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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA “BENITO

JUÁREZ” DE OAXACA
FACULTAD DE ARQUITECTURA “5 DE MAYO”

HISTORIA URBANA DE LA CIUDAD DE


OAXACA.
ANTEQUERA: PERIODO COLONIAL

José Luis Balderas Gil


Profesor e Investigador con Perfil PROMEP de la UABJO

Oaxaca de Juárez, Oax. Año 2000.


Con amor, para...
Jesús y Soledad
Irma
José Luis y Jesús Ramón

2
ÍNDICE

I. INTRODUCCIÓN 3

II. ANTES DE LA CONQUISTA 10

1. EL CONTEXTO 10
2. HUAXYACAC 19

III. EL SIGLO XVI. ENCUENTRO MULTI-CULTURAL 23

1. ANTEQUERA: CONFLICTO DE INTERESES 26


2. ENCOMIENDA, CORREGIMIENTOS Y LA CRISIS 39
3. ANTEQUERA UNA CIUDAD SIN TIERRA 47

IV. LA CIUDAD COLONIAL 50

1. LA PRIMERA EXPANSIÓN 50
2. LA ÉPOCA DE LAS HACIENDAS 64
3. ANTEQUERA COMO FENÓMENO URBANO 72
3.1. Una ciudad importante 81
3.2. La población 86
4. ANTEQUERA AL FINALIZAR LA COLONIA 91

♦ BIBLIOGRAFÍA 99

3
I. INTRODUCCIÓN

Este trabajo espera contribuir al conocimiento del desarrollo urbano de

la ciudad de Oaxaca. Pretende formar parte del acervo que la Universidad

Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca busca consolidar a partir de la

investigación científica y académica que los universitarios realizan. Así, este

documento se propone para ser utilizado en las materias de Urbanismo, en

especial y, de acuerdo al Plan de Estudios vigente, para la materia de

Urbanismo V que se imparte en el séptimo semestre.

Este trabajo es resultado, entre otros, de la investigación que se realiza

para obtener el grado de Doctor en Ciencias en Planificación de Empresas y


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Desarrollo Regional en el Instituto Tecnológico de Oaxaca. El punto central

de la tesis doctoral es analizar la forma en que se expande el suelo urbano en

el área metropolitana de la ciudad de Oaxaca, en particular el que ocupa la

tierra agrícola ejidal. El principal argumento que se ha utilizado para justificar

el crecimiento urbano de la ciudad de Oaxaca a costa de la tierra agrícola de

los municipios circundantes, ha sido el de la escasez de tierra del municipio de

Oaxaca de Juárez. Sin embargo, el argumento de la escasez de tierra, en las

últimas décadas, más que un fenómeno real es sobre todo un argumento

político ideológico que ha permitido utilizar los recursos de los otros

municipios, desvalorizándolos. Esto ha permitido a los grupos dominantes de

la ciudad de Oaxaca, mantener el control casi hegemónico de la ciudad en la

región. Así, en este trabajo, como parte de una investigación más amplia, se

explora la fundación y desarrollo de la ciudad de Oaxaca en la época colonial.

Desde su nacimiento, la ciudad ha basado su desarrollo y expansión

utilizando y ocupando los recursos naturales y reservas de los pueblos vecinos.

La tierra de los municipios, pueblos y comunidades circundantes muestra esa

ocupación urbana. Así, pueden distinguirse cinco períodos importantes de

transferencia: A) a fines del siglo XVI, cuando la población indígena

disminuyó aceleradamente, víctima de las epidemias; B) en las últimas

décadas del Período Colonial, como consecuencia de las Reformas

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Borbónicas; C) durante las primeras dos décadas después de la Independencia;

D) a fines del siglo pasado y principios del presente, como consecuencia de las

políticas aplicadas durante el Porfiriato; y, E) a partir de los años de la década

de 1970, como consecuencia de la inmigración que se había iniciado en la

ciudad de Oaxaca unas décadas antes. Así, después de la colonización y del

proyecto liberal, las comunidades indígenas de Oaxaca pudieron sobrevivir y

recuperar parte de sus tierras después de la Revolución. Sin embargo, parte

importante de esas tierras en el Valle de Oaxaca está siendo utilizada por los

ciudadanos urbanos de la ciudad de Oaxaca.

La composición de la tierra alrededor de la ciudad Oaxaca se integra en

gran medida por tierra de propiedad social. De manera especifica se distinguen

16 ejidos que las instancias oficiales denominan ejidos conurbados: Aguayo,

Cinco Señores, Donají, El Rosario, Guadalupe Victoria, Pueblo Nuevo, San

Agustín Yatareni, San Antonio de la Cal, San Jacinto Amilpas, San Luis

Beltrán, San Martín Mexicapan, Santa Cruz Amilpas, Santa Cruz Xoxocotlán,

Santa Lucía del Camino, Santa María Atzompa y Viguera. La mayoría de

estos ejidos se integraron con tierra que perteneció a las haciendas y ranchos

que empezaron a formarse en la primera Época de la Colonia.

Al acercarse a conocer la integración de la tierra ejidal, el primer

aspecto que sobresale de la composición de los ejidos son las formas que la

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posesión de la tierra ha adquirido a lo largo de la historia agraria del país. Así,

el análisis de la integración ejidal no puede pasar sin revisar la distribución de

la tierra en las épocas anteriores a la de la reforma agraria, que tiene lugar al

finalizar Revolución. La integración de una gran cantidad de ejidos, se logró

con parte de la tierra que antes habían usufructuado las haciendas y los

ranchos, como en el caso de los ejidos conurbados. El análisis de la hacienda

es un paso necesario para entender la composición del ejido. Aún cuando la

integración de la hacienda en México sigue ciertos principios generales, sin

embargo, las diferencias de producción, extensión e incluso de relación con

las comunidades indígenas, no permiten la generalización.

Las haciendas del Valle de Oaxaca tienen diferencias fundamentales

con respecto a las de otras regiones del país. Las características naturales y

culturales de la región no permitió por ejemplo, la integración de haciendas

con las dimensiones que alcanzaron las haciendas del norte del país. Por otro

lado, la participación activa de la población indígena en la defensa y el uso de

la tierra, además de que limitó las dimensiones de las haciendas, permitió a las

comunidades mantener su producción. Esa producción, permitió incluso que el

mercado y el consumo de Antequera fuera abastecido por la producción de las

comunidades indígenas. La productividad de la mayoría de las haciendas en el

Valle de Oaxaca, no alcanzó los índices que el desarrollo de la hacienda

7
alcanzó en otras regiones del país. Sin embargo, a pesar de ubicarse en el

ámbito rural, la hacienda jugará un papel importante en la distribución y

apropiación de la tierra para beneficio de la sociedad urbana de la Época

Colonial. En realidad el desarrollo de la ciudad en la colonia se debió gracias

al tributo, la producción minera y las haciendas. La riqueza generada en el

medio rural convergía hacia los centros urbanos dominantes en donde se

concentraba todo el poder. En la Nueva España, las ciudades tenían el papel

fundamental de la colonización. En el Valle de Oaxaca, por ejemplo, los

encomenderos y los hacendados pertenecían a la sociedad urbana y su base

social y urbana estaba en la ciudad de Antequera. Los hacendados junto con

los comerciantes el clero y los funcionarios, constituían la base de la clase alta

de la ciudad, y por lo tanto eran los más altos representantes y en ellos se

encarnaba la esencia de la colonización.

Así, este trabajo intenta reconstruir la estructura urbana y social de la

ciudad colonial. La crisis y conflictos derivados de su fundación, pero

fundamentalmente estudiar los mecanismos de apropiación de la tierra que la

sociedad urbana ha ido desarrollando para mantener el control hegemónico de

la ciudad sobre las comunidades rurales. El análisis es más importante si se

considera que las formas de tenencia de la tierra han cambiado como han

cambiado los procesos políticos en el país. Sin embargo, en Oaxaca la

8
concepción de la propiedad privada de la tierra introducida por los españoles y

sus diversas formas como la encomienda, las estancias para ganado, los

ranchos y las haciendas no lograron desestructurar el mundo indígena como

sucedió en el centro del país. Así, durante la mayor parte de la colonia, no sólo

la tierra permaneció en poder los indígenas, incluso el mercado.

Este trabajo se compone de tres partes: en la primera, se trata de

reconstruir de manera general la cultura del Valle de Oaxaca y Huaxyacac a la

llegada de los Españoles. En la segunda parte se aborda el encuentro de los

conquistadores con el mundo indígena. Este es un momento crucial en la

historia del Valle, porque supone un acuerdo entre el jefe máximo de los

conquistadores y el primer representante de la sociedad Zapoteca. Los

acuerdos y la interpretación que los europeos dan a la cultura indígena, serán

cruciales en el desarrollo de la ciudad colonial. En el tercer apartado, se

estudia la Ciudad Colonial; como empieza su expansión y el papel que juegan

la encomienda, los corregimientos y la hacienda principalmente, en el

desarrollo de Antequera. Se aborda también el desarrollo de Antequera como

fenómeno social y urbano y se trata de reconstruir una perspectiva del

crecimiento de población y de la ciudad al finalizar el régimen colonial.

El Valle de Oaxaca, es la región que más ha sido estudiada por

investigadores de diversas disciplinas. Para el interés de este trabajo, destacan

9
los trabajos de arqueólogos, antropólogos, sociólogos e historiadores. La

riqueza de trabajos que se pueden encontrar acerca de Oaxaca, obliga a ser

cauto, sobre todo cuando el tiempo estimula y exige un mejor esfuerzo de

selectividad. Así, los insustituibles trabajos de Burgoa, Gay, Martínez Gracida

por ejemplo, hoy pueden ser leídos con la riqueza multidimensional que los

lectores puedan reconstruir, gracias al intenso y minucioso trabajo de

investigación documental que han realizado investigadores como John K.

Chance, William B. Taylor, Romero Frizzi, Bustamante Vasconcelos, Víctor

Jiménez, Manuel Esparza, Altamirano Ramírez entre otros. Gracias a sus

trabajos, se puede conocer un mundo de información documental que no sólo

su cantidad, también la distancia y el tiempo harían imposible su análisis

directo. Por otro lado, gracias a su información puede dedicarse tiempo a

nuevas lecturas de los documentos que citan y de otros que no lo hacen. Así el

Archivo Municipal de Oaxaca (AMO) es una fuente importante de

documentación para la ciudad de Oaxaca. La mayor parte de sus documentos

sin embargo, pertenecen al siglo XIX. Del Período Colonial, se conservan dos

documentos: Libro de actas de sesiones ordinarias del año 1564 a 1642; a

pesar del título, contiene algunas actas dispersas que llegan hasta el año 1739,

es un documento que contiene 710 hojas; también se conserva Tesorería

municipal 1764 a 1829, contiene diversos registros que el cabildo

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contabilizaba de Antequera; como la cantidad de productos que se

comercializaba y que pasaban por la aduana, entre otros. El Archivo General

del Estado de Oaxaca (AGEO), también tiene un acervo amplio de

documentación del estado. De la Época Colonial se encuentra información de

Antequera, entre otros, en los fondos que se denominan: Tesorería Principal

de Oaxaca de 1727 a 1820; Cuestionario de Don Antonio Bergonza y Jordán,

obispo de Antequera a los señores curas de la Diócesis, I; y, Fuentes de la

Historia, Guias y Catalogos. Alcaldías Mayores.

II. ANTES DE LA CONQUISTA

1. EL CONTEXTO

La ciudad de Oaxaca de Juárez se encuentra ubicada en el centro de lo

que se conoce como Los Valles Centrales del estado de Oaxaca. Esta región de

3,600 kilómetros cuadrados (Welte, 1975:5), definida como la cuenca superior

del río Atoyac, contiene los valles de Etla, Tlacolula y Zaachila-Zimatlán. La

confluencia de estos tres valles, forma el Valle de Oaxaca. Extensa planicie

aluvial de unos 700 kilómetros cuadrados que se ubica entre los 1,700 y 1,500

metros de altitud.

El Valle de Oaxaca ha estado continuamente habitado desde hace más de

10,000 años y es considerado como una de las regiones clave de Mesoamérica


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que ha estimulado la evolución cultural desde el período arcaico. El período

prehispánico de Oaxaca se divide en cuatro etapas cronológicas principales

(Winter 1985, 1988, 1990):

1) La etapa lítica o de grupos nómadas. Se inicia con la llegada del hombre al

área y el período de domesticación inicial de plantas. Va de 10,000 a 1,500

años a. C.

2) La etapa aldeana. Se construían casas permanentes de postes y bajareque en

aldeas de 50 a 200 habitantes. Abarca de 1,500 a 500 a. C.

3) La etapa de los centros urbanos. Se formaron los primeros grandes centros

urbanos como Monte Albán, en los Valles Centrales. De 500 a. C., a 750 d.

C.

4) Etapa de señoríos. De 750 a 1521 d. C. Esta etapa es de especial atención en

este trabajo porque expresa la formación cultural que los Españoles

encontraron en el Valle de Oaxaca en el siglo XVI.

Los especialistas coinciden en que cientos de años antes de la llegada de

los europeos, el Valle de Oaxaca constituía una unidad cultural y ecológica. (vid:

Paddock, 1974; Flannery, 1994; Winter, 1990). El período de los centros

urbanos, se expresa en Oaxaca con la aparición de las primeras ciudades con

grandes edificios de piedra, el uso del calendario, la escritura, diferenciación de

12
status entre familias, la utilización de nuevos cultivos, la intensificación de la

agricultura y una jerarquía de tres o más tipos de asentamiento (Winter,

1985:82; 1988:27). Monte Albán, el primero y más grande centro urbano, junto

con Dainzú y Lambityeco son ejemplo de estos centros en los Valles Centrales

(Winter, 1988:67-78). Monte Albán llegaría a ser una poderosa sociedad de

estado forjada por los Zapotecas1.

Sin embargo, al declinar Monte Albán, se inicia una nueva era en el Valle

de Oaxaca, en la que no hubo un centro dominante definido. Los señoríos o

cacicazgos –como serían llamados después-, llegaron a conformar ciudades-

estado. Fueron reinos independientes y autónomos que surgieron en Oaxaca

después del abandono de Monte Albán (Winter, 1988:93). El modelo, “se

asemejó al modelo Mixteco, con muchas ciudades y pueblos de estado, unidos

en base a las alianzas cambiantes y frecuentemente inestables.” (Chance,

1993:29). Esta serie de reinos autónomos en varias regiones, también estaban

unidos con base en alianzas matrimoniales y políticas (Spores, 1974:302-305)

Aunque se ha considerado a las antiguas culturas Mixteca y Zapoteca

como típicas de Oaxaca, Winter (1990:101) precisa que “Quizá no existe

ninguna cultura actual o prehispánica típica de Oaxaca, debido a la gran

diversidad étnica”. Sin embargo, esta pluralidad étnica de la que Oaxaca es

1
Para conocer más datos acerca Monte Albán vid: Winter 1988:66-93 y 1990.
13
sinónimo, a veces es usada y abusada por el particularismo etnográfico del que

se pretende extraer conclusiones extrapolables (Barabas, 1990:7). Para el Valle

de Oaxaca, John K. Chance considera que es a partir de la época del abandono

de Monte Albán que las consideraciones étnicas van tomando importancia

progresivamente en la historia del Valle. Estas consideraciones étnicas, giran en

torno a tres grupos fundamentales que habitaban el valle en vísperas de la

conquista. De 350,000 personas que se calculan, más del 78 por ciento eran

Zapotecas; de 10 a 20 por ciento Mixtecos y de uno a dos por ciento Nahuas

(Chance, 1993: 38). Paradójicamente a esas proporciones, el lugar en donde se

establecerá la ciudad de Antequera era una porción del Valle de habla Mixteca y

Nahua. Así, aunque la mayor parte del conocimiento etnográfico del Valle de

Oaxaca en la época de la conquista se refiere a la sociedad Zapoteca, Chance

considera sin embargo, que “las diferencias entre las sociedades Mixteca y

Zapoteca aborígenes no eran muy grandes y por esto, la falta de información

específica sobre la estructura social Mixteca del Valle no es una desventaja

insuperable” (Chance, 1993: 39).

Todas las comunidades o pueblo-estado tenía una aristocracia hereditaria

con un Señor principal y único gobernante. Los españoles, ante su imposibilidad

para comprender la riqueza cultural, utilizaron para todas ellas el término de

14
cacique2. El poder absoluto de los caciques tenía un origen divino, así que ese

poder sagrado reforzaba y justificaba su status superior y el dominio que ejercía

sobre la gente de su reino (Romero, 1988:114). La posibilidad de acceder a esa

posición era por línea directa en un linaje real separado. Los caciques ejercían el

control casi absoluto ya que no existían consejos municipales con cargos

equivalentes al de alcalde o regidor como fue implantado después por los

Españoles.

Los trabajos de Chance y Winter permiten configurar la red de relaciones

interétnicas y el sistema de estratificación social de la sociedad indígena del

Valle de Oaxaca a la llegada de los Españoles. Winter (1988:93-94), señala una

distinción principal: nobles y comuneros. A su vez, los nobles se subdividían en

gobernantes reales y administradores de segundo rango. Se relacionaban por

parentesco y a veces por matrimonio. Por su parte, entre los comuneros se

incluía a obreros y agricultores. Algunos comuneros tenían sus propios terrenos

mientras que los otros trabajaban los terrenos de los nobles. Al final de esta

organización social incluye a los esclavos que había en algunas ciudades-estado.

Chance por su parte (1993:42-45), distingue cuatro estratos: nobles,

plebeyos, siervos y esclavos. Los nobles, plebeyos y quizá los siervos,

2
La palabra “cacique” es un término que los españoles conocieron en el Caribe y después utilizaron en
Mesoamérica para designar a los “Señores” indígenas. Significa una simplificación dada la variedad de
culturas mesoaméricanas. (vid Romero 1988:117; Taylor, 1990)

15
perpetuaban su membresía por herencia, suntuosas leyes y endogamia. Los

nobles, se distinguían muy claramente de los demás estratos, por su vestido,

dieta y lenguaje. Entre la nobleza, los caciques se diferenciaban a su vez de los

principales. El primero era el grupo integrado por las familias gobernantes sus

esposas e hijos. La endogamia con la esposa principal era importante para la

continuación de la dinastía. Aunque en la alta nobleza también se aceptaba la

poligamia. Los principales, eran nobles menores que servían como funcionarios

administrativos y sacerdotes.

Los plebeyos llamados macehuales integraban la mayoría de la población.

Eran principalmente campesinos, aunque se realizaban otras ocupaciones no

campesinas: tejedor, danzante, instructor de música, curandero, brujo,

clarividente, mercader, buhonero, escultor, pintor, interprete, escriba y escritor.

En el siguiente estrato social se encontraban los siervos o mayenques

(terrasgueros en la colonia), quienes formaban parte de los bienes del cacicazgo,

así que estaban permanentemente ligados a las tierras del cacique. Los

mayenques tenían la obligación de trabajar colectivamente los terrenos del

cacique, entregar mantas de algodón anualmente y dar servicio personal al

cacique. Para las fiestas patronales, entregaban dinero, animales y cacao.

Los esclavos se encontraban en la parte inferior de la jerarquía social

prehispánica. Los esclavos se obtenían mediante la guerra, además de que había

16
mercados para vender o comprarlos. Había esclavos de Tenochtitlan, Tlaxcala,

Tepeaca y la Mixteca. Eran usados como sirvientes personales y domésticos y

como víctimas en los sacrificios. A diferencia de los mayenques, los esclavos no

sobrevivieron más que unas décadas después de iniciado el período colonial.

Chance, considera que desaparecieron al fundirse entre los sirvientes de las

familias españolas y en los estratos de terrasguero y macehual en las villas.

El patrón de asentamiento en el Valle, antes de la conquista, consistió en

ciudades-estado cuya cabecera funcionaba como centro religioso, de mercado,

sede de la familia real y capital política. Mitla Yagul y Zaachila son ejemplo de

esa forma de asentamiento. Había pueblos con funciones ceremoniales y de

mercado de segundo nivel, que eran administrados por la nobleza de segundo

rango. Algunos comuneros vivían también en pequeños pueblos nucleados,

ranchos y residencias dispersas en las áreas rurales (Winter 1988:94)

Por lo que respecta a la tierra, no existe información para fijar alguna

posición concluyente acerca del grado de defensa de las comunidades

prehispánicas. Sin embargo, el texto de Marcus Winter ofrece una base

aceptable acerca del comportamiento de los pueblos por la tierra:

No tenemos datos directos respecto a los conflictos en tiempos prehispánicos,


pero los terrenos de primera clase ciertamente estuvieron defendidos y
claramente delimitados. En cambio, los terrenos lejanos de los centros de los
pueblos sólo estaban definidos los que la población cultivaba. Aunque no
estuvieron utilizados intensivamente, éstos fueron quizá el objeto de disputas

17
territoriales, aunque existe la posibilidad alternativa de que estos terrenos
quedaran como áreas abiertas entre pueblos. (Winter 1988:101)

Por su parte, Chance sostiene que a fines de la era prehispánica, la

guerra, que pocas veces era para ganar nuevas tierras, era una característica.

La guerra era de naturaleza local entre jefes Zapotecas y Mixtecos

principalmente para exigir tributo y obtener prisioneros como esclavos y para

los sacrificios (Chance, 1993:42). Por su parte Angeles Romero Frizzi

considera la tierra para los Mixtecos y Zapotecos del Valle, como un elemento

sagrado. Por lo tanto, no podía haber una idea de propiedad (al menos en la

forma que los españoles la concibieron). Se poseía y se usaba, pero no se era

dueño de ella. Entre un reino y otro al parecer no había una línea exactamente

definida. Esto ocasionaba que la tierra fuera zona de conflicto o de nadie. Las

batallas que eran continuas, determinaban quienes tenía el control sobre las

mejores tierras (Romero, 1988:111-116)

Algunos trabajos etnográficos han señalado la importancia de los límites

territoriales de los pueblos zapotecos. Philip Adams Dennis (1990) por

ejemplo, señala que la condición necesaria para el mantenimiento de las

comunidades altamente solidarias no es simplemente el control sobre las

tierras del pueblo, sino la activa oposición a otras comunidades, basada en la

lucha por la tierra. El conflicto viene a ser una consecuencia derivada de la

18
competencia por la tierra entre comunidades organizadas colectivamente (vid

Dennis, 1990)

Las referencias señaladas, son fundamentalmente a la tierra agrícola,

debido a que el patrón de asentamiento de las comunidades estaba en un solo

núcleo y alrededor de éste, las tierras de cultivo. Justamente, ese será el punto

de conflicto del futuro asentamiento Español. Así, la ciudad de Antequera

definirá, en el Valle de Oaxaca, una de las principales características de la

conquista española: su carácter urbano. (Chance, 1993). La fundación de

ciudades era una de las primeras tareas de los colonizadores. Esto exigió un

programa de urbanización sin paralelo en la historia de la colonización

española. En la Nueva España, la urbanización y la primera colonización

fueron concomitantes (Kubler, 1982:73).

2. HUAXYACAC.

Es ampliamente conocida la cita que señala 1486 como el año en que

Ahuizotl, Emperador Azteca funda Huaxyacac. Los datos e insustituibles

crónicas del Presbitero José Antonio Gay de 1881 y de Manuel Martínez

Gracida en 1883, son bastante conocidas e ilustran bien del ambiente,

conflictos y negociaciones que permitieron un asentamiento Azteca en tierras

dominadas por zapotecos principalmente, pero en donde también habitaban


19
mixtecos, chinantecos y otros grupos. Derivada de esa composición de

distintos intereses se suscita un conjunto de hechos e intrigas que dan como

consecuencia la llegada de Ahuizotl. Castañeda Guzmán (1992:5) citando a

los cronistas Don Hernando Alvarado Tezozomoc y Fray Diego Durán relata

del primero, la destrucción de la primera Huaxyacac, y del segundo rememora

el anuncio de la ruina y maldición de la ciudad condenada:

(H. A. T.): Con tal brío –que en el primer empuje mataron multitud de
defensores y tomaron la ciudad- subiéndose luego los cuachines al templo,
que fue incendiado y derribado en señal de vencimiento.
(D. D.): ...llegaban a los Cues y templos y pegándoles fuego (...) las demás
gentes [atacan], discurriendo por la ciudad, fue tanto el destrozo que
hicieron, que a ninguna casa llegaban que no derribaren quebrando los
frutales (...) Sea destruida y asolada y que no quede piante ni mamante y
que los árboles frutales, casas y edificios, sean derribados asolados
porque ya está dada la sentencia que no ha de haber ciudad que se llama
Huaxaca, ni memoria de ella. (Castañeda, 1992:6)

Para restaurar y repoblar la ciudad, los diferentes reinos aportaron

población, integrándose diferentes barrios de acuerdo al origen de los

pobladores: Texcoco, Tlacoapan, Tenochtitlán, Chalco y Xochimilco.

Construyeron casas, labraron tierras y dieron nueva vida a Huaxyacac

(Castañeda, 1992:6). En general los investigadores están de acuerdo en que las

incursiones de la confederación dominada por los Aztecas, condujo a una

composición multiétnica en un conjunto de pueblos del Valle de Oaxaca.

20
Acerca de Huaxyacac, cuyo significado analiza Juan I. Bustamante3

(1992:1-9), Castañeda Guzmán advierte que se conjetura comúnmente como

si se tratara de un poblado de tipo occidental, español. Sin embargo señala:

“dar cabida a varios calpullis, siguiendo los criterios urbanísticos de los

mexicas, requiere una extensión superficial más amplia que la que se le

supone a Huaxyacac” (1992:7). Concuerda con lo que en general es aceptado

por la mayoría de los investigadores, en el sentido de que “el centro principal”

de Huaxyacac estaría en lo que hoy es el mercado central de la ciudad de

Oaxaca. Sin embargo va más allá, y considera que en Huaxyacac no hubo un

centro único, sino que fue múltiple.

Huaxyacac está formada por varios calpullis, con sendos Cues, estos
montículos tienen alrededor un área que se ha dado en llamar ‘centro
ceremonial’, donde se ejercen los poderes de toda clase de autoridades,
quedando incluido un tianguis. Suponemos que en estos calpullis podían
coexistir con el templo principal otros Cues secundarios (...) Sea de esto lo
que sea, la población mesoaméricana como Huaxyacac, tiene varios
centros (...) respondiendo este estilo urbanístico a una razón cultural
(Castañeda, 1992:10).

Por su parte, Víctor Jiménez (1996), incorpora un aspecto a partir del

cual es necesario hablar de Huaxayacac-Coyolapan. Al analizar diversos

documentos, en particular la Probanza de Martín Cortés sostiene:

3
BUSTAMANTE, Juan I. (1992:1-10) Analiza las diferentes interpretaciones que se le han dado al
significado de Huaxyacac. Concluye que la traducción: en el promotorio de los guajes, o la colina de los
guajes, o mejor: la loma de los guajes. Debería substituir a la acostumbrada traducción: en la nariz de los
guajes, utilizada por primera ves por Martínez Gracida.
21
Uno de los aspectos más interesantes que ofrece este documento es la
confirmación que permite hacer de que originalmente Coyolapan
(Cuilapan) estaba ubicada en la vecindad inmediata de Huaxayacac: éstas
eran entonces dos poblaciones, como se diría hoy, conurbadas. La
Coyolapan original se habría localizado al norte de Huaxayacac, en la
zona en que hoy se ubican los templos españoles de El Carmen Alto y la
Sangre de Cristo, extendiéndose probablemente hacia la Plazuela
Labastida y el exconvento de Santa Catarina, (sic) para dispersarse a lo
largo del acueducto que habría corrido a lo largo de la actual calle de
Macedonio Alcalá, mismo que está en su nombre y, sobre todo, en su
representación glífica (Jiménez, 1996:20).

Los esfuerzos por localizar dentro de la estructura actual de la ciudad,

los lugares que las descripciones documentales permiten reconstruir de la

población prehispánica ha sido y continuará siendo intensa. Por eso, al

esquema general que se acepta, acerca de que la ubicación del centro

ceremonial y administrativo de Huaxyacac, y de la existencia o no de varios

centros, algunas conclusiones de Víctor Jiménez no están necesariamente en

contra y ofrecen una descripción muy sugerente del asentamiento.

En primer lugar, es posible afirmar que el lugar donde habría estado la


ciudad de Oaxaca-Cuilapan antes de la invasión española sería el ya
propuesto anteriormente: la zona ocupada por la ciudad de Oaxaca durante
la época colonial. La parte sur de esta población correspondería a la
antigua Huaxayacac y la norte a Coyolapan. Entre ambas poblaciones
habría existido una continuidad apenas atenuada, que permitiría percibirlas
como una sola ciudad con dos núcleos. El más importante de éstos habría
sido el que se extendía en las inmediaciones del tianguis azteca, frente al
cual se erigiría tanto la residencia del gobernador militar de Moctezuma
como la Casa de Dios de los aztecas. A unos cien metros o poco más hacia

22
el norte de este punto se levantaría, en el lugar conocido actualmente
como Portal de Flores, la casa de la comunidad de Oaxaca, donde
deliberaban las autoridades civiles de la ciudad y estaba la antigua cárcel.
Posiblemente frente a este sitio existió un espacio abierto para reuniones
públicas, que sería el origen del actual Zócalo de Oaxaca. La casa de la
comunidad de Oaxaca, (...) (sería) el origen del sistema de calles de la
Oaxaca colonial, con calles orientadas en las direcciones noreste-suroeste
y sureste-noroeste. En lugares próximos a esta casa de la comunidad
estarían las casas de los principales de Oaxaca, ocupadas por los españoles
en un primer momento y posteriormente destruidas.
Al norte de Huaxayacac, siguiendo la actual calle de Macedonio Alcalá,
aproximadamente, bajaría el acueducto que venía de Xuxucuyotltengo
(San Felipe del Agua) o sus cercanías y cruzaba Coyolapan: éste era
probablemente también el camino que unía ambos núcleos urbanos (...) El
centro de Coyolapan habría estado en las proximidades de su Casa de
Dios, en el actual templo de El Carmen. Ciertas irregularidades de la
retícula colonial en esta zona permiten ver las dificultades que tuvieron los
españoles para absorber Cuilapan con las calles que ascendían desde
Oaxaca: la Plazuela Labastida, el ensanchamiento de Ignacio Allende, la
Plaza de El Carmen Alto [donde hubo un mercado], son indicios de ello.
Es muy posible que a lo largo del acueducto de Coyolapan y en algunos de
los espacios mencionados [Plazuela Labastida, etc.] se levantasen casas de
los principales de Cuilapan, como la que ocupó Peláez de Berrio (Jiménez,
1996:61-62).

23
III. SIGLO XVI. UN ENCUENTRO MULTI-CULTURAL

La llegada de los españoles a Oaxaca, lugar de tantos grupos indígenas

con lenguas distintas (vid Barabas, 1990), y diferentes grados de desarrollo

cultural, produjo también una gama muy amplia de respuestas. Esta diversidad

de actitudes tomaría a los europeos muchos años para consolidar su empresa de

conquista. El tiempo como las actitudes también fue diverso.

En la parte central del Valle de Oaxaca el control de la zona se dio en muy

poco tiempo. La zona era parte muy importante de una de las regiones más

avanzadas culturalmente, que encontraron los españoles. Angeles Romero

(1988:118), señala que los grupos más sofisticados culturalmente fueron los que

primero dieron su reconocimiento a los europeos. Mientras que los que

representaban una organización más sencilla se les opusieron durante mayor

tiempo. Considera que el papel que asumieron los dirigentes fue determinante.

El avance cultural en opinión de los investigadores, permitió ciertas ventajas que

se tradujeron en alianzas con los europeos. Así que el uso de las armas y tácticas

de guerra no pasó de una semana. El control de la zona fue relativamente rápido.

Debido principalmente a que los zapotecos no participaron en la contienda por la

alianza que Cortés hizo con el Señor de Tehuantepec (Gay, 1950:I:349).

La transición al gobierno español fue relativamente suave y fácil, comparada


con la conmoción y la dislocación que acompañaron la conquista en otras
áreas, en el Valle de México. Esta no era la primera vez que el Valle de
24
Oaxaca era invadido por extraños y su historia de guerras localizadas, la
presencia del sistema indígena de tributo y la inestabilidad política endémica
más allá del nivel de comunidad, permitieron a los Españoles controlar el
Valle en poco tiempo y con un mínimo de violencia. (Chance, 1993:49-50).

Así que el encuentro de dos culturas, enriquecidas durante siglos,

empezaría a dejar sus huellas en el desarrollo de la nueva cultura. Sin embargo, a

unos les tocaría jugar el papel de vencedores y a otros el papel de vencidos. Los

europeos, los vencedores, provenientes de los reinos de Castilla, Extremadura y

Andalucía sintetizaban la cultura de visigodos, árabes y romanos. Con los

conceptos de su pasado medieval de señores feudales y vasallos y las nuevas

ideas renacentistas debían imponer, para asumir el papel de vencedores, su

interpretación del complejo mundo indígena que tenían ante sí.

A los Yya Canu o a los Coqui, a aquellos Hombres-Dios que habían gozado
de un poder sagrado y secular, los equipararon con los Señores feudales de
Castilla. Les nombraron “Señores Naturales” y a sus reinos “Señoríos”,
trastocando con sus términos una relación sagrada y compleja en un vínculo
de vasallaje. Y la confusión fue más lejos, en otros casos les denominaron
“caciques” palabra que habían aprendido en el Caribe y que en realidad
implicaba una simplificación del rango y del status de los diferentes
gobernantes indígenas. Incapaces de penetrar el universo que se abría ante
sus ojos denominaron con la misma palabra a los sofisticados Yya Canu
mixtecos, que a los Coqui zapotecas, que a los jefes chontales.
Los campesinos indígenas les parecieron a los españoles similares a los
campesinos de España, de ahí que les llamaran “gente del común”, lo que
recordaba a los comuneros de Castilla y León. A los sirvientes del palacio, a
aquella gente de rango inferior que cultivaban las tierras del Señor, les
denominaron terrazgueros; a los descendientes más directos de los Yya Canu
o de los Coqui los consideraron como la nobleza y a otros grupos que no
entendieron los ignoraron simplificando en su concepción la estructura
indígena. Al traducir la realidad indígena a la suya propia, crearon tal
25
embrollo que, aun hoy en día, nos resulta difícil distinguir lo que fue propio
de los prehispánicos de aquello que los españoles trataron de entender.
(Romero, 1988:117).

Si la cultura indígena en el Valle de Oaxaca permitió a los conquistadores

el control de la zona con un mínimo de sangre, esa misma cultura sin embargo,

generaría en adelante muchos problemas a los colonizadores. Por lo pronto, su

interés primordial era consolidar la conquista. Para Chance, al llegar los

Españoles, la organización cultural en el Valle de Oaxaca, difería de la

organización Española del siglo XVI, sólo en grado y no en tipo. Así que el

contacto cultural “que comenzó en el Valle en 1521 era esencialmente una

confrontación entre sociedades de estado.” (1993:45-46) Por eso, ya que se

resolvió la lucha inicial, los colonizadores pudieron permitir que los caciques y

principales retuvieran sus posiciones como gobernantes y nobles entre los

indígenas. Incluso reforzaron su Status otorgándoles algunos privilegios de la

nobleza española (Chance, 1993:46)

En ese sentido, el desarrollo sociocultural de los oaxaqueños fue útil para

iniciar la dominación indígena por los Españoles. Más tarde sin embargo, ese

aprovechamiento inmediato de la cultura indígena, tendría obstáculos para los

nuevos nativos Españoles. El encuentro de esas sociedades de estado que se

inició en 1521, iría cristalizando en las instituciones. Esa relación de imposición

que asumieron los vencedores, pero en la que muchas veces los pueblos
26
indígenas no fueron un actor pasivo, se expresaría en instituciones como la

encomienda, los corregimientos, el repartimiento, el clero, la hacienda, entre

otras, e irían dando forma y sincretismo a las culturas que se encontraron en los

Valles de Oaxaca y alcanzaron su expresión urbana en la ciudad de Antequera.

1. ATEQUERA: CONFLICTO DE INTERESES

Pasada la violencia inicial, el problema inmediato era la propia estancia de

los conquistadores. En realidad, además de la extracción de riquezas, colonizar

era el otro objetivo de la conquista. Para realizar esas actividades de explotación,

era indispensable un asentamiento español. Ese asentamiento sin embargo,

desde su origen expresó el germen de la contradicción colonizadora. Cortés le

dio carne y hueso a esa contradicción: supo de la importancia estratégica que el

Valle de Oaxaca tenía para la Corona, pero también se dio cuenta de las riquezas

y benevolencia que el lugar podría significar para su beneficio personal.

Así que, a la primera orden que le dio a Orozco para fundar Segura de la

Frontera en Huaxyacac4, le siguió otra para que junto con sus hombres

4
Un esquema general en que parecen coincidir la mayoría de los investigadores es el siguiente:
A. Huaxyacac. Asentamiento Azteca fundado por segunda ocasión durante el comienzo del reinado de Ahuitzotl en 1486. Más tarde,
sobre Huaxyacac se construiría la ciudad de Antequera.
B. Segura de la Frontera. Originalmente Segura de la Frontera fue un asentamiento español en Puebla, que Cortés y sus hombres
abandonaron para continuar la conquista en Oaxaca. En honor a ese asentamiento Orozco debía fundar Segura de la Frontera en
27
abandonara el lugar y se dirigiera a la vecindad del reino de Tututepec (Cortés,

1963:192). De esa manera, él sería dueño absoluto de esos Valles –eso no sería

posible si existía algún asentamiento Español de importancia-. En la región, los

Valles eran los más ricos en naturaleza y cultura; además, su ubicación añadía

una importancia estratégica.

Segura de la Frontera -primer nombre español reservado para la ciudad-,

que había de fundarse en el Valle de Oaxaca en 1521, fue a nacer, por deseos de

Cortés, en la costa del Pacifico a principios de 1522. De este lugar salió un

pequeño grupo de hombres que también apreció el clima y ambicionó las

riquezas de los Valles de Oaxaca: el oro de la región de Etla era un fuerte

atractivo, además, había una mayor cantidad de mano de obra y más disponible

que en la costa. Algunos de esos hombres que huyeron de Tututepec, se

establecieron cerca de Huaxyacac y llamaron a su pueblo Tepeaca (Cortés,

1963:205; Gay, 1950:I:390). Esta decisión, por supuesto no fue del agrado de

Huaxyacac. Al darse cuenta Cortés de la fertilidad e importancia estratégica del Valle ordenó que los colonos se fueran a Tututepec,
restableciendo allí en 1522 Segura de la Frontera. El asentamiento no prosperó. De ahí saldrían los colonos de Tepeaca.
C. Tepeaca. Asentamiento de un pequeño grupo de españoles que escapó de Tututepec y se regresó al Valle. Se estableció en tierras
contiguas a la guarnición de Huaxyacac. Todo indica que fue en lo que después sería Jalatlaco. Larumbe (1994:47), denomina ese
asentamiento como Guajaca y lo ubica a un lado de Jalatlaco.
D. Villa de Oaxaca. Durante la expedición de Orozco, los Aztecas y Tlaxcaltecas que venían con él se establecieron en Huaxyacac (a
partir de entonces se llamaría Villa de Oaxaca) También en San Martín Mexicapan y Santo Tomas Xochimilco, pueblos contiguos a
Huaxyacac. Años más tarde, la Villa de Oaxaca sería desplazada al noroeste de la Villa de Antequera. En los juicios que tendría
Cortés contra la Audiencia y Corona españolas, retuvo la jurisdicción sobre los asentamientos Nahua que rodeaban la ciudad de
Antequera: Santo Tomás Xochimilco, San Martín Mexicapan y Jalatlaco. Estos poblados estaban comprendidos dentro de las “Cuatro
Villas”: Oaxaca, Cuilapan, Etla y Tlapacoya que junto con sus sujetos, la Corona Española entregó a Cortés.
E. Antequera. El 7 de Junio de 1529, Juan Pelaéz de Berrio, fue nombrado alcalde mayor de la Provincia de Oaxaca. De aquí en
adelante se llamaría Antequera. Todo indica que la guarnición de Huaxyacac fue arrasada y que la Villa de Antequera se construyó en
el mismo sitio. La Villa de Oaxaca fue trasladada al noroeste de la ciudad en lo que se conocería después como el marquesado.

28
Cortés y en los años siguientes continuó con los intentos de sacar del Valle de

Oaxaca, ese naciente asentamiento Español (Bradomín, 1993:460-4663).

Un resumen de las fundaciones del asentamiento español en el Valle de

Oaxaca puede expresarse en cuatro puntos (Chance, 1993:49-55; Larumbe,

1994:43-54):

1. 25 de noviembre de 1521. En la margen derecha del Río Atoyac, el capellán


del ejercito, Juan Díaz, dice la primera misa. Ese mismo día el Capitán
Francisco de Orozco, establece la Villa Colonial que sustituirá a la indígena,
llamándola Segura de la Frontera.

2. 22 de abril de 1522. Llegan al Valle 120 vecinos españoles de la despoblada


Villa de Tututepec, encabezados por Gutierre de Badajoz, Juan Nuñez
Cedeño, Juan Nuñez del Mercado y Andrés de Monjaraz. Fundan la Villa
que denominan Guajaca, situándose al norte de Huaxyacac. En terrenos
colindantes al pueblo de Jalatlaco. Ese mismo año, por ordenes de Cortés la
mayoría serían desterrados. Chance (1993), identifica ese asentamiento como
Tepeaca que después será dice, el barrio de Jalatlaco.

3. 10 de febrero de 1524. Aprovechando la ausencia de Cortés, Salazar y


Chirinos establecen por tercera vez la Villa de Guajaca. Designan alcalde a
Andrés de Monjaráz.

4. 7 de junio de 1529. Es nombrado Alcalde Mayor Juan Peláez de Berrio.


Antes de él habían estado Gutierre de Badajoz (25 de noviembre de 1521);

29
Juan Nuñez de Cedeño (1522); Andrés de Monjaráz (10 de febrero de 1524 a
1 de marzo de 1526); Juan Nuño del Mercado (1526).

El conflicto de intereses por la repartición de Indios y sus pertenencias,

que se dio entre Cortés por un lado, y sus enemigos que serían después

integrantes de la Primera Audiencia, por el otro, se expresaría en el Valle de

Oaxaca. Los intereses de esos dos grupos estarían representados por el

marquesado y Antequera. Así que después de los intentos del conquistador por

sacar del Valle al asentamiento español, en 1524, aprovechando el viaje de

Cortés a las Hibueras, se refundo el asentamiento español; avalado por sus

enemigos en la ciudad de México. Dos años después, con una población de 50

familias, sería reconocido oficialmente como una villa, por la Corona española.

Por otro lado, los 4,000 indígenas Tlaxcaltecas y Aztecas que vinieron

con Orozco a la conquista, se habían establecido en Huaxyacac, San Martín

Mexicapan y Santo Tomas Xochimilco. Huaxyacac ya era un asentamiento

Azteca desde el siglo anterior y a partir de la llegada de los conquistadores se

conocería como villa de Oaxaca. En 1523, esos tres pueblos tenían un cabildo

parecido al modelo español, con el cacique local como alcalde y dos regidores.

Incluso fueron más allá, y formaron una “confederación” nombrando un

alguacil mayor para las tres comunidades (Chance, 1993:51).

30
Durante los primeros siete años, la ubicación del asentamiento español

aún era secundaria; pegado a la villa de Oaxaca que antes había sido Huaxcayac.

Víctor Jiménez, al analizar diversos documentos acerca de la confrontación entre

Cortés y sus opositores, supone que: “desde muy temprano habría existido una

ocupación del territorio de lo que sería la ciudad de Oaxaca por más de un grupo

de españoles: los leales a Cortés en un lugar y sus oponentes en otro” (1993:12).

Esto es muy probable si se consideran los siguientes puntos con base a la

información que proporciona Jaime Larumbe (1994:44-47):

1) 25 de noviembre de 1521. Francisco de Orozco acampa en la margen

derecha del Río Atoyac, en las inmediaciones de Huaxyacac. Ese mismo día

establece en este lugar la Villa colonial que sustituirá a la indígena. Le pone

el nombre de Segura de la Frontera. Nombra a Gutierre de Badajoz, primer

alcalde de la Villa. Ordena que los 4,000 mexicanos que llegaron con él fijen

su residencia alrededor de la nueva Villa. Para ello, funda los pueblos que

serían nombrados por el clérigo Juan Díaz como Santa María Oaxaca, San

Martín Mexicapan, San Juan Chapultepec, Santo Tomás Xochimilco, San

Matías Jalatlaco y Santiago Tepeaca.

2) 15 de enero de 1522. De regreso a Huaxyacac o Guajaca como empezaron a

llamarle los españoles, el presbítero Juan Díaz, manda construir de manera

31
provisional el primer templo que se erigía en la Villa. Se le da el nombre de

Santa Catarina (San Juan de Dios).

3) 8 de febrero de 1522. Llega a Segura de la Frontera (Huaxyacac) el capitán

Pedro de Alvarado que va a conquistar la costa del Pacifico. Se le incorporan

los soldados de Orozco, “no quedando en lugar sino unos cuantos soldados

enfermos y el presbítero Juan Díaz”.

4) 10 de marzo de 1522. Los soldados orozquistas fundan en Tututepec una

Villa a la que nombran otra ves, Segura de la Frontera. “Como alcalde y

primera autoridad nombran a Gutierre de Badajoz, que había ocupado ese

puesto en la que fueron obligados por Cortés a despoblar”.

5) 10 de abril de 1522. Descontentos los soldados españoles por el clima de la

costa, la actitud de los indígenas y la de su capitán, deciden despoblar la

Villa. Toman diferentes rumbos pero la mayoría escoge Oajaca porque les

parece mejor tierra.

6) 22 de abril de 1522. Llegan al Valle 120 vecinos españoles de la despoblada

Villa de Tututepec, encabezados por Gutierre de Badajoz, Juan Nuñez

Cedeño, Juan Nuñez del Mercado y Andrés de Monjaráz. “Llegan a

Huaxyacac y fundan otra Villa que sitúan al norte de aquella en terrenos

colindantes al pueblo de Jalatlaco porque decían ‘allí querían morir e fazer la

Villa’. En esa parte trazan, pues, la nueva población española, le dan el

32
nombre de Guajaca para no contrariar a Cortés en la de Segura de la

Frontera”

No se tiene información de la población después del destierro de Nuñez

Cedeño, Badajoz y demás regidores del ayuntamiento, pero es muy probable que

al menos algunos de los 120 fundadores de Guajaca quedaran en el lugar.

La decisión importante que iniciaría el desplazamiento de las

comunidades indígenas para situar a Antequera como ciudad central se dio en

1529. Aprovechando otra ausencia de Cortés –ahora se encontraba en España

buscando ayuda de la Corona para reestructurar su poder-, la Primera Audiencia

tomaba decisiones en la Nueva España en contra de los intereses del

conquistador y redistribuía bienes, empleos y encomiendas. En ese conflicto, el

Valle de Oaxaca era un lugar estratégico para socavar la base de su poder e

influencia. Así que el 7 de junio de 1529 la Primera Audiencia nombra a Juan

Peláez de Berrio alcalde mayor de la Provincia de Oaxaca (Chance, 1993:51-52;

Esparza, 1993). Peláez de Berrio era hermano del oidor Diego Delgadillo, uno

de los más encarnizados enemigos de Cortés (vid: Esparza, 1993).

Juan Peláez de Berrio llegó al Valle de Oaxaca en julio de 1529

acompañado de nuevos colonos y encomenderos. Encontró una población

española sin autoridad local y sin un trazo organizado. Los primeros días, él

mismo tuvo que vivir en una casa de la cacica de Cuilapan. Como tenía

33
instrucciones precisas para arreglar y agrandar el asentamiento español del valle,

que a partir de entonces se llamaría Antequera, pronto organizó el cabildo e

inició junto con Alonso García Bravo, el trazo de la ciudad y la distribución de

los primeros solares. A partir de una plaza central distribuyeron los lotes con

base en una retícula ortogonal que daría dirección a las calles (Chance, 1993:53-

54). Peláez de Berrio inició el reparto de los primeros lotes con ciertos

conflictos, debido a que privilegió en esa repartición, los lotes de los

funcionarios de la audiencia, de su hermano el oidor Delgadillo y de sus amigos

políticos que no vivían en Antequera, y los de él; escogió para todos ellos los

mejores lotes (Esparza, 1993:76). El papel que desempeñó como primera

autoridad mayor de Antequera –y a la postre primer gobernador del estado- Juan

Peláez de Berrio, como su personalidad (vid: Esparza 1993), son un fiel reflejo

de la relación cruel y ambiciosa de los conquistadores.

El gobierno de Juan Peláez de Berrio fue breve, sin embargo en sus dos

años de estancia en Antequera se caracterizó por ser cruel, ambicioso y

despótico, incluso con los propios españoles. Como él, los siguientes alcaldes

fueron siempre nombrados fuera de la Provincia de Oaxaca. Sin embargo, con

el tiempo y los intereses que se fueron creando en Antequera, el poder político

se fue distribuyendo entre grupos pequeños de encomenderos, corregidores y

34
el clero. Las alianzas y conflictos entre estos grupos y los alcaldes mayores,

designados por los Virreyes, fueron frecuentes.

El clero tampoco estuvo al margen de las disputas entre las diversas

órdenes religiosas como con el clero secular y otros grupos sociales y

políticos. Un conflicto entre Dominicos y el cabildo que inició a mediados del

siglo XVI, aún tenía repercusión en el siglo XVIII, cuando por Real Provisión

se pedía al corregidor de la ciudad de Antequera haga que el convento de

Santo Domingo, cumpla con su contribución para la fabrica de la atarjea

(AGEO, 1733:20:2)

Se ha argumentado acerca de la importancia geográfica (ubicada entre dos

ríos principales) como el factor que hizo decidir a Peláez de Berrio y Alonso

García Bravo la localización precisa de Antequera. En realidad, cuando Peláez

de Berrio decidió la ubicación del Antequera, lo movió una consideración

política y simbólica: estaba atacando a Cortés y desplazando sus áreas de

influencia. Por eso, la guarnición de Huaxyacac fue arrasada y la población

indígena de la Villa de Oaxaca fue trasladada hacia el noroeste de la ciudad; el

centro ceremonial y administrativo de Huaxyacac ubicado a una cuadra de

donde se construiría el centro de Antequera, fue destruido y ese espacio se

convertiría en centro del comercio, se conocería como: la Plaza del Marqués, la

Plaza de San Juan de Dios y como la Plaza de Santa Catalina, en diferentes

35
épocas durante la colonia. Así, al terminar el año, Antequera estaba formada por

un grupo pequeño de españoles que se distribuían en lotes ubicados a partir de la

plaza central. Rodeando este asentamiento español se ubicaban los de los

pueblos indios (Chance, 1993:54). Como su inicio, la sobrevivencia de

Antequera estaría en su capacidad de aprovechar los bienes y el trabajo de los

pueblos indígenas circundantes, por eso a partir de entonces formal y

simbólicamente, Antequera se asume como la ciudad central.

La vida de Antequera no fue fácil en las siguientes décadas. La decisión

de Cortés de apoderarse de los Valles de Oaxaca originó que Antequera quedara

rodeada, delimitada y acotada por los intereses del Marques. El conquistador que

siguió buscando la desaparición de Antequera, le impuso una relación sofocante.

Las disputas del marquesado con ciudadanos de Antequera por obtener los

derechos de encomienda -base de la producción en esos años-, eran

determinantes. El mismo año de la fundación de Antequera, los dos actores

principales del conflicto habían tomado decisiones que defenderían legalmente

en las siguientes décadas. Por un lado, Cortés había conseguido que el rey de

España además de nombrarlo Marqués del Valle de Oaxaca, le concediera a

perpetuidad 22 encomiendas separadas, localizadas en siete partes de la Nueva

España. Uno de esos lugares cubría casi todo el Valle de Oaxaca.

...por la real cédula del 9 de julio de 1529, recibió villas y pueblos ‘fasta en
número de veinte y tres mil vasallos’ éstos, en realidad, fueron mucho más

36
numerosos (...) Pero Cortés podía considerarse algo mejor que un riquisimo
encomendero, pues, al recibir el título de marqués del Valle de Oaxaca, había
obtenido, junto con sus villas y pueblos tributarios, ‘sus tierras y aldeas y
términos y vasallos y jurisdicciones cevil e criminal, alta e baja, mixto
imperio, y rentas y oficios y pechos y derechos y montes y prados y pastos y
aguas corrientes, estantes y manientes’, a título hereditario y perpetuo. El
propio conquistador había escogido los lugares enumerados en la real cédula;
era lo mejor de la Nueva España, y allí el rey no conservaba, esencialmente,
más que las apelaciones en justicia, las minas y la moneda. (Chevalier,
1976:167)

Por su parte, ese mismo año mientras Cortés tramitaba su pedido con el

Rey, la Primera Audiencia tomaba la determinación de despojarlo de muchas

propiedades del Valle para redistribuirlas y estimular el crecimiento de

Antequera (Chance, 1993:56). A partir de entonces, se iniciaría un largo período

de disputas legales entre el marqués y sus descendientes, contra encomenderos

de Antequera. En estas disputas legales, dos determinaciones fueron importantes

para los habitantes de Antequera: la primera en 1531-1532, la Segunda

Audiencia tomó la decisión de despojar permanentemente al marqués de 16

distritos Indios que se localizaban, la mayoría al sur y al este del Valle de

Oaxaca: Coyotepec, Chichicapan, Guaxolotitlán, Ixtepec, Macuilxochitl, Mitla,

Ocotlán, Peñoles, Teitipac, Teotitlán del Valle, Teozapotlán, Tepezimatlán,

Tlacochahuaya, Tlacolula, Tlalixtac y Zimatlán (Taylor, 1972:112); segunda, la

Corona española había reconocido la importancia de impulsar un asentamiento

español en la región y volvió a definir los términos de la concesión que había

37
otorgado a Cortés en 1529. El marqués, sólo tendría jurisdicción sobre “Cuatro

Villas” y sus sujetos: Oaxaca, Cuilapan, Etla y Tlapacoya.

Sin embargo, la posición de las Cuatro Villas del marquesado era

estratégica: tenían rodeada a Antequera. Los conflictos, también impedirían el

crecimiento de la ciudad de dos maneras importantes: se restringió severamente

el número de pueblos disponibles para su distribución en encomienda a los

vecinos de la ciudad; y, limitó la cantidad de tierra para municipales comunes y

pastoreo del asentamiento español. Porque, aunque Cortés perdió una parte muy

importante de poblaciones del Valle, se le asignaron a cada una de las Cuatro

villas, cabeceras independientes con sus sujetos. El pueblo principal del distrito

era la Villa de Oaxaca, propiedad del marquesado, que para 1743, aún incluía un

total de 41 lugares poblados (Chance, 1993:56-57). Esta carencia original de

suelo marcaría la vida de Antequera. Sin embargo, aún cuando los conflictos con

el marqués se prolongarían durante años, el tiempo sería el mejor aliado de

Antequera en la disputa con el marquesado.

Las primeras décadas de colonialismo fueron para Antequera de continua

escasez de granos, verduras, alimentos en general e incluso de rentas

municipales. La propia existencia de Antequera estuvo en duda, ya que aún

cuando la conquista por medio de las armas se concluyó en muy breve tiempo,

los conflictos y rebeliones persistieron. En el Valle, algunas ciudades-estado

38
aceptaron a los conquistadores, pagando tributo, hasta 1530. En otras regiones

del estado ese reconocimiento aún era dudoso en el siglo XVII (Romero,

1988:111). Si bien esos conflictos no se libraron en Antequera, si llegaban a

preocupar a sus habitantes europeos, al grado que antes de 1550, solicitaron sin

éxito en dos ocasiones, permiso para construir una fortificación a la ciudad

(Jiménez, 1993-B:42; Chance, 1993:84). Así que, rodeada por comunidades

Indígenas, hasta 1550 dependió de forma parasitaria de la tierra y del trabajo de

los Indios. En ese año el cabildo solicitó el traslado de la población hacia una

zona más favorable, pero no fue autorizado por el Virrey (Gay, 1950:I:546).

Antequera, apenas si pudo sostenerse durante sus primeros treinta años, en que

el número de ciudadanos no solamente no creció, al contrario disminuyó. De 80

hombres que habían iniciado el asentamiento, tres lustros después, en 1544, se

habían reducido a 30 ciudadanos (Chance, 1993:85).

Al contrario de lo que pasaba en Antequera, los reinos indígenas, que

debían pagar tributo, tenían una mayor dinámica en el comercio y la

economía. Varios factores tuvieron que ver: el intercambio que se había

desarrollado entre los distintos reinos aún antes de la llegada de los europeos;

la sustitución de los cargadores indígenas, por caballos, mulas y asnos (que

provocó una revolución en el sistema de transporte); y, la adopción rápida de

la moneda (Romero, 1988:125-126). Los mercaderes indígenas tenían mayor

39
desplazamiento de mercancías que los mismos españoles. Mientras las recuas

de estos no pasaban de una docena, los comerciantes mixtecos, por ejemplo,

llegaron a tener a principios del Siglo XVII recuas de hasta cincuenta

animales. Antes de 1540 señoríos del Valle como Macuilxochitl y Zimatlán ya

tributaban en reales, que sustituyeron a los productos. En 1550 también lo

hacían Teotitlán, Mitla, Teozapotlán, Ejutla y otros (Romero, 1988:125). A

diferencia de Antequera, durante esas primeras décadas, las comunidades

Indias del Valle mantuvieron su estabilidad demográfica y la mayor parte de

los aspectos de su cultura y sociedad Indígena.

“la persistencia de la forma de vida tradicional a nivel comunidad y el


hecho de que los Indios eran los principales productores para un pequeño
número de Europeos en una economía orientada hacia la subsistencia, dio
a la población India un grado considerable de independencia de la
sociedad colonial Española.” (Chance, 1993: 87)

2. ENCOMIENDA, CORREGIMIENTOS Y LA CRISIS

En las primeras décadas de la conquista el suelo tenía muy escaso valor y

muchas zonas quedaban sin utilizar. Los indígenas no conocían la cría de

animales, así que utilizaban preferentemente las superficies con riego, dejando

muchos espacios libres. Los soldados por su parte carecían de herramientas,

bueyes de labor y mano de obra habituada. Así, las explotaciones más antiguas,

se hallaron por regla general en manos de encomenderos y de personas con


40
rentas importantes ya que para realizar una empresa de esas era necesario contar

con mano de obra y capital (Chevalier, 1976:153-154)

En el Valle de Oaxaca, el desarrollo, y el inicio de la decadencia de la

encomienda expresará el principal fenómeno de la economía a la llegada de los

Españoles. Se reflejará en la fundación, estancamiento y primera expansión

urbana de la ciudad de Antequera. Al llegar los españoles al Valle de Oaxaca, su

interés principal era el enriquecimiento rápido a través de la extracción de

productos, especialmente oro. Para ello, necesitaban brazos más que tierra. Así

que introdujeron sus propias ideas acerca de la tierra y del trabajo.

Derivado del derecho romano, consideraron que se podía ser propietario

de la tierra, se usara o no se usara. Así que, pensando como europeos, creyeron

que la tierra (incluyendo la de los macehuales o campesinos libres), era

“propiedad” de los Señores nativos y la nobleza (Romero, 1988:117). Esta

confusión al principio no creó problemas. Por un lado, era aceptada por los

Españoles por que les convenía; por el otro, los Señores indígenas habían

reconocido el poder del español (Romero, 1988:118). Los indígenas a su ves,

siguieron entregando el tributo a su Señor, al que obedecían en todo y por todo

porque eran señores absolutos (Romero, 1988:115); aunque él daba parte a los

blancos. En esos primeros años, a los españoles no les interesaba tanto la tierra

como los productos que podían obtener de los indígenas. Para arrancarle esos

41
frutos, alimentos, oro, y productos en general, sólo necesitaban tener en

encomienda a un grupo numeroso de indígenas que trabajaran sus propias

tierras. Por eso, pensando en la Europa medieval formalizaron la relación amo-

siervo e implantaron una institución: la encomienda. Al fin y al cabo, la tierra

del Nuevo Mundo -gracias a las bulas papales de 1493 y a los derechos

derivados de la conquista- se convertía en patrimonio de la Corona de Castilla; y

sus Señores y sus hombres en sus vasallos (Romero, 1988:118-119). La

encomienda fue la primera forma en que los conquistadores institucionalizaron

el saqueo de la riqueza material de la Nueva España. Tomar indios en

“encomienda” significaba “que el encomendero o concesionario, tenía derecho a

recibir tributos, así como servicios personales ilimitados, de una cantidad

determinada de indios” (Wolf, 1991:168).

El encomendero (un Español), a cambio de tributo (oro, mantas, cacao,

animales, etc.), y trabajo de los Indios, debería protegerlos y adoctrinarlos. En

realidad, muy pocos encomenderos tomaron en serio esa obligación legal. Así

que durante las primeras décadas de la colonia las encomiendas funcionaron

básicamente como una forma disfrazada de esclavitud (Chance, 1993:67), y

significaron “el arranque de las primeras actividades económicas hispanas”

(Romero, 1988:119). La economía era inestable y pobre, y había dificultades

para conseguir dinero liquido. Los únicos que disponían de capitales y de rentas

42
fueron los grandes encomenderos, algunos mineros del norte y los funcionarios

influyentes; posteriormente también lo haría la Iglesia (Chevalier, 1976:154).

Los límites al crecimiento de la encomienda se dieron hasta 1549 cuando se

decretó una ley que privaba a los encomenderos del acceso al trabajo de los

Indios. Al año siguiente las cuotas del tributo fueron fijadas por los funcionarios

reales (Chance, 1993:69).

Sin embargo, la encomienda fue el elemento importante en la economía

de Antequera y la región durante la primera mitad del siglo XVI. Según John

Chance (1993:65-71), la encomienda se desarrolló y declinó casi al mismo

tiempo y de casi la misma manera que en otras regiones de Nueva España. Para

Antequera distingue tres períodos:

1. El de los comienzos del desarrollo y su apogeo antes de la década de 1550.

2. La estabilización y declinación en la segunda mitad del siglo XVI.

3. La decadencia en el siglo XVII

Este florecimiento y decaimiento de la encomienda se reflejó en el

crecimiento de Antequera, paradójicamente, de manera inversa. Por un lado, la

población española no creció en los años de desarrollo de la encomienda; el

asentamiento español había iniciado con sólo 80 hombres y no se registró alguna

variación importante en los primeros ocho años. Al contrario, para 1544 el

43
número de vecinos se había reducido a 30. Sólo creció de manera sustancial

hasta la segunda mitad del siglo XVI. Por otro lado, tampoco la ciudad de

Antequera podía hacerlo porque estaba rodeada de propiedades y poblaciones

indias pertenecientes al marquesado. Antequera, vivía parasitariamente de lo que

recibía a través del tributo que poblaciones como Mitla, Teotitlán del Valle,

Macuilxochitl entre otras, le entregaban; incluyendo los alimentos.

Hasta 1560 puede distinguirse en Antequera una élite de encomenderos.

Ellos controlaban políticamente a través del cabildo y concentraban la mayor

cantidad de riqueza. Sin embargo, aunque a finales de ese año la mayoría de las

encomiendas estaban en operación, ya no eran garantía de poder ni prestigio.

Todavía en 1570 los encomenderos tendían a dominar el cabildo de Antequera.

Sin embargo, para 1590 la mayoría de los alcaldes y regidores ordinarios no eran

encomenderos. Finalmente las encomiendas decayeron en el siglo XVII. Todas

las encomiendas del Valle y territorio circundante, se dieron como desaparecidas

en 1688 (Chance, 1993: 70). Dos circunstancias afectaron la distribución de

encomiendas a los residentes de Antequera:

A. El control que Cortés y sus herederos tuvieron sobre un gran número de

Indios del Valle durante el Período Colonial.

44
B. La poca permanencia de los encomenderos en Antequera. La mayoría de las

encomiendas fueron asignadas a vecinos de la ciudad de México y aun de

Puebla (Chance, 1993:66).

Además de los encomenderos, en Antequera residía otro grupo de

españoles designados por la Audiencia como administradores, magistrados y

recaudadores del tributo en las poblaciones Indias de la Corona: los

corregidores. El papel de los corregidores fue importante en Antequera no sólo

porque eran designados por la Audiencia, también porque formaban parte de

la clase urbana que tenían residencia en la ciudad. La Provincia de Oaxaca se

había definido claramente en octubre de 1529. Los límites eran extensos:

desde Teotitlán del Camino al norte hasta la costa del Pacífico; y de Nejapa al

oriente hasta la Mixteca Alta al noroeste (Chance, 1993:52). Así que para

1530 y 1540, el Valle y el territorio circundante dentro de la jurisdicción de

Antequera, se dividió y se establecieron corregimientos para tener un mayor

control y facilitar la recaudación del tributo de la población india. El status

legal del corregidor cambio con el tiempo, sobre todo en las relaciones con el

alcalde mayor. Chance, resalta algunas características de los corregimientos

que vivieron en Oaxaca en las primeras décadas de la colonia:

A. Eran clasificados muy por debajo de los encomenderos tanto en términos


de poder como de riqueza.
45
B. Su posición le brindaba abundantes posibilidades de explotar a la población
India.

C. El puesto de corregidor no era de especial prestigio, a pesar de las


oportunidades que se le presentaban para el enriquecimiento personal.

D. La mayoría de los corregidores, como los puestos de cabildo y las oficinas


políticas casi siempre se entregaron a Españoles de la Ciudad de México
(Chance, 1993: 59-64).

Antequera aunque pequeña y acotada por los problemas, era el único

pueblo y estancia importante entre Puebla y Guatemala. Era además la

estancia conveniente para los viajeros que venían de Perú, entrando por el

puerto de Huatulco. La dificultad de los caminos hizo que la audiencia

autorizara el uso de tamemes hasta 1531; después serían sustituidos por

recuas. Antes de 1544, ya se había completado el camino que venía de la

ciudad de México, pasaba por Puebla, Tehuacán, la cañada de Cuicatlán y

Antequera. También se usaba la ruta que pasaba por Nochixtlán, Teposcolula,

Tamazulapan y Huajuapan.5 Había otros tres caminos importantes: uno unía a

Antequera con Huatulco al sur; el otro con Tehuantepec y Guatemala; y el

tercero, con Villa Alta (Chance, 1993:75-76; Iturribaría, 1992:75). Esta

temprana red de caminos daba sustento a una ciudad que “Durante la mayor

5
Antes de la construcción de la autopista en 1994, las dos carreteras que conectaban a la ciudad de Oaxaca
con la ciudad de México, eran básicamente las mismas rutas del sigloXVI. Una: Oaxaca, Cuicatlán,
Tehuacán, Puebla y la ciudad de México. La otra: Oaxaca, Nochixtlán, Teposcolula, Tamazulapan,
Huajuapan, Acatlán; en Isucar hay dos rutas, una por Atlixco para unirse con la Puebla-México y la otra que
llega a la ciudad de México pasando por Cuautla y el valle de Cuernavaca. La ruta a Guatemala seguía
también prácticamente la misma ruta de la actual carretera panamericana (Chance,1993:76).
46
parte de los albores del Período Colonial (...) funcionó más como centro de

descanso y abastecimiento para los comerciantes y buhoneros viajeros, que

como lugar de actividad de intercambio interregional”. Parece claro que antes

de 1550 no existía algo que se aproximara a una clase mercantil (Chance,

1993:77).

Del informe que deja en 1550 el Virrey Don Antonio de Mendoza a su

sucesor, puede deducirse que termina el peligro de que la ciudad desapareciera

o fuera cambiada de lugar. Sin embargo, aunque al virrey le parece el sitio

más adecuado, señala que se cometieron graves errores y que se ubicaron las

casas en donde deberían estar las huertas. Señala otros errores en la

construcción de monasterios y obras públicas, porque no se hacía lo que se

debía en las trazas. Por ello concertó “una manera de traza moderada”.

También tomó decisiones importantes que afectaría a los habitantes de

Antequera Suprimió las granjerías para ganado bovino y caballar que

afectaban los cultivos de los Indios (Iturribaría, 1992: 73-75).

Chance (1993) considera que no debe sobrestimarse el significado de la

encomienda ya que en realidad, la porción de encomenderos residentes en

Antequera fue pequeña. Durante el siglo XVI nunca pasó de veinte o

veinticinco. Por otra parte, cuando floreció al máximo, Antequera no tuvo un

desarrollo económico, ni demográfico, debido en gran parte a la sofocante

47
influencia del Marquesado. Sin embargo, el efecto que produciría en la tierra

de los indígenas sería significativo. Durante el tiempo que duró la encomienda

los indígenas reafirmaron la posesión de sus tierras. Tenían que trabajarlas para

atender sus propios cultivos y pagar el tributo. Esa posesión de sus tierras será la

base de los indígenas en las disputas que se darían años después. Sin embargo,

con el decaimiento de la encomienda y la expansión de funcionarios virreinales,

órdenes eclesiásticas, comerciantes, mineros y nuevos grupos económicos y

sociales, empezaría el despojo de las tierras de los indios, ellos sin embargo

pocas veces serían un actor pasivo.

Hasta la segunda mitad del siglo XVI, la diferenciación social en

Antequera, se expresaba a través de pequeño grupo de blancos que se ubicaba

por encima de la población India urbana en aumento y un pequeño grupo de

esclavos negros. Por lo que respecta al grupo Español de esa época, las

diferencias de status económico y social empezaron a expresarse en dos

grupos: el de mayor prestigio e influencia, lo integraban alrededor de veinte

encomenderos y el clero; el otro grupo formado por los españoles que

trabajaban como artesanos, o en otras ocupaciones manuales. Durante los

primeros años, el inexorable proceso de mezcla de razas no parecía importante

para establecer nuevas categorías sociales. Sin embargo, este fenómeno social

48
aparecería inevitablemente ante los vecinos blancos de Antequera, antes de

que terminara el siglo.

4. ANTEQUERA UNA CIUDAD SIN TIERRA

La tierra o el suelo, que dio sustento espacial y social a Antequera tuvo

desde su fundación, características especiales que hacen peculiar su desarrollo.

Una característica es determinante: su carencia. Resultado de su naturaleza de

conquista, pero también de la interpretación que dieron los conquistadores a la

tierra de los indígenas, Antequera se encontrará recurrentemente sin reservas

propias. Esparza (1993:67), sostiene que a partir de entonces, todos los

asentamientos tienen un origen ilegal. Esa carencia será la justificación de los

grupos urbanos, para impulsar en Antequera un desarrollo parasitario primero,

después de despojo y siempre de dominación y crecimiento de la ciudad, a

costa de poblaciones y comunidades circundantes.

Todos los municipios, españoles o indígenas tenían tierras comunales para

el uso de todos los residentes permanentes. Se conocían como ejidos las tierras

de bosque y dehesas las tierras para pastar ganado. “A manera de regla, parte de

esta tierra se poseía en comunidad para el uso de todos, parte se distribuía entre

ciertos vecinos como tierras cultivables y parte –los propios del consejo- se

rentaba para convertirse en una fuente de ingresos para la municipalidad.”

49
(Chance, 1993: 79). Sin embargo, Antequera desde su fundación, no contó con

reservas territoriales suficientes. La política del marquesado que rodeaba al

asentamiento español con amplias extensiones de poblaciones indígenas fue

impedir su desarrollo. Por otro lado, durante las primeras décadas en Oaxaca, los

Españoles no tenían mucho interés por la tenencia de la tierra (Taylor, 1972:116-

117). La obtención inmediata de beneficios y la explotación de la población

India a través del tributo acaparaba el interés de los conquistadores.

La tierra de que se dispuso durante las primeras décadas, era la de la

población India que habitaba Antequera. El primer lote que asignó Peláez de

Berrio en 1529 se extendía desde el sur de la ciudad hasta la junta de los ríos

Atoyac y Jalatlaco en san Agustín de las Juntas (Chance, 1993:80). La propia

Audiencia autorizaría al siguiente año, que se distribuyeran las “tierras de

Moctezuma” pertenecientes a Huaxyacac, entre los vecinos de Antequera.

Solamente una parte sería fraccionada, porque cuatro meses después el permiso

fue revocado, debido a que los indígenas sé inconformaron. Además había la

disposición de que cualquier tierra indígena debería ser pagada. En 1532, ahora

la Corona, concedió una legua de tierra comunal alrededor de Antequera. Por los

conflictos con el marquesado, esa concesión no tuvo efectos reales. En 1533,

nuevamente la Audiencia concedió tierras de Moctezuma y de Huitzilopochtli

(Chance, 1993:79-80). Los terratenientes Indios no estuvieron de acuerdo y no

50
aceptaron porque eran tierras de las comunidades indias utilizadas para el pago

de tributo que ellos debían entregar (Taylor, 1972:79). A toda esta situación se

agregaría la decisión del virrey que suprime las granjerías de los españoles por el

daño que ocasionaba el ganado a las siembras indígenas.

La carencia de tierra en Antequera no cambió antes de la segunda mitad

del siglo XVI. La tierra de propiedad privada seguía siendo escasa en 1544; los

españoles no tenían lugar para cultivar higos o uvas, más que en los patios de las

casas. Por lo que respecta a la tierra de propiedad social, Antequera sólo fue

capaz de retener los ejidos delimitados en 1529 (Chance 1993:81). Ya avanzado

el siglo XVII, la ciudad de Antequera aún no tenía tierras de pastoreo (Taylor,

1972:117-121).

El inicio incierto de Antequera, incluso su propia desaparición, no tiene

solamente una explicación local. En realidad para 1530 las encomiendas eran

difíciles de conseguir, la minería no proporcionaba mejores ganancias y

hacían falta recursos materiales. Muchos conquistadores y colonos se

regresaron a España o Las Antillas o se iban a Perú (Chance, 1993:85). Estos

años difíciles sin embargo empezarían a cambiar para Antequera antes de que

terminara el siglo XVI.

51
IV. LA CIUDAD COLONIAL
1. LA PRIMERA EXPANSIÓN

Los habitantes de Antequera y los pueblos vecinos ocuparon una

posición muy especial dentro del sistema social y económico de la colonia en

el Valle de Oaxaca. En primer lugar representaban a dos grupos étnicos que se

habían aliado para dominar la región pero que tenían enormes contrastes: uno,

el de los conquistadores, muy reducido; el otro, el de los aliados, muy

numeroso. Los Españoles, un grupo que no pasaba de 100 hombres, dependía

del resguardo que pudiera brindarle la ubicación de sus aliados indígenas,

mayoritariamente Nahuas. Los Nahuas, tenían establecido desde mucho

tiempo antes de la llegada de los conquistadores un asentamiento en el Valle.

Al iniciarse la dominación española Huaxyacac fue la sede del asentamiento

de los numerosos indígenas, que acompañaban a los conquistadores. Además

de Huaxyacac, los 4,000 indígenas predominantemente Nahuas, se

distribuyeron también en Santo Tomás Xochimilco, San Martín Mexicapan y

lo que sería poco después Jalatlaco. Estos pueblos Nahuas, quedaron bajo la

jurisdicción del marquesado cuya cabecera principal se ubicó en la Villa de

Oaxaca, como se llamaría a la anterior Huaxyacac.

Un grupo de españoles por su parte, después que fundó Segura de la

Frontera en la costa, se regresaron al Valle para iniciar el asentamiento

52
español original en la ribera este del Río Jalatlaco. Independientemente de que

ese asentamiento sea o no el futuro Jalatlaco, de cualquier modo, la historia y

la interrelación de los poblados que existían antes de la llegada de los

españoles: Huaxyacac, Mexicapan, Jalatlaco y Xochimilco (vid: Iturribarría,

1992; Bustamante, 1989; Larumbe, 1994), cambió radicalmente con la llegada

de los españoles. Antequera desde sus inicios está muy ligada a la vida de

esos pueblos. Sin embargo a diferencia de los pueblos de agricultores que la

rodeaban (Villa de Oaxaca, Santo Tomás Xochimilco y San Martín

Mexicapan), con Jalatlaco se dio una relación muy diferente. Jalatlaco era un

asentamiento de artesanos. Este asentamiento Indio al principio estuvo bajo la

jurisdicción del marquesado, quedando controlado por las autoridades de

Antequera hasta la segunda mitad del siglo XVI. Así, la configuración

primaria de un sistema de poblados en la época colonial estaría dada por

cuatro pueblos: Antequera al centro, bajo cuya jurisdicción estaba Jalatlaco;

Xochimilco el más chico de los cuatro al norte de Antequera, tenía tres

barrios: Chiutla, Tula y Tecutlachicpan; al sur de Antequera, San martín

Mexicapan tenía cuatro barrios: Mexicapan, Cuernavaca, Tepoztlán y

Acapixtla; y, al oeste la Villa de Oaxaca con dos barrios: Istapalapa y

Tlacopan. Sin embargo, con la consolidación del cacicazgo de la Villa de

Oaxaca, Xochimilco y San Martín quedaron reducidos al nivel de

53
dependencias y conformarían parte de la comunidad terrasguerra del

marquesado (Chance, 1993:108-109). En su aspecto más general, el sistema

de localidades estaba conformado por dos pueblos con sus respectivos

poblados satélites: Antequera y Jalatlaco por un lado, y la Villa de Oaxaca con

Xochimilco y Mexicapan por el otro.

A partir de la segunda mitad del siglo XVI, las condiciones económicas

y políticas del Valle cambiaron notablemente:

Antes de bajar al sepulcro, los fundadores de Antequera habian dado vida


á una generación más numerosa de criollos y mestizos, á los que
sucesivamente se fueron agregando peninsulares que llegaban á
establecerse en Oaxaca para disfrutar mercedes de terrenos ó para
desempeñar alcaldías, corregimientos y otros cargos, ó para buscar fortuna
en el comercio y el trabajo. Avecindados todos en la ciudad, por medio de
alianzas matrimoniales podian multiplicarse sin obstáculo, pues las
guerras habian cesado, no les alcanzaban las pestes que diesmaron á los
indios, ni resentian otra alguna causa de despoblación (Gay, 1978:I:163)

Antequera empezó un primer periodo de crecimiento continuo que

duraría treinta años. En este período se termina el peligro de que la ciudad

desaparezca o de que fuera absorbida por el marquesado. Ese crecimiento

pronto empezó a dar estructura urbana a la ciudad.

En 1597, el obispo Bartolmé de Ledezma, describe los edificios

religiosos de la ciudad. Anota diez edificios religiosos en funciones, cinco

monasterios, un colegio, un convento de monjas, un hospital y una iglesia.

54
Estaban en construcción además, tres iglesias y otro convento. Robert J.

Mullen asienta que “hubo una explosión constructiva” al analizar los pagos

que se hicieron por la construcción de la Catedral en 1573, registrados en el

Libro de cargo-descargo, 1570-1604 (Mullen, 1992:5).

Ese primer período de 30 años de crecimiento de la ciudad de

Antequera (Chance, 1993:91), se distingue entre otras cosas porque:

A. Disminuyeron los conflictos jurisdiccionales de la ciudad con el


Marquesado.

B. Hubo creciente aumento del comercio de cochinilla y seda que repercutiría


en la población urbana.

C. Se desarrolló la tenencia de la tierra por los españoles. Fue determinante en


esta situación, la dramática disminución de la población indígena; víctima
de las epidemias.

D. De 1570 a 1640 la actividad minera dio ocupación a numerosas familias.


Esas operaciones mineras tomaron forma de empresas capitalistas
individuales.

E. La vida urbana de Antequera se desarrolla y se organizan gremios de


fabricantes de listones, bordadores y fabricantes de gorros, etc.

F. La población de Antequera comenzó a aumentar constantemente.

G. La actividad constructiva se intensifica.

Varias causas permitieron que Antequera tuviera su primer momento de

desarrollo que indudablemente atrajo a muchos aspirantes a hacer fortuna. En

1552 la Corona otorgó una licencia para teñir y tejer la seda que se producía

55
en la región. Esta licencia había sido negada y sólo se podía realizar esa

actividad en la ciudad de México o Puebla. Gracias a ello se organizaron los

primeros gremios y la ciudad se convertiría en centro de fabricantes de seda.

Gracias al trabajo indígena “la industria novohispana, ya fuera llevada por los

encomenderos, por los empresarios, por los caciques o por las comunidades,

fue por lo general un negocio en gran escala a todo lo largo del siglo XVI. Los

pueblos eran forzosamente grandes productores” (Borah, 1990:221). Sin

embargo, ante la competencia de la seda de China, pronto empezaría a

descender el auge de la seda.

En este período, el negocio de la cochinilla también fue una actividad

importante. El tráfico de este producto involucró a personas de todos los

niveles sociales, y de diversos poblados del Valle. Antequera empezaba a

mostrarse como ciudad central del comercio regional. En 1587, toda la grana

producida en Oaxaca, debía pasar por la ciudad para ser registrada por el

alcalde mayor. Para el año 1,600 ese colorante era el segundo producto más

importante, después de la plata, que la Nueva España exportaba. Puebla y

Oaxaca eran los principales productores. El tinte de la cochinilla era apreciado

también en la región y Antequera siguió siendo un mercado domestico en

expansión alcanzando su apogeo a mediados del siglo XVIII (Chance,

1993:92).

56
Otra actividad que al inicio de la conquista tuvo cierto auge fue la

minería, aunque pronto dejo de ser redituable. Nunca alcanzó la importancia

de otras regiones de Nueva España. Sin embargo, en 1570 se descubrieron

nuevos yacimientos de plata en Teitipac y años más tarde en Chichicapan y

Santa Catarina Minas. Esto provocó el desplazamiento de habitantes de

antequera que más tarde se darían cuenta que no era un negocio muy

redituable (Chance, 1993:94-95).

Otro medio para controlar y movilizar la población indígena además de

la encomienda, fue el repartimiento. La utilización de mamo de obra indígena

a través del repartimiento, data las primeras concesiones en 1539-42. Sin

embargo, aún cuando los repartimientos agrícolas temporales persistieron en

el valle hasta los últimos 25 años del siglo XVIII, esa institución en su

manifestación urbana desapareció a mediados del siglo XVII (Chance,

1993:102-105). Chance menciona las siguientes causas:

A. La Corona se inclinó por un sistema de mano de obra libre para impedir los
abusos de los Españoles.

B. Los blancos frecuentemente no estaban a gusto porque la cantidad de


hombres nunca era suficiente.

C. La productividad disminuía porque cada semana se debía capacitar a los


trabajadores.

D. Se dependía del gobierno para la renovación del personal y las licencias


que frecuentemente eran obstaculizadas.

57
Sin embargo, aunque Chance considera que “el sistema de repartimiento

no causó ninguna integración social o económica entre Antequera y sus

alrededores, debido a su naturaleza rotativa y al hecho de que los indígenas

nada ganaban con él y por eso lo rechazaban” (Chance, 1993:105), es

indudable que gracias a esa institución explotadora y otras que se

desarrollarían al final de la esclavitud indígena, fue posible el desarrollo

urbano de Antequera. Lajous (1991:47), refiriéndose a la actividad

constructiva de los inmuebles, considera que el marco urbano de la ciudad se

integró en el transcurso del siglo XVI.

Antequera fue construida con el trabajo de los indígenas y sus alimentos y


provisiones siguieron dependiendo de ellos durante la mayor parte del
Período Colonial. (...) En la primera parte del siglo XVI, el trabajo de los
Indios en Antequera era controlado primordialmente a través de las
instituciones de la esclavitud y de la encomienda, o por varios medios
ilegales de coerción. Sin embargo, aún en los primeros años, la burocracia
colonial empezaba a regular las prácticas laborales y un constante flujo de
permisos comenzaron a emanar de la ciudad de México autorizando el uso
de mano e obra indígena por individuos particulares o por instituciones.
De esta manera se estableció el sistema de repartimiento, por el cual, los
indígenas eran obligados a servir en los proyectos de obras públicas, en las
minas, en las haciendas españolas y, por un tiempo, simplemente como
sirvientes en las casas (Chance, 1993: 101).

Después de 1540, con el fin de la esclavitud indígena, surgió una nueva

forma de control de la mano de obra indígena en la ciudad de Antequera, las

naborías. Aunque las naborías no eran considerados esclavos y legalmente

58
podían vivir en donde y con quien quisieran, en la práctica eran forzados a

trabajar en contra de su voluntad como artesanos, trabajadores agrícolas en las

huertas españolas, como sirvientes y como trabajadores en las obras públicas.

La característica común de todas las naborías, es que todas habían roto

vínculos con su comunidad nativa. Para Chance, las naborías no llegaron a

constituir un grupo en el sentido sociológico y el término poco descriptivo, era

una palabra utilizada “por los que tenían el poder para referirse a los indígenas

urbanizados y a aquellos permanentemente empleados en alguna capacidad

servil”. Calcula que en 1565, sin contar a los sirvientes de las casas, había en

Antequera 1,400 naborías distribuidos de la siguiente manera: 32 por ciento

vivían dentro de la traza de Antequera, principalmente en la orilla occidental

de la ciudad, junto a la Villa de Oaxaca; 28 por ciento vivían en Jalatlaco; y, el

39 por ciento se distribuía dentro de las 46 huertas que tenían los españoles

(Chance, 1993: 109-110).

Para 1550 en Antequera, se podían distinguir tres usos básicos del

suelo: primero, la traza central bien delimitada que era lugar de residencia de

los Españoles, en ella no tenían cabida los Indios, salvo caciques y principales;

segunda, el área para uso agrícola constituida por las huertas; y tercera, los

lugares de residencia para los indígenas (periféricos a la traza central), que

59
participaban directamente en la vida de la ciudad y de su estructura

ocupacional. De entre estas últimas áreas, destacaba el barrio de Jalatlaco.

El 7 de julio de 1563, con el fin de reorganizar el creciente número de

indígenas que estaban estableciéndose alrededor de la traza se estableció el

barrio de San Juan que después se conocería como Trinidad de la Huertas

(Larumbe, 1994:75). En ese asentamiento se distribuyeron 220 artesanos

indígenas y sus familias. Para otorgarles la concesión de asentarse en el lugar,

se les condicionó: 1) a que no se permitiría vivir ahí a ningún español o negro;

2) sería un asentamiento únicamente para artesanos; 3) no tendrían iglesia

propia; 4) dependería de la ciudad. No tendría funcionarios propios; 5) todos

los residentes trabajarían en la ciudad en las obras públicas; 6) los lotes

pertenecían a la ciudad y no podrían ser comprados ni vendidos por los

residentes; 7) el asentamiento no tendría tierras de cultivo propias y 8) no

tendría mercado (Chance, 1993:112-114).

Después de 1550 conforme la población iba en aumento. Las

necesidades urbanas también eran crecientes. Las primeras edificaciones,

publicas, religiosas o privadas fueron casi homogéneas: de adobe, con madera

y paja. Aunque el adobe nunca se dejó de usar, algunos empezaron a usar

piedra de las canteras cercanas a la ciudad. Alrededor de 1569 había 200 casas

que en general tenían forma rectangular con un patio central; además 12

60
edificios religiosos. Con el aumento de la población, la mano de obra era más

indispensable, así que en 1578 la ciudad tenía permiso para hacer llegar cada

semana a 209 indígenas que venían de once pueblos. A fines del siglo XVI las

necesidades se agudizaron así que fue necesario traer mano de obra de otros

lugares. En 1609, de 300 Indígenas que trabajaban en la ciudad, el 75 por

ciento eran del Valle y el resto de otras regiones. Algunos tenían que caminar

hasta 50 kilómetros para cumplir con el repartimiento (Chance, 1993:100-

103).

Un aspecto relevante para la sociedad y la economía de Antequera, que

se expresó de manera determinante en su crecimiento espacial, se dio a raíz de

la dramática disminución de la población Indígena. Víctimas de las epidemias,

350,000 nativos que habitaban el Valle en la víspera de la conquista,

descendieron a 150,000 para 1568. Sin embargo, esta disminución continuó

durante varias décadas. Más de cien años después de la conquista, la población

nativa había decrecido aproximadamente el 87 por ciento. Es decir, de

350,000 indígenas que había al inicio de la conquista, esa población se había

reducido para 1630 a 40,000 individuos (Taylor, 1972:17-18).

Paradójicamente, la dramática disminución de la población India influyó de

manera inversa en el desarrollo urbano de Antequera. Esta situación permitió

por un lado, la expansión de la ciudad a costa de los terrenos que quedaban sin

61
dueño; por otro lado, ante la escasez de mano de obra India, las relaciones y el

control se extendió más allá del Valle para traer indígenas de otras regiones y

asegurar la posición de Antequera en el Valle de Oaxaca.

Por otro lado, en la década de los años 1560 terminarían las disputas por

la jurisdicción de Antequera y el marquesado. El conflicto llegó a sus límites

cuando ambos demandantes reclamaron las propiedades de su contrincante.

Antequera urgida de tierras, alimentos y fuerza de trabajo, trató de tener bajo

su autoridad en 1562 a Cuilapan, Etla y la Villa de Oaxaca. En respuesta, al

siguiente año el hijo de conquistador, Martín Cortés, entonces marqués,

demando a la ciudad para recuperar sus privilegios y exigió más: que la ciudad

de Antequera le pertenecía porque se ubicaba dentro de los terrenos que

habían sido de Cuilapan y Huaxyacac. Estas posiciones extremas, terminaron

por dejar las cosas como estaban y la disputa llegó a su fin. Sin embargo el

tiempo y las circunstancias, pronto caminarían a favor de Antequera. A fines

del siglo XVI, el puerto de Acapulco fue adquiriendo mayor importancia y

Huatulco se fue relegando (Chance, 1993:96). En adelante, las propiedades del

marqués en el Valle de Oaxaca fueron más desatendidas y menos importantes,

terminando por arrendarlas en los años 1560-1570 (Romero, 1988:127).

Así que después que la minería declinó, la población indígena se vio

diezmada y las restricciones sobre la encomienda y el repartimiento se fueron

62
imponiendo y los conflictos con el marquesado disminuyeron, emergió un

nuevo incentivo para los colonizadores: la adquisición de tierras. Antequera

comenzó su primera expansión acaparando las tierras colindantes de los

indígenas que iban desapareciendo víctima de la epidemia. A través del

acaparamiento de esas tierras desocupadas, empezó a emerger una nueva

clase en Antequera: los terratenientes. Se inició un proceso de adquisición de

tierras, así la tenencia de la tierra empezó a ser fuente de riqueza, prestigio y

poder (Chance, 1993: 71). Si el desarrollo económico empezaba a expresarse

modificando la tenencia de la tierra y sus dimensiones urbanas en la ciudad de

Antequera, la propia tierra como objeto de trabajo empezaría a adquirir formas

que modificarían la sociedad y ciudad de Antequera.

El interés por la tierra se dio inicialmente como una forma de asegurar

la permanencia de los colonizadores. Por ello la encomienda se hizo

institución. Con el decaimiento de la encomienda y la disminución de la

población indígena, los colonos desarrollarían nuevas formas de utilización y

tenencia de la tierra. En la década de los años 1560, la huerta era otra forma

importante de propiedad. Se ubicaban cerca de la ciudad y eran de propiedad

privada, basaban su producción en cultivos intensivos. Parecían pequeñas

granjas familiares, sin embargo, se trabajaban de manera parecida a las

haciendas, que en este período eran pequeñas y se dedicaban a la cría de

63
borregos, chivos y ganado vacuno (Taylor, 1972:121, 137-138). De las 46

huertas que había en el Valle en 1565, la mayoría había sido adquirida en la

década de los años 1550 cuando la epidemia empezó a hacer estragos entre la

población indígena (Chance, 1993:93). A medida que la población indígena

disminuía, las propiedades de los españoles aumentaba. Por otro lado, los

intensos conflictos con el marquesado habían terminado, y sus propiedades

fueron puestas en alquiler.

Desde su fundación, la plaza mayor fue el centro de la vida de

Antequera. Alrededor de ella se ubicarían los inmuebles que darían espacio a

las principales actividades políticas, religiosas, sociales y económicas. La

plaza mayor, también fue el centro comercial por excelencia ya que cada

sábado se llenaba de indígenas que venían de los pueblos cercanos a vender

sus productos. Sin embargo, la importancia del mercado de Antequera llegó

después de la segunda mitad del siglo XVI. En los años anteriores, los

españoles asistían a los mercados de los poblados indígenas para adquirir, a

veces por la fuerza sus productos básicos. Para 1580, esos productos ya se

ofrecían en el mercado de Antequera, después de que en años anteriores se

mandó a azotar y encarcelar a los indígenas que asistieran a venderlos al

mercado de la Villa de Oaxaca. Al finalizar el siglo, el desarrollo de

Antequera como centro regional mercantil todavía era difícil. Los principales

64
obstáculos eran las prácticas monopolistas de los corregidores y

encomenderos que luego vendían a precios muy superiores, y la renuencia de

los indígenas a involucrarse en el sistema monetario. Empieza a manifestarse

una estructura de relaciones económicas entre Antequera y los pueblos

circundantes que no había estado antes de 1570 y que involucra a la ciudad y

al campo. Esto dará un nuevo impulso al sistema regional de mercados

(Chance, 1993: 99-107). Por ello, para 1570, los principios del sistema

mercantil empiezan a substituir parcialmente, aunque nunca totalmente...

...a los de la coerción física en las relaciones económicas entre los


colonizadores y los colonizados y ayudó a crear una enmarañada red de
interdependencia entre Españoles e Indígenas. (...Antequera) había
comenzado a crear un poco de riqueza propia y a zafarse de su antigua
dependencia parasitaria de la sociedad indígena. Los indígenas del valle,
por su parte, encontraron cada vez más difícil no hacer caso de la ciudad
con sus habitantes extranjeros, una vez que entendieron que era
económicamente desventajoso hacerlo. Ya no podían sostener la gran
medida de independencia de la sociedad urbana española que habían
gozado a principios del siglo XVI (Chance, 1993:107-108).

Por otro lado, la diferenciación social tiene nuevos actores que surgen

por el abismo que poco a poco se hace más grande, entre españoles europeos

(peninsulares) y españoles americanos (criollos). A esto se agrega una

complicación más: los nuevos ciudadanos resultado de las mezclas con

mujeres indígenas y negras. Con el tiempo, los criollos fueron desarrollando

su propia variante de la cultura ibérica. A tal grado, dice Chance, que de este
65
periodo en adelante hay que verlos como dos grupos étnicos distintos. Incluso,

cada vez más habrá una mayor diferenciación socioeconómica entre los

criollos mismos. Así que, para mediados del siglo XVII, se hace patente, el

esquema de un modo de estratificación más complejo; basado en la

intersección de criterios raciales y económicos. Un estrato social muy

relevante será el de los Indios urbanos de Antequera. Desde el inicio mismo de

la conquista y aún antes, comenzó la diferenciación entre los indígenas de

origen náhuatl, que vivían en Antequera y en los poblados vecinos, y los

Mixtecas y Zapotecas del Valle. Esa diferenciación no sólo fue por aliarse con

los españoles o por el carácter urbano que pronto adquirieron, se distinguieron

también por sus diferencias lingüísticas, étnicas y culturales (Chance,

1993:108, 131-133).

2. LA EPOCA DE LAS HACIENDAS

Acerca de la hacienda se ha escrito mucho y muy diverso. La gran

mayoría, sobre todo los trabajos iniciales, han abordado la hacienda desde una

perspectiva global. Un ejemplo puede ser la primera edición (1956) de La

formación de los latifundios en México. Sin embargo, en la segunda edición

aumentada Fracois Chevalier señala que “es difícil que las cuestiones relativas

a las haciendas puedan plantearse fuera de una época y en términos tan


66
generales como empresa capitalista o institución feudal, negocio o prestigio,

etc., sin correr el riesgo de que acaben convirtiéndose en falsos problemas. Lo

que no significa, por cierto, que comparar entre países o tiempos no sea muy

fecundo” (1976:XV). Las diferencias en las haciendas américanas tienen que

ver con su producción, ubicación y época, y se expresa incluso en el

requerimiento espacial de sus partidos arquitectónicos. Habrá particularidades

no sólo entre las haciendas de España y América, incluso entre las propias de

la Nueva España (Terán, 1989:80).

A excepción de Cortés y algunos cuantos Españoles más, la mayoría no

estaba interesado en la tierra, así que el paisaje agrícola mesoaméricano

prácticamente no cambió en los primeros años. Acerca del origen de la

hacienda, Chevalier (1976), considera claro e indiscutible que todos los

terrenos que poseyeron los encomenderos tenían títulos diferentes a la

encomienda propiamente dicha, mercedes de los virreyes, compras hechas a

los indios o el pago de composiciones. Así que la hipótesis de que la hacienda

procede espontáneamente de la encomienda después de formarse en sus

limites mismos, es falsa. Sin embargo observa que los encomenderos, que se

consideraban verdaderos “señores”, pudieron en realidad acaparar todo el

territorio de sus pueblos tributarios porque pudieron encontrar en ellos mismos

los medios para obtener los diversos títulos legales. Al fin y al cabo, así lo

67
hicieron con los pastos que la Corona persistía en declarar bienes comunes. En

1532, el presidente de la Audiencia había alertado al rey de manera particular

contra los encomenderos que acaparaban tierras y hacían cercar los pastos

(1976:156). Los encomenderos se hicieron labradores y criadores de ganado

en las primeras décadas gracias a sus rentas y el trabajo que les daban sus

vasallos indios. De algunas encomiendas se fundarían muchas haciendas pero

también fuera de sus limites (Chevalier, 1976:160).

Los primeros repartos regulares de tierra se iniciaron en 1530 y 1535

por la Primera Audiencia otorgando mercedes de tierra a los vecinos de las

nuevas poblaciones (Vélez, 1990:72). A mediados del siglo XVI, las

solicitudes de mercedes de tierra se acentuaron. Durante este primer proceso,

la ocupación de tierras en forma ilegal fue lo más común. La Corona busco

regularizar esa ocupación mediante la introducción de la composición en

1591. Así la mayoría de las haciendas, latifundios ganaderos, y propiedades de

la iglesia pudieron regularizar su situación jurídica en el transcurso del siglo

XVII. Las cédulas reales de Felipe II que permitieron las composiciones, fue

el instrumento que posibilitó el "vasto programa de redistribución del suelo

que ciñó el desarrollo posterior de la agricultura y de la propiedad colonial"

(Florescano, citado por Vélez, 1990:72). Sin embargo, las composiciones no

fueron usadas solamente por los Españoles, Taylor documenta como la

68
propiedad de la tierra de los Indios se sustenta precisamente en las

composiciones de tierra (Taylor, 1972:78-79).

Eric Wolf, señala que la reorganización de la tierra y la depresión que se

da en España en el siglo XVII, permite el surgimiento de dos nuevos modelos de

integración:

la hacienda, o sea la propiedad territorial privada del colono, y la comunidad


estrechamente unida del campesino indio, la república de indios, como se
denominaba a menudo en los expedientes coloniales. Cada una de estas
instituciones tomó un aspecto cultural muy particular, y a la vez, imprimieron
con tal fuerza su marca sobre quienes les pertenecían, que los delineamientos
de modelos pueden verse aún, con toda facilidad, en la actual estructura de
Mesoamérica. Los fines que animaban a estas dos instituciones eran muy
distintos: una era instrumento de los vencedores, otra el de los vencidos. (...)
Algunos escritores han calificado la hacienda de ‘feudal’, ya que
entrañaba la autoridad de un propietario terrateniente que ejercía su
dominación sobre los trabajadores que de él dependían, pero no ofrecía las
garantías legales de seguridad que antaño compensaban al siervo feudal a
cambio de la privación de su libertad y de su independencia. Otros
escritores han calificado la hacienda de ‘capitalista’, lo que en efecto era,
aunque extrañamente distinta de las empresas agrícolas comerciales a las
que estamos acostumbrados en el mundo moderno, tanto comercial como
industrial. Mitad ‘feudal’, mitad ‘capitalista’, atrapada entre el pasado y el
porvenir, la hacienda presentaba las características de dos géneros de vida
y, a la vez, sus inherentes contradicciones.” (Wolf. 1991: 181-183).

William Taylor considera que las diferencias entre las haciendas del

norte de México y las del sur son muy importantes. Incluso llega a considerar

que el Valle de Oaxaca y el norte de México pueden representar los extremos

de la hacienda (vid: Taylor, 1970). Para Chevalier el capital es fundamental,

69
por eso la base de esa diferenciación se da en la producción local y global de

las minas, fuente esencial del capital en cada región del centro-norte y del

norte. En el sur, la ausencia de vetas importantes explicaría porque había

menos haciendas y más pobres y diferentes a las del norte (Chevalier,

1976:XI). A esa consideración, habrá que agregar dos condiciones

fundamentales de las haciendas de Oaxaca: la orografía que presenta gran

variabilidad del relieve y la cultura indígena que se tradujo en una activa

defensa de la tierra (Taylor 1970, Romero 1988, Chance 1993). Así que la

gran mayoría de las haciendas en Oaxaca, no alcanzaron las dimensiones de

otras partes del país.

En general, la hacienda se consolidó cuando se logró un sistema que

permitió atraer, fijar y reponer de manera sistemática los trabajadores a su

servicio. Para ello, en términos generales las haciendas se organizaban con

cuatro áreas: la finca, controlada por los administradores y cultivada por peones

que recibían un sueldo por su trabajo; los pegujales, pequeñas áreas para los

peones acasillados, recibían un sueldo menor que completaban con su cultivo; la

aparcería, mediería y arrendamiento, eran áreas que campesinos “libres”

cultivaban con instrumentos propios o de la hacienda, pagando anualmente con

trabajo, efectivo o especie; finalmente las superficies no cultivadas que se

utilizaban para la obtención de madera, leña, el pastoreo y como reserva. (Sector

70
Agrario, 1997: 20). Sin embargo, esta consolidación que en otras regiones del

país se alcanzó en el siglo XVII, en el Valle de Oaxaca esto sólo fue posible al

finalizar el siguiente siglo (Romero, 1988:17).

En Antequera, la nueva clase social y económica que conformarían los

hacendados, empezó a forjarse en la segunda mitad del siglo XVI. Con el

tiempo, la hacienda llegó a tener tal importancia, que se constituyó en la base

de la economía regional de Antequera, a pesar de que no fue capaz de producir

suficientemente lo que la ciudad demandaba. La hacienda era una “nueva

clase de propiedad colonial, dedicada a la ganadería y a la agricultura, con una

fuerza de trabajo indígena mantenida en la esclavitud a través de la institución

del peonaje endeudado; y la posesión de tierras, era la clave a las posiciones

de riqueza y poder” en Antequera. Durante el período que va de principios del

siglo XVII a mediados del XVIII, la dominación sobre los indígenas y la

posesión de tierra eran la clave para asumir posiciones importantes en la

ciudad, gracias a la hacienda en el campo. La minería en estos años era de

poca importancia y el comercio, a excepción de la cochinilla, era rudimentario

y regional (Chance, 1993:135).

Una causa que favoreció notablemente la adquisición de tierras de parte

de los españoles, fue la tremenda extinción de indígenas, víctima de las

epidemias. Las grandes haciendas surgen precisamente en 1630, cuando el

71
número de la población indígena estaba en su punto más bajo (Taylor,

1972:34, 121). Además, el poco interés que los españoles habían mostrado por

la tierra terminó al disminuir el auge de la seda en 1570. Antes de ese año

había poco interés por la tierra. Las haciendas eran y se dedicaban

fundamentalmente a la cría de ganado. Fue hasta 1630 cuando aparecieron en

el Valle las haciendas y las empresas agrícolas a gran escala.

La concentración de tierras en unas cuantas familias, a un nivel

importante, se inició después de 1630. Durante este siglo, incluso los

españoles y criollos, individualmente, tuvieron más tierra que en el XVIII. Esa

gran concentración de tierra fue acaparada por seis familias, cuyas haciendas

de mayorazgo fueron las que más se parecían a las grandes haciendas del norte

de México. Las leyes de mayorazgo aseguraban, principalmente a través del

primogénito, la perpetuación dentro del linaje familiar. Esas familias, aún

cuando llegaron a decrecer sus recursos, mantuvieron una posición de élite.

Sin embargo, los mayorazgos eran la excepción y no la regla. Florecieron en

el siglo XVII (Taylor 1972:121-127).

Para 1643, ya había en le Valle 41 haciendas. La mayoría, para ganado

y unas cuantas áreas de siembra; maíz y trigo principalmente. Las dimensiones

eran variables, pero la mayoría relativamente pequeñas: tenían menos de 1,200

hectáreas. Pocas alcanzaron un estado de independencia política y económica,

72
comparable a las grandes haciendas del norte de México; al contrario, muchas

de ellas no fueron propiedades estables transferidas por herencia. Una gran

parte de ellas fue hipotecada y otras se dividieron entre parientes y muchos de

los nuevos dueños no eran personas con recursos económicos (Taylor,

1972:121-128, 140-142, 160).

Chance resume señalando que a pesar de que “la explotación española

de la tierra por medio del trabajo de los Indios llegó a ser la base de la

economía regional de Antequera”, y “la posesión de tierras era la clave a las

posiciones de riqueza y poder en la ciudad”, es evidente el fracaso de las

haciendas para producir y atender las necesidades de Antequera que durante el

siglo XVII siguió dependiendo de la producción indígena. La mayoría de las

haciendas del Valle no eran especialmente productivas. Así, pueden señalarse

algunos de los aspectos más relevantes de la hacienda en Oaxaca (Taylor,

1972:11-163):

A. La inestabilidad y relativa pequeñez de la gran mayoría de las haciendas


del Valle.

B. La tenencia española de la tierra en el Valle no significó gran pérdida de


tierra para los indígenas.

C. Tampoco significó para los poblados indígenas, gran pérdida de


autosuficiencia agrícola.

D. Los indígenas conservaron la mayor parte de sus tierras en todo el Período


Colonial.

73
E. Sólo unas cuantas comunidades llegaron a ser dependientes de las
haciendas españolas o de la aparcería.

F. El fracaso de las haciendas se debió en parte a las sequías y las actividades


monopolistas de los corregidores y empresarios.

G. Las haciendas fueron frecuentemente improductivas y estaban


estrechamente ligadas, tanto políticamente como económicamente con
Antequera, donde residían los terratenientes.

H. No siguieron un curso de expansión sostenida en el Período Colonial, sino


que estuvieron sujetas a fluctuaciones dramáticas de productividad.

I. Cambiaron frecuentemente de valor y de dueño.

3. ANTEQUERA COMO FENÓMENO URBANO

Después de la crisis del nacimiento y la consolidación de Antequera

como asentamiento, la ciudad colonial tendría por delante dos períodos que

marcarían su desarrollo. El primero marca la época de las haciendas y

transcurre hasta la mitad del siglo XVIII, es una época de poco crecimiento.

Algunos incluso han llamado al XVII, el siglo de la recesión. En el Valle a

fines del siglo XVII y principios del XVIII hubo una creciente ola de

vagabundos (Chance, 1993:143), y la región, señala Taylor padeció varios

desastres naturales como sequías, heladas, plagas y epidemias entre el ganado

(Taylor, 1972:16). El siguiente período, muy diferente al anterior, va de la

segunda mitad del siglo XVIII al inicio de la independencia, es conocido

como la Edad de Oro de Oaxaca.


74
Durante el primer período, el aumento de la población, el crecimiento

urbano y la economía, bajos en general, expresaría los contrastes de su

organización social. Antequera atrajo pocos emigrantes. Chance (1993:142-

143) señala por ejemplo, al analizar a 1,257 personas de origen conocido, que

se casaron entre 1693 y 1700, que solo el 12.2 por ciento eran personas que

nacieron fuera del Obispado de Oaxaca. El poco aumento de población que se

registró en Antequera, durante el siglo XVII, fue consecuencia de la

inmigración de Indios del Valle y de la región. Antequera durante todo el

Periodo Colonial tuvo un constante aumento de población India que fue

asentándose en los barrios periféricos a la traza reservada para los españoles e

incluso los caciques.

Al analizar la población India de un censo levantado en la ciudad de

Antequera en 1661 (Chance, 1993: 153-154), con un cálculo conservador

obtiene una población de 644 Indios; que incluye 123 matrimonios con dos

hijos en promedio y 398 Indios elegibles para el tributo. De los 398 Indios

contados, el 47 por ciento eran inmigrantes; de éstos, el 43 por ciento

procedían de pueblos del Valle y 28 por ciento de la Sierra Zapoteca; once

Indios eran de la Mixteca Alta; trece de diversas partes del obispado y once

Indios habían nacido fuera.

75
Al menos el 58 por ciento de los Indios del censo vivían en casas que no

eran de su propiedad lo que indica el frecuente empleo de sirvientes

domésticos, especialmente en los migrantes que alcanzaban el 73 por ciento,

contra el 46 por ciento de nativos de Antequera que no vivían en su propia

casa. Los demás Indios, el 27 por ciento de los inmigrantes y 54 por ciento de

los nativos de Antequera se supone que eran dueños o rentaban a otros

miembros de la clase baja. Los españoles siempre estuvieron atentos para

separar a la población India de los españoles, criollos, mestizos e incluso

mulatos. Los barrios de los Indios ocupaban los lugares menos deseados por

los otros estratos sociales. Los barrios que mayor población India

concentraron en ese censo son: el barrio de la China, Coyula y del Río Atoyac;

de trece lugares que se mencionan. Derivado de este continuo proceso de

inmigración indígena regional, durante el siglo XVII las identidades de origen

Nahuatl, que antes habían sido el sustento de la población India, fue siendo

cada ves una mayor minoría.

La posición de los Indios, con excepción de los caciques y principales,

estaba colocada en lo más bajo de la sociedad de Antequera. Era

evidentemente inferior con respecto a los españoles, criollos y mestizos, sin

embargo, durante el siglo XVII cambió, y términos como naboría fueron

dejando de utilizarse para referirse a los Indios urbanos.

76
En calidad de naborías, los Indios eran vistos principalmente como una
fuente de trabajo; estaban en la ciudad pero no eran de la ciudad. Sin
embargo, a dines del siglo XVII, habían llegado a ser un factor aceptado
en la escena urbana y ya no eran considerados como algo extraño para el
ideal de la vida de la ciudad que sostenían los colonos blancos (Chance,
1993:157)

Durante el siglo XVII en Antequera, aparte de los Indios había una

clasificación formal que comprendía ocho términos socio-raciales reforzadas

por la legislación novohispana: español europeo (peninsular), español

(criollo), castizo (prole de español y mestiza), mestizo (prole de español e

india), mulato libre, mulato esclavo, negro libre y negro esclavo (vid Chance,

1993:160-180).

Al contrario de lo que pasaba con la ciudad, en el barrio de Jalatlaco la

población iba en aumento. Antes de 1680, ya era un pueblo independiente con

dos pueblos sujetos: Santa María Ixcotel y Santa Cruz Amilpas; y, con una

administración separada de Antequera. Trinidad de las Huertas también fue

elevado al rango de Pueblo cuando tenía alrededor de 100 familias, en 1706

(Chance, 1993:144).

La ciudad había creado una necesidad de habilidades y mano de obra

indígena que fue convirtiendo a Jalatlaco en el centro receptor de los

migrantes Indios. Durante el siglo XVII, la población de Jalatlaco estuvo en

aumento hasta principios del siguiente siglo. Después disminuyó para caer

77
rápidamente después de 1748. Esta disminución coincide con una baja

demanda de solares en Antequera que se da alrededor de los años cuarenta

(AMO, 1564-1642:710).

Mientras tanto, Jalatlaco se transformó. El aumento de la población

indígena se expresaría también en la organización de sus barrios. Conforme el

proceso de homogeneización étnica se fue desarrollando el número de barrios

fue disminuyendo. Cada vez la organización política de Jalatlaco fue

adquiriendo las características de los poblados indígenas del Valle. Sin

embargo, Jalatlaco era políticamente muy diferente a ellos en dos aspectos

fundamentales: 1) tenía menos autonomía política por su dependencia de la

economía urbana y ocupacional de Antequera; 2) su población, se componía

de numerosos inmigrantes que llegaban de varias regiones y comunidades.

Aunque el náhuatl fue el idioma dominante durante los primeros siglos, en

1716 el cabildo señalaba que todos los jalatlaqueños hablaban español. Como

Antequera, Jalatlaco también sufrió de escasez de tierra, aunque sus habitantes

no dependían exclusivamente de la agricultura. Eran artesanos que se

desempeñaban como carpinteros, zapateros, albañiles, sastres, panaderos,

fabricantes de rosarios, orfebres, cereros, fabricantes de guitarras, cueteros y

pequeños negocios familiares. Era un pueblo que se consideraba de Indios,

identidad necesaria para no ser considerado forastero, y así era considerado

78
por los demás. Esa identidad estaba determinada y definida por el fenotipo, el

idioma, la ascendencia, el vestido y la cultura. Esa identidad se expresó

también en un grado significativo de endogamia (Chance, 1993:142-152).

Sin embargo, a pesar de su poco aumento de población no India,

Antequera y su grupo de élite se consolidaban como fenómeno urbano. La

sociedad de Antequera tenía información no sólo de los acuerdos

administrativos y legales que se tomaban en la capital de la Nueva España.

También recibían información de las decisiones políticas y sociales que

involucraban al Rey. Esos eventos tenían relevancia y trascendencia en el

Valle de Oaxaca, en particular en la ciudad de Antequera.

El Rey notifica el casamiento del Príncipe su hijo con la Infanta Doña


María hija del Rey de Portugal y también de la Infanta Doña María Ana
Victoria su hija con el Príncipe de Brasil hijo del Rey de Portugal (...) y
deseando que todos mis Vasallos logren, con tan plausible noticia, el gozo
que corresponde al amor, y zelo que me profesan, y a las favorables
consecuencias, que me prometo han de resultar de uno, y otro Matrimonio,
así en beneficio de las dos Coronas, para la mayor exaltación de nuestra
Santa Fe, y bien de mis Reynos, que es lo que principalmente se dirige mi
atención: he querido participarlo [como lo hago] (...) a fin de que se
celebren con las debidas demostraciones de hacimiento de gracias a la
Majestad Divina, y las demás de regocijo, que se acostumbran en
semejantes ocasiones. Fecha en el Pardo a veinte y nueve de enero de
1728. Yo el Rey. (AMO: Libro de actas de sesiones 1564-1642)

En la segunda mitad del siglo XVIII, los edificios que se habían

construido en la ciudad de Antequera habían definido la estructura de la

79
ciudad colonial. La información que contienen los tres textos clásicos de

Francisco Burgoa, publicados en 1674 (1989); los dos tomos de José Antonio

Gay, en 1881 (I:1950, II:1978); y los de Manuel Martínez Gracida (1883); han

sido la base bibliográfica para documentar la historia colonial de Oaxaca.

Enriquecida con las precisiones, que los cada ves más numerosos

investigadores van aportando. A partir de esa información se puede hacer un

acercamiento para conocer el desarrollo de la estructura urbana que dio cobijo

a la sociedad colonial de Antequera. Podrá advertirse la intensa actividad

constructiva que impulsaron los españoles pero que sólo fue posible gracias al

trabajo de los Indios. El esfuerzo muchas veces tuvo que redoblarse por la

acción, varias veces terrible, de los temblores. Ello motivó autorizaciones

expresas como la que autoriza el rey para el convento de las religiosas

Capuchinas (AMO: 1564-1642:563).

Relación de obras que se construyeron en la ciudad de antequera hasta la


segunda mitad del siglo XVIII:

♦ 1526. Se inicia la primera catedral en donde está el actual templo de San


Juan de Dios.

♦ 1528. Se promueve el templo de San Pablo. Que será consagrado en 1530.

♦ 1528. Se concede a los vecinos españoles que tengan casas de piedra que
resalten los muros con símbolos de Hidalgo y alcurnia feudal.

♦ 1529. Se realiza el trazo o la traza de Antequera.

♦ 1530. Se construye la ermita de Santa Veracruz, al norte de la ciudad.


80
♦ 1532. Se construye la ermita a San Sebastián. Después se anexará el
templo de la Soledad.

♦ 1534. Se inicia la construcción de la Catedral.

♦ 1536. Se construye la ermita de San Marcial. Después será el templo de la


Merced.

♦ 1551. Estaban terminados los cimientos de Santo Domingo.

♦ 1553. Se inicia la reconstrucción de la Catedral.

♦ 1544. Se construye la iglesia Del Carmen.

♦ 1544. Es consagrado el templo de Las Lagrimas de San Pedro (El Carmen


de Abajo).

♦ 1561. Se inicia la desviación del Río Atoyac.

♦ 1563. Se funda el barrio de San Juan (Trinidad de las Huertas)

♦ 1570. Se inaugura el hospital de San Cosme y San Damián.

♦ 1570. Se inicia el templo de la Merced.

♦ 1571. Se inicia el templo de Santa Catalina.

♦ 1574. El colegio de San Bartolomé.

♦ 1575. Se continúa el templo de Santo Domingo.

♦ 1676. El seminario Tridentino.

♦ 1576. Se inicia la construcción de las Casas Consistoriales.

♦ 1579. Se levanta el templo de la Compañía de Jesús.

♦ 1580. Se construye el Palacio Episcopal.

81
♦ 1586. Ya existía el templo de San Agustín.

♦ 1587. Se funda el Colegio Seminario de San Bartolomé.

♦ 1592. Se inicia la construcción del templo de La Concepción.

♦ 1592. El hospital de San Cosme y San Damián.

♦ 1592. El hospital de Los Hermanos de la Caridad.

♦ 1595. Se termina el convento de las monjas Concepcionistas (Morelos y


García Vigil).

♦ 1603. Temblor.

♦ 1604. Temblor.

♦ 1608. Temblor.

♦ 1619. Temblor.

♦ 1660. Temblor.

♦ 1661. Un incendio destruye el templo de Guadalupe.

♦ 1633. Es consagrado el nuevo templo a San Felipe Neri.

♦ 1669. Es renovado el templo de San Juan de dios.

♦ 1669. Es consagrado, el templo y el convento de Nuestra Señora del


Carmen.

♦ 1673. Se autoriza la construcción del colegio seminario de la Santa Cruz


(después Instituto de Ciencias y Artes).

♦ 1679. Se edifica el templo del Carmen Alto.

♦ 1681. Temblor.

82
♦ 1682. Se alza la estructura del templo de La Soledad.

♦ 1686. Se reconstruye y se consagra el templo de Guadalupe.

♦ 1690. Se consagra el templo de La Soledad.

♦ 1692. Se construye la iglesia de San Francisco.

♦ 1692. Es consagrado templo de San Ildefonso y el convento de los padres


Franciscanos.

♦ 1696. Temblor.

♦ 1697. Se funda el convento anexo al templo de La Soledad.

♦ 1700. Se funda el templo y colegio de niñas.

♦ 1700. Se establece en la casa que fue del marqués, una alhóndiga.

♦ 1702. Se inaugura y consagra el hospital de San Juan de Dios.

♦ 1702. Temblor.

♦ 1706. Es consagrado el templo de La Consolación.

♦ 1722. Es consagrado, el templo y el convento de San Agustín.

♦ 1727. Temblor.

♦ 1727. Se inicia el acueducto que conduce el agua desde San Felipe de


Agua.

♦ 1728. Es consagrado, el templo y convento de San José.

♦ 1728. Se inicia la construcción del monasterio anexo al templo de San


José.

♦ 1729. Se consagra la iglesia de El Calvario.

83
♦ 1731. Es consagrada la capilla de El Rosario, anexa al templo de Santo
Domingo.

♦ 1733. Se consagra la nueva iglesia Catedral.

♦ 1735. Es consagrado el templo de San Francisco.

♦ 1739. Se inaugura el acueducto que surte de agua a la ciudad.

♦ 1739. Se inauguran las Casas Consistoriales.

♦ 1752. Se coloca el reloj en el muro izquierdo de la Catedral.

3. 1. Una ciudad importante

Los años que van de 1750 a 1820, es el período en el que Antequera se

convirtió en uno de los más importantes centros de poder y riqueza del país, a

la altura de Puebla, Guadalajara y Veracruz. En ninguna otra época, antes o

después de este período llegó a alcanzar tal importancia. "Antequera se

transformó, de un pequeño pueblo internamente orientado a la agricultura, en

un centro comercial de exportación de tamaño considerable." (Chance,

1993:181). A pesar de los temblores que obligaban una intensa actividad

reconstructiva, la ciudad mantenía y ampliaba su estructura urbana.

Durante el siglo XVIII, hubo cambios fundamentales en Europa que

tuvieron una profunda repercusión en la Nueva España. La política comercial,

restrictiva y anticuada de los Hapsburgo fue renovada por las reformas de los

84
Bourbon. Esas reformas se fueron expresando en este período en diversos

hechos concretos: se redujeron y en algunos casos hasta se eliminaron

impuestos a las importaciones; el comercio de las Américas se amplió a un

número mayor de comerciantes y ciudades españolas, terminando el

monopolio comercial de Cádiz; el comercio entre las colonias y España llegó a

ser reciproco; se estimuló el desarrollo de la industria y el comercio; se

eliminó gran parte del contrabando (Chance, 1993:182).

Esa mayor libertad en el comercio y la apertura de nuevas relaciones

comerciales con Francia, Holanda, Inglaterra y España, se expresó en

Antequera con un nuevo clima económico y administrativo. Esto se tradujo en

el aumento del comercio de la cochinilla y de la industria textil. En 1745 y

1854, la producción de cochinilla se limitaba casi completamente al Obispado

de Oaxaca y este producto era después de la plata, el segundo producto de más

valor en las exportaciones en la Nueva España (Hamnett, 1990:347). Aun

cuando cierta parte de esa producción resultó en beneficio de los indígenas,

era frecuente que el cultivo del insecto se hiciera bajo la coerción de los

funcionarios públicos, sacerdotes y comerciantes de Antequera, por donde

debería pasar para su exportación. La producción en cada ciclo siempre estuvo

en aumento durante el siglo XVIII, y continuó figurando en el siglo XIX. El

año de mayor producción fue 1774 y empezó a decrecer a juicio de Hamnett

85
por cuatro causas: 1) el intento de aumentar el diezmo del 4 al 10 por ciento;

2) la amenaza de una reforma al impuesto de venta; 3) la hambruna y la

inflación generalizada que padeció la Nueva España de 1785 a 1787; y 4) la

prohibición del repartimiento de efectos y el establecimiento de la intendencia.

La competencia de Guatemala, los efectos de las guerras de independencia y

la invención de tintes químicos causaron los estragos que prácticamente

eliminaron esa actividad (Hamnett, 1990:347).

Aunque la cría del insecto involucraban gran parte de poblaciones del

Valle, Antequera ocupaba sin embargo el lugar central de los procesos

derivados de esa producción. Así que en 1793, había en la ciudad siete telares

de seda y 500 telares para algodón. Por eso la industria de la ropa y de los

textiles eran las actividades económicas más importantes que daban ocupación

a más de la cuarta parte de la fuerza de trabajo de los hombres no-Indios.

Aunque el auge de telares continuó y la industria textil siguió hasta iniciado el

siglo XIX, sin embargo para 1828 sólo quedaban 50 telares de algodón porque

la introducción de algodón importado, más barato y producido a máquina,

hizo perder competitividad al algodón de Antequera (Chance, 1993:185).

El comercio durante esa época fue intenso en Antequera, donde estaba

establecida una aduana que debía llevar el control de los productos,

cantidades, comerciantes y abastecedores. La harina por ejemplo en 1764, era

86
distribuida por 18 comerciantes que movieron 3,083 cargas. Uno de ellos,

Diego Villazante movió casi el 50 por ciento (AMO, 1764-1828:4-10).

La mayor parte de esa riqueza se distribuyó principalmente entre los

comerciantes peninsulares. En 1792, de los 144 comerciantes de Antequera

(no se incluyen a los aprendices), el 70 por ciento eran españoles peninsulares,

que además constituían el 80 por ciento de los comerciantes aprendices. El 30

por ciento restante eran criollos. De éstos, los ricos, al contrario de los

peninsulares, invertían en la adquisición de tierra. Sin embargo, no pudieron

incrementar de manera notable sus propiedades, debido a que los caciques y la

población India, ya recuperada, se aferraron a sus tierras. Así que de los 191

terratenientes no-Indios que había en Antequera, 104 eran criollos contra 12

peninsulares (Chance, 1993:185-186).

Para los terratenientes y ganaderos, en la segunda mitad del siglo XVIII,

la naturaleza fue más benigna que en el periodo anterior. Sin embargo, a pesar

de la recuperación de la población Indígena, la escasez de trabajadores para

las haciendas siguió siendo crónica. Los Indios, preferían cultivar sus propias

tierras, cultivar la cochinilla o contratarse en la ciudad. En la hacienda, un

jornalero podía ganar hasta dos reales por doce horas de trabajo, en la ciudad,

incluso los inexpertos, recibía dos reales y medio y en condiciones muy

87
diferentes (Chance, 1993:186-188). Gay describe así a la sociedad española de

fines del siglo XVIII:

El órden, la abundancia y la paz, aún derramaban sus bienes en aquel


suelo. En las señoras relucía la modestia, y en los hombres el amor al
trabajo, consagrándose cada cual a su profesión, sin envidia, sin confusión,
sin disgusto. Las artes mecánicas, así como estaban, eran suficientes para
satisfacer las necesidades públicas, sin que la civilización hubiera llegado
todavía á poner en desequilibrio á la sociedad (Gay, 1978:II:371).

Aunque este período de crecimiento económico permitió continuar con

las obras que daban sustento a la vida urbana, en realidad, la ciudad de

Antequera había definido su estructura urbana durante los años anteriores. “El

marco urbano de la ciudad fue integrado durante el siglo XVI” (Lajous,

1991:47).

Después de la segunda mitad del siglo XVIII, la ciudad ya contaba con

agua que se distribuía a través de fuentes y el agua corría por la ciudad. Ese

proyecto tiene antecedentes que se remontan hasta 1542 (Bustamante,

1993:50) y que concluyen en 1739 con la inauguración del acueducto. Los

tianguis que funcionaban eran los de La Plaza del marqués, La plazuela de los

Cántaros y en La Plaza de armas. Los edificios religiosos y públicos

sobresalían y habían conseguido darle estructura y extensión a la ciudad para

soportar la nueva organización social y política del siguiente siglo (Portillo,

1910:2).

88
3.2. La población

La división social de los pobladores de Antequera fue un hecho social

que no sólo se expresó en el espacio urbano, también quedó reflejado en los

registros censales que se hicieron durante la colonia. Los datos de la población

colonial, como su sociedad se hacía en términos de dos grupos: los blancos y

los Indios.

Los primeros datos de población española que llegó a lo que sería

Antequera, los proporciona el propio conquistador Hernán Cortés, en sus

Cartas en donde asienta que para conquistar la provincia de Guaxaca, puso a

Francisco de Orozco en Tepeaca al frente de un ejercito de 30 hombres a

caballo y 80 soldados de infantería. Estos hombres iban respaldados por 4,000

guerreros de habla Náhuatl (Cortés, 1963:192; Gay, 1950:I:369). Estos dos

grupos de hombres, blancos e Indios, definieron desde el principio sus

diferencias sociales; que los blancos buscaron expresar en una diferenciación

espacial. Los aliados Aztecas y Tlaxcaltecas que llegaron con los

conquistadores fueron ubicados en Huaxyacac, en Santo Tomás Xochimilco y

en San Martín Mexicapan. Por su parte los Blancos, tenían instrucciones de

fundar en el Valle un asentamiento exclusivo para Españoles.

89
A pesar de los intentos de Cortés por evitar un poblado español en el

Vale de Oaxaca, ese asentamiento fue "re-fundado" en 1524. Dos años más

tarde en 1526, tenía ya 50 familias y era reconocido por la Corona española

como villa (Cortés, 1963:227; Gay, 1950:I:390).

En 1529, para agrandar la población, el recién nombrado Alcalde Mayor

llegó acompañado de 80 colonos y encomenderos (Chance, 1993:53; Esparza,

1993). Esa población de vecinos españoles, prácticamente no creció durante

los primeros ocho años, en cambio, siete años después el número de vecinos

se había reducido a 30 (Chance, 1993:85). Durante las tres primeras décadas,

derivada de su papel colonizador y de los conflictos entre los propios

conquistadores, la existencia y supervivencia del asentamiento español estuvo

fuertemente amenazada.

Puede decirse que el crecimiento de Antequera se inició a partir de la

década de los años 1550 (ver cuadro 1). Después de la segunda mitad del siglo

XVI, terminó el peligro de que Antequera desapareciera y la población

comenzó a aumentar constantemente.

90
CUADRO 1
Población de Antequera, 1529-1826

AÑO VECINOS POBLACIÓN FUENTE


1529 80 320 AGN, Hospital de Jesús 293, 135: 14v
1541 130 650a RAHM A113: 29v
1544 30 150 CDII, 7:547
1569 - 980 AGI, Indiferente General, 1529, no. 229: 3v
1579 500 2,500 Barlow, “Descripción,” p. 135
1595 - 1,740 Cook and Borah, Indian Population, p. 83
1621 400 2,000 AGI, Audiencia de México 358
1628 - 2,000 Gage, p. 120
1643 600 3,000 Diez de la Calle, p. 177
1646 500 2,500 Gay, 2: 221
1660 -b 3,000 Portillo, fol.145
1777 - 18,558 Cook and Borah, Essays, 1: 238
1792 - 18,008 AGN, Padrones 13; AGN, Tributos 34, 7: 51r
1797 - 19,062 Portillo, fo. 145
1804 - 18,626 Cook and Borah, Population of Mixteca Alta, p. 77
1808 - 17,000 Humboldt, 2: 242
1810 - 17,056 Humboldt, 2: 242
1815 - 15,704 Esteva, “Copias”
1826 - 18,118 Murguía y Galardi, fol. 20v
Nota: Los datos para los siglos XVI y XVII no incluyen a la población indígena.
a) Hombres adultos.
b) Burgoa (Geográfica Descripción, 1:30) proporciona un dato de 2,000 vecinos.
FUENTE DEL CUADRO: Tomado de Chance, Razas y clases en la Oaxaca colonial, p. 97.

Durante este primer período, al contrario de lo que pasaba con los

blancos, la población India era víctima del encuentro biológico de las dos

razas. De 350,000 indígenas que habitaban el Valle a la llegada de los

conquistadores para 1568, la población había perdido 200,000 individuos;

más de la mitad de su población en ese período. La población iba

desapareciendo víctima de las epidemias de sarampión y viruela. Sin defensas

contra esas epidemias, la mortandad siguió afectando a la población nativa, de

91
tal modo que para la década de los años 1630, la población indígena en el

Valle de Oaxaca se había reducido aproximadamente en 87 por ciento. Se

estima que quedaban entre 40,000 y 45,000 habitantes Indios (Taylor,

1972:17-18).

Los datos de población de Antequera son muy escasos, en particular

para los siglos XVI y XVII. Por otro lado, los cálculos para esos siglos

generalmente excluyen a los Indios. Debido a que un considerable número de

indígenas vivía fuera de la traza central de Antequera, no eran considerados

dentro de la sociedad urbana y no eran contabilizados en las estimaciones de

población. De la información que se dispone, se considera razonable el

aumento de población hasta 1569, en que se estima una población de 980

personas. Chance considera para este año, que bien se podría considerar un 50

por ciento más, si se piensa en la población India.

Aunque existen datos de población para el siglo XVII, la mayoría se

deben a estimaciones que muchas veces son contradictorias. Por ejemplo, Gay

(1978:163-165), proporciona entre otros, datos como los siguientes: de un

viajero inglés que estima en 1570 “cincuenta vecinos españoles y muchos

indios”; de Pérez de Rivas, que calcula 500 vecinos a finales del siglo y

principios del otro; en 1646, Juan Diez de la Calle estima 600; Tomás Gage,

estima 2,000 personas para el vecindario de Guajaca en 1626; y, Burgoa que

92
también estima una población de 2,000. Gay recomienda usar los datos de

Bugoa por ser oaxaqueño y haber nacido en ese tiempo.

Regresando a la tabla 1, el siguiente dato indicaría que para 1579 la

población de Antequera tuvo un incremento superior al 150 por ciento en el

término de diez años. Aunque el incremento de población pudo ser resultado

del prospero negocio de la cochinilla y la mayor disponibilidad de tierras en la

década de los años setenta, sin embargo, el dato que se refiere a 1579 parece

exagerado. Con el declive de la industria de la seda y la migración debido al

descubrimiento de nuevas minas, la población disminuyó durante el período

1579-1595.

La escasa información que se tiene no impide ver el poco incremento de

población que tuvo Antequera durante la primera mitad del siglo XVII. Epoca

en la que Antequera sufre de constantes temblores, sequías y epidemias. Esa

baja tendencia seguramente continuó hasta la segunda mitad del siglo XVIII.

Durante ese período de poco crecimiento decayó el comercio, y la ciudad

estuvo aislada del eje comercial Acapulco, Ciudad de México y Veracruz.

Incluso llegó a descentralizarse el poder de la Ciudad de México, tomando

decisiones algunos grupos de Puebla y Veracruz (Chance, 1993:98).

Sin embargo junto con el crecimiento del comercio de la grana, la

industria textil y otras actividades, la población de Antequera se multiplicó.

93
En 1792 se realizó un censo con un recuento al año siguiente. Ese censo arrojó

un total de 18,008 habitantes excluyendo unos pocos negros y mulatos. Así

que para fines del siglo la población pasaba un poco más de 19,000 habitantes.

En el transcurso de los últimos cincuenta años gracias al auge del comercio, la

población de Antequera se había multiplicado seis veces. El auge de la

economía de la ciudad de Antequera se enfrentaría en las siguientes décadas a

diversas contrariedades como la competencia comercial, los nuevos productos

sintéticos; pero también con una nueva organización política: la proclamación

de la Independencia.

4. ANTEQUERA AL FINALIZAR LA COLONIA

Al iniciar el siglo XIX, la ciudad de Antequera mostraba la desigual

distribución de riqueza generada en los años de prosperidad. Por un lado, una

gran cantidad de bellas y enormes construcciones que pertenecían a una élite

de religiosos, funcionarios, comerciantes y casatenientes; por el otro, una gran

masa de población que habitaba en casas techadas con morillos, carrizo,

petates y tejas con un patio posterior, o en accesorias o en cualquiera de las

299 vecindades que se ubicaban principalmente al norte y sur de la ciudad. Sin

embargo, la mayoría de esas edificaciones eran propiedad de unos cuantos

94
ciudadanos de antequera. El 44 por ciento de las 1554 casas de la ciudad es

decir, 681 eran de religiosos (cuadro 2); así como 23 particulares acaparaban

320 propiedades (Altamirano, 1992:31-32, 36).

CUADRO 2
Tenencia de la propiedad urbana

PORCENTAJE
PROPIETARIOS CANTIDAD
%
Frailes y monjas 470 30
Sacerdotes 73 4
Cofradías 99 6
Templos 26 2
44
Obras pías 5 -
Colegio de niñas 4 -
Hospital Real 3 -
Haceduría de diezmos 1 -
La Nobilisima Ciudad 22 1
23 partículares 320 21
66
El resto de los demás 531 34
propietarios
TOTALES 1554 100 100

Fuente: los datos fueron tomados de Altamirano, 1992:32, 36.

95
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, y al iniciar el XIX,

Antequera en términos numéricos, era una ciudad mayoritariamente India. La

necesidad de mano de obra barata en la construcción, obrajes y oficios en

general de la ciudad, aumentaba la migración indígena. Este fenómeno estará

asociado no sólo a los movimientos de la economía local y regional, también

estarán relacionados al papel que Antequera asumió de enlace entre la

economía urbana del centro y la economía regional del Valle.

Intentar reconstruir la ciudad al final de la colonia, es una tarea que

pude ser un poco más certera que la de los siglos anteriores. Además de la

cercanía del tiempo, existe mayor información documental que fue realizada

con el motivo expreso de tener registros de la población y la ciudad: el censo

de 1792, el padrón de 1812 y el padrón de casas de 1824 principalmente;

además, los padrones de 1839 y 1842. A estos informes, pueden agregarse

crónicas, registros, planos, bibliografía y documentación en general que se

conserva en los archivos. En última instancia, aunque transformada, está la

ciudad misma.

Al terminar el período colonial, la ciudad de Antequera tenía las

siguientes colindancias que la delimitaban: 1) con el pueblo y las tierras

Xochimilco al noroeste y norte; 2) con el pueblo y las tierras de Jalatlaco, al

noreste; 3) con la hacienda de cinco señores y Trinidad de las Huertas al este;

96
4) con las labores de Trinidad de las Huertas, la Hacienda de la Noria y el Río

Atoyac, al sur; y, 5) con el Marquesado al poniente. Con el fin de tener un

mayor control y administración de la ciudad, el Ayuntamiento por

instrucciones giradas en 1794 por el virrey Branciforte dividió la ciudad en

cuatro quarteles mayores. Cada uno de estos quarteles, a su ves, fue

subdividido en dos. En total la ciudad constaba de “ocho quarteles menores”

(Bustamante, 1972:5).

Al interior de esos quarteles se distribuían las 180 manzanas que en

conjunto sumaban aproximadamente 124 hectáreas, sin considerar las

fracciones de manzana, calles, plazuelas y plazas. Las calles, plazas, plazuelas,

conventos, templos y ciertos edificios públicos y privados conservan en la

actualidad, la distribución de la ciudad colonial. Los diferentes lugares de la

ciudad se identificaban por el nombre del barrio; 15 de los 26 que había,

usaban el nombre del templo en el que se ubicaba (Altamirano, 1992:14-19).

Aunque se proporcionaban servicios públicos, sin embargo, no estaban

pensados para atender satisfactoriamente al grueso de la población. El agua

que llegaba a la ciudad era insuficiente y se distribuía a través de cinco fuentes

para atender una población de 17,000 habitantes. El alumbrado era casi

inexistente, al igual que la vigilancia; esos dos servicios junto con el de la

recolección de basura y la defecación a cielo abierto eran el ambiente

97
cotidiano, un poco más allá del centro de la ciudad. Esa situación, entre otras,

propiciaba el ambiente que provocaba un elevado índice de mortalidad por

enfermedades gastrointestinales (Altamirano, 1992:14, 18, 20, 23).

Respecto al equipamiento urbano, Antequera contaba con las Casas

Consistoriales donde se hacía cabildo, el Palacio del Congreso y Audiencia, la

Tesorería y Aduana, la Casa de la comisaría, la Casa de Correo. Había tres

hospitales que eran complementados por algunas boticas. Esta estructura

urbana se complementaba con numerosos obrajes, 82 tiendas, centros

educativos y para esparcimiento un juego de pelota, un teatro, una casa donde

se jugaban gallos y un billar (Altamirano, 1992:36, 40-47). Esta era la ciudad

de Antequera, al finalizar la época colonial. Esa misma ciudad, sin embargo,

será la base de la estructura urbana espacial de una sociedad que en el siglo

XIX sufrirá cambios radicales en su organización política, económica y social.

98
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