Resumen Tocino y Chalona
Capítulo 1: ¿Qué pasa, ma´?
¡No te muevas de aquí, que ya regreso!, le dijo su mama alzando la voz y amenazándolo
con el dedo y él la espero todo el día. Cuando oscureció, asustado con voz quebrada y
sollozando, comenzó a llamarla: ¡Mamá!, pero ella no regreso y él se quedó paradito en
plena calle, mirando la esquina por donde se fue. Un niñito pataleaba en su espalda y una
galleta se desmigajaba en sus dedos. Cuántos días lo vieron ahí, cuantos días estuvo sin
moverse mirando con la esperanza de volver a verla. Hasta que un día olvidó su rostro y
solo recordaba su voz…, esa que escucho en ese lejano día. Desde entonces, cada noche y
con su hermanito, de a poquitos, se arrimaron a las vendedoras que le dieran una mirada
de compasión. Así paso el tiempo, siempre con su hermanito a la espalda y recuerdos que
lo lastimaban. Cuando cerraba los ojos para no ver, se veía el mismo cada domingo
sentado tras una puerta, bien arreglado y alegre, esperando a su papá. Entonces, sus ojos
se nublaban y sus labios temblaban y se repetía para el: “él prometió venir a verme todos
los domingos y no volvió”. Recordó que fue un domingo cuando gritos de la calle lo
despertaron, eran los vecinos en la puerta de su casa. Enfurecidos, insultaban y exigían a
su madre que les pagara. Salió pensando que le iban a golpear, pero cuando lo vieron se
fueron. Él cerró la puerta, ¿qué pasa, ma´? Le pregunto y siguió, no respondió la pregunta
y entonces regreso a su banquito a esperar a su papá. Estaba cabeceando de sueño
cuando ella lo jalo de un brazo y haciendo para que nadie la escuchara le dijo: Vamos hijo.
Tenía cargado al hermanito y una bolsa de cosas, ese día los tres dejaron su casita de
tablas techada con esteras. Desde entonces estuvieron en las calles, caminando de
esquina en esquina con la mano estirada. Hasta que un día le amarro al hermanito, le dio
unas galletitas y le dijo que no se moviera que ya regresa. ¡No me vayas a seguir! Le dijo
con el dedo levantado, y sin voltear a mirarlo desapareció. Estaba asustado, se había
quedado solo entre tanta gente, cuando en la noche estaba cansado fue al lugar donde
durmieron los últimos días con su madre, pero no era lo mismo. Olvido su nombre de
tantas chapas que le pusieron, hasta que alguien le puso una “chapa” de la que no se libró
y a su hermanito también le tocó lo suyo. En la calle aprendió a huir y evadir a la
autoridad, tú corre nomás, le decían los que lo conocían, porque la justicia no se ha hecho
para gente como nosotros. Empezó a pedir limosnas desde muy pequeño que tuvo varias
dificultades. Todo lo que aprendió se lo enseño a su hermanito, tuvieron varios trabajos
para ganar plata. La ciudad no tenía secretos para ellos. Sabían que mucha gente no los
miraba bien porque no podían confiar y que también que si no trabajaban no comían.
Pero lo más importante era que “más valía correr que quedar tirado”.
A
Capítulo 2: La loca
En la calle se toparon con muchas personas, pero solo tenían miedo por locos y
pandilleros. Por eso al ver lo que aparecía en la esquina se sintió inquieto. Lo que él temía
avanzaba ocupando la vereda, jalando una carretita cargada de cachivaches. Cuatro
perros le seguían. A medida que se acercaba la inquietud crecía, porqué aunque estaba
lejos y parecía que no miraba nada fijo él sentía los ojos de la mujer fijos en él. La gente de
la vereda pasaba a la pista para que pase. Su hermanito ya había despertado y soltaba un
llanto desgarrador en su espalda. Un llanto que callaba con un golpe o un dulce. El llanto
lo molestaba, pero que muchas veces le permitió ganar el desayuno rápido. Estaba
aturdido, contando las monedas ganadas por el llanto, cuando alguien se abalanzo sobre
él, gritando. Dio un salto del susto que se dio. Era la loca que lo sujetaba y miraba
horriblemente, pero él con un movimiento desesperado se zafo y echó a correr, cargando
a su hermanito. La carretita se quedó tirada mientras ella, seguida de sus perros, lo
perseguía a pedradas y gritaba: ¨dámelo!, ¡dámelo!, ¡es mío! Se sintió perdido y la loca
con sus perros no se cansaba de perseguirlo. Corría desesperado cuando alguien lo sujetó
de los brazos y lo detuvo. La loca llego resoplando. Sus ojos desorbitados, la cara de tizne
y el solitario diente que le llegaba a la punta de la nariz, le daban un aspecto terrible. Tiró
la piedra de su mano y mirando al niño grito: “¡Dame, dame mi perrito!, ¡este chico malo
me ha robado mi perrito! Fue inútil explicar a la mujer que lo que traía en la espalda era
un niño que estaba ronco de tanto llorar. La gente se arremolino y entre los arrancones y
empujones, se liberó del que lo atrapaba y sin pensarlo dos veces sujeto a su hermanito y
se echó a la carrera lo más rápido que pudo. Cuando la loca se dio en cuenta que el niño
se le escapaba intento seguirlo pero estaba muy cansada. Vencida terminó vociferando
contra todos, maldijo su suerte y lanzo las últimas piedras que encontró en la calle.
Agobiado por el peso de la espalda, y sacando fuerzas el niño llego a un parque y cuando
no escuchó los gritos de la loca se detuvo y cayó de rodillas sobre el pasto. Ese día se
hartó, se desato la manta de su espalda y de esta misma bajo a su hermano y dijo “ya
estas grandazo” a punta de patadas lo obligo a seguir sus reglas.
Capítulo 3: La dura calle
El niño le enseño a su hermano lo que era la calle, tal como el aprendió: a puro golpe. Un
día le enseño los peligros del tránsito cuando le hizo ver a un gato que cruzaba la pista
toda carrera y nunca se enteró del pesado bus que se acercaba. El pequeño no olvidara el
ruido de las llantas aplastando la panza del animalito. También le hizo conocer la ciudad
porque mientras pedía monedas y cuidaba de él, la conoció como la palma de su mano.
Gorreando los carros públicos, lo recorrió al completo buscando un lugar sin saber. Hasta
que un día recorriendo lima decidieron quedarse en Miraflores, por ser limpio con muchas
plantas coloridas y sobre todo porque les gustaba su mar. Crecieron es sus calles con casas
y edificios bonitos y plazuelas encantadores. Un Miraflores creciente y espléndido.
Crecieron solos durmiendo en varios lugares. Atisbando el mundo con ojos espantados
por cartones y bolsas de plástico. Crecieron acompañados de animales mugrientos,
arrullados en la noche por los grillos. Mirando la luna y estrellas que a veces se reflejan
sobre el mar. Era dos años mayor que su hermano y se veía más grande por su volumen.
Por eso sus compañeros después de llamarlo por todas las chapas que se les ocurrieron
decidieron llamarlo Tocino y al pequeño de cinco años, que se vestía de payaso y que
actuaba de todo lo llamaron Chalona, porqué era flaco hasta los huesos, pálido como un
chino y su saco tenía un extraño olor que no a pocos había dejado sin aliento. A Chalona le
gustaba mirarse en espejos, se miraba y sonreía lleno de curiosidad, con la puntita de la
lengua contaba los dientes que se le habían caído. Después de hacer unos gestos
arreglaba toda su vestimenta y revisaba todos sus bolsillos que el mismo añadió a su
pantalón de payaso. Complacido consigo mismo, ensayaba todos sus espectáculos.
Chalona se divertía imitando todo. Nada se le escapaba. Y, desde que conoció al “tío” que
se hacia el ciego y le decían el predicador. Chalona decidió hacer lo mismo, porqué da
plata. Tocino aunque no sabía que era ser predicador. Había observado tanto al tío que
fue agregando su postura y forma de hablar que él imitaba y Tocino corregía.
Capítulo 4: El Heladero
Esa costumbre de imitar de Chalona que le divertía y con la que se ganaba la vida, también
le había traído problemas. Una vez imito a un heladero que hacía sonar su cornetín.
Chalona corría detrás imitando el sonido que escuchaba. Le salía perfecto y los clientes del
heladero lo premiaban con una moneda y se iban sin comprar ni un helado. El vendedor
molesto comenzó a sentir a Chalona como un parásito que se aprovechaba de su esfuerzo.
Entonces tomó el cornetín e hizo tonos agudos que parecían lamentos. Chalona preparaba
su cuerpo y fácilmente salían todos los tonos. Tan bien lo hacía, que la gente ya ni miraba
al heladero. Todos lo miraban y premiaban. Entonces el vendedor se quedó en silencio y
cuando no hubo competencia, Chalona perdió a su público. Bueno así era el negocio y
Chalona lo sabía. Toco sus monedas miro al heladero y le hizo un gesto de alzar los
hombros y dijo: ya se acabó.
Chalona regresaba buscando a su hermano, que por estar a tras de la carretilla, se había
alejado de Tocino que estaba en otra chamba, y no se fijó por donde se había ido. El
pequeño regresaba feliz y sobre todo cuando le iba bien en los negocios y, no se dio
cuenta de nada hasta que se sintió levantado de los pelos para recibir tremenda
cachetada que resonó en mitad de la calle. El heladero no conforme, intento rebuscarle
los bolsillos. La aparición de un transeúnte lo salvo de una paliza y de que los desvalijaron.
El hombre se fue pero amenazo a Chalona: ¡si te vuelvo a ver te mato! Tocino apareció y al
verlo así le preguntó: ¿Qué pasó? Chalona se paró, tenía la mejilla ardiendo y se tocó la
cabeza y dijo: Creo que tengo que contarme el pelo, Tocino, y tú también. Esa tarde
fueron donde su casero en Surquillo. Loa dos se cortaron por el precio de una al estilo
“coco pelado” Ese día trabajaron más pero no pudieron gastar el gasto de corte de pelo. Al
llegar la noche fueron a su lugar de descanso un hotel de Miraflores. A esa hora casi no
había tránsito. Los escasos automóviles se deslizaban veloces. Individuos siniestros
caminaban y los borrachos avanzaban trabajosamente. Los niños escondidos esperaron la
distracción de los vigilantes y entraron al lujoso jardín, sorteando los reflectores. Luego
llegaron hasta donde la noche anterior dejaron sus cartones y plásticos donde dormían. Se
acomodaron y Tocino en voz baja le volvió a preguntar: ¿Qué pasó con ese “chupetero”?
Chalona no respondió porqué se quedó dormido enrollado en su saco.
Capítulo 5: Una terrible decisión
Tocino se incorporó y lo miró como si no lo conociera, y recordó la vez que casi lo deja
para siempre. Fue la única vez que lo pensó. Recordó que fue en un gran y oscuro parque
donde durmieron antes de mudarse a Miraflores. Escogieron ese lugar mal referenciado
por la hierba abundante que crecía, pero era un lugar que lo asustaba y no podía dormir
tranquilo. Aquella noche cuando estaba por dormirse Chalona dijo que mañana apenas
tuviera plata se iba a comer un lomo saltado calientito y jugosito, porque la barriga esta
que le quema. Tocino que apenas logro dominar su hambre, sintió agua la boca. Maldito
Chalona. No se dio cuenta que le también tenía hambre ¿Cómo habla de comida a esa
hora? ¿Acaso era el único que le tronaban las tripas? Tocino toco sus bolsillos. Ese pare de
centavos de aquella noche no les alcanzo ni para un pan. Sintió que iba a vomitar del
hambre. Sentía que sus tripas se comían y la saliva le rellenaba la boca. Pensó que el día
siguiente comerían bien. Ya sabía lo rico de comer después del hambre. Eso iba a decirle a
Chalona, cuando lo vio dormido. Nunca sabrá porqué pero es ese momento se sino
molesto. Pensó cuanto tiempo estuvieron juntos y cuanto más tendría que estar y una
ideas comenzó a pasar en su cabeza. Esa noche tomo la decisión de dejar a Chalona, que
dormía con los ojos abiertos y una sonrisa. Pero antes de irse lo abrigo con la manta.
Luego retrocedió mirándolo y de pronto se tropezó y se cayó ¡Cómo se asustó Tocino con
el ruido! Y, entonces sin mirar se echó a correr. Corrió mucho hasta que se detuvo, se
quedó sin aire, exhausto. Un ronquido salía de su pecho. En ese momento le vino el
recuerdo de su madre que le dijo: “Espérame aquí que ya regreso” Después el de su padre
diciéndole “El domingo voy a venir, espérame” Y no pudo más. Imaginó a Chalona
dormido con los ojos abiertos y una mini sonrisa. Y vencido por una carga lloró. Lloró con
lágrimas que quemaban sus ojitos. Corriendo como loco de regreso. Un sentimiento
desconocido le oprimía el pecho, solo quería estar junto a su hermanito. Cuando estuvo
cerca de donde lo dejo, se detuvo. Tocino aprendió que para vivir había que hacerse notar
y que para sobrevivir era preciso saber hacerse humo o invisible. Por cuando estaba
seguro de que nadie lo seguía llego donde su hermano que seguía dormido. Ya había
pasado tiempo. Pero ahora con la pancita llena y en las plantas del lujoso hotel
miraflorino. Tocino apretó las manos y con un gesto aparto esos recuerdos de su mente. A
pesar del tiempo aún lo lastimaban jamás le contaría eso a Chalona. La luz blanca del faro
de La Marina ilumino su rostro. Se acomodó junto a su hermanito y suspiro en la noche.
Capítulo 6: El “fulbo”
Aunque Tocino durmió mal; al día siguiente, despertó entusiasmado. Y es que el equipo de
tocino conocido como el de los chatos tenía planeado jugar un partido de “fulbo”, en la
playa de la Costa Verde. Chalona no decía nada pero estaba ilusionado y aunque nadie lo
había invitado sabía que iba a jugar. Después del trabajo se encontraron con los chatos,
Chalona trato de empinase, pero fue inútil pues apenas lo vieron lo chotearon por lo
chiquito y flaco. Tocino era lo opuesto así que iba para la defensa y para todo lo que sirva,
esa tarde se media por una gaseosaza contra los malditos que eran los más “pirañas” de
Lima y más. Al verlos, Tocino se arrepintió, porqué para huir tendrían que trepar y podría
ser una trampa. Pero se tranquilizó como el resto sin antes advertirle a Chalona con la
mirada. Chalona los veía y decía: esos a mí no me engañan, son unos “rateros malos” Y
como Chalona no iba a jugar lo sentaron a cuidar las cosas de los chatos y ya después te
llamaremos ¡bastante te llamaremos! Pero Chalona nunca se rindió y lo tomo como una
gran oportunidad. Estaba seguro que lo iban a necesitar y él estaría listo, y entonces
comenzó el partido. “Fuera del área”, Chalona seguía el ritmo de las jugadas que ni sabía
que significaban. El partido estuvo bonito, parejo y los “chatos daban pelea” Chalona se
emocionaba con las jugadas, los buenos pases y los casi goles: ¡Ya, ya, ya! ¡Caracho! Un
gran partido y él se “moría” por entrar y decía: Tocino, ya pe´ Y Tocino nada, cansado
decía: ¡pero y no fastidies!, sin mirarlo y Chalona: ya pe´….. ¡Mano! Todo iba bien hasta el
gol. Un gol que los dejos helados, por la mano. Chalona que no sabía nada de eso, también
dijo que hubo mano. Si el jugador del gol había agarrado la pelota hasta dentro del arco.
Pero los “malditos” eran los “malditos” Y cuando se pusieron bravos los “malditos” los
rodearon y sin haber dicho nada: bueno pe´ por esta vez ya no importa pero la próxima no
vale, ah, dijeron los chatos