Está en la página 1de 38

CAPÍTULO XXV

LOS ESTADOS O MODALIDADES DE LA


CONCIENCIA.
LAS DEFORMACIONES DE LA CONCIENCIA.
LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA CRISTIANA

El juicio de la conciencia es determinante en la valoración moral del


obrar humano, según se ha visto en el capítulo anterior. Por otra parte, es
evidente que solo será conforme con la dignidad de la persona si, además de
hacerse con rectitud subjetiva, es decir, de acuerdo con lo que se estima ser
la verdad, es en realidad conforme con la verdad.
Son varias, por tanto, las cuestiones que pueden plantearse. En primer
lugar, las que se relacionan con los estados o modalidades de la conciencia
(I). Después, las que se refieren a la deformación de la conciencia moral (2).
Y, por último, las que tratan de mostrar la necesidad de la educación y
formación de la conciencia (3). De todas ellas se ocupa este capítulo, siempre
desde la perspectiva de la obligatoriedad del juicio moral.

I . Los ESTADOS O MODALIDADES DE LA CONCIENCIA

El tratamiento clásico de la conciencia distingue varios estados o


modalidades, según sea la perspectiva que se adopte para esa clasificaciónl.
Se trata, desde luego, de una distinción académica que, sin embargo, puede
contribuir mucho a clarificar la responsabilidad de la persona en el obrar
moral.
a) Antecedente, concomitante o consecuente, por la referencia a los
actos: la primera juzga del acto que se va a realizar; la segunda, mientras se
realiza; y la tercera, sobre el acto ya realizado. En todos los casos se
trata de un juicio o dictamen que aprueba 0 condena, es decir, impone como
mandado o prohibido un modo determinado de obrar.
El sentimiento de alegría o de culpa (remordimiento) que, según sea la
calidad moral de los actos, acompaña generalmente a la conciencia
consecuente, no debe confundirse con el juicio de la conciencia. Puede
ayudar a reconocer el valor moral de las acciones, pero el juicio de la
conciencia es un acto de la razón práctica.
b) Conciencia verdadera o errónea, por la relación que guarda con la
ley moral. Es verdadera si el juicio es conforme con la ley moral; y errónea
(o falsa), en caso contrario. La conciencia errónea puede ser vencible o
invenciblemente errónea, según que el error sea o no imputable al sujeto que
Io padece.
c) Conciencia cierta, probable o dudosa, según la seguridad con la
que el sujeto asiente al juicio de la conciencia. En la primera, el asentimiento
se da sin temor a errar; en la probable, va acompañado del temor a
equivocarse; y en la dudosa no se da el asentimiento,
d) La conciencia, considerada desde la perspectiva del sujeto que
actúa, recibe el nombre de conciencia recta cuando el juicio formulado es el
resultado de una búsqueda sincera de la verdad. Se procede por amor a la
verdad y se intenta hacer propio el bien que Dios pide y propone, y por eso
se busca acomodar la conducta a lo que se juzga que son las exigencias de la
verdad y que realmente así es.
«La razón del hombre —dice a este propósito santo Tomás— será recta
en la medida en que se deja dirigir por la voluntad divina, que es la primera y
suprema regla»2. En la Sagrada Escritura se designa como «buena» (Cf. Elch
23, 1; 1 Tm 1, 5. 9; 1 P 16,21 ; Hb 13, 18), «pura» (Cf.
I Tm 3, 9; 2 Tm I , 3), «irreprensible» (Cf. Hch 24, 16),

I El deber de seguir la conciencia recta

La calidad moral de la persona está ligada a la rectitud de la conciencia


y, para ello, «debe buscar la verdad y debe juzgar según esta
misma verdad»4. De la fidelidad a la conciencia y de que esta «se ajuste a la
ley divina»5 depende que el hombre responda o no al designio de Dios sobre
su vida. Es evidente, por eso, la importancia de la formación de la
conciencia, a fin de que, iluminada por el Espíritu Santo (Cf. Rm 9, I
manifieste claramente la verdad (Cf. 2 Co 4, 2).
La conciencia es recta cuando el juicio sobre la moralidad del acto se
realiza con certeza moral práctica (no es necesaria una certeza física ni
metafísica), es decir, cuando está fundada en un juicio de prudencia que
excluye el temor razonable a equivocarse: a) porque se ha llevado a cabo
poniendo los medios adecuados; b) porque se juzga que el juicio se
conforma con la verdad objetiva, propuesta y acogida racionalmente por el
hombreó; c) porque se han puesto la diligencia y el esfuerzo que las personas
prudentes suelen emplear en esos casos.
La conciencia recta es la que debe guiar siempre el obrar moral. El
Magisterio de la Iglesia, particularmente en los últimos tiempos, insiste en la
necesidad de proceder siempre con rectitud de conciencia en la conducta
personal y social. En efecto, solo de esa manera la persona podrá alcanzar la
perfección a la que está llamada7; y ese es también el camino ineludible del
desarrollo y madurez de la sociedad*.
La obligación de seguir la conciencia recta deriva de que la persona
descubre que manifiesta realmente la voluntad de Dios. Ese juicio obliga
siempre y por sí mismo.
«El hombre percibe y reconoce por medio de su conciencia los
dictámenes de la ley divina, conciencia que tiene obligación de seguir
fielmente en toda su actividad para llegar a Dios que es su fin»9,
I .2. La moralidad de la conciencia errónea
Sin embargo, como recuerda Veritatis splendor, que cita al Vaticano II,
«la conciencia, como juicio de un acto, no está exenta de la
posibilidad de error»10. Así Io enseña la Sagrada Escritura (Cf. Rm 12, 2) y
lo confirma también abundantemente la experiencia universal. Cabe, por eso,
plantearse la cuestión sobre la moralidad y la obligatoriedad de seguir la
conciencia errónea, es decir, aquella cuyo juicio no es conforme con la ley
moral't.
El juicio de la conciencia se da, en efecto, como resultado de un
razonamiento que consiste en la aplicación de los principios universales (la
ley moral) al caso particular. Y en ese razonamiento o discurso la conciencia,
que «no es un juez infalible»12, puede errar por varios motivos: a) porque no
identifica adecuadamente las exigencias que conlleva la ley moral; b) porque
no ha tenido en cuenta suficientemente las circunstancias del caso particular;
c) porque el razonamiento no se ha desarrollado con la debida prudencia y
rigor.
Aunque la razón humana es capaz de percibir la luz de los primeros
principios, esa luz puede oscurecerse por una «acomodación al mundo presente»
que impediría «distinguir» con claridad «la voluntad de Dios: Io bueno, Io
agradable. Io perfecto» (ef. Rm 12, 2)13.

En orden a la moralidad de ese juicio es esencial la distinción, según la


terminología clásica, entre el error o ignorancia invencible y el error 0
ignorancia vencible.
—Se llama ignorancia invencible aquella en la que «el error de la
conciencia es el fruto de una ignorancia ( . . .) de la que el sujeto no es
consciente y de la que no puede salir por sí mismo»14. Ni siquiera se
sospecha que se está en el error o, cuando después de la debida reflexión,
estudio de la cuestión y solicitud de los oportunos consejos, se llega a un
juicio objetivamente erróneo que, sin embargo, se considera conforme con la
verdad. El sujeto desconoce que el juicio no coincide con la verdad y,
además, no es culpable del error que tiene.
—En la ignorancia vencible hay también desconocimiento de que el
juicio es erróneo, es decir, no conforme con la verdad, pero es imputable a la
persona, ya que, en última instancia, se debe a una mala disposición de la
voluntad. La conciencia se oscurece cuando falta la rectitud en la voluntad
(Cf. Jn 5, 30).
Con esa distinción cabe establecer los siguientes principios o normas de
moralidad:
a) Es lícito seguir la conciencia invenciblemente errónea
«En el caso de que tal ignorancia invencible no sea culpable —nos
recuerda el Concilio Vaticano 11—, la conciencia no pierde su dignidad
porque ella, aunque de hecho nos orienta en modo no conforme al orden
moral objetivo, no cesa de hablar en nombre de la verdad sobre el bien, que
el sujeto está llamado a buscar sinceramente» s.
Existen, sin embargo, profundas diferencias entre la conciencia
verdadera y la invenciblemente errónea, como Veritatis splendor pone
claramente de manifiesto:
—en la conciencia verdadera, el juicio está de acuerdo con la verdad
objetiva, de la que deriva siempre la dignidad de la conciencia;
—en la conciencia errónea, en cambio, el juicio está de acuerdo con Io
que el sujeto piensa equivocadamente que es la verdad objetiva.
Por otra parte, aunque el mal cometido con ignorancia invencible pueda
no ser imputado a la persona que Io realiza, no deja de ser un mal, un
desorden con relación a la verdad sobre el bien. No se puede «equiparar el
valor moral de un acto realizado con una conciencia verdadera y recta, con
aquel realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea.
) Además, el bien no reconocido no contribuye al crecimiento moral de la
persona que Io realiza; este no la perfecciona y no sirve para disponerla al
bien supremo» 16.

b) No es lícito actuar con conciencia venciblemente errónea


«La conciencia, como juicio último concreto , compromete su dignidad
cuando es errónea culpablemente, o sea "cuando el hombre no trata de de
buscar la verdad y el bien, y cuando de esta manera, la conciencia se hace
casi ciega como consecuencia de su hábito de pecado » 17
Como la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad, jamás es
lícito seguir el dictamen de una conciencia que es culpable del error que se
padece. Quien obra sin estar seguro de que su acción es conforme con la
verdad, está dispuesto a aceptar el mal en el caso de que fuera este lo que se
siguiera de la acción que va a realizar. Para actuar es necesario salir del error.
1.3. La moralidad de la conciencia dudosa

San Pablo, según interpretan de manera constante los autores18, enseña


claramente que no se puede obrar con conciencia dudosa y que quien Io hace
peca: «El que, dudando, come, se condena, porque no obra según la fe (es
decir, según la recta conciencia); y todo lo que no viene de la fe es pecado»
(Cf. Rm 14, 21-23). Así Io percibe además el sentir universal.
La duda de la que estamos tratando es:
—positiva: es razonable el temor a que el juicio sea erróneo, por
ejemplo. porque se tienen razones para dudar de si IO que se mueve detrás
del matorral es un oso o el compañero de caza. Las dudas negativas, es decir,
las que no se fundan en razones o motivos serios no deben ser tenidas en
cuenta; y
—práctica: referida a la moralidad del acto concreto, por ejemplo, si en
la circunstancia aludida es lícito disparar o no.
a) No es moralmente lícito obrar con conciencia dudosa, sea porque
se actúa suspendiendo el juicio, sea porque se actúa con duda positiva y
práctica.
En ambos casos, el sujeto que actúa está dispuesto a aceptar y abrazar el
mal , es decir, quiere el desorden que pueda seguirse como consecuencia de la
decisión tomada.
b) Para obrar con rectitud moral, si la situación es de conciencia
dudosa, es necesario salir de la duda o abstenerse de actuar. Los modos de
superar la duda son de dos clases:
—Directos: los que eliminan la duda de tal manera que llevan a tener una
conciencia recta. Como medios directos se indican, entre Otros, la oración, el
estudio, el consejo (que sirven para la formación de la conciencia).
—Indirectos (también llamados «reflejos»): los que proporcionan la
seguridad 0 certeza moral de que se obra con rectitud.
En cuanto a los indirectos, es común sostener que «cuando están en
juego cuestiones graves se debe elegir la posición más segura»'9; «en los
demás casos, de ordinario se puede decidir con libertad Io que honestamente
se juzgue más
Siempre, sin embargo, la prudencia llevará a buscar, en las
circunstancias determinadas. el mayor bien para la persona y para los demás,
como corresponde a una criatura llamada a participar de la condición de hija
de Dios.

Se dan a veces situaciones en las que la persona no sabe qué hacer, debido a
que piensa que no procede con rectitud (es decir, peca). tanto si actúa como
si no. Es la conciencia perpleja. Se trata, evidentemente, de una perplejidad
subjetiva y relativa, ya que objetivamente nadie puede estar obligado a pecar.
Como, en realidad, se trata de una variante de la conciencia dudosa, se debe
acudir a los mismos principios. Son los que recomienda para casos similares
san Alfonso María de Ligorio'l.

2. LAS DEFORMACIONES DE LA CONCIENCIA MORAL

Lo deseable es que el juicio sea recto y verdadero, es decir, que se


formule con la seguridad de que es conforme con la verdad, y que realmente
Io sea. Esa es la finalidad que ha de mover siempre a la persona a la hora de
actuar.
A veces, sin embargo, ocurre que ese juicio, por circunstancias y
motivos diversos, se aparta y no se ajusta a la verdad. Es una situación de la
conciencia que, en algunas ocasiones, tiene lugar, como acaba de verse, sin
culpa; otras, en cambio, el error se debe a la fragilidad o a la malicia, y
entonces es imputable a la persona que lo padece.
Cabe, por ello, plantearse ahora la cuestión de la deformación de la
conciencia: en concreto, cuáles son los pasos (por lo menos algunos) que
conducen a esa deformación.
«Jesús —recuerda Veritatis splendor— alude a los peligros de
deformación de la conciencia cuando advierte: "La lámpara del cuerpo es el
ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está
malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad,
iqué oscuridad habrá!" (Mt 6,
2.1. El proceso de la deformación de la conciencia
«El hombre virtuoso, dice santo Tomás citando a Aristóteles, es regla y
medida de todas las cosas humanas»23. Esta afirmación se admite sin
dificultad con solo advertir el influjo de las disposiciones morales en el
juicio de la conciencia, ya que, aunque realizado por la razón, es obra de la
persona en su totalidad.
La inteligencia tiende de suyo a la verdad. Sin embargo, el hombre
puede no querer la verdad y no seguir esa inclinación. Por eso es decisiva la
intervención de la voluntad, que, si no es recta, difícilmente procederá como
se debe en relación con los bienes cuya consecución exige dificultad. Se trata
de una actitud que, si no se corrige, llevará a no discernir adecuadamente
entre la verdad y el error, entre el bien y el mal, según prueba
suficientemente la experiencia universal. La conciencia llegará casi a
cegarse24. La rectitud de la conciencia está estrechamente ligada a las
buenas disposiciones morales, a la práctica de la virtud. Y eso requiere el
compromiso de la persona en su totalidad.
En el proceso de deformación de la conciencia pueden intervenir causas
personales (el descuido de los medios necesarios para la formación de la
conciencia, la justificación de los propios errores, la falta de lucha en la
práctica de la virtud, etc.) y externas (el relativismo moral, las estructuras,
etc.)2'. Sin embargo, en su raíz y desarrollo, siempre está presente una
voluntad torcida que, movida por una equivocada afirmación de sí misma,
trata, más o menos conscientemente, de disimular O falsear la luz de la
verdad.

2.2. La conciencia laxa

Como tal se designa aquel estado de la conciencia en el que la persona


juzga que los actos malos que realiza no son pecados, o, al menos, no
revisten la gravedad que realmente tienen. Un juicio al que la persona llega
sin una razón suficiente que Io motive26. La conciencia laxa es, en el fondo,
una forma de conciencia venciblemente errónea.
Como causas de la conciencia laxa suelen enumerarse: «la deformación
doctrinal y el influjo del ambiente; el desorden en la propia conducta, y, de
modo particular, la soberbia que inclina a no querer reconocer o, al menos, a
quitar importancia a las propias culpas. Naturalmente, en cada persona y
caso, estas causas se combinan diversamente, implicando mayor o menor
responsabilidad del sujeto»27.
Se percibe, por eso, que a esa situación no se llega sin culpa de la
persona; una culpa que, como es obvio, será diferente según haya sido su
responsabilidad. No reviste la misma gravedad si ha sido motivada, sobre
todo, por la mala educación, por las conductas de otras personas que debían
servir de ejemplo, etc., que si se debe a la mala voluntad del que busca
justificar su conducta depravada.
En cualquier caso, si se trata de ayudar a salir de esa situación, el
esfuerzo ha de dirigirse no tanto a identificar los síntomas y la
responsabilidad cuanto a erradicar sus causas. Teniendo en cuenta la fuerza
de la libertad humana, capaz, con la luz y fuerza de la gracia, de adherirse a
la verdad y al bien, hay que ayudar al sujeto a descubrir la belleza y el
atractivo de rectificar, mostrarle que vale la pena empeñarse en cambiar su
actitud de fondo, aunque suponga no poco trabajo y, a la vez, plantearle con
claridad la gravedad de su situación.

23. [LI conciencia escrupulosa

Otro tipo de conciencia deformada es la conciencia escrupulosa. La


persona escrupulosa juzga que es pecado Io que no Io es, o tiende a
considerar, sin motivo, que es grave Io que de suyo es leve2*. Esta
deformación se manifiesta de diversas maneras: a) por una preocupación
obsesiva por el valor moral de los propios actos (intranquilidad que no se
funda en motivos serios); b) por la necesidad de dar explicaciones (en la
confesión) sobre detalles y circunstancias que no tienen importancia alguna
para la valoración moral de los actos; c) por la terquedad o pertinacia en el
propio juicio a pesar de los consejos que busca y recibe29.
En el origen de la conciencia escrupulosa se pueden encontrar factores
muy diversos: pl?disposiciones de índole psíquica (por ejemplo, tendencia a
ideas fijas), formación moral defectuosa (por ejemplo, educación en un
legalismo rigorista), amor excesivo al propio yo (por ejemPIO, no admitir
con sencillez los errores propios), etc. Otras veces, sin embargo, se trata de
situaciones de la conciencia que no son causadas por la persona y de las que
se sirve Dios como modo de purificación. estas son, por Io general,
transitorias.
Salir de esa situación requiere discernir las causas de su origen. Si se
debe a trastornos de tipo psíquico, habrá que contar con los oportunos
auxilios médicos uu En cualquier caso siempre será necesaria la confianza y
el abanslono en Dios, quien, como Padre misericordioso, acoge al que acude
a El con dolor y arrepentimiento, por muchos y graves que hayan sido sus
pecados. Por eso la sinceridad y la sencillez, junto con la docilidad en la
confesión, constituyen el remedio mejor para recuperar la paz.
Sobre el modo de actuar el confesor en el ministerio de la confeSión, los
autores recomiendan proceder con benignidad y autoridad. Con benignidad,
porque han de ayudar al escrupuloso a percibir la misericordia infinita de un
Dios que es Padre y busca siempre nuestro bien. Con autoridad. porque ha de
exigir obediencia al penitente (la conciencia escrupulosa, por estar
deformada, no puede ser norma de moralidad). De ahí que deba ser claro,
conciso y exigente, sin permitir explicaciones innecesarias.

3. LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA CRISTIANA

La persona debe seguir siempre el dictamen cierto de su conciencia.


Para ello ha de buscar que sus juicios, realizados según la razón, sean
conformes con el bien verdadero, el que corresponde al designio o plan de la
sabiduría de Dios. Es necesario, en consecuencia, que se abra cada vez más a
la verdad y practique la viltud, hasta conseguir que su existencia se conforme
de tal manera con el querer de Dios que llegue a ser ley para sí misma. Por
eso es tan importante la formación de la conciencia. «La educación de la
conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón»u. Se
condenaría a sí misma la persona que descuidara esa búsqueda, o de una
manera deliberada actuase en contra de Io que le dicta su conciencia.
3.1, La necesidad de la educación de la conciencia

La posibilidad del error y de la deformación de la conciencia es una de las


consecuencias del desorden introducido por el pecado. Como la experiencia
demuestra suficientemente, la persona, por fragilidad o por malicia, realiza no
pocas veces valoraciones sobre la moralidad de los actos que no se ajustan a la
verdad. De ahí que, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, «la
educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a
influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a
rechazar las enseñanzas autorizadas»32.
Existe, sin embargo, otro motivo de mayor peso que hace necesaria la
formación de la conciencia: el deber que la persona tiene de buscar y abrazar
la verdad. En el caso del cristiano, además, esa necesidad se acrecienta como
consecuencia de su incorporación a Cristo por el bautismo, ya que siempre es
posible un mejor conocimiento de la ley moral (de Cristo, en definitiva) y una
fidelidad mayor en la observancia de esa ley (en el seguimiento e imitación
de Cristo).
Esto exige una conciencia cada vez más delicada, más atenta a seguir las
mociones del Espíritu, a Io que se debe hacer en los actos y circunstancias
determinadas (aquí y ahora). Algo que la persona solo puede realizar si se
esfuerza por ser dócil al querer de Dios, procurando que los juicios de la
conciencia se ajusten cada vez más a la verdad. Por eso se advierte también
en seguida que la formación de la conciencia es una tarea que, aparte de
comprometer a la persona en su totalidad, ha de durar toda la vida3
«Los cristianos —como todos los demás hombres— tienen el deber de
formar su conciencia: examinándose a sí mismos (l Co l l , 28; 2 co 13, 5; Ga
6, 40), tratando de descubrir siempre la voluntad de Dios (Rm 12, 2; Ef 5,
IO), ponderando en cada ocasión qué es IO que conviene hacer (Flp l , IO).
Con la ayuda del Espíritu y de la misma comunidad, los cristianos han de
esforzarse por lograr una conciencia "buena e irreprochabie" (Hch 23, l : 24,

3.2. Los medios para la educación de la conciencia


«Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce
las prescripciones de la ley Esto exige «que cada
uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia»
Para la formación de la conciencia es necesario, en primer lugar, el
conocimiento de la ley de Dios. Además, es «indispensable una especie de
"connaturalidad' entre el hombre y el verdadero que se adquiere por las virtudes.
Solo así se está en disposición de discernir en cada caso qué es «lo bueno, IO
agradable, lo perfecto» (Cf. Rm 12, 2). Elementos necesarios de esta formación son,
por tanto, la ciencia moral y la educación en las virtudes: «La prudencia y las otras
virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y
la caridad»38.

a) La ciencia moral

Sin ciencia no puede haber conciencia. Para proceder como se debe es


necesario conocer lo que hay que hacer y disponer de los medios para llevarlo a
cabo. Las buenas intenciones, por muy sinceras que sean, no son suficientes. Por
ello, como se trata de responder a la vocación personal, poseer la ciencia moral
debida supone, entre otras cosas. conocer los deberes que comporta desempeñar
adecuadamente esa vocación.
El cristiano, que sabe que «la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar*,
además del esfuerzo por adquirir la ciencia moral mediante el estudio, la petición de
consejo*', etc., deberá acudir a la oración y frecuentar los sacramentos. De manera
panicular, el de la Reconciliación41 ,
ya que, «en realidad, el corazón "convertido" al Señor y al amor del bien es la
fuente de los verdaderos juicios de la conciencia»c. Además, debe tratar de
ser dócil al Espíritu Santo, que es el que «enseña toda la verdad» (Jn 16, 13) y
el que derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Cf. Rm 5, 5).
«Efectivamente, según la enseñanza del Nuevo Testamento, la tarea o
función del Espíritu en la economía de la salvación es hacer presente y viva
en la vida de los creyentes la Verdad que Cristo nos entregó', mediante su
acción. esta Verdad se hace interior a todo creyente. El Espíritu introduce en
nosotros la Verdad de Cristo y a nosotros en la Verdad de Cristo»o

b) La práctica de las virtudes


La madurez de la persona, que «se manifiesta en una cierta estabilidad de
ánimo, en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de
juzgar los acontecimientos y los hombres»44, es el fruto de la virtud.
—En primer lugar, porque, mediante el desarrollo de las virtudes, la
conciencia está en disposición de liberarse de la dureza del corazón
provocada por el desorden del pecado, que tanto dificulta el conocimiento de
la verdad moral. La luz de la conciencia se oscurece cuando la voluntad no se
empeña suficientemente en la búsqueda de la verdad.
—Pero, sobre todo, porque solo con el esfuerzo que comporta el
ejercicio de las virtudes se llega a poseer esa inclinación o connaturalidad
para discernir y acomodar en cada caso la propia conducta a la voluntad de
Diosas. Conocer la luz de la verdad moral (de la Palabra de Dios) es
necesario, pero no basta: se requiere además dejarse iluminar y guiar por ella,
es decir. asimilarla y ponerla en práctica con la «espontaneidad» de quien la
ha convertido en vida propia. Y esto es fruto de las virtudes.
c) La ayuda de la Iglesia

En la formación de su conciencia, el cristiano cuenta siempre con la mediación de la Iglesia. La


adhesión al plan o designio de Dios es adheSión a Cristo, y la adhesión a Cristo es adhesión a su Iglesia.
Solo acoge la verdad de Cristo quien escucha la voz de la Iglesia y se forma en ella. La conciencia cristiana
es necesariamente conciencia eclesial.
La ayuda de la Iglesia llega al cristiano de muchas maneras: por la instrucción y predicación, los
sacramentos, la oración, los testimonios de los demás cristianos, etc. Y de manera muy particular, por el
Magisterio, que, al pronunciarse en cuestiones sobre materia moral, no se inmiscuye pava nada en la
libertad de la conciencia: solo está a su servicio, en la adhesión que ha de prestar a la verdad. De ahí el
deber de asentir y dejarse guiar por la enseñanza autorizada de la Iglesia46.

«Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la
Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de Ja verdad y su misión es anunciar y enseñar
auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios
de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana»'?.