Domingo VII Tiempo Ordinario

20 febrero 2017

Evangelio de Mateo 5, 38-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
— Sabéis que está mandado: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo
os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea
en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para
quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una
milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y a quien te pide prestado, no lo
rehúyas.
Habéis oído que se dijo:
— Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os
digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y
rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro
Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y
manda la lluvia a justos e injustos.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo
mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué
hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por
tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

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SABIDURÍA Y COMPASIÓN

De entrada, puede sonar extraño leer semejante consigna: “Sed
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Sobre todo, si
somos conscientes, tanto de las nefastas consecuencias del
perfeccionismo, como de los problemas no resueltos que busca
ocultar –y que suelen guardar relación directa con sentimientos de
culpabilidad y de indignidad-.
Algunos exegetas interpretan que, en hebreo, se querría aludir a
algo “completo”. En ese sentido, la invitación a ser “perfectos” habría
que entenderla como una llamada a aceptarse en toda la propia
verdad. Este sentido sería totalmente asumible desde una
antropología humanista, como un principio básico de unificación y
crecimiento: acéptate con toda tu verdad, con tu luz y tu sombra, tus
aciertos y errores, tus cualidades y defectos…
Pero no sería extraño que el escriba autor del evangelio quisiera
realmente hacer una llamada a la “perfección”, tal como la han
entendido muchas personas religiosas a lo largo de la historia. El
propio grupo fariseo se caracterizaba por una actitud de ese tipo y
numerosos colectivos religiosos han nacido y han crecido siguiendo

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las pautas de formación del llamado “ideal de perfección”, que tanta
rigidez, culpabilidad, escrúpulos… y fariseísmo ha generado.
No sería extraño que esa fuera la interpretación de Mateo,
porque ya Lucas modifica las palabras de Jesús para escribir: “Sed
misericordiosos [compasivos] como vuestro Padre es misericordioso
[compasivo]” (Lc 6,36). Sin duda, esta expresión parece más
ajustada, incluso por todo el contexto.
La compasión constituye una de las entrañas del mensaje
evangélico, y ha sido especialmente subrayada por Lucas. Jesús
aparece fundamentalmente como el hombre compasivo y fraternal,
hasta el punto de identificarse con todos, especialmente con aquellos
que pasan necesidad, llegando a decir: “Lo que hicisteis a uno de
ellos, me lo hicisteis a mí” (Mt 25,31-45).
Porque la compasión nace de la comprensión. Solo cuando yo sé
–no conceptual, sino experiencialmente- que “tú eres otro yo”,
brotará de mi corazón un sentimiento compasivo y una acción eficaz
en tu favor.
Y únicamente entonces seremos capaces de leer y comprender
las palabras de Jesús que recoge el texto que estamos comentando.
Sin aquella experiencia –sin la sabiduría que nace más allá de la
mente-, es imposible amar al enemigo, dar la capa a quien te quiere
quitar la túnica, o no rehuir a quien te pide.
Una tal actitud brota únicamente en aquellas personas que, de
un modo consciente o no, se viven en conexión con su verdadera
identidad, la identidad compartida con todos los seres. De otro modo,
es imposible. Y convertimos el texto del evangelio en un principio
moralizante que exige algo inhumano, para terminar frustrados,
decepcionados o cínicos.
Vivirse en conexión con la verdadera identidad implica haber
tomado distancia del ego, hasta el punto de dejar de creer que lo es
que bueno para el ego es bueno para mí. Y empezar a descubrir
justamente lo contrario: quien “yo soy” sabe que “tu bien es mi bien”,
porque somos solo uno.
Lo que ocurre es que eso no puede verse ni vivirse desde el yo.
Porque mientras dure nuestra identificación con él, no podremos
hacer otra cosa que sostenerlo a toda costa y a cualquier precio.
Sin embargo, en los momentos en que nos hallamos en
conexión con nuestra verdadera identidad, no solo amamos lo que es,
sino que vemos caer cualquier exigencia egoica, porque el ego ha
dejado de ser nuestro centro de interés.
La conclusión a la que llegamos parece evidente: se trata de
favorecer la comprensión, de crecer en consciencia. Y ello implica
avanzar en la desidentificación del yo. Todos los medios que nos
ayuden a reconocer que no somos el yo, serán bienvenidos como
herramientas que nos hacen crecer en libertad y en consciencia de
nuestra verdadera identidad.
Esta es, en mi opinión, la razón última por la que Jesús no fue
un moralizador, sino un maestro de sabiduría. Porque solo desde la
sabiduría (= el reconocimiento “saboreado” de nuestra verdadera
identidad) es posible la compasión.

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www.enriquemartinezlozano.com

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