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Elogio a Richardson: Virtud en la novela

En 3 oraciones o menos: Richardson escribió novelas como Pamela, Clarissa y Grandisson que elevan la mente y conmueven el alma, mostrando el amor al bien a través de personajes y situaciones verosímiles que hacen que el lector se identifique con ellos. Sus detalles, aunque criticados como excesivos, son necesarios para crear ilusión y preparar el alma para las grandes impresiones. Sus novelas están llenas de verdades sobre la naturaleza humana y la condición humana.
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Elogio a Richardson: Virtud en la novela

En 3 oraciones o menos: Richardson escribió novelas como Pamela, Clarissa y Grandisson que elevan la mente y conmueven el alma, mostrando el amor al bien a través de personajes y situaciones verosímiles que hacen que el lector se identifique con ellos. Sus detalles, aunque criticados como excesivos, son necesarios para crear ilusión y preparar el alma para las grandes impresiones. Sus novelas están llenas de verdades sobre la naturaleza humana y la condición humana.
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Selección de fragmentos del “Elogio de Richardson, autor de las novelas

Pamela, Clarisse y Grandisson” (1761), de Denis Diderot

Por “novela” se entendía hasta ahora una trama de acontecimientos quiméricos y


frívolos, cuya lectura era peligrosa para el gusto y la moral. Ojalá pudiéramos encontrar
otro nombre para las obras de Richardson, que elevan la mente, conmueven el alma, dejan
traslucir por todas partes el amor al bien, y a las que también llamamos novelas.
Todo lo que Montaigne, Charron, La Rochefoucauld y Nicole pusieron en
máximas, Richardson lo ha puesto en acción. Pero un hombre de entendimiento, que
leyera con atención las obras de Richardson, podría reconstruir la mayoría de las
sentencias de los moralistas mientras que, con todas esas sentencias, no podría reconstruir
una sola página de Richardson.
Una máxima es una regla abstracta y general de conducta cuya aplicación se nos
deja a nosotros: por sí misma, no imprime ninguna imagen sensible en nuestro espíritu.
Pero a una persona que actúa la vemos, nos ponemos en su lugar o a su lado, nos
apasionamos por ella o contra ella. Nos unimos a su papel, si es virtuoso; nos apartamos
con indignación, si es injusto y vicioso. ¿Quién no se ha estremecido con el carácter de
un Lovelace o un Tomlinson? ¿Quién no se ha horrorizado ante el tono patético y
verdadero, el aire de candor y dignidad, el arte profundo con que aquél finge todas las
virtudes? ¿Quién no se ha dicho en su corazón que habría que huir de la sociedad y
refugiarse en las profundidades del bosque, si hubiera tal número de hombres capaces de
una simulación de ese tipo?
¡Oh Richardson! Uno toma parte en tus obras, lo quiera o no: nos mezclamos en
la conversación, aprobamos, culpamos, admiramos, nos irritamos, nos indignamos.
Cuántas veces me he sorprendido gritando, como les ocurre a los niños que son llevados
a un espectáculo por primera vez, “¡No le creas, te está engañando!... Si vas allí, estás
perdido”. Mi alma se mantenía en un estado de perpetua agitación. […]
En el espacio de unas horas había pasado por tal número de situaciones que la vida
más larga, en su totalidad, apenas puede ofrecer. Había escuchado los verdaderos
discursos de las pasiones. Había visto actuar de cien maneras diferentes los mecanismos
del interés y del amor propio. Me había convertido en espectador de una multitud de
incidentes y sentía que había adquirido experiencia.
Este autor no hace chorrear la sangre por las paredes; no nos transporta a tierras
lejanas; no nos expone a ser devorados por los salvajes; no se encierra en lugares
clandestinos para mostrar una orgía; nunca se pierde en regiones encantadas. El escenario
es el mundo en el que vivimos. El fondo de su drama es verdadero. Sus personajes tienen
toda la realidad posible. Sus caracteres están tomados del medio social. Sus
acontecimientos se encuentran en las costumbres de todas las naciones cultivadas. Las
pasiones que pinta son tales como las experimento en mí mismo: los mismos objetos las
mueven, tienen la energía que yo sé que tienen. Los problemas y aflicciones de sus
personajes son de la misma naturaleza que los que me amenazan constantemente. Me
muestra el curso general de las cosas que me rodean. Sin este arte (y puesto que mi alma
se pliega con dificultad a las cosas quiméricas), la ilusión sólo sería momentánea y la
impresión, débil y pasajera.
¿Qué es la virtud? Es, desde cualquier punto de vista que la consideremos, el
sacrificio de uno mismo. Y el sacrificio que uno hace de sí mismo imaginariamente es
una disposición preconcebida para inmolarse en la realidad.
Richardson siembra en los corazones semillas de virtud que, al principio,
permanecen ociosas y en silencio: están allí secretamente, hasta que surge una ocasión
que las aviva y las hace florecer. Entonces se desarrollan; uno se siente llevado hacia la
bondad con una impetuosidad que no sabía que tenía. A la vista de la injusticia, se
experimenta una indignación que no podemos explicarnos. Es porque hemos frecuentado
a Richardson; es porque hemos conversado con ese hombre de bien, en momentos en que
el alma desinteresada estaba abierta a la verdad. […]
Él es quien hace que los hombres de todos los estados, de todas las condiciones,
en toda la variedad de circunstancias de la vida, enuncien discursos que podemos
reconocer. Si en el alma del personaje que está presentando se esconde un sentimiento
secreto, escuchen con atención y oirán un tono disonante que lo revelará. Esto se debe a
que Richardson comprendió que la mentira nunca podría parecerse perfectamente a la
verdad, porque una cosa es la verdad y otra cosa es la mentira.
Si es importante que los hombres se persuadan de que, independientemente de
cualquier consideración sobre la vida ultraterrena, para ser dichosos no tenemos nada
mejor que hacer que practicar la virtud, ¿qué servicio no ha hecho Richardson al género
humano? No ha demostrado esta verdad, pero la ha hecho sentir: en cada línea nos hace
preferir el destino de la virtud oprimida antes que el del vicio triunfante. ¿Quién querría
ser Lovelace con todas sus ventajas? ¿Quién no querría ser Clarisse, a pesar de todas sus
desgracias? […]
He oído reprochar a mi autor su complacencia en detalles, que eran tildados de
excesivamente largos: ¡qué impaciente era yo con estos reproches! […]
Sin embargo, seamos justos. Los libros de Richardson forzosamente deben parecer
extensos a una sociedad que se ve arrastrada por mil distracciones, para la cual el día no
tiene suficientes horas para gozar de todas las diversiones a las que se ha acostumbrado.
Es por esa misma razón que esta sociedad ya no tiene ópera, y que en un futuro próximo
sólo se representarán en sus teatros escenas sueltas de comedia y tragedia.
Los detalles de Richardson desagradan y deben desagradar a un hombre frívolo y
disipado. Pero no es para ese tipo de hombre que él escribía sino para el hombre tranquilo
y solitario, que ha conocido la vanidad del ruido y las diversiones del mundo, y al que le
gusta vivir retirado y conmoverse útilmente en el silencio.
¡Acusan a Richardson de ser demasiado detallista! Olvidan cuánto esfuerzo,
cuidados y movimientos se necesitan para que la más mínima empresa tenga éxito, para
concluir un juicio, concertar un matrimonio o lograr una reconciliación. Piensen de estos
detalles lo que quieran, pero siempre serán interesantes para mí, si son verdaderos, si
sacan a relucir las pasiones, si muestran los caracteres.
Son comunes, dicen; ¡es lo que se ve todos los días! Se equivocan: es lo que ocurre
cada día ante sus ojos y que ustedes nunca ven. Cuidado, porque bajo el nombre de
Richardson están juzgando a los más grandes poetas. Cien veces han visto la puesta del
sol y la salida de las estrellas, y han oído resonar el brillante canto de los pájaros en el
campo. Pero, ¿quién de ustedes ha sentido que era el ruido del día lo que hacía más
conmovedor el silencio de la noche? Pues bien, ocurre con los fenómenos morales lo
mismo que con los fenómenos físicos: los arrebatos de las pasiones han golpeado a
menudo sus oídos pero están lejos de conocer todos los secretos que hay en sus acentos y
en sus expresiones. No hay ninguna pasión que no tenga su fisonomía, y todas estas
fisonomías se suceden en un solo rostro sin que deje de ser el mismo. El arte del gran
poeta y del gran pintor es mostrar una circunstancia fugaz que a ustedes se les había
escapado. […]
Sepan que es en esta multitud de pequeñas cosas que se basa la ilusión: es muy
difícil imaginarlas, es aún más difícil reproducirlas. El gesto es a veces tan sublime como
la palabra. Pero son todas estas verdades del detalle las que preparan el alma para las
fuertes impresiones de los grandes acontecimientos. […]
En este libro inmortal [i.e., Clarisse], como en la naturaleza durante la primavera,
no hay dos hojas que tengan el mismo tono de verde. ¡Qué inmensa variedad de matices!
Si es difícil para el lector captarlos, ¡cuán difícil fue para el autor encontrarlos y pintarlos!
¡Oh Richardson! Me atrevo a decir que la historia más verdadera está llena de
mentiras, y que tu novela está llena de verdades. La historia pinta a unos pocos individuos;
tú pintas al género humano. La historia atribuye a unos pocos individuos lo que no han
dicho ni hecho; todo lo que tú atribuyes al hombre, este lo ha dicho y hecho. La historia
solo abarca una porción de tiempo, solo un punto de la superficie del globo; tú has
abarcado todos los lugares y todos los tiempos. El corazón humano, que ha sido, es y será
siempre el mismo, es el modelo del cual copias. Si hubiera que realizar una crítica severa
al mejor historiador, ¿acaso habría alguien mejor que tú para lanzarla? Desde este punto
de vista, me atrevería a decir que a menudo la historia es una mala novela, y que la novela
(tal como tú la has hecho) es una buena historia. ¡Oh, pintor de la naturaleza! Tú nunca
mientes.

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