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Historia de la Iglesia Patrística, Instituto Ministerial Cimiento Estable

Los Padres Apostólicos


A. Definición

Término cristiano aplicado a ciertos discípulos y sucesores de los doce apóstoles.

En un sentido más estricto, la denominación es aplicada a un grupo de escritores


en lengua griega que figuraban entre los mártires y las grandes personalidades de
los siglos I y II de la Iglesia cristiana.

Básicamente, para que un autor sea reconocido como padre de la iglesia,


tiene que cumplir con cuatro características:

1. Ortodoxia doctrinal.
2. Santidad de vida.
3. Aprobación eclesiástica.
4. Antigüedad

No es fácil hacer una lista de los padres ni su clasificación. Según la lengua


en que se escribieron se distinguen los Padres Griegos (Justino, Clemente de
Alejandría, Orígenes, Eusebio de Cesárea, Ignacio de Antioquia, Gregorio de Nisa,
Gregorio de Nacianzo, Juan Crisóstomo, Basilio, Atanasio, etc.) y los
Padres Latinos (Tertuliano, Lactancio, Cipriano, Hilario, Agustín, Ambrosio,
Jerónimo, Gregorio Magno, etc.

Se llama Padres Apostólicos a aquellos que muchos consideran fueron


discípulos de los apóstoles, contemporáneos o inmediatamente posteriores a
ellos (95-150d.C).

Se distinguen igualmente los Padres Apologistas, que hasta Constantino


lucharon por el triunfo del cristianismo sobre el paganismo y el gnosticismo que
se había introducido en la iglesia (Orígenes, Tertuliano, Lactancio, etc.), y los
Padres Dogmáticos que, después de Constantino, organizaron la doctrina
cristiana y la defendieron contra los herejes, especialmente la arriana (Juan
Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, etc.). Una definición muy semejante a está es la
que clasifica a los padres en Padres Antedícenos (anteriores al Concilio de
Nicea) y Padres Postnicenos (los de los siglos IV, V y VI).

El nombre padre de la iglesia se extendió después a otros doctores de la


iglesia más modernos como Santo Tomás de Aquino. Incluso muchos
protestantes hablan de los Padres de la Reforma.

C. Patrología

Compilación sistemática de los escritos de los Padres de la Iglesia, dándole


este nombre a las antologías de los Padres de la Iglesia.

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Clemente de Roma:

Judío, obispo de Roma entre el 92 al 101 d.c. y discípulo del apóstol Pablo. (La
iglesia Católico-Romana le considera el tercer "Papa" al frente de la sede de
Roma en su lista de sucesión).

Según el teólogo Ireneo (siglo II), Clemente fue el tercer obispo de Roma (88-97) y
estuvo familiarizado con san Pedro y san Pablo. Inclusive parece ser que fue
consagrado por el mismo Pedro.

Este Clemente judío, es al cual, según Orígenes y Eusebio de Cesarea (Hist. Ecl.
VI, 3.15), se refiere el Apóstol Pablo en su carta a los Filipenses, capítulo 4,
versículos 2 al 3: "Ruego a Evodia, y también a Síntique, que se pongan de
acuerdo como hermanas en el Señor. Y a ti, mi fiel compañero de trabajo, te pido
que ayudes a estas hermanas, pues ellas lucharon a mi lado en el anuncio del
evangelio, junto con Clemente y los otros que trabajaron conmigo. Sus nombres
ya están escritos en el libro de la vida.".

Aunque se conocen pocos detalles de su biografía, la alta estima en que se tuvo a


Clemente es clara a partir de su Epístola a los Corintios (96?), que fue
considerada de forma unánime como un libro canónico de la Biblia hasta el siglo
IV. Unos de los más importantes documentos de los tiempos apostólicos, esta
epístola es la pieza más antigua de la literatura cristiana fuera del Nuevo
Testamento, de la que el nombre, cargo y fecha del autor están probados con rigor
histórico.

Clemente en esta carta, escrita unos 10 años antes de las de Ignacio tras las
persecuciones de Domiciano, por lo que la podemos datar sin error hacia los años
96-98 d.C., con la mansedumbre propia de un padre, pero la firmeza que su
ministerio confirmado por los mismos apóstoles le da a la vez, exhorta a los
Corintios a cesar en su obstinada actitud divisora. En efecto, no han pasado 40
años desde que el mismo Pablo el Apóstol les escribiese en su primera epístola a
los Corintios, exhortándoles a no causar ni fomentar divisiones, pero parece que
dicha exhortación ha sido olvidada cuando Clemente les escribe.
La aparición de disputas dentro de la Iglesia de Corinto, donde ciertos presbíteros
(ancianos) habían sido depuestos, empujó al autor a intervenir. La epístola es una
valiosa fuente de información sobre la vida, doctrina y organización de la Iglesia
cristiana primitiva

Los teólogos protestantes podrán encontrar a su vez en esta preciosa epístola,


aún de tiempos apostólicos, una confirmación de la doctrina de la justificación por
la sola fe en la gracia salvadora de Dios: "De igual modo nosotros, por Su voluntad
llamados en Cristo Jesús, nos santificamos no por nuestros méritos, sabiduría,
inteligencia, piedad o cualquier otra obra que hacemos en santidad de corazón,
sino por la fe, por la cual Dios Todopoderoso ha santificado a todos desde el
principio" (Clemente a los Corintios 32:4)

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Tan respetada fue esta carta que incluso se incluyó tras la Biblia en el códice
Alejandrino del siglo V que ahora se guarda en el Museo Británico.

A continuación algunos fragmentos selectos de la “Carta de Clemente a los


Corintios”

“I. Por causa de las calamidades y reveses, súbitos y repetidos, que nos han
acaecido, hermanos, consideramos que hemos sido algo tardos en dedicar
atención a las cuestiones en disputa que han surgido entre vosotros, amados, y a
la detestable sedición, no santa, y tan ajena y extraña a los elegidos de Dios, que
algunas personas voluntariosas y obstinadas han encendido hasta un punto de
locura, de modo que vuestro nombre, un tiempo reverenciado, aclamado y
encarecido a la vista de todos los hombres, ha sido en gran manera vilipendiado.
Porque, ¿quién ha residido entre vosotros que no aprobara vuestra fe virtuosa y
firme? ¿Quién no admiró vuestra piedad en Cristo, sobria y paciente? ¿Quién no
proclamó vuestra disposición magnífica a la hospitalidad? ¿Quién no os felicitó por
vuestro conocimiento perfecto y sano? Porque hacíais todas las cosas sin hacer
acepción de personas, y andabais conforme a las ordenanzas de Dios,
sometiéndoos a vuestros gobernantes y rindiendo a los más ancianos entre
vosotros el honor debido. A los jóvenes recomendabais modestia y pensamientos
decorosos; a las mujeres les encargabais la ejecución de todos sus deberes en
una conciencia intachable, apropiada y pura, dando a sus propios maridos la
consideración debida; y les enseñabais a guardar la regla de la obediencia, y a
regir los asuntos de sus casas con propiedad y toda discreción.”

II. Y erais todos humildes en el ánimo y libres de arrogancia, mostrando sumisión


en vez de reclamarla, más contentos de dar que de recibir, y contentos con las
provisiones que Dios os proveía. Y prestando atención a sus palabras, las
depositabais diligentemente en vuestros corazones, y teníais los sufrimientos de
Cristo delante de los ojos. Así se os había concedido una paz profunda y rica, y un
deseo insaciable de hacer el bien. Además, había caído sobre todos vosotros un
copioso derramamiento del Espíritu Santo; y, estando llenos de santo consejo, en
celo excelente y piadosa confianza, extendíais las manos al Dios Todopoderoso,
suplicándole que os fuera propicio, en caso de que, sin querer, cometierais algún
pecado. Y procurabais día y noche, en toda la comunidad, que el número de sus
elegidos pudiera ser salvo, con propósito decidido y sin temor alguno. Erais
sinceros y sencillos, y libres de malicia entre vosotros. Toda sedición y todo cisma
era abominable para vosotros. Os sentíais apenados por las transgresiones de
vuestros prójimos; con todo, juzgabais que sus deficiencias eran también vuestras.
No os cansabais de obrar bien, sino que estabais dispuestos para toda buena
obra. Estando adornados con una vida honrosa y virtuosa en extremo, ejecutabais
todos vuestros deberes en el temor de Dios. Los mandamientos y las ordenanzas
del Señor estaban escritas en las tablas de vuestro corazón.

III. Os había sido concedida toda gloria y prosperidad, y así se cumplió lo que está
escrito: Mi amado comió y bebió y prosperó y se llenó de gordura y empezó a dar
coces. Por ahí entraron los celos y la envidia, la discordia y las divisiones, la
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persecución y el tumulto, la guerra y la cautividad. Y así los hombres empezaron a


agitarse: los humildes contra los honorables, los mal reputados contra los de gran
reputación, los necios contra los sabios, los jóvenes contra los ancianos. Por esta
causa la justicia y la paz se han quedado a un lado, en tanto que cada uno ha
olvidado el temor del Señor y quedado ciego en la fe en Él, no andando en las
ordenanzas de sus mandamientos ni viviendo en conformidad con Cristo, sino
cada uno andando en pos de las concupiscencias de su malvado corazón, pues
han concebido unos celos injustos e impíos, por medio de los cuales también la
muerte entró en el mundo.

LVI. Por tanto, intercedamos por aquellos que están en alguna transgresión, para
que se les conceda mansedumbre y humildad, de modo que se sometan, no ante
nosotros, sino a la voluntad de Dios. Porque así el recuerdo compasivo de ellos
por parte de Dios y los santos será fructífero para ellos y perfecto. Aceptemos la
corrección y disciplina, por la cual nadie debe sentirse desazonado, amados. La
admonición que nos hacemos los unos a los otros es buena y altamente útil;
porque nos une a la voluntad de Dios. Porque así dice la santa palabra: Me
castigó ciertamente el Señor, mas no me libró a la muerte. Porque el Señor al que
ama reprende, y azota a todo hijo a quien recibe. Porque el justo, se dice, me
castigará en misericordia y me reprenderá, pero no sea ungida mi cabeza por la
+misericordia+ (óleo) de los pecadores. Y también dice: Bienaventurado es el
hombre a quien Dios corrige, y no menosprecia la corrección del Todopoderoso….

Historia de la Iglesia años 100-200

Adelantos del cristianismo.

Ha transcurrido tan sólo poco más de medio siglo desde que los discípulos
recibieron la gloriosa misión de ser testigos de Cristo en el mundo. Entramos
ahora en el segundo siglo de nuestra era. Los primeros combatientes cristianos
descansan ya de sus trabajos, y sus descendientes espirituales se aprestan para
la lucha, dispuestos a seguir dando testimonio de lo que Cristo hizo por medio de
su muerte y resurrección, y de lo que hace en el corazón de todos aquellos que le
reciben con fe.

Al llegar a esta segunda etapa de la triunfante marcha del cristianismo, quedamos


sorprendidos de la rapidez con que el evangelio ha penetrado en todos los países
de la tierra, alcanzando las masas y ganando multitudes de almas que entran por
la fe en el camino de la vida eterna. Aquellos que al principio fueron sólo un
puñado de hombres y mujeres en Judea, se han convertido en una legión inmensa
que todo lo llena, haciendo penetrar los rayos luminosos de la verdad divina aun
en los antros más tenebrosos de la vida pagana.

El historiador Gibbon atribuye esta rápida propagación del cristianismo a varias


causas, entre las cuales señala "la moral pura y austera de los cristianos" y "la
unión y disciplina" de la naciente república espiritual. En efecto, nada podía
impresionar tanto a un mundo en estado de putrefacción, como aquella santidad y
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costumbres limpias del pueblo de Dios; y en medio de las discordias e intrigas del
mundo, la unidad y disciplina voluntaria de los cristianos, tenía forzosamente que
ser un poder de atracción.

Difícil es calcular a qué número habían llegado los cristianos en el segundo siglo,
pero la historia nos ha conservado bastantes datos sobre el número de países
donde actuaban, y por algunas expresiones de escritores de aquel tiempo,
podemos inferir que el crecimiento numérico era asombroso.

En Asia, vemos que aun en Judea reaparecen los cristianos después de la


tremenda desolación que sufrió el país. Muchos de los miembros de la iglesia que
habían huido a Pella, regresaron a Jerusalén, reconstruida en parte, con el
nombre de Elía Capitolina, y allí los hallamos actuando bajo el cuidado pastoral de
un tal Simeón, que se cree era pariente del Señor.

En Cesárea, ciudad situada en Samaria, floreció por varios siglos una próspera
comunidad cristiana. En Siria, Asia Menor, Galacia, y Mesopotamia, eran
numerosísimas las iglesias diseminadas por todas las ciudades y aldeas. Hay
también indicios de vida cristiana en Persia, Media, Partía, y Bactriana. Poco
tiempo después vemos que el evangelio había llegado hasta Armenia, Arabia, y
hasta algunas provincias de la India.

En África, fue Egipto el primer país que tuvo conocimiento del evangelio. Se
atribuye a San Marcos la fundación de la iglesia de Alejandría, la cual llegó a ser
un poderoso baluarte espiritual en aquella ciudad culta y famosa. De Egipto, el
evangelio pasó a la Cirenaica y a Etiopía. En Cartago y regiones circunvecinas
sabemos, por las obras de Tertuliano, que en la segunda mitad del siglo segundo,
el número de cristianos era considerable. Los paganos llegaron a alarmarse al ver
cuan rápidamente ganaban prosélitos en todas las clases sociales, tanto en los
centros de población como en el campo.

Consulta de Plinio a Trajano (Sucesor de Nerón).


Un concepto extraviado respecto a las funciones del Estado en asuntos religiosos,
convirtió en perseguidores de las iglesias a muchos emperadores que en la
historia figuran como buenos gobernantes. Al perseguir, creían que estaban
defendiendo los derechos legítimos del Estado. "Uno de éstos fue Trajano.
Una consulta que le hizo Plinio al Menor, gobernador de Bitinia, dirigida el año
110, es un valioso documento de origen pagano, que ayuda a conocer el concepto
que se habían formado de los cristianos, y la clase de pruebas a las cuales éstos
se veían constantemente sometidos.

Plinio, no queriendo en este asunto proceder bajo su propia responsabilidad,


consulta a su emperador. Es cierto que Trajano había promulgado varios edictos
contra las sociedades secretas, y las asambleas cristianas estaban incluidas en
esta categoría, según las ideas erróneas que tenían los magistrados.

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Transcribimos aquí la consulta de Plinio a Trajano:

"Es mi costumbre, señor, someter a vos todo asunto acerca del cual tengo alguna
duda. ¿Quién, en verdad, puede dirigir mis escrúpulos o instruir mi ignorancia?

"Nunca me he hallado presente al juicio de cristianos, y por eso no sé por qué


razones, o hasta qué punto se acostumbra comúnmente castigarlos, y hacer
indagaciones. Mis dudas no han sido pocas, sobre si se debe hacer distinción de
edades, o si se debe proceder igualmente con los jóvenes como con los ancianos,
si se debe perdonar a los arrepentidos, o si uno que ha sido cristiano debe obtener
alguna ventaja por haber dejado de serlo, si el hombre en sí mismo, sin otro delito,
o si los delitos necesarios ligados al nombre deben ser causa de castigo.

Mientras, en los casos de aquellos que han sido traídos ante mí en calidad de
cristianos, mi conducta ha sido ésta: Les he preguntado si eran o no cristianos. A
los que profesaban serlo, les hice la pregunta dos o tres veces, amenazándoles
con la pena suprema. A los que insistieron, ordené que fuesen ejecutados.
Porque, en verdad, no pude dudar, cualquiera que fuese la naturaleza de lo que
ellos profesan, que su pertinacia a todo trance y obstinación inflexible, debían ser
castigadas.

Hubo otros que tenían idéntica locura, respecto a quienes, por ser ciudadanos
romanos, escribí que tenían que ser enviados a Roma para ser juzgados. Como a
menudo sucede, la misma tramitación de este asunto, aumentó pronto el área de
las acusaciones, y ocurrieron otros casos más. Recibimos un anónimo
conteniendo los nombres de muchas personas.

A los que negaron ser o haber sido cristianos, habiendo invocado a los dioses, y
habiendo ofrecido vino e incienso ante vuestra estatua, la que para este fin había
hecho traer junto con las imágenes de los dioses, además, habiendo ultrajado a
Cristo, cosas a ninguna de las cuales se dice, es posible forzar a que hagan los
que son real y verdaderamente cristianos, a éstos me pareció propio poner en
libertad.

Otros de los nombrados por el delator admitieron que eran cristianos, y pronto
después lo negaron, añadiendo que habían sido cristianos, pero que habían
dejado de serlo, algunos tres años, otros muchos años, algunos de ellos más de
veinte años, antes. Todos éstos no sólo adoraron vuestra Imagen y efigies de los
dioses, sino que también ultrajaron a Cristo. Afirmaron, sin embargo, que todo su
delito o extravío había consistido en esto: habían tenido la costumbre de reunirse
en un día determinado, antes de la salida del sol, y dirigir, por turno, una forma de
invocación a Cristo, como a un dios; también hacían pacto juramentado, no con
propósitos malos, sino con el de no cometer hurtos o robos, ni adulterio, ni mentir,
ni negar un depósito que les hubiera sido confiado. Terminadas estas ceremonias
se separaban para volver a reunirse con el fin de tomar alimentos —alimentos
comunes y de calidad inocente. Sin embargo cesaron de hacer esto después de
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mi edicto, en el cual, siguiendo vuestras órdenes, he prohibido la existencia de


fraternidades.

Esto me hizo pensar que era de suma necesidad inquirir, aun por medio de la
tortura, de dos jóvenes llamadas diaconisas, lo que había de cierto. No pude
descubrir otra cosa sino una mala y extravagante superstición: por consiguiente,
habiendo suspendido mis investigaciones, he recurrido a vuestros consejos. En
verdad, el asunto me ha parecido digno de consulta, sobre todo a causa del
número de personas comprometidas. Porque, muchos de toda edad y de todo
rango, y de ambos sexos, se encuentran y se encontrarán en peligro.

No sólo las ciudades están contagiadas de esta superstición, sino también las
aldeas y el campo; pero parece posible detenerla y curarla. En verdad, es
suficiente claro que los templos, que estaban casi enteramente desiertos, han
empezado a ser frecuentados, y los ritos religiosos de costumbre, que fueron
interrumpidos empiezan a efectuarse de nuevo, y la carne de los animales
sacrificados encuentra venta, para la cual hasta ahora se podía hallar muy pocos
compradores. De todo esto es fácil formarse una idea sobre el gran número de
personas que se pueden reformar, si se les da lugar a arrepentimiento".

Plinio fue un hombre que ha dejado fama de bondad, rectitud y buen trato para
con sus esclavos. Pero, según su propio testimonio, hacía ejecutar sin
miramientos a los que insistían en su testimonio cristiano, e hizo torturar a dos
pobres diaconisas para arrancarles confesiones comprometedoras. Hacía esto con
personas a quienes él no podía acusar de ningún delito común, sino sólo de no
querer conformarse a las prácticas de la religión del Estado. Esta carta nos da a
conocer, por la propia declaración de un pagano, cuánto tenían que sufrir los
testigos de la cruz, y si tal era el trato que recibían de hombres como Plinio y
Trajano, ya podemos figurarnos lo que habrá sido bajo Nerón y Domiciano.

La vida santa de los creyentes resalta aun a los ojos de sus encarnizados
enemigos. "Que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que decir de
vosotros", leían en una de las Epístolas de Pablo, y es notable que aquellos
mismos que los torturaban y condenaban a muerte, no sólo no hallaban delitos
que imputarles, sino que se veían obligados a reconocer que eran personas
intachables en su conducta. Con razón se ha dicho que la carta de Plinio a Trajano
es la primera apología cristiana que fue escrita, y esto por la pluma de un pagano.

Hay que notar que Plinio no entendía bien a los cristianos. Lo que dice sobre el
juramento que hacían no puede ser sino una mala interpretación de los propósitos
que los cristianos hacían públicamente en las reuniones.

El emperador Trajano contestó a Plinio que aprobaba el modo como había


procedido, indicándole, además, que no había que perseguir a los cristianos; pero
que cuando fuesen denunciados, si no mostraban arrepentimiento sacrificando a
los dioses, había que castigarlos, y que no debía recibir acusaciones anónimas.

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Ahora entraremos a ocuparnos de uno de los mártires más ilustres de aquel


tiempo, cuyo fiel testimonio llega hasta nosotros como un eco de la fidelidad y del
valor de los santos en Cristo Jesús, que fueron llamados a morir por su nombre.

Ignacio de Antioquía: (c. 35-107)

Segundo obispo de Antioquía y mártir. Se llamó a sí mismo Theoporos (en griego,


portador de Dios) y se cree que fue discípulo de san Juan el evangelista. Durante
el reinado del emperador romano Trajano, fue condenado a ser devorado por las
bestias salvajes.

En su viaje de Antioquía a Roma, donde la ejecución tuvo lugar, escribió siete


cartas, cinco dirigidas a las comunidades cristianas de Éfeso, Magnesia, Tralles,
Filadelfia y Esmirna, ciudades de Asia Menor que habían enviado representantes
para darle la bienvenida a su paso por ellas, las otras dos estaban dirigidas a
Policarpo, obispo de Esmirna, y a la comunidad cristiana de su destino, Roma.

Refiramos la historia de su martirio, citando las palabras de Crisóstomo, tomadas


de una homilía que pronunció en Antioquia en conmemoración de Ignacio.

"Una guerra cruel se había encendido contra las iglesias, y como si la tierra
estuviese dominada por una atroz tiranía, los fieles eran tomados en las plazas
públicas, sin que tuvieran otro crimen que reprocharles que el de haber
abandonado el error para entrar en las veredas de la piedad, de haber renunciado
a las supersticiones de los demonios, de reconocer al Dios verdadero, y adorar a
su Hijo Unigénito, La religión que profesaban esos ardientes partidarios, les hacía
merecedores de coronas, aplausos y honores; y sin embargo, era por causa de la
religión que los castigaban, que les hacían sufrir mil formas de suplicio a los que
habían abrazado la fe, y mayormente a los que dirigían las iglesias; porque el
demonio, lleno de astucia y malicia, creía que venciendo a los pastores le sería
fácil dominar al rebaño.

Pero el que confunde los designios de los malvados, quiso mostrarle que no son
los hombres los que gobiernan las iglesias, sino que es él mismo que dirige a los
creyentes de todo país, y permitió que los pastores fuesen entregados al suplicio,
para que viese que su muerte, lejos de detener los progresos del evangelio, no
hacían sino extender su reino, y mostrarle que la doctrina cristiana no procede de
los hombres, sino que su fuente está en los cielos; que es Dios quien gobierna
todas las iglesias del mundo, y que es imposible triunfar cuando se hace la guerra
al Altísimo".

Las cartas son una fuente importante de información sobre las creencias y
organización de la primera Iglesia cristiana. Ignacio las escribió como advertencias
contra las doctrinas heréticas, lo que permite a sus lectores contar con resúmenes
detallados de la doctrina cristiana.

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También proporcionó un retrato claro de la organización de la Iglesia en cuanto a


comunidad de fieles reunida en torno a la presidencia de un obispo, asistido por un
concilio de presbíteros (miembros del consejo) y diáconos. Fue el primer escritor
cristiano que insistió en el alumbramiento virginal de María y el primero en usar el
término Iglesia católica al referirse a la colectividad de los fieles. En la carta
dirigida a los miembros de la Iglesia en Roma les pide que no den paso alguno
para defraudar su más ardiente deseo: morir por Cristo.

Al ser condenado Ignacio, se resolvió que fuese llevado a Roma para morir en el
circo. Fue conducido por diez soldados, a los que él llamaba diez leopardos, a
causa del deleite que tenían en hacerle sufrir toda clase de crueldades. Las
iglesias que había entre Antioquia y Roma, salían al encuentro del peregrino
mártir, y se agrupaban en torno suyo para verlo, saludarlo y animarle. En Esmirna,
tuvo el gozo de encontrarse con Poli-carpo. Sobre el trayecto de Antioquia a
Roma, dice Crisóstomo:

"Otra astucia de Satanás consistía en no hacer morir a los pastores en las iglesias
donde actuaban, sino que los transportaba a un país lejano. Creía debilitarlos,
privándolos de las cosas necesarias, y cansándolos en la larga ruta. Fue así como
hizo con el bienaventurado Ignacio. Lo obligó a pasar de Antioquia a Roma,
haciéndole ver una distancia enorme, y esperando abatir su constancia por las
dificultades de un viaje largo y penoso.

Pero él ignoraba que teniendo a Jesús por compañero de ese viaje, se haría más
robusto, daría más pruebas de la fuerza de su alma, y confirmaría las iglesias en
la fe. Las ciudades acudían de todas partes, al camino, para animar a este valiente
atleta, le traían víveres en abundancia, los sostenían por medio de sus oraciones y
enviándole delegados. Y ellas mismas recibían no poca consolación viendo al
mártir correr hacia la muerte con el afán de un cristiano llamado al reino de los
cielos; su mismo viaje y el ardor y la serenidad de su rostro, hacían ver a todos los
fieles de esas ciudades que no era a la muerte que iba sino a una vida nueva, a la
posesión del reino celestial. Instruía a las ciudades que había en el camino, tanto
por su mismo viaje como por los discursos; y lo que sucedió a los judíos con Pablo
cuando lo cargaron de cadenas para enviarlo a Roma, creyendo enviarlo a la
muerte, mientras estaban enviando un maestro a los judíos que habitaban en
Roma, se cumplió de nuevo con Ignacio, y de un modo aun más notable; porque
no solamente para los cristianos que habitaban en Roma, sino para todas las
ciudades del trayecto, fue un maestro admirable, un maestro que les enseñaba a
no hacer caso de esta vida pasajera, a no tener en cuenta para nada las cosas
visibles, a no suspirar sino por los bienes futuros, a mirar los cielos, a no
atemorizarse por ningún mal ni por ninguna de las penas de esta vida.

Esas eran las enseñanzas que daba, y otras más, a todos los pueblos por los
cuales pasaba.

"Era un sol que se levantaba en el Oriente y corría al Occidente, derramando más


luz que el astro que nos alumbra. Este astro lanza desde arriba rayos sensibles y
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materias; Ignacio brillaba aquí abajo, instruyendo las almas, alumbrándolas con
una luz espiritual. El sol avanza hacia las regiones del poniente, luego se oculta y
deja al mundo en las tinieblas; era avanzando hacia las mismas regiones que
Ignacio se levantaba, y que derramando mayor claridad, hacía mayor bien a los
que estaban en la ruta. Cuando entró en Roma enseñó a esta ciudad idólatra una
filosofía cristiana, y Dios quiso que allí terminase sus días, para que su muerte
fuese una lección a todos los romanos''.

Las cartas Atendiendo al lugar desde el que fueron redactadas, las siete cartas de
Ignacio se dividen en dos grupos: las cuatro de Esmirna y las tres de Alejandría de
Tróade.

Se suele asumir el llamado orden eusebiano que no es otro que el utilizó Eusebio
de Cesarea al redactar su reseña sobre Ignacio y que es el siguiente: la carta a los
efesios (Ad Eph), la carta a los magnesios, (Ad Mgn), la carta a los tralianos (Ad
Tral), la carta a los romanos (Ad Rom), la carta a los filadelfianos (Ad Phil), la carta
a los esmirniotas (Ad Smyrn) y, por último, la carta personal a Policarpo, obispo de
Esmirna a la sazón (Ad Pol).

Ignasio enfatiza la autoridad del obispo, sobre el presbiterio.

Uno de los ejes de la carta es la exhortación a la unidad en torno al obispo:


reunidos en una obediencia, sometidos al obispo y al presbiterio (Eph. 2.2), os
conviene correr a una con la voluntad del obispo (Eph. 4.1), ...pongamos empeño
en no enfrentarnos al obispo... (Eph. 5.3). De otros pasajes se deduce que

La teología de Ignacio de Antioquía

Los aspectos prominentes de la teología de Ignacio son la cristología y la


eclesiología, que viene motivadas por la situación percibida en las comunidades
cristianas de Asia Menor y por la circunstancia especial de su condena, traslado y
previsible martirio en Roma.

Cristología

Diversos pasajes de las cartas permiten establecer la doble consideración humana


y divina que atribuye a Cristo. Cuando escribe contra la doctrina judaizante
refuerza la divinidad de Jesucristo. Realza, por ejemplo, su calidad de Hijo único
del Padre como en (Magn 3.1),

Eclesiología

Prácticamente en todas sus cartas, Ignacio insiste en la lealtad que se debe


mostrar a la jerarquía eclesiástica. En todas ellas presenta dicha jerarquía
estructurada en tres grados: un único obispo como responsable máximo, un cierto
número de presbíteros o ancianos y los diáconos o ayudantes de los ancianos

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Ignacio también acentúa la importancia de la Eucaristía, llamándola «una medicina


para la inmortalidad» (Eph. 20.1).

En la carta a los tralianos describe que hay que someterse, no sólo al obispo, sino
también a los presbíteros (Tral. 2.3) y reverenciar a los diáconos (Tral 3.1).Ref 217

En la carta a los esmirniotas añade, además, que la eucaristía y el bautismo no


tienen validez sin el obispo (Smyrn 8.1).Ref 218 Tampoco el matrimonio (Pol. 5.2).Ref
219

Fue el primer escritor cristiano que insistió en el alumbramiento virginal de María

La Epístola de Bernabé
Aunque Clemente de Alejandría cita con frecuencia esta carta y la atribuye al
apóstol Bernabé, compañero de Pablo, el lenguaje que emplea no sugiere en
absoluto que el autor sea el Bernabé de los Hechos de los Apóstoles, ni tampoco
el propio escritor lo pretende en ninguna parte de su escrito. Fue escrita entre los
años 70-79, después de la destrucción de Jerusalén y se trata de un ataque
inflexible al judaísmo y sus ordenanzas, aunque realizado con sumo respeto.

El autor polemiza contra la interpretación literal del Antiguo Testamento y


considera que debe interpretarse en forma alegórica. Considera que el judaísmo
se equivocó al interpretar literalmente la Ley. Por ejemplo, dice que Dios no quiere
sacrificios, sino la ofrenda de un corazón arrepentido; no le interesa que nos
abstengamos de la carne de animales impuros, sino que renunciemos a los
pecados simbolizados por aquellos animales.

Cuando el Génesis dice que el mundo fue creado en seis días, hay que tener en
cuenta que para Dios un día son como mil años y "el Hijo de Dios vendrá de nuevo
a juzgar a los impíos y a cambiar el sol y la luna y las estrellas, y el día séptimo
descansará; entonces amanecerá el sábado del reino milenario (15:1-9)

Son conocidas las citas de la Epístola de Bernabé en los escritos de Clemente de


Alejandría. También es citada por Orígenes. Eusebio la considera un texto
controvertido, mientras que Jerónimo de Estridón la clasificaba como un texto
apócrifo.

Papías de Hierápolis
Eusebio de Cesarea dice que fue obispo de Hierápolis, Frigia (Asia Menor) y san
Ireneo de Lyon que fue «oyente de Juan, compañero de Policarpo de Esmirna,
varón antiguo»; uno, sin duda, de los que integraban el grupo de los denominados
«presbíteros asiáticos» de los que habla el obispo de Lyon. La vida de Papías fue
paralela con la de Policarpo, aunque es poco probable que alcanzase la edad del
obispo de Esmirna. Murió, a lo que parece, hacia el 150.
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Papías no fue discípulo de Juan el Evangelista, sino de Juan el Presbítero.


Escritos. Siendo ya obispo de Hierápolis, Papías escribió un tratado en cinco libros
titulado Explicación de los Dichos del Señor.

En el prefacio de su obra resume Papías el fin que pretende:

No dudaré en ofrecerte, ordenadas juntamente con mis interpretaciones, cuantas


noticias un día aprendí y grabé bien en mi memoria, seguro como estoy de su
verdad. Porque no me complacía yo, como hacen la mayor parte, en los que
mucho hablan, sino en los que dicen la verdad; ni en los que recuerdan
mandamientos ajenos, sino en los que recuerdan los que fueron mandados por el
Señor a nuestra fe y proceden de la verdad misma. Y si se daba el caso de venir
alguno de los que habían seguido a los ancianos, yo trataba de discernir los
discursos de los ancianos: qué había dicho Andrés, qué Pedro, qué Felipe, qué
Tomás o Santiago, o qué Juan o Mateo o cualquier otro de los discípulos del
Señor; igualmente, lo que dice Aristión y el anciano Juan, discípulos del Señor.
Porque no pensaba yo que los libros pudieran serme de tanto provecho como lo
que viene de la palabra viva y permanente

(Eusebio, Hist. Ecl. III, 39,3-4)

Y así por el estilo, inserta Papías otros relatos como llegados a él por tradición
oral, lo mismo que algunas enseñanzas suyas y algunas otras cosas que tienen
aún mayores visos de fábula. Entre esas fábulas hay que contar no sé qué milenio
de años que dice ha de venir después de la resurrección de entre los muertos y
que el reino de Cristo se ha de establecer corporalmente en esta tierra nuestra;
opinión que tuvo, a lo que creo, por haber interpretado mal Papías las
explicaciones de los Apóstoles y no haber visto el sentido de lo que ellos decían
místicamente en ejemplos... [y otras narraciones] que tienen aún mayores visos de
fábula. Eusebio

Papías sostuvo una posición escatológica milerianista. El milenarismo es la


doctrina según la cual Cristo volverá para reinar sobre la Tierra durante mil años,
antes del último combate contra el Mal, la condena del diablo a perder toda su
influencia para la eternidad y el Juicio Universal. Tuvo influencia en la Iglesia del
segundo siglo de la era cristiana, fue la doctrina sostenida prácticamente por todos
los padres de la iglesia.

Policarpo de Esmirna
Después de Trajano, subió al trono Adriano, durante cuyo reinado hubo también
persecuciones parciales, levantadas generalmente por el populacho incitado por
sacerdotes. Al emperador Adriano sucedió Antonio Pío, en el año 138, quien se
distinguió por su rectitud y bondad. Los cristianos no fueron perseguidos por él, y
hasta es probable que haya dado órdenes expresas de que no fuesen molestados
a causa de la fe. Esto no impidió que algunas iglesias de Asia fuesen asoladas por

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el adversario, lo que indujo a Justino Mártir a dirigirle su primera Apología, la cual


parece que influyó para mantener la paz de las iglesias durante los veintitrés años
de su reinado.

El año 161 subió al trono Marco Aurelio, bajo cuyo reinado tuvo lugar la cuarta
persecución general. Es sorprendente que este monarca filósofo, al que la Historia
puede presentar como ejemplo de buen gobernante, haya manchado su conducta
con persecuciones tan crueles como extensas. Sus ideas religiosas y filosóficas lo
extraviaron. Creía sinceramente en la existencia de los dioses, y las muchas
calamidades públicas que azotaron el Imperio las creyó enviadas por éstos como
castigo por la actitud hostil de los cristianos al paganismo.

Los edictos de persecución ordenaban que los cristianos fuesen sometidos a la


tortura para lograr que ofreciesen sacrificios a los dioses.

La persecución se hizo sentir por todas partes, pero fue en Asia particularmente
donde las iglesias tuvieron que sufrir atrocidades inauditas. Se unían contra los
cristianos, los sacerdotes de culto nacional, el populacho enfurecido, los judíos
influyentes de las ciudades y los magistrados.

Mencionaremos ahora dos de las víctimas más ilustres de aquella persecución


bajo Marco Aurelio: Policarpo y Justino Mártir.

Policarpo era uno de los discípulos de San Juan. Conoció el evangelio en los años
tempranos de su vida, y se consagró de todo corazón a pastorear la iglesia de
Esmirna, en la que actuó durante muchos años. Era venerado de todos, no sólo
por sus canas, sino también por la piedad manifiesta en su vida, y el espíritu
cristiano que animaba todos sus actos.

En el año 167 la persecución se levantó violenta contra las iglesias de toda la


región que circunda a Esmirna. El procónsul de Asia, hasta entonces no había
mostrado hostilidad, pero fue arrastrado en esta mala corriente por los sacerdotes
paganos y los judíos intolerantes. Su método consistía en hacer una exhibición de
los instrumentos de tortura, y de los animales salvajes a los cuales serían
arrojados los que no quisieran abjurar. Si con esto no conseguía atemorizar a los
cristianos, los condenaba a muerte.

En medio de indescriptibles tormentos, que horrorizaban aun a los mismos


espectadores paganos, los cristianos mostraban una tranquilidad y resignación
que los verdugos no podían comprender.

Existe una carta que la iglesia de Esmirna envió a las iglesias hermanas, en la
cual se halla un relato detallado de los sufrimientos a que fueron expuestos, y de
la manera como supieron llevarlos con resignación y constancia. "Nos parecía —
dice la iglesia— que en medio de los sufrimientos estaban ausentes del cuerpo, o
que el Señor estaba al lado de ellos y caminaba entre ellos, y que reposando en la
gracia de Cristo, despreciaban los tormentos de este mundo".
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No es extraño que en estas circunstancias ocurriesen algunos casos de fanatismo.


Se dice que un cierto frigio llamado Quinto, se presentó ante el tribunal del
procónsul declarando que era cristiano y que quería sufrir por su fe, pero cuando
le mostraron las bestias salvajes su ánimo falso cedió y ofreció sacrificios a los
ídolos jurando por el genio del emperador. La iglesia desaprobó este acto de
extravagancia, porque el evangelio no enseña a buscar la muerte voluntariamente.

La ciudad quería el martirio del más ilustre y más conocido de los siervos del
Señor. La multitud clamaba pidiendo que Policarpo fuese arrojado a las fieras.

Cuando el noble anciano lo supo, pensó en quedarse quieto esperando lo que


Dios determinase acerca de su persona, pero los hermanos le rogaron que se
ocultase en una aldea vecina. No bien hubo llegado Policarpo, aparecieron los
soldados buscándole, pues había sido traicionado por uno de los que estaban
enterados de su huida. Pudo escaparse aun esta vez, pero las autoridades
sometiendo a la tortura a dos esclavos, lograron que uno declarase dónde se
hallaba. Cuando Policarpo se vio frente a sus perseguidores, comprendió que su
fin estaba cerca, y dijo: "Hágase la voluntad de Dios". Pidió que diesen de comer y
beber a los soldados que habían venido a prenderle, pidiendo a ellos solamente
que le permitiesen pasar una hora en oración con su Dios, pero su corazón estaba
tan lleno que durante dos horas continuas habló con su Padre celestial, pidiendo
de él la fuerza que necesitaba para sufrir el martirio. Los paganos estaban
conmovidos ante la actitud del noble varón de Dios.

Los oficiales llevaron a Policarpo a la ciudad, montado en un asno. Le salió al


encuentro el principal magistrado policial, quien le hizo subir en su coche y
dirigiéndose a él amablemente le dijo: "¿Qué mal puede haber en decir, 'Mi Señor
el emperador', y en sacrificar, y así salvar la vida?" Policarpo no respondía, pero
como insistiese le contestó que no estaba dispuesto a seguir sus consejos.

Cuando vieron que no podían persuadirle se enfurecieron contra él, y empezaron


a maltratarlo, hasta arrojarlo al suelo desde el carro en que iban, y a consecuencia
del golpe sufrió contusiones en una pierna.

Al comparecer delante del procónsul, éste le dijo que tuviese compasión de su


edad avanzada, que jurase por el genio del emperador y que diese pruebas de
arrepentimiento, uniéndose a los gritos de la multitud que clamaba: "Afuera con los
impíos". Policarpo miró serenamente a la multitud, y, señalándola con un ademán
resuelto, dijo, "Afuera con los impíos". El procónsul entonces le dice: "Jura,
maldice a Cristo, y te pongo en libertad". El anciano le respondió: "Ochenta y seis
años lo he servido y El no me ha hecho sino bien, ¿cómo puedo maldecirlo, a mi
Señor y Salvador?" El procónsul seguía el interrogatorio y Policarpo le dice
entonces: "Bueno, si deseas saber lo que soy, te digo francamente que soy
cristiano. Si quieres saber en qué consiste la doctrina cristiana, señala una hora
para oírme." El procónsul entonces, demostrando que quería salvar al anciano, y
que no compartía las ideas de la multitud le dijo: "Persuade al pueblo". Policarpo
respondió: "Yo me siento ligado a dar cuenta delante de ti, porque nuestra religión
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nos enseña a honrar a los magistrados establecidos por Dios, en lo que no afecte
a nuestra salvación. Pero tocante a éstos, creo que son indignos de que me
defienda delante de ellos". Aquí el procónsul le amenazó con las bestias y con la
hoguera, pero como no consiguió mover el ánimo del fiel testigo de Cristo, mandó
que los heraldos pregonasen en el circo: "Policarpo ha confesado ser cristiano''.

Esto equivalía a decir que había sido condenado a muerte. Entonces la multitud
empezó a dar gritos de júbilo y a decir: "Este es el que enseña en contra de los
dioses, el padre de los cristianos, el enemigo de las divinidades, el que enseña a
abandonar el culto de los dioses, y a no ofrecerles sacrificio". El procónsul accedió
al pedido de los judíos y paganos de que Policarpo fuese quemado vivo, y ellos
mismos se apresuraron a traer la leña para levantar la hoguera.

Cuando querían asegurarlo al poste de la hoguera les dijo: "Dejadme así, el que
me ha dado fuerzas para venir al encuentro de las llamas, también me dará
fuerzas para permanecer firme en el poste". Antes de que encendiesen el fuego,
oró con fervor diciendo: "¡Oh Señor, Todopoderoso, Dios, Padre de tu amado hijo
Jesucristo, de quien hemos recibido tu conocimiento, Dios de los ángeles, y de
toda la creación, de la raza humana y de los santos que viven en tu presencia, te
alabo de que me hayas tenido por digno, en este día y en esta hora, de tener parte
en el número de tus testigos, en la copa de Cristo". Así partió a estar con el Señor
aquel que le amó y sirvió fielmente durante muchos años y en medio de tantas
pruebas.

La muerte de este mártir dio ánimo a los cristianos. Al verle morir tan serenamente
veían cumplidas en él las promesas de Cristo, de estar siempre con los suyos.
Todo estaba ordenado por la sabiduría divina, para que la iglesia tuviese pruebas
evidentes de que Cristo no la dejaría ni desampararía cuando tuviese que testificar
con el martirio. Su muerte sirvió también para hacerles comprender mejor la
naturaleza de la misión cristiana, lo que expresan en la carta que hemos
mencionado, escribiendo estas palabras: "El esperaba ser desatado, imitando en
esto a Nuestro Señor, y dejándonos un ejemplo que seguir, para que no miremos
sólo a lo que conduce a nuestra propia salvación, sino que seamos de utilidad a
nuestro prójimo. Porque ésta es la naturaleza del verdadero amor: buscar no sólo
nuestra salvación, sino la salvación de todos nuestros hermanos".

La muerte triunfante de Policarpo aplacó la ira de los perseguidores, y la iglesia de


Esmirna entró en un período de paz y prosperidad espiritual

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