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Panopticón cultural

Sobre las bibliotecas


Ricardo E. Tatto
“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Jorge Luis Borges
Resulta lamentable que en la actualidad las bibliotecas públicas hayan caído en desuso, ya
que con el auge de los libros digitales, las búsquedas por internet y las compras en línea,
estos depósitos que resguardan el conocimiento humano cada vez son menos visitados,
siendo intercambiados por una rápida consulta desde los ordenadores que todos tenemos en
casa. Sin embargo, aunque la información disponible de manera virtual ha rebasado por
mucho la velocidad con que las publicaciones impresas se actualizan, existen otros motivos
para visitar o mantener una biblioteca en el hogar.
Y es que, más allá del uso pragmático e investigativo de una biblioteca pública, cuando se
trata de la sección literaria el asunto cambia, pues el entretenimiento, la imaginación y el
pensamiento no pasan de moda, y ni siquiera los libros digitales pueden estar a la par de
toda la literatura de ficción y no ficción que se ha publicado desde el nacimiento de la
imprenta. Justo aquí es donde entra otra modalidad de biblioteca: la biblioteca personal.
Mientras que en siglos anteriores, como el XVIII y el XIX eran comunes las enormes
bibliotecas y las colecciones privadas, aquellas con voluminosos tomos empastados y
encuadernados en piel que engalanaban las residencias al abrigo de una chimenea, hoy en
día y en el contexto mexicano estamos muy lejos de conceptualizar algo así, tanto por los
bajísimos niveles de lectura como por el complicado poder adquisitivo del lector común,
aquel que vislumbra los libros como un lujo muchas veces innecesario.
Pero en un país como el nuestro ningún lector es común; tristemente las personas asiduas a
la lectura somos vistos como personas fuera de serie, máxime si uno se dedica a menesteres
literarios, académicos o intelectuales. Es en esos casos cuando es más probable encontrar
bibliotecas privadas al interior del hogar, incluso como parte de un estudio u oficina que
forma parte de la normalidad cotidiana, donde resulta indispensable tener tal o cual libro a
la mano como referencia bibliográfica.
Más allá de lo anterior, resulta valioso cualquier lector que ejerza el habito de consumir
literatura sin ningún interés profesional, por el simple hecho del gusto y la pasión de
solazarse en el ocio de la abstracción literaria. En estos casos, un librero o una biblioteca en
el hogar también es indispensable para los lectores de ocasión o consuetudinarios, aunque
la mayoría de la gente no comprenda el afán de acumular o coleccionar libros, muchos de
los cuales tal vez nunca serán leídos.
En ese sentido, una biblioteca personal cumple la misma función que una lista de música o
de películas en las plataformas digitales, el cual es tener una variada selección disponible
en el momento en que uno así lo desee. Y es que a veces uno tiene el antojo de leer algo en
específico; para esos momentos que nos caen como un rayo, los libros siempre deben estar
a la mano, puesto que se corre el riesgo de perder ese impulso estético. Esa espontaneidad
de querer releer o conocer determinado libro es invaluable, casi tan invaluable como tener
una biblioteca propia.