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La anciana terminó de hacer sus compras en el supermercado, y al volver adonde

estaba su auto, descubrió a cuatro hombres en el acto de robárselo. Al instante la


mujer soltó sus bolsas, sacó un revólver, y les gritó a todo pulmón: «¡Como pueden
ver, tengo un revólver y sé cómo usarlo! ¡Salgan del auto, canallas!»
Los cuatro hombres no esperaron a que la encolerizada anciana les diera una nueva
orden, sino que salieron y huyeron como locos. Acto seguido, la mujer, muy agitada,
metió las bolsas en el asiento trasero del auto, y luego se acomodó en su lugar detrás
del timón. Estaba temblando a tal punto que no acertaba a arrancar el auto.
Trató de meter la llave una y otra vez hasta que por fin cayó en la cuenta de por qué
no lograba hacerlo. A los pocos minutos encontró su propio auto estacionado a unos
metros de distancia.
La despistada anciana metió las bolsas en su auto y se dirigió a la estación de policía
para denunciar la tentativa de robo. El sargento ante el que prestó su declaración
casi se muere de la risa mientras señalaba al otro extremo de la dependencia,
adonde cuatro pálidos hombres prestaban su propia declaración acerca del robo de
su auto, perpetrado por una enloquecida anciana de mediana estatura, con pelo
crespo y canoso, con anteojos y llevando un revólver enorme.
¡Con razón que a la «heroína» de esta historia la hayan apodado «la superabuela»! Ya
nos podemos imaginar la vergüenza que debe de haber sentido una vez que se
percató de su error. Todos comprendemos perfectamente que no había modo de que
aquella anciana, con las llaves de su propio auto, lograra arrancar un auto ajeno. De
eso no nos cabe la menor duda. Y tampoco dudamos de la sinceridad de la pobre
mujer, pues es probable que en el momento menos pensado, al igual que ella, cada
uno de nosotros nos hayamos equivocado con toda sinceridad. Pero hay algo de suma
importancia que muchos no hemos llegado a comprender, tal vez por tratarse de algo
espiritual y no material. Porque todos tenemos la tendencia a restarle importancia a
lo espiritual.
Lamentablemente hay muchas personas convencidas de que todos los caminos
conducen al cielo. Con esa misma lógica pueden alegar que todas las llaves arrancan
todos los autos que van por todos los caminos que conducen al cielo. Pero están
sinceramente equivocadas, porque así no son ni esta vida ni la venidera. Más vale
que tomemos en serio la «fórmula única» para llegar al cielo, pronunciada por
Jesucristo, el Hijo de Dios. A la pregunta: «Señor,... ¿cómo podemos conocer el
camino?», Cristo respondió sin vueltas ni rodeos: «Yo soy el camino, la verdad y la
vida. Nadie llega al Padre sino por mí.»1

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