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Constitucionalismo y libertad de expresión – Gargarella

La postura que aquí vamos a examinar sostiene que en una comunidad democrática hay pocos
derechos tan importantes como el de la libre expresión, defiende un sentido muy amplio de lo
que libre expresión significa y pide para este derecho una protección especial, al punto de situar
al mismo en un primer rango respecto de otros derechos.

Asi aquellas que parten de ideas tales como que todos los derechos deben ser limitados o “no
hay derechos absolutos” o “los derechos dependen de las leyes que los reglamenten”, como una
carta blanca para luego sostener cualquier tipo de limitación, asumir que todos los derechos
valen mas o menos lo mismo o subordinar los derechos mas básicos a necesidades no básicas y
circunstanciales.

Aquí se sostiene que la libertad de expresión no debe ser desplazada por necesidades
coyunturales; que por su centralidad para la vida democrática este derecho merece una
protección especial en su eventual confrontación con otros derechos; y que por las mismas
razones, distintas expresiones merecen distinto grado de protección.

La idea de imparcialidad aquí defendida se podría caracterizar a partir de dos pautas principales:
en primer lugar, se afirma que es necesario que todos los miembros de la comunidad puedan
expresar sus puntos de vista; y en segundo lugar, que es necesario que tales puntos de vista
puedan ser confrontados unos con otros en un proceso de deliberación colectiva.

En países como la argentina, la jurisprudencia fue todavía menos solida en el respaldo a la


libertad de expresión. De hecho, la persecución publica de las opiniones disidentes llego a
cristalizar, por ejemplo, en una larga lista de decisiones judiciales condenatorias de los
denominados “partidos antisistema”, esto es partidos opuestos al sistema democrático.

Choque entre la tradiciones del “libre mercado de las ideas” y la del “debate robusto”: las dos
tradiciones examinadas son capaces de avanzar de modo conjunto en una enorme diversidad de
casos, para dar fortaleza a una doctrina hiperprotectiva de las opiniones criticas. La tradición del
“libre mercado de ideas” por ejemplo tendió a dar respaldo a numerosos criterios que la doctrina
del “debate publico robusto” directamente rechazaría. Típicamente, ella respaldo la idea de que
el gran enemigo de la libertad de expresión se expandía cuando se ponían mas trabas al accionar
del estado. Los defensores del mercado libre de ideas empezaron a defender el criterio según el
cual “la mejor política en materia de libertad de expresión es la ausiencia de política”, la idea de
que cualquier movimiento del estado en esa area debía verse como una amenaza a combatir.
“dejar hacer” era el mejor modo de honrar el compromiso publico con la idea del respeto a
todos y la libertad de todos.

Para quienes defienden la idea de un “debate publico robusto”, la situación que comienza a
delinearse resulta temible. Una politica como la propiciada por la tradición milleana pone en
riesgo dos ideales fundamentales, arriba citados: el ideal de que todos los afectados por la
decisión publica intervengan en ella; y el ideal de que la decisión surja de un debate que los
involucre a todos. Mas bien, el ideal del “libre mercado de las ideas” se desentiende ed aquellos
objetivos que, en todo caso, pueden ser el resultado azaroso de una conyuntura favorable.

Aquel escenario ideal se lograra, en todo caso, en la medida en que todos estén situados en un
pie de igualdad, y cuando la comunicación se de fundamentalmente a partir de oradores o
críticos individuales, capaces de ocupar sucesivamente o al mismo tiempo un espacio mas bien
infinito. Es la escasez entonces la que amenaza el debate robusto. Son muchas las opiniones que
quieren expresarse y pocas las oportunidades de hacerlo a traves de vías efectivas.