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SERMÓN DEL ENCUENTRO – 2007.

¡MIREMOS EL ARBOL DE LA CRUZ DONDE ESTUVO CLAVADA LA SALVACIÓN DEL MUNDO!

Y en esa mirada podremos escuchar una voz, la voz del Salvador que nos dice:

“¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme.”

Y

por respuesta damos un silencio.

Y

por respuesta, una lágrima derramada, porque recordamos esa historia que tú, Señor, has escrito en la

vida de cada uno, en la vida de cada familia y en la vida de nuestro pueblo.

“¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme.”

Si en nuestra niñez, Señor, nos llevaste cogidos de la mano por caminos seguros de vida y de crecimiento.

Nos llevaste cogidos de la mano en las manos amorosas de aquellos que velaban por nosotros.

Si alimentabas nuestra vida con la esperanza del amor que se nos daba y de los pechos que nos amamantaban.

Si velabas nuestro sueño con el susurro de la caricia que se nos brindaba.

“¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme.”

Si en nuestra juventud hacías fuertes nuestros brazos para estrechar en un abrazo sin fin los ideales de vida auténtica. Si en nuestra juventud sostenías la esperanza de cada uno hasta el límite de la locura, en el riesgo del amor primero y en la ilusión de la noche que no acaba. Si en nuestra juventud abrías torrentes de vida que regaban huertos de amistad y solidaridad, buscando frutos de justicia, frutos de un mundo nuevo.

“¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme.”

Si

en el amor primero abriste nuestros ojos a un futuro fecundo, en el sueño de lo imposible: familia para

el

futuro.

Sangre de nuestra sangre, herencia de amor, comunión de vida. Tu sangre, tu amor, tu comunión, tu vida, Señor.

Y en nuestro miedo por lo que tenía que venir, tú te abrías paso desde el recuerdo de lo vivido y desde la

fuerza de lo probado.

Tú te abrías paso, Señor, en la vida primera de nuestra familia. Futuro hecho presente. Hogar abierto. Tú

te abrías paso, Señor, con tu Palabra de Salvación, con tu Corazón abierto.

“¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme.”

Y en nuestros hijos, Señor, descubríamos en nuestra mirada, tu mirada.

¿Seré capaz de amar como mi Cristo?

¿Seremos capaces de derramar nuestra vida en nuestros hijos como tú, Señor, derramaste tu vida por

nosotros?

Y

soñamos tradiciones, y quisimos dejar la herencia preciosa de todo lo vivido junto a nuestros mayores.

Y

quisimos grabar un nombre en el corazón tierno de nuestros hijos:

Cristo de la Vera Cruz – Virgen de los Dolores.

“¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme. ¿Qué más pude hacer por ti?”

¿Y que podemos hacer por ti, Señor nuestro? ¿Aliviar tu carga? Pero si es redentora. ¿Sanar tus llagas? Pero si son salvadoras. ¿Y qué podemos hacer por ti, Señor nuestro, gloria de nuestro pueblo?

Allanar senderos, abrir caminos, no cargar más cruces en espaldas inocentes y no clavar más clavos en aquellas manos limpias, siempre abiertas. No trenzar más coronas de espinas que hieren hasta la muerte. No desnudar más cuerpos en el frío de la noche oscura, y no romper más corazones inocentes.

¿Y qué podemos hacer por ti, Señor nuestro, gloria de nuestro pueblo? Acompañar el dolor de las madres inocentes. Acompañar el dolor de tu Madre y Madre nuestra.

Acompañar el dolor. Callar y rezar. Como lo hicieron nuestros mayores. Y cargar sobre nuestros hombros

el peso de la cruz y el peso del dolor.

Hasta un encuentro como no lo ha habido nunca. Encuentro del cielo y de la tierra en tus brazos abiertos, Señor; en tu pecho traspasado por siete espadas, Madre nuestra.

“¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme.”

Y

callamos porque no sabemos qué responder.

Y

miramos y vemos.

Un Hijo junto a su Madre.

Y

miramos y vemos muchos costaleros.

Y

callamos, y miramos y vemos un cielo derramado en las miradas ciertas y en los corazones desgarrados

de

un pueblo, Señor, que te ama y te venera.

Es el pueblo de Campillos que en una noche como ésta escucha y calla,

recuerda y llora, ama y espera. Cree y lucha.

Es el pueblo de Campillos que en una noche como ésta

vuelve a gritar como en aquella noche primera:

“¡Mujer, ahí tienes a tu Hijo! ¡Hijo, ahí tienes a tu Madre!”