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Inicio de la novela, Rómulo Gallegos (1884-1969) una vez más nos ubica geográficamente

en los lugares donde la presencia y el aporte africano a la nación venezolana son


imposibles de ignorar. Se notan con fuerza en el fenotipo de las gentes, en su habla y
costumbres (“el baile del tambor donde el negro olvida todas sus penas”), y el relato se
desarrollará en torno al gran problema de la negritud en Venezuela: la esclavitud y su
legado de dolor y resentimiento. La Guerra Federal (1859-1863) es el escenario histórico, y
aunque ya la esclavitud había sido abolida (1854) sus consecuencias seguían pesando. La
gran guerra civil que padecimos desde el proceso de Independencia en 1810 hasta
principios del siglo XX tendrá en el sufrimiento de esta etnia (“raza humillada”) uno de sus
sellos fundamentales.

En la Venezuela del siglo XIX sólo la guerra podía garantizar el ascenso y cambio social.

El odio y el rencor que generó la esclavitud no pudieron resolverse con su abolición. Y a


ello se suman otros problemas sociales e ideológicos que la Independencia generó o no
logró superar. Es por ello que “la Venezuela cuartel” —en palabras del autor— genera
todas las escaramuzas y levantamientos posteriores que tendrían en la Guerra Federal su
más sanguinaria expresión. Las tesis positivistas aparecen como explicación al afirmar:
“Sería el duelo a muerte entre la barbarie genuina en que continuaba sumida la masa
popular, con sus hambres, sus rencores y sus ambiciones, y la civilización de trasplante —
códigos y constituciones aparentemente admirables— en que venía amparando sus
intereses la clase dominadora” (“Cuarta jornada”, capítulo I). Y más adelante describe esta
realidad “disolvente” como:

La guerra contra el propietario y contra la gente de propiedad (…), para aniquilarla y


destruir la propiedad que la hacía fuerte. Se ofrecía ésta a las clases menesterosas como
banderín de enganche, mas por donde pasaba la montonera no quedaba sino escombros y
tierras asoladas. Se simulaban decretos del gobierno restableciendo la esclavitud, a fin de
que todos los que habían gemido bajo sus cadenas corrieran a ponerse en armas contra
los antiguos amos y a las guerrillas se incorporaban las peonadas, después de haber
contribuido a la matanza de los propietarios o de sus mayordomos (…). Se entraba a saco
a los pueblos para arruinar a los comerciantes y luego se entregaban a las llamas, a fin de
que no quedase blanco con techo que lo abrigara. Se pasaba a cuchillo a todo el
“mantuanaje”, incluso las mujeres y los niños, muchas veces” (“Cuarta jornada”, capítulo
I).

Este es el contexto de los personajes que luchan en contra o se dejan llevar por este
“destino”. Y una vez más el protagonista (Pedro Miguel, “el Cachorro”) es fruto del
mestizaje, ahora entre una blanca “mantuana” (Ana Julia Alcorta) y un negro esclavo que
huye a los montes: “Negro malo”. Aunque los Alcorta lo entregan a una familia que lo
cuida, siempre es denigrado por mulato salvo por el tío Cecilio (“el viejo”) Céspedes y un
primo de nombre Cecilio (“el joven”) Alcorta Céspedes. El tío Cecilio es un personaje
instruido, un gran viajero, con una biblioteca en la hacienda, y el cual nos recuerda de
algún modo a Simón Rodríguez. Es la imagen del buen pedagogo que no puede faltar
entre los personajes que crea Gallegos. Resaltando su tesis de que para civilizar nuestra
barbarie el mejor medio es la educación y el amor. Pero acepta que ante grandes
injusticias se hace inevitable una revolución; el problema es que nuestro igualitarismo
nació bajo la crueldad, el pillaje, las violaciones y la destrucción total. Porque en la
Venezuela del siglo XIX sólo la guerra podía garantizar el ascenso y cambio social. Y una
vez más está el arquetipo de la mujer que todo lo soporta (Luisana) y que con su amor
puede transformar la barbarie destructiva del hombre.

Aunque inicialmente, y por su título de Pobre negro, pareciera que se dedicará a intentar
comprender nuestra alma africana, no termina de lograrlo.

Es una novela pesimista y por ello es la que mejor explica nuestra condición bárbara, pero
deja la puerta abierta a la redención (civilizarnos) más por el amor de “la mujer sufrida y
virtuosa” que por la educación. Venezuela es comparada con una mujer que vive de pasar
gente de uno a otro lado de un río y le han asesinado a sus hijos y pierde la razón: “De pie
en la balsa, entre sus hijos muertos, la madre, muda y trágica, hundía de cuando en
cuando la palanca, cual si buscase un rumbo”.

Aunque inicialmente, y por su título de Pobre negro, pareciera que se dedicará a intentar
comprender nuestra alma africana, no termina de lograrlo. De modo que vuelve a su tema
de siempre: la esencia de la venezolanidad: el mestizaje y el conflicto entre la barbarie y la
civilización. A lo africano le da un valor secundario, como un aporte minoritario a nuestra
condición cultural, e intenta hacerle un homenaje ante su gran sufrimiento histórico. Pero
el daño de la esclavitud sobre esta etnia es tan grande que su consecuencia inmediata
después de la liberación, interpretando a Gallegos, es su rechazo al trabajo, al estudio y a
la civilización (“La verdá es que esto de trabajá es pa los… desmemoriaos. Habiendo ese
camino tan ancho que es la guerra”), e incluso cuando hace la guerra tiende al pillaje más
que a la lucha política. Ni siquiera le ofrece el novelista un papel de liderazgo, porque el
mulato Pedro Miguel es el que le lleva el mensaje de rebelión e incluso lo inicia. Se puede
concluir en este sentido que las tramas que desarrolla don Rómulo en sus novelas nunca
pueden alejarse de una visión global del ser venezolano. Se refieran a una región, a una
clase, a una “raza”, siempre debe mostrar lo que somos y nunca reducir su perspectiva a
una parte nada más.