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Conoce a Jonás, el profeta pródigo

26 OCTUBRE, 2018 | Tim Keller

B I B L I A & T E O LO G Í A

Como la mayoría de las personas criadas en un hogar cristiano, he sido consciente de la historia
de Jonás desde la infancia. Sin embargo, como ministro que enseña la Biblia, he pasado por varias
etapas de desconcierto y asombro ante este breve libro. El número de temas es un reto para el
intérprete. Parece tratarse de muchas cosas.

¿Se trata de raza y nacionalismo, ya que Jonás parece estar más preocupado por la seguridad
militar de su nación que por una ciudad de personas espiritualmente perdidas? ¿Se trata del
llamado de Dios a la misión, ya que Jonás al principio huye del llamado pero luego va, aunque lo
lamenta? ¿Se trata de las luchas, y cómo los creyentes deben obedecer y confiar en Dios?

Sí a todo, y hay más.

Existe una montaña de eruditos que han examinado el libro de Jonás, lo que revela la riqueza de la
historia, las muchas capas de significado, y la variada aplicabilidad de esta historia a gran parte de
la vida y el pensamiento humano.

Descubrí esa “variada aplicabilidad” al predicar el libro de Jonás verso por verso, tres veces en mi
ministerio.

La primera vez fue en mi iglesia, en una pequeña ciudad rural en el sur de los Estados Unidos. Diez
años después, prediqué a varios cientos de jóvenes profesionales solteros en Manhattan. Luego,
una década después, prediqué a través de Jonás los domingos inmediatamente después de la
tragedia del 9/11 en la ciudad de Nueva York.

En cada caso, la ubicación cultural y las necesidades personales de la audiencia eran radicalmente
diferentes, pero el texto de Jonás pudo abordar las necesidades de manera poderosa. Muchos
amigos me han dicho a lo largo de los años que los sermones de Jonás en particular cambiaron
sus vidas.

Estructura de Jonás
La narración de Jonás podría hacer que un lector piense que es una fábula simple, con el relato
del gran pez siendo el punto culminante dramático, aunque inverosímil.
“El libro de Jonás ofrece muchas ideas sobre
el amor de Dios por las sociedades y las
personas más allá de la comunidad de
creyentes.”


Los lectores cuidadosos, sin embargo, considerarán que es una obra literaria ingeniosa y
artísticamente elaborada. Los cuatro capítulos relatan dos incidentes. En los capítulos 1 y 2, a
Jonás se le da una orden de Dios, pero no la obedece; y en los capítulos 3 y 4 se le vuelve a dar la
orden, y esta vez la ejecuta. Las dos narrativas se presentan en patrones casi completamente
paralelos.

A pesar de la sofisticación literaria del texto, muchos lectores modernos todavía rechazan esta
obra porque el texto nos dice que Jonás se salvó de la tormenta cuando fue tragado por un “gran
pez” (Jonás 1:17). La forma en que respondas a esto dependerá de cómo lees el resto de la Biblia.
Si aceptas la existencia de Dios y la resurrección de Cristo, el cual es un milagro mucho mayor,
entonces no hay nada particularmente difícil en leer a Jonás literalmente. Ciertamente, muchas
personas hoy creen que todos los milagros son imposibles, y que el escepticismo es solo eso: no
creer lo que no se puede demostrar. No solo eso, sino que el texto no muestra evidencia de que el
autor haya inventado una narrativa milagrosa. Un escritor de ficción generalmente agrega
elementos sobrenaturales para crear emoción o espectáculo y captar la atención del lector, pero
este escritor no capitaliza el evento en lo absoluto de esa manera. El pez se menciona solo en dos
versos breves, y no hay detalles descriptivos. Se reporta más como un simple hecho de lo que
sucedió. Así que no nos dejemos distraer por los peces.

La cuidadosa estructura del libro revela matices del mensaje del autor. Ambos episodios muestran
cómo Jonás, un fiel creyente religioso, se relaciona con personas que son racial y religiosamente
diferentes a él. El libro de Jonás ofrece muchas ideas sobre el amor de Dios por las sociedades y
las personas más allá de la comunidad de creyentes; sobre su oposición al nacionalismo tóxico y el
desdén por otras razas; y sobre cómo estar “en misión” en el mundo a pesar del poder sutil e
inevitable de la idolatría en nuestras propias vidas y corazones.

Captar estas ideas puede convertirnos en constructores de puentes, pacificadores, y agentes de


reconciliación en el mundo. Desesperadamente necesitamos a personas así.

La teología de Jonás
Sin embargo, para comprender todas estas lecciones en nuestras relaciones sociales, tenemos que
ver que la enseñanza principal del libro no es sociológica sino teológica. Jonás quiere un Dios de
su propia creación, un Dios que simplemente castiga a las personas malas y bendice a las
personas buenas, que en este caso son Jonás y sus compatriotas. Cuando el verdadero Dios, no el
falso dios de Jonás, continúa apareciendo en la historia, Jonás se enfurece o desespera. Jonás
encuentra que el verdadero Dios es un enigma, porque no puede reconciliar la misericordia de
Dios con su justicia.

“La enseñanza principal del libro de Jonás no


es sociológica sino teológica.”


¿Cómo, pregunta Jonás, puede Dios ser misericordioso y perdonador hacia las personas que han
cometido tal violencia y maldad? ¿Cómo puede Dios ser misericordioso y justo?
Esa pregunta no se responde en el libro de Jonás. Sin embargo, como parte de toda la Biblia, el
libro de Jonás es como un capítulo que impulsa la trama general de las Escrituras hacia adelante.
Nos enseña a mirar hacia adelante, a cómo Dios salvó al mundo a través de quien se llamó a sí
mismo uno más grande que Jonás (Mt. 12:41), para que Dios pudiera ser justo y justificador de
aquellos que creen (Ro. 3:26). Solo cuando los lectores comprendamos plenamente este
evangelio, no seremos explotadores crueles como los ninivitas, ni creyentes fariseos como Jonás,
sino más bien mujeres y hombres como Cristo, cambiados por el Espíritu.

Muchos estudiantes del libro han notado que en la primera mitad, Jonás interpreta al “hijo
pródigo” de la famosa parábola de Jesús (Lc. 15:11–24), quien huyó de su padre. Sin embargo, en la
segunda mitad del libro, Jonás es como el “hermano mayor” (Lc. 15:25–32), quien obedece a su
padre pero lo reprende por su gracia hacia los pecadores arrepentidos. La parábola termina con
una pregunta del padre al hijo farisaico, al igual que el libro de Jonás termina con una pregunta al
profeta fariseo. El paralelo entre las dos historias, que Jesús mismo pudo haber tenido en mente,
es la razón por la que titulé mi nuevo libro, El profeta pródigo (pronto disponible en español).

Tomado con permiso de The Prodigal Prophet: Jonah and the Mystery of God’s Mercy
(https://www.amazon.com/Prodigal-Prophet-Jonah-Mystery-Mercy/dp/0735222061/?
tag=thegospcoal-20), por Timothy Keller. Publicado el 3 de octubre del 2018 por Viking, una
imprenta de Penguin Publishing Group, una división de Penguin Random House LLC. Derechos de
autor © Timothy Keller, 2018.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN THE GOSPEL COALITION


(HTTP://WWW.THEGOSPELCOALITION.ORG/ARTICLE/JONAH-PRODIGAL-
PROPHET/). TRADUCIDO POR EQUIPO COALICIÓN.

IMAGEN: JUAN1:16 (HTTP://JUAN116.ORG/RECURSOS/JONAS-2/).

Tim Keller es un autor, teólogo y apologista. Fue el pastor fundador de Redeemer


Presbyterian Church (PCA) en Manhattan, Nueva York, y es cofundador y vice presidente
de The Gospel Coalition.

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INTERPRETACIÓN BÍBLICA • LECTURA BÍBLICA • TEOLOGÍA BÍBLICA

Humildad | Reflexión
26 OCTUBRE, 2018 | José Mendoza
V I DA C R I ST I A N A

Isaías 61-66 y 2 Corintios 8-9

“Así dice el Señor:


‘El cielo es Mi trono y la tierra el estrado de Mis pies.
¿Dónde, pues, está la casa que podrían edificarme?
¿Dónde está el lugar de Mi reposo?
Todo esto lo hizo Mi mano,
Y así todas estas cosas llegaron a ser’, declara el Señor.
‘Pero a éste miraré:
Al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante Mi palabra’”
(Isaías 66:1-2).

Me siento un tanto frustrado porque dediqué un fin de semana para poder encontrar una
historia vital que me permita recrear el tema que ahora estamos compartiendo y no pude hallar
nada. Recorrí los periódicos y revistas del mundo y no he descubierto ninguna historia que
muestre de manera real y práctica la humildad. Claro que es una palabra muy usada, pero siempre
como un ideal filosófico, como un insulto indirecto hacia alguien al que le falta justamente ese
ingrediente en su vida, o como un atributo que algunos se atribuyen pero que sus vidas no
muestran de manera evidente.

Llegué a pensar que quizás la humildad se extinguió hace mucho tiempo y ni siquiera nos hemos
dado cuenta, de tal forma que hablar de ella es como mencionar una pieza de museo que solo
invoca nuestra curiosidad y nos remonta a un período primitivo de la historia de la humanidad.
Bajo este escenario, podríamos llegar a pensar que los nuevos diccionarios podrían estar
definiendo la humildad como: “defecto entendido como virtud por nuestros ancestros, pero que
ahora es reconocida como un absoluto símbolo de profunda debilidad y falta de carácter. En
otros tiempos era el reclamo que la iglesia hacía en nombre de su dios para mantener derrotados
y sumisos a sus ignorantes fieles”.

A pesar de que parece en peligro de extinción, la humildad no ha muerto ni tampoco ha pasado


de moda. Lo que sí ha pasado con ella es que ha sido abandonada y olvidada porque ya no se le
considera una virtud enriquecedora de la vida. La humildad, claramente entendida, sigue siendo
una necesidad vital en todo carácter cristiano.

“La verdadera humildad no nos denigra, sino


que nos confirma en el lugar preciso y
valiosos que nos corresponde como criaturas
de Dios.”


En primer lugar, la humildad no tiene que ver con la relación entre los seres humanos, sino que se
relaciona con Dios. La humildad es la profunda reverencia y respeto a la dignidad de Dios desde
nuestro lugar como criaturas dependientes. La humildad no tiene la intención de producir en
nosotros un sentimiento de miseria, sino evitar un sobredimensionamiento equivocado de nuestra
realidad y lugar como seres humanos finitos y temporales. La verdadera humildad no nos denigra,
sino que nos confirma en el lugar preciso y valiosos que nos corresponde como criaturas de Dios.

Isaías, al final de su libro, nos dice con precisión: “Pero ahora, oh Señor, Tú eres nuestro Padre,
Nosotros el barro, y Tú nuestro alfarero; Obra de Tus manos somos todos nosotros” (Is. 64:9).
Esta actitud de humildad la podríamos comparar con la que existe entre un profesor brillante y un
alumno que tiene mucho por aprender todavía; es también el noble sentimiento de respeto que
los más jóvenes pueden sentir por las canas de las personas mayores que ya vivieron lo que ellos
todavía ni imaginan, que son una clara demostración de una vida vivida con nobleza.
Simplemente, la base de la humildad es ubicación: saber quiénes somos y quiénes nos superan.
Hoy en día se dice que todos somos grandes, que nada nos supera, que podemos llegar al infinito
y más allá. No niego que eso pueda ser posible, pero eso no quita el hecho de que siempre habrá
alguien más grande, más experimentado, y mejor que nosotros. Arriba de esa lista está nuestro
buen Dios, nuestro creador y sustentador.

Dicho lo anterior, debo aclarar que una humildad genuina no es la negación absurda de lo que
somos y de lo que hemos logrado porque definitivamente la humildad no es sinónimo de
humillación. La humildad es más bien el antídoto que nos permite evitar la presunción de que
todo lo ganado es por puros méritos personales sin estar al tanto, en primer lugar, de que Dios es
quien nos concede las oportunidades en la vida para disfrutarlas y compartirlas.

En segundo lugar, la humildad implica reconocer que hay otras personas arriba y abajo nuestro
que han puesto de su parte para ser la persona que he llegado a ser. Por ningún lado soy la
“última Coca-Cola del desierto”. Por eso, lo que logra la humildad es garantizar un respeto por los
demás, porque al tener control sobre nosotros mismos, entonces somos capaces de mirar con
mayor afecto lo que está sucediendo a los que se encuentran a nuestro alrededor.

“La humildad ilumina mi alma de tal forma


que puede descubrir su correcto lugar al ver
al Señor en su trono.”


La humildad ilumina mi alma de tal forma que puede descubrir su correcto lugar al ver al Señor en
su trono y al resto de seres humanos en su real altura, sin menospreciarlos. La humildad no solo es
un factor de medición personal, sino que también nos lleva a sufrir con el que no tiene y ser capaz
de gozarse de verdad con el que está cosechando triunfos.

Como ejemplo de verdadera humildad, nadie mejor que nuestro Señor Jesucristo. El apóstol Pablo
lo explicó de la siguiente manera: “Porque conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que
siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza
ustedes llegaran a ser ricos” (2 Co. 8:9). En Jesús podemos aprender que la humildad le provee al
alma la capacidad de poder entregarlo todo para enriquecimiento de todos. En cambio, la
soberbia vive en una permanente lucha por ocupar un lugar preeminente sin importar el precio
que haya que pagar, o a todos aquellos que haya que dejar en el camino con el fin de tenerlo todo
para uno mismo.

La mezquindad de la autosatisfacción se puede evitar con la práctica consciente de la humildad


porque esta le abre las puertas al alma para poder entregar sin esperar, buscando que los demás
puedan estar cerca disfrutando de lo que uno mismo ya tiene. La humildad no convierte a sus
usuarios en seres descoloridos, desabridos, y miserables. Por el contrario, su accionar los
convierte en algo así como frutas maduras y listas para ser consumidas. Son de un bello color,
despiden un aroma dulce, y hay carne y vida para que otros la disfruten y vivan por ella.

La palabra clave es “actuar” en humildad porque la humildad no es automática, natural o aparece


de la nada. No es una actitud reflexiva, sino un estilo de vida en acción. El apóstol Pablo testifica
de esta humildad cuando habla con “orgullo” de sus queridas iglesias de Macedonia:
“Ahora, hermanos, les damos a conocer la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de
Macedonia. Pues en medio de una gran prueba de aflicción, abundó su gozo, y su profunda
pobreza sobreabundó en la riqueza de su liberalidad. Porque yo testifico que según sus
posibilidades, y aun más allá de sus posibilidades, dieron de su propia voluntad, suplicándonos
con muchos ruegos el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos. Y esto no como lo
habíamos esperado, sino que primeramente se dieron a sí mismos al Señor, y luego a nosotros por
la voluntad de Dios” (2 Corintios 8:1-5).

“Estamos en la tierra para que, con humildad,


seamos de bendición a los demás.”
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Nosotros estamos en la tierra para que, con humildad, seamos de bendición a los demás con
nuestra propia persona y con los recursos que podamos tener a la mano. La humildad no es
jactarse de lo que no soy o lo poco que valgo (eso sería mera humillación), sino entregar con
alegría y generosidad aun lo poco que se tenga porque somos siervos de un Dios soberano y
hermanos de una humanidad a la que le debemos mucho de lo que somos. La verdadera humildad
no es un ancla que nos detiene en el puerto, sino una vela que se hincha con el viento y nos lleva
por los océanos de la vida repartiendo de lo que somos y tenemos.

Quizá el gran drama de nuestro tiempo es que hemos trastocado el significado de la verdadera y
enriquecedora humildad. Andamos como lobos brutales o leones hambrientos de poder y
reconocimiento, tratando de conquistarnos y consumirnos unos a otros, temerosos de perder
nuestros espacios, aterrados con el hecho de que alguien pudiera quitarnos nuestros privilegios o
aun ser mejor que nosotros. Sin embargo, debemos recordar que Isaías profetizó hace 2,700 años
la muerte de la soberbia y el orgullo porque al final de los tiempos: “‘El lobo y el cordero pastarán
juntos, y el león, como el buey, comerá paja, y para la serpiente el polvo será su alimento. No
harán mal ni dañarán en todo Mi santo monte’, dice el Señor”. (Is. 65:25).

¿No habrá llegado el momento de revivir la humildad en nuestras vidas?

IMAGEN: LIGHTSTOCK (HTTPS://WWW.LIGHTSTOCK.COM/PHOTOS/PERSON-


READING-A-BIBLE-9222717A-21F9-4650-AF06-B2019073C529).

José (Pepe) Mendoza sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en
República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es director del Instituto
Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist
Theological Seminary, y también trabaja como editor para Lifeway en español. Está
casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en twitter.

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