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Texto N° 13 - Martínez Millán. Familia real y grupos políticos.

A pesar de su vida tranquila y subordinada, la princesa doña Juana, tercera hija de Carlos V y de Isabel de Portugal, no pasó
desapercibida ante la sociedad de su tiempo.
Contradictoriamente, con el paso del tiempo, la figura de doña Juana se fue diluyendo en la historia y el protagonismo
político que tuvo en el gobierno de la Monarquías hispánica durante los años centrales del siglo XVI desapareció en favor
de otros personajes de actividad más estridente, pero de menor influjo. Algunos historiadores, en el siglo XX, la han
rescatado del olvido, si bien destacan al personaje en todas sus facetas, también le añaden ciertas tachas que los coetáneos
no percibieron o no se atrevieron a escribir.
Entre los juicios valorativos y epitafios globalizantes de los historiadores, aparecieron trabajos que trataron de encuadrarla
más serenamente en la política y religiosidad de la época.
Al comenzar el presente siglo, Alfonso Danvila publicaba una excelente obra sobre Don Cristóbal de Moura en el que
dedicaba la primera parte de la misma a explicar la influencia política de la princesa. Estas páginas constituyen la mejor
biografía que existe sobre doña Juana.
1. Educada al servicio de la política imperial (1535-1551)
Juana de Austria nació en Madrid la noche del 23 al 24 de junio de 1535. El 30 de junio era bautizada por el cardenal Tavera,
asistiendo como padrinos el príncipe Felipe, Luis Filiberto (hijo del duque de Saboya y de la hermana de la emperatriz) y
el condestable de Castilla. Su niñez, se constata que se movió en medio de un ambiente portugués.
De mejor salud que su hermana, María, quién padecía frecuentes enfermedades. Su niñez y adolescencia transcurrió
residiendo en los sitios reales de Castilla: Alcalá, Ocaña, Madrid, etc., de acuerdo con la salubridad de tales lugares que
dictaban los informes médicos, que se hacían por mandato del príncipe Felipe; aunque, sin duda, el mayor problema lo
constituía la penuria económica en que siempre se hallaba la casa de las infantas, causa que retrasaba indefinidamente el
traslado de una ciudad a otra.
Entre idas y venidas, doña Juana creció en estatura y sabiduría. Así, en 1543, escribía su maestro, Juan López de la Cuadra,
que era muy lista y avanzada en las letras y principalmente en la música, en la que dominaba distintos. No obstante, se la
preparó para el matrimonio con su primo, el príncipe Juan de Portugal, al mismo tiempo que también se acordaba la boda
de infanta portuguesa, María, con el príncipe Felipe. La muerte prematura de ésta tras el alumbramiento del príncipe Carlos,
provocó la dispersión de la familia real por Castilla. Una vez que el príncipe Felipe volvió a Castilla, el 30 de junio de 1552,
convocó las cortes aragonesas en Monzón y comenzó a preparar la boda de su hermana con el príncipe Juan, hijo mayor del
monarca portugués Juan III, y de doña Catalina, hermana de Carlos V, que contaba catorce años, casi dos menos que ella.
Los esponsales por poderes tuvieron lugar el 11 de enero de 1552, en Toro, representando al príncipe portugués su
embajador en Castilla, don Lorenzo Pérez de Tavora, tío de don Cristóbal de Moura; si bien doña Juana no salió para Lisboa
hasta el 24 de octubre, siendo acompañada por el Duque de Escalona, Diego López Pacheco; el Obispo de Osma, Pedro
Álvarez de Acosta, y don Luis Sarmiento.
La nobleza portuguesa se precipitó a servir a los nuevos príncipes, pensando, sin duda, en que pronto serían los reyes de
Portugal y podrían ver compensados sus desvelos. La vida de doña Juana durante la corta estancia en la corte del reino
vecino está documentada por las cartas que don Luis Sarmiento envió a Carlos V. Aunque las primeras impresiones
suscitadas en la corte portuguesa fueron favorables a la princesa, pronto surgieron opiniones contrarias, acusándolas de ser
“muy altiva”.
2. En el umbral del poder (1552-1554)
El 20 de enero de 1554, una semana después de haber muerto su marido, daba a luz un hijo con el consiguiente alborozo de
los portugueses, que veían alejarse el fantasma de una posible sucesión castellana al trono. A partir de esta fecha, la estancia
de doña Juana en el reino vecino se hizo muy tensa, complicándose mucho más tras la ruptura de las nuevas relaciones
matrimoniales del príncipe Felipe con María de Portugal, hija de Manuel el afortunado y de Leonor, hermana de Carlos V,
al considerar éste que resultaba más necesario para el imperio y para la religión que su hijo se casase con María Tudor. No
obstante, este nuevo compromiso requería que Felipe estuviera alejado de Castilla por largo tiempo y se necesitaría una
persona de confianza en el gobierno.
Tras arduas deliberaciones y de prometer que doña Juana volvería a Lisboa en cuanto terminase la regencia, el 15 de mayo
está tomada el camino de Castilla, saliendo a recibirla el príncipe Felipe de Alcántara, en donde también la despidió.
Mientras éste marchaba a La Coruña, donde embarcaba el 11 de julio rumbo a Inglaterra, aquélla se dirigió a Valladolid,
ciudad en la que estableció la corte residiendo como gobernadora. Para este efecto, el 31 de marzo de 1554, el emperador
había otorgado los poderes desde Bruselas, al mismo tiempo que avisaba a Felipe de que “mireys mucho las personas que
poneys cerca de la suya (Juana) en los consejos”. Por su parte, el príncipe Felipe le dejaba unas extensas instrucciones sobre
el modo en que debía gobernar Castilla, Aragón e Indias, restringiéndole un poco los poderes a última hora.
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Así pues, a mediados del año 1554 comenzó a gobernar doña Juana en Castilla deseando que su estancia fuera lo
suficientemente sosegada y tranquila para que le permitiese dedicarse a su intensa vida religiosa, que se había hecho mucho
más rigurosa a partir de la muerte de su esposo, mostrándose siempre sumisa a los consejos de su padre, a quien procuraba
servir con todos los medios a su alcance.
2.1. Cobijadora del “Partido ebolista”
Cuando la princesa Juana se asentó en Valladolid para dirigir el gobierno de “estos reinos”, las distintas cortes que se habían
establecido en torno a los miembros de la familia real estaban controladas por los viejos servidores del emperador, herederos
políticos del omnipotente secretario Francisco de Cobos, muerto en 1947, entre los que destacaban Fernando de Valdés y
don Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba.
En este mismo año, Fernando de Valdés cambió el cargo de presidente del Consejo de Castilla por el de Inquisidor General,
siendo elegido su enemigo Hernando Niño para ocupar el puesto que dejaba vacante. Niño moría en 1552 y la influencia de
Valdés se extendió a este Consejo a través de los clientes que tenía en el citado organismo y al nuevo presidente, Antonio
de Fonseca, que siempre se adaptó a los deseos del asturiano. Pero además dada la evolución religiosa que experimentaban
las monarquías europeas a causa del avance del luteranismo y la odiosa sociedad castellana, la importancia de la Inquisición
aumentó considerablemente en esta época, convirtiéndose en un monopolio de Valdés.
Por su parte el Duque de Alba venia ejerciendo el cargo de Mayordomo mayor del príncipe desde 1548, fecha en que Carlos
se decidió a imponer el ceremonial Borgoñón en la casa de su hijo, y desde este puesto controlaba en buena medida los
personajes que se le acercaban.
Mientras tanto, el emperador se hallaba en Bruselas, teniendo como secretario de su cámara y persona de confianza a
Francisco de Eraso. Con quién mantenía una asidua correspondencia a través de la que le informaba de todos los asuntos
pertenecientes a la corte del emperador.
No hay duda de que los antiguos servidores del emperador habían formado un grupo de poder cohesionado, al que han
denominado “partido albista” o “imperial”, que dominaba los distintos centros de decisión de la Monarquías Hispana. Con
todo, bajo esta aparente homogeneidad se venia gestando otro fuerte circulo alternativo de influencia cuyos orígenes se
remontan al menos a los primeros años del reinado de Carlos V, propiciada por una serie de circunstancias y aprovechando
la regencia de doña Juana.
Dada la heterogeneidad geográfica de los miembros del grupo y la espiritualidad practicada por sus patronos, el “partido
ebolista” se mostraba como un grupo con ideas políticas mas “universales” y con tendencias religiosas mas intransigentes
que el partido opositor (el partido Albista), de tendencia más castellanista e ideológicamente más intransigente.
2.2 Militante de la religiosidad “recogida”
Una de las características mas importantes del partido ebolista fue la común ideología religiosa de todos sus componentes.
Para entender es preciso remontarse a la Edad Media. A lo largo del Siglo XV surgió una renovación espiritual que, iniciada
en los franciscanos, afectó a las distintas ordenes religiosas (dominicos, agustinos, benedictinos, jerónimo), que se conoce
con el nombre de la “observancia” como reacción frente al “conventualismo”, Esta corriente fue seguida por los distintos
sectores sociales lejanos al poder central, lo que produjo el surgimiento del luteranismo, cuya doctrina les llevó a romper
con la iglesia, en Castilla fue apoyada por los miembros de la propia familia real.
Este movimiento, no se redujo a los conventos, sino que se expansiono a la sociedad; en este sentido la observancia se
designa como devotio moderna del norte de Europa. De esta manera se abría así una vía amplia desde la espiritualidad
ascética metódica hacia la afectiva y mística, que culminó con las grandes figuras místicas del siglo XVI.
Desde el punto de vista intelectual, las reformas en Castilla cristalizaron en la fundación de la Universidad de Alcalá, que
sirvió para institucionalizar y conceptualizar esta corriente religiosa.
En esta espiritualidad se educó y vivió doña Juana como testimonia el hecho, no solo de sus lecturas preferidas, sino también
de que todos sus admiradores y guías espirituales la practicaban.
En esta misma corriente se encuentran los orígenes espirituales del fundador de la Compañía de Jesús, Ignacio de Loyola,
y el de sus primeros compañeros. La espiritualidad de los fundadores de la Compañía estuvo empapada en las grandes
preocupaciones espirituales del recogimiento: oración mental metódica, meditación imaginativa, contemplación, renuncia
necesaria para la unión del alma con Dios, aniquilación y conocimiento propio, consolaciones, discreción de espíritus,
reforma del individuo como camino para la reforma de la Iglesia.
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Borja, en la Compañía de Jesús, no solo se convirtió en su director espiritual, sino que también doña Juana ingreso en la
orden religiosa, apoyándola, a partir de entonces, en todos sus problemas. Fervor compartido por los miembros de la familia
real, buena parte del Alto clero y de la nobleza castellana.
3. Doña Juana, regente de Castilla (1554-1559)
Situación contradictoria, en los reinos peninsulares en la que se encontraba doña Juana al comenzar la regencia. Por una
parte, su hermano Felipe le dejaba unas rígidas instrucciones para gobernarlos en las que nombraba a miembros del partido
liderado por Fernando de Valdés para los principales cargos del gobierno. Por otro lado, la paulatina división que estaba
experimentando Europa favorecía la implantación de este tipo de políticas, que propugnaba el grupo de Fernando de Valdés,
opuestas a la mentalidad de la princesa regente. Tan complicada situación pronto estalló el conflicto, tanto interno como
externo.
3.1 La pugna entre partidos (1554-1559)
A pesar del fuerte control que Fernando de valdes ejercía sobre los órganos centrales de la monarquía desde 1554, el nuevo
partido político, (ebolista), emprendió una dura tarea de reemplazarle, seguro en su victoria final. La pugna se entablo por
dominar el entorno de las fuentes de poder, por lo que se impuso controlar las respectivas cámaras y cortes de los tres
miembros de la familia real que gobernaban en castilla, Londres y Bruselas.
Mientras doña Juana quedaba como regente en Valladolid, Ruy Gómez de Silva iba acompañando al príncipe entre nutrido
grupo de nobles que le seguían en su viaje a Inglaterra, convirtiéndose muy pronto en el único mensajero entre ambos dados
los intereses y amistad comunes.
El poderoso empuje de la facción ebolista había relegado al “partido imperial” al consejo de castilla, en el que, tras la muerte
de Hernando Niño (1552), el Inquisidor Gral. Fernando de Valdés había conseguido introducir algunos de sus clientes bajo
la permisiva presidencia de Antonio de Fonseca. De esta manera, al final de la regencia de Doña Juana, la influencia del
inquisidor asturiano se reducía al ámbito de la Suprema. Pero incluso se intentó expulsar a Valdés de la Inquisición, después
de haber sido excluido del Consejo de Estado.
3.2. La implantación de la intransigencia religiosa
El retroceso que estaba experimentando en la corte impulsó a Fernando de Valdés a dar batalla final contra el grupo de
poder ebolista, que dominaba los principales organismos de la monarquía. Aprovechando la evolución religiosa que se
estaba produciendo en Europa y la agobiante preocupación, tanto por parte de Carlos V como de Felipe II, para que las
ideologías heréticas no se introdujesen en sus reinos, la emprendió contra la espiritualidad defendida por los “ebolista”,
descalificando a sus principales líderes religiosos, tanto de la corte de Felipe II como de la de su hermana. De esta manera,
se los descalificaba políticamente.
Bartolomé de Carranza (luego arzobispo de Toledo) fue uno de los religiosos más respetados e influyentes en la corte de
Felipe II desde que, 1554, embarco en la Coruña acompañándole a Inglaterra para celebrar su matrimonio con María Tudor.
La línea espiritual seguida por Carranza se incluía dentro de la corriente “recogida”, lejos del formalismo e intransigencia
religiosos que defendía Fernando de valdes, lo que se evidenció en multitud de detalles. En una época en que la
intransigencia religiosa se estaba extendiendo en Europa, no le resulto difícil al inquisidor asturiano poner en conexión la
ideología religiosa del arzobispo de Toledo con las corrientes heterodoxas en expansión por el continente. Primero
denunciándolo como amigo de determinados prelados, perseguidos por roma. Y por tener relación con luteranos condenados
en Valladolid. Este proceso suprimía de la escena cortesana a un importante personaje y además descalificaba la política
religiosa que estaba propugnado y en todo el grupo político, que era la de Felipe II que había seguido en Inglaterra y los
Países Bajos hasta 1558.
El otro gran personaje que seguía la misma corriente religiosa y que estaba dentro del partido ebolista era Francisco de
Borja, maestro espiritual en la corte de Doña Juana. La influencia de este sobre la princesa fue grande durante toda su vida.
Con todo la Compañía de Jesús nunca fue bien vista por ciertos sectores sociales e intelectuales de Castilla.
La detención de Bartolomé de Carranza fue la voz de batalla para perseguir también a Borja. Pero el acoso al noble jesuita
no se acabó en esto, se le acusó de mantener relaciones ilícitas con la princesa. Escribió una sincera y conmovedora carta a
Felipe II negando tales acusaciones.
A tales acontecimientos, la Compañía de Jesús se apresuraba a dar un cambio hacia una espiritualidad más racionalista y
formal tratando de evitar con ello cualquier suspicacia de heterodoxia.
El confesionalismo religioso que se imponía en todos los reinos europeos durante esta época obligaba a fijar y reorientar la
ortodoxia religiosa poniéndola al servicio de la política. La intransigencia y el formalismo religioso acabo imponiéndose a
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la vía del recogimiento. A partir de entonces, doña Juana aprendió que sus inquietudes religiosas debían de estar siempre
en concordancia con las exigencias políticas de la monarquía.
3.3 La Hacienda castellana durante el período de regencia
Con todo, el principal y más inmediato problema con el que se enfrento doña Juana durante su regencia fue el económico,
derivado de las continuas y cada vez más, vastas guerras que el emperador y posteriormente su hijo entablaron en defensa
de la religión.
Pero sin sudas el aumento espectacular de gastos se produjo cuando doña Juana comenzó a ejercer la regencia. Diversos
factores contribuyeron a ello: en primer lugar, la adopción de las costumbres y modos de proceder de la corte borgoñesa
que la princesa instauro en castilla por expreso mandato de su padre. Asimismo, ayudaron a este aumento los gastos
ocasionados por la división de la corte, que se produjo en julio 1554, entre Valladolid, Bruselas y Londres. Pero sin duda la
causa principal del incremento fue la inminente amenaza de guerra por parte del monarca francés en dos frentes Flandes e
Italia.
Durante su regencia doña Juana, consciente de la gran cantidad de fondos que se necesitaban con urgencia para mantener
la hegemonía dinástica de su familia, hubo de aceptar la imposición de ingratas decisiones financieras, como la bancarrota
de 1557, y se dedico a potenciar la explotación de diversos mecanismos para obtener ingresos como la incorporación de
minas, la creación de nuevos tributos y la puesta en práctica de diversos arbitrios.
La confrontación entre ambas facciones también encerraba diferentes planteamientos fiscales, mientras el grupo ebolista
era partidario de aplicar una fiscalidad sin freno en castilla con tal de sufragar los gastos que con llevaban los ambiciosos
objetivos políticos en Europa, juan Vázquez y su grupo renegaban de presionar sin límites los recursos económicos
castellanos.
4. Una vida tranquila en la corte (1560-1573)
Durante la época de la regencia comenzó a ocuparse de la fundación del convento de las Descalzas Reales. Como gran
testimonio vivo de la gran devoción que sentía a la doctrina de San Francisco; para ello nada mejor que fundarla en la casa
donde ella nació. Después de consultarlo con Francisco de Borja, que lo aprobó, compró el palacio de Carlos V en Madrid
y comenzaron las obras de dicho convento.
Doña Juana asumió como propia la defensa de la monarquía y los intereses de la dinastía, ideales en los que había sido
educada y que había visto en su familia desde niña, participando activamente en la política e influyendo decididamente en
los acontecimientos más relevantes que se produjeron en la corte.
4.1. Tutora y amiga de Isabel de Valois
A pesar de haber profesado en la Compañía de Jesús, emitiendo votos religiosos, doña Juana tuvo diversas propuestas de
matrimonio después de haber quedado viuda, que misteriosamente, todas ellas terminaron en fracaso, tal vez por el
juramento religioso contraído. Catalina de Médicis, pensó en unir a doña Juana con su hijo Carlos IX. Es posible que fuera
idea por querer defender el catolicismo en Francia, lo que motivo que a la princesa no le desagradara este enlace, hasta el
mismo Felipe II lo veía con agrado. No obstante, la idea no prosperó y las miradas de los cortesanos se dirigieron a la idea
de casamiento de doña Juana con su sobrino, el príncipe Carlos. Sin duda ninguna la posibilidad de unir las dos coronas
rondaba en la cabeza de la reina portuguesa y ello indujo a rectificar a los hermanos; pero esta vez no fue necesaria la
opinión de doña Juana, ya que la idea no sedujo a don Carlos, quien consideraba a su tía como a su propia madre.
4.2. Su intervención en el reino vecino
Doña Juana no solamente tuvo que gestionar su propio matrimonio, sino también el de su hijo. La boda del príncipe
portugués fue objeto de preocupación por parte de la familia real hispana desde su nacimiento. Una vez muerto el emperador,
Felipe II y doña Juana pretendieron continuar esta iniciativa, razón por la cual el Rey Prudente comunicaba a los reyes de
Bohemia, a través de su embajador el Conde de Luna, y a los monarcas portugueses, a través del embajador Luis Sarmiento,
su propósito, al mismo tiempo que añadía la intención que mostraba doña Juana de educar cabe sí a la futura esposa de su
hijo.
La muerte del príncipe Carlos y de la reina Isabel de Valois alteró la situación. Nuevamente la diplomacia de Felipe II tuvo
que intensificar sus esfuerzos y recabar la ayuda e influencia de doña Juana, quien persuasivamente le ordenaba a su hijo
que enviara tales documentos, recibiendo a cambio una seca respuesta por parte de éste, haciéndole saber que no solamente
no se quería casar con la princesa de Francia, sino que se negaba a tratar de cualquier otra unión.
No obstante, las relaciones de doña Juana con el reino vecino no se limitaron a la boda de su hijo, pues, a pesar de no ocupar
ningún cargo y de hallarse aparentemente retirada de la política, el influjo que desde Castilla ejerció en la corte portuguesa
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fue activo, defendiendo y premiando siempre a los familiares y amigos de los servidores lusos que le habían acompañado
durante su vida.
4.3. La soledad en la corte
Con todo, a partir de 1568 la vida doña Juana se hizo más solitaria y retirada. A sus, cada vez más frecuentes, achaques de
salud, vino a unirse la muerte de sus queridos, todos muy jóvenes que ella.
La visita que hizo Felipe II a Andalucía en 1570, con el fin de informarse de cerca de la guerra de las Alpujarras, le vino
muy bien a doña Juana para retirarse a Las Descalzas, donde permaneció el resto de sus días con salidas ocasionales a EL
Escorial. Fue un convento donde recibió la noticia de la muerte de su padre espiritual Francisco de Borja de manos del P.
Araoz, quien después de relatarle minuciosamente sus últimos días, añadía con timidez y ternura.
Con todo, siempre atenta al deber político que a todos los miembros de la familia había impuesto su padre, tuvo tiempo y
fuerzas para asistir al cuarto matrimonio de Felipe II con su sobrina Ana. La propia doña Juana sentía empeorar su salud,
y buscando el frescor del estío se había refugiado en El Escorial, al mismo tiempo que acompañaba a la joven reina que se
hallaba en las últimas semanas de gestación.
Pocos días después, el 8 de septiembre, otorgaba testamento nombrando albaceas a don Rodrigo de Mendoza, Don
Cristóbal de Moura, Don Antonio Guerrero, Diego de Arriaga, Antonio Cordero y Fray Juan de Vega, su confesor. Ese
mismo día moría
Sin embargo, consiguió para la monarquía católica dejarle resuelta una vieja y anhelada ambición: la unión de Portugal y
además un grupo de servidores que tuvieron un protagonismo indiscutible durante los últimos años del reinado de su
hermano.