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ISABEL. Estaba desesperada... ¡no podía más!

Nunca tuve una casa, ni un hermano, ni siquiera un


amigo. Y, sin embargo, esperaba... esperaba en aquel cuartucho de hotel, sucio y frío. Ya ni
siquiera pedía que me quisieran; me hubiera bastado alguien a quien querer yo. Ayer, cuando
perdí mi trabajo, me sentí de pronto tan fracasada, tan inútil. Quería pensar en algo y no podía;
sólo una idea estúpida me bailaba en la cabeza: "no vas a poder dormir... no vas a poder dormir".
Fue entonces cuando se me ocurrió comprar el veronal. Seguramente las calles estaban llenas de
luces y de gente como otras noches, pero yo no veía a nadie. Estaba lloviendo, pero yo no me di
cuenta hasta que llegué a mi cuarto tiritando. Hasta aquel pobre vaso en que revolvía el veronal
tenía rajado el vidrio. Y la idea estúpida iba creciendo: "¿por qué una noche sola...? ¿Por qué no
dormirlas todas de una vez?" Algo muy hondo se rebelaba dentro de mi sangre mientras volcaba
en el vaso el tubo entero; pero ni un clavo adonde agarrarme; ni un recuerdo, ni una esperanza...
Una mujer terminada antes de empezar. Había apagado la luz y sin embargo cerré los ojos. De
repente sentí como una pedrada en los cristales y algo cayó dentro de la habitación. Encendí
temblando... Era un ramo de rosas rojas, y un papel con una sola palabra: "¡mañana!" ¿De dónde
me venía aquel mensaje? ¿Quién fue capaz de encontrar entre tantas palabras inútiles la única
que podía salvarme? "Mañana." Lo único que sentí es que ya no podía morir esa noche sin saberlo.
Y me dormí con la lámpara encendida, abrazada a mis rosas ¡mías! las primeras que recibía en mi
vida... y con aquella palabra buena calándome como otra lluvia: "¡mañana, mañana, mañana...!"

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