A Lunayda, Lucía, Perla... al satélite que dibuja portadas y fotografía la magia.

Gracias por ilustrar la historia de Luna y Lorenzo.

Ella. Luna. Las historias comienzan donde nosotros queramos empezar a contarlas. Nacen y se hunden cuando nos apetezca y esto a veces evita reconocer los matices que la hacen completa, que la despojan de secretos. Supongo que es como dice la canción de Sabina, que las vemos sin ropa, pero hay pocos que las vean desnudas.

Se terminó de secar el pelo y giró la cabeza a ambos lados mirándose en el espejo, por si el poco maquillaje que se había echado para disimular las ojeras se notaba demasiado. Se escuchaba el grifo todavía en el baño y las gárgaras de Lorenzo, las mismas de todas las mañanas, mientras ella terminaba de arreglarse.

-

Oye, ¿has llamado ya a Pedro? – preguntó desde el baño. Sí, pero tiene el buzón de voz. Lo llamo más tarde: aún es temprano.

Siguió peinándose con los dedos los mechones que le caían por la frente. Siempre los había odiado; sin volumen, se caían como si de las puntas colgase plomo. Dos toques más de rimmel y estaría lista. Las tostadas comenzaron a oler en la habitación y Luna se dio cuenta. Corrió hasta la cocina descalza y las sacó con la punta de los dedos, chupándoselos al soltarlas. Lorenzo apareció por detrás y asomó la mirada gracioso. ¿Pesan? No te las vuelvo a hacer, gracioso. Casi se queman... Creo que hoy voy a ir al gimnasio – cogió la mermelada en la nevera. ¿Y eso? ¿estamos a 28 de diciembre? – se sentó a la mesa con los platos de tostadas, donde él ya estaba recostado contra la ventana. Tengo que sacarle partido al bono, que fue un pastón – justificó bostezando. No habértelo hecho. ¿Hoy no vas a pintar? Sí, dentro de un rato seguramente me ponga con el retrato. ¿Tú que harás? He quedado. Antes tengo que pasar por la farmacia.

La rutina rompía la magia a los diálogos que un día fueron estallidos de desenfreno. Porque la realidad lleva a la exaltación de la monotonía y nos priva de los detalles que antes hacían sonreír en el peor de los momentos.

“Hoy cumplimos cuatro años juntos, y no me invade la ilusión de los tres anteriores. El primero lo viví con el miedo de quien empieza, con las dudas de qué regalar, qué decir, si gustará, cómo hacerlo y qué esperar de él. El segundo fue la espectativa de algo que ya conocía y que queríamos repetir mejorando los errores

del anterior. En el tercero... no se, creo que ya olíamos a rutina en un acto que tan solo había sucedido un par de veces. Así que a los cuatro años no podía llegar otra cosa que no fuese la monotonía absoluta de un fuego casi totalmente apagado. Lorenzo había entrado en mi vida en verano, cuando todo estaba vivo, ardiendo de calor, de ganas de hacerse realidad en muy poco tiempo. Siempre he creído que la gente en verano no descansa, sino que acelera todavía más las cosas que en invierno. La diferencia es que nos gusta hacerlo todo rápido, porque son reencuentros, fiestas, momentos que viviríamos a tope mil veces más, pero tan solo tenemos un par de meses; así que toca apurar el paso. Supongo que nos contagiaron esa velocidad y comenzamos viviéndolo todo de un solo atracón, y nos empachamos de amor. Ahora solamente buscaba un regalo que no se repitiese, que pareciese original pero que no le dejase a él quedar mal, que fuese práctico y no puramente sentimental. Habíamos pasado de lo simbólico a lo pragmático en tan solo cuatro aniversarios”.

Él. Lorenzo. ¿Cuándo se termina una historia, en qué preciso momento? Supongo que en el mismo instante en que no recordamos cuando empezó. Lo nuestro fracasó por dejarnos llevar durante demasiado tiempo, por empezar a presuponer antes de comunicar y preguntar. Y un malentendido tapó el anterior, y una suposición acabó ocultando y tiñendo los colores de un amor de blanco y negro.

Se sentó en la mesa de trabajo. Recordó que más tarde debía envolver el regalo de Luna. No, no se había olvidado. Hace nada estaba creando cuadros increiblemente conceptuales, y ahora se conformaba con los encargos más burgueses que podían hacerle.

“La primera vez que la pinté fue pintándome a mí mismo. Fue un óleo sobre lienzo, como casi siempre: una marioneta con mi cara, con mis «ojos llorosos de perro tristón», que era como Luna decía que los tenía la mayoría del día. Llevaba mi camisa de cuadros y la pulsera que me había regalado. Era una marioneta llena de hilos que se elevaban desde la cabeza, las manos, los pies y el corazón. Iban deslizándose, negros, hacia lo alto del lienzo, y se agarraban alrededor de una luna enorme, amarillenta y llena de cráteres. Recuerdo que me llevó semanas terminarlo, porque no sabía como hacer que pareciese vivo. Nunca había dedicado tanto tiempo a nada, y es que sabía que lo vería la primera, y que sería una obra por ella, y quizás para ella, o para los dos. Al verlo, sonrió como solamente ella sabía hacer, se metió el dedo indice en la boca y lo mordió como cuando se ponía a pensar. Se acerco, me abrazó y la miré espectante, preparado para escuchar un veredicto, lleno de miedo. Lo primero que me preguntó fue «¿me estás llamando manipuladora?». Y yo no supe qué responder. Porque la verdad es que me manejaba a su antojo, pero no de ese modo tan malicioso, sino que yo me dejaba manejar. Me quedé en silencio mirándola, y ella volvió a reír. -

He tardado porque no sabía cómo darle vida a esa luna. No lo entiendo. No es tán difícil dibujar una luna... Ah, ¿no? Pues enséñame a hacer que brille el lienzo.

Recuerdo que le expliqué cada uno de los cráteres y su razón de estar ahí. Los tres que estaban formando un triángulo, eran los lunares que tenía en el cuello, justo

debajo de su oreja derecha. Los pequeños del otro extremo del dibujo, los enfados que habíamos tenido. Yo dibujaba por amor; por amor al arte y por amor a lo que podía llegar a salir de mis entrañas. Ahora me doy cuenta de que hoy en día solamente trabajo pintando los sueños de otros, y olvidando los míos. Y ni siquiera Luna me despierta ya las ganas de rectificarlo”.

Ella. Luna. Me llevaré en la maleta los abrazos y las duchas compartidas. Dejo atrás olvidados los momentos malos, las palabras de las que nos arrepentimos y los besos que nunca nos dimos por volver la cara y ni siquiera discutir. Voy ligero de equipaje, dicen que así se llega antes a tu estación. Quizás me veas mirar hacia atrás, pero solamente para sonreír por lo que llevo conmigo. Si algún día te olvidas de mí, recuérdame solo para saber que te quise como nadie. Y que el frío me sigue llenando las manos cuando intento llamarte para escucharte. Para regalarme los oídos con la voz que un día solamente sonaba para mí, y que susurraba “nunca te vayas, quédate”.

Luna salió de casa con música en los oídos. Debía pasar por la tienda de discos a recoger el encargo que había hecho: el regalo de Lorenzo. Estaba segura de que Lorenzo no se iba a esmerar. Su último trabajo le tenía ensimismado y Luna incluso por momentos pensaba que no recibiría ningún regalo de aniversario por su parte. Pero sabía que aquellos vinilos le encantarían. Siempre escuchaba música al pintar, así que decidió ayudarle en una tarea que lejos de resultarle ociosa, se había vuelto tediosa e incluso imposible.

Ni siquiera antes de cerrar la puerta se paró para darle un beso a Lorenzo. En otro tiempo saltaban de boca a boca durante cinco minutos interminables antes de despedirse. Y era difícil, “¿quien dará el último esta mañana?” Ahora se había olvidado y no sentía la necesidad de volver atrás para decirle adiós. Ya daba igual. Aquella mañana era la sentencia de un adiós, pero no el de todos los días, no el de los besos y el “hasta la noche”. Era el adiós de una historia, de su historia. Y ninguno se atrevía a mencionarlo, pero los ojos no lo callaban, y los dos hacían que no sabían.

“Mi nombre es Luna. Y no sé si nací para llamarme así o el nombre me hizo tal y como soy hoy. Nocturna, misteriosa, a veces llena y a veces a medias. Pero siempre soy la misma, todas las noches y todos los días, y siempre estaré ahí. Podrá ser el peor día de tu vida, pero sabrás que no te fallaré cuando se termine. Estaré ahí.

Lorenzo era San Lorenzo. Un sol. Lo nuestro se componía de mis noches de plenitud, de luna llena, y sus días de calor y vida, de energía. Yo daba calma y el me nutría de felicidad y luz.

Pero creo que en algún momento dejó de hacerse de día, o quizás dejó de llegar el atardecer. Porque llegó un momento, un día, una noche.. poco a poco y al mismo tiempo de repente, en que dejamos de llevar la cuenta de las horas y los días de nuestro calendario. Y sucedió sin quererlo, pero tampoco nadie lo remedió”.

Él. Lorenzo. Cargando esta mochila de cemento. Dudas, culpas y argumentos.

Comenzó a pintar aquel cuadro que le habían encargado con las mismas ganas que le había puesto a lavarse los dientes. Se puso música, miró el reloj y se propuso parar a las tres horas. Los trazos se sucedían y ninguno le entusiasmaba más que el anterior, ni veía el principio siquiera, como para ver el fin...

Se acabó. No podía continuar. Se levantó tras media hora de líneas sin sentido y se puso la chaqueta. Salió a pasear y a abrir su mente, buscando un poco de inspiración. La suficiente para terminar aquel encargo, no pedía más. Y tomó la gran decisión: si no pintaba para sí mismo, no lo haría nunca más. Ese sería su último cuadro. No quería seguir buscando los sueños de los demás con las manos de un hombre que ya estaba vacío de ellos. No soportaba seguir manchando los deseos que algún día había tenido un chaval adolescente, que decidió dedicar su vida a hacer aquello que le hiciese feliz. Y hoy no era feliz.

Paseó durante horas y horas que se le volvieron nada. El teléfono sonó varias veces, pero no lo cogió. Vio a la gente pasar por su lado y analizó sus caras. Vio preocupaciones, infidelidades, desamores, miedos, frustraciones, adolescencias incomprendidas, paternidades no reconocidas, abandonos, soledades. Esperanzas, ilusiones, cenas con velas para esa noche, entradas para el cine, llamadas perdidas, anillos que buscaban un sí, carreras para no perder el autobús, paseos como el suyo. Con dudas, con reproches; cargados de preguntas y vacíos de respuestas. Escuchó llantos, carcajadas, abrazos, susurros, aviones que despegaban repletos de anhelos y despedidas, taxis que corrían hacia el futuro de otro reencuentro. Y entendió lo que tanto había ignorado.

“Las mentiras pueden servirnos para aliviar dolores, para protegernos de los dedos que nos señalen, para quedar bien, para dejar a alguien quedar mal. Algunas piadosas, otras llenas de malicia. Suelen convertirse en el escudo para sacarnos de cualquier situación que no encaje con nuestros deseos. Pero casi siempre termina saliendo a la luz, porque por muy dura que sea la verdad, nunca podemos matarla. Sigue ahí, aunque no queramos verla.

Durante mucho tiempo Luna y yo nos habíamos mentido y los dos éramos conscientes de aquel embuste. Dejamos de besarnos por las noches, dejamos de decirnos te quiero por no esperar un .«yo también», o peor, un «lo sé». Dejamos

de pasear de la mano, dejé de decirle «qué guapa estás», dejó de enviarme mensajes sin sentido desde el otro lado de la casa. Y seguimos mintiendo, y nos gustaba engañarnos. Porque es mucho más fácil enfrentarse a la farsa que uno quiera inventarse que a la verdad que nos impone un presente que no se lleva bien con el pasado, y con el que no se pone de acuerdo para un futuro que nos agrade. Todo lo que había entre Luna y yo se llamaba costumbre. Costumbre y cariño. Creo que ha llegado la hora de decirnos la verdad, hasta que duela y hasta que escueza. De seguir nuestro camino, de escucharla cantar como antes, en los bares donde la conocí. Con su voz rota, llena del dolor que todavía no había conocido. De seguir yo pintando, para mí y por mí, sin nadie más en el destino de mis cuadros que yo mismo. De abrir las ventanas de esta casa que se asfixia y airearla de los malos sueños, del polvo acumulado en la monotonía de las líneas de libros que nunca se abrirán, porque nunca comenzaron.«Fue bonito mientras duró», dicen”.

Al llegar a casa envolvió el regalo de Luna. Un libro lleno de dibujos con tinta china que había elaborado durante esos cuatro años. Hecho de momentos, de viajes, fotogramas de los mil cuatrocientos sesenta y un días a su lado. Pensaba dejarlo sobre la mesa del comedor, con una nota de despedida. Lo pensó durante un pequeño momento de cobardía. Pero no, su vida merecía una charla, un adiós o simplemente un “necesito irme un tiempo”. Una nota sería matar los recuerdos y ensañarse en la despedida, sin ni siquiera atreverse a llevarla a cabo. Dejó el libro y volvió a salir. La casa volvía a ahogarle y no quería encontrarse con Luna. No ahora.

Ella. Luna. «Ellos tienen razón. Esa felicidad, al menos con mayúsculas no existe. Ah, pero si existiera con minúsculas sería semejante a nuestra breve pre-soledad. Después de la alegría viene la soledad, después de la plenitud viene la soledad, después del amor viene la soledad. Ya se que es una pobre deformación, pero lo cierto es que en ese durable minuto uno se siente solo en el mundo. Sin asideros, sin pretextos, sin abrazos, sin rencores, sin las cosas que unen o separan; y en esa sola manera de estar solo, ni siquiera uno se apiada de uno mismo». Mario Benedetti. Luna volvió a casa después del trabajo mirando al suelo. La verdad es que su sueño no era aquel trabajo de oficina, por mucho cielo que admirase desde su despacho en aquel piso veintitrés. Ella antes cantaba. Se pasaba las noches con su guitarra en los bares más extraños de toda la ciudad. Cantaba sus canciones, sus preguntas y sus respuestas a la vida mientras los presentes reían, ligaban, se emborrachaban o daban vueltas al limón de su copa pensando en sabe Dios qué. Nadie la escuchaba realmente, a veces – y con suerte - dos o tres, pero ¿y qué? Hacía lo que quería hacer, sin que nadie la condicionase. Era feliz, componía su vida en pentagramas sin que la gente la intimidase ni lo más mínimo. Lorenzo hacía lo mismo con su pintura - cuando se conocieron -, pintaba lo que sentía sin prejuicios, sin filtros, sin esperar el aplauso ni el dinero de nadie. Y se habían amado igual, porque lo deseaban, porque los llenaba. Y ahora vacíos e inapetentes se preguntaban uno a espaldas de la otra, y la otra a espaldas del uno, por qué seguían juntos sin en realidad siquiera estarlo. El miedo al después era la respuesta. Y Luna ahora estaba dispuesta a sortearlo. Los vinilos y las cenas románticas iban a ser el comienzo de la traca final. Porque no podía seguir engañando a la única persona que siempre había sido la verdad, la única y absoluta verdad para ella.

Él. Lorenzo. Salió de casa mirando el reloj y sin mirar antes de cruzar. Llevaba una de las zapatillas desatadas. “Al llegar a aquel banco la ato bien”, pensó. Escuchó un frenazo y un golpe frío le anudó el estómago. Se sintió caer. En un leve parpadeo descubrió su cara tumbada en el asfalto y las ruedas de un coche frente a sus ojos. La gente se agolpó alrededor y las voces difusas se confundían con los gritos de alguien que decía “una ambulancia, que alguien llame a una ambulancia”.

“Pocas veces uno consigue aquello que anhela, siempre hay algo o alguien que vigila para robárnoslo. Y cuando alcanzamos un poquito de felicidad o un trocito de un sueño, la sensación dura un instante. Por eso, cada vez que la vida nos ofrece un guiño, una pequeña sonrisa, solemos cerrar los ojos, coger carrerilla y correr aferrados a ello sin perder un solo segundo. Vivir al máximo, aprovechar cada gotita de buenas vibraciones, cada minuto de libertad y cada día de seguridad. Porque sabemos que después de todo eso viene otra vez la realidad, la cruda realidad. Despertar se vuelve todo un reto, y llegar a la meta sanos y salvos significa abrir de nuevo los ojos, ver que nuestra vida sigue como antes de cerrarlos. Que los libros siguen en la estantería de siempre esperando que alguien les limpie el polvo, que el reloj se ha parado pero el tiempo no, la maleta sigue encima del armario, sin ningún destino para llenarla, la cama sigue deshecha, igual que nuestra vida. El café está frío y las plantas mustias de sed. Y es que mientras corríamos y huíamos con nuestra felicidad abrazada, la vida siguió adelante y lo peor es que ahora va mucho más rápido que antes.

El ser humano tiene una rara tendencia a escapar. Tanto corremos y escondemos lo que amamos, como luego volvemos a salir corriendo tras ver la realidad. Somos inevitablemente cobardes y yo, hoy, no seré la excepción”. No conseguía recordar como había llegado hasta allí, pero estaba en el hospital. Escuchaba las sirenas de las ambulancias, los pasos apurados y los médicos a su alrededor pronunciaban palabras que desconocía. Lo revisaban, lo movían, le trasladaban de un lugar a otro a toda prisa y le miraban a los ojos intentando hacerle reaccionar. De pronto aquellos ojos se cerraron, y solamente vio una luz blanca en un silencio absoluto, pero cautivador.

Ella. Luna. Luna entró en casa esperando encontrarse a Lorenzo como de costumbre, lleno de pintura, con mil cd’s encima del escritorio y cuatro trazos en el lienzo. Nunca se explicó cómo tan poco – aparentemente – trabajo podía derivar en tanto desastre a su alrededor. Pero le encantaba imaginárselo todos los días. Era de las pocas cosas que, siendo parte de su rutina, nunca la aburrían. Corrió a cerrar la ventana del comedor, estaba empezando a llover. Al acercarse a ella vio el regalo encima de la mesa, posó la bolsa con los vinilos y se atrevió a curiosear en las costuras del papel de regalo, para asomarse y averiguar qué era su regalo. El papel estaba todavía sin cerrar, así que teóricamente ella no lo desenvolvería... Decidió abrirlo del todo y ver qué contenía su regalo de aniversario. No esperaba encontrarse nada y ahora veía algo incluso envuelto. No podía esperar sin saber más detalles. Estaba inexplicablemente ilusionada. Miró la tapa del libro y observó las esquinas dobladas y gastadas, y supuso que se trataba de un regalo especial, nada comprado recientemente. Eso la alivió.

Abrió el libro y se encontró con un montón de dibujos, que retrataban momentos inolvidables al lado de Lorenzo. Se emocionó y los acarició con la yema de los dedos mientras apretaba los labios y contenía las ganas de llorar. Sonó el teléfono. ¿Luna Robles? Sí, soy yo. Hemos visto que es el número más usado por Lorenzo, asi que suponemos que es familiar. ¡¿Qué ha pasado con Lorenzo?! ¿Está bien? Está en el hospital norte, ha sufrido un atropello. Todavía no podemos darle datos sobre su estado, pero queríamos saber si avisamos nosotros a la familia o se encarga usted... Luna colgó, dejó el libro sobre la mesa y salió hacia el hospital. Esto no podía estar pasando, no hoy. Llegó y desorientada la guiaron hacia una sala llena de enfermos llenos de tubos, un pasillo de gentes heridas que ni siquiera seguían sus pasos con los ojos. Llantos a la puerta y abrazos desesperados buscando un porqué. Se aterró y continuó buscando la camilla de Lorenzo, tragando saliva y sin mirar atrás. Llena de sudores fríos y con los puños cerrados, al final de la sala, le

encontró. Con la cabeza vendada y un tubo que le tapaba la cara. Llevaba la camisa de cuadros que ella le regaló hacía cuatro años. Rompió a llorar. Tras unos minutos sentada a su lado, buscó con la mirada algún médico que le dijese que iba a ser de él, qué había pasado exactamente y si se iba a poner bien. Un médico apareció como de la nada y le puso la mano en el hombro. Le explicó que solamente cabía esperar, el golpe en la cabeza había sido muy fuerte y al llegar al hospital había entrado en coma. El conductor no le había visto salir de entre los coches aparcados al lado de su casa. No pudo evitarlo y el atropello había sido brutal. No podían hacer más. El conductor del coche recogió sus pertenencias. Una bosa y un papel que llevaba consigo, agarrado en la mano con fuerza. La enfermera se los dará. Después de unos minutos difusos y eternos, Luna dejó de fijar sus ojos, ya secos de ni siquiera parpadear, en la camilla de Lorenzo. Acarició su mano y salió hacia el puesto de enfermeras, buscando a alguien que le diese sus pertenencias. Se sentó junto a él, llorando desconsoladamente y abrió la nota que tan aferrada había llevado en la mano. Estaba arrugada, con fuerza.

“Luna, mi sol, ahora toca recoger el equipaje. El juego terminó, aunque para mí nunca lo fue. Y si en realidad se trataba de eso, yo jugué a ganarte cada minuto. Solo nos quedan las sonrisas de papel, los recuerdos impresos en fotografías y tu nombre escrito con el dedo en el baho del espejo. He decidido enumerar los paseos sin reloj por orden alfabético, y todos se acumulan en la S de siempre. Toda la magia de nuestros instantes se quedará pegada a nuestro interior, como rayazos en la madera, como la marca rectangular de nuestras fotos en la pared, aunque las arranque mil veces. Pero se acabó, el amor ya no está. No podemos inventar lo que no existe. Sería traicionar todo lo que hemos vivido, sonreído, amado y disfrutado.

Respiro despacio antes de irme y cerrar la puerta de nuestra historia, de las cuatro paredes de lo que pudo ser y no fue. Recojo en mis pulmones de un solo golpe el olor a gominola de tu pelo, el azúcar pegado a tus labios que me pedía que le rescatase con los míos, la sal de las lagrimas que besé mientras recorrían a toda velocidad tus mejillas, el calor de tus manos y el frío de tus pies en medio de la noche.

Lo superaré, aunque no lo olvidaré. Mi fe y mi religión están para siempre en tí y en cada uno de los momentos que el camino dejó en el arcén. Puedo mirar atrás para sonreír al verlos en mi mente, y debo mirar adelante para conseguir que me empujen hacia algo nuevo, sin tí, sin lo que pudo haber sido. Todo te irá bien, lo sé. Conocerás a alguien que vuelva a hacerte sentir la voz más bonita de los bares de Madrid. Yo seguiré a tu lado pase lo que pase, y de vez en cuando me tendrás en tus conciertos, pero hoy tenemos que terminar de mentirle a la historia que comenzamos con la verdad. Tu voz y mis pinceles están encerrados en algún rincón de esta casa, y deben volver a salir. No se tú, pero yo sigo creyendo en que los sueños hay que perseguirlos sin descanso. Y nos hemos tomado un receso, ambos, que nunca debería haberse producido. Sueña, mi Luna, sueña como antes lo hacías entre los acordes de tu guitarra. Despierta o dormida, da igual, pero sueña sin cesar. Porque en el momento en que paramos de hacerlo, en que abrimos los ojos, dejamos mustias todas las hojas de un árbol de proyectos que estaban sin concluír. Esta noche es especial, es la última o la primera, depende como te lo tomes. Tengo muchas cosas que contarte, pero lo haré después del postre, y después de ver tu regalo. El mío está dentro de este paquete, y es un libro de recuerdos que te va a encantar. Sí, sí, un libro de recuerdos. ¿A que suena a locura? También lo parecía nuestra historia, y míranos.

Él. Lorenzo. Y el adiós. Todo está en calma. La luz blanca no para de cegarme los ojos, y siento que todo va a empezar de nuevo, y terminar. Solamente necesito decirle a Luna que fue el mayor regalo de mi vida, que me encantó dibujarla cada noche, que la quise más que a mí mismo, y que el final de nuestra historia es el regalo más grande que podemos darnos en el último aniversario. Por decirnos la verdad, por no engañarnos.

¿Porque no estás aquí, Luna, entre esta luz? Quiero que me agarres de la mano y antes de coger carrerilla me mires a los ojos con tu eterna sonrisa. Y después corramos, los kilómetros que sean. Y que sigamos contracorriente, como los salmones, o como cuando tienes esos sueños en los que no eres capaz de avanzar ni un poco, por mucho que te esfuerces. Así va a ser nuestro camino separados, difícil y contrario, igual que nuestro comenzo. Pero a pesar de ello quisimos luchar contra el aire y las mareas, llevar la contraria al mundo cada vez que gritaba que esto era imposible. Porque las únicas historias tristes son las que, por cobardía, se quedan en un papel esperando hacerse realidad.

Ella. Luna. Y el después. Habían pasado tres días desde que Lorenzo había muerto. Aquella carta fue la mejor despedida de todas. Y ahora tocaba decirle adiós. Le enterrarían en el pueblo donde nació, rodeado de los cipreses que tanto le gustaban, al lado de sus padres, y rodeado del calor del sol, el calor que él le había dado a Luna durante cuatro años. Volvía a llover, como desde hacía cinco días, cuando aquella llamada le rompió el alma en mil pedazos. Pedro, el mejor amigo de Lorenzo, al que al final no volvió a llamar, conducía y miraba por el retrovisor a Luna, recostada en la ventanilla del coche, abrazada a sus recuerdos: llevaba consigo el libro de recuerdos que le había regalado, y los vinilos que no llegó a escuchar.

Había muy pocos silencios en aquella cabeza. Mientras el coche avanzaba por la carretera los únicos momentos de paz entre aquella lluvia incesante eran los segundos bajo los puentes y los túneles, cuando cesaba el murmullo de las gotas en el techo y los cristales. El viaje se le hizo más largo que nunca, y eso que lo había recorrido con él millones de veces. Pero cuando uno va recordando los buenos momentos con la consciencia de que no se repetirán de ningún modo, acostumbra a sentir eternos los tránsitos entre un acontecimiento y otro. Del dolor, el primer acontecimiento, a la aceptación de él solamente quedaban unos kilómetros. La noticia le dolió, y asumirla le estaba llevando al temor.

“¿Alguien sabría explicar con exactitud lo que se siente al perder a alguien? No hablo de que deje de amarte, de hablarte, que se vaya a otro país u otra ciudad. Hablo de perderlo porque él pierde la vida. La incertidumbre evita la explicación, porque la cantidad de sentimientos y de vacíos se vuelve infinita por momentos. Y quizás nunca llegamos a asumir las consecuencias de una pérdida. Se trata de echar de menos y no tener como decírselo, se trata de llorar la espera que nunca termina, siendo consciente de ello. Se trata de huír como si estuviesemos en una cinta andadora, huír sin avanzar con el recuerdo y las lágrimas pegadas al cuerpo por mucho que nos limpiemos. Asumir que debemos olvidar si algo les pasa, si algo les duele o les alegra, si piensan en tí... Porque ya no habrá nada de eso. Se trata de ver como el mundo sigue girando mientras nosotros lo intentamos frenar inútilmente con las manos”.

Los pensamientos de Luna. Los pensamientos de Lorenzo. Habían sido los de dos mudos que hablaban de lo que menos importaba. Que preguntaban si habían ido al banco, si habían comprado sal, si las luces estaban apagadas y si la basura la bajaba él o ella. Dos mudos que en silencio hablaban del dolor, del miedo y de la angustia de perderse cuando ya se sabían perdidos. Dos sordos que oían, pero no querían escuchar. A los que se les amontonaban las mentiras y las miradas rotas, y que nunca supieron decir “se acabó” el uno al otro. Y que cuando lo decidieron, la muerte apareció para arrebatarles el turno de palabra.

Se sorteaban en silencio a quien le tocaba, igual que un día se sortearon el último beso de las mañanas.

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