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.nowevolution.

E D I T O R I A L
Título: Un mundo para el olvido.

© 2019 Dioni Arroyo Merino.


© Diseño Gráfico y cubiertas: nouTy.
Director de colección y editor: JJ Weber.
Colección: Volution.
Crónicas cibernéticas vol.2

Primera edición marzo 2020


Derechos exclusivos de la edición.
© nowevolution 2020

ISBN: 978-84-16936-55-7
Depósito Legal: GU 34-2020

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ción de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo
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Para los que sueñan y para los que ambicionan los sueños,
sabedores de que son la semilla de la acción.
Para que gocen de un dulce despertar.
LOS SUEÑOS QUE SE CONVIERTEN
EN HISTORIAS; LAS HISTORIAS QUE
LOS LECTORES SUEÑAN LEER.

Quizá sea cierto que todo sea un sueño. Que nuestras


vidas —nuestro pasado, nuestro presente y el futuro
que imaginamos— no sean más que el sueño de un ser
superior del que no sabemos su origen ni dónde se en-
cuentra. Tal vez. Como tal vez la creación literaria, la
chispa de la creación y su desarrollo, no sea otro asunto
que nuestra entrada en el terreno desconocido y enig-
mático de los sueños sin que lo sepamos, y además sin la
necesidad de estar dormidos, convirtiéndonos también
en seres superiores; y que la literatura, y todo tipo de
arte, resulte el reflejo de un sueño, o el reflejo de un es-
pejismo tan extraño como creador de vida, o de ilusión
de vida.

Lo que sí sé, es que Un mundo para el olvido, la nueva


novela del escritor vallisoletano Dioni Arroyo, y él mismo
me lo ha confesado, tiene su origen en un sueño inquie-
tante que tuvo durante una lluviosa madrugada invernal
poco después del día de su cumpleaños, en esa otra posi-
bilidad de que la «chispa creadora» se origine mientras

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estamos dormidos, en ese viaje tan extraño hacia no se
sabe qué lugar y del que regresamos cada mañana, como
nos hizo ver Octavio Paz en uno de sus célebres textos; y
en este sentido se une al grupo tan numeroso de autores
que han escrito obras valiosas tras tener un sueño que les
originó la posibilidad de una idea, de unos personajes, de
un potente territorio y de una atmósfera para una historia
que conmueva y perturbe los corazones de los lectores.

Cuenta Dioni Arroyo que aquella noche sufrió con


las oscuras imágenes de unas terribles algas verdes que
poblaban todo aquello que su mirada podía abarcar, en
un mar inmenso que no reconocía, y en el que en su ho-
rizonte se estaba poniendo un sol que parecía gritar de
angustia. Unas algas que le acechaban, porque él estaba
dentro de ese mar, y al que no sabía cómo había llegado,
ni sabía tampoco cómo salir de él. Fue un sueño que no
parecía acabar, y del que se despertó, dice: «instantes an-
tes de que una de esas algas fuera a llegar a mí, y segura-
mente hubiera acabado con mi vida…»

A partir de aquello, y como todo o casi todo le puede


servir a un escritor para hacer buena literatura, y como
también este sueño le acompañó en su memoria durante
muchos días, Dioni comenzó a elaborar una trama que
tuviera como protagonistas, o al menos que fueran uno
de los protagonistas, a estas algas verdes que a quienes se
acercaban les cambiaba su existencia.

El asunto es que fue creando de manera compulsiva,


obsesiva, como el gran escritor vocacional lleno de entu-

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siasmo que es, que ama su oficio sin ninguna cortapisa ni
dejándose llevar nunca de manera muy inteligente por nin-
gún desengaño, un argumento distópico, de pura ciencia
ficción, que es el género que le ha llevado a convertirse en
uno de los escritores de referencia en España de este tipo
de literatura, con ya cinco novelas publicadas, aunque tam-
bién ha frecuentado otros géneros en otros cinco libros
más. Como podemos ver, es un narrador puro, un narra-
dor total, un amante fiel de la literatura y que incluso tie-
ne la suerte de sentirse amado por ella, y que se encuentra
cómodo en cualquier terreno, haciendo caso únicamente
a su necesidad de escribir la historia que debe escribir.

Y Dioni es capaz otra vez, para regocijo de todos


sus lectores (a mí no me cabía ninguna duda), de lo-
grar con esta su nueva obra otra novela destacable de
ciencia ficción, sencilla en su estructura, pero que tie-
ne varios y ricos niveles de lectura, con la que el lector
no solo se engancha desde el primer párrafo y que lee
en muy pocas horas, logrando una historia apasionan-
te e increíblemente entretenida que mezcla con pulso
maestro acción, intriga, suspense y un fino lirismo, y
en la que también hay lugar incluso para el amor, una
historia sentimental y romántica que rebosa ternura y
calidez (Dioni borda siempre este aspecto porque él
mismo es un auténtico romántico de buen corazón y
lleno de espiritualidad), sino que además Un mundo
para el olvido es un relato cargado de reflexión y crítica,
de debate moral, político y filosófico, por todo aquello
que puede seguir creando ese monstruo depredador
que es el interés económico y el salvaje capitalismo, y

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lo que pueda depararnos también un futuro totalmente
tecnologizado, y que estamos empezando a crear y del
que somos testigos en nuestro presente, sin saber con
certeza adónde nos conducirá, con qué consecuencias.

Con Un mundo para el olvido, con la que se puede com-


probar que Dioni se encuentra en su madurez narrativa y
en el dominio pleno de su oficio, y que le sigue mante-
niendo en la cumbre del panorama literario, nos hace ver
de nuevo, dando la voz de alarma, que estamos ante todo
un difícil reto en el que debemos estar en alerta. Para ello,
no hay mejor género que la ciencia ficción para mostrar-
nos dónde nos encontramos, y para enseñarnos 'lo que
puede ser', lo que podemos crear en un tiempo que llega-
rá. Porque, al fin y al cabo, el futuro lo hacemos nosotros,
lo crearemos nosotros, y está en nuestra mano elegir la
mejor opción, aprovechando lo que tenemos para con-
vertirnos en seres y en sociedades verdaderamente feli-
ces y libres, aplicando una mirada humanista, igualitaria
y piadosa para con nosotros mismos, y no dejarnos arras-
trar por todo aquello que pueda dañarnos y residir en un
mundo que nunca deseamos ni esperamos, y que creo
que tampoco merecemos. Como decía antes, si la vida
no es más que un sueño, debemos hacer todo lo posible
para que no se convierta en una tenebrosa pesadilla.

La ficción está y estará siempre de nuestro lado. "La


literatura, el arte, nunca dejarán de ser nuestros compa-
ñeros cómplices para hacernos la vida mejor", decía Bor-
ges, y como también ha recordado en varias ocasiones el
propio Dioni Arroyo en entrevistas y en conferencias.

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Con libros como los tuyos, querido amigo y compañe-
ro, y con todos los que vendrán, de eso no cabe duda: la
literatura, tu literatura, se convierte en nuestro soñado y
anhelado territorio. En un sueño del que nunca quere-
mos salir.

Jorge D. Alonso Curiel


(Escritor y Crítico cinematográfico)

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PRÓLOGO

Publicamos Fracasamos al soñar el verano del 2017, des-


pués de documentarme durante bastante tiempo sobre
transhumanismo, la condición poshumana, el futuro de
la I.A autoconsciente y leer abundante literatura ciber-
punk.
Con aquella novela, la primera de mi colección de
«Crónicas cibernéticas», quise enfocar el tema hacia las
corrientes más antropológicas y filosóficas, dado que la
mayor parte de literatura del mercado reflejaba el futuro
tecnológico y científico, sin explorar la situación del ser
humano, los dilemas éticos y el cuestionamiento de la li-
bertad y de la nueva clase social que naciera de los que no
tuvieran acceso a las nuevas tecnologías. Con Fracasamos
al soñar tampoco quise descuidar los asuntos más hard
de la ciencia ficción, y a pesar de retratar lo que podría
llamar «un nuevo humanismo», investigué la deriva fu-
turista en lo cotidiano, intentando mostrar cómo sería la
vida de Jia y Logan en el 2047, sus usos y costumbres,
alimentación e inventos tecnológicos que poseyeran la
suficiente verosimilitud como para poder vislumbrarlos

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delante de nosotros. Tal vez esta fue la parte más com-
plicada, más elaborada y que me empeñé en investigar e
indagar, aprendiendo, yo que soy de letras, muchas cues-
tiones de ingeniería industrial y aeroespacial.
Disfruté de la tarea como un niño, lo reconozco, aun-
que mi objetivo era el lado social, que considero que,
desde una visión antropológica, no estaba suficiente-
mente explorado; así que, en mi humilde condición de
antropólogo, me decidí a ofrecer mi versión de las teorías
sobre el transhumanismo, dado que nos encontramos en
un mundo en el que hay numerosos ingenieros, informá-
ticos y personajes de las ciencias puras, pero en los que
las humanidades nos vamos retirando como si fuésemos
un estorbo, y si podemos realizar alguna aportación, esa
es en la ciencia ficción, al abordar temas humanos y so-
ciales, empatizando, comprendiendo los sentimientos
ajenos e intentando desvelar los entresijos del futuro y en
cómo nos afectarán.
Quienes leyeron el libro, supongo que extrajeron la con-
clusión de que es tan difícil oponerse al transhumanismo
como apoyarlo, que todo depende de los argumentos a los
que demos mayor peso y credibilidad, y que lo importante
era abrir el debate, reflexionar y elaborar muchas y buenas
preguntas. Al fin y al cabo ese es el espíritu de la ciencia
ficción, el de advertir, prevenir, analizar y especular las
consecuencias futuras de nuestras decisiones presentes.
Si ha servido para ello, me daré por satisfecho.
Fracasamos al soñar, ahora que han pasado dos años y
se puede contemplar desde la distancia, recibió abundan-
tes críticas positivas de personas inesperadas, de lectores

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a los que admiro, y que me animaron a continuar rela-
tando historias sobre la misma temática. El libro agotó
—hasta la fecha— dos ediciones, y también se encuentra
en formato digital y en audiolibro, por lo que ha conse-
guido llegar a numerosos lectores de diversos países.
Con Un mundo para el olvido, deseo deslumbraros con
una historia radicalmente distinta, un horizonte nuevo y
personajes diferentes, pero en los que el transhumanis-
mo jugará un papel determinante en su argumento.
Un mundo para el olvido es ante todo una novela de
aventuras, de acción y amor, en la que las reflexiones an-
tropológicas se hallan adheridas a la trama. Y he deseado
que sea una novela corta, fulminante, de lectura ágil y
agradable, pero con un mensaje que perdure en el tiem-
po, que se recuerde con los años. Es mi segunda entrega
de las «Crónicas cibernéticas» y para mí es un honor
volver a contar con el apoyo y el entusiasmo de una de
las editoriales más dinámicas y singulares del mercado,
como es Nowevolution.
En esta nueva «Crónica cibernética», he intentado
que el entretenimiento marque el ritmo de la novela, y
que gracias a él, surjan las preguntas y se deslicen las re-
flexiones sobre el futuro que le espera a nuestra especie.
Se desarrolla en otro planeta en el que he creado mi-
tos, leyendas y otras formas de entender la convivencia,
una nueva civilización que bien podría haber surgido
en nuestro mundo hace muchos siglos. Y en ese planeta
acuático repleto de misterios y peligros, es donde moran
nuestros personajes, a los que tampoco trataré muy bien,
y que tendrán que tomar decisiones en los que la ética

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volverá a ser fundamental. Al fin y al cabo, los dilemas éti-
cos, una asignatura de la Antropología Social y Cultural
en la que me licencié, son los que miden nuestra calidad
humana, los que, algún día, nos salvarán de la extinción.
Si os gustó Fracasamos al soñar, estoy convencido de
que esta nueva entrega también os cautivará y os dejará
el mismo sabor nostálgico y deseos de que continúe la
trama, y si aún no la habéis leído, bien podría ser una nue-
va propuesta literaria después de disfrutar de Un mundo
para el olvido.
Gracias por leerme y gracias por leer ciencia ficción
española, una rara avis de nuestro mundo literario.

Dioni Arroyo

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«Mirar dentro de tus pupilas es una experiencia
extraña: ahí es donde reside el pensamiento, en ese
otro rostro… da la impresión de que, con la luz
adecuada, podrías verte a ti mismo».

Kim Stanley Robinson


«Icehenge».

En primavera del 2016, todos los medios de comuni-


cación se hicieron eco de una apasionante noticia que
se confirmaría un año después. Trappist poseía varios
planetas en su zona habitable. En pocas semanas me
dediqué a devorar cuanta información se publicaba so-
bre este sistema de la constelación acuariana, y como
escritor, mi imaginación se vio desbordada ante la po-
sibilidad, no tan descabellada, de hallar vida. Fruto de
aquellos meses cargados de esperanza, fue la idea de
concebir la presente novela, como un homenaje a un
mundo que aún no existe, a un mundo que tal vez, nun-
ca llegue a existir.

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TRAPPIST-1, cuyo nombre oficial es 2MASSJ230629
28-0502285, se trata de una estrella considerada «enana
roja» por su reducido tamaño, aproximadamente como
Júpiter, y localizada a casi cuarenta años luz en la conste-
lación de Acuario. Sus magnitudes en distintas longitu-
des de onda son: banda V=18.798, banda R= 16.466 y la
banda I=14.024.
Un equipo de astrónomos y astrofísicos encabezado
por Michael Gillon, del Instituto de Astrofísica y Geofísi-
ca de la Universidad de Lieja, usó un telescopio llamado
TRAPPIST, cuyo acrónimo corresponde a Telescopio
Pequeño para Planetas y Planetesimales en Tránsito, en
el Observatorio de La Silla, en Atacama (Chile), para ob-
servar el sistema Trappist-1 con el objetivo de encontrar
planetas orbitando.
Su búsqueda dio resultado y descubrieron tres planetas
del tamaño de la Tierra que orbitaban la estrella, usando
para sus pesquisas el tránsito fotométrico. Los dos planetas
internos que se encontraron, estaban «acoplados» por la
gravedad a Trappist, mientras que el externo parecía estar
en la tan anhelada zona habitable. El equipo había estu-
diado detenidamente aquel lejano sistema durante el
último trimestre del 2015, para publicar posteriormen-
te su hallazgo en la prestigiosa revista Nature el mes de
mayo del 2016.
En febrero del 2017, los astrónomos, radiantes de op-
timismo, anunciaron por sorpresa el descubrimiento de
cuatro exoplanetas más en torno a TRAPPIST-1, por lo
que el número total de mundos que orbitan la estrella
son siete, de los cuales al menos tres están en su «zona
habitable circunestelar».

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Terminada la novela, he seguido muy pendiente de todo
lo relativo a este sistema, sintiendo una poderosa e inexpli-
cable atracción. Y en febrero del 2018, la Universidad de
Berna ha publicado un nuevo descubrimiento que me ha
dejado con la boca abierta: la densidad de algunos de di-
chos exoplanetas podría poseer hasta un cinco por ciento
de su masa de agua líquida, un porcentaje mucho mayor al
de la Tierra. Concretamente, el planeta E, el cuarto, podría
ser un mundo acuático, tal como lo describo en mi obra,
escrita antes de la publicación de dicha investigación.
Y, dado que se dan numerosas semejanzas con la Tierra,
se especula sobre las enormes posibilidades de que alber-
gue vida.

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PREFACIO

Con un amerizaje tan catastrófico, parecía un milagro


que solo hubiera muerto la mitad de la tripulación. Para
incrementar la desesperación, la nave estaba siendo en-
gullida por las cálidas aguas de aquel ignoto planeta. Un
millar de hombres avanzaban despavoridos entre cadáve-
res y cuerpos carbonizados, atravesando la cubierta de la
bodega de carga en la que habían permanecido amarra-
dos tanto tiempo, caminando a oscuras hasta la escotilla
de seguridad, un amasijo de hierros y esquirlas en los
que el menor cortocircuito podría electrocutarlos. Entre
gritos de impotencia, bañados en sudor y sangre, aquella
plebe de escoria derrotada fue alcanzando la salida, y sin
pensarlo, se arrojaron al agua para sentir el placer de la
libertad. Huir sin ningún objetivo, huir impulsados por
el noble deseo de libertad.
Un centelleante sol iluminó con fuerza a la ingente
masa humana aturdida, que comenzó a nadar por el vasto
océano, siguiendo por inercia a uno de sus líderes.
—¡Por allí, por allí he visto una isla! ¡Vamos, no os
podéis rendir ahora, seguidme!

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El oleaje no impedía que cientos de ellos se movie-
ran con asombrosa agilidad, sintiendo la emoción de
ser dueños de su destino bajo la silueta de dos plane-
tas cuyo fulgor hería sus ojos cansados. Masticaron el
desagradable sabor de la sal con las gargantas abrasadas,
pero el anhelo de alcanzar tierra firme, les impulsaba
con rabiosa furia.
—¡Nadad, vamos, no dejéis de nadar! ¡Ganaos la li-
bertad!
De repente, atravesaron una zona salpicada de plantas
acuáticas que frenaron su avance. Rodeados por un espe-
so manto de ponzoñosas talofitas verdosas, gritaron de
dolor cuando los punzantes extremos de algunas algas les
inyectaron su veneno urticante.
El planeta E, les daba su particular e inesperada bien-
venida.
La reacción de muchos fue seguir nadando con exas-
peración, alejarse de aquella alfombra de algas mortales,
mientras otros sintieron cómo sus cuerpos se paralizaban
hundiéndose en las aguas, al tiempo que sus ojos, ane-
gados en lágrimas, observaban una isla que casi podían
rozar con los dedos.
Una isla llamada esperanza.

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CAPÍTULO 1
CIEN AÑOS DESPUÉS

Las luces bailaban al unísono como si las meciese el


viento. Álex sintió un cosquilleo en el cuello y sus ojos se
humedecieron por los fuertes resplandores, escuchando
el incómodo sonido de lo que parecía una mosca revolo-
teando en sus oídos. Alguien le había cubierto con una
manta térmica.
—Muy buenos días, don Álex. ¿Qué tal se encuentra?
—Uf, me duele todo y no sé ni dónde estoy. —Su voz
sonó pastosa y ronca, como si llevase siglos sin hablar.
—Hemos accedido a sus sensores biométricos y nos
confirman que su estado de salud es el habitual después
de una hibernación, y que no ha sufrido deterioros cog-
nitivos. Estoy terminando de leer su interfaz médica,
pero afortunadamente no hay lesiones de ningún tipo. Si
lo desea se puede llevar una copia del examen genético.
Álex se incorporó lentamente y sus articulaciones cru-
jieron como una máquina oxidada. Observó que quien
se dirigía a él era un humanoide de tercera generación, la
I.A. autoconsciente de rostro inexpresivo y tez asombro-
samente pálida, de los que no resultaba fácil encontrar

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en la vieja Europa. Intentó levantarse y mil estrellitas se
encendieron en su cabeza, por lo que decidió tomárselo
con calma y hacer memoria.
—Vamos a ver. Me llamo Álex, tengo veintinueve
años y he llegado a Algae para trabajar en una institución
penitenciaria. —Musitó estas palabras al tiempo que el
humanoide le acercaba un relajante muscular, que sor-
bió a través de una pajita con verdadera delectación. Su
sabor dulce le recordó a los bizcochos que horneaba su
madre cuando era niño—. Se supone que ya estoy en mi
destino, y si mal no recuerdo, vinimos cerca de quinien-
tos trabajadores… debería espabilar y presentarme a mis
superiores.
—Despacio, por favor. La llegada se ha producido
hace tan solo dos días, y la mayoría de ustedes necesitan
descansar para reponer fuerzas y dejar que los inmuno-
bots actúen por el flujo sanguíneo. —Sosteniéndole con
increíble facilidad le acompañó hasta el lavabo, donde
pudo asearse perezosamente, contemplar algunas arru-
gas que horadaban su frente, y sorprenderse por la mirada
atormentada que le devolvía el puñetero espejo. Tenía un
aspecto deplorable. A punto estuvo de perder entre los
dedos el cepillo de dientes, pero consiguió cogerlo en el
último momento, comprobando que sus reflejos se halla-
ban en buen estado. Intentó peinar sus cabellos rizados
que caían alborotadamente por su frente, y logró esbozar
una sonrisa que le devolvió el aire risueño que lo carac-
terizaba.
Salió desorientado y agradeció la actitud servicial del
humanoide, que le ayudó a vestirse y caminar, ante su in-
sistencia, fuera de la estancia por un angosto pasillo de

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paredes vítreas y excesivamente iluminado para sus cas-
tigados ojos.
—¿Me permite acompañarle? Le puedo llevar al co-
medor para que conozca a algunos de sus compañeros.
Es la hora del desayuno y estará hambriento.
Álex iba a asentir con la cabeza cuando de repente
se quedó boquiabierto: el pasillo desembocaba en una
amplia estancia con destacados ventanales de vidrio
electrocrómico, en los que se mostraba impúdica toda
la grandiosidad de Algae. Ante él se divisaba un ina-
barcable océano de aguas verdosas, salpicadas por las
famosas algas que formaban diminutas islas flotantes.
El bruñido de los rayos trappisteanos dañaba su retina,
pero merecía la pena extasiarse con aquella exuberante
visión. Los cielos, decorados con desmesuradas nubes
de aspecto plomizo, amenazaban con desencadenar una
buena tormenta, y en el firmamento, se divisaba la si-
lueta de dos planetas más. Aquel sistema resultaba ser de
menor tamaño que el solar, y sus mundos se encontraban
muy próximos, por lo que sintió el placer de admirarlos
iluminados por su famosa estrella roja, Trappist, que pare-
cía una antorcha encendida, un exultante faro que regalaba
su calor a todos los planetas.
—¡Bienvenido al mejor destino de la constelación
acuariana! —El humanoide exclamó como si fuese una
frase hecha que repitiese a todos los recién llegados, y
acto seguido, se despidió depositándole sobre una cinta
deslizante por la que avanzó a gran velocidad, recorrien-
do diferentes estancias por las que descendió a una planta
inferior, comprendiendo que se hallaba en un edificio de
numerosas alturas.

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La cinta se detuvo justo enfrente del comedor. Al-
gunas caras irreconocibles se volvieron con la misma
mirada de cansancio que él, parecía la patética resaca
después de una gloriosa noche de juerga y no las conse-
cuencias de seis meses de gélido sueño. Caminó lo más
erguido que pudo hasta encontrar una silla libre en una
de las mesas circulares.
Se sentó rodeado de compañeros que también le ha-
blaron con la misma afonía. A su derecha había una mujer
de lustrosos cabellos lisos, y a su izquierda un joven total-
mente calvo. Todos se presentaron atropelladamente,
tanto, que se sintió incapaz de retener un solo nombre.
—¿De dónde eres, amigo? —Le habló otro hombre
de apariencia mayor y de rasgos orientales, que se había
situado en el otro extremo.
—De la República de Iberia, en el sur de Europa. Creo
que llevo aquí dos días.
—¿Y has vomitado muchas veces?
—¡Qué va! Ni una sola vez —farfulló con orgullo
para quedarse pensativo—. No he tenido tiempo, he
estado durmiendo la mona hasta hace unos minutos.
—No me extraña, yo llevo desde anoche y me está
costando desentumecer los músculos, me siento oxida-
da. —La voz de la mujer de su derecha sonó bastante
mejor que la suya—. Me encanta cómo suena tu neola-
tín, se nota de dónde procedes.
—Pues a mí no me lo parece, suena fuerte y seco, a ver,
joven, habla un poco más. —Le interpeló el hombre de
rasgos orientales.
—He hablado neolatín toda mi vida, pero hoy tengo
la lengua pegada al paladar. Oye, ¿sois todos vigilantes
del cuerpo de prisiones?

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—Lamentablemente, somos la última promoción y
creo que nos van a escupir como a la carroña, entre las
nueve cárceles del planeta. —El calvo de su izquierda
masticó un buen puñado de cereales sin dejar de expre-
sarse con un fuerte acento eslavo—. Los mineros que se
encargan de extraer el helio-3 y el deuterio viven reclui-
dos en otro edificio de menos altura, y la torre gigantesca
que tenemos detrás de nosotros, serán los aposentos de
los más cualificados, ingenieros cibernéticos, informá-
ticos, xenólogos y gente así. —Hubo un murmullo de
desprecio en la mesa. Era evidente que, en aquel nuevo
mundo, se mantenía la misma estratificación social y pri-
vilegios económicos que en las civilizaciones del Sistema
Solar.
Un robot se acercó con agilidad felina, dejándole una
bandeja en la que destacaba el espumoso café de inten-
so aroma arábigo con canela. También había generosas
tostadas de cereales y unos platitos con abundante man-
tequilla y mermelada. Se relamió.
—¿Os habéis dado cuenta de que el desayuno está
individualizado? —La mujer de cabellos lustrosos devo-
raba unos huevos con beicon y sorbía té de fuerte olor
a regaliz—. Lo saben todo sobre nosotros y no quieren
privarnos de estos pequeños placeres, al fin y al cabo, tar-
daremos mucho tiempo en volver a casa.
—Si volvemos algún día —respondió con mirada las-
timera otro compañero expresándose en esperanto, dado
que todos eran bilingües sin necesidad de usar traducto-
res portátiles—. Por lo menos no echaremos de menos
la fibra inteligente de los tejidos, el clima aquí es siempre
estival.

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—Álex, me gustaría presentarte a una chica que tam-
bién es ibera y que conocí anoche, creo haberla visto de-
sayunando por alguna mesa. —La chica de su derecha
se incorporó sin la menor complicación, pero él dudó
unos instantes y prefirió seguir degustando el café, ne-
cesitaba recuperar fuerzas, y lo que menos le apetecía
en el mundo era moverse un centímetro de aquella có-
moda silla.
Regresó acompañada de otra joven de la misma edad
que él, de ojos grises y cabello corto, vestida con el mis-
mo uniforme blanco e impoluto que el resto. Cuando sus
miradas se cruzaron, sonrieron como si se conociesen de
toda la vida.
—Hola, me llamo Neza y soy del norte de Iberia. —Con
una dulzura más que apreciable, arrimó una silla al lado de
Álex, y con total naturalidad les acompañó en el desayu-
no—. Tengo el privilegio de haber sido de las primeras
en despertar, y ya me he acostumbrado a respirar este
ambiente tan aséptico. Llevamos dos días descansando
en la enfermería, y hoy por fin, que no estoy agarrotada,
conoceremos nuestro nuevo hogar. ¿No estáis nerviosos?
—¡Me encanta tu vitalismo! Esa es la actitud cuan-
do se llega a un sitio nuevo. Yo soy Álex, y vengo de la
meseta…
—Pues tienes un acentazo muy marcado, tanto
tiempo durmiendo te debe haber grapado las cuerdas
vocales. —Neza rio sin la menor dificultad y bebió un
pequeño sorbo del zumo de naranja importado que le
había traído otro robot doméstico—. Estoy deseando
entrar en acción, tanto ocio agota mi paciencia.

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—¿Os habéis fijado la cantidad de agua que alberga
este planeta? —Preguntó cambiando de tema el com-
pañero que empleaba el esperanto—. Dicen que hace
varios siglos sufrió un brusco cambio climático, y el
nivel del mar subió tanto, que se tragó los continentes,
provocando la casi total extinción de aves y de la ma-
yoría de mamíferos. —Todos se quedaron en silencio,
reflexionando mientras por los ventanales se colaba la
luz a raudales, un espectáculo desbordante de belleza.
—También me han advertido de que vamos a
echar de menos la carne. Solo probaremos la sintéti-
ca, cultivada en los laboratorios. —Neza se encogió
de hombros con cara de resignación. —Y olvidad los
modernos vehículos de materiales quitinosos de la
Tierra. Ya sabéis que se fabrican con insectos…
—Pues aquí lo que más abunda son los bichos. —Le
interrumpió otro compañero que no había abierto la
boca.
—Que es la dieta principal de los algaeanos, así que
¡acostumbrad vuestros burgueses estómagos!
Por el comedor desfilaron más y más compañeros con
la misma mirada perdida, con aire somnoliento y trasta-
billando al caminar, pero todos disfrutaron del desayuno.
Después llegó un encargado de piel cetrina y con varios
galones en su chaqueta, que les invitó a pasear por un
amplio pasillo que se extinguía en una planta inferior.
Agradecieron prescindir de las escaleras. A pesar de los
miembros entumecidos, la curiosidad pesaba más, y todos
aceleraron su ritmo sin dejar de otear el horizonte. Junto
a los amplios ventanales destacaban plantas y flores mo-
dificadas genéticamente y colocadas de forma vertical,

29 🌱
recordando parajes exóticos del ecuador terrestre, y con-
templaron numerosos robots caminando presurosos por
el edificio. La actividad en Algae era frenética en contras-
te con el ritmo pausado y vacilante de los recién llegados,
deambulando atolondrados e hipnotizados por cuanto
les rodeaba. Y avanzaron hasta llegar a un salón de actos,
donde fueron recibidos por uno de los Jefes de Servicio,
un tipo de más de dos metros de altura que sería el res-
ponsable de distribuir a todo el personal.
Se sentaron en cómodas sillas inteliorgánicas para es-
cuchar la esperada bienvenida y los mejores deseos de
disfrutar de la nueva vida en aquel planeta. Fueron pre-
sentados con los elogios habituales, calificados como
la mejor cosecha de hibernautas de los últimos años,
dado que ninguno había sufrido daños moleculares ni
cerebrales de consideración, teniendo en cuenta que el
estado metabólico había quedado paralizado durante el
largo y frío sueño. Les explicaron que su viaje había dura-
do menos de lo esperado, gracias a la detección de ondas
gravitacionales provocadas por la explosión de una super-
nova, que había encogido esa parte del universo como si
fuese un acordeón.
Después, varios altos cargos de la institución peni-
tenciaria fueron nombrando uno a uno a todos los re-
cién llegados, añadiendo la prisión de destino. Álex y
la mayoría de sus compañeros de mesa tuvieron suerte
en el sorteo, y permanecerían en aquella misma colonia
que llamaban Olimpo; le produjo una inesperada satis-
facción el hecho de que Neza también se quedase allí.
Otros muchos compañeros no corrieron con la misma
suerte, lamentando que aún les aguardasen más viajes

🌱 30
hasta alcanzar las demás colonias que salpicaban la su-
perficie del nuevo mundo.
Acto seguido las luces descendieron de intensidad,
y se encendieron algunas pantallas holográficas por las
que pudieron comprender cómo era aquel planeta. Su
tamaño, ligeramente inferior a la Tierra, orbitaba sobre
Trappist con días más cortos y estaciones que se reducían
a una eterna y dulce primavera. La excesiva proximidad a
varios planetas más, provocaba periodos orbitales reso-
nantes, con algunas interacciones gravitacionales en los
puntos más elevados. Y la extraordinaria visión de los dos
enormes planetas que duplicaban el tamaño de la Luna,
sería permanente, cubriendo el cielo de un colorido ine-
narrable, y generando un movimiento de las mareas de
dimensiones incalculables. La gran cantidad de agua
procedía de asteroides que bombardearon el planeta sin
tregua durante millones de años, a los que se sumaron
los cometas, que impactaron con fuerza portando glici-
na, permitiendo que la vida se abriese paso a pesar de
las adversidades encontradas, y desarrollando una flora
microbiana no muy diferente de la terrestre, reducien-
do el nivel de radiación y logrando que el oxígeno fuese
apto para los humanos.
Algae en neolatín o Algoj en esperanto, en las dos len-
guas más usadas por los humanos, era un planeta —el
planeta E— esencialmente acuático. Las pocas tierras
que emergían cuando la marea descendía empujada por
la inercia de los demás astros, era una masa embarrada e
inerte, de fango cenagoso impregnado en una capa de sal
y algas putrefactas de un olor nauseabundo, por lo que
la escasa vida animal sobrevivía en condiciones hostiles

31 🌱
en las numerosas islas flotantes, formaciones irregulares
de restos de sargazos, corales y caparazones de crustá-
ceos que se movían acunadas por las corrientes marinas,
y sobre las que los humanos habían construido algunas
edificaciones.
La importancia del planeta radicaba en la rica vida
submarina, el abundante pescado era una fuente ali-
menticia inagotable para los escasos colonos, aunque el
agua se tuviese que potabilizar con los filtros de grafe-
no, adquiriendo un extraño sabor a óxido y plástico al
que deberían acostumbrarse.
Pero la razón fundamental por la que tres millones y
medio de colonos habitaban aquel planeta acuático, era
por las algas, de todos los colores y sabores. Algunas es-
pecies conformaban una fuente de vitaminas y proteínas
indispensables para la supervivencia, aunque su prin-
cipal riqueza la componían sus efectos estupefacientes.
Por ello se le llamaba a aquel mundo, el «planeta de las
algas del olvido». Las algas verdes —las más fáciles de
observar y las más abundantes—, poseían unas toxi-
nas en los extremos de sus cnidoblastos, que con solo
tocarlos, segregaban unos potentes neurotransmisores
capaces de bloquear los canales de respiración, incidien-
do en el cerebro, generando desorientación y apagando
las reacciones electroquímicas de todo el organismo,
ocasionando una pérdida absoluta y definitiva de los
recuerdos, un barrido masivo de las sinapsis cerebra-
les, la peor de las amnesias. No mataban, eran inofen-
sivas, pero arrebataban los recuerdos, la identidad y la
memoria. Los afectados sufrían severos traumas, por lo
que se veían obligados a comenzar de cero, a aprenderlo

🌱 32
todo de nuevo, como si volviesen a nacer. Los humanos
vivían aterrorizados ante la presencia de las peligrosas
algas, por lo que siempre encontraban buenas excusas
para no abandonar las «colmenas», como llamaban a
los mayestáticos edificios en los que se desarrollaba casi
toda su vida y sus trabajos, con espacios para el ocio y el
tiempo libre. Incluso las cárceles se habían construido
en la planta baja de los edificios, al nivel del agua.
Las algas acechaban la visión de los colonos, que evi-
taban acercarse con verdadero estupor. Vivir en Algae
entrañaba estos peligros, y nadie en su sano juicio que-
rría habitar en aquel infierno. A pesar de los obstáculos,
los colonos habían construido su propia e incipiente cul-
tura, fomentándose desde las autoridades las expresiones
artísticas para generar un ocio propio que les singulariza-
se con respecto a los otros mundos, incentivando que los
nuevos ciudadanos se asentasen.
Aún eran muy pocos para dejar de depender de la
Tierra, que se encargaba de nombrar a un canciller que
gobernaba con competencias ejecutivas, y un parlamen-
to —este sí elegido democráticamente por los nuevos
habitantes del planeta— con poder legislativo, con la mi-
sión de mejorar la vida de los trabajadores, así como un
cuerpo jurídico autónomo para velar por los derechos y
hacer cumplir las leyes.
La mayoría de los nuevos residentes se dedicaban a
la extracción de algas y otras plantas submarinas, una la-
bor delicada, pero muy bien remunerada por la industria
farmacéutica, que había creado un oligopolio entre dos
imperios económicos y privilegiados, dos grandes gru-
pos corporativos que se beneficiaban de una demanda

33 🌱
imparable. Las algas se manufacturaban en la metrópo-
li convirtiéndose en atractivas pastillas, que servían de
neuroterapias para clientes que deseaban olvidar sucesos
trágicos de sus vidas, desde la muerte de seres queridos,
rupturas amorosas, traumas de infancia, depresiones ab-
surdas… y su consumo no dejaba de crecer. Junto a este
mercado floreciente, la colonia había padecido un nivel
de criminalidad superior a la media recomendable, debi-
do a la incapacidad de gestionar el tiempo de asueto de
forma diferente a la Tierra. La gente se aburría, la soledad
y la distancia marcaban a fuego su vida cotidiana.
Pero había otro problema mucho más grave.
Los nativos.
Cuando se descubrieron los peligros del nuevo mun-
do, dejó de ser una tierra de promisión, por lo que los
primeros exploradores fueron presidiarios que se amo-
tinaron nada más amerizar. Existía la leyenda de «los
amotinados de la Magalhães», una nave con mil sete-
cientos reclusos que se hicieron con el control. Mataron
a algunos guardias y se dieron a la fuga nadando por el
terrible océano, entrando en contacto con las terribles
algas verdes, lo que provocó que las neurotoxinas se
activasen y casi todos ellos sufrieran la desorientación
y el olvido. Por eso fue tan fácil capturar a la inmensa
mayoría, pero aun así, algunos lograron alcanzar los
archipiélagos de islas flotantes que se desplazaban per-
manentemente. Y allí se quedaron. Fueron la demostra-
ción palpable de que siempre hay un porcentaje muy
reducido de individuos, a los que las plagas, los agentes
patógenos o las epidemias no les afectan, y contra todo
pronóstico y para sorpresa de los científicos, su organis-

🌱 34
mo se volvió inmune y sus descendientes reforzaron esa
extraordinaria y acelerada capacidad evolutiva.
Pasaron los años y los nativos fueron poblando las
escasas planicies del océano, convirtiéndose en los ver-
daderos algaeanos, los originarios habitantes del planeta,
los «primeros».
Algunos de sus representantes defendían la teoría de
una supuesta y asombrosa capacidad atávica que residía
en sus organismos desde eones, y que había despertado
impulsada por el irrefrenable deseo de supervivencia.
No agotaban los recursos marítimos por el movimien-
to natural de las mareas, y se fueron acostumbrando al
clima cálido y al contacto con las algas, hasta se decía que
su inmunidad se debía a una especie de «magnetismo»
que les protegía solo a ellos. Sus mitos explicaban que el
inconmensurable océano era como un líquido amnióti-
co, el vientre materno que les otorgaba la dicha de la vida
a pesar de todas las calamidades, de los virus, las infeccio-
nes, las bacterias desconocidas… habían sido los seres
vivos con mayor capacidad para adaptarse al medio más
desfavorable en un tiempo récord, un hecho controverti-
do e insólito digno de estudio para la ciencia.
Y los nativos, también llamados salvajes, llevaban casi
un siglo habitando aquel planeta con un éxito envidiable,
exigiendo soberanía plena y derechos sobre los territo-
rios, la independencia de la Tierra y la marcha inmedia-
ta e incondicional de los colonos. Habían declarado una
guerra interminable, y de vez en cuando, para recordar a
todo el mundo su causa revolucionaria, actuaban como
células terroristas más engorrosas que peligrosas, recla-
mando la atención, pero sin conseguir ningún resultado.

35 🌱
Eran una amenaza acotada a lugares plagados de algas,
una amenaza relativa que justificaba la fuerte presen-
cia de tantos vigilantes y una seguridad que mantenía
intacta la necesidad de depender de la Tierra y de sus
empresas farmacéuticas, principales beneficiarias de los
recursos. Por ello se habían convertido en el chivo ex-
piatorio y a nadie parecía interesar acabar con ellos.

Álex, concentrado en el destino que había elegido,


conoció al señor Martín, un hombre corpulento de unos
cincuenta años de quien todo el mundo le advirtió «que
se quedase con su puñetera jeta». Era el director del ma-
yor centro penitenciario del planeta, el que le había to-
cado. Sería su jefe. Se presentó altivo a toda la patrulla de
unos noventa vigilantes recién llegados, y su semblan-
te serio y frío le causó una pésima impresión cuando le
ofreció su poderosa mano.
—¿Qué te ha parecido el señor Martín? —le susurró
alegremente Neza cuando se dirigían a sus compartimen-
tos, que se hallaban en una planta inferior.
—Uf, es un estirado con cara de pocos amigos —ex-
clamó Álex con total naturalidad—. Este tipejo no me ha
gustado nada.
—Ja, ja, ja, me encanta tu sinceridad. Pues es mi pa-
dre, así que intenta ser más discreto. —Neza no esperó
sus disculpas, simplemente siguió caminando por el pa-
sillo con gesto frívolo y buscando su habitación—. Nos
vemos a la hora de la cena, que las autoridades nos ofre-
cen una elegante recepción de bienvenida. Ahora me
gustaría planificar mi nueva vida.

🌱 36
Álex resopló mirándola, sintiéndose un verdadero
bocazas. Se detuvo ante la puerta que buscaba, la que
le habían asignado, y se aproximó hasta que la célula
fotoeléctrica leyó su retina para identificarle y la puerta
se abrió. Entró ilusionado para desazonarse de inmedia-
to, no era lo que esperaba. Sus aposentos se reducían a
un espacio de apenas veinte metros cuadrados, con un
diminuto recibidor con varias perchas adosadas a la pa-
red, que conducían al diminuto baño a la derecha, y a
la izquierda, un desangelado cuarto de estar. Una cama
de menores dimensiones de las deseadas, varios arma-
rios empotrados, una mesa y dos sillas. Por lo menos
habían depositado sus pertenencias sobre la cama, y la
impresora de tres dimensiones parecía de buena calidad.
Tendría que prescindir de un robot doméstico, al fin y
al cabo, esa sería su habitación para dormir y descansar
los días libres; los dirigentes de la colonia no querían
que pasaran demasiado tiempo a solas en sus cubículos
para evitar las depresiones y los abundantes suicidios.
Era imprescindible que el tiempo libre lo disfrutaran en
el exterior, en compañía de otros compañeros, y los ro-
bots les facilitarían la vida en las horas de la comida con
una interesante atención personalizada, sabedores de los
gustos de cada uno.
Con desaliento se aproximó a la ventana, y automá-
ticamente se descorrieron los paneles ampliando su ta-
maño, convirtiendo toda la pared en un enorme ventanal
para disfrutar del paisaje: un océano brillante de matiza-
dos colores verdosos se expandía por el horizonte, con
aquella colosal estrella centelleando en todo su esplen-
dor. Se dejó seducir por el ambiente, obviando que debía

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deshacer su equipaje y organizar la ropa, pero nada de
eso importaba. Aquel día le sobraba el tiempo. Su jorna-
da comenzaría el día siguiente, en horarios intensivos de
mañana y tarde, con una larga jornada nocturna el cuarto
día, para luego descansar los tres siguientes y volver de
nuevo con los ciclos. Así un par de años, consolidando
su plaza y pudiendo gozar del privilegio de solicitar otros
destinos fuera de Algae, lo que hacía todo el mundo. Pero
él no era como todo el mundo y no le apetecía regresar
a la Tierra, no tenía prisas ni ataduras. Sus recuerdos se
agolpaban atropelladamente, pero no parecía que la nos-
talgia amenazase su corazón, es como si desease decir
adiós al pasado y ansió con todas sus fuerzas que aquel
planeta le fascinase, tanto, como para decidir quedarse
allí el resto de su vida.

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Títulos publicados

• Ciencia ficción:
El gen Alexander.
Fracasamos al soñar.
Herederos de la Singularidad.
Los últimos libres.
La aritmética del caos.
La estirpe de Esgarath.
La guerra de los imperfectos.
No serás nadie.
Quasar, antología hard SF.
Quasar 2, antología Ci.Fi.
Quasar 3, antología Ci.Fi.
Un mundo para el olvido.

• Fantasía:
Crónicas de la Magia Sellada.
El corazón del tiempo. / Saga Bellenuit - vol.1/3
La Octava punta de la estrella. / Saga Bellenuit - vol.2/3
La cronarca sin sombra. / Saga Bellenuit - vol.3/3
La profecía de las espadas.
Los hijos de Lugh.
Tres profecías. / Saga Íroas, Hijos de los dioses - vol.1/2
Éter. / Saga Íroas, Hijos de los dioses - vol.2/2
Eraclea - La leyenda de la semilla dorada.
Esencias. Fenómeno 2012.

• Terror:
El olor de las hojas muertas.
Insomnio.
La última ronda.
Zementerio.
Catástrofes, antología Z.
¡VISÍTANOS!