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UNIVERSIDAD CATOLICA DE PEREIRA

FACULTAD DE HUMANIDADES.
LICENCIATURA EN EDUCACION RELIGIOSA.
ANTROPOLOGIA CULTURAL.

PROFESOR: LUIS ALBERTO HURTADO GONZALEZ.

JUSTIFICACION.

La inclusión de la asignatura ANTROPOLOGIA CULTURAL en la LICENCIATURA


DE EDUCACION RELIGIOSA, es un reconocimiento a la importancia de esta
disciplina en la formación de profesionales de la educación los cuales deben ser
conocedores del origen, la estructura y dinámica de la cultura. Este estudio, nos
hará apropiarnos de conceptos, investigaciones y otros elementos que nos
permitan asumir una actitud crítica y de compromiso con los procesos de
formación y orientación de seres humanos.

La abundante literatura recopilada en un sinnúmero de libros y escritos en


nuestro medio, nos posibiitará aproximarnos al conocimiento de nuestra cultura, y
a la identificación de los problemas que han existido dentro de ella.
Es por lo anterior que el presente programa ha sido construido a partir de
documentos de trabajo elaborados por diferentes autores, los cuales deberán
ser leídos con un espíritu crítico y analítico.

METODOLOGIA.

La cátedra de ANTROPOLOGIA CULTURAL, se desarrollará a partir de lecturas


de textos preparados por el profesor, las cuales serán el artefacto de cada clase.
Por lo tanto, cada estudiante debe apropiarse del documento tema con
anterioridad, como condición necesaria para poder participar activamente de ella.
Como lo dije antes, la lectura como artefacto y la pregunta como artificio, será la
manera de desarrollar los temas teóricos propios de la asignatura. Partir de
preguntas problematizadoras y lograr establecer un diálogo con el texto, nos
permitirá realizar escritos (informes),que puedan ser producciones reflexivas de
cada estudiante..
Igualmente, la realidad social será el laboratorio propio de la cátedra. Se realizarán
observaciones de problemas previamente identificados los cuales serán
expuestos al grupo de tal manera que nos permita conocer, identificar y plantear
alternativas de solución.

Evaluación.

La valoración cuantitativa final de cada estudiante será el resultado de la


sumatoria de una serie de elementos como: la participación y la puntualidad ,
10%, la presentación de informes los cuales deberán efectuarse al culminar cada
sesión, tendrá un valor del 20%. La nota de exposición del trabajo final, se
valorará con el 30%.

ESTRUCTURA DEL PROGRAMA.

PRIMERA PARTE. Es una aproximación al objeto y campo de la ANTROPOLOGIA


CULTURAL. . Concepto de Cultura. Pluralidad cultural. Nuestra cultura
latinoamericana.

LOGROS. Comparar el concepto de cultura, con otros conceptos. Identificar otros


rasgos culturales.
.
SEGUNDA PARTE. Es analizar el contexto histórico de la ANTROPOLOGIA
CULTURAL. Cuáles fueron sus raíces. Cómo ha sido su desarrollo.

LOGROS. Identificar cómo se han constituido las culturas.

TERCERA PARTE. Interpretación y análisis de lectura: INTRODUCCION SOBRE


LAS REGLAS QUE RIGEN LA COMUNICACIÓN ENTRE LOS
INTELECTUALES. (Dietrich Schwanitz. LA CULTURA. Edit. Taurus 2004)

LOGROS. Identificar elementos “distorsionadores” de la cultura. Elaborar


reflexiones sobre la lectura.

CUARTA PARTE. Exposición de trabajos realizados acerca de la relación que


existe entre la religiosidad y la cultura. (Trabajo de campo).

LOGROS. Determinar la relación que existe entre religiosidad y cultura.

LECTURAS COMPLEMENTARIAS.

Participación, Democracia y Educación: Cultura escolar y Cultura popular.(Marcos


Santos Gómez. Universidad de Granada. Revista de Educación. ) Documento
anexo.

Educación Formación y Cultura. Documento anexo.


1. EL CONCEPTO DE CULTURA

El concepto de cultura lo utilizamos con dos significados diferentes aunque


íntimamente relacionados. Uno se refiere a las obras producidas por los diferentes
pueblos en la larga y ancha historia de la humanidad. Hablamos así de desarrollo
cultural, manifestaciones y eventos culturales, culturas antiguas o modernas, etc.
El otro significado hace referencia al conjunto de conocimientos y hábitos que
posee una persona. Así decimos de alguien que es culto o que tiene gran cultura,
y de otro que no tiene cultura.

Ambos significados provienen de la misma etimología. El término cultura se deriva


de cultus, participio pasado del verbo latino colere que significa cultivar.

El vocablo se aplica en sentido real al campo: de ahí agricultura. Pero en sentido


metafórico se aplica también a la vida humana como algo que necesita ser
cultivado: la educación es un cultivo del espíritu, de los valores o cualidades del
ser humano. El producto del cultivo tanto de la naturaleza como el propio sujeto es
cultura. Ella comprende, por tanto, todas las expresiones de la creatividad
humana: ciencia, técnica, arte, religión, etc.

La relación del ser humano con la cultura es doble. Por una parte la cultura es
producto del ser humano. Pero, por otra, el ser humano es producto de la cultura.
En su relación con la naturaleza el ser humano descubre innumerables
posibilidades de mejorar su situación. Distintas cosas del entorno se le revelan
como medios para alcanzar determinados objetivos. Inventa útiles, instrumentos y
máquinas, descubre leyes, crea obras de arte, organiza sistemas de signos que le
permiten comunicarse, etc.

Las cosas naturales comienzan así a cobrar nuevas formas. Podemos decir que la
cultura es fruto de la acción formalizadora del ser humano. Por medio de ella la
naturaleza se humaniza.

Cada pueblo posee su estilo característico de formalizar la realidad; lo cual


constituye su cultura peculiar. La comunicación entre los pueblos tiende a
homogeneizar o universalizar la cultura, puesto que todos procuran asimilar
aquellos logros que abren nuevos horizontes de posibilidad sin importar quién los
haya descubierto.

El símbolo constituye la expresión de la actividad formalizadora. Dar forma a una


cosa es imprimir en la relación formal la posibilidad para el ser humano, un
sentido nuevo. Todas las realidades culturales poseen un contenido simbólico, que
consiste en una formalidad con sentido.

La capacidad de crear símbolos ha permitido a algunos definir al ser humano


como un animal simbólico. Los antropólogos saben bien la importancia del estudio
de los símbolos para entender una determinada cultura.

En toda cultura podemos distinguir tres grandes niveles o componentes: las


industrias, las instituciones y los valores. El nivel de las industrias incluye los
medios técnicos de la producción: herramientas, máquinas, instrumentos; los
productos conseguidos con ellos, y todos aquellos objetos que poseen un carácter
documental, como son las obras de arte, los libros, los descubrimientos científicos,
etc. Al desarrollo alcanzado por un pueblo o por toda la humanidad en este nivel
se le da el nombre de civilización. La facilidad de transmisión de los productos o
industrias de un pueblo a otro hace que, en este nivel, las diferentes civilizaciones
hayan ido integrándose hasta alcanzar una sola civilización universal. Los
conceptos de desarrollo y subdesarrollo corresponden a este nivel.
El segundo nivel, de las instituciones, consiste en el conjunto de normas y
organizaciones que un pueblo va estableciendo para vivir en sociedad y manejar
sus industrias. Cada sociedad cuenta con instituciones familiares, políticas,
religiosas, económicas, educativas, etc. En este nivel son más marcadas las
diferencias entre los pueblos y más difícil su universalización. Más aún, las
instituciones poseen un claro carácter moral que hace difícil su cambio. Aquí el
concepto de subdesarrollo se vuelve ambiguo: no siempre la pobreza de recursos
materiales va acompañada de una deficiente organización institucional.

El tercer nivel está constituido por los valores. Es el nivel más profundo y menos
material de la cultura. Entendemos por valores las formas peculiares como un
grupo aprecia o estima los distintos aspectos significativos de la existencia: el
trabajo, la fecundidad, la divinidad, el tiempo, la muerte, la propiedad, etc. Los
valores se manifiestan en las prácticas sociales, las costumbres y tradiciones de
un pueblo. Las tradiciones son su memoria viva. También se manifiestan en
aquellas representaciones sensibles, imágenes y símbolos que constituyen la
identidad de un grupo.

Este nivel de los valores o axiológico ha sido denominado núcleo ético-mítico de


un pueblo, por cuanto en él reside el fundamento de su horizonte axiológico, la
justificación de su existencia histórica y de su forma de vivir. Es aquí donde se
halla la cosmovisión de un pueblo. Algunos símbolos e imágenes la manifiestan
con claridad. Otros exigen un trabajo de interpretación pero todos corresponden a
valoraciones vitales del grupo.

2. PLURALIDAD CULTURAL

Todas y cada una de las culturas tienden a afirmar aquellos valores culturales que
las configuran y particularizan, como único horizonte de existencia socio-cultural.
En esta forma, las culturas tienden a unilateralizarse, a dogmatizarse, a auto
formularse y erigirse como “única explicación válida de la realidad” y dentro de la
cual la existencia humana adquiere un pleno y cabal sentido. Al afirmarse a sí
misma como única, cualquier cultura pierde de vista que puede haber otras
culturas de valor semejante, pero con un sentido de la realidad diferente.

En el proceso de comprensión de las relaciones interculturales han existido


criterios que han negado la afirmación de un pluralismo cultural. En la antigüedad,
la cultura griega se levantó como prototipo de la cultura, y todo lo que no fuese
griego era tenido como “bárbaro”. Los romanos pensaban lo mismo de los pueblos
no latinos.

Posteriormente existieron otros pueblos que mostraron superioridad cultural frente


a otros: los españoles discriminaban al moro y al judío, y posteriormente a los
indios americanos, calificándolos como “nuevos moros”, salvajes, bárbaros,
“homúnculos”, etc. El pueblo alemán discriminó al judío, al que no pertenecía a la
raza aria, y desató su persecución y genocidio.

La dominación cultural, la imposición de modos de vida, pensamientos,


valoraciones, creencias, idioma, etc. de unas culturas sobre otras, ha
desembocado siempre en la aniquilación de las más débiles, debido a la negación
radical o el no reconocimiento de la pluralidad cultural.

No existe legitimación alguna del hecho de que una cultura llegue a autoafirmarse
como mejor que otra y, en consecuencia, a intentar dominarla o destruirla para
implantar sus propias concepciones. Ninguna cultura es mejor o peor que otra,
sencillamente porque el fundamento y la esencia de toda configuración cultural es
el ser humano. Por encima de las particularidades culturales se halla el ser
humano, creador de su propia cultura, la cual responde a sus vivencias y
aspiraciones.
El expansionismo europeo a partir del siglo XV fue configurando un eurocentrismo
cultural mediante el sometimiento de los pueblos conquistados, la destrucción de
sus culturas y la imposición de la cultura europea.

Contra la práctica histórica del colonialismo cultural, hemos de afirmar que todos
los pueblos tienen derecho a la autodeterminación y la autonomía cultural. Todo
pueblo es dueño de su propio destino y, en tal sentido, es fundamental el
reconocimiento de su identidad cultural y sus diferencias con respecto a otras
culturas.

Es necesario insistir en el hecho de que el conjunto de los pueblos conforman una


constelación de culturas, un universo de símbolos en donde cada una es
integrante de ese pluralismo que enriquece las manifestaciones de la existencia
humana. La cultura no se enriquece unificando el modo de ser y la identidad de los
pueblos. Al contrario, la libre manifestación de las diferencias culturales es lo que
permite seguir acumulando matices de riqueza y alimentando el surgimiento de
nuevos elementos en la producciones culturales.

Es necesario, entonces, aceptar que en el interior de cada cultura le es planteado


a sus integrantes el reto de la búsqueda y el sentido de las propias prácticas y
contenidos culturales como elemento indispensable para conjugar el pluralismo, la
autonomía y el respeto cultural entre los diversos pueblos.

3. NUESTRA CULTURA LATINOAMERICANA

Visto ya lo que se entiende por cultura y antes de iniciar un breve recorrido por
nuestro pasado cultural, hemos de preguntarnos por la posibilidad de hablar
propiamente de una cultura latinoamericana. Vemos, por una parte, que existe un
conjunto de rasgos culturales característicos de nuestro pueblo, que son producto
de una larga historia particular, en la que se mezclan elementos de diferentes
culturas. Pero, por otra parte, observamos también grandes diferencias entre los
distintos pueblos que conforman el subcontinente latinoamericano.

Existen naciones como Bolivia, Perú, Ecuador, Guatemala y México, en las que
predomina el elemento etnocultural amerindio, debido a que buena parte de su
población ha sufrido un bajo grado de mestizaje y a que han perdurado con más
fuerza las tradiciones indígenas por ser descendientes de los grandes centros de
civilización precolombina: incas, mayas y aztecas. Actualmente, además, se
vienen revalorizando dichas tradiciones en orden a definir una identidad nacional
que permita encauzar los esfuerzos de desarrollo.

Muy diferente es la situación de naciones como Argentina y Uruguay, conformadas


por una población en su mayoría “trasplantada” desde Europa. La escasa
población aborigen y mestiza que poseían estas naciones a finales del siglo
pasado fue deliberadamente aplastada y prácticamente sustituida por un alud de
inmigrantes europeos que pronto hizo de ellas una prolongación etnocultural de
Europa.

El resto de las naciones, como es el caso de Colombia, poseen una población


mestiza integrada por grupos en los que predomina más o menos notoriamente
alguno de los tres tipos raciales, indio, blanco o negro, que han dado origen a la
población actual. Acorde con esa mezcla se da una pluralidad de tradiciones y
estilos culturales que hacen difícil hablar de homogeneidad al interior de cada
nación. Entre nosotros, por ejemplo, cambian mucho los rasgos culturales entre
los habitantes de las grandes ciudades y los campesinos o entre el sector
hegemónico y el marginal.

Ahora bien, a pesar de todas estas diferencias, tan significativas, existen muchas
similitudes y coincidencias que nos permiten agrupar a los distintos pueblos bajo el
nombre de Latinoamérica o Iberoamérica, no sólo basados en su ubicación
geográfica, sino en una historia, unos rasgos étnicos, un estilo de vida, una
hermandad lingüística, una dependencia económica, una religiosidad, etc. Todo
ello justifica el que nos planteemos el problema de la cultura latinoamericana con
el propósito de conocer mejor sus orígenes y su desarrollo histórico.

4. RAICES CULTURALES EN EL VIEJO MUNDO

La cultura occidental, a la que nosotros pertenecemos, comenzó a desarrollarse


en el continente euroasiático en los últimos milenios antes de Cristo. Durante miles
de años el homo sapiens habitó la tierra en forma rudimentaria, como cazador
nómada. La gran revolución cultural tiene lugar hace unos diez mil años, cuando
algunos grupos humanos, en el continente asiático se vuelven agricultores
sedentarios.

El asentamiento de poblaciones numerosas en zonas fértiles y el descubrimiento


de los metales da lugar a la aparición de grandes civilizaciones a partir del cuarto
milenio a. de C., con las que se inicia la historia propiamente dicha de la
humanidad. Esto sucede en la fértil región de Mesopotamia, regada por el Tigris y
el Eufrates, en el valle del Nilo, donde florece la gran cultura egipcia, en el valle del
río Indo las culturas Mohenjo-Daro y Harappa, y en el valle del río Amarillo la gran
cultura china. En ellas alcanzan gran desarrollo la escritura, el arte, la organización
social en todas sus formas, la religión y numerosos conocimientos que darán
origen más tarde a las distintas ciencias.

Dentro de este despertar cultural hay dos conjuntos de pueblos que originan
directamente la cultura occidental, que siglos más tarde llegará a tierras: son los
indoeuropeos y los semitas. Los indoeuropeos provienen de las grandes estepas
euroasiáticas. Gracias a la utilización del caballo se movilizan rápidamente e
invaden las regiones más fértiles. Entre ellos tenemos a los hititas que descienden
a Mesopotamia; los medos y los persas; los arios, que invaden la India; los celtas,
itálicos y helenos, que se extienden por Europa.

Los semitas son originarios del gran desierto arábigo. Entre ellos encontramos a
los acadios, que se establecen en Mesopotamia; los amorreos, cananeos, fenicios,
arameos, hebreos y caldeos, que se extienden por Siria, por la región costera
oriental del Mediterráneo y más tarde desde Egipto por el norte de África.

Aunque ambos conjuntos de pueblos son en sus orígenes culturalmente pobres,


sus continuas incursiones los convierten en vehículo de un intenso intercambio
cultural que propiciará el gran desarrollo de la cultura occidental, de la que Atenas,
Roma y Alejandría constituyen los focos principales en la Antigüedad. Además su
importancia radica en que poseen un pensamiento particular que originará en un
pueblo indoeuropeo la filosofía griega y en uno semita la religión cristiana. De la
unión entre ambos resulta la cosmovisión de la cristiandad que siglos más tarde
llega a América y que aún perdura en nuestros días.

Los indoeuropeos son dualistas: enfatizan la distinción y separación entre dos


principios constitutivos del universo, el espíritu y la materia, positivo o perfecto el
uno y negativo o imperfecto el otro. Así, el ser humano está compuesto de dos
partes o elementos: el alma y el cuerpo. Este dualismo se manifiesta en la filosofía
y la religión. Para Platón el cuerpo es la “cárcel” del alma; para los hindúes, es
apariencia; para los maniqueos, es el origen del mal como todo lo material.

Para ellos la unidad, la inmovilidad y la eternidad son atributos de perfección, que


pertenecen al Ser supremo, a la divinidad. Lo natural y lo humano carecen de
valor por estar sujetos a caducidad y pluralidad. La historia es una simple
repetición de acontecimientos sin una finalidad definida. El ser humano se halla
sometido al destino, a la reencarnación, al cumplimiento ciego de una voluntad
divina caprichosa e inmutable.

También la moral está imbuida de dualismo entre los indoeuropeos. La perfección


se alcanza rechazando lo corpóreo y consagrándose a lo espiritual. Así justifican
los griegos el valor de la ascética y el ideal de la contemplación, los budistas la
búsqueda de la inmovilidad total en el nirvana, los maniqueos el desprecio de todo
placer corporal, del matrimonio, de la procreación, etc. La búsqueda de la
perfección es una tarea individual, que se debe realizar en la soledad, en el retiro
del mundanal ruido.

La antropología de los semitas, al contrario, es unitaria. Para ellos lo corpóreo, lo


anímico y lo espiritual no son partes sino dimensiones en las que se desarrolla la
vida del ser humano, que es una unidad. En la Biblia leemos cómo todo en la
creación es bueno por naturaleza. El mal aparece con la libertad del ser humano,
capaz de orientar su vida en contra de los planes de Dios. La historia es un
peregrinaje hacia el cumplimiento de una promesa de perfección y felicidad total.
El ser humano es imagen de Dios y, por ello, posee una dignidad irreconciliable
con la esclavitud y el pecado.

Además, el pueblo hebreo posee un profundo sentido comunitario: la salvación es


tarea de todo el pueblo. Todos somos hermanos. Cada uno alcanza su perfección
amando y respetando el prójimo. El ser humano perfecto no es el que sabe
muchas cosas, sino el profeta, el que recuerda al pueblo permanentemente cuál
es la voluntad de Dios y le invita a serle fiel. El ideal de perfección es la justicia, la
práctica del derecho, entendido éste como el amor a los demás, el respeto a sus
derechos, el servicio y la defensa del desvalido. Sólo así es posible edificar la
verdadera comunidad, en la que todos somos iguales y, por tanto, hay equidad,
paz y bienestar.

Como decíamos, la cultura que ha llegado hasta nosotros es resultado de la


mezcla de estas dos corrientes culturales, la indoeuropea y la semita. A la primera
pertenece el pueblo griego, donde se produce un extraordinario desarrollo
filosófico, artístico, político y científico a partir del siglo V a. de C. Baste con
mencionar los nombres de Sócrates, Platón y Aristóteles en el campo de la
filosofía; Fidias, Praxíteles, Tirteo, Safo, Esquilo, Sófocles en el del arte; Heródoto,
Pitágoras, Hipócrates, Ptolomeo, Galeno, Euclídes, Arquímedes en el científico.
A la corriente semita pertenece el pueblo hebreo, en el que una larga serie de
profetas predican una religión de amor y justicia que culmina en el evangelio del
amor universal proclamado por Jesús de Nazaret, del que surgirá el cristianismo.
Durante los primeros siglos de nuestra era el pensamiento religioso hebreo se
fusiona a través del cristianismo con la cultura helenístico-romana, que es
difundida por todo el mundo civilizado por el gran Imperio Romano. Así se
configura durante la Edad Media una nueva civilización, la cristiandad, que integra
a todos los pueblos europeos, desde Rusia hasta España, bajo una misma
cosmovisión.

A partir del VII se extiende por todo el norte de África, España y el Próximo Oriente
el Islam, que amenaza con destruir la cristiandad. El Islam nace como un
movimiento religioso bajo la inspiración del profeta Mahoma; pero pronto se
convierte en un gran imperio, debido al fanatismo de sus numerosos seguidores.
Después de haberse apoderado de la Península Ibérica, Carlomagno logra frenar
su invasión por occidente. Por oriente amenazan los turcos. Contra turcos y
mahometanos la cristiandad se ve obligada a organizar sus ejércitos. Así
comienzan las Cruzadas, como guerras santas, para rescatar los Santos Lugares
y abrir de nuevo las vías de comercio con el Lejano Oriente, vitales para la
economía mercantil europea.

En este clima de guerra político-religiosa van a nacer España y Portugal, los


pueblos que colonizarán nuestras tierras. Cuando los conquistadores llegan a
América, vienen con una mentalidad de guerra contra el infiel alimentada durante
los siete largos siglos que duró la reconquista de España.

En el terreno intelectual, durante los primeros siglos del cristianismo tiene lugar el
gran desarrollo de la patrística. Más tarde, a partir del IX, impulsado por el
surgimiento de las escuelas y el renacimiento carolingio, surge el movimiento de la
Escolástica que renovará el pensamiento teológico, filosófico e incluso científico.
En el siglo XIII se recupera para occidente el pensamiento aristotélico, gracias al
genio filosófico de Tomás de Aquino y a la labor de los filósofos y traductores
árabes. Se fundan las primeras universidades en París, Oxford, Bolonia, Papúa,
Salamanca, etc., que servirán a la divulgación del saber en todos los campos y
prepararán el gran avance científico de la cultura occidental en el siglo XV, con el
Renacimiento, que abre las puertas a la Edad Moderna. Como su nombre lo
indica, el Renacimiento consiste en un resurgir de la cultura en el arte y la ciencia,
rompiendo los viejos cánones. Miguel Ángel, Rafael, Leonardo da Vinci,
Copérnico, Nicolás de Cusa, Miguel Servato, son sólo algunos nombres
representativos.

El descubrimiento de la imprenta constituye un aporte decisivo a la rápida difusión


del saber. El empleo de brújula abre nuevos caminos marítimos. El afianzamiento
del comercio internacional en las grandes ciudades da origen a una nueva forma
de economía, el capitalismo, sobre las ruinas del régimen feudal.

La necesidad de intensificar el comercio con el Oriente obliga a los pueblos


marítimos occidentales a buscar nuevas rutas. Enrique El Navegante, de Portugal,
dirige sus naves bordeando el continente africano. Colón, apoyado por los Reyes
Católicos de España, se lanza a la travesía del Atlántico seguro de que alcanzará
las Indias Orientales, porque la tierra es redonda. Como resultado de esa
aventura, un nuevo continente, el nuestro, va a incorporarse a la historia de
occidente.

5. RAICES CULTURALES PRECOLOMBINAS

En las nuevas tierras descubiertas por Colón, aislados del desarrollo cultural de
Occidente, vivían numerosos pueblos que poseían culturas muy rudimentarias, a
excepción de algunos más desarrollados como eran los incas, los mayas y los
aztecas. Sin entrar a describir las particularidades de cada uno, podemos
mencionar algunos rasgos comunes que nos permitan valorar estas culturas sin
caer en el extremo del menosprecio ni en el de la mitificación.

La economía de estos pueblos estaba basada en la agricultura, como principal


medio de sostenimiento. Eran fundamentalmente vegetarianos. Cultivaban sobre
todo el maíz que constituía el alimento básico, también cultivaban la papa, el fríjol,
la yuca, el algodón, etc.

Hay que destacar la perfección del sistema de regadío utilizado por los incas. A la
agricultura se unía una minería rudimentaria, la elaboración de tejidos, la
orfebrería y un pequeño intercambio comercial entre los pueblos más vecinos, que
se hacía difícil por la escasez de comunicaciones debida a las dificultades del
terreno y a la carencia de animales de carga y vehículos.

Todos ellos eran pueblos profundamente religiosos. Las distintas actividades de la


vida familiar, agrícola y social estaban consagradas a alguna divinidad que
encarnaba poderes o fuerzas de la naturaleza. A estas divinidades se les ofrecían
sacrificios, muchas veces consistentes en víctimas humanas, para obtener su
protección. Cada pueblo poseía una rica mitología que fundamentaba las
tradiciones religiosas y daba razón del origen del mundo, de la humanidad y de las
instituciones.

Son dignas de admiración las grandes construcciones arquitectónicas, que tenían


casi siempre una finalidad cultica. Entre los aztecas se destaca la ciudad de
Tenochtitlán y la de Teotihuacán, con sus templos y pirámides. De la cultura maya
se conservan bastantes ciudades con numerosas construcciones monumentales
de gran riqueza artística: templos, pirámides, palacios, patios de juego.
Sobresalen las ruinas de Tical, Uxmal, Chichón Itzá, Copán, Bonampak. El valor
de la arquitectura inca es evidente para quien contempla la monumental ciudad de
Cuzco donde se encuentran palacios, acueductos, magníficos templos y la
importante fortaleza Sacsahuamán. También son dignas de mención las ruinas de
Machu Picchu. Además de la arquitectura, el ingenio artístico se manifiesta en la
cerámica, en la policromía de los dibujos y tejidos y en el trabajo de los metales
preciosos.

La organización social y política en estas grandes culturas revela también un


elevado desarrollo. Sobre todo los incas lograron organizar un verdadero imperio
con eficaces sistemas de comunicación y control. La suprema autoridad residía en
el emperador, emparentado con la divinidad, y se trasmitía hereditariamente. La
organización social era piramidal, distinguiéndose en ella varias clases o estratos
sociales: militares, sacerdotes, gobernantes, mercaderes y el pueblo en general.
El sentido comunitario era bastante fuerte, derivado de la agrupación en clanes.
Entre los incas se daba un cierto tipo de socialismo.

Los aztecas poseían una escritura pictográfica por medio de la cual conservaban
sus tradiciones. Gracias a la labor de los cronistas han llegado hasta nosotros
algunas obras literarias. Sin embargo, la mayoría de sus libros fueron quemados
por los misioneros para facilitar la conversión. La escritura maya era la más
perfecta, de tipo ideográfico o simbólico; pero hasta el momento no ha podido ser
descifrada. Los incas no poseían escritura; para conservar las tradiciones se
valían de los quipus, consistentes en conjuntos de cuerdas, de diferentes tamaños
y colores y con nudos a distintas distancias, cuyo significado también nos resulta
enigmático.

Al lado de estas grandes culturas, no podemos dejar de mencionar a los muiscas,


el más importante de los pueblos que habitaban el territorio colombiano actual,
ocupando la región que hoy corresponde a Cundinamarca, Boyacá y sur de
Santander. Hablaban la lengua chibcha. Aunque no poseían escritura, han llegado
hasta nosotros algunos mitos y pictografía, a través de los cuales y de las
narraciones de los cronistas conocemos algunos rasgos de su vida,
fundamentalmente agrícola. En el campo de lo orfebrería se destacan sus
magníficos trabajos decorativos en oro. En la región de San Agustín se conservan
numerosas representaciones escultóricas de oro pueblo vecino cuya cultura
resulta bastante misteriosa.

6. DESARROLLO CULTURAL LATINOAMERICIANO

Estos pueblos, desconocidos para la civilización occidental, son descubiertos por


Colón en 1492, quien creía haber llegado a las Indias orientales. Así, por pura
confusión nuestros aborígenes reciben el nombre de indios. Debido a su menor
desarrollo cultural son vistos como salvajes por los europeos y pronto el ansia de
riquezas que mueve a éstos a cruzar el peligroso océano hace a los aborígenes
presa de un saqueo despiadado, que termina por destruir todo su pasado cultural.

La forma como se realizó la conquista habla por sí sola. Españoles y portugueses


invaden en varias décadas las tierras del continente. Unas veces sin resistencia y
otras con ella, someten a todos los pueblos dejando a su paso el saqueo, la
violación y la muerte. Los conquistadores se sienten dueños y señores de las
nuevas tierras, sin reconocer ni respetar derecho alguno en los aborígenes. Estos
son sometidos a esclavitud y forzados al cultivo de la tierra y a la explotación de
las minas para enriquecer rápidamente a sus nuevos señores. Muchos mueren
defendiéndose, otros agotados por los pesados trabajos y los castigos o por las
nuevas epidemias que diezman en poco tiempo a la población aborigen.

El saqueo y la muerte son justificados con objetivos seudohumanitarios. El


conquistador cree poseer la verdadera cultura y la verdadera religión; lo cual
según él, le confiere el derecho y el deber de educar y evangelizar al aborigen.
Para ello es necesario someterlo, hacerle renegar de sus creencias y tradiciones,
enseñarle la nueva lengua y la nueva religión. La cruz y la espada se unen así,
como se habían unido durante varios siglos en las guerras europeas, para someter
y cristianizar el nuevo pueblo infiel. La única excepción a esta actitud inhumana la
constituyen algunos valientes religiosos, como Motolinía, Bartolomé de Las Casas,
Juan de Sahagún y otros, que denuncian abiertamente las injusticias cometidas
contra los indios, a cuya defensa consagran su vida.
Concluida la conquista de las tierras, da comienzo el proceso de colonización,
durante el cual se va definiendo el nuevo ser cultural del pueblo latinoamericano.
Aparecen las nuevas configuraciones étnicas mestizas, la esclavitud en gran
escala de la que provienen las tan marcadas diferencias de clase, la forma de
organización económica que más tarde, unida a la disgregación de las
nacionalidades, dará lugar al subdesarrollo que aún no hemos podido superar.

La vida de las colonias se organiza al servicio de los intereses económicos de las


metrópolis. España y Portugal, por disfrutar del enriquecimiento fácil con el oro de
las colonias, no se incorporan al desarrollo capitalista europeo. Mantienen las
tradicionales formas de producción, y eso ocasionará que nuestros pueblos
permanezcan al margen de la revolución industrial que se iniciará en el siglo XVIII.

A medida que se organiza la vida social, las órdenes religiosas fundan colegios y
universidades, que elevan el nivel cultural de la población. El pensamiento
difundido por las primeras universidades corresponde a la denominada Segunda
Escolástica, que tiene su centro de creación y expansión en España, con figuras
como Francisco de Vitoria, Domingo Soto, Francisco Suárez y otros filósofos,
teólogos y juristas formados dentro del humanismo renacentista. Por su
importancia para nosotros hay que mencionar las famosas Relecciones sobre los
indios, escritas por Vitoria en defensa del derecho de conquista, que constituyen el
inicio del moderno derecho internacional.

Este breve renacer de la Escolástica se derrumba como pensamiento director de


Occidente con la revolución científica del siglo XVII promovida por Galileo, Kepler,
Copérnico. Descartes y Locke, en filosofía, son los líderes de esta revolución
intelectual que marca el nacimiento de la “modernidad”. España y Portugal, por su
catolicismo radical, se quedan al margen de este movimiento cultural y llevan tras
si a las colonias americanas. Nuestros fundamentos culturales son anteriores a la
revolución científica, que engendrará más tarde la gran revolución industrial.
Norteamérica, mientras tanto, como colonia inglesa, queda incorporada al nuevo
movimiento.

A comienzos del siglo XIX se produce la independencia de las colonias, cuya


necesidad venía sintiéndose en forma imperiosa por los cambios en la política
económica de la Corona, el crecimiento de una burguesía comercial con claros
intereses de autonomía económica y la desprotección y miseria del pueblo. Los
intelectuales, representantes de la aristocracia criolla, reciben el influjo del
liberalismo inglés y del iluminismo enciclopédico francés: Locke, Montesquieu,
Rousseau, Voltaire.

Sin embargo, a pesar de la independencia política, el cambio cultural no es


significativo. Los hábitos de dependencia forjados durante la colonia permanecen.
La independencia no produce creatividad ni originalidad, ni si quiera autonomía
económica. Los compromisos adquiridos con las nuevas potencias capitalistas
dejan embargadas las economías de las nuevas naciones. Sus gobernantes
tienen mayor interés en enriquecerse que en fortalecer la economía de cada
nación. Los mismos intereses egoístas que impiden realizar el ideal bolivariano de
una América Latina unida, entregan cada pequeña nación en manos de Inglaterra,
Holanda o Francia. Más tarde serán los Estados Unidos de Norteamérica quienes,
con su política imperialista y seudoproteccionista, adquirirán el dominio económico
de nuestros pueblos, en un neocolonialismo que aún perdura.

La gran revolución industrial que genera el surgimiento de las grandes potencias


económicas durante el siglo XIX y comienzos del XX no llega hasta nosotros más
que negativamente, por cuanto en buena parte se realiza aprovechándose de
nuestras riquezas naturales y nuestra mano de obra barata. Grandes masas de la
población quedan sumidas en la miseria y en la incultura. Solo unas élites
minoritarias reciben una educación extranjerizante sin originalidad alguna y sin
mucho interés por lo científico y lo técnico.
El positivismo logra despertar una cierta inquietud por lo científico, que sin
embargo, por su unilateralidad y desconocimiento de la idiosincrasia de nuestro
pueblo, no logra articularse en una renovación científico-técnica. Esta articulación
resulta cada día más difícil debido a la escasez de recursos para la investigación y
la industrialización, como consecuencia del subdesarrollo.

Así llegamos a la época actual, en la que, a nivel de cultura, somos consumidores


acríticos de todas las corrientes artísticas, filosóficas, científicas, políticas y
religiosas que ponen de moda en Europa o Estados Unidos. Nuestra cultura sigue
siendo una prolongación de la europea. Todo lo que llega del extranjero, es bueno
y aceptado.

Sin embargo, existen grandes diferencias entre los distintos sectores de nuestra
sociedad. Algunos, los menos, poseen una cultura que nada tiene que envidiar a la
europea. Otros, la mayoría, se encuentran marginados de ella y conforman lo que
se ha denominado “subcultura de la miseria” o “cultura del silencio”. Hablando
globalmente podemos decir que no poseemos una cultura propia ni adecuada para
salir del subdesarrollo.

Esta situación ha motivado una toma de conciencia cada día más fuerte en los
diferentes grupos sociales. Son numerosas ya las personas conscientes de que el
sistema económico, político, social en general no responde a las exigencias; de
que es necesario implantar nuevos valores y nuevas estructuras capaces de dar
identidad a nuestro pueblo e impulsar su desarrollo cultural.

Las ciencias sociales aportan datos e interpretaciones que nos permiten


comprender cada día mejor el fenómeno y las consecuencias de nuestra
dependencia. Ojalá pronto las demás ciencias y la técnica encuentren su propio
camino de compromiso con la construcción de modelos de desarrollo que
favorezcan la independencia.

La década inicial del siglo XXI, se desenvuelve en medio de contradicciones. Por


una parte las naciones latinoamericanas buscan con mayor intensidad la unión
para formar bloques económicos y políticos que les permitan enfrentar el dominio
de los grandes bloques, constituidos en el hemisferio norte por los países del
Primer Mundo.

Por otra parte, los gobiernos de nuestros países se han visto obligados a asumir
con toda crudeza la filosofía capitalista del libre mercado que los obliga a reducir el
gasto social, a abrir las fronteras a los productos y capitales extranjeros y a
aceptar las reglas de juego impuestas por las grandes potencias. De este modo, la
dependencia externa parece aumentar, al mismo tiempo que se agrava la
situación de miseria y marginalidad de grandes sectores de la población, que no
se ve cómo puedan superar su situación dentro del nuevo modelo económico
neoliberal.

BIBLIOGRAFIA UTILIZADA PARA EL CURSO.

Dietrich Schwanitz. LA CULTURA. Edit taurus. 2004.

Nieto Arteta Luís Eduardo. ECONOMIA Y CULTURA EN LA HISTORIA DE


COLOMBIA.edic. Tiempo Presente. 1975.

Rizo Otero Harold José.EVOLUCION HISTORICA DEL PENSAMIENTO


PÒLITICO Y ECONOMICO. Univ. Autónoma de Occidente. 2004.

Rubio Mauricio. DE LA PANDILLA A LA MARA. Univ Externado de Colombia.


2007.
Seabrook jeremy. CLASES CASTAS Y JERARQUIAS. Intermón Oxfam.
2003.
CELAM. PUEBLA. Documentos tercera edici Paulo VI. Encíclica populorum
progressio.