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Aimé Césaire

TOUSSAINT LOUVERTURE

LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL PROBLEMA COLONIAL

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TOUSSAINT LOUVERTURE

TOUSSAINT LOUVERTURE Libro 118 3

Libro 118

Aimé Césaire

Colección

SOCIALISMO y LIBERTAD

Libro 1 LA REVOLUCIÓN ALEMANA Víctor Serge - Karl Liebknecht - Rosa Luxemburgo Libro 2 DIALÉCTICA DE LO CONCRETO Karel Kosik Libro 3 LAS IZQUIERDAS EN EL PROCESO POLÍTICO ARGENTINO Silvio Frondizi Libro 4 INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE LA PRAXIS Antonio Gramsci Libro 5 MAO Tse-tung José Aricó Libro 6 VENCEREMOS Ernesto Guevara Libro 7 DE LO ABSTRACTO A LO CONCRETO - DIALÉCTICA DE LO IDEAL Edwald Ilienkov Libro 8 LA DIALÉCTICA COMO ARMA, MÉTODO, CONCEPCIÓN y ARTE Iñaki Gil de San Vicente Libro 9 GUEVARISMO: UN MARXISMO BOLIVARIANO Néstor Kohan Libro 10 AMÉRICA NUESTRA. AMÉRICA MADRE Julio Antonio Mella Libro 11 FLN. Dos meses con los patriotas de Vietnam del sur Madeleine Riffaud Libro 12 MARX y ENGELS. Nueve conferencias en la Academia Socialista David Riazánov Libro 13 ANARQUISMO y COMUNISMO Evgueni Preobrazhenski Libro 14 REFORMA o REVOLUCIÓN - LA CRISIS DE LA SOCIALDEMOCRACIA Rosa Luxemburgo Libro 15 ÉTICA y REVOLUCIÓN Herbert Marcuse Libro 16 EDUCACIÓN y LUCHA DE CLASES Aníbal Ponce Libro 17 LA MONTAÑA ES ALGO MÁS QUE UNA INMENSA ESTEPA VERDE Omar Cabezas Libro 18 LA REVOLUCIÓN EN FRANCIA. Breve historia del movimiento obrero en Francia 1789-1848. Selección de textos de Alberto J. Plá Libro 19 MARX y ENGELS. Karl Marx y Fiedrich Engels. Selección de textos Libro 20 CLASES y PUEBLOS. Sobre el sujeto revolucionario Iñaki Gil de San Vicente Libro 21 LA FILOSOFÍA BURGUESA POSTCLÁSICA Rubén Zardoya

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Libro 22 DIALÉCTICA Y CONSCIENCIA DE CLASE György Lukács Libro 23 EL MATERIALISMO HISTÓRICO ALEMÁN Franz Mehring Libro 24 DIALÉCTICA PARA LA INDEPENDENCIA Ruy Mauro Marini Libro 25 MUJERES EN REVOLUCIÓN Clara Zetkin Libro 26 EL SOCIALISMO COMO EJERCICIO DE LA LIBERTAD Agustín Cueva - Daniel Bensaïd. Selección de textos Libro 27 LA DIALÉCTICA COMO FORMA DE PENSAMIENTO - DE ÍDOLOS E IDEALES Edwald Ilienkov. Selección de textos Libro 28 FETICHISMO y ALIENACIÓN - ENSAYOS SOBRE LA TEORÍA MARXISTA EL VALOR Isaak Illich Rubin Libro 29 DEMOCRACIA Y REVOLUCIÓN. El hombre y la Democracia György Lukács Libro 30 PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO Paulo Freire Libro 31 HISTORIA, TRADICIÓN Y CONSCIENCIA DE CLASE Edward P. Thompson. Selección de textos Libro 32 LENIN, LA REVOLUCIÓN Y AMÉRICA LATINA Rodney Arismendi Libro 33 MEMORIAS DE UN BOLCHEVIQUE Osip Piatninsky Libro 34 VLADIMIR ILICH Y LA EDUCACIÓN Nadeshda Krupskaya Libro 35 LA SOLIDARIDAD DE LOS OPRIMIDOS Julius Fucik - Bertolt Brecht - Walter Benjamin. Selección de textos Libro 36 UN GRANO DE MAÍZ Tomás Borge y Fidel Castro Libro 37 FILOSOFÍA DE LA PRAXIS Adolfo Sánchez Vázquez Libro 38 ECONOMÍA DE LA SOCIEDAD COLONIAL Sergio Bagú Libro 39 CAPITALISMO Y SUBDESARROLLO EN AMÉRICA LATINA André Gunder Frank Libro 40 MÉXICO INSURGENTE John Reed Libro 41 DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON AL MUNDO John Reed Libro 42 EL MATERIALISMO HISTÓRICO Georgi Plekhanov Libro 43 MI GUERRA DE ESPAÑA Mika Etchebéherè Libro 44 NACIONES Y NACIONALISMOS Eric Hobsbawm

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Libro 45 MARX DESCONOCIDO Nicolás Gonzáles Varela - Karl Korsch Libro 46 MARX Y LA MODERNIDAD Enrique Dussel Libro 47 LÓGICA DIALÉCTICA Edwald Ilienkov Libro 48 LOS INTELECTUALES Y LA ORGANIZACIÓN DE LA CULTURA Antonio Gramsci Libro 49 KARL MARX. LEÓN TROTSKY, Y EL GUEVARISMO ARGENTINO Trotsky - Mariátegui - Masetti - Santucho y otros. Selección de Textos Libro 50 LA REALIDAD ARGENTINA - El Sistema Capitalista Silvio Frondizi Libro 51 LA REALIDAD ARGENTINA - La Revolución Socialista Silvio Frondizi Libro 52 POPULISMO Y DEPENDENCIA - De Yrigoyen a Perón Milcíades Peña Libro 53 MARXISMO Y POLÍTICA Carlos Nélson Coutinho Libro 54 VISIÓN DE LOS VENCIDOS Miguel León-Portilla Libro 55 LOS ORÍGENES DE LA RELIGIÓN Lucien Henry Libro 56 MARX Y LA POLÍTICA Jorge Veraza Urtuzuástegui Libro 57 LA UNIÓN OBRERA Flora Tristán Libro 58 CAPITALISMO, MONOPOLIOS Y DEPENDENCIA Ismael Viñas Libro 59 LOS ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO Julio Godio Libro 60 HISTORIA SOCIAL DE NUESTRA AMÉRICA Luis Vitale Libro 61 LA INTERNACIONAL. Breve Historia de la Organización Obrera en Argentina. Selección de Textos Libro 62 IMPERIALISMO Y LUCHA ARMADA Marighella, Marulanda y la Escuela de las Américas Libro 63 LA VIDA DE MIGUEL ENRÍQUEZ Pedro Naranjo Sandoval Libro 64 CLASISMO Y POPULISMO Michael Löwy - Agustín Tosco y otros. Selección de textos Libro 65 DIALÉCTICA DE LA LIBERTAD Herbert Marcuse Libro 66 EPISTEMOLOGÍA Y CIENCIAS SOCIALES Theodor W. Adorno Libro 67 EL AÑO 1 DE LA REVOLUCIÓN RUSA Víctor Serge Libro 68 SOCIALISMO PARA ARMAR Löwy -Thompson - Anderson - Meiksins Wood y otros. Selección de Textos

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Libro 69 ¿QUÉ ES LA CONCIENCIA DE CLASE? Wilhelm Reich Libro 70 HISTORIA DEL SIGLO XX - Primera Parte Eric Hobsbawm Libro 71 HISTORIA DEL SIGLO XX - Segunda Parte Eric Hobsbawm Libro 72 HISTORIA DEL SIGLO XX - Tercera Parte Eric Hobsbawm Libro 73 SOCIOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA Ágnes Heller

Libro 74

Marc Bloch Libro 75 LA SOCIEDAD FEUDAL - Tomo 2 Marc Bloch Libro 76 KARL MARX. ENSAYO DE BIOGRAFÍA INTELECTUAL Maximilien Rubel Libro 77 EL DERECHO A LA PEREZA Paul Lafargue Libro 78 ¿PARA QUÉ SIRVE EL CAPITAL? Iñaki Gil de San Vicente Libro 79 DIALÉCTICA DE LA RESISTENCIA Pablo González Casanova Libro 80 HO CHI MINH Selección de textos Libro 81 RAZÓN Y REVOLUCIÓN Herbert Marcuse Libro 82 CULTURA Y POLÍTICA - Ensayos para una cultura de la resistencia Santana - Pérez Lara - Acanda - Hard Dávalos - Alvarez Somoza y otros Libro 83 LÓGICA Y DIALÉCTICA Henry Lefebvre Libro 84 LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA Eduardo Galeano Libro 85 HUGO CHÁVEZ José Vicente Rangél Libro 86 LAS GUERRAS CIVILES ARGENTINAS Juan Álvarez Libro 87 PEDAGOGÍA DIALÉCTICA Betty Ciro - César Julio Hernández - León Vallejo Osorio Libro 88 COLONIALISMO Y LIBERACIÓN Truong Chinh - Patrice Lumumba Libro 89 LOS CONDENADOS DE LA TIERRA Frantz Fanon Libro 90 HOMENAJE A CATALUÑA George Orwell Libro 91 DISCURSOS Y PROCLAMAS Simón Bolívar Libro 92 VIOLENCIA Y PODER - Selección de textos Vargas Lozano - Echeverría - Burawoy - Monsiváis - Védrine - Kaplan y otros

LA SOCIEDAD FEUDAL - Tomo I

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Libro 93 CRÍTICA DE LA RAZÓN DIALÉCTICA Jean Paul Sartre Libro 94 LA IDEA ANARQUISTA Bakunin - Kropotkin - Barret - Malatesta - Fabbri - Gilimón - Goldman Libro 95 VERDAD Y LIBERTAD Martínez Heredia - Sánchez Vázquez - Luporini - Hobsbawn - Rozitchner - Del Barco

LIBRO 96 INTRODUCCIÓN GENERAL A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

Karl Marx y Friedrich Engels LIBRO 97 EL AMIGO DEL PUEBLO Los amigos de Durruti LIBRO 98 MARXISMO Y FILOSOFÍA Karl Korsch LIBRO 99 LA RELIGIÓN Leszek Kolakowski LIBRO 100 AUTOGESTIÓN, ESTADO Y REVOLUCIÓN Noir et Rouge LIBRO 101 COOPERATIVISMO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN Iñaki Gil de San Vicente LIBRO 102 ROSA LUXEMBURGO Y EL ESPONTANEÍSMO REVOLUCIONARIO Selección de textos LIBRO 103 LA INSURRECCIÓN ARMADA A. Neuberg LIBRO 104 ANTES DE MAYO Milcíades Peña LIBRO 105 MARX LIBERTARIO Maximilien Rubel LIBRO 106 DE LA POESÍA A LA REVOLUCIÓN Manuel Rojas LIBRO 107 ESTRUCTURA SOCIAL DE LA COLONIA Sergio Bagú LIBRO 108 COMPENDIO DE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Albert Soboul

LIBRO 109 DANTON, MARAT Y ROBESPIERRE. Historia de la Revolución Francesa

Albert Soboul LIBRO 110 LOS JACOBINOS NEGROS. Toussaint L’Ouverture y la revolución de Hait Cyril Lionel Robert James LIBRO 111 MARCUSE Y EL 68 Selección de textos LIBRO 112 DIALÉCTICA DE LA CONCIENCIA – Realidad y Enajenación José Revueltas LIBRO 113 ¿QUÉ ES LA LIBERTAD? – Selección de textos Gajo Petrović – Milán Kangrga LIBRO 114 GUERRA DEL PUEBLO – EJÉRCITO DEL PUEBLO Vo Nguyen Giap LIBRO 115 TIEMPO, REALIDAD SOCIAL Y CONOCIMIENTO Sergio Bagú

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LIBRO 116 MUJER, ECONOMÍA Y SOCIEDAD Alexandra Kollontay LIBRO 117 LOS JERARCAS SINDICALES Jorge Correa LIBRO 118 TOUSSAINT LOUVERTURE. La Revolución Francesa y el Problema Colonial Aimé Césaire

Jorge Correa LIBRO 11 8 TOUSSAINT LOUVERTURE. La Revolución Francesa y el Problema Colonial Aimé Césaire

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“Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente.

Una civilización que escoge cerrar los ojos ante sus problemas más cruciales es una civilización herida.

Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda.

El hecho es que la civilización llamada «europea», la civilización «occidental», tal como ha sido moldeada por dos siglos de régimen burgués, es incapaz de resolver los dos principales problemas que su existencia ha originado: el problema del proletariado y el problema colonial. Esta Europa, citada ante el tribunal de la «razón» y ante el tribunal de la «conciencia», no puede justificarse; y se refugia cada vez más en una hipocresía aún más odiosa porque tiene cada vez menos probabilidades de engañar.”

Discurso Sobre el Colonialismo 1

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Discurso Sobre el Colonialismo 1 Aimé Césaire https://elsudamericano.wordpress.com HIJOS La red mundial de
1 Aimé Césaire https://elsudamericano.wordpress.com HIJOS La red mundial de los hijos de la revolución social 1

HIJOS

La red mundial de los hijos de la revolución social

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LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL PROBLEMA COLONIAL

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Prefacio

Introducción

Libro Primero: LA FRONDA DE LOS GRANDES BLANCOS

Capítulo I

Soledad del poder

Capítulo II

Una intrusión aciaga

Capítulo III

Errores de navegación

Capítulo IV

La Fronda de los Grandes Blancos

Capítulo V

Una doble liquidación

Libro Segundo: LA REBELIÓN MULATA

Capítulo I

Cretinismo parlamentario

Capítulo II

Un gran debate

Capítulo III

Un destello

Capítulo IV

Un destello que se apaga

CapítulO V

Una enmienda por cansancio

Capítulo VI

La revancha de Barnavé

Capítulo VII

La rebelión mulata

Libro Tercero: LA REBELIÓN NEGRA

Capítulo I

Los límites de la Revolución francesa

Capítulo II

Aprendizaje

Capítulo III

Compromiso y compromiso

Capítulo IV

Una escena enternecedora

Capítulo V

Imperialismo e imperialismo

Capítulo VI

Salvador de las autoridades constituidas

Capítulo VII

Estrategia y táctica

Capítulo VIII

Una misión de zapa

Capítulo IX

Tomar sus precauciones

Capítulo X

Movilización

Capítulo XI

La ruptura

Capítulo XII

La lógica de un sistema

Capítulo XIII

Guerra hasta perder el aliento

Capítulo XIV

La pausa

Capítulo XV

El sacrificio

Capítulo XVI

Quitarse la careta

Capítulo XVII

De Brumario a Germinal

Capítulo XVIII

Pues sus raíces son numerosas y profundas

A manera de conclusión

2 Esta Edición Revisada: (1960) . Primera Edición en Español: Instituto del libro. La Habana. Cuba. 1967. Primera Edición en Francés 1962. Présence Africaine

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PREFACIO

Cualquiera que haya estado en Haití se habrá conmovido al comprobar hasta qué punto el recuerdo de Toussaint Louverture vive en los espíritus y en los corazones. Toussaint pertenece a cada, uno, como Napoleón –de quien él fue

la víctima– a cada corso. Sin duda las islas son los lugares más favorables a

las tradiciones vivas, a los odios y a los amores violentos. El antiguo Santo Domingo consagra a su libertador una devoción patriótica que se asemeja a un culto. Las páginas que el coronel Nemours dedica a la visita que hizo al calabozo húmedo y frío del Fort-de-Joux, donde murió Toussaint en 1803, tienen un acento religioso. El ministro plenipotenciario de Haití y su señora, tuvieron conciencia de que estaban haciendo una “piadosa peregrinación” y oraron en la celda del mártir. La señora Nemours, haciendo de la “roca escarpada” un segundo calvario, llegó a murmurar:

“Quizás tuvo sed y nadie le dio de beber. Hubiera querido darle agua, enjugar el sudor de su cara y quitar el polvo de sus ropas”.

A semejanza de los héroes de Esparta: Leónidas el guerrero, y Licurgo el

legislador; Toussaint Louverture, a la vez combatiente de la independencia y organizador de la nación, es menos que un dios pero más que un hombre. Que un cochero de una plantación, salido de la turba de los esclavos, se haya revelado como jefe militar y estadista, que haya conseguido acabar con las fuerzas de ocupación y de invasión inglesa y haya resistido a las tropas francesas, que haya llevado a su pueblo al umbral de la independencia y que haya perecido víctima de una celada y de un abuso de confianza, he ahí con qué apasionar a un espíritu generoso, ávido de comprender. Más todavía, situar la acción de Toussaint, el Negro, en su medio original y en la coyuntura colonial, he ahí la tarea que se ha propuesto Césaire y que ha llevado a cabo felizmente, como no hace mucho lo hiciera por él blanco de gran corazón que fue Schoelcher, el libertador de los esclavos.

Siempre he tenido por Césaire gran estimación y simpatía.

No sería propósito mío hacer aquí el elogio de aquél a quien Bretón calificó de “gran poeta negro”, diría yo uno de los más grandes poetas vivientes, pero no puedo olvidar la tarde en que leí, en Port-au-Prince, ante un auditorio que

experimentaba a la vez que la belleza del canto, la grandeza de la negritud, las páginas sacadas del Cuaderno de un retorno al país natal. ¿No es Toussaint Louverture “el ejecutor de esas magnas obras” que el poeta ha querido trascender? Pues Césaire es también hombre de altura. Nunca hay bajeza en él. Sea cual fuere la vehemencia de su pasión, busca siempre la verdad y respeta al hombre. Si el Rebelde “de corazón impiadoso” hiere al Maestro, es para destruir en él la servidumbre que, más allá de su persona, encadena a su hijo desde la cuna. Su odio a una sociedad en que triunfa el dinero no es más que una forma de su amor por los que trabajan y sufren. Tal me parece Césaire: normalista, nutrido de humanismo desinteresado, sintiendo revivir en

él los tumultos de sus ancestros bámbara, arrojados por la crueldad de la trata

sobre las riberas de la Martinica y que vuelve a encontrar, después de haber frecuentado a Lautréamont, el camino de la poesía negro-africana; profesor de letras que, por haber recibido de Francia su cultura más elaborada, se ha sentido más obligado a participar en la “legítima defensa” de los antillanos más

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desheredados: hombre recto que rechaza los compromisos tanto en la acción como en el arte. Tal lo vuelvo a encontrar en su Toussaint Louverture, que me ha permitido presentar Alioune Diop a quien doy las gracias.

Césaire no pretende renovar la biografía del Precursor. Da por sabidos los hechos. Lo que retiene su atención “son las relaciones que los unen, la ley que los rige, la dialéctica que los suscita”. Bien está. Es eso mismo lo que

constituye la historia. ¿Pero es cierto que el hombre que encarnó la resistencia

a los colonialistas de Santo Domingo sea exactamente conocido? Mientras su

correspondencia general no haya sido publicada, sólo se hará con Toussaint labor provisional pues los textos, todavía inéditos, ofrecen el riesgo de trastornar la jerarquía de valores. Pero es dudoso que las condiciones fundamentales de la lucha que enfrentó a blancos, mulatos y negros, sean profundamente modificadas. Y es esto lo que le interesa a Césaire. Viviendo en un mundo en que cada pueblo colonizado busca realizar su independencia de acuerdo con su propia naturaleza, Césaire se ha dedicado a reencontrar la originalidad de la revolución de Santo Domingo. En ese campo, la experiencia

del hombre político ilustra la documentación del historiador. Así ha sido llevado

a descubrir el hecho colonial al estado puro, en una época en que no se la

adornaba de filantropía, sino en la que se afirmaba la primacía de los intereses del negocio y la virtud del egoísmo metropolitano. Lo Exclusivo, cuyos caracteres esenciales ha tenido el acierto de presentar al comienzo de su libro,

es, más que una doctrina, un sistema, el “sistema” como se le llama en el siglo XVIII. Lo económico está entonces en el centro de todo, y todo se subordina a

lo económico. No se limita al monopolio del comercio y de la industria sino que

hace de la administración la protectora interesada del comercio de Francia, Negociantes y armadores de los puertos del Atlántico son dueños de la política real por intermedio de los funcionarios del secretariado de Estado en la Marina, surgidos de familias poderosas de nobleza de toga, que tienen, por añadidura, grandes intereses personales en las islas y en el tráfico colonial.

Los “habitantes”, que hoy llamaríamos los colonos, cuentan poco en el precio, aunque aparentan más porque viven en el lugar mientras no han hecho su fortuna. Lo que llama la atención es su mentalidad. Ésta participa de ese individualismo anárquico, que caracteriza a la mayor parte de los coloniales. Consideran sus privilegios como derechos y aspiran a la autonomía como no sea al separatismo, para sustraerse “al abandono” y a la ignorancia de la metrópoli. No se han llevado su patria en la suela de sus zapatos. Para ellos, Luis XVI es “el rey de Francia” y no su soberano. Hablan de él “con la misma indiferencia que de un príncipe extranjero”. Al gobierno inglés le bastó llamar “despacho de judicatura” a las antiguas “comisiones” del Consejo Superior de la Martinica y confiarle una parte de los poderes del Intendente, cuya plaza

desaparecía, para que se adhirieran a los ocupantes durante la guerra de los Siete Años. En la Guadalupe, el desarrollo de los negocios, el aprovisionamiento en esclavos y la prosperidad ganaron bien pronto a los habitantes. Por largo tiempo se conservó el recuerdo del coronel Krumpt y de Campbell Dabrymple,

a los que un historiador criollo deseaba, con un monumento, perpetuar sus servicios. Después de la rebelión de los esclavos, los colonos de Santo Domingo invocaron la protección de S.M. británica a la que prestaron juramento acogiendo a los ingleses como libertadores.

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Césaire hace alusión justamente a las sediciones de Santo Domingo en 1722 y 1769. Ilustran el comportamiento de los habitantes y dejan prejuzgar el porvenir. La asonada contra la compañía monopolista estalla bruscamente en el Cap en 1720 al grito de una plantadora de café. Después se extiende al oeste. Las bandas armadas, que obedecen a jefes ocultos (Sans Quartier, La Liberté), incendian los bohíos y las cosechas de los no-resistentes. Ya se perfila la segur dad de la organización clandestina y de sus ramificaciones, así como la amplitud de la oposición a la voluntad del rey. Muestra también la flojedad de la represión, pese a la gravedad del movimiento. Los colonos se dan cuenta de que sólo la violencia permite ganar la partida contra los agentes del rey.

La sedición de 1763-1770, provocada por el restablecimiento de las milicias, adquiere un carácter excepcional a causa de la actitud de los propietarios del sur, que, más independientes y más audaces que los de otras regiones, no retroceden ante medios extremos para defender sus privilegios: connivencia con los mulatos, utilización de los esclavos, toque de rebato para dar la alarma, secuestros, congregaciones armadas y toma de armas en los cerros.

El cartel de resistencia entre blancos y mulatos señalaba el verdadero peligro.

Esta vez el gobierno no se llamó a engaño y castigó. El ejército tuvo la última palabra, pero el rencor se incubaba y la experiencia, esbozada en 1769, volvió

a tener lugar veinte años más tarde, en el Comité del sur, con los mismos hombres en los que el espíritu colonial se encaminaba al separatismo.

En la recopilación de memorias de los colonos, publicada en 1776 ó 1777, bajo

el título Consideraciones sobre el estado presente de la colonia francesa de

Santo Domingo y el seudónimo de Hilliart d’Auberteuil se declara que:

“se debe contemplar los compromisos de los colonos con el estado, de tanta duración, como la protección del soberano. Si la protección cesa, la convención termina, puesto que la base es la utilidad recíproca”.

Pero de esa “utilidad recíproca”, los colonos son únicos jueces y la aplican a su interés propio sin tener en cuenta las posibilidades del soberano, símbolo de la metrópoli. Si el soberano desaparece y la metrópoli adopta puntos de vista diferentes del de los habitantes, sobre todo en materia social, se consideran como desligados de dicha convención. Es esto lo qué se produjo desde el principio de la revolución.

En Santo Domingo más que el problema político cuenta el problema social que

lo condiciona. La sociedad colonial es, como lo escribe justamente Césaire, “más que una jerarquía, una ontología”. Todavía me parece más compleja que

lo que él dice pues si existieron los cruzamientos de gentes de color dando sus

productos cada uno con su nombre, sería imprudente creer que la población blanca fue: socialmente homogénea. Al lado de los ricos habitantes franceses llegados de Francia, o criollos nacidos de parientes blancos fijados en las islas, y de altos funcionarios que constituían la aristocracia de los “grandes blancos”, vivía todo un pueblo, tenido por inferior, que comprendía a los colonos modestos, cuya plantación sólo utilizaba una veintena de esclavos, los contratados, trabajadores blancos de las plantaciones cuyo reclutamiento cesó en 1774, las gentes de profesión, los comerciantes locales y los encargados a los que se englobaba bajo el rubro de “blanquitos”. Muchos de entre ellos,

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necesitados, obligados a trabajar toda su vida bajo las órdenes de otro o abrumados por los desprecios de los propietarios de plantaciones, concibieron por los grandes blancos un odio que los puso frente a ellos en el curso de la revolución.

Césaire ha destacado fuertemente la importancia de las gentes de color libres

y mostrado la gravedad de las medidas sucesivas que hicieron de ellas, según

un escritor de su tiempo: “un estado intermedio entre los blancos y los esclavos”. Ahora bien, las reglas restrictivas con que se les afligió, se hicieron además tan chocantes que a finales del reinado de Luis XV, fueron tan numerosos como los blancos. Muchos ganaban dinero que empleaban en comprar pequeñas propiedades, a veces hasta haciendas. Ejercían, de acuerdo con los “blanquitos”, los oficios artesanales de las ciudades. Eran tenderos, taberneros, viajantes de comercio, encomenderos que vigilaban el trabajo de los esclavos y, sobre todo en el sur, encargados. Se les reconocía su inteligencia pero se les reprochaba haber adquirido los defectos de las dos razas y no ser seguros. Césaire nada dice de las mulatas, cuyo papel político era nulo, pero considerable el papel social. Escapaban al prejuicio racial a los ojos de los blancos. Las mujeres blancas las detestaban, pues no solamente les quitaban sus maridos sino que los arruinaban. Así que se les cantaba:

Os digo que mujer es muy tonta Si no sabe que un blanco le pague

Desempeñaron, en Santo Domingo, el papel que tuvieron las grandes prójimas del siglo XIX que restituyeron al circuito monetario el dinero muy fácilmente ganado por los burgueses. Además, fueron ellas un vivo testimonio viviente de la incoherencia, del sistema social.

En lo que se refiere al problema dominante, el problema de la esclavitud, Césaire lo ha tratado con la sobriedad que exigía un tema de gran patetismo,

pero trillado. Ha querido ver sobre todo en los esclavos a obreros de la tierra, concentrados en los “barracones” como los obreros del continente en las fábricas. La analogía permite comprender el resultado: que en este vivero humano, que en este hacinamiento de resentimientos y de energías, saldrá, no una revuelta, sino una revolución. Es innegable que esta masa de explotados ha dado jefes de sedición. No por eso me asociaré a la leyenda del negro de Guinea, Makendal, tal como se formó en el curso de la segunda mitad del siglo

XVIII en los medios blancos. Makendal, en quien Césaire cree ver un mahdi,

habría de organizar a los cimarrones en propagandistas encargados de incitar

a los esclavos a destruir el mundo blanco mediante el veneno.

Fue ejecutado en 1758 pero el ordenancista Lambert, siempre ávido de conjuras de envenenamiento, ni siquiera mencionó su acción. Veinte años después, su epopeya, creada y enriquecida por los colonos, manifestaba una forma de su psicosis. Miedos como éste conmovieron, en muchas ocasiones, las islas en el siglo XVIII, y son mucho más reales que las causas invocadas.

Sería inútil y fastidioso seguir paso a paso el libro tan rico y personal de Césaire. Un resumen lo haría insípido, una discusión minuciosa lo haría pesado. Es preferible destacar las líneas de fuerza. Desde el anuncio de la

toma de la Bastilla, los habitantes interpretaron la revolución y la libertad sobre

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el plano colonial, es decir en forma de ruptura primero con la autoridad local, después con la autoridad metropolitana. La asamblea de Saint-Marc, en nombre de los principios revolucionarios, a los cuales apelaba para sacudir el yugo de la realeza, realizaba la autonomía política y económica a la cual la colonia había aspirado siempre, pero la metrópoli, cualquiera fuere su régimen no estaba dispuesta a dejar deteriorar el Exclusivo. 3 Sin embargo no llegaré a calificar de separatismo la acción de la asamblea, pues no estaban rotos los lazos con la metrópoli.

No creo que la rebelión de los mulatos fuera fatal, pero el egoísmo de los blancos la hacía inevitable. Como siempre ocurre, los colonos perecieron por desmesura. No pudieron subordinar sus prejuicios racistas a intereses superiores. Su resistencia a las reivindicaciones de los mulatos se manifestó en forma violenta, por pillajes y ahorcamientos, por la puesta en el index e incluso el ajusticiamiento de blancos y por la denuncia de los colonos de París, sospechosos de traición. Ni la derrota de los mulatos, ni la ejecución de su jefe Ogé, entregado por los españoles y enrodado en la plaza pública, pusieron fin a los disturbios. Sobre todo, la unión de blancos y mulatos, indispensable para mantener el orden entre los negros, dio lugar a una guerra civil que envalentonó a los esclavos a rebelarse, a esos mismos esclavos que ya habían sido utilizado en uno o en otro campo. En la Constituyente, las tentativas para extraer de los derechos del hombre consecuencias prácticas para las colonias, chocaron con el bloque de los intereses amenazados:

colonos, negociantes y negreros revolucionarios de Nantes y de Burdeos, refinadores de la metrópoli, representados en todos los partidos por hombres influyentes como el monárquico Malouet y los dos triunviros de izquierda Lameth y Barnave. Incapaz de sacudirse el pasado, la Asamblea satisfizo las reivindicaciones de los habitantes rechazadas por la realeza, sustituyendo la dominación de los grandes propietarios por el despotismo militar y mercantil. Apartó de la vida política, contrariamente a sus principios, a los ciudadanos libres por ser hombres de color y mantuvo la esclavitud. Demostró así que la democracia era un privilegio metropolitano que no se exportaba. En las colonias, los hombres no nacen libres e iguales en derecho. Era ésta la conclusión normal del Exclusivo, cuyo espíritu no estaba minado por la revolución. Pero, de hecho, la legislación de la asamblea no fue más allá de los limites de una declaración de principios, pues, antes de la votación de sus decretos, la suerte de las islas se jugó en las mismas islas, en las feroces luchas de razas, de clases y de intereses.

Me hubiera gustado que Césaire hubiera insistido más sobre el tránsito de la Constituyente a la Legislativa que corre el riesgo de escapar a lectores mal advertidos. Si en materia económica la nueva asamblea mantuvo lo esencial del Exclusivo, mostró una hostilidad general a la política de la Constituyente y principalmente a Barnave, que a decir de Guadet, había tomado “los furores de

3 Césaire escribe en esta ocasión: “El pacto colonial seguía intacto”. Habría que suprimir definiti- vamente del vocabulario la expresión pacto colonial. No se la conoce en el siglo XVIII en que la palabra Exclusivo expresa perfectamente los derechos integrales de la metrópoli. La citada expresión fue creada ulteriormente, en una época en que se quería hacer creer que el régimen colonial era el resultado de un pacto, decir de un acuerdo libremente consentido, que implicaba obligaciones recíprocas cuando lo cierto es que estaba impuesto por Francia a sus colonias que protestaban contra su aplicación.

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Santo Domingo por los furores del Hotel Massiac” representaba el lobby de los colonos. Por primera vez, los demócratas señalaron, con Merlin de Thionville, la contradicción de defender en Europa la libertad en nombre de los derechos del hombre y mantener en las islas la distinción de razas y la esclavitud. Césaire ha señalado justamente la importancia del gran discurso-análisis de Brissot, del 1° de diciembre de 1791 y la fragilidad de sus conclusiones. Es que los girondinos tenían que guardar miramientos ton los negociantes de Burdeos que hubieran visto comprometidos sus negocios por la supresión de la esclavitud. Cita con razón un proyecto abolicionista de un diputado del Vermandois a la Constituyente, Viefville des Essarts. Hay otro, generalmente ignorado, pues que yo sepa sólo ha sido citado por Jaurés en su Historia socialista. En septiembre de 1791, un representante de las Bocas del Ródano, Blangilly, presentó un proyecto para la emancipación gradual de los esclavos, que no fue discutido, ni siquiera llevado a la tribuna, sino comunicado solamente para su impresión. Reclamaba, entre otras medidas, la prohibición de maltratos a los esclavos so pena de pérdida de sus derechos; la creación de casas de fuerza para esclavos culpables, a fin de sustraerlos a las arbitrariedades del amo; el derecho a la subsistencia para los negros viejos y achacosos; la posibilidad de rescate por peculio; la libertad de oficio para los hijos de esclavos, en fin la emancipación de derecho, al cabo de ocho años, de negros que pasarían a ser jornaleros. Este proyecto revestía, de acuerdo con el parecer de Jaurés una verdadera importancia histórica.

“El aterrador problema negro”, que Césaire reprocha a la Legislativa de no haber resuelto al mismo tiempo que el problema mulato, de hecho fue el primero en plantearse a esta asamblea. Ésta tuvo conocimiento del levantamiento de los negros el 27 de octubre de 1791. ¡Dos meses habían transcurrido desde su inicio, el 22 de agosto! Esta simple comprobación permite establecer la dificultad que hay en poner orden cronológico en la historia de las relaciones entre Santo Domingo y la metrópoli. En razón de la lentitud y de lo precario de las comunicaciones, se requiere por lo menos un trimestre para que se conozca en Port-au-Prince cómo reacciona París ante los acontecimientos de la isla. Cuándo las respuestas o las directivas llegan a las autoridades francesas de la isla, la situación ha evolucionado de tal modo que ya no tienen valor práctico. La política colonial no se adapta sino lentamente y por sobresaltos a las mutaciones coloniales. Cuando el comisario Sonthonax, enfrascado en la sedición de los grandes blancos del Cap francés, pronunció, el 23 de agosto de 1783, la emancipación general e inmediata de todos los negros, no estaba en condiciones de remitirse a París para una decisión que, sin embargo, comprometía el porvenir, pero que las circunstancias imponían.

Sea cual fuere la importancia del culto Vudú, que sirvió de sostén a la insurrección –por no decir que fue la causa–, no hay necesidad de hacerlo intervenir tanto como la acción de los blancos realistas, de los Amigos de los negros, de los mulatos o de las potencias extranjeras, para explicar un movimiento total, espontáneo, irresistible. Los grandes blancos hubiesen podido medrar con el gran miedo que conmovió a la isla para aliarse a los mulatos. Los del oeste así lo entendieron, pero el orgullo racista de los del norte hizo que todo fracasara. El resultado fue la guerra colonial, la guerra implacable que abriría el camino a Toussaint.

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Aimé Césaire

No seguiré a Césaire en su evocación de la carrera de Toussaint Louverture. Tienen sus páginas un tono de epopeya que un análisis rebajaría inútilmente. Me limitaré a algunas observaciones. Creo que el compromiso español podría ser matizado. Cuando el antiguo cochero de la hacienda Bréda se pasó a los españoles de Santo Domingo, recibió el título de mariscal de campo, dicho en otros términos, general de brigada, pero seguía siendo el esclavo y estaba paralizado por la posición preponderante de Jeari-François.

Sólo del lado francés podía, como ciudadano, hacerse una carrera indefinida. Tenía en ese entonces una sincera admiración por la nación que emancipaba a los negros y la influencia que ejerció sobre él el general realista Laveau no dejó de pesar en su decisión. Se compartiría de buen grado el asombro de Schoelcher si no nos percatáramos de que en Santo Domingo el problema de la opción no se planteaba en los mismos términos que en Francia. Lo que hay que retener es que Toussaint se pasó a los franceses no como tránsfuga, sino como jefe y que rechazó la dignidad real de la isla que le ofrecieran los ingleses.

Césaire se niega a plantear el problema de saber si Toussaint Louverture fue ambicioso:

“no se trata aquí de psicología, sino de algo muy distinto, de la fuerza de los acontecimientos y del impulso histórico”.

Sea, pero hay que admitir que este impulso, Toussaint quería ser el único que lo controlara. Eliminó a sus rivales franceses haciendo nombrar a Sonthonax en los Quinientos, a Laveau en los Antiguos (1796-1797) y poniéndose en nombre del general Hédouville (enviado para contenerlo) en el gobierno y en las negociaciones (1798). Aplastó los levantamientos de los hombres de color en el norte y en el oeste y batió a Pétion y a Rigaud en el sur (1799). Entre los mulatos quizás hubo unas diez mil víctimas. En adelante nadie estuvo en condiciones de oponerse a su ascensión. Esto fue lo que le permitió emprender la organización del país. No acabo de entender bien el reproche que le hace Césaire de haber perdido su contacto con las masas. 4 No veo en efecto qué otra política hubiera podido hacer para luchar contra el vagabundaje y el desempleo y, más tarde, para salvar la economía, que corría el riesgo de sumirse en la anarquía, si él no hubiera impuesto la obligación del trabajo. ¿Era posible, en el momento en que la salvación del país era la ley suprema, mostrar “flexibilidad, inventiva, un sentido de lo humano siempre alerta”? Se puede poner en duda.

En todo caso, gracias a Toussaint y a despecho de las ruinas, Santo Domingo se entregó de nuevo al trabajo, volvió a exportar y, como resultado de la supresión de deudas y de las libres importaciones de Norteamérica, conoció una prosperidad más grande que la de antaño.

Toussaint no pudo dar su plena medida. Dueño de la isla, entera desde octubre de 1801, había hecho votar una constitución que declaraba en su artículo primero, que:

4 Pág. 332, cap. X.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

“Santo Domingo y sus islas adyacentes forman el territorio de una sola colonia que forma parte del imperio pero sometida a leyes particulares”. Césaire tiene razón al insistir sobre esta “intuición genial” de un “Common wealth francés”, Me acuerdo haber desarrollado este tema ante un público haitiano para el que fue, en gran parte, un descubrimiento. En esto hay un hecho de una importancia extrema al que la historia dará, tarde o temprano, todo su valor. Nada era más fácil para Francia que concertar un acuerdo con un país de producción complementaria y que encontraba una organización conforme a las tendencias de su población. Pero estaba por el medio Bonaparte que, no sólo sufría la influencia de los ultramontanos repatriados, sino que era incapaz de admitir un poder independiente del suyo. En Santa Helena reconoció su error. La rendición de Toussaint, el 6 de mayo de 1802, después su muerte en el Fort-de- Joux, no impidieron la guerra implacable. En las Gonaïves, en el sitio mismo en que Toussaint se rindiera, los jefes de la resistencia se unieron, el 1° de enero de 1804, para jurar sobre el altar de la Patria, la indepen- dencia de Santo Domingo proclamada, el 30 de noviembre de 1803, bajo el nombre de Haití, así como un odio eterno a Francia.

En su conclusión, admirablemente pensada, Césaire ha caracterizado el papel de Toussaint Louverture que:

“en la historia y en el dominio de los derechos del hombre fue, por cuenta de los negros, el operador y el intercesor”.

Es esto lo que mantiene, si es que no lo engrandece sin tregua, el prestigio del Precursor entre los haitianos. En el curso de un viaje que hiciera a Haití, poco después del ciento cincuenta aniversario de la liberación, pude vivir, con los historiadores locales, la epopeya de este hombre a quien el libro de Césaire contribuirá a dar su justo y altísimo lugar. En su isla, de incomparable encanto, comprendí por vez primera lo que era la civilización del siglo XVIII y esa alegría de vivir de la que Talleyrand conservaba la nostalgia.

Ya no se odia en Haití a Francia, a la cual ya ese pueblo no está sometido, una Francia cuya lengua y cultura son el fundamento sólido sobre el cual se puede apoyar para defender su autonomía contra las presiones norteamericanas. En Haití se está ávido de la última exposición de Picasso o de la última obra de teatro de Audiberti. Pero eso es privilegio de una aristocracia. Sobre esta “tierra de hombres y, de dioses”, como la llamó Métraux, están, sobre todo, los hombres que trabajan en los campos de henequén y de caña de azúcar, que no conocen otra cosa que la miseria y que acaso piensan que si Toussaint Louverture viviera, les habría asegurado la emancipación social después de la independencia política.

Charles André Julien Profesor de Historia de la Colonización en la Sorbona. (Septiembre de 1961)

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Aimé Césaire

Introducción UNA COLONIA EJEMPLAR

Imagínese, tendida hacia el oeste, la garganta de un enorme golfo, con el pragmatismo desmesurado de una quijada al sur. Esta garganta, adosada a la parte española, es la parte francesa de Santo Domingo, hoy día República de Haití, delgada cinta de tierras altas que se encierra entre tres costas del azul inalterable del mar de las Antillas.

El territorio tiene una extensión de doce leguas al norte, once al sur y treinta al centro, de modo que en ninguno de sus puntos se está alejado del mar cien kilómetros. Así es este país de mil leguas cuadradas, surcadas en cada una de sus tres provincias por una cadena de montañas, que son las últimas prolongaciones occidentales del lejano Cibao.

Al hablar de Santo Domingo en 1797, su mejor historiador 5 la alaba como:

“esta colonia que ha sido tan justamente codiciada por todas las potencias; que fue orgullo de Francia en el Nuevo Mundo, y cuya prosperidad, hecha para asombrar, era la obra de menos de un siglo y medio”.

Por hiperbólicas que puedan parecer a primera vista estas afirmaciones de Moreau de Saint-Méry, deben ser tornadas al pie de la letra.

Con sus setecientos noventa y tres trapiches, sus tres mil ciento cincuenta añilerías, sus setecientas ochenta y nueve algodonerías, sus trescientos diecisiete cafetales, sus ciento ochenta y dos destilerías de aguardiente de caña, sus cincuenta cacaotales, sus tenerías, sus tejares, sus caleras, Santo Domingo disfrutaba de una prosperidad nunca vista que hacía de esta tierra como el tipo, el modelo ciertamente, de la colonia de explotación. Era esa su riqueza intrínseca.

Pero había otra, y es de nuevo Moreau de Saint-Méry quien la señala:

“La parte francesa de la isla de Santo Domingo es de todas las posesiones francesas en el Nuevo Mundo, la más importante por las riquezas que procura a la metrópoli y por la influencia que tiene en su agricultura y su comercio. Bajo este aspecto, la parte francesa de Santo Domingo es digna de la observación de todos los hombres que se dedican al estudio de los gobiernos, que buscan en los detalles de las diferentes partes de un vasto estado, los puntos capitales que pueden ilustrar su administración, y sentar las bases reales del mejor sistema de prosperidad pública”.

Como se ve, importancia no ya intrínseca, sino relativa, ésta más considerable aún que la primera, y difícil de imaginar en nuestros días.

Para darse una idea suficientemente justa, acaso habría que decir que Santo Domingo es a la economía francesa del siglo XVIII, más que el África entera a la economía francesa del siglo XX.

5 Moreau de Saint-Méry: Descripción de la parte francesa de la isla de Santo Domingo, nueva edición por Blanche Maurel y Étienne Taillemite Larose, París, 1958.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Si por el tratado de París, Luis XV pudo preferir la Martinica al Canadá, ¿qué decir de Santo Domingo? En el siglo XVIII es una isla que vale un imperio.

Esta importancia extraordinaria, este rol capital, el abate Maury debía recordarlo complacidamente a la Constituyente el 13 de marzo de 1791, sin ser contradicho:

“Sí, señores innovadores, si perdéis anualmente más de doscientos millones que sacáis de vuestras colonias; si estáis obligados a buscar otros recursos para compensar vuestros desastrosos tratados comerciales, para pagar cada año, cerca de ochenta millones de rentas vitalicias que debéis a los extranjeros, en virtud de vuestros empréstitos, si vuestros negociantes del Havre, de Nantes, de Burdeos, de Marsella, aplastados sin más ni más por la pérdida de cuatrocientos millones que vuestros colonos deben al comercio francés, se veían así condenados ellos mismos a una bancarrota universal; si ya no tuvierais más el comercio exclusivo de vuestras colonias para alimentar vuestras manufacturas, para conservar vuestra marina, para mantener la actividad de vuestra agricultura, para pagar vuestras obligaciones, para subvenir a vuestras necesidades suntuarias, para mantener en vuestro provecho la balanza comercial con Europa y Asia, os digo abiertamente, el reino se perderá sin remisión”.

Y, en efecto, ¿ quién proporcionaba el azúcar a Fran cia? Esencialmente, Santo Domingo. ¿Quién el algodón necesario a las hilanderías? Santo Domingo. ¿Quién, en fin de cuentas, volvía positiva la balanza comercial francesa?

Siempre el azúcar y el algodón de Santo Domingo, que Francia (en una época en que Estados Unidos empezaba a exportar sus primeras balas de algodón y en que el azúcar de remolacha no existía), reexportaba a toda Europa con enormes beneficios.

Es sabido que la gran industria nació en Francia a fines del siglo XVIII. Entonces, el capital, en el sentido moderno de la palabra, se constituyó y aparecieron las grandes concentraciones financieras.

Lo que se olvida, muy a menudo, es la parte de las colonias en todo esto. La primera gran concentración capitalista se organiza en la clase de los armadores y es en la misma clase que se recluían en Nantes, en Rouen, en Burdeos los primeros grandes industriales modernos. ¿Casualidad? No, si creemos a Henri Sée:

“Hay en ello un fenómeno de alcance general. Es el comercio quien

Y es asimismo el capitalismo comercial quien

precede a la industria

precede o, mejor dicho, quien engendra el capitalismo industrial”.

Así pues, se advierte que este capitalismo comercial está ligado al comercio colonial y singularmente al comercio de Santo Domingo, tanto que estudiar a Santo Domingo es estudiar uno de los orígenes, una de las fuentes de la actual civilización, occidental.

Y esto debe entenderse en más de un sentido.

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Aimé Césaire

Santo Domingo es el primer país de los tiempos modernos que ha planteado en la realidad y ha propuesto a la reflexión de los hombres, en toda su complejidad social, económica y racial, el gran problema que el siglo XX se esfuerza en resolver: el problema colonial.

El

primer país en que se anudó este problema.

El

primer país en que se desanudó.

Sin duda vale la pena detenerse en él.

Los acontecimientos que aquí se cuentan son bien conocidos.

Pero acaso hasta el presente al relatarlos se ha abusado a menudo de la anécdota y de lo pintoresco.

Mi

preocupación se ha situado opuestamente.

No

afirmaré que los hechos no son nada.

Sin ellos no habría historia; pero en historia los hechos no es lo más importante, sino las relaciones que los unen, la ley que los rige, la dialéctica que los suscita. Es lo que en el marco de mi tema he tratado de captar.

De paso, he tratado de despejar las características de una revolución de tipo colonial. Y digo colonial porque sería craso error considerar la revolución de Santo Domingo pura y simplemente como un capítulo de la Revolución

francesa. Mientras que, por el contrario, si se intentara confundir la revolución

tal como se produce en un país dependiente, con la revolución tal como puede

producirse en un país independiente, el estudio de los sucesos de Santo

Domingo debería bastar para ponernos en guardia contra tal absurdo.

Es preciso entenderlo bien; no hay “Revolución francesa” en las colonias francesas. Hay en cada colonia francesa una revolución específica, nacida al calor de la Revolución francesa, derivada de ella, pero desarrollándose según sus leyes propias y con sus objetivos particulares.

Sin embargo, hay un punto común entre los dos fenómenos: el ritmo. En Francia, constitucionales, girondinos, jacobinos, tan pronto como uno de estos partidos ha cumplido su misión y llevado la revolución al punto en que sofocado, debe detenerse, el relevo es tomado por el compañero de ruta más audaz, que eliminándolo, deviene a su vez “un momento” que a su vez es rápidamente dejado atrás.

Encontramos la misma línea ascendente en la revolución de Santo Domingo; blancos, después mulatos, después negros, unos empujando a los otros y encarnando los diferentes “momentos” cada vez más intensos de la revolución anticolonialista.

Pero entonces, es legítimo preguntarse por qué los blancos fracasaron al principio, por qué los mulatos fracasaron a la llegada y por qué el grupo social más desvalido, el grupo negro, el grupo del “agravio generalizado”, triunfó.

El estudio que sigue dará la respuesta.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Libro Primero LA FRONDA DE LOS GRANDES BLANCOS

Capítulo I SOLEDAD DEL PODER

Tal como era, Santo Domingo se presentaba a la burguesía instalada en el poder por la revolución como un revoltijo de problemas y una aterradora intimación de disyuntivas no eludibles. Entre los problemas había en primer lugar y con carácter de suma urgencia, el de una definición apropiada de las relaciones políticas a establecer entre metrópoli y colonias. Y otro problema era el de arbitrar de manera decisiva el conflicto, ahora declarado, entre mulatos y blancos. Sin contar el más formidable de todos los problemas, ese que apenas se atrevían a formular: el partido a seguir con la esclavitud de los negros.

El más simple de todos los problemas, el problema político ya no era tan simple.

Si tan sólo se hubiera tratado de dotar de asambleas políticas a los países administrados hasta entonces de manera autoritaria por los gobernadores y los militares, de transformar en “regiones de estado” las tierras administradas como bienes de la corona, todo eso no sería nada que estuviera por encima de la audacia de una asamblea que se sentía avocada a grandes cosas.

Pero él problema era mucho más grave, porque aquí la reivindicación política estaba sólidamente injertada en la económica, y las reivindicaciones económicas de los plantadores de las islas tocaban en lo más profundo, en lo más sensible de los intereses de la burguesía francesa. 6 Uno de los maestros del pensamiento del siglo XVIII no se atrevió, en ese terreno, a salirse de los caminos trillados:

“El objeto de estas colonias es hacer el comercio en mejores condiciones, lo que no hace con los pueblos vecinos, con los cuales todas las ventajas son recíprocas. Se ha establecido que sólo la metrópoli podría negociar en la colonia; y ello con harta razón, puesto que el objeto del establecimiento ha sido la extensión del comercio, no la fundación de una ciudad o de un nuevo imperio”. (Montesquieu, Esprit des Lois, Libro XXI, capítulo XXI).

Los fisiócratas habían combatido vanamente ese mercantilismo desprovisto de imaginación. Además de esto, desprovisto de buen sentido, señalaba Quesnay en sus Observaciones sobre la opinión del autor del Espíritu de las leyes en lo referente a las colonias. 7 Pues en fin de cuentas contrarrestar el desarrollo de las colonias era ir al encuentro del fin proclamado, que es “la extensión del comercio metropolitano”, siendo evidente que ésta no puede “resultar más que del aumento de los productos y de las riquezas de la colonia”.

6 Sobre el comercio de las islas y lo exclusivo, véanse las obras esenciales de Gastón Martin:

Nantes: La era de los negreros e Historia de la esclavitud en las colonias francesas, Editoras Universitarias, 1948.

7 Pág. 428.

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Aimé Césaire

¿Pero qué puede la evidencia entre el clamor de los intereses? Y es este el punto de vista de Montesquieu, concienzudamente diluido en informes, en notas, en libelos por las oficinas comerciales de Nantes y de Burdeos, que, bajo el nombre de “exclusivo” o de “prohibitivo”, se solemniza en doctrina económica:

“Las colonias de los europeos, después del descubrimiento del Nuevo Mundo han sido fundadas para el comercio de los estados, de los cuales ellas dependen, su objeto es aumentar la riqueza de la nación que las ha formado, y como la riqueza real de una nación no es otra cosa que el resultado de su trabajo, de esto resulta que las colonias no deben ser estimadas, sino en tanto sirvan a hacer valer la cultura, las artes y las fábricas de la metrópoli, que le aporten sus mercancías, ya sea para su propio consumo, ya para su comercio exterior: por consiguiente, sólo la metrópoli debe negociar con ellas. Este principio adoptado uniformemente por pueblos cuyos intereses, opiniones y prejuicios son tan diferentes debe ser considerado como incontestable”.

Lo que así expresaba con gran desenfado un memorial nantés de 1762, lo repetía con mayor desenfado aún otro memorial de “los directores de comercio de la provincia de Guienne” 8 del 27 de junio de 1765:

“Gritan y seguirán gritando estos principios: que las colonias no han sido fundadas más que para utilidad de la metrópoli, destinadas a llevar el comercio de la nación más allá de sus propios límites, su agricultura no es protegida y estimulada más que en favor de ese mismo comercio; que debe éste, por tanto, funcionar en las colonias sin concurrencias con el extranjero, que todo acto de comercio en el exterior es, en las colonias, el más monstruoso de los desórdenes”.

Sobre la base de estos principios, el lucrador del régimen, aquél entre cuyas manos inevitablemente y en última instancia va a parar la superganancia colonial lleva un nombre odiado en las colonias: el negociante. ¿Quién suministra las mercancías de Europa? El negociante. ¿Quién fija los precios? El negociante. ¿Quién facilita el crédito? El negociante. Y todas estas transacciones, venta, compra, crédito, se hacen siempre en beneficio suyo. ¿La venta? En 1689 Cussy comprueba que:

“ay navíos que venden en Santo Domingo una alna de tela a un precio equivalente al de sesenta libras de tabaco, de modo que un pobre habitante se ve obligado a dar todo el trabajo de un año por diecisiete o dieciocho alnas de tela”. 9

¿La compra? Un administrador, el conde de Blénac, señala los precios bajos, que el negociante está en disposición de imponer a los productores:

“Si los habitantes, comprueba él en 1716, tuviesen la libertad de vender sus añiles y su azúcar como quisieran, esta isla nadaría en oro”.

8 Citado en Nuestras Antillas, obra publicada bajo la dirección de Serge Denis, Orleans Paris,

1935.

9 P. de la Vaissiere.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

¿El crédito? El barón de Wimpffen 10 en una carta de Jacmel fechada en abril de 1781 nos da la respuesta:

“el astuto mercader que sabe bastante metafísica para no ignorar que el deudor no discute nunca con su acreedor, ponía por sí mismo el precio a las mercancías que quería a cambio y adquiría así sobre la colonia lo que ciertamente puede ser llamado dominio real. En apoyo a ese primer

medio de opresión, el comercio añadió otros tres: el derecho de aprovisionar exclusivamente las colonias, el de exportar los productos y, finalmente, una ley que prohíbe a los habitantes la facultad de manufacturar el algodón, con el objeto de mantenerlo en la necesidad de comprar a un precio extravagante telas que se ha tenido buen cuidado elegir de la más mala calidad para acelerar su consumo, pues todo no consiste en vender

ni en vender caro, quien se obstinara en hacer tal cosa sería tomado por

tonto. El negociante nato debe en lo posible vender mala calidad para vender más a menudo. Sí, el comercio erigiría una estatua de oro que rivalizaría con el coloso de Rodas, a quien lograra encontrar un arte de

componer telas de vidrio y paño de porcelana. El comercio es el verdadero propietario de este dominio. Los colonos no son más que sus arrendatarios”.

Y sigue la conclusión, derecho al grano, matizada con una anécdota reveladora:

“Se ha dicho antes que yo: el destino de las colonias era servir de juguete

a los caprichos, de pasto a las necesidades, de presa a la avidez de su

metrópoli, de su fisco, de sus arrendadores de contribuciones, de sus mercaderes, de sus intrigantes acreditados. ¡He ahí a un colono!, decía los otros días a un capitán mercader que después de pagaros os sigue debiendo una fuerte suma. ¿Cómo os habéis decidido a concederle un nuevo crédito? ¡Ah, quiera Dios que no se libere!, me contestó el mercader. ¿No estáis viendo que la indulgencia que uso con él por lo que me debe, me asegura su cosecha para el año próximo, y me la asegura al precio que yo mismo estimaré poner?”

Era inútil objetar al colono que la contrapartida era buena y que él disfrutaba de un verdadero privilegio; 11 el que, haciendo de su posesión un bien sin par, lo ponía al abrigo del embargo, el hecho nuevo era que este orden de cosas que hacía de ellos unos perpetuos endeudados, los plantadores lo soportaban cada vez con mayores muestras de impaciencia. En dos ocasiones –1722 y 1769– recurrieron a la sedición. Para decir verdad el gobierno real subestimaba tan poco sus reacciones que en 1769, en las instrucciones dadas al gobernador príncipe de Rohan, se advierte que se le ordena particularmente de impedir las uniones de “blancos” con los “libres” por la razón de que:

10 Cf. Albert Savine: Santo Domingo en la víspera de la revolución. (Recuerdos del barón Wimpffen.) editor Louis Michaud, París, 1911. 11 La existencia de este privilegio es lo que permite comprender la toma de posición de Brissot en su discurso del 3 de diciembre de 1791: “El desmonte de todas las plantaciones ha exigido anticipos de la metrópoli y, sin embargo, el negociante no puede embargar las plantaciones en pago de sus anticipos. La ley que ustedes establecerán y que concederá a los acreedores el derecho de embargo real sobre las propiedades de los deudores, les asegurará a aquéllos una ayuda infinitamente más considerable y más fecunda que todo el dinero que podrían ustedes extraer del Tesoro de la nación para hacerles un donativo o un préstamo”

25

Aimé Césaire

“si por medio de estas alianzas los blancos terminaran de entenderse con los libres, la colonia podría sustraerse a la autoridad del rey, y Francia perdería uno de los más poderosos eslabones le su comercio”.

Pero entonces, ¿cómo desligar la inagotable querella entre el colono le las islas y el negociante de Francia?

El segundo problema era el del “estado de las personas”. Tal era la sociedad colonial: más que una jerarquía, una ontología: en lo alto, el blanco –el ser en el sentido pleno del término–, en lo bajo, el negro sin personalidad jurídica, un objeto; la cosa, vale decir la nada; pero entre ese todo y esa nada, algo formidable entre ellos: el mulato, el hombre de color, libre. Muy pintoresco y sabiamente pueril es el cuadro que da Moreau de Saint-Méry:

“de todos los matices producidos por las diversas combinaciones de la mezcla de los blancos con los negros”:

De un blanco y de una:

negra

un mulato

mulata

un cuarterón

cuarterona

un mestizo

mestiza

un mameluco

mameluca

un cuarteronado

cuarteronado

un mestizo

mestizo

un mestizo

marabú

un cuarterón

grifos

un cuarterón

sacatrá

un cuarterón

En cuanto a esos misteriosos “grifos”, “marabú” y “sacatrá”, no eran en modo alguno, animales mitológicos, escapados de un bestiario fantástico, sino seres de carne y hueso que eran el resultado de “combinaciones paralelas”: el grifo de la combinación del mulato y de la negra, el marabú de la combinación del cuarterón y de una blanca, sacatrá de la combinación del negro y de la grifona.

Podemos divertirnos con tal delirio clasificador, pero el problema que planteaba no dejaba de seguir siendo un problema social grave: a saber, que en lo venidero hay en la sociedad colonial una clase libre, acomodada, en fin una burguesía que reclama, no sin analogía con el tercer estado de Francia, la igualdad de derechos.

La vitalidad de esta clase está testimoniada por toda la historia reciente. Si debemos creerle a Moreau de Saint-Méry hay quinientos en 1703, mil quinientos en 1713, seis mil en 1770, doce mil en 1780 y veintiocho mil en 1789. ¡Y qué dinamismo! Ya desde 1755 un administrador, para quejarse, nos advierte:

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TOUSSAINT LOUVERTURE

“esta especie de hombre empieza a llenar la colonia y el mayor de los errores es verla volverse sin tregua más numerosa en medio de los

Su

estrecha economía les permite depositar cada año el producto de su renta

, que están en venta en todos los barrios, los suben hasta un valor quimérico al cual los blancos no pueden llegar o los arruinan cuando éstos se empeñan en adquirirlos. De ahí resulta que en muchos barrios, los grandes bienes están en posesión de los mestizos”.

Encontramos por otra parte el homenaje a ese dinamismo inscrito en filigrana en las medidas de defensa tomadas por los blancos. Superficiales, concebidas con la más tonta de las vanidades, van, junto con el siglo, cayendo cada vez más en el ridículo, al mismo tiempo que testimonian la confusión de una clase superada por la evolución histórica. Luis XIV, que sólo sabía de dos clases de hombres en las colonias, había sido bien explícito:

“Otorguemos a los libertos, proclamaba el edicto de 1685, los mismos derechos, privilegios e inmunidades de que disfrutan las personas que han nacido libres. Queremos que merezcan una libertad adquirida y que ésta produzca en ellos, tanto en sus personas como en sus bienes, los mismos efectos que la felicidad y la libertad natural causan en nuestros súbditos”.

Frente a esto, el pensamiento del legislador del siglo XVIII resulta singularmente teológico.

Cuando se ha caído en el “color” ya no es posible librarse de él. Así como hay

el pecado original, hay igualmente en la sociedad colonial, algo que la toca: la

mancha original. Y la mancha negra que lleva el mulato, indeleble como puede

serlo, debe señalarle su lugar. Para siempre.

Y entonces se produce una verdadera fiebre de prohibiciones: el 7 de Abril de

1758, prohibiciones a los libertos de circular con espadas, sables o machetes;

el 20 de Mayo de 1762, pena de trabajos forzados prevista por ordenanza para

todo liberto que porte un arma de fuego: en 1766, la estupidez bate su propio récord al prohibir a los hombres de color, libres llevar el mismo traje que los blancos, sentarse en las mismas iglesias y en las salas de espectáculos al lado de los blancos. En lo del uso de la ropa, el legislador colonial en 1779, quintaesenció aún más, y sus considerandos no dejan de tener cierto sabor (Ordenanza del 9 de Febrero):

“Considerando que el lujo extremo en las vestimentas y adornos a los que son dados las gentes de color, ingenuos los libertos, de uno y otro sexo, habiendo llamado igualmente la atención de los magistrados, del público y la nuestra, se ha hecho necesario aportar provisionalmente un freno en espera del reglamento definitivo que cabrá publicar sobre este asunto, si la simple admonición que estimamos debemos contentarnos hacer por el momento a esta clase de súbditos del rey, dignos de la protección del gobierno cuando se mantienen en los límites de la simplicidad, de la decencia y del respeto, atributo esencial de su estado, no los contrajera por sí mismos a dichos principios de modestia que muchos de ellos

sacan a pública subasta los bienes

blancos y, con frecuencia, aventajarlos en riqueza y opulencia

y así acumulan capitales inmensos

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Aimé Césaire

parecen haber olvidado; considerando que la asimilación de las gentes de color con las personas blancas en la manera de vestirse y que el acortamiento de las distancias de una a otra especie en la forma de las vestimentas, atavío lujoso y dispendioso, la arrogancia que a veces resulta de ello, el escándalo que siempre la acompaña, no puede seguir siendo tolerado, decretamos ”

Se echa de ver: en el siglo XVIII la situación material de los hombres de color, libres no ha dejado de mejorar y su situación jurídica no ha cesado de degradarse. Que se trata de una clase ascendente ello es signo inequívoco. Ya en la administración de 1765 se observa:

“en posesión de estas riquezas, estas gentes de color imitan muy pronto

se les ve aspirar a cabalgar con nosotros en las

revistas de la milicia, no temen juzgarse dignos de desempeñar empleos en esta milicia y se creen muy en estado de ocupar empleos en la judicatura, si poseen talentos que puedan hacer olvidar el vicio de su nacimiento”.

Veinte años más tarde nos las tendremos que ver con una clase al ataque y no ya en un plano defensivo, con una clase plena de confianza en sí misma y de optimismo en el porvenir. 12

He enumerado los problemas, pero lo grave estaba más lejos, más que problema, un abismo:

“Ahí muy cerca de nosotros se abre un abismo. Nosotros los poetas, soñamos en su orilla. Vosotros, hombres de estado, dormís, dentro de él”.

Así habla Víctor Hugo. En 1789 en las colonias, el abismo era el problema negro. Los soñadores no eran los poetas en un siglo desprovisto de poesía, eran los filósofos y los filántropos, quienes efectivamente soñaban al borde del abismo. Y lo que era literalmente cierto es que los hombres de estado dormían en él. Marx ha opuesto el obrero al campesino y ha hablado de la vocación revolucionaria del proletariado industrial, amontonado en grandes centros como contrastando con el sedentarismo y el conservadurismo campesinos. Se ve qué referencias a Europa pueden explicar tal concepción. ¿Más para las colonias? ¿Y particularmente para Santo Domingo? Júzguese de ello: ¿unas seiscientas mil personas, repartidas en “barracones” de quinientos o seiscientos esclavos, forman verdaderamente un campesinado? En todo caso no se trataría de un campesinado clásico, alveolado en su “parcela”. Aquí no la propiedad sino el no haber en su grado más absoluto. No la dispersión, sino el reagrupamiento; no la desagregación ni la pulverización, sino la concentración y la cohesión.

el tono de los blancos

12 Sobre el papel que desempeñó la guerra de Norteamérica en la “maduración” de esta clase, consúltese a Auguste Nemours: Haití y la guerra de independencia norteamericana, Ediciones Deschamps, Puerto Príncipe, 1952. “Los hombres de color –entre los cuales se cuenta Chavannes– tomaron parte en calidad de voluntarios en la campaña y bajo las órdenes del conde de Estaing se distinguieron en el sitio de Savannah. Formaban una compañía especial:

Los cazadores voluntarios y Santo Domingo”. Después de la guerra de Norteamérica se comprueba en Santo Domingo numerosos reclutamientos de hombres de color, libre y la celebración de asambleas donde se discuten intereses comunes. Se llego a la constitución de sociedades secretas.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Marx ha hecho el elogio de la fábrica como laborando de la revolución. Pero el esclavo, mas que un campes no, ¿no es ya un obrero de la tierra, y “la plantación colonial” no es ya un poco la fábrica?

La analogía permite comprender el resultado: que de esta estufa humana, que de este hacinamiento de rencores y de energías, saldrá no un motín, sino una revolución.

Necker, en su discurso de apertura de los estados generales no había ignorado el problema, pero con un bello optimismo, lo aplazaba:

“Un día –decía– un día vendrá acaso, señores, en que llevaréis más lejos vuestro interés. Un día vendrá acaso en que, asociando a vuestras deliberaciones los diputados de las colonias, echaréis una mirada compasiva sobre ese desdichado pueblo del cual se ha hecho tranquila- mente un bárbaro objeto de tráfico; sobre esos hombres semejantes a nosotros por el pensamiento y sobre todo por la triste facultad de sufrir; sobre esos hombres que, sin piedad por su dolorosa queja, acumulamos, hacinamos en el fondo de un barco para ir al punto, a velamen desplegado, a presentarlos, a las cadenas que los esperan ”

Un día, había dicho el ministro, en su tirada plena de “sensibilidad”, y sin embargo, no podía dejar de pensarse en hechos terriblemente cercanos y actuales: la constitución de verdaderas sociedades de negros cimarrones en las montañas; la rebelión de Jamaica con la cual los ingleses tuvieron que transigir; el tratado celebrado en 1785 por los franceses y los españoles de Santo Domingo con Santyague, jefe de los rebeldes del Barohuco. ¿Y sobre todo, quién podía olvidar que durante muchos años en Santo Domingo, un hombre, un esclavo, diciéndose enviado de Dios, un mahdi, el musulmán Makendal, había tenido el campo? Sin duda, traicionado, había sido vencido, capturado, enrodado vivo, pero nadie en Santo Domingo, ni entre los blancos ni entre los negros había olvidado su predicción, que a más de uno le parecía una prefiguración del porvenir

Un día en una reunión, había metido tres pañuelos en un vaso, –uno amarillo, uno blanco y uno negro–, sacándolos uno después de otro: he aquí los primeros habitantes de Santo Domingo, había afirmado, enseñando el pañuelo amarillo; después sacando el pañuelo blanco: he aquí los actuales habitantes; y he aquí por último los que quedarán como amos indisputables de la isla y, así diciendo, agitaba triunfalmente el pañuelo negro, símbolo de la clase y de la raza que él lanzaba, precursor, a un gran combate por el derecho y la vida…

El choque de las clases era pues fatal. Pero se preguntará por el papel del poder en todo esto. Frente al desencadenamiento de las clases, el poder en verdad estaba solo, profundamente solo, a la vez poderoso y frágil. Hay que comprender bien la especialísima naturaleza del poder en este tipo de país colonial, si no en todo el país colonial: el poder no había nacido de las clases; el poder había preexistido a las clases.

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Aimé Césaire

El poder no era estrictamente el poder de una clase que regenteaba a las otras por el poder del más fuerte; el poder había formado las clases artificialmente y las había agenciado como los engranajes de una maquinaria, de tal modo que, en diversos grados, estaban en su dependencia; que todas a su modo, vivían de él; que sus derechos, su status, su existencia misma eran derechos, un status, una existencia de privilegios. Este distanciamiento del poder, este no- enraizamiento, hacía de él, bien considerado todo, el más expuesto de los poderes.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Capítulo II UNA INTRUSIÓN ACIAGA

Los colonos de Santo Domingo empezaron por una torpeza. “Si los habitantes de Santo Domingo no hubiesen enviado diputados a los estados generales ” escribe Beaulieu en 1802.

Es permitido en efecto hacer esta hipótesis.

Sin duda es pueril pensar que la cuestión colonial no hubiera sido, por esto, atrapada al paso, como el resto, por el mecanismo de la revolución, pero lo que sigue siendo cierto es que participar en los Estados Generales, más todavía, aceptar ser miembro de la Asamblea Nacional era reconocerse miembro de la nación, integrarse a la nación, reconocer al legislador de Francia como legislador válido para las colonias y por adelantado hacer inconsecuente una eventual reivindicación de independencia.

Gestión singular, pues en fin de cuentas, era precisamente una solución de ese género ante la cual, hacia 1750, se habían alborotado los colonos ingleses de Norteamérica que, durante veinte años, se habían negado a sesionar en un parlamento inglés, pidiendo, exigiendo, como era natural, que el rey de Inglaterra gobernara en dos parlamentos: un parlamento inglés para Inglaterra y un parlamento norteamericano para las colonias de Norteamérica.

Los colonos franceses de Santo Domingo optaron por lo contrario y desde el principio se enredaron en una contradicción: autonomistas de convicción, su primera gestión era integracionista.

Hay que subrayarlo: los colonos participaron en los estados generales por medio de una acción revolucionaria. El edicto de convocación de Luis XVI no contemplaba representación colonial.

Esto ni frenó a los colonos: se formaron en todas partes comités electorales. El intendente de Santo Domingo, impotente para detenerlos, trató de canalizar el movimiento. Dictó una ordenanza (26 de diciembre de 1788) por la cual autorizaba a los colonos a exponer sus deseos, la que daba una singular idea de la desorientación existente:

“Considerando que las intenciones de Su Majestad en lo referente a la admisión de diputados de las colonias a los estados generales del reino y a la forma en la cual convendría recoger los deseos y sentimientos de los colonos no son todavía conocidas, y que no obstante puede ser útil que Su Majestad sea instruida de los deseos y de las esperanzas de la mayoría de dichos colonos, les autorizamos y les invitamos igualmente a exponernos sus demandas por cartas o instancias que nos serán dirigidas desde los diferentes puntos de la colonia, sin que las mismas puedan, sin embargo, ser firmadas por más de cinco personas, y en su defecto serán tenidas por nulas. Dichas cartas o instancias contendrán al final de las mismas las demandas y sentimientos de los que las hayan firmado, sea para la admisión, sea para la no-admisión, sea en fin para atenerse a Su Majestad y suplicarle, hacerle conocer su voluntad”.

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Aimé Césaire

Si Su Majestad no se había decidido aún, los colonos sí lo estaban. Querían

estar en Versalles costara lo que costara y hacerse oír en los tribunales del reino.

Y actuaron, unos desde París, otros desde las islas. Ello explica la

heterogeneidad de la representación de Santo Domingo: ciertos diputados eran elegidos por los colonos residentes en París, otros por los colonos que

permanecían en Santo Domingo. Esto fue causa de fricciones. Pero todo se tranquilizó cuando hubo que hacer causa común contra la metrópoli. Los diputados nombrados –eran dieciocho y nombrados en contravención de la ley–, tenían que lograr ser admitidos.

Su habilidad fue adherirse y manifestar en todo momento su voluntad de compartir la suerte de la representación nacional. Mérito apreciado en esos días de incertidumbre. Es un hecho que estuvieron allí desde los primeros días

y en particular en el juramento del Juego de Pelota, tanto que el 27 de junio de 1789, cuando Prieur reportó sobre la cuestión de la admisión de los diputados

de Santo Domingo, se trataba menos de saber si se les admitía, que decidir si

después de haberlos admitido, se les excluiría.

Prieur hizo la historia de la colonia desde la época de los filibusteros; observó que Santo Domingo era todavía “susceptible de crecimiento”; que era penoso que gimiera bajo la influencia “de un genio opresor”, recordó la forma que los colonos habían adoptado para la nominación de los diputados, anunció que su número había sido llevado hasta treinta y siete, que habían sido elegidos provisionalmente en número de doce y que sus deseos se limitaban ahora a ser veinte. De todo ello resultaba que había tres problemas a examinar: el primero saber si la colonia de Santo Domingo tenía el derecho a tener representantes en los estados generales, cuestión de principio; el segundo problema, de especie, si la nominación de los diputados hecha en las condiciones que hemos señalado era válida, y, por último, suponiendo que los dos primeros problemas fuesen desestimados, cuál debería ser el número de diputados concedido a la colonia.

Sobre el primer problema, Prieur declaró que los colonos eran todos franceses, que compartían igualmente la suerte de Francia, que en consecuencia no existía ningún pretexto plausible para oponerse a la admisión de sus representantes en la asamblea. Esto era precipitarse y zanjar con harta petulancia una cuestión fundamental. En todo caso, Prieur citaba el ejemplo de Córcega “que posee la ventaja de tener representantes”, y añadía “con mucha más razón la Isla de Santo Domingo debe tenerlos”. Y concluía:

“El comité, no ha creído deber detenerse en una carta del ministro que prohibía a la colonia la facultad de asistir a los estados generales actuales, mientras que se le da la esperanza de que en los venideros estados generales podría estar representada”.

Sobre el segundo problema –el de la validez de los poderes el comité había juzgado suficientemente dichos poderes, que la nominación de los diputados era válida aunque el reglamento de convocatoria no hubiera sido estrictamente observado.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

En cuanto al tercer problema, el del número de diputados a admitir, se revelaba más difícil y el comité (hoy diríamos la comisión), se había dividido al respecto: dieciocho votos de cada lado. Unos pretendían que los diputados deberían ser admitidos en número de veinte. Se basaban en la importancia de Santo Domingo, en su población, en las senescalías que eran en número de diez, en el comercio, en el monto de las imposiciones. Otros sostenían que doce diputados representarían suficientemente la colonia, y argüían que sólo había cuarenta mil blancos, que los negros no debían ser incluidos y que sólo había un orden en la colonia.

Gouy d’Arsy, el más agitado de los electos de Santo Domingo, defendió, por otra parte muy tímidamente, el número de veinte:

“Me parece que no hay más que una sola objeción especiosa contra la diputación en número de veinte. Si los admitís, se os ha dicho, estaréis obligados a admitir doscientos para las demás colonias que no tardarán en demandar igualmente una diputación. Pero a esto respondería que la población de Santo Domingo, sus riquezas para la balanza comercial y sus impuestos directos e indirectos exceden en más de una mitad a las otras colonias; así pues no serían más que cuarenta diputados para todas las colonias los que tendríais que admitir entre vosotros”.

Lanjuinais, diputado de Bretaña, hizo una intervención meritoria. Dijo que se oponía a la esclavitud de los negros y que en espera de que “la humanidad y la política puedan pronunciarse sobre este problema” no se requerían represen- tantes más que para cuarenta mil representados: “los esclavos no pueden ser representados por sus amos”.

El 3 de julio se reanudó la discusión, esta vez dominada por completo por una enérgica intervención de Mirabéau: 13

“Me limitaré al único asunto que debemos examinar, quiero decir la determinación del número de diputados de Santo Domingo. Hago observar que ante todo hubiéramos debido examinar y antes de juzgarla, la cuestión de saber si se debe admitir a los representantes de las colonias. Sobre esta cuestión podría decirse: nunca las colonias han

13 Mirabeau conocía muy bien la cuestión colonial. Su tío, el bailío, (*) a quien admiraba

mucho, había sido gobernador de Guadalupe en 1753 cuando no era más que caballero. Este proconsulado antillano le había hecho sentir un profundo desprecio por los criollos, en tanto que fortificó su simpatía por los negros “No puede negarse –escribe, el 10 de enero de 1755–, que el negro es un hombre y un filósofo que considere la humanidad a sangre fría en este país le daría, quizás, la preferencia al negro. Sé cuantos reproches se han hecho a las gentes de este color, pero cuando voy al fondo de las cosas no veo, yo que soy confesor de todo el mundo, más que el crimen de los blancos”. El 7 de abril de 1757, el padre del tribuno, el marqués de Mirabeau, respondía lo siguiente: “La esclavitud y el cristianismo no pueden

Estoy seguro de que si mañana fuera yo ministro de la Marina,

emitiría un edicto que le concediera la libertad a todo negro al recibir el bautismo y al incorporarse a una porción de la gleba por la que pagaría una renta proporcionada, según los lugares, al antiguo propietario, si lo tenía, o al estado si se trataba de un terreno que se concedía por primera vez” (cf. Louis de Loménie, Los Mirabeau, 1889). Es decir, que al intervenir contra los colonos y al estigmatizar el espíritu de casta de éstos, Mirabeau hablaba con previo conocimiento de la causa. (*) “bailio”: oficial real que en Francia administraba justicia en nombre del rey o de un señor. (N. del T.)

llegar a una conciliación

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asistido por representantes a los estados generales, por tanto no debían aparecer en ellos, sino por convocación del rey. Ahora bien, sus diputados aparecen contra esta convocatoria y a pesar de las órdenes del rey.”

“Sin duda no es esa razón para excluirlos, pero hay una invencible para que no puedan ser admitidos, sino en virtud de un acta de poder legislativo, el cual requiere incontestablemente la sanción del rey”.

De paso, Mirabeau atacaba las modalidades que habían regido la elección de los diputados:

“Hago observar que se ha hecho caso omiso de esta segunda e importante cuestión: ¿la elección de diputados es válida? ¿sus poderes están en debida forma?”

Después arribaba a la cuestión capital que Lanjuinais había rozado:

“En fin, ni siquiera se ha tratado de explicar por qué los hombres de color libres, propietarios, que cooperan en los cargos públicos, ni siquiera habían sido electores y no estaban representados”.

Tal lenguaje –aunque Mirabeau hubiera anunciado su intención de atenerse a la cuestión del número de diputados– no presagiaba nada bueno. No es tan fácil ser superficial; y de hecho cada uno de los pasos del tribuno dejaba ver el fondo del problema, y lo que era para los colonos el más importante de evitar, una salpicadura de verdad:

“Ante todo pediré se me explique en qué principio se basan para la proporción de la diputación de la colonia. Los colonos pretenden que la proporción de sus representantes debe ser en razón de los habitantes de la isla, de las riquezas que ésta produce y de sus relaciones comerciales. Pero, en primer lugar, recuerdo este dilema irrefutable: ¿pretenden las colonias situar sus negros y su gente de color en la clase de los hombres o en la de las bestias de carga? Pero la gente de color es libre, propietaria y contribuyente y sin embargo, no han podido ser electores. Si los colonos quieren que los negros y la gente de color sean hombres, que liberten a los primeros; que todos sean electores, que todos pueden ser elegidos. En caso contrario, les haremos observar que al proporcionar el número de diputados a la población de Francia, no hemos tomado en consideración la cantidad de nuestros caballos, ni de nuestros mulos, que por tanto la pretensión de las colonias de tener veinte representantes es absolutamente irrisoria.

A tenor seguido hago observar que se han atenido a generalidades desprovistas de principio y de sentido, a ensalzar lo que nos reporta la colonia de Santo Domingo por su balanza comercial, los seiscientos millones puestos en circulación por ella, los quinientos barcos y los veinte mil marineros que ella ocupa.

Es así que ni siquiera se han dignado acordarse que hoy está demostrado que los resultados de las pretendidas balanzas comerciales son por entero falsos e insignificantes; que las colonias, aunque fuesen de una utilidad tan innegable como lo han negado y lo niegan los menores espíritus, las cabezas más calificadas que se hayan ocupado de estas

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TOUSSAINT LOUVERTURE

materias, es imposible concebir por qué reclamarían otros principios de la proporción de sus representantes que los que han servido a la fijación de esta proporción en todas las provincias del reino. En efecto, suplico a los disertos señores proclamadores de los seiscientos millones puestos en circulación por el comercio de esta colonia, suplico que me digan si han calculado la cantidad de millones que por ejemplo pone en circulación la manufactura llamada labranza y por qué de acuerdo con su principio, no reclaman para los labradores un número de representantes proporcionado a esta circulación”.

Y Mirabeau terminaba:

“el número de diputados de las colonias debe estar en proporción con el número de electores y colonos elegibles, siendo así que este último número es tal que en mi opinión el de los diputados debe ser reducido a cuatro”.

En vano Malouet y Mounier intervinieron en el mismo sentido que Gouy d’Arsy. Mirabeau volvió a tomar la palabra, más fuerte y más vehemente que nunca. Con motivo del número de diputados, planteaba de hecho el problema social en las colonias:

“Me pregunto con qué derecho los veintitrés mil blancos que existen en las colonias han excluido de las asambleas primarias poco más o menos un igual número de hombres de color libres, propietarios y contribuyentes como ellos. Pregunto sobre todo por qué se quiere que los veinte blancos que están aquí representen a los hombres de color de los cuales no han recibido ningún mandato, pregunto con qué derecho los veintitrés mil blancos electores han prohibido a sus conciudadanos nombrar represen- tantes y se han arrogado el derecho de nombralos exclusivamente para ellos y para los que ellos han excluido de las asambleas electorales”.

Y terminaba con formidables amenazas:

“¿Creen ellos que esos hombres que han excluido, nosotros no los representamos? ¿Creen que no defenderemos aquí su casta? ¡Ah! sin duda, si tal ha sido su esperanza, os declaro que la misma es ultrajante para nosotros y será frustrada. El número de los diputados debe estar en proporción a los votantes. Esta ley ha sido general para nosotros, pido que sea la misma para los colonos”.

La réplica de Gouy d’Arsy 14 fue muy pobre. Hacía la historia de las operaciones electorales y añadía hipócritamente:

“La diputación ha sido hecha para los colonos de veinticinco años de

14 Sobre Louis-Marthe Gouy, ver Brissot. “Louis Marthe Gouy no era al principio conocido más que en ese garito que bajo el nombre de compañía de las Aguas de París, escandalizaba la capital por el juego más desenfrenado y manchaba la administración de finanzas por las depredaciones más culposas. Fue en esta caverna que tuvo lugar el robo de veinte millones hecho al tesoro público. El nombre de Louis-Marthe Gouy estaba en la lista de los que tenían que exculparse de tal bandidaje”. En la sesión del 2 de agosto de 1793, la Convención sobre la proposición de Cambon, decretó el arresto de los administradores Laurent, Le Content, Pourrat, Gouy d’Arsy, etc. Libertado, fue de nuevo detenido y condenado a muerte el 23 de julio de 1794.

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Aimé Césaire

edad. Es cierto que los mestizos no han sido llamados a ella, pero los mestizos no son libertos. Las leyes franceses, que nosotros no hemos hecho, los excluyen de nuestras asambleas; nosotros por nosotros mismos no podríamos admitirlos. Alguien ha dicho que son nuestros enemigos; yo sostengo que son nuestros amigos, puesto que ellos nos son deudores de la libertad”.

Para poner fin a un debate que peligraba volverse ocioso, la asamblea, por proposición de Le Pelletier de Saint-Fargeau, se avino a un compromiso:

“Pienso que debe tomarse en consideración la división actual de esta isla. Está dividida en tres provincias; así pues pienso que el espíritu del reglamento es el de conceder dos diputados a cada una de esas tres provincias, los demás tendrán voto consultivo”.

En una palabra, seis diputados para Santo Domingo. Así fue decidido, no sin que Nairac de Bordeaux no hubiera recordado el punto de vista de los puertos que es interesante recordar y que, además, tiene la ventaja de mostrar que al principio de la revolución está lejos de hacerse la fusión entre colonos y negociantes. Nairac citaba a lo ingleses como ejemplo y añadía:

“Esta confianza (entre colonias y metrópoli) que los ingleses han considerado como la primera base, no la han cimentado llamando a las

colonias a su seno, confundiéndolas en su gobierno, transportando la

Las

colonias no deben formar parte de la patria, las colonias son provincias que dependen de ella”.

Quizá había allí otra cosa que una visión de circunstancia, una visión reaccionaria, quizás un intento francés de federalismo, el primero de que se tenga noticia y que los colonos hubiesen estado bien inspirados de coger al vuelo.

patria más allá de los mares para restablecer una en su propio país

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Capítulo III ERRORES DE NAVEGACIÓN

Es esta incertidumbre de la navegación en relación con la longitud, la que es causa de que

En el Tratado de Bouguer aparecido en París en la librería Hippolyte-Louis Guérin en 1753, se leen interesantes observaciones:

“Se está expuesto, en la navegación a una infinidad de diferentes causas de error que impiden conocer la dirección que se sigue en la velocidad de la singladura. Puede haber error, e incluso de más de un grado, tratando de descubrir la variación de la brújula. La deriva es muy difícil de determinar exactamente; los movimientos secretos del mar alteran no sólo la singladura o la longitud del camino, sino que alteran también la dirección del derrotero. La agitación reiterada y continua de las olas es también otro obstáculo que impide al navegante contar con la exactitud de sus determinaciones; el navío no marcha casi nunca constantemente en la misma línea; se mueve casi continuamente por saltos, apartándose ya de un lado y ya del otro del rumbo que quiere seguirse, y esos saltos dados de una y otra parte no son perfectamente iguales. El piloto es más que excusable después de todo eso si, pese a sus grandes cuidados, está sujeto todavía a cometer errores más considerables”.

En política pasa como en la navegación. Y es en este error conocido bajo el nombre de pérdida de la dirección en el que sin pedir permiso y sin reparo, cayeron los colonos, una vez empeñados en la vida parlamentaria.

El primer debate que intentaron lanzar sobre la cuestión colonial les mostró lo que ellos eran verdaderamente; cuerpos extraños en una asamblea de la que no compartían ninguna de las ideas, ninguna de las pasiones. Esto se vio en la virulencia gratuita que desplegaron a propósito de la cuestión de las “subsistencias” de Santo Domingo. El peligro había pasado, pues el gobernador De Chilleau había parado el golpe abriendo con una ordenanza los puertos de la colonia a los navíos extranjeros. Sin embargo, la representación colonial debutó con esta mala querella.

En efecto, el 3 de setiembre Cocherel, diputado de Santo Domingo, declaró que:

“las ordenanzas decretadas por De Chilleua habían salvado la isla, pero que Santo Domingo seguía en el gran peligro de experimentar los horrores del hambre si la última de estas ordenanzas relativa a la introducción de las harinas extranjeras no era por previsión prorrogada por seis meses”.

Era de hecho, más por el lado pequeño, y según una óptica de las más estrechas, plantear la cuestión fundamental de la libertad del comercio colonial.

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Aimé Césaire

Les fue fácil responder a los diputados que representaban a los puertos. Declararon que era conveniente alejar el juicio de este asunto, en espera de que el ministro y el comercio fuesen consultados. Por su parte el Presidente previno a la asamblea que el conde de la Luzerne, secretario de Estado en la Marina, estaba dispuesto a hacer todas las aclaraciones posibles. Entonces el inevitable Gouy d’Arsy intervino ruidosamente y expuso:

“que hacía tres semanas solicitaba una decisión, que jamás había creído que la demanda provisional y limitada que hacía la colonia pudiera entrañar una discusión con el ministro y con el comercio”.

Fue entonces que tuvo lugar una muy significativa intervención de Nairac, diputado de Burdeos y representante calificado de la burguesía comercial. Nairac veía bien el peligro. Declaró que si la demanda provisional era admitida, “prejuzgaría de la gran cuestión de las leyes prohibitivas” que debía:

“permanecer intacta hasta que esta ley y todas las concernientes a las colonias hubiesen sido sometidas a un examen a fondo; que la demanda provisional era inútil ya que el gobernador de Santo Domingo tenía siempre la facultad de recurrir a la nueva Inglaterra para suplir cualquier escasez de harinas, ya que esta facultad tenía el mismo efecto que la demanda provisional solicitada por los diputados de Santo Domingo; que en los mismos términos del fallo del consejo que había rescindido la ordenanza de De ChiIleau, esta ordenanza debía ser ejecutada tres meses también después de su registro en Santo Domingo, lo que extendía el término hasta finales de año”.

En consecuencia Nairac declaraba sin interés la demanda de los colonos y opinaba que no había lugar a deliberar.

Finalmente la asamblea decidió nombrar una comisión para examinar, o lo que es lo mismo, para enterrar el asunto.

Como se echa a ver, el debate es insignificante y al mismo tiempo importante pues, en su género es único. Nunca más volvería a ser abordada en el seno de la asamblea la gran cuestión del pacto colonial. ¿Qué decir si no que la gran burguesía colonial se revelaba incapaz de plantear el problema colonial en toda su amplitud? ¿Qué decir si no que después de esta jeremiada se rendiría antes de haber combatido?

¿Cómo explicar esta capitulación? No hay más que una explicación: el miedo. El miedo de la revolución cuya lógica, después de la noche del cuatro de agosto, después de la proclamación de los Derechos del Hombre, se presentaba en lo adelante al desnudo, teniendo como perspectiva cosas terribles, la igualdad y la libertad para todos los hombres sin preferencia de rango o de color.

Los diputados de los colonos, que no habían previsto esta situación, no tuvieron más que un modo de salir de ella: poner la cuestión colonial bajo carta privada, hacer de la misma el lote de algunos especialistas, de un corto número de técnicos, fáciles de engañar. Pidieron por tanto la formación de un comité colonial. Pero ni siquiera eso bastaba. Habían llegado a la asamblea con una mentalidad altamente reivindicativa y como grandes matamoros del

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“despotismo ministerial”. Cuando cayeron en cuenta de que eran privilegiados y que la guerra encendida por la revolución era la guerra no contra tal o más cual privilegio particular, sino contra el privilegio, hicieron lo que habían hecho los privilegiados, se refugiaron bajo las alas del privilegio supremo: la monarquía.

Fue en estas condiciones totalmente nuevas que el gobierno se atrevió a dar un paso de los más insólitos.

Poniéndose en el lugar de! poder constituyente, ganándole la delantera a la asamblea, la reprendió de poner en pie una constitución colonial y para estar más seguro del resultado, sin que por otra parte, digámoslo de paso, la asamblea por lo demás tan suspicaz se soliviantara, le dictó las grandes líneas.

¿Qué proponían los ministros?

“Los ministros del rey han expuesto a la Asamblea Nacional, el catorce de octubre, sus dudas sobre algunos artículos por ella decretados, el mismo motivo les impone de nuevo la necesidad de recurrir a ella y pedirle aclaraciones sobre lo concerniente a las colonias.”

“Numerosas islas florecientes y de vastas posesiones continentales pertenecen a Francia en las otras tres partes del universo. Su clima, su producción, el estado civil y hasta la especie física del mayor número de hombres que pueblan y cultivan nuestras colonias las hacen absolutamente

de semejantes de la metrópoli. Su organización interior, las leyes que les rigen, el género de sus necesidades, sus relaciones comerciales, sea con las naciones extranjeras, sea con los negociantes del régimen, la administración de su policía, la de sus finanzas, el modo y la naturaleza de las imposiciones que soportan siguen estableciendo acusadas disparidades entre ellas y las provincias europeas de Francia. La mayoría de esas diferencias está en la naturaleza misma y en la esencia de las cosas, nada puede cambiarlas. Todas las naciones europeas lo han sentido; todas consideran sus lejanas posesiones como estados distintos y dependientes de la metrópoli. Todas se han visto en la necesidad de darles otras leyes que las de la madre patria, incluso tratando de asimilarlas tanto como seria posible por las formas de gobierno y por las formas de la analogía. Estas consideraciones han hecho presumir al rey que la Asamblea Nacional se ocuparía separadamente de una porción de la monarquía tan importante y tan diferente de sus otras partes. Creemos necesario hacer observar a la Asamblea Nacional que muchas de esas decisiones que tienden a asegurar la felicidad y la libertad de los franceses no lo serían sin peligro, que acaso producirían una revolución súbita y funesta en países donde las diez onzavas partes de los seres humanos al dejar de ser esclavos seguirían estando huérfanos de toda

propiedad de todo medio de subsistencia

Hay otras muchas reflexiones

que se refieren por así decir a la localidad y que podrían igualmente ser sometidas a la Asamblea Nacional. La exhortamos a que pese en su sabiduría esta cuestión de la mayor importancia y dé a conocer cuales son sus intenciones”.

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Aimé Césaire

En suma el poder ejecutivo daba al legislativo un curso de relativismo jurídico y lo ponía en guardia contra toda tentación de legislar para lo universal. Algunos días más tarde, el 26 de noviembre, Curt, diputado de los colonos de Guadalupe, volvía a la carga y animado del mismo espíritu. Reclamó una constitución colonial conforme a los principios contenidos en la memoria ministerial:

“Señores, el 27 de octubre último los ministros del rey os han pedido aclaraciones sobre todo lo concerniente a las colonias, exponiéndoos que las mismas difieren en todo de la metrópoli; que estas diferencias están en la naturaleza misma y en la esencia de las cosas, os han recordado la necesidad de dar a vuestras islas azucareras un régimen particular y

Habéis

tomado en consideración dicha memoria tanto más interesante cuanto que está fundada en principios reconocidos y respetados por todas las naciones de Europa que poseen colonias en el archipiélago americano. El comité de comercio ha sido encargado por vosotros de examinarla y

Hasta el momento los diputados de

las colonias se han creído en el deber de guardar silencio absoluto y esperar que la Asamblea Nacional fije su atención sobre las posesiones lejanas. Hoy día, su silencio sería tan peligroso como impolítico. Los ministros han hablado, esperan vuestra respuesta pero nada de lo que

leyes que se avengan perfectamente con su posición física

haceros el correspondiente informe

interesa a las colonias no ha sido todavía legalmente discutido”.

Para llenar esta laguna y para preparar la discusión, pedía la constitución de un comité colonial:

“Si queréis organizar vuestras colonias de una manera que os asegure para siempre las ventajas de esas preciadas regiones, debéis formar un comité que se ocupe, sin dilación de perfeccionar los medios; tal es, señores, la demanda que estoy autorizado a haceros en nombre de las colonias reunidas. Desde hace años se han originado tantas cuestiones capciosas sobre el régimen, tantas objeciones oratorias sobre su importancia, tantas dudas ridículas sobre la necesidad de conservarlas, que ha llegado el momento de callar la boca a los oradores de mala fe y a los apóstoles de declamaciones académicas así como a los especulativos que pretenden juzgar por comparación países absolutamente diferentes”.

¿Mas sobre qué base formar ese comité? La proposición de Curt es interesante pues revela un hecho nuevo: que la vieja rivalidad entre los colonos de las islas y los negociantes de Francia tiende a ceder el lugar a un frente común, frente común desgraciadamente reaccionario, destinado a limitar en Francia el curso de la revolución y a preservar de sus efectos las tierras de ultramar. Cosa curiosa y que demuestra qué lejos iban los colonos en la vía de las concesiones: su vocera aceptaba la definición reaccionaria de las colonias y solicitaba una suerte de coloquio colono-negociantes:

“Porque las colonias están destinadas a consumir lo superfluo del reino y

a

acrecentar la riqueza nacional, mediante intercambios, los negociantes

y

los colonos son entre sí los únicos opositores legítimos. Diré más: sólo

ellos están en condiciones de instruir vuestra religión y presentaros los mejores pareceres sobre todas las partes de ese gran conjunto”.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

En cuanto al contenido de la futura constitución colonial, es visible que Curt, sin ocultar por ello su antipatía por lo prohibitivo, trata de dar a sus reivindicaciones una expresión de las más moderadas:

“Este comité así compuesto produciría ante todo el beneficio inapreciable de acercar el comercio y las colonias sobre sus reclamaciones

Fijaría a fuerza de franqueza y de lealtad el término en que

debe detenerse el comercio prohibitivo. Determinaría de la manera menos susceptible de errores todos los medios que pueden impedir que el contrabando no arrebate al reino ninguno de los privilegios de que debe gozar.”

Enseguida abordaba y muy tímidamente la cuestión, no digo de la autonomía, sino de la desconcentración:

“Pasando en seguida a las leyes que pueden influirlo más sobre la

propiedad del comercio y de la agricultura, os indicaría la manera de

Seguirla buscando hasta qué punto conviene confiar a los

delegados del poder ejecutivo el derecho de hacer reglamentos provisio- nales sobre hechos que la prudencia humana no puede ni prever ni impedir, hechos a los que constituiría un gran peligro no resolver sobre el terreno y sin dilación”.

Curt terminaba por una protesta de fidelidad de los colonos a la metrópoli, protesta de fidelidad algo singular, tan minucioso era el cuidado que se tomaba de evaluar lo que hubiera traído una eventual secesión:

“Señores, si los colonos no quisiesen a todo precio seguir siendo ciudadanos de una gran nación a la cual sólo faltaba una constitución sabia para ser la primera del mundo, en vez de pediros leyes y un régimen que los una para siempre, que los someta incluso a vuestra felicidad, hubieran propagado ese principio impolítico y destructivo de vuestros más grandes recursos, que las colonias son más perjudiciales que útiles. Entonces, señores, si abandonadas a sí mismas, ellas hubiesen reabierto sus puertos a las potencias comerciantes de Europa y de América, un beneficio enorme se les presentaría en la concurrencia del intercambio y, en efecto, en tal estado de cosas adquirirían con descuento todos los objetos que consumen y venderían en subasta pública todos sus productos de modo que en última instancia, la disminución sobre el precio de su consumo y el crecimiento del valor de sus artículos habría aumentado en más de un tercio la balanza de sus intercambios”.

Seguía una larga disertación sobre lo que las colonias aportaban a la metrópoli:

“Podría sin duda a este respecto dar detalles que me parecían inverosímiles antes de haberlos profundizado yo mismo. Prefiero presentaros los cálculos de un negociante de Burdeos que después de haber recorrido las islas como hombre de estado ha publicado a su vuelta excelentes reflexiones sobre estas materias. Señores, él supone diez millones de mercancías coloniales pagadas en mercancías de vuestro suelo y de la industria de vuestras manufacturas. He aquí cómo divide los beneficios: al comercio nacional el veinte por ciento; diez al suelo y las manufacturas; lo

respectivas

simplificarlas

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Aimé Césaire

mismo para el flete de los barcos empleados en tal navegación. En fin diez por ciento para los derechos, las comisiones, los salarios de los obreros y jornaleros empleados en los armamentos. Resulta de este cálculo que no puede ser sospechoso de exageración, que no considerando esta transacción más que en relación con la industria interior del reino, se comparte por mitad esta renta de las colonias. Pero si se consideran estas posesiones desde el punto de vista de las grandes relaciones políticas, si se calculan los recursos que se obtiene de sus riquezas territoriales, si se pesa la influencia que ellas ejercen sobre todas las naciones comerciantes se sentirá más que nunca la necesidad de conservar dichas posesiones y acrecentarlas. Pues, señores, y no es posible seguir disimulándolo, vuestras manufacturas ya casi no tienen mercados más que en las colonias, con la excepción de algunas modas y algunas joyas. Europa no os pide en cambio más que vuestro azúcar, vuestro café, vuestro algodón y vuestro añil; y si os pidiera, vuestro trigo, está más que probado que la libre exportación de granos puede a veces reducir el reino a la más penosa extremidad.

Debéis también observar que sin las colonias no tendríais, sino poco o ningún comercio marítimo, y en consecuencias ninguna marina, lo cual dejaría expuesta vuestras costas a los insultos de la primera potencia marítima que quisiera tomarse el trabajo de atacarlas, que las colonias ocupan a ochocientos grandes navíos mercantes destinados al cabotaje y que dando ocupación directa a más de cinco millones de hombres, un gran movimiento a vuestras manufacturas, dichas colonias doblan el valor de las tierras mediante ese número prodigioso de consumidores que ellas emplean.

No es esto todo, señores: habéis puesto la deuda del estado baje la salvaguarda de la lealtad francesa; en mi opinión las solas riquezas de las colonias pueden garantizarla ejecución de este decreto honorable. En efecto, de doscientos cincuenta y tres millones en mercancías que de ellas recibís anualmente, consumís aproximadamente ochenta millones, os queda el saldo de setenta y cinco millones que disminuyen en igual proporción la exportación de numerario a la cual estaríais forzados para hacer honor a los intereses de la deuda que habéis declarado nacional”.

El orador terminaba indicando el carácter específico que debía tener la constitución colonial:

“Estamos necesitados de una legislación particular que no contraríe en nada nuestros hábitos, nuestros usos, nuestras propiedades; sobre todo es preciso que esa constitución asegure la tranquilidad de nuestros hogares mientras trabajamos en procuraros esa especie de felicidad que depende de todas las comodidades de la vida. Dejad pues a los colonos reunidos, a los negociantes, el encargo de ilustraros sobre sus necesidades, ordenad que ellos mismos trabajen en el código que estimen más conveniente a su situación”.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Así pues, se trata de un verdadero cambio de frente de los colonos, de una alteración de su estrategia: frente, no ya contra la tiranía ministerial, contra lo prohibitivo, contra el colonialismo económico y político, sino contra la democracia, contra el espíritu universalista y humanitario de la revolución, contra los colonialistas más decididos, los negociantes y los diputados de los puertos, contra el poder ejecutivo, contra toda tentativa de establecer la democracia allende los mares.

Sin embargo, la operación se reveló más difícil de realizar de lo que se había imaginado. El primero de diciembre, Malouet aportó su concurso. Haciendo suya una indicación de Curt, pidió la formación de un comité colonial:

“Un comité de las colonias compuesto por un tercio de diputados coloniales, de diputados comerciantes, de diputados no comerciantes, estaría encargado de preparar la discusión de todos los asuntos coloniales y sus relaciones con la metrópoli”.

Moreau de Saint-Méry insistió en el mismo sentido:

“Señores, dudas razonables han dado lugar a un problema mantenido en la memoria de los ministros del veintisiete de octubre último. Estas dudas tienen como principio las patentes diferencias que la naturaleza ha puesto

entre lo físico de las diferentes partes del globo y la diferencia, que hay

Creo que

se puede adelantar sin temeridad que la Asamblea Nacional al producir los decretos destinados a asegurar la prosperidad de este vasto imperio y la felicidad de sus habitantes no ha tenido la intención directa y precisa de someter a los franceses que pueblan las diversas colonias. La prueba de ello está en el silencio mismo que la asamblea ha observado a su respecto”.

Y abordaba francamente el problema del fuero de las personas y de la autonomía:

“Señores, pronunciaréis altamente que lejos de adoptar la idea de la liberación de los negros, de la abolición de la trata y la del abandono de las colonias, Francia, instruida, penetrada de todas las ventajas que de aquéllas obtiene, anuda los lazos que las unen desde casi dos siglos, pero que les deja el cuidado de redactar su constitución y ordenar su régimen interior reservándose el justo derecho de sancionarla y regularla, de concierto con las leyes comerciales que deben asegurar a la metrópoli el precio de la protección que ella les da”.

Tan torpe precipitación olía a pánico. Hasta políticos menos finos que los diputados del comercio se habrían dado cuenta. Y al punto tomó cuerpo: tanto más el agrario de ultramar se muestra febril, ávido de un acercamiento, tanto menos se activa el negocio; un modo de poner un preció muy alto a una eventual reconciliación.

Es Nairac, el primero de diciembre quien viene a afirmar que:

entre el clima y los productos de las colonias y los de Francia

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Aimé Césaire

“Si las colonias pidieran una constitución, habría un comité establecido para este objeto; que si se trataba del comercio y de la agricultura, habría también un comité de ese género, en una palabra que él no veía la utilidad que podía haber en crear un comité especial”.

Y sobre todo es Blin (de Nantes) cuyo excelente discurso habría dado que pensar, abriendo, como lo hacía, las vías a una concepción federalista, de seguro más progresista que la concepción asimilacionista por la cual parece definirse lo que se ha convenido en llamar la concepción francesa de la colonización:

“Si celosos de no apartarnos de nuestros principios; si incluso se une al patriotismo de la justicia el que reclaman las pruebas de patriotismo y de celo por la causa pública dados por los señores diputados de las colonias en los tiempos más borrascosos de la revolución, no debemos titubear un momento en convenir que sería por parte nuestra una usurpación de poder, aspirar al derecho de dar una constitución a los plantadores de nuestras islas. En efecto, señores, sólo es libre el gobierno en que el pueblo hace él mismo sus leyes u otorga el poder de hacerlas a representantes elegidos libremente por él y en número suficiente. Ahora bien, desde el momento en que se ha reconocido que la constitución colonial debe ser diferente de la nuestra; desde que los habitantes de esas regiones situadas en otro hemisferio no nos han elegido, incluso no han podido elegirnos por sus representantes, desde que en fin ellos tienen un derecho tan imprescriptible como el nuestro a la libertad política, está de sobra probado que no podemos ni representarlos ni por consiguiente estipular por ellos de ningún modo”.

Seguía una notable definición de las colonias y de las condiciones de la instauración de una verdadera democracia de ultramar:

“No nos engañemos, señores, las colonias no son ni pueden, en modo alguno, ser alineadas en la clase de provincias de un mismo imperio, unidas por los mismos intereses, por las mismas costumbres, por los mismos hábitos, y dispuestas sobre un suelo de idéntica naturaleza. Las colonias son, si es que puedo emplear términos, comparativos para hacerme entender mejor, especies de potencias aliadas, de partes federativas de la nación, que podrían ser asimiladas a nuestras antiguas provincias de estado, con esta diferencia: que así como era indispensable, por razones que sería superfluo volver a exponer, de llevar todas las provincias de este reino a la misma forma de gobierno y a los mismos derechos respectivos, así igualmente sería injusto y absurdo no mantener las colonias, que no pueden estar sometidas más a leyes particulares, en su independencia a este respecto. En dos palabras la ley es el resultado de la voluntad general de los que deben estar sometidos a ella. Así pues no debemos hacer leyes que no son establecidas para nosotros, y que no nos encadenarían a su imperio”.

¿Qué pensar de tales premisas, sino que los colonos no habían tenido razón en reclamar su admisión a los estados generales de la nación francesa y que la Asamblea Nacional no había estado bien inspirada en admitirlos?

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TOUSSAINT LOUVERTURE

“Por tanto para hacer partícipes a nuestros conciudadanos de las colonias

de esta preciosa libertad para la cual trabajamos, es deber nuestro de

ponerlos a ellos mismos en posesión del derecho de expresar libremente

su voluntad, y de concurrir a la formación de las leyes destinadas a

regirlos. De otro modo no hubiéramos recuperado nuestra libertad más que para desplegar la odiosa autoridad de los tiranos y no hubiéramos favorecido el error que ha conducido a nuestros hermanos de las colonias a venir a sesionar en medio de nosotros, más que despojarlos cobarde- mente del beneficio que hubiera resultado de la liberalidad de una nación generosa de ofrecérsela”.

Colonias y metrópoli estando en la adelante en un plano de igualdad, ¿dónde está el órgano común? Sólo hay uno, y no puede haber más que uno: el ejecutivo.

“He dicho que a ciertos respectos las colonias podrían ser consideradas como provincias de estados; de igual modo podría compararlas a Irlanda que posee su legislación particular y en donde un gobernador, bajo el nombre de virrey, representa al jefe del poder ejecutivo, aunque Irlanda obedezca al mismo rey que Inglaterra y Escocia. Esta comparación,

desarrollada, arrojaría una gran luz sobre la idea que debemos formarnos

de las relaciones de las colonias con la metrópoli”.

Ante esta toma de posición de los negociantes, reforzada por francotiradores como Blin y de franco-reaccionarios como el abate Maury, los colonos se sintieron desamparados. Tanto más cuanto que su aislamiento parlamentario facilitaba el juego de los Amigos de los Negros en nombre de los cuales el abate Grégoire tomó la palabra. Fue para oponerse a la demanda de los colonos y para llamar la atención de la asamblea sobre la suerte de los hombres de color:

“Si hay en las colonias ciudadanos que tienen quejas que exponer, observaciones que hacer, una constitución que pedir, si esos ciudadanos poseen todas las condiciones que exigís para ser activo, y que sin embargo no están representados, de seguro tienen él derecho de esperar

de vuestra justicia que sean admitidos a la representación. Así pues,

señores, los ciudadanos de color están en ese caso. No podéis formar un

comité colonial sin haber antes decidido el asunto de las gentes de color.

Mi conclusión es que no ha lugar de deliberar sobre la formación de un

comité colonial hasta tanto no se haya procedido al asunto de las gentes

de color. En espera de ello me limito a gemir sobre su muerte”.

Como era de esperar, el resultado de tal coalición fue que los colonos se vieron desestimados en sus demandas.

Los negociantes escogieron este momento de confusión para dictar su paz. El primero de marzo de 1790, en un discurso hecho en nombre de los diputados de todos los puertos, d’Elbechq, diputado de Lille, hizo el recuento de los puntos en acuerdo, y de los puntos en desacuerdo que subsistían entre colonos y negociantes. Comprobó con satisfacción que a decir verdad sólo había uno: el prohibitivo, y que incluso sobre éste, el acuerdo podía hacerse a condición de que los colonos diesen pruebas de moderación. Mediante lo cual

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Aimé Césaire

d’Elbechq en nombre de los diputados de todas las ciudades (en particular de los de Burdeos) reclamaba de la asamblea la garantía de que la trata no sería suprimida y que la manumisión de los negros no sería encarada.

El discurso de d’Elbechq era un modo astuto de indicar a los colonos, mediante un cínico regateo, el precio de la alianza que ellos deseaban: el apoyo del negocio contra el abandono del único objetivo revolucionario de los grandes blancos, la libertad comercial.

¿Qué iban a hacer los diputados colonos?

Separados de sus gobernantes, aterrados del acrecentamiento de los peligros y de su propio aislamiento, aceptaron la transacción, traicionando así del modo más evidente el despunte de movimiento nacional que se columbraba en las islas.

Sus cartas de esta época son significativas. Se felicitan por haber obtenido los buenos oficios de “los señores diputados del negocio”.

“Precisaba rectificar las ideas dominantes sobre la importancia de las colonias, sobre el estado de los negros, sobre la necesidad de mantener la esclavitud y la trata, sobre el grado de confianza que podría concederse a los Amigos de los Negros: es a lo cual nos hemos dedicado, hemos buscado los diputados preponderantes en las oficinas y en los comités, en las sociedades particulares y en la misma asamblea; hemos mostrado la verdad a los ojos de todos y hemos ganado un montón de gente. Hemos difundido profusamente algunos escritos oportunos para rectificar las ideas; los hemos hecho circular en las ciudades comerciales, y hemos excitado su reclamación. Sus diputados a la Asamblea Nacional, que en todo momento han sido nuestros adversarios sobre su interés personal, el régimen exclusivo del comercio, han sentido que este interés les forzaba a reunírsenos en todos los otros puntos y su influencia nos ha felizmente servido”.

Por otra parte, en una carta del 11 de enero de 1790, los diputados de Santo Domingo se envanecían de haberse ganado la asamblea con la mayor circunspección.

“Esta circunspección, se alaban ellos, anuncia un espíritu muy diferente

después de las noticias alarmantes llegadas de las colonias

no han hecho más que confirmarlo y, propagarlo, y estamos desde luego seguros de que nada hay que temer sobre la manumisión; pocas inquietudes tenemos igualmente sobre la supresión de la trata. Los mismos Amigos de los Negros han sido reducidos al primer objeto; el señor de Condorcet lo ha declarado públicamente en el Diario de París”.

Se envanecían, pero olvidaban decir una cosa: a qué precio habían pagado tener aliados, con qué concesiones habían pagado la circunspección de sus colegas y perdidos en un mar tempestuoso más que navegar habían derivado.

Ese precio, una simple lectura del decreto de 8 de marzo de 1790 (el primer decreto colonial de la Constituyente), lo indica suficientemente. Una asamblea colonial, municipalidades, el derecho a hacer leyes provisionales, por lo demás el derecho de emitir votos, sin duda nada de eso era despreciable, pero lo que

del antiguo

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TOUSSAINT LOUVERTURE

la Constituyente rehusaba –la autonomía interna por una parte, y por otra la libertad comercial– aparecía, y era cierto, más considerable aún.

Barnave, relator del decreto, había explicado con mucha claridad la filosofía en él contenida:

“Sería el fruto de una gran ignorancia o de una extraña mala fe pretender separar la prosperidad del comercio nacional de la posesión de nuestras colonias.

Abandonad las colonias, y recibiréis con gran costo de los extranjeros lo que hoy os compran a vosotros. Abandonad las colonias, en el momento en que vuestros establecimientos están fundados sobre su posesión y el desmayo sucede a la actividad, la miseria a la abundancia: una multitud de obreros, de ciudadanos útiles y laboriosos pasan súbitamente de un estado cómodo a la situación más deplorable; en fin, la agricultura y las finanzas se verán muy pronto afectadas del desastre que experimentan el comercio y las manufacturas”.

En lo que se refiere al régimen prohibitivo, Barnave lo proclamaba intangible:

“El régimen prohibitivo es, sin duda, una condición esencial de la unión de la metrópoli y de las colonias: es el fundamento del interés que ella encuentra en su conservación; es la indemnización de los gastos que está obligada a sostener para protegerla”.

Siendo eso lo importante, la metrópoli lo conservaba y se encargaba de hacer relumbrar lo accesorio:

“La Asamblea Nacional, deliberando sobre las instancias y peticiones de las ciudades comerciales y manufactureras, sobre los escritos reciente- mente llegados de Santo Domingo y la Martinica, a ella dirigidos por el Ministerio de la Marina sobre las demandas y consideraciones los diputados de las colonias: Declara que, considerando a las colonias como una parte del imperio francés y deseando hacerlas disfrutar de la feliz regeneración que se ha operado, no ha, sin embargo, entendido incluirlas en la constitución que ha decretado para el reino y sujetarlas a leyes que no podrían ser incompatibles con sus conveniencias locales y particulares.

En consecuencia, ha decretado y decreta lo que sigue:

Artículo primero. Cada colonia está autorizada a dar su opinión sobre la constitución, sobre la legislación y sobre la administración que más convienen a su prosperidad y al bienestar de sus habitantes, al encargo de ajustarse a los principios generales que unen las colonias con la metrópoli y que aseguran la conservación de sus intereses respectivos.

Artículo segundo. En las colonias donde haya asambleas coloniales libremente elegidas por los ciudadanos y declaradas por ellos, serán admitidas dichas asambleas a expresar la opinión de la colonia; en aquéllas donde no haya asambleas semejantes, se formarán inmediata- mente para llenar las mismas funciones.

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Artículo tercero. El rey será instado a hacer llegar a cada colonia una instrucción de la Asamblea Nacional que contenga: 1) los medios de llegar a la formación de las asambleas coloniales, en las colonias donde no las hubiere; 2) las bases generales a las cuales deberán ajustarse en los planes de constitución que las mismas presentarán.

Artículo cuarto. Los planes preparados en dichas asambleas, coloniales serán sometidos a la Asamblea Nacional para su examen, decretados por ella y presentados a la aceptación y a la sanción del rey.

Artículo quinto. Los decretos de la Asamblea Nacional sobre la organi- zación de las municipalidades y de las asambleas administrativas serán enviados a dichas asambleas coloniales, con poder de poner en ejecución la parte de dichos decretos que puede adaptarse a las conveniencias locales bajo la decisión definitiva de la Asamblea Nacional y del rey, sobre las modificaciones que podrían ser aportadas y la sanción provisional del gobernador, para la ejecución de los acuerdos que serán tomados por las asambleas administrativas.

Artículo seis. Las mismas asambleas coloniales enunciarán su opinión sobre las modificaciones que podrían ser aportadas al régimen prohibitivo del comercio entre las colonias y la metrópoli, para ser, sobre sus peticiones, y después de haber oído las consideraciones del comercio francés, estatuido por la asamblea colonial; según proceda en derecho. Además de esto la Asamblea Nacional declara que no ha convenido innovar nada en ninguna rama del comercio, sea directo o indirecto de Francia con sus colonias; pone a los colonos y a sus propiedades bajo la salvaguarda especial de la nación; declara criminal hacia la nación a quienquiera trabajara para excitar levantamientos contra ellos.”

“Juzgando favorables los motivos que han animado a los ciudadanos de dichas colonias, declara que no ha lugar contra ellos de ninguna inculpación. Espera de su patriotismo el mantenimiento de la tranquilidad y una inviolable fidelidad a la nación, a la ley, al rey”.

Algunas semanas más tarde, una “instrucción”, la del 28 de marzo de 1790 definía, para uso de las asambleas coloniales, el campo de autonomía que se les concedía:

"Artículo diecisiete. Al organizar el poder legislativo, ellas reconocerán que las leyes destinadas a regir las colonias, meditadas y preparadas en su seno no podrían tener una existencia entera y definitiva antes de haber sido decretadas por la Asamblea Nacional y sancionadas por el rey; que si las leyes puramente interiores pueden, en los casos urgentes, ser provisionalmente ejecutadas, con la sanción del gobernador pero reservando la aprobación definitiva del rey y de la legislatura francesa, las leyes propuestas que conciernan a las relaciones exteriores y que no podrían, en modo alguno, cambiar o modificar las relaciones entre las colonias y la metrópoli, no podrían recibir ninguna ejecución, incluso provisional, antes do haber sido consagradas por la voluntad nacional, entendiéndose que no se comprende bajo la denominación de leyes las excepciones momentáneas relativas a la introducción de las subsistencias

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TOUSSAINT LOUVERTURE

que pueden tener lugar en razón de una necesidad urgente y con sanción del gobernador”

El articulo dieciocho introducía un límite suplementario y recordaba que en ningún caso habría un ejecutivo local:

“Al organizar el poder ejecutivo, reconocerán que el rey de los franceses es, en la colonia como en todo el imperio, el jefe único y supremo del poder público. Los tribunales, la administración, las fuerzas militares lo reconocerán por jefe; estará representado en la colonia por un gobernador nombrado por él y el que, en los casos urgentes, ejercerá provisionalmente su autoridad, pero con la reserva siempre observada de su aprobación definitiva”.

Todo esto era bello y bueno, y perfectamente tragado por los colonos diputados. Quedaba por saber cómo los plantadores residentes en Santo Domingo acogerían el decreto y si ellos no iban a encontrar la tajada algo magra.

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Aimé Césaire

Capítulo IV LA FRONDA DE LOS GRANDES BLANCOS

No hay que juzgar a la clase de los colonos por sus representantes en París. Sus mejores cabezas estaban en las islas. No era una clase ni taciturna ni acabada, por el contrario era una clase a la ofensiva. En tanto que en París sus diputados no tenían otro desvelo que protegerse de la revolución, en las

islas, los colonos habían tomado la iniciativa de algo que mucho se asemejaba

a una revolución: al margen de la Revolución francesa, la revolución de ellos. Santo Domingo y la Martinica son buenos ejemplos de lo que fue esta revolución.

Santo Domingo en primer lugar.

El primer acto de la revolución dominicana fue, adelantándose a las órdenes de París, la constitución de asambleas provinciales. La del Cap, la más importante, tomó el nombre de asamblea provincial del Norte. Tan pronto formada se sintió soberana. Y para significarlo a todos, empezó por hacer detener a un magistrado, un cierto

Dubois, culpable de haber declarado que la esclavitud de los negros era

contraria a la libertad natural. Era un acto de intimidación pero la esperanza de

la empresa era nada menos que el embargo sobre el poder.

El gobernador era un obstáculo.

Aprovecharon la primera ocasión para liquidarlo. La que se presentaba era

mala. Pero se mantuvieron firmes. Sacando partido de que en agosto de 1789,

la Asamblea Nacional había impuesto a todos los agentes civiles y militares un

juramento de fidelidad a la nación, a la ley y al rey, el presidente de la asamblea del Norte, Bacon de la Chevalrie, se atrevió a escribir a de Peynier, que no lo reconocería como agente del poder ejecutivo en tanto no se sometiera a la ley nacional del juramento.

El gobernador accedió, lo cual quería decir que volvía a entrar en la nada.

Quedaba otro enemigo duro de pelar: el consejo superior de Port-au-Prince. Tribunal de apelación, creado o a los menos retocado por ordenanza de primero de febrero de 1766, y provisto del derecho de registro –para tener fuerza de ley las ordenanzas tenían que ser registradas– habilitado para hacer amonestaciones a defecto de representaciones, estaba movido, como los parlamentos de Francia, por una gran ambición: tener atribuciones políticas. El choque del consejo superior y de la asamblea colonial animada de las mismas ambiciones era fatal. No tardó en producirse.

Entre las atribuciones del consejo superior siempre se había contado la de nombrar los empleos de contabilidad. Pero también era sabido que de antiguo la administración financiera de Santo Domingo confinaba en el escándalo. La asamblea provincial sabía por tanto que propinaba al consejo un golpe al cual debía ser infinitivamente sensible y estaba segura del apoyo de la opinión pública tomando la iniciativa de nombrar por sí misma un recaudador de derecho municipal.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Era hacer estallar el escándalo.

El consejo superior reaccionó el veintisiete de diciembre de 1789. Declaró nulo

y sin ningún efecto el encarcelamiento de Dubois, así como la designación del

recaudador de derecho municipal. Ampliando el problema, le prohibía a la asamblea conocida por “asamblea provincial del Norte” de inmiscuirse en “la administración de los poderes civiles, judiciales y militares”.

La asamblea esperaba esta ocasión para dar un escándalo. Su respuesta fue doble. Primero fue una decisión por la cual anulaba la reunión de los dos consejos superiores pronunciada en 1787 y restauraba el del Cap, y esto para debilitar en igual proporción el de Port-au-Prince. Después, produjo un verdadero golpe de estado. El 4 de enero de 1790 deliberando sobre la

sentencia del consejo superior, la asamblea provincial del Norte declaró “que siendo de derecho natural que en circunstancias penosas las naciones se reúnan en asamblea para darse las leyes que parezcan necesarias”, ella tenía el poder legislativo; “que no pudiendo hacer leyes sin hacerlas ejecutar, la asamblea del Norte tenía el poder ejecutivo”, que así reunía todos los poderes

y podía ejercerlos en la extensión de la dependencia del norte”. Además afirmaba insolentemente:

“que la requisitoria del sustituto del procurador general era falsa, sediciosa, que tendía a privar a los ciudadanos de los trabajos tutelares de la asamblea provincial para adscribirlos al yugo del despotismo ministerial”.

Después de haber especificado que la sentencia del consejo era sediciosa, atentatoria a la autoridad de la asamblea, declarado sin poder y nula, ordenaba con mayor ahínco la ejecución de sus propias resoluciones, afirmaba tomar bajo su amparo las milicias nacionales y los oficiales recaudadores, declaraba

a los jueces que habían concurrido a la sentencia del consejo autores del

despotismo, culpables de expoliación de los fondos públicos, criminales de

lesa nación y enemigos de la colonia. Se les prohibía para siempre la entrada

a la provincia del norte y se los entregaba al desprecio de los buenos

ciudadanos. Se le prohibía al carcelero libertar a Dubois y en fin se ordenaba que la sentencia “del sedicente consejo” fuera conservada “en los registros de

la asamblea del Norte como un monumento de la ignominia de dicho tribunal”.

Al mismo tiempo la asamblea del Norte intrigaba cerca de las provincias del sur y del oeste para apresurar la constitución y ¡a reunión de una asamblea

colonial que debía cubrir las tres asambleas provinciales y cuya autoridad se extendería a toda ¡a colonia. Esta asamblea formada de ochenta diputados por

el norte, de sesenta y cuatro por el oeste, de cincuenta y ocho por el sur se

reunió en Saint-Marc el 25 de marzo de 1790.

Entonces se produjo un verdadero furor legislativo y como una embriaguez de independencia.

En abril, la asamblea de Saint-Marc decidió que los correos de Francia les fueran íntegramente remitidos, incluyendo en ellos las cartas y paquetes destinados al gobernador siendo en lo adelante responsables los funcionarios ante ella.

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Aimé Césaire

En mayo, dando un nuevo paso adelante, situó en su dependencia el régimen de la propiedad y el servicio de finanzas. El gobernador de Santo Domingo, de Peynier, protestó en vano; la asamblea hizo oídos sordos, declaró su intervención “dictada por pretextos vanos, frívolos y desprovistos de legalidad”. El 14 de mayo cambió las formas de la justicia y del procedimiento. El 20 decidió la constitución de municipalidades a las que confiaba atribuciones tanto civiles como militares, y de las cuales, por otra parte, despojaba al gobernador.

Fue en este momento que la asamblea conoció oficialmente el decreto de la Asamblea Nacional. ¿Qué iba a hacer? Volviendo a hacer oídos sordos, dotó a Santo Domingo de una constitución.

En término de ese nuevo estatuto, los colonos, si no osaban romper todo contacto con Francia, al menos transformaban a Santo Domingo en una especie de dominio. Y en primer lugar se apoderaron del poder legislativo:

“El poder legislativo, en lo que concierne al régimen interior de Santo Domingo, reside en la asamblea de sus representantes, constituida en asamblea general de la parte francesa de Santo Domingo”.

Difícilmente se podía evitar toda injerencia francesa. Al menos se excluía radicalmente la de la Asamblea Nacional para contentarse con la sanción real:

“Ningún acto del cuerpo legislativo en lo que concierne al régimen interior podrá ser considerado como ley definitiva, si no es hecho por los representantes de la parte francesa de Santo Domingo, libremente y legalmente elegidos, y si no es sancionado por el rey”.

Además se las arreglaban para que esta sanción se hiciera ilusoria. En efecto, estaba previsto que en caso de urgencia sería remplazada por la del gobernador; es eso lo que estipulaba el artículo 3:

“Todo acto legislativo hecho por la asamblea general en caso de necesidad urgente, en lo que concierne al régimen interior, sera considerado como ley provisional y en ese caso este decreto será notificado al gobernador general”.

Se condescendió a reconocer a dicho funcionario el derecho de veto. En los diez días siguientes a la notificación, estaba conminado a hacer promulgar el decreto y cuidar de su ejecución, o remitir a la asamblea general sus observaciones sobre el contenido del decreto. Pero el veto del gobernador no tenía otro valor que el puramente suspensivo, y prácticamente, el único recurso que se le dejaba era poder pedir a la asamblea general una segunda lectura de la ley:

“Si el gobernador general remite observaciones, serán inscritas en el registro de la asamblea general; entonces se procederá a la revisión del decreto de acuerdo con estas observaciones; el decreto y las observaciones serán sujetas a discusión en tres sesiones diferentes; los votos serán emitidos por sí o por no, para mantener o anular el decreto; el acta de la deliberación será filmada por todos los miembros presentes y designará la cantidad de votos arrojados para una u otra opinión. Si los dos tercios de votos mantienen el decreto, será promulgado por el gobernador general y ejecutado en el acto”.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Si la constitución otorgaba al representante de Francia un derecho de veto de

los más ilusorios; en revancha acordaba uno, muy real, a la asamblea de los colonos con respecto a los decretos de la Asamblea Nacional francesa.

Es a lo que tendía el artículo 6 que preveía expresamente el caso de leyes comerciales, llamadas de “relaciones comunes”:

“Debiendo ser la ley el resultado del consentimiento de todos aquéllos para los que ella ha sido hecha, la parte francesa de Santo Domingo propondrá sus planes concernientes a las relaciones comunes; y los decretos promulgados a este respecto por la Asamblea Nacional sólo serán ejecutados por la parte francesa de Santo Domingo cuando hayan sido consentidos por la asamblea general de sus representantes”.

Y encima de esto se apresuraban a excluir de “la clase de las relaciones

comunes” la introducción de los objetos de subsistencia.

¿Qué era de la autoridad de la metrópoli en todo esto?

En verdad sólo le quedaba un derecho de mirada:

“Todo acto legislativo hecho por la asamblea general y ejecutado provisionalmente en caso de necesidad urgente, no será por ello dejado de enviar en el acto a la sanción real, y, si el rey niega su consentimiento a dicho acto, su ejecución será suspendida tan pronto como esa negativa sea legalmente manifestada a la asamblea general”.

¿Entraba en las intenciones de los colonos ir todavía más lejos? Se puede suponer. Cuando el decreto nacional de 8 de marzo de 1790 fue trasmitido

oficialmente a la asamblea de Saint-Marc a los fines de su ejecución, Francia

se encontraba ante un hecho: Santo Domingo poseía su constitución. En esas

condiciones, era lícito a la asamblea de Saint-Marc decidir: “que ella se adhería con conocimiento al decreto de 8 de marzo”, pero sólo “en todo lo que no contrariara la constitución que ella acababa de otorgarse”.

Y desde ese momento se amplificó el ritmo de la secesión.

Fue una cascada de decretos tan atentatorios unos como los otros a la soberanía francesa. De ese flujo legislativo emergen dos medidas: la del 20 de julio, por la cual la asamblea decidió abrir los puertos de Santo Domingo a los navios extranjeros con derecho para los capitanes de emplear para la compra de artículos coloniales el monto de las subsistencias que habrían importado en

las islas; la del 27 de julio decretando el licenciamiento de las tropas francesas

y remplazándolas por guardias nacionales a sueldo de la asamblea.

La liquidación de la era colonial parecía haber empezado en el hemisferio americano.

Tanto parecía así, que en la Martinica el ritmo y la naturaleza de los acontecimientos no eran muy diferentes: Imaginad a partidarios de la

Revolución francesa racistas, a realistas poniendo sordina a sus prejuicios raciales para mimar a los hombres de color, a los hombres de color entregados en cuerpo y alma a los plantadores y a los negros aparentemente indiferentes

a

su suerte, en suma todo extrañamente descarriado y extraviado a contrapelo,

y

es esto lo que, del caso martiniqueño hace un caso marginal y de la

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revolución martiniqueña una revolución con la brújula alocada. Pero ahí está el aspecto “variante”. El aspecto fundamental –que sólo permite comprender una feroz lucha de clases y aún más feroz de clanes– no nos aleja tanto del esquema del que los sucesos de Santo Domingo ofrecían la ilustración. En el seno de la casta de los blancos dos partidos se oponían violentamente: de una parte los “rurales” que sacaban sus recursos de la plantación de vastos dominios y de la fabricación del azúcar; de otra parte los “negociantes”, es decir, los capitalistas y banqueros cuya capital, Saint-Pierre, servía de depósito a todas las islas del Viento. La oposición entre ellos era toda de intereses: el plantador era el deudor; el negociante, el acreedor. No había cosecha que no fuera financiada por adelantos. Y no había crédito consentido por el “negociante” que no fuera usurario y a la larga denegado. De cualquier modo, desde el inicio de la Revolución francesa, los dos grupos debían situarse de uno y otro lado de la barricada.

De golpe y porrazo los “negociantes” se las dieron de revolucionarios. Enarbolando la escarapela tricolor fueron “los patriotas”.

En cuanto a los plantadores no hicieron protestas de nada, pero dirigidos por Dubuc, asiduamente el más político de ellos, se avinieron a un empirismo inteligente que les permitió explotar los acontecimientos para el mayor bien de sus intereses.

Mientras que los “patriotas” se enardecían con las manifestaciones especta- culares, los plantadores se las arreglaban para obtener la formación de una asamblea colonial cuya mayoría se aseguraron en definitiva.

Era perfectamente comprensible que tal política suscitara la cólera de los patriotas.

Lo que lo es menos, es el punto de ruptura que eligieron: la cuestión de color.

¿Inculpaban al gobernador? No denunciaban en él a un “agente del despotismo ministerial”, sino a un demagogo, amigo “del color”.

Fue organizado un gran banquete patriótico en octubre de 1789 en Fort-Royal de donde los “notables” mulatos fueron excluidos. Furioso, el gobernador, M. de Viomenil se presenta en el banquete con un grupo de hombres de color, estigmatiza los prejuicios de otra época y da a un mulato el abrazo fraternal. El escándalo fue enorme:

“Ha dictado, dice el acta de acusación de los patriotas, un bando y proclamado él mismo espada en mano que había que mirar a los mulatos como ciudadanos, como compadres y hacer sociedad con ellos; le ha dado un abrazo a uno de ellos. El bando publicado en favor de los mulatos, el acto violento de proclamarlos iguales a los blancos confirman que él sustenta muy realmente las opiniones manifestadas en sus protestas. Hay que temerlo todo de un hombre que envilece a aquellos que manda y amotina a los que deben ser mantenidos en una clase inferior.” 15

Si ese día no hubo motín fue debido a la suerte.

15 Informe del Comité de Saint-Pierre. Archivos Nacionales.

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Seis meses más tarde se presentó la ocasión.

Exactamente, el 3 de junio de 1790, el día del Corpus.

Era costumbre que ese día la milicia acompañara la procesión religiosa. Ahora bien, en la milicia había una compañía de mulatos, la cual fue admitida a desfilar. Tal cosa era demasiado para los patriotas. Tocan a rebato. Llaman a las armas. Y se produce la matanza de los mulatos. Un tribunal prebostal instituido por la municipalidad se encargó de los sobrevivientes.

El gobernador tuvo que recurrir a los recursos desesperados: invadió la ciudad

con tropas formadas en su mayor parte

Tomada Saint-Pierre, disuelta su municipalidad, abolidas sus cortes pre- bostales, encarcelados sus principales instigadores, los partidarios de las ciudades no respiraron más que venganza.

Por instancias inflamadas a las plazas de comercio de Francia, se dedicaron a amotinar la opinión pública metropolitana.

Y todavía con mayor eficacia se dedicaron a desmoralizar a los soldados europeos de guarnición en Fort-Royal. De este modo, el motín no tardó en estallar. Las dos ciudades, Saint-Pierre y Fort-Royal echaron al gobernador y se organizaron revolucionariamente. Días más tarde, los patriotas de las islas vecinas, acudían llevando a la cabeza a Coquille Dugommier. Sus intenciones eran edificantes, a juzgar por la proclamación de su jefe:

“Queridos conciudadanos: Los patriotas de Guadalupe, ciudadanos- militares y militares-ciudadanos, se han reunido y han bajado a vuestras riberas: fieles a su juramento vienen al altar que ha recibido la prenda de su fraternidad a depositar en el seno del Dios de la Revolución el tributo de sus acciones de gracias y de su reconocimiento por el acontecimiento para siempre memorable que en esta colonia va a dar al patriotismo el mismo brillo con que brilla en todas las provincias del imperio francés.

”Acudimos pues, generosos hermanos, a unir nuestros sentimientos y nuestras fuerzas a las vuestras, a fin de proteger a todos los colonos de vuestras islas contra todos los enemigos domésticos que podrían aprovecharse de una disensión funesta para entregarse al desorden; acudimos con la firme resolución de hacer entrar en el respeto y la sumisión que debe a los blancos a una clase de hombres cuyas absurdas y chocantes pretensiones desgraciadamente sostenidas por el error de algunos de vuestros hermanos, han sido la fuente más fecunda de los males que afligen a esta colonia”.

Por su parte, los plantadores, que en nada se sentían sacudidos por esta proclama, se habían retirado al Gros-Morne y se preparaban para una larga lucha.

Más todavía: la torpe empresa de los “patriotas” los beneficiaba: moralmente, los plantadores podían presentarse como los paladines de una causa justa; políticamente, con el gobernador y la asamblea colonial en sus bagajes, eran los defensores del orden legítimo; económicamente, ocupaban las tierras azucareras así como el puerto de Trinidad y podían pasar sus productos

por gente de color.

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privando a Saint-Pierre de ellos; en fin, militarmente, el Gros-Morne se presentaba como una posición muy fuerte a mitad de camino de dos ciudades

a las cuales podía permitirse amenazar y rendir por hambre. Ya no quedaba a

los patriotas, sino ventilar la querella por las armas. Mal les salió la cosa, pues el 25 de Septiembre de 1790, Coquille Dugommier sufría una aplastante derrota cerca de cerca de Lamentin. De ahora en adelante los plantadores eran los dueños de la situación. Y henos aquí, más allá de la peripecia, vueltos de nuevo a lo esencial: la proclamación de la autonomía martiniqueña.

La tentativa martiniqueña, aunque más prudente que la dominicana, menos ruidosa, no por ello tendía menos al mismo fin. La asamblea colonial de Martinica expurgada de toda influencia, por parte de los negociantes hizo dos

cosas igualmente reveladoras: por una parte, eliminaba al gobernador y, por tanto, a Francia de los asuntos martiniquenses, confiándolos durante los interregnos de la Asamblea a un directorio de veintiún miembros, cuyo jefe fue Dubuc; por otra parte, daba a los diputados de las colonias a la Asamblea Nacional, diputados que ella además revestía con carácter de cónsul oficial de

la colonia en la metrópoli, instrucciones muy precisas: En caso de que la

metrópoli pusiera dificultades para conceder a Martinica un poder legislativo absoluto en todo lo que concernía a los esclavos y a los libertos, por el motivo de que tenía diputados votando en la Asamblea Nacional, los diputados estaban en el deber de renunciar inmediatamente al derecho a sesionar en la Asamblea Nacional y declarar que Martinica renunciaba al beneficio de tomar parte en la confección de las leyes generales del reino para limitarse a su poder legislativo local. En lo que se refiere a las leyes de comercio, los diputados martiniquenses tenían por misión protestar contra el código prohibitivo “escrito bajo el dictado de los mercaderes” y que se parecía “más bien a leyes impuestas por conquistadores bárbaros a países sometidos por las armas, que a convenios para utilidad recíproca de ciudadanos y de hermanos” y declarar que “el contrato a pasar entre las colonias y la metrópoli, para ser obligatorio debería ser justo y consentido por las dos.”

Por lo demás el Monitor del 30 de octubre de 1790 incluye los artículos principales de esta constitución martiniqueña que no estará de más leerlos. Los primeros se refieren al modo de convocación y a la organización de la asamblea colonial. Después viene lo esencial:

“Artículo 35. La asamblea así organizada, tendrá el poder legislativo absoluto en lo que concierne a las gentes de color libres y a los esclavos, bajo la sanción provisional del gobernador y definitiva del rey.”

“Artículo 36. La asamblea tendrá el derecho de meditar y de preparar en

Podrán ser provisionalmente

ejecutadas con la sanción del gobernador, y definitivamente cuando reciban la aprobación de la Asamblea Nacional y la sanción del rey.

“Artículo 37. La asamblea podrá hacer a los decretos de la Asamblea Nacional, sancionados por el rey, que les sean dirigidos, las modificaciones que juzgue convenientemente; tendrá bajo esta forma su plena y entera ejecución con la sanción provisional del gobernador, salvo la decisión que depende de la legislación francesa y del rey.”

su seno todas las leyes que le convengan

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”Artículo 38. Con respecto a las leyes que conciernen a las relaciones entre la colonia y la metrópoli, la asamblea tendrá el derecho de proponerlas, y las mismas no podrán recibir una ejecución incluso provisional, antes de haber sido consagrada por la voluntad nacional y la sanción del rey, a no ser en las excepciones momentáneas relativas a necesidades urgentes.

“Artículo 39. Las leyes relativas al comercio, que hayan sido propuestas y discutidas en el seno de la Asamblea Nacional, serán sometidas al examen de la asamblea colonial, y no podrán ser definitivamente decretadas, sino de acuerdo con el resultado de sus operaciones, combinadas con las razones alegadas para el interés de la metrópoli.

“Artículo 40. La asamblea será administrativa y en esta calidad velará: 1) en todo lo que concierna tanto a la percepción y entrega de fondos, producto de las imposiciones, como al servicio y a las funciones de los agentes que de ella estén encargados; 2) hará ejecutar el pago de los gastos que sean asignados; 3) se encargará d: la administración de los fondos que sean asignados para el servicio de la colonia; 4) y último, se encargará generalmente de todas las partes que interesen a la administración de la colonia.

“Artículo 41. Todas las funciones administrativas anunciadas en el articulo precedente, serán ejecutadas por el Directorio que a este objeto será establecido.

“Artículo 42. La asamblea nombrará un escrutinio individual y por mayoría absoluta de los sufragios a los representantes a la Asamblea Nacional.

“Artículo 43. Los representantes de la colonia así elegidos tendrán derecho de sesión en la Asamblea Nacional y tendrán voto consultivo.

“Articulo 44. La colonia deberá tratar directamente con el poder ejecutivo, sus representantes también serán diputados cerca del rey.

“Artículo 45. Los diputados que sólo tengan voto consultivo podrán ser convocados por la asamblea todas las veces que ésta lo juzgue conveniente a los intereses de la colonia.

“Artículo 46. La asamblea reconocerá en el gobernador al representante del rey, y en esta calidad, al jefe de los tribunales, de la administración y de las fuerzas militares.

“Articulo 47. El gobernador tendrá el voto en suspenso en una primera y segunda sesión periódica y, si la asamblea persiste en la tercera, ya no podrá negar su sanción”.

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Capítulo V UNA DOBLE LIQUIDACIÓN

Fue entonces que Francia se decidió a dar el batacazo. “Hasta aquí y no más allá”. El gobernador de Santo Domingo recibió la orden de hacer un escarmiento. La relación de fuerzas, a pesar de las apariencias, estaba a su favor.

A juzgar por la rapidez de las decisiones y la energía de los decretos de la

asamblea de Saint-Marc, se hubiera creído que la situación en Santo Domingo había llegado a su punto de madurez revolucionaria y que el colono nacionalista era dueño de la situación.

De hecho, su debilidad era real y cierto su engorro. La asamblea de Saint-Marc legislaba, se aturdía, iba en picada pero se debilitaba con tanto más motivo cuanto menos se sentía apoyada. Era mucho más que acción, agitación.

No sólo su racismo insolente había disgustado a los mulatos que nada bueno esperaban de una independencia nacional que sólo beneficiaba a los blancos, sino que se había enajenado la simpatía de toda una categoría de blancos; funcionarios, abogados, negociantes y, particularmente, los habitantes de la provincia más rica de Santo Domingo, la del Cap. Desde que la escisión se instaló en el campo de los colonos; tan pronto como el gobierno francés encontró en quien apoyarse; que frente a la asamblea de Saint-Marc se logró oponer la asamblea provincial del Norte; que el representante de Francia hubo, por ese medio, roto el aislamiento en que los pogromos de la revolución anticolonialista lo habían sumido, los manejos secesionistas de Saint-Marc se vieron condenados al fracasó.

En vano la asamblea se hizo de una fuerza militar: “los Pompones rojos”. Frente a la asamblea de Saint-Marc cada vez más frenéticamente separatista, se irguió la asamblea provincial del Norte cada vez más ostentosamente legitimista y frente a los “Pompones rojos” se levantaron otras tropas que no reconocían más autoridad que la del gobernador y que por gusto de la antítesis esgrimieron el nombre de “Pompones blancos”.

Al fin y al cabo inútilmente, la asamblea de Saint- Marc, se jactaba, ante el

debilitamiento del ejecutivo, de poder “encontrar en ella misma los medios de hacer ejecutar los decretos que le dictaran la prudencia, la cordura y el amor del bien público”; encontraba frente a ella a otro arcópago igualmente vehemente que proclamaba que:

“el sublime decreto nacional del 8 de marzo, llevando la calma y la alegría a todos los corazones de los colonos, se ha vuelto para ellos el principio absoluto de su conducta”.

A favor de la división ahora patente, el gobernador cobró nuevos bríos y

cuando el momento le pareció favorable, es decir, cuando tuvo ganada la opinión pública, cuando logró oponer a la asamblea de Saint-Marc no sólo la asamblea provincial del Norte, sino también la asamblea parroquial del Culde- Sac, la cual reunida en la Croix-aux-Bouquets el 25 de julio, invitó a las cincuenta y dos parroquias del oeste a proclamar su respeto a las decisiones de la metrópoli, dio el golpe. El 29 de julio, basándose en “el peligro evidente en que la asamblea que sesiona en Saint-Marc ponía a Francia y a la colonia”,

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declaró “dicha asamblea y sus adeptos traidores a la patria, criminales hacia el rey”, y a todos notificó su decisión de ponerlo todo en ejecución para dispersarla e “impedirle así a sus cómplices consumar sus horribles designios”. De Peynier, sin pérdida de tiempo, unió los actos a las palabras: en la noche del 29 al 30, hizo atacar por la tropa el sitio del comité del oeste, que sesionaba en Port-au-Prince. El coronel de Mauduit dispersó a los miembros del comité y, entrando en la sala de deliberación, se llevó las banderas de la guardia cívica. El 30 avanzaba sobre Saint-Marc. La asamblea del Norte por su parte daba la misma orden a Vincent, que comandaba las tropas del norte.

A principios de agosto la asamblea de Saint-Marc estaba constreñida a tomar decisiones históricas: empeñar la batalla o capitular.

Impotente para seguir engañándose sobre sus fuerzas reales, eligió capitular. Pero siempre más cuidadosa del gesto y del penacho que de la eficacia, trató de disfrazar su capitulación con una última parodia de rebelión.

Rehusando rendirse a de Peynier, se embarcó con la guarnición de Saint-Marc en el navío “El Leopardo” de ahí el nombre con que fueron designados sus partidarios: los leopardinos), que había requisado un mes antes.

Disfrazando su retirada con frases grandilocuentes y decretando que sus miembros “siguiesen en actividad a bordo de dicho buque ocupándose de los trabajos de su misión”, este parlamento corrompido decidió, por una suprema inconsecuencia hacer velas para Francia e ir a someter su conducta a la Asamblea Nacional constituyente.

De hecho el movimiento separatista de los colonos estaba liquidado. Quedaba su hermano enemigo: el autonomismo.

El gobierno francés se había apoyado en las autoridades de la asamblea provincial del Norte para deshacerse del separatismo de Saint-Marc. No iba a tardar en volverse contra el mismo autonomismo, enseñando así a sus víctimas que no se desarma al colonialismo pactando con él. Los puntos de encuentro entre la asamblea de Saint-Marc y la asamblea del Norte son evidentes.

Pero es muy cierto que había de la asamblea de Saint- Marc a la asamblea del Norte una diferencia esencial; la asamblea de Saint-Marc había creído que sus cóleras infantiles bastarían para aterrorizar a la metrópoli mientras que la asamblea del Norte estaba persuadida de que ella podría obtener por la dulzura y a recompensa de servicios prestados lo que hubiera sido inútil buscar por la fuerza. En fe de lo cual presentaba sus reivindicaciones:

1. Que en todo lo concerniente al régimen interior de las colonias y en todo lo

que tocaba al estado de las personas y de las diferentes clases de la sociedad colonial, ningún decreto fuera promulgado más que por petición expresa, directa y precisa de las asambleas coloniales;

2. Que con respecto a las relaciones entre la colonia y la metrópoli y a las

peticiones de la colonia no se interponga decreto, sino sobre las represen- taciones del comercio francés, y que además las peticiones del comercio no

debían ser decretadas, sino después de haberlas comunicado a las asambleas coloniales y sobre sus representaciones;

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3. Que las asambleas coloniales fuesen autorizadas a proveer la introducción de subsistencias extranjeras en el caso de necesidad urgente, con la mayoría de las tres cuartas partes de los votos de la asamblea, por llamada nominal bajo la sanción del gobernador; que en caso de rechazo el gobernador sea requerido de motivar dicho rechazo en los tres días siguientes a la presen- tación del decreto; que en ese caso la asamblea colonial puede hacer caso omiso y ordenar la ejecución del decreto con mayoría de las tres cuartas partes de los votos.

Dicho en otras palabras, la asamblea de Saint-Marc liquidada, la asamblea del Norte retomaba pura y simplemente su programa. Suprema desconfianza: la asamblea provincial del Norte pedía para esos tres artículos la garantía constitucional, a fin de que las legislaciones posteriores no pudiesen lesionarla y, alzando el tono afirmaba que:

“la colonia no sacrificaría nunca un prejuicio indispensable. En lo que se refiere a la gente de color las protegería y dulcificaría su suerte; pero ella debía ser el único juez, el amo absoluto de los medios y de los tiempos. En cuanto a los negros, la colonia nunca permitiría que esw género de propiedad fuera comprometido ni en el presente ni en lo porvenir”.

Y terminaba por una amenaza apenas velada:

“En tanto que ella pueda abrigar inquietud sobre estos objetos, jamás podrá haber pacto duradero entre la colonia y el reino. Es preciso que él recurra a ella o que asegure invariablemente su tranquilidad antes que el pacto se malogre”.

Fue entonces que la Asamblea Nacional constituyente indicó que no veía con buenos ojos los matices que separaban el autonomismo del separatismo. Pétion opinaba que debían liquidarse las dos asambleas y condenar tanto a la una como a la otra. Barnave, seguido por la Asamblea Nacional, no quisó ir tan lejos. Anulaba la asamblea de Saint- Marc; felicitaba por el contrario a la asamblea nacional del Norte por su “conducta patriótica”, más todavía, hacia justicia a una de sus reivindicaciones, la que concernía al estatuto de las personas, comprometiéndose a no tomar la iniciativa en cuanto al estado de los negros y mulatos más que por petición precisa y formal de la asamblea colonia!. Mas para el resto, para la autonomía interna, para la reglamentación comercial, dicho en otras palabras, para lo esencial, se negaba de manera terminante a ir más allá de los términos del compromiso del 8 de marzo.

Ahí está el sentido profundo del decreto de 12 de octubre de 1790:

“La Asamblea Nacional considerando que los principios constitucionales han sido violados, que la ejecución de sus decretos ha sido suspendida y que la tranquilidad pública ha sido turbada por los actos de la asamblea general que sesiona en Saint-Marc; que esta asamblea ha provocado y justamente concurrido a su disolución.

Considerando que la Asamblea Nacional ha prometido a las colonias el establecimiento venidero de las leyes, las más aptas para asegurar su prosperidad; que para calmar sus inquietudes ha empezado por anunciar la intención de escuchar sus deseos sobre todas las modificaciones que

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podrían ser propuestas a las leyes prohibitivas del comercio, y la firme voluntad de establecer como artículo constitucional de su organización, que no serán decretadas leyes algunas para las colonias sobre el estado de las personas a no ser por petición expresa y formal de sus asambleas coloniales.

Que es urgente realizar estas disposiciones para la colonia de Santo Domingo, para la ejecución de los decretos del 8 y 28 de marzo tomando para ello las medidas necesarias para mantener el orden y la tranquilidad.

Declara los pretendidos decretos y otros actos emanados de la asamblea constituida en Saint-Marc bajo el título de asamblea general de la parte francesa de Santo Domingo, atentatorios a la soberanía nacional y al poder legislativo, nulos e incapaces de recibir ninguna ejecución.

Declara dicha asamblea privada de sus poderes, y a sus miembros despojados del carácter de diputados a la asamblea colonial de Santo Domingo.

Declara que la asamblea provincial del Norte, los ciudadanos de la ciudad

han cumplido generosamente

todos los deberes implícitos en el titulo de ciudadanos franceses y la Asamblea Nacional en nombre de la nación les expresará su agradecimiento.

Decreta que se pida al rey dé órdenes para que los decretos, instrucción, del 8.y 28 de marzo últimos reciban su ejecución en la colonia de Santo Domingo; que en consecuencia, se proceda inmediatamente a la formación de una nueva asamblea colonial a tenor de las reglas previstas por dichos decretos e instrucción, a los cuales la mencionada asamblea deberá conformarse puntualmente.

del Cap

las tropas patrióticas del Cap

Decreta que todas las leyes establecidas seguirán siendo ejecutadas en la colonia de Santo Domingo hasta su sustitución por otras, observando la marcha presente por los citados decretos.

Decreta se le pida al rey, para asegurar la tranquilidad de la colonia, expida órdenes de enviar dos navios de línea y un número proporcionado de fragatas y que se completen los regimientos del Cap y de Port-au- Prince”.

La asamblea provincial del Norte tenía de qué quejarse. Lo hizo en términos moderados en noviembre de 1790 por intermedio de una delegación enviada a ese efecto y en nombre de la cual habló un tal Auvray. Se felicitaban de ver a la asamblea declararse lista a constitucionalizar el estado de las personas, pero en lo tocante a lo “prohibitivo” dejaban ver. cierta acritud:

“Por poco que se quiera poner atención a la cadena de contragolpes que experimentan estos intereses, se verá claramente que si el acrecenta- miento de las riquezas aseguradas a Francia por las nuevas leyes que la regeneran debe redundar en la prosperidad de sus colonias, de igual modo el acrecentamiento de las riquezas coloniales debe influir sobre el poderío nacional; lo que sería, por consiguiente, caer en una contradicción manifiesta proponer a la metrópoli enriquecerse en detrimento de su

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colonia, o a la colonia enriquecerse en detrimento de la metrópoli; que el error sería aún más funesto si se autoriza a algunos particulares a enriquecerse en detrimento de la una o la otra, si, por un extraño abuso de palabras, se confundiera al comercio y al comerciante, el interés del comercio que es el interés de la nación y de la colonia, con el interés personal de algunos individuos”.

Todo eso no era más que paparruchas.

La Asamblea Nacional felicitó una vez más a la asamblea provincial del Norte, una vez más condenó a la asamblea de Saint-Marc. Pero los colonos no pudieron obtener nada más. El pacto colonial seguía intacto.

Era un rudo golpe para los autonomistas. Habían creído obtener la autonomía por la sumisión; el saldo, palabras muy lindas pero resultados irrisorios; el mezquino resultado, tan contrario a los anhelos de la inmensa mayoría de los colonos, no importa a qué partido pertenecieran, sumía en el abatimiento a la asamblea del Norte, mientras se veía resurgir del abismo a los leopardinos.

Éstos, sintiendo llegada su hora, decidieron actuar. Acababa de entrar en la rada de Port-au-Prince una escuadra francesa con tropas de refuerzo. Los leopardinos hicieron circular el rumor de que les había llegado el texto de un nuevo decreto de la Asamblea Constituyente. Ese falso decreto del 17 de diciembre de 1790 (precisaban la fecha) era una glorificación de la asamblea de Sain-Marc, rehabilitada en su honor y restablecida en sus derechos. Fue inútil que Blanchelande el nuevo gobernador, lo desmintiera. Era un déspota, un sostén de la tiranía, negándose a aplicar un decreto reparador. Sobre esta base, fue fácil desmoralizar las tropas recientemente llegadas de Francia así, como el regimiento de Port-au-Prince. Fue aún más fácil amotinar la población de los pequeños blancos, siempre al acecho de desórdenes y los cuales se organizaron militarmente bajo el mando de un energúmeno, un tal Praloto, maltés, desertor de un barco de cabotaje.

En fin, el 4 de marzo de 1791, se produjo la rebelión. Mauduit, a quien los leopardinos no habían perdonado el asunto de las banderas, fue linchado, se le cortó la cabeza y se la paseó en la punta de una bayoneta. Blanchelande huyó.

Entonces, la ciudad de Port-au-Prince, liberada por sí misma, se dio autoridades según su leal saber y entender: un colono, Caradeux, llamado el cruel, bajo el titulo de capitán general de la guardia nacional, usurpó, las atribuciones del gobernador; una municipalidad reclutada entre los miembros del antiguo comité del Oeste remplazó a los funcionarios reales, mientras que a Praloto le tocó la inspección de las fortificaciones y el mando de la artillería.

Así pues Port-au-Prince se constituía en una suerte de república autónoma.

Pero todo eso no podía ir muy lejos.

Lo ocurrido tenía un carácter puramente local, sin prolongación posible y sin porvenir. Por otra parte lo ocurrido iba a separar a los colonos –ello se iba a ver en mayo de 1791 en la Constituyente– de una buena parte de la opinión pública francesa.

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De todos modos, este episodio que se presenta en esa circunstancia como el clásico episodio del último sobresalto, no podía disimular este hecho capital:

que los blancos en Santo Domingo ya no eran clase al ataque, sino clase a la defensiva y que la iniciativa histórica había pasado a otras manos: las de la clase media de los mulatos.

La derrota de los leopardinos así como de la asamblea provincial del Norte, sancionaba un gran hecho: la incapacidad de la aristocracia de los “grandes blancos” a llevar a bien el movimiento anticolonialista. A ejemplo de los colonos ingleses de los Estados Unidos, los colonos franceses de Santo Domingo, chocados en sus intereses comerciales por la metrópoli, habían, de manera más o menos confusa, intentado libertar a su país.

Pero la diferencia de los resultados subraya suficientemente la diferencia de los métodos.

Para resumirlo en una palabra: los colonos ingleses de las trece colonias americanas habían sabido hacer de su causa, una causa popular y conducir revolucionariamente una larga guerra de independencia, en tanto que los colonos franceses de Santo Domingo, prisioneros de sus prejuicios de casta, redujeron su causa, en modo alguno injusta en todos sus aspectos, a la de un bando turbulento, superficial y tontamente reaccionario, perfectamente impotente para sostener la guerra.

Más

colonos ingleses de

Norteamérica, dando un alcance universal a sus reivindicaciones, habían sabido hacer de su causa, la causa misma del hombre burlado en sus derechos.

Por el contrario, los colonos franceses de Santo Domingo sólo lograron esa lastimosa hazaña de lanzar un movimiento revolucionario a contrapelo de la historia.

No es sorprendente que no arrastraran a nadie en su movimiento. Y la medida de su ingenuidad está dada por haber tomado su impaciencia y sus declaraciones imitadas de Jefferson y de John Adams por actitudes revolucionarias.

Nadie podía engañarse en lo sucesivo: la aristocracia de los colonos, por su naturaleza, por sus intereses del momento, no podía animar una lucha anticolonialista consecuente; más todavía, no podía hacer otra cosa que buscar la protección del poder colonialista.

Ello no significa el fin de la lucha anticolonialista. Significa que otra clase debía levantarse y apoderarse de la bandera anticolonialista. Esta clase estaba dispuesta: era la de los mulatos.

De hecho esta clase será la que a partir de 1791 estará al frente de la escena.

Cuando por su lado, se vea comprometida, desalentada por los acontecimientos, ello no significará que la lucha anticolonialista ha terminado.

Significará tan sólo que otra clase ascenderá a relevar a los mulatos y a su vez entrará en la cantera ardiente de la revolución: la de los esclavos, la de los negros.

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y

mejor

aún

que

una

causa

popular,

los

Aimé Césaire

Libro Segundo LA REBELIÓN MULATA

Capítulo I CRETINISMO PARLAMENTARIO

Hemos visto a una de las clases de la sociedad, la de los grandes plantadores, ir al asalto del sistema colonial, ser la primera en esbozar un movimiento de autonomía local, después rápidamente abandonar la lucha anticolonialista y buscar el compromiso con las fuerzas más reaccionarias. Así, desde 1790, se hizo visible que empezaba una segunda época: que la iniciativa pasaba a un grupo social diferente. Es esto el segundo capítulo de la historia colonial bajo la revolución: después de la fronda de los plantadores, la rebelión de los hombres de color y de los mulatos.

Tampoco les faltaba a ellos organización. Si en París los colonos blancos se agrupaban bajo la égida del Club Massiac, los hombres de color libres tenían en la Sociedad de Amigos de los Negros, su oficina de pensamiento puesto que (no nos dejemos engañar por el título), es ante todo la sociedad de los mulatos. Constituida en principio para combatir la esclavitud, la sociedad fundada en 1783 había, de hecho, circunscrito muy pronto su ambición. Su programa, una vez edulcorado, se reducía a dos puntos: abolición inmediata de la trata e igualdad cívica para los hombres de color libres. En cuanto a la abolición de la esclavitud, permanecía en el estado de simple postulado, de ideal lejano y los representantes de la sociedad se negaron siempre a quererla en un tiempo determinado:

“la manumisión inmediata de los negros sería no sólo una operación fatal para las colonias, sino que igualmente sería un presente funesto para los negros en el estado de abyección y de nulidad a que la codicia los ha reducido”. (Instancia presentada en la sesión del 21 de enero de 1790.) 16

Los mulatos, desde 1780, 17 estaban en la brecha. Cosa extraña y que da una idea precisa de su ingenuidad: empezaron por dirigirse a sus enemigos naturales, a los privilegiados del color. El 26 de agosto de 1789, su líder, Raymond, fue por sí mismo al Club Massiac a exponer sus reivindicaciones que precisó de este modo:

16 La monarquía no se había mostrado sistemáticamente hostil a la actividad de la sociedad. Brissot pretende que Gouy d’Arcy “antes de la apertura de los estados generales había solicitado del rey una orden de prisión para amparar las sesiones de la Sociedad de Amigos de los Negros”. “¿Así que esos pobres negros tienen amigos en Francia? había dicho Luis XVI– Mejor, no quiero interrumpir sus trabajos”.

17 En realidad, lo eran desde 1785. Ese año habían querido aprovechar el centenario del edicto de 1685, llamado Código Negro para reclamar al gobierno francés la aplicación efectiva del artículo 59 de dicho código, así concebido: “Dispensamos a los manumitidos los mismos derechos, privilegios e inmunidades de que gozan las personas nacidas libres. Queremos que merezcan una libertad adquirida y que la misma produzca en ellos, tanto para sus personas como para sus bienes, los mismos efectos que la felicidad de la libertad natural causa a nuestros demás subditos”. A este efecto es que habían delegado en París a Julien Raymond, hijo de un rico propietario de Aquin.

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“fijar un grado de legitimidad a las personas de color (por ejemplo el segundo), después de lo cual serían declaradas ingenuas; 18 otorgar las prerrogativas civiles y políticas a la segunda generación, es decir a los cuarterones”.

Dos días después volvía a la carga presentando una memoria en la que pedía la libertad para el niño de una negra y de un blanco, los derechos cívicos para

los hombres de color actuales y la abolición de la trata. No hay que decir que perdieron su tiempo: el Club Massiac opuso a tales insinuaciones la más soberana altivez (el acta de una de las sesiones del Club, al hacer alusión a la intervención de Raymond, señala que se hizo entrar al “tal Raymond hombre de color” y que “todos los miembros estando sentados, el se acercó a la mesa

y habló de esta manera

Entonces, y solamente entonces, los mulatos se decidieron adherirse a la Asamblea Nacional. El 22 de octubre de 1789, una “diputación de ciudadanos de color, propietarios en las colonias francesas” fue introducida en el foro y pidió el disfrute de todas las ventajas de los ciudadanos. De Joly, hablando en nombre de la delegación, explicó:

“que aún existe, en una de las regiones de este imperio, una especie de hombres envilecidos y degradados, condenados al desprecio, a todas las humillaciones de la esclavitud, en una palabra, franceses, que gimen bajo el yugo de la opresión. Tal es la suerte de los infortunados colonos americanos conocidos en las islas bajo el nombre de mulatos, cuarterones, etc. Nacidos ciudadanos y libres, viven como extranjeros en su propia patria. Excluidos de todos los cargos, de todas las dignidades, de todas las profesiones, se les prohíbe hasta el ejercicio de una parte de las artes mecánicas; sometidos a las distinciones más envilecedoras, hallan la esclavitud en el seno mismo de la libertad”.

En una palabra, los hombres de color libres reclamaban una representación en

la Asamblea Nacional, y, bien entendido; la igualdad de derechos:

“No piden ningún favor. Reclaman los derechos del hombre y del ciudadano; esos derechos imprescriptibles fundados en la naturaleza y en el contrato social, esos derechos que tan solemnemente habéis reconocido y tan auténticamente consagrados cuando habéis establecido por base de la constitución que todos los hombres nacen, viven y mueren libres e iguales en derecho; que la ley es la expresión de la voluntad general que todos los ciudadanos tienen el derecho de concurrir personalmente o por sus representantes a su formación”.

A decir verdad, los hombres de color, ese día, recibieron una amplia provisión

de lindas palabras. Fréteau de Saint-Just, diputado de la nobleza de la bailía de Melún, consejero de gran cámara en el parlamento de París, se encargó de declarar que “ninguna parte de la nación” reclamaría “vanamente sus derechos cerca de la asamblea y de sus representantes”, que “aquéllas que el intervalo de los mares o los prejuicios relativos a la diferencia de origen” parecían “colocar más lejos de sus miradas” serían “acercados por esos sentimientos de humanidad que caracterizan todas sus deliberaciones y animan todos sus

18 Que nacieron libres y no han perdido su libertad.

65

Aimé Césaire

esfuerzos”. En consecuencia, invitaba a la delegación mulata a dejar sobre la mesa de la Asamblea Nacional sus piezas y su instancia. Por supuesto, un mes más tarde, seguían esperando los efectos de la benevolencia presidencial. De modo que el 28 de noviembre volvieron a la carga. En una “carta de los ciudadanos de color de las islas y colonias francesas, dirigida a los señores miembros del comité de verificación a la Asamblea Nacional” manifestaban su impaciencia:

“Os decimos, señores, que el fondo del asunto, el objeto más importante para los ciudadanos de color, no es ya susceptible de reflexión; pues independientemente del principio que reside en todos los corazones, excepto acaso en el de los colonos blancos, el caso está juzgado; y no se trata más que de aplicar la ley. La Asamblea Nacional ha decretado y el rey solemnemente reconocido:

1) que todos los hombres nacen libres e iguales en derechos;

2) que la ley es la expresión de la voluntad general y que todos los ciudadanos tienen el derecho de concurrir personalmente o por sus representantes a su formación; y

sus

representantes de comprobar la necesidad de la contribución y de consentirla libremente.

“Antes de los tres decretos, los ciudadanos de color habrían invocado los derechos imprescriptibles de la naturaleza, los de la razón y de la humanidad. Hoy día, testifican vuestra justicia; reclaman la ejecución de vuestros decretos”.

¡Ay, la asamblea, una vez más, permaneció insensible a esta bella lógica! Entonces, los mulatos empezaron a comprender que su batalla por la igualdad sería más dura de lo que se habían imaginado y que era por lo menos tan difícil de conquistar la Sala del Picadero, como los tantos pies cuadrados del gabinete del rey en Versalles”.

Todavía les esperaba un chasco mayor.

En efecto, el 2 de marzo de 1790 se levanta el telón sobre el primer gran debate colonial de la historia parlamentaria francesa. ¡Pero, ay! fue precisamente la ausencia de debate lo que caracterizó esa ratificación pura y simple de los trabajos del comité colonial cuyo informe fue presentado magistralmente por Barnave. 19 Barnave precisaba que las colonias tendrían sus leyes y su constitución particulares, pues él creía:

“que en una materia en que sus derechos más preciados estaban interesados y en que la más exacta noción no podía venir sino de ellas, era esencialmente sobre sus deseos que convenía determinarse”.

3)

en fin que cada ciudadano tiene

el derecho

por él,

o

por

19 Fueron los Lameth quienes pusieron a Barnave al corriente de los asuntos coloniales. Charles de Lameth se había casado con una mujer a quien los libelistas de aquella época llamaban “Dondon” (*) Picot, y que era hija única de un tal señor Picot, gran propietario de Santo Domingo, que vivía en Bayona. (*) Dondon: mujer gorda. (N del T.)

66

TOUSSAINT LOUVERTURE

En consecuencia, y para obtener el deseo de las colonias, precisaba formar en las mismas asambleas locales. ¿Sobre qué base? Es sobre este punto que el problema interesaba a los hombres de color.

Cosa singular, el verboso documento conocido bajo el nombre de instrucción del 23 de marzo de 1790 permanecía sorprendentemente discreto sobre un punto esencial, y lo grave era que tal silencio no se debía al azar. A la pregunta:

“¿quién sería elector?”, Barnave respondía:

“todo hombre adulto propietario de inmueble, o a defecto de tal propiedad, domiciliado en la parroquia desde dos años y pagando una contribución”.

¿Pero los hombres de color? ¿No eran hombres? ¿Eran por tanto electores? ¿Mas, por otra parte, como no eran nombrados, había que entender que este artículo no les concernía?

Cocherel, cuyo celo reaccionario se expresaba con impudor, pidió formalmente que los hombres de color fuesen especialmente excluidos de la clase de los ciudadanos activos.

Una demanda de precisión en sentido contrario emano de Grégoire. Reclamó que se insertara expresamente en el artículo IV, que los hombres de color que reunieran las condiciones requeridas gozarían de los derechos políticos concurrentemente con los colonos blancos. Entonces el diserto Barnave recurrió a su gran astucia: el silencio.

Eligiendo no contestar, dejó entender a unos y a otros que los complacía.

Era prometer lo mismo a dos personas, o lo que es igual, desatar, a plazo fijo, una guerra.

La cosa clara, en efecto, era que la interpretación del decreto iba a depender esencialmente de la relación de fuerzas.

Dura lección para los mulatos. Se habían imaginado encontrar una Revolución francesa audaz, aplicando imperturbablemente y con lógica su doctrina de los derechos del hombre; en suma, se habían topado con una asamblea prudente, calculadora, cautelosa incluso. Por vez primera, esos hombres nuevos trababan conocimiento con las trampas de lobos y las mentiras de la vida

parlamentaria. Preciosa experiencia, que no irían a arrojar en saco roto

todavía, les quedaba mucho por aprender. Apenas curados, y mal curados, de sus ilusiones parlamentarias, cayeron en otro genero de ilusiones: las de la violencia. Allí donde el discurso había fracasado, creyeron con completa ingenuidad que el “putsch” podía prosperar. No se puede llamar de otro modo la tentativa que hizo uno de los peticionarios de octubre de 1789. Tan pronto como el decreto de marzo de 1790 fue dado a conocer, Vincent Ogé, mulato de Santo Domingo, después de una breve estancia en Francia, resolvió regresar a su país, a compartir con los hombres de color el disfrute de los derechos que se felicitaba de haber contribuido a hacerles reconocer. Pasando por Inglaterra y Estados Unidos, llegó a Santo Domingo el 23 de octubre de 1790 y halló la manera de desembarcar en el Cap. Al día siguiente a su llegada fue con uno de sus amigos, Chavannes, a su casa situada en la parroquia de Dondon donde lo esperaban sus amigos previamente advertidos de su escapatoria. Sin pérdida de tiempo hizo sus reclamaciones a Peynier, gobernador de la colonia,

Pero,

67

Aimé Césaire

y al presidente de la asamblea provincial. En su carta a Peynier, testimoniaba sus sorpresa de la no-promulgación en la colonia del decreto del 28 de marzo, y se atrevía a amenazar:

“No, no, no, señor conde, no seguiremos bajo el yugo como lo hemos estado desde hace dos siglos: se ha roto el látigo de hierro que nos golpeaba. Reclamamos la ejecución de este decreto; evitad pues, por vuestra prudencia, un mal que no podríais calmar. Mi profesión de fe es hacer ejercitar el decreto que he cooperado a hacer obtener; rechazar la fuerza por la fuerza y, en fin, liquidar un perjuicio tan injusto como bárbaro”.

En su carta al presidente de la asamblea del Norte, se defendía de la imputación que se le podía hacer de querer sublevar los esclavos:

“Aprended a apreciar el mérito de un hombre cuya intención es pura. Cuando he solicitado de la Asamblea Nacional un decreto que he

obtenido en favor de los colonos americanos, de antiguo conocidos bajo

la etiqueta injuriosa de “mestizo”, no incluí en mis reclamaciones la suerte

de los negros que viven en esclavitud. Vosotros y nuestros adversarios habéis envenenado las gestiones para hacerme caer en desmerito a los ojos de las personas honradas. No, no, no, señores, no hemos reclamado más que por una clase de hombres libres, que estaban desde hace dos siglos bajo el yugo de la opresión. Exigimos la ejecución del decreto de 28 de marzo. Persistimos en su promulgación, no cesamos de repetir a nuestros amigos que nuestros adversarios son injustos y que no saben conciliar sus intereses con los nuestros”.

Como era de esperar, tales cartas nada arreglaron. La asamblea provincial del Norte se reunió en sesión extraordinaria con la convocación de los jefes militares. Con el pretexto de que Ogé había tomado la iniciativa de una agrupación ilegal, puso a precio su cabeza. En suma, días más tarde, una tropa de mil quinientos hombres dispersaba a los amigos del líder mulato, el cual se refugió en territorio español. Enseguida la asamblea del Norte exigió su extradición. Las cosas no se enfriaron: entregado, juzgado, condenado, dos meses más tarde, Ogé era llevado al suplicio con considerandos, memorables:

la corte declaraba a Vincent Ogé convicto de haber premeditado el proyecto de sublevar a las gentes de color con la complicidad de Chavannes, para reparación de lo cual, condenaba a:

“los nombrados Vincent Ogé joven cuarterón libre de Dondon, y a Jean- Baptiste Chavannes, cuarterón libre de la Grande Riviére, a ser conducidos

por el ejecutor de la alta justicia delante de la puerta principal de la iglesia parroquial de esta ciudad y allí con la cabeza desnuda y en ropón, con la cuerda al cuello, de rodillas y llevando cada uno en la mano una tea de cera ardiente de un peso de dos libras, pedir perdón y declarar en voz alta

e inteligible que es malvada, temeraria e imprudentemente cómo come-

tieron los crímenes de los cuales están convictos, que se arrepienten y

piden perdón a Dios, al rey y a la justicia: hecho esto, serán conducidos a

la plaza de armas de esta ciudad, en el lado opuesto al sitio destinado a

la ejecución de los blancos, y allí se les romperán los brazos, piernas, caderas y riñones, sobre un cadalso que será levantado a estos efectos, y

68

TOUSSAINT LOUVERTURE

allí expuestos por el ejecutor de la alta justicia todo el tiempo que a Dios

le

plazca conservarles la vida; hecho esto, les serán cortadas las cabezas

y

serán expuestas en postes: a saber, la del nombrado Vincent Ogé, el

joven, en el camino real que lleva a Dondon, y la de Jean-Baptiste Chavannes, en el camino de la Grande Rivière, frente a la casa Poisson”.

Lo que fue hecho, con minucia infinita y escrupuloso respeto, del ritual, el 25 de febrero de 1791.

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Capítulo II UN GRAN DEBATE

Aimé Césaire

Fue sin embargo, del parlamento que tanto daño hiciera a los mulatos que les llegó el primer vislumbre. Llevando demasiado lejos sus prerrogativas, los colonos blancos acabaron por inquietar. El decreto del 28 de marzo había puesto a los colonos y a sus bienes “bajo la salvaguarda de la nación”. La fórmula era a la vez vaga y noble, pero convenía pasar de la literatura al derecho. A petición de los colonos se dictó un decreto con fecha 12 de octubre de 1790 para precisar las cosas. Allí se estipulaba que la asamblea tenia la intención “de escuchar sus peticiones sobre todas las modificaciones que podrían proponerse a las leyes prohibitivas del comercio y la firme voluntad de establecer como artículo constitucional que ninguna ley sobre el estado de las personas sería decretada para las colonias a no ser por petición expresa y formal de sus asambleas coloniales”.

En mayo de 1791, los colonos blancos exigieron el cumplimiento de dicha promesa. El ponente Delattre se mostró apremiante:

“Ya es hora, señores, de cumplir esta promesa importante; debéis hacerlo para destruir las esperanzas culpables de autonomía, para llevar de nuevo la calma a las regiones sacudidas y agitadas por los disturbios políticos. Hay que tranquilizar a las colonias por un decreto positivo; en fin, es preciso cumplir el compromiso que se hizo con ellas”.

¿Qué esperaban los colonialistas? Ni más. ni menos que reeditar los golpes de marzo y octubre de 1790, en donde se había visto a una asamblea, manejada por unos cuantos mañosos, ratificar dócilmente las decisiones de su comité colonial. A no dudarlo era una ligereza y también era olvidar que se había producido un nuevo hecho: la efusión de sangre en las colonias con la consiguiente alarma de la opinión, pública. Además, que ya la asamblea no era novicia, que quería ver claro y, en todo caso, oír apasionadamente. Delattre había dicho el por. ¿Pero el contra? Y seguir a Delattre, contentarse con ratificar las miras del comité nacional, era resignarse a nunca oírlo. Aunque tardío, fue este deseo honesto de la asamblea lo que abrió la vía al éxito del abate Grégoire:

“Se nos habla de convertir en acto constitucional el considerando del decreto del mes de octubre. Observaré de pasada que no es este un objeto de constitución; pues ese considerando se refiere a la Declaración de los Derechos del Hombre y se nos propone nada menos que anularlo. Se nos dice que hay que ser justo con prudencia, confieso que en el proyecto de decreto que se nos propone, no veo más que un medio de ser opresor con habilidad, de perpetuar incluso la opresión sobre una clase de hombres que son libres por naturaleza y por ley y, a los que se quiere reducir a la esclavitud, librándolos de la dominación de los otros. Se nos dice que no debemos aplazar, pero después de haber esperado cuatro meses para presentarnos ese proyecto, bien se puede esperar cuatro días más para tener la impresión del informe”.

70

TOUSSAINT LOUVERTURE

La intervención de Grégoire era ya un signo de que el embrujo, que en marzo

de 1790 había acallado la discusión del problema colonial estaba roto, definitivamente roto. A los que aún dudaban, un discurso incisivo de Pétion, poniendo fin a los gritos de Moreau de Saint-Méry y de Malouet, disipó las últimas ilusiones. ¿Quién quería sofocar la discusión? ¿Los Amigos de los Negros? ¡No! ¡Los colonialistas! ¡Los que hablaban sin parar de la necesidad de decir la verdad sobre las colonias y que se las habían ingeniado todo el tiempo en “cerrar la boca a los que tenían algo que deciros!”

En cuanto al proyecto de decreto de los comités, proyecto en términos del cual, para devolver la calma a las colonias, correspondería a los colonos blancos decretar la suerte de los hombres de color libres, se podía, de creer a Pétion, resumirlo en una palabra:

“desheredar a los hombres libres de color de sus derechos políticos. Máxima funesta y deshonrosa:

“Se os propone hoy el acto más humillante, al cual ninguna nación de Europa querría adherir: cuando dos clases de hombres están divididos por sus intereses, se quiere hacer de unos jueces de los derechos de los otros”.

Y una comparación sorprendente hacía sentir el carácter odioso de esta

extraña política:

“Cuando se trató de convocar a los municipios para los estados generales, ¿creen que la revolución se habría hecho, si los municipios hubieran consentido que la nobleza y el clero se agolparan sobre los privilegios de la nobleza y del clero?”

Los aplausos que en ese momento estallaron las tribunas mostraban a Pétion que había dado en el blanco. Triunfó:

“Pues bien, es la misma cosa que se nos propone para las colonias y pido que antes de admitir el proyecto del comité, declaréis que no queréis más libertad que la que os quieran ceder los antiguos privilegiados”.

Acordada la posposición, como la reclamaban Grégoire y Pétion, los blancos sintieron que su crédito se desmoronaba.

Sobrevino lo peor cuando cuatro días más tarde, el 11 de mayo, comenzó el verdadero debate. Fue Grégoire quien lo entabló; lo hizo en un discurso

amplio, minucioso y que llegaba lejos. Su análisis de los trastornos coloniales y

el proceso que intentó contra la mayoría colonialista de la asamblea son

verdaderamente vindicativos en su rigor y su pertinencia. Habían sustituido una política fundada en la justicia y la lealtad por la socarronería y la astucia:

“Nadie se llame a engaño, esta política estrecha sólo tendrá un éxito momentáneo; y a la postre, las bajezas se revelan y los mismos que quieren seguir esa marcha oblicua y odiosa son desenmascarados, descubiertos. Decían a los mulatos: Estáis comprendidos bajo la denominación de todas las personas; y me acuerdo muy bien que en esta tribuna, cuando insistía para que las gentes de color fuesen designadas nominativamente en el artículo IV Barnave a quien interpelo y Charles de

71

Aimé Césaire

Lameth y muchos otros se apresuraron a gritar que se les había incluido en dicho artículo, que designaba a todos los que eran propietarios. Así pues se decía a las gentes de color: estáis comprendidos en esas palabras todas las personas, pero se decía a los blancos: la Asamblea

Nacional no designa a las gentes de color, podéis aumentar ese silencio,

¿Qué ocurrió con esta

doble marcha? Nada más que las querellas y los resentimientos por ambas partes, las tramas y los opresores, coaligándose con el poder ejecutivo mediante el cual se prosigue oprimiendo, seguir teniendo bajo el yugo a los hombres de color, impedirles que se reúnan, interceptar sus cartas, sofocar sus quejas, aterrar mediante amenazas, incluso por suplicios a los que podrían reclamar”.

Grégoire terminaba haciendo de la causa mulata la causa misma de la revolución:

“¡Qué extraña contradicción no sería que tras haber decretado la libertad de Francia, fueseis por vuestros decretos los opresores de América! Exijo la cuestión previa sobre el proyecto de decreto que os presenta vuestro comité, y he aquí lo que propongo sustituir en él:

“La Asamblea Nacional decreta que los hombres de color y negros libres, propietarios y contribuyentes, están comprendidos en el artículo IV del decreto del 28 de marzo. Insta a los comisarios encargados de restablecer la paz en las islas de emplear todos los medios a su alcance para hacer disfrutar a ¡os hombres de color de todos los derechos de ciudadanos activos”

Después de una interminable cháchara de Gouy d’Arcy, quien se esforzó por demostrar que conceder a los mulatos el derecho de ciudad era empeñarse en una senda peligrosa que no podía, sino llevar a la abolición de la trata y a la emancipación de los esclavos, y una laboriosa disertación en que Malouet, trató a fuerza de falsas sutilezas de oponer el interés particular de los hombres de color al interés general de las colonias, el derecho de los hombres de color al reconocimiento de sus derechos al derecho más importante de la sociedad al aplazamiento del ejercicio de esos derechos, se escuchó de nuevo a Pétion. Apegándose a otras máximas, osaba hacer esta cosa inaudita: la apología de los hombres de color.

“No sólo la humanidad, la justicia, habla aquí en favor de los hombres de color, sino incluso la más sana política. ¿Qué son en efecto los hombres libres de color? Son el baluarte de la libertad en las colonias. Han sido siempre los primeros en salir en defensa de las colonias; son ellos los propietarios más interesantes de las colonias. Además de las excelentes razones que se han dicho sobre este asunto, hay una mucho más poderosa, y es que allá son ellos los propietarios indígenas. Son ellos los que cultivan las propiedades que están abandonadas o descuidadas por los colonos de paso que, para goces efímeros, amasan capitales inmensos en las colonias; que, después de haber cultivado sus plantaciones durante algún tiempo, se ven obligados a abandonarlas por haber forzado la tierra y rendídola estéril”.

la Asamblea Nacional es dueña de no hablar

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TOUSSAINT LOUVERTURE

El 12 de mayo, Lanjuináis, en términos de una causticidad implacable, vino a aportar su contribución a la ofensiva antirracista. Que se sepa, fue el primero en osar hacer la apología del mestizaje y en mofarse de las pretensiones de los colonos a la pureza racial:

“Pero, dicen, se requiere una clase intermedia entre los ciudadanos libres y los esclavos, hay que tener mucho cuidado de que el esclavo no esté demasiado cerca de su amo. Podría haber efectivamente razones políticas en presentar así el problema en general; ¿pero es pues posible acercar más los esclavos a los amos de lo que lo han hecho la naturaleza, la razón, la ley? ¿Pero los colonos blancos y las gentes de color no son acaso hijos de la misma madre? ¿No son acaso vuestros hermanos, vuestros sobrinos, vuestros primos? ¿Tenéis miedo de acercarlos a vosotros; solicitáis leyes que os los alejen; y no querríais dejarles compartir vuestros derechos porque no tienen la piel tan blanca como la de vosotros? Podría decir a muchos de los que esgrimen esas pretensiones ridículas: miraos en un espejo y decidid”.

Y condenaba por temeraria toda la política seguida hasta ese momento, la política de defensa de los intereses de los colonos, pues en fin de cuentas si se temía la rebelión de los blancos, ¿no era también el caso temer un levantamiento de los hombres de color?

“Cuando ascendéis a los colonos blancos al rango supremo de ser miembros de la soberanía, ¿rebajaréis a los otros al punto de no ser más que los esclavos políticos de los colonos blancos? Cundo se está obligado a confesar que los colonos de color han recibido las mismas ventajas que los blancos para el cruce de las razas, por los felices efectos de la naturaleza, que por ahí nos enseña profusamente a menospreciar los prejuicios; cuando por el cruce de las razas, participan de la fuerza de los americanos, del espíritu y de la inteligencia que distinguen a los europeos; cuando poseen vigor, agilidad, industria y todas las cualidades requeridas para ser ciudadanos activos, ¿los privaríais de esos derechos que les han sido concedidos por la naturaleza, la ley y la práctica de los países circunvecinos? Temed una explosión terrible si pronunciáis contra ellos una exclusión eterna que haga de sus tiranos sus jueces ”

Sobre un camino ya tan preparado Robespierre avanzó. En su discurso hay Grégoire, Pétion, Lanjuinais, pero todo dicho con una lógica más imperiosa y con un acento como transfigurado por una fiebre de razón.

Oponiéndose al acostumbrado chantaje que los colonos hacían pesar sobre la asamblea, señaló, y este parecer resultaría profético, que la política preconizada por el comité colonial contribuiría, más que ninguna otra a la subversión de las colonias ya que los mulatos se echarían en brazos de los negros; que por otra parte poner la suerte de los hombres de color entre las manos de los colonos, es decir, la suerte del oprimido entre las manos del opresor, era para la revolución desautorizarse a sí misma y era también una manera de suicidio moral: “Ante todo, es importante fijar el verdadero estado del problema: éste no consiste en saber si concederéis los derechos políticos a los ciudadanos de color, mas si se los conservaréis, pues ya disfrutan de ellos antes de vuestros decretos. Yo digo, señores, que los hombres de color gozaban de los derechos

73

Aimé Césaire

que los blancos reclaman hoy exclusivamente para ellos, de los derechos civiles, los únicos de que todos los ciudadanos gozaban antes de la revolución. La revolución ha concedido los derechos políticos a todos los ciudadanos:

siendo los hombres de color por esta época iguales en derechos a los blancos, se desprende de ello que han debido recibir los mismos derechos y que la revolución los ha situado, por la misma naturaleza de las cosas, en el mismo rango que los hombres blancos, es decir, en los derechos políticos.

”Vuestros precedentes decretos, ¿les fueron quitados? No, pues tendréis que convenir que habéis dado uno que otorga la calidad de ciudadano activo a toda persona propietaria en las colonias que pague una contribución de tres jornadas de trabajo; y como el color nada tiene que ver en esto, todas las gentes de color que paguen tres jornadas de trabajo están comprendidas en dicho decreto y por él son reconocidos como ciudadanos activos.

También observaréis que, después, ningún otro decreto ha derogado a aquél; que el considerando del decreto del 12 de octubre, del que se ha querido echar mano en esta discusión, nada dice de lo que se pretende hacerle decir: lejos de ser favorable a las pretensiones aducidas, las excluye. Indica que tenéis la intención de no innovar nada en lo que se refiere al estado de las personas sin la iniciativa de las colonias, es decir, sin duda de los ciudadanos de las colonias; así pues las gentes de color siendo ciudadanos de las colonias, y teniendo por las leyes antiguas no abrogadas por vuestros decretos sobre las cualidades de ciudadano activo, los mismos derechos que los colonos blancos, deben compartir esta iniciativa.

Vuestros decretos posteriores no han derogado los primeros”.

Planteado este fundamento, Robespierre pasó a abordar el aspecto político del problema:

“Veamos ahora cuáles son las razones que os pueden forzar a violar a un tiempo las leyes y vuestros decretos, y los principios de la justicia y de la humanidad.

Se os dice que perderéis vuestras colonias si no despojáis a los ciudadanos libres de color de sus derechos.

¿Y por qué perderíais vuestras colonias? Es porque una parte de los ciudadanos, los que son llamados blancos, quieren exclusivamente disfrutar de los derechos de ciudad. Y son esos mismos los que se atreven a decir por la voz de sus diputados: si no nos atribuís exclusivamente los derechos políticos, nos sentiremos descontentos; vuestro decreto llevará el descontento y la turbación a las colonias; puede tener funestas consecuencias; temed las consecuencias de dicho descontento.

He aquí pues a un partido faccioso que os amenaza con incendiar vuestras colonias, romper los lazos que las unen a la metrópoli, si no confirmáis sus pretensiones.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Pregunto ante todo a la Asamblea Nacional si es digno de legisladores hacer transacciones de esta especie con el interés, la avaricia, el orgullo de una clase de ciudadanos. Pregunto si es acierto político determinarse por las amenazas de un partido a traficar con los derechos de los hombres, de la justicia y de la humanidad.

“Seguidamente, señores, me parece que esta objeción amenazadora es bien débil, ¿y no se podría retorcer contra los mismos que la hacen? Si por un lado los blancos os hacen esta objeción, los hombres negros por su lado podrían haceros una semejante y deciros: si nos despojáis de nuestros derechos, nos sentiremos descontentos, y no pondremos menos ánimo en defender los derechos sagrados e imprescriptibles que tenemos de la naturaleza que la obstinación que ponen nuestros adversarios en querernos despojar de ellos.

Ahora bien, creo que la justa indignación de los hombres libres, que el ánimo con que defienden su libertad, no es ni menos poderoso, ni menos formidable que el resentimiento, del orgullo de los que no han obtenido las injustas ventajas a las cuales aspiraban”.

Argumento que, con el curso de los acontecimientos, debía demostrar el buen fundamento.

Pero, se dirá, ¿qué se vuelve en todo eso el sistema servil? Robespierre arriesgaba lo que parecía una paradoja; y por un razonamiento muy moderno, en el cual sustituía la noción de lucha de razas por la noción de lucha de clases, se atrevía a sostener que no sería el otorgamiento de los derechos políticos a los mulatos lo que estremecería el sistema esclavista, sino muy exactamente todo lo contrario:

“Sigamos en sus detalles las objeciones de este partido de los blancos. ¿En qué se basan para querer despojar a sus conciudadanos de sus derechos? ¿Cuál es el motivo de esta extrema repugnancia a compartirlos con sus hermanos? Es que, dicen ellos, si otorgáis la cualidad de ciudadanos activos a los hombres libres de color, disminuiréis el respeto de los esclavos por sus amos, lo cual es tanto más peligroso puesto que sólo pueden conducirlos por el terror.

Objeción absurda. ¿Los derechos que antes ejercían los hombres de color han tenido influencia sobre la obediencia de los negros? ¿Ellos han disminuido el imperio de la fuerza que ejercen los amos sobre sus esclavos?

Mas razonemos en vuestros propios principios.

A las razones victoriosas que han sido dadas contra esta objeción, añado que la conservación de los derechos políticos que pronunciáis en favor de las gentes de color propietarias no haría más que fortalecer el poder de los amos sobre los esclavos.

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Aimé Césaire

Cuando hayáis dado a todos los ciudadanos de color propietarios y amos el mismo interés, si no hacéis con ellos más que un solo partido, que tenga el mismo interés en mantener a los negros en la subordinación, es evidente que la subordinación será consolidada de un modo todavía más firme en las colonias.

Si, por el contrario, priváis a los hombres de color de sus derechos, haréis una escisión entre ellos y los blancos, acercaréis naturalmente a todos los hombres de color que no tendrán ni los mismos derechos ni los mismos intereses a defender que los blancos; los acercaréis, digo, a la clase de los negros; y entonces si se temiera alguna insurrección de parte de los esclavos contra los amos, es evidente que sería mucho más terrible, ya que se vería apoyada por los hombres libres de color que no tendrían el mismo interés en reprimirla porque su causa sería casi común”.

En cuanto a la reunión de un congreso de colonos propuesto por el ponerte, Robespierre mostraba el carácter chocante del mismo en un acercamiento cuya sola enunciación aplicaba un hierro caliente en la espalda de! Legislador:

“¿Y de quienes estaría compuesto ese congreso? De colonos blancos, y serían los blancos los que pedirían que los hombres de color no disfruten de esos derechos. Entonces, señores, tal cosa sería remitir los hombres de color a sus adversarios para obtener los derechos que ellos reclaman y que pretenden que no les pueden arrancar. Así, señores, cuando por primera vez en Francia se produjo la cuestión de saber si lo, que se llamaba el tercer estado debía tener una representación igual a la de los otros dos órdenes, no habría sido un método torpe reunir en una de las ciudades de Francia un congreso compuesto, mitad por mitad de eclesiásticos y de nobles, para proponer al gobierno su opinión sobre este problema”.

Robespierre había dado en el blanco. Bien se echó a ver por el ajetreo de los que trataron de taponar la brecha. Moreau de Saint-Méry, sin brillantez mas no sin información articuló una triquiñuela de historiador:

“Se objeta continuamente –quien habla es Moreau de Saint-Méry– que no se trata de conceder derechos políticos a los hombres de color, sino mantenerlos en el ejercicio de esos derechos. Es hora, señores, de poner fin a semejante error que podría desorientar a la asamblea. Cuando se establecieron las colonias sólo había blancos en ellas. Poco a poco fueron llegando los esclavos; un poco más tarde se vio nacer una tercera clase, la de los libertos; hago observar a este respecto que dicha clase no ha sido producida por el deseo nacional; es enteramente creación de los colonos. Los hombres de color recibían la manumisión 20 sólo de sus

20 Concesión de la libertad a un esclavo. Manumisión de esclavos, en la antigua Roma, era el nombre que recibía el proceso de liberar a un esclavo, tras lo cual se convertía en un liberto. La manumisión fue una práctica común en Roma y sus dominios a lo largo de su historia. Un esclavo, por afecto, favores prestados, méritos, cualidades personales, buena voluntad del propietario, podía convertirse en liberto e incluso ser aceptado e incorporado a la alta sociedad romana, como es caso de algunos libertos imperiales, que por el sistema de promoción social, así como por su excepcional riqueza o experiencia, alcanzaron la cima de la escala social llegando a desempeñar cargos políticos gracias al apoyo de la aristocracia romana. Pero lo más habitual era que se les siguiera viendo como siervos, no permitiéndoles

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TOUSSAINT LOUVERTURE

amos. Las cosas han existido en este estado hasta la época de 1682 y 1683 en que las colonia; de las islas del Viento se ocuparon de hacer preparar la ley conocida después bajo el título de Código Negro. A este efecto se enviaron memorías, y la ley de 1685. es la primera en que el rey, entonces legislador, haya hablado de manumisión.

Este edicto de 1685 dice en uno de sus artículos que la libertad concedida a los libertos debería producir sobre ellos los mismos efectos que la libertad natural; y, sin embargo, en un artículo anterior, el edicto dice que los libertos estarán obligados a conservar el respeto por sus antiguos amos.

En 1705 otro edicto señala que todo liberto que haya ocultado a un esclavo será él mismo vendido como esclavo. Así pues, pregunto si después de eso se puede asimilar un blanco a un liberto…

He aquí un hecho más concluyente: existía en Santa Domingo desde la época de 1613 hasta la de la revolución, una asamblea política. Tenía por objeto regular, cada cinco años, la riqueza imponible. ¡Pues bien! esta asamblea estaba compuesta en su totalidad por blancos; y nunca se oyó decir a los hombres de color que ellos debieran ser llamadas a su seno. En las islas de Sotavento era la misma cosa”.

Después el orador abordó la cuestión de principios.

La izquierda hablaba de los derechos del hombre y del ciudadano, y era afecta a apoyarse en la filosofía natural. Moreau de Saint-Méry no resistió el fácil placer de cogerla en flagrante delito de contradicción y en derogación perfecta con la filosofía natural:

“Se dice que dejar la iniciativa a las asambleas coloniales, es dar a la nobleza el derecho de deliberar sobre lo que concierne al tercer estado. Se engañan evidentemente; también había en la colonia privilegiados, nobles y sacerdotes, y con relación a esto, vuestros principios han sido adoptados.

Oigo hablar mucho de los derechos naturales por los que quieren la perfecta asimilación de los hombres de color con los blancos. Pregunto en qué capítulo del libro de la naturaleza, se ha tratado de ciudadanos activos”

Sobre esta trama es que Barnave bordó su acostumbrado tejemaneje:

“Diré, señores, que dado el calor con el cual se discute aquí la cuestión, se creería que por lo menos es la causa de los principios contra la del interés nacional. ¡Pues bien! señores, ni siquiera es la causa de los principios, pues los que se niegan, a una medida de prudencia que me atreveré a decir necesaria, indispensable en las circunstancias, alteran ellos mismos los principios del modo más importante. Según ellos, no se puede, sin herirlos, dejar en suspenso durante algún tiempo, con la

olvidar su pasado, y la mayor parte de los libertos simplemente subieron un peldaño en la estratificación social romana, pasando a formar parte de la plebe y con ello la necesidad de ganarse la vida con su trabajo, por lo que muchos de ellos siguieron trabajando para sus anteriores propietarios, ahora patronos.

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Aimé Césaire

certeza de resolver conforme a la razón, el ejercicio de los derechos políticos de algunos hombres; pero bien se puede dejar suspender sin término la libertad civil, individual de seiscientas mil personas (murmullos prolongados, pasan vanos minutos en una viva agitación).

Es absurdo, cuando se consiente por razones de estado, por razones de utilidad pública, en dejar a seiscientos mil hombres en la esclavitud, no querer suspender por algún tiempo mediante una marcha prudente y conforme a las promesas de la Asamblea Nacional el ejercicio de los derechos políticos para un corto número de hombres que no estarán privados de ellos más que momentáneamente”.

Y, cínico añadía: después de todo, ¡qué arriesgamos, los mulatos son los más débiles!

“Digo que la proposición contraria parte de una profunda ignorancia de los hechos; que es falso por la experiencia y por el estado de las cosas que una suspensión relativa a los hombres de color pueda ofrecer alguna especie de peligro; que, por el contrario, es real, profundamente verdadero, que un pronunciamiento actual contra la iniciativa prometida a las colonias causará peligros inmensos, peligros cuyos resultados serían desastrosos; que es absolutamente falso que sea por el equilibrio de fuerzas entre los hombres de color y los blancos que hayan existido disturbios en las colonias, puesto que es sabido que los disturbios que han existido se han producido sólo entre los blancos; que el único movimiento de los hombres de color, la única guerra entre los blancos y ellos es el triste suceso que condujo al trágico fin del infortunado Ogé; que no habéis visto en ese suceso el supuesto equilibrio de fuerzas; que ese equilibrio es absolutamente falso; que mi argumento no destruye razones de justicia, sino que anula las reflexiones políticas que se oponen, en tanto que es cierto que todas las razones políticas, todas las razones de prudencia están de nuestro lado; que es un miserable capricho, indigno de la Asamblea Nacional, exponerse a perder posesiones que crean la prosperidad francesa”.

Así empezó este importante debate, que iba a durar muchos días más, debate capital, irritante en sus rodeos, patético en sus titubeos y que en resumen iba mucho más allá de su objeto. Con el motivo de la cuestión colonial, la Revolución francesa había empezado a afrontarse a sí misma, y al confrontarse con los principios que le habían dado nacimiento, a desbastarse, es decir, a definirse.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Capítulo III

UN DESTELLO

El 13 de Mayo, Bouchotte y Dupont de Nemours vinieron a estimular el esfuerzo anticolonialista.

El discurso de Bouchotte, con su violencia, manifestaba un progreso inmenso y mostraba que la cuestión colonial, por la conciencia creciente que adquiría la asamblea en pleno, dejaba de ser el predio de un puñado de especialistas.

Bouchotte torcía y retorcía el hierro del remordimiento de la conciencia de esos constituyentes que todavía la víspera lidiaban con la tiranía:

“Un honorable miembro, el señor Malouet, pretendía el otro día en esta

misma tribuna que nada se quitaba a los negros y a los mulatos libres, puesto que no se les había concedido, de acuerdo con las leyes de Luis

XIV y de Luis XV, más que la libertad civil y en modo alguno la libertad

política, y si él no formulaba las conclusiones, al menos nos dejaba inferir

que

la libertad política no les era debida.

Así

pues, que se nos diga también si alguien ha encontrado en esas

mismas leyes de Luis XIV y de Luis XV una disposición que haya, dado a vuestros mayores y a vosotros el menor derecho de reclamar esta libertad política que habéis reconquistado, y que haya limitado vuestra libertad a reclamaciones puramente civiles amalgamadas con la más completa

servidumbre.

”Si semejante argumento es bueno para remachar las cadenas de las gentes de color, que se me diga cómo, cuándo se os ha hecho uno semejante, en el momento en que Francia iba a desenmohecerse, sólo ha servido para redoblar las fuerzas de los franceses de Europa, para romper sus cadenas, y cómo podríamos creer que franceses libres en otro hemisferio no posean un corazón tal como el nuestro, aunque la envoltura que lo recubre sea de un color un tanto más oscuro”.

Dupont de Nemours, el amigo de La Fayette, dio una mano. Planteó el problema con una fuerza estremecedora:

“¿Qué oponen a los derechos que tenéis de explicar el sentido de vuestros decretos sobre el estado de las personas? Oponen las repugnancias de una pueril vanidad, el deseo de conservar en las colonias un grado de nobleza más alto, pues, hasta el presente, los colonos han estado tan lejos de vuestros principios, que todavía poseen siete órdenes de nobleza como los siete coros de ángeles y de arcángeles. Poseen los blancos nobles que entre ellos siguen con sus

títulos, algunos de los cuales harían reír en Europa; poseen los grandes blancos propietarios y los pequeños blancos. Ahora bien, sabed que no

son los que tienen tres pies y cuatro pulgadas de estatura, sino que es un

montón de gente sin patria, sin ley, sin costumbres, entregados a los vicios más vergonzosos y a los oficios más viles. Esta ínfima clase de

pequeños blancos es la que, en la América, está mucho más orgullosa de

su nobleza blanca que no lo están los verdaderos colonos, los

propietarios más ricos, de igual modo que en Francia los hijos de

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Aimé Césaire

secretarios del rey eran mucho más rudos señores que los Montmorency. Por debajo se encuentran los cuarterones, los mestizos, los mulatos, los negros libres y por último los negros esclavos que son el verdadero pueblo del país, puesto que es ese pueblo el que cultiva la tierra y adiestra sus brazos. Ya es bastante que esta profunda llaga hecha por la esclavitud a la humanidad no pueda ser curada más que por grados. Al menos no añadamos a esta desigualdad, los defensores de la libertad humana instituyendo nuevas clases de nobleza cuando ellos han destruido las que existían en su país”.

¿La extorsión del colono a la secesión? ¿Estaba en la dignidad de la asamblea pensar en plegarse ante puras baladronadas?

“Se nos amenaza con el resentimiento de esos nobles de ultramar. Desde que convivimos juntos, todos tenemos la experiencia de que a las amenazas debamos oponer el desprecio y la intención enérgicamente pronunciada de rechazar el ataque y castigar a los amenazadores”.

Y Dupont de Nemours se elevaba a una altura en que más tarde sólo debía

alcanzarlo Robespierre:

“No temamos, señores, la separación. Si debiera producirse. si os encontráis en la apremiante necesidad de sacrificar la justicia o la humanidad, os diré que vuestro único poder está en la equidad, que si abandonáis esta base, entonces expondríais la salvación de tantos trabajos meritorios que habéis hecho por la humanidad, y que así vuestro interés, el de Europa, el del mundo exigiría que no titubeaseis en el sacrificio de una colonia más bien que de un principio”.

Inmensa colisión política: de una parte principios muy fuertes por su reciente y solemne enunciación, por otra parte el poder de los intereses, la fuerza de los prejuicios, también en los tímidos el temor a aventurarse en una especie de “térra incógnita” en donde cada paso fuera de la tradición corría el riesgo de hacer surgir un nuevo peligro…

Esta vez los colonialistas sentirán pasar sobre ellos el viento de la derrota. Barnave había hablado, pero Barnave, aunque hubiera hablado, seguía siendo a pesar de todo el hombre del castillo de Vizille, lo cual significa en cierto modo un hombre revolucionario, tanto que aun cuando negara los derechos de los mulatos se hacía violencia –y por supuesto, su discurso se había resentido de esa violencia.

Entonces mandaron a hablar al abate Maury.

El azar entró por muy poco en la designación del abate Maury, el reaccionario

más frenético, que hizo lo que se esperaba de él con un brío que no dificultó escrúpulo humano alguno ni ninguna sombra de idealismo político. Y, en efecto, el calor que faltaba a Barnave, el calor de la buena conciencia que

buscaban los colonialistas y la mayoría de la asamblea, un reaccionario franco

y declarado, al que ninguna duda lo había asaltado sobre la validez de los privilegios, y por lo demás retórico de altura, podía aportarlo.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Maury empezó por declarar lisa y llanamente que el verdadero problema no era el de los hombres de color libres, sino el de la manumisión de los negros por obra de los Amigos de los Negros a los que acusaba de prepararla bajo cuerda.

¿Y los mulatos? En vano se sublevaban contra su condición: no había modo de establecer un vínculo entre la libertad de que gozaban y la igualdad que reclamaban:

“Pongamos como principio fundamental en esta deliberación, que, en todos los gobiernos antiguos o modernos sabiamente organizados, la ley ha distinguido los esclavos, los libertos, los hombres libres y los ciudadanos. Todos estos intervalos políticos están cabalmente señalados en la legislación, y por doquier encontramos clases intermedias entre la esclavitud y el derecho de ciudad. Así pues sostengo que el derecho de ciudad no es una consecuencia necesaria de la libertad”.

De paso, Maury insultaba como sacerdote y lo hacía vilmente:

“Los hombres de color son todos o casi todos el fruto vergonzoso del libertinaje de sus amos y pido que al deliberar aquí sobre sus pretensiones, los reduzcamos al menos a la muy poco numerosa clase de los mulatos que pueden probar legalmente su emancipación y que son nacidos del legítimo matrimonio de un padre y de una madre libres. Seria totalmente absurdo que legisladores convencidos de la necesidad de respetar las costumbres públicas, concediesen la más inmoral protección al concubinaje por desgracia tan común en las Antillas”.

Y el orador agitaba complacido el espectro de la secesión:

“Se nos ha dicho que los colonos, de verse muy en breve bajo la dependencia de los hombres de color, irían a solicitar una dominación extranjera e Inglaterra, que acaso influya más de lo que se piensa sobre esta deliberación, estaba dispuesta a abrirles los brazos. Debo esperar que Francia nunca experimentará una desdicha tan grande que la haría descender al rango de las potencias de segunda fila. Si, señores, innovadores, si perdéis anualmente más de doscientos millones que sacáis de vuestras colonias; si os veis obligados a buscar otros recursos para compensar vuestros desastrosos tratados comerciales, para pagar cada año cerca de ochenta millones de renta vitalicia que debéis a los extranjeros, en virtud de vuestros empréstitos; si vuestros negociantes del Havre, de Nantes, de Burdeos, de Marsella, aplastados de golpe por la pérdida de más de cuatrocientos millones que vuestras colonias deben al comercio francés, se viesen ellos mismos condenados a una bancarrota universal; si no tuvieseis ya el comercio exclusivo de vuestras colonias para alimentar vuestras manufacturas, conservar vuestra marina, sostener vuestra agricultura, pagar vuestros canjes, subvenir a vuestras necesidades suntuarias, tener a favor vuestro la balanza comercial con Europa y Asia, lo digo sin ambages, y lo digo a vuestros economistas, ya convictos de otras herejías políticas, el reino se perderá irremisiblemente”.

Así pues, los blancos constituían entre Francia y las colonias los únicos vínculos válidos, los únicos sólidos:

81

Aimé Césaire

“Los blancos que se esfuerzan por hacérnoslos odiosos son sin embargo los verdaderos, los únicos vínculos que unen nuestras colonias a la metrópoli: el día en que vuestras islas no estén ya habitadas y administradas por los blancos, la Francia dejará de tener colonias; sólo estarán pobladas por una clase de negros y de mulatos que no son, dígase lo que se diga, franceses puesto que ni siquiera han visto Francia. Estos insulares, cuya patria verdadera es el África, acaso mueran de hambre en el país más fértil del universo al entregarse a la incuria, a la imprevisión, a la impericia y a la incurable pereza de su carácter”.

¿La conclusión?

La

conclusión era que no se podía “investir del poder público” a “esos hombres

de

color apenas maduros para la libertad”, y que por tanto lo más prudente era

de

poner su suerte entre las manos de sus tiranos.

A

la acogida frenética con que el discurso de Maury fue acogido por la

asamblea (fue decretada su impresión) se puede juzgar que los juegos estaban lejos de ser hechos.

Después de Maury, Monneron, un diputado de las islas, fue útil a los liberales no haciéndose solidario a los otros diputados coloniales y afirmó que sus comitentes que eran colonos:

“nunca habían sido bastante insensatos de reservarse como jueces y partes para dictaminar sobre lo que de hecho está decidido por la naturaleza (a saber la igualdad de blancos y de mulatos) y que el honor de la Asamblea Nacional estaba interesado en mantener”.

Su éxito, muy estimulable, no podía ocultar el hecho de que la asamblea nunca había estado más peloteada, incapaz, bajo la avalancha de discursos contradictorios, de encontrar un refugio estable. Una feliz torpeza de Moreau

de Saint-Méry permitió a Robespierre intervenir de nuevo.

El diputado de Martinica, fiel a la táctica de Maury, abandonaba por un momento la cuestión demasiado aventurada de los derechos políticos de los hombres de color, y planteando la cuestión negra, conminó a la Constituyente a elegir entre la abolición o la constitucionalización de la esclavitud.

Maniobra singularmente osada, pues ponía precisamente a la asamblea ante

el dilema que había tenido tanto cuidado en evitar:

“El proyecto de los comités ya no puede colmar el deseo de !as colonias, puesto que es preciso que se explique claramente sobre los esclavos”.

“Sabéis, señores, qué efectos han producido en esta asamblea y en las colonias las dudas surgidas sobre la redacción del artículo 4 de las instrucciones del 28 de marzo: ha llegado el momento en que es indispensable explicarse claramente, y de un modo que ya no permita dudas. Por tanto no hay que seguir hablando de personas no libres; que se diga simplemente los esclavos; es la palabra técnica. (Murmullos.) Al proponer este cambio de redacción, no tengo la debilidad de abdicar lo que es relativo a los hombres de color; pido igualmente la iniciativa sobre ellos.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

”He aquí pues mi enmienda: La Asamblea Nacional decreta como artículo constitucional, que ninguna ley sobre el estado de los esclavos en las colonias de América podrá ser hecha por el cuerpo legislativo más que por petición formal y espontánea de sus asambleas coloniales”.

La ocasión era demasiado tentadora para no ser cogida al vuelo. La réplica de Robespierre fue fulminante: merece ser citada en su totalidad:

“Desde el momento que en uno de vuestros decretos pronunciéis la palabra esclavos, habréis pronunciado vuestro propio deshonor y el derrumbamiento de vuestra constitución.

”Me quejo en nombre de la asamblea misma, de que no contento de obtener de ella todo cuanto se desea, también se quiere forzarla a concederlo de un modo deshonroso para ella y que desmiente todos sus principios.

”Si pudiera sospechar que entre los adversarios de los hombres de color, se encontrara algún enemigo secreto de la libertad y de la constitución, creería que se ha tratado de procurarse un medio de atacar, siempre con éxito, vuestros decretos para debilitar vuestros principios, para que un día se os pueda decir, cuando se trate del interés directo de la metrópoli: nos alegáis sin descanso la Declaración de los Derechos del Hombre, los principios de la libertad y vosotros habéis creído tan poco en ellos, que habéis decretado constitucionalmente la esclavitud. El interés supremo de la nación y de las colonias es que permanezcáis libres y que no derroquéis con vuestras propias manos las bases de la libertad. Perezcan las colonias si debe costaros vuestra dicha, vuestra gloria, vuestra libertad. Lo repito: Perezcan las colonias si los colonos quieren, mediante amenazas, forzarnos a decretar lo que más conviene a sus intereses. Declaro en nombre de la asamblea, en nombre de aquello; miembros de esta asamblea que no quieren derrocar la constitución, en nombre de toda la nación que quiere ser libre, que no sacrificaremos por los diputados de las colonias ni a la nación ni a las colonias, ni a la humanidad entera”.

Paso enorme: por primera vez el problema se planteaba en toda su amplitud y en su verdadera dimensión. El problema colonial. Pero también el problema de la revolución misma. Hasta ese momento la revolución se presentaba como un bloque. El debate colonial introdujo en la revolución su propia contradicción, por tanto una línea nodal: de un lado, los que quieren detener la revolución; del otro los que quieren continuarla y extenderla. Por ahí la revolución se revela a si misma: toma conciencia de que ella no es más que una, pero doble; es decir, que ella está rica de un devenir y henchida de una historia.

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Aimé Césaire

Capítulo IV UN DESTELLO QUE SE APAGA

¿Dónde iba a detenerse el movimiento pendular de la Constituyente?

Los días pasaban; el informe, el apasionante debate continuaba

El 14, los mulatos tomaron una audaz decisión.

Raymond, en nombre de ellos, pidió ser recibido por la Asamblea Nacional:

“Señor Presidente.

”En nombre de la justicia, de la humanidad y del interés mismo de Francia y de sus colonias, os conjuramos tengáis a bien escucharnos antes de producir una decisión sobre la suerte de nuestros desdichados hermanos.

”Hasta el presente no tenéis otras ideas sobre los particulares que los expuestos en el informe de los colonos blancos; no nos será difícil probar las inexactitudes que ellos han adelantado. ¿Seríamos juzgados sin ser oídos? No podemos creerlo. Estamos dispuestos a aparecer ante la asamblea, estamos a las puertas de esta sala y esperamos que los diputados de esta asamblea tengan a bien hacérnoslas

Firmado: Raymond, Por los cinco comisarios de color”.

Su discurso fue hábil.

Habló de la importancia numérica del elemento mulato, precisó que en Santo Domingo detentaba la tercera parte de las tierras y la cuarta de los esclavos; señaló su papel militar, papel que la guerra de América había puesto en evidencia; hizo una interesante exposición histórica de sus propias conversaciones con la corte antes de 1789…

Pasando a las reivindicaciones presentes, se apresuraba a tranquilizar a los blancos, presentando, por cierto muy odiosamente, a los hombres de color como los mejores garantes del orden esclavista:

“He tenido el honor de deciros, señores, que ellos poseen una cuarta parte de los esclavos, una tercera de las tierras. Así pues, si tienen posesiones, están interesados en conservarlas y en mantener los esclavos que tienen.

”Ha parecido que se os hacía temer los esclavos; se ha dicho: si le admitís a los hombres de color los derechos de los ciudadanos activos, los esclavos querrán sacudir el yugo. ¿Por qué este temor? Si es espíritu de imitación, el primer esclavo manumitido hubiera abierto la puerta a todos los demás.

”Creo, señores, haber tenido el honor de probaros que la clase de las gentes de color es infinitamente más considerable de lo que se os ha dicho y que es infinitamente más útil de lo que pensáis, que incluso debe ser interés de los colonos el conceder derechos a los hombres de color por la sencilla razón de que concediéndoles más derechos, más bienestar,

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TOUSSAINT LOUVERTURE

más se los atraerán; que aun cuando los negros quisieran rebelarse, no podrían, porque las personas de color interesadas en mantenerlos en la esclavitud, se unirían a los blancos formando entonces una sola clase.

”De acuerdo con esto pido a la asamblea que tenga a bien estatuir sobre la suerte de los hombres libres propietarios, y que esté persuadida de que encontrará en ellos a hijos que jamás olvidarán el servicio y el estado a que los habrá llevado”.

Esta embestida se hacía en el momento oportuno.

Permitió a Grégoire refutar un argumento de Moreau de Saint-Méry quien, en días precedentes, había hecho impresión:

“Uno de los preopinantes, se trata, creo de Moreau de Saint-Méry ha hecho una objeción sacada de que en Francia tenemos ciudadanos que no disfrutan de los derechos de los ciudadanos activos. Existe una gran disparidad: en Francia, el estado de ciudadano activo es una desigualdad pecuniaria que cada cual puede esperar salvar y, en cambio, en las colonias, esta desigualdad resulta de la diferencia de color que es insuperable. En Francia, la desigualdad marcada no es visible, no está grabada en la frente, no crea, de una parte, la insolencia y la humillación de la obra, en cambio, en las colonias, esta desigualdad está grabada en la frente del hombre mismo y el hombre no puede escapar a la humillación”.

Terminaba haciendo una advertencia patética:

“Se ha invocado la política: os podría decir, señores, que jamás se puede ser político si no es por la justicia; que la justicia, tanto para los imperios como para los individuos, es verdaderamente un punto fijo y que la estabilidad de los estados sólo resultará del perfecto acuerdo entre los principios del gobierno y los de la justicia”.

¡Acuerdo entre los principios de gobierno y el espíritu de justicia! ¿Qué no podrá hacerse con las palabras?

Esto era a lo que, oyéndolos, tendía la política preconizada por los colonialistas más acérrimos.

Es lo que afirmaron muy seriamente un Moreau de Saint-Méry (“sería hacer una injuria gratuita a los colonos”, explicaba, suponerlos “incapaces de sentir por sí mismos” lo que era razonable “hacer en favor de los hombres de color”) y –decididamente Tartufo hacía escuela– un Malouet, cauteloso en extremo. Hacía en el interior del prejuicio de color una distinción sutil entre un “prejuicio de vanidad”, ese inadmisible del pequeño blanco con respecto a los hombres de color y otro, un “prejuicio social”, legítimo ese de los grandes blancos propietarios; de todo lo cual resultaba que había dos subordinaciones: una de “servidumbre”, condenable y una de “diferencia” perfectamente normal.

Terminaba este ejercicio de casuística con una profesión de fe que iba lejos, y un solemne repudio de la idea de igualdad:

85

Aimé Césaire

“Concluyo que se debe decidir este asunto con ventaja para la justicia. Ahora bien, emplazo a la justicia en el principio de que los hombres de color, como el resto de los ciudadanos, deben ser preservados de toda opresión, emplazo a la justicia a convenir que ellos no deben ser privados indefinidamente de los derechos de ciudadanos activos. Pero la justicia no consiste, nunca ha consistido, en conceder el ejercicio de los derechos políticos indistintamente a todos los hombres.

“Si la justicia consistiera en la igualdad política para todos los hombres sin distinción, ya no habría gobierno en este momento, y ciertamente no

podéis discutir este nuevo principio

Señores, si la máxima que ayer oí

profesar en esta asamblea era verdaderamente el espíritu de la asamblea –pero indudablemente no lo creo– si era cierto que fuera igual, que incluso fuera conveniente sacrificar las colonias a un principo, pediría que la discusión se cerrara y escucharía, en un silencio teñido de miedo, el decreto que váis a lanzar”.

Ante lo contundente de la respuesta de Robespierre, Moreau de Saint-Méry se batió prudentemente en retirada:

“No se trata de pelear por palabras persuadido de que las cosas han sido bien comprendidas, que son tal como yo mismo las entiendo, retiro la enmienda de la palabra esclavo”.

Tenía razón: poco importaba la palabra

del comité colonial decía exactamente la misma cosa:

Y de hecho, enmendado, el artículo

“La Asamblea Nacional decreta, como artículo constitucional que ninguna ley sobre el estado de las personas no libres no podrá ser hecho por el cuerpo legislativo, para las colonias, más que a petición formal y espontánea de las asambleas coloniales”.

Después de tres días de debate, la asamblea ratificaba…

Era algo grave: una asamblea electa para constitucionalizar la libertad, acababa por constitucionalizar la esclavitud más abominable…

En el horizonte de todos los hombres, acababa de extinguirse un gran destello.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Capítulos V UNA ENMIENDA POR CANSANCIO

Los “derechos del hombre” duramente mellados, los principios mismos de la revolución conculcados, el pseudo-realismo político victorioso vieron, en los días venideros, a los hombres de color y a sus partidarios agitarse entre los escombros para tratar al menos de salvar algo.

En una nueva carta a la asamblea, Raymond, cansado de suplicar, amenazaba:

“Señor presidente:

”Después de haber permanecido, hasta el presente día bajo la opresión de los colonos blancos, nos atreveremos a esperar que no reclamaremos en vano cerca de la Asamblea Nacional los derechos que ésta ha declarado que pertenecen a todos los hombres.

”Si nuestras justas reclamaciones, si los infortunios, si las calumnias que hasta el presente hemos experimentado bajo la legislación de los colonos blancos, si en fin las verdades que hemos tenido el honor de presentar ayer al estrado de la asamblea no pueden pesar sobre las pretensiones injustas de los colonos blancos, es decir, pretender ser sin nuestra participación nuestros legisladores, suplicamos a la asamblea que no acabe de despojarnos del poco de libertad que nos queda, es decir, poder abandonar una tierra regada con la sangre de nuestros hermanos y permitirnos huir del cuchillo afilado de leyes que se disponen a preparar contra nosotros.

”Si la asamblea se decide a producir una ley que haga defender nuestra suerte de veintinueve blancos, enemigos decididos nuestros, pedimos que se añada, como enmienda al decreto que sería dado en esta hipótesis, que los hombres de color libres puedan emigrar con su fortuna sin que puedan ser molestados ni impedidos por los blancos, (Murmullos y aplausos.)

”He ahí, señor presidente, el último atrincheramiento que nos quedará para escapar a la venganza de los colonos blancos de quienes estamos amenazados, por no haber cesado de reclamar cerca de la asamblea los derechos que la misma había declarado que pertenecen a todos los hombres. (Aplausos de la izquierda y en las tribunas.)

Firmado: Raymond’”.

Este debate tan movido hubiera podido proseguir aún por largo tiempo si la irresolución de la mayor parte de la asamblea y el cansancio general no hubieran preparado las vías del compromiso.

Por el cauce que tomaban los asuntos, Rewbell, diputado de Colmar, creyó que lo mejor era transigir. Propuso una enmienda:

“La Asamblea Nacional decreta que el cuerpo legislativo no deliberará nunca sobre el estado político de las gentes de color nacidas de padre y madre libres, sin el voto previo, libre y espontáneo de los colonos; que las

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Aimé Césaire

asambleas coloniales actualmente existentes subsistirán, pero que las gentes de color nacidas de padre y madre libres serán admitidas en todas las asambleas parroquiales y coloniales futuras, si es que poseen los requisitos requeridos”.

Era poco. Vale decir mucho para unos y muy poco para otros. Para Barnave, mucho sin duda.

Experto cínico en sabotaje, Barnave osó proclamar que si la enmienda de Rewbell era votada, no sería ejecutada:

“Digo que si la Asamblea Nacional, a pesar de estas consideraciones, produce hoy un decreto conforme a la enmienda que le ha sido propuesta, es de temer grandemente que no sea ejecutado; que en el término de seis meses, incluso antes, los gobernadores de las colonias os anuncien que en la situación en que ellas están, en la fermentación que vuestro decreto habrá causado, ellos ni siquiera se atreverán a promulgarlo. (Murmullos de la izquierda.)

”Vuestro decreto sublevaría, enconaría aún más los celos y los odios que pueden existir entre las dos clases que hubierais querido asimilar. Con tal proceder anuláis el bien esencial, la base fundamental del régimen colonial que es el espíritu de reconocimiento de parte de una clase hacia la otra”.

Por su parte el abate Maury se acordó de su estado y encontró escandaloso que no se precisara en el texto que los hombres de color en cuestión deberían ser nacidos de padre y madre libres y de legítimo nacimiento:

“Las precauciones que debe tomar el legislador para asegurar la justicia y las buenas costumbres me impulsan a proponeros por subenmienda dos disposiciones. Pido que la Asamblea Nacional no se limite a indicar en su decreto las gentes de color nacidas de padre y madre libres, sino que para probar el gran respeto del que ella está penetrada por todas las grandes ideas morales sobre las cuales se funda la dicha de la sociedad, añada: nacidos de padre y de madre libres en legítimo matrimonio. Pido, señores, dos condiciones: la primera es que las gentes de color sean nacidos de legítimo matrimonio; la segunda es que estén en condiciones de probar el estado de libertad de su padre y madre”.

Otra oposición, y ésta perfectamente legítima y fundada en muy diferentes principios, procedía de Robespierre:

“Es imposible sacrificar a tales terrores, a semejantes sofismas, los derechos más sagrados de la humanidad y los principios más preciados de nuestra constitución. Así pues estoy lejos de apoyar desde ese punto de vista la enmienda de Rewbell. Por el contrario siento que no puedo adoptar dicha enmienda. Siento que estoy aquí para defender los derechos de los hombres de color en América, y en toda su extensión; que no me es permitido, que no puedo sin exponerme a un cruel remordimiento, sacrificar una parte de esos hombres a una porción de esos mismos hombres.

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”Ahora bien reconozco los mismos derechos a todos los hombres libres nacidos de cualquier padre y concluyo que hay que admitir el principio en su totalidad. Creo que cada miembro de esta asamblea se da cuenta de que ya ha hecho demasiado consagrando constitucionalmente la esclavitud en las colonias”.

Pero también era cierto que de una

asamblea reticente, la izquierda podía difícilmente sacar algo más. Tanto que, en definitiva, en el voto de esta enmienda tan moderada, terminó por ver una victoria…

Una victoria truncada, mutilada, pero en fin una

victoria: por vez primera el legislador europeo osaba poner en tela de juicio el

buen fundamento y el carácter sacrosanto del privilegio de la piel; por vez primera el muro de un privilegio hasta ese momento indiscutido, el privilegio racial, se descascaraba. La cosa considerable, a pesar de las reservas justificadas de Robespierre, era eso, y estaba henchida de infinitas prolongaciones. En la ley votada había a la vez simiente y residuo. Lo más importante era la simiente.

Y por cierto, era una victoria

Todo esto era perfectamente cierto

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Aimé Césaire

Capítulo VI LA REVANCHA DE BARNAVE

Por una vez pues, la primera, los ensoberbecidos colonos eran discutidos,

ridiculizados, llevados al banco de la razón. Por una vez la bruma mágica con

la cual se habían envuelto hasta el presente, se disipaba.

En todo caso, con su exasperación, con su rabia, muy sinceras, representaron como actores consumados.

Para forzar la voluntad nacional, gritos, vociferaciones, amenazas, todo eso fue magistralmente orquestado por un lobby activo, en cuya primera fila se mostraba Barnave.

Fue una verdadera conspiración: pontífices indignados a los cuales no se habría secundado, grandes colonos sofocados por una indignación tal que se hubiera pedido poner en duda la legitimidad de sus privilegios, negociantes enloquecidos ante la idea de perder sus capitales, también algunos sabios deslizados en escena.

El estreno fue la muy espectacular salida de los diputados coloniales.

“Señor Presidente:

“Vamos a dirigir a nuestros comitentes el decreto que la Asamblea Nacional dictó en la mañana de ayer y el cual concierne a las gentes de color y negros libres. En el actual estado de cosas, estimamos nuestro deber abstenernos de las sesiones de la asamblea y os rogamos le comuniquéis nuestra decisión”.

En estos términos cogidos con pinzas es que los señores Gouy d’Arsy, Reynaud de Perigny y algunas otras celebridades de Santo Domingo significaban al legislador que en lo adelante la asamblea se privaría de sus talentos.

"Los señores Nadal, Gualbert, Curt, diputados por Guadalupe, no quisieron ser menos:

“Señor Presidente,

”El decreto que la asamblea dictó en la mañana de ayer, concerniente a los hombres de color libres, nos obliga a abstenernos de sus sesiones.

“Firmado: Nadal, Gualbert, De Curt”.

A

Moreau de Saint-Méry y Arthur Dillon sólo les quedaba ajustar su conducta a

la

de ellos. Segunda puesta en escena: el noble furor de Santo Domingo.

Para darle tiempo a desenrollar sus volutas, ministros y diputados se las habían arreglado para obstaculizar la expedición del decreto. Debía ir acompañado de una instrucción. Pasaron los meses. La instrucción nunca estaba lista. Entonces, como por azar, de Santo Domingo llegaron noticias trágicas, supertrágicas. Todo el mundo protestaba. El gobernador Blanchelande protestaba jurando que no había que contar con él para derramar la sangre de los blancos.

90

TOUSSAINT LOUVERTURE

La asamblea provincial del Norte suplicaba:

“Solicitamos de vosotros la revocación de vuestro decreto de mayo 15,

porque afecta la subordinación de los esclavos

De tener jugar, el primer

cumplimiento del decreto sería desastroso; todos los corazones están

heridos; las agitaciones de que somos testigos pueden ser causa de una

explosión general

resistencia desesperada y la colonia se convertirá en un vasto sepulcro”.

en ese caso nos tendremos que enfrentar con una

La asamblea parroquial del Gros-Morne amenazaba y expresaba su indignación con alaridos histéricos:

”Considerando que los decretos de los días 13 y 15 de mayo de 1791 constituyen una infracción de los decretos de los días 8 y 12 de octubre del pasado año, es un perjurio nacional y un nuevo crimen a añadir a tantos otros;

”Considerando que la colonia, indignamente engañada, no puede en lo sucesivo seguir acordando su confianza a los actos de una asamblea que se degrada al punto de convertirse ella misma en la violación de sus propias leyes decretadas; considerando que tal exceso no permite presumir que ningún freno político, ningún pudor, puedan detener su marcha criminal y que las colonias deben temerlo todo de las delibera- ciones ulteriores de una asamblea que es el complemento de todas las destrucciones posibles;

”Considerando que la colonia se ha dado a la Francia de antaño; y no a la de hoy, o actual, que habiendo cambiado las condiciones del tratado el pacto está anulado;

”Considerando que los principios constitucionales del gobierno de Francia son destructivos de todos los que convienen a la constitución de las colonias, la cual es violada por adelantado por la Declaración de los Derechos del Hombre; considerando en fin que la conservación de la colonia depende de la unión de todos los colonos y de su resistencia por

la fuerza contra los enemigos de su tranquilidad;

”Los habitantes aquí reunidos protestan contra todo cuanto ha sido hecho

y decretado por la Asamblea Nacional contra las colonias y particular-

mente contra la de Santo Domingo y contra todo cuanto ella hará o decretará en lo sucesivo, protestan contra los decretos de los días 13 y 15 de mayo último y contra la admisión en la colonia de comisarios que la Asamblea Nacional pretende enviar, juran todos por su honor, en presencia del Dios de los ejércitos, que invocan al pie de su santuario y hacia el cual están prosternados, de rechazar por la fuerza y perecer sobre las ruinas amontonadas de sus propiedades antes que sufrir tal menoscabo de sus deberes, de los cuales depende el mantenimiento político de la colonia;

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Aimé Césaire

”Ordenamos a aquéllos que se pretenden sus diputados en la Asamblea Nacional que se retiren; invitamos a todos los colonos residentes en Francia que vuelvan a la colonia para sostener y defender sus derechos y cooperen en la magna obra de las leyes que deben regirla de ahora en lo adelante con independencia de las de Francia”.

Entonces por la asamblea pasó un soplo de pánico y Barnave lo aprovechó.

Dándoselas de maestro que condesciende a exponer a sus alumnos cómo se explica la regla de la sana política colonial, Barnave (23 de setiembre de 1791), con una evidente complacencia, describió los disturbios de Santo Domingo en los cuales pretendía ver una consecuencia de los decretos de mayo:

“La llegada del decreto a Santo Domingo ha producido allí los efectos que paso a describir: Santo Domingo estaba dividido en dos partidos, uno de los cuales había adoptado y defendido los decretos de la nación y, el otro los había trasgredido y hasta había, a este respecto, merecido una represión severa de parte de la asamblea. Los dos partidos se han reunido en el espíritu de oposición al decreto: el mismo espíritu ha reinado en todas partes de la colonia, las medidas han llegado al punto de hacer prestar juramento a las tropas francesas que se encontraban en los diferentes cuarteles de Santo Domingo, no sólo de no obrar en lo que se refiere a la ejecución del decreto, sino proceder directamente contra su ejecución; las medidas han sido llevadas hasta forzar a los diferentes comandantes a dar las mismas promesas y han sido redactadas diferentes instancias en diferentes cuarteles. La del Norte ha sido respetuosa, aunque extremadamente firme en su oposición, las otras son de naturaleza tal que no podrían ser leídas en esta asamblea; en fin tal ha sido el efecto del decreto, la impresión que ha causado en los hombres de color ha sido tan fuerte en razón quizás del enojo que inspiraba a los blancos o del interés que algunos hombres de color propietarios podían ver en ese decreto para la conservación de sus esclavos, que en muchos lugares de la colonia, particularmente, en el de la Grande-Rivière y los cercanos a Port-au-Prince, los hombres de color han tomado acuerdos por los cuales renuncian por ellos mismos al efecto, a los beneficios del decreto y hasta parecen oponerle una especie de resistencia”.

Era esa la situación existente. El futuro, de creer a Barnave, era todavía más amenazador: irritados contra las decisiones de la Asamblea Nacional, los colonos pensaban –¡horror!– en volverse atrás en el compromiso de marzo, es decir, a replantear el pacto colonial. Barnave, para extraviar más a la asamblea, la llevaba por un laborioso dédalo de deducciones:

“Según los decretos promulgados, las colonias o al menos Santo Domingo está persuadido, por una parte, que el régimen interior ha sido trastrocado, que los medios de conservación están abolidos y, por consiguiente, no hay obstáculos que no esté decidido a oponerles; por otra parte, están persuadidos, porque habían creído anteriormente que la Asamblea Nacional había prometido no tocar a este objeto, están persuadidos, digo, que ha faltado a lo que se les había anunciado; en consecuencia, si el decreto, subversivo a sus ojos, les desespera, la falta

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de fe que ellos creen ver en él, no les inspira menos terror para el futuro; creen percibir en este acto no sólo los peligros indirectos que resultan de los derechos de los ciudadanos activos concedidos a los hombres de color, sino el peligro próximo de una gestión del cuerpo legislativo, que habiendo faltado ya a sus promesas, puede llegar a atacar directamente e inmediatamente el régimen colonial por la manumisión de los esclavos. Sea lo que fuere de estas ideas, he aquí naturalmente donde ellas deben llevarlos a pedir que el cuerpo legislativo no tome ninguna parte en sus leyes del régimen interior, visto que hoy día está demostrado que él no puede inmiscuirse sin gravísimos peligros para la colonia; es que habiendo una vez establecido en su espíritu que el cuerpo legislativo no puede tomar parte en su régimen interior, sacan de ello una primera consecuencia y es que las colonias no deben estar representadas en el cuerpo legislativo, puesto que él no hace sus leyes; y del hecho de que las colonias no estén representadas en el cuerpo legislativo, sacan esta segunda consecuencia de que el cuerpo legislativo no puede hacer sus leyes de comercio, visto que ningún francés no está obligado más que a la ejecución de las leyes que ha hecho por él o por sus representantes.

“No hay que estimar este razonamiento extraordinario e imposible puesto que ya lo habían hecho y, no es otra cosa que el sistema de los decretos del 28 de mayo presentado por la asamblea colonial de Santo Domingo, la cual se daba todas las leyes del régimen interior, sin someterse a la sanción para la ejecución provisional y quería que las leyes del régimen exterior, es decir, las leyes de comercio, fuesen respectivamente consen- tidas entre la colonia y la metrópoli”.

Ante estos peligros sólo había un partido a seguir: volver a la solución que siempre había sido la de Barnave, es decir, dejar a los colonos la legislación interior de las colonias, para conservar más seguro entre las manos de la metrópoli la legislación exterior y las leyes del comercio:

“Hay en todos los sistemas coloniales posibles dos puntos invariables por su esencia, porque encerrando el interés nacional y el de las colonias, son ellos necesariamente la base de las relaciones que las naciones europeas y las colonias pueden tener entre sí: hemos estimado que si nos pronunciamos hoy sobre estos puntos, haríamos justicia a cada uno, haríamos cesar de una vez por todas las esperanzas ilegítimas sobre el régimen exterior y los temores legítimos sobre el régimen interior. Así pues os propondremos decretar dos bases fundamentales: una, que las leyes del régimen exterior de las colonias estarán continuamente en la competencia del cuerpo legislativo, bajo la sanción real y que a este respecto las colonias no pueden hacer más que peticiones que, en ningún caso, podrán ser convertidas en reglamentos provisionales en las colonias; otra, que las leyes sobre el estado de las personas serán hechas por las asambleas coloniales y ejecutadas provisionalmente de acuerdo con la sanción del gobernador y directamente llevadas a la sanción real”.

El orador consagraba todo el resto de su discurso a legitimar este segundo punto.

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Aimé Césaire

Jamás el cinismo había ido tan lejos. Se habla del siglo XVIII como de un siglo enamorado de las ideas abstractas, pero a menudo se olvida que junto a este siglo hay otro, ése que por Montesquieu remonta hasta Maquiavelo.

Así pues, abordando el problema del régimen interior de las colonias, a Barnave le parece que dicho régimen descansa por entero sobre un cúmulo armonioso de prejuicios necesarios:

“El régimen interior de las colonias, su existencia, la tranquilidad que reina en ellas, no pueden ser consideradas sino como un edificio ficticio o sobrenatural, pues la suficiencia de los medios materiales y mecánicos falta allí en lo absoluto.”

“Santo Domingo, al mismo tiempo que es la primera colonia del mundo, la más rica y más productiva, es también aquélla en que la población de los hombres libres está en menor proporción con los que están privados de su libertad. En Santo Domingo cerca de cuatrocientos cincuenta mil esclavos están frenados por cerca de treinta mil blancos y los esclavos no pueden ser considerados como desarmados, pues son hombres que trabajan en el cultivo de la tierra, que tienen siempre instrumentos en sus manos, siempre poseen armas; es pues físicamente imposible que el pequeño número de blancos pueda contener a una tan considerable población de esclavos, si el medio moral no viniera a apoyar los medios físicos”.

Pero, se dirá, ¿en qué consiste ese medio moral? Es el inmoral prejuicio del color:

“Este medio moral está en la opinión, que pone una distancia inmensa entre el hombre negro y el hombre de color, entre el hombre de color y el hombre blanco, en la opinión que separa absolutamente la raza de los ingenuos de los descendientes de esclavos, a cualquier distancia que se encuentren.

”Es en ésta opinión que está el sostén del régimen de las colonias y la base de su tranquilidad. Desde el momento en que el negro, que no siendo ilustrado sólo puede ser conducido por prejuicios palpables, por razones que impresionan sus sentidos o que están mezcladas a sus hábitos; desde el momento en que pueda creer que es el igual del blanco, al menos que el que está en el medio es el igual del blanco, desde entonces se hace imposible calcular el efecto de ese cambio de opinión.

“Hay pues que convencerse bien que ya no habrá tranquilidad ni existencia en las colonias, si se atenta a esos medios de opinión, a los prejuicios que son las únicas salvaguardas de esta existencia. Este régimen es absurdo, pero está establecido y no se le puede tocar bruscamente sin desencadenar los más grandes desastres. Este régimen es opresivo, pero logra que en Francia permanezcan millones de hombres. Este régimen es bárbaro, pero seria mayor barbarie querer ponerle encima la mano sin poseer los conocimientos necesarios”.

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TOUSSAINT LOUVERTURE

Para ser cínica, la argumentación no carecía de habilidad. La abolición de la

esclavitud

manera unánime. Barnave se consagraba con esta injusticia primera:

la Constituyente, es un hecho, había retrocedido ante ella de

“Pregunto si, cuando la Asamblea Nacional llevada por un gran interés nacional y por la imposibilidad de hacer tales cambios sin un desquiciamiento absoluto, estimó que podía consagrar, por un decreto constitucional, la esclavitud de más de seiscientas mil personas, puede ahora titubear en sacrificar a ese mismo interés nacional, a esa misma tranquilidad de que el estado de los hombres de color es la causa intermediaria, pero necesaria, pregunto si la Asamblea Nacional puede titubear en sacrificar a tan grandes intereses, no la privación perpetua, sin duda, sino la privación progresiva en un pequeñísimo número de individuos de los derechos políticos, de los que muchos millones de hombres están privados en Francia”.

Para terminar, Barnave proponía el siguiente proyecto de decreto:

“La Asamblea Nacional constituyente queriendo, antes de terminar sus trabajos, asegurar de un modo invariable la tranquilidad interior de las colonias y las ventajas que Francia obtiene de esas importantes posesiones, decreta como artículos constitucionales para las colonias lo que sigue:

Artículo primero. La Asamblea Nacional legislativa estatuirá, exclusiva- mente, con la sanción del rey sobre el régimen exterior de las colonias.

En consecuencia hará:

1) las leyes que regulan las relaciones comerciales de las colonias 2) las leyes que conciernen a la defensa de las colonias.

Artículo segundo. Las asambleas coloniales podrán hacer, sobre los mismos objetos, todas las peticiones de representaciones pero sólo serán consideradas como simples peticiones.

Artículo tercero. (Y era el único verdaderamente importante ’ése para el cual únicamente parecía hecho el decreto’ debía decir de Tracy). Las leyes que conciernan el estado de las personas no libres y el estado político de los hombres de color y negros libres, así como los reglamentos relativos a la ejecución de esas mismas leyes, serán hechas por las asambleas coloniales, se ejecutarán provisoriamente con la aprobación de los gobernadores de las colonias y serán llevadas directamente a la sanción del rey, sin que ningún decreto anterior pueda obstaculizar el pleno ejercicio del derecho conferido por el presente artículo a las asambleas coloniales”,

Destutt de Tracy esbozó una contraofensiva. Sostuvo que ante la arrogancia de los colonos sólo valdría una política de firmeza:

“Los señores colonos blancas de Santo Domingo quieren a todo trance

Digo que las gentes de color, sacadas por

nosotros de la opresión, serán nuestros aliados naturales y que no es

ser los amo; de la isla

justo ni político abandonarlos.

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Aimé Césaire

¿Es serio que veinticuatro mil blancos establecidos en Santo Domingo, odiados por veinte mil mulatos a los que oprimen, embarazados con cuatrocientos mil esclavos de los que están condenados a temer eternamente el menor movimiento; es serio, repito, que hablen de oponer sus propias fuerzas a las de Francia, de Francia que con una palabra podría aplastarlos?

Si algo sostienen las oposiciones en Santo Domingo, es la especie de vacilación y la ambigüedad de algunos de vuestros decretos. No perderéis a Santo, Domingo, pues Santo Domingo es imperdible.

Mantened vuestros decretos del 28 de marzo de 1790 y 15 dé mayo de 1791, él honor, la justicia y la política os lo ordenan. Vigilad y seréis obedecidos”. Era la sensatez misma.”

Pero el asunto se presentaba mal para la izquierda. Fue así como algunos trataron de eludirlo. Entre ellos se contó Dupont de Nemours. Recordó que a la asamblea sólo le quedaban siete días de sesión y que muchos asuntos importantes estaban por ventilar:

“Señores, os quedan siete días; creo que sería culpable consumir tres o

cuatro en una discusión en la cual el comité ni siquiera ha encarado los

Lo digo por la instrucción

pública, la mendicidad, los trabajos de los comités, las contribuciones

públicas y los jurados después de haber comido”.

primeros elementos que tenía que tratar

No os podéis marchar como los gorriones

Por su parte, Rewbell, retomando una indicación de De Tracy, intentó parar el golpe. Arguyó que estando terminada la constitución y aprobada por el rey, la asamblea no disponía de más poder “constituyente” y por tanto no podía

admitir, en cualquier materia que fuese, un decreto

Pero fue a Robespierre a quien le tocó, una vez más, el honor de defender el fondo. Con mano maestra desmontó, uno tras otro, los resortes complicados del sofisma de Barnave:

“Empiezo por examinar en pocas palabras los razonamientos morales y políticos, alegados por el relator del comité colonial. Os ha expuesto su teoría sobre el único medio, según él, de conservar la tranquilidad y la subordinación de los esclavos en las colonias. Ahora bien, nos ha dicho que este orden de cosas consistía esencial y exclusivamente en la extrema distancia que estos esclavos apercibían entre los blancos y ellos; que esta distancia desaparecería a sus ojos, si