formula One.
Paso de cero a cien, contigo implosioné.
De ti me envenené, yo ya no sé qué hacer.
Me abrazaste y volé, te juro que volé…
Sentí mis manos alrededor de su cuello, bajo la mesa de la
biblioteca. Su cuerpo envolviendo el mío el día que me salvó,
tan tibio, tan Jared, y después me vi arrastrada por las chicas,
que me sacaron del trance dándome la vuelta, rompiendo
nuestro contacto visual.
Estaba medio eufórica, medio revolucionada, porque,
aunque supiera que yo viví mi propia versión de la historia, no
la hizo menos mágica.
Cuando pude volver a mirar el espacio que había ocupado,
ya no se encontraba allí y el tema estaba llegando al final.
Di un trago largo a mi piña colada, estaba sedienta con
tanto baile.
Las luces de la sala se apagaron y una voz en off, que
pertenecía al DJ, nos dio la bienvenida al que, según él, era el
concierto más esperado de la temporada.
A juzgar por lo lleno que estaba el bar y la gente que se
había quedado fuera, haciendo cola, con la esperanza de que el
aforo no se completara, no mentía.
Pidió que les diéramos la bienvenida que merecían a los
chicos de El Último Aullido. Estaba a punto de ponerme a
aplaudir y silbar, cuando vi que todos los presentes
comenzaban a aullar. Menos mal que Claudia estaba atenta a
mis movimientos e impidió que hiciera el ridículo más
absoluto.
—Vamos, aúlla —me espoleó.
Me sumé al aullido común hasta que la última voz se apagó
sumiéndonos a todos en una expectación asombrosa, no
veíamos prácticamente nada, no oíamos nada más que
respiraciones y, sin embargo, lo sentíamos todo.
Un acorde de guitarra, seguido de un chorro de humo
enlatado, envolvió el ambiente para regalo. Las notas rasgadas
y vibrantes precedieron el golpeteo de un par de baquetas que
nos daban la bienvenida.
No tardaron en oírse los primeros gritos ahogados de las
chicas de primera fila, cuando el haz de luz enfocó unas
Converse negras con puntera de plata. Era el calzado de Jared,
el que usaba en los conciertos, lo había visto cientos de veces
estos días, cuando trataba de aprender sus canciones
memorizando los vídeos de YouTube.
El rayo lo recorría con lentitud, volviendo la espera caótica.
El público coreaba su nombre al ritmo de la entrada más épica
que había visto nunca. No es que estuviera llena de artificios o
maravillas de la técnica, era otra cosa.
Una energía tan mística, atrayente o mágica, que era capaz
de rodearnos a todos en un halo eléctrico.
—¡Buenas noches, Manada! —Aquel fue el pistoletazo de
salida para hacer bramar a unos asistentes más que entregados
—. ¿Estáis listos para aullar? —La respuesta no tardó en
hacerse oír. Incluso yo repetí el sonido animal. Lo vi sonreír
cuando por fin su rostro quedó iluminado.
Tenía los ojos azules delineados con khol negro, una
camiseta de rejilla se dejaba entrever debajo de otra hecha
jirones, como si un lobo le hubiera atacado antes de salir al
escenario.
Su piel bronceada brillaba, llevaba un montón de pulseras
negras y el pelo algo despeinado.
Estaba guapo, a rabiar, salvajemente hermoso, tan
irresistible que asustaba. Daba igual que supiera que Selene lo
tenía pillado, era incapaz de refrenar aquel torrente emocional
que solo él hacía brotar. Supuse que a la chica rubia de primera
fila le pasaría igual. Menudo par de dos.
Se me pasaría, de la misma manera que se me pasó la
fiebre por las LOL Surprise, o por ver en bucle la película de
Matilda hasta que me sangraban los ojos.
Acababa de enterarme esa misma tarde de su historia con la
diosa de la Luna, por lo que era muy pronto para dejar de
percibir a Jared como lo hacía, como mi primer amor
platónico.
No tardó ni un maldito segundo en conectar sus pupilas a
las mías, como si le pertenecieran, y en cierto modo era así,
porque no pude apartarlas de él en todo el concierto,
haciéndome sentir que todas aquellas letras estaban escritas
para mí.
Capítulo 24
El callejón
Jared

Llevaba una hora cantando sin parar, fluyendo con cada


nota emitida por mi garganta, acariciando cada do sostenido,
prolongándolos para que Elle pudiera sentirme como yo lo
hacía.
Cada vez que la miraba, mi universo se expandía, con la
intención de estallar para formar una nueva galaxia, más plena,
más brillante, donde cada uno de mis planetas orbitarían
alrededor de la única estrella capaz de deslumbrar y opacar a
todas las demás.
—Tío, hoy te has salido —me felicitó Moon en el
camerino.
—Tú también, tu solo ha sido épico, casi podía caminar por
encima de los acordes. Parecías más inspirado que de
costumbre. —El hermano de Selene me dedicó una sonrisa
ladeada.
—Y luego decís que yo soy el intuitivo… He conocido a
alguien —canturreó. Tanto Bastian como yo lo miramos
incrédulos.
—¿Cuándo? ¿En la uni? —La melena rubia se agitó. Moon
se estaba pasando una toalla por la cara, rescatando los restos
de sudor que le había dejado el sobreesfuerzo.
—Antes, cuando salí a fumar, en el callejón.
—¿Encontraste a una loba en el callejón? —cuestionó
Bastian.
—No, es humana, pero ya sabéis que a mí estas cosas no
me importan. Lo de la pureza de la raza se lo dejo a Jared y mi
hermana. A mí me basta con que su alma sea noble.
Moon era el místico, tenía una sensibilidad especial en
captar la delicada línea entre la bondad y la maldad, aparte de
ser también un sanador.
En nuestra especie había tanto jerarquías como
especialidades. Dentro de la manada, cada uno desempeñaba
su papel, ninguno era más importante que otro, todos éramos
imprescindibles, además de guardianes.
Se nos formaba y educaba desde pequeños en las distintas
disciplinas, quedábamos tan pocos que necesitábamos
optimizar los recursos. Además, era la única manera de ver
qué se nos daba mejor.
Cada licántropo solía ser bueno en dos o tres cosas, y en
una de ellas destacaba de forma excepcional.
Moon era captador de almas. Diferenciaba con una simple
mirada y una sacudida de nariz si quien tenía delante se trataba
de un habitante de nuestra dimensión o de nuestros vecinos
letales. Conjuntamente, se le daba bien sanar y corría más
rápido que el resto gracias a sus piernas largas.
Cuando se transformaba, lo hacía en un magnífico lobo
blanco, como Selene.
Bastian era nuestro rastreador, resultaba difícil que se le
escapara un foco. También era bueno planificando,
desarrollando tácticas, descifrando señales y elaborando
estrategias. Además de ser un crack de la informática y los
algoritmos.
En su caso, se transformaba en un lobo castaño y gris, de
pelaje revuelto.
Mi privilegio residía en ser el líder, la toma de decisiones,
la empatía, la protección y el combate cuerpo a cuerpo; las
habilidades que se esperaban de un Alfa como yo o Selene,
aunque a ella lo de la empatía le fallara.
Si Sel hubiera sido un macho, no podríamos coexistir en la
misma manada. Los Alfa teníamos caracteres muy fuertes y
nuestra palabra se convertía en ley, por lo que convivir con
otro podía llegar a ser incluso fatal, debido a nuestra parte
animal. Cuando esta afloraba, era el instinto el que llevaba las
riendas y no se toman las mismas decisiones siendo humano
que lobo.
Tampoco es que fuera fácil llevarse con una hembra Alfa.
Si Selene y yo habíamos sido capaces de convivir sin
altercados graves, se debía a que consensuábamos la toma de
decisiones y ella tenía claro que vivía en mi manada, me debía
respeto y su posición era la de ser mi mano derecha. Si no
coincidíamos o no lográbamos llegar a un acuerdo, Selene
sabía que la última palabra era la mía. No porque yo fuera
macho, sino por ser el líder del grupo; mi decisión tenía más
peso. Si nuestras diferencias llegaran a ser irreconciliables,
ella tendría que marcharse y formar su propia manada.
Últimamente estábamos un poco distanciados, ya no
solamente porque hubiera conocido a Elle, el problema
radicaba en que Selene pertenecía a una facción de los lobos
que creía en la pureza y la repoblación, para ellos era más
importante llegar a procrear entre dos Alfas que encontrar a
nuestro o nuestra compañera de vida.
Por eso Selene le daba más importancia a llevarnos bien
que a salirse con la suya.
La misión que se había autoimpuesto consistía en formar
una nueva familia de guardianes conmigo. Cuando dos lobos
procreaban, podían llegar a tener de uno a cinco cachorros,
mientras que si la pareja era híbrida, el máximo conocido se
limitaba a tres.
La supervivencia de los cachorros era baja, sobre todo,
porque una de las pruebas a la que se sometía a los pequeños
lobos, cuando ya sabían alimentarse, consistía en pasar una
noche solos en el bosque. Eso solía ser a los tres años, y los
que lograban llegar al día siguiente, entraban directamente en
una manada. Habitualmente, la de sus padres, en la que se los
formaría para ser guardianes.
Algunas humanas no sobrellevaban bien la pérdida, muchas
se habían quitado la vida al no soportar el ritual de iniciación y
perder una camada entera.
Por eso, la facción no quería híbridos, prefería lobos puros
que comprendieran y respetaran las reglas. Yo era de la
opinión de que esas normas estaban obsoletas y que deberían
ser cambiadas por el bien común.
No resultaba fácil que las costumbres arraigadas
desaparecieran de la noche a la mañana, no obstante, tenía fe
en que pudiéramos evolucionar y acabar con una tradición
demasiado dañina.
La puerta se abrió cuando los tres estábamos sin camiseta,
terminando de asearnos.
Selene irrumpió en el camerino enfundada en un vestido
corto de charol brillante y botas a la altura del muslo. Estaba
muy sexi, con aquella piel tan blanca y sus labios rojos, los
humanos caían bajo la suela de sus botas por una de sus
miradas.
Me observó con apetito, mientras pasaba la camiseta por
encima de mi cabeza.
—Buen concierto, chicos —nos felicitó, regodeándose en
mis abdominales.
—A ver si aprendes a llamar a la puerta antes de entrar, nos
gusta tener un poco de privacidad, hermanita.
—No me hagas reír, Mooni, de vosotros tres lo he visto
todo, desde la cabeza a la punta de la cola —se relamió
perversa.
Razón no le faltaba, cuando nos transformábamos, los
licántropos duplicábamos o triplicábamos nuestro tamaño, por
lo que era imprescindible despojarnos de cualquier prenda o la
ropa terminaba hecha jirones.
—Igualmente, no está bien —la regañó Moon—, nosotros
no entramos en tu camerino.
—Porque soy mucho más rápida, vosotros os entretenéis
chismorreando sobre las grupies de primera fila. ¡Qué
hartazgo! —se quejó—. Por cierto, he pensado que podríamos
ir a tomar unas cervezas a otro garito. Nuestro rep —hacía
referencia al representante del grupo— está muy contento con
el éxito que estamos cosechando y dice que nos invita. Hemos
hecho un lleno total y tiene un contrato nuevo por parte de la
discográfica que incluirá una gira este verano con todos los
gastos pagados. ¿No es genial?
—Somos custodios, no un grupo de estrellas de rock —la
corregí—. Hacemos esto porque nos gusta, como
divertimento, únicamente para entretenernos —le recordé—,
pero nuestro lugar está aquí, cuidando de La Raya. —Ella
arrugó la nariz.
—¿Piensas que no lo sé? Sin embargo, hasta nosotros
merecemos unas vacaciones. Podríamos hablar con el señor
Loup, incluso con la facción, para que nos traigan unos
sustitutos por un par de meses.
—¿Sustitutos? Nosotros no somos funcionarios, ni
profesores de escuela. ¡Somos guerreros, guardianes y
custodios! No podemos chasquear los dedos y que vengan un
puñado de ineptos recién salidos de la escuela a hacer nuestro
trabajo. ¿Y para qué? ¿Para que vivamos un sueño que no nos
corresponde? Despierta, Selene, lo de dedicarse a la música es
una utopía. —Chasqueé los dedos.
Ella caminó hasta mí para colgarse de mi cuello y apoyar
los labios en mi oído.
—Ya sé que no nos van a dar un Emy. No seas aguafiestas,
ya lo tengo todo medio acordado, sería una gira por Andalucía,
seguiríamos estando cerca de nuestro territorio sin ponerlo en
peligro. Piénsalo. Tú, yo, el mar, rebozados en cálida arena en
noches de luna llena…
La aparté malhumorado y mascullé entre dientes con
disimulo.
—No hay un tú y yo, ya te lo dije el otro día.
—Las parejas discuten, ambos tenemos un carácter fuerte y
sabes que no voy a desistir. Estamos destinados a procrear. —
Puse los ojos en blanco y terminé desenrollando la prenda
sobre mi torso—. He decidido que toleraré a tu
entretenimiento si cumples conmigo cuando llegue el
momento. —Miré de refilón a Moon y Bastian que nos
contemplaban divertidos, para ellos éramos como uno de esos
capítulos de telerealidad.
Nuestro oído era muy agudo, por lo que, aunque
habláramos bajito, nos estaban escuchando en Dolby
Surround.
—Nosotros vamos saliendo, os esperamos en la barra,
tortolitos —intervino Moon pitorreándose. Bastian era parco
en palabras, por lo que solo esbozó una sonrisa y sacudió el
pelo.
—Ahora os alcanzamos —intervine.
—Tomaos vuestro tiempo, yo voy a ver si encuentro a «mi
entretenimiento».
Capítulo 25
La facción
Jared

El mellizo de Selene fue quien dijo la última palabra con


tono picarón. Yo gruñí provocando en él una carcajada. La
puerta se cerró.
—¿De qué habla Moon?
—De lo que estábamos charlando antes de que nos
interrumpieras. Ha conocido a una humana —confesé,
esperando su reacción. Ella resopló con disgusto.
—Pero ¿qué os ha dado a todos? No os entiendo, ¿qué les
veis?
—Las cosas cambian, Sel.
—Eso no quiere decir que sea para mejor. Nos estamos
debilitando, y si seguís con esas mediocres, nos condenaréis a
la extinción, ¿cómo podéis ser tan inconscientes?
Su loba interior se puso a dar pasos coléricos por el
estrecho camerino. Últimamente estaba acudiendo a muchas
de las reuniones que convocaban los Puros y eso la estaba
cambiando.
—No es inconsciencia, es amor.
—Para el caso, es lo mismo. Tú y yo tenemos un deber, que
está por encima de esa emoción absurda. El respeto para con
los nuestros debería estar por encima de todo.
—¿Te estás escuchando? Ya hablas como ellos, te están
sorbiendo el cerebro —bufé.
Los Puros, los gobernantes de la facción, creían en la
supremacía de una raza única. Pretendían erradicar la ley que
decía que los licántropos podíamos escoger a nuestra
compañera de vida, fuera loba o no.
Según ellos, lo único que generaba la mezcla era debilidad,
y si éramos débiles, los universos convergirían en una misma
realidad que se colmaría de desastres. Hacían apología del
miedo para lograr su objetivo, que no era otro que una raza
más fuerte.
—¡No me están sorbiendo nada! ¿Te has informado? ¿Has
visto cuántos nacimientos de licántropos de pura cepa han
ocurrido en la última década? ¿Y cuántos cachorros han
sobrevivido? No podemos seguir así, Jared, la humanidad
depende de que alfas como tú y como yo repoblemos el
planeta. Si pensáramos un poco más en el bien común y menos
en nosotros mismos, todo sería más sencillo.
—¡Eso nos condenaría a ser unos infelices de por vida!
—No es cierto. En la facción se está hablando de un pacto.
Hijos entre licántropos a cambio de libre albedrío. Una vez se
cumpla con el propósito, se dejará que los lobos elijan pareja.
No está tan mal, piénsalo.
¿Que no estaba mal? Claro que lo estaba, solo que ellos
eran incapaces de ver más allá, de ampliar las miras como
nuestros antepasados, mucho más flexibles que los Puros.
Una parte de mí comprendía la preocupación de la facción,
aunque no veía claro que aquella fuera la solución correcta.
Los licántropos éramos criaturas amorosas, no máquinas de
engendrar. Creíamos en la familia, teníamos unos valores que
los Puros pretendían cargarse en favor de qué, ¿de una raza
más sólida?
—No lo veo.
—¿Pues no sé qué más necesitas? Igual unas gafas.
—Mira, Sel, me parece que te estás juntando mucho con
los radicales. Las cosas nos han ido bien hasta ahora.
—¿Por qué te niegas? Podrás tontear todo lo que desees
con tu humana siempre que cumplas conmigo. No es tanto lo
que te pedimos. —Que se incluyera en la oración me retorció
las tripas.
—¿Lo que me pedís? —Ella curvó el morro—. Sel…
Vamos —imploré.
—Los Puros han decidido que así sea y yo estoy con ellos,
cuentan con mi voto y con muchos más alfas. O estás con
nosotros o contra nosotros, no hay más.
—¿Te estás escuchando? ¡Nos están confrontando! ¡Esta no
es nuestra lucha! Suficiente tenemos con mantener el control
de La Raya como para que ahora nos dinamiten por dentro. —
Estreché la mirada—. ¿Qué te han prometido a cambio? ¿Un
puesto de relevancia en la facción? —pregunté cabreado, que
otros alfas aceptaran no era buena señal.
—¡Nada, creo en la causa! Y tú también deberías. ¿Por qué
no vienes a las reuniones? ¡Escúchalos! —Negué agobiado—.
¿Tan terrible te parece que tú y yo tengamos hijos?
—No es eso y lo sabes.
—Entonces, ¿qué es?
—Sería incapaz de traicionar a mi compañera de vida.
—Pues no lo hagas, haz que lo asuma, tampoco es la gran
tragedia griega. Hoy día hay muchos tipos de familia, la gente
cree en el poliamor.
—Yo no soy poliamoroso, te quiero como a una hermana y
a Elle como compañera. Además, deseó que en un futuro ella
alumbre mi camada, no tú. —Le escoció, pude ver cómo se le
ensombrecía la mirada.
—¿En serio? ¿Y cuándo vas a contarle lo que eres?
¿Cuando tenga que desparasitarte después de una carrera por
los bosques y que llegues plagado de pulgas?
—Se lo diré a su tiempo.
—Eso será si sobrevive… —Su sugerencia me puso en
guardia.
—¿A qué te refieres?
—A que los accidentes ocurren. —Sin decir nada lo había
dicho todo.
—Lo que me faltaba por escuchar. ¡No somos asesinos,
sino protectores! No está en nuestra naturaleza matar a
humanos.
—Yo no he dicho que fueran a matarla, sino que Elle es
proclive al desastre. Un día podría acercarse a La Raya por
casualidad y caer a través de ella, no sería la primera.
—Ese tipo de casualidades no existen y no ocurrirá. Yo me
encargaré.
—Pues si no cumples con lo que se te pide, yo de ti dejaría
de dormir.
Su tono estaba pensado para que reflexionara.
Selene se contoneó con gracilidad animal, volvió a colgarse
de mi cuello y lo lamió desde la base hasta la mandíbula.
—Colabora… Verás como no está tan mal.
La puerta volvió a abrirse de golpe. Los dos desviamos
nuestra atención sobre ella.
—Y, ahora, ¿qué? —pregunté malhumorado.
Las palabras murieron en mis labios al ver quién estaba al
otro lado.
Capítulo 26
Pelea

Miré a un lado y a otro sin comprender cómo se había


iniciado aquel altercado.
Los taburetes que, hasta hacía cinco minutos, habían estado
ejerciendo su función, soportando traseros ajenos cada noche,
día tras día, volaban por encima de nuestras cabezas arrojados
por vete a saber quién.
Puede que algún lúcido o lúcida hubiera visto demasiadas
pelis del oeste y pensara que arrojando el mobiliario iba a
detener a aquellos energúmenos con pinta de luchadores de la
WWF.
El concierto terminó hacía aproximadamente quince
minutos. En cuanto el grupo desapareció del escenario y el
encantamiento que Jared tejía sobre mí se hubo esfumado, les
insistí a las chicas para que nos marcháramos, no fuéramos a
perder el bus. Ellas se negaron fervientemente, dijeron que no
íbamos a irnos sin, por lo menos, darle las gracias a Jared y
comentarles a todos lo mucho que nos habían gustado.
Lo que traducido al idioma mortal era: «Yo quiero ver a
Moon», por parte de Claudia y un «Jared y tú tenéis que
hablar, y aclarar las cosas», por parte del resto.
Encima, Carla, Andrea y Elena no paraban de reír con los
universitarios, que resultaron ser tres chavales muy majos que
estudiaban en la universidad de Medicina. Uno era de
Albacete, otro de Asturias y el último de Jaén. Compartían
piso de estudiantes y habían venido arrastrados por una
compañera de clase, que, casualmente, era hermana de una de
las grupies que teníamos delante.
En media hora cerraban el local. El DJ pinchaba música
actual para que el colofón final fueran treinta minutos de los
temas más bailables, cuando unos tipos que no habíamos visto
hasta ahora —que tenían pinta de luchadores profesionales—
entraron bastante bebidos y chocaron con uno de los chicos
que estaba bailando con Andrea.
En un santiamén, se había armado el Belén, y lo digo
porque esos tíos eran unos burros.
Caos, esa sería la palabra que mejor definiría la conversión
de bar musical en ring de lucha libre.
La tarde acababa de torcerse a lo bestia. Y no por culpa de
Lucas, Martín y Dani, que así se llamaban nuestros nuevos
amigos, sino por aquellos energúmenos en busca de otro tipo
de fiesta que incluía un pack de ojos morados.
Por mucho que los estudiantes de medicina intentaron
suavizar la cosa, restando importancia a la copa que se había
vertido sobre uno de ellos por culpa de los armarios
empotrados, no pudieron evitar que un puño se incrustara en la
mandíbula del asturiano, Lucas, al cual le salieron las gafas
directas al suelo.
Miré sobrecogida la escena. Nunca me había visto envuelta
en una riña de bar. La imagen de mis padres diciéndome que
no volvía a salir hasta que usara dentadura postiza me dejó
clavada en el sitio. Aunque si lo pensaba bien, igual iba a
necesitarla si me quedaba ahí.
Todas se pusieron a gritar, yo incluida. Los chicos
buscaban defenderse, aunque estaban en inferioridad de
condiciones y el resto de asistentes al concierto, que se
sintieron parte implicada, comenzaron a arrojar el mobiliario
para refrenarlos.
No sabía qué hacer o decir. Estábamos aterrorizadas,
mirando de hito en hito cuando Moon y Bastian Loup
aparecieron en escena.
Entré en el radar del rubio que, en cuanto me vio, se
desplazó a una velocidad que debió rozar la de la luz, extendió
los brazos y nos instó a resguardarnos detrás de la barra.
Por los espejos podíamos ver algunos movimientos, no
obstante, el terror nos hacía permanecer agazapadas,
temblando y con las cabezas agachadas.
Las risas que habían coronado la tarde cambiaron por
crujidos, golpes y plañidos de dolor. No sabía quién iba
ganando, aunque eso era lo de menos, en una pelea todo el
mundo salía perdiendo de una manera o de otra. La violencia
solo trae violencia, por eso no me gustaba.
Los ocho minutos que estuvimos agazapadas en aquella
posición se me hicieron eternos. Dejé de temblar cuando un
intenso aroma a bosque inundó mi nariz y, de inmediato, supe
que estaba a salvo. Dos minutos más y el griterío dio paso a un
silencio sepulcral.
Me incorporé despacio, con sigilo, para ver a los Loup
formando un círculo que rodeaba a los indeseables que la
habían liado. El resto de personas fueron desalojadas,
incluidos nuestros amigos, solo quedábamos nosotras y los
camareros.
Aquellos tipos tenían las caras hechas un mapa, sin
embargo, seguían en pie, resoplando, mientras Jared, Moon,
Bastian y Selene les gruñían en posición de ataque. ¿Cómo
podían tener rodeados unos adolescentes a aquellas moles? Era
de locos.
Si no supiera que no podía ser, juraría que los Loup no eran
humanos y que a mí me habían colado en el rodaje de un
capítulo de Cazadores de Sombras.
—¿Jared? —mascullé flojito.
La cabeza morena desvió la atención hacia mí. Esa fracción
de segundo fue aprovechada por uno de los tipos, que cargó
con dureza contra él, como si estuviera en un partido de fútbol
americano y Jared sostuviera el balón.
Me dolió hasta mí cuando el cuerpo de mi cantante favorito
se aplastó contra la pared. Oí cómo el aire abandonaba sus
pulmones y me sentí culpable de la distracción.
—Perfecto —protestó Selene antes de coger impulso e ir a
la carga contra el tipo que había convertido a mi amigo en un
objeto de decoración.
Bastian y Moon se encargaron de mantener a raya a los
demás.
Mi boca formó una O gigantesca cuando vi la exhibición de
fuerza y destreza de la rubia. Esa chica no era ni medio
normal, con lo delgadita y poca cosa que parecía.
Rugió como un animal herido, se tiró contra el suelo para
coger impulso e hizo una llave que le sirvió para tomar al tipo
y que saliera volando por encima de su cabeza.
Un exabrupto nació de mi boca sin que pudiera evitarlo.
¡¿Cómo había podido hacer eso?! Otra cosa para mi lista de
«las cosas físicamente imposibles».
—¡Jared, sácalas de aquí! ¡Nosotros nos encargamos del
resto! —gritó Moon sin mirarnos.
Me dio la impresión de que sus ojos resplandecían y los de
Bastian también. Eso era imposible, ¿no? No había focos que
los iluminaran y no me pareció que se pudiera reflejar algo en
ellos.
Antes de que me diera cuenta, ya tenía al líder de El Último
Aullido a nuestro lado, instándonos a salir lo más rápido
posible. Los camareros le indicaron que había una salida por el
almacén, que conducía directa al callejón, la decisión fue
rápida de tomar.
—Adelante —nos apresuró Jared.
—¿Y tus hermanos? —murmuré.
—Estarán bien, saben lo que hacen.
—¿Quiénes sois?, ¿los Power Ranger? —Me ofreció una
sonrisa que no llegó a sus ojos, imagino que porque estaba
preocupado por ellos. Fue lo único que añadió antes de
seguirnos al exterior, quedándose el último para salvaguardar
nuestras espaldas.
Una vez fuera, me abrazó con fuerza y revisó que no
estuviera malherida.
—¿Estás bien? —Buscó mi mirada con la suya.
Tenía la marca de unos dientes en el cuello. ¿Aquél
desalmado lo había mordido?
—Sí, bueno, no sé, ¿tú… tú estás bien? Tienes una marca
justo en… —Lo vi mirar nervioso al interior, no me estaba
escuchando, estaba demasiado preocupado como para estar al
cien por cien.
—No te preocupes por mí. ¿Cómo habéis venido al bar
desde Las Gabias?
—En bus —aclaró Abril.
—Vale, pues pillaos un taxi, no es seguro que os quedéis
aquí… Ahí mismo hay una parada —señaló.
—Pero ¡somos seis! —Carla había hecho los cálculos con
presteza.
—¡Pues coged dos! ¿Tenéis dinero suficiente? —Todas
asentimos—. Vale, porque tengo que volver, no puedo
quedarme más tiempo aquí.
—¿No sería mejor que llamáramos a la policía? —
cuestioné. Jared tomó mi rostro entre sus manos.
—Nada de polis, yo me ocupo, estoy habituado a tratar con
gentuza como esa. Corred y no os detengáis hasta estar dentro
del coche, ¿vale?
—Pe… Pero…
—No hay peros, Elle, por favor, hazme caso, necesito
regresar con mis hermanos y no puedo hacerlo si sé que corres
algún tipo de riesgo. Tienes que asegurarme que vais a
meteros en ese taxi de inmediato. Por favor… —Sonaba tan
suplicante que no pude negarme.
—Está bien, pero llámame en cuanto esto haya acabado, yo
también necesito saber que estás bien, voy a estar muy
preocupada. —Él me miró con cariño.
—Descuida. —Depositó un beso suave en mi mejilla antes
de instarnos a correr.
Lo hicimos, llegamos atropelladamente a la parada, nos
distribuimos sin problema en los dos vehículos que parecían
estar aguardándonos y miré por la ventanilla desde la
comodidad del asiento. Jared ya no estaba.
Capítulo 27
Los otros
Jared

Resoplé con violencia.


Cuando Bastian interrumpió mi conversación con Selene,
no esperaba que fuera porque cuatro de los otros hubieran
emergido a la superficie y les hubiera dado por salir de fiesta
en el local que estábamos dando el concierto.
¿Casualidad? No creía en ellas. ¿Entonces? ¿Habían venido
a meterse directos en la boca del lobo?
Nunca mejor dicho.
Su aparición apestaba, ya no por su aroma característico
similar al del azufre rancio amenizado por los perfumes
intensos que solían utilizar al otro lado, sino porque habían ido
directos hacia el grupo en el que estaba Elle, y eso me
mosqueaba.
Cuando los otros cruzaban La Raya, lo primero que hacían
era buscar a su otro yo, colonizarlo y cometer los crímenes
más viles y atroces conocidos por la humanidad.
Podríamos decir que la eterna lucha entre el bien y el mal
no era otra cosa que un desajuste en La Raya, si se abriera un
agujero lo suficientemente grande como para que todos
pudieran emerger a este lado, podría suponer la guerra más
cruenta que hubiera existido en ambos mundos. El único
problema era que, en esa batalla, los habitantes de este
universo tenían las de perder.
Michio Kaku y otros científicos implicados en la causa
estaban introduciendo poco a poco el concepto de hiperespacio
o universos paralelos. Términos que a muchos les sonaban a
ciencia ficción y que no se trataba más que de un reflejo de la
realidad.
Los habitantes de nuestro universo eran bastante
desconfiados y, aunque solían plantearse los porqués de las
cosas, tendían a la incredulidad. Como cuando se descubrió
que la tierra era redonda en lugar de plana, el pobre Galileo
sufrió en sus carnes la condena por parte de la Inquisición, al
decir en público lo que muchos pensaban en privado.
El miedo a lo desconocido y a contradecir lo que se creía
en aquel entonces le ofreció a la Inquisición un escudo
protector con el que controlar a todo aquel que podía
desestabilizar el equilibrio.
Por extraño que pudiera parecer, cada mundo, cada
universo, tenía su hermano gemelo, en nuestro caso, uno
malvado con sed de sangre y colonización.
El Ying y el Yang de los universos paralelos. El polo
positivo requería de uno negativo, cualquier elemento tenía
ambas partes, como una balanza; si uno de los extremos pesara
más o se suprimiera aquello que los dividía, la repercusión
sería extrema.
En nuestro caso, el límite fronterizo entre ambos mundos lo
ponía La Raya, una frontera limítrofe que se podía cruzar a
través de distintos agujeros de gusano que nos conectaban. Y
con ello no me refiero a huecos en la tierra provocados por
anélidos, sino verdaderos túneles que hacían confluir el
espacio y el tiempo en un lugar sin ley.
A través de ellos se conectaban las dos realidades más
dispares que seas capaz de imaginar.
Mientras en este mundo la mayor preocupación era tener el
césped más verde que tu vecino, el coche más grande, o el
sueldo más alto, al otro lado la competición se basaba en quién
era mejor asesino, ladrón o el criminal más despiadado.
En la tierra que conocíamos, el mar era azul y los edificios
de colores, los que estaban al otro lado describían un mundo
oscuro con las aguas teñidas de rojo por los innumerables
cadáveres.
En el lugar más hostil que puedas llegar a imaginar,
también había un ejército de licántropos custodios. Todo lo
que existía en la cara A de la moneda, tenía que coexistir en la
B, a no ser que ambas confluyeran, en ese caso, solo uno de
los bandos podía sobrevivir.
Existía un pacto desde los inicios de la humanidad, los
guardianes fuimos creados para custodiar La Raya, tanto para
los habitantes de un lado como para los del otro. Además de
proteger a la raza humana de sus propios desastres, teníamos el
deber de no permitir a nadie cruzar y romper el equilibrio.
No obstante, siempre había algún licántropo que no era tan
fiel a la causa, que hacía la vista gorda y permitía a migrantes
del otro mundo cruzar al nuestro. Teniendo en cuenta la
crueldad de los homónimos, era muy importante que pocos
lograran pasar al otro lado, el motivo era simple; no se podía
coexistir, y si ellos traspasaban la frontera, a diferencia de los
habitantes de nuestro universo, sabían muy bien qué tenían
que hacer para seguir con vida: Ir en busca de sí mismos, de su
otro yo, para colonizarlo, reducirlo y expulsarlo de su propio
cuerpo con el fin de quedarse con él.
En cuanto un migrante entraba en contacto físico con su
otro yo, el alma del colonizador abandonaba su envoltorio para
entrar en guerra con el alma del usurpado, quien, pillado por
sorpresa por la desinformación que te da el no saber, era
expulsado en la mayoría de los casos, por no decir en todos, de
su cascarón protector, pasando a lo que todos conocemos
como mejor vida.
Yo no conocía ningún caso de fusión donde el vencedor
fuera de nuestro universo. Los humanos no estaban preparados
para albergar tanta maldad y ser capaces de arrojarla, eran
absorbidos y despojados de sus cuerpos con facilidad.
Si un humano cruzara al otro lado de La Raya y buscara a
su homónimo, tampoco sobreviviría. En primer lugar, porque
su mundo era un sálvese quien pueda y, en segundo, porque a
ellos sí que se los aleccionaban desde pequeños sobre lo que
tenían que hacer.
No sabían vivir de otra manera que no fuera a vida o
muerte. Así que, una vez estaban aquí y habían expulsado el
alma del cuerpo colonizado, se convertían en criminales. Jack
el Destripador o Adolf Hitler fueron cuerpos ocupados, como
se llegó a descubrir.
Si en las noticias escuchaba aquella frase de «no entiendo
cómo pudo matar a su mujer y a sus hijos, si era una bellísima
persona», yo arrugaba la nariz porque conocía el motivo.
Habíamos fallado y uno de ellos se había colado en nuestro
universo.
Como las almas eran incapaces de coexistir, en cuanto las
dos personas confluían en un mismo universo, disponían de un
plazo máximo de ocho horas para fusionarse, transcurrido ese
tiempo, si el alma colonizadora no lograba entrar en el cuerpo
de la que quería colonizar, moría.
Así que si yo tuviera que dar un consejo a un humano que
se da de bruces consigo mismo, le diría que corriera, que no
parara y se alejara todo lo que pudiera hasta que el tiempo de
colonización hubiera transcurrido. Las posibilidades de
enfrentarse y salir vencedor eran ínfimas.
Las almas expulsadas no tenían posibilidad de regresar a su
cuerpo, perecían para siempre. Y a nosotros nos quedaba por
delante un trabajo muy arduo, batallar contra los colonizados,
darles caza y, si podíamos, devolverlos al otro lado antes que
matarlos. Aunque muchas veces era imposible y no quedaba
más remedio que la exterminación.
En los últimos tiempos, los que cruzaban solían ser mucho
más fuertes que los humanos y nos ponían en apuros.
Estábamos convencidos de que habían encontrado una fórmula
que triplicaba su fuerza, resistencia y tamaño.
Atraparlos y hacerlos regresar no era sencillo.
Entré en el local alterado, tenía un pálpito, daba igual que
el intuitivo fuera Moon, podía percibir que algo no iba bien en
mi manada.
Aquellos tipos se veían muy duros, que yo hubiera sido
arrojado contra una pared con tanta facilidad no era buena
señal.
Daba igual que no me hubiera convertido, no solía
hacernos falta, los licántropos, en nuestra versión humana,
teníamos activas nuestras capacidades a la mitad, para que no
se nos fuera de las manos y no llamáramos la atención.
Agucé la vista y me di cuenta de que tres de los cuatro
tipos se encontraban tumbados en el suelo, fuera de combate y
aparentemente sin vida. Al cuarto no se lo veía por ninguna
parte.
Moon estaba arrodillado en el suelo palpando el cuerpo de
Bastian, había sangre, solo esperaba que no fuera de él. Me
acerqué con cautela, a Selene tampoco se la veía, ¿habría ido a
buscar ayuda, o quizá tras el cuarto hombre?
—¿Qué ha pasado? —pregunté preocupado.
—Bastian está malherido, tengo que llevarlo a casa, es
grave.
Una fea herida se abría en el abdomen de nuestro hermano.
Apreté el ceño malhumorado al no haber podido evitarlo.
—¿Cómo es posible? —insistí sin dar crédito.
—Iban armados, eran muy fuertes y rápidos, ya viste lo que
te hizo el que ha logrado escapar, esto no me gusta… Está
pasando algo…
—Entonces, ¿uno ha escapado?
—Mi hermana ha salido tras él, deberías… —No hizo falta
que terminara la frase.
—¿Puedes con esto solo?
—Ve, ya he avisado para que vengan a buscar a Bastian.
No dejes que le pase nada a Sel.
—Haré todo lo que esté en mi mano. —Moon asintió y yo
olfateé el ambiente para seguir el rastro de la loba.
Capítulo 28
Sin noticias

Doce de la noche y sin noticias de Jared.


Miré la pantalla del móvil y ya había perdido la cuenta de
cuántas veces lo hice. ¿Cien? ¿Quinientas?
Estaba demasiado atacada para dormir. Lo ocurrido me
dejó muy exaltada, igual que a mis amigas. Teníamos un grupo
de WhatsApp que había estado echando humo hasta hacía un
rato.
Y eso que ellas no vieron lo mismo que yo, que alcé la
cabeza para ver a Jared estampado y a Selene convertida en la
rubia que aparece en Lady Bug cuando se transforma en Queen
Bee.
Me lo guardé. ¿Por qué? Pues porque en el fondo siempre
tenía una reserva de secretos, cosas que no me apetecía
compartir con todo el mundo, por muy amigos que fueran.
Según había leído, se trataba de una característica propia de
los escorpio, mi signo zodiacal. Éramos herméticos con
nuestra vida privada y desterrábamos a quienes traicionaban la
lealtad que les ofrecíamos.
¿Jared me había traicionado al no comentarme lo de
Selene? No, solo omitió parte de su historia personal y no
podía culparlo cuando entre nosotros solo estaba naciendo una
amistad. Además, había ganado muchos puntos extra
salvándome de situaciones de lo más poco habituales.
¿Cuál sería la próxima? Esperaba que no ocurriera en mi
fiesta de la piscina.
Abrí el WhatsApp solo para comprobar si aparecían las
palabras «en línea» y no me había llamado porque no le había
dado la real gana, o porque estaba pelando la pava con Selene.
Expulsé la imagen de ese par juntos, me hacía demasiado
daño.
Soñé despierta unas cuantas veces cómo sería nuestro
primer beso juntos. Ahora sabía que tendría que conformarme
con el que hoy me había dado en la mejilla, motivado por sus
ganas de que me largara y dejara de incordiar.
¿Cómo sería besar a un chico? Y añado, ¿cómo sería besar
a Jared? Seguro que increíble.
Claudia tampoco había besado a ninguno, decía que ella
practicaba con su propia mano, que cerraba el puño y dibujaba
una boca imaginaria en el pliegue que quedaba entre el índice
y el pulgar. Según ella, empezó con el espejo, pero se dio
cuenta de que era demasiado duro y no le permitía meter la
lengua.
¡Puaj! ¡Qué asco! Cuando lo dijo en el chat del grupo, se
ganó unas cuantas caras verdes.
Nos aseguró que lo hacía para que cuando Moon se lo diera
pudiera estar preparada.
¿Y para eso era necesario dejar el espejo lleno de babas?
Menos mal que su padre nunca la había pillado.
Yo pasaba, no me veía, me sentiría absurda, estampando mi
boca por superficies extrañas, tratando de indagar cómo son
los besos, así que mejor le dejaba las prácticas a Claudia.
Me mordí el labio. Mis ojos recorrieron con ansia los
números que se reflejaban en la pantalla, doce y cinco…
¿Y si no me llamaba porque pensaba que estaba dormida?
No sería extraño, nunca habíamos hablado de nuestros
horarios de sueño, aunque ¿en serio pensaba que podría pegar
ojo con lo preocupada que estaba? ¿Y si lo llamaba yo?
«Pues pensará que eres una pesada, siempre eres tú quien
lo llama e inicia las conversaciones». «¡Eso no es cierto!»,
protesté a la voz de mi conciencia, elevando las cejas ante tan
flagrante mentira. «Vale, puede que sí», la vi regodearse,
porque en mi cabeza la voz tenía una cara redonda, sonrosada
y con expresión de ya te lo advertí.
«Al final te cuelgan el cartel de acosadora», espetó. Apreté
el ceño con fuerza. «¡Pues mejor acosadora que morir con la
intriga!».
Marqué el número y esperé… ¿Había descolgado? Por el
sonido habría dicho que sí…
—¡¿Jared?! Soy yo, Elle.
—El número que llama está apagado o fuera de cobertura
en este momento… Bla, bla, bla…
Pulsé el botón para colgar con rabia. ¿Había apagado el
terminal para no contestarme? Me di la vuelta y hundí mi
rostro en la almohada con ganas de gritar. Sonó el aviso de
mensaje entrante y no pude evitar abrirlo, ¿y si era de Jared?
¿Cómo era posible que Nita supiera todo eso? ¡Si ni ella ni
Rache estuvieron en el local! O por lo menos yo no las vi.
¡Increíble! Ver para creer, lo que se le escapaba a la reina
del chisme era que el interés de Jared por mí era una pantalla
de humo para ocultar lo suyo con Selene. ¿Qué cara se le
quedaría a la reina chismosa si se diera cuenta de que la base
de sus publicaciones era una burda mentira?
Iba a guardarme ese as en la manga por si necesitaba
restregárselo.
Miré el Instagram del grupo, alguien había subido unas
fotos del concierto, en una de ellas, la cámara captaba a la
perfección los ojos de Jared enfocando los míos. Casi parecía
real… Hice una captura de pantalla y la amplié. Viendo esa
imagen, yo también creería a Nita Ferrer.
Intenté marcar su número de nuevo obteniendo el mismo
resultado de antes, la voz del contestador diciéndome que
pasaba de mi culo. Lo sé, soy patética, pero ¿qué le voy a
hacer? En el fondo, estaba muy preocupada, así que, aun a
riesgo de convertirme en la acosadora del cuento, decidí
enviarle un wasap un buen rato después.

Imagino q estarás liado y se te habrá


olvidado q me habías dicho q me llamarías, pero…
Mi loca paranoica interior está preocupada,
con un estoy OK me conformo.
Porque… stas bien, verdad?
12:45
Por cierto el concierto fue brutal.
Mis amigas te dan las gracias.
Espero que estés bien, en serio.
12:47

No escribí más, a la una y media se me cayeron los ojos y


el móvil de la mano, con la foto de nuestra mirada cómplice
ocupando toda la pantalla. No hablaría con él esta noche, pero
soñaría con Jared todo lo que me diera la gana.
Capítulo 29
Toc, toc, ¿quién es?

«¡Elle!».
El bocinazo que dio mi madre provocó que me cayera de la
cama. Ni siquiera me dio tiempo a decir auch.
—¡Elle! —volvió a insistir.
¡¿Es que no podía avisarme como una persona normal?! Ya
no pido que venga como una madre amorosa, abra la puerta
con sigilo y me despierte con suavidad, solo que no necesite
asistencia sanitaria para salir de mi cuarto. ¡Menudo porrazo!
Me arrastré a cuatro patas, intentando aliviar mi trasero y
deslicé la hoja corredera para asomar la cabeza.
—¿Qué? —grité.
—Abre la puerta, estoy en la ducha. Tu hermano ha salido
al parque y tu padre debe estar con los cascos puestos en el
garaje y no se entera. —El timbre volvió a irrumpir con
impaciencia—. ¡Corre! Que estoy esperando un pedido de
libros de Amazon, y mis lectoras no se pueden quedar sin
ellos.
Creo que bajé los escalones de dos en dos, y digo creo
porque ni recuerdo llegar a la puerta, lo que sí recuerdo fue el
fogonazo de luz cegadora que me impidió ver al repartidor de
Amazon y lo suplantó por una visión borrosa de Jared, con el
que no había dejado de soñar.
Ojalá fuera siempre así, que viera a todos los hombres con
su cara…
Intenté recuperar las córneas, pero el resplandor me lo puso
difícil, ¿dónde estaban las nubes cuando se las necesitaba?
—¿Traes los libros de mi madre? —pregunté sin dejar de
frotar mis ojos, abriendo la puerta de la cancela.
Ni siquiera me había mirado en el espejo con las prisas de
abrir y que el repartidor no se marchara.
—¿Qué libros? Elle, ¿estás bien?
Aquella voz… No, no, no, no, no. Era imposible, ¿verdad?
Volví a refregar los dedos por los párpados hinchados y recé,
bueno, miento, que no me sé ningún rezo; más bien supliqué
que no fuera él quien me estuviera viendo con aquel pijama de
Stich devorando galletas, mis zapatillas a juego, que cada vez
que daba un paso se les abría la boca, y el pelo hecho un
desastre.
—Elle… —insistió y a mí me salió cerrarle la puerta en las
narices después de lanzar un grito desgarrador y encerrarme en
casa.
No podía ser, era un sueño, Jared no podía estar ahí fuera y
yo con estas pintas. Probé a darme un bofetón y solo conseguí
que se me calentara la mejilla.
—¡Elle! ¿Qué pasa? ¿Has gritado? —Mi madre salió
envuelta en una toalla del baño, con el pelo lleno de jabón,
armada con el bote de laca, como si fuera de spray pimienta, y
permanecía asomada por la pasarela de cristal.
—¡Por Dios, mamá! ¡Métete en la ducha!
—Pero ¡si has gritado! —¡Como si no lo supiera!
El timbre volvió a sonar y oí la voz de Jared llamándome.
«Que no lo oiga, que no lo oiga», crucé los dedos. Porque si lo
escuchaba, era capaz de hacerlo pasar e invitarlo al desayuno.
—Elle, ¿qué pasa? ¿Quién está ahí fuera?
—Era un misionero, están buscando gente para ir a África,
ya le he dicho que no nos interesa, que aquí no creemos, pero
es insistente…
—¿Un misionero? ¿Aquí? —Me encogí de hombros.
—¡Elle! —Mi nombre tronó con fuerza.
—¿Le has dicho tu nombre? —preguntó mi madre
alucinando.
—¡Vale, no es un misionero! Es un chico de mi clase, pero
como comprenderás, no puedo salir con estas pintas, casi me
muero cuando me ha visto así.
—¿Un chico? —Ahora sí que tenía toda su atención. A mi
madre se le iban a salir los ojos de las cuencas y el corazón del
pecho.
—Ni se te ocurra decir o hacer nada al respecto —le
advertí sonrojada.
—No se me ocurriría, pero si no le abres la puerta, va a ser
peor. No te preocupes por tu aspecto. Ese pijama te sienta de
maravilla y a los chicos suelen gustarles las chicas naturales,
alborótate un poco el pelo hacia abajo y listo. —La miré como
si tuviera tres cabezas en lugar de una—. ¡Hazlo!
Me vi poniéndome cabeza abajo, agitando la melena y
recuperando mi postura como si saliera de un anuncio de
champú.
—Perfecta, y, ahora, sal antes de que tu admirador tire la
puerta abajo.
—¡No es mi admirador!
—Pues lo que sea. Sal, no parece tener ganas de marcharse
sin hablar contigo, y si sigue llamando con tanta insistencia, tu
padre también va a enterarse de que un chico ha venido a ver a
su niñita… No te lo recomiendo.
Aquel era el empujón que necesitaba para regresar al lugar
que había abandonado. Lo hice con la cara cargada de
vergüenza y la necesidad de que la tierra me tragara.
Jared seguía ahí. Con el casco de la moto colgando del
brazo, el pelo despeinado y la misma ropa del día anterior.
Esperando con paciencia a que abriera otra vez. Qué remedio,
lo hice, con mi sentido del ridículo más pisoteado que nunca.
¿Por qué no se había cambiado? ¿Qué hacía plantado en mi
puerta con aquella mirada intensa? ¿Cómo había averiguado
dónde vivía? Demasiadas preguntas sin respuesta. Era mejor
que empezara por la primera.
—¿Qué… Qué haces aquí? —Se frotó el pelo.
—Acabo de leer tu mensaje.
—¿Ahora?
—Hace cuarenta minutos. Me quedé sin batería, y en
cuanto he enchufado el móvil y lo he encendido, me he dado
cuenta de que tenía un wasap tuyo y unas cuantas llamadas
perdidas. —Ahora sí que debía pensar que era una psicópata
acosadora—. He venido directo.
—¿No has dormido? —negó.
—Fue una noche movida. No he podido hacerlo.
—¿Cómo has dado con mi casa?
—Si tenemos en cuenta que en tu Instagram hay una foto
de la fachada, y algunas imágenes del parque de delante, en el
que ya había estado —puntualizó—, no me ha costado
demasiado. Deberías ser más cuidadosa con tus redes sociales,
das demasiada información vital y podrías tener un susto.
No sabía dónde clasificar mi estado emocional. ¿Estaba
contenta de verle? ¿Cabreada porque en mi cabeza había
pasado la noche en vela de fiesta con Selene? ¿O avergonzada
por mis pintas y mi falta de discreción en cuanto a mí misma?
Será que mis padres o la tele no alertaban de ese tipo
de cosas.
—Yo… Em… No sé qué decir…
—Pues yo sí —dio un paso hacia mí, recorrió el espació
que nos distanciaba y me abrazó, envolviéndome en su calor
—. Estoy bien —susurró cerca de mi oreja—, gracias por
preocuparte.
¿Podía derretirme? Porque estaba pasando de sólido a
charco.
—¿Quién es este? ¿Y por qué te abraza? —Mi hermano era
el que realizaba la pregunta sacando medio cuerpo por la
cancela. ¡Madre mía, con lo chivato que era!
Jared me soltó y se dio la vuelta hacia él.
—Hola, soy Jared, un amigo del instituto de Elle, pasaba
por aquí y he venido a saludarla. Tú eres Carlos, ¿verdad?
Eso pilló por sorpresa a mi hermano, que se hinchó como
un pavo al ver que sabía su nombre.
—Sí.
—Elle me ha hablado mucho de ti, dice que eres un crack
de los deportes. —Carlos nos miró a uno y a otro sorprendido.
Puede que hubiera mencionado por encima a mi hermano y
le dijera a Jared que siempre nos estábamos pinchando, que
era un culo inquieto que no dejaba de practicar sus llaves de
artes marciales, además de salir al parque a jugar al fútbol con
los vecinos. Él mismo sacó el resto de conclusiones.
—Sí, no se me dan mal. Salgo a papá, que fue entrenador
personal. Tú también estás muy fuerte y tu moto es muy chula.
—Me gusta entrenar, quizá algún día podamos hacerlo
juntos y después te monte en la moto y demos una vuelta. ¿Te
gustaría?
—¡Eso sería genial! —Los ojos le brillaron. Sus amigos
vocearon su nombre desde la acera de enfrente. Él cogió la
botella de agua que solía dejar en la entrada, le dio un trago y
nos sonrió—. Tenía sed. Oye, ven cuando quieras y hacemos
lo que has dicho.
—Hecho, ya le diré a Elle que te avise.
—Guay. —Mi hermano asintió, se acercó a Jared, le chocó
el puño y se fue dando saltitos. Sin gritos, sin pullas.
—Alucinante… ¿Qué has hecho con mi hermano?
—Tengo buena mano con los críos. Por cierto, me mola
mucho tu pijama, te sienta muy bien, soy muy fan de Stich.
—¿En serio?
—¿Que estás guapa o que me mola Stich? —preguntó
juguetón.
OK, de charco estaba pasando a antorcha porque las
mejillas me ardían.
—No hace falta que digas cosas que no piensas, somos
amigos y sé que estoy hecha un desastre.
—¿Estás de coña? Ayer estabas preciosa, pero el atuendo
de hoy no tiene nada que envidiar. Me gustas te pongas lo que
te pongas, Elle.
Si seguía diciéndome esas cosas, iba a evaporarme.
Necesitaba poner los pies en el suelo y hacerle ver que era
innecesario esta especie de coqueteo insano, no podía hacerme
más falsas ilusiones, no era justo.
—Jared, en serio, no hace falta que sigas con este juego. De
hecho, te rogaría que no siguieras por ahí, me incomoda. —Él
me miró extrañado.
—Creía que te gustaba…
—No, prefiero la sinceridad y la amistad entre nosotros, sin
estos tonteos que no van a ir a ninguna parte, así que te
rogaría, encarecidamente, que dejaras ir al ligón de playa y
que regrese mi compañero de clase.
Mi reflexión pareció descolocarlo.
—No te comprendo.
—Eso es porque estás muerto de sueño y necesitas
descansar. Te agradezco que hayas venido hasta aquí para que
pueda ver que estás entero, aunque con una llamada me
hubiera bastado. Ahora es mejor que vuelvas a casa y
duermas.
—¿Me estás pidiendo que me vaya?
—Exacto. No quiero sonar descortés, lo hago por tu bien,
necesitas dormir después de una noche en vela. Te lo digo
porque eres mi amigo y te aprecio.
—¿Me aprecias? —musitó con una expresión que se me
antojó adorable.
—Ajá.
—¿Y no tienes preguntas sobre lo que viviste ayer? —
cuestionó incrédulo. A estas alturas de la película, ya sabía que
era de naturaleza curiosa.
—Por supuesto, muchas.
—Pues yo había venido con la intención de darte
respuestas.
—Me parece genial que te apetezca hablar y te tomo la
palabra, es solo que ahora no es el momento, ni el lugar. —
Miré hacia mi casa—. Tengo planes con mis padres y, como te
he dicho, tú deberías acostarte. Lo mejor es que lo dejemos
para el lunes y hablemos en clase.
—No me había imaginado este encuentro así. —Parecía tan
descolocado que la que tuvo ganas de hacerlo pasar, invitarlo a
desayunar y que diera una cabezada en el sofá fui yo.
No lo hice, porque lo mejor era poner cierta distancia entre
nosotros, la mínima para que yo pudiera mantener la cordura y
no verme yendo al baile de fin de curso cogida de su mano.
Lancé un suspiro y respondí a su observación.
—Los seres humanos solemos crearnos falsas expectativas,
y cuando nos damos de bruces con la realidad, nada era como
lo que imaginábamos. Vete a dormir.
Su mano se alisó la parte de atrás del pelo y yo le mostré
una sonrisa amistosa. Se puso el casco y dio por concluido
aquel encuentro extraño.
—Entonces, nos vemos el lunes en clase. —Asentí—.
Cuídate, Elle, y pásalo bien con tus padres.
—Gracias, lo haré, y tú ten cuidado en la carretera, que
aquí conducen como locos. —Él movió la cabeza
afirmativamente y me ofreció un cabeceo final antes de
montarse en la moto y arrancar. Tenía todo el fin de semana
para asumir que lo nuestro no iba a pasar de ser una buena
amistad.
Capítulo 30
La gran colonización
Jared

Desorientado y de malhumor.
Así estaba después de pasar la noche en blanco intentando
dar con Selene y el migrante, y terminar en la puerta de Elle
dándome calabazas. Me había dicho que estaba cansada de mi
actitud, que me fuera a dormir y que solo éramos amigos. Pfff.
Di gas a la moto y no me detuve hasta llegar a casa, puede
que me excediera de velocidad en algún punto del camino, si
hubiera sido de noche, me habría despojado de la ropa,
convertido en lobo y puesto a correr sin descanso para liberar
la tensión que se me acumulaba en cada maldita partícula de
mi ser.
¿Tan mal había interpretado las señales? Pensaba que yo le
gustaba, que lo nuestro era recíproco, de hecho, cuando un
lobo captaba el aroma de su ta misa, se suponía que a ella le
ocurría lo mismo. Que la conexión era mutua.
¿Y si con las humanas era distinto? ¿Podría darse el caso
de un amor no correspondido? ¿O quizá se había asustado con
todo lo que había visto?
Mi intención fue la de no guardarme nada, explicarle con
tiento todo lo relativo a nuestro mundo y que se fuera
familiarizando con él, sin sobresaltos, para que no se
convirtiera en un hecho traumático. Sin embargo, no pude
abrir la boca porque, antes de empezar a decir nada, ella ya lo
había dado por zanjado.
¿Y si Selene tenía razón? ¿Y si Elle no estaba dispuesta a
ser uno de nosotros y yo me había montado mi propio cuento
en el que Caperucita se enamoraba del lobo y en lugar de eso
le clavaba un puñal en el pecho?
Tenía más preocupaciones que lamer las heridas de mi
corazón roto. Con la que llevábamos encima, no podía estar
perdiendo el tiempo con falsos enamoramientos.
Me había pasado toda la puñetera noche rastreando,
mientras uno de mis camaradas se debatía entre la vida o la
muerte. Bastian era un miembro importante en mi manada y
ayer, mientras me ocupaba de que Elle saliera sin un rasguño,
le fallé.
Moon y la señora Loup se encargaron de atenderlo cuando
ella misma vino con el coche a por él. La herida era grave, por
lo que lo trasladaron y atendieron con urgencia. Cuando llegué
esta mañana a casa, permanecía sedado.
En el sótano de la propiedad de los Loup había un hospital
para licántropos. La pareja de vida del señor Loup, Tasya, era
quien se encargaba de los que llegaban en peor estado, era una
gran cirujana de los de nuestra especie.
Así fue como conoció a Jerome, cuando ambos fueron
llamados para ayudar en un ataque muy virulento que dejó
fuera de combate a un gran número de los nuestros. Tuvo lugar
en Notre Dame, París, uno de los puntos calientes de La Raya.
Desde que se conocieron en el hospital de la familia de
Jerome, no se volvieron a separar.
Nunca procrearon, Tasya no podía. Fue capturada de
pequeña y le extirparon los ovarios, lo hicieron con un grupo
de lobas a las que un migrante secuestró y mantuvo encerradas
en un sótano. Les hizo mil y un experimentos. No las mató,
pero sí las incapacitó de por vida. Por eso los Loup, quienes,
pese a todo, tenían un fuerte instinto paterno-maternal, se
ocupaban de criar a lobos huérfanos otorgándoles su
protección y apellido.
—¿Cómo está? —pregunté, apostado en el marco de la
puerta que daba a la habitación en la que se recuperaba
Bastian.
Moon giró el rostro hacia mí.
—Fastidiado, pero se repondrá. ¿Has dado con Sel?
Mi amigo estaba nervioso, lo sabía por el modo en que
hacía crujir los dedos. Cuando Moon estaba angustiado, era
algo que repetía constantemente.
—No, les perdí el rastro en el Baptisterio.
—¿A los dos?
—Sí.
La noticia no era buena. No necesitaba añadir nada más
para que Moon captara que el único motivo por el que hubiera
podido dejar de captar a su melliza y al migrante era porque
ambos hubieran cruzado al otro lado.
—Lo siento. —Mi amigo negó.
—Estará bien, mi hermana es una loba fuerte.
—Sin duda. Si alguien es capaz de cruzar y regresar, esa es
ella. Hay que tener fe. —El rubio asintió y volvió a fijar la
vista en el cuerpo inmóvil de Bastian. Caminé hasta ellos y me
senté en la cama.
—Eh, tío duro, si querías unas vacaciones en una cama
caliente, solo nos lo tenías que decir, no dejar que te abrieran
en dos como a un Kinder Sorpresa —mascullé, apretándole el
muslo a mi amigo. Esperaba que pudiera escucharme, Bastian
siempre valoraba mi humor.
Era un lobo callado, lo que no significaba que no le gustara
echarse unas buenas risas. Muchas veces habíamos reído a
carcajadas hasta lograr dolor de mandíbula.
—Lamento interrumpir, pero Jerome quiere hablar con
vosotros. —Era Tasya la que acababa de entrar en el cuarto—.
He preparado el desayuno para que repongáis fuerzas, ambos
necesitáis descansar y Bastian no va a moverse de aquí, por
ahora.
Su pelo, casi tan claro como el de los mellizos, ahora
estaba teñido de negro y corto a la altura de los hombros,
desde su última visita a la peluquería.
Era alta, delgada, inteligente, de carácter afable y muy
atractiva, sobre todo, por sus iris del color de las violetas.
Moon y yo nos levantamos y la seguimos hasta el comedor
sin rechistar. Encima de la mesa, donde cabían unas doce
personas sin problema, había una bandeja de fruta fresca
recién cortada, huevos escalfados, jamón braseado y rodajas
de pan que todavía olían a leña.
—Servíos, yo voy a atender a mi enfermo.
Antes de marcharse, fue hasta Jerome y lo besó como
hacen las compañeras de vida, con pasión.
Los lobos no éramos nada pudorosos a la hora de mostrar
nuestro afecto en público, es más, nos gustaba regodearnos en
el amor que sentíamos por nuestra ta misa. Lo lucíamos con
orgullo y gozábamos de sabernos amados.
Ojeé aquel festival para los sentidos. No tenía demasiada
hambre y, sin embargo, me llené el plato por no hacerle un feo
a Tasya. Cuando esta se marchó, los ojos color avellana del
señor Loup se fijaron sobre nosotros.
—¿Y bien? ¿Podéis explicarme por qué Bastian está herido
y Selene desaparecida?
Ponerlo al corriente era cosa mía, para eso era el líder.
Detallé con pelos y señales lo ocurrido, desde que salí del
camerino hasta mi persecución por la ciudad que me llevó a la
mismísima Alhambra, o más bien a los túneles secretos que la
conectaban con el Baptisterio.
Existía cierta rumorología popular sobre la existencia de
los túneles, algún custodio que se fue de la lengua en el pasado
los había puesto en el punto de mira de los curiosos. Por
suerte, nadie pudo dar con ellos, y es que lo evidente, a veces,
se convierte en el tesoro más oculto.
Si el migrante había llegado a ellos y logrado descodificar
los acertijos que hacía que se abrieran, era muy mala señal. Ya
no se trataba de que un custodio pudiera haberse ido de la
lengua, sino que alguien del otro lado también lo había hecho
y los migrantes ahora tendrían más puntos por donde entrar y
salir sin ser vistos.
Jerome estaba concentrado en mis palabras. Tenía las
manos cruzadas bajo la barbilla y le daba vueltas a los
pulgares mientras me escuchaba.
—No me gusta —concluyó cuando terminé.
—A mí tampoco —confesé, sin haber tocado ni uno de los
alimentos que deposité en el plato, como si fuera una obra de
ingeniería, ordenados por colores y texturas.
—¿Tienes algo que añadir, Moon? —Desvió la atención
hacia mi amigo.
—Que pienso como Jared. Esos migrantes eran mucho más
fuertes y diestros en la lucha de lo habitual, para mí que al otro
lado están experimentando. Y si saben lo de los túneles, puede
ser terrible.
—Tengo que hablar con la Cúpula —apostilló Jerome.
La Cúpula era el consejo de licántropos que establecía las
normas de nuestra especie. Estaba formada por líderes de
todas las edades, sexos y con habilidades distintas, para que
hubiera paridad entre los gobernantes.
Tres hombres y tres mujeres eran quienes decidían y, en
caso de no ponerse de acuerdo, elevaban la decisión a pública
para que se sometiera a votación entre el resto de líderes de
manadas.
—¿Piensas que están preparando la gran colonización? —
lo planteé con temor, desde pequeños nos habían hablado de
ella casi como el Apocalipsis final.
Tenía miedo, ser valiente no estaba reñido con aquella
emoción.
El miedo era eso que te mantenía en alerta, en guardia. El
que te hacía cauto y que tomaras precauciones para plantear
las opciones más válidas.
No era tu enemigo a vencer, al contrario, se trataba de un
amigo al que hay que escuchar, comprender y saber llevar la
contraria cuando la elección estaba tomada.
—Puede que esté más cerca de lo que pensábamos.
Desayunad, tengo que marcharme. No cometáis ninguna
tontería en mi ausencia, permaneced unidos, cuidad de Tasya y
mantenedme informado sobre cualquier cosa que ocurra, por
nimia que parezca.
—Sí, jefe. —Solía llamarlo así cuando tomaba las riendas
de la situación.
Jerome pasó por detrás de la silla de Moon y apretó su
hombro.
—Volverá.
—Eso espero. —Mi amigo recibió unas cuantas palmaditas
antes de que el señor Loup desapareciera.
Nos obligamos a comer en silencio para que Tasya no se
hubiera tomado la molestia en vano. Los dos nos mantuvimos
pensativos, supongo que él planteándose si su melliza podría
haber perecido al otro lado o si, como esperábamos, fuera la
primera superviviente en volver.
Aunque no lo dijéramos en voz alta, ambos sabíamos que
Selene no estaba en este universo, se había colado por La Raya
y la única esperanza que teníamos era la fuerza que ostentaba
nuestra amiga-hermana.
—Voy a echarme un rato, tendrías que hacer lo mismo, tu
aspecto es de agotado —murmuré, limpiándome la boca y
recogiendo algunos platos.
—Lo haré más tarde, antes quiero ir a dar una vuelta.
—¿Solo? —Sus pupilas volaron a las mías. Aunque yo le
hubiera dicho que había rastreado a Selene por todas partes,
era lógico que Moon no quisiera darse por vencido.
—No pasa nada, puedo hacerlo.
—Te acompaño, total, dormir está sobrevalorado, vamos.
Capítulo 31
¿Qué es lo que es?

Miré al profesor con cara de poema; definitivamente,


odiaba la historia, y la clase de Patrimonio Cultural y Artístico
de Andalucía no era otra cosa que historia enmascarada y
embotellada en formato monumentos de nuestro entorno.
El tema de hoy era el famoso Baptisterio, un lugar
mediático, como mencionó el padre de Antonio, Elena y Fede,
por el que la tele se interesó en un pasado debido a sus
peculiares propietarios.
Nos dijo que esta semana nos centraríamos en él y que el
siguiente monumento sería el Torreón, como se lo conocía
popularmente, aunque era La Torre de Gabia Grand, de la cual
se había escrito un libro.
El profe comentó que apuntáramos el nombre, porque sería
una lectura obligatoria durante el curso y deberíamos hacer un
trabajo.
No sabía si dar gritos de alegría o llamar a mis padres para
darles las gracias. «Literatura e Historia conjugados en la
misma asignatura, pedazo de privilegio», pensé sarcástica.
El ojo se me distrajo momentáneamente hacia Jared.
Habíamos quedado en que el lunes hablaríamos sobre lo
ocurrido el finde, pero lo vi tan frío y distante que no supe ni
por dónde empezar, preferí aparcar el tema y él tampoco hizo
amago de acercarse a mí. Puede que fuera mejor así.
Selene no había vuelto a clase, tampoco Bastian, según
Jared, una recaída de su problema estomacal. Él parecía ser el
único que permanecía entero. Bueno, y Moon, del que Jared
no dijo que hubiera dejado de ir a la universidad.
El profe había comenzado a dar la explicación sobre qué
era el monumento, su descubridor y que la cosa no estaba clara
respecto a qué era.
—Pero, entonces, ¿qué es el Baptisterio? —cuestionó
Claudia, a quién sí le interesaban este tipo de cosas.

—Pues la verdad es que fue un gran asentamiento rural


romano dedicado a la explotación agrícola, una villa. Fijaos en
esta imagen. —El profe puso un dibujo en la pizarra digital—.
Según J. Cabré, encargado de su excavación en 1921, el
primer elemento visible de este yacimiento es una estructura a
modo de amplia galería o pasillo, un criptopórtico, donde se
sitúa en la actualidad la entrada y se pierde su alcance. Hoy en
día, no está como en el dibujo, más bien en un precario estado
de conservación —explicó a título personal.
Alcé la mano.
—¿Sí, Silva?
—¿Qué es un criptopórtico?
No es que me apasionara su explicación, es que me parecía
la típica pregunta de examen y, como se suponía que la
mayoría de mis compañeros eran de por aquí, seguro que ya se
sabrían la respuesta.
—Me alegra que hagas esa pregunta. Esta palabra es una
composición de cripta, proveniente del griego, y de porticus,
del latín, que fue utilizada por Plinio el Joven en algunos de
sus epistolarios de inicios del siglo II dC. —Ay Dios, ¿había
dicho Plinio? ¿Y ese quién era?
—Em, disculpe, no lo comprendo —lo interrumpí. No me
daba vergüenza reconocer si no sabía algo, no aprende el que
puede, sino el que quiere.
—Digamos que es una galería o corredor cubierto, un
semisubterráneo, donde se asentarían parte de las
dependencias de una gran vivienda o monumento. En él es
donde se han centrado la mayoría de investigaciones. Sobre
todo, para desmentir al mismísimo Cabré sobre si el lugar era
o no un Baptisterio.
—Un momento, entonces…, ¿es o no es lo que se supone
que debería ser?
El profesor emitió una carcajada, mi mente analítica me
impedía razonar lo que estaba contando. Sentía los ojos de
Jared puestos en mí con interés.
El calor de su mirada ya me estaba afectando, como
siempre, y mi cuerpo comenzaba a reaccionar de manera
involuntaria, daba igual que no quisiera pensar en él, lo
percibía en todas partes.
—Pues, verás, es que no queda nadie vivo de esa época
para preguntar.
La respuesta del profesor hizo reír a toda la clase y a mí
sentirme un poco avergonzada.
—Para Cabré lo era —acusó Jared, saliendo a mi rescate. A
ese paso, para su cumple le compraba una capa.
—Sí, pero para nadie más —anotó el profe—. Para
empezar, H. Schlunk, quien lo investigó a posteriori, aportó
toda una serie de razones por las cuales no podía ser lo que
Cabré decía, como que los baptisterios suelen estar al mismo
nivel que las iglesias o que se hallaron tuberías de barro,
presentes en muchos otros lugares de épocas anteriores a la
que se le suponía que era la bizantina. Además de que no
encontraron entre los restos ningún rasgo cristiano.
Sospechoso, ¿no crees?
—Usted lo ha dicho, a su juicio… —volvió a apostillar
Jared con insistencia.
—Por supuesto, pero el investigador granadino Manuel
Gómez-Moreno Martínez siguió la misma línea de Schlunk, y
alegó que no había nada que apoyara la adscripción de
baptisterio paleocristiano a la estructura descubierta. Él
defendía que era un hipogeo de una villa romana, o tal vez un
conjunto religioso, no estaba seguro.
—¿Y usted qué cree? —Jared era de lo más incisivo y
persistente. Estaba acaparando la atención del profesor y del
resto de la clase.
—Yo creo que se debería seguir adelante con la excavación
y que nos sacara a todos de dudas. Hay muchas más teorías,
para el profesor Pedro de Palol era una estructura
perteneciente a unas termas, dado el hallazgo de una pequeña
piscina o ninfeo octogonal cuya posición de la tubería daba a
entender que se trataba de ello. —Solo con los términos que
utilizaba, ya me estaba perdiendo. Necesitaba aclararme.
—Entonces, ¿qué debemos responder cuando nos pregunte
en el examen? —A mí eso era lo que más me preocupaba, no
entrar en el debate sobre si se trataba de una cosa o de otra…
—Citaré al mismísimo Palol para responderte: «Quede,
pues, este maravilloso monumento como una sugestiva y
atractiva incógnita de nuestros primeros siglos del
Cristianismo».
¿Una incógnita? ¿Esa era la respuesta correcta? ¡Dios, que
yo era de ciencias! Necesitaba más datos para poder aislarla y
darle solución al problema.
¿Es que ese hombre no podía darme algo más exacto que
vomitar en el examen y listo?
—No se preocupe, señorita Silva, les pasaré toda la
documentación por escrito para que pueda sacar sus propias
conclusiones.
—Es que yo no quiero mis conclusiones, necesito las que
me hagan aprobar el examen. —El profe volvió a sonreír.
—Ya se dará cuenta de que en la vida no todo se basa en
una buena nota, sino en encontrar el camino y este, aunque no
lo crea, pasa por nosotros mismos y nuestra hambre de
sabiduría.
Pero ¡¿de dónde narices habían sacado a este hombre?! Yo
de lo único que tenía hambre era de los espaguetis con tomate
y extra de queso que habría preparado mi padre para comer.
Tenía ganas de tirarme de los pelos, giré el rostro hacia el
pupitre de Jared y lo descubrí sonriendo. Seguro que se partía
por mi cara de desesperada.
¡Pues a mí no me hacía ni puñetera gracia! Que si no
entendía bien los conceptos, iba a sacar un cero. ¡Maldita
asignatura!
El profe llamó a Claudia a su mesa para que repartiera el
dosier que había preparado. Una vez lo tuvimos, explicó que
tendríamos un examen la semana siguiente para ver si
habíamos asumido bien los conceptos. Que lo fuéramos
leyendo y que el viernes resolvería las dudas que nos pudieran
haber quedado.
El timbre sonó, era la última clase del día y estábamos a
miércoles, no es que tuviera mucho tiempo por delante,
teniendo en cuenta mis actividades extraescolares y la fiesta
del sábado. Quería morir.
Aplasté la frente contra la primera hoja que quedaba
expuesta sobre la mesa.
—Me parece que ese método de estudio no te va a
funcionar. —Ahí estaba Jared con su tono jocoso. Volteé mi
cara sin despegarla del papel.
—Quién sabe, si mis poros son capaces de captar la
contaminación del ambiente, ¿por qué no va a ocurrir lo
mismo con el dosier del Baptisterio?
—Pues porque si te pasara lo mismo, tu preciosa cara se
convertiría en un gigantesco punto negro. Y esa sería una gran
pérdida para todos a quienes nos encanta admirarla.
Muy bien, mi rostro no se convertiría en un punto negro,
pero estaba segura de que sí en una cereza en almíbar.
Puse las palmas de mis manos acaparando toda la
superficie posible de piel, intentando disimular los calores que
me brotaban por el cuerpo.
—Elle, si necesitas que te ayude… A mí se me da muy
bien esta asignatura. —Separé un poco los dedos y lo miré
entre ellos. ¿Era buena idea quedar con Jared para estudiar?—.
En serio. Podríamos ir a tu casa o a la mía y te explico lo que
no entiendas, yo ya he tenido este profe antes y sé lo que le
gusta que respondas. —No le di una contestación porque nada
más imaginarnos en los lugares que había dicho, el primero,
rodeada de mi familia, y el segundo, con Selene tratando de
aniquilarme, es que no me apetecía…
—No sé… —Debió captar mi malestar porque hizo un
replanteamiento.
—Mira, mejor quedemos en terreno neutral, ¿qué tal en la
biblio?
—¿La del pueblo?
—La que tú quieras, esta o la pública de Granada, a mí me
da igual, que voy con la moto.
—Pues… si no te sabe mal, prefiero la de aquí. Con las
clases de ballet y los deberes que nos mandan, no me queda
mucho tiempo libre, así que…
—Perfecto, no se hable más. ¿Mañana? —preguntó
esperanzado.
—Sí, vale, bien…
—A eso de las… ¿seis?
—Me va bien —musité.
—Genial. Pues prepárate que como profe particular soy
implacable. Que pases una buena tarde, Elle. —Jared me
ofreció uno de sus guiños y se marchó silbando.
—Tú también —respondí sin estar segura de haber hecho
bien.
Capítulo 32
La biblioteca
Jared

Le había dejado espacio. Mucho más del que yo mismo


creía poder resistir.
Tres días llameando por dentro para que Elle pudiera
aclararse.
Estuve hablando con Jerome, pues estaba preocupado de
que ella pudiera no sentir lo mismo por mí. Me dijo que no
conocía ningún caso en el que el lobo interior encontrara su ta
misa, fuera licántropa o humana, y no fuera correspondido.
No iba a ser yo el primero que tuviera esa mala suerte, ¿no?
El examen sobre el Baptisterio me lo había puesto a huevo
y no era de los que desaprovechaban oportunidades.
Bastian ya estaba mucho mejor de su herida. Los
licántropos teníamos una capacidad de recuperación excelente.
Si permanecía en casa, era más bien porque estaba intentando
encontrar respuestas sobre lo que podría haberle ocurrido a
Selene. Que no hubiera regresado todavía no era buena señal.
¿Y si había muerto al otro lado?
Moon estaba destrozado, decía que no la sentía, que notaba
como si su vínculo se hubiera roto. Yo lo achacaba a la
distancia interdimensional, era lógico que, una vez saltada la
barrera que suponía La Raya, dejara de percibirla.
Veía en su mirada sus ansias de cruzar, de ir a por ella, y
sabía que si no lo había hecho, era por respeto a la manada.
Una decisión así no podía tomarla solo. Selene tampoco
debería haberlo hecho, y si regresaba sana y salva, recibiría un
castigo por desobediencia. El salto al otro lado solía tener
como consecuencia el destierro y, aunque todos supiéramos
que el destino de Selene era formar su propia manada y ser la
única líder, había maneras y maneras.
Éramos pocos custodios y no podíamos permitirnos perder
muchos más por arrebatos pueriles.
Jerome regresó el martes de su reunión con la Cúpula, el
consejo se mostró preocupado ante la información que les
ofreció. Le pidieron que extremaran las precauciones. El
cabecilla de la facción de los Puros, Faddei Volkov, dio un
golpe sobre la mesa y exigió un cambio en la legislación.
Pretendía acelerar la procreación e impulsar la premisa más
importante de la facción, apareamiento entre Alfas y
prohibición de las parejas híbridas; según él, no encontraba
otra opción para que la raza se fortaleciera y poder seguir
custodiando La Raya sin preocupaciones.
Lo peor de todo era que algunos de los miembros del
consejo se lo estaban planteando con seriedad, y más después
de saber que los migrantes estaban mejorando sus capacidades,
poniendo en apuros a los habitantes de nuestro universo.
Aquello no era bueno. Que Volkov les hiciera creer que
aquella era su mejor opción. Uno de los estigmas de la historia
de la humanidad había sido ese, la creación de una raza única
y poderosa, sabía cómo terminaban esas cosas y no pensaba
apoyarlo si salía a votación popular.
Miré el reloj del móvil por tercera vez. Había llegado
quince minutos antes por los nervios, tenía tantas ganas de
estar con Elle, a solas, que la inquietud pudo conmigo. Tenía
un plan que esperaba pudiera funcionar.
A las seis menos cinco, la vi aparecer con paso apresurado.
Su pelo estaba recogido en una cola alta, llevaba una
sudadera de la NASA en color rosa claro, con las letras
brillantes en relieve y unas mallas negras. Me daba igual lo
que se pusiera, porque a mí lo que me gustaba era ella.
—Hola, ¿llego tarde? —preguntó apurada.
—No, qué va, soy yo el que se ha adelantado. —Su aliento
se disparó con alivio.
—Menos mal, es que estaba haciendo los ejercicios de
Lengua y se me fue el santo al cielo. —Fue decir lengua y de
inmediato mis ojos buscaron la suya que humedecía el labio
inferior. Apreté el gesto y controlé las ganas, su boca se veía
tan apetecible que me moría por besarla.
Me parece que se dio cuenta, porque la guardó de
inmediato. Había besado a unas cuantas chicas y, sin embargo,
nunca tuve esas ansias acuciantes por ninguna.
Tomé la puerta y la abrí para que se adelantara. Era mejor
que me serenara. Al pasar por mi lado, creí morir al aspirar de
cerca su aroma. Mi lobo interior rugió, exigiendo ser saciado.
Ella volteó un poco el rostro, me miró con dulzura y expulsó
un «gracias» que me hizo apretar las garras.
Una vez dentro, nos acomodamos en la primera mesa que
vimos libre.
—Me he traído los apuntes, no estaba segura de si los
necesitaríamos. ¿Tú no traes nada?
—Yo me lo sé todo, está aquí dentro. —Golpeé mi sien con
el dedo.
—¡Pues qué suerte! Ojalá a mí no me costaran estas cosas,
¿crees que si frotamos las frentes serías capaz de transferir tu
info a mi cerebro? —La sugerencia me hizo pensar en lo que
no debía. Apreté los ojos, noté el brillo de la transformación
oscilando en ellos.
Ella estaba bromeando, no hablaba en serio, y así tenía que
tomármelo.
La biblioteca no era muy grande, por fortuna, estaba menos
concurrida que de costumbre. Elle no echó cuenta a mi
silencio y se puso a sacar sus apuntes. La detuve tomando su
mano y me miró sin comprender.
—Para, que vas muy revolucionada…
—Lo que voy es justa de tiempo, y que no me entre lo del
Baptisterio me estresa…
—Yo haré que te entre, haré que te guste y que veas las
cosas de un modo muy distinto. —Su palma ardía entre las
mías. Me gustaba el calor que emanaba, tan acogedor que me
entraban ganas de transformarme, enroscarme y que me
acariciara el pelaje—. ¿Te gustan los animales? —pregunté de
sopetón. Ella pestañeó perpleja.
—¿Los animales? —Asentí, imaginando su cara al verme
en mi versión animal.
Había visto en redes que tenía un gato, no obstante,
necesitaba su confirmación.
—Pues para serte franca, y aun a riesgo de conseguir un
punto negativo a tus ojos, no. —La confesión me pilló por
sorpresa.
—¿En serio?
—Que no te gusten los animales está al mismo nivel de que
no te gusten los niños, es decir, socialmente mal visto. Se
presupone que a todo Dios tienen que gustarle, pero… ¿Y si
no es así? ¿Soy peor persona porque una mariposa me dé
miedo? —No sabía si reírme o angustiarme. ¿Una mariposa?
¿En serio?—. Es como las mujeres que deciden no ser madres
y el resto las apuñalan con los ojos. ¡No todos somos iguales!
Deberían respetarse las opciones personales de cada uno.
—Las mariposas no cuentan, son insectos…
—Da lo mismo, ponme un hámster sobre las piernas y
ganaría una medalla olímpica en salto de longitud, o de altura.
Su observación me hizo reír. Me gustaba que no callara ni
debajo del agua y tuviera opinión para todo.
—Entonces, ¿también eres de las que no quieren ser
madre?
Me estaban entrando sudores fríos. Que no le gustaran los
animales era un mal punto de partida, pero que no quisiera
tener una futura camada era un escollo de los grandes.
—El sábado cumplo dieciséis, claro que no quiero ser
madre.
—¿Nunca? —La voz me tembló. Los lobos teníamos el
sentimiento de paternidad y maternidad desde que nacíamos,
era innato en nosotros.
—Pues, hombre, quizá algún día, ahora mismo no es una
de mis prioridades. ¿Tú querrías tener hijos? Los chicos les
soléis tener bastante alergia a estas cosas.
—No se puede generalizar. Yo tengo muy claro que quiero
ser padre, aunque más adelante.
Ella me miró pensativa y se mordió el labio. Mi lobo rugió.
«No hagas esas cosas». La expresión de su cara demudó sin
previo aviso y fijó aquellos ojos del color del musgo en los
míos.
—Oye, no es que no me interese el tema de los bebés, los
animales y eso, pero… ¿esto tiene que ver con algo de lo que
vamos a estudiar? ¿O es que perteneces a alguna protectora u
organización de planificación familiar? No serás testigo de
Jehovah, ¿no? —Casi me desmonto de la risa.
—No, no se trata de eso. Tiene que ver más con conocernos
mejor. No sé, pensé que estaría bien que supiéramos cosas el
uno del otro antes de entrar en materia.
—Vale, pues no me gustan los animales, salvo en los
vídeos, y muero por mi gato.
—¿Tu gato no es un animal?
—Lo es, pero es mío, en casa todos tienen claro que si
alguna vez me mudo, Mr. Peanut se viene conmigo. ¿A ti te
gustan los gatos?
—Yo soy más de perros, ¿piensas que podría caerte bien
alguno?
—En alguna ocasión, he acariciado a alguno, aunque no
son lo mío.
—¿Y qué me dices de los lobos? ¿Te gustan? —Alcé las
cejas. Ella sonrió.
—¿Me preguntas por los que corretean en la montaña, los
de los cuentos, o por los integrantes de tu grupo? —Era aguda.
—Por los de la montaña, mi grupo ya sé que te gusta, en el
concierto cantaste todas las letras.
Sus mejillas se colorearon y se aclaró la voz.
—Confieso que lo hice para no sentirme fuera de lugar,
aunque vuestra música me encanta, ahora no dejo de
escucharos en cuanto llego a casa.
—Gracias.
—Pues respondiendo a tu pregunta, te diré que, hombre, los
del cuento buena fama no tienen, y que si un día me cruzo con
un lobo salvaje en plena montaña, o me come o sale huyendo
del grito que pego, y a mí me llevan en ambulancia. ¿A ti te
gustan?
—Me considero uno de ellos. —La miré intenso.
—Deberías tener cuidado, dicen que son un saco de pulgas,
así que yo de ti estaría yendo a por un collar al veterinario y
que te desparasiten. —Solté una carcajada tan fuerte que el
bibliotecario me mandó callar. Los ojos de Selene brillaban de
la risa contenida—. Por hoy, doy por terminada la ronda de
preguntas, sé que confías mucho en tu capacidad como profe,
pero espera a tenerme de alumna en algo que no me gusta…
Puedo ser desesperante.
—A mí no me desesperas, me generas mucha curiosidad,
no me canso de escucharte. Perdona si te has sentido
avasallada. —El sonrojo floreció en sus mejillas.
—No pasa nada, a mí también me gusta que hablemos.
—Recoge las cosas, nos vamos.
—¿Cómo que nos vamos? —cuestionó atragantándose.
—Tu mente es analítica, necesitas ver con tus propios ojos
aquello que no comprendes…
—¿Pretendes que vayamos al Baptisterio? —Asentí.
—Pero ¡si está cerrado!
—Hay maneras de entrar.
—¿Y si nos pillan?
—¿Y si sacas un diez en la materia? —contraataqué, dando
en su punto débil—. Vamos, quiero hacértelo sentir, es la única
manera de que asumas que hay cosas que pueden llegar a
gustarte más de lo que piensas.
La vi dudar. Elle era cabezota y sopesaba todas las
posibilidades antes de tomar una decisión.
—¿En tu moto? —Pensar en sus manos rodeando mi
cintura era algo en lo que me había estado recreando.
—Sí, ¿algún problema? —Si no aceptaba, podíamos ir
andando, aunque tardaríamos un poco más.
—Nunca he montado en ninguna.
—Conmigo harás cosas, verás cosas y sentirás cosas que
nunca has vivido. ¿Eso te asusta?
—Puede —confesó sin pudor. Me gustó que fuera sincera.
Alargué la mano y acaricié su mejilla con tiento.
—Te he demostrado en reiteradas ocasiones que puedes
fiarte de mí, que voy a protegerte y que si te digo que hagamos
algo en concreto, siempre es pensando en tu bien. Para mí eres
lo primero. —Sus labios se habían separado al notar mi roce
contra ellos. Era tan suave, tan adorable, que dolía—. Hay
muchas maneras de aprender, Elle, deja que te muestre la mía.
—Su curiosidad chisporroteaba sin artificios, le faltaba muy
poco para aceptar.
—Solo si me prometes que no sacaré menos de un diez y
que tienes otro casco.
—Ya te lo he dicho antes, vamos a por esa matrícula, y tu
seguridad va antes que la mía.
Su sonrisa centelleó. Recogió los apuntes que había sacado
y se levantó anillando los dedos a los míos.
—No perdamos más tiempo, profe.
Capítulo 33
¿Estudias o te bajas?

Estaba agarrando a Jared por la cintura. ¡Estaba agarrando


a Jared por la cintura! Y, encima, mi cuerpo aplastaba el suyo
sin que se quejara. Tuve que modificar el peinado para que me
cupiera el casco, eso sí, no obstante, no me importó.
Al principio, me monté con prudencia, salvaguardando las
distancias. Me hizo falta un simple acelerón para sentirme un
puñetero mosquito contra el cristal del coche. Si hubiera
podido fundirme más, lo habría hecho.
Noté una risa ronca rebotando bajo las palmas de mis
manos. Seguro que Jared pensaba que era una cría al
asustarme de aquella manera. No dijo nada. Me dejó
regodearme en su fuerza, en su control y, una vez me sentí
segura, pude disfrutar de la impresión del viento al golpear mi
cara, hasta que separé los labios, sonreí y un puñetero bicho
volador decidió entrar en mi boca.
Me puse a escupir como una loca, y me recordó al día en
que mi padre iba andando tranquilamente por la calle y se
tragó una mosca. Lo que me pude reír, y lo mal que lo estaba
pasando ahora.
—Elle, ¿todo bien? No te muevas tanto o te vas a caer —
me advirtió Jared.
—¡Acabo de tragarme un bicho con alas!
—Más proteína para el cuerpo —me dio una arcada.
—Me parece que voy a hacerme vegana.
—Mejor cierra la boca no vaya a venir su familia al rescate.
La posibilidad me horrorizó y apreté los labios el resto del
trayecto, que fue bastante breve.
Cuando llegamos a una especie de tierras de labranza sin
cultivo, Jared me ayudó a bajar y desabrochó la sujeción del
casco que quedaba bajo mi barbilla. Pude recrearme en su
cara, sin parecer una de esas locas obsesionadas por el
cantante de un grupo de rock. Era imposible ser más guapo
que él. Sus pestañas se veían tan espesas que parecía que las
llevara postizas.
—Cinco euros por tus pensamientos —murmuró,
pillándome de lleno. Me dio vergüenza reconocer que estaba
babeando así que hice lo que solía hacer cuando me ponía
nerviosa. Decir cualquier cosa.
—¿Llevas pestañas postizas?
—¿Yo?
—Las tienes muy tupidas, como las cejas. ¿Has pensado en
depilártelas? —Jared bizqueó, intentando encontrar un ceño
que apenas existía.
—No, ¿debería?
—Por mí están bien, además ahora se llevan gruesas.
Él pasó un dedo por el entrecejo.
—¿Estás diciendo que parezco la versión masculina de
Frida Kahlo?
—¡No! Me gusta cómo las tienes —suavicé.
—Si las ves muy mal, voy a buscarte unas pinzas.
—Ni en broma, lo de los pelos de las cejas es un vicio,
como las pipas, empiezas con uno y te las fundes. Hay muchas
mujeres que se las pintan porque se han quedado sin ninguno.
—Muy bien, entonces, me las quedo, le haré caso a la
experta.
—Yo tampoco me las hago —confesé—. ¿Ya hemos
llegado? —pregunté, fijándome en la tierra que me rodeaba.
—Así es, ¿ves esa bóveda que emerge del suelo?
—¿La piedra circular?
—Exacto. Ahí debajo está el Baptisterio.
—Tu entrada secreta no será bajar atados a una cuerda,
¿verdad? Que lo más parecido que he hecho a eso es tirarme
en tirolina.
—Dame el casco, Dora la Exploradora. —Extendió la
mano para que se lo entregara y meterlo bajo el asiento. El
suyo se limitó a colgarlo del manillar.
—¿Lo vas a dejar ahí?
—Nadie va a robarlo, y si lo hacen, solo has de ponerte a
gritar: «¡Swiper, no robes, Swiper, no robes!»
—Tonto —le arreé un manotazo divertida.
—No le digas eso a tu mapa…
—Se te ve muy puesto en esos dibujos.
—Todos tenemos un pasado —musitó sin vergüenza—. Y
va en serio, aunque parezca raro, todo el mundo sabe que esa
moto y ese casco son míos y nadie quiere problemas con los
lobos. La fama de los MENA nos precede.
—Eso ha sonado triste e injusto.
—Es lo que tienen las etiquetas, la mía es la de tío chungo
de barrio, cantante de rock marginado o migrante hijo de
ninguna parte. Puedes quedarte con la que prefieras.
—Yo no te veo así, a mí me pareces muy buen tío. —Una
risa cálida emergió de entre sus labios.
—Quizá solo te use y todo sea una cortina de humo —agitó
las cejas. Yo descarté la posibilidad de inmediato. Jared no me
haría eso.
Dejamos la moto y nos alejamos unos metros, el terreno
hacía pendiente y estaba cubierto de arena. Casi caigo en
plancha por un resbalón. Menos mal que ahí estaba mi
salvador para incrustarme contra su torso de cemento armado
y tomarme de la mano cuando mi corazón se desbocó.
Ya no sabía si mi alto índice de torpeza se incrementaba
ante su presencia o que él era mi criptonita.
Cuanto más nos acercábamos a las puertas de hierro
forjado, donde rezaba «Baptisterio Rojas» en un cartel que vio
mejores tiempos, más agitada me sentía.
El lugar daba un pelín de repelús, listo para grabar una peli
de zombis sorbecerebros. Estaba bastante abandonado,
cubierto de hierbajos y quedaba flanqueado por unas paredes
de ladrillo muy antiguo oculto a la vista de ojos curiosos.
¿Y si se derrumbaban y nos quedábamos ahí encerrados?
¿Y si nos pillaba otro terremoto?
No había nadie cerca para poder pedir auxilio, lo que me
generaba cierta inquietud. En realidad, no conocía lo suficiente
a Jared. ¿Y si era un pirado como el tío de la serie You? ¿O
pertenecía a una secta satánica y lo único que pretendía era
sacrificarme en uno de sus macabros rituales?
Dos manos presionaron mis hombros. Di un alarido y volví
a tropezar.
¡Maldita fuera mi estampa! Como siempre, él estaba ahí
para evitarle a mi madre el disgusto de tener que visitar al
dentista.
—Eh, tranquila. Este sitio puede llegar a impresionar. No
pasa nada, estoy contigo. —No quise decirle que ese era el
problema, que estar con él me hacía sentir extraña, patosa y
excesivamente atacada—. Voy a pedirte que hagas un acto de
fe. Cierra los ojos un minuto.
—¿Por qué? —«¿Iba a besarme?». Mi boca estaba que se
tiraba en plancha. Daba igual que Selene y él salieran juntos,
había llegado a un punto en el que mi atracción hacia Jared era
tan grande, tan primitiva, que lo demás dejaba de importar, y
dudo que hubiera podido resistirme.
—Porque si nos pillan, prefiero que seas ajena al acceso y
no te puedas chivar. Es por tu bien.
No tenía más remedio que obedecer. Apreté los párpados,
los labios y escuché un «buena chica» que me hizo mirar entre
las pestañas, con disimulo, para que no se notara que lo estaba
viendo.
Jared se aproximó a una de las paredes, lo vi contar
ladrillos, hasta que dio con el que buscaba y, simplemente, tiró
de él, lo movió y metió la mano para extraer un juego de
llaves. Cuando recolocó la pieza y lo tuvo en su mano, me dijo
que ya podía mirar. Agitó el llavero frente a mí.
—¿Tienes las llaves? Y yo pensando que se trataría de una
gruta secreta, presionarías la pared y se abriría una compuerta.
—Siento decepcionarte, hay veces que no es necesario
complicar las cosas. Los mejores escondites no suelen
necesitar exceso de camuflaje, igual que las caras bonitas
como la tuya.
Encajó la llave en la cerradura del candado que permitía
cerrar la puerta mediante una cadena gruesa, y esta chirrió. Su
coqueteo ya me había encendido de nuevo.
—No estaría de más que le pusieras un poco de aceite —
carraspeé. Él alzó los labios.
—Lo tendré en cuenta para la próxima vez que te traiga. —
Me guiñó el ojo—. Entra.
Di un paso y quedé al otro lado, él cerró el candado
dejándonos encerrados. ¿Próxima vez? Un momento…
¡Acababa de encerrarnos!
—Pero ¡¿qué haces?! —exclamé histérica.
—Tranquila, tengo las llaves, ¿recuerdas? Y no querrás
levantar sospecha.
Ante nosotros se desplegaba una galería oscura, como
había leído en los apuntes, de unos treinta metros de largo por
dos de ancho, y varias aberturas en las paredes que parecían
ventanucos tallados en piedra, carentes de vistas.
Jared se sacó una linterna de la chaqueta y alumbró la
estancia. Estaba vacía y sin altar para sacrificios. Solo se veía
una especie de cruz bajo una arcada de ladrillo. Respiré
tranquila.
—Dios, esto tiene pinta de que haya muchos bichos… —
argumenté, mirando las gruesas telarañas.
—Tranquila, dame la mano, si hace falta, me convierto en
asesino en serie de tarántulas y escarabajos. —Fue mentarlos y
me pegué a él como un trozo de slime lanzado contra la pared.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto, por ti, MA-TO. —Su alegato a lo Belén
Esteban me hizo sonreír.
Caminamos hasta situarnos en el final del túnel, donde un
haz de luz, parecido a un caño, alumbraba el centro de lo que
llamaban cripta. Caminamos alrededor de ella. Al fondo del
pasillo, se encontraban piezas de mármol, caliza blanca,
mosaicos y piedras de colores, no muchas, aunque,
seguramente, aquel paño había estado cubierto de ellas.
Formaban figuras geométricas, vegetales, animales y humanas.
—Mira, ¿ves esto que tiene forma de cruz? —me preguntó
Jared.
—Ajá.
—En realidad, era el bajante de una tubería que llegaba
hasta aquí —señaló el centro—, donde se creía que había una
pila bautismal, aunque muchos piensan que se trataba de una
fuente octogonal. Ahora solo queda la marca.
—¿Se la llevaron?
—Supuestamente. Se encontró una pieza que nunca se supo
dónde fue a parar, como muchos de los restos que se
albergaban en el interior de este sitio, ya sabes cómo es la
gente.
—¿Y esas escaleras? —Se veía con claridad que subían
hacia algún lugar.
—Pues por lo que se sabe, esta galería era una especie de
almacén para conservar comida o productos perecederos, se
cree que la escalera iba a una parte superior que daba acceso a
la villa romana. Esta zona central debería haber estado
cubierta por cerámicas, mármoles, teselas de colores, seguro
que en su época era un sitio bonito.
—Entonces, ¿no es un lugar religioso?
—No, más bien es de arquitectura civil, aunque algunos se
empeñen en decir lo contrario. —Me acerqué a los escalones y
Jared los enfocó.
—¿Te das cuenta de que aquí es como si bajaran? —
apunté, viendo uno medio enterrado.
—Sí, algunos decían que ahí debajo están los cadáveres de
más de quinientos romanos, que son una especie de
catacumbas. —Puso voz lúgubre. Abrí los ojos
desmesuradamente.
—¿Estamos andando sobre un campo de muertos?
—Bueno, nadie ha excavado por aquí debajo, así que a eso
no puedo responderte. No obstante, algunos dicen que si
escuchas con atención…, los oyes.
La puerta dio un golpe muy fuerte, yo chillé y me lancé sin
pensar contra los brazos de Jared, los cuales se cerraron a mi
alrededor como un cepo. Sonidos, crujidos y un ambiente
enrarecido se sumaron a mi fatiga por estar en un lugar como
aquel.
—Eh, Elle, tranquila, solo ha sido un golpe de viento y una
broma por mi parte —susurró, tomándome con suavidad de la
barbilla.
Yo estaba temblando, tanto por el susto que me había dado
como por su proximidad. La linterna daba vueltas en el suelo y
las sombras que se proyectaban sobre el rostro masculino eran
hipnóticas.
Mi corazón rebotaba contra el suyo, podía percibirlo, del
mismo modo que notaba su fuerza calmando mi
incertidumbre. La mano cálida se posó sobre mi mejilla y
separé los labios sin necesidad de palabras mágicas. ¿Lo
estaba invitando o simplemente me faltaba el aire?
Jared descendió la vista hasta ellos y yo creí volver a ver
ese peculiar destello en sus pupilas, como una estrella fugaz en
la noche cerrada y por supuesto que pedí mi deseo antes de
que su cara descendiera sobre la mía.
Capítulo 34
Novatada

Algo rozó mi tobillo, lo que hizo que volviera a chillar


como las locas y trepara por el cuerpo de Jared como si fuera
un koala en su árbol de eucalipto.
—Pero ¿qué? —lo oí preguntar con mis piernas ancladas a
su cintura.
—Algo me ha rozado. ¡O era una rata o la mano de un
romano zombie!
—¡¿Romano zombie?!
—¡Que sí! ¡Que yo no pongo un pie en el suelo! ¡Sácame
de aquí, Jared! Esta noche no voy a poder dormir…
—Todavía no hemos terminado, quería explicarte…
—Pues me lo cuentas en otra parte, por favor, no me hagas
hacer más el ridículo, suficiente me abochorna ya que me veas
así de atacada. Jared, por favor —supliqué, haciendo un
puchero con el poco amor propio que me quedaba.
—Vale, no pretendía que lo pasaras mal… Puede que haya
sido un ratoncito de campo. —Solo de pensarlo me aferré más
contra su cuerpo.
Percibí un hedor fuerte. Dicen que quien primero lo huele
debajo lo tiene, no obstante, no había sido yo.
Jared me estaba bajando al suelo cuando tuve que
preguntar.
—¿Has sido tú? —Él apretó el ceño.
—¿Cómo?
—Huele muy mal y parece metano puro. —Él abrió los
ojos con alarma y miró hacia atrás.
—¡Corre!
—¿Qué? —Me dio las llaves.
—Coge la linterna y ve hacia la puerta, ni se te ocurra
mirar atrás. Corre, Elle, por lo que más quieras…
El suelo comenzó a temblar, no comprendía nada, mi
instinto me pedía huir como él insinuaba, sin embargo, no
podía dejarlo atrás.
—Pero…
—No hay peros, obedece, ¡corre, Elle! No puedo
enfrentarme a esto contigo.
En las pelis de miedo, mi madre siempre se quejaba de que
la prota hacía justo lo contrario de lo que se le pedía y que eso
la llevaba a morir, además de poner a mi progenitora de los
nervios y, de rebote, a mí. ¿Iba a comportarme yo así?
Me agaché, cogí la linterna e hice un sprint en dirección a
la puerta.
Los temblores se intensificaron, había oscurecido, por lo
que la luz ya no se filtraba en la zona de la cripta. Estaba
temblando cuando el suelo se puso a crujir. No podía ser un
terremoto y que Jared estuviera en el epicentro.
—¡Jared! —aullé sin girar la cara hacia el lugar en el que lo
había dejado.
—¡Corre! —volvió a insistir—. Yo estaré bien.
No entendía nada. ¿Por qué se quedaba? ¿Por qué no venía
conmigo? Tenía ganas de llorar, de hecho, los ojos se me
estaban humedeciendo. Tropecé, me caí y noté que se me abría
la piel de las rodillas y mi malla se rajaba. La linterna se
apagó, se le debieron salir las pilas.
—Aaah —aullé.
—¡Levántate, Elle, ve hacia la luz! —La voz de Jared
sonaba extraña, más grave, rasgada. ¿Por qué continuaba sin
seguirme? ¿Qué hacía?
Me levanté y puse todo mi tesón en ir hacia la luz, como
Caroline en Poltergeist, película que vi a escondidas con mis
amigas y nos jiñamos de miedo.
Una telaraña cayó sobre mi cabeza y yo palmoteé deseando
que la abuela de Spiderman no me picara.
Cuando llegué a los barrotes, estaba hiperventilando. ¡Que
correr no era lo mío! Yo era más de spagats.
—¡Jared! —volví a chillar. Necesitaba oírlo, corroborar
que estaba bien, no podía seguir sin saber que estaba bien.
—¡Abre, Elle! Confío en ti.
—¡Ven! ¡No puedo hacerlo sola! —exclamé con las
lágrimas correteando por mis mejillas.
—¡Sí puedes, yo sé que puedes! ¡Huye lejos!
Fue su última frase, después todo volvió a sacudirse y, acto
seguido, se oyó una especie de gruñido animal, eso no era un
ratoncito de campo. Cuando giré la cabeza, no logré ver nada.
¡Dios!, ¡¿qué había sido eso?!
Había tres llaves, los dedos me temblaban tanto que parecía
un maldito sonajero… Probé con la primera, meterla fue toda
una odisea, no giraba, ni a un lado ni a otro.
Escuché más gruñidos. Por todos los santos, ¿eran
alucinaciones mías? Imposible, reverberaban por toda la
galería. ¿Y si Jared necesitaba mi ayuda?
Mi mente me decía que ni me lo planteara, que abriera y
punto.
Introduje la segunda y rogué. «Por favor, por favor». Al
girar, se me resbaló el llavero y cayeron al otro lado… ¡No
podía ser, ahora no era momento de torpezas!
Me arrodillé y estiré el brazo todo lo que pude, no llegaba.
Los ojos me escocían, notaba los músculos estirarse como
nunca… Miré al cielo.
«Si existes, ayúdame», imploré, buscando alcanzar lo
inalcanzable. Necesitaba algo… Forcé la vista, vi una especie
de ramita a la que sí llegaba. La agarré y me aproveché de ella
para hacerme con las llaves; no fue fácil, tuve que insistir y la
presión no ayudaba.
Una vez las agarré entre las manos, tuve la necesidad de
volver a mirar al cielo. «Gracias, gracias», mascullé. Usé los
barrotes para levantarme y escogí una de las llaves rogando
por acertar. De fondo, se oía algo similar a dos perros
peleando. ¿Sería eso lo que me rozó? ¿Un perro que habría
escondido en algún hueco? ¿Y si tenía la rabia? ¿Y si Jared
precisaba que lo socorriera?
—¿Ja… Jared? —pregunté titubeante. Apenas salía el
sonido de mi garganta, aun así, no me rendí, no iba a parar
hasta que el candado se abriera, necesitaba conseguirlo para
que pudiéramos salir—. ¡Vamos! —forcejeé. Un gruñido
grotesco me alcanzó desde el fondo, sabía que no tenía que
mirar, pero no pude evitarlo. Giré el cuello y vi dos puntos
brillantes, feroces, que se enfrentaban a mí listos para el
ataque. Ahogué un grito, roté la llave y el clic que sentí me
llenó de alivio.
Fuera lo que fuese esa cosa, no podía quedarme ahí, saldría
y pediría ayuda, o iría en busca de un palo o el casco de Jared
para enfrentarme a lo que fuera.
Deshice la cadena con premura y abrí la puerta, un poco
más y estaría fuera… Empujé y algo atrapó mi tobillo.
—¡Aaah! —Nunca había gritado hasta que doliera. Fui a
dar una patada cuando escuché una risita femenina.
—Quieta, fiera. ¡Madre mía, Elle, qué patética eres! Te la
has tragado doblada.
¿Qué? ¿Cómo? Me di la vuelta y allí, bajo mi ataque de
ansiedad, estaba Selene.
—¿Tú? ¿Qué…? —No comprendía nada—. ¿Y Jared?
—Ahora viene. Ya puedes dejar de temblar. Era una
bromita, una novatada que nos gusta gastar a los Loup cuando
venimos al Baptisterio, se lo hacemos a todos, no nos la tengas
en cuenta… Tendrías que haberte visto la cara; si lo sé, te
grabo.
—¿Novatada?
Mis lágrimas, el terror, el desasosiego que había sentido,
dieron paso a una ira ciega. Como había pronosticado, Jared
apareció detrás de su chica, con cara de culpabilidad y la
camiseta arrebujada, si incluso tenía una raja en ella… ¿Se la
habría hecho Selene con las uñas? Ahora sabía lo que gruñía,
una perra.
—Sois… Sois…
Salí llorando a la calle, no me había esperado algo así, y yo
sufriendo por Jared.
—¡Elle, espera! —lo oí gritar. Aunque no me importaba,
estaba demasiado herida, me sentía tan ridícula. ¿En serio
creía que entre él y yo podría haber algo?
Noté que agarraban mi muñeca, y ni siquiera esperé a ver
de quién se trataba, su aroma a bosque lo había delatado.
—¡Nooo, suéltame! ¡No quiero saber nada de ti! ¡Nada!
¡Vete con Selene! ¡Ya sé que estáis liados! No hace falta que lo
ocultéis delante de mí. —Su cara de sorpresa no tenía precio
—. ¡¿Qué?! ¿Pensabas que no lo sabía?
—Eso ocurrió antes de…
—¿Antes de qué? —insistí—. ¿Antes de la broma? Porque
yo diría que durante, también. ¿Qué he sido para vosotros?
¿Un jueguecito del que reírse? Pues óyeme bien: ¡Me
repugnáis! ¡Ambos!
—Tú no lo entiendes, es demasiado complicado…
—¿Complicado? ¿Que no lo entiendo? ¿En serio piensas
que porque sea de fuera no me he topado nunca con gente de
vuestra calaña? ¿De los que se divierten haciendo daño? ¡No
tienes ni idea, Jared! ¿Y sabes qué? Que prefiero que no lo
sepas y haberme dado cuenta antes de que te considerara
mucho más que un amigo. Al final, la vida se encarga de unir a
los iguales. Os merecéis el uno al otro, es vuestro mayor
castigo —escupí con inquina.
—Elle… —murmuró apesadumbrado.
—¡Olvídame!
—Deja que te lleve a casa, hablemos…
—¡No! ¡Estoy demasiado enfadada y solo diré cosas de las
que igual me arrepiento!
La rubia apareció detrás de Jared y se colgó de su cuello,
menudo ascazo.
—¡Aparta, Sel!
—¿Por qué? Ya la has oído, somos perfectos el uno para el
otro… Hasta Miss Barcelona se ha dado cuenta.
No quería quedarme, tenía que salir de aquel ambiente
tóxico como fuera.
Estaba a escasos metros de la carretera cuando un coche
emitió un bocinazo y vi asomarse una cara familiar por la
ventanilla. Era Antonio, el hermano de Abril, que venía de
permiso.
—Elle, menuda coincidencia. ¿Te vienes? Voy con mi
hermana a tomar un helado para celebrar que estaré aquí unos
días. —Miré a Jared de refilón y sorbí por la nariz. Tenía que
estudiar, aunque ahora mismo, en mi estado actual, sería
incapaz de que me entrara nada.
—Por favor, quédate, hablemos… —suplicó. Pedazo de
actor que estaba hecho.
—Lo siento, ya he tenido suficiente. Que os vaya bonito,
gracias por la clase, no se me olvidará nunca.
Crucé la carretera enjugándome el dolor que Jared me
había causado. Seguro que les acababa de dar tema para rato.
¡Qué ingenua había sido!
Abrí la puerta trasera del Clio y me metí dentro. La sonrisa
de Abril se apagó al verme la cara.
—Elle, ¿estás bien?
—No, pero lo estaré. Jared y Selene me han hecho una
novatada.
—¿Cómo? —preguntó Antonio desde el asiento del
conductor.
—Arranca, necesito alejarme.
—¿Estás segura? A mí no me cuesta nada cantarles las
cuarenta a esos niñatos.
—Sí, no pasa nada, es solo que no lo esperaba y me he
llevado un susto de muerte. Ahora solo necesito calmarme y
comer helado, es lo único que logrará aliviarme.
—Entonces, vamos a por uno extragrande.
Antonio arrancó y me dejé consolar por los brazos de mi
amiga, sin ver la silueta que se diluía por el cristal trasero.
Capítulo 35
La generala
Jared

Observé a Selene con una furia ciega y le di un manotazo


para desembarazarme de su agarre.
Mi grado de cabreo se salía de la escala Richter, yo solito
era capaz de generar un terremoto de magnitudes cósmicas por
todo lo que sentía.
—¿Por qué estás tan cabreado? Deberías estar dando saltos
de alegría por mi regreso.
—Estaría contento si no lo hubieras fastidiado todo con
Elle. ¿A qué ha venido ese numerito de la novatada?
—Improvisé. ¿Preferías que le dijera la verdad? ¿Que
acababa de emerger de un universo paralelo a través de un
agujero de gusano con un lobo cargado de malas pulgas
mordiéndome el trasero? ¿En serio piensas que estaba
preparada para oír eso, o que tan siquiera me hubiera creído?
—Podríamos haberlo hablado. El problema es que tú tomas
las decisiones sin contar con el resto, y tu alternativa le ha
hecho sentir que me estaba riendo de ella, cuando nunca ha
sido así.
—Daños colaterales… En serio, Jared, que no sé qué le
ves; es sosa, patética, una niñata que lo ha tenido todo fácil en
la vida. No está preparada como nosotros, que tenemos el culo
pelado de salvar vidas.
—Ahórrate las comparativas, porque son odiosas y ahora
mismo saldrías perdiendo.
—No me hagas reír. ¿Que saldría perdiendo? Soy la única
superviviente que ha sido capaz de cruzar al otro lado y
regresar con vida. Eso me convierte en una heroína, ya verás
cuando la Cúpula se entere —respondió altiva.
—Seguro que te hacen una fiesta de bienvenida —rezongué
molesto.
—Pues deberían.
—Te saltaste las normas de la manada, Sel. Lo que van a
hacer es desterrarte —anuncié con inquina.
—Lo dudo, me necesitan. Ahora mismo soy una pieza más
que valiosa, van a comer de mi mano.
—¡Maldita sea, Sel! —me quejé, llevándome las manos a
la cabeza para regresar al Baptisterio. Tenía que deshacerme
del lobo muerto, al que había rebanado la yugular para
salvarla. Parecía enfurecido y muy rabioso al verla siendo
protegida por mí. No tuve otra opción.
Selene me siguió. Encontré la linterna que se le había caído
a Elle en la huida y recoloqué las pilas.
Me sentía fatal, sabía que le había generado mucho miedo
y malestar, aunque yo también lo había sufrido en cuanto salí
de mi estado de enajenación bucal transitoria, al ver sus labios
tan cerca de los míos.
Mi cerebro estaba hecho puré, solo tenía olfato para su piel.
De no ser así, yo también habría captado el hedor que precedía
a la apertura de La Raya y la hubiera sacado antes de que todo
estallara.
No fue buena idea traerla. ¿En qué estaba pensando? Sabía
la respuesta, quería acercarla a mi mundo, ir introduciéndola
poco a poco, enamorarla hasta la médula y que no tuviera más
remedio que asimilar que era mi ta misa.
Daba igual el castillo de naipes que había construido, con
un soplido de Selene se había derrumbado hasta los cimientos.
Le dije que corriera para darme tiempo a desnudarme y que
la ropa no se me rompiera. Quería que saliera ilesa y, en
cuanto terminara la batalla, ir a por ella. A veces, las cosas se
complicaban más de lo que queríamos.
Contemplar su cara devastada fue un tocado y hundido,
porque yo era el culpable de todo. Aunque me fastidiara,
Selene tenía razón, daba igual lo que le hubiéramos dicho, las
explicaciones que le hubiésemos dado, nada habría servido
para que nos creyera salvo transformarnos, y no era plan de
acojonarla con una metamorfosis a pelo.
El problema es que una vez fastidias la confianza que
alguien deposita en ti, es muy difícil recuperarla. Elle me
quería lejos, tan lejos que si pudiera, me haría desaparecer, y
yo seguía muriendo por sus huesos.
Recorrí la galería en silencio. Mi mosqueo con la que
consideraba mi amiga era tan bestia que me sentía incapaz de
alegrarme por su vuelta.
Tendría que sentirme orgulloso de Selene y estar
celebrando que siguiera con vida. Sin embargo, no podía, y
eso también me fastidiaba, porque no era justo. La miré por
encima del hombro.
—Me alegra que estés bien. —Fue lo único que me sentí
capaz de murmurar llegando a la cripta.
—Tu alegría es ensordecedora… —masculló ella entre
dientes.
Observé el cuerpo desnudo del licántropo. Era fuerte,
atlético, debía rondar los veinte años.
—¿Por qué te perseguía? ¿Por qué querías regresar?
—Más bien porque mi otro yo era su ta misa —reconoció a
regañadientes. La confesión me sorprendió. Por eso me atacó,
estaba defendiendo a su mujer, me sentí mal de inmediato.
—¿Por qué no me lo dijiste, Sel? ¡Le he rebanado el cuello!
—Ya, y yo me quedé con el cuerpo de mi otro yo, no te
agobies, somos los buenos.
Miré el rostro del chico bañado en sangre y me sentí mal
por atacar sin mediar palabra.
—La única parte positiva que le veo a esto es que ahora
conoces la cara de tu otra mitad. Podrías hacer su retrato robot
y poner un cartel de «se busca» en la comunidad. Igual así
dejarías de darme por saco y te dedicarías a buscar a tu amor
verdadero.
Se oyeron unos pasos pesados y acelerados a nuestras
espaldas. Olfateé el ambiente y supe que no tenía que
alertarme, podía estar tranquilo.
Selene se giró en redondo y abrió los brazos para recibir a
su mellizo, quien entró en tromba.
—Mooni —susurró ella cariñosa.
—¡Eres tú, estás viva! En cuanto te sentí, salí corriendo de
casa. ¿Qué te ocurrió, Sel? ¿Estás bien? —Ese era el
recibimiento que yo debería haberle dado si las cosas hubieran
sido distintas. Los dos se apretujaron y Moon palpó a su
hermana para dar crédito a la aseveración femenina.
—Como ves, entera, que ya es mucho decir…
—¿Cómo es posible? ¡Has pasado mucho tiempo al otro
lado! Creí que te había perdido. —Los ojos de Moon se
llenaron de alivio.
—No fue fácil. También tengo que decir que no crucé por
propia voluntad.
—¿Te llevaron? —Esta vez pregunté yo.
—No, dejad que os explique. Lo de aquellos tipos era una
trampa, querían que los siguiéramos, todos nosotros, hasta
aquí; en cuanto puse un pie en el Baptisterio, el hedor era
descomunal, no como siempre. En lugar de abrirse el punto
donde incide la luz y los humanos creen que había una pileta,
todo el suelo estaba abierto, por lo que no calculé y, al
abalanzarme sobre el migrante, caí al vacío.
—¿Te estaban esperando al otro lado?
—Sí, solo que eran humanos, fuertes, pero humanos. Los
vencí a todos. Lo más preocupante es que se notaba que sabían
muy bien lo que hacían, tanto el tipo al que perseguí por los
túneles de la Alhambra como los que me estaban esperando. El
migrante no dudó ni un instante sobre el recorrido. Como si
hubiera hecho el camino en más de una ocasión y lo supiera de
memoria.
—Eso no es posible, los migrantes no pueden entrar y salir
por los agujeros a su antojo, para eso están los guardianes del
otro lado —incidí.
—Eso era antes, hay algunos que no quieren lo que tienen y
se están preparando. Pensadlo, si no, sería imposible que esos
tres migrantes llegaran al bar musical donde dimos el
concierto.
—¿Cómo que preparando? ¿Qué está ocurriendo? —
pregunté nervioso.
—Lo sabes tan bien como yo —murmuró Selene altiva—.
La gran colonización se acerca y tenemos que estar
preparados.
—¿Estás segura? —Aquello eran palabras mayores. El
estómago se me contrajo.
—Les oí, me infiltré. Tienen una facción muy bien
preparada.
—¡¿Cómo que te infiltraste?! —exclamé. Mi cabeza estaba
que no se lo creía.
—Me di de bruces con mi otro yo, tenéis ante vosotros a la
generala del ejército de los migrantes. —Hizo una reverencia
—. Ya sabéis que cuando cruzas al otro lado, dispones de ocho
horas hasta que tu cuerpo se evapora, y que tienes que poseer
el cuerpo de tu otro yo enfrentándote a su alma para
quedártelo. ¡Pues ya veis! Gané yo, y este es mi nuevo
cascarón.
Selene dio una vuelta sobre sí misma.
—¿Por qué no me sorprende? —cuestionó Moon jocoso.
—¿Generala? Pero ¿a ese rango no se llega cuando tienes
cuarenta o más? —En nuestro mundo, llegar a un cargo militar
de cierta relevancia costaba mucho tiempo.
—En el otro lado no te limitan por la edad, sino por tus
capacidades. Allí soy una eminencia.
—Allí solo eras la enemiga —le recordé—. Tu otro yo era
la eminencia. Parece que rápidamente te olvidas de quién eres
en realidad.
—Tonterías. Ahora tengo la mezcla perfecta, su cuerpo es
un poco más resistente de lo que lo era el mío, aunque mi alma
es más arrolladora. Los idiotas de los migrantes no se dieron
cuenta de la diferencia. Ni siquiera él —señaló al muerto—,
con quien he convivido estos días.
—¿Quién era? —inquirí necesitando saber más.
—Uno de los capitanes que estaba bajo mi mando. Por
cierto, tengo otra noticia que daros, este cuerpo estaba
embarazado. —Esa noticia sí que cayó como un jarro de agua
fría.
—¡¿Cómo?! —Exclamamos Moon y yo al unísono.
—Pues eso, que mi gemela malvada estaba embarazada
cuando la colonicé —dijo mirándome—. La generala y el
capitán eran pareja de vida.
—¿Y qué vas a hacer con los bebés? —preguntó su
hermano, apretando los puños. Los miré a ambos. Si ya era
gordo que hubiera vuelto, lo de que lo hiciera embarazada
había sido un shock.
—Todavía no lo sé, primero tengo que asimilarlo…
Además, estoy de muy poco, quizá los pierda sin necesidad de
interrumpir el embarazo. Esto nunca se sabe.
—¡Madre mía! —Me llevé las manos a la cara.
Selene era la nueva generala de los migrantes y estaba
embarazada, la colonización se acercaba, Elle que no quería
saber nada de mí y yo me sentía incapaz de gestionar tantas
cosas al mismo tiempo y tomar decisiones coherentes.
—Tenemos que ir a hablar con Jerome, todo esto me
sobrepasa —confesé.
—Id vosotros dos, yo me encargo de avisar y esperar a que
se hagan cargo del cuerpo —se ofreció Moon.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Démonos prisa que tengo que volver, si no lo hago, se
darán cuenta de que algo pasa y eso no sería bueno para
nosotros.
—¡¿Estás loca?! —prorrumpí. A su hermano casi se le
salieron los ojos y se pusieron a rodar.
—Me da la sensación de que soy la más cuerda de los tres.
Soy una Alfa, una líder nata, y haré lo necesario para
salvaguardar el bien común.
Ese discurso era el mismo que decían los tipos que se
metían en una mezquita llena de gente y le daban a un botón
para explosionar.
—No sabes lo que dices —farfullé desafiante.
—Por supuesto que lo sé. Esto es más grande que tú y que
yo. Llévame con Jerome, necesito ir ante la Cúpula, no
tenemos tiempo que perder.
—Sel… —exhaló Moon.
—Tranquilo, hermanito, sé lo que hago.
—Deja que lo ponga en duda… —añadí, ganándome una
mirada de desaprobación por su parte.
Selene abrazó de nuevo a su hermano y dio por hecho que
yo la seguiría.
—Cuídala —me pidió mi amigo.
—¿Tengo otra opción acaso?
Él me palmeó el hombro y fui directo a la salida.
Capítulo 36
Decisiones
Jared

La verdad es que cuando llegamos a casa, no me planteé


que Jerome fuera a escuchar con tanta atención las
descabelladas ideas de Selene.
Ni que me dijera que me quedara fuera, mientras ellos se
encerraban en el despacho para realizar una videoconferencia
de emergencia con la Cúpula.
¡Yo era el líder! ¡Debería haber estado! ¿Por qué Jerome
me excluía? Apoyé la espalda en la pared de enfrente y estuve
rechinando dientes hasta que la hoja se abrió con fuerza.
Una Selene exultante me miró de arriba abajo, seguida de
Jerome, cuya expresión era indescifrable.
—¿Qué han dicho? —insistí.
—Jared, reúne a los demás, tengo que hablar con todos en
el salón —me instó Jerome.
No fue difícil reunirlos, porque los tres estaban allí,
tomando una infusión que Tasya había preparado. Me
acomodé con ellos en el sofá, aunque las piernas me pedían
seguir de pie. Tenía el presentimiento de que lo que iban a
contarme no me iba a gustar.
—¿Puedo decírselo yo? —preguntó Selene con emoción.
El señor Loup asintió—. ¡Voy a ser la primera licántropa
infiltrada! —exclamó, tirándose a los brazos de Moon.
—¿Infiltrada? ¿Dónde? —Mis ojos buscaban los de
Jerome.
—¿Dónde va a ser, tonto? Al otro lado de La Raya.
Mi respiración se cortó, al igual que la de todos. ¿Iban a
hacer que Selene volviera? ¿Con qué objetivo? Era una idea
pésima. Había sido un milagro que regresara.
—Dada la gravedad de lo que nos concierne, la Cúpula ha
aprobado la idea de Selene.
—¡¿Tu idea?! —la acusó Moon—. ¿Y quién ha sido el
lúcido que ha dicho que sí? Si tanto les apetece, ¡que vayan
ellos! Yo no voy a perderte de nuevo.
—No seas ridículo, hermanito. Me necesitan y saben que
soy la mejor.
—¿La mejor para cavarse su propia tumba? —espeté.
—Puedo hacerlo, si lo logré una vez, también podré dos. —
Esa chica desayunaba soberbia.
—El cementerio está lleno de altaneros. —Selene me miró
mal.
—No irá sola. Drew irá con ella, así podrán cubrirse el uno
al otro —aclaró Jerome, cruzándose de brazos.
Por su postura corporal, sabía que la idea tampoco lo
complacía. Entonces, ¿por qué no se había opuesto? Él solía
ser bastante persuasivo.
—¿Tú lo ves bien? —quise saber. Él se limitó a encogerse
de hombros.
—Quien lo tiene que ver bien es la Cúpula, y ellos ya han
decidido. Te recuerdo que soy mayor de edad.
Eso ya lo sabía, por eso Jerome no podía hacer prevalecer
su decisión sobre la de ella. Ni siquiera yo, ya que era una Alfa
voluntaria en mi manada.
—¿Quién es Drew? —cuestioné.
—La versión de mi ta misa bueno, ya sabes, al que querías
que le hiciera un retrato robot. —Caminó hasta mí
relamiéndose los labios—. ¿Y sabes qué? Resulta que es un
marine y es hijo de Volkov. Por fortuna, está de maniobras en
la base de Rota. Va a enrolarse conmigo en esta misión de
salvar nuestro universo. —Los ojos le brillaban como nunca.
—¡Qué oportuno! —barrunté molesto.
—¿Celoso? —cuestionó ella pizpireta.
—¿Celoso del hijo de Volkov? Ni de broma. —Selene se
sentó en mi regazo y pasó las palmas de sus manos por mi
pecho.
—Siempre fui demasiado para ti… Si lo piensas bien, es
lógico que mi pareja de vida sea el hijo del líder de la facción
de los Puros. Nuestros hijos serán auténticos líderes.
—¿Y qué harás con esos? —pregunté, apuntando a su
vientre liso.
—De momento, me los quedo; después, ya veremos.
Volkov dice que lo mejor es que no cambie mi estado de buena
esperanza.
—Volkov, Volkov y Volkov. ¿Desde cuándo es el
presidente de la comunidad? —Su boca rozó mi oreja.
—Desde que la mayoría vota lo que él piensa. —Busqué a
Jerome con la vista y este afirmó las palabras de Selene.
—¡Pues va a ser un desastre!
—Porque tú lo digas —se levantó sin esfuerzo—. Mi
misión con Drew será un éxito.
—Seguro que os complementáis a las mil maravillas —
observé cabreado.
¿Es que Selene no se daba cuenta de que eran peones en un
juego que les quedaba grande? Cometerían errores y se los
comerían con patatas. Ese Volkov no quería ni a su propio
hijo, estaba claro.
—Sel, esto es demasiado —se quejó Moon—. Estoy con
Jared en que deberías pensarlo mejor. —Ella frunció el ceño.
—No lo es, estoy más que lista. Comprendo que tienes que
obedecer a tu líder, pero yo también soy una Alfa, tomo mis
propias decisiones, y esto es lo que quiero. —Él suspiró
agobiado y Selene acudió para arrodillarse frente a sus piernas,
con la alfombra de cachemira amoldándose a las rodillas
femeninas—. Mooni, en serio, por fin siento que encajo.
—Que encajas… —dejé ir una risotada—. Eso lo hacen los
puzles.
—Igual yo soy uno demasiado complejo para ti.
—¡¿En serio que te vas a quedar de brazos cruzados?! —
espeté hacia Jerome.
—Ya te he dicho que es mayor de edad.
La rubia buscó enfrentarme, poniéndose de nuevo en pie.
—¿Qué pasa, Jared? ¿Te fastidia que me den a mí una
misión tan importante mientras tú te quedas aquí lloriqueando
por una humana que no te quiere y comiéndote los mocos?
¡Das pena! Y pensar que llegué a plantearme criar algún día a
tu camada. No eres digno de alguien como yo.
—¡Sel! —Moon quiso refrenarla. El tono de advertencia
que había empleado así lo anunciaba.
—Déjala, me importa muy poco lo que piense de mí. Lo
que no ve es que va a cometer una estupidez que puede acabar
con su vida.
—Me la juego cada vez que un migrante sale por uno de
los agujeros, así que no me vengas con milongas baratas.
Guárdate tus consejos para quien los quiera. Y ahora, si no os
importa, me gustaría correr por Sierra Nevada, bajo la luna,
antes de que venga Drew y tenga que irme. Quiero
impregnarme de este paisaje que nada tiene que ver con la
aridez rojiza del otro. Podéis uniros o dejarme sola —apostilló
mirándome—, eso ya es cosa vuestra.
Se deshizo de la ropa y gruñó con fuerza para convertirse
en loba.
Jerome, Tasya, Bastian y Moon se sumaron. Yo dudé,
aunque al final me pudieron los años que llevaba con Selene
compartiendo manada; si no regresaba, jamás me perdonaría el
haber faltado a esa última salida.
Me desvestí y dejé que la noche me engullera.

Estaba recién duchado, tumbado sobre la cama


contemplando la última fotografía que nos tomaron a los
cuatro, una del anterior concierto, donde se veía a Selene en
pleno apogeo, alzando las baquetas para darle a la batería con
fuerza.
Mi colchón cedió tanto a la izquierda como a la derecha.
—Esa foto es muy buena —musitó Bastian, apartándose el
pelo de los ojos—. ¿Quién la sacó?
—Una de las grupies. —Se veía por la distancia en que fue
tomada.
—Pues es genial, se ve toda su garra.
Era cierto. Sel siempre había tenido mucho empuje para
todo, era fuerte, algo bruta, obstinada y muy competitiva.
—Mi hermana en estado puro —se sumó Moon con la
mano izquierda bajo la cabeza—. ¿Os habéis fijado cuando
Drew y ella se han visto?
—Lo que he observado es el morreo que tu hermanita le ha
plantado. Creía que se lo comía allí mismo —reí—.
Pobrecillo, no le queda nada…
—A mí, en más de una ocasión, hizo que me temblaran las
rodillas —reconoció Bastian sin vergüenza—. Y te recuerdo
que hizo que tú te mearas en la cama —añadió, pitorreándose
de mí.
—Era un cachorro y jugó sucio con el tema de los vasos de
agua.
—La apuesta era que mi hermanita haría que te mearas
encima, no cómo. Tú fuiste quien diste por hecho que lo
intentaría dándote un susto, y mira… Lo empapaste.
Los tres nos echamos a reír.
—Sí, siempre fue muy ocurrente. En realidad, voy a
echarla de menos, esto no será lo mismo sin ella soplándome
la nuca con sus gruñidos.
—Volverá —masculló Moon con menos convicción de la
que pretendía demostrarnos.
—Aunque no me guste la idea de que se haya marchado, si
alguien tiene opciones de regresar de nuevo es Selene. —Mi
mano presionó su muslo—. Como nos dijo Jerome para
tranquilizarnos, tanto su misión como la de Drew es ver, oír y
rajar. Una vez a la semana cruzarán y podremos comentar con
ella los avances.
Después, nos mantuvimos un rato en silencio, oyendo un
solo de batería que Sel tenía colgado en la página de Instagram
del grupo. Nadie habló hasta que pasaron los treinta segundos.
—Oye, ¿y tú que tal con Elle? ¿No habíais quedado hoy
para estudiar? —Bastian se puso de costado. Era él quien se
interesaba por mi vida sentimental.
—Ha sido un mojón. Me he hundido en el lodo hasta el
cuello.
Y así era como lo sentía. Todavía no le había escrito o
llamado, era muy tarde y prefería aclarar las cosas al día
siguiente, mirándola a los ojos. Todavía no sabía qué le diría,
ya pensaría en algo.
Mi mente vagó hasta mi infancia.
Cuando mis padres fallecieron, yo tenía unos siete años. No
eran una pareja idílica, discutían mucho, incluso mi madre
derramó alguna que otra lágrima por culpa de sus meteduras
de pata. Recuerdo como si fuera hoy el último día que los vi
con vida.
Era tarde, las voces me habían despertado y tuve la
necesidad de levantarme de la cama.
Vi la puerta del piso cerrarse con violencia, llevándose a la
figura de mi padre tras ella y después el llanto sordo
procedente de su cuarto.
—¿Por qué lloras, mami? —pregunté empujando la puerta.
Ella tenía el rostro hundido en la almohada, buscando opacar
las lágrimas y que no se oyeran.
—Cosas de mayores —fue su respuesta entrecortada.
Me subí al colchón y me arrebujé contra ella, quería
consolarla, que mi pequeño cuerpo le sirviera de paño de
lágrimas. Aspiré su aroma, siempre me gustó, olía a naranja
especiada, como un zumo recién exprimido hecho en casa.
Estuve así hasta que se calmó, y cuando lo hizo, busqué sus
ojos, tan parecidos a los míos, que ahora permanecían
enrojecidos por el llanto.
—No te preocupes, cachorro mío, ya estoy mejor.
—¿Seguro? —Ella asintió.
—¿Sabes que eres mi lobito predilecto?
—Solo me tienes a mí. —Yo había sido el único
superviviente de su camada.
—Eso no importa. Seguirías siendo mi favorito. Eres
bueno, dulce y no quiero que cambies nunca. ¿Me lo
prometes?
—Te lo prometo.
—Muy bien, y ahora te voy a dar un consejo que deberás
atesorar para siempre, porque va a evitarte sufrimiento. —Me
tomó de la cara con tiento—. Con el amor de una chica, no se
juega, ni queriendo ni sin querer. El amor debe cuidarse
siempre y colmarlo de alegrías.
—¿Papá ha jugado contigo? ¿Por eso lloras? —No obtuve
respuesta.
—Duerme, es tarde.
Me abrazó y los dos nos quedamos dormidos. Cuando
desperté, ella ya no estaba y yo sentí su vacío en la almohada,
que permanecía húmeda debido a las lágrimas vertidas. En
aquel instante, no sabía que, horas más tarde, también
almacenaría las mías.
—¿Jared? —Era Moon quien trataba de hacerme volver—.
Puedes contarnos lo que sea, somos tu manada, la angustia
suele ser mejor cuando se comparte.
—Ahora prefiero dormir un rato. Si necesito hablar, ya os
lo diré, hoy han sucedido demasiadas cosas y necesito
asimilarlas antes.
—Como prefieras. Te queremos, hermano. —Ambos me
ofrecieron su abrazo antes de levantarse e irse.
Yo fui hasta la ventana, la abrí y me senté en ella para
hacerle compañía a la luna solitaria.
Capítulo 37
Gabinete de crisis

ANita ya podría darle un ataque de artrosis en los dedos


de las manos y de los pies, no de por vida, solo uno temporal
hasta que terminemos el instituto y me pierda de vista. ¡Qué
hartura! Y, ya de paso, a todos esos que me espían, se les
podría inflamar la lengua y estropear el móvil. No podía ni
llegar a imaginar el acoso que deberían sufrir los famosos.
Menuda panda de metiches metomentodo.
Lo peor era que muchas de las cosas que publicaba Nita no
carecían de verdad. Jared y yo no nos hablábamos. Bueno, él
sí lo hacía, era yo la que no respondía. Y dudaba mucho que
tuviera la desfachatez de presentarse en mi fiesta, aunque en su
día lo invitara.
Lo había bloqueado en todas partes, y en el instituto me
mantenía al margen. Si se acercaba, yo me alejaba, y las veces
que me pilló sin previo aviso, o porque nos tocaba juntos en
Química, me limitaba a decirle que no quería hablar con él
salvo si era de algún tema de clase, que, para mí, no existía un
nosotros, ni como amigos, ni como vecinos de lápida en el
cementerio, que el del pueblo era muy pequeño.
Me daba igual que me pidiera perdón de rodillas, que
suplicara o se presentara con una pancarta. Si tenía un defecto,
era el rencor; si me la hacías, te expulsaba. ¿Para qué dar
segundas oportunidades a quien no las merecía?
Además, necesitaba mi espacio y, por mucho que insistiera,
sus explicaciones iban a caer en saco roto.
Claudia no dejaba de decirme que le diera una oportunidad,
que tenía cara de perro apaleado.
—Soy alérgica.
—¿A Jared?
—Al pelo de animal, sigo un tratamiento para las ronchas,
por mi gato…
—Oh, yo conocía a una chica que era alérgica al agua.
—Esa es una guarra… —Las dos estallamos en risas y dejé
de mirar de reojo al perro de Jared.
El examen del jueves no fue mal del todo, no de diez, pero
esperaba haber llegado por lo menos al siete. Antonio se portó
genial conmigo, él también había tenido ese profe en el
instituto y me dio un montón de trucos sobre lo que podía
decir en el examen.
Después del helado, salí mucho más reforzada y decidí
bloquear a Jared, no me hacía ningún bien tenerlo presente en
el teléfono.
Por otro lado, la fiesta de la piscina seguía su curso; según
el de las noticias, mañana subían las temperaturas e iba a ser
un día de lo más caluroso, incluso la noche, donde brillaría la
luna llena.
Cuando sonó el timbre que indicaba que empezaba nuestro
fin de semana, lo recogí todo nerviosa, todavía tenía algunas
cosas que preparar y ayudar a mi madre a limpiar. Además,
quería dejar todos los deberes hechos para no tener que pensar
en ellos.
Claudia y yo salimos agarradas del brazo, y cuando
llegamos a la puerta de salida, donde nos esperaban las demás,
Jared nos interceptó poniéndose delante.
En serio que no daba crédito. ¿Es que no comprendía que
quería seguir sin hablarle? Mis amigas nos rodearon. Solo les
hacía falta gritar aquello de «defensa, defensa, defensa» que se
coreaba en los partidos de fútbol americano.
Su cara era un poema, a Claudia la tenía ganada con
aquellos pucheros, pero yo era la reina de las caritas
implorantes y a la suya le faltaba práctica.
—Por favor, Elle, necesito explicártelo, deja que me
disculpe en condiciones. No duermo por las noches, no puedo
seguir así… —Puse los ojos en blanco, era escucharlo o que
siguiera insistiendo. A los pelos enquistados hay que sacarlos
de raíz.
—Te doy cinco minutos, como mucho. —Soltó aire
aliviado. Si pensaba que iba a perdonarlo por oír sus ridículas
excusas, iba dado—. Chicas, esperadme en la esquina.
Las necesitaba, eran mi salvavidas, mi apoyo moral. Las
cinco miraban a Jared como auténticos perros de presa a punto
de atacar a la menor orden. Bueno, las cuatro, que a Claudia la
tenía medio convencida.
Jared no tenía el aspecto lustroso de siempre, incluso
parecía decir la verdad con lo del insomnio a juzgar por sus
ojeras. Mi cara tampoco era para salir en la portada de una
revista, así que estábamos empatados.
—Tú dirás… —dejé ir, cruzándome de brazos a la
defensiva.
—Elle, lo siento. Te juro que lo que dijo Selene no era
verdad.
—¿No era verdad? ¿Qué parte exactamente?
—Todo —respondió muy serio—, pero necesito más de
cinco minutos en la puerta del instituto para contarte por qué
mintió y yo no pude contradecirla.
Uf, aquello apestaba a trola de las gordas, había tenido dos
días para planear una estrategia nueva y que la tonta de Elle se
la tragara. Ni hablar, necesitaba a Selene, si algo tenía la rubia
era que quedar bien le importaba lo mismo que yo, o sea, nada.
—Ya… ¿Y dónde está tu chica?
—Nunca ha sido mi chica. Admito que nos liamos en
alguna ocasión, y que ella quería ser mi pareja, pero yo no,
nunca lo he querido. Selene se ha mudado.
—¿Mudado? —Esa respuesta sí que no la esperaba.
—Sí, estaba pendiente de una beca para estudiar fuera y se
la han concedido, así que estarás un tiempo sin verla. —Y
goool por toda la escuadra. ¡Venga ya! ¡Qué oportuna!
¡Muerta la perra, se acabó la rabia!
—Ah, ya entiendo… O sea, que como tu novia no está,
volvemos a las andadas con el juguete nuevo. ¿Es eso? Pero
¿qué te piensas que soy? ¿Un hueso que puedes morder,
desenterrar y abandonar cuando te dé la gana?
—No eres ningún hueso, ni un juguete. Si por lo menos me
escucharas en lugar de oírme y prejuzgarme…
—¡Ja! Esa sí que es buena… Mira, Jared, aquí el único que
me ha prejuzgado al tomarme por tonta eres tú. Y puede que lo
haya sido al pensar que podría gustarte, que entre nosotros
estaba creciendo algo distinto y que era especial. Seguro que te
partías de la risa a mi costa desde tu casa de Sierra Nevada,
mientras compartías los avances con la bruja de tu novia.
¡Dilo! ¡Dímelo a la cara! ¡Nunca te he gustado!
No lo vi venir, te juro que no lo vi venir hasta que fue
demasiado tarde.
Su boca cayó como un rayo sobre la mía, como un alud en
plena nevada. Y no me refiero a un alud porque lo hiciera con
violencia, al contrario, más bien porque llegó y arrasó con
todo lo que yo era.
Me sentí pequeña, devastada, envuelta, perdida y sola.
Nadie me había preparado para aquel cúmulo emocional que
me arrastraba sepultándome bajo él.
Jared tomó mi nuca para que pudiera inclinar y acomodar
mi cabeza. Era dulce, sexi y arrebatador. Sus labios gruesos,
demasiado mullidos y tentadores. Casi perdí el norte de lo que
hacía o dónde estaba. Casi me dejé llevar. Y digo casi, porque,
por suerte, una parte racional de mi cerebro me mantuvo
anclada a la realidad.
¡Me estaba dando mi primer beso delante de todo el
instituto, con mis amigas por testigo y la ira del engaño
todavía bullendo en mi interior! Pero ¿qué artimaña era esa?
¿Me besaba para callarme la boca, para reírse de mí o para
que la puñetera Nita Ferrer tuviera otra exclusiva? Lo único
que sabía era que aquello no estaba bien, no, así no.
Me separé como pude, alcé el brazo y le crucé la cara.
El plas retumbó en toda la calle, no fue una torta suave.
Nunca había pegado a nadie, salvo a mi hermano, y fue un
cachetazo sin importancia por el cual recibí otro por parte de
mi madre. «La ley del Talión», dijo ella.
La cara perpleja de Jared era un reflejo de la mía propia,
que no daba crédito a lo que acababa de hacer.
—No debiste… —balbuceé con la palma ardiendo y la cara
también.
Sentía vergüenza ajena por mi acto descontrolado y por
tener tantos testigos del beso, un acto que había soñado íntimo
y en ningún caso de aquella manera.
Mis cinco dedos amanecieron en el rostro moreno.
—Lo… Lo siento —me disculpé por el golpe—. No debí
pegarte, no creo en la violencia.
Las lágrimas amenazaron mis ojos y él negó.
—El que lo siente soy yo. Soy yo quien no debió besarte.
¿Por qué? ¿Por qué no era suficiente? ¿Por qué lo hacía
mal? ¿Por qué se había dado cuenta de que ya no le apetecía
jugar?
—Será mejor que me marche. Que tengas un buen fin de
semana.
—Igualmente —respondió más tieso que un palo,
enfrentándose a las risitas y las burlas que crecían como la
mala hierba, en formato alumnos del IES Montevives.
Me di la vuelta antes de que vislumbrara mis primeras
lágrimas y corrí para refugiarme en mi grupo de amigas, que
me esperaban con los brazos abiertos. Se terminó, hasta aquí
había llegado con Jared Loup.
Capítulo 38
La fiesta

El día llegó y los invitados también.


La casa estaba llena a rebosar de adolescentes en bañador,
cócteles sin alcohol, un montón de canapés y sándwiches,
además de música para poder bailar alrededor de la piscina o
incluso dentro de ella.
Yo me había puesto uno de mis biquinis predilectos, era de
lentejuelas iridiscente en color blanco. También me había
recogido el pelo en un moño alto para que no me molestara
durante el baño.
Cuando abrí la puerta, las primeras en acudir fueron mis
veciamigas.
Me puse un vestidito calado en color blanco por encima del
biquini que lo dejaba entrever y calzaba mis chanclas
Ipanema.
—¿Cómo estás? —fue lo primero que preguntó Carla,
dándome un abrazo.
Sabía que no se refería a la fiesta, sino al beso de ayer.
—Mejor, que pasarais la tarde conmigo, soportando mis
comeduras de cabeza, ayudó mucho. Hoy estoy más relajada.
No era verdad, o no del todo. Más bien era una mentira
piadosa, de esas que se dicen para no generar malestar en los
demás. Ayer ya les di la suficiente lata como para estropear la
fiesta de hoy.
—Di que sí. Lo que tienes que hacer es pasarlo bien y
olvidarte del tonto de Jared —me aconsejó Andrea.
Ojalá fuera tan fácil, el recuerdo de su beso no me había
abandonado ni un instante, incluso me pasé la noche
repitiendo la escena, hasta que de golpe Jared se convertía en
una especie de lobo que me perseguía por la montaña.
¡Menuda angustia! El sueño terminó con mi tropiezo y el
gigantesco animal lamiéndome la cara. Cuando abrí los ojos,
era Mr. Peanut quien pretendía despertarme con su lengua
rasposa. Expulsé la imagen al oír la voz de mi madre
alcanzándonos por detrás.
—¡Hola, chicas! —las saludó con efusividad. Ellas le
devolvieron el saludo con educación—. Pasad, no os quedéis
en la puerta.
—¿Se va a quedar? —murmuró Abril.
—No, qué va, se marcha con mi hermano y mi padre al
cine. Después irán a cenar al Tiffani’s. —Un bar que quedaba
muy cerca de casa, pero lo suficientemente alejado—. Eso sí,
me ha dicho que ni se me ocurra apagar el móvil. Me ha
recordado que tengo a tu madre y a la tuya listas para entrar
con extintores si hiciera falta —les dije a Abril y a Carla—. Y
como tu hermano está de permiso, se acercará más tarde con
su novia para supervisar…
—Bah, mi hermano es un sol, no se mete en nada —
murmuró Abril, quien llevaba un conjunto de pantalón corto y
top de tirantes de color negro. Su pelo castaño brillaba por
encima de los hombros, era liso, con un mechón en color azul-
verdoso, a juego con sus ojos.
Todas teníamos un tono de pelo similar, solo que Andrea y
Elena tenían la mirada chocolate, y Carla, verde.
Claudia llegó después que ellas, su padre la había acercado
y el mío lo instó a que pasara para tomarse una cerveza y
enseñarle la casa.
Las seis subimos a mi cuarto hasta que llegó la hora de que
se fueran. Mi madre golpeó la puerta para decirnos que se iban
y que estuviéramos atentas al timbre.
—¡No comprendo por qué tenemos que ir al cine! ¡Yo
prefiero quedarme en la fiesta! —masculló mi hermano
tirando de su camiseta.
—Porque los menores de quince años están vetados, así
que tú te vienes al cine con nosotros. Además, te tengo una
sorpresa. Fede y Rubén vendrán al cine y a cenar.
—¡Tomaaa! ¡Eso no lo sabía!
—Por eso se le llama sorpresa. —Mi madre asomó de
nuevo la cabeza en el interior—. Por cierto, cariño —dijo
dirigiéndose a mí—, tú también tendrás una, a eso de las ocho
sonará el timbre. El hermano de Abril ya sabe lo que tiene que
hacer. Tú solo tendrás que seguir sus instrucciones y meterte
en el baño hasta que te avise, ya te abrirán cuando esté todo
listo.
—¡Qué guay! —exclamó Elena entusiasmada.
—Disfrutad mucho, chicas, y ya sabéis, si pasa algo…
—Mi madre está en casa —replicó Abril.
—¡Y la mía también! —añadió Carla.
—Y yo tengo el móvil listo para llamaros por si surge
alguna emergencia, que no ocurrirá —puntualicé.
—Eso es. Anda, dame un beso. —Apreté los labios contra
su mejilla—. ¡Hasta luego, chicas, divertíos!
—¡Igualmente! —exclamaron todas mientras mi madre se
iba.
—¿Una sorpresa? ¿Qué será? —cuestionó Andrea
entusiasmada.
—Igual es una de esas tartas tan ricas que hace tu madre —
Abril se relamió.
—Si fuera eso, no vendrían a traerla —sospeché—. Vete a
saber lo que se le habrá ocurrido. Mientras no sea un burro
para que subamos y demos una vuelta. —Todas nos echamos a
reír—. Lo mejor será que bajemos, no vaya a sonar el timbre y
no lo oigamos.
Los invitados llegaron a cuentagotas y la casa se fue
llenando de entusiasmo.
Nita Ferrer apareció a eso de las siete y media, y lo hizo
dándome un abrazo que me dejó muerta. No estaba habituada
a tanta efusividad por su parte, y menos con Rache
custodiándola.
—Que sepas que no me pareció nada bien lo que hizo Jared
en la puerta del insti y que, aunque esté en contra de la
violencia, yo formé parte de ese bofetón que le plantaste. Si no
he publicado ningún artículo al respecto, es porque, pese a la
mala opinión que te has formado de mí, nos gustas, tanto a
Rache como a mí. Y queremos que sepas que te apoyamos. —
Las miré anonadada.
—Gr… Gracias, supongo.
—No hay de qué. Estás rodeada de buenas amigas que te
quieren y se preocupan mogollón por ti, pero me gustaría que
te quedara claro que si alguna vez nos necesitas, nosotras
también estaremos ahí para apoyarte. —Me había dejado sin
palabras, y eso, en mí, era extraño.
—Pasad, por favor.
Abrí más la puerta para que entraran. Rache, al pasar por
mi lado, me saludó en japonés y después alzó el puño
proclamando un «abajo el patriarcado» que me dejó loca.
Claudia, que estaba a mi lado, lanzó una risita cuando pasaron
de largo hacia el jardín.
—¿Tú has visto eso? —pregunté incrédula.
—¿Que si lo he visto? Tienes a la Stalker Queen y a su
chica locas por ti. No te extrañe que tarde o temprano te
ofrezcan sumarte a su pareja.
—Pero ¡¿qué dices?!
—No sería tan raro, Rache es de género fluido, ya sabes,
puede sentirse chico o chica dependiendo del momento en el
que esté, y salir con cualquiera de los dos géneros, además, me
parece que han comenzado a introducirse en el poliamor.
—¿Y por qué me ha saludado en japonés? —Si había
reconocido la palabra, era porque mi hermano era muy fan de
Naruto.
—Rache es otaku. —Estreché la mirada sin comprender—.
Ya sabes, esa gente que le va el anime, la música de los BTS,
etcétera.
—¡Ah! No sabía que se llamaba así. Además, yo pensaba
que era gótica, tenía una cabra y le rezaba a Satán, como
siempre va de negro… Sin ánimo de ofender, que cada uno
puede hacer con su vida y sus creencias lo que le dé la gana.
—Claudia se puso a reír.
—Ya, bueno, el estilismo puede asemejarse, y creo que las
cabras no le van.
Rache me miró desde fuera y me guiñó un ojo, con su boca
formando lo más parecido a una sonrisa que le había visto. Yo
levanté el puño, alcé las cejas y desvié mi atención hacia los
siguientes compañeros de clase que ya estaban en el umbral.
Todavía quedaban unos cuantos por llegar.
La fiesta se encontraba en pleno apogeo cuando Antonio
apareció con su chica, nos había dado un buen rato de margen
al aparecer a las ocho menos diez. Lo cierto era que todos se
estaban portando genial y no tuve que llamar la atención a
nadie, salvo a una chica que le dio por abrir uno de los libros
de mi madre. Como ella decía: «Yo no podría leerlos hasta que
me jubilara», por lo que intuí que aquella chica tampoco al ver
sus ojos rodar como bolas de billar.
Estaba a seiscientos segundos de recibir mi sorpresa. Tenía
ganas de saber qué era. Ni Jared, ni ninguno de los Loup se
habían presentado, mejor. En el fondo, pensé que lo harían,
que una de las veces de las que acudiera a abrir la puerta
estaría allí, intentando que lo perdonara.
No fue así, y dudaba que a estas horas apareciera, por lo
que me relajé, salí al jardín y me sumé al baile de mis amigas
sobre la hierba.
Chicas, hoy los tragos están a dos por uno.
Invita a tu amiga, pásenla bien y cuídense.
Ella no quiere la corona en la cabeza, ella la quiere en el vaso.
El amor le dio batazos, y si la invitan a salir, dice «paso», ay.
Ella te bloquea si no siente, y también si siente, por si acaso.
El amor le dio un cantazo, y fue la gota que derramó ese vaso, ey.
Las solteras esta noche,
¿dónde están? Que se reporten.
Se acabó la relación, no la vida.
Sé feliz, yo invito
Sal y perrea, sal y perrea.
Sal y perrea, sal y perrea.

Me reí coreando la letra de Sal y Perrea, de Seh. Estaba


escrita para mí. Todas nos pusimos a gritar desafinadas,
moviendo el trasero al ritmo del estribillo.

Ni aunque me tiren el ramo, me caso.


Por eso sal y, sal y
Sa-Sal y perrea, sal y
Sal y limón en un vaso.
El tequila pa que olvide a ese payaso, eh.

El hermano mayor de Elena estaba en la piscina montado


en uno de los troncos flotadores, luchando contra el capitán de
fútbol de su equipo del Gabias, para ver quién tiraba a quién
antes. Un grupo de chicos y chicas jaleaban a su alrededor
para infundirles ánimo.
Otros bailaban como nosotras o se besaban acomodados en
los sofás de ratán.
Había algún que otro corrillo formado frente a la mesa
larga de la comida y la bebida. Reconocí a varios de altas
capacidades, quienes preferían hablar al resto de actividades.
La cosa iba bien, estábamos bailando el famoso tema
Danza Kuduro, de Don Omar, cuando el hermano de Abril se
acercó a mí.
—Ha llegado la hora, tienes que meterte en el baño.
—¿Ha sonado el timbre? —Ni siquiera lo había escuchado.
—Sí.
—Vale. —Cogí uno de los vasos de piña colada sin alcohol
y me dirigí al baño, tenía una sed que me moría y los nervios
me habían dejado la boca como el esparto.
La novia de Antonio me mostró un pañuelo negro.
—Tengo que vendarte los ojos. Si quieres, lo hago dentro,
para que no te caigas y te des contra el lavamanos.
—Muy considerado de tu parte. —Era lo que me faltaba,
morir desnucada en mi propia fiesta de la piscina.
Me posicioné dentro del baño para que lo hiciera, no
fuéramos a tentar a mi alto grado de mala suerte. Era una
estancia bastante minúscula, por lo que tuvimos que
encajarnos un poco. Una vez terminó, me sugirió que me
sentara en el váter, asegurándose que la tapa estuviera bajada y
nadie lo hubiera salpicado.
Esperé apurando mi vaso, le di vueltas a qué podrían
haberme preparado. Mi madre siempre acertaba con las cosas
que me gustaban.
El tiempo de espera se me hizo eterno, hasta que noté que
la hoja cedía y que Celia, la novia de Antonio, regresaba a por
mí.
—¿Lista?
—Sí, ¿puedo quitarme la venda?
—Todavía no, deja que te lleve al jardín. Tranquila, que yo
te guio. —No me preocupaba demasiado, la salida estaba al
lado—. Vale, ahora voy a aflojarte la atadura, no te asustes que
soy yo.
Los dedos maniobraron detrás de mi cabeza y, a la vez que
la suave tela negra caía sobre la hierba, los acordes de una
canción que conocía demasiado bien llegaron a mis orejas.
Capítulo 39
Decisiones
Jared

Cuando Moon me obligó a salir de la cama, para que me


diera una ducha alegando que teníamos que tocar en una fiesta
privada, no di crédito.
—¡Estoy hecho una mierda! ¡Y Selene no está!
—¿Piensas que no lo sé? —refunfuñó con el cuerpo
reclinado contra la pared.
—Perdona, tío.
—A mí tampoco es que me entusiasme. Es cosa de la
discográfica, ellos vienen a buscarnos y nos llevan. Es un
encargo especial, nos pagan una pasta y nos irá bien
desconectar. Además, que tenemos un contrato firmado y no
podemos negarnos.
—¿Y Sel? No podemos tocar sin la batería.
—Mario vendrá a sustituirla. —Mario era uno de los
músicos que tenía la discográfica de repuesto, se sabía todos
los temas y estaba para emergencias, como era el caso.
—Supongo que no me puedo negar.
—No. Además de que tu culo apesta, métete debajo del
agua, pero ya. —Moon dejó su posición y me dio intimidad.
Me levanté y fui directo al baño con la sensación de
fastidio perpetuo. No dejaba de equivocarme con Elle, hasta el
punto de que me había bloqueado de su vida.
Lo de besarla en la puerta del insti fue un error. Ella no
merecía que la avergonzara poniéndola en evidencia delante de
todos. En mi defensa diré que ya no podía más y que creí que,
poniendo mis labios sobre los suyos, Elle sentiría una especie
de revelación universal sobre que debíamos estar juntos y que
me tenía que escuchar.
No ocurrió, más bien fue lo opuesto, y lo que me llevé, en
lugar de su perdón, fue la marca de sus cinco dedos. Me la
merecía.
Dejé que el agua disolviera mi mal rollo, no era bueno salir
a cantar emocionalmente tocado. Necesitaba refugiar mis
debilidades y sacar al músico interior, el que se envolvía de
una coraza musical para obviar todo lo malo que le ocurría.
Me vestí con la ropa de los conciertos, me puse un poco de
delineador en los ojos y, antes de que Moon tuviera que venir a
buscarme, yo ya estaba listo en el salón.
Me sentía agotado, el sueño parecía rehuirme y anoche,
después de haber estado mirando un buen rato a la luna, decidí
que necesitaba otra carrera que me llevó hasta la mismísima
puerta de la casa de Elle. No sé qué pretendía arriesgándome
así. Puede que me viera en mi forma animal y se diera cuenta
de que no era para tanto.
Fue montarme en la furgo y el suave traqueteo del
descenso, sumado al aroma a cuero de nuestras chaquetas, me
hizo cerrar los ojos y caer rendido sobre el hombro de Bastian.
El pobre ejerció la función de cojín hasta que llegamos.
—Despierta, Bello Durmiente. —Moon me dio un pico en
los labios y yo me puse a escupir.
—Pero ¡¿tú estás loco o qué te pasa?! —Mi amigo soltó
una risotada.
—Y yo que creía que te iba a gustar. Como te va el rollo de
dar besos cuando no se te piden… —Me limpié los restos de
su baba con el antebrazo.
—Eres idiota —mascullé. La puerta corredera de la furgo
se abrió y parpadeé varias veces sin dar crédito a lo que estaba
viendo—. ¿Se trata de una broma de mal gusto?
Mi mirada acusadora se clavó en los ojos de Bastian y
Moon.
—¿A qué te refieres? —preguntó Bastian.
—¿Dónde vamos a tocar? —insistí.
—En esa casa —anotó Mario, apuntando hacia el lugar que
había alcanzado ayer mismo en mi última carrera.
Me froté el rostro con ahínco.
—No puedo entrar ahí.
—¿Por qué? ¿Sientes fobia por las casas blancas? —
preguntó Mario, aguantándose la risa.
—No se trata de eso. —Busqué la mirada de mis hermanos
—. Mi ta misa vive ahí.
—¿La que te cruzó la cara? —inquirió Moon.
Esta mañana él y Bastian me habían sonsacado el motivo
por el que ayer estaba tan bajo de moral.
—La misma.
—Entonces, es el destino. Su madre fue quien nos contrató
ayer mismo para sorprender a su hija, que hoy da una fiesta.
—Ya, a la que os dije que nos habían invitado. Solo que
después del guantazo y que me bloqueara debido al incidente
con Selene, no me pareció muy apropiado asistir.
—Pues, chaval —la mano de Moon se aferró a mi hombro
—, alguien quiere que estés aquí. Puede que sea tu
oportunidad para resarcirte. Yo no la desaprovecharía.
—Ella no quiere ni verme. ¿No lo entiendes?
—No es culpa suya, no fuiste sincero y no comprende
nada. Tienes que hablar de una vez por todas con ella y lograr
que te escuche. Si alguien puede hacerlo, eres tú.
—Odia a los animales —confesé avergonzado. Moon
emitió una risita y Bastian se sumó.
—Una chica dura para nuestro líder… Me gusta… Y a ti
también, así que deja de lloriquear y compórtate como el Alfa
que eres. —Podíamos hablar abiertamente frente a Mario y
nuestro representante, ambos estaban casados con licántropas.
—Tu Alfa es un idiota —murmuré contrito, haciendo
referencia a mí mismo.
—Eso ya lo sabíamos —bromeó Moon—, sin embargo, te
queremos igual y ella también lo hace, estoy seguro.
De un salto, descendí a la calle y miré la fachada que
ascendía frente a mí. No era un cobarde, y si el destino quería
que estuviera en esa fiesta, Moon tenía razón, sería por algo.
Al llamar, nos abrió un tipo con pinta de militar, lo
reconocí de inmediato, era el mismo que paró con el coche y
se llevó a Elle del Baptisterio. A simple vista, no me
reconoció, o no estaría tan sonriente.
—Pasad, tenemos a la chica de la sorpresa encerrada en el
baño hasta que estéis listos, la idea es que cuando salga y le
quitemos la venda, comencéis a tocar. Es muy fan de vosotros.
—Permanecía mudo, por lo que Moon tomó el mando.
—Genial, descargamos los instrumentos, nos enseñas
dónde nos colocamos y listo.
Cuando puse un pie en el jardín, echando una mano a mis
hermanos, las amigas de Elle vinieron directas a mí. Con sus
aguijones listos para clavar.
—Pero ¡¿qué haces aquí?! —Claudia era quien formulaba
la pregunta, con los brazos en jarras y la mirada ceñuda.
Siete mujeres me rodeaban, pues a las amigas de Elle se les
habían sumado Nita y Rache.
—Nos han contratado. De no ser así, no habría venido.
Solo vengo a tocar con los chicos, no a formar un altercado.
Podéis estar tranquilas.
—Como se te ocurra molestarla… —la amenaza la profirió
Abril.
—No voy a hacerlo. Y, ahora, si me disculpáis, tenemos
que montarlo todo.
Las dejé con la palabra en la boca. Me sentía inseguro y no
me gustaba estar en un ambiente hostil. Me había convertido
del más deseado al más odiado en el mismo tiempo que un
Ferrari pasaba de cero a cien. La mayor parte de los asistentes
me miraban de lado.
—¿Les debes dinero? —preguntó Moon al pasar por mi
lado.
—Les debo no ser tan idiota.
Colocamos los instrumentos, y cuando estuvimos listos, mi
hermano le dijo al militar que ya podía ir a buscar a Elle.
Cuando esta apareció, mi corazón era la pelota de una
máquina de Pinball. Tuve que contenerme para no correr hacia
ella, cargarla en mi hombro y salir corriendo. Una chica se
había puesto a sus espaldas para desatar el pañuelo oscuro que
la privaba de visión.
Era la señal, y yo me había quedado mudo al verla con un
biquini que emitía destellos que deslumbraban.
Los primeros acordes de la guitarra temblaron en mis
tímpanos, agarré el micrófono mareado de necesidad y
mantuve el foco de mis ojos puesto en el lugar donde se
ocultaban los suyos.
He salido a hablar con las olas

porque ellas tienen más experiencia

en romperse que yo.

Sus pupilas se dilataron al reconocer mi voz cuando la


alcanzó.
Me he sentado sobre las rocas

para sentir el impacto de tanto amor.

El mismo que las sacude, las desgasta,

las golpea, las devasta, día tras día,

noche tras noche, en un mar revuelto

y ansioso de ti.

Elle estaba inmóvil, como una preciosa estatua de museo.


Los ojos de todos iban de ella a mí. Me importaba muy poco,
porque lo único que quería era que pudiera escucharme con los
oídos del corazón y no con los que quedaban en los laterales
de su cara.
Mil veces pregunté

sin obtener respuesta

sobre qué hice mal

para volverte arena entre mis dedos,

sal sobre mis heridas abiertas.

Alzo mis ojos

en noches de luna llena


para rogar tu perdón

salpicado de estrellas.

Fugaz deseo,

olas que golpean,

erosionando recuerdos

con matices de condena.

Y yo me expongo,

a tu juicio,

a tu valor,

deseando que tu corazón

dicte sentencia.

Eres la afirmación de

que mi vida baila en tu boca,

que mi felicidad nace en


el brillo de tus ojos

y que muero saltando por

el precipicio de tu cuerpo.

Soy náufrago de promesas rotas,

aferrado al madero de estas notas,

a la idea de que mi último aullido

bastará para que me reconozcas.

Fugaz deseo,

olas que golpean,

erosionando recuerdos

con matices de condena.

Y yo me expongo,

a tu juicio,

a tu condena,

deseando que tu corazón


dicte sentencia.

La canción terminó y un silencio ensordecedor nos cubrió a


todos.
Ni siquiera la conocía cuando compuse aquel tema, y ahora
lo sentía más nuestro que nunca.
A ella le debió ocurrir lo mismo, porque no despegó su
mirada de la mía, casi pude escuchar sus pulsaciones
acompasando el estribillo, mientras mi voz rogaba por ser
perdonado.
—Y con esta canción compuesta por el mismísimo Jared
Loup, comenzamos con este miniconcierto de media hora para
animar la primera fiesta de Elle Silva en Las Gabias.
¡Esperamos que sea la primera de muchas y que cuentes con
El Último Aullido para amenizar cada una de ellas! —
prorrumpió nuestro representante, dando paso al segundo tema
—. ¡Vamos a darle caña, chicos! Un, dos, un, dos, tres.
Capítulo 40
Los sueños, sueños no son

Conoces la expresión «si me pinchas, no sangro»?


Pues así estaba.
En primer lugar, por la sorpresa inicial que supuso ver a
Jared en el jardín de mi casa, vestido con aquella chupa de
cuero negro, el pelo revuelto y los ojos maquillados. Quise
moverme, que mis pies obedecieran la orden de un paso tras
otro, que los empujara a salir huyendo, sin embargo, no podía,
el corazón, el motor del cuerpo, no bombeaba con la suficiente
fuerza para llegar a los músculos y que mis piernas se
movieran.
Y, en segundo, y no menos importante, su mirada, su voz,
la letra de aquella canción que no decía nada y lo resumía
todo. Sus ganas, las mías y el aroma a Jared, que todo lo
invadía.
Solo pude salir del trance cuando el representante se puso a
parlotear, fue entonces cuando el canto de sirena se disolvió y
supe que no me podía quedar.
La batería, ocupada por un chico que no conocía, dio la
entrada a la segunda canción y, antes de quedar atrapada de
nuevo por su influjo, me obligué a entrar en casa, subir las
escaleras que llevaban a mi habitación y encerrarme en ella.
Encendí la luz y eché las cortinas. Como si aquel trozo de
tela pudiera impedir que las notas fluyeran hasta mis oídos. Mi
ventana daba justo al jardín, por lo que era inevitable escuchar
cada maldito sonido fruto de su garganta ronca.
Golpearon en mi puerta. Contuve el aliento pensando que
podía ser él quien me había seguido, no obstante me
tranquilicé, pues su voz seguía estando al otro lado del cristal.
—¿Sí? —pregunté comedida.
—Elle, soy yo —reconocí la voz de Antonio, el hermano
mayor de Abril—. ¿Puedo pasar? —Esperaba a cualquiera
menos a él. Cogí una camiseta del armario y me la pasé por la
cabeza, para estar con algo más que el biquini. Después abrí la
puerta.
—Adelante. —Observó mi rostro con atención—. ¿Ocurre
algo?
—Por el modo en que subiste las escaleras, pensé que te
encontraría llorando. ¿Estás bien?
—Si te dijera que sí, ¿colaría? —Antonio negó—. Me lo
imaginaba.
—¿Es por el grupo? ¿No te gusta? Tu madre creía que te
encantaban, según ella, llevas un tiempo que no pones otra
cosa.
—Pensaba que no se había dado cuenta, como siempre está
embebida por sus historias.
—Las madres siempre saben ese tipo de cosas —sonrió.
—Me gustaban hasta el miércoles. —Antonio cerró la
puerta a sus espaldas.
—¿El día que te recogí hecha polvo?
—Ese mismo día. El cantante del grupo, Jared, fue quien
me gastó la broma pesada con su chica, por la que me
recogiste en aquel estado.
—¡No fastidies! Estoy seguro de que tu madre no tenía ni
idea.
—Lo sé, porque no le conté nada. Al traerlos, ella solo
pretendía que fuera una fiesta perfecta.
—¿Quieres que los eche?
—No, total, solo es media hora. Tocan y se van, ¿no es así?
—inquirí esperanzada.
—Yo me encargo de que así sea.
—Pues si no te importa, me quedo aquí hasta que terminen
y después bajo, ¿vale? No quiero amargarles la fiesta al resto.
—Como tú quieras, eres la anfitriona.
—Seguro que las chicas están preocupadas, diles que estoy
bien y que se queden abajo, me apetece estar sola…
—Sin problema. ¿Aceptas un consejo?
—Adelante.
—Todos los chicos hacemos el bobo en alguna ocasión.
Con eso no quiero decir que tengas que perdonarlo, no me
malinterpretes. Es solo que estropear la cosa con chicas
maravillosas va en nuestro ADN. Solemos hacer tonterías
cuando alguien nos gusta y no sabemos gestionarlo. Yo
también he cometido errores y he agradecido cuando la otra
parte ha aceptado mis disculpas. Ese muchacho tenía cara de
arrepentido, y los ojos no mienten. Mientras cantaba, me he
fijado en él y me da a mí que le gustas demasiado y pierde el
norte cuando te tiene cerca.
—¿Y qué hay de su chica? —Antonio se encogió de
hombros.
—Tal vez se ha dado cuenta de que ya no la quiere. A
vuestra edad, el amor para toda la vida es una quimera. Hazte
un favor y respeta que los demás puedan errar, el comprender
que nadie es perfecto, que cometemos errores, ayuda a tomar
conciencia de los nuestros. Es bueno perdonar para que
después nos perdonemos. —Tragué con fuerza—. Bueno, dejo
de darte la brasa, que tú sabes mejor que nadie a quién quieres
en tu vida.
—Gracias por tus consejos.
Antonio salió y yo me tumbé en la cama, coloqué la
almohada entre las piernas y me mecí en ella, dejando que la
voz de Jared calmara mi desasosiego. Tan lejos, tan cerca.
Cerré los ojos y me dejé llevar por su mundo repleto de
posibilidades, y cuando los volví a abrir soñolienta, con la
pereza instalada en mis párpados, me di cuenta de que me
había quedado dormida. Ya no se escuchaban instrumentos,
solo el murmullo de unas voces disipadas y risas carentes de
artificio.
Alguien había apagado la luz y descorrió las cortinas, la
luna se filtraba hasta las sábanas de Stich que me cubrían las
piernas. Pero ¿quién había hecho todo eso?
Intenté buscar a mi alrededor sin ver, no había nadie en la
estancia.
Me puse en pie y ojeé a través de la ventana. La fiesta
seguía sin mí, Jared tampoco estaba y, sin embargo, podía
sentirlo en alguna parte, como si de lejos me mirara.
Un movimiento en el terreno de al lado llamó mi atención.
Era un lugar deshabitado que según los vecinos utilizaba un
constructor para guardar cosas. Estaba muy dejado y no había
ninguna vivienda en él, solo materiales de construcción,
hierbajos y arena.
Vi dos puntos brillantes que me recordaron al día del
Baptisterio, ¿se habría colado algún gato? El mío estaba
encerrado en la habitación de mis padres para que no se
escapara. El muy travieso había aprendido a saltar hacia el
muro con ansias de escaparse a conocer mundo. Y eso que lo
teníamos capado.
Me froté los ojos y enfoqué mejor. Entonces lo vi. ¿Eso era
un husky? ¿Cómo era posible que hubiera entrado ahí? Era
imposible que hubiera saltado, alguien debía haberle abierto la
puerta que daba a la calle. El muro era demasiado alto para
que un perro lo saltara.
Sus ojos se dirigían a los míos, sin ambages. ¿Eran
alucinaciones mías o el perro me estaba mirando?
Entonces, alzó el hocico y le aulló a la luna, fuerte, agudo,
con un lamento sostenido que me encogió el alma.
¿Lo habrían abandonado? Puede que el dueño del terreno
lo hubiera dejado allí para que vigilara los hierros.
Seguí observándolo hasta que sus pupilas volvieron a las
mías y entonces ocurrió lo impensable. El animal se fue
transformando poco a poco en una persona de carne y hueso.
El pelo desaparecía dando paso a una piel morena sin mácula.
Ríete del láser.
¿Seguía dormida? ¿Estaba soñando?
Mi aliento dejó una capa de vaho en la ventana, me había
acercado tanto para verlo mejor que había perdido la visión.
Cogí la parte baja de la camiseta y la froté para despejar la
neblina.
Busqué el hocico del animal y di un salto hacia atrás
alejándome del rostro que quedaba diluido entre las sombras.
¡Esa cara no era la de un animal!
¡No, no, no, no! ¡No podía ser!
Volví a la ventana con miedo por ver lo mismo, pero ya no
había nada.
Di la luz, incluso saqué la cabeza por la ventana y grité.
—¡Jared! —Alargando la última vocal.
Mis compañeros y amigos alzaron el rostro hacia donde yo
estaba. Vi a mis veciamigas darse codazos entre ellas y
cuchichear.
¡Dios, estaba haciendo el ridículo! Yo… juraría que no era
una alucinación, que lo había visto. Cerré la ventana con
fuerza.
Sentía vergüenza por mis delirios. «¡Allí fuera no hay
nada! ¡Estás obsesionada!», me dije. Y, sin embargo, no podía
quitarme de la cabeza la idea de que lo que había ocurrido era
real.
La puerta se abrió y mis amigas entraron en pelotón. El que
se activaba para las emergencias en cuanto detectábamos
problemas a la vista para una de nosotras.
No pude contenerme y les pregunté.
—¿Habéis visto a Jared?
—Se ha marchado hará unos quince minutos. Pidió hablar
contigo, pero le dijimos que no querías que te molestaran. Al
menos, eso dijo mi hermano. —Fui directa al armario y
busqué unos pantalones cortos. Tenía que salir a la calle y
constatar que mi mente perversa me hacía ver cosas
imposibles.
—¿Quién de vosotras ha entrado en mi habitación, ha
apagado la luz, ha descorrido las cortinas y me ha cubierto con
la sábana? —Entre ellas se miraron y no obtuve respuesta—.
¿Ninguna?
—¿Alguien ha entrado aquí mientras dormías? —preguntó
Andrea con temor.
Mi corazón me decía que había sido él, que de algún modo
hizo todas esas cosas para que supiera que había estado allí,
preocupándose por mí. Y que si dejó descorridas las cortinas,
era porque quiso que viera lo que vi.
«¿El qué?», farfulló mi consciencia, «¿qué es un husky?». Si
mentaba la posibilidad a mis amigas, no me iban a dejar salir y
me pondrían una camisa de fuerza.
—Elle, contesta —insistió Elena.
—No lo sé, puede que fuera Nita o Rache. —Las vi
respirar aliviadas.
Me calcé las zapatillas y cogí las llaves de casa.
—¿Qué haces? —me preguntó Carla.
—Necesito que me dé el aire, voy a salir fuera un rato.
—¿Sola? —insistió Andrea.
—Voy a ir aquí al lado, no me va a pasar nada. Tengo que
despejarme un poco, eso es todo. No me miréis así, no va a
pasar nada —repetí—, tengo buenos pulmones y puedo gritar
si Papá Noel me quiere secuestrar para que me convierta en
una de sus elfas. —Claudia se puso a reír. Menos mal que
alguna compartía mi humor.
—Vale, pero llévate el móvil. —Abril fue quien me lo
tendió.
—Si en un rato no has vuelto, salimos a buscarte… —Esa
era Elena.
—Gracias por preocuparos, sois las mejores. Pero podéis
relajaros, ahora mismo vuelvo, que no quiero fugarme de casa.
Bajé las escaleras de dos en dos y salté el último peldaño.
Fui hasta la entrada, donde debería haber estado la furgoneta
del grupo. No había nada.
¿Dónde estaría? Abrí la puerta de la cancela y me dirigí
hasta la del terreno de al lado. Empujé e intenté abrirla.
Imposible, estaba cerrada con llave. Miré el muro y pensé que
era demasiado liso y alto como para escalarlo, aun así apoyé
las manos y un pie. Si Jared había podido, yo también. Lo
único que logré es que mi zapatilla resbalara.
—¿Jared? —cuestioné lo suficientemente alto para que me
oyera sin molestar a los vecinos.
—No está —respondió una voz masculina. Giré la cabeza
hacia el árbol del parque y me di cuenta de que era Moon
quien respondió dando una larga calada a su cigarrillo.
—Lo he visto desde mi ventana —apostillé, afianzándome
en lo que creía haber vislumbrado—. Estaba en ese
descampado.
Me ofreció una sonrisa lobuna.
—Lo sé. Él también sabe que lo has visto, y si quieres
aclarar las cosas de una vez, te sugiero que te des prisa y vayas
con la mente abierta. Fue en dirección a los almendros —
acotó, lanzando la colilla hacia ellos.
Ambos nos miramos y yo asentí con la decisión tomada.
Capítulo 41
Licántropo

Caminar sola a las nueve y cuarto de la noche tampoco es


que fuera para tanto, de hecho, la mayor parte de los días no
volvía a casa hasta las nueve y media o diez menos cuarto.
Lo extraño era subir la cuesta de la calle en dirección al
campo de árboles frutales donde no estaba muy segura de qué
iba a encontrarme. Las yemas de los dedos estaban frías por
los nervios, notaba los músculos del cuello rígidos debido a la
tensión y mi corazón latía a un ritmo desacompasado.
Mientras recorría el trecho, me visualicé sosteniendo una
correa que sujetaba a un husky de pelaje suave por el cuello.
«¡Menuda estupidez!», pensé, alzando la comisura derecha del
labio.
Todo había sido muy extraño, desde la visión del perro
convirtiéndose en Jared hasta la conversación con Moon.
Quedaban pocos pasos para llegar al punto indicado. Mi
barrio, la Aljomahima alta, era el más alejado del centro. Mi
calle se ubicaba la antepenúltima, después solo quedaba una
vasta zona de tierras de cultivo, sobre todo, de almendros y
olivos.
Había paseado varias veces entre ellos desde que llegamos,
observando cualquier regalo que la naturaleza quisiera
ofrecerme por el camino. A veces, en forma de gigantescos
dientes de león que me gustaba soplar, imaginando que eran
deseos por cumplir, y otras, como fragmentos de cuarzo
blanco que asomaban entre la tierra despreocupados.
Por fin llegué al final de la cuesta e hice un barrido ocular.
Moon dijo que allí estaría Jared y, sin embargo, no lo veía.
Cerré los ojos e inspiré con fuerza captando un matiz de
frescor que se colaba por mi derecha. Tenía que ser él, solo él
olía así, a naturaleza salvaje. Recorrí varios metros,
adentrándome en el camino que se alejaba de las casas, sin
perder aquel aroma que se intensificaba a cada paso.
La luna estaba gigantesca y brillante. Era casi imposible
apartar la vista de su grandeza, se veía tan atrayente como
hipnótica.
Una sombra alargada creció frente a mis retinas. Alguien
permanecía de pie, con el hombro apoyado en la corteza de un
tronco retorcido y la vista puesta en la mismísima reina
nocturna.
Supe de inmediato que era él, la cazadora lo delataba.
¿Estaría oyendo mis pisadas? ¿Me olería del mismo modo en
que yo lo percibía a él?
No se dio la vuelta, ni siquiera cuando me tuvo a sus
espaldas, parecía una estatua oscura y demasiado alternativa
como para estar expuesta en mitad del campo. Me puse a su
lado, y adopté su misma postura con la barbilla alzada hacia la
noche.
—Está preciosa —murmuré.
El silencio era algo que solía incomodarme, sobre todo, si
tenía a alguien al lado con quien poder ponerle fin. Tenía la
necesidad de hablar, de llenar el vacío con conversaciones
banales. Si estaba sola en casa, encendía la tele o me ponía
música, no me gustaba estar envuelta de sonidos desconocidos
y ajenos a mi voluntad.
Él cambió de ángulo y apoyó la ancha espalda contra el
almendro para buscar mi rostro con su mirada. Yo también
modifiqué el mío, para enfrentarlo cara a cara. Tenía que
curvar el cuello ligeramente hacia atrás para poder
contemplarlo a los ojos.
—Esto no va a ser fácil. —Fue lo primero que dijo.
—¿El qué?
—Que aceptes lo que soy. Que tomes consciencia de que lo
que has visto a través de la ventana es aquello que no pude
decirte en el Baptisterio porque no me hubieras creído, y me
aterraba la idea de que pudieras sentir miedo de mí.
—Entonces, ¿no era una ensoñación o un efecto óptico?
¿Algún truquito realizado por tus amigos con un proyector o
algo por el estilo? —razoné en voz alta mientras él negaba.
—Lo que has visto es lo que soy. —¿En serio pensaba que
me iba a creer ese truco de mago barato? Decidí seguirle el
juego a ver hacia dónde me llevaba.
—¿Por eso me preguntabas si me gustaban los perros? ¿Por
qué eres un husky siberiano? —pregunté con retintín. Él
parpadeó varias veces incrédulo y rio con fuerza.
—No soy un husky.
—Bueno, no es que yo sea una experta en razas, pero a mí
me pareciste un perro de tiro, de esos que usan en Siberia para
los trineos… Como los de la peli Bajo Cero —contraataqué
picajosa. Él seguía teniendo la misma expresión risueña ante
mis cavilaciones.
—Te repito que no soy un husky, aunque me encantan esos
perros. ¿Has oído hablar de los licántropos?
—Ummm, espera, ¿eso no sale en Crepúsculo? —¡Venga
hombre ahora me iba a decir que Moon era un vampiro!
—Exacto, digamos que Jacob Black y yo somos parientes
lejanos. —La que reí esta vez fui yo.
—Anda ya, eso es una peli de fantasía, y él se convierte en
lobo, no en perro, como te ha pasado a ti. ¡Dios, creo que ya
me ha picado una de tus pulgas! —Me rasqué la espalda.
—Esa debe ser de tu gato. A mí me desparasitó esta
semana el veterinario —me guiñó un ojo resuelto—. Tienes
que abrir la mente. Toda fantasía tiene su base en el mundo
real.
—Ya, pero lo que tú intentas que crea es puramente ficción.
Acepto que hay tíos superpeludos que deberían enfundarse en
un traje de neopreno, porque con el gorro, en la piscina, no les
vale. O auténticos forofos de la luna. Incluso te compro que
hay algunos que se hacen modificaciones corporales para
adoptar una apariencia animal. Pero eso no los convierte en
lobo. —Me crucé de brazos con gesto apretado.
—Pues, lo creas o no, lo que has visto es lo que soy, mitad
hombre, mitad animal —contraatacó. ¿En serio estábamos
hablando de la posibilidad de que Jared sufriera una mutación
que lo convirtiera en perro?
—A ver si lo entiendo —rezongué—, a Peter Parker le picó
una araña y se convirtió en Spiderman, y a ti te mordió un
perro y te convertiste en Hachiko. ¿Es así?
—Hachiko era un perro japonés de raza Akita, no un lobo.
—Bueno, para el caso, da lo mismo, me da igual que te
mordiera Hachiko o el que le sopló la casa a los tres cerditos.
¿Me estás intentando convencer de algo así?
—No, a mí no me mordió nadie. Mis hermanos y yo no
somos MENA al uso, como le hacemos creer a todo el mundo,
somos licántropos, mitad humanos, mitad lobos. Fuimos
creados al mismo tiempo que los humanos, nuestra función es
la de ser sus protectores.
—¡Venga ya! —rezongué y él alzó las cejas. Parecía estar
divirtiéndose con mi desconcierto.
¿Me estaba tomando el pelo? ¿Y si todo estaba siendo un
sueño y todavía seguía metida en la cama? Busqué algo en él
que no encajara y lo encontré en sus manos.
—Ahí lo tienes —lo acusé—. Si fueras un auténtico
hombre lobo, no podrías llevar plata encima, es como si me
dices que Drácula desayuna una tostada con ajo y se va de
vacaciones a Jamaica para mejorar su bronceado. —Jared
volvió a reír acariciándose los anillos.
—Eres de lo más ocurrente. Hay mucha leyenda urbana al
respecto, y los chupasangre no son como nosotros, esos sí que
no existen.
—Porque tú lo digas. Si hay hombres lobo, tiene que haber
vampiros por narices, son vuestros principales enemigos. —
Arqueé las cejas. Jared sonrió.
—Vaya, te lo estás tomando mejor de lo que esperaba…
Pensaba que en cuanto lo supieras, saldrías corriendo.
—Si te soy sincera, si no me marco los cien metros lisos, es
porque no te creo… Me parece que o estoy soñando, o me
estás tomando el pelo.
—¿Un sueño? Nunca bromearía con algo tan serio como
esto. —Su ceño se apretó ofendido.
—Pues tiene que serlo, porque si tú fueras un lobo de
verdad, estaría muy asustada y ni Usain Bolt me alcanzaría
—No tendrías por qué salir huyendo. Nuestra función es la
de proteger a la humanidad, no arrasar con ella. Yo nunca haría
algo que pudiera dañarte. De hecho, cuando Selene te contó
aquella burda mentira y vi lo mal que lo pasabas, tuve ganas
de soltártelo todo allí mismo, aunque reconozco que no
estabas preparada.
—¿Y piensas que ahora sí? ¿Qué te ha hecho cambiar de
parecer?
—Pues que alguien muy sabio llamado Moon me ha dicho
que no existen los momentos perfectos, y más para una cosa
así. Lo que estoy haciendo contigo es un salto de fe. Si se
supiera lo que somos, sería más peligroso de lo que crees, solo
algunos humanos han sido capaces de guardar el secreto, otros
nos han dado caza y hecho experimentos con los de nuestra
raza. Quedamos muy pocos. —Jared se había puesto serio y yo
estaba esperando que alguien saliera con la cámara oculta para
subirlo directamente a YouTube con mi cara de pringada.
—¿Me estás diciendo que estás en peligro de extinción? —
pregunté, intentando encontrar el móvil que nos grababa.
—Algo así. No obstante, espero poder tener un futuro
contigo. —Ahora sí que me había quedado perpleja. ¿Eso
formaba parte de la broma?
—Un segundo. ¿Hablas de ti y de mí? ¿De un futuro entre
nosotros? —Él recorrió la distancia que nos separaba y
acarició mi mejilla con el dorso de su mano. Fue tan ligero que
casi no pareció real.
—Por supuesto. Eres mi ta misa.
—¿Tu camisa? —Jared rio a boca llena y el sonido vibró en
mi pecho. Me gustaba oírlo reír.
—He dicho ta misa, quiere decir mi mitad. —La
imaginación que tenía este chico no tenía límites.
—Yo no soy la mitad de nadie, soy un todo muy completo
—respondí, dando una vuelta sobre mí misma. Estaba cansada
de escuchar esa falsa verdad de que éramos mitades de una
fruta, incompletas, hasta que no dábamos con la otra parte.
—Es un término antiguo, quizá obsoleto. Quiere decir que
nos complementamos.
—No sé qué decir, todo esto es muy raro…
—Comprendo que necesites tu tiempo para asimilarlo, es
solo que me gustaría que no te cerraras en banda y me dejaras
mostrarte poco a poco quién soy y lo que podemos llegar a ser.
—Todavía no me creo que seas un perro.
—Lobo —me corrigió.
—Sí, bueno, eso. Si fueras un animal, te tendría alergia y,
que yo sepa, no me ha salido ninguna roncha estando contigo.
—Soy hipoalergénico, por eso no tienes que preocuparte.
—Me guiñó un ojo. Tenía respuestas para todo. Le seguí la
broma.
—¡Anda, como mi nórdico!
—Exacto, pensado para envolverte y darte calor mientras
duermes. —Me encendí como una bombilla y Jared volvió a
reír.
Me daba un poco de pavor caer en un juego. Jared tenía la
habilidad de hacerme sentir muy cómoda, a la par que
vergonzosa. La distancia entre nosotros me había hecho sentir
mal estos días.
—Tus salidas son algo que siempre me han gustado de ti,
no te callas nada —observó, cruzándose de brazos.
—Mi padre dice que fui una vieja desde niña.
—Lo que eres es preciosa.
Cuando decía esas cosas, me miraba de aquel modo y el
corazón se me disparaba, y ahí sí que sentía miedo, pavor a no
ser correspondida, a que mis sentimientos fueran
menospreciados.
—Cuando me dices este tipo de cosas…
—¿Te incomodo?
—Me pones nerviosa.
—Pues no te digo ni la mitad de cosas que querría decirte,
Caperucita Roja.
¿Iba a entrar al trapo? Porque era exactamente lo que me
pedía el cuerpo, adentrarme en su mundo, fuera real o fantasía.
¿Y si había una remota posibilidad de que lo fuera?
¿Querría salir huyendo o sería capaz de asumir el control de
mis miedos y aceptar lo que se suponía que era? Fuera como
fuese, ahora no tenía ganas de salir corriendo.
Capítulo 42
Caperucita

Caperucita Roja. Con lo que me había gustado siempre


ese cuento porque el lobo terminaba con un tiro en el trasero.
¿Y ahora qué? ¿Pretendía hacer mi propia versión de la
historia con un cantante de rock supersexi que decía ser mitad
lobo?
Jared seguía mirándome juguetón y yo entré al trapo.
—Muy bien, si yo soy Caperucita, ¿se supone que tú eres el
lobo que se ha comido a mi abuela?
—¿Me ves pinta de jubilada?
—Las apariencias engañan, quizá deba probar… —Jared se
estaba divirtiendo y yo también, por lo que seguí metida en mi
papel. Me aclaré la garganta, hice unos cuantos pestañeos e
intenté que mi voz sonara infantil.
—Abuelita, abuelita, que ojos más grandes tienes. —Sus
pupilas centellearon y respondió con voz grave.
—Para verte mejor…
—Uy, te reservaré hora con el oculista, no vayas a ser
miope, a tu edad, ya se sabe. —Jared rio y yo lo hice con él.
Continué—: Abuelita, abuelita, que orejas más grandes tienes.
—Son para oírte mejor.
—Eso es normal, a los abuelos es lo primero que les crece.
¿Y qué me dices de tu nariz? También la tienes enorme.
Sus ojos no podían estar más alegres y brillantes. Agachó
el rostro hacia mi cuello, me tomó de los hombros y,
aprovechando que mi pelo estaba recogido en el moño,
recorrió el espacio con una inspiración profunda que murió en
el hueco de detrás de la oreja.
Una corriente eléctrica zigzagueó encogiéndome los dedos
de los pies.
—Es para olerte mejor.
La boca se me había secado y tenía la piel de los brazos
erizada. Se separó de mí, muy poco, tan poco que necesité
pellizcar el labio inferior entre los dientes antes de formalizar
la última pregunta.
Mi corazón latía cada vez más veloz y el tono de mi voz
dejó de ser agudo.
—A… Abuelita, y esa boca, ¿por qué la tienes tan grande?
Cuando vi su lengua humedecer el contorno, mi estómago
hizo un requiebro.
—Eso es para besarte mejor… —respondió, dejando morir
las palabras sobre mi boca sin rozarla.
No se movió, se quedó muy quieto, con la mirada cargada
de promesas y una férrea invitación. Nos mantuvimos así unos
segundos, percibiendo nuestros alientos, sin que ninguno
arrancara.
¿Pretendía que diera el primer paso? ¿Que me lanzara a sus
labios cuando no tenía ni idea de qué hacer con ellos? ¿O
puede que fuera prudencial por recibir una bofetada cuando lo
intentó el otro día? ¿Y si no lo intentaba de nuevo? «¿Y qué
más da si empieza él o lo haces tú?», me espoleó mi voz
interior.
—¡Pues que no tengo ni idea de besar! —protesté entre
dientes. Sus ojos se abrieron como platos y una sonrisa
soberbia floreció en la zona que copaba toda mi atención.
—No necesitas saber, solo te has de dejar llevar, si tengo tu
aprobación y tu promesa de que esta vez no vas a golpearme,
comienzo yo. ¿Me dejas?
¡Qué vergüenza! ¡Lo había dicho en voz alta! Y ahora
Jared conocía mi miedo a hacer el ridículo, seguro que
pensaba que era una pava. Tenía que remediarlo.
—Tienes mi permiso —terminé diciendo. Él volvió a
sonreírme y su rostro descendió sobre el mío.
Lo hizo con muchísima prudencia, con más cautela que la
primera vez.
Los recorrió despacio, para darme tiempo a acostumbrarme
a su tacto mullido. Me gustaba, el modo en que envolvía los
míos saboreándolos igual que un apetitoso postre, tomando mi
labio inferior entre los suyos para humedecerlo un poco con la
lengua.
La mano derecha vagó hasta mi barbilla y con la izquierda
presionó mis lumbares hacia él. Necesitaba coger aire, no me
bastaba con el que me proporcionaba la nariz, abrí la boca y su
lengua lo tomó como una invitación hacia la exploración.
Había visto cómo se besaban en las pelis, sin embargo, una
cosa era mirar y otra sentir. No estaba segura de si la sensación
de su lengua sobre la mía me terminaba de gustar, me puse
tensa de inmediato.
—Shhh, relájate, déjate ir, todos nos ponemos nerviosos la
primera vez —murmuró, ofreciéndome una sonrisa
conciliadora—. ¿Quieres probar a hacerlo tú? ¿A tu ritmo?
Puede que fuera lo mejor. Algo tenía que hacer si no quería
convertir aquel segundo beso en otro desastre. ¡Malditos
nervios!, igual tendría que haberle hecho caso a Claudia y
practicar.
Nunca había sido de abandonar. Además, era de las que me
gustaban los retos y superarme constantemente. Tomaría lo del
beso como un desafío y nos demostraría a ambos que podía
hacerlo.
—Quiero besarte yo.
—Pues adelante, soy todo tuyo —se ofreció.
La idea de llevar el control, aunque no supiera muy bien lo
que estaba haciendo, me relajó. Esta vez fui yo quien colocó
los dedos en su cuello, quien se deleitó con la suavidad de los
mechones de pelo oscuro y la que lo oyó emitir un gruñido
bajo. No era lo mismo que hacía mi gato cuando lo acariciaba,
pero se asemejaba. El sonido me dio la confianza que
necesitaba para seguir avanzando.
Me puse de puntillas y él bajó su cabeza para darme mejor
acceso.
Intenté imitar lo que él había hecho. Primero mojé mis
labios y me dispuse a adorar los suyos, a mi ritmo, notando
como a cada caricia me sentía más segura.
Jared no se quejaba, al contrario, me devolvía los besos y
seguía percibiendo aquel gruñido interior que me daba fe en lo
que estaba haciendo. Me atreví a juguetear con ambos labios
de un modo más intenso, incluso llegué a mordisquearlos
como me exigía mi fuero interno.
Cuando abrió la boca, estaba lista para entrar en ella,
bucear en la necesidad de paladear su sabor y envolver su
lengua con la mía.
Al principio, con cierta timidez y, a medida que
transcurrían los segundos, sin ningún tipo de pudor.
Nos besamos hasta que dejé de sentirme para sentirnos,
hasta que nuestros cuerpos estaban tan pegados que no podías
distinguir dónde empezaba el suyo o terminaba el mío. Hasta
que supe que daba igual lo que Jared fuera, porque no lo
quería lejos.
Nos separamos con las bocas hinchadas y algo enrojecidas.
Con la sonrisa del que quiere y se siente correspondido, con la
esperanza de que quizá sí que podríamos funcionar como
pareja.
—Elle… —susurró, pulsando una última vez su boca sobre
la mía. Yo sonreí.
—¿Lo he hecho muy mal? —pregunté insegura.
—¿Me estás pidiendo que te ponga nota, señorita Silva?
Porque es imposible que te ponga menos de un nueve y medio.
—¿Y qué pasa con el medio punto que me falta? —lo tenté
coqueta.
—Pues que vas a tener que darme muchos besos más,
porque la perfección requiere práctica…
—Eres un tramposo —bromeé, devolviéndole un beso
apretado.
—En el amor y en los besos todo vale.
—Entonces, voy a ir a por ese diez.
Di un salto y me encajé en su cintura. Él me sostuvo sin
ningún tipo de problema y seguimos comiéndonos la boca un
buen rato más, hasta que su sabor colmó mis papilas gustativas
y mi móvil se puso a sonar como un loco.
Capítulo 43
¡No te desnudes!
Jared

La cosa salió mucho mejor de lo esperado. Puede que Elle


no me hubiera creído del todo, pero, por lo menos, había
conseguido besarla y que ella me devolviera el beso. Romper
la distancia que me estaba matando y corroborar por fin que
ella era mi destino.
Cuando un lobo macho encontraba a su hembra y ella,
voluntariamente, le ofrecía su afecto, durante el primer beso de
amor que solía durar un promedio de quince a veinte minutos,
el macho experimentaba una quemazón en alguna parte del
cuerpo. En mi caso, habían sido los brazos con los que la
estaba sosteniendo y sabía que, a partir de mañana, aquel calor
abrasador habría sido cubierto de símbolos tribales que
siempre se activarían cada vez que Elle y yo compartiéramos
un momento de intimidad.
La bajé al suelo en cuanto su móvil comenzó a sonar y la
insté a cogerlo.
Llevábamos un buen rato allí solos, podía imaginarme
quién la llamaba con tanto ahínco si había abandonado la
fiesta.
—Sí, sí, tranquilas, sigo con vida y estoy bien. No, no estoy
sola. Sí, estoy con él… Me estaba esperando para aclarar las
cosas. No sufráis que vuelvo en nada… Que sí, pesadas, que
yo también os quiero. —Elle les lanzó un beso y guardó el
móvil en el bolsillo trasero de su pantalón corto, para después
mirarme sonrojada.
—Eran las chicas… Les dije que iba a tardar cinco
minutos… Estaban preocupadas.
—Ya veo.
—Oye… ¿Te apetece venir a la fiesta? Mis padres no
llegan hasta las doce, podríais uniros tú y Moon. Por cierto,
¿cómo volveréis a Sierra Nevada si habéis venido en furgo y
no estaba?
—Corriendo. —Se echó a reír.
—Va, en serio —insistí—. No es necesario que sigas con
esto. Ya te he perdonado por lo del Baptisterio, me conformo
con que me digas que no se va a volver a repetir, que lo tuyo
con Selene está más que terminado y que el beso que hemos
compartido es porque te gusto.
—Por supuesto que me gustas, no quiero que dudes ni un
segundo de eso. —Su mirada chisporroteó—. Hagamos una
cosa, date la vuelta, me dejas que me desnude, me transformo
y me prometes que no sales corriendo, ¿te parece? —Elle
parpadeó emulando a la lechuza de Harry Potter.
—No te ofendas, pero no, verte en pelotas es demasiado —
me dijo cohibida.
—Es que si me transformo con la ropa puesta, me la cargo;
cuando me convierto, casi triplico mi tamaño, necesito tenerla
íntegra para después acompañarte a tu fiesta. —A ella se le
escapó una risita nerviosa, no me creía ni de milagro.
—En serio, si lo que buscas es impresionarme con tu
cuerpazo de atleta, no es necesario, ya te he dicho que me
gustas… —Dejé caer la chupa de cuero y me saqué la
camiseta por la cabeza—. ¡Ay Dios! —exclamó al verme sin
ella—. ¿Desde cuándo vas tatuado? —Miré los preciosos
tribales que decoraban mis brazos, eran negros y brillantes.
—¿Te gustan? —le pregunté.
—No me vas a creer cuando te lo diga, pero… llevo
dibujando esto mismo desde que llegué a Las Gabias, no me
preguntes por qué, pero en mi cuarto tengo el cuaderno lleno
de esto, no se lo había enseñado a nadie porque creía que era
una paranoia. Estoy alucinando… —Sus manos acariciaron
uno de los tatuajes y mi piel se retorció de placer, apreté los
dientes y siseé—. ¿Tiene algún significado para ti? ¿Es de
alguna peli o libro que se me haya quedado en el
subconsciente y no lo recuerde?
—Representa el amor correspondido, la fuerza de la
manada, el animal que llevas dentro y el encuentro de almas
que se complementan.
—Qué bonito.
—¿Me creerías si te dijera que ayer no los tenía y que no
estaban en mi piel hasta que me has besado? —Elle puso los
ojos en blanco.
—¡No fastidies! Mira, Jared, una cosa es que bromees un
rato y otra que te pases tres pueblos. —Su tono se estaba
volviendo hosco y a mí me cabreaba que pusiera en duda todo
lo que le dijera, así no íbamos a avanzar. Apoyé la punta de un
pie contra el talón de la zapatilla y la lancé hacia delante para
descalzarme, después la otra—. ¿Qué haces?
—Lo que necesitas. Tu mente analítica te impide cualquier
acto de fe, creer sin ver. Así que voy a constatar hechos para ti,
así no podrás decir que miento. —Elle se puso a mordisquear
la uña del dedo pulgar.
—Me lo estás poniendo muy difícil —murmuró.
—¿Yo a ti? Ni de coña, aunque pienso resolverlo ahora
mismo. Si no quieres que te ofenda, date la vuelta porque voy
a bajarme los pantalones y los calzoncillos a la vez.
—¡Ni se te ocurra! ¡Jared, no! —exclamó al verme llevar
las manos al botón y tirar de la cremallera, se dio la vuelta de
inmediato y yo me quité las prendas de mala gana—. Por
favor, dime que no estás desnudo.
—No estoy desnudo —respondí por inercia, provocando
que ella se diera la vuelta mientras yo cubría mi intimidad con
las manos.
—¡Me has mentido! —gritó llevándose las manos a la cara.
—Me has pedido que te diga que no estoy desnudo y lo he
hecho —respondí divertido porque fuera tan vergonzosa. La
desnudez no era un problema para mí.
—¡Pueden verte los vecinos! ¿Qué fue de Superman y la
cabina telefónica?
—Yo no soy un superhéroe y ya no las fabrican. Además,
aquí no hay nadie y es necesario. Quítate las manos de la cara,
Elle, te lo suplico.
—Pero que sea rápido y luego te vistes y nos vamos.
—Prometido.
Ella lanzó un improperio. Por raro que parezca, obedeció,
aunque solo separó un par de dedos para mirar entre ellos. Y
entonces lo hice, me concentré y dejé camino a mi animal
interior para convertirme a sus ojos.
Un grito me alcanzó con la fuerza de un rayo y después se
oyó un golpe seco. Elle se había caído redonda al suelo.
Varios aplausos anunciaron que no estábamos solos. Me
giré hacia la procedencia del sonido y me di cuenta de que
Moon nos estaba mirando agazapado entre las ramas de un
árbol.
—Muy poético, pero mira que eres bruto… —dio un salto
y cogió a Elle entre sus brazos.
Gruñí al verla suspendida entre ellos.
—Tranquilo, husky siberiano, solo voy a llevarla a casa
mientras tú terminas de exhibir el rabo. —Mi cola se agitó y
volví a marcarlo con un gruñido. Tenía que tirar de
comunicación mental para hablar con él.
—Suéltala.
—No seas cachorro, no le voy a hacer nada, lo único que
quiero es cuidarla. Es la chica de mi líder —respondió,
apretándola contra su pecho. Los celos se dispararon, mi parte
racional se veía mermada por la animal que me hacía
reaccionar por instinto.
—Yo puedo hacerlo —gruñí.
—Ya lo sé, sin embargo, no creo que quiera llegar a casa
montada en tu grupa, por muy espectacular que fuera. Ahora
que ya le has causado un trauma de por vida, lo mejor es que
vuelvas a tu forma humana.
—Era necesario que lo hiciera. ¡No me creía!
—Ya lo he visto y también que no eres el rey de la sutileza.
Podrías haber ido introduciéndola más despacio.
—Sí, claro, podría haberme esperado a que pariera mi
camada.
—No me refiero a eso y lo sabes. Podrías haberla llevado a
casa, presentarle a Jerome y Tasya, mostrarle libros. Hay
maneras y maneras.
—Quizá me ha podido la desazón de falta de confianza.
—A lo hecho, pecho, ahora tienes que cruzar los dedos y
valorar su reacción cuando despierte. Veremos si un beso ha
sido suficiente como para aceptar que su chico es su nuevo
abrigo para las noches de invierno.
Iba a transformarme cuando escuché un crujido a mis
espaldas y el hedor de los migrantes alcanzó mi hocico.
Abrí los ojos desmesuradamente y le grité mentalmente a
Moon.
—¡Llévala a casa! —Mi hermano estaba dispuesto a
hacerlo, si no fuera porque en un visto y no visto nos tenían
rodeados.
Capítulo 44
¿Quién es quién?

Abrí los ojos sin comprender muy bien qué había


ocurrido. Me costó darme cuenta de que estaba tumbada en el
suelo y que a mi alrededor se oían gruñidos. Palpé la arena. Un
momento…
El recuerdo de Jared convirtiéndose en un gigantesco
perrazo de las nieves me sacudió de cabeza a pies, un sudor
frío serpenteó en mi espalda mientras mi cuerpo temblaba ante
la posibilidad de que no se tratara de un sueño y que Jared me
hubiera dicho la verdad desde el principio, no obstante, eso era
imposible, ¿no?
—Elle, ¿estás bien? —Una voz femenina muy familiar
retumbó en mi cabeza. Volví a oír un gruñido. Lo que me instó
a abrir los ojos. El corazón se me paró en seco.
No había uno, sino dos enormes seres peludos
flanqueándome. Uno lo reconocí como Jared y el otro, que era
de pelaje albino e intensos ojos azules, me recordó a Moon,
debido a sus características.
Ambos gruñían hacia un grupo de chicos. Los cuatro eran
invitados de mi fiesta. ¡No podía ser!
La voz que se había dirigido a mí pertenecía a Rache. Los
otros tres eran Dani, un chaval algo reservado con el que casi
nunca hablaba, Antonio Méndez «el graciosillo de la clase» y
Abraham, su prima hacía ballet conmigo.
Intenté incorporarme, y Perrojared giró su cabeza,
clavando sus iris azules en los míos para gruñirme con fuerza.
Estaba muy asustada.
—¿Elle? —volvió a insistir Rache.
—Eh, e… estoy bien chicos, e… en serio, volved a mi
casa…
—No sin ti, esos animales parece que tienen la rabia y
pueden atacarte —dijo Abraham nervioso.
Perromoon también les mostró los dientes cuando hicieron
amago de acercarse.
Mis compañeros se estaban abriendo para rodearnos,
entendía que lo hacían para echarme una mano, sin embargo,
solo conseguía que aquellos «seres», por llamarlos de algún
modo, se violentaran cada vez más y adoptaran posturas más
agresivas.
Me puse en pie con prudencia, no sabía qué hacer, ¿y si los
atacaban por mi culpa?
—Chicos, e… en serio, marchaos, son los perros del
vecino, se ponen muy nerviosos con los desconocidos. Se
llaman Scoob —mascullé, apuntando a Moon— y Doo—. Ese
le había tocado a Jared—. Los calmo y voy a casa.
Lo solté de carrerilla, sin pensar, porque si lo hubiera
hecho, seguro que no habría dicho nada parecido a eso. En
otro momento, me habría puesto a correr y gritar, lo opuesto a
lo que se debería hacer cuando se tiene a dos animales
enfurecidos al borde del mordisco. Mis piernas parecían
gelatina y mis neuronas no daban crédito a que siguiera en pie.
—Eso no son perros —dijo Antonio sin quitarles la mirada
de encima.
Apreté los ojos e intenté calmarme haciendo algunas
respiraciones que nos enseñaron en danza para relajarnos antes
de salir al escenario. Tenía que convencerlos y que se fueran
por su propio bien.
—Son un cruce, ya sabéis, como los doberman, pero a lo
grande. Han estado experimentando con animales y ellos son
el resultado, son perros guardianes, si no te conocen, atacan,
así que hacedme el favor e iros, yo estaré bien. —O por lo
menos lo esperaba.
Los chicos no tenían intención de irse, ni siquiera se lo
plantearon, cada vez estaban más cerca.
Perrojared y Perromoon se erizaban como mi gato cuando
no le gustaba alguien. Un intenso aroma pútrido me golpeó las
fosas nasales. Me recordó al día del Baptisterio y pensé en lo
que me había dicho Jared sobre que no lo habría creído si me
hubiera contado la verdad. No podía dejar de darle vueltas a
todo.
Rache y Antonio se acercaban por el lado derecho,
mientras que Dani y Abraham lo hacían por el izquierdo.
La Patrulla Canina adoptó posición de ataque.
Dios, ¿ataque? ¡No podían atacarlos, eran mis compañeros
de clase y los de Jared también! ¿Es que no se daban cuenta?
¿Se habían vuelto locos? ¿Y si cuando se transformaban
perdían el norte y dejaban de reconocer a las personas? Tenía
demasiadas lagunas como para obtener las respuestas
necesarias.
—Elle, ven… Acércate a nosotros, rápido. —Rache
extendía la mano y yo no sabía cómo actuar.
—No me hagáis esto, iros, por favor, u os atacarán —
supliqué.
Todo ocurrió muy rápido, aunque fui capaz de percibir cada
detalle como si ocurriera a cámara lenta. Antonio y Abraham
se miraron. Ambas cabezas ejecutaron el movimiento de
asentir, parecía que se estuvieran poniendo de acuerdo en algo,
pero ¿en qué?
Se agacharon cogieron un puñado de arena y dieron un
salto casi acrobático para arrojársela a los ojos de mis
custodios.
Alguien tiró de mi brazo. Grité, por la impresión. El olor
era muy fuerte, el metano parecía proceder de Rache. ¿Sería
cierto eso de que algunos otakus no se duchaban y por eso olía
tan mal?
Antes no lo había percibido, en clase no desprendía ese
aroma.
Perrojared se giró al escuchar mi chillido y poco importó
que tuviera los ojos llenos de tierra porque fue directo a atacar
a Rache.
El corazón me iba a mil.
—¡Nooo! —exclamé, intentando detenerlo. Era demasiado
tarde, él ya se había abalanzado encima de la chica, atrapando
su brazo entre sus fauces.
¿Ese chasquido había sido un hueso? Esperaba que no.
Antonio no se lo pensó y se tiró sobre el perro para ayudar a
Rache a la par que instaba a Dani a que me cogiera.
Abraham estaba luchando contra Perromoon, quien lo tenía
bajo sus patas e intentaba morderle el cuello.
—¡Parad! ¡Parad! ¡No os dais cuenta que van a nuestra
clase del instituto! —¿Estaba oyendo lo que estaba diciendo?
Con esa imprecación daba por veraz que Jared y Moon Loup
eran licántropos.
Las lágrimas se agolpaban en mis ojos, no sabía qué hacer
para ayudar. Dani vino hasta mí, su mirada daba miedo.
Antonio salió volando por los aires y cayó al suelo con un
golpe sordo. Rache le gritaba a Jared que la soltara,
prodigando infinidad de insultos con un tono de voz sacado de
una peli gore.
Vi una rama gruesa en el suelo, a mi derecha. No es que
Rache fuera santo de mi devoción, pero tampoco podía
permitir que la dañaran por mi culpa, y Jared no parecía
atender a razones, al igual que su hermano de raza.
—Elle, ven conmigo —murmuró Dani.
Una voz zumbó en mi cerebro, vibrando en una frecuencia
que nunca había sentido. «No les escuches, ¿me oyes, Elle?
No les escuches». Miré a Jared. ¿Había hablado? «Elle, corre,
no son lo que parecen, escúchame, hazme caso por una vez, no
son nuestros compañeros, fíjate bien en ellos, huélelos. ¡Son
migrantes!». «¿Me estás oyendo? ¡Cree en mí, en nosotros, si
no, es imposible que me oigas por muchos besos que te dé!
¡Vamos!».
¿Cómo era posible que oyera la voz de Jared con tanta
claridad? ¿Y qué quería decir con migrantes? Yo tampoco era
de Las Gabias. Lo escuché suspirar con alivio.
«Eso es, oye mi voz, no vayas con ellos bajo ningún
concepto, no son quienes parecen ser. Quieren hacerte daño y
a nosotros también, a tu izquierda tienes un palo, protégete».
Fui a cogerlo, pero Dani me agarró de la muñeca. Él
todavía olía peor que Rache. Imposible que no hubiéramos
notado nada en clase, era demasiado bestia, Jared tenía que
estar diciendo la verdad.
Dani me agarró con muchísima fuerza, tanta que me dio
miedo que me fuera a partir la muñeca en dos.
—Tú vienes conmigo, preciosa. —Preciosa… Dani jamás
habría osado llamarme así. El gruñido de Jared me taladró el
cerebro. Me obligué a fingir para darle tiempo a librarse de
Rache, quien seguía intentando dar la vuelta a la tortilla. Era
imposible que una chica normal, de nuestra edad y
complexión, pudiera contra el animal que tenía encima.
—Tenemos que ayudar a Rache. —Me zarandeé para
soltarme.
—Se las apañará, tengo que llevarte conmigo, yo te
protegeré de esos chuchos —escupió con desprecio.
«¡Nooo!», aulló Jared. Antonio se levantó como si fuera
una peli de zombis y fuera a sorbernos el cerebro. Tenía un
objeto punzante en las manos. El miedo agarrotaba mis
músculos y mi cerebro. «Piensa, Elle, piensa», me insté.
Dani tiró de mí hacia él y actué por instinto, ese iba a ser
mi gran salto de fe: creer en dos chicos lobo antes que en
malolientes compañeros de clase. Alcé la rodilla para alcanzar
la entrepierna del chico, no solía fallar en las pelis.
Dani me soltó y rugió para mirarme con inquina. Fueron
dos segundos, los suficientes para darme margen a correr y
agarrar el palo. Antonio se tiró sobre el cuerpo peludo de Jared
para clavarle una navaja, no podía permitirlo, fui hacia ellos y
cerré los ojos para atizarle. Nunca había hecho algo así.
Cogí impulso, levanté el trozo de madera como si fuera un
bate de béisbol y recé para que la cabeza de Antonio
coincidiera con la trayectoria de mi golpe. Pues con mis ojos
cerrados, no estaba segura de si lo iba alcanzar, pero ¡es que
no podía mirar!
Pivoté sobre mi propio pie dando vueltas con el palo
extendido, sin encontrar la maldita piñata.
Por suerte, no hizo falta que acertara, porque Jared ya se
había librado de Rache y su objetivo era Antonio. Abrí un ojo
para verlos enfrentarse. Menos mal que lo mío no era ser
bateadora. La lucha de Jared contra Antonio era encarnizada.
Seguía sin comprender cómo los chicos eran tan resistentes…
—¡Ven aquí! —aulló Dani cabreado. ¡Sí que se había
repuesto rápido! El dolor de mi rodillazo le duró tres micro
segundos y avanzaba con rapidez para alcanzarme muy
cabreado.
El gran licántropo blanco que tenía a sus espaldas dio un
brinco y cayó con las dos patas delanteras sobre la espalda de
Dani, quien se incrustó de cara al suelo.
Los ojos del animal, concienzudos y enérgicos, buscaron
los míos con lo que yo interpreté un «déjamelo a mí».
«Elle, escúchame, ve a casa, corre y no pares a hablar con
nadie. Por favor, necesito que te vayas para terminar esto». Era
Jared quien volvía a hablarle a mis pensamientos.
«No puedo marcharme, ¿cómo os voy a dejar con este
marrón?».
«¡Hazlo!, ¿me oyes? Te garantizo que no nos pasará nada,
pero te necesito fuera y a salvo para poder terminar». Su voz
parecía desesperada cuando añadió: «Por favor, Elle, no quiero
que la imagen que tengas de mí sea esta. Ve a casa y después
te dejaré que me hagas todas las preguntas que quieras». Podía
comprender su preocupación por lo que mi cerebro estaba
almacenando, si no tenía pesadillas después de esto, no iba a
tenerlas con nada…
«Está bien, pero no tardes», pensé para él antes de echarme
a correr por el camino poco iluminado.
Capítulo 45
¿Qué ha pasado?

Llegué a mi casa con la adrenalina por las nubes y los


pulmones ardiendo debido al esfuerzo de huir tan rápido.
Lo primero que hice al llegar fue buscar a Rache como
loca, y cuando me cercioré de que estaba tan campante,
dándose el lote con Nita en el sofá del jardín, pude respirar.
Antonio y Abraham luchaban sobre los troncos inflables de la
piscina, y el silencioso Dani tomaba un refresco en la barra de
la cocina.
Apoyada en el quicio de la puerta corredera que daba al
jardín, solté el aire que ni siquiera sabía que contenía.
—Elle, ¿estás bien?
Mis pupilas enfocaron. Abril estaba frente a mí,
contemplándome con preocupación. No me había detenido a
pensar en las pintas que debía traer, que tenían que ser
horribles a juzgar por cómo me miraba.
Me abracé a ella aliviada, no me salían ni las lágrimas, lo
único que quería era sentirme a salvo, en casa, con la gente
que quería y me conocía. Mejor así, porque si lloraba, iba a
haber más preguntas de las que estaba dispuesta a responder.
Cuando el peligro te acecha, valoras las cosas de otra
manera. Ahora lo único que me apetecía era quedarme allí,
con ellos, aunque eso supusiera exponerme a un batallón de
preguntas por parte de mis amigas, las cuales comenzaban a
llegar con cara de interrogante.
—Dadme solo un minuto, ¿vale? Necesito ir al baño.
Después os lo cuento todo.
Todo, qué graciosa, solo por esa frase era digna de un
Goya. «Todo lo que se podía contar», pensé para mis adentros,
porque el resto, como decía Jared, era imposible que alguien lo
creyera sin verlo. Subí al de arriba para tener más intimidad.
Cuando me topé con mi reflejo, ahogué un grito. Mi blanco
Puleva había pasado a un Casper fantasmagórico. Una capa de
tierra cubría parte de mi ropa y la otra parte estaba incrustada
en el rostro y el cuerpo. Mis labios lucían rojos y el pelo era un
gurruño enmarañado con hojas. Además, la marca de los dedos
de Danimigrante comenzaba a emerger en la muñeca. «Lo que
faltaba», tendría que cubrirla de pulseras para que no se
notara.
¡Era un desastre! Si le dijera a alguien que estaba
probándome mi disfraz de muerta de Halloween, colaría sin
lugar a dudas.
Me enjaboné las manos, la cara, los brazos y las piernas,
hubiera terminado antes con una buena ducha, que era lo que
el cuerpo me pedía. Una humeante, aunque hiciera calor, para
atemperar mi calor corporal. Ahora no podía, lo haría cuando
todos se hubieran ido, o quizá me llenara la bañera y echara
unas sales.
Me cepillé el pelo para devolverlo a un moño prieto y
busqué a aquella chica del espejo fijándome en ella como si
fuera la primera vez. Parecía la misma y, sin embargo, ya no
me sentía igual. Llegué a plantearme si eso mismo le pasaría a
un ciego que recobra de golpe la visión. ¿Cómo sería ver la
verdad? Lo que sus dedos habían interpretado de un modo y
que resultaba ser de otro, tan distinto y tan igual.
Lo que acababa de vivir me había cambiado para siempre
y, aunque siguiera viviendo en la misma casa, con mis amigos
de siempre y mi familia, yo ya no era la Elle de hacía una
hora. Lo sentía en algún lugar recóndito de mi cuerpo,
palpitando, naciendo, rompiendo su particular pompa de jabón
en la que estaba envuelta, acariciando el despertar de una
nueva conciencia, hasta ahora desconocida, que me hacía
dudar de los principios de mi existencia.
¿Qué era verdad y qué mentira? ¿Hasta dónde llegaba
nuestra ignorancia?
—¿Elle?
Mi debate interno había terminado. Las siluetas de mis
amigas se amontonaban fuera del cristal translúcido de la
puerta del baño. Me miré una última vez, tomé aire y fui a
abrirles.
—Pasad —les ofrecí sin perderme sus expresiones
preocupadas.
Entraron una a una y eché el pestillo, para que no nos
molestaran.
Estar frente a ellas debía ser como ocupar la mesa de
interrogatorio, yo era la sospechosa principal y ellas un equipo
de policías en busca de la verdad. Qué ironía… La verdad era
lo que yo creía mentira.
—Estaba con Jared —respondí antes de dejarme acobardar
—. Como ya sabéis, necesitábamos hablar y hemos aclarado
las cosas —anuncié demasiado críptica para colmar sus
necesidades de noticia.
—Tu aspecto era un tanto peculiar —anotó Claudia
alzando las cejas. Si no les daba algo suculento y con fuerza,
no iban a creerme. Tenía que buscar a la Elle de teatro
musical.
—Nos hemos liado —sentencié. A veces nos hacían hacer
ejercicios de interpretación rápidos, iba a tomármelo como uno
de ellos.
Tres de los cinco rostros emitieron sonrisitas y destellos.
—Os lo dijimos —advirtió Carla secundada por Andrea y
Claudia. Las tres chocaron las manos—. Estaba cantado que se
terminarían enrollando, y las pintas que traía Elle hace cinco
minutos era de haber estado retozando entre los almendros.
—¿Y tú que sabrás? Igual se ha caído porque ha discutido
con él, mira como terminó su último beso —protestó Elena,
ganándose una risita por parte de Carla, que negaba mirándose
el esmalte de uñas—. Elle, dinos la verdad, somos tus amigas
y te apoyaremos. ¿Es cierto lo que piensa Carla? —Elena no
daba crédito y Abril tampoco. Me conocían muy bien y sabían
que Jared había sido mi primer beso como para imaginarme
retozando por la tierra.
—Sí —confesé, bajando el tono. Si sonaba avergonzada,
colaría más—. Se disculpó, fue sincero, hablamos largo y
tendido y una cosa llevó a la otra, estuvimos besándonos largo
y tendido en el suelo.
—Pe… Pero ¿tú estás bien? ¿Estás segura de que Jared es
lo que quieres? —insistió Abril, quien se preocupaba mucho
por mi bienestar.
—Sí, me gusta, mucho más de lo que estaba dispuesta a
admitir en un primer momento. Y puede que mi reacción fuera
un tanto desmedida el otro día. Tendría que haber hablado
antes con él y escuchar lo que quería decirme. —Eso lo
pensaba en serio.
—¿Y cómo ha sido esta vez? Me refiero a besarle… —
Quiso saber Andrea.
Me ruboricé un poco al recordarlo.
—Mágico, distinto, épico…
—¿Con lengua? —incidió Claudia.
Asentí. Las chicas se pusieron a dar palmaditas risueñas y a
preguntar todo tipo de detalles que me avergonzaban un pelín.
Era muy celosa de mi intimidad, sobre todo, de cosas como
esas, no había dejado de ser mi primer beso de verdad.
—¿Y dónde está ahora tu príncipe encantador? —cuestionó
Claudia.
—Tenía que hablar con Moon, en nada estarán aquí.
—¿Moon también está? —Claudia ya estaba poniendo
ojitos.
—Sí, se quedaron los dos, Bastian se marchó con el batería
nuevo y el representante del grupo.
—Entonces, ¿es oficial? ¿Tú y Jared estáis juntos? ¿O solo
os habéis liado? —Pensé en las palabras que nos prodigamos
antes de que el infierno se desatara entre los frutales.
—Es pronto para catalogar lo que tenemos, prefiero que
nos lo tomemos con calma y ver dónde nos lleva. —Las cinco
asintieron, celebrando mi prudencia.
El timbre sonó y mi corazón se enredó en lo alto de mi
garganta.
Las seis nos miramos y Carla, que era la que estaba más
cerca de la puerta, la abrió para que saliera hacia el portero
automático espoleada por las demás.
El que teníamos instalado no tenía cámara, así que tuve que
preguntar quién era cruzando hasta los dedos de los pies.
—Jared y Moon. —El alivio que me embargó me volvió
gelatina. Pulsé el botón y necesité apoyarme en la pared, antes
de hacer unas cuantas respiraciones y bajar el último tramo de
escalera. Teníamos un interfono por planta.
La hoja de madera que daba al patio de la entrada se abrió
dando paso a los dos licántropos en su forma humana.
Si esperabas que tuvieran una arruga, la raya del ojo
corrida o un pelo mal puesto, estabas tan equivocado como yo.
Ambos exudaban perfección, parecía que, efectivamente,
vinieran de haber estado charlando fuera en lugar de en una
batalla a vida o muerte.
Jared buscó mis ojos con intensidad, deshaciendo la
distancia que lo separaba de mí con paso firme y seguro,
clavando las suelas de los zapatos en la superficie texturizada
de la cerámica.
No podía oír sus pensamientos, solo los latidos que se
amontonaban en mis oídos, cada vez más rápido, con mayor
fuerza, creo que hasta podía percibir la velocidad a la que
fluctuaba mi torrente sanguíneo, sin embargo, no lo escuchaba
a él, ¿tendría la mente en blanco? ¿O solo podría hablar
telepáticamente si se había transformado?
Una vez estuvo frente a mí, con el pecho subiendo y
bajando un tanto desbocado, colocó sus dos manos
enmarcando mi rostro. Notar su tacto me llenó de alivio en
lugar de miedo.
—¿Estás bien? —Esa iba a convertirse en la pregunta de la
noche, como cuando es tu cumple y todo el mundo te pregunta
qué te han regalado.
Era consciente de que éramos el centro de atención, aunque
no me importaba. Jared luchó por mí, me había protegido, aún
no sabía de qué, pero estaba segura de que fue por mi
bienestar.
—¿Y tú? —le respondí con la misma preocupación sincera
que veía en el fondo de sus pupilas. Las comisuras de sus
labios se alzaron.
—Ahora sí.
El rostro masculino bajó buscando mi boca y no me opuse
al gesto de afecto que necesitaba tanto como él. Se oyeron
risitas y cuchicheos a nuestras espaldas. La reina stalkeadora
tendría noticia nueva después de este beso cargado de alivio.
Capítulo 46
Revelaciones

Moon carraspeó. Jared detuvo el movimiento de su boca


con una sonrisa sobre mis labios. Menos mal que lo frenó
antes de que se volviera más profundo y yo ni me diera cuenta
de la pasión que le estaba poniendo. Apoyó su frente contra la
mía buscando la calma en mi mirada atribulada. Un pequeño
gesto que interpreté como un «estoy bien, no te preocupes».
Me sentía un poco mareada por el carrusel de emociones en
el que me había visto envuelta. Supe que él percibió mi estado
emocional en cuanto me cobijó contra su cuerpo y obtuve la
calidez de su abrazo.
—Tenemos que hablar en privado. Los tres —puntualizó en
mi oído para que nadie nos oyera.
Los ojos de mis amigas y de los invitados estaban puestos
sobre nosotros. Tenía que buscar un lugar tranquilo y un
motivo que fuera entendible para volver a desaparecer.
Les dije a mis amigas que iba con ellos a mostrarles la
casa, que ellas se quedaran disfrutando de la fiesta, así no les
daba pie a venir con nosotras. Claudia puso cara de fastidio,
porque quería estar con Moon, no le quedó más remedio que
seguir a las demás cuando Abril la tomó por el hombro y a mí
me ofreció una sonrisa ladeada.
Subimos a la terraza de la última planta. Allí no nos
molestarían. Cuando vinieron los chicos de mi clase, les
especifiqué que mis padres no querían a nadie en la tercera
planta ni en el interior de las habitaciones. Por si acaso, los
asusté diciendo que había microcámaras instaladas porque mi
padre era un maniático del control y podían vernos en
cualquier instante por wifi, así no se propasaban.
Deslicé el cristal hacia un lado para que pasaran y vi que
Jared se tocaba el brazo con gesto de dolor.
—¿Qué ocurre? ¿Te has hecho daño? —El aire caliente fue
como un bofetón cuando escuché a Moon confirmar:
—Uno de los migrantes le cortó el antebrazo con la navaja.
—Lo miré horrorizada.
—¡Tenemos que ir a un hospital! ¿Llamo a una
ambulancia? —pregunté, notando el dolor como propio. Lo
habían dañado por mí, estaba demasiado pendiente de lo que
me ocurría como para estarlo de él. Menuda tonta era, ni
siquiera me percaté de que estaba herido; cuando llegó a casa,
solo me fijé en lo guapo que estaba y en lo aliviada que me
sentía.
—No sufras, los licántropos nos recuperamos muy rápido,
y Moon ya me ha atendido antes de venir, siempre lleva aguja,
hilo y desinfectante de heridas en monodosis. —El susodicho
apartó el lateral de su chaqueta para mostrarme que Jared no
mentía—. Cuando llegue a casa, Tasya se encargará del resto.
—¿Tasya?
—La mujer de Jerome Loup, digamos que es nuestra madre
adoptiva —aclaró Moon, apoyándose en el muro de la terraza
que daba al parque—. Lo que ahora nos importa es cómo estás
tú, has aterrizado en nuestro mundo por la puerta grande.
—No sé qué queréis que os diga, todavía estoy alucinando.
—¿De mi tamaño o de que tu novio nuevo tenga pulgas?
—Moon tenía un humor bastante peculiar.
—Si te refieres a mi mala leche, sabes que tengo mucha
cuando me cabrean, no tientes a la suerte, Mooni, que si le
estamos robando parte de su tiempo, es para darle respuestas
—lo regañó. Jared desvió su atención hacia mí—. Seguro que
tienes muchas dudas y preguntas, puedes hacerlas todas —
insistió Jared.
—Las tengo, solo que ahora mismo me siento sobrepasada.
—Es lógico. ¿Prefieres que te cuente nuestra historia y vas
interrumpiendo a medida que te surjan dudas?
—Me parece una buena idea.
—¿Conoces algo sobre la teoría del hiperespacio o de los
universos paralelos?
—¿Eso sale en alguna peli de Marvel? —Jared sonrió.
—No, es una teoría física.
—Es que este friqui de la física cree que a todo el mundo le
interesa… —se mofó Moon—. Lo que no se da cuenta es que
a muy pocos les llama la atención lo mismo que a él.
—¡Cierra el pico, Moon! —le reprochó Jared, frunciendo el
ceño—. Olvídalo y atiende. —Esta vez se dirigió a mí con un
tono mucho más dulce—. Lo que voy a relatarte va a sonarte a
ciencia ficción, pero sé que, después de lo vivido esta noche,
eres más que capaz de asumir lo que voy a contarte, por
fantástico que parezca.
—La creadora de Scoob y Doo tiene mente para eso y
mucho más, casi me parto al oírla. —Moon me dedicó un
guiño y Jared le lanzó un gruñido.
—¿Puedes dejar de molestar? Tengo mucho que contarle y
no ayudas.
—Me callo. —Hizo el gesto de cerrar la boca con
cremallera—. Suéltale el rollo y sé escueto. Y, sobre todo,
intenta que te entienda, no todos queremos ser astrofísicos
como tú y nos interesa la teoría de las cuerdas—. Moon se
llevó los dedos a la boca e hizo el gesto de que le daban
arcadas, a mí me dio la risa, era un tío genial, se le notaba que
le encantaba tomarle el pelo a Jared. ¡Qué distinto a la
insoportable de su hermana!
Jared se puso manos a la obra con la versión de su historia
para mentes comunes y, aunque soltó algún que otro concepto
que me hizo tirar del comodín de la pregunta, reculó para
hacerlo más simple y que pudiera comprender cada una de las
explicaciones sin necesidad de interrumpirlo demasiado.
—Vale, o sea, que si he podido comunicarme contigo
mediante mis pensamientos durante el combate, es porque en
teoría tú y yo ya somos pareja, por eso ahora tienes los brazos
llenos de esos tribales que yo no dejaba de dibujar. Y comencé
a oírte en el momento que mi mente se abrió y asumí como
veraz lo que estaba viendo. Además, este tipo de
comunicación solo puede tener lugar cuando estamos en una
situación de peligro para no vulnerar nuestro derecho a la
intimidad todo el tiempo. ¿Es así?
—Exacto. El poder comunicarse con la mente en una
frecuencia distinta al resto es una medida de protección a la
pareja, no sirve para espiarla.
—Vale, voy a hacerte mi propio resumen y me decís si voy
bien. Vosotros —los señalé—, junto a toda la estirpe de
licántropos, sois los protectores de La Raya, que vendría a ser
la frontera que divide dos universos paralelos, el nuestro y el
lugar de donde proceden los que nos atacaron, llamados
migrantes. En ese otro mundo, hay una réplica exacta de cada
uno de nosotros, y en este caso nosotros somos los buenos y
ellos son los malos, y pueden acceder aquí por agujeros de
gusano.
—Vas muy bien —me felicitó Jared orgulloso.
—Genial. Hay una puerta de acceso bajo el Baptisterio, por
eso nos atacaron el día que fuimos allí y Selene me hizo creer
lo que no era, aunque hay muchas otras distribuidas por toda la
geografía mundial. Normalmente, notáis que van a emerger
porque hay terremotos, pero las últimas veces han accedido a
nuestro mundo sin que sucedan, como ocurrió en la discoteca
o esta misma noche. Y esa especie de gemelo malvado de cada
uno es capaz de cometer las peores atrocidades del mundo, si
encuentra en nuestro lado al bueno y logra ocupar su cuerpo
con el objetivo de desatar el mal en nuestro universo.
Moon se puso a aplaudir.
—Si yo fuera el profe, te pondría un diez, tienes una
capacidad de síntesis asombrosa.
—Gracias, pero iba directa a por la matrícula de honor —
respondí, sacándole la lengua.
—Si se lo sabe tan bien, es gracias al profesor —argumentó
socarrón Jared, extendiendo la mano derecha para que la
tomara y dando un tirón para enrollarme cual bailarina y
terminar con un beso dulce que me acaloró.
No estaba habituada a ese tipo de muestras de afecto. Al
parecer, los licántropos eran muy cariñosos.
—¿Y tenéis idea de por qué ahora emergen sin que os
enteréis? ¿O por qué esos cuatro querían que yo me fuera con
ellos?
—No tenemos ni idea —confesó apesadumbrado Jared.
—Y por eso mi hermana se ha infiltrado al otro lado de La
Raya.
—¡¿Selene?! —Me salió un gallo.
Moon me explicó lo ocurrido con ella, y si ya estaba
alucinada, ahora estaba aluciflipada.
—¿Y qué ha pasado con los migrantes de esta noche? —
quise saber apretando los dientes—. ¿Los habéis….?
—No —me cortó Jared—. Han venido a buscarlos para ser
interrogados por los nuestros, lo que no quita que otras veces
sí acabemos con ellos. Los licántropos amamos la vida por
encima de todo, y ellos vienen a este mundo a arrebatarla.
—Lo comprendo. Sois una especie de cuerpo especial de
seguridad.
—Sí, podríamos llamarlo así. Nos llaman los guardianes de
La Raya. —Su mirada se volvió muy dulce al contemplarme.
—Uf, esta escena no es apta para diabéticos, demasiado
azúcar…
Moon pasó por nuestro lado como una exhalación.
—Scooby —dije en tono divertido, y él se giró y alzó una
ceja incrédulo—, ¿por qué no me haces un favor y sacas a
bailar a mi amiga Claudia? Es una chica genial que lo ha
pasado mal y necesita un protector que la ayude a sanar o, por
lo menos, le levante la moral —expliqué, pellizcándome el
labio.
—Será un placer obedecerte, al fin y al cabo, te rindo
pleitesía, eres la ta misa de mi líder y, por ende, está en mí
ayudarte en lo que pueda.
—Es bueno saberlo.
—Por cierto, si le rascas detrás de la oreja a Jared, verás
cómo menea la pata.
—¡Lárgate si no quieres que patee tu culo sarnoso! —
imprecó mi chico. Moon se marchó entre risitas,
advirtiéndonos que no tardáramos y dejándonos a solas con la
puerta medio abierta.
Ed Sheeran estaba cantando Thinking out, una canción que
sonó en la boda de mis padres, a la cual asistimos mi hermano
y yo, y que ahora cobraba todo el sentido del mundo entre los
brazos de Jared.
Seguía envuelta en él, con mi espalda en el refugio de su
pecho y mi cuello ligeramente torcido para admirar sus ojos
cuando se puso a tararear para mí mientras nos mecíamos.
Querida, estaré amándote hasta que tengamos setenta años,
y cariño, mi corazón podrá todavía sentir como a los
veintitrés,
y estoy pensando en cómo
la gente se enamora de formas misteriosas,
quizá solo el roce de una mano,
bueno, en mi caso, yo me enamoro de ti cada día,
y solo quería decirte que lo estoy, enamorado.
Me desenrolló y yo giré con gracilidad regresando a él para
enredar mis dedos en su pelo y escuchar su voz ronca
susurrándome aquello de:
Así que, cariño, ahora,
tómame en tus amorosos brazos,
bésame bajo la luz de un millar de estrellas,
coloca tu cabeza sobre mi corazón que late,
estoy pensando en voz alta,
quizá encontremos el amor
justo donde estamos.
Apoyé la cabeza en su solidez, percibiendo cada nota como
nuestra, acompasando mis latidos a los suyos y vibrando en la
misma sintonía.
¿Era posible que no tuviera miedo al lobo del cuento? ¿Que
hubiera visto más allá de una fábula que alguien construyó
para estigmatizarlo?
Puede que ese fuera uno de los motivos por los que Jared
me gustaba tanto. Era capaz de romper cada uno de mis
patrones mentales, de esos prejuicios que se instalan sin pedir
permiso, para destrozarlos y hacerme sentir la persona más
maravillosa de este mundo.
Terminó la pieza y yo seguí mirándolo embelesada.
—¿En qué piensas? —cuestionó, acariciándome la espalda
con la yema de los dedos.
—En que Caperucita Roja debió estar loca cuando llamó al
cazador, y que si yo hubiera escrito el cuento, me hubiera
quedado con el lobo, que mira mejor, escucha mejor, ama
mejor y besa mejor. —Sus ojos centellearon.
—¿Ya no temes a lo que soy?
—Lo que temo es a mirar sin ver, a tocar sin sentir y sé que
contigo nunca será así. Me gustas mucho, Jared, y quiero
arriesgarme y entender hacia dónde nos lleva esto, ayudarte en
lo que pueda e intentar conocer más de tu mundo, porque,
contigo, hasta los momentos complejos son lo mejor que he
vivido nunca.
Sus labios se curvaron en una sonrisa complacida y
descendieron sobre los míos para capturarlos en un beso que
sellaría nuestro destino.
Capítulo 47
Ágrypnoy
Jared

El murmullo del agua y el suave piar de los pájaros


nocturnos me dieron la bienvenida al Palacio de los Leones, el
lugar donde Jerome me citó para que acudiera en cuanto
terminara la fiesta, mediante un mensaje que retumbó en el
bolsillo de mi cazadora durante uno de los muchos besos que
le di a Elle en la fiesta.
Los migrantes, unidos a sus cuerpos caducos, habían sido
llevados a las mazmorras, y el reloj corría tanto en nuestra
contra como en la suya. A ellos porque se les escapaba la vida
y a nosotros el motivo por el que se querían llevar a Elle.
Necesitábamos información, y si alguien era capaz de
sonsacarles algo, eran los ágrypnoy, quienes pertenecían al
ejército de los licántropos y se les educaba para ejecutar las
torturas más creativas para que alguien, que no tenía nada que
perder, terminara confesando.
Solían ser fríos, despiadados, con un grado de empatía
obsceno, que los llevaba a ser auténticos encantadores de
serpientes y convertirse en sicarios despiadados. No les
temblaba el pulso ante nada ni nadie. Y solo rendían cuentas a
la Cúpula. Podían estar integrados en una manada, seguir su
ritmo, sin embargo, no responderían ante el líder a no ser que
fuera de su convivencia. Los llamaban lobos solitarios.
El horario de visitas nocturnas a la Alhambra había
concluido, no quedaba gente en el recinto salvo las personas
precisas.
Había llegado por el mismo túnel subterráneo por el que
perseguí a Selene cuando desapareció, el que conectaba el
Baptisterio con la Alhambra.
No es que fuera un camino único, pues tenías diversas
ramificaciones que te conducían a otros lugares, tanto del
conjunto arquitectónico como de Las Gabias.
Ciertas fábulas hablaban de oro escondido en los túneles
que había bajo la ciudad, puede que en algún momento fuera
así, sin embargo, lo único que quedaba ahora eran ratas,
telarañas y migrantes, además de ser un lugar seguro por el
que los licántropos nos movíamos a voluntad directos hacia los
puntos sensibles de La Raya.
Yo salí por la entrada oculta en la sala de los Abencerrajes,
en la zona sur del Palacio de los Leones. Antiguamente, era
utilizada por el rey, donde cuenta la leyenda que murieron
treinta y seis caballeros de la tribu de Aben Hud, porque uno
de los Abencerrajes fue sorprendido escalando los muros hacia
la ventana de su amada. Al descubrir la traición, los llamaron a
todos al lugar donde me encontraba ahora y fueron asesinados.
La sangre impregnó cada zona, incluso tiñó el agua de la
fuente dejando manchas que hoy día siguen presentes en la
piedra.
La realidad no fue tan romántica. Sí que hubo una matanza,
pero la sangre derramada fue de los primeros migrantes que
dieron con el agujero de gusano y sorprendieron a los hombres
del rey que, al verse reflejados en sus atacantes, sufrieron un
ataque de pánico y dieron paso a una matanza sangrienta.
Alcé la mirada. Sobre la fuente había una hermosa cúpula
de mocárabes encima de un tambor en forma de estrella de
doce puntas, en el cual se abrían ventanas que dejaban pasar la
luz a lo largo del día.
Los visitantes no lo sabían, pero se trataba de un mapa de
luces que indicaban las distintas aberturas o direcciones a
tomar para dar con ellas. Los licántropos éramos educados
para saber interpretarlas y así dirigirnos a puntos estratégicos
de La Raya. Era una enseñanza que pasaba de padres a hijos.
La Alhambra, en sí, contenía multitud de guías lumínicas, y
una de ellas te llevaba a la famosa fuente de El Patio de los
Leones.
Si navegabas por internet, encontrabas multitud de
especulaciones sobre si la fuente albergaba algún tipo de
misterio. Muy desencaminados no iban, aunque nadie dio con
lo que era en realidad, un inmenso portal de acceso blindado
que daba paso directo a un gigantesco túnel de gusano que
conectaba ambos universos.
Su tamaño era tan grande que si llegara a abrirse, la gran
colonización sería un hecho. Por eso siempre estaba
custodiado a ambos lados y se mantenía cerrado.
Estaba concebida como un imponente reloj de sol.
Cada león representaba un número, dependiendo de la
incidencia de la luz sobre ella. Para interpretar la combinación
perfecta era necesario el Libro de los Orígenes que estaba
custodiado en algún lugar que solo conocía la Cúpula.
Llegué a la sala de los Reyes, donde se me citó. En la zona
central. Allí solían reunirse los cabecillas de la organización
cuando estaban en Granada.
Solo había dos personas de pie, con cara de preocupación.
Se trataba de Jerome, mi padre adoptivo, y Faddei Volkov, el
responsable de la facción de los Puros.
—Buenas noches —los saludé, interrumpiendo su
conversación en voz baja.
Volkov, dotado de un tamaño que impresionaba, desvió la
vista hacia mí.
Como era habitual en los licántropos, vestía de riguroso
negro, solo que en su caso el abrigo de cuello labrado caía
sobre un traje de Tom Ford, zapatos italianos y un fino jersey
de cuello vuelto.
Se decía que Volkov jamás usaba manga corta o bermudas
y que su estilo era impecable.
Llevaba el pelo lacio, recogido en una cola baja. Lo tenía
del mismo color que el ala de un cuervo. Sus labios finos
permanecían apretados bajo una perilla que le enmarcaba la
boca de rictus severo. Tenía un aire a Bill Nighy en
Underworld, aunque mucho más refinado y atractivo.
Me chiflaban las pelis de licántropos, aunque fueran muy
fantasiosas.
—Bienvenido, Loup —me saludó condescendiente,
ayudado por una inclinación de cabeza—. Eres el vivo reflejo
de tu madre. Anabel era una mujer tan fiera como hermosa. —
Oír que se refiriera a ella con tanta confianza me contrajo por
dentro—. Mejor que no hayas sacado demasiado de tu padre,
de su carácter demasiado fantasioso e idealista —chasqueó la
lengua.
Tenía ganas de rugirle que ya le hubiera gustado a él
llegarle a la suela del zapato. Mi padre era un firme defensor
de la mezcla. Estaba convencido de lo contrario que los Puros,
que los descendientes entre humanos y licántropos tendían a
reunir lo mejor de ambas especies. Murió antes de poder
demostrarlo.
Mi progenitor fue un célebre científico y mi madre, la líder
de la manada, ni siquiera sé cómo pude sobrevivir al ataque.
—¿Puedo preguntar por qué he sido llamado? —Tenía
ganas de volver a casa y meterme en la cama, tantos días
trasnochando por la falta de sueño, más la batalla en la que me
había visto envuelto, sumado al tiovivo emocional con mi ta
misa, hacían que mi prioridad fuera meterme bajo las sábanas
hecho un ovillo.
—Por supuesto —respondió, ofreciéndome una sonrisa
parca—. Tenemos a los prisioneros en las mazmorras, nuestros
mejores ágrypnoy están trabajando con ellos y todavía no
tenemos muy claro lo que los motivaba a ir a por esa
humana…
—Elle —le facilité el nombre.
—Eso es, Elle. Pensamos que hay algo que se nos escapa y
hemos decidido que Calix se dedicará a ser la sombra de Elle
en todo momento.
—¿Calix? —pregunté sin comprender. Había oído hablar
de él, era el mejor torturador de la Cúpula, pese a su juventud.
Tenía mi misma edad y vivía en Creta.
—Así es, en una hora estará aquí para encargarse de los
interrogatorios. El panorama está un pelín revuelto y toda
precaución es poca. Ocupará la plaza de Selene en el
Montevives, y tú te encargarás de que se haga el mejor amigo
de esa humana —pronunció la última palabra con desprecio—.
Con su habilidad y atractivo, no le costará demasiado que ella
se rinda a sus pies.
Desvié la vista hacia Jerome, que se tensó.
—Elle es mi ta misa.
—Pero ¿qué tontería es esa? ¿Cómo va a ser tu…? —Me
desprendí de la cazadora para mostrarle los tatuajes de mis
brazos. No llegó a terminar la frase.
—Yo la custodiaré, no es necesario que Calix sea su
sombra, yo me ocupo. —Volkov emitió una risa floja. No le
había gustado un pelo darse cuenta de que estaba marcado.
Aun así, en su mirada había determinación.
—Tú no puedes, no vives con ella mientras que Calix… —
Volví a interrumpirle poniéndome mentalmente en guardia
—¿Qué?
—Lo hará —sentenció. Noté una losa cayendo sobre mi
cabeza. ¡Elle no podía convivir con un ágrypnoy!—. La
familia de la humana está apuntada al programa de acogida de
estudiantes de intercambio, lo que nos da la coartada perfecta.
Mañana mismo les notificaremos que Calix Diamantopoulos,
hijo de un alto mandatario griego, ha sido el elegido para
convivir con ellos, ya sabes que tenemos mucha mano con
vuestro director. —Me tensé como la cuerda de un arco, y esa
noticia era una flecha envenenada directa a mi corazón.
La mujer del director del instituto era una licántropa, por
eso Volkov estaba tan seguro de tenerlo todo controlado.
—Le repito que no es necesario, puedo montar guardia
fuera y dormir en el parque si es necesario.
El líder de los Puros dio la vuelta a la mesa y clavó su
mirada amarilla en la mía.
—No eres ningún chucho para ir durmiendo en parques,
sino el líder de tu manada —me regañó—. La decisión ya está
tomada, así que te recomiendo que dejes al margen la
testosterona que te genera esa humana y tus ganas de marcaje.
Ayudarás a Calix en esta misión, porque la Cúpula te lo
ordena, porque es tu deber como líder —remarcó— y porque
es lo mejor para la raza. No estaría de más que tomaras como
ejemplo a Selene y su capacidad de sacrificio. ¡¿Estamos?! —
gruñó desafiante.
Tuve ganas de mandarlo de viaje a Albacete, no obstante,
me controlé porque no quería dejar en evidencia a Jerome,
además de saber que entrar en discusión no iba a llevarme a
ninguna parte, nadie podía contradecir a la Cúpula.
—Estamos —mascullé por lo bajo.
—Muy bien, sabía que no me decepcionarías. Eres un buen
hijo de tu madre —aseveró, palmeándome el hombro—. Ya
puedes retirarte, a Jerome y a mí nos queda una larga noche
por delante. Ah, y no le digas a tu humana lo que es Calix,
quiero que piense que es un humano más. ¿Tengo tu palabra?
—No podía negarme. Asentí maldiciéndome por dentro, pues
un líder jamás la rompía cuando la daba—. Muy bien, que
Lupina te proteja.
—A usted también —respondí, masticando las palabras.
Aquella expresión la usaban los licántropos creyentes.
Lupina era la diosa Loba, la misma que amamantó a Rómulo y
Remo, permitiéndoles seguir con vida.
A partir de mañana, un lobo ágrypnoy estaría viviendo con
mi chica sin que yo pudiera advertirla, y eso sí que no me
gustaba nada.
Capítulo 48
Estudiante de intercambio

Empezaba la semana flotando en mi particular nube de


algodón de azúcar cuando…
¡Boom! Una nueva realidad estalló en mi vida, del mismo
modo que te pringa una pompa gigantesca de chicle doble en
el rostro.
—Elle, ¡¿has visto al estudiante nuevo de intercambio?! —
Esa fue la pregunta-exclamación con la que fui sorprendida
por mi grupo de amigas nada más pisar el patio.
Estaban dejando el mismo charco de babas que cuando
Naim Darrechi subía vídeo a TikTok.
—No, no lo he visto.
Tampoco es que me importara mucho, yo ya estaba más
que pillada por mi chico-lobo, que era al que tenía ganas de
abrazar. A Andrea se le habían pegado un poquito las sábanas
y por poco no llegamos. Y en clase no era plan de comérmelo
a besos después de estar todo el domingo sin verlo, más que
por algún mensajito de WhatsApp. ¡Sí, ya lo había
desbloqueado!
—Pues parece que ha hecho buenas migas con tu chico y
Bastian, porque ahí vienen —sentenció Elena.
—¡Dios! —exclamó Abril.
—¡Está como un queso! ¡Y es griego! —Esa era Carla,
cuyo rostro ya tenía forma de amor a primera vista.
—Pues será feta —respondí cachonda, como buena adicta
al producto lácteo.
Mis amigas me miraron sin captar el chiste y yo pasé de
explicarlo porque Carla ya estaba a otra cosa.
—No se llama Feta, es Calix. Lo he buscado en Google y
significa hermoso —suspiró—, y de apellido
Diamantopoulous. Le va como anillo a mi dedo, que viene de
diamante y, según mi madre, es el mejor amigo de una mujer.
—¡Chicas, que vienen hacia aquí con el director! —
apostilló Elena con cara de susto.
Las seis miramos hacia el punto que marcaba, todas
abrimos la boca los mismos grados.
¡Por favor! Jared, Bastian y Calix eran puro espectáculo
extrasensorial.
El griego llevaba el pelo recogido en una especie de kiki en
lo alto de la cabeza, como se hacían los futbolistas. Era de piel
aceitunada, rasgos muy marcados, ojos rasgados en un tono…
¿dorado? De lejos lo parecía, aunque no estaba segura.
Además, desprendía una elegancia innata, como si flotara en
lugar de caminar. No vestía con cuero, como los otros dos,
quienes parecían su cuerpo de seguridad. Destilaba clase igual
que un modelo sacado de una pasarela de Milán o París.
—Creo que voy a ahogarme en mis propias babas —
sentenció Carla.
Si no estuviera locamente pillada por Jared, confieso que
Calix también hubiera llamado mi atención. La mía y la de
todo el patio del instituto, que lo miraban a punto de atacar.
—Señoritas —nos saludó el director, mientras los ojos del
nuevo se fundían en los míos.
Un escalofrío retorció la base de mi columna y de
inmediato los desvié hacia Jared, quien me observaba con
rictus tenso.
Mis mejillas se colorearon, dándome cuenta de que le había
hecho un escaneo al nuevo sin prestarle atención a él, y eso
debía haberlo desconcertado.
—Bu… Bue… e… enos, dí… í… ías, di…. di…. direc…
tor. —El tartamudeo de Claudia evidenciaba su nerviosismo.
—Buenos días, señorita Suárez. Vengo a presentarles a
Calix Diamantopoulous, nuestro nuevo estudiante de
intercambio, aunque en especial quería presentárselo a usted
—se dirigió a mí—, ya que Calix vivirá en su casa, con su
familia, durante todo este trimestre. —La noticia hizo que mi
estómago diera una triple voltereta sin red—. Su madre los
inscribió como posibles receptores para estudiantes de
intercambio y, dado su perfil, han sido los elegidos. Así, en un
futuro, si usted lo desea, podrá pedir plaza en casa del señor
Diamantopoulous, en Creta.
Los ojos de mis veciamigas no podían ocupar una
superficie mayor en sus caras. Ya no solo por mi imagen en
una isla griega con aquel semidios, sino porque lo tendría en
casa. ¡El queso griego iba derechito a mi nevera!
—Bienvenido, Calix, io sono Carla. —Ella le tendió la
mano y el chico se la estrechó.
—Encantado, Carla, no obstante, eso es italiano —la
corrigió Calix en español. Tenía un acento exótico que le daba
mucho más flow—, el griego es un poco distinto. Eimai Calix.
—Pues suena genial y hablas muy bien español.
—Porque mi madre es de este país.
—Por eso hablas tan bien —jadeó mi amiga.
Madre mía, Cupido ya la había alcanzado con toda su
munición.
—Bienvenido —respondí yo sin estirar la mano.
No hizo falta. Calix se acercó a mí y me plantó dos besos
como dos soles. Pero no de esos que apoyas mejilla contra
mejilla y se pierden en el aire. Su boca impactó directa contra
mi piel arrugándome los dedos de los pies.
De reojo vi cómo a Jared se le volvían los nudillos blancos
al contemplar que el nuevo me sujetaba por los hombros con
proximidad.
Olía bien, muy bien, a perfume caro.
—Me alegra mucho vivir contigo y tu familia, gracias por
acogerme, espero que nos llevemos bien —comentó,
separándose de mí.
—Se… Seguro —ahora la que tartamudeaba era yo.
Jared parecía haberse comido algo en mal estado. ¿Serían
celos? No es que me gustara la idea de tener un novio celoso,
más cuando yo había tenido que tragarme que Selene y él
vivieran juntos, a sabiendas de que hubo algo más que amor
fraternal.
Los celos denotaban inseguridad y no estaba bien sentirlos.
Tuve que recordarme que no somos propiedad de nadie, salvo
de nosotros mismos. Los celos están fuera de lugar y lo único
que hacen es que pases malos ratos. Si alguien te deja o te
traiciona, es porque esa persona no merecía la pena. Así que
deseché de inmediato la idea de que Jared pudiera sentirse
amenazado, si hacía falta, se lo dejaría claro.
—Los Loup se han ofrecido a ayudar al señor
Diamantopoulous a aclimatarse mostrándole el instituto y
presentándole a sus nuevos compañeros. Sus padres ya están al
corriente y en breve vendrán a recoger sus maletas. Espero que
sea una experiencia agradable para todos.
—¡Desde luego, director! «Yo», Abril, Andrea y Elena,
somos vecinas de Elle y lo ayudaremos en todo. —Eso, el
burro delante, pensé divertida, porque a Carla le salían los
corazones a borbotones y ni se daba cuenta de las palabras—.
Si necesitas unas buenas guías de Granada, nos llamas, que
nosotras somos de aquí y Elle solo lleva unos meses. Además,
ahora que tiene novio, su tiempo está más limitado. —Casi
suelto una carcajada. El director carraspeó.
—La situación sentimental de la señorita Silva no debe ser
excluyente. Como les hablaremos en los seminarios de
conciencia de la individualidad emocional, una pareja no tiene
que transformarnos ni a nosotros ni a nuestras costumbres.
Tienen que aprender todavía mucho para tener una buena
higiene emocional. —Carla lo miró un pelín avergonzada—.
En fin, los dejo para que se vayan conociendo. —El director se
dirigió a Calix—. Espero que este trimestre en el Montevives
sea una grata experiencia.
—No lo dude. Gracias, director.
En cuanto el hombre se dio la vuelta, Jared vino hasta mí
para acercarme a su lado derecho e imprimir sus labios sobre
los míos mirando de refilón a Calix. Casi me dieron ganas de
decirle que no era ninguna farola para que levantara la pata y
que estuviera tranquilo, porque mi corazón solo se aceleraba
por mi husky siberiano. Quizá necesitaba algo de refuerzo
positivo por mi parte.
Las chicas sometieron a Calix a un tercer grado que me
permitió darle alguna que otra carantoña a Jared.
Nos enteramos de que el nuevo era hijo de un alto
mandatario griego. En su país, jugaba como capitán del equipo
de fútbol en el instituto, además de tocar la batería. ¿Sustituiría
a Selene en El Último Aullido?
Cuando Andrea le comentó que parecía un modelo, él le
aclaró que trabajaba ocasionalmente para una firma de alta
costura juvenil y que durante algunos años había hecho danza
clásica y artes marciales. Eso me sorprendió, no había muchos
chicos a quienes les gustara el baile. Aunque mi padre y mi
hermano habían hecho lo mismo para mejorar la elasticidad en
kung-fu. Teníamos algunas cosas en común, como nuestro
odio hacia el brócoli. A ver si con suerte no lo cocinaban para
nuestro invitado.
Nita y Rache no tardaron en sumarse al grupo. Como era
evidente, querían hacerse eco de la noticia y le tomaron alguna
foto para la reina stalkeadora.
El timbre sonó llevándonos de vuelta a la realidad, que no
era otra que tocaba clase.
Nita y Rache franquearon al griego de vuelta a las aulas. El
pobre acaparaba todas las miradas. No solo por su físico, sino
por ese don innato de caer bien. Era un chico majo, agradable,
de sonrisa fácil y bien educado.
Así como Jared tenía un punto hostil que le hacía mirar
como si una nube de tormenta coronara su cabeza y Bastian lo
hacía con mucha timidez, el nuevo los atraía a todos como
polillas a la luz.
Jared y yo nos quedamos rezagados, era mejor dejar paso a
«la novedad y a sus acólitos».
—¿Qué te parece? —preguntó mi chico, besando mi sien,
mientras su brazo descansaba sobre mis hombros y nuestras
manos permanecían aferradas.
—¿La actitud de nuestros compañeros? ¿O el Flautista de
Hamelin que se lleva a todos los niños? —Mi chico me ofreció
una sonrisa apretada—. ¿Te incomoda que vaya a vivir en mi
casa?
—No, es que la gente tan encantadora me rechina un poco,
eso es todo.
—A mí me parece majo —lo enfrenté. Deslié nuestras
manos y pasé las mías por su cuello—. Y quiero que sepas, mi
querido husky siberiano, que no tienes que temer, me gustas
demasiado como para fijarme en otro.
Los ojos le brillaron.
—Ah, ¿sí? ¿Cuánto?
—No se ha inventado la medida capaz de calcularlo —
jugueteé. Su mirada se iluminó.
—Buena respuesta, porque tú me gustas del mismo modo,
ta misa.
Su boca buscó la mía y me besó lento, torturando mi
necesidad de Jared en vena.
El beso concluyó porque el segundo timbrazo de
advertencia nos recordaba que quedaban treinta segundos para
alcanzar el aula o quedabas eliminado.
Nos tomamos de la mano y apretamos a correr riendo hasta
llegar a clase.
Capítulo 49
Celoso, ¿yo?
Jared

Ver a tu novia viviendo con el más mortífero de los


ágrypnoy, mientras tenías que aguantar sus risitas cómplices al
llegar al instituto, que te contara lo majo que era y lo bien que
le caía a sus padres, a la vez que fingías que te parecía
estupendo que se llevaran tan genial, no era plato de buen
gusto para nadie. Es más, temía que tarde o temprano me
saliera una úlcera por las ganas de revelarle que ese tío majo
era un asesino torturador que ya habría querido para sí la
Inquisición.
No te confundas, no eran celos, es que me repateaba que él
pareciera el chico perfecto, cuando la tenía más engañada que
Papá Noel, los tres Reyes Magos y el Ratoncito Pérez, juntos.
¿Es que no veía que tanta perfección era insana? ¡Si daba
náuseas!
A todo esto teníamos que sumarle que llevábamos sin
noticias de Selene y Drew, el hijo de Volkov, desde el día en
que partieron al otro mundo. Ni una sola vez habían emergido
o recibido noticias sobre ellos. La tensión era más que
palpable, Moon, Bastian, Jerome, Tasya y yo… estábamos con
los nervios crispados, aunque nos consoláramos los unos a los
otros diciendo que si no teníamos noticias de su muerte, era
porque no los habían descubierto.
Jerome me comentó que en los interrogatorios que llevaron
a cabo en las mazmorras de la Alhambra, una especie de
agujeros cavados en el suelo, lo único que obtuvieron era algo
que ya sabíamos, que al otro lado se estaban organizando para
La Gran Migración y que ellos habían sido enviados para
llevarse a Elle, la necesitaban, pero… ¿por qué?
Estuvieron horas dedicándose a averiguar el motivo hasta
que se agotó el tiempo. Según Volkov, si Calix no pudo
sonsacárselo, fue porque no lo sabían. Esos cuatro eran meros
peones en el tablero. Solo tenían las coordenadas del lugar y la
misión de infiltrarse en la fiesta, sin que nos diéramos cuenta,
poseer los cuerpos de nuestros amigos y llevarse a mi chica sin
levantar polvo. Lo que no esperaban al emerger y localizar a
Elle fuera de la casa era darse de bruces con Moon y conmigo.
Volkov dio la orden de mantener a Elle custodiada y,
aunque no me gustara la idea de que Calix estuviera en su
casa, durmiendo puerta con puerta con ella, reconocía que era
la mejor solución. Pues mi idea de pernoctar en un banco del
parque no era factible.
Encontrar ratos a solas en los que disfrutar de su compañía
fue como amanecer en un campo de tréboles y dar con uno de
cuatro hojas. Rascaba segundos de donde podía, pues entre los
deberes, los exámenes, el ballet, sus amigas y, por supuesto,
Calix, no nos daban para mucho.
Además, a eso había que sumarle que las llamadas de
emergencia a los custodios se habían quintuplicado. El
emerger de los migrantes cada vez era más frecuente e
inesperado. Ya no había terremotos que nos alertaran y eso nos
ocasionaba un problema gordo.
Las noticias se hacían eco de padres que mataban a sus
hijos, maridos a sus mujeres, niñas que pateaban a compañeras
de clase sin motivo aparente más que el reto colgado por algún
zumbado en redes sociales, o jóvenes que salían de fiesta y
regresaban a casa en ataúd.
No era que la población estuviera enloqueciendo, sino que
los migrantes se multiplicaban como chinches y nos llevaban
locos de punta a punta de la ciudad. Se nos estaba yendo de las
manos, la situación se volvía insostenible.
Este fin de semana era el cumpleaños de Elle y no sabía
qué regalarle. Parecía tenerlo todo y yo quería algo especial
para sus dieciséis, los cuales, por fin, serían oficiales. No lo
íbamos a pasar juntos, porque su madre tenía un evento en
Barcelona y todos, incluido su particular guardaespaldas
griego, se iban a ir a celebrarlo con su familia y sus antiguos
amigos, aprovechando las circunstancias, lo que me sacaba
bastante de quicio porque iba a perdérmelo.
Ella les suplicó a sus padres que la dejaran quedarse, al ver
mi cara cuando me dio la noticia de que no podríamos
festejarlo juntos, pero comprendía su decisión de no irse sin
ella en una fecha tan especial.
Ahora mismo deberían estar celebrándolo. Me hizo una
videollamada desde la habitación de casa de su tía, diciéndome
que iba a cenar con sus antiguas amigas y Calix, y que
después, seguramente, saldrían de fiesta a un pub cercano.
Hice de tripas corazón, le deseé que lo pasara bien, que
tuviera cuidado y que yo la esperaba aquí para darle mi regalo
a su vuelta.
«Sí, justamente ese que no tenía».
La semana que viene era la fiesta de Halloween del
instituto, en la que mi grupo tocaba con Mario como batería, y
a la cual se suponía que debíamos asistir como pareja.
Ahora ya no estaba seguro de si había sido buena idea
decirle al representante que, mientras mi hermana estaba fuera,
lo convirtiera en el batería oficial, eliminando las posibilidades
de que el maldito ágrypnoy entrara en el grupo.
¿Por qué? Pues porque mientras yo iba a estar tocando la
mayor parte de la fiesta, a él le dio un pase directo para estar
con Elle durante esta. «¡Era un mendrugo!».
—Ey —me saludó Moon.
Estaba en un banco que teníamos fuera de casa, en la parte
delantera. Me gustaba sentarme en él a pensar mientras
contemplaba las sombras del bosque y la montaña.
Moon se encendió un cigarrillo.
—¿Cuándo dejarás de fumar?
—Cuando tu dejes de torturarte porque Elle está con Calix
a todas horas. Sabes que no tiene ninguna opción con ella,
¿verdad? —El intuitivo de Moon… Si es que me las cazaba
todas al vuelo. Clavé los codos en mis rodillas y dejé caer mi
barbilla en las manos.
—Eso da igual, me repatea que Elle confíe ciegamente en
un pendenciero como él.
—Sirve a la causa —anotó, dando la primera calada que
puso la punta del cilindro roja, igual que mi humor.
—¿Y? ¿Eso lo exonera? No me fío de los ágrypnoy, son
personas sin nada que perder, eso puede hacer que desconectes
de la realidad de una manera absoluta.
—No necesitas ser un ágrypnoy para desconectar de tu
realidad. Además, ¿quién te dice a ti que Calix no tiene nada
que perder?, ¿acaso lo conoces lo suficiente?
La pregunta la lanzó Bastian, quien hasta ahora había
estado en silencio, sentado a mi lado, contemplando las
estrellas.
El cielo de Sierra Nevada era brutal para admirarlo en una
noche despejada.
—¿Me estás diciendo que tú sí que lo conoces?
¡Acabáramos! —prorrumpí, ofreciéndole un bufido.
—Puede que más que tú, recuerda que va a mi clase y
compartimos pupitre en alguna asignatura.
—Es un encantador de serpientes, no deberías fiarte, ya te
dije que te alejaras —lo regañé.
—¿Por qué? ¿Porque tú lo digas? ¿Alguien que no se ha
molestado en pasar con él ni cinco minutos a solas para
hablar?
—No tengo nada que hablar con Calix.
—Claro, eso ya lo hace tu ta misa por ti. —Moon estaba
anonadado por la conducta de Bastian y yo también. No era
propio de él ser tan desdeñoso e incisivo.
—¿Qué te pasa?
—¿A mí? —Una risa sin humor salió despedida por su
boca—. Mejor pregúntatelo a ti. ¿Crees que te estás
comportando como un buen líder? Últimamente te antepones a
todo y a todos, solo miras tu ombligo y parece que el principal
problema es que Calix protege a Elle. ¡Estás celoso! —me
acusó.
—No lo estoy.
—¡Claro que sí! Hasta gruñes y amenazas a Calix en
sueños. No te centras, te han herido tres veces en los últimos
combates cuando antes eras intocable, y te pasas el día
enganchado a las redes sociales stalkeando a Elle. ¡Madura!
¡Eres nuestro líder y te comportas como un niñato de dieciséis
que está colgado de una chica! Con tu actitud, nos pones en
peligro a todos y a ella también. Toma las riendas de tu vida o
vas a llevarnos directos a la muerte. Todos tenemos problemas
y no te das ni cuenta, ¡ni siquiera te interesas por lo que nos
pasa!
Bastian se levantó de mal humor, se desnudó y salió
corriendo como un loco transformado en lobo.
—Pero ¡¿qué demonios…?! —Parpadeé incrédulo. Moon
tenía una sonrisa dibujada en los labios.
—Demasiada testosterona fluyendo por sus venas.
—¿De qué hablas? —pregunté alucinando.
—De que está claro que algo le ocurre y que ni tú ni yo
tenemos idea —murmuró, despidiendo una voluta de humo.
—Eso es evidente, gracias por la aclaración, el tema es qué
Bas es muy reservado con sus cosas, hay que sacarle las
palabras y las emociones con sacacorchos.
—Y eso es función del líder. Como lo de velar por todos
los miembros de su manada.
—¿Me estás diciendo que os tengo descuidados? ¿Tú
también? —Moon apretó los labios y alzó las cejas.
—Respóndeme a esto, ¿cuándo fue la última vez que nos
preguntaste a Bastian o a mí cómo estamos? —Me puse a
pensar. Quizá no les había preguntado, había dado por hecho
que se encontraban mal como yo, por lo de Sel y los
migrantes. Miró hacia un reloj que no llevaba en la muñeca—.
Se te ha pasado el tiempo y me parece que ya has dado con la
respuesta. —Me sentí mal.
—Lo siento, yo he dado por hecho…
—Lo sé. Lo que no significa que no extrañe al Jared que de
tanto en tanto alargaba su pezuña y tiraba del hilo hasta
hacerme confesar. No es un buen momento para ninguno, eso
es verdad. Las cosas están muy tensas, y que hayas encontrado
a tu ta misa lo hace más complejo, porque tu cuerpo no deja de
emanar sustancias que te hacen estar más por otras cosas que
por los tuyos.
—No he estado a la altura… —reconocí, dándome cuenta
de lo que decía Moon.
—Ya te he dicho que es comprensible, yo no te lo tengo en
cuenta.
—Lo siento, Mooni, soy el peor líder del mundo mundial,
le debo una disculpa a Bastian.
—Ya se la darás cuando vuelva. Y por mí no te preocupes,
con una semana recogiéndome el cuarto tengo suficiente. —
Dejé ir una carcajada que me alivió un poco.
—¿Quieres que vaya a por un par de bebidas y hablamos?
Yo también necesito a mi colega para no pasarme la noche
siendo la vieja del visillo de Instagram —anuncié, poniéndome
en pie.
—Eres mi mejor plan, a falta de una chica guapa que quiera
un rato de fiesta, así que… Ve a por ellas.
Me acerqué hasta él y le ofrecí una sonrisa ladeada.
—Gracias por hacerme ver las cosas.
—Para eso estamos.
Mi móvil vibró y de inmediato desbloqueé la pantalla. Era
un mensaje de Elle con un sticker que ponía Te Amo, en
formato corazón con la cara de un husky en el centro. Sonreí a
la pantalla y alcé la vista para mostrárselo a Moon.
—Soy un poco tonto.
—Naciste así, pero te queremos igual, y tu chica, también.
Anda, ve a por las bebidas que se calientan.
—Si ni siquiera las he sacado de la nevera.
—Me refería a nuestras gargantas.
—Esas se secan. ¿Y tú eres el que vas para médico? —
bromeé.
Iba a meterme en casa cuando Jerome salió por la puerta
con la cara desencajada.
—Emergencia.
Capítulo 50
Siempre serás mi mitad

Apagué el móvil fastidiada.


Nita Ferrer y sus malditas ansias de noticia. Desde que
volví hacía cuatro días de Barcelona, notaba a Jared distante.
En el recreo, ya no me hacía tantos arrumacos y parecía
interesarle más lo que Bastian no le contaba que lo que yo le
decía.
Con eso me refiero a que su hermano se pasaba el tiempo
callado, mientras que Jared no dejaba de hablarle, intentar que
riera o contarle cosas absurdas.
Puede que algo tuviera que ver que Bastian se encontrara
envuelto en una emboscada unas noches atrás. Quizá, de algún
modo, me hiciera culpable por pasar más tiempo pendiente de
mí que de su manada, no lo sé, porque no me lo contaba.
Todos estábamos en el mismo corrillo, los Loup, mis
amigas, Calix y yo.
La falta de atención por parte de mi novio daba pie a mi
nuevo amigo a ofrecerme la suya. Todos comentaban lo
divertido, encantador y amable que era. Y por ello habían
comenzado los chismorreos sobre si la convivencia con él
daría paso a algo más.
A mí no me gustaba Calix, reconozco que era tan
maravilloso como decían y que no podía negar su belleza y
aquel cuerpazo atlético que hacía babear a la mayoría, lo que
ocurría era que yo ya estaba pillada por Jared y no podía
concebirlo de otro modo que no fuera «amigo». Puede que si
lo hubiera conocido antes que a mi chico, fueran distintas las
cosas, nunca lo sabría. Lo que sí sabía era que la falta de
atención de Jared me sacaba de quicio.
Parecía que estábamos en casillas muy distintas en el juego
del amor. Yo quería avanzar y él estaba estancado en el pozo
del olvido.
Y hablando de olvidos, Jared no me había dado ese regalo
de cumple que dijo que me entregaría a mi vuelta, y no es que
me molestara, bueno, puede que un poco sí, porque si alguien
te dice que va a regalarte algo, tú te ilusionas, lo esperas, y
cuando ves que no llega, no sabes si es que te mintió, si es que
le importa tan poco que no se acuerda, que lo perdió o se lo
dio a otro. O por lo menos a mí me pasaba así. Y no ayudaba
que Calix me hubiera regalado un par de pendientes preciosos
por los que todo el mundo me preguntaba. La siguiente
cuestión de rigor era: «¿Y qué te ha regalado Jared?».
A mí se me quedaba cara de seta y, para no dejarlo mal,
respondía: «Mucho amor, con eso me basta».
Y habría sido así si fuera cierto, le habría perdonado lo del
«no regalo» si sus muestras de afecto no se hubieran visto
reducidas a ceniza. Los únicos besos que recibía se limitaban
al de llegar al insti y al de despedirnos, y eran más bien
escuetos. Al principio, pensé que quizá estuviera molesto
porque Calix hubiera venido conmigo a Barcelona y no él, que
se sentía celoso, aunque no quisiera decírmelo, y era su
manera de demostrármelo, castigándome con altas dosis de
indiferencia. No sabía qué pensar.
Le di unos días de margen para ver si la cosa mejoraba y, al
ver que no, el miércoles lo enfrenté. Le pregunté directamente
si le ocurría algo conmigo, que lo notaba raro y si el motivo
era mi fin de semana en Barcelona. Me dijo que no, que lo que
le ocurría era que tenía muchas preocupaciones ahora mismo
con el tema de los migrantes, que comprendía mi finde en
familia y que se alegraba por mí de que lo hubiera pasado tan
bien.
Omitió el «sin él», pero yo lo sentí como un pequeño puñal
afilado clavándose en el centro de la confianza de nuestra
relación.
No habló de Calix en momento alguno, me abrazó, me besó
y dijo que le diera algo de cancha.
¿Cancha? A ver, no es que pretendiera que estuviéramos
pegados como lapas, pero había un océano entre eso y lo que
teníamos ahora. Se supone que lo que desea tu pareja es que
estés bien, no que te sientas culpable por suplicar un poco más
de atención, y así mismo se lo solté.
—¿Que no te doy atención? Desde que apareciste en mi
vida he descuidado muchísimas cosas por ti. Siempre me he
preocupado, te he protegido y no puedes achacarme que quiera
darte tu propio espacio y no acapararte. Tú tienes tu vida más
allá de mí. Tu familia, amigas, las clases, las actividades, y yo
también tengo que estar con mis hermanos, mi manada y
atender mis obligaciones en la lucha con los migrantes. Que no
me tengas pegado todo el día no significa que no me importes
o cualquier lío mental que te hayas hecho. Igual he pecado de
ser demasiado intenso y absorbente al principio, lo que ha
hecho que ahora te sientas confundida. Me sigues gustando del
mismo modo, Elle.
Puede que tuviera razón, que le exigiera mucho, yo no
había tenido novio nunca e igual estaba siendo una pesada. Me
sentía hecha un lío y sus reflexiones no me ayudaban, decidí
darnos el espacio que Jared necesitaba y no agobiarlo con mis
paranoias. Tanta cancha le di que mañana era el baile y todavía
no sabía si iríamos juntos.
Puede que él lo diera por hecho o puede que, como El
Último Aullido tocaba, yo tenía que interpretar que iría sola.
Lo que estaba claro era que ese post de Nita solo servía para
avivar mi inseguridad sobre nuestra relación.
—¿Todavía no te lo ha pedido? —preguntó Calix mientras
mirábamos una revista de disfraces en la comodidad de mi
nueva habitación.
Aquel había sido el regalo sorpresa de mis padres.
Aprovecharon el finde que estuvimos fuera para reformar la
buhardilla y reconvertirla en mi nuevo cuarto, el que siempre
soñé.
Estaba precioso, con todos los muebles lacados en blanco,
lo que le daba muchísima luminosidad.
Tenía un armario enorme que llegaba al techo, cama de
matrimonio, un tocador donde almacenar mi colección de
pintauñas y mascarillas, zapatero, cómoda y una zona de
estudio gigantesca frente a la ventana. Además, una de las
paredes hacía destellos. ¡Con lo que a mí me gustaba la
purpurina! ¡Ah! Y tenía una preciosa silla colgante del techo
envuelta en luces led, donde ahora mismo me estaba
columpiando.
Calix heredó mi antigua habitación frente a la de Carlos, y
mi madre trasladó el despacho al espacio abierto al lado de su
habitación, en la planta central.
La última era toda para mí y no podía ser más feliz con
ello.
Retomé la pregunta de Calix sobre si Jared me había
pedido que fuera con él a la fiesta.
—No —respondí escueta.
—¿Y por qué no lo haces tú? Al fin y al cabo, da igual
quién lo haga, ese es un pensamiento muy antiguo.
—No es eso, ya sabes que a mí no me cuestan ese tipo de
cosas, es que ayer tuvimos una pequeña discusión y… en el
fondo esperaba que él sacara el tema, me sentí un poco tonta y
me parece que Jared necesita espacio, que lo agobio.
—¿En serio? A mí no me pareció eso cuando lo conocí. Al
contrario, no dejaba de marcarme.
—Puede que el viaje a Barcelona haya hecho cambiar sus
prioridades. Está distinto desde que volvimos —reconocí
fastidiada.
—¿Quieres que hable con él? ¿Que le diga que puede estar
tranquilo, que eres mi amiga y que nunca me metería en tu
felicidad? Igual lo que le pasa es que está celoso por lo bien
que nos llevamos.
—No. Yo ya he hablado con él, para mí la confianza es
fundamental y no le he dado motivos para que le afecte nuestra
amistad. En ningún caso eres el problema. —Me dejé caer
hacia atrás en la silla y aplasté la revista contra mi cara—.
¡Maldito baile!
—Sabes que no te lo he pedido porque lo respeto, yo
estaría encantado de que fuéramos juntos. Y ese disfraz en
pareja que te gusta, de Lobo y Caperucita Roja, a mí me
sentaría como un guante… —Agitó las cejas mientras yo
escurría el papel hacia abajo.
—Es lo que nos faltaría después del post de Nita Ferrer, ir
como pareja. En serio, te lo agradezco, Calix, pero casi que
prefiero ir sola.
—¿Tanto te influye lo que piense la gente?
—¡Al contrario! —exclamé ofendida—. Siempre me lo he
pasado por el forro.
—Pues, entonces, si no vais juntos, irás conmigo —
sentenció—. No se hable más. ¡Que le den a la reina
stalkeadora!
—¡No puedes esperarme hasta el último minuto! ¿Y si al
final sí que vamos juntos y tú te quedas sin pareja por mi
culpa? —Me guiñó un ojo sonriente.
—Pues iré de hombre invisible y no me costará
desaparecer. —Me puse a reír. Calix tenía esos golpes que
siempre me arrancaban sonrisas.
—Eres un gran amigo. Nunca imaginé que pudiera
llevarme tan bien con un chico, eres increíble.
—Lo sé —bromeó, haciendo a un lado su pelo suelto que
recordaba a un anuncio de champú.
—Pídeselo a Carla, estaría loca por ir contigo.
—No me apetece invitar a ninguna chica, no quiero dar
falsas esperanzas a quien no tiene ninguna oportunidad
conmigo.
—¿Y conmigo sí que irías? Te recuerdo que yo también
tengo género femenino.
—Tú eres como de la familia, ya sabes que este verano te
espero en Creta junto a los tuyos. —Calix les sugirió a mis
padres que pasáramos quince días en su casa, conociendo su
isla. Y mi madre ya estaba incluso mirando vuelos. Le dabas
un dedo y se tomaba el brazo entero, con lo que le gustaba
viajar…
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Dispara.
—¿Te has enamorado alguna vez?
—Alguna —respondió, poniéndose un poco serio.
—¿Y cómo sabes que es amor, que no es encaprichamiento
pasajero o que te gusta en serio?
—Porque los silencios no pesan ni se vuelven incómodos.
Te descubres mirando los ojos de esa persona, dándote cuenta
de que sus virtudes son mucho más importantes que los
defectos y que solo necesitas su presencia para ser feliz. —
Suspiré.
—Eso es muy bonito. —Los dos nos quedamos en silencio,
mirándonos sin prisa, gozando de aquella complicidad que
nace, no se hace, y que nos mantuvo en una burbuja hasta que
mi hermano abrió la puerta para que bajáramos a cenar.
Capítulo 51
Toca
Jared

Miré de reojo a Moon, que negaba con la cabeza viendo


aparecer a Elle, vestida de Caperucita Roja, del brazo de un
cretino Lobo Feroz.
Estaba bullendo por dentro, completamente iracundo y más
desubicado que nunca.
Cuando Jerome nos dijo que había una llamada de
emergencia, no creí que tuviera que ver con Bastian. Era la
segunda vez que se veía envuelto en una reyerta y, en esta
ocasión, en parte, por mi culpa.
Si se largó de malos modos, era por su estallido contra mi
falta de empatía y liderazgo. Lo había hecho mal, muy mal, y
ahora todos pagábamos las consecuencias.
Bastian se acercó a la zona comercial, donde se ubicaban la
mayor parte de bares y hoteles de la estación. No es que
estuviéramos en temporada, sino que algunos comenzaban con
las tareas de mantenimiento para abrir la estación de esquí y
que no hubiera fallos.
Mi hermano estaba a unos doscientos metros cuando notó
un aroma pútrido a maldad.
Un grupo de cinco migrantes estaban dispuestos a colonizar
a los empleados de mantenimiento, quienes acababan de
terminar su jornada laboral.
Bastian, con el mosqueo envenenando su sangre, decidió ir
a por ellos, aunque tuvo la suficiente cabeza como para emitir
nuestro aullido de alarma.
El vibrato fue captado por uno de los receptores de
frecuencia que teníamos ubicado en la zona. Aquellos
pequeños aparatos estaban diseminados por toda la geografía,
preparados para recibir la señal y transmitirla de inmediato al
puesto de guardia más cercano, en este caso, el nuestro.
Esta vez, mi hermano tuvo suerte de que estuviéramos tan
cerca y que los migrantes se mostraran desorientados por un
ataque que no esperaban.
Darme cuenta de mis errores me hizo meditar. Tenía que
encontrar un punto de equilibrio, y más ahora, con la situación
al rojo vivo. Si estaba cerca de Elle, mi cuerpo solo quería
arrumacos, largos paseos y colmarla de besos. La fase de
enamoramiento de un licántropo era abrumadora y ese
momento no me lo podía permitir.
Decidí poner algo de distancia, sería momentánea, hasta
que lograra contener el torrente de emociones que me sacudían
y recuperar la confianza de mi manada. Lo mejor sería
centrarme en ellos y darle algo de espacio a Elle.
Aunque no esperaba que su respuesta a mi manga ancha
fuera arrojarla a la boca del ágrypnoy.
—Calma —murmuró Moon a mis espaldas.
—Te juro que cuando acabe todo esto, a ese me lo cargo.
—Por ahora no está haciendo nada reprochable —trató de
tranquilizarme—. ¿Invitaste a Elle al baile?
—No, exactamente… —mascullé, recreando nuestra
conversación de esa misma mañana.
*****

Estábamos en el recreo cuando Elle se acercó a mí


sonriente.
—Hoy es el baile de Halloween —musitó con los brazos
cruzados en la espalda. Estaba preciosa con una sudadera
negra con letras brillantes y un par de trenzas boxeadoras.
—Ya, te recuerdo que mi grupo toca esta noche, así que, sí
o sí, tendré que estar allí. ¿Vendrás a vernos?
—Em, sí, bueno, ese era el plan, ir al baile.
Su expresión se tornó un poco mustia, no quería que
pensara que pretendía que estuviera toda la noche pegada a los
pies del escenario y se perdiera los bailoteos con sus amigas.
—Bien, seguro que te lo pasas genial con las chicas, yo
solo podré verte en el descanso, pero estaré mirando cómo
disfrutas. Me hubiera encantado estar contigo en la pista, pero
me es imposible.
La boca ancha, tan suave y deliciosa, me ofreció una
sonrisa tenue.
—No te preocupes… ¿Vas a disfrazarte?
—A mí no me hace falta, ya sabes que me quito la ropa en
un abrir y cerrar de ojos y me transformo. —Sacudí las cejas
—. Aunque esta noche prefiero no causar desmayos, algunas
personas son de lo más impresionables.
—Eso es cierto, yo caí redonda. Mejor guárdate el secreto
—jugueteó, mordiéndose el labio cómplice.
—¿Y tú? ¿Tienes disfraz?
—Algo improvisaré, todavía no sé qué ponerme, ayer
estuve chafardeando una revista y supongo que me pasaré por
el centro comercial con mis amigas a ver qué encuentro,
¿alguna sugerencia? —Pestañeó coqueta.
—Te pongas lo que te pongas, estarás preciosa, así que lo
dejo a tu criterio.
Bastian parecía entretenido con el resto de chicos, por lo
que aproveché para acercarme a Elle y trazar el camino de su
cintura con la palma de la mano, era tan suave…
La sudadera se alzaba por encima de la tripa, por lo que mi
carne se deslizó directamente sobre su piel. Ella me miró con
deleite, separando los labios para buscar con sus pupilas los
míos, que palpitaron de necesidad.
Aquella boca era como agitar un vaso de agua frente a un
sediento.
La apreté hacia mí, aspirando el aroma a frutos rojos de su
pelo, dejándome mecer por él. Bajé hasta su oído, tenía una
sorpresa y me quemaba la necesidad de darle una pista.
—Esta noche te daré tu regalo de cumpleaños, no pienses
que me había olvidado, es solo que me ha costado un poco
más de la cuenta tenerlo listo.
Su barbilla se alzó de golpe luciendo una expresión de
júbilo que me encogió el corazón.
—Creía que te habías olvidado. Ta… Tampoco es que dé
importancia a esas cosas, vamos, que no soy una materialista,
me refiero…
Restregué mi nariz contra la suya con suavidad.
—Nunca, me oyes, jamás sería capaz de olvidarme de ti. A
veces siento que te pienso demasiado, y que no logro encontrar
el equilibrio. Eso me asusta. —Mi chica se apretó contra mi
pecho pasando las manos por él, desatando fuegos artificiales
en mi fuero íntimo.
—No te asustes —murmuró—. Yo estoy aquí, contigo,
acepto lo que eres y asumo que ambos necesitamos
aclimatarnos al cambio. —Si es que era tan bonita que tenía
ganas de comérmela. Elle me buscó pícara—. Además…,
Caperucita siempre aparecerá para rescatar a su lobo.
Se puso de puntillas, tiró de mi chaqueta y me dejé apresar
la boca para hacerla suya.
Besarla era calma y tormenta, dulce y picante, luces y
sombras, amor y desconsuelo. Cada emoción, cada
pensamiento destilado en su boca, era el más potente adictivo.
¿Por qué todo tenía que ser tan difícil siempre?
Yo solo quería que fuéramos una pareja normal, llevarla a
dar paseos en moto, hacer excursiones por la montaña, ver la
punta de su nariz enrojecer con la caída de los primeros copos
de nieve mientras yo frotaba sus manos para hacerla entrar en
calor. No era demasiado pedir, ¿o sí?
Me separé muy a mi pesar pensando en que, aunque no
pudiera ofrecerle el baile que a mí me hubiera gustado, debido
al compromiso adquirido por nuestro representante, tenía una
sorpresa final que esperaba que lo compensara.
*****
Enfoqué las pupilas y regresé al presente, viendo aquella
Caperucita coqueta agarrada del brazo de un puñetero lobo
hambriento.
—¿Jared? —me instó Moon. No había contestado su
pregunta sobre la invitación de Elle al baile.
—Toca, eso es lo que nosotros hemos venido a hacer.
Capítulo 52
Celos

Ir a la fiesta acompañada de Calix, en lugar de Jared, me


dejó un regusto amargo. Me hubiera encantado disfrutar de
Halloween al lado de mi chico en lugar de con mi amigo, sin
embargo, comprendía que él tenía que estar tocando y no era
plan de que yo lo agobiara. Ya habría tiempo de estar juntos en
el descanso y cuando terminaran la actuación.
Al llegar al gimnasio del instituto, donde se desarrollaba la
fiesta, lo primero que hice fue sonreírle. La comisión de fiestas
estaba haciendo un gran trabajo para recaudar dinero para el
viaje de fin de curso de los del último año.
Todo estaba decorado al detalle, con gigantescos murales
que recordaban a un castillo del terror. Esqueletos, calaveras,
murciélagos y gigantescas telas de araña se distribuían por el
gran espacio creando un clima festivamente aterrador.
El tema estrella parecía ser el de la última serie de miedo
de Netflix. Sin embargo, también podías encontrar vampiros,
enfermeras sangrientas, zombis ansiosos de cerebros, catrinas
mexicanas y un sinfín de disfraces cubiertos de sangre.
Yo quise mandarle a Jared un mensaje subliminal, por
nuestra particular broma de Caperucita, Calix me aseguró que
captaría el mensaje y le emocionaría que hubiera escogido ese
disfraz por él.
Como era lógico, mi mejor amigo fue mi elección a falta de
acompañante oficial. Para ir en consonancia, Calix iba de lobo
feroz.
Mis veciamigas se disfrazaron en grupo. Tanto ellas como
sus parejas de baile iban de El Juego del Calamar. Impactaba
verlos vestidos de rojo, con el rostro cubierto y los símbolos
del triángulo, el círculo y el cuadrado adornando las máscaras.
Lo que había dado de sí esa serie, con lo de rojo, verde y
esas tardes de galletas hechas con azúcar… TikTok estaba
plagado de vídeos para aprender a hacerlas y romperlas con
una simple aguja.
Hasta yo caí y me pasé una tarde jugando con mi hermano,
Calix y las chicas.
—Tu novio nos mira, me parece que está molesto porque
haya venido contigo —murmuró mi acompañante en el oído.
No sabía por qué Jared le tenía tanta manía. Si era un tipo
majísimo, no había hecho nada para que se sintiera
amenazado, al contrario, siempre se comportaba de forma
correcta; hablaba bien de Jared e intentaba colaborar para que
nuestra relación saliera a flote.
—No tiene por qué estarlo.
—Tú y yo lo sabemos. Él no parece tenerlo tan claro.
—Pues debería. No me gusta que desconfíen de mí cuando
siempre he sido sincera y no he dado motivos para la
desconfianza.
—Quizá no dude de ti, sino de mí.
—¿De ti? —solté aire, haciendo vibrar mis labios.
—¿Qué? No es tan descabellado. Piensa que convives con
el tío más guapo, sexi y carismático del Montevives. Aunque
tú seas inmune. —Solté una risotada.
—Menos lobos, Caperucita, que todavía no te han
coronado rey del baile y, que yo sepa, el título está muy reñido
entre el #TeamCalix y el #TeamJared.
—A lo que iba, que es lógico que tu lobo particular esté un
pelín erizado, suelo despertar las alarmas entre los novios de
mis posibles amigas, por eso nunca he tenido una.
—Hasta ahora —puntualicé.
—Hasta ahora —corroboró. Era triste que por tu físico o
tus habilidades sociales los demás te denostaran. Los
diferentes siempre sufrían las consecuencias, ya fuera por
carencias o por excesos—. Deberías tranquilizarlo, no sé qué
hacer para que él no me perciba como una amenaza.
—Tú no tienes que hacer nada. Si Jared se siente inseguro
en tu presencia, no es cosa tuya. De hecho, no comprendo el
motivo, vale que eres guapo y fantástico, pero él también lo es.
—Gracias por el cumplido. Dame tu capa, Caperucita, y ve
a visitar a tu abuelita, que la cara le va a llegar al suelo del
escenario y creo que no toca el acordeón.
—Tonto —bromeé. Permití que me ayudara con la prenda
que dejaba mis hombros al descubierto. La blusa blanca
quedaba cubierta parcialmente por un chaleco negro que se
superponía por encima de una falda con mucho vuelo. En los
pies calzaba unas bailarinas y calcetines blancos por encima de
las rodillas.
Las primeras notas llegaron a mis oídos y mi piel se alzó,
como siempre ocurría cuando escuchaba a Jared. Su voz era
hipnótica, te recorría igual que la lava de un volcán,
haciéndote arder por dentro con cada rugido ronco.
Alcé la mirada hacia él y lo encontré con la suya puesta en
mí, pellizqué mi labio inferior viéndolo desplazarla hasta mi
boca.
Mis pies arrancaron por inercia, obedeciendo la orden de
aquella melodía oscura que tejía un sugerente camino de
baldosas amarillas por las que me desplazaba.
Me planté frente al escenario y lo contemplé con todo el
amor y la seguridad en nuestra relación que fui capaz de
transmitir. Quería que lo viera, que lo sintiera con tanta nitidez
que lo empujara a relajarse y a disfrutar del concierto con total
seguridad, para demostrarle en la distancia que sus miedos
eran infundados.
Me balanceé un poco siguiendo el ritmo y coreé flojito la
estrofa para no estropearle la canción. Sus hombros se
relajaron un poco, el cuerpo adoptó una postura más suya,
menos rígida, permitiéndole deleitarse con el tema. Al
concluir, hincó una rodilla para llegar hasta mí y acariciarme
el rostro.
Moon aprovechó para darnos algo de tiempo, tomar el
micro y dar la bienvenida a los alumnos.
—Hola, Caperucita —me saludó Jared con la voz del
guitarrista de fondo.
—Buenas noches, señor Feroz. —Las comisuras de sus
labios se alzaron.
—Estás muy guapa. Me encanta tu disfraz, es muy tú.
—Gracias, lo compré para ti.
—¿Y el de él también? —No hizo falta que le preguntara a
quién hacía referencia.
—¿Te molesta que venga acompañada?
—Más bien me incomoda «tu nuevo lobo». La gente que
parece tan buena siempre oculta cosas, sería mejor que
mantuvieras las distancias.
—Calix no oculta nada. Tendrías que darle una oportunidad
y conocerlo. Es un buen amigo, siempre me apoya y está ahí
para escucharme cuando lo necesito.
—¿Y yo no? —cuestionó con resquemor.
—Tú, a veces, estás ocupado. No te lo tomes como un
reproche, te equivocarías. Comprendo que ser guardián de La
Raya y líder de un grupo musical te resta mucho tiempo,
además de tu manada. Es imposible estar siempre al cien por
cien, y por ello es bueno tener amigos que no te fallen. No
quiero que concibas a Calix como alguien que amenaza
nuestra relación, porque sería un gran error.
—Ojalá fuera un error. —Su voz se volvió más grave y la
sensación de que algo se fracturaba y nos distanciaba se volvía
evidente—. Pásalo bien y no te preocupes por mi falta de
afectuosidad hacia tu nuevo amigo, nos vemos en el descanso,
ahora me toca trabajar.
Jared se puso en pie dejándome con una sensación de
vacío. Moon dio paso a la última presentación, que era la suya,
y la concluyó con un aullido que fue secundado por los
presentes.
No quería sentirme mal, no era justo que el malestar de
Jared o sus inseguridades me pasaran factura a mí.
Si hacía falta, volvería a hablar con él después, ahora,
como el propio Jared había dicho, tocaba pasarlo bien.
Tal vez fuera justo lo que necesitaba, ver cómo era mi
relación con Calix desde la distancia. Quizá eso lo ayudara a
darse cuenta de que entre Calix y yo no había otra cosa que su
imaginación desbordada.
Reculé hacia mis amigos, que me esperaban sonrientes, con
las máscaras alzadas.
—Tenemos que quitarnos esto o se nos derretirá la cara —
murmuró Abril, secándose el sudor. Yo le soplé un poco el
rostro percibiendo los ojos de Jared en mi nuca. Tenía que
relajarme, dejar de estar pendiente de él y centrarme un poco
en mí.
Un segundo tema, mucho más bailable, dio inicio y las
chicas espolearon a sus parejas para salir a pista. Calix me
tomó de la mano, alzó las cejas, hizo el tonto besando el dorso
de mi mano como si fuera una princesa y me llevó hasta el
grupo para disfrutar cantando y bailando.
Lo estábamos pasando de maravilla, la primera media hora
pasó entre risas, letras coreadas, bromas, abrazos y chorradas
varias que nos hicieron ahogarnos a carcajadas.
Cuando quedaba un tema para dar paso al descanso, Calix
me acompañó a la mesa de las bebidas, ambos teníamos la
lengua como un estropajo. Allí no había aire acondicionado y
tanto baile subió la temperatura ambiente.
—¿Te diviertes? —inquirió con los ojos chispeantes.
—¿Bromeas? ¡Lo estoy pasando en grande! Y, en parte, es
gracias a ti, nunca había tenido un mejor amigo y ahora siento
que tú lo eres —confesé, sintiéndome feliz.
—Me alegra que digas eso, porque a mí me ocurre lo
mismo contigo. Por primera vez, alguien siente aprecio por mí
por cómo me siento, no por quién soy o aparento ser.
Lo entendía, tener un físico, un estatus y una actitud como
la de él hacía que muchas personas quisieran acercarse por
algún tipo de interés. Sin embargo, nadie conocía como yo al
auténtico Calix.
Tuve la necesidad de abrazarlo y no me contuve.
Me importaban un cuerno los posibles rumores que pudiera
despertar aquel gesto de aprecio sano.
Calix me correspondió arrastrándome con fuerza hacia su
pecho, encerrándome en una calidez cercana. Me gustaba, casi
tanto como recibir uno de Jared, aunque estuvieran en
categorías distintas y lo que me envolviera con cada uno de
ellos fuera muy diferente.
Nos separamos y sonreímos. Después, pedimos nuestras
respectivas bebidas, admirando la soltura de Jared desde la
barra.
Él nos miraba. Las mandíbulas estaban tan apretadas como
el micro contra su palma. Los nudillos se le habían puesto tan
blancos que casi resplandecían a la luz del foco.
¿Se había enfadado por nuestro abrazo?
Yo no podía vivir así, estando pendiente de si cualquier
pequeño gesto hacia cualquiera que no fuera él le afectara.
Tener a alguien a mi lado que no supiera diferenciar entre
el amor de pareja y una amistad podía ser agobiante.
Habíamos recibido muchas charlas sobre relaciones sanas
vs. tóxicas en el instituto y lo que se estaba fraguando
comenzaba a alcanzar altos grados de toxicidad. ¿Qué
pretendía Jared con su actitud? ¿Que modificara mi conducta?
Yo era yo, y quien me quisiera tenía que hacerlo tal cual era.
Sin aspiraciones a cambiarme o arrancarle las plumas a mis
alas para que no pudiera volar.
En cuanto el tema terminó, puso el micro en el soporte y
dio un salto para venir hasta nosotros sin mirar atrás.
Capítulo 53
Media parte

Era el turno de Andy, del último curso, quien iba a pinchar


mientras los chicos del grupo se tomaban un descanso de
quince minutos.
La mirada incendiaria que Jared le dedicó a Calix cuando
estuvieron frente a frente no me tranquilizó ni un ápice.
—¡Qué bien sonáis en directo! En Creta seríais todo un
éxito. —Fue lo primero que pronunció mi amigo para romper
el hielo y suavizar el ambiente.
Jared ni siquiera contestó, lo que me hizo sentir vergüenza
ajena.
—Te robo a «mi chica» si no te importa —apostilló con
retintín. Nunca un pronombre me había sonado tan posesivo
como aquel.
La mano de Jared agarró mi muñeca y mi cerebro hizo
boom.
—No —respondí por inercia, agitando el brazo para
soltarme.
Tenía que frenarlo de alguna manera, hacerlo comprender
que sus necesidades o paranoias mentales no estaban por
encima de todo y de todos.
Ambos me miraron con sorpresa, ninguno esperaba aquella
reacción por mi parte. Tenía que serenarme, si me ponía de
culo, complicaría las cosas, y lo que yo quería era que mi
novio y mi mejor amigo se llevaran bien, eso era todo.
—¿No? —preguntó Jared, tronando la negativa contra mis
tímpanos. Necesitaba una explicación que yo iba a darle.
—Quiero que os conozcáis mejor. Y si no compartimos
algún rato los tres juntos, va a ser imposible que os deis una
oportunidad.
—¿Y tiene que ser en mis quince minutos de descanso?
A Jared no le complacía lo más mínimo mi plan.
—Podemos dejarlo para otro momento que a Jared le vaya
mejor. No quiero acapararte o molestar. Para quince minutos
que tenéis juntos, es injusto que los pase con vosotros. Él
quiere estar a solas contigo y yo lo asumo —aceptó Calix
condescendiente, ganándose una mirada reprobatoria por parte
de Jared.
—Pero ¡¿tú de que vas?! ¿De aceite? ¿Siempre queriendo
quedar por encima de los demás, como si fueras el tío ideal
cuando en realidad es pura fachada?
La cara sonriente de Calix se apagó. Y mi yo justiciero se
prendió como una antorcha.
—Eres muy injusto, Jared. No puedes comportarte así, él
no ha hecho nada más que ser amable y comprensivo contigo,
mientras tú te comportas como un celoso patológico.
—¡¿Celoso?! ¡¿Yo?! ¡¿De este?! ¡Ja! —Su voz cabreada
tronaba en plena tormenta—. ¡No me hagas reír, Elle! Lo que
no entiendo es cómo puedes ser tan lista y estar tan ciega
respecto a su persona.
Abrí los ojos desmesuradamente, incrédula de que Jared
me estuviera tratando de tonta a la cara.
—¿Ciega? Eres tú quien deberías pedir una revisión a los
de la ONCE, o al oftalmólogo. ¿De qué le acusas
exactamente? Porque te advierto que es mi mejor amigo y va a
seguir siéndolo mal que te pese.
—¿Mal que me pese? ¡¿Mejor amigo?! ¡Si acabas de
conocerlo! Y este energúmeno no tiene ni idea de qué significa
la palabra amistad.
—Quizá seas tú quien deba buscarla en el diccionario —lo
intercepté. Mi novio me miró sombrío y supe que no lo estaba
haciendo bien. Necesitaba mostrarme algo más calmada.
Rebajé el tono—. Jared, en serio, no tienes por qué sentirte
amenazado.
—Claro que no —incidió Calix—. Elle ya te ha aclarado lo
que hay entre nosotros, una amistad muy fuerte capaz de
arrasar con todo. Es mi mejor amiga y nada ni nadie lo va a
cambiar. Asúmelo.
Los ojos de Jared cortocircuitaron, se abalanzó sobre Calix
y lo agarró por la parte delantera de su disfraz enfrentándolo
delante de todo el mundo. Me dio miedo que lo alzara como
hizo con aquel compañero de clase el día que nos mandaron a
la sala de castigos.
Me quería morir, no literalmente, por supuesto, es que
estaba pasando mucho apuro con la actitud prehistórica que
estaba adoptando. Además, me daba miedo que le hiciera daño
a Calix porque se le fuera de las manos.
—¡Jared, suéltalo! —Agarré sus brazos por detrás y lo
sacudí. No se movió ni un ápice, su cuerpo era acero y el mío
slime.
Calix no se amedrentaba ante la actitud guerrillera de Jared.
Un par de voces masculinas se sumaron a la mía.
—¡Suéltalo! —Era Bastian quien lo tomaba de un brazo.
—Eh, Jared, respira, déjalo ir, esto no va a llevarte a
ninguna parte. —El cuerdo de Moon se había ubicado a su
derecha.
—¡¿Es que no os dais cuenta de lo que pretende?! —
masculló desencajado.
—De lo que nos damos cuenta es de que este no eres tú —
quiso tranquilizarlo Moon—. Tú no solucionas las cosas así,
contrólate por el bien de todos. —Las palabras de su
hermanastro obraron la acción que yo había implorado.
Los dedos se abrieron y Jared lo soltó.
Mi reacción fue ir hacia Calix y preguntarle si estaba bien.
—Sí, tranquila, no pasa nada. —¿Que no pasaba nada? ¡Por
supuesto que pasaba! Mi amigo no merecía un trato como
aquel. Me di la vuelta para enfrentar a Jared, que seguía
crispado.
—Vamos fuera.
Ni siquiera le di pie a que respondiera, me encaminé hacia
la salida del gimnasio con un cabreo monumental como motor
de mis pasos y, al llegar, me di la vuelta esperándolo, solo que
no estaba ahí. ¿Iba a dejarme sola? Lo que me faltaba.
¡Maldito Jared! Asomé la cabeza y lo que vi me dejó
consternada. Él y Cálix habían llegado a las manos, los demás
los rodeaban y mi amigo tenía el labio partido.
La cabeza me daba vueltas, ¿es que se habían vuelto locos?
Los ojos me ardían, tenía ganas de llorar.
—Elle, ¿estás bien? —A mi derecha estaba Nita.
—No, no lo estoy. —Ella asintió y me abrazó.
—Tranquila, todo se arreglará. Los celos no son buenos
compañeros de relación.
—Yo no quiero a mi lado a alguien que no me respete, por
mucho que lo quiera.
—Es lógico, quizá Jared no es la persona que necesitas. Es
demasiado posesivo y territorial. A nadie le extrañaría que,
después de lo de esta noche, lo dejaras. —¿Nita estaba
sugiriendo que lo mejor era que rompiera con él?—. Como
dijo Pablo Motos, has de tener a tu lado a alguien que te quiera
como tú a tu gato.
—¿A Mr. Peanut?
—Exacto, con tu carácter, tu independencia, sin intentar
domarte o cambiarte, dejando que te acerques cuando quieras
y siendo feliz con tu felicidad. No debes aceptar menos que
eso, Elle, sería un error que tarde o temprano lamentarías.
—¿Así te quiere Rache?
—Por supuesto, yo tampoco acepto menos que el amor que
se le da a un gato.
La verdad es que sus palabras tenían todo el sentido del
mundo. Eran lo más cierto que había escuchado nunca,
aunque, muy a mi pesar, no podía borrar a Jared de un
plumazo. Me gustaba demasiado, pese a que tuviera los
impulsos de un cromañón, por eso dolía tanto.
—Necesito tomar algo de aire y pensar.
—Vamos a dar un paseo, te vendrá bien y es mejor que no
te deje sola.
—¿Juntas?
—¿Prefieres entrar y que me marche? —Negué—.
Entonces, vamos.
Capítulo 54
La Mina del Santo
Jared

Maldito ágrypnoy de las narices.


No hacía nada más que provocarme con su actitud de niño
bueno mientras que por dentro los dos sabíamos lo que había.
Mi pacto de silencio hacía que no pudiera revelarle nada a
Elle y que quedara como el culo. De puertas para afuera, daba
la impresión de que era un novio celoso, incapaz de
comprender que mi chica pudiera llevarse bien o tener un
amigo del sexo opuesto. Cuando lo que ocurría era que me
daba miedo que Calix y sus malas artes pudieran influirla o
dañarla de algún modo.
Me sentía en pie sobre un trapecio, sin red y con falta de
conocimientos circenses como para salir indemne de la
acrobacia.
Encima, en cuanto Elle dio por zanjada la discusión,
pidiéndome que la siguiera, Calix había murmurado por lo
bajo:
—Vamos, perrito faldero, ve con tu dueña.
En otro momento, habría razonado; hoy estaba demasiado
exacerbado como para hacerlo. ¡Me sacó de mis casillas! Lo
había convertido todo en una provocación, desde su atuendo,
el ser la pareja de Elle cuando debí serlo yo, mostrarse como
su mejor amigo cuando no era más que su escolta y mi grano
en el trasero particular… Y, sin meditarlo, me lancé a por él, lo
golpeé en la boca para que la mantuviera cerrada y dejara de
provocarme a la mínima oportunidad.
Como era de esperar, Calix no iba a aceptar que lo golpeara
y quedarse de brazos cruzados, Atacó rápido, con la violencia
certera que lo caracterizaba, directo al plexo, dejándome sin
aire.
A un sicario de la facción nunca le temblaba el pulso.
Bastian lo agarró por detrás bloqueando su siguiente
movimiento para impedir que la cosa fuera a mayores. Moon
hizo lo mismo conmigo.
—¡Queréis parar ya! ¡Vais a dejarnos a todos en evidencia!
¡Nos están mirando! —reflexionó Moon en un tono lo
suficientemente alto para que solo lo oyéramos Calix, Bastian
y yo. Después, se aproximó a mi oído—. Contención, eres el
líder y estás entrando en su juego, no permitas que te arrastre,
es lo que busca. —Tuve que respirar unas cuantas veces. Vi el
desafío en las pupilas de Calix y, aun así, me mantuve en mi
sitio.
—¡¿Puede saberse qué está pasando?! —Era una de las
profesoras que se suponía estaba controlando la fiesta, aunque
en realidad estuvo pelando la pava con uno de los profes de
gimnasia en un rincón de la sala.
—Nada, profesora Alvarado, que le he dado a Calix sin
querer un codazo en el labio… —me excusé, esperando que
este me llevara la contraria. No lo hizo, tampoco el resto de
alumnos que habían formado un corro a nuestro alrededor.
—Pues vaya con más cuidado, señor Loup, mire el
destrozo que le ha hecho en el labio al señor
Diamantopoulous. ¿Quiere que lo acompañe a la enfermería?
Necesitará que se lo curen —se ofreció la profesora.
—No, estoy bien, no ha sido nada, iré al baño y me mojaré
un poco.
—Muy bien, pero vigilen, que nosotros somos responsables
de lo que les ocurra mientras estén aquí y no quiero tener que
llamar a sus padres, así que cuidado con los aspavientos.
—Tendremos cuidado, señorita Alvarado, no se preocupe
—respondió Moon solícito.
—Chicos, hay que volver al escenario, el descanso ha
terminado —constató Mario viniendo a buscarnos. En mala
hora aceptamos aquel encargo.
Miré de reojo a Calix, quien tenía gesto serio y se limpiaba
el labio con la manga peluda.
—¿Habéis visto a Elle? —pregunté, echando un vistazo
entre los asistentes a la fiesta sin encontrar su rostro. Mi pulso
se estaba desbordando.
—Fue hacia la salida antes de que comenzara la pelea. —
Era Elena quien había respondido.
—Yo me ocupo de ir a buscarla. —Calix fue a emprender
la salida, pero yo lo tomé del brazo reteniéndolo.
—Esto no ha terminado, harías bien en guardar tus
espaldas, porque cuando menos te lo esperes, estaré ahí para
darte lo que mereces. —Él me ofreció una sonrisa déspota.
—¿Me estás amenazando?
—No es una amenaza, sino una certeza. Mantén tus sucias
garras lejos de mi pareja.
—Tú a tu micro, que yo voy a por la chica. —Dio un tirón
y se dejó ir.
Apreté los puños, mi lobo interior exigía que los siguiera
estampando contra su cuerpo. Mi parte animal anhelaba que lo
pusiera en su lugar, aunque la racional se opusiera con
vehemencia.
No era fácil ser un licántropo y no ceder a los instintos.
Estábamos hechos para la lucha justa y la protección de los
débiles. Para mi Alfa interior, el ágrypnoy era una amenaza
hacia mi ta misa, por eso apenas podía manejar la situación.
Subí al escenario con ganas de terminar cuanto antes.
La fiesta no tendría que haber sido así, tenía el regalo de
Elle guardado en el bolsillo, y una balada lista para ser
susurrada en su oído mientras bailábamos bajo la luz de las
estrellas.
Y, ahora, ¿qué tenía? Un mosqueo monumental, a mi chica
cabreada y un golpe entre las costillas. Además, el no poder
confesar y hablar abiertamente con ella sobre lo que ocurría
me estaba matando. Los licántropos no llevábamos bien los
secretos con nuestra pareja de vida.
Casi terminaba el primer tema cuando Calix volvió a entrar
en el recinto, sin Elle.
Sus ojos buscaron los de Bastian y movió la cabeza en
señal de negación, ¿qué narices…?
Giré el rostro hacia el de mi hermano de manada y vi su
expresión impertérrita agobiada de miedo. ¿Por qué Bastian
estaba así? Regresé la vista para el lugar donde se suponía que
debería estar el torturador y no vi rastro de él.
Retrocedí recitando la letra de memoria, sin sentimiento,
deseando alcanzar la última nota para que mi hermano me
pusiera al corriente de lo que ocurría. Notaba sus pulsaciones
aceleradas, eso no era bueno, nada bueno.
La canción terminó y Bastian buscó mi rostro para
enfrentarlo.
—Elle ha desaparecido —concluyó sin anestesia.
—¡¿Cómo?! —grité sin pensar en el micro abierto. Mi
interrogante tronó en cada rincón del pabellón provocando que
las caras de los congregados buscaran las nuestras.
Apagué el inalámbrico para que no se me oyera.
—¿Cómo sabes eso?
—Calix…
—¿Qué ocurre con él?
—Me lo ha dicho.
—¡Si no ha abierto la boca! —espeté, buscando una
respuesta que vino en forma de silencio.
Los dos nos quedamos muy quietos, recibiendo las
revelaciones que sacudían nuestras almas.
—No puede ser… —murmuré, tomando la manga de su
chaqueta para tirar hacia arriba. Mis ojos se abrieron al
comprender. Un exabrupto nació de mi esófago.
—Lo siento —masculló.
—Ya hablaremos de esto —dije, señalando los tatuajes que
reptaban por su piel y salí directo a la carrera, oyendo a la
profesora Alvarado pidiendo explicaciones a Moon sobre el
motivo que me llevaba a salir disparado y dejarlos sin
concierto.
No tenía tiempo que perder dando respuestas que no
merecían la pena, mi hermano ya se inventaría alguna excusa
creíble, éramos buenos en eso.
Sacudí la cabeza pensando en Bastian, en lo raro que había
estado estos días, ahora todo tenía sentido. ¿Cómo no me
había dado cuenta de lo que ocurría frente a mis narices? Era
lógico que me reprochara que no me enteraba de nada. Pensar
en cómo debía haberlo pasado con lo retraído que es…
¡Bastian era gay y el malnacido de Calix su pareja! Un
licántropo no descubría su condición sexual hasta que no daba
con su compañero, descubrirlo debió hacerlo entrar en
conflicto, y más dándose cuenta que el amor lo llevaba hacia
un torturador de la facción de los Puros. ¡Y encima ambos
debían sentir lo mismo y ya se habían besado! ¡Solo así
podrían comunicarse!
Tenía ganas de darme de cabezazos contra el muro.
¡Fui un necio! Mi hermano pasándolo fatal y yo
preocupándome porque el ágrypnoy pudiera jugármela con
Elle. ¡Me estuvo haciendo sufrir mientras se comía la boca con
Bastian! ¡Si es que…!
Salí a la puerta e intenté aspirar el aroma a Elle, era
demasiado tenue, por lo que ya no estaba en los alrededores si
mi nariz humana no era capaz de captarla.
¿Dónde habría ido? ¿Con quién? Solo tenía una solución
para dar con su rastro. Busqué un rincón oscuro, me desprendí
de la ropa, inicié la transformación y empecé la carrera
buscándola entre los miles de aromas que captaban mis
nervios olfativos.
Los frutos rojos se alejaban del pueblo en dirección al
Montevive, el monte que daba nombre a nuestro instituto,
tenía que atravesar los campos de cultivo a toda leche para
llegar a él antes de que fuera demasiado tarde. Que su olor se
alejara tan rápido no era buena señal.
Aceleré todo lo que pude. Iba pisándole las patas traseras a
un lobo negro que me sacaba de quicio, además de cien metros
de ventaja.
Enfoqué la vista hacia el cerro de unos novecientos metros
de altura, era otro de los lugares custodiados por los
guardianes, pues contenía la famosa Mina del Santo, allí vivió
un monje ermitaño, llamado San Rogelio, el cual permaneció
en el lugar en el siglo XVIII custodiando La Raya.
Al oeste del monte se encontraba una abertura que
descendía hacia las tripas de la mina, donde una galería
comunicaba el exterior con una cámara de unos tres metros y
medio de lado, ese era el lugar por el que se abría otro túnel de
gusano que llevaba al otro lado.
El lobo negro se internó en ella y yo tomé el mismo
camino.
Capítulo 55
¿Dónde estoy?

Tenía calor, mucho, demasiado. Era tan sofocante que


hasta el mero hecho de abrir la boca me hacía pensar en cómo
se sentiría un pez fuera del agua. Cada bocanada de aire
suponía un sobreesfuerzo.
¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? Recordaba la fiesta, la
pelea con Jared, mi necesidad de tomar aire al estar
sobrepasada por sus celos y Nita ofreciéndome su ayuda para
dar un paseo.
Nos internamos por un camino que quedaba detrás del
parque del instituto, hacia los campos de cultivo, ya estaba
anocheciendo y se veía algún que otro murciélago
sobrevolando los árboles.
Nita intentaba convencerme de que le diera una
oportunidad a Jared, que habláramos las cosas y que le hiciera
ver que su actitud no era la correcta, después, un golpe sordo
contra mi cabeza me hizo perder el conocimiento.
Sin abrir los ojos, noté la protuberancia que subyacía bajo
el pelo, que seguía recogido en dos trenzas. Me habían
sacudido, eso seguro, o quizá me cayera en la cabeza la rama
de un árbol. Hubo una mujer que salió en las noticias porque
murió aplastada por un platanero. Quizá a mí me hubiera
atizado un almendro.
Abrí los ojos con pesadez. Incluso levantar los párpados me
suponía un calvario.
Giré la cabeza hacia un lado, después al otro, parecía estar
en una especie de clínica o algo por el estilo. ¿Me habría traído
Nita al hospital?
Estaba conectada a una máquina que, por el sonido que
hacía y tras tragarme más de un capítulo de The Good Doctor,
sabía que servía para evaluar mis constantes vitales. Estaba
sola, de mi compañera de clase no había rastro. Puede que
estuviera en la sala de espera.
¿Habría llamado a mis padres? Crucé los dedos para que no
fuera así, la bronca que me caería por salir del instituto e
internarme en los campos en plena oscuridad sería poca.
Quise moverme, pero mis extremidades no respondían. Un
miedo atroz se adueñó de mí. ¿Y si a causa del golpe me había
quedado tetrapléjica? O puede que no, eso era si te daban en la
médula, ¿no?
Mi ritmo cardíaco se precipitó, el aire caliente ya no era
suficiente para llenar el desasosiego que sentía al sentirme sola
y sin poder moverme.
—¡¿Hola?! —exclamé lo más alto que me permitió mi
garganta seca—. ¡¿Me oye alguien?! —Un sudor frío se
deslizó hasta mis ojos, me picaba a rabiar y no podía
limpiarlos porque mi mano no obedecía. Aunque ahora mi
mayor problema era la falta de oxígeno.
Una luz roja se encendió dando algo de iluminación a la
consulta y los pasos apresurados de una enfermera resonaron
hasta mí, las palabras no me salían, mi pecho subía y bajaba
buscando algo de oxígeno.
—Tranquila, respira, vamos, respira, estás sufriendo un
ataque de pánico, intenta tranquilizarte. —Cogió un pañuelo
de papel y me secó la cara. Era incapaz de llevar a cabo su
petición—. Relájate, si no lo haces por ti misma, tendré que
darte una pastilla. —Quise levantar la mano y pedir el
comodín de la pastilla, solo que no podía y ahora también me
faltaban las palabras.
La mujer tampoco debía tener demasiada fe en mí, porque
no tardó ni un minuto en dirigirse a un armario lacado en
negro, sacar la píldora, separarme la barbilla e introducirla
bajo mi lengua pidiéndome que no la tragara, que la dejara allí.
¡Como si pudiera hacerlo! Mi boca era esparto y estaba
sedienta.
Volvió a sugerir que me tranquilizara y respirara. Justo lo
que era incapaz de hacer. Llevaba el rostro cubierto con una
mascarilla oscura, por lo que lo único que podía ver eran sus
ojos negros y el pelo tirante recogido bajo una cofia.
Me tomó de la mano y se quedó conmigo hasta que mi loco
corazón dejó de rebotar como una pelota de goma lanzada en
una urna de cristal.
—Eso es, tranquila, ya está, así, muy bien. —Cada vez me
sentía más laxa y, aunque no lo notaba, su agarre me
reconfortaba.
—¿Dó… Dónde estoy? ¿Qué me pasa? —pude pronunciar
—. ¿Mis padres saben que estoy aquí? Necesito agua. —Intuí
que sonreía bajo la mascarilla, por las arruguitas que se
formaron alrededor de su mirada.
—Haces muchas preguntas y ahora tienes que descansar, el
suero te mantiene hidratada. —Ni me había fijado que me
habían puesto una vía—. Aunque ahora te doy un poco de
agua.
Fue en busca de un vasito de plástico, me alzó la cabeza y
me ayudó a beber.
¡No quería descansar! ¡Quería respuestas! ¿Iba a quedarme
en una silla de ruedas?
No pude ejecutar ninguna de las preguntas, pues me
hubiera atragantado con el líquido que descendía por mi
tráquea. Me acarició el pelo.
—Eso es, verás cómo te sientes mejor, duerme un poco,
esto te va a dar más sueño.
¿Más sueño? Yo lo que quería eran respuestas.
Intenté fijarme en los detalles de aquel sitio. Tenía aspecto
de hospital, solo que, en lugar de blanco, todo era negro,
¿habrían adecuado el lugar a Halloween o me encontraba en la
clínica de Drácula? Ideas retorcidas comenzaron a avasallar mi
cerebro.
¿Y si se me había llevado una mafia de tráfico de órganos?
¿O eran los migrantes que me habían hecho cruzar La Raya?
Quise moverme, mi cuerpo seguía sin responder. Y ya no
podía separar los labios. Aunque quisiera, la pesadez que
volvía a aplastar mis párpados me impedía que los abriera, no
podía, no podía…
La oscuridad regresó a mi cabeza. ¿Por cuánto tiempo?
¿Cinco minutos? ¿Diez? ¿Horas? No lo sabía. Cuando pude
volver a enfocar, escuché una voz de fondo que mantenía una
conversación con alguien.
—Quiere que la mantengamos sedada, así no da
problemas… Sí, con lo que le he dado, dormirá otro buen rato
y es incapaz de moverse… El médico está llegando, sí…
Exacto… Ajá… Ajá. Vale, está bien. —¿Con quién estaría
hablando? Levanté las pestañas con gran esfuerzo, lo hacía por
teléfono, la enfermera y yo estábamos solas, me tranquilizó
saber que mi falta de movimiento se debía a algún tipo de
medicamento—. Sí, en la sala de al lado —prosiguió—. Su
otro yo está de camino listo para la fusión… No, no voy a
perderlas de vista… Entendido, no se preocupe, gracias por su
confianza. —¿Perderlas de vista? ¿Estaría hablando de Nita?
¿Ella ocupaba la otra habitación?
La enfermera colgó y metió el terminal en el bolsillo de la
bata.
¿Había cruzado La Raya? ¿Estaba al otro lado? ¿Se me
habían llevado los migrantes y por eso todo era del color
contrario?
Tuve miedo, uno mucho más intenso que el que te encoge
bajo el cojín al visionar una película de terror. De esos que te
retuerce y te hace creer en los monstruos de dentro del
armario, solo que esta vez habitaban en un mundo paralelo
demasiado cercano al nuestro.
Tenía el corazón en un puño. ¿Qué podía hacer si mi
cuerpo apenas respondía?
Necesitaba que mis músculos reaccionaran y así tener una
oportunidad para escapar. ¿Hacia dónde? No tenía ni idea,
debería haberle preguntado más a Jared sobre cómo localizar o
abrir los agujeros de gusano. Si estaba al otro lado, solo
contaba con ocho horas para encontrarme y colonizar a mi yo
malvado, y con lo patosa que era, dudaba que pudiera lograrlo.
Urgía idear un plan y, por supuesto, encontrar a Nita. La
unión hace la fuerza. La enfermera había dicho que nos
vigilaba a mí y a la persona que estaba en la otra habitación de
al lado, tenía que ser ella. Aunque también habló de un
migrante que venía para la fusión, ¿sería el mío o el de Nita?
Fuera de quien fuese, no podía permitir que ocurriera.
Le rogué a mis músculos que espabilaran. Escuché un
sonido de puertas descorrerse, unos pasos marcados que se
clavaban en el suelo y una voz que no me era para nada
desconocida. ¡Era imposible! ¡No podía ser!
Capítulo 56
Voy a sacarte

Contuve el aliento hasta escuchar la primera frase salida


de su boca.
—¿Cómo está?
La voz congeló cualquier movimiento que hubiera podido
hacer. Todas las terminaciones nerviosas que habitaban en mi
cuerpo se habían bloqueado al percibir el timbre algo ronco.
—Sus constantes vitales están perfectas. Sigue dormida.
Los sedantes eran fuertes y tuve que darle un ansiolítico
cuando despertó, ha sufrido un ataque de pánico hace media
hora. —Vale, ahora sabía el tiempo que había permanecido
dormida.
—Entonces…, ¿no puede moverse?
—No, su sistema nervioso central está deprimido,
necesitaría un estimulante muy potente para poder reaccionar,
mi generala.
Ahí estaba la constatación de lo que ya sabía, era Selene
quien estaba hablando con la enfermera, y con el aprecio que
me tenía, podría ser capaz de dejarme allí para siempre.
—Muy bien, Ástrid, yo me quedo a custodiarla, puedes
seguir con tu ronda con total tranquilidad.
—Pe… Pero tengo órdenes de quedarme aquí…
—Y yo te ordeno que te vayas —replicó condescendiente
—. Tienes cara de agotamiento, seguro que un descanso te
vendrá bien. —¿Quería quedarse a solas conmigo para
matarme? No sabía si era peor el remedio que la enfermedad.
Separé un poco el párpado, Selene estaba de espaldas a la
camilla, por lo que solo veía su larga cabellera rubia. La
enfermera parecía dudar.
—¿Qué ocurre? —preguntó la rubia.
—Na… Nada, es solo que, no estoy acostumbrada a que
hagan cosas por mí. —Selene dio un paso y apretó el hombro
redondeado.
—Me imagino, el proyecto está siendo duro y siempre hay
falta de personal. No sufras, yo no diré nada de tu descanso,
hoy por ti, mañana por mí. ¿Cuándo fue la última vez que
dormiste?
—Llevo veinticuatro horas despierta.
—Ahí lo tienes, échate un rato, te prometo que iré a
buscarte si llega el médico o si hay algún cambio que debas
saber. Recuerda que soy la generala del ejército, quien vela por
todos vosotros, no tienes de qué preocuparte estando yo aquí.
—E… Está bien. Gracias, mi generala.
Las puertas se descorrieron y los pasos cortos de la
enfermera se alejaron.
Supe que estábamos solas cuando la voz de Selene
reverberó en la consulta.
—Abre los ojos, tu miedo apesta y sé que llevas rato
despierta.
Esta vez no me costó abrirlos, ¿tenía que sentir alivio o
temor?
Selene no es que me tuviera en gran estima, más bien al
contrario.
—Hola —murmuré con prudencia. Su ceño era hosco.
—¡¿Cómo te han cogido si tenías un escolta?! No me digas
que Calix también es un vendido y forma parte de todo este
despropósito.
—¿Calix? —pregunté con estupor.
—Sí, exacto, el ágripnoy que la Cúpula ha enviado para
protegerte. Aquí no se habla de otra cosa, han intentado
acercarse a ti más de un centenar de veces en los últimos días.
Tanto él como los Loup ejercían de barrera, aunque era
cuestión de tiempo que en algún momento hicieras la tonta y te
dejaras atrapar.
Estaba intentando asumir lo que Selene me estaba
contando.
—¿Calix es de los vuestros?
—Algo así, digamos que, para que te hagas una idea, es
como un francotirador, o un asesino a sueldo pagado por la
facción de los Puros. Suele trabajar solo y lo suyo son las
torturas. —Casi me atraganté con mi propia lengua. ¡Un
torturador! ¡¿Mi mejor amigo se dedicaba a dañar a las
personas y Jared permitió que lo tuviera en casa como uno
más?! ¡Que había estado a solas con mi hermano! ¿Y si le
hubiera hecho daño?
Selene se dirigió hacia una vitrina, buscó un frasco y una
ampolla inyectable. Vi cómo la cargaba y se dirigía hacia mi
brazo.
—¿Qué haces?
—Esta es la ventaja de criarte con una clínica bajo tu casa,
aprendes un poco de todo sin necesidad de estudiar una
carrera. —Sin darme otra explicación, clavó la aguja en mi
brazo e inyectó el líquido en mis venas—. Tranquila, solo es
un estimulante, te dará la energía que te han restado los
sedantes, te he puesto un poco de más, como la vida extra que
te regalan cuando juegas por primera vez a un videojuego. Vas
a necesitarla.
—¿Dónde estamos? ¿Al otro lado? ¿Por qué me ayudas?
—Créeme, no me hace ninguna gracia arriesgar mi culo por
ti, pero si no lo hiciera, Jared no me lo perdonaría nunca. —
Apreté los labios.
—¿Lo haces por él? ¡Si tú ya tienes a tu mitad! Jared me
contó lo que había ocurrido contigo y lo de tu embarazo… —
Selene alzó las cejas con una mirada despótica.
—No tienes ni idea de nada.
—Pues explícamelo.
—No hay tiempo, es demasiado difícil para que tú lo
comprendas. Solo te diré una cosa. Nosotros no podemos
elegir, el amor llega y nos fulmina, nos ancla a nuestra mitad
de por vida, nos guste la idea o no. Yo quería poder hacerlo, de
hecho, lo hice y le escogí a él. Pero él a ti, y me desterró como
si lo que pasó entre nosotros careciera de importancia. —
Recolocó parte de su pelo rubio detrás de la oreja.
Podía llegar a comprender lo que decía. La necesidad de
emparejarse de los licántropos era semejante a un matrimonio
concertado, aunque al final hubiera amor. Ellos no podían
escoger, su instinto lo hacía por ellos.
—Lo siento. —Ella alzó los hombros.
—Olvídalo. Ahora lo importante es sacarte de aquí.
—¿Vas a ayudarme? —cuestioné sin creerlo del todo.
—Hay veces que hago obras de caridad. Tú eres la mía. Por
cierto, ¿dónde están Calix y Jared?
—La última vez que los vi se estaban peleando en la fiesta
de Halloween. —Ella volvió a alzar las cejas.
—No me lo digas, por ti. —Moví ligeramente la cabeza
dándole a entender que quizá fuera así y ella puso los ojos en
blanco.
—Eres una maldición.
—¿Cómo?
—No tienes ni idea de por qué te codician tanto aquí,
¿verdad?
—Podrías contármelo.
—Podría, solo que ahora no hay tiempo, necesito sacarte.
—¿Y a Nita?
—¿Qué pasa con la maldita reina stalkeadora?
—Estaba conmigo, creo que la tienen retenida aquí al lado.
—Notaba cómo mis brazos hormigueaban, comenzaban a
despertar.
—Olvídala, yo solo puedo encargarme de ti, y rápido. Es
demasiado arriesgado.
—No pienso irme sin ella, no voy a abandonarla en este
sitio para que un migrante la posea, oí a la enfermera decir que
venía de camino. —Selene dejó ir una imprecación. En
realidad, no tenía ni idea para quién era el migrante, pero la
rubia no lo sabía.
—¡Maldita seas! Ni se te ocurra moverte, ahora mismo
vengo, a ver cómo me lo monto, no puedes hacer ruido,
cualquier cosa puede hacer que todo salte por los aires.
—Te lo prometo, tú sácala de ahí y yo me portaré bien.
Selene apretó los puños, dio media vuelta y salió por la
puerta.
Mi cuerpo reaccionaba y mis neuronas, hasta ahora
aletargadas, realizaban conexiones mostrándome una nueva
realidad que no había percibido. La de mi novio y mi mejor
amigo envolviéndome en una mentira.
Me quité la vía con cuidado a la par que oía un chillido y
un estruendo que procedían del otro lado de la pared.
Capítulo 57
¡Alarma!

Una luz roja se encendió a la vez que el sonido de una


sirena se convertía en la banda sonora de mi particular película
de terror.
Intenté dar un salto desde la camilla al suelo, pero las
rodillas se me doblaron y las golpeé contra las baldosas.
¡Menudo porrazo! Me hice una bola para sujetarlas y
ahogar en ellas mi grito de dolor.
Las piernas todavía no me respondían, encima, me habían
quitado el disfraz de Caperucita e iba vestida con una bata de
hospital. Esperaba que no estuviera abierta por la espalda y
que llevara ropa interior. No tenía tiempo para comprobarlo.
«Vamos, Elle, avanza, deja de hacer la llorica», me espoleé
con intención de alcanzar el cuarto de al lado e ir a por Nita y
Selene.
Traté de ponerme en pie.
Lo descarté al primer intento. Imposible, seguía sin poder.
Tuve que acogerme al plan G, que no era otro que gatear. Lo
primero que te enseñan de bebé es que si no puedes
desplazarte sobre tus pies, puedes hacerlo sobre tus rodillas o,
en su defecto, arrastrarte como una lombriz de campo.
Las articulaciones me dolían por el impacto, aunque la idea
de que no iba a salir de ahí con vida lastimaba mucho más.
Alcé mi culo, vi que las muñecas no me fallaban y me
dispuse a arrastrarme hasta alcanzar la puerta y asomar la
cabeza por ella.
El soniquete de la alarma me perforaba los tímpanos,
imposible que la enfermera siguiera durmiendo con ese ruido.
La luz roja le daba al lugar un ambiente mucho más tétrico,
como de oscuridad sangrienta. Lo dicho, en ese lugar operaba
Drácula, como mínimo.
Tenía que ponerme en pie, sí o sí.
Me agarré a la pared y usé todas las fuerzas de las que
disponía para alzarme.
¿Cuánto tardaría la inyección que me había dispensado
Selene en hacerme efecto? Por mi bien, esperaba que no
mucho. Me pegué a la moldura de madera negruzca que
alcanzaba mi cintura, di varios pasos, los imprescindibles para
poder husmear a través del cristal redondo, tipo camarote de
barco, que mostraba lo que ocurría en la habitación de al lado.
Allí estaba Nita, blandiendo un bisturí a modo de arma, y la
generala luciendo un tajo en el brazo, que dejaba un reguero
de sangre en el suelo.
Los ojos le brillaban, de su boca asomaban unos colmillos
que hubieran hecho temblar a cualquiera. Nita tenía que estar
aterrada.
Unos pasos precipitados resonaron en el pasillo.
—¡Nita! ¡Selene! ¡Vienen hacia aquí! —les grité desde
fuera. La licántropa giró la cabeza para espolearme y que me
fuera.
—¡Corre! ¡Lárgate y escóndete! Ya daré contigo —aulló
Selene.
—¡No me dejes aquí! —chilló Nita con lágrimas en los
ojos.
No sabía qué hacer, tenía que tomar una decisión rápida. Si
me quedaba, Selene no podría dar explicación de por qué
ambas estábamos en la misma habitación y yo era capaz de
moverme, en cambio, si me escondía, quizá tuviéramos una
oportunidad ambas.
—¡Corre, maldita sea! —volvió a insistir.
—Nita, confía en ella, no te hará daño, te lo juro.
Fue lo último que dije antes de alejarme de ambas. No tenía
ni idea de hacia dónde iba o de si mis piernas responderían lo
suficientemente rápido para que no me cogieran. Me dejé
llevar por la necesidad de sobrevivir y de no querer dejar este
mundo todavía.
Los cuádriceps comenzaron a soportar mi peso sin
dificultad y tenía la suficiente carga energética como para
trotar un poco.
Me dirigí en sentido opuesto a los pasos, todo eran puertas
numeradas en un pasillo estrecho. Doblé a la derecha con
prudencia. No se veía a nadie, lo que no quería decir que ese
lugar no estuviera lleno de migrantes. Me aterraba abrir una y
darme de bruces con uno.
Buscaba señales, cualquiera que indicara una salida de
emergencia o algo parecido.
Era una sensación extraña, tenía miedo de quedarme
dentro, pero también de salir fuera. Quería arrebujarme en un
rincón y echarme a llorar a gusto hasta despertar de la
pesadilla en la que me había visto envuelta.
Desde que me mudé, en mi vida todo eran sobresaltos y no
sabía si estaba dispuesta a que fuera siempre así. Me asaltaba
un mar de dudas bajo mis pies descalzos. El suelo también era
cálido. ¿Tendrían puesta calefacción radiante?
Mi mente no dejaba de dar saltos, buscando algo a lo que
aferrarse para no caer en el embrujo del miedo, el que paraliza
y no deja que avances. Llegaba al final del pasillo y solo había
una puerta, sin indicaciones que pudiera leer o interpretar, era
jugarse el todo por el todo. ¿La abría? ¿No?
Miré hacia arriba con la mano puesta en el pomo y oí
murmullos a mis espaldas, no podía dejar que me atraparan, y
si lo hacían, por lo menos lo habría intentado.
Moví la maneta, pasé el linde con los ojos cerrados y los
abrí encontrando una escalera metálica por la cual podías
dirigirte arriba o abajo. Decisiones, elecciones que podían
cambiar tu vida en un segundo.
«¿Y ahora qué? ¿Dónde estaba la salida? ¿Hacia qué lugar
me dirigía? ¡Piensa, Elle, piensa!».
Los hospitales se construían hacia arriba, por lo que la
lógica me decía que bajara, pero… Si el mundo paralelo era lo
mismo en negativo, igual las construcciones también eran
inversas.
Estaba en pleno subidón de energía, aquella me parecía una
buena lógica, por lo que aposté por la segunda opción y me
puse a subir escalones de dos en dos. No parecía terminar
nunca, las hendiduras perforadas de los hierros se me clavaban
en las plantas de los pies. La barandilla metálica también
emanaba calor. Los pulmones me ardían y mis piernas
volaban, la combinación perfecta para un lugar como en el que
me encontraba.
Subí hasta que no hubo más opción y me vi frente a otra
puerta que me daba la bienvenida.
«Por favor, que haya escogido el camino correcto, por
favor», supliqué.
Empujé hacia afuera y el calor sofocante del infierno me
dio la bienvenida.
El cielo estaba teñido de rojo, parecía que estuviera herido
de muerte, sangrando. Además, una espesa neblina hacía que
mi vista no alcanzara mucho más allá de los dedos de mis pies.
Volvía a no tener ni idea de adónde ir. Selene había dicho
que daría conmigo, que me escondiera. Intenté escuchar,
percibir mi entorno, era imposible, no me concentraba.
Anduve hacia delante, a ciegas, arrugando la nariz a cada
paso tambaleante. El aroma a azufre y metano era intenso,
volvía el aire irrespirable, viciado. No sabía cómo los
migrantes podían vivir en un sitio tan espeluznante. Quizá eso
fuera lo que los llevara a querer cruzar al otro lado. ¿Quién no
quiere una vida mejor?
Seguí avanzando temerosa, distinguía algunas siluetas,
aunque no tenía ni idea de qué eran. Tenía sed y las
pulsaciones colapsaban mis tímpanos. Boom, boom, boom,
boom.
«Avanza, Elle, avanza», volví a animarme con los brazos
extendidos.
De pequeña había jugado mucho a la gallinita ciega, la
sensación era la misma, aunque multiplicada por mil. El temor
a tocar algo indebido retorcía mi estómago ya de por sí
encogido.
Había estado contando los pasos que daba, llevaba
recorridos unos cuatro metros cuando el rechinar de la puerta
me puso en guardia. Ya no estaba sola, si es que lo estuve en
algún momento, alguien se encontraba a unos metros detrás de
mí y no tenía ni idea de quién era.
Escuché la orden de Selene de que corriera y eso hice.
Emprendí la huida hacia delante, alejándome del peligro a toda
prisa, hasta que en mi cabeza rebotó su voz.
—¡Elle, nooo! ¡Es una azotea!
Demasiado tarde, acababa de darme cuenta de que bajo mi
pie derecho solo quedaba la nada.
Capítulo 58
¿He muerto?

Nunca pensé que la muerte doliera tan poco. Ni que uno


se sintiera como si estuviera en una cama de lo más mullida y
caliente. Y, menos todavía, que tuviera la sensación de estar
siendo acurrucada por alguien.
Me sentía en la gloria. Suspiré gozando de aquel instante
despreocupado, donde el aroma a Jared palpitaba en mis fosas
nasales. Había llegado a adorarlo, incluso a buscarlo en algún
frasco de perfume caro del centro comercial. Ninguno
desprendía aquella mezcla especiada que tanto me atraía, de
elementos naturales con ese toque salvaje tan exclusivo.
—¿Te gusta olerme las axilas? —la pregunta jocosa llegó a
mi mente aletargada—. Oye, ¿piensas quedarte ahí metida por
mucho más tiempo? Me gustaría darme una ducha y quitarme
el olor a terror extremo ahora que reaccionas.
Ese no podía ser, Dios, se expresaba igual que mi husky
siberiano.
Me obligué a abrir los ojos muy despacio topándome con lo
anunciado, un sobaco depilado por el cual se paseaba mi nariz.
¿Estaría alucinando? Empujé mis pupilas hacia arriba,
encontrando un brazo tatuado pegado al torso desnudo más
sexi del planeta.
Tragué con fuerza y desvié la mirada hasta dar con el rostro
que era capaz de subyugarme de felicidad o de enterrarme en
la oscuridad más absoluta.
—¿Ja… Jared? —inquirí incrédula de que fuera él quien
estuviera a mi lado.
—¿Sí? —Sus cejas se agitaron divertidas, mientras yo
miraba hacia abajo para asegurarme de que seguía con la bata
de hospital puesta. Ahí estaba, aunque él permanecía acostado,
de lado y sin camisa.
—¿Tú también has muerto?
Fue lo primero que se me ocurrió, yo caí al vacío, así que, a
no ser que todo hubiera sido un sueño o el suelo del otro
mundo estuviera recubierto de una gigantesca cama elástica,
no tenía mucho sentido.
—No, pero reconozco que casi se me paró el corazón
cuando te vi desaparecer desde la octava planta del edificio. —
Abrí los ojos como platos. Así que había ocurrido.
—Entonces, ¿yo estoy muerta y tú vivo? —Esa era otra
opción válida, mira lo que ocurre en Ghost, puede que me
hubiera quedado atrapada y no pudiera ascender hacia la luz
porque tenía asuntos que resolver. Mi mente inquieta se
llenaba de preguntas—. ¿Los licántropos tenéis la capacidad
de comunicaros con los que ya no están como yo?
El muy hijo de loba sonreía.
—Pues lo cierto es que no, ese tipo de habilidad no nos
pertenece, aunque estaría bien poder comunicarse con los
muertos, teniendo en cuenta que hoy es Halloween.
—No lo comprendo. Entonces, ¿cómo es posible que tú y
yo estemos hablando?
—Pues porque, afortunadamente, no has muerto. Calix me
llevaba algo de ventaja en el rastreo. Yo intenté comunicarme
contigo en cuanto te vi corriendo hacia la nada, pero era
demasiado tarde.
»Él saltó, y te cogió al vuelo aterrizando en la terraza de la
séptima planta. Ese lobo es un kamikaze, tuvo la gran suerte
de que edificaran un lugar para fumadores justo debajo de
donde desaparecisteis. Si no, tendríamos una gran tortilla
formada por vuestros cuerpos. Actuó por instinto, igual creyó
que el Red Bull que se bebió en la fiesta le daría alas. ¡Podría
haber muerto en el salto! —Contuve el aliento. ¿Calix hizo
eso? ¿Por qué? ¿No se suponía que era un sicario, un asesino-
torturador sin escrúpulos? Eso fue lo que dijo Selene y, sin
embargo, se había lanzado sin red a por mí.
—¿Por… Por qué haría una cosa así?
—Vete a saber lo que pasa por su mente. Quizá para
dejarme mal a mí. Ya no sé qué pensar de él, quizá quiera el
liderazgo de mi manada. No lo sé.
—¿Y por qué no me enteré?
—Te desmayaste de la impresión. Suele suceder cuando el
cuerpo detecta que va a morir. Creíste que iba a pasar y tu
cuerpo se convenció.
—Entonces…
—Entonces, no pasó. Estás tan viva como yo. En mi casa y
en mi cama. —Emití un gritito al tomar conciencia de lo que
estaba diciendo, mirando a mi alrededor.
Su cuarto era una bonita buhardilla, con techos de madera,
una amplia cama de matrimonio tallada, pósteres de bandas de
rock colgando de las paredes. Fotos de él con sus hermanos en
conciertos y un amplio escritorio donde había un ordenador
con una mesa de mezclas.
—¡Madre mía! ¿Y tus padres saben que estoy aquí, así,
contigo? —En su boca emergió una sonrisa pícara.
—Por supuesto, yo mismo te traje después de que Tasya te
reconociera en la clínica del sótano. Dijo que era cuestión de
tiempo que despertaras y yo quise que lo hicieras conmigo,
este es tu lugar, a mi lado… —El dedo índice de su mano
izquierda serpenteó en mi brazo, mi estómago se contrajo—.
Quería que lo primero que vieras fuera a mí cuando abrieras
los ojos, así podría disculparme por lo mal que me he portado
contigo mirando tus preciosos iris. —La mano masculina
buscó mi mejilla—. Lo siento, Elle, he actuado como un
cretino, no merecías estar al margen, por mucho que me
exigieran no contarte nada sobre Calix. Que hayas estado al
otro lado, que por poco te cueste la vida, ha sido debido a mi
insensatez y a mi falta de visión. Estaba tan obcecado en que
te dieras cuenta por ti misma de lo que era capaz el torturador
bajo esa tela de araña que tejía a tu alrededor, que me perdí por
el camino. Tú pensabas que estaba celoso, cuando lo que me
ocurría es que se me llevaban los demonios por el miedo a
perderte, en el sentido más amplio de la palabra.
No sabía qué responder, eran demasiadas cosas, tenía que
pensar mucho y bien. No me gustaba comprender que había
sido engañada, ni por su parte ni por la de Calix, me hacía
sentir como una tonta a la que puedes manipular a tu antojo y
yo no era así. Como digo, necesitaba meditarlo antes de
hablarlo con ellos dos.
—¿Y mis padres? ¿Qué hora es?
—Tranquila, Tasya los llamó, habló con tu madre en una
vídeo llamada junto con Calix, para que se tranquilizara. Tu
«salvador alado» le dijo que pasaríais la noche en mi casa, con
mi hermana, Bastian y Moon.
—¿Y mi padre no se ha opuesto? ¿No ha pedido verme
para saber que estoy bien? —Jared negó divertido,
apartándome un díscolo mechón que había escapado de mi
trenza.
—Mi madrastra puede ser de lo más convincente, les dijo
que estabas en el baño. Llamamos desde tu móvil para que
resultara más convincente, lo habías dejado en el cestito en el
guardarropa del gimnasio.
—Me parece alucinante que mis padres sean tan confiados.
—Eso es fruto de las dotes de convicción de Calix, ya
sabes lo persuasivo y creíble que puede llegar a ser. Es más,
mañana vendrán tus padres y tu hermano para que comamos
todos juntos, en casa, así se van haciendo a la idea de que su
niña tiene novio y conocen mejor a tu nueva familia. —Su
nariz se frotó contra la mía con mimo y yo sentí pavor hacia
sus palabras. Jared quería que las cosas fueran demasiado
rápidas.
—Yo, no… no sé si quiero. —Él arrugó el ceño.
—¿El qué?
—Que se sepan en casa que tú y yo salimos. No sé si estoy
lista para eso.
—¿No quieres que tus padres me conozcan y sepan que
voy en serio? A Calix lo conocen al dedillo, lo adoran, y de mí
no saben ni que existo si no fuera porque vas a pasar aquí la
noche en calidad de amiga de Selene —arrugué la frente
incrédula—. Y lo de mañana es solo…
—¿Qué es, Jared? ¿Una confirmación oficial de que soy tu
chica frente a mi familia? Eso es lo que quieres y lo que
deberíamos haber hablado. No puedes dar por hecho cosas tan
importantes, tendrías que haberme preguntado si estaba de
acuerdo, las cosas no se hacen así a bote pronto.
—Pues no te quejaste cuando Calix aparcó su culo en tu
casa en el mismo día —refunfuñó.
—¡No es lo mismo! ¡No puedes compararme un alumno de
intercambio a una relación! —exclamé exasperada—. Me
gustas, te gusto, eso está claro, pero…
—¿Pero? Odio esa palabra —reflexionó—. ¡Te llevo en mi
piel, Elle! —dijo, señalando sus tatuajes—. Y debajo de ella.
Te siento aquí —tomó mi mano y la colocó en su pecho—. En
cada latido, en cada sonrisa de tu boca frente a la mía, en cada
beso perdido. —El pulgar rozó mi labio inferior—. En mi
mundo no existe el «tú me gustas, yo te gusto». Tú eres mi
aquí, mi ahora y mi futuro. Sin ti no existo. —Sus palabras
daban demasiado vértigo, mucho más que la azotea en rojo.
Recordé lo que me dijo Selene sobre su poder de elección.
Los licántropos no lo tenían, una vez su instinto marcaba a
alguien como su mitad, el pacto se sellaba y listo, pero… ¿qué
ocurría si su mitad dudaba, si no se sentía preparada o no
quería lo mismo?
—Elle, mírame —suplicó con la mirada errante—. Te
quiero, puedo decírtelo de mil maneras distintas, pasarme la
vida entera intentando que comprendas la intensidad con la
que te reclama cada célula de mi cuerpo, puedo darte el tiempo
que precises, porque comprendo que tus sentimientos deben
remar en la misma dirección que los míos y a los humanos
puede llegar a aterraros el compromiso.
»Puede que ahora te parezca demasiado intenso,
abrumador, algo hosco, cabezota y mandón, posiblemente no
te equivocas y en mis defectos no reluzcan mis virtudes, aun
así, aspiro a que puedas ver más allá de ellas y me cedas algo
de espacio en tu corazón, pues te prometo que nadie va a
amarte tanto como yo.
La cabeza me daba vueltas y mi corazón contraatacaba con
ese boom, boom, boom que me hacía querer lanzarme contra
su boca a la vez que salir huyendo sin mirar atrás.
—No sé si puedo corresponderte. Me estás poniendo en
una tesitura que siento como si hubiera firmado un contrato sin
leer la letra pequeña. Tu mundo me supera, Jared, y no sé si
puedo o quiero formar parte de él. Hoy casi muero. ¿Por qué?
Antes de conocerte estas cosas no me pasaban —confesé muy
a mi pesar. Tenía una lágrima acumulada en el borde de las
pestañas.
Jared pasó la yema de su pulgar sobre ella, se le veía triste,
derrotado y llevó la gota de humedad a sus labios para besarla.
—Me gustaría prometerte que esta es la última lágrima que
derramarás por mí, aunque no puedo hacerlo. Mi mundo es tan
hermoso como crudo, tan intenso como peligroso y entiendo
que no puedo exigirte que des un salto de fe —suspiró—, sin
embargo, no me pidas que no te sueñe, que te anhele y que
ruegue que algún día quieras pasar tu vida junto a mí.
Su ruego hizo que me rompiera en mil pedazos contra él.
Mis ojos se desbordaron sin saber qué decir o hacer.
El dolor de Jared fluía junto al mío indómito, arrasándolo
todo. Me apretó contra su torso acunándome junto a él,
dejando caer varias notas musicales contra mi pelo.
Igual que el mosquito más tonto de la manada,
yo sigo tu luz, aunque me lleve a morir,

te sigo como les siguen los puntos finales

a todas las frases suicidas que buscan su fin.

Igual que el poeta que decide trabajar en un banco

sería posible que yo en el peor de los casos

le hiciera una llave de judo a mi pobre corazón

haciendo que firme llorando esta declaración:

Me callo porque es más cómodo engañarse.

Me callo porque ha ganado la razón al corazón.

Pero pase lo que pase,

y aunque otro me acompañe,

en silencio te querré tan solo a ti.

El último verso murió en su boca y yo alcé la mía en muda


respuesta.
Capítulo 59
Confesiones

El beso que nos dimos concluyó varios minutos después,


cuando mis lágrimas estaban secas y mis labios enrojecidos.
Cada vez que Jared me besaba, el mundo desaparecía, los
miedos, los problemas, las inseguridades. No quedaba espacio
para nada más que no implicara la unión de nuestras bocas o el
crepitar de nuestros cuerpos, todo parecía posible, incluso un
futuro juntos.
Él, más calmado por mi predisposición afectiva, anunció
que se iba a dar una ducha. Me comentó que Tasya había
dejado ropa limpia de Selene sobre la cómoda para que
pudiera cambiarme y quitarme la bata de hospital. Prometió
que no tardaría mucho y que después iría a por algo de comer
a la cocina para que cenáramos.
Ni siquiera había pensado en comida hasta que la
mencionó. Todavía tenía muchas preguntas sin respuesta que
se sumaban a mi desajuste emocional.
Cuando una vez le pregunté a mi madre qué se sentía al
enamorarse, me dijo que era muy difícil explicarlo con
palabras, que las emociones son algo complejas cuando te
alcanzan por primera vez y, sobre todo, gestionarlas.
*****
—En mi caso, fue como un alud, se lo llevó todo por
delante, a mis amigos, mi familia, mis convicciones. Daba
igual lo que me dijeran, yo solo lo veía a él y hubiera hecho
cualquier cosa que me hubiera pedido en ese momento. —La
miré apretando el ceño, mi mente analítica procesaba cada
frase e intentaba encontrar, en mi escaso almacén de
experiencias, algo que se le asemejara.
—No lo comprendo. ¿Me estás diciendo que el primer
amor hace que dejes todo de lado para centrarte en una sola
persona?
—Lo que te digo es que el amor te vuelve del revés, y más
a tu edad. Lo que no quiere decir que eso esté bien del todo.
Las hormonas se apoderan de tu cuerpo y de tus decisiones.
Pierdes el norte y puedes llegar a tomar resoluciones que no
sean acertadas. Por eso, lo mejor es llevarlo con calma, si es
que se puede y tu algarabía interior te lo permite —rio.
—¿Y si no se puede?
—Pues tocará cruzar los dedos para que elijas bien y el
bofetón no sea de los épicos. Nadie tiene un manual de cómo
enamorarse bien y del hombre correcto.
—Pues yo me fijaré en esos pros y contras, elaboraré una
lista, ya sabes que me gusta tenerlo todo controlado. —Mi
madre se volvió a reír sacudiendo la cabeza.
—El amor no se controla, Elle, se vive apasionadamente.
De la misma forma que una bailarina se deja llevar sobre el
escenario al escuchar la música.
—Sí, pero una bailarina se sabe la coreografía de memoria
y no abandona a sus compañeras del cuerpo de baile. —Mi
madre me tomó de la mano.
—Quizá no haya elegido el ejemplo más acertado. Ya te he
dicho que no se trataba de algo fácil de explicar. Cuando el
amor llega, hay que disfrutarlo al máximo, eso sí, sin perder la
cabeza y, lo más importante, sin perderte a ti misma.
*****

Ahora todo cobraba sentido, así estaba perdida en un


universo extraño que, por un lado, me suplicaba que no
pensara en nada, que las cosas ya se solucionarían y que me
dedicara a disfrutar junto a Jared, mientras que, por otro,
gobernado por la parte que me hacía ordenar la ropa por
colores y esquematizar cada asignatura, me exigía que fuera
cauta y pensara muy bien en el jardín que me metía.
La declaración de Jared removió mis cimientos,
convirtiendo mi cuerpo en una gelatina que su boca acababa
de aspirar.
Nadie me había dicho nada tan bonito nunca y, en el fondo,
yo siempre quise vivir un cuento de hadas. ¿Quién no se había
dejado seducir por la idea de ser protagonista de su propia peli
romántica? Ya sabes, persona conoce a persona, se enamoran y
son felices para siempre sin llegar jamás a la parte en la que se
divorcian.
Y con Jared, la primera parte había sido genial, solo que
cuando encargué mi película, me olvidé de desmarcar las
opciones de hombre-lobo, universos paralelos, engaños varios
y persecuciones a vida o muerte.
Seguro que si le contaba todo eso a mi padre, me encerraba
en un convento de por vida.
Era todo tan difícil que solo quería convertirme en un
ovillo y que se me pasara. ¿El amor se pasaba? ¿Desaparecía
como un dolor de barriga? Lo dudaba.
No quise decirle a Jared que la intensidad de mis
emociones podía equipararse a la suya para no alentarlo
demasiado. Si le decía que lo quería, me veía casada a los
dieciocho y siendo madre a los veinte.
Yo ansiaba muchas más cosas además de estar con un
chico. Estudiar, quizá irme de Erasmus o hacer un máster fuera
para convertirme en una gran matemática, o tal vez ingeniera,
no lo tenía claro.
Y si no tenía claro eso, ¿cómo podía plantearme una vida
llena de riesgos? ¿Por amor? ¿Y si no bastaba con querer? Eso
lo había escuchado en algún sitio, o leído en algún post de
Pinterest. No vale con querer mucho, sino con querer bien. ¿Y
qué era querer bien en un mundo como el suyo? Me estaban
entrando náuseas con tanto desasosiego.
Golpearon a la puerta.
—¿Se puede? —Era la voz de Calix. Intenté deshacer el
nudo de mi garganta antes de responder.
—Sí, adelante. —Me cubrí con la sábana hasta la barbilla,
estaba algo destemplada o, por lo menos, sentía frío en los
huesos, ¿me estaría resfriando?
El que consideré mi amigo, hasta que se abrió la caja de los
truenos, entró en la habitación cabizbajo. Nada que ver con la
pose despreocupada que ostentaba siempre.
—Hola, Elle. ¿Cómo te sientes? —murmuró suave. Ya no
estaba disfrazado, alguien le había dejado ropa, puede que
Moon, o Bastian. Dudaba que lo que llevaba puesto fuera de
Jared.
—No estoy muy segura, aunque gracias por preguntar y por
salvarme la vida —puntualicé.
Él cerró la puerta y se apoyó en ella.
—Respecto a eso… Tenemos que hablar.
—Jared ya me ha contado lo que eres y Selene también
contribuyó, así que me hago una idea.
Una sonrisa triste amaneció en su boca, al parecer hoy
nadie estaba de buen humor.
—¿Y qué te han dicho que soy? ¿Un asesino? ¿Un
torturador?
—Eso es lo de menos. Para mí eras mi mejor amigo, hasta
que me mentiste y me manipulaste a tu antojo. Ahora eres mi
salvador y por ello te debo un gracias.
Noté cómo mis palabras le herían.
—No tienes ni idea de lo que supone ser alguien como yo.
—En eso tienes razón, no lo sé porque nunca me lo has
contado. —Calix se pasó las manos por la cabeza y las colocó
detrás de la nuca.
—No podía hacerlo —chasqueó la lengua—. Al principio,
tú solo eras una misión, te prometo que intenté que lo fueras
con todas mis fuerzas, pero no lo conseguí. Me impliqué
demasiado y calaste en mí como nadie lo había hecho. Por
primera vez, sentí el calor de una familia y quise formar parte
de ella, tener una amiga. —Su explicación me encogió por
dentro—. He sido criado para no sentir emociones, desde
pequeño aprendí a bloquearlas y que no me afectaran. A fingir
ser el chico más encantador sobre la faz de la Tierra, mientras
que al darme la vuelta podía infligir la peor de las torturas. Un
vendedor de humo, un actor de primera.
—A mí me vendiste la fábrica entera. —Sus ojos dorados
refulgieron.
—Ahí está el problema, a ti no te vendí nada. —Se despegó
de la puerta y se plantó en los pies de la cama—. Eres distinta
a toda criatura viviente, Elle. No soy yo quien debe explicarte
lo que ocurre contigo, pero te diré que no pude fingir. Si di mi
vida por la tuya, no fue por una orden, sino porque lo sentí así.
Eres la primera persona que se ha permitido conocerme sin
juzgarme, que me ha dejado comportarme como un simple
chico de dieciséis años en lugar del ágrypnoy que soy. Como
te he contado, me enseñaron a aniquilar cualquier tipo de falla
emocional, sin embargo, cuando estoy a tu lado, lo siento todo.
—Se acercó por el lateral y se sentó junto a mí—. Lamento no
haberte protegido mejor y que mis ganas de hostigar a Jared te
pusieran en peligro. Quiero aclararte que la pelea que viste, la
que te hizo huir, la provoqué yo y me arrepiento de ello.
—¿Por qué? —Vi a Calix tragar con fuerza.
—Porque no te merece, ninguno de nosotros te merecemos,
tú eres la Única, y parte de mi misión consistía en separaros.
Por eso me mandaron a custodiarte, por eso eres tan preciada
al otro lado.
—¿La Única? ¿Qué es eso? —pregunté sin comprender.
—He hablado demasiado, esta explicación no me compete
a mí. Solo he venido a decirte que lo siento y que comprenderé
si no quieres que siga siendo tu amigo. —Calix fue a
levantarse y yo lo tomé de la mano para impedírselo.
—Espera, no te vayas. Necesito que me lo cuentes,
entender las cosas.
—Por hoy es suficiente, tu día ha sido muy intenso. Y ahí
fuera hay cola. —Miré hacia la puerta.
—¿En serio? —Él asintió.
Sus ojos se posaron en la unión de nuestras manos.
—Calix, pese a todo, no quiero dejar de ser tu amiga. —Él
alzó la vista, en sus pupilas fluctuaba la incredulidad y la
esperanza.
—¿En serio? ¿Después de todo lo que te han contado y lo
que te he dicho?
—No importa quién crees que eres, sino quién eres
conmigo. Te has equivocado, me has mentido, has intentado
manipular mi relación con Jared, pero también me has
protegido y salvado la vida. Te perdono con la condición de
que sigas siendo mi amigo y que, a partir de ahora, no hagas
ese tipo de cosas que podrían destruirnos. —Su expresión
resplandeció.
—Te aseguro que nunca más haré algo que pueda poner en
peligro nuestra amistad. Eres una de las personas más
preciadas que tengo en mi vida, y te doy mi palabra de que no
volveré a fallarte, me da igual si tengo que plantarme frente a
la Cúpula. No te arrepentirás, Elle, mi vida es tuya y estoy
aquí para servirte.
—¿Eso incluye que ordenes mi habitación? —pregunté
para quitarle hierro. Los dos nos echamos a reír.
—Paso de tener que poner tu ropa interior en el cubo de la
ropa sucia, eso ya es demasiado.
—¡Yo nunca dejo mi ropa sucia tirada! —Lo golpeé con la
almohada provocando su risa. Necesité abrazarlo y que
percibiera la franqueza de mis palabras anteriores fluyendo
entre nosotros. Calix aceptó la muestra de afecto sin
miramientos y concluyó el abrazo besándome en la mejilla.
—Tengo que marcharme.
—Solo una pregunta más antes de que te vayas, ¿Nita
también está aquí? Me olvidé de preguntar por ella antes. —
Mi amigo miró hacia la puerta.
—Ella y Selene tuvieron que quedarse al otro lado de La
Raya.
—¡¿Cómo?! —pregunté horrorizada.
—Hay veces que toca sacrificar un alfil para liberar a la
reina —respondió críptico. Mis manos cubrieron mi boca.
—¿Nita ha muerto?
—No, solo que tuvimos que escoger y tu libertad era más
importante que la suya.
—¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que salvarla! —
exclamé, descorriendo la sábana con la intención de ponerme
en pie.
—Shhh, tranquila, Selene se encargará de Nita, sabe lo que
tiene que hacer.
—Deja que lo ponga en duda, cuando las dejé, Nita la
amenazaba con un bisturí, le rajó el brazo a la loba y Selene
había sacado los colmillos, además, todos sabemos que a ella
no le cae bien nadie.
—La generala es una chica dura, pero justa. No sabemos
por qué las viste así, aunque estoy convencido de que hará
todo lo que esté en sus manos para que Nita regrese. Tenemos
que confiar los unos en los otros, Elle. De la manera que se
han puesto las cosas no nos queda otra. Y ahora deja que me
vaya y que entren los siguientes.
Se puso en pie y fue hasta la puerta. Al abrirla, allí estaba
Moon con un hombre y una mujer guapísimos a sus espaldas.
Al parecer, hoy iba a conocer a los padres adoptivos de los
Loup.
Capítulo 60
La Única

Si tuviera que describir la expresión de mis siguientes


visitantes, sería solemne.
Tras la pregunta de rigor sobre cómo estaba y las
presentaciones aclaratorias, que fueron a cargo de Moon, los
tres integrantes de la manada de los Loup se acercaron,
haciéndome sentir insignificante en mitad de aquella cama
gigantesca.
—Además de a presentarnos y para ver cómo estabas,
hemos venido a responder tus dudas. Suponemos que tendrás
muchas después de lo ocurrido.
Jerome Loup, con su traje negro de Armani y el cabello
perfectamente repeinado, fue quien se erigió portavoz del
grupo.
Si ellos se ofrecían, era porque estaban dispuestos, ¿no? Yo
ya no tenía paciencia para andarme con rodeos.
—¿Qué quiere decir que soy la Única? —fue la primera
pregunta que les lancé.
Tasya y Jerome Loup se miraron con preocupación antes de
responder.
—¿Dónde has oído ese concepto? —quiso saber el
patriarca.
—¿Importa? Por vuestra expresión, diría que no os viene
de nuevo.
—No lo hace, es solo que empezamos fuerte —murmuró el
cabeza de familia.
Yo me limité a poner cara de «tú te has ofrecido, haberlo
pensado antes». Jerome se pinzó el puente de la nariz.
—La Única es un concepto casi legendario, aunque no lo
creas, los licántropos también tenemos un folclore lleno de
mitos, leyendas, premoniciones, augurios, libros sagrados y
cosas por el estilo.
—¿Soy una leyenda? ¿Como Rocky Balboa o el Duende
del final del arcoíris? —pregunté, contrayendo el rictus.
—No sé si los ejemplos serían los adecuados. En nuestras
creencias se habla de una mujer apodada la Única porque,
según los Antiguos, y cito textualmente lo que pone en nuestro
libro sagrado:

Llegará la mujer que con su aroma a bayas frescas sea capaz


de elegir.
Su aroma embriagará a mortales y bestias.
Será deseada y codiciada como ta misa de toda la raza
y será la única capaz de frenar los avances de una guerra
épica,
o darnos muerte en ella, comprometiendo
la seguridad de La Raya.
Solo la Única será capaz de equilibrar los dos mundos,
con su amor nacido del alma bendecirá al elegido
y ellos nos gobernarán a todos.
Estreché la mirada sin comprender muy bien aquellas
palabras, así que me tomé mi tiempo para analizarlas.
—Veamos, es que no logro entender. ¿Yo soy la mitad de
todos los licántropos y puedo elegir amaros a todos, aunque al
final me quede con uno?
—Sería un resumen bastante escueto, pero sí, es algo así,
además de que eres la única que puede impedir la Gran
Colonización. —Parpadeé varias veces incrédula.
—¡Soy una mezcla de todo el portal de Belén! —Moon
ahogó una risita. Los Loup pusieron cara de seta—. Perdonad,
estoy intentando hacerme a la idea de lo que ahora se supone
que soy.
—Eso es porque es complejo de entender —respondió
Tasya con su voz melódica—. Intentaré explicártelo yo. Todos
te olemos y sentimos muchísima necesidad de amarte y
protegerte en cuanto entras en nuestras vidas; si llegaras a
besar a Jerome, quizá sus brazos también se llenaran de
tatuajes como le ocurrió a Jared y se mezclaran con los míos,
no lo tenemos claro porque nunca ha ocurrido.
¡Ni iba a ocurrir! ¿Besar al padre adoptivo de mi novio?
Puaj. ¿Es que estábamos locos? Yo no iba a participar en
ningún experimento poliamoristalobero, suficiente tenía con
Jared como para liarme con la manada entera.
Intenté hallar una fractura en aquella idea descabellada que
acababan de plantearme. La encontré en la imagen de cierta
rubia que acudió a mí como tabla de salvación, chasqueé los
dedos.
—No puedo ser la Única, Selene me odia, ahí lo tenéis,
estáis equivocados. Moon os lo puede decir —argumenté
incómoda, aunque llena de esperanza. Él cruzó los brazos
sobre su pecho mirándome divertido.
—Mi hermana no te odia, si no, no habría dado su vida por
ti esta noche. Lo que le ocurre es que detesta la idea de perder
a Jared y no criar a sus hijos como su mente planificó. No le
gusta que le rompan los esquemas, en eso se parece a ti. —
Arrugué la nariz—. Además, aunque se lo calle, le pasa lo
mismo que al resto, estoy convencido. Yo lo sentí la primera
vez que te vi en aquel callejón oscuro. Y Bastian cuando Jared
te atropelló con la moto, ya sabes que es un chico muy
reservado y que le cuesta abrirse. Ni él ni yo dijimos nada
porque Jared es nuestro líder y se le notaba a la legua que te
había elegido como su mitad, lo que no quita que nuestro
instinto nos dijera que también eras la nuestra.
No sabía ni dónde meterme respecto a aquella revelación.
—Un momento… ¡Es imposible que me queráis todos! ¡Ni
siquiera lo ha logrado Beyoncé o el adorable osito de
Mimosín!
Moon se echó a reír.
—Te queremos sin poder evitarlo, como le ocurre a una
madre con su bebé. Es un sentimiento que emana de nosotros
en cuanto te cruzas en nuestro horizonte. Lo que no tenemos
muy claro es si lo que sentimos es igual que lo que percibe mi
hermano, fue por eso por lo que decidimos hablarlo con
Jerome y Tasya antes que con Jared. La Cúpula, por
precaución, decidió protegerte de inmediato después del
altercado de tu fiesta. Por eso mandó a Calix, que no es nada
influenciable, y hasta él cayó rendido a tus encantos.
¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía! Éramos pocos y
parió la burra, como se decía en mi casa. ¿Es que no tenía
suficientes frentes abiertos ya?
—Escúchame, Elle —musitó Jerome—. Yo ya tengo a mi
ta misa —dijo, señalando a Tasya—, y no pude evitar quererte
desde que te vi cuando te recogimos. Para que lo comprendas,
te diré que lo que despiertas en mí es un do menor versus el do
mayor que supone Tasya. Es la misma nota en una escala
distinta.
—Lo que yo diga, ¡de locos! —No me salía otra palabra
que no fuera esa.
—Más bien es peligroso. Porque te convierte en un arma
muy poderosa, el blanco perfecto. Cualquier licántropo haría
lo que fuera por su mitad y, si tú resultas ser la de todos,
seríamos capaces de dar nuestra vida por la tuya.
—¿Moriríais por mí? —pregunté alucinada. ¿Cómo podía
decir algo así?
—Ahora mismo —confesó Tasya—, si eso supusiera que tú
siguieras con vida. Yo también lo siento, Elle, en el centro de
mi pecho.
—Eso nos deja en una posición muy vulnerable. Si te
cazaran y pidieran un sacrificio global a cambio de tu vida, lo
haríamos sin poder remediarlo. La Raya quedaría desprovista
de guardianes y La Gran Colonización sería inminente.
—Pero ¡eso es imposible! ¡No puede ser! —grité fuera de
mis casillas.
—¿Qué es lo que no puede ser? —preguntó Jared,
asomándose con una bandeja repleta de comida. Los otros tres
se miraron con cara de culpabilidad. ¿De verdad que lo habían
dejado al margen? ¿Jared no sabía que se estaba barajando la
posibilidad de que yo fuera un milagro y la mitad de toda la
raza me quisiera? Solo había una manera de averiguarlo.
—Creen que soy la Única.
Su bandeja cayó al suelo formando un gran estruendo.
Capítulo 61
Verdades que duelen
Jared

Para que después digan que dos palabras no pueden


cambiarlo todo.
En cuanto Elle arrojó la posibilidad de ser la Única, con lo
que todo eso conllevaba, mi pecho se abrió en canal, del
mismo modo que habría ocurrido si la Gran Migración hubiera
estallado de repente.
O quizá fue peor, porque lo que leí en el rostro de mi
familia fue tan rotundo, tan descarnado, que supe que era
cierto, no se trataba de una maldita broma pesada o una
casualidad.
La bandeja se me escurrió de los dedos, también mi futuro
con Elle.
Me mareé, todo se tambaleaba y esta vez no era culpa de
los migrantes. Las voces que nos rodeaban se volvieron un
susurro lejano, demasiado disperso como para guiarme a buen
puerto.
«La Única», repetí para mis adentros. No había un solo
licántropo que no conociera su leyenda. Las madres solían
amenazar a sus cachorros diciendo que eligieran bien, no fuera
a ser que les tocara esa mujer legendaria capaz de enamorar a
cualquiera y ser la mitad de toda la raza.
Lo decían como si fuera una desgracia y asumíamos que así
era, que el poder de ser amada por todos era una desdicha para
el elegido. ¿Y si se cansaba? ¿Y si decidía que su mitad ya no
servía y se iba con otro?
Ella sería capaz de encontrar amor allá donde fuera,
mientras que el escogido podría ser abandonado y pasar la
vida llorando por ella.
Lo peor de todo es que además nunca sabrías si era tu ta
misa de verdad, podría tratarse de una ilusión. ¿Eso es lo que
me había ocurrido con Elle? ¿Una ilusión?
—Jared, cariño, ¿estás bien? —La voz de Tasya, junto con
las manos que tantas heridas habían curado, tomaron mi rostro.
No me di cuenta de que se había desplazado para colocarse
delante de mí. Intentaba serenarme con la calidez de su gesto.
No funcionaba, era imposible que lo hiciera. Necesitaba oír en
boca de los demás lo que tanto dolía.
—¿Jerome? —murmuré, buscando la constatación. El
hombre que me crio mantuvo la vista apartada hasta que lo
nombré. Alzó la cara con pesar y buscó la mía. No hizo falta
que añadiera nada más, podía leerlo en sus pupilas—. ¿Por
qué? ¿Por qué nadie me dijo nada? —inquirí, desplazando la
mirada hasta Moon.
—No estábamos seguros… —se excusó mi hermano.
¿Estaba de broma? ¿Intentaba darme la vuelta? Todo
licántropo era capaz de detectar el aroma de la Única y notar la
atracción irremediable por ella.
—¿La sentiste tuya? —pregunté, conociendo la respuesta.
—Desde el primer momento en que la vi. —Agradecí que,
por lo menos, ahora no mintiera. Elle contuvo la respiración
ante la declaración de mi hermano de manada. Yo dejé ir un
exabrupto y me di la vuelta, a mis espaldas estaba Bastian con
Calix, que no habían osado abrir la boca.
Cuando me fijé en la culpabilidad que rezumaba mi
hermano más silencioso, fui a por él con toda la rabia.
—¿Y tú? —Atrapé su cara con violencia—. ¡Contesta!
¡¿La sentiste?! —exigí.
—Suéltalo, ya sabes la respuesta, todos la sentimos nuestra
—contestó el ágrypnoy por él. La rabia azotaba cada célula de
mi cuerpo. Elle no era mía, era de todos.
—¡Sois unos malnacidos! —escupí, dejando ir a Bastian.
De pronto, lo vi todo claro. El malestar de Bastian, sus
reproches…—. Y yo pensando que estabas fastidiado por mi
falta de liderazgo o porque eras gay y te habías enamorado de
un torturador… No era eso, ¿verdad? Se trataba de Elle, ¿a eso
te referías cuando decías que no tenía ni idea de lo que pasaba
a mi alrededor? —Él desvió la mirada hacia la punta de sus
deportivas. Estaba en lo cierto—. ¿Moon lo sabía? —Más
silencio. Una risa seca brotó de mi garganta—. Cómo os
debisteis divertir viéndome hacer el idiota —le reproché.
—Jared, ¡basta! —replicó Moon a mis espaldas—. No
queríamos herirte, se te veía tan feliz…
—¿Era mejor dejarme nadar en la ignorancia? No me hagas
reír —escupí, volviendo la vista hacia él.
Mis pupilas buscaron los iris verdes que me ojeaban con
preocupación.
—Escúchanos, mi vida. Todos la queremos, de eso no hay
duda, pero fíjate. Yo sigo siendo la ta misa de Jerome, y por
los tatuajes que luce Bastian en los brazos y el modo en que lo
sostiene Calix, diría que a ellos les ocurre lo mismo. Puede
que Elle sea tu do mayor y para nosotros sea el menor. Misma
nota en distinta escala… No te cierres en banda, tenemos que
hablar e intentar comprender lo que ocurre, no había habido
ningún caso de una Única antes.
El parloteo de Tasya me estaba poniendo de los nervios,
además de la actitud que acababan de adoptar todos.
No soportaba estar más tiempo en aquella habitación,
porque si lo hacía, iba a lamentarlo.
Me volteé en dirección a la parejita feliz que quedaba a mis
espaldas, ahora ya no les importaba estar agarrados frente a mi
familia, cómo cambiaban las cosas.
Me abrí paso entre ellos golpeando mi hombro contra el de
Bastian, Calix gruñó en señal de protesta, aunque a mí me la
sudaba, que viniera a por mí si tenía ganas de pelea, que se la
serviría en bandeja.
Salí a la carrera, poco me importó destrozar la ropa que
llevaba puesta o el grito de Elle al pronunciar mi nombre
colándose por los recovecos de la casa.
Ella no era mía, era de todos y tenía que asimilarlo, igual
que la luna les pertenecía a las estrellas. La Única nunca
podría ser lo que yo ansiaba.
Capítulo 62
¿Y si…?
Jared

Cuando regresé, la casa estaba en silencio, había estado


varias horas corriendo, meditando sin sacar nada en claro, solo
que me sentía dolido, destrozado por el engaño urdido a mi
alrededor. ¿No se suponía que yo era el líder? ¿Que tenía que
estar al corriente de todo? Pues no, decidieron que lo mejor
sería dejarme flotar en una burbuja extraña, porque los últimos
días no podía decir que hubieran sido de pura felicidad.
Para rematar, ahí estaba la idea de que, en el fondo, ella
nunca me pertenecería.
Agité mi pelaje cubierto de sudor y hojas de pino para
volver a transformarme mientras alcanzaba el porche.
Al ponerme en pie, me sorprendió verla allí, sentada en el
balancín, ataviada con la ropa que Tasya dejó sobre la cómoda
y que Elle había complementado con una de mis chaquetas de
cuero que le quedaba algo grande.
Su aroma dulce repiqueteó en mis fosas nasales y me sentí
débil. Era tan hermosa, la percibía tan mía, que me resultaba
extraño que a los demás les ocurriera lo mismo. Menuda suerte
que tenía, por una vez que pensaba que había dado con mi
mitad, resultaba que era de todos los licántropos del mundo.
—¿Qué haces aquí? Es tarde —reflexioné algo huraño por
las emociones que era capaz de despertar en mí, aunque no
quisiera. Sus mejillas estaban encendidas frente a mi
desnudez, su candidez me hacía gracia. Los humanos solían
ser mucho más pudorosos en cuanto a ir sin ropa, para mí era
natural y no me escandalizaba.
Cogí una de las batas que teníamos en el arcón de la
entrada por si venían visitas inesperadas y nos pillaban justo
como Elle ahora, sin nada que ponernos. Bastian, una vez,
tuvo que tirar de la tapadera del cubo de la basura frente a una
excursionista despistada. Todos nos partimos la caja, no sé
quién lo pasó peor, si la chica o él.
La prenda que saqué era del color de la noche, de textura
aterciopelada y envolvente. Elle permanecía con el cuello
ladeado intentando ignorar que me cubría a su lado. Una vez la
tuve puesta, le dije que ya podía mirar sin preocuparse.
—Perdona, no pensé en que cuando te recibiera, no
llevarías ropa, esa cuestión todavía no le queda clara a mi
cerebro —se disculpó.
—No pasa nada, siente más vergüenza el que mira que el
que muestra. —Sus mejillas seguían encendidas—. ¿Qué
quieres, Elle? —inquirí, colocándome delante de ella, apoyado
en la balaustrada de madera.
—No podía dormir, no me gustó el modo en que te fuiste,
parecías muy herido.
—Lo estaba —confesé. Me costaba tenerla tan cerca y no
tocarla. Siempre me ocurría, mi piel ardía de necesidad por su
contacto. ¿Eso también les pasaría a los demás?
—Lo siento, no pretendía que reaccionaras así, acababa de
enterarme y quería saber si era cierto que tú no lo sabías, no
debí ser tan brusca —añadió con preocupación.
—La culpa no fue tuya, sino de los que me ocultaron la
verdad. Me fui porque no quería decir o hacer cosas que no
sentía, aunque en ese momento las habría hecho de buena
gana, como borrarles la mirada de lástima a golpe de garra.
Necesitaba pensar y calmarme.
—¿Lo has logrado?
—¿El qué?
—Calmarte.
—Correr siempre ayuda, no obstante, la desazón sigue
estando. —Tenía las rodillas dobladas hacia su pecho, también
se había duchado, ya no llevaba trenzas y algunos mechones
todavía estaban húmedos. Deseaba notarlos en mis dedos.
—Yo he sido incapaz de relajarme, y eso que Tasya ha
insistido en que comiera algo y me diera un baño. Todos han
sido muy amables.
—Porque todos ansían complacerte —respondí,
quitándoles mérito.
—Esto no es fácil para nadie, en cuanto te has ido, deberías
haberlos visto. Tu familia te quiere, Jared, no pretendían
hacerte daño.
—Pues menuda manera de demostrarlo —carraspeé,
cruzándome de brazos. El verde de sus ojos estaba algo opaco,
no tan brillante como solía estar antes conmigo. Su tristeza
también me hería.
—No sé qué soy —murmuró contrita—, ni quién soy, ni lo
que se supone que tengo que hacer o sentir. Las cosas eran
mucho más fáciles cuando no vivía aquí, ojalá todo siguiera
como entonces.
—¿Te arrepientes de haberte mudado?
—Sí —contestó con la mirada puesta en los límites del
bosque, su nariz permanecía enterrada entre sus piernas.
—Esto te habría alcanzado en cualquier parte, estamos
diseminados por todo el planeta, lo raro es que no te ocurriera
antes.
—¿Qué quieres que te diga? Los chicos no es que fueran
ajenos a mí, es solo que no me interesaba ninguno hasta que
vine aquí.
Alzó el mentón y lo colocó sobre las rótulas para mirarme
con tristeza.
—Pensé que mi mayor problema eras tú, mis sentimientos
hacia ti, sobre los que parecía no poder ejercer ningún control,
pero me equivocaba. Aunque no desee estar en este mundo,
estoy metida hasta las trancas. Da igual lo mucho que me aleje
o que no verbalice lo que de verdad siento cuando te veo,
cuando te siento o, simplemente, cuando te pienso —aguanté
la respiración—. Pensaba que si te decía que te quería del
mismo modo en que me quieres tú, mi vida se truncaría, se
llenaría de guerras y dolor, en lugar de mi existencia apacible,
donde mi mayor problema era un pique con mi hermano o que
no me saliera bien el examen de Patrimonio Cultural. Y, ahora,
ya no importa que renuncie a ti en pos de mi tranquilidad y
una vida sin peligros, porque no puedo desprenderme de lo
que se supone que soy y, aunque no esté contigo, van a venir a
por mí, y eso me asusta. —Había estado tan metido en lo que
me pasaba que no pensé en ella, en todo lo que tendría que
estar pasando por su cabeza. Yo me crie en este mundo, pero
ella no, Elle era como un bebé acabado de nacer en tierra
hostil—. Tengo miedo, Jared, mucho, me aterra morir.
Sus ojos estaban colmados de lágrimas a punto de caer y el
malestar que me producía verla así hizo que deshiciera nuestra
distancia, para alzarla sin esfuerzo entre los brazos, apretarla
contra mis latidos desbocados y sentarla sobre mi regazo como
tanto deseaba.
El balancín osciló bajo el peso de ambos.
Su nariz recorrió la franja de piel expuesta por la abertura
del batín.
Apreté los párpados al captar el aroma de mi chaqueta
envolviéndola. Olerme en ella provocaba que cada célula
temblara de necesidad. Me concentré en su pelo y puse mi
boca sobre él.
—Es normal que lo sientas —respondí, dejando que se
fundiera en mi calor.
No quería llenarla de falsas promesas, decirle que no
temiera, que no dejaría que nada malo le ocurriera, porque
mentiría. Hacía solo unas horas que estuvo a punto de suceder,
y no había nada que distanciara más que una mentira o una
promesa rota.
Que su mano acariciara mi pecho por fuera del tejido y que
las primeras lágrimas salpicaran mi piel me hizo querer
acunarla con mayor ahínco. Solo pretendía demostrarle que
estaba ahí y que, por mal que lo pasara, siempre podría contar
con mi consuelo.
La letra del tema Amores imposibles de la Oreja de Van
Gogh regresó a mi garganta, volví a tararearla como había
hecho antes, en mi cama, solo que esta vez le canté el estribillo
final.

Me callo porque es más cómodo engañarse.


Me callo porque ha ganado la razón al corazón.
Pero pase lo que pase.
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré.
En silencio te amaré.
En silencio pensaré tan solo en ti.

Elle movió la barbilla sorbiendo por la nariz.


—¿Y qué pasa si no quiero que otro me acompañe? ¿Y qué
pasa si yo también quiero que solo pienses en mí? He estado
meditándolo todo, Jared, ya sabes que yo soy muy de hacer
listas y evaluar, y he llegado a la conclusión de que si tu
mundo ahora es el mío, no quiero tomar ningún desvío si no es
contigo —proclamó todavía llorosa.
Apreté los dientes, escucharla fue como ver un meteorito
impactando contra el centro de mi universo. Cómo me hubiera
gustado oír lo mismo antes de que todo estallara. ¡Qué distinto
hubiera sido!
—Esto es difícil para ambos —confirmé en un suspiro
apretado—. Las cosas han cambiado, ahora ya no puedo estar
seguro de que seas mi mitad. Esto es muy incierto y
doloroso… No estaba preparado para algo así, para renunciar a
ti. Pensaba que te había encontrado y ahora…
—¿Ahora?
—Ahora no sé si eres tú.
—¿Me estás diciendo que ahora eres tú quien quiere
dejarlo porque no estás seguro de si soy tu «y comieron
perdices…»? Esto no es el cuento de La Cenicienta, las
parejas no viven felices para siempre, o sí, pero si no lo
prueban, no saben dónde les va a llevar su relación.
—Ya te dije que mi mundo no funciona así. Eso es de
humanos. Yo creo en el amor para toda la vida, como el resto
de mi raza, y no podría soportar la idea que de aquí a un
tiempo me dijeras que no soy ese alguien que creías y me
dejaras por otro. —Ella se irguió molesta y chasqueó los
dedos.
—¡Despierta, Jared! El amor es así, arrebatador, díscolo,
inquieto, apasionado y, a veces, efímero. No es algo que se
pueda controlar o de lo que uno pueda estar seguro de por
vida.
—Te repito que en nuestro caso es todo eso, excepto
efímero.
—¿Y? ¿Qué ocurre? ¿Que tú siempre haces lo que te
dicen? ¿De verdad prefieres que lo dejemos por miedo a que
me pueda enamorar de otro y tú te quedes hecho polvo antes
de que ni siquiera lo hayamos intentado? Ya sé que yo he sido
la primera en poner obstáculos, pero ahora lo veo distinto.
Quizá se trata de eso, de que aprendamos a saltarlos juntos.
Hay muchas parejas que siguen juntas desde el instituto.
¡Podríamos funcionar! —exclamó expectante.
—¿Y si no?
—Y si no, lo habremos intentado, porque el no hacerlo es
de cobardes y sé que tú nunca lo has sido. No puedes temerle
al amor, eres el líder de tu manada.
—Ahora mismo no me siento muy capaz de liderar nada.
Lo siento, Elle, me tortura la idea de que todos te amen del
mismo modo en que lo hago yo. Puede que, al fin y al cabo, lo
nuestro no sea tan especial.
—¡¿Estás de broma?! ¿Y si resulta que soy tu do mayor?
—musitó vergonzosa pero segura.
—Antes no estabas convencida de lo nuestro —mascullé
resquemado.
—Te he dicho que he tenido tiempo para pensar durante las
tres horas que te has pasado cazando conejos. —Un amago de
sonrisa escapó de mis labios y Elle se relajó—. Escúchame,
Jared. No puedo garantizarte que nuestro amor sea eterno, eso
no puede hacerlo nadie, pero lo que sí puedo asegurarte es que
nunca me había enamorado antes de conocerte a ti, nunca sentí
necesidad de besar a un chico y no quiero plantearme la
posibilidad de que haya otro, eso tiene que significar algo. —
La esperanza vibró en el interior de mi pecho—. Tengo una
teoría y quiero que la escuches, puede que nunca haya querido
estar con nadie porque la Única puede ser amada por todos,
decidir ser o no una picaflor, pero solo corresponder con todo
su amor al elegido. Y si no te basta eso, ya no sé qué decir.
Mi boca descendió hasta la suya, deseosa de que aquellas
palabras fueran suficientes para aplacar mis dudas.
Sus labios se abrieron para mí con alegría de recibirme. Su
lengua apartó la barrera que no me dejaba alcanzar su corazón,
que ahora latía con todas las consecuencias.
Puede que su teoría fuera cierta o no, lo que sí me había
dado tiempo era a darme cuenta que prefería vivir lo que
tuviera que ser a su lado, antes que sostener la incertidumbre
sobre lo que podría haber sido.
Si en algo tenía razón mi chica es en que nunca había sido
un cobarde, siempre tomé las riendas de cualquier situación,
por difícil que fuera, y ahora no iba a ser menos si el premio
era una vida juntos.
Como dijo Elle, daba igual que todos la quisieran, porque
ella me había escogido a mí por encima de cualquiera y eso
tendría que bastar para que funcionara.
Capítulo 63
Amarinthe

Nunca había compartido cama con alguien del género


opuesto, salvo con mi hermano o mi padre.
Dormir acurrucada con Jared, escuchar el ritmo de su
respiración en mi oreja, notarlo agazapado en la espalda con su
mano descansando sobre la piel de mi vientre, fue muy
especial.
No nos dormimos de inmediato, sobre todo, porque la
temperatura en Sierra Nevada parecía haber aumentado unos
cuantos grados y nosotros la alzamos todavía más al ritmo de
nuestras bocas.
Fue una noche corta e intensa. Puedo sentir el sonrojo de
mi piel al pensar en ella.
Abrí los ojos notando el calor del sol incidiendo sobre la
fina piel de los párpados. Me costó abrirlos, más que nada,
porque tenía sueño y mi cuerpo quería seguir durmiendo en
aquella postura tan cómoda. Con mi muslo atravesado sobre
las piernas de Jared y su pecho como almohada.
Despegué los párpados despacio y lo encontré allí, con su
mirada soñolienta y aquella sonrisa cautivadora que me
incitaba a hacer lo mismo.
—Buenos días, caperucitadurmiente —me saludó con un
beso fugaz sobre la punta de la nariz.
—Buenos días, husky siberiano —respondí, alzando la
barbilla para desviar la boca en el último instante y darle un
lametazo en la mejilla.
—Puaj, ¡me has chupado! —se quejó. Lo miré escéptica.
—Así se besan los perretes y, que yo sepa, anoche no te
quejabas de que te chupara la lengua.
—¡Eso es distinto! Si ahora me la hubieses chupado,
tampoco me habría quejado. —Me puse roja como una cereza,
él se pinzó el puente de la nariz. Mantuvimos un silencio un
pelín incómodo que se rompió con una carcajada sonora por
parte de ambos.
—Me refería a que… —se excusó.
—Ya sé a lo que te referías… Y no pienso chupar nada sin
lavarme los dientes primero —respondí tan avergonzada como
juguetona.
Me incorporé de la cama echando de menos la comodidad
de su cuerpo y me encontré con el espantoso reflejo de mi pelo
enmarañado en el espejo de su armario.
—¡Dios, menudas pintas! Y aquí no tengo la espuma para
arreglarlo.
—Si quieres, te dejo la de afeitar y te rapo —respondió,
sacándome la lengua.
—Muy gracioso, te recuerdo que mis padres vienen a
comer y yo parezco un remix entre la Novia de Chucky y la
duquesa de Alba.
—A mí me encantas, ese pijama de Guns N’ Roses te
sienta como anillo al dedo y te hace un culo que no veas —
bromeó, mordiéndose el labio.
—¡No me mires el culo! —protesté, bajándome la
camiseta. Él hizo caso omiso y siguió recorriendo mi cuerpo
con su mirada encendida.
—Por cierto, al final, ayer no pude darte tu regalo de
cumpleaños, y si lo atraso más, temo que llegue hasta el día de
tu jubilación. ¿Te parece si te lo doy ahora, aunque no sea todo
lo romántico que quería?
—Vale, pero déjame que antes vaya al servicio, tengo
mucho pis y necesito lavarme los dientes, Tasya ayer me
regaló un cepillo de invitados, esa mujer está en todo.
—Sí, en ese aspecto es un poco como tú, es muy
organizada. ¿Necesitas que te acompañe al baño? —preguntó,
desperezándose en la cama, solo ataviado con un pantalón de
deporte negro, cuya cinturilla estaba muy abajo.
—Creo que podré llegar a él sin perderme. Ahora mismo
vuelvo… —anuncié, casi tropezándome con el marco de la
puerta al pensar en el montón de abdominales que formaban
esa tableta.
Salí al pasillo nerviosa, mi cerebro se dedicó a recrear el
modo en que me subió a la habitación en brazos para
tumbarnos en su cama. Perdí la cuenta de los besos que nos
dimos o los planes de futuro inmediato que hicimos.
Habíamos decidido que lo mejor era vivir el aquí y el
ahora, hacer cosas como cualquier pareja, incluyendo, por
supuesto, a sus hermanos o mis veciamigas. Tendríamos
tiempo para todo y para todos, no íbamos a ser la típica pareja
de novios absorbente que se olvidaba del resto de personas que
existían antes que ellos.
Estaba tan enfrascada en mis pensamientos que abrí la
puerta del baño sin golpear y me di de bruces con otro par que
también parecían haber pasado buena noche.
Bastian estaba sentado sobre el lavamanos, sin camiseta,
mientras Calix estaba ubicado entre sus piernas comiéndole la
boca apasionadamente.
—¡Perdón! —susurré. Ambos desplazaron sus ojos hasta
mí antes de que me diera tiempo a cerrar y darles privacidad.
Bastian estaba algo cohibido. Mi mejor amigo tenía la
sonrisa canalla de siempre.
—No pasa nada, Elle —murmuró Calix—. Estaba
ayudando a Bastian para alcanzar un rincón de la boca al que
no llegaba con el cepillo.
—¿Te refieres a las amígdalas? —Me salió sin pensar. Los
dos se miraron y Calix estalló en una carcajada que nos
arrastró a los demás—. Yo venía a lo mismo —les aclaré.
—¿A que te reconozca las amígdalas? —respondió mi
amigo con agilidad.
—No, listillo, a buscar el cepillo que Tasya me regaló
anoche para lavarme los dientes.
—Toma, creo que es este —Bastian me lo alargó junto a la
pasta. Le hizo un gesto a Calix para que se apartara un poco y
así poder ponerse en pie.
—Gracias —respondí mientras mi mejor amigo lo agarraba
de la cintura y lo hacía deslizarse por él. Los miré sin
pestañear, eran tan guapos que mareaban. El rostro de Bastian
estaba un poco atribulado por tanta intimidad delante de mí.
Intenté disimular leyéndome la composición de la crema
dental.
—Nosotros ya salimos, ¿has descansado bien? —Las cejas
de Calix se alzaron en busca de respuesta. Estaban ávidos de
noticias tras la partida de Jared.
—Muy bien, gracias.
—¿En qué cama dormiste? —insistió mi amigo, sin pelos
en la lengua, mientras su mitad le daba un codazo disimulado
que no le hizo inmutarse.
—En la tuya desde luego que no —contesté esquiva.
Quise dejarlo con la intriga, pero las comisuras de mis
labios y el brillo de mis ojos me delataron.
—Así que el husky te hizo un hueco en su camastro… Eso
está muy bien, me alegra que se haya dado cuenta de que
estaba haciendo el tonto.
—No es fácil —declaré.
—Nada en esta vida lo es, mírame a mí, un ágrypnoy de la
facción de los Puros enamorado de un Loup. Verás cuando
Volkov se entere de que soy gay. —Fruncí el ceño.
—¿No puedes ser gay?
—Digamos que los Puros son como la extrema derecha de
los licántropos, no al aborto, no a la mezcla de razas y, por
supuesto, no a la homosexualidad.
—Vaya…
—Exacto, vaya… Ya ves que no eres la única que tiene
problemas en este mundo. Esta tarde tengo que reunirme con
él.
—¿Y se lo vas a contar? —pregunté.
—No. Volkov es mi «jefe», no mi padre. Ya me encargaré
de ser discreto y que esto no trascienda.
Su respuesta me pareció algo descorazonadora.
—¿Y los tatuajes? —Calix también tenía los brazos
cubiertos de tattoos.
—Basta con que vigile la ropa que me pongo.
Bastian se mantenía en silencio, al margen.
—¿A ti no te importa ser su secreto? —me dirigí a él, el
cual dio un respingo que casi provocó que tirara la estantería
que le quedaba al lado. Calix lo miró con atención.
—No, yo, eh, bueno, comprendo que, por ahora, es mejor
no decir nada, la cosa ya está demasiado liada como para que
Calix y yo salgamos del armario como pareja, distinto es aquí,
en familia.
—¡Venga ya! ¡Que no estamos en el siglo XVIII! Esto es
ridículo. ¡Que le den a Volkov y a sus prejuicios! Tienen que
respetar vuestras decisiones, no hay nada malo en que dos
personas se quieran. ¿Qué más da si son del mismo sexo?
—Para Volkov supone una amenaza —explicó Calix
solemne—, es un peligro para la raza. Él teme la extinción por
encima de todo. Y, por el momento, es imposible que dos entes
del mismo género tengan la capacidad de procrear, eso es igual
en humanos que en licántropos.
—Lo que debería mirar Volkov es lo que les hace a los
cachorros abandonándolos en plena montaña para que subsista
el más fuerte. ¡Eso sí que fomenta la extinción y no los gais!
Además, en un futuro podríais adoptar, u optar por la gestación
subrogada, que es legal en algunos países. No sé, hoy día hay
familias muy distintas. A eso le sumamos que solo tenéis
dieciséis años, es muy pronto para pensar en ser padres. —
Bastian me ofreció una sonrisa dulce.
—Para nosotros es normal hablar de camadas e hijos desde
pequeños. Nacemos con el instinto de procreación desde muy
jóvenes, en eso somos distintos a los humanos. Los licántropos
adoramos vivir en familia, cuanto más numerosa mejor. Ya te
irás acostumbrando.
La imagen de mi barriga hinchada no era plato de buen
gusto en este momento. Apreté los muslos, mi vejiga acababa
de recordarme que otro de los motivos que me había llevado al
baño era que tenía muchísimo pis.
—Chicos, os agradezco la charla mañanera, pero ¿os
importa que me quede sola? Necesito usar el váter y matar las
bacterias de mi lengua.
—Adelante, asesina en serie, si tienes problemas con ellas,
recuerda que soy un experto —bromeó Calix, guiñándome un
ojo. Tiró de Bastian para darme una demostración escueta de
beso con lengua que me dejó salivando, y después se fueron
para que pudiera quedarme a solas.
Cuando regresé a la habitación, Jared ya se había cambiado
de ropa, las luces estaban apagadas y una lámpara que
proyectaba lucecitas en el techo emulaba una noche estrellada.
Sonaba una canción de fondo que reconocí como
Amaranthine, de Amaranthe.
Recuerdo que cuando la oí por primera vez y la busqué, leí
que el título significaba eterno, que no se desvanece.
Dios, estaba tan guapo con el vaquero oscuro y una
camiseta negra de Tommy.
Extendió la mano en silencio y yo la tomé sin esperar que
su respuesta fuera tirar de mí con fuerza para enrollarme en
ella, a lo peli de baile, y balancearme contra su cuerpo duro.
—Le debía un baile a mi reina —susurró en mi oreja.
—¿Tu reina? —inquirí divertida.
—He recibido un wasap, al parecer, ayer nos perdimos
nuestra coronación. Fuimos escogidos rey y reina de la fiesta
de Halloween —musitó ronco con la mano libre posada en mi
tripa. Mi cuerpo se erizó como siempre ocurría en instantes de
cercanía—. Hoy vamos a tener nuestro baile.
—Mi atuendo no es el adecuado —me quejé—. Tú estás
guapísimo, en cambio, yo… —No había podido hacer mucho
con el desastre de mi melena.
—Tú estás, y eso es todo lo que necesito. —Permiso para
derretirme en 3, 2, 1.
La letra empezó y Jared solapó su voz a la de Amaranthe,
como si lo hubiera hecho toda la vida, la fusión fue épica. Si la
cantante lo escuchara, estaba segura de que le pediría que
participara en su disco.
Tiempo.
Es la razón por la que luchamos, para estar vivos.
Hasta que el mañana llegue.
Pasó la lengua por el lóbulo de mi oreja, dando un pequeño
mordisco, y los dedos de mis pies se encogieron contra el
suelo.
Es una lucha,
pero el brillo en tus ojos me hace saber
que tú y yo nos pertenecemos.
Me desenrolló para arrastrarme hasta su cuerpo y así
dejarme suspendida en su cuello mientras me cantaba
mirándome a los ojos.
Y tú puedes encender la oscuridad contigo misma.
Así que déjanos demostrar al mundo que nuestro amor es
fuerte.
Las manos de Jared acariciaron la parte baja de mi espalda
pegándome todavía más a su cuerpo flexible. Yo lancé un
gemidito del gusto que separó mis labios.
Como una señal.
Como un sueño.
Eres mi amaranthine.
Eres todo lo que necesito, créeme.
Y lo creí, y lo necesité, e impedí que siguiera cantando,
porque mi boca se volcó sobre la suya en la comodidad de un
beso que exigía la caricia de nuestras lenguas.
Cuando estábamos así de bien, el mundo me sobraba y solo
podía recrearme en él y en todo lo que provocaba en mí.
El beso, que había empezado dulce y lento, fue in
crescendo como las llamas de un incendio que lo devoran
todo. Las guitarras sonaban y nuestros cuerpos respondían,
hasta que Jared me obligó a descolgar las manos de su cuello,
con los labios húmedos. Besó los nudillos de mis manos y me
pidió que cerrara los ojos.
Por supuesto que lo hice y aguardé expectante hasta que
sentí algo frío que se colaba por mi escote.
—Ya puedes abrirlos.
Estaba delante del espejo del armario y, aunque la luz era
tenue, no me costó ver la maravilla que estaba sobre mi piel.
Se trataba del rostro de Jared diseñado en modo joya, un
dibujo lineal que formaba un precioso lobo gris hecho en plata.
La cadena era larga, por lo que descendía hasta llegar a una
parte muy concreta.
—Lo hice diseñar especialmente para ti por un artista local,
por eso tardó un poco más, es un colgante hecho a mano y
único en el mundo, como tú. Así siempre me llevarás en el
lugar que quiero estar, en cada latido de tu corazón —musitó
con la mirada brillante.
Me di la vuelta, di un salto para encajar mis piernas en su
cintura e hice de la boca de Jared mi lugar favorito sobre la
tierra.
Capítulo 64
Amarinthe

Nita Ferrer había vuelto a las andadas y, por extraño que


pudiera parecer, incluso me alegraba, porque eso quería decir
que Selene fue capaz de mandarla de vuelta a casa.
Para qué negarlo, después de un fin de semana tan intenso,
me sentía feliz.
Daba igual el tercer grado por parte de mi madre al que fui
sometida al llegar a casa cuando nos quedamos solas, o sus
idas de olla disparatadas sobre si los Loup merecían salir en
uno de sus libros y convertirse en musos de quinceañeras.
Por supuesto que le dije que descartara de inmediato la
idea, suficiente tenía con mi nueva realidad como para
aguantar a mi madre y el acoso de sus lectoras hacia mi chico.
No obstante, vi su cara maquiavélica y supe al minuto que,
por mucho que insistiera, ella haría con su idea lo que le diera
la real gana.
Lo cierto es que mis padres tuvieron un flechazo con los
Loup, cosa que no era de extrañar, pues, además de su belleza
que cortaba la respiración, eran amables, cultos y siempre
tenían tema de conversación.
Tasya se interesó por las novelas de mi madre, quien no
dejó de parlotear durante toda la comida hasta que la
licántropa le dijo que le recomendara uno de sus libros, que
iba a leérselo del tirón; no sabía lo que había hecho con esa
declaración. Y Jerome no tardó en hacer migas con mi padre al
darse cuenta de que ambos compartían afición por la música.
Incluso se lo llevó al estudio que tenían los chicos en el
garaje para tocar, donde había una sala anexa de
entretenimiento multimedia que contaba con futbolín, billar,
un amplio sofá y unas cuantas videoconsolas último modelo,
además de una pantalla gigante ideal para karaoke. Según
Tasya, era la guarida de los chicos.
Jerome Loup no sabía lo que hacía al plantarle a mi padre
un micro en la mano, acababa de desatar a la bestia que no
tendría suficiente hasta quedarse afónica perdida.
Se encerraron en la guarida sin decir ni Pamplona, mi
madre y Tasya se sirvieron un café en la biblioteca de la casa,
donde tendrían cuerda para rato, así que Moon, Jared y yo
decidimos ir a dar una vuelta por la montaña con mi hermano
Carlos, que estaba loco por hacer una excursión. Esos
licántropos tenían una mano especial con los críos, Carlos no
dejaba de hablar con ellos, entusiasmado, a la par que los
chicos le explicaban un montón de cosas sobre la fauna local,
el punto débil de mi hermanito.
Bastian y Calix se fueron juntos. Mi mejor amigo debía
reunirse con Volkov, por lo que puso la excusa de que Bastian
tenía que hacer un mandado y él lo iba a acompañar para que
no fuera solo.
Fue una tarde divertida, con besos robados detrás de los
árboles, momentos tiernos de Moon montando sobre sus
hombros a Carlos, para que avistara no sé qué lagarto en un
árbol, y risas compartidas por mis gritos cada vez que una
mariposa decidía atacarme.
Cuando regresamos del paseo, mi hermano les pidió a mis
padres que invitáramos a los Loup al completo a nuestra casa,
que se lo había pasado en grande. No vi mucha reticencia por
parte de mis progenitores, quienes agradecieron la amabilidad
de los anfitriones intercambiando teléfonos para quedar.
Calix y Bastian volvieron cuando estábamos a punto de
irnos. Ambos se veían de lo más serios, aunque intentaran
disimular. Quizá Volkov se había dado cuenta de que estaban
juntos y les lanzó algún que otro reproche. Me dije que cuando
estuviera a solas con el ágrypnoy se lo preguntaría.
Nos despedimos de los Loup, con el compromiso adquirido
de que la próxima comida sería en nuestra casa.
Mis padres se pasaron el viaje de vuelta hablando de lo
bien que les habían caído, Carlos estaba tan feliz que no se le
ocurrió otra cosa que decir que estaría bien que yo me echara
un novio de esa familia y que, a ser posible, fuera o Jared o
Moon, que sabían mucho de animales.
Yo estaba dando un sorbo a la botella de agua y por poco
me ahogo.
Mi madre me devolvió una sonrisa pícara a través del
espejo y mi padre carraspeó con fuerza.
—Tampoco es necesario que se eche novio, que es muy
joven y ya tendrá tiempo…
—No tiene tanto tiempo, hay una teoría que dice que si a
los dieciocho no lo tiene, se convertirá en la loca de los gatos,
lo cuentan en TikTok y está científicamente comprobado. Así
que o se echa novio ya o vivirá con vosotros para siempre,
como hacen el tito y la yaya. —Resoplé con fuerza, de verdad
que mi hermano era todo un regalito.
—No tienes ni idea de lo que dices, eres un cagón, te tragas
todo lo que ves. Además, el tito solo tiene treinta…
—Y no tiene novia, solo perros. Me parece que sus
semillas ya han caducado y me voy a quedar solo con un
primo. Igual es que los chicos solteros coleccionan perros y las
chicas, gatos —musitó pensativo mientras mi madre se reía
por lo bajo.
—Igual es que tú ves demasiado TikTok y deberías pasar
más tiempo estudiando, que te pasas el día enganchado a la
tablet, la consola o con los niños del parque. No me extraña
que la cabeza se te llene de ideas absurdas.
—Con lo bien que íbamos y ya empezamos… —se quejó
mi madre.
Carlos se lio a protestar, y hubiera entrado al trapo si no
fuera porque mi mejor amigo seguía mudo, con la vista puesta
en el exterior, y eso no era propio de él. Incluso mi madre lo
notó y mandó a callar a mi hermano.
—Calix, ¿te encuentras bien? ¿Te estás mareando por las
curvas? —Él giró la cabeza ofreciéndole una sonrisa taimada.
—No, no es eso. Me parece que algo me ha sentado mal,
me duele un poco el estómago.
—Pues en cuanto lleguemos a casa, te preparo una infusión
y a la cama. Dormir es lo que pide el cuerpo cuando uno no se
siente bien, verás cómo mañana te levantas como nuevo.
Carlos se removió un poco en el asiento central y apoyó la
cabeza contra el brazo de Calix para acurrucarse y posar sus
dedos sobre el abdomen masculino.
—Yo te curo. Cuando a mí me duele la tripa, mamá me
cura poniéndome su mano.
Mi amigo no dijo nada, le ofreció una sonrisa más a mi
hermano y volvió a dirigir la mirada a las montañas. Mi madre
sintonizó la radio y Carlos no tardó ni tres microsegundos en
quedarse frito. Habíamos caminado mucho y estaba exhausto.
Al llegar a casa, mi padre ni se molestó en despertar a mi
hermano, cargó con él y lo metió en la cama. Mi madre obligó
a Calix a irse a su habitación, y yo me ofrecí a subirle la
infusión cuando estuviera lista.
Era extraño verlo así, cuando su espíritu risueño solía
envolverlo todo.
En diez minutos estaba arriba, con la taza humeante
cubierta por un platito. Él estaba tumbado en la cama, con las
manos detrás de la nuca y el torso descubierto. Solo llevaba el
pantalón del pijama. Los licántropos rara vez usaban parte
superior para dormir. Jared me contó que se debía a que su
temperatura corporal era superior a la nuestra y que incluso en
invierno tenían calor. ¡Lo que debían ahorrar esa gente en
calefacción!
—Hey, ¿quieres que hablemos? —Dejé la bebida sobre la
mesilla.
—No puedo —murmuró sin mirarme. Tenía la vista puesta
sobre un cuadro que enmarcaba una foto de Carlos y mía de
pequeños.
—Pero ¿estás así porque Volkov te ha dicho algo de
Bastian? Porque si se trata de eso, dile de mi parte que es un
retrógrado y que ya es hora de que cambie de mentalidad.
Un suspiro pesaroso escapó de su boca y torció el cuello
para mirarme.
—No insistas, no pienso hacer lo que me ha pedido, ya
veré cómo me las ingenio.
—Sabes que puedes contar conmigo, y con los Loup,
seguro que ellos querrían ayudarte si supieran lo que ocurre.
—Su mirada estaba suspendida en la mía, en esos silencios en
los que a veces nos sumíamos.
—Dime una cosa, ¿cómo es?
—¿El qué?
—Tener una familia que te quiere, que lo único que espera
de ti es que seas feliz. ¿Cómo es? —Su pregunta me quemó,
nadie merecía hacer una pregunta como esa.
—Calix… —suspiré, colocándome a su lado para
abrazarme a él. No se movió como cuando Carlos cubrió su
tripa con la mano.
—A veces lo pienso, sobre todo, desde que vivo aquí, antes
de ver vuestra convivencia me lo planteaba bastante menos. Te
envidio mucho, ¿sabes? No tienes ni idea del valor de crecer
rodeado de personas que lo único que buscan alimentar es tu
felicidad, en lugar del odio.
—Cuéntame lo que te atormenta, puedo hacerte más ligera
la carga —insistí.
—Ya te he dicho que no. Ahora es mejor que te vayas y me
dejes solo, necesito pensar y tú cenar.
—¿Te subo algo para comer? —Él negó.
—Con la infusión está bien. Anda, ve. —No quise volver a
incidir en lo mismo, besé su mejilla y me levanté de la cama
para dejarlo a solas con sus pensamientos.
Capítulo 65
Confabulaciones
Selene

Aprieto los puños mientras me someto a su escrutinio.


Su imagen siempre me resultó imponente, es una de esas
personas que inspiran respeto y temor nada más verla. Que
sabes que podría alzarte y quebrar tu cuello como si de una
ramita seca se tratara.
Pasea arriba y abajo, con las manos detrás de la espalda, y
en ningún momento mira al suelo. ¿Para qué? Siempre ha
estado por encima de todo y de todos.
—Vuelve a contarme el motivo que te hizo liberarla sin
completar la migración.
Por dentro estaba temblando, por fuera tenía la esperanza
de que se me viera tan fría como siempre.
—Hubiéramos levantado demasiadas sospechas. Nita
Ferrer no tiene alma de asesina, no podíamos darle un fusil
semiautomático AR-15, como hizo Nikolas Cruz en Parkland.
Su familia no ha visto un arma en su vida, son pacifistas,
hubiera sido demasiado irreal. Tenía que actuar según mi
rango y lo hice tomando la decisión que correspondía.
—¿Borrarle la memoria e implantarle un recuerdo ficticio?
—Era lo más seguro. Escuchó nuestra conversación
telefónica, me atacó cuando pensaba que estaba dormida.
—Y no la mataste… —dijo con desprecio.
—Es mejor no acumular cadáveres, además, así me servía
de cortina de humo con Jared.
—¿Y cuál es tu propuesta? —preguntó, acariciándose la
barbilla.
—Anglada. Tuvo un altercado con Loup y la Única, su
padre es cazador, tienen una finca y de todos es sabido que,
cuando bebe, se le suele ir la mano con su hijo. Sería muy fácil
colonizar su cuerpo y que sufriera un ataque de ira después de
recibir una paliza que hiciera que lo pagara con sus
compañeros. Tiene acceso a las armas, por lo que nadie
sospecharía. Si entra en el instituto, Jared, Calix y Bastian irán
a por él, así nos será más fácil que ella se quede sola.
—Hum —chasqueó la lengua—. No está mal pensado.
Aunque hubiera querido extraerle parte de la médula antes que
el ágrypnoy nos arrebatara a la Única.
—A veces, las cosas no salen como uno espera.
Su mirada desafiante no me advirtió su siguiente
movimiento. En una exhalación, me levantó por el cuello
convirtiéndome en esa ramita seca que tanto temía.
—Eso era en tu exmundo —masticó entre dientes—. Aquí
todo sale como yo espero, o si no…
Su aliento se mezclaba con el mío, los latidos de mi
corazón se hacían más lentos rebajados por la falta de oxígeno.
Los pulgares se hundían en mi yugular como mantequilla
fundida, un poco más, solo un poco más, y…
Me soltó para dejarme caer al suelo. Los pocos reflejos que
me quedaban hicieron que solo me golpeara un poco la rodilla.
Sostuve la garganta que estaba teniendo espasmos
incontrolables al querer llenar de aire mis pulmones secos.
Su mano buscó mi barbilla para alzarla y que sus pupilas
dilatadas bebieran de las mías.
—Prepáralo todo y trae a Anglada, un error más y no
volverás a ver la luz.
—No lo habrá —respondí con un hilo de voz mientras se
alejaba.
Capítulo 66
¿Qué le ocurre a Nita?

Grité el nombre de Nita al salir al pasillo.


Ella se dio la vuelta y me sonrió. Estaba hablando con su
chica cuando las interrumpí. No sabía si le contó a Rache lo
que había vivido al otro lado de La Raya, así que tenía que ser
discreta.
—Hola, Elle, ¿vienes a hablar conmigo por mi último
artículo? ¿Te ha gustado o estás molesta? —Era la excusa
perfecta, acababa de ofrecérmela en bandeja.
—Em, sí, solo que me gustaría que lo hiciéramos a solas.
No te importa, ¿verdad, Rache? —Nita alzó las cejas y se
agarró a la cintura de la otaku.
—Puedes decir lo que quieras delante de mi chica, ella y yo
no tenemos secretos —me retó. ¿Quería decir con eso que se
lo había contado todo? Dudé.
—Podría hacerlo si fuera a quedarme, es solo que ahora
tengo que ir a Lenguaje y Práctica Musical, así que te la dejo
toda para ti. —Rache besó los labios de Nita y se marchó al
aula donde impartían la optativa a la que Jared también estaba
inscrito.
—Tú dirás… —entonó con las manos en las caderas. Por la
expresión de su cara, estaba esperando mi rapapolvo.
—No vengo a atacarte, así que ya puedes ir bajando el
escudo. Solo quiero que hablemos sobre lo que ocurrió el
viernes. —Ella dejó ir un soplido de hartura, como cuando
estás cansado de repetirle a alguien lo mismo en reiteradas
ocasiones.
—A ver, Elle, no podemos estar así con cada artículo que
saque. Ya sabes que a los lectores les gusta el salseo y las
incógnitas, y yo voy a por una beca de periodismo en una de
las universidades más prestigiosas y exclusivas de Reino
Unido, necesito tener muy trabajado ese aspecto en mi
currículum y que vean que mi blog tiene potencial. Entre tú y
yo, pasa de lo que diga y vive tu vida, a mí me da igual si te
lías con Calix, Jared, los dos o toda su familia. Aunque me
podrías contar para saciar mi curiosidad innata si te enrollaste
con ambos, te prometo que de aquí no saldrá, ni lo usaré en un
artículo —incidió curiosa.
—No venía a hablarte del artículo, era una excusa para
comentar contigo lo que pasó con nosotras.
—¿Nosotras? ¿Tú y yo? —Asentí—. No fastidies que nos
liamos y no lo recuerdo… ¡Maldito golpe en la cabeza!
Recuerdo que estabas enfadada, que te sugerí que fuéramos a
pasear y que pisé mal, me resbalé y caí. Tengo una laguna
sobre esa parte. Lo siguiente que recuerdo es que Selene me
ayudó a volver a la fiesta. Pregunté por ti y me dijo que te
habías ido con Jared y Calix, que no me preocupara… ¿Nos
enrollamos?
—No, entre tú y yo no ha habido nada de eso.
—Menos mal, Rache habría puesto el grito en el cielo.
Estamos hablando de enfocar nuestra relación de un modo
distinto y la base es la confianza, me fastidiaría haber metido
la pata… Por cierto, vi la foto que subiste a tus stories el
sábado, donde ponías finde en Sierra Nevada, solo me hizo
falta una llamada para corroborar mis sospechas de que habías
dormido en casa de los Loup y que Calix se sumó a la fiesta.
No contestes si no quieres, pero… ¿tenéis una relación a tres?
—Estaba tan concentrada y sorprendida de que Nita no
comentara nada de la clínica al otro lado, o de su ataque a
Selene, que ni siquiera vi a la profe llegar—. ¡Elle! —insistió
Nita—. Dime algo.
—Es mi vida personal —murmuré, dándole vueltas al
asunto.
—Intuía que me ibas a responder algo así, aunque por
cómo te comía la boca esta mañana el cantante de El Último
Aullido, y el colgante que llevas en el cuello que representa su
animal favorito, diría que te ha marcado como «Propiedad de
Jared Loup» —señaló el lobo que descansaba sobre mi pecho
—, tengo suficiente para sacar mis propias conclusiones.
—¡Señoritas! O entran ya o les pondré una falta
injustificada —advirtió la profesora desde la puerta.
—Ya vamos, disculpe —musité, precipitándome hacia el
aula. No iba a añadir nada al relato de Nita, ¿y si metía la pata
por hablar de más? Era mejor dejar que terminara la clase y
contarle a mi chico lo que había ocurrido en el pasillo.
Era la última clase del día, por lo que cuando Jared regresó,
tuvimos que escaquearnos para vernos a solas con Calix y
Bastian, le pedí a Claudia que me esperara abajo con las
chicas, que enseguida íbamos.
Nos quedamos los cuatro en un rincón. Los chicos
escucharon atentamente mi versión de los hechos y, al
finalizar, comenzaron las elucubraciones. O Nita nos mentía
por algún motivo que no comprendíamos o al otro lado
estaban jugando con la química y eran capaces de implantar
recuerdos ficticios. ¡Madre mía, mi vida se había convertido
en una serie de fantasía y ciencia ficción!
Jared comentó que, en cuanto llegara a casa, él y Bastian lo
hablarían con Tasya y Jerome, quizá ellos pudieran encontrar
un sentido a lo ocurrido.
Calix todavía no había remontado del todo, por lo que me
abstuve de sugerir que lo hablara con la Cúpula, ya que él
tenía contacto directo, e igual lo ponía en un aprieto respecto a
Volkov.
Abril se asomó por el hueco de la escalera para llamarnos y
advertirnos que o salíamos ya o ellas se iban.
Los cuatro bajamos, Jared y yo aferrados de la mano y
Bastian y Calix más alejados que nunca. Ese par me tenían
muy preocupada. Miré de reojo a Jared y le hice un gesto. Él
se encogió de hombros y moví los labios preguntándole si
sabía algo. Él negó.
—¿Podéis dejar de cuchichear como un par de viejas? —Se
giró Calix—. Se os ve por el reflejo del cristal. Son cosas
nuestras y de nadie más, ¿entendido? —Me callé de golpe y
enrojecí por la pillada.
—Pues no estaría de más que las solucionarais, vuestro mal
rollo tensa el ambiente de todos. Hablad.
—Tú no eres mi líder —se enfrentó Calix.
—El tuyo no, pero el suyo sí, así que solucionadlo.
No dijeron nada más, sobre todo, porque habíamos llegado
a la base de las escaleras y tocaba regresar a casa.
*****

—Os digo que son todos guapísimos. ¿Verdad que sí, Elle?
Mi madre estaba en una videollamada con sus lectoras
cero: Nani, de Huelva; Esme, de Jerez, digo Jaén, y Vane, de
Málaga.
Los tres rostros sonrientes estaban puestos en mí al verme
pasar por detrás de la silla que ocupaba mi madre. Me quité los
cascos inalámbricos para saludarlas.
—¡Hola, chicas!
—¡Hay que ver lo grande que se ha puesto tu niña! —
exclamó Nani con una sonrisa apreciativa. Yo le ofrecí otra de
vuelta.
—Tengo muchas ganas de volver a Huelva, a ver si mi
madre busca una semana y vamos de vacaciones…
—Eso, convéncela para que os traiga.
—Les hablaba a las chicas sobre tus nuevos amigos, los
Loup, en serio que esa familia da para un libro, son
guapísimos e inspiradores… —Ya estábamos…
—Y con ese apellido… Lobo. —Nani se mordió el labio—.
Ya sabes las ganas que tengo de un libro tuyo de fantasía,
donde salgan vampiros, lobos o lo que sea…
—A mí, bichos, no, ¡eh! —exclamó Esme, a quien no le
apasionaba el género—. Yo quiero un libro bonito, de amó,
con un epílogo bien largo y emotivo.
—Pues a mí sí me gusta la fantasía, ya sabéis que yo leo de
todo. —Esa era Vane. La conocí en un café literario que
organizó con su tía en Benalmádena, al cual asistimos con mi
padre y mi hermano, pillamos el día más caluroso y
bochornoso del año, por cierto.
—Mi madre siempre está igual. Ve historias en todas
partes… Hasta en mis amigos.
—¿Y a ti no te gustaría que escribiera un libro y te pusiera
de protagonista en mitad de todos esos lobos guapos? —
insistió Nani—. Si yo tuviera tu edad y una madre escritora,
pediría que me los pusiera a todos delante para comerme a
toda la manada.
—¡Nani! —exclamó con tono de advertencia mi madre.
—¡¿Qué?! La chiquilla ya es mayorcita… Mira esa
cantante que decía: «Yo lo que quiero es que me coma el tigre,
me coma el tigre…» —canturreó—. Pues ahora paridad, que
sea Elle quien se meriende a los lobos.
—Dejad a la chiquilla ya —insistió Esme—. A ver, Elle,
cuéntanos, ¿tan extasiantes son esos chicos para que tu madre
quiera hacerles un libro?
—¡Es que no los habéis visto! Enséñales una foto de tu
móvil, anda, la que nos hicimos todos juntos el sábado, que no
me creen. —Mi madre tiró de la manga de mi sudadera, yo
resoplé, porque sabía que si no lo hacía, iba a insistir hasta que
ya no pudiera más, y había quedado.
Me metí en la galería y accedí a la foto que me estaba
pidiendo para acercarla a la cámara y que todas vieran a los
Loup.
—¡Josú, chiquilla! —exclamó Esme—. Si está bueno hasta
el perro. —Vane emitió una risita.
—No tienen perro —dije extrañada y preocupada al mismo
tiempo. Que yo supiera, ninguno salía medio convertido en la
foto. Miré la imagen. Nada, había sido una broma.
—Por eso lo digo. Madre mía, ahora entiendo la insistencia
de «la Gate». Viendo las imágenes, hasta yo me siento una
asaltacunas. ¡Madre del amor hermoso!
—¿Y a ti cuál te gusta? —preguntó Vane con los ojos
abiertos como platos.
Mi madre lucía una sonrisita ladeada, mira que le
encantaba ponerme en situaciones incómodas.
—Tú di que todos, que hoy día no hay por qué elegir —
apostilló Nani—. Con una manada así, yo me hacía loba
mayor, que está buena hasta la madre.
—¡Nani! —exclamó mi progenitora muerta de la risa. Las
cuatro se echaron a reír. Menudas eran.
—Me marcho, que he quedado con las chicas. Pasadlo
bien… —Les tiré un beso sin dar respuesta. Ellas me
correspondieron con un «pásalo bien».
Fui hasta el mueblecito de la entrada para coger las llaves y
el bolso. Mis veciamigas me esperaban sentadas en un banco
del parque. Cálix había salido a correr y mi hermano estaba
jugando en la pista.
—A mí me da que le gusta el moreno de ojos azules, dicen
que las niñas buscan en sus parejas el reflejo de sus padres. Se
llama Jared… Tendríais que ver lo guapo que es y cómo la
miraba. Es el cantante de una banda de rock, no digáis que no
da juego…
Me mordí la sonrisa y las ganas de poner los ojos en
blanco. Si es que mi madre parecía bruja.
—Ese chiquillo se parece a tu marido en cómo toca la
guitarra —murmuró Esme.
—Mi marido no toca la guitarra.
—Pues por eso.
—Pfff, que vosotras no lo conocisteis con veinticuatro
años, tenía unos abdominales para lavar ropa, parecía tallado
en piedra, como Jared.
—Piedras es lo que vamos a tirarte como sigas dándole
vueltas a este libro sin tener terminado el otro. ¿Esta
videollamada no era para hablar del final del de los Miller?
¡Que nos lías! ¡Haz el favor de centrarte, Jefa! —le reprochó
Vane—. ¡¿Qué va a pasar con Alba y el Rubiales?!
—No tenéis ni idea de la que les tengo preparada,
escuchad.
Mi madre y sus Chicas Gate, como las llamaba, no tenían
remedio, abrí la puerta y las dejé con su particular tertulia
literaria.
Capítulo 67
Asalto

El timbre sonó con fuerza anunciando que daba comienzo


el examen de mates.
Una sorpresa que nos dio el profe de hoy para hoy, a ver si
estábamos atentos en clase.
Se puso a repartir las hojas mientras yo murmuraba con
Jared, que permanecía con una sonrisa en la boca desde que le
conté la conversación con mi madre y sus lectoras, escasos
minutos antes de que el profe entrara en el aula.
—Pues qué quieres que te diga, a mí me hace gracia. Se
nota que tiene buen gusto para los hombres —sonrió.
Estaba sentada sobre la mesa de mi pupitre, por lo que se
hizo hueco entre mis piernas, acarició mi cintura y borró el
gesto arrugado de mi boca con la suya. Lo aparté para seguir
con la conversación.
—¿En serio que quieres salir en un libro de mi madre? Tú
no sabes lo que dices…
—Lo que quiero es salir abiertamente con su hija y que le
digas de una vez que tiene razón, que en mi familia somos
muy guapos, pero que tú te has quedado con el mejor. —
Volvió a hundir su lengua en mi boca, aprovechando que iba a
replicarle. Sin embargo, la respuesta murió antes de ser
pronunciada, pues sus mordibles labios no me dejaron dar
réplica.
—Qué bonito es el amor —suspiró Claudia a nuestras
espaldas. El profe entró cerrando la puerta de golpe. Jared se
apartó de mí perezoso y yo di un salto con presteza para
ocupar mi asiento.
—Quiero a todo el mundo en su sitio, mochilas debajo de
la mesa, bolígrafo azul encima y nada de lápices, gomas o
calculadoras. Hoy toca examen sorpresa para comprobar si
están entendiendo bien los conceptos que estoy dando en
clase.
Llevaba muy bien la asignatura, lo que no quitaba que me
pusiera nerviosa ante una prueba que no había sido anunciada.
¿A quién no le ponía el vello de punta un examen sorpresa?
Miré de reojo a Jared y obtuve la respuesta, a mi novio.
En lugar de estar moviendo el pie con histerismo, estaba
mirándome en plan: «Soy capaz de resolver cualquier
ecuación. Tú eres mi única incógnita, ¿me ayudas?».
Cómo adoraba esas miradas que me hacían desear más y
más de él. ¿Y qué me dices del tacto de su boca en la mía? El
término «estar pillada» cada vez cobraba más sentido en mi
vocabulario.
—Te quiero —susurró, haciéndome enrojecer. El muy
canalla sabía cómo sacarme los colores y hacerme reír también
—. Aunque a tu madre también la quiero por elegirme por
encima de los demás, si algún día me lo permites, me voy con
ella y dejo que me haga su muso para hacer una serie entera
conmigo. —No podía ser más tonto y más guapo. Sería
cabrito.
—Si te largaras con ella, mi padre te cortaría las pelotas, y
yo también, porque no pienso dejar de quererte. —Eso hizo
que su mirada se cargara de promesas y emitiera una risita
ronca de las que tanto me gustaban.
El profe pasó por mi lado para darme la hoja.
—Silencio, Silva. Dejen sus declaraciones de amor para la
clase de Literatura. Si oigo un solo murmullo, aunque sea de
amor, les quito la hoja a usted y a Loup y los suspendo del
tirón, sería una pena con la media tan buena que llevan.
—Sí, profesor.
No dije nada más, planté mi mirada sobre el papel y
aparqué mis necesidades amorosas hasta que volviera a sonar
la campana.
Cuando el profesor terminó de repartir los exámenes, dio la
orden de dar la vuelta a las hojas.
No llevábamos ni cinco minutos cuando la puerta se abrió
de golpe y se oyó un estruendo de fondo. ¿Eso era un petardo?
Ni siquiera tuve tiempo de mirar, Jared ya se había
abalanzado sobre mí para cubrirme con su cuerpo. Pero ¿qué
demonios…?
—¡Deprisa! ¡Salid todos! Anglada se ha vuelto loco y ha
entrado al instituto con un…
Pum. La explosión interrumpió el aviso de Nacho, de la
clase de al lado, que era un alumno de los que siempre llegaba
tarde. El chico miró hacia atrás y salió corriendo antes de
decir…
—¿Ha dicho rifle? —pregunté, mirando a Jared, que estaba
en tensión y me obligaba a meterme bajo la mesa.
Todos se pusieron a chillar histéricos, algunos salieron en
pos de Nacho, dejando atrás mochilas y exámenes. Otros,
como nosotros, se apiñaron bajo las mesas.
—¡Dios! ¡¿Qué hacemos?! —insistí nerviosa. A mi chico
le brillaban los ojos contemplando la puerta y su gruñido
interior me mantenía en alerta.
Buscó mis ojos con los suyos y aferró mi nuca entre sus
manos.
—No te muevas, ¿me oyes? Pase lo que pase, quédate aquí.
Mantendré este aula protegida. Huele a migrante que apesta,
tengo que ir a detenerlo antes de que se cobre alguna vida, si
es que no lo ha hecho ya. Ese chico era carne de cañón, lo
supe desde el día en que lo vi en el aula de castigo.
—¡No puedes irte! ¿Y si te dispara? —lo interrogué con
temor.
—Soy un guardián, Elle. Me debo a la humanidad, igual
que un policía, un bombero o un militar. Estoy entrenado para
esto. —Besó mi frente—. Recuerda que hace falta mucho más
que una bala, aunque sea de plata, para detenerme —bromeó.
—Ahora no estoy para tonterías, Jared, esto es serio.
—¿Y crees que no lo sé? Bastian y Calix también deben
haberlo olido, seguro que ya han ido a su encuentro.
—¡Pues quédate tú conmigo!
—¡No puedo! Soy el líder, tendría que haber acudido el
primero, así que déjame hacer lo que mejor se me da. Anglada
no tiene nada que hacer, será rápido, te lo prometo. —Esta vez
besó mis labios.
—Tengo miedo, Jared, por ti, por ellos, por nosotros.
—Lo sé, pero necesito que confíes en mí y obedezcas, solo
quédate aquí, ¿vale? —Asentí.
—Ten cuidado, por favor —le rogué dejándolo ir.
Salió corriendo como una exhalación. Claudia reptó hasta
colocarse debajo de mi mesa para abrazarse a mí.
—¿Adónde va Jared?
—A buscar ayuda —mentí. No podía soportar la idea de
que le pasara algo, no soportaría que le hicieran daño.
El profesor se puso en pie y anunció en voz alta.
—Escúchenme todos, esta es una situación de emergencia,
por lo que vamos a actuar igual que si fuera un plan de
evacuación de incendios y vamos a salir —gritó por encima de
los llantos de algunos alumnos—. Tenemos que alcanzar la
salida de emergencia que está al final del pasillo, así que
salgan en fila de a uno y corran hasta llegar a ella.
—Yo no voy, me quedo aquí —susurré cuando Claudia se
puso en pie.
—¿Estás loca? No puedes hacer eso, Anglada te matará.
—Yo me quedo, ve —insistí.
—Salga, señorita Silva. —El profesor vino hasta mi mesa
al ver que no salía y que Claudia lo miraba con preocupación
—. Yo estoy al mando y aquí no va a quedarse nadie.
—No puedo, profesor.
—Por supuesto que puede, o sale por su propio pie o la
cargo encima de mi hombro. —Me mordí el labio y dudé. No
quería desobedecer a Jared. Tampoco al profesor—. Silva —
volvió a insistir.
—Está bien, ya voy.
Salí de debajo de la mesa, y cuando alcanzamos el pasillo,
aquello era el caos.
Capítulo 68
Escondite

Todos corrían y chillaban como locos. La salida de


emergencia estaba taponada, algunos chicos habían caído al
suelo y otros les pasaban por encima sin mirar qué era lo que
estaban pisoteando.
La escena era dantesca, la ley del más fuerte en estado
puro. Si nosotros reaccionábamos así, que se suponía que
éramos los buenos, ¿qué harían los del otro lado?
A dos metros había una niña que era tan menuda que solo
logró hacerse un ovillo y cubrirse la cabeza, mientras los
demás no tenían miramientos y la utilizaban de alfombra.
Ni siquiera lo pensé y puse rumbo hacia la cría.
—¡Elle, ¿qué haces?! —gritó Claudia, tironeando de mi
brazo.
—No puedo dejarla así, tengo que ayudarla, ve tú, ahora te
alcanzo. —Mi amiga estaba aterrada.
—¿Cómo voy a irme sin ti? —preguntó nerviosa con la
mirada puesta en la puerta.
—Pues caminando y poniéndote a salvo. Venga, Clau, que
yo estoy ahí en un minuto. —La vi dudar, aunque finalmente
me hizo caso y yo pude ir a socorrer a la niña.
Los profesores intentaban poner orden en aquel caos. Era
imposible. El miedo impedía que los chicos y chicas
razonaran, obedecieran o reaccionaran preocupándose de los
demás en lugar de en ellos mismos.
Me puse de cuclillas en el suelo bajo la marea de cuerpos
exacerbados. La pequeña estaba llorando.
—Eh, ¿estás bien? —le pregunté, ejerciendo de escudo
protector, con mi propio cuerpo, para que no la pisaran más.
—No puedo moverme, me duele muchísimo el tobillo y las
costillas. Me han pasado varios por encima y eran muy
grandes.
—Deja que te ayude. —Extendí las manos para que pudiera
incorporarse. Ella las cogió e intenté que se incorporara.
—¡Ay! —chilló, cayendo de nuevo al suelo—. No, no
puedo, sálvate tú, en serio, no puedo moverme… —se quejó.
Tenía que pensar otra manera para levantarla.
—Probemos otra cosa. Pasa tu brazo sobre mis hombros y
apoya el peso en el pie bueno, haré palanca para que te duela
menos y puedas servirte de mi cuerpo para moverte.
Las lágrimas corrían por sus mejillas. No debía tener más
de doce años. Pensé en mi hermano, el cual podría ser esa niña
llorosa y malherida en mitad de un pasillo desalmado.
—Venga, probemos —insistí.
Costó un par de intentos, aunque al final conseguimos que
se pusiera en pie, la insté a avanzar, el único problema era que
tenía que hacerlo a pata coja, y cada vez que saltaba, gritaba
como una loca y desfallecía porque las costillas le dolían
demasiado.
Miré a un lado y a otro para evaluar cuál era la mejor
opción.
Cinco pasos nos separaban del laboratorio de Química, casi
todos los alumnos habían salido por la puerta de emergencia o
se habían escondido en algún lugar del instituto. Lo único que
se me ocurría era escondernos en el aula hasta que hubiera
pasado el peligro. En su estado, era inviable llegar al fondo del
pasillo, además, los Loup acabarían con Anglada, así que el fin
estaba cerca.
—Entraremos ahí, hay unos armarios donde ocultarnos,
nadie reparará en que estamos dentro escondidas, pensarán que
hemos salido con todos, ya verás que no pasará nada.
—Tengo mucho miedo. —La pobre estaba temblando.
Me recordaba a Pitufina, el personaje de dibujos animados.
Era menuda, rubia y de voz aguda.
—¿Cómo te llamas?
—Noe —musitó.
—Yo soy Elle, tranquila, no voy a dejarte sola, estamos en
esto juntas.
—Me han empujado cuando subía por la escalera y he
escuchado un crac en el tobillo. Intenté arrastrarme hacia la
pared para ponerme en pie, pero entonces comenzó la
estampida que me hizo volar las gafas, no veo bien sin ellas.
—Ya las encontraremos más tarde, ahora lo importante es
que nos pongamos a cubierto, avanzaremos despacio, ¿vale?
—Ella asintió. Su labio inferior se agitaba como una hoja.
—Gracias, eres la única que me ha ayudado.
—No pasa nada. Venga, vamos a por el primer paso, coge
aire.
Cada vez que daba uno, nos deteníamos para que se
repusiera. Un grito ahogado brotaba de la pequeña garganta
contrayéndola de dolor.
Ella sufría y yo también. Estaba sudando.
—Ya falta poco, la animé.
—No me veo capaz de seguir, duele demasiado —confesó
maltrecha.
—Pero si la puerta ya está ahí, mira. —Dos simples pasos,
si estiraba el brazo, incluso podía abrir la puerta.
Un nuevo disparo hizo que ambas nos encogiéramos y que
yo actuara alargándome hacia la maneta. Abrí la puerta, sí o sí
teníamos que resguardarnos.
—¿Jared? —pregunté mentalmente, no obtuve respuesta.
Puede que estuviera luchando y yo lo distrajera con mi
llamada mental. O que fallara la conexión, igual si había
mucha distancia y paredes de por medio, no funcionaba…
Se escucharon pasos metálicos que me hicieron mirar atrás,
alguien subía por la escalera. No teníamos tiempo y no podía
arriesgarme a que no fuera uno de los nuestros.
Le hice un gesto de silencio a Noe.
—Voy a cogerte en brazos, creo que pesas menos que mi
hermano, intenta aguantar el dolor cuando lo haga,
necesitamos entrar ahí rápido y sin hacer ruido.
—No gritaré. Por mucho que me duela —dijo con
convicción.
—Vale. A la de una, dos y tres.
La cargué como si se tratara de una novia, ella mordió su
labio con fuerza para cumplir con el voto de silencio y yo la
interné como pude en el laboratorio. Dejé la puerta abierta,
pensé que si un migrante la veía así, creería que todos estaban
fuera.
Al fondo de la clase, había un mueble bajo donde Noe
cabría perfectamente, allí solía almacenarse material
desechable. Aunque pesara poco, yo estaba sin resuello por los
nervios.
La ayudé a meterse apartando los utensilios a un lado, por
suerte, no estaba muy lleno.
—No te muevas ni salgas bajo ningún concepto. Yo voy al
armario de las batas que está allí. Mantente callada.
—Gracias —murmuró, volviéndose de nuevo un ovillo.
Dejé la corredera ajustada casi hasta el final, con una pequeña
abertura para que pudiera respirar.
Corrí hasta mi escondite y conseguí internarme en él antes
de que los pasos que escuché hicieran que me sujetara la boca
con ambas manos.
Capítulo 69
La huida

La puerta del armario se abrió abruptamente, fui a lanzar


un grito, pero la imagen de Jared haciendo el gesto de silencio
me lo impidió.
—¡Eres tú! —exclamé bajito—. Te llamé
telepáticamente…
—No podía contestarte, estaba enzarzado en una lucha
cuerpo a cuerpo.
—Uf, se nota, hueles como ellos. —Jared me sonrió.
—Nada que no pueda solventar una ducha… Tenemos que
salir de aquí… —Me tendió la mano para que se la cogiera,
estaba muy caliente.
—Estás ardiendo.
—Es por la pelea, no tenemos tiempo para esto, no quiero
que nos atrapen.
—¿Nos? ¿Anglada no venía solo?
—No, él era la herramienta para entrar y despistar, hay más
—respondió escueto. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—¿Y Calix y Bastian?
—Están bien, no te preocupes, ahora lo importante es que
te saque a ti.
—Hay una niña de doce años allí dentro, tenemos que
llevarla con nosotros, está herida.
—Imposible, la prioridad eres tú.
—Pero…
—¿Es que no lo entiendes? Tú eres el objetivo, no ella, eres
la Única y lo que buscan.
—¡No podemos dejarla sola!
—¿Quieres que vengan hasta aquí y la maten atraídos por
tu aroma? —Apreté los dientes, por supuesto que no quería
eso.
—Vale, pero déjame que por lo menos le diga que
pediremos ayuda y que no se mueva.
—Hazlo rápido.
Fui hasta Noe e intenté tranquilizarla, le dije que iba a ir
con Jared a por alguien que la pudiera trasladar. Me rogó que
no la dejara, que la llevara con nosotros, que no se quejaría y a
mí se me rompió el alma cuando me tuve que negar, era
peligroso, Jared me había dicho que era mucho más seguro
que se quedara y yo lo creía.
—En serio que no te ocurrirá nada, de verdad, confía en mí,
si no fueras a estar bien, no me marcharía, te lo juro.
Casi me eché a llorar al oír su sollozo apagado.
—¿Me lo prometes? —musitó hipando.
—Sí, de verdad —respondí segura de que en cuanto
pusiéramos un pie en la calle, lo primero que haría sería que
alguien subiera a por ella. Noe asintió, volvió a convertirse en
una bolita, y cerré de nuevo la puerta.
Cuando fui hasta mi novio, lo hice con lágrimas
contenidas. Volví a preguntarle si era imprescindible dejarla
ahí sola.
Él me explicó que la situación se encontraba
extremadamente peligrosa y apenas había tiempo como para ir
cargando a una herida, mientras los migrantes se guiaban por
mi aroma. Si nos alejábamos lo suficiente, garantizaríamos la
seguridad de Noe.
Miré de reojo hacia el mueble en el que se agazapaba la
niña. Seguro que Jared tenía razón, él estaba mucho más
acostumbrado que yo a situaciones extremas.
Acepté acompañarlo sin poner más obstáculos y salimos al
pasillo.
En lugar de ir hacia la puerta de emergencia, como yo
creía, se desvió hacia una metálica que nos estaba vetada a los
alumnos, solo la usaba el personal de mantenimiento y te
llevaba por las tripas del edificio hasta el cuarto de calderas.
—¿Adónde vamos? —pregunté nerviosa.
—Hay otra salida al exterior por el cuarto de calderas.
—Le prometí a Noe que llamaríamos a alguien para que
fuera a buscarla.
—Y lo haremos, en cuanto estemos fuera. La escalera de
emergencia no es segura, puede haber migrantes poseyendo
cuerpos de profesores. —Abrí los ojos horrorizada.
—¿En serio?
—Nunca se sabe. Confía en mí, necesito que lo hagas.
Ahora más que nunca.
Tenía que dejar de dudar y hacer preguntas. ¡Era Jared! ¡Mi
chico! ¡El líder de la manada y guardián de La Raya! ¡Quería
lo mejor para mí y el resto de la humanidad! Entrecrucé los
dedos de mi mano con los suyos y dejé que me llevara donde
quisiera.
Bajamos muy deprisa, no parecía haber migrantes en
aquella zona. Nuestros pies volaban sobre las escaleras, tuve
que aferrarme a la barandilla por miedo a ser presa de mi
torpeza y caer con las prisas.
Llegamos al lugar donde el Chispas, como llamábamos
cariñosamente al de mantenimiento, guardaba sus
herramientas y controlaba que los sistemas de agua, clima y
calefacción funcionaran como un reloj.
El lugar estaba lleno de tubos, cachivaches, llaves de paso,
desagües y un aroma a humedad rancia que te hacía arrugar la
nariz. El olor a metano seguía siendo muy fuerte.
—Ya casi estamos, ven… —sugirió Jared, colándose por
detrás de una de las calderas. ¿En serio ahí había una salida?
No me dio tiempo a planteármelo demasiado.
El chirrido de una puerta metálica nos puso en sobre aviso
de que en breve dejaríamos de estar solos. Jared alzó la nariz
para husmear en el ambiente, por la cara que puso, no se
trataba de sus hermanos. La expresión de su rostro mutó a una
mucho más agresiva y en guardia.
—Alguien ha accedido a la escalera desde la primera planta
—anunció. Mi ritmo cardíaco se aceleró, pues se escuchaban
brincos y pasos a la carrera—. ¡Se acercan! ¡Rápido! ¡Por
aquí! —me advirtió Jared.
Estaba bloqueada. Puede que fuera porque me sentía
culpable por haber abandonado a Noe allí arriba. No me dio
tiempo a seguir pensando, ya que mi chico tiró de mi muñeca
con fuerza y me internó con él en una especie de agujero
terroso que había detrás de la caldera.
«¿Qué es esto?», preguntó mi mente sin verbalizarlo, si
parece un túnel y huele a túnel, es que es un túnel.
No quería pensar en la cantidad de bichos que podía haber
ahí dentro, parecía haber sido escarbado, no tenía ni idea de
cuánto, pues no figuraba cartel alguno que lo especificara.
Cuando me asomé, vi que se formaba una galería subterránea
demasiado oscura para mi gusto.
—¿Ves algo? —cuestioné temblorosa.
—Lo suficiente para guiarte, no te sueltes —me advirtió,
apretando nuestros dedos. Corríamos a ciegas, sin saber hacia
dónde nos dirigíamos, o por lo menos yo, con un rugido de
fondo que retumbaba con violencia. ¿Habían mandado
licántropos a que nos capturaran?
—¡Jared! ¡Se acercan! ¡Creo que son lobos!
—Los he oído, voy a transformarme, móntate en mi lomo
cuando lo haga, apresúrate, no hay tiempo.
Tragué con fuerza. La mutación fue casi un centelleo, y en
un abrir y cerrar de ojos me vi frente a un pelaje que casi ardía
al tacto.
Seguro que Jared tenía fiebre, una temperatura tan elevada
no era normal.
Se tumbó para que pudiera subir sin dificultad, me agarré al
suave pelaje con las manos y envolví parte de su lomo con mis
piernas. «Cógete fuerte, Elle». Jared no respondió a mi
pensamiento, estaba demasiado ocupado arrancando los
motores.
Corrió como alma que lleva el diablo, el espacio cada vez
se hacía más estrecho, mi coleta rozaba con el techo y yo no
podía dejar de imaginarlo cubierto de arañas. «Piensa en otra
cosa», me dije.
Sentía cada terminación nerviosa de mi cuerpo al borde del
desmayo. Los migrantes apestaban, mis fosas nasales estaban
llenas de su aroma.
Jared hizo un requiebro para tomar una curva. Los gruñidos
se hacían más feroces por rápido que corriera, uno de ellos
incluso aulló, estaba ahogada de miedo.
Una bajada muy pronunciada y un derrape de las patas
traseras de mi licántropo me hizo gritar contra las hebras
grises.
Cuando pude abrir los ojos, porque Jared había frenado, me
vi en el Baptisterio. ¿Por dónde habíamos llegado? No
comprendía nada, mi chico nos llevó hasta la zona de las
escaleras enterradas en el suelo y giró la cabeza para mirarme.
¿Eso era una sonrisa? A mí me lo pareció, solo que una
maquiavélica. Sus ojos brillaban distinto, en un tono mucho
más oscuro.
Un gruñido ensordecedor vibró a mis espaldas. Volteé la
cara hacia atrás sin comprender qué ocurría y vi aparecer un
lobo negro de ojos dorados y otro marrón que identifiqué al
momento.
¡Esos eran Calix y Bastian, estaba segura! ¿Entonces? ¿Por
qué miraban así a Jared y le gruñían? ¿De dónde venía el
aroma a migrante? El suelo se abrió de sopetón y la escalera
desenterrada nos ofreció una ruta secreta teñida de rojo por la
que Jared nos internó.
Capítulo 70
¿Dónde estás?
Jared

El cráneo iba a estallarme.


Había cometido un error de principiante, salir sin mirar.
Fue poner un pie fuera de la clase y notar un pinchazo en el
brazo.
Con el subidón de adrenalina, no le eché cuentas, pensé que
el chico que acababa de pasar por mi lado me había raspado
con algo, pero al pisar la escalera para asomarme y evaluar la
situación, noté un amago de vértigo. Yo nunca me mareaba. Vi
a Anglada con el fusil apuntando a una chica, Calix se le
acercaba por la espalda, mientras que mi hermano estaba en la
planta media listo para saltar si fuera necesario. Parecían
tenerlo controlado, aunque, con estas cosas, nunca se sabe.
Pisé el segundo peldaño y el mundo se desvaneció.
Ni siquiera me pude parar a pensar el porqué, después
comprendí que alguien me había disparado un dardo
tranquilizador noqueándome sin esfuerzo.
Caí desplomado contra las escaleras, dándome en la cabeza
con un maldito escalón. Bastian no me vio con todo el tumulto
intentando subir por el mismo punto en el que yo caí.
Era la vergüenza de la manada. Ni siquiera pude combatir
con un solo migrante y, para colmo, alguien me había
arrastrado hasta el baño para ridiculizarme y dejarme en
calzoncillos.
Cuando retomé la conciencia, Bastian estaba a mi lado
sudoroso y preocupado.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Elle? —Llevaba su
chaqueta puesta y mis piernas estaban desnudas—. ¿Por qué
estoy sin ropa?
—Tu ropa está destrozada en mitad de un túnel subterráneo
y a Elle se la han llevado. —Un sudor frío recorrió mi espalda.
—¿Ha sido Anglada? Creí que lo teníais controlado. —
Bastian negó.
—A ese lo reducimos rápido. A ti te encontramos en el
baño, te dispararon un dardo tranquilizante y no podíamos
reanimarte, por lo que te traje a esta clase antes de ponernos a
perseguir a Elle.
—Con razón me mareé y noté un pinchazo. —Me dio rabia
no haberme percatado al momento, aunque ahora la prioridad
era otra—. ¿Quién se ha llevado a Elle?
—Tú, te la llevaste tú —dijo una voz oscura entrando en el
aula a la que Bastian me había traído tras encontrarme tirado
en el baño. El dueño de la voz era quien me lanzaba unos
pantalones de gimnasia y unas zapatillas—. Estarás más
cómodo si te vistes y no pareces un fan de los Village People.
Siempre llevo una muda de recambio por si me da por
metamorfosearme y terminar en pelotas. Te lo recomiendo. —
Estaba intentando reordenar lo que había dicho el torturador,
dejando al margen el tono de superioridad y los insultos.
—¿Cómo que me la llevé yo? —pregunté incorporándome.
—Solo has de sumar dos y dos para obtener tu respuesta,
¿o el golpe te ha dejado más tonto de lo que eras? —Apreté los
ojos al comprender lo que acababa de sugerir Calix. No, no,
no, no. Era imposible, no podía ser. Apreté el puente de mi
nariz obviando el palpitar de mi sien. Abrí los ojos alcanzado
por la verdad suprema, y focalicé mi mirada sobre él—. Bingo,
tu repelobo se hizo pasar por ti y se llevó a la confiada
Caperucita a su guarida.
—¿Y qué narices estáis haciendo aquí? ¿Por qué no la
habéis seguido? Tenemos que ponernos en marcha cuanto
antes, ¿habéis hablado con Jerome y con Moon?
—Alto, correcaminos, ¿piensas que somos gozosas
damiselas que como tú nos desmayamos? ¡Claro que hemos
hecho todo eso!
—Les seguimos hasta el Baptisterio —respondió mi
hermano contrito.
—¿El Baptisterio? —incidí.
—¿Vas a repetirlo todo como un loro o es un efecto
secundario de la caída? Es para saberlo. —Calix estaba
poniéndome de los puñeteros nervios.
—Se la llevó por las escaleras —aclaró mi hermano,
bajando la voz una octava.
Aquello era imposible, las escaleras eran inexpugnables,
ninguno de nosotros había conseguido bajarlas nunca. Se decía
que era una abertura sagrada y que por ello no se abría ante
nadie.
—Imposible, debió ser una ilusión óptica.
—¿Nos ves cara de ilusionados o de ilusionistas? Porque tu
chica no está en mi chistera. —El humor de Calix hizo
estragos en la poca calma que me quedaba.
Arremetí contra él agarrándolo por la camiseta para
encajarlo contra la pared con mala hostia.
—¡Es imposible que lo hicieran! —Él me miró con
suficiencia.
—¡Jared, suéltalo! —aulló mi hermano, tirando de mi
brazo. Calix ni se movía, solo me contemplaba desafiante.
—Déjalo, me parece que tu hermanito quiere probar cosas
nuevas y por eso se frota contra mí en ropa interior. No
obstante, tengo que decirte que no eres mi tipo. Nunca me han
gustado los idiotas.
—¡Malnacido! —incrusté mi puño en su abdomen,
manteniéndolo agarrado con una sola mano.
—¡Jared! ¡Para! —volvió a gritar Bastian—. No tienes ni
idea de cómo fue. Calix corrió como nunca para alcanzar a
Elle y que tu otro yo no se la llevara, incluso saltó de frente
contra la escalera para perseguirlos, golpeándose contra el
suelo cuando se cerró frente a su hocico. No puedes
reprocharle nada, salvo su humor ácido.
Tenía ganas de dejar ir mi frustración contra ese tonto a las
tres. Veía en su rostro las ganas que me profesaba, aunque no
estaba seguro del porqué, ¿sería porque también amaba a Elle?
Por eso él y Bastian estaban tan raros.
—Tiene que ser jodido ser un líder tan débil que permita
que su migrante se lleve a su ta misa… Seguro que se siente
frustrado, mejor culpar de sus errores a los demás antes de
afrontarlos él mismo. —Aquellas palabras me dolieron más
que cualquier golpe porque parte de razón tenía. Me sentía un
fraude. Sin embargo, no iba a reconocerlo ante él.
—Te gusta llenarte la boca con los demás, pero ¿qué me
dices de ti? Eres un fraude, el tipo más duro de la Cúpula no
ha sabido mantener a salvo a su protegida. ¡Tú eras su
guardaespaldas! ¡Elle era tu misión! —escupí. El rostro de
Calix perdió el humor.
—Elle es mucho más que una misión. —Ahí estaba, lo
reconocía—. Y tú eres una broma de mal gusto como líder, eso
es lo que eres. No la mereces.
Volví a hundir el puño en su estómago, solo que esta vez
recibí un golpe de contraataque por parte de sus dos piernas
que se alzaron al mismo tiempo para incrustarse en mi
abdomen y arrojarme contra las mesas.
—No ha nacido licántropo que me derrote y no va a
hacerlo un flojo como tú.
Fui a atacar de nuevo cuando un «¡Basta!» glaciar hizo que
Calix se cuadrara y yo me detuviera en seco.
Solo había una persona con esa capacidad. Volkov acababa
de entrar en el aula, mirando a uno y a otro con el ceño
fruncido. Estaba cabreado, muy cabreado. La vena de su
cuello se veía inflada y palpitaba amenazante.
Vino hasta nosotros para cruzarnos la cara, primero a Calix
y luego a mí.
—¿Es así cómo se os ha educado? ¿Para enfrentaros los
unos contra los otros perteneciendo al mismo mundo? Siento
vergüenza ajena de ambos. Dos licántropos peleando, en lugar
de aunar fuerzas. Pero ¿qué sois vosotros? ¿Desterrados? —
Había usado el peor término que se le podía dar a uno de los
nuestros. Los desterrados eran licántropos expulsados de la
manada que habían cometido algún tipo de acto que alteraba el
orden o ponía en peligro a los demás en beneficio propio.
Calix y yo permanecimos cabizbajos, con las pupilas
puestas el uno en los pies del otro.
Volkov tenía razón, nuestra conducta estaba siendo muy
cuestionable, sobre todo, la mía. Estaba atacando, buscando
culpables en lugar de aceptar mi parte de responsabilidad, lo
que estaba haciendo no iba a devolverme a Elle.
—Daos ahora mismo la garra, ¡ya!
El ágrypnoy y yo nos miramos mosqueados, pero no
rehuimos la orden. Extendimos la mano y convertimos esa
parte en nuestras garras de lobo. Así abrimos la muñeca del
contrario y la sujetamos con fuerza ungiéndonos de sangre.
Era la manera de disculparse cuando se había llegado a las
manos con otro de nuestra especie. Dolor por dolor, herida por
herida.
—Bien, y ahora pongámonos en marcha, quiero saber con
exactitud por dónde han huido y cómo han sido capaces de
arrebatárnosla, pero antes ponte los pantalones, Loup, pareces
recién salido de un bar de ambiente. —No dije nada respecto a
su comentario ofensivo, me limité a obedecer, por hoy ya
había metido la pata lo suficiente.
Capítulo 71
El barco de Chanquete
Jared

Cuando recreamos el camino que siguió Elle, mis oídos


captaron un leve gimoteo que procedía del laboratorio.
Les pedí que me dieran un minuto antes de ir hacia la
puerta de mantenimiento. Quizá se tratara de alguien herido…
Era incapaz de irme dejando a alguien solo y en mal estado en
el instituto.
El sonido procedía del final de la clase. ¿Había alguien
escondido en el mueble?
Fui hasta él y lo abrí, una niña llorosa y malherida se
resguardaba dentro. Cuando sus ojos se encontraron con los
míos, se relajó.
—¡Has vuelto! Muchas gracias por regresar a por mí —dijo
con la cara iluminada—. ¿Elle está bien?
—¿Estuviste con Elle?
—Y contigo, ella me salvó, igual no me viste bien la cara,
soy la misma a la que dejasteis aquí hace un rato. Le
comentaste a Elle que era mejor que me dejarais aquí y que
después alguien vendría a buscarme. ¿No lo recuerdas? —¡Por
supuesto que no lo recordaba! Yo nunca habría dejado a nadie
atrás en una situación de peligro, ¡y menos a una cría como
aquella!
—Hoy ando un poco despistado… ¿Cómo estás? —inquirí
en tono amable, aunque por dentro me devoraba la rabia.
—Igual, me duelen mucho las costillas y el tobillo, apenas
puedo moverme.
—Vale, voy a sacarte con cuidado y te sentaré en una de las
sillas. ¿De acuerdo?
—Jared, ¡¿qué haces?! —Era Volkov el que estaba
reclamándome.
—Lo que debo —respondí, ayudando a la niña malherida.
Ella puso cara de dolor y contuvo el quejido que le nacía de
dentro.
Moon entró en el aula, mientras Jerome se quedaba fuera
hablando con Volkov. Le hice un gesto a Mooni para que se
acercara y le revisara el tobillo.
—Tranquila, es mi hermano.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Moon, posicionándose
frente al tobillo.
—Noe.
—Vale, Noe, dime si te duele lo que hago.
Frente al primer chillido, el futuro médico sentenció que
estaba fracturado y que necesitaba ser atendida cuanto antes.
—Jared, tenemos que irnos. —Esta vez fue Jerome quien
se dirigió a mí desde la puerta. Miré a Moon preocupado.
—Ve, yo me encargo, la llevaré a una de las ambulancias
que hay abajo y después os sigo la pista.
—Gracias.
—Para eso estamos.
—Que te mejores, Noe.
—Dale recuerdos a Elle y las gracias —pidió la niña antes
de que me alejara. «Ojalá pudiera dárselos».
Junto a Bastian, Calix, Volkov y mi padre recreamos la
huida. Intentamos encontrar alguna pista por el camino que
nos indicara cualquier cosa que nos fuera de utilidad. Salvo mi
ropa estropeada, no hallamos nada.
Una vez en el Baptisterio, nos ubicamos frente a las
famosas escaleras por las que, supuestamente, mi otro yo y
Elle habían desaparecido.
Volkov tocó la zona con la mano. Incluso se tumbó y puso
la oreja en ella.
¡Como si pudiera escuchar lo que ocurría al otro lado!
Teníamos un oído agudo, aunque no tanto como para atravesar
un agujero de gusano.
Al cabo de varios segundos, se puso en pie sacudiéndose la
ropa.
—¿Y bien? —pregunté ávido de respuestas.
—La única explicación que le encuentro es un pasaje de
nuestro libro sagrado. —Ya estábamos con las premoniciones.
—¿Y cuál es?
«Y ella descenderá marcando camino por donde nadie pisó
antes.
Y así encontrarse frente a frente con su destino».
Recitó sin apartar la vista de la escalera.
—¿Y cómo sigue? —insistí impaciente para que me diera
una respuesta.
—No sigue, ahí termina. ¿No lo has leído?
—Hace demasiado tiempo. Y no me lo sé de memoria
como usted. ¿No hay una segunda parte?
—Esto no es Tiburón —me reprochó.
—Pues ya podría el autor haberse estirado un poco —
protesté, situándome sobre el punto del Baptisterio donde se
abría el agujero de gusano que todos conocíamos—. Apartaos,
voy a cruzar al otro lado para ir a buscar a Elle.
—No puedes… —masculló Bastian.
—¿Cómo que no puedo? —Todos, excepto Calix, que
parecía conocer con exactitud lo que iba a decir mi hermano,
lo miramos.
—Los túneles no se abren.
—¿No se abren? ¡Anda ya! ¡Eso es imposible! Siempre lo
hacen, ¿verdad? —cuestioné con la vista puesta en Jerome y
Volkov.
Ellos se buscaron el uno al otro pensativos. Mi padre
adoptivo se acarició la quijada poniéndose en el lugar que yo
estaba.
—Yo, más bien, diría poco probable.
—¿Los agujeros se pueden cerrar? —Estaba alucinado,
¿por qué nadie me lo había contado?
—Hace unas tres décadas que se llegó a un acuerdo en
ambos lados para instalar un sistema de contención para casos
de emergencia puntual. La obra finalizó hará veinte años. Se
trata de un sistema de bloqueo universal muy complejo. Mi
padre fue uno de los ingenieros que lo diseñaron, tardaron más
de diez años en elaborarlo e instalarlo a lo largo del planeta —
aclaró Jerome.
—¿Y hay manera de desactivarlo? —Mi estado de ansiedad
estaba por las nubes.
—Se desactiva solo pasadas siete horas. —Ese fue Volkov.
—¡No podemos estar siete horas de brazos cruzados! ¡Ha
de haber otro modo de desbloquearlo! —exclamé, pateando el
suelo.
—Así solo te harás daño —anotó Jerome—. En cada país
hay diseminadas algunas entradas manuales, ¿verdad Volkov?
—Así es, solo hay un pequeño problema.
—¿Cuál? —insistí agitado.
—Que está en Nerja. —Mi cerebro buscó la posibilidad
más lógica. Chasqueé los dedos.
—¡Las cuevas!
—No, demasiado obvio —respondió mi padre adoptivo.
—¿Entonces?
—Se entra a través del barco de Chanquete. —La respuesta
me dio ganas de soltar una palabrota.
—Venga, hombre, ¡no fastidies! —Todo el mundo sabía
que Verano Azul fue una mítica serie de los ochenta y que ese
barco era un icono, o, más bien, Chanquete, quien lo
capitaneaba.
—Tiene su explicación. Uno de los ingenieros era muy
forofo de la serie en su infancia y dijo que a nadie se le
ocurriría que la trampilla pudiera estar ahí debajo.
—Desde luego… —murmuré—. Muy bien, pues vámonos
a Nerja, ¿no?
—¿Y si es justo lo que quieren? —planteó Volkov
pensativo. A aquel hombre no solía escapársele una, por lo que
era mejor escucharlo.
—¿A qué te refieres? —intercedió Jerome curioso.
—A que puede que lo que busquen es alejarnos a todos de
aquí, y que secuestrar a la Única, bloqueando los accesos, sea
una maniobra de distracción para ponernos nerviosos. ¿Y si
pretenden que todos vayamos en su busca dejando la zona
desprotegida para llevar a cabo La Gran Colonización?
—Podría ser una opción —estimó mi padre adoptivo.
—Iré solo yo —les dije confiado—. Los demás os podéis
quedar, esto es cosa mía, es mi ta misa.
—Es la de todos —me corrigió el líder de la facción de los
Puros, provocando cierto malestar en mí.
—Somos tu manada —indicó Bastian—, tenemos que
pelear a tu lado, no podemos dejar que vayas solo tú.
—Antes fuisteis vosotros quienes luchasteis por mí cuando
me dejaron fuera de combate. Es mi turno y, como líder, os
ordeno que os quedéis. Yo iré a por Elle, tengo la moto en el
instituto.
—Y yo me sumo —apuntó Calix—. Como dijiste antes,
Elle está a mi cargo.
—Tú conmigo no vas ni al bar de la esquina —escupí,
ganándome una de esas sonrisas petulantes por su parte. Me
hubiera encantado borrársela a puñetazos.
—Estoy de acuerdo con que Calix te acompañe, cruzar La
Raya solo es un suicidio —analizó Volkov—. Como ya os he
explicado, el sistema se desbloqueará solo en unas siete horas,
así que si no podéis regresar por el sitio por el que entrasteis,
tendréis que buscar refugio y aguardar a que pase el tiempo.
No podéis permanecer en el otro lado más de ocho horas o
pereceréis. ¿Entendido?
—Entendido —respondimos Calix y yo al unísono.
No me quedaba más remedio que aceptar. No se
desobedecían los mandatos de un miembro de la Cúpula, y
menos de Volkov. Además, siendo realistas, por mal que me
cayera Calix, era muy bueno en lo suyo, tendría que aprender a
tolerarlo durante el rato que estuviéramos ahí abajo, por el
bien de Elle.
Le pedí a Jerome que tranquilizara como pudiera a los
padres de Elle, tendrían que estar preocupados al no tener
noticias de su hija después del tiroteo.
Acto seguido, con Calix pisándome los talones, deshice el
tramo recorrido para ir a coger la moto.
Capítulo 72
Victorio y el Chino
Jared

Miré la puerta de la clínica, no fue fácil llegar, teníamos


el cuerpo sucio, cubierto de arena debido al ajetreo.
Una vez encontramos la compuerta secreta en el interior
del maldito barco, lo cual para asombro de ambos fue bastante
más simple de lo que imaginábamos, se nos presentó la
contrariedad de que estábamos a noventa y siete kilómetros del
hospital donde suponíamos que se habrían llevado a Elle, y allí
no teníamos moto con la que transitar.
Robarla era una opción, solo que si nos cogían, sería una
complicación con la que no desearíamos lidiar. Al otro lado,
«la ley», por llamarla de alguna manera, era mucho más
excéntrica que la nuestra; para que te hagas una idea, iba un
punto más lejos que la del Talión. Así que permitía al
agraviado dictar sentencia contra el agresor. Podías amanecer
muerto por quedarte con la canica de un niño.
La opción B pasaba por echarnos a correr. No se trataba de
una cuestión de tiempo, pues la velocidad que alcanzábamos
los licántropos era el triple que la del lobo común, lo que
vendría a ser unos ciento cincuenta, ciento ochenta a lo sumo,
lo mismo que un vehículo, con la contrariedad que al recuperar
la forma humana para colarnos en la clínica, nos dejaba sin
ropa.
Tardamos cinco minutos en tomar la decisión, ya
encontraríamos algo que ponernos, y si no, nos haríamos pasar
por enfermos mentales a ver si con un poco de suerte nos
ingresaban…
Por fortuna, vimos el camión de la lavandería, el cual tenía
rótulos identificativos, aparcado en un lateral del edificio.
Calix y yo estábamos detrás de unos contenedores que nos
ofrecían discreción, pues a nuestras espaldas se hallaba uno de
los muros del edificio.
El aire del otro lado era casi irrespirable, y el aroma a
desperdicios, sumado al de nuestro sudor, no mejoraba el
ambiente.
Aguardamos unos minutos y observamos cómo el
conductor bajaba de un salto, abría las compuertas traseras y
apretaba un timbre que daba a una persiana metálica.
A los pocos segundos, esta se desplazó hacia arriba y una
mujer vestida de enfermera le dio la bienvenida al hombre con
una cálida sonrisa. Al conductor casi se le cayó la baba al
verla. Que bebiera los vientos por la mujer era bueno porque
estaría más pendiente de ella que de nosotros.
Estábamos en la misma franja horaria que en nuestro
universo, aunque no lo parecía, la densa niebla que solía cubrir
el otro lado lo hacía mucho más oscuro. Además, el brillo
rojizo de su sol daba un ambiente de peli de terror, parecía que
un vampiro pudiera chuparte la sangre en cualquier momento.
El ágrypnoy me dio un codazo, el tío que estaba cargando
los carros mientras tonteaba con la enfermera era nuestra
oportunidad de colarnos y pillar algo de ropa. El portón abierto
nos conferiría intimidad, pues la furgo estaba aparcada en
paralelo a la puerta.
Nos lanzamos sin pensarlo y Calix puso el trasero en
pompa para meterse de lleno en el contenedor.
—¡Quita tu culo apestoso de mi cara! —me quejé.
—¡No me vengas con remilgos que yo soy el que está
buceando entre sábanas meadas! —Puse cara de asco—.
¡Toma!
—Me tiró un camisón de hospital.
—¿No hay otra cosa?
—Si quieres, te saco el catálogo de Victorio y el Chino…
—Puse cara de estar hasta las narices.
—Eres carne de Hormiguero, no sé qué hacen que no te
contratan.
—O vas en camisón o te paso el de enfermera. Tú eliges.
—Me lo puse a regañadientes. Podía oír cómo se partía el culo
por dentro—. Ve controlando fuera mientras me cambio, no
vayan a pillarnos con las manos en las bragas de tu abuela.
Preferí bajar del camión antes de seguir oyendo sus
diatribas. Me sacaba de quicio. Asomé la nariz observando
cómo aquel par no dejaban de tontear.
—Ya estoy —anunció Calix, poniéndose a mi lado con una
sonrisa taimada. Lo miré de arriba abajo con el mal humor
arremolinándose en mi abdomen.
—¡No fastidies! ¿Por qué tú vas vestido como el de
Anatomía de Grey y llevas zuecos?
—Porque siempre he sido el más guapo y listo. Ya sabes lo
que dicen: «Quien parte reparte y se queda con la mejor
parte». Andando, que tengo que buscarte una silla de ruedas
para colarnos dentro, abuela.
Con Calix siempre iba a estar como el perro y el gato. Me
era imposible congeniar con él, por mucho esfuerzo que le
pusiera. Nos acercamos a la zona de las ambulancias y, bingo,
ahí estaba la sillita de ruedas.
—Siéntate y pon cara de que te estás muriendo.
—No se me da tan bien el teatro como a ti.
—Pues espera, que te ayudo. —Golpeó mi abdomen con
tanta fuerza que me vi encajado en la maldita silla de ruedas.
Ese malnacido tenía los puños de acero. Me llevé las manos a
la tripa.
—Mucho mejor, que empiece la fiesta.
Agarró los mangos de la sillita y se puso a gritar
«emergencia», entrando por la mismísima puerta principal. Lo
hizo con tanta naturalidad que nadie se planteó si el médico
era demasiado joven, si no trabajaba en aquel lugar o el
motivo por el cual no llevaba tarjeta identificativa.
Una vez dentro, no había pérdida, sabíamos con exactitud a
la planta a la que nos dirigíamos.
Abandonamos la sillita en un rincón y subimos por la
escalera de emergencia.
—¿Listo? —cuestionó Calix, plantándose frente a la puerta
por la que debíamos entrar.
—Ya sabes que sí.
—Mantén la cabeza gacha, yo te llevaré del brazo e iremos
abriendo puertas. ¿Puedes contactar con Elle?
—Deja que pruebe. —La llamé unas cuantas veces con la
mente y negué.
—Igual la tienen sedada, recuerda lo que nos dijo de la otra
vez. Avanzaremos juntos y cada uno mirará dentro de la
habitación de su lado del pasillo, recuerda que hay algunas que
no hace falta abrirlas, que tienen cristal.
—¿Ahora eres tú el que manda?
—Yo llevo la bata blanca y te recuerdo que lo importante
es sacar a Elle cuanto antes, ahora no es momento de
enfrentarnos.
—Ella es el único motivo por el cual todavía tienes cara.
—Uuuh, qué miedo, mira cómo tiemblo —agitó la mano
—. Déjate de chorradas.
—¡Eres tú el que no paras!
—Para hacer el rato más ameno, sé que mi humor te pone
mucho.
—A mí lo único que me pone es mi chica, así que
guárdatelo para Bastian. —Calix apretó los dientes.
—Tu hermano y yo ya no estamos juntos.
—Pues mejor para él. No me ilusionaba nada tenerte en mi
manada. Y, ahora, déjate de confesiones sentimentales que ha
llegado el momento de sacar las garras.
Nos sostuvimos la mirada por un momento y Calix accionó
la maneta.
Caminamos por el largo pasillo con disimulo. En una de las
habitaciones decidió entrar para hacerse con una de esas
carpetas que suelen llevar los doctores y que contienen lo que
les pasa a los pacientes.
—Es para meterme mejor en el papel y disimular —
murmuró cuando levanté las cejas interrogante. Lo dicho,
tendría que ser actor en lugar de torturador.
Llevábamos la mitad del recorrido cuando una enfermera
salió de una de las habitaciones. Nos miró de soslayo y, al no
reconocernos, vino directa a enfrentarnos.
—¡Eh! ¿Quiénes sois vosotros? —Yo miré hacia abajo,
haciéndome el enfermo, y dejé al doctor Amor con su don de
palabra.
—Soy el doctor Diamantopoulos, vengo de Grecia. He sido
llamado con urgencia y he venido directo del aeropuerto, por
eso quizá no nos hayamos visto antes. Me he encontrado este
paciente deambulando por el pasillo y trataba de reubicarlo.
Quizá usted sepa cuál es su habitación.
—No sé quién es este enfermo ni nadie me ha hablado de
ningún médico griego —respondió desconfiada.
—Pruebe a llamar a su jefe, como le digo, he sido
requerido para hacerle unas pruebas a la Única. —Al mentar a
Elle, la enfermera abrió mucho los ojos y se puso a gritar.
—¡Seguridad! ¡Seguridad! ¡Rápidooo!
Calix reaccionó dándole un golpe certero que la dejó fuera
de juego al instante. Se desplomó contra el suelo.
—¡Mira que te gusta liarla! Rápido, metámosla ahí dentro
—sugerí—, esa habitación está vacía.
—Mejor encárgate tú, yo voy a seguir con el
reconocimiento, no vaya a ser que alguien la haya escuchado,
tenemos que ir rápido.
Cargué a la mujer en mis brazos y la llevé hasta la cama
para depositarla en ella.
La puerta se abrió para dar paso a alguien que no era Calix.
—Tu culo me suena… —prorrumpió la voz a mis espaldas.
Me di la vuelta de inmediato para enfrentarme a aquel rostro
más que conocido.
Capítulo 73
Lucha de almas
Jared

La rubia de pelo casi blanco con la que había compartido


casa, manada y grupo musical me contemplaba alzando una
ceja.
—Madre mía, Selene, contigo tengo que comprarme un
desfibrilador.
—¿Puedes decirme qué haces aquí con el culo al aire y una
bata de enfermo? ¿Qué pasa? ¿Le has cogido el gusto a estar al
otro lado o es que ya te has cansado de la Única y vienes a
recordad viejos tiempos? —cuestionó con aire soberbio.
—Ni una cosa ni la otra. He venido a buscar a Elle, mi otro
yo se la ha llevado por las escaleras del Baptisterio y creemos
que la han traído aquí como la otra vez. Hemos venido a por
ella.
—¿Habéis? ¿Mi hermano y Bastian están aquí? —Los ojos
se le iluminaron.
—No, soy yo quien ha venido a echarle una mano a la
abuela —respondió Calix, internándose en la habitación.
Selene se dio la vuelta y adoptó la posición de ataque—.
Tranquila, generala, que yo estoy de tu lado. Cuéntanos,
¿quién la tiene?, ¿quién está detrás de todo esto?
Ella nos miró a ambos nerviosa.
—No puedo hablar todavía, lo que está pasando es muy
grande y carezco de la información para hacerme una idea
global del alcance de todo esto. Si la han traído aquí y no me
han dicho nada, es porque desconfían… No les gustó lo que
hice con Nita, y ahora me tienen muy vigilada. ¿Cómo
pudieron usar las escaleras del Baptisterio?
—No lo sabemos, la Cúpula está trabajando en ello, Volkov
cree que puede ser el final de una profecía del libro sagrado.
Yo no las tengo todas conmigo —respondí preocupado—. Para
colmo de males, han bloqueado todos los agujeros de gusano
con un sistema de seguridad, hasta dentro de… —miré el reloj.
—Cinco horas y media no se abrirán —terminó Selene sin
titubear.
—¿Cómo sabes eso? —inquirí extrañado.
—Porque fui yo a quien le ordenaron conectar el sistema.
—¿Quién te lo ordenó? —insistí—. ¿Puedes
desconectarlo?
—Podría, pero no debo, lo mejor sería que os largarais, os
escondierais y salierais por el hueco que habéis entrado.
—No vamos a irnos sin ella —le aclaré, hundiéndome en
su mirada cristalina.
Una alarma comenzó a sonar en el recinto y Selene dejó ir
una imprecación.
—¡Maldición!, ¡tenéis que iros! ¡Os han descubierto!
—No vamos a marcharnos sin Elle. —Esta vez fue Calix
quien habló.
—Pues tenéis que hacerlo, tenéis que regresar, no sé dónde
la tienen, pero daré con ella, yo me ocupo; si os cogen, os
matarán. A Elle la quieren viva, es vital para su objetivo.
—¡¿Para el de quién?! —La agarré por los brazos y la
sacudí.
—No quieres saber esto, Jared, de verdad, confía en mí, es
mejor que lo ignores. Deja que yo me ocupe, también soy una
Alfa y estoy en tu bando, ¿recuerdas? Golpéame fuerte,
déjame inconsciente y yo la llevaré. Tenemos que hacer ver
que me habéis sorprendido y no pude defenderme, como la
enfermera —maquinó nerviosa—. ¡Vamos, rápido!
Necesitaba más datos y la maldita sirena no me dejaba
pensar con claridad. No iba a abandonar a Elle allí y quería
saber quién estaba detrás de su secuestro, además de mi otro
yo, que no dejaba de ser un mandado. La agarré por las
muñecas.
—Dímelo, Sel, necesito saberlo, te lo suplico, te prometo
que no diré nada a nadie, no importa cuánto me torturen… —
Ella miró de reojo a Calix. La conocía demasiado, no iba a
hablar, y menos con alguien en el que no confiaba delante.
La miré de frente, vi cómo se soltaba, me agarraba la
cabeza para darme un beso en los labios murmurando un lo
siento para coger impulso y estrellar estratégicamente su
cabeza contra la mía.
Dejé ir un grito de dolor y ella cayó al suelo inconsciente.
—¡Será hija de loba! —exclamé, soltando una imprecación
al final.
Me llevé la mano a la frente.
—¡Eh! ¿Estás bien? —me preguntó Calix al ver que
flexionaba mi cuerpo hacia delante medio mareado.
—Dame un minuto.
—Te lo daría si lo tuviéramos, tenemos que largarnos y
encontrar a Elle antes de que quien esté detrás de todo esto nos
encuentre a nosotros.
Tenía razón. Miré a Selene de soslayo. «¿Por qué has hecho
esto, Sel?». Recuperé mi postura decidido a salir por la puerta.
Calix iba a dirigirse a ella cuando alguien la abrió de una
patada.
—Vaya, vaya, vaya, pero a quién tenemos aquí… Si es mi
hermanito de alma.
Calix se puso en guardia, mi migrante no venía solo, otros
dos guardianes con cara de mala leche lo acompañaban.
—¡¿Dónde la tienes?! —grité envalentonado—. ¡¿Por qué
te la has llevado?! —Si había alguien que pudiera dar
respuesta, ese era él. Jared2 sonrió.
—A ver cómo te lo digo… Porque quiero, porque puedo y
porque me da la real gana. Ella es mía, ¿sabes?
—No, no lo es.
—Por supuesto que sí, no sabes cómo le gustan mis besos,
me dijo que la estaba besando como nunca…
—¡Eso es porque te apesta el aliento! Ella nunca te habría
besado por propia voluntad —grité yendo a por él. Quise
golpearlo, pero una especie de escudo invisible impidió que mi
puño le rompiera la cara.
Lo había olvidado, el único modo de enfrentarte a tu propio
migrante en su mundo era desde el interior, lo demás no
funcionaba.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de colonizarme? Haces bien,
porque ya sabes quién es el más fuerte de los dos, y a quién
prefiere la chica.
Se quitó la camiseta y me mostró los brazos cubiertos de
tatuajes idénticos a los míos.
No, no, no, no. Era imposible. Los tatuajes solo salían
cuando la ta misa aceptaba que el otro era su mitad. Sentía
náuseas, ganas de vomitar.
—¡Jared! —me gritó Calix—. No lo escuches, no sabemos
cómo funciona la Única. ¡No dudes de lo tuyo con Elle! Ella te
quiere. —Al ágrypnoy no había quien lo entendiera, me daba
cinco de cal y una de arena.
—¿Y tú quién narices eres?, ¿el coach del amor? No me
hagas reír.
—Lo que voy a hacerte te aseguro que será de todo menos
cosquillas. Soy Calix, el ágrypnoy de la facción de los Puros.
—Los tres licántropos se echaron a reír. Jared2 chasqueó la
lengua.
—¿En serio? Pues a mí me pareces Dora la exploradora
vestida de doctora. ¿Qué decís, chicos? ¿Le demostramos
cómo nos las gastamos aquí a nuestro querido invitado? —Los
secuaces de Jared2 asintieron—. Aquí somos muy generosos,
y tú eres un VIP, te vamos a servir el combate de dos en dos,
no hace falta que me des las gracias.
Los acólitos de mi otro yo crujieron sus dedos y se
pusieron en guardia, me preocupó que fueran armados con
cuchillos y que miraran a Calix como si supusiera un desafío.
La cosa se estaba poniendo fea.
Mi doble malvado centró toda su atención en mí.
—¿Qué va a ser? ¿Vas a luchar por mi cuerpo o quieres que
te ate en esa sillita de anciana en la que has entrado al hospital
y morir como un cobarde? —Así que me había visto.
Busqué los ojos de Calix de refilón y contemplé su gesto de
pulgar contra la nuez. Era su manera de decir ataca. ¿Confiaba
en que pudiera ganar la batalla o era más bien lo contrario?
Nunca lo sabría.
Mi pensamiento fue hacia mi amiga, la que yacía
inconsciente en el suelo. Si Selene salió victoriosa, yo también
podía hacerlo, habíamos entrenado muchas veces juntos, podía
y tenía que lograrlo.
Jared2 permanecía frente a mí con los brazos extendidos y
mirada burlona. Cogí impulso y me lancé de cabeza hacia su
pecho expuesto.
Entrar en el cuerpo de otra persona era como caer de un
octavo sin red y terminar convertido en una pelota de pinball
que rebotaba sin saber muy bien por qué.
Debería haber hablado más con Sel y preguntar cómo lo
consiguió. Ahora ya no podía hacerlo, solo mirar hacia delante
y encarar lo que viniera.
Mis pensamientos quedaron silenciados al ver un pequeño
cachorro de lobo en el suelo, a unos pasos delante de mí. Me
miraba atento, curioso ladeando la cabeza a un lado y a otro. A
mi alrededor todo estaba mullido cubierto de una masa
sonrosada que vibraba con ritmo.
Boom, boom, boom.
El cachorro tenía los ojos puestos en los míos, ¿sería una
ilusión óptica?
—Eh, hola, ¿qué haces aquí? ¿Has visto a uno igual que yo,
pero en versión mala?
El lobito seguía evaluándome, tenía una cara simpática. Me
acerqué un poco.
Boom, boom, boom.
—Soy Jared y busco a mi otro yo. ¿Tú quién eres? —
Seguía sin moverse, estaba sentado sobre sus patas traseras.
Era tan pequeño y suave que daban ganas de acariciarlo—.
¿Quieres que nos hagamos amigos? ¿Me guías por este
laberinto? Me he dejado el GPS en casa.
Parecía un animal confiado, siempre me gustaron los
cachorros.
Fui a acariciarle la cabecita cuando el pequeño lobo dio un
salto en el aire transformándose en uno inmenso exacto a mí,
pero de mirada oscura, el cual se abalanzó directamente a mi
cuello.
Esquivé la dentellada de milagro. Fue directo a la yugular
para matarme de un mordisco. Jared2 no se andaba con
chiquitas. Sus dientes solo me rasparon un lateral. La baba
desprendida manchó mi cuerpo y un zarpazo lacerante alcanzó
parte del bíceps.
Grité de dolor al notar el músculo abrirse. Caí al suelo y
rodé hacia la derecha. Quería alejarme de aquella bestia
desatada, tenía que transformarme y contraatacar, para ello
necesitaba un minuto de margen.
Jared2 no iba a darme tregua. Estaba acostumbrado a
vencer siempre, se veía en su mirada indolente en la que no
había espacio para la duda o la clemencia. Además, perseguía
lo mismo que yo y consiguió que ella lo besara.
¿Eso había sido una sonrisa? ¿Jared2 me sonreía?
«Eres débil», dijo con la mente. Lo había escuchado
perfectamente. ¿Podía oírme él a mí?
«No lo soy», respondí.
«Claro que lo eres, por eso dudas sobre tus capacidades.
Por eso pude llevarme a Elle sin que me dieras problemas, me
bastó con lanzar un dardo con una cerbatana para sedarte, eres
demasiado confiado y eso te debilita», masculló empoderado.
«Elle quiere a su lado al más fuerte, por eso me eligió a mí».
El lobo rugía frente a mí con su cara llena de soberbia y sed
de triunfo.
«Ella no te eligió, la engañaste, creyó que eras yo, no pudo
diferenciarnos».
«¿Eso es lo que te dices para convencerte? ¿Que no supo
diferenciarnos? Por supuesto que supo distinguir quién era el
mejor de los dos, me lo dijo cuándo mi lengua conquistó su
boca».
Sus patas delanteras se alzaron para ponerse en pie y
proyectarse hacia mi garganta. Movimiento que aproveché
para llevar mis piernas contra el pecho y golpear el centro del
suyo con toda la fuerza que pude almacenar.
El lobo salió despedido para atrás y al caer lo hizo en forma
de niño pequeño, era exacto a mí con cinco años y comenzó a
llorar.
—Por favor, por favor, no me pegues más, te prometo que
me portaré bien, que seré un cachorro bueno y obedeceré, no
traeré ningún animal más a casa… —El rostro del pequeño
estaba anegado en lágrimas. Se balanceaba adelante y detrás
enterrando el rostro en las rodillas peladas.
Los laterales cavernosos del lugar en el que nos
encontrábamos proyectaron la imagen del pequeño con una
ardilla entre las manos.
Boom, boom, boom.
—Mátala —decía una voz grave sin rostro—. El niño lo
estaba pasando muy mal, se notaba que no quería torturar a la
ardilla—. ¡Hazlo! ¡Retuérceselo! O será tu cuello el que parta,
¿o quizá prefieras que sea el de alguien de tu familia?
—¡Nooo! —chilló el niño agobiado—. Por favor, te lo
suplico…
—¡Compórtate como el líder de tu manada!
—¡Déjalo! —aullé yo, mirando a las imágenes—. Los
líderes no matan, guían y se preocupan por el bien ajeno. ¿Por
qué no te metes con alguien de tu tamaño que no te tema? —El
niño de la pantalla me miró y yo me puse en pie—. No le
hagas caso, ¿me oyes? Siempre hay elección, no tienes por qué
hacerlo.
—Para mí no —rugió una voz desde el suelo.
Boom, boom, boom.
El niño volvía a ser el lobo sediento de sangre. Y yo me
sentía perdido y desubicado tratando de conectar las imágenes
con las dos realidades. Aquel infante tenía que ser Jared2 de
pequeño. ¿Era posible que los migrantes no fueran de
naturaleza maligna, sino que los educaran para ello?
«¡Deja de pensar y justificar, y lucha!», gruñó mi otro yo.
«¡¿Por qué?! ¿Por qué tenemos que hacerlo?», mi pregunta
pareció descolocarlo.
«Porque no podemos coexistir en el mismo plano, porque
quiero dejar toda esta miseria y tener una oportunidad al otro
lado, y para que eso ocurra tú debes morir. ¿Qué pasa? ¿No
prestaste atención el día que te lo explicaron tus padres?».
«¿Quieres ser yo?», le pregunté sin apartar mis pupilas de
las suyas.
«No quiero ser tú. Lo que ansío es tu vida y me la vas a
dar».
Volvió a arrojarse con fiereza contra mí, no tenía ninguna
oportunidad si no me convertía, y algo me decía que no tenía
que hacerlo. ¿Por qué estaba perdiendo el tiempo intentando
razonar con él y comprender el motivo que lo llevaba a actuar
así en lugar de intentar ganarlo?
«Eso es, no pierdas el tiempo, no merece la pena, porque
vas a morir de todos modos. Por lo menos, muere orgulloso en
un combate que merezca la pena», gruñó, dando un salto sobre
mi cabeza.
Notaba debilidad en el brazo herido, estaba perdiendo
mucha sangre que goteaba profusamente por mi antebrazo.
Pensé en mi familia, mis amigos, en Elle y en cómo me
miraba cuando tocaba en el concierto, en sus besos y cómo me
convenció para que luchara por lo nuestro. En los momentos
de felicidad que habían construido al hombre que era y en la
pena que sentía por aquel niño de la pantalla al que habían
tratado con tanto desprecio.
Jared2 cayó encima de mí con sus garras clavándose en la
piel de mis antebrazos y su hocico fiero empujando mi nariz.
«¡¿Qué haces?!», me espoleó.
«Quiero decirte que te perdono y te compadezco». Él
pestañeó varias veces sobre mí.
«¡No puedes hacer eso!», insistió. «¡¿No entiendes que vas
a morir?! ¡Que voy a matarte y no voy a arrepentirme de lo
que haga!».
«Lo entiendo y lo asumo. Yo debo morir para que tú puedas
vivir lo que de niño te negaron. Te corresponde ser feliz y yo
tengo que sacrificarme para que lo hagas, para que sientas el
calor de un abrazo sincero y no golpes llenos de desprecio».
Su respiración se agitaba sobre la mía. «Ahora comprendo por
qué Elle te ha escogido. Tú eres el elegido, el que aparecía en
el libro, y no yo. Era necesario que llegara hasta aquí, que ella
se enfrentara a este mundo para elegirte a ti. Por eso pudisteis
cruzar la escalera. Yo tenía que venir para que tú la llevaras de
vuelta y aprendieras de su mano lo que es el amor. A ti no te
dieron a elegir, Jared, no escogiste ser bueno o malo, te
educaron en la ira y el dolor, por eso eres así. Te perdono,
Jared, y quiero que seas feliz, por ti, por mí, por los dos».
Él se hizo atrás como si quemara, rasgándome las venas
con las uñas. Se apartó a un lado descolocado y volvió a
transformarse en aquel niño temeroso que lloraba en el vídeo.
—Yo no quise hacerlo, me… me obligó a matarla, me
obligó… —suspiró, agarrándose las rodillas gimoteando—. Yo
solo quería un amigo, alguien a quien cuidar y proteger.
Encontré la ardilla en el bosque, un animal había matado a su
madre y la cría tenía la pata fracturada. Pensé que podría
curarla, que la haría vivir si la cuidaba. —Los hipidos cada vez
eran más fuertes.
—No pasa nada, yo sé que no querías hacerlo… —Me
arrastré con las muñecas abiertas, dejando que mi sangre
caliente lo impregnara todo. Y me senté detrás de él para
abrazarlo.
Estaba caliente, mucho, y su pequeño cuerpo se estremecía
tembloroso.
—¿Cómo sabes que no quería hacerlo? ¿Que es verdad lo
que te digo?
—Porque yo la salvé —mascullé en su oído—. Al otro
lado. Yo también encontré a esa ardilla malherida y ella vivió
conmigo. No eres malo, Jared, solo naciste en el lado
equivocado.
El pequeño se dio la vuelta y se abrazó a mi cuerpo hecho
un espasmo. Sus lágrimas empaparon mi pecho mientras la
debilidad me iba ganando.
—Hazla feliz, pequeño, es tu destino —murmuré
sintiéndome en paz.
Capítulo 74
Buscando a Elle
Calix

Cargar con Jared, sin saber qué iba a encontrarme cuando


despertara, mientras al mismo tiempo huía del equipo de
seguridad de la clínica, fue una tarea ardua que me costó
multitud de heridas.
Terminar con los acólitos de Jared2 me tomó un tiempo
relativamente corto, daba igual lo duchos que fueran en la
lucha cuerpo a cuerpo, yo lo era mucho más, por eso ostentaba
el rango del mejor ágrypnoy de la facción de los Puros.
Rompimos varios muebles y me llevé como premio un
corte en el pecho que sanaría. No tenía duda de ello.
Cogí a Jared2 en volandas y dejé el cuerpo desplomado del
que era el hermano de Bastian. Su alma estaba contenida en el
del migrante, por lo que despertara quien despertase, si era
Jared, no regresaría a su cuerpo anterior.
En cuanto salí al pasillo, con él a mis espaldas, escuché un
«ahí está». No iba a pararme a comprobar la procedencia, ni a
evaluar a quién tenía detrás.
Corrí escaleras abajo, las pisadas rebotaban en mis
tímpanos anunciando que los de seguridad se acercaban. No
podía transformarme, debido a que mi carga no sería capaz de
agarrarse al pelaje, y tampoco ir despacio. En el siguiente
rellano, lo bajaría de mi espalda y buscaría la transformación
para quitarme de encima a nuestros perseguidores.
Noté una descarga eléctrica que me agarrotó el cuerpo.
¡Acababan de dispararme con una pistola Taser! La respuesta
de mis músculos fue inmediata. Comenzaba a sentir espasmos
que me frenaban. Me encogí y dejé caer a Jared2 por encima
de la cabeza para que cayera rodando por los pocos peldaños
que quedaban y aterrizara en una esquina del rellano.
Necesitaba soltar lastre si quería una oportunidad contra esos.
¡El cuerpo me dolía como el mismísimo infierno!
Los guardias aprovecharon mi desconcierto para sacar
porras y golpearme. Mi piel iba a estar decorada por unos
cuantos moratones a la mañana siguiente; porque habría
mañana siguiente, iba a encargarme personalmente de ello.
Aguanté los porrazos para que creyeran que habían
conseguido reducirme. Adopté la misma técnica que algunos
animales en África, hacerme el muerto, tras recibir varias
patadas en la cabeza, el rostro y cuerpo. Perdieron el miedo, se
acercaron para tomarme el pulso y confirmar si eran tan
buenos como creían, no hay mayor arma que el amor propio
desmedido.
Renací como el Ave Fénix para darles el premio que
merecían, una transformación completa y dos carótidas
seccionadas.
Volvía a estar en pelotas y con la cara y el cuerpo hechos
un mapa. Tenía que colarme en la planta más cercana y
conseguir algo de ropa.
Jared2 seguía sin abrir los ojos, me acerqué a su oreja y
mascullé un: «Vamos, Jared, lucha por Elle, ella te quiere a ti y
no al puñetero migrante, gánale y después te cuento lo que sé».
Me refería a que al cargarlo me fijé en algo que él no vio…
Algunos de los tatuajes tenían costras que seguían las líneas, lo
que indicaba que no le nacieron, se los habían hecho para
confundirlo y hacer sembrar la duda.
Ojalá Jared se hubiera dado cuenta antes de entrar en su
interior, la incertidumbre debilita, y cuando te enfrentas a una
lucha, debes ir a por todas.
Me puse en pie y asomé la cara por la puerta del rellano. El
pasillo se encontraba despejado. Entré en la primera habitación
que quedaba a mi derecha, estaba de suerte, había un enfermo
entubado en la cama. Me colé sin hacer ruido y fui directo al
armario.
Bingo, aquel tipo tenía un pantalón de chándal, una
camiseta y una sudadera fina con capucha más o menos de mi
talla. Las zapatillas me quedaban algo justas, pero no podía
andarme con remilgos. Me vestí con presteza, escondiendo mi
identidad bajo la capucha y regresé al rellano. El cuerpo de
Jared2 había desaparecido.
«Pero ¿dónde narices…?». Miré arriba y abajo sin verlo.
«¿Qué hacía ahora?».
Evalué la situación. No podía perder el tiempo buscando a
Nemo, así que debía ceñirme a la misión y encontrar a Elle
para sacarla de aquel apestoso lugar sana y salva. Jared no
tenía por qué importarme lo más mínimo, él no era mi amigo,
me recordé.
Estaba demasiado acostumbrado a trabajar solo y que los
demás me importaran más bien poco. Total, tampoco es que yo
le importara al resto.
Se suponía que alguien como yo apenas tenía sentimientos,
y mucho menos corazón, por eso era un torturador de la
organización.
No tenían ni idea. ¡Qué equivocados estaban! Los
profesaba, solo que enterrados en un lugar muy profundo al
que pocos tenían acceso, como Elle, Bastian o los Loup, de
quienes me había enamorado sin remedio.
Amar te hace débil, cuando nos criaban, no dejaban de
recordárnoslo. Por eso Volkov tenía afán en apartarme de
ellos, se dio cuenta de que algo me pasaba y que ponía pegas a
situaciones que antes ni me hubiera planteado. Como la de
conquistar a Elle y apartarla de Jared.
Me citó para comentarme que mi tiempo con los Loup se
terminó. Que la misión que me otorgó fue un fiasco, pues no
había sido capaz de separarlos como él habría querido, y que
estaba harto de perder el tiempo.
En cuanto rescatara a Elle, me reubicaría lejos de España,
había una zona de La Raya en Londres que estaba dándole
muchos quebraderos de cabeza, por lo que lo mío con Bastian
se volvía un imposible, las distancias no son buenas para
nadie.
Además, no podía pedirle que lo dejara todo y me
acompañara, ser gay en la facción de los Puros estaba
prohibido. No quería esconderlo siempre y hacerlo un infeliz,
por mucho que fuera mi mitad. Así que decidí que lo mejor
para él era terminar con lo nuestro. En España tenía una
familia que lo adoraba y podría encontrar a alguien, que no
fuera como yo, con quien aliviar su pena. Le solté un montón
de barbaridades, lo herí del peor modo tratándolo de enfermo y
asegurándole que yo le iba a poner remedio a nuestra tara
emocional yendo al médico, que hiciera lo mismo.
Conseguí que pasara del amor al odio más profundo; por
mucho que doliera, era lo mejor para ambos. No podíamos ser
pareja, fin de la historia.
Volví a mirar arriba y abajo, quería captar la esencia de
Jared2, pero estaba muy dispersa, para poder olerla bien, tenía
que transformarme de nuevo y no podía perder más tiempo.
«Prioriza, Jared es un líder, si ha sobrevivido a la lucha de
almas, sabrá apañárselas para volver», tuve que recordarme.
Tenía que dar con Elle.
Lo mejor era regresar sobre mis pasos y despertar a Selene,
no terminaba de creerla del todo, seguro que ella callaba más
de lo que decía, si alguien podía arrancarle la verdad, ese era
yo.
Subí por el ascensor, tomando un ramo de flores
abandonado en el pasillo para hacerme pasar por una visita,
camuflando mi rostro en él. Nadie esperaría que volviera ahí
arriba.
Descendí en la planta donde tuvo lugar la reyerta y alcancé
la habitación en la que se había desarrollado la lucha. No
quedaba nadie dentro, ni Selene, ni los cuerpos de los acólitos.
Seguí hacia delante captando un timbre de voz femenino. Era
ella, estaba seguro. Selene se encontraba en el interior de un
despacho cuya puerta dejaron ligeramente entreabierta, tendría
que aguzar el oído.
—¡¿Por qué no se me avisó?! —reprochaba la rubia de
melena pálida.
—Ya te lo he dicho, fallaste la primera vez, no quería que
se repitiera una segunda. —La voz que respondía era de
hombre, por el timbre diría que de mediana edad.
—¿Dónde está ella? —insistió.
—No es algo que te incumba.
—¡Soy la generala! La encargada de la seguridad de La
Raya, por supuesto que me incumbe. ¡Hoy casi me matan! Ya
le dije que lo de la otra vez no iba a repetirse, hice el
juramento que me pidió y renegué de mi exmundo, no sé qué
más quiere que haga para que vuelva a confiar en mí.
—La confianza se gana y tú estás en periodo de pruebas.
Quiero un año de tu vida aquí abajo, que des a luz a esos
cachorros y los críes como verdaderos migrantes. Entonces, te
creeré. No antes. —Por cómo contraía los puños Selene, se
notaba que estaba disgustada.
—¿Y la Única?
—¿Qué pasa con ella?
—¿Va a matarla?
—No, solo queremos su médula. Necesitamos comprender
qué la hace diferente y si puede suponer o no un peligro, eso
es todo. La llevamos a otro hospital por precaución, por si a
sus amigos les daba por venir a buscarla. En unas horas estará
de vuelta a su mundo sin un solo rasguño. Fin de la historia. Y,
ahora, vuelve a tu puesto. Ah, y busca a Jared, quiero saber
qué ha pasado con él.
—Sí, señor. —Selene se cuadró ofreciéndole un saludo
militar y yo me refugié detrás de una columna para que no me
viera al salir.
Cuando Selene pasó por mi lado, le tapé la boca y la metí
conmigo a rastras en el almacén de productos médicos, como
rezaba en la puerta.
—Pero ¡¿qué haces?! ¡¿Estás loco?! ¡Podría haberte
matado!
—¿Tú y cuantas más? —La reté sin miramientos.
—¿Y Jared?
—No lo sé, ha desaparecido.
—¿Desaparecido? —Ella se llevó las manos a la cara.
—Eso he dicho, y me importa bien poco lo que le ocurra.
Mi misión es rescatar a la Única, no al tío del que estás
encaprichada. —Bastian me contó lo que ocurría entre ella y
Jared.
—No tienes ni idea de lo que compartíamos, así que
ahórratelo y déjame en paz. —Fue a salir y la detuve
empujando su cuerpo contra la puerta.
—Necesito encontrar a Elle. —Selene me gruñó.
—No sé dónde está. Por muy mal que me caiga, yo
tampoco quiero que le ocurra nada malo. Me ha sido imposible
averiguar el lugar en el que la tienen, lo único que sé es que
van a devolverla. Y, ahora, aparta tus sucias garras, te he dicho
todo lo que sé.
—Ya lo he oído antes, no hacía falta que me lo repitieras —
mascullé, ganándome una mirada de desdén—. ¿Te fías de
ellos? —pregunté. Ella se encogió de hombros.
—No suelen faltar a su palabra… Solo quieren estudiarla y
entender a qué deben atenerse.
—¿Solo eso? ¿Estás segura? —Ella soltó un suspiro.
—En el tiempo que llevo aquí, he escuchado
conversaciones. Piensan que la Única puede desequilibrar la
balanza, quieren estudiarla, ver qué tiene de especial, mientras
eso sea así, su supervivencia está garantizada.
—¿Quién era el hombre con el que estabas?
—Uno de los jefazos de la Cúpula, de la de este lado —
aclaró—, su identidad carece de importancia. Hazme un favor
y lárgate cuanto antes si es que quieres salvar tu culo de una
muerte asegurada.
—Tengo que encontrar…
—A Elle, sí, sí, sí —repitió como una cantinela—. Ya me
ha quedado claro. Allá tú, yo no puedo arriesgarme más o
acabaré colgada del cuello. Si tú quieres un pase directo a una
caja de pino, es tu problema.
—¿Te crees muy graciosa? No es tan fácil aniquilarme.
—Viéndote la cara, cualquiera lo diría. —Podía imaginar el
aspecto que tenía, un labio partido, un ojo hinchado…
—Esto fue adrede —señalé. Selene alzó la mirada
escéptica.
—Si tú lo dices…
—Está claro que no piensas ayudarme.
—Lo estoy haciendo al decirte que te largues. Mira,
ágrypnoy, voy a darte un consejo sin cobrar, por esta vez. Vete,
cruza al otro lado, busca tu verdad y tu lugar en la manada,
ellos te protegerán.
—¿Protegerme? —rebufé—. No necesito protectores, soy
un lobo solitario.
—Lo eras, hasta que sentiste su aullido, sé que puedes
notarlo y eso te hace estar al borde del precipicio, perdido y
sin saber qué hacer, puedo sentirlo. —Apoyó su mano sobre
mi pecho y yo la aparté como si quemara.
—Métete en tus asuntos.
—Lo haría si me dejaras de una vez. —Alcé ambas manos
—. Este es mi sitio y he decidido quedarme, busca tú el tuyo al
otro lado.
—Anda y que te den —la invité.
Ella me hizo una peineta con el dedo y me ofreció otra de
sus sonrisas cínicas antes de abandonar el almacén.
Capítulo 75
El lobo

Todavía estaba algo dolorida.


Habían usado anestesia local para hacerme una punción
lumbar y me exigieron que me quedara muy quieta si no
quería quedarme en silla de ruedas. Bonita amenaza para
alguien que le gusta el baile tanto como a mí.
Fue cruzar al otro lado y me estaban esperando. El
migrante de Jared tuvo la desfachatez de pedirme un beso. Por
supuesto, me negué, aunque me sorprendió verle un tatuaje
idéntico al que lucía mi chico cuando pasó de licántropo a su
forma humana. ¿Sería que si yo besaba a mi mitad a su
migrante le salían los mismos símbolos?
Sabía tan poco y me sentía tan ignorante. Me maniataron,
amordazaron y cubrieron los ojos con un antifaz opaco. Para lo
que había que ver, quizá fuera mejor así, el paisaje de aquel
lugar era espeluznante y yo odiaba las pelis de terror. Además,
estaba ese calor agobiante que me hacía sudar sin control.
Me alegró que el trayecto en coche no fuera largo. Debí
estar en el interior del vehículo unos quince o veinte minutos a
lo sumo, por lo que no nos encontrábamos muy lejos de la
ciudad.
Al llegar al hospital, me sentaron en una silla de ruedas
para meterme en una habitación, en la que me desvistieron y
me colocaron el camisón, todo ello desatándome lo justo para
hacer cada movimiento, y sin quitarme la mordaza o el antifaz.
¿Sería para que no les viera las caras? Menuda tontería, como
si les pudiera denunciar.
El siguiente paso fue montarme en una camilla y ajustar
mis ataduras a ella para llevarme a quirófano, donde recuperé
el sentido de la visión. ¿Sabes eso de «y se hizo la luz»? Pues
fue justo lo que sentí cuando una luminiscencia cegadora, de
esas que usan en los quirófanos para ver mejor, me dio directa
a los ojos. Ahora sabía cómo se sintió Gizmo en la peli de los
Gremlins cuando le dispararon aquel flash. ¡Genial!
No estaba sola, un par de enfermeras me observaban y
cuchicheaban. ¿Qué estarían diciendo? ¿Hablarían sobre lo
que iban a hacerme en aquel lugar? ¿Me quitarían los órganos
y me seccionarían como a uno de esos animales de
laboratorio? No lo sabía y no podía preguntar, llevar mordaza
me mataba.
Necesitaba evaluar la situación para ver si podía usar algo
de lo que había a mi alrededor para desatarme. ¿Un bisturí, tal
vez? Si tuviera uno cerca podría cortar las ataduras y después
blandirlo como hizo Nita con Selene, menudos ovarios que le
echó, aunque ahora no se acordara de nada.
Encontré la mesa de instrumental, estaba muy lejos y aquel
par no tenían cara de querer echarme una mano para
acercármela. Así que no me quedaba otra que aguardar mi
destino. Esperaba que fuera lo más rápido y menos doloroso
posible.
El médico tardó cerca de una hora en aparecer y mi
incertidumbre creció exponencialmente. Con lo rápidos que
habían sido para unas cosas y lo lentos que estaban siendo para
otras. El no saber qué iba a ocurrir me mataba. Los dedos de
los pies y de las manos me hormigueaban, quería hablar,
preguntar, blandir mi lengua para sonsacarles la verdad.
Las agujas del reloj que tenía enfrente se deslizaban con
lentitud, quizá los del otro universo fueran con la hora de
Canarias. Ya estaba desvariando… No me hacía bien estar sola
tanto tiempo.
Cuando el médico hizo acto de presencia, se limitó a
decirme que sería rápido, casi indoloro y que lo único que iban
a hacerme era recoger muestras. ¿Muestras de qué? ¿Para ver
si mis órganos eran compatibles con los de algún ricachón del
otro lado?
Pese a la anestesia, sentí un dolor punzante pero breve. El
médico volvió a recordarme que estuviera quieta y las
enfermeras me sujetaron. ¡Quería irme a casa! ¡Cómo echaba
de menos a mis padres! Incluso a mi hermano. No volvería a
meterme con él si salía con vida. ¿Y qué le habría pasado a mi
Jared? ¿Estaría bien? ¿Y Noe? ¿Y mis veciamigas?
—Ya tengo la médula —informó el médico, sacándome de
mi bucle mental de preguntas sin resolver—. Pueden
trasladarla a la habitación, pónganle una vía para mantenerla
hidratada y sáquenle unas muestras de sangre también. Y
pueden quitarle la mordaza en el cuarto, seguro que con este
calor tiene sed.
«Qué considerado», tuve ganas de decirle con retintín.
—Lo has hecho muy bien —me felicitó, pasando una mano
por mi pelo—, en un rato vendrán a buscarte y te devolverán a
tu universo, espero que la experiencia en nuestro mundo no
haya sido muy desagradable. No pretendíamos dañarte, solo
comprenderte un poco mejor. —¿Comprenderme?
¡Acabáramos! ¿Y para eso me insertaban una aguja del tamaño
de un campo de futbol en mi espalda? Podrían haberme hecho
mil preguntas en lugar de pincharme con eso.
Un celador acudió a la llamada del médico trayendo
consigo una camilla, quizá la misma con la que me trasladaron
la primera vez. Me cargó en ella sin esfuerzo y, como el doctor
predijo, me llevaron a la habitación para cambiarme a la cama.
Separaron mis brazos y los ataron a las barras de hierro que
había a los costados. Así garantizaban que no me moviera.
Una de las enfermeras me sacó varios tubos de sangre y la otra
me conectó la vía con el suero al brazo.
Tenía una sed horrible, menos mal que la del suero no tardó
en quitarme la mordaza y llenarme un par de veces el vaso de
agua. La otra dijo que se marchaba a llevar las muestras al
laboratorio dejándonos a solas.
—Me hormiguean las manos y los pies —me quejé en
cuanto pude dejar de beber.
—Es normal, por la postura. Lo lamento, no podemos
desatarte, solo aflojar un poco para que estés mejor.
—Algo es algo —mascullé.
Puede que hubiera sido un buen momento para golpearla y
darle una patada en la cara gracias a mi gran flexibilidad. No
obstante, no habría sacado nada, porque no era el increíble
Hulk para desprenderme de los barrotes, así que opté por
quedarme quieta y fijarme en que no parecía una enfermera
malvada.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —cuestionó curiosa. No
era muy mayor, debía rondar los veintipocos.
—Sí, si a cambio puedo preguntarte yo otra —accedí. Ella
miró hacia la puerta. ¿Cómo si fueran a pillarnos haciendo
algo indebido? ¡Que solo era una pregunta!—. ¿Qué se siente
al ser la Única? —Me esperaba cualquier cosa menos eso.
Tuve que pensar un poco antes de responder.
—Pues hace poco que ostento el título, así que no sé muy
bien qué responderte, diré miedo a no saber qué se espera de
mí y temor a los secuestros. No sé si era lo que querías oír,
pero es como me siento.
—Está bien, ahora puedes hacerme tú la pregunta —
concedió.
—¿Qué queréis de mí? —Ella se encogió de hombros.
—Solo soy una enfermera, no me cuentan ese tipo de
cosas, me limito a obedecer. Pero te diré que puedes estar
tranquila, lo que ha dicho el doctor es cierto, te devolveremos
a tu universo en cuanto vengan a buscarte. Lo mejor es que
descanses, te hemos sacado bastante sangre. El suero te
ayudará a reponerte.
Ni ella iba a darme más información, ni yo podía
ofrecérsela por mucho que quisiera. Terminó el turno de
ruegos y preguntas y me quedé sola dándole vueltas a todo y a
todos.
¿Cómo iba a ser capaz de sobrellevar una vida como esa?
¿La presión que sentían los que llevaban el guardaespaldas
hasta para ir al baño sería esa? ¿Podría volver a tener una vida
normal en algún momento?
La puerta se volvió a abrir y la figura que se internó en la
habitación era justo la que menos me apetecía ver.
—¡Fuera! —exclamé con la vista puesta sobre la réplica de
mi chico. Si hubiera podido lanzarle algún objeto, lo habría
hecho—. Diles a tus jefes que acepto que cualquiera me lleve
al otro lado menos tú.
—Elle, ¿qué pasa? Soy yo, he venido a salvarte.
—¿A salvarme? ¡Me has secuestrado! Me llevaste del
instituto en contra de mi voluntad, engañándome y haciéndote
pasar por mi chico. No te soporto, no te tolero, me da igual
que tengas su misma cara y su mismo cuerpo. Ya te dije que
no te quería ni en pintura, que al principio me traicionaron los
nervios del tiroteo y que por eso te seguí, pero ahora puedo
distinguiros a la perfección. —Él me miró con una sonrisa
impertinente en los labios y mi corazón se aceleró. «Traidor»,
lo reñí.
Vale que el migrante era muy guapo y estaba muy bueno,
pero no tenía el corazón de oro de mi Jared. ¿Cómo no me di
cuenta? Él nunca habría abandonado a Noe herida y muerta de
miedo en la clase.
—¿Por qué no me besas y lo compruebas? —musitó,
recorriendo la distancia que nos distanciaba para acercarse a
mi boca.
—No lo hice antes y no lo voy a hacer ahora. —Vi un
atisbo de sorpresa centelleando en su mirada—. ¿Qué? ¿Te
sorprende que no quisiera besarte? Mis labios solo besan a mi
chico y tú solo eres una réplica barata. —Una sonrisa enorme
abarcó todo su rostro—. ¿Y ahora qué pasa?
—Pues que eres preciosa y que doy gracias a aquel tarado
del coche que casi te atropelló el primer día de instituto y me
obligó a saltar de la moto en marcha y salvarte.
Contuve la respiración. ¿El migrante podía saber eso?
Juraría que no.
—¿Jared? —cuestioné temerosa. No estaba segura de que
pudiera ser él, alcé la nariz e intenté captar su aroma a bosque
que descendió sutil hasta mis nervios olfativos.
—Hola, Caperucita, ya te advertí que siempre vendría a
salvarte.
Esta vez la que sonreí fui yo y sentí el cielo abierto cuando
sus labios se deslizaron sobre los míos con su característico
sabor. Sí, él sí era mi Lobo Feroz e iba a llevarme a casa.
Capítulo 76
Regresamos
Jared

Creí que estaba muerto. Cuando todo se apagó, pensé que


mi vida se había acabado porque le correspondía a él. No sabía
que la verdadera batalla de almas no se lidiaba con los puños,
sino con el corazón. Y que el vencedor era el que conseguía
ofrecer compasión, piedad y perdón.
Nadie te lo había explicado nunca, sin embargo, lo sentías
como una verdad universal en cuanto despertabas. También
percibías que, en parte, el vencido formaría de algún modo
equipo contigo, aunque no estuviera presente. Su recuerdo se
instalaba en tu pecho, veías su vida correr y sus vivencias se
quedaban contigo, aunque supieras que nunca serías su
verdadero dueño.
Lograbas tener otra visión de las cosas y, por supuesto, otra
percepción de lo que suponía ser un migrante. Conectabas con
la crueldad de su mundo y entendías que quisieran cruzar a
toda costa al otro lado al notar su desazón en tus entrañas.
Jared2 me permitió comprender la verdad, que los tatuajes
que lucía en los brazos no eran fruto del amor de mi ta misa,
sino que se los hicieron adrede para sembrar la desconfianza.
En el fondo, sus superiores intuían que no la abandonaría y
vendría a buscarla.
Me alegré al visualizar cómo mi chica le plantaba cara al
ser consciente, en cuanto cruzó La Raya, de que yo jamás la
habría traído a este mundo para protegerla, y que si mis
hermanos nos perseguían, era porque querían salvarla.
Vi su valentía y su entereza al negarle aquel beso al
migrante y, aunque sabía que no ocurrió, parte de mí no pudo
evitar sorprenderse cuando lo escuché en su boca. Aquella
boca que no iba a dejar de besar hasta mi último aliento.
Salir del hospital fue sencillo, lo conocía como la palma de
mi mano, había estado en él en más de una ocasión. Bueno, yo
no, Jared2.
En su mente guardaba infinidad de escondites de los que
podría tirar para aguardar a que se desbloqueara el sistema de
seguridad. Podría haber llevado a Elle a uno de ellos si no
supiera que la mosca cojonera de Calix seguía en alguna parte
de aquel mundo insolente y que necesitaba mi ayuda, aunque
lo negara. ¿Continuaría en el otro hospital? ¿Lo habrían
atrapado? ¿O estaría buscando a Elle desesperadamente al
comprobar que ella no se encontraba en aquel lugar?
—¿En qué piensas? —preguntó Elle.
Le conseguí un atuendo de chico para disimular y llevaba
el rostro cubierto por una gorra de béisbol que se encajaba en
su cara ocultando en su interior la melena castaña.
—En tu guardaespaldas.
—¿Calix? —susurró pegada a mi cintura. Ya nos habíamos
alejado del hospital varias manzanas, aunque no dejaba de
estar en guardia por si acaso.
—Cruzó conmigo. No sé muy bien dónde debe estar.
Cuando desperté en el rellano, ya no lo vi y no me puse a
buscar, prioricé y vine directo a por ti. Cualquiera de los dos
hubiera hecho lo mismo. Lo teníamos hablado, si uno caía o
desaparecía, el otro seguiría buscándote. —Al ver su expresión
de preocupación, supe lo que mi chica quería—. Imaginaba
que no querrías cruzar sin él. Si tengo que encontrarlo,
necesito transformarme para captar su esencia.
—¿Puedes captarla? —preguntó esperanzada.
—Sí, si no está muy lejos. Por desgracia, reconocería su
pestilencia en varios kilómetros a la redonda —gruñí entre
dientes.
—Vale, pues busquemos algún sitio donde puedas
desnudarte sin que seas denunciado por escándalo público.
—Vaya, antes te sonrojabas con la sola idea de que
estuviera en bolas, y ahora eres tú misma quien lo sugiere,
vamos progresando, señorita Silva.
Ella sonrió vergonzosa, con ese delicioso manto sonrosado
cubriendo sus pecas que tanto me gustaba.
—Tonto. —Me sacó la lengua.
La naturaleza del otro universo era escasa, apenas había
plantas y mucho menos vegetación frondosa, por lo que lo más
práctico fue buscar una tienda de ropa y que Elle entrara
conmigo al probador, no me fiaba de dejarla sola fuera. Crucé
los dedos para que fuera lo bastante amplio.
Por suerte, el tamaño no estaba mal del todo, mi chica se
dio la vuelta hacia la cortina y esperó a que la transformación
estuviera completa.
La avisé con un golpe de hocico y recibí una rascada de
cabeza que me puso tontorrón.
—Me encantas cuando te conviertes en husky, solo puedo
pensar en acariciarte —admitió melosa.
Yo también pensaba en que me acariciara y en tenerla
enroscada en mi cuerpo para llenarla de lametones. Todo se
andaría.
Husmeé el aire y determiné la posición de Calix, estaba a
unos cinco kilómetros y, por el aroma a sudor que desprendía,
supe que también se había convertido para captar a Elle.
Menos mal que entramos en una tienda de ropa urbana
masculina.
Jared2 me había dejado en el bolsillo trasero de su pantalón
su cartera con algo de efectivo y una tarjeta de crédito.
No me costó nada decidir los trapitos que le ofrecería a
Calix. Salimos de la tienda y nos internamos en un callejón lo
suficientemente discreto como para que un lobo gigantesco
pudiera pasar desapercibido.
El ágrypnoy entró resoplando, y cuando me vio apostado al
lado de Elle, gruñó con fuerza. Mi ta misa giró el rostro hacia
él para tranquilizarlo y se puso frente a mí ejerciendo de
escudo protector, tenía gracia.
—Calma, Calix, es Jared, el bueno, el de nuestro universo.
Lo logró y ganó el combate de almas.
En el rato que habíamos pasado juntos, me dio tiempo a
explicarle las vicisitudes por las que pasé hasta encontrarla.
—Exacto, torturador, soy su chico, y para que sepas que
soy yo, voy a ofrecerte un pequeño detalle. —Extendí la bolsa
en los dedos—. Te he buscado un magnífico atuendo, como el
que tú me proporcionaste en el camión. Para que veas mi
buena voluntad y lo agradecido que te estoy. —Agité la bolsa
para que viniera a por ella—. Lamento no haber encontrado
nada de tu diseñador favorito o un lugar mejor para que puedas
cambiarte —anoté, señalando el contenedor de basura que
quedaba al final de la calle.
El lobo negro gruñó y se convirtió en el adorado mejor
amigo de Elle en un abrir y cerrar de ojos.
Ella se dio la vuelta y enterró el rostro en mi pecho para no
verlo en pleno auge. Calix tiró de la bolsa para hacerse con
ella y se acercó a la oreja de Elle.
—Me alegro de verte tan bien. —Y eso que tenía un ojo tan
morado que casi no se le abría…
Culminó con un beso en su mejilla.
—Menuda cara traes, si quieres, te hago «el cura sana…»
—observé jocoso.
—Si tú me besas, además de un puñetazo, te conviertes en
rana.
—Qué violencia… —respondí divertido, ganándome un
saludo de su dedo medio.
Calix se colocó detrás de los contenedores y lo oí llenarme
de insultos cuando se fijó en el slogan de la sudadera de color
rosa chicle.
«Con esa cara, no te silba ni la olla exprés», rememoré. Por
supuesto, el outfit iba acompañado por unos fabulosos
pantalones cortos de flamencos envueltos en banderas de
unicornio y unas chanclas de dedo color dorado.
Cuando salió de detrás del contenedor, no pude evitar
echarme unas risas.
—Uuum, mi hermano va a dar palmas por haberte dejado
en cuanto te vea.
—Pues a mí me parece adorable. Estás muy mono… —
susurró ella divertida, ganándose una sonrisa de superioridad
por parte de Calix.
—Yo no me reiría tanto, mono también es un mandril y
tienen el culo rojo y pelado —le recordé jocoso.
—Mejor no te digo por qué lo tengo así, igual podrías
escandalizarte —me pinchó.
Elle se interpuso entre los dos.
—¿Podría recordarles a mi novio y a mi mejor amigo que
estamos en un ambiente hostil en el que no lo he pasado nada
bien, y que me encantaría que aprendieran a llevarse porque
los adoro a ambos y no hay motivo para que su relación sea
como la del perro y el gato?
—Yo diría como la del lobo y el cerdo, ¿has notado cómo
huele Calix? —Arrugué la nariz con mofa.
—Mucho mejor que tu culo de migrante muerto —
contraatacó.
—Vale, cada uno a vuestro rincón de pensar, sois dos
puñeteros críos. —Ambos la miramos un pelín avergonzados
por nuestra actitud pueril—. Menudos golpes que llevas en la
cara… ¿Estás bien?
—Sí, es que tenía que dejar que creyeran que podían
conmigo, esto no es nada, tranquila. —Elle asintió.
—Jared me ha contado que vinisteis corriendo desde Nerja,
así que como no quiero esperar oculta a que se abran los
agujeros de gusano, prefiero que os convirtáis en lobo y me
llevéis hasta allí. Porque si tengo que aguantar vuestras pullas
continuas, me va a estallar la cabeza.
—¿Quieres montarme? —pregunté juguetón, raspando el
lateral del cuello con mi nariz.
—Por supuesto —respondió ella sin dudar.
Calix ni se lo pensó. Destrozó con alegría la ropa que le
había regalado y yo le di la cartera de Jared2 a Elle, nunca se
sabía si podría necesitarla para algo.
Hice lo mismo que el ágrypnoy destrozando mi vestimenta.
Total, en el barco de Chanquete teníamos la ropa que
habíamos dejado.
Con mi chica montada sobre mi espalda, emprendimos la
vuelta a casa.
Capítulo 77
Yo de esto hago un libro

Iba a nominar como mejor transporte interurbano el


montar en lobo.
¡Madre mía, qué a gusto estaba envuelta en la calidez del
pelaje de Jared! Casi me quedo dormida si no hubiera sido por
los ciento ochenta kilómetros de velocidad y aquella mosca
que me tragué, por segunda vez en los últimos tiempos, al
abrir la boca y que casi me ahoga.
Cuando llegamos a Nerja, la moto de Jared nos estaba
esperando en el parking que había en frente del barco. Solo
había dos plazas, así que yo sugerí echarlo a suertes. No hizo
falta, Calix se ofreció voluntario para que nos quedáramos con
su ropa y él regresar corriendo, nosotros iríamos montados en
el vehículo de dos ruedas.
Mis padres tenían que estar preocupadísimos, sobre todo,
teniendo en cuenta el motivo que sacó fuera a todo el instituto.
Jared me ofreció su móvil para llamarlos, pero sabía que si
hacía esa llamada, mi madre pondría el grito en el cielo.
Fue entonces cuando Jared telefoneó a Jerome para
comentarle que ya estábamos de vuelta y que nos
encontrábamos bien. Este le dijo que fuéramos directos a mi
casa, que él, Moon, Tasya y Bastian estaban allí con ellos.
Cuando llegamos a mi pueblo hicimos una parada en el
Baptisterio para que Calix pudiera cambiarse. Bastian nos
estaba esperando con la moto.
—¿Cómo están mis padres? —le pregunté.
—Cabreados.
—¿De una escala del uno al diez? —insistí, mordiéndome
el labio.
—Tu padre ha comentado que no va a dejarte salir hasta los
veinticinco y que irá a llevarte y recogerte cada día, así que yo
diría que el diez se queda corto. —Hundí la cara en mis
manos.
—Esto no me lo perdonan nunca.
—Tuvimos que decirles que tú, Jared y Calix habíais
decidido, justo antes del tiroteo, hacer pellas. Que os habíais
ido a pasar la mañana a Nerja.
—¿Y ha colado? Si me vieron todos los de clase…—
cuestioné—. Además, ellos saben lo responsable que soy con
mis estudios.
—Bueno, con el revuelo que se ha montado, no han tenido
mucho tiempo de hablar con tus compañeros de clase, todo fue
bastante caótico.
—¿Hubo algún muerto? —pregunté asustada.
—No, por fortuna, Anglada se confundió de arma y pilló
una réplica de balines, además de que su puntería dejaba
mucho que desear, solo hubo algún que otro desperfecto.
—Menos mal, suspiré aliviada. ¿Qué pasará con él?
—Bueno, mi padre adoptivo va a mover algunos hilos,
queremos ver si somos capaces de reconducir la conducta de
los migrantes jóvenes.
—Eso suena muy bien…
—Yo no apostaría demasiado por ellos, esa gente es escoria
—declaró Calix.
—Pues yo creo lo contrario. —Ahí estaba mi Jared corazón
de oro—. Después de mi batalla de almas, comprendo mucho
mejor lo que los lleva a ser como son, y confío en el proyecto
de Jerome.
—No sé cómo en lugar de lobo no te transformas en
unicornio. —Calix hizo el gesto de que le daban arcadas.
—Pues a mí me encanta que mi chico crea en las segundas
oportunidades —confesé, apretujando la espalda de Jared.
—Parad o me voy a volver diabético, menuda sobredosis
de azúcar. —Solté una risita entes de regresar a la realidad.
Mis padres tenían un mosqueo de órdago, así que lo mejor era
no perder el tiempo.
Bastian no había bajado de la moto. Y Calix miraba de
reojo el hueco que quedaba en el asiento de su ex; la nuestra
estaba completa, así que le tocaba subirse con él.
—Yo prefiero ir andando, si no os importa. Me vendrá bien
estirar las piernas. —Jared alzó una ceja.
—Si las sigues estirando más, te parecerás al Inspector
Gadget. —Calix emitió un bufido—. Mira, por mí como si
quieres hacer un par de veces el Camino de Santiago, pero los
padres de Elle están preocupados, así que sé maduro y súbete
detrás de mi hermano, que no te va a pegar sus virtudes, no te
preocupes.
Mi mejor amigo apretó la mandíbula y se colocó tras
Bastian sin rozarlo, agarrándose a la parte trasera de la moto.
—Arranca —ordenó, y los dos vehículos se pusieron en
marcha.
Fue aparcarlas frente a mi casa y mi familia, seguida de
todos los Loup, se asomaron con los rostros desencajados.
—¡¿Puede saberse dónde estabas y qué te ha pasado por la
cabeza para hacer lo que has hecho?! Y si tenías planeado
fugarte, ¿por qué no te llevaste el móvil de clase? —estalló mi
madre para darme la bienvenida. Tenía los brazos cruzados
sobre el pecho.
Cuando se enfadaba, era mucho peor que los terremotos
que hicieron temblar nuestra casa.
—Lo siento —murmuré compungida—. No pensé.
—¡¿Que lo sientes?!, ¡¿que no pensaste?! —gritó todavía
más alto—. A tu padre casi le da un ictus. Y a mí, a mí… —la
barbilla le tembló y rompió a llorar por los nervios
acumulados. Verla así de mal me supo peor que mi secuestro.
Mi madre era de las que no lloraban, lo sabía todo el mundo.
Corrí hasta ella y la abracé.
—Mamá, lo siento, lo siento, perdóname. —Toda la tensión
acumulada la había hecho desbordarse.
—Vamos, cariño, ya está en casa y está sana y salva… Eso
es lo importante.
Mi padre se sumó a nuestro abrazo. Cuando mi madre
rompía, él tomaba las riendas para equilibrar la balanza. Hasta
mi hermano se unió.
—Estábamos todos muy preocupados, Elle, no sabíamos
dónde estabais, bueno, sí, pero no y… Te echaba de menos —
susurró mi hermano enterrando la cara en el hueco de mis
piernas.
—Y yo a ti, peque, y yo a ti…
Mi madre se calmó un poco y tomó cierta distancia.
—¿Puedes decirnos qué te llevó a irte con Calix y Jared en
lugar de quedarte como tus amigas con lo responsable que tú
eres? ¿Y qué llevas puesto? No es nada de tu estilo —comentó
arrugando el morro.
Había olvidado la ropa del otro lado. Mis dotes
imaginativas no eran muy buenas y mi madre cazaba todas las
mentiras que le decía, así que preferí ofrecerle una versión
reducida de los hechos.
—Pues mira, mamá, para ser sincera, todo empezó con
nuestra mudanza. Desde que vinimos a vivir aquí, las cosas
han cambiado mucho. A raíz de casi un atropello el primer día
de clase, Jared me salvó la vida tirándose de su moto. Fue así
como nos conocimos y me enteré de que existe un mundo
paralelo al nuestro habitado por réplicas exactas a nosotros,
pero en versión malvada. Que los Loup y sus hijos son
licántropos, y se encargan de custodiar la frontera entre ambos
universos. Esa frontera se llama La Raya y los migrantes
pueden pasar a través de ella para colonizar nuestros cuerpos.
Solo tienen ocho horas para lograrlo o mueren. —Mi madre ni
pestañeaba—. Los licántropos son muy familiares y cada uno
de ellos tiene su mitad, o amor verdadero, a quien llaman ta
misa. Jared es la mía, nos enamoramos y entonces nos
enteramos que yo era la Única, es decir, que hay una profecía
escrita sobre mí que hace que todos los licántropos me amen y
yo pueda elegir en lugar de tener pareja única. Eso ha hecho
que los migrantes quieran secuestrarme para analizarme y
comprender por qué soy la que sale en su libro sagrado y si
puedo inclinar la balanza en la Gran Migración. Así que la
Cúpula, que son los mandamases de los licántropos,
decidieron ponerme un guardaespaldas. Calix no es un
estudiante de intercambio, sino Kevin Costner. —Mi madre
miró hacia el chico que levantó la mano vergonzoso.
»En fin, que lo del tiroteo de hoy ha sido una maniobra de
despiste por parte de los migrantes para llevarme a su mundo
paralelo, a través del doble de Jared. Los malvados habían
bloqueado todos los accesos, excepto uno que era manual, para
que nadie pudiera seguirme. Pero mi chico y Calix han ido
hasta Nerja donde hay una compuerta oculta de apertura
manual ubicada en el barco de Chanquete. Y gracias a ellos,
después de que Jared se enfrentara a una lucha de almas por
colonizar el cuerpo del migrante malvado y ganara, me buscó
para salvarme y, junto con Calix, logró que ahora esté aquí sin
un solo rasguño, aunque no sé el tiempo que puede pasar hasta
que los migrantes vuelvan a atacar e intentar secuestrarme de
nuevo —culminé, desplazando la mirada entre mis
progenitores.
Lo bien que se quedaba una después de soltar la verdad.
Mi madre parpadeó incrédula y abrió la boca varias veces
antes de decir:
—¡Oh, Dios mío! ¡Que vas para escritora! Y yo creyendo
que serías matemática y que no tenías imaginación.
Volvió a enterrarme entre sus brazos con mayor efusividad
mientras los Loup al completo ponían cara de circunstancia. A
veces, contar la verdad puede resultar demasiado apabullante.
—¿Y cómo sigue la historia? —cuestionó mi hermano,
tirando de la parte baja de mi pantalón.
Jared lo cogió entre sus brazos para frotarle el pelo.
—Esa parte todavía no está escrita…, pero quédate con que
ha dicho que soy su chico. —Le guiñó el ojo.
—Fantasías aparte… —carraspeó mi padre—. Con todo
esto que has soltado, que lo tuyo te habrá costado
aprenderlo…, ¿tu intención era que lo de que Jared sea tu
novio y las pellas a Nerja pasen a un segundo plano, además
de justificar las siguientes con lo de «posibles nuevos
secuestros»? Porque te digo una cosa… Que salgas con el hijo
de Jerome y Tasya, vale, pero ya te puedes ir olvidando de
hacer fugas exprés a ninguna parte.
A mi padre le ofrecí una sonrisa.
—Tenía que intentarlo… —suspiré, sabiendo que nunca me
creerían.
—Ah, y el castigo te lo llevas, por muy imaginativa que
haya sido tu excusa, y que a tu madre le hagan chiribitas los
ojos con esa historia que cuentas. —Mi madre lo miró
asintiendo.
—Por supuesto, el castigo te lo llevas, pero bajaremos un
poco la intensidad si dejas que me anote todo lo que has dicho
y me das permiso para convertirlo en libro. —Mi padre dejó ir
una exhalación.
—No tienes remedio, cariño, ves posibles best sellers en
todas partes…
—Pero ¡es que esa idea es genial! Ya veo hasta el título…
Los guardianes de La Raya…
—Mejor Baptisterio, mamá —anoté yo—, que es el punto
de acceso de los migrantes a Las Gabias, a ver si así le damos
un empujoncito al pueblo.
—¡Oh, qué buena idea! ¡Me gusta! Entremos todos que
tengo que apuntarlo y, de paso, comemos, que seguro que
estáis hambrientos. —A mi madre se le pasaban todos los
males si le dabas una buena historia.
—¿Y a ti que te ha pasado en la cara? —preguntó, mirando
a Calix.
—Yo me peleé con dos migrantes al otro lado de La Raya.
—Mi madre soltó una carcajada—. Búscate otra excusa que
esa ya no cuela. ¿Te peleaste con Jared por el amor de la
Única?
—Más bien, se resbaló y se atizó con el timón del barco de
Chanquete. Al parecer, a Calix le cuesta un poco encontrar el
rumbo —concedió Jared, provocando las risas de mi madre.
—Sigamos hablando dentro, que me da a mí que hoy va a
ser un día muy productivo, verás mis cero cuando se lo
cuente…
Jared y yo nos cogimos de la mano para entrar, nunca más
iba a renegar sobre mis sentimientos ni iba a ocultar lo que
éramos, almas afines hasta el fin de nuestros días. Él era mi
guardián del Baptisterio y yo su ta misa.
8 meses después
La Autora

Rose Gate es el pseudónimo tras el cual se encuentra Rosa


Gallardo Tenas.
Nació en Barcelona en noviembre de 1978 bajo el signo de
escorpio, el más apasionado de todo el horóscopo.
A los catorce años descubrió la novela romántica gracias a
una amiga de clase. Ojos verdes, de Karen Robards, y Shanna,
de Kathleen Woodiwiss, fueron las dos primeras novelas que
leyó y que la convirtieron en una devoradora compulsiva de
este género.
Rose Gate decidió estudiar Turismo para viajar y un día
escribir sobre todo aquello que veía, pero, finalmente, dejó
aparcada su gran vocación.
Casada y con dos hijos, en la actualidad se dedica a su gran
pasión: escribir montañas rusas con las que emocionar a sus
lectores, animada por su familia y amigos.
Si quieres conocer las demás novelas de la autora, así como
sus nuevas obras, no dejes de seguirla en las principales redes
sociales. Está deseando leer tus comentarios.
[Link]
[Link]
¿Dónde puedo comprar los libros?
Todos los libros están a la venta en Amazon, tanto en papel
como en digital.

Bibliografía:
SERIE STEEL
¿Te atreves a descubrir la serie más erótica que hayas leído
de la mano de Rose Gate?
Descubre que el verdadero punto G se encuentra en el
cerebro.
#SAGASTEEL 10 LIBROS QUE TE HARÁN ARDER.

1. Trece fantasías vol. 1

[Link]

2. Trece fantasías vol. 2

[Link]

3. Trece maneras de conquistar

[Link]

4. La conquista de Laura

[Link]
5. Devórame

[Link]

6. Ran

[Link]

7. Yo soy Libélula azul

[Link]

8. Breogán, amando a una libélula

[Link]

9. Ojos de Dragón

[Link]

10. Koi, entre el amor y el honor

[Link]
SERIE KARMA
Descubre una bilogía plagada de humor, magia, saltos en el
tiempo, amor y mucho picante.
Porque el Karma viste falda escocesa.

1. El Karma del Highlander

[Link]/B07FBMJ68H

2. La magia del Highlander

[Link]/B07L1SBM2V

3. Los Dioses del Karma

[Link]/B092RCH8HC
SERIE SPEED
SERIE SPEED. Vive la lectura a una velocidad de vértigo.
Un thriller romántico-erótico que te hará vivir una montaña
rusa de emociones.

1. XÁNDER: En la noche más oscura, siempre brilla una


estrella

[Link]
2. XÁNDER 2: Incluso un alma herida puede aprender a
amar

[Link]

3. STORM: Si te descuidas te robará el corazón

[Link]

4. THUNDER: Descubre la verdadera fuerza del


trueno y prepárate para sucumbir a él

[Link]

5. MR. STAR: Siente la ley de la pasión hasta perder el


juicio.

[Link]

6. LA VANE: Soy sexy de nacimiento y cabrona


por entretenimiento

[Link]
COMEDIAS ROMÁNTICO-ERÓTICAS:
Lo que pasa en Elixyr, se queda en Elixyr
[Link]/B07NFVBT7F
Una novela divertida, fresca, cargada de romance y escenas
de alto voltaje. ¿Te atreves?

Si caigo en la tentación, que parezca un accidente.


[Link]/B081K9QNLH
Una comedia erótico festiva donde los príncipes de colores,
se convierten en polis empotradores.

No voy a caer en la tentación, ni a empujones


[Link]

Hawk, tú siempre serás mi letra perfecta


[Link]/B087BCXTWS
¡Sí, quiero! Pero contigo no.
[Link]
Una historia basada en hechos reales

THRILLERS-ERÓTICOS:
Mantis, perderás la cabeza
[Link]
Luxus, entre el lujo y la lujuria
[Link]

ROMÁNTICA:
Viviré para siempre en tu sonrisa
[Link]/B08XXN2Q3D
SERIE HERMANOS MILLER:
Hermano de Hielo
[Link]/B098GQSPYP

Hermano de Fuego
[Link]/B098KJGTYF

También podría gustarte