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Memoria Colectiva y Ciudad

La ciudad como marco espacial para las memorias colectivas

Autor: Eduardo Solis Alvarez

Trabajador Social, Magister en Trabajo Social y Políticas Sociales, Universidad de


Concepción
Académico Escuela de Trabajo Social, Universidad del Bio Bio, Concepción
Director de Desarrollo Estudiantil, Universidad del Bio Bio, Concepción.
Alumno Doctorado en Trabajo Social, Universidad Nacional de La Plata, Argentina

Resumen

El presente trabajo tiene por objetivo hacer una revisión del concepto de memoria colectiva,
particularmente en su dimensión espacial, para lo cual se sugiere utilizar la ciudad y los barrios como
marco referencial. El trabajo toma la “ciudad y los barrios” como espacio social de análisis, desde
donde es posible obtener inscripciones que den cuenta de registros de memorias colectivas. Al
respecto se plantea la hipótesis que las ciudades pueden ser entendidas como “libros abiertos”, para
lo cual el autor propone dos claves de lectura: una basada en el desconcierto y la otra en la nostalgia.
Para lo anterior se utilizarán elementos teóricos y conceptuales provenientes de diversos autores:
Maurice Halwachs, Paul Ricour Joël Candau y José Bengoa, entre otros.

Abstract
This paper aims to review the concept of collective memory, particularly in its spatial dimension, for
which it is suggested to use the city and neighborhoods as a reference framework. The study takes
the "city and neighborhoods" as a social space of analysis, from where it is possible to obtain
inscriptions that account for records of collective memories. In this respect, it is hypothesized that
cities can be understood as "open books", for which the author proposes two keys to reading: one
based on bewilderment and the other on nostalgia. For the above, theoretical and conceptual elements
from various authors will be used: Maurice Halwachs, Paul Ricour Joël Candau and José Bengoa,
among others.

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Palabras claves: “memoria” “memoria colectiva” “marco espacial” “ciudad” “desconcierto”
“nostalgia”
Keys Words: “memory” “collective memory” “spatial framework” “city” “bewildement” “nostalgy”

Introducción
Al asumir el concepto de Memoria como hilo conductor que oriente hacia una reflexión académica,
se corre el riesgo inevitable de ver desplegada ante nuestros ojos una cantidad enorme de ideas,
referencias, interpretaciones y relaciones vinculadas a dicho concepto. Sin embargo, el interés de este
trabajo se orienta específicamente a las memorias colectivas y los registros que se plasman en
determinados marcos espaciales.
Del mismo modo, tomar la ciudad y los barrios como referente y marco espacial para el análisis de
las memorias colectivas, es asumir que las relaciones de los individuos y los grupos transitan por
varias vías simultáneas: algunas formales e institucionales, como las relaciones que se establecen con
los municipios, el comercio a gran escala, la escuela o la policía; y otras más informales y cotidianas,
como la relación con nuestros vecinos, el almacén del barrio, o la conversación de café. En cualquier
sentido, aquellas relaciones están condicionadas, necesariamente, por configuraciones espaciales y
territoriales que registran sus trayectorias y sus características. Dicho de otra forma, estos marcos
espaciales contienen información privilegiada sobre los procesos históricos y las tendencias
prospectivas de los grupos y comunidades, a través de la configuración de memorias colectivas que
aparecen inexorablemente a modo de recuerdos u olvidos en la vida social de las personas, ya sea de
forma simbólica o material.
A partir de esta reflexión, se hace necesario examinar el concepto de memoria colectiva en su
dimensión espacial, en el entendido que es posible encontrar y descifrar algunas claves que nos
provean de más y mejores herramientas (conceptuales y metodológicas) para comprender la relación
comunidad/ciudad. Dicha reflexión nos conduce a mirar los barrios y las grandes urbes como un
marco espacial que nos reporta valiosa información respecto de las formas de socialización, sobre las
costumbres, sobre los recuerdos y también los olvidos.
Sin embargo y para que este viaje reflexivo adquiera sentido, se plantean algunas claves que orienten
la lectura y le den un marco analítico y comprensivo. Ambas claves (el desconcierto y la nostalgia)
operan más bien como vehículos que nos permiten acceder a espacios de análisis en torno a las

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memorias colectivas y la forma en que éstas quedan registradas en la vida material, simbólica y
cultural de ciudades y barrios.

Sobre las Memorias Colectivas


a) Alcances conceptuales

La literatura sobre el tema de la Memoria es tan extensa y amplia como sus clasificaciones y formas
de abordarla. Así, la memoria remite a otros conceptos que aparecen íntimamente ligados y de manera
casi inseparable: “historia”, “identidad”, “olvido” por mencionar los más relevantes. También son
numerosos los autores que han realizado aportes en la materia: Maurice Halbwachs, Paul Ricoeur,
Pierre Nora, Joël Candau, Tzvetan Todorov, por nombrar a algunos de los más connotados. Más allá
de todas las clasificaciones y vinculaciones conceptuales a las que nos remite el concepto de memoria,
centraremos nuestro trabajo en –y desde- el concepto de memoria colectiva, concepto original del
sociólogo francés Maurice Halbwachs desarrollado y profundizado en “Los Marcos Sociales de la
memoria”, publicado en 1925 y especialmente en su libro póstumo llamado “La mémoire collective”
de 1950
Según este autor, la memoria colectiva se puede definir como “el proceso social de reconstrucción
del pasado vivido y experimentado por un determinado grupo, sociedad o comunidad” (Aguilar,
2002)
Para Halbwachs la conciencia colectiva nos conecta y nos remite necesariamente a otros:
“los recuerdos son colectivos y nos son traídos a la conciencia por otras personas, aun cuando se trate
de hechos que nos han ocurrido sólo a nosotros y de objetos que únicamente nosotros hemos visto. Y
es que en realidad nunca estamos solos” (Aguilar, 2002). Ricoeur va más allá al sostener que incluso
la historia “no puede pretender apoyar, corregir, criticar, incluso incluir la memoria más que bajo la
forma de memoria colectiva” (Ricoeur, 2013). En el mismo sentido se puede llegar afirmar que no
existe memoria colectiva sin comunidad, del mismo modo que no podría llegar a existir comunidad
sin memoria, tal como afirma José Bengoa a propósito de su análisis sobre memoria e identidad en
Chile:
Toda comunidad tiene memoria. Algunos la denominan memoria colectiva. Está compuesta
de relatos, que se han ido contando uno a uno, en las sobremesas, en los inviernos de este
país, en que no cabe otra cosa que calentarse junto a alguna estufa, tomar algún vino, hablar
de los amigos, de los vecinos, de los no tan amigos (Bengoa, 2009)

Junto a la necesidad de la existencia de “otros” para recordar, surge un segundo elemento importante
para su revisión, esto es que la memoria colectiva constituye básicamente una representación. Para
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Joël Candau, esto significa que la memoria colectiva “es una forma de metamemoria, es decir, un
enunciado que los miembros de un grupo quieren producir acerca de una memoria supuestamente
común a todos los miembros de ese grupo” (Candau, 2008). Es importante señalar, sin embargo, que
este autor establece dicha clasificación en relación a la memoria individual, donde distingue tres tipos
de memoria: a) La protomemoria, también llamada memoria de bajo nivel y que “constituye el saber
y la experiencia más resistentes y las más compartidas por los miembros de una sociedad” (Candau,
2008); b) La memoria propiamente tal o también llamada memoria de alto nivel, que es básicamente
“una memoria de recuerdo o reconocimiento: una convocatoria deliberada o una evocación
involuntaria de recuerdos autobiográficos” (Candau, 2008). Se inscriben aquí las creencias, los
saberes, los sentimientos; c) la metamemoria, que como ya hemos señalado es una “representación
que cada individuo se hace de su propia memoria, el conocimiento que tiene de ella, y por otra parte,
lo que él dice de ella” (Candau, 2008)

En síntesis, tanto la protomemoria como la memoria de alto nivel se vinculan con una facultad de la
memoria, en tanto la metamemoria se vincula a la representación que es posible obtener de dicha
facultad, de lo que se deduce que sólo las dos últimas categorías (memoria de recuerdo y
metamemoria) pueden ser aplicables a la memoria colectiva , en tanto “ningún grupo es capaz de
memoria procedimental, aunque esta pueda ser común, compartida por una gran mayoría de los
miembros de ese grupo” (Candau, 2008)

b) Marcos espaciales de la Memoria

Otro elemento de análisis dice relación con los marcos temporales y los marcos espaciales de la
memoria. Los primeros están armados con “todas las fechas de festividades, nacimientos,
defunciones, aniversarios, cambios de estación, etcétera, que funcionan como puntos de referencia,
como hitos a los cuales hay que recurrir para encontrar los recuerdos” (Aguilar, 2002). En tanto para
Halbwachs, los marcos espaciales, están conformados por:
los lugares, las construcciones y los objetos, donde por vivir en y con ellos, se ha ido
depositando la memoria de los grupos, de modo que tal esquina, tal bar, tal objeto, en fin,
evocan el recuerdo de la vida social que fue vivida ahí (Aguilar, 2002)

Los marcos espaciales y los ambientes, ofrecen a los grupos humanos la posibilidad de estabilidad y
permanencia, puesto que sus costumbres requieren enclaves que permitan el desarrollo de identidades
colectivas. Tal como señala Halbwachs, la mayor parte de los grupos “dibujan su forma en el suelo y
encuentran sus recuerdo colectivos en un marco espacial definido de esta manera” (Aguilar, 2002)

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La ciudad y los barrios como marcos espaciales
a) Aspectos generales

La ciudad, tal como señala el escritor Carlos Franz es “la primordial huella física de nuestra
existencia” (Franz, 2011), es un referente espacial y cultural que registra las huellas y rastros que la
sociedad le imprime, ya sea de manera explícita o implícita. Entonces, tanto la presencia de
materialidad (monumentos, memoriales, esculturas, plazas) como la ausencia de la misma, deben
ser vistas como indicadores de procesos complejos en la conformación de los espacios urbanos, en
tanto éstos son expresión de proyectos societarios.
Del mismo modo los territorios urbanos, como toda construcción social, involucran ineluctablemente
procesos históricos, que incluyen tanto las trayectorias particulares de los actores sociales que se
interrelacionan, como la que construyen en común; incluye también la historia de los que ya no
habitan el territorio, cuyas marcas aparecen en forma de tradiciones, mitos, costumbres, monumentos
y celebraciones populares que remiten a la memoria de ciertos acontecimientos significativos o
“emblemáticos”. Estos distintos aspectos se materializan formando parte del patrimonio cultural y
simbólico de un territorio, un barrio o una ciudad.
La vida en las ciudades y en los barrios siempre deja rastros y huellas que es necesario reconocer e
interpretar, y que generan un marco comprensivo para conocer los fundamentos de sus asociaciones,
de sus movimientos, de sus vinculaciones. Todos aquellos aspectos identitarios surgen precisamente
en un contexto situacional que les otorga un sentido histórico y un sentido de pertenencia. Dichos
rasgos de historicidad y pertenencia no siempre son rasgos explícitos, antes bien, la mayor parte de
las veces se manifiestan en bocetos débiles, ambiguos, difusos, pero que pese a aquello están a la base
de decisiones -personales y colectivas- determinantes. El sentido histórico y el sentido de pertenencia
no sólo conectan a los colectivos sociales con aquellos aspectos fundantes de su existencia, sino que
además les recuerdan sus intereses prospectivos, aquellas imágenes proyectadas en el tiempo que
conducen a estados superiores de desarrollo. El sentido histórico se transforma en la reserva de
experiencias vinculantes que sustenta cualquier proyecto político, social o cultural; del mismo modo
el sentido de pertenencia otorga seguridades básicas de reconocimiento colectivo en torno a un
territorio, a una cultura determinada, a modos y formas que definen un espacio de certeza primordial.
En este sentido por ejemplo, la sustentabilidad de cualquier experiencia de intervención o actuación
social es posible sólo con el reconocimiento y asimilación profunda de los rasgos identitarios de la
comunidad.

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Conceder a la ciudad la calidad de marco espacial exige, por cierto, definir los límites y los alcances
de las memorias colectivas que allí se susciten y con ello la necesidad de reconocer los elementos
simbólicos, que por presencia o ausencia, que por acción u omisión, allí se configuran. La ciudad es
un espacio donde ocurren y circulan memorias compartidas, compuestas de lugares y de
inscripciones. De igual forma, exige conceder a las comunidades que allí habitan la posibilidad de
desarrollar y consolidar sus propios rasgos identitarios a partir del rastreo y revisión de sus memorias
inscriptas y de su patrimonio material e inmaterial.
La verificación y la exaltación del patrimonio material y simbólico suele ser un recurso de las
comunidades en la búsqueda de su autoafirmación, de tal suerte que desde ese punto de vista el marco
espacial de una ciudad, o incluso de un barrio, aparece como un reservorio de recuerdos y memorias
difusas que se torna necesario organizar. Sin perjuicio de aquello Candau nos advierte sobre cierta
“fiebre patrimonialista” que a veces inunda los deseos y anhelos de las comunidades, pero que en el
fondo revelaría “una cierta incapacidad para habitar el tiempo presente, y responde a una demanda
social en dirección al pasado” (Candau, 2008). El mismo autor, citando a Marc Guillaume, advierte
que el patrimonio funciona también como aparato ideológico de la memoria (Candau, 2008). Si eso
es así, vale la pena preguntarse entonces: ¿quiénes (qué actores específicos) definen el patrimonio de
un lugar determinado? Esto es relevante dado que detrás de esa definición está implícita también la
relación memoria-olvido, esto es, la clasificación sobre hechos/hitos “para la memoria”, en
contraposición a hechos/hitos cuyo derrotero es el olvido y la des-memoria.
En todo caso, y a pesar de las fundadas advertencias de Candau, la acción de conservación de
patrimonios urbanos sin duda constituye un material irremplazable a la hora de examinar los vestigios
de la memoria colectiva de un grupo o comunidad. Las ciudades, los barrios, su materialidad y su
inmaterialidad, constituyen relatos identitarios en el sentido que nos advierten positivamente sobre
“lo que es” (en el presente) un grupo o una comunidad, al mismo tiempo que plantea,
prospectivamente, lo que pueden “llegar a ser” (en el futuro) en el sentido de que una vez conocidos
y asumidos los anclajes presentes es posible proyectar un desarrollo deseable y alcanzable.
A partir de lo anterior es posible advertir que los elementos patrimoniales, junto con constituirse en
un reservorio de memorias, recuerdos y proyecciones, son el reflejo de las propias potencialidades y
limitaciones de una sociedad. Podríamos señalar – tomando prestadas palabras de Hegel, que el
patrimonio también se “adecua al espíritu del pueblo” (Bobbio, 2008). En este punto se hace
necesario enfatizar que estamos considerando al patrimonio como el conjunto de elementos positivos,
evidenciables –más allá de su materialidad e inmaterialidad-, más bien en su concepción moderna,
como “el apego efectivo a ciertos rasgos del pasado y reapropiación de herencias diversas referidas
tanto a lo material como a lo ideal, a lo cultural como a lo natural” (Candau, 2008)

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Las ciudades, lo mismo que los barrios, constituyen también los límites naturales de apropiación
patrimonial de los sujetos y grupos que allí habitan, y constituyen el reflejo de sus interacciones
materiales y simbólicas, y en ese sentido, se presentan como libros abiertos a los relatos permanentes
y constantes, a sus flujos relacionales tanto como a sus estructuras fijas, ancladas históricamente.
Siguiendo la metáfora, algunas preguntas surgen entonces: ¿Cómo leer aquellos libros? ¿Por dónde
comenzar?

b) Claves de lectura para la ciudad

Primera clave: El desconcierto.


Un primer elemento, una primera “actitud lectora” sugerida es el desconcierto, entendido éste en su
acepción de perplejidad y sorpresa, por cuanto nos moviliza en un sentido distinto, en un sentido
disruptivo. Nos sorprendemos a nosotros mismos en la ciudad que somos, y esa sorpresa tiene un
rango amplio de respuestas, según si lo que vemos nos acomoda o nos confunde. Según expresa
Martín Hopenhayn, la ciudad de Santiago bien se puede leer desde este desconcierto:
Santiago me pica en la piel. No sé bien qué es. Un desasosiego, un mar de ronchas. Me
desespera no saber qué ciudad es ésta. Mezcla de Lima y de Miami, de empanada y video-
juego. ¿Pero es mala la mezcla, la hibridez, la ensalada de tiempos en un solo tiempo?
(Hopenhayn, 2005)
Opera aquí una mezcla de desconcierto y olvido, una desazón, una omisión que puede llegar a
constituir incluso “un atentado contra la fiabilidad de la memoria” (Candau, 2008)
De igual manera, y teniendo todavía la ciudad de Santiago como referencia, el escritor chileno Carlos
Franz relata en su libro La Muralla enterrada haberse sentirse conmovido ante el descubrimiento de
una muralla enterrada en el corazón de Santiago a mediados de la década del setenta: “¿por qué algo
tan grande y tan hermoso había sido abandonado y enterrado? ¿Quién había mutilado y escondido
eso que pudo ser nuestra fuerza y nuestra belleza? (Franz, 2011).

Las obras terminaron, el tren metropolitano pasó, los trozos de pared que sobrevivieron
volvieron a ser tapados. El muro oculto en las bases de nuestra ciudad, había salido a la luz
unos meses, había soltado su polen sangriento, y había vuelto a ser sepultado. Han
transcurrido veinticinco años y nunca he podido olvidar ese primer encuentro con la muralla
enterrada de Santiago, esa revelación que lentamente, en este cuarto de siglo, ha ido
cargándose de sentidos para mí. (Franz, 2011)

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Este desconcierto es importante en la medida que nos conecta precisamente con la tensión que se
produce entre la memoria y el olvido. Se recuerda “algo” que ha quedado en el olvido oficialmente
concebido. Existe una evocación natural a otro tiempo, a una memoria registrada culturalmente, desde
la oralidad, desde el relato, pero que además tiene una expresión material poderosa (un muro) o bien
la certeza concreta de la existencia de espacios híbridos que remiten a un “no ser”, a una
indeterminación y una indefinición. Sin embargo el desconcierto, en términos fácticos, es una actitud
que se activa a partir de las presencias materiales y simbólicas de una ciudad o un barrio, aquellas
materialidades que nos expresan la diversidad cultural que nos configura como “colectivo”, las
expresiones de la riqueza, de la exclusión, de la segregación.

Segunda clave: La nostalgia


La evidencia empírica nos arroja contundencia de cifras y datos que dan cuenta de procesos y
transformaciones importantes en las grandes urbes latinoamericanas, y en consecuencia, de sus
barrios. Durante las últimas décadas hemos sido testigos del aumento sostenido de la delincuencia,
de la pobreza, de la segregación residencial. Un proceso progresivo de fragmentación social que
debilitan nuestros lazos sociales, que nos separa y nos aisla de los “otros”, de esa comunidad con la
que construimos memoria e identidad. Tal como plantea Luis Cuervo en su estudio sobre la ciudad
latinoamericana “es cierto que la vida urbana en nuestro continente nos llena de temores, de
preocupación y de frustración: baste con destacar las aplastantes y conmovedoras cifras de
crecimiento de la pobreza y del deterioro del hábitat de nuestras ciudades” (Cuervo, 2005).
Numerosos estudios de la CEPAL profundizan en esta línea argumentativa, donde se establece que
el predominio del neoliberalismo durante las últimas décadas se ha asociado a la homogenización de
un modelo de ciudad caracterizado por la segregación y la concentración de la riqueza en
determinadas áreas territoriales, del mismo modo que los sectores más pobres quedan recluidos y
excluidos hacia las áreas periféricas, con un deterioro significativo del suelo y del hábitat. Este es un
paradigma que se replica casi con exactitud en las ciudades más importantes de la región y se ha
tipificado como un “modelo de ciudad latinoamericana”
Del mismo modo, este deterioro progresivo de la vida comunitaria, de sus lazos, de su sentido, se ha
dado en el contexto de un proceso que José Bengoa denomina “modernización compulsiva”. Al
respecto Bengoa señala que la modernización compulsiva:

Es por su propia naturaleza un proceso de ruptura, de desvalorización creciente de todo lo


anterior, que queda sometido a la categoría despreciable, de tradicional, de viejo, obsoleto,

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pasado de moda, no moderno. Sin contrapeso de un fuerte principio de identidad, la
modernización es un proceso devastador que arrasa sin piedad. (Bengoa, 2009)

Según el mismo autor es una compulsión “que conduce a gobernantes y gobernados a correr
nerviosamente una carrera hacia una meta difusa e indefinida” (Bengoa, 2009). Esta carrera
desenfrenada hacia un progreso imaginado, situado en un horizonte indeterminado, con arreglo a
promesas de desarrollo y modernidad, genera vacíos identitarios donde antes había contenido
comunitario. El ritmo agobiante de la modernización conlleva necesariamente amnesias colectivas:
la velocidad de los cambios y las ansias por llegar a ese lugar “imaginario” de modernidad no es
compatible con la remembranza, la nostalgia, la memoria, que requieren para su aplicación actitudes
colectivas de pausa, de reflexión, de revisión.

Sin perjuicio de lo señalado, las ciudades y los barrios nos ofrecen aún esa posibilidad del recuerdo a
partir de la nostalgia. Ahí están aún las antiguas iglesias, las calles empedradas, los viejos almacenes,
las viejas formas asociativas, los clubes de barrio. Persisten. Y persisten como reflejo de una parte de
nosotros que se resiste al olvido, que recuerda y reclama aún por una “comunidad perdida”, una
comunidad que en el caso de nuestras ciudades, aún nos remite al mundo rural, al barrio, a prácticas
comunitarias, al país “que éramos” antes de la fiebre compulsiva. Es nostalgia. Tal como afirma José
Bengoa:
La nostalgia aporta el elemento subjetivo a la historia, enriquece el alma, nutre las
conversaciones largas; muy pocas veces logra ser objetivada, pero permite a las
“comunidades humanas” dimensionar el presente, desencandilarse con los nuevos
descubrimientos, poner todas las apuestas en un futuro incierto…
La nostalgia es el recuerdo positivamente valorado. Es por ello que se lo desea revivir. Al
no ser posible, se produce dolor. La nostalgia es un sentimiento doloroso de pérdida, de la
inevitabilidad del tiempo. (Bengoa, 2009)

Habría que agregar además, que así como el desconcierto se activa principalmente desde las
presencias, la nostalgia es activada, fundamentalmente, por las ausencias. Las ausencias liberan los
fantasmas que pululan entre la ciudad y los-as ciudadanos-as. Es el padre de Hamlet, son los
desaparecidos, los muertos que invocan y que regresan al presente. Una ausencia, un recuerdo, una
evocación, un dolor, algo/alguien que estuvo y que hoy no está, pero que se instala en las memorias
colectivas, en las conversaciones, en los registros fotográficos, en una que otra canción olvidada, en
los relatos de los viejos. Las personas y los colectivos, necesitan de esos recuerdos “nostálgicos” -a

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veces difusos, a veces confusos-, para autoafirmarse y resignificarse a través de un proceso de revisión
y reflexión. Entender y observar la ciudad desde la nostalgia es una invitación a valorar su pasado y
considerarlo e incorporarlo en las acciones de política pública: cultura, diseño urbano, hábitat, etc.

Consideraciones finales
Es necesario enfatizar que la memoria colectiva requiere ser significada a partir de ciertos elementos
que la configuran, el principal de ellos es su marco espacial. Dicho aspecto adquiere relevancia en la
medida en que en él se inscriben, con más o menos nitidez, los registros de memoria, los recuerdos y
sus significados, así como también es posible distinguir en dichos registros las apuestas prospectivas
de la sociedad, sus esperanzas, sus aspiraciones. También se advierten, quizás con mayor frecuencia
y consistencia, sus ausencias y sus olvidos. La búsqueda de dichos significados en nuestras ciudades
es, antes que nada, una labor política en tanto nos enfrenta también a espacios de poder y de conflictos.
Las ciudades y los barrios, desde esta perspectiva, también arrastran inscripciones mediadas por el
poder y por conflictos de intereses diversos. Su misma configuración espacial da cuenta de aquello,
y las ciudades latinoamericanas son una muestra evidente de dichos procesos. (Agregar Sabatini o
Carballeda) Leer las inscripciones y relatos de la ciudad desde el desconcierto y la nostalgia, sugiere
la posibilidad de redefinir y de-construir sus propios significados al tiempo que posibilita a las
comunidades la readecuación y actualización de sus “identidades colectivas”. En este sentido, las
claves de desconcierto y nostalgia son proyecciones que se originan en las presencias y las ausencias
que las ciudades y los barrios contienen. El desconcierto supone salir del estado de naturalización
con el que enfrentamos las imágenes icónicas que nos ofrece la ciudad, a modo de presencias: su
pobreza, su segregación, sus fisuras. En tanto la nostalgia nos “recuerda” las ausencias, y es que allí
dónde hoy existen fisuras existía contenido y donde existen fragmentos existía totalidad.

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