Domingo de Pascua

16 abril 2017

Evangelio de Mateo 28, 1-10

En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana,
fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto
tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y
acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de
relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de
miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:
— Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No
está aquí: HA RESUCITADO, como había dicho. Venid a ver el sitio donde
yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los
muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo
he anunciado.
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas
de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:
— Alegraos.
Ellas se acercaron, se postraron ante él y abrazaron los pies.
Jesús les dijo:
— No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a
Galilea; allí me verán.

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LA VIDA NO ES UNA CREENCIA

Las innegables “incoherencias” que aparecen en los llamados
“relatos de apariciones” se explican por el hecho de que tales relatos
no son “crónicas históricas” de lo ocurrido, sino textos que intentan
balbucir lo que fue una experiencia que trascendió los límites
espaciotemporales.
En el texto que nos ocupa, no deja de resultar extraña la
duplicidad que supone la presencia de un “ángel” primero, y del
propio Jesús a continuación. Sin duda, tanto el carácter simbólico del
relato inicial, como el hecho de que luego siguiera circulando durante
algunas décadas, explicarían ese tipo de “duplicados”, contrastes o
incoherencias que se manifiestan entre ellos, cuando los leemos
cuidadosamente o comparamos las distintas versiones que ofrecen
los diferentes evangelistas.

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Sin embargo, hay un dato que se repite en todos y que presenta
indicios de historicidad: el protagonismo de las mujeres, como las
“primeras” testigos de la resurrección.
Si tenemos en cuenta que la palabra de la mujer, en aquella
cultura, carecía de valor testifical, es fácil concluir que ese
protagonismo no pudo ser “inventado” por los escritores; tuvo que
haber ocurrido algo entre aquel grupo de discípulas para que fuera de
ellas de donde naciera el “primer anuncio” del Resucitado. Sin
embargo, históricamente, carecemos de datos que nos permitan decir
algo más. Nos queda el carácter simbólico del relato, y los “ecos” que
el mismo despierte en nosotros.

El encuentro con el resucitado ocurre “al alborear el primer día
de la semana”. Es aún de noche, las mujeres han madrugado. La
prontitud de ellas no es la que provoca el acontecimiento; sin
embargo, sí les permite ser testigos.
Nuestra búsqueda nunca podrá alcanzar resultados que
trascienden el nivel de lo mental –la mente no puede conducir más
allá de sí misma-, pero nos ayuda a “quitar velos”, a “descorrer losas”
que nos impiden ver.
El mensaje que resuena invita a quitar algunas de esas losas
pesadas: la oscuridad, la tristeza y el temor. Todos los relatos de
apariciones –también este- transmiten una palabra clara y
contundente de luminosidad, de alegría y de confianza.

Ahora bien, esa palabra no la podemos “captar” desde la
mente. Porque nuestra mente –en cuanto órgano de conocimiento-
únicamente entiende de objetos (físicos o mentales) y se le escapa
todo aquello que no es objetivable, aquello que trasciende el nivel de
lo que puede ser medido.
La verdad del anuncio, por tanto, no puede ser pensada. Y si
creemos en ella, simplemente porque alguien nos la ha transmitido,
nos encontraremos apenas con una creencia; nada más.
La verdad del mismo únicamente nos llegará en la medida en
que tengamos experiencia de ser la propia verdad que se anuncia. Lo
cual requiere que estemos “situados” allí donde somos Vida.
Mientras permanecemos identificados con nuestra mente –
creyendo que nuestra identidad es el “yo psicológico” o mental-, no
podremos pasar de creencias. Solo en la medida en que acallamos la
mente, y entramos en contacto con nuestra verdadera identidad, nos
descubrimos ser Vida, Luz, Gozo, Confianza… Estamos situados en el
mismo “lugar” en el que ocurre la experiencia que llamamos de
“resurrección”.
Lo que descubrimos no es que nuestro “yo” tenga la vida
asegurada, sino que nuestra verdadera identidad es Vida, que se
halla a salvo de cualquier contingencia.
Por eso, “alegraos…, no tengáis miedo”.

www.enriquemartinezlozano.com

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