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Atendiendo a la problemática que se presenta en la realidad judicial resulta imperativo

adoptar medidas urgentes e inmediatas, para restablecer el normal, eficiente y


transparente desarrollo de las actividades jurisdiccionales

Desde la divulgación del primer audio, el Perú es testigo de un


concierto disonante, lamentable, espeluznante, que
sospechábamos se ejecutaba hace largo tiempo detrás de los
bastidores de las esferas judiciales y que ahora sabemos, con
absoluta certeza, estaba frente a nuestras narices, que quizás
nos negábamos a ver, a escuchar, a pesar de la estridencia de
sus acordes. Hoy conocemos que resultaron tímidas las
suspicacias y dudas ante una realidad tan escandalosa como
descarnada.

Juristas de fuste han hallado fuertes indicios de tráfico de


influencias, patrocinio ilegal, cohecho, entre otros delitos en los
audios divulgados desde el 7 de julio por IDL-Reporteros y otros
medios de comunicación. Consideraciones legales aparte, hay
un hecho, a mi modo de ver, tan o más grave en las recientes
revelaciones.

La manifestación expresa de este repugnante tinglado ha puesto


también al descubierto el absoluto desprecio de algunos fiscales
y magistrados hacia los ciudadanos que recurren a los
tribunales sin sospechar que la justicia no saldrá del parecer
ecuánime del juzgador, de un artículo del Código Penal o Civil,
de los argumentos sólidos de su causa, sino del número y las
denominaciones de un puñado de billetes.

Resulta imposible no indignarse al escuchar la conversación


condescendiente del juez que indaga acerca del desfloramiento
de una niña de 11 años que había sido violada, para buscar un
resquicio, supuestamente válido, que le permita dejar en
libertad o aminorar la condena a su agresor.

No menos abominables son otros fallos puestos bajo la lupa en


los últimos días, gracias a la labor de la prensa, como la
eliminación de una condena a un padre que violó a su hija de 16
años porque no hubo violencia ni ofreció resistencia, sin
considerar que la víctima se encontraba durmiendo y que el
propio abuelo de la infortunada joven fue testigo del
abominable hecho.

Otro caso aberrante es la anulación de la sentencia a un sujeto


que le propinó una patada en el vientre a su pareja, quien perdió
a la criatura que llevaba en sus entrañas y luego falleció. La
justificación para declararlo inocente resulta simplemente
aterradora. Como si se tratase de un relato de ciencia ficción o
un libreto del más visceral humor negro, se señaló que existía
una duda razonable en este caso debido a que no se sabía si la
persona perdió la vida por la patada o por el aborto que la
patada le provocó.

Tratar de entender cómo llegamos hasta aquí, cómo los


responsables de impartir justicia se encaramaron en esos
puestos o cómo permitimos que todo esto pasara, no resulta una
tarea sencilla. Sería muy fácil apelar a Publio Siro, poeta famoso
durante el Imperio Romano, que preconizaba que “la absolución
del culpable es la condena del juez”.

Así podríamos intentar explicar en palabras sencillas lo que, a


todas luces, resulta inexplicable en una sociedad que se
proclama democrática, libre y que debería tener en todas sus
filas a hombres probos en la administración de justicia.

Sin embargo, los culpables de estas falencias no solo son ellos,


sino también quienes compartieron sus decisiones, aquellos que
los designaron en esos puestos, los políticos que aprobaron las
leyes que permitieron contar con examinadores ajenos al
quehacer jurídico y nosotros, los ciudadanos en general, con
nuestra propia indiferencia.

Quizás si hubiéramos permanecido más alertas les habría sido


menos fácil dar fallos judiciales que no se ajustan a la ley, se
realizarían menos concursos en los que los conocimientos de la
receta del cebiche de pato sean tomados en cuenta para ser
nombrado fiscal o juez, no se prodigarían tantos títulos
profesionales hechos a medida o grados honoríficos para
saltarse la garrocha de las exigencias en los concursos públicos,
y no serían tan frecuentes designaciones, nombramientos,
ascensos laborales, contrataciones, convenios y hasta prácticas
preprofesionales para intercambiar favores, recibir “verdecitos”
o cualquier otro tipo de prebenda.

Tampoco nos obligarían a descubrir ahora que tenemos


magistrados que son personas reales y, al mismo tiempo,
caricaturas de sí mismas, ridículamente histriónicas,
protagonistas del espectáculo visual, sonoro y gestual tan pobre,
tan grotesco al cual asistimos desde los últimos días.

Por eso ha llegado el momento de aprender de esta crisis y


tomar medidas definitivas. Rechazar la corrupción en
cualquiera de sus instancias, investigar y castigar a todos los
responsables de estas infamias. También hay que reflexionar
acerca de los pequeños actos que realizamos cada día, que
justificamos y que creemos no nos obligan a responder al
tribunal de la moralidad, de los valores cívicos, de nuestra
propia conciencia.

Quizás si hubiéramos permanecido más alertas les habría sido


menos fácil dar fallos judiciales que no se ajustan a la ley, se
realizarían menos concursos en los que los conocimientos de la
receta del cebiche de pato sean tomados en cuenta para ser
nombrado fiscal o juez, no se prodigarían tantos títulos
profesionales hechos a medida o grados honoríficos para
saltarse la garrocha de las exigencias en los concursos públicos,
y no serían tan frecuentes designaciones, nombramientos,
ascensos laborales, contrataciones, convenios y hasta prácticas
preprofesionales para intercambiar favores, recibir “verdecitos”
o cualquier otro tipo de prebenda.

Tampoco nos obligarían a descubrir ahora que tenemos


magistrados que son personas reales y, al mismo tiempo,
caricaturas de sí mismas, ridículamente histriónicas,
protagonistas del espectáculo visual, sonoro y gestual tan pobre,
tan grotesco al cual asistimos desde los últimos días.

Por eso ha llegado el momento de aprender de esta crisis y


tomar medidas definitivas. Rechazar la corrupción en
cualquiera de sus instancias, investigar y castigar a todos los
responsables de estas infamias. También hay que reflexionar
acerca de los pequeños actos que realizamos cada día, que
justificamos y que creemos no nos obligan a responder al
tribunal de la moralidad, de los valores cívicos, de nuestra
propia conciencia.