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El silencio de los inocentes

Hace veinte años, el asesinato de tres chicos en un pueblo pobre de Arkansas conmocionó a los
Estados Unidos y a los medios, fascinados por el cóctel de morbo, delirante pintoresquismo
regional y la posibilidad de que los culpables fueran adolescentes fans del heavy metal. Los
documentalistas Joe Berliger y Bruce Sinofsky siguieron el caso y el desastroso comportamiento de
la Justicia en la magnífica serie de películas Paradise Lost. Y ahora, Peter Jackson se les une con
otro documental, Los chicos de Memphis, recién editado en dvd: el director de El Señor de los
Anillos no sólo termina de demostrar la inocencia de los acusados, sino que aportó recursos
financieros para que se reabra la investigación y se dé finalmente con el verdadero culpable.

Por Mariano Kairuz

En mayo de 1993, en una zona pantanosa de West Memphis (Arkansas) conocida como Robin
Hood Hills, tres chicos de ocho años aparecieron muertos, sus cadáveres desnudos y uno de ellos
severamente mutilado. Los chicos estaban desaparecidos y llevaban unos días buscándolos. Un
mes más tarde, el jefe de la policía local anunciaba ante la prensa el arresto de tres adolescentes
sobre cuya culpabilidad tenía, en “una escala del uno al diez”, una certeza de once (sic). Sin
embargo, no había ninguna evidencia que vinculara a los adolescentes, Damien Echols (de 18
años), Jessie Misskelley (17) y Jason Baldwin (16), con los crímenes de los que se los acusaba.
Pronto la condena social y la unilateral cobertura mediática dieron la impresión de que se trataba
de un caso cerrado, que el correspondiente juicio se limitaría a confirmar lo que ya todos en el
pueblo sabían. Como vestían remeras negras y escuchaban Metallica, nadie pareció cuestionar las
sospechas de que se trataba de practicantes de satanismo y de que los asesinatos habían formado
parte de algún ritual macabro.

La única “prueba sólida” en la que se basaba la policía era una presunta confesión de Misskelley.
Dicha confesión había sido obtenida bajo coerción, al final de un interrogatorio que duró 12 horas
de las cuales solo quedaron registrados 45 minutos, y en el que no estuvo presente ni un juez, ni
un abogado, ni un testigo. En lo poco que quedó grabado alcanza a percibirse cómo los
interrogadores fueron conduciendo las respuestas para que Misskelley –quien tiene un coeficiente
intelectual de 72, lo que se considera un grado de retardo mental– corrigiera los horarios de sus
testimonios de manera que se ajustaran a las denuncias de las desapariciones de los tres chicos
asesinados. La “confesión” no pudo usarse en el juicio porque Misskelley no aceptó testificar
contra los otros dos, pero para entonces su difusión ya había inclinado al jurado irreversiblemente.
Esto, y el extendido prejuicio de un pueblo entero en llamas, le alcanzó a la Justicia local para
condenar, en 1994, a Misskelley y Baldwin a cadena perpetua, y a Echols, señalado como el “líder
de la bandita”, a la pena de muerte.

Desde que se conocieron los arrestos y hasta después del juicio, los documentalistas Joe Berliger y
Bruce Sinofsky se instalaron en West Memphis para seguir y registrar el caso. Habían sido enviados
por HBO –elegidos por un excelente documental anterior, Brother’s Keeper– para hacer una
película sobre un tipo de crimen juvenil, un retrato de juventud descarriada. En un principio, no
tenían dudas sobre la culpabilidad de los adolescentes, ya que eso era lo que sostenía
monolíticamente la prensa sobre el crimen. Pero enseguida se encontraron con un caso tremendo
de degeneración judicial que estaba destinado a desembocar en una condena fatal. Tras conseguir
un acceso extraordinario a los familiares de las víctimas y de los acusados, a los abogados y a los
juicios orales, Berlinger y Sinofsky le dieron forma a un documental extraordinario titulado
Paradise Lost: The Child Murders at Robin Hood Hills (1996), que llamó la atención sobre el caso y
dio pie a un movimiento de alcance nacional en apoyo de una defensa justa de quienes pasaron a
ser conocidos como “Los Tres de West Memphis” (WM3). Por su parte, los directores hicieron
propia la causa, decidiendo que seguirían cubriendo el caso hasta ver a los chicos excarcelados, y
continuaron su cobertura en otros dos impresionantes documentales, Paradise Lost 2: Revelations
(2000) y Paradise Lost 3: Purgatory (2011). En medio de este largo proceso, que fue reuniendo el
apoyo de anónimos, de activistas y de famosos como Eddie Vedder, Henry Rollins, las Dixie Chicks
y Johnny Depp –que incluso compró los derechos para una biografía de Echols–, se sumó activa
pero (en un principio) anónimamente un importantísimo realizador que se había visto
conmocionado por este flagrante caso de injusticia: Peter Jackson.

Junto a su mujer y coguionista de siempre, Fran Walsh, el director de El Señor de los Anillos
promovió con importantes aportes financieros la reapertura de la investigación, no solo para
probar la inconsistencia de las condenas de los West Memphis Three, sino para dar con el
auténtico culpable, a quien tantos años de desidia y entorpecimiento le habían dado margen para
cubrirse o escaparse. Tras nuevos testeos de ADN y el análisis de nuevas evidencias –que la
deficiente e insuficientemente solventada defensa original nunca había llegado a hacer–, y bajo
una figura legal dudosa, Damon, Misskelley y Baldwin salieron por fin en libertad, tras 18 años de
cárcel. Este procedimiento legal, The Alford Plea, permitía que la Justicia de Arkansas considerara
la pena cumplida, pero no declaraba la inocencia de los chicos, y por lo tanto, ni admitía su error ni
la nulidad de los juicios previos, ni impulsaba la búsqueda del verdadero culpable de los crímenes.
Esta última etapa dio lugar a una cuarta película sobre el tema, producida por Jackson y Walsh y
dirigida por la documentalista Amy Berg, que acaba de llegar directamente al dvd local con el
título Los chicos de Memphis (West Memphis), y que reconstruye toda la historia sosteniendo la
inquietante tesis de que, por más que los falsos culpables finalmente fueron liberados, hay un
tema más grande y perturbador alrededor de este caso, relacionado con las fallas del sistema de
Justicia. Y, como dejó en claro Paradise Lost, con ciertos prejuicios muy arraigados, con el estilo de
vida y ciertas taras de una parte del interior profundo de los Estados Unidos.
EXHIBICION DE ATROCIDADES

La secuencia de atrocidades de Paradise Lost arranca con las imágenes muy explícitas de los
cadáveres recién encontrados de los nenes: los cuerpos desnudos, encorvados y marcados,
expresando indefensión y vulnerabilidad. Pero no mucho menos brutal e impresionante que la
escena del crimen es lo que viene después, cuando la película se interioriza en la vida del pueblo.
En un clip de un noticiero, un periodista le pregunta a Pam Hobbs, la madre de una de las tres
víctimas, si cree que “la gente que hizo esto adoraba al diablo”, a lo que ella contesta sin dudar:
“¡Sí! Mirá la pinta que tienen. ¡Son unos reos!”. Los documentalistas recortan la imagen sobre la
cruz que Hobbs lleva en una de sus manos, y Paradise Lost encuentra enseguida su rumbo: no solo
han dado con un caso de corrupción del sistema, sino con todo un universo, parte del llamado
Cinturón Bíblico estadounidense, a retratar.

Se trata de una región azotada por la miseria y las consecuentes deficiencias de formación y
educación; una comunidad castigada y estancada, conservadora y rabiosamente religiosa. En
breve y contundente sucesión vemos los carteles del sermón del día de diversas iglesias locales; el
de la Bautista reza: “Dios no tiene problemas de desempleo”; el de la Iglesia de Cristo titula: “La
mayoría de nosotros podríamos ser padres perfectos si no fuera por nuestros hijos”. En este
panorama cobra prominencia John Mark Byers, padrastro de una de las víctimas: en un par de
escenas lo vemos desplegar su teatral furia vengadora con palabras de la Biblia. “Lucifer se
apoderó de vuestras mentes y celebraron sus rituales satánicos aquí”, dice un afiebrado Byers,
mientras describe la castración, los golpes y el despellejamiento de los chicos. “Jessie, Jason,
Damien, espero que vuestro amo se los lleve pronto; y les prometo una cosa: cada 5 de mayo (día
del crimen) haré mis necesidades (sic) sobre sus tumbas. Pongo a Dios por testigo.”

Por supuesto que Byers es un personaje único, un chiflado temible, pero componentes de esa
misma fiebre religiosa impulsaron algunos de los momentos más terribles del juicio a Echols. Un
presunto experto en ocultismo presta testimonio en la Corte, explicando las costumbres de los
satanistas, una obsesión regional desde los ’80. Como a uno de los chicos asesinados le han
arrancado el escroto, muchos creen que Damien Echols lo hizo para beber su sangre como parte
de un ritual. Echols es sometido a un largo interrogatorio sobre sus conocimientos en materia de
ocultismo, la Wicca y Aleister Crowley. Su actitud relajada, hasta canchera al responder, no lo
beneficia a los ojos de un jurado ya sumergido sin retorno en sus propias convicciones. Tampoco
que declare que Metallica, “y el heavy metal en general” lo hacen “sentirme más vivo”. “¿Tiene
algo de malo, en sí mismo, vestir de negro? No. ¿Tiene algo de malo en sí escuchar heavy metal?
No. Pero cuando uno junta las dos cosas, y empieza a indagar y a ver en el interior de Damien
Echols, uno puede ver que dentro de esa persona no hay un alma”, dice el fiscal John Fogleman en
uno de los momentos más auténticamente increíbles del juicio.
Es terrible asistir al dolor de los padres de los chicos muertos, pero también a las expresiones de
desconcierto y desconsuelo de los padres de los acusados, que en toda oportunidad se ven
genuina y humildemente convencidos de la inocencia de éstos. El juicio llega a su fin con una
cantidad de evidencias a favor de los chicos –no hay un solo rastro de sangre que los ligue a la
escena del crimen– totalmente desestimadas.

NINGÚN PARAÍSO

Las principales críticas que se le hicieron a la primera película estuvieron dirigidas al foco que
ponen los cineastas sobre Byer, porque, en todo caso, la estupidez y la ignorancia no son crímenes
capitales. Cuando, pocos años después de la repercusión de la primera película, Berlinger y
Sinofsky volvieron a West Memphis, el pueblo les dio vuelta la cara, los escupió (literalmente),
acusándolos de haberlos pintado ante el mundo como una comunidad de rednecks, el fondo del
barril de los blancos pobres del Sur. Los documentalistas argumentan que su objetivo no era la
explotación de la pobreza sino exhibir las injusticias que suelen caer con mayor dureza sobre los
sectores menos privilegiados del país. Pero les fue negada la posibilidad de filmar los juicios, y
muchos ya no se dejaron entrevistar.

Dadas las limitaciones y resistencias encontradas, buena parte de la segunda película se centró en
el crecimiento del movimiento Free the West Memphis Three, gestado entre individuos de
diversos lugares del país que se habían conmovido con la primera película. Film militante, PL2 fue
objetado por focalizarse con saña en Byers. La muerte de su esposa poco después del film anterior
por “causas indeterminadas”, y un delirante asunto alrededor de su dentadura postiza y una
mordedura marcada en la cara de uno de los nenes muertos, da lugar a lo que algunos de los
detractores interpretaron como una caza de brujas sobre Byers semejante a la que Arkansas había
lanzado sobre los WM3 en 1994.

En Paradise Lost 3 (2011) Berlinger y Sinofsky se reencuentran tras diez años con Echols,
convertido en un muchacho de 30 y pico perfectamente articulado al hablar, y casado con la
abogada neoyorquina Lorri Davis, con la que inició una relación por correspondencia. La película
sigue la presentación de nuevas evidencias a cargo de un más poderoso y bien financiado equipo
legal, y entre ellas aparecen revelaciones sorprendentes, como que las presuntas y largamente
discutidas heridas de cuchillo en los cuerpos de los nenes habrían sido infligidas post mortem por
¡un tipo de tortuga que habita los pantanos locales!, a las que incluso se les puede atribuir la
castración. También consiguen que se les dé más importancia a los (costosos) análisis de ADN, que
no solo prueban la falta de vinculación de los acusados con la escena del crimen, sino que llaman
la atención (a partir de un cabello) sobre otro padrastro de las víctimas, Terry Hobbs. El film se
extiende hasta la liberación de Echols, Misskelley y Baldwin por una pirueta judicial, la Alford Plea,
con la que el Estado –y los involucrados: el juez, ahora senador, y el fiscal, ahora juez– se cubre
ante las potenciales demandas millonarias que les caerían encima si reconocieran su error. Berg y
Berlinger coinciden en que la liberación sin exoneración es “un final trágico para esta historia
terrible sobre el sistema de Justicia norteamericano”.
“No quiero parecer modesto”, dijo Berlinger, “porque sí creo que si las Paradise Lost no se
hubieran hecho, Echols a esta altura ya hubiera sido ejecutado, y Baldwin y Misskelley olvidados.
Fuimos los únicos que en ese momento dijimos: ‘Acá hay algo que está fundamentalmente mal’, e
hicimos un film concienzudamente objetivo. La gente de WestMemphis.org son algunos de los
héroes anónimos de esta historia, y por supuesto Peter Jackson merece mucho crédito por los
millones de dólares y el empeño que puso en su heroica re-investigación del caso. Asimismo, la
investigación en sí misma no hubiera ocurrido si a Jackson no lo hubiera motivado nuestro trabajo
en el primer Paradise Lost”.

Y DESPUES

Paradise Lost y Los chicos de Memphis demandan reflexiones esenciales sobre el periodismo y el
documental, sobre la celebridad, sobre cómo intervienen en una realidad, modificándola.
“Nuestros films y el de Jackson son dos tipos de experiencia bien distintas”, dice Berlinger. “La
trilogía representa un periodismo objetivo hecho por gente que no tiene que ver con el asunto
que se narra, mientras que WoM es un apasionado documental de defensa hecho por quienes
impulsaron y financiaron la reapertura del caso.” Lo más criticable de Los chicos de Memphis es
que, mientras pugna por la excarcelación de los WM3, sale también a la caza del verdadero
culpable, y carga por demás sobre Hobbs. Se trata de un tipo desagradable, cínico y agresivo, pero
eso no lo convierte en el asesino; si embargo, termina la película y uno se queda con la sensación
de que fue él quien mató a los chicos. La caza de brujas, otra vez. Mientras tanto, está a punto de
estrenarse Devil´s Knot, del canadiense Atom Egoyan, basada en el libro de investigación de Mara
Leveritt, con Reese Whiterspoon y Colin Firth: los chicos de Memphis llegan a Hollywood, todavía
desde un relativo indie, pero con grandes estrellas en los títulos.

Lo que ya no habrá es serie de Paradise Lost. “No vamos a seguir con los documentales. Fueron 18
años de nuestras vidas, y hoy solo podríamos hacer un seguimiento amarillista de las vidas
después de la cárcel o una búsqueda del verdadero asesino, misión que ya asumió Jackson. Hoy
West Memphis es un lugar derruido, deprimido y peligroso, está atravesado por los asesinatos y
una atmósfera policíaca. La gente es muy pobre, está mal alimentada y hay mucha
metanfetamina. Es muy triste.” Berlinger colabora con Echols en un proyecto para ayudar a chicos
en problemas como los de los WM3, pero, dice “para nosotros es hora de pasar la posta y cabalgar
hacia el horizonte”.

Los chicos de Memphis está en dvd editada por el sello Blu Shine. Las tres Paradise Lost pueden
verse con subtítulos en castellano en YouTube.