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otoño 2018 / nº11

Destacado:
*Vigésimo aniversario
de Bambalúa Teatro
*Carpeta artística de
Juan Mons

Además:
*Artículos, relatos,
poemas...
Conservador. Adj. Dícese del estadista enamorado de los males existentes, por oposición al liberal, que desea reem-
plazarlos por otros.
Política. S. Conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho propio.
Timar. V tr. Prometer al pueblo soberano no robar si se es elegido.
Voto. S. Instrumento y símbolo de la facultad del hombre libre de hacer de sí mismo un tonto y de su país una ruina.

Ambrose Bierce. El diccionario del diablo

Nuestro más sincero agradecimiento a Ausín Sainz, por habernos prestado desinteresadamente sus magníficos
dibujos y composiciones, inimitables (aun así identificados con el pie correspondiente), para dar realce al presente nú-
mero.

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En las bibliotecas municipales y pública de Burgos hay a disposición del lector ejemplares impresos de esta revista.
No podemos sino expresar nuestra gratitud por ello.

Cul ura es un empeño de: Fernando Ortega, Fernando Arnaiz, José Mª Izarra, Alfonso Hernando, Jesús Borro, Jesús
Pérez, Luis Carlos Blanco y Félix J. Alonso, entre otros.
©de los textos (faltas de ortografía incluidas), ilustraciones y fotos, los respectivos autores.
©del logo, grafismo y maquetación: el maquetista, JMI.
Contacto: culdbura@gmail.com
Sumario
Carta, Javier Pérez de Arévalo ...........................................................................Pág. 5
La ciudad de la cultura, Carlos de la Sierra ...............................................................11
Globos sobre el Atlántico..., Antonio Muñoz Vico ....................................................15
Treinta años de la muerte de Luis Martín Santos, Jesús Ibáñez....................................19
Salto vital: creyentes y feministas..., Angélica Lafuente .............................................23
Vigésimo aniversario de Bambalúa Teatro ................................................................27
El dolor y la muerte, Luis Orozco .............................................................................35
Agostar sonido y no morir de melancolía, Luis González Santamaría ............................39
Cómic..................................................................................................................43
Anita, Esther Pardiñas ...........................................................................................51
Las yemas sucias, Jorge Saiz Mingo.........................................................................55
Nuestra ciudad / Enero, Montserrat Díaz Miguel ........................................................61
A propósito de marcadores invisibles, José María Izarra..............................................65
Carpeta artística de Juan Mons. Por JMI ...................................................................69

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El regreso de Ulises (poema), Roberto López ............................................................97
Poema para Tino, mi poeta hermano, Jesús Barriuso .................................................99
Se convierte en palabra (poema), Donato Miguel Gómez Arce ...................................101
Las tempestades de Júpiter, Lia Willems-Gómez ......................................................103

Ausín Sainz
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ht https://ausinsainz.es.tl/CURRICULUM.HTM
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Ausín Sainz
Carta

Alaró, 25 de septiembre de 2018.

No sé muy bien cómo empezar esta carta dirigida a una revista, fanzine, publicación
cultural, o como sea más apropiado denominarla.
Sin duda las más elementales normas de educación me impelen, en primer lugar, a
darle las gracias por invitarme a su casa, así que vaya por delante:
— Muchas gracias Culdbura por su ofrecimiento. La verdad es que me ha hecho

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mucha ilusión y la acepto de lo más gustoso.
En segundo lugar, creo que lo mejor será exponer aquí unas pinceladas sobre mi
vida, para que sea usted consciente de a quién está invitando, no fuera que en el último
momento se arrepienta del impulso que le llevó a hacerlo.
Debería de empezar por el principio, es decir por mi nacimiento en el Hospital San
Juan de Dios de Burgos un VIERNES 13 (viernes de dolores) de 1962 pero, no sé por
qué, me veo en la necesidad de empezar por el final, es decir por este mismo momento.
—EL ARTE HA MUERTO.
Sí, ya lo dijo Hegel hace mucho tiempo, y yo pienso lo mismo, pero lo que no dijo
el filósofo alemán es que la muy jodida1 siempre resucita.
Reconozco que yo mismo hubo un día en que la apuñalé, pero luego me puse a re-
alizarle el boca a boca, para su desgracia más absoluta.
—¿Por qué digo esto?
Pues porque ahora mismo ya no sabría cómo calificar ni lo que compongo ni lo que
escribo. Durante muchos años me consideraba un músico contemporáneo, es decir, que
escribía lo que habitualmente se etiquetaba, y se sigue etiquetando, como “música con-
temporánea”. Para muestra un botón:
https://unfaroeneldesierto.wordpress.com/2008/02/14/a―sexual―fantasy―playing―bach/
Y sin embargo, una de mis últimas miniaturas sonoras es un réquiem dedicado a
los despojos de lo que en su día fueron las habitaciones donde vivían los fareros de uno
de los faros de la isla Dragonera. Miniatura musical que, muy dudosamente, podría en-
trar en el saco de lo “contemporáneo”. Aquí está el enlace para que se vea que no
miento.
https://www.youtube.com/watch?v=wzOcECubHog&t=14s
Esto de los faros me recuerda que tendría que dar un salto atrás y recordar el día
que salía del conservatorio de Burgos, entonces sito en el ya por entonces restaurado
convento de las Bernardas, cuando decidí no dedicarme profesionalmente a la música,
ya que acababa de ser consciente de que si Juan Sebastián Bach presentara alguna de
1
Prefiero pensar en el arte como un ente femenino.
sus obras maestras (de las estrictamente contrapuntís-
ticas) a un examen de fuga, nunca lo aprobaría debido
a que no cumple las normas establecidas para ello. En
ese instante, aunque ya a la altura de San Lesmes,
tenía decidido ser o farero o guarda―pantanos… y re-
sultó ser lo primero.
Después de un tiempo viviendo profesional-
mente como farero, y habiendo recalado ya en la isla
de Formentera, decidí terminar mis estudios de con-
trapunto y fuga pero esta vez por libre, sin exámenes
de conservatorio de por medio, pero eso sí, con abso-
luta rigurosidad. Me inspiré en la educación que Stra-
vinsky recibió directamente de su maestro Rimski
Kórsakov, sin pasar por ningún conservatorio, y dí con
un excelente compositor catalán que residía en Palma
de Mallorca, mi querido Xavier Carbonell, el cual acce-
dió a completar mi formación académica, algo que nos
llevó unos cuantos años más.
En el faro de la Mola de Formentera, compuse
bastante música y de alguna de las piezas (no muchas,
todo hay que decirlo) incluso me he llegado a sentir or-
gulloso. Por ejemplo, esta pieza para saxofón soprano
y saxofonista preparado, escrita en memoria de la hija
de los fareros del faro de Ahorcados, que murió en ese

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pequeño islote a principios del siglo xx sin que la pu-
dieran rescatar para llevarla a un hospital.
https://unfaroeneldesierto.wordpress.com/2008/04/25/el―
canto―de―ahorcados/ Foto: Kole Seoane
En esa pieza el saxofonista tiene un instrumento
de percusión atado a su pierna, con el que va reproduciendo los ritmos de la luz de
ese faro.
Fue al final de aquella época transcurrida en Formentera (12 años), cuando decidí
comenzar mis estudios universitarios de filosofía, los cuales terminé viviendo ya en Ma-
llorca. Estos estudios influyeron decisivamente en las composiciones musicales, puesto
que ya no necesitaba utilizar la música para intentar transmitir conceptos o ideas pura-
mente intelectuales, pues para eso encontré mucho más adecuada la palabra, así que
la música, poco a poco, fue relegándose al puro aspecto sonoro, sin conceptualismos
adheridos.
Pero también encontraron ambas, me refiero a la música y a la filosofía, lugares
de común encuentro, y de esos lugares surgieron cosas como un ensayo sobre la, para
mí, relación entre la filosofía de Gottfried Wilhelm Leibniz y la música de Johann Se-
bastian Bach. Aquí dejo el enlace para ver ese ensayo, en el dudoso caso de que a al-
guien le pudiera interesar.
https://unfaroeneldesierto.wordpress.com/2008/04/20/bach―y―leibniz/
Con la filosofía fue apareciendo también la escritura, en su sentido más creativo
del término, y así comencé, si saber muy bien por qué ni cómo, diferentes relatos en
los que pretendía unir también música y literatura, tratando al relato como si fuera una
partitura y el lector un intérprete. Para ello comencé a añadir al texto indicaciones
acerca de la velocidad con la que el lector debería leer ese texto, ya que soy de la opi-
nión de que cada trozo de texto requiere de una velocidad adecuada y los autores no
suelen indicar nada al respecto. A estos escritos, mezcla de relato y partitura, los de-
nominé “logofonías”, ya que palabra y sonido están formando una pareja interdepen-
diente.
A continuación dejo una pequeña muestra, y además el enlace. En el blog “Un faro
en el desierto”, tengo colgados el resto de logofonías que escribí en esa temporada.
El escrito se debe leer respetando las indicaciones de “tempo” es decir, velocidad, que
aparecen en cursiva y entre paréntesis precedidas y seguidas de puntos suspensivos. Las
indicaciones son similares a las que se pueden encontrar en una obra musical y su traducción
es la siguiente:
―Allegro ma non troppo: velocidad normal de lectura
―Allegro: una velocidad más rápida de lo habitual
―Lento: leer de forma pausada espaciando las palabras
―Accelerando: se aumentará la velocidad de lectura progresivamente hasta alcanzar
el allegro.
―Rallentando: se disminuirá la velocidad de lectura hasta el moderato (lectura normal).
―,, : Dos comas. Pausa algo mayor que la coma habitual
―,,,: Tres comas. Pausa bastante mayor que la coma habitual

SEGUNDO PLATO ―
(logofonía para un premuerto)
Allegro, ma non troppo
Cuesta comenzar a escribir, siempre cuesta empezar a reunir unos caracteres que se
transformen en sonidos internos para todo aquel que repte con sus ojos por encima de ellos,
y cuesta mucho más si lo que has de contar es la muerte de un compañero, de un amigo que
todavía parpadea pero, que sin saber cómo ni por qué, tú has visto muerto dentro de un
inexplicable bucle del tiempo donde te has inmiscuido, de forma involuntaria, sin estar ebrio,
sin haber ingerido ningún tipo de droga alucinógena, sin padecer, o eso creo yo, alguna

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enfermedad nerviosa que me pudiera producir este tipo de imágenes, apareciendo de
improvisto en medio de una conversación anodina, y lo que todavía me resulta más
asombroso, sin que esa conversación dejara en ningún momento de ser fluida, todo lo fluida
que puede ser aquella conversación entre dos compañeros de trabajo de los que uno ya está
jubilado y el otro permanece en una actividad anodina pero remunerada cada comienzo de
mes, conversación donde el jubilado recuerda años de gloria y el compañero activo traduce
esa información afablemente, con la esperanza de no llegar a tener nunca que añorar los
años laborales, pero con la sospecha de que sin embargo lo acabará haciendo y sin recordar
por el contrario ese sentimiento de repulsa que ahora siente hacia los que así los recuerdan,
y por ello cayendo en una melancolía que el propio monólogo del jubilado va produciendo a
modo de mantra hipnotizante, y tú escuchas y asientes y sonríes y arqueas los ojos y vuelves
a sonreír pero procurando que esta vez la boca muestre un aspecto diferente al que tenía
con la sonrisa anterior, a modo de variaciones sobre un mismo tema, y rellenas algunos
minúsculos huecos del monólogo con algunas exclamaciones afirmativas, un claro, un sí, un
desde luego, un ya me parecía, y luego variaciones otra vez de nuevas sonrisas acompañadas
ahora de un claro está, de un si si si, de un por supuesto, de un si es lo que yo digo (emitido
rápidamente para que el jubilado no se sienta interrumpido en su recorrido hacia el pasado),
y sin dejar de comer pero haciéndolo con la mesura necesaria para que no interprete que te
dan igual sus comentarios, que ya no puedes simular sorpresa porque son tan conocidos para
ti que resulta imposible revestirlos con cualquier ropaje novedoso, y le aprecias y le oirás con
cariño una vez más todos sus recuerdos mientras observas en su rostro cómo el tiempo ya
se ha encargado de ir anotándolos uno por uno en su semblante sin que hiciera falta que los
relatara, porque ya los escriben sus arrugas y sus ojos, sobre todo sus ojos, a los que
tampoco puedo mirar excesivamente no sea que malinterprete mi mirada, porque cuando un
amigo te cuenta algo has de dirigir tus ojos a sus labios, como reafirmando su conversación,
como asegurando una comunicación que el abismo de cada una de las soledades podría
arruinar con sus interferencias, justo lo contrario de cuando hablas con una persona a la que
amas.
https://unfaroeneldesierto.wordpress.com/2008/05/06/segundo―plato/
Pero no sólo la escritura se vio influenciada por la música, sino que ésta no podía ya
pasar sin aquella, y así surgieron piezas como las “variaciones sobre UT”, una obra para or-
questa sinfónica, basada en los diferentes conceptos que sobre el tiempo tuvieron filósofos
como Platón, San Agustín, Aristóteles...etc. Ahí va el enlace de esta grabación, pero advierto
que dura 20 minutos y que tampoco es que sea la mejor interpretación que se pueda hacer
de la pieza... las cosas como son.
https://unfaroeneldesierto.wordpress.com/2017/05/28/variaciones―sobre―ut/
Por otro lado también tuve la oportunidad de, gracias a un encargo, realizar la música
para unas dramatizaciones radiofónicas, en Alemania, de sendas novelas del escritor Eugenio
Fuentes. Novelas de género negro, policíaco, para las que imaginé una música diferente a la
que realizaba para las salas de concierto. Esta es una pequeñita muestra de esa música que
compuse para la novela “Las manos del pianista”. La pieza la terminé separando de toda la
banda sonora y la titulé “Beethoven también soñaba”― Se trata de una reinterpretación de
una parte de la sonata 5 del maestro alemán.
https://unfaroeneldesierto.wordpress.com/2008/04/25/beethoven―tambien―sonaba/
Estimada Culdbura, no sé si a estas alturas habrá cambiado ya de opinión al respecto de
invitarme a su santuario artístico, el caso es que ya me he venido arriba y no voy a dejar de
contarle a usted mi vida aún a riesgo de que, si no me ha enviado ya a freír espárragos, lo
haga durante los párrafos siguientes. Porque el caso es que ahora viene la poesía. Sí… ¿quién
me lo iba a decir a mí? La cuestión es que, como una amistad inesperada y, me atrevería decir
que inoportuna, va y aparece la poesía en mi vida así, sin avisar. Fue una relación agradable,
llamó a mi puerta, la dejé pasar y luego comimos juntos. Después de aquella reunión, fue ella
la que me invitó a mí, y así, invitación tras invitación, surgieron unos cuanto poemarios. Sin
embargo, igual que vino se fue, y nunca más he vuelto a saber de ella, ni ella de mí.

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Algunos amigos burgaleses a los que les envié estos poemarios, llegaron a pensar que
me encontraba en un estado de ánimo deplorable, casi a punto del suicidio. La verdad es que
no andaba yo para tirar cohetes pero, por ejemplo, en los siguientes poemas, mi intención era
reflejar una visón biocéntrica de la existencia, que luego, para mi sorpresa, vi que no era otra
cosa que budismo puro y duro. A este poemario lo titulé “Poesía basura”. Aquí dejo algunos
extractos y el enlace para poder leer el resto.

DETRITO 1
Deja que lo diga de una vez
y por todas
¡¡La poesía no existe!!
Sí…, qué le vamos a hacer.
Y no me vengas con eso de que “poesía eres tú”.
¿Tú sabes lo que realmente eres?
Un contenedor,
sí, ya podrás perdonar, pero…
sólo existe la basura,
que no es lo que tú piensas que es la basura.
Y no es pesimismo…,
y no es nihilismo…,
ni siquiera fanatismo,
o mero producto
del alcoholismo…
Es que la vida tampoco existe:
sólo es el desperdicio de la muerte,
que no es lo que tu piensas que es la muerte.

DETRITO 2
Existe Rimbaud.
Existe Verlaine,
incluso existen Pessoa y Girondo,
pero de la misma manera que existen
la botella de agua Fontvella
vacía y acordeonada,
la lata de Coca―Cola
vacía y acordeonada,
el tetra―brik de leche Pascual
vacío y acordeonado
y la ilusión de creer en la vida o en la poesía,
ilusiones vacías y acordeonadas.
Sólo son marcas
que dejas y te dejan,
que coges y te cogen,
y que incluso te marcan,
pero sólo son eso…
marcas.

DETRITO 3
Te dicen que has nacido,
cuando morir es lo que realmente has hecho,
morir de la muerte.
¿No dicen los creyentes de un sentido
que después de esta vida comienza la otra?

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Pues yo, que soy creyente del otro sentido,
te digo que después de aquélla muerte,
viene esta muerte,
que sólo es el desperdicio de la primera;
lo que no quiso,
lo que le sobró,
lo que acabó por ponerse en mal estado.
Sí, existe el verbo desperfollar,
pero ¿quién lo conoce?,
quizás algún viejo de Murcia;
Foto: Rif Spahni
como existe el verbo esturrear,
y ¿sabe alguien lo que significa?,
puede que algún manchego arrugado.
¿Y el verbo vivir?…
ese no hay viejo que sepa lo que quiere decir,
ni siquiera en Ciudad Real,
ni siquiera en Albacete.
Porque sólo la muerte tiene sentido,
que no es el sentido que tu piensas que tiene la muerte.

No es mi intención aburrirla a usted más, así que iré terminando. A todo este
batiburrillo mental, se le sumó la obsesión por el pasado de los fareros en las Islas
Baleares, lo cual dio como fruto una tesis doctoral y algunos libros sobre el tema. Si
por alguna casualidad a alguno de sus lectores le interesase el tema farero, aquí dejo
los enlaces donde se pueden descargar gratis unos cuanto libros que escribí al respecto.
http://www.portsdebalears.com/sites/default/files/libros/HISTORIA_DE_LOS_FA
ROS_DE _ L A S _ I S L A S _ B A L E A R E S / i n d e x . h t m l # p a g e = 1
h t t p : / / w w w. p o r t s d e b a l e a r s . c o m / s i t e s / d e f a u l t / f i l e s / l i b r o s / Re v i s t a _ f a r o
_ Po r t o p i . p d f
h t t p : / / w w w. p o r t s d e b a l e a r s . c o m / s i t e s / d e f a u l t / f i l e s / l i b r o s / Fa r s _ d e _ S a _
D ra g o n e ra . p d f
h t t p : / / w w w. p o r t s d e b a l e a r s . c o m / s i t e s / d e f a u l t / f i l e s / l i b r o s / E l _ Fa r _ d e _ Fo
r m e n t e ra _ ( L a _ Mola).pdf
Sin embargo… ya hace años que lo único que escribo son novelas de humor, donde
a través de él, del humor, intento caricaturizar situaciones sociales e incluso criticar posturas
antropocéntricas que, en mi opinión, debemos ir superando para poder ensanchar esa esfera
ética que todos tenemos que inflar de forma personal e intransferible, si queremos
evolucionar no sólo tecnológicamente, sino en el verdadero sentido de lo que pienso debe
ser una evolución humana.
En una de estas novelas, “Acciones y digresiones de un budista torpe”, la ciudad de
Burgos termina siendo la protagonista absoluta del relato, porque el personaje principal (que
siempre en estas novelas es el mismo, y por supuesto mi álter ego), como consecuencia de
sus estudios sobre el budismo, termina por creer que él es, nada más ni nada menos que
la reencarnación del Cid.
Es en el humor, donde me siento instalado y muy a gusto. Y es ahora cuando me he
dado cuenta que los burgaleses tenemos, en general, un sentido del humor muy especial,
irónico, pesimista, que incluso puede llegar a ser algo agresivo y difícil de comprender para
españoles de otras localidades. Pero creo que podríamos pedir la denominación de origen
de nuestro sentido del humor, igual que el queso y la morcilla…sí señor, nuestro sentido del
humor se merece que lo vendan en las tiendas y supermercados a la altura de los demás
productos que ya han conseguido llegar al Olimpo de los productos, allí donde se encuentran
los grandes ídolos de la gastronomía española. Ya lo estoy viendo…un buen paquete de
Humor de Burgos al vacío, a precio disparatado, y donde se asegure al consumidor que,

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inmediatamente después de su ingestión, se estará acordando de los muertos de todo el
que se le aproxime, amén de iniciar la más infinita e inusitada jerga blasfema que en la
vida hubiera imaginado.

Alaró, 30 de septiembre de 2018. (es que he tardado varios días en escribir


la carta)

Javier Pérez de Arévalo

Ausín Sainz
La ciudad de la cultura

Érase una vez una ciudad donde florecía la cultura. Así me dijo un anciano que re-
cordaba la memoria que sus abuelos le contaron. Un día la cultura llegó hasta su ciudad
y se enamoraron; durante siglos, cultura y ciudad vivieron unidos. En pocos años los hom-
bres y mujeres que allí habitaban dejaron las armas y volvieron los ojos hacia la belleza,
interior y exterior.
Esta maravillosa ciudad está enclavada en un hermoso valle regado con la humedad
de un río que nace en las montañas cercanas. Junto a la frescura verde de la vega nació
(milagro de la cultura de sus gentes) un edificio prodigioso tallado en piedra engarzada;

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los ancianos cuentan que al influjo de su sombra nadie ni nada era insensible, y que de
todo el orbe llagaban personas ansiosas de conocer la maravilla anunciada. De este modo
-nutrida de todos los saberes- la ciudad fue creciendo.
Con el paso del tiempo la población de este paraíso de ciencia se incrementó llegando
a ser más de cien mil los habitantes estables, quienes desde su común y humilde condición
aportaron lo mejor de sus conocimientos científicos, literarios y artísticos, en pro de man-
tener viva y fresca la presencia de la cultura en su ciudad.
El anciano que esto me narró me dijo, con lágrimas en los ojos, que, bajo el arco al-
menado, embellecido por dos vigorosos frescos murales hoy desaparecidos, todos los días
se agolpaban las embajadas que llegaban a la ciudad aportando su cultura. Por este arco
pasaron juglares, trovadores, poetas, pintores, titiriteros, alquimistas, maestros, canteros,
escultores, magos, orfebres, hechiceros, copistas, iluminadores, arquitectos, médicos,
brujos, sabios, campesinos, peregrinos… La ciencia y el conocimiento llegaba con ellos.
Los habitantes de la ciudad, en aquellos tiempos maestros de la hospitalidad, rivalizaban
en ofrecer a cada uno de los llegados el mejor acomodo, por darles el calor que su humilde
condición atesoraba sin límites.
El abuelo que esto me contó recordó que cuando él era muy niño todavía pudo
contemplar algunos destellos de este esplendor. Decía que, muchos días, al atar-
decer, cuando el oro del ocaso bañaba los rostros felices de los habitantes, sucedía
un prodigio: sobre la ciudad se aposentaba una luz refulgente, pero no cegadora,
de suave tonalidad; esta prolongación natural de la luz del día permitía a los innu-
merables artistas y pueblo llano alargar hasta bien entrada la madrugada sus mu-
tuos deseos de enseñar y aprender. Todos sabían que aquel estado floreciente de
la ciudad era debido al especial cariño que la cultura tenía hacia ella…
Pero el hombre no quiere que su felicidad sea eterna. Así me habló el anciano:
“La locura de la guerra inflamó el corazón del país; los campos quedaron yermos,
los bosques destrozados, las ciudades arrasadas, las gentes muertas… Después,
los vencedores, a esto lo llamaron civilización…”. No son palabras mías, sino del
poeta.
El impacto de aquella guerra golpeó de lleno en el alma de la ciudad de la cultura; dejaron
de venir los juglares… los habitantes tornaron a su natural estado arisco; la luz de los atarde-
ceres, hasta entonces resplandeciente, se transformó en permanente gris. La cultura aban-
donó su amada ciudad, y la ciudad murió; con ella murieron todas las ilusiones de sus
moradores. Esta tragedia sucedió hace medio siglo.
Desde entonces, ni gobernantes ni pueblo hemos hecho nada por evitar el profundo
estado de melancolía a que nos ha conducido la pérdida de la cultura. Pero lo más doloroso
de la postración moral no es el aburrimiento ni el deterioro permanente de los restos escasos
de aquella cultura vigorosa de antaño: lo más doloroso es el acomodaticio estado de abulia
y conformismo que preside todos nuestros actos. Poco más de medio siglo de represión física
y moral nos ha convertido en animales de costumbres viciadas; entre todos, gobernantes
actuales y pueblo, hemos conseguido que la cultura no regrese a la ciudad. El arco almenado
-a pesar de que está abierto- ha bajado sus pesados rastrillos defensivos y todo vestigio de
ciencia ha quedado detenido más allá de sus muros, definitivamente desterrado.
Y nosotros, los ciudadanos, ¿cómo hemos quedado?; la respuesta es fácil: estamos
atrapados; somos prisioneros de nuestra propia conducta de siervos. Hemos vivido durante
demasiados años subidos a las torres de nuestra Catedral; hemos lanzado demasiados des-
precios encaramados en los restos arrogantes de nuestro Castillo; hemos arrastrado dema-
siadas carrozas de desprecio a la cultura por las pulidas baldosas de nuestro Espolón. Para
decirlo de una vez: no hemos querido cultura; nos ha bastado con vivir a la sombra de un
pasado histórico que, paradójicamente, nadie conoce…
Hoy recuerdo estas justas lamentaciones y no puedo por menos que sentir vergüenza,
propia y ajena. Pero no quiera caer en la frustración que produce magnificar (una vez más)
la imbecilidad de nuestra conducta individual o colectiva; por el contrario, ha llegado el mo-

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mento de salir al paso de tanto incompetente -ético y moral- que gobierna nuestras posibi-
lidades de cultura; también es llegado el día para aquellos -muchos- que presumen de poseer
en exclusiva toda la cultura de occidente.
Es tiempo de hechos. Millones de palabras vanas pronunciadas durante años sólo han
servido para producir más desencanto; a lo sumo para enmascarar la profunda sima que
contiene los restos putrefactos de nuestra cultura. Engañados por estos bustos parlantes
que sustentan la teoría de blanquear fachadas para que nada cambie, hemos sido muchos
los que casi caemos en la sima. Otros, menos afortunados, han caído; de sus filas nace esa
pléyade de “listos oficiales”, “críticos de sudores ajenos”, “estómagos agradecidos” y demás
personajillos que con su presencia infestan los escasos actos culturales que la ciudad ofrece.
Pero esta plaga ya tiene su castigo: el desprecio de todos los ciudadanos libres.
Ahora quiero contar otro cuento. Érase una vez una ciudad, llamada Burgos, donde re-
gresó la cultura. Un buen día, los habitantes despertaron de la maldición que sobre ellos pe-
saba; los hombres y las mujeres se lanzaron a las calles, levantaron el rastrillo de la puerta
de su ciudad, bajaron de sus torres de piedra desmoronada, limpiaron la huella de la igno-
minia del suelo de su paseo principal, y desde el llano, en profundo contacto con su tierra,
el pueblo llamó a la cultura.
Desde las montañas donde nace el río comenzó a llegar un sonido persistente…eran
voces de gentes. Envueltos en una nube de añoranzas. Siguiendo la ribera del Arlanzón, los
ecos de las personas fueron llegando a Burgos; ante el Arco de Santa María se detuvieron,
sólo un instante; después, entraron todos: sabios, juglares, poetas, magos, titiriteros, mé-
dicos… Las gentes de Burgos desembozaron sus rostros sombríos; los gestos inquisidores
de ayer tornaron en ademanes nobles. La pequeña ciudad cerrada (ahora abierta) tenía sitio
para todos.

Carlos de la Sierra

(El artículo original fue publicado en Diario16 de Burgos, El Dorado de Castilla, el sá-
bado 13 de mayo 1995. Recuperado el miércoles 19 de septiembre de 2018)
Página 13

Ausín Sainz
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Ausín Sainz
Globos sobre el Atlántico o
cómo defender Europa en
tiempos de posverdad
05/06/2018

Por Antonio Muñoz Vico, asociado sénior en el Departa-


mento de Propiedad Intelectual de Garrigues y miembro de
Garrigues Digital.

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Aprendí también a elaborar historias que, aunque falsas, resultasen verosímiles. Me convertí
en un maestro de la fabulación. Acabé creyéndome mis propias mentiras. Me acostumbré a
que no hubiese más verdad que la mía, la que alumbraba con mis palabras. […] La verdad
pura y simple brillaba por su ausencia. Todo era un conjunto de mistificaciones.

José Luis Cancho. Los refugios de la memoria

Atravesar el Atlántico en globo no es sólo una gesta admirable, sino también una de
las grandes mentiras del siglo XIX. El autor del embuste, Edgar Allan Poe, es uno de tantos
escritores que, en ausencia de leyes que protegieran eficazmente sus derechos, se vio obli-
gado a ejercer de gacetillero y hasta a imaginar y divulgar bulos en periódicos sensaciona-
listas para vivir de la pluma. El Atlántico no se cruzaría en globo hasta 1978, pero a Poe no
le tembló el pulso al asegurar en una crónica de 1844 que unos aventureros habían sobre-
volado el océano a bordo del dirigible «Victoria». Los lectores del New York Sun asumieron
la noticia con entusiasmo y credulidad: si los franceses habían realizado el primer viaje en
globo en 1783 –cuando un gallo, una oveja y un pato se elevaron sobre Versalles para asom-
bro de María Antonieta–, ¿por qué dudar de la noticia publicada por el diario neoyorquino?
El escritor confesaría su pecado años más tarde en «El camelo del globo»
¿Fue Edgar Allan Poe el inventor de las «fake news»? Las mentiras con trazas de vero-
similitud se conocen hoy como noticias falsas y se han convertido en uno de los fenómenos
del siglo. Divulgar bulos para confundir y desestabilizar al poder es algo que ha ocurrido
siempre. Lo que nos inquieta ahora es la facilidad con que las falacias se propagan en la Red
y seducen a millones de personas. Ningún titular es tan sugestivo como el que nos dice exac-
tamente lo que queremos oír; ninguna noticia es tan dañina como la que desdibuja la fron-
tera entre las causas nobles y las más burdas; ninguna tan peligrosa como la que emborrona
y socava la credibilidad de la democracia (de sus procesos electorales, de sus valores y sus
instituciones) apelando a las emociones y despreciando el valor de los hechos. Las redes so-
ciales se han convertido en el medio más común para la difusión de noticias falsas, pero
quienes las conciben son personas de carne y hueso que persiguen objetivos premeditados.
Y lo hacen a través de algoritmos que repiten sin descanso la consigna marcada: la condición
de forastero de Barack Obama, la homosexualidad de Emmanuel Macron o el oscurantismo
de la democracia española frente al desafío catalán al imperio de la ley. Poco importa el pre-
texto si puede servir para cambiar el signo de unas elecciones o brindarnos la llave del poder
El lenguaje no es inocente: los asesores del presidente Trump acuñaron la expresión
«hechos alternativos» para dotar de legitimidad semántica a la mentira. La Rusia de Putin
promueve la confusión masiva en las redes, pero se escuda en el término «fake news» para
desacreditar a quienes denuncian sus métodos. Ahora, un grupo de expertos auspiciado por
la Comisión Europea (el «High Level Expert Group on Fake News» o HLEG) aboga por hablar
de «desinformación» en detrimento del escurridizo «fake news». La desinformación abarcaría
cualquier tipo de información falsa, imprecisa o engañosa dirigida a causar un daño a la co-
lectividad o a generar réditos económicos. El informe del comité de expertos esboza las
líneas maestras sobre las que la UE hará frente al fenómeno de la desinformación. Pero,
¿debe Europa legislar para frenar el avance de la posverdad? Y si ese fuera el caso, ¿cómo
hacerlo sin afectar a los derechos y libertades que nos definen como europeos: la libertad
de expresión, el derecho a la información o la libertad de prensa? La respuesta no es fácil ni
unívoca. El grupo HLEG desaconseja legislar en el corto plazo y opta por fomentar un marco
de autorregulación acordado entre los principales interesados: las plataformas de internet,
los medios de comunicación, la industria de la publicidad y los «fact-checkers» (periodistas
u organizaciones sin ánimo de lucro encargados de contrastar noticias dudosas).
El pasado 26 de abril, la Comisión Europea recogió el testigo del HLEG y anunció me-

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didas inminentes. La Comisión da a las plataformas hasta octubre de 2018 para poner en
marcha un código de buenas prácticas que persiga, entre otros, los siguientes objetivos: 1)
la identificación de las noticias publicadas a cambio de un precio –con especial énfasis en la
propaganda política– y la restricción de la publicidad como vía de financiación para quienes
difunden campañas de desinformación; 2) una mayor transparencia de los algoritmos que
permita a terceros independientes comprobar que no responden a sesgos ideológicos; 3) el
cierre de perfiles falsos y la persecución de los denominados «bots»: algoritmos robotizados
que ayudan a posicionar determinadas noticias sobre otras; 4) las plataformas deberán tam-
bién sugerir a sus usuarios fuentes de información que ofrezcan puntos de vista diversos a
fin de mitigar el sectarismo. Se trata, en suma, de rastrear y controlar el origen de la desin-
formación, sus vías de financiación y los protocolos seguidos para su difusión.
La Comisión promoverá, además, una red europea de verificadores de hechos que fa-
cilite el intercambio de experiencias nacionales, programas educativos dirigidos a cultivar el
espíritu crítico en las redes (anunciándose una «semana europea de la alfabetización me-
diática») y medidas de apoyo a los Estados Miembros para fortalecer sus procesos electo-
rales frente a unos ciberataques cada vez más sofisticados. Todo ello en el marco de una
estrategia coordinada entre la Unión y los gobiernos de los 28 para rebatir falsas narrativas
sobre Europa y proteger el ecosistema europeo de medios de prensa (ese «periodismo des-
pierto capaz de dirigir el interés de las mayorías hacia temas relevantes para la formación
de la opinión política», al que apelaba Jürgen Habermas en una entrevista reciente concedida
a un medio español).
Europa se posiciona así frente a las «fake news» y se da de margen hasta diciembre
de 2018 para decidir si la autorregulación es suficiente. Entretanto, la contienda contra la
desinformación debe librarse también desde la sociedad civil: es nuestra responsabilidad
como ciudadanos ejercer la libertad de expresión con audacia para contrarrestar el poder
expansivo de la mentira –tantas veces prestigiado por modas o corrientes de opinión–, y
abordar con escepticismo los juicios sumarísimos a la democracia representativa. Porque,
como advirtió Edgar Allan Poe, la manipulación de la realidad para halagar al público o re-
forzar sus prejuicios resulta mucho más eficaz que informar con rigor sobre una actualidad
a menudo compleja y vidriosa. Bajo ese prisma, la lucha contra la posverdad es sólo un
flanco más en la batalla cotidiana por la democracia en Europa. Decía Ovidio que la ley está
para que el poderoso no lo pueda todo. Veintiún siglos después de Ovidio, casi dos después
de Poe y tras dos guerras mundiales, los europeos hemos aprendido que más allá de la ley
y de la democracia sólo hay una certeza posible: la verdad deshonrosa de los totalitarismos.
A todos nos concierne evitar que la historia se repita.

Antonio Muñoz Vico

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Ausín Sainz
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Ausín Sainz
30 años de la muerte de Luis
Martín Santos

Nacido en 1921 en Alar del Rey, pueblo que según él, “no parece tener más razón de
ser que la estación de ferrocarril”, vivió buena parte de su vida en Burgos, donde murió en
1988, ciudad a la que dedicó un poema, expresivo de su pensamiento:

Aunque imposible parezca


Amo esta ciudad,
y lo hago sin medida,
casi piedra a piedra,

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hombre a hombre.
Amo el turbio viento,
amo al barrendero de la madrugada
y al perro que husmea en los montones.
Al turbio viento, digo,
que santigua la frente
del obrero madrugador,
del hombre que pone rosarios en la aurora,
del borracho que olvidó
la frontera de la noche.

Su dedicación a la cultura y a la enseñanza no fue correspondido –diríamos que casi


lógicamente- por la elite local que intuyó lo que era: un agitador social. Él mismo apuntó
poco tiempo antes de morir, “no he sido capaz en toda mi vida, de ser recibido por el concejal
de cultura”. Comprometido con el mundo de la cultura y de la política, en 1960 publicó una
“Carta cultural de la provincia”, reivindicando el papel fundamental de la educación y de la
cultura. Su lucidez le hizo realizar “una tarea frenética de importar todo lo vivo del pensa-
miento actual; esto es, todo lo que constituye una contestación de la palabra del poder. Por
lo tanto, maldito” (Jesús Ibáñez) y escribir consecuentemente, en los años 80: “Sabed que
vivimos en el azar, en la desestructura, o como hoy decimos, en la ‘catástrofe’, y que ningún
intento de reconstruir la vida parece posible. Si dais alguna respuesta, que no sea la serie-
dad, sino la fiesta, la provocación y la transgresión”.
Licenciado en Filosofía y Letras, sección Historia, por la Universidad de Valladolid y en
Filosofía por la Universidad Complutense de Barcelona. Doctorado en Filosofía por la Univer-
sidad Complutense de Madrid en 1968, enseñó y visitó –entre otros centros- La Sorbona,
Colonia, Virginia y Sacramento. Ocupó la cátedra de la Facultad de Sociología de la Univer-
sidad Complutense y fue catedrático, entre 1954 y 1977, en el Instituto López de Mendoza.
En 1968 organizó en Burgos el ‘Primer Simposio sobre Filosofía de la Ciencia’, y posterior-
mente otros sobre ‘La ciudad, el lenguaje y la vida cotidiana’ e ‘Industrias de la cultura’.
Entre 1956 y 1973 dirigió los Cursos de Verano para extranjeros por lo que recibió el título
de Caballero de las Palmas Académicas de la República Francesa. Es autor de diversos li-
bros sobre filosofía y sociología –entre ellos Diez lecciones de sociología- aunque de lo
que más orgulloso estaba era de su labor de profesor:

“Soy profesor y enseño lo que me mandan, que no es poco. A veces añado


lo que bien quisieran que me callase, que es bastante. Por lo demás, vivo en
una provincia tan deprimida como deprimente, y lucho por eso que vagamente
se llama cultura. Otros han hecho lo mismo y ha sido inútil. Esta vez ya vere-
mos. Lo que he escrito, poco o mucho está sin publicar. Pienso, como la mayoría
de los españoles, que se debe a la censura, que en este país lleva siglos afi-
lándose las uñas, pero vaya usted a saber. Soporto a diestro y siniestro, me
conforme; si puedo me río. Lo que no haré es exilarme: aquí nací y aquí me
quedo. En fin, querido lector, confío en que no necesites de mí, pero si llega
ese trance y no queda mayor remedio, dímelo. Me encontrarás”.

LUIS MARTIN SANTOS, SOCIÓLOGO

Hay sociólogos nómadas y sociólogos sedentarios. Los primeros inventan, los se-
gundos archivan lo inventado.
El trabajo de un sociólogo nómada es una tarea de vagos y maleantes. Vago es el
que vaga: el que se sale de los caminos trillados. Maleante es el que va por mal camino.
Hay que salirse del camino y andar por malos caminos, para trazar un mapa. El orden so-
cial es una red de caminos: prescritos o buenos y proscritos y malos. Los caminos buenos

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–rectos- son de dirección recta y sentido hacia la derecha. Como la mula en la noria. El
que va siempre por el buen camino no llega a conocer nunca el territorio. Menos a trans-
formarlo. Para conocer y transformar, hay que subvertir la ley: darse una vuelta (verter)
por debajo (sub) de la ley, para poner de manifiesto sus fundamentos.
Decía un personaje de “Las leyes” de Platón: “Tu ciudad tiene leyes muy sabias es
la que prohíbe a los jóvenes preguntarse por la justicia de las leyes”. El que hace pregun-
tas al orden social, el que lo pone en cuestión, ha de ser eliminado. Como Sócrates, como
Jesús.
Como Luis Martín Santos. Nadie más nómada que Luis Martín Santos en su paso por
la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Nunca sentó el culo ni la cabeza. Adminis-
trativamente en precario. El cuerpo corroído por la enfermedad. En duda permanente.
Dudar viene de duo-habitare. El que duda habita dos mundos: el mundo real y los
mundos virtuales. No se enfanga en lo positivo, está abierto a lo posible.
Los alumnos le escuchaban embelesados. Sus clases estaban abarrotadas y en si-
lencio. Su palabra tenía una cualidad magnética. Los que la escuchaban quedaban mar-
cados para siempre. Condenados a pensar.
Su pensamiento sociológico se condensa en “Diez lecciones de sociología”. Son el
resto sedentario de una palabra nómada. Como una mariposa parada por la aguja que le
atraviesa el corazón. Sombra de una voz.
Pero su palabra viva prendió en las que lo escucharon. La infección que hizo estallar
se seguirá propagando. Su cadáver crecerá.
Para evitar el retorno de los muertos, los supervivientes los encierran con ritos fu-
nerarios; unos los entierran, otros los queman, otros los cubren con una losa de piedra,
otros los abandonan a los pájaros y a las fieras. Para más seguridad, refuerzan el rito con
un mito, el mito del infierno. Cada cultura extrae su mito del infierno de los ritos funerarios
de las otras: aprisionado por la tierra, Tántalo no puede alcanzar los alimentos; la llama
que apagó la vida de Lucifer enciende su muerte; la losa del sepulcro rebota continua-
mente en la cabeza de Sísifo; los pájaros picotean eternamente las entrañas de Prome-
teo.
“Pero los muertos crecen”, ha escrito Luis Martín Santos en el infierno de las con-
memoraciones y las notas necrológicas. No apaguemos el fuego de su palabra.

Jesús Ibáñez, en el especial de Diario16 de Burgos, “Homenaje a Luis


Martín Santos”, de 23 de diciembre de 1989

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Ausín Sainz
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Ausín Sainz
Salto vital: creyentes y feminis-
tas. Nuevas perspectivas. XXII
Encuentro Mujeres y Teología

Cualquiera que sea la libertad por la que luchamos, debe ser una libertad basada en la
igualdad. (Judith Butler).

Asistí, en el Centro Pignatelli de Zaragoza, al XXII Encuentro Mujeres y Teología


celebrado el 27, 28 y 29 de septiembre. Convocaba la Asociación de Mujeres y Teología
Zaragoza. Una asociación que tiene 20 años de camino y experiencia acumulada. Cuando

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mi amiga, la teóloga feminista, Mabel Ruiz me habló del tema, Salto Vital, pensé que
abordaban un punto de inflexión.
275 mujeres y algunos hombres estuvieron de acuerdo en escuchar y participar de
este Congreso durante dos intensas jornadas de diálogo, talleres y convivencia.
Dos intervenciones fueron las centrales: Ivone Gebara, religiosa católica, filósofa y
teóloga feminista brasileña y Yayo Herrero, antropóloga, ingeniera, profesora y activista
ecofeminista.
Las líneas principales de las nuevas perspectivas de creyentes y feministas quedaron
reflejadas en sus exposiciones.
¿De qué hablamos cuando decimos “teología feminista”?
La teología feminista plantea un desafío al entendimiento del mundo desde el patriar-
cado, el androcentrismo y el sexismo. Refiriéndose el patriarcado como a todas esas orien-
taciones masculinas de posesión y control, que ponen al varón autoritario sobre todo lo
demás en la vida (incluida la naturaleza), que está para ser conquistada.
La teología feminista elige renunciar a todos los dualismos. Rechaza la polarización
entre bien y mal porque la vida no está constituida por opuestos, construcciones humanas,
sino que es esencialmente una, y dentro de ella, se entienden mejor los opuestos como va-
lores complementarios.
Gebara lo centra con claridad conceptual en su libro Condimentos feministas a la teo-
logía.
“El feminismo en su diversidad fue y es un movimiento de “derechos humanos” y se
pauta fundamentalmente por una agenda de derechos a partir del cuerpo, como realidad
singular y plural en busca de libertad”.
“El feminismo teológico tiene una gran importancia en la transformación de las culturas,
en la medida en que libera a las mujeres de obedecer al orden establecido de ciertas creen-
cias religiosas patriarcales”.
Esta es la dirección en la que trabaja Gebara, transformación de las culturas con la
intención de liberar patrones. Teniendo muy en cuenta las estructuras profundas de las que
nos alimentamos, en este caso la cultura cristiana.
Y desde aquí parte hacia la gran pregunta. ¿Cómo nos ubicamos ante la autoridad de la
religión? ¿Qué tipo de salto damos juntas? La religión proclama el bien pero ¿Qué es el bien
para las mujeres?
Cuestiones de gran calado sobre las que avanzar para poder establecer una voz propia
sin crear una esquizofrenia entre lo cultural aprendido y la relectura del mundo a la que se
aspira.
Ivone nos recuerda lo fundamental. Hemos de reflexionar y señalar de forma precisa lo
que queremos ¿Cómo releemos el mundo? ¿Cómo nos abrimos a una respiración común más
saludable? ¿Cómo dejar oír nuestras voces? ¿Cómo pensar y sentir el mundo de manera
diferente?
En el camino hacia la libertad y la justicia es necesario percibir la complejidad y la
interdependencia de nuestros papeles sociales en este proceso histórico sin fin.
Partimos de un cristianismo de matriz interpretativa patriarcal. Donde todo se manifiesta
con una voz masculina, Dios es igual a poder masculino. Este es el orden establecido mediante
su configuración simbólica idolátrica y la misma inspiración pasa al poder político actual:
poder masculino patriarcal. Hay clase, dominación y exclusión en este modelo.
Por eso el feminismo es considerado subversivo frente al orden social bueno
naturalizado. El mal comenzó cuando Eva desobedeció el orden. Y todo ello sigue muy
presente en el inconsciente colectivo cristiano.
Si Dios es masculino, el hombre es Dios. Y quien lo institucionaliza principalmente es la
mujer, mayoritaria dentro de la iglesia. Por ello la teología feminista que reflexiona sobre este
tipo de poder no es aceptada, crea disturbios. Hay un rechazo del feminismo teórico y práctico
dentro de las iglesias. Las mujeres, y no solo las mujeres, quieren crear lugares alternativos.
En lo que es un proceso muy lento porque la generalidad sigue buscando los lugares oficiales.

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Se atribuye al feminismo ser la causa de estos disturbios, pero esa causalidad es
ingenua para Gebara. El feminismo es un aspecto de toda la inseguridad de nuestro mundo
lleno de gente herida en su dignidad y en sus cuerpos. Las causalidades han de ser revisadas
y hablar de interrelacionalidad. Se hace necesaria una apertura a un mayor diálogo que nos
saque de órdenes de creencias rígidos y de paso a un orden ético y de descubrimiento unos
de otros.
Este salto vital anuncia, ya desde el presente, gente que quiere vivir de otra manera.
Por lo que apela a una descolonización del pensamiento.
Como conclusión Gebara habla de la espiritualidad cristiana y ecofeminista. Algo que
tiene que ver con el soplo de vida que continuamente necesitamos respirar.
Porque, ¿quiénes somos los seres humanos afuera del complejo vital que nos sostiene?
A partir de los años 70 cuando comenzaron los desastres ecológicos empezamos a
concienciarnos de que al destruir, con la explotación de la Tierra, estamos destruyendo
nuestros cuerpos. Por ello, un proceso de transformación de la conciencia humana se hace
necesario. Esta conciencia incluye la crítica a las creencias que sostienen a las religiones, que
jerarquizan, dominan y no incluyen.
En este punto se conectarían fe y espiritualidad. La espiritualidad es la manera como yo
respiro en este mundo, es una manera crítica en relación a la soberanía de los dioses
masculinos y sus tradiciones, crítica de la imagen masculina de Dios padre y su único hijo.
Del orden masculino de las creencias que dominan. Esta espiritualidad necesita revisar la
imagen de nuestros dioses.
Hablamos más del misterio de la vida, más allá de nuestras animalidades y
humanidades. Esto nos abre a un universo humano distinto, a no identificarnos tanto en la
devoción en su iglesia, sino a una apertura. Todos estamos en este misterio mayor.
Nuestra espiritualidad se vive más desde la belleza de la precariedad y no del dominio.
Aprendiendo a amar las debilidades porque son únicas, de esta manera salimos de una espi-
ritualidad del eterno hacia una espiritualidad del provisorio. Sin negar el pasado que hemos
vivido que de alguna manera subsistirá.
En la tradición inventamos lo perfecto pero lo perfecto es irreal. Sabemos que somos
una mezcla y que la vida es esta mezcla en mutación continua. Estamos en camino entre
todos, y en un planeta en transformación. La espiritualidad nos invita a la belleza desde este
lugar y a un continuo cuidado porque es como un amor frágil, una rabia frágil. La vida es
esta mezcla en la cual vivir y sobrevivir tiene una condición, en que seamos mezclados. El
local y el global.

Lo que supone un Salto Vital de nuestra conciencia histórica. En este punto las iglesias
necesitan nuevas políticas para que no se crean representantes del dueño de la Tierra. En
el Génesis Dios no es un hombre de barba, quiere decir “Todo lo que es” lleno de misterio.
La interdependencia de todos exige una ruta feminista y de otros muchos grupos.
Hay una discrepancia entre la vida y la teoría teológica. Es fundamental una voz nueva,
con la misión de sostener la vida con la verdad no con promesas.

Esta perspectiva obliga a retomar la pauta de nuestras agendas. A plantearnos el


porqué, el feminismo en su forma teológica, no consigue una penetración mayor entre las
mujeres.
Cree Gebara que la razón es que no tiene un discurso de consuelo. No da la seguridad
de que Dios va a resolver todos los problemas. Y en la religión siempre se ha buscado
protección.
Crea inseguridad mayor en el desorden establecido de nuestras sociedades.
La fusión del ecologismo con el feminismo se da en este avanzar hacia una libertad
integradora, teniendo en cuenta nuestra diversidad humana en cuanto a lo que es la
identidad.
En esa pérdida de conciencia de que somos seres ecodependientes e interdependientes

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tenemos una fuente importante de nuestros problemas.
Para hacer viable la vida hace falta que en algunas etapas haya personas que se ocupen
de atender y cuidar esos cuerpos vulnerables y finitos en los que vivimos encarnados.

Eso significa que para poder vivir hay que sostener explícitamente esa vida,
interactuando con la naturaleza para obtener lo que necesitamos y entre las personas para
garantizar la reproducción cotidiana de la vida humana. Y ha sido el feminismo el movimiento
social que ha puesto de manifiesto esa dimensión relacional del ser humano y la importancia
del trabajo de reproducción cotidiana de la vida, y el que ha denunciado que esta no
transcurre de espaldas a la producción en el ámbito mercantil, sino que producción y
reproducción son un continuo que hacen falta para sostenerse.

Con este resumen de la intervención de Ivone Gebara queda centrada la teología


feminista y su vinculación con el ecofeminismo que trató posteriormente Yayo Herrero.
No me extenderé en su intervención. Simplemente apuntaré que el ecofeminismo es
una corriente diversa de pensamiento y movimientos sociales que denuncia que la economía,
cultura y política hegemónicas se han desarrollado en contra de las bases materiales que
sostienen la vida y propone formas alternativas de reorganización económica y política, de
modo que se puedan recomponer los lazos rotos entre las personas y con la naturaleza.
En Burgos, en el marco del III Foro de la Cultura dedicado a la “Tecnología y el
Humanismo”, hemos podido escuchar a Yayo Herrero dialogar con Erling Kagge y Javier
Reverte sobre el tema “La Tierra no tiene dueño”.

Angélica Lafuente
Página 26

Ausín Sainz
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o n , s en pr so ug cuf
Sa es su t prod esc lcár en 1 ent nfia tod e,
nz en ra u e c e 9 r e n o sie tre icho por a. H erd
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Bambalúa Teatro. 20 años

de

Página 27
Página 28
El ladrón de Islas. Año 2003

¡Ah!. Año 2006


Página 29
La voz del bosque. Año 2008

La gallina ciega. Año 2008


Página 30
Témpora. Año 2010

Piratas. Año 2011


Página 31
Frankristina. Año 2012

Kikiripum. Año 2013


Página 32
Cacharros. Año 2014

Narraciones extraordinarias. Año 2015


Página 33

Burgati. Año 2015


Página 34
Bichejos. Año 2015

Memoria de cenizas. Año 2017


El dolor y la muerte

Observada con un mínimo de empatía, cualquier muerte es triste, pero hay además
muertes que son injustas.
La naturaleza prospera devorándose, dijo alguien. Miles de millones de larvas, alevines
y crías de distintas especies sirven de alimento a todas las demás; la muerte de unos permite
la vida de otros, incluso cuando es resultado de una extinción natural; hay que dejar sitio y
nutrientes para la próxima generación. El ser humano puede comprender esto, aunque le
duela, y adoptar ante la muerte una actitud digna y filosófica, pero ¿cómo entender el dolor
y la injusticia añadidos a este acontecimiento inevitable?

Página 35
Estoy cenando después del curro: un par de huevos con chorizo y un vino recio y hu-
milde. En este momento no le pido más a la vida. Estoy mirando la televisión (un pequeño
aparato “Zhenit”, de color blanco, que he comprado hace poco), no le hago mucho caso. De
pronto aparece en la pantalla un chaval de unos trece años con un rostro lleno de alarma y
tristeza. Escucho su mensaje: “Estoy enfermo, los médicos me han dicho que si no encuen-
tran en menos de un mes un corazón compatible me voy a morir”. Cierro los puños y digo
muy despacio: “Me cago en Dios”
¿Y porqué blasfemo si soy ateo? No, no quiero ofender a los creyentes y menos aún a
cualquier Dios que sea posible, pero me enseñaron a identificar a ese Dios como un ser to-
dopoderoso, cumbre de la bondad y la justicia, un Dios que tenía un plan para todo lo que
había creado previamente, así que, en último término, todo estaba bien y era agradable a
su vista, y debería serlo también a la nuestra, porque al final resplandecería el amor, la jus-
ticia y la felicidad. Yo lo creí, naturalmente, era un niño y la idea era tremendamente con-
soladora, pero luego me topé con la injusticia del dolor causado inútilmente a seres
inocentes, dolor inmenso, irreparable, sin contrapartida, sin explicación. No está mal dejar
a un ser asomar a la consciencia, enseñarle las promesas de la vida para luego condenarle
a muerte; es refinado, casi artístico. Pero hay algo más, ¡mucho más! A la tortura infringida
por la naturaleza (¡la madre naturaleza!) se suma la tortura fabricada por nuestros seme-
jantes. En una de esas dictaduras del cono sur americano, tan cristianas ellas, promovidas
y financiadas por el campeón mundial de las libertades y primera democracia del mundo, un
preso se resiste a hablar a pesar de las torturas más refinadas y crueles; trajeron a su hijo,
un preadolescente, para torturarle en su presencia, su hijo gritaba desgarradoramente: “no
le hagan más daño a mi papa” y el papá no habló… hasta que comenzaron a torturar a su
propio hijo. ¿Acaso hubo algún ser todopoderoso contemplando aquella escena?
Pero la virginidad de mi fe se rompió bastante antes de conocer esta historia. Fue con
una fotografía de un libro sobre la 2ª Guerra Mundial y sucedió durante mi adolescencia.
Durante la infancia me gustaba mucho jugar con todo lo que tuviera que ver con armas, pe-
leas y batallas, me atraía especialmente el tema de la 2ª Guerra Mundial, conocía todo el
armamento de ambos bandos: aviones, vehículos blindados, cañones y armas de infantería;
leía con especial delectación un comic titulado “Hazañas Bélicas”, era americano y natural-
mente los buenos eran los aliados y principalmente los soldados venidos de Norteamérica a
los escenarios de la guerra europea. Pero yo había aprendido a sospechar de los que narran
las historias (y la historia) y muchas veces me ponía de lado de los perdedores fuesen los
indios, los alemanes o los ladrones. Bien es cierto que en aquellas historias bélicas nunca
aparecían los campos de concentración y las otras espeluznantes hazañas de los nazis en la
retaguardia. La imagen en cuestión que me asaltó desde las páginas de ese libro es bastante
conocida: un soldado alemán, perfectamente equipado, está apuntando con un rifle a menos
de dos metros de distancia a una mujer que abraza a un bebé tratando de protegerlo. Si bo-
rramos la imagen de la mujer con su criatura podríamos pensar que el soldado está ejerci-
tando su puntería frente a una diana, y si le quitamos además el uniforme, podría ser yo
mismo tirando en la feria con la escopeta de aire comprimido, pero todos sabemos lo que va
a pasar, los que están en la foto y nosotros: no hay salvación, solo dolor, injusticia y muerte.
Escuchar las noticias, contemplar imágenes del mundo real o simplemente vivir significa en-
frentarse con estas realidades con una frecuencia que solo depende de nuestra suerte, ¿me
entendéis ahora un poco, amigos creyentes? ¿no creéis que la eternidad se le va a quedar
corta a vuestro Dios omnipotente, providente y bondadoso, para explicar este dolor injusto
innecesariamente esparcido por el mundo?.
También ante el dolor podemos intentar una actitud condescendiente, al fin y al cabo
el dolor lo detectan las mismas terminales del placer y muchas veces nos sirve de aviso y
prevención de males mayores. Podemos y debemos asumir, por ejemplo, el dolor por la de-
saparición de los seres queridos; no nos queda otra. Y nosotros también tenemos que de-
saparecer; ninguna de las formas que conocemos del Universo es eterna y nacer significa
tener que morir en algún momento. Pero ¿hay alguna necesidad de sumar a este hecho el

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dolor inútil de un enfermo terminal o el dolor injusto y aberrante de la tortura, la violación
y el maltrato?
Seamos justos (no quiero irritar al dios de la fortuna), he disfrutado en esta vida de
cosas excelentes: el calor de la amistad y del amor, la belleza de la solidaridad humana, el
éxtasis de la música y de la naturaleza, la calma y la serenidad de algunos momentos. Podría
pensar que hay un Gran Dios detrás de todo esto, pero ¿qué hacemos con la otra cara de la
moneda?; ignorarla podría ser una opción si no tuviésemos que toparnos con ella inevita-
blemente, cultivar la apatía, volverse indiferente, también podría serlo, pero corremos el pe-
ligro de arrojar el niño con el agua sucia, porque ¿acaso merece la pena una vida sin
sentimientos?. También queda otra opción, la más peligrosa de todas: extirparnos las dudas
del cerebro, integrarnos en las manadas de creyentes fanáticos dirigidos por predicadores
flamígeros, inventores de dogmas y certezas absolutas, poner nuestra esperanza fuera de
este mundo y fuera de nosotros mismos. La creencia fanática no precisa explicaciones, la
esperanza desmesurada e irracional evita el esfuerzo y la lucha por las modestas pero im-
portantes esperanzas que los humanos debiéramos hacer posibles. Por ejemplo: una vida
digna y una muerte (¡al menos una muerte!) también digna. Y eso significa, entre otras
cosas, una muerte alejada de los carroñeros del dolor que todavía hoy pretenden adminis-
trarla.

Luis Orozco
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Ausín Sainz
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Ausín Sainz
Agostar sonido
y no morir de melancolía

A propósito de Agosteros de sonidos empolvados de Mayte Santamaría,


Exposición 9 de nueve
Cortes de Castilla-León, septiembre-octubre de 2018

Espero de cualquier propuesta artística que abra sendas en el bosque de las nostalgias
y, con sus signos y cifras, mojando la vista con ruidos y vocabularios alternativos, me lleve
como en volandas fuera de la caverna, hacia el gozo del presente y, si me apuran, hasta las

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galeradas de un futuro imperfecto que funcione como expectativa. Quizás un sucedáneo de
orientación hecho materia. Yo, permítanme la idiotez de la primera persona, no sé calibrar
sin ayuda la importancia de mis melancólicos pesares y, por eso, necesito de las artes. Añado
a lo dicho, por si fuera poca o corta la confesión, que en estos tiempos en los que “la natu-
raleza” triunfa en tantos territorios de la cartografía artística y política como eje vertebrador
de apuestas y rebeldías, yo no echo en falta en mi ecosistema la atmósfera ni la biosfera
que me acompañaron en el pasado. No me habla la Madre Tierra desde una lejanía arcana.
Mis melancolías apuntan a una
tecnosfera perdida, a los
puentes del ferrocarril que me
han desmontado las fuerzas
vivas con saña y en los que ya
no se enquista el silencio. Las
olas de la morriña me traen
sucios bosques mecánicos, es-
condites de artilugios empol-
vados que, si lo pienso bien,
significaban a una modernidad
ya antigua en mi niñez lejana.
Echo en falta los artefactos en-
cerrados en pequeñas fábricas
o expandidos en las eras.
Estos objetos, mi patria,
mantenidos por etnógrafos de
anónimo quehacer en talleres
de viejo o simples almacenes
pueblerinos invadidos por ara- Vista del proyecto de Mayte Santamaría en la exposición “9 de nueve”
ñas en la Castilla vieja, vacía,
profunda o asolada, Mayte Santamaría los ha colocado en el espacio expositivo con vocación
de directora de escena. La artista burgalesa los ha puesto a trabajar de nuevo como quien,
visitando la morgue, exige cánticos y bailes a aquellos que ya solo pensaban en la calidad
del polvo que los define. Su trabajo resucita las cosas en sus sonidos, esos sonidos que ya
no están a la mano ni trabajan en la oficina de la utilidad ni resultan familiares al tímpano.
Mayte los viste con formas de ingenuidad naíf o con deconstrucciones punkis. Como es obvio,
la reubicación artística de los objetos sonoros recolectados con amor de etnógrafo no puede
ser ajena a la ironía, ironía tanto más necesaria cuando estamos en el límite temporal en
que ya nadie (o casi nadie) recuerda. El sonido del batán anuncia un coro de zombis que
desbordan el celemín de nuestra alma. Y a todos nos hace jugar en el tablero. En el borde
de lo ininteligible.
“Agostero de sonidos empolvados”, el trabajo de Mayte Santamaría que hemos podido
ver en la muestra 9 de nueve arropada por la Fundación Villalar, desnuda de olvidos la huella
sonora que habita en un sueño inconsciente. Trae los ecos de la mecanización del campo
que sonaban a revolución de estío. Las fábricas, tomadas por los telares, aullaban y los
hilos arcoíris tejían calcetines como poemas beatnik. Con la varita mágica de un micrófono
Mayte apunta a la bruma de mi infancia y, estamos en la frontera, solo recoge el silencio de
un fragmento de baldosa que la voz humana no consigue resucitar. Esa impotencia del re-
cuerdo es uno de los
ejes lúcidos de la pro-
puesta de esta ar-
tista. El dolor gozoso
del recuerdo imposi-
ble se combina con el
renqueante continuo

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de una descarnadora,
la mirada impasible
de un molinillo de
café en su faena o el
sordo girar de una tri-
lladora resucitada de
entre los muertos.
Una tela transónica
atrapa, incauta,
nuestra ignorancia
tecnológica. La am-
nesia sonora se
rompe y nos apela.
Con apariencia
suave y tranquila,
que esa imagen
Tablero de juego “Agosteros de sonidos enpolvados” de Mayte Santamaría gusta de mostrar a la
artista, se nos invita
a un juego de tablero que enmascara de violencia de la resurrección sonora. Porque hay que
hacer violencia al sonido para traducirlo en materia tridimensional. El sonido, como los ca-
ballos apaches, no se dejan agarrar por las bridas de la plástica y esa imposibilidad es la
que Mayte Santamaría intenta. Traiciona al oído y blasfema en el escenario desértico de la
escucha para poder crear un show de acceso a la huella sonora. No es desdoro ni, menos,
crítica. También las iglesias, para definir comunidades y ritos, violentan la mística experiencia
del misterio. Es ley de la artes el fingimiento. Las puertas de la percepción del sonido son
aquí visuales y a través de ellas miramos aterrorizados la pura presencia del sonido sin
forma, irreconocible tiempo. Como vemos, el núcleo orbital del trabajo de Mayte Santamaría
no es lo que se ve aunque se vea mucho. Es eso sombra, el azúcar que se añade al fármaco
y nos lleva a decir que el antibiótico sabe a fresa. La vocación confesa de la artista es el so-
nido. La podemos imaginar oyendo y, en
sus juegos escénicos, nos pide que oiga-
mos. Y por eso y para eso traduce, trai-
ciona y, en la ironía, nos hace conscientes
de nuestra dificultad para la escucha.
La tecnosfera sonora es volátil y las
obras de Mayte son ataúdes más o menos
gratos y curiosos en los que se aguarda el
resucitar de la escucha como momento de
excepción. Me pregunto: ¿quién, en el
juego de la instalación que hemos visto,
escuchando una vieja máquina, es capaz
desvelar su nombre y con él toda la cons-
telación de miedos, esperanzas y deseos
que generó en su vida de artefacto útil? No
es un concurso. No vale con decir molinillo
o curtidora. Hay que visionar el cielo poé-
tico de la tecnología agostada. ¿Imposible
ya? No es país para niños, ni para viejos ¿Y
si ya no hay nadie que recuerde? ¿Y si
nadie completa el recorrido en el juego? ¿Y
si, aún acertando, nadie entiende ya y hay
que dejar paso a los historiadores con sus
instrumentos forenses?

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No obstante, hay otras respuestas y “Onda B” (del sonido de beldadora) de Mayte Santamaría
cabe la sonrisa. La artista en su Agosteros
de sonidos empolvados no pretende solo
tomar notas folclóricas o forenses. Mayte Santamaría, dijimos, desbroza con la práctica de
la ironía sendas en el bosque de los sonidos sin nombre. Busca emparejamientos sorpresivos.
Como una niña que,
tras la catástrofe
nuclear, encuentra
las viejas tecnolo-
gías de los adultos
ausentes, Mayte
teje bufandas con la
cinta de una casete,
practica la escritura
automática con una
criba y la reubica
como pandereta en
la Factory de War-
hol. La violencia
contextual, ahora
aquí visible, quiere
dar salida a la emo-
ción que nos em-
barga al preguntar
quién recuerda
acaso. Los Clash
golpean sus guita-
Cinta casete “Boinas y calcetines” de Mayte Santamaría rras en el centro de
la era y la crudeza
del sonido sin nombre se recoloca en escritura punk-dadá desbrozando el futuro. El Café
Voltaire tuvo lugar en la meseta.
El sonido es-
capa de una vieja
caja. Un sonido
que, castellano en
su génesis, es
trashumante en su
marcha hacia ese
futuro de expecta-
tivas diversas.
Mayte Santamaría
vindica Castilla
para agostar su
alma de mártir,
quemando sus
viejos sonidos en
rastrojos encendi-
dos. Y los sonidos,
más salvajes que
cualquier imagen,
vuelan hacia el
porvenir como las
pavesas en

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agosto, pasando
por las profundi-
dades de la amne- “Pandora box” (reproduce los sonidos del tablero de juego) de Mayte Santamaría
sia. Volátil
tecnosfera que se anuncia visionaria El futuro ya está aquí bajo la forma de olvido. Silencio.
Se escucha. Y se ríe la broma.

Luis González Santamaría


Cómic

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Basado en el disco "The man comes around"
de Johnny Cash
Anita

Dio otra vuelta sobre sí misma, admirando la suavidad y caída de los flecos que acom-
pañaban cada uno de sus movimientos.
Era precioso, un regalo maravilloso con el que nunca habría soñado, la última moda,
solo para mujeres ricas, venida de tierras lejanas.
Otra vuelta con el mantón de manila bordado sobre los hombros, la seda reluciente
en tono marfil y las flores de colores vivos, tanto que parecían de verdad, emergían de la
tela con viveza; un paraíso desplegado, hecho
de diminutas puntadas, al matiz, minuciosas,

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que captaban el terciopelo verde de las hojas,
el rojo anaranjado de flores exóticas nunca
vistas. Una obra de arte rematada con unos
flecos de caída soberbia.
Anita reía feliz delante del armario de es-
pejo de su madre, el único de la casa, heren-
cia de una bisabuela.
La estancia oscura, abierta a la alcoba,
rejuvenecía con la presencia de la muchacha.
Anita tenía 15 años y estaba muy enamorada
de alguien que la regalaba con generosidad.
Su hermana Juana la miraba participando de
su contento, sentada en la cama de los pa-
dres, y esperaba su momento de probarse el
mantón. No podía evitar sentirse un poco en-
vidiosa, ella era la mayor, apenas dos años de
diferencia, y diez centímetros de falda más,
hasta hacía pocos meses; probablemente, se-
guro, ella nunca tendría un regalo tan her-
moso, traído desde tan lejos y escogido con
tanto cuidado. Nada menos que desde las Fi-
lipinas. Un lugar imaginario, del que nunca
había oído hablar hasta entonces. Juana ten-
dría que contentarse con tener leche fresca a
diario, si es que, su eterno pretendiente, aquel lechero de Lavapiés, de manos enormes y
sonrisa fácil, al fin y al cabo un hombre con posibles, se decidía de una vez.
Lo de Anita había sido distinto, el año anterior aún era una niña de enaguas cortas,
pero su historia era tan romántica como aquellas novelas de amores imposibles, hechas de
desmayos y caballeros sin par, que leían en voz alta en la cocina, a secreto de su padre, que
no veía con buenos ojos esos esparcimientos en las mujeres, pero que durante una hora o
un par de ellas llenaba con creces la oscuridad de la noche en la estancia más caliente de la
casa. Un mundo de suspiros nostálgicos, felices guiños o cataratas de lágrimas, porque allí,
en esa cocina, se juntaban todas las mujeres de la casa, y la cocinera lloriqueaba entre pu-
chero y puchero, y la criadita que servía para todo tenía que tener cuidado de no dejarse
llevar demasiado por lo que le ocurría a la protagonista de la historia y quemar con la plancha
incandescente la ropa blanca, o peor aún las puñetas de encaje de bolillos del secretario del
escribano de la Audiencia, el padre de las muchachas. Con Los Misterios de Udolfo hasta
habían pasado miedo, un miedo delicioso que había convertido en una aventura el largo re-
corrido por el pasillo oscuro de la cocina a los salones de la casa.
Anita había conocido al indiano en una verbena que festejaba el 25 cumpleaños de la
reina Isabel. El pasaje de Herrerías hasta llegar a la plaza bullía de animación. Un poco más
lejos, en el palacio de Oriente, las luminarias embellecían la noche y los jardines, y los ca-
rruajes de ministros y personalidades llegaban uno tras otro, derrochando lujo.
En la Plaza Mayor se divertía el pueblo, entre músicas y jolgorios, barquilleros, churre-
ros, se bailaba, se reía y se bebía aguamiel, horchata y otras bebidas que se callaban, como
el ajenjo.
Anita se paseaba aquel día por allí, con su hermana y el eterno novio lechero, disfru-
tando de la libertad de aquella noche que la alejaba de su infancia y un poco de la actitud
decente que debía procurar toda mujer, ya tenía 15 años, ya era una señorita. Pero era una
señorita de sonrisa alegre, de ojos brillantes por la fiesta, de bucles negros marcados en las
sienes durante horas con papelillos rizados, que caían sobre sus hombros, remarcando su
carita risueña, agraciada, inocente.
Pararon a tomar una horchata y allí estaba él, todo un caballero, de tez morena, si

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hasta llevaba un bastón con empuñadura de marfil. Se acercó al trío y ella le dio la espalda,
pegándose más a su hermana, roja de vergüenza y placer al mismo tiempo, el novio lechero
aún no se había percatado de nada.
De aquella verbena al regalo del mantón pasaron algunos meses: billetes de amor con
violetas prendidas, perfumados con agua de Álvarez Gómez los de ella, con agua de lavanda
los de él. Encuentros furtivos en la iglesia de los Jerónimos, y de visitas al pasaje del Ca-
ballero de Gracia, donde estaba la tienda de él, hecha de anaqueles de nogal, llena de los
olores de las especias, de telas, de Cristos dolientes y niños de marfil, de chapines bordados
y mantones, de peinetas de carey, de cajas de madera preciosa y cajas de tabaco fino, allí,
en aquel lugar el comerciante de la Compañía de las Filipinas le confirmó su amor. Aquella
tienda resumía ante Anita una vida plena con la que nunca había soñado y que la cautivó.
Anita se casó en la misma capilla del Caballero de Gracia, muy cerquita de la que ahora
era también su tienda, y su casa. Encima del comercio viviría Anita en una casa desahogada,
llena de armarios con luna y de alcobas con cortinas adamascadas, con el marido indiano y
su suegro, que ya era viudo y ayudaba a regentar la tienda de su hijo.
Cuando Anita quedó encinta partió su marido hacia el puerto de Pasajes, para embar-
carse rumbo a las Filipinas en un viaje que duraría cuatro meses y medio, en un barco de
vapor de la Compañía Trasatlántica. España perdía poco a poco sus dominios y la otrora es-
plendida Compañía de las Indias había terminado por desaparecer, poco a poco. Pero aún
los comerciantes continuaban sus viajes y obtenían pingües beneficios de sus transacciones.
La vida de Anita se convirtió en espera, esperar al marido que podía tardar hasta año
y medio en volver, esperar a que sus embarazos, entre viaje y viaje del indiano, llegaran a
buen término, esperar a que fueran bien los negocios, esperar buenas noticias del Banco
Español de San Fernando pese a las vicisitudes políticas, esperar las cartas de él, que llega-
ban amarillas, en sobres abultados, dando cuenta de una vida extraña, impensable entre
los muebles oscuros y pesados de aquellas estancias, y que ella nunca llegaría a conocer,
esperar cada noche a que su suegro cerrara la tienda y subiera paso a paso las escaleras, y
que sus hijos pequeños corrieran hacía él: abuelo, abuelo cuéntanos más cosas de nuestro
padre…
Anita estaba embarazada de nuevo, su quinto hijo. Había fiestas en Madrid otra vez,
otra verbena, y él, el indiano, estaba de nuevo de viaje, ya de vuelta, en la corbeta de hélice
María de Molina, en un viaje que esta vez sería mucho más corto, aprovechando que los
barcos de vapor de la Compañía Trasatlántica atravesaban el canal de Suez, inaugurado
años antes, y evitaban los peligros y la ruta larguísima del Cabo de Hornos.
Anita estaba contenta, esa noche acudió con su hermana a la verbena y se puso el
mantón de Manila que él la regaló cuando se hicieron novios, aquellas flores maravillosas
guardadas con esmero entre papel de seda volvieron a brillar como la primera vez. Las her-
manas se pasearon cogidas del brazo, abandonadas durante un rato las obligaciones do-
mésticas, los hijos, las cuitas cotidianas. Tomaron churros en San Ginés y entre el jolgorio,
el calor y el gentío Anita no advirtió que una mano hábil le robaba el mantón que había que-
dado doblado sobre su silla. Cuando se dio cuenta era demasiado tarde. Anita lloró la pérdida
y sintió una congoja especial en su corazón que ni siquiera supo explicar a su hermana, que
la consolaba diciendo que tenía más mantones como aquellos, que él, seguro la traería más,
que no le diera tanta importancia. Pero Anita no podía dejar de llorar.
La carta llegó con membrete negro de la Asociación de Empleados Mercantiles de Ma-
drid y con ella otra de la Compañía Trasatlántica lamentando el tremendo suceso, lamentado
la pavorosa pérdida, acompañando en el sentimiento por tan terrible ausencia. El indiano
había embarcado en Cavite ya enfermo, atacado por unas fiebres, y no había superado el
viaje. Había fallecido a la altura de las islas Hawaianas y su cuerpo arrojado a ese océano
que había surcado tantas veces.
Con las cartas llegaron unos baúles con sus pertenencias y con algunas mercaderías
exóticas a las que Anita ya estaba acostumbrada, pero entre ellas encontró otro mantón de
Manila, bordado al realce en sedas de vivos colores, con unas flores tan exquisitas que pa-

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recían de verdad, un paraíso hecho realidad.

Esther Pardiñas
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Ausín Sainz
Las yemas sucias

Lo de siempre, por favor, y el empleado puso los trescientos euros dentro de la libreta
verde de Mónica, la fila de jubilados con las mismas pretensiones que ella, el uno de junio
con ínfulas de primavera caprichosa.
Salió a la calle con el garbo propio de una mujer de cuarenta años, pero agarró el bolso
con más fuerza que de costumbre porque había oído en la radio que asaltaban a la gente
nada más salir del banco. Los sucesos cruentos en las páginas amarillas de los periódicos
hablaban de caderas rotas, tirones desnortados y motocicletas pérfidas. Atravesó la calzada
por el paso de cebra haciendo gala de la urbanidad aprendida en la adolescencia y entró en

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el bar de enfrente. La tragaperras fulguraba en un rincón a la espera de la inocencia. Las
luces de la ilusión, efímeras, chispeaban con intermitencias y la ranura por donde desapa-
recían las monedas se difuminaba con una catarata de guiños cómplices. Se acercó a la fron-
tera de la barra y el camarero de gafas feas y cabeza batracia le miró con una pizca de
conmiseración. Se conocían de la infancia, de haber frecuentado la misma poza en un recodo
del río que ya no existía, de corretear por un patio de colegio repleto de chiquilines con fle-
quillos indomables.
Dame veinte, y Mónica dejó un billete de cincuenta euros sobre el cristal que protegía
la tortilla de patata, las manchas de los vasos atentas al beneplácito del lavavajillas, el espejo
triangular en la pared con reflejos femeninos de ocaso íntimo.
Recogió el botín de las monedas, dio dos pasos en dirección a la máquina y sacó un
paquete de cigarrillos del bolso. Se colocó uno en la punta de los labios, la excitación hin-
chada a conciencia por la bomba de la impaciencia, la calma del bar ajena a las turbulencias
de su imaginación. La llama trémula del mechero encendió el pitillo y zarandeó también las
vetas canelas de los ojos. Las sandias y los melones, prestos en la ruleta irisada, dieron la
bienvenida al primer euro dentro de la panza insondable de metal. Apoyaba la palma iz-
quierda en la cintura en un escorzo de profesora de tango y con la derecha manoseaba la
moneda hasta que era engullida por la avaricia angurrienta de la máquina. El runrún del
zumbido automático insistía con frecuencia atropellada, pasmándole el andamiaje del cere-
bro, sin permitir que el fuego del juego se extinguiera por la ristra de los méritos insuficien-
tes.
Dame treinta, y otros dos billetes se disiparon en la nebulosa de humo que rondaba la
escasez de parroquianos, las tráqueas de los bebedores cincuentonas, la diligencia de los
moscateles olvidada entre las cápsulas de plástico de las magdalenas.
Mónica pensó en los chinos. Había oído comentar que poseían un artilugio mágico con
el que descubrían las máquinas dispuestas a parir la recompensa más copiosa. En cierta
ocasión vio a un asiático de rostro augusto que, asemejado a un muñeco con un resorte de
muelle en la mano derecha, ganaba el premio extra. Le envidió, pero le olvidó de un plumazo
mientras el dinero del bolso menguaba a todo gas. La pensión de su marido casi no llegaba
para solventar los problemas nutritivos de los dos. Se había quedado paralítico a causa de
un aciago accidente en la carretera, aunque le habían denegado la invalidez absoluta. La re-
tribución, irrisoria a pesar de la ringlera de años cotizados, se había enredado en los teje-
manejes esperpénticos de la burocracia. Ella carecía de ingresos porque desde el matrimonio
se había dedicado en cuerpo y alma a las interminables penalidades de ser ama de casa. En
ese momento detectó que dos ciruelas violáceas anunciaban que algo maravilloso podía ocu-
rrir y, expectante, con el adocenamiento del espíritu al máximo, alimentó la ranura con los
anhelos del índice y del pulgar. Por desgracia la alarma estalló falsa, le dibujó un acento de
incordio en la fatalidad del ceño y se emparentó con el blablablá de la televisión que se des-
parramaba por el suelo forrado de servilletas pisoteadas.
Dame otros cincuenta, y las monedas apenas le cupieron en la concavidad de las pal-
mas, los carrillos arrasados por las hordas inmisericordes del vacío, el mercado semanal de
frutas y verduras tan remoto como su primera menstruación.
Un quiste de angustia se le aposentó en los tendones del cuello y la emoción, preñada
de pavor al monstruo del fracaso, arrolló las rodillas en un tembleque de dominguillo. El es-
tómago se contagió con el torbellino de la turbación y un atisbo de arcada poderosa alardeó
en la sequedad del paladar. Pidió un botellín de agua y lo bebió con ansia de niña mientras
seguía metiendo monedas en la ranura. Pensó en su madre que vegetaba en una residencia
de ancianos de la beneficencia municipal. Los sábados solía ir a verla, pero apenas hablaban,
parecidas a una pareja de palomas aseladas en la desguarnecida cornisa de la connivencia.
El silencio se convertía entonces en un lazo entre dos mujeres que nadie hubiera dicho que
se querían. La señora, en los pocos instantes en los que se aferraba a la cordura, le pregun-
taba por la estela del devenir, por la ausencia de nietos y por el precio de una docena de
huevos. Mónica ocultaba siempre la decadencia indefectible de la existencia y se limitaba a

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cabecear a la vera de su progenitora. Al final, la largura de las caras, contristada, pespun-
teaba la visita con un montón de confidencias invisibles.
Hoy no está por la labor, y dejó otro billete de cincuenta en la barra junto al asenti-
miento mudo del camarero, los recuerdos reprimidos por el tapón de la discreción, el pate-
tismo fortalecido.
El séptimo cigarrillo despidió volutas de ruina contumaz, pero Mónica permaneció en
sus trece, convencida de que antes o después llegaría el estímulo de la oportunidad. Un mo-
reno de bigote tupido, sentado en una de las mesas, la observaba por detrás evaluando las
contingencias voluminosas de su trasero. Cuando acercó la taza al mostrador, se dirigió a
ella por lo bajinis con tono de galán finisecular, y las ganas, omnipotentes en los dientes
ajados por la nicotina, le perlaron las sienes con un sudor de estibador retirado. Ella notó la
presencia de soslayo porque el ego de jugadora compulsiva, extasiado con la noria de colo-
rines que desfilaba delante de las retinas, enterraba la vida en el pozo sin fondo de la má-
quina. Hizo el amago de volverse para calibrar al hombre, con las pupilas embarazadas de
suspicacia, pero ni siquiera completó el movimiento.
Ponme una caña, y Mónica paladeó el primer buche con la valentía conmocionada, las
manecillas del reloj del local amancebadas con el mediodía, las doce campanadas de la pa-
rroquia aledaña acalladas por la urgencia del corazón.
La caricia del alcohol le inculcó un reguero de perspectivas bondadosas en el ánimo.
Jugueteó con la idea de irse, de aceptar el trallazo de la derrota y de morderse los padrastros
que asomaban encarnados en el confín de las cutículas. Pero los pies, alzados en unas san-
dalias de tacón, no se desplazaron un ápice de la baldosa donde acontecía el frufrú del de-
sastre. No podía apartar la vista de la máquina. Se quitó las gafas de montura filiforme,
pasó un paño por los cristales con delicadeza y enfundó la miopía en un resquemor contra
el tedio. Entonces visualizó las latas de conserva apiñadas en una alacena del hogar que lle-
vaba sin limpiar desde el año de la polca. Pensó en abrir un bote de fabada para la comida
y toqueteó otro billete antes de depositarlo en la barra. Necesitaba escuchar el chisporroteo
de las monedas en el recipiente negro de abajo, aunque al mismo tiempo el porvenir crujiera
aparatoso delante del armazón de la desdicha. La paranoia del azar se enemistaba con su
fuero interno y la pulsera de la muñeca derecha deambulaba con un tictac de vida derro-
chada. Arrugó el paquete de tabaco y lo tiró al suelo con enojo de soberana traicionada por-
que los euros, esfumados en el laberinto de los espejismos, azuzaban la vehemencia de las
consecuencias. Luego introdujo la mano en el bolso en busca de algo que apaciguara la ba-
lumba del nerviosismo, pero solo halló el refugio de la libreta con los ceros esquilmados.
Pon otra y cámbiame, y el penúltimo billete revoloteó en manos del camarero hasta
sumirse en la caja registradora, la decepción calcada en el estampado de la falda, la silueta
de cuarenta años definida por una hermosura aún digna.
Bebió la cerveza zambullida en una tranquilidad simulada y miró la calle a través de la
ventana con ojos de maltrecha indiferencia. Los transeúntes se apresuraban detrás del tren
de las obligaciones cotidianas mientras las suyas se desvanecían en medio de un vaivén de
remordimientos. La paga del mes, estafada en un santiamén de negligencia, le atizaba las
tripas con espasmos de sofoco. Pensó en su marido, en la mirada de hombre vencido por el
titán de las adversidades y en la barbilla afilada esperando, antes de la comida, las noticias
del telediario. Gritaría a los cuatro vientos desde el trono de las mentirijillas y le escupiría
una sarta de verdades barnizadas por la resina de los reproches. Además exigiría que pusiera
las palmas hacia arriba y las yemas, sucias por el roce porfiado de las monedas, delatarían
la expresión imperdonable del pecado. A pesar de todo, Mónica concentró la atención de
nuevo en la máquina y, sin inmutarse, se tragó el fragor de las cincuenta monedas en la ra-
nura.
Cóbrate todo, y alargó el último billete de cincuenta para abonar las consumiciones, el
matiz del semblante apagado como pábilo de vela muerta, el embrollo del futuro inextrica-
ble.
Después amagó con enfilar la puerta de una vez por todas, pero volvió a asentarse de-

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lante del imán ineluctable de la tragaperras. Los euros sobrantes fueron cayendo por la ra-
nura con un sonido chusco de demolición y el frenesí de la fortuna, arisco, dibujó las frutas
con fogonazos de golosina amorfa. Al cabo metió los dedos en el monedero y, tras palpar el
hueco descomunal del caudal, se avergonzó con la nada peripatética del presente. En ese
instante no supo qué hacer. Se quedó quieta como una estatua de alabastro, la belleza to-
davía calificada con un notable alto por la rijosidad de los machos, la conducta carcomida
por las termitas de la desazón. Al menos se sabía vigilada, analizada con habilidad de fo-
rense, taladrada por el pensamiento venéreo del hombre del bigote que seguía alerta por si
las moscas. Nunca se había portado con arterías de pelandusca, pero precisaba algo de di-
nero para regresar al hogar y blandirlo delante de su marido. El asco se escabulló del entorno
en un periquete de estrella fugaz y, sorprendida de sí misma, miró a los presentes con un
gesto de tigresa asilvestrada.
Me voy a casa, y el camarero musitó un adiós trufado de complejidades, el apego de
la infancia ahogado en el remolino de los lustros, el turno de ocho horas alelado.
Salió del bar con un anadeo grandilocuente de focha y se plantó en el escaparate co-
lindante de una tienda de fruslerías. Allí, ofreciendo la rabadilla al mejor postor, aguardó el
advenimiento de un mesías que salvara el delirio de los números rojos. El hombre del bigote
surgió con visaje de proxeneta avezado, pujante, atenazado en el tormento de la verija. Se
miraron sin hablarse y se fueron juntos hacia el portal de Mónica. Comportándose igual que
un matrimonio mal avenido tras una discusión de órdago, entraron en el ascensor sigilosos
como culebras, custodiados por los parpadeos de tugurio de los dígitos de los pisos. El hom-
bre se palpó la bragueta de forma ostentosa y atemperó la frialdad con el pececillo de la
lengua asomado a la boca. Subieron hasta la última planta y avanzaron hasta la zona de los
trasteros por un pasillo poco iluminado. Ella abrió la puerta del suyo y, sin mediar palabra,
entraron en un reino de penumbras regaladas por una claraboya circular.
Date la vuelta, y él la manoseó sin reparo con afán de martillo pilón, el ensamblaje de
los gemidos mudo, el apremio de la coyunda vertiginoso.
La cubrición se ejecutó con ademanes de toro encelado y el orgasmo se agigantó con
el eco de los cachivaches amontonados por doquier. El hombre, una vez saciado, se apartó
enmarcado en una actitud casi de renuencia, con los bajos mojados tras el estertor de ani-
mal. Se compuso los pantalones y se ciñó el cinto con tiento de garañón. Ni siquiera habían
estipulado el precio con antelación. Ella permaneció de cara a la pared, con las bragas caídas
a la virulé sobre los tobillos y la saliva endurecida por la laca de la deslealtad. Clavó los iris
en un cuadro campestre que había quitado del salón el año pasado y notó las corvas flácidas
tras la furia abstracta de los empellones. Un billete de veinte euros se posó en el recoveco
de la mano y ella lo estrujó con rabia de inmediato, sin protestar por la cantidad ínfima con
la que el hombre le tasaba la predisposición del cuerpo. Después el tipo abrió la puerta e ig-
noró el chirrido de unas bisagras que necesitaban unas gotas de aceite siempre pospuestas.
Hasta otra, y las palabras masculinas planearon hasta estrellarse con la realidad de los
zapatos de invierno apilados en las estanterías, la claustrofobia del cuartucho vesánica, la
sensación inicua.
Mónica escuchó cómo el ascensor subía y bajaba. El ruido del motor se parecía al de
una cosechadora, pero no había ninguna finca de mies que recolectar en los alrededores. Se
limpió las partes pudendas con un pañuelo de papel que encontró en el bolso y pensó en el
piso del segundo izquierda, donde su marido yacía impedido. Al principio se habían amado
con la pomposidad alocada de la juventud, pero luego el día a día había minado la relación
hasta derrocar al dios de la pasión. El accidente solo apuntilló la debilidad del amor y ense-
guida, sin recurrir a aspavientos vanos, el absolutismo de la inercia arribó con crueldad de
suevo. Con un barrunto de melancolía parapetado en las mejillas, recordó el tráfago tor-
mentoso de su biografía y, con los ojos velados por la película de la perplejidad, recorrió el
horizonte de trastos arrumbados que le acribillaban con preguntas sin respuesta. A la postre,
se atusó la melena y bajó por las escaleras decidida a comprar unos filetes de lomo para la
comida.

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Buenos días, doña Casilda, y al saludar en el zaguán a la vecina septuagenaria del
cuarto percibió la modorra de la cerveza, el vigor de los músculos devorado por el ajetreo
del coito, las bocinas de los coches empecinadas.
La carnicería del barrio hervía atestada de clientas ornadas con moños decimonónicos.
Un par de ellas le obsequiaron con dos holas de efusión fingida y Mónica comenzó a impa-
cientarse por la longitud de la cola. Se mordisqueó los pellejos de las uñas y el color sanguino
de la ternera se reflejó en el azogue del agobio. Un alud de nervios avanzó a toda pastilla
por el sendero de las ingles y la baba engordó en la mandíbula con velocidad de plusmar-
quista. Aún quedaban siete números por delante de ella y el dependiente bramaba con un
chiste tosco acerca del cuarto trasero de un cordero. Entonces se escapó, confusa y ataran-
tada, casi a la carrera por miedo a vomitar con la notoriedad detallada de la broma. Penetró
en el bar como una exhalación y vio al camarero, apalancado en el cemento de la pereza,
haciendo compañía a los pinchos de bonito en escabeche deslustrados por el manto de la
monotonía.
Cámbiame, y Mónica se acarició la suciedad de las yemas con displicencia, el retintín
de la tragaperras macerado en una infructuosa traca final, el azar ahorcado entre racimos
de uvas y dúos de cerezas de pacotilla.

Jorge Saiz Mingo


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Ausín Sainz
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Ausín Sainz
Nuestra ciudad / Enero

No sé cómo pudo acceder esa mujer hasta mi despacho, cómo no le impidió el paso
el guardia de seguridad. Desde luego no funcionaron los filtros. De ninguna manera hubiera
debido entrar, cuando preguntó en la puerta por el negociado. Entiendo que tenemos una
conserje nueva, que desconoce los protocolos. Quizás le dio pena, con su aire medroso y
desconcertado, viendo además a un niño pequeño agarrado de su abrigo. Eso debió de ser:
una mujer sintió lástima de otra, y pensó que acaso se podría arreglar algo en mi despa-
cho.
Se lo dejé claro enseguida, en cuando eché un vistazo a los papeles, aunque casi no

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necesitaba mirarlos. Soy un hombre experimentado. No había nada que hacer. El desahucio
estaba en marcha, la expropiación aprobada y en breve se iniciaría la demolición del edificio.
Tampoco es que se quejase demasiado. Musitó algo parecido a un “pero…”, y se calló
un momento. Yo se lo había dicho enseguida: “no puedo arreglarlo”. Luego ella había se-
guido diciendo: “Señor, pasa esto y lo otro…”. Y, ¿qué?, pensé yo. No me venga con mon-
sergas.
Eran una pobre mujer, humilde, menuda, la carita morena, con los rasgos distintos de
alguien que ha nacido en otras tierras, y un niño que parecía incapaz de reír o de llorar por
no molestar. Incitaban a la compasión. La empujé suavemente hacia la puerta y se dejó
llevar. “No se puede hacer nada”. Lo decía como un médico que explica el diagnóstico a su
paciente. Me di cuenta de que se le nublaban los ojos. No soy insensible. Pero no podía in-
vertir más tiempo en eso. En la mesa me aguardaba una gran pila de expedientes, que
debía ir sacando a lo largo de las horas, cosas complejas para las que se necesita un gran
conocimiento de las leyes, propiedades embargadas, sanciones… Se precisa inteligencia y
dedicación. Soy un profesional. Nadie duda de mi capacidad, de mi seriedad. Me considero
justo, respetuoso con las normas, aplico las leyes en todo caso, no me caben remordimien-
tos. Realizo este trabajo desde hace muchos años. Poseo méritos, soy jefe de sección y
puedo tomar decisiones. Pero no se puede actuar cuando ya está todo aprobado. Tampoco
dudo de que seguramente les habían engañado. Mas ya no estaba en mi mano. A lo mejor
hacía un año, o un mes, hubiera habido posibilidades. Pero ya no. Se me ocurrió que quizás
ella se hubiera presentado con anterioridad y no la hubiésemos recibido. Podía ser. Hasta
que esa conserje nueva la había dejado pasar.
Me miró con ojos de perro apaleado y gimió un poco. Fue mientras le acompañaba a
la puerta. La dejé sentada en los sillones de la sala de espera, entre mi despacho y el pasillo
que conduce a las escaleras y a la salida del edificio. Sobre la mesita de la sala tenemos
unas revistas. Pensé que necesitaba un momento para recuperarse.
Si eran las nueve de la mañana cuando había entrado en mi despacho, puedo asegurar
que no eran más de las nueve y diez cuando terminaba su consulta. Una serie de “noes”
seguidos le quitan la voluntad a cualquiera. Y más a una pobre mujer. Luego me sumí en
mi trabajo, poniendo en él todo mi empeño. A las diez salí a tomar un café. Ella seguía sen-
tada en uno de los sillones del recibidor, con el niño dormido sobre sus piernas. No moles-
taba, y no quise decirle nada.
Desde la ventana se veían los tejados blancos, y el cielo que parecía a punto de des-
plomarse sobre ellos. Era una fría mañana de invierno, con una incipiente nevada que ame-
nazaba en hacerse copiosa. En el edificio la temperatura era confortable. Cuando regresé de
tomar café la mujer seguía allí. No hizo ningún ademán de dirigirse a mí, y se lo agradecí.
No es agradable darle con la puerta en las narices a nadie. Cerré la puerta de mi despacho,
y trabajé concentrado más de tres horas, revisando papeles, firmando expedientes, poniendo
al día asuntos que estaban por resolver.
Miré de nuevo por los ventanales. Las nubes parecían rozar ya los aleros de los tejados,
y el aire hacía volar los copos de nieve de un lugar a otro. El agua nieve le imprimía pince-
ladas grises a la mañana. Debía de hacer un frío tremendo. El suelo, las aceras, empezaban
a estar impracticables. Pensé que para ese clima se necesitaba un buen abrigo. Por un ins-
tante me olvidé de mis asuntos laborales. Sin saber por qué, me sentí invadido por sensa-
ciones olvidadas, por una extraña añoranza de otros tiempos. Recordé los libros de aventuras
leídos en la adolescencia, y los años de estudio en la universidad. En esos años había sentido
alguna inclinación por el Arte y la Música, aunque me decanté finalmente por la carrera de
leyes. Ciertamente, nunca me había arrepentido. Ni siquiera me acordaba a menudo de ello.
Eran idealismos de juventud, evocados por la nieve.
Hablé con mi mujer por teléfono. A la una del mediodía, teniendo que actualizar algunos
documentos, decidí consultar con un colega en otro despacho. Salí, de nuevo, a la sala de
espera, ya que desde allí se accede a todas las dependencias.
Atónito, me topé de nuevo con la figura de la mujer sentada en el sillón. ¡No se había

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ido todavía! No hizo ningún ademán al verme, ni siquiera levantó los ojos más allá de lo que
estaba haciendo. Podría decirse que yo ya no existía para ella.
El niño se había despertado y miraba atentamente a su madre. Ella había extendido
sobre sus rodillas un pañuelo blanco, y colocado encima unos trozos de pan, junto con alguna
otra cosa, que iba partiendo en cachitos pequeños, de forma ordenada. Pulcramente, se lo
iban comiendo los dos, en silencio, sin dejar que se cayera nada al suelo, como si no quisie-
ran mancharlo.
Tuve la certeza de haber visto una escena semejante en otro momento de mi vida… en
algún lugar de mi subconsciente… ¡Lo había visto en un cuadro! Era la luz que los envolvía,
el resplandor de sus miradas, la dignidad de sus gestos. Quizás me recordaba la belleza de
los rostros del Tondo Doni, de Miguel Ángel; la Virgen de las Rocas, de Leonardo Da Vinci;
la ternura de La Virgen de la Silla, de Rafael. En cualquier caso, era algo que habían sabido
ver esos grandes pintores, una espiritualidad que yo había olvidado, pero que estaba reco-
nociendo en esa mujer y ese niño.
Confuso, pasé en silencio por su lado, dirigiéndome hacia el despacho donde aguardaba
mi colega. Cuando regresé, ya no estaban. Se habían marchado.
Recuerdo el día de enero, intensamente frío.

Montserrat Díaz Miguel


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Ausín Sainz
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Ausín Sainz
A propósito de marcadores
invisibles

El pasado 12 de octubre de 2018, se topó en un periódico de escasa difusión (según la


OJD, todos los son ahora) con el editorial así titulado, escrito no se sabe si en plural mayes-
tático (por lo que tiene de pontificación), en plural de cortesía (habida cuenta que con tal
artificio el autor evita caer en egotismo), o en plural cobarde (por miedo a insultos y repre-
salias personalizados), y cuyo contenido es el que se dice a continuación:
“Venimos escuchando últimamente en los mentideros políticos, en la radio y televisión
de mayor alcance y leyendo en los periódicos más campanudos que se está pensando muy
en serio (seguro que anda de por medio la gente con amplitud y ‘altitud’ de miras, esto es,

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la gente autoproclamada de progreso) en hacer invisibles los marcadores en todas los cam-
pos donde tienen lugar competiciones deportivas entre equipos alevines, benjamines e in-
cluso infantiles, con el magnífico y humanitario propósito de que los jugadores no se frustren
como personas. Por cierto, llama especialmente la atención la utilización de un verbo, frus-
trar, que hacía tiempo que ya no se empleaba, o por lo menos no con la profusión con que
era usado en otra época. ¿Y por qué se van a frustrar alevines, benjamines e infantiles, y
no juveniles, aficionados y profesionales? ¿O es que los de esta última terna no importa que
fracasen? ¡Con lo bonito que sería ir a ver todos los domingos un Real Madrid-Barça, o vi-
ceversa, y que quedaran siempre a cero por falta de marcador! ¡Con lo contentos que nos
pondríamos todos los que apostamos a las quinielas al devenir en acertantes de los catorce
resultados más el pleno al quince todas las semanas! Es más, no sería necesario ni rellenar
los boletos, al quedar reducidos los enfrentamientos a la única posibilidad de la equis, que,
aunque no se tachara, siempre se consideraría marcada por defecto. ¡Y qué bien todos los
lunes en la ventanilla correspondiente presentando nuestro tique de Loterías y Apuestas del
Estado para que se nos reembolsase el importe del envite, dinero con el que procederíamos
de inmediato a sellar un nuevo boleto! Pues bien, si eso va a propiciar que no se originen
frustraciones, quitemos los marcadores de las canchas. Y quien dice los marcadores dice las
porterías, las cestas y, hasta, si se tratara del deporte del golf, los agujeros, para impedir
que alguno de los derrotados con buena memoria recuerde el tanteo o los puntos y pueda
malograrse y malograr a los que se hicieran eco de su discurso pesimista.
” Ahora bien, si nos ponemos en este plan, puesto que en nuestra existencia (máxime
a estas fechas y preferentemente referido a esa inmensa mayoría de seres humanos deno-
minada silenciosa, con una esperanza de vida cercana a los ochenta años en los hombres y
de ochenta y cinco en las mujeres, un poco por debajo de la de las elites) son infinitamente
más abundantes los fiascos que los éxitos; son muchísimo más abundantes las veces que el
oponente, obstáculo o impedimento, sea de la naturaleza que sea, nos impide alcanzar nues-
tros deseos que las que no, de tal suerte que vamos de decepción en decepción, de fracaso
en fracaso, y los fracasos no solamente nos arrugan, nos empequeñecen, nos vuelven taci-
turnos, huraños, sino que nos convierten en sujetos inservibles para la vida social; puesto
que nuestra existencia está llena de sombras ―decíamos― no estaría de más que el Go-
bierno de turno (el Estado, mejor, para que así la cosa no dependiera del Gobierno de turno)
procurara que todos los individuos estuviéramos bajo su tutela y amparo, no solo fiscal, que
en ese aspecto no se le escapa ni uno, sino emocional, a fin de evitar al ciudadano todas las
frustraciones que sus deseos y pulsiones le deparan al no ser debidamente satisfechos. ¿No
debería ser prioridad de todo Gobierno (Estado, mejor) allanar el camino, limpiándolo de
oponentes y obstáculos, a todos sus súbditos para que vieran satisfechos sus afanes?
¿Todos? No nos olvidemos que no lograr que la mujer deseada se acueste con nosotros nos
provoca una tremenda frustración, como se la genera al victimario no conseguir asesinar a
la víctima elegida, o al ladrón ser desposeído por la policía o la Guardia Civil del botín arram-
blado en un robo. ¿Qué hacemos entonces, permitir que el violador, el asesino, el ladrón
vean satisfechas sus expectativas impunemente o, por el contrario, se lo impedimos y ha-
cemos que se desengañen? La razón y la experiencia nos han enseñado que hay deseos,
pulsiones y apetencias cuya satisfacción hay que impedir a toda costa por mucho que frustre
a los sujetos en que se desatan, so pena de que otros individuos, de manera directa, y la
sociedad en su conjunto, indirectamente, se vean gravemente perjudicados.
” Toda sociedad (y el término sociedad comporta organización, ley y orden) está for-
mada por seres frustrados. Sin la decepción personal de los individuos que la componen, la
sociedad entraría en rápida descomposición. ¿A qué viene, entonces, que los partidos, aso-
ciaciones y elementos que se autoproclaman progresistas quieran impedir la frustración de
los ciudadanos? Hemos señalado como ejemplo al principio de estas líneas la propuesta de
hacer invisibles los marcadores de fútbol, pero hay otras de tanto calado o más; así, la de
eliminar los suspensos y la repetición de curso en el sistema educativo, facilitando al alumno
un camino sin cortapisas hacia el doctorado en la especialidad elegida. Pero lo malo, lo peor,

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no son las propuestas; lo peor son los trágalas, como el de subir desaforadamente el SMI
(salario mínimo interprofesional; asimismo, sigla del Sistema Métrico Internacional), con-
culcando el acuerdo existente entre el anterior Gobierno y los sindicatos, y sin tener en
cuenta que, al menos un 15 por ciento de la población activa está en el paro (y con tal me-
dida no van a encontrar trabajo nunca; eso sí, podrán comprobar alborozados cómo se les
unen nuevos amiguitos) y una buena parte de los pensionistas no llegan ni van a alcanzar
nunca tan mágico guarismo. Bien es verdad que casi siempre es más provechosa la fantasía
que la cruda realidad. No importa tanto que no tengan un salario, o que tengan un subsidio
por desempleo o una pensión que no alcanza la mágica cifra cuanto que puedan fantasear
con la redonda cantidad de 900 euros.
” Que a las progresías, votantes y clase política, les haya dado siempre (más de un
tiempo a esta parte) por defender la elusión de todos los obstáculos que hacen que las per-
sonas (todas) se frustren no quiere decir que a veces, a fin de procurar que al menos la
mitad de la sociedad, o una parte de ella, vea satisfechos sus impulsos, no nos hayan con-
denado a la otra mitad, o al resto de ella, a padecer reiteradas contrariedades. Así, cuando
se erigen en baluarte de un Estado del Bienestar cada vez más sobredimensionado (ahora
están empeñadas en instituir la renta básica universal... al tiempo, nos maliciamos, que el
déficit cero), a fin de hacer carrera y fortuna sin arriesgar nada como individuos, a costa,
invariablemente, de los impuestos de casi todos. Así, también, cuando justifican o amparan
la deslealtad y el despilfarro de los nacionalistas (instando a la fiscalía para que califique
como veniales los delitos perpetrados por los líderes del ‘procés’ y asumiendo la deuda a
corto plazo de la Generalitat), a cambio de apoyo parlamentario, para frustración de un ‘país
de países’, expresión a la que acabarán sobrándole ambos términos y, por supuesto,el en-
lace. O cuando se les llena la boca con la palabra ‘cultura ’y se dedican a subvencionar y
premiar a escritores y artistas lamerones, sumisos a la causa. Asimismo, cuando ondean la
bandera del feminismo, señalando, por sistema, al hombre como culpable en todo conflicto
en que se ven implicados miembros de ambos sexos, habiendo conseguido sacar adelante
una ley que no admite que haya acusadas; haciendo valer en la Administración la figura de
la ‘discriminación positiva’ en favor de la mujer frente al hombre en todos los casos en que
se plantea la disyuntiva entre uno y otra, y haciéndola también valer en ocasiones en la em-
presa privada, con la colaboración inestimable de unos directivos que ‘se la envainan’ por
temor a que, de no hacerlo, el juez contaminado de turno atienda la demanda de la excluida;
o tachando de ‘¡machista!’ o ‘sexista’, con la misma animosidad que en otra época se profería
‘¡sea excomunión!, a todo aquel que, esmerándose en ser mínimamente razonable al dar su
opinión o exponer un argumento sobre un tema cualquiera, no ha acertado a emitir un men-
saje especialmente favorable hacia la mujer; y a veces denunciándolo (los mismos que, por
mor de la libertad de expresión, han propuesto abrogar los artículos del Código Penal que
tipifican como delito los insultos e injurias al Rey, a la bandera, al himno nacional…) a fin de
que sea condenado a indemnizar a la supuestamente ultrajada.
” Sin embargo, creemos que el hito fundamental en esa especie de carrera por evitar
la frustración del ser humano se alcanza en el momento en que se despenaliza el aborto,
como si el aborto dejara por eso de ser un crimen. Lo es en sentido estricto, puesto que, al
abortar, se acaba con una vida, independientemente de que no se haya alumbrado aún. Y
seguiría siendo un crimen, aun cuando lo que se abortase fuese una idea, que es a lo que
se ha venido a equiparar un feto o ‘nasciturus’ por algunos de los defensores a ultranza del
aborto libre, aunque, por lo visto, no tanto de las ideas. Con todo, hay que dejar bien claro
que dicho crimen, por más que tenga todas las trazas de que sí, no lo comete la mujer que
interrumpe de manera libre su embarazo y que, supuestamente, soslaya con tal acción el
desencanto de tener que supeditar su juventud a la crianza de su retoño en medio de un
proceloso mar de dificultades; el crimen lo cometemos todos, y con sumo gusto, además,
porque no soportamos la frustración de tener que cargar con un hijo putativo y con una
madre caída en desgracia.
” Pero, en fin, todo sea por hacer una sociedad integrada exclusivamente por individuos

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realizados en vez de frustrados. Bien está que, en aras de conseguir esa transformación, se
haya pensado también en hacer invisibles los marcadores de los campos donde se disputan
competiciones deportivas”.
Arrugó la cara, cerró el papel y lo arrojó despectivamente sobre la mesa. Rezongó acto
seguido:
―¡Fachas!

José María Izarra

Ausín Sainz
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Ausín Sainz
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Mar
ía Izarra

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Ridículum vitae
(Fragmento de un extracto)

Santander 1947. Licenciado en Medicina en Salamanca 1975. Especialidad de Psiquia-


tría Facultad de Valladolid 1980
Desde 1975 fue Médico Rural, Médico de la Diputación de Burgos y del actual Sacyl.
Obra en colecciones estatales y financieras, públicas y privadas. Diseño y realización
de muebles y joyas. Tiene obra escultórica y gráfica al aguafuerte sobre Zn, Cu y piedra.
Tiene obra cartelística. Ilustra varios libros; hoy es un poemario de Izarra. Primera exposi-
ción 1970 en La Latina en Salamanca. Desde entonces ha expuesto muchas veces, tanto
dentro como fuera de España.

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Presente en Diccionarios de Autores. Ha ilustrado prensa diaria a diario. Ha sido Di-
rector Médico del Hospital Provincial Divino Valles entre 1982 y 1994. Hoy es un jubilado
del Hospital Divino Valles donde también fue Jefe de Sección de Psiquiatría del Complejo
Hospitalario Sacyl de Burgos. Ha publicado varias cosas ilustradas literariamente. La Tau-
romaquia del siglo XX, colección de obras originales numeradas ante notario sobre este
tema taurino y un santoral con Portillo ”¡Dios Mío!” y “La Glosopeda…” obra de 500 ejem-
plares numerados en Aldecoa de Burgos, gracias a la generosidad de Don Fernando Ibáñez
de Aldecoa.
Y también ilustró otras que, algunas, se reflejan en este aproximado
EXTRACTO DE CURRICULUM
[...] 2016. ExpoTeatro Principal de Burgos. Junio 2016. Portada libro la Historia Última
del H. Gral. Yagüe. 2016. Biblioteca Miguel de Cervantes. Febrero. Burgos. 2015. Prólogo e
ilustraciones de “La tuberculosis en Burgos” de Martín Frutos. 2015. Colaboración en Oña
Libro de la Fundación Estudios Oniensis. 2015. Expo SalasArte. 2015. “Zambra de Blanca y
Daniel” 25 de Julio. 30 Acuarelas y Tinta China. 2015.Expo”Anima Cathedralis”. ”La Catedral
de mis nietos”. Catedral de Burgos. 2015. Expo. Navidad Hotel Cordón. Los profetas, El
Circo, El Mus, Las Zambras. 2014. Ilustra “Hospitales de Burgos en la Guerra Civil” de Martín
Frutos. 2014. Expo Museo Santander “NeoFiguración 1970/1990”. 2014. Expo SalasArte.
2013. Ilustra “Dios Santo” de Fernando Portillo. 2013. Expo. Anual Hotel Cordón. “El circo
de mis nietos”. 2012. Expo. Fundación Vela Zanetti. Ilustraciones de ”Mi primer libro de
León”. 2012. Expo. Anual Hotel Cordón. Infancia Nietos y Flores. 2011. Expo. Galería Cer-
vantes. Los muelles de la bahía. Agosto. 2011. Milenario Oña. Expone invitado por la Fun-
dación. ”El Circo de la Vida”. Zambras. 2011. Revista Psiquiatría. Ciencia Arte y
Humanidades. Obra artística Vol. 4 Nº 2. Junio. 2011. ”Zambra de Encarna y Félix”. Burgos.
Serie de 5. Tinta China. Junio. 2011. ”Zambra de Villa María”. La Bañeza. Serie de 33 Acua-
rela y Tinta China. Mayo. 2011. “Zambra de Tavira”. Salamanca. 28 Acuarela y Tinta China.
Mayo. 2011. Expo Bib. Cervantes. Ayuntamiento de Burgos. Febrero. 2011. Expo Hotel Cor-
dón. Burgos. Enero. 2011. Colegio de Médicos. Conmemoración Aniversario Complejo Hos-
pitalario. 2011. Carteles [...]
Algunas notas sobre el artista

A Juan Mons no le importaría ser pintor por la gracia de Dios (implicaría que la gracia
y Dios existen, que a lo mejor sí), pero él, sin negar que Dios pueda tener algo que ver
con su proceso creativo, aduce que pinta todos los días. Y que todos los días (salvo los
festivos y excepciones, se entiende; incluido algún festivo excepcionalmente) pasa con-
sulta. “Expuse por primera vez en Salamanca en 1970, mientras cursaba la carrera, y
desde entonces siempre he sido leal al trabajo de médico y al de pintor”, ha declarado a
la prensa en alguna ocasión. Para obrar el milagro, se levanta a las seis de la mañana, in-
cluso antes. “A Dios rogando y con el mazo dando”, reza el refrán. Lorca, al dicterio perio-

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dístico de que era poeta por la gracia de Dios, respondió que también por la del Diablo. Y
Picasso, tan ateote él, creía en algo tan divino como es la inspiración, aunque, matizaba,
debía encontrarlo a uno trabajando, o cuando menos ―añadimos por nuestra cuenta― en
disposición de trabajar.
Así como el médico Juan Mons, situado ante el espejo y ante sus semejantes, no ve
sino enfermos (no podía ser de otra manera, dadas las circunstancias de nuestro tiempo),
el pintor Juan Mons, que mira con los ojos del médico, se apiada de sí mismo y de sus se-
mejantes y devuelve a todos la salud, bien es verdad que exteriormente damnificados con
el estigma de sus miserias.
Expresionista convencido, exagera, pinta al bies, deforma, carga las tintas sobre de-
terminados aspectos y utiliza el color psicológica y libremente. Por qué va a dar el coñazo
al público con una sardina en todo su esplendor, pone por ejemplo, si este ya se sabe de
memoria y paladar ese pescado. La pinta a medias y que la complete el que sienta tal ne-
cesidad.
Examinada atentamente su obra y extraída la información pertinente de los chats
mantenidos con él, así como de la memoria de actividades por él elaborada (a base de
anotaciones propias y reseñas ajenas; sabrosa y llena de conciencia y conocimiento, que
reproducimos a trozos en estas mismas páginas), podemos concluir que, en su ya larga
trayectoria artística aparecen claramente diferenciadas al menos cinco etapas. Las anali-
zaremos a continuación, siquiera de modo esquemático:
Primera. Etapa expresionista, cuyo inicio hay que fechar en 1970, coincidiendo con
su primera exposición, a la edad de 23 años (pintaba desde los ocho), que tiene lugar en
Salamanca, su residencia ocasional, y que abarcaría hasta el año 1984. Durante estos años
pinta marineros, pescadores, gente de la calle, paisanos con boina, borrachos y barcos,
fundamentalmente.
Segunda. Situada entre 1984 y 1994, en la que abandona el expresionismo para
abrazar la abstracción lírica, o expresión de la emoción pictórica del artista.
Tercera. De 1995 a 2001, viene marcada por el regreso a la figuración expresionista
y de trazo fuerte, en series como la tauromaquia y el mus, realizada aquella con “mimo y
pasión” y esta “en homenaje al humor y la concordia”, entrecomillamos las palabras del
autor.
Cuarta. De 2002 hasta 2006, en la que, sin dejar de ser expresionista, introduce en
su obra la figuración constructivista, en la que predomina la línea recta y los colores planos
silueteados en negro. El ejemplo más evidente lo tenemos en la serie dedicada al canal de
Castilla y en algunos paisajes urbanos.
Quinta. A partir de 2006, retoma el expresionismo de sus comienzos, aunque, a su
decir, influido por “la sabiduría, soltura y desfachatez” con que ha visto utilizar el color a
sus nietos y por los temas que a ellos les interesan, deja de mirar el carnet de identidad ―
manifiesta con su característico sentido del humor― y empieza a observar su entorno con
la naturalidad y limpieza de la edad infantil, explayándose en la pintura de escenas de circo
y bodegones florales, con un resultado que causa la
impresión de tratarse, como el propio incumbido lo
define, de un expresionismo “más plano y directo”. MARGEN QUE SE CITA
Aunque nos hayamos referido a él fundamental-
mente como pintor ―sin dejar de reconocer que esta •1979 Salamanca. La Latina
es, con mucho, la actividad más importante dentro
•1980 Santander. C/ Archivo de Si-
de su quehacer artístico―, no podemos pasar por alto
que, además de la pintura, ha cultivado la cerámica mancas
(en su etapa como psiquiatra en el manicomio de •1984 Santander. Museo de Bellas
Oña, donde tenía carácter terapéutico), la escultura, Artes
el aguafuerte (ambas esporádicamente, por falta de •1991 Burgos. Consulado del Mar
espacio y de logística), el diseño de joyas y muebles •1999 Burgos. Sala Divina Pastora
(de manera anecdótica) y, sobre todas las anteriores,

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(“Burgos, bueno para comer y
el dibujo, entendido como medio de expresión y no
como una mera herramienta. En su faceta de dibu- beber. Platos y vinos”)
jante, ha colaborado como ilustrador en la prensa •2000 Burgos. Sala Divina Pastora
diaria, en una decena de libros y en la realización de (“Tauromaquia 2000”)
pósteres y carteles publicitarios. •2001 Burgos. Sala Divina Pastora
Como penúltimo apunte (el último nos lo reser- (“El mus en España”)
vamos para rendir el debido y sentido agradeci- •2007 Burgos. Arco de Santa María
miento), juzgamos necesario señalar que ha
(“El Canal de Castilla”)
realizado exposiciones dentro (más de cien; la
mayor parte en solitario. Citamos algunas de ellas •2008 Valladolid. Museo de la Cien-
en un cuadro al margen) y fuera de nuestro país, cia
en Francia y Países Bajos, y que su obra se halla re- •2008 Palencia. Fundación Díaz Ca-
partida en diversas colecciones de ámbito estatal y neja
en algunas instituciones públicas, sin contar la que •2016 Oña (Burgos). Fundación
permanece en su poder o distingue a sus amigos.
Castresana
Finalmente, como avanzábamos en el párrafo
•2016 Solares. (Cantabria). Casa
anterior, solo nos queda decir que ha sido un honor
haber podido ocuparnos de redactar estas breves del Marqués de Valdecilla.
notas, y un placer haber contemplado, en algunos •2018 León. Cultural Ibercaja
casos de nuevo, en otros por primera vez, un buen
puñado de obras de este grandísimo autor, por más
que, últimamente, figure menos presencia y se le vea más chico (solo una pizca más; con-
tinúa siendo un gigante, sobre todo a nuestra vera); más chico y también más delgado. Lo
dicho: ha sido un honor.

José María Izarra


Primera etapa: 1970-1984

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SANTANDER, JULIO 1976. LEOPOLDO RODRÍGUEZ ALCALDE
Los dibujos de Juan Mons ofrecen una extraordinaria viveza de trazo y una densa ca-
lidad de composición, a lo que se agrega una feliz alianza de imaginación incisiva y de dra-
mática observación. Pertenecen estos dibujos a la agria y conmovedora tradición de mágico
naturalismo que se extiende desde Goya, Daumier y Solana hasta Nonell, nombres excelsos
que es preciso evocar ante la técnica y la temática de este joven artista, lleno de inquietudes,
que adorna con los más certeros toques de color el mundo, con frecuencia desolado, de sus
seres ácidos y chispeantes. Los dibujos, presentan a menudo un riquísimo entramado de
blanco y negro, que infunde profunda sensación cromática en algún instante tan afortunado
como la procesión o como los rudos, complicados y misteriosos aquelarres. Las citadas notas
de color testimonian en este gran dibujante, la cualidad de recio y sólido pintor. 1976 L.R.A

SALAMANCA, OCTUBRE 1978. JOSÉ LEDESMA CRIADO


…recuerdo de su primera exposición el dolorido desgarramiento de sus figuras apoca-
lípticas y vivientes, la galanura de su trazo, la íntima ternura de aquel gran espectáculo que
un día me atreví a cantar en un largo poema que encabezó mi «Cronista de la Muerte»…
…no estaba ante un excepcional dibujante, sino frente a un auténtico poeta que es-
condía sus versos detrás de las aguadas o interlineaba imágenes en un gesto o en un dra-
mático cortejo inacabado y eterno… 1978 J.L.C.
MADRID, NOVIEM-
BRE 1978. SANTIAGO
AMÓN
…Nuestro buen artista
parte de su mente y en ín-
timo abrazo observador (no
exento de cruel piedad amo-
rosa), engendra el cuerpo y
el alma de sus criaturas.
…empezábamos di-
ciendo que «corresponde a la
obra de arte una existencia
física y, sin ésta, se vuelve al
universo demiúrgico o a las
leyes soterradas por las que
se rige la naturaleza». Lo
materializado en la mente de
este hombre llega al «mundo
visible» en sus aguadas, san-
guinas, aguafuertes y en la
obra al óleo en azules y vio-
letas hechas expresión y
composición.
No hay pues arte mayor

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o menor… para que exista la
«Obra de Arte» alguien la
tiene que traducir en «repre-
sentación física». Que exista
es lo que importa y la «esta-
tura humana» de este hom-
bre lo consigue. 1978. S.A.

PONFERRADA 1978.
LUIS GÓMEZ-DOMINGO
…en primer lugar, y
antes de adentrarnos en la
naturaleza de su temática,
nos asombra la seguridad y
decisión de su trazo, así
como su indiscutible dominio
de las diversas técnicas como
el grabado, tinta, papel, acuarela, lápiz, óleo, etc. No hay duda de que el artista posee los co-
nocimientos técnicos más que suficientes para expresarse en un nivel de gran calidad plás-
tica… Juan Mons, con un profundo sentido crítico, analiza el mundo que le rodea, mostrándose
amable con los personajes que aprecia, por su sencillez y pureza, tratando con gran respeto y
cariño a las rudas gentes del pueblo llano que las presentará en los momentos más intensos
de trabajo, descanso y solaz. Por el contrario, satiriza, con sarcasmo y sin piedad, la vanidad
y soberbia de los humanos en sus más grotescas situaciones. La suma de todo esto nos da un
expresionismo cargado de valores plásticos y sociológicos… 1978. L.G.-D.

SANTANDER, ABRIL 1979. DIEGO BEDÍA CASANUEVA


…ahora, lo que tenemos enfrente o en las manos, sus trabajos, son como hojas de libro
que pueden pasarse, son creaciones de valor universal, casi intemporal y bastante lejos del
localismo que nos tenía acostumbrados. Para seguir el símil de letras diremos que ha dejado
la biografía propia o ajena, para pintar el tratado o, cuando menos, la obra de creación, un
poco de novela, un tanto el manual de claves de la vida… 1979. D.B.

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SALAMANCA, MAYO 1979. MANUEL MARTÍN SANTIAGO
…en toda tu obra presagio simbólicas visiones nacidas de tu peculiar manera de enfocar
la vida con una visión satíricamente aguda. Tal vez sea que tú tienes un concepto de la exis-
tencia exclusivamente espiritualizado y la veas toda ella bajo el prisma del sarcasmo más
sublimado…1979. M.M.S.
Segunda etapa: 1984-1994

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SANTANDER, 1984. ALEJANDRO GAGO
…son cuadros realizados con un solo color en cada uno, pero jugando, naturalmente,
con una amplia gama de tonos buscando, como decíamos, ese movimiento que obsesiona
al artista…
…no es una exposición fácil para el público, que gusta más del realismo. Para el pintor
es una manera seria de enfrentarse a otras técnicas de hacer, de expresarse…

SANTANDER, 1984. F. REVUELTA HATUEY


…cromía en su pureza, construyendo piezas contenedoras de innegable lirismo, con-
forman esta importante colección compuesta por obras de varios tamaños, que merece ser
visitada, y visitada detenidamente, sin prisa alguna, fijando la vista en los cuadros y aban-
donándose a su contemplación para mejor extraer el riquísimo jugo creativo de que están
impregnados…

SANTANDER, 1984. RAFAEL G. COLOMER


…los títulos de los cuadros pudieran parecer los de una exposición de paisaje conven-
cional. Sin embargo, se trata de una añagaza, una travesura, tal vez un guiño de complici-
dad, una treta, que propicia el contacto. Sus paisajes inventados tienen que ver únicamente
con una manera de mirar el entorno totalmente personal y distinta. La pincelada segmentada
va contraponiendo colores en proximidad, sujetos a un acertado ritmo espontáneo, que se
desplazan sobre el lienzo con un cierto regusto por la materia bien aplicada, nunca torturada
ni excesiva, siguiendo los dictados de la técnica divisionista. El lienzo «respira» a veces entre
la mancha de color, y las líneas del dibujo también hacen sentir su presencia casual, aña-
diendo, vibración al resultado…
Página 77
CONSULADO DEL MAR. RETROSPECTIVA
ANTONIO L. MANUEL BOUZA. (Diario de Burgos 14 de Dic. 1991)
Poco conocíamos (algo sí) de Mons Revilla hasta la muestra antológica que ahora
exhibe en la Sala «Consulado del Mar», de la Diputación Provincial. Y así como por lo
común solemos girar desde la entrada una inspección visual al conjunto (al semiconjunto
aquí), en esta exposición concreta hemos ido directamente al primer cuadro, «La gita-
nona», obra madura de una primera época del pintor. Y la verdad es que se recorre todo
seguido la muestra, bien que empleando un tiempo inusualmente largo debido a la tam-
bién inusual variedad y atractivo de unos dibujos que, por temática y técnica, requieren
una contemplación singular.
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Tercera etapa: 1995-2001

JUAN MONS REVILLA, …debutante sin caballos hace de ello tantos los años que dudas
tiene si fuera en la finca los Claveles de las Tierras de Zamora o, más allá de la raya de Sa-
lamanca, en las de “el Racó”, del maestro del Carlos, don Ángel, que, como Federico y el
Carralero, sigue siendo un Séneca, o en aquellas otras de Arranz o Esperabé, o en las de los
hermanos Castaño, donde aún se recuerda un “Tancredo” memorable, suerte de mérito y
temple, con la que el susodicho deleitó a la parroquia dejando que el astado se tomase su
mucho tiempo en olerlo desde arriba hasta los bajos, siendo luego, el bicho, recordado se-
mental destinado para carne al haberse hecho, ese mismo bicho, triste sombra de lo que
fue además de un diletante, pues bien, este hombre del que escribo, es el mismo aquel que,
por encontradas que sean las opiniones que haya sobre este punto entre el público señor y
charro, madurado y templado fuera en la ilustre Helmántica, Plaza por cuya puerta y puente
salió hasta 10 veces aunque siempre fuera, eso sí, para volver y, sin jamás despedirse, com-
pletar su licenciatura en la dura lidia que es vivir…, pues sí, ese mismo, hoy matador retirado
y entrado en peso, cintura y años, a vuestra consideración somete esta
Tauromaquia del fin del siglo, que es colección cerrada y compuesta por originales
de mérito, numerados y registrados en real notaría de ilustre fedatario, realizados todos a

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la manera de la antigua, con el mimo y la pasión que esa concurrencia merece, unos, a la
técnica mixta, otros, a la tinta china y, otros pocos, a la aguada y, todos ellos, eso sí, sobre
base de papel guarro de este y de aquel otro peso y gramaje y en grupos de distinto tamaño,
pero todos enseñables y muy ponibles.
Decir queda que, mientras así todo disponía, por su cabeza habitaron su abuelo Casi-
miro, Cuchares, Romero, el Batán y el Papa Negro y sus tíos Casimiro y Pedro, y los Domin-
guín y Ronda y el Puerto y
medio Tánger, de puntillas,
mirando desde el Estrecho y
el tío Eduardo y los Kikirikís de
Curro y Las Ventas y aquel
Tancredo y la Plaza de Cuatro
Caminos, la Carmencita y
Granero y Daniel y Ramón
Parra y Udalla y Ampuero ese
de los encierros y Antoñete y
Sebastián Miranda y Carro-
chano, Zumel, Casado y la
saga de los Mateos y Ruiz y la
puerta del Príncipe de la
Maestranza, Real como su
amarillo albero, y la señora y
las pomadas de Mazzantini, el
Gallo y el Nano, Joselito y
aquel toro del día siguiente
llamado Islero. El ABC, la
Feria de Abril y el Litri, Mar-
cial, Gaona y el mismísimo
doctor Venero y Mihura y Ca-
gancho y Galapagar, los ambi-

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gús, el Relicario, los
trincherazos y malta el Cafeto,
Marcos Sisniega el sol y la
sombra, el Ponche Soto y las
Alubias de Luengo y Casa En-
rique, la Galería Cervantes, el
Cubas, Langre y el amigo de
Güati llamado Pedro, y Arturo
y Manero y Luis y Pepe y Juan
Carlos y los Arlanzón y Que-
vedo, y Arranz, Galache, Ali-
pio, Vitigudino, Juana Reina,
la Meseta de Toriles, Banderillas y Areneros y las mulillas de los Méndez y aquellos cigarros
que, más que puros, eran Vegueros y el Daufine, runfando, Camino de la Calle Alta, aquel
que compró el Tío Alfredo ¿Y las Barreras? Las barreras con su madre y Teresa con sus hijos
y Fani y Felipe. Con las Manolas y, la banda con sus hermanos y José María El Josefo y Pepe
y Tino y Mazuela y Portillo y El Marajá de Patiala que vino con su cortejo, ¡Viva el Rumbo y
el Tronío! Y Marcial, Su Padre, Ocio y él mismo por la puerta de Toledo. Y la Quintaesencia
de Gaspar, Diego, Chus, Pepe, Juan Pablo y Pepe Hierro y con Paco y Juanjo, Ángel y El Pipo,
Revilla XII, Escolar, Jesús y este Bañuelos con Joaquín Vidal y Boloix grandes plumeros. Pues
todos sí, si Dios quiere, allí todos nos veremos.
Gracias da a Valentín Ojeda y al Sierra que está en el Cielo y a Quique y Del Río y a
Ganzo y al Patillas que Dios tenga, con su padre y con Zabala, al mismo Brazo. Gracias, a
Manolo, a Poldo y a Paco y a Bouza, Amancio, Juanjo y Jesús Jabato Saro. Gracias, también,
a Domingo a Pedro y al gran Carlos, y gracias, por fin, a la gente de su suegro y al Güili y
al Izarra y a los García-Gallardo. En el mes que nace el niño y en su día 19 de este siglo que
termina, allí quedamos en la andanada de la divina pastora, en el nº 10 de la Calle Laín
Calvo, desde el 19 de diciembre hasta el 5 de enero, al respective, con Emiliano, de 12 a
14 horas, los domingos y feriados y, también, de mañana y tarde, de 12 a 14 y 18 a 21,
todos los días laborables allí os espero con Ignacio. Todo en Burgos. Teléfonos 947 20 33 94
y 947 27 67 57. 2000. J.M.R.

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[...] No estoy cansado pero me cansa vivir en un un estado que se le llena la boca de democracia
y, sin embargo, ronea con la enseñanza de su historia y, cuando no, permitiendo, desde fascismos in-
teresados y excluyentes, su ocultación y la de su bandera. Quiero salir a mis calles de siempre, con
mis símbolos de siempre y no quiero que, por ello, me empujen como siempre y no quiero, por pedirlo,
un estanco, un quiosco de apuestas o que desaparezcan otros símbolos que quieren gentes que yo
quiero. Pero, ojo, quiero lo que ya he dicho que también quiero. Ojalá ellos también me quieran. Tam-
poco quiero hipotecas aldeanamente subvencionadas porque hasta me han quitado las ganas de dar
para los chinitos…
El mus de España
Será una exposición que pretendo homenajee al humor y concordia, virtudes que, todas las tar-
des de España se citan alrededor de naipes y mesas ocupadas por ese caro género compuesto por

finos catedráticos y sesudas estrategas, gente larga española del juego del mus, de la flor y del su-
bastado.
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A todos rodean vapores de alambique, inspiradas decisiones, recuerdos de habaneras, espirados
humos y sufridos aspirantes a adjuntos, gente bisoña y mas joven, que sólo está para dar tabaco y,
si se terciase en la tarde, fuego, mechero, lumbre al fin.
Esas esforzadas cabezas están regadas por el humor y la sorna, el Ponche Soto y las gotas ex-
celsas del anís Machaquito y del orujo y, también, del brandi ese del sur, del pacharán casero y por
el oloroso café traído por aquellas tiendas de coloniales, almacén de ultramarinos que habita la me-
moria de la infancia, rincones aquéllos, cuevas de Alí Babá, en donde aprendimos los nombres del
bacalao, el de la flor del aceite de oliva, el del arenque de barril y los otros de las especias albahaca
y pimentón de la pimienta y manzanilla y la menta y los otros olores de más allá de la mar, el ci-
lantro y el comino y el clavo y el del té y el de la canela y el de la piña y coco del pirulí de
la Habana.
España entera a esas horas, acepta entera esas reglas del juego y, los profesores de
la calle, dictan la lección a sus alumnos y los muros, que están para eso, solo miran.
En ellos, en las paredes de estas y aquellas cátedras, había fotos de hombres con osos
muertos, matadores fuertes y feroces de cabezas de ganado y, fotos también, de legendarias
traineras y de jabalíes como toros y salmones y corvinas como tohinos, de vacas que daban
leche como escombro y caballos que después de haber ganado así de veces el derbi de Lo-
redo, tenían hijos por todo Trasmiera hasta Vega y Soncillo y, bajando luego a las riberas

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del pantano y, en “traspasandolu y arrodeandolu”, acababa el dueño por casarse en Espinosa,
en las tierras de Burgos, más allá de las Estacas de Trueba y, según fuese quien soñase,
más allá de la Braguía y del Portón de la Lunada. Hasta en la capital se casaban, que yo lo
sé porque lo he visto.
Hoy, también veo las fotos aquellas y otras, fotos también, de pescadores y cazadores
que mienten más de lo que los otros hablaban y veo fotos de equipos de fútbol, de pelota y
de bolos y, en metopas, colmillos de jabalíes de cuatro patas, cascos de veleros entre otros
calendarios de colores, sustitutos de aquéllos de explosivos Río Tinto, embajadores de la
tristeza que también habitaba las bodegas de las casas con bombillas de 15 vatios y anuncios
otros veo, porque las cátedras del humo también deben ser subvencionadas.
A todos recuerdo y veo vestidos con camisas de Marín o de “la Flor”, las que luego les
ciñe al cuerpo el viento de la Bureba o el del Cubas y Puente Agüero y el del Miera por
Solares y el del Rudrón o el viento mismo de la Dársena de Molnedo o el otro que les ataca
mientras pasean por la Demanda o, aquel que les acerca a las bodegas de la Horra y el otro
que les invita a perderse por el Muelle de Gamazo o el que se las seca al sol de la Flora o el
que les ayuda a subir la “rampla” de Sotileza, camino de la Calle Alta, donde estaba el Hos-
pital de San Rafael, aquel que recibía los soldados sudorosos y rotos de Cuba.
También veo otros jugadores, señoritos del Salón de Recreo o de Pedreña o del Marí-
timo o aquellos del Club de Regatas, el del portal mismo de la Calle del Martillo desde el que
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sonaba, arriba en el cielo, por las ondas de la radio, aquello de que “…Cadún era el jabón de
las mujeres bellas” y lo de “…Okal, es el remedio superior”. luego, la emisión de la Ser ata-
caba la Sinfonía Azul y todo terminaba con el Himno Nacional.
Hoy son otros tiempos. Murió Francisco y han nacido 80 Adolfos pero, cada tarde, sigue
España dándose un respiro. ¡Ay! Si todos jugásemos a las cartas, tomásemos café juntos y
nos pasáramos el azúcar. ¡Ay! si habiendo café para todos, para todos se repartiera. ¡Ay! si
las reglas, como las fotos, se mantuvieran para no tener que repetirlas. ¡Ay!, Si volviera a
enseñarse una Historia y no diecisiete.
Termina el juego y sale a la plaza el claustro de profesores. El aire lo llena una murga
o un aurrescu, una sardana o una rumba, un tanguillo o una jota, una campurriana o un ai-
riño, ¿o es un chotis es música que llena la tarde?
Decía el Séneca que, en toda España, a eso de las tres, cada tarde y alrededor de las
cartas se impartían clases de opinión, de evidencia y de historia hasta para el sordo aquel
que no quería oír… Uséase… 2000. J.M.R.

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Cuarta etapa: 2002-2006

PALENCIA, 2007. EDUARDO CABALLERO (El Norte de Castilla, 26 de


agosto)
El pintor lo que hace es descontextualizar el Canal para reubicarle en otra dimen-
sión. De esta forma, aparecen en sus aguas grandes buques, yates reales, guardacostas,
petroleros... Todos ellos en funciones para las que nunca fue creado el Canal, como el
comercio de ultramarinos, la construcción de grandes barcos o el tráfico a gran escala.
Para ello, no duda
en extender el Canal
hasta la ciudad de
Santander, donde
debía de terminar
según el proyecto
original. Todo ello en
enclaves geográfi-
cos determinados,
como Alar del Rey,
Tamariz de Campos,
Frómista, Dueñas o
Medina de Rioseco.
Juan Mons
presenta un Canal
radicalmente dife-
rente, con un pasaje
marítimo revelador.
El objetivo es dar
una nueva vida al
cauce, un nuevo
sentido, una nueva
finalidad, siempre
en el escenario de la

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ficción, del sueño. Si
el Canal fue el fruto
de un sueño ilus-
trado, Mons ilustra
su particular sueño
sobre los nuevos
usos de esta obra
de ingeniería que
mereció siglos después de ser creada la declaración de bien de interés cultural con el fin
de protegerla.

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Juan Mons utiliza para cumplir su objetivo un lenguaje plástico basado en el color y en
la figura. Un color diversificado y de tonos vivos, que lo sitúan en la órbita de los fauvistas,
con una pincelada fuerte y vigorosa, que remarca los trazos de las figuras. Los colores son
el resultado de una paleta cromática pura, de rojos, azules y ocres vivos, que se combinan
en un mismo lienzo o se profundiza en cuanto a los tonos en otras obras monócromas, pero
intensas en su estructura. El excesivo color diversifica el cuadro, la limitación lo intensifica.

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Quinta etapa: A partir de 2006

BURGOS 2016. TEATRO PRINCIPAL


INDIOSINCRASIA-JOSÉ MARÍA IZARRA. 2016. BURGOS
Desprecia la sintaxis de las oraciones compuestas; si no queda más remedio, opta por
la coordinación en detrimento de la subordinación. La oración, la proposición, mejor simple
o fragmentaria. Cuantas menos palabras, fundamentalmente sustantivos, mejor; y el verbo,
a poder ser, en alguna de sus formas no personales, con predilección por el infinitivo. De-
masiadas cosas que decir, demasiadas que apuntar, ¡y tan poco tiempo! Se puede, sin em-
bargo, mirar la existencia desde otra perspectiva: las cosas importantes no son muchas y
se dicen en pocas palabras, en pocos trazos. Sea como fuere, admitiendo que ambos plan-

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teamientos son dables (a días) en una
misma persona, a la vez en contraste y de
acuerdo con lo esbozado hasta el presente
inciso, no sería difícil imaginarlo como un
ser desmedido, intelectual y físicamente,
tanto por lo que respecta a su talla como
a su envergadura, en relación de propor-
cionalidad directa la una con la otra.
También, por idénticas razones, ca-
bría suponerlo más chupado que la pipa
de un indio, pero ni el clérigo cerbatana ni
el ingenioso hidalgo, como un jefe sioux o
apache, si bien con algunas incongruen-
cias craneofaciales (sin plumas, rostro pá-
lido, más chato que aguileño, menos
cejudo que el aborigen de las Grandes Lla-
nuras y con una dentadura bastante más
poblada; nada, en fin, que no pueda disi-
mularse con el atrezo y el bronceado arti-
ficial correspondientes). Pero si una de las
patrias del hombre es el idioma –se le atri-
buyen varias y, paradójicamente, en exclusiva o con marchamo de autenticidad, como puede
apreciarse haciendo una simple búsqueda en Google– y, más que el idioma, su sintaxis, in-
congruencias craneofaciales aparte, el re-
ferenciado en estas líneas tiene, por
fuerza, que ser un indio, un gran jefe
indio.
–Hao, Toro Sentado.
(Para no herir susceptibilidades, qui-
zás hubiera sido mejor haberlo caracteri-
zado de Caballo Loco, apelativo más
sonoro y con unas connotaciones épicas y
románticas mayores, pero la condición de
éste, segundo de aquél, invalidaban tal po-
sibilidad.)
–Hao, botarate. Tú confundirme con
otro.
Primero, lo sustancial, botarate, re-
ferido con acierto a mi persona; luego, el
desmentido retórico de la propia identidad.
¿Se siente, acaso, más identificado con
aquel a quien Manolo Bouza entrevistara a
bordo de un haiga mientras recorrían el
cinturón de ronda del perímetro de sus
pantalones? Aquella entrevista imaginaria

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se publicó en Hygeia, y ya porque así se
indicara en ella, ya porque la cruel memo-
ria haya desfigurado el argumento en tal
sentido, los pasajeros hacían parada y avi-
tuallamiento en cada uno de los agujeros
del recorrido, sin que en ninguno encon-

traran acomodo para la hebilla con que anclar su


andadura parsimoniosa. Hay que apuntar, para que
pueda entenderse el significado de tal viaje, que el
vehículo circulaba por la izquierda, en sentido con-
trario a las agujas del reloj; esto es, marcando el
perímetro más amplio hasta el último agujero, per-
forado ex profeso al borde del precipicio, para an-
corar allí in extremis y, pasado el susto, hacer
parada y fonda, y dar por finalizada la interviú.
Aquel periplo habrían tenido que realizarlo
hoy en sentido inverso, circulando por la derecha,
hasta el agujero de una 52 como mucho. El con-
torno de un dedal en comparación con la talla que
se enfundaba antaño; la cintura de una sílfide
frente a la de un hipopótamo; la del ser desmedido
al que se ha hecho mención en el primer párrafo en
contraposición a la del indio con sus mismos ojos y
su misma inteligencia con el que ha tenido la suerte
de coincidir en su regreso al pasado (“La infancia
es la verdadera patria del hombre”, dictaminó Rilke)
para jugar a los indios.
–Yo era Toro Sentado.
Indio para dibujar y pintar,
también para escribir, con la libertad
más absoluta y esencialmente; indio
con la sabiduría del que ya ha reali-
zado el único viaje de ida y vuelta
posible (aprendizaje y paulatino ol-
vido) con aplicación y detenimiento;
indio para utilizar los diferentes pig-
mentos, siempre planos, como pin-
turas de guerra. El negro, en trazo
sinuoso y múltiple, para sus arque-
tipos, en los que, a diferencia de lo
que ocurre con el retrato, espejo del
individuo, puede reconocerse la hu-
manidad; el verde oscuro, tal vez su
preferido, para enmarcar cualquier
escena y para negar a los agoreros,
que lo tildan como el color que re-
presenta el principio de la muerte,
cercenador de la vida y la alegría; el
rojo, el azul, el violeta, el amarillo…
–El mostazamarilloamarillo-
mostaza.
Incidiendo sobre el particular,

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emplea el color al modo de los im-
púberes, tan intencionada como ca-
prichosamente; en todo caso,
huyendo de la mimetización con los
modelos naturales. Deforma la reali-
dad, para entenderla, para hacerla
comprensible y patentizar senti-
mientos y emociones, hasta situarse
en ocasiones a pique del sarcasmo y la caricatura. Más
despiadado
que piadoso,
más ácido que
amable, más
salvaje que ci-
vilizado, sin
apenas conce-
siones al gusto
de las amas de
casa y los fun-
cionarios muni-
c i p a l e s ,
entrañable a
pesar de todo
(de ello dan fe
algunos de sus
temas: el circo,
el paisaje y el
mar de su in-
fancia, sus mu-
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Página 94
jeres eternas, sus hombres perecederos…), nunca deja indiferente al espectador; al contra-
rio, lo sumerge (hasta la cintura, para que no se ahogue) en un mar de dudas acerca de la
importancia que hasta ese momento se había concedido a sí mismo.
Es él y, pese a las aproximaciones expresionistas que se han llevado a cabo para tratar
de ponerlo en el Olimpo, no se parece a ningún otro dios. Con su sintaxis llena de elipsis.
–Bien. El tiempo. Nos debemos ver ya…
¿Urgía así Toro Sentado al coronel Nelson Miles a mantener una reunión para establecer
las bases de una paz duradera entre las partes en litigio, un mes después de haber humillado
a las tropas al mando del famoso “general” Custertauromaquia en la no menos célebre ba-
talla de Little Big Horn?
Otras actividades artísticas: escultura

Calificadas en la página 68 unas como esporádicas y otras como anecdóticas, nos lim-
taremos en esta a mostrar, desde ángulos opuestos, la pieza escultórica de pequeño formato
titulada La siesta.

Página 95
Enlaces:

https://youtu.be/MvEQWoFGV54

https://www.lanuevacronica.com/el-centro-cultural-de-espanaduero-en-leon-expone-
70-obras-del-pintor-juan-mons

http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/canal-castilla-faro_1249993.html

https://youtu.be/2v4kGTrC-xU
Página 96
El regreso de Ulises
El mar omnipresente
extravía la estela
por los fosforescentes laberintos.
Abatido Odiseo
tu regreso naufraga
entre las asechanzas de los dioses.
Las sirenas reclaman
con su mortal susurro
la fuente de tu aliento azul de vida.
Otros pechos dorados,
letárgicos cual lotos,
tu corazón de anhelos encadenan.
Yace el broncíneo torso
en lechos como playas,
lujuriosas princesas te retienen.
Pasión de algas y arena

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estremece tu sexo
varado en el ensueño de la duda.
Pero siempre retornas
al piélago terrible
con la mirada puesta en el origen.
Y las olas dedálicas
confunden el camino:
Poseidón atormenta nuevamente.
Tantos años vagando
con el alma prendida
de aquel hogar lejano y engañoso.
Con los ojos velados
por el sueño inflexible
de aquel amor, cobijo del errante.
En vano con astucias
escapas al destino
para anclar en el puerto de acogida.
No arrancaste a Tiresias
su ciencia más amarga:
la mujer siempre oculta una tiniebla.
Penélope no espera,
tejiendo y destejiendo,
como una esposa fiel tu vuelta a casa.
Su seno y tu palacio
ya tienen nuevos dueños:
en Ítaca ni el perro te recuerda.

Roberto López
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Ausín Sainz
Poema para Tino,
mi poeta hermano
Y es que va a ser verdad
que sólo escribimos un verso,
constante,
eternamente,
sin desmayo
y que no vale de nada crecer,
amar,
buscar sentido a esto del vivir
y que va a ser cierto,
hermano,
que sólo somos sueño
y que aquello que soñamos
se repite sin piedad,
i
nex
cu
sa
ble
men
te,

Página 99
desde que asumimos que vale,
que está bien,
que lo admitimos,
que sólo somos eso:
sueño y llanto
porque nos condenaron a salir,
nos expulsaron,
de nuestro único reino,
de aquella juventud que nos exiló temprano
y entonces hicimos un poema,
temprano también,
eterno,
de todo ello...;
un único poema repetido con mil trucos,
con mil rimas,
que hemos aprendido muy bien a engañar,
a engañarnos,
a vender de matute lo robado a otras vidas...;
un único verso que rebota,
incesante,
en las paredes donde apenas ya si caben
aquellas certezas que lo alumbraron…;
tantas penas,
tanta angustia y tanta rabia por no habernos ido,
por no habernos muerto con los muertos
y seguir sin saber
vivir entre los vivos...
Ya ves, Tino, mi poeta hermano,
un sólo verso,
nuestro universo,
la razón de ser,
el sueño.
Jesús Barriuso 15 de noviembre de 2017
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Ausín Sainz
Se convierte en palabra

Se convierte en palabra
el silencio mudo
que evita los labios
o el oído de las voces.

Y con esa palabra


tú lo entiendes todo,
lo imaginas,
y hasta puedes verlo.

Pero más aún, lo sientes,


con todos los sentidos,

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el sexto o el infinito,
o más importante…

La conjugación de esta voz media


del verbo sentir
en un sentirme reflexivo
o en un sentirte.

Y más allá,
un sentirnos,
como algo mutuo
totalmente tuyo y mío…

Totalmente nuestro,
como la palabra,
y como el silencio,
nuestro.

19-19, 20-09-2018.

Donato Miguel Gómez Arce


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Ausín Sainz
Las tempestades de Júpiter

La Ataxia Espinocerebelosa tipo 7 (SCA7) es una enfermedad rara, hereditaria,


degenerativa y sin cura. Hace unos meses oí hablar de ella por primera vez. Nunca antes
había sabido de ella, era algo absolutamente desconocido para mí. Pero, ¿qué es la SCA7?
Una enfermedad que te anula. Afecta a la coordinación, al equilibrio; provoca pérdida de las
capacidades motoras; conduce a la ceguera. Los enfermos acaban sus días postrados en la
cama, sin poder hablar, sin poder comer, sin poder moverse. Sin independencia, sin voz
propia. Como individuos primero y como sociedad después deberíamos plantearnos una
cuestión: ¿qué significa esto?

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La SCA7, como tantas otras enfermedades raras, es desconocida y no tiene cura. Por
el momento en España no se está llevando a cabo ninguna investigación al respecto, no se
está avanzando en ningún tratamiento. Pero la enfermedad sí avanza.
En Guadalajara vive la familia Romero Chicharro. Son un matrimonio y sus cinco hijos.
Conviven con la SCA7 a diario. La madre y dos de los hijos padecen esta enfermedad y otra
hija falleció hace unos años a causa de la misma. Y, ¿qué hacer cuándo toda la esperanza se
reduce a ver cómo, a cada día que pasa, la situación solo empeora? No es un día más, sino
un día menos. Así, decidieron dar un paso al frente y contar su historia enfrentándose a su
dolor, sus miedos y su propio drama familiar. Y así nació “Las Tempestades de Júpiter”.
“Las Tempestades de Júpiter” es un documental que verá la luz en 2019 y que aborda
la realidad de esta familia afectada por la enfermedad. Una familia que representa la lucha,
la fortaleza por continuar, por no dejar de caminar nunca hacia adelante. Pese a los
obstáculos y la ignorancia del resto. Otra de las grandes condenas que sufren es la soledad
y el abandono a los que se ven abocados. No pueden escapar de un cuerpo que les atrapa.
¿No somos todos culpables de esto? ¿No somos todos, en parte, cómplices?
¿No podríamos ayudar a estos enfermos a encontrar algún tipo de sosiego, algún tipo
de libertad? ¿No deberíamos liberarles de su carga? Tal vez deberíamos pararnos un instante
y pensar en que quizás hay alguien alrededor nuestro que vive prisionero de su realidad, de
sus condiciones. Quizás tú puedas salvar a alguien.
Dirijo este proyecto, intento organizar las ideas y ahondar en la complejidad humana.
Dicen que la vida es injusta, ¿y las personas? ¿A qué le tenemos tanto miedo? ¿Por qué
huimos cuando nos topamos con una enfermedad cuyo final sabemos que es trágico?
¿Huimos para no tener que enfrentarnos al dolor? ¿Huimos porque somos
egoístas?
¿Por qué esta sociedad da la espalda a los que solo les queda el corazón para sentir?
Que han perdido todo lo demás.
Dicen también que una persona no puede cambiar el mundo, ¿y tu mundo? ¿Y si todos
cambiáramos nuestros mundos? Y si, al menos, tendiéramos la mano una vez. Y si nos
fijáramos en personas como este padre de familia, que lleva años plantándole cara a una
enfermedad que se está llevando todo lo que más ama. La valentía, el coraje y la serenidad
para no rendirse, para levantarse cada día y seguir. Por regla general todos nos enfrentamos
a un nuevo día sabiendo que pueden ocurrir cosas maravillosas, esperando a que llegue
esa semana de vacaciones o persiguiendo nuestras metas. Pero ellos no pueden. Ellos solo
pueden esperar a que otro día pase, y después de ese, otro. Ellos solo pueden sufrir en
silencio, porque el resto no escuchamos. Ellos no pueden. Sencillamente no pueden. Pero lo
intentan. Y, una vez más, se demuestra que no hay arma más efectiva que el arte. El arte
como voz, el arte como salvación. El arte como retorno y como encuentro. Nunca dejemos
de creer en la magia del arte, en la verdad que esconde y la esperanza que alberga. Porque
puede que la vida sea injusta y el mundo un lugar a menudo incomprensible, pero el arte es
la compensación. El arte existe para que podamos seguir imaginando, buscando y creando
algo mejor. Un mundo mejor.

Lia Willems-Gómez

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Ausín Sainz
Ausín Sainz

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